El Frente Ventana y la Generación Traicionada

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El Frente Ventana y la Generación Traicionada
El Frente Ventana y la Generación Traicionada
A comienzos de la década de los sesenta aparecieron en el país dos grupos literarios
antagónicos en cuanto a sus posiciones sobre el papel de la literatura y el arte en la
sociedad: el Frente Ventana, surgido en las aulas universitarias en León, y encabezado
por Fernando Gordillo (1940-1967) y Sergio Ramírez (1942); y la Generación
Traicionada, formada en su mayoría por jóvenes recién salidos del Instituto Ramírez
Goyena de Managua, y encabezada por Roberto Cuadra (1940), quien muy pronto
habría de desaparecer de la escena literaria; Edwin Yllescas (1941), Iván Uriarte (1942),
y Beltrán Morales (1944-1986), quien pasó luego al Frente Ventana.
Los miembros del Frente Ventana pertenecían a su vez a la llamada Generación de la
Autonomía, toda una pléyade de muchachos que bajo el liderazgo del Rector de la
Universidad Nacional, el doctor Mariano Fiallos Gil, humanista y escritor, participaron
en la conquista y consolidación de la autonomía universitaria, un gran hito cultural para
el país. Esta generación, bautizada con sangre en la masacre estudiantil del 23 de julio
de 1959, habría de desembocar tanto en la política como en la literatura, bajo un
reclamo revolucionario que daría como fruto la creación del FSLN en 1963.
Eran los años en que crecía en Nicaragua un gran fermento de rebeldía, marcados por el
triunfo de la revolución cubana, la lucha de los movimientos de liberación nacional en
África y Asia, y los primeros movimientos guerrilleros en Nicaragua; y, además, por el
cierre de los espacios democráticos y la falsificación de las elecciones, impuestos por la
dictadura.
En este contexto, el Frente Ventana centraba sus posiciones en el reclamo por una
literatura de raíces nacionales, que al tiempo de buscar la excelencia literaria, estuviera
comprometida con las luchas sociales y con el cambio profundo de las estructuras
injustas. Estas posiciones estaban contenidas en los antimanifiestos y antieditoriales
publicados en las páginas de la revista experimental Ventana, que dirigida por Gordillo
y Ramírez se publicó entre 1960 y 1964.
La Generación Traicionada, bajo la influencia de la beat generation de Estados Unidos
(Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Jack Kerouack), lo que proclamaba era el
rechazo a la civilización de consumo que creaba soledad y frustración en las grandes
ciudades, las selvas de cemento, como en el célebre poema Howl (Aullido) de Ginsberg.
La polémica entre los dos grupos se desarrolló en las páginas de Ventana, que acogía en
sus páginas los manifiestos y colaboraciones literarias de los miembros de la
Generación Traicionada; e igualmente en las páginas de La Prensa Literaria. En una
segunda breve etapa, la revista Ventana fue dirigida por Beltrán Morales y Michéle
Najlis.
En octubre de 1961, el Frente Ventana organizó en León la Primera mesa redonda de
poetas jóvenes de Nicaragua, donde además de los dos grupos en pugna participaron
otros, como el Grupo U de Boaco, que encabezaban Flavio Tijerino y Armando Incer,
así como escritores que no pertenecían a ningún bando; y si en algo coincidían todos,
era en el rechazo de la mala literatura, en busca de nuevos caminos de originalidad y
renovación.
Fernando Gordillo, nacido en Managua, fue atacado por una extraña enfermedad,
miastenia gravis, y murió muy joven, también en Managua. A pesar de esa desgraciada
circunstancia tuvo una vida intelectual intensa, marcada por la honestidad a toda prueba
y por el desafío intelectual; poeta, ensayista, crítico literario y narrador, fue también
activista político infatigable, aún desde la silla de ruedas a que se vio condenado, y se
convirtió en el ideólogo más notable de su generación. Todos sus escritos, tanto en
verso como en prosa, fueron reunidos por Sergio Ramírez en Obra, publicado en
Managua en 1989, y en ellos se refleja el compromiso que animó toda su vida.
Sergio Ramírez nació en Masatepe. Se graduó de abogado y pasó luego a trabajar en
Costa Rica para el Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA), del que
fue Secretario General durante dos períodos. Vivió en Alemania, con una beca de
escritor y luego, incorporado a la lucha revolucionaria, encabezó el Grupo de los Doce.
Formó parte de la Junta de Gobierno que sustituyó a Somoza en 1979, y luego fue
Vicepresidente. Su obra literaria se consolidó en el género narrativo, como novelista y
cuentista, además de ensayista.
Edwin Yllescas, nacido en Estelí, se graduó de abogado. Su poesía de toda una vida no
se publicó sino en 1996, por decisión propia, bajo el título Algún lugar en la memoria.
El libro está compuesto por ocho libretas de versos, en los que según sus propias
palabras “habla con la precisa e inexacta locura del asombro. Con alegría, pero también
con tristeza y desolación”; una poesía provocadora que es consecuencia de una
búsqueda existencial, y también de estilos emergentes.
Iván Uriarte, nacido en Jinotega, se graduó en la Universidad de Pittsburgh. Su primer
cuaderno de poesía fue 7 poemas atlánticos (1968), memoria de un viaje por el río
Escondido, que tiene una dimensión de encanto telúrico; y ha publicado también Éste
que habla (1969), Los bordes profundos (1999), y Pleno día (1999), en los que busca la
creación de atmósferas que son a la vez íntimas, llenas de sugerencias, y la afirmación
de un universo verbal muy propio.
Beltrán Morales, nacido en Managua, fue el más joven de los escritores de la época del
Frente Ventana y la Generación Traicionada, y su poesía representó el mejor de los
testimonios críticos de su generación, una poesía ácida y descarnada, contestaria hasta el
fondo, pero nutrida de un brillante lirismo: “cada molécula de su organismo era poeta
como en Joaquín Pasos”, señalaría Carlos Martínez Rivas. Un enfant terrible que fue
capaz de ejercer influencia entre otros poetas de las siguientes generaciones, a pesar de
su temprana muerte, acaecida en Managua.
