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< RENUEVA EN SUS CORAZONES EL ESPÍRITU
DE SANTIDAD >
(Rito de la ordenación sacerdotal, cf. PDV 33)
Ponencias del Encuentro de Delegados y vicarios
episcopales para el clero
2012
1
La imagen cinematográfica del sacerdote
Con el reciente estreno de Elefante blanco, de Pablo Trapero, ha vuelto a ponerse
sobre el tapete la cuestión de la imagen del sacerdote en el cine contemporáneo,
una imagen poliédrica que merece la pena radiografiar, al menos sucintamente.
Hasta los años setenta, era frecuente encontrar en el cine y la televisión de
España e Italia personajes de sacerdotes rurales -el “cura del pueblo”- que normalmente
tenían connotaciones positivas. Se trataba de hombres perfectamente integrados en la
comunidad social y civil, generalmente queridos por sus paisanos, y casi siempre
investidos de autoridad moral. Recordemos a personajes como Don Camilo
(interpretado por Fernandel), mosén Joaquín (Anthony Quinn en Crónica del alba), el
padre Adelfio (Leopoldo Trieste en Cinema Paradiso), el sacerdote de El árbol de los
zuecos, o algunos que aparecen en películas de Garci.
El cambio social, antropológico y cultural radical que se opera en los setenta
provoca también un cambio en el rol que va a desempeñar el sacerdote en los guiones
cinematográficos. Del campo se pasa a la ciudad, y desaparece ese humus social
católico en el que el cura era un incuestionable referente universal. Incluso comienzan a
darse de ellos retratos negativos y oscuros.
Con el cambio de siglo se pone de moda el fenómeno Dan Brown (El código da
Vinci), que influye en una serie de películas que muestran al sacerdote como un
personaje medieval -en un tópico sentido oscurantista-, poseedor de saberes arcanos y
poco transparentes, con un poder algo siniestro,… y a la Iglesia como un conjunto de
clérigos que viven en un mundo paralelo de creencias extrañas, luchas de poder y
dudosas motivaciones. Se trata de películas más bien malas, y que no han dejado mucho
rastro a su paso.
Más hirientes son algunas producciones españolas que en los últimos años han
lanzado sus dardos en cintas como Mar Adentro, de Alejandro Amenábar o Camino, de
Javier Fesser. En ellas, la caricatura es más sutil, más estudiada, más dañina. Se parte de
hechos o personajes reales y se manipulan hasta conseguir una figura antipática, rancia,
que inspira desconfianza cuando no abierto rechazo.
Sin embargo, no es este tipo de diseños negativos los que predominan. Más bien,
abundan los retratos de sacerdotes, que a pesar de ser parciales, son positivos. Por un
lado están las películas que subrayan el compromiso social. En Héctor, de Gracia
Querejeta (2004), se nos presenta a Tomás, un sacerdote de barrio, implicado con la
gente sencilla, que cuida tanto su parroquia y la liturgia, como su labor solidaria a pie de
calle. La caracterización del personaje es amable, inspira bondad y confianza, pero
ninguna mojigatería. Su función en la trama argumental es positiva, como factor de
reconciliación entre personajes. También en Elefante blanco, el sacerdote que encarna
Ricardo Darín, compagina su vida de oración y sacramentos con una intensa labor social
en el mundo de la droga. Es cierto que en esta y otras cintas subyace un cierto esquema
marxista que contrapone a la Iglesia jerárquica -el poder- con la Iglesia del pueblo,
llevando la lucha de clases al interior de la comunidad eclesial (algo de esto ya se
ventilaba en los jesuitas y el obispo de La Misión).
Otra tipología es la del sacerdote mártir, normalmente inspirada en hechos
históricos como Popieluzsko (Rafal Wieczynski, 2009) Disparando a perros (Michael
Caton-Jones, 2005), tantos personajes de El noveno día (Volker Slöndorff, 2004) o la
inconmensurable De dioses y hombres. En estos personajes se subraya el sacrificio en
aras de la fe, del bien, de lo justo, el dar la vida por su gente. Dentro del género
2
histórico no contemporáneo, se han puesto de moda las miniseries italianas de
televisión, que luego llegan a nuestras salas en versión reducida. Es el caso de la
maravillosa Prefiero el paraíso, que nos cuenta la vida de San Felipe Neri, Don Bosco,
o Scoto, que recrea un episodio de la vida del beato Duns Scoto, franciscano.
Ahora se ha puesto de moda, dentro del género de terror, el tema de los
exorcismos. Una metafísica de raíz pagana presenta una dialéctica Bien-Mal, casi
maniquea, con un Demonio que más tiene que ver con la literatura fantástica que con
una escatología cristiana. Por tanto, en muchas de estas cintas, la figura del exorcista
recuerda más a las citadas películas marca Dan Brown, que a intentos más serios como
el de la clásica El exorcista (William Friedkin, 1973). Sin embargo, en las orillas de este
subgénero, a veces recalan interesantes figuras sacerdotales, como la del padre Lucas Anthony Hopkins- en El rito (Mikael Håfström, 2011), que con cierto revestimiento
peliculero, conserva la hondura y la fe de un buen sacerdote. Un caso interesante es el
que se inspira en unos hechos ocurridos a finales de los años setenta en Alemania: en
2005 aquel exorcismo dio lugar a dos películas que ofrecen dos miradas casi opuesta
sobre el tema. Requiem (El exorcismo de Micaela), de Hans Christian Schmid propone
una lectura positivista, mientras que El exorcismo de Emily Rose es más abierta. Sobre
el tratamiento de los exorcistas, afirma José María García Pelegrín: “A diferencia del
sacerdote en Requiem, Tom Wilkinson representa en El exorcismo de Emily Rose a
Father Moore, autor del exorcismo, y es una persona normal, con los pies en el suelo de
la realidad”i.
Por último, encontramos la figura del sacerdote como pastor de almas, como en
la pequeña pero conmovedora historia de Cartas al P. Jacob (Klaus Härö, 2009)
protagonizada por un pastor protestante. Pero el ejemplo más entrañable es el del Padre
Esteban (Cheech Marin) de Juego perfecto (William Dear, 2009), que resucita con
enorme fuerza la imagen del “cura de pueblo” con que abríamos este artículo. Un
sacerdote cercano a la gente, integrado en su vida cotidiana, y siempre como punto de
referencia de oración, de autoridad moral, de educador, de consejero, siempre dispuesto
a sacrificarse y siempre entregado al bien de los demás. Una hermosa figura para
guardar en la retina.
ANEXO
CIEN PELÍCULAS SOBRE EL SACERDOTE EN EL CINE
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Forja de hombres (1938) Norman Taurog
Ángeles con caras sucias (1938) Michael Curtiz
La ciudad de los muchachos (1941) Norman Taurog
Siguiendo mi camino (1944) Leo McCarey
Las llaves del reino (1944) John M. Stahl
Roma, ciudad abierta (1945) Roberto Rossellini
Las campanas de Santa María (1945) Leo McCarey
Misión blanca (1946) Juan de Orduña
El fugitivo (1947) John Ford
Monsieur Vincent (1947) Maurice Cloche
La mies es mucha (1948) Saenz de Heredia
Aquellas palabras (1948) Luis de Arroyo
Diario de un cura rural (1950) Robert Bresson
Balarrasa (1950) José A. Nieves Conde
Don Camilo (1951) Julien Duvivier
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El hombre tranquilo (1952) John Ford
Yo confieso (1953) Alfred Hitchcock
El retorno de Don Camilo (1953) Julien Duvivier
La guerra de Dios (1953) Rafael Gil
El renegado (1953) Léo Joannon
La ley del silencio (1954) Elia Kazan
El detective (1954) de Robert Hamer
Don Camilo y el honorable Pepone (1955) G. Gallone
La mano izquierda de Dios (1955) Edward Dmytryk
El prisionero (1955) Peter Glenville
Don Camilo y el honorable Peppone (1955) Carmine Gallone
Nazarín (1958) Luis Buñuel
Molokai (1959) Luís Lucía
Refugio de criminales (1960) Irvin Kershner
Léon Morin, prêtre (1961) Jean-Pierre Melville
Don Camilo monseñor (1961) Carmine Gallone
La pista del crimen (1962) Axel von Ambesser
El cardenal (1963) Otto Preminger
Becket (1964) Peter Glenville
El padrecito (1964) Miguel M. Delgado
El hombre que no quería ser santo (1964) Edward Dmytryk
El camarada Don Camilo (1965) Luigi Comencini
Un hombre llamado Juan (1965) Ermanno Olmi
Adivina quien viene esta noche (1967) Stanley Kramer
Las sandalias del pescador (1968) Michael Anderson
La hija de Ryan (1970) David Lean
El exorcista (1973) William Friedkin
El hombre que supo amar (1978) Miguel Picazo
El árbol de los zuecos (1978) Ermanno Olmi
De un lejano país (1981) Krzysztof Zanussi
Confesiones verdaderas (1981) Ulu Grosbard
Once más uno (1983) Terrell Tannen
Difícil elección (1983) Joseph Sargent
Escarlata y negro (1983) Jerry London
Sed buenos si podéis (1983) Magni Luigi
Algo en que creer (1984) Glenn Jordan
La misión (1986) Roland Joffé
Milagro del corazón (1986) Georg Stanford Brown
En el nombre de la rosa (1986) Jean-Jacques Annaud
Adiós muchachos (1987) Louis Malle
Bajo el sol de Satán (1987) Maurice Pialat
Requiem por lo que van a morir (1987) Mike Hodges
Conspiración para matar a un cura (1988) Agnieszka Holland
Don Bosco (1988) Leandro Castellani
Romero (1989) John Duigan
La noche oscura (1989) Carlos Saura
Black Robe (1991) Bruce Beresford
Maximilian Kolbe (1991) Krzysztof Zanussi
Daens (1992) Stijn Coninx
El bravo (1997) Johnny Depp
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66 Don Milani. Il priore de Barbiana (1997) Antonio y Andrea Frazzi
67 El tercer milagro (1999) Agnieszka Holland
68 Una historia verdadera (1999) David Lynch
69 Los miserables (1999) Bille August
70 Molokai: The Story of Father Damien (1999) Paul Cox
71 Palabra y Utopía (2000) Manoel de Oliveira
72 Padre Pío (2000) Carlo Carlei
73 Los miserables (2000) Josée Dayan
74 Hijos de un mismo Dios (2001) Yurek Bogayevicz
75 Juan XXIII. El Papa de la paz (2002) Giorgio Capitani
76 Sant'Antonio da Padova (2002) Umberto Marino
77 Comprometete ( 2002) Alessandro d'Alatri
78 Papa Giovanni (2002) Giulio Capitani
79 El noveno día (2004) Volker Schlöndorff
80 Don Gnocchi: el ángel de los niños (2004) Cinzia Th. Torrini
81 Don Bosco (2004) Lodovico Gasparini
82 Héctor (2004) Gracia Querejeta
83 Millon dollar baby (2004) Clint Eastwood
84 Machuca (2004) Andrés Wood
85 El Santo Padre Juan XXIII (2005) Riccardo Tognazzi
86 El gran silencio (2005) Philip Gröning
87 A la luz del sol (2005) Roberto Faenza
88 Papa Juan Pablo II (2005) John Kent Harrison
89 L'Uomo delle'argine (2005) Gilberto Squizzato
90 Disparando a perros (2005) Michael Caton-Jones
91 El exorcismo de Emily Rose (2005) Scott Derrickson
92 Karol, el hombre que se convirtió en Papa (2005) Giacomo Battiato
93 Antonio, guerrero de Dios (2006) Antonio Belluco, Sandro Cecca
94 Las manos (2006) Alejandro Doria
95 El hombre de la caridad. Don Luigi di Liegro (2007) Alessandro Di Roiblant
96 Lars y una chica de verdad (2007) Craig Gillespie
97 Testimonio (2007) Pawel Pitera
98 Gran Torino (2008) Clint Eastwood
99 La duda (2008) John Patrick Shanley
100Don Zeno -L'uomo di Normadelfia (2008) Gianluigi Calderone
http://www.cinemanet.info/2009/08/la-figura-del-sacerdote-en-el-cine/
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SACERDOTES DE PELÍCULA:
HISTORIAS DE FIDELIDAD Y SERVICIO
El objetivo inmediato de este recorrido por la historia del cine será rastrear la
presencia del sacerdote en la gran pantalla. Sin embargo, otro objetivo que esperamos
cumplir nos permitirá valorar la imagen de la Iglesia a través de sus ministros en el
mundo cinematográfico y poder inferir algunos patrones de la imagen pública, las
tendencias de los públicos y las preocupaciones de productores y directores.
El procesos de secularización de las sociedades occidentales, de las que forma
parte el cine que mayoritariamente analizaremos, tiene sin duda una fuerte incidencia en
la evolución de la figura del sacerdote. Pero, como tendremos ocasión de ver, no es un
proceso ni homogéneo ni lineal sino que hay excepciones, cambios de tendencia y
descubrimientos de nuevas formas que abren posibilidades de futuro. Pensamos que esta
es una de las utilidades de este tipo de recorrido por la historia del cine.
Nuestro punto de partida será el cine clásico de Hollywood y después de una
digresión sobre el cine español de posguerra nos detendremos en las tendencias desde
los años 60 al final del siglo XX. Para recalar más adelante en tres tendencias que se
consolidan a partir del año 2000: las películas biográficas, las películas críticas y
deformadoras y los sacerdotes que en papeles secundarios significativos.
1. En el principio estaba Hollywood
En el período del cine clásico norteamericano, que se extiende hasta el año 1960,
podemos destacar un grupo importante de películas que tiene a sacerdotes católicos
como protagonistas. La calidad de las mismas así como su repercusión social y
comercial será muy importante y definen una época donde el sacerdote es referente
moral en medio de las convulsiones históricas. El hecho de la censura en torno al
Código de Producción de William H. Hays potencia la aparición de estas figuras que
además no pueden ser denigradas como indica el texto del código: “los ministros del
culto en sus funciones de ministros de culto no serán mostrados nunca bajo un aspecto
cómico o crapuloso. Los sacerdotes, los pastores y las religiosas nunca se podrán
mostrar capaces de un crimen”.
Comencemos con el director Norman Taurog que realiza con éxito dos películas
- Forja de hombres (1938) y La ciudad de los muchachos (1941)- que narran las
aventuras del padre Flanagan, memorablemente interpretado por Specer Tracy, que
acoge en una experiencia educativa a chicos sin hogar. Sus intentos para recuperar para
la vida social a los jóvenes nos presentan a un Michey Rooney haciendo de rebelde
marginal. En un parámetro similar se mueve el padre Connelly (Pat O'Brien) que entra
en conflicto con su antiguo amigo de infancia Rocky Sullivan (James Cagney) para que
este gangster reconocido no influya sobre un grupo de jóvenes en Ángeles de caras
sucias (1938) de Michel Curtiz. También prolongando esta línea de sacerdotes que
ayudan a jóvenes en situación de riesgo podemos recordar Refugio de criminales (1960)
donde en esta ocasión el padre Clark y su amigo el abogado Louis Rosen montan un
hogar destinado a la rehabilitación de jóvenes penados.
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En un tono más de comedia tenemos las oscarizadas aventuras del padre
O'Malley dirigidas por Leo McCarey. En Siguiendo mi camino (1944) este joven y
dinámico sacerdote llega a una parroquia en dificultades, cuyo anciano párroco (Barry
Fitzgerald) al principio se resiste a los cambios pero termina por aceptar los nuevos
métodos pastorales de su vicario, entablando una entrañable amistad. Tras siete oscars
en 1944 surge su continuación Las campañas de Santa María (1945) donde en esta
ocasión el sacerdote es destinado a un colegio en Nueva York donde la hermana
Benedicta, la mismísima Ingrid Bregman, intenta sacar adelante a un grupo de chicos de
la calle. Nuevamente música y buenas intenciones para un público que comienza a ver
el final de la Segunda Guerra Mundial.
Gregory Peck interpretará con gran éxito, nominado para el Oscar, a un
sacerdote escocés misionero en China donde vive grandes dificultades acompañado por
una religiosa y dos médicos que le ayudarán en su tarea de promoción humana y
espiritual. Con Las llaves del reino (19944) de John M. Stahl son adentramos en este
interesante subgénero de misiones que nos ofrecerá interesantes realizaciones.
El gran John Ford, director que se reconoce como católico, ha querido plasmar
en dos de sus películas la figura del sacerdote. En primer lugar en su obra maestra y
homenaje a su Irlanda natal El hombre tranquilo (1952). Las dificultades para casarse
de Sean Thornton (John Wayne) y Mary Kate Danaher (espléndida Maureen O’Hara)
serán resueltas por un acuerdo del sacerdote católico y el pastor protestante que verán
por una vez dirimidas sus desavenencias para favorecer el enlace. La segunda es una
obra menor pero emotiva y profunda, El fugitivo (1947) , en ella nos cuenta la fidelidad
de un sacerdote que en plena persecución religiosa en un país imaginario, que podemos
suponer que se identifica con México, y ayudado por los feligreses permanece como
único referente en el servicio ministerial hasta llegar al sacrificio.
Con La ley del silencio (1954) llegamos a una de las figuras más significativas
del sacerdote en la pantalla. En padre Barry, interpretado verazmente por Karl Malden,
se nos presenta como el hombre íntegro que en medio de la manipulación de las mafias
de estibadores lucha contra la injusticia en el nombre de la palabra de Dios. Lástima que
la película tenga como fondo una cierta justificación de la delación que Elia Kazan
realiza de algunos compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas.
Interesante es también el falso sacerdote católico interpretado por Humphrey Bogart en
La mano izquierda de Dios (1955). Allí el impostor es poco a poco transformado por la
misión y conducido al territorio de la bondad.
Aunque del otro lado del Atlántico pero dentro de esta tendencia
cinematográfica que resalta la presencia del sacerdote hemos de hacer notar dos
películas. Yo confieso (1953) de Alfred Hitchcock y protagonizada por Montgomery
Clift en el papel de un sacerdote que fiel al secreto de confesión es acusado de cometer
un crimen. En esta intriga, del maestro del género y también significado como director
católico, nos ofrece un buen ejemplo de fidelidad al sacramento y al servicio a las
personas que culmina con la absolución del verdadero culpable. De esta misma época es
la película francesa El renegado (1953) de Léo Joannon Morand. Un sacerdote católico
renegado se ve obligado a descubrir su verdadera identidad ante sus compañeros
militares y prisioneros como él, cuando tiene que asistir espiritualmente al capellán del
regimiento que está agonizando. Este gesto llena de admiración a Gerard, otro oficial,
que se convierte a la vez que siente la llamada a la vocación sacerdotal. En esa cadena
7
de comunicación de la fe se implica Morand, un eterno buscador, que encontrará a Dios
con el testimonio hasta de muerte del joven Gerard.
2. El cine religioso español de posguerra
La eclosión del cine religioso en la posguerra española tiene su origen en una
clara finalidad
política, que se convierte en mediadora del contenido, con lo que la figura del sacerdote
aparece resaltada a la vez que contaminada con la ideología franquista.
Prácticamente todos los directores en activo de la época dedican alguna película
a esta vertiente religiosa. Así el ensayista, crítico de cine y director después Rafael Gil
con más de setenta películas rodará La fe (1947) con las aventuras del padre Luis; la
reconocida por el festival de Cine de San Sebastián La guerra de Dios (1953), en la que
colabora uno de los más fieles ideólogos del cine religioso al uso Vicente Escrivá, y
narra, desde la perspectiva social, las vicisitudes pastorales de un sacerdote en la zona
minera de Asturias; y El canto del gallo(1955) donde en clave marcadamente
anticomunista se muestra a un sacerdote apresado en Hungría y obligado a renegar de su
fe.
El abogado metido a director Luis Lucía realiza películas populares de tono
sentimental con amplia aceptación del público. Entre los dramas religiosos debe
señalarse Cerca de la ciudad (1952) donde Adolfo Marsillach convertido en el padre
José transforma social y espiritualmente la parroquia de un suburbio madrileño. Entre
las más significativas de esta generación de películas hemos de señalar “Balarrasa”
(1950) en la que se cuentan las aventuras de un joven esquiador metido a sacerdote
(Fernando Fernán-Gómez) que influenciado por la muerte prematura de su hermana
acude en misión a Alaska para entregar su vida a Dios. Aquí José Antonio Nieves
Conde nos ofrece una película muy digna con una dirección de actores rigurosa.
Antonio del Amo después de pasar por la cárcel por su pasado vinculado a la
República se ha de incorporar al cine de moda. Así realiza Dia tras día (1951) donde en
clave de realismo presenta un sacerdote que ejerce su misión en pleno rastro madrileño.
José Luis Saénz de Heredia, el director de Raza (1942), la película más representativa
del franquismo, filmó el drama La mies es mucha (1948) donde el misionero Santiago
(Fernando Fernán Gómez) llega a la localidad de Kattinga, en la India, para sustituir a
un compañero que ha sido asesinado. Allí se enfrenta a Sandem (Enrique Guitart), un
traficante que suele esclavizar a los indígenas para que trabajen en su mina. Juan de
Orduña que se especializa en el cine histórico de legitimación política realizará La
misión blanca (1946) que se inscribe en el cine de misioneros españoles, en este caso en
Guinea.
Podemos completar este recorrido por cuatro películas que también revisten
interés aunque sea en trayectorias menos significativas. La manigua sin Dios (1948) de
Arturo Ruiz-Castillo, que en tono decididamente colonialista, presenta la intervención
de misioneros jesuitas en la región del El Chaco. Aquellas palabras (1949) de Luis
Arroyo sobre un misionero vasco en Filipinas que contó con el asesoramiento de
Domingo S. Gracia y Enrique María Rodríguez ambos padres dominicos. Cerca del
cielo (1951) sobre el padre Polanco dirigida por Domingo Valdelomat y con el ínclito
padre Venancio Marcos como actor. Y, por último, Piedras vivas (1956) del cubano
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Raúl Alonso donde Alfredo Mayo hace del padre Carlos en los barrios marginales de
Madrid según un argumento del sacerdote José Ignacio Núñez de Prado.
No cabe duda que este cine que abarca prácticamente dos décadas tiene una
sombra alargada en el cine español actual donde raras veces la figura del sacerdote sale
bien parada. El efecto péndulo en la cultura cinematográfica lleva ahora a que aparezcan
sacerdotes autoritarios, inmaduros, ambiciosos y sin humanidad -El sacerdote (1978) de
Eloy de la Iglesia Padre nuestro (1985) de Francisco Regueiro, Los girasoles ciegos
(2008) José Luis Cuerda- donde incluso los mejores acaban por salirse -La buena nueva
(2008) de Helena Taberna-. Si tuviéramos que citar alguna excepción tendríamos que
señalar: el párroco amigo de Rafael, el carnicero, en La buena estrella (1997) de
Ricardo Franco y el padre Tomás personaje secundario de Héctor (2004) de Gracia
Querejeta que con su carácter acogedor y discreto ayuda a los personajes con su
mediación a resolver sus conflictos.
Únicamente por el camino de los santos podemos encontrar alguna posibilidad
de que en el cine español la figura del sacerdote sea apreciada. Así en la poco
reconocida El hombre que supo amar (1979) de Miguel Picazo se presentar la vida de
San Juan de Dios, Juan Ciudad, adaptando la novela del barcelonés José Cruset. A
pesar del tono panfletario, ahistórico y simplista se mantiene respetuoso con la figura
del santo. Lo que también ocurre con la más lograda La noche oscura (1989) escrita y
dirigida por Carlos Saura que realiza un acercamiento limitado, al excluir la dimensión
espiritual y trascendente, pero con intención de autenticidad al acercarse al fenómeno
místico, a través de la vida y la obra de San Juan de la Cruz.
3. Sacerdotes para la misión
A partir de los años 80 surgen una serie de películas sobre sacerdotes que tienen
en común un doble aspecto, por una parte la base real y normalmente biográfica; y por
otra parte, la presentación positiva de la misión de estos sacerdotes.
Comenzamos cronológicamente con Escarlata y negro (1983) de Jerry London.
Basada en “The Scarlet Pimpernel of the Vatican", que J.P. Gallagher escribió a partir
de hechos reales, narra la misión de un sacerdote irlandés que trabaja en el Vaticano y
que durante la Segunda Guerra Mundial organizó un servicio para refugiados judíos
mediante la confección de pases falsos y el cobijo de muchos de ellos en distintas
comunidades religiosas en Roma. El padre O'Flaherty -encarnado por Gregory Pecktendrá como antagonista a Christopher Plummer como el teniente alemán Kappler.
Resulta interesante la presentación de los motivos cristianos de la acción humanitaria así
como, más allá de plantearse una iniciativa individual, se destaca la participación de
toda la iglesia, incluido Pío XII, para lograr refugio para muchos judíos amenazados.
La interesante y exitosa película La misión (1986) de Roland Joffé recoge la
presencia de los jesuitas en las misiones fundadas los actuales territorios de Brasil,
Paraguay y Argentina. Basada, de forma no inmediata, en hechos reales, cuenta la
historia del padre Gabriel (Jeremy Irons), al que se le encomienda hacerse cargo de la
misión de San Carlos, ahora vacía por la muerte, a manos indígenas, del jesuita que allí
vivía A él se une un mercenario y traficante de esclavos, Rodrigo Mendoza -magistal
Robert de Niro- que inicia un camino de conversión y penitencia. Viviendo en entre los
que antes maltrató empieza a reconocer su inocencia y a valorar el mensaje del
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Evangelio que le trasmite el padre Gabriel. Esto le llevará a participar activamente de la
misión que por último es asaltada y destruida ocasionado la muerte de todos los jesuitas
y de los indios guaraníes. Con un formato un tanto preciosista y grandilocuente necesita
una mayor profundización en las motivaciones aunque sigue siendo una película
imprescindible del cine espiritual donde la banda sonora inolvidable del maestro Ennio
Morricone marca un tono orante durante todo el metraje.
Conspiración para matar a un cura (1988) de Agnieszka Holland es una
película a la vez política y espiritual, inquietud que después ha mostrado esta directora
polaca en Copying Beethoven (2000). Narra el asesinato del padre Alek, en la Polonia
de principios de la década de 1980, durante el ascenso del sindicalismo autónomo de
Solidarność. Interpretada por un limitado Christopher Lamber (padre Alek) y el
inspector Stefan de un inspirado Ed Harris adolece de algunos de los tópicos de las
apariciones de sacerdotes en la pantalla, que se cifran normalmente en la presencia
obligada una mujer enamorada y en las críticas al Vaticano por alguna ambigüedad
política.
El malogrado Raul Juliá interpreta a un creíble obispo Oscar Romero en la
película Romero (1989) de John Duigan. En ella asistimos el proceso transformación a
través del cual este arzobispo salvadoreño se identificó con la realidad de su pueblo
siendo solidario con sus sacerdotes y profeta del Evangelio. Su denuncia de las
injusticias y los escuadrones de la muerte le convirtieron en un hombre amenazado. Sin
embargo, a pesar de su timidez desplegó un profundo valor interior, recordemos por
ejemplo la escena en que una iglesia ha sido tomada por los paramilitares y el arzobispo
se reviste y acompañado de la gente entra para celebrar la eucaristía. El film se refuerza
con algunas palabras procedentes de homilías y entrevistas a este mártir de la Iglesia
Latinoamericana.
El cineasta polaco Krzysztof Zanussi, uno de los directores más militantes del
catolicismo, relata en Maximilian Kolbe (1991) la historia real de este franciscano
conventual canonizado en 1982 y que murió en Auschwitz durante un intercambio
voluntario para salvar la vida de un prisionero, padre de familia, que iba a ser ejecutado.
Narrada desde el punto de vista del prisionero que se fugó y cuya identidad nunca se
conoció, varios flashbacks reconstruyen la vida de este santo intelectual y orante.
Alejada del estilo hagiográfico, no se ocultan sus limitaciones, descubrimos a un
hombre de gran fuerza interior y fuerte identificación con Cristo.
Daens (1993) de Stijn Coninx es una interesante película belga a partir de la
novela de Louis Paul Boon. Basada en hechos reales cuenta como este sacerdote llega
en 1890 a Aalst, pueblo industrial, donde niños, mujeres y hombres trabajan en la
industria del tejido en condiciones lamentables de explotación. Allí, poco a poco, va
asumiendo la realidad y denunciando en el periódico católico las injusticias sociales lo
que le llevará a ser elegido como parlamentario. Se trata de un buen ejemplo de la
aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia en el mundo obrero. La película fue
nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1994.
También en clave de misión el longevo y prolífico cineasta Manoel de Oliveira
nos presenta en Palabra y Utopía (2000) la vida del padre Antonio Vieira, jesuita
portugués del siglo XVII que nació en Lisboa en 1608 y murió en Bahía en 1697. Al
servicio de la evangelización de Brasil se hizo famoso por sus sermones que resaltaban
10
la dignidad de los indios esclavizados frente a los abusos de los conquistadores
portugueses. Mezclado directamente en asuntos políticos durante su estancia en
Portugal colabora en la fundación de una Compañía de las Indias Occidentales en 1649.
Sin embargo, desengañado del mundo de las ambiciones vuelve a Brasil y trabaja en la
promoción de la población indígena y en la denuncia de la esclavitud. Con su vuelta a
Portugal es acusado de herejía pero la intervención del Papa y de la reina Cristina de
Suecia se revisa su proceso con lo que de nuevo regresa a Brasil donde continuará su
misión de predicador hasta su muerte. El director portugués desde la figura de este
predicador realiza una fuerte denuncia de la esclavitud, de la expulsión de los judíos y
de la intolerancia religiosa a la vez que resalta la dimensión espiritual más allá del
mercantilismo reductor destacando el valor de la palabra como referencia de sentido y
humanidad, y como a pesar del pecado es posible que el hombre que reconoce a Dios se
abra a la santidad. Una película profunda y compleja que exige una espectador capaz de
traspasar los acontecimientos para entender el mensaje.
Uno de las figuras de sacerdote más interesantes del cine reciente es el padre
Christopher de Disparando a perros (2005) Michael Caton-Jones. Basada como modelo
y homenaje a un sacerdote bosnio Vjeko Curic que salvó la vida de uno de los
guionistas, David Belton, cuando siendo reportero de la BBC fue detenido en un control
del interahamwe y este sacerdote le salvó. Aunque poco después moriría durante los
matanzas de 1994. «Esta misma mañana nos ha llegado la noticia de que anoche fue
asesinado en Kigali, Ruanda, delante de la puerta de la iglesia de la Sagrada Familia, el
Padre Vjeko Curic, misionero de la Orden de los Frailes Menores. Es una nueva víctima
que se suma a la larga lista de los misioneros que han confirmado su amor a Cristo y al
pueblo africano con el sacrificio de la vida», anunciaba Juan Pablo II el día uno de
febrero, en la Plaza de San Pedro, después del rezo del Ángelus. Desde esta figura se
elabora el personaje del padre Christopher (John Hurt) que se ve contrastado por un
joven voluntario Joe Connor (Hugh Dancy) que colabora con él en un centro educativo
en Kigali. Centro salesiano que verdaderamente existió y que acogió a un grupo de
refugiados que protegidos por las tropas de la ONU finalmente fueron abandonados a su
suerte y asesinados masivamente. Este sacerdote es un hombre identificado con el
pueblo ruandés que ve como un fracaso de la evangelización la violencia desatada, en la
que intervienen inclusos sus ex alumnos. Sin embargo, es un hombre de fe probada
dispuesto a defender la vida bautizando en medio de la desolación, celebrando la última
eucaristía antes del sacrificio y permaneciendo al lado de las víctimas por amor y más
allá del odio. Su muerte perdonando posee un claro contenido crístico que en clave de
resurrección se convierte en posibilidad de libertad para algunos niños a los que en un
último gesto logra salvar. Película imprescindible para una presentación contemporánea
de la figura del misionero que además resalta claramente la dimensión creyente y
sacerdotal.
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Los santos que eran sacerdotes
Uno de los capítulos más interesantes para explorar la imagen del sacerdote son
las películas que tiene a santos sacerdotes por protagonistas. En 1949 recibía el Oscar a
la mejor película de habla no inglesa Monsieur Vincent, un film francés de 1947
dirigido por Maurice Cloche, sobre el sacerdote y gran santo Vicente de Paúl. La
película comienza cuando P. Vicente recorre las calles desoladas de su primera
parroquia de Chatillon les Dombres mientras las piedras le llueven por todas partes por
temor a la peste negra. Su sencillez y cercanía a los pobres le valdrá el reconocimiento
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de muchos. En la película se resalta su intuición por organizar la caridad más allá de la
disposición individual y procurando, así mismo, orientar los recursos de la sociedad.
Sin duda una película de referencia del cine espiritual.
A Santo Tomás Becket, obispo y mártir, se dedica la película Becket o el honor
de Dios dirigida en 1964 por Peter Glenville con un duelo de interpretación entre
Richard Burton y Peter O'Toole en los papeles protagonistas y adaptando la obra teatral
de Jean Anouilh. En este film se resalta el proceso de transformación que se opera en
Thomas cuando es nombrado Arzobispo de Canterbury, destacando la escena del
lavatorio de pies con el abandono de las riquezas donde formula su disponibilidad al
servicio de la Iglesia.
