El hobbit

Transcripción

El hobbit
El hobbit
1. Una tertulia inesperada
En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos
de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que
sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.
Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de
bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como
un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados
y alfombrados, provisto de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para
sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y
penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba
toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él,
primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos
de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa),
cocinas. Comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las
mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas
que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los
prados de más allá, camino del río.
Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían vivido en las
cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy
respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna
aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que
diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo. Esta es la historia
de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por
completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de los vecinos, pero ganó... Bueno, ya
veréis si al final ganó algo.
La madre de nuestro hobbit particular... pero, ¿qué es un hobbit? Supongo que los hobbits
necesitan hoy que se los describa de algún modo, ya que se volvieron bastante raros y tímidos
con la Gente Grande, como nos llaman. Son (o fueron) gente menuda de la mitad de nuestra
talla, y más pequeños que los enanos barbados. Los hobbits no tienen barba. Hay poca o ninguna
magia en ellos, excepto esa común y cotidiana que los ayuda a desaparecer en silencio y
rápidamente, cuando gente grande y estúpida como vosotros o yo se acerca sin mirar por dónde
va, con un ruido de elefantes que puede oírse a una milla de distancia. Tienden a ser gruesos de
vientre; visten de colores brillantes (sobre todo verde y amarillo); no usan zapatos, porque en
los pies tienen suelas naturales de piel y un pelo espeso y tibio de color castaño, como el que
les crece en las cabezas (que es rizado); los dedos son largos, mañosos y morenos, los rostros
afables, y se ríen con profundas y jugosas risas (especialmente después de cenar, lo que hacen
dos veces al día, cuando pueden). Ahora sabéis lo suficiente como para continuar el relato.
Como iba diciendo, la madre de este hobbit —o sea, Bilbo Bolsón — era la famosa Belladonna
Tuk, una de las tres extraordinarias hijas del Viejo Tuk, patriarca de los hobbits que vivían al
otro lado de Delagua, el riachuelo que corría al pie de La Colina. Se decía a menudo (en otras
familias) que tiempo atrás un antepasado de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso
era, desde luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo no del todo hobbit en ellos, y de
cuando en cuando miembros del clan Tuk salían a correr aventuras.
Desaparecían con discreción, y la familia echaba tierra sobre el asunto; pero los Tuk no eran
tan respetables como los Bolsón, aunque indudablemente más ricos.
Al menos Belladonna Tuk no había tenido ninguna aventura después de convertirse en la señora
de Bungo Bolsón. Bungo, el padre de Bilbo, le construyó el agujeró—hobbit más lujoso (en parte
con el dinero de ella), que pudiera encontrarse bajo La Colina o sobre La Colina o al otro lado de
Delagua, y allí se quedaron hasta el fin. No obstante, es probable que Bilbo, hijo único, aunque
se parecía y se comportaba exactamente como una segunda edición de su padre, firme y
comodón, tuviese alguna rareza de carácter del lado de los Tuk, algo que sólo esperaba una
ocasión para salir a la luz. La ocasión no llegó a presentarse nunca, hasta que Bilbo Bolsón fue
un adulto que rondaba los cincuenta años y vivía en el hermoso agujero-hobbit que acabo de
describiros, y cuando en verdad ya parecía que se había asentado allí para siempre.
Por alguna curiosa coincidencia, una mañana de hace tiempo en la quietud del mundo, cuando
había menos ruido y más verdor, y los hobbits eran todavía numerosos y prósperos, y Bilbo
Bolsón estaba de pie en la puerta del agujero, después del desayuno, fumando una enorme y
larga pipa de madera que casi le llegaba a los dedos lanudos de los pies (bien cepillados),
Gandalf apareció de pronto. ¡Gandalf! Si sólo hubieseis oído un cuarto de lo que yo he oído de
él, y he oído sólo muy poco de todo lo que hay que oír, estaríais preparados para cualquier
especie de cuento notable— Cuentos y aventuras brotaban por donde quiera que pasara, de la
forma más extraordinaria. No había bajado a aquel camina al pie de La Colina desde hacía años
y años, desde la muerte de su amigo el Viejo Tuk, y los hobbits casi habían olvidado cómo era.
Había estado lejos, más allá de La Colina y del otro lado de Delagua por asuntos particulares,
desde el tiempo en que todos ellos eran pequeños niños hobbits y niñas hobbits.
Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón. Tenía un
sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda de plata sobre la que colgaba
una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura, y botas negras.
—¡Buenos días! — dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería decir. El sol brillaba y la
hierba estaba muy verde. Pero Gandalf lo miró desde debajo de las cejas largas y espesas, más
sobresalientes que el ala del sombrero, que le ensombrecía la cara.
—¿Qué quieres decir? — pregunto — ¿Me deseas un buen día, o quieres decir que es un buen
día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día en que conviene ser bueno? —
Todo eso a la vez —dijo Bilbo—. Y un día estupendo para una pipa de tabaco a la puerta de casa,
además. ¡Si lleváis una pipa encima, sentaos y tomad un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa,
tenemos todo el día por delante! —entonces Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzo
las piernas, y lanzó un hermoso anillo de humo gris que navegó en el aire sin romperse, y se
alejó flotando sobre La Colina.
—¡Muy bonito! —dijo Gandalf— Pero esta mañana no tengo tiempo para anillos de humo. Busco a
alguien con quien compartir una aventura que estoy planeando, y es difícil dar con él.
—Pienso lo mismo... En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos
acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la
cena! No me explico por qué atraen a la gente —dijo nuestro señor Bolsón, y metiendo un pulgar
detrás del tirante lanzó otro anillo de humo más grande aun. Luego sacó el correo matutino v se
puso a leer, fingiendo ignorar al viejo, Pero el viejo no se movió. Permaneció apoyado en el
bastón observando al hobbit sin decir nada, hasta que Bilbo se sintió bastante incómodo y aun
un poco enfadado.
—¡Buenos días! —dijo al fin—. ¡No queremos aventuras aquí, gracias! ¿Por qué no probáis más
allá de La Colina o al otro lado de Delagua? —Con esto daba a entender que la conversación
había terminado.
—¡Para cuántas cosas empleas el Buenas días!, —dijo Gandalf—. Ahora quieres decir que
intentas deshacerte de mí y que no serán buenos hasta que me vaya.
—¡De ningún modo, de ningún modo, mi querido señor!—. Veamos, no creo conocer vuestro
nombre...
—¡Sí, sí, mi querido señor, y yo sí que conozco tu nombre, señor Bilbo Bolsón! Y tú también
sabes el mío, aunque no me unas a él. ¡Yo soy Gandalf, y Gandalf soy yo! ¡Quién iba a pensar que
un hijo de Belladonna Tuk me daría los buenos días como si yo fuese vendiendo botones de
puerta en puerta!
—¡Gandalf Gandalf! ¡Válgame el cielo! ¿No sois vos el mago errante que dio al Viejo Tuk un par
de botones mágicos de diamante que se abrochaban solos y no se desabrochaban hasta que les
dabas una orden? ¿No sois vos quien contaba en las reuniones aquellas historias maravillosas de
dragones y trasgos y gigantes y rescates de princesas v la inesperada fortuna de los hijos de
madre viuda? ¿No el hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos de artificio tan
excelentes? ¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba en los solsticios de verano. ¡Espléndidos!
Subían como grandes lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego que quedaban suspendidos en
el aire durante todo el crepúsculo. —Ya os habréis dado cuenta de que el señor Bolsón no era
tan prosaico como él mismo creía, y también de que era muy aficionado a las flores. —¡Diantre!
—continuó—. ¿No sois vos el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes apacibles
partiesen hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a
visitar elfos... o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida era bastante
apacible entonces Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre de perturbarlo todo en
estos sitios. Os pido perdón, pero no tenía ni idea de que todavía estuvieseis en actividad.
—¿Dónde si no iba a estar? —dijo el mago—. De cualquier modo me complace descubrir que aún
recuerdas algo de mí. Al menos, parece que recuerdas con cariño mis fuegos artificiales, y eso
es reconfortante. Y en verdad, por la memoria de tu viejo abuelo Tuk y por la memoria de la
pobre Belladonna, te concederé lo que has pedido.
—Perdón, ¡yo no he pedido nada!
—¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De hecho iré tan lejos como para
embarcarte en esa aventura. Muy divertida para mi, muy buena para ti... y quizá también muy
provechosa, si sales de ella sano y salvo.
—¡Disculpad! No quiero ninguna aventura, gracias, Hoy no. ¡Buenos días! Pero venid a tomar el
té... ¡cuando gustéis! ¿Por qué no mañana? ¡Sí, venid mañana! ¡Adiós! —Con esto el hobbit
retrocedió escabulléndose por la redonda puerta verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin
llega; a parecer grosero. Al fin y al cabo, un mago es un mago.
"¡Para qué diablos lo habré invitado al té!" se dijo Bilbo cuando iba hacia la despensa. Acababa
de desayunar hacía muy poco, pero pensó que un pastelillo o dos y un trago de algo le sentarían
bien después del sobresalto.
Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y apaciblemente. Al cabo de un rato
subió, y con la punta del bastón dibujó un signo extraño en la hermosa puerta verde del hobbit.
Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el momento en que Bilbo ya estaba terminando el
segundo pastel y empezando a pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible
aventura.
Al día siguiente casi se había olvidado de Gandalf. No recordaba muy bien las cosas, a menos
que las escribiese en la Libreta de Compromisos; de este modo:
Gandalf Té Miércoles. El día anterior había estado demasiado aturdido como para ponerse a
anotar.
Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo en la puerta principal, ¡y
entonces se acordó! Se apresuró y puso la marmita, sacó otra taza y un platillo y un pastel o
dos más, y corrió a la puerta.
—¡Siento de veras haberle hecho esperar! —iba a decir, cuando vio que en realidad no era
Gandalf. Era un enano de barba azul, recogida en un cinturón dorado, y ojos muy brillantes bajo
el capuchón verde oscuro. Tan pronto como la puerta se abrió, entró deprisa como si le
estuviesen esperando.
Colgó la capa encapuchada en la percha más cercana, y —¡Dwalin a vuestro servicio! —dijo
saludando con una reverencia.
—¡Bilbo Bolsón al vuestro! —dijo el hobbit, demasiado sorprendido como para hacer cualquier
pregunta por el momento. Cuando el silencio que siguió empezó a hacerse incómodo, añadió—:
Estoy a punto de tomar el té; por favor acercaos y tomad algo conmigo. —Un tanto tieso, tal
vez, pero habló con amabilidad. ¿Y qué haríais Vosotros, si un enano llegara de súbito y colgara
sus cosas en vuestro vestíbulo sin dar explicaciones?
Llevaban apenas un rato a la mesa, en verdad estaban empezando el tercer pastelillo, cuando
resonó otro campanillazo todavía más estridente.
—¡Disculpad! —dijo el hobbit, y fue hacia la puerta.
—¡Así que al fin habéis venido! —Esto era lo que iba a decirle ahora a Gandalf. Pero no era
Gandalf. En cambio vio en el umbral un enano que parecía muy viejo, de barba blanca y capuchón
escarlata, y éste también entró de un salto tan pronto como la puerta se abrió, como si fuera
un invitado.
—Veo que ya han empezado a llegar —dijo cuando vio en la percha el capuchón verde de Dwalin.
Colocó el suyo rojo junto al otro y —¡Balin a vuestro servicio! —dijo con la mano en el pecho.
—¡Gracias! —dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más apropiada, pero el han empezado a
llegar lo había dejado perplejo. Le gustaban las visitas, aunque prefería conocerlas antes de
que llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible presentimiento de que los pasteles no
serían suficientes, y como conocía las obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad
aunque le parecieran penosas, quizá él se quedara sin ninguno.
—¡Entre, y sírvase una taza de té! —consiguió decir luego de tomar aliento.
—Un poco de cerveza me iría mejor, si a vos no os importa, mi buen señor —dijo Balin, el de la
barba blanca— Pero no me incomodaría un pastelillo, un pastelillo de semillas, si tenéis alguno.
—¡Muchos! —se encontró Bilbo respondiendo, sorprendido, y se encontró, también, corriendo a
la bodega para echar en una jarra una pinta de cerveza, y después a la despensa a recoger dos
sabrosos pastelillos de semillas que había hecho esa tarde para el refrigerio de después de la
cena.
Cuando regresó, Balin y Dwalin estaban charlando a la mesa como viejos amigos (en realidad
eran hermanos). Bilbo depositó la cerveza y el pastel delante de ellos, cuando de nuevo se oyó
un fuerte campanillazo, y después otro.
"¡Gandalf de seguro esta vez!" pensó mientras resoplaba por el pasillo. Pero no; eran dos enanos
más, ambos con capuchones azules, cinturones de plata y barbas amarillas; y cada uno de ellos
llevaba una bolsa de herramientas y una pala. Saltaron adentro, tan pronto la puerta empezó a
abrirse. Bilbo ya apenas se sorprendió.
—¿En qué puedo yo serviros, mis queridos enanos? —dijo.
—¡Kili a vuestro servicio! —dijo uno—. ¡Y Fíli! —añadió el otro; y ambos se sacaron a toda prisa
los capuchones azules e hicieron una reverencia.
—¡Al vuestro y al de vuestra familia! —replicó Bilbo, recordando esta vez sus buenos modales.
—Veo que Dwalin y Balin están ya aquí —dijo Kili— ¡Unámonos al tropel!
"¡Tropel!" pensó el señor Bolsón. "No me gusta el sonido de esa palabra. Necesito sentarme un
minuto y recapacitar, y echar un trago. "Sólo había alcanzado a mojarse los labios, en un rincón,
mientras los cuatro enanos se sentaban en torno a la mesa, y charlaban sobre minas y oro y
problemas con los trasgos, y las depredaciones de los dragones, y un montón de otras cosas que
él no entendía, y no quería entender, pues parecían demasiado aventureras, cuando, din—don—
dan, la campana sonó de nuevo, como si algún travieso niño hobbit intentase arrancar el
llamador.
—¡Alguien más a la puerta! —dijo, parpadeando.
—Por el sonido yo diría que unos cuatro —dijo Fíli—. Además, los vimos venir detrás de
nosotros a lo lejos.
El pobrecito hobbit se sentó en el vestíbulo y apoyando la cabeza en las manos, se preguntó qué
había pasado, y qué pasaría ahora, y si todos se quedarían a cenar. En ese momento la campana
sonó de nuevo más fuerte que nunca, y tuvo que correr hacia la puerta. Y no eran cuatro, sino
cinco. Otro enano se les había acercado mientras él seguía en el vestíbulo preguntándose qué
ocurría. Apenas habíagirado la manija y ya todos estaban dentro, haciendo reverencias y
diciendo uno tras otro "a vuestro servicio". Dori, Nori, Ori, Óin, y Glóin eran sus nombres, y al
momento dos capuchones de color púrpura, uno gris, uno castaño y uno blanco, colgaban de las
perchas, y allá fueron los enanos con las manos anchas metidas en los cinturones de oro y plata
a reunirse con los otros. Ya casi eran un tropel. Unos pedían cerveza del país, otros cerveza
negra, uno café, y todos ellos pastelillos; así que tuvieron al hobbit muy ocupado durante un
rato.
Una gran cafetera había sido puesta a la lumbre, los pastelillos de semillas ya se habían
acabado, y los enanos empezaban una ronda de bollos con mantequilla, cuando de pronto... un
fuerte golpe. No un campanillazo, sino un fuerte toc—toc en la preciosa puerta verde del
hobbit. ¡Alguien estaba llamando a bastonazos!
Bilbo corrió por el pasillo, muy enfadado, y por completo atribulado y compungido; éste era el
miércoles más desagradable que pudiera recordar. Abrió la puerta de un bandazo, y todos
rodaron dentro, uno sobre otro. Más enanos, ¡cuatro más! Y detrás Gandalf, apoyado en su vara
y riendo. Había hecho una muesca bastante grande en la hermosa puerta; por cierto, también
había borrado la marca secreta que pusiera allí la mañana anterior.
—¡Tranquilidad, tranquilidad! —dijo—. ¡No es propio de ti, Bilbo, tener a los amigos esperando
en el felpudo y luego abrir la puerta de sopetón! ¡Déjame presentarte a Bifur, Bofur, Bombur, y
sobre todo a Thorin!
—¡A vuestro servicio! —dijeron Bifur, Bofur y Bombur los tres en hilera. En seguida colgaron
dos capuchones amarillos y uno verde pálido; y también uno celeste con una gran borla de plata.
Este último pertenecía a Thorin, un enorme e importante enano, de hecho nada más y nada
menos que el propio Thorin Escudo de Roble, a quien no le gustó nada caer de bruces sobre el
felpudo de Bilbo con Bifur, Bofur y Bombur sobre él. Ante todo, Bombur era enormemente
gordo y pesado. Thorin era muy arrogante, y no dijo nada sobre servicio; pero el pobre señor
Bolsón le repitió tantas veces que lo sentía, que el enano gruñó al fin: —Le ruego no lo mencione
más — y dejó de fruncir el ceño.
—¡Vaya, ya estamos todos aquí! —dijo Gandalf, mirando la hilera de trece capuchones, una muy
vistosa colección de capuchones, y su propio sombrero colgados en las perchas—. ¡Qué alegre
reunión! ¡Espero que quede algo de comer y beber para los rezagados! ¿Qué es eso? ¡Té! ¡No,
gracias! Para mí un poco de vino tinto.
—Y también yo —dijo Thorin.
—Y mermelada de frambuesa y tarta de manzana—dijo Bifur.
—Y pastelillos de carne y queso —dijo Bofur.
—Y pastel de carne de cerdo y también ensalada—dijo Bombur.
—Y más pasteles, y cerveza, y café, si no os importa—gritaron los otros enanos al otro lado de
la puerta.
—Prepara unos pocos huevos. ¡Qué gran amigo!—gritó Gandalf mientras el hobbit corría a las
despensas. ¡Y saca el pollo frío y unos encurtidos!
"¡Parece conocer el interior de mi despensa tanto como yo!" pensó el señor Bolsón, que se
sentía del todo desconcertado y empezaba a preguntarse si la más lamentable aventura no
había ido a caer justo a su propia casa. Cuando terminó de apilar las botellas y los platos y los
cuchillos y los tenedores y los vasos y las fuentes y las cucharas y demás cosas en grandes
bandejas, estaba acalorado, rojo como la grana y muy fastidiado.
—¡Malditos y condenados enanos! —dijo en voz alta— ¿Por qué no vienen y me echan una
mano?——Y he aquí que allí estaban Balin y Dwalin en la puerta de la cocina, y Fíli y Kili tras
ellos, y antes de que pudiese decir cuchillo, ya se habían llevado a toda prisa las bandejas y un
par de mesas pequeñas al salón, y allí colocaron todo otra vez.
Gandalf se puso a la cabecera, con los trece enanos alrededor, y Bilbo se sentó en un taburete
junto al fuego, mordisqueando una galleta (había perdido el apetito) e intentando aparentar que
todo era normal y de ningún modo una aventura. Los enanos comieron y comieron, charlaron y
charlaron, y el tiempo pasó. Por último echaron atrás las sillas, y Bilbo se puso en movimiento,
recogiendo platos y vasos.
—Supongo que os quedaréis todos a cenar —dijo en uno de sus más educados y reposados
tonos.
—¡Claro que sí! —dijo Thorin— y después también. No nos meteremos en el asunto hasta más
tarde, y antes podemos hacer un poco de música. ¡Ahora a levantar las mesas!
En seguida los doce enanos —no Thorin, él era demasiado importante, y se quedó charlando con
Gandalf— se incorporaron de un salto, e hicieron enormes pilas con todas las cosas. Allá se
fueron, sin esperar por las bandejas, llevando en equilibrio en una mano las columnas de platos,
cada una de ellas con una botella encima, mientras el hobbit corría detrás casi dando chillidos
de miedo: —¡Por favor, cuidado! —y— ¡Por favor, no se molesten! Yo me las arreglo —. Pero los
enanos no le hicieron caso y se pusieron a cantar:
¡Desportillad los vasos y destrozad los platos!
¡Embotad los cuchillos, doblad los tenedores!
¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
¡Estrellad las botellas y quemad los tapones!
¡Desgarrad el mantel, pisotead la manteca,
y derramad la leche en la despensa!
¡Echad los huesos en la alfombra del cuarto!
¡Salpicad de vino todas las puertas!
¡Vaciad los cacharros en un caldero hirviente;
hacedlos trizas, a barrotazos;
y cuando terminéis, si aún algo queda entero,
echadlo a rodar pasillo abajo!
¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
¡De modo que cuidado! ¡Cuidado con los platos!
Y desde luego no hicieron ninguna de estas cosas terribles, y todo se limpió y se guardó a la
velocidad del rayo, mientras el hobbit daba vueltas y más vueltas en medio de la cocina
intentando ver qué hacían. Al fin regresaron, y encontraron a Thorin con los pies en el
guardafuego fumándose una pipa. Estaba haciendo unos enormes anillos de humo, y dondequiera
que le dijera a uno que fuese, allí iba —chimenea arriba, o detrás del reloj sobre la repisa, o
bajo la mesa, o girando y girando en el techo—, pero dondequiera que fuesen no eran bastante
rápidos para escapar a Gandalf. ¡Pop! De la pipa de barro de Gandalf subía en seguida un anillo
más pequeño que atravesaba el último anillo de Thorin. Luego el anillo de Gandalf tomaba un
color verde, y bajaba a flotar sobre la cabeza del mago. Tenía ya toda una nube alrededor, y a
la luz indistinta parecía una figura extraña y fantasmagórica. Bilbo permanecía inmóvil y
observaba —le encantaban los anillos de humo— y se sonrojó al recordar qué orgulloso había
estado de los anillos que en la mañana anterior lanzara al viento sobre La Colina.
—¡Ahora un poco de música! —dijo Thorin—. ¡Sacad los instrumentos!
Kili y Fíli se apresuraron a buscar las bolsas y trajeron unos pequeños violines; Dori, Nori y Ori
sacaron unas flautas de algún bolsillo de los capotes; Bombur tamborileó desde el vestíbulo;
Bifur y Bofur salieron también, y volvieron con unos clarinetes que habían dejado entre los
bastones. Dwalin y Balin dijeron:
—¡Disculpadme, dejé el mío en el porche! —Y Thorin dijo: —¡Trae el mío también! —Regresaron
con unas violas tan grandes como ellos mismos, y con el arpa de Thorin envuelta en una tela
verde. Era una hermosa arpa dorada, y cuando Thorin la rasgueó, los otros enanos empezaron
juntos a tocar una música, tan súbita y dulcemente que Bilbo olvidó todo lo demás, y fue
transportado a unas tierras distantes y oscuras, bajo lunas extrañas, lejos de Delagua y muy
lejos del agujero—hobbit bajo La Colina.
La oscuridad penetró en la habitación por el ventanuco que se abría en la ladera de La Colina; el
fuego parpadeaba —era abril— y aún seguían tocando, mientras la sombra de la barba de
Gandalf danzaba contra la pared.
La oscuridad invadió toda la habitación, y el fuego se extinguió y las sombras se borraron; y
todavía seguían tocando. Y de pronto, uno primero y luego otro, mientras tocaban, entonaron el
canto grave que antaño cantaran los enanos, en lo más hondo de las viejas moradas, y estas
líneas son como un fragmento de esa canción, aunque no hay comparación posible sin la música.
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
en busca del metal amarillo encantado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Los enanos echaban hechizos poderosos
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen criaturas sombrías,
en salas huecas bajo las montañas.
Para el antiguo rey y el señor de los Elfos
los enanos labraban martilleando
un tesoro dorado, y la luz atrapaban
y en gemas la escondían en la espada.
En collares de plata ponían y engarzaban
estrellas florecientes, el fuego del dragón
colgaban en coronas, en metal retorcido
entretejían la luz de la luna y del sol.
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Allí para ellos mismos labraban las vasijas
y las arpas de oro; pasaban mucho tiempo
donde otros no cavaban; y allí muchas canciones
cantaron que los hombres o los Elfos no oyeron.
Los vientos ululaban en medio de la noche,
y los pinos rugían en la cima.
El fuego era rojo, y llameaba extendiéndose,
los árboles como antorchas de luz resplandecían.
Las campanas tocaban en el valle,
y hombres de cara pálida observaban el cielo,
la ira del dragón, más violenta que el fuego,
derribaba las torres y las casas.
La montaña humeaba a la luz de la luna;
los enanos oyeron los pasos del destino,
huyeron y cayeron y fueron a morir
a los pies del palacio, a la luz de la luna.
Más allá de las hoscas y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a quitarle nuestro oro y las arpas,
¡hemos de ir, antes que el día nazca!
Mientras cantaban, el hobbit sintió dentro de él el amor de las cosas hermosas hechas a mano
con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de los corazones de los enanos. Entonces
algo de los Tuk renació en él: deseó salir y ver las montañas enormes, y oír los pinos y las
cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un bastón. Miró por la ventana.
Las estrellas asomaban fuera en el cielo oscuro, sobre los árboles. Pensó en las joyas de los
enanos que brillaban en las cavernas tenebrosas. De repente, en el bosque de más allá de
Delagua se alzó un fuego, —quizá alguien encendía una hoguera— y pensó en dragones
devastadores que invadían la pacífica Colina envolviendo todo en llamas. Se estremeció; y en
seguida volvió a ser el sencillo señor Bolsón, de Bolsón Cerrado, Sotomonte otra vez.
Se incorporó temblando. Tenía muy pocas ganas de traer la lámpara, y apenas un poco más de
pretender que iba a buscarla y marcharse y esconderse luego en la bodega detrás de los
barriles de cerveza y no salir más hasta que los enanos se fueran. De pronto advirtió que la
música y el canto habían cesado y que todos lo miraban con ojos brillantes en la oscuridad.
—¿Adónde vas? —le preguntó Thorin, en un tono que parecía querer mostrar que adivinaba los
pensamientos contradictorios del hobbit.
—¿Qué os parece un poco de luz? —dijo Bilbo disculpándose.
—Nos gusta la oscuridad —dijeron todos los enanos—. ¡Oscuridad para asuntos oscuros! Faltan
aún muchas horas hasta el alba.
—¡Por supuesto! —dijo Bilbo, y volvió a sentarse a toda prisa. No le acertó al taburete y se
sentó en cambio en el guardafuegos, derribando con estrépito el atizador y la pala.
—¡Silencio! —dijo Gandalf—. ¡Que hable Thorin! —Y así fue como Thorin empezó.
—¡Gandalf, enanos y señor Bolsón! Nos hemos reunido en casa de nuestro amigo y compañero
conspirador, este hobbit de lo más excelente y audaz. ¡Que nunca se le caiga el pelo de los pies!
¡Toda nuestra alabanza al vino y la cerveza de la región! —Se detuvo a tomar un respiro y a
esperar una cortés observación del hobbit, pero al pobre Bilbo se le habían agotado las
cortesías, y movía la boca tratando de protestar porque lo habían llamado audaz, y peor que
eso, compañero conspirador aunque no emitió ningún sonido; se sentía de veras estupefacto. De
modo que Thorin continuó:
—Nos hemos reunido aquí para discutir nuestros planes, medios, política y recursos.
Emprenderemos ese largo viaje poco antes que rompa el día, un viaje que para algunos de
nosotros, o quizá para todos (excepto para nuestro amigo y consejero, el ingenioso mago
Gandalf) quizá sea un viaje sin retorno. Este es un momento solemne. Nuestro objetivo,
supongo, todos lo conocemos bien. Para el estimable señor Bolsón, y quizá para uno o dos de los
enanos más jóvenes (creo que acertaría si nombrara a Kili y a Fíli, por. Ejemplo), la situación
exacta y actual podría necesitar de una breve explicación...
Esté era el estilo de Thorin. Era un enano importante. Si se lo hubieran permitido, quizá habría
seguido así hasta quedarse sin aliento, sin dejar de decir a cada uno algo ya sabido. Pero lo
interrumpieron de mal modo. El pobre Bilbo no pudo soportarlo más. Cuando oyó quizá sea un
viaje sin retomo empezó a sentir que un chillido le subía desde dentro, y muy pronto estalló
como el silbido de una locomotora a la salida de un túnel. Todos los enanos se pusieron en pie de
un salto derribando la mesa. Gandalf golpeó el extremo de la vara mágica que emitió una luz
azul, y en el resplandor se pudo ver al pobre hobbit de rodillas sobre la alfombra junto al
hogar, temblando como una gelatina que se derrite. En seguida cayó de bruces al suelo, y se
puso a gritar: —¡Alcanzado por un rayo, alcanzado por un rayo! —una y otra vez, y eso fue todo
lo que pudieron sacarle durante largo tiempo. Así que lo levantaron y lo tumbaron en un sofá de
la sala, con un trago a mano, y volvieron a sus oscuros asuntos.
—Excitable el compañerito —dijo Gandalf, mientras se sentaban de nuevo—. Tiene extraños y
graciosos ataques, pero es uno de los mejores: tan fiero como un dragón en apuros.
Si habéis visto alguna vez un dragón en apuros, comprenderéis que esto sólo podía ser una
exageración poética aplicada a cualquier, hobbit, aun a Toro Bramador, el tío bisabuelo del
Viejo Tuk, tan enorme (como hobbit) que hasta podía montar a caballo. En la batalla de los
Campos Verdes había cargado contra las filas de trasgos del Monte Gram, y blandiendo una
porra de madera le arrancó de cuajo la cabeza al rey Golfimbul. La cabeza salió disparada unas
cien yardas por el aire y fue a dar a la madriguera de un conejo, y de esta forma, y a la vez, se
ganó la batalla y se inventó el juego de golf.
Mientras tanto, sin embargo, el más gentil descendiente de Toro Bramador volvía a la vida en la
sala de estar. Al cabo de un rato y luego de un trago se arrastró nervioso hacia la puerta. Esto
fue lo que oyó; hablaba Glóin: —¡Hum! —o un bufido semejante—. ¿Creéis que servirá? Está muy
bien que Gandalf diga que este hobbit es fiero, pero un chillido como ése en un momento de
excitación bastaría para despertar al dragón y al resto de la parentela, y matamos a todos.
¡Creo que sonaba más a miedo que a excitación! En verdad, si no fuese por la señal en la puerta,
juraría que habíamos venido a una casa equivocada. Tan pronto como eché una ojeada a ese
pequeñajo que se sacudía y resoplaba sobre el felpudo, tuve mis dudas. ¡Más parece un tendero
que un saqueador!
En ese momento el señor Bolsón abrió la puerta y entró. La vena Tuk había ganado. De pronto
sintió que si se quedaba sin cama ni desayuno podría parecer realmente fiero. En cuanto al
pequeñajo que se sacudía sobre el felpudo casi le hizo perder la cabeza. Más tarde, y a
menudo, la parte Bolsón se lamentaría de lo que hizo entonces, y se diría: —Bilbo, fuiste un
tonto; te decidiste a entrar y metiste la pata.
—Perdonadme —dijo—, si por casualidad he oído lo que estabais diciendo. No pretendo
entender lo que habláis, ni esa referencia a saqueadores, pero no creo equivocarme si digo que
sospecháis que no sirvo —esto es lo que él llamaba no perder la dignidad—. Lo demostraré. No
hay señal alguna en mi puerta, se pintó la semana anterior, y estoy seguro de que habéis venido
a la casa equivocada. Desde el momento en que vi vuestras extrañas caras en el umbral tuve mis
dudas. Pero considerad que es la casa correcta. Decidme lo que queréis que haga y lo intentaré,
aunque tuviera que ir desde aquí hasta el Este del Este y luchar con los hombres gusanos del
Ultimo Desierto. Tuve, una vez, un tío architatarabuelo, Toro Bramador Tuk, y...
—Sí, sí, pero eso fue hace mucho —dijo Glóin— Estaba hablando de vos. Y os aseguro que hay
una marca en esta puerta: la normal en el negocio, o la que hasta hace poco era normal.
Saqueador nocturno busca un buen trabajo, con mucha Excitación y Remuneración razonable,
así es como todo el mundo la entiende. Podéis decir Buscador Experto de Tesoros en vez de
saqueador si lo preferís. Algunos lo hacen. Para nosotros es lo mismo. Gandalf nos dijo que
había un hombre de esas características por estos lugares, que buscaba un trabajo inmediato,
y que habían concertado una cita este miércoles, aquí y a la hora del té.
—Claro que hay una marca —dijo Gandalf—. La puse yo mismo. Por muy buenas razones. Me
pedisteis que encontrara al hombre catorceavo para vuestra expedición, y elegí al señor Bilbo.
Basta que alguien diga que elegí al hombre o la casa equivocada y podéis quedaros en trece y
tener toda la mala suerte que queráis, o volver a picar carbón.
Clavó la mirada con tal ira en Glóin que el enano se acurrucó en la silla; y cuando Bilbo intentó
abrir la boca para hacer una pregunta, se volvió hacia él con el ceño fruncido, adelantando las
cejas espesas, hasta que el hobbit cerró la boca de golpe. —Está bien —dijo Gandalf—. No
discutamos más. He elegido al señor Bolsón y eso tendría que bastar a todos. Si digo que es un
saqueador nocturno, lo es de veras, o lo será llegado el momento. Hay mucho más en él de lo
que imagináis y mucho más de lo que él mismo se imagina. Tal vez (posiblemente) aun viváis
todos para agradecérmelo. Ahora Bilbo, muchacho, ¡vete a buscar la lámpara y pongamos un
poco de luz a todo esto!
Sobre la mesa, a la luz de una gran lámpara de pantalla roja, Gandalf extendió un trozo de
pergamino bastante parecido a un mapa *.
—Esto lo hizo Thror, tu abuelo, Thorin —dijo respondiendo a las excitadas preguntas de los
enanos— Es un plano de la Montaña.
—No creo que nos sea de gran ayuda —dijo Thorin desilusionado, tras echar un vistazo—.
Recuerdo la Montaña muy bien, así como las tierras que hay por allí. Y sé dónde está el Bosque
Negro, y el Brezal Marchito, donde se crían los grandes dragones.
—Hay un dragón señalado en rojo sobre la Montana
—dijo Balin—, pero será bastante fácil encontrarlo sin eso, si alguna vez llegamos allí.
—Hay también un punto que no habéis advertido
—dijo el mago—, y es la entrada secreta ¿Veis esa runa en el lado oeste, y la mano que apunta
hacia ella desde las otras runas? Eso indica un pasadizo oculto a los Salones
Inferiores. —Mirad el mapa al principio de este libro, y allí veréis las runas.
—Puede que en otra época fuese secreto —dijo Thorin—, pero ¿cómo sabremos si todavía lo
es? El Viejo Smaug ha vivido allí mucho tiempo y ha de conocer bien esas cuevas.
—Tal ver... pero no pudo haberlo utilizado desde hace años y años.
—¿Por qué?
—Porque es demasiado pequeño. Cinco pies de altura y tres pasan con holgura, dicen las runas,
pero Smaug no podría arrastrarse por un agujero de ese tamaño, ni siquiera cuando era un
dragón joven, y menos después de haber devorado tantos enanos y hombres de Valle.
—Pues a mí me parece un agujero bastante grande— chilló Bilbo que nada sabía de dragones, y
en cuanto a agujeros sólo conocía los de los hobbits. Se sentía otra vez excitado e interesado,
y olvidó mantener la boca cerrada. Le encantaban los mapas, y en el vestíbulo colgaba uno
enorme del País Redondo con todos sus caminos favoritos marcados en tinta roja—, ¿Cómo una
puerta tan grande pudo haber sido un secreto para todo el mundo, aun sin contar al dragón? —
preguntó. Recordad que era sólo un pequeño hobbit.
—De muchos modos —dijo Gandalf—. Pero cómo ha quedado oculta, no lo sabremos sin antes ir
a mirar. Por lo que dice el mapa me imagino que hay una puerta cerrada que no se distingue del
resto de la ladera. El método común entre los enanos, ¿no es cieno?
—Muy cierto —dijo Thorin.
—Además —prosiguió Gandalf—, olvidé mencionar que con el mapa venía una llave, una llave
pequeña y rara. ¡Hela aquí! —dijo, y dio a Thorin una llave de plata, larga, de dientes
intrincados—. ¡Guárdala bien!
—Así lo haré —dijo Thorin, y la enganchó en una cadenilla que le colgaba del cuello bajo la
chaqueta—. Ahora las cosas parecen más prometedoras. Estas noticias les dan mejor aspecto.
Hasta hoy no teníamos una idea demasiado clara de lo que podíamos hacer. Pensábamos
marchar hacia el Este en silencio y con toda la cautela posible, hasta llegar a Lago Largo. Las
dificultades empezarían después...
—Mucho antes, si algo sé de los caminos del Este—interrumpió Gandalf.
—Podríamos subir desde allí bordeando el Río Rápido —dijo Thorin sin prestar atención—, y
luego hasta las ruinas de Valle, la vieja ciudad a la sombra de la Montaña. Pero a ninguno nos
gustaba mucho la idea de la Puerta Principal. El río sale justo ahí atravesando el gran risco al
sur de la Montaña, y de ahí sale también el dragón, muy a menudo desde hace tiempo, a menos
que haya cambiado de costumbres.
—Eso no sería bueno —dijo el mago—, no sin un guerrero poderoso, o aun un héroe. Intenté
conseguir uno; pero los guerreros están todos ocupados luchando entre ellos en tierras lejanas,
y en esta vecindad los héroes son escasos, o al menos no se los encuentra. Las espadas están
aquí casi todas embotadas, las hachas se utilizan para cortar árboles y los escudos como cunas
o cubrefuentes; y para comodidad de todos, los dragones están muy lejos (y de ahí que sean
legendarios). Por este motivo me dediqué a merodear de noche, sobre todo desde que recordé
la existencia de una puerta lateral. Y aquí tenemos a nuestro pequeño Bilbo Bolsón, el
saqueador, electo y selecto. Así que continuemos y hagamos planes.
—Muy bien —dijo Thorin—, supongamos entonces que el experto mismo nos da alguna idea o
sugerencia. —Se volvió con una cortesía burlona hacia Bilbo.
—En primer lugar me gustaría saber un poco más del asunto —dijo Bilbo sintiéndose confuso y
un poco agitado por dentro, pero bastante Tuk todavía y decidido a seguir adelante— Me
refiero al oro y al dragón, y todo eso, y cómo llegar allí y a quién pertenece, etcétera,
etcétera.
—¡Bendita sea! —dijo Thorin—, ¿no tienes un mapa? ¿Y no has oído nuestro canto? ¿Y acaso no
hemos estado hablando de esto durante horas?
—Aun así, me gustaría saberlo todo clara y llanamente —dijo Bilbo con obstinación, adoptando
un aire de negocios (por lo común reservado para gente que trataba de pedirle dinero), y
tratando por todos los me dios de parecer sabio, prudente, profesional, y estar a la altura de
la recomendación de Gandalf— También me gustaría conocer los riesgos, los gastos, el tiempo
requerido y la remuneración, etcétera. —Lo que quería decir: "¿Qué sacaré de esto? ¿Y
regresaré con vida?".
—Oh, muy bien —dijo Thorin— Hace mucho, en tiempos de mi abuelo Thror, nuestra familia fue
expulsada del lejano Norte y vino con todos sus bienes y herramientas a esta Montaña del
mapa. La había descubierto mi lejano antepasado, Thrain el Viejo, pero entonces abrieron
minas, excavaron túneles y construyeron galerías y talleres más grandes... y creo además que
encontraron gran cantidad de oro y también piedras preciosas. De cualquier modo se hicieron
inmensamente ricos, y mi abuelo fue de nuevo Rey bajo la Montaña y tratado con gran respeto
por los mortales, que vivían al Sur y poco a poco se extendieron río arriba hasta el valle al pie
de la Montaña. Allá, en aquellos días, levantaron la alegre ciudad de Valle. Los reyes mandaban
buscar a nuestros herreros y recompensar con largueza aun a los menos hábiles. Los padres nos
rogaban que tomásemos a sus hijos como aprendices y nos pagaban bien, sobre todo con
provisiones, pues nosotros nunca sembrábamos, ni buscábamos comida. Aquellos días sí que
eran buenos, y aun el más pobre tenía dinero para gastar y prestar, y ocio para fabricar
objetos hermosos sólo por diversión, para no mencionar los más maravillosos juguetes mágicos,
que hoy ya no se encuentran en el mundo. Así los salones de mi abuelo se llenaron de
armaduras, joyas, grabados y copas, y el mercado de juguetes de Valle fue el asombro de todo
el Norte.
"Sin duda eso fue lo que atrajo al dragón. Los dragones, sabéis, roban oro y joyas a hombres,
elfos y enanos dondequiera que puedan encontrarlos, y guardan el botín mientras viven (lo que
en la práctica es para siempre, a menos que los maten), y ni siquiera disfrutan de un anillo de
hojalata. En realidad apenas distinguen una pieza buena de una mala, aunque en general conocen
bien el valor que tienen en el mercado; y no son capaces de hacer nada por sí mismos, ni
siquiera arreglarse una escamita suelta en la armadura que llevan. Por aquellos días había
muchos dragones en el Norte, y es posible que el oro empezara a escasear allá arriba, con
enanos que huían al Sur o eran asesinados, y la devastación general y la destrucción que los
dragones provocaban y que iba en aumento. Había un gusano que era muy ambicioso, fuerte y
malvado, llamado Smaug. Un día echó a volar y llegó al Sur. Lo primero que oímos fue un ruido
como de un huracán que venía del norte, y los pinos en la Montaña crujían y rechinaban con el
viento. Algunos de los enanos que en ese momento estábamos fuera (yo era por fortuna uno de
ellos, un muchacho apuesto y aventurero en aquellos días, siempre vagando por los alrededores,
y eso me salvó entonces), bien, vimos desde bastante lejos al dragón que se posaba en nuestra
montaña en un remolino de fuego. Luego bajó por las laderas, y los bosques empezaron a arder.
Ya para entonces todas las campanas repicaban en Valle y los guerreros se armaban. Los enanos
salieron corriendo por la puerta grande; pero allí estaba el dragón esperándolos. Nadie escapó
por ese lado. El río se transformó en vapor y una niebla cayó sobre ellos y acabó con la mayoría
de los guerreros: la triste historia de siempre, sólo que en aquellos días era demasiado común.
Luego retrocedió, arrastrándose a través de la Puerta Principal, y destrozó todos los salones,
aceras, túneles, callejuelas, bodegas, mansiones y pasadizos. Después de eso no quedó enano
vivo dentro, y el dragón se apoderó de todas las riquezas.
Quizá, pues es costumbre entre los dragones, haya apilado todo en un gran montón muy
adentro y duerma sobre el tesoro utilizándolo como cama. Más tarde empezó a salir de vez en
cuando arrastrándose por la puerta grande y llegaba a Valle de noche, y se llevaba gente,
especialmente doncellas, para comerlas en la cueva, hasta que Valle quedó arruinada y toda la
gente murió o huyó. Lo que pasa allí ahora no lo sé con certeza, pero no creo que nadie viva hoy
entre la Montaña y la orilla opuesta del Lago Largo.
Los pocos de nosotros que estábamos fuera, y así nos salvamos, llorábamos a escondidas y
maldecíamos a Smaug, y allí nos encontramos inesperadamente con mi padre y mi abuelo, que
tenían las barbas chamuscadas. Parecían muy preocupados, pero hablaban muy poco. Cuando les
pregunté cómo habían huido me dijeron que callase, que algún día a su debido tiempo ya me
enteraría. Luego escapamos, y tuvimos que ganarnos la vida lo mejor que pudimos en todas
aquellas tierras, y muy a menudo llegamos a trabajar en herrerías o aun en minas de carbón.
Pero nunca olvidamos el tesoro robado. E incluso ahora, en que he de admitir que hemos
acumulado alguna riqueza y no estamos tan mal —en este momento Thorin acarició la cadena de
oro que le colgaba del cuello— todavía pretendemos recuperarlo y hacer que nuestras
maldiciones caigan sobre Smaug... si podemos.
Con frecuencia me pregunté sobre la fuga de mi padre y mi abuelo. Pienso ahora que tenia que
haber una puerta lateral secreta que sólo ellos conocían. Pero por lo visto hicieron un mapa, y
me gustaría saber cómo Gandalf se apoderó de él, y por qué no llegó a mí, el legítimo heredero.
—Yo no me apoderé de él, me lo dieron —dijo el mago—. Quizá recuerdes que tu abuelo Thror
fue asesinado en las minas de Moria por Azog el Trasgo,
—Maldito sea su nombre, sí —dijo Thorin.
—Y Thrain, tu padre, se marchó un veintiuno dé abril, se cumplieron cien años el jueves pasado;
y desde entonces nunca se lo ha vuelto a ver...
—Cierto, cierto —dijo Thorin.
—Bien, tu padre me dio esto para que te lo diera; y si elegí el momento y el modo de entregarlo,
no puedes culparme, teniendo en cuenta las dificultades que tuve para dar contigo. Tu padre no
recordaba ni su propio nombre cuando me pasó el papel, y nunca me dijo el tuyo; de modo que
en última instancia tendrías que alabarme y agradecérmelo. Toma, aquí está —dijo entregando
el mapa a Thorin.
—No lo entiendo —dijo Thorin, y Bilbo sintió que le gustaría decir lo mismo. La explicación no
parecía explicar nada.
—Tu abuelo —dijo el mago pausada y seriamente— le dio el mapa a su hijo para mayor
seguridad antes de marcharse a las minas de Moria. Cuando mataron a tu abuelo, tu padre salió
a probar fortuna con el mapa; y tuvo muchas desagradables aventuras, pero nunca se acercó a
la Montana. Cómo llegó allí, no lo sé, pero lo encontré prisionero en las mazmorras del
Nigromante.
—¿Qué demonios estabas haciendo allí? —preguntó Thorin con un escalofrío, y todos los enanos
se estremecieron.
—No te importa. Estaba averiguando cosas, como siempre; y resultó ser un asunto sórdido y
peligroso. Hasta yo, Gandalf, apenas conseguí escapar. Intenté salvar a tu padre, pero o era
demasiado tarde. Había perdido el juicio e iba de un lado para otro, y había olvidado casi todo
excepto el mapa y la llave.
—Hace tiempo que dimos su merecido a los trasgos de Moria —dijo Thorin—. Ahora tendremos
que ocuparnos del Nigromante.
—¡No seas absurdo! El Nigromante es un enemigo a quien no alcanzan los poderes de todos los
enanos juntos, si desde las cuatro esquinas del mundo se reuniesen otra vez. Lo único que
deseaba tu padre era que tú leyeras el mapa y usaras la llave. ¡El dragón y la Montaña son
empresas más que grandes para ti!
—¡Oíd, oíd! —dijo Bilbo, y sin querer habló en voz alta.
—¡Oíd, oíd! —dijeron todos mirándolo, y Bilbo se puso tan nervioso que respondió: —¡Oíd lo que
he de decir!
—¿Qué es? —preguntaron.
—Bien, os diré que tendríais que ir hacía el Este y echar allí un vistazo. Al fin y al cabo allí está
la Puerta lateral, y los dragones han de dormir alguna vez, supongo. Si os sentáis a la entrada
durante un tiempo, creo que algo se os ocurrirá. Y bien, ¿no os parece que hemos charlado
bastante para una noche, eh? ¿Qué opináis de irse a la cama, para empezar mañana temprano y
todo eso? Os daré un buen desayuno antes de que os vayáis.
—Antes de que nos vayamos, supongo que querrás decir —dijo Thorin—. ¿No eres tú el
saqueador? ¿Y tu oficio no es esperar a la entrada, y aun cruzar la puerta? Pero estoy de
acuerdo en lo de la cama y el desayuno— Me gusta tomar seis huevos con jamón cuando
empiezo un viaje: fritos, no escalfados, y cuida de no romperlos,
Luego de que los otros hubieran pedido sus desayunos sin ningún por favor (lo que molestó
sobremanera a Bilbo), todos se levantaron. El hobbit tuvo que buscarles sitio, y preparó los
cuartos vacíos, e hizo camas en sillas y sofás antes de instalarlos e irse a su propia camita muy
cansado y nada feliz. Lo que sí decidió fue no molestarse en madrugar y preparar el maldito
desayuno para lodo el mundo. La vena Tuk empezaba a desaparecer, y ahora ya no estaba tan
seguro de que fuese a hacer algún viaje por la mañana.
Mientras yacía en cama pudo oír a Thorin en la habitación de al lado, la mejor de todas, todavía
tarareando entre dientes:
Más alta de las frías y brumosas montanas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Bilbo se durmió con ese canto en los oídos, y tuvo unos sueños intranquilos. Despertó mucho
después de que naciera el día.
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2. Carnero Asado
Bilbo se levantó de un salto, y poniéndose la bata entró en el comedor. Allí no vio a nadie, pero
sí las huellas de un enorme y apresurado desayuno. Había un horrendo revoltijo en la
habitación, y pilas de cacharros sucios en la cocina. Parecía que no hubiera quedado ninguna olla
ni tartera sin usar. La tarea de fregarlo todo fue tan tristemente real que Bilbo se vio obligado
a creer que la reunión de la noche anterior no había sido parte de una pesadilla, como casi
había esperado. La idea de que habían partido sin él y sin molestarse en despertarlo, aunque
nadie le hubiera dado las gracias, pensó, lo había aliviado de veras. Sin embargo, no pudo dejar
de sentir una cierta decepción. Este sentimiento lo sorprendió.
No seas tonto, Bilbo Bolsón se dijo, ¡pensando a tu edad en dragones y en tonterías
estrafalarias! De modo que se puso el delantal, encendió unos fuegos, calentó agua y fregó.
Luego se tomó un pequeño y apetitoso desayuno en la cocina, antes de arreglar el comedor. El
sol ya brillaba entonces, y por la puerta delantera entraba una cálida brisa de primavera. Bilbo
se puso a silbar y a olvidar lo de la noche. Ya estaba sentándose para zamparse un segundo
apetitoso desayuno en el comedor, junto a la ventana abierta, cuando de pronto entró Gandalf.
Mi querido amigo dijo, ¿Cuándo vas a partir? ¿Qué hay de aquello de empezar temprano? Y aquí
estás tomando el desayuno, o como quiera que llames a eso, a las diez y media. Te dejaron un
mensaje, pues no podían esperar.
¿Qué mensaje? dijo el pobre Bilbo sonrojado.
¡Por los Grandes Elefantes! respondió Gandalf Estás desconocido esta mañana; ¡aún no le has
quitado el polvo a la repisa de la chimenea!
¿Y eso qué tiene que ver? ¡Ya tengo bastante con fregar los platos y ollas de catorce
desayunos!
Si hubieses limpiado la repisa, habrías encontrado esto debajo del reloj dijo Gandalf
alargándose una nota (por supuesto, escrita en unas cuartillas del propio Bilbo).
Esto fue lo que el hobbit leyó:
"Thorin y Compañía al Saqueador Bilbo, ¡salud! Nuestras más sinceras gracias por vuestra
hospitalidad y nuestra agradecida aceptación por habernos ofrecido asistencia profesional.
Condiciones: pago al contado y al finalizar el trabajo, hasta un máximo de catorceavas partes
de los beneficios totales (si los hay); todos los gastos de viaje garantizados en cualquier
circunstancia; los gastos de posibles funerales los pagaremos nosotros o nuestros
representantes, si hay ocasión y el asunto no se arregla de otra manera.
Creyendo innecesario perturbar vuestro muy estimable reposo, nos hemos adelantado a hacer
los preparativos adecuados; esperaremos a vuestra respetable persona en la posada del Dragón
Verde, junto a Delagua, exactamente a las 11 a.m. Confiando en que sea puntual.
tenemos el honor de permanecer
sinceramente vuestros
Thorin y Cía."
Esto te da diez minutos. Tendrás que correr dijo Gandalf.
Pero... dijo Bilbo.
No hay tiempo para eso dijo el mago.
Pero... dijo otra vez Bilbo.
Y tampoco para eso otro ¡Vamos, adelante!
Hasta el final de sus días Bilbo no alcanzó a recordar cómo se encontró fuera, sin sombrero,
bastón, o dinero, o cualquiera de las cosas que acostumbraba llevar cuando salía, dejando el
segundo desayuno a medio terminar, casi sin lavarse la cara, y poniendo las llaves en manos de
Gandalf, corriendo callejón abajo tanto como se lo permitían los pies peludos, dejando atrás el
Gran Molino, cruzando el río, y continuando así durante una milla o más.
Resoplando llegó a Delagua cuando empezaban a sonar las once, ¡y descubrió que se había
venido sin pañuelo!
¡Bravo! dijo Balin, que estaba de pie a la puerta de la posada, esperándolo,
Y entonces aparecieron todos los demás doblando la curva del camino que venía de la villa.
Montaban en poneys, y de cada uno de los caballos colgaba toda clase de equipajes, bultos,
paquetes y chismes. Había un poney pequeño, aparentemente para Bilbo.
Arriba vosotros dos, y adelante dijo Thorin.
Lo siento terriblemente dijo Bilbo, pero me he venido sin mi sombrero, me he olvidado el
pañuelo de bolsillo, y no tengo dinero. No vi vuestra nota hasta después de las 10.45, para ser
precisos.
No seas preciso dijo Dwalin, y no te preocupes. Tendrás que arreglártelas sin pañuelos y sin
buena parte de otras cosas antes de que lleguemos al final del viaje. En lo que respecta al
sombrero, yo tengo un capuchón y una capa de sobra en mi equipaje.
Y así fue como se pusieron en marcha, alejándose de la posada en una hermosa mañana poco
antes del mes de mayo, montados en poneys cargados de bultos; y Bilbo llevaba un capuchón de
color verde oscuro (un poco ajado por el tiempo) y una capa del mismo color que Dwalin le había
prestado. Le quedaban muy grandes, y tenía un aspecto bastante cómico. No me atrevo a
aventurar lo que su padre Bungo hubiese dicho de él.
Sólo le consolaba pensar que no lo confundirían con un enano, pues no tenía barba.
Aún no habían cabalgado mucho tiempo cuando apareció Gandalf, espléndido, montando un
caballo blanco. Traía un montón de pañuelos y la pipa y el tabaco de Bilbo. Así que desde
entonces cabalgaron felices, contando historias o cantando canciones durante toda la jornada,
excepto, naturalmente, cuando paraban a comer. Esto no ocurrió con la frecuencia que Bilbo
hubiese deseado, pero ya empezaba a sentir que las aventuras no eran en verdad tan malas.
Cruzaron primero las tierras de los hobbits, un extenso país habitado por gente simpática, con
buenos caminos, una posada o dos, y aquí y allá un enano o un granjero que trabajaba en paz.
Llegaron luego a tierras donde la gente hablaba de un modo extraño y cantaba canciones que
Bilbo no había oído nunca. Se internaron en las Tierras Solitarias, donde no había gente ni
posadas y los caminos eran cada vez peores. No mucho más adelante se alzaron unas colinas
melancólicas, oscurecidas por árboles. En algunas había viejos castillos, torvos de aspecto,
como si hubiesen sido construidos por gente maldita. Todo parecía lúgubre, pues el tiempo se
había estropeado. Hasta entonces el día había sido tan bueno como pudiera esperarse en mayo,
aun en las historias felices, pero ahora era frío y húmedo. En las Tierras Solitarias se habían
visto obligados a acampar en un lugar desapacible, pero seco al menos.
Pensar que pronto llegará junio mascullaba Bilbo, mientras avanzaba chapoteando detrás de los
otros por un sendero enlodado. La hora del té ya había quedado atrás; la lluvia caía a cántaros,
y así había sido todo el día; el capuchón le goteaba en los ojos; tenía la capa empapada; el poney
cansado tropezaba con las piedras; los otros estaban demasiado enfurruñados para charlar.
Estoy seguro que la lluvia se ha colado hasta las ropas secas y las bolsas de comida gruñó Bilbo.
¡Malditos sean los saqueadores y todo lo que se relacione con ellos! Cómo quisiera estar en mi
confortable agujero, al amor de la lumbre, y con la marmita que ha empezado a silbar. ¡No fue
la última vez que tuvo este deseo!
Sin embargo, los enanos seguían al paso, sin volverse ni prestar atención al hobbit. Pareció que
el sol se había puesto ya en algún lugar detrás de las nubes grises, pues cuando descendían
hacia un valle profundo con un río en el fondo, empezó a oscurecer. Se levantó viento, y los
sauces se mecían y susurraban a lo largo de las orillas. Por fortuna el camino atravesaba un
antiguo puente de piedra, pues el río crecido por las lluvias bajaba precipitado de las colinas y
montanas del norte.
Era casi de noche cuando lo cruzaron. El viento desgajó las nubes grises y una luna errante
apareció entre los jirones flotantes. Entonces se detuvieron, y Thorin murmuró algo acerca de
la cena y ¿Dónde encontraremos un lugar seco para dormir?
En ese momento cayeron en la cuenta de que faltaba Gandalf. Hasta entonces había hecho todo
el camino con ellos, sin decir si participaba de la aventura o simplemente los acompañaba un
rato. Había hablado, comido y reído como el que más... Pero ahora simplemente ¡no estaba allí!
¡Vaya, justo en el momento en que un mago nos sería más útil! suspiraron Dori y Nori (que
compartían los puntos de vista del hobbit sobre la regularidad, cantidad y frecuencia de las
comidas).
Por fin decidieron que acamparían allí mismo. Se acercaron a una arboleda, y aunque el terreno
estaba más seco, el viento hacía caer las gotas de las hojas y el plipplip molestaba bastante. El
mal parecía haberse metido en el fuego mismo. Los enanos saben hacer fuego en cualquier
parte, casi con cualquier cosa, con o sin viento, pero no pudieron encenderlo esa noche, ni
siquiera Óin y Glóin, que en esto eran especialmente mañosos.
Entonces uno de los poneys se asustó de nada y escapó corriendo. Se metió en el río antes de
que pudieran detenerlo; y antes de que pudiesen llevarlo de vuelta, Fíli y Kili casi murieron
ahogados; y el agua había arrastrado el equipaje del poney. Naturalmente, era casi todo
comida, y quedaba muy poco para la cena, y menos para el desayuno.
Todos se sentaron, taciturnos, empapados y rezongando, mientras Óin y Glóin seguían
intentando encender el fuego y discutiendo el asunto. Bilbo reflexionaba tristemente que las
aventuras no eran sólo cabalgatas en poney al sol de mayo, cuando Balin, el oteador del grupo,
exclamó de pronto: ¡Allá hay una luz! Un poco apartada asomaba una colina con árboles,
bastante espesos en algunos sitios. Fuera de la masa oscura de la arboleda, todos pudieron ver
entonces el brillo de una luz, una luz rojiza, confortadora, como una fogata o antorchas
parpadeantes.
Luego de observarla un rato, se enredaron en una discusión. Unos decían que "sí" y otros decían
que "no". Algunos opinaron que lo único que se podía hacer era ir y mirar, y que cualquier cosa
sería mejor que poca cena, menos desayuno, y ropas mojadas toda la noche.
Otros dijeron: Ninguno de estos parajes es bien conocido, y las montañas están demasiado
cerca. Rara vez algún viajero se aventura ahora por estos lados. Los mapas antiguos ya no
sirven, las cosas han empeorado mucho. Los caminos no están custodiados, y aquí además han
oído hablar del rey en contadas ocasiones, y cuanto menos preguntas hagas menos dificultades
encontrarás. Alguno dijo: Al fin y al cabo somos catorce. Otros: ¿Dónde está Gandalf?
pregunta que fue repetida por todos.
En ese momento la lluvia empezó a caer más fuerte que nunca, y Óin y Glóin iniciaron una pelea.
Esto puso las cosas en su sitio: Al fin y al cabo, tenemos un saqueador entre nosotros dijeron;
y así echaron a andar, guiando a los poneys (con toda la precaución debida y apropiada) hacia la
luz. Llegaron a la colina y pronto estuvieron en el bosque. Subieron la pendiente, pero no se veía
ningún sendero adecuado que pudiera llevar a una casa o una granja. Continuaron como
pudieron, entre chasquidos, crujidos y susurros (y una buena cantidad de maldiciones y
refunfuños) mientras avanzaban por la oscuridad cerrada ¿el bosque.
De súbito la luz roja brilló muy clara entre los árboles no mucho más allá, Ahora le toca al
saqueador dijeron refiriéndose a Bilbo. Tienes que ir y averiguarlo todo de esa luz, para qué es,
y si las cosas parecen normales y en orden dijo Thorin al hobbit. Ahora corre, y vuelve rápido si
todo está bien. Si no, ¡vuelve como puedas! Si no puedes, grita dos veces como lechuza de
granero y una como lechuza de campo, y haremos lo que podamos.
Y allá tuvo que partir Bilbo, antes de poder explicarles que era tan incapaz de gritar como una
lechuza como de volar como un murciélago.
Pero, de todos modos, los hobbits saben moverse en silencio por el bosque, en completo
silencio. Era una habilidad de la que se sentían orgullosos, y Bilbo más de una vez había torcido
la cara mientras cabalgaban, criticando ese "estrépito propio de enanos"; pero me imagino que
ni vosotros ni yo hubiéramos advertido nada en una noche de ventisca, aunque la cabalgata
hubiese pasado casi rozándonos. En cuanto a la sigilosa marcha de Bilbo hacia la luz roja, creo
que no hubiera perturbado ni el bigote de una comadreja, de modo que llegó directamente al
fuego pues era un fuego sin alarmar a nadie. Y esto fue lo que vio.
Había tres criaturas muy grandes sentadas alrededor de una hoguera de troncos de haya, y
estaban asando un carnero espetado en largos asadores de madera y chupándose la salsa de los
dedos. Había un olor delicioso en el aire. También había un barril de buena bebida a mano, y
bebían de unas jarras. Pero eran trolls. Trolls sin ninguna duda. Aun Bilbo, a pesar de su vida
retirada, podía darse cuenta: las grandes caras toscas, la estatura, el perfil de las piernas, por
no hablar del lenguaje, que no era precisamente el que se escucha en un salón de invitados.
Carnerro ayer, carnerro hoy y maldición si no carnerro mañana dijo uno de los trolls.
Ni una mala pizca de carne humana probamos desde hace mucho, mucho tiempo dijo otro troll.
Por qué demonios Guille nos habrá traído aquí; y además la bebida está escaseando añadió,
tocando el codo de Guille, que en ese momento bebía un sorbo.
Guille se atragantó: ¡Cierra la boca! dijo tan pronto como pudo. No puedes esperar que la gente
se quede por aquí sólo para que tú y Berto se la zampen. Habéis comido un pueblo y medio entre
los dos desde que bajamos de las montañas. ¿Qué más queréis? Y esos tiempos han pasado. Y
tendrías que haber dicho 'Grracias, Guille', por este buen bocado de carnerro gordo del valle.
Arrancó un pedazo de la pierna del cordero que estaba asando y se limpió la boca con la manga.
En efecto, me temo que los trolls se comportan siempre así, aun aquellos que sólo tienen una
cabeza. Luego de haber oído todo esto, Bilbo tendría que haber hecho algo sin demora. O bien
haber regresado en silencio. Y avisar a los demás que había tres trolls de buena talla y
malhumorados, bastante grandes como para comerse un enano asado o aun un pony, como
novedad; o bien tendría que haber hecho una buena y rápida demostración de merodeo
nocturno. Un saqueador legendario y realmente de primera clase, en esta situación habría
metido mano a los bolsillos de los trolls (algo que casi siempre vale la pena, si consigues
hacerlo), habría sacado el carnero de los espetones, habría arrebatado la cerveza y se hubiera
ido sin que nadie se enterase. Otros más prácticos, pero con menos orgullo profesional, quizá
habrían clavado una daga a cada uno de ellos antes de que se dieran cuenta. Luego él y los
enanos hubieran podido tener una noche feliz.
Bilbo lo sabía. Había leído de muchas buenas cosas que nunca había visto o nunca había hecho.
Estaba muy asustado, y disgustado también; hubiera querido encontrarse a cien millas de
distancia, y sin embargo... sin embargo no podía volver directamente a donde estaban Thorin y
Compañía con las manos vacías. Así que se quedó, titubeando en las sombras. De los muchos
procedimientos de saqueo de que había oído, hurgonear en los bolsillos de los trolls le pareció
el menos difícil, así que se arrastró hasta un árbol, justo detrás de Guille.
Berto y Tom iban ahora hacia el barril. Guille estaba echando otro trago. Bilbo se armó de
coraje e introdujo la manita en el enorme bolsillo de Guille. Había un saquito dentro, para Bilbo
tan grande como un zurrón. "¡Ja!" pensó, entusiasmándose con el nuevo trabajo, mientras
extraía la mano poco a poco, "¡y esto es sólo un principio!"
