James no recordaba haberse sentido tan nervioso en su vida

Transcripción

James no recordaba haberse sentido tan nervioso en su vida
1James no recordaba haberse sentido tan nervioso en su vida. Cuando estaba
en su habitación se paseaba constantemente de un lado a otro, sin hacer ninguna
nada en concreto; le costaba comer, pues al sentarse a la mesa la ansiedad le
oprimía el estómago y le dificultaba al tragar.
Él ya había cumplido sus once años, y esperaba que de un momento a otro
llegara una lechuza con su carta de Hogwarts; pero la única lechuza que entraba y
salía de su casa era Brownie, su lechuza castaña. Esto hacía que a veces lo
invadiera el miedo; miedo a la posibilidad de que el no fuese elegido para
Hogwarts… Pero… no podía ser: toda su familia había ido a ese colegio, y él no
podía ser un squib, no con la destreza que demostraba con la varita de su padre.
Siempre que lo abarcaba este pensamiento, terminaba asomándose a la ventana y
mirando al cielo… sin ver nada particular; y entonces pensaba, para consolare a sí
mismo, que aún era muy pronto.
Así transcurrió todo ese verano para James Potter. El tema más frecuente de
conversación con sus padres era Hogwarts: lo que ellos habían hecho allí, lo que
podría hacer él, lo que aprendería, los profesores; todo lo que tuviese que ver con
el prestigioso colegio, al cual ya estaban seguros iría James, aunque aún no
hubiese llegado notificación alguna.
Hasta que llegó. Una mañana a fines de julio, mientras Benjamin y Jessica,
padres de James, desayunaban, una lechuza rojiza entró y dejó caer sobre la mesa
un sobre de pergamino amarillento, escrito en tinta verde.
- ¡Por las barbas de Merlin! ¡Jimmy, cariño, ven a ver esto! - gritó con voz
aguda Jessica, temblando de emoción al sujetar el sobre.
Al oír la exclamación James fue velozmente hacia la cocina, sin siquiera
terminar de vestirse, y una sonrisa se le dibujó en la cara cuando vio el sobre.
- ¡Caray! No sé por qué tanta emoción. Si ya sabíamos que nuestro pequeño
James iría a Hogwarts. – dijo Benjamin, aunque también estaba radiante.
Abrieron y leyeron el sobre con entusiasmo.
Ese fin de semana fueron los tres al callejón Diagon. Aunque estaba muy
entusiasmado, James permaneció distraído mientras compraban sus libros e
ingredientes para pociones; él lo que más esperaba era su varita propia. Se
imaginó con una varita nueva, suya, transformando cosas, enfrentándose
heroicamente a criaturas peligrosas; bajo la mirada absorta de sus compañeros;
hasta creyó oír gemidos ahogados de exclamación de las chicas. Un profesor se
acercaba y lo felicitaba por su coraje, ya que había eliminado a un peligroso dragón
(ya su mente había definido el tipo de criatura y el contexto e la situación), el cual
era una gran amenaza para los estudiantes y contra el cual…
- ¡Hey Jimmy! ¡Despierta! – Jessica le meció el hombro, haciéndolo volver a la
realidad.
- ¿Eh?
- ¿Qué pasó hijo? Estabas en Babia. Te hablé y no me escuchabas.
- No, nada. Solo estaba… pensando – contestó James, ruborizándose un poco.
- Bueno, pero ve ya a probarte el uniforme, que tu padre no es el perchero.
James tomó la túnica negra que sujetaba su padre y se metió en el probador,
algo avergonzado de la forma que se había dejado llevar por sus ilusiones; pero
más avergonzado aún de la imagen de idiota que debía haber dejado en la tienda.
Él era consciente de que era bastante soñador. Siempre se veía a sí mismo en
situaciones de heroico valor, admirado y elogiado por todos.
Se probó la túnica y se miró al espejo. James era delgado y algo bajo, tenía
pelo negro azabache completamente alborotado e impeinable. Tenía ojos marrones
y usaba anteojos. La túnica negra, larga, haciendo juego con el pelo le quedaba
bien, y él lo sabía.
- ¿Estás ahí Jimmy? ¿No te hipnotizaron de nuevo? – le llegó desde afuera la
voz de Benjamin.
- No, papá, ya salgo – respondió James, algo incómodo. Sabiendo lo bromista
que era su padre, Benjamin Potter, James podía asegurar que la escena de la
tienda sería motivo de chiste durante un largo tiempo.
* * *
Se oyó un grito en el piso superior.
- ¡Ahhhh! ¿Qué estas haciendo? Vas a matarme de un infarto.
- Sí, pero veo que no tuvo mucho efecto, hijo. – Dijo Marcos, algo
decepcionado.
- ¿Otra vez con eso papá? No tiene sentido. Si no tengo poderes, no hay
susto que los haga nacer.
- Es que no lo intentas con suficiente ánimo. Solo lo haces por compromiso.
¿Es que no quieres ir a Hogwarts?
- ¡Sí que quiero! – exclamó Peter Pettigrew, un chico de 11 años, rubio,
gordito, y de ojos asombrosamente celestes. – Es que la última vez que
quisiste que hiciera magia… ¿Recuerdas cuando me retaste a “duelo”?
Pues creo que nadie quiere ver más magia después de eso.
- Pues en la vida futura tendrás que enfrentarte a cosas mucho peores que
esas, y es mejor que estés preparado.
- ¿Y qué hay de los muggles? ¿Cómo se las arreglan para vivir?
- ¿Esos? – dijo Marcos despectivamente - ¿Quieres ser como los muggles?
¿Quieres ser un muggle, Peter?
- Yo quiero ser lo que implique menos riesgo. Además, quiera o no quiera,
soy todo un squib. – dijo Peter, dejándose caer sentado en el piso.
- Ya, ya. No te preocupes, hijo. – agregó rápidamente Marcos con lástima –
Nosotros seguiremos queriéndote seas lo que seas. Es sólo que creo que si
pusieras algo más de esfuerzo…
Marcos no pudo terminar la frase, pues una lechuza pasó como bólido por la
habitación, soltando una carta que cayó al piso, y golpeándolo con la pata en la
cabeza.
Peter tomó la carta, y al ver el sello de Hogwarts, dejó escapar un gemido,
dándola vuelta para verificar el nombre, que era el suyo. Marcos, emocionado a
más no poder, se puso pálido; y cayó al suelo, desmayado.
- ¡Mamá! ¡Ven aquí! – llamó Peter
- ¿Qué hay?
Peter no respondió, pues lo único que faltaba era que su madre también se
desmayase
* * *
¡Auch! Ten más cuidado. Me arde. – Dijo Remus Lupin, otro chico de once
años, al que en ese momento su padre le estaba curando con alcohol una
serie de heridas.
- Lo siento, Rem. ¿Crees que será mejor dejar que Mamá se encargue de
esto?
- Creo que sí. No soportaría que me curases todo esto con alcohol.
- Bueno, pero no te rasques las heridas mientras esperamos a Caroline.
- Está bien. Cualquier cosa, estoy en mi cuarto ¿sí?
Remus fue a su cuarto y se echó en la cama, pensativo. Agradecía que su
hermana, Sarah, estuviese pasando la semana en casa de una amiga; pues
necesitaba un poco de tranquilidad. Si bien ya se había resignado a su condición,
últimamente solía meditar sobre ella durante largo rato. Todos los arañazos y
mordiscos que tenía por el cuerpo le dolían mucho en ese momento; la noche
previa había sido de luna llena. Por suerte la última noche del mes así. Cada vez
que se transformaba se encerraba en el sótano, y ni bien asomaba el sol su madre
iba donde él, y lo curaba con su varita y algunas pociones. Pero la tarde anterior su
madre, Caroline, había salido por una urgencia familiar, y esa mañana no estaba
para curarlo. Su padre muggle, Henry, había hecho todo lo posible por curarlo a su
-
manera. El alcohol, las vendas y todos los objetos muggles que su padre usó
habían detenido el sangrado y ayudado a cicatrizar, pero le habían dejado un ardor
punzante sumado al dolor inicial.
Remus era de estatura media-baja, pelo castaño claro, ojos color miel, su piel
era bastante pálida, y su aspecto en general bastante enfermizo. Fue a mirarse al
espejo para peinarse, y al verse con esos cortes y rasguños, algunos muy
profundos; y algunos mordiscos de lobo, no pudo evitar un escalofrío. Se apartó del
espejo.
Pero no era sólo el dolor físico que implicaba ser un licántropo lo que
angustiaba a Remus. Le molestaba la discriminación que por ello sufría. Sabía que
todas las posibilidades estaban mucho más limitadas para él que para las personas
“normales”, y eso le parecía injusto en muchos casos. Aunque en otros reconocía
que no lo era, pues no se podía exponer a otras personas al riesgo de ser mordidos
y terminar como él.
Ese año más que nunca se sentía deprimido. Acababa de cumplir sus once
años; edad en la que todos los magos comenzaban el colegio. Pero él no iría…
jamás admitirían a un licántropo. Su madre había ido a hablar con el director de
Hogwarts, Albus Dumbledore, pero no había querido contarle nada de lo que éste
había dicho “para no ilusionarlo”. Desde ese momento Remus estaba seguro que
era “para no desilusionarlo”. Seguro que Dumbledore no lo había aceptado. Sintió
que se le aguaban los ojos. No era la primera vez que esto le pasaba. Él hubiese
dado lo que fuera por estudiar magia… y por tener amigos que lo acompañasen
siempre, sin que fuese preciso ocultar lo que realmente era, que lo apoyasen en las
buenas y en las malas. En pocas palabras, lo que Remus quería eran amigos de
verdad. Pero no. No estudiaría magia, ni habría para él un colegio donde buscar
amigos.
- ¿Remus? ¿Estás ahí?
- Sí papá, estoy aquí. ¿Qué pasa?
- Llegó tu madre. Ven para que te cures.
- OK. Ya voy
Remus se incorporó lentamente, se secó los ojos y fue hacia el baño. Al
parecer su madre había llegado un rato antes sin que él la oyera, por lo absorto
que se hallaba en sus pensamientos; pues ya estaba todo listo para la curación.
Sólo faltaba él.
- ¿Estás bien cariño? – Le preguntó Caroline. – Tienes los ojos rojos. No
habrás estado llorando otra vez ¿o sí?
- No, mamá. Es que tengo irritado alrededor de este corte ¿ves ahí? – dijo
Remus, tratando de sonar convincente. Si su madre sabía que había
estado atormentándose otra vez con sombríos pensamientos, le daría el
sermón que empezaba con “no estés triste, que no todo está perdido”,
sermón que él ya sabía de memoria.
- Bueno, vamos a curarte ahí – agregó Caroline, no muy convencida de la
respuesta.
Un rato más tarde, de todas las heridas de Remus no quedaban sino unos
cortes pequeños y superficiales, y varias cicatrices que ya ni se notaban, porque
tapaban a otras previas.
Salió al jardín, deseoso de tomar algo de aire fresco, y se dejó caer en el
pasto húmedo. Entrecerró los ojos, cegado por el sol que se ocultaba frente a él,
dejando un bellísimo espectáculo multicolor en el cielo. Remus pensó que ese era
un gran antídoto para el malhumor; ya se sentía algo mejor. Sería preferible no
pensar en cosas que lo deprimieran; así que concentró su atención en las aves que
volaban a los lejos, que se veían como puntitos y siluetas negras. Uno de estos
puntitos se fue haciendo más grande y nítido, hasta que Remus notó que era una
lechuza que volaba rumbo a su jardín. Ésta llegó donde él y le alargó un sobre de
pergamino amarillento, escrito con tinta verde; para luego marcharse.
Remus se quedó de piedra al ver que la carta era de Hogwarts. El corazón se
le subió a la garganta. Trató de pensar con claridad: la carta tenía su nombre, pero
eso no era motivo para ilusionarse. Podía decir que pese a la solicitud de su madre,
no podían admitirlo; o cualquier cosa, y no lo que él pensaba e imaginaba. Así era
él: un pesimista nato. Para aclarar las dudas abrió el sobre; le costó porque las
manos le temblaban violentamente de la emoción. Leyó la carta.
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA
Director: Albus Dumbledore
(Orden de Merlín, primera clase, gran hechicero, jefe de magos, jefe supremo,
Confederación Internacional de magos)
Estimado señor Lupin:
Tenemos el placer de comunicarse que tras la visita de la
Sra. Caroline Lupin y tras estudiar detenidamente su situación; Hemos
concluido que no existe causa alguna por la cual tenga Ud. que dejar de
asistir a clases. Sólo es necesario tomar ciertas precauciones para la
seguridad del resto de la comunidad del centro y la suya propia. Por este
motivo tiene Ud. cita con el Director del colegio. Por favor envíe su
lechuza no después del 5 de Agosto para coordinar horario y preséntese
acompañado de padre, madre y/o tutor.
Las clases comienzan el 1º de setiembre. Adjuntamos una
lista con el equipo y los materiales necesarios.
Muy cordialmente
Minerva McGonagall
Subdirectora
Remus trató de llamar a sus padres, pero no pudo proferir ningún sonido a
causa del asombro. Su cerebro aún no asumía lo que acababa de leer… era un
sueño hecho realidad. Por primera vez en su vida sintió que habían sido justos con
él.
Se incorporó feliz a más no poder. Parecía increíble que dos horas antes
hubiese estado tan triste y desesperanzado. Al final el sermón de su madre era
cierto.
* * *
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…y entonces Araminta pidió una cita con el ministro y le planteó su
proyecto. Pero el muy gallina le dijo que… ¿cómo era? Ah, sí, que “no es
tan mala idea, pero estamos apuntando a lograr una convivencia lo menos
violenta posible con los muggles, y su planteo transige todas las normas
diplomáticas”. No sé cuál es el problema de romper la diplomacia con los
muggles. - dijo Elvis Black, mientras almorzaba junto a su esposa Angie y
sus dos hijos varones: Sirius y Regulus.
¡Qué idiota! –dijo para sí Angie.
Sí. Fíjate que en caso de aprobar el proyecto los muggles no hubiesen
sobrevivido mucho tiempo como para ponerse en contra. – Agregó
Regulus, un chico de nueve años de pelo y ojos oscuros.
No entiendo por qué… - empezó a decir Sirius, el hermano mayor, de once
años, que, fastidiado por el parloteo, buscaba la forma de manifestar su
desacuerdo sin desatar una discusión a gritos en la que seguramente él
perdería 3 a 1 igual que la vez anterior. – No veo en que nos molestan
esos muggles para que Araminta quiera aniquilarlos así…
¿POR QUÉ? ¡Pero Sirius!. Fíjate que así no tendríamos que andar
ocultándonos de nadie, esa escoria no andaría estorbando por todos lados.
Y además, – intervino Angie – No habrían más sangre sucia. Todo
quedaría entre las verdaderas familias de magos.
Sirius prefirió callarse esa vez y discutir otro día. Estaba harto de las eternas
discordias con su familia. Se sentía como oveja de otro rebaño, y a veces le
avergonzaba decir que era un Black, pues para él, lejos de ser motivo de respeto,
ser un Black implicaba que todos creyeran que él era como la basura de su familia.
Terminó su almuerzo y se encerró en su cuarto, que afortunadamente no tenía que
compartir con su hermano pues la casa era grande. Regulus era el niño mimado de
la casa, y no precisamente por ser el hermano menor; Sino porque Sirius siempre
había sido rebelde y se había opuesto a la mentalidad de su familia; magos
amantes de las artes oscuras y de la limpieza de sangre. Regulus, en cambio, tenía
la misma mentalidad que ellos, por lo que Angie y Elvis los comparaban
constantemente para que Sirius se sintiera celoso y menospreciado y empezara a
hacerles caso. Claro que sus padres no sabían que eso no era tan fácil: Sirius tenía
una personalidad fuerte y era difícil persuadirlo. A veces él mismo se preguntaba de
dónde había sacado esos valores y cómo los tenía tan firmemente arraigados,
cuando en su casa se fomentaba precisamente lo contrario. Su moral, lejos de
debilitarse, se fortalecían con cada discusión; pero se iba estropeando la relación
con su familia.
De pronto alguien bajó el pomo de la puerta, tratando de abrirla, pero no
pudo, pues esta estaba cerrada por dentro. Sirius se sobresaltó:
- ¿Quién es? – preguntó
- Kreacher viene a limpiar la habitación del amo chico – respondió una voz
ronca.
Sirius abrió la puerta con desgano y dejó pasar al entrometido. Kreacher era
un elfo doméstico de hocico alargado y ojos de color gris acuoso. Como toda ropa
llevaba un trozo de trapo viejo atado de la cintura, como una falda. Traía consigo
un plumero, y en la entrada del cuarto había otros utensilios de limpieza. Kreacher
no había sido muy afortunado al ser “empleado” por la familia Black, pero esa
situación de dominio que padecía no le daba lástima a Sirius, pues Kreacher era
muy devoto de Elvis y, sobre todo, de Angie. Esto hacía que a Kreacher no le
simpatizase tanto Sirius como Regulus; pero obedecía las órdenes de ambos, pues
era su obligación hacer todo lo que le ordenara un miembro de la familia Black.
Kreacher terminó de limpiar y antes de irse Le habló a Sirius.
- Dice la señora que vaya, que llegó la notificación de Hogwarts.
- De acuerdo, ya voy.
Salieron juntos de la habitación. Sirius bajó las escaleras mientras que
Kreacher se dirigía a la habitación de Regulus. Cuando llegó al vestíbulo, una gran
habitación llena de retratos de los miembros de la familia, su madre estaba leyendo
la carta de Hogwarts.
- Enhorabuena. – Le dijo Angie sin mucho entusiasmo. – ya estaba
empezando a temer que fueras un squib. Sería lo único que nos faltaba.
A Sirius el comentario no le agradó. Había acumulado rabia durante el
almuerzo y sintió que estaba por soltarla. Trató, con todo, de controlarse. Unas
semanas más y se iría de allí.
- No entiendo – Dijo, tratando de sonar calmado e indiferente – Tu dijiste
que las cartas de Hogwarts llegaban por estas fechas, así que no había de
que preocuparse ¿A qué no?
- Bueno, es que hay casos de los que nunca se sabe ¿no? – Cambió su
gesto frío hacia uno que trataba de mostrar confianza y orgullo – Si estás
tan seguro ya podemos asegurar que serás un Slytherin, como todos en la
familia.
- Esa no es mi decisión. – agregó Sirius con frialdad – Pero si fuera mi
decisión iría a cualquier casa menos a Slytherin. – murmuró entre dientes.
- ¿Perdón? No oí lo último.
- Decía que…
-
¡Hey, Sirius! Si vas a ir a Hogwarts, le llevarás a Narcissa una carta de mi
parte ¿No? – interrumpió Regulus que acababa de entrar en la habitación.
Seguramente Kreacher le había pasado el chisme.
- ¿A Narcissa? – contestó Sirius sonriendo agradecido de la oportuna
interrupción - ¿Le enviarás la propuesta matrimonial? ¿o recién van a
comprometerse? – Regulus mostraba más afinidad hacia Narcissa que
hacia cualquier otro primo, aunque esta no le correspondiese demasiado.
Aunque no lo dijese, Sirius notaba a la distancia que Regulus gustaba de
ella; que era un año mayor que Sirius. Angie y Elvis parecían no darse
cuenta, o no querer darse cuenta, de que su hijo menor se había
enamorado de su propia prima.
- ¡CÓMO VAS A DECIR ESO DE TU HERMANO! ¡POR DIOS, SIRIUS!
NARCISSA Y USTEDES SON PRIMOS. – Aulló Angie furiosa.
- Si a él le gusta, no es mi culpa. La verdad no ofende. – replicó Sirius,
tratando de conservar la calma.
- De acuerdo. Si nadie tiene el miserable gesto de llevar mi
correspondencia, no importa. Usaré a Chewy. – Sentenció Regulus,
dándose aires de mártir. Se fue velozmente de la habitación, dando un
portazo.
- ¡Mira lo que hiciste! Eres un egoísta y no cambias más. ¿Tanto trabajo te
costaba llevar su carta?
- ¿Y tanto le cuesta a él usar su lechuza? ¡El tampoco me hacía favores
cuando yo se los pedía! Pasa que tú siempre lo defiendes a él.
Sirius se fue realmente molesto del vestíbulo. Sabía que su hermano había
exagerado sólo para quedar bien, y dejarlo mal a él. Sin embargo, el comentario
sobre “ser un Slytherin” le había dejado algo más que pensar. Él no sabía
realmente a que casa quería ir. Si iba a Ravenclaw, Hufflepuff o Gryffindor; se
hallaría seguramente a gusto con sus compañeros, pero sería más despreciado aún
por su familia. Si iba a Slytherin, las cosas con ellos irían iguales o mejor, pero
tendría que soportar todo el año a gente como ellos.
“Bien.” Pensó “No tiene sentido pensar tanto en ello. Igual no soy yo quien
elige a que casa ir”. Se echó en la cama y se durmió casi enseguida.
-
2La estación de King´s Cross estaba llena de gente. Muchos eran estudiantes
de Hogwarts que ingresaban discretamente al andén 9 ¾. Antes de atravesar el
muro, Remus Lupin se despidió de su padre, que por ser un muggle, no podía
entrar al andén. Luego Caroline, Sarah y él atravesaron la pared; Henry los siguió
con la vista, no sin antes desearle a Remus un buen año de colegio, y
aconsejándole que se cuidara al menos unas veinte veces.
El anden estaba lleno de estudiantes y de bullicio. Aunque no estaban en luna
llena, Remus seguía teniendo un aspecto escalofriante. Avanzó hacia el tren, y
caminando estaba cuando un pesado baúl cayó muy cerca de su pie.
- Ooops… Perdón ¿Te lastimé? – preguntó un chico rubio de ojos claros.
- No. Estoy bien, gracias.
- Ten más cuidado Peter – dijo amablemente un hombre que debía ser su
padre
- ¡Oh! No importa. Le puede suceder a cualquiera. – agregó Caroline.