El Padre Damián, sacerdote religioso de la Congregación de los Sagrados
Corazones que a los 33 años (1873) llega a la Isla de Molokai (Hawai) para servir a los
leprosos que allí habían sido desterrados donde murió años después víctima también de
la lepra. Siguiendo su pista Luis Lucía dirigió en 1959 Molakai: la isla maldita en ella
se destaca la vida de entrega generosa a los últimos del que recientemente hemos
celebrado su canonización. Bien interpretada por Javier Escrivá se destacan también las
luchas para conseguir ante las autoridades la mejora de las condiciones de estos
enfermos y el reconocimiento de su dignidad. El espíritu de trabajo y de sacrificio se
destaca de forma elocuente en una de las pocas películas de este período que sobrevive
al paso del tiempo. Más reciente contamos con Molokai: The Story of Father Damien
(1999) que filma Paul Cox en la estela de la beatificación del año 1995 y por la
iniciativa del productor belga, compatriota del santo, Tharsi Vanhuysse. Basada en el
libro de Hilde Eynikel tuvo serios problemas en la producción, el director fue despedido
y readmitido, lo cierto es que no logra expresar la profundidad de vida del padre
Damián pero es especialmente significativa la escena de la visita de la princesa Lili
Uokalani y su conversión a la causa de los leprosos.
Durante el siglo XVI, Felipe Neri (Johnny Dorelli) dedica su misión a la
infancia abandonada, fundando centros para educación y acompañamiento de los chicos
de la calle. Sed buenos, si podéis (1984) del director de filiación comunista Luigi
Magni. nos presenta a este santo simpático a la vez que generoso, la película además
tiene el aliciente de sus encuentros con distintos personajes de la época como Sixto V
(Mario Adorf) o Ignacio de Loyola (Philippe Leroy). Sigue especialmente la trayectoria
de un joven problemático Cirifischio que pondrá al prueba la paciencia del santo que
trabajará incansablemente por su redención.
San Antonio de Padua tiene una larga trayectoria de presencia en filmes
italianos"Antonio di Padova, il Santo dei miracoli" (1931) de Giulio Antamoro ,
Antonio di Padova (1949) de Pietro Francisci, Sant'Antonio di Padova (1990) de
Giorgio Salce y la serie italiana distribuida entre nosotros San Antonio de Padua (2002)
de Umberto Marino que una de las producciones de Luca Bernabei y Lux Vide. En ella
se parte de su llamada al sacerdocio cuando era un joven noble portugués, cuando
termina por convertirse en monje franciscano y predica a través de África y Europa.
Recientemente se ha estrenado Antonio, guerrero de Dios (2006) Antonello Belluco con
Jordi Mollá en el papel del santo franciscano especialmente se muestra en su lucha en
Padua contra la usura en favor de los pobres y como será referencia de santidad para sus
contemporáneos.
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La película El hombre que no quería ser santo (1964) Edward Dmytryk es un
film muy sugerente donde Maximilian Schell hace el papel de su vida interpretando a
San José de Cupertino. Considerado como inútil por los que le rodean, llamado “el
idiota” por sus compañeros de estudios y relegado a las caballerizas por los monjes,
pronto destaca como orante y contemplativo y a través de lo humilde y sencillo de su
vida se manifestará la presencia de Dios. Una pequeña perla cinematográfica
imprescindible.
San Juan Bosco no sólo es el patrón del cine sino que varias películas le tienen
como protagonista. Así el Don Bosco (1988) de Leandro Castellani haciendo de
protagonista Ben Gazzara y la más reciente y lograda de Ludovico Gasparini también de
las miniseries para la RAI. Esta última con dos capítulos en 146 minutos hacen un
recorrido pormenorizado por la vida del fundador de los salesianos destacando su
cercanía a los jóvenes necesitados y su capacidad de vencer desde la confianza en Dios
las más variadas dificultades. Con un estilo conmovedor resulta atractiva para todos los
públicos.
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Los papas como referencia del servicio pastoral
Una de las películas más famosas en torno a la figura de los papas en el cine es
Las sandalias del pescador (1968) de Michael Anderson. Basada en la novela del
escritor australiano Morris West publicada en 1963. Se trata de una historia de ficción
que cuenta la vida de Kiril Lakota (Anthony Quinn), obispo ruso que sufrió persecución
durante el régimen comunista, y que se convertirá en el papa Cirilo. Esta película sitúa,
dentro de un estilo efectista, algunas claves de la atención pastoral: la preocupación y
acogida de las personas, el compromiso contra la pobreza y el hambre así como la
construcción de la paz.
A partir de las figuras de los papas recientes se han realizado una serie de
biografías sugerentes. Comencemos con Juan XXIII remontándonos a la película de
Ermanno Olmi, Un hombre llamado Juan (1965) que sale al público al poco de su
muerte y cuenta, en clave de documental, la vida de este Papa donde narrador va
recordando sus orígenes con detalles llamativos como la época que estuvo como
conductor de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial y cuando desde el cuerpo
diplomático busca ayuda humanitaria para la población griega durante la Segunda
Guerra Mundial. Más completa será la película Juan XXIII de Papa de la Paz de
Giorgio Capitani basada en un texto de Giancarlo Zizola que reconstruye la vida a partir
del conclave que le eligirá Papa, distintos flashbacks irán desgranando su vida de niño y
joven así como su tiempo de sacerdote novato donde destaca su referencia a la los
enfermos y a los obreros. Por último, señalamos la más reciente El santo Padre el Papa
Juan XXIII de Riccardo Tognazzi con Bob Hoskins de protagonista y música de Ennio
Morricone, con una gran interpretación y una emotiva presentación de la figura de este
papa.
La filmografía sobre Juan Pablo II es extensa y tiene como punto de partida la
película de su amigo el cineasta polaco Zanussi, De un país lejano (1981). A medio
camino entre la ficción y el documental recoge sobretodo la trayectoria del Karol
Wojtyla antes de ser papa. En ella se insiste en su período como sacerdote y obispo en
Polonia. Algo en lo que también se centra Papa Juan Pablo II (2005) John Kent
Harrison en una producción de la CBS con Cary Elwes y luego con Jon Voight en el
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papel del papa en los distintas edades. También contamos con la producción italiana de
180 minutos planteada como miniserie de TV, Karol, el hombre que se convirtió en
Papa (2005) de Giacomo Battiato. Muy interesante indagación en las motivaciones
espirituales de Juan Pablo II desde sus comienzos como sacerdote resaltando su mirada
antropológica y su coraje humano.
Más recientemente acaban de estrenase en Italia Paolo VI (2009) de Fabricio
Costa que pone en imágenes la vida del Papa Montini que acompañó la entrada de la
Iglesia en la modernidad. Su juventud de estudioso y su trayectoria como hombre de
diálogo, su presencia en el Concilio así como su tarea en favor del encuentro con las
religiones y de la construcción del perdón en medio de trágicas circunstancias. También
en este mismo año se ha estrenado Sotto el cielo di Roma de Christian Duguay tomando
como base los documentos de la causa de beatificación de Pío XII y su relación crítica
con el nazismo, forma parte de un intento de arrojar nueva luz sobre el pontificado del
Papa Pacelli donde, entre otras circunstancias, se señala un plan para secuestrar al
pontífice por parte de las tropas nazis. A pesar de todo el papa Pacelli seguirá
insistiendo que con la paz no se pierde nada y todo se pierde con la guerra
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El sacerdote de la literatura al cine
La adaptación de obras literarias sobre sacerdotes ha tenido especial fortuna en
el cine. Podemos comenzar aludiendo a la ya señala El fugitivo de John Ford que adapta
magistralmente la obra de Graham Green “El poder y la gloria”.
“Los miserables” de Victor Hugo nos presenta a Monseñor Myriel como uno de
los grandes ejemplos de perdón desde la confianza en Dios y en el prójimo cuando
ayuda al ex presidiario Jean Valjean en la conversión que transformará su vida. Esta
obra ha sido adaptada al cine en muchas ocasiones en 1934 por Raymond Bernard con
Harry Baur como estrella protagonista, en 1935 por Richard Boleslawski con Fredrich
March en el papel de Jean Valjean y Charles Laughton haciendo del inspector Javert. Y
más recientemente ha aparecido adaptaciones dirigidas por Claude Lelouch (1995),
Bille August (1998) y Josee Dayan (2000), esta última con Gerard Depardieu en Jean
Valjean y John Malkovich en el incansable inspector. Creemos que esta es una de las
figuras del sacerdote-obispo más interesantes de la literatura y una de las más
significativas de la historia del cine.
No podemos olvidar al padre Brown, el sacerdote detective creado por el
novelista inglés G. K. Chesterton, que ha pasado también con éxito al mundo del cine.
En 1954 se estrenó la película El detective de Robert Hamer con un elenco destacado.
Sir Alec Guinness personificó al padre Brown y Peter Finch al ladrón reformado
Flambeau que termina no sólo restituyendo el crucifijo robado sino también
convirtiéndose. Este clásico menor presenta al sacerdote-detective que con aparente
ingenuidad pero profunda intuición desvela el sentido del delito y busca redimir al
culpable. La versión alemana tendrá dos partes La oveja negra (1960) de Helmut
Ashley y La pista del crimen (1962) Axel Von Ambesser ambas con Heinz Rühmann
como protagonista. Con refrescante sentido del humor y muy particulares métodos de
investigación el padre Brown sigue siendo una fuente de sentido humanista y cristiano.
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Bernanos es un autor difícil, complejo teológicamente, que nos presenta a
sacerdotes generosos pero torturados. Este es el caso de El diario de un cura de aldea
(1950) de Robert Bresson, uno de los maestro del séptimo arte. Poniendo en práctica
todas sus teorías sobre el cinematógrafo y los actores como modelos, este singular
director nos ofrece este trabajo sobre la gracia y la soledad encarnadas en el cura de
Aubricout. Representante de la fragilidad humana se topa con el poder del mal y la
exigencia de la fe que le abre a un camino de santidad plasmada cinematográficamente
con una transparencia que elude toda adorno superficial. Otro grande del cine francés
Maurice Pialat adaptará la obra de Bernanos, Bajo el sol de Satán. En ella se narra la
lucha espiritual del cura Donissan (Gérard Depardieu) y su intento de vencer la
desesperanza compartiendo su desazón con el decano Menou-Segrais (interpretado por
el director del film, Maurice Pialat) que tratará de reconducirlo por el camino de la
esperanza. Marcada por la obra literaria que adapta los tonos oscuros nos hablan de la
profundidad del mal y de la dificultad de luchar contra él.
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En clave de comedia
En un giro de 180 grados nos venimos a las adaptaciones cinematográficas de la
obra del escritor italiano Giovanni Guareschi. Ambientadas en la posguerra italiana nos
narran los antagonismos y secretas amistades de Don Camilo, un cura rural, y el alcalde
comunista Peponne. Desde el planteamiento de una coproducción ítalo-francesa la
figura de párroco rural la encarnará el cómico Fernandel y la del alcalde Gino Cervi. La
difusión de las películas será casi tan amplia como los libros de tal manera que hoy
pensar en don Camilo no puede hacerse sin imaginar a Fernandel. Julien Duvivier
dirigió los dos primeros episodios. El primer título Don Camilo es de 1952 y está
basado en la novela "El pequeño mundo de Don Camilo”. Describe los muchos
enfrentamientos de los dos protagonistas que culminan en un partido de fútbol
interrumpido por una pelea, como consecuencia al cura le trasladan para que tome un
poco de distancia aunque tiene una multitudinaria y yuxtapuesta despedida. La película
tuvo un enorme éxito de taquilla y fue la primera de una serie de seis que siguió hasta
1965. Cuatro fueron interpretadas por los mismos protagonistas: El retorno Don
Camillo (1953), dirigida también por Julien Duvivier, donde el párroco vuelve a
Brescello y se une al alcalde cuando las inundaciones arrasan la región. Otros dos
episodios fueron dirigidos por Carmine Gallone: Don Camilo y el honorable Peppone
(1955) relata una campaña electoral llena de enfrentamientos, y en Don Camillo
Monseñor (1961) donde a pesar del cambio de oficio de ambos todo sigue igual. El
camarada Don Camilo (1965) de Luigi Comencini es el último capítulo de la serie
interpretado por la pareja Fernandel-Cervi, que esta vez se trasladan a la Unión
Soviética.
En tono de comedia hemos de destacar también un clásico El padrecito (1964)
de Miguel M. Delgado al servicio de Mario Moreno 'Cantinflas' en sus recreaciones de
distintos personajes populares. En este caso el padre “Sebas” que se incorpora para
ayudar al padre Damián en una parroquia dominada por el cacique del lugar. Las
intervenciones del joven sacerdote van poniendo todo patas arriba pero su bondad va
conquistado a los habitantes del pueblo que ven como se empeña en recuperar la es
cuela que habían convertido en cantina. Llena de elementos sociales y de bondad refleja
bien las relaciones entre el sacerdote anciano y el joven así como la disposición al
servicio, incluso de torero, del inefable padrecito.
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La saga de los exorcistas
Nos detenemos brevemente en un subgénero de terror que ha tenido un
importante éxito de público y que todavía sigue atrayendo a distintos productores. Se
trata del cine en torno a los exorcismos. El carácter espectacular de estas películas
eclipsa frecuentemente el sentido religioso del tema de la posesión del Maligno.
Recordemos que el exorcismo es una antigua y particular forma de oración que hace un
ministro ordenado en el nombre de toda la Iglesia para liberar del poder de Satanás y de
sus consecuencias de engaño, mentira y confusión. Desde aquí cabe subrayar que al
destinatario se le somete a un riguroso análisis previo para excluir la enfermedad física
o mental y que el sacramental se realiza como un ejercicio de oración.
Cuando William Friedkin en 1973 adaptó para el cine la novela de William Peter
Blatty que llevaba por título “El exorcista” no podía imaginar que inauguraba una larga
serie de películas en torno a este tema. La primera entrega presenta al padre Damien
Karras (Jason Miller), un sacerdote en crisis personal y de fe, al que Chris McNeil
(excepcional Ellen Burstyn) pide ayuda para liberar a su hija del diablo. En el momento
del exorcismo recibe la ayuda del padre Lankester Merrin (Max Von Sydow) un
enigmático y veterano sacerdote que luchara encarnizadamente con Satanás para liberar
a la niña. El director dirá de su película que «es una parábola del cristianismo, de la
eterna lucha entre el bien y el mal». Algo que sin duda formaba parte de la promoción
comercial. La realización, con una efectos especiales muy logrados, permite que el
espectador se enfrente al miedo a lo desconocido que puede haber dentro de cada uno.
La doble figura del sacerdote muestra por una parte al viejo conocedor del poder del
Mal (Merrin) frente al joven experto (Karras) pero desorientado. Finalmente ambos
sucumbirán, aunque el suicidio de este último, presentado como ejercicio de redención,
dejará el demonio fuera de juego una temporada.
Cuatro años exactamente, en 1977 se estrenó Exorcista II: El Hereje bajo la
dirección de John Boorman. Richard Burton encarnó al padre Lamont, quien investiga
los traumas psicológicos que aquejan a la ahora adolescente Regan, tras el exorcismo al
que fue sometida en la primera parte de la saga así como la misteriosa muerte del padre
Karras. En este caso comienza a rizarse el rizo pero la motivación se simplifica: hay que
vencer al demonio Pazuzu a través de las personas que lo sufrieron.
En 1990 apareció El Exorcista III, dirigida por el padre literario de la criatura,
William Peter Blatty que ahora se coloca detrás de las cámaras para adaptar su novela
“Legión”. La trama abora la historia del padre Dyer y el teniente Kinderman, y el
reencuentro con quien creían muerto: el padre Karras. Mejora la historia que ahora se
hace más bien policíaca pero empeora la dirección. Nada nuevo bajo el sol.
En el 2004 se estrenó Exorcista: El Comienzo, precuela dirigida por Renny
Harlin para añadir gore al invento y desechando a Paul Schrader que había preparado
una propuesta. En esta entrega volvemos a las dudas del fe del sacerdote protagonista
ahora el joven padre Merrin que en la primera mostraba su fe en la lucha contra el mal.
Más de lo mismo aunque esta vez con una gran fracaso comercial que permitió que se
ofreciera al público en el 2005 la película Dominio: Protosecuela de El exorcista, que
ignoró la historia del film anterior y reconstruye un origen completamente diferente, que
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saca a la luz la versión de Paul Schrader anteriormente desechada. En esta ocasión se
pasa a un drama más íntimo y psicológico donde se platean los interrogantes de la lucha
entre el bien y el mal. Así pues el terror evoluciona hacia un película más existencial del
tipo habitual en el guionista de La última tentación de Cristo (1988). Y aquí se cerro el
círculo.
Con El exorcismo de Emily Rose (2005) hay un cambio de orientación. Se
presenta como fondo el caso real de la joven Anneliese Michel que murió en julio de
1976, así como el proceso judicial que tuvo lugar a raíz de su muerte. Pero todo ello
totalmente transformado en nombres, localizaciones y personajes. La película comienza
cuando se acusa al padre Richard Moore (Tom Wilkinson) de homicidio negligente. En
el juicio se enfrentan la abogada agnóstica (Laura Linney) y el fiscal devoto metodista
(Campbell Scott) pero la argumentación de la abogada se va girando hacia la
perspectiva del sacerdote al descubrir sus propios demonios personales. La figura del
padre Richard es la de un hombre convencido de que el Maligno tiene un poder
imprevisible y que a través de Emily ( elocuente Jennifer Carpenter) lo ha reconocido.
Su actitud creyente y resuelta contrasta con sus superiores interesados en olvidar el
asunto. Sin embargo, en su discurso final lo que hasta entonces se planteaba desde el
problema fe y razón, se desliza hacia serios problemas teológicos cuando una supuesta
aparición de María parece exigir el sacrificio de Emily para que el mundo conozca la
existencia del mal, algo en sí mismo incompatible con la fe en el Dios de la misericordia
que no manipula ni sacrifica a los seres humanos.
Con el mismo caso real de fondo Réquiem (El exorcismo de Micaela) (2006) de
Hans-Christian Schmid realiza una mirada completamente distinta. Aquí busca el
realismo casi documental para analizar las circunstancias de su muerte, por eso no se
filma, contra lo previsto en el canon de este tipo de películas, ninguno de los
exorcismos. Como dice el cineasta en la presentación “Réquiem se basa en hechos reales
aunque los personajes son ficticios”. También aquí dos sacerdotes, uno anciano con
experiencia que considera que la joven necesita sobre todo atención médica y el más
joven que está convencido de la posesión. Sin embargo, la película presenta claramente
el caso como un problema de ofuscación mental en una víctima con una madre posesiva
marcada por una ofuscación religiosa. Además la actuación de los sacerdotes no parece
ni comprensiva ni adecuada al problema de Micaela.
Desde el punto de vista de la figura del sacerdote en el cine, las películas de
exorcismos servirán para mostrar sacerdotes en crisis que se ven envueltos en realidades
y experiencias que les alejan de su misión. Con ellas comienza la crítica deformadora de
un grupo de películas que termina por desdibujar el servicio ministerial desde claves
mayoritariamente falsificadoras.
9. Sacerdotes puestos a prueba
La opera prima de Peter Glenville como cineasta, del que ya hemos analizado
Becket, fue El prisionero (1955) protagonizada por Alec Guinness. En 1959 ganó el
Lábaro de Oro, distinción concedida a la mejor película del festival de Cine Religioso y
de Valores Humanos de Valladolid. Esta historia de resistencia tiene como protagonista
un cardenal que es arrestado por traición al Estado que lo que parece ser un régimen
comunista y que es interrogado con el fin de hacerle confesar su culpabilidad. El
interrogador (Jack Hawkins) comenzará con halagos y ofertas pero avanzará hacia la
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tortura psicológica y por último la física pero la voluntad del prisionero no se doblegará
lo que cuestionará íntimamente a su oponente. Una película sobre la fuerza espiritual de
un hombre de Dios.
Buñuel adapta en 1958 la obra de Benito Pérez Galdós Nazarín en una de las
obras maestras de la historia del cine. Forma parte de la lista de 45 películas que
recopiló el Vaticano como las mejores películas en los 100 años del cine, situándola en
el apartado de “religión”. Este humilde cura que ejerce en México en medio de la
pobreza en un mesón en Chanfa quiere hacerse semejante a Jesús. Entregando todo y a
todos recibe a una prostituta que huye por haber provocado un incendio. Esta acogida
complicará la vida del sacerdote que es destituido pero, a pesar de todo, el desea seguir
al Jesucristo en un camino de identificación con él aunque poco a poco se enfrenta a la
tristeza por la incomprensión, especialmente de los poderosos. Sólo unos pocos entre
los más pequeños y marginales están a su lado pero sus ofrendas, el símbolo de la piña
en la escena conclusiva, no pueden hacer olvidar los tambores que tocan a muerte.
La novela de Henry Morton Robinson “El cardenal” es llevada a la pantalla con
el mismo título en 1963. El día de en que el cardenal Stephen Fermoyle (Tom Tryon)
recibe el nombramiento como tal hace memoria de su vida desde que era un joven
sacerdote. Formado en Roma, vuelve a Boston para continuar su servicio, en este caso
en una parroquia a la que le enviará el cardenal Glennon (John Huston) para que
aprenda de un viejo, enfermo y santo sacerdote y así pueda lidiar con su vanidad y
ambición. Al mismo tiempo, se enfrenta a la problemática familiar en torno a su
hermana pequeña que desea casarse con un chico judío a lo que Stephe se opone si este
no se hace católico. Esto lleva a la desesperación de la joven que termina por dedicarse
a bailar en un cabaret. La tensión se agudiza cuando queda embarazada y los médicos
dicen que hay que elegir entre el niño y la vida de la madre. La elección de lo primero
por parte de Stephen llevará a la muerte de su hermana. Todo esto le originará a una
crisis de su vocación que supondrá dos años sin el ejercicio ministerial donde
comenzará una relación breve con una de sus alumnas, Annemarie (Romy Schneider),
que concluirá cuando confirma su vocación reincorporándose como sacerdote para ser
muy pronto nombrado obispo. Tras este giro del guión seguiremos su servicio episcopal
enfrentándose al Ku Klux Klan al ayudar a uno de sus sacerdotes que ha visto como
quemaban su parroquia. Después en Viena se enfrenta al nazismo e intenta proteger a
Annemarie aunque sin éxito. La película concluye en el tiempo narrativo central con un
discurso ya como cardenal en defensa de la libertad y la democracia frente a la
dictadura. Resumiendo, una ficción dramática donde se despliega un itinerario personal
marcado por crisis y opciones difíciles donde permanece una fidelidad dolorosa.
El 2 de diciembre de 1980, al inicio de la guerra civil salvadoreña, son violadas
y asesinadas las monjas Ita Ford, Maura Clarke y Dorothy Kazel y la misionera laica
Jean Donovan, por los paramilitares salvadoreños. En Difícil elección (1983) de Joseph
Sargent se cuenta especialmente la vida de una de ella, Jean Donovan, y su proceso de
conversión de una joven materialista a una mujer comprometida con los derechos
humanos. Martin Sheen hará del padre Philan que será el que acompañe el proceso de
transformación de Jean y representa un sacerdote que transmite el Evangelio como
causa de Dios y el compromiso cristiano con los pobres. Igualmente la protagonista
estará influida por la vida y las homilías del obispo Oscar Romero con el que colaboró.
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Black Robe (1991) adapta la novela homónima de Brian Moore en la que
colabora como guionista. En esta dura película de Bruce Beresfordque se sitúa en la
zona de Quebec durante el siglo XVII. Un jesuita joven, el padre Laforgue, es enviado a
la selva hacia la zona donde habitan los indios Hurones. El viaje con la compañía del
joven Daniel y un grupo de indios Algonquinos es una verdadero camino de terror y
violencia lo que origina en el protagonista un proceso interior que pone en cuestión su
forma de vida. Al final el padre Lafargue fiel a su misión bautizará a los Hurones,
aunque precisamente por su renuncia a la violencia, serán aniquilados por sus enemigos
los Iroqueses cerrándose definitivamente la misión jesuita. Se trata pues de una
contundente y pesimista reflexión sobre la naturaleza humana en la que la gracia y el
servicio ministerial están inmersos en la dramática del mal.
El tercer milagro (1999) de Agnieszka Holland cuenta la historia de otro
sacerdote, Frank Shore (sugerente Ed Harris), con una crisis vocacional vinculada a su
servicio en la valoración de casos tenidos por milagrosos. Durante una nueva
investigación de un extraño milagro consistente en las lágrimas de sangre que derrama
una estatua de la Virgen en un convento de Chicago, se encuentra con la fama de
santidad de Hellen O'Reagan una mujer recientemente fallecida. El protagonista ve
complicadas sus dudas de fe con una atracción hacia Roxanne, hija de la que investiga,
pero que no comparte ni la fe de su madre ni la esperanza. Sin embargo, en contra del
curso habitual de estas historias cinematográficas, el padre Frank descubre la presencia
de Dios en los milagros ordinarios de su propia vida y confirma su vocación cuando al
final dirá “Dios no desaprovecha los milagros”.
Las manos (2006) de Alejandro Doriaa historia intenta reflejar la vida de un
sacerdote peculiar, el padre Mario Pantaleo (1915-1992) que desarrolló una importante
labor pastoral en Argentina y que actualmente se prolonga en lo que se conoce como la
Obra del Padre Mario Pantaleo. Las singularidades del padre Pantaleo se despliegan en
varios frentes desde su tenaz atención a las persona en situación de necesidad pasando
por sus peculiares relaciones con sus superiores eclesiales hasta su don para realizar
curaciones. Quizás este último aspecto sea el más original de su trayectoria y que
expresa mejor su sintonía con el Jesús sanador. Y probablemente sea este el tema mejor
resuelto en la película de Alejandro Doria. Las curaciones con las manos del padre
Mario se sitúan en la estela del padre Pío de Piertrelcina del que recibió una importante
influencia en su juventud y primeros años sacerdotales. En sus escritos nos narra como
el santo le despidió diciéndole "Ve, hijo mío, estás en tu camino. Tú también has sido
elegido para una singular misión". La propuesta del director argentino tiene algunas
virtudes sugerentes como mostrar a un personaje fuertemente marcado por su
experiencia de Dios, "El-de-arriba"; insistir en que más allá de la debilidad física, el
sacerdote está movido por una fuerza espiritual que le impulsa a la atención a los otros
hasta el último momento; filmar las curaciones más que como espectáculos milagrosos
como fenómenos inexplicables que tiene en la fe su fuente y en el sanador un mediador
sobrepasado, que más que hacer negocio hace de ellas una forma de entrega de la vida.
Sin embargo, los aciertos no llegan a ocultar algunas lagunas tanto técnicas como
argumentales de peso. Así la filmación tiene momentos de una gran ingenuidad como
en las que aparece el religioso como albañil, sus extravagantes penitencias o la
sobreactuación de algunos secundarios. Además los subrayados de la banda sonora se
muestran más como efectistas que realmente significativos. En general, el formato
televisivo y la simplificación de los personajes le dan en ocasiones un tono de serial de
sobremesa.
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En El noveno día (2004) Volker Schlöndorff nos presenta al padre Kremer
confinado en un campo de concentración de la Alemania nazi. Allí las condiciones de
vida en el pabellón de los sacerdotes son muy duras y vive momentos difíciles donde el
deseo de supervivencia cuestiona sus propios principios. Sin embargo, un día el padre
Kramer es liberado con la misión de doblegar al obispo de Luxemburgo, que cada día
toca las campanas como signo de denuncia contra la ocupación alemana. En el caso que
fracase su familia y su vida estarán en peligro. Nueve días dispondrá este sacerdoteteológo para convencer al obispo para que emita un comunicado aceptando la
ocupación. Durante la misión varios diálogos con el teniente de la Gestapo muestran las
motivaciones de cada uno y la resistencia, ciertamente entre miedos, del sacerdote.
Película sobre el sufrimiento y el mal pero también sobre la coherencia y la fe. Una
referencia fuerte a la dimensión pascual del sacerdocio.
10. El empuje y la significación de las producciones italianas
Desde los orígenes del cine ha existido una sintonía especial entre el cine
italiano y la Iglesia algo que no es frecuente reconocer en el cine europeo. Nuestro
punto de partida significativo puede ser Roma, ciudad abierta (1945) de Roberto
Rosellini. En esta película, precursora del neorrealismo, comenzó a prepararse en agosto
de 1944 sólo dos meses después de la liberación de la ocupación alemana. Rosellini
acudió a las calles para escuchar historias de la resistencia y con ellas construyó el
guión. Este relato de de resistentes habla del destino común del padre Pietro (Aldo
Fabrizi) y del ingeniero comunista Manfredi (Marcello Plagiero) y de tantas víctimas
anónimas representadas en Pina (Anna Magnani) que murieron por fidelidad a sus ideas
y por la libertad de todos. La figura del sacerdote es la de un hombre sencillo e integro
que colabora con la resistencia y que se niega a delatar a los activistas ante los nazis. La
escena del interrogatorio tiene paralelismos significativos con el proceso de Jesucristo
lo que confirma la interpretación crística de este personaje. Su frase "No es difícil morir
bien, lo difícil es vivir bien" pasa por una de las más famosas de la historia del cine.
Esta continuidad del cine italiano sobre el cine religioso cristiano demuestra que
hay un público que permanece fiel al tipo de películas de referencia bíblica, de
biografías de santos o papas y de últimamente también de sacerdotes. A través de
iniciativas de la RAI, Lux Vide, la productora de Luca Bernabei, y del Istituto Luce se
lanzan una serie de productos televisivos, normalmente con el formato de miniseries de
dos capítulos, que además de dirigirse al consumo interno para Italia tienen una fuerte
aceptación fuera de ella, sea por la contratación de las televisiones o por la distribución
en DVD. Se trata, pues, de una de las fuentes más importantes para mostrar la presencia
del sacerdote católico en la pantalla. Veamos algunas de estas producciones de los
últimos años.
Comencemos con una producción de la RAI, Don Milani Il priore de Barbiana
(1997) de Antonio y Andrea Frazzi. Se trata de una muy interesante miniserie italiana
sobre el sacerdote y pedagogo Lorenzo Milani que con “Cartas a una maestra” se
convirtió en referente de una escuela alternativa para los que fracasan en el sistema
escolar. Con guión de dos especialistas italianos en este tipo de trabajos para la
televisión, Sandro Petraglia y Stefano Rulli, nos presenta con un trazo emotivo la vida
de este sacerdote educador totalmente entregado a los jóvenes. Sergio Castellitto hace
una interpretación sobresaliente y la puesta en escena y los intérpretes secundarios son
20
de buen nivel. Narrada como un flashback cuando D. Milani gravemente enfermo
vuelve a Barbiana para hacer memoria del tiempo en que creo la escuela en San Donato
de Calenzano y creó una de las experiencias educativas más interesantes de la
postguerra. En la película se refleja su dulzura con los chicos a la vez que su tenacidad
ante las dificultades, su criterio insobornable y su carácter apasionado. Una muy digna
imagen del sacerdote para el actual momento.
Uno de los santos más populares de la Italia actual es el padre Pío de Pietrelcina
al que Carlo Carlei ha dedicado una de las miniseries producidas por Lux Vide, Padre
Pío (2000). Con una espléndida actuación nuevamente de Sergio Castellitto se presenta
un padre Pío profundamente humano, más pendiente de los otros y de Dios que de sus
estigmas y obediente a la Iglesia en todo momento a pesar de las incomprensiones. En
la línea del servicio ministerial hacia los sufrientes le vemos desvivirse por ellos hasta la
extenuación. Una muy interesante aportación al conocimiento de este religioso
capuchino, humilde sacerdote y ahora ya santo de la Iglesia.
Don Pino Puglisi fue párroco en el distrito de Brancaccio en Palermo. Por fundar
un centro juvenil para los chicos del lugar con la finalidad de liberarlos de la influencia
de la Mafia recibe amenazas que terminarán materializándose con su muerte el mismo
día de su 56 cumpleños. Roberzo Faenta ha realizado, en este caso con formato
exclusivo de cine, Alla luce del sole (2005) con un estilo grave, casi como la crónica de
una muerte anunciada, en la cual el actor Luca Zingaretti realiza una interpretación
contenida a la vez que emocionante. Junto al pequeño grupo de personas que le apoyan,
entre los que hay jóvenes que ven venir la tragedia, también se subraya el silencio y
miedo de la mayoría a enfrentarse con la mafia que lo domina todo. Sin embargo, un
curioso final deja un sabor de esperanza en un guiño a la resurrección de bueno de don
Pino. Particularmente significativo es que esta película no haya encontrado distribución
entre nosotros ni en sala ni en DVD. Algo que nos ha impedido ver una película
imprescindible.