¡Fue un principio! Los sacos de los trolls son engañosos, y este no era una excepción. ¡Eh!, ¿quién
eres tú? chilló el saco en el momento en que dejaba el bolsillo, y Guille dio una rápida vuelta y
tomó a Bilbo por el cuello antes de que el hobbit pudiera refugiarse detrás del árbol.
¡Maldición, Berto, mira lo que he cazado!
¿Qué es? dijeron los otros acercándose.
¡Que un rayo me parta si lo sé! ¿Tú, qué eres?
Bilbo Bolsón, un saque... un hobbit dijo el pobre Bilbo temblando de pies a cabeza, y
preguntándose cómo podría gritar como una lechuza antes que lo degollasen.
¿Un saquehobbit? dijeron los otros un poco alarmados. Los trolls son cortos de entendimiento,
y bastante suspicaces con cualquier cosa que les parezca una novedad.
De todos modos, ¿qué tiene que hacer un saquehobbit en mis bolsillos? dijo Guille.
Y ¿podremos cocinarlo? dijo Tom.
Se puede intentar propuso Berto blandiendo un asador.
No alcanzaría más que para un bocado dijo Guille, que había cenado bien, una vez que le
saquemos la piel y los huesos.
Quizá haya otros como él alrededor y podamos hacer un pastel dijo Berto. Eh, tú, ¿hay otros
ladronzuelos por estos bosques, pequeño conejo asqueroso? dijo mirando las extremidades
peludas del hobbit; y tomándolo por los dedos de los pies lo levantó y sacudió.
Sí, muchos dijo Bilbo antes de darse cuenta de que traicionaba a sus compañeros. No, nadie, ni
uno dijo inmediatamente después.
¿Qué quieres decir? preguntó Berto, levantándolo en vilo, esta vez por el pelo.
Lo que digo respondió Bilbo jadeando. Y por favor, ¡no me cocinen, amables señores! Yo mismo
cocino bien, y soy mejor cocinero que cocinado, si entienden lo que quiero decir. Les prepararé
un hermoso desayuno, un desayuno perfecto si no me comen en la cena.
Pobrecito bribón dijo Guille. Había comido ya hasta hartarse, y también había bebido mucha
cerveza. Pobrecito bribón. ¡Dejadlo ir!
No hasta que diga qué quiso decir con muchos y ninguno replicó Berto, no quiero que me
rebanen el cuello mientras duermo.
¡Ponedle los pies al fuego hasta que hable!
No lo haré dijo Guille, al fin y al cabo yo lo he atrapado.
Eres un gordo estúpido, Guille dijo Berto, ya te lo dije antes, por la tarde.
Y tú, un patán.
Y yo no lo permitiré, Guille Estrujónez dijo Berto, y descargó el puño contra el ojo de Guille,
La pelea que siguió fue espléndida. Bilbo no perdió del todo el juicio, y cuando Berto lo dejó
caer, gateó apartándose antes que los trolls estuviesen peleando como perros y llamándose a
grandes voces con distintos apelativos, verdaderos y perfectamente adecuados, Pronto
estuvieron enredados en un abrazo feroz, casi rodando hasta el fuego, dándose puntapiés y
aporreándose, mientras Tom los golpeaba con una rama para que recobraran el juicio, y por
supuesto enfureciéndolos todavía más.
Bilbo hubiera podido escapar en ese mismo instante. Pero las grandes garras de Berto le habían
estrujado los desdichados pies, había perdido el aliento, y la cabeza le daba vueltas; así que allí
se quedó resollando, justo fuera del círculo de luz.
De pronto, en plena pelea, apareció Balin. Los enanos habían oído ruidos a lo lejos, y luego de
esperar un rato a que Bilbo volviera o que gritara como una lechuza, empezaron a arrastrarse
hacia la luz tratando de no hacer ruido. Tan pronto como Tom vio aparecer a Balin a la luz, dio
un horrible aullido. Ocurre que los trolls no soportan la vista de un enano (crudo). Berto y Guille
dejaron en seguida de pelear, y Un saco, rápido, Tom dijeron.
Antes de que Balin, quien se preguntaba dónde estaba Bilbo en aquella conmoción, se diera
cuenta de lo que ocurría, le habían echado un saco sobre la cabeza, y lo habían derribado.
Aún vendrán más, o me equivoco bastante. Muchos y ninguno, eso es dijo. No más saquehobbits,
pero muchos enanos. ¡Eso es lo que quería decir!
Pienso que tienes razón dijo Berto, y convendría que saliésemos de la luz.
Y así hicieron. Teniendo en la mano unos sacos que usaban para llevar carneros y otras presas,
esperaron en las sombras. Cuando aparecía algún enano, y miraba sorprendido el fuego, las
jarras desbordadas y el carnero roído, ¡pop!, un saco maloliente le caía sobre la cabeza, y el
enano rodaba por el suelo. Pronto Dwalin yacía al lado de Balin, y Fíli y Kili juntos, y Dori y Nori
y Ori en un montón, y Óin, Glóin, Bifur, Bofur y Bombur incómodamente apilados cerca del
fuego.
Eso les enseñará dijo Tom, ya que Bifur y Bombur habían causado muchos problemas y habían
peleado como locos, tal como hacen los enanos cuando se ven acorralados.
Thorin llegó último, y no lo tomaron desprevenido. Llegó esperando encontrar algo malo, y no
necesitó ver las piernas de sus amigos sobresaliendo de los sacos para darse cuenta de que las
cosas no iban del todo bien. Se quedó fuera, algo aparte, en las sombras, y dijo: ¿Qué es todo
este jaleo? ¿Quién está aporreando a mi gente?
Son trolls respondió Bilbo desde atrás del árbol. Lo habían olvidado por completo. Están
escondidos entre los arbustos, con sacos.
Oh, ¿son trolls? dijo Thorin, y saltó hacia el fuego cuando los trolls se precipitaban sobre él.
Alzó una rama gruesa que ardía en un extremo y Berto la tuvo en un ojo antes de que pudiera
esquivarla. Eso lo puso fuera de combate durante un rato. Bilbo hizo todo lo que pudo. Se
aferró de algún modo a una pierna de Tom era gruesa como el tronco de un árbol joven, pero lo
enviaron dando vueltas hasta la copa de unos arbustos, mientras Tom pateaba las chispas hacia
la cara de Thorin. La rama golpeó los dientes de Tom, que perdió un incisivo. Esto lo hizo aullar,
os lo aseguro. Pero justo en ese momento. Guille apareció detrás y le echó a Thorin un saco a la
cabeza y se lo bajó hasta los pies. Y así acabó la lucha. Un bonito escabeche eran todos ellos
ahora, primorosamente atados en sacos, con tres trolls enfadados (dos con quemaduras y
golpes que recordar) sentados cerca, discutiendo si los asarían a fuego lento, si los picarían
fino y luego los cocerían, o bien si se sentarían sobre ellos, haciéndolos papilla; y Bilbo en lo
alto de un arbusto, con la piel y las vestiduras rasgadas, no atreviéndose a intentar un
movimiento, por miedo de que lo oyeran.
Fue entonces cuando volvió Gandalf, pero nadie lo vio. Los trolls acababan de decidir que
meterían a los enanos en el asador y se los comerían más tarde; había sido idea de Berto, y
tras una larga discusión todos estuvieron de acuerdo.
No es buena idea asarlos ahora, nos llevaría toda la noche dijo una voz. Berto creyó que era la
voz de Guille.
No empecemos de nuevo la discusión, Guille dijo el otro, o sí que nos llevaría toda la noche.
¿Quién está discutiendo? dijo Guille, creyendo que había sido Berto el que había hablado.
¡Tú! dijo Berto.
Eres un mentiroso dijo Guille, y así empezó otra vez la discusión. Por fin decidieron picarlos y
cocerlos, así que trajeron una gran cacerola negra y sacaron los cuchillos.
¡No está bien cocerlos! No tenemos agua y hay todo un buen trecho hasta el pozo dijo una voz.
Berto y Guille creyeron que era la de Tom.
¡Calla o nunca acabaremos! Y tú mismo traerás él agua si dices una palabra más.
¡Cállate tú! dijo Tom, quién creyó que era la voz de Guille. ¿Quién discute, sino tú?
Eres bobito dijo Guille.
¡Bobito tú! respondió Tom.
Y así comenzó otra vez toda la discusión, y continuó más enconada que nunca, hasta que por fin
decidieron sentarse sobre los sacos uno a uno, aplastarlos y cocerlos más tarde.
¿Sobre cuál nos sentaremos primero? dijo la voz.
Mejor sentarnos primero sobre el último tipo dijo Berto cuyo ojo había sido lastimado por
Thorin, creyendo que era Tom el que hablaba.
No hables solo dijo Tom, pero si quieres sentarte sobre el último, hazlo. ¿Cuál es?
El de las medias amarillas dijo Berto.
Tonterías, el de las medias grises dijo una voz que parecía la de Guille.
Me aseguré de que eran amarillas dijo Berto.
Amarillas eran corroboró Guille.
Entonces ¿por qué dijiste que eran medias grises?preguntó Berto.
Nunca dije eso. Fue Tom.
Yo no lo dije. Fuiste tú dijo Tom.
Apuesto dos contra uno, ¡así que cierra la bocaldijo Berto,
¿A quién le estás hablando? preguntó Guille.
¡Basta ya! dijeron Tom y Berto al mismo tiempo¡ La noche avanza y amanece temprano.
¡Sigamos!
¡Qué el amanecer caiga sobre todos y que sea piedra para vosotros! dijo una voz que sonó como
la de Guille. Pero no lo era. En ese preciso instante, la aurora apareció sobre la colina y hubo un
bullicioso gorjeo en la enramada. Guille ya no dijo nada más, pues se convirtió en piedra
mientras se encorvaba, y Berto y Tom se quedaron inmóviles como rocas cuando lo miraron. Y
allí están hasta nuestros días, solos, a menos que los pájaros se posen sobre ellos; pues los
trolls, como seguramente sabéis, tienen que estar bajo tierra antes del alba, o vuelven a la
materia montañosa de la que están hechos, y nunca más se mueven. Esto fue lo que les ocurrió a
Berto, Tom y Guille.
¡Excelente! dijo Gandalf, mientras aparecía desde atrás de un árbol y ayudaba a Bilbo a
descender de un arbusto espinoso. Entonces Bilbo entendió. Había sido la voz del brujo la que
había tenido a los ogros discutiendo y peleando por naderías hasta que la luz asomó y acabó con
ellos.
Lo siguiente fue desatar los sacos y liberar a los enanos. Estaban casi asfixiados y muy
fastidiados: no les había divertido nada estar allí tendidos, oyendo a los ogros que hacían
planes para asarlos, picarlos y cocerlos. Tuvieron que escuchar más de dos veces el relato de lo
que le había ocurrido a Bilbo antes de quedar satisfechos.
¡Tiempo tonto para andar practicando el arte de birlar y desvalijar bolsillos! dijo Bombur, Todo
lo que queríamos era comida y lumbre.
Y eso es justamente lo que no hubierais conseguido de esa gente sin lucha, en cualquier caso
dijo Gandalf. De todos modos, ahora estáis perdiendo el tiempo. ¿No os dais cuenta de que los
trolls han de tener alguna cueva o agujero excavado aquí cerca para esconderse del sol?
Tenemos que investigarlo,
Buscaron alrededor y pronto encontraron las marcas de las botas de piedra entre los árboles.
Siguieron las huellas colina arriba hasta que descubrieron una puerta de piedra, escondida
detrás de unos arbustos, y que llevaba a una caverna. Pero no pudieron abrirla, ni aun cuando
todos empujaron mientras Gandalf probaba varios encantamientos.
¿Será esto de alguna utilidad? preguntó Bilbo cuando ya se estaban cansando y enfadando. Lo
encontré en el suelo donde los trolls tuvieron la discusión. Y extrajo una llave bastante grande,
aunque Guille la hubiese considerado pequeña y secreta. Por fortuna se le había caído del
bolsillo antes de quedar convertido e piedra.
Pero, ¿por qué no lo dijiste antes? le gritaron Gandalf arrebató la llave y la introdujo en la
cerradura.
Entonces la puerta se abrió hacia atrás con un solo en pellón, y todos entraron. Había huesos
esparcidos por el suelo, y un olor nauseabundo en el aire, pero había también una buena
cantidad de comida mezclada al descuido en estantes y sobre el suelo, entre un cúmulo de
cosas tiradas en desorden, producto de muchos botines, desde botones de estaño a ollas
colmadas de monedas de oro apiladas en un rincón. Había también montones de vestidos que
colgaban de las paredes demasiado pequeños para los trolls; me temo que pertenecían a las
víctimas, y entre ellos muchas espadas de diversa factura, forma y tamaño. Dos les llamaron
particularmente la atención, por las hermosas vainas y las empuñaduras enjoyadas. Gandalf y
Thorin tomaron una cada uno, y Bilbo un cuchillo con vaina de cuero Para un troll no hubiera
sido más que un pequeño cortaplumas, pero al hobbit le servía como espada corta.
Las hojas parecen buenas dijo el mago desenvainando una a medias y observándola con
curiosidad No han sido forjadas por ningún troll ni herrero humano de estos lugares y días,
pero cuando podamos lee las runas que hay en ellas, sabremos más.
Salgamos de este hedor horrible dijo Fíli. Y así sacaron las ollas de monedas y todos los
alimentos que parecían limpios y adecuados para comer, así como un barril de cerveza del país
todavía lleno. Sintieron ganas de desayunar, y hambrientos como estaban no hicieron ascos a lo
que habían sacado de las despensas de los trolls. De las provisiones que habían traído quedaba
ya poco, pero ahora tenían pan, queso, gran cantidad de cerveza y panceta para asar a las
brasas.
Luego se durmieron, pues la noche no había sido tranquila, y no hicieron nada hasta la tarde.
Entonces trajeron los poneys y se llevaron las ollas del oro y las enterraron con mucho secreto
no lejos del sendero que bordea el río, echándoles numerosos encantamientos, por sí alguna vez
tenían oportunidad de regresar y recobrarlas. En seguida, volvieron a montar, y trotaron otra
vez por el camino hacia el Este.
¿Dónde has ido, si puedo preguntártelo? dijo Thorin a Gandalf mientras cabalgaban.
A mirar adelante respondió Gandalf.
¿Y qué te hizo volver en el momento preciso?
Mirar hacia atrás.
De acuerdo, pero ¿no podrías ser más explícito?
Me adelanté a explorar el camino. Pronto se hará peligroso y difícil. Deseaba también
acrecentar nuestras pequeñas reservas de alimentos. Sin embargo no había ido muy lejos
cuando me encontré con un par de amigos de Rivendel.
¿Dónde queda eso? preguntó Bilbo.
No interrumpas dijo Gandalf. Llegarás allí en pocos días, si tenemos suerte, y lo sabrás todo.
Como estaba diciendo, encontré dos de los hombres de Elrond. Huían asustados de los trolls.
Por ellos supe que tres trolls habían bajado de las montañas y se habían asentado en el bosque,
no lejos del camino. Habían espantado a coda la gente del distrito y tendían celadas a los
extraños. En seguida tuve el presentimiento de que yo hacía falta. Mirando atrás, vi fuego a lo
lejos y me vine. Así que ya lo sabes ahora. Por favor, ten más cuidado la próxima vez; ¡o no
llegaremos a ninguna parte!
¡Gracias! dijo Thorin.
3. Un breve descanso
No cantaron ni contaron historias aquel día, aunque el tiempo mejoró; ni al día siguiente, ni al
otro. Habían empezado a sentir que el peligro estaba bastante cerca y a ambos lados.
Acamparon bajo las estrellas, y los caballos comieron mejor que ellos mismos, pues la hierba
abundaba, pero no quedaba mucho en los zurrones, aun contando con lo que habían sacado a los
trolls. Una mañana vadearon un río por un lugar ancho y poco profundo, resonante de piedras y
espuma. La orilla opuesta era escarpada y resbaladiza. Cuando llegaron a la cresta, guiando los
poneys, vieron que las grandes montañas descendían ya muy cerca hacia ellos. Parecían alzarse
a sólo un día de cómodo viaje desde la falda más cercana. Tenían un aspecto tenebroso y
lóbrego, aunque había manchas de sol en las laderas oscuras, y más allá centelleaban las
cumbres nevadas.
¿Es aquella la Montaña? preguntó Bilbo con voz solemne, mirándola con asombro. Nunca había
visto antes algo que pareciese tan enorme.
¡Desde luego que no! dijo Balin. Esto es sólo el principio de las Montañas Nubladas, tenemos que
cruzarlas de algún modo, por encima o por debajo, antes de que podamos internarnos en las
Tierras Ásperas de más allá. Y aún queda un largo camino desde el otro lado hasta la Montaña
Solitaria de Oriente en la que Smaug yace tendido sobre el tesoro.
¡Oh! dijo Bilbo, y en aquel mismo instante se sintió cansado como nunca hasta entonces.
Añoraba una vez más la silla confortable delante del fuego y la salita preferida en el
agujerohobbit, y el canto de la marmita. ¡No por última vez!
Gandalf encabezaba ahora la marcha. No nos salgamos del camino, o ya nada podrá salvarnos
dijo, Necesitamos comida, en primer lugar, y descanso con una seguridad razonable; además es
muy importante internarse en las Montanas Nubladas por el sendero apropiado, o de lo
contrario os perderéis y tendréis que volver y empezar de nuevo por el principio (si llegáis a
volver).
Le preguntaron hacia dónde estaba conduciéndolos, y él respondió: Habéis llegado a los límites
mismos de las tierras salvajes, como algunos sabéis sin duda. Oculto en algún lugar delante de
nosotros está el hermoso valle de Rivendel, donde vive Elrond en la Ultima Morada. Le envié un
mensaje por mis amigos y nos está esperando.
Aquello sonaba agradable y reconfortante pero no habían llegado aún, y no era tan fácil como
parecía encontrar la Ultima Morada al oeste de las Montañas. No había árboles, valles o colinas
que quebrasen el terreno delante de ellos: la vasta pendiente ascendía poco a poco hasta el pie
de la montaña más próxima, una ancha tierra descolorida de brezo y piedra rota, con manchas
de latigazos de verde de hierbas y verde de musgos que señalaban dónde podía haber agua.
Pasó la mañana, llegó la tarde; pero no había señales de que alguien habitara en ese yermo
silencioso. La inquietud de todos iba en aumento, pues veían ahora que la casa podía estar
oculta casi en cualquier lugar entre ellos y las montañas. Se encontraban de pronto con valles
inesperados, estrechos, de paredes escarpadas, que se abrían de súbito, y ellos miraban hacia
abajo y se sorprendían, pues había árboles y una corriente de agua en el fondo. Algunos
desfiladeros casi hubieran podido cruzarlos de un salto, pero eran en cambio muy profundos, y
el agua corría por ellos en cascadas. Había gargantas oscuras que no podían cruzarse sin
trepar.
Había ciénagas; algunas eran lugares verdes de aspecto agradable, donde crecían flores altas y
luminosas; pero un poney que caminase por allí llevando una carga nunca volvería a salir.
Por cierto, era una tierra que se extendía desde el vado a las montañas, de una vastedad que
nunca hubieseis llegado a imaginar. Bilbo estaba asombrado. Unas piedras blancas, algunas
pequeñas y otras medio cubiertas de musgo o brezo, señalaban el único sendero. En verdad era
una tarea muy lenta la de seguir el rastro, aun guiados por Gandalf, que parecía conocer
bastante bien el camino.
La cabeza y la barba de Gandalf se movían de aquí para allá cuando buscaba las piedras y ellos
lo seguían; pero cuando el día empezó a declinar no parecían haberse acercado mucho al
término de la busca. La hora del té había pasado hacia tiempo y parecía que la de la cena pronto
iría por el mismo camino. Había mariposas nocturnas que revoloteaban alrededor y la luz era
ahora muy débil, pues aún no había salido la luna. El poney de Bilbo comenzó a tropezar en
raíces y piedras. Llegaron tan de repente al borde mismo de un declive abrupto, que el caballo
de Gandalf casi resbaló pendiente abajo.
¡Aquí está, por fin! anunció el mago, y los otros se agruparon en torno y miraron por encima del
borde. Vieron un valle allá abajo.
Podían oír el murmullo del agua que se apresuraba en el fondo, sobre un lecho de piedras; en el
aire había un aroma de árboles, y en la vertiente del otro lado brillaba una luz. Bilbo nunca
olvidó cómo rodaron y resbalaron en el crepúsculo, bajando por el sendero empinado y
zigzagueante hasta entrar en el valle secreto de Rivendel. El aire era más cálido a medida que
descendían, y el olor de los pinos amodorraba a Bilbo, quien de vez en cuando cabeceaba y casi
se caía, o daba con la nariz en el pescuezo del poney. Todos parecían cada vez más animados
mientras bajaban.
Las hayas y robles sustituyeron a los pinos, y el crepúsculo era como una atmósfera de
serenidad y bienestar. El último verde casi había desaparecido de la hierba, cuando llegaron al
fin a un claro despejado, no muy por encima de las riberas del arroyo.
"¡Hummm! ¡Huele como a elfos!" pensó Bilbo, y levantó los ojos hacia las estrellas. Ardían
brillantes y azules. Justo entonces una canción brotó de pronto, como una risa entre los
árboles:
¡Oh! ¿Qué hacéis,
y a dan de vais?
¡Hay que herrar esos poneys!
¡El rio corre!
¡Oh! ¡Tralalalalle,
aquí abajo en el valle!
¡Oh! ¿Qué buscáis,
y a dónde vais?
¡Los leños humean,
las tartas se doran!
¡Oh! ¡Trallellellelle,
el valle es alegre? ¡Ja! ¡Ja!
¡Oh! ¿Hacía dónde vais
meneando las barbas?
No, no, no sabemos
que trae a Bolsón
y a Balín, y. Dwalin
abajo hacia el valle
en junio, ¡Ja! Ja!
¡Oh! ¿Aquí os quedareis,
o en seguida os iréis?
¡Se extravían los poneys!
¡La luz del día muere!
Sería malo irse;
mucho mejor quedarse,
y escuchar y atender
hasta el fin de la noche
nuestro canto. Ja! ¡Ja!
De esta manera reían y cantaban entre los árboles, y vaya desatino, pensaréis vosotros,
supongo. Pero no les importaría nada si se lo dijeseis; se reirían todavía más. Eran elfos desde
luego. Pronto Bilbo empezó a distinguirlos, a medida que aumentaba la oscuridad. Le gustaban
los elfos, aunque rara vez tropezaba con ellos, pero al mismo tiempo lo asustaban un poco. Los
enanos no se llevaban bien con aquellas criaturas. Aun enanos bastante simpáticos, como Thorin
y sus amigos, pensaban que los elfos eran tontos (un pensamiento muy tonto, por cierto), o se
enfadaban con ellos. Pues algunos elfos les tomaban el pelo y se reían de los enanos, y sobre
todo de sus barbas.
¡Bueno, bueno! dijo una voz ¡Miren qué cosa! ¡Bilbo el hobbit en un poney, cíelos! ¿No es
delicioso?
¡Maravilla de maravillas!
En seguida se pusieron a corear otra canción, tan ridícula como la que he copiado entera. Al fin
uno, un joven alto, salió de los árboles y se inclinó ante Gandalf y Thorin.
¡Bienvenidos al valle! dijo.
¡Gracias! dijo Thorin con alguna brusquedad, pero Gandalf había bajado ya del caballo y
charlaba alegre entre los elfos.
Te has desviado un poco del camino dijo el elfo. Es decir, si quieres ir por el único sendero que
cruza el río hacia la casa de más allá. Nosotros te guiaremos, pero sería mejor que fueseis a
pie hasta pasar al puente. ¿Te quedarás un rato y cantarás con nosotros, o te marcharás en
seguida? Allá se está preparando la cena dijo. Puedo oler el fuego de leña de la cocina.
Cansado como estaba, a Bilbo le hubiese gustado quedarse un rato. El canto de los elfos no es
para perdérselo, en junio bajo las estrellas, si te interesan esas cosas. También le hubiese
gustado tener unas pocas palabras aparte con estas gentes, que parecían saber cómo se
llamaba y todo acerca de él, aunque nunca los hubiese visto. Pensaba que la opinión de los elfos
sobre la aventura podría ser interesante. Los elfos saben mucho y es asombroso cómo están
enterados de lo que ocurre entre las gentes de la tierra, pues las noticias corren entre ellos
tan rápidas como el agua de un río, o tal vez más.
Pero los enanos estaban todos de acuerdo en cenar cuanto antes y no quedarse mucho tiempo.
Siguieron adelante, guiando a los poneys, hasta que llegaron a una buena senda, y así por fin al
borde del mismo río. Corría rápido y ruidoso, como un arroyo de la montaña en un atardecer de
verano, cuando el sol ha estado iluminando todo el día la nieve de las cumbres. Sólo había un
puente estrecho de piedra, sin parapeto, tan estrecho que apenas si cabía un poney, y tuvieron
que cruzarlo despacio y con cuidado, en fila, llevando cada uno un poney por las riendas. Los
elfos habían traído faroles brillantes a la orilla y cantaron una animada canción mientras el
grupo iba pasando.
¡No mojes tu barba con la espuma, padre! le gritaron a Thorin, que de tan encorvado iba casi a
gatas, Ya es bastante larga sin necesidad de que la mojes.
¡Cuidado con Bilbo, no se vaya a comer todos los bizcochos! dijeron. ¡Todavía está demasiado
gordo para colarse por el agujero de la cerradura!
¡Silencio, silencio, Buena Gente! ¡Y buenas noches! dijo Gandalf, que había llegado último. Los
valles tienen oídos, y algunos elfos tienen lenguas demasiado sueltas. ¡Buenas noches!
Y así llegaron por fin a la Ultima Morada y encontraron las puertas abiertas de par en par.
Ahora bien, parece extraño, pero las cosas que es bueno tener y los días que se pasan de un
modo agradable se cuentan muy pronto y no se les presta demasiada atención; en cambio, las
cosas que son incómodas, estremecedoras, y aun horribles, pueden hacer un buen relato, y
además lleva tiempo contarlas. Se quedaron muchos días en aquella casa agradable, catorce al
menos, y les costó irse. Bilbo se hubiese quedado allí con gusto para siempre, incluso
suponiendo que un deseo hubiera podido transportarlo sin problemas directa mente de vuelta al
agujerohobbit. No obstante, algo hay que contar sobre esta estancia,
El dueño de casa era amigo de los elfos, una de esas gentes cuyos padres aparecen en cuentos
extraños, anteriores al principio de la historia misma, las guerras de los trasgos malvados y los
elfos, y los primeros hombres del Norte. En los días de nuestro relato, había aún algunas
gentes que descendían de los elfos y los héroes del Norte; y Elrond, el dueño de casa, era el
jefe de todos ellos.
Era tan noble y de facciones tan hermosas como un señor de los elfos, fuerte como un
guerrero, sabio como un mago, venerable como un rey de los enanos, y benévolo como el estío.
Aparece en muchos relatos, pero la parte que desempeña en la historia de la aventura de Bilbo
es pequeña, aunque importante, como veréis, si alguna vez llegamos a acabarla. La casa era
perfecta tanto para comer o dormir como para trabajar, o contar historias, o cantar, o
simplemente sentarse y pensar mejor, o una agradable mezcla de todo esto. La perversidad no
tenía cabida en aquel valle.
Desearía tener tiempo para contaros sólo unas pocas de las historias o una o dos de las
canciones que se oyeron entonces en aquella casa. Todos los viajeros, incluyendo los poneys, se
sintieron refrescados y fortalecidos luego de pasar allí unos pocos días. Les compusieron los
vestidos, tanto como las magulladuras, el humor, y las esperanzas. Les llenaron las alforjas con
comida y provisiones de poco peso, pero fortificantes, buenas para cruzar los desfiladeros. Les
aconsejaron bien y corrigieron los planes de la expedición. Así llegó el solsticio de verano y se
dispusieron a partir otra vez con los primeros rayos del sol estival.
Elrond lo sabía todo sobre runas de cualquier tipo. Aquel día observó las espadas que habían
tomado en la guarida de los trolls y comentó: Esto no es obra de los trolls. Son espadas
antiguas, muy antiguas, de los Altos Elfos del Oeste, mis parientes. Están hechas en Gondolin
para las guerras de los trasgos. Tienen que haber sido parte del tesoro escondido de un
dragón, o de un botín de los trasgos, pues los dragones y los trasgos destruyeron esa ciudad
hace muchos siglos. En esta, Thorin, las runas dicen Orcrist, la Hiende Trasgos en la ancestral
lengua de Gondolin; fue una hoja famosa. Esta, Gandalf, fue Glamdrin, la Martilla Enemigos, que
una vez llevó el rey de Gondolin. ¡Guardadlas bien!
¿De dónde las habrán sacado los trolls, me pregunto? murmuró Thorin mirando su espada con
renovado interés.
No sabría decirlo dijo Elrond, pero puede suponerse que vuestros trolls habrán saqueado otros
botines, o habrán descubierto los restos de viejos robos en alguna cueva de las montañas. He
oído que hay quizá todavía tesoros ignotos en las cavernas desiertas de las minas de Moria,
desde la guerra de los enanos y los trasgos.
Thorin meditó estas palabras. Llevaré esta espada con honor dijo. ¡Ojalá pronto hienda
trasgos otra vez!
¡Un deseo que quizá se cumpla muy pronto en los montes! dijo Elrond. ¡Pero mostradme
ahora vuestro mapa!
Lo tomó y lo miró largo rato, y meneó la cabeza; pues si no aprobaba del todo a los enanos
y el amor que le tenían al oro, odiaba a los dragones y la cruel perversidad de estas bestias,
y se afligió al recordar la ruina de la ciudad de Valle y aquellas campanas alegres, y las
riberas incendiadas del centelleante Río Rápido. La luna resplandecía en un amplio cuarto
creciente de plata. Elrond alzó el mapa y la luz blanca lo atravesó. ¿Qué es esto? dijo. Hay
letras lunares aquí junto a las runas y que dicen "cinco pies de altura y tres pasan con
holgura".
¿Qué son las letras lunares? preguntó el hobbit muy excitado. Le encantaban los mapas,
como ya os he dicho antes; y también le gustaban las runas, y las letras, y las escrituras
ingeniosas, aunque él escribía con letras delgadas y como patas de araña.
Las letras lunares son letras rúnicas, pero que no se pueden ver dijo Elrond, no al menos
directamente. Sólo se las ve cuando la luna brilla por detrás, y en los ejemplos más
ingeniosos la fase de la luna y la estación tienen que ser las mismas que en el día en que
fueron escritas. Los enanos las inventaron y las escribían con plumas de plata, como tus
amigos te pueden contar. Estas tienen que haber sido escritas en una noche del solsticio de
verano con luna creciente, hace ya largo tiempo.
¿Qué es lo que dicen? preguntaron Gandalf y Thorin a la vez, un poco fastidiados quizá de
que Elrond las hubiese descubierto primero, aunque es cierto que hasta entonces no habían
tenido la oportunidad, y no volverían a tenerla quién sabe por cuánto tiempo.
Estad cerca de la piedra gris cuando llame el zorzal leyó Elrond y el sol poniente brillará
sobre el ojo de la cerradura con las últimas luces del Día de Durin.
¡Durin, Durin! exclamó Thorin.. Era el padre de los padres de la más antigua raza de
Enanos, los Barbiluengos, y mi primer antepasado: yo soy el heredero de Durin.
Pero ¿cuándo es el Día de Durin? preguntó Elrond.
El primer día del Año Nuevo de los enanos dijo Thorin. Como todos sabéis sin duda, el
primer día de la última luna otoñal, en los umbrales del invierno. Todavía llamamos Día de
Durin a aquel en que el sol y la última luna de otoño están juntos en el cielo. Pero me temo
que esto no ayudará, pues nadie sabe hoy cuándo este tiempo se presentará otra vez.
Eso está por verse dijo Gandalf ¿Hay algo más escrito?
Nada que se revele con esta luna dijo Elrond, y le devolvió el mapa a Thorin; y luego
bajaron al agua para ver a los elfos que bailaban y cantaban en la noche del solsticio.
La mañana siguiente, la mañana del solsticio, fue tan hermosa y fresca como hubiera
podido soñarse: un cielo azul sin nubes, y el sol que brillaba en el agua. Partieron entonces
entre cantos de despedida y buen viaje, con los corazones dispuestos a nuevas aventuras, y
sabiendo por dónde tenían que ir para cruzar las Montañas Nubladas hacia la tierra de más
allá.
4. Sobre la colina y bajo la colina
Había muchas sendas que subían internándose en aquellas montañas, y sobre ellas muchos
desfiladeros. Pero la mayoría de estas sendas eran engañosas y decepcionantes, o no llevaban a
ningún lado, o acababan mal; y la mayoría de estos desfiladeros estaba infestada de criaturas
malvadas y de peligros horrorosos. Los enanos y el hobbit, ayudados por el sabio consejo de
Elrond y los conocimientos y la memoria de Gandalf, tomaron el camino que llegaba al
desfiladero apropiado.
Muchos días después de haber remontado el valle y de dejar millas atrás la Ultima Morada,
todavía seguían subiendo y subiendo. Era una senda escabrosa y peligrosa, un camino tortuoso,
desierto y largo. Al fin pudieron volverse a mirar las tierras que habían dejado, allá abajo en la
distancia. Lejos, muy lejos en el poniente, donde las cosas eran azules y tenues, Bilbo sabía que
estaba su propio país, con casas seguras y cómodas, y el pequeño agujerohobbit. Se
estremeció. Empezaba a sentirse un frío cortante allí arriba, y el viento silbaba entre las
rocas. También, a veces, unos cantos rodados bajaban a saltos por las laderas de la montaña los
había soltado el sol de mediodía sobre la nieve y pasaban entre ellos (lo que era afortunado) o
sobre sus cabezas (lo que era alarmante). Las noches se sucedían incómodas y muy frías, y no
se atrevían a cantar ni a hablar demasiado alto, pues los ecos eran extraños y parecía que al
silencio le molestaba que lo quebrasen, excepto con el ruido del agua, el quejido del viento y el
crujido de la piedra.
"El verano está llegando allá abajo" pensó Bilbo. "Y ya empiezan la siega del heno y las
meriendas. A este paso estarán recolectando y recogiendo moras aun antes de que empecemos
a bajar del otro lado." Y los de más tenían también pensamientos lúgubres de este tipo, aunque
cuando se habían despedido de Elrond alentados por la mañana de verano, habían hablado
alegremente del cruce de las montanas y de cabalgar al galope por las tierras que se extendían
más allá. Habían pensado llegar a la puerta secreta de la Montana Solitaria tal vez en esa
misma primera luna de otoño. Y quizá sea el Día de Durin habían dicho. Sólo Gandalf había
meneado en silencio la cabeza. Ningún enano había atravesado ese paso desde hacía muchos
años, pero Gandalf sí, y conocía el mal y el peligro que habían crecido y aumentado en las
tierras salvajes desde que los dragones habían expulsado de allí a los hombres, y desde que los
trasgos habían ocupado la región en secreto después de la batalla de las Minas de Moria. Aun
los buenos planes de magos sabios como Gandalf, y dé buenos amigos como Elrond, se olvidan a
veces, cuando uno está lejos en peligrosas aventuras al borde del Yermo; y Gandalf era un mago
bastante sabio como para tenerlo en cuenta.
Sabía que algo inesperado podía ocurrir, y apenas se atrevía a desear que no tuvieran alguna
aventura horrible en aquellas grandes y altas montañas de picos y valles solitarios, donde no
gobernaba ningún rey. Nada ocurrió. Todo marchó bien, hasta que un día se encontraron con
una tormenta dé truenos; más que una tormenta era una batalla de truenos. Sabéis que terrible
puede llegar a ser una verdadera tormenta de truenos allá abajo en el valle del río; sobre todo
cuando dos grandes tormentas se encuentran y se baten. Más terribles todavía son los truenos
y los relámpagos en las montañas por la noche, cuando las tormentas vienen del este y del oeste
y luchan entre ellas. El relámpago se hace trizas sobre los picos, y las rocas tiemblan, y unos
enormes estruendos parten el aire, y entran rodando a los tumbos en todas las cuevas y
agujeros y un ruido abrumador y una claridad súbita invaden la oscuridad.
Bilbo nunca había visto o imaginado nada semejante. Estaban muy arriba en un lugar estrecho, y
a un lado un precipicio espantoso caía sobre un valle sombrío. Allí pasaron la noche, al abrigo de
una roca; Bilbo tendido bajo una manta y temblando de pies a cabeza. Cuando miró fuera, vio a
la luz de los relámpagos los gigantes de piedra abajo en el valle; habían salido y ahora jugaban
tirándose piedras unos a otros; las recogían y las arrojaban en la oscuridad, y allá abajo se
rompían o desmenuzaban entre los árboles. Luego llegaron el viento y la lluvia, y el viento
azotaba la lluvia y el granizo en todas direcciones, por lo que el refugio de la roca no los
protegía mucho. Al rato estaban empapados hasta los huesos y los poneys se encogían, bajaban
la cabeza, y metían la cola entre las patas, y algunos re linchaban de miedo. Las risotadas y los
gritos de los gigantes podían oírse por encima de todas las laderas.
¡Esto no irá bien! dijo Thorin, Si no salimos despedidos, o nos ahogamos, o nos alcanza un rayo,
nos atrapará alguno de esos gigantes y de una patada nos mandará al cielo como una pelota de
fútbol.
Bien, si sabes de un sitio mejor, ¡llévanos allí! dijo Gandalf, quien se sentía muy malhumorado, y
no estaba nada contento con los gigantes.
El final de la discusión fue enviar a Fíli y Kili en busca de un refugio mejor. Tenían ojos muy
penetrantes, y siendo los enanos más jóvenes (unos cincuenta años menos que los otros), se
ocupaban por lo común de este tipo de tareas (cuando todos comprendían que sería inútil enviar
a Bilbo). No hay nada como mirar, si queréis encontrar algo (al menos eso decía Thorin a los
enanos jóvenes).
Cierto que casi siempre, se encuentra algo, si se mira, pero no siempre es lo que uno busca. Así
ocurrió en esta ocasión.
Fíli y Kili pronto estuvieron de vuelta, arrastrándose, doblados por el viento, aferrándose a las
rocas. Hemos encontrado una cueva seca dijeron, doblando el próximo recodo no muy lejos de
aquí; y caben poneys y todo.
¿La habéis explorado afondo? dijo el mago, que sabía que las cuevas de las montanas raras
veces están sin ocupar.
¡Sí, sí! dijeron Fíli y Kili, aunque todos sabían qué no podían haber estado allí mucho tiempo;
habían regresado casi en seguida. No es demasiado grande y tampoco muy profunda.
Naturalmente, esto es lo peligroso de las cuevas; a veces uno no sabe lo profundas que son, o a
dónde puede llevar un pasadizo, o lo que te espera dentro. Pero en aquel momento las noticias
de Fíli y Kili parecieron bastante buenas. Así que todos se levantaron y se prepararon para
trasladarse. El viento aullaba y el trueno retumbaba aún, y era difícil moverse con los poneys.
De todos modos, la cueva no estaba muy lejos. Al poco tiempo llegaron a una gran roca que
sobresalía en la senda. Detrás, en la ladera de la montaña, se abría un arco bajo.
Había espacio suficiente para que pasaran los poneys apretujados, una vez que les quitaran las
sillas. Debajo del arco era agradable oír el viento y la lluvia fuera y no cayendo sobre ellos, y
sentirse a salvo de los gigantes y sus rocas. Pero el mago no quería correr riesgos. Encendió su
vara como aquel día en el comedor de Bilbo que ahora parecía tan lejano, si lo recordáis y con la
luz exploraron la cueva de extremo a extremo.
Parecía de buen tamaño, pero no era demasiado grande ni misteriosa. Tenía el suelo seco y
algunos rincones cómodos. En uno de ellos había lugar para los poneys, y allí permanecieron las
bestias muy contentas del cambio, humeando y mascando en los morrales. Óin y Glóin querían
encender una hoguera en la entrada para secarse la ropa, pero Gandalf no quiso ni oírlo. Así que
tendieron las cosas húmedas en el suelo y sacaron otras secas; luego ahuecaron las mantas,
sacaron las pipas e hicieron anillos de humo que Gandalf volvía de diferentes colores y hacía
bailar en el techo para entretenerlos. Charlaron y charlaron, y olvidaron la tormenta, y
discutieron lo que cada uno haría con su parte del tesoro (cuando lo tuviesen, lo que de
momento no parecía tan imposible); y así fueron quedándose dormidos uno tras otro. Y ésa fue
la última vez que usaron los poneys, los paquetes, equipajes, herramientas y todo lo que habían
traído con ellos.
No obstante, fue una suerte esa noche que hubiesen traído al pequeño Bilbo. Porque, por alguna
razón, Bilbo no pudo dormirse hasta muy tarde; y luego tuvo unos sueños horribles. Soñó que
una grieta en la pared del fondo de la cueva se agrandaba y se agrandaba, abriéndose más y
más; y él estaba muy asustado pero no podía gritar, ni hacer otra cosa que seguir acostado,
mirando. Después soñó que el suelo de la cueva cedía, y que se deslizaba, y que él empezaba a
caer, a caer, quién sabe a dónde.
En ese momento despertó con un horrible sobresalto y se encontró con que parte del sueño era
verdad. Una grieta se había abierto al fondo de la cueva y era ya un pasadizo ancho. Apenas si
tuvo tiempo de ver la última de las colas de los poneys, que desaparecía en la sombra. Por
supuesto, lanzó un chillido estridente, tanto como puede llegar a serlo un chillido de hobbit,
bastante asombroso si tenemos en cuenta el tamaño de estas criaturas.
Afuera saltaron los trasgos, trasgos grandes, trasgos enormes de cara fea, montones de
trasgos, antes que nadie pudiera decir "peñas y breñas". Había por lo menos seis para cada
enano, y dos más para Bilbo; y los apresaron a todos y los llevaron por la hendedura, antes que
nadie pudiera decir "madera y hoguera". Pero no a Gandalf. Eso fue lo bueno del grito de Bilbo.
Lo había despertado por completo en una décima de segundo y cuando los trasgos iban a
ponerle las manos encima, hubo un destello terrorífico como un relámpago en la cueva, un olor
como de pólvora, y varios cayeron muertos.
La grieta se cerró de golpe ¡y Bilbo y los enanos estaban en el lado equivocado! ¿Dónde se
encontraba Gandalf? De eso ni ellos ni los trasgos tenían la menor idea, y los trasgos no
esperaron a averiguarlo. Tomaron a Bilbo y a los enanos, y los hicieron andar a toda prisa. El
sitio era profundo, profundo y oscuro, tanto que sólo los trasgos que habían tenido la
ocurrencia de vivir en el corazón de las montañas podían distinguir algo. Los pasadizos se
cruzaban y confundían en todas direcciones, pero los trasgos conocían el camino tan bien como
vosotros el de la oficina de correos más próxima; y el camino descendía y descendía y la
atmósfera era cada vez más enrarecida y horrorosa. Los trasgos eran muy brutos, pellizcaban
sin compasión, y reían entre dientes o a carcajadas, con voces horribles y pétreas; y Bilbo se
sentía más desgraciado aún que cuando el troll lo había levantado tirándole de los dedos de los
pies. Una y otra vez se encontraba añorando el agradable y reluciente agujero hobbit. No sería
ésta la ultima ocasión.
De pronto apareció ante ellos el resplandor de una luz roja. Los trasgos empezaron a cantar, a
croar, golpeteando los pies planos sobre la piedra, y sacudiendo también a los prisioneros.
¡Azota! ¡Voltea! ¡La negra abertura!
¡Atrapa, arrebata! ¡Pellizca, apañusca!
¡Bajando, bajando, al pueblo de trasgos,
vas tú, muchacho!
¡Embute, golpea! ¡Estruja, revienta!
Martillo y tenaza! ¡Batintín y maza!
¡Machaca, machaca, a los subterráneos!
¡jo, jo, muchacho!
¡Lacera, apachurra! ¡Chasquea los látigos!
¡Aúlla y solloza! ¡Sacude, aporrea!
¡Trabaja, trabaja! ¡A huir no te atrevas,
mientras los trasgos beben y carcajean!
¡Rondando, rodando, por el subterráneo!
¡Abajo, muchacho!
El canto era realmente terrorífico, las paredes resonaban con el ¡azota, volea! y con el ¡estruja,
revienta! y con la inquietante carcajada de los ¡jo, jo, muchacho! El significado de la canción era
demasiado evidente; pues ahora los trasgos sacaron los látigos y los azotaron con gritos de
¡lacera, apachurra!, haciéndolos correr delante tan rápido como les era posible; y más de uno de
los enanos estaba ya desgañitándose con aullidos incomparables, cuando entraron todos a los
trompicones en una enorme caverna.
Estaba iluminada por una gran hoguera roja en el centro y por antorchas a lo largo de las
paredes, y había allí muchos trasgos. Todos se reían, pateaban y batían palmas, cuando los
enanos (con el pobrecito Bilbo detrás y más al alcance de los látigos) llegaron corriendo,
mientras los trasgos que los arreaban daban gritos y chasqueaban los látigos detrás. Los
poneys estaban ya agrupados en un rincón; y allí tirados estaban todos los sacos y paquetes,
rotos y abiertos, revueltos por trasgos, y olidos por trasgos, y manoseados por trasgos, y
disputados por trasgos.
Me temo que fue lo ultimo que vieron de aquellos excelentes poneys, incluyendo un magnífico
ejemplar blanco, pequeño y vigoroso, que Elrond había prestado a Gandalf, ya que el caballo no
era apropiado para los senderos de la montaña. Porque los trasgos comen caballos y poneys y
burros (y otras cosas mucho más espantosas), y siempre tienen hambre. Sin embargo, los
prisioneros sólo pensaban ahora en sí mismos. Los trasgos les encadenaron las manos a la
espalda y los unieron a todos en línea, y los arrastraron hasta él rincón más lejano de la
caverna con el pequeño Bilbo remolcado al extremo de la hilera.
Allá, entre las sombras, sobre una gran piedra lisa, estaba sentado un trasgo terrible de
cabeza enorme, y unos trasgos armados permanecían de pie alrededor blandiendo las hachas y
las espadas curvas que ellos usan. Ahora bien, los trasgos son crueles, malvados y de mal
corazón. No hacen nada bonito, pero sí muchas cosas ingeniosas. Pueden excavar túneles y
minas tan bien como cualquier enano no demasiado diestro, cuando se toman la molestia, aunque
comúnmente son desaseados y sucios. Martillos, hachas, espadas, puñales, picos y pinzas, y
también instrumentos de tortura, los hacen muy bien, o consiguen que otra gente los haga,
prisioneros o esclavos obligados a trabajar hasta que mueren por falta de aire y luz. Es
probable que ellos hayan inventado algunas de las máquinas que desde entonces preocupan al
mundo, en especial ingeniosos aparatos que matan enormes cantidades de gente de una vez,
pues las ruedas y los motores y las explosiones siempre les encantaron, como también no
trabajar con sus propias manos más de lo indispensable; pero en aquellos días, y en aquellos
parajes agrestes, no habían ido (como se dice) todavía tan lejos. No odiaban especialmente a
los enanos, no más de lo que odiaban a todos y todo, y particularmente lo metódico y próspero;
en ciertos lugares unos enanos malvados han llegado a pactar con ellos. Pero tenían particular
aversión por la gente de Thorin a causa de la guerra que habéis oído mencionar, pero que no
viene a cuento en esta historia; y de todos modos a los trasgos no les preocupa a quién
capturan, en tanto puedan dar el golpe en secreto y de un modo ingenioso, y los prisioneros no
sean capaces de defenderse.
¿Quiénes son esas miserables personas? dijo el Gran Trasgo.
¡Enanos, y esto! dijo uno de los captores, tirando de la cadena de Bilbo de tal modo que el
hobbit cayó delante de rodillas. Los encontramos refugiados en nuestro Porche Principal,
¿Qué pretendíais? dijo el Gran Trasgo volviéndose hacia Thorin. ¡Nada bueno, podría
asegurarlo! ¡Espiar los asuntos privados de mis gentes, supongo! ¡Ladrones, no me sorprendería
saber que lo sois! ¡Asesinos y amigos de los elfos, sin duda alguna! ¡Ven! ¿Qué tienes que decir?
¡Thorin el enano a vuestro servicio! replicó Thorin: una mera nadería cortés De las cosas que
sospechas e imaginas no tenemos la menor idea. Nos resguardamos de una tormenta en lo que
parecía una cueva cómoda y no usada; nada más lejos de nuestro pensamiento que molestar de
algún modo a los trasgos. ¡Esto era bastante cierto!
¡Hum! gruñó el Gran Trasgo. ¡Eso es lo que dices! ¿Podría preguntarte qué hacíais allá arriba en
las montañas, y de dónde venís y adonde vais? En realidad me gustaría saber todo sobre
vosotros. No digo que pueda serviros de algo, Thorin Escudo de Roble, ya sé demasiado de tu
gente; pero conozcamos de una vez la verdad. ¡De lo contrario prepararé para vosotros algo
particularmente incómodo!
Íbamos de viaje a visitar a nuestros parientes, nuestros sobrinos y sobrinas, y primeros,
segundos y terceros primos, y otros descendientes de nuestros abuelos, que viven del lado
oriental de estas realmente hospitalarias montañas respondió Thorin, no sabiendo muy bien qué
decir así de repente, pues era obvio que la verdad exacta no vendría a cuento.
¡Es un mentiroso, oh tú en verdad el Terrible!
dijo uno de los captores. Varios de los nuestros fueron fulminados por un rayo en la cueva
cuando invitamos a estas criaturas a que bajaran, y están tan muertos como piedras.
¡Tampoco nos ha explicado esto!
Sostuvo en alto la espada que Thorin había llevado, la espada que procedía del cubil de los
trolls.
El Gran Trasgo dio un aullido de rabia realmente horrible cuando vio la espada, y todos los
soldados crujieron los dientes, batieron los escudos, y patearon. Reconocieron la espada al
momento. En otro tiempo había dado muerte a cientos de trasgos, cuando tos elfos rubios
de Gondolin los cazaron en las colinas o combatieron al pie de las murallas. La habían
denominado Orcrist, Hiende Trasgos, pero los trasgos la llamaban simplemente Mordedora.
La odiaban, y odiaban todavía más a cualquiera que la llevase.
¡Asesinos y amigos de los elfos! gritó el Gran Trasgo. ¡Acuchilladlos! ¡Golpeadlos!
¡Mordedlos! ¡Que les rechinen los dientes! ¡Llevadlos a agujeros oscuros repletos de
víboras y que nunca vuelvan a ver la luz!
Tenía tanta rabia que saltó del asiento y se lanzó con la boca abierta hacia Thorin.
Justo en ese momento todas las luces de la caverna se apagaron, y la gran hoguera se
convirtió, ¡puf!, en una torre de resplandeciente humo azul que subía hasta el techo,
esparciendo penetrantes chispas blancas entre todos los trasgos.
Los gritos y lamentos, gruñidos, farfulleos y chapurreos, aullidos, alaridos y maldiciones,
chillidos y graznidos que siguieron entonces, eran indescriptibles. Varios cientos de gatos
salvajes y lobos asados vivos, todos juntos y despacio, no hubieran hecho tanto alboroto.
Las chispas ardían abriendo agujeros en los trasgos, y el humo que ahora caía del techo
oscurecía tanto el aire, que ni siquiera ellos mismos podían ver. Pronto empezaron a caer
unos sobre otros y a rodar en montones por el suelo, mordiendo, pateando y peleando,
como si todos se hubieran vuelto locos.
De repente una espada destelló con luz propia. Bilbo vio que atravesaba de lado a lado al
Gran Trasgo, mudo de asombro y furioso a la vez. Cayó muerto, y los soldados trasgos,
huyendo y gritando delante de la espada, desaparecieron en la oscuridad.
La espada volvió a la vaina. ¡Seguidme a prisa! dijo una voz fiera y queda. Y antes que
Bilbo comprendiese lo que había ocurrido, estaba ya trotando de nuevo, tan rápido como
podía, al final de la columna, bajando por más pasadizos oscuros mientras los alaridos del
salón de los trasgos quedaban atrás, cada vez más débiles. Una luz pálida los guiaba.
¡Más rápido, más rápido! decía la voz. Pronto volverán a encender las antorchas.
¡Espera un momento! dijo Dori, que estaba detrás, al lado de Bilbo, y era un excelente
compañero. Como mejor pudo, con las manos atadas, consiguió que el hobbit se le subiera
a los hombros, y luego echaron todos a correr, con un tintineo de cadenas y más de un
tropezón, ya que no tenían manos para sostenerse. No se detuvieron por un largo rato,
cuando ya estaban sin duda en el corazón mismo de la montaña.
Entonces Gandalf encendió la vara. Por supuesto, era Gandalf; pero en ese momento todos
estaban demasiado ocupados para preguntar cómo había llegado allí. Volvió a sacar la
espada, y una vez más la hoja destelló en la oscuridad; ardía con una furia centelleante si
había trasgos alrededor, y ahora brillaba como una llama azul por el deleite de haber
matado al gran señor de la cueva. No le costó nada cortar las cadenas de los trasgos y
liberar lo más rápido posible a todos los prisioneros. El nombre de esta espada, recordaréis,
era Glamdrin, Martilla Enemigos. Los trasgos la llamaban simplemente Demoledora, y la
odiaban, si eso es posible, todavía más que a Mordedora. También Orcrist había sido
salvada, pues Gandalf se la había arrebatado a uno de los guardias aterrorizados. Gandalf
pensaba en todo; y aunque no podía hacer cualquier cosa, ayudaba siempre a los amigos en
aprietos,
¿Estamos todos aquí? dijo, entregando la espada a Thorin con una reverencia. Veamos:
uno, Thorin; dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once. ¿Dónde están Fíli y
Kili? ¡Aquí! Doce, trece... y he ahí al señor Bolsón: ¡catorce! ¡Bien, bien! Podría ser peor, y
sin embargo podría ser mucho mejor. Sin poneys, y sin comida, y sin saber muy bien dónde
estamos, ¡y unas hordas de trasgos furiosos justo detrás! ¡Sigamos adelante!
Siguieron adelante. Gandalf estaba en lo cierto: se oyeron ruidos de trasgos y unos gritos
horribles allá detrás a lo lejos, en los pasadizos que habían atravesado, Se apresuraron
entonces todavía más, y como el pobre Bilbo no podía seguirles el paso pues los enanos son
capaces de correr más deprisa, os lo aseguro, cuando tienen que hacerlo se turnaron
llevándolo a hombros.
Sin embargo los trasgos corren más que los enanos, y estos trasgos conocían mejor el
camino (ellos mismos habían abierto los túneles), y estaban locos de furia; así que hiciesen
lo que hiciesen, los enanos oían los gritos y aullidos que se acercaban cada vez más. Muy
pronta alcanzaron a oír el ruido de los pies de los trasgos, muchos, muchos pies que
parecían estar a la vuelta del ultimo recodo. El destello de las antorchas rojas podía verse
detrás de ellos en el túnel; y ya empezaban a sentirse muertos de cansancio.
¡Por qué, oh por qué habré dejado mi agujerohobbit! decía el pobre señor Bolsón, mientras
se sacudía hacia arriba y abajo sobre el pobre señor Bolsón, mientras se sacudía hacia arriba
y abajo sobre la espalda de Bombur.
¡Por qué, oh por qué habré traído a este pobrecito hobbit, a buscar el tesoro! decía el
desdichado Bombur que era gordo, y se bamboleaba mientras el sudor le caía en gotas de la
nariz a causa del calor y el terror,
En aquel momento Gandalf se retrasó, y Thorin con él. Doblaron un recodo cerrado. ¡Están
a la vuelta! gritó el mago. ¡Desenvaina tu espada, Thorin!
No había mas que hacer, y a los trasgos no les gustó. Venían corriendo a toda prisa y dando
gritos, y al llegar al recodo tropezaron atónitos con la Hiende Trasgos y la Martilla
Enemigos que brillaban frías y luminosas. Los que iban delante arrojaron las antorchas y
dieron un alarido antes de morir. Los de atrás aullaban siguiéndolos. ¡Mordedora y
Demoledora! chillaron; y pronto todos estuvieron envueltos en una completa confusión, y
la mayoría se apresuró a regresar por donde había venido.
Pasó bastante tiempo antes que cualquiera de ellos se atreviese a doblar aquel recodo.
Mientras, los enanos se habían puesto otra vez en marcha, siguiendo un largo camino que
los llevaba a los túneles oscuros del país de los trasgos. Cuando los trasgos se dieron
cuenta, apagaron las antorchas y se deslizaron pisando con cuidado, y eligieron a los
corredores más veloces, aquellos que tenían oídos como comadrejas en la oscuridad, y eran
casi tan silenciosos como murciélagos.
Así ocurrió que ni Bilbo, ni los enanos, ni siquiera Gandalf, los oyeron llegar, ni tampoco
los vieron. Pero los trasgos los vieron a ellos, pues la vara de Gandalf emitía una luz débil
que ayudaba a los enanos a encontrar el camino.
De repente Dori, que ahora otra vez corría a la cola llevando a Bilbo, fue aferrado por
detrás en la oscuridad. Gritó y cayó; y el hobbit rodó de los hombros de Dori a la negrura,
se golpeó la cabeza contra una piedra, y no recordó nada más.
5. Acertijos en las tinieblas
Cuando Bilbo abrió los ojos, se preguntó si en verdad los habría abierto; pues todo estaba tan
oscuro como si los tuviese cerrados. No había nadie cerca, de él. ¡Imaginaos qué terror! No
podía ver nada, ni oír nada, ni sentir nada, excepto la piedra del suelo.
Se incorporó muy lentamente y anduvo a tientas hasta tropezar con la pared del túnel; pero ni
hacia arriba ni hacia abajo pudo encontrar nada, nada en absoluto, ni rastro de trasgos o
enanos. La cabeza le daba vueltas y ni siquiera podía decir en qué dirección habrían ido los
otros cuando cayó de bruces. Trató de orientarse de algún modo, y se arrastró largo trecho
hasta que de pronto tocó con la mano algo que parecía un anillo pequeño, trío y metálico, en el
suelo del túnel. Este iba a ser un momento decisivo en la carrera de Bilbo, pero él no lo sabía.
Casi sin darse cuenta se metió la sortija en el bolsillo. Por cierto, no parecía tener ninguna
utilidad por ahora. No avanzó mucho más; se sentó en el suelo helado, abandonándose a un
completo abatimiento. Se imaginaba friendo huevos y panceta en la cocina de su propia casa
pues alcanzaba a sentir, dentro de él, que era la hora de alguna comida, pero esto solo lo hacía
más miserable.
No sabía a dónde ir, ni qué había ocurrido, ni por qué lo habían dejado atrás, o por qué, si lo
habían dejado atrás, los trasgos no lo habían capturado; no sabía ni siquiera por qué tenia la
cabeza tan dolorida. La verdad es que había estado mucho tiempo tendido y quieto, invisible y
olvidado en un rincón muy oscuro.
Al cabo de un rato se palpó las ropas buscando la pipa. No estaba rota, y eso era algo. Buscó
luego la petaca, y había algún tabaco, lo que ya era algo más, y luego buscó las cerillas y no
encontró ninguna, y esto lo desanimó por completo. Sólo el cielo sabe qué cosa hubiera podido
caer sobre él atraída por el roce de las cerillas y el olor del tabaco. Pero por ahora se sentía
muy abatido. No obstante, rebuscando en los bolsillos y palpándose de arriba a abajo en busca
de cerillas, topó con la empuñadura de la pequeña espada, la daga que había obtenido de los
trolls y que casi había olvidado; por fortuna, tampoco los trasgos la habían descubierto, pues la
llevaba dentro de los calzones.
Entonces la desenvainó. La espada brilló pálida y débil ante los ojos de Bilbo. "Así que es una
hoja de los elfos, también" pensó, "y los trasgos no están muy cerca, aunque tampoco bastante
lejos."
Pero de alguna manera se sintió reconfortado. Era bastante bueno llevar una hoja forjada en
Gondolin para las guerras de los trasgos de las que había cantado tantas canciones; y también
había notado que esas armas causaban gran impresión entre los trasgos que tropezaban con
ellas de improviso.
"¿Volver?" pensó. "No sirve de nada. ¿ir por algún camino lateral? ¡Imposible! ¿Ir hacia
adelante? ¡No hay alternativa! ¡Adelante pues!" Y se incorporó y trotó llevando la espada alzada
frente a él, una mano en la pared y el corazón palpitando.
Era evidente que Bilbo se encontraba en lo que puede llamarse un sitio estrecho. Pero recordad
que no era tan estrecho para él como lo habría sido para vosotros o para mí. Los hobbits no se
parecen mucho a la gente ordinaria, y aunque sus agujeros son unas viviendas muy agradables y
acogedoras, adecuadamente ventiladas, muy distintas de los túneles de los trasgos, están más
acostumbrados que nosotros a andar por galerías, y no pierden fácilmente el sentido de la
orientación bajo tierra, no cuando ya se han recobrado de un golpe en el cráneo. También
pueden moverse muy en silencio y esconderse con rapidez; se recuperan de un modo maravilloso
de caídas y magulladuras, y tienen un fondo de prudencia y unos dichos juiciosos que la mayoría
de los hombres no ha oído nunca o ha olvidado hace tiempo,
De cualquier modo no me hubiera sentido a gusto en el sitio donde estaba el señor Bilbo. La
galería parecía no tener fin. Todo lo que él sabía era que seguía bajando, siempre en la misma
dirección, a pesar de un recodo y una o dos vueltas. Había pasadizos que partían de los lados
aquí y allá, como podía saber por el brillo de la espada, o podía sentir con la mano en la pared.
No les prestó atención, pero apresuraba el paso por temor a los trasgos o a cosas oscuras
imaginadas a medias que asomaban en las bocas de los pasadizos. Adelante y adelante siguió,
bajando y bajando; y toda vía no se oía nada, excepto el zumbido ocasional de un murciélago que
se le acercaba, asustándolo en un principio, pero que luego se repitió tanto que él dejó de
preocuparse. No sé cuánto tiempo continuó así, odiando seguir adelante, no atreviéndose a
parar, adelante y adelante, hasta que estuvo mas cansado que cansado. Parecía que el camino
continuaría así al día siguiente y más allá, perdiéndose en los días que vendrían después.
De pronto, sin ningún aviso, se encontró trotando en un agua fría como hielo. ¡Uf! Esto lo
reanimó, rápida y bruscamente. No sabía si el agua era sólo un estanque en medio del camino, la
orilla de un arroyo que cruzaba el túnel bajo tierra, o el borde del lago subterráneo, oscuro y
profundo. La espada apenas brillaba. Se detuvo, y escuchando con atención alcanzó a oír unas
gotas que caían desde un techo invisible en el agua de abajo; pero no parecía haber ningún otro
tipo de ruido.
"De modo que es un lago o un pozo, y no un río subterráneo" pensó. Aun así no se atrevió a
meterse en el agua a oscuras. No sabía nadar, y además pensaba en las criaturas barrosas y
repugnantes, de ojos saltones y ciegos, que culebreaban sin duda en el agua. Hay extraños
seres que viven en pozos y lagos en el corazón de los montes; pero cuyos antepasados llegaron
nadando, sólo el cielo sabe hace cuánto tiempo, y nunca volvieron a salir, y los ojos les crecían,
crecían y crecían mientras trataban de ver en la oscuridad; y allí hay también criaturas mas
viscosas que peces. Aun en los túneles y cuevas que los trasgos habían excavado para sí mismos,
hay otras cosas vivas que ellos desconocen, cosas que han venido arrastrándose desde fuera
para descansar en la oscuridad. Además, los orígenes de algunos de estos túneles se remontan
a épocas anteriores a los trasgos, quienes sólo los ampliaron y unieron con pasadizos, y los
primeros propietarios están todavía allí, en raros rincones, deslizándose y olfateando todo
alrededor.
Aquí abajo junto al agua lóbrega vivía el viejo Gollum, una pequeña y viscosa criatura. No sé de
dónde había venido, ni quién o qué era. Era Gollum: tan oscuro como la oscuridad, excepto dos
grandes ojos redondos y pálidos en la cara flaca. Tenía un pequeño bote y remaba muy en
silencio por el lago, pues lago era, ancho, profundo y mortalmente frío. Remaba con los grandes
pies colgando sobre la borda, pero nunca agitaba el agua. No él. Los ojos pálidos e inexpresivos
buscaban peces ciegos alrededor, y los atrapaba con los dedos largos, rápidos como el
pensamiento. Le gustaba también la carne. Los trasgos le parecían buenos, cuando podía
echarles mano; pero trataba de que nunca lo encontraran desprevenido. Los estrangulaba por la
espalda si alguna vez bajaba uno de ellos hasta la orilla del agua, mientras él rondaba en busca
de una presa. Rara vez lo hacían, pues tenían el presentimiento de que algo desagradable
acechaba en las profundidades, debajo de la raíz misma de la montaña. Cuando excavaban los
túneles, tiempo atrás, habían llegado hasta el lago y descubrieron que no podían ir más lejos.
