Introducción - PIRAMOYTISBE

Transcripción

Introducción - PIRAMOYTISBE
EL MUNDO FUNERARIO ROMANO
Los monumentos funerarios de los romanos se situaban fuera de los límites de la
ciudad a ambos lados de la calzada, y con frecuencia se adornaban con jardines.
Un claro ejemplo son las necrópolis de Pompeya.
Había dos tipos de enterramientos inhumación o incineración.
Existían una gran cantidad de plantas para adornar el jardín dependiendo de las
propiedades y de la simbología con la que se deseara realizar el monumento
funerario.
Los jardines eran de distinta forma y dimensiones. La Cepotaphia era el término
que denominaba la forma de monumento funerario más evolucionado que ocupaba
una amplia parcela rodeada de jardines diseñados para ornamentar dicho
monumento.
Las tumbas estaban dotadas de elementos para poder celebrar banquetes
funerarios con los que sus seres queridos honraban al difunto: tubos de libación,
cenadores, exedras y pozos. Frecuentemente de realizaban ofrendas de huevos,
judías, lentejas y vino. El vino era un sustituto apropiado de la sangre, la bebida
favorita de los muertos. En ocasiones especiales se sacrificaban animales y se
hacía una ofrenda con sangre.
La familia romana estaba tan unida que al fallecer uno de sus miembros pasaba a
formar parte de los antepasados a los que había que rendir culto. Ya era uno de
los protectores de la familia, los Manes, que se les rendía culto manteniendo vivo
el fuego del hogar. La tumba adquiría la categoría de altar, símbolo de la vida
sedentaria. Debía de estar en el suelo y no podía cambiar de lugar, ya que los
Manes exigían una morada fija a la que estaban vinculados todos los difuntos de
la familia. El espacio del enterramiento, sepulchrum, adquiría el carácter de lugar
sagrado, locus religiosus, inamovible, inalienable e inviolable. Solo podían
acceder a él los familiares. Las partes externas, la momumenta, si que se podía
transforma y redecorar.
Siempre que las circunstancias y la muerte lo permitían, el funeral daba inicio en
casa del difunto. La familia acompañaba al moribundo a su lecho, para darle el
último beso y retener así el alma que se escapaba por su boca. Tras el
fallecimiento, se le cerraban los ojos y se le llamaba tres veces por su nombre
para comprobar que realmente había muerto. A continuación se lavaba el cuerpo,
se perfumaba con ungüentos y se le vestía.
Por ley estaban prohibidos los lujos en los funerales, pero permitían colocar
sobre la cabeza del difunto las coronas que había recibido en vida. Siguiendo la
costumbre griega se depositaba junto al cadáver una moneda para que Caronte
transportara su alma en barca y atravesar así la laguna Estigia hacia el reino de
los muertos.
Finalmente el cuerpo del difunto se colocaba sobre una litera con los pies hacia la
puerta de entrada, rodeado de flores, símbolo de la fragilidad de la vida y se
quemaban perfumes. Según la condición social permanecía expuesto de tres a
siete días. En la puerta de la casa se colocaban ramas de abeto o ciprés para
avisar a los viandantes de la presencia de un muerto en el interior. Como señal de
duelo evitaban encender fuego en la casa.
Hasta finales del Siglo I, el funeral era celebrado por la noche a la luz de las
antorchas, ya que la muerte era un suceso desgraciado y contaminante. A partir
de esta fecha comienzan a realizar los ritos por el día, excepto los de los niños,
suicidas e indigentes.
El transporte a la pira funeraria o a la tumba, se realizaba colocando al difunto en
una caja de madera abierta que se colocaba sobre una especie de camilla para
transportarla o era llevada a hombros por su familia. Detrás del difunto se situaba
el cortejo fúnebre formado por el resto de la familia y sus amigos. A veces se
acompañaban de músicos que tocaban trompetas y flautas o de mujeres que
expresaban el dolor llorando o golpeándose en el pecho.
La humatio, era esencial en el funeral. Consistía en arrojar tierra sobre el cuerpo
del difunto o sobre parte de él, según se tratara de una inhumación o una
incineración. La tumba se consagraba con el sacrificio de una cerda y una vez
construida se llamaba tres veces al alma del difunto para que entrara en la
morada que se le había preparado.
Durante la ceremonia funeral se realizaba un acto de purificación para las
personas que habían estado en contacto con el cadáver. Antes de la sepultura la
tumba se purificaba barriéndola o limpiándola y después utilizando agua se
limpiaba a las personas que habían asistido al funeral.
En época altoimperial y al entrar en contacto con culturas como la griega, el más
allá se concebía como una región subterránea, en la cual vivían reunidas todas las
almas, lejos de sus cuerpos recibiendo premios o castigo según la conducta en
vida.
La creencia de otra vida tras la muerte motivaba que
el individuo fuera enterrado con objetos que había
utilizado en vida y que ahora podían acompañarle y
servirle en esta nueva vida: ropa, cerámica, utensilios
de trabajo, etc. Junto a estos objetos también se
colocaban otros relacionados con el ritual funerario:
la lucerna que iluminaba el camino hacia el más allá,
la moneda para pagar a Caronte, recipientes para
alimentos o ungüentarios para los perfumes.
Durante los nueve días siguientes al funeral, se realizaban ritos que finalizaban
con una comida y el sacrificio de un animal. Los alimentos y la sangre de los
animales sacrificados eran ofrecidos a los antepasados del difunto, los dioses
Manes, y al individuo fallecido para así divinizar su alma y situarla junto a las
divinidades protectoras de la familia.
El tiempo de luto para los familiares directos era de diez meses y no podían
realizar fiestas ni utilizar adornos.