Entre sus libros de poesía figuran Algún sol (1969), Agua Regia (1972), y Juicio final
andante (1976); su Poesía completa fue publicada por la Editorial Nueva Nicaragua
(ENN) en 1989. El afán purificador que lo poseyó siempre, lo llevó también a la crítica
literaria, que ejerció sin concesiones, y que quedó recogida en dos libros: Sin páginas
amarillas (1975) y Malas notas (1989).
A la generación de los años sesenta, una de las más ricas y variadas en la historia
literaria del país, pertenecen también Napoleón Fuentes (1941), Luis Rocha (1942),
Francisco Valle (1942), Alvaro Gutiérrez (1943), Carlos Perezalonso (1943), Fanor
Téllez (1944), y Julio Cabrales (1944); así como Francisco de Asís Fernández (1945) y
Jorge Eduardo Arellano (1946), que encabezaron en Granada el grupo Los Bandoleros.
Es también la década en que habría de surgir toda una pléyade de mujeres escritoras,
principalmente poetas, de las que se hablará por aparte.
Napoleón Fuentes, nacido en Diriamba, dirigió la revista Taller, editada en la
Universidad Nacional, en León, a partir de 1967, y que de alguna manera fue sucesora
de Ventana. De entre sus libros de poemas hay que mencionar El techo iluminado (1975)
y Esta palabra que quema (1982), este último una antología de su obra poética.
Luis Rocha, nacido en Granada, estuvo vinculado a los movimientos de rebeldía
literaria y política desde su adolescencia, y desarrolló casi desde entonces una sólida
actividad cultural, primero desde La Prensa Literaria y la revista El Pez y la Serpiente al
lado de Pablo Antonio Cuadra; y más tarde como director de El Nuevo Amanecer
Cultural, el suplemento literario de El Nuevo Diario. Su primer libro de poemas Domus
Aurea (1969), es una celebración del amor doméstico, como comunión. Sus otros libros
son Poemas (1970), Ejercicios de composición (1974) y Phocas, versiones e
interpretaciones (1983), Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío; y La vida
consciente (1996) que es una antología de toda su poesía y prosa.
Francisco Valle, nacido en León, es uno de los poetas más singulares de nuestra
literatura, y un cultor del surrealismo en busca de nuevos cauces; lo que podríamos
llamar una voz solitaria. Su primer libro de poemas, Casi al amanecer apareció en 1964,
y ha publicado también Laberinto de espadas (prosemas, 1974, 1996), La puerta secreta
(1979), Luna entre ramas (1980) y Sonata para la soledad (1981).
Alvaro Gutiérrez, nacido en Diriamba, y dibujante también, ensaya en Asociación para
delinquir –varia invención- (1997) una atractiva mixtura de poesía y prosa. Fanor Téllez,
nacido en Masaya, poeta, crítico y ensayista, es otra voz solitaria, y su poesía amatoria
alcanza esferas de nítida belleza . Ha publicado La vida hurtada (1973), Los bienes del
peregrino (1974), El sitial de la vigilia (1975), El don afluente (1977), Edad diversa
(1993), Boca del vino (1998) y Oficio de amarte (1999). Carlos Perezalonso, nacido en
León, ha publicado El otro rostro (1971), Vida, el sol (1976), y Cegua de la noche
(1990); su poesía sabe entrar en las honduras de la nostalgia.
Julio Cabrales, nacido en Managua, hijo del poeta Luis Alberto Cabrales, es uno de los
escritores con mayor genio poético de su generación, pero quedó atrapado desde muy
joven por la enajenación mental, igual que Alfonso Cortés. Su obra, sin embargo, es
muy intensa y luminosa, aunque breve, y está contenida en el libro Omnibus publicado
en 1975.
Francisco de Asís Fernández, nacido en Granada, ha mantenido una constante
exploración en su vida de poeta, desde los años de su adolescencia, en temas que van de
la celebración del amor, a la política. Sus principales libros son Pasión de la memoria
(1986), que incluye sus libros anteriores; Friso (1996), y Árbol de la vida (1998). Por su
parte Jorge Eduardo Arellano, nacido también en Granada, es un notable polígrafo:
investigador histórico, antólogo, crítico de arte y literatura; poeta, y narrador. Ha
publicado un libro de poesía, La estrella perdida (1969); y en el campo narrativo
Historias nicaragüenses (1974) y Timbucos y Calandracas (1982).
Las mujeres toman el relevo
La aparición de las voces femeninas en la poesía nicaragüense tiene el carácter de un
verdadero relevo, porque su presencia nutrida, y la calidad de las escritoras, vienen a
marcar un nuevo rumbo para nuestra literatura, y a darle una nueva fortaleza.
Los antecedentes más notables de la poesía femenina nicaragüense se encuentran en
Piedad Medrano Matus (1914), que tomó los hábitos religiosos de la orden de La
Asunción bajo el nombre de Madre Rosa Inés, autora de un solo libro de poesía mística,
El amor que me cautiva (1998); en María Teresa Sánchez (1918-1994), animadora del
Círculo Nuevos Horizontes en los años cuarenta, y autora de varios poemarios entre los
que destacan Sombras (1939) y Poemas de la tarde (1963); y también en Mariana
Sansón Argüello (1918), que escribe una poesía de carácter íntimo y subjetivo, mejor
resumida en su libro Las horas y sus voces (1986).
Mención aparte merece Claribel Alegría (1924), que aunque enlistada entre los
escritores salvadoreños, por haber emigrado muy niña a ese país, nació en Estelí y vive
de nuevo en Nicaragua. Dueña de una hermosa y sensible voz poética, que explora
siempre nuevos caminos, ha publicado, entre otros libros de poesía, Anillo de silencio
(1948), Huésped de mi tiempo (1961), Sobrevivo (1978), Suma y sigue (1981), y Luisa
en el país de la realidad (1986).