Siguieron su rumbo hacia el tren. Eran pocos los estudiantes que ya habían
subido sus cosas, así que dejó su baúl en un compartimento vacío, y bajó
nuevamente con su madre.
Por otro lado varios miembros de la familia Black conversaban animadamente.
Criticaban a los que visiblemente eran hijos de muggles, ya que miraban a su
alrededor como descubriendo un mundo nuevo. Cerca de ellos revoloteaban Chewy,
la lechuza de Regulus, y Hoothawk, la lechuza de Sirius. Narcissa conversaba con
Angie y en una ocasión le habló a Regulus, quien se puso rojo. Sirius no
comprendía como podía gustarle. Para él Narcissa era antipática y fea, y además
era su prima. Harto ya, decidió alejarse de ellos.
- Papá – avisó – Voy al tren a buscar un compartimento. Vuelvo enseguida.
Se dirigió al tren sin ningún apuro. Ya varios estudiantes habían subido, pero
pocos permanecían allí. La mayoría ponía sus baúles en el portaequipajes y
reservaba asiento con su mochila. Sirius reservó asiento en un compartimento casi
vacío: sólo había una mochila en él. Dejó allí su equipaje y bajó del tren lo más
despacio que pudo.
A unos metros de los Black, James Potter junto con Benjamin y Jessica,
hablaban sobre las distintas casas. James estaba convencido de que iría a
Gryffindor, y no quería oír ni un comentario sobre la posibilidad de ir a otra.
Mencionar a Slytherin era como un pecado. Afortunadamente, durante esa
conversación Benjamin no hizo ninguna broma sobre lo soñador que era James. Al
parecer se había calmado desde unos días atrás; sin duda sabiendo que el mismo
chiste ya no daba para más.
Brownie estaba posada en el hombro de James. Era una lechuza macho
robusta y fuerte, con un plumaje marrón rojizo muy brillante. La habían comprado
en el Emporio de la Lechuza cuatro años antes, cuando era muy pequeña. James la
había elegido y habían crecido juntos, por lo que Brownie mostraba mucho afecto
hacia él.
- Envíanos una lechuza cuando llegues. Cuéntanos sobre la selección y tus
primeras clases. ¿Lo harás?
- Claro, papá. – Dijo James mirando de reojo a una chica pelirroja que
andaba sola no muy lejos de ellos.
El tren emitió un silbido. James subió rápidamente y buscó un compartimento.
Encontró uno donde sólo había un chico de su edad, bastante pálido, esmirriado y
con algunas cicatrices, que le provocó a James un ligero escalofrío. Igual no era
momento de ponerse selectivo con sus compañeros, así que depositó su equipaje y
se sentó frente al muchacho, quien lo saludó con un tímido “hola”. Pocos minutos
después se acercó apersuradamente otro chico, que ya tenía allí su equipaje, y
también se sentó.
El tren emitió un nuevo silbido y empezó a moverse. James y Remus se
asomaron por la misma ventanilla para despedir a sus familias. Sirius no se inmutó.
Pasaron unos minutos, que parecían horas por el aburrimiento. Después de
saludarse, ni James, ni Sirius, ni Remus se habían dirigido la palabra; pues ninguno
sabía que decirle a los otros. Sonaba muy infantil iniciar una conversación con un
“¿Cómo te llamas?”. Sirius no aguantó más y rompió el hielo, con su habitual toque
de humor.
- ¡Hey, muchachos! – dijo, tan súbitamente que los otros dos se
sobresaltaron. – Va a ser un largo viaje, y no quiero creer que nadie vaya
a hablar ni una vez en todo el camino. Digo… al menos presentémonos
¿No? Veamos ¿Tu quién eres? – señaló a James.
- James Potter. – dijo James, animado por la iniciativa.
- Remus Lupin. – Agregó Remus.
- Un gusto… espero. Yo soy Sirius Black.
James se sintió de pronto algo incómodo. Se sabía que los Black eran una
familia de magos oscuros, y James odiaba las artes oscuras. Disimuló su desilusión,
pero descartó mentalmente toda posibilidad de ser amigo de Black. Centró su
atención en el otro chico; pero Sirius pareció interesado en conversar con ambos.
- ¿También van a primero? – preguntó Sirius.
- Sí. – respondieron los otros dos al unísono.
- ¡Estupendo! ¿Creen que nos tocará juntos?
James titubeó un instante, pero dijo lo que pensaba.
- No, no creo. No creo que me toque en Slytherin.
La
-
sonrisa de Sirius se apagó de golpe.
¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué me tiene que tocar en Slytherin?
Bueno… Eres un Black. Y los Black suelen ir a Slytherin ¿No?
Sí, pero el Sombrero Seleccionador no elige por la familia. Elige por la
forma de ser. Que la familia influya algo en la personalidad es otra cosa.
- ¿Y a qué casa crees que vas a ir entonces? intervino Remus,
dirigiéndose a Sirius.
- No sé. Espero ir a Gryffindor. Pero James tiene algo de razón. Creo que iré
Slytherin. – agregó Sirius, con un gesto de desolación.
- Quien sabe. – trató de consolarlo James, a quien ya le había dado lástima.
– Si realmente quieres ir a Gryffindor, y tienes las condiciones necesarias,
la familia no influirá mucho.
- Si… tal vez tengas razón… ojalá… - dijo Sirius en voz cada vez menos
audible.
Nadie dijo más nada durante una largo rato, hasta que llegó la bruja con el
carrito de la comida. Cuando cada uno compró algo, y comenzaron a convidarse
mutuamente, empezaron a charlar sobre las comidas que más les gustaban. El
tema no duró más de media hora; de modo que después del almuerzo Lupin,
aburrido, sacó una revista de su mochila y empezó a hojearla.
Esa revista la había llevado Henry a su casa días antes, porque tenía un
artículo que hablaba sobre los hombres lobo y algunos hechizos y pociones nuevas
que servían para mejorar su calidad de vida. En realidad no era nada muy útil para
él, pues hablaba más del fenómeno de los licántropos que de las innovaciones en sí.
De todos modos no era ese artículo el que le interesaba ahora; casi no había
prestado atención al resto de la revista, por lo que empezó a buscar algo
interesante y digno de comentar en ese momento.
Apenas había empezado a mirar la revista cuando James pareció entender sus
intenciones.
- ¿Hay algo interesante allí, Remus?
- No sé aún. Es que todavía no la leí mucho.
- ¿Dice algo de quidditch? – agregó velozmente Sirius, estirando el cuello
para ver la revista. – Igual creo que cualquier artículo sirve para empezar
una charla. – Leyó el título del artículo de los hombres lobo.
- No, no… Digo… no creo que este sea un tema agradable para conversar –
se apresuró a decir Remus, nervioso, cuando vio que Sirius miraba con
interés el artículo. Pensó que sería mejor sacar la revista del camino y
tocar cualquier otro tema. – Bonita lechuza. ¿Cómo se llama? ¿Es macho o
hembra?
- Es macho y se llama Brownie – respondió James extrañado del abrupto
cambio de tema y de la forma en que Remus se apresuraba a guardar la
revista.
Durante un nuevo largo rato, Sirius y James conversaban animadamente
sobre quidditch. Remus, en cambio, se quedó callado, pensando en el incidente de
la revista. ¿Qué pasaría si los amigos que tuviese en Hogwarts descubrían lo que él
era? Definitivamente tendría que ocultarlo; no sabía cómo, pero lo ocultaría hasta
el final.
Un rato después la puerta del compartimento se abrió y entró Narcissa, sola,
con un gesto fruncido en la cara, como era habitual en ella.
- ¿Sí? – Preguntó James.
- Sirius: Dijo tu hermano que te había dejado algo para que me dieras, y
que te lo pidiera. – Dijo Narcissa, haciendo caso omiso de James y Remus,
y hablando velozmente, como recitando de memoria.
- ¿Dijo eso? Que curioso. A mi no me dio nada.
- Me dijo que no te lo había dado en la mano, porque no quisiste traerlo;
dijo que estaba en un bolsillo de tu mochila.
- ¡Por las barbas de Merlín! ¡Qué enano entrometido! Le dije que no llevaría
sus cartas e igual me las mete en la mochila.
Bueno – repuso Narcissa fríamente - ¿Va a darme lo que tengas para
darme o no? Porque si no me lo vas a entregar, no seguiré aquí perd…
¡Oigan! ¿Ustedes qué miran así? –agregó mirando a James y Remus Que
la miraban ceñudos, y no se habían dado cuenta de disimular
- ¡Oh, perdón! – repuso James, llevando instintivamente su mano al bolsillo
de su pantalón, donde estaba su varita mágica. – no sabía que había que
mirarte con muecas especiales.
- ¡Hey, hey! ¡Narcissa! ¡Basta! – se interpuso Sirius rápidamente – Te daré
tu carta ¿Si? Pero vete de una vez.
- Nadie quiere la asquerosa carta de tu hermano. Y no voy a permitir que
un grupo de mocosos me falte el respeto.
- ¡AHHHHH! Porque está hablando la chica madura ¿cierto? Solo eres un
año mayor que nosotros, así que no tienes derecho a llamarnos mocosos.
Primero ve a estirarte ese hocico aplastado. – Replicó Sirius, levantándose
de su asiento, poniéndose colorado. James lo imitó.
- ¿Qué demonios está pasando aquí? – preguntó un muchacho de nariz
ganchuda, pelo negro grasiento y estatura baja que acababa de entrar al
compartimento - ¿Algún problema, Narcy?
- Claro que hay un problema – Gritó James – Tu novia vino a meterse en lo
que no le importa. Así que mejor ponle la correa y llévatela de aquí…
- Nadie está hablando contigo, y no es mi novia. – repuso el muchacho de
nariz ganchuda – Déjalos, Narcy. Vámonos.
- De acuerdo, pero sólo porque tú lo dices, Severus. – Los dos salieron del
compartimento.
- ¡Claro! ¡Se van porque tienen miedo! No podrían ganarnos nunca ¡Ja! –
Gritó Sirius para que lo oyeran. Tanto él como James tenían sus varitas
prontas. Incluso Remus había sacado la suya.
- ¿Quiénes eran, Sirius? – Preguntó Remus con cautela, sentándose.
- Narcissa Black, una prima mía. Insoportable como el resto de los Black. Y
ese Severus… No sé quien es, pero debe ser una amigo suyo… igual de
basura…
James y Sirius también se sentaron, aunque con una extraña sensación de
inquietud. Se habían preparado para una pelea a la que no habían llegado.
- Veamos que decía la famosa carta. – Dijo Sirius rebuscando en su
mochila. Hasta que la encontró. Era un sobre muy prolijo, y estaba
perfumado. La abrió y empezó a leer en voz alta, con un acento afeminado
y burlón. – “Querida Narcy: Te escribía esta carta para contarte algo, algo
que no me atreví a decirte personalmente, algo muy serio. Es que desde
hace mucho tiempo que siento cosas extrañas cuando te veo, cosas que
no siento con nadie más. Creo que es amor. Sé que somos primos, pero el
corazón manda ante todo, y mi corazón late por inercia si tú no estás
cerca de mí. ¿Cómo decírtelo más claramente? Te amo, te amo con locura
y pasión, y no podré vivir mucho tiempo más sin ti. Por favor considera lo
que acabo de escribirte, y respóndeme lo antes posible, pues mi alma no
soportaría esta incertidumbre por mucho tiempo. Cariños, Regulus” ¡Por
favor! Qué hermano más cursi que tengo – exclamó Sirius, partiéndose de
risa al igual que James y Remus. La carta sonaba terriblemente patética
con el agregado de voz que Sirius había hecho. – Y pensar que sólo tiene
nueve años. No quiero imaginar lo que hará a los dieciséis. Me pregunto
de qué libro de poesía habrá extraído esto.
La risa por la carta perduró un rato, tras el cual los tres chicos se sentían
menos cohibidos. Remus había olvidado el incidente de la revista y sus temores,
hasta que James miró su reloj y habló.
- Debemos estar por llegar. Será mejor que nos cambiemos ¿no?
- Sí, creo que es lo mejor. – respondió Sirius.
- Oye… ¿Qué te pasó allí? – preguntó James al ver una profunda cicatriz en
el brazo izquierdo de Remus mientras éste se cambiaba.
-
N-nada. Solo me corté. ¿Por qué? – respondió, nervioso.
No, por nada. Solo que eso no tenía muy buen aspecto. ¿Y en la cara
también te cortaste? – Se atrevió a preguntar James.
- Sí… Fue… hace bastante… tiempo… Un accidente en casa.
Un silbido del tren cortó la conversación. Los muchachos empezaron a
prepararse para bajar. Remus agradeció mentalmente al maquinista: el ruido no
pudo ser más oportuno. Ahora tendría tiempo para inventar una excusa.
El tren aminoró la marcha, y los estudiantes se aglomeraron en el pasillo.
Finalmente paró, y todos bajaron en la estación de Hogsmeade. Un hombre
descomunalmente grande, con mucha barba y pelo enmarañados de color negro los
esperaba.
- Atención los alumnos de primer año. Por aquí. Sólo los de primero. –
Gritó.
- ¡Guau! - murmuró James - ¡Qué hombre tan… grande!
- Supongo que necesitarían a alguien así, para que no se perdiera entre
esta montonera de gente. – Dijo Sirius, aunque también miraba
asombrado al gigantesco hombre.
Los de primero siguieron al gigante. Entre ellos iba Severus, el muchacho de
grasiento pelo negro. Salieron de la estación y atravesaron un sendero angosto y
tupido de árboles. Finalmente el sendero acabó, y los chicos se detuvieron en la
orilla de un gran lago. Casi todos dejaron escapar gritos de admiración; pues al otro
lado del lago había un castillo enorme y majestuoso: Habían llegado a Hogwarts.
- ¡Suban a los botes! ¡De a cuatro! – Avisó el gigante.
James, Sirius y Remus subieron a un mismo bote. El cuarto lugar lo ocupó un
chico rubio, gordito y de ojos claros. Éste pisó mal al subir al bote y los otros tres lo
sujetaron para evitar que cayera al agua. Remus lo reconoció como el chico al que
se le había caído el baúl en la plataforma 9¾. Este se veía cohibido y nervioso. Los
otros tres también lo estaban, aunque no tan visiblemente, pues la selección de las
casas y el comienzo de las clases estaba muy cerca.
Atravesaron una zona muy tupida, en la que tuvieron que agachar la cabeza
para que las ramas no los arañaran. Finalmente, uno a uno los botes llegaron a la
orilla, y los alumnos bajaron.
- Me pregunto cuánto faltará para el banquete. Tengo hambre – murmuró
Sirius.
- De seguro aún falta bastante. – le respondió Remus – Primero está la
selección de las casas.
Caminaron tras el gigante hasta que llegaron a la puerta del castillo. El
gigante golpeó y lo atendió una bruja adulta, que parecía una persona muy severa,
a juzgar por su expresión impasiblemente seria.
-
3- Enhorabuena, Hagrid. El resto del colegio y el sombrero están listos.
- Lo siento, profesora McGonagall, nos retrasamos un poco ¿No?
- No importa, pasen, así comenzamos la selección.
Los estudiantes entraron liderados por el gigante Hagrid y la profesora
McGonagall.
- Espero que esa no sea profesora nuestra. – Dijo James a los otros tres
mirando a McGonagall con un gesto algo asustado. – Tiene aspecto de ser
muy estricta.
Llegaron al gran comedor. Los demás estudiantes ya estaban esperándolos
listos para el banquete; ubicados en cuatro grandes mesas, y en el medio del salón
había un taburete con un sombrero viejo: era el sombrero seleccionador. Ninguno
de los cuatro chicos se asombró al verlo, pues ya sabían como se hacía la selección
de las casas; pero los cuatro estaban nerviosos por la casa en la cual pudiesen
quedar.
- Solo espero que no me toque en Slytherin – murmuró Lupin
Yo también. – agregó el chico gordito – Les encanta burlarse de la gente.
Yo no los soportaría mucho tiempo
- Insisto que nos toque donde nos toque, que sea juntos… Pero no en
Slytherin. – Dijo Sirius.
- A mí me gusta Gryffindor. – agregó James.
De pronto el sombrero se movió y abrió la boca, con lo cual todos se callaron.
-
Hace muchos, muchos años
tantos como puedas imaginar
cuatro célebres magos quisieron
a los más jóvenes enseñar.
Fundaron este colegio,
todo parecía prosperidad
pero sus opuestas ambiciones
los lograron separar.
Gryffindor y Slytherin
marcaron a Hogwarts con su rivalidad.
Los cuatro entonces dijeron
a quienes iban a educar.
Ravenclaw, amante de la sabiduría
antepuso la inteligencia.
Para Slytherin lo importante era
audacia y una ascendencia “limpia”
Gryffindor buscaba coraje y valor
eso era lo primero
pero Hufflepuff quería
sólo perseverancia y lealtad.
Hoy, muchos siglos han pasado
ellos no están para elegir.
Quedo yo que los conocí
y por tu mente y alma te diré
a que casa debes ir.
Luego de que todos aplaudieran, la profesora McGonagall se paró junto al
sombrero con una larga lista de pergamino.
- Los llamaré uno por uno – dijo – cuando les toque el turno, vendrán y se
probarán el sombrero. Este dirá la casa que les corresponde. ¿Está claro?
Bien. Austin, Mark.
Un chico alto y rubio se dirigió al sombrero, el cual tras unos segundos gritó.
- RAVENCLAW.
La segunda mesa de la izquierda aplaudió con fuerza. Mark Austin fue a
sentarse con ellos.
- Avery, Nott.
- ¡SLYTHERIN!
Pasaron unos estudiantes más hasta que…
- Black, Sirius
- ¡Buena suerte! – le murmuró James a Sirius en el oído, mientras este iba
hacia el sombrero. Después del viaje en tren y el incidente con Narcissa,
ya no le parecía imposible ser amigo de Sirius.
Sirius se sentó y se puso el sombrero. Oyó una voz en su cabeza.
- Vaya, vaya… Otro Black ¿Eh? Veamos que tenemos por aquí. Mmmmm…
¡Qué curioso! Coraje… mucho coraje. También mucha soberbia, e
inteligencia. Audacia también… pero mucho coraje y soberbia… bien… Sí,
no cabe duda serás un GRYFFINDOR.
Muchos aplaudieron, y muchos, sobre todo en Slytherin quedaron extrañados.
¿Un Black en Gryffindor?
Sirius, entretanto, se sentó en un sitio vacío; sintiéndose feliz. No era un
Slytherin… Había salido en la que, para él, era la mejor de las casas.
Entretanto la lista continuaba.
- Dalton, Fredick
- SLYTHERIN
James miró a los miembros de Slytherin con repulsión. No le extrañó ver a
Narcissa entre ellos. Mientras tanto, la selección continuaba.
- Evans, Lily
La chica pelirroja que James había visto sola en la estación se dirigió hacia el
taburete; estaba muy pálida. Se puso el sombrero, y éste tardó más de un minuto
en decidir. La sala aguardó en silencio.
- GRYFFINDOR
James se encontró a sí mismo aplaudiendo con entusiasmo, aunque no sabía
bien por qué.
- Henderson, Stokred
- GRYFFINDOR
A medida que pasaban estudiantes, James se ponía cada vez más ansioso y
nervioso. Miró a Remus y a Peter, y notó que ellos no estaban mejor qué él. Remus
se mordía una uña mirando fijo hacía el sombrero. Peter estaba completamente
pálido, con los ojos abiertos como hipnotizado. Sus rodillas hacían pequeños
movimientos de flexión–extensión veloz y frenéticamente. Parecía fuera de la
realidad. Pese a los nervios, James contuvo una risita.
- ¿Está todo bien, colega? – le preguntó dándole un pequeño codazo que lo
despertó de un sobresalto.
- ¿E… Eh? S… sí, claro ¿P… por qué no habría de estarlo?
- Lestrange, Rodolphus.
- ¡SLYTHERIN!
- Lupin, Remus.
Remus se dirigió donde el taburete. El sombrero le tapó la vista.
- Y aquí tenemos… - oyó decir Remus en su cabeza. – Veo inteligencia,
perseverancia y lealtad. ¡Vaya! También estás asustado… conque un gran
secreto ¿Eh?. Pero igual hay valentía, ¡y mucha! Serías un buen
Ravenclaw, aunque Gryffindor te sentará bien también. Y Hufflepuff sería
buen sitio para tu firmeza. ¿Qué hacemos? – el sombrero no dijo nada
durante un par de largos segundos, mientras Remus aguardaba el
veredicto. – Sí, será mejor que seas ¡GRYFFINDOR!
Remus dejó el sombrero y se dirigió a la mesa de la izquierda. Sirius se
apresuró a hacerle un sitio junto a él. James aplaudió con fuerza, pero Peter siguió
en su estado de ensimismamiento, moviendo aún las rodillas. James ya no lo
despertó.
- McCabe, Andrew
- ¡HUFFLEPUFF!
- Montero, Daniel
- ¡RAVENCLAW!
James se distrajo unos instantes mirando a la mesa de profesores para
contener su ansiedad. En el centro estaba Albus Dumbledore, el director, rodeado
de profesores. Había un sitio vacío, que debía ser el de McGonagall. Hagrid, el
gigante que los había acompañado desde la estación, ocupaba más lugar que
cualquier otra persona. Su tamaño y pelambre le daban un aspecto imponente:
sería mejor no tener problemas con él.
En esos instantes la lista pareció avanzar notablemente. De pronto…
- Pettigrew, Peter
- E… ese s… soy y… y… yo – James notó que quien hablaba era el chico que
había ido con ellos en el bote.
- ¿Pues que estás esperando entonces, colega? ¡Vamos, ve!
Peter se adelantó torpemente. Le costó trabajo sentarse y estuvo a punto de
caerse. Se oyeron unas risas, la mayoría de ellas desde la mesa de Slytherin.
- Bien… aquí tenemos inseguridad, pero habilidad para elegir compañía,
poco coraje, servilismo. Slytherin te vendría como anillo al dedo.
