Lección 10: La formación del Canon Definición: La palabra Canon

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Lección 10: La formación del Canon Definición: La palabra Canon
Lección 10: La formación del Canon
Definición:
La palabra Canon significa caña, medida, regla (Gálatas 6.16) y desde el siglo IV d. C. se
empleó con el significado de catálogo o lista de escritos sagrados, cuya validez era
aceptada en la Iglesia.
La formación del Canon: normativa en la Iglesia primitiva
Durante los primeros decenios de la expansión del cristianismo, la única autoridad que
podía respaldar la validez del mensaje cristiano era el Señor. Muy pronto, sin embargo,
en la época postapostólica, se comenzó a apelar a la autoridad de determinados
apóstoles. La primera prueba de este hecho son los testimonios de las llamadas
comunidades paulinas, en las que pronto se coleccionaron y difundieron cartas de
Pablo, creando así el llamado “Corpus Paulino”.
Lo que realmente es importante, es que, desde el comienzo del segundo siglo, los
escritos de Pablo no circulaban individualmente, sino como una colección. La colección
era conocida por los cristianos tanto ortodoxos como heterodoxos en el segundo siglo.
El código formado por las cartas de Pablo y editado a finales del primer siglo sirvió de
base para las posteriores copias. Por ello hay muy pocas variantes en la lectura entre el
“corpus paulino” y las cartas de Pablo cuando estas circulaban en solitario.
La copia más antigua que ha llegado a nosotros del “corpus paulino” es el manuscrito
Chester Beatty, conocido como P46, escrito hacia el año 200. Sólo se han conservado 86
folios de los 104 que componían el original. No incluye las epístolas pastorales ( 1ª y 2ª
de Timoteo y Tito), sin embargo si incluye Hebreos, que está colocado de forma
secuencial después de Romanos y antes de 1ª Corintios.
El código Chester Beatty con las cartas de Pablo, con el P45 y otros papiros bíblicos de la
misma colección, parece formaron parte de la Biblia perteneciente a una Iglesia griega
en Egipto. Un código paulino de la misma época en Roma no tenía incluida la epístola a
los Hebreos (la Iglesia de Roma no reconoció la epístola a los Hebreos como paulina
hasta el siglo IV).
De la misma manera llama la atención que, en varios territorios delimitados
geográficamente, se agrupasen tradiciones y escritos más tardíos que se valían del
nombre de determinados apóstoles como Pedro, Tomás o Juan, de cuyo espíritu se
consideraban seguidores , haciendo valer la autoridad de los mismos.
Así, Siria es el lugar de producción de determinados escritos pretendidamente
compuestos por Pedro: El Evangelio de Pedro; el Apocalipsis de Pedro; el Kerigma de Pedro.
En cualquier caso, Gálatas 2.11, nos informa que Pedro estuvo efectivamente en
Antioquía. También de Siria proceden los Hechos de Tomás (siglo III d. C.) y
probablemente hay que situar en esta región otros dos escritos que han aparecido en la
colección de Nag Hammadi bajo la autoridad de Tomás: el Evangelio de Tomás (siglo II
d. C. )y el libro de Tomás el Atleta, de difícil datación.
Las sectas y escuelas gnósticas utilizaron también en sus textos el nombre de diversos
apóstoles para apelar a su autoridad. La iniciativa de hacer la lista o canon de los
escritos antiguos de autores cristianos, como Sagrada Escritura dotada de autoridad,
procede del fundador de una secta, un heresiarca con resabios gnósticos, Marción, que,
rechazando la vigencia del Antiguo Testamento en consecuencia con sus ideas
gnósticas, se planteó la necesidad de una nueva Escritura que sirviese de norma a las
comunidades cristianas por él fundadas.
Marción era un comerciante de Frigia, en Asia Menor, que viajaba con mucha frecuencia
a Roma por motivos de negocios. Convertido al cristianismo en su tierra natal, acabó
como cristiano de la comunidad romana, con la que se comportó como miembro
fervoroso, contribuyendo a sus necesidades con cuantiosas ofrendas. Pero su
entusiasmo cristiano no compartía totalmente las ideas religiosas de su entorno
ortodoxo, sino que se vio influido por el ideario gnóstico.