Pero el panorama literario nicaragüense había sido dominado por los autores masculinos,
hasta que a partir de los años sesenta irrumpe una pléyade de mujeres que habrá de
marcar las décadas siguientes. Entre ellas destacan Vidaluz Meneses (1944), Ana Ilce
Gómez (1945), Gloria Gabuardi (1945), Michéle Najlis (1946), Gioconda Belli (1948),
Daisy Zamora (1950), Rosario Murillo (1951), y Yolanda Blanco (1954); todas ellas
adquieren un compromiso en la lucha contra la dictadura somocista, y su obra plantea
una doble liberación, la de la mujer, y la del país.
Vidaluz Meneses, nacida en Matagalpa, despunta en 1975 con Llama Guardada, que es
una celebración de la intimidad de la mujer, y a la vez un reclamo de participación en la
vida cotidiana y sus desafíos, no sólo la vida doméstica. Otro de sus libros, Llama en el
aire, es una antología de sus poemas escritos entre 1974 y 1990.
Ana Ilce Gómez, nacida en Masaya, explora la palabra misma, buscando hacer de la
poesía una verdadera fiesta verbal, con rigor de orfebre; y preservando a la vez la
lucidez del misterio. Su único libro es Las ceremonias del silencio (1975). Y Gloria
Gabuardi, nacida en Managua, busca un nuevo nivel de la poesía amatoria, que se
vuelve combativo en Defensa del amor (1986).
Michéle Najlis, nacida también en Managua, hija de inmigrantes franceses, apareció en
el panorama de las letras cuando aún estudiaba en el Colegio La Asunción, y estuvo
muy cercana desde el principio al Frente Ventana. Su primer libro El viento armado
(1969) contiene sus poemas de esos primeros años de hallazgos, que obtienen
continuidad en Augurios (1980), Ars combinatoria (1989), Caminos de la Estrella Polar
(1990), y Cantos de Efigenia (1991).
La aparición en 1973 de Sobre la grama de Gioconda Belli, nacida en Managua,
significó un vuelco no sólo para la poesía femenina, sino para toda nuestra literatura. En
este libro la mujer hablaba por sí misma, desde su propia sensibilidad y sensualidad,
consagrando el sexo como una categoría pura, de goce de los sentidos y plenitud
espiritual. A este libro siguieron Línea de fuego (1978), donde incorpora los temas de la
lucha política, que ganó el Premio Casa de las Américas en Cuba; Amor insurrecto, y
De la costilla de Eva (1987); El ojo de la mujer (1991) y Apogeo (1997), sus poemas de
la madurez.
En una línea novedosa se presenta también Daisy Zamora, nacida en Managua. En su
voz la mujer desafía a través de su sensibilidad los convencionalismos, y ofrece sus
poemas como un don de rebeldía y de aciertos verbales, comunicando una aura diferente
a sus experiencias de la vida cotidiana. Sus libros más importante son La violenta
espuma (1981), En limpio se escribe la vida (1988), y A cada quien la vida (1994).
Rosario Murillo, nacida también en Managua, fue promotora del Grupo Gradas en los
años de la lucha contra la dictadura de Somoza. Entre sus libros de poesía, donde la
rebeldía del amor se junta a la rebeldía en el combate, figuran Gualtayán (1975), Sube a
nacer conmigo (1977), Un deber de cantar (1981), y En las espléndidas ciudades (1985).
Y finalmente Yolanda Blanco, nacida en León, quien recupera en la sustancia de su
escritura la dimensión telúrica, y es autora, principalmente, de Así cuando la lluvia
(1974), Cerámica Sol (1977), Penqueo en Nicaragua (1981), y Aposentos (1984).
Voces siempre nuevas
No hay duda de que para los poetas de las nuevas generaciones quedan patentes las dos
influencias fundamentales de que se ha hablado antes: la del exteriorismo de Ernesto
Cardenal, y la de rebeldía intimista, el interiorismo de Carlos Martínez Rivas; son dos
marcas insoslayables.
Leonel Rugama (1949), nacido en Estelí, aparece en tiempos de compromiso, y cuando
la literatura comenzaba a ocupar un lugar inseparable en la lucha por una nuevo orden
social en Nicaragua. Pero Rugama, quien murió en combate desigual a la edad de 21
años, enfrentando a tropas de la Guardia Nacional en un barrio del oriente de Managua
en 1970, no sobrevivió para las letras por su acción heroica, sino porque logró plasmar
en sus poemas un nuevo lenguaje, muy intenso, y sin más adornos que los de la realidad
misma. Sus poemas, que no llegaron a ser muy numerosos, fueron recogidos por
primera vez en una edición especial de la revista Taller (1970), y luego en el libro La
tierra es un satélite de la luna (1983).
A esta misma generación pertenece Erick Blandón (1951), nacido en Matagalpa; dueño
del don de la ironía, sus creaciones se deslizan con gracia de la poesía a la prosa, como
en Aladrarivo (1975) y Juegos prohibidos (1982). Alvaro Urtecho (1951), nacido en
Rivas, quien es además crítico literario, muestra el don de enlazar la nostalgia de los
recuerdos a una escritura lírica, de inventarios precisos, y evocadora por sus retablos
verbales. Es autor de Cantata estupefacta (1986), Cuadernos de la provincia y Esplendor
de Caín (1994).
Julio Valle Castillo (1952), nacido en Masaya, se formó en México bajo el magisterio
de Ernesto Mejía Sánchez. Es el intelectual polifacético por excelencia: poeta, ensayista,
crítico de arte y literatura, antólogo e historiador de nuestra literatura, y, además,
novelista, todos sus oficios los ejerce con rigor. Su poesía responde al exteriorismo,
pero saber dar un paso adelante para renovarlo, y hacerlo más vital. Desde Materia
Jubilosa (1986) su itinerario traza una curva ascendente hasta Con sus pasos cantados,
que reúne su poesía de 1968 a 1986.