Las atenciones al difunto seguían continuando después de este tiempo para
asegurar su descanso eterno. Las ofrendas de comida: pan, vino, frutas, uva,
pasteles, etc. y flores como violetas y rosas eran habituales y se hacían llegar al
difunto a través de un conducto de cerámica o de un orificio situado en la cubierta
de la tumba, el tubo de libaciones. Estos actos eran realizados por la familia el día
de cumpleaños del difunto. Los difuntos eran honrados de forma general los días
de Parentalia, que tenían lugar entre los días 13 y 21 de febrero. Otras fiestas
dedicadas a los difuntos y más antiguas fueron las Lemurias, celebradas el 9, 11
y 13 de mayo. Durante estos días las almas cuyos cuerpos no habían recibido
sepultura rondaban las casas y el padre de familia realizaba un ritual con habas
negras para alejar a los espíritus errantes. Se levantaba, se lavaba las manos
como señal de purificación y se metía las nueve habas negras en la boca.
Descalzo por la casa iba escupiendo las habas una a una, para que alimentasen a
los Lemures, espíritus malignos que atormentaban y dañaban a los vivos, y
pronunciaba las palabras del ritual. Al finalizar volvía a lavarse las manos, y sin
mirar atrás hacia sonar un platillo y volvía a recitar las oraciones. Así los
Lemures habían abandonado la casa y volvían la mundo de los muertos.
Los difuntos a los que no se había dado sepultura o celebrado el ritual funerario
vagaban errantes sin morada, causando la desgracia a los seres vivos y
asustándolos con apariciones nocturnas, hasta que daban sepultura a sus restos y
cumplían el ritual funerario. Por ello, incluso a los que morían lejos de la familia y
su cuerpo era enterrado en otras tierras, se le celebraba el ritual completo.
La incineración consistía en reducir el cadáver a cenizas. Los romanos creían que
el alma podría volver a su lugar de origen, el cielo.
La ceremonia se celebraba sobre una pira con forma de altar, sobre la que se
depositaba el ataúd con el cadáver. Se le habrían los ojos para que
simbólicamente pudiera mirar como su alma de dirigía hacia el cielo. Se
sacrificaban animales queridos por el difunto y se incineraban junto a él. Antes de
quemar el cadáver se le cortaba un dedo y se arrojaban tres puñados de tierra
que simbolizaban su enterramiento.
Como manifiesto de dolor los familiares y amigos más íntimos arrojaban sobre la
pira ofrendas de alimentos y perfumes. Se le nombraba por última vez y
volviendo la cara se incendia la pira con las antorchas llevadas en el cortejo
fúnebre. El rito concluía vertiendo agua y vino sobre la pira. Se despedía a los
asistentes y éstos se despedían del difunto deseándole que la tierra le fuera leve.
Las principales inscripciones funerarias de los romanos eran D.M.S., Dis Manibus
Sacrum ("Consagrado a los Dioses Manes"), H.S.E., -Hic Situs Est- ("aquí está
enterrado"), o S.T.T.L., -Sit Tibi Terra Levis- ("que la tierra te sea leve"). No
solía figurar el día de la muerte, se indicaba la edad del difunto, el nombre o la
familia a la que pertenecía y finalmente se inscribían unas palabras afectuosas
para con el difunto: queridísimo, benemérito, etc.
Una vez consumida la pira, los familiares recogían en una tela blanca los huesos
calcinados y los enterraban en el mismo lugar de la pira o los depositaban en una
vasija para depositarlo en un columbario. A finales del S II, principios del S III las
incineraciones fueron sustituidas por las inhumaciones en todo el Imperio,
excepto los enterramientos infantiles que continuaban incinerándolos. Los tres
tipos de enterramientos eran: Los columbarios de carácter familiar o colectivo, en
cuyas paredes y suelo se depositaban las urnas con los restos del difunto. Las
fosas simples escavadas en el suelo, en cuyo interior se depositaban las ceniza y
restos del difunto y; La fosa con caja de ladrillo y cubierta de mármol en las que
se recogían las cenizas directamente o eran alojadas en una urna.
Un columbario es un monumento funerario
muy común en la antigua Roma. Su nombre
(del latín columba, paloma) viene dado por la
forma de los loculi, espacio destinado a cada
una de las urnas cinerarias, semejantes a los
habilitados para nidos en los palomares.
Surgen en Roma a mediados del siglo I a.e.c.,
como enterramientos colectivos
pertenecientes a corporaciones funerarias en
contraposición a mausoleos familiares y
tumbas aisladas. Permanecieron en uso hasta
el siglo II-III. Su morfología, dentro de una
tipología definida, y su decoración eran muy
variadas.
Con la expansión del Imperio y la continua
movilización de sus gentes, fue frecuente la
asociación de individuos en su mayoría
libertos y esclavos, en colegios funerarios,
collegia, que les asegurase unos funerales
dignos y el mantenimiento de sus ritos.
Los romanos creían que las almas de los
difuntos viajaban al mundo subterráneo donde
reinaba el Dios Plutón. Las almas eran
conducidas por el Dios Mercurio. A este
mundo accedían atravesando la laguna
Estigia, en una balsa conducida por Caronte,
que previo pago les conducía a la otra orilla.
EL mundo subterráneo estaba custodiado por un perro de tres cabezas Can
Cerbero. Allí las almas eran juzgadas y tras el veredicto eran conducidas a la
región de las almas bondadosas o malvadas. Siete eran las zonas que se
diferenciaban en le mundo de los muertos: La primera estaba destinada a los
niños, no natos, y no podían haber sido juzgados. La segunda es donde estaban
los inocentes ajusticiados injustamente. La tercera correspondía a los suicidas, la
cuarta era el Campo de Lagrimas donde permanecían los amantes infieles. La
quinta estaba habitada por héroes crueles en vida, la sexta era el Tártaro donde
se procedía al castigo de los malvados y por último la séptima, los Campos
Elíseos, donde moraban en la eterna felicidad las almas bondadosas. Allí la
primavera era eterna y se podían bañar en las aguas termales del río Leteo, que
hacían olvidar a los muertos su vida pasada. Este paraje era identificado con las
Insulae Fortunatae, Las islas Canarias.
