La muerte de un padre durante la adolescencia

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La muerte de un padre durante la adolescencia
La muerte de un padre durante la adolescencia
Por: María Andrea Hernández
(Traducción del libro “Aiutare i genitori ad aiutare i figli”, p.205-212, editorial Ponte Alle Grazie, Milano, 2012*)
Traducción del artículo original español- italiano por Olimpia Parboni Arquati y revisión de
estilo, Elisa Valteroni 2012.
Características individuales y familiares a partir de la muerte del padre:
El joven vive en primera instancia un estado de shock o aturdimiento por la pérdida del padre. El golpe
es tan fuerte y repentino que no se percibe ni se comprende la magnitud de lo que ha sucedido (sobre
todo en esta fase cuando las pérdidas son experiencias nuevas). Muchas veces el joven permanece
atónito, inexpresivo, y puede parecer asumir una actitud de indiferencia ante lo sucedido.
En una segunda fase nos encontramos frente al rechazo y la negación. Sin embargo, estas
condiciones se pueden presentar desde el shock y aturdimiento, pues es difícil establecer una
linealidad en los procesos humanos y más aún en las pérdidas. La negación podrá manifestarse desde
el evitar hablar, pensar, evocar lo sucedido, hasta hacer de cuenta que nada pasa o pasó y activar o
intensificar actividades de escape a través de las amistades, las interacciones sociales y esos grupos
de referencia que vienen a ser fundamentales en este periodo.
Las sensaciones que experimenta el joven son la del dolor y la rabia. Estas dos sensaciones pueden
intensificarse una vez transcurre la fase de aturdimiento pues se harán más evidentes con el tiempo
en las expresiones, actitudes y comportamiento del joven. La rabia aunque no es regla, es común en
este tipo de casos puesto que el chico se enfrenta a una muerte repentina y algunas veces
traumática, pues como describen Milanese y Cagnoni (2010) “… si es cierto que todas las muertes se
viven como injustas, las muertes traumática repentinas, para las que por definición no se puede estar
preparado, lo son obviamente aún más”.
El dolor, como en cualquier tipo de pérdida es la sensación dominante principal, una tristeza profunda
acompañada de desasosiego, decepción.
A estas fases no se les puede asignar un tiempo o duración exacta, se puede por el contrario
identificar que una vez se han atravesado, y se ha elaborado el duelo, se puede llegar a la etapa de
aceptación; aceptación que será siempre acompañada por la nostalgia.
Factores sistémicos familiares que se transforman:
El joven no solo se enfrentará al dolor de la pérdida de su padre, sino también a una transformación en
su sistema familiar. Por un lado se enfrentará a un “nuevo padre”, puesto que es un padre que ya no
está pareja, y que por la pérdida de su compañero/a se relacionará distinto con su hijo adolescente.
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Se enfrentará a hermanos, si existen, que también tendrán sus estilos personales de afrontar la
pérdida y que influirán sobre él. Vivirá un acercamiento diverso, a un sistema familiar extenso que en la
mayoría de los casos estará disponible brindando apoyo al sistema familiar afectado, pero que al
mismo tiempo, desencadenará en el joven inevitables procesos de adaptación a una nueva situación.
Para el padre o la madre viudo el dolor muchas veces “es doble”. El padre que queda solo, no solo
carga con la tristeza e inmenso dolor que produce la pérdida de su compañero amado, sino por el
infinito dolor que les genera el dolor de sus hijos o la desadaptación que estos podrán vivir a partir del
evento. En los distintos casos atendidos, se ha visto como el padre o madre recurren a terapia la
mayoría de las veces no tanto por su dolor personal, sino por el dolor y la inmensa preocupación de lo
que pueden estar atravesando sus hijos.
Esta vivencia lleva a que en algunos casos los padres minimicen la atmosfera de tristeza e incurran
también a hacer de cuenta que nada pasa, a evitar hablar del tema, y en muchos casos y sobre todo
cuando los hijos son niños o jóvenes a evitar llorar delante de ellos. Por ende, el padre busca vías de
desahogo y de apoyo fuera del sistema familiar con hermanos, abuelos, amigos, profesionales o redes,
para no agravar el dolor del hijo. De acuerdo a la cultura y al tipo de religión, se puede afrontar la
inmediatez del dolor a través de los ritos religiosos y espirituales a los cuales los adultos o los viejos
están acostumbrados pero que para el joven pueden tener en la mayoría de veces repercusiones más
negativas que positivas para las religiones en donde hay que estar de “luto”, o realizar prácticas que
representan el sufrimiento por la pérdida.