Reafirmando esta tendencia de renovación permanente, aparecen Anastasio Lovo (1952),
nacido en Estelí, autor de Sonatas del poder (1990); Juan Carlos Vílchez (1952), nacido
también en Estelí, médico, autor de Viaje y círculo (1992) y Versiones del Fénix (1999);
Alejandro Bravo (1953), nacido en Granada, autor de Tambor con luna (1981); Gustavo
Adolfo Páez (1954), nacido en Jinotepe, además actor y director de teatro, autor de El
límite del tiempo (1997); Manuel Martínez (1955), nacido en Managua, autor de
Tiempos, lugares y sueños (1986), y Engranajes del tiempo (1996); Fernando Antonio
Silva (1957), nacido en Managua, director de Taller en su última época, y autor del libro
de poesía Los ojos cristalinos en el espejo (1982) y El tiempo cosechado (1995) que
reúne sus poemas escritos entre 1975 y 1995.
Ernesto Castillo Salaverry (1957-1978), nacido en Managua, murió combatiendo muy
joven contra la Guardia Nacional en las calles de León, y en 1981 se publicó su
Antología póstuma. Su poesía es como un diario de combate, tejido por el amor y la
nostalgia.
Erick Aguirre (1961), nacido en Managua, periodista, narrador y crítico literario, su
poesía se convierte en una crónica de la vida contemporánea, y de los encantos y
desencantos de la generación de jóvenes que vivió la revolución sandinista. Sus libros
son Pasado meridiano (1995), y Conversación con las sombras (1999).
Entre las últimas escritoras, que por la diversidad e intensidad de sus voces se suman a
las anteriores, deben ser mencionadas Karla Sánchez (1958), nacida en León, autora de
El árbol que crece en el centro de la sala (1996) y A la luz más cierta (1998); Marianela
Corriols (1965), nacida en Estelí, autora de Conversaciones elementales (1985); Blanca
Castellón (1968), nacida en Managua, autora de Flotaciones (1998); y Carola Brantome
(1961), nacida en San Rafael del Sur, autora de Más serio que un semáforo (1995) y
Marea convocada (1999), una poesía en la que se aventura a encontrar correspondencias
ocultas en las palabras; y Marta Leonor González, nacida en Managua, autora de
Huérfana embravecida (1999).
LA NARRATIVA
Otra vez Darío
Si Rubén Darío, padre y maestro mágico, como él mismo diría de Verlaine en su
magistral Responso, representó un hito para la poesía, no menos importante fue su
marca revolucionaria en la prosa, como cuentista, y como cronista de prensa. Pero en lo
que se refiere a Nicaragua, no engendró un fenómeno de desarrollo constante en la
narrativa nacional, tal como logró hacerlo la poesía.
Sus Cuentos Completos, editados en México en 1950, y luego en 1986, por Ernesto
Mejía Sánchez y Raymundo Lida, muestran una progresión desde el modernismo
propiamente dicho, con sus claros acentos afrancesados, pasando por el realismo
naturalista, hasta lo propiamente moderno, lo que es ya aventura y experimentación
transformadora en la prosa. Y tampoco hay que olvidar sus cuentos en verso, que tanta
fama popular la dieron: La Cabeza del Rawí, El negro Alí, La Sonatina, Los motivos del
lobo, etc.
Y en sus crónicas periodísticas, muchas de ellas narrativas, palpita el espíritu de la
época que le tocó vivir, que fue de avances y descubrimientos, la de fundación de toda
una civilización emergente en la vuelta del siglo, cuando se fundó también todo el arte
contemporáneo. El telégrafo inalámbrico, el cable submarino, las rotativas, son
instrumentos de esa civilización que imprimen a la prosa dariana una nueva velocidad, y
un nuevo acento, imbuido de lo moderno, igual que en sus cuentos, y en su poesía,
como queda patente en su estupenda Epístola a Juana Lugones, que es una síntesis de
novedad, narrativa también, en la expresión literaria.
Darío intentó en 1886, junto con el chileno Eduardo Poirier, una primera novela,
Emelina, escrita para un concurso; y luego otras tres que nunca terminó: El hombre de
oro (1897), durante sus años argentinos; La isla de oro (19O6) iniciada en Mallorca; y
Oro de Mallorca (1913), de la que consiguió unos cuantos capítulos, y que vale más
bien por lo que tiene de confesión autobiográfica.
Un oficio casi ausente
El antecedente más lejano de nuestra narrativa es Amor y constancia (1878), una novela
muy breve del historiador José Dolores Gámez (1851-1918), nacido en Rivas; cargada
de datos históricos, no logra alzar vuelo como obra de imaginación. Gustavo Guzmán
(s/d), nacido en Granada, escribió las novelas El Viajero (1887) Margarita Roccamare
(1892), En París (1893) y En Italia (1897), composiciones librescas, de ambientes
europeos, como era de uso entonces; y Carlos J. Valdés (s/d), nacido en Masaya,
publicó la novela de costumbres Lucila (1887).
Al entrar el siglo XX, lo que encontramos es un arrastre anacrónico de temas
característicos del siglo anterior: los cuadros de costumbres, como en la novelita La
última calaverada (1913) o Cuentos de tío Doña (1913), de Anselmo Fletes Bolaños
(1878-1930), nacido en Granada. O las Leyendas Coloniales (1951) de Gustavo Adolfo
Prado (1881-1939), nacido en León, escritas al estilo del peruano don Ricardo Palma,
publicadas en periódicos a partir de 1918. En 1927 aparece Entre dos filos, novela
también costumbrista de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya (1880–1952), abogado y
periodista nacido en Granada, quien escribió también El último filibustero (1933), una
novela histórica sobre William Walker.
El tema de la guerra de Sandino será abordado por Salomón de la Selva en una novela
publicada de manera póstuma, La guerra de Sandino o pueblo desnudo (1985), escrita
en México en 1935; y siempre dentro de la línea de la novela histórica escribió en 1942
otra novela, La Dionisiada (1975), sobre el tema de la revolución liberal del fines del
siglo XIX, y que igualmente fue publicada en Nicaragua después de su muerte. Estas
novelas no alcanzan, sin embargo, la calidad de su poesía.
Un caso singular es el de Carlos A. Bravo (1882-1975), nacido en san Miguelito, junto
al Gran Lago de Nicaragua. Lejos de todo anacronismo, estableció su propia
modernidad en base a la excelencia de su prosa narrativa, la que supo utilizar a fondo
para describir el paisaje y sus sensaciones, paisajes a la vez telúricos y humanos. Sus
escritos fueron reunidos en Nicaragua, teatro de lo grandioso (1993).