MATERIAL FOTOCOPIABLE /  Oxford University Press 2002
EL CULTO A LOS MUERTOS EN GRECIA Y ROMA
Cuando muere un familiar, en primer lugar le ponen un óbolo en la boca para que le sirva para
pagar el paso de la laguna. Después de lavar el cadáver, de ungirlo con bálsamo perfumado en el
momento en que empezaría a oler mal, y de coronarlo con flores de la estación, lo exponen a la
vista de todo el mundo, amortajado con los mejores vestidos para que no tenga frío ni el Can
Cerbero le vea desnudo.
Y mientras van haciendo todo esto, las mujeres prorrumpen en llantos y gemidos, todos lloran, se
golpean los pechos, se mesan los cabellos y se arañan las mejillas. A veces incluso desgarran la
ropa y se echan polvo en la cabeza, y los que aún viven están peor que el difunto, porque a
menudo se revuelcan por el suelo y se golpean la cabeza contra el pavimento.
LUCIANO: Sobre el luto
1. En el texto has podido leer algunas de las costumbres que tenían los griegos acerca del ritual
para enterrar a sus muertos. Responde a las siguientes preguntas: ¿qué es un óbolo?, ¿a qué
laguna se refiere?, ¿quién es el Can Cerbero?
2. ¿Por qué crees que los griegos concedían tanta importancia al enterramiento de los muertos?
¿Lo hacían con todos ellos?
3. Los griegos ¿incineraban o inhumaban a sus muertos? Infórmate.
4. Los romanos, al igual que los griegos, también concedieron mucha importancia al
enterramiento de sus muertos y a sus tumbas: estaban situadas cerca de las calzadas, en las
vías de acceso a las ciudades. ¿Por qué crees que lo hacían así?
5. Seguramente habrás observado en muchas películas que, después de un entierro, familiares y
amigos se reúnen en casa del difunto y allí comen y beben. ¿Sabes si es una costumbre cuyo
origen podamos encontrarlo en la antigüedad?
6. En Roma, una de las tumbas más modestas fue el columbario. ¿Cómo eran? ¿Por qué se las
llamó así?
MATERIAL FOTOCOPIABLE /  Oxford University Press 2002
EL CULTO A LOS MUERTOS EN GRECIA Y ROMA (Soluciones)
1. El óbolo es una moneda de plata de la antigua Grecia que, como dice el texto, podía servir
para pagar el paso de la laguna Estigia. En la mitología griega, el Can Cerbero era el guardián
de los infiernos, perro de tres cabezas y cola de serpiente. Puede ser una buena ocasión para
que el alumno conozca la razón por la que al portero de un equipo deportivo se le llama,
precisamente, cancerbero.
2. Los griegos concedían esa importancia al enterramiento de sus muertos porque creían que si
no lo hacían sus almas estaban condenadas a vagar eternamente. Pero con suicidas,
delincuentes y ladrones de templos no se respetaba esta costumbre.
3. Los griegos practicaron ambas opciones: si les incineraban, un familiar guardaba las cenizas
en una urna; si les inhumaban, se guardaba el cuerpo en un sarcófago (o se depositaba sobre
un lecho de hojas). En este caso, la tumba era decorada con algún motivo ornamental (estela,
columna, cerámica, etc.), aunque la de los más ricos lo era suntuosa y monumentalmente. Hay
un tipo de cerámica griega, la de los vasos lécitos, que evolucionó de contener perfumes y
aceites (de ahí el nombre) a contener cenizas humanas: sus figuras, primero en blanco y negro
y después polícromas, acabaron siendo también de carácter funerario. Hasta el siglo II de
nuestra era predominó la incineración.
4. Los romanos enterraban a sus muertos cerca de las calzadas y caminos para que los vivos
pudieran admirar las tumbas, independientemente de su fastuosidad, y para que los muertos
pudieran estar cerca de los vivos. Como los griegos, creían que debían enterrar correctamente
a sus muertos para que no se les aparecieran y les causaran daños. Por ello, si era incinerado,
también se quemaban sus objetos personales; si era inhumado, esos objetos eran enterrados
con él.
5. Del mismo modo que en Roma las tumbas se adornaban frecuentemente con flores, como se
sigue haciendo en la actualidad, familiares y amigos celebraban un banquete después del
funeral ya que se creía que el difunto disfrutaba con él. En algunos lugares de España ha
existido la costumbre de que el difunto dejara asignada una cantidad de dinero para que, en su
honor, se celebrara precisamente un banquete tras su muerte.
6. Los columbarios eran criptas excavadas en piedra en forma de nichos similares a los nidos de
un palomar, de ahí el nombre.
Introducción
Los ritos y costumbres funerarios tuvieron una evolución extremadamente progresiva a lo largo de la
historia romana. En los tiempos más antiguos no existía un concepto totalmente definido, o claro, de
que se podía esperar después de la muerte y los rituales, monumentos fúnebres y obras artísticas
relacionadas a la muerte, tenían un sentido visual y de comunicar el status social del muerto que el de
una significación religiosa. Luego con el pasar de los años, y los intercambios culturales con otras
civilizaciones, se crearon monumentos colosales que vislumbraron al mundo. La sociedad se fue
llenando de ritos y costumbres establecidas. Como dijimos estas creencias se irían adaptando a partir
del contacto con civilizaciones ajenas, mezclándolas entre si y llenándolas con un estilo romano al
punto de darles un sentido propio anteriormente poco visto. La inhumación en necrópolis subterráneas
fue tomada de los etruscos al principio, y posteriormente al conquistar las colonias griegas al sur de la
península itálica, los ritos funerarios tomaron un rumbo helénico una vez adoptadas las deidades de
estos ultimos -aunque es bueno aclarar que los ritos romanos eran mucho más pomposos y líricos que
los helénicos-. Ritos que finalmente serían seguidos con un uso casi universal en la sociedad romana -o
al menos en los ciudadanos que podían costearlos-. Luego ya hacia el final del Imperio con el
crecimiento
del
cristianismo
volvió
la
inhumación.
