5 - Don Bosco Argentina

Transcripción

5 - Don Bosco Argentina
Las expresiones de la amorevolezza
Pedro Braido,
Don Bosco al alcance de la mano
Cap. 6
La intuición fundamental de Don Bosco es una realidad rica, que resume en si otras intuiciones, 0
mejor, otras realidades y actuaciones prácticas y vivenciales.
Esto no nos obliga a adentrarnos en el conocimiento de cosas misteriosas, complicadas. La
“amorevolezza” de Don Bosco supone la caridad teológica, exigente y sólida, ni más ni menos
porque sabe desmenuzarse “pedagógicamente” en tales detalles (al menos eso le parecen al
adulto) que constituyen su realización más verdadera, más cercana a la psicología del chico, para
el cual semejantes menudencias o insignificancias son cosas importantes y serias.
Estas expresiones tienen un nombre muy humilde.
Por lo demás, ¿no era idea de la pedagogía romántica y de los grandes tratadistas de esta
disciplina casi contemporánea de Don Bosco que el juego es la tarea del chico, que el movimiento
y la alegría y los regalos y las distracciones son las cosas más serias para él, el instrumento de su
expansión humana correcta, que desemboca en Ia seriedad del trabajo y de la vida adulta? ¿No
vivía Don Bosco en el tiempo de la primera afirmación de la pedagogía del juego-alegría-acción de
Froebel y del nacimiento de las primeras casas de infancia que se inspiraban en dichos principios?
No nos maraville, por tanto, que las “expresiones” más importantes de su “amorevolezza” se
llamen patio de recreo, juego, alegría, familia, estilo de convivencia fraternal y de relación paternofilial entre el educador y el educando, que tendrá luego las manifestaciones más profundas y
constructivas en la confidencia de la palabrita al oído, del encuentro de tú a tú en el confesionario,
en el desempeño del cargo de Director-Padre en ese coloquio colectivo y cordial de las típicas
“Buenas Noches”.
Comencemos atendiendo a las expresiones o manifestaciones más externas.
1. LA ALEGRÍA
Característica esencial de la familia de Don Bosco por la cual no se trata ya solamente de un
“recurso metodológico”, medio, expediente, para hacer aceptar lo sustancial, sino que se trata del
resultado de una instintiva valoración psicológica del joven y del espíritu de familia.
Don Bosco, más comprensivo e intuitivo que muchos padres, sabe y comprende que un
muchacho es un muchacho y permite y quiere que lo sea. Sabe que la forma de vida del chico es
la alegría, la libertad, el juego, la “Sociedad de la Alegría”... Sabe que con vistas a una acción
educativa y profunda, el muchacho ha de ser respetado y querido en su condición natural que no
consiente artificios, violencias, situaciones forzadas. Además, no hay nada que hacer con
respecto a un chico artificiosamente anormal, triste, solitario, envejecido antes de tiempo. En
definitiva, la alegría para Don Bosco es el resultado de una valoración cristiana de la vida.
El Evangelio, la “buena nueva”, debe serlo sobre todo para el joven cristiano sin jansenismos ni
rigorismos. De la religión del amor, de la salvación, de la Gracia, no puede brotar más que gozo,
esperanzado y positivo optimismo. La familia de Don Bosco es familia cristiana. En Don Bosco
estos varios puntos de vista se persiguen y se entrelazan unos con otros.
Para él, el apóstol del trinomio “Razón, Religión, Amorevolezza”, la alegría es necesidad
fundamental de vida, ley de juventud, que es por definición una edad gozosa y libre. Recordemos
aquella estupenda página de la biografía de Miguel Magone donde sin disimulada complacencia
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se refiere a su “índole fresca y vivaz”, a la “mirada compasiva a los juegos” después del recreo.
Afirma que “parecía que salía de la boca de un cañón cuando pasaba de las aulas al patio. (San
Giovanni Bosco, Cenno biografico sul giovinetto Michele Magone.Turín, 1940.)
Don Bosco veía en él la imagen de sus jovencitos. Por ello hace suya aquella sentencia de San
Felipe Neri: “Mientras tengan tiempo, corran, salten y diviértanse cuanto les dé la gana, pero por
caridad no cometan el pecado”. (MB VII, 159. “Buenas Noches” del 2 de mayo de 1862.)
Esta comprensión de la psicología juvenil hace que acepte en parte los fervores militares de 1848.