El tema de la intervención norteamericana en Nicaragua será tratado en la novela
Sangre en el trópico (1930) del periodista de oficio Hernán Robleto (1882-1968), quien
nació en Camoapa y vivió casi toda su vida en México; también escribió, entre otras, las
novelas Los estrangulados (1933), de igual acento antiimperialista; e Y se hizo la luz
(1966), ya al final de su vida; y los libros de cuentos La mascota de Pancho Villa (1935),
y Cuentos de perros (1943); así como el drama Miércoles de Ceniza .
Emilio Quintana (1908-1971), nacido en Managua, pasó del banco de zapatería a la
mesa de redacción de los periódicos. Entra en el tema ya entonces en boga de la
literatura bananera con Bananos (1942), un libro de cruda experiencia personal, pues el
autor, fue, además, peón de las plantaciones de la United Fruit en Costa Rica. Escribió
también las novela Agustín Rivera (1951), a la que llamó “esbozo para una novela del
futuro”; y los libros de cuentos El cielo no es azul (1957); Diez bellos cuentos (1959), y
Viejos y nuevos cuentos (1964).
Las guerras civiles entre liberales y conservadores serán el objeto de Sangre Santa
(1940) de Adolfo Calero Orozco (1899-1980), nacido en Managua. Se trata de una
novela de acentos costumbristas, como lo son también su segunda novela, Eramos
cuatro (1977), y Cuentos Pinoleros (1944), Cuentos Nicaragüenses (1957) y Cuentos de
aquí no más (1964). En todos ellos, con lenguaje amable, logra comunicarnos el mundo
rural y provinciano.
José Román (1908-1993) también describe en su novela Cosmapa (1944) el universo
bananero, pero desde la perspectiva del patrón culto y refinado, que opone su propia
civilización a la barbarie de las costumbres de los peones; y es desde esa perspectiva del
choque civilización y barbarie, ya en boga también entonces en América Latina, que
explora el universo rural, sin poder despojar al lenguaje de sus frenos costumbristas.
Suyas son también las novelas Los conquistadores (1966) y Cecilia Barbarosa, escrita
entre 1973 y 1975 y publicada en 1997; y Maldito país, una crónica sobre Sandino
escrita en 1933, y publicada en 1979.
Nuestros primeros narradores modernos
La eficacia de todo ese enjambre de temas, intervención extranjera, explotación
bananera, persecución política, estará dada por Manolo Cuadra, empezando con Contra
Sandino en la montaña (1942), el libro que contiene sus cuentos de soldado; un libro
que según el justo criterio de Lizandro Chávez Alfaro, funda la narrativa moderna en
Nicaragua, pues abandona ya los trillados caminos costumbristas. Sus otros dos libros,
Itinerario de Little Corn Island (1937) y Almidón (1945) son fruto de su experiencia
política, en los que el relato autobiográfico no puede separarse de la ficción. Estas, y
otras piezas de su prosa, fueron reunidas en Solo en la compañía (1992) con prólogo de
Chávez Alfaro.
Mariano Fiallos Gil (1907-1964), nacido y muerto en León, consigue en su único libro
de cuentos Horizonte Quebrado (1959) el mejor momento de la narrativa vernácula, por
la excelencia del lenguaje, al que acierta a librar de los pesos muertos del regionalismo.
Estos cuentos, escritos en su mayoría en los años cuarenta, vienen a emparejarse con la
obra en prosa de los escritores del Movimiento de Vanguardia, en cuanto a la
modernidad.
José Coronel Urtecho fue novedoso tanto en la poesía como en la prosa. Su narrativa
incluye el admirable Rápido Tránsito (al ritmo de Norteamérica) (1953), una crónica
que es en sí misma una escuela de narración, en la que junta sus experiencias en los
Estados Unidos, en los años que él llama “mis gay twenties”, con reflexiones sobre la
historia de Nicaragua y el río San Juan; dos noveletas, ambas escritas en 1938: Narciso,
y La muerte del hombre símbolo; un esbozo de novela, Fragmentos relacionados, que
junto con sus cuentos fueron recogidos por primera vez en un solo volumen, (EDUCA,
1971). Su Prosa Reunida, una edición ya más completa, apareció en 1985, publicada por
la ENN.
Pablo Antonio Cuadra es autor también de narraciones, entre las que destaca el cuento
Agosto, de sustancia telúrica. Y uno de los libros suyos más celebrado es El
Nicaragüense (1967), en el que explora, de una manera lúcida e imaginativa, el carácter
nacional. También escribió en teatro Por los caminos van los campesinos (1957).
Joaquín Pasos fue también, prosista y narrador de primera línea, como puede verse en
Prosas de un joven (1995, prólogo y recopilación de Julio Valle Castillo). Ese libro
reúne las proclamas del grupo de Vanguardia escritas por él; sus ensayos, sus ficciones
(su cuento El Ángel Pobre es uno de las clásicos de la narrativa nicaragüense), sus
escritos periodísticos, y algunas de sus cartas. Fue también un estupendo humorista, y
sus ataques a la dictadura de Somoza en La Semana Cómica y Los Lunes de la Nueva
Prensa lo llevaron no pocas veces a la cárcel.
Pero también los poetas de la siguiente generación, entrarán en el terreno de la narrativa.
Ernesto Mejía Sánchez sintió siempre una vocación de narrador, y sus prosemas vienen
a ser un puente entre ambas vertientes. Coronel Urtecho lo creyó el narrador de su
generación, pero la verdad en que este género, su obra fue breve; comenzó a ordenarla
en 1973, y sólo se publicó en México en 1998 bajo el título de Puro cuento, textos
donde campea su acerada ironía verbal, y su ingenio. Y Ernesto Cardenal, que siempre
está narrando en su poesía, ha escrito un único cuento El sueco, infaltable en cualquier
antología.
