Guía de lectura

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Cuadernos del Club Universitario de Lectura
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La isla del Tesoro,
de Robert Louis Stevenson
Al día siguiente de la muerte de su padre, Jim Hawkins
descubre casualmente un extraño mapa en el baúl de un viejo pirata
que ha muerto en su posada. Ese mapa será el responsable de una
emocionante expedición a
una isla desconocida, en
busca del mítico tesoro
del capitán Flint. Pero la
aventura será también un
viaje de iniciación para
Jim, que pasará de ser un
huérfano desvalido a un
adulto que se enfrenta
a la adversidad y los de­
seos de triunfo….
La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson
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El autor: Robert Louis Stevenson
Robert Louis Balfour Stevenson nació el 13 de noviem­bre
de 1850 en Edimburgo, hijo de una respetable y distingui­
da familia. Fue un niño de frágil cons­titución y, sin em­
bargo, como podemos descubrir en sus páginas, adoraba
la aventura y estaba lleno de vitalidad, tal vez porque
desde su niñez fue un lector voraz, con preferencia por
los relatos de aventuras.
Por deseo paterno, se matriculó en la Universidad
de Edimburgo como estudiante de Ingeniería Náutica,
pero pronto abandonó para dedicarse al estudio de
las leyes. Desde 1875 empezó a practicar la abogacía
aunque sin demasiado éxito, tal vez porque desde
siempre su verdadera vocación fue el estudio de la
lengua.
En 1873, visitando a su prima, co­noció a Fanny
Sitwell, su primer amor. Stevenson le dedicó bellísi­
mos ver­sos y la asediaba con sus cartas. Años después,
Fanny Sitwell se casaría con Sidney Colvin, amigo, editor y
agente literario de Stevenson.
En aquella época empezaron a aparecer los primeros síntomas de la tubercu­
losis por lo que buscó en Francia un clima más benévolo para su enfermedad. Allí
conoció a su gran amor, Fanny Osbourne, una norteamericana que estaba separada,
tenía dos hijos y era diez años mayor que Stevenson. La dama se encontraba en Grez
pintando su paisaje y descansando junto a sus dos hijos y su hermana mayor Belle
–que se convertiría en secretaria de Stevenson y su más firme defensora–
En 1878 publicó su primer libro, Un viaje al continente, y Fanny Osbourne marchó
a California, para tramitar su divorcio. Stevenson la seguiría al año siguiente y su pe­
riplo en un barco de inmigrantes quedó inmortalizado en La historia de una mentira.
Se casó con Fanny Osbourne en 1880 y tras vivir una corta temporada en las mon­
tañas de California se trasladaron a Edimburgo. Allí su salud empeoró notablemente
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por lo que marcharon a Davos (Suiza). En agosto de 1881, mientras descansaba en
Braemar, las conversaciones con el jovencito Lloyd, hijo del primer ma­trimonio de
Fanny, dieron lugar a un relato que rápidamen­te escribió y que se convirtió en La isla
del Tesoro. Esta novela se publicó primero como relato por entregas en Young Folks
Magazine, desde el 1 de octubre de 1881 al 28 de enero de 1882, bajo el seudónimo
de Capitán George North.
En esta época su actividad literaria se incrementó; publicó la novela histórica
La flecha negra. Se instaló en la Riviera, en Hyéres, donde sufrió una hemoptisis,
que propició que compusiera y diese la versión defi­nitiva a su Réquiem. En 1884 la
familia Stevenson les regaló la finca “Skerryvore” en el balneario de Bournemouth
(en la costa sur de Inglaterra), donde publica­rá El extraño caso del Dr. Jekvll y Mr.
Hvde, libro del que, en menos de seis meses, se vendieron 40.000 ejemplares.