“Acomodándose a las exigencias de los tiempos, en todo aquello que no desdecía de la religión y
de las buenas costumbres, no tuvo inconveniente en permitir a sus muchachos realizar sus
maniobras y evoluciones en el patio del Oratorio y hasta encontró la forma de hacerse de una
buena cantidad de fusiles de madera”. (MB III, 320-321.)
Los amigos de Don Bosco conocían bien los famosos préstamos de José Brosio, “ex-bersagliere”.
(MB III, 438-440. Una cita paralela (tomo VIII, 103) nos informa de cómo el príncipe Amadeo de
Saboya, habiéndose enterado de que los alumnos de Don Bosco se ejercitaban con gusto en
tablas gimnásticas dispuso que se les regalara parte de los aparatos de su propio gimnasio.
Los juegos, las bromas, las amenísimas conversaciones adobadas con seriedad y sentido
educativo, llenan los recreos. (Cfr. los caps. XXX-XXXI del vol. VI de las Memorias Biográficas.)
“En recreo no soportaba que algunos se encontrasen apartados de los demás compañeros ni
consentía que hubiera bancos para sentarse” (MB VII, 50.)
a. El juego. La pedagogía del patio
Para el muchacho —cuyo reino ha sido el aire libre de la plaza, de los campos, de la calle— el
principal escenario donde se va a desarrollar su vida alegre lo constituye el patio, la pista de
recreo, el campo de juego.
Más que en otro cualquier ambiente, la alegría encuentra aquí la forma más sincera y explosiva de
expresarse. Por ello en la mente y en la práctica de Don Bosco el patio se convierte en un medio
diagnóstico y pedagógico de primer orden.
“En la tradición de Don Bosco la vida del patio, tal como él lo ha entendido, inculcado y actuado,
es un factor esencial e indispensable para la completa educación de los jóvenes y es un pilar de
su sistema. Nosotros comprendemos la razón de la insistencia que siempre sostuvo al escribir o
hablar a sus salesianos. Arranquemos de la vida de Don Bosco —como de la vida de cualquiera
de sus casas— la animación del patio y nos quedara una figura sin carácter, en la casa se hará un
vacío que no se puede llenar viniéndose abajo sin remedio una gran parte ciertamente de la típica
construcción educativa y justamente la labor de contacto con cada uno de los jóvenes que es la
más necesaria. (A. Caviglia, II “Magone Michele”. Turín.)
También en este punto, la carta de 1884 es un documento significativo al que es obligado
referirse.
“Me fijé y vi que eran pocos los sacerdotes y clérigos que estaban mezclados entre
los jóvenes y muchos menos los que tomaban parte en sus juegos. Los superiores
no eran ya el alma de los recreos. La mayor parte de ellos paseaban, hablando entre
sí, sin preocuparse de lo que hacían los alumnos. Otros jugaban pero sin pensar
para nada en los jóvenes. Otros vigilaban a la buena, pero sin advertir las faltas que
se cometían. Alguno que otro corregía a los infractores, pero con amenazas y
raramente. Habla algún salesiano que deseaba introducirse en algún grupo de
jóvenes, pero vi que los muchachos buscaban la forma de alejarse de sus maestros
y responsables. Entonces mi amigo me dijo: —En los primeros tiempos del Oratorio,
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¿usted no estaba siempre en medio de los jóvenes, especialmente en tiempo de
recreo?” (MB XVII, 110).
Esta es la “amorevolezza”. No se habla de disquisiciones teóricas sobre la educación física, sobre
la formación mediante el juego, etc. Se trata de este imperativo simple y pesado a la hora de
cumplirlo: que los Superiores sean “el alma del recreo”, “apasionados” juvenilmente,
desenfrenadamente, por los juegos de los chicos como si fuesen sus propios juegos y de su total
agrado. “Estar en medio de los jovencitos de forma especial en tiempo de recreo”. Un tratado de
pedagogía especial sobre la educación física o sobre la “asistencia” no sería capaz de conseguir
el sentido concretísimo, inmediato, realista, de estas afirmaciones.