Fernando Silva retoma en la década de los cincuenta el mundo rural campesino, y
acierta a proyectarlo con una imaginativa recreación del habla popular nicaragüense. La
temática de sus mejores cuentos está centrada en sus vivencias de niño en el puertecito
de El Castillo junto al río San Juan, donde su padre era comandante. El personaje que
cuenta es siempre ese niño, que evoca en un lenguaje plenamente nicaragüense el
mundo de su infancia. Ha publicado Cuentos de tierra y agua (1965); Otros cuatro
cuentos (1969); Ahora son cinco cuentos (1972); Puerto y Cuentos (1987); y El Caballo
y otros cuentos (1996). Una antología personal, Cuentos, fue publicada en 1985 por la
ENN. Es también autor de las novelas El Comandante (1969) y El Vecindario (1976).
Aunque de aparición tardía, Juan Aburto, (1918-1988), nacido en Managua, abre por
primera vez la perspectiva de la narrativa urbana en el país, organizando su universo
alrededor de la capital provinciana que todavía no llega a ser ciudad. Su íntima amistad
con Joaquín Pasos y Manolo Cuadra le introdujo en el mundo de la bohemia, pero
también en el de la literatura. No fue sino después de la muerte de sus camaradas que
comenzó a publicar sus cuentos: Narraciones (1969; reeditada en 1983 por la ENN); El
Convivio (1975); Se alquilan cuartos (1975); Los desaparecidos (1981); y Prosa
Narrativa (1985).
Fernando Centeno Zapata (1922), nacido en León, abogado y periodista, sus narraciones
son de acento social. Campesinos sin tierra, cortadores de algodón, habitantes de
barriadas, vienen a ser los personajes de su mundo patético y descarnado. Ha publicado
dos libros de cuentos: La tierra no tiene dueño (196O); y La cerca (1963). En 1996
apareció una antología personal suya, 1O cuentos.
También de aparición tardía como narrador es Pedro Joaquín Chamorro Cardenal,
(1924-1978), nacido en Managua. Convirtió al diario La Prensa en un bastión de la
lucha contra la dictadura somocista, y su carrera de periodista combativo lo llevó
muchas veces a la cárcel, y por fin a la muerte. Su libro Estirpe sangrienta (1957),
además de ser un testimonio ejemplar, tiene una intensa calidad narrativa; y sus cuentos,
escritos en los largos períodos de censura impuestos a La Prensa, están llenos de gracia,
humor y agudeza: están reunidos en Jesús Marchena (1975), Richter 7 (1976) y El
enigma de las alemanas (1977).
Otro puntal hacia la modernidad de nuestra narrativa es Mario Cajina-Vega, de quien se
ha hablado antes como poeta. Sus cuentos están recogidos en Familia de cuentos (1969).
Es un libro dividido en tres estancias que aprisionan, histórica y espacialmente, la
realidad nicaragüense: el campo (Los caminos y los indios); la provincia (Las viejas
paredes del pueblo); y la capital (Cinema XX), un reflejo y juego de imágenes
narrativas. Otros libros suyos de prosa narrativa son Lugares (1964) y El Hijo (1976).
Narradores de oficio
Nuestro primer narrador de oficio es Lizandro Chávez Alfaro (1929), nacido en
Bluefields (1929). En 1963 ganó el Premio Casa de Las Américas en La Habana, por su
libro de cuentos Los Monos de San Telmo, y en 1969 fue finalista del Premio Seix
Barral en Barcelona, con Trágame Tierra (1969), la primera novela que puede ser
considerada como tal en la historia de nuestra literatura. Sus narraciones abren un
período nuevo en el país, y con él el cuento y la novela se desprenden de todo amarre
vernáculo o criollo, para entrar en la plenitud contemporánea.
Además, ofrece, como ningún otro escritor nicaragüense, una visión arraigada en la
costa del caribe y entra, como en Trágame tierra, a desentrañar las claves de la historia
nacional. Ha publicado también las novelas Balsa de Serpientes (1976) y Columpio al
aire (1999); y los libros de cuentos Trece veces nunca (1977); Vino de carne y Hierro
(1993), y Hechos y prodigios (1998).
Los cuentos de Fernando Gordillo aparecieron publicados en Obra bajo el aparte de Son
otros los que miran las estrellas, título que él quiso dar a su libro de narraciones, en
preparación al momento de su muerte. Los cuentos de Gordillo, teñidos de ironía. se
abren a un espacio crítico de la realidad social y política de Nicaragua bajo la dictadura
de Somoza, sin dejar de fuera la mediocridad cultural.
Sergio Ramírez figura entre los escritores latinoamericanos de la generación posterior al
boom, y según el juicio de la crítica ha sabido hacer una lectura imaginativa de nuestra
historia, en términos de la postmodernidad narrativa. Sus libros más destacados son: De
tropeles y tropelías (fábulas, 1971) Charles Atlas también muere (cuentos, 1976); ¿Te
dio miedo la sangre? (novela, 1978), finalista del Premio Rómulo Gallegos; Castigo
Divino (novela, 1988) que recibió el Premio Internacional Dashie Hammett; Clave de
Sol (cuentos, 1993); Un baile de máscaras (novela, 1995), que recibió en 1998 el
Premio Laure Bataglione al mejor libro extranjero publicado en Francia. Su novela
Margarita, está linda la mar ganó el Premio Internacional de Novela ALFAGUARA
1998, y en el 2000 el Premio Latinoamericano de Novela “José María Arguedas”,
otorgado en Cuba. Sus Cuentos Completos aparecieron en 1998 (Alfaguara) con un
prólogo de Mario Benedetti, y en 1999 publicó su libro de memorias sobre la revolución
sandinista, Adiós Muchachos.
Edwin Yllescas ha escrito tres libros de prosa narrativa: El galeón de Jamaica o la Vela
de los sueños (1994); Bares de la Memoria (1995), y La teoría del ángel (1999). En
todos ellos sobresale una búsqueda sin cuartel de nuevas formas de expresión, en lo que
podríamos llamar una inteligencia del lenguaje, pleno de sutilidades. Por su parte, Iván
Uriarte construye el universo personal de sus narraciones, contenidas en La primera vez
que el señor llegó al pueblo (1996), alrededor de la ciudad de Jinotega, la que explora
desde sus recuerdos de infancia.