Estrategias puestas en práctica por parte del adolescente para afrontar la pérdida del padre:
Según lo observado en la casuística clínica, el joven tiende a asumir una o alguna de las siguientes
cuatro estrategias:
El primero de estos, es el hecho de no volver a hablar del padre o la madre fallecida. Este mecanismo
que es un efecto de la fase de la negación ya descrita, le va a servir al joven en un primer momento
para protegerse del dolor. Posterior o paralelo al shock o aturdimiento el adolescente comienza a
evitar de manera sistemática el tema del padre, dejando de mencionarlo, evitando temas que hagan
referencia a lo sucedido o todo aquello que pueda hacer memoria a él o al evento que ocasionó su
muerte. Literalmente el adolescente anula de su vocabulario la palabra papá o mamá por el dolor que
esto genera. Este mecanismo puede llegar a durar periodos prolongados en el tiempo, meses, años,
incluso décadas si no se ha llevado a cabo una sana elaboración de la pérdida.
A esta estrategia, se opone aquella que consiste en hablar excesivamente del padre/madre y del
evento por el cual este ha fallecido, en algunos casos asumiendo una posición victimaria. El dolor y la
rabia experimentado por el adolescente viene aliviado por el hecho de hablarlo, comentarlo y repetirlo
en familia o fuera de esta. Cuando el joven lo hace fuera de casa, tiende a hacerlo con su grupo
directo de amigos o con su pareja.
En este caso, el joven tiende a expresar su rabia y tristeza con los otros, exponiéndose a “feedbacks”
que la mayoría de las veces más que mejorar empeorarán la situación y por ende el dolor: es como
rascarse una herida abierta, sin permitirle su cicatrización.
La tercera modalidad es aquella de evadir la realidad de lo sucedido con el hecho de intensificar la vida
social con sus pares o coetáneos. Esta socialización llevada al extremo puede traer como efectos
consumos desmesurados de alcohol, droga, o comportamientos extremos en el sexo. La
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magnificación de esta vida social implica entonces, búsqueda intensa de amigos, compañía, fiestas y
modos de pasar el tiempo. Los jóvenes que asumen este mecanismo de afrontamiento tienden a
entrar en estados ansiosos y de desasosiego si se encuentran sin nada que hacer, o con poco para
hacer. Este mecanismo, de nuevo, es un gran efecto de la fase de negación que se activa en aquel
momento en donde el dolor es tan intenso que intento anularlo (Balbi, Artini, 2011), en este caso con
la vida social y la sobre importancia a los grupos de pares.
La última modalidad, es la asunción por parte del adolescente del rol de víctima. En este caso el joven
se atribuye un estado de inferioridad y de víctima por no tener más a unos de sus padres, para
continuar su proceso de formación y de desarrollo. El joven puede llevar consigo “el sentimiento de
sentirse cojo”. Es importante resaltar que esta victimización no siempre se externaliza, y muchas
veces es vivida exclusivamente a nivel interindividual.
Caso ejemplo:
Llega a mi consultorio una mujer de aproximadamente unos 42 años, bonita, elegante, con firmeza y a
la vez nostalgia en sus ojos. Empieza su relato contando que hace aproximadamente un año largo
pierde a su esposo súbitamente en un accidente de carro. Narra la trágica historia con lágrimas en
sus ojos y evita ahondar en los detalles del incidente, sin embargo manifiesta que se siente perturbada
y realmente preocupada por el estado de sus dos hijos adolescentes. Cuenta que el mayor de 14
años, baja el rendimiento escolar apenas muere el padre, situación que aunque ya está mejorando, ha
observado también en su segundo hijo. Prosigue contándonos que su mayor preocupación es el
exceso de actividades sociales de su hijo a quien no lo volvió a ver en la casa desde el fallecimiento del
papá. Desde lo sucedido ha aumentado los programas, actividades sociales y sus entrenamientos de
football pasando a ser el capitán del equipo y llegando a extenuar sus entrenamientos hasta 6 horas
después del colegio. Cuando se enfrenta a no tener nada que hacer, estando en casa, hace llamadas a
sus amigos y organiza rápidamente un programa fuera del hogar. La mamá enfatiza cómo el joven no
ha vuelto mencionar al padre, ni para bien ni para mal, no hace referencia a lo sucedido ni expresa
ningún tipo de emoción cuando otros ponen el tema; simplemente trata de cambiar la conversación o
marcharse. Está sorprendida por el hecho de que no lo ha visto llorar.
Muy contrariamente nos expone la situación de su hijo, el menor, de 12 años. Siendo este desde
pequeño mucho más expresivo, sensible y reactivo, le aterra y no sabe cómo manejar la rabia que este
pequeño expresa frente a la muerte del padre. “Este pequeño demonio” dice ella, me hace
comentarios como “si yo veo por la calle al tipo que iba en el otro carro y que estrelló a mi papá, yo lo
mato”, “quiero que desaparezcan de los calendarios los días domingos porque me saben a muerte”.
Ella intenta por lo tanto cambiarle de tema o regañarlo, pero sin ningún resultado.
Como si no bastara, se le suma el hecho, que los suegros de la mujer quieren invitarla a ella y a sus
hijos casi todos los domingos a almorzar a la casa para posteriormente ir al cementerio y visitar a su
hijo. Ella manifiesta en sesión que no sabe si es conveniente o no hacerlo, pues aunque sus hijos se
reúsan y terminan armándole pataletas para no ir a donde los abuelos, se siente en culpa por darle la
espalda a la familia del esposo.