Volviendo a las miniseries tenemos Don Gnochi: el ángel de los niños (2004) de
Cinzia Th. Torrini es una producción de Mediaset para el Canal 5 italiano donde se
notan menos medios que en las tradicionales producciones de la RAI con un resultado
que aunque irregular es bastante digno. Cuenta la historia de sacerdote Carlo Gnocchi
(1902-1956), interpretado por Danielle Liotti, que desde su actividad como capellán del
Batallón Alpino del Ejército Italiano, vive los horrores de la guerra. El hecho de que
algunos de sus alumnos del ’Instituto Gonzaga” de Milán se enrolaran en el ejército para
seguir sus pasos multiplica su responsabilidad y se siente obligado a acudir con ellos al
frente ruso. Pero la experiencia resulta dolorosa por la muerte de muchos de ellos y el
proceso de purificación de la fe. Con esta conciencia en la posguerra decide fundar una
iniciativa al servicio de los niños mutilados llamada "Fondazione Pro Juventute" que
tendrá una intensa actividad que se prolonga en la actualidad. Acaba de ser declarado
Beato por el papa Benedicto XVI. Esta película de guerra, dolor, sufrimiento y
esperanza muestra el corazón compasivo de este sacerdote que actuará como padre de
muchos jóvenes en un momento de enorme necesidad. Su muerte temprana a los 54
años le permitirá ver reconocida su obra por Pío XII con la ayuda del cardinal Montini,
interpretado por Ralph Palka.
L'uomo dell'argine (2005) es una ficción sobre Primo Mazzolari, el párroco de
Bozzolo, una de las voces más importantes del catolicismo italiano: opositor al
21
fascismo, precursor del diálogo con los no creyentes, inspirador de la lucha política de
la resistencia y anticipador del Concilio en temas como el servicio a los pobres y la
liturgia en lengua vernácula. Realizada para la televisión en dos capítulos por Gilberto
Squizzato e interpretada por Emanuele Fortunati, en los primeros años en Cicognara, y
por Mauricio Tabani en los años de su misión en Bozzolo hasta su muerte. La película
inserta algunas imágenes de archivo de la época, destaca por una ambientación histórica
muy cuidada y cuenta con una interpretación realista y sobria. Hombre de piedad
exquisita, permaneció obediente ante la incomprensión y promovió siempre el perdón
en tiempos donde la violencia y la venganza guiaban a tantos corazones. Resalta
especialmente significativa su capacidad de comunicarse con los jóvenes que siguen su
ejemplo a pesar de las consecuencias de su compromiso cristiano.
Dedicada al fundador de la Caritas Diocesana de Roma contamos con la
miniserie de TV El hombre de la caridad. Don Luigi di Liegro (2007). Nos presenta la
vida ministerial de este sacerdote romano entregado a la realidad de los más pobres.
Interpretado por Giulio Scarpati, esta producción de I.I.F. Italian International Film está
realizada con bastante dignidad por Alessandro Di Robilant. Con su salud muy
debilitada y en espera de que la policía desaloje a los inmigrantes que ocupan el edificio
de la Pantanella, Luigi recuerda su trabajo en las minas de Bélgica, junto a los
inmigrantes italianos, su asignación a Giano, un suburbio donde las infrahumanas
condiciones de vida provocan guerras entre los indigentes, su labor al frente de Cáritas,
la creación de albergues para gente sin hogar, su ayuda a los primeros enfermos de sida,
su lucha por la integración racial y religiosa. La dimensión eclesial del este sacerdote se
resalta especialmente en el desarrollo de su trabajo en equipo con Don Eugenio, Fausto
y la hermana Ada así como en la incorporación de toda la iglesia a esta misión dirigida
hacia los que siempre estarán con nosotros: emigrantes, enfermos de sida, personas sin
hogar y toxicómanos.
Terminamos este recorrido con Don Zeno, el hombre de Nomadelfia (2008)
Gianluigi Calderone en una producción de la RAI es una película sobre Nomadelfia y su
fundador don Zeno. Cuenta la historia de como este sacerdote, interpretado por Giulio
Scarpati, inicia, desde el mismo día de su ordenación sacerdotal una iniciativa para
ayudar a los niños abandonados con la finalidad de convertirlos en hombres libres y
honestos. Todo ello le llevará a emplearse a fondo en una guerra contra el fascismo, el
nazismo, la democracia e incluso consigo mismo. Después de la Primera Guerra
Mundial, don Zeno abandona familia y novia para fundar una pequeña comunidad
cristiana similar a la comunidad primitiva original que signifique un cambio de
civilización donde ser hermanos tenga su fundamento en Cristo. Con la Segunda Guerra
Mundial la comunidad es perseguida por colaborar con la resistencia. En 1948 se funda
Nomadelfia (“donde la fraternidad es ley”) en un ex campo de concentración, pero su
enorme y rápido crecimiento provoca un conflicto con la Iglesia que en 1952 decreta su
disolución. Don Zeno termina pidiendo la reducción al estado laical pro gratia. Sin
embargo, tras un periodo refundacional de pruebas y dificultades vuelve al ejercicio
ministerial con el reconocimiento de la Iglesia y de la sociedad civil.
11. La imagen empañada
Abordamos ahora un grupo muy amplio de películas donde la imagen del
sacerdote se cuestiona, critica o simplemente se deforma. En muchas de ellas se elabora
desde una perspectiva crítica a la Iglesia aunque se han de discernir los grados que van
22
desde las propuestas reformadoras, el cuestionamiento global al sacerdocio y la Iglesia
hasta la crítica a toda experiencia de Dios por manipuladora.
Comentaremos por señalar aquellas películas que sitúan una crisis del sacerdote
de carácter existencial. Procediendo del mundo literario, en este caso de Albert Camus,
en la película La peste (1993) de Luis Penzo, en ella el jesuita Paneloux termina
muriendo en el sin sentido al no poder afrontar el inmenso dolor que significa la muerte
de los inocentes. Crisis de fe que se apunta también en el superior del convento de
Católicos (1973) de Jack Gold que se resisten a las reformas y que sigue ordenando que
se celebre la misa en latín y de espaldas al pueblo. Diferente es la crisis del padre Tim
Farley (magnífico Jack Lemmon) porque tiene su raíz en un cuestionamiento
reformador de la Iglesia según se cuenta en la película Algo que creer (1984) de Glenn
Jordan. Interrogado por un joven seminarista que se incorpora a su parroquia se
planteará preguntas sobre el sentido de su ministerio. Algo que por otros motivos el
ocurre al padre Ivan Williams de El mal menor (1996) de Daniel Mackay al que su
pasado el acompaña poniendo en crisis su vocación.
Sin embargo, el tema preferente de los sacerdotes en crisis será la vivencia del
celibato. En este sentido, entre muchas, la película más significativa es Priest (1995) de
Antonia Brid. Los dos sacerdotes protagonistas afrontan este problema, el padre Greg
vive un inclinación homosexual sin conciencia ni control mientras que el más mayor el
padre Matthew vive una doble vida con el ama de llaves y el alcohol. La película intenta
ser una denuncia de la hipocresía pero aborda con simplificación y esquemas maniqueos
la crisis psicológica y espiritual de los personajes concluyendo en clave reivindicativa
pero sin entrar en las cuestiones claves sobre la identidad ministerial. A partir de aquí en
el resto de las películas la crítica se hace más radical cuando no con la intención de
ridiculizar. Así en El crimen del padre Amaro (2002) del mexicano Carlos Carrera,
basada en una obra del escritor portugués del siglo XIX Eça de Quirós, se cuenta la
historia de un sacerdote frágil e inmaduro que con sus decisiones va adentrándose en
una espiral de desastres que supondrán un aborto y la muerte de la joven a la que ha
dejado embarazada. La película presenta la deriva del padre Amaro como un síntoma de
la corrupción de la Iglesia y quiere, a la vez, denunciar la supuesta impunidad de su
actuación. De entre las muchas películas que ya se mueven en este terreno pero con
cada vez menos criterio podemos señalar Promesas incumplidas (1998) de Leslie Linka
Glatter donde en clave de culebrón aparece un sacerdote que tiene relaciones con mujer
casada.
En el tercer bloque de películas presentaremos aquellas que cuestionan al
sacerdote o distintos personajes de Iglesia por su connivencia con el poder, la injusticia
o formando parte de conspiraciones de intereses más o menos oscuros. Como precursora
de esta línea habría que situar El Padrino III (1990) de Francis Ford Coppola. En ella
desde la primera escena aparece una Iglesia, que a través de sus ministros, reconoce,
encubre y negocia con la mafia. En su intento de redimirse, Michael Corleone, realiza
en una escena memorable una confesión con el cardenal Lamberto (genial Al Pacino),
que quiere ser un trasunto de Juan Pablo I, y que representaría la bondad y la lucidez
creyente que todavía permanece en la Iglesia cuando el cónclave termina por elegirle
Papa.
El film más significativo de este apartado, que además se presenta con referencia
a la realidad, será Amén (2002) de Costantin Costa-Gavras. En ella se muestra a la
23
Iglesia, especialmente al entorno de Pío XII, con una actitud pasiva ante el holocausto.
Cuando el químico y oficial de las SS Kutz Gerstein hace llegar arrepentido, a través del
padre Fontana, la noticia de matanzas de judíos empleando el gas Ziklon B, la respuesta
será la respuesta de las responsables eclesiales será pasividad y la ausencia de denuncia
pública. En medio de esta connivencia el Nuncio aparece negociando impuestos con los
nazis, el cardenal Secretario de Estado comiendo marisco mientras le informan de lo
avanzado del genocidio mientras que el Papa ignorante se reúne con los alemanes. El
intento de presentar una Iglesia fiel y comprometida con las víctimas, representada por
el padre Fontana; sirve para subrayar con más rotundidad la pretendida culpabilidad de
la Iglesia en el holocausto. Hoy es reconocida, incluidas las instituciones judías, la
falsedad de esta lectura de los hechos marcada ideológicamente para desprestigiar y
manipular la verdad.
Pero este planteamiento también se despliega en muchas películas que con un
argumento de ficción, muestran que en el fondo la Iglesia se mueve por intereses que
sacrifican a la verdad y a las personas. Entre las más significativas podríamos citar
Stigmata (1999) Rupert Wainwright donde un sacerdote enviado por la Congregación
para las Causas de los Santos ha de investigar los supuestos estigmas de una descreída
peluquera. Sus pesquisas le llevan a descubrir una conspiración a través de la cual la
Iglesia esconde un texto en arameo escrito supuestamente por Jesucristo y que
cambiaría el mensaje cristiano. Algo semejante a lo que ocurre en The body (2001)
donde ahora el padre Gutiérrez, ex guerrillero salvadoreño y experto en historia romana,
interpretado por Antonio Banderas investiga la aparición de lo que podrá ser la
sepultura de Jesús. Y de nuevo la ambigüedad como estrategia que contrasta a un
sacerdote buena gente con una Iglesia que funciona como aparato de poder y de
mentira. En esta línea tendríamos que situar también la obra literaria de Dan Brown y
sus adaptaciones cinematográficas El código Da Vinci (2006) y Ángeles y demonios
(2009) ambas de Ron Howard donde la Iglesia y los eclesiásticos son presentados en
torno a confabulaciones para ocultar una verdad que dejaría en evidencia la fe cristiana.
12. Secundarios pero imprescindibles
Queremos terminar este estudio sobre la figura del sacerdote en el cine
recordando algunos personajes secundarios que representan ejemplos sugerentes desde
el punto de vista del servicio ministerial. Comenzaremos con un clásico. En Adivina
quien viene esta noche (1967) Monseñor Ryan es un amigo de la familia que por su
especial confianza con el matrimonio formado por Matt (Spencer Tracy) y Christina
(Katharine Hepburn) intercede, con la complicidad de ella, para que el padre acepte el
deseo, por otra parte inevitable, de la boda de su hija Joey con el joven médico negro
John (Sidney Poitier). Especialmente significativo es el diálogo del sacerdote con Matt
en su habitación intentándole convencer para que cambie su cerrada postura.
La figura del férreo padre Collins (Trevor Howard) en La hija de Ryan (1970),
representa al pastor identificado con su pueblo, irlandés bajo dominio inglés, que cuida
de sus feligreses ayudando a la inmadura y romántica Rosy Ryan (Sarah Miles) a que
permanezca en su matrimonio con un enamorado pero inexpresivo maestro interpretado
por Robert Mitchum. La sensibilidad del sacerdote para advertir y acompañar, para
sostener y cuidar es un modelo inolvidable.
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El Bravo (1997) es una extraña película dirigida por Johnny Depp. En medio de
una situación de gran pobreza en Morgantown, el indio Raphael va ha aceptar en la
desesperación ser sacrificado en una snuff-movie para con el dinero cobrado poder dar
un futuro a su esposa y sus dos hijos. El padre Stratton se opondrá con todas sus fuerzas
a la decisión de Raphael pero le ayudará a cumplir su propósito de hacer llegar el dinero
a su familia. Un acompañamiento claro en los valores pero compasivo en la actuación.
En la gran película que es Una historia verdadera (1999) de David Linch hay
una escena sorprendente donde aparece un sacerdote católico en medio de un
cementerio cuando el protagonista, Alvin Straight (Richard Farnsworth), descansa tras
una jornada de recorrido en su máquina corta césped. Va haciendo un camino de
reconciliación interior que tiene como destino llegar a hacer las paces con su hermano
con el que hace diez años que no se habla. Y allí el viejo Alvin en el final de su vida
hará una confesión de su pecado, tan viejo como la historia de Caín y Abel, a la que el
sacerdote contestará que Amén. Y este será el paso previo para la reconciliación
definitiva.
Hijos de un mismo Dios (2001) cuenta la historia de Romek (Haley Joel Osment)
que es un niño judío que vive escondido en un pueblo rural polaco protegido por una
familia y por el párroco del lugar (Willem Dafoe). Por una serie de enfrentamiento en el
grupo de niños, la violencia del mundo adulto se traspasa a los pequeños y la tragedia se
agudiza con la entrega voluntaria del pequeño Tolo (Liam Hess) que quiere parecerse a
Jesucristo. La figura del sacerdote representa la generosidad impotente ante la fuerza del
mal, la lucidez acogedora hacia el niño judío, el acompañamiento pastoral de los
pequeños y la apertura a la esperanza a través de la Eucaristía.
Bajo la estela de los sacerdotes educadores valientes tenemos en Machuca
(2004) de Andrés Wood al padre McEnroe (Ernesto Malbrán) que es el director del
colegio chileno donde acuden dos chicos de muy distinto origen social, Gonzalo Infante
(Matías Quer) hijo de una familia acomodada y Pedro Machuca (Ariel Mataluna) que
vive en las chabolas del extrarradio de Santiago en 1973. Empeñado con una educación
que garantice la igualdad de oportunidades y la justicia este sacerdote se enfrenta a las
autoridades durante el golpe de estado militar y retira la reserva del Santísimo
recordando que aquel lugar ya no puede ser un sitio donde Dios pueda permanecer.
Clint Eastwood hace aparecer de vez en cuando sacerdotes en sus películas. En
Million Dollar Baby (2005) Frankie Dunn es un duro pero bondadoso entrenador de
boxeo que acompaña a una joven principiante hasta que se hace una campeona. En su
historia tiene la dolorosa experiencia de la separación de su hija y habitualmente va a
misa y se confiesa con el padre Horvak. Cuando tras un terrible accidente en el
cuadrilátero Maggie Fitzgerald queda tetrapléjica ésta le solicita a su entrenador y
amigo/padre que le ayude a morir. Frankie viene a pedir consejo al sacerdote y este le
dice que se aparte y que no haga de Dios. Sin embargo Frankie no le hará caso. Distinto
final del que tienen Walt Kowalski (Clint Eastwood) y el joven padre Janovich
(Christopher Carley). En esta ocasión la relación empieza fatal cuando el sacerdote se
acerca al viejo y gruñón Walt para decirle que tiene la misión, por encargo de su esposa
difunta, que ha de conseguir que él se confiese. Sin embargo, la relación se va
profundizando desde el proceso de conversión de Walt a través del ejercicio de la
paternidad con dos jóvenes vecinos. Este camino le llevará a confesarse y entregar su
vida en un gesto claramente crístico. Y el sacerdote concluirá la película con unas
25
palabras en el funeral donde destaca el descubrimiento que para él ha supuesto conocer
al Sr. Kowlaski.
Terminamos este recorrido con tres breves citas. El reverendo Bock que pide a
sus feligreses que sigan el ejemplo de Jesús para acoger a la muñeca de Lars y una
chica de verdad. El padre Michel Da Costa que acompaña el proceso de conversión del
joven terrorista de “Requiem por los que van a morir”. Y el sacerdote que acompaña a
los feligreses que van a ser asesinados en el episodio de la masacre de Santa Anna de
Stazzema, durante la Segunda Guerra Mundial
tal y como queda reflejado en la
película El milagro de Santa Ana (2008) de Spike Lee.
Cuando emergen nuevas oportunidades
Después de nuestra mirada a la imagen del sacerdote en la historia del cine
podemos apuntar algunas conclusiones de interés. El punto de partida está ligado al cine
norteamericano en un momento de fuerte el control de los contenidos donde aparecen
una serie de películas con una representación positiva y ejemplar del sacerdote. En la
posguerra española esta tendencia se agudiza y se prolonga con un grupo de películas
religiosas de contenido apologético que marcan un perfil del sacerdote como referente
moral y guía espiritual pero de fuerte contaminación política.
A partir de los años sesenta comienzan a aparecer películas donde emergen otros
perfiles así sacerdotes en crisis de fe y críticas a la Iglesia representada en diferentes
tipos de eclesiásticos. Pero a la vez se mantiene un hilo conductor de películas de valor
cinematográfico y fuerte repercusión comercial en una línea de sacerdotes íntegros que
sirven a Dios y a los hermanos con riesgo y entrega. Esta línea iría desde Roma ciudad
abierta, pasando por La ley del silencio y Becket, llegando a Las sandalias del
pescador y La hija de Ryan hasta Escarlata y negro, La misión o las distintas versiones
de Los miserables. En los años 90 detectamos una menor presencia del sacerdote en la
pantalla pero en este comienzo del siglo XXI, sorprendentemente se invierte la
tendencia y se intensifica la presencia del sacerdote en el mundo audiovisual. Como
novedad, ahora pasan a ser personajes secundarios, elocuentes y significativos desde el
punto de vista de la identidad ministerial, y además se realizan obras menores de
carácter biográfico que resaltan la vida de diferentes sacerdotes y santos. Esta tendencia
convive con películas de fuerte contenido crítico y en ocasiones deformador de la figura
del sacerdote como hemos tenido ocasión de señalar.
Este cambio de sentido que aparece en torno al año 2000 puede ser interpretado
en una doble dirección. Por una parte, la producción organizada de series en esta clave,
preferentemente italianas y ocasionalmente latinoamericanas, que tendrán una amplia
aceptación en el público internacional de forma preferente en las televisiones. Y por otra
parte, la preocupación de algunos directores por representar sl sacerdote como
referencia al misterio de Dios y a la clave espiritual (Clint Eastwood, Volker
Scholondorff, Manoel De Oliveira, Alessandro d'Alatri y otros). Sin embargo, debe
destacarse el pobre uso que la propia Iglesia realiza de estas obras que salvo el
fenómeno, por otra parte colateral a nuestro tema, de La pasión de Cristo (2004) de Mel
Gibson apenas forman parte de un planteamiento pastoral, con la excepción de Italia y
en menor medida EEUU, por la propia influencia del mundo protestante mucho más
activo en este sector audiovisual.
26
En cuanto al panorama del cine español actual la visión del sacerdote es
habitualmente negativa, lo que apunta también a una visión de la Iglesia del mismo
cariz y refuerza la tesis de un divorcio con la cultura audiovisual que va en una doble
dirección. Desde la cultura a la Iglesia y a los referentes religiosos y espirituales hacia
la que hay una sostenida beligerancia. Y desde la Iglesia a la cultura donde se consolida
una asumida incapacidad de incidencia: desaparición de la red de cines parroquiales y
de centros educativos, casi nula actividad en la producción de contenidos y muy
limitada capacidad de acción pastoral en este sector.
Volviendo al panorama mundial se detecta el crecimiento de la demanda
espiritual que en algunos casos y públicos se convierte en directamente religiosa. Lo
ocurrido con El gran silencio (2005) de Philip Gröning es el síntoma de un nuevo
paradigma en la demanda de contenidos espirituales y confirma la consolidación de
tendencia en los últimos años que indica que a nivel mundial se multiplican las
iniciativas de producción, distribución, exhibición y pastoral de temas relacionados
también con los ministros ordenados de las distintas Iglesias y confesiones cristianas así
como los líderes religiosos en general.
Peio Sánchez ([email protected])
Departamento Cine Arzobispado Barcelona
Semana Cine Espiritual
27
“RENUEVA EN SUS CORAZONES EL ESPÍRITU DE SANTIDAD”
(cf. PDV 33)
1.- INTRODUCCIÓN: La súplica de la Iglesia en la Plegaria de Ordenación de los
Presbíteros.
La expresión “Renueva en sus corazones el Espíritu de santidad” (innovare in
visceribus eorum Spiritum sanctitatis), que da título a estas Jornadas y particularmente a
esta conferencia, se cita en el texto de la Exhortación Pastores Dabo Vobis nº 33, objeto
de nuestra reflexión. Es el texto con el que concluye el capítulo tercero titulado “El
Espíritu del Señor está sobre mí”, que trata de la vida espiritual del sacerdote como una
vocación específica a la santidad.
No es una expresión original del Beato Juan Pablo II, sino que cita las palabras
del Rito de la ordenación de los presbíteros, centrales en la fórmula sacramental: “Te
pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del
presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de Ti el segundo
grado del ministerio presbiteral, y sean, con su conducta, ejemplo de vida”.1
Es la traducción castellana del original latino, que se usa en la liturgia romana
desde el siglo V, tal como aparece en el Sacramentario Veronense. Se trata, por tanto,
de una venerable fórmula eucológica central para la ordenación y comprensión
teológica del presbiterado en el rito romano: “Da, quaesumus, omnipotens Pater, in hos
fámulos tuos presbyterii dignitatem; innova in visceribus eorum Spiritum sanctitatis;
acceptum a te, Deus, secundi meriti munus obtineant, censuramque morum exemplo
suae conversationis insinuent”.
Estas palabras esenciales en la Plegaria de Ordenación de los Presbíteros, están
inspiradas en el Salmo 50. El obispo al proclamar la Epíclesis no emplea la denominación
habitual Spiritus Sanctus sino Spiritus sanctitatis. ¿Qué significa esta expresión? Esta
petición es la confluencia de dos versículos tomados del salmo 50: “Oh Dios crea en mí un
corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme… no me quites tu santo espíritu”.2
El salmista pide a Dios la nueva creación de toda su persona, de su interior
destruido por el pecado. Considera el corazón como el centro simbólico del ser humano. El
hombre por sí solo no puede procurarse un nuevo corazón por ningún medio, mediante
ningún rito o comportamiento. Necesita la acción creadora de Dios. Por eso, después de
pedir la recreación de un corazón puro, pide un espíritu firme, santo, generoso. Este es el
espíritu de santidad que hace santa la vida humana y garantiza la comunión del hombre
con Dios.3
1
Pontifical Romano reformado por mandato del Concilio Vaticano II, promulgado por Su Santidad el
papa Pablo VI y revisado por Su Santidad el Papa Juan Pablo II, aprobado por la Conferencia Episcopal
Española y confirmado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
Ordenación del Obispo, de los Presbíteros y de los Diáconos. Segunda edición, Barcelona 1998, 128.
2
Sal 50, 12-13: Cor mundum crea in me, Deus, et spiritum firmum innova in visceribus meis. Ne proicias me
a facie tua et spiritum sanctum tuum ne auferas a me. El estudio básico para el análisis bíblico de la
expresión Spiritus sanctitatis ver: G. FERRARO, Le preghiere di ordinazione al Diaconato, al Presbiterato e
all’Episcopato al Diaconato, al Presbiterato e all´Episcopato, Napoli 1977, 124-128.
3
La interrelación entre el tema del corazón y el espíritu, en este salmo, está en estrecha conexión con el tema
de la nueva alianza en los profetas Jeremías y Ezequiel. Cf. Jr 31,31-34: Habla de ley y corazón. Para
Jeremías la nueva alianza consiste en la interiorización de la religión. Lo que era ley externa se convierte en
28
El Espíritu que se pide en la plegaria es un don de Dios que renueva (innovare) el
interior del candidato al presbiterado. Es un don de Dios porque procede de Dios Padre y
es El quien lo infunde sobre el ordenando. Así lo desarrolla el número que estudiamos de
la Pastores Dabo Vobis: no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo,
como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad. La conciencia del
don infunde y sostiene la confianza indestructible del sacerdote en las dificultades, en
las tentaciones, en las debilidades con que puede encontrarse en el camino espiritual”
(PDV 33).
Para comprender el significado de esta expresión, es importante destacar el
contexto litúrgico en el que se proclama. El depositum euchologicum es enseñanza de la
Iglesia propuesta para la vida de los fieles, porque contiene el depositum fidei reflexionado
en la teología. De tal forma que vincula inevitablemente liturgia y teología. La liturgia es la
mejor cátedra de enseñanza para sentir cum Ecclesia.4
La liturgia es algo más que un locus theologicus al que acude la teología como
acude a otras fuentes. Los textos eucológicos de la litugia (lex orandi) expresan los
contenidos perennes de la revelatio que se convierte en traditio (lex credendi) para la vida
de los fieles (lex vivendi). Desde este presupuesto, quisiera comentar algunos aspectos
inherentes al texto de la Plegaria de Ordenación de los Presbíteros del Rito Romano,
porque en ella se descubre las claves teológicas y espirituales propias de esta venerable
tradición romana. Como dice un autor, si bien es cierto que las liturgias de ordenación no
pretenden formular una teología del ministerio, es igualmente constatable que a través de
sus plegarias y acciones nos es dado captar lo que la Iglesia vive, siente e intuye acerca de
sí misma y también acerca del ministerio. El carácter oracional, supraconceptual y
evocador de la liturgia es especialmente apto para expresar una acción fundamental de la
Iglesia en la cual ésta manifiesta su ser, su creer y su orar.5
El contenido de estos textos de ordenación es una síntesis de la reflexión teológica
sobre el ministerio presbiteral, en las que se ofrece a modo de ejemplo, modelo o
paradigma lo que cada Iglesia quiere, pide y desea que sea el presbítero.6 El modelo o
paradigma del presbítero está condensado en estos formularios litúrgicos, pero debe ser
desentrañado de este marco conceptual para hacerse vida en su ministerio. Por tanto,
hay que analizar los datos teológicos que in nuce están condensados en los textos de
ordenación para mostrar posteriormente in luce la teología del presbítero.
un don de Dios inscrito en el corazón nuevo de los creyentes. Ez 36, 25-28 habla de espíritu y corazón. El
espíritu es el principio de renovación interior y arrepentimiento del corazón que hace al hombre capaz de
observar la ley de Dios.
4
Afirmación con la que se inicia el artículo de A. M. TRIACCA, «Presbyter: Spiritus Sancti Vas. Modelli di
presbitero testimoniati dall'eucologia. (Approccio metodologico alla lex orandi in vista della lex credendi),
en La formazione al sacerdozio ministeriale nella catechesi e nella testimonianza di vita dei Padri, ed. S.
Felici (Biblioteca di Scienze Religiose 98), Roma 1992, 193: La liturgia è la migliore cattedra
d'insegnamento per apprendere a "sentire cum Ecclesia".
5
A. M. TORTRAS, <El ministerio a la luz de las liturgias de ordenación: perspectivas teológico-eclesiales>,
en Estudios Eclesiásticos 60 (1985) 412.
6
Ver los interesantes estudios de P. F. BRADSHAW, Ordination Rites of the Ancient Churches of East and
West, New York 1990 ; y los tres tomos de J. E. PUGLISI, The process of admission to ordained ministry. A
Comparative Study, Collegeville-Minnesota 1996-2001. El documento ecuménico firmado en Lima en 1982
titulado « Bautismo, Eucaristía, Ministerio » (=BEM) señala desde su comienzo la necesidad de estudiar el
tema del ministerio ordenado en el diálogo interconfesional. Al plantear el tema del ministerio ordenado dice
ya en los inicios: <se dan diferencias respecto al modo de ordenar la vida de la Iglesia. Estas diferencias se
notan más en concreto al considerar el lugar y las formas del ministerio ordenado> (Prefacio,nº 6), que
desarrollará en la tercera parte del Documento (Enchiridion Oecumenicum, ed. A. González Montes, 1.
Relaciones y documentos de los Diálogos interconfesionales de la Iglesia Católica y otras Iglesias
Cristianas y Declaraciones de sus Autoridades (1964-1984). Con Anexos de Grupos no oficiales del
Diálogo Teológico Interconfesional (= EO 1), Salamanca 1986, 913).
29
Como indicación práctica para el mejor conocimiento de la Plegaria que vamos a
a analizar, conviene tener en cuenta su lógica estructural. Podemos dividirla en cuatro
partes bien delimitadas. La primera es la Anámnesis que, tras la invocación a Dios
Padre, recuerda los mirabilia Dei de la historia de la salvación. El tiempo verbal está en
pasado.
La segunda es la Epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu Santo, que
acontece en el aquí y ahora de la celebración litúrgica, para que descienda sobre el
candidato. El tiempo verbal está en presente.
La tercera es la Aitesis, que significa súplica o petición, porque formula una
serie de intercesiones dirigidas a Dios Padre que describen la misión y actitudes que han
de caracterizar la vida y el ministerio del futuro presbítero. El tiempo verbal suele estar
en subjuntivo, porque manifiesta, en forma de deseo, el futuro del candidato.
Por último, la Doxología concluye la oración con una alabanza a la Trinidad
típicamente romana.
La Plegaria de ordenación de los presbíteros tiene una lógica temporal interna
que la sitúa en la historia de la salvación: Ya en la Primera Alianza (Iam in priore
Testamento)… En la plenitud de los tiempos (Novissime)… Ahora (Nunc)… en tu
Reino (in Regno). La celebración litúrgica de la ordenación es el momento actual, el
hodie de la historia de la salvación, en la que el don del Espíritu Santo capacita al
candidato para ser ministro y continuar la misión de Jesucristo, Apóstol y Sacerdote.
2.- EL MINISTERIO PRESBITERAL PROCEDE DE DIOS
Para comprender las claves esenciales del ministerio presbiteral conviene
recordar constantemente la bella liturgia de la ordenación presbiteral. En sus gestos y
textos se condensa de manera extraordinaria las claves fundamentales de la
espiritualidad presbiteral.
2.1.- Acercaos
Cuando el sacerdote designado proclama en alta voz Acercaos los que vais a ser
ordenados…, hemos de ver en estas palabras la llamada de la Iglesia al candidato que va
a ser ordenado. No es el ordenando el que hace una petición personal en público, sino
Dios mismo quien le llama a través de la Iglesia. A través del lenguaje ritual de la
liturgia se expresa nuevamente que es Dios quien elige y llama: “No me habéis elegido
vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y
deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). La vocación sacerdotal no es algo
propio; es una elección del Señor.
El obispo, que en la sucesión apostólica preside la Iglesia reunida y tiene el
carisma del discernimiento, hace la comprometida pregunta que a todos nos sobrecoge,
porque somos conscientes de nuestra miseria y poquedad: ¿Sabes si son dignos? No
pregunta por una dignidad de honor o poder. No se trata de noblezas o privilegios.
Simplemente quiere asegurarse ante el pueblo de Dios allí presente, que la vida del
candidato se corresponde con el ministerio al que es llamado: representar
sacramentalmente a Jesucristo. Esta pregunta ritual ya ha sido contestada por el pueblo
en los informes previos a la ordenación, pero permanece como testimonio ritual de la
aceptación del pueblo de Dios a sus ministros. Ha sido presentado por el pueblo de Dios
ante su obispo para ser examinado en su conducta de vida. El candidato a la ordenación
no se presenta, es llamado.
30
2.2.- ¡Estoy dispuesto!
Ante la llamada sacramental que Dios le hace, ha de manifestar su respuesta
libre y personal como aquellos doce apóstoles a Cristo. La expresión Adsum!,
¡presente!, ¡aquí estoy! es la respuesta del que se muestra disponible a la llamada de
Jesús, del que está dispuesto a estar con Él, del que está preparado para ser enviado por
Él. Más allá de una fórmula burocrática, es la profesión pública de una disposición
interior, que se va confirmando progresivamente en el interrogatorio posterior: ¡Sí, estoy
dispuesto! La respuesta del presbítero a la llamada de Dios, recibida por medio de la
Iglesia, es la disponibilidad, que nace de un corazón libre y humilde.
En la posterior Plegaria de Ordenación de los presbíteros, el Obispo se dirige a
Dios Padre para invocar el Santo Espíritu sobre cada uno de los candidatos. Pero en esta
venerable plegaria de la Iglesia se expresa también la convicción de que es Dios Padre
quien nos llama al ministerio presbiteral; más aún, es Él quien ha previsto en su
designio salvífico la existencia de este ministerio para bien de su pueblo.
Dios Padre es considerado la fuente y el origen de todo cuanto existe. Es el
omnipotente y el omnisciente. El omnipotente, porque es el Creador y el Dueño de
cuanto existe; también la fuente y el origen de los diversos ministerios. El omnisciente,
porque en su presciencia divina crea y distribuye los ministerios existentes en la historia
de la salvación a favor de su pueblo. Tal vez nos pueda sorprender esta afirmación, pero
Dios Padre aparece en esta magna oración de la Iglesia como el autor y el distribuidor
de los ministerios.