Entre los poetas que se manifiestan como narradores en la década de los ochenta debe
mencionarse a Alejandro Bravo, autor de dos libros de cuentos, El mambo es universal
(1982), y Reina de corazones (1993); y a Manuel Martínez, autor de Juegos de azar y
otros relatos (1989), también un libro de cuentos. Y como narrador propiamente, a
Carlos Alemán Ocampo (1941), nacido en Diriá, y conocedor de la región del Caribe.
Ha escrito las novelas En esos días (1972), Boarding House San Antonio, (1985), y
Vida y amores de Alonso Palomino (1995), concebida dentro de la vena de la picaresca.
Tiene, además, el libro de cuentos Tiempo de llegada (1973).
Otra vez, las mujeres
También en el campo narrativo han surgido con vigor las voces de las mujeres. Claribel
Alegría, narradora también, escribió (con su marido Darwin J. Flakoll) la novela
Cenizas del Izalco (1966); y el relato Pueblo de Dios y Mandinga (1985), mostrando en
ambos un excelente dominio de la prosa.
Rosario Aguilar (1938), nacida en León, hizo un planteamiento novedoso, de gran
hondura sicológica en el tratamiento de sus personajes al aparecer su primera novela
corta Primavera Sonámbula (1964). En los años siguientes ha publicado Quince barrotes
de izquierda a derecha, Rosa Sarmiento, Aquel mar sin fondo ni playa, y El guerrillero,
reunidos en un solo libro en 1976; 7 relatos sobre el amor y la guerra (1986); La niña
blanca y los pájaros sin pies (1992), y Soledad, tú eres el enlace (1995), un relato
biográfico sobre la familia de ascendencia vasca de su madre.
Irma Prego (1933), nacida en Granada, ha publicado dos libros de cuentos, dotados de
gracia: Mensajes del más allá ( 1989); y Agonice con elegancia (1996). Mercedes
Gordillo (1938), nacida en Managua, ha publicado dos libros de cuentos de temas
relacionados con la vieja Managua, y escritos con humor e ironía: El cometa del fin del
mundo (1994), con el que ganó el Premio Nacional Rubén Darío; y Luna que se quiebra
(1995).
Gloria Guardia (1940), aunque nacida en Panamá, los temas de sus novelas tienen que
ver siempre con Nicaragua, la tierra de su madre: la primera de ellas, El último juego
(1976), recrea los hechos del secuestro político ejecutado en Managua en 1974 por un
comando del FSLN; y en la última, Libertad en llamas (1999), su tema es la guerra de
Sandino. Isolda Rodríguez (Estelí, 1944), muy relevante en el campo de la crítica
literaria, ha publicado dos libros de cuentos, La casa de los pájaros (1995), y
Daguerrotipos y otros retratos de mujeres (1999), ambos de ánimo feminista. Y también
está Milagros Palma (León, 1949), destacada antropóloga cultural que ha desentrañado
el imaginario mestizo y el simbolismo de la relación entre los sexos; sus novelas Bodas
de cenizas (1992), Desencanto al amanecer (1995), El Pacto (1996), y El Obispo (1998),
exploran casi todas la realidad de los años contradictorios de la revolución, bajo una luz
intensamente imaginativa.
Gioconda Belli, ya reconocida como poeta, se reveló también como novelista de mucho
éxito con la publicación de La mujer habitada (1988), donde enlaza el mito indígena con
la realidad política en planos paralelos, acudiendo al mismo tema del secuestro de 1974
utilizado por Gloria Guardia. Después publicó Sofía de los presagios (1990), donde
retorna al mito, y Waslala: memorial del futuro (1996), que ofrece el descarnado
panorama de una Nicaragua del siglo XXI, ya disuelta en su identidad, pero en la que de
todos modos podemos reconocernos. (1996).
Otras escritoras a destacar son Mónica Zalaquett (1954), nacida en Chile, autora de la
primera novela que abordó el tema de la guerra de los contras, Tu fantasma, Julián
(1992); Gloria Elena Espinoza (1944), nacida en Jinotepe) autora de la novela La casa
los Mondragón (1998), una zaga familiar que tiene por escenario la ciudad de León; y
María Lourdes Pallais (1953, nacida en Lima, Perú), autora de una sola novela, La Carta
(1987), las confesiones de una mujer sobre sus luchas y amores, escritas desde la cárcel.
La historia como motivo
Una tendencia visible en la narrativa nicaragüense al final del siglo XX ha sido la
exploración de los hechos históricos como una manera de recuperar la memoria del
pasado en la ficción. En esta línea debemos colocar a Chuno Blandón (1939), nacido en
San Rafael del Norte, con su novela Cuartel General (1988), cuyos hechos ocurren en su
pueblo natal en los años de Sandino; a Ricardo Pasos Marciaq (1939), nacido en
Managua, autor de las novelas El burdel de las Pedrarias (1995), que va a los años de la
conquista; Rafaela, una danza en la colina y nada más (1998), que evoca a la heroína
Rafaela Herrera en tiempos de la colonia; y María Manuela, piel de luna (1999), que
tiene por escenario la costa de la Mosquitia; también ha publicado un libro de cuentos,
igualmente de ambientación histórica, Las semillas de la luna (1995).
El poeta Julio Valle Castillo publicó en 1996 la novela Requiem en Castilla de Oro,
sobre la figura del primer Gobernador de Nicaragua Pedrarias Dávila, el mismo
personaje presente en la novela de Pasos, pero que Valle, entre la elegía y la ironía,
utiliza para trazar una constante a través de toda la historia de Nicaragua. Enrique
Alvarado (1935), nacido en Nandaime, acude en Doña Damiana (1998) a otro personaje
fascinante de nuestra historia: Damiana Palacios, “La vengadora”, en tiempos de la
guerra de Cerda y Argüello a comienzos del siglo XIX, y logra una novela de sostenida
calidad literaria.