Le pregunto entonces qué ha intentado hacer ante esta situación. Cuenta que últimamente evita tocar
el tema del esposo no solo con ellos sino también en su familia. Lo encuentra contraproducente ya que
a su hijo mayor le podría amplificar el dolor, mientras que con el otro, el más pequeño, no quiere
exponerse a una reacción de rabia o comentarios agresivos. La mujer evita llorar delante de sus hijos,
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recurriendo a amigas o su primo que le es muy cercano aunque vive fuera del país. No ha intentado
hacer nada frente al exceso de actividades sociales de su hijo mayor; frente a las visitas al cementerio
nos cuenta que si acude, sus hijos llegan trastornados a la casa, y si no va, siente culpa por no
secundar las peticiones de la familia de su marido.
En un primer lugar le explico que cada elaboración del dolor es distinta y subjetiva, así como lo observa
con sus hijos, que lo importante es no perseverar a nivel individual o de familia en soluciones que
rechazan atravesar el dolor o intensificarlo. Le explico que nuestro rol será aquello de ayudarla a
ayudar a sus hijos en la elaboración del duelo.
Le explico que omitir un tema tan importante como la muerte del papá, hasta llegar al punto de no
volver a mencionarlo, es la expresión máxima de la negación para evitar un inmenso dolor; sin
embargo, todo duelo que se elabore sanamente sugiere atravesar el dolor para que nos deje de
hacer tanto daño: “Es necesario atravesar el dolor para salir al otro lado”, afirmo.
Por lo tanto se le indica a la mamá que vuelva a mencionar de forma natural a su esposo y los
recuerdos bonitos que tienen de él. Agrego que el hecho de volver prohibido un tema en un primer
momento funciona pues no me enfrento al dolor o al sufrimiento, pero este permanece ahí y no solo
continúa sino que se intensifica.
Le prescribo realizar una actividad escogida por ella, que represente una especie de “rito de paso”
para atravesar el dolor y sustituir las visitas al cementerio, que ha empeorado la situación más que
mejorarla. Le sugiero realizar un acto simbólico en donde todos puedan estar cómodos, invitando
también a los abuelos a participar. Frente a la rabia y a la agresión del hijo más pequeño, le indico
hacerle escribir sobre un papel, en el justo momento en que el chiquito experimenta la rabia, todo
aquello que le pasa por la mente, las palabras y las frases violentas y sarcásticas. Le digo que la rabia
del hijo es como la corriente de un rio caudaloso: si se contiene, se desborda, si por el contrario se
canaliza, esta fluye sin provocar daños.
Ante su ultima preocupación sobre al exceso de planes sociales y programas fuera de casa que está
llevando el más grande, le manifiesto que siendo una de las características de esta etapa de
desarrollo, es de esperar que su hijo intensifique sus amistades y hobbies, no solo por una solución en
apariencia ante la pérdida sino también por una búsqueda de identidad a través de los grupos de
referencia. No obstante se le prescribe mantener las reglas y normas de la casa para las salidas, las
horas de llegada, los permisos, adoptando una actitud de “observar sin intervenir”, es decir, dándole la
responsabilidad al hijo de sus propias acciones, pero respetándole la escogencia de programas y de
actividades deportivas.
Tres semanas después vuelve esta bella madre, con algo que cambia en su mirada. Se siente más
tranquila desde que el pequeño decanta la rabia a través de las cartas, puesto que ha notado que sus
comentarios agresivos y sarcásticos han disminuido. Con lágrimas en los ojos me cuenta que pudo
llorar con su hijo mayor al sembrar un árbol en el campo: pues para ellos simbolizó el padre que
continúa viviendo. A partir de esto se logra romper el círculo vicioso de negación que se había
instaurado con el hijo mayor.
A este punto me pide ayuda para volver más soportable la falta del marido. Le prescribo la “galería de
los recuerdos”, o el hecho de ejercitarse cotidianamente en seleccionar una serie de imágenes
representantes del recuerdo del marido, recuerdos lindos o no tan bellos, que produzcan al menos
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una sensación positiva. Una vez construida la propia galería de los recuerdos, le explico que esta
representará un modo para dejarse llevar con serenidad a la inevitable nostalgia que permanece
después de la pérdida de una persona amada para hacerla continuar y vivir dentro de nosotros.
BIBLIOGRAFÍA
Balbi. E. y Artini. A. (2011). Curar la escuela. Herder. Barcelona.
Cagnoni, F. y, Milanese, R. (2009) Cambiar el pasado. Herder, Barcelona.
Craig G. & Dunn W. (2007). Understanding human development. Ed. Pearson Prentice Hall, New
Jersey.
Milanese R., Mordazzi P. (2008) Coaching estratégico: como transformas los límites en recursos.
Herder, Barcelona.
Perkins D. & Borden L. (2003). Positive behaviors, problem bahaviors, and resiliency in adolescence.
Handbook of psychology: Vol. 6. New York.
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