La ciencia, lejos de desmentirlas, las acepta y las corrobora, como vemos por el claro testimonio
de un educador, psicólogo de indiscutible autoridad: “Vivir activamente en medio de los
compañeros adquiere una enorme importancia para el muchacho porque desarrolla las tendencias
y disposiciones buenas y evita las menos buenas o inútiles y también porque es una ocasión para
que su carácter se vaya manifestando. De aquí nace la importancia de la educación llevada a
cabo por medio de la escuela no tanto como ambiente donde se imparte una enseñanza cuanto
como ambiente, sobre todo, donde el alumno juega. Don Juan Bosco, gran educador y gran santo,
habla penetrado tan espléndidamente esta condición psicológica infantil que hizo de este punto el
centro de la educación del chico. Es sabido lo que afirmaba sobre la importancia del patio como
lugar de juego, donde sus religiosos se dedican a la educación de sus alumnos en las horas de
recreo” (A. Gemelli, Psicologia dell’età evolutiva. Milan, 1947.)
b. Teatro
Uno de los siete “secretos” del buen funcionamiento del Oratorio recordados por Don Bosco era
éste: “alegría, canto, música y libertad grande en las diversiones” (MB XI, 222.) En el opúsculo
sobre el Sistema Preventivo leemos estas palabras: “Se conceda amplia libertad de saltar, correr,
alborotar a placer. La gimnasia, la música, la declamación, el teatro, las excursiones, son medios
muy eficaces para obtener la disciplina, favorecer la moralidad y la salud”.
El origen ocasional del pequeño teatro no impide que se vaya poco a poco integrando en el
sistema educativo de Don Bosco de forma práctica y vital como elemento constitutivo para la
construcción del ambiente de alegría y con una función educativo-didáctica. (MB III, 592-594.
Parece que surge por iniciativa de Tomatis (alumno de Valdocco desde 1849 hasta 1861) para
entretener a los compañeros internos durante la tarde del sábado o la víspera de las fiestas
mientras Don Bosco atendía al confesionario.)
Su finalidad aparecía señalada en aquella vibrante intervención de Don Bosco en enero de 1871:
“Me parece que las representaciones teatrales tienen como base el divertir, el instruir. Han de
evitarse aquellas escenas que pueden endurecer el corazón juvenil o producir una impresión
deplorable en su delicada sensibilidad. Se monten comedias, pero que se trate de cosas sencillas,
que tengan una moralidad. Se cante también, porque además de divertir y expansionar constituye
una parte de la enseñanza tan deseada en los tiempos que corren”. (MB 1.057-1.058.)
La alegría, la diversión, que los jóvenes buscan por sí mismas, están en función de más altos
fines: instruir, educar. Las “Reglas del Teatro” de 1871, en su primer artículo, sancionan esta triple
finalidad. “Finalidad del Pequeño Teatro es alegrar, educar, instruir a los jovencitos lo más que se
pueda moralmente”. Y se confirma esta tesis en el artículo 6°: “Se ha de procurar que las obras
sean amenas y aptas para divertir pero siempre instructivas, morales y breves”. (Reglas del
Pequeño Teatro. Publicadas y repartidas por las casas salesianas. 1871)
La capacidad de recrear, de construir un clima, una atmósfera de alegría, es el primer elemento
educativo del “Teatrino” señalado por Don Bosco. La voluntad de obtener este objetivo justifica
todas las otras cautelas respecto a la moralidad, finura, delicadeza. No a la vulgaridad, no a lo
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trágico, no a las representaciones excesivamente serias, no a los dramones sentimentales y
violentos, como se desprende de una carta escrita a Don Miguel Rúa en enero de 1877 desde
Roma: “Hagan de forma que estén ausentes las historias trágicas, los duelos, las palabras
sagradas”... (13 MB XIII 30.)
Abundan en este sentido las “Reglas del Pequeño Teatro” de 1871, en su artículo 7°: “Se eviten
aquellas composiciones que representan hechos atroces. Alguna escena más seria de lo
acostumbrado puede tolerarse, pero las expresiones poco cristianas y el vocabulario que pudiera
resultar incivil o demasiado grosero sean absolutamente suprimidos”... (MB X, 1.060.
El propio Don Bosco nos sorprende al convertirse en improvisado autor teatral de dos obritas, una
sobre el Sistema Métrico (1849) y otra titulada “La casa de la fortuna”, que fue representada en la
fiesta de Santa Cecilia el año 1864 y luego publicada en la colección de sus “Lecturas Católicas”
en enero de 1865. (“II sistema metrico decimale”. Turín, 1849. Ocho diálogos. “La casa della
fortuna. Rappresentazione drammatica”, del sac. Juan Bosco, con el apéndice “II buon figliuolo”
del ab. Mullois. Turín, 1865. Cfr. también MB VII, 816)
Desde entonces las fiestas salesianas se caracterizan tradicionalmente por representaciones
teatrales en prosa, poéticas o musicales, en las que los jóvenes actores aprenden a empeñarse
con mucho esfuerzo sobre las tablas...
c. Música y canto
Música y canto están estrechamente unidos al concepto de educar mediante la alegría dentro de
una atmósfera serena y serenante...