Peter recordó las risas que había oído segundos antes, y deseó con fuerza no
ir a Slytherin. Pensó en sus compañeros de barco, que parecían mucho más
seguros que él, y se encontró con que quería ir a Gryffindor, aunque no era
precisamente valor lo que le sobraba.
- ¿Gryffindor? – le dijo el sombrero – No quieres ir a Slytherin… Quieres ir a
Gryffindor. No me parece tu lugar. A ti te sienta bien Slytherin. Hubieses
sido el niño mimado de Salazar.
Pero Peter siguió aferrado a sus ideas cada vez con más fuerza. No soportaría
nunca a esa gente que se burlaba de él. No podía ir a Slytherin
- Pero no lo soportarías ¿no? – intuyó el sombrero – Crees que no los
soportarías ¿verdad? Muy insensato eso de no tolerar a la gente como tú.
Pero si tú insistes… Que conste que va contra mi voluntad ¿De acuerdo?
¡GRYFFINDOR!
Peter cerró los ojos y suspiró. Luego del discurso del sombrero había temido ir
a Slytherin. Se había salvado por los pelos. Quiso levantarse, pero sus piernas se
habían aflojado y no soportaban su peso. De pronto cayó inconsciente en el suelo:
se había desmayado.
La profesora McGonagall se inclinó rápidamente hacia él. Dumbledore se
levantó de la mesa alta y fue hacia allí. McGonagall titubeó, pero Dumbledore hizo
aparecer un vaso con agua y le salpicó apenas la cara. Peter despertó, y cuando
logró recordar lo que había pasado se sintió avergonzado de sí mismo.
- ¿Crees que deba ir a la enfermería, Albus? – preguntó McGonagall
- No. Debe haberse desmayado de nervios. Seguro traía adrenalina
acumulada, eso es todo. Mejor será que vaya con sus compañeros y que
cene bien. Así que… Peter es tu nombre, ¿no? – Peter asintió – Bien Peter,
ve a la mesa de Gryffindor. No te atormentes: son cosas que suelen
suceder.
Peter fue hacia la mesa de Gryffindor, donde lo aguardaban Sirius y Remus.
En el Gran Comedor se oyeron más risas.
- ¿Estás bien, Peter? – Le preguntó Remus
- Sí… Estoy bien. Fueron los nervios. – Respondió Peter sentándose para no
ser el centro de atención.
La selección, entretanto, continuaba.
- Pinsher, Paul.
- ¡SLYTHERIN!
- Potter, James.
James se estremeció: era su turno. Mientras se dirigía hacia el taburete, echó
una mirada a la mesa de Gryffindor. Remus y Peter le sonreían, mientras que Sirius
le levantaba los pulgares. James se colocó el sombrero. No podía ver nada, pues la
boca era mayor que su cabeza. Aguardó unos segundos.
- Esto está demasiado claro. – dijo el sombrero – Valor, soberbia, fuerte
atracción hacia el riesgo, seguridad. Arrogancia también, pero de todos
modos… Ni Godric lo hubiese pensado dos veces. ¡GRYFFINDOR!
James se quitó el sombrero y fue velozmente hacia la mesa de Gryffindor,
casi corriendo. Sirius, Remus y Peter lo felicitaron.
- ¡Así se hace James! – exclamó Sirius, radiante – Ahora estamos juntos los
cuatro.
- ¡Excelente, James!
- Me muero por que empiece el banquete.
Pero aún quedaba gente por seleccionar antes de que éste comenzara.
- Rellers, Thomas.
- ¡HUFFLEPUFF!
- Rosier, Evan.
- ¡SLYTHERIN!
- Hey, Sirius… ¿Viste al gigante que nos acompañó? Está allá en la mesa.
Creo que será mejor no ofenderlo nunca… No tiene aspecto de ser muy
amable. – dijo James.
- Schörderle, Hans.
- ¡GRYFFINDOR!
- Sí… Oí que Narcissa no lo soporta. Claro que eso significaría que es una
buena persona ¿no? – le respondió Sirius
- No sé… ojalá tengas razón.
- Snape, Severus.
El muchacho de pelo negro grasiento y nariz ganchuda que había estado con
Narcissa en el tren se adelantó, inseguro.
- ¡Miren! ¡James, Remus! Miren quien va ahí.
- El rival de tu hermano… - dijo James con malicia – Apuesto lo que sea a
que lo mandan a Slytherin.
Efectivamente, el sombrero gritó “Slytherin” apenas tocó su cabeza.
- Además fue instantáneo. Lo tocó apenas y ¡a Slytherin! – observó Remus
- Seguro que el pobre sombrero no quería engrasarse todo. – agregó Sirius.
Los cuatro rieron con ganas. Las risas quedaron cubiertas por el mar de
aplausos que siguió al veredicto del sombrero.
La selección ya estaba finalizando.
- Williams, Jackson
- ¡RAVENCLAW!
Acto seguido, McGonagall enrolló el pergamino y se llevó el taburete y el
sombrero. Se oían murmullos por todo el salón, pero éstos cesaron
automáticamente cuando el director se puso de pie.
- ¡Bienvenidos a un nuevo año! ¡Espero que el verano les haya servido a los
nuevos alumnos para prepararse y a los viejos para recuperarse! Pero no
se preocupen, no. La parte más aburrida (o sea mi discurso) empieza
después del banquete; así que ¡a comer!
Los platos de comida aparecieron rebosantes de pronto. Ningún alumno
necesitó oír la orden dos veces. Las conversaciones iban y venían, acompañando la
comida.
- … Y mi hermano estuvo haciéndome bromas idiotas durante las últimas
semanas, pero cuando hablamos en serio, él reconoce que me tiene
envidia porque yo vine aquí y él no. – Contaba entre risas Hans
Schörderle, un chico de lacio pelo castaño y ojos oscuros, bastante
larguirucho.
- ¿Pero en tu familia son magos o muggles? – preguntó Sirius, que, junto
con James, había llegado tarde a la charla.
- Mi madre es muggle y mi padre mago. Pero él proviene de una familia de
muggles. Mi hermano mayor es muggle y yo, como ya ven, soy mago.
- Vaya, que… entreverada tu familia. – Exclamó Sirius risueño.
- Sí… Mi hermano siempre me hacía rabiar de pequeño. ¡Ja! Ahora puedo
hacerlo rabiar yo a él.
- Odio cuando mi hermana me molesta. Claro que es distinto… Ella es
menor que yo. Me rompe todo – intervino Stokred Henderson, un chico de
ojos alargados, con rasgos claramente asiáticos.
- Por eso yo no tengo hermanos – agregó James.
- ¿Y ustedes? – Preguntó Stokred a Remus, Sirius y Peter - ¿tienen
hermanos?
Yo tengo una hermana menor, pero casi siempre nos llevamos bien. –
Respondió Remus
- Yo tengo un hermano menor – dijo Sirius, con un gesto de fastidio.
- Yo no tengo hermanos – dijo Peter.
- Eh… disculpen… ¿Remus Lupin? – era la profesora McGonagall que se
había acercado a ellos.
- Sí, soy yo.
- Necesito que me acompañes. Es para arreglar… Ya sabes, tus horarios.
- Sí, sí, ya comprendí. – respondió velozmente Remus mientras iba con
McGonagall.
- No sabía que los horarios había que coordinarlos individualmente con los
profesores. – dijo Peter.
- Es extraño… - murmuró James para sí. Estaba empezando a creer que
Remus tenía algo que ocultarle.
Pero el banquete lleno de algarabía y ruidos no era el mejor momento para
hacer conjeturas. Siguieron comiendo y conversando hasta que, al terminar los
postres, Dumbledore se puso de pie.
- Bueno, espero que hayan disfrutado del banquete, y que ahora estén
dispuestos a aburrirse.
“Primero quiero aclarar que el bosque de las inmediaciones del castillo está
prohibido para los estudiantes. El guardabosque, Rubeus Hagrid estará a
cargo de evitar entradas furtivas. – dijo, a la vez que señalaba al gigante que
los había acompañado desde la estación.
“Los alumnos de segundo año en adelante que estén interesados en participar
del equipo de quidditch de su casa tendrán que ponerse en contacto con el
capitán del mismo. Pero los de primer año no tienen aún permiso para jugar.
Se oyeron unos gemidos apagados de desilusión. Pese a ello, Dumbledore
sonrió.
- Y… - prosiguió – el conserje Argus Filch no para de recordarme que no
deben usar magia en los pasillos.
“Bien, creo que no queda más nada por decir. Así que, ¡prefectos! Conduzcan
a los alumnos a sus salas comunes.
Acto seguido todos los estudiantes se levantaron, y siguieron a los prefectos
que llevaban la delantera. Flotando sobre ellos iba el fantasma residente de
Gryffindor, al que le decían Nick Casi Decapitado, según decían los alumnos más
grandes.
- ¿Dónde crees que estará Remus? – Preguntó Sirius a James – No ha
vuelto al Gran Comedor. Nunca creí que fuese tan difícil coordinar
horarios… ¡Bah! Coordinar horarios… Creo que aquí hay gato encerrado.
- Sí… yo pensé lo mismo. Pero creo que será mejor esperar a que vuelva.
Tal vez sea una tontería y nosotros estamos imaginando quién sabe qué.
Se detuvieron frente a un cuadro de una dama gorda que al verlos preguntó
- ¿Contraseña?
- Llanto de mandrágoras
La pintura se corrió para dejarles paso. Los estudiantes se amontonaron para
entrar. Se encontraron frente a una habitación acogedora, con sillones que parecían
ser muy cómodos y una estufa a leña encendida. Pero lo que más les interesaba
ahora eran las camas adoseladas. Sirius, James, Peter y Stokred Entraron a la
misma habitación. Sus equipajes ya estaban allí. En la quinta cama, acomodando
su ropa estaba…
- ¡Remus! ¿Dónde te habías metido? Ya te estábamos extrañando, amigo. –
dejó escapar Sirius.
- Me llamó la profesora McGonagall – dijo Remus sonriendo, consciente de
que eso ya lo sabían – Me demoré bastante así que vine directo al
dormitorio. – bostezó – Vaya, estoy molido. ¿Qué tal si nos vamos a
dormir?
-
Todos se mostraron de acuerdo, pues estaban cansados por los nervios de
ese gran día. Pensaron que seguirían conversando desde sus camas durante largo
rato, pero no. Se durmieron a los pocos minutos.
4Llegó la hora de despertarse. El sol ya había salido e iluminaba con fuerza,
pero a los chicos les pareció como si acabaran de acostarse. Con todo, se
levantaron de muy buen humor, nerviosos y ansiosos por su primer día de clases.
- ¡Hey, chicos! estaba pensando… - empezó a decir Peter
- ¡¡¡NO!!! ¿Pensando? ¿Te sientes bien, Peter? – ironizó Sirius. Los otros se
rieron, pero Peter simplemente se ruborizó.
- … estaba pensando que ¿Cómo sabremos las materias de hoy? – prosiguió
Peter, como si no hubiese habido interrupción alguna.
- Nos dan el horario mientras desayunamos… creo. – Respondió Stokred.
Bajaron a desayunar. El salón estaba lleno de conversaciones, pero no tan
bulliciosas como la noche anterior: recién acababan de levantarse.
De pronto llegó el correo. Cientos de lechuzas entraron volando al gran
comedor, haciendo que muchos de los de primero se sobresaltaran. James recordó
lo que le había prometido a sus padres: esa noche les escribiría.
- ¡Tengo que contarle a mis padres de la selección! – recordó Remus
- ¡Uf! – exclamó Sirius apesadumbrado – Yo también. No sé como se lo
tomarán.
- Igual lo mejor es escribir hoy de noche, después de las clases. Así ya
podemos contar sobre nuestro primer día de… Estudio
- ¡Horarios por aquí! ¡Tomen horarios! ¡Aprovechen que estamos de
parabienes! – Gritaba Hans haciendo de vendedor ambulante mientras le
daba un horario a cada uno.
- Tenemos Encantamientos a las 9:30. – dijo Peter
- ¡No! ¡Miren esto! ¡Tenemos las clases de pociones compartidas con los de
Slytherin!
Terminaron de desayunar charlando sobre cómo serían las clases, y luego
fueron a Encantamientos, su primer materia.
- Buenos días – dijo un brujo muy bajito con voz chillona – Soy el profesor
Flitwick de Encantamientos. Esta rama de la magia…
Flitwick continuó toda la clase explicando en que consistía su materia, y su
método de trabajo. Los chicos hablaron muy poco entre sí, pues aún no conocían
bien al profesor y estaban “evaluando” su carácter. Al finalizar la clase, Flitwick les
dejó unos deberes de introducción a la asignatura.
Luego tuvieron Pociones, compartiendo la clase con Slytherin. Entraron a un
aula de aspecto algo tétrico, debido a los frascos con bichos y sustancias raras que
la rodeaban. Un profesor de aspecto aburrido y cansado entró al aula y saludó con
un vago “Buen día, jóvenes”. Todos lo miraron ceñudos, los de Slytherin esbozaron
una sonrisa maliciosa: El profesor, aunque joven y de voz resonante, no irradiaba
vitalidad en lo más mínimo.
- Me llamo Jack Towers, y soy el profesor de… Pociones. Sí… En mi
asignatura aprenderemos al arte de… esteeeee… ¡Ah, sí! Decía que
aprenderán el arte de hacer pociones, es decir… Ehh… soluciones mágicas
con distintas… propiedades. Sí. – El profesor Towers quedó unos segundos
en blanco, cómo pensando que debía decir a continuación. En la clase se
oyeron unas risitas contenidas. - ¡Ah, sí! – prosiguió – Iba a decir que me
llamo Jack Towers, pues no me presenté aún ¿Cierto?
- No, no es cierto. Ya se había presentado recién, profesor – dijo Sirius, sin
poder contenerse. Todos rieron, ahora sin ahogar la risa. El profesor se
puso aún más nervioso.
Ehhh… Bueno, jóvenes. En vista de que ya me presenté vamos a la
asignatura. ¿Qué era lo que iba a decir?
Así continuó toda la clase, hablando torpemente, repitiendo lo mismo varias
veces y haciendo como si los alumnos no existieran, aunque era a ellos a quienes
les daba la clase. Lo único que había cambiado era la actitud de los estudiantes,
que cada vez se reían con más facilidad y menos disimuladamente. Ya al final de la
clase las cosas empezaron a salirse de control. Rodolphus Lestrange, de Slytherin,
quiso romper la monotonía, y no tuvo mejor idea que hacer alusión al desmayo de
Peter en el banquete y al estrafalario aspecto de Remus. Los de Slytherin le
hicieron coro y James, sin pensarlo dos veces, salió a la defensa junto con Sirius;
como no supieron que decirle a Lestrange, se ensañaron con Snape, el chico de
pelo grasiento que había estado junto con Narcissa en el tren.
- Hey, Snape, ¿Cómo está tu novia? ¿Sabías que tienes un competidor
temible? – Dijo Sirius
- ¡Qué estas diciendo idiota! – le dijo de golpe James a Sirius, pero en un
evidente tono sarcástico. - ¡No es su novia, es su mascota! ¿La has
llevado al veterinario últimamente, Snape? Creo que necesita una vacuna
contra la rabia.
Mientras muchos de Gryffindor reían, los de Slytherin les gritaban enfadados.
Snape se levantó junto a un grupito de los de Slytherin. Aquello iba a convertirse
en una batalla estudiantil. Peter miró hacia donde estaba el profesor, esperando
que detuviera el lío. James, por precaución, lo imitó antes de ponerse de pie.
Pero Towers parecía no percatarse de lo que sucedía en su clase, sino que
continuaba hablando. Ahora hacia un grupo de chicas de Gryffindor, que parecían
ser las únicas que le prestaban atención. Una de ellas, Lily Evans, la chica que
estaba sola en el andén 9 ¾, miraba hacia el campo de combate de vez en cuando
con un gesto de repulsión. De pronto James sintió la urgente necesidad de hacer
algo… de llamar la atención.
Pero antes de que pudiera pensar o hacer nada, el timbre sonó. Snape salió
apresuradamente del salón, mientras que sus amigos lo imitaron, aunque dudando
un poco. James y Sirius intentaron seguirlos. Intentaron, nada más, porque Remus
los detuvo.
- Ya, ya. Déjenlos. No vamos a darles el gusto de ser los culpables de una
pelea, ¿o sí?
- ¡Claro! Él tiene razón – se apresuró a decir Peter.
- De acuerdo – aceptó Sirius refunfuñando – Pero sólo por esta vez ¿Sí?
Los cuatro amigos salieron del aula junto con el resto del grupo. Tanto Sirius
como James miraban ceñudos a los de Slytherin que iban delante de ellos. Remus
estaba alerta, y dispuesto a detener a cualquiera de los dos.
El ambiente en el almuerzo estuvo bastante tenso. Era común que hubiese
disputas entre Gryffindor y Slytherin, por lo que muchos alumnos de segundo en
adelante no vacilaron en entrar al conflicto iniciado en la clase de Towers.
Fue una suerte para los de primer año de Gryffindor tener transformaciones
después del almuerzo. Una clase lejos de los de Slytherin parecía el mejor método
para enfriar la situación. A esto se le sumaba el carácter duro de la profesora.
Efectivamente, cuando ésta entró a clase James dejó escapar un gemido de
susto.
- ¡¡¡Uuuuy…!!! – Murmuró – Miren quién es. No se te ocurra hablarle como a
Towers, Sirius.
- Por supuesto que no soy tan idiota. – respondió éste.
La primera impresión que James se había llevado de la profesora McGonagall
no era errada en lo más mínimo. Luego de presentarse, McGonagall les dejó bien
claras las pautas de disciplina en clase y lo peligrosas que podían resultar las
transformaciones. Luego les hizo sacar un montón de apuntes y ponerlos en
práctica: debían convertir un fósforo en una aguja. No tuvieron mucho tiempo de
intentarlo, pues sonó el timbre. Claro que McGonagall les dejó como deber que lo
intentaran hasta que lo lograran. Los estudiantes quedaron impresionados por el
-
carácter de la profesora, el cual parecía más fuerte debido al contraste que tenía
con el de Towers.
Luego la mayoría de los de Gryffindor subieron a su sala común. James,
Remus, Sirius y Peter también lo hicieron. Se sentaron juntos y comenzaron a
hacer la tarea de Encantamientos. Una vez que la terminaron comenzaron a
practicar transformaciones. Tanto James, como Sirius, como Remus, lograron a los
pocos minutos transformar el fósforo en aguja. Peter, en cambio, parecía estar
lejos de lograrlo. Los otros tres chicos guardaron sin prisa sus cosas.
- Hace una tarde hermosa. ¿Bajamos a los terrenos?
- De acuerdo. Pero sería mejor esperar a Peter.
- Oye, Peter – James se dirigió a Peter - ¿Quieres una mano?
- No creo que sea lo mejor – Dijo Remus prudentemente – En clase no
vamos a poder ayudarlo. Será peor para él.
- Pero podemos ayudarlo ahora, y después que lo haga solo – James estaba
impaciente por salir.
Finalmente Remus aceptó ayudar a Peter junto a los otros dos, aunque él
mostraba más tendencia a ayudarlo al estilo “profesor”. Los otros dos buscaban
terminar lo antes posible.
Una vez que terminaron bajaron a los terrenos. Había unos cuantos
estudiantes allí: la tarde era hermosa y cálida. Los cuatro chicos se sentaron bajo
un árbol. Desde allí podían ver el bosque prohibido, y, unos metros más cerca, a un
gran árbol que movía sus ramas agresivamente cada vez que algo se le acercaba,
con la aparente intención de golpear. También podían ver el lago y los tentáculos
del calamar gigante que sobresalían del agua por momentos. Detrás de la espesura
de arboles del bosque se podían divisar unos trocitos de cielo de distintos matices
de naranja y rosado, pues ya se estaba poniendo el sol.
Durante unos instantes ninguno de los cuatro dijo nada. James y Sirius
miraban hacia un grupo de chicas que charlaban y reían a unos metros de ellos.
Remus miraba el atardecer recordando claramente la tarde en que había recibido su
carta. Peter miraba hacia el grupito de chicas igual que James y Sirius, pero no las
observaba, sino que tenía la vista perdida.
- ¿Qué les parecieron las clases de hoy? – Preguntó James
- Me encantó la clase de Towers. ¡Je, je!
- Mañana tenemos la primera clase de Historia de la Magia y Defensa Contra
las Artes Oscuras. ¿Qué dicen de eso?
- Son los dos extremos.
- No digas eso. Nunca se sabe…
- ¡Bah! ¡Por favor! – replicó Sirius mirando sus horarios – Miren el profesor
Binns nos dará Historia de la magia. Según oí es un tipo super aburrido,
que hace la materia más aburrida de lo que es. Y en cuanto a Defensa
Contra las Artes Oscuras… La profesora Girard… No la conozco, pero la
materia es divertida ya de por sí.
- … Siempre y cuando el profesor no se quede en la teoría – complementó
Remus.
- ¿Cuándo es que empieza la temporada de quidditch? – Quiso saber James.
- Por octubre o noviembre, creo.
- No veo la hora de estar en segundo para estar en el equipo.
- ¿Te gusta jugar al quidditch? – Le preguntó Remus a James.
- Me encanta. Cuando esté en el equipo vamos a ganar las copas. Mi
nombre va estar grabado en varias.
- ¡Oye! ¡Despierta y vuelve a tierra! – Sirius chasqueó los dedos delante de
los ojos de James, haciéndolo sobresaltarse.
- ¿Y en qué puesto te gusta jugar? – Esta vez fue Peter quien preguntó.
- En cualquiera. El año que viene egresa el buscador de Gryffindor y un
cazador también, así que tendré uno de esos puestos.
Siguieron conversando durante un rato. Cuando comenzó a oscurecer y hacer
frío los cuatro subieron a la sala común: debían escribirle a sus familias. Pero esa
charla, charla que muchos podrían haber catalogado como una pérdida de tiempo
les dejó algo muy claro a los cuatro: Nunca habían tenido amigos con los que se
llevaran tan bien desde el principio. Serían un cuarteto muy difícil de separar.