A mediados de 1887 Stevenson empezó a sentir de nue­vo la llamada del mar y
en agosto marcharon rumbo a Nueva York; allí frecuentó a sus amigos y empezó a
escribir El señor de Ballantrae. Tras una breve estancia en San Francisco, deciden
realizar un viaje hacia las islas del Pacífico Sur. El 7 de diciembre de 1890 llegaron
a Apia, la “cabeza de Samoa” o la “isla del Paraíso”, según escribió Stevenson. Los
nativos lo apodaron Tusitala “el que cuenta cuentos” y allí adquirió cierta extensión
de tierra y levantó su casa, Vailima “El lugar de los cinco ríos”, al estilo polinesio,
con amplia terraza y separaciones de enredaderas.
En Vailima se establece el matrimonio junto a los hijos de Fanny, su hermana
Belle y la señora Stevenson (el padre del novelista había muerto para entonces).
La relación de Stevenson con los aborígenes es cordial e incluso participó en la
solución de problemas locales y colaboró muy decididamente en defensa del jefe
Mataafa, contra la dominación alemana del archipiélago y denunciando en la prensa
británica la penosa situación samoana. Escribió también una conocida carta abier­
ta, la Defensa del Padre Damián en Sydney, Australia, el 25 de febrero de 1890,
contra al reverendo Dr. C. M. Hyde, de Honolulu, en Hawái. Estos hechos casi le
costaron la deportación.
A partir de mediados de 1890, Stevenson empezó a obsesionarse con una novela
sobre la vida en los mares del Sur (Los buscadores de perlas) que completaría con
La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson
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el título Bajamar. También en esta época concluyó El dique de Hermiston y David
Balfour, continuación de Secuestrado. Su dedicación a la narrativa no provocó que
olvidara su otra gran pasión, la poesía; en Canciones de viaje se recogen los poemas
de esta época.
El 3 de diciembre de 1894 murió Stevenson, a los 43 años, de una hemorragia
cerebral en Upolu, Samoa. Su cuerpo fue enterrado en la isla, en una ladera del
monte Vaea, mirando al mar. Sobre su sepultura se grabaron dos inscripciones: una
en samoano, “esta es la tumba de Tusitala”; la otra, en el idioma que él honró, con
su Réquiem. Cuando Fanny murió fue enterrada junto a él para que descansaran
juntos. Los indígenas no volvieron a cazar en aquella montaña, para que los pájaros
pudieran vivir en paz junto a la tumba de Stevenson.
Su obra
Ante la aparición de la novela naturalista o psicológica, Stevenson reivindicó el
relato clásico de aventuras, en el que el carácter de los personajes se dibuja en la
acción. Su estilo elegante y sobrio y la naturaleza de sus relatos y sus descripcio­
nes influyeron en varios escritores del siglo XX. Escribió libros de viajes, cuentos y
poesías pero su figura destaca como escritor de novelas fantásticas y de aventuras
como: La isla del tesoro (1883), La flecha negra (1883), El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde (1886), Secuestrado (1886) –continuado por Las aventuras de David
Balfour o Catriona (1893)–, El señor de Ballantrae (1889), La isla de la aventura
(1894), El dique de Hermiston (1896) y En los mares del Sur. Relato de experiencias
y observaciones efectuadas en las islas Marquesas, Pomotú y Gilbert durante dos cruceros realizados en las goletas Casco 1888 y Equator 1889.
La Isla del Tesoro
Robert Louis Stevenson escribió La isla del Tesoro en 1881 para atender las pe­
ticiones de diversión del jovencito Lloyd Osbourne, de 13 años. Los quince primeros
capítulos fueron escritos en Braemar en las Tierras altas escocesas. Era un verano
tardío, frío y lluvioso y Stevenson estaba de vacaciones en una casita en el campo.