De modo que para ellos el camino terminaba en esa dirección, y de nada les valía merodear por
allí, a menos que el Gran Trasgo los enviase. A veces tenían la ocurrencia de buscar peces en el
lago, y a veces ni el trasgo ni el pescado volvían.
Gollum vivía en verdad en una isla de roca barrosa en medio del lago. Observaba a Bilbo desde
lejos con los ojos pálidos como telescopios. Bilbo no podía verlo, mientras Gollum lo miraba,
perplejo; parecía evidente que no era un trasgo.
Gollum se metió en el bote y se alejó de la isla. Bilbo, sentado a orillas del agua, se sentía
desconcertado, como si hubiese perdido el camino y el juicio. De pronto asomó Gollum, que
cuchicheó y siseó:
¡Bendícenos y salpícanos, preciosso mío! Me huelo un banquete selecto; por lo menos nos daría
para un sabroso bocado ¡Gollum! Y cuando dijo Gollum hizo con la garganta un ruido horrible
como si engullera. Y así fue como le dieron ese nombre, aunque él siempre se llamaba a sí mismo
"preciosso mío".
El hobbit dio un brinco cuando oyó el siseó, y de repente vio los ojos pálidos clavados en él.
¿Quién eres? preguntó, adelantando la espada.
¿Qué ess él, preciosso mío? susurró Gollum (que siempre se hablaba a sí mismo, porque no tenía
a ningún otro con quien hablar). Eso era lo que quería descubrir, pues en verdad no tenía mucha
hambre, sólo curiosidad; de otro modo hubiese estrangulado primero y susurrado después.
Soy el señor Bilbo Bolsón. He perdido a los enanos y al mago y no sé donde estoy, y tampoco
quiero saberlo, si pudiera salir.
¿Qué tiene él en las manoss? dijo Gollum mirando la espada, que no le gustaba mucho.
¡Una espada, una hoja nacida en Gondolin!
Sss dijo Gollum, y en un tono más cortés: Quizá se siente aquí y charle conmigo un rato,
preciosso mío. ¿Le gustan los acertijos? Quizá sí, ¿no? Estaba ansioso por parecer amable, al
menos por un rato, y hasta que supiese algo más sobre la espada y el hobbit: si realmente
estaba solo, si era bueno para comer, y si Gollum mismo tenia mucha hambre.
Acertijos era todo en lo que podía pensar. Proponerlos y alguna vez encontrar la solución había
sido el único entretenimiento que había compartido con otras alegres criaturas, sentadas en
sus agujeros, hacía muchos, muchos años, antes de quedarse sin amigos y de que lo echasen,
solo, y se arrastrara descendiendo y descendiendo, a la oscuridad bajo las montañas.
Muy bien dijo Bilbo, muy dispuesto a mostrarse de acuerdo hasta descubrir algo más acerca de
la criatura: si había venido sola, si estaba furiosa o hambrienta, y si era amiga de los trasgos.
Tú preguntas primero dijo, pues no había tenido tiempo de pensar en un acertijo. Así que
Gollum siseó:
Las raíces no se ven,
y es más alta que un árbol,
Arriba y arriba sube,
y sin embargo no crece.
¡Fácil! dijo Bilbo. Una montaña, supongo.
¿Lo adivinó fácilmente? ¡Tendría que competir con nosotros, preciosso mío! Si preciosso
pregunta y él no responde, nos lo comemos, preciosso mío. Si él pregunta y no contestamos,
haremos lo que él quiera, ¿eh? ¡Le enseñamos el camino de la salida, sí!
De acuerdo dijo Bilbo, no atreviéndose a discrepar y con el cerebro casi estallándole mientras
pensaba en un acertijo que pudiese cerebro casi estallándole mientras pensaba en un acertijo
que pudiese salvarlo de la olla.
Treinta caballos blancos
en una sierra colorada.
Primero mordisquean,
y luego machacan,
y luego descansan.
Eso era todo lo que se le ocurría preguntar; la idea de comer le daba vueltas en la cabeza. Era
además un acertijo bastante viejo, y Gollum conocía la respuesta tan bien como vosotros.
Chiste viejo, chiste viejo susurró. ¡Los dientes, los dientes, preciosso mío! ¡Pero sólo tenemos
seis! En seguida propuso una segunda adivinanza.
Canta sin voz,
vuela sin alas,
sin dientes muerde,
sin boca habla.
¡Un momento! gritó Bilbo, incómodo, pensando aún en cosas que se comían. Por fortuna una vez
había oído algo semejante, y recobrando el ingenio, pensó en la respuesta. El viento, el viento,
naturalmente dijo, y quedó tan complacido que inventó en el acto otro acertijo. "Esto
confundirá a esta asquerosa criaturita subterránea", pensó,
Un ojo en la cara azul
vio un ojo en la cara verde.
"Ese ojo es como este. ojo",
dijo el ojo primero,
"pero en lugares bajos,
y no en lugares altos".
Ss, ss, ss dijo Gollum. Había estado bajo tierra mucho tiempo, y estaba olvidando esa clase de
cosas. Pero cuando Bilbo ya esperaba que el desdichado no podría responder, Gollum sacó a
relucir recuerdos de tiempos y tiempos y tiempos atrás, cuando vivía con su abuela en un
agujero a orillas de un río. Ss, ss, ss, preciosso mío dijo. Quiere decir el sol sobre las
margaritas, eso quiere decir.
Pero estos acertijos sobre las cosas cotidianas al aire libre lo fatigaban. Le recordaban
también los días en que aún no era una criatura tan solitaria y furtiva y repugnante, y lo
sacaban de quicio. Más aún, le daban hambre, así que esta vez pensó en algo un poco más
desagradable y difícil.
No puedes verla ni sentirla,
y ocupa todos los huecos:
no puedes olerla ni oírla,
está detrás de los astros,
y está al píe de las colinas,
llega primero, y se queda;
mala risas y acaba vidas.
Para desgracia de Gollum, Bilbo había oído algo parecido antes, y de cualquier modo la
respuesta fue rotunda. ¡La oscuridad¡ dijo, sin ni siquiera rascarse la cabeza o ponerse la gorra
de pensar.
Caja sin llave,
tapa o bisagras,
pero dentro un tesoro
dorado guarda.
Bilbo preguntó para ganar tiempo, hasta que pudiese pensar algo más difícil. Creyó que era un
acertijo asombrosamente viejo y fácil, aunque no con estas mismas palabras, pero resultó ser
un horrible problema para Gollum. Siseaba entre dientes, sin encontrar la respuesta,
murmurando y farfullando.
Al cabo de un rato Bilbo empezó a impacientarse.
Bueno, ¿qué es? preguntó. La respuesta no es una marmita hirviendo, como pareces creer, por
el ruido que haces.
Una oportunidad, que nos de una oportunidad, preciosso mío... ss... ss...
¡Bien! dijo Bilbo tras esperar largo rato ¿Qué hay de tu respuesta?
Pero de súbito Gollum se vio robando en tos nidos, hacía mucho tiempo, y sentado en el
barranco del río enseñando a su abuela, enseñando a su abuela a sorber... ¡Huevoss! siseó
¡Huevoss, eso es! y en seguida preguntó:
Todos viven sin aliento;
y fríos como los muertos,
nunca con sed, siempre bebiendo,
todos en malla, siempre en silencio.
El propio Gollum se dijo que la adivinanza era asombrosamente fácil, pues él pensaba día y
noche en la respuesta. Pero por el momento no se le ocurrió nada mejor, tan aturdido estaba
aún por la cuestión del huevo. De cualquier modo fue todo un problema para Bilbo, quien nunca
había tenido nada que ver con el agua si podía evitarlo. Imagino que ya sabéis la respuesta, no
lo dudo, o que podéis adivinarla en un abrir y cerrar de ojos, ya que estáis cómodamente
sentados en casa, y el peligro de ser comidos no turba vuestros pensamientos. Bilbo se sentó y
carraspeó una o dos veces, pero la respuesta no llegó.
Al cabo Gollum se puso a sisear entre dientes, complacido. ¿Es agradable, preciosso mío? ¿Es
jugoso? ¿Cruje de rechupete? Espió a Bilbo en la oscuridad.
Un momento dijo Bilbo temblando de miedo Yo te he dado una buena oportunidad hace poco.
¡Tiene que darse prisa, darse prisa! dijo Gollum, comenzando a pasar del bote a la orilla para
acercarse a Bilbo. Pero cuando puso en el agua las patas grandes y membranosas, un pez saltó
espantado y cayó sobre los pies de Bilbo.
¡Uf! dijo ¡que frío y pegajoso! y asi acertó. ¡Un pez, un pez! gritó. ¡Es un pez!
Gollum quedó horriblemente desilusionado; pero Bilbo preguntó otro acertijo tan rápido como
pudo, y Gollum tuvo que volver al bote y pensar.
Sin-piernas se apoya en una pierna;
Dos-piernas se sienta cerca de tres piernas,
y cuatro-piernas consiguió algo.
No era realmente el momento apropiado para este acertijo pero Bilbo estaba en un apuro. A
Gollum le habría costado bastante acertar si Bilbo lo hubiera preguntado en otra ocasión. Tal
como ocurrió, hablando de peces, "sin piernas" no parecía muy difícil, y el resto fue obvio. "Un
pez sobre una mesa pequeña, un hombre a la mesa, y el gato qué consigue las espinas." Esa era
la respuesta por supuesto, y Gollum la encontró pronto. Entonces pensó que ya era momento de
preguntar algo horrible y difícil. Esto fue lo que dijo:
Devora todas las cosas:
aves, bestias, plantas y. flores;
roe el hierro, muerde el acero,
y pulveriza la peña compacta;
mata reyes, arruina ciudades
y derriba las altas montañas.
El pobre Bilbo sentado en la oscuridad pensó en todos los horribles nombres de gigantes y
ogros que alguna vez había oído en los cuentos, pero ninguno hacía todas esas cosas. Tenía el
presentimiento de que la respuesta era muy diferente y que la sabía de algún modo, pero no era
capaz de ponerse a pensar. Empezó a sentir miedo, y esto es malo para pensar. Gollum salió
entonces del bote. Saltó al agua y avanzó hacia la orilla. Bilbo alcanzaba a ver los ojos que se
acercaban. La lengua parecía habérsele pegado al paladar; quería gritar:
¡Dame tiempo! Pero todo lo que salió en un súbito chillido fue:
¡Tiempo! ¡Tiempo!
Bilbo se salvó por pura suerte. Pues naturalmente ésta era la respuesta.
Gollum quedó otra vez desilusionado; ahora estaba enojándose y cansándose del juego. Le había
dado mucha hambre en verdad, y no volvió al bote. Se sentó en la oscuridad junto a Bilbo. Esto
incomodó todavía más al hobbit y le nubló el ingenio.
Ahora él tiene que hacernos una pregunta, preciosso mío, si, ssí, ssí. Una pregunta máss para
acertar, sí, ssí dijo Gollum.
Pero Bilbo no podía pensar en ningún acertijo con aquella cosa asquerosamente fría y húmeda al
lado, sobándolo y empujándolo. Se rascaba, se pellizcaba; y seguía sin poder pensar.
¡Pregúntenos! ¡Pregúntenos! decía Gollum. Bilbo se pellizcaba y se palmoteaba; aferró la espada
con una mano y tanteó el bolsillo con la otra. Allí encontró el anillo que había recogido en el
túnel, y que había olvidado.
¿Qué tengo en el bolsillo? dijo, en voz alta. Hablaba consigo mismo, pero Gollum creyó que era
un acertijo y se sintió terriblemente desconcertado.
¡No vale! ¡No vale! siseó. ¿No es cierto que no vale, preciosso mío, preguntarnos qué tiene en los
asquerosos bolsillitos?
Bilbo, viendo lo que había pasado y no teniendo nada mejor que decir, repitió la pregunta en voz
más alta; ¿Qué hay en mis bolsillos?
Sss siseó Gollum Tiene que darnos tres Oportunidades, preciosso mío, tress oportunidadess.
¡De acuerdo! ¡Adivina! dijo Bilbo.
¡Las manoss! dijo Gollum.
Falso dijo Bilbo, quien por fortuna había retirado la mano otra vez. ¡Prueba de nuevo!
Sss dijo Gollum más desconcertado que nunca. Pensó en todas las cosas que él llevaba en los
bolsillos; espinas de pescado, dientes de trasgos, conchas mojadas, un trozo de ala de
murciélago, una piedra aguzada para afilarse los colmillos, y otras cosas repugnantes, Intentó
pensar en lo que otra gente podía llevar en los bolsillos.
¡Un cuchillo! dijo al fin.
¡Falso! dijo Bilbo, que había perdido el suyo hacía tiempo. ¡Ultima oportunidad!
Ahora Gollum se sentía mucho peor que cuando Bilbo le había planteado el acertijo del huevo.
Siseó, farfulló y se balanceó adelante y atrás, golpeteando el suelo con los pies, y se meneó y
retorció; sin embargo no se decidía, no quería echar a perder esa última oportunidad.
¡Vamos! dijo Bilbo. ¡Estoy esperando! Trató de parecer valiente y jovial, pero no estaba muy
seguro de cómo terminaría el juego, ya Gollum acertase o no.
¡Se acabó el tiempo! dijo.
¡Una cuerda o nada! chilló Gollum, quien no respetaba del todo las reglas, respondiendo dos
cosas a la vez,
¡Las dos mal! gritó Bilbo, mucho más aliviado; e incorporándose de un salto, se apoyó de
espaldas en la pared más próxima y desenvainó la pequeña espada. Naturalmente, sabía que el
torneo de las adivinanzas era sagrado y de una antigüedad inmensa, y que aun las criaturas
malvadas temían hacer trampas mientras jugaban. Pero sentía también que no podía confiar en
que aquella criatura viscosa mantuviera una promesa.
Cualquier excusa le parecería apropiada para eludirla. Y al fin y al cabo la última pregunta no
había sido un acertijo genuino de acuerdo con las leyes ancestrales.
Pero sin embargo Gollum no lo atacó en seguida. Miraba la espada que Bilbo tenía en la mano. Se
quedó sentado, susurrando y estremeciéndose. Al fin, Bilbo no pudo esperar más.
Y bien dijo, ¿qué hay de tu promesa? Me quiero ir; tienes que enseñarme el camino.
¿Dijimos eso, preciosso? Mostrarle la salida al pequeño y asqueroso Bolsón, sí, si. Pero, ¿qué
tiene él en los bolsilloss? ¡Ni cuerda, preciosso, ni nada! ¡Oh, no! ¡Gollum!
No te importa dijo Bilbo, una promesa es una promesa.
Vaya, ¡qué prisa! ¡Impaciente, preciosso! siseó Gollum, pero tiene que esperar, sí. No podemos
subir por los pasadizos tan de prisa; primero tenemos que recoger algunas cosas antes, sí,
cosas que nos ayuden.
¡Bien, apresúrate! dijo Bilbo, aliviado al pensar que Gollum se marchaba. Creía que sólo se
estaba excusando, y que no pensaba volver. ¿De qué hablaba Gollum? ¿Qué cosa útil podía
guardar en el lago oscuro? Pero se equivocaba. Gollum pensaba volver. Estaba enfadado ahora y
hambriento. Y era una miserable y malvada criatura y ya tenía un plan.
No muy lejos estaba su isla, de la que Bilbo nada sabía; y allí, en un escondrijo, guardaba
algunas sobras miserables y una cosa muy hermosa, muy maravillosa. Tenía un anillo, un anillo de
oro, un anillo precioso.
¡Mi regalo de cumpleaños! murmuraba, como había hecho a menudo en los oscuros días
interminables. Eso es lo que ahora queremoss, sí, ¡lo queremoss!
Lo quería porque era un anillo de poder, y si os lo poníais en el dedo, erais invisibles. Sólo a la
plena luz del sol podrían veros, y sólo por la sombra, temblorosa y tenue.
¡Mi regalo de cumpleaños! ¡Llegó a mí el día de mi cumpleaños, preciosso mío! Así monologaba
Gollum. Pero nadie sabe cómo Gollum había conseguido aquel regalo, hacía siglos, en los viejos
días, cuando tales anillos abundaban en el mundo. Quizá ni el propio Amo que los gobernaba a
todos podía decirlo. Al principio Gollum solía llevarlo puesto hasta que le cansó, y desde
entonces lo guardó en una bolsa pegada al cuerpo, hasta que le lastimó la piel, y desde entonces
lo tuvo escondido en una roca de la isla, y siempre volvía a mirarlo. Y aún a veces se lo ponía,
cuando no aguantaba estar lejos de él ni un momento más, o cuando estaba muy, muy
hambriento, y harto de pescado. Entonces se arrastraba por pasadizos oscuros, en busca de
trasgos extraviados. Se aventuraba incluso en sitios donde había antorchas encendidas que lo
hacían parpadear y le irritaban los ojos. Estaba seguro, oh, sí, muy seguro. Nadie lo veía, nadie
notaba que estaba allí hasta que les apretaba la garganta con las manos. Lo había llevado
puesto, hacía sólo unas pocas horas y había capturado un pequeño trasgo. ¡Cómo había chillado!
Aún le quedaban uno o dos huesos por roer, pero deseaba algo más tierno.
Muy seguro, sí se decía. No nos verá, ¿verdad, preciosso mío? No, y la asquerosa espadita será
inútil, ¡sí, bastante inútil!
Eso es lo que escondía en su pequeña mollera malvada mientras se apartaba bruscamente de
Bilbo y chapoteaba hacia el bote, perdiéndose en la oscuridad. Bilbo creyó que nunca lo volvería
a oír; aun así, esperó un rato, pues no tenía idea de cómo encontrar solo el camino de salida.
De pronto, oyó un chillido. Un escalofrío le bajó por la espalda. Gollum maldecía y se lamentaba
en las tinieblas, no muy lejos. Estaba en su isla, revolviendo aquí y allá, buscando y rebuscando
en vano.
¿Dónde está? ¿Dónde está? sollozaba. Sse ha perdido, precioso mío, ¡perdido, perdido!
¡Maldíganos y aplástenos, mi precioso, se ha perdido!
¿Qué pasa? preguntó Bilbo. ¿Qué has perdida?
No tiene que preguntarnos, no es asunto ssuyo, ¡no, Gollum! chilló Gollum, perdido, perdido,
Gollum, Gollum, Gollum.
Bueno, yo también me he perdido y quiero saber dónde estoy. Gané la pugna y tú hiciste una
promesa. Así que ¡adelante! ¡Ven y condúceme fuera, y luego, sigue buscando! Aunque Gollum
parecía inconsolable, Bilbo no lo compadecía demasiado, tenía la impresión de que una cosa que
Gollum quería tanto no podía ser nada bueno. ¡Vamos! gritó.
¡No, aún no, precioso! respondió Gollum. Tenemos que buscarlo pues se ha perdido, ¡Gollum!
Pero no acertaste mi última pregunta e hiciste una promesa, dijo Bilbo.
¡Nunca lo imaginé! dijo Gollum. De repente un agudo siseo brotó de la oscuridad. ¿Qué tiene en
los bolsilloss? Que nos lo diga. Primero tiene que decirlo.
Hasta donde Bilbo sabía, no había ninguna razón particular para no decírselo. Más rápida que la
suya, la mente de Gollum había cazado en el aire un presentimiento; pues durante siglos había
estado preocupada por esa sola cosa, temiendo siempre que se la quitaran. Pero la demora
impacientaba a Bilbo. Al fin y al cabo, había ganado el juego, con bastante limpieza, y corriendo
un riesgo terrible. Las preguntas eran para acertar, no para decirlas dijo.
Pero no fue juego limpio dijo Gollum, No era un acertijo, precioso, no.
¡Oh, bien!, si se trata de preguntas corrientes yo he hecho una antes respondió Bilbo. ¿Qué has
perdido, quieres decirme?
¿Qué tiene en los bolsilloss? El sonido llegó siseando más agudo y fuerte, y como Gollum estaba
mirándolo, Bilbo vio alarmado dos pequeños puntos de luz que lo observaban. A medida que la
sospecha crecía en la mente de Gollum, la luz le ardía en los ojos con una llama descolorida.
¿Qué has perdido? insistió Bilbo.
Pero la luz en los ojos de Gollum era ahora un fuego verde y se acercaba con rapidez. Gollum
estaba de nuevo en el bote, remando como desesperado de vuelta a la orilla; y tal era la rabia
por la pérdida y la sospecha que tenía en el corazón, que ya no le atemorizaba ninguna espada.
Bilbo no podía adivinar qué había maquinado la malvada criatura, pero vio que todo estaba
descubierto, y que Gollum pretendía terminar con él, sea como fuere. Justo a tiempo se volvió y
corrió a ciegas, subiendo el pasadizo que había bajado antes, manteniéndose pegado a la pared
y tocándola con la mano izquierda.
¿Qué tiene en los bolsilloss? Bilbo oyó el siseo fuerte detrás de él, y el chapoteo cuando
Gollum saltó del bote. "Qué tengo yo, me pregunto" se dijo, mientras avanzaba jadeando y
tropezando. Se metió la mano izquierda en el bolsillo. El anillo estaba muy frío cuando se le
deslizó de pronto en el dedo índice, con el que tanteaba buscando.
El siseo estaba detrás, muy cerca. Bilbo se volvió y vio los ojos de Gollum como pequeñas
lámparas verdes que subían la pendiente. Aterrorizado, intentó correr más rápido y cayó cuan
largo era, con la pequeña espada debajo del cuerpo.
En un momento Gollum estuvo sobre él. Pero antes que Bilbo pudiese hacer algo, recuperar el
aliento, levantarse o esgrimir la espada, Gollum pasó de largo sin prestarle atención,
maldiciendo y murmurando mientras corría.
¿Qué podía significar esto? Gollum veía en la oscuridad. Bilbo alcanzaba a distinguir la luz
pálida de los ojos, aun desde atrás. Se levantó, dolorido, envainó la espada, que ahora brillaba
débilmente otra vez, y con mucha cautela siguió andando. Parecía que no se podía hacer otra
cosa. No convenía volver arrastrándose a las aguas de Gollum. Quizá si lo seguía, Gollum lo
conduciría sin querer hasta alguna vía de escape.
¡Maldito sea! ¡Maldito sea! ¡Maldito sea! siseaba Gollum. ¡Maldito Bolsón! ¡Se ha ido! ¿Qué tiene
en los bolsillos? ¡Oh, lo suponemos, lo adivinamos! Precioso mío. Lo ha encontrado, sí, tiene que
tenerlo. Mi regalo de cumpleaños.
Bilbo aguzó el oído. Por fin estaba empezando a adivinar. Apresuró el paso, acercándose a
Gollum por detrás hasta donde se atrevió. Gollum corría aún de prisa, sin mirar atrás, pero
volviendo la cabeza a los lados, como Bilbo podía ver por el pálido reflejo de luz en las paredes.
¡Mi regalo de cumpleaños! ¡Maldito! ¿Cómo lo perdimos, precioso mío? Sí, eso es. ¡Maldito!
Cuando vinimos por aquí la última vez, cuando estrujamos a aquel asqueroso jovencito chillón.
Eso es. ¡Maldito sea! Se nos cayó, ¡después de tantos siglos y siglos! No está, ¡Gollum!
De pronto Gollum se sentó y se puso a sollozar, con un ruido silbante y gorgoteante, horrible al
oído. Bilbo se detuvo, pegándose a la pared de la galería. Pasado un rato, Gollum dejó de
lloriquear y comenzó a hablar. Parecía tener una discusión consigo mismo.
No vale la pena volver a buscarlo, no. No recordamos todos los lugares que hemos visitado. Y no
serviría de nada. El Bolsón lo tiene en sus bolsilloss; el asqueroso fisgón lo ha encontrado, lo
decimos nosotros.
"Lo suponemos, precioso, sólo lo suponemos. No podemos estar seguros hasta encontrar a la
asquerossa criatura y estrujarla. Pero no conoce las virtudes que tiene, ¿verdad? Sólo lo
guarda en los bolsillos. No lo sabe y no puede ir muy lejos. Se ha perdido el puerco fissgón. No
conoce la salida. Eso fue lo que dijo.
"Así dijo, sí, pero es un tramposo. ¡No dice lo que piensa! No dirá lo que tiene en los bolsillos. Lo
sabe.
Conoce el camino de entrada; tiene que conocer el de salida, sí. Está más allá de la puerta
trasera. Hacia la puerta trasera, eso es.
"Los trasgos lo capturarán entonces. No puede salir por ahí, precioso.
"Sss, sss, ¡Gollum!¡Trasgoss! Sí, pero si tiene el regalo, nuestro regalo de cumpleaños, entonces
los trasgos lo tomarán, ¡Gollum! Descubrirán, descubrirán sus propiedades. ¡Nunca más
estaremos seguros, Gollum! Uno de los trassgos se lo pondrá y no lo verá nadie. Estará allí, pero
nadie podrá verlo. Ni siquiera nuestros más agudos ojoss, y se acercará escurriéndose y
engañando y nos capturará, ¡Gollum! ¡Gollum!
"¡Dejemos la charla, precioso, y vayamos de prisa! Si el Bolsón se ha ido por ahí, tenemos que
apresurarnos y verlo. ¡Vamos! No puede estar muy lejos. ¡De prisa!
Gollum se levantó de un brinco y se alejó bamboleándose, a grandes zancadas. Bilbo corrió tras
él, todavía cauteloso, aunque ahora lo que más temía era tropezar de nuevo y caer haciendo
ruido. Tenía en la cabeza un torbellino de asombro y esperanza. Parecía que el anillo que llevaba
era un anillo mágico: ¡te hacía invisible! Había oído de tales cosas, por supuesto, en antiguos
relatos; pero le costaba creer que en realidad él, por accidente, había encontrado uno. Sin
embargo, así era: Gollum había pasado de largo sólo a una yarda.
Siguieron adelante, Gollum avanzando a los trompicones, siseando y maldiciendo; Bilbo detrás,
tan silenciosamente
como puede marchar un hobbit. Pronto llegaron
a unos lugares donde, como había notado Bilbo al bajar, se abrían pasadizos a los lados, uno acá,
Otro allá. Gollum comenzó en seguida a contarlos.
Uno a la izquierda, sí. Uno a la derecha, sí. Dos a la derecha, sí, sí; dos a la izquierda, eso es. Y
así una vez y otra.
A medida que la cuenta, crecía, aflojó el paso sollozando y temblando. Pues cada vez se alejaba
más del agua, y tenía miedo. Los trasgos acechaban quizá, y él había perdido el anillo. Por fin se
detuvo ante una abertura baja, a la izquierda.
Siete a la derecha, sí. Seis a la izquierda, ¡bien! susurró. Este es. Este es el camino de la puerta
trasera. ¡Aquí está el pasadizo!
Miró hacia adentro y se retiró, vacilando. Pero no nos atreveremos a entrar, precioso, no nos
atreveremos. Hay trasgos allá abajo. Montones de trasgoss. Los olemos. ¡Sss!
"¿Qué podemos hacer? ¡Malditos y aplastados sean! Tenemos que esperar aquí, precioso,
esperar un momento y observar.
Y así se detuvieron. Al fin y al cabo, Gollum había traído a Bilbo hasta la salida, ¡pero Bilbo no
podía cruzarla! Allí estaba Gollum, acurrucado justamente en la abertura, y los ojos le brillaban
fríos mientras movía la cabeza a un lado y a otro entre las rodillas.
Bilbo se arrastró, apartándose de la pared, más callado que un ratón; pero Gollum se enderezó
en seguida y venteó en torno y los ojos se le pusieron verdes. Siseó, en un tono bajo aunque
amenazador. No podía ver al hobbit, pero ahora estaba atento, y tenía otros sentidos que la
oscuridad había aguzado: olfato y oído. Parecía que se había agachado, con las palmas de las
manos extendidas sobre el suelo, la cabeza estirada hacia adelante y la nariz casi tocando la
piedra. Aunque era sólo una sombra negra en el brillo de sus propios ojos, Bilbo alcanzaba a
verlo o sentirlo: tenso corno la cuerda de un arco, dispuesto a saltar.
Bilbo casi dejó de respirar y también se quedó quieto. Estaba desesperado. Tenía que escapar,
salir de aquella horrible oscuridad mientras le quedara alguna fuerza. Tenía que luchar. Tenía
que apuñalar a la asquerosa criatura, sacarle los ojos, matarla. Quería matarlo a él. No, no sería
una lucha limpia. El era invisible ahora. Gollum no tenía espada. No había amenazado matarlo, o
no lo había intentado aún. Y era un ser miserable, solitario, perdido. Una súbita comprensión,
una piedad mezclada con horror asomó en el corazón de Bilbo: un destello de interminables días
iguales, sin luz ni esperanza de algo mejor, dura piedra, frío pescado, pasos furtivos, y
susurros. Todos estos pensamientos se le cruzaron como un relámpago. Se estremeció. Y
entonces, de pronto, en otro relámpago, como animado por una energía y una resolución nuevas,
saltó hacia adelante.
No un gran salto para un hombre, pero un salto a ciegas. Saltó directamente sobre la cabeza de
Gollum, a una distancia de siete pies y tres de altura; por cierto, y no lo sabía, apenas evitó que
se le destrozara el cráneo contra el arco del túnel.
Gollum se lanzó hacia, atrás e intentó atrapar al hobbit cuando volaba sobre él, pero demasiado
tarde: las manos golpearon el aire tenue, y Bilbo, cayendo limpiamente sobre los pies vigorosos,
se precipitó a bajar por el nuevo pasadizo, No se volvió a mirar qué hacía Gollum. Al principio
oyó siseos y maldiciones detrás de él, muy cerca; luego cesaron. Casi en seguida sonó un aullido
que helaba la sangre, un grito de odio y desesperación. Gollum estaba derrotado. No se atrevía
a ir más lejos, había perdido: había perdido su presa, y había perdido también la única cosa que
había cuidado alguna vez, su precioso. El aullido dejó a Bilbo con el corazón en la boca. Ya débil
como un eco, pero amenazadora, la voz venía desde atrás.
¡Ladrón, ladrón, ladrón! ¡Bolsón! ¡Lo odiamos, lo odiamos, lo odiamos para siempre!
No se oyó nada más. Pero el silencio también le parecía amenazador a Bilbo. "Si los trasgos
están tan cerca que él puede olerlos" pensó, "tienen que haber oído las maldiciones y chillidos.
Cuidado ahora, o esto te llevará a cosas peores."
El pasadizo era bajo y de paredes toscas. No parecía muy difícil para el hobbit, excepto
Cuando, a pesar de andar con mucho cuidado, tropezaba de nuevo, y así muchas veces,
golpeándose los dedos de los pies contra las piedras del suelo, molestas y afiladas. "Un poco
bajo para los trasgos, al menos para los grandes", pensaba Bilbo, no sabiendo que aun los más
grandes, los orcos de las montañas, avanzan encorvados a gran velocidad, con las manos casi en
el suelo.
Pronto el pasadizo, que había estado bajando, comenzó a subir otra vez, y de pronto ascendió
abruptamente. Bilbo tuvo que aflojar la marcha, pero por fin la cuesta acabó; luego de un
recodo, el pasadizo descendió de nuevo, y allá, al pie de una corta pendiente, vio que del
costado de otro recodo venía un reflejo de luz. No una luz roja, como de linterna o de fuego,
sino una luz pálida de aire libre. Bilbo echó a correr.
Corriendo tanto como le aguantaban las piernas, dobló el último recodo y se encontró en medio
de un espacio abierto, donde la luz, luego de todo aquel tiempo a oscuras, parecía
deslumbrante. En verdad, era sólo la luz del sol que se filtraba por el hueco de una puerta
grande, una puerta de piedra, que habían dejado entornada.
Bilbo parpadeó, y de pronto vio a les trasgos; trasgos armados de pies a cabeza, con las
espadas desenvainadas, sentados a la vera de la puerta y observándolo con los ojos abiertos,
observando el pasadizo por donde había aparecido. Estaban preparados, atentos, dispuestos a
cualquier cosa.
Lo vieron antes que él pudiese verlos. Sí, lo vieron, Fuese un accidente o el último truco del
anillo antes de tomar nuevo amo, no lo tenía en el dedo. Con aullidos de entusiasmo, los trasgos
se abalanzaron sobre él.
Una punzada de miedo y pérdida, como un eco de la miseria de Gollum, hirió a Bilbo, y olvidando
desenvainar la espada, metió las manos en los bolsillos. Y allí en el bolsillo izquierdo estaba el
anillo, y él mismo se le deslizó en el dedo índice. Los trasgos se detuvieron bruscamente. No
podían ver nada del hobbit. Había desaparecido.
Había desaparecido. Chillaron dos veces, tan alto como antes, pero no con tanto
entusiasmo.
¿Dónde está? gritaron.
¡Se volvió pasadizo arriba! dijeron algunos.
¡Fue por aquí! aullaron unos, ¡Fue por allá! aullaron otros.
¡Cuidad la puerta! ordenó el capitán. Sonaron silbatos, las armaduras se entrechocaron, las
espadas golpetearon, los trasgos maldijeron y juraron, corriendo acá y acullá, cayendo unos
sobre otros y enojándose mucho. Hubo un terrible clamoreo, una conmoción y un alboroto.
Bilbo estaba de veras aterrorizado, pero tenía aún bastante juicio para entender qué había
ocurrido, y para esconderse detrás de un barril que guardaba la bebida de los trasgos
centinelas, y salir así del apuro y evitar que lo golpearan y patearan hasta darle muerte, a
que lo capturasen por el tacto.
¡He de alcanzar la puerta, he de alcanzar la puerta! seguía diciéndose, pero pasó largo rato
antes de que se atreviera a intentarlo. Lo que siguió entonces fue horrible, como si jugaran a
una especie de gallina ciega. El lugar estaba abarrotado de trasgos que corrían de un lado a
otro, y el pobrecito hobbit se escurrió aquí y allá, fue derribado por un trasgo que no pudo
entender con qué había tropezado, escapó a gatas, se deslizó entre las piernas del capitán, se
puso de pie, y corrió hacia la puerta.
La puerta estaba abierta, pero un trasgo la había entornado todavía más. Bilbo empujó, y no
consiguió moverla. Trató de escurrirse por la abertura y quedó atrapado. ¡Era horrible! Los,
botones se le habían encajado entre el canto y la jamba de la puerta. Allí fuera alcanzaba a
ver el aire libre: había unos pocos escalones que descendían a un valle estrecho con
montanas altas alrededor: el sol apareció detrás de una nube y resplandeció más allá de la
puerta; pero él no podía cruzarla.
De pronto, uno de los trasgos que estaban dentro gritó: ¡Hay una sombra al lado de la
puerta! ¡Algo está ahí fuera!
A Bilbo el corazón se le subió a la boca. Se retorció, aterrorizado. Los botones saltaron en
todas direcciones. Atravesó la puerta, con la chaqueta y el chaleco rasgados, y brincó
escalones abajo como una cabra, mientras los trasgos desconcertados recogían aún los
preciosos botones de latón, caídos en el umbral.
Por supuesto, en seguida bajaron tras él, persiguiéndolo, gritando y ululando por entre los
árboles. Pero el sol no les gusta: les afloja las piernas, y la cabeza les da vueltas. No
consiguieron encontrar a Bilbo, que llevaba el anillo puesto, y se escabullía entre las
sombras de los árboles, corriendo rápido y en silencio y manteniéndose apartado del sol;
pronto volvieron gruñendo y maldiciendo a guardar la puerta. Bilbo había escapado.
6. De la sartén al fuego
Bilbo había escapado de los trasgos, pero no sabía dónde estaba. Había perdido el capuchón, la
capa, la comida, el poney, sus botones y sus amigos. Siguió adelante, hasta que el sol empezó a
hundirse en el poniente, detrás de las montañas. Las sombras cruzaban el sendero, y Bilbo miró
hacia atrás, luego miró hacia adelante, y no pudo ver más que crestas y vertientes que
descendían hacia las tierras bajas, y llanuras que asomaban de vez en cuando entre los árboles.
¡Cielos! exclamó. ¡Parece que estoy justo al otro lado de las Montanas Nubladas, al borde de las
Tierras de Más Allá! ¿Dónde y adónde habrán tenido que ir los enanos y Gandalf? ¡Sólo espero
que por ventura no estén todavía allá atrás en poder de los trasgos!
Continuó caminando, fuera del pequeño y elevado valle, por el borde, y bajando luego las
pendientes; mas en todo este tiempo un pensamiento muy incómodo iba creciendo dentro de él.
Se preguntaba si no estaba obligado, ahora que tenía el anillo mágico, a regresar a los
horribles, horribles túneles y buscar a sus amigos, Acababa de decidir que no podía escapar a
ese deber, que tenía que volver atrás y esto hacía que se sintiera muy desdichado cuando oyó
voces.
Se detuvo y escuchó. No parecían trasgos; de modo que se arrastró con mucho cuidado hacia
adelante. Estaba en un sendero pedregoso que serpenteaba hacia abajo, con una pared rocosa a
la izquierda; al otro lado el terreno descendía en pendiente, y bajo el nivel del sendero había
unas cañadas donde crecían matorrales y arbustos. En una de estas cañadas, bajo los arbustos,
había gente hablando
Se arrastró todavía más cerca, y de súbito vio, asomado entre dos grandes peñascos, una
cabeza con capuchón rojo: era Balin que oteaba alrededor. Bilbo tenía ganas de palmotear y
gritar de alegría, pero no lo hizo. Todavía llevaba puesto el anillo, por miedo de encontrar algo
inesperado y desagradable, y vio que Balin estaba mirando directamente hacia él sin verlo.
"Les daré a todos una sorpresa", pensó mientras se metía a gatas entre los arbustos del borde
de la cañada. Gandalf estaba deliberando con los enanos. Hablaban de todo lo que había
ocurrido en los túneles, preguntándose y discutiendo qué irían a hacer ahora. Los enanos
refunfuñaban, y Gandalf decía que de ninguna manera podían continuar el viaje dejando al señor
Bolsón en manos de los trasgos, sin tratar de saber si estaba vivo o muerto, y sin tratar de
rescatarlo.
Al fin y al cabo es mi amigo dijo Gandalf, y una buena persona. Me siento responsable. Ojalá no
lo hubieseis perdido.
Los enanos querían saber ante todo por qué razones lo habían traído con ellos, por qué no había
podido mantenerse cerca y venir también, y por qué el mago no había elegido a alguien más
sensato. Hasta ahora ha sido una carga de poco provecho dijo uno, Si tenemos que regresar a
esos túneles abominables a, buscarlo, entonces maldito sea, digo yo.
Gandalf contestó enfadado: Lo traje, y no traigo cosas que no sean de provecho. O me ayudáis
a buscar lo, o me voy y os dejo aquí para que salgáis de este embrollo como mejor podáis. Si al
menos lo encontráramos, me lo agradeceríais antes de que haya pasado todo. ¿Por qué tuviste
que dejarlo caer, Dori?
¡Tú mismo lo hubieses dejado caer dijo Dori, si de pronto un trasgo te hubiese aferrado las
piernas por detrás en la oscuridad, te hiciese tropezar, y te patease la espalda!
En ese caso, ¿por qué no lo recogiste de nuevo?
¡Cielos! ¡Y aún me lo preguntas! ¡Los trasgos luchando y mordiendo en la oscuridad, todos
cayendo sobre otros cuerpos y golpeándose! Tú casi me tronchas la cabeza con Glamdrin, y
Thorin daba tajos a diestra y siniestra con Orcrist. De pronto echaste una de esas luces que
enceguecen y vimos que los trasgos retrocedían aullando. Gritaste: '¡Seguidme todos!' y todos
tenían que haberte seguido. Creímos que todos lo hacían. No hubo tiempo para contar, como tú
sabes muy bien, hasta que nos abrimos paso entre los centinelas, salimos por la puerta más
baja, y descendimos hasta aquí atropellándonos. Y aquí estamos, sin el saqueador, ¡que el cielo
lo confunda!
¡Y aquí está el saqueador! dijo Bilbo adelantándose y metiéndose entre ellos, y quitándose el
anillo.
¡Señor, cómo saltaron! Luego hubo gritos de sorpresa y alegría. Gandalf estaba tan atónito
como cualquiera de ellos, pero quizá más complacido que los demás. Llamó a Balín y le preguntó
qué pensaba de un centinela que permitía que la gente llegara así sin previo aviso. Por supuesto,
la reputación de Bilbo creció mucho entre los enanos a partir de ese momento. Si, a pesar de
las palabras de Gandalf, dudaban aún de que era un saqueador de primera clase, no lo dudaron
más. Balín era el más desconcertado; pero todos decían que había sido un trabajo muy bien
hecho.
Bilbo estaba en verdad tan complacido con estos elogios, que se rió entre dientes, pero nada
dijo acerca del anillo; y cuando le preguntaron cómo se las había arreglado, comentó: Oh,
simplemente me deslicé, ya sabéis... con mucho cuidado y en silencio.
Bien, ni siquiera un ratón se ha deslizado nunca con cuidado y en silencio bajo mis mismísimas
narices sin que yo lo descubriera dijo Balín, y me saco el sombrero ante ti. Cosa que hizo.
Balín a vuestro servicio dijo.
Vuestro servidor, el señor Bolsón dijo Bilbo.
Luego quisieron conocer las aventuras de Bilbo desde el momento en que lo habían perdido, y él
se sentó y les contó todo, excepto lo que se refería al hallazgo del anillo ("no por ahora"
pensó). Se interesaron en particular en la pugna de las adivinanzas y se estremecieron como
correspondía cuando les describió el aspecto de Gollum.
Y luego no se me ocurría ninguna otra pregunta con él sentado junto a mí concluyó Bilbo, de
modo que dije: '¿Qué hay en mi bolsillo?' Y no pudo adivinarlo por tres veces. De modo que
dije: '¿Qué hay de tu promesa? ¡Enséñame el camino de salida!' Pero él saltó sobre mí para
matarme, y yo corrí, caí, y me perdí en la oscuridad. Luego lo seguí, pues oí que se hablaba a sí
mismo. Pensaba que yo conocía realmente el camino de salida, y estaba yendo hacia él. Al fin se
sentó en la entrada y yo no podía pasar. De modo que salté sobre el y escapé corriendo hacia la
puerta.
¿Qué pasó con los centinelas? preguntaron los enanos. ¿No había ninguno?
¡Oh, sí! Muchísimos, pero los esquivé. Me quedé trabado en la puerta, que sólo estaba abierta
una rendija, y perdí muchos botones dijo mirándose con tristeza las ropas desgarradas. Pero
conseguí escabullirme... y aquí estoy.
Los enanos lo miraron con un respeto completamente nuevo, mientras hablaba sobre burlar
centinelas, saltar sobre Gollum y abrirse paso, como si no fuese muy difícil o muy inquietante.
¿Qué os dije? exclamó Gandalf riendo, El señor Bolsón esconde cosas que no alcanzabais a
imaginar. Le echó una mirada rara a Bilbo por debajo de las cejas pobladas mientras lo decía, y
el hobbit se preguntó si el mago no estaría pensando en el episodio que él había omitido.
Tenía sus propias preguntas que hacer ahora, pues si Gandalf ya había explicado todo a los
enanos, Bilbo no lo había oído aún. Quería saber cómo Gandalf había vuelto a aparecer, y qué
habían convenido hasta ese momento.
El mago, a decir verdad, nunca se molestaba por tener que explicar de nuevo sus habilidades,
de modo que ahora le dijo a Bilbo que tanto Elrond como él estaban bien enterados de la
presencia de trasgos malvados en esa parte de las montañas. Pero la entrada principal miraba
antes a un desfiladero distinto, más fácil de cruzar, y a menudo apresaban a gente ignorante
cerca de las puertas. Era evidente que los viajeros ya no tomaban ese camino, y los trasgos
habían abierto hacía poco una nueva entrada en lo alto de la senda que habían tomado los
enanos, pues hasta entonces había sido un paso seguro.
Tendría que salir a buscar un gigante más o menos decente para que bloquee otra vez la puerta
dijo el mago, o pronto no habrá modo de cruzar las montanas.
Tan pronto como Gandalf había oído el aullido de Bilbo, comprendió lo que había pasado. Luego
del relámpago que había fulminado a los trasgos que se le echaban encima, se había metido
corriendo en la grieta, justo cuando iba a cerrarse. Siguió detrás de los trasgos y prisioneros
hasta el borde de la gran sala, y allí se sentó, preparando la mejor magia posible entre las
sombras.
Fue un asunto muy delicado dijo Francamente difícil.
Pero Gandalf, por supuesto, había hecho un estudio especial de los encantamientos con fuego y
luces (hasta el mismo hobbit, como recordaréis, no había olvidado aquellos mágicos fuegos de
artificio en las fiestas del Viejo Tuk, las noches de San Juan). El resto ya lo sabemos, excepto
que Gandalf conocía perfectamente la puerta trasera, como los trasgos denominaban a la
entrada inferior, donde Bilbo había perdido sus botones.
En realidad, cualquiera que conociese aquella parte de las montañas conocía también la
entrada inferior, pero había que ser un mago para no perder la cabeza en los túneles y seguir
la dirección correcta.
Construyeron esa entrada hace siglos dijo, en parte como una vía de escape, si necesitaban
una, en parte como un camino de salida hacia las tierras de más allá, donde todavía
merodean en la noche y causan gran daño. La vigilan siempre, y nadie jamás ha conseguido
bloquearla. La vigilarán doblemente a partir de ahora.
Gandalf se rió.
Los demás rieron con él. AI fin y al cabo, habían perdido bastantes cosas, pero habían
matado al Gran Trasgo y a otros muchos, y habían escapado todos, y en verdad podía
decirse que hasta ahora habían llevado la mejor parte.
Pero el mago hizo que volvieran a la realidad.
Tenemos que marchar en seguida, ahora que hemos descansado un poco dijo. Saldrán a
centenares detrás de nosotros cuando caiga la noche; y ya las sombras se están alargando.
Pueden oler nuestras huellas horas después de que hayamos pasado por algún sitio.
Tenemos que estar a muchas millas de aquí antes del anochecer. Habrá algo de luna, si el
cielo se mantiene despejado. lo que es una suerte. No es que a ellos les importe demasiado
la luna, pero un poco de luz ayudará a que no nos extraviemos.
"¡Oh, sí! dijo en respuesta a más preguntas del hobbit Perdiste la noción del tiempo en los
túneles de los trasgos. Hoy es jueves, y fuimos capturados la noche del lunes o la mañana
del martes. Hemos recorrido millas y millas, bajamos atravesando el corazón mismo de las
montañas, y ahora estamos al otro lado; todo un atajo. Mas no estamos en el punto al que
nos hubiese llevado el desfiladero; estamos demasiado al norte, y tenemos por delante una
región algo desagradable. Y nos encontramos aún a bastante altura. ¡De modo que en
marcha!
Estoy tan terriblemente hambriento gimió Bilbo, quien de pronto advirtió que no había
probado bocado desde la noche anterior a la última noche. ¡Quién lo hubiera pensado de un
hobbit! Sentía el estómago flojo y vacío, y las piernas muy inseguras, ahora que la
excitación había concluido.
No puedo remediarlo dijo Gandalf, a menos que quieras volver y pedir amablemente a los
trasgos que te devuelvan el poney y los bultos.
¡No, gracias! respondió Bilbo.
Muy bien entonces, no nos queda más que apretarnos los cinturones y marchar sin
descanso... o nos convertiremos en cena, y eso sería mucho peor que no tenerla nosotros.
Mientras marchaban, Bilbo buscaba por rodos lados aleo para comer; pero las moras
estaban todavía en flor, y por supuesto no había nueces, ni tan siquiera bayas de espino,
Mordisqueó un poco de acedera, bebió de un pequeño arroyo de la montaña que cruzaba el
sendero, y comió tres fresas silvestres que encontró en la orilla, pero no le sirvió de mucho.
Caminaron y caminaron. El accidentado sendero desapareció. Los arbustos y las largas
hierbas entre los cantos rodados, las briznas de hierba recortadas por los conejos, el tomillo,
la salvia, el orégano y los heliantemos amarillos se desvanecieron por completo, y los
viajeros se encontraron en la cima de una pendiente ancha y abrupta, de piedras
desprendidas, restos de un deslizamiento de tierras. Empezaron a bajar, y cada vez que
apoyaban un pie en el suelo, escorias y pequeños guijarros rodaban cuesta abajo; pronto
trozos más grandes de roca bajaron ruidosamente y provocaron que otras piedras de más
abajo se deslizaran y rodaran también; luego se desprendieron unos peñascos que
rebotaron, reventando con fragor en pedazos envueltos en polvo. Al rato, por encima y por
debajo de ellos, la pendiente entera pareció ponerse en movimiento, y el grupo descendió
en montón, en medio de una confusión pavorosa de bloques y piedras que se deslizaban
golpeando y rompiéndose.
Fueron los árboles del fondo los que los salvaron. Se deslizaron hacia el bosque de pinos
que trepaba desde el más oscuro e impenetrable de los bosques del valle hasta la falda
misma de la montaña. Algunos se aferraron a los troncos y se balancearon en las ramas más
bajas, otros (como el pequeño hobbit) se escondieron detrás de un árbol para evitar las
embestidas furiosas de las rocas. Pronto, el peligro pasó; el deslizamiento se había detenido,
y alcanzaron a oír los últimos estruendos mientras los peñascos más voluminosos rebotaban
y daban vueltas entre los helechos y las raíces de pino allá abajo.
¡Bueno! Nos ha costado un poco dijo Gandalf, y aun a los trasgos que nos rastreen les
costará bastante descender hasta aquí en silencio.
Quizás gruñó Bombur, pero no les será difícil tirarnos piedras a la cabeza. Los enanos (y
Bilbo) estaban lejos de sentirse contentos, y se restregaban las piernas y los pies lastimados
y magullados.
¡Tonterías! Aquí dejaremos el sendero de la pendiente. ¡Tenemos que apresurarnos! ¡Mirad
la luz!
Hacía largo rato que el sol se había ocultado tras la montaría. Ya las sombras eran más
negras alrededor, aunque allá lejos, entre los árboles y sobre las copas negras de los que
crecían más abajo, podían ver todavía las luces de la tarde en las llanuras distantes. Bajaban
cojeando ahora, tan rápido como podían, por la pendiente menos abrupta de un pinar, por
un inclinado sendero que los conducía directamente hacia el sur. En ocasiones se abrían
paso entre un mar de helechos de altas frondas que se levantaban por encima de la cabeza
del hobbit; otras veces marchaban con la quietud del silencio, sobre un suelo de agujas de
pino; y durante todo ese tiempo la lobreguez se iba haciendo más pesada y la calma del
bosque más profunda. No había viento aquel atardecer que moviera al menos con un
susurro de mar las ramas de los árboles.
¿Tenemos que seguir todavía más? preguntó Bilbo cuando en la oscuridad del bosque
apenas alcanzaba a distinguir la barba de Thorin que ondeaba junto a él y la respiración de
los enanos sonaba en el silencio como un fuerte ruido. Tengo los dedos de los pies torcidos
y magullados, me duelen las piernas, y mi estómago se balancea como una bolsa vacía.
Un poco más dijo Gandalf.
Luego de lo que pareció siglos más, salieron de pronto a un espacio abierto sin árboles. La
luna estaba alta y brillaba en el claro. De algún modo todos tuvieron la impresión de que no
era precisamente un lugar agradable, aunque no se veía nada sospechoso.
De súbito oyeron un aullido, lejos, colina abajo, un aullido largo y estremecedor. Le
contestó otro, lejos, a la derecha, y muchos más, más cerca de ellos; luego otro, no muy
lejano, a la izquierda. ¡Eran lobos aullando a la luna, lobos que llamaban a la manada!
No había lobos que vivieran cerca del agujero del señor Bolsón, pero conocía el sonido. Se
lo habían descrito a menudo en cuentos y relatos. Uno de sus primos mayores (por la rama
Tuk), que había sido un gran viajero, los imitaba a menudo para aterrorizarlo. Oírlos ahora
en el bosque bajo la luna era demasiado para Bilbo. Ni siquiera los anillos mágicos son
muy útiles contra los lobos, en especial contra las manadas diabólicas que vivían a la
sombra de las montañas infestadas de trasgos, más allá de los límites de las tierras salvajes,
en las fronteras de lo desconocido. ¡Los lobos de esta clase tienen un olfato más fino que
los trasgos! ¡Y no necesitan verte para atraparte!
¡Qué haremos, qué haremos! gritó. ¡Salir de trasgos para caer en lobos! dijo, y esto llegó a
ser un proverbio, aunque ahora decimos "de la sartén al fuego" en las situaciones
incómodas de este tipo.
~¡A los árboles, rápido! gritó Gandalf; y corrieron hacia los árboles del borde del claro,
buscando aquellos de ramas bajas o bastante delgados para escapar trepando por los
troncos. Los encontraron con una rapidez insólita, como podéis imaginar; y subieron muy
alto confiando como nunca en la firmeza de las ramas. Habríais reído (desde una distancia
segura) si hubieseis visto a los enanos sentados arriba, en los árboles, las barbas colgando,
como viejos caballeros chiflados que jugaban a ser niños. Fíli y Kili habían subido a la copa
de un alerce alto que parecía un enorme árbol de Navidad. Dori, Nori, Ori, Óin y Glóin
estaban más cómodos en un pino elevado con ramas regulares que crecían a intervalos,
como los radios de una rueda. Bifur, Bofur, Bombur y Thorin estaban en otro pino
próximo. Dwalin y Balin habían trepado con rapidez a un abeto delgado, escaso de ramas, y
estaban intentando encontrar un lugar para sentarse entre el follaje de la copa. Gandalf, que
era bastante más alto que el resto, había encontrado un árbol inaccesible para los otros, un
pino grande que se levantaba en el mismísimo borde del claro. Estaba bastante oculto entre
las ramas pero, cuando asomaba la luna, se le podía ver el brillo de los ojos.
¿Y Bilbo? No pudo subir a ningún árbol, y corría de un tronco a otro, como un conejo que
no encuentra su madriguera mientras un perro lo persigue mordiéndole los talones.
¡Otra vez has dejado atrás al saqueador! dijo Nori a Dori mirando abajo.
No me puedo pasar la vida cargando saqueadores dijo Dori, ¡túneles abajo y árboles arriba!
¿Qué te crees que soy? ¿Un mozo de cuerda?
Se lo comerán si no hacemos algo dijo Thorin, pues ahora había aullidos todo alrededor,
acercándose más y más ¡Dori! llamó, pues Dori era el que estaba más abajo, en el árbol más
fácil de escalar, ¡Ve rápido, y dale una mano al señor Bolsón!
Dori era en realidad un buen muchacho a pesar de que protestara gruñendo. El pobre Bilbo
no consiguió alcanzar la mano que le tendían aunque el enano descendió a la rama más baja
y estiró el brazo todo lo que pudo. De modo que Dori bajó realmente del árbol y ayudó a
que Bilbo se le trepase a la espalda.
En ese preciso momento los lobos irrumpieron aullando en el claro. De pronto hubo cientos
de ojos observándolos desde las sombras. Pero Dori no soltó a Bilbo. Esperó a que trepara
de los hombros a las ramas, y luego saltó. ¡Justo a tiempo! Un lobo le echó una dentellada a
la capa cuando aún se columpiaba en la rama de abajo y casi lo alcanzó. Un minuto después
una manada entera gruñía alrededor del árbol y saltaba hacia el tronco, los ojos encendidos
y las lenguas fuera.
Pero ni siquiera los salvajes wargos (pues así se llamaban los lobos malvados de más allá
del Yermo) pueden trepar a los árboles. Por el momento los expedicionarios estaban a
salvo. Afortunadamente hacía calor y no había viento. Los árboles no son muy cómodos
para estar sentados en ellos un largo rato, cualquiera que sea la circunstancia, pero al frío y
al viento, con lobos que te esperan abajo y alrededor, pueden ser sitios harto desagradables.
Este claro en el anillo de árboles era evidentemente un lugar de reunión de los lobos. Más y
más continuaban llegando. Unos pocos se quedaron al pie del árbol en que estaban Dori y
Bilbo, y los otros fueron venteando alrededor hasta descubrir todos los árboles en los que
había alguien. Vigilaron estos también, mientras el resto (parecían cientos y cientos) fue a
sentarse en un gran círculo en el claro; y en el centro del círculo había un enorme lobo gris.
Les habló en la espantosa lengua de los wargos. Gandalf la entendía. Bilbo no, pero el
sonido era terrible, y parecía que sólo hablara de cosas malvadas y crueles, como así era.
De vez en cuando todos los wargos del círculo respondían en coro al jefe gris, y el
espantoso clamor sacudía al hobbit, que casi se caía del pino.
Os diré lo que Gandalf oyó, aunque Bilbo no lo comprendiese. Los wargos y los trasgos
colaboraban a menudo en acciones perversas. Por lo común, los trasgos no se alejan de las
montanas, a menos que se los persiga y estén buscando nuevos lugares, o marchen a la
guerra (y me alegra decir que esto no ha sucedido desde hace largo tiempo). Pero en
aquellos días, a veces hacían incursiones, en especial para conseguir comida o esclavos que
trabajasen para ellos. En esos casos, conseguían a menudo que los wargos los ayudasen, y
se repartían el botín. A veces cabalgaban en lobos, así como los hombres montan en
caballos. Ahora parecía que una gran incursión de trasgos había sido planeada para aquella
misma noche. Los wargos habían acudido para reunirse con los trasgos, y los trasgos
llegaban tarde. La razón, sin duda, era la muerte del Gran Trasgo y toda la agitación
causada por los enanos, Bilbo y Gandalf, a quienes quizá todavía buscaban.
A pesar de los peligros de estas tierras lejanas, unos hombres audaces habían venido allí
desde el Sur, derribando árboles, y levantando moradas entre los bosques más placenteros
de los valles y a lo largo de las riberas de los ríos. Eran muchos, y bravos y bien armados, y
ni siquiera los wargos se atrevían a atacarlos cuando los veían juntos, o a la luz del día.
Pero ahora habían planeado caer de noche con la ayuda de los trasgos sobre algunas de las
aldeas más próximas a las montanas. Si este plan se hubiese llevado a cabo, no habría
quedado nadie allí al día siguiente; todos hubiesen sido asesinados, excepto los pocos que
los trasgos preservasen de los lobos y llevasen de vuelta a las cavernas, como prisioneros.
Era espantoso escuchar esa conversación, no sólo por los bravos leñadores, las mujeres y
los niños, sino también por el peligro que ahora amenazaba a Gandalf y a sus compañeros.
Los wargos estaban furiosos y se preguntaban desconcertados qué hacía esa gente en el
mismísimo lugar de reunión. Pensaba que eran amigos de los leñadores y habían venido a
espiarlos, y advertirían a los valles, con lo cual trasgos y lobos tendrían que librar una
terrible batalla en vez dé capturar prisioneros y devorar gentes arrancadas bruscamente del
sueño. De modo que los wargos no tenían intención de alejarse y permitir que la gente de
los árboles escapase; de ninguna manera, no hasta la mañana. Y mucho antes, dijeron, los
soldados trasgos vendrán, bajando de las montañas; y los trasgos pueden trepar a los
árboles, o derribarlos.
Ahora podéis comprender por qué Gandalf, escuchando esos gruñidos y aullidos, empezó a
tener un miedo espantoso, mago como era, y a sentir que estaban en un pésimo lugar y
todavía no habían escapado del todo. Sin embargo, no les dejaría el camino libre, aunque
mucho no podía hacer aferrado a un gran árbol con lobos por doquier allá en el suelo.
Arrancó unas piñas enormes de las ramas y en seguida prendió fuego a una de ellas con una
brillante llama azul, y la arrojó zumbando hacia el círculo de lobos. Alcanzó a, uno en el
lomo, y la piel velluda empezó a arder, con lo cual la bestia saltó de un lado a otro aullando
horriblemente. Luego cayó otra piña y otra, con llamas azules, rojas o verdes. Estallaban en
el suelo, en medio del círculo, y se esparcían en chispas coloreadas y humo. una
especialmente grande golpeó el hocico del lobo jefe, que saltó diez pies en el aire, y se
lanzó dando vueltas y vueltas alrededor del círculo, con tanta cólera y tanto miedo que
mordía y lanzaba dentelladas aun a, los otros lobos.
Los enanos y Bilbo gritaron y vitorearon. Era terrible ver la rabia de los lobos, y el tumulto
que hacían llenaba toda la floresta. Los lobos tienen miedo del fuego en cualquier
circunstancia, pero éste era un fuego muy extraño y horroroso. Si una chispa les tocaba la
piel, se pegaba y les quemaba los pelos, y a menos que se revolcasen rápido, pronto estaban
envueltos en llamas. Muy pronto los lobos estaban revolcándose por todo el claro una y otra
vez para quitarse las chispas de los lomos, mientras aquellos que ya ardían, corrían aullando
y pegando fuego a los demás, hasta que eran ahuyentados por sus propios compañeros, y
huían pendiente abajo, chillando y gimoteando y buscando agua.
¿Qué es todo ese tumulto en el bosque? dijo el Señor de las Águilas. Estaba posado, negro a
la, luz de la luna, en la cima de una solitaria cumbre rocosa del borde oriental de las
montañas. ¡Oigo voces de lobos! ¿Andarán los trasgos de fechorías en los bosques?
Se elevó en el aire, e inmediatamente dos de los guardianes del Señor lo siguieron saltando
desde las rocas de los lados. Volaron en círculos arriba en el cielo, y observaron el anillo de
los wargos, un minúsculo punto muy, muy abajo. Pero las águilas tienen ojos penetrantes y
pueden ver cosas pequeñas desde una gran distancia. El Señor de las Águilas de las
Montañas Nubladas tenia ojos capaces de mirar al sol sin un parpadeo y de ver un conejo
que se movía allá abajo a una milla a la luz pálida de la luna. De modo que aunque no
alcanzaba a ver a la gente en los árboles, podía distinguir los movimientos de los lobos y
los minúsculos destellos de fuego, y oía los aullidos y gañidos que se elevaban tenues desde
allá abajo. También pudo ver el destello de la luna en las lanzas y yelmos de los trasgos,
cuando unas largas hileras de esta gente malvada se arrastraron con cautela, bajando las
laderas dé la calina desde la entrada a los túneles, y serpenteando en el bosque. Las águilas
no son aves bondadosas. Algunas son cobardes y crueles. Pero la raza ancestral de las
montañas del norte era la más grande entre todas. Altivas y fuertes, y de noble corazón, no
querían a los trasgos, ni los temían. Cuando les prestaban alguna atención (lo que era raro,
pues no se alimentaban de tales criaturas), se precipitaban sobre ellos y los obligaban a
retirarse chillando a las cuevas, y detenían cualquier maldad en que estuviesen empeñados.
Los trasgos odiaban a las águilas y les tenían miedo, pero no podían alcanzar aquellos
encumbrados sitiales, ni sacarlas de las montañas.
Esa noche el Señor de las Águilas tenía mucha curiosidad por saber qué se estaba
tramando; de modo que convocó a otras águilas, y juntas volaron desde las cimas, y
trazando círculos lentamente, siempre girando y girando, bajaron y bajaron y bajaron hacia
el anillo de los lobos y el sitio en que se reunían los trasgos.
¡Algo muy bueno, por cierto! Cosas espantosas habían estado sucediendo allí abajo. Los
lobos alcanzados por las llamas habían huido al bosque, y habían prendido fuego en varios
sitios. Era pleno verano, y en este lado oriental de las montañas había llovido poco en los
últimos tiempos. Helechos amarillentos, ramas caídas, espesas capas de agujas de pino, y
aquí y allá árboles secos, pronto empezaron a arder. Todo alrededor del claro de los wargos
el fuego se elevaba en llamaradas. Pero los lobos guardianes no abandonaban los árboles.
Enloquecidos y coléricos saltaban y aullaban al pie de los troncos, y maldecían a los enanos
en aquel horrible lenguaje, con las lenguas fuera y los ojos brillantes tan rojos y fieros
como las llamas.
Entonces, de súbito, los trasgos llegaron corriendo y aullando. Pensaban que se estaba
librando una batalla contra los hombres de los bosques, pero pronto advirtieron lo que
ocurría. Unos pocos llegaron a sentarse y rieron. Otros blandieron las lanzas y golpearon
los mangos contra los escudos. Los trasgos no temen al fuego, y pronto tuvieron un plan
que les pareció de lo mas divertido.