Marción escribió una obra, que tituló Antítesis, en la que expuso sus ideas teológicas.
Por su contenido, esta obra resultó ofensiva para el estamento eclesiástico y fue
destruida, pero se pueden reconstruir las ideas generales de su teología gracias a la
refutación que Tertuliano, en cinco tratados, escribió contra ella.
Marción rechazó el A. T. entero como producto de un “Dios justiciero y perverso”, e
incluso dejó de lado parte de la doctrina cristiana, según él, los discípulos de Cristo
malinterpretaron su mensaje considerando que Jesús era un mesías del Dios judío.
Convencido de que sólo Pablo entre los apóstoles había interpretado bien el mensaje de
Cristo, aceptó como autoridad y norma nueve epístolas del apóstol a siete iglesias, más
la de Filemón. (Marción posiblemente no tuvo acceso al “corpus Paulino”, puesto que
no incluye Hebreos en su código).
Este conjunto de diez cartas contenía la verdadera doctrina. Respecto a los evangelios
que eran conocidos en la Iglesia de Roma, Marción pensó que sólo podía confiar en
Lucas. No se sabe exactamente por qué; quizá porque ya circulaba firmemente la idea
de que Lucas, su autor, era un discípulo de Pablo. De este modo Marción constituyó un
canon normativo formado de dos partes: un evangelio, el Evangelio, y un apóstol, el
Apóstol.
Pero este canon en bruto debía ser purgado de sus errores. Con plena conciencia,
Marción comenzó la primera labor de edición sobre un texto neotestamentario,
eliminando de Lucas y Pablo todo lo que pudiera significar un contacto con el A. T. Así
fabricó un canon que fue norma y guía de su grupo cristiano. Esta iglesia, que era muy
estricta en la moral y esperaba un fin del mundo cercano, conforme a 1ª Tesalonicenses,
tuvo notable éxito.
Partiendo desde el corazón mismo del Imperio, se extendió por todo él, y, a pesar de
que Marción, tras un proceso, fue excomulgado en el año 144, sus doctrinas y
seguidores constituyeron un serio peligro para el conjunto de la Iglesia ortodoxa. La
Iglesia vio entonces la necesidad de poseer un cuerpo firme de doctrina.
Así, como contrapartida y replica al canon marcionista, debió de imponerse con rapidez
la idea de la necesidad urgente de formar un canon propio de escrituras. Cuando se
puso en práctica la idea y se confeccionó la primera lista, quizás en Roma, nació
propiamente lo que hoy llamamos Nuevo Testamento.
La relación más antigua de escritos canónicos del N. T. que ha llegado hasta nosotros es
el Canon de Muratori, compuesto por un personaje desconocido quizá hacia el 200 d. C.
En este listado se indican los libros que debían considerarse sagrados en las principales
iglesias de la cristiandad. Fue descubierto y publicado en 1740 por el erudito italiano
Ludovico Antonio Muratori y es conocido desde entonces como “Canon Muratori” o
“Fragmento Muratoriano”.
Se trata de un pergamino del siglo VIII, de 67 páginas, conservado hoy en la Biblioteca
Ambrosiana de Milán, que contiene diversos tratados de autores eclesiásticos de los
siglos IV y V. El canon como tal comienza en el folio 10 y tiene en total unas 85 líneas. El
comienzo falta, pero es prácticamente cierto que hablaba del Evangelio de Mateo. El
texto indica que en aquel tiempo eran ya recibidos en Roma (es decir canónicos) los
cuatro evangelios, Hechos de los Apóstoles, trece epístolas de Pablo (sin Hebreos),
primera y segunda de Juan, la carta de Judas y dos apocalipsis, el de Juan y el de Pedro.
En total veintitrés escritos.