Desde el comienzo de la oración se relaciona a Dios Padre con la creación.
Aparece como el Dios Creador del mundo. El desarrollo y consolidación del mundo es
obra de la sabiduría divina. Una idea de fuerte tradición bíblica que aparece expresada en
los libros sapienciales en los que se identifica la Sabiduría con la actividad creadora de
Dios y con la divina providencia7.
Es importante descubrir este aspecto dinámico
de Dios que se revela no sólo por su acción divina en el mundo, sino también en el interior
de la Trinidad. El Padre es el principio divino de la misión y de la unidad de la Trinidad; es
la fuente dinámica de la Trinidad y de toda la historia de la salvación.
Dios es reconocido también, como el creador del hombre y de quien procede la
dignidad humana (humanae dignitatis auctor). Es el autor y dador de la vida, por tanto, de
quien procede el ser humano.
Dios aparece como quien dispone la existencia de los diversos órdenes de
ministros. Subyace en esta idea el sentido de una realidad organizada y ordenada por el
mismo Dios. Los diversos ordines de ministerio obedecen a un designio organizado,
pensado, reglado por Dios mismo8.
Dios es el distribuidor de todos los carismas (distributor omnium gratiarum)9. En
su designio salvífico, Dios ha dispuesto la existencia de carismas y ministros destinados al
bien de su pueblo, ordenados al designio salvífico y es aquí donde se establece la relación
entre Dios Padre y el presbítero. Dios es el autor y el creador del sacerdocio. Dios ha
querido que existiese servicio sacerdotal en su pueblo en su peregrinar histórico. Por eso,
ya en la Primera Alianza, Dios dispuso hombres dedicados al pueblo para realizar la
función sacerdotal, los cuales eran sombra, tipos, del sacerdocio de la Nueva Alianza.
7
Sab 7, 27; 8, 1; Sal 104, 30.
Esta idea aparece también en numerosos textos litúrgicos. Ver: A. Blaise, A. DUMAS, Le vocabularie
latin des principaux thèmes liturgiques, Turnhout 1966, 139.
9
La actual oración de ordenación de los diáconos comienza llamando a Dios gratiarum dator, ordinum
distributor officiorumque dispositor. Son expresiones diferentes con el mismo contenido de la plegaria que
analizamos (Pontificale Romanum ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II renovatum
auctoritate Pauli PP. VI editum Ioannis Pauli PP. II cura recognitum. De ordinatione Episcopi,
Presbyterorum et Diaconorum, editio typica altera, Città del Vaticano 1990, 207).
8
31
Aparecen Moisés y Aarón como figuras elegidas por Dios para gobernar y santificar a su
pueblo, y Dios es el transmite su misión en los setenta varones colaboradores de Moisés y
en los hijos de Aarón. Todo es obra de Dios. Es Él también quien envía al mundo a su
propio Hijo, Apóstol y Sumo sacerdote (Hb 3,1). Y este nuevo sacerdocio, inaugurado por
Cristo, se continúa en los Apóstoles y posteriormente en sus colaboradores, vinculados a la
obra de los Apóstoles por voluntad divina.
Es importante destacar el aspecto relacional entre Dios y el presbítero tal como
aparece en el contenido de la plegaria analizada. Los verbos aplicados a Dios indican que
dispone, envía, agrega… El presbítero es un hombre llamado, elegido y dispuesto por Dios
para formar parte de su designio divino y colaborar en su obra salvadora.10
La parte central de la epíclesis comienza invocando a Dios que conceda al
candidato “la dignidad del presbiterado”. Además indica la nueva condición que
caracteriza al presbítero tras la donación transformante del Espíritu invocado sobre él. Es la
nueva realidad del presbiterado, diversa de la situación anterior, que procede de Dios
mismo.
La invocación epiclética por parte del obispo presupone, en fe y confianza, la
donación del Espíritu en el candidato. Dios concede el don del Espíritu al candidato. Se
trata de una nueva donación del Espíritu, por eso se emplea el verbo innovare, exigida por
el nuevo sacramento que transforma y capacita al ordenado para su nueva misión
presbiteral.
Comprendido así, el ministerio presbiteral no es fruto de la casualidad o, incluso,
resultado del simple devenir histórico de la Iglesia. Es un servicio querido por Dios para
cuidar de su pueblo.
Desde esta convicción espiritual de la Iglesia, la elección y llamada al ministerio
presbiteral se debe a una disposición de la voluntad divina. No podemos comprender su
sentido y existencia desde los puros razonamientos humanos o históricos, siempre tan
empíricos y utilitaristas. El ministerio presbiteral es un misterio que nos trasciende.
La tradición bizantina da especial importancia a la proclamación inicial del rito
de ordenación en el que se afirma que es la gracia divina quien designa al candidato:
“La gracia divina que siempre sana lo que esta enfermo y suple lo que falta elige a N.,
diácono amadísimo de Dios, como presbítero. Oremos pues por él para que descienda
sobre él la gracia del Todosanto Espíritu”.
En este hermoso texto, presente en la mayor parte de las liturgias orientales, se
afirma la convicción eclesial de que es Dios mismo quien elige, llama y designa al
candidato a la ordenación presbiteral. Es la “gracia divina” quien elige; pero también
quien sana las debilidades y quien suple las deficiencias del elegido. Dios Padre conoce
bien nuestra masa, es consciente de las imperfecciones de sus criaturas… por eso, sana
y completa, por medio del Espíritu Santo derramado en la persona del candidato, lo que
va a necesitar en su ministerio.
3.- ORDENADO POR LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
Los presbíteros son ungidos por el Espíritu Santo para ser enviados a prolongar
la misión encomendada por Jesucristo. Su ministerio presbiteral sólo se entiende a la luz
del ministerio mesiánico de Jesucristo, prolongado en el ministerio de los apóstoles.
En la liturgia de la ordenación hay un gesto esencial que nos recuerda el don del
Espíritu Santo sobre el ordenando. El obispo impone sus manos sobre la cabeza del
B. BOTTE, “La formule d'ordination ‘la grace divine’ dans les rites orientaux”, en L’Orient Syrien 2 (1957)
285-296.
10
32
candidato en silencio, y tras él todos los demás presbíteros presentes. En el caso del
diácono es solamente el obispo que preside; en la ordenación episcopal son todos los
obispos presentes. Este gesto epiclético manifiesta que hay una transmisión del Espíritu.
Por la imposición de las manos del obispo sobre la cabeza del ordenando y la plegaria
de la Iglesia se confiere la gracia del Espíritu Santo necesaria para el ejercicio del
ministerio presbiteral. Por tanto, también el presbítero es ungido por el Espíritu de Dios
y capacitado para la misión que le encomienda.
El texto de la Plegaria de ordenación de los presbíteros enriquece y
complementa este gesto ritual expresando los motivos de tal invocación y donación del
Espíritu: “Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la
dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de
ti el segundo grado del ministerio sacerdotal y sean, con su conducta, ejemplo de vida”.
Dios Padre, que dispuso la existencia de ministros ordenados para la edificación de
la Iglesia, es el principio fontal del presbiterado. Es Él quien elige a los presbíteros y quien,
por la fuerza de su Espíritu, los convierte en ministros ligados sacramentalmente a
Jesucristo para ser servidores y continuadores del sacerdocio apostólico. Por medio del
Espíritu recibido en el sacramento del Orden, los presbíteros son configurados a Cristo,
Apóstol y Sumo Sacerdote, de forma que participan ministerialmente de su consagración y
misión.
El obispo invoca el don del Espíritu Santo para que descienda sobre el candidato
como una donación gratuita por parte de Dios Padre. Se afirma, de este modo, el
carácter carismático del ministerio presbiteral para expresar que es un carisma
particular del Espíritu, un don espiritual al servicio del Pueblo de Dios, y no
simplemente una función sociológica.
A lo largo de toda la oración, el candidato está arrodillado en silencio, expresando
con esta actitud su disposición humilde y su unión orante con el obispo para suplicar el don
del Espíritu sobre él. Ya había recibido anteriormente el Espíritu como don personal y
permanente en la iniciación cristiana; ahora lo recibe de nuevo con el fin de ser capacitado
para participar del sacerdocio ministerial de Cristo Cabeza y Pastor, y santificar su vida.
Por eso, se pide que renueve en él el Espíritu de santidad.
Este Espíritu de santidad recibido en el sacramento del Orden garantiza la
presencia del Espíritu de Dios en la vida y en el ministerio el presbítero. Tal presencia
no es mero don estático, sino fuente dinámica y vitalizadora que actúa en el presbítero
y, por medio de él, santifica a la Iglesia y a todos los hombres en su peregrinar histórico
hacia la plenitud del Reino de Dios. Sólo con la gracia del Espíritu Santo fructifica el
anuncio del Evangelio en el corazón de los hombres; y gracias a la fuerza del Espíritu,
los sacramentos actualizan y comunican la salvación ofertada por Dios en Cristo.
La dignidad del presbiterado a la que se alude la Plegaria, no re refiere a la
dignidad de un honor o privilegio, sino que se trata de una dignidad sacramental. El
sentido primigenio del término dignitas hacía referencia al antiguo cursus gradual de las
órdenes sagradas y, por tanto, al sentido de promoción que adquirían. Sin embargo la
dignidad del presbiterado se fundamenta en la llamada de Dios y en el don del Espíritu
recibido por medio de la ordenación. Es el Espíritu de Dios quien elige, capacita,
santifica y perfecciona la pequeñez del siervo llamado al ministerio presbiteral. La
invocación del Espíritu condiciona la vida del presbítero, no sólo en la celebración
litúrgica de la ordenación, sino en toda su misión presbiteral. Su ministerio es epifanía
de la epíclesis central de la ordenación. Toda su vida y todo su ministerio es epiclética.
El presbítero ha recibido el mismo Espíritu de Jesús y ha sido enviado a su misma
misión. El don recibido gratuitamente, por pura generosidad del Padre, le capacita para
33
vivir su ministerio. Para realizar esta misión, no puede confiar en sus solas fuerzas
humanas, sino que ha de dejarse conducir –como Jesús- por la fuerza del Espíritu.
Podríamos establecer tres momentos consecutivos en los que se advierte el
protagonismo particular del Espíritu Santo.
- En primer lugar, el candidato es elegido por la acción del Espíritu.
- En segundo lugar, en la epíclesis de las plegarias se invoca el don del Espíritu
Santo para que descienda sobre el candidato como una donación gratuita por parte de
Dios Padre. Se afirma, de este modo, el carácter carismático del ministerio presbiteral
para expresar que es un carisma particular del Espíritu, un don espiritual al servicio del
Pueblo de Dios, y no simplemente una función sociológica. El mismo gesto de la
imposición de manos manifiesta que hay una transmisión del Espíritu. Este es el
misterio que acontece en el sacramento de la ordenación presbiteral, celebrado siempre
en el contexto eucarístico: por la imposición de las manos del obispo sobre la cabeza del
ordenando y la plegaria de la Iglesia se confiere la gracia del Espíritu Santo necesaria
para el ejercicio del ministerio presbiteral.
El Espíritu Santo es la fuerza, la gracia, la fuente dinámico y vitalizadora a través
de la cual (per) se realiza la voluntad divina, en este caso a favor del candidato al
presbiterado. Este lo había recibido anteriormente como don personal y permanente en la
Iniciación cristiana; ahora lo recibe de nuevo con el fin de ser capacitado para participar
del sacerdocio ministerial de Cristo Cabeza y Pastor, y santificar su vida11.
- En tercer lugar, el Espíritu Santo capacita, perfecciona, santifica al ordenado.
Por eso, la epíclesis es el eje sobre el que se vertebra el ministerio presbiteral, no sólo en
la celebración litúrgica de la ordenación sino en toda su misión presbiteral; de modo que
su ministerio es epifanía de la epíclesis esencial de la ordenación. Toda la acción
ministerial del presbítero es epiclética.
Al estar colmado del Espíritu de Dios, el presbítero se convierte en vas Spiritus
Sancti (recipiente del Espíritu Santo) y difusor de ese mismo Espíritu y de sus dones12
Como persona “santificada”, “consagrada” por el Espíritu, inicia un nuevo estado de vida.
Los presbíteros, como ministros de Cristo, santificados por el don del Espíritu Santo y
llamados a santificar a su pueblo y proclamar su mensaje por toda la tierra, son hombres
del Espíritu13
11
G. FERRARO, Le preghiere di ordinazione, 128: Lo Spirito, nel centro della preghiera di consacrazione,
viene dunque invocato e donato per creare nei candidati la realtà di presbiteri, di anziani per dare loro il
sacerdozio di secondo grado costituendoli collaboratori dei vescovi nel triplice compito di governare la
comunità cristiana, di offrire il culto a Dio e di celebrare i sacramenti, di annunciare l'evangelo. Esta idea
se completa y aclara con las palabras del BEM: La ordenación es un signo de que el Señor, que confiere el
don del ministerio ordenado, ha concedido lo que se pedía en la oración. Aunque la eficacia de la epíklesis
eclesial depende de la libertad de Dios, la Iglesia ordena con la confianza de que Dios, que es fiel a su
compromiso en Cristo, irrumpe sacramentalmente en las formas contingentes e históricas de relación entre
los hombres, y las utiliza para sus fines. La ordenación es un signo realizado en la fe de que la relación
espiritual que se significa está presente en, con y por las palabras pronunciadas, los gestos que se han
hecho y las formas que se han empleado (928).
12
A. M. TRIACCA, Presbyter: Spiritus Sancti, 211-215. Este artículo analiza una interesante expresión de la
plegaria de ordenación de los presbíteros contenida en el Testamentum Domini aplicada al presbítero: ut sit
vas tui Spiritus sancti (Testamentum Domini nostri Iesu Christi nunc primum edidit, latine reddidit et
illustravit, ed. I. Rahmani, Moguntia 1899, 69). El presbítero es considerado un recipiente (vas) que contiene
el Espíritu de Dios; por tanto, el Espíritu Santo es constitutivo ontológico del presbítero.
13
P. JOUNEL, La nouvelle édition typique du rituel des ordinations», en La Maison-Dieu 186 (1991) 1822.
34
4.- PARA CONTINUAR LA MISIÓN DE CRISTO
La Plegaria de ordenación de los presbíteros define al presbítero como un
ministro de Jesucristo. Al designar al presbítero como un ministro de Cristo se retoma la
conocida expresión paulina, tan apreciada por la tradición litúrgica: “ministro de Cristo
y dispensador de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1). El término latino minister
denomina a quien realiza un ministerium, y procede de minus, que se traduce por el
menor, el que es menos, el servidor. En contraposición a magister, que denomina a
quien ejerce un magisterium, y procede de magis, que significa el mayor, el que es más,
el superior o el maestro. La tradición litúrgica ha privilegiado los términos minister y
ministerium para aplicarlos a las personas que realizaban un servicio en la Iglesia, sobre
todo, litúrgico. El presbítero es considerado un servidor de Jesucristo, que prolonga la
misma misión de Jesucristo, encomendada a los Apóstoles, continuada por los Obispos
y, en colaboración necesaria con ellos, realizada también por los presbíteros (LG 28).
La ordenación presbiteral configura al candidato con Cristo para vivir en
comunión con Él. La expresión “configurado con Cristo” es una expresión muy querida
y usada por el magisterio eclesiástico actual. El sacramento del Orden configura al
sacerdote con la persona de Cristo Profeta, Sacerdote y Pastor, por eso participa en su
función profética, sacerdotal y pastoral. Obra, por tanto, in persona Christi, es decir, en
la persona de Cristo, como embajador de Cristo, como si Dios hablara y actuara por
medio de él (2 Cor 5,20). El presbítero está configurado a Cristo por el sacramento del
Orden para ser representación sacramental de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. No
es un simple representante de la Iglesia en el mundo, sino el representante de Cristo ante
la Iglesia. Junto con la Palabra y los sacramentos, el sacerdocio pertenece a los
elementos constitutivos de la Iglesia.
El presbítero es un servidor, que ejerce el ministerio de la representación
sacramental de Jesucristo en favor del pueblo de Dios. Este servicio de “representación”
propio del ministerio sacerdotal es necesario y constitutivo de toda celebración litúrgica.
No hace las veces de Cristo o lo representa como si éste estuviese ausente; sino como el
signo de Cristo presente y operante. El presbítero se convierte en signo sacramental de
Cristo presente por el don del Espíritu Santo recibido en la ordenación. De este modo
puede representar sacramentalmente a Jesucristo y a su Cuerpo, la Iglesia.
4.1.- In persona Christi Capitis
Por tanto, si representa a Cristo ha de estar en comunión de vida y misión con
Jesucristo. Esto es lo que significa la tradicional expresión teológica: “in persona Christi
Capitis”. Si los sacerdotes son embajadores de Cristo, sus palabras son pronunciadas
con la misma eficacia que las palabras de Cristo, y sus gestos sacramentales son
realizados con la misma eficacia que los signos de Jesús. Este es el fundamento de la
naturaleza sacramental del sacerdocio cristiano vinculado, por el sacramento del Orden,
a la persona del sacerdote.
La Constitución Sacrosanctum Concilium afirma que Cristo está presente en la
persona del ministro que preside la celebración litúrgica (SC 7), y el decreto
Presbyterorum Ordinis declara que los presbíteros están identificados con Cristo
Sacerdote, de tal manera que pueden actuar como representantes de Cristo Cabeza (PO
2). La doctrina conciliar recuerda que Cristo ha querido servirse de la mediación de los
ministros ordenados para realizar su obra santificadora. Él es el verdadero sacerdote de
toda celebración; y ha querido visibilizar su acción salvadora por el ministerio de
quienes han recibido una configuración especial con Él en el sacramento del Orden. Él
35
es quien bautiza; Él es quien perdona, etc. a través del ministerio sacerdotal. Por tanto,
el sacerdote es signo sacramental de Jesucristo, quien hace las veces de Cristo, quien
ocupa el lugar de Cristo, quien personifica a Cristo. Son diversas expresiones empleadas
en los documentos magisteriales actuales para indicar la misma realidad.
El presbítero no habla ni actúa a título personal; es signo eficaz de la presencia
de Cristo, porque está capacitado por el Espíritu Santo para realizar lo mismo que Jesús
hizo y encargó a sus discípulos que hicieran en memoria de él. Así aparece en algunas
expresiones litúrgicas, especialmente en algunos momentos en los que el sacerdote
habla en primera persona. El ejemplo más claro son las palabras de la consagración
eucarística. El presbítero dice: “Esto es mi Cuerpo… mi Sangre…” El posesivo “mi” no
se refiere al sacerdote que lo pronuncia, sino a Cristo. Sin embargo, el presbítero, que
hace presente a Cristo y ocupa el lugar que ocupó un día Cristo, le presta su voz y toda
su persona para que pueda continuar actualizando el misterio de la salvación.
4.2.- In nomine Ecclesiae
Precisamente porque representa a Cristo Cabeza, el presbítero está llamado a
representar a su Cuerpo: la Iglesia, especialmente en la celebración litúrgica. El
presbítero, por tanto, visibiliza sacramentalmente la presencia de Cristo, Cabeza de la
comunidad, y actúa sacramentalmente también en nombre de todo el Pueblo santo, en
nombre y representación de la Iglesia.
La asamblea litúrgica es el primer signo o “sacramento” de la presencia de
Cristo en su Iglesia (Mt 18,20). El presbítero “hace las veces de Cristo” encarnado en el
seno de la Iglesia. Es miembro de la comunidad eclesial y ejerce una misión
sacramental recibida en ella. Por la ordenación, el presbítero representa a la Iglesia,
habla y actúa en su nombre –“in nomine Ecclesiae”. No actúa aislado sino unido a la
comunidad eclesial y para su edificación. Su condición pastoral le hace estar pendiente
del cuidado y guía del pueblo a él confiado; su condición profética le urge a anunciar el
Evangelio entre los suyos y custodiar la enseñanza de la Iglesia; su condición sacerdotal
le capacita para representar a su pueblo en la oración y el sacrificio ofrecidos al Padre.
No es una simple delegación jurídica de la comunidad eclesial, es una
configuración sacramental a Cristo, por el Espíritu Santo recibido en el sacramento del
Orden, y una capacitación sacramental para representar a su Cuerpo, la Iglesia, en la
liturgia. De nuevo, quien representa sacramentalmente a Cristo ha de realizar lo que
quiso Cristo, conforme a su libre y divina voluntad. Quién está puesto al servicio de su
Iglesia, ha de realizar lo que quiere la Iglesia. Es una intención evidente e
imprescindible en todo presbítero.
El presbítero es llamado por Dios al humilde servicio de la representación
sacramental de Jesucristo y de su Cuerpo, la Iglesia. Para realizar esta misión es
necesario que el presbítero sea consciente de su condición de siervo y servidor. Son dos
acepciones diferentes que reclaman un mismo significado. El presbítero se define como
siervo ante Dios. Contrasta la humildad y pequeñez del siervo frente a la grandeza de
Dios y la dignidad del sacramento recibido. Esto es lo quiere expresar la postración en
el suelo durante el canto de las letanías de los santos. Pero la ordenación presbiteral
hace del siervo un ministro al frente de un ministerio, un servidor para un servicio y una
misión. El presbítero no puede olvidar la enseñanza de Jesús a sus discípulos: “no he
venido a ser servido, sino a servir”. Esta ha de ser la lógica que inspire la llamada al
ministerio y su entrega de vida. Sin olvidar que la condición vital para el servicio es la
humildad del siervo.
4.3.- Sacerdocio apostólico
36
La liturgia de ordenación subraya la participación especial del ministerio
presbiteral en el sacerdocio y misión de Cristo.
Cristo es denominado en la Plegaria de ordenación como Apóstol y Sumo
Sacerdote (Heb 3,1). Siguiendo su etimología bíblica, el término Apóstol significa enviado.
La Plegaria de ordenación menciona a Moisés y Aarón como enviados de Dios para regir y
santificar a su pueblo. Éstos son simples hombres; Jesús es el Hijo de Dios, Palabra y
revelación del Padre. Su misión es anunciar el Reino de Dios, el Evangelio de la salvación,
que es Él mismo: su persona, sus obras y sus palabras. Jesús es el Apóstol y la Palabra del
Padre; en Él se identifican Palabra y Enviado. Cristo es denominado también como Sumo
Sacerdote (Pontifex). Al ofrecerse a sí mismo al Padre, se convierte en Víctima y
Sacerdote. En Él se identifican la ofrenda y el Sacerdocio. Nadie duda de su Sacerdocio
único e irrepetible.
Jesús hizo partícipes de su misión a los Apóstoles, que se convierten en los
continuadores de su misión de anuncio del evangelio y santificación de los hombres.
Ambos aspectos presentados separadamente en la definición de Cristo son unificados en la
novedosa expresión “sacerdocio apostólico”, que aparece, por primera vez, en un texto
litúrgico de la Iglesia: “También ahora, Señor, te pedimos nos concedas, como ayuda a
nuestra limitación, estos colaboradores que necesitamos para ejercer el sacerdocio
apostólico”.
Los dos aspectos con los que la oración define a Cristo, -Apóstol y Sumo
sacerdote-, son aplicados también a los apóstoles y a sus sucesores los obispos en el
ejercicio del sacerdocio apostólico; que se prolongan también en el ministerio de los
colaboradores de los Apóstoles y en los presbíteros.
El obispo, conscientes de su fragilidad y limitación para realizar la tarea del
ministerio encomendado, pide a Dios Padre le conceda ayudantes, al igual que Dios
concedió cooperadores a los Apóstoles. Por el sacramento del Orden, el presbítero es
“habilitado” para continuar la misión de Cristo. Su participación en la misión de Cristo
Apóstol y Enviado del Padre hace del presbítero un enviado de Cristo con la misión de
anunciar a Cristo, Palabra del Padre revelada en el Evangelio. De tal forma que el
presbítero, configurado sacramentalmente a Cristo Apóstol, es un apóstol del Apóstol.
El presbítero es configurado también a Cristo Sumo Sacerdote. De esta forma se
convierte en sacerdote del Nuevo Testamento. Cristo es constituido Sumo Sacerdote por su
obediencia filial al Padre y por su solidaridad con los hombres. Es Sacerdote y Víctima. De
igual forma, el presbítero es sacerdote que ofrece en su sacrificio la única ofrenda
agradable al Padre, que es Cristo, y se ofrece a sí mismo obedeciendo filialmente al Padre
y asociando en sí a la humanidad. El sacerdocio ministerial del presbítero deriva de Cristo
Sumo y Eterno Sacerdote. El presbítero es sacerdote del Sumo Sacerdote.
El presbítero es, por tanto, “apóstol” y “sacerdote” que participa, por el sacramento
del Orden y como cooperador necesario, en el sacerdocio apostólico encomendado a los
obispos.
4.4.- Cooperadores del Orden episcopal
Una de las afirmaciones más claras y precisas que acentúa la actual liturgia de
ordenación presbiteral es la concepción del presbítero como cooperador del obispo. No
se trata de una simple cooperación laboral o moral, ni de una mera delegación jurídica o
simple acto de obediencia, sino de una cooperación sacerdotal que establece una unión
sacramental entre ambos. No en vano las expresiones que se emplean en el texto de la
Plegaria de ordenación refuerzan este carácter de cooperación entendida como unión
(cooperadores, sean con nosotros, junto con nosotros…). Se emplea el plural para expresar
la noción colegial del episcopado. El obispo habla como miembro del orden episcopal.
37
Por el sacramento del Orden los presbíteros están unidos a su obispo en íntima
comunión sacramental, en un mismo sacerdocio diversamente participado, que hace de los
presbíteros verdaderos hermanos y amigos de los obispos. Los presbíteros están unidos al
obispo en la dignidad sacerdotal, que los obispos poseen en plenitud. Pero los obispos
necesitan de los presbíteros para el ejercicio de las funciones ministeriales propias de su
sacerdocio apostólico.
La unión y cooperación con el Orden episcopal se pone de manifiesto en la
ritualidad y en las fórmulas textuales de la ordenación. Su ritualidad más evidente es el
gesto de la imposición de manos. El obispo invoca el don del Santo Espíritu en la plegaria
de ordenación y es el primero en imponer las manos sobre la cabeza del candidato,
prolongada posteriormente por la imposición de manos de los presbíteros presentes. El
presbítero es ordenado por el obispo.
En cuanto a los textos más referenciales de esta vinculación, cabe citar la primera
de las preguntas que el obispo dirige al ordenando en el interrogatorio previo a la
ordenación:
¿Estáis dispuestos a desempeñar siempre el ministerio sacerdotal con el grado de
presbíteros, como buenos colaboradores del Orden episcopal, apacentando el
rebaño del Señor y dejándoos guiar por el Espíritu Santo?
Se insiste en la consideración del presbítero como cooperador del Orden episcopal
para apacentar el rebaño del Señor, guiado por el Espíritu Santo. Antes de ser ordenado,
acepta y se compromete a ser un fiel cooperador del Orden Episcopal; expresada, también,
en el gesto ritual con el que finaliza el rito de la ordenación: El obispo da el ósculo de paz
al neopresbítero significando con ello la aceptación del nuevo cooperador en su ministerio
episcopal.
Sólo desde esta cooperación y unión sacramental se comprende el contenido de la
expresión: segundo grado del ministerio sacerdotal. Con ella no se quiere reducir al
presbítero a un simple grado eclesiástico o a un “secundario” ministerio, sino que su grado
y servicio consisten en su ser ministerial, que sólo puede ejercerse cooperando
“subordinadamente” con el obispo. Subyace en esta expresión un aspecto de gran
importancia teológica en nuestros días: el ministerio presbiteral sólo tiene sentido en
cooperación y unión con el ministerio episcopal.
La elección del candidato es obra de Dios; sin embargo es el obispo el que
discierne y confirma quién es el elegido de Dios. En palabras tomadas de la tradición
bizantina, el obispo designa ritualmente al designado por la gracia divina. Es el obispo
quien asume la responsabilidad eclesial de confirmar la elección divina del candidato.
El obispo es también el ministro que administra este sacramento. La mediación
episcopal se expresa en el gesto común de la imposición de manos y la oración que
acompaña a este gesto ritual. El ministerio episcopal aparece como mediación
sacramental necesaria para la existencia del presbiterado, y el ministerio presbiteral se
ordena en vistas a la cooperación con el orden episcopal. Se advierte una cierta lógica
que parte de la mediación sacramental en vistas a la cooperación ministerial.
Esta nota de mediación sacramental que atribuimos al obispo no debe
interpretarse en clave de posesión o dominio de la gracia. El don espiritual recibido en
la ordenación presbiteral no procede “del”, sino que acontece “mediante” el obispo. No
se trata de un matiz de procedencia posesiva, sino de causa instrumental. Ciertamente
esta gracia del Espíritu donada en la ordenación presbiteral no acontece sin la
intervención o mediación del obispo.
Por la ordenación, el ministerio presbiteral se inserta en la misión episcopal; se
convierte en un cooperador necesario en su misión episcopal. Ser cooperador del orden
episcopal significa que comparten la misma misión, aunque sea de forma secundaria o
38
subordinada. La relación entre ambos no puede limitarse a un cumplimiento o
imposición jurídica. Los ritos de ordenación denotan la intimidad existente entre ambos
ministerios: su unión sacramental ha de ser comunión vital en su ministerio sacerdotal.
La finalidad de la mutua colaboración es el buen servicio y guía del pueblo de
Dios: buenos colaboradores del Orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor. El
ministerio presbiteral se ordena al crecimiento y edificación de la Iglesia. Las funciones
presbiterales están al servicio de los fieles y el presbítero no puede ignorar este sentido
eclesial de su ministerio. Es un elegido de entre el pueblo de Dios para servir al pueblo
de Dios, como canta el Prefacio I de las Ordenaciones: Cristo, “con amor de hermano,
ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos,
participen de su sagrada misión”.
Como receptor de la gracia divina en la ordenación, sabe que no es un don para
sí mismo, sino que lo ha recibido en vistas a su misión pastoral para bien del pueblo. El
no es el dueño ni el destinatario exclusivo de la gracia, sino el administrador de la
Palabra de Dios y de los sacramentos a favor del pueblo santo. Él no recibe esta misión
a título personal ni individualmente, sino que lo acoge en una Iglesia y en un
presbiterio, presididos por un Obispo. La cooperación del presbítero con el Obispo
garantiza la inserción de su ministerio en la misión de Cristo, encomendada a los
Apóstoles y continuada por los obispos.
4.5.- Predicador del Evangelio (Praedicator Evangelii)
En la Plegaria de ordenación de los presbíteros aparace, por primera vez en la
historia del rito romano, el elenco de las funciones o misiones propias del presbítero, que
manifiestan su participación especial en el sacerdocio y misión de Cristo, y se orientan a la
formación y santificación del Pueblo de Dios.
Es significativo que en el rito de la ordenación de los presbíteros, después de
manifestar la disponibilidad a cooperar en la misión apostólica confiada al colegio
episcopal, el obispo pregunta a los candidatos:
¿Realizaréis el ministerio de la palabra, preparando la predicación del Evangelio
y la exposición de la fe católica con dedicación y sabiduría?
Se especifica que el presbítero es ungido y enviado a anunciar el Evangelio a toda
la creación y llevar a los hombres a la comunión con Dios. Según estas palabras el
ministerium verbi del presbítero comprende la predicación del Evangelio y la enseñanza de
la fe, “digna y sabiamente.
Anunciar el Evangelio. Los presbíteros, como ministros de Jesucristo, participan de
la misión profética de Cristo y de la misión evangelizadora de los Apóstoles. Se convierten
así en heraldos y pregoneros del Evangelio al servicio de los hombres.
Así lo afirma la tradición litúrgica de la Iglesia oriental y occidental, cuando en las
plegarias de ordenación de los presbíteros consideran el anuncio del Evangelio como tarea
prioritaria del presbítero. La invocación de la Plegaria de ordenación del rito romano no
olvida esta misión presbiteral: “Sean honrados colaboradores del orden de los Obispos,
para que por su predicación y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del Evangelio
dé fruto en el corazón de los hombres y llegue hasta los confines del orbe”.
Estas palabras, apoyadas en la tradición bíblica y litúrgica, indican como misión
primera del presbítero el anuncio del Evangelio, dirigido a todos los hombres, no sólo al
pueblo cristiano. Se caracteriza por su universalidad. El anuncio del Evangelio suscita la fe
y, por medio de ella, los hombres son atraídos hacia Cristo. No depende exclusivamente de
la valía humana del evangelizador, sino que fructifica por la gracia del Espíritu Santo. Y
39
este anuncio del evangelio es el principio de la vida de la Iglesia. La Palabra suscita, nutre,
alimenta y edifica la Iglesia como Pueblo de Dios
Anunciar el Evangelio no consiste únicamente en la transmisión intelectual de un
mensaje, sino que es “poder de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16). El
anuncio autorizado del presbítero está configurado como un ministerio que surge del
sacramento del Orden y que se ejercita con la autoridad de Cristo. Es un ministerio
sacramental, porque “a quien vosotros oye, a mi me oye” (Lc 10,16).