Algunos reunieron a todos los lobos en una manada. Otros apilaron helechos y brezos
alrededor de los troncos, y se precipitaron en torno, y pisotearon y golpearon, golpearon y
pisotearon, hasta que apagaron casi todos los fuegos, pero no los más próximos a los
árboles donde estaban los enanos. Estos fuegos los alimentaron con hojas, ramas secas y
helechos. Pronto un anillo de humo y llamas rodeó a los enanos, un anillo que no crecía
hacia fuera, pero que se iba cerrando lentamente, hasta que el fuego lamió la leña apilada
bajo los árboles. El humo llegaba a los ojos de Bilbo, podía sentir el calor de las llamas; y a
través de la humareda alcanzaba a ver a los trasgos que danzaban, girando y girando, en un
círculo, como gente que celebraba alrededor de una hoguera la llegada del verano. Fuera
del circulo de guerreros danzantes, armados con lanzas y hachas, los lobos se mantenían
apartados, observando y aguardando.
Bilbo pudo oír a los trasgos que entonaban ahora una horrible canción:
¡Quince pájaros en cinco abetos
las plumas aventadas por una brisa ardiente!
Pero, que extraños pájaros, ¡ninguno tiene alas!
¡Oh! ¿Qué haremos con estas raras gentes?
¿Asarlas vivas, o hervirlas en la olla;
o freírlas, cocerlas y comerlas calientes?
Luego se detuvieron y gritaron: ¡Volad, pajaritos! ¡Volad si podéis! ¡Bajad, pajaritos; os
asaréis en vuestros nidos! ¡Cantad, cantad, pajaritos! ¿Por qué no cantáis?
¡Alejaos, chiquillos! gritó Gandalf por respuesta, No es época de buscar nidos. Y los
chiquillos traviesos que juegan con fuego reciben lo que se merecen. Lo dijo para
enfadarlos, y para mostrarles que no tenía miedo, aunque en verdad lo tenía, mago y todo
como era. Pero los trasgos no le prestaron atención, y siguieron cantando.
¡Que ardan, que ardan, árboles y helechos?
¡Marchitos y abrasados! Que la antorcha siseante
ilumine la noche para nuestro contento.
¡Ea ya!
¡Que los cuezan, tos frían y achicharren,
hasta que ardan las barbas, y los ojos se nublen,
y hiedan los cabellos y estallen los pellejos,
se disuelvan las grasas, y los huesos renegros
descansen en cenizas bajo el cielo!
Asi los enanos morirán,
la noche iluminando para nuestro contento.
¡Ea ya!
¡Ea pronto ya!
¡Ea que va!
Y con ése ¡éa que va! las llamas llegaron bajo el árbol de Gandalf. En un momento se
extendieron a los otros. La corteza ardió, las ramas más bajas crujieron.
Entonces Gandalf trepó a la copa del árbol. El súbito resplandor estalló en su vara como un
relámpago cuando se aprestaba a saltar y a caer, justo entre las lanzas enemigas. Aquello
hubiese sido el fin de Gandalf, aunque probablemente hubiese matado a muchos, al
precipitarse entre ellos como un rayo. Pero no llegó a saltar.
En aquel preciso momento el Señor de las Águilas se abalanzó desde lo alto, abrió las
garras, se apoderó de Gandalf, y desapareció.
Hubo un clamor de cólera y sorpresa entre los trasgos. Fuerte chilló el Señor de las Águilas,
a quien Gandalf había ahora hablado. De vuelta se abalanzaron las grandes aves que
estaban con él, y descendieron como enormes sombras negras. Los lobos gimotearon
rechinando los dientes; los trasgos aullaron y patearon el suelo con rabia, y arrojaron las
pesadas lanzas al aire. Sobre ellos se lanzaron las águilas; la acometida oscura de las alas
que batían los golpeó contra el Suelo o los arrojó lejos; las garras les laceraron las caras.
Otras veces volaron a las copas de los árboles y se llevaron a los enanos, que ahora subían
trepando a unas alturas a las que nunca se habían atrevido a llegar.
¡El pobre pequeño Bilbo estuvo muy cerca de que le dejaran de nuevo atrás! Alcanzó justo
a aferrarse de las piernas de Dori cuando ya se lo llevaban, el último de todos; y arriba
fueron juntos, sobre el tumulto y el incendio, Bilbo columpiándose en el aire, sintiendo que
se le romperían los brazos en cualquier momento.
Mientras, allá abajo, los trasgos y los lobos Se habían dispersado en los bosques. Unas
cuantas águilas estaban todavía trazando círculos y cerniéndose sobre el campo de batalla.
De pronto las llamas de los árboles se alzaron por encima de las ramas más altas. Subieron
con un fuego crepitante, y hubo un estallido de chispas y humo. ¡Bilbo había escapado justo
a tiempo!
Pronto las luces del incendio fueron tenues allá abajo; un parpadeo rojo en el suelo negro; y
las águilas volaban muy alto, elevándose todo el tiempo en círculos amplios y majestuosos.
Bilbo nunca olvidó aquel vuelo, abrazado a los tobillos de Dori. Gemía: ¡Mis brazos, mis
brazos! mientras Dori plañía: ¡Mis pobres piernas, mis pobres piernas!
En el mejor de los casos las alturas le daban vértigo a Bilbo. Bastaba que mirase desde el
borde de un risco pequeño para que se sintiera mareado. Nunca le habían gustado las
escaleras, y mucho menos los árboles (antes nunca había tenido que escapar de los lobos).
De manera que podéis imaginar cómo le daba vueltas ahora la cabeza, cuando miraba hacia
abajo entre los colgantes dedos de los pies y veía las tierras oscuras que se ensanchaban
debajo, tocadas aquí y allá por la luz de la luna en la roca de una ladera o en un arroyo de
los llanos.
Los picos de las montañas se estaban acercando; puntas rocosas iluminadas por la luna
asomaban entre las sombras negras. Verano o no, el aire parecía muy frío. Cerró los ojos y
se preguntó si sería capaz de seguir sosteniéndose así mucho más. Luego imaginó qué
sucedería si no aguantaba. Se sintió enfermo.
El vuelo terminó justo a tiempo para Bilbo, justo antes de que aflojara las manos. Se soltó
de los tobillos de Dori con un grito sofocado y cayó sobre la tosca plata forma de un
aguilero. Allí quedó un rato tendido sin decir una palabra, con pensamientos que eran una
mezcla de sorpresa por haberse salvado del fuego y de miedo a caer de aquel sitio estrecho
a las espesas sombras de ambos lados. Sentía la cabeza verdaderamente muy rara en aquel
momento, después de las espantosas aventuras de los tres últimos días, casi sin nada para
comer, y de pronto se encontró diciendo en voz alta:
¡Ahora sé cómo se siente un trozo de panceta cuando la sacan de pronto de la sartén con un
tenedor y la ponen de vuelta en la alacena!
¡No, no lo sabes! oyó que Dori respondía, pues la panceta sabe que volverá, tardé o
temprano, a la sartén: y es de esperar que nosotros no. ¡Además las águilas no son
tenedores!
¡Oh no! No se parecen nada a pájaros ponedores, tenedores, quiero decir contestó Bilbo
incorporándose y observando con ansiedad al águila que estaba posada cerca. Se preguntó
qué otras tonterías habría estado diciendo, y si el águila lo consideraría ofensivo. ¡Uno no
ha de ser grosero con un águila si sólo tiene el tamaño de un hobbit y está de noche en el
aguilero!
El águila se afiló el pico en una roca y se alisó las plumas, sin prestar atención.
Pronto llegó volando otra águila. El Señor de las Águilas te ordena traer a tus prisioneros a
la Gran Repisa chilló, y se fue. La Otra tomó a Dori en sus garras y partió volando con él
hacia la noche, dejando a Bilbo completamente solo. Las pocas fuerzas que le quedaban le
alcanzaban apenas para preguntarse qué habría querido decir el águila con "prisioneros", y
ya empezaba a pensar que lo abrirían en dos como un conejo para la cena, cuando le llegó
el turno.
El águila regresó, lo agarró por el dorso de la chaqueta, y se lanzó fuera. Esta vez el vuelo
fue corto. Muy pronto Bilbo estuvo tumbado, temblando de miedo, en una amplia repisa en
la ladera de la montaña. No había manera de descender hasta allí, sino volando; y no había
sendero para bajar excepto saltando a un precipicio. Allí encontró a todos los otros,
sentados de espaldas a la pared montañosa. El Señor de las Águilas estaba también allí y
hablaba con Gandalf.
Quizá a Bilbo no se lo iban a comer, después de todo. El mago y el águila parecían
conocerse de alguna manera, y aun estar en buenas relaciones. En realidad Gandalf, que
había visitado a menudo las montañas, había ayudado una vez a las águilas y había curado
al Señor de una herida de flecha. Así que como veis, "prisioneros quería decir "prisioneros
rescatados de los trasgos" solamente, y no cautivos de las águilas. Cuando Bilbo escuchó la
conversación de Gandalf comprendió que por fin iban a escapar real y verdaderamente de
aquellas cimas espantosas. Estaba discutiendo planes con el Gran Águila para transportar
lejos a los enanos, a él y a Bilbo, y dejarlos justo en el camino que cruzaba los llanos de
abajo.
El Señor de las Águilas no los llevaría a ningún lugar próximo a las moradas de los
hombres. Nos dispararían con esos grandes arcos de tejo dijo, pensando que vamos a
robarles las ovejas. Y en otras ocasiones estarían en lo cierto. ¡No! Nos satisface burlar a
los trasgos, y pagarte así nuestra deuda de gratitud, pero no nos arriesgaremos por los
enanos en los llanos del sur.
Muy bien dijo Gandalf ¡Llevadnos a cualquier sitio y tan lejos como queráis! Ya habéis
hecho mucho por nosotros. Pero mientras tanto, estamos famélicos.
Yo casi estoy muerto de hambre dijo Bilbo con una débil vocecita que nadie oyó.
Eso tal vez pueda tener remedio dijo el Señor de las Águilas.
Más tarde podríais haber visto un brillante fuego en la repisa de piedra, y las figuras de los
enanos alrededor, cocinando y envueltos en un exquisito olor a asado. Las águilas habían
traído unos arbustos secos para el fuego, y conejos, liebres y una pequeña oveja. Los
enanos se encargaron de todos los preparativos. Bilbo se sentía demasiado débil para
ayudar, y de cualquier modo no era muy bueno desollando conejos o picando carne, pues
estaba acostumbrado a que el carnicero se la entregase lista ya para cocinar. Gandalf estaba
echado también, luego de haberse ocupado de encender el fuego, ya que Óin y Glóin habían
perdido sus yescas. (Los enanos nunca fueron aficionados a las cerillas, ni siquiera
entonces.)
Así concluyeron las aventuras de las Montañas Nubladas. Pronto el estómago de Bilbo
estuvo lleno y confortado de nuevo, y sintió que podía dormir sin preocupaciones, aunque
en realidad le habría gustado más una hogaza con mantequilla que aquellos trozos de carne
costada en varas. Durmió hecho un ovillo en la piedra dura, más profundamente de lo que
había dormido nunca en el lecho de plumas de su propio pequeño agujero. Pero soñó toda
la noche con su casa, y recorrió en sueños todas las habitaciones buscando algo que no
podía encontrar, y que no sabía qué era.
7. Extraños aposentos
A la mañana siguiente Bilbo despertó con el sol temprano en los ojos. Se levantó de un salto
para mirar la hora y poner la marmita al fuego... y descubrió que no estaba en casa, de ningún
modo. Así que se sentó, deseando en vano un baño y un cepillo. No los consiguió, ni té, ni
tostadas, ni panceta para el desayuno, sólo cordero frío y conejo. Y en seguida tuvo que
prepararse para la inminente partida.
Esta vez se le permitió montar en el lomo de un águila y sostenerse entre las alas. El aire
golpeaba y Bilbo cerraba los ojos. Los enanos gritaban despidiéndose y prometiendo devolver el
favor al Señor de las Águilas si alguna vez era posible, mientras quince grandes aves partían de
la ladera de la montaña. El sol estaba todavía cerca de los lindes orientales. La mañana era fría,
y había nieblas en los valles y hondonadas, y sobre los picos y crestas de las colinas. Bilbo abrió
un ojo y vio que las aves estaban ya muy arriba y el mundo muy lejos, y que las montañas se
empequeñecían atrás. Cerró otra vez los ojos y se aferró con más fuerza.
¡No pellizques! dijo el águila. No tienes por qué asustarte como un conejo, aunque te parezcas
bastante a uno. Hace una bonita mañana y el viento sopla apenas. ¿Hay algo más agradable que
volar?
A Bilbo le hubiese gustado decir: "Un baño caliente y después, más tarde, un desayuno sobre la
hierba"; pero le pareció mejor no decir nada y aflojó un poquito las manos.
Al cabo de un buen rato, las águilas divisaron sin duda el punto al que se dirigían, aun desde
aquellas alturas, pues empezaron a volar en círculos, descendiendo en amplias espirales.
Bajaron así un tiempo, y al final él hobbit abrió de nuevo los ojos. La tierra estaba mucho más
cerca, y debajo había árboles que parecían olmos y robles, y amplias praderas, y un río que lo
atravesaba todo. Pero sobresaliendo del terreno, justo en el curso del río que allí serpenteaba,
había una gran roca, casi una colina de piedra, como una última avanzada de las montañas
distantes, o un enorme peñasco arrojado millas adentro en la llanura por algún gigante entre
gigantes.
Las águilas descendían ahora con rapidez una a una sobre la cima de la roca, y dejaban allí a los
pasajeros.
¡Buen viaje! gritaron. ¡Donde quiera que vayáis, hasta que los nidos os reciban al final de la
jornada! una fórmula de cortesía común entre estas aves.
Que el viento bajo las alas os sostenga allá donde el sol navega y la luna camina respondió
Gandalf, que conocía la respuesta correcta.
Y de este modo partieron. Y aunque el Señor de las Águilas llegó a ser Rey de Todos los
Pájaros, y tuvo una corona de oro, y los quince lugartenientes llevaron collares de oro
(fabricados con el oro de los enanos), Bilbo nunca volvió a verlos, excepto en la batalla de los
Cinco Ejércitos, lejos y arriba. Pero como esto ocurre al final de la historia, por ahora no
diremos más.
Había un espacio liso en la cima de la colina de piedra y un sendero de gastados escalones que
descendían hasta el río; y un vado de piedras grandes y chatas llevaba a la pradera del otro
lado. Allí había una cueva pequeña (acogedora y con suelo de guijarros), al pie de los escalones,
casi al final del vado pedregoso. El grupo se reunió en la cueva y discutió lo que se iba a hacer.
Siempre quise veros a todos a salvo (si era posible) del otro lado de las montañas dijo el mago,
y ahora, gracias al buen gobierno y a la buena suerte, lo he conseguido. En realidad hemos
avanzado hacia el este más de lo que yo deseaba, pues al fin y al cabo ésta no es mi aventura.
Puedo venir a veros antes que todo concluya, pero mientras tanto he de atender otro asunto
urgente.
Los enanos gemían y parecían desolados, y Bilbo lloraba. Habían empezado a Creer que Gandalf
los acompañaría durante todo el trayecto y estaría siempre allí para sacarlos de cualquier
dificultad. No desapareceré en este mismo instante dijo el mago Puedo daros un día o dos más.
Quizá llegue a echaros una mano en este apuro, y yo también necesito una pequeña ayuda. No
tenemos comida, ni equipaje, ni poneys que montar; y no sabéis dónde estáis ahora. Yo puedo
decíroslo. Estáis todavía algunas millas al norte del sendero que tendríamos que haber tomado,
si no hubiésemos cruzado la montaña con tanta prisa. Muy poca gente vive en estos parajes, a
menos que hayan venido desde la última vez que estuve aquí abajo, años atrás. Pero conozco a
alguien que vive no muy lejos. Ese Alguien talló los escalones en la gran roca, la Carroca creo
que la llama. No viene a menudo por aquí, desde luego no durante el día, y no vale la pena
esperarlo. A decir verdad, sería muy peligroso. Tenemos que salir y encontrarlo; y si todo va
bien en dicho encuentro, creo que partiré y os desearé como las águilas "buen viaje a donde
quiera que vayáis".
Le pidieron que no los dejase. Le ofrecieron oro del dragón y plata y joyas, pero el mago no se
inmutó. ¡Nos veremos, nos veremos! dijo, y creo que ya me he ganado algo de ese oro del
dragón, cuando le echéis mano.
Los enanos dejaron entonces de suplicar. Se sacaron la ropa y se bañaron en el río, que en el
vado era poco profundo, claro y pedregoso. Luego de secarse al sol, que ahora caía con fuerza,
se sintieron refrescados, aunque todavía doloridos y un poco hambrientos. Pronto cruzaron el
vado (cargando con el hobbit), y luego marcharon entre la abundante hierba verde y bajo la
hilera, de robles anchos de brazos y los olmos altos.
¿Y por qué se le llama la Carroca? preguntó Bilbo cuando caminaba junto al mago.
La llamó la Carroca, porque carroca es la palabra para ella. Llama carrocas a cosas así, y ésta es
la Carroca, pues es la única cerca de su casa y la conoce bien.
¿Quién la llama? ¿Quién la conoce?
Ese Alguien de quien hablé... una gran persona. Tenéis que ser todos muy corteses cuando os
presente. Os presentaré muy poco a poco, de dos en dos, creo; y cuidaréis de no molestarlo, o
sólo los cielos saben lo que ocurriría. Cuando se enfada puede resultar desagradable, aunque es
muy amable si está de buen humor. Sin embargo, os advierto que se enfada con bastante
facilidad.
Todos los enanos se juntaron alrededor cuando oyeron que el mago hablaba así con Bilbo. ¿Es a
él a quien nos llevas ahora? inquirieron ¿No podrías encontrar a alguien de mejor carácter?
¿No sería mejor que lo explicases un poco más? y así una pregunta tras otra.
¡Sí, sí, por supuesto! ¡No, no podría! Y lo he explicado muy bien respondió el mago, enojado Si
necesitáis saber algo más, se llama Beorn.. Es muy fuerte, y un cambia pieles además.
¡Qué! ¿Un peletero? ¿Un hombre que llama a los conejos roedores, cuando no puede hacer
pasar las pieles de conejo por pieles de ardilla? preguntó Bilbo.
¡Cielos, no, no, no, no! dijo Gandalf. No seas estúpido, señor Bolsón, si puedes evitarlo, y en
nombre de toda maravilla haz el favor de no mencionar la palabra peletero mientras te
encuentras en un área de cien millas a la redonda de su casa, ¡ni alfombra, ni capa, ni estola, ni
manguito, ni cualquier otra palabra tan funesta! El es un cambia pieles, cambia de piel: unas
veces es un enorme oso negro, otras un hombre vigoroso y corpulento de pelo oscuro, con
grandes brazos y luenga barba. No puedo deciros mucho más, aunque eso tendría que bastaros.
Algunos dicen que es un oso descendiente de los grandes y antiguos osos de las montanas, que
vivían allí antes que llegasen los gigantes. Otros dicen que desciende de los primeros hombres
que vivieron antes que Smaug o los otros dragones dominasen esta parte del mundo, y antes
que los trasgos del Norte viniesen a las colinas. No puedo asegurarlo, pero creo que la última
versión es la verdadera. A él no le gustan los interrogatorios.
"De todos modos no está bajo ningún encantamiento que no sea el propio. Vive en un robledal y
tiene una gran casa de madera, y como hombre cría ganado y caballos casi tan maravillosos
como él mismo. Trabajan para él y le hablan. No se los come; no caza ni come animales salvajes.
Cría también colmenas, colmenas de abejas enormes y fieras, y se alimenta principalmente de
crema y miel. Como oso viaja a todo lo largo y ancho. Una vez, de noche, lo vi sentado solo sobre
la Carroca mirando cómo la luna se hundía detrás de las Montañas Nubladas, y lo oí gruñir en la
lengua de los osos: '¡Llegará el día en que perecerán, y entonces volveré!'. Por eso se me ocurre
que vino de las montañas.
Bilbo y los enanos tenían ahora bastante en qué pensar y no hicieron más preguntas. Todavía les
quedaba mucho camino por delante. Ladera arriba, valle abajo, avanzaban afanosamente. Hacía
cada vez más calor. Algunas veces descansaban bajo los árboles, y entonces Bilbo se sentía tan
hambriento que no hubiera desdeñado las bellotas, si estuviesen bastante maduras como para
haber caído al suelo.
Ya mediaba la tarde cuando entraron en unas extensas zonas de flores, todas de la misma
especie, y que crecían juntas, como plantadas. Abundaba el trébol, unas ondulantes parcelas de
tréboles rosados y purpúreos, y amplias extensiones de trébol dulce, blanco y pequeño, con olor
a miel. Había un zumbido, y un murmullo y un runrún en el aire. Las abejas andaban atareadas
de un lado para otro. ¡Y vaya abejas! Bilbo nunca había visto nada parecido.
Si una llegase a picarme se dijo me hincharía hasta el doble de mi tamaño.
Eran más corpulentas que avispones Los zánganos, bastante más grandes que vuestros pulgares,
llevaban bandas amarillas que brillaban como oro ardiente en el negro intenso de los cuerpos.
Nos acercamos dijo Gandalf Estamos en los lindes de los campos de abejas.
Al cabo de un rato llegaron a un terreno de robles altos y muy viejos, y luego a un crecido seto
de espinos, que no dejaba ver nada, ni era posible atravesar.
Es mejor que esperéis aquí dijo el mago a los enanos, y cuando grite o silbe, seguidme, pues ya
veréis el camino que tomo, pero venid sólo en parejas, tenedlo en cuenta, unos cinco minutos
entre cada pareja. Bombur es mas grueso y valdrá por dos mejor que venga solo y último.
¡Vamos, señor Bolsón! Hay una cancela por aquí cerca en alguna parte. Y con eso se fue
caminando a lo largo del seto, llevando consigo al hobbit aterrorizado.
Pronto llegaron a una cancela de madera, alta y ancha, y desde allí, a lo lejos, podían ver
jardines y un grupo de edificios de madera, algunos con techo de paja y paredes de leños
informes: graneros, establos y una casa grande y de techo bajo, todo de madera. Dentro, al
fondo del gran seto, había hileras e hileras de colmenas con cubiertas acampanadas de paja. El
ruido de las abejas gigantes que volaban de un lado a otro y pululaban dentro y fuera, colmaba
el aire.
El mago y el hobbit empujaron la cancela pesada y crujiente, y descendieron por un sendero
ancho hacia la casa. Algunos caballos muy lustrosos y bien almohazados trotaban pradera
arriba y los observaban con expresión inteligente; después fueron al galope hacia los edificios.
Han ido a comunicarle la llegada de forasteros dijo Gandalf.
Pronto entraron en un patio, tres de cuyas paredes estaban formadas por la casa de madera y
las dos largas alas. En medio había un grueso tronco de roble, con muchas ramas desmochadas
al lado. Cerca, de pie, los esperaba un hombre enorme de barba espesa y pelinegro, con brazos
y piernas desnudos, de músculos abultados. Vestía una túnica de lana que le caía hasta las
rodillas, y se apoyaba en una gran hacha. Los caballos pegaban los morros al hombro del
gigante.
¡Uf! ¡Aquí están! dijo a los caballos. No parecen peligrosos. ¡Podéis iros! Rió con una risa
atronadora, bajó el hacha, y se adelantó. ¿Quiénes sois y qué queréis? preguntó malhumorado,
de pie delante de ellos y encumbrándose por encima de Gandalf. En cuanto a Bilbo, bien podía
haber trotado por entre las piernas del hombre sin necesitar agachar la cabeza para no rozar
el borde de la túnica marrón.
Soy Gandalf dijo el mago.
Nunca he oído hablar de él gruñó el hombre, Y ¿qué es este pequeñajo? dijo, y se inclinó y miró
al hobbit frunciendo las cejas negras y espesas.
Este es el señor Bolsón, un hobbit de buena familia y reputación impecable dijo Gandalf. Bilbo
hizo una reverencia. No tenía sombrero que quitarse y se sentía molesto pensando que le
faltaban algunos botones Yo soy un mago continuó Gandalf He oído hablar de ti, aunque tú no
de mí; pero quizá algo sepas de mi buen primo Radagast que vive cerca de la frontera
meridional del Bosque Negro.
Sí; no es un mal hombre, tal como andan hoy los magos, creo. Solía verlo con bastante
frecuencia dijo Beorn Bien, ahora sé quién eres, o quién dices que eres. ¿Qué deseas?
Para serte sincero, hemos perdido el equipaje y casi el camino, y necesitamos ayuda, o al menos
consejo. Diría que hemos pasado un rato bastante malo con los trasgos, allá en las montañas.
¿Trasgos? dijo el hombrón menos malhumorado Ajá, ¿así que habéis tenido problemas con
ellos? ¿Para qué os acercasteis a esos trasgos?
No pretendíamos hacerlo. Nos sorprendieron de noche en un paso por el que teníamos que
cruzar. Estábamos saliendo de los territorios del Oeste, y llegando aquí.., es una larga historia.
Entonces será mejor que entréis y me contéis algo de eso, si no os lleva todo el día dijo el
hombre, volviéndose hacia una puerta oscura que daba al patio y al interior de la casa.
Siguiéndolo, se encontraron en una sala espaciosa con una chimenea en el medio. Aunque era
verano había troncos quemándose, y el humo se elevaba hasta las vigas ennegrecidas y salía a
través de una abertura en el techo. Cruzaron esta sala mortecina, sólo iluminada por el fuego y
el orificio de arriba, y entraron por Otra puerta más pequeña en una especie de veranda
sostenida por unos postes de madera que eran simples troncos de árbol. Estaba orientada al
sur, y todavía se sentía el calor y la luz del sol poniente que se deslizaba dentro y caía en
destellos dorados sobre el jardín florecido, que llegaba al pie de los escalones.
Allí se sentaron en bancos de madera mientras Gandalf comenzaba la historia. Bilbo balanceaba
las piernas colgantes y contemplaba las flores del jardín, preguntándose qué nombres tendrían;
nunca había visto antes ni la mitad de ellas.
Venía yo por las montañas con un amigo o dos... dijo el mago.
¿O dos? Sólo puedo ver uno, y en verdad bastante pequeño dijo Beorn.
Bien, para serte sincero, no quería molestarte con todos nosotros hasta averiguar si estabas
ocupado. Haré una llamada, si me permites.
¡Vamos, llama!
De modo que Gandalf dio un largo y penetrante silbido, y al momento aparecieron Thorin y Dori
rodeando la casa por el sendero del jardín. Al llegar saludaron con una reverencia.
¡uno o tres querías decir, ya veo! dijo Beorn, pero estos no son hobbits, ¡son enanos!
¡Thorin Escudo de Roble a vuestro servicio! ¡Dori a vuestro servicio! dijeron los dos enanos
volviendo a hacer grandes reverencias.
No necesito vuestro servicio, gracias dijo Beorn, pero espero que vosotros necesitéis el mío.
No soy muy aficionado a los enanos; pero si en verdad eres Thorin (hijo de Thrain, hijo de
Thror, creo), y que tu compañero es respetable, y que sois enemigos de los trasgos y que no
habéis venido a mis tierras con fines malvados... por cierto, ¿a qué habéis venido?
Están en camino para visitar la tierra de sus padres, allá al Este, cruzando el Bosque Negro
explico Gandalf, y sólo por mero accidente nos encontramos aquí, en tus tierras.
Atravesábamos el Desfiladero Alto que podría habernos llevado al camino del sur, cuando
fuimos atacados por unos trasgos malvados... como estaba a punto de decirte.
¡Sigue contando entonces! dijo Beorn, que nunca era muy cortés.
Hubo una terrible tormenta; los gigantes de piedra estaban fuera lanzando rocas, y al final del
desfiladero nos refugiamos en una cueva, el hobbit, yo y varios de nuestros compañeros...
¿Llamas varios a dos?
Bien, no. En realidad había más de dos,
¿Dónde están? ¿Muertos, devorados, de vuelta en casa?
Bien, no. Parece que no vinieron todos cuando silbé. Tímidos, supongo. Ves, me temo que seamos
demasiados para hacerte perder el tiempo.
Vamos, ¡silba otra vez! Parece que reuniré aquí todo un grupo, y uno o dos no hacen mucha
diferencia refunfuñó Beorn.
Gandalf silbó de nuevo; pero Nori y Ori estaban allí antes de que hubiese dejado de llamar,
porque, si lo recordáis, Gandalf les había dicho que viniesen por parejas de cinco en cinco
minutos.
Hola dijo Beorn. Vinisteis muy rápidos. ¿Dónde estabais escondidos? Acercaos, muñecos de
resorte.
Nori a vuestro servicio, Ori a... empezaron a decir los enanos, pero Beorn los interrumpió.
¡Gracias! Cuando necesite vuestra ayuda, os la pediré. Sentaos, y sigamos con la historia o será
hora de cenar antes que acabe.
Tan pronto como estuvimos dormidos continuó Gandalf, una grieta se abrió en el fondo de la
caverna; unos trasgos saltaron y capturaron al hobbit, a los enanos y nuestra recua de poneys...
¿Recua de poneys? ¿Qué erais... un circo ambulante? ¿O transportabais montones de
mercancías? ¿O siempre llamáis recua a seis?
¡Oh, no! En realidad había más de seis poneys, pues éramos más de seis... y bien ¡aquí hay dos
más!
Justo en ese momento aparecieron Balin y Dwalin, y se inclinaron tanto que barrieron con las
barbas el piso de piedra. El hombrón frunció el ceño al principio, pero los enanos se esforzaron
en parecer terriblemente corteses, y siguieron moviendo la cabeza, inclinándose, haciendo
reverencias y agitando los capuchones delante de las rodillas (al auténtico estilo enano) hasta
que Beorn no pudo más y estalló en una risa sofocada: ¡parecían tan cómicos!
Recua, era lo correcto dijo Una fabulosa recua de cómicos. Entrad mis alegres hombrecitos, ¿y
cuáles son vuestros nombres? No necesito que me sirváis ahora mismo, sólo vuestros nombres.
¡Sentaos de una vez y dejad de menearos!
Balin y Dwalin dijeron, no atreviéndose a mostrarse ofendidos, y se sentaron dejándose caer
pesadamente al suelo, un tanto estupefactos.
¡Ahora continuemos! dijo Beorn a Gandalf.
¿Dónde estaba? Ah sí... A mí no me atraparon, Maté un trasgo o dos con un relámpago...
¡Bien! gruñó Beorn De algo vale ser mago entonces.
..y me deslicé por la grieta antes que se cerrase. Seguí bajando hasta la sala principal, que
estaba atestada de trasgos. El Gran Trasgo se encontraba allí con treinta o cuarenta guardias.
Pensé para mí que aunque no estuviesen encadenados todos juntos, ¿qué podía hacer una
docena contra toda una multitud?
¡Una docena! Nunca había oído que ocho es una docena. ¿O es que todavía tienes más muñecos
de resorte que no han salido de sus cajas?
Bien, sí, me parece que hay una pareja más por aquí cerca... Fíli y Kili, creo dijo Gandalf cuando
estos aparecieron sonriendo y haciendo reverencias.
¡Es suficiente! dijo Beorn ¡Sentaos y estaos quietos! ¡Prosigue, Gandalf!
Gandalf siguió con su historia, hasta que llegó a la pelea en la oscuridad, el descubrimiento de
la puerta más baja y el pánico que sintieron todos al advertir que el señor Bilbo Bolsón no
estaba con ellos. Nos contamos y vimos que no había allí ningún hobbit. ¡Sólo quedábamos
catorce!
¡Catorce! Esta es la primera vez que si a diez le quitas uno quedan catorce. Quieres decir
nueve, o aún no me has dicho todos los nombres de tu grupo.
Bien, desde luego todavía no has visto a Óin y a
Glóin. ¡Y mira! Aquí están. Espero que los perdonarás por molestarte.
¡Oh, deja que vengan todos! ¡Daos prisa! Acercaos vosotros dos y sentaos. Pero mira, Gandalf,
aun ahora estáis sólo tú y los enanos y el hobbit que se había perdido. Eso suma sólo once (más
uno perdido), no catorce, a menos que los magos no cuenten como los demás. Pero ahora, por
favor, sigue con la historia. Beorn trató de disimularlo, pero en verdad la historia había
empezado a interesarle, pues en otros tiempos había conocido esa parte de las montañas que
Gandalf describía ahora. Movió la cabeza y gruñó cuando oyó hablar de la reaparición del
hobbit, de cómo tuvieron que gatear por el sendero de piedra y del círculo de lobos entre los
árboles.
Cuando Gandalf contó cómo treparon a los árboles con todos los lobos debajo, Beorn se
levantó, dio unas zancadas y murmuró: ¡Ojalá hubiese estado allí! ¡Les hubiese dado algo más
que fuegos artificiales!
Bien dijo Gandalf, muy contento al ver que su historia estaba causando buena impresión, hice
todo lo que pude. Allí estábamos, con los lobos volviéndose locos debajo de nosotros, y el
bosque empezando a arder por todas partes, cuando bajaron los trasgos de las colinas y nos
descubrieron. Daban alaridos de placer y cantaban canciones burlándose de nosotros. Quince
pájaros en cinco abetos...
¡Cielos! gruñó Beorn No me vengáis ahora con que los trasgos no pueden contar. Pueden. Doce
no son quince, y ellos lo saben.
Y yo también. Estaban además Bifur y Bofur. No me he aventurado a presentarlos antes, pero
aquí los tienes.
Adentro pasaron Bifur y Bofur. ¡Y yo! gritó el gordo Bombur jadeando detrás, enfadado por
haber quedado último. Se negó a esperar cinco minutos, y había venido detrás de los otros dos.
Bien, ahora aquí están, los quince; y ya que los trasgos saben contar, imagino que eso es todo lo
que había allí arriba en los árboles. Ahora quizá podamos acabar la historia sin más
interrupciones. El señor Bolsón comprendió entonces qué astuto había sido Gandalf. Las
interrupciones habían conseguido que Beorn se interesase más en la historia, y esto había
impedido que expulsase en seguida a los enanos como mendigos sospechosos. Nunca invitaba
gente a su casa, si podía evitarlo. Tenía muy pocos amigos y vivían bastante lejos; y nunca
invitaba a más de dos a la vez. ¡Y ahora tenía quince extraños sentados en el porche!
Cuando el mago concluía su relato, y mientras contaba el rescate de las águilas y de cómo los
habían llevado a la Carroca, el sol ya se ocultaba detrás de las Montañas Nubladas y las
sombras se alargaban en el jardín de Beorn.
Un relato muy bueno dijo El mejor que he oído desde hace mucho tiempo. Si todos los
pordioseros pudiesen contar uno tan bueno, llegaría a parecerles más amable. Es posible, claro,
que lo hayáis inventado todo, pero aun así merecéis una cena por la historia. ¡Vamos a comer
algo!
¡Sí, por favor! exclamaron todos juntos ¡Muchas gracias!
La sala era (ahora) bastante oscura. Beorn batió las manos, y entraron trotando cuatro
hermosos poneys blancos y varios perros grandes de cuerpo largo y pelambre gris. Beorn les
dijo algo en una lengua extraña, que parecía sonidos de animales transformados en
conversación. Volvieron a salir y pronto regresaron con antorchas en la boca, y en seguida las
encendieron en el fuego y las colgaron en los soportes de los pilares, cerca de la chimenea
central. Los perros podían sostenerse a voluntad sobre los cuartos traseros, y transportaban
cosas con las patas delanteras. Con gran diligencia sacaban tablas y caballetes de las paredes
laterales y las amontonaban cerca del fuego.
Luego se oyó un ¡beee!, y entraron unas ovejas blancas como la nieve precedidas por un carnero
negro corno el carbón. Una llevaba un paño bordado en los bordes con figuras de animales;
otras sostenían sobre los lomos bandejas con cuencos, fuentes, cuchillos y cucharas de madera,
que los perros cogían y dejaban rápidamente sobre las mesas de caballete. Estas eran muy
bajas, tanto que Bilbo podía sentarse con comodidad. Junto a él, un poney empujaba dos bancos
dé asientos bajos y corredizos, con patas pequeñas, gruesas y cortas, para Gandalf y Thorin,
mientras que al otro extremo ponían la gran silla negra de Beorn, del mismo estilo (en la que se
sentaba con las enormes piernas estiradas bajo la mesa). Estas eran todas las sillas que tenía
en la sala, y quizá tan bajas como las mesas para conveniencia de los maravillosos animales que
le servían. ¿En dónde se sentaban los demás? No los había olvidado. Los otros poneys entraron
haciendo rodar unas secciones cónicas de troncos alisadas y pulidas, y bajas aun para Bilbo; y
muy pronto todos estuvieron sentados a la mesa de Beorn. La sala no había visto una reunión
semejante desde hacía muchos años.
Allí merendaron, o cenaron, como no lo habían hecho desde que dejaron la Ultima Morada en el
Oeste y dijeron adiós a Elrond. La luz de las antorchas y el fuego titilaban alrededor, y sobre
la mesa había dos velas altas de cera roja de abeja. Todo el tiempo mientras comían, Beorn,
con una voz profunda y atronadora, contaba historias de las tierras salvajes de aquel lado de la
montaña, y especialmente del oscuro y peligroso
bosque que se extendía ante ellos de norte a sur, a un día de cabalgata. Por no hablar del Este,
el terrible bosque denominado el Bosque Negro.
Los enanos escuchaban y se mesaban las barbas, pues pronto tendrían que aventurarse en ese
bosque, y después de las montanas el bosque era el peor de los peligros, antes de llegar a la
fortaleza del dragón. Cuando la cena terminó, se pusieron a contar historias de su propia
cosecha, pero Beorn parecía bastante amodorra do y no ponía mucha atención. Hablaban sobre
todo de oro, plata y joyas, y de trabajos de orfebrería, y a Beorn no le interesaban esas cosas:
no había nada ni de oro ni de plata en la sala, y pocos objetos, excepto los cuchillos, eran de
metal.
Estuvieron largo rato de sobremesa bebiendo hidromiel en cuencos de madera. Fuera se
extendía la noche oscura. Los fuegos en medio de la sala eran alimentados con nuevos leños; las
antorchas se apagaron, y se sentaron tranquilos a la luz de las llamas danzantes, con los pilares
de la casa altos a sus espaldas, y oscuros, como copas de árboles, en la parte superior. Fuese
magia o no, a Bilbo le pareció oír un sonido como de viento sobre las ramas, que golpeaban el
techo, y el ulular de unos búhos. Al poco rato empezó a cabecear, y las voces parecían venir de
muy lejos, hasta que despertó con un sobresalto.
La gran puerta había rechinado y en seguida se cerró de golpe. Beorn había salido. Los enanos
estaban aún sentados en el suelo, alrededor del fuego, con las piernas cruzadas. De pronto se
pusieron a cantar. Algunos de los versos eran como estos, aunque hubo muchos y el canto siguió
durante largo rato.
El viento soplaba en el brezal agostado,
pero no se movía una hoja en el bosque;
criaturas oscuras reptaban en silencio,
y allí estaban las sombras día y noche.
El viento bajaba, de las montañas frías,
y como una marea rugía y rodaba,
la rama crujía, el bosque gemía
y allí se amontonaba la hojarasca..
El viento resoplaba viniendo del oeste,
y todo movimiento termino en la floresta,
pero ásperas y roncas cruzando los pantanos,
las voces sibilantes al fin se liberaron.
Las hierbas sisearon con las flores dobladas;
los juncos golpetearon. Los vientos avanzaban
sobre un estanque trémulo bajo cielos helados,
rasgando y dispersando las nubes rápidas.
Pasando por encima del cubil del Dragón,
dejó atrás la Montaña solitaria y desnuda;
había allí unas piedras oscuras y compactas,
y en el aire flotaba una bruma.
El mundo abandonó y se elevo volando
sobre una noche amplia de mareas.
La luna navego sobre los vientos
y avivó el resplandor de las estrellas.
Bilbo cabeceó de nuevo. De pronto, Gandalf se puso de pie.
Es hora de dormir dijo, para nosotros, aunque no creo que para Beorn. En esta sala podemos
descansar seguros, pero os aconsejo que no olvidéis lo que Beorn dijo antes de irse: no os
paseéis por afuera hasta que el sol esté alto, pues sería peligroso.
Bilbo descubrió que habían puesto unas camas a un lado de la sala, sobre una especie de
plataforma entre los pilares y la pared exterior. Para él había un pequeño edredón de paja y
unas mantas de lana. Se metió entre las mantas muy complacido, como si se tratara de un día
de verano. El fuego ardía bajo cuando al fin se durmió. Sin embargo, despertó por la noche: el
fuego era ahora sólo unas pocas ascuas; los enanos y Gandalf respiraban tranquilos, y parecía
que dormían; la luna alta proyectaba en el suelo una luz blanquecina. que entraba por el agujero
del tejado. Se oyó un gruñido fuera, y el ruido de un animal que se restregaba contra la puerta.
Bilbo se preguntaba qué sería, y si podría ser Beorn en forma encantada, y si entraría como un
oso para matarlos. Se hundió bajo las mantas y escondió la cabeza, y de nuevo se quedó
dormido, aun a pesar de todos sus miedos.
Era ya avanzada la mañana cuando despertó. Uno de los enanos se había caído encima de él en
las sombras, y había rodado desde la plataforma al suelo con un fuerte topetazo. Era Bofur,
quien se quejaba cuando Bilbo abrió los ojos.
Levántate, gandul le dijo Bofur, o no habrá ningún desayuno para ti. Bilbo se puso en pie de un
salto.
¡Desayuno! gritó ¿Dónde está el desayuno?
La mayor parte dentro de nosotros respondieron los otros enanos que se paseaban por la sala,
y el resto en la veranda. Hemos estado buscando a Beorn desde que amaneció, pero no hay
señales de él por ninguna parte, aunque encontramos el desayuno servido tan pronto como
salimos.
¿Dónde está Gandalf? preguntó Bilbo partiendo a toda prisa en busca de algo que comer.
Bien le dijeron, fuera quizá, por algún lado.
Pero Bilbo no vio rastro del mago en todo el día hasta entrada la tarde. Poco antes de la puesta
del sol, Gandalf entró en la sala, donde el hobbit y los enanos, atendidos por los magníficos
animales de Beorn, se encontraban cenando, como habían estado haciendo a lo largo del día. De
Beorn no habían visto ni sabido nada desde la noche anterior, y empezaban a inquietarse.
¿Dónde esta nuestro anfitrión, y dónde has pasado el día? gritaron todos.
¡Una pregunta por vez, y no hasta después de haber comido! No he probado bocado desde el
desayuno.
Al fin Gandalf apartó el plato y la jarra (se había comido dos hogazas de pan enteras, con
abundancia de mantequilla, miel y crema cuajada, y había bebido por lo menos un cuarto de
galón de hidromiel) y sacó la pipa. Primero responderé a la segunda pregunta dijo: pero
¡caramba! ¡Este es un sitio estupendo para echar anillos de humo! Y durante un buen rato no
pudieron sacarle nada más, ocupado como estaba en lanzar anillos de humo, que desaparecían
entre los pilares de la sala, cambiando las formas y los colores, y haciéndolos salir por el
agujero del tejado. Desde fuera estos anillos tenían que parecer muy extraños, deslizándose
en el aire uno tras otro, verdes, azules, rojos, plateados, amarillos, blancos, grandes, pequeños,
los pequeños metiéndose entre los grandes y formando así figuras en forma de ocho, y
perdiéndose en la distancia como bandadas de pájaros.
Estuve siguiendo huellas de oso dijo por fin Una reunión regular de osos tiene que haberse
celebrado ahí fuera durante la noche. Pronto me di cuenta de que las huellas no podía ser todas
de Beorn; había demasiadas, y de diferentes tamaños. Me atrevería a decir que eran osos
pequeños, osos grandes, osos normales y enormes osos gigantes, todos danzando fuera, desde
el anochecer hasta casi el amanecer. Vinieron de todas direcciones, excepto del lado oeste,
más allá del río, de las Montañas. Hacia allí sólo iba un rastro de pisadas... ninguna venia, todas
se alejaban desde aquí. Las seguí hasta la Carroca. Luego desaparecieron en el río, que era
demasiado profundo y caudaloso para intentar cruzarlo. Es bastante fácil, como recordaréis, ir
desde esta orilla hasta la Carroca por el vado, pero al otro lado hay un precipicio donde el agua
desciende en remolinos. Tuve que andar millas antes de encontrar un lugar donde el río fuese
bastante ancho y poco profundo como para poder vadearlo y nadar, y después millas atrás, otra
vez buscando las huellas. Para cuando llegué, era ya demasiado tarde para seguirlas. Iban
directa mente hacia los pinares al este de las Montañas Nubladas, donde anteanoche tuvimos
un grato encuentro con los wargos. Y ahora creo que he respondido además a vuestra primera
pregunta concluyó Gandalf, y se sentó largo rato en silencio.
Bilbo pensó que sabía lo que el mago quería decir.
¿Qué haremos gritó si atrae hasta aquí a todos los wargos y trasgos? ¡Nos atraparán a todos y
nos matarán! Creí que habías dicho que no era amigo de ellos.
Sí, lo dije, ¡Y no seas estúpido! Sería mejor que te fueses a la cama. Se te ha embotado el
juicio.
El hobbit se quedó bastante aplastado, y como no parecía haber otra cosa que hacer, se fue
realmente a la cama; mientras los enanos seguían cantando se durmió otra vez, devanándose
todavía la cabecita a propósito de Beorn, hasta que soñó con cientos de osos negros que
danzaban en círculos lentos y graves, fuera en el patio a la luz de la luna. Entonces despertó,
cuando todo el mundo estaba dormido, y oyó los mismos rasguños, gangueos, pisadas y gruñidos
de antes.
A la mañana siguiente, el propio Beorn los despertó a todos. Así que todavía seguís aquí dijo.
Alzó al hobbit y se rió. Por lo que veo aún no te han devorado los wargos y los trasgos o los
malvados osos y apretó el dedo contra el chaleco del señor Bolsón sin ninguna cortesía. El
conejito se está poniendo otra vez de lo más relleno y saludable con la ayuda de pan y miel.
Rió entre dientes. ¡Ven y toma algo más!
Así que todos se fueron a desayunar. Beorn parecía cambiado y bien dispuesto; y en verdad
estaba de muy buen humor e hizo que todos se rieran con sus divertidas historias; no tuvieron
que preguntarse por mucho tiempo dónde había estado o por qué era tan amable con ellos, pues
él mismo lo explicó. Había ido al otro lado del río adentrándose en las montañas de lo cual
podéis deducir que podía trasladarse a gran velocidad, en forma de oso, desde luego. Al fin
llega al claro quemado de los lobos, y así descubrió que esa parte de la historia era cierta; pero
aún encontró algo más: había capturado a un wargo y a un trasgo que vagaban por el bosque, y
les había sacado algunas noticias: las patrullas de los wargos buscaban aún a los enanos junto
con los trasgos horriblemente enfadados a causa de la muerte del Gran Trasgo, y porque le
habían quema do la nariz al jefe lobo y el fuego del mago había dado muerte a muchos de los
principales sirvientes. Todo esto se lo dijeron cuando los obligó a hablar, pero adivinó que se
tramaba algo todavía peor, y que el grueso del ejército de los trasgos y los lobos podía irrumpir
pronto en las tierras ensombrecidas por las montañas, en busca de los enanos, o tomar
venganza sobre los hombres y criaturas que allí vivían y que quizá estaban encubriéndolos.
Era una buena historia la vuestra dijo Beorn, pero ahora que sé que es cierta, me gusta todavía
más, Tenéis que perdonarme por no haberos creído. Si vivieseis cerca de los lindes del Bosque
Negro, no creeríais a nadie que no conocieseis tan bien como vuestro propio hermano, o mejor.
Como veis sólo puedo deciros que me he dado prisa en regresar para ver si estabais a salvo y
ofreceros mi ayuda. Tendré en mejor opinión a los enanos después de este asunto. ¡Dieron
muerte al Gran Trasgo, dieron muerte al Gran Trasgo! se rió ferozmente entre dientes.
¿Qué habéis hecho con el trasgo y con el wargo? preguntó Bilbo de repente.
¡Venid y lo veréis! dijo Beorn y dieron la vuelta a la casa. Una cabeza de trasgo asomaba
empalada detrás de la cancela, y un poco más allá se veía una piel de wargo clavada en un árbol.
Beorn era un enemigo feroz. Pero ahora era amigo de ellos, y Gandalf creyó conveniente
contarle la historia completa y la razón del viajé, para obtener así toda la ayuda posible.
Esto fue lo que Beorn les prometió. Les conseguiría poneys, para cada uno, y a Gandalf un
caballo, para el viaje hasta el bosque, y les daría comida suficiente para varias semanas si la
administraban con cuidado; y luego puso todo en paquetes fáciles de llevar: nueces, harina,
tarros de frutos secos herméticamente cerrados y potes de barro rojo llenos de miel, y
bizcochos horneados dos veces para que se conservasen bien mucho tiempo; un poco de estos
bizcochos bastaba para una larga jornada. La receta era uno de sus secretos, pero tenían miel,
como casi todas las comidas de Beorn, y un sabor agradable, aunque dejaban la boca bastante
seca. Dijo que necesitarían llevar agua por aquel lado del bosque, pues había arroyos y
manantiales a todo lo largo del camino. Pero el camino que cruza el Bosque Negro es oscuro,
peligroso y arduo dijo. No es fácil encontrar agua allá, ni comida. No es todavía tiempo de
nueces (aunque en realidad quizá ya haya pasado cuando lleguéis al otro extremo), y las nueces
son lo único que se puede comer en esos sitios; las cosas silvestres son allí oscuras, extrañas y
salvajes. Os daré odres para el agua, y algunos arcos y flechas. Pero no creo que haya nada en
el Bosque Negro que sea bueno para comer o beber. Sé que hay un arroyo, negro y caudaloso,
que cruza el sendero. No bebáis ni os bañéis en él, pues he oído decir que produce
encantamientos, somnolencia y pérdida de la memoria. Y entre las tenebrosas sombras del
lugar no me parece que podáis cazar algo que sea comestible o no comestible, sin extraviaros.
Esto tenéis que evitarlo en cualquier circunstancia.
"No tengo otro consejo para vosotros. Más allá del linde del bosque, no puedo ayudaros mucho;
tendréis que depender de la suerte, de vuestro valor y de la comida que os doy. He de pediros
que en la cancela de! bosque me mandéis de vuelta al caballo y los poneys. Pero os deseo que
podáis marchar de prisa, y mi casa estará abierta siempre para vosotros sí alguna vez volvéis
por este camino.
Le dieron las gracias, por supuesto, con muchas reverencias y movimientos de los capuchones, y
con muchos;A vuestro servicio, ¡oh amo de los amplios salones de madera! Pero las graves
palabras de Beorn los habían desanimado, y todos sintieron que la aventura era mucho más
peligrosa de lo que habían pensado antes, ya que de cualquier modo, aunque pasasen todos los
peligros del camino, el dragón estaría esperando al final.
Toda la mañana estuvieron ocupados con los preparativos. Poco antes del mediodía comieron
con Beorn por última vez, y después del almuerzo montaron en los caballos que él les prestó, y
despidiéndose una y mil veces, cabalgaron a buen trote dejando atrás la cancela,
Tan pronto como se alejaron de los setos altos al este de las tierras cercadas, se encaminaron
al norte y luego al noroeste. Siguiendo el consejo de Beorn no marcharon hacia el camino
principal del bosque, al sur de aquellas tierras. Si hubiesen ido por el desfiladero, una senda los
habría llevado hasta un arroyo que bajaba de las montañas y se unía al Río Grande, algunas
millas al sur de la Carroca. En ese lugar había un vado profundo que podrían haber cruzado, si
hubiesen tenido los poneys, y más allá otra senda llevaba a los bordes del bosque y a la entrada
del antiguo camino de la floresta. Pero Beorn les había advertido que aquel camino era ahora
frecuentado por los trasgos, mientras que el verdadero camino del bosque, según había oído
decir, estaba cubierto de maleza y abandonado por el extremo oriental, y llevaba además a
pantanos impenetrables, donde los senderos se habían perdido hacia tiempo. El paso por el este
siempre había quedado demasiado al sur de la Montaña Solitaria, y desde allí, cuando
alcanzaran el otro lado, les hubiera esperado aún una marcha larga y dificultosa hacia el norte.
Al norte de la Carroca, los lindes del Bosque Negro estaban más cerca de las orillas del Río
Grande, y aunque las montañas se alzaban no muy lejos, Beorn les aconsejó tomar este camino,
pues a unos pocos días de cabalgata al norte de la Carroca había un sendero poco conocido que
atravesaba el Bosque Negro y llevaba casi directamente a la Montaña Solitaria.
Los trasgos había dicho Beorn, no se atreverán a cruzar el Río Grande en unas cien millas al
norte de la Carroca, ni tampoco a acercarse a mi casa; ¡está bien protegida por las noches! Pero
yo cabalgaría de prisa, porque si ellos emprenden esa aventura, pronto cruzarán el río por el
sur y recorrerán todo el linde del bosque con el fin de cortaros el paso, y los wargos corren
más que los poneys. En verdad estaríais a salvo yendo hacia el norte, aunque parezca que así
volvéis a las fortalezas; pues eso sería lo que ellos menos esperarían, y tendrían que cabalgar
mucho más para alcanzaros. ¡Partid ahora tan rápido como podáis!
Eso era por lo que cabalgaban en silencio, galopando por donde el terreno estaba cubierto de
hierba y era llano, con las tenebrosas montañas a la izquierda, y a lo lejos la línea del río con
árboles cada vez más próximos. El sol acababa de girar hacia el oeste cuando partieron, y hasta
el atardecer cayó en rayos dorados sobre la tierra de alrededor. Era difícil pensar que unos
trasgos los perseguían, y cuando hubo muchas millas entre ellos y la casa de Beorn, se pusieron
a charlar y a cantar otra vez, y así olvidaron el oscuro sendero del bosque que tenían delante.
Pero al atardecer, cuando cayeron las sombras y los picos de las montañas resplandecieron a la
luz del sol poniente, acamparon y montaron guardia, y la mayoría durmió inquieta, con sueños en
los que se oían aullidos de lobos que cazaban y alaridos de trasgos.
Con todo, la mañana siguiente amaneció otra vez clara y hermosa. Había una neblina blanca y
otoñal sobre el suelo, y el aire era helado, pero pronto el sol rojizo se levantó por el este y las
neblinas desapareció ron, y cuando las sombras eran todavía largas, reemprendieron la marcha.
Así que cabalgaron durante dos días más, y en todo este tiempo no vieron nada excepto hierba,
flores, pájaros, y árboles diseminados, y de vez en cuando pequeñas manadas de venados rojos
que pacían o estaban echados a la sombra. Alguna vez Bilbo vio cuernos de ciervos que
asomaban por entre la larga hierba, y al principio creyó que eran ramas de árboles muertas. En
la tercera tarde estaban decididos a marchar durante horas, pues Beorn les había dicho que
tenían que alcanzar la entrada del bosque temprano al cuarto día, y cabalgaron bastante tiempo
después del anochecer, bajo la luna. Cuando la luz iba desvaneciéndose, Bilbo pensó que a lo
lejos, a la derecha o a la izquierda, veía la ensombrecida figura de un gran oso que marchaba en
la misma dirección. Pero si se atrevía a mencionárselo a Gandalf, el mago sólo decía: ¡Silencio!
Haz como si no lo vieses.
Al día siguiente partieron antes del amanecer, aunque la noche había sido corta. Tan pronto
como se hizo de día pudieron ver el bosque, y parecía que viniese a reunirse con ellos, o que los
esperara como un muro negro y amenazador. El terreno empezó a ascender, y el hobbit se dijo
que un silencio distinto pesaba ahora sobre ellos. Los pájaros apenas cantaban. No había
venados, ni siquiera los conejos se dejaban ver. Por la tarde habían alcanzado los límites del
Bosque Negro, y descansaron casi bajo las ramas enormes que colgaban de los primeros
árboles. Los troncos eran nudosos, las ramas retorcidas, las hojas oscuras y largas. La hiedra
crecía sobre ellos y se arrastraba por el suelo.
¡Bien, aquí tenemos el Bosque Negro! dijo Gandalf. El bosque más grande del mundo
septentrional.
Espero que os agrade. Ahora tenéis que enviar de vuelta estos poneys excelentes que os han
prestado.
Los enanos quisieron quejarse, pero el mago les dijo que eran unos tontos. Beorn no está tan
lejos como vosotros pensáis, y de cualquier modo será mucho mejor que mantengáis vuestras
promesas, pues él es un mal enemigo. Los ojos del señor Bolsón son más penetrantes que los
vuestros, si no habéis visto de noche en la oscuridad un gran oso que caminaba a la par con
nosotros, o se sentaba lejos a la luz de la luna, observando nuestro campamento. No sólo para
guiaros y protegeros, sino también para vigilar los poneys. Beorn puede ser amigo vuestro, pero
ama a sus animales como si fueran sus propios hijos. No tenéis idea de la amabilidad que ha
demostrado permitiendo que unos enanos los monten, sobre todo en un trayecto tan largo y
fatigoso, ni de lo que sucedería si intentaseis meterlos en el bosque.
¿Y qué hay del caballo? dijo Thorin. No dices nada sobre devolverlo.
No digo nada porque no voy a devolverlo.
¿Y qué pasa con tú promesa?
Déjala de mi cuenta. No devolveré el caballo, cabalgaré en él. Entonces supieron que
Gandalf iba a dejarlos en los mismísimos lindes del Bosque Negro, y se sintieron
desesperados, Pero nada de lo que dijesen lo haría cambiar de idea.
Todo esto lo hemos tratado ya antes, cuando hicimos un alto en la Carroca dijo. No vale la
pena discutir. Como ya he dicho, tengo un asunto que resolver, lejos al sur; y no puedo
perder tiempo con todos vosotros. Quizá volvamos a encontrarnos antes de que esto se
acabe, y puede que no. Eso sólo depende de vuestra suerte, coraje, y buen juicio; envío al
señor Bolsón con vosotros, ya os he dicho que vale mas de lo que creéis y pronto tendréis la
prueba. De modo que alegra esa cara, Bilbo, y no te muestres tan taciturno. ¡Alegraos
Thorin y compañía! Al fin y al cabo, es vuestra expedición. ¡Pensad en el tesoro que os
espera al final, y olvidaos del bosque y del dragón, por lo menos hasta mañana por la
mañana!
Cuando el mañana por la mañana llegó, Gandalf seguía diciendo lo mismo. Así que ahora
nada quedaba por hacer excepto llenar los odres en un arroyo claro que encontraron a la
entrada del bosque, y descargar los poneys. Distribuyeron los bultos con la mayor equidad
posible, aunque Bilbo pensó que su lote era demasiado pesado, y no le hacía ninguna gracia
la idea de recorrer a pie millas y millas con todo aquello a sus espaldas.
¡No te preocupes! le dijo Thorin. Todo se aligerará muy pronto. Antes de que nos demos
cuenta, estaremos deseando que nuestros fardos sean más pesados, cuando la comida
empiece a escasear.
Entonces por fin dijeron adiós a los poneys y les pusieron las cabezas apuntando a la casa
de Beorn. Los animales se marcharon trotando, y parecían muy contentos de volver las
colas hacia las sombras del Bosque Negro. Mientras se alejaban, Bilbo hubiera jurado haber
visto algo parecido a un oso que salía de entre las sombras de los árboles e iba tras ellos
arrastrando los pies.
Gandalf se despidió también. Bilbo se sentó en el suelo sintiéndose muy desgraciado y
deseando quedarse con el mago, montado a la grupa de la alta cabalgadura. Acababa de
adentrarse en el bosque justo después del desayuno (por cierto bastante frugal), y todo
estaba allí tan oscuro en plena mañana como durante la noche, y muy en secreto se dijo a sí
mismo: "Parece como si algo esperara y vigilara".
Adiós dijo Gandalf a Thorin ¡Y adiós a todos vosotros, adiós! Ahora seguid todo recto a
través del bosque. ¡No abandonéis el sendero! Si lo hacéis, hay una posibilidad entre mil de
que volváis a encontrarlo, y nunca saldréis del Bosque Negro, y entonces es seguro que ni
yo ni nadie volverá a veros jamás.
¿Pero es realmente necesario que lo atravesemos?
gimoteó el hobbit.
¡Sí, así es! dijo el mago Si queréis llegar al otro lado. Tenéis que cruzarlo o abandonar toda
búsqueda. Y no permitiré que retrocedas ahora, señor Bolsón. Me avergüenza que se te
haya ocurrido. Eres tú quien desde ahora tendrá que cuidar a estos enanos en mi lugar.
Gandalf rió.
¡No! ¡No! dijo Bilbo Yo no quería decir eso. Pregunto si no hay algún otro camino
bordeándolo.
Hay, si lo que deseas es desviarte doscientas millas o más al norte, y cuatrocientas al sur.
Pero ni siquiera entonces encontrarías un sendero seguro. No hay senderos seguros en esta
parte del mundo. Recuerda que estás ahora en las fronteras de las tierras salvajes, expuesto
a todo, donde quiera que vayas. Antes de que pudieras bordear el Bosque Negro por el
norte, te encontrarías justo entre las laderas de las Montanas Grises, plagadas de trasgos,
bobotrasgos y orcos de la peor especie. Antes que pudieras bordearlo por el sur, té
encontrarías en el país del Nigromante; y ni siquiera tú, Bilbo, necesitas que te cuente
historias del hechicero negro. ¡No os aconsejo que os acerquéis a los lugares dominados por
esa torre sombría! Manteneos en el sendero del bosque, conservad vuestro ánimo, esperad
siempre lo mejor y con una tremenda porción de suerte puede que un día salgáis y
encontréis los Pantanos Largos justo debajo; y más allá, elevándose en el este, la Montaña
Solitaria donde habita el querido viejo Smaug, aunque confío que no os esté esperando.
Muy consolador de tu parte, puedes estar seguro gruñó Thorin. ¡Adiós! ¡Si no vienes con
nosotros es mejor que te largues sin una palabra más!
¡Adiós entonces, esta vez de verdad adiós! dijo Gandalf, y dando media vuelta, cabalgó
hacia el oeste.
Pero no pudo resistir la tentación de ser el último en decir algo, y cuando aún podían oírlo,
se volvió y llamó poniendo las manos a los lados de la boca. Oyeron la voz débilmente:
¡Adiós! Sed buenos, cuidaros, ¡y no abandonéis el sendero!
Luego se alejó al galope y pronto se perdió en la distancia. ¡Oh, adiós y vete de una vez!
farfullaron los enanos, todos de lo más enfadados, realmente abrumados de consternación.
Ahora empezaba la parte más peligrosa del viaje. Cada uno cargaba con un fardo pesado y
el odre de agua que le correspondía, y dejando detrás la luz que se extendía sobre los
campos, penetraron en la floresta.
8. Moscas y Arañas
Caminaban en fila. La entrada del sendero era una suerte de arco que llevaba a un túnel lóbrego
formado por dos árboles inclinados, demasiado viejos y ahogados por la hiedra y los líquenes
colgantes para tener más que unas pocas hojas ennegrecidas. El sendero mismo era estrecho y
serpenteaba por entre los troncos. Pronto la luz de la entrada fue un pequeño agujero brillante
allá atrás, y en el silencio profundo los pies parecían golpear pesadamente mientras todos los
árboles se doblaban sobre ellos y escuchaban.
Cuando se acostumbraron a la oscuridad, pudieron ver un poco a los lados, a una trémula luz de
color verde oscuro. En ocasiones, un rayo de sol que alcanzaba a deslizarse por una abertura
entre las hojas de allá arriba, y escapar a los enmarañados arbustos y ramas entretejidas de
abajo, caía tenue y brillante ante ellos. Pero esto ocurría raras veces, y cesó pronto.
Había ardillas negras en el bosque. Los ojos penetrantes e inquisitivos de Bilbo empezaron a
vislumbrar las fugazmente mientras cruzaban rápidas el sendero y se escabullían
escondiéndose detrás de los árboles. Había también extraños ruidos, gruñidos, susurros,
correteos en la maleza y entre las hojas qué se amontonaban en algunos sitios del bosque; pero
no conseguían ver qué Causaba estos ruidos. Entre las cosas visibles lo más horrible eran las
telarañas: espesas telarañas oscuras, con hilos extraordinariamente gruesos; tendidas casi
siempre de árbol a árbol, o enmarañadas en las ramas más bajas, a los lados. No había ninguna
que cruzara el sendero, y no pudieron adivinar si esto era por encantamiento o por alguna otra
razón.