Nunca imaginarían que, pese a que serían amigos por muchos años, sus
destinos estarían encaminados de formas muy distintas…
* * *
El desayuno del segundo día de clases fue casi idéntico al primero. De hecho
el día en general fue bastante parecido. Solo que tuvieron sus primeras clases en
dos materias más: Defensa Contra las Artes Oscuras e Historia de la Magia.
Una vez más los chicos dieron en el clavo. Historia de la Magia resultó una
materia aburridísima, que el anciano profesor Binns se encargó de empeorar; la
hora de clase les pareció eterna, y cuando salieron del aula, se desperezaban y
bostezaban como si recién salieran del dormitorio.
Una nueva clase de Encantamientos hizo que se despertaran. Luego del
almuerzo los chicos fueron hacia su primera clase de Defensa Contra las Artes
Oscuras. La mayoría de ellos anhelaban una gran clase, que compensara el
desastre de Historia de la Magia. La profesora llegó apenas después de ellos.
A los cuatro amigos les sorprendió su aspecto. Por algún motivo injustificado
habían imaginado a una persona más vieja; pero no. La profesora Girard debía
tener no más de 29 o 30 años. Era alta y delgada, y su cara tenía una extraña
expresión; aunque sonriente y feliz, tenía un gesto fruncido que ensombrecía sus
ojos claros y le daba un aspecto misterioso, hasta un poco malicioso.
- Buenas tardes. ¿Cómo están? – se oyeron algunos “bien” apagados –
Como ya sabrán, soy la profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras. Mi
nombre es Samantha Girard. – escribió su nombre en la pizarra – Ahora
espero que ustedes se presenten. Tú… ¿Cómo te llamas? – señaló a Una
chica que estaba sentada adelante.
La chica se presentó y Girard fue señalándolos uno a uno, y ellos fueron
presentándose tímidamente, aunque entusiasmados.
- Bueno – dijo una vez que todos se presentaron -. Ahora vamos a una
pregunta. ¿Alguien tiene idea de que es lo que haremos en esta asignatura?
Pasaron unos instantes en los que nadie se atrevió a responder, pero Girard
no se desanimó por ello. Sin dejar de sonreír recorrió la clase con la vista y
prosiguió, en un tono de voz más suave, pero igualmente seguro.
- Bueno, creí que no tendríamos este problema… ¿Por qué no se atreven a
responder? ¡Vamos! Sé que saben la respuesta. – los alentó - No tienen
que tener miedo a equivocarse; el que no se equivoca no aprende. ¿No
creen?
“Ahora voy a pasar la lista, y luego quiero oírlos responder todo lo que sepan,
ya sea mucho o poco ¿De acuerdo?
La profesora pasó la lista, observando atentamente a cada alumno. Una vez
que terminó, continuó hablando.
- Bien. Ahora espero que respondan a mi pregunta.
Remus levantó tímidamente la mano. Girard miró hacia él.
- ¡Bueno, parece que tenemos un valiente! Tú eres Remus ¿No?
- Sí, soy yo – respondió Remus, asombrado de la rapidez de la profesora
para aprender sus nombres.
- Bien. ¿Qué tenías para decir?
- Esteee… Iba a decir que, según tengo entendido, en esta asignatura
aprendemos a defendernos de hechizos y criaturas mágicas. ¿No?
- ¡Bien, Remus! Breve, sencillo y fácil de entender. Para empezar
quedémonos con la explicación de Remus. Cinco puntos para Gryffindor.
Remus sonrió y agachó la cabeza para evitar las miradas del resto de la clase.
- Ahora vamos a hablar del método de trabajo. Iniciaremos cada tema con
una parte teórica, que luego pondremos en práctica. Sé que les gusta
mucho lo práctico, pero deben entender que ambas partes son igualmente
importantes. También tengo que darles la “mala noticia” de que soy una
de esas profesoras que mandan mucha tarea. Las considero muy
importantes para mí y para ustedes; y muy pronto se darán cuenta por
qué.
La clase prosiguió de modo no muy distinto. La profesora continuó explicando
cómo trabajarían y no perdía oportunidad de hacerle alguna que otra pregunta a la
clase, que poco a poco tomaba confianza y respondía con más desenvoltura.
Cuando sonó el timbre algunos estudiantes consultaron sus relojes,
convencidos de que éste se había adelantado; es que la clase les había resultado
tan corta… El optimismo era general: ellos esperaban una gran clase, o al menos
una gran presentación, y la habían obtenido. De hecho ellos esperaban alguna
demostración impresionante, como cuando McGonagall se había convertido en
gato; pero Girard simplemente les demostró que no era preciso recurrir a la magia
para generar entusiasmo.
- ¿Qué les pareció la clase? – Preguntó Hans a sus acompañantes, es decir,
a Remus, James, Peter, Sirius y Stokred.
- Fabulosa. Y pensar que en ese segundo en que vi a la profesora Girard
entrar, imaginé… no sé que imaginé - dijo Sirius riendo.
- ¿Y eso por qué? – Preguntó interesado Remus
- Bueno… Viste que tiene ese gesto raro que parece… no sé… la cara que
pone te hace pensar que se trae algo raro entre manos.
- ¡Ah! Tu dices por la cara que tiene. Sí… debo reconocer que yo también
tuve esa impresión. Tal vez lo hace para intimidar, y que no pase como en
la clase de Towers– Respondió Hans.
- Es como dicen – agregó finalmente James – Las apariencias engañan.
Los días siguientes continuaron similares. Tuvieron más materias nuevas:
Botánica… Astronomía… Pero la materia más esperada, al menos por James y
Sirius, era Vuelo. Esta asignatura comenzó recién en la segunda semana de clases
y, lamentablemente para los chicos, era compartida con los de Slytherin. Ese día
bajaron a los terrenos. Era un día nublado y caluroso; al parecer la primera
tormenta del curso no tardaría en llegar.
La profesora de Vuelo, Madam Hooch, era baja, pero de aspecto imponente,
tenía pelo castaño y ojos amarillos. Luego de presentarse, y dejarles claro cómo
debían comportarse con las escobas, les explicó como sujetarlas y montarlas y les
hizo una pequeña demostración. Luego los hizo sujetar y montar las escobas y
corrigió los errores. Faltaban pocos minutos para terminar la clase cuando los
chicos hicieron su primer vuelo, que consistía en apenas elevarse del suelo y bajar.
A simple vista parecía tan fácil… Pero no lo era para todos. Primero volarían los de
Gryffindor
Tanto James como Sirius volaron sin problemas, como si ya tuvieran práctica
(y es que de hecho la tenían) Remus voló muy bien también; supo poner en
práctica toda la teoría de clase, logrando un vuelo seguro y prolijo; que era lo que
Madam Hooch buscaba lograr ese día. Peter no tuvo tanto éxito. Se elevó
tembloroso y parecía no atreverse a cambiar la dirección del mango de la escoba,
de modo que no podía descender. Cuando ya estaba a unos cuantos centímetros
por encima de lo debido toda la clase le aulló que bajara y logró hacerlo, aunque al
bajar de la escoba las piernas le temblaban con fuerza. Del grupo de Slytherin se
oyeron burlas, pero Madam Hooch los retó duramente, de modo que no hubo más
conflictos por esa clase: la profesora no estaba para bromas.
Esa tarde la lluvia comenzó a caer con fuerza, por lo que los estudiantes se
quedaron en el castillo, la mayoría de ellos en sus salas comunes. James estaba
empezando a aburrirse de la monotonía de sus primeros días de clase.
- ¿Sabes? – dijo a Sirius – Empiezo a aburrirme. Tendríamos que hacer
algo… Divertido, que rompa un poco esta rutina ¿Qué dices?
- ¡Genial! ¿Cuándo?
Esas cosas no se planean, pero ni bien tengamos oportunidad…
¡Adelante y a la marcha! Podríamos darle su merecido a Snape… Nos
quedaron dos peleas…
Cortaron la conversación porque en ese momento llegó Remus, y los chicos ya
lo conocían suficiente como para saber que no le gustaría lo que querían hacer.
- ¿Qué me estaba perdiendo? – quiso saber Remus.
- Nada… estabamos aquí, aburridos.
- Es que te extrañamos mucho… No podemos vivir sin ti – Agregó Sirius
jocosamente.
- Y tú… ¿Dónde te habías metido? ¿Y dónde esta Peter? – preguntó James
- Peter está con la profesora Girard, que lo está ayudando con la clase de
hoy… Viste que no estuvo muy bien…
- Siendo sensato, estuvo muy mal.
- ¿Y tú donde estabas? – insistió James, nuevamente pensando que había
algo que Remus no quería decirles, y que por eso se desviaba de tema.
- ¿Yo? Este… - de pronto una idea surgió en la cabeza de Remus, tan
increíblemente nítida como repentina. Había encontrado una excusa
perfecta – Bueno, yo la verdad es que no quería decirles pero… - se dejó
caer en el sillón y suspiró abrumado - … esta semana me voy del colegio
por unos días, porque mi madre está enferma y, bueno, no está muy bien
y necesita verme.
- Ah… Lo… lo siento, Remus. – James se sintió un idiota. ¿Cómo pudo haber
desconfiado de Remus? Pese a ello había una minúscula parte de él que
aún no creía… pero ésta era tan débil que el remordimiento la opacó.
- Y… ¿Qué tiene? ¿Estará bien? – preguntó Sirius con cautela.
- Ehh… No lo sé. Quiero decir, McGonagall me llamó para decirme que
estaba bastante enferma, y… bueno, que me necesitaba con ella.
- Vaya… Dile que le deseamos una pronta… mejoría ¿Sí?
- Si, lo haré – Remus esbozó una sonrisa triste – Gracias, chicos. Si no les
importa quiero subir a mi cuarto… Ya saben, estar solo…
- Sí, claro, no hay problema, pero cualquier cosa que precises, cuenta con
nosotros.
Remus asintió con la cabeza, fue hacia el dormitorio y se echo en su cama con
las cortinas corridas. Su mente era un auténtico torbellino, y lo invadía una horrible
pesadumbre. Aunque había encontrado una excusa, ésta era muy débil y él se
sabía mal mentiroso. Por otro lado había mentido implicando a su familia y con la
salud de su madre, cosa que lo hacía sentirse peor aún. Había dejado a sus amigos
preocupados por una enfermedad inexistente; y todo para… ¿para qué? Para
extender esa situación de constantes mentiras, esa falta de sinceridad que
impediría su amistad. Cuanto más analizaba Remus su nueva situación, más
defectos le encontraba a ese plan, ese invento que en un principio había
considerado “perfecto”.
Unas lágrimas humedecieron la colcha, y tuvo que hacer un esfuerzo enorme
para no largarse a llorar. Finalmente dejo escapar un sollozo como desahogo, y se
durmió.
-
Abajo, en la sala común, James y Sirius habían quedado de piedra con lo que
Remus les había dicho. Ambos compartían una sensación de preocupación y
remordimiento a la vez.
- ¿Sabes? Fuimos unos imbéciles al creer que Remus… - comenzó a decir
Sirius
- Sí, sí, ya lo sé – James suspiró –. Pero ya es tarde para lamentarse. Lo
mejor ahora será que estemos con él. Va a necesitar mucho apoyo.
Sin que se dieran cuenta, Peter se les acercó. Se asustó un poco al ver sus
caras sombrías.
- ¿Pasó algo?
En pocas palabras le contaron lo sucedido, y Peter se mostró de acuerdo en
acompañar a Remus; aunque no sabía bien cómo, algo haría.
Esa noche ninguno de los cuatro durmió bien, pues los invadían pesadillas
vinculadas no a enfermedades biológicas, sino a difusas historias de traición,
mentira y cobardía, en oscuras noches de luna llena sin estrellas; como si el mundo
del subconsciente no quisiese ser cómplice de toda esa farsa. Fue una suerte, o tal
vez una desgracia, que ninguno de los chicos recordase esos sueños a la mañana
siguiente.
5A la mañana siguiente los estudiantes de la casa Gryffindor no comprendían
que sucedía con Remus, James, Sirius y Peter; los cuatro chicos que solían darle
humor y alegría a la sala común, estaban huraños y callados. Aún así James, Sirius
y Peter trataron de manifestarse de buen humor, como un día normal, para ver si
eso animaba a Remus. Pero no iba a ser tarea fácil, pues Remus seguía igual o peor
que la noche anterior. El sueño no parecía haberlo favorecido en lo más mínimo.
La primera clase del día, Transformaciones, transcurrió sin que Remus
hablase en lo más mínimo, lo cual era raro pues él solía responder a todas las
preguntas que los profesores hacían. Esa clase, en cambio, permaneció en Babia,
callado, copiando lentamente los apuntes del pizarrón. Al salir del aula los chicos de
Gryffindor le preguntaron qué le sucedía y él, no solamente no quiso responder,
sino que pareció sentirse peor después de eso. Sus tres amigos decidieron pedirle a
la clase que no lo hostigaran con preguntas, de modo que todos buscaron
levantarle el ánimo a Remus, pero sin preguntarle nada.
Apenas lograron hacerlo sonreír un poco cuando los chistes eran realmente
buenos, y durante la siguiente clase, Pociones, Remus siguió en el mismo estado de
ensimismamiento que en Transformaciones. La gran diferencia fue que los de
Slytherin no tenían ganas de ayudar a un Gryffindor, y la clase de Towers era
campo fértil para las bromas pesadas.
Una vez más fue Lestrange quien inició el pleito, y una vez más fue Remus el
blanco inicial. Este último estaba anotando en su cuaderno cuando una bola maciza
de papel lo golpeó con fuerza en la parte posterior de la cabeza. James se dio
vuelta instintivamente y alcanzó a divisar a Lestrange aún con la varita levantada.
Se levantó, rojo de rabia y apuntó a Lestrange con su varita. Antes de que éste
pudiese reaccionar, estaba tendido en el piso, con hojas saliéndole de la cabeza.
Los aullidos retumbaban en el salón: muchos de Gryffindor vitoreaban a James, los
de Slytherin abucheaban.
Towers no dejó de escribir ni se dio vuelta; pero pareció notar, por primera
vez, que el grupo no estaba atendiendo su clase. Solo dijo en un tono calmo,
monótono y nada autoritario:
- Bueno, Jóvenes… Silencio…
Por supuesto que no le prestaron la más mínima atención. Mientras algunos
de Slytherin ayudaban a Lestrange, Snape se levantó dispuesto a enfrentar a
James. Sirius se unió a la lucha. Remus había salido de su ensimismamiento y
trataba de detenerlos con vagos “tranquilos, muchachos”. Snape le lanzó una
maldición a James, pero éste reaccionó a tiempo.
- ¡Protego! – Exclamó. La maldición no llegó a tocarlo.
- ¡Expeliarmus! – Dijo Sirius, desarmando a Snape.
El resto de los de Slytherin se aprestaron a unirse a la pelea, pero antes de
que pudieran intervenir, una voz femenina extrañamente potente los hizo
sobresaltarse.
- ¿PUEDEN TRANQUILIZARSE DE UNA VEZ? QUIERO TENER UNA CLASE
NORMAL. Y USTEDES NO HACEN MÁS QUE PELEAR POR CUALQUIER
TONTERÍA.
Era Lily Evans, una de esas chicas de Gryffindor que siempre atendían a
Towers. De hecho, ella siempre atendía en todas las clases.
- ¡No te metas en lo que no sabes! ¡No es una tontería! Así que sal del
camino – Repuso James.
- ¡Tú no eres nadie para decirme qué hacer! Siempre buscas excusas para
pelear.
- ¡No busco excusas! Se están metiendo con un amigo. – señaló a Remus –
Y él ya está bastante deprimido como para que lo insulten.
- ¡Claro! ¿Y crees que así va a sentirse mejor? Ahora se va a sentir culpable
de esta pelea cuando no lo es. – Evans estaba roja de ira, y cada vez
gritaba más fuerte.
- Evans, cállate o tendremos que hechizarte. – dijo Sirius calmado, dándose
aires.
- ¿TÚ? ¡POR DIOS! ERES IGUAL DE BASURA QUE POTTER. ME DAN ASCO,
FRANCAMENTE NO SÉ COMO…
- Evans, Potter, Snape, Black, Lestrange, y compañía. Tomen asiento. – Fue
la monótona voz de Towers la que habló.
Ceñudos, esta vez los chicos se sentaron, reservando su ira para otra ocasión.
Tanto James como Sirius reconocieron mentalmente que Evans tenía razón en algo:
Habían sido egoístas con Remus, pues esa pelea sólo empeoraría su estado de
ánimo.
Cuando finalmente salieron al pasillo, los chicos confirmaron que su teoría era
acertada.
- Chicos, no hace falta… No busquen más lío con los de Slytherin, y menos
por mí. No vale la pena. – les dijo Remus lacónicamente
- Oye Rem, No te atormentes así. No es tu culpa – Replicó Peter,
recordando lo que Evans les había dicho en la clase.
- Peter tiene razón – agregó James –. Estás pasando un momento duro,
pero tienes que tratar de distraerte. Después del almuerzo tenemos
Defensa Contra las Artes Oscuras ¿Qué dices de eso? Quiero ver al Remus
de siempre en su materia favorita.
Luego de almorzar se dirigieron hacia el aula de la profesora Girard. Las
palabras de James y de Peter parecieron hacer efecto en Remus, pero sólo durante
los primeros cinco minutos de clase. Luego volvió a quedarse callado, aunque se lo
veía más atento a lo que se decía en clase.
Claro que la clase fue distinta. Si Remus no participaba, el grupo perdía a su
“guía”. Encima la profesora Girard insistía en hacerle preguntas a él, lo cual a
Remus no le agradó mucho en ese momento. ¿Por qué demonios no lo dejaba en
paz? Se preguntó a sí mismo. ¿Es que no veía que necesitaba tranquilidad?
Para Remus la clase fue mucho más larga que de costumbre, pero para el
resto del grupo fue corta como siempre. Cuando tocó el timbre un grupito de
estudiantes se quedaron charlando con la profesora, como de costumbre; pero a los
cuatro amigos no les apetecía conversar. Se dirigían hacia la puerta del salón
cuando la profesora los detuvo.
- Remus ¿Puedes venir? Necesito comentarte algo… Es sobre tu redacción
de la vulnerabilidad de los muggles frente a ciertas maldiciones…
- Sí, claro. – se apresuró a responder Remus, aunque en su interior pensó,
nuevamente, que la profesora estaba siendo muy inoportuna.
- Muchachos – la profesora se dirigió al resto de la clase - ¿Pueden salir así
le explico al compañero…?
Los estudiantes de retiraron sin prisa ni ganas del aula. James y Sirius
titubearon, hasta que la profesora les lanzó una mirada cortés, pero que no les dejó
dudas: tenían que salir.
Una vez que todos salieron, la profesora permaneció unos segundos en
silencio. Luego de esa pausa, que a Remus le pareció una eternidad, Girard lo miró
directamente a los ojos. “Son demasiados preámbulos para hablar de una tarea”
pensó él.
A ver, Remus… ¿Qué pasó? – dijo Girard en un tono de voz muy
particular; Era suave e inquisidor. Un tono de voz que hacía que se
sintiese forzado a responder, pero calmado al mismo tiempo.
- ¿Yo? ¿Por qué? Eh… Yo estoy bien. No me pasó nada.
La profesora no dijo nada. Hizo un gesto de incredulidad y mantuvo la vista
fija en los ojos de Remus. Éste sintió como si ella estuviese enterándose de todo lo
que él ocultaba con sólo mirarlo. No se atrevió a desviar la mirada, aunque parecía
que esos ojos celestes lo interrogaban sin piedad. No podía seguir mintiéndole a
todo el mundo. Además, ella tal vez pudiese darle un consejo.
Pero no supo que decir. Sólo pudo bajar la cabeza y cerrar los ojos. Se sentía
miserable, igual que la noche anterior, y ni siquiera era capaz de hablar con un
profesor… Era un verdadero inútil.
Girard sonrió, y habló, con ese tono de voz suave, pero que ahora era más
consolador que inquisidor.
- Hay algo que te hace sentir mal. Por eso estás así. Creo que no me
equivoco al pensar que tiene que ver con… las fases lunares ¿cierto?
Remus asintió con la cabeza.
- Tienes miedo, se te nota, pero… ¿a qué? ¿No estás acostumbrado a
transformarte, ya? – se detuvo unos segundos, pensativa, y agregó – Ya
sé. ¿Tienes miedo de lo que puedan decir tus compañeros si se enteran de
lo que tú eres?
Remus volvió a asentir con la cabeza, y agregó con voz temblorosa:
- Mis amigos… yo… yo… no me atrevo a decirles…
- ¿Por qué no te atreves? ¿Tienes miedo de que te abandonen?
- S… sí. Son los únicos amigos que tengo. No quiero perderlos.
- ¿Crees que ellos van a discriminarte? Las personas que hacen eso no son
buenas amigas.
- No, no creo… No sé si… pero no quiero averiguarlo por las malas.
- Por lo que pude ver, ni Sirius ni James son de ese tipo de gente. Son algo
arrogantes, sí, pero dudo que te dejen solo en una situación así. Y Peter
hará lo que ellos hagan…
- Sí, lo sé, pero no me animo. Soy un cobarde, pero…
- No, no eres un cobarde. Sólo que estás en una postura difícil. Tienes que
decidir poniendo en juego algo muy importante. Eres de Gryffindor
¿Verdad? ¿Qué te dijo el sombrero seleccionador cuando te eligió? ¿Acaso
no vio valor ahí dentro?
Remus sonrió débilmente. Recordaba claramente lo que le había dicho el
sombrero, como si hubiera sido ayer.
- “Veo inteligencia, perseverancia y lealtad. ¡Vaya! También estás
asustado… Conque un gran secreto ¿Eh?. Pero igual hay valentía, ¡y
mucha! Serías un buen Ravenclaw, aunque Gryffindor te sentará bien
también. Y Hufflepuff sería buen sitio para tu perseverancia. ¿Qué
hacemos? Sí, será mejor que seas ¡GRYFFINDOR!” – Remus se encontró
murmurando para sí lo que le había dicho el sombrero. Girard adoptó una
expresión triunfal.