No podemos decir que habia un codex establecido a lo largo y ancho de la República o del Imperio para
tratar a sus muertos, dado su tamaño tal cosa resultaría casi imposible. Esto llevó a que cada región
adoptara ciertas costumbres locales de la zona y las uniera a las propias logrando una gama de
configuraciones casi unica en la historia de toda la humanidad. Por esta razón los monumentos
funerarios romanos van desde las más intrincadas catacumbas, hasta palacios monumentales y
pirámides que nos hacen recordar a las egipcias. Muchas veces estas adaptaciones tenían un fin util a
las necesidades que se presentaban. Por ejemplo en las primeras épocas del imperio la inhumación fue
reemplazada por la cremación, ya que los legionarios emplazados en lejanas regiones recién
conquistadas eran tan odiados por los locales que éstos a manera de venganza póstuma desenterraban
y vejaban los cuerpos; o por ejemplo Sila imponiendo una "moda" de cremación en el patriciado al
querer evitar que los partidarios de Marius le paguen con la misma moneda su vejación al cuerpo de
éste último. Si bien el culto a los muertos en la civilización romana era tan variado y tan cambiante a lo
largo de sus épocas el objetivo final de este siempre fue el mismo, la inmortalidad. Ya sea por medio de
que el alma, en esencia inmortal y de carácter divino, vaya al inframundo o mediante la memoria
producto de la impresión al ver una colosal escultura. algo que no deja dudas en el culto a los muertos
romano.
Click aqui para volver al indice.
Uno de los tantos ejemplos del exquisito arte funerario romano. Vemos que la mujer
está representada junto a su pequeño perro. Generalmente los grabados funerarios
representaban una imagen de algo que fuera grato o querido para el o la homenajeada.
Importancia histórica de las tumbas romanas
Más allá de la admiración que nos puedan producir los monumentos y mausoleos colosales de los
emperadores y patricios más ricos, es la importancia histórica la que nos debe impresionar. En las
tumbas tanto de ricos y pobres era normal, además de las escenas mitológicas, encontrarnos con bajo
relieves y pinturas de la vida cotidiana de los difuntos. Gracias al estudio de estos se pudo llegar a
comprender en mayor medida como era la vida de los esclavos, las mujeres, y la clase media de Roma.
Es por las inscripciones y los epitafios que se pudó llegar a entender muchos aspectos de la sociedad, a
veces estos cargados de contenido político y otras veces de planteos filosóficos dirigidos al pasante.
Uno de los mayores ejemplos de documento histórico es la Columna de Trajano, erguida bajo su
pedido, la que nos da un recuento histórico completísimo de los años en guerra contra Dacia.
Click aqui para volver al indice.
Como eran las tumbas en romanas
Estas eran de muy variados tipos, como mencionamos anteriormente. Las más utilizadas, y que
hablaremos más adelante, eran las fosas comunes, a las que iban a parar los más pobres y estas eran
seguidas por los Columbariums -la traducción más cercana sería "palomera"- el interesante nombre de
este tipo de tumbas, generalmente talladas en la roca, o subterráneas, viene de que las urnas con los
restos de los difuntos eran colocadas en nichos muy semejantes a los encontrados en un palomar.
Cuando la tumba era subterránea lo más normal es que a la vista se encontrara un Monumentum -hito
que señala el lugar de la tumba al exterior-. En un columbario era general encontrar a una familia de
clase media y también a sus esclavos y libertos, cada urna, generalmente estaba identificada con una
placa distintiva. Estos columbarios eran generalmente de planta cuadrada, redonda o poligonal y los
nichos se encontraban emplazados en las paredes. Por supuesto que la calidad del columbario dependía
de la clase social de sus habitantes. Podemos encontrar desde los más rústicos agujeros en la roca o
catacumba subterránea, hasta elegantes bóvedas con pisos de mármol y estatuas que conmemoraban
a
los
muertos.
Los epitafios, placas que nos daban la identidad del difunto, generalmente señalaban su nombre y
fecha de nacimiento y quién fue el que pagó por la tumba y que relación familiar tenía con el difunto.
Hay muchos tipos de epitafios, algunos más artísticos y otros más estadísticos. Estos podían contener
desde los logros en vida del habitante de la tumba hasta mensajes a sus visitantes. Como curiosidad en
algunas tumbas familiares, y esto es lo interesante, los epitafios de los difuntos posteriores hacían
referencias a los epitafios de los difuntos anteriores, dando una pizca de humor negro al visitante de la
tumba. Era normal que este tipo de tumbas estén ubicadas a los costados de los caminos,
generalmente mientras más importantes los caminos de mayor nivel social los miembros de las
tumbas,
siendo
la
Vía
Apia
el
cementerio
de
una
gran
cantidad
de
familias
patricias.
Las tumbas podían contener urnas, con las cenizas del difunto, o sarcófagos -devoradores de la carne,
del griego- con el cuerpo de este. Ambas, urnas y sarcófagos, estaban adornadas con bajo relieves de
diferentes escenas mitológicas, de la vida cotidiana, y hasta planteos filosóficos o políticos directamente
relacionados con los gustos y preferencias del muerto. Estas urnas y sarcófagos podían estar
construidas de metales preciosos o mármol, dependiendo del nivel económico de la familia del difunto recordemos que las tumbas además de algo religioso eran un factor de status social- razón por la cual
se esforzaban con esmero por tener tumbas envidiadas por otros ciudadanos. Estas estelas con escenas
de la vida cotidiana y escenas mitológicas estaban apuntadas a enfocar el significado de la inmortalidad
del alma y el paso de la vida terrenal a la vida después de la muerte. Un gran ejemplo de esto es el
Thiasos, la cual nos muestra una escena de la procesión de dios Baco con su esposa Ariadna. El
significado de estas escenas es muy claro, Ariadna, una mortal, se transforma en inmortal al unirse a
Baco. Un claro ejemplo de como un simple mortal trasciende a una vida inmortal. Otro motivo muy
repetitivo en los relieves es ver el cortejo fúnebre que lleva al difunto con sus antorchas hacia su
sepulcro.