No transcurrió mucho tiempo antes que empezaran a odiar el bosque tanto como habían odiado
los túneles de los trasgos, e incluso tenían menos esperanzas dé llegar a la salida. Pero no había
otro remedio que seguir y seguir, aun después de sentir que no podrían dar un paso más si no
veían el sol y el cielo, y de desear que el viento les soplara en las caras. El aire no se movía bajo
el techo del bosque, eternamente quieto, sofocante y oscuro. Hasta los mismos enanos lo
sentían así, ellos que estaban acostumbrados a excavar túneles y a pasar largas temporadas
apartados de la luz del sol; pero el hobbit, a quien le gustaban los agujeros para hacer casas, y
no para pasar los días de verano, sentía que se asfixiaba poco a poco.
Las noches eran lo peor: entonces se ponía oscuro como el carbón, no lo que vosotros llamáis
negro carbón, sino realmente oscuro, tan negro que de verdad no se podía ver nada. Bilbo movía
la mano delante de la nariz, intentando en vano distinguir algo. Bueno, quizá no es totalmente
cierto decir que no veían nada; veían ojos. Dormían todos muy juntos, y se turnaban en la
vigilia; cuando le tocaba a Bilbo, veía destellos alrededor, y a veces, pares de ojos verdes, rojos
o amarillos se clavaban en él desde muy cerca, y luego se desvanecían y desaparecían
lentamente, y empezaban a brillar en otra parte. De vez en cuando destellaban en las ramas
bajas que estaban justamente sobre él, y eso era lo más terrorífico. Pero los ojos que menos le
agradaban eran unos que parecían pálidos y bulbosos. "Ojos de insecto" pensaba, "no ojos de
animales, pero demasiado grandes."
Aunque no hacía aún mucho frío, trataron de encender unos fuegos pero desistieron pronto.
Parecían atraer cientos y cientos de ojos alrededor; pero esas criaturas, fuesen las que
fuesen, tenían cuidado de no mostrar sus cuerpos a la luz trémula de las brasas. Peor aún,
atraían a miles y miles de falenas grises oscuras y negras, algunas casi tan grandes como
vuestras manos, que revoloteaban y les zumbaban en los oídos. No fueron capaces de
soportarlo, ni a los grandes murciélagos, negros como sombreros de copa; así que pronto
dejaron de encender fuegos y dormitaban envueltos en una enorme y extraña oscuridad.
Todo esto duró lo que al hobbit parecieron siglos y siglos; siempre tenía hambre, pues cuidaban
sobremanera las provisiones. Aun así, a medida que los días seguían a los días y el bosque
parecía siempre el mismo, empezaron a sentirse ansiosos. La comida no duraría siempre: de
hecho, empezaba a escasear. Intentaron cazar alguna ardilla, y desperdiciaron muchas flechas
antes de derribar una en el sendero. Cuando la asaron, tenía un gusto horrible, y no cazaron
más.
Estaban sedientos también; ninguno llevaba mucha agua, y en todo el trayecto no habían visto
manantiales ni arroyos. Así estaban cuando un día descubrieron que una corriente de agua
interrumpía el sendero. Rápida y alborotada, pero no demasiado ancha, fluía cruzando el
camino; y era negra, o así parecía en la oscuridad. Fue bueno que Beorn les hubiese prevenido
contra ella, o hubieran bebido y llenado alguno de los odres vacíos en la orilla, sin preocuparse
por el color. Así que sólo pensaron en cómo atravesarla sin mojarse. Allí había habido un puente
de madera, pero se había podrido con el tiempo y había caído al agua dejando sólo los postes
quebrados cerca de la orilla.
Bilbo, arrodillándose en la ribera, miró adelante con atención y gritó: —¡Hay un bote en la otra
orilla' ¿Por qué no pudo haber estado aquí?
—¿A qué distancia crees que está? —preguntó Thorin, pues por entonces ya sabían que entre
todos ellos Bilbo tenía la vista más penetrante.
—No muy lejos. No me parece que mucho más de doce yardas.
—¡Doce yardas! Yo hubiera pensado que eran treinta por lo menos, pero mis ojos ya no ven tan
bien como hace cien años. Aun así, doce yardas es tanto como una milla. No podemos saltar por
encima del río y no nos atrevemos a vadearlo o nadar.
—¿Alguno de vosotros puede lanzar una cuerda?
—¿Y de qué serviría? Seguro que el bote está atado, aun contando con que pudiéramos
engancharlo, cosa que dudo.
—No creo que esté atado —dijo Bilbo—. Aunque, naturalmente, con esta luz no puedo estar
seguro; pero me parece como si sólo estuviese varado en la orilla, que es bastante baja ahí
donde el sendero se mete en el río.
—Dori es el más fuerte, pero Fíli es el más joven y tiene mejor vista —dijo Thorin—. Ven acá,
Fíli, y mira si puedes ver el bote de que habla el señor Bolsón.
Fíli creyó verlo; así que luego de mirar un largo rato para tener una idea de la dirección, los
otros le trajeron una cuerda. Llevaban muchas con ellos, y en el extremo de la más larga ataron
uno de los ganchos de hierro que usaban para sujetar las mochilas a las correas de los hombros.
Fíli lo tomó, lo balanceó un momento, y lo arrojó por encima de la corriente.
Cayó salpicando en el agua. —¡No lo bastante lejos!
—dijo Bilbo, que observaba la otra orilla—. Un par de pies más y hubieras alcanzado el bote.
Inténtalo otra vez. No creo que el encantamiento sea tan poderoso para hacerte daño si tocas
un trozo de cuerda mojada.
Recogieron el gancho y Fíli lo alzó en el aire, aunque dudando aún. Esta vez tiró con más fuerza.
—¡Calma! —dijo Bilbo—. Lo has metido entre los árboles del otro lado. Retíralo lentamente. —
Fíli retiró la cuerda poco a poco, y un momento después Bilbo dijo:
—¡Cuidado!, ahora estás sobre el bote; esperemos que el hierro se enganche.
Y se enganchó. La cuerda se puso tensa y Fíli tiró en vano. Kili fue en su ayuda, y después Óin y
Glóin. Tiraron, y de pronto cayeron todos de espaldas. Bilbo que estaba atento alcanzó a tomar
la cuerda y con un trozo de palo retuvo al pequeño bote negro que se acercaba arrastrado por
la corriente. —¡Socorro! —gritó, y Balin aferró el bote antes de que se deslizase aguas abajo.
—Estaba atado, después de todo —dijo, mirando la amarra rota que aún colgaba del bote—. Fue
un buen tirón, muchachos; y suerte que nuestra cuerda era la más resistente.
—¿Quién cruzará primero? —preguntó Bilbo.
—Yo —dijo Thorin—, y tú vendrás conmigo, y Fíli y Balin. No cabemos más en el bote. Luego,
Kili, Óin, Glóin y Dori. Seguirán Ori y Nori, Bifur y Bofur, y por último Dwalin y Bombur.
—Soy siempre el último, y no me gusta —dijo Bombur—. Hoy le toca a otro.
—No tendrías que estar tan gordo. Tal como eres, tienes que cruzar el último y con la carga
más ligera. No empieces a quejarte de las órdenes, o lo pasarás mal.
—No hay remos. ¿Cómo impulsaremos el bote hasta la otra orilla? —preguntó Bilbo.
—Dadme otro trozo de cuerda y otro gancho —dijo Fíli, y cuando se los trajeron, arrojó el
gancho hacia la oscuridad, tan alto como pudo. Como no cayó, supusieron que se había
enganchado en las ramas—. Ahora subid —dijo Fíli—. Que uno de vosotros tire de la cuerda
sujeta al árbol. Otro tendrá que sujetar el gancho que utilizamos al principio, y cuando estemos
seguros en la Otra orilla, puede engancharlo y traer el bote de vuelta.
De este modo pronto estuvieron todos a salvo en la orilla opuesta, al borde del arroyo
encantado. Dwalin acababa de salir aprisa, con la cuerda enrollada en el brazo, y Bombur
(refunfuñando aún) se aprestaba a seguirlo cuando algo malo ocurrió. Sendero adelante hubo un
ruido como de pezuñas raudas. De repente, de la lobreguez, salió un ciervo volador. Cargó
sobre los enanos y los derribó, y en seguida se encogió para
saltar. Pasó por encima del agua con un poderoso brinco, pero no llegó indemne a la orilla.
Thorin había sido el único que aún se mantenía en pie y alerta. Tan pronto como llegaron a
tierra había preparado el arco y había puesto una flecha, por si de pronto aparecía el guardián
del bote. Disparó rápido contra la bestia, que se derrumbó al llegar a la otra orilla. Las sombras
la devoraron, pero oyeron un sonido entrecortado de pezuñas que al fin se extinguió.
Antes que pudieran alabar este tiro certero, un horrible gemido de Bilbo hizo que todos
olvidaran la carne de venado. —¡Bombur ha caído! ¡Bombur se ahoga! —gritó. No era más que la
verdad. Bombur sólo tenía un pie en tierra cuando el ciervo se adelantó y saltó sobre él. Había
tropezado, impulsando el bote hacia atrás y perdiendo el equilibrio, y las manos le resbalaron
por las raíces limosas de la orilla, mientras el bote desaparecía girando lentamente.
Aún alcanzaron a ver el capuchón de Bombur sobre el agua, cuando llegaron corriendo a la
orilla. Le echaron rápidamente una cuerda con un gancho. La mano de Bombur aferró la cuerda
y los Otros tiraron. Por supuesto, el enano estaba empapado de pies a cabeza, pero eso no era
lo peor. Cuando lo depositaron en tierra seca ya estaba profundamente dormido, la mano tan
apretada a la cuerda que no la pudieron soltar; y profundamente dormido quedó, a pesar de
todo lo que le hicieron.
Aún estaban de pie y mirándolo, maldiciendo el desgraciado incidente y la torpeza de Bombur,
lamentando la pérdida del bote, que les impedía volver y buscar el ciervo, cuando advirtieron un
débil sonido: como de trompas y de perros que ladrasen lejos en el bosque.
Todos se quedaron en silencio, y cuando se sentaron les pareció que oían el estrépito de una
gran cacería al norte del sendero, aunque no vieron nada.
Estuvieron sentados durante largo rato, no atreviéndose a moverse. Bombur seguía durmiendo
con una sonrisa en la cara redonda, como si todos aquellos problemas ya no le preocuparan. De
repente, sendero adelante, aparecieron unos ciervos blancos, un cervato y unas ciervas, tan
níveos como oscuro había sido el ciervo anterior. Refulgían en las sombras. Antes de que Thorin
pudiera decir nada, tres de los enanos se habían puesto en pie de un brinco y habían disparado
las flechas. Ninguna pareció dar en el blanco. Los ciervos sé volvieron y desaparecieron entre
los árboles tan en silencio como habían venido y los enanos dispararon en vano otras flechas.
—¡Deteneos! ¡Deteneos! —gritó Thorin, pero demasiado tarde; los excitados enanos habían
desperdiciado las últimas flechas, y ahora los arcos que Beorn les había dado eran inútiles.
Esa noche fueron una triste partida, y esta tristeza pesó aún más sobre ellos en los días
siguientes. Habían cruzado el arroyo encantado, pero más allá el sendero parecía serpear igual
que antes, y en el bosque río advirtieron cambio alguno. Si sólo hubiesen sabido un poco más de
él, y hubiesen considerado el significado de la cacería y del ciervo blanco que se les había
aparecido en el camino, hubieran podido reconocer que iban al fin hacia el linde este, y que si
hubiesen conservado el valor y las esperanzas, pronto habrían llegado a sitios donde la luz del
sol brillaba de nuevo y los árboles eran más ralos.
Pero no lo sabían, y estaban cargados con el pesado cuerpo de Bombur, al que transportaban
como mejor podían, turnándose de cuatro en cuatro en la fatigosa tarea, mientras los demás se
repartían los bultos. Si estos no se hubieran aligerado en las últimas jornadas, nunca lo
hubieran conseguido, pero el sonriente y sonador Bombur era un pobre sustituto de las
mochilas cargadas de comida, pesasen lo que pesasen. Pocos días más y no les quedó
prácticamente nada que comer o beber. Nada apetitoso parecía crecer en el bosque; sólo
hongos y hierbas de hojas pálidas y olor desagradable.
Cuatro días después del arroyo encantado, llegaron a un sitio del bosque poblado de hayas. En
un primer momento les alegró el cambio, pues aquí no crecían malezas y las sombras no eran tan
profundas. Había una luz verdosa a ambos lados del sendero, pero el resplandor sólo revelaba
unas hileras interminables de troncos rectos y grises, como pilares de un vasto salón
crepuscular. Había un soplo de aire y se oía un viento, pero el sonido era triste. Unas hojas
secas cayeron recordándoles que fuera llegaba el otoño. Arrastraban los pies por entre las
hojas muertas de otros otoños incontables, que en montones llegaban al sendero desde la
alfombra granate del bosque.
Bombur dormía aún, y ellos estaban muy cansados. A veces oían una risa inquietante, y a veces
también un Canto a lo lejos. La risa era risa de voces armoniosas, no de trasgos, y el canto era
hermoso, pero sonaba misterioso y extraño, y en vez de sentirse reconfortados, se dieron
prisa por dejar aquellos parajes con las fuerzas que les restaban.
Dos días más tarde descubrieron que el sendero descendía, y antes de mucho tiempo salieron a
un valle en el que crecían unos grandes robles.
—¿Es que nunca ha de terminar este bosque maldito? —dijo Thorin— Alguien tiene que trepar
a un árbol y ver si puede sacar la cabeza por el tejado y echar un vistazo alrededor. Hay que
escoger el árbol más alto que se incline sobre el sendero.
Por supuesto, "alguien" quería decir Bilbo. Lo eligieron porque para que el intento sirviera de
algo, quien trepase necesitaría sacar la cabeza por entre las hojas más altas, y por tanto tenía
que ser liviano para que las ramas delgadas pudieran sostenerlo. El pobre señor Bolsón nunca
había tenido mucha práctica en trepar a las árboles, pero los otros lo alzaron hasta las ramas
más bajas de un roble enorme que crecía justo al lado del sendero y allá tuvo que subir, lo
mejor que pudo; se abrió camino por entre las pequeñas ramas enmarañadas, con más de un
golpe en los ojos. Se manchó de verde y se ensució con la corteza vieja de las ramas más
grandes; más de una vez resbaló y consiguió
sostenerse en el último momento; por fin, tras un terrible esfuerzo en un sitio difícil, donde no
parecía haber ninguna rama adecuada, llegó cerca de la cima. Todo el tiempo se estuvo
preguntando si habría arañas en el árbol, y cómo iba a bajar (excepto cayendo).
Al fin sacó la cabeza por encima del techo de hojas, y en efecto, encontró arañas. Pero eran
pequeñas, de tamaño corriente, y sólo les interesaban las mariposas. Los ojos de Bilbo casi se
enceguecieron con la luz. Oía a los enanos que le gritaban desde abajo, pero no podía
responderles, sólo aferrarse a las ramas y parpadear. El sol brillaba resplandeciente y pasó
largo rato antes que pudiera soportarlo. Cuando lo consiguió, vio a su alrededor un mar verde
oscuro, rizado aquí y allá por la brisa; y por todas partes, cientos de mariposas. Supongo que
eran una especie de "emperador púrpura", una mariposa aficionada a las alturas de las
robledas, pero no eran nada purpúreas, sino muy oscuras, de un negro aterciopelado, sin que se
les pudiese ver ninguna marca.
Observó a la "emperador negra" durante largo rato, y disfrutó sintiendo la brisa en el cabello y
la cara, pero los gritos de los enanos, que ahora estaban impacientes y pateaban el suelo allá
abajo, le recordaron al fin a qué había venido. De nada le sirvió. Miró con atención alrededor,
tanto como pudo, y no vio que los árboles o las hojas terminasen en alguna parte. El corazón,
que se le había aligerado viendo el sol y sintiendo el soplo del viento, le pesaba en el pecho; no
había comida que llevar allá abajo.
Realmente, como os he dicho, no estaban muy lejos del linde del bosque; y si Bilbo hubiera sido
más perspicaz habría entendido que el árbol al que había trepado, aunque alto, estaba casi en lo
más hondo de un valle extenso; mirando desde la copa, los otros árboles parecían crecer todo
alrededor, como los bordes de un gran tazón, y Bilbo no podía ver hasta dónde se extendía el
bosque. Sin embargo, no se dio cuenta de esto, y descendió al fin desesperado, cubierto de
arañazos, sofocado, y miserable, y no vio nada en la oscuridad de abajo, cuando llegó allí. Las
malas nuevas pronto pusieron a los otros tan tristes como él.
—¡El bosque sigue, sigue y sigue en todas direcciones! ¿Qué haremos? ¿Y qué sentido tiene
enviar a un hobbit? —gritaban como si Bilbo fuese el culpable. Les importaban un rábano las
mariposas, y cuando les habló de la hermosa brisa se enfadaron más aún, pues eran demasiado
pesados para trepar y sentirla.
Aquella noche tomaron las últimas sobras y migajas de comida, y cuando a la mañana siguiente
despertaron, advirtieron ante todo que estaban rabiosamente hambrientos, y luego que llovía, y
que las gotas caían pesadamente aquí y allá sobre el suelo del bosque. Eso sólo les recordó que
también estaban muertos de sed, y que la lluvia no los aliviaba: no se puede apagar una sed
terrible sólo quedándote al pie de unos robles gigantescos, esperando a que una gota ocasional
te caiga en la lengua. La única pizca de consuelo llegó, inesperadamente, de Bombur.
Bombur despertó de súbito y se sentó rascándose la cabeza. No había modo de que pudiera
entender dónde estaba ni por qué tenía tanta hambre. Había olvidado todo lo que ocurriera
desde el principio del viaje, aquella mañana de mayo, hacía tanto tiempo. Lo último que
recordaba era la tertulia en la casa del hobbit, y fue difícil convencerlo de la verdad de las
muchas aventuras que habían tenido desde entonces.
Cuando oyó que no había nada que comer, se sentó y se echó a llorar; se sentía muy débil y le
temblaban las piernas.
—¿Por qué habré despertado? —sollozaba—. Tenía unos sueños tan maravillosos. Soné que
caminaba por un bosque bastante parecido a éste, alumbrado sólo por antorchas en los árboles,
lámparas que se balanceaban en las ramas, y hogueras en el suelo; y se celebraba una. gran
fiesta, que no terminaría nunca. Un rey del bosque estaba allí coronado de hojas; y se oían
alegres canciones, y no podría contar o describir todo lo que había para comer y beber.
—Y no tienes por qué intentarlo —dijo Thorin—. En verdad, si no puedes hablar de otra cosa,
mejor te callas. Ya estamos bastante molestos contigo por lo que pasó. Si no hubieras
despertado, te habríamos dejado en el bosque con tus sueños idiotas; no es ninguna broma
andar cargando contigo ni aun después de semanas de escasez.
No podían hacer otra cosa que apretarse los cinturones sobre los estómagos vacíos, cargar con
los sacos y mochilas también vacíos, y marchar sin descanso camino adelante, sin muchas
esperanzas de llegar al final antes de caer y morir de inanición. Esto fue lo que hicieron todo
ese día, avanzando cansada y lentamen te, mientras Bombur seguía quejándose de que las
piernas no podían sostenerlo y que quería echarse y dormir.
—No, no lo harás —decían—. Que tus piernas cumplan la parte que les toca; nosotros ya te
hemos cargado bastante tiempo.
A pesar de todo, Bombur se negó de pronto a dar un paso más y se dejó caer en el suelo. —
Seguid si es vuestro deber —dijo—, yo me echaré aquí a dormir y a soñar con comida, ya que no
puedo tenerla de otro modo. Espero no despertar nunca más.
En ese momento, Balin, que iba un poco más adelante, gritó: —¿Qué es eso? Creí ver un destello
de luz entre los árboles.
Todos miraron, y parecía que allá a lo lejos se veía un parpadeo rojizo en la oscuridad, y
después otro y otro a un lado. Hasta Bombur mismo se puso de pie, y luego todos caminaron de
prisa, sin detenerse a pensar si las luces serían de ogros o de trasgos. La luz brillaba delante
de ellos y a la izquierda, y al fin fue evidente que unas antorchas y hogueras ardían bajo los
árboles, pero a buena distancia del sendero.
—Parece como si mis sueños se hiciesen realidad —dijo Bombur desde atrás con voz
entrecortada, y quiso correr directamente bosque adentro hacia las luces. Pero los Otros
recordaban demasiado bien las advertencias de Beorn y el mago.
—Un banquete no servirá de nada si no salimos vivos —dijo Thorin.
—Pero de cualquier modo, sin un banquete no seguiremos vivos mucho tiempo —dijo Bombur, y
Bilbo asintió de todo corazón. Lo discutieron largo rato del derecho y del revés, hasta que por
fin convinieron en mandar un par de espías, para que se acercaran arrastrándose a las luces y
averiguaran más sobre ellas. Pero luego, cuando se preguntaron a quién enviarían, no pudieron
ponerse de acuerdo: nadie parecía tener ganas de extraviarse y no encontrar más a sus amigos.
Por último, y a pesar de las advertencias, el hambre los decidió, ya que Bombur continuó
describiendo todas las buenas cosas que se estaban comiendo en el banquete del bosque, de
acuerdo con lo que él había soñado, de (nodo que dejaron la senda y juntos se precipitaron
bosque adentro.
Luego de mucho arrastrarse y gatear miraron escondidos detrás de unos troncos y vieron un
claro con algunos árboles caídos y un terreno llano. Había mucha gente allí, de aspecto élfico,
vestidos todos de castaño y verde y sentados en círculo sobre cepos de árboles talados. Una
hoguera ardía en el centro y había antorchas encendidas sujetas a los árboles de alrededor;
pero la visión más espléndida era la gente que comía, bebía y reía alborozada.
El olor de las carnes asadas era tan atractivo que sin consultarse entre ellos todos se pusieron
de pie y corrieron hacia el círculo con la única idea de pedir un poco de comida. Tan pronto
como el primero dio un paso dentro del claro, todas las luces se apagaron como por arte de
magia. Alguien pisoteó la hoguera que desapareció en cohetes de chispas rutilantes. Estaban
perdidos ahora en la oscuridad más negra, y ni siquiera consiguieron agruparse, al menos
durante un buen rato. Por fin, luego de haber corrido frenética mente a ciegas, golpeando con
estrépito los árboles, tropezando en los troncos caídos, gritando y llamando hasta haber
despertado sin duda a todo el bosque en millas a la redonda, consiguieron juntarse en montón y
se contaron unos a otros. Por supuesto, en ese entonces habían olvidado por completo en qué
dirección quedaba el sendero, y estaban irremisiblemente extraviados, por lo menos hasta la
mañana.
No podían hacer otra cosa que instalarse para pasar la noche allí donde estaban; ni siquiera se
atrevieron a buscar en el suelo unos restos de comida por temor a separarse otra vez. Pero no
llevaban mucho tiempo echados, y Bilbo sólo estaba adormecido, cuando Dori, a quien le había
tocado el primer turno de guardia, dijo con un fuerte susurro:
—Las luces aparecen de nuevo allá, y ahora sea más numerosas.
Todos se incorporaron de un salto. Allá, sin ninguna duda, parpadeaban no muy lejos unas luces
y se oían claramente voces y risas. Se arrastraron hacia ellas, en fila, cada uno tocando la
espalda del que iba delante. Cuando se acercaron, Thorin dijo: —¡Que nadie se apresure ahora!
¡Que ninguno se deje ver hasta que yo lo diga! Enviaré primero al señor Bolsón para que les
hable. No tos asustará. —"¿Y qué me pasará a mí?" pensó Bilbo—. Y de todos modos, no creo
que le hagan nada malo.
Cuando llegaron al borde del círculo de luz, empujaron de repente a Bilbo por detrás. Antes que
tuviera tiempo de ponerse el anillo, Bilbo avanzó tambaleándose a la luz del fuego y las
antorchas. De nada sirvió, Otra vez se apagaron las luces y cayó la oscuridad.
Si había sido difícil reunirse antes, ahora fue mucho peor. Y no podían dar con el hobbit. Todas
las veces que contaron, eran siempre trece. Gritaron y llamaron:
—¡Bilbo Bolsón! ¡Hobbit!¡Tú,maldito hobbit! ¡Eh, hobbit malhadado!¿Dónde estás?
Iban a abandonar toda esperanza cuando Dori dio con él por casualidad. Cayó sobre lo que
creyó un tronco y se encontró con que era el hobbit acurrucado y profundamente dormido.
Después de mucho zarandearlo, consiguieron que despertase, y Bilbo no pareció muy contento.
—Tenía un sueño tan maravilloso —gruñó—, todos participando de la más espléndida cena.
—¡Cielos!, está como Bombur —dijeron—. No nos hables de cenas. Las cenas soñadas de nada
sirven y no podemos compartirlas.
—No hay nada mejor a mi alcance en este desagradable lugar —murmuró Bilbo, mientras se
echaba otra vez al lado de los enanos e intentaba volver a dormir y tener de nuevo aquel sueño.
Pero no fue la última vez que vieron luces en el bosque. Más tarde, cuando ya la noche tenía que
haber envejecido, Kili, que estaba entonces de guardia, vino y los despertó a todos.
—Ha aparecido un gran resplandor, no muy lejos —dijo—. Cientos de antorchas y muchas
hogueras han sido encendidas de repente y por arte de magia. ¡Escuchad el canto y las arpas!
Luego de quedarse un rato echados y escuchando, descubrieron que no podían resistir el deseo
de acercarse y tratar, una vez más, de conseguir ayuda. Todos se incorporaron, y esta vez el
resultado fue desastroso. El banquete que vieron entonces era más grande y magnífico que
antes: a la cabecera de una larga hilera de comensales estaba sentado un rey del bosque, con
una corona de hojas sobre los cabellos dorados, muy parecido a la figura que Bombur había
visto en sueños. La gente élfica se pasaba cuencos de mano en mano por encima de las
hogueras; algunos tocaban el arpa y muchos estaban cantando. Las cabelleras resplandecían
ceñidas con flores; gemas verdes y blancas destellaban en cinturones y collares, y las caras y
las canciones eran de regocijo. Altas, claras y hermosas sonaban las canciones, y fuera salió
Thorin, apareciendo entre ellos.
Un silencio mortal cayó a mitad de una frase. Todas las luces se extinguieron. Las hogueras se
transformaron en humaredas negras. Brasas y cenizas cayeron sobre los ojos de los enanos, y
en el bosque se oyeron otra vez clamores y gritos.
Bilbo se encontró corriendo en círculos (así lo creía) y llamando y llamando: —Dori, Nori, Ori,
Óin, Glóin, Fíli, Kili, Bombur, Bifur, Balin, Dwalin, Thorin Escudo de Roble —mientras gentes que
ni podía ver ni sentir hacían lo mismo alrededor, lanzando algún ocasional —¡Bilbo! —Pero los
gritos de los otros fueron haciéndose más lejanos y débiles, y aunque al cabo de un rato le
pareció que se habían transformado en aullidos y distantes llamadas de socorro, todos los
sonidos murieron al fin, y Bilbo se quedó sólo en una oscuridad y un silencio completos.
Aquel fue uno de los momentos más tristes de la vida de Bilbo. Pero pronto decidió que era
inútil intentar nada hasta que el día trajese alguna luz y que de nada servía andar a ciegas
cansándose, sin esperanzas de desayuno que lo reviviese. Así que se sentó con la espalda contra
un árbol, y no por última vez se encontró pensando en el distante agujero—hobbit y las
hermosas despensas. Estaba sumido en pensamientos de pancetas, huevos, tostadas y
mantequilla, cuando sintió que algo lo tocaba. Algo como una cuerda pegajosa y fuerte se le
había pegado a la mano izquierda; trató de moverse y descubrió que tenía las piernas ya
sujetas por aquella misma especie de cuerda, y cuando trató de levantarse, cayó al suelo.
Entonces la gran araña, que había estado ocupada en atarlo mientras dormitaba, apareció por
detrás y se precipitó sobre él. Bilbo sólo veía los ojos de la criatura, pero podía sentir el
contacto de las patas peludas mientras la araña trataba de paralizarlo con vueltas y más
vueltas de aquel hilo abominable. Fue una suerte que volviese en sí a tiempo. Pronto no hubiera
podido moverse. Pero antes de liberarse, tuvo que sostener una lucha desesperada. Rechazó a
la criatura con las manos —estaba intentando envenenarlo para mantenerlo quieto, como las
arañas pequeñas hacen con las moscas— hasta que recordó la espada y la desenvainó. La araña
dio un salto atrás y Bilbo tuvo tiempo para cortar las ataduras de las piernas. Ahora le tocaba
a él atacar. Era evidente que la araña no estaba acostumbrada a cosas que tuviesen a los lados
tales aguijones, o hubiese escapado mucho más aprisa. Bilbo se precipitó sobre ella antes que
desapareciese y blandiendo la espada la golpeó en los ojos. Entonces la araña enloqueció y saltó
y danzó y estiró las patas en horribles espasmos, hasta que dando otro golpe Bilbo acabó con
ella. Luego se dejó caer, y durante largo rato no recordó nada más.
Cuando volvió en sí, vio alrededor la habitual luz gris y mortecina de los días del bosque. La
araña yacía muerta a un lado y la espada estaba manchada de negro. Por alguna razón, matar a
la araña gigante, él, totalmente solo, en la oscuridad, sin la ayuda del mago o de los enanos o de
cualquier otra criatura, fue muy importante para el señor Bolsón. Se sentía una persona
diferente, mucho más audaz y fiera a pesar del estómago vacío, mientras limpiaba la espada en
la hierba y la devolvía a la vaina.
—Te daré un nombre —le dijo a la espada—. ¡Te llamaré Aguijón!
Luego se dispuso a explorar. El bosque estaba oscuro y silencioso, pero antes que nada tenía
que buscar a sus amigos, como era obvio. Quizá no estuviesen lejos, a menos que unos trasgos
(o algo peor) los hubieran capturado. A Bilbo no le parecía sensato ponerse a gritar, y durante
un rato estuvo preguntándose de qué lado correría el sendero y en qué dirección tendría que ir
para buscar a los enanos.
—¡Oh!, ¿por qué no habremos tenido en cuenta los consejos de Beorn y Gandalf? —se
lamentaba— ¡En qué enredo nos hemos metido todos nosotros! ¡Nosotros! Lo único que deseo es
que fuésemos nosotros: es horrible estar completamente solo.
Por último trató de recordar la dirección de donde habían venido los gritos de auxilio la noche
anterior, y por suerte (había nacido con una buena provisión de suerte) lo recordó bastante
bien, como veréis en seguida. Habiéndose decidido, avanzó muy despacio, tan hábilmente como
pudo. Los hobbits saben moverse en silencio, especialmente en los bosques, como ya os he
dicho; además Bilbo se había puesto el anillo antes de ponerse en marcha, y fue por eso que las
arañas no lo vieron ni oyeron cómo se acercaba. Se abrió paso sigilosamente durante un trecho,
cuando vio delante una espesa sombra negra, negra aun para aquel bosque, como la sombra de
una medianoche inmutable. Cuando se acercó, vio que la sombra era en realidad una confusión
de telarañas superpuestas. Vio también, de repente, que unas arañas grandes y horribles
estaban sentadas por encima de él en las ramas, y con anillo o sin anillo, tembló de miedo al
pensar que quizá lo descubrieran. Se quedó detrás de un árbol, observó a un grupo de arañas
durante un tiempo, y al fin comprendió que aquellas repugnantes criaturas se hablaban unas a
otras en la quietud y el silencio del bosque. Las voces eran como leves crujidos y siseos, pero
Bilbo pudo entender muchas de las palabras. ¡Estaban hablan do de los enanos!
—Fue una lucha dura, pero valió la pena —dijo una—. En efecto, qué pieles asquerosas y gruesas
tienen, pero apuesto a que dentro hay buenos jugos.
—Sí, serán un buen bocado cuando hayan colgado un poco en la tela —dijo otra.
—No los colguéis demasiado tiempo —dijo una tercera—. No están muy gordos. Yo diría que no
se alimentaron muy bien últimamente.
—Matadlos, os digo yo —siseó una cuarta—. Matadlos ahora y colgadlos muertos durante un
rato.
—Apostaría a que ya están muertos —dijo la primera.
—No, no lo están. Acabo de ver a uno forcejeando. Justo despertando de un hermoso sueño,
diría yo. Os lo mostraré.
Una de las arañas gordas corrió luego a lo largo de una cuerda, hasta llegar a una docena de
bultos que colgaban en hilera de las ramas altas. Bilbo los vio entonces por primera vez
suspendidos en las sombras, y descubrió horrorizado que el pie de un enano sobresalía del
fondo de algunos de los bultos, y aquí y allá la punta de una nariz, o un trozo de barba o de
capuchón.
La araña se acercó al más gordo de los bultos. "Es el pobre viejo Bombur, apostaría", pensó
Bilbo; y la araña pellizcó la nariz que asomaba. Dentro sonó un débil gañido, y un pie salió
disparado y golpeó fuerte y directamente a la araña. Aún quedaba vida en Bombur.
Se oyó un ruido, como si hubieran pateado una pelota desinflada, y la araña enfurecida cayó del
árbol, aferrándose a su propia cuerda en el último instante.
Las otras rieron. —Tenías bastante razón. ¡La carne aún está viva y coleando!
—¡Pronto acabaré con eso! —siseó la araña colérica, volviendo a trepar a la rama.
Bilbo vio que había llegado el momento de hacer algo. No podía llegar hasta donde estaban las
bestias, ni tenía nada que tirarles; pero mirando alrededor vio que en lo que parecía el lecho de
un arroyo, seco ahora, había muchas piedras. Bilbo era un tirador de piedras bastante bueno y
no tardó mucho en encontrar una lisa y de forma de huevo que le cabía perfectamente en la
mano. De niño había tirado piedras a todo, hasta que las ardillas, los conejos y aun los pájaros
se apartaban rápidos como el rayo en cuanto lo veían aparecer; y de mayor se había pasado
también bastante tiempo arrojando tejos, dardos, bochas, boliches, bolos y practicando otros
juegos tranquilos de puntería y tiro; aunque también podía hacer muchas otras cosas —aparte
de anillos de humo, preguntar acertijos y cocinar— que no he tenido tiempo de contaros.
Tampoco lo hay ahora. Mientras recogía piedras, la araña había llegado hasta Bombur, que
pronto estaría muerto. En ese momento Bilbo disparó. La piedra dio en la cabeza de la araña
con un golpe seco y la bestia se desprendió del árbol y cayó pesadamente al suelo con todas las
patas encogidas.
La piedra siguiente atravesó zumbando una telaraña, y rompiendo las cuerdas, derribó a la
araña que estaba allí sentada. A esto siguió una gran conmoción en la colonia, y por un momento
olvidaron a los enanos, os lo aseguro. No podían ver a Bilbo, pero no les costó mucho descubrir
de qué dirección venían las piedras. Rápidas como el rayo, se acercaron corriendo y
balanceándose hacia el hobbit, tendiendo largas cuerdas alrededor, hasta que el aire pareció
todo ocupado por trampas flotantes.
Bilbo, de cualquier modo, se deslizó pronto hasta otro sitio. Se le ocurrió la idea de alejar más
y más a las arañas de los enanos, si podía, y hacer que se sintieran perplejas, excitadas y
enojadas, todo a la vez. Cuando medio centenar de arañas llegó al lugar donde él había estado
antes, les tiró unas cuantas piedras más, y también a las otras que habían quedado a
retaguardia; luego, danzando por entre los árboles, se puso a cantar una canción, para
enfurecerlas y atraerlas, y también para que lo oyeran los enanos.
Esto fue lo que cantó;
¿Araña gorda y vieja que hilas en un árbol!
¡Arana gorda y vieja que no alcanzas a verme!
¡Venenosa! ¡Venenosa!
¡No pararás?
¿No pararás tu hilado y vendrás a buscarme?
Viga Tontona, toda cuerpo grande,
¡Vieja Tontona, no puedes espiarme!
¡Venenosa! ¡Venenosa!
¡Déjate caer!
¡Nunca me atraparás en los árboles!
No muy buena quizá, pero no olvidéis que había tenido que componerla él mismo, en el apuro de
un difícil momento. De todos modos tuvo el efecto que él había esperado. Mientras cantaba,
tiró algunas piedras más y pateó el suelo. Prácticamente todas las arañas del lugar fueron tras
él: unas saltaban abajo, otras corrían por las ramas, pasando de árbol en árbol o tendían nuevos
hilos en sitios oscuros. Estaban terriblemente enojadas. Aun olvidando las piedras, ninguna
araña había sido llamada Venenosa, y desde luego, Tontona es para cualquiera un insulto
inadmisible.
Bilbo se escabulló a otro sitio, pero por entonces muchas de las arañas habían corrido a
diferentes puntos del claro donde vivían, y estaban tejiendo telarañas entre los troncos de
todos los árboles. Muy pronto Bilbo estaría rodeado de una espesa barrera de cuerdas, al
menos esa era la idea de las arañas. En medio de todos aquellos insectos que cazaban y tejían,
Bilbo hizo de tripas corazón y cantó otra vez:
La Lob perezosa y la loca Cob
tejen telas para cazarme;
más dulce soy que muchas carnes,
¡pero no pueden encontrarme!
Aquí estoy yo, mosca traviesa;
y ahí vosotras, gordas y hurañas.
Jamás podréis atraparme
en vuestras locas telarañas.
Con eso se volvió y descubrió que el último espacio entre dos grandes árboles había sido
cerrado con una telaraña, pero por fortuna no una verdadera telaraña, sino grandes hebras de
cuerdas de doble ancho, tendidas rápidamente de acá para allá de tronco a tronco. Desenvainó
la pequeña espada, hizo pedazos las hebras, y se fue cantando.
Las arañas vieron la espada, aunque no creo que supieran lo que era, y todas se pusieron a
correr persiguiendo al hobbit, por el suelo y por las ramas, agitando las piernas peludas,
chasqueando las pinzas, los ojos desorbitados, rabiosas, echando espuma. Lo siguieron bosque
adentro, hasta que Bilbo no se atrevió a alejarse más. Luego se escabulló de vuelta, más callado
que un ratón.
Tenía un tiempo corto y precioso, lo sabía, antes que las arañas perdieran la paciencia y
volviesen a los árboles, donde colgaban los enanos. Mientras tanto, tenía que rescatarlos. Lo
más difícil era subir hasta la rama larga donde pendían los bultos. No me imagino Cómo se las
hubiese arreglado si, por fortuna, una araña no hubiera dejado un cabo colgando; con ayuda de
la cuerda, aunque se le pegaba a las manos y le lastimaba la piel, trepó, y allá arriba se encontró
con una araña malvada, vieja, lenta y gruesa, que había quedado atrás y guardaba a los
prisioneros, y que había estado entretenida pinchándolos, para averiguar cuál era el más
jugoso. Había pensado comenzar el banquete mientras las otras estaban fuera, pero el señor
Bolsón tenía prisa, y antes que la araña supiera lo que estaba sucediendo, sintió el aguijón de la
espada y rodó muerta cayendo de la rama.
El siguiente trabajo de Bilbo era soltar un enano. ¿Cómo lo haría? Si cortaba la cuerda, el
enano maltrecho caería golpeándose contra el suelo, que estaba bien abajo. Serpenteando rama
adelante (lo que hizo que los pobres enanos se balancearan y danzaran como fruta madura),
llegó al primer bulto.
"Fíli o Kili" se dijo viendo la punta de un capuchón azul que sobresalía de un extremo. "Más
posiblemente Fíli", pensó al descubrir la punta de una nariz larga que asomaba entre las
cuerdas enmarañadas. Inclinándose, Consiguió cortar la mayor parte de las cuerdas pegajosas y
fuertes, y entonces, en efecto, con un puntapié y algunas sacudidas, apareció la mayor parte de
Fíli. Me temo que Bilbo se rió viendo cómo agitaba las piernas y brazos rígidos mientras
danzaba con la cuerda de la telaraña en las axilas, como uno de esos juguetes divertidos que se
menean en un alambre.
De algún modo, Fíli se encaramó en la rama, y ahí ayudó todo lo posible al hobbit, aunque se
sentía mareado y enfermo a causa del veneno de las arañas, y por haber estado colgado la
mayor parte de la noche y el día siguiente, envuelto y envuelto en cuerdas, sólo con la nariz
fuera para respirar. Tardó mucho tiempo en quitarse aquellas hebras bestiales de los ojos y las
cejas, y en cuanto a la barba, tuvo que cortarse la mayor parte. Bien, Bilbo y Fíli, juntos,
alzaron primero a un enano y luego a otro y cortaron las ataduras. Ninguno se encontraba
mejor que Fíli y algunos bastante peor, pues apenas habían podido respirar (ya veis, a veces las
narices largas son útiles), y algunos parecían más envenenados.
De este modo rescataron a Kili. Bifur, Bofur, Dori y Nori. El pobre viejo Bombur estaba tan
exhausto —era el más gordo y lo habían pinchado y pellizcado constantemente— que rodó de la
rama y ¡plaf!, cayó al suelo, por fortuna sobre unas hojas, y quedó allí tendido. Pero aún había
cinco enanos que colgaban del extremo de la rama, cuando las arañas comenzaron a volver, más
rabiosas que nunca.
Bilbo fue inmediatamente hasta el sitio en que la rama nacía del tronco, y mantuvo a raya a las
arañas que subían trepando. Se había quitado el anillo cuando rescató a Fíli y había olvidado
ponérselo de nuevo, y ahora todas ellas farfullaban y siseaban:
—¡Ya te vemos, asquerosa criatura! ¡Te comeremos y sólo te dejaremos la piel y los huesos
colgando de un árbol! ¡Ah! Tiene un aguijón, ¿verdad? Bueno, de todas maneras lo atraparemos
y colgaremos cabeza abajo durante un día o dos.
Mientras, los enanos trabajaban en el resto de los cautivos y cortaban los hilos. Pronto
liberarían a todos, aunque no estaba claro qué ocurriría después. Las arañas los habían
capturado sin muchas dificultades la noche anterior, pero sorprendiéndolos en la oscuridad.
Esta vez, parecía que iba a librarse una terrible batalla.
De repente Bilbo cayó en la cuenta de que algunas arañas se habían reunido alrededor del viejo
Bombur, sobre el suelo, lo habían atado otra vez y se lo estaban llevando a la rastra. Dio un
grito y acuchilló a las bestias que tenía delante. Las arañas retrocedieron en seguida, y Bilbo
trepó y saltó desde el árbol, justo en medio de las que estaban en el suelo. La pequeña espada
era un tipo de aguijón que no conocían. ¡Cómo se movía de acá para allá! La hoja brillaba
triunfante cuando traspasaba a las arañas. Seis de ellas murieron antes que el resto huyese y
dejase a Bombur en manos de Bilbo.
—¡Bajad! ¡Bajad! —gritó a los enanos que estaban en la rama—. No os quedéis ahí; os echarán
las redes encima —pues veía que unas pocas arañas trepaban a los árboles vecinos,
arrastrándose por las ramas sobre la cabeza de los enanos.
Los enanos bajaron gateando, o saltaron o se dejaron caer, los once en montón, la mayoría muy
temblorosos y torpes de piernas. Allí se encontraron al fin los doce, contando al pobre Bombur,
a quien sostenían por ambos lados el primo Bifur y el hermano Bofur; y Bilbo se movía
alrededor y blandía el Aguijón; y cientos de arañas los miraban con los ojos desorbitados,
desde arriba, desde un lado, desde otro. La situación parecía bastante desesperada.
Entonces comenzó la batalla. Algunos enanos tenían cuchillos; otros, palos, y había piedras para
todos; y Bilbo blandía la daga élfica. Una y otra vez las arañas fueron rechazadas, y muchas
murieron. Pero esto no podía prolongarse. Bilbo estaba casi exhausto; sólo cuatro de los enanos
se mantenían aún en pie, y pronto las arañas caerían sobre ellos como sobre moscas cansadas.
Ya tejían de nuevo alrededor, de árbol en árbol.
Bilbo al fin no pudo pensar en otro plan que comunicar a los enanos el secreto del anillo. Lo
lamentaba bastante, pero no había otro remedio.
—Voy a desaparecer —dijo—. Alejaré a las arañas de aquí, si puedo; vosotros tenéis que
manteneros juntos y escapar en la dirección opuesta. Por allí a la izquierda quizá se podría
llegar al sitio donde vimos por última vez el fuego de los elfos.
Tardaron en entender, pues las cabezas les daban vueltas en medio de una confusión de gritos,
y palos y piedras que golpeaban, pero al fin Bilbo sintió que no podía esperar más: las arañas
estaban cerrando el círculo. De súbito se deslizó el anillo en el dedo, y desapareció dejando
estupefactos a los enanos.
Pronto se oyeron gritos: —¡Perezosa Lob! ¡Venenosa! —entre los árboles de la derecha. Esto
enfureció mucho a las arañas. Dejaron de acercarse a los enanos y unas cuantas se volvieron
hacia la voz. "Venenosa" las enojó tanto que perdieron el juicio. Entonces Balin, quien había
entendido el plan de Bilbo mejor que los demás, se lanzó al ataque. Los enanos se unieron en un
pelotón y descargando una lluvia de piedras corrieron hacia la izquierda y atravesaron el
círculo. Lejos, detrás de ellos, los cantos y gritos cesaron de pronto.
Esperando contra toda esperanza que no hubiesen capturado a Bilbo, los enanos siguieron
adelante. No bastante de prisa, sin embargo. Se sentían enfermos y débiles y arrastraban las
piernas y cojeaban, perseguidos por arañas que les pisaban los talones. Una y otra vez tenían
que volverse y enfrentar a las criaturas que estaban casi encima de ellos; y ya algunas de las
arañas corrían por los árboles y dejaban caer unos largos hilos pegajosos.
Las cosas parecían haber empeorado otra vez, cuando de pronto Bilbo reapareció e
inesperadamente atacó desde un lado a las asombradas arañas.
—¡Seguid! ¡Seguid! —gritó—. ¡Yo seré quien clave el aguijón!
Y así ocurrió. Se movía adelante y atrás, rasgando los hilos de las arañas, cortándoles las patas
y acuchillándoles los cuerpos gordos si se acercaban demasiado. Las arañas se hinchaban de
rabia y farfullaban y espumajeaban y siseaban horribles maldiciones; pero ahora tenían un
miedo mortal al Aguijón y no se atrevían a acercarse. Así, mientras maldecían, la presa se les
escapaba lenta e inexorablemente. Era una situación horrible y parecía durar horas. Pero al fin,
cuando Bilbo sentía que ya no tenía fuerzas para levantar la mano y asestar otro golpe, de
pronto abandonaron la persecución, y no los siguieron más y volvieron decepcionadas a la
tenebrosa colonia.
Entonces los enanos se dieron cuenta de que habían llegado al círculo en que habían ardido los
fuegos de los elfos. No podían saber si era uno de los fuegos que habían visto la noche
anterior; pero parecía que algún encantamiento bienhechor persistía en estos sitios, que a las
arañas no les gustaban. De cualquier modo, la luz era más verde, los arbustos menos espesos y
amenazadores, y ahora podían descansar y recobrar el aliento.
Allí se quedaron un rato resollando y jadeando. Pero muy pronto los enanos empezaron a hacer
preguntas. Querían que Bilbo les explicase bien el asunto de las desapariciones; tanto les
interesó la historia del anillo que por un momento olvidaron sus propios problemas. Balin en
particular insistió en oír otra vez la historia de Gollum con acertijos y todo lo demás, y con el
anillo en el lugar que correspondía. Pero al cabo de un tiempo la luz comenzó a declinar, y se
hicieron otras preguntas. ¿Dónde estaban y por dónde corría el camino? ¿Dónde habría comida
y qué harían ahora? Estas preguntas fueron hechas una y otra vez, y esperaban que el pequeño
Bilbo conociese las respuestas. Por lo que podéis ver, habían cambiado mucho de opinión con
respecto al señor Bolsón, y ahora lo respetaban de veras (tal y como había dicho Gandalf). Ya
no refunfuñaban, y esperaban realmente que a Bilbo se le ocurriría algún plan maravilloso.
Sabían demasiado bien que si no hubiese sido por el hobbit todos estarían ya muertos; y se lo
agradecieron muchas veces. Algunos de ellos incluso se pusieron en pie y lo saludaron
inclinándose hasta el suelo, aunque el esfuerzo los hizo caer, y durante un rato no pudieron
incorporarse. Saber la verdad sobre las desapariciones no disminuyó de ningún modo la opinión
que Bilbo les merecía, pues entendieron que tenía ingenio, y también suerte y un anillo mágico, y
las tres cosas eran bienes muy útiles. En verdad lo elogiaron tanto que Bilbo llegó a sentir que
había algo en él de aventurero audaz, al fin y al cabo, aunque se hubiese sentido aún mucho más
audaz si hubiera tenido algo que comer.
Pero no había nada, nada de nada, y ninguno estaba en disposición de ir a buscar algo o
encontrar el sendero perdido. ¡El sendero perdido! En la fatigada cabeza de Bilbo no había otra
cosa. Se sentó y clavó los ojos en los árboles que se sucedían en interminables hileras, y al cabo
de un rato todos callaron otra vez. Todos excepto Balin. Mucho tiempo después que los otros
hubieran dejado de hablar y cuando ya habían cerrado los ojos, Balin seguía aún murmurando y
riendo entre dientes.
—¡Gollum! ¡Caramba! Así fue como se escabulló delante de mí, ¿no? ¡Ahora me lo explico!
Arrastrándose en silencio, nada más, ¿no, señor Bolsón? ¡Los botones todos sobre el umbral! El
bueno de Bilbo... Bilbo... Bil bo... bo... bo... bo... —Y entonces se quedó dormido, y durante un
largo rato no se oyó nada.
De pronto, Dwalin abrió un ojo y miró alrededor, —¿Dónde está Thorin? —preguntó.
Fue un golpe terrible. Desde luego, sólo eran trece, doce enanos y el hobbit. ¿Dónde, pues,
estaba Thorin? Se preguntaron qué desgracia habría caído sobre él: un encantamiento, o quizá
unos monstruos oscuros, y todos se estremecieron mientras yacían perdidos allí en el bosque. Y
así, cuando la tarde se hizo noche negra, cayeron uno tras otro en un sueño incómodo, de
horribles pesadillas; y ahí cenemos qué dejarlos por ahora, demasiado enfermos y débiles como
para ponerse a vigilar o turnarse como centinelas.
Thorin había sido capturado mucho antes que ellos. ¿Recordáis que Bilbo cayó dormido como un
tronco cuando entró en el círculo de luz? La vez siguiente fue Thorin quien dio un paso
adelante, y cuando la luz desapareció, cayó al suelo como una piedra encantada. Las voces de
los enanos perdidos en la noche, los gritos cuando las arañas se precipitaron sobre ellos y los
ataron, y todos los ruidos de la batalla del día siguiente, habían pasado inadvertidos para
Thorin. Luego los Elfos del Bosque se le echaron encima, y lo ataron, y se lo llevaron.
Por supuesto, las gentes de los banquetes eran Elfos del Bosque. Los elfos no son malos, pero
desconfían de los desconocidos: esto puede ser un defecto. Aunque dominaban la magia,
andaban siempre con cuidado, aun en aquellos días. Distintos de los Altos Elfos del Poniente,
eran más peligrosos y menos cautos, pues muchos de ellos (así como los parientes dispersos de
las colinas y montañas) descendían de las tribus antiguas que nunca habían ido a la Tierra
Occidental de las Hadas. Allí los Elfos de la Luz, los Elfos del Abismo y los Elfos del Mar
vivieron durante siglos y se hicieron más justos, prudentes y sabios, y desarrollaron artes
mágicas, y la habilidad de crear objetos hermosos y maravillosos, antes que algunos volvieran al
Ancho Mundo. En el Ancho Mundo los Elfos del Bosque disfrutaban de los crepúsculos del Sol y
la Luna, pero preferían las estrellas; e iban de un lado a otro por los bosques enormes que
crecían en tierras ahora perdidas. Habitaban la mayor parte del tiempo en los límites de las
florestas, de donde salían a veces para cazar o cabalgar y correr por los espacios abiertos a la
luz de la luna o de los astros; y luego de la llegada de los Hombres, se aficionaron más y más al
crepúsculo y a la noche. Sin embargo, eran y siguen siendo elfos, y esto significa Buena Gente.
En una gran cueva, algunas millas dentro del Bosque Negro, en el lado este, vivía en este
tiempo el más grande rey de los elfos. Por delante de unas puertas de piedra corría un río
que venía de las cimas de los bosques y desembocaba dentro y fuera de los pantanos, al pie
de las altas tierras boscosas. Esta gran cueva, en la que se abrían a un lado y a otro otras
cuevas más reducidas, se hundía mucho bajo tierra y tenía numerosos pasadizos y amplios
salones; pero era más luminosa y saludable que cualquier morada de trasgos, y no tan
profunda ni tan peligrosa. De hecho, los súbditos del rey vivían y cazaban en su mayor
parte en los bosques abiertos y tenían casas o cabañas en el suelo o sobre las ramas. Las
hayas eran sus árboles favoritos. La cueva del rey era el palacio, un sitio seguro para
guardar los tesoros y una fortaleza contra él enemigo.
Era también la mazmorra de los prisioneros. Así que a la cueva arrastraron a Thorin, no con
excesiva gentileza, pues no querían a los enanos y pensaban que Thorin era un enemigo. En
otros tiempos habían libra do guerras con algunos enanos, a quienes acusaban de haberles
robado un tesoro. Sería al menos justo decir que los enanos dieron otra versión y explicaban
que sólo habían tomado lo que era de ellos, pues el rey elfo les había encargado que le
tallasen la plata y el oro en bruto, y más tarde había rehusado pagarles. Si el rey elfo tenía
una debilidad, ésa eran los tesoros, en especial la plata y las gemas blancas; y aunque
guardaba muchas riquezas, siempre quería más, pensando que aún no eran tantas como las
de otros señores elfos de antaño. La gente élfica nunca cavaba túneles ni trabajaba los
metales o las joyas; ni tampoco se preocupaba mucho por comerciar o cultivar la tierra.
Todo esto era bien conocido por los enanos, aunque la familia de Thorin no había tenido
nada que ver con la disputa de la que hablamos antes. En consecuencia, Thorin se enojó por
el trato que había recibido cuando le quitaron el hechizo y recobró el conocimiento, y
estaba decidido también a que no le arrancasen ni una palabra sobre oro o joyas.
El rey miró severamente a Thorin cuando lo llevaron al palacio y le hizo muchas preguntas.
Pero Thorin sólo dijo que se estaba muriendo de hambre.
—¿Por qué tú y los tuyos intentasteis atacarnos tres veces durante la fiesta? —preguntó el
rey.
—Nosotros no los atacamos —respondió Thorin—, nos acercamos a pedir porque nos
moríamos de hambre.
—¿Dónde están tus amigos y qué hacen ahora?
—No lo sé, pero supongo que muriéndose de hambre en el bosque.
—¿Qué hacíais en el bosque?
—Buscábamos comida y bebida, pues nos moríamos de hambre.
—Pero, en definitiva, ¿qué asunto os trajo al bosque? —preguntó el rey, enojado.
Thorin cerró entonces la boca y no dijo nada más.
—¡Muy bien! —exclamó el rey—. Que se lo lleven y lo pongan a buen recaudo hasta que
tenga ganas de decir la verdad, aunque tarde cien años.
Entonces los elfos lo ataron con correas y lo encerraron en una de las cuevas más interiores,
de sólidas puertas de madera, y lo dejaron allí. Le dieron buena comida y bebida en
abundancia, pues los elfos no eran trasgos, y se comportaban de modo razonable con los
enemigos que capturaban, aun con los peores. Las arañas gigantes eran las únicas cosas
vivientes con las que no tenían misericordia,
Allí, en la mazmorra del rey, quedó el pobre Thorin, y luego de haber dado gracias por el
pan, la carne y el agua, empezó a preguntarse qué habría sido de sus infortunados amigos.
No tardó mucho en saberlo; pero esto es parte del capítulo siguiente y el comienzo de una
nueva aventura en la que el hobbit muestra otra vez su utilidad.
9. Barriles de contrabando
El día que siguió a la batalla con las arañas, Bilbo y los enanos hicieron un último y desesperado
esfuerzo por encontrar un camino de salida antes de morir de hambre y sed. Se incorporaron y
fueron tambaleándose hacia el sitio en que corría el sendero, según decían ocho de los trece;
pero nunca descubrieron si habían acertado. Un día como todos los del bosque se desvanecía
una vez más en una noche negra, cuando las luces de muchas antorchas aparecieron de súbito
todo alrededor, como cientos de estrellas rojas. Los Elfos del Bosque se acercaron cantando,
armados con arcos y lanzas, y dieron el alto a los enanos.
Nadie pensó en luchar. Aun si los enanos no se hubiesen encontrado en una situación tal que les
alegraba realmente ser capturados, los pequeños cuchillos, las únicas armas que tenían,
hubieran sido inútiles contra las flechas de los elfos, que podían golpear el ojo de un pájaro en
la oscuridad. De modo que se contentaron con detenerse, y se sentaron, y aguardaron, todos
excepto Bilbo, que se puso rápido el anillo y se deslizó a un lado. Así se explica que cuando los
elfos ataron a los enanos en una larga hilera, uno tras otro, y los contaron, nunca encontraron
ni contaron al hobbit.
No lo oyeron ni lo sintieron mientras corría al trote bastante atrás de la luz de las antorchas,
mientras ellos llevaban a los prisioneros por el bosque. Les habían vendado los ojos a todos,
pero esto no cambiaba mucho las cosas, pues aun Bilbo, que podía utilizar bien los ojos, no podía
ver a dónde iban, y de todos modos ni él ni los otros sabían de dónde habían partido.
Bilbo trataba por todos los medios de no quedarse demasiado atrás, pues los elfos hacían
marchar a los enanos con una rapidez que nunca habían conocido, sobre todo enfermos y
fatigados como estaban. El rey había ordenado que se dieran prisa. De pronto, las antorchas se
detuvieron, y el hobbit tuvo el tiempo justo para alcanzarlos antes que comenzasen a cruzar el
puente. Este era el puente que cruzaba el río y llevaba a las puertas del rey. El agua se
precipitaba oscura y violenta por debajo; y en el otro extremo había portones que cerraban una
enorme caverna en la ladera de una pendiente abrupta cubierta de árboles. Allí las grandes
hayas descendían hasta la misma ribera, y hundían los pies en el río.
Los elfos empujaron a los prisioneros a través del puente, pero Bilbo vaciló en la retaguardia.
No le gustaba nada el aspecto de la caverna, y sólo a último momento se decidió a no abandonar
a sus amigos, y se deslizó casi pisándole los talones al último de los elfos, antes de que los
grandes portones del rey se cerrasen detrás con un golpe sordo.
Dentro los pasadizos estaban iluminados con antorchas de luz roja, y los guardias elfos
cantaban marchando por corredores retorcidos, entrecruzados y resonantes. No se parecían a
los túneles de los trasgos: eran más pequeños, menos profundos, y de un aire más puro. En un
gran salón con pilares tallados en la roca viva, estaba sentado el rey elfo en una silla de madera
labrada. Llevaba en la cabeza una corona de bayas y hojas rojizas, pues el otoño había llegado
de nuevo. En la primavera se ceñía una corona de flores de los bosques. Sostenía en la mano un
cetro de roble tallado.
Los prisioneros fueron llevados al rey, y aunque él los miró con severidad, ordenó que los
desataran, pues estaban andrajosos y fatigados. Además, no necesitan cuerdas dijo. No hay
escapatoria de mis puertas mágicas para aquellos que alguna vez son traídos aquí.
Larga e inquisitivamente preguntó a los enanos sobre lo que hadan, y a dónde iban, y de dónde
venían; pero no consiguió sacarles más noticias que a Thorin. Se sentían desanimados y
enfadados, y ni siquiera intentaron parecer corteses.
¿Qué hemos hecho, oh rey? dijo Balin, el más viejo de los que quedaban ¿Es un crimen perderse
en el bosque, tener hambre y sed, ser atrapado por las arañas? ¿Son acaso las arañas vuestras
bestias domesticadas o vuestros animales falderos, y por eso os enojáis si las matamos?
Esta pregunta, desde luego, enojó aún más al rey, quien contestó: Es un crimen andar por mi
país sin mi permiso. ¿Olvidas que estabas en mi reino, utilizando el camino que mi pueblo abrió
una vez? ¿Acaso por tres veces no acosasteis e importunasteis a mi gente en el bosque, y
despertasteis a las arañas con vuestros gritos y tumultos? ¡Después de todo el disturbio que
habéis provocado tengo derecho a saber qué os trae por aquí, y si no me lo contáis ahora, os
encerraré a todos hasta que hayáis aprendido a ser sensatos y a tener buenas maneras!
Luego ordenó que pusieran a cada uno de los enanos en celdas separadas y les dieran comida y
bebida, pero que no se les permitiese dejar el calabozo, hasta que al menos uno de ellos se
decidiera a decir todo lo que él quería saber. Pero no les dijo que Thorin había sido hecho
prisionero. Bilbo mismo lo descubrió.
¡Pobre señor Bolsón!... Fue una larga y aburrida temporada la que pasó en aquel sitio, a solas, y
siempre oculto, nunca atreviéndose a sacarse el anillo, y apenas atreviéndose a dormir, aun
escondido en los rincones más oscuros y remotos que podía encontrar, Por hacer algo se dedicó
a recorrer el palacio del rey elfo. Unas puertas mágicas cerraban la entrada, pero a veces
podía salir, si era rápido. Compañías de los Elfos del Bosque, algunas veces con el rey a la
cabeza, salían de cuando en cuando de cacería, o a otros asuntos, a los bosques y a las tierras
del Este. Entonces, si Bilbo se apresuraba, podía deslizarse fuera detrás de ellos; aunque era
un riesgo muy peligroso. Más de una vez estuvo a punto de ser alcanzado por las puertas,
cuando batían juntas al pasar el último elfo; todavía no se atrevía a marchar entre ellos a causa
de la sombra que echaba (tenue y vacilante a la luz de las antorchas), o por miedo a que
tropezasen con él y lo descubriesen. Y cuando salía, lo que no era muy frecuente, no servía de
mucho. No deseaba abandonar a los enanos, y en verdad sin ellos no hubiera sabido a dónde ir.
No podía marchar al paso de los elfos cazadores durante el tiempo que estaban fuera, así que
nunca descubría los caminos de salida del bosque y se quedaba errando tristemente por la
floresta, aterrorizado de perderse, hasta que aparecía una oportunidad de regresar. Además
pasaba hambre fuera, pues no era cazador, mientras que en el interior de las cavernas podía
ganarse la vida de alguna forma, robando comida del almacén o la mesa cuando no había nadie a
la vista.
"Soy como un saqueador que no puede escapar, y ha de seguir saqueando miserablemente la
misma casa, día tras día" pensaba. "!Esta es la parte más monótona y gris de una desdichada,
fatigosa, e incómoda aventura! ¡Desearía estar de vuelta en mi agujerohobbit junto a mi propio
fuego, y a la luz de la lámpara!" A menudo deseaba también enviar un mensaje de socorro al
mago, pero aquello, desde luego, era del todo imposible; y pronto comprendió que si algo podía
hacerse, tendría que hacerlo él mismo, solo y sin ayuda.
Por fin, luego de una o dos semanas de esta vida furtiva, observando y siguiendo a los guardias
y aprovechando todas las oportunidades, se las arregló para descubrir dónde estaban
encerrados los enanos. Encontró las doce celdas en sitios distintos del palacio, y al cabo de un
tiempo consiguió conocer el camino bastante bien. Cuál no sería su sorpresa cuando oyó por
casualidad una conversación de los guardianes y se enteró de que había otro enano en prisión,
en un lugar especialmente profundo y oscuro. Adivinó en seguida, por supuesto, que se trataba
de Thorin; y descubrió al poco tiempo que la suposición era correcta. Después de muchas
dificultades consiguió encontrar el lugar cuando nadie rondaba y tener unas pocas palabras con
el jefe de los enanos.
Thorin se sentía demasiado desdichado para que sus propios infortunios continuaran
enfadándolo mucho tiempo, y ya estaba pensando en contarle al rey todo lo del tesoro y la
búsqueda (lo que prueba qué deprimido se sentía), cuando oyó la vocecita de Bilbo en el agujero
de la cerradura. No podía creerlo. Pronto, sin embargo, entendió que no podía estar equivocado
y se acercó a la puerta; y sostuvo una larga y susurrante charla con el hobbit al otro lado.