En otro filón de la historia, durante la década revolucionaria adquirió auge el género del
testimonio. Los ejemplos más importantes fueron La montaña es algo más que una
inmensa estepa verde (1986), del comandante guerrillero Omar Cabezas; y La marca del
Zorro (1990), memorias del también comandante guerrillero Francisco Rivera (El
Zorro), héroe de la liberación de Estelí, quien contó su historia al escritor Sergio
Ramírez.
Así mismo, la revolución sandinista dejó una marca que empieza a hacerse visible en la
narrativa. Tal es el caso de Orlando Núñez (1948), nacido en Managua, con Sábado de
Gloria (1990), sobre los años de la insurrección contra la dictadura; una segunda novela
suya es El vuelo de las abejas (1992). Erick Blandón, también poeta, presenta en la
novela Vuelo de cuervos (1997) una visión crítica, e irónica, sobre la revolución vista
desde sus mecanismos de poder; un tema que ya había ensayado con éxito en algunos de
sus cuentos de Misterios gozosos (1994).
Entre los narradores que cierran el siglo XX, buscando una expresión más ligada a los
temas urbanos, y a la desolación de la época post revolucionaria, están Erick Aguirre, ya
mencionado como poeta, quien en su novela Un sol sobre Managua (1998) ofrece una
aguda crónica de su propia generación, que entra en las aguas del desencanto.
Por otro lado, están los cuentistas Nicasio Urbina (1958), nacido en Buenos Aires, autor
de El libro de las palabras enajenadas (1991), y El ojo del cielo perdido (1999), de
excelente factura; Edwin Sánchez (1959), nacido en Jinotepe, autor de Sueño en relieve
(1998); Douglas Carcache (1960), nacido en Granada, autor de Jueves de verano (1991),
y El Designio (1994); Pedro Alfonso Morales (1960), nacido en León, autor de León es
hoy a mí (1999). Y Leonel Delgado (1965), nacido en Jinotepe, que va en busca de un
lenguaje novedoso en Road Movie (1996).
La escasa actividad editorial del país, que sumada a la ausencia de librerías y a la
pobreza de las bibliotecas ha caracterizado la desolación del panorama literario en
cuanto a la difusión de los autores, sufrió un cambio notable durante la década de la
revolución, cuando aparecieron varias casas editoras respaldadas por el estado, la más
importante de ellas la Editorial Nueva Nicaragua (ENN). Esta institución consiguió lo
largo de su existencia la publicación de más de trescientos títulos, entre ellos las obras
más notables de los escritores nicaragüenses de las viejas y nuevas generaciones.
Por otra parte, la Cruzada Nacional de Alfabetización emprendida en 1980, vino a abrir
una oportunidad nunca antes contemplada en cuanto a la ampliación del mercado de
lectores; pero esta posibilidad se frustró ante la imposibilidad de convertir a los recién
alfabetizados en lectores sistemáticos, y el repunte posterior de los índices de
analfabetismo ha venido a confirmar esta frustración.
EL TEATRO
Escenario casi desierto
Como puede verse, la gran aventura cultural de nuestra historia ha sido la literatura, que
ha dado sus más espléndidos frutos en la poesía, otros relevantes en la narrativa, y casi
ninguno, por desgracia, en el teatro, como se ha señalado antes.
Frustrada la tradición que debió haber abierto El Güegüense, a la par de otras formas de
teatro callejero y religioso, el escenario se queda prácticamente desolado en el siglo
XIX, y sólo algunas obras teatrales, muy esporádicas, pueden mostrarse en el siglo XX.
Entre ellas cabe mencionar el drama histórico en tres actos Los Contreras, de Félix
Medina, sobre la figura de los herederos de Pedrarias Dávila; La chinfonía burguesa
(1931), ya citada, escrita por José Coronel Urtecho y Joaquín Pasos en el despunte del
movimiento de Vanguardia; Por los caminos van los campesinos (1937), de Pablo
Antonio Cuadra, donde el tema son las guerras civiles en las que se ha utilizado como
carne de cañón a los campesinos; La Novia de Tola (1939), de Alberto Ordóñez
Argüello, y La cruz de Ceniza (1946), de Hernán Robleto.
Enrique Fernández Morales escribió tres piezas de teatro histórico: El milagro de
Granada (1956), sobre la aparición de la imagen de la Virgen de Concepción en las
aguas del Gran Lago; La niña del río (1960), sobre la heroína Rafaela Herrera, quien
defendió el castillo de la Concepción en el río San Juan, del asedio de los ingleses; y El
vengador de la Concha, sobre la guerra contra los filibusteros a mediados del siglo XIX.
También escribió el monólogo Judas (1970).
El único dramaturgo que presenta una obra sostenida es Rolando Steiner (1936-1987),
nacido y muerto en Managua; autor, entre otras, de las piezas Judith (1957), Antígona
en el infierno (1958), y La pasión de Helena (1963); con temas, las dos últimas, del
teatro clásico griego. Luego escribió su Trilogía del matrimonio, compuesta por Un
drama corriente (1963), La Puerta (monólogo, 1966), y La mujer deshabitada (1970); a
las que habría que agregar, por su temática, El tercer día (1965). Estas piezas contienen
una aguda crítica de los modos de vida burgueses, sobre todo el matrimonio. Más
tarde, La agonía del poeta (1977), sobre los últimos días de Rubén Darío, y La noche
de Wiwilí (1982), sobre la masacre de campesinos que siguió al asesinato de
Sandino. Otro dramaturgo es Alberto Icaza (1943), nacido en León, autor de la pieza
Asesinato frustrado (1970). También aparece en este panorama Miguel de Jesús
Blandón, con su pieza satírica El nacatamal de oro (1982), celebrada en numerosas
representaciones.
La ausencia de una dramaturgia nacional tiene que ver, por supuesto, con la falta de la
actividad teatral, que nunca ha dejado ser, salvo en contados casos, más que el fruto del
entusiasmo de aficionados. Durante los años de la revolución esta actividad se
multiplicó con sentido popular, y se formaron grupos teatrales campesinos, de barrio, en
las fábricas, y aún en los cuarteles de policía y del ejército; pero no se dio un salto hacia
la escritura dramática generalizada como hecho artístico, ni hacia el profesionalismo en
la actuación.

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