De los veintisiete que componen el actual canon del N. T. faltan Hebreos, Santiago,
tercera de Juan y primera y segunda de Pedro. El autor añade, además, como recibida,
es decir aceptada, la Sabiduría de Salomón. Indica también el redactor que tales libros
tienen carácter vinculante para la Iglesia porque son “leídos en la Iglesia” y porque
proceden de los apóstoles.
Sobre el Pastor de Hermas (150 d. C.) señala el redactor que debe ser rechazado, porque
no pertenece a los profetas ni a los apóstoles. Respecto a los cuatro evangelios, indica
que están de acuerdo entre sí, porque han sido escritos bajo la guía del único y principal
Espíritu.
Sí este catálogo es de fecha tan temprana, sería el testimonio más antiguo de la
aceptación de casi todos los libros principales del N. T., aunque presente todavía
algunas lagunas en relación con las epístolas universales y los escritos apocalípticos. El
criterio principal de aceptación de un escrito de esa lista era doble: Primero según el
acuerdo que se denominaba por consenso la regla de fe y en segundo lugar la
procedencia, el círculo de los apóstoles.
Ahora bien, aunque el estudioso de hoy acepte el canon de veintisiete libros como un
hecho histórico, debe admitir a la vez la gran dificultad para encontrar la lista de los
libros canónicos, y más dirigida hacia los primeros momentos del lento proceso, por el
que a través de numerosas controversias y vicisitudes, se llegó al establecimiento
definitivo del canon neotestamentario.
No cabe reducir el estudio de la historia del canon al análisis de las listas de los libros
canónicos de la época patrística. Es preciso relacionar estas listas entre sí, conforme a las
diversas épocas y lugares (Debemos tener en cuenta el descubrimiento de la biblioteca
de Nag Hammadi y el redescubrimiento de la literatura apócrifa del Nuevo
Testamento) y situarlas dentro del contexto del proceso de formación de la teología
cristiana y de la historia de la Iglesia en los primeros siglos.
Eusebio el gran historiador cristiano( 275-339 d.C.), distingue tres documentos distintos:
Primero los que son reconocidos universalmente; en segundo lugar, los que están en
estudio y observación; por último, los que son rechazados.
Los libros reconocidos por todos eran: Los cuatro Evangelios, Hechos, catorce cartas de
Pablo, 1ª de Juan, 1ª de Pedro y Apocalipsis.
Los libros en discusión eran: Santiago, Judas, 2ª de Pedro, 2ª y 3ª de Juan. Aunque,
Eusebio añade “pero estos son reconocidos por la mayoría”.
Los libros que fueron rechazados por todos eran: El Pastor de Hermas, la Epístola de
Bernabé y la Doctrina de los Apóstoles, comúnmente conocida como la Didajé.
En el año 367 d. C. Atanasio, obispo de Alejandría, publicó una lista de veintisiete libros
del Nuevo Testamento que fueron aceptados por todos y que son los que contienen
nuestras biblias hasta el día hoy. Así quedaba fijado el Canon del Nuevo Testamento.
“De nuevo no es tedioso hablar de los libros del Nuevo Testamento. Estos son, los
cuatro Evangelios, de acuerdo a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Luego, los Hechos de los
Apóstoles y Epístolas, Santiago, uno; de Pedro, dos; de Juan, tres; después de estas, uno
de Judas. Además, hay catorce epístolas de Pablo, escritas en este orden.
La primera, a los Romanos; luego dos a los Corintios; luego, a los Gálatas; sigue, a los
Efesios; luego a los Filipenses; luego a los Colosenses; luego de estos, dos a los
Tesalonicenses, y la de los Hebreos; y de nuevo, dos a Timoteo; una a Tito; y por último,
la de Filemón. Además, el Apocalipsis de Juan.
Estas son las Fuentes de salvación, que aquellos que tienen sed puedan satisfacerse con
estas palabras vivas. Sólo en estas se proclama la doctrina de la santidad. No permitan
que ningún hombre añada a estas, ni permitan que saque de estas”. (De la carta 39 que
Atanasio escribió a las iglesias).

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