El anuncio del evangelio que impregna la actividad misionera de la Iglesia, se
continúa también sacramentalmente en la proclamación de la Palabra Dios en la liturgia,
porque, cuando se proclaman la Escritura en la liturgia, Dios mismo habla a su pueblo. En
el corazón de la celebración litúrgica acontece el misterio de la actualización de la Palabra
de Dios para su pueblo. Por eso, es una Palabra siempre viva y eficaz, siempre reveladora
para quien la escucha como Palabra de salvación.
Y el anuncio del Evangelio se complemente y madura con la enseñanza y
maduración en la fe.
Educar en la fe. El ministerio de la Palabra incluye la enseñanza de la fe, que
clarifica y madura el primer anuncio a través de la catequesis y la instrucción cristiana.
Cuando el obispo se dirige a los que van a ser ordenados presbíteros les recuerda que van a
participar en la misión evangelizadora de Cristo Maestro, continuada por los Apóstoles y
obispos. Además, establece una conexión entre el ministerio de la Palabra y su vida
personal, parafraseando aquellas preciosas palabras de la oración Deus sanctificationum
omnium de la antigua liturgia galicana: “Convierte en fe viva lo que lees, y lo que has
hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.
En estas palabras se expresa un aspecto de la espiritualidad presbiteral: la Palabra
de Dios complica la vida del presbítero. El ministerio evangelizador del presbítero no
puede comprenderse como una mera tarea funcional. Por su ministerio ordenado, en el que
ha recibido el Espíritu de santidad, el presbítero se convierte en garante oficial y
cualificado de la Palabra. No es el dueño de la Palabra, sino su servidor y administrador.
No es el único interpretador de esta Palabra, sino un ministro partícipe de la autoridad
profética de Cristo y de la Iglesia ante el pueblo de Dios. Su enseñanza y educación no
consiste en repetir de memoria la doctrina revelada, sino en formar la inteligencia y la
conciencia de los creyentes para que puedan vivir de forma coherente las exigencias de la
vocación bautismal.
4.6.- Administrador de los sacramentos (Dispensator Mysteriorum Dei)
En la Plegaria analizada, el Obispo pide a Dios Padre que los futuros presbíteros
sean fieles administradores de los misterios de Dios. Ya hemos señalado el origen bíblico
de esta expresión con la que se denomina el ministerio litúrgico ejercido en la
administración de los sacramentos propios de su ministerio presbiteral (1 Cor 4,1). El
presbítero es considerado un administrador o dispensador, no el dueño o poseedor de los
dones administrados. Estos dones son misterios “de Dios”, porque pertenecen a Dios. La
finalidad del servicio presbiteral está dirigida a la santificación del Pueblo de Dios
mediante la administración de los sacramentos propios y ordinarios del ministerio
presbiteral.
Esta alusión al servicio sacramental del presbítero, evoca la pregunta que el obispo
le hace al inicio del rito de ordenación: ¿Estáis dispuestos a presidir con piedad y
fielmente la celebración de los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la
Eucaristía y el sacramento de la reconciliación, para alabanza de Dios y santificación del
pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia?
40
El presbítero debe celebrar los misterios de Cristo con una doble finalidad: la
alabanza de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Y se hace una pregunta explícita
sobre dos sacramentos, la Eucaristía y la Reconciliación, que debe celebrar piadosa y
fielmente.
Los sacramentos ligados al ministerio presbiteral en la Plegaria de ordenación son
cuatro: el bautismo, la eucaristía, la reconciliación y la Unción de los enfermos: “Sean con
nosotros fieles dispensadores de tus misterios, para que tu pueblo se renueve con el
baño del nuevo nacimiento y se alimente de tu altar; para que los pecadores sean
reconciliados y sean confortados los enfermos.”
El primero en ser mencionado es el Bautismo. Se pide a Dios que su pueblo sea
renovado por el baño del nuevo nacimiento (Tit 3,5-6). El bautismo es el primer
sacramento de la iniciación cristiana, que introduce a los hombres en el Pueblo de Dios y
renueva constantemente la Iglesia. Si el presbítero tiene como finalidad la formación de un
pueblo sacerdotal, la administración del bautismo es esencial en su ministerio.
El segundo sacramento mencionado es la Eucaristía. Por medio de ella se nutre y
alimenta el Pueblo de Dios. Como veremos más adelante, la eucaristía ha sido siempre el
sacramento por excelencia del ministerio presbiteral.
En tercer lugar, se menciona el sacramento de la Reconciliación, por medio del
cual son reconciliados los pecadores. El presbítero es un ministro de la misericordia divina,
que reconcilia a los hombres con Dios y con la Iglesia, -como la propia fórmula del
sacramento manifiesta-, gracias a la muerte y resurrección de Jesucristo. Pero el presbítero
es también beneficiario de este sacramento haciéndose testigo de la misericordia entrañable
de Dios por los pecadores.
En último lugar, se menciona el sacramento de la Unción de los enfermos. La
unción con el óleo bendecido alivia la enfermedad y el dolor de los enfermos. La mención
de este sacramento en la plegaria misma de ordenación recuerda al presbítero que, como
ministro de Cristo, ha de servir también a los enfermos con los medios dispuestos por Él
mismo, especialmente con el sacramento propio de la enfermedad. Su ministerio es una
misión de consolación y misericordia para los que sufren, que son el rostro sufriente de
Jesús.
4.7.- Implorante de la misericordia de Dios (Deprecator misericordiae Dei)
La tercera y última de las funciones del presbítero mencionadas en la Plegaria de
ordenación es el ministerium orationis. Se pide que los presbíteros, unidos al orden
episcopal, imploren la misericordia de Dios por el pueblo a ellos encomendado y por todo
el mundo. El contenido de este párrafo está tomado casi literalmente del Decreto
Presbyterorum Ordinis, que habla de los presbíteros como ministros de los Sacramentos y
hace una mención especial al rezo de la Liturgia de las Horas. Para comprender mejor su
contenido lo relacionamos con la novedosa pregunta añadida en la actual edición: ¿Estáis
dispuestos a invocar la misericordia divinacon nosotros, en favor del pueblo que os sea
encomendado, perseverando en el mandato de orar sin desfallecer? Y posteriormente se
dice en la Plegaria de ordenación: Que en comunión con nosotros, Señor, imploren tu
misericordia por el pueblo que se les confía y en favor del mundo entero.
La oración presbiteral implora la misericordia de Dios por el pueblo a ellos
confiado y por todo el mundo. No ora solamente por el Pueblo de Dios, sino por toda la
humanidad. Su oración conlleva un marcado carácter de universalidad: por todos los
hombres.
Se potencia de este modo la figura orante del presbítero, que siguiendo el mandato
del Señor y a ejemplo de los Apóstoles, se dedica asiduamente a la oración (Hc 6,4). Al ser
constituido sacramentalmente en pastor del Pueblo de Dios ora al Padre por el pueblo a ell
41
encomendado y por todos los hombres. Es una función intercesora y pastoral. Es, también,
una misión encomendada por la Iglesia que manifiesta la naturaleza de la Iglesia en
oración. El presbítero ora en nombre de la Iglesia, por la Iglesia, con la Iglesia y en la
Iglesia, haciendo de su oración una ofrenda de alabanza y acción de gracias a Dios Padre.
La oración forma parte de la misión presbiteral encomendada por la Iglesia
desde el mismo momento de su ordenación. Así aparece también en la ordenación de los
diáconos y obispos. La oración, por tanto, está vinculada sacramentalmente al
ministerio presbiteral. Y puede expresarse de muy diversas formas: desde la oración
personal hasta la oración litúrgica.
La oración no puede convertirse en un deber ministerial, sino en un aspecto
esencial de la vocación bautismal y presbiteral, que busca la alabanza de Dios y la
intercesión por el mundo. La oración del presbítero a Dios Padre es parte de su
ministerio pastoral. Por tanto, no puede vivirla como algo oneroso y extraño, sino como
un aspecto de su dimensión sacerdotal y un medio de santificación personal.
La plegaria del presbítero no puede ser ajena a su realidad pastoral. Como
ministro que representa a Cristo en medio de sus fieles, ha de sentir en su corazón de
Buen Pastor la vida de aquellos a quien sirve. La oración presbiteral es reflejo de su
caridad pastoral; en ella se expresa el amor del Buen Pastor por todos los hombres. La
oración del presbítero ha de estar marcada por la realidad pastoral y social en la que
vive. ¡Qué bien lo expresa el responsorio de las II Vísperas del Común de Pastores,
refiriéndose al ministerio sacerdotal: Este es el que ama mucho a sus hermanos, el que
ora mucho por su pueblo.
La oración es parte integrante de la misión pastoral del presbítero. El ministerio
pastoral se convierte, por tanto, en fuente espiritual. La oración y el apostolado del
presbítero no son actividades distintas e independientes, sino dimensiones de una misma
realidad. El presbítero ha de fundamentar su vida espiritual en el ejercicio de su
ministerio.
El presbítero ora también en favor del mundo entero. Es decir, la oración del
presbítero es una oración abierta y universal (católica), porque no se circunscribe al
ámbito exclusivo de los bautizados en Cristo, sino que abarca a todos los hombres. Es
una oración apostólica, porque refleja la caridad del Pastor Bueno que ama a todos y ora
al Padre en favor de su pueblo y de todo el mundo. Esta dimensión cósmica hace de la
oración presbiteral una alabanza universal a Dios por la universal salvación de todos los
pueblos y manifiesta también la dimensión pública de su ministerio.
5.- AL SERVICIO Y EDIFICACIÓN DE LA IGLESIA
La Plegaria de ordenación de los presbíteros señala que la finalidad última del
presbiterado es la formación del pueblo de Dios, denominado en este texto como pueblo
sacerdotal. Por un lado, es pueblo sacerdotal porque sus miembros son sacerdotes. Se trata
del sacerdocio común o bautismal por el que todos los bautizados participan del sacerdocio
de Cristo formando un pueblo sacerdotal y una nación santa. Por otro lado, está el
sacerdocio ministerial, fruto del Espíritu Santo, que suscita en la Iglesia diversidad de
carismas y ministerios dirigidos al servicio de Dios para formar, dirigir, animar y unificar
su pueblo.
El presbítero recibe el sacerdocio ministerial como un don particular que le
capacita para cooperar con el Orden episcopal y ayudar al Pueblo de Dios a ejercitar con
fidelidad y plenitud el sacerdocio común que le ha sido conferido. Las funciones
ministeriales del presbítero están destinadas a la formación y el crecimiento del Pueblo de
Dios. Así pues, el sacerdocio ministerial sólo tiene sentido en relación al sacerdocio
42
común de los fieles. Y ambos son esenciales en la Iglesia. La Iglesia no puede vivir sin
el sacerdocio ministerial y el sacerdocio apostólico no puede conferirse sin la Iglesia. La
dimensión eclesial es constitutiva del ministerio presbiteral y el ministerio presbiteral es
constitutivo de la Iglesia.
Esta dimensión recuerda al presbítero que Dios nos convoca en un pueblo de
llamados (1 Cor 1,1-2), y que nuestra llamada no supone ruptura sino comunión con el
pueblo de Dios al que servimos. La llamada presbiteral es también comunitaria y
colegial, porque nos llama en un presbiterio. No olvidemos la expresión utilizada en el
evangelio para referirse a la comunidad apostólica: “los hizo Doce”. Nuestra vocación
no es individual, sino colegial, tal como se expresa en la imposición de manos que tras
el obispo hace el presbiterio en el rito de la ordenación, y posteriormente el ósculo que
ofrecen al recién incorporado al colegio presbiteral. La dimensión colegial de nuestro
ministerio presbiteral es constitutiva, no accidental. El presbítero ha de aprender a vivir
y amar a su presbiterio. Somos portadores de la misma gracia y vocación; y esto ha de
llevarnos también a sentirnos hermanos, responsables unos de otros.
Podemos considerar tres ideas que subyacen en esta oración, referentes a la
relación entre el presbítero y la Iglesia. El presbítero es de la Iglesia. Aunque no esté
expresado lingüísticamente el presbítero pertenece a la Iglesia. El rito de ordenación
comienza con la petición que hace la Iglesia local al obispo para que ordene al candidato.
El candidato es un miembro de la Iglesia local, pueblo sacerdotal, partícipe del sacerdocio
común de los fieles. Sin embargo, la Iglesia de la que forma parte le presenta al obispo
para recibir el sacerdocio ministerial por el que se le encomienda un servicio especial a la
Iglesia.
No sólo es de la Iglesia sino que el presbítero es en la Iglesia. El sacerdocio sólo se puede
dar en la Iglesia y en comunión con ella; por eso, es ordenado en la Iglesia. La eclesiología
de comunión es decisiva para descubrir la identidad sacerdotal (PDV 12). La oración
subraya la íntima comunión del presbítero con el obispo, pero también con el pueblo a él
encomendado, es decir, la manifestación sacramental de la Iglesia.
El presbítero es para la Iglesia. Dios ha querido continuar el sacerdocio ad efformandum
populum sacerdotalem. El ministerio presbiteral es un servicio dirigido al bien de la Iglesia
ejercido en la misión encomendada que, como explicita el texto de la oración, es una
misión de anuncio del Evangelio y santificación de los hombres.
6.- VIVIENDO EN SANTIDAD
Ya señalamos anteriormente que el Espíritu de santidad tiene un efecto personal
en el neopresbítero: la santidad de vida. No sólo le configura a Cristo Cabeza y Pastor, sino
que también le conforta y anima para que, mediante la dignidad del presbiterado y el don
del Espíritu recibidos, viva una conducta ejemplar.14 La presencia sacramental del Espíritu
Santo en el presbítero es fuerza generadora de vida y santificación personal. Algunos
textos eucológicos antiguos aplican al presbítero la imagen del ostensorio, vaso o
recipiente colmado del Espíritu Santo para expresar que el presbítero está lleno del Espíritu
de Dios.15
Por otro lado, el Espíritu de santidad, principio dinámico y vitalizador, capacita al
presbítero para anunciar y actualizar la obra de la salvación en su ministerio. Sólo con la
gracia del Espíritu Santo fructifica el anuncio del Evangelio en el corazón de los hombres;
y gracias a la fuerza del Espíritu, los sacramentos actualizan y comunican la salvación
ofertada por Dios en Cristo.
14
15
PDV 15
Oración de ordenación presbiteral del Testamentum Domini (ed. Rahmani, 69-71).
43
El Espíritu Santo, pues, incorpora a los presbíteros al servicio de la Iglesia,
santifica su ministerio para que sean auténtico munus sanctificandi y dirige su
ministerio para ser verdadero servicio de gracia entre los hombres. El don del Espíritu
de santidad recibido en el sacramento del Orden garantiza la presencia del Espíritu de
Dios en su vida y ministerio. Tal presencia no es mero don estático, sino fuente
dinámica y vitalizadora que actúa, en el presbítero y por medio de él, santificando a la
Iglesia y a todos los hombres en su peregrinar histórico hacia la plenitud del Reino de
Dios.
La misión del presbítero exige también la conducta ejemplar en su vida personal
y en su tarea ministerial.
La ordenación supone para el presbítero una llamada a ser ejemplo existencial
con su conducta y comportamiento de vida en la misión recibida. Si el candidato accede
a la ordenación es porque el juicio de la Iglesia le ha considerado “digno” de este
ministerio; su conducta ha sido calificada de irreprensible y su fe inconmovible, hasta el
punto de ser considerado “agradable a Dios en todo”, como expresan los textos
bizantinos. Desciende sobre él la gracia del Espíritu Santo para colmarlo con su fuerza
santificadora y perfeccionar sus deficiencias; se renueva en él el Espíritu de santidad
para santificarlo y poder santificar en el ejercicio de su ministerio. El don del Espíritu
exige respuesta vital a la gracia concedida, que se traduce en un comportamiento digno
de la vocación a la que ha sido llamado y del don sacramental recibido en la ordenación
presbiteral.
La ordenación supone también una llamada al testimonio ministerial; es decir, el
ejercicio del propio ministerio exige en el presbítero una conducta acorde a la dignidad
sacramental del presbiterado. El Espíritu Santo recibido en la ordenación, no sólo es
santificación personal del presbítero, sino también fuerza y aliento para cumplir su
ministerio, actualizando la obra de la redención entre los hombres. Es el Espíritu Santo
el que fecunda su ministerio; el que hace fructificar, en el corazón de los hombres, la
Palabra de Dios predicada por el presbítero; el que actualiza y comunica la obra de Dios
en los sacramentos. El Espíritu está presente en toda la historia de la salvación, también
en toda la vida y ministerio presbiteral, para garantizar con su fuerza la santificación
prometida por Dios a su Pueblo.
Esta ha de ser la conducta requerida para “la buena administración del propio
orden”, como afirma la tradición bizantina, por la que será juzgado el presbítero al final
de los tiempos. Se solicita de éste el comportamiento ejemplar de una vida santa, no
como una imposición externa, sino como la respuesta lógica a la llamada del Señor a un
servicio de amor que aliente la fe y la esperanza del pueblo de Dios peregrino en este
mundo.
7.- HASTA EL FINAL DE LOS TIEMPOS
Hay tradiciones que contemplan en sus textos una mención escatológica ligada
al presbítero. Algunas acentúan el encuentro personal entre el presbítero y Jesucristo en
su segunda venida: el presbítero será valorado en el ejercicio de su ministerio y recibirá
su recompensa. La plegaria romana describe este momento en tono más universal: la
misión del presbítero se integra en el proceso de congregación de todos los pueblos en
Cristo que serán presentados unidos por Cristo al Padre. El presbítero se encuentra con
Cristo unido a todo el pueblo de Dios.
La finalidad del ministerio presbiteral es formar un pueblo sacerdotal que se
transformará en un único pueblo que llegará a la plenitud en el Reino de Dios.
44
La finalidad del ministerio presbiteral se inserta en el proceso cósmico e histórico
de transformar el pueblo sacerdotal en el único pueblo de Dios. Con las funciones propias
de su ministerio, el presbítero realiza y continua la obra de la salvación en el mundo. Es
decir, su ministerio se inserta en el proceso salvífico que conduce a todos los hombres y a
todos los pueblos hacia el único pueblo de Dios. Por esta razón se afirma que el ministerio
presbiteral es un ministerio eclesial y universal. Aunque está sacramentalmente ligado a la
Iglesia, no se agota en ella porque se dirige, también, a todos los hombres. El carácter
universal de su ministerio se expresa claramente al mencionar sus funciones
evangelizadora y orante. El anuncio del Evangelio ha de llegar hasta los confines de la
tierra; y en su oración suplica, no sólo por el pueblo a él encomendado, sino también por
toda la humanidad. El carácter universal del ministerio presbiteral refleja la esencia
católica de la Iglesia y del presbítero.
El ministerio presbiteral es también un ministerio de unidad. La plegaria presupone
un proceso histórico por el que todos los pueblos, congregados en Cristo, llegarán a formar
el único pueblo de Dios, que se realizará plenamente en el Reino. La Iglesia se consumará
en el Reino de Dios. El presbítero se inserta en esta dinámica como ministro de unidad
para conducir, por medio de Cristo, a todos los hombres hacia el Padre.
La plegaria plantea el horizonte escatológico del ministerio en clave
eclesiológica.16 Presenta al presbítero no como un individuo aislado, sino desde su
ministerio ejercido en la Iglesia que peregrina hacia el Reino. Es un ministerio de unidad,
al servicio de la Iglesia y de la humanidad, ordenado al plan divino de salvación, por el que
Cristo congregará en sí a todos los pueblos en un único pueblo para ofrecérselo a Dios
Padre en el Reino eterno.
La lógica temporal de las plegarias de ordenación es el contexto cronológico de
la historia salutis. El ministerio presbiteral se inserta en la historia de la salvación para
cumplir el designio salvífico dispuesto por Dios para los hombres. Es una clave común
a todos los ministerios, porque todos ellos participan de esta tensión escatológica, que
conduce a la humanidad entera hacia la realidad última del Reino.17
Sin embargo, los textos eucológicos desarrollan unas notas escatológicas del
presbítero particulares en cada tradición. Quiero recordar aquí la segunda Oración que
se usa en la ordenación de los presbíteros en el rito bizantino, que finaliza recordando al
neopresbítero su encuentro personal con Jesucristo al final de los tiempos en el que se
valorará el ejercicio de su ministerio. Se habla de este momento escatológico en clave
individual y personal. Y supone una llamada a la entrega y responsabilidad presentes,
tal como le recuerda el obispo en la ordenación al poner en sus manos el pan
eucaristizado: “Recibe este tesoro y consérvalo intacto hasta el último aliento de tu vida,
porque deberás rendir cuentas de él en la segunda e inesperada venida de nuestro Señor,
Dios y Salvador Jesucristo”. Es evidente que se tratra de un rendimiento de cuentas
personal por el propio ministerio presbiteral.
El ministerio presbiteral se inserta en el dinamismo progresivo de salvación que
congrega a toda la humanidad en un único pueblo y lo conduce hacia la plenitud del
Reino de Dios. Se describe este momento en clave escatológica colectiva y universal.
16
P. TENA, La prex ordinationis de los presbíteros en la II edición, en Notitiae 26 (1990) 132-133.
El ministerio eclesial es de naturaleza sacramental. Con la palabra sacramental se pretende subrayar
aquí que todo ministerio está vinculado a la realidad escatológica del reino... el ministro es un miembro
de la comunidad al que el Espíritu Santo inviste de funciones y de poderes propios, para reunirla y para
presidir en el nombre de Cristo los actos en los que celebra los misterios de la salvación (Enchiridion
Oecumenicum, ed. A. González Montes, 2. Relaciones y documentos de los Diálogos interconfesionales
de la Iglesia Católica y otras Iglesias Cristianas y Declaraciones de sus Autoridades. 1975/84-1991. Con
Anexos de Diálogos locales y Documentación complementaria del Diálogo Teológico Interconfesional
(EO 2), Salamanca 1993, 986).
17
45
La misión del presbítero excede el ámbito eclesial para descubrirse universal (católico)
y es un factor activo en el proceso de unidad cósmica, que congrega a todos los pueblos
en Cristo.18 El presbítero aparece en este momento escatológico, no en la dimensión
personal de su ministerio, sino inserto en la historia salvífica formando parte del único
pueblo de Dios.
8.- CONCLUSIÓN: “Reaviva el carisma que hay en ti” (2 Tm 1,6)
Esta hermosa expresión usada por el apóstol San Pablo en la segunda Carta
dirigida a Timoteo es una buena recomendación para todo presbítero y ministro
ordenado. Timoteo era uno de los más fieles colaboradores de San Pablo en la
organización y gobierno de las comunidades cristianas por él fundadas. Como delegado
de Pablo, Timoteo experimenta el peso de la responsabilidad pastoral de las Iglesias y
sus dificultades. Pablo escribe a Timoteo, no sólo para solucionar cuestiones eclesiales,
sino para ofrecerle también algunas recomendaciones personales que atañen a su vida
espiritual y apostólica.
Por un lado, le recuerda la imposición de manos que recibió de los presbíteros
como una bendición y consagración pública para una misión especial: “No descuides el
carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la
imposición de las manos del colegio de presbíteros. Ocúpate en estas cosas; vive
entregado a ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Vela por ti
mismo y por la enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando así te
salvarás a ti mismo y a los que te escuchan” (1 Tm 4,14-16). El gesto de la imposición
de manos evoca en nosotros el gesto de la ordenación sacerdotal, inicio del ministerio.
Al igual que Timoteo, los ministros ordenados reciben, mediante el gesto epiclético de
la imposición de manos, el don del Espíritu Santo como la transmisión de una gracia, un
poder, una bendición que capacita al ordenado para realizar una misión específica.
Como veremos en las diversas meditaciones, el presbítero es ungido con el mismo
Espíritu de Jesucristo para ser enviados a la misma misión de Jesucristo.
Pero Pablo no sólo le exhorta a recordar el carisma recibido por medio de la
imposición de manos; sino que le recomienda también “re-avivar” ese carisma recibido:
“Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis
manos” (2 Tm 1,6). Reavivar significa volver a encender el fuego del don divino
recibido, no perder la novedad propia del don de Dios, vivirlo en su frescor y belleza
originaria.
Y esta es la recomendación que hace el Papa Juan Pablo II en el número que
hemos citado de la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Dabo Vobis y sirve de
título a esta exposición.
El desgaste del presbítero en el ejercicio de su ministerio puede debilitar la
fuerza del don recibido el día de su ordenación. Sin darse cuenta, se debilita su
respuesta de amor al Señor y la entrega pastoral. Por eso es necesario volver al amor
primero, es decir, renovar el don espiritual recibido en la ordenación, que es el motor
que revitaliza la vida y el ministerio pastoral.
El presbítero ha de ser consciente de la presencia operante del Espíritu Santo en
él recibida por medio del sacramento del Orden: “Efectivamente, nuestra fe nos revela
la presencia operante del Espíritu de Cristo en nuestro ser, en nuestro actuar y en
nuestro vivir, tal como lo ha configurado, capacitado y plasmado el sacramento del
Orden” (PDV 33). Como ya hemos señalado, el Espíritu Santo es quien configura y
18
Todos los ministerios tienen como fin servir al mundo para llevarlo a su verdadera meta: el Reino de
Dios (EO 2, 987).
46
capacita en la ordenación para ser “semejantes” a Cristo, para actuar “in persona Christi
Capitis” y actuar en su nombre.
El Espíritu Santo aparace así como un don de Dios para el presbítero que desde
el inicio marca su responsabilidad min isterial: “Para el desarrollo de la vida espiritual
es decisiva la certeza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo,
como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad. La conciencia del
don infunde y sostiene la confianza indestructible del sacerdote en las dificultades, en
las tentaciones, en las debilidades con que puede encontrarse en el camino espiritual”
(PDV 33). ¡Qué importante es esta afirmación: “la conciencia del don infunde y sostiene
la confianza del presbítero! Porque el presbítero es consciente de la grandeza del don
recibido en la ordenación y de su deficiencia y pequeñez personales.
Por eso, el centro del contenido de este número es una gran llamada a la santidad
de los presbíteros, que nace del sacramento del Orden recibido. El don del Espíritu pide
una vida espiritual. Por eso, quisiera terminar esta exposición acogiendo la llamada
magisterial que dirige la Iglesia Católica a todos sus sacerdotes para renovar el Espíritu
de Santidad recibido en su ordenación y revitalizar la vida espiritual. El que ha sido
ungido con el mismo Espíritu de Cristo ha de vivir con los mismos sentimientos de
Jesucristo. Este es el gran programa personal y ministerial que proponía el Beato Juan
Pablo II en la Exhortación Pastores Dabo Vobis: “Mediante la Ordenación, amadísimos
hermanos, habéis recibido el mismo Espíritu de Cristo, que os hace semejantes a Él,
para que podáis actuar en su nombre y vivir en vosotros sus mismos sentimientos. Esta
íntima comunión con el Espíritu de Cristo, a la vez que garantiza la eficacia de la acción
sacramental que realizáis "in persona Christi", debe expresarse también en el fervor de
la oración, en la coherencia de vida, en la caridad pastoral de un ministerio dirigido
incansablemente a la salvación de los hermanos. Requiere, en una palabra, vuestra
santificación personal” (PDV 33).
Aurelio García Macías
47
SAN JUAN DE ÁVILA, DOCTOR DE LA IGLESIA
Fco. Javier Díaz Lorite
CONTENIDO
Introducción
Un don para todo el Pueblo de Dios (laicos, consagrados, sacerdotes)
1. San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia
“Un Doctor de la Iglesia es quien ha estudiado y contemplado con singular
clarividencia los misterios de la fe, es capaz de exponerlos a los fieles de tal modo
que les sirvan de guía en su formación y en su vida espiritual, y ha vivido de forma
coherente con su enseñanza” (CEE).
2. Un sacerdote diocesano secular Doctor de la Iglesia
3. El Doctor Juan de Ávila, Maestro para los laicos de hoy
4. Darlo a conocer a los laicos para que lo amen e imiten
5. Aspectos de su doctrina y vida dignos de conocimiento e imitación de los laicos
6. Caminos para introducirnos en su conocimiento
6.1. Biografía de Fray Luis de Granada, Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y las
partes que ha de tener un predicador del evangelio, EDIBESA, Madrid 2000,
171 págs.
6.2. Otras biografías más completas pero más difíciles para los laicos
- Luis Muñoz, EDIBESA.
- Sala Balust, en Obras Completas, BAC, vol. I, Madrid 2000, págs. 3-166.
6.3. Un libro muy interesante para la divulgación de San Juan de Ávila:
Lope Rubio Parrado-Luis Rubio Morán, San Juan de Ávila, Maestro y Doctor,
Sígueme, Salamanca 2012, 157 págs.
6.4. Autobiografías
a) Carta 74
b) Sermón 78, en el día de san Francisco de Asís.
7. Tratado del amor de Dios
8. Conocerlo a través de sus oraciones
9. Hacen falta libros de sus escritos por temas
9.1. Cartas sobre el amor de Dios: 74, 44, 56, 61, 75, 112, 58, 64, 81, etc.
9.2. A los sacerdotes. Juan Esquerda Bifet, Escritos sacerdotales, Bac, Madrid
2012, reed.; Diccionario de San Juan de Ávila, Monte Carmelo, Burgos 1999,
Id., Introducción a la doctrina de San Juan de Ávila, Bac, Madrid 200. CEE, El
Maestro Ávila, actas del Congreso Internacional, Edice, Madrid 2002.
10. Otras sugerencias para darlo a conocer
- Difusión obras
- Facultades de Teología: cursos monográficos, trabajos de investigación, etc.
- Peregrinación a lugares avilistas: Almodóvar del Campo, Montilla, Baeza,
Granada, etc. (La mayoría de estas ciudades ya tienen trípticos y visitas guiadas
avilistas).
- Peregrinación a Roma (Declaración de Doctor -7 octubre 2012-).
- Página sanjuandeavila.conferenciaepiscopal.es
- Unir por links webs, blogs, etc., con las de la Conferencia Episcopal
- Revista donde se incluyan las nuevas investigaciones más significativas, así
como recensiones, etc.
- Colección organizada por temas de sus obras, con pequeñas introducciones
teológico-espirituales a cargo de la CEE. Incorporar un castellano más moderno.
48
-
Cursillos, encuentros, simposios, congresos, conferencias, etc., en Regiones
eclesiásticas, Diócesis, arciprestazgos, parroquias, etc.
- Introducir sus textos en homilías, retiros, obras de meditación, libros teológicos
y espirituales, etc.
- Publicación de una biografía ágil y actualizada.
- Videos, comics, películas, etc.
Conclusión
SAN JUAN DE ÁVILA, DOCTOR DE LA IGLESIA
Introducción
Estamos llegando a un punto culminante de un largo recorrido: San Juan de
Ávila será proclamado el 7 de octubre de 2012 Doctor de la Iglesia Universal. San Juan
de Ávila es un regalo del Espíritu a su Iglesia, como nos decía la misma Teresa de
Jesús: “una gran columna”. Creo que el Santo Maestro es un regalo muy especial para
nuestro tiempo, necesitado de hombres llenos de Dios que nos acerquen a Dios. Sin
duda, es un regalo del Espíritu para la Iglesia de hoy: laicos, consagrados, presbíteros,
obispos, etc. Creo que no es casualidad que en los comienzos del tercer milenio y en el
contexto de la aplicación más fuerte del Concilio Vaticano II y de la nueva
evangelización San Juan de Ávila se ponga encima del candelero para que su luz
alumbre a todos los de casa y así den gloria al Padre que está en los cielos. Su
proclamación como Doctor de la Iglesia es un punto de llegada y comienzo de una tarea.
El papa Benedicto XVI al anunciar la fecha de la declaración de Doctor Universal, junto
a la Santa Hildegarda de Bingen, nos decía en el Regina Coeli: “Estas dos figuras de
santos y doctores son de gran importancia y actualidad. Incluso hoy en día, a través de
su enseñanza, el Espíritu del Señor Resucitado sigue resonando su voz y para iluminar
el camino que conduce a la verdad que es lo único que puede hacernos libres y dar
pleno sentido a nuestras vidas”
Nos decían los Obispos españoles en el Mensaje a todo el Pueblo de Dios con
motivo del Vº centenario de su nacimiento: “Al comenzar un nuevo milenio, en este
tiempo en el que la Iglesia tiene la urgencia de una nueva evangelización, creemos que
la doctrina y el ejemplo de vida de San Juan de Ávila pueden iluminar los caminos y
métodos que hemos de seguir. Y el nuevo ardor necesario para anunciar a Jesucristo y
construir la Iglesia se encenderá al contacto con su celo apostólico. Él es un verdadero
`Maestro de evangelizadores´. Sus enseñanzas nos ayudarán a todos los miembros del
Pueblo de Dios en el fiel cumplimiento de nuestra vocación […] Los distintos campos y
dimensiones de nuestra pastoral y de la nueva evangelización, a la que estamos
convocados, se ven iluminados y fortalecidos a la luz de los escritos y vida de este santo
pastor y evangelizador”. Y por eso nos dicen a todos: “Os exhortamos a hacer de San
Juan de Ávila un santo querido, cuya devoción se extienda en nuestras parroquias y
comunidades, a rezarle y ponerlo como intercesor y, sobre todo, a imitar su ejemplo de
vida”19.