Así fue como Bilbo fue capaz de llevar en secreto un mensaje de Thorin a cada uno de los otros
enanos prisioneros, diciéndoles que Thorin, el jefe, estaba también en prisión, muy cerca, y que
nadie revelara al rey el objeto de la misión, no todavía, no antes que Thorin lo ordenase. Pues
Thorin se sintió otra vez animado al oír cómo el hobbit había salvado a los enanos de las arañas,
y resolvió de nuevo no pagar un rescate (prometiéndole al rey una parte del tesoro) hasta que
toda Otra esperanza de salir de allí se hubiese desvanecido; en realidad hasta que el
extraordinario señor Bolsón Invisible (de quien empezaba a tener en verdad una opinión muy
alta) hubiese fracasado por completo en encontrar una solución más ingeniosa.
Los otros enanos estuvieron por completo de acuerdo cuando recibieron el mensaje. Todos
pensaron que las partes del tesoro que les tocaban (y de las que se consideraban los
verdaderos dueños, a pesar de la situación en que se encontraban ahora y del todavía invicto
dragón) se verían seriamente disminuidas si los Elfos del Bosque reclamaban una porción; y
todos confiaban en Bilbo. Exactamente lo que Gandalf había anunciado, como veis. Tal vez ésa
era parte de la razón por la que sé marchó y los dejó.
Bilbo, sin embargo, no se sentía tan optimista. No le gustaba que alguien dependiera de él, y
deseaba que el mago estuviese al alcance. Pero era inútil; quizá estaban separados por toda la
oscura extensión del Bosque Negro. Se sentó y pensó y pensó, hasta que casi le estalló la
cabeza, pero no se le ocurrió ninguna idea brillante. Un anillo invisible era algo de veras valioso,
aunque no de mucha utilidad entre catorce. Pero desde luego, como habréis adivinado, al final
rescató a sus amigos, y así es como sucedió:
Un día mientras curioseaba y deambulaba, Bilbo descubrió algo muy interesante: los grandes
portones no eran la única entrada a las cavernas. Un arroyo corría por debajo del palacio, y se
unía al Río del Bosque un poco al este, más allá de la cuesta empinada en la que se abría la boca
principal. En la ladera de la colina donde nacía este curso subterráneo había una compuerta. La
bóveda rocosa descendía a la superficie del agua, y desde allí podía dejarse caer un portalón
hasta el mismo lecho del río, para impedir que alguien entrase o saliese. Pero el portalón estaba
abierto a menudo, pues mucha gente iba y venía por la compuerta. Si alguien hubiese llegado
por ese camino, se habría encontrado en un túnel oscuro y tosco que se adentraba en el
corazón de la colina; pero debajo de las cavernas, en cierto sitio, el techo había sido horadado
y tapado con grandes escotillas de roble, que comunicaban con las bodegas del rey. Allí se
amontonaban barriles y barriles y barriles; pues los Elfos del Bosque, y sobre todo el rey, eran
muy aficionados al vino, aunque no había viñas en aquellos parajes. El vino, y otras mercancías
eran traídos desde lejos, de la tierras que habitaban los parientes del Sur, o de los viñedos de
los Hombres en tierras distantes.
Escondido detrás de uno de los barriles más grandes, Bilbo descubrió las escotillas y para qué
servían, y escuchando la charla de los sirvientes del rey, se enteró de cómo el vino y otras
mercancías remontaban los ríos, o cruzaban la tierra, hasta el Lago Largo. Parecía que una
ciudad de Hombres aún prosperaba allí, construida sobre puentes, lejos, aguas adentro, como
una protección contra enemigos de toda suerte, y especialmente contra el dragón de la
Montaña. Traían los barriles desde la Ciudad del Lago, remontando el Río del Bosque. A menudo
los ataban juntos como grandes almadías y los empujaban aguas arriba con pértigas o remos;
algunas veces los cargaban en botes planos.
Cuando los barriles estaban vacíos, los elfos los arrojaban a través de las escotillas, abrían la
compuerta, y los barriles flotaban fuera en el arroyo, hasta que eran arrastrados por la
corriente a un sitio lejano río abajo, donde la ribera sobresalía, cerca de los lindes orientales
del Bosque Negro. Allí eran recogidos y atados juntos, y flotaban de vuelta a la ciudad, que se
alzaba cerca del punto donde el Río del Bosque desembocaba en el Lago Largo.
Bilbo estuvo sentado un tiempo meditando sobre esta compuerta, y preguntándose si los enanos
podrían escapar por allí, y al fin tuvo el desesperado esbozo de un plan.
Habían servido la comida de la noche a los prisioneros. Los guardias se alejaron con pasos
pesados bajando los pasadizos, llevando la luz de las antorchas con ellos y dejando todo a
oscuras. Entonces Bilbo oyó la voz del mayordomo del rey que daba las buenas noches al jefe
de los guardias.
Ahora ven conmigo dijo, y prueba el nuevo vino que acaba de llegar Estaré trabajando duro
esta noche, limpiando las bodegas de barriles vacíos, de modo que tomemos primero un trago,
para que me ayude a trabajar.
Muy bien rió el jefe de los guardias Lo probaré contigo, y veré si es digno de la mesa del rey.
¡Hay un banquete esta noche y no habría que mandar nada malo!
Cuando Bilbo oyó esto, se excitó sobremanera, pues entendió que la suerte lo acompañaba, y
que pronto tendría ocasión de intentar aquel plan desesperado. Siguió a los dos elfos, hasta que
entraron en una pequeña bodega y se sentaron a una mesa en la que había dos jarros grandes.
Los elfos empezaron a beber y a reír alegremente. Una suerte desusada acompañó entonces a
Bilbo. Tiene que ser un vino muy poderoso el que ponga somnoliento a un elfo del bosque; pero
este vino, parecía, era la embriagadora cosecha de los gran des jardines de Dorwinion, no
destinado a soldados o sirvientes, sino sólo a los banquetes del rey, y para ser servido en
cuencos más pequeños, no en los grandes jarros del mayordomo.
Muy pronto el guardia jefe inclinó la cabeza; luego la apoyó sobre la mesa y se quedó
profundamente dormido. El mayordomo continuó riendo y charlando consigo mismo durante un
rato, distraído al parecer, pero luego él también inclinó la cabeza, y cayó dormido y roncando al
lado del guardia. El hobbit se escurrió entonces en la bodega, y un momento después el guardia
jefe ya no tenía las llaves, mientras Bilbo trotaba tan rápido como le era posible, a lo largo de
los pasadizos, hacia las celdas. El manojo de llaves le parecía muy pesado, y a veces se le
encogía el corazón, a pesar del anillo, pues no podía evitar que las llaves tintineasen de cuando
en cuando, estremeciéndolo de pies a cabeza.
Primero abrió la puerta de Balin, y la cerró de nuevo con cuidado tan pronto como el enano
estuvo fuera.
Balin parecía muy sorprendido, como podéis imaginar; pero en cuanto dejó aquella habitación de
piedra agobiante y minúscula, se sintió muy contento y quiso detenerse y hacer preguntas, y
conocer sintió muy contento y quiso detenerse y hacer preguntas, y conocer los planes de
Bilbo, y todo lo demás.
¡No hay tiempo ahora! dijo el hobbit. Simplemente sígueme. Tenemos que mantenernos juntos y
no arriesgarnos a que nos separen. Tenemos que escapar todos o ninguno, y esta es la última
oportunidad. Si se descubre, quién sabe dónde os pondrá el rey entonces, con cadenas en las
manos y los pies, supongo. ¡No discutas, sé un buen muchacho!
Luego fueron de puerta en puerta, hasta que los siguieron los otros doce, ninguno de ellos
demasiado ágil, a causa de la oscuridad y el largo encierro. El corazón de Bilbo latía con
violencia cada vez que uno de ellos tropezaba, gruñía, o susurraba en las tinieblas, ¡Maldita sea
este jaleo de enanos! se dijo. Pero no ocurrió nada desagradable, y no tropezaron con ningún
guardia. En realidad, había un gran banquete otoñal aquella noche en los bosques y en los
salones de arriba. Casi toda la gente del rey estaba de fiesta.
Al fin, luego de extraviarse varias veces, llegaron a la mazmorra de Thorin, bien abajo, en un
sitio profundo, y por fortuna no lejos de las bodegas.
¡Qué te parece! dijo Thorin, cuando Bilbo le susurró que saliera y se uniera a los otros. ¡Gandalf
dijo la verdad, como de costumbre! Eres un buen saqueador, parece, cuando llega el momento.
Estoy seguro de que estaremos siempre a tu servicio, ocurra lo que ocurra. Pero, ¿qué viene
ahora?
Bilbo entendió que había llegado el momento de explicar el plan, dentro de lo posible; aunque no
sabía muy bien cómo reaccionarían los enanos. Estos temores estaban bastante justificados,
pues lo que él les dijo no les gustó y se pusieron a refunfuñar y a gritar a pesar del peligro.
¡Nos magullaremos y nos haremos pedazos, y nos ahogaremos también, seguro! dijeron. Creímos
que habías ideado algo sensato cuando te apoderaste de las llaves. ¡Esto es una locura!
¡Muy bien! dijo Bilbo desanimado, y también bastante molesto. Regresad a vuestras agradables
celdas, os encerraré otra vez, y allí podréis sentaros cómodamente y pensar en un plan mejor...
aunque supongo que no conseguiré de nuevo las llaves, aun cuando me sintiese con ganas de
intentarlo.
Aquello fue demasiado para ellos, y se calmaron. Al final, desde luego, tuvieron que hacer
exactamente lo que Bilbo había sugerido, pues era obviamente imposible buscar y encontrar el
camino en los salones de arriba, o luchar y salir cruzando unas puertas que se cerraban por
arte de magia; y no era bueno refunfuñar en los pasadizos y esperar a que los capturasen otra
vez. De modo que siguiendo con cautela al hobbit, fueron a las bodegas de abajo. Pasaron ante
la puerta de la bodega donde el jefe de los guardias y el mayordomo todavía roncaban felices
con rostros sonrientes. El vino de Dorwinion produce sueños profundos y agradables. Habría
una expresión diferente en la cara del jefe de los guardias al otro día, aun cuando Bilbo, antes
de continuar, se deslizó sigiloso y amablemente le puso las llaves de vuelta en el cinturón.
Eso le ahorrará alguno de los problemas en qué está metido se dijo. No era un mal muchacho, y
trató con decencia a los prisioneros. Quedarán muy desconcertados. Pensarán que teníamos una
magia muy poderosa para traspasar las puertas cerradas y desaparecer. ¡Desaparecer!
¡Tenemos que darnos prisa, si queremos que así sea!
Se encargó a Balin que vigilase al guardia y al mayordomo, y avisara si hacían algún movimiento.
El resto entró en la bodega aledaña, donde estaban las escotillas. Había poco tiempo que
perder. En breve, como sabía Bilbo, algunos elfos bajarían a ayudar al mayordomo en la tarea
de pasar los barriles vacíos por las puertas y echarlos al río. Los barriles estaban ya dispuestos
en hileras en medio del suelo, aguardando a que los empujasen. Algunos eran barriles de vino, y
no muy útiles, pues no podían abrirse por el fondo sin hacer ruido, ni cerrarse de nuevo con
facilidad. Pero había algunos que habían servido para traer otras mercancías, mantequilla,
manzanas y toda suerte de cosas, al palacio del rey.
Pronto encontraron trece cubas con espacio suficiente para un enano en cada una. En verdad,
algunas eran demasiado grandes, y los enanos pensaron con angustia en las sacudidas y
topetazos que soportarían dentro, aunque Bilbo buscó paja y otros materiales para empacarlos
lo mejor que pudo, en tan corto tiempo. Por último, doce enanos estuvieron dentro de los
barriles. Thorin había causado muchas dificultades, y daba vueltas y se retorcía en la cuba, y
gruñía como perro grande en perrera pequeña; mientras que Balin, que fue el último, levantó un
gran alboroto a propósito de los agujeros para respirar, y dijo que se estaba ahogando aun
antes de que taparan el barril. Bilbo había tratado de cerrar los agujeros en los costados de
los barriles y sujetar bien todas las tapaderas, y ahora se encontraba de nuevo solo, corriendo
alrededor, dando los últimos toques al embalaje, y aguardando contra toda esperanza que el
plan no fracasara.
Había concluido con el tiempo justo. Sólo uno ó dos minutos después de encajar la tapadera de
Balin, llegó un sonido de voces y un parpadeo de luces. Algunos elfos venían riendo y charlando
y cantando a las bodegas. Habían dejado un alegre festín en uno de los salones y estaban
resueltos a retornar tan pronto como les fuese posible.
¿Dónde está el viejo Galion, el mayordomo? dijo uno. No lo he visto a la mesa esta noche.
Tendría que encontrarse aquí ahora, para mostrarnos lo que hay que hacer.
Me enfadaré si el viejo perezoso se retrasa dijo Otro ¡No tengo ganas de perder el tiempo aquí
abajo mientras se canta allá arriba!
¡Ja, ja! llegó una carcajada ¡Aquí está el viejo tunante con la cabeza metida en un jarro! Ha
estado montando un pequeño banquete para él y su amigo el capitán.
¡Sacúdelo! ¡Despiértalo! gritaron los otros, impacientes.
A Galion no le gustó nada que lo sacudieran y despertaran, y mucho menos que se rieran de él.
Estáis retrasados gruñó. Aquí estoy yo, esperando y esperando, mientras vosotros bebéis y
festejáis y olvidáis vuestras tareas. ¡No os maraville que caiga dormido de aburrimiento!
No nos maravilla dijeron ellos, ¡cuando la explicación está tan cerca en un jarro! ¡Vamos,
déjanos probar tu soporífero antes de que comencemos la tarea! No es necesario despertar al
joven de las llaves. Por lo que parece, ha tenido su ración.
Bebieron entonces una ronda, y de repente todos se pusieron muy contentos. Pero no perdieron
por completo la cabeza. ¡Sálvanos, Galion! gritó alguien. ¡Empezaste la fiesta temprano y se te
embotó el juicio! Has apilado aquí algunos toneles llenos en lugar de los vacíos, a juzgar por lo
que pesan.
¡Continuad con el trabajo! gruñó el mayordomo Los brazos ociosos de un levantacopas nada
saben de pesos. Estos son los que hay que llevar y no otros. ¡Haced lo que digo!
¡Está bien, está bien! le respondieron haciendo rodar los barriles hasta la abertura. ¡Tú serás el
responsable si las cubas de mantequilla del rey y el vino mejor son empujados al río para qué los
hombres del lago se regalen gratis!
¡Ruedaruedaruedarueda,
ruedaruedarueda bajando a la cueva!
¡Levantad, arriba, que caigan a plomo!
Allá abajo van, chocando en el fondo.
Así cantaban, mientras primero uno, y luego otro, los barriles bajaban retumbando a la oscura
abertura y eran empujados hacia las aguas frías que corrían unos pies más abajo. Algunos eran
barriles realmente vacíos; algunos eran cubas bien cerradas con un enano dentro; todos
cayeron, uno tras otro, golpeando y entrechocándose, precipitándose en el agua, sacudiéndose
contra las paredes del túnel, y flotando lejos corriente abajo.
Fue entonces precisamente cuando Bilbo descubrió de pronto el punto débil del plan. Seguro
que ya os disteis cuenta hace tiempo, y os habéis reído de él; pero no creo que hubierais
conseguido ni la mitad de lo que él consiguió. ¡Por supuesto, él no estaba en ningún barril, ni
había nadie allí para empacarlo, aun si se hubiera presentado la oportunidad! Parecía como si
esta vez fuese a perder de veras a sus amigos (ya habían desaparecido casi todos a través de
la escotilla oscura), que lo dejarían atrás para siempre, de modo que él tendría que quedarse
allí escondido, como un saqueador sempiterno de las cuevas de los elfos. Pues aun si hubiera
podido escapar en seguida por los portones superiores, no tenía muchas posibilidades de
reencontrarse con los enanos. No sabía cómo llegar al sitio donde recogían los barriles. Se
preguntó qué demonios les ocurriría sin él; pues no había tenido tiempo de contar a los enanos
todo lo que había averiguado, o lo que se había; propuesto hacer, una vez fuera del bosque.
Mientras todos estos pensamientos le cruzaban por la mente, los elfos, que parecían ahora muy
animados, comenzaron a entonar una canción junto a la puerta del río. Algunos habían ido ya a
tirar de las cuerdas que alzaban la compuerta para dejar salir a los barriles tan pronto como
todos flotaran abajo.
¡Bajas la rápida corriente oscura
de vuelta a tierras que antaño conociste!
Deja las salas y cavernas profundas.
las escarpadas montañas del norte,
en donde el bosque tenebroso y ancho
en sombras grises y hoscas se inclina.
Más allá de este mundo de árboles
flota saliendo hacia la brisa,
más allá de las cañadas y los juncos,
más allá de las hierbas del pantano,
en la neblina blanca que asciende
del lago nocturno y de los charcos.
¡Sigue, sigue a las estrellas que asoman
arriba en cielos fríos y empinados,
gira con el alba sobre la tierra,
sobre la arena, sobre los rápidos!
¡Lejos al Sur, y más lejos al Sur!
¡Busca la luz del sol y la del día,
de vuelta a los pastos, y a los prados,
que vacas y bueyes apacentan!
¡De vuelta a los jardines de las lomas
donde las bayas crecen y maduran
bajo la luz del sol y bajo el día!
¡Lejos al Sur, más lejos al Sur!
¡Bajas la rápida corriente oscura
de vuelta, a tierras que antaño conociste!
¡Ya el último de los barriles iba rodando hacia las puertas! Desesperado, y no sabiendo qué
hacer, el pobre pequeño Bilbo se aferró al barril y fue empujado con él sobre el borde. Cayó
abajo en el agua fría y oscura, con el barril encima, y subió otra vez balbuceando y arañando la
madera corno una rata, pero a pesar de todos sus esfuerzos no pudo trepar. Cada vez que lo
intentaba, el barril daba una media vuelta y lo sumergía otra vez. El barril estaba realmente
vacío, y flotaba como un corcho. Aunque Bilbo tenía las orejas llenas de agua, aún podía oír a los
elfos, cantando arriba en la bodega. Entonces, de súbito, las escotillas cayeron y las voces se
desvanecieron a lo lejos. Bilbo estaba ahora en un túnel oscuro, flotando en el agua helada,
completamente solo... pues no puedes contar con amigos que flotan encerrados en barriles.
Muy pronto una mancha gris apareció delante, en la oscuridad. Oyó el chirrido de la compuerta
que se levantaba, y se encontró en medio de una fluctuante y entrechocante masa de toneles y
cubas, todos empujan do juntos para pasar por debajo del arco y salir a las aguas del río. Trató
por todos los medios de impedir que lo golpearan y machacaran; pero al fin, los barriles
apiñados comenzaron a dispersarse y a balancearse, uno por uno, bajo la arcada de piedra y
más allá. Entonces Bilbo vio que no le habría servido de mucho si hubiese subido a horcajadas
sobre el barril, pues apenas había espacio, ni siquiera para un hobbit, entre el barril y el techo
ahora inclinado de la compuerta.
Fuera salieron, bajo las lamas que colgaban desde las dos orillas. Bilbo se preguntaba qué
sentirían en ese momento los enanos, y si no estaría entrando agua en las cubas. Algunas de las
que pasaban flotando en la oscuridad, junto a él, parecían bastante hundidas en el agua, y
supuso que llevarían enanos dentro.
"¡Espero haber ajustado bastante las tapas!" pensó, pero en seguida estuvo demasiado
preocupado por sí mismo para acordarse de los enanos, Conseguía mantener la cabeza sobre el
agua de algún modo, la suerte cambiase, cuanto tiempo seria capaz de resistir, y si podía correr
el riesgo de soltarse e intentar nadar hasta la orilla.
La suerte cambió de pronto: la corriente arremolinada arrastró varios barriles a un punto de la
ribera, y allí se quedaron un rato, varados contra alguna raíz oculta. Bilbo aprovechó entonces
la ocasión para trepar por el costado del barril apoyado firmemente contra. otro. Subió
arrastrándose como una rata ahogada, y se tendió arriba, tratando de mantener el equilibrio.
La brisa era fría, pero mejor que el agua, y esperaba no caer rodando de repente.
Los barriles pronto quedaron libres otra vez y giraron y dieron vueltas río abajo, saliendo a la
corriente principal. Bilbo descubrió entonces que era muy difícil mantenerse sobre el barril, tal
como había temido, y además se sentía bastante incómodo. Por fortuna, Bilbo era muy liviano, y
el barril grande, y bastante deteriorado, de modo que había embarcado una pequeña cantidad
de agua. Aun así, era como cabalgar sin brida ni estribos un poney panzudo que no pensara en
Otra cosa que en revolcarse sobre la hierba.
De este modo el señor Bolsón llegó por fin a un lugar donde los árboles raleaban a ambos lados.
Alcanzaba a ver el cielo pálido entre ellos. El río oscuro se ensanchó de pronto, y se unió al
curso principal del Río del Bosque, que fluía precipitadamente desde los grandes portones del
rey. En la móvil superficie de una extensión de agua que las sombras ya no cubrían, se
reflejaban las nubes y las estrellas en luces danzantes y rotas. Las rápidas aguas del Río del
Bosque llevaron toda la compañía de toneles y cubas a la ribera norte, donde habían abierto una
ancha bahía. Esta tenía una playa. de guijarros al pie del barranco, y estaba cerrada en el
extremo oriental por un pequeño cabo sobresaliente de roca dura. Muchos de los barriles
encallaron en los bajíos arenosos, aunque unos pocos fueron a golpear contra el dique de roca.
Había gente vigilando las riberas. Empujaron rápidamente y movieron con pértigas todos los
barriles hacia los bajíos, y los contaron y ataron juntos y los dejaron allí hasta la mañana.
¡Pobres enanos! Bilbo no estaba tan mal ahora. Bajó deslizándose del barril, y vadeó el río hasta
la orilla, y luego se escurrió hacia algunas cabañas que alcanzaba a ver cerca del río. Si tenía la
Oportunidad de tomar una cena sin invitación, esta vez no lo pensaría mucho; se había visto
obligado a hacerlo durante mucho tiempo, y ahora sabía demasiado bien lo que era tener
verdadera hambre, y no sólo un amable interés por las delicadezas de una despensa bien
provista. Había llegado a ver la luz de un fuego entre los árboles, y era una luz atractiva; las
ropas caladas y andrajosas se le pegaban frías y húmedas al cuerpo.
No es necesario contaros mucho de las aventuras de Bilbo aquella noche, pues nos estamos
acercando ya al término del viaje hacia el este, y llegando a la última y mayor aventura, de
modo que hemos de darnos prisa. Ayudado, como es natural, por el anillo mágico, a Bilbo le fue
muy bien al principio, pero al cabo fue traicionado por sus pisadas húmedas y el rastro de gotas
que iba dejando dondequiera que fuese o se sentase; y luego se puso a lagrimear, y cuando
intentaba ocultarse era descubierto por las terribles explosiones de unos estornudos
contenidos. Muy pronto hubo una gran conmoción en la villa ribereña; mas Bilbo escapó hacia los
bosques llevando una hogaza y un pellejo de vino y un pastel que no le pertenecían. El resto de
la noche tuvo que pasarla mojado como estaba y sin fuego, pero el pellejo de vino lo ayudó, y
hasta alcanzó a dormitar un rato sobre unas hojas secas, aunque el ano estaba avanzado y el
aire era cortante.
Despertó de nuevo con un estornudo especialmente ruidoso. La mañana era gris, y había un
alegre alboroto río abajo. Estaban construyendo una almadía de barriles, y los elfos de la
almadía la llevarían pronto aguas abajo hacia la Ciudad del Lago. Bilbo estornudó otra vez. Las
ropas ya no le chorreaban, pero tenía el cuerpo helado. Descendió gateando tan rápido como se
lo permitían las piernas entumecidas, y logró alcanzar justo a tiempo el grupo de toneles sin
que nadie se diera cuenta en la confusión general. Por suerte, no había sol entonces que
proyectase una sombra reveladora, y por misericordia no estornudó otra vez durante un buen
rato.
Hubo un poderoso movimiento de pértigas. Los elfos que estaban en los bajíos impelían y
empujaban. Los barriles, ahora amarrados entre si, se rozaban y crujían.
¡Es una carga pesada! gruñían algunos. Flotan muy bajos... algunos no están del todo vacíos. Si
hubiesen llegado a la luz del día podríamos haberles echado una ojeada dijeron.
¡Ya no hay tiempo! gritó el elfo de la almadía. ¡Empujad!
Y allá fueron por fin, lentamente al principio, hasta que dejaron atrás el cabo rocoso, donde
otros elfos esperaban para apartarlos con pértigas, y luego más y más rápido cuando entraron
en la corriente principal, y navegaron y fueron alejándose, aguas abajo, hacia el Lago.
Habían escapado de las mazmorras del rey y habían atravesado el bosque, pero si vivos o
muertos, todavía estaba por verse.
10. Una cálida bienvenida
El día crecía más claro y caluroso a medida que avanzaban flotando. Luego de un corto trecho,
el río rodeaba a la izquierda un repecho de tierra escarpada. Al pie de la pared rocosa que se
alzaba como un risco en una llanura, la corriente más profunda fluía lamiendo y borboteando.
De repente el risco se estrechó. Las orillas se hundieron. Los árboles desaparecieron. Bilbo
miró.
Las tierras se abrían amplias alrededor, cubiertas por las aguas del río que se perdía y se
Bifurcaba en un centenar de cursos zigzagueantes, o se estancaba en remansos y pantanos con
islotes a los lados; pero aun así, una fuerte corriente seguía su curso regular.
¡Y allá, a lo lejos, mostrando la cima oscura entre retazos de nubes, allá amenazadora, asomaba
la Montaña! Los picos más próximos de la zona noroeste y el hundido valle que los unía no
alcanzaban a distinguirse. Sola y adusta, la Montana contemplaba el bosque por encima de los
pantanos. ¡La Montaña Solitaria! Bilbo había viajado mucho y había pasado muchas aventuras
para verla, y ahora no le gustaba nada.
Mientras escuchaba la conversación de los elfos en la almadía, e hilaba los pedazos de
información que dejaban caer, pronto comprendió que era muy afortunado por haberla visto,
aun desde lejos. Había sufrido mucho cuando cayó prisionero, y ahora no encontraba una
postura cómoda (por no mencionar a los pobres enanos debajo de él), y sin embargo no se había
dado cuenta de la suerte que había tenido. La conversación se refería sólo al comercio que iba
y venía por los canales y al incremento del tráfico en el río, pues las carreteras del este que
conducían al Bosque Negro habían desaparecido o dejaron de utilizarse; y además los Hombres
del Lago y los Elfos del Bosque se habían disputado el dominio del Río del Bosque y el cuidado
de las riberas. Estos territorios habían cambiado mucho desde los días en que los enanos
moraran en la Montaña, días que para la mayoría de la gente sólo eran ahora una vaga tradición.
Habían cambiado aun en años recientes y desde las últimas noticias que Gandalf tenía de ellos.
Inundaciones y lluvias habían aumentado el caudal de las aguas en el Este; y había habido uno o
dos terremotos (que algunos se inclinaron a atribuir al dragón, mientras señalaban la Montaña
con una maldición y un ominoso movimiento de cabeza). Los pantanos y ciénagas se habían
extendido más y más a ambos lados. Los senderos habían desaparecido, y los jinetes o
caminantes hubieran tenido un destino similar si hubiesen intentado encontrar los viejos
caminos. El sendero elfo que cruzaba el bosque y que los enanos habían tomado siguiendo el
consejo de Beorn, ahora llegaba a un dudoso e insólito final en el borde oriental del bosque;
sólo el río era aún un trayecto seguro desde el linde norte del Bosque Negro hasta las lejanas
planicies sombreadas por la Montaña; y el río estaba vigilado por el rey de los Elfos del Bosque.
Así que como veis, Bilbo había tomado al final el único camino que era en realidad bueno. El
señor Bolsón hubiera podido sentirse reconfortado, mientras temblaba sobre los barriles, si
hubiese sabido que noticias de todo esto habían llegado a Gandalf allá lejos, preocupándolo de
veras, y que estaba a punto de acabar otro asunto (que no viene a cuento mencionar en este
relato) y se disponía a regresar en busca de la gente de Thorin. Pero Bilbo no lo sabía.
Todo cuanto sabía era que el río parecía seguir y seguir y seguir, y que él tenía hambre, y un
horroroso resfriado de nariz, y que no le gustaba cómo la Montaña parecía fruncir el ceno y
amenazarlo a medida que se acercaban. Sin embargo, al cabo de un rato, el río tomó un curso
más meridional y la Montana retrocedió de nuevo, y al fin, ya caída la tarde, entre orillas ahora
de rocas, el río reunió todas sus aguas errantes en un profundo y rápido flujo, y descendió
precipitadamente.
El sol ya se había puesto cuando luego de un recodo y de bajar otra vez hacia el este, el Río del
Bosque se precipitó en el Lago Largo. Las puertas del río se alzaban como altos acantilados, a
un lado y a otro, con guijarros apilados en las orillas. ¡El Lago Largo! Bilbo nunca había
imaginado que pudiera haber una extensión de agua tan enorme, excepto el mar. Era tan ancho
que las márgenes opuestas asomaban apenas a lo lejos, y tan largo que no se veía el extremo
norte, que apuntaba a la Montaña. Sólo por el mapa supo Bilbo que allá arriba, donde las
estrellas del Carro ya titilaban, el Río Rápido descendía desde el valle desembocando en el
Lago, y junto con el Río del Bosque colmaba con aguas profundas lo que una vez tenia que haber
sido un valle de piedra grande y hondo. En el extremo meridional las dobles aguas se vertían de
nuevo en al tas cascadas y corrían de prisa hacia tierras desconocidas, En el aire tranquilo del
anochecer el ruido de las cascadas resonaba como un bramido distante.
No lejos de la boca del Río del Bosque se alzaba la extraña ciudad de la que hablaran los elfos,
en las bodegas del rey. No estaba emplazada en la orilla, aunque había allí unas cuantas cabañas
y construcciones, sino sobre la superficie misma del Lago, en una apacible bahía protegida de
los remolinos del río por un promontorio de roca.
Un gran puente de madera se extendía hasta unos enormes troncos que sostenían una bulliciosa
ciudad también de madera, no una ciudad de Elfos sino de Hombres, que aún se atrevían a vivir
a la sombra de la distante Montana del dragón. Sacaban aún algún provecho del tráfico que
venía desde él Sur, río arriba, y que en el trayecto de las cascadas era transportado por tierra
hasta la ciudad; pero en los grandes días de antaño, cuando el Valle Norte era rico y próspero,
ellos habían sido poderosos hombres de fortuna; vastas flotas de barcos habían poblado
aquellas aguas, y algunos llevaban oro y otros guerreros con armaduras, y allí se habían
conocido guerras y hazañas que ahora eran sólo una leyenda. A lo largo de las orillas podían
verse aún los pilotes carcomidos de una ciudad más grande, cuando bajaban las aguas, durante
las sequías.
Pero los hombres poco recordaban de todo aquello, aunque algunos todavía cantaban viejas
canciones sobre los reyes enanos de la Montaña, Thror y Thrain de la raza de Durin, y sobre la
llegada del Dragón y la caída de los Señores de Valle. Algunos cantaban también que Thror y
Thrain volverían un día, y que el oro correría en ríos por las compuertas de la Montaña, y que en
todo aquel país se oirían canciones nuevas y risas nuevas. Pero esta agradable leyenda no
afectaba mucho los asuntos cotidianos de los hombres.
Tan pronto como la almadía de barriles apareció a la vista, unos botes salieron remando desde
los pilotes de la ciudad, y unas voces saludaron a los timoneles. Los elfos arrojaron cuerdas y
retiraron los remos, y pronto la balsa fue arrastrada fuera de la corriente del Río del Bosque,
y luego remolcada, bajo el alto repecho rocoso hasta la pequeña bahía de la Ciudad del Lago.
Allí la amarraron no lejos de la cabecera del puente. Pronto vendrían hombres del Sur y se
llevarían algunos de los barriles, y otros los cargarían con mercancías que habían traído consigo
para devolverlas río arriba a la morada de los Elfos del Bosque. Mientras tanto los barriles
quedaron en el agua, y los elfos de la almadía y los barqueros fueron a celebrarlo en la Ciudad
del Lago.
Se hubieran sorprendido si hubiesen visto lo que ocurrió allá abajo en la orilla después de que
se fueran, ya caída la noche. Bilbo soltó ante todo un barril y lo empujó hasta la orilla, donde lo
abrió. Se oyeron unos quejidos y un enano de aspecto lastimoso salió arrastrándose. Unas pajas
húmedas se le habían enredado en la barba enmarañada; estaba tan dolorido y entumecido, con
tantas magulladuras y cardenales, que apenas pudo sostenerse en pie y atravesar a tumbos el
agua poco profunda; y siguió lamentándose tendido en la orilla. Tenía una mirada famélica y
salvaje, como la de un perro encadenado y olvidado en la perrera toda una semana. Era Thorin,
aunque sólo podríais reconocerlo por la cadena de oro y por el color del capuchón celeste, ahora
sucio y andrajoso, con la borla de plata deslustrada. Tuvo que pasar algún tiempo antes de que
volviese a ser amable con el hobbit.
Bien, estas vivo o muerto? preguntó Bilbo un tanto malhumorado. Quizá había olvidado que él
por lo menos había tenido una buena comida más que los enanos, y también los brazos y piernas
libres, y no hablemos de la mayor ración de aire. ¿Estás todavía preso, o libre? Si quieres
comida, y si quieres continuar con esta estúpida aventura (es tuya al fin y al cabo, y no mía),
mejor será que sacudas los brazos, te frotes las piernas e intentes ayudarme a sacar a los
demás, mientras sea posible.
Por supuesto, Thorin entendió la sensatez de estas palabras, y luego de unos cuántos quejidos
más, se incorporó y ayudó al hobbit lo mejor que pudo. En la oscuridad, chapoteando en el agua
fría, tuvieron una difícil y muy desagradable tarea tratando de dar con los barriles de los en?
nos. Dando golpes fuera y llamándolos, sólo descubrieron a unos seis enanos capaces de
contestar. A estos los desembalaron y ayudaron a alcanzar la orilla, y allí los dejaron, sentados
o tumbados, quejándose y gruñendo. Estaban tan doloridos, entumecidos y empapados que
apenas si alcanzaban a darse cuenta de que los habían liberado o de que había, razones para
que se mostraran agradecidos.
Dwalin y Balin eran dos de los más desafortunados, y no valía la pena pedirles ayuda. Bifur y
Bofur estaban menos magullados y más secos, pero permanecían tumbados y no hacían nada. Fíli
y Kili, sin embargo, que eran jóvenes (para un enano) y que además habían sido mejor
embalados, con paja abundante y en toneles más pequeños, emergieron casi sonrientes, con
alguna que otra magulladura y un entumecimiento que pronto les desapareció.
¡Espero no oler nunca más una manzana! dijo Fíli. Mi cuba estaba toda impregnada de ese
aroma. No oler ninguna otra cosa que manzanas cuando apenas puedes moverte y estás helado y
enfermo de hambre, es enloquecedor. Me comería hoy cualquier cosa de todo el ancho mundo
durante horas y horas... ¡pero nunca una manzana!
Con la voluntariosa ayuda de Fíli y Kili, Thorin y Bilbo descubrieron al fin al resto de la
compañía y los sacaron de los barriles. El pobre gordo Bombur parecía dormido o inconsciente;
Dori, Nori, Ori, Óin y Glóin habían tragado mucha agua y estaban medio muertos. Tuvieron que
transportarlos uno a uno y depositarlos en la orilla.
¡Bien! ¡Aquí estamos! dijo Thorin. Y supongo que tenemos que agradecerlo a nuestras estrellas y
al señor Bolsón. Estoy seguro de que tiene derecho a esperarlo, aunque desearía que hubiese
organizado un viaje más cómodo. No obstante... todos a vuestro servicio una vez más, señor
Bolsón. Sin duda alguna nos sentiremos debidamente agradecidos cuando hayamos comido y nos
recuperemos. ¿Qué hacemos mientras tanto?
"Yo propondría la Ciudad del Lago dijo Bilbo. ¿Qué otra cosa se puede hacer?
Nadie, desde luego, pudo proponer algo distinto; así que dejando a los otros, Thorin y Fíli y Kili
y el hobbit siguieron la orilla hasta el puente. A la cabecera había guardias, aunque la vigilancia
no parecía muy estricta, y no era realmente necesaria desde hacia mucho tiempo. Excepto por
ocasionales riñas a causa de los peajes del río, eran amigos de los Elfos del Bosque. Otros
pueblos estaban muy lejos, y algunos de los más jóvenes de la ciudad ponían abiertamente en
duda la existencia de cualquier dragón en la Montana, y se burlaban de los barbigrises y
vejetes que decían haberlo visto volar por el cielo en sus arios mozos. Por todo esto, no es de
extrañar que los guardias estuviesen bebiendo y riendo junto al fuego dentro de la cabaña, y no
oyesen el ruido de los enanos que eran desembala dos, ó los pasos de los cuatro exploradores.
El asombro de los guardias fue enorme cuando Thorin Escudo de Roble cruzó la puerta.
¿Quién eres y qué quieres? gritaron poniéndose en pie de un salto y buscando a tientas las
armas.
¡Thorin hijo de Thrain hijo de Thror, Rey bajo la Montaña! dijo el enano con voz recia, y
realmente paparecía un rey, aun con aquellas rasgadas vestiduras y el mugriento capuchón. El
oro le brillaba en el cuello y en la cintura; y tenía ojos oscuros y profundos. He regresado.
¡Deseo ver al gobernador de la ciudad!
Hubo entonces un tremendo alboroto. Algunos dé los más necios salieron corriendo como si
esperasen que la Montaña se convirtiese en oro por la noche y todas las aguas del Lago se
pusiesen amarillas de un momento a otro. El capitán de la guardia se adelantó.
¿Y quiénes son éstos? preguntó señalando u Fíli, Kili y Bilbo.
Los hijos de la hija de mi padre respondió Thorin. Fíli y Kili de la raza de Durin, y el señor
Bolsón que ha viajado con nosotros desde el Oeste.
¡Si venís en paz arrojad las armas! dijo el capitán.
No tenemos armas dijo Thorin, y era bastante cieno: los cuchillos se los habían sacado los Elfos
del Bosque, y también la gran espada Orcrist. Bilbo tenía su daga, oculta como siempre, pero no
habló No necesitamos armas, volvemos por fin a nuestros dominios, como se decía en otro
tiempo. No podríamos luchar contra tantos. ¡Llévanos al gobernador!
Está en una fiesta dijo el capitán.
Más motivo entonces para que nos lleves a él estalló Fíli, ya impaciente con tanta solemnidad
Estamos agotados y hambrientos después de un largo viaje y tenemos camaradas enfermos.
Ahora date prisa y no charlemos más, o tu señor tendrá algo que decirte.
Seguidme entonces dijo el capitán, y rodeándolos con seis de sus hombres los condujo por el
puente, a través de las puertas, hasta el mercado de la ciudad. Este era un amplio círculo de
agua tranquila rodeada por altos pilotes sobre los que se levantaban las casas más grandes, y
por largos muelles de madera con escalones y escalerillas que descendían a la superficie del
lago. De una de las casas llegaba el resplandor de muchas luces y el sonido de muchas voces.
Cruzaron las puertas y se quedaron parpadeando a la luz, mirando las largas mesas en las que se
apretaba la gente.
¡Soy Thorin hijo de Thrain hijo de Thror, Rey bajo la Montaña! ¡He regresado! gritó Thorin con
voz recia desde la puerta, antes de que el capitán pudiese hablar.
Todos se pusieron en pie de un salto. El gobernador de la ciudad se movió nervioso en la gran
silla. Pero nadie se levantó con mayor sorpresa que los elfos, sentados al fondo de la sala.
Precipitándose hacia la mesa del gobernador gritaron juntos;
¡Estos son prisioneros de nuestro rey que han escapado, enanos errantes y vagabundos que ni
siquiera pudieron decir nada bueno de sí mismos y que merodean por los bosques y molestan a
nuestra gente!
¿Es eso cierto? preguntó e! gobernador. En realidad esto le parecía más probable que el
regreso del Rey bajo la Montaña, si semejante persona había existido alguna vez.
Es cierto que el Rey Elfo nos hizo prisioneros por error y nos encarceló sin causa alguna,
cuando regresábamos a nuestro país respondió Thorin. Mas ni can dados ni barrotes pueden
impedir el retorno anunciado antaño, y no estamos en los dominios de los Elfos del Bosque.
Hablo al gobernador de la ciudad de los Hombres del Lago, no a los almadieros del rey.
El gobernador titubeó entonces, mirando a unos y otros. El Rey Elfo era muy poderoso en
aquellas tierras y el gobernador no deseaba enemistarse con él; además no prestaba mucha
atención a canciones antiguas, entregado como estaba al comercio y a los peajes, a los
cargamentos y al oro, hábitos a los que debía su posición. Otros, sin embargo, pensaban de un
modo muy distinto, y el asunto se solucionó rápidamente sin que el gobernador interviniera. Las
noticias se habían difundido desde las puertas del palacio por toda la ciudad, como si se
tratase de un incendio. La gente gritaba dentro y fuera de la sala. Unos pasos apresurados
recorrían los muelles. Alguien empezó a cantar trozos de viejas canciones que hablaban del
regreso del Rey bajo la Montaña; que fuese el nieto de Thror y no Thror en persona quien
estaba allí, no parecía molestarles. Otros entonaron la canción que rodó alta y fuerte sobre el
lago.
¡El Rey bajo la Montaña,
el Rey de piedra tallada,
el señor de fuentes de plata,
¡regresará a sus tierras!
Sostendrán alta la corona,
tañerán otra vez el arpa,
cantarán otra vez las canciones,
habrá ecos de oro en las salas.
Los bosques ondularán en montañas,
y las hierbas, a la luz del sol;
y las riquezas manarán en fuentes,
y los ríos en corrientes doradas.
¡Alborozados correrán los ríos,
los lagos brillarán como llamas,
cesarán los dolores y las penas,
cuando regrese el Rey de la Montaña!
Así cantaban, o algo parecido, aunque la canción era mucho más larga, y fue acompañada
con gritos y música de arpas y violines. Y en verdad, ni el más viejo de los abuelos
recordaba semejante algarabía en la Ciudad del Lago. Los propios Elfos del Bosque
empezaron a titubear y aun a tener miedo. No sabían, por supuesto, cómo Thorin había
escapado, y se decían quizá que el Rey había cometido un grave error. En cuanto al
gobernador de la ciudad, comprendió que no podía hacer otra cosa que sumarse a aquel
clamor tumultuoso, al menos por el momento, y fingir que aceptaba lo que Thorin decía
que era. De modo que lo invitó a sentarse en la silla grande, y puso a Fíli y a Kili junto a él
en sitios de honor. Aun a Bilbo se le dio un lugar en la mesa alta, y nadie explicó de dónde
venía (ninguna canción se refería a él, ni siquiera de un modo oscuro), ni nadie lo preguntó
en el bullicio general.
Poco después trajeron a los demás enanos a la. ciudad entre escenas de asombroso
entusiasmo. Todos fueron curados y alimentados, alojados y agasajados del modo más
amable y satisfactorio. Una casa enorme fue cedida a Thorin y a los suyos; y luego les
proporcionaron barcos y remeros, y una multitud se sentó a las puertas de la casa y cantaba
canciones durante todo el día, o daba hurras si cualquier enano asomaba la punta de la
nariz.
Algunas de las canciones eran antiguas; pero otras eran muy nuevas y hablaban con
confianza de la repentina muerte del dragón y de los cargamentos de fastuosos presentes
que bajaban por el río a la Ciudad del Lago. Estos últimos cantos estaban inspirados en su
mayor parte por el gobernador, y no agradaban mucho a los enanos; pero entretanto los
trataban muy bien, y pronto se pusieron de nuevo fuertes y gordos. En una semana estaban
ya casi repuestos, con ropa fina de color apropiado, las barbas peinadas y recortadas, y el
paso orgulloso. Thorin caminaba y miraba a todo el mundo como si el reino estuviese ya
reconquistado y Smaug cortado en trozos pequeños.
Por entonces, como Thorin había dicho, los buenos sentimientos de los enanos hacia el
pequeño hobbit se acrecentaban día a día. No hubo más gruñidos o lamentos. Bebían a la
salud de Bilbo, le daban golpecitos en la espalda, y alborotaban alrededor, lo qué no estaba
mal, pues el hobbit no se sentía demasiado feliz. No había olvidado el aspecto de la
Montaña, ni lo que pensaba del dragón, y tenía además un fastidioso resfriado. Durante tres
días estornudó y tosió, y no pudo salir, y aun días después, cuando hablaba en los
banquetes, se limitaba a decir: Buchísimas bracias.
Mientras tanto los elfos habían regresado al Río del Bosque con los cargamentos, y hubo
una gran excitación en el palacio del rey. Nunca he sabido qué les ocurrió al jefe de la
guardia y al mayordomo. Por supuesto, nada se dijo sobre llaves o barriles mientras los
enanos permanecieron en la Ciudad del Lago, y Bilbo cuidó de no volverse nunca invisible.
No obstante, me atrevería a decir que se suponía más de lo que se sabía, y sin duda el señor
Bolsón era uno de los puntos misteriosos. De todos modos el rey conocía ahora la misión
de los enanos o creía conocerla, y se dijo a sí mismo:
"Muy bien! ¡Ya veremos! Ningún tesoro saldrá por el Bosque Negro sin que yo haya dicho
la última palabra.
Pero espero que todos tengan un mal fin, ¡y les estará bien empleado!" De todos modos él
no creía en enanos que lucharan y mataran dragones como Smaug, y sospechaba un intento
de saqueo o algo parecido, lo que demuestra que era un elfo sabio y más sabio que los
hombres de la ciudad, aunque no acertaba del todo, como veremos más adelante. Envió
espías a las orillas del Lago y a la Montaña, lejos hacia el norte, hasta donde pudieran
llegar, y aguardó.
A los quince días, Thorin empezó a pensar en la partida. Mientras durase el entusiasmó en
la ciudad, sería tiempo de pedir ayuda. No convenía dejar enfriar las cosas con dilaciones.
Así que habló con el gobernador y los consejeros de la ciudad, y les dijo que pronto él y su
compañía marcharían Otra vez a la Montaña.
Entonces, por vez primera, el gobernador se sorprendió y aun llegó a asustarse, y se
preguntó si Thorin no sería en verdad descendiente de los reyes antiguos. Nunca había
pensado que los enanos se atreverían a acercarse a Smaug, y para él no eran más que un
fraude que tarde o temprano saldría a la luz. Estaba equivocado. Thorin, por supuesto, era
el verdadero nieto del Rey bajo la Montaña, y nadie sabe de lo que es capaz un enano, por
venganza o por recobrar lo que le pertenece.
Pero el gobernador no sintió pena alguna cuando los dejó partir. La manutención de los
enanos estaba arruinándolo, y desde que habían llegado la vida en la ciudad era como unas
largas vacaciones, con los negocios en punto muerto, "Dejemos que se vayan y que le den
la lata a Smaug. ¡Ya veremos cómo los recibe!", pensó. ¡Ciertamente, oh Thorin hijo de
Thrain hijo de Thror! fue lo que dijo. Tenéis que reclamar lo que es vuestro. Ha llegado la
hora que se anunció tiempo atrás. Tendréis toda la ayuda que podamos daros, y confiamos
en vuestra gratitud cuando reconquistéis el reino.
De modo que un buen día, aunque el Otoño estaba, ya bastante avanzado, y los vientos eran
fríos y las hojas caían rápidas, tres grandes embarcaciones dejaron la Ciudad del Lago,
cargadas con remeros, enanos, el Señor Bolsón, y muchas provisiones. Habían enviado
caballos y poneys que llegarían al apeadero señalado dando un rodeo por senderos
tortuosos. El gobernador y los consejeros de la ciudad los despidieron desde los grandes
escalones del ayuntamiento, que bajaban hasta el Lago. La gente cantaba en las ventanas y
en los muelles. Los remos blancos golpearon y se hundieron en el agua; y la compañía
partió hacia el norte, río arriba, en la última etapa de un largo viaje. La única persona
completamente desdichada era Bilbo.
11. En el umbral
Durante dos días enteros remaron aguas arriba, y se metieron en el Río Rápido, y todos
pudieron ver entonces la Montaña Solitaria, que se alzaba imponente y amenazadora ante ellos.
La corriente era turbulenta e iban despacio. Al término del día tercero, unas millas no arriba,
se acercaron a la orilla oeste o izquierda y desembarcaron. Aquí se les unieron los caballos con
otras provisiones y útiles y los poneys y el resto fue almacenado en una tienda, pero ninguno de
los hombres de la ciudad se quedaría con ellos tan cerca de la sombra de la Montaña, ni siquiera
por esa noche.
No al menos hasta que las canciones sean ciertas dijeron. Era más fácil creer en el dragón y
menos fácil creer en Thorin en marcha por esas tierras salvajes. En verdad los almacenes no
necesitaban guardias, pues aquellas tierras eran desoladas y desiertas. Así, aunque ya caía la
noche, la escolta los abandonó, escapando rápidamente río abajo y por los caminos de la orilla.
Pasaron una noche fría y solitaria, y se sintieron desanimados. Al día siguiente partieron de
nuevo. Balin y Bilbo cabalgaban detrás, cada uno llevando un poney con una carga pesada; los
otros iban delante, marchando lentamente pues no había ninguna senda. Fueron hacia el
noroeste, desviándose del Río Rápido y acercándose más y más a la gran estribación de la
Montaña que avanzaba sobre ellos desde el sur.
Fue una jornada agotadora, silenciosa y furtiva. No hubo risas, ni canciones, ni sonidos de arpa,
y el orgullo y las esperanzas que habían reavivado los corazones mientras entonaban los viejos
cantos junto al lago, murieron pronto en un fatigado abatimiento. Sabían que estaban
aproximándose al final del viaje, y que podía ser un final muy espantoso. La tierra alrededor
era pelada y árida, aunque en otra época, decía Thorin, había sido hermosa y verde. Había poca
hierba, y al cabo de un rato desaparecieron los árboles y los arbustos, y de los que habían
muerto mucho tiempo atrás sólo quedaban unos tocones rotos y ennegrecidos. Habían llegado a
la Desolación del Dragón y a los últimos días del año.
A pesar de todo, alcanzaron la falda de la Montaña sin tropezar con ningún peligro ni con otro
rastro del dragón que aquel desierto alrededor de la guarida. La Montaña se alzaba oscura y
silenciosa ante ellos, y siempre más alta. Acamparon por primera vez en el lado oeste de la gran
estribación sur, que terminaba en la llamada Colina del Cuervo, La colina había sido un antiguo
puesto de observación; pero no se atrevieron a escalarla aún; estaba demasiado expuesta.
Antes de partir hacia las estribaciones del oeste en busca de la puerta oculta, en la que habían
puesto todas sus esperanzas, Thorin envió una partida de exploración para reconocer las
tierras del sur, donde estaba la Puerta Principal. Para este propósito escogió a Balin, Fíli y Kili,
y con ellos fue Bilbo. Marcharon bajo los riscos grises y silenciosos hacia el pie de la Colina del
Cuervo. El río, luego de un amplio recodo sobre Valle, se apartaba de la Montaña e iba hacia el
Lago, fluyendo rápida y ruidosamente. Las orillas eran allí desnudas y rocosas, altas y
escarpadas sobre la corriente; y mirando con atención por encima del estrecho curso de agua,
que saltaba espumosa entre peñascos, pudieron ver en el amplio valle, ensombrecidas por los
brazos de la Montaña, las ruinas grises de casas, torreones y muros antiguos.
Ahí yace todo lo que queda dé Valle dijo Balin, Las laderas de la montaña estaban verdes de
bosques y los terrenos resguardados eran ricos y agradables en el tiempo en que las campanas
repicaban en la ciudad. Parecía triste y furioso a la vez cuando lo dijo; el mismo había sido
compañero de Thorin el día que llegó el dragón.
No se atrevieron a seguir el río mucho más lejos hacia la Puerta; pero dejaron atrás el extremo
de la estribación sur, y ocultándose detrás de una roca, buscaron y vieron la sombría abertura
cavernosa en la pared de un risco elevado, entre los brazos de la Montaña. Las aguas del Río
Rápido se precipitaban fuera, junto con un vapor y un humo negro. Nada se movía en el yermo
aparte del vapor y el agua, y de cuando en cuando un grajo negro y ominoso. El único sonido era
el del agua entre las rocas, y a veces el áspero graznido de un pájaro. Balin se estremeció.
¡Volvamos! dijo. ¡Aquí no hacemos nada bueno! Y no me gustan esos pájaros negras, parecen
espías del mal.
El dragón vive todavía, y está ahora en los salones bajo la Montaña, o eso supongo por el humo
dijo el hobbit.
No es una prueba dijo Balin, aunque no dudo que estés en lo cierto. Pero pudo haber salido por
un rato, o encontrarse de guardia en la ladera de la montaña, y aun así no me sorprendería que
humos y vapores salieran por las puertas; ese vaho fétido llena sin duda todas las salas
interiores,
Con estos pensamientos tenebrosos, seguidos siempre por grajos que graznaban encima de
ellos, volvieron fatigados al campamento. En el mes de junio habían sido huéspedes de la
hermosa casa de Elrond, y aunque el otoño ya caminaba hacia el invierno, parecía que habían
pasado años desde aquellos días agradables, Estaban solos en el yermo peligroso, sin esperanza
de más ayuda. Habían llegado al término del viaje, pero se encontraban más lejos que nunca, o
así parecía, del final de la misión. A ninguno de ellos le quedaba mucho ánimo.
Quizá os sorprenda, pero el señor Bolsón parecía más animado que los otros. Muy a menudo le
pedía a Thorin el mapa y lo miraba con atención, meditando sobre las runas y el mensaje de
letras lunares que Elrond había leído. Fue Bilbo quien incitó a los enanos a que buscaran la
puerta secreta de la vertiente oeste. Trasladaron entonces el campamento a un valle largo, más
estrecho que el valle del sur donde se levantaban las Puertas del Río, y protegido por las
estribaciones más bajas de la Montana. Dos de las estribaciones se adelantaban aquí desde el
macizo principal hacia el oeste, en largas crestas de faldas abruptas, que sin interrupción caían
hacia el llano. En este lado se veían menos señales de los merodeantes pies del dragón, y había
alguna hierba para los poneys. Desde el campamento oeste, siempre ensombrecido por el risco
y el muro, hasta que el sol empezaba a hundirse en el bosque, salieron día tras día a buscar
unos senderos que subiesen por la ladera de la montaña. Si el mapa decía la verdad, en alguna
parte de la cima del risco, en la cabeza del valle, tenía que estar la puerta secreta. Día tras día
volvían sin éxito al campamento.
Pero, por fin, de modo inesperado, encontraron lo que buscaban. Fíli, Kili y el hobbit volvieron
un día valle abajo y gatearon entre las rocas caídas del extremo sur. Cerca del mediodía,
arrastrándose detrás de una piedra solitaria que se alzaba como un pilar, Bilbo descubrió unos
toscos escalones. El y los enanos treparon excitados, y encontraron el rastro de una senda
estrecha, a veces oculta, a veces visible, que llevaba a la cresta sur, y luego hasta una saliente
todavía más estrecha, que bordeaba hacia el norte la cara de la Montana. Mirando hacia abajo,
vieron que estaban en la punta del risco a la entrada del valle, y contemplaron su propio
campamento allá abajo. En silencio, pegándose a la pared rocosa de la derecha, fueron en fila
por el repecho hasta que la pared se abrió, y entraron entonces en una pequeña nave de
paredes abruptas y suelo cubierto de hierbas, tranquila y callada. La entrada no podía ser vista
desde abajo, pues el risco sobresalía, ni desde lejos, pues era tan pequeña que parecía sólo una
grieta oscura. No era una cueva y se abría hacia el cielo; pero en el extremo más interior se
elevaba una pared desnuda, y la parte inferior, cerca del suelo, era tan lisa y vertical como
obra de albañil, pero no se veían ensambladuras ni rendijas. Ni rastros había allí de postes,
dinteles o umbrales, ni seña alguna de tranca, pestillo o cerradura; y sin embargo no dudaron
de que al fin habían encontrado la puerta.
La golpearon, la empujaron de mil modos, le imploraron que se moviese, recitaron trozos de
encantamientos que abrían entradas secretas, y nada se movió. Por último, se tendieron
exhaustos a descansar sobre la hierba, y luego, por la tarde, emprendieron el largo descenso.
Esa noche hubo excitación en el campamento del valle. Por la mañana se prepararon a marchar
otra vez. Sólo Bofur y Bombur quedaron atrás para que guardaran los poneys y las provisiones
que habían traído desde el río. Los otros bajaron al valle y subieron por el sendero descubierto
el día anterior, y así hasta el estrecho borde. Allí no llevaron bultos ni paquetes, pues la
saliente era angosta y peligrosa, con una caída al lado de ciento cincuenta pies sobre las rocas
afiladas del fondo; pero todos llevaban un buen rollo de cuerda bien atado a la cintura y así, sin
ningún accidente, llegaron a la pequeña nave de hierbas.
Allí acamparon por tercera vez, subiendo con las cuerdas lo que necesitaban. Algunos de los
enanos más vigorosos, como Kili, descendieron a veces del mismo modo, para intercambiar
noticias o para relevar a la guardia de abajo, mientras Bofur era izado al campamento. Bombur
no subiría ni por la cuerda ni por el sendero.
Soy demasiado gordo para esos paseos de mosca dijo. Me marearía, me pisaría la barba, y
seríais trece otra vez. Y las cuerdas son demasiado delgadas y no aguantarían mi peso. Por
fortuna para él, esto no era cierto, como veréis.
Mientras tanto algunos de los enanos exploraron el antepecho más allá de la abertura, y
descubrieron un sendero que conducía montaña arriba; pero no se atrevieron a aventurarse
muy lejos por ese camino, ni tampoco servía de mucho. Fuera, allá arriba, reinaba el silencio,
interrumpido sólo por el ruido del viento entre las grietas rocosas. Hablaban bajo y nunca
gritaban o cantaban, pues el peligro acechaba en cada piedra. Los otros, que trataban de
descubrir el secreto de la puerta, no tuvieron más éxito. Estaban demasiado ansiosos como
para romperse la cabeza con las runas o las letras lunares, pero trabajaron sin descanso
buscando la puerta escondida en la superficie lisa de la roca. Habían traído de la Ciudad del
Lago picos y herramientas de muchas clases y al principio trataron de utilizarlos. Pero cuando
golpearon la piedra, los mangos se hicieron astillas, y les sacudieron cruelmente los brazos, y
las cabezas de acero se rompieron o doblaron como plomo. La minería, como vieron claramente,
no era útil contra el encantamiento que había cerrado la puerta; y el ruido resonante los
aterrorizó.
Bilbo se encontró sentado en el umbral, solo y aburrido. Por supuesto, en realidad no había
umbral, pero llamaban así en broma al espacio con hierba entre el muro y la abertura,
recordando las palabras de Bilbo en el agujerohobbit durante la tertulia inesperada, hacía
tanto tiempo, cuando dijo que él podría sentarse en el umbral hasta que ellos pensasen algo. Y
sentarse y pensar fue lo que hicieron, o divagar más y más a la buenaventura, y ponerse cada
vez más huraños.
Los ánimos se habían levantado un poco con el descubrimiento del sendero, pero ahora los
tenían ya por los pies; pero ni aun así iban a rendirse y marcharse. El hobbit no estaba mucho
más contento que los enanos. No hacía nada, y sentado de espaldas a la pared de piedra, miraba
fijamente por la abertura hacia el poniente, por encima del risco y las amplias llanuras, hacia la
pared del Bosque Negro y las tierras de más allá, en las que a veces creía ver reflejos de las
Montañas Nubladas, lejanas y pequeñas. Si los enanos le preguntaban qué estaba haciendo,
contestaba:
Dijisteis que sentarme en el umbral y pensar seria mi trabajo, aparte de entrar; así que estoy
sentado y pensando. Pero me temo que no pensaba mucho en su tarea, sino en lo que había más
allá de la lejanía azul, la tranquila Tierra del Poniente, y el agujerohobbit bajo La Colina.
Una piedra gris yacía en medio de la hierba y él la observaba melancólico o miraba los grandes
caracoles. Parecía que les gustaba la nave cerrada con muros de piedra fría, y había muchos de
gran tamaño que se arrastraban lenta y obstinadamente por los lados.
Mañana empieza la última semana de otoño dijo un día Thorin.
Y el invierno viene detrás dijo Bifur.
Y luego otro año dijo Dwalin, y nos crecerán las barbas y colgarán riscos abajo hasta el valle
antes que aquí haya novedades. ¿Qué hace por nosotros el saqueador? Como tiene el anillo, y ya
tendría que saber manejarlo muy bien, estoy empezando a pensar que podría cruzar la Puerta
Principal y reconocer un poco él terreno.
Bilbo oyó esto (los enanos estaban en las rocas justo sobre el recinto dónde él se sentaba) y
"¡Vaya!" se dijo.
"De modo que eso es lo que están pensando, ¿no? Siempre soy yo el pobrecito que tiene que
sacarlos de dificultades, al menos desde que el mago nos dejó. ¿Qué voy a hacer? ¡Podía haber
adivinado que algo espantoso me pasaría al final! No creo que soporte ver otra vez el
desgraciado país de Valle y menos esa puerta que echa vapor."
Esa noche se sintió muy triste y apenas durmió. Al día siguiente los enanos se dispersaron en
varias direcciones; algunos estaban entrenando a los poneys allá abajo, otros erraban por la
ladera de la montaña. Bilbo pasó todo el día abatido, sentado en la nave de hierba, clavando los
ojos en la piedra gris, o mirando hacia afuera al oeste, a través de la estrecha abertura. Tenía
la rara impresión de que estaba esperando algo. "Quizá el mago aparezca hoy de repente",
pensaba.
Si levantaba la cabeza alcanzaba a ver el bosque lejano. Cuando el sol se inclinó hacia el oeste,
hubo un destello amarillo sobre las copas de los árboles, como si la luz se hubiese enredado en
las últimas hojas claras. Pronto vio el disco anaranjado del sol que bajaba a la altura de sus
ojos. Fue hacia la abertura y allí, sobre el borde de la Tierra, había una delgada luna nueva,
pálida y tenue.
En ese mismo momento oyó un graznido áspero. Detrás, sobre la piedra gris en la hierba, había
un zorzal enorme, negro casi como el carbón, el pecho amarillo claro, salpicado de manchas
oscuras. ¡Crac! Había capturado un caracol y lo golpeaba contra la piedra. ¡Crac! ¡Crac!
De repente Bilbo entendió. Olvidando todo peligro, se incorporó y llamó a los enanos, gritando y
moviéndose. Aquellos que estaban más próximos se acercaron tropezando sobre las rocas y tan
rápido como podían a lo largo del antepecho, preguntándose qué demonios pasaba; los otros
gritaron que los izaran con las cuerdas (excepto Bombur, que por supuesto estaba dormido).
Bilbo se explicó rápidamente. Todos guardaron silencio: el hobbit de pie junto a la piedra gris,
y los enanos observando impacientes, meneando las barbas. El sol bajó y bajó, y las esperanzas
menguaron. El sol se hundió en un anillo de nubes enrojecidas y desapareció. Los enanos
gruñeron, pero Bilbo siguió allí de pie, casi sin moverse. La pequeña luna estaba tocando el
horizonte. Llegaba el anochecer.
Entonces, de modo inesperado, cuando ya casi no les quedaban esperanzas, un rayo rojo de sol
escapó como un dedo por el rasgón de una nube. El destello de luz llegó directamente a la nave
atravesando la abertura y cayó sobre la lisa superficie de roca. El viejo zorzal, que había
estado mirando desde lo alto con ojos pequeños y brillantes, inclinando la cabeza, soltó un
sonoro gorjeo. Se oyó un crujido. Un trozo de roca se desprendió de la pared y cayó. De
repente apareció un orificio, a unos tres pies del suelo.
En seguida, temiendo que la oportunidad se esfumase, los enanos corrieron hacia la roca y la
empujaron, en vano.
¡La llave! ¡La llave! gritó Bilbo entonces ¿Dónde está Thorin?
Thorin se acercó de prisa.
¡La llave! gritó Bilbo. ¡La llave que estaba con el mapa! ¡Prueba ahora, mientras todavía hay
tiempo!
Entonces Thorin se adelantó, quitó la llave de la cadena que le colgaba del cuello, y la metió en
el orificio. ¡Entraba y giraba! ¡Zas! El rayo desapareció, el sol se ocultó, la luna se fue, y el
anochecer se extendió por el cielo.