En 1859 Don Bosco dispuso que sobre la puerta de la sala de música vocal constaran estas
palabras, correspondientes a una sentencia bíblica con sentido acomodado a la ocasión: “Ne
impedias musicam” (MB V. 540).
Su postura queda retratada en la célebre e histórica frase: “Un Oratorio sin música es un cuerpo
sin alma”, pronunciada en 1855 cuando su Banda de Música estaba todavía compuesta por ocho
miembros solamente (MB V, 347 y XV, 57). En sus Memorias (Memorias del Oratorio, 128)
encontramos una expresión igualmente elocuente al referirse a las primeras celebraciones y
cantos sagrados (invierno de 1841-42).
Esta pequeña célula poco a poco se ha ido engrosando y alimentando hasta transformar la casa
de educación de Don Bosco en un gran coro melodioso y armónico (MB V, 346-348. 11, 561. III,
26, 149).
Hay variadas razones que son subrayadas por los biógrafos del santo. En los primitivos tiempos la
música se considera prevalentemente como un medio de atracción juvenil: “existía un
considerable número de curiosos”. Por ello “un medio poderoso de mantenerlos interesados
resultó la clase de canto”. (MB III, 150 y III, 321-322.)
Añadamos a todo esto el motivo religioso sobre todo tratándose del canto litúrgico, gregoriano:
“Era su deseo y su intención también que volviendo los muchachos a sus tierras de origen
sirviesen de ayuda al párroco a la hora de cantar en la liturgia” (MB III, 152).
Sobre todos estos motivos, desde un principio, prevalece la razón educativa, moralizadora, dentro
de una atmósfera empapada de actividad fervorosa.
“Los peligros a los que los muchachos estaban expuestos refiriéndonos a la moral y a la
religión en general, requerían mayores esfuerzos con vistas a su tutela. A las clases del día
y de la noche y a la música vocal nos pareció bien añadir la del piano y órgano y la misma
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música instrumental. Mira por donde me convertiría yo en maestro de música vocal y de
banda, de piano y de órgano, sin haber sido jamás anteriormente auténtico alumno de
estas disciplinas”.
La buena voluntad lo suplía todo... “Una vez educadas algunas voces blancas más selectas,
comenzamos a actuar en el Oratorio, en Turín, en Rivoli, Moncalieri, Chieri y otros lugares. El
canónigo Luis Nasi y Don Miguel Angel Chiatellino se ofrecían de buena gana a trabajar con
nuestros músicos acompañándolos, dirigiéndolos, en las celebraciones públicas en distintas
regiones. No habiéndose escuchado hasta entonces voces blancas en conjuntos corales, los dúos
y las intervenciones de los solistas y los “tutti” causaban tal sorpresa que se hablaba de nuestra
música por todas partes y se tenía incluso a gala solicitar la intervención de nuestros cantores en
las distintas solemnidades” (M.O. 209).
d. Excursiones
En el librito sobre el Sistema Preventivo —como ya hemos visto— y en la actividad de Don Bosco
educador, también los paseos y las excursiones entran en juego según aquel principio que
sostiene que amando lo que el joven ama, éste acabará amando también lo que ama el educador.
Pero los paseos queridos y realizados por Don Bosco tienen un alcance educativo mucho más
extenso, colaborando en la creación de un clima de alegría cristiana.
En el Oratorio Festivo de Valdocco desde el principio se repitieron las peregrinaciones y
excursiones que de forma más o menos reducida continuaron posteriormente (M.O. 150, 156,
157).
Fueron clásicos —y casi diríamos preconizadores del turismo juvenil propio de nuestros días— los
paseos de otoño (“passeggiate autunnali”). Desde 1847 hasta 1864 contamos con toda una serie
muy interesante (MB III, 251-252 (1847); III, 444-446 (1848); IV, 639 (1853); V, 348 y ss; VI, 747 y
ss; VI, 1.011 y ss; VII, 282 y ss; VII, 531 y ss; VII. 749 y ss. Una excursión con un itinerario muy
largo en tren hasta Génova y alrededores la encontramos detallada en las MB VII, 752 y ss. Don
Francesia, uno de los primeros participantes, evoca con vivo estilo estas jornadas festivas en su
libro “Don Bosco e le sue passeggiate autunnali nel Monferrato” Turín, 1897. En el “Boletín
Salesiano”, desde 1887 a 1892 fue publicándose por capítulos.)