Quiero resaltar lo siguiente de lo aquí afirmado: Los Obispos españoles escriben
un Mensaje, no sólo a los sacerdotes, con ocasión de la celebración del Vº centenario
del nacimiento del patrón de los sacerdotes diocesanos seculares españoles, sino a todo
el Pueblo de Dios, para que lo conozcan, lo lean, lo amen y lo imiten. También el santo
19
CEE, San Juan de Ávila. Maestro de evangelizadores. Mensaje de la Conferencia Episcopal Española
al Pueblo de Dios en el Vº Centenario del Nacimiento de San Juan de Ávila, EDICE, 1999.
49
Padre, aunque lo hace en la catedral de la Almudena rodeado de seminaristas, anuncia
su decisión de declararlo pronto Doctor de la Iglesia Universal ante la multitud de
jóvenes laicos de todo el mundo y para toda la Iglesia. Es decir, San Juan de Ávila,
hasta ahora patrón del clero español desde 1946, y conocido en nuestro tiempo
prácticamente solo por sacerdotes, y mas bien mayores de 60 años, es ahora puesto
como ejemplo de doctrina y vida para todo el Pueblo de Dios: laicos, consagrados,
presbíteros y obispos. Esto supone un cambio sustancial que nos tiene que poner a todos
en marcha. Los Delegados y Vicarios para el clero creo que tenemos una tarea muy
especial: conocerlo, leerlo, imitarlo y darlo a conocer a los sacerdotes y ayudarles a
éstos a darlo a conocer a su vez a los laicos, para que también éstos lo lean, lo amen e
imiten.
Quisiera resaltar en esta charla los aspectos que considero que San Juan de Ávila
nos puede servir de luz como auténtico Maestro y Doctor para unos sacerdotes y laicos
en un momento de necesidad de un reencuentro con Dios, de ser místicos en el ejercicio
del ministerio y en la vida ordinaria, es decir, de una autoevangelización, que es el
primer paso para una auténtica nueva evangelización. Qué debemos aprender e imitar de
San Juan de Ávila hoy laicos y sacerdotes y los caminos para hacerlo.
Lo hago sabiendo que no agoto el tema, y comprendiendo que el camino aquí
propuesto no es el único. Es sólo una sugerencia entre las muchas posibles, pero que
ofrezco después de largos años de meditación de la doctrina y vida de San Juan de Ávila
y de charlas a sacerdotes y laicos durante 12 años.
1. San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia
El Papa ha anunciado que será declarado Doctor de la Iglesia Universal el 7 de
octubre de 2012. “Un Doctor de la Iglesia -nos dicen los Obispos españoles en la última
plenaria- es quien ha estudiado y contemplado son singular clarividencia los misterios
de la fe, es capaz de exponerlos a los fieles de tal modo que les sirvan de guía en su
formación y en su vida espiritual, y ha vivido de forma coherente con su enseñanza”.
Para ser Doctor de la Iglesia antes se necesitaba sólo que su doctrina fuese eminente.
Ahora se incluye también que su vida sea un espejo vivo de esta doctrina eminente, es
decir, que haya vivido lo enseñado. Y esto lo cumple con creces San Juan de Ávila.
Otro requisito es que su enseñanza sea de carácter perenne para el bien de los fieles de
todos los tiempos, lo que también sucede con nuestro querido San Juan de Ávila. Y otro
punto que quiero resaltar, y éste es en el que actualmente hay que avanzar mucho, es
que tenga una resonancia universal. Y digo actualmente, porque esto sí se cumplía en
los tiempos de San Juan de Ávila y en todos los tiempos, pues sus obras y enseñanzas se
tradujeron rápidamente al inglés, italiano, francés, y alemán y tantos santos de todos los
tiempos han bebido de su doctrina y vida. Hoy hay que reconocer que los sacerdotes
españoles de menos de 60 años han oído hablar poco de San Juan de Ávila, y muchos
menos se han acercado a sus escritos en directo; y si esto ocurre con los españoles ya
nos podemos hacer una idea con los de los demás países, incluso de lengua castellana.
Hasta sus Obras completas de 1970, que tuvieron un gran auge con motivo de su
canonización, pronto se agotaron y no se volvieron a publicar hasta la nueva edición en
la BAC maior entre los años 2000-2003, cosa que está favoreciendo de nuevo el trato
directo con sus escritos, pero mas bien por parte de los sacerdotes que de los laicos,
pues se pierden en tal bosque de riqueza y no saben por donde empezar, ni encuentran
quien les guíe en la lectura. Además, aunque el castellano de San Juan de Ávila es
50
riquísimo, comparado hasta incluso en calidad con el de Cervantes, es demasiado
incipiente y lejano al nuestro, con lo que los lectores, especialmente laicos, encuentran
dificultades de compresión y familiaridad. Para subsanar estas dificultades
propondremos algunas iniciativas a lo largo de estas páginas.
2. Un sacerdote diocesano secular Doctor de la Iglesia
Sin duda es providencial que un sacerdote diocesano secular sea declarado Doctor de
la Iglesia Universal. Hoy, cuando hemos oído que “el sacerdote del siglo XXI será
místico o no será” es un regalo que Dios nos proponga a San Juan de Ávila como un
verdadero guía y compañero de camino para llegar a serlo. Está claro que cuando aquí
hablamos de místico no nos referimos a aquellos con más o menos experiencias
especiales de Dios, sino a quienes viven intensamente unidos a Dios. Con San Juan de
Ávila podemos vivir claramente nuestra identidad de sacerdotes seculares en los
momentos actuales, y así no deshacernos en la nada de una vocación sin sentido si no
está unida a Dios, y si no sigue los pasos del mismo Cristo, a quien re-presentamos,
unidos a los demás presbíteros y a nuestro obispo. San Juan de Ávila es un verdadero
apóstol que ha vivido como espejo del mismo Jesucristo, por eso su enseñanza es luz
para que los obispos y sacerdotes puedan vivir la santidad en el ejercicio de su
ministerio, y así poder ser “místicos” en la tarea pastoral diaria, asumiendo todos ellos
la tarea apostólica común en sus respectivos presbiterios y en clave misionera.
Sin duda, los sacerdotes seculares, unidos a sus respectivos obispos, son la columna
vertebral de la Iglesia, que aúnan, impulsan, disciernen y promueven los demás
carismas y la unidad de todo el Pueblo de Dios. Sin ellos la Iglesia perdería la
composición de Cuerpo de Cristo. Todos los demás carismas tienen su sentido si están
ensamblados en la columna vertebral que representa el carisma apostólico encarnado en
los obispos y en sus más inmediatos colaboradores, los sacerdotes diocesanos seculares.
San Juan de Ávila, sacerdote diocesano secular, constituye un ejemplo a seguir para
saber ser hoy sacerdote diocesano secular.
Me quisiera referir en esta exposición a algunos aspectos e ideas que creo deben ser
conocidos e imitados especialmente por los sacerdotes y especialmente a los laicos. San
Juan de Ávila tiene mucho que enseñar a los laicos de nuestro tiempo. Hasta ahora para
ellos ha sido un gran desconocido. Aunque al final me referiré algo también a los
sacerdotes, pues como ya he dicho, queda todavía un camino para que los sacerdotes
actuales, sobre todo de menos de 60 años, lean a San Juan de Ávila, por ser éstos los
que creo que tienen menos conocimientos de él tienen por varios motivos, a los que me
referiré en su momento, proponiendo algunas líneas de actuación para darlo a conocer
también a ellos, así como fomentar su imitación.
3. El Doctor Juan de Ávila, Maestro para los laicos de hoy
Los pastores de hoy tenemos una obligación: la de poner en el conocimiento de
nuestros fieles laicos las enseñanzas y el ejemplo de San Juan de Ávila y favorecer que
ellos lo puedan leer directamente, meditar su doctrina y ejemplo, y así lo puedan amar e
imitar. Esto es una tarea urgente, porque es un regalo del Señor para los cristianos laicos
de hoy; ya que vemos que se cumple cada día con más certeza lo afirmado hace algún
tiempo: “El cristiano del siglo XXI será místico o no será”. Hay, por tanto, que dar a
conocer al que es maestro de santidad y de vida de unión con Dios permanente, que en
esto consiste lo del ser místico. No les podemos privar a los laicos de este derecho.
51
Repetimos que la luz está puesta para que alumbre a todos los de casa y así todos den
gloria al Padre que está en los cielos.
A los laicos de hoy no les pasa lo que a los laicos de su tiempo, que conocían
perfectamente a San Juan de Ávila. Por eso llenaban las iglesias al saber que era él el
que predicaba. También les era muy familiar a los católicos laicos del XVI y XVII, pues
gracias a la lectura del Audi,filia, traducido inmediatamente al italiano (1581), francés
(1588), alemán (1601), y en 1620 al inglés, lo que permitió que los católicos ingleses
pudieran seguir manteniéndose en su fe católica ante la embestida de Enrique VIII.
A muchos laicos les llegó su doctrina y ejemplo a través de tantos santos y de
sacerdotes que bebieron de él; y esto durante siglos. Todavía en nuestros pueblos, se
conservan, aunque la gente no sepa que proceden de su influjo, la importancia de la
celebración de la Eucaristía y de la presencia real de Cristo en ella, pues él recomienda
vivamente la oración ante el Señor en la Eucaristía. Esta devoción eucarística la
promueve de modo singular en la fiesta del Corpus, que cobra gracias a él, una vitalidad
y auge extraordinarios, conservándose aún hoy. También San Juan de Ávila es un gran
promotor de la devoción a la Virgen María. No es de extrañar que a España y a
Andalucía se le haya denominado la tierra de María. Y así otras devociones y
manifestaciones profundas de fe tienen mucho que ver con lo enseñado por el Santo
Maestro. Otras doctrinas centrales en su enseñanza no se han conservado tanto entre
nosotros, al menos con la intensidad con la que él lo hacía, como es el valor del Espíritu
Santo en la vida cristiana y la importancia del acontecimiento de Pentecostés, el de
entonces y el que hoy se realiza. Prueba de la importancia que para él tenía es que un
día, ya muy enfermo, se lamentara de que ni siquiera pudiese ya predicar de lo que más
le gustaba: la celebración el Corpus y la de Pentecostés.
4. Darlo a conocer a los laicos
Tenemos que reconocer que para la gran mayoría de nuestros laicos San Juan de
Ávila es un gran desconocido. Muchas veces cuando voy a hablar de San Juan de Ávila,
tengo que empezar diciendo que no es san Juan de la Cruz, pues rápidamente lo asocian
con aquel, ya que San Juan de la Cruz nació en la provincia de Ávila y también estuvo
relacionado, aunque de otra forma, con Santa Teresa de Jesús. A la gente les parecen
todos de la misma época y no distinguen años: A todos los meten en el saco de los
grandes santos del siglo XVI, sin darse cuenta que San Juan de Ávila, es 15 años mayor
que Santa Teresa, y 42 años mayor que San Juan de la Cruz; si bien sus vidas y
enseñanzas, como sabemos, estén en muchos casos muy relacionadas entre sí. No es de
extrañar que algunos, después de oír la charla de 50 minutos sobre San Juan de Ávila,
me digan, quizás por despiste o ya costumbre: “encuentro muy interesantes esos
aspectos de la vida de San Juan de la Cruz, digo, de Ávila”.
A este desconocimiento de San Juan de Ávila ha contribuido el que se quedara
durante mucho tiempo en simple cura; declarado Beato en el lejano 1894, y santo en
1970, cuatrocientos años después de su muerte. Fue proclamado Patrón del clero secular
español en 1946. La mayoría de los estudios sobre él se han referido fundamentalmente
a la espiritualidad sacerdotal: sacerdote ejemplar, ejemplo de santidad para los
sacerdotes y seminaristas, etc; relegando otras facetas muy importantes como es la de
predicador y guía de los laicos, para quienes su corazón estuvo también abierto. Es más,
si dedicó tanto tiempo a los sacerdotes, aún estando muy enfermo, solía decir que en los
sacerdotes veía a todo el mundo; es decir, sabía que su labor con los sacerdotes iba a
52
repercutir en la espiritualidad y vida de los laicos a ellos encomendados. Aquí tenemos
los sacerdotes una tarea importante: primero conocerlo bien, amarlo e imitarlo; y
segundo, saber darlo a conocer para que lo puedan amar e imitar todos los laicos y
consagrados.
5. Aspectos de su doctrina y vida dignos de conocimiento e imitación de los
laicos
En este apartado quiero indicar brevemente aquellos aspectos de la enseñanza y vida
de San Juan de Ávila que pueden ser más significativos para lo que nuestros laicos hoy
necesitan, de modo que creo que éstos podrían ser los que habría que ahondar más en su
conocimiento e imitación en las circunstancias actuales:
-
Hombre en continua búsqueda de la voluntad de Dios, primero para descubrir su
vocación fundamental y luego para ir viviéndola en el día a día. De ahí que
regresase a su pueblo natal desde Salamanca y dejara “las negras leyes”. Se diera
cuenta de su vocación sacerdotal y vivirla con la hondura y humildad del Señor,
lo que le llevó siempre a rechazar cualquier cargo que sonara a honra humana:
canónigo magistral en varias ocasiones y catedrales, Arzobispo de Granada,
Obispo de Segovia, capelo cardenalicio, etc. Lo suyo fue siempre la misión al
estilo de Jesús de Nazaret, del de pablo y de Francisco de Asís.
-
(Dios Padre). San Juan de Ávila es un hombre de intensa familiaridad con Dios
porque ha descubierto el amor de Dios: que lo libera de su miseria, de él mismo,
y lo colma de su amor con su gran misericordia. Ha experimentado que Dios se
le da. Como dicen nuestros obispos: “podemos calificarlo como el Doctor del
amor de Dios a los hombres en Cristo Jesús”. Esto es lo que he querido poner de
manifiesto en mi libro: Experiencia del amor de Dios y plenitud del hombre en
los escritos de San Juan de Ávila20. Esta familiaridad con Dios nunca la perderá
ni siquiera en tiempos de dificultad: ni física, ni de injurias, ni de sequedad y
tiniebla espiritual, etc.
-
(Jesucristo). El Maestro Ávila tiene absoluta confianza absoluta en Dios, cuyo
amor lo ha experimentado sobre todo desde la cruz de Jesús. La experiencia del
Señor crucificado en la cárcel de Sevilla cuando contaba 31 años fue decisiva.
Ahí es donde radica toda su confianza en Dios, pues nos dio todo lo que tenía, a
su propio Hijo. Y si nos los dio y lo entregó a la muerte por nosotros, y Él
mismo se entregó, cómo no nos dará todo lo demás. En la cruz tiene puesta su
mirada y su corazón, porque desde la cruz nos miran el Padre, el Hijo y el
Espíritu con amor entrañable.
-
(Espíritu Santo). San Juan de Ávila es el hombre del Espíritu: que le guía y
calienta con su amor. No ora sino en el Espíritu, por eso el comienzo de su
oración es una invocación al Espíritu. Y para definir la unión del Espíritu con
cada uno de nosotros hasta inventa una palabra: “espirituación”, es decir, que es
tan grande la inhabitación del Espíritu en nosotros que es a modo de
encarnación.
20
FCO. JAVIER DÍAZ LORITE, Experiencia del amor de Dios y plenitud del hombre en los escritos de San
Juan de Ávila, Campillo Nevado S.A., Madrid 2007, 576 págs.
53
-
(Palabra de Dios). Es un creyente que vive de la Palabra de Dios, contenida
especialmente en la Sagrada Escritura según la enseña la Iglesia. Ella es objeto
de continua oración, estudio con los más modernos comentarios, imitación y la
base de su predicación. También la Palabra de Dios leída desde la vida y los
signos de los tiempos.
-
Hombre de Iglesia, que la ama profundamente. Todos sus escritos rezuman este
amor a ella, pues es la esposa de Cristo, el Cuerpo de Cristo; aunque como
ninguno vea también su rostro tan desfigurado por los pecados de aquellos que
tenían que ser ejemplo para los demás: obispos y sacerdotes.
-
(Caridad pastoral). Su vida es de amor y entrega a los demás. Es un hombre para
los demás, afable, entrañable, lleno de caridad. En él se reflejan las entrañas de
misericordia del Padre. No es de extrañar que tantos acudan a él, pues estaban
necesitados de este amor de Dios, y él es el rostro vivo de este amor para ellos.
Nos dicen los biógrafos que a cada uno trataba con tanta atención y amor como
si ningún otro existiese. San Juan de Ávila es un vivo ejemplo de la caridad
pastoral. Su amor es hacia todos: los laicos, religiosos, sacerdotes, obispos, sin
distinción de sexo, rango, etc. Sus cartas no son sino reflejo de este amor hacia
aquellos que acuden a él para pedir ayuda de todo tipo, tanto espiritual, como en
los más variados asuntos: enfermedad, sequedad espiritual, vejez, búsqueda de la
voluntad de Dios, cómo racionalizar el tiempo, cómo ser buenos gobernantes
tanto civiles como religiosos, etc.
-
Apóstol: En él nos encontramos con un verdadero Pablo o Francisco de Asís que
están llenos de Jesucristo y por eso lo predican a los cuatro vientos. Siguiendo la
enseñanza y vida de San Juan de Ávila seguimos el rastro de la doctrina y vida
de los primeros apóstoles. Es un Maestro en evangelización, predicando con
palabras llenas de sabiduría humana y divina, haciéndose entender por los
oyentes de toda clase y condición acompañadas de un ejemplo de vida
verdaderamente evangélico. Para la evangelización utiliza todos los medios
posibles: a la gran masa –predicando en mercados, plazas, iglesias, etc.- y a
grupos fermento –meditación de la Sagrada Escritura con muy ricos
comentarios- profundos y adaptados a los participantes, canto del catecismo por
las calles en coplillas para que sea más pegadizo, religiosidad popular pero bien
enfocada (culto y caridad hacia los más pobres), etc.
-
Vida evangélica: Es un verdadero ejemplo de lo que es vivir los consejos
evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, en medio de una Iglesia que
necesita vivirlos con urgencia y en una sociedad donde una clase opulenta, que
se dice cristiana, alardea de su cristianismo rancio mientras el pueblo pasa
necesidad y hambre y donde los valores cívicos más elementales dejan mucho
que desear.
-
Fomento de la Eucaristía, amor a la Virgen María, etc.
54
-
Fomento y organización de la formación continua integral de los sacerdotes (en
las dimensiones humana, espiritual, intelectual y pastoral), tanto en el periodo
previo a la ordenación, seminarios, como durante el ejercicio del ministerio21.
-
Transformación de la sociedad. Éste es uno de los aspectos que merecen hoy un
estudio muy a fondo pues es una de las grandes aportaciones de San Juan de
Ávila. Porque, como decía Pablo VI, y nos repiten todos los Papas, la auténtica
evangelización tiene que producir un efectivo cambio de la sociedad en germen
del Reino. Con San Juan de Ávila se pacifican ciudades –Baeza-, se atiende a los
más desfavorecidos -viudas, huérfanos, enfermos-, se crean escuelas para la
educación integral de los alumnos, se convierten tanto pudientes, como súbditos.
Se evangeliza a los responsables de la sociedad, a los que gobiernan, y se les
indica cómo tiene que ser un buen gobernante tanto de pueblo, como los mismos
reyes.
-
Un verdadero humanista que sabe compaginar fe y cultura, técnica y progreso
integral, fe y razón, Iglesia y mundo, renacimiento y fe, modernidad y creencia
en Dios.
-
Reformador de la Iglesia. Con su enseñanza, y sobre todo con su ejemplo, San
Juan de Ávila es un auténtico reformador de la Iglesia, pero desde dentro. Cosa
digna de aplicar hoy cuando se necesita aplicar la renovación que propuso el
Espíritu en el Vaticano II. ES importante leer y meditar lo recogido por
Tellechea Idígoras, J. Ignacio: “Juan de Ávila, el Maestro”, en Surge, julioagosto 2000, págs. 303-320. Se trata de la conferencia pronunciada en Montilla
en el encuentro-homenaje de los sacerdotes españoles con motivo del V
centenario de su nacimiento. Está dirigida especialmente a obispos y presbíteros
y recoge sobre todo las enseñanzas de san Juan de Ávila como reformador de la
Iglesia, comenzando sobre todo, como el mismo Maestro sostenía, por los
pastores.
6. Caminos para introducirnos en su conocimiento
Uno de los mayores retos que tenemos para dar a conocer a San Juan de Ávila es
que no disponemos de muchos materiales adecuados asequibles y sencillos para los
laicos. La mayoría son estudios que se refieren, como he dicho, más bien a la
espiritualidad sacerdotal, y que están, por otra parte, o en libros demasiado
voluminosos, o en revistas de difícil acceso para laicos no especializados. De todas
formas recomiendo algunos que creo imprescindibles y asequibles.
6.1. Biografía realizada por Fray Luis de Granada22
Es la primera biografía de San Juan de Ávila, que ve la luz en 1588. Aunque no es
una biografía al uso, pues no recoge en sentido exhaustivo todos los detalles que le
fueron facilitados por los discípulos del Santo Maestro, Fray Luis de Granada nos
FCO. JAVIER DÍAZ LORITE, “San Juan de Ávila y la formación permanente integral de los sacerdotes
según Pastores dabo vobis”, en CEE, Actas del Congreso Internacional, págs. 765-788.
22
LUIS DE GRANADA, Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y las partes que ha de tener un predicador
del evangelio, EDIBESA, Madrid 2000.
21
55
introduce bien en el alma de San Juan de Ávila, sobre todo en los aspectos
fundamentales que movieron su doctrina y vida. No es larga y fácil de leer y encontrar.
6.2. Otras biografías más completas pero más difíciles para los laicos
Para los que deseen adentrarse más en la biografía de San Juan de Ávila pueden
hacerlo leyendo la obra de Luis Muñoz, Vida y virtudes del venerable varón el P. Mtro
Juan de Ávila, predicador apostólico; con algunos elogios de las virtudes y vidas de
algunos de sus más principales discípulos, de 1635. Es más exhaustiva que la primera,
aunque su lenguaje es más difícil y resulta un tanto pesada. Recoge más detalles que la
de Fray Luis de Granada, pues incorpora los testimonios de los que atestiguan en los
procesos de Beatificación, pero sin especificar si se trataba de los primeros testigos,
algunos ya muy mayores o de otros de la segunda generación. Ha sido publicada
también por EDIBESA.
Creo que una biografía más actualizada y ordenada y todavía no superada es la de
Sala Balust, que se contiene en el tomo I de las Obras completas de la BAC, págs. 3166. Creo que es de obligada referencia para los sacerdotes y un tanto larga para los
laicos en general.
6.3. Un libro interesante para el conocimiento divulgativo de San Juan de Ávila
Tanto para sacerdotes como para laicos recomiendo vivamente un libro que acaba de
salir de Lope Rubio Parrado-Luis Rubio Morán, San Juan de Ávila, Maestro y Doctor,
Sígueme, Salamanca 2012, 157 págs. La primera parte contiene una biografía de 76
págs. muy exhaustiva y asequible, tanto para sacerdotes como para laicos. Es un
resumen de la biografía de Sala Balust recogiendo también las más recientes
aportaciones de Francisco Martín Hernández, Melquíades Andrés y Baldomero Jiménez
Duque. En la segunda parte, ofrece una buena selección de textos sobre la identidad
cristiana, sacerdotal y para consagrados. Creo que el esquema que sigue está muy bien
logrado:
1. Comienza con la identidad del cristiano (Fundamento trinitario –Dios es amorPadre, Hijo y Espíritu Santo y las virtudes teologales –fe-esperanza y caridad).
2. La identidad existencial del cristiano: La Iglesia, la eucaristía, la cruz, María, la
oración.
3. Identidad de las diferentes modalidades de la vocación cristiana: Identidad y
existencia de los cristianos laicos, identidad y existencia de los cristianos
religiosos, identidad, vocación y existencia de los cristianos ordenados
presbíteros.
4. Identidad siempre necesitada de reforma: reforma de los cristianos, la reforma
del clero.
Epílogo: San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia universal.
Cierra el libro con una cronología bastante exhaustiva de 4 págs.
Me parece una obra muy interesante y que aconsejo vivamente para una
introducción a la vida y doctrina de San de Ávila. De todas formas, me hubiese gustado
que hubiese introducido más párrafos de sus cartas. Utiliza algunas, pero abundan más
textos de Audi, filia, pláticas y sermones, que de ellas.
6.4. Autobiografías
56
San Juan de Ávila, debido sobre todo a los problemas con la Inquisición, refiere
poco en sus escritos sobre lo que ocurre directamente entre Dios y él. Pero como está
lleno de Dios, podemos seguir el rastro con bastante nitidez, aunque sea de manera
indirecta, pues su boca no puede sino gritar las maravillas de Dios. Yo diría que todos
sus escritos son un reflejo de lo pasa por el alma de San Juan de Ávila. No es que haya
escrito una autobiografía al uso, pero sí podemos indicar algunos escritos en donde se
nos muestra de una forma más resumida lo que ha movido su vida. Indicamos los
siguientes:
a) Carta 74
Después de las biografías antes indicadas, yo invitaría a entrar en la que creo es una
autobiografía espiritual de San Juan de Ávila:
Autobiografía espiritual: carta 74. En ella describe su experiencia, aunque de modo
indirecto, de toda su vida. Le dice a una persona religiosa: “Metámonos, y no para luego
salir, mas para morar, en las llagas de Cristo, y principalmente en su costado, que allí en
su corazón, partido por nos, cabrá el nuestro y se calentará con la grandeza del amor
suyo” (líns. 90-93). A este Cristo crucificado se le encuentra principalmente en la
Eucaristía. Por eso dice: “Y sobre todo alleguémonos al fuego que enciende y abrasa,
que es Jesucristo nuestro Señor, en el Sacramento Santísimo. Abramos la boca del
ánima, que es el deseo, y vamos sedientos a la fuente de agua viva; que, sin duda,
poniendo la miel en la boca, algo gustaremos, y el fuego en el seno calentarnos ha […]
Corramos, pues, tras Dios, que no se nos irá; clavado está en la cruz; allí le hallaremos
muy cierto; metámosle en nuestro corazón y cerremos las puertas de él porque no se nos
vaya. Muramos a las cosas visibles, pues las hemos por fuerza de dejar. Renovémonos
con novedad de espíritu (cf. Ef 4,23), pues tanto tiempo hemos vivido en vejez.
Crezcamos en conocimiento y amor de Cristo, que es sumo bien” (líns. 106-121).
b) Sermón 78
Es una autobiografía espiritual de San Juan de Ávila, pues él mismo es el que parece
se está retratando en lo más profundo de su alma (Sermón 78). Es el sermón que predicó
un 4 de octubre en un monasterio de monjas en el día de San Francisco de Asís.
Contiene las ideas principales que movieron a San Francisco de Asís, pero estoy
seguro que fueron las que movieron también a San Juan de Ávila. En el orden en el que
son descritas, y por los acentos de la vida de San Francisco que pone de manifiesto, se
puede vislumbrar con absoluta claridad que fueron los que movieron a San Juan de
Ávila. Es una verdadera autobiografía espiritual. Y esto no es de extrañar. Se ha dicho,
y con razón, que San Juan de Ávila es un verdadero San Pablo del siglo XVI, pero es
que también es un vivo retrato en muchos aspectos de San Francisco de Asís, su santo
preferido después de San Pablo. Las señales de la cruz permanente, no en la piel sino en
su corazón, su humildad, su pobreza, etc., hacen de San Juan de Ávila un vivo retrato
del Francisco de Asís del siglo SVI.
Sermón 78 en el día de San Francisco de Asís. Coincidencias y enseñanzas para los
sacerdotes y también llevar una vida auténticamente cristiana. Aunque no en mismo
57
orden en el que están expuestas aquí se contienen las principales ideas y experiencias
que movieron la vida y predicación de San Juan de Ávila, que coinciden en su parte
fundamental con las que describe en San Francisco de Asís, y con todos los que viven
muy unidos a Dios:
- Experiencia del amor de Dios manifestado en la cruz de Jesús. “Esto hace Dios con
sus amigos. Dáseles al principio a conocer un poquito, para que no piensen que trabajan
en balde y que van a cosa incierta; dales un poquito sabor de sí; alégralos, regálalos,
muéstraseles, ábreles los ojos y hace aparecer la luz, que vean cuán dulce cosa es Él.
Díceles: `Cátame aquí, yo soy tu posesión, yo soy todo cuanto bien tienes, tu descanso,
tu hartura, tu bienaventuranza; mírame acá, bien puedes venir a mí´” (n. 23). Este sabor
dura poco pero se queda ya eterno y todas las cosas de este mundo ya son desabridas
cuando se ha catado a Dios.
Dios le da sabor de sí desde la cruz de Jesucristo en quien se manifiesta su amor.
Cuando le pedimos a Dios cuál es su voluntad puede ocurrir como le ocurrió a San
Francisco, o a mismo San Juan de Ávila en la cárcel de Sevilla o al mismo San Juan de
la Cruz en la cárcel de Toledo o a cada uno de nosotros de una u otra forma, pero
conservando lo fundamental. Refiriéndose al periodo de la cárcel de la Inquisición,
comenta Fray Luis de Granada que allí tuvo “muy particular conocimiento del misterio
de Cristo”23. En la cruz de Jesús sentimos su amor y su invitación a seguirlo. Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz, y sígame (Mt 16,24).
“Sabroso, dulce, suave es Cristo”. No hay quien no se huelgue de seguirle, de ir a Él
(n.5) pero también hay que dejar algo, a nosotros mismos, a nuestro propio parecer, para
cumplir el de Dios. Manifestación suprema del amor de Dios: la cruz de Jesucristo
(Jesucristo le habló desde la cruz). Se le derritió el alma “Si quieres venir tras mi toma
tu cruz y sígueme n.24)
- Entrar en la oración, intimidad con Dios: allí se le revelaron y se nos revelan dos
cosas: el de nuestra pobreza y flaqueza propia, más espiritual que corporal, y el de las
grandes riquezas de Dios para con nosotros. Este es el verdadero conocimiento de
nosotros mismos, el de nuestra nada que nos debe llevar a desarrimarnos de nosotros
mismos y desconfiar de nuestras fuerzas y por tanto el estar colgado en Dios, que es
nuestra verdadera riqueza. De esta forma, como verdaderos mendigos de Dios, como
humildes y sencillos oiremos su voz: “Pedid y daros han; llamad, y daros han” (cf. Mt
7,7; Lc 11,9; Mc11,24). Oiremos que también nos dice “Venid a mí los que estáis
trabajados, que yo os daré descanso” “Bien a su costa por cierto- apostilla el Santo
Maestro-”) nos invita a su convite (nos da sabor de sí n. 22) Cátame soy tu posesión.
Ser mendigos de su amor: andar colgado de Dios: como él en la cárcel, desde donde
escribía a sus amigos que se preocuparan por él pues no estaba sino en manos de Dios
(cf. carta 58).
- Dejar el hombre viejo en Adán, el que se rige por sus propios apetitos y soberbia, amor
de tu honra, vanagloria, tenerte en tanto, en ese tu dinero, en seguir siempre tu parecer y
que haga siempre tu voluntad (n. 19).
- Dejarnos revertir por el hombre nuevo, por la hermosura de Cristo hermoso, del
hombre nuevo en Cristo. La hermosura del crucificado que se imprime en nosotros y
23
LUIS DE GRANADA, Vida,
II, 4,6, en: Obras, XVI, 79.
58
hace que se derrita el hombre viejo y nos transformemos en el nuevo, de forma que
como Pablo, digamos, “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Ahora, hasta las
contrariedades, enfermedades, injurias, cruz, no le parecen sino regalos de Dios, pues
tiene impreso en su corazón el mismo Señor crucificado. Como San Francisco ya sólo
vive en las manos de Dios y en su voluntad
- Amor al prójimo: “ésa es caridad: trabajar por descanso ajeno” (n.3)
- Predicador incansable, con su palabra y sobre todo con su vida de este amor de Dios.
Él es un reflejo, como Francisco de Asís, de este Cristo pobre, humilde, abierto a la
voluntad de Dios, crucificado por amor a los demás.
7. Tratado del amor de Dios
El pequeño Tratado del amor de Dios es una joya de la literatura mística española y
universal, y un retrato del alma y doctrina de San Juan de Ávila. Contiene todos los
temas fundamentales de su vida y enseñanza, que hemos señalado más arriba,
adentrándonos en el misterio del amor entre el Padre y el Hijo unidos en el Espíritu, y
metiéndonos en esta unión al dársenos a nosotros. En realidad, contiene lo que nos dice
Benedicto XVI en su carta Encíclica Deus caritas est. Esto es lo que he querido recoger
en mi estudio: “Experiencia del amor de Dios y plenitud del hombre en los escritos de
San Juan de Ávila”, del año 2007, en 597 págs. Llenas de textos en los que nos detalla
su experiencia y predicación de este amor de Dios, y cómo al darse el Padre, el Hijo y el
Espíritu a cada uno de nosotros nos lleva a la plenitud de nuestro ser al ser hecho hijos
suyos. En él encontrarán los sacerdotes un material abundante de textos comentados
sobre el amor de Dios, que posteriormente seleccionados pueden servirles de base para
adentrar a los laicos en la experiencia del amor de Dios.