Entonces todos empujaron a la vez, y una parte de la pared rocosa cedió lentamente. Unas
grietas largas y rectas aparecieron y se ensancharon. Una puerta de tres pies de ancho y cinco
de alto asomó poco a poco, y sin un sonido se movió hacia adentro. Parecía como si la oscuridad
fluyese como un vapor del agujero de la montaña, y una densa negrura, en la que nada podía
verse, se extendió ante la compañía: una boca que bostezaba y llevaba adentro y abajo.
Durante un largo rato los enanos permanecieron inmóviles en la oscuridad ante la puerta, y
discutieron, hasta que al final Thorin habló:
Ha llegado el momento de que nuestro estimado señor Bolsón, que ha probado ser un buen
compañero en nuestro largo camino, y un hobbit de coraje y recursos muy superiores a su talla,
y si se me permite decirlo, con una buena suerte que excede en mucho la ración común, ha
llegado el momento, digo, de que lleve a cabo el servicio para el que fue incluido en la compañía;
ha llegado el momento de que el señor Bolsón gane su recompensa.
Estáis familiarizados con el estilo de Thorin en las ocasiones importantes, de modo que no os
daré otras muestras, aunque continuó así durante un tiempo. Por cierto, la ocasión era
importante, pero Bilbo se impacientó. Por entonces ya conocía bastante bien a Thorin, y sabía a
dónde iba a parar.
Si quieres decir que mi trabajo es introducirme primero en el pasadizo secreto, oh Thorin
Escudo de Roble, hijo de Thrain, que tu barba sea todavía más larga dijo malhumorado. ¡Dilo así
de una vez y se acabó! Podría rehusarme. Ya os he sacado de dos aprietos que no creo que
estuviesen en él convenio original, y me parece que ya me he ganado alguna recompensa. Pero 'a
la tercera va la vencida', como mi padre solía decir, y en cierto modo no pienso rehusarme. Tal
vez esté aprendiendo a confiar en mi buena suerte, más que en los viejos tiempos. Quería decir
en la última primavera, antes de dejar la casa de la colina, pero parecía, que hubiesen pasado
siglos, Sin embargo creo que iré y echaré un vistazo en seguida, para terminar de una vez. Bien,
¿quién viene conmigo?
No esperaba un coro de voluntarios, de modo que no se decepcionó. Fíli y Kili parecían
incómodos y vacilaban con un pie en el aire, pero los otros no se inmutaron, excepto el viejo
Balin, el vigía, quien se había encariñado con el hobbit. Dijo que al menos entraría, y tal vez
recorriera también un trecho, dispuesto a gritar socorro si era necesario.
Lo mejor que se puede decir de los enanos es lo siguiente: se proponían pagar con generosidad
los servicios de Bilbo; lo habían traído para hacer un trabajo que les desagradaba, y no les
importaba cómo se las arreglaría aquel pobre y pequeño compañero, siempre que llevara a cabo
la tarea. Hubieran hecho todo lo posible por sacarlo de apuros, si se metía con ellos, como en el
caso de los ogros, al principio de la aventura, antes de que tuviesen una verdadera razón para
sentirse agradecidos. Así es: los enanos no son héroes, sino gente calculadora, con una idea
precisa del valor del dinero; algunos son ladinos y falsos; y bastante malos tipos; y otros en
cambio son bastante decentes, como Thorin y compañía, si no se les pide demasiado.
Las estrellas aparecían detrás de él en un cielo pálido cruzado por nubes negras, cuando el
hobbit se deslizó por el portón encantado y entró sigiloso en la Montaña. Avanzaba con una
facilidad que no había esperado. Esta no era una entrada de trasgos, ni una tosca cueva de
elfos. Era un pasadizo construido por enanos, en el tiempo en que habían sido muy ricos y
hábiles: recto como una regla, de suelo y paredes pulidas, descendía poco a poco y llevaba
directamente a algún destino distante en la oscuridad de abajo.
Al cabo de un rato Balin deseó ¡Buena suerte! y Bilbo se detuvo donde todavía podía ver el
tenue contorno de la puerta, y por alguna peculiaridad acústica del túnel, oír el sonido de las
voces que murmuraban afuera. Entonces el hobbit se puso el anillo, y enterado por los ecos de
que necesitaría ser más precavido que un hobbit, si no quería hacer ruido, se arrastró en
silencio hacia abajo, abajo, abajo en la oscuridad. Iba temblando de miedo, pero con una
expresión firme y ceñuda en la cara menuda. Ya era un hobbit muy distinto del que había
escapado corriendo de Bolsón Cerrado sin un pañuelo de bolsillo. No tenía un pañuelo de bolsillo
desde hacía siglos. Aflojó la daga en la vaina, se apretó el cinturón y prosiguió.
"Ahora ya estás dentro y allá vas, Bilbo Bolsón", se dijo, "Tú mismo metiste la pata justo a
tiempo aquella noche, ¡y ahora tienes que sacarla y pagar! ¡Cielos, qué tonto fui y qué tonto
soy!", añadió la parte menos Tuk del hobbit. "No tengo ningún interés en tesoros guardados
por dragones, y no me molestaría que todo el montón se quedara aquí para siempre, si yo
pudiese despertar y descubrir que este túnel condenado es el zaguán de mi propia casa!"
Desde luego no despertó, sino que continuó adelante, hasta que toda señal de la puerta se
hubo desvanecido detrás y a lo lejos. Estaba completamente solo. Pronto pensó que
empezaba a hacer calor. "¿Es alguna especie de luz, lo que creo ver acercándose justo
enfrente, allá abajo?" se dijo.
Lo era. A medida que avanzaba crecía y Crecía, hasta que no hubo ninguna duda. Era una
luz rojiza de color cada vez más vivo. Ahora era también indudable que hacía calor en el
túnel. Jirones de vapor flotaron y pasaron encima del hobbit que empezó a sudar. Algo,
además, comenzó a resonarle en los oídos, una especie de burbujeo, como el ruido de una
gran olla que galopa sobre las llamas, mezclado con un retumbe como el ronroneo de un
gato gigantesco. El ruido creció hasta convertirse en el inconfundible gorgoteo de algún
animal enorme que roncaba en sueños allá abajo en la tenue luz rojiza frente a él.
En este mismo momento Bilbo se detuvo. Seguir adelante fue la mayor de sus hazañas. Las
cosas tremendas que después ocurrieron no pueden comparársele. Libró la verdadera batalla
en el túnel, a solas,
antes de llegar a ver el enorme y acechante peligro. De todos modos, luego de una breve
pausa, se adelantó otra vez; y podéis imaginaros cómo llegó al final del túnel, una abertura
muy parecida a la puerta de arriba, por la forma y el tamaño: El hobbit asoma la cabecita.
Ante él yace el inmenso y más profundo sótano o mazmorra de los antiguos enanos, en la
raíz misma de la Montaña. La vastedad del sótano en penumbras sólo puede ser una vaga
suposición, pero un gran resplandor se alza en la parte cercana del piso de piedra. ¡El
resplandor de Smaug!
Allí yacía, un enorme dragón aureorrojizo, que dormía profundamente; de las fauces y
narices le salía un ronquido, e hilachas de humo, pero los fuegos eran apenas unas brasas
llameantes. Debajo del cuerpo y las patas y la larga cola enroscada, y todo alrededor,
extendiéndose lejos por los suelos invisibles, había incontables pilas de preciosos objetos,
oro labrado y sin labrar, gemas y joyas, y plata que la luz teñía de rojo.
Smaug yacía, con las alas plegadas como un inmenso murciélago, medio vuelto de costado,
de modo que el hobbit alcanzaba a verle la parte inferior, y el vientre largo y pálido
incrustado con gemas y fragmentos de oro de tanto estar acostado en ese lecho valioso,
Detrás, en las paredes más próximas, podían verse confusamente cotas de malla, y hachas,
espadas, lanzas y yelmos colgados; y allí, en hileras, había grandes jarrones y vasijas,
rebosantes de una riqueza inestimable.
12. Información secreta
Decir que Bilbo se quedó sin aliento no es suficiente. No hay palabras que alcancen a expresar
ese asombro abrumador desde que los Hombres cambiaron el lenguaje que aprendieran de los
Elfos, en los días en que el mundo entero era maravilloso. Bilbo había oído antes relatos y
cantos sobre tesoros ocultos de dragones, pero el esplendor, la magnificencia, la gloria de un
tesoro semejante, no había llegado nunca a imaginarlos. El encantamiento lo traspasó y le colmó
el corazón, y entendió el deseo de los enanos; y absorto e inmóvil, casi olvidando al espantoso
guardián, se quedó mirando el oro, que sobrepasaba toda cuenta y medida.
Contempló el oro durante un largo tiempo, hasta que arrastrado casi contra su voluntad avanzó
sigiloso desde las sombras del umbral, cruzando el salón hasta el borde más cercano de los
montículos del tesoro. El dragón dormía encima, una horrenda amenaza aun ahora. Bilbo tomó
un copón de doble asa, de los más pesados que podía cargar, y echó una temerosa mirada hacia
arriba. Smaug sacudió un ala, desplegó una garra, y el retumbe de los ronquidos cambió de tono.
Entonces Bilbo escapó corriendo. Aunque el dragón no despertó no todavía, pero tumbado allí,
en el salón robado, tuvo sueños de avaricia y violencia, mientras el pequeño hobbit regresaba
penosamente por el largo túnel. El corazón le saltaba en el pecho, y un temblor más febril que
el del descenso le atacaba las piernas, pero no soltaba el copón, y su principal pensamiento era:
"¡Lo hice! y esto les demostrará quién soy. ¡Un tendero más que un saqueador, que se creen
ellos eso! Bien, no volverán a mencionarlo."
Y tampoco lo mencionó él. Balín estaba encantado de volver a ver al hobbit, y sentía una alegría
que era también asombro. Abrazó a Bilbo y lo llevó fuera, al aire libre. Era medianoche y las
nubes habían cubierto las estrellas, pero Bilbo continuaba con los ojos cerrados, boqueando y
reanimándose con el aire fresco, casi sin darse cuenta de la excitación de los enanos, y de
cómo lo alababan y lo palmeaban, y se ponían a su servicio, ellos y todas las familias de los
enanos, y las generaciones venideras.
Los enanos aún se pasaban el copón de mano en mano y charlaban animados de la recuperación
del tesoro, cuando de repente algo retumbó en el interior de la montaña, como si un antiguo
volcán se hubiese decidido a entrar otra vez en erupción. Detrás de ellos la puerta se movió
acercándose, y una piedra la bloqueó impidiendo que se cerrara, pero desde las lejanas
profundidades y por el largo túnel subían unos horribles ecos de bramidos y de un andar
pesado, que estremecía el suelo.
Ante eso los enanos olvidaron su dicha y las seguras jactancias de momentos antes, y se
encogieron aterrorizados. Smaug era todavía alguien que convenía recordar. No es nada bueno
no tener en cuenta a un dragón vivo, sobre todo si habita cerca. Es posible que los dragones no
saquen provecho a todas las riquezas que guardan, pero en general las conocen hasta la última
onza, sobre todo después de una larga posesión; y Smaug no era diferente. Había pasado de un
sueño intranquilo (en el que un guerrero, insignificante del todo en tamaño, pero provisto de
una afilada espada y de gran valor, actuaba de un modo muy poco agradable) a uno ligero, y al
fin se espabiló por completo. Había un hálito extraño en la cueva. ¿Podría ser una corriente que
venía del pequeño agujero? Nunca se había sentido muy contento con él, aunque era tan
reducido, y ahora lo miraba feroz y receloso, preguntándose por qué no lo habría tapado. En los
últimos días creía haber oído los ecos indistintos de unos golpes allá arriba. Se movió y estiró
el cuello hacia adelante, husmeando.
¡Entonces notó que faltaba el copón!
¡Ladrones! ¡Fuego! ¡Muerte! ¡Nada semejante le había ocurrido desde que llegara por primera
vez a la Montaña! La ira del dragón era indescriptible, esa ira que sólo se ve en la gente rica
que no alcanza a disfrutar de todo lo que tiene, y que de pronto pierde algo que ha guardado
durante mucho tiempo, pero que nunca ha utilizado o necesitado. Smaug vomitaba fuego, el
Salón humeaba, las raíces de la Montaña se estremecían. Golpeó en vano la cabeza contra el
pequeño agujero, y enroscando el cuerpo, rugiendo como un trueno subterráneo, se precipitó
fuera de la guarida profunda, cruzó las grandes puertas, y entró en los vastos pasadizos de la
montañapalacio, y fue arriba, hacia la Puerta Principal.
Buscar por toda la montaña hasta atrapar al ladrón y despedazarlo y pisotearlo era el único
pensamiento de Smaug. Salió por la Puerta, las aguas se alzaron en un vapor siseante y fiero, y
él se elevó ardiendo en el aire, y se posó en la cima de la montaña envuelto en un fuego rojo y
verde. Los enanos oyeron el sonido terrible de las alas del dragón, y se acurrucaron contra los
muros de la terraza cubierta de hierba, ocultándose detrás de los peñascos, esperando de
alguna manera escapar a aquellos ojos terroríficos.
Habrían muerto todos si no fuese por Bilbo, una vez más. ¡Rápido! ¡Rápido! jadeó. ¡La puerta! ¡El
túnel! Aquí no estamos seguros.
Los enanos reaccionaron, y ya estaban a punto de arrastrarse al interior del túnel, cuando
Bifur dio un grito: ¡Mis primos! Bombur y Bofur. Los hemos olvidado. ¡Están allá abajo en el
valle!
Los matará, y también a nuestros poneys, y lo perderemos todo se lamentaron los demás. Nada
podemos hacer.
¡Tonterías! dijo Thorin, recobrando su dignidad, No podemos abandonarlos. Entrad, señor
Bolsón y Balín, y vosotros dos, Fíli y Kili; el dragón no nos atrapará a todos. Ahora vosotros, los
demás, ¿dónde están las cuerdas? ¡De prisa!
Estos fueron tal vez los momentos más difíciles por los que habían tenido que pasar. Los
horribles estruendos de la cólera de Smaug resonaban arriba en las distantes cavidades de
piedra; en cualquier momento podría bajar envuelto en llamas o volar girando en círculos y
descubrirlos allí, al borde del despeñadero, tirando desaforados de las cuerdas. Arriba llegó
Bofur, y aún todo seguía en calma. Arriba llegó Bombur resoplando y sin aliento mientras las
cuerdas crujían, y aún todo seguía en calma. Arriba llegaron herramientas y fardos con
provisiones, y entonces una amenaza se cernió sobre ellos.
Se oyó un zumbido chirriante. Una luz rojiza tocó las crestas de las rocas. El dragón se
acercaba.
Apenas tuvieron tiempo para correr de vuelta al túnel, arrastrando y tirando de los fardos,
cuando Smaug apareció como un rayo desde el norte, lamiendo con fuego las laderas de la
montaña, batiendo las grandes alas en el aire que rugía como un huracán. El aliento arrasó la
hierba ante la puerta y alcanzó la grieta por donde habían entrado a esconderse, y los
chamuscó, Unos fuegos crepitantes se elevaban saltando, y las sombras de las piedras negras
danzaban en torno, Entonces, mientras el dragón pasaba otra vez volando, cayó la oscuridad.
Los poneys chillaron de terror, rompieron las cuerdas y escaparon al galope. El dragón dio
media vuelta, corrió tras ellos, y desapareció.
¡Este será el final de nuestras pobres bestias! dijo Thorin Nada que Smaug haya visto puede
escapársele. ¡Aquí estamos y aquí tendremos que estar, a menos que a alguien se le ocurra
volver a pie hasta el río, y con Smaug al acecho!
¡No era un pensamiento agradable! Se arrastraron túnel abajo estremeciéndose, aunque hacía
calor y el aire era pesado, y allí esperaron hasta que el alba pálida se coló por la rendija de la
puerta. Durante toda la noche pudieron oír una y otra vez el creciente fragor del dragón, que
volaba y pasaba junto a ellos, y se perdía dando vueltas y vueltas a la montaña, buscándolos en
las laderas.
Los poneys y los restos del campamento le hicieron suponer que unos hombres habían venido
del río y el lago, escalando la ladera de la montaña desde el valle. Pero la puerta resistió la
inquisitiva mirada, y la pequeña nave de paredes altas contuvo las llamas más feroces. Largo
tiempo llevaba ya al acecho sin ningún resultado cuando el alba enfrió la cólera de Smaug, que
regresó al lecho dorado para dormir y reponer fuerzas. No olvidaría ni perdonaría el robo, ni
aunque mil años lo convirtiesen en una piedra humeante; él seguiría esperando. Despacio y en
silencio se arrastró de vuelta a la guarida, y cerró a medias los ojos.
Cuando llegó la mañana, el terror de los enanos disminuyó. Entendieron que peligros de esta
índole eran inevitables con semejante guardián, y que por ahora no servía de nada abandonar la
búsqueda. Pero tampoco podían escapar, como Thorin había apuntado. Los poneys estaban
muertos o perdidos, y Bilbo y los enanos tendrían que esperar a que Smaug dejara de vigilarlos,
antes de que se atrevieran a recorrer a pie el largo camino. Por fortuna conservaban buena
parte de las provisiones, que aún podían durarles un tiempo. Discutieron largamente sobre el
próximo paso, pero no encontraron modo de deshacerse de Smaug, que siempre había sido el
punto débil de todos los planes, como Bilbo se adelantó a señalar. Luego, como ocurre con las
gentes que no saben qué hacer ni qué decir, empezaron a quejarse del hobbit, culpándolo por lo
que en un principio tanto les había agradado: apoderarse de una copa y despertar tan pronto la
cólera de Smaug.
¿Qué otra cosa se supone que ha de hacer un Saqueador? les preguntó Bilbo enfadado. A mi no
me encomendaron matar dragones, lo que es trabajo de guerreros, sino robar el tesoro. Hice
hasta ahora lo que creía mejor. ¿Acaso pensabais que regresaría trotando, con todo el botín de
Thror a mis espaldas? Si vais a quejaros, creo que tengo derecho a dar mi opinión. Tendríais
que haber traído quinientos saqueadores y no uno. Estoy seguro de que esto honra a vuestro
abuelo, pero recordad que nunca me hablasteis con claridad de las dimensiones del tesoro.
Necesitaría centenares de anos para subirlo todo hasta aquí, aunque yo fuese cincuenta veces
más grande, y Smaug tan inofensivo cómo un conejo.
Por supuesto, los enanos se disculparon. ¿Entonces qué nos propones, señor Bolsón? preguntó
Thorin cortésmente.
-Por el momento no se me ocurre nada, si te refieres a trasladar el tesoro. Para eso, como es
obvio, necesitamos que la suerte cambie, y que podamos deshacernos de Smaug. Deshacerse de
dragones es algo que no está para nada en mi línea, pero trataré de pensarlo lo mejor que
pueda. Personalmente no tengo ninguna esperanza, y desearía estar de vuelta en casa y a salvo.
¡Deja eso por el momento! ¿Qué haremos ahora?
Bien, si realmente quieres mi consejo, te diré que no tenemos nada que hacer excepto
quedarnos donde estamos. Seguro que durante el día podremos arrastrarnos fuera y tomar
aire fresco sin ningún peligro. Quizá pronto sea posible elegir a uno O dos para que regresen al
depósito junto al río y traigan más víveres. Pero entretanto, y por la noche, todos tienen que
quedarse bien metidos en el túnel.
"Bien, os haré una proposición. Tengo aquí mi anillo, y descenderé este mismo mediodía, pues a
esa hora Smaug estará echando una siesta, y quizá algo ocurra. 'Todo gusano tiene su punto
débil', como solía decir mi padre, aunque estoy seguro de que nunca llegó a comprobarlo él
mismo.
Por supuesto, los enanos aceptaron en seguida la proposición. Ya habían llegado a respetar al
pequeño Bilbo. Ahora se había convertido en el verdadero líder de la aventura. Empezaba a
tener ideas y planes propios. Cuando llegó el mediodía, se preparó para otra expedición al
interior de la Montaña. No le gustaba nada, clara está, pero no era tan malo ahora que sabía de
algún modo lo que le esperaba delante. Si hubiese estado más enterado de las mañas astutas de
los dragones, podría haberse sentido más asustado y menos seguro de sorprenderlo mientras
dormía.
El sol brillaba cuando partió, pero el túnel estaba tan oscuro como la noche. A medida que
descendía, la luz de la puerta entornada iba desvaneciéndose. Tan silenciosa era la marcha de
Bilbo que el humo arrastrado por una brisa apenas hubiera podido aventajarlo, y empezaba a
sentirse un poco orgulloso de sí mismo mientras se acercaba a la puerta inferior. Lo único que
se veía era un resplandor muy tenue.
"El viejo Smaug está cansado y dormido", pensó. "No puede verme y no me oirá. ¡Animo, Bilbo!"
Había olvidado el sentido del olfato de los dragones, o quizá nadie se lo había dicho antes. Un
detalle que también conviene tener en cuenta es que pueden dormir con un ojo entornado, si
tiene algún recelo.
En realidad, Smaug parecía profundamente dormido, casi muerto y apagado, con un ronquido
que era apenas unas bocanadas de vapor invisible, cuando Bilbo se asomó otra vez desde la
entrada. Estaba a punto de dar un paso hacia el salón cuando alcanzó a ver un repentino rayo
rojo, débil y penetrante, que venía de la caída ceja izquierda de Smaug. ¡Sólo se hacía el
dormido! ¡Vigilaba la entrada del túnel! Bilbo dio un rápido paso atrás y bendijo la suerte de
haberse puesto el anillo. Entonces Smaug habló:
¡Bien, ladrón! Te huelo y te siento. Oigo cómo respiras. ¡Vamos! ¡Sírvete de nuevo, hay mucho y
de sobra!
Pero Bilbo no era tan ignorante en materia de dragones como para acercarse, y si Smaug
esperaba conseguirlo con tanta facilidad, quedó decepcionado. ¡No gracias, oh Smaug el
Tremendo! replicó el hobbit No vine a buscar presentes. Sólo deseaba echarte un vistazo y ver
si eras tan grande como en los cuentas. Yo no lo creía.
¿Lo crees ahora? dijo el dragón un tanto halagado, pero escéptico.
En verdad canciones y relatos quedan del todo cortos frente a la realidad, ¡oh Smaug, la Más
Importante, la Más Grande de las Calamidades! replicó Bilbo.
Tienes buenos modales para un ladrón y un mentiroso dijo el dragón. Pareces familiarizado con
mi nombre, pero no creo haberte olido antes. ¿Quién eres y de dónde vienes, si puedo
preguntar?
¡Puedes, ya lo creo! Vengo de debajo de la colina, y por debajo de las colinas y sobre las colinas
me condujeron los senderos. Y por el aire. Yo soy el que camina sin ser visto.
Eso puedo creerlo dijo Smaug, pero no me parece que te llamen así comúnmente.
Yo soy el descubreindicios, el cortatelarañas, la, mosca de aguijón. Fui elegido por el número de
la suerte.
¡Hermosos títulos! se mofó el dragón, Pero los números de la suerte no siempre la traen.
Yo soy el que entierra a sus amigos vivos, y los ahoga y los saca vivos otra vez de las aguas. Yo
vengo de una bolsa cerrada, pero no he estado dentro de ninguna bolsa.
Estos últimos ya no me suenan tan verosímiles se burló Smaug.
Yo soy el amigo de los osos y el invitado de las águilas. Yo soy el Ganador del Anillo y el Porta
Fortuna; y yo soy el Jinete de Barril prosiguió Bilbo comenzando a entusiasmarse con sus
acertijos.
¡Eso está mejor! dijo Smaug, ¡Pero no dejes que tu imaginación se desboque junto contigo!
Esta es, por supuesto, la manera de dialogar con los dragones, si no queréis revelarles vuestro
nombre verdadero (lo que es juicioso), y tampoco queréis enfurecerlos con una negativa
categórica (lo que es también muy juicioso). Ningún dragón se resiste a una fascinante charla
de acertijos, y a perder el tiempo intentando comprenderla. Había muchas cosas aquí que
Smaug no comprendía del todo (aunque espero que sí vosotros, ya que conocéis bien las
aventuras de que hablaba Bilbo); sin embargo, pensó que comprendía bastante y ahogó una risa
en su malévolo interior.
"Así pensé anoche", se dijo sonriendo. "Hombres del Lago, algún plan asqueroso de esos
miserables comerciantes de cubas, los Hombres del Lago, o yo soy una lagartija. No he bajado
por ese camino durante siglos y siglos; ¡pero pronto remediaré ese error!"
¡Muy bien, oh Jinete del Barril! dijo en voz alta, Tal vez tu poney se llamaba Barril, y tal vez no,
aunque era bastante grueso. Puedes caminar sin que te vean, mas no caminaste todo el camino.
Permíteme decirte que anoche me comí seis poneys, y que pronto atraparé y me comeré a todos
los demás. A cambio de esa excelente comida, te daré un pequeño consejo, sólo por tu bien: ¡No
hagas más tratos con enanos mientras puedas evitarlo!
¡Enanos! dijo Bilbo fingiendo sorpresa.
¡No me hables! dijo Smaug. Conozco el olor (y el sabor) de los enanos mejor que nadie. ¡No me
digas que me puedo comer un poney cabalgado por un enano y no darme cuenta! Irás de mal en
peor con semejantes amigos, Ladrón Jinete de Barril. No me importa si vuelves y se lo dices a
todos ellos de mi parte, Pero no le dijo a Bilbo que había un olor desconcertante que no podía
reconocer, el olor de hobbit.
Supongo que conseguiste un buen precio por aquella copa anoche, ¿no? continuó. Vamos, ¿lo
conseguiste? ¡Nada de nada! Bien, así son ellos. Y supongo que se quedaron afuera escondidos, y
que tu tarea es hacer los trabajos peligrosos y llevarte lo que puedas mientras yo no miro... y
todo para ellos. ¿Y tendrás una parte equitativa? ¡No lo creas! Considérate afortunado si sales
con vida.
Bilbo empezaba ahora a sentirse realmente incómodo. Cada vez que el ojo errante de Smaug,
que lo buscaba en las sombras, relampagueaba atravesándolo, se estremecía de pies a cabeza, y
sentía el inexplicable deseo de echar a correr y mostrarse tal cual era, y decir toda la verdad
a Smaug. En realidad corría el grave peligro de caer bajo el hechizo del dragón. Juntó coraje, y
habló otra vez.
No lo sabes todo, oh Smaug el Poderoso dijo, No sólo el oro nos trajo aquí.
¡Ja, ja! Admites el "nos" rió Smaug. ¿Por qué no dices "nos los catorce" y asunto concluido,
señor Número de la Suerte? Me complace oír que tenías otros asuntos aquí, además de mi oro.
En ese caso, quizá no pierdas del todo el tiempo.
"No sé si pensaste que aunque pudieses robar el oro poco a poco, en unos cien años o algo así,
no podrías llevarlo muy lejos. Y que no te sería de mucha utilidad en la ladera de la montaña. Ni
de mucha utilidad en el bosque. ¡Bendita sea! ¿Nunca has pensado en el botín? Una catorceava
parte, o algo parecido, fueron los términos, ¿eh? ¿Pero qué hay acerca de la entrega? ¿Qué
acerca del acarreo? ¿Qué acerca de guardias armados y peajes? Y Smaug rió con fuerza. Tenía
un corazón astuto y malvado, y sabía que estas conjeturas no iban mal encaminadas, aunque
sospechaba que los Hombres del Lago estaban detrás de todos los planes, y que la mayor parte
del botín iría a parar a la ciudad junto a la ribera, que cuando él era joven se había llamado
Esgaroth.
Apenas me creeréis, pero el pobre Bilbo estaba de veras muy desconcertado. Hasta entonces
todos sus pensamientos y energías se habían concentrado en alcanzar la Montaña y encontrar
la puerta. Nunca se había molestado en preguntarse cómo trasladarían el tesoro, y menos cómo
llevaría la parte que pudiera corresponderle por todo el camino de vuelta a Bolsón Cerrado,
bajo la Colina.
Una fea sospecha se le apareció ahora en la mente:
¿habían olvidado los enanos también este punto importante, o habían estado riéndose de él con
disimulo todo el tiempo? La charla de un dragón causa este efecto en la gente de poca
experiencia. Bilbo, desde luego, no tenía que haber bajado la guardia; pero la personalidad de
Smaug era en verdad irresistible.
Puedo asegurarte dijo, tratando de mantenerse firme y leal a sus amigos que el oro fue sólo
una ocurrencia tardía. Vinimos sobre la colina y bajo la colina, en la ola y el viento, por
venganza, seguro que entiendes, oh Smaug el acaudalado invalorable, que con tu éxito te has
ganado encarnizados enemigos.
Entonces sí que Smaug rió de veras: un devastador sonido que arrojó a Bilbo al suelo, mientras
allá arriba en el túnel los enanos se acurrucaron agrupándose y se imaginaron que el hobbit
había tenido un súbito y desagradable fin.
¡Venganza! bufó, y la luz de sus ojos iluminó el salón desde el suelo hasta el techo como un
relámpago escarlata. ¡Venganza! El Rey bajo la Montaña ha muerto, ¿y dónde están los
descendientes que se atrevan a buscar venganza? Girion, Señor de Valle, ha muerto, y yo me he
comido a su gente como un lobo entre ovejas, ¿y dónde están los hijos de sus hijos que se
atrevan a acercarse? Yo mato donde quiero y nadie se atreve a resistir. Yo derribé a los
guerreros de antaño y hoy no hay nadie en el mundo como yo. Entonces era joven y tierno.
¡Ahora soy viejo y fuerte, fuerte, fuerte, Ladrón de las Sombras! gritó, y echó a Bilbo una
mirada satisfecha y maligna ¡Mí armadura es como diez escudos, mis dientes son espadas, mis
garras lanzas, mi cola un rayo, mis alas un huracán, y mi aliento muerte!
Siempre entendí dijo Bilbo en un asustado chillido que los dragones son más blandos por
debajo, especialmente en esa región del... pecho; pero sin duda alguien tan fortificado ya lo
habrá tenido en cuenta.
El dragón interrumpió bruscamente éstas jactancias. Tu información es anticuada espetó.
Estoy acorazado por arriba y por abajo con escamas de hierro y gemas duras. Ninguna hoja
puede penetrarme.
Tendría que haberlo adivinado dijo Bilbo. En verdad no conozco a nadie que pueda compararse
con el Impenetrable Señor Smaug. ¡Qué magnificencia, un chaleco de diamantes!
Sí, es realmente raro y maravilloso dijo Smaug, complacido sin ninguna razón. No sabía que el
hobbit había llegado a verle brevemente la peculiar cobertura del pecho, en la visita anterior, y
esperaba impaciente la oportunidad de mirar de más cerca, por razones particulares. El dragón
se revolcó. ¡Mira! dijo. ¿Qué te parece?
¡Deslumbrante y maravilloso! ¡Perfecto! ¡Impecable! ¡Asombroso! exclamó Bilbo en voz alta,
pero lo que pensaba en su interior era: "¡Viejo tonto! ¡Ahí, en el hueco del pecho izquierdo hay
una parte tan desnuda como un caracol fuera de casa!"
Habiendo visto lo que quería ver, la única idea del señor Bolsón era marcharse. Bien, no he
de detener a Vuestra Magnificencia por más tiempo dijo, ni robarle un muy necesitado
reposo. Capturar poneys da algún trabajo, creo, si parten con ventaja. Lo mismo ocurre con
los saqueadores añadió como observación de despedida mientras se precipitaba hacia atrás
y huía subiendo por el túnel.
Fue un desafortunado comentario, pues el dragón escupió unas llamas terribles detrás de
Bilbo, y aunque él corría pendiente arriba, no se había alejado tanto como para sentirse a
salvo antes que Smaug lanzara el cráneo horroroso contra la entrada del túnel. Por fortuna
no pudo meter toda la cabeza y las mandíbulas, pero las narices echaron fuego y vapor
detrás del hobbit, que casi fue vencido, y avanzó a ciegas tropezando, y con gran dolor y
miedo. Se había sentido bastante complacido consigo mismo luego de la astuta
conversación con Smaug, pero el error del final le había devuelto bruscamente la sensatez.
"¡Nunca te rías de dragones vivos, Bilbo imbécil!" se dijo, y esto se convertiría en uno de
sus dichos favoritos en el futuro, y se transformaría en un proverbio. "Todavía no
terminaste esta aventura" agregó, y esto fue bastante cierto también.
La tarde se cambiaba en noche cuando salió otra vez y trastabilló y cayó desmayado en el
"umbral". Los enanos lo reanimaron y le curaron las quemaduras lo mejor que pudieron;
pero pasó mucho tiempo antes de que los pelos de la nuca y los talones le creciesen de
nuevo; pues el fuego del dragón los había rizado y chamuscado hasta dejarle la piel
completamente des nuda. Entretanto, los enanos trataron de levantarle el ánimo; querían
que Bilbo les contara en seguida lo que había ocurrido, y en especial querían saber por qué
el dragón había hecho aquel ruido tan espantoso, y cómo Bilbo había escapado.
Pero el hobbit estaba preocupado e incómodo, y les costó sacarle unas pocas palabras.
Pensándolo ahora, lamentaba haberle dicho al dragón algunas cosas, y no tenía ganas de
repetirlas. El viejo zorzal estaba posado en una roca próxima, inclinando la cabeza,
escuchando todo lo que hablaban. Lo que pasó entonces muestra el malhumor de Bilbo:
recogió una piedra y se la arrojó al zorzal. El pájaro aleteó haciéndose a un lado y volvió a
posarse.
¡Maldito pájaro! dijo Bilbo enojado Creo que está escuchando, y no me gusta nada ese
aspecto que tiene.
¡Déjalo en paz! dijo Thorin. Los zorzales son buenos y amistosos: éste es un pájaro
realmente muy viejo, y tal vez el último de la antigua estirpe que acostumbraba a vivir en
esta región, dóciles a las manos de mi padre y mi abuelo. Era una longeva y mágica raza, y
quizá éste sea uno de los que vivían aquí entonces, hace un par de cientos de años o más.
Algunos hombres de Valle entendían el lenguaje de estos pájaros, y los mandaban como
mensajeros a los hombres del lago y a otras partes.
Bien, tendrá nuevas que llevar a la Ciudad del Lago entonces, si es eso lo que pretende dijo
Bilbo. Aunque supongo que allí no queda nadie que se preocupe por el lenguaje de los
zorzales.
Pero ¿qué ha sucedido? gritaron los enanos ¡Vamos, no interrumpas la historia!
De modo que Bilbo les contó lo que pudo recordar, y confesó que tenía la desagradable
impresión de que el dragón había adivinado demasiado bien todos los acertijos sobre los
campamentos y los poneys. Estoy seguro de que sabe de dónde venimos, y que nos
ayudaron en Ciudad del Lago; y tengo el hondo presentimiento de que podría ir muy pronto
en esa dirección. Desearía no haber hablado nunca del Jinete del Barril; en estos lugares
aun un conejo ciego pensaría en los hombres del Lago.
¡Bueno, bueno! Ya no puede enmendarse, y es difícil no cometer un desliz cuando hablas
con un dragón, o así he oído decir lo consoló Balin Yo pienso que lo hiciste muy bien, y de
todos modos has descubierto algo muy útil, y has vuelto vivo, y esto es más de lo que
puede contar la mayoría de quienes hablaron con gentes como Smaug. Puede ser una suerte,
y aun una bendición, saber que ese viejo gusano tiene un sitio desnudo en el chaleco de
diamantes.
Aquello cambió la conversación, y todos empezaron a hablar de matanzas de dragones,
históricas, dudosas y míticas; y de las distintas puñaladas, mandobles, estocadas al vientre,
y las diferentes artes, trampas y estratagemas por las que tales hazañas habían sido llevadas
a cabo. De acuerdo con la opinión general, sorprender a un dragón que echaba una siesta no
era tan fácil como parecía, y el intento de golpear o pinchar a uno dormido podía ser más
desastroso que un audaz ataque frontal. Mientras ellos hablaban, el zorzal no dejaba de
escuchar, hasta que por último, cuando asomaron las primeras estrellas, abrió en silencio las
alas y se alejó volando. Y mientras hablaban y las sombras crecían, Bilbo se sentía cada vez
más desdichado e inquieto por lo que podía ocurrir.
Por fin los interrumpió. Sé que aquí no estamos seguros dijo. Y no veo razón para
quedarnos. El dragón ha marchitado todo lo que era verde y agradable, y además ha llegado
la noche y hace frío. Pero siento en los huesos que este sitio será atacado otra vez. Smaug
sabe cómo bajé hasta el salón, y descubrirá dónde termina el túnel. Destruirá toda esta
ladera, si es necesario, para impedir que entremos, y si las piedras nos aplastan, más le
gustará.
¡Estás muy siniestro señor Bolsón! dijo Thorin. ¿Por qué Smaug no ha bloqueado entonces
el extremo de abajo, si tanto quiere tenernos fuera? No lo ha hecho, o lo habríamos oído.
No sé, no sé... porque al principio quiso probar a atraerme de nuevo, supongo, y ahora
quizá espera porque antes quiere concluir la cacería de la noche, o porque no quiere
estropear el dormitorio, si puede evitarlo... pero preferiría que no discutiéramos. Smaug
puede aparecer ahora en cualquier momento, y nuestra única esperanza es meternos en el
tonel y luego cerrar bien la puerta.
Parecía tan serio que los enanos hicieron al fin lo que decía, aunque se demoraron en cerrar
la puerta. Les parecía un plan desesperado, pues nadie sabía si podrían abrirla desde dentro,
o cómo, y la idea de quedar encerrados en un sitio cuya única salida cruzaba la guarida del
dragón, no les gustaba mucho. Además todo parecía en calma, tanto fuera como abajo en el
túnel. De modo que se quedaron sentados dentro un largo rato, no muy lejos de la puerta
entornada, y continuaron hablando.
La conversación pasó entonces a comentar las malvadas palabras del dragón acerca de los
enanos. Bilbo deseaba no haberlas escuchado jamás, o al menos estar seguro de que los
enanos eran en verdad honestos, cuando decían que no habían pensado nunca en lo que
ocurriría luego de haber obtenido el tesoro. Sabíamos que sería una aventura desesperada
dijo Thorin, y lo sabemos todavía; y pienso todavía que cuando hayamos ganado habrá
tiempo de resolver el problema. En cuanto a lo que es tuyo, señor Bolsón, te aseguro que te
estamos más que agradecidos, y que escogerás tu propia catorceava parte tan pronto como
haya algo que dividir. Lo lamento si estás preocupado acerca del transporte, y admito que
las dificultades son grandes (las tierras no se han vuelto menos salvajes con el paso del
tiempo, más bien lo contrario), pero haremos lo que podamos por ti, y cargaremos con
nuestra parte del costo cuando llegue el momento. ¡Créeme o no, como quieras!
De esto la conversación pasó al gran tesoro escondido, y a las cosas que Thorin y Balin
recordaban. Se preguntaron si estarían todavía intactas allí abajo en el salón: las lanzas que
habían sido hechas para los ejércitos del Rey Blador el Flaco (muerto tiempo atrás), cada
una con una moharra forjada tres veces y astas con ingeniosas incrustaciones de oro, y que
nunca habían sido entregadas o pagadas; escudos hechos para guerreros fallecidos hacía
tiempo; la gran copa de oro de Thror, de dos asas, martillada y labrada con pájaros y flores
de ojos y pétalos enjoyados; cotas impenetrables de malla, de oro y plata; el collar de
Girion, Señor de Valle, de quinientas esmeraldas verdes como la hierba que hizo engarzar
para la investidura del hijo mayor en una cota de anillos eslabonados que nunca se había
hecho antes, pues estaba trabajada en plata pura con el poder y la fuerza del triple acero.
Pero lo más hermoso era la gran gema blanca, encontrada por los enanos bajo las raíces de
la Montaña, el Corazón de la Montaña, la Piedra del Arca de Thrain.
¡La Piedra del Arca! ¡La piedra del Arca! susurró Thorin en la oscuridad, medio soñando
con el mentón sobre las rodillas. ¡Era como un globo de mil facetas; brillaba como la plata
al resplandor del fuego, como el agua al sol, como la nieve bajo las estrellas, como la lluvia
sobre la Luna!
Pero el deseo encantado del tesoro ya no animaba a Bilbo. A lo largo de la charla, apenas
había prestado atención. Era el que estaba más cerca de la puerta, con un oído vuelto a
cualquier comienzo de sonido fuera, y el otro atento a los ecos que pudieran resonar por
encima del murmullo de los enanos, a cualquier rumor de un movimiento en los abismos.
La oscuridad se hizo más profunda y Bilbo se sentía cada vez más intranquilo. ¡Cerrad la
puerta! les rogó El miedo al dragón me estremece hasta los tuétanos. Me gusta mucho
menos este silencio que el tumulto de la noche pasada. ¡Cerrad la puerta antes que sea
demasiado tarde!
Algo en la voz de Bilbo hizo que los enanos se sintieran incómodos. Lentamente, Thorin se
sacudió los sueños de encima, y luego se incorporó y apartó de un puntapié la piedra que
calzaba la puerta. En seguida todos la empujaron, y la puerta se cerró con un crujido y un
golpe. Ninguna traza de cerradura era visible ahora en el costado de la piedra. ¡Estaban
encerrados en la Montana!
¡Y ni un instante demasiado pronto! Apenas habían marchado un trecho túnel abajo, cuando
un impacto sacudió la ladera de la Montaña con un estruendo de arietes de roble
enarbolados por gigantes La roca retumbó, las paredes se rajaron, y unas piedras cayeron
sobre ellos desde el techo. Lo que habría ocurrido si la puerta hubiese estado todavía
abierta, no quiero ni pensarlo. Huyeron más allá, túnel abajo, contemos de estar todavía con
vida, mientras detrás y fuera oían los rugidos y truenos de la furia de Smaug. Estaba
quebrando rocas, aplastando paredes y precipicios con los azotes de la cola enorme, hasta
que el terreno encumbrado del campamento, la hierba quemada, la piedra del zorzal, las
paredes cubiertas de caracoles, la repisa estrecha desaparecieron con todo lo demás en un
revoltijo de pedazos rotos, y una avalancha de piedras astilladas cayó del acantilado al
valle.
Smaug había dejado su guarida pisando con cuidado, remontando vuelo en silencio, y luego
había flotado pesado y lento en la oscuridad como un grajo monstruoso, bajando con el
viento hacia el oeste de la Montaña, esperando atrapar desprevenida a cualquier cosa que
estuviera por allí, y espiar además la salida del pasadizo que el ladrón había utilizado. En
ese mismo momento estalló en cólera, pues no pudo encontrar a nadie ni vio nada, ni
siquiera donde sospechaba que tenía que estar la salida.
Después de haberse desahogado, se sintió mejor y pensó convencido que no sería
molestado de nuevo desde ese lugar. Mientras tanto tenía que tomarse otra venganza.
¡Jinete del Barril! bufó. Tus pies vinieron de la orilla del agua, y sin ninguna duda viajaste
río arriba. No conozco tu olor, mas si no eres uno de esos Hombres del Lago, ellos te
ayudaron al menos. ¡Me verán y recordarán entonces quién es el verdadero Rey bajo la
Montaña!
Se elevó en llamas y partió lejos al sur, hacia el Río Rápido.
13. Nadie en casa
Mientras tanto, los enanos se quedaron sentados en la oscuridad, y un completo silencio cayó
alrededor. Hablaron poco y comieron poco. No se daban mucha cuenta del paso del tiempo, y
casi no se atrevían a moverse, pues el susurro de las voces resonaba y se repetía en el túnel. A
veces dormitaban, y cuando abrían los ojos descubrían que la oscuridad y el silencio no habían
cambiado. Al cabo de muchos días de espera, cuando empezaban a sentirse asfixiados y
embotados por la falta de aire, no pudieron soportarlo más. Hasta casi hubieran dado la
bienvenida a cualquier sonido de abajo que indicase la vuelta del dragón. En medio de aquella
quietud temían alguna diabólica astucia de Smaug, y no podían estar allí sentados para siempre.
Thorin habló: ¡Probemos la puerta! dijo. Necesito sentir el viento en la cara o pronto moriré.
¡Creo que preferiría ser aplastado por Smaug al aire libre que asfixiarme aquí dentro! Así que
varios enanos se levantaron y fueron a tientas hacia la puerta. Pero allí descubrieron que el
extremo superior del túnel había sido destruido y bloqueado por pedazos de rocas. Ni la llave
ni la magia a la que había obedecido alguna vez, volverían a abrir aquella puerta.
¡Estamos atrapados! gimieron. Esto es el fin, moriremos aquí.
Pero de algún modo, justo cuando los enanos estaban más desesperados, Bilbo sintió un raro
alivio en el corazón, como si le hubieran quitado una pesada carga que llevaba bajo el chaleco.
¡Venid, venid! dijo. '¡Mientras hay vida hay esperanza!', como decía mi padre, y 'A la tercera va
la vencida'. Bajare por el túnel una vez más. Recorrí este camino dos veces cuando sabía que
había un dragón al otro lado, así que arriesgaré una tercera visita ahora que no estoy seguro.
De cualquier modo la única salida es hacia abajo y creo que esta vez convendrá que vengáis
todos conmigo.
Desesperados, los enanos asintieron, y Thorin fue e! primero en avanzar junto a Bilbo.
¡Ahora tened cuidado! susurró el hobbit, y no hagáis ruido si es posible! Quizá no haya ningún
Smaug en el fondo, pero también puede que lo haya. ¡No
corramos riesgos innecesarios!
Bajaron, y siguieron bajando. La marcha de los enanos no podía compararse desde luego con los
movimientos furtivos del hobbit, y lo seguían resoplando y arrastrando los pies, con ruidos que
los ecos magnificaban de un modo alarmante; pero cuando Bilbo asusta do se detenía a
escuchar una y otra vez, no se oía nada que viniera de abajo. Cuando pensó que estaba cerca del
extremo del túnel, se puso el anillo y marchó delante. Pero no lo necesitaba, pues la oscuridad
era impenetrable, y todos parecían invisibles, con o sin anillo. Tan negro estaba todo, que el
hobbit llegó a la abertura sin darse cuenta, extendió la mano en el aire, trastabilló, ¡y rodó de
cabeza dentro de la sala!
Allí quedó tumbado de bruces contra el suelo, y no se atrevía a incorporarse, y casi ni siquiera
a respirar. Pero nada se movió. No había ninguna luz, aunque cuando al fin alzó despacio la
cabeza, creyó ver un pálido destello blanco encima de él y lejos en las sombras. En realidad no
había ni una chispa de fuego de dragón, pero un olor a gusano infectaba el sitio, y Bilbo sentía
en la boca el sabor de los vapores.
Al cabo de un rato el señor Bolsón ya no pudo resistirlo más. ¡Maldito seas, Smaug; tú, gusano!
chilló, ¡Deja de jugar al escondite! ¡Dame una luz y después cómeme si eres, capaz de
atraparme!
Unos ecos débiles corrieron alrededor del salón invisible, pero no hubo respuesta.
Bilbo se incorporó y descubrió que estaba desorientado, y no sabía por dónde ir.
Me pregunto a qué demonios está jugando Smaug dijo. Creo que no está en casa por el día (o
por la noche, o lo que sea). Si Glóin y Óin no perdieron las yescas quizás podarnos tener un poco
de luz, y echar un vistazo antes de que cambie la suerte.
"¡Luz! gritó. ¿Puede alguien encender una luz?
Los enanos, claro está, se habían asustado mucho cuando Bilbo tropezó con el escalón y con un
fuerte topetazo entró de bruces en la sala. y se habían sentado acurrucándose en la boca del
túnel, donde el hobbit los había dejado.
¡Chist! sisearon como respuesta, y aunque Bilbo supo así dónde estaban, pasó bastante tiempo
antes de que pudiese sacarles algo más. Pero al fin, cuando Bilbo se puso a patear el suelo y a
vociferar: ¡Luz! con una voz aguda y penetrante, Thorin cedió, y Óin y Glóin fueron enviados de
vuelta a la entrada del túnel, donde estaban los fardos.
Al poco rato un resplandor parpadeante indicó que regresaban; Óin sosteniendo una pequeña
antorcha de pino, y Glóin con un montón bajo el brazo. Bilbo trotó rápido hasta la puerta y
tomó la antorcha, pero no con siguió que encendieran las otras ó se unieran a él. Como Thorin
explicó, el señor Bolsón era todavía oficialmente el experto saqueador e investigador al
servicio de los enanos. Si se arriesgaba a encender una luz, allá él. Los enanos lo esperarían en
el túnel. Así que se sentaron junto a la puerta y observaron.
Vieron la pequeña figura del hobbit que cruzaba el suelo alzando la antorcha diminuta. De
cuando en cuando, mientras aun estaba cerca, y cada vez que Bilbo tropezaba, llegaban a ver un
destello dorado y oían un tintineo. La luz se empequeñeció mientras se adentraba en el vasto
salón, y luego subió danzando en el aire. Bilbo escalaba ahora el montículo del tesoro. Pronto
llegó a la cima, pero no se detuvo. Luego vieron que se inclinaba, y no supieron por qué.
Era la Piedra del Arca, el Corazón de la Montaña. Así lo supuso Bilbo por la descripción de
Thorin; no podía haber otra joya semejante, ni en ese maravilloso botín, ni en el mundo entero.
Aun mientras subía, ese mismo resplandor blanco había brillado atrayéndolo. Luego creció poco
a poco hasta convertirse en un globo de luz pálida. Cuando Bilbo se acercó, vio que la superficie
titilaba con un centelleo de muchos colores, reflejos y destellos de la ondulante luz de la
antorcha. Al fin pudo contemplarla a sus pies, y se quedó sin aliento. La gran joya brillaba con
luz propia, y aun así, cortada y tallada por los enanos, que la habían extraído del corazón de la
montaña hacía ya bastante tiempo, recogía toda la luz que caía sobre ella y la transformaba en
diez mil chispas de radiante blancura irisada.
De repente el brazo de Bilbo se adelantó, atraído por el hechizo de la joya No podía tenerla en
la manita, era tan grande y pesada, pero la levantó, cerró los ojos y se la metió en el bolsillo
más profundo.
"¡Ahora soy realmente un saqueador!" pensó. ''Pero supongo que tendré que decírselo a los
enanos... algún día. Ellos me dijeron que podía elegir y tomar mi par te, y creo que elegiría esto,
¡si ellos se llevan todo lo demás!". De cualquier modo tenía la incómoda sospecha de que eso de
'elegir y tomar' no incluía esta maravillosa joya. y que un día le traería dificultades.
Siguió adelante y emprendió el descenso por el otro lado del gran montículo, y el resplandor de
la antorcha desapareció de la vista de los enanos. Pero pronto volvieron a verlo a lo lejos. Bilbo
estaba cruzando el salón.
Avanzó así hasta encontrarse con las grandes puertas en el extremo opuesto, y allí una
corriente de aire lo refrescó, aunque casi le apagó la antorcha. Asomó tímidamente la cabeza, y
desde la puerta vio Unos pasillos enormes y el sombrío comienzo de unas amplias escaleras que
subían en la oscuridad. Pero tampoco allí había rastros de Smaug. Justo en el momento en que
iba a dar media vuelta y regresar, una forma negra se precipitó sobre él y le rozó la cara. Bilbo
se sobresaltó, chilló, se tambaleó y cayó hacia atrás. ¡La antorcha golpeó el suelo y se apagó!
¡Sólo un murciélago, supongo y espero! dijo con voz lastimosa. ¿Pero ahora qué haré? ¿Dónde
está el norte, el sur, el este, o el oeste?
¡Thorin! ¡Balin! ¡Óin!¡Glóin! ¡Fíli y Kili!
Débilmente los enanos oyeron estos gritos, pero la única palabra que pudieron entender fue
"¡socorro!"
¿Pero qué demonios pasa dentro o fuera? dijo Thorin. No puede ser el dragón, sino el hobbit no
seguiría chillando.
Esperaron un rato, pero no se oía ningún ruido de dragón, en verdad ningún otro sonido que la
distante voz de Bilbo. ¡Vamos, que uno de vosotros traiga una o dos antorchas! ordenó Thorin
Parece que tendremos que ayudar a nuestro saqueador.
Ahora nos toca a nosotros ayudar dijo Balin, y estoy dispuesto. Espero sin embargo que por el
momento no haya peligro.
Glóin encendió varias antorchas más, y luego todos salieron arrastrándose, uno a uno, y fueron
bordeando la pared lo más aprisa que pudieron. No pasó mucho tiempo antes de que se
encontrasen con el propio Bilbo que venía de vuelta. Había recobrado todo su aplomo tan pronto
como viera el parpadeo de luces.
¡Sólo un murciélago y una antorcha que se cayó,nada peor! dijo en respuesta a las preguntas de
los enanos. Aunque se sentían muy aliviados, les enfadaba que los hubiese asustado sin motivo;
pero cómo hubieran reaccionado si en ese momento él hubiese dicho algo de la Piedra del Arca,
no lo sé. Los meros destellos fugaces del tesoro que alcanzaron a ver mientras avanzaban, les
había reavivado el fuego en los corazones, y cuando un enano, aun el más respetable, siente en
el corazón el deseo de oro y joyas, puede transformarse de pronto en una criatura audaz, y
llegar a ser violenta.
Los enanos no necesitaban ya que los apremiasen. Todos estaban ahora ansiosos por explorar el
salón mientras fuera posible, y deseando creer que por ahora Smaug estaba fuera de casa.
Todos llevaban antorchas encendidas; y mientras miraban a un lado y a otro olvidaron el miedo
y aun la cautela. Hablaban en voz alta, y se llamaban unos a otros a gritos a medida que sacaban
viejos tesoros del montículo o de la pared y les sostenían a la luz, tocándolos y acariciándolos.
Fíli y Kili estaban de bastante buen humor, y viendo que allí colgaban todavía muchas arpas de
oro con cuerdas de plata, las tomaron y se pusieron a rasguear; y como eran instrumentes
mágicos (y tampoco habían sido manejadas por el dragón, que tenía muy poco interés por la
música), aún estaban afinadas. En el salón oscuro resonó ahora una melodía que no se oía desde
hacía tiempo. Pero los enanos eran en general más prácticos: recogían joyas y se atiborraban
los bolsillos, y lo que no podían llevar lo dejaban caer entre los dedos abiertos, suspirando.
Thorin no era el menos activo, e iba de un lado a otro buscando algo que no podía encontrar.
Era la Piedra del Arca; pero todavía no se lo había dicho a nadie.
En ese momento los enanos descolgaron de las paredes unas armas y unas cotas de malla, y se
armaron ellos mismos. Un rey en verdad parecía Thorin, vestido con un abrigo de anillas
doradas, y con un hacha de empuñadura de plata en el cinturón tachonado con piedras rojas.
¡Señor Bolsón! dijo ¡Aquí tienes el primer pago de tu recompensa! ¡Tira tu viejo abrigo y toma
éste!
En seguida le puso a Bilbo una pequeña cota de malla, forjada para algún joven príncipe elfo
tiempo atrás. Era de esa plata que los elfos llamaban mithril, y con ella iba un cinturón de
perlas y cristales Un casco liviano que por fuera parecía de cuero, reforzado debajo por unas
argollas de acero y con gemas blancas en el borde, fue colocado sobre la cabeza del hobbit,
"Me siento magnífico", pensó "pero supongo que he de parecer bastante ridículo. ¡Cómo se
reirían allá en casa, en la Colina! ¡Con todo, me gustaría tener un espejo a mano!"
Pero aun así el hechizo del tesoro no pesaba tanto sobre el señor Bolsón como sobre los enanos.
Bastante tiempo antes de que los enanos se cansaran de examinar el botín, él ya estaba
aburrido y se sentó en el suelo; y empezó a preguntarse nervioso cómo terminaría todo. "Daría
muchas de estas preciosas copas", pensó, "por un trago de algo reconfortante en un cuenco de
madera de Beorn."
¡Thorin! gritó, ¿Y ahora qué? Estamos armados, ¿pero de qué sirvieron antes las armaduras
contra Smaug el Terrible? El tesoro no ha sido recobrado aún. No buscamos oro, sino una
salida: ¡y hemos tentado demasiado la suene!
¡Estás en lo cierto! respondió Thorin, saliendo de su aturdimiento. ¡Vamonos! Yo os guiaré. Ni en
mil años podría yo olvidar los laberintos de este palacio, Luego llamó a los otros, que empezaron
a agruparse, y sosteniendo altas las antorchas atravesaron las puertas, no sin echar atrás
miradas ansiosas.
Habían vuelto a cubrir las mallas resplandecientes con las viejas capas, y los cascos
brillantes con los capuchones harapientos, y uno tras otro seguían a Thorin.
Una hilera de lucecitas en la oscuridad que a menudo se detenían, cuando los enanos
escuchaban temerosos, atentos a cualquier ruido que anunciara la llegada del dragón.
Aunque el tiempo había pulverizado o destruido los adornos antiguos y aunque todo estaba
sucio y desordenado con las idas y venidas del monstruo, Thorin conocía cada pasadizo y
cada recoveco. Subieron por largas escaleras, torcieron y bajaron por pasillos anchos y
resonantes, volvieron a torcer y subieron aún más escaleras. y de nuevo aún más escaleras.
Talladas en la roca viva, eran lisas, amplias y regulares; y los enanos subieron y subieron, y
no encontraron ninguna señal de criatura viviente, sólo unas sombras furtivas que huían de
la proximidad de las antorchas, estremecidas por las corrientes de aire,
De cualquier manera los escalones no estaban hechos para piernas de hobbit, y Bilbo
empezaba a sentir que no podría seguir así mucho más, cuando de pronto el techo se elevó;
las antorchas no alcanzaban ahora a iluminarlo. Lejos, allá arriba, se podía distinguir un
resplandor blanco que atravesaba una abertura, y el aire tenía un olor más dulce. Delante de
ellos una luz tenue asomaba por unas grandes puertas, medio quemadas, y que aún
colgaban torcidas de los goznes.
Esta es la gran cámara de Thror dijo Thorin, el salón de fiestas y de reuniones. La Puerta
Principal no queda muy lejos.
Cruzaron la cámara arruinada. Las mesas se estaban pudriendo allí; sillas y bancos yacían
patas arriba, carbonizados y carcomidos. Cráneos y huesos estaban tirados por el suelo
entre jarros, cuencos, cuernos de beber destrozadas v polvo. Luego de cruzar otras puertas
en el fondo de la cámara, un rumor de agua llegó hasta ellos, v la luz grisácea de repente se
aclaró.
Ahí está el nacimiento del Río Rápido dijo Thorin Desde aquí corre hacia la Puerta.
¡Sigámoslo!
De una abertura oscura en una pared de roca, manaba un agua hirviendo, y fluía en
remolinos por un estrecho canal que la habilidad de unas manos ancestrales había
excavado, enderezado y encauzado. A un lado se extendía una calzada pavimentada,
bastante ancha como para que varios hombres pudieran marchar de frente. Fueron de prisa
por la calzada, y he aquí que luego de un recodo la clara luz del día apareció ante ellos. Allí
delante se levantaba un arco elevado, que aún guardaba los fragmentos de unas obras
talladas, aunque deterioradas, ennegrecidas y rotas. Un sol neblinoso enviaba una pálida luz
entre los brazos de la Montaña, y unos rayos de oro caían sobre el pavimento del umbral.
Un torbellino de murciélagos arrancados de su letargo por las antorchas humeantes,
revoloteaba sobre ellos, que marchaban a saltos, deslizándose sobre piedras que el dragón
había alisado y desgastado. Ahora el agua se precipitaba ruidosa, y descendía en espumas
hasta el valle. Dejaron caer las antorchas pálidas y miraron asombrados. Habían llegado a la
Puerta Principal, y Valle estaba ahí fuera.
¡Bien! dijo Bilbo, nunca creí que llegaría a mirar desde esta puerta; y nunca creí estar tan
contento de ver el sol de nuevo, y sentir el viento en la cara. Pero ¡uf! este viento es frío.
Lo era. Una brisa helada soplaba del este con la amenaza del invierno incipiente. Se
arremolinaba sobre los brazos de la Montaña y alrededor bajando hasta el valle, y suspiraba
por entre las rocas. Después de haber estado tanto tiempo en las sofocantes profundidades
de aquellas cavernas encantadas, Bilbo y los enanos tiritaban al sol.
De pronto Bilbo cayó en la cuenta de que no sólo estaba cansado sino también muv
hambriento. La mañana ha de estar ya bastante avanzada dijo, y supongo que es la hora del
desayuno... si hay algo para desayunar. Pero no creo que las puertas de Smaug sean el lugar
más apropiado para ponerse a comer. ¡Vayamos a un sitio donde estemos un rato
tranquilos!
De acuerdo dijo Balin, creo que sé a dónde tenemos que ir: al viejo puesto de observación
en el borde sudeste de la Montaña.
¿Qué lejos está? preguntó el hobbit.
A unas cinco horas de marcha, yo diría. Será una marcha dura. La senda de la Puerta en la
ladera izquierda del arroyo parece estar toda cortada. ¡Pero mira allá abajo! El río se tuerce
de pronto al este de Valle, frente a la ciudad en ruinas. En ese punto hubo una vez un
puente que llevaba a unas escaleras empinadas en la orilla derecha, y luego a un camino
que corría hacia la Colina del Cuervo. Allí hay (o había) un sendero que dejaba el camino y
subía hasta el puesto de observación. Una dura escalada también, aun si las viejas gradas
están todavía allí.
¡Señor! gruño el hobbit. ¡Más caminatas y escaladas sin desayuno! Me pregunto cuántos
desayunos y Otras comidas habremos perdido dentro de ese agujero inmundo, que no tiene
relojes ni tiempo.
En realidad habían pasado dos noches y el día entre ellas (y no por completo sin comida)
desde que el dragón destrozara la puerta mágica, pero Bilbo había perdido la cuenta del
tiempo, y para él tanto podía haber pasado una noche como una semana de noches.
¡Vamos, vamos! dijo Thorin riéndose. Se sentía más animado y hacía sonar las piedras
preciosas que tenía en los bolsillos. ¡No llames a mi palacio un agujero inmundo! ¡Espera a
que esté limpio y decorado!
Eso no ocurrirá hasta que Smaug haya muerto dijo Bilbo, sombrío. Mientras tanto, ¿dónde
está? Da ría un buen desayuno por saberlo. ¡Espero que no esté allá arriba en la Montaña,
observándonos!
Esa idea inquietó mucho a los enanos, y decidieron en seguida que Bilbo y Balín tenían
razón.
Tenemos que alejarnos de aquí dijo Dori, siento corno si me estuviesen clavando los ojos
en la nuca.
Es un lugar frío e inhóspito dijo Bombur, Puede que haya algo de beber pero no veo
indicios de comida. En lugares así un dragón está siempre hambriento.
¡Adelante, adelante! gritaron los otros Sigamos la senda de Balin.
A la derecha, bajo la muralla rocosa, no había ningún sendero, y marcharon penosamente
entre las piedras por la ribera izquierda del río, y en la desolación y el vacío pronto se
sintieron otra vez desanimados, aun el propio Thorin. Llegaron al puente del que Balin
había hablado y descubrieron que había caído hacia tiempo, y muchas de las piedras eran
ahora sólo unos cascajos en el arroyo ruidoso y poco profundo; pero vadearon el agua sin
dificultad, y encontraron los antiguos escalones, y treparon por la alta ladera. Después de
un corto trecho dieron con el viejo camino, y no tardaron en llegar a una cariada profunda
resguardada entre las rocas; allí descansaron un rato y desayunaron como pudieron, sobre
todo cram y agua. (Si queréis saber lo que es un cram, sólo puedo decir que no conozco la
receta. pero parece un bizcocho, nunca se estropea, dicen que tiene tuerza nutricia, y en
verdad no es muy entretenido, y muy poco interesante, excepto como ejercicio de las
mandíbulas. Los preparaban los Hombres del Lago para los largos viajes.)
Luego de esto siguieron caminando y ahora la senda iba hacia el oeste, alejándose del río, y
el lomo de la estribación montañosa que apuntaba al sur se acercaba cada vez más. Por fin
alcanzaron el sendero de la colina. Subía en una pendiente abrupta, y avanzaron lentamente
uno tras otro hasta que a la caída de la tarde llegaron al fin a la cima de la sierra y vieron el
sol invernal que descendía en el oeste.
El sitio en que estaban ahora era llano y abierto, pero en la pared rocosa del norte había una
abertura que parecía una puerta. Desde esta puerta se veía un extenso escenario, al sur, el
este y el oeste.
Aquí dijo Balin en los viejos tiempos teníamos casi siempre gente que vigilaba, y esa puerta
de atrás lleva a una cámara excavada en la roca: un cuarto para el vigía. Había otros sitios
semejantes alrededor de la Montana. Pero en aquellos días prósperos, la vigilancia no
parecía muy necesaria, y los guardias estaban quizá demasiado cómodos... En fin. si nos
hubieran advenido a tiempo de la llegada del dragón, todo habría sido diferente. No
obstante, aquí podemos quedarnos escondidos y al resguardo por un rato, y ver mucho sin
que nos vean,
De poco servirá si nos han visto venir aquí dijo Dori, que siempre estaba mirando hacia el
pico de la Montana, como si esperase ver allí a Smaug, posado como un pájaro sobre un
campanario.