Cuando estos paseos se acabaron continuó la estadía otoñal en I Becchi de los cantores y de
quienes merecían algún premio (Cfr. MB VII, 779).
Aquellas jornadas tan magníficas y animadas, contaban con una complicada organización.
Actuaba la Banda de Música, se preparaban funciones teatrales, religiosas, se tenían a punto
cantos de ocasión. Los objetivos eran variados “Un centenar de jóvenes —recuerda el primer
historiador salesiano— se ponía en marcha, acompañados por algún clérigo llevando la alegría de
la música y el teatro y la edificante piedad a las tierras por donde pasaban” (MB VI, 267 y ss.
(1859).
Las excursiones cumplían de esta forma una verdadera función educativa: “preservar” del mal a
los chicos durante las vacaciones, “hacerles ver palpablemente que el servir a Dios puede estar
admirablemente unido a la honesta alegría y conseguir una diversión amplia y generosa” (MB II,
384).
Nos parece muy feliz aquella intervención de Fr. Orestano en su discurso conmemorativo de 1934:
“Si San Francisco santificó la naturaleza y la pobreza, San Juan Bosco santificó el trabajo y la
alegría. Es el santo de la euforia, de la vida cristiana activa y feliz... No me extrañaría que Don
Bosco fuese proclamado Protector y Patrono de los juegos y deportes modernos”.
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2. LA PATERNIDAD EDUCATIVA DEL DIRECTOR
Pero el centro unificador visible de la comunidad juvenil en la alegría y amabilidad, la
personificación más real y profunda de la claridad pedagógica de Don Bosco está en el Director.
En una Carta-Circular dirigida a los Salesianos, el santo Fundador, después de comparar a cada
centro educativo con un jardín en el que trabajan un jardinero-jefe con sus ayudantes, añade:
“Este jardinero es el Director. Los alumnos son como delicadas plantas. El personal restante son
colaboradores que dependen del Director, quien carga con la responsabilidad de las acciones de
todos. El Director ganará mucho si no se aleja de la casa que se le ha encomendado a no ser que
tenga razonables y graves motivos...”
“Delicadamente visite con frecuencia los dormitorios, la cocina, la enfermería, las aulas, el salón
de estudio, o al menos pida cuenta de cómo marchan los locales. Se convierta constantemente en
un padre amoroso que desea conocerlo todo para hacer el bien a todos y no dañar a nadie”. (MB
X, 1.102 Circular sobre la disciplina, 14 nov. 1873)...
En el Reglamento del Oratorio Festivo se dice:
-
El Director es el superior, principal responsable de todo cuanto sucede en el Oratorio.
-
Debe ir por delante en la piedad, en la caridad, en la paciencia, manifestándose en todo
tiempo como amigo, compañero, hermano de todos, animando en el cumplimiento del
deber pero como quien suplica y no como quien ordena.
-
Corresponde al Director avisar, vigilar, para que todos estén en su sitio, desempeñando
sus tareas, corregir si es necesario e incluso remover de su puesto a quien lo haya
merecido.
-
Escucha las confesiones de quienes espontáneamente se dirigen a él. Debe ser como un
padre en medio de sus propios hijos (MB III, 98).
Don Bosco tiene la preocupación de que al Director se le garantice y se le ayude a conservar esta
primacía en la confianza y en la autoridad bondadosa, en la paternidad.
“Inspirar confianza en el Director. Cuando un chico irritado por un castigo dice “voy al
Director”, en lugar de duplicarle la pena, se le debe animar a que cumpla su propósito. El
alumno no ira o si lo hace el error será suyo. Tampoco decir: no quiero que cuenten a
nadie, y mucho menos al Director, lo que ocurre en las clases y en los paseos. No
lamentarse nunca con los jóvenes si uno se encuentra molesto por las disposiciones de los
superiores. Consultar en tales casos al Director, el cual procurará contentar a todos...
Nunca echar mano de un chico para castigarlo junto al Director aun cuando se hubiera
puesto a su lado intencionadamente ni añadir, aunque sea bajo cuerda, palabras ofensivas
a la autoridad como éstas: ¿qué me importa a mí el Director? Tanto profesores como
asistentes permitan al Director hacer uso de su derecho de modificar un castigo o
perdonarlo...”
“Por tanto, dejen que el Director tenga libertad para dirigir, y que no se vea obligado por
tontas susceptibilidades a dar marcha atrás cuando con alguna palabra suave o con un
simple perdón existiera la posibilidad de ganar un alma” (Avisos inéditos de Don Bosco.
MB XIV, 845-846.)