Más allá de las tumbas comunes estaban las tumbas colosales, monumentos que expresan la genialidad
de la creación humana en todas sus perspectivas. Estos varían mucho nos encontramos desde el
imponente mausoleo de Adriano "el arquitecto del mundo", una fortaleza lujosa que resistió guerras y
vio invasiones como pocas otras estructuras, después del coliseo era la estructura más imponente de
Roma; tumbas como la de la esposa de Craso, Cecilia Metelo, con un diámetro de decenas de metros y
revestida en travertino; la Columna de Trajano, un monumento colosal de 40 metros de altura cuya
creación fue la de ponerlo más cerca de los dioses en su morada final.
Imagen de un cónsul durante una
campaña.
Imagen de un cónsul durante una campaña.
Click aqui para volver al indice.
Ritos.
En
los
ricos
y
la
clase
media
alta
Los ritos de entierro son muy similares a los griegos aunque la pompa y el boato de las exequias es
ampliamente mayor en los romanos. En los primeros tiempos fue más popular la inhumación en la
necrópolis, esta fue reemplazada en popularidad por la cremación en el primer y segundo siglo del
imperio y luego la inhumación volvió a aparecer cuando aumentó la población cristiana ya más cerca
hacia
la
caída
del
imperio.
Describiremos la exequias y ritos que más caracterizaron a Roma. Estos eran muy importantes para la
familia del difunto, y para el difunto mismo también ya que era costumbre que este organice ciertos
aspectos de su procesión fúnebre y morada final antes de morir. Ls familias más adinerabas
contrataban organizadores que se encargaban de armar el cortejo, los cuales se encargaban de traer
desde músicos que iban delante de las exequias hasta "lloradores" para mostrar al muerto cómo un ser
grande, llorado y reverenciado por otros. Dependiendo de lo ilustre del difunto la exhibición de este al
publico
podía
durar
hasta
una
semana.
Con respecto a los elogios funebres se hacia diferencia entre jovenes y ancianos, como podemos ver en
los escritos de Plutarco, Biografía de Julio César (Parrafo V) en referencia a la muerte de su familiar.
[...] El pronunciar elogios fúnebres de las mujeres ancianas era costumbre patria entre los
Romanos; pero no estando en uso el elogiar a las jóvenes, el primero que lo ejecutó fue
César en la muerte de su mujer, lo que le concilió cierto favor y el amor de la muchedumbre,
reputándole, a causa de aquel acto de piedad, por hombre de benigno y compasivo carácter.
[...]
Nota: Pueden leer el libro completo haciendo click aquí.
Los músicos que marchaban delante del cortejo lo hacían entonando temas fúnebres. Cuando era
alguien de mucha importancia el cortejo se detenía delante del foro y un familiar cercano pronunciaba
una oración frente al carro mortuorio. Como mencionamos, la intención de señalar que continuaba la
vida después de la muerte hacía que al difunto se lo saludara como a un ciudadano marchando al exilio
y no como a alguien finado. Una vez dada la oración, y en algunos casos el discurso, los familiares se
dirigían hacia la pira funeraria -siempre fuera de la ciudad- cargando máscaras de cera y esculturas de
sus familiares muertos anteriormente, como si todos estuvieran presentes. Antes de encender el fuego
un familiar cercano se acercaba donde el muerto y abría sus ojos para permitirle ver por última vez la
luz, luego de esto se cerraban los ojos pronunciando el nombre del extinto para luego depositar una
moneda en su boca -con el objetivo de que este pague su viaje al más allá a Caronte, el barquero del
Estigia en el inframundo-. Posteriormente seguía el encendido de la pira por los familiares más
cercanos y se entonaba una eulogia en honor al difunto. El fuego era extinguido con vino -era muy
normal que se evitaran mojar las cenizas para que el difunto no vague ebrio por el otro mundo- y las
cenizas eran recogidos por los familiares más cercanos, generalmente las madres o los esposos/as. Lo
huesos, aun calientes, eran lavados con vino añejo o leche, una vez calientes se depositaban en una
urna
funeraria
llena
de
flores.
Al día siguiente se celebraba un banquete póstumo o fúnebre, en el cual se comía en honor al muerto.
Estas comidas luego eran celebrada en aniversarios para conmemorar al difunto. Era normal que si la
familia tenía un posición económica invitara al pueblo a distintos juegos sangrientos donde veían a dos
gladiadores boxear con guantes dotados de planchuelas de plomo, esta tradición impuesta por los
hermanos
Bruto
en
honor
a
su
padre,
tal
vez
tiene
un
precedente
Homérico.
Era normal que los familiares, en constante recordatorio de sus antepasados, visitaran periódicamente
las tumbas depositando flores y distintos manjares. Comidas eran celebradas y se pedía a los familiares
de guía y consejos en el más allá.
Click aqui para volver al indice.
En
los
pobres
Muy diferente era para los pobres, muchas veces arrojados como animales en las fosas comunes fuera
de las ciudades para dejarlos pudrir, y posteriormente incinerados en estas mismas fosas comunes.
Estos eran recogidos de las calles de la ciudad en las más congestionadas partes urbanas de Roma y
eran
llevados
por
cuatro
necroforos
en
un
ataúd
de
alquiler
a
la
noche.
Los necroforos, y generalmente los asociados a la industria de la muerte, debían vivir fuera de la ciudad
ya que se creían contaminados. Los romanos asociaban a la muerte con la contaminación, no solo
material sino espiritual, es por esta razón que los entierros debían realizarse de noche y fuera de la
ciudad. Los necroforos vivían aislados en comunidades fuera de las paredes de la urbe.
Click aqui para volver al indice.
Los collegia
Los collegia eran una especie de mutual que aseguraba, tras una cuota mensual, que se cumplieran los
ritos funerarios tras la muerte de sus socios, generalmente asegurándoles el lugar en un columbarium.
Estas sociedades eran quizá la única manera de que las clases inferiores pudieran acceder a un ritual
digno. -salvo en los períodos en que los emperadores se encargaban de asegurarles un funeral correcto
a la poblaciónClick aqui para volver al indice.