El joven Lloyd Osbourne, hijastro de Stevenson, pasaba los días lluviosos pintando
con acuarelas. Recordando esos momentos, Lloyd escribiría:
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Ocupado con una caja de acuarelas intenté hacer un mapa de una isla que había
dibujado. Stevenson entró cuando yo lo terminaba y con su amable interés por todo
que yo hacía, se apoyó sobre mi hombro, y pronto se puso a construir el mapa y
darle un nombre. ¡Nunca olvidaré la emoción de la Isla del Esqueleto, la Colina del
Catalejo, ni la emoción que sentó en mi corazón con las tres Cruces Rojas! ¡Pero la
emoción fue aún mayor cuándo él escribió las palabras “La Isla del Tesoro” en la
esquina superior derecha! No tardó en demostrar grandes conocimientos sobre la
isla y sus habitantes […] los piratas, el tesoro enterrado, el hombre que había sido
abandonado en la isla. “Oh, es como para hacer una historia sobre ello”, exclamé,
en un paraíso de encanto...
Fue a partir de esa lámina, que día a día se poblaba de montes y ríos, de cabos
y bahías, y a la que se incorporaban nombres y aventuras, cuando Stevenson consi­
deró la posibilidad de escribir un cuento que la tuviera por escenario. Los títulos
para los capítulos que la compondrían, la creación de John Silver, para la que partió
de un «admira­ble amigo» al que «despojé de todas sus excelentes cualida­des hasta
dejarlo tan sólo con su coraje, su energía y su mag­nífico poder de encantamiento».
Su título entonces era El cocinero de a bordo.
A los tres días de dibujar el mapa de Lloyd, Stevenson había escrito los tres pri­
meros capítulos. Iba leyendo cada uno en voz alta a su familia que le hacía sugeren­
cias. Lloyd insistió en que no hubiera mujeres en la historia; el padre de Stevenson
describió el contenido exacto del cofre de Billy Bones; fue también su padre quien
sugirió la escena en la que Jim Hawkins se oculta en el barril de manzanas.
Dos semanas más tarde, un amigo, el doctor Alexander Japp, llevó los primeros
capítulos al editor de la revista Young Folks, que se mostró de acuerdo con publicar
un capítulo semanal. En esta revista infantil fue publicada aquella historia por
entregas con el título The Sea Cook o Treasure Island desde el 1 de octubre de 1881
al 28 de enero de 1882. En 1883 apareció en Londres como un libro completo.
Poco más de treinta años tenía Stevenson y fue su primer éxito econó­mico como
escritor.
La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson
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Argumento
Jim Hawkins es un muchacho que trabaja en el Almirante Benbow, la posada
regentada por sus padres. Un día aparece un marinero con la mejilla cortada, Billy
Bones, cuya única posesión es un viejo cofre. La noche que muere el padre de Jim
llega a la posada un marinero ciego que amenaza a Bones diciéndole que volverá
con sus esbirros para recuperar el cofre. Bones muere de apoplejía, producto de
su adicción al ron y Jim y su madre huyen con el contenido del cofre mientras los
piratas destrozan la posada.
Jim se refugia en la casa del caballero Trelawney junto al Doctor Livesey, de­
jando a su madre en el pueblo más cercano a la posada. Jim les muestra el mapa
del tesoro que encontró en el cofre de Bones y los tres deciden emprender el viaje
tras el oro de Flint. Para ello contratan al capitán Smollet y reclutan a la tripulación
del barco; en ella se infiltran varios piratas que conocían el motivo del viaje como
John Silver, el Largo. Durante la travesía Jim se oculta en un barril de manzanas y
descubre los planes de traición de Silver y otros marineros.
Cuando llegan a la isla, Silver y la mayoría de los marineros desleales desem­
barcan. Jim huye y encuentra a Ben Gunn, un ex marinero del Capitán Flint abando­
nado en la isla. A partir de ahí se produce el enfrentamiento entre los dos bandos
rivales para conseguir el ansiado tesoro.
El Capitán Flint
Vamos a referirnos a este personaje porque, aunque no aparece en el relato, está
muy presente en la historia. El capitán Flint fue el capitán del Walrus que operaba
principalmente en las Indias Occidentales en las Antillas y el sur de las costas de las
colonias Americanas. Su tripulación incluía a los siguientes personajes que aparecen
en la historia principal: su segundo de a bordo William (Billy) Bones; su contramaes­
tre John Silver el Largo; su artillero Israel Hands y otros marineros como Benn Gunn,
Tom Morgan, Pew (Sacristán), Perronegro (Black Dog) o Allardyce, entre otros.
Flint y su tripulación eran sanguinarios, despiadados, temidos y muy ricos, si
pudieran haber mantenido en sus manos todo el dinero que robaron. La mayor parte
del tesoro de Flint conseguido por su piratería (700.000 libras en oro, lingotes de
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plata y una gran cantidad de armas) es, sin embargo, enterrado en una remota isla
del Caribe, o más bien en algún punto en el Océano Atlántico cercano al Caribe,
Flint sacó el tesoro del Walrus con seis de sus marineros y lo llevó a tierra, cons­
truyendo una empalizada en la isla como sistema de defensa. Cuando enterraron
el tesoro, Flint volvió al Walrus solo, habiendo asesinado a los seis marineros y
con un mapa con la localización del tesoro que guardaría hasta el momento de su
muerte. El paradero de Flint y su tripulación fue oscuro inmediatamente a partir de
entonces, pero que terminó en la ciudad de Savannah (Georgia, Estados Unidos).
Flint estaba enfermo y su consumo sin control de ron no lo ayudó. Sobre su lecho
de enfermo fue recordado por cantar el canto de marineros “quince hombres” y pi­
diendo incesantemente más ron. Justo antes de su muerte, le entregó el mapa del
tesoro a su compañero del Walrus, Billy Bones.
Después de la muerte de Flint, la tripulación se separa, la mayoría de ellos
regresan a Inglaterra. Separaron sus partes del tesoro que tenían en forma diversa.
John Silver conservó 2.000 libras, llevándolas lejos y guardándolas seguras en un
banco y convirtiéndose en propietario de una taberna en los muelles de Bristol,
Inglaterra. Pew gastó 1.200 libras en un solo año y los dos siguientes se los pasó
mendigando y muriéndose de hambre. Benn Gunn regresó a la isla para tratar de
encontrar el tesoro sin el mapa, al fallar en la búsqueda sus compañeros de tripula­
ción lo abandonaron en la isla. Bones, sabiendo que estaba marcado por la posesión
del mapa (tan pronto como los demás miembros de la tripulación de Flint tuvieran
el deseo de recuperar el tesoro), buscó refugio en una remota parte de Inglaterra.
Sus viajes lo llevaron a la rural West Country, pueblo costero de Black Hill Cove, que
resulta ser donde se ubicaba la posada del Almirante Benbow.
El bildungsroman:
La isla del Tesoro o la historia del viaje hacia el oro de Flint es, sobre todo, la
crónica del aprendizaje de un joven. Es la azarosa adecuación a la suerte del camino
estableciéndose, sutilmente, un código moral, un juego de lealtades y supervivencia,
de fascinaciones y renuncias, y, en suma, un aprendizaje de vivir, que transforma al
niño asus­tadizo de las primeras páginas en el encallecido y veterano Jim Havvkins que
regresa a Bristol como regresaban todos los viajeros, más sabios, y, quizá más tristes.
La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson
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También es la historia del sueño libertario, de la huida al mar, del viaje como
destino no solo como medio. Lo que convierte La isla del Tesoro en una leyenda
son siete o nueve sagaces observaciones perdi­das entre la maravilla de sus páginas:
un gesto del irreprocha­ble caballero o del no menos intachable doctor Livesey que
repentinamente nos descubre el filibustero que anida en su corazón; o por el contra­
rio, la grandeza imprevista del dege­nerado Israel Hands en el parlamento “Durante
treinta años he surcado los mares”; la soberana figura del capitán que llega a la
hostería con su viejo cofre, el amigo y maestro John Silver “el Largo”, enseñando a
vivir. Y en medio de todos, el joven Hawkins, de un lado a otro, aprendiendo el pre­
cio de vivir. Al final de la historia habrá aprendido por un lado lo que es preci­so para
convertirse en un miembro destacado de su co­munidad y por otro lado que nunca
podrá silenciar la llamada del mar, la libertad bajo la bandera pirata y la ilusión que
lo llevó hacia el oro enterrado.