Según el más puro estilo de Don Bosco —y teniendo en cuenta aquel principio de que la confianza
no se impone ni se ofrece desde fuera, sino que hay que merecerla y ganarla—, el propio Director
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debe ser un ejemplo constante de amable paternidad, de forma que se gane el afecto y la
confianza filial de los alumnos.
Por esto, todo cuanto resulte odioso o antipático debe ser extraño al Director: “Los Directores no
castiguen, no riñan, no amenacen, sino que amen a los jóvenes. Con entrañas caritativas den
testimonio de la bondad de Dios. Los castigos y las reprimendas pertenecen al campo de la acción
del Prefecto. En un momento se puede perder, y para siempre, la confianza de un muchacho. Los
Directores no intervengan en las notas de conducta de los jóvenes y los jóvenes lo sepan”. (MB X,
1.095. Recomendaciones de Don Bosco reunidas por Don Lemoyne (1873).
El Director realiza en sí “eminenter” la consagración, la amorosa entrega total al bien natural y
sobrenatural de los jóvenes, lo que constituye la esencia del empeño educativo.
Muy delicados son los matices y las tonalidades, incluso humanas, de esta paternidad educativa,
presidida por explícitas intenciones sobrenaturales, como se encuentran repetidas en dos “Buenas
Noches” a las que seguidamente nos referimos.
“Queridos hijos, saben cuánto los amo en el Señor y cómo me he consagrado
totalmente a hacerles el mayor bien que está en mi mano. Deseo ponerlo todo a su
disposición: la poca ciencia y experiencia que he adquirido, la salud, la oración, mi
propia vida, cuando soy y cuanto tengo... En cualquier día y por cualquier motivo no
tengan reparo en acapararme, especialmente si se trata de cuestiones del alma. Por
mi parte, como aguinaldo, les regalo toda mi persona. Quizás se trata de algo
mezquino, pero entregándolo todo quiero decirles que nada me reservo para mí. (MB
VI, 362. “Buenas Noches” del 31 de diciembre de 1859.)
En las “Buenas Noches” del 21 de abril de 1861 decía: “En esta casa se dan dos situaciones
extremas. Algunos siempre están a mi lado. Otros no solamente no se acercan, sino que apenas
me ven salen huyendo. Esto me aflige. ¿Saben por qué? Pregunten por qué un padre desea ver a
sus queridos hijos. Algo más que simple amor paternal tengo yo por ustedes: deseo,
ardientemente, que se salven nuestras almas”. (MB VI, 889. “Buenas Noches” del 21 de abril de
1861.)
En los “Recuerdos confidenciales” se encuentran resumidos los momentos fundamentales de la
acción educativa del Director: “Pasa con los jóvenes el mayor tiempo posible y procura decirles al
oído alguna afectuosa palabra, que tú bien sabes, según la necesidad que adviertas. Este es el
gran secreto que te hará dueño de sus corazones. Demuestra que escuchas a todos de buena
gana”. (MB X, 443-444)
Las paginitas del Sistema Preventivo añaden: “Cada noche, después de las oraciones de
costumbre, y antes de que los alumnos se retiren a descansar, el Director o quien haga sus veces
dirija algunas afectuosas palabras en público. Esta es la llave de la moralidad, de la buena
marcha, del éxito de la educación”.
Nos encontramos ante un cuadro de competencias, específicas, del Director-Educador,
concebidas por Don Bosco:
-
Un trabajo educativo dirigido a la masa, que construye un ambiente y clima general: las
“Buenas Noches”.
Una acción creadora de una atmósfera y al mismo tiempo dirigida singularmente a cada
uno: la presencia del Director entre los educandos y la palabrita al oído...
Una actividad estrictamente personal, individual, una educación que se dirige a cada
cual y se desarrolla en el santuario del sacramento de la Reconciliación o en la dirección
espiritual o en los coloquios particulares.
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a. Las “Buenas Noches”
Vamos a prescindir del problema de sus orígenes y de su originalidad, considerando por encima
brevemente el valor educativo que Don Bosco les atribuyó. (Sobre las “Buenas Noches” del primer
Oratorio se pueden encontrar amplias noticias en el vol. III de las MB 353-354 (para el año 1848) y
en el IV, 12 (para el año 1850). Don Eugenio Ceria trata este asunto exhaustivamente en los
“Anales de la Sociedad Salesiana”, vol. III, cap. 41: “Sobre las ‘Buenas Noches’, algo totalmente
salesiano”.