- ¿Lo ves? El sombrero lo dijo: mucha valentía. ¿Qué crees que es la
valentía? Ser valiente no es sólo enfrentarse a situaciones de peligro
mortal con determinación. El verdadero valor se muestra en las
situaciones cotidianas, cuando hay que responsabilizarse de nuestros
actos. Estoy segura que tienes suficiente valor para esto, pero tienes que
emplearlo.
- El problema es que les mentí. Les dije que tenía que salir esta semana
por… problemas familiares.
- Bueno, tarde o temprano ellos sabrán la verdad, se lo digas o no. Son
muy inteligentes. Mejor siéntate frente a frente con ellos, toma aire y
larga todo. Cuanto más tiempo mientas, más difícil te será volver atrás. Si
les explicas todo seguro te perdonarán.
-
La profesora se detuvo unos instantes y agregó, terminante.
- Escucha, yo no tengo autoridad para decirte qué debes hacer en estos
casos. Todo esto te lo digo como un consejo, con la mejor de las
intenciones, créeme. Ahora, tómalo o déjalo. Y si aceptas estos consejos,
no los recuerdes solo ahora, sino siempre que estés en un aprieto ¿Vale?
- De acuerdo. Los acepto. Muchas gracias profesora, de verdad…
- No es nada. Siempre que necesites algo puedes contar conmigo. Tú, y
cualquiera de tus compañeros, por supuesto.
Remus asintió nuevamente y sintió que los ojos se le humedecían. ¡Maldición!
¿Por qué, además de todo, tenía que ser tan llorón?, pensó. Cualquier momento de
melancolía, miedo, emoción, o lo que fuese, y a llorar. En ese momento dos
lagrimas se deslizaron por su cara, aunque no sentía necesidad de llorar. Se secó
disimuladamente, pero la profesora pareció comprender nuevamente lo que él
pensaba.
- No tienes por qué sentir vergüenza de llorar. Es humano. – dijo ella con
toda naturalidad.
- Sí, es cierto – asintió Remus, ya relajado – Creo que… será mejor que me
vaya. Se supone que estoy en Astronomía. – agregó sonriendo.
- Ve. Será mejor que no pierdas muchas clases. Te será difícil ponerte al día
cuando empieces a faltar. Igual, tú eres un estudiante responsable y estoy
segura que no tendrás grandes problemas.
- Gracias – Remus sonrió algo ruborizado. Siempre que lo halagaban sentía
una sensación de incómoda satisfacción. – Bueno, ahora sí, me voy.
- Adiós. Recuerda lo que te dije. – se despidió la profesora mientras Remus
atravesaba la puerta.
Cuando salió del aula, Remus estaba dispuesto a contarle la verdad a sus
compañeros, pero ni bien los vio, gran parte de esa seguridad pareció esfumarse de
su cabeza. “Claro” pensó él “Para Girard es muy fácil decirlo. Ya quisiera verla a ella
en una situación de las que tanto habla”. Enseguida se recriminó a sí mismo: la
profesora le había hablado con toda sensatez. De hecho él sabía que ella tenía
razón: tenía que encontrar ese valor. Si el sombrero seleccionador lo había visto
significaba que tenía que estar por algún lado.
Pero hablar a solas con sus amigos a solas se tornaba muy difícil cuando la
mitad de los estudiantes de su clase lo rodeaban constantemente entre chistes,
bromas y parloteos. Remus decidió aplazar su sesión de confesiones, al menos
hasta que volviera de su primera luna llena en Hogwarts.
Llegó el viernes, último día de clases de Remus antes de su transformación,
pues al atardecer del domingo Madam Pomfrey iría a buscarlo para llevarlo
furtivamente hacia una casa abandonada en Hogsmeade, a través de un pasadizo
secreto. Este pasadizo estaba semioculto y “vigilado” por un sauce boxeador: era el
violento árbol golpeador que los chicos habían visto en los terrenos del colegio; lo
habían plantado ese año, justamente para evitar que ningún estudiante más
utilizase el túnel.
El humor de Remus parecía haber mejorado mucho; de hecho se lo veía como
siempre, aunque por dentro seguía sintiéndose mal. El día se le pasó volando, y las
materias se sucedían unas a otras con vertiginosa rapidez. Nuevamente tenían
clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y Remus participó como siempre en la
clase, aunque permaneció toda la clase con el temor de que la profesora Girard le
preguntase si había hablado con sus amigos. Trató de evitar la mirada de la
profesora, pues estaba convencido de que ella podía darse cuenta de lo que él
pensaba. No era el único: al parecer todos los estudiantes tenían esa impresión, y
Hans había acabado por preguntarle si era telépata o experta en Legimency. Ella
afirmaba que no, que solo lo notaba por sus gestos, aunque muchos no estaban
muy seguros de creerle. Por suerte, pensó Remus, Girard no se mostró interesada
por su vida personal y no le hizo preguntas vinculadas al tema del que habían
hablado al final de la clase anterior, ni con la boca, ni con la vista.
- Ehh… Rem – Peter se aproximó a él durante la cena, seguido de James y
Sirius, y le habló en voz baja.
- ¿Pasa algo? ¿Por qué tanto secreto?
- Para que no oigan los otros – Respondió Sirius, señalando al resto de los
miembros de Gryffindor, que charlaban bulliciosamente mientras comían.
- ¿Quieres que te acompañemos el domingo? – Preguntó James sin más
preámbulos.
- ¿Qué?
- El domingo, a la estación de Hogsmeade, ya sabes…
- Ahhhh, eso… no, gracias, no hace falta.
- Seguro ¿no? – inquirió Sirius.
- Sí. Muy seguro. Prefiero ir sólo.
El sábado pasó asombrosamente rápido, haciendo deberes. La mañana del
domingo, cuando Remus dejó todo terminado, bajaron a los terrenos del colegio.
Una vez más la mañana se fue volando mientras se mojaban los pies en el lago
(era un día cálido y muy soleado) y veían a Hagrid haciendo sus quehaceres.
Remus deseó mentalmente que las noches siguientes pasaran así de rápido.
Esa tarde se despidió de sus amigos y se dirigió solo hacía la enfermería. Allí
Madam Pomfrey lo esperaría para conducirlo hacia el sauce boxeador.
Entretanto lo otros tres chicos, algo melancólicos, no se sentían de ánimo
para divertirse. James aprovechó para terminar una carta para sus padres; los
otros dos no hacían nada específico.
- Voy a la lechucería – dijo James cuando hubo terminado de escribir la
carta – enseguida vuelvo ¿Sí?
- Te acompaño – Sirius se levantó, deseoso de cambiar de aire, aunque ese
aire oliese a excremento de pájaro.
- Espérenme. Voy también – agregó Peter.
Los tres chicos entraron a la lechucería. Estaba tenuemente iluminada por en
sol del atardecer. Desde la ventana tenían una excelente vista de los terrenos del
colegio. Sirius se asomó a respirar algo de aire fresco, pues afuera soplaba una
brisa suave; James, mientras tanto, ataba la carta a la pata de Brownie.
- Chicos… ¡Miren esto! – dijo de pronto Sirius - ¿Ese que va allá abajo no es
Remus?
- Puede ser – agregó James indiferente yendo hacia la ventana – debe estar
saliendo de…
Pero no terminó la frase, porque acababa de comprender dónde estaba lo
extraño: era Remus, no le cupo la menor duda, pero no iba solo. Una mujer mayor
iba junto a él y ambos caminaban apresuradamente al parecer hacia el bosque
prohibido.
- ¿No dijo que quería ir solo? ¿Y adónde van?– se preguntó Peter en voz
alta.
- Pronto lo sabremos – dijo James -. Brownie: ve tras ellos y dinos hacia
donde fueron – le indicó a su lechuza.
Brownie ululó, al parecer feliz por la peculiar encomienda, y se lanzó en
picada hacia los terrenos del colegio.
Mientras tanto los tres chicos bajaron las escaleras lo más rápido que
pudieron, usando pasadizos para llegar más rápido y no toparse con ningún
profesor. Llegaron jadeando a los terrenos y se acercaron al sauce boxeador. No
vieron a nadie.
- ¡Brownie! – llamó James - ¡Brownie, ven!
Pocos segundos después Brownie se les acercó, evidentemente tratando de
que la siguieran.
- Buen chico – James acarició el suave plumaje del ave - ¿Pudiste ver donde
fueron?
Como toda respuesta, Brownie ululó y de aproximó más al sauce boxeador,
que comenzó a mover sus ramas con fuerza, intentando golpearlo. Los chicos lo
siguieron, y se detuvieron a una distancia prudente del árbol, donde las ramas no
los alcanzaran. Brownie voló velozmente a ras del suelo y llegó ileso hasta el
tronco. Los chicos lograron ver un gran hoyo entre las raíces que evidentemente
era la entrada de un pasadizo secreto.
- ¿Entraron allí? – preguntó Sirius ceñudo – No puede ser, no pudieron
pasar vivos con este árbol… Brownie está en un error.
Brownie ululó nuevamente, molesta por el comentario de Sirius, y se posó
sobre un nudo que había en el tronco del árbol. Al instante, el árbol cesó de
moverse. La lechuza aleteó con un gesto de desafiante orgullo.
- ¿Decías, Sirius? – dijo James risueño –. ¡Genial, Brownie! Aguarda allí
unos instantes para que entremos…
- ¿Estas loco? No vamos a entrar ahí. No sabemos lo que hay dentro ¿Y si
se desploma? – exclamó Peter alarmado.
- ¡Por favor, Peter! No seas aguafiestas.
- No entiendo – insistió él -. ¿Para qué demonios queremos entrar?
- Remus nos está ocultando algo. O tal vez se lo raptaron. – explicó James.
- ¿Secuestrado? – Sirius se rió -. Creo que nos mintió, eso sí; pero un
secuestro en Hogwarts…
- Nunca se sabe – dijo James serio -. Últimamente están saliendo en el
periódico unas desapariciones muy misteriosas…
Brownie ululó y aleteó con fuerza, recordándoles que estaba aguardando sólo
para que entrasen.
- Brownie tiene razón – dijo Sirius mirando al animal – Mejor, entremos de
una vez, o nunca los encontraremos. Además, está empezando a
anochecer.
Efectivamente, el cielo ya era de un color azul oscuro. Ya se veían algunas
estrellas; la luna comenzaba a salir…
James entró primero, seguido por Sirius. Peter titubeó, pero de pronto un
aullido de lo que parecía un hombre lobo rasgó la tranquilidad de la noche, y
decidió que no quería quedarse solo, estando cerca del bosque a esa hora; de modo
que los siguió. Una vez que hubo entrado, Brownie echó a volar y el árbol volvió a
moverse.
- Lumos – susurró James sacando su varita. Una luz surgió de la punta de la
misma, permitiéndoles ver por donde iban.
Caminaban semi agachados, lo más rápido que podían. El túnel era estrecho e
interminable. Pensaron en volverse, pero con todo lo que habían avanzado era una
pena volverse atrás. Finalmente divisaron una abertura: habían llegado al fin del
túnel. Se detuvieron a pocos pasos de la entrada.
- Entremos – susurró Sirius -. Tengan las varitas listas.
Entraron y miraron a su alrededor. Estaban en una casa visiblemente
abandonada. Los muebles y las cortinas estaban polvorientos y rotosos.
De pronto oyeron un aullido como el que habían oído antes de entrar al túnel;
pero este parecía mucho más cercano…
- Ch… chicos… ¿Ese ruido no venía de aquí dentro? – preguntó Peter,
aferrándose al brazo de James.
- Eso parece… Pero no. No puede ser ¿cierto?
- ¡Remus! ¿Estás aquí?
Como toda respuesta, oyeron feroces gruñidos y el ruido de alguien
acercándose. Los chicos emitieron gritos de horror, pues el que aullaba y gruñía
acababa de entrar a la habitación. Era grande, salvaje, agresivo: parecía un lobo
pero no lo era del todo.
- ¡ES UN LICÁNTROPO! - aulló Sirius.
- ¡VÁMONOS DE AQUÍ! ¡RÁPIDO! – gritó Peter, yendo hacia la boca del
túnel.
- ¡Aguarda, no podemos irnos aún! Remus está en peligro. – dijo James.
- ¡Cuidado! – gritó Sirius.
Pero ya era tarde: el monstruo se abalanzó sobre James y lo tiró al suelo.
Sirius se acercó tratando de quitárselo de encima, dándole tiempo a James para
sujetar su varita e incorporarse.
- Déjalo – le indicó a Sirius -. Yo me encargo. Sube a ver si ves a Remus.
- No puedes con él tú solo – respondió éste, mientras el licántropo
destrozaba una mesa cercana – Yo me quedo y que suba Peter.
- Sí, sí… yo subo – se apresuró a decir Peter y fue hacia las escaleras.
Mientras Peter registraba las otras habitaciones, los chicos se quedaron
inmóviles; deseando que el monstruo no volviera a fijarse en ellos. Pero no fue así,
pues éste pareció decidir que dos personas eran una presa más apetitosa que una
vieja mesa de madera.
- ¡Impedimenta! – dijo, Sirius, lanzándole el embrujo obstaculizador al
hombre lobo, que quedo inmovilizado por unos instantes.
- ¡Oye amigo! ¡Excelente tiro!
- ¡PETER! ¿LO ENCONTRASTE?
Se oyó una voz desde lejos
- ¡No lo veo por ningún lado! ¡Vámonos de una vez!
- ¡Búscalo bien! ¡Tienen que estar por allí! ¿Acaso ves otra salida?
- No… aparentemente no.
De pronto Sirius lanzó una exclamación de dolor. El licántropo ahora lo
atacaba a él.
- ¡Déjalo! ¡Hazte a un lado! – le dijo James al monstruo, tratando de
apartarlo, aunque era evidente que no iba a hacerle caso.
- ¡Vete, vete! – gritaba aterrorizado Sirius, que había caído al suelo y le
echaba al licántropo furiosas patadas.
Pero, por supuesto, nada de eso dio resultado. El hombre lobo acorraló a
Sirius y si no lograban apartarlo pronto, pensó James, lo despedazaría de un
instante a otro. James sostuvo su varita sin saber que hechizo lanzar en ese
momento: no sabía aún hacer el embrujo obstaculizador.
- ¡Wingardium Leviosa! – lanzó, por hacer algo.
El hechizo impacto contra el licántropo, que comenzó a elevarse del suelo,
hasta el punto que Sirius pudo pasar por debajo de él. James lo mantuvo en el aire
durante unos instantes, hasta que volvió Peter.
- No lo encuentro por ningún lado. Deben de haber ido hacia otro sitio.
Esta vez Sirius y James se resignaron: ya era momento de irse. Les
preocupaba lo que pudiera sucederle a Remus, pero habiendo verificado que no
estaba allí, no tenían nada más que hacer.
Fueron hacia la entrada del túnel y una vez allí, James levantó su varita,
dejando caer al licántropo al suelo. La bestia se enfureció aún más; con los ojos
inyectados en sangre se abalanzó hacia la entrada del túnel. Los chicos se
apresuraron a entrar al mismo y huir.
Sin embargo el hombre lobo no parecía dispuesto a dejar salir sanos y salvos
a un grupo de niños que había invadido su territorio, de modo que intentó entrar
atropelladamente al túnel. Siendo más grande que los chicos le resultaba más difícil
moverse, y en su desesperación tropezaba con frecuencia; pero aún así ellos
debieron correr lo más rápido que podían para evitar ser alcanzados. Atravesaron
corriendo el interminable túnel, sin saber si les convenía llegar al bosque o no.
Luego de lo que les pareció una eternidad vislumbraron las raíces del sauce
boxeador, iluminadas por la luna.
- ¡Cuidado con las ramas del árbol! – les recordó Sirius segundos antes de
salir.
Como un bólido los chicos se echaron al suelo y pasaron a rastras por debajo
de las ramas del sauce, que de todos modos alcanzó a golpear a Peter, pues iba
último. Afortunadamente el golpe lo alejó varios metros más de la entrada del
túnel.
Jadeando, se detuvieron; pero antes de que pudieran recuperarse el
licántropo salía del túnel.
- ¡Demonios! ¿Es que nunca se cansará de perseguirnos?
- ¿Qué están esperando? ¡Vámonos!
- No podemos. Si entra al castillo o lo ve algún profesor tendremos
problemas.
- Nadie lo va a ver – replicó Sirius, sin dejar de mirar al monstruo que en
ese momento se hallaba atrapado por el sauce boxeador - ¿Quién va a
estar en los terrenos a estas horas?
- Girard, Hagrid y el director – Respondió James, señalando hacia la cabaña
del guardabosques -. Mira.
Efectivamente, la gran silueta de Hagrid sobresalía en la mansedumbre de la
noche, y a su lado estaba Girard. Dumbledore, afortunadamente, parecía estar por
marcharse.
El licántropo logró liberarse del sauce boxeador, y fue a cobrarse la revancha
con James, entre feroces aullidos y gruñidos.
- ¡Protego! – dijo éste instintivamente. El encantamiento escudo detuvo un
poco a la fiera.
- ¿Cómo sabes tantos encantamientos? ¡Eso es de cursos superiores! –
exclamó Peter asombrado.
- ¡ESO NO IMPORTA AHORA! ¡AYÚDENME!
- ¿Pero cómo?
- No sé. Láncenle hechizos, maldiciones, lo que sea ¡pero hagan algo!
- ¡Impedimenta! – lanzó Sirius, pero esta vez el monstruo logró evadir el
ataque. Furioso, lanzando rugidos ensordecedores, acorraló a James
- ¡AHHHHHHHHHHH! ¡AUXILIO! – aulló James, lívido de terror.
De pronto algo surgió de la oscuridad e hizo retroceder al licántropo. Los
chicos tardaron unos segundos en darse cuenta quien era: Hagrid el guardabosque
estaba en ese momento tratando de reducir al monstruo. Traía consigo una
ballesta, aunque en ese momento no la usaba.
- ¡Vamos, apártense! – los apremió Hagrid. Los chicos se apartaron, sin
saber si debían ayudar a Hagrid, que pese a su inmenso tamaño
comenzaba a tener problemas frente a la furiosa fiera.
De pronto otra silueta se aproximó. Esta vez era la profesora Girard, que traía
su varita en la mano.
- ¡Hagrid, hazte a un lado! ¡Podré calmarlo! – dijo ella.
- Te dije que esperaras, que podía ser peligroso – la riñó Hagrid entre
jadeos
- Creo que será más peligroso para ti. Déjamelo a mí, o podrías causarle
daño.
- ¡Ja! ¿Quién habló de cuidarlo? – le dijo Sirius a James al oído.
- ¡Munstop! – dijo Girard apuntando al licántropo. Tuvo un efecto
asombroso: el monstruo se calmó como si se hallase de pronto exhausto.
Se dejó caer al suelo.
- ¡Guau! – Murmuraron los tres chicos a la vez.
- ¡Desmaius! – dijo esta vez Girard, y la fiera quedó inconsciente.
Girard y Hagrid se aproximaron con cautela al licántropo y lo examinaron.
- Luego nos ocupamos de él. Va a estar bien. – dijo Girard calmadamente -.
Ahora debemos hablar con ellos.
Los chicos, que por un instante se habían relajado, se estremecieron:
nuevamente se hallaban en problemas.
6-
¡Vengan, ustedes tres! – los llamó Hagrid furioso, conduciéndolos fuera del
área de combate.
Los chicos lo siguieron, asustados. Hagrid parecía aún más grande y feroz
cuando estaba enfadado. Ni él, ni Girard, ni los chicos dijeron nada hasta que
llegaron a la cabaña de Hagrid. Los hizo entrar.
- Ahora… ¿Me van a decir cómo diablos llegaron a encontrarse con ese
licántropo?
- S… Sí. – tartamudeó Sirius, dispuesto a decir todo. Después de todo, ellos
habían llegado allí tratando de averiguar que le sucedía a Remus. Girard y
Hagrid deberían saberlo, y si no lo sabían aún tenían que enterarse; pues
Remus podía estar en peligro. Tomó aire y prosiguió -. Resulta que…
nosotros… Lupin, en realidad, nos dijo que hoy se iba del colegio porque
su madre estaba enferma y no quiso que lo acompañáramos porque dijo
que quería estar solo. – dijo apresuradamente.
- Más despacio, Sirius – lo cortó Girard -. ¿Quieren sentarse? – agregó
sentándose en una silla próxima.
Los chicos se sentaron, todavía asustados. Sirius y James se miraron y
notaron que compartían la decisión de no ocultar la verdad.
- Entonces Remus se fue – esta vez fue James quien habló -. Nosotros
fuimos a la lechucería y vimos a Remus ir hacia el árbol… el árbol asesino
ese, con una señora. No es la primera vez que las historias de Remus son
medio contradictorias, por lo que decidimos seguirlo.
- Bajamos y la lechuza de James nos indicó que habían entrado a un túnel
que esta junto al árbol – prosiguió Peter -. Llegamos a una casa
abandonada y nos encontramos con el licántropo.
- ¿Y luego? – preguntó Hagrid algo más calmado.
- Registramos la casa, buscando a Remus, porque teníamos miedo de que el
monstruo le hiciera daño. Como no lo encontramos, nos fuimos. Pero el
licántropo se enojó con nosotros, porque le lanzamos algunos hechizos
para defendernos; y nos siguió.
- Y así llegaron hasta aquí con él ¿no? – agregó Girard.
- Sí.
Hubo unos instantes de silencio, en los que Girard y Hagrid se miraron. Ahora
ninguno de ellos se veía enojado, pero sí se los veía dudosos. Al parecer la
declaración de los tres amigos había sido convincente.
- Bueno… - dijo Girard dirigiéndose a ellos– Fue una suerte que no los haya
destrozado. Acaban de pasar por alto unas cuantas normas; pero no creo
que sea justo aplicar una sanción o quitarle puntos a su casa, dadas las
circunstancias especiales… Será por esta vez, nada más, así que no
vuelvan a meterse en estos líos. – hubo un leve tono de severidad en la
última frase.