8. Conocerlo a través de sus oraciones
A San Juan de Ávila no le gusta hablar de lo que pasa entre él y Dios, como en una
ocasión le sugirió él mismo a Fray Luis de Granada que hiciese lo mismo. Esto le dice
en una carta a una persona que sin duda le ha preguntado sobre su experiencia de Dios:
“El Niño nacido por nuestro bien dé a vuestra merced parte de los bienes que trae, pues
tomó de los males que nosotros teníamos. Él le dé fuego vivo de su amor, en que a vivas
llamas arda; pues por encender éste en nosotros viene tan pobre y arrecido de frío.
Mientras este Niño más padece, mas nos roba el corazón para le amar; y mientras más le
amamos, más deseamos padecer por él” (Cata 61, 1-6) Y continua: “a lo que me
pregunta de mi salud, mal me va, pues soy flaco; que si no lo fuese, no me quitaría tan
presto Dios los dolores como me los quita. Y a lo demás le respondo que el fuego
grande, mientras más encerrado y callado, más arde. Cristo la haga discípula verdadera
y fiel del enseñamiento de su amor, para que algo sepa responder a su insaciable y
divino amor, como yo le suplico” (líns. 68-74).
A San Juan de Ávila se le encuentra sobre todo en sus oraciones. Hay algunos
libritos que recogen algunas de sus oraciones, pero no son exhaustivos ni abundantes, y
además no están catalogadas por temas. Se encuentran a lo largo de toda sus Obras
59
completas: contenidas en el Audi, filia y en sus escritos, fundamentalmente en sus
cartas, que están escritas a vuela pluma y que reflejan lo que pasa por su corazón. Esto
realmente es algo muy novedoso, pues es raro en encontrar en cartas dirigidos a otros,
incluso de los más altos místicos, oraciones dirigidas directamente a Dios. También en
sus sermones, aunque hay que tener en cuenta que ya éstos no tienen la frescura de
aquellos escritos, pues han sido recogidos por sus discípulos, si bien la mayoría luego
han sido revisados y retocados por él antes de su edición.
Se podrían hacer alguna edición de sus oraciones, divididas en temas. Esto daría
para varios libros. Lo mismo que por la oración de Jesús llegamos a tener más
conocimiento de la relación con su Padre, así también por las oraciones de San Juan de
Ávila llegamos a conocer mejor lo que pasa entre Dios y él, adentrándonos así con él en
la misma unión con Dios. Yo me remito ahora a presentar las que creo son más
significativas:
Las del Audi, filia están sobre todo en la parte final:
- Oración a Cristo crucificado en el día de la alegría de su corazón24. El día de su
entrega en la cruz fue el día más grande y alegre para Cristo, a pesar de la tristeza y
crueldad de su muerte, pues su amor, y los beneficios que con ella nos traía, hacían su
alegría:
“¡Oh alegría de los ángeles, y río del deleite de ellos, en cuya cara ellos se
desean mirar, y de cuyas sobrepujantes ondas ellos son embestidos viéndose
dentro de ti, nadando en tu dulcedumbre tan sobrada! ¿Y que se alegre tu
corazón en el día de tus trabajos? ¿De qué te alegras entre los azotes y clavos, y
deshonras y muerte? [...] El fuego de amor de ti, que en nosotros quieres que
arda, hasta encendernos, abrasarnos y quemarnos lo que somos, y
transformarnos en ti, tú lo soplas con las mercedes que en tu vida nos hiciste. Y
lo haces arder con la muerte que por nosotros pasaste [...] ¿Y quién será leño tan
húmedo y frío, que viéndote a ti, árbol verde, del cual quien come vive, ser
encendido en la cruz y abrasado con fuego de tormentos que te daban, y del
amor con que tú padecías, no se encienda en amarte aún hasta la muerte? [...] Y
como el esposo desea el día de su desposorio, para gozarse, tú deseas el de tu
pasión, para sacarnos con tus penas de nuestros trabajos [...] Y pues lo que se
desea atrae gozo, cuando es cumplido, no es maravilla que se llame día de tu
alegría el día de tu pasión, pues era deseado por ti [...] y por eso quedó vencedor
tu amor, y como llama viva, no se pudieron apagar los ríos grandes (cf. Cant
8,7) y muchas pasiones que contra ti vinieron. Por lo cual, aunque los tormentos
te daban tristeza y dolor muy de verdad, tu amor se holgaba del bien que de allí
nos venía. Y por eso se llama día de alegría de tu corazón”.
-
Oración a Dios misericordioso, que nos oye, nos ve e inclina su oreja25
En realidad, en esta oración recoge el hilo conductor de Audi, filia, pues aunque
se titula según el salmo 44 “oye hija inclina tu oreja…”, esto no es sino respuesta al
amor de Dios, que es el primero que nos ama e inclina su oído a nuestros
sufrimientos y necesidades. Su amor es lo primero, y el nuestro no es sino respuesta
24
25
Audi, filia (I), 2ª, 62: I, 469-470.
Ibid., 3ª, 36-38: I, 493-494.
60
al suyo. Por eso exclama: “¡Bendito seáis, Señor, para siempre, que no sois sordo ni
ciego a nuestros trabajos, pues los oís y veis […]!”.
- Oración a Cristo crucificado, en quien Dios nos oye antes que clamemos26.
“Y porque veáis cuán en verdad es que oye el Señor los gemidos que le
presentamos, oíd lo que dice el mismo Señor por Esaías: Antes que clamen, yo
los oiré (Is 65,24). ¡Oh bendito sea tu callar, Señor, que de dentro y de fuera en
el día de tu prisión callaste: de fuera, no maldiciendo, no respondiendo; y en lo
dentro, no contradiciendo, mas aceptando con mucha paciencia los golpes y
voces, y penas de tu pasión, pues tanto habló en las orejas de Dios que antes que
hablemos seamos oídos! [...] ¿Qué te daremos, ¡oh Jesús benditísimo!, por este
callar que callaste, y qué te daremos por estas voces que diste? [...] Y aún no te
contentas, Señor, con tener tus orejas puestas en nuestros ruegos, y oírnos antes
que te roguemos, mas, como quien muy de verdad ama a otro, que se huelga de
oírle hablar o cantar, así tú, Señor, dices al ánima por tu sangre redimida:
Enséñame tu cara, suene tu voz en mis orejas, porque tu voz es dulce y tu cara
mucho hermosa (Cant 2,14). ¿Qué es esto que dices, Señor? ¿Tú deseas oír a
nosotros? ¿Nuestra desgraciada voz te es a ti dulce? ¿Cómo te parece hermosa la
cara que, de afeada de muchos pecados, los cuales hicimos mirándonos tú,
habemos vergüenza de alzarla a ti? [...] Sea, pues, Señor, a ti gloria, en el cual
está nuestro remedio. Y sea a nosotros, y en nosotros, vergüenza y confusión de
nuestra maldad, mas en ti gozo y ensalzamiento, que eres nuestra verdadera
gloria. En la cual nos gloriamos no vanamente, mas con mucha razón y verdad,
porque no es poca honra ser tan amados de ti, que te entregaste a tormentos de
cruz por nosotros”
-
Oración a Cristo Hermoso27.
Es la hermosura de Cristo crucificado porque en él se manifiesta la hermosura de
su amor, que pasa a nosotros al lavarnos de nuestro hombre viejo de pecado y
hacernos hombres nuevos en el espíritu por su sangre derramada.
“¡Oh sangre hermosa de Cristo hermoso, que, aunque eres colorada más que
rubíes, tienes poder para emblanquecer más que la leche! ¿Y quién viera con
cuánta violencia eras derramada por los sayones y con qué amor eras derramada
del mismo Señor? ¡Cuán de buena gana, extiendes, Señor, tus brazos y pies, para
ser sangrado de brazo y tobillo, para remediar nuestra soltura tan mala que en
deseos y obras tenemos! ¡Gran fuerza ponen contra ti tus contrarios, mas muy
mayor fuerza te hizo tu amor, pues que te venció! Hermoso llama David a Cristo
sobre todos los hijos de los hombres (Sal 44,3). Mas este hermoso sobre
hombres y ángeles quiso disimular su hermosura y vestirse en su cuerpo, y en lo
de fuera, de la semejanza de nuestra fealdad, que en nuestras ánimas tenemos,
para que así fuese nuestra fealdad absorbida en el abismo de su hermosura, como
lo es una pequeña pajita en un grandioso fuego, y nos diese su imagen hermosa,
haciéndonos semejables a Él”.
26
27
Ibid., 3ª, 48-49: I, 499-500.
Ibid., 6ª, 20: I, 522.
61
Hay otras publicaciones que escogen trozos de sus escritos según temas. Esto
está bien para una primera introducción.
9. Libros de sus escritos por temas
9.1. Creo que siguen haciendo falta libros, no muy largos, que acerquen a la lectura
directa de San Juan de Ávila por temas y siguiendo sus escritos, sobre todo
poniendo como principal base sus cartas, pues en ellas es en donde nos encontramos
directamente con el alma de San Juan de Ávila. Un gran y logrado intento de esto lo
hizo Antonio Granado Bellido en su libro de 1991 Por que quema el fuego, Paulinas
1991; hoy por desgracia y descatalogado. Hizo un elenco de sus cartas traducidas a
un castellano más actual, pero conservando en todo el sabor de San Juan de Ávila.
Las cartas que eligió estaban casi todas enteras, omitiendo sólo lo que no tenía que
ver con el tema elegido. Siguió un hilo conductor que había cogido del mismo
esquema de Audi, filia: 1. El hombre y Dios. Camino hacia la experiencia; 2.
Jesucristo, fuente de nuestra vida espiritual; 3. La cruz, hogar de nuestra existencia
cristiana; 4. Fe y vida espiritual; 5; La caridad; 6. El progreso en la vida espiritual,
7. Las grandes tentaciones de la vida cristiana.
9.2. Han aparecido también otros libros que recogen selecciones de textos de su
epistolario: Ya han florecido las Granadas. Lo mejor de su epistolario, selección y
presentación de Esaú de María Díaz Ramirez, que él mismo editó en Almagro
(Ciudad Real), en 1983. En 300 págs. recoge textos de 27 cartas muy interesantes y
partiendo desde el amor de Dios hacia nosotros. Así nace el camino cristiano en ese
amor a Dios y al prójimo teniendo que dejar todo lo que estorba, sobre todo a
nosotros mismos, para cumplir la voluntad de Dios. Una de las dificultades del libro
es que no se sabe a qué cartas se refiere pues su numeración no coincide con la de la
edición de las Obras completas de Sala Balust.
9.3. En 2005 ha aparecido San Juan de Ávila en su epistolario. Selección de textos.
Publicado por la BAC, de Dionisio Parra Sánchez (ed.). Tiene muchas entradas de
voces en sus 255 págs. Recoge prácticamente trozos de todas sus cartas, aunque
demasiado cortos; no pudiendo vislumbrar el contexto de estas afirmaciones.
Contiene además un amplio índice, muy exhaustivo. El problema que le encuentro
es que no sigue un orden teológico determinado sino orden alfabético, con lo que el
mensaje queda un poco disperso en cuanto al contenido doctrinal.
En general, en los libros que están apareciendo hay importantes logros, pero
hecho de menos aspectos imprescindibles en la vida y predicación de San Juan de
Ávila: la vivencia de los valores evangélicos siguiendo las mismas pisadas de Cristo
y de los Apóstoles, la transformación de la sociedad según los valores del Reino, la
reforma de la Iglesia, la vida según los consejos evangélicos, al igual que estudios
sobre la importancia de la Sagrada Escritura como fuente de esta nueva vida en
Dios, etc.
Sobre todo hacen falta libros que contengan sus escritos, basándose de una
manera especial en sus cartas, aunque no exclusivamente, y agrupados todos ellos
según unos temas que sigan el hilo conductor de la doctrina de san Juan de Ávila:
amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; manifestación de este amor de Dios
desde la cruz de Cristo. Seguimiento de Cristo al ir configurándonos con sus pasos y
62
su cruz. Relación de amistad e intimidad con el Padre, Hijo y Espíritu, de cada uno
de nosotros como respuesta a su querer morar en nosotros. Vida de oración.
Conocimiento propio. Vida de fe, esperanza y caridad. Iglesia y vida de fraternidad.
Misión e identidad de los laicos, religiosos y sacerdotes en ésta. Vivencia de los
consejos evangélicos. Eucaristía. María. Valores y transformación de la sociedad
según los valores del Reino. Reforma urgente de la Iglesia para que sea vivo espejo
de Cristo en el mundo, comenzando por sus pastores.
Pero lo mejor es seleccionar cartas que se puedan leer de corrido, pues ahí es
donde se saborea mejor al Maestro Ávila. Me permito indicar algunas, situando
también su facilidad de lectura y temas, ordenando según la importancia que creo
tenían en su vida y predicación.
Para adentrarnos no sólo en las oraciones, sino en cómo piensa San Juan de
Ávila yo introduciría a cómo leer de corrido algunas de sus cartas. No creo que el
primer libro que se deba leer de San Juan de Ávila sea el Audi, filia, especialmente
la segunda redacción, pues ésta ha tenido que tenido que ser tan cuidada en las
expresiones técnicas y teológicas, sobre todo después del decreto de la justificación
de Trento, que ha perdido la frescura redaccional de la primera, alargándose en
demasía la parte primera que habla del pecado y de lo que hay que dejar para
revestirse de la hermosura del hombre nuevo en Cristo. Ocurre lo mismo que con
San Juan de la Cruz. No se puede comenzar con la Subida “interminable al Monte
Carmelo” si no se ha leído y meditado antes el esplendor del Cántico espiritual, que
es la meta.
9.1. Cartas sobre el amor de Dios
- Carta 74. Destaco ante todo la ya mencionada carta 74, porque contiene un
resumen de toda su vida y enseñanza, de lo descrito en el Tratado del amor de Dios,
en Audi,filia y en el sermón 78, que he afirmado que a propósito de la vida de San
Francisco de Asís es la autobiografía espiritual del Santo Maestro. Ya me he
referido a ella anteriormente.
- Carta 44. Es un verdadero tratado sobre la gracia. Está dirigida a una señora
afligida con trabajos corporales y tristezas espirituales [¿doña Leonor de Inestrosa?].
La anima a tener confianza en el amor de Dios. En ella se contiene una larga oración
de dos páginas a Dios amor. (Traducción en Por que quema el fuego, págs. 35-46).
Está completa.
- Carta 56. A unas mujeres devotas que padecían trabajos. Las anima a llevarlos,
conociendo que son dones de Dios y dádiva de su amor, y les declara cuán grande es
este amor de Dios para con los hombres, basándose en los padecimientos de Cristo
por nosotros.
- Carta 61. Trata del amor de Dios para con el hombre y de lo que este amor le hace
obrar a Dios para con nuestra miseria. (Cf. Por qué quema el fuego, págs. 176-178).
Está completa.
63
- Carta 75. A un devoto [don Tello de Aguilar] Exhortándole al amor de Dios y
enseñándole los medios para alcanzarlo.
- Carta 112. A una devota suya. Es un auténtico resumen de la Encíclica del
Benedicto XVI Deus caritas est. Le pide a esta señora que ame mucho a nuestro
Señor y le pida que le dé este amor hacia Él, y persevere pidiendo aunque le dilate
este don.
Además de las cartas, debieran acompañarse también textos que complementan
lo contenido en ellas; y creo debieran ser en este orden: del Audi,filia, Tratado del
amor de Dios, comentarios a la Sagrada Escritura, otros tratados, pláticas, sermones,
etc., pero sin olvidar que lo mejor para entrar en él son sin lugar a dudas sus cartas.
Y entrando en su corazón entramos en lo que en él habitaba: Dios.
-
En todas las cartas anteriores San Juan de Ávila fundamenta el amor de Dios en
la entrega del Hijo en la cruz, lo cual es una constante y eje dorsal de su
doctrina, pero hay algunas que deseo destacar porque en ellas se hace más
evidente. Además de la ya mencionada 74, hay que tener en cuenta las
siguientes:
- Carta 58. Escrita a unos amigos desde la cárcel. En ella se contiene una de las
oraciones a Cristo crucificado por nosotros.
Oración a Jesús Nazareno
“¡Oh Jesús Nazareno, que quiere decir florido, y cuán suave es el olor de ti, que
despierta en nosotros deseos eternos y nos hace olvidar los trabajos, mirando por
quién se padecen y con qué galardón se han de pagar! ¿Y quién es aquel que te
ama, y no te ama crucificado? En la cruz me buscaste, me hallaste, me curaste y
libraste y me amaste, dando tu vida y sangre por mí en manos de crueles sayones;
pues en la cruz te quiero buscar y en ella te hallo, y hallándote me curas y me
libras de mí, que soy el que contradice a tu amor, en quien está mi salud. Y, libre
de mi amor, enemigo tuyo, te respondo, aunque no con igualdad, empero con
semejanza, al excesivo amor que en la cruz me tuviste, amándote yo y
padeciéndote por ti, como tú amándome, moriste de amor por mí. Mas ¡ay de mí,
y cuánta vergüenza cubre a mi faz, y cuánto dolor a mi corazón!; porque siendo de
ti tan amado, lo cual muestran tus tantos tormentos, yo te amo tan poco como
parece en los pocos míos. Bien sé que no todos merecen esta joya tuya, de ser
herrados por tuyos con el hierro de la cruz; empero, mira cuánta pena es desear y
no alcanzar, pedir y no recibir, cuanto más pidiéndote, no descansos, mas trabajos
por ti.
Dime, ¿por qué quieres que sea pregonero tuyo y alférez que lleva la seña de tu
Evangelio, y no me vistes de pies a cabeza de tu librea? ¡Oh cuán mal me parece
nombre de siervo tuyo, y andar desnudo de lo que tú tan siempre, y tan dentro de
ti, y tan abundantemente anduviste vestido! Dinos ¡oh amado Jesús!, por tu dulce
cruz, ¿hubo algún día que aquesta ropa te desnudases, tomando descanso? ¿Oh
fuete algún día esta túnica blanda, que tanto a raíz de tus carnes anduvo, hasta
decir: Triste es mi ánima hasta la muerte? (Mt 26,38). ¡Oh, que no descansaste,
porque nunca nos dejaste de amar, y esto te hacía siempre padecer! Y cuando te
64
desnudaron la ropa de fuera, te cortaron en la cruz, como encima de mesa, otra
ropa bien larga desde pies a la cabeza, y cuerpo y manos, no habiendo en ti cosa
que no estuviese teñida con tu benditísima sangre, hecho carmesí resplandeciente
y precioso: la cabeza con espinas, la faz con bofetadas, las manos con un par de
clavos, los pies con uno muy cruel para ti, y para nosotros dulce; y lo demás del
cuerpo con tantos azotes, que no sea cosa ligera de los contar. Quien, mirando a ti,
amare a si y no a ti, grande injuria te hace. Quien, viéndote tal, huyere de lo que a
ti lo conforma, que es el padecer, no te debe perfectamente amar, pues no quiere
ser a ti semejable. Y quien tiene poco deseo de padecer por ti, no conoce a ti con
perfecto amor; que quien con este te conoce, de amor de ti crucificado muere, y
quiere más la deshonra por ti que la honra ni todo lo que el engañado y engañador
mundo puede dar.
Callen, callen, en comparación de tu cruz, todo lo que en el mundo florece y tan presto
se seca; y hayan vergüenza los mundanos del mundo, habiendo tú tan a tu costa
combatido y vencido en tu cruz; y hayan vergüenza los que por tuyos son tenidos en no
alegrarse con lo contrario del mundo, pues tú tan reprobado y desechado y contradicho
fuiste de este ciego mundo, que ni ve ni puede ver la Verdad, que eres tú. Más quiero
tener a ti, aunque todo lo otro me falte —que ni es todo ni parte, sino miseria y pura
nada—, que estar yo de otro color que tú, aunque todo el mundo sea mío. Porque tener
todas las cosas que no eres tú, más es trabajo y carga que verdadera riqueza; empero, ser
tú nuestro, y nosotros tuyos, es alegría de corazón y verdadera riqueza, porque tú eres el
bien verdadero”28.
- Carta 64. También desde la cárcel. Oración a Dios trino y uno en Cristo crucificado:
“Miremos a Cristo puesto en la cruz, y verle hemos atormentada su carne, y
deshonrado el mundo, y vencedor del demonio. ¿Quién a Cristo miró que fuese
engañado? Ninguno, por cierto. Pues no apartemos nuestros ojos de él si no
queremos tornarnos ciegos [...] Muera, pues, ya en nosotros nuestro viejo
hombre, pues murió por nosotros en cruz nuestro nuevo Hombre, que es Cristo
[...] ¡Oh Jesucristo, y cúan fuerte es tu amor; y cómo todas las cosas convierte
en bien, como dice San Pablo! [...] Demos, pues, nuestro todo, que es chico
todo, por el gran todo, que es Dios [...]
¡Oh Dios, que eres todas las cosas y ninguna de ellas, porque eres sobre todas
ellas! Y ¿cuándo ha de ser el día que te habemos de ver? Y ¿cuándo se ha de
quebrar este vaso de barro que tanto bien nos impide? ¿Cuándo se romperán
estas cadenas que no nos dejan volar a ti, descanso verdadero de los que
descansan? No miremos, hermanos, a otra parte sino a Dios. Llamémosle a
nuestro corazón y tengámosle muy apretado con nos, porque no se nos vaya; que
¡tristes de nos! ¿qué haremos sin él sino tornarnos en nada? Echemos ya esto
detrás que tan delante traemos y comencemos ya algún día a gozar cuán suave
es el Señor (Sal 33,9). Corramos tras de aquel que corrió a nosotros desde los
cielos para llevarnos allá. Vamos a quien nos llama, y con tanto amor, desde lo
alto de la cruz, despedazada su carne y quemada con fuego de amor para que
más sabrosa nos sea. ¡Oh si comiésemos! ¡Oh si nos quemásemos! ¡Oh si nos
transformásemos! ¡Oh si nos hiciésemos un espíritu con Él! ¿Qué nos detiene?
¿Qué nos estorba? ¿Qué nos engaña, que no nos lleguemos a Dios? Si es nuestra
carne, refrenémosla. Si es nuestra honra despreciémosla. Si es nuestra hacienda,
desechémosla si podemos, y si no, tengámosla como estiércol, entendiendo en
28
Carta 58, 47-99: IV, 269-270; los subrayados de los dos primeros párrafos son nuestros.
65
ella con diligencia y sin amor de ella. Si es la mujer dice San Pablo que los que
tienen mujeres sean como si no las tuviesen (1 Cor 7,29). Si los hijos,
querámoslos para Dios. Y si otra cualquiera cosa, digámosle, y con lágrimas:
¡No me apartes de mi Dios! ¡Oh si tanto llorásemos por Dios que de aquella
agua se encendiese fuego que quemase todo aquello que de Dios nos aparta! Las
lágrimas nos lavarían y el fuego nos quemaría, y seremos animales santos todos
ofrecidos a Dios en fuego.
¡Oh fuego, Dios, que consumes nuestra tibieza, y cuán suavemente ardes! ¡Y
cuán sabrosamente quemas! Y ¡con cuánta dulcedumbre abrasas! ¡Oh si todos y
del todo ardiésemos por ti! Entonces dirían todos nuestros huesos: Señor,
¿quién es semejante a ti? (Sal 34,10). Porque del fuego del amor tuyo nacería
conocimiento de ti. Pues quien dice que te conoce como te ha de conocer y no te
ama, es mentiroso. Amémoste, pues, y conozcámoste por el conocimiento que
de amarte resulta; y tras esto venga el poseerte, pues tan ricos son los que te
poseen; y poseyéndote a ti, seamos poseídos de ti, y así nos empleemos en
alabarte, pues toda la virtud de los cielos te alaba y confiesa por Dios Trino y
Uno, Rey infinito, sabio, poderoso, bueno, hermoso, perdonador de los que a ti
se convierten, sustentador de los que a ti se llegan, glorificador de los que te
sirven y Dios de cuya perfección no hay fin; porque eres sobre todo
entendimiento, sobre toda lengua, y de ti sólo eres del todo conocido. A ti sea
gloria en los siglos de los siglos. Amén (cf. Gál 1,5; Rom 16,27; 1 Tim 1,17)”29.
- Carta 81. En ella se nos describe la experiencia de Cristo la transfiguraciónglorificación en el alto monte de la cruz, y también la nuestra cuando vivimos la cruz
unidos al Señor.
La carta 81, escrita también, como las cartas 58 y 64, “a unos amigos atribulados”,
donde vuelve a hablar sobre cómo se conoce mejor el amor de Dios cuando se está
envuelto en tribulaciones, pues aunque a nosotros nos parece sufrir, es en la cruz, si
estamos colgados, como Cristo, de las manos de Dios, donde experimentamos su
amor30. Y este conocimiento del amor de Dios desde el dolor nos dice San Juan de
Ávila que es más alto que el mayor grado de contemplación: “Porque, a la verdad,
nunca hombre por contemplativo que sea, tanto conoció los amores los dolores y
amores de Cristo como quien pasa algo de ellos”31. Y a continuación, dirá de nuevo algo
que nos recuerda lo dicho a Fray Luis de Granada sobre la que fue su verdadera
universidad sobre Cristo:
“Estas y otras doctrinas aprenderéis en la tribulación mejor que en cuantas
escuelas y púlpitos hay, y más de verdad; porque en estos lugares se suelen oír con
orejas, estando quizá el corazón en otra parte, en la tribulación óyese: que Dios
enseña con obras”32.
29
Carta 64, 20-120: IV, 284-287.
Carta 81, 150-154: IV, 341: “Aprovechémonos de esta medicina para conocer cuán flacos somos, lo
cual es principio de salud, y cuán miserable cosa es vivir sobre la tierra, y cuán colgados estamos de Dios,
y cuánto nos ama, pasando, no a más no poder, por nosotros, mas de su gana, lo que a nosotros tan recio
nos parece de sufrir”.
31
Carta 81, 154-156: IV, 341.
32
Carta 81, 161-165: IV, 341.
30
66
En esta carta, y de manera indirecta, está relatando lo vivido por él en la
tribulación de la cárcel, donde se le dio un conocimiento del amor de Jesucristo mayor
que el tenido en la aulas de teología, y aún en la más alta contemplación.
En esta misma carta 81 nos dice que el punto central de esta revelación del
misterio de Cristo ha sido su entrega en la cruz, en la cual ha visto la luz y la señal
definitiva del amor de Dios hacia él y hacia todos, ya que en la entrega del Hijo ha visto
que Dios no sólo le da sus dones, sino que se le da Él mismo:
“[...] el mesmo Criador nos vino a testificar su amor con el testimonio más cierto
que hay; el cual es no sólo dar, porque aquello poco duele, mas darse y padecer
por nosotros, lo cual es tanto mayor señal de amor, cuanto va de su persona a los
dones. Y este testimonio, porque sin duda fuese de nos recebido, firmólo con su
muerte, habiéndolo escripto con su sangre; pues que no se puede mas por uno
pasar, por muy amado que sea, que morir por él, sepan los hombres que son
amados de Cristo, pues puso por nosotros lo último que se pudo poner”33.
Vivir unidos al Señor en todos los momentos y circunstancias de la vida: en la
alegría y en el gozo, en la salud y en la enfermedad, etc. Lo digo casi en términos
nupciales porque así es como también él se refiere con frecuencia para describir nuestra
unión, con Dios Padre, con el Hijo y con el Espíritu. Ahí se reflejan una unidad de
intimidad sorprendente.
9.2. Ayudar a los sacerdotes y seminaristas a leer e imitar a San Juan de Ávila
Es más fácil para los sacerdotes entrar en la lectura de San Juan de Ávila, sobre en
lo relacionado con la espiritualidad sacerdotal, pues además del Tratado sobre el
sacerdocio, están las pláticas a sacerdotes, cartas también a sacerdotes y en los tratados
de reforma, especialmente dirigidos a obispos y sacerdotes. Todo ello lo podemos
encontrar en la recopilación de Esquerda Bifet, Escritos sacerdotales, recientemente
reeditado por la BAC. Recomiendo especialmente la carta 6 dirigida a un sacerdote en
la que San Juan de Ávila abre su corazón y le dice cómo vive él la celebración de la
Eucaristía.
Otras ayudas que encontrarán los sacerdotes para entrar en el conocimiento de San
Juan de Ávila no sólo en temas sacerdotales es el Diccionario de San Juan de Ávila
editado por Monte Carmelo y la Introducción a la doctrina de San Juan de Ávila, de
Juan Esquerda Bifet, en la BAC. Estas obras tienen la ventaja que abren camino y
además citan artículos y estudios relacionados con el tema, si bien están anticuados y
citan con la edición de 1970. Hay que completarlos con los nuevos estudios que van
apareciendo. Aun así las considero imprescindibles para abrirnos camino en una primera
consulta en cualquier tema relacionado con el Santo Maestro. Otra obra que aporta
estudios más detallados es El Maestro Ávila, Actas del Congreso Internacional, Edice,
2002. Recientemente, la revista Seminarios ha dedicado un monográfico doble (nº 201202) a San Juan de Ávila con importantes artículos.
10. Otras sugerencias para darlo a conocer y ayudar a amarlo e imitarlo
33
Carta 81, 25-33: IV, 338.
67
Ya en el mensaje de la Conferencia Episcopal antes aludido en el V centenario se
nos indicaban algunos medios, y diciendo expresamente su finalidad: “Queremos con
estas sugerencias animaros a todos a leer sus escritos y orar con ellos. Ahí encontraréis
la riqueza y hondura de un clásico”, es decir, de un gigante, pero que sigue siendo muy
actual en su doctrina, en su mensaje y en su testimonio.
-
“A las editoriales y revistas católicas les pedimos la difusión de la figura y obras
del Santo Maestro” (Mensaje CEE).
-
“Invitamos a las Facultades de Teología que promuevan cursos monográficos y
trabajos de investigación en torno a sus obras” (Mensaje CEE).
-
“Y asimismo, a los especialistas en literatura, historia y otras áreas del saber,
para que, en un trabajo interdisciplinar, descubran y den a conocer las diversas
facetas de este autor tan relevante de nuestro privilegiado siglo XVI” (Mensaje
CEE).
-
Y la misma Conferencia se comprometió a algo que fue decisivo: “Desde la
Conferencia Episcopal queremos impulsar su conocimiento con una nueva
edición de sus obras y la celebración de un Simposio”. Cosa que se realizó en el
año 2000, y cuyas actas están publicadas por EDICE en 2002, conteniendo
artículos de los mejores especialistas del momento en San Juan de Ávila y sobre
los más diversos temas, y sus obras en 4 tomos de la BAC, desde el 2000-2003.
-
También nos dicen con motivo del Vº centenario del nacimiento, y mucho más
ahora que será declarado Doctor: “Peregrinar a los lugares relacionados con su
vida, particularmente Almodóvar del Campo, donde nació y fue bautizado, y
Montilla, donde murió y se conservan sus restos”. También creo que es muy
importante peregrinar a la ciudad de Baeza (Jaén), donde no sólo fundó la
universidad para clérigos y donde el siglo XVI se palpa nada más pisar y
recorrer sus calles. En esta última ciudad, que cuenta ya con guías y recorridos
avilistas, se pueden ir visitando edificios y calles muy emblemáticos y que
recogen todavía en sus paredes la vida y espíritu del Maestro en muy variadas
facetas (enseñanza, hospitales donde visitaba a los enfermos, reforma de la
Iglesia, organización de los estudios, púlpito desde donde predicó, iglesia donde
se veneraba el Santísimo, iglesia sede de las cofradías que ayudó a reformar
según unos criterios más evangélicos, etc.). Otra ciudad de interés es Granada.
También, auqneue en menor medida pues contienen menos lugares avilistas, son
las de Sevilla, Écija, Priego, etc.; si bien en todas ellas se pueden visitar y
explicar también diversos aspectos de su vida y doctrina.
-
También nos proponen los obispos ahora el peregrinar a Roma con motivo de la
Declaración como Doctor, y no sólo a los sacerdotes, sino a todo el Pueblo de
Dios.
-
Otra propuesta de la CEE de importancia es estar informados y conectados con
la página de la Conferencia Episcopal: sanjuandeavila.conferenciaepiscopal.es.
68
- Una manera de aunar y unificar la información sobre los estudios que van saliendo
sobre San Juan de Ávila es aportar los datos disponibles a la página
[email protected] de la Conferencia Episcopal Española.
Habría que pedir a los sacerdotes, investigadores, etc. que comuniquen a los
Delegados los nuevos estudios, etc. Aunque éstos aparezcan en libros, revistas,
boletines, etc., a veces no tienen la difusión necesaria y dar los datos a la página de
la Conferencia Episcopal facilitará el conocimiento de su existencia.
- Buscar la manera de financiar una especie de revista continua, como aquella de
Maestro Ávila, que creo podría correr con ella la Conferencia Episcopal, en la que se
puedan recoger los artículos, recensiones, nuevos proyectos, novedades sobre San
Juan de Ávila más significativos.