Los motivos y los orígenes de esta costumbre o práctica cotidiana los explica el propio Don Bosco
en sus Memorias del Oratorio (M.0. 205) que, como ya es sabido, son autobiográficas:
“Teníamos dificultades. Como todavía no existían talleres en el colegio, nuestros alumnos iban al
trabajo y a clase a la ciudad con serios peligros morales para ellos, ya que los compañeros con
que se encontraban, las conversaciones que oían y cuanto contemplaban echaban a perder todo
lo que aprendían y ponían en práctica en el Oratorio. Fue entonces cuando comencé a hacerles
una brevísima platiquita nocturna después de las oraciones, con el fin de exponer o confirmar
alguna verdad que tal vez hubiese surgido a lo largo del día en las conversaciones”.
“El edificio moral del Oratorio —escribe el primer biógrafo— se mantenía estable, espléndido, y la
llave maestra de este fenómeno era precisamente la platiquita de todas las noches después de las
oraciones. A nadie cedía Don Bosco este deber suyo a no ser que se encontrara absolutamente
impedido. Deseaba que quien le supliera en este delicado menester, no hablase más de tres o
cinco minutos. Pocas palabras, una sola idea fundamental pero que impresione de forma que los
chicos vayan a dormir imbuidos de la verdad que se ha presentado a su consideración”. (MB VI,
94.)
Psicológicamente, las “Buenas Noches” estaban concebidas para intensificar el ambiente Intimo
propio de una familia. Un biógrafo de Don Bosco hace esta descripción: “Subido sobre un ambón
o —como escribía el profesor Alejandro Fabre— alguna vez sobre un banco o una silla, avisaba
primeramente sobre los objetos extraviados y encontrados durante el día (un lápiz, un
cortaplumas, un juguete, una bufanda, una gorra) y luego daba disposiciones eventuales para el
día siguiente. No faltaban ni un consejo ni una advertencia frecuentemente extraídos de algún
hecho excepcional, de una desgracia leída en algún periódico, de un episodio de la vida del santo
del día o del siguiente. Todo ello expuesto con máxima sinceridad y el calor expresivo de una
aplicación oportuna a la moral práctica de la vida”. (MB X, 1.033)
El estilo familiar del comienzo y la vivacidad de las espontáneas intervenciones (o más
frecuentemente intervenciones preparadas con anterioridad) crean el “pathos” de la comunicación,
de la simpatía. La relación entre educador y educando se convierte también psicológicamente en
relación amistosa llena de dulzura y de intimidad (Cfr. Por ejemplo MB VII, 33).
Resulta entonces agradable y aceptable la llamada de algún pensamiento serio o la invitación al
compromiso de eternidad, de deberes morales.
b. Palabrita al oído
Elemento fundamental que requiere suprema discreción y finura.
En este caso la relación Director-alumno, educador-educando, es de auténtica paternidad
espiritual. Don Caviglia escribe: “El primer coloquio tiene lugar en el patio de recreo. Las miradas
se encuentran, el muchacho sonríe, el buen padre ‘sonriendo’ le interroga. La sonrisa de Don
Bosco es ya la mitad de su pedagogía: recordemos a Bartolomé Garelli”. (Caviglia, “n documento
inesplorato...”, en la revista “Salesianum”)
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Con más humor refiriéndose a casos semejantes, pero con sentido de suave ataque y de llamada
de atención (la palabra al oído se convierte entonces en firme amonestación y llamada al orden),
Don Bosco hablaba de “desplumar los mirlos”. (MB X, 401)
Alguna que otra vez la “palabrita” tenía el sentido de un aviso previo y de una ayuda prometida
que asombraba al chico.
En otras ocasiones era sustituida por billetitos, aguinaldos y consignas individuales escritos por él.
(MB VII, 846. VI, 442-449.
c. Coloquios. Dirección espiritual
He aquí una anécdota entre tantas otras...
Pablo Perrona, de once años, recibido en Valdocco en 1871, se acerca una mañana a Don Bosco
que al salir de la iglesia de María Auxiliadora, rodeado por un grupo, explica a un alumno el <a + b
— c> diciendo: “si quieres ser amigo de Don Bosco procura ser <a + b — c>... Hay que ser <a>, o
sea, alegre. Más <b>. 0 sea, bueno. Menos <c>. 0 sea: menos <cattivi> (malos, perversos). Esta
es la receta para ser amigos de Don Bosco”.