James no pudo contenerse:
- ¿”Circunstancias especiales”? ¿Es decir que ustedes saben que le sucede a
Remus?
- Si él no quiso decírselos, no somos quien para hacerlo – respondió
serenamente Girard
- Pero… Profesora… Y si es algo grave… ¿Estará bien? ¿Qué tiene que ver
con la casa abandonada y el licántropo? – preguntó James.
- Él va a estar bien, mientras ustedes estén con él. No está en peligro de
muerte, como ustedes supusieron, ni mucho menos. Solo puedo decirles
eso, pero lo mejor será que hablen con él cuando regrese ¿no creen?
- Sí, por supuesto – respondió Sirius dispuesto a acabar la conversación.
Evidentemente ni Girard ni Hagrid les darían más información que esa.
- ¿Podríamos irnos ya? Es que… tendríamos que asearnos y cambiarnos –
dijo James, señalando sus manos y túnica sucias de tierra.
- Por mí está bien – consintió Hagrid -. Pero que sea la última vez que
quebrantan las normas ¿Entendido?
- Sí, ya entendimos – ahora fue Peter quien habló.
De acuerdo, salgan – aprobó Girard -. Hagrid, creo que nosotros
deberíamos de ir a ver si el licántropo no sufrió daños serios.
Una vez más, lo que James pensaba salió antes de que él pudiera impedirlo:
- No comprendo ¿Por qué se preocupan tanto por él? Quiero decir, no es de
aquí, y es una amenaza para el colegio…
- Creí que eras más inteligente, James – dijo Girard con una sonrisa extraña
-. Piensa que es un hombre lobo. Solo está así en las noches de luna
llena; el resto del tiempo es una persona completamente normal, como
ustedes. Imagina que ese monstruo podría ser cualquiera de tus
compañeros. Supongo que ahora comprenderás por qué nos preocupamos
por él.
“Claro que hay muchos que creen que debería exterminárselos, sin
importar que sean personas la mayor parte del tiempo. Tal vez sea por
eso que me preguntabas…
- No, no… nada de eso – se apresuró a agregar James -. Solo que no había
tenido en cuenta que es una persona. ¿Quién será?
Nadie respondió, durante unos segundos se hizo un silencio algo tenso.
James, entretanto, había dejado de pensar en que se vinculaba todo esto con
Remus; y ahora trataba de imaginar que ese monstruo que casi los despedaza era
algún estudiante de Gryffindor. Era difícil, incluso para él que era un gran soñador,
imaginarse a alguien como Hans transformándose en semejante bestia. De pronto
algo se abrió paso en su cabeza, había encontrado la relación entre Remus… ¡y
parecía encajar perfectamente! Pero no… no era posible… era simplemente
absurdo.
- Bueno, muchachos ¿Nos vamos? – los apremió Sirius.
- ¿Qué? – James salió de su ensimismamiento - ¡Ah, sí! Vámonos.
Salieron de la cabaña. Mientras caminaban, James decidió no contarle a los
otros dos la extraña conjetura que había sacado; pero no podía sacársela de la
cabeza, aunque la sabía ridícula. Tenía que verificarlo, lo haría ni bien llegaran a la
sala común. Mejor dicho, tendría que ir a la biblioteca, aunque él detestaba ir allí.
- Chicos. Vayan a la sala común. Yo antes voy a la biblioteca: tengo que
verificar una cosa...
- ¿A la biblioteca? ¿Tú? ¿Desde cuando…? ¿Y a estas horas? – preguntó
Sirius extrañado.
- Es importante. ¡Super importante! Tiene que ver con Remus, y podría
ser... En fin, si verifico algo se los diré.
- Mejor dinos ya de que se trata – sugirió Peter
- No, mejor no. Tengo una idea absurda, pero posible; prefiero estar seguro
antes de confundirlos con cosas raras ¿Entienden?
- De acuerdo, ve. ¡Pero no te demores, o nos dejarás con la intriga!
James se dirigió velozmente a la biblioteca, deseando que aún estuviera
abierta. Por su mente bailaban confusos fragmentos de lo sucedido previamente,
como fragmentos de una película. Pero había algo que retumbaba clara y
fuertemente en su cabeza: aún parecía escuchar la voz de Girard diciendo “Ese
monstruo podría ser cualquiera de sus compañeros.” Ella sabía lo que le sucedía a
Remus. ¿Y si Remus era…? ¿Y si Girard había querido darles una pista al decir eso?
Definitivamente tenía que averiguarlo. Caminó más apresuradamente aún, hasta
que se encontró en la entrada de la biblioteca, que afortunadamente seguía abierta
con unos pocos estudiantes dentro.
Entró y pasó lentamente entre los estantes, perdido. No se sentía en su
medio; pero tenía que encontrar algún libro que se relacionara con los licántropos,
alguno que dijera como distinguir a uno de ellos en su estado humano. Finalmente
halló un ejemplar sobre los distintos tipos de híbridos. Lo abrió, impaciente a más
no poder, y llegó a la sección de los hombres lobo.
James se quedó de piedra: una cosa era suponer… y otra muy distinta
confirmarlo. Ya estaba casi seguro: Remus era un licántropo. El libro mencionaba
entre las características de los licántropos el aspecto pálido y enfermizo, a lo que se
-
sumaban las múltiples cicatrices de Remus, posible producto de sus propios
rasguños.
¡Lo encontré! – Les dijo jadeante James a sus amigos al llegar a la sala
común con el libro que acababa de obtener en la biblioteca. Les explicó
toda la teoría que había elaborado, y los tres chicos notaron que todo
coincidía. Lo único que faltaba era, como les había dicho Girard, hablar
con Remus. En este punto los muchachos se incomodaron: abordar el
tema no sería nada fácil.
Finalmente decidieron irse a dormir y tomarse el resto de la semana para ver
que harían. De todos modos, Remus debía volver hasta que hubiera finalizado la
luna llena.
-
La semana transcurrió monótona, al menos para James, Sirius y Peter, y el
tema que abordaba más frecuentemente sus cabezas era Remus. Apenas eran
conscientes del mundo que los rodeaba. Eso sí: Sirius y James aprovecharon la
oportunidad para desquitarse con Snape, de modo que las clases de Towers se
tornaron más guerrilleras que nunca. Lily Evans intervenía en las peleas
eventualmente, casi siempre buscando tener una clase “normal”, y no vacilaba en
insultar a Sirius, James, o cualquiera de Slytherin siempre que fuera necesario.
El ambiente en el colegio se estaba tornando bastante tenso. En El Profeta
habían salido ya varias noticias de personas desaparecidas, muchos de ellos
aurores o muggles, y algunas de ellas habían sido encontradas. En realidad se
habían hallado tan sólo sus cuerpos, pues habían sido asesinados. No había rastro
del asesino, ni motivo aparente de los crímenes, lo que creaba cierto ambiente de
nerviosismo e incertidumbre en Hogwarts. Encima se rumoreaba que el último
desaparecido era el padre de un estudiante de Ravenclaw, lo cual hizo que todo el
colegio se sintiese más vulnerable ante esas desapariciones misteriosas.
Sin embargo, Sirius, James y Peter permanecían bastante ajenos a estos
hechos, o al menos no le prestaban mucha atención (cosa inusual en ellos). En esos
momentos lo que acaparaba toda su atención era cómo hablar con Remus cuando
volviese.
Hasta que volvió; y como los chicos habían supuesto, hacía apenas un día que
había finalizado la luna llena. Esto hizo que desecharan de su mente toda remota
posibilidad de estar equivocados. Remus llegó esa tarde a la sala común, con un
aspecto más enfermizo que nunca. Los chicos trataron de mostrarse naturales, al
menos en un principio.
- ¡Enhorabuena amigo! Te extrañábamos mucho.
- ¿Cómo estás? Digo… ¿Cómo está tu madre?
- Bien… Mejorándose
- Ahhh, me alegro. – respondió James con una sonrisita pícara y escéptica.
- ¿Me prestan los apuntes de estos días? – quiso saber Remus – Estoy
realmente atrasado y…
- ¡Oye, acabas de llegar! Tómate un descanso. Me pones enfermo con tu…
manía estudiosa.
- Sí, creo que tienes razón. Será mejor que me pongan al tanto de las cosas
emocionantes ¿De acuerdo? Hace mucho que no hablamos.
- Sí, y yo creo que necesitamos hablar… pero a solas los cuatro. – agregó
James, yendo al grano.
- No hay problema, pero… ¿Por qué esa cara?
- Bajemos al lago, y allí te explicaremos. – sugirió Sirius, que asomado a la
ventana acababa de verificar que allí no había nadie.
Una vez en la orilla del lago, los chicos se sintieron más relajados para hablar.
El día amenazaba con lluvia y no había casi nadie en los terrenos. La persona más
cercana que tenían era Hagrid, que estaba en la entrada de su cabaña, muy
ocupado en sus quehaceres. James fue el primero en tomar la palabra. Habló serio
y titubeando, como nunca lo hacía.
- Ehhh, Remus, voy… Vamos a ser directos. Resulta que el otro día, cuando
te fuiste… justo te vimos irte con una señora y… nos pareció raro y te
seguimos.
- Nos encontramos con un túnel donde el árbol que golpea y entramos tras
ustedes. Llegamos a una casa donde no había nadie; pero nos topamos sí
con un hombre lobo que muy amistosamente casi nos mata. – Prosiguió
Sirius algo más confiado y con un dejo más irónico.
- Huimos con el monstruo tras de nosotros y Hagrid nos salvó. Él y la
profesora Girard nos pidieron explicaciones, y cuando les contamos Girard
nos dijo… Bueno nos dijo un montón de cosas que no parecían
importantes pero que nos permitieron sacar conjeturas…
- Entonces averiguamos… y… ehhh… Bueno, sacamos una conclusión y…
queremos que nos digas la verdad.
- ¿Qué es lo que quieren saber? – preguntó Remus muy nervioso. Al parecer
había llegado la hora… lo que más había temido desde que el día que
entró a Hogwarts… era entonces o nunca…
- ¿Eres acaso… el… el… licántropo ese que nos atacó? – preguntó Sirius con
cautela.
Pasaron unos segundos muy tensos, hasta que Remus respondió, con voz
temblorosa.
- S…sí…
- ¿En serio? – exclamó Sirius, que por algún motivo no parecía esperar esa
respuesta - ¿Y por qué no lo dijiste antes?
- Es lógico – intervino Peter -. Por miedo a que lo rechazáramos. Cualquiera
tendría miedo si…
- ¡Pero por favor! – exclamó James burlón - ¿Cómo puede esperar
semejante cosa de nosotros?
- En realidad… Peter tiene razón – agregó Remus.
- Bueno… - agregó Sirius pensativo. – Recuerdan lo que nos dijeron en la
cabaña de Hagrid. Eso de que hay muchos que creen que debería
exterminarse a los hombres lobo, sin importar que sean personas la
mayor parte del tiempo. Remus tiene motivos para tener miedo.
- ¡Claro que los tiene! Pero nosotros no… Nosotros no pensamos así ¿Acaso
creíste que te dejaríamos sólo por una cosa tan… tan…? ¡Bueno, sabes a lo
que me refiero!
- Si, te entiendo – Asintió Remus riéndose de forma extraña. Los nervios y
el alivio simultáneos le habían dado risa.
- ¡Y por supuesto que vamos a estar contigo, pase lo que pase! Pero entre
nosotros no puede haber secretos ¿De acuerdo? Es un pacto.
- ¿Un pacto? Eso me gustó ¿Qué pactamos?
- Si les parece bien, que pase lo que pase vamos a estar juntos y nos
vamos a apoyar. Y que como amigos no puede haber entre nosotros
secretos como este de Remus.
- Me encantó. ¿Juntamos las manos?
Dicho esto Sirius estiró automáticamente su brazo, seguido inmediatamente
por Remus y James, y casi enseguida por Peter.
- ¡Que seamos amigos para siempre! – dijo Remus. James y Sirius se
abalanzaron de pronto sobre él en un abrazo. Peter trató de unirse al nudo
humano que se estaba armando. Ninguno de los cuatro podía parar de
reírse.
***
Durante los días siguientes la rutina de los chicos volvió a la normalidad.
Acordaron que los otros chicos de Hogwarts no debían saber nada sobre la
condición de Remus; ni siquiera los de Gryffindor, por lo que los cuatro debían
contar la misma excusa: la de que la madre de Remus estaba enferma.
Sirius, por otro lado se mostraba particularmente interesado en saber qué se
sentía ser un licántropo, y cuando estaban solos, no vacilaba en hacerle preguntas
a Remus. Peter se incomodaba cuando éste lo hacía; pero a Remus no parecía
molestarle en lo más mínimo. James parecía empeñado en buscar una cura para la
licantropía, o cualquier cosa para hacer más llevaderas para Remus las noches de
luna llena; pero el problema era cómo…
Y por primera vez en esos días, los cuatro amigos comenzaron a interesarse
por las desapariciones misteriosas que tenían en jaque a todo Hogwarts, aún
cuando en el castillo se vivía en un ambiente de invulnerabilidad. El padre del chico
de Ravenclaw había aparecido, muerto. Al parecer era un auror al que habían
enviado a investigar esas mismas desapariciones. El Ministerio de la Magia cada día
se hallaba más alarmado, pues el asesino, quienquiera que fuese, estaba actuando
con total impunidad, y si no lo detenían pronto la situación podría volverse
realmente caótica.
James no paraba de imaginarse a sí mismo como un auror; el auror que
capturaba al asesino y lo entregaba. Con Sirius pasaban largo rato pensando
estrategias tan alocadas como irrealizables de cómo capturarlos. A Remus le
causaba mucha gracia, y a veces aportaba alguna idea. A Peter, en cambio, no
parecía hacerle mucha gracia la idea.
En este clima de incertidumbre comenzó la temporada de quidditch. El primer
partido era Gryffindor contra Hufflepuff.
- ¿Nerviosa por el partido del sábado? – preguntó alentadoramente Hans a
Melanie Buckland, una chica de tercer año de Gryffindor que jugaba de
bateadora. Ella lo miró desconcertada: nunca se habían dirigido la palabra
antes. Hans se ruborizó, dándose cuenta de su descaro.
- ¿Es mi imaginación, o Hans…? – murmuró Sirius.
- Sí, yo creo que a Hans le gusta Buckland.
- No me los imagino juntos, la verdad.
- A veces las personas que parecen más incompatibles terminan juntas ¿o
no?
Ninguno respondió, pero ese silencio quería claramente decir que sí.
7Y por fin llegó el sábado, tan ansiado por los estudiantes e incluso por los
mismos profesores, que confiaban en el partido como la mejor forma de quitarle
tensión a esos días. Las gradas estaban abarrotadas de gente. Aconsejados por
Stok, los chicos habían ido temprano para obtener sitios más altos. Desde allí
tenían una vista estupenda.
El relator del partido era Francis Campbell, un muchacho de cuarto año de
Ravenclaw.
De pronto la tribuna ovacionó. Los equipos estaban saliendo de sus
respectivos vestuarios mientras Campbell los presentaba. Entre el estruendo era
imposible percibir lo que decía. Madam Hooch, que era la árbitro, hizo sonar el
silbato para dar por comenzado el partido.
- Gryffindor tiene la quaffle. Pellegrini… Morais… ¡Atención! Dzingay de
Hufflepuff la atrapó… Esquiva una bludger… Va hacia los postes… ¡Va a
marcar! ¡Pero no! ¡Brizzel la bloqueó!
De la tribuna de Gryfindor se oyeron exclamaciones de alivio y de las de
Hufflepuff, gemidos de desilusión.
- Benko… Dzingay… Una bludger lo golpea…. Ahora Pellegrini tiene la
quaffle… Benko va a bloquear… Pellegrini amaga… pasa a Harstick…
TANTO PARA GRYFFINDOR.
La tribuna de Gryffindor vociferó feliz, y durante varios minutos el juego
prosiguió a favor de éstos; hasta que el Hufflepuff llegó a ir perdiendo por 70 a 10.
Los buscadores de Gryffindor y Hufflepuff, Gerónimo Wissman y Solange Crawford
respectivamente, sobrevolaban el área de juego sin mucho que hacer: la snitch aún
no se había dejado ver.
Sirius bajó unos instantes la vista, entumecido de mirar hacia arriba y miró
hacia el resto de las gradas. Algo en la zona de los profesores le llamó la atención.
No todos observaban el partido, sino que Towers, que blandía lo que parecía un
periódico o una revista, hablaba con Hagrid de una forma vigorosa y al parecer no
muy amigable. Sirius los observó más atentamente, desconcertado ante esa
muestra de vitalidad de parte de Towers.
- Chicos… Miren a los profesores – les avisó.
Entonces Dumbledore pareció darse cuenta de la discusión que había a unos
metros de él e intervino. Towers, decididamente fuera de sí, le mostró el papel que
tenía y señalaba a Hagrid, como explicando algo. Los otros profesores comenzaron
a acercarse, tratando de calmar a Towers. Finalmente lo lograron y McGonagall se
marchó con él; mientras tanto, Hagrid ocultó la cara entre las manos y Dumbledore
se acercó y le habló, aunque al parecer sin mucho efecto.
- ¿Qué habrá pasado? – se preguntó Peter en voz alta.
- Esto sí que es curioso – Agregó James.
De pronto un ruido como de explosión casi los mata de susto: el partido, al
cual ninguno de los cuatro amigos estaba prestando atención, había finalizado.
Gryffindor había ganado por 230 puntos a 40. Sin embargo, James, Sirius, Remus y
Peter estaban en ese momento más interesados por saber que había sucedido en la
tribuna de los profesores, los cuales permanecían también ajenos al resultado del
partido. Allí había gato encerrado, y ellos se las ingeniarían para investigar…
- ¿Los seguimos? – Sugirió James entusiasmado.
- Por supuesto – respondió Sirius.
Mientras todos los estudiantes se aglomeraban para volver al castillo, los
profesores se quedaron cerca del estadio y aguardaron a que entrara todo el
mundo. Luego se dirigieron a la cabaña de Hagrid.
- No podremos ir donde ellos sin que nos vean – observó prudentemente
Peter
- Eso creen ustedes – respondió James, sonriendo maliciosamente -. No los
pierdan de vista; yo regreso enseguida – y dicho esto James entró a toda
prisa al castillo.
- ¿Por qué rayos siempre hace esto? – exclamó Sirius ceñudo -. Desaparece
y nos deja con la intriga hasta que vuelve…
Regresó tan sólo unos minutos después, pero que a ellos les parecieron horas.
Cada segundo que tardaban era información que podían estar perdiendo. Con todo,
lo que James les trajo era lo más útil que podía haber en ese momento: era una
capa para hacerse invisible.
- ¡Guau! – exclamó Sirius contemplándola - ¡Es fantástica! ¿Cómo la
conseguiste?
- Me la dio mi padre ¡Pero vamos, tápense!
Los chicos se cubrieron con la capa invisible y corrieron torpemente hacia la
cabaña de Hagrid. Entraron a la huerta trasera y se pararon al lado de la ventana.
Como estaba abierta de par en par, desde allí veían y oían claramente todo lo que
hablaban dentro.
- … alterado, ya te lo explicamos. Pero no es motivo para que te pongas así.
Nosotros no pensamos que tú tengas la culpa de nada – le decía
Dumbledore a Hagrid.
- Claro – prosiguió Girard -. Jack es un hombre prejuicioso… Yo diría que
demasiado prejuicioso. Conoce la leyenda de la Cámara de los Secretos y
los sucesos que… Bueno, ya sabes. Él está atando cabos. Considera que
no deberías estar aquí después de aquello.
- E… él cree que yo estoy vinculado a las desapariciones ¿Cierto? –
tartamudeó Hagrid, con lágrimas corriéndole por la cara. Era increíble
cómo un hombre tan grande y fuerte podía llorar así. – Es absurdo… Yo
jamás lo haría… ¿Por qué traicionar a Dumbledore y a Hogwarts, que son
los que me dieron una oportunidad…?
- Ya lo sabemos, Rubeus – lo interrumpió Girard, comenzando a
exasperarse -. Pero piensa en lo siguiente: La madre de Jack fue
asesinada por gigantes. Ahora él tiene a un semigigante como colega. Hay
un montón de desapariciones misteriosas que nos tienen a todos muy
nerviosos; y los últimos desaparecidos aparecen estrangulados por los
gigantes. El semigigante colega suyo (o sea, tú) fue acusado hace muchos
años de la muerte de una compañera suya y de abrir la Cámara de los
Secretos. ¡Sí, si, ya sé que eres inocente! – se apresuró a agregar cuando
Hagrid hizo ademán de defenderse -. Pero Jack nunca lo creyó del todo.
Está muy nervioso, como tú y como todos, pero tienes que tratar de
entenderlo. Ahora la gente cree que los gigantes son los responsables de
las desapariciones, y en realidad no se puede negar que podrían serlo.
- Samantha tiene razón, Hagrid – agregó McGonagall, que tenía en su mano
el papel que Towers llevaba consigo durante el partido. Los chicos lo
identificaron como un ejemplar de El Profeta -. Tú preocúpate por tu
trabajo y por evitar roces con Towers. Sabes que cuentas con nuestro
apoyo. Cuando todo esto se haya solucionado, o al menos las cosas salgan
a la luz, podremos hacerle ver que está en un error.
Durante unos instantes, los cuatro ocupantes de la cabaña guardaron silencio
y los chicos se estremecieron sin motivo.
- ¿Hagrid es un semigigante? – murmuró Peter a los otros.
- Eso parece.
- Parece que Towers está paranoico… Tendríamos que ver que dice ese
periódico.
- Subamos a la sala común. Allí debe haber algún ejemplar.
Regresaron a la sala común lo más rápida y sigilosamente que pudieron.
Como era de esperarse, se vivía una algarabía total debido al triunfo de Gryffindor,
pero los chicos no estaban deseosos de participar de la fiesta: necesitaban aislarse.