Curiosidades
Los romanos creían que el fuego y las almas eran de similar naturaleza, razón por la cual
creían que la cremación permitía que ésta llegue más rápido al otro mundo.
Plinio nos da una gran cantidad de relatos sobre los rituales funerarios, entre ellos el que
estaba terminantemente prohibido cremar a un niño que no tenga la dentadura completa.
Muchos romanos creían que las almas de los padres quedaban en algún lugar de la casa.
Si los ritos funerarios no eran celebrados correctamente el difunto vagaría perdido durante
mil años a las orillas del Estigia.
Click aqui para volver al indice.
EL CULTO A LOS MUERTOS
LAS CREENCIAS ROMANAS EN UNA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
Los romanos no colocaban las tumbas en un lugar tranquilo y solitario, sino a orillas de las
calzadas a la salida de las ciudades, donde los transeúntes podían contemplarlas y
admirarlas. En Pompeya todavía podemos contemplar las tumbas a lo largo de las calzadas
que salían hacia el norte desde la Puerta de Herculano y hacia el sur desde la de Nuceria.
Algunas eran grandiosas e impresionantes y parecían casas en pequeño; otras eran mucho
más sencillas. Era una costumbre corriente decorarlas con guirnaldas de flores y colocar
ofrendas de vino y comida delante de ellas.
El que enterraran a los muertos en las orillas de sus concurridas calzadas, en lugar de en
cementerios tranquilos, no era por parte de los romanos una muestra de falta de respeto
hacia aquéllos. Al contrario, creían que, si los muertos no eran debidamente enterrados y
cuidados, sus espíritus se les aparecerían y les llegarían a causar daños. Era muy importante
proporcionar al difunto una tumba o un sepulcro, donde su espíritu pudiera tener una
morada. Pero también se pensaba que el muerto quería estar cerca de los vivos. Hay una
tumba que tiene una inscripción: "Veo y contemplo a todo el que va y viene de la ciudad", y
otra que dice: "Lolio ha sido colocado al borde del camino para que todos los transeúntes
puedan decirle 'Buenos días, Lolio'".
Se creía que su actividad vital continuaba en cierta manera y por tanto había que abastecerlo
de las cosas que necesitara. Un cazador querría tener su lanza, un agricultor sus aperos, y
una mujer su huso. Si el muerto era inhumado, sus objetos personales eran enterrados con
él; si era incinerado, se quemaban también con él.
Un escritor griego llamado Luciano cuenta la historia de un marido que había quemado en
una pira funeraria todas las joyas y todos los vestidos de su esposa difunta, para que los
pudiera tener consigo en el otro mundo. Una semana más tarde, cuando estaba intentando
consolarse con la lectura de un libro sobre la vida en el más allá, se le apareció el espectro
de su esposa. Ésta comenzó a reprocharle que no hubiera incinerado una de sus sandalias
doradas, que, según decía ella, estaba debajo de un cofre. El perro de la familia comenzó a
ladrar y entonces el espíritu desapareció. El marido miró debajo del cofre, halló la sandalia y
la quemó.
Se pensaba también que los espíritus de los muertos tenían hambre y sed y por tanto había
que proporcionarles bebida y comida. En la tumba se colocaban con regularidad ofrendas de
huevos, judías, lentejas y vino. A veces se abrían agujeros en las tumbas para poder echar
vino dentro. Se ofrecía vino porque era un sustituto apropiado de la sangre, la bebida
favorita de los muertos. No obstante, durante el funeral y en ocasiones especiales se
sacrificaban animales y se hacía una ofrenda con sangre.
Con todo, se pensaba que a pesar de esas tentativas por cuidar de ellos, los muertos no
llevaban una existencia muy feliz. Para ayudarles a olvidarse de esa infelicidad, sus tumbas
se adornaban frecuentemente de flores o eran rodeadas de jardincillos, costumbre que ha
perdurado hasta nuestros días, aunque haya cambiado su significado original. Con éste
mismo fin, la familia y los amigos del difunto celebraban un banquete después del funeral y
en el aniversario de su muerte. Unas veces estos banquetes tenían lugar en un comedor
adosado a la tumba misma, otras en el hogar de la familia. Se creía que los espíritus de los
muertos prestaban atención a estos acontecimientos festivos y disfrutaban con ellos.
Había también algunas personas que creían en un mundo de ultratumba donde los malos
sufrían castigos por las malas acciones cometidas durante su vida y donde los buenos vivían
dichosos eternamente. Se contaban relatos sobre el castigo sufrido por malhechores famosos
como el malvado Titio, a quien unos buitres le desgarraban a picotazos el hígado, y el de las
hijas de Dánao (las Danaides), que fueron condenadas a echar eternamente agua en unas
ánforas que no tenían fondo.
Las personas que no creían en alguna forma de vida después de la muerte eran pocas. Eran
los seguidores de un filósofo griego llamado Epicuro, que enseñaba que, cuando alguien
moría, el espíritu que le daba vida se disolvía en el aire y se perdía para siempre. Los
hombres, por tanto, no tenían por qué temer el mundo del más allá, y podían dedicar todas
sus fuerzas a sacar el mejor partido de éste.
El ritual de un entierro romano
El entierro de un romano de elevada condición económica y social sse caracterizaba por la
solemnidad del ritual. Delante de la comitiva fúnebre (pompa), iban los esclavos tocando
flautas, trompas y trompetas, los portadores de antorchas, las plañideras profesionales, los
bailarines y los mimos.
Ceremonia de un entierro
"Cuando se ha retirado el cadáver de la casa, se le conduce hacia el foro con los restantes
ornamentos, delante de la tribuna, permaneciendo todos los asistentes alrededor; si el
difunto deja un hijo mayor de edad y se encuentra presente, éste, y si no, algún otro
pariente, sube a la tribuna y habla de las virtudes del fallecido y de las gestas que llevó a
cabo en vida. Después de este acto entierran el cadáver y, cuando han cumplido los ritos
habituales, colocan una estatua del difunto en un lugar visible de la casa, en una hornacina
de madera.