El santo, alejándose, le dice: “Pregunta a tus compañeros cómo tienes que hacer para hablar con
Don Bosco”. Y un compañero le enseña... Lo conduce a la sacristía señalándole un sillón bajo un
crucifijo de grandes dimensiones, con dos bancos largos para arrodillarse a los lados y le
comunica que allí Don Bosco suele confesar a sus muchachos y que expresamente para tal fin lo
podría esperar si él quisiera (MB X, 1.010-1.011).
Quizás no falte quien a pesar de que ame y admire a Don Bosco siempre lo considere como un
saltimbanqui de I Becchi. El “capitán de los bandidos” es, por el contrario, un educador profundo,
decidido, exigente, que concibe la acción educativa con gran sentido de responsabilidad, como
obra en la que hay que comprometerse a fondo. Hasta que no se llega profundamente a la
conciencia, a la interioridad personal, es inútil despilfarrar energías en coreografías y
demostraciones masivas o de fuerza...
Tal fue la dirección espiritual que Don Bosco pensó y llevó a la práctica con los chicos, gradual y
relativa a la escala de bondad y de formación conseguida o por conseguir por cada uno. Para Don
Bosco es necesaria en la forma más esencial, para cualquier clase de jóvenes y la pide a todos y
a todos la recomienda, sea desarrollándose normalmente en la confesión o en otro lugar.
La necesidad de una dirección espiritual es una tesis que resulta clara de aquella narración
pedagógica titulada “Valentín o la vocación contrariada” (1886).
El Director del centro donde Valentín es recibido —tras el resultado desastroso de un año
transcurrido en un colegio laico— puede oírle en confesión finalmente después de dos meses.
“Desde aquel día su tenor de vida fue de total agrado de su Director que ya no perdió jamás de
vista al hijito que había adquirido” (p. 24).
Pero la dirección espiritual no está esencialmente atada a la confesión. Don Bosco admite y
facilita encuentros y coloquios entre los “hijos de familia” y el “padre” con muchas modalidades
siempre conducidas a una dirección y una educación espiritual, de una profundidad y una
consistencia muy variada a tenor del carácter de cada sujeto y del recíproco entendimiento.
Esto lo demuestran las numerosas cartas a los jóvenes (por ejemplo, MB VIII, 397), las consignas
individuales, los billetitos, las conversaciones esporádicas (es famosa aquella de una hora
recordada por Domingo Savio en una carta dirigida a su padre) (Cfr. A. Caviglia, “Domingo Savio.
Studio”, pp. 86-87, es un estudio sobre este alumno de Don Bosco elevado a los altares). En otro
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lugar encontramos coloquios con jóvenes recién llegados, nuevos en el centro educativo (MB VI,
382. Con Besucco, MB VII, 492-495. Con el joven Saccardi, MB VIII, 263).
No interesan las formas. Lo que importa es la tesis y ésta no se puede discutir. En la vida de una
familia los encuentros entre padre e hijo no están sujetos a esquemas, etiquetas u horarios, y
mucho menos toman el tono de la instrucción o de la pesquisa más o menos espiritual. Lo que
importa es el conocimiento y la recíproca comprensión entre educador y educando con
espontaneidad, libertad y en progresiva confianza.
Don Bosco la reconoce como necesaria particularmente en la búsqueda y orientación vocacional y
por tanto en los momentos cruciales de la vida y del período educativo.
El Director, a través de la dirección espiritual, de la cual es uno de los más importantes
depositarios, interviene en uno de los momentos culminantes de la acción educativa.
También en este campo ha de ser padre. Por lo demás, en toda familia ordenada, son los padres
los que juntamente con el hijo deciden sobre su porvenir y el camino que va a emprender.
Pongamos de relieve, una vez más, la extrema seriedad educativa de Don Bosco. Repasando el
vocabulario “pedagógico” del gran educador piamontés, tan rico en términos pertenecientes a una
esfera emotiva, como “familia, amabilidad, corazón”, etc., quizás alguno esté tentado de pensar en
una pedagogía “romántica” y tierna y podría colocar a Don Bosco junto a Pestalozzi o Richter.
Cometería ese tal una imperdonable injusticia histórica.
Es preciso en este momento, quizás más que en otros apartados, recurrir al famoso trinomio
equilibrador... No existe para Don Bosco amor sin verdad, ni religión sin razón, ni paternidad o
familia sin precisas y objetivas relaciones de obediencia, respeto y sumisión. Y sobre todo no hay
amor, familiaridad o paternidad educativa auténtica si no se inspiran y alimentan en una profunda
y dogmática religiosidad cristiana, cuyo principio, el verdadero “primum ontoligicum”, es Dios, el
Padre que está en los cielos. El Dios que es amor.
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