- Unir por links, las páginas webs parroquiales y diocesanas con las de la
Conferencia Episcopal, creando una entra San Juan de Ávila.
- Crear blogs. diocesanos, parroquiales, personales, etc., en donde se cuelguen las
investigaciones que se están haciendo sobre San Juan de Ávila y conectarlos con la
página de la Conferencia Episcopal.
- Conferencias, Congresos, Simposios, etc., que acerquen a su figura y a aspectos
concretos de su vida y evangelización. Hasta ahora en algunas diócesis se ofrecen
algunas charlas sobre San Juan de Ávila, sobre todo en el día de su fiesta, 10 de
mayo, o en torno a ella. Esto es importante pero insuficiente. Creo que las Diócesis
y también los arciprestazgos, etc. deberían organizar unos ciclos de conferencias,
seminarios, minicongresos, etc. para dar a conocer más en profundidad a San Juan
de Ávila, y no sólo a los sacerdotes, sino también a los laicos y consagrados.
- Estudios interdisciplinares en colaboración con las Universidades eclesiásticas y
civiles, creando, donde sea posible, una cátedra de San Juan de Ávila. Son muchas
las facetas interdisciplinares dignas de profundizar, como hemos sugerido a lo largo
de esta conferencia: humanismo y fe, fe y razón, economía y verdadero progreso
integral, educación integral en valores, ciencia y fe, razón y fe, fe y desarrollo
social, fe y vivencia de la enfermedad, ser buen ciudadano, ser buen gobernante, una
ética social y global, etc.
- Cursillos de uno o más días en los que nos adentremos más profundamente en él, y
donde se puedan desgranar juntos partes fundamentales de su vida y doctrina, sobre
todo a través de sus escritos. Éstos, por no ser sistemáticos necesitan una guía de
lectura para coger los que más pueden venir bien en las circunstancias actuales. Son
tan ricos, es un bosque tan frondoso, que puede dar miedo adentrarse en él y no
entrar nunca; o adentrarse y perderse por pequeñas veredas, dejando de lado las
verdaderas praderas y los manantiales de agua viva. Más de un sacerdote me ha
preguntado en alguna ocasión, “¿por dónde puedo empezar a leer a San Juan de
Ávila?”
- Utilizar a San Juan de Ávila y en los retiros y Ejercicios Espirituales a sacerdotes,
consagrados y laicos.
69
- Que en los libros de espiritualidad y también teológicos se tengan en cuenta las
obras y aportaciones de San Juan de Ávila. Ya comienzan a serlo, pero son
insuficientes.
- Indicar breves biografías que adentren a la figura de San Juan de Ávila profundas,
pero al mismo tiempo fáciles de leer. Teníamos no muchas pero comienzan a
abundar y habrá más en breve tiempo. Ahora corremos el riesgo de tener una
sobresaturación, a veces no suficientemente discernida. Es cierto que nos falta una
biografía ágil, atrayente que cree las ganas de adentrarnos mejor en el Santo
Maestro, sobre todo para que la puedan entender los laicos. Nos falta todavía con
San Juan de Ávila una biografía como la del insigne Tellechea sobre San Ignacio:
“Ignacio, solo y a pie”. Profunda, como la que más, y ligera como una pluma, que
se leía de un tirón. Recemos para que la podamos tener pronto. Mientras, están
apareciendo algunas de interés, pero que creo no llegan a la altura de aquella
referida sobre San Ignacio.
- Introducir textos de San Juan de Ávila en las homilías, retiros, lectura del
Breviario (hasta ahora solo una –el día de su fiesta-) por parte de obispos,
sacerdotes, etc.
- Hace falta una colección organizada por temas de sus obras, siguiendo un
esquema teológico-espiritual adecuado, con unas pequeñas introducciones que
ayuden a adentrarse en el texto. Un esquema válido ya lo he propuesto
anteriormente. Una vez que ya tenemos sus obras completas, publicadas en la BAC,
siempre como lugares de referencia, en esta colección sus textos podrían ir en un
castellano más actual, cuidando siempre no traicionar la garra y sentido de sus
escritos. Me refiero a cosas como: “digo a vd.”, en lugar de “a vuesa merced”. “Así
tendremos buena Cuaresma y buena Pascua”, en lugar del original: “así ternemos
buena Cuaresma y buena Pascua”; “soseguemos nuestro corazón dentro de
nosotros” en lugar de “sosgemos nuestro corazón dentro de nosotros”. Estos
cambios para actualizar su lenguaje creo que responden muy bien al espíritu de San
Juan de Ávila, que hizo todo lo posible por ayudar a los demás a llegarse a las
fuentes de la espiritualidad en un lenguaje comprensible. Por eso defiende poder leer
la Biblia directamente y en castellano; es partidario de un Catecismo en castellano
para el pueblo, aunque otro en latín más amplio para sacerdotes; traduce La
imitación de Cristo, de Tomas de Kempis al castellano para que sea entendido por
todos, incorporando una rica introducción; traduce el Pange lingua, y otras oraciones
devocionales, y hasta el catecismo lo pone en versos cantados para se entienda y
aprenda mejor. Creo que es obligación nuestra facilitar la lectura de los textos de
San Juan de Ávila y hacerlos llegar al público en general. Esto no nos debe
sorprender, pues lo hacemos con la misma Sagrada Escritura. Esta colección de
textos de San Juan de Ávila en libros no muy grandes (150 págs. aprox) por temas
teológicos y espirituales creo que debiera correr a cargo de la BAC, o EDICE, pues
pertenecen a la Conferencia Episcopal, que es la promotora de la causa y
divulgación del Santo Maestro. Para ello creo que habría que crear un equipo
coordinador en el que estén representados los estamentos de la Conferencia
Episcopal, así como expertos en la obra de San Juan de Ávila, y debería tener en
cuenta textos de doctrina y vida en todas las facetas y dimensiones. Es algo parecido
a lo que se hizo con Sapitientia Fidei, donde se sistematizó los tratados para los
Seminarios, o en el actual Itinerario de Formación cristiana de adultos de la CEAS.
70
Así podrían editarse por separado libros sobre: Dios Amor, el Padre, el Hijo,
Espíritu Santo, Iglesia, Virgen María, Eucaristía, Sacerdocio, Vida consagrada,
vocación de los cristianos laicos, Vida de los Obispos, Consejos Evangélicos,
Educación, Espiritualidad, Bienaventuranzas, Oración, Reforma de la Iglesia,
Transformación de la sociedad, etc. etc.
-
Al mismo tiempo, habría que poner en marcha una revista, mas o menos similar
a la desaparecida Maestro Ávila, donde se recojan las investigaciones que no han
podido salir en otros medios, y se contengan recensiones o anuncios de donde
están apareciendo. Algo parecido a lo que está haciendo la página web de la
Conferencia Episcopal, pero con más entidad y menos dispersa.
-
Que aparezcan también sus obras y artículos sobre ellas en otros idiomas,
especialmente en inglés. Esto creo que es muy urgente para que su influencia
siga siendo actual y universal. Ya se está haciendo con la aparición de Audi, filia
en inglés y algunos escritos en italiano: San Giovanni D´Ávila. Maestro di
evangelizzatori. Scritti Scelti, San Paolo, Milano, 2000. Pero esto no es
suficiente. Creo que tenemos la responsabilidad de hacer que entre en lenguaje
inglés más escritos y estudios, pues con ello lo ponemos a disposición de todo el
mundo, y así irán apareciendo obras y artículos en otros idiomas.
-
Creo que hacen falta unos materiales adecuados para que los sacerdotes puedan
dar a conocer a San Juan de Ávila, y los puedan poner en manos de los laicos:
1º: Una introducción que sirva de base: Claves de su vida
2º. Una serie de textos seleccionados, claves de su doctrina y vida que iluminen
especialmente hoy a los laicos teniendo en cuenta las circunstancias actuales,
sacados especialmente de sus cartas, Audi, filia, tratados, sermones, etc..
3º Claves evangelizadoras que nos pone hoy de relieve con más ahinco.
-
-
Habría que estar atentos a las indicaciones que va haciendo la Conferencia
Episcopal y que van a facilitar el acceso y divulgación de San Juan de Ávila:
Mensaje de la CEE con motivo de la Declaración de su Doctorado Universal,
comics para niños, diferentes biografías, CD con su vida, etc.
-
Dada la repercusión de los Medios de comunicación, sería muy importante hacer
una película de San Juan de Ávila, bien cuidada y con todas las garantías de
veracidad y autenticidad. Ya disponemos en España de estudios y compañías
que lo podrían hacer. Sería un servicio extraordinario.
- Creo que los Delegados para el Clero tenemos una gran responsabilidad y labor en
la difusión de San Juan de Ávila, correspondiendo a nosotros en muchos casos el ser
promotores al lado de nuestros Obispos de organizar grupos de trabajo que ayuden
en sus Diócesis a la divulgación de su vida y obra, y sobre todo de su imitación, y
esto no solo a los sacerdotes sino también a todo el Pueblo de Dios.
Conclusión
Los obispos nos dicen hoy: “El testimonio de fe del Santo Maestro sigue vivo y su
voz se alza potente, humilde y actualísima ahora, en este momento crucial en que
71
nos apremia la urgencia de una nueva evangelización”. Y como nos decían ya en el
año 2000: “Por estas razones hemos presentado al Santo Padre la petición de que sea
declarado Doctor de la Iglesia Universal, convencidos de que ello puede contribuir a
la gloria de Dios y a la salvación de los hombres. También nosotros, como decía
Pablo VI el día de la canonización, pedimos a san Juan de Ávila que ´sea favorable
intercesor de las gracias que la Iglesia parece necesitar hoy más: la firmeza en la
verdadera fe, el auténtico amor a la Iglesia, la santidad del clero, la fidelidad al
Concilio y la imitación de Cristo tal como debe ser en los nuevos tiempos´. Que su
doctrina y ejemplo influyan en nuestra vida y nos impulsen a anunciar el Evangelio
a las generaciones del nuevo milenio, de tal modo que el Santo Maestro Ávila sea
hoy para todo el Pueblo de Dios –laicos, consagrados y sacerdotes-, como también
lo fue en su tiempo, `Maestro de evangelizadores´”. Y nos dicen en la última
Asamblea plenaria: “Podemos calificarlo como el Doctor del amor de Dios a los
hombres en Cristo Jesús; el maestro y el místico del beneficio de la redención”. El
Papa Benedicto XVI al declararlo Doctor de la Iglesia Universal lo pone como luz
en el candelero de la andadura de la Iglesia en esta etapa de anuncio de la Buena
Noticia del amor de Dios a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de todos los
tiempos. Demos gracias a Dios. Leamos a San Juan de Ávila, amémosle e
imitémosle. En él encontramos un hermano, un guía, un Maestro de vida y
evangelización. Ojala que los Delegados y Vicarios para los clero recojan esta tarea
y ayuden a otros a encontrarse con el aire fresco del Evangelio que nos aporta San
Juan de Ávila.
72
La santidad en el ejercicio del ministerio
sacerdotal
Francisco Fernández Perea, Director espiritual del seminario de
Getafe
Es un tema tan amplio e importante que se pueden decir muchas cosas. Quiero y busco
que esta ponencia sea más un diálogo, entre sacerdotes hermanos y amigos, que ayude a
fomentar ese espíritu de santidad en el ejercicio ministerial, en el actuar y en el vivir del
sacerdote34.
1.- Concepto de santidad.
Es muy importante tener claro de partida el concepto de santidad sacerdotal en el
ejercicio del ministerio para poder después ayudar a los sacerdotes a vivirlo.
Es verdad que la santidad es: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”
(Mt 5,48); es decir, cuando uno se encuentra con un santo se da cuenta que es muy
santo: los santos son muy santos. No debemos nunca rebajar el nivel de la santidad, es
algo inmenso, es tan grande como el misterio de Dios.
Pero esta perfección no consiste en una especie de perfección de uno que se olvida de
los demás, que tiene todas las perfecciones, que no se equivoca nunca, que todo lo hace
bien, que está como entronizado,… no es eso; no es no cometer fallos y no “meter
nunca la pata”. Hay un libro por ahí que habla de los pecados de los santos...
La santidad en el fondo es la perfección de la caridad; es decir, es el amor que ha
llegado a la perfección. Por lo tanto, el aspirar a la santidad y buscar la santidad, en el
fondo es aspirar al amor y buscar el amor en su plenitud: “Dios es amor, y quien
permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16).
Entrar en estos caminos, meternos en el misterio del amor, para que nos empape a
nosotros y vivamos esa plenitud de amor. En ese sentido tenemos que unificar mucho lo
que significa ser santo en la Iglesia. La santidad está en la vida real vivida en el Espíritu
Santo que suscita diversos modos de vida cristiana.
Es verdad que en la Presbiterorum Ordinis y en el Concilio Vaticano II se insistió
mucho en la santidad específica del sacerdote. El sacerdote tiene por su propia realidad
una santidad específica; pero no quiere decir que el sacerdote sea más santo que los
seglares: en el trato ministerial uno se encuentra con laicos muy santos, que tienen una
gran unión con Dios.
34
Esta ponencia ha sido transcrita y revisada a partir de una grabación por Santiago Bohigues, con
autorización del autor. Por eso, para ser fiel a lo dado, se mantienen estructuras lingüísticas propias de
una ponencia hablada que se han pasado a texto escrito.
73
Se trata de un modo específico de nuestro camino de amor. Todos estamos llamados a la
santidad, que es la unión plena con Dios, que es la plenitud del amor, pero el camino del
amor es distinto, cada uno según su vocación; todos usamos los mismos medios de
santificación (los sacerdotes también necesitamos pedir perdón de nuestros pecados,
meditar la Palabra de Dios,…) pero el camino nuestro concreto es específico, es uno de
los carismas de la Iglesia: los medios de santificación son comunes, los caminos de
santificación son diversos. La Iglesia que está enriquecida de carismas, uno de ellos es
el carisma sacerdotal.
Valorar nuestro propio carisma es también una escuela para valorar los otros carismas y
amar nuestro propio carisma nos enseña a amar y valorar todos los carismas de la
Iglesia.
El Papa Benedicto XVI habla y nos invita a una renovación de la fe en este Año de la
Fe. El Papa une muchísimo la fe y el amor, de tal manera que la vida de fe en realidad
es vida de amor y el itinerario de santidad, es itinerario de fe pero es un itinerario de
crecimiento en el amor.
En la encíclica Deus Charitas est al final tiene unas palabras que tienen su intención
para toda la Iglesia aunque la aplicamos a la vida sacerdotal:
<[…] la fe que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón
traspasado de Jesús en la cruz suscita a su vez el amor; el amor es una luz, en el
fondo la única que ilumina contantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza
para vivir y actuar. El amor es posible y nosotros podemos ponerlo en práctica
porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y así llevar la luz de
Dios al mundo a esta querría invitar con esta encíclica> (DC 38)
A esto es a lo que invitamos a los sacerdotes a vivir el amor.
2.- La santidad del presbítero.
La santidad específica del sacerdote se da ya por conocida en sus planteamientos
fundamentales: estamos enriquecidos por el sacramento del Orden [“…por la santidad
de que están enriquecidos en Cristo, pueden avanzar hasta el varón perfecto.” (P.O. 12),
los sacerdotes están “obligados” a la santidad por nuestro ministerio (P.O. 12)35,…]
Algo que a los sacerdotes les ayuda, es saber que Dios les quiere mucho; y eso será lo
que hay que decir a los demás, que Dios les quiere mucho; pero se nos olvida que Dios
nos quiere a nosotros. La clave de nuestra vida es que Dios nos quiere mucho y eso hay
que decírselo a los sacerdotes para que no se les olvide.
La vida de santidad es una vida real concreta en la que uno experimenta el amor de
Dios; uno tiene que vivirlo en sí mismo. ¿Por dónde empieza la identificación con
Cristo, Único Sacerdote, guía de nuestro camino (PDV 21)? Por vivir un amor personal
con ese Cristo Único Sacerdote que me ama. La clave fundamental de nuestra vida de
35
Hay dos enfoques de la santidad del sacerdote que se deben dar a la vez: hay que ser santos para poder
ejercer el ministerio sacerdotal con fruto y ejerciendo el ministerio se hace uno santo. El ministerio nos
enriquece en el camino de la santificación y al vivir enriquecidos con nuestro ser sacerdotal hace que
nuestro actuar ministerial sea más fecundo.
74
santidad está en una vida de unión personal con Jesucristo, lo esencial es la relación que
uno tiene con Él.
Toda nuestra vida y ministerio es amistad: yo encuentro a Jesucristo amigo mío, yo le
amo como mi mejor amigo en una amistad que tiene una calidad suprema. Hay muchos
grados de amistad y por eso hay muchos grados de amor. Cuando el sacerdote vive con
el máximo grado de amor, cuando su vida la tiene puesta en Cristo y sabe que le ama a
él en ese máximo grado de amor es un sacerdote centrado; porque en el fondo, eso es el
amor total y exclusivo, esa es la calidad de nuestro amor en el celibato que hoy mucha
gente no lo entiende. La razón de ser del ministerio es vivir un grado de amistad tan
profundo con el Señor que nos arrebata totalmente, del todo.
Ayudar a vivir esta amistad profunda con el Señor, ahí está todo. El sacerdote necesita
sentirse amado por Jesucristo, es su confidente, es el que sufre con Jesús, es el que ora
con Cristo y todo lo vive con Él.
El Papa en la inauguración del año paulino en la basílica de San Pablo dijo:
<En la carta a los Gálatas, San Pablo nos dio una profesión de fe muy personal, en
la que abre su corazón a los lectores de todos los tiempos y revela cual es la
motivación más íntima de él, su vida. El ejercicio ministerial de San Pablo tiene
una motivación íntima, un secreto íntimo: “vivo en la fe del Hijo de Dios que me
amó y se entregó a sí mismo por mí”. Todo lo que hace San Pablo parte de este
centro, su fe es la experiencia de ser amado por Jesucristo de un modo totalmente
personal, es la conciencia de que Cristo no afrontó la muerte por algo anónimo,
sino por amor a él, a San Pablo, y que como resucitado lo sigue amando ahora, que
Cristo se entregó por él. Su fe consiste en ser conquistado por el amor de
Jesucristo, un amor que lo conmueve en lo más íntimo y lo transforma; su fe no es
una teoría, una opinión sobre Dios o sobre el mundo, su fe es el impacto del amor
de Dios en su corazón y así, esta misma fe es amor a Jesucristo. Este es el secreto
del sacerdote, el impacto en su corazón del amor de Jesucristo en el que uno ha
comprendido que Cristo no murió anónimamente sino por él que le amó hasta la
cruz a él y que así ahora mismo le sigue amando>.
Esto es lo fundamental, vivir constantemente bajo este amor es la clave de nuestra
felicidad y la clave de nuestra alegría. Cuando un sacerdote por mucho éxito pastoral
que tenga, por muy en la cúspide esté de su diócesis, como no viva bajo este amor será
un sacerdote desfondado, que su corazón no tiene centro.
Hay que entender la vida del sacerdote, desde la raíz; todos los medios que le ayudan al
sacerdote a vivir este amor son fundamentales para su vida: se le ayuda al sacerdote, nos
ayudamos unos a otros desde las cosas que nos muevan a vivir bajo este amor. Por eso
se entiende la gran importancia y la fuerza de la oración del sacerdote que tiene una
doble vertiente siempre: una oración respecto del Señor y una oración en nombre de su
pueblo, amando a su pueblo.
El sacerdote tiene por vocación no orar nunca sólo, nunca presenta su corazón sólo ante
Dios, porque lleva en su corazón clavado dentro el drama de su gente, los sufrimientos
de las personas que le han sido confiadas y así va a orar. Ora porque va a un encuentro
de amor con el Señor, a meterse en el océano inmenso del amor de Dios.
75
La palabra del sacerdote no está tanto en palabras o en seguir algún esquema, que a
veces ayuda; lo importante es entrar en el abrazo del amor de Dios, vivir la oración
como un momento fuerte de amistad profunda con Jesucristo, de fuerte de amor a la
gente. Porque la oración no separa sino une más profundamente.
Cuando un sacerdote no cuida los momentos de oración, para vivir de modo especial esa
relación personal con el Señor, se enfría el amor. No es solamente cumplir con media o
una hora de oración; uno puede estar tres horas de oración y no vivir un amor a
Jesucristo: reza salmos, piensa muchas cosas, va con el Evangelio continuamente… Si
el estudio no te lleva a una relación de intimidad de amor con el Señor, pues no se
cumple plenamente su función ministerial.
Así se entiende que Juan Pablo II en Ecclesia in Eucaristía y Benedicto XVI en
Sacramentum caritatis insistan también en la importancia de la vivencia de la Eucaristía
en la vida del sacerdote. Estamos hablando de la vida práctica, concreta de cada día, no
se trata de decir misa simplemente, no es la cantidad de misas celebradas; yo entiendo la
misa como ese incorporarme a ese amor de Cristo que ahí realiza el misterio pascual,
misterio de amor, y se entrega primero por mí sacerdote; lo que tengo entre manos es el
amor loco de Jesucristo por mí y lo que yo realizo en la Eucaristía es mi amor extremo
por Él. Si Cristo da su vida por mí, yo voy a misa a dar mi vida por Él, y amo a
Jesucristo hasta el extremo.
¿Cómo me incorporo a ese amor de Cristo, el Pastor por sus ovejas? Para el sacerdote la
misa es amor extremo a su pueblo, a su parroquia, a mi gente; es derramar también
sangre con la sangre de Cristo en el altar por mi gente. Y un sacerdote que celebra una
misa sale enamorado de su parroquia, de su pueblo. Lo que he tenido entre mis manos
es un misterio desbordante.
Por eso el sacerdote alimenta su vida sacerdotal de la Eucaristía, vive de la Eucaristía
(Ecclesia in Eucaristía de Juan Pablo II), y encuentra en ella una escuela de amor, de
entrega, de ser pastor, de ser mediador e intercesor. Lo mismo todo lo que enriquece mi
vida con Cristo.
La vida concreta vivida desde la identidad sacerdotal: vivir lo que somos, vida de unión
con Cristo, vida de oración, a la escucha de la Palabra (Verbum Domini de Benedicto
XVI): “a vosotros os llamo amigos”, “para que estuvieran con Él”. La Palabra es un
verdadero banquete porque me está hablando en una palabra de amor (enamorado de mí
y de las personas que yo trato), uno va a la Palabra de Dios a aprender a amar.
Que el sacerdote viva en una continua escucha constante de la Palabra de Dios, en una
continua docilidad al Espíritu Santo; docilidad a la Palabra de Dios es docilidad a la
gente (lo que más impresiona a la gente es: “lo que dice el sacerdote me llega”, “el
sacerdote es el único que me escucha”); esa escucha se aprende escuchando al Señor.
Ese modo de escuchar intenso y profundo implica una obediencia interior a Dios,
obediencia de fe que significa estar continuamente renunciando a mis proyectos, a mi
voluntad, a lo que yo quiero y estar intentando hacer lo que Cristo me está pidiendo.
Cuesta mucho y necesita de mucha valentía; ese sacerdote es un héroe aunque nadie lo
sepa, porque nunca hace su voluntad y está continuamente obedeciendo al Espíritu de
Dios: vive en armonía con el corazón con Cristo (cf. DC 19).
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Hoy se entiende mal el amor; vivimos en un ambiente que ha pervertido el amor y ha
planteado el amor como una especie de búsqueda de sí mismo, un camino de perderse a
sí mismo.
La vida de comunión presbiteral no se hace por estar uno junto al otro, la comunión del
sacerdote se basa en el amor y en el amor de Cristo; ese amor se traduce en saber
escuchar al otro sacerdote: “para que sean uno en nosotros”. Amarnos no es darnos la
razón, tener que pensar todo igual, es hacer toda la catequesis de un modo porque lo
digo yo sino no hay unidad, no es verdad. En Pentecostés vemos que el mismo Espíritu
da multitud de frutos. Podemos ser muy distintos y escucharnos, ayudarnos y amarnos
unos a otros mucho. Ayudarnos a vivir en comunión queriéndonos como somos con
misericordia y a saber aguantarnos unos a otros. Esto es fruto de sentirnos uno en el
amor.
Sentirse en comunión con la Iglesia. Las dificultades de la Iglesia suscitan amor a la
Iglesia; esto pasa también entre los sacerdotes cuando lo pasan muy mal, cuando en sus
pueblos están solos, no les entienden y esto suscita sintonía con el sacerdote y con la
Iglesia.
En este sentir y amar a la Iglesia, es muy importante vivir el amor a la Virgen: María en
la vida del sacerdote, María Madre Sacerdotal. A veces nosotros separamos la devoción
popular y conceptos intelectuales; la Virgen es mi madre y es un misterio que me
supera, madre de los sacerdotes; nosotros tenemos una especial relación con la Virgen
como la mujer de nuestra vida.
El hombre no puede vivir sin la feminidad. Ayuda mucho en el ministerio vivir una
relación personal con María que está viva y que tiene corazón de madre, que siente y
nos ayuda: le pedimos y nos escucha como una madre.
3.- Dificultades vitales para la santidad en el ejercicio del ministerio
sacerdotal.
En la vida sacerdotal puede haber algunas dificultades vitales para la santidad en el
ejercicio del ministerio sacerdotal.
A.- Personales:
- Instalarse en la medianía.
El sacerdote tiene el peligro de instalarse. El Papa en una homilía de 2006 habló de ese
subir de los sacerdotes, ese querer instalarse en un sitio cómodo para uno, el peligro de
buscar los puestos, reduccionismos, intelectualismos; uno tiene llena la cabeza y vacío
el corazón.
- La separación del ministerio y de la vida.
Tener yo mi vida por un lado que es la que me llena y luego corto para tener actos
ministeriales; el peligro y el desgaste de la doble vida. Mi vida es Cristo y todo lo que
me lleva a una unión con Él como pastor es vida de mi vida.
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- El “activismo” práctico.
El estar tan entregado a las personas que no se tiene tiempo para uno mismo, para el
descanso y la reflexión. Sobreabundancia de tareas, la herejía de la acción (hacer y no
ser en el hacer), valgo en función de lo que hago y no en lo que soy: “la mies es mucha”
(P.O. 14).
- Desaliento y desesperanza.
El fracaso pastoral es algo inherente a la vida sacerdotal. Muchos sacerdotes que han
trabajado mucho y no ven fruto, la parroquia sigue igual, nadie se acerca a Dios. Ese
fracaso aparente les lleva a desanimarse. El drama del fracaso. Una cosa es el fracaso y
otra la fecundidad: el momento de la Cruz fue el momento de mayor fracaso humano de
Cristo, pero el momento de mayor fecundidad.
- El desorden de vida y el desorden afectivo.
No tienen un cierto equilibrio en algunas cosas que son fundamentales: hora de
levantarse y oración, en saber cortar a tiempo, el acostarse…
Cuando uno busca sustitutivos en sus vacíos afectivos, se apega a cosas que le
consuelan en medio de sus problemas. El ordenador e internet donde uno puede pasar
horas y horas.
- Aislamiento.
Sacerdotes que no es que estén solos (existe una soledad necesaria y buena) sino que se
aíslan, se hacen como solitarios. La mal entendida soledad sacerdotal: hacerse solitario.
El sacerdote es para los demás.
B.- Sociales:
- La “mundanización” de la vida del clero.
Los criterios del ambiente mundano, el arrastre de la mayoría, el egoísmo en todas sus
facetas se nos cuela en la vida del clero: tenemos criterios de brillantez, de eficacia, de
buscar aparentar, el complejo de estar a la moda.
- Desunión de la comunión presbiteral.
El estar mirando tanto las diferentes “familias” sacerdotales que no se vive la gran
familia diocesana. Las asociaciones de sacerdotes tienen sentido si me ayudan a vivir la
diocesaneidad y no son buenas si me apartan de ella.
- El “complejo de estar a la moda”.
Ofrecer lo que se pide hoy y frenarse o tener miedo a distinguirse. Perder la originalidad
ministerial en el conjunto de la sociedad. Venderse al afecto y condescendencia de los
demás.
- El miedo al rechazo.
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La incomprensión y la persecución han estado y estará siempre en la Iglesia. La Iglesia
de los mártires es ejemplo y modelo para todos los tiempos históricos eclesiales. El mal
es vencido a fuerza de bien, el odio y el rencor es salvado por el amor.
- La fuerza de los “roles” sociales impuestos desde fuera del ministerio.
Que sea una ONG si, sino no se admite: Palabra de Dios, Eucaristía… El poder, el éxito
o el dinero no es lo que define a la Iglesia. Lo original y lo que define a la Iglesia es la
calidad de su amor.
- La cultura de la apariencia y del éxito.
Cultura del éxito: si voy a más responsabilidades y a cargos de más importancia
entonces bien, sino mal. Buscar ser un sacerdote “brillante” y si no lo soy me hundo;
buscar cubrir las apariencias y caer bien.
4.- Sugerencias para vivir la santidad sacerdotal.
Ante estas dificultades unas sugerencias para vivir la santidad sacerdotal:
1. Como diría Sta. Teresa de Jesús, tomar una determinada determinación, quiero
ser santo. Si el sacerdote no quiere ser santo, no lo será; es el misterio de la
libertad. Quiero amar del todo a Cristo, quiero amar del todo a las personas que
me han confiado.
2. Confianza en la gracia de Dios. Es Cristo el que está empeñado en mi
santificación, más que yo mismo y Él no me va a faltar nunca y cuento siempre
con su gracia. La santidad viene del Santo que es el Señor, no viene de mí. Soy
un sacerdote “huesos secos”, pues el Señor los puede hacer resucitar, confío en
la gracia del Señor. Voy a la oración, a la confesión, a la Eucaristía como un
mendigo, como dice el Catecismo, a pedir la gracia de Dios. Un sacerdote
mendigo de la gracia, es imposible que no ame a los mendigos porque él mismo
vive como un mendigo ante Dios, y sabe que tiene lo que le den; si no le dan no
tiene.
3. El propio sacerdote es destinatario de su propio ministerio sacerdotal, es
beneficiado de su propio ministerio. Cuantas veces predicando uno piensa lo
bien que le vendría a él, lo que está predicando. Cuando vas a un convento a
confesar descubres tanta santidad que impresiona, sentarme a confesar me ha
ayudado a mí.
4. Vivir la comunión jerárquica de la Iglesia como ayuda real. La relación con
Cristo pasa con la relación real con la Iglesia; es la relación con el Obispo
esencial para su vida de santidad, no es un añadido: en lo que está por nuestra
parte es muy bueno tener un trato de amistad sacerdotal como padre, pastor,
amigo y hermano. Tener cercanía con el Obispo y que el Obispo tenga cercanía
con los sacerdotes, que les escuche y que el sacerdote se sienta escuchado y que
el sacerdote escuche a su Obispo; también el Obispo se tiene que sentir
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escuchado por sus sacerdotes, es un diálogo mutuo, tiene que ser un trato
cercano, cordial.
A veces piensan los sacerdotes con respecto a los Obispos, que son soluciones
de los problemas, tanto me sirves, tanto caso te hago. El sacerdote no es eso;
para el Obispo el sacerdote es su hijo predilecto, así lo hemos experimentado, y
para el sacerdote el Obispo es su padre; el padre se equivoca y yo lo disculpo y
no pasa nada. Esa cercanía es fundamental.
5. Una formación permanente que llegue al corazón del sacerdote, no solamente a
la cabeza y que integre todas las dimensiones sacerdotales. A veces una reunión
de sacerdotes amigos es una formación permanente, que se hable de algún
problema, de alguna persecución.
6. Las amistades sacerdotales son de mucha importancia. Crear vínculos de amistad
entre los sacerdotes: un amigo no es con el que simplemente sales a divertirte
sino es aquél con el que se pueda llorar; amigos que se ayuden a ser sacerdotes.
Aquí entra la importancia de la dirección espiritual. La dirección espiritual es un
sacerdote amigo que te ayuda a vivir el amor a Jesucristo: te fías de él, le
preguntas, le consultas… porque le necesitas. Es bueno que en todas las diócesis
tengan algunos sacerdotes una cierta “liberación” para poderse dedicar a los
sacerdotes.
7. Para que el sacerdote se anime mucho a la santidad, tiene mucha importancia lo
que le piden los fieles dejando aparte las ocurrencias particulares
intrascendentes, la gente que se te acerca y te pide tu ministerio; porque quieres
a esa persona quieres hacerle todo el bien posible y viene con un drama y
quieres darle el consuelo que necesita, darle lo mejor porque le quieres. Esa
persona con lo que te pide, te anima y te estimula a ser sacerdote santo.
Todo se puede resumir de la forma siguiente: el ministerio sacerdotal ayuda a la
santidad si se vive de verdad, de corazón. Que uno da una bendición bendiciendo de
verdad, perdona los pecados perdonando él, pone una sonrisa de verdad y aguanta de
verdad al más difícil de tratar.
Vivir el ministerio de verdad con la verdad de nuestra vida. Cristo sacerdote nos hace
otro Cristo sacerdote, imagen viva y transparente del Corazón amante de Cristo
sacerdote.
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http://www.cinemanet.info/2009/08/la-figura-del-sacerdote-en-el-cine/
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