En las festividades públicas exponen las imágenes cuidadosa-mente colocadas. Cuando
muere algún otro familiar ilustre, también las sacan en el entierro y las colocan encima del
rostro de personas que se les parezcan en estatura y en el físico y son conducidos sobre
carros precedidos de los haces, las hachas y las demás insignias que les solían acompañar en
vida, de acuerdo con la categoría de cada uno y con su actividad política."
POLIBIO, 6,53, 1-8
Junto a la tumba situada en una de las vías que conducían a la ciudad, tal como mandaba la
ley, se incineraba el cadáver. Sobre la pira se colocaba el muerto dentro de su ataúd. Los
familiares y los amigos ponían en él los objetos que habían sido del agrado del difunto; le
abrían y cerraban los ojos por última vez, le daban un beso de despedida y un pariente o
amigo encendía la pira, adornada con flores y recipientes de perfume.
En los cementerios de las grandes ciudades, solía haber un horno crematorio qu facilitaba las
tareas de la incineración. Cuando las llamas se extinguían, las brasas eran apagadas con
vino, y los huesos que quedaban se recogían, se untaban con ungüentos perfumados y eran
depositados, juntamente con las cenizas, en una urna funeraria. Las urnas funerarias eran
unos recipientes con tapadera, de diversas formas y materiales (de plata, plomo, vidrio,
cerámica, etc.)
Diferentes tipos de enterramientos de los romanos
Sobre la vida de ultratumba, los romanos tenían unas creencias que coincidían en gran parte
con las de los griegos.
Hasta el siglo II de nuestra era, en que se generalizó la inhumación de los cadáveres, la
forma de enterramiento más usual fue la incineración. De hecho las dos formas coexistían,
pero generalmente la inhumación era reservada a la gente pobre y los esclavos, mientras
que la incineración estaba reservada a los miembros de familias nobles o acomodadas.
Incineración e inhumación
"Me parece que el tipo de sepultura más antiguo es aquél en que el cuerpo retorna a la tierra
y, después de ser depositado ahí, es cubierto por ella como si fuera un manto maternal.
Sabemos que la estirpe de los Cornelios usó este tipo de sepultura hasta hace poco. Sula,
después de su victoria, mandó que fueran esparcidos los restos mortales de Gayo Mario que
estaba sepultado junto al río Anio. Y no sé yo si porque temía que lo mismo le sucediera a su
cuerpo, lo cierto es que él fue el primero de los patricios Cornelios en ser incinerado.
La Ley de las Doce Tablas dice: 'Que no se entierre ni se incinere un hombre muerto dentro
de la ciudad'. Creo que esto último es a causa del peligro de incendio."
CICERÓN, Las Leyes, 2, 22-23
Las tumbas más lujosas eran sepulcros monumentales, o mausoleos en forma de templo, de
torre o de casa. Las tumbas más modestas eran las fosas comunes, las individuales y los
columbarios. Encima de las fosas individuales podía haber diversos tipos de monumentos
funerarios:




una estela o una piedra con el nombre del difunto;
un pedestal con la dedicatoria correspondiente;
un ara en cuyo interior se guardaba la urna funeraria;
una copa de piedra en forma de baúl o hecha de tejas cubiertas de mortero imitando
la misma forma. A veces, un agujero en el exterior del sepulcro comunicaba con la
cavidad interior y se utilizaba para echar ofrendas que simbólicamente consumía el
difunto.
Los columbarios eran criptas excavadas en la piedra viva, o construidas de obra, en cuyo
interior había nichos u hornacinas parecidos a los nidos de un palomar. Ahí se colocaban las
urnas cinerarias.
A principios del siglo II d.C., la incineración de los cadáveres fue progresivamente sustituida
por la inhumación. Esto hizo que, en lugar de utilizar urnas funerarias, se extendiera la
costumbre de enterrar a los muertos en cajas de madera o de piedra, de las que derivaron
los sarcófagos esculpidos que, por otro lado, ya se conocían en el área del mundo helenístico
y en Etruria. Los sarcófagos normalmente formaban parte de monumentos funerarios,
construidos junto a las vías romanas.
Los temas de su decoración se referían simbólicamente a la muerte, que era interpretada
como una violación o un rapto que sufre la vida. Más adelante, esta decoración se redujo
hsta generalizarse unos surcos ondulados (strigiles) por toda su superficie. De aquí proviene
el nombre de sarcófagos estrigilados. Con la implantación del cristianismo, juntamente con la
técnica anterior, se incorporan a los sarcófagos relieves con escenas inspiradas en la Biblia o
en los Evangelios.
Otras formas de enterramiento más modestas y sencillas pueden sustituir a los sarcófagos;
por ejemplo, las cajas hechas con losas de pizarra, con tejas usadas o con ánforas
reutilizadas. Los enterramientos hechos con tejas formaban una caja de sección triangular.
Las tegulae, o tejas planas con los bordes levantados, estaban unidas mediante imbrices, o
tejas acanaladas, para evitar filtraciones por las junturas de las tejas planas. Las sepulturas
hechas con ánforas, a las que se les rompía el cuello, eran usadas especialmente para los
cadáveres de niños. Si se empleaban para guardar los restos de adultos, tenían que
incrustarse varias de ellas, unas con otras, hasta conseguir la longitud necesaria del cadáver
que había que sepultar.
Las inscripciones funerarias de los romanos
Muchas de las inscripciones funerarias de los romanos empezaban con una invocación a los
dioses Manes, o espíritus de los muertos. Efectivamente, en muchísimas inscripciones se
encuentra la abreviatura D.M.S., es decir, Dis Manibus Sacrum ("Consagrado a los Dioses
Manes"). Es raro que figure el día de la muerte, pero acostumbra a indicarse la edad del
finado, a veces incluso con especificación de los meses y los días. Además del nombre del
difunto suele aparecer el nombre del familiar que encarga la lápida. Casi siempre se
encuentra una expresión afectuosa para con el difunto: queridísimo, benemérito, etc. Jamás
aparecen los deseos de la persona enterrada, hecho que demuestra la poca fe que tenían en
una vida futura. Normalmente están grabadas las iniciales H.S.E., -Hic Situs Est- ("aquí está
enterrado"), o S.T.T.L., -Sit Tibi Terra Levis- ("que la tierra te sea leve").