Se propuso divertir a un joven y levantar para él una aven­tura con filibusteros,
un barco, la mar, una isla, un mapa de un tesoro, un motín a bordo, algún notable
del contorno, una canción corsaria, la sombra de Flint, un entrañable pira­ta con
una sola pierna y un loro en un hombro, un joven que aprende a ser hombre, y
viento en las velas y consiguió narrar el aprendizaje de un joven al mismo tiempo
que creaba una leyenda y marcaba a cada uno de sus lectores con la fascinación
por la aventura pirata y por sus inmortales personajes que todavía hoy en día nos
siguen seduciendo.
La sociedad del momento: la época Victoriana
El mundo que Robert Louis Stevenson vivió fue quizá el del final de la gran­
deza. Corresponde a la era victoriana; la Reina Victoria vive el apogeo del Imperio
Británico. La vitalidad inglesa es fruto de la herencia de la unión entre nobleza y
burguesía.
Cuando nace Stevenson, en 1850, el Reino Unido es una próspera nación que
domina orgullosa medio mundo. Nueve años antes se ha inaugurado esa apoteosis
con la Exposición Universal. El Imperio parece inmutable. 10
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Todo ese profundo impulso histórico repercute en la evolución cultural. El apo­
geo de la burguesía y el crecimiento del proletariado industrial van a condicionar
una rápida agonía del Romanticismo; de un mundo de poetas se pasa a un mundo
de novelistas. Es el triunfo de Dickens, George Eliot y Oscar Wilde, entre otros. Y en
filosofía ven la luz las doctrinas utilitaristas y cientifistas; de ahí que estas ideas
viajen por los confines del Imperio gracias a los exploradores. Stevenson ve cons­
truir el Canal de Suez, el desarrollo del ferrocarril, la agonía de los veleros, la inven­
ción de la lámpara incandescente... Y su obra no será ajena a ese impulso marino y
aventurero. El autor llena las páginas con el brillo de la gallardía inglesa.
La Isla del Tesoro en otros medios
Esta obra ha sido fuente de inspiración en el cine, la televisión, la literatura,
los cómics e incluso los videojuegos.
La Isla del Tesoro es una película de aventuras de 1950, dirigida por Bryon
Haskin. Billy Bones, un viejo bucanero vive escondido en la posada del Almirante
Benbow. El filibustero guarda en un baúl un valioso mapa que indica el lugar exacto
donde se oculta el tesoro producto de las innumerables andanzas del pirata Capitán
Flint. El malhechor es localizado por Perro Negro, un antiguo compañero de corre­
rías piratas, al que ahuyenta a sablazos. Más tarde aparece el ciego Pew, que le en­
trega la Mancha Negra, como aviso de que sus antiguos camaradas piratas vendrán
a por el mapa. Bones muere de apoplejía y el mapa con la localización del botín,
que busca la antigua tripulación pirata de Flint, va a parar a manos del pequeño Jim
Hawkins, hijo de la dueña viuda de la posada.
Encantados por la idea de localizar el tesoro enterrado por el Capitán Flint, el
caballero Trelawney, el doctor Livesey y Jim Hawkins, fletan el navío La Hispaniola
e inician una travesía marítima hacia una isla caribeña. Por desgracia ignoran que
un gran número de la tripulación pirata de Flint viaja a bordo del barco, incluyen­
do a Long John Silver, cocinero de a bordo, pero antaño temido contramaestre de
Flint.... Vemos pues que la película conlleva vierta fidelidad hacia la historia ideada
por el escritor.
La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson
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