Tomaron un ejemplar perdido de “El Profeta”, subieron a su dormitorio y trancaron
la puerta. Los ruidos de la sala quedaron un poco más amortiguados.
GIGANTES VUELVEN A HACER DE LAS SUYAS
El recientemente desaparecido funcionario del Departamento de Uso Indebido
de la Magia, Waldemir O´Neill, fue hallado muerto esta mañana, engrosando así el
número de víctimas del “asesino misterioso”.
Sin embargo, parecería que la identidad de este asesino es menos misteriosa
que antes. El cuerpo del joven O´Neill fue hallado cerca de una comunidad de gigantes
refugiados, y al parecer habría sido mutilado por los mismos. Esto, según afirmó un
vocero del Ministerio de la Magia, sería por un lado una pista para dar con el asesino;
pero también un nuevo obstáculo en las relaciones magos – gigantes, que ya de por sí
son bastante turbias.
La situación sigue siendo muy misteriosa y caótica, y el equipo de investigación
a cargo del caso solo ha podido acumular dudas. No hay motivos aparentes para que
los gigantes decidan un ataque contra los humanos de una forma tan repentina; y
magos expertos en la materia afirman que no está en su naturaleza actuar de una forma
tan calculadora y organizada.
La hipótesis más lógica es, entonces, que los gigantes hayan cometido este
asesinato bajo las órdenes de “alguien”; y este alguien sería quien cometió los
asesinatos precedentes; alguien cuya identidad sigue en la nebulosa y continúa
actuando con total impunidad.
La aparente alianza de los gigantes con el asesino hizo que el Ministerio se
alarmase más aún, si esto es posible; ya que parece estar generándose una
“organización del caos” que si no se detiene con urgencia podría expandirse a niveles
incontrolables.
Los chicos permanecieron callados durante unos instantes luego de leer el
artículo. Lentamente lo asociaban con la conversación que habían oído en la cabaña
de Hagrid: ahora las cosas estaban un poco más nítidas para ellos.
- A ver si entendí – una vez más fue Sirius quien rompió el hielo -. Los
gigantes están vinculados a toda esta paranoia de las desapariciones
misteriosas, y… sólo por eso, Towers se ensaña con Hagrid.
- Bueno, ya escuchaste que Towers parece ser muy… racista, y que parece
que a su madre la mataron los gigantes. Además, el hombre no parece
estar muy bien del coco. – agregó James.
- ¡Pero Hagrid no es peligroso! ¿O sí? – Exclamó defensivamente Remus -. A
mí me parece que es puro tamaño, pero no es malo. Si fuera una
amenaza en el colegio, Dumbledore no lo habría aceptado. Él sabe lo que
hace.
- Eso es cierto. Dumbledore sabe a quien acepta, y Hagrid no parece malo
si lo conoces un poco – afirmó James -, pero tendríamos que averiguar
que fue eso de la compañera muerta y la Cámara de los Secretos…
- De todos modos hay que reconocer que Dumbledore es bastante
permisivo para admitir gente – observó Peter. Por un segundo pareció que
iba a seguir hablando, pero se detuvo.
- Bueno, sí… No creo que otro director hubiese permitido que alguien como
yo estudiara en Hogwarts – reconoció Remus.
- ¿Crees que Towers te tenga rabia? – quiso saber Peter.
- Esa sí que es una buena pregunta. En realidad creo que Towers no se
entera de quien está en su clase y quien no; a no ser por ese grupito de
chicas… - respondió James.
- Bueno, Rem es el niño mimado de muchos profesores; así que el hecho de
que lo ignoren es como decir que le tiene odio ¿cierto? – observó Sirius
pícaramente.
- No podemos comparar a Towers con los otros profesores. Él es muy…
particular. En todo caso, esperemos a recibir nuestras calificaciones y
veremos si eso responde a la pregunta de Peter – culminó Remus,
ruborizándose ligeramente.
- De acuerdo, de acuerdo. ¿Pero que me dicen de eso de la Cámara de los
Secretos y la alumna muerta? – insistió James.
- Ahora que lo dices… - respondió Sirius pensativamente -. En mi casa oí
comentarios sobre ello. Parece que hace muchos años hubo un monstruo
que andaba suelto por el castillo hasta que mató a una alumna; y culparon
a Hagrid, que entonces era estudiante, de abrir la legendaria “Cámara de
los Secretos” que había construido Slytherin, dejando al monstruo suelto;
y por eso lo echaron de Hogwarts. Pero Dumbledore, que entonces era
profesor, insistió en permitirle quedarse como guardabosque; creo que
porque no tenía familia o algo así. Es algo muy confuso… - agregó
meditativo.
- ¿Por qué dices que es confuso?
- Porque. al menos yo, dudo de que Hagrid lo haya hecho. Mi familia
apoyaría a alguien que hace algo como abrir una Cámara construida por el
mismísimo Salazar Slytherin; y sin embargo en mi casa no tienen una
muy buena imagen de Hagrid. ¿Y por qué Dumbledore insistió en dejarlo
quedarse? ¿Sólo por no tener familia? Tal vez Dumbledore cree en su
inocencia y quiso compensarlo así…
- ¿Acaso el monstruo ese es el asesino misterioso? – preguntó una vez más
Peter.
Durante unos segundos nadie respondió. Todos parecían meditar la respuesta
hasta que Remus habló, muy convencido, al parecer.
No. No creo. Creo que este asunto de la Cámara Secreta no tiene nada
que ver, porque de ser así, los asesinatos debieron comenzar en
Hogwarts. Simplemente que Towers, en medio de sus prejuicios, esta
atando cabos que… no tienen relación.
- Entonces ¿Qué está pasando aquí?
- Bueno, evidentemente Towers está paranoico o algo así, y tiene la
necesidad de acusar a alguien. Si me preguntan mi opinión, creo que
Hagrid es inocente, al menos de esto. – dijo Remus terminante.
- ¿Deberíamos decírselo?
- ¿Lo qué?
- Digo, que si debemos decirle a Hagrid que nosotros lo apoyamos – sugirió
Sirius.
- No le vendría mal el apoyo. – asintió Peter -. Pero sonará medio extraño
que vayamos a decirle “nosotros estamos contigo” o algo así ¿cierto?
- Sí, cierto. Pero podemos apoyar de otra forma… Como visitándolo o algo
así… - empezó a decir Remus.
- … o saboteando las clases de Towers… - prosiguió James.
- Ya, tenías que salir con alguna de las tuyas… - para sorpresa de James, a
Remus pareció hacerle gracia la sugerencia -. ¿Cuándo no has saboteado
una clase de Towers?
- ¡Oye! – reclamó James, haciéndose el ofendido – Durante la última clase
me comporté bastante bien. ¿Cierto, Sirius?
- Claro. Lo único que hicimos fue mantener a Snape flotando a la altura del
techo durante 5 minutos. Eso no es nada – corroboró éste.
- Hay veces que ustedes dos se pasan de listos. – dijo Remus riéndose,
pero en un tono de regaño.
- Tal vez, pero bien que ustedes se divierten con ello.
- Hey chicos – James pareció recordar algo -. Ya que estamos los cuatro
aquí, quiero hacer una super sugerencia.
- ¿Una super sugerencia? ¡Eso suena bien! Te escucho – Respondió Peter
entusiasmado.
- Bien. Vieron que el otro día Remus nos contó que era muy… duro
transformarse mensualmente en lobo. ¿Qué tal si buscamos algo para que
no sea tan duro para él?
- ¡Por las barbas de Merlín, James! No digas locuras. No vale la pena
complicarse… - empezó a decir Remus.
- ¿Quieres buscar una cura para la licantropía? – lo interrumpió Sirius -. No
es mala idea; pero si los expertos no la han encontrado aún, nosotros no
tenemos muchas posibilidades.
- No hablo de una “cura” – replicó James -. Hablo de algo… no sé… algo
para que las noches de luna llena sean más… llevaderas ¿entienden?
- ¿Acaso hablas de ir a hacerle masajes al lobo? sería llevadero, pero nos
despedazaría – Respondió Peter jocosamente.
- No sé exactamente qué hacer. Eso es justamente lo que tendríamos que
averiguar. Podemos preguntar en casa, buscar en revistas, averiguar con
algún profesor… hasta ir a la biblioteca.
- ¡Eso si que será duro! ¡Ir a la biblioteca! – exclamó Sirius.
Los cuatro se rieron del comentario de Sirius, pero ninguno se atrevió a darle
la negativa a James. Mientras bajaban a la sala común a participar de los festejos,
Remus insistía en que no perdieran el tiempo en eso; pero él ya estaba decidido a
hacerlo, y si a Remus le avergonzaba aceptar ayuda, él averiguaría todo lo que
fuera necesario en secreto. James ya se imaginaba la grata sorpresa que se llevaría
Remus cuando ellos tres le dijeran que habían encontrado algo, lo que fuese, que
mejorase al menos un poco su condición. A fin y al cabo ¿para qué estaban los
amigos sino para ayudar en las buenas y en las malas?, se preguntó. Remus era
testarudo, no había duda; pero él lo era aún más, y nunca había dejado un
-
proyecto a mitad de camino. En realidad… nunca se había planteado un gran
proyecto, para empezar.
James se sintió más convencido que nunca de su idea, de su primer gran
desafío. Cuando Remus no los viese, coordinaría con Peter y Sirius e investigarían…
Sabía que habían pactado no tener secretos, pero éste no sería un secreto; sería
un… un regalo, una sorpresa.
La fiesta en la sala común prosiguió un buen rato más. Los chicos se
acostaron exhaustos después de toda la emoción de ese día, y con todo lo que
habían visto y oído revoloteándoles por la cabeza. Ya nadie podía pensar que las
clases estaban resultando monótonas.
8Durante los días siguientes los cuatro amigos continuaron decididos a
averiguar más sobre el conflicto Towers – Hagrid. Tenían que encontrar una excusa
para hablar con ellos y obtener distintas versiones del asunto.
Towers no había cambiado para nada en su forma de dictar clases. Como la
mayoría de los estudiantes no se había percatado del incidente del partido de
quidditch, ésto no les llamó la atención en lo más mínimo. Mientras James, para
variar, ponía a Snape en rídiculo frente al resto de la clase; Sirius permaneció
curiosamente aislado, observando a Towers y pensando… Se moría de ganas de
ponerlo en aprietos, de preguntarle frente a toda la clase qué había sucedido
durante el partido; y ya aprovechar para oír su versión de los hechos.
- Profesor – preguntó levantando la mano con una disciplina poco usual en
él. Pero Towers, en el medio del bullicio no lo oyó.
- ¿Qué haces? – Quiso saber James, que ya había salido del combate.
- Investigar, como habíamos acordado. Quiero acorralar a Towers… A ver
que responde…
- ¡PROFESOR! – Llamó James, más fuerte. El grito sobresaltó a gran parte
de la clase, pero Towers estaba tan ensimismado escribiendo en la pizarra,
dictándose a si mismo, que no se percató del llamado.
- ¿Pero este hombre es sordo? - Exclamó Peter para sí -. A la cuenta de tres
lo llamamos todos juntos ¿Vale?
- Uno, dos, tres…
- ¡PROFESOOOOOOOOOR! – Aullaron Sirius, James, Peter y Remus a la vez.
- ¿Qué pasa jóvenes? – respondió el profesor, aparentemente molesto por
el estruendoso llamado.
- Ehh, bueno, tenía una pregunta; una duda… ¿Recuerda el partido de
quidditch del sábado pasado? Bueno, lo notamos un poco alterado
¿Sucedió algo malo?
- Ehhh, joven, creo que eso es un tema personal mío, que nada tiene que
ver con esta clase…
- Bueno, nosotros tan solo estábamos preocupados por usted – dijo James
con falsa inocencia -. Lo vimos discutir con Hagrid y creímos que tal vez
él… le había hecho algo…
James pareció dar en el clavo con su última frase. Towers no podía perder esa
oportunidad de decir lo que pensaba de Hagrid ante la clase; menos aún cuando,
por primera vez en el año, toda la clase estaba pendiente de sus palabras. Sin
embargo, hizo un esfuerzo por contenerse y respondió, eligiendo cuidadosamente
cada palabra.
- Mire, joven; yo no sé lo que vio, pero aquí en Hogwarts todos nos
llevamos… muy bien… y…y, en fin. Hay gente que, a mi criterio no tendría
que estar aquí, y menos en estas circunstancias, pero… En fin… Yo no soy
quien decide quien se queda y quien no. Es el profesor Dumbledore quien
lo hace – los chicos notaron que su vista parecía detenerse unos instantes
en Remus… ¿o era acaso una falsa impresión que ellos tenían?
¿Acaso cree que Hagrid no debería estar en Hogwarts? – Sirius trató de
incentivarlo a seguir hablando.
- Ehhhh… Señor Black, creo que olvidó que estamos en una clase de
pociones, y está poniendo en mi boca palabras que yo no dije. Ya fueron
suficientes interrupciones por hoy. – dicho esto se dio vuelta y continuó
escribiendo en la pizarra.
- “Creo que olvidó que estamos en una clase de pociones” – repitió
burlonamente Sirius, molesto, para que los otros tres lo oyeran -. Yo lo
habré olvidado, pero él ni siquiera se había enterado ¿A esto le llama
clase?
Efectivamente, en pocos minutos la clase volvió a su estado habitual de
batalla campal. Sirius y James, viendo que Towers no les daría más información,
volvieron a su guerra diaria con los de Slytherin.
-
Esa tarde bajaron a los terrenos del colegio, dispuestos a obtener información
de boca de Hagrid; pero cuando estuvieron a unos metros de la cabaña vacilaron
unos instantes. Fue James quien tomó la iniciativa golpeando la puerta con total
normalidad.
- ¡Oye, aguarda unos instantes! ¿Qué vamos a decirle? – preguntó Peter
inquieto.
- Lo mismo que a Towers: que lo vimos alterado en el partido y queríamos
saber si le pasaba algo…
La puerta de la cabaña se abrió. Hagrid pareció sorprenderse con la visita.
- ¿Sí? ¿Sucedió algo?
- ¡Hola Hagrid! ¿Cómo va todo? Te acuerdas de nosotros ¿Cierto? – exclamó
confianzudamente Sirius.
- Claro que me acuerdo… Como olvidarme… ¿Necesitan algo?
- Sí. Queríamos hablar contigo. Tenemos… ehhh… Unas dudas…
- De acuerdo, pasen, pasen. Ahora, si las dudas son de alguna asignatura,
lamento decirles que no seré de mucha ayuda.
- No, no son de ninguna asignatura. Iré directo al grano. ¿Recuerdas el
partido de quidditch del sábado? Bueno… te vimos desde las tribunas y…
no se te notaba muy bien y… bueno… queríamos saber si te pasa algo
malo. – dijo Sirius, tratando de parecer más preocupado que curioso.
La reacción de Hagrid fue algo extraña. Parecía debatirse entre el enojo, la
conmoción y la risa. Finalmente agregó, en un tono que trataba de ser bromista,
aunque su voz vaciló un poco.
- ¡Ya! ¡Dios los cría y ellos se juntan! Siempre quieren meterse en asuntos
ajenos ¿Eh? Primero el incidente ese… con el licántropo… y ahora quieren
averiguar… ¿Es que no les alcanza con lo que aprenden en clase? Quieren
saber más, estar en todo…
- Nosotros sólo estábamos preocupados porque te vimos muy mal, y vimos
que discutías con Towers y… pensamos que… - James se detuvo un
instante, eligiendo cautelosamente cada palabra y empleando el mismo
tono inocente que había usado con Towers -. Que tal vez, como nos habías
salvado del licántropo el otro día, podíamos ayudarte… Devolverte el
favor… Y para eso precisamos saber que pasa.
- Sí – corroboró Peter, dando un nuevo empujón -. Y el Profesor Towers
apenas quiso decirnos nada.
- ¿Towers les dijo algo? – preguntó Hagrid ceñudo.
- Poca cosa. Apenas insinuó algo así como que “Hay gente que no tendría
que estar en Hogwarts” y no quiso decir más nada.
- Luego dijo “Señor Black, creo que olvidó que estamos en una clase de
pociones” – insistió Sirius, repitiendo una vez más esa frase de Towers en
el mismo tono burlón que la vez anterior.
Hagrid suspiró abatido y se dejó caer en una silla, que crujió bajo su peso.
De acuerdo… Creo que algo puedo decirles, siempre y cuando no lo anden
divulgando por ahí – los chicos asintieron vigorosamente -¿Leyeron el
Profeta últimamente? ¿Vieron la noticia que vincula a los gigantes con las
desapariciones misteriosas? – los chicos volvieron a asintir – Bien… yo…
yo… mi madre en realidad, era una giganta… Entonces Towers que tuvo
ciertos… problemas personales con ellos, leyó esta noticia y dijo que, dada
mi condición, era un peligro que yo permaneciera en Hogwarts. Fue ante
Dumbledore para pedir mi dimisión del cargo, pero Dumbledore se negó y
él se molestó por ello.
- ¿Quiere que te expulsen sólo por ser un semigigante? ¡No puede!
Simplemente por eso… Con ese criterio, por ejemplo, Remus no estaría
aquí – reclamó James.
- Bueno; el profesor Towers es un poco prejuicioso… y a eso se le agrega
que yo fui expulsado de Hogwarts en mis tiempos de estudiante…
- ¿Por qué? – Remus no pudo contenerse.
- ¡Ah, no! Eso sería muy largo y difícil de explicar. No tiene importancia…
Nada tiene que ver con las desapariciones ni con mi condición de
semihumano, así que olvídenlo.
- De acuerdo, de acuerdo… ¿Y qué hacemos para ayudar? ¿Juntamos
firmas? – insistió Remus.
- ¿Juntar firmas? – a Hagrid pareció hacerle mucha gracia la idea – No es
preciso. Ya les dije: Dumbledore no quiere expulsarme, solo que es
incómodo que las relaciones entre colegas sean tan… hostiles. Ustedes no
van a hacer nada ¿De acuerdo? Les agradezco mucho su intención y todo
eso, pero lo mejor es que permanezcan al margen de todo. Las cosas ya
se solucionarán.
- Bien – asintió James conforme a la vez que sacaba, sin que nadie lo viera,
una pluma de su bolsillo y la dejaba caer al suelo - ¿Qué tal si nos vamos?
Tenemos tarea para hacer… y de pociones.
- ¡Uf, cierto! Será mejor que nos vayamos. Pero ya sabes Hagrid: estamos a
tus ordenes si es preciso hacerle un boicot a Towers o algo así. – Agregó
Sirius, guiñándole un ojo.
- ¡Ni se les vaya a ocurrir semejante cosa! Me harán sentir más culpable –
les advirtió Hagrid riendo.
Los cuatro chicos salieron de la cabaña y retornaron al castillo, pero antes de
llegar a él James se detuvo en seco.
- ¡Maldición! – exclamó -. Otra vez se me perdió la pluma. Debe haberse
caído en lo de Hagrid. Suban, que yo voy después.
- Te acompaño – agregó enseguida Sirius, intuyendo algo.
- De acuerdo… pero no vamos a volver los cuatro por una pluma. ¿A
ustedes dos no les molesta subir solos?
- No hay problema – afirmó Peter.
Remus y Peter Se dirigieron entonces hacia el castillo, mientras Sirius y James
retornaban a la cabaña de Hagrid.
- A mi no me engañas – Dijo Sirius cuando ya se habían alejado -. ¿Qué te
traes entre manos ahora?
- ¿Recuerdas lo que dije el otro día? Tal vez Hagrid pueda sugerirnos algo
para… ya sabes… ayudar a Remus. No quiero que él se entere porque ya
viste cómo se pone…
- Sí, no quiere que nos molestemos por él; al menos eso me parece a mí. –
Sirius golpeó la puerta.
Esta vez Hagrid no se mostró sorprendido con la llegada de los chicos.
- ¡Ah! Ustedes de nuevo… ¿Quién olvidó una pluma? – preguntó, mientras
blandía la pluma que James había dejado caer.
- Es mía – respondió James -. Pero en realidad queríamos preguntarte otra
cosa… ahora que Remus no está.
-
-
-
-
-
-
-
Sí – agregó Sirius -. Ya sabemos que Remus es un licántropo, y tú
también lo sabes. Lo que nos gustaría ahora es averiguar cómo se puede
hacer para… ¿Cómo explicarlo? Mejor hazlo tú, James, que fuiste el de la
idea.
Queremos saber si existe alguna forma de que durante las noches de luna
llena, las transformaciones de Remus sean menos… menos salvajes,
menos dolorosas…
Vaya… - respondió Hagrid luego de pensar varios segundos -. Es
complicado lo que quieren. En este momento no se me ocurre nada, y es
difícil que haya algo, porque si lo hubiese probablemente los padres de
Remus o Dumbledore ya estarían al tanto; pero por otro lado, con tantos
descubrimientos que se hacen, algo podría existir, aunque no sea muy
eficaz…
Es lo que nosotros pensamos – corroboró James -. ¿Y no se te ocurre
nada, nada que puedas sugerirnos?
Lo único que puedo sugerirles es que averigüen mucho sobre la naturaleza
de los licántropos. La solución no va ir sola hacia ustedes: tal vez tengan
que encontrarla ustedes mismos. Pueden preguntarle a alguien que sepa
más que yo, tal vez a algún profesor; no tendrán problemas siempre y
cuando no quebranten las normas.
De acuerdo – dijo Sirius sarcásticamente -. Ahora mismo voy a
preguntarle a Towers. – los tres se rieron.
Hablo en serio – insistió Hagrid, divertido -. No sólo tiene que ser Towers.
La profesora McGonagall puede saber algo, solo que es bastante estricta y
no creo que le agrade lo que están averiguando, pues hay que reconocer
que suena algo sospechoso. La profesora Girard también podría ayudarlos
¿Vieron cómo logró calmar a Lupin el día que se toparon con él
transformado? Era magia muy avanzada, y ella domina muy bien varias
ramas de la magia. Seguro los ayudará de buena gana si sus intenciones
son buenas… siempre y cuando no se metan en lios.
Descuida, Hagrid. – dijo James.
Somos angelitos – Agregó Sirius haciendo una ridícula mueca beatífica.
Sí, ya me imagino – Hagrid se rió con ganas -. Tienen las mejores
intenciones, pero lo de “angelitos” no lo cree nadie.
Luego de esa charla subieron apresuradamente a la sala común, sabiendo que
habían demorado mucho para simplemente pedir una pluma. Dirían que habían
demorado tratando en vano de sacarle más información a Hagrid, y luego se las
ingeniarían para poner a Peter al tanto de lo sucedido. Tendrían también que hablar
con la profesora Girard… ¡Y todo eso sin que Remus se enterase!
- ¿Pero es que ustedes están locos? – Esa fue la reacción instantánea de
Peter cuando los otros dos le contaron lo que tenían pensado hacer. – No
podemos… Sería un milagro hacer eso sin que Remus lo note… ¡y nos
meteremos en problemas!
- Vaya, amigo – Respondió Sirius algo ceñudo -. Creí que eras más…
solidario… Y te falta sentido del riesgo.
- Claro, sin riesgo no hay diversión.
- ¿Pero te enrolas o no? Si no quieres ayudarnos nadie te obliga, pero
decídete y déjate de vaivenes.
- ¿Quién dijo que yo no quiero ayudarlos? – Respondió Peter ofendido –
Claro que quiero, solo que… ¡Olvídenlo! ¡Cuenten conmigo!
- Bien – dijo James terminante - ¿Por donde empezamos a averiguar?
- No en la biblioteca, si podemos evitarlo. Mejor hagamos lo que dijo
Hagrid. Preguntémosle a algún profesor, sin ser Towers, claro.
- ¿McGonagall? – Sugirió Peter con poca convicción – Ella es profesora de
transformaciones y debe saber de esto, pero ya oyeron a Hagrid y creo
que tiene razón.
-
-
Cierto – agregó James pensativo -. La asignatura que podría brindarnos
una solución sería pociones, y justo es la que Towers imparte ¡Diablos!
Entonces preguntémosle a Girard, que parece saber mucho y quizá nos
pueda averiguar algo mediante otros profesores. Y uno de nosotros
debería quedarse con Remus, para asegurarse de que no sospeche nada.
Eso lo hago yo – respondió Peter al instante.
Desde ese momento los tres chicos aguardaron la siguiente clase de Defensa
aún con más intensidad que el resto de sus compañeros; lo cual era difícil, teniendo
en cuenta que se trataba de la materia más popular del colegio, o al menos de
Gryffindor. Ésta llegó dos largos días después, y al final de la clase James y Sirius
se quedaron so pretexto de preguntarle a Girard algo acerca de sus últimas tareas;
entretanto, Peter se encargó de salir al recreo con Remus. Sin embargo, no eran los
únicos rezagados del salón, ya que, como siempre, un numeroso número de
alumnos se quedaba hablando con ella despreocupadamente. Ninguno de los dos
amigos había tomado en cuenta ese detalle, así que permanecieron unos momentos
esperando, a ver si los demás decidían salir, pero no lo hicieron. Sirius, que no
parecía dispuesto a esperar mucho, se aproximó al escritorio, con ese aire altivo
habitual en él.
- ¡Bueno, bueno, a ver si vamos desalojando el salón ¿Eh?! – dijo con cierta
prepotencia
- Oye, aguarda, que no eres el dueño del salón, Black – le respondió Jim
Wooper, un muchacho de Ravenclaw que acababa de acercarse al
escritorio, un tanto contrariado por la actitud de Sirius.
- No, cierto – intervino James aproximándose -. Pero tú tampoco lo eres, así
que estamos en pie de igualdad. Ahora, si quieres ver quien es mejor… agregó, llevando la mano hacia donde tenía guardada su varita.
La profesora Girard, que estaba muy concentrada mostrándole unos
pergaminos a un interesado grupito de alumnos y hablando con ellos, aún no
parecía haberse percatado de la irrupción de James y Sirius; ni del tenso clima que
se había generado en el aula. Jim lanzó una mirada fugaz hacia donde estaba la
profesora, se apartó un poco del escritorio hasta quedar detrás de los otros chicos y
respondió:
- De acuerdo Potter. Si creíste que me asustaría estás muy errado. A ti te
vendría muy bien un escarmiento.
- ¡Aaaayyyyy! ¡Estoy temblando de miedo! – respondió James irónicamente
– Vamos, habla menos y haz más.
- Cuando tú quieras.
- A la de tres. Uno… dos…
Pero no pudo terminar de contar, pues algo le impidió moverse. Por un
momento creyó que Wooper había atacado antes de tiempo, pero no podía ser, si ni
siquiera había movido su varita. El grupo de estudiantes que rodeaba el escritorio
seguía ajeno al incidente, y a su vez formaban una barrera que no permitía a Girard
ver lo que sucedía. De pronto Lily Evans, la chica con la que solía pelear en las
clases de pociones, se le apareció por delante y le dijo en voz baja:
- Eso, Potter, es para que aprendas a no creerte el rey del mundo. La
próxima vez que tenga que hacerlo te aseguro que será peor – dicho esto,
agitó su varita con destreza y James sintió como recuperaba la movilidad.
Se sintió a su vez enojado y un tanto humillado, aunque solo dos personas
más lo hubiesen visto. Sin embargo no estaba enojado con Evans, sino
consigo mismo por haber hecho el idiota frente a ella. Tenía que salvar su
orgullo… como fuese…
- Te aprovechas, Evans. Sabías que no te atacaría ¿Eh? – le dijo con una
orgullosa sonrisa de autosuficiencia -. Pero te advierto que si no me queda
más remedio que hechizarte, ten por seguro que lo haré.
Eres un verdadero idiota ¿Sabes? – le dijo ella mirándolo con todo el asco
que era capaz de expresar -. Creo que estarías mejor si te convirtieran en
sapo o en gusarajo.
James no supo que contestarle, así que hizo como si no la hubiera oído, se
acercó a Wooper y le dijo:
- Hoy te perdono, solo porque hay chicas presentes, pero solo será esta vez
¿Eh? – y dicho esto se marchó del salón. Sirius, confundido, fue tras él
- ¿Qué rayos estás haciendo? ¡Tenemos que hablar con la profesora!
- ¿Y crees que se podría hablar en paz en ese ambiente? – bufó pasmado Mejor aguardemos a la hora de entrada de Herbología, cuando todos
salgan.
- Claro, genio – respondió Sirius con sorna -. Remus empezaría a sospechar
si faltamos a clase.
- Hummmm…. Bueno, entonces mejor entramos para preguntarle a que
hora podemos venir a hablar con ella sin todo este gentío. Ve tú, y yo
aguardaré aquí fuera – Respondió James, que no se sentía capaz de
enfrentarse a Evans, no en ese momento…
Eso hicieron, y quedaron en ir al despacho de la profesora después de la cena.
Cuando Sirius salió del aula parecía radiante. James se preguntó si se habría batido
a duelo con Wooper, pero evidentemente no tenía nada que ver con eso.
- ¡Lo tenemos! – Exclamó ni bien llegó donde James -. Le dije al vuelo cual
era el motivo de la visita y lo entendió enseguida. ¡Ella misma terminaba
las frases cuando yo me trababa! Y encima pareció entusiasmada con el
asunto. No veo la hora de que llegue la noche.
Quedaron en ir después de la cena. Peter se quedaría con Remus y ellos
tratarían de ingeniar alguna excusa, como un castigo o algo. Cuando fueron, los
chicos le explicaron lo que querían con más soltura que cuando se lo habían
explicado a Hagrid. Por un lado, era más fácil explicarlo cuando ya lo habían hecho
anteriormente; por otro, Girard entendía las cosas con una facilidad asombrosa,
como si supiera de antemano lo que iban a decir.
- Es complicado – dijo ella cuando los chicos acabaron -. Casi no hay nada
que ayude a los licántropos. Los encargados de investigar ese tipo de
asuntos sólo fingen interesarse por el tema.
- ¿Y eso…? – pregunto James, sin comprender a lo que se refería.
- Personalmente creo a algunos no les interesa y otros están presionados. A
veces parece que el Ministerio prefiere marginar a los hombres lobo,
aislarlos; y dejar que a largo plazo, se extingan solos. Es más económico
que realizar una verdadera investigación ¿Por qué creen que Remus creía
que nunca podría estudiar magia? Es lamentable, pero él no estaba tan
errado en…
- ¿Remus creía eso? – la interrumpió Sirius, ceñudo – Él nunca nos lo dijo…
al menos directamente. Pero es obvio que tiene miedo a… a… no sé a qué,
pero le tiene como un miedo a algo.
- A sí mismo – le respondió Girard, sonriendo levemente ante la dificultad
de Sirius para explicar lo que notaba -. Él se sabe distinto y eso lo
aterroriza. ¿Ven? Es lo que yo les decía recién. La gente les teme y los
aíslan. Los expertos no colaboran. Tienen las posibilidades restringidas en
la sociedad: el trabajo, el estudio, hasta el ocio. Están padeciendo y sin
embargo despiertan repudio en vez de solidaridad. ¿Cómo creen que se
sentirían ustedes ante eso?
- Mal – respondieron los chicos al unísono.
- ¿Cómo sabe usted tanto acerca de Remus? – Pregunto Sirius unos
segundos después.
- Antes de empezar el curso Dumbledore me contó acerca de su caso. La
madre de Remus envio una carta el pasado junio solicitando que se
considerase el caso de su hijo. Dumbledore es de la misma idea que yo y
por eso no vaciló en dejarlo entrar. Citamos a la señora Lupin y se realizó
-
una reunión en la que estuvimos algunos profesores además de
Dumbledore.
- ¿Y qué sucedió entonces? - quiso saber James intrigado, sin preocuparse
de que se estaban yendo del tema central.
- La señora Lupin habló más o menos de lo mismo que estamos hablando
ahora, pero de una forma que nos perturbó a todos, fue sensata e
inclemente. Las pocas dudas que quedaban sobre si dejarlo entrar o no se
disiparon al instante. Solo un profesor permaneció firme en no dejarlo
ingresar, poniendo peros y más peros; muchos de ellos, a mi criterio,
totalmente egoístas.
- Towers, ¿cierto?
- Eso no puedo decirlo. Es asunto de profesores
James de pronto pareció recordar algo. Animado, exclamó.
- ¡Acabo de entender…! ¡es por todo esto que el día que nos topamos con
él transformado se preocupaban tanto por no dañarlo!
- Exacto. ¿Recuerdan que se los expliqué? – dijo ella, un tanto feliz de salir
del aprieto -. Realmente me dolió tener que aturdirlo, pero era necesario.
Fui a la mañana siguiente a la enfermería a ver cómo estaba luego de su
primera transformación lejos de casa. No puedo evitar tener cierta
preferencia con él. Yo misma le aconsejé que les dijese la verdad a
ustedes, aunque no se atrevió a hacerlo.
- Bien… - Dijo Sirius sin saber que decir -. Entonces ¿Se le ocurre algo? Me
refiero a lo que le peguntamos hace un rato.
- Solo el hechizo de detención lunar, que usé aquella noche en que ustedes
se toparon con él. Pero no les será de utilidad porque dura realmente poco
y es muy difícil de lograr. De todos modos les prometo investigar, y en
cuanto sepa algo se los diré. A propósito ¿Qué opina Remus de toda esta
investigación que montaron?
- No sabe que lo estamos haciendo. No queremos que los sepa porque nos
detendría. Cuando sugerí la idea dijo que era una pérdida de tiempo y que
no valía la pena.
Girard esbozó una curiosa sonrisa, pero no dijo nada más.
- ¡Bueno, profesora, nos vamos. Gracias.
- No es nada. Gracias a ustedes.
- ¿A nosotros? ¿Por qué?
- Por preocuparse así, y por estar con él. Aunque lo conozco muy poco,
estoy convencida que debe sentirse realmente feliz – al ver que los chicos
no comprendían añadió -. Probablemente nunca hubiese tenido amigos.
Ahora tiene dos cosas con las que siempre soñó, pero que creyó
imposibles para él: Amigos y colegio.
Los chicos salieron del despacho de la profesora sin decir nada más. No
habían logrado encontrar la información que buscaban al instante como habían
esperado, pero eso no parecía perturbarles en lo más mínimo. Avanzaban como
zombis por los pasillos con fragmentos de la conversación retumbándoles en la
cabeza. “amigos y colegio… Repudio en vez de solidaridad… Miedo a sí mismo… Los
expertos no colaboran… posibilidades restringidas… nunca podría estudiar magia…
imposible para él… amigos y colegio…”
- Vaya… – dijo de pronto Sirius con voz queda, sacándolos a ambos de ese
torbellino de frases -. Girard si que sabe como impresionar ¿Eh? Quedé
trastornado con lo que dijo, todavía me parece oír partes de esa charla.
- Sí, yo también… Fue duro…
- Pero tenemos que vernos normales cuando lleguemos a la sala común, o
tendremos que seguir inventando excusas.
- Ajá. Ojala que Girard encuentre pronto la solución. Aunque la verdad es
que no sé si será de mucha ayuda…
- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
Ya oíste a Girard. El problema de Remus va más allá del tener que
transformarse mensualmente en una fiera horrible y peligrosa. Es algo
social, y sobre eso no hay nada que podamos hacer.
- Ya. Pero tú también oíste a Remus. Él dijo que sus transformaciones eran
muy dolorosas. Lo poco que podamos hacer será de ayuda.
James sólo asintió con la cabeza, aunque sabía que Sirius tenía razón.
-
9Pero los días fueron pasando, y la solución no llegó. Eso los desanimó un
poco. Por otra parte, el trabajo se iba acrecentando, y les resultaba cada vez más
difícil engatusar a Remus. Por ello la investigación llegó casi a paralizarse, muy a
pesar suyo. Ahora solo buscaban cuando tenían un libro o algo a mano que pudiera
facilitarles información. Se venía el segundo partido de quidditch de la temporada.
Remus tuvo que ausentarse durante ese partido, pero esa vez Sirius, James y Peter
lo acompañaron hasta el sauce boxeador. Madam Pomfrey no fue aquella vez, pues
Remus ya sabía el camino. Cuando llegaron a la boca del túnel James hizo ademán
de entrar, pero Peter lo retuvo.
- ¿Qué rayos vas a hacer? – preguntó, espantado.
- A entrar, claro ¿No dijimos que acompañaríamos a Remus?
- ¡Ah, no! Otra vez ahí no.
- Eres poco considerado, Peter – le dijo Sirius -. Necesitarías una charla de
Girard que te sensibilizase un poco.
Los cuatro rieron, pero Remus no sabía exactamente a que venía el chiste de
Sirius. De pronto James dejó de reírse.
- Atención – exclamó – Snape a la vista a las diez en punto.
Efectivamente, Snape había salido a los terrenos con su banda de amigos,
posiblemente irían a ver el partido de Slytherin contra Ravenclaw; pero al parecer
los había visto y quería saber que hacían en sitio tan sospechoso. Se había
apartado de su grupo e iba hacia ellos, sin darse cuenta de que ya lo habían
descubierto.
- Que entrometido que es, como buen Slytherin – murmuró Sirius -.
Esperemos que no nos demore mucho, o habrá que enseñarle a no
molestar… - dijo blandiendo su varita.
- No, chicos, no empiecen de nuevo – pidió Remus, al ver la avidez de Sirius
y James.
- Vamos, Rem, déjanos esta vez…
- No es solo esta vez… siempre se salen con la suya.
- Pero se la está buscando.
- Esta vez sí, pero en las clases…
- No estamos en clase.
Se interrumpieron pues Snape estaba realmente cerca de ellos. Se les acercó.
- Bonito sitio de reunión – dijo con voz suave y despectiva – junto a un
árbol que golpea, cuando todo el mundo atiende otra cosa. Yo que ustedes
no lo haría o pensarán que están haciendo algo malo…
- ¿Si, Snape? – respondió Remus sereno y algo nervioso – pero por suerte
no todos son tan malpensados como tú. Solo venimos a….
- No te importa a que vinimos – interrumpió James desafiante –
Expelliarmus! – Pronunció, y la varita de Snape salió despedida. Sirius la
agarró.
- ¿La quieres, Snape? – lo azuzó éste, burlón – pues ve a buscarla –
agregó, lanzándola hacia la zona de alcance del sauce boxeador. Snape no
pareció percatarse de este último detalle, y sin pensarlo se abalanzó sobre
ella. Apenas alcanzó a agarrarla cuando el sauce boxeador lo golpeó con
fuerza, arrojándolo nuevamente donde los muchachos. Sirius y James se
partían de risa, a la vez que Peter parecía indeciso sobre si debía reírse o
no. Snape se incorporó con el rostro al rojo vivo (por la vergüenza o por el
golpe recibido) y, lejos de defenderse como lo hubiera hecho en clase,
corrió velozmente hacia el campo de quidditch; era consciente de la
situación de desventaja en la que se hallaba.
- Me las pagaran… - murmuraba con intenso odio mientras se alejaba – juro
que tarde o temprano lo pagarán…
Una vez que James y Sirius pararon de reír, Remus se sintió incapaz de
retarlos. James fue el primero en hablar.
- Bueno, muchachos, este idiota nos retrasó un tanto, pero por suerte
vinimos temprano. Tendremos tiempo para acompañar a Remus hasta la
casa sin que se transforme por el camino. Aún es de día.
- ¿Seguro? – preguntó Peter, receloso.
- Según mis cálculos, sí, pero cuanto antes marchemos mejor.
Dicho esto los cuatro ingresaron al túnel, por el cual avanzaron a paso veloz y
seguro. Nadie dijo mucho durante el trayecto, hasta que llegaron a la vieja casa.
Remus se metió a una habitación, pidiéndoles que aguardasen. Cuando salió, se
había cambiado su túnica de Hogwarts por otra rotosa, muy grande y harapienta.
Los chicos no tardaron en comprender por qué lo hacía, pero igualmente su
sorpresa debió de notarse, pues Remus se ruborizó.
Entretanto Peter se aproximó a una de las ventanas cegadas con tablas y
miró hacia fuera por una pequeña rendija. Temía que de un momento a otro saliese
la luna y quería asegurarse de que aún era de día.
- Chicos – exclamó éste de pronto -. Miren esto…
Los otros tres se acercaron a mirar. Peter se estremeció cuando Remus se
acercó a él, pero se esforzó por no decir nada. Al echar un vistazo al exterior,
vieron que a unos cuantos metros había una calle, por la que andaban muchos
magos mirando comercios.
- ¿No es Hogsmeade? – preguntó Sirius sorprendido.
- Sí que lo es – respondió Remus -. ¿Has oído hablar de la casa de los
gritos? Bien, estamos en ella.
- ¡Bromeas! – Exclamó James. Peter soltó un grito de horror y miró a su
alrededor, temiendo que de pronto viniese un espíritu maligno o un
fantasma o cualquier cosa.
- No, no bromeo. Eso de que la casa está embrujada es un mito. Un mito
alentado en gran parte por Dumbledore para que nadie sospeche que
sucede aquí – agregó señalándose -. Los gritos aullidos y ruidos que aquí
se oyen los produzco yo cuando me transformo.
- Es… es… ¡Es genial, Remus! – dijo Sirius emocionado.
- ¿A qué te refieres?
- ¿No comprendes? No tendremos que esperar a estar en tercero para ir a
Hogsmeade. Ni siquiera esperar a que los demás vayan. Con la capa de
James y este túnel podremos desbloquear una salida e ir al pueblo cuando
queramos… ¡Y nadie sospechará nada porque se supone que esto está
embrujado! Creerán que es obra de espíritus.
- ¡Oh, Sirius! – exclamó Remus lacónico -. ¿Por qué a todo le encuentras la
forma de hacer locuras? Dumbledore nos matará si se entera de que
estamos usando su plan para esto, confió en mí ¿Entiendes?
- Pero él no tiene por qué enterarse.
Remus fue a contestar, pero no pudo. Por un momento pareció que le
hubiesen venido arcadas. Cayó de rodillas al suelo. Sus miembros empezaron a
crecer y él empezó a cubrirse de pelo. Los chicos se quedaron por un momento
quietos, horrorizados, aunque sabían qué era lo que sucedía. Sabían que tenían que
irse, pero tardaron unos instantes en reaccionar.
- ¡Vamos, de prisa! – los apremió Sirius -. No hay nada que podamos hacer.
Ya Remus estaba completamente transformado y rasguñaba todo sin control,
incluso a sí mismo. Aulló. A los chicos les resultó mucho más impactante verlo en
ese entonces, que ya sabían quien era, que la vez anterior. Sirius y Peter ya
estaban en el túnel y James estaba en la boca cuando se detuvo un instante y miró
su varita. Miró luego a Remus y sintió que no podía irse sin intentar ayudarlo.
Decidió intentar con el hechizo de detención lunar, aunque no creía que fuera a
conseguirlo.
- Munstop – dijo, apuntando al hombre lobo. Para su sorpresa, éste se paró
en seco y se dejó caer sentado, al parecer más calmado y ya sin arañarse.
James quedó mirando su varita, impresionado de su propia obra. Había
logrado un hechizo dificilísimo en su primer intento, y había resultado. Pero no
había tiempo de alegrarse, pues Remus volvía ya a su locura inicial. James se unió
a los otros en el túnel.
- ¿Qué demonios te quedaste haciendo? – le preguntó Peter.
- ¡Logré hacer el hechizo del que nos habló Girard!
- ¿El munstop ese? ¡Anda! Ella dijo que era difícil…
- ¡Lo sé, pero me salió así como así!... Creo que sirvió para calmar un poco
a Remus, al menos por un par de segundos.
No hablaron mucho más durante el trayecto. Finalmente llegaron a los
terrenos del colegio. Apenas quedaban algunos estudiantes en el campo de
quidditch que se dirigían al castillo. El partido había acabado, y a juzgar por los
ánimos, Slytherin había ganado.

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