El hecho de que incluso las personas más humildes deseasen poseer una sepultura y unas
exequias dignas provocó, en todo el imperio, la aparición de asociaciones que tenían como
fin primordial recoger un fondo común a base de pequeñas cuotas mensuales para sufragar
los gastos del entierro y de los funerales de cada asociado.
L×STATORIVS
Inscripción funeraria en latín cuyo contenido es:
IVCVNDILLVS
L(ucius) STATORIUS IUCUNDILLUS sexvir.
____
H(ic) S(itus) E(st). S(it) T(ibi) T(erra) L(evis)
IIIIII
H×S×E×S×T×T×L
(18. A C) (19. B C) (20. C C) 21. D FERAL : F vel
FP
532a
Est honor et tumulis, animas placare paternas,
parvaque
in
exstructas
munera
ferre
pyras.
parva petunt manes: pietas pro divite grata est
535
munere; non avidos Styx habet ima deos.
tegula
porrectis
satis
est
velata
coronis
et
sparsae
fruges
parcaque
mica
salis,
inque
mero
mollita
Ceres
violaeque
solutae:
haec habeat media testa relicta via.
540
nec maiora veto, sed et his placabilis umbra est:
adde
preces
positis
et
sua
verba
focis.
hunc
morem
Aeneas,
pietatis
idoneus
auctor,
attulit
in
terras,
iuste
Latine,
tuas.
ille patris Genio sollemnia dona ferebat:
545
hinc
populi
ritus
edidicere
pios.
at quondam, dum longa gerunt pugnacibus armis
bella,
Parentales
deseruere
dies.
non impune fuit; nam dicitur omine ab isto
Roma
suburbanis
incaluisse
rogis.
550
vix
equidem
credo:
bustis
exisse
feruntur
et
tacitae
questi
tempore
noctis
avi,
perque vias Urbis latosque ululasse per agros
deformes
animas,
volgus
inane,
ferunt.
post ea praeteriti tumulis redduntur honores,
555
prodigiisque
venit
funeribusque
modus.
dum tamen haec fiunt, viduae cessate puellae:
exspectet
puros
pinea
taeda
dies,
nec tibi, quae cupidae matura videbere matri,
comat virgineas hasta recurva comas.
560
conde tuas, Hymenaee, faces, et ab ignibus atris
aufer:
habent
alias
maesta
sepulcra
faces.
di quoque templorum foribus celentur opertis,
ture
vacent
arae
stentque
sine
igne
foci.
nunc animae tenues et corpora functa sepulcris
565
errant,
nunc
posito
pascitur
umbra
cibo.
nec tamen haec ultra, quam tot de mense supersint
Luciferi, quot habent carmina nostra pedes.
hanc, quia iusta ferunt, dixere Feralia lucem;
ultima
placandis
manibus
illa
dies.
570
Ecce anus in mediis residens annosa puellis
sacra
facit
Tacitae
(vix
tamen
ipsa
tacet),
et digitis tria tura tribus sub limine ponit,
qua
brevis
occultum
mus
sibi
fecit
iter:
tum cantata ligat cum fusco licia plumbo,
575
et
septem
nigras
versat
in
ore
fabas,
quodque pice adstrinxit, quod acu traiecit aena,
obsutum
maenae
torret
in
igne
caput;
vina quoque instillat: vini quodcumque relictum est,
aut ipsa aut comites, plus tamen ipsa, bibit.
580
'hostiles
linguas
inimicaque
vinximus
ora'
dicit
discedens
ebriaque
exit
anus.
protinus a nobis quae sit dea Muta requires:
disce per
antiquos quae mihi nota senes.
Iuppiter, inmodico Iuturnae victus amore,
585
multa
tulit
tanto
non
patienda
deo:
illa
modo
in
silvis
inter
coryleta
latebat,
nunc
in
cognatas
desiliebat
aquas.
convocat hic nymphas, Latium quaecumque tenebant,
et iacit in medio talia verba choro:
590
'invidet
ipsa
sibi
vitatque
quod
expedit
illi
vestra
soror,
summo
iungere
membra
deo.
consulite ambobus: nam quae mea magna voluptas,
utilitas
vestrae
magna
sororis
erit.
vos illi in prima fugienti obsistite ripa,
595
ne
sua
fluminea
corpora
mergat
aqua.'
dixerat;
adnuerant
nymphae
Tiberinides
omnes
quaeque
colunt
thalamos,
Ilia
diva,
tuos.
forte fuit Nais, Lara nomine; prima sed illi
dicta bis antiquum syllaba nomen erat,
600
ex
vitio
positum.
saepe
illi
dixerat
Almo
'nata, tene linguam': nec tamen illa tenet.
quae simul ac tetigit Iuturnae stagna sororis,
'effuge'
ait
'ripas',
dicta
refertque
Iovis.
illa etiam Iunonem adiit, miserataque nuptas
605
'Naida
Iuturnam
vir
tuus'
inquit
'amat.'
Iuppiter intumuit, quaque est non usa modeste
eripit
huic
linguam,
Mercuriumque
vocat:
'duc hanc ad manes: locus ille silentibus aptus.
nympha, sed infernae nympha paludis erit.'
610
iussa
Iovis
fiunt.
accepit
lucus
euntes:
dicitur
illa
duci
tum
placuisse
deo.
vim parat hic, voltu pro verbis illa precatur,
et
frustra
muto
nititur
ore
loqui,
fitque
gravis
geminosque
parit,
qui
compita
servant
615
et vigilant nostra semper in urbe Lares.

Documentos relacionados