Tenemos que arriesgarnos dijo Thorin. Hoy no podemos ir más lejos.
¡Bien, bien! gritó Bilbo, y se echó al suelo. En la cámara de roca habría lugar para cien, y
más adentro había otra cámara más pequeña, más protegida del frío de fuera. No había nada
en el interior, y parecía que ni siquiera los animales salvajes habían estado alguna vez allí
en los días del dominio de Smaug. Todos dejaron las cargas; algunos se arrojaron al suelo y
se quedaron dormidos, pero otros se sentaron cerca de la puerta y discutieron los planes
posibles. Durante toda la conversación volvían una v otra vez a un mismo problema:
¿dónde estaba Smaug? Miraban al oeste y no había nada, al este y no había nada, al sur v
no había ningún rastro del dragón, aunque allí revoloteaba una bandada de muchos pájaros
Se quedaron mirando, perplejos; pero aún no habían llegado a entenderlo, cuando asomaron
las primeras estrellas frías.
14. El encuentro de las nubes
Volvamos ahora con Bilbo y los enanos. Uno de ellos había vigilado toda la noche, pero cuando
llegó la mañana, no había visto ni oído ninguna señal de peligro. Sin embargo, la congregación de
los pájaros seguía creciendo. Las bandadas se acercaban volando desde el Sur; y los grajos que
todavía vivían en los alrededores de la Montaña, revoloteaban y chillaban incesantemente allá
arriba.
Algo extraño está ocurriendo dijo Thorin. Ya ha pasado el tiempo de los revoloteos otoñales; y
estos pájaros siempre moran en tierra: hay estorninos y bandadas de pinzones, y a lo lejos
pájaros carróñeros, como si se estuviese librando una batalla.
De repente Bilbo apuntó con el dedo: ¡Ahí está el viejo zorzal oirá vez! gritó. Parece haber
escapado cuando Smaug aplastó la ladera, ¡aunque no creo que se hayan salvado también los
caracoles!
Era en verdad el viejo zorzal, y mientras Bilbo señalaba. votó hacia ellos y se posó en una
piedra próxima. Luego sacudió las alas y cantó; y torció la cabeza a un lado, como escuchando; y
otra vez cantó, y otra vez escuchó.
Creo que trata de decirnos algo dijo Balin, pero no puedo seguir esa garrulería, es muy rápida y
difícil. ¿Puedes entenderla, Bolsón?
No muy bien dijo Bilbo, que no entendía ni jota, pero parece muy excitado.
¡ Si al menos fuese un cuervo! dijo Balin.
¡ Pensé que no te gustaban! Parecías recelar de ellos Cuando vinimos por aquí la última vez.
¡Aquellos eran grajos! Criaturas desagradables de aspecto sospechoso, además de groseras.
Tendrías qué haber oído los horribles nombres con que nos iban llamando. Pero los cuervos son
diferentes. Hubo una gran amistad entre ellos y la gente de Thror; a menudo nos traían
noticias secretas y los recompensábamos con cosas brillantes que ellos escondían en sus
moradas.
"Vivían muchos años, y tenían una memoria larga, y esta sabiduría pasaba de padres a hijos.
Conocí a muchos de los cuervos de las rocas cuando era muchacho. Esta misma altura se llamó
una vez Colina del Cuervo, pues una pareja sabia y famosa, el viejo Carc y su compañera, vivían
aquí sobre el cuarto del guardia. Pero no creo que nadie de ese viejo linaje esté ahora en estos
sitios.
Aún no había terminado de hablar, cuando él viejo zorzal dio un grito, y en seguida se fue
volando.
Quizá nosotros no lo entendamos, pero ese viejo pájaro nos entiende a nosotros, estoy seguro
dijo Balin. Observemos y veamos qué pasa ahora.
Pronto hubo un batir de alas, y de vuelta apareció el zorzal; y con él vino otro pájaro muy viejo
y decrépito. Era un cuervo enorme y centenario, casi ciego y de cabeza desplumada, que apenas
podía volar. Se posó rígido en el suelo ante ellos, sacudió lentamente las alas, y saludó a Thorin
bamboleando la cabeza.
Oh Thorin hijo de Thrain, y Balin hijo de Fundin graznó (y Bilbo entendió lo que dijo, pues el
cuervo hablaba la lengua ordinaria y no la de los pájaros). Yo soy Roäc hijo de Carc. Carc ha
muerto, pero en un tiempo lo conocías bien. Dejé el cascarón hace ciento cincuenta y tres anos,
pero no olvido lo que mi padre me dijo. Ahora soy el jefe de los grandes cuervos de la Montaña.
Somos pocos, pero recordamos todavía al rey de antaño. La mayor parte de mi gente está lejos,
pues hay grandes noticias en el sur... algunas serán buenas nuevas para vosotros, y algunas no
os parecerán tan buenas.
"! Mirad! Los pájaros se reúnen otra vez en la Montaña y en Valle desde el sur, el este y el
oeste, ¡pues se ha corrido la voz de que Smaug ha muerto!
¡Muerto! ¡Muerto! gritaron los enanos. ¡Muerto! Hemos estado atemorizados sin motivo
entonces, ¡y el tesoro es nuestro otra vez! Todos se pusieron en pie de un salto y vitorearon
con los gorros en la mano.
Sí, muerto dijo Roác. El zorzal, que nunca se le caigan las plumas, lo vio morir, y podemos
confiar en lo que dice. Lo vio caer mientras luchaba con los hombres de Esgaroth, hará hoy
tres noches, a la salida de la luna.
Paso algún tiempo antes de que Thorin pudiese calmar a los enanos y escuchar las nuevas del
cuervo. Por fin, el pájaro acabó el relato de la batalla, y prosiguió:
Hay mucho de que alegrarse, Thorin Escudo de Roble. Puedes volver seguro a tus salones; todo
el tesoro es tuyo, por el momento. Pero muchos vendrán a reunirse aquí además de los pájaros.
Las noticias de la muerte del guardián han volado ya a lo largo y ancho del país, y la leyenda de
la riqueza de Thror no ha dejado de aparecer en cuentos, durante años y años; muchos están
ansiosos por compartir el botín. Ya una hueste de elfos está en camino, y los pájaros
carroñeros los acompañan, esperando la batalla y la carnicería. Junto al Lago los hombres
murmuran que los enanos son los verdaderos culpables de tanta desgracia, pues se han quedado
sin hogar, muchos han muerto, y Smaug ha destruido Esgaroth. También ellos esperan que
vuestro tesoro repare los daños, estéis vivos o muertos.
"Vuestra decidirá, pero trece es un pequeño resto del gran pueblo de Durin que una vez habitó
aquí, y que ahora está disperso y en tierras lejanas. Si queréis mi consejo, no confiéis en el
gobernador de los Hombres del Lago, pero sí en aquél que mató al dragón con una flecha. Bardo
se llama, y es de la raza de Valle, de la línea de Giríon; un hombre sombrío, pero sincero. Una
vez más buscará la paz entre los enanos, hombres y elfos, después de la gran desolación; pero
ello puede costarte caro en oro. He dicho.
Entonces Thorin estalló de rabia: Nuestro agradecimiento, Roác hijo de Carc. Tú y tu pueblo no
seréis olvidados. Pero ni los ladrones ni los violentos se llevarán una pizca de nuestro oro,
mientras sigamos con vida. Si quieres que te estemos aún más agradecidos, tráenos noticias de
cualquiera que se acerque. También quisiera pedirte, si alguno de los tuyos es aún fuerte y
joven de alas, que envíes mensajeros a nuestros parientes en las montañas del Norte, tanto al
este como al oeste de aquí, y les hables de nuestra difícil situación. Pero ve especialmente a mi
primo Dain en las Colinas de Hierro, pues tiene mucha gente bien armada y vive cerca. ¡Dile que
se dé prisa!
No diré si es bueno o malo ese consejo graznó Roác, pero haré lo que pueda y se alejó volando
lentamente.
¡De vuelta ahora a la Montana! gritó Thorin, Tenemos poco tiempo que perder.
¡Y también poco que comer! chilló Bilbo, siempre práctico en tales cuestiones. En cualquier
caso, sentía que la aventura, hablando con propiedad, había terminado con la muerte del dragón
en lo que estaba muy equivocado y hubiese dado buena parte de lo que a él le tocaba por la
pacífica conclusión de estos asuntos.
¡De vuelta a la Montaña! gritaron los enanos, como si no lo hubiesen oído; así que tuvo que ir de
vuelta con ellos.
Como ya estáis enterados de algunos acontecimientos, sabréis que los enanos disponían aún de
unos pocos días. Una vez más exploraron las cavernas, y encontraron como esperaban que sólo
la Puerta Principal permanecía abierta; todas las demás entradas (excepto, claro, la pequeña
puerta secreta) hacía mucho que habían sido destruidas y bloqueadas por Smaug, y no quedaba
ni rastro de ellas. De modo que se pusieron a trabajar duro en las fortificaciones de la entrada
principal, y en abrir un nuevo sendero que llevase hasta ella. Encontraron muchas de las
herramientas de los mineros, canteros y constructores de antaño, y en tales trabajos los
enanos eran aún habilidosos.
Entretanto, los cuervos no dejaban de traer noticias. De esta manera supieron que el Rey Elfo
marchaba ahora hacia el Lago, y tenían unos días de respiro. Mejor aún, oyeron que tres de los
poneys habían huido y se encontraban vagando salvajes allá abajo, en la ribera del Río Rápido,
no lejos del resto de las provisiones. Así, mientras los otros continuaban trabajando, enviaron a
Fíli y Kili, guiados por un cuervo, a buscar los poneys y traer todo lo que pudieran.
Estuvieron cuatro días fuera, y supieron entonces que los ejércitos unidos de los Hombres del
Lago y los Elfos corrían hacia la Montaña. Pero ahora los enanos estaban más esperanzados,
pues tenían comida para varias semanas, si se cuidaban sobre todo cram, por supuesto, y muy
cansados estaban de ese alimento, pero mejor es cram que nada y ya la Puerta estaba
bloqueada con un parapeto alto y ancho, de piedras regulares, puestas una sobre otra. Había
agujeros en el parapeto por los que se podía mirar (o disparar), pero ninguna entrada. Entraban
y salían con la ayuda de una escalera de mano, y subían con cuerdas las cosas. Para la salida del
arroyo habían dispuesto un arco pequeño y bajo en el nuevo parapeto; pero cerca de la entrada
habían cambiado tanto el lecho angosto que toda una laguna se extendía ahora desde la pared
de la montaña hasta el principio de la cascada que llevaba el arroyo hacia Valle. Aproximarse a
la Puerta sólo era posible a nado, o escurriéndose a lo largo de una repisa angosta, que corría a
la derecha del risco, mirando desde la entrada. Habían traído los poneys hasta el principio de
las escaleras sobre el puente viejo, y luego de descargarlos los habían mandado de vuelta a sus
dueños, enviándolos sin jinetes al Sur.
Llegó una noche en la que de pronto aparecieron muchas luces, como de fuegos y antorchas,
lejos hacia el sur en Valle.
¡Han llegado! anunció Balin. Y el campamento es grande de veras. Tienen que haber entrado en
el valle a lo largo de las riberas del río, ocultándose en el crepúsculo.
Poco durmieron esa noche los enanos. La mañana era pálida aún cuando vieron que se
aproximaba una compañía. Desde detrás del parapeto observaron cómo subían hasta la cabeza
del valle y trepaban lentamente. Pronto pudieron ver que entre ellos venían hombres del lago
armados como para la guerra y arqueros elfos. Por fin, la vanguardia escaló las rocas caídas y
apareció en lo alto del torrente; mucho se sorprendieron cuando vieron la laguna y la Puerta
Principal obstruida por un parapeto de piedra recién tallada.
Mientras estaban allí señalando y hablando entre ellos, Thorin los increpó: ¿Quiénes sois
vosotros dijo en voz muy alta que venís como en guerra a las puertas de Thorin hijo de Thrain,
Rey bajo la Montaña, y qué deseáis?
Pero no le respondieron. Algunos dieron una rápida media vuelta, y los otros, luego de observar
con detenimiento la Puerta, y cómo estaba defendida, pronto fueron detrás de ellos. Ese mismo
día el campamento se trasladó al este del río, justo entre los brazos de la Montaña. Voces y
canciones resonaron entonces entre las rocas como no había ocurrido por muchísimo tiempo. Se
oía también el sonido de las arpas élficas y de una música dulce; y mientras los ecos subían,
parecía que el aire helado se entibiaba, y que la fragancia de las flores primaverales del bosque
llegaba débilmente hasta ellos.
Entonces Bilbo deseó escapar de la fortaleza oscura y bajar y unirse a la alegría y las fiestas
junto a las fogatas. Algunos de los enanos más jóvenes se sentían también conmovidos, y
murmuraron que habría sido mejor que las cosas hubiesen ocurrido de otra manera y poder
recibir a esas gentes como amigos. Sin embargo, Thorin fruncía el ceño.
Entonces también los enanos sacaron arpas e instrumentos recobrados del botín y tocaron para
animar a Thorin; pero la canción no era una canción élfica y se parecía bastante a la que habían
cantado hacía mucho en el pequeño agujerohobbit de Bilbo:
¡Bajo la Montaña tenebrosa y alta
el Rey ha regresado al palacio!
El enemigo ha muerto, el Gusano Terrible,
y así una vez y otra caerá el adversario.
La espada es afilada, y es larga la lanza,
veloz la flecha, y fuerte la Puerta,
osado el cor aun que mira el oro;
y ya nadie hará daño a los enanos.
Los enanos echaban hechizos poderosos,
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen unos seres oscuros,
en salas huecas bajo las montañas.
En collares de plata entretejían
a luz de las estrellas, en coronas colgaban
el fuego del dragón; de alambres retorcidos
arrancaban música a las arpas.
¡El trono de la Montaña otra vez liberado!
¿Atended la llamada, oh pueblo aventurero!
El rey necesita amigos y parientes.
¡Marchad de prisa en el desierto!
Hoy llamamos en montañas heladas!
¡regresad a las viejas cavernas!
Aquí a las Puertas el rey espera,
las manos colmadas de oro y gemas.
¡Bajo la Montaña tenebrosa y alta,
el rey ha regresado al palacio!
¡El Gusano Terrible ha caído y ha muerto,
y así una vez y otra caerá el adversario!
Esta canción pareció apaciguar a Thorin, que sonrió de nuevo y se mostró más alegre; y se
puso a estimar la distancia que los separaba de las Colinas de Hierro y cuánto tiempo
pasaría antes de que Dain pudiese llegar a la Montaña Solitaria, si se había puesto en
camino tan pronto como recibiera el mensaje. Pero el ánimo de Bilbo decayó, tanto por la
canción como por la charla: sonaban demasiado belicosas.
A la mañana siguiente, temprano, una compañía de lanceros cruzó el río y marchó valle
arriba. Llevaban con ellos el estandarte verde del Rey Elfo y el azul del Lago y avanzaron
hasta que estuvieron Justo delante del parapeto de la Puerca.
De nuevo Thorin les habló en voz alta. ¿Quiénes sois que llegáis armados para la guerra a
las puertas de Thorin hijo de Thrain, Rey bajo la Montaña? Esta vez le respondieron.
Un hombre alto de cabellos oscuros y cara ceñuda se adelantó y grito: ¡Salud, Thorin! ¿Por
qué te encierras como un ladrón en la guarida? Nosotros no somos enemigos y nos
alegramos de que estés con vida, más allá de nuestra esperanza. Vinimos suponiendo que
no habría aquí nadie vivo, pero ahora que nos hemos encontrado hay razones para hablar y
parlamentar.
¿Quién eres tú y de qué quieres hablar?
Soy Bardo y por mi mano murió el dragón y fue liberado el tesoro. ¿No te importa? Más
aún, soy, por derecho de descendencia, el heredero de Girion de Valle, y en tu botín está
mezclada mucha de la riqueza de los salones y villas de Valle, que el viejo Smaug robó.
¿No es asunto del que podamos hablar? Además, en su última batalla Smaug destruyó las
moradas de los Hombres de Esgaroth y yo soy aún siervo del gobernador. Por él hablaré, y
pregunto si no has considerado la tristeza y la miseria de ese pueblo. Te ayudaron en tus
penas, y en recompensa no has traído más que ruina; aunque sin duda involuntaria.
Bien, éstas eran palabras hermosas y verdaderas. aunque dichas con orgullo y expresión
ceñuda; y Bilbo pensó que Thorin reconocería en seguida cuánta justicia había en ellas. Por
supuesto, no esperaba que nadie recordara que había sido él quien descubriera el punto
débil del dragón; y esto también era justo, pues nadie lo sabía. Pero no tuvo en cuenta el
poder del oro que un dragón ha cuidado durante mucho tiempo, ni los corazones de los
enanos. En los últimos días Thorin había pasado largas horas en la sala del tesoro, y la
avaricia le endurecía ahora el corazón. Aunque buscaba sobre todo la Piedra del Arca, sabía
apreciar las otras muchas cosas maravillosas que allí había, unidas por viejos recuerdos a
los trabajos y penas de los enanos.
Has puesto la peor de tus razones en el lugar último y más importante respondió Thorin. Al
tesoro de mi pueblo, ningún hombre tiene derecho, pues Smaug nos arrebató junto con él la
vida o el hogar. El tesoro no era suyo, y los actos malvados de Smaug no han de ser
reparados con una parte. El precio por las mercancías y la ayuda recibida de los Hombres
del Lago la pagaremos con largueza... cuando llegue el momento. Pero no daremos nada, ni
siquiera lo que vale una hogaza de pan, bajo amenaza o por la fuerza. Mientras una hueste
armada esté acosándonos, os consideraremos enemigos y ladrones.
"Y te preguntaría además qué parte de nuestra herencia habrías dado a los enanos si
hubieras encontrado el tesoro sin vigilancia y a nosotros muertos.
Una pregunta justa respondió Bardo Pero vosotros no estáis muertos y nosotros no somos
ladrones. Por otra parte, los ricos podrían compadecerse, y aun en exceso, de los
menesterosos que les ofrecieron ayuda cuando ellos pasaban necesidad. Y aún no has
respondido a mis otras demandas.
No parlamentaré, como ya he dicho, con hombres armados a mi puerta. Y de ningún modo
con la gente del Rey Elfo, a quien recuerdo con poca simpatía. En esta discusión, él no
tiene parte. ¡Aléjate ahora, antes de que nuestras flechas vuelen! Y si has de volver a hablar
conmigo, primero manda la hueste élfica a los bosques a que pertenecen, y regresa
entonces, deponiendo las armas antes de acercarte al umbral.
El Rey Elfo es mi amigo, y ha socorrido a la gente del Lago cuando era necesario, sólo
obligado por la amistad respondió Bardo Te daremos tiempo para arrepentirte de tus
palabras. ¡Recobra tu sabiduría antes que volvamos! Luego Bardo partió y regresó al
campamento.
Antes de que hubiesen pasado muchas horas, volvieron los portaestandartes, y los
trompeteros se adelantaron y soplaron.
En nombre de Esgaroth y el Bosque gritó uno, hablamos a Thorin hijo de Thrain, Escudo
de Roble, que se dice Rey bajo la Montana, y le pedimos que reconsidere las reclamaciones
que han sido presentadas o será declarado nuestro enemigo. Entregará, por lo menos, la
doceava parte del tesoro a Bardo, por haber matado a Smaug y como heredero de Girion.
Con esa parte, Bardo ayudará a Esgaroth; pero si Thorin quiere tener la amistad y el respeto
de las tierras de alrededor, como los tuvieron sus antecesores, también él dará algo para
alivio de los Hombres del Lago.
Entonces Thorin tomó un arco de cuerno y disparó una flecha al que hablaba. Golpeó con
fuerza el escudo y allí se quedó clavada, temblando.
Ya que ésta es tu respuesta dijo el otro a su vez, declaro la Montana sitiada. No saldréis de
ella hasta que nos llaméis para acordar una tregua y parlamentar. No alzaremos armas
contra vosotros, pero os abandonamos a vuestras riquezas. ¡Podéis comeros el oro, si
queréis!
Los mensajeros partieron luego rápidamente y dejaron solos a los enanos. Thorin tenía
ahora una expresión tan sombría, que nadie se hubiera atrevido a censurarlo, aunque la
mayoría parecía estar de acuerdo con él, excepto quizá el gordo Bombur, Fíli y Kili. Bilbo,
por supuesto, desaprobaba del todo el cariz que habían tomado las cosas. Ya estaba bastante
más que harto de la Montaña, y no le gustaba nada que lo sitiaran dentro de ella.
Todo este lugar hiede aún a dragón gruñó entre dientes, y eso me pone enfermo. Y además
empiezo a notar que el cram se me queda pegado a la garganta.
15. Un ladrón en la noche
Ahora los días se sucedían lentos y aburridos. Muchos de los enanos pasaban el tiempo apilando
y clasificando el tesoro; y ahora Thorin hablaba de la Piedra del Arca de Thrain, y mandaba
ansiosamente que la buscasen por todos los rincones.
Pues la Piedra del Arca de mi padre decía vale más que un río de oro, y para mí no tiene precio.
De todo el tesoro esa piedra la reclamo para mí, y me vengaré de aquél que la encuentre y la
retenga.
Bilbo oyó estas palabras y se asustó, preguntándose qué ocurriría si encontraban la piedra,
envuelta en un viejo hatillo de trapos harapientos que le servia de almohada. De todos modos
nada dijo, pues mientras el cansancio de los días se hacía cada vez mayor, los principios de un
plan se le iban ordenando en la cabecita.
Las cosas siguieron así por algún tiempo hasta que los cuervos trajeron nuevas de que Dain y
más de quinientos enanos, apresurándose desde las Colinas de Hierro, estaban a unos dos días
de camino de Valle, viniendo del nordeste.
Más no alcanzarán indemnes la Montana dijo Roác, y mucho me temo que habrá batalla en el
valle. No creo que convenga esa decisión. Aunque son gente ruda, no están preparados para
vencer a la hueste que os acosa; y aunque así fuera, ¿qué ganaríais? El invierno y las nieves se
dan prisa tras ellos. ¿Cómo os alimentaréis sin la amistad y hospitalidad de las tierras de
alrededor? El tesoro puede ser vuestra perdición, ¡aunque el dragón ya no esté!
Pero Thorin no se inmutó. La mordedura del invierno y las nieves la sentirán tanto los hombres
como los elfos dijo, y es posible que no soporten quedarse en estas tierras baldías. Con mis
amigos detrás y el invierno encima, quizá tengan una disposición de ánimo más flexible para
parlamentar.
Esa noche Bilbo tomó una decisión. El cielo estaba negro y sin luna. Tan pronto como cayeron
las tinieblas, fue hasta el rincón de una cámara interior junto a la entrada, y sacó una cuerda
del hatillo, y también la Piedra del Arca envuelta en un harapo. Luego trepó al parapeto. Sólo
Bombur estaba allí de guardia, pues los enanos vigilaban turnándose de uno en uno.
¡Qué frío horroroso! dijo Bombur. ¡Desearía tener una buena hoguera aquí arriba como la que
ellos tienen en el campamento!
Dentro hace bastante calor dijo Bilbo.
Lo creo; pero no puedo moverme de aquí hasta la medianoche gruñó el enano gordo Un
verdadero fastidio. No es que me atreva a disentir de Thorin, cuya barba crezca muchos años;
aunque siempre fue un enano bastante tieso.
No tan tieso como mis piernas dijo Bilbo. Estoy cansado de escaleras y de pasadizos de piedra.
Daría cualquier cosa por poner los pies en el pasto.
Yo daría cualquier cosa por echarme un trago de algo fuerte a la garganta, ¡y por una cama
blanda después de una buena cena!
No puedo darte eso, mientras dure el sitio. Pero ya hace tiempo que fue mi turno de guardia,
de modo que si quieres, puedo reemplazarte. No tengo sueño esta noche.
Eres una buena persona, señor Bolsón, y aceptaré con gusto tu ofrecimiento. Si ocurre algo
grave, llámame primero, ¡acuérdate! Dormiré en la cámara interior de la izquierda, no muy lejos.
¡Lárgate! dijo Bilbo. Te despertaré a medianoche, para que puedas despertar al siguiente vigía.
Tan pronto como Bombur se hubo ido, Bilbo se puso el anillo, se ató la cuerda, se deslizó
parapeto abajo, y desapareció. Tenía unas cinco horas por delante. Bombur dormiría (podía
dormirse en cualquier momento, y desde la aventura en el bosque estaba siempre tratando
de recuperar aquellos hermosos sueños); y todos los demás estaban ocupados con Thorin.
Era poco probable que uno de ellos, aun Fíli o Kili, se acercase al parapeto hasta que les
llegase el turno.
Estaba muy oscuro, y al cabo de un rato, cuando abandonó la senda nueva y descendió
hacia el curso inferior del arroyo, ya no reconoció el camino. Al fin llegó al recodo, y si
quería alcanzar el campamento tenia que cruzar el agua. El lecho del río era allí poco
profundo pero bastante ancho, y vadearlo en la oscuridad no fue nada fácil para el pequeño
hobbit. Cuando estaba casi a punto de cruzarlo, perdió pie sobre una piedra redonda y cayó
chapoteando en el agua fría. Apenas había alcanzado la orilla opuesta, tiritando y
farfullando, cuando en la oscuridad aparecieron unos elfos, llevando linternas
resplandecientes, en busca de la causa del ruido.
¡Eso no fue un pez! dijo uno. Hay un espía por aquí. ¡Ocultad vuestras luces! Le ayudarían
más a él que a nosotros, si se trata de esa criatura pequeña y extraña que según se dice es el
criado de los enanos.
¡Criado, de veras! bufó Bilbo; y en medio del bufido estornudó con fuerza, y los elfos se
agruparon en seguida y fueron hacia el sonido.
¡Encended una luz! dijo Bilbo. ¡Estoy aquí si me buscáis! y se sacó el anillo, y asomó
detrás de una roca.
Pronto se le echaron encima, a pesar de que estaban muy sorprendidos. ¿Quién eres? ¿Eres
el hobbit de los enanos? ¿Qué haces? ¿Cómo pudiste llegar tan lejos con nuestros
centinelas? preguntaron uno tras otro, Soy el señor Bilbo Bolsón respondió el
hobbit,compañero de Thorin, si deseáis saberlo. Conozco de vista a vuestro rey, aunque
quizá él no me reconozca. Pero Bardo me recordará y es a Bardo en especial a quien
quisiera ver.
¡No digas! exclamaron, ¿y qué asunto te trae por aquí?
Lo que sea, sólo a mí me incumbe, mis buenos elfos. Pero si deseáis salir de este lugar frío
y sombrío y regresar a vuestros bosques respondió estremeciéndose, llevadme en seguida a
un buen fuego donde pueda secarme, y luego dejadme hablar con vuestros jefes lo más
pronto posible. Tengo sólo una o dos horas.
Fue así como unas dos horas después de cruzar la Puerta, Bilbo estaba sentado al calor de
una hoguera delante de una tienda grande, y allí, también sentados, observándolo con
curiosidad, estaban el Rey Elfo y Bardo. Un hobbit en armadura élfica, arropado en parte
con una vieja manta, era algo nuevo para ellos.
Sabéis realmente decía Bilbo con sus mejores modales de negociador, las cosas se están
poniendo imposibles. Por mi parte estoy cansado de todo el asunto. Desearía estar de vuelta
allá en el Oeste, en mi casa, donde la gente es más razonable. Pero tengo cierto interés en
este asunto, un catorceavo del total, para ser precisos, de acuerdo con una carta que por
fortuna creo haber conservado. Sacó de un bolsillo de la vieja chaqueta (que llevaba aún
sobre la malla) un papel arrugado y plegado: ¡la carta de Thorin que habían puesto en mayo
debajo del reloj, sobre la repisa de la chimenea!
Una parte de todos los beneficios, recordadlo continuó. Lo tengo muy bien en cuenta.
Personalmente estoy dispuesto a considerar con atención vuestras proposiciones, y deducir
del total lo que sea justo, antes de exponer la mía. Sin embargo, no conocéis a Thorin
Escudo de Roble tan bien como yo. Os aseguro que está dispuesto a sentarse sobre un
montón de oro y morirse de hambre, mientras vosotros estéis aquí. ¡Bien, que se quede!
dijo Bardo. Un tonto como él merece morirse de hambre.
Tienes algo de razón dijo Bilbo. Entiendo tu punto de vista. A la vez ya viene el invierno.
Pronto habrá nieve, y otras cosas, y el abastecimiento será difícil, aun para los elfos, creo.
Habrá también otras dificultades. ¿No habéis oído hablar de Dain y de los enanos de las
Colinas de Hierro?
Sí, hace mucho tiempo; ¿pero en qué nos atañe? preguntó el rey.
En mucho, me parece. Veo que no estáis enterados. Dain, no lo dudéis, está ahora a menos
de dos días de marcha, y trae consigo por lo menos unos quinientos enanos, todos rudos,
que en buena parte han participado en las encarnizadas batallas entre enanos y trasgos, de
las que sin duda habréis oído hablar. Cuando lleguen, puede que haya dificultades serias.
¿Por qué nos lo cuentas? ¿Estás traicionando a tus amigos, o nos amenazas? preguntó
Bardo seriamente.
¡Mi querido Bardo! chilló Bilbo ¡No te apresures! ¡Nunca me había encontrado antes con
gente tan suspicaz! Trato simplemente de evitar problemas a todos los implicados. ¡Ahora
os haré una oferta!
¡Oigámosla! exclamaron los otros.
¡Podéis verla! dijo Bilbo. ¡Aquí está! y puso ante ellos la Piedra del Arca, y retiró la
envoltura.
El propio Rey Elfo, cuyos ojos estaban acostumbrados a cosas bellas y maravillosas, se
puso de pie, asombrado. Hasta el mismo Bardo se quedó mirándola maravillado y en
silencio. Era como si hubiesen llenado un globo con la luz de la luna, y colgase ante ellos
en una red centelleante de estrellas escarchadas.
Esta es la Piedra del Arca de Thrain dijo Bilbo, el Corazón de la Montaña; y también el
corazón de Thorin. Tiene, según él, más valor que un río de oro.
Yo os la entrego. Os ayudará en vuestra negociación,
Luego Bilbo, no sin un estremecimiento, no sin una mirada ansiosa, entregó la maravillosa
piedra a Bardo, y éste la sostuvo en la mano, como deslumbrado.
Pero, ¿es tuya para que nos la des así? preguntó al fin con un esfuerzo.
¡Oh, bueno! dijo el hobbit un poco incómodo No exactamente; pero desearía dejarla como
garantía de mi proposición, sabéis. Puede que sea un saqueador (al menos eso es lo que
dicen: aunque nunca me he sentido tal cosa), pero soy honrado, espero, bastante honrado.
De un modo o de otro regreso ahora, y los enanos pueden hacer conmigo lo que quieran.
Espero que os sirva.
El Rey Elfo miró a Bilbo con renovado asombro.
¡Bilbo Bolsón dijo. Eres más digno de llevar la armadura de los príncipes elfos que muchos
que parecían vestirla con más gallardía. Pero me pregunto si Thorin Escudo de Roble lo
verá así. En general conozco mejor que tú a los enanos. Te aconsejo que te quedes con
nosotros, y aquí serás recibido con todos los honores y agasajado tres veces.
Muchísimas gracias, no lo pongo en duda dijo Bilbo con una reverencia Pero no puedo
abandonar a mis amigos de este modo, me parece, después de lo que hemos pasado juntos.
¡Y además prometí despertar al viejo Bombur a medianoche! ¡Realmente tengo que
marcharme, y rápido!
Nada de lo que dijeran iba a detenerlo, de modo que se le proporcionó una escolta, y
cuando se pusieron en marcha, el rey y Bardo lo saludaron con respeto. Cuando atravesaron
el campamento, un anciano envuelto en una capa oscura se levantó de la puerta de la tienda
donde estaba sentado y se les acercó.
¡Bien hecho, señor Bolsón! dijo, dando a Bilbo una palmada en la espalda ¡Hay siempre en
ti más de lo que uno espera! Era Gandalf.
Por primera vez en muchos días Bilbo estaba dé verdad encantado. Mas no había tiempo
para todas las preguntas que deseaba hacer en seguida.
¡Todo a su hora! dijo Gandalf Las cosas están llegando a feliz término, a menos que me
equivoque. Quedan todavía momentos difíciles por delante, ¡pero no te desanimes! Tú
puedes salir airoso. Pronto habrá nuevas que ni siquiera los cuervos han oído. ¡Buenas
noches!
Asombrado pero contento, Bilbo se dio prisa. Lo llevaron hasta un vado seguro y lo dejaron
seco en la orilla opuesta; luego se despidió de los elfos y subió con cuidado de regreso
hacia el parapeto. Empezó a sentir un tremendo cansancio, pero era bastante antes de
medianoche cuando trepó otra vez por la cuerda; aún estaba donde la había dejado. La
desató y la ocultó, y luego se sentó en el parapeto preguntándose ansiosamente qué
ocurriría ahora.
A medianoche despertó a Bombur; y después se encogió en un rincón, sin escuchar las
gracias del viejo enano (que apenas merecía, pensó). Pronto se quedó dormido, olvidando
toda preocupación hasta la mañana. En realidad se pasó la noche soñando con huevos y
panceta.
16. Las nubes estallan
Al día siguiente las trompetas sonaron temprano en el campamento. Pronto se vio a un
mensajero que corría por la senda estrecha. Se detuvo a cierta distancia, y les hizo señas,
preguntando si Thorin escucharía a otra embajada, ya que había nuevas noticias y las cosas
habían cambiado.
¡Eso será por Dain! dijo Thorin cuando oyó el mensaje. Habrán oído que ya viene. Pensé que esto
les cambiaría el ánimo. ¡Ordénales que vengan en número reducido y sin armas, y yo escucharé!
gritó al mensajero.
Alrededor de mediodía, los estandartes del Bosque y el Lago se adelantaron de nuevo. Una
compañía de veinte se aproximaba. Cuando llegaron al sendero, dejaron a un lado espadas y
lanzas y se acercaron a la Puerta. Admirados, los enanos vieron que entre ellos estaban tanto
Bardo como el Rey Elfo, y delante un hombre viejo, envuelto en una capa y con un capuchón en
la cabeza, portando un pesado cofre de madera remachado de hierro.
¡Salud, Thorin! dijo Bardo. ¿Aún no has cambiado de idea?
No cambian mis ideas con la salida y puesta de unos pocos soles respondió Thorin. ¿Has venido
a hacerme preguntas ociosas? ¡Aún no se ha retirado el ejército elfo, como he ordenado! Hasta
entonces, de nada servirá que vengas a negociar conmigo.
¿No hay nada, entonces, por lo que cederías parte dé tu oro?
Nada que tú y tus amigos podáis ofrecerme.
¿Qué hay de la Piedra del Arca de Thrain? dijo Bardo, y en ese momento el hombre viejo abrió
el cofre y mostró en alto la joya.
La luz brotó de la mano del viejo, brillante y blanca en la mañana.
Thorin se quedó entonces mudo de asombro y confusión. Nadie dijo nada por largo rato.
Luego Thorin habló, con una voz ronca de cólera. Esa piedra fue de mi padre y es mía dijo. ¿Por
qué habría de comprar lo que me pertenece? Sin embargo, el asombro lo venció a fin y añadió:
Pero ¿cómo habéis obtenido la reliquia de mi casa, si es necesario hacer esa pregunta a unos
ladrones?
No somos ladrones respondió Bardo Lo tuyo re lo devolveremos a cambio de lo nuestro.
¿Cómo la conseguisteis? gritó Thorin cada vez más furioso.
¡Yo se la di! chilló Bilbo, que espiaba desde el parapeto, ahora con un horrible pavor.
¡Tú! ¡Tú! gritó Thorin volviéndose hacia él y aferrándolo con las dos manos.¡Tú, hobbit
miserable!¡Tú, pequeñajo... saqueador!
¡Por la barba de Durin! Me gustaría que Gandalf estuviese aquí. ¡Maldito sea por haberte
escogido!¡Que la barba se le marchite! En cuanto a ti, ¡te estrellaré contra las rocas!
¡Quieto! ¡Tu deseo se ha cumplido! dijo una voz. El hombre viejo del cofre echó a un lado la capa
y el capuchón. ¡He aquí a Gandalf! Y parece que a tiempo. Si no te gusta mi saqueador, por favor
no le hagas daño. Déjalo en el suelo y escucha primero lo que tiene que decir.
¡Parecéis todos confabulados! dijo Thorin dejando Caer a Bilbo en la cima del parapeto Nunca
más tendré tratos con brujos o amigos de brujos. ¿Qué tienes que decir, descendiente de
ratas?
¡Vaya! ¡Vaya! dijo Bilbo. Ya sé que todo esto es muy incómodo. ¿Recuerdas haber dicho que
podría escoger mi propia catorceava parte? Quizá me lo tomé demasiado literalmente; me han
dicho que los enanos son más corteses en palabras que en hechos. Hubo un tiempo, sin embargo,
en el que parecías creer que yo había sido de alguna utilidad. ¡Y ahora me llamas descendiente
de ratas! ¿Es ese el servicio que tú y tu familia me han prometido, Thorin? ¡Piensa que he
dispuesto de mi parte como he querido, y olvídalo ya!
Lo haré dijo Thorin ceñudo. Te dejaré marchar, ¡y que nunca nos encontremos otra vez! Luego
se volvió y habló por encima del parapeto. Me han traicionado dijo Todos saben que no podría
dejar de redimir la Piedra del Arca, el tesoro de mi palacio. Daré por ella una catorceava parte
del tesoro en oro y plata, sin incluir las piedras preciosas; más eso contará como la parte
prometida a ese traidor, y con esa recompensa partirá, y vosotros la podréis dividir como
queráis. Tendrá bien poco, no lo dudo. Tomadlo, si lo queréis vivo; nada de mi amistad irá con él.
¡Ahora, baja con tus amigos! dijo a Bilbo, ¡o té arrojaré al abismo!
¿Qué hay del oro y la plata? preguntó Bilbo.
Te seguirá más tarde, cuando esté disponible dijo Thorin ¡Baja!
¡Guardaremos la piedra hasta entonces! le gritó Bardo.
No estás haciendo un papel muy espléndido como Rey bajo la Montaña dijo Gandalf, pero las
cosas aún pueden cambiar.
Cierto que pueden dijo Thorin. Y ya cavilaba, tan aturdido estaba por el tesoro, si no podría
recobrar la Piedra del Arca con la ayuda de Dain, y retener la parte de la recompensa.
Y así fue Bilbo expulsado del parapeto, y con nada a cambio de sus apuros, excepto la armadura
que Thorin ya le había dado. Más de uno de los enanos sintió vergüenza y lástima cuando vio
partir a Bilbo.
¡Adiós! les gritó, ¡Quizá nos encontremos otra vez como amigos!
¡Fuera! gritó Thorin. Llevas contigo una malla tejida por mi pueblo y es demasiado buena para ti.
No se la puede atravesar con flechas; pero si no te das prisa, te pincharé esos pies miserables.
¡De modo que apresúrate!
No tan rápido dijo Bardo Te damos tiempo hasta mañana. Regresaremos a la hora del mediodía
y veremos si has traído la parte del tesoro que hemos de cambiar por la Piedra. Si en esto no
nos engañas, entonces partiremos y el ejército elfo retomará al Bosque. Mientras tanto, ¡adiós!
Con eso, volvieron al campamento; pero Thorin envió por Roác correos a Dain, diciéndole lo que
había sucedido e instándole a que viniese con una rapidez cautelosa.
Pasó aquel día y la noche. A la mañana siguiente, el viento cambió al oeste, y el aire estaba
oscuro y tenebroso. Era aún temprano cuando se oyó un grito en el campamento. Llegaron
mensajeros a informar que una hueste de enanos había aparecido en la estribación oriental de
la Montana y que ahora se apresuraba hacia Valle. Dain había venido. Había corrido toda la
noche, y de este modo había llegado sobre ellos más pronto de lo que había esperado. Todos los
enanos de la tropa estaban ataviados con cotas de malla de acero que les llegaban a las rodillas;
y unas calzas de metal fino y flexible, tejido con un procedimiento secreto que sólo la gente de
Dain conocía, les cubrían las piernas. Los enanos son sumamente fuertes para su talla, pero la
mayoría de estos eran fuertes aun entre los enanos, En las batallas empuñaban pesados
azadones que se manejaban con las dos manos; además, todos tenían al costado una espada
ancha y corta, y un escudo redondo les colgaba de las espaldas. Llevaban las barbas partidas y
trenzadas, sujetas al cinturón. Las viseras eran de hierro, lo mismo que el calzado; y las caras
eran todas sombrías.
Las trompetas llamaron a hombres y elfos a las armas. Pronto vieron a los enanos, que subían
por el valle a buen paso. Se detuvieron entre el río y la estribación del este, pero unos pocos se
adelantaron, cruzaron el río y se acercaron al campamento; allí depusieron las armas y alzaron
las manos en señal de paz. Bardo salió a encontrarlos y con él Bilbo.
Nos envía Dain hijo de Nain dijeron cuando se les preguntó Corremos junto a nuestros
parientes de la Montaña, pues hemos sabido que el reino de antaño se ha renovado. Pero
¿quiénes sois vosotros que acampáis en el llano como enemigos ante murallas defendidas? Esto,
naturalmente, en el lenguaje de entonces, cortés y bastante pasado de moda, significaba
simplemente: "Aquí no tenéis nada que hacer. Vamos a seguir, o sea marchaos o pelearemos con
vosotros". Se proponían seguir adelante, entre la Montaña y el recodo del agua, pues allí el
terreno estrecho no parecía muy protegido.
Por supuesto Bardo se negó a permitir que los enanos fueran directamente a la Montaña.
Estaba decidido a esperar a que trajesen fuera la plata y el oro, para ser cambiados por la
Piedra del Arca, pues no creía que esto pudiera ocurrir una vez que aquella numerosa y hosca
compañía hubiera llegado a la fortaleza. Habían traído consigo gran cantidad de suministros,
pues los enanos son capaces de soportar cargas muy pesadas, y casi toda la gente de Dain, a
pesar de que habían marchado a paso vivo, llevaba a hombros unos fardos enormes, que se
sumaban al peso de los azadones y los escudos. Hubieran podido resistir un sitio durante
semanas, y en ese tiempo quizá vinieran más enanos, pues Thorin tenía muchos parientes. Quizá
fueran capaces también de abrir de nuevo alguna otra puerta, y guardarla, de modo que los
sitiadores tendrían que rodear la montaña, y no eran tantos en verdad.
Estos eran precisamente los planes de los enanos, (pues los cuervos mensajeros habían estado
muy ocupados yendo de Thorin a Dain); pero por el momento el paso estaba obstruido, así que
luego de unas duras palabras, los enanos mensajeros se retiraron murmurando, cabizbajos.
Bardo había enviado en seguida unos mensajeros a la Puerta, pero no había allí oro ni pago
alguno.
Tan pronto como estuvieron a tiro, les cayeron flechas, y se apresuraron a regresar. Por ese
entonces, todo el campamento estaba en pie, como preparándose para una batalla, pues los
enanos de Dain avanzaban por la orilla del este.
¡Tontos! rió Bardo. ¡Acercarse así bajo el brazo de la Montaña! No entienden de guerra a campo
abierto, aunque sepan guerrear en las minas. Muchos de nuestros arqueros y lanceros aguardan
ahora escondidos entre las rocas del flanco derecho. Las mallas de los enanos pueden ser
buenas, pero se las pondrá a prueba muy pronto. ¡Caigamos sobre ellos desde los flancos antes
de que descansen!
Pero el Rey Elfo dijo: Mucho esperaré antes de pelear por un botín de oro. Los enanos no
pueden pasar, si no se lo permitimos, o hacer algo que no lleguemos a advertir. Esperaremos a
ver si la reconciliación es posible. Nuestra ventaja en número bastará, si al fin hemos de librar
un desgraciado combate.
Pero estas estimaciones no tenían en cuenta a los enanos. Saber que la Piedra del Arca estaba
en manos de los sitiadores, les inflamaba los corazones; sospecharon además que Bardo y sus
amigos titubeaban, y decidieron atacar cuanto antes.
De pronto, sin aviso, los enanos se desplegaron en silencio. Los arcos chasquearon y las flechas
silbaron. La batalla iba a comenzar.
¡Pero todavía más pronto, una sombra creció con terrible rapidez! Una nube negra cubrió el
cielo. El trueno invernal rodó en un viento huracanado, rugió y retumbó en la Montana y
relampagueó en la cima. Y por debajo del trueno se pudo ver otra oscuridad, que se adelantaba
en un torbellino, pero esta oscuridad no llegó con el viento; llegó desde el Norte, como una
inmensa nube de pájaros, tan densa que no había luz entre las alas.
¡Deteneos! gritó Gandalf, que apareció de repente y esperó de pie y solo, con los brazos
levantados, entre los enanos que venían y las filas que los aguardaban. ¡Deteneos! dijo con voz
de trueno, y la vara se le encendió con una luz súbita como el rayo ¡El terror ha caído sobre
vosotros! ¡Ay! Ha llegado más rápido de lo que yo había supuesto. ¡Los trasgos están sobre
vosotros! Ahí llega Bolgo del Norte, cuyo padre, ¡oh, Dain!, mataste en Moria, hace tiempo.
¡Mirad! Los murciélagos se ciernen sobre el ejército como una nube de langostas. ¡Montan en
lobos, y los wargos vienen detrás!
El asombro y la confusión cayó sobre todos ellos. Mientras Gandalf hablaba, la oscuridad no
había dejado de crecer. Los enanos se detuvieron y contemplaron el cielo. Los elfos gritaron
con muchas voces.
¡Venid! llamó Gandalf. Hay tiempo de celebrar consejo. ¡Que Dain hijo de Nain se reúna en
seguida con nosotros!
Así empezó una batalla que nadie había esperado; la llamaron la Batalla de los Cinco Ejércitos, y
fue terrible. De una parte luchaban los trasgos y los lobos salvajes, y por la otra, los Elfos, los
Hombres y los Enanos. Así fue como ocurrió. Desde que el Gran Trasgo de las Montañas
Nubladas había caído, los trasgos odiaban más que nunca a los enanos. Habían mandado
mensajeros de acá para allá entre las ciudades, colonias y plazas fuertes, pues habían decidido
conquistar el dominio del Norte. Se habían informado en secreto, y prepararon y forjaron
armas en todos los escondrijos de las montañas. Luego se pusieron en marcha, y se reunieron
en valles y colinas, yendo siempre por túneles o en la oscuridad, hasta llegar a las cercanías de
la gran Montaña Gunabad del Norte, donde tenían la capital. Allí juntaron un inmenso ejército,
preparado para caer en tiempo tormentoso sobre los ejércitos desprevenidos del Sur. Estaban
enterados de la muerte de Smaug y el júbilo les encendía el ánimo; y noche tras noche se
apresuraron entre las montañas, y así llegaron al fin desde el norte casi pisándole los talones a
Dain. Ni siquiera los cuervos supieron que llegaban, hasta que los vieron aparecer en las tierras
abruptas, entre la Montaña Solitaria y las colinas. Cuánto sabía Gandalf, no se puede decir;
pero está claro que no había esperado ese asalto repentino.
Este fue el plan que preparó junto con el Rey Elfo y Bardo; y con Dain, pues el señor enano ya
se les había unido: los trasgos eran enemigos de todos, y cualquier otra disputa fue en seguida
olvidada. No tenían más esperanza que la de atraer a los trasgos al valle entre los brazos de la
Montaña; y ampararse en las grandes estribaciones del sur y el este. Aun de este modo
correrían peligro, si los trasgos alcanzaban a invadir la Montaña, atacándolos entonces desde
atrás y arriba; pero no había tiempo para preparar otros planes o para pedir alguna ayuda.
Pronto pasó el trueno, rodando hacia el sureste; pero la nube de murciélagos se acercó, volando
bajo por encima de la Montaña, y se agitó sobre ellos, tapándoles la luz y asustándolos.
¡A la Montaña! gritó Bardo, ¡A la Montaña! ¡Tomemos posiciones mientras todavía hay tiempo!
En la estribación sur, en la parte más baja de la falda y entre las rocas, se situaron los Elfos;
en la del este, los Hombres y los Enanos. Pero Bardo y algunos de los elfos y hombres más
ágiles escalaron la cima de la loma occidental para echar un vistazo al norte. Pronto pudieron
ver la tierra a los pies de la montaña, oscurecida por una apresurada multitud. Luego la
vanguardia se arremolinó en el extremo de la estribación y entró atropelladamente en Valle.
Estos eran los jinetes más rápidos, que cabalgaban en lobos, y ya los gritos y aullidos hendían el
aire a lo lejos. Unos pocos valientes se les enfrentaron, con un amago de resistencia, y muchos
cayeron allí antes que el resto se retirara y huyese a los lados. Como Gandalf esperara, el
ejército trasgo se había reunido detrás de la vanguardia, a la que se habían resistido, y luego
cayó furioso sobre el valle, extendiéndose aquí y allá entre los brazos de la Montaña, buscando
al enemigo. Innumerables eran los estandartes, negros y rojos, y llegaban como una marea
furiosa y en desorden.
Fue una batalla terrible. Bilbo no había pasado nunca por una experiencia tan espantosa, y que
luego odiara tanto, y esto es como decir que por ninguna otra cosa se sintió tan orgulloso, hasta
tal punto que fue para él durante mucho tiempo un tema de charla favorito, aunque no tuvo en
ella un papel muy importante. En verdad puedo decir que muy pronto se puso el anillo y
desapareció de la vista, aunque no de todo peligro. Un anillo mágico de esta clase no es una
protección completa en una carga de trasgos, ni detiene las flechas voladoras ni las lanzas
salvajes; pero ayuda a apartarse del camino, e impide que escojan tu cabeza entre Otras para
que un trasgo espadachín te la rebane de un tajo.
Los elfos fueron los primeros en cargar. Tenían por los trasgos un odio amargo y frío. Las
lanzas y espadas brillaban en la oscuridad con un helado reflejo, tan mortal era la rabia de las
manos que las esgrimían. Tan pronto como la horda de los enemigos aumentó en el valle, les
lanzaron una lluvia de flechas, y todas resplandecían como azuzadas por el fuego. Detrás de las
flechas, un millar de lanceros bajó de un salto y embistió. Los chillidos eran ensordecedores.
Las rocas se tiñeron de negro con la sangre de los trasgos.
Y cuando los trasgos se recobraron de la furiosa embestida, y detuvieron la carga de los elfos,
todo el valle estalló en un rugido profundo. Con gritos de ¡Moria! y ¡Dain, Dain!, los enanos de las
Colinas de Hierro se precipitaron sobre el otro flanco, empuñando los azadones, y junto con
ellos llegaron los hombres del Lago armados con largas espadas.
El pánico dominó a los trasgos; y cuando se dieron vuelta para enfrentar este ataque, los elfos
cargaron otra vez con bríos renovados. Ya muchos de los trasgos huían río abajo para escapar
de la trampa; y muchos de los lobos se volvían contra ellos mismos, y destrozaban a muertos y
heridos. La victoria parecía inmediata cuando un griterío sonó en las alturas.
Unos trasgos habían escalado la Montana por la otra parte, y muchos ya estaban sobre la
Puerta, en la ladera, y otros corrían temerariamente hacia abajo, sin hacer caso de los que
caían chillando al precipicio, para atacar las estribaciones desde encima. A cada una de estas
estribaciones se podía llegar por caminos que descendían de la masa central de la Montaña; los
defensores eran pocos y no podrían cerrarles el paso durante mucho tiempo. La esperanza de
victoria se había desvanecido. Sólo habían logrado contener la primera embestida de la marea
negra.
El día avanzó. Otra vez los trasgos se reunieron en el valle. Luego vino una horda de wargos,
brillantes y negros como cuervos, y con ellos la guardia personal de Bolgo, trasgos de enorme
talla, con cimitarras de acero. Pronto llegaría la verdadera oscuridad, en un cielo tormentoso;
mientras, los murciélagos revoloteaban aún alrededor de las cabezas y los oídos de hombres y
elfos, o se precipitaban como vampiros sobre las gentes caídas. Bardo luchaba aún defendiendo
la estribación del este, y sin embargo retrocedía poco a poco; los señores elfos estaban en la
nave del brazo sur, alrededor del rey, cerca del puesto de observación de la Colina del Cuervo.
De súbito se oyó un clamor, y desde la Puerta llamó una trompeta.
¡Habían olvidado a Thorin! Parte del muro, movido por palancas, se desplomó hacia afuera
cayendo con estrépito en la laguna. El Rey bajo la Montaña apareció en el umbral, y sus
compañeros lo siguieron. Las capas y capuchones habían desaparecido; llevaban brillantes
armaduras y una luz roja les brillaba en los ojos. El gran enano centelleaba en la oscuridad
como oro en un fuego mortecino.
Los trasgos arrojaron rocas desde lo alto; pero los enanos siguieron adelante, saltaron hasta
el pie de la cascada y corrieron a la batalla. Lobos y jinetes caían o huían ante ellos. Thorin
manejaba el hacha con mandobles poderosos, y nada parecía lastimarlo.
¡A mí! ¡A mí! ¡Elfos y hombres! ¡A mí! ¡Oh, pueblo mío! gritaba, y la voz resonaba como
una trompa en el valle.
Hacia abajo, en desorden, los enanos de Dain corrieron a ayudarlo. Hacia abajo fueron
también muchos de los hombres del Lago, pues Bardo no pudo contenerlos; y desde la
ladera opuesta, muchos de los lanceros elfos. Una vez más los trasgos fueron rechazados al
valle, y allí se amontonaron hasta que Valle fue un sitio horrible y oscurecido por
cadáveres. Los wargos se dispersaron y Thorin se volvió a la derecha contra la guardia
personal de Bolgo. Pero no alcanzó a atravesar las primeras filas.
Ya tras él yacían muchos hombres y muchos enanos, y muchos hermosos elfos que aún
tendrían que haber vivido largos años, felices en el bosque. Y a medida que el valle se
abría, la marcha de Thorin era cada vez más lenta. Los enanos eran pocos, y nadie guardaba
los flancos. Pronto los atacantes fueron atacados y se vieron encerrados en un gran círculo,
cercados todo alrededor por trasgos y lobos que volvían a la carga. La guardia personal de
Bolgo cayó aullando sobre ellos, introduciéndose entre los enanos como olas que golpean
acantilados de arena. Los otros enanos no podían ayudarlos, pues el asalto desde la
Montana se renovaba con redoblada fuerza, y hombres y elfos eran batidos lentamente a
ambos lados.
A todo esto, Bilbo miraba con aflicción. Se había instalado en la Colina del Cuervo, entre
los elfos, en parte porque quizá allí era posible escapar, y en parte (el lado Tuk de la mente
de Bilbo) porque si iban a mantener una última posición desesperada, quería defender al
Rey Elfo. También Gandalf estaba allí de algún modo, sentado en el suelo, como
meditando, preparando quizá un último soplo de magia antes del fin.
Este no parecía muy lejano. "No tardará mucho ya", pensaba Bilbo. "Antes que los trasgos
ganen la Puerta y todos nosotros caigamos muertos o nos obliguen a descender y nos
capturen. Realmente, es como para echarse a llorar, después de todo lo que nos ha pasado.
Casi habría preferido que el viejo Smaug se hubiese quedado con el maldito tesoro, antes de
que lo consigan esas viles criaturas, y el pobrecito Bombur y Balin y Fíli y Kili y el resto
tengan mal fin; y también Bardo, y los hombres del Lago y los alegres elfos. ¡Ay mísero de
mí! He oído canciones sobre muchas batallas, y siempre he entendido que la derrota puede
ser gloriosa. Parece muy incómoda, por no decir desdichada. Me gustaría de veras estar
fuera de todo esto.
Con el viento, se esparcieron las nubes, y una roja puesta de sol rasgó el oeste. Advirtiendo
el brillo repentino en las tinieblas, Bilbo miró alrededor y chilló. Había visto algo que le
sobresaltó el corazón, unas sombras oscuras, pequeñas aunque majestuosas, en el
resplandor distante.
¡Las Águilas! ¡Las Águilas! vociferó, ¡Vienen las Águilas!
Los ojos de Bilbo rara vez se equivocaban. Las Águilas venían con el viento, hilera tras
hilera, en una hueste tan numerosa que todos los aguileros del norte parecían haberse
reunido allí,
¡Las Águilas! ¡Las Águilas! gritaba Bilbo, saltando y moviendo los brazos. Si los elfos no
podían verlo, al menos podían oírlo. Pronto ellos gritaron también, y los ecos corrieron por
el valle. Muchos ojos expectantes miraron arriba, aunque aún nada se podía ver, excepto
desde las estribaciones meridionales de la Montaña.
¡Las Águilas! gritó Bilbo otra vez, pero en ese momento una piedra cayó y le golpeó con
fuerza el yelmo, y el hobbit se desplomó y no vio nada más.
17. El viaje de vuelta
Cuando Bilbo se recobró, se recobró literalmente solo. Estaba tendido en las piedras planas
de la Colina del Cuervo, y no había nadie cerca. Un día despejado, pero frío, se extendía
allá arriba. Bilbo temblaba y se sentía tan helado como una piedra, pero en la cabeza le
ardía un fuego.
"Me pregunto qué ha pasado" se dijo. "De todos modos no soy todavía uno de los héroes
caídos; ¡pero supongo que todavía hay tiempo para eso!"
Se sentó, agarrotado. Mirando hacia el valle no alcanzó a ver ningún trasgo vivo. Al cabo
de un rato la cabeza se le aclaró un poco, y creyó distinguir a unos elfos que se movían en
las rocas de abajo. Se restregó los ojos. ¿Acaso había aún un campamento en la llanura, a
cierta distancia, y un movimiento de idas y venidas alrededor de la Puerta? Los enanos
parecían estar atareados removiendo el muro. Pero todo estaba como muerto. No se oían
llamadas ni ecos de canciones. De algún modo, había una tristeza en el aire.
¡Victoria después de todo, supongo! dijo sintiendo el dolor de cabeza. Bien, la situación
parece bastante sombría.
De súbito, descubrió a un hombre que trepaba y venía hacia él.
¡Hola ahí! llamó con voz vacilante ¡Hola ahí! ¿Qué ocurre?
¿Qué voz es la que habla entre las rocas? dijo el hombre, deteniéndose y atisbando
alrededor, no lejos de donde Bilbo estaba sentado.
¡Entonces Bilbo recordó el anillo! ¡Que me aspen! dijo. Esta invisibilidad tiene también sus
inconvenientes. De Otro modo hubiera podido pasar una noche abrigada y cómoda, en
cama.
¡Soy yo, Bilbo Bolsón, el compañero de Thorin! gritó, quitándose de prisa el anillo.
¡Es una suerte que te haya encontrado! dijo el hombre adelantándose Te necesitan, y
estamos buscándote desde hace tiempo. Te hubieran contado entre los muertos, que son
muchos, si Gandalf el mago no hubiese dicho que no hace mucho habían oído tu voz por
estos sitios. Me han enviado a mirar aquí por última vez. ¿Estás muy herido?
Un golpe feo en la cabeza, creo dijo Bilbo. Pero tengo un yelmo, y una cabeza dura. Así y
todo me siento enfermo y las piernas se me doblan como paja.
Te llevaré abajo, al campamento del valle dijo el hombre, y lo alzó con facilidad.
El hombre era rápido y de paso seguro. No pasó mucho tiempo antes de que depositara a
Bilbo ante una tienda en Valle; y allí estaba Gandalf, con un brazo en cabestrillo. Ni
siquiera el mago había escapado indemne; y había pocos en toda la hueste que no tuvieran
alguna herida.
Cuando Gandalf vio a Bilbo se alegró de veras.
¡Bolsón! exclamó. ¡Bueno! ¡Nunca lo hubiera dicho! ¡Vivo, después de todo! ¡Estoy
contento! ¡Empezaba a preguntarme si esa suerte que tienes te ayudaría a salir del paso!
Fue algo terrible, y casi desastroso. Pero las otras nuevas pueden aguardar. ¡Ven! dijo más
gravemente Alguien te reclama. Y guiando al hobbit, lo llevo dentro de la tienda.
¡Salud Thorin! dijo Gandalf mientras entraba. Lo he traído.
Allí efectivamente yacía Thorin Escudo de Roble, herido de muchas heridas, y la armadura
abollada y el hacha mellada estaban junto a él en el suelo. Alzó los ojos cuando Bilbo se le
acercó.
Adiós, buen ladrón dijo Parto ahora hacia los salones de espera a sentarme al lado de mis
padres, hasta que el mundo sea renovado. Ya que hoy dejo todo el oro y la plata, y voy a
donde tienen poco valor, deseo partir en amistad contigo, y me retracto de mis palabras y
hechos ante la Puerta.
Bilbo hincó una rodilla, ahogado por la pena. ¡Adiós, Rey bajo la Montaña! dijo. Es esta
una amarga aventura, si ha de terminar así; y ni una montaña de oro podría enmendarla.
Con todo, me alegro de haber compartido tus peligros: esto ha sido más de lo que cualquier
Bolsón hubiera podido merecer.
¡No! dijo Thorin. Hay en ti muchas virtudes que tú mismo ignoras, hijo del bondadoso
Oeste. Algo de coraje y algo de sabiduría, mezclados con mesura. Si muchos de nosotros
dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro atesorado, este sería un
mundo más feliz. Pero triste o alegre, ahora he de abandonarlo. ¡Adiós!
Entonces Bilbo se volvió, y se fue solo; y se sentó fuera arropado con una manta, y aunque
quizá no lo creáis, lloró hasta que se le enrojecieron los ojos y se te enronqueció la voz. Era
un alma bondadosa, y pasó largo tiempo antes de que tuviese ganas de volver a bromear.
"Ha sido un acto de misericordia" se dijo al fin, "que haya despertado cuando lo hice.
Desearía que Thorin estuviese vivo, pero me alegro de que partiese en paz. Eres un tonto,
Bilbo Bolsón, y lo trastornaste todo con ese asunto de la piedra; y al fin hubo una batalla a
pesar de que tanto te esforzaste en conseguir paz y tranquilidad, aunque supongo que nadie
podrá acusarte por eso."
Todo lo que sucedió después de que lo dejasen sin sentido, Bilbo lo supo más tarde; pero
sintió entonces más pena que alegría, y ya estaba cansado de la aventura. El deseo de viajar
de vuelta al hogar lo consumía. Eso, sin embargo, se retrasó un poco, de modo que
entretanto os relataré algo de lo que ocurrió. Las tropas de trasgos habían despertado hacía
tiempo la sospecha de las Águilas, a cuya atención no podía escapar nada que se moviera
en las cimas. De modo que ellas también se reunieron en gran número alrededor del Águila
de las Montañas Nubladas; y al fin, olfateando el combate, habían venido de prisa, bajando
con la tormenta en el momento crítico. Fueron ellas quienes desalojaron de las laderas de la
montaña a los trasgos que chillaban desconcertados, arrojándolos a los precipicios, o
empujándolos hacia los enemigos de abajo. No pasó mucho tiempo antes de que hubiesen
liberado la Montaña Solitaria, y los elfos y hombres de ambos lados del valle pudieron por
fin bajar a ayudar en el combate.
Pero aun incluyendo a las Águilas, los trasgos los superaban en número. En aquella última
hora el propio Beorn había aparecido; nadie sabía cómo o de dónde. Llegó solo, en forma
de oso; y con la cólera parecía ahora más grande de talla, casi un gigante.
El rugir de la voz de Beorn era como tambores y cañones; y se abría paso echando a los
lados lobos y trasgos como si fueran pajas y plumas. Cayó sobre la retaguardia, y como un
trueno irrumpió en el círculo. Los enanos se mantenían firmes en una colina baja y redonda.
Entonces Beorn se agachó y recogió a Thorin, que había caído atravesado por las lanzas, y
lo llevó fuera del combate.
Retornó en seguida, con una cólera redoblada, de modo que nada podía contenerlo y ningún
arma parecía hacerle mella. Dispersó la guardia, arrojó al propio Bolgo al suelo, y lo
aplastó. Entonces el desaliento cundió entre los trasgos, que se dispersaron en todas
direcciones. Pero esta nueva esperanza alentó a los otros, que los persiguieron de cerca, y
evitaron que la mayoría buscara cómo escapar. Empujaron a muchos hacia el Río Rápido, y
así huyesