Texto - Agustinos Recoletos

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Texto - Agustinos Recoletos
LECTIO DIVINA
PARA EL
DOMINGO XXIV DE TO
(CICLO B)
LECTURAS
Isaías 50, 5-9a
El texto está dentro de un poema complejo que se divide en tres secciones. La primera (50,
1-3) incluye una serie de preguntas que intentan dar a entender que el Señor no se ha
divorciado de su pueblo. En la segunda (50, 4-9) se presenta el tercer cántico del Siervo del
Señor. En la tercera (50, 10-11) se añade una promesa de salvación para las personas que
siguen el modelo y el testimonio del Siervo.
Concretándonos en el texto de hoy, tercer cántico del Siervo del Señor es de resaltar que
aunque aquí no aparece la palabra “Siervo”, el poema se une al Cántico por dos razones
fundamentales. Ante todo, describe en primera persona sus propios sufrimientos, de una
forma semejante a los otros poemas. La frase “lengua de sabios” significa literalmente
“lengua de discípulos” y podría aludir al episodio en que Isaías lega su mensaje a sus
discípulos (8, 16). El Siervo se muestra además como un sabio que debe cumplir una
misión esencialmente educativa. Él está encargado de educar tanto a la gente piadosa como
al que “camina en tinieblas” (50, 10) para que confíen en el nombre del Señor.
El pasaje incluye referencias al aspecto doloroso de la misión confiada al Siervo del Señor
y se advierte una progresión en la intensidad de esos sufrimientos. De la duda del éxito de
su misión, él pasa al reconocimiento de una hostilidad que llega hasta la tortura, pero
manifiesta al mismo tiempo su inconmovible confianza en el Señor (50, 7-9) y se declara
dispuesto a anunciar las palabras de consuelo que le han sido confiadas. Por tanto, una vez
más se pone de relieve que la tarea del Siervo tiene una dimensión profética y pedagógica.
Santiago 2, 14-18
¿De qué sirve, hermanos míos…? El contexto pone bien de manifiesto de qué utilidad se
trata. Frente al inexorable juicio de Dios (v. 13) y para la salvación definitiva, de nada vale
la fe sin obras. ¿Acaso esa fe (muerta) podrá salvarlo? pregunta Santiago en el v. 14 y la
única respuesta a esta pregunta retórica es “no”. Si la ley no es más que una creencia, el
que pretende poseerla puede decir que cree, pero esa afirmación no basta para demostrar
que se trata de una verdadera fe.
A continuación, el autor presenta un caso que muestra la inutilidad de la fe sin obras. Si
uno despide a la persona indigente con buenas palabras, sin brindarle la ayuda necesaria,
no hace nada para librarse del juicio divino y para obtener la salvación. La palabra y la
acción no pueden separarse. Las palabras amables, bienintencionadas y piadosas son
insuficientes (e incluso contraproducentes) cuando se sufre hambre y frío. El hambriento
no se sacia con palabras, no el que tiene frío recibe de ellas calor. De ahí la conclusión: la
fe sola es lo mismo que un cadáver.
D O M I N G O XX IV D E T I E M P O O R D I N A R I O , C I C L O B
Marcos 8, 27-35
El evangelio de hoy contiene tres referencias muy claras: la confesión de Pedro (8, 27- 30);
el primer anuncio de la Pasión (8, 31-33) y el seguimiento (8, 34, 9, 1). La primera
referencia es un texto fundamental de Marcos. Jesús lanza una pregunta al grupo de sus
discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Las respuestas no se hacen esperar. Los
discípulos escuchan los comentarios de la gente que relaciona a Jesús con los profetas y en
especial con algunos que tienen rasgos parecidos al Señor. Lo relacionan con Juan Bautista
que acaba de morir, lo relacionan con Elías, el profeta de palabra potente, llevado al cielo y
que debía volver en los últimos tiempos. Mateo 16, 14 agrega a Jeremías, el profeta
apasionado y sufriente, tan parecido a Jesús, sobre todo desde la perspectiva de su pasión.
Marcos y Lucas dicen simplemente “o alguno de los profetas”. Ciertamente Jesús es un
profeta definitivo, en él se cumplen toda la Ley y los Profetas.
A Jesús le interesa saber si lo suyos habían encontrado ya la respuesta, después de haberle
seguido a lo largo del camino, de escuchar su palabra llena de poder y de ver los signos
portentosos que hacía sobre los pobres, enfermos y endemoniados. Y es Pedro, el que
responde a la pregunta con claridad y certeza: “Tú eres el Cristo”. La respuesta de Cristo es
la que más se ha grabado en la memoria es la de Mateo 16, 16: “Tú eres el Cristo, el Hijo
de Dios viviente”. Apenas Pedro termina de declarar en su nombre y en el de sus
compañeros que Jesús es el Mesías, él les prohíbe decírselo a nadie. Una vez terminada la
profesión de fe de Pedro, Jesús anuncia entonces el seguimiento: tomar la cruz,
despojamiento interior y seguirle si es preciso hasta la muerte.
MEDITACIÓN
Muchas veces somos personas que leemos desde la distancia, algo así como pensar que
todo va por el mismo estilo y sin introducirnos en el fondo de lo que tenemos entre manos.
Somos lectores a los que nos cuesta mucho valorar el sentido absoluto, nos entretenemos
en lo aparente y no entramos en el misterio.
Y esto se puede deducir desde la Palabra de Dios. Los discípulos de Jesús se iban
acostumbrando al lenguaje literal de Jesús pero pocas veces, a pesar de su buena voluntad,
tenían ocasión de verse enrolados en el mismo misterio de Jesús. Es impactante por lo
tanto la impresión que produce en ellos la pregunta del Maestro sobre su identidad. Ya no
podían contestar por voces ajenas sino desde ellos mismos.
Pedro respondió bajo la iluminación del Padre. Sin embargo, en el fondo no se percataba
de la claridad de lo que suponía aquella rendida confesión. Momentos más tarde, cuando el
Maestro les anuncia que ha de morir en la cruz después de ser injuriado por sus enemigos,
Pedro interviene con vehemencia e increpa al Señor… El Señor, con amor y humildad,
anuncia que para llegar al triunfo definitivo hay que luchar hasta la muerte si es preciso. Y
seguirá anunciando: para ser discípulo de Cristo hay que negarse a sí mismo, cargar con la
cruz de cada día y seguir las huellas de Jesús. O sea, perder la vida para ganarla… Mensaje
que el Señor nos anuncia hoy a nuestras personas.
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LECTIO DIVINA
ORACIÓN
Señor: he de alabarte al caer en la cuenta que Tú me abres el oído y me haces compartir tu
amor enseñándome a amar. Me dices que la entrega no tiene límites y que he de seguir tu
propio ejemplo si de verdad quiero ser discípulo tuyo.
Señor: Tú me ayudas para que no tenga miedo a la hora de hacer frente a los miedos y
preocupaciones ya que mi principio y mi fin eres Tú. Te pones como ejemplo con tu
conducta a la hora de demostrarnos tu amor infinito que nos salva y no enseña el verdadero
Camino que eres Tú. Llego así en este momento de mi vida, deseoso y con miedo a la vez,
pensando que no soy capaz de seguirte y olvidando que Tú me llamas a ser tu discípulo en
la medida que quiera llevar la Cruz.
Dame, Señor, la fe que me acerque a ti y te acompañe subiendo al Calvario y sin olvidar
que Tú me invitas a seguirte. Hazme entender que vale la pena perder la vida por ti y por el
Evangelio.
CONTEMPLACIÓN
Veamos, pues, qué «es el niéguese a sí mismo». Grande es, amadísimos hermanos, la
recompensa que tenemos delante… ¿Qué significa «niéguese a sí mismo?» Niégate a ti
mismo. Y ¿qué significa eso? ¿Se te obliga a negar a Dios? Niégate a ti mismo pero no
niegues a Dios. No ames esta vida temporal y esfuérzate, al contrario, por la vida eterna;
más aún, cede ante la vida eterna para hacerte eterno también tú; niégate para confesar a
Dios; niégate, hombre mortal, para que, después de haber confesado a Dios, merezcas
vivir por siempre.
He aquí que amas la vida temporal. No quieras negar a Dios por no negar a ella. Si Dios,
a quien negaste y a quien no quisiste confesar, se apara de ti, tendrás la vida temporal,
que no quisiste negar. Veamos, pues, por cuanto tiempo has de durar en esta vida. Llegará
mañana y después de mañana otro día, y después de muchos más llegará el fin. ¿Y a dónde
irás? ¿Adónde saldrás? Ciertamente hacia Dios, a quien negaste. ¡Oh desgraciado e
infeliz! Negaste a Dios y, quieras o no, has perdido también la vida temporal. Esta vida,
hermanos amadísimos, queramos o no, pasa, corre; neguémonos, pues, en esta vida
temporal para merecer vivir por siempre. Niégate a ti y confiesa a Dios. ¿Amas tu alma?
Piérdela. Pero me dirás: «¿Cómo voy a perder lo que amo?». Eso haces también en tu
casa. Amas el trigo y esparces el trigo que con tanto cuidado habías almacenado en tu
granero, que con tanta fatiga de siega y trilla habías limpiado; ya guardado y limpio, lo
tiras cuando llega la sementera; lo tiras, lo esparces, lo cubres de tierra para no ver eso
que esparces. Mira cómo, por amor al trigo, esparces el trigo; derrama la vida por amor a
la vida; pierde tu alma por amor a ella, puesto que, una vez que la hayas perdido por Dios
en este tiempo, la encontrarás en el futuro para que viva eternamente. Derrama, pues, la
vida por amor a la vida.
(SAN AGUSTÍN, Sermón 113, D, 2)
ACCIÓN
¿Cuál es nuestra respuesta a la pregunta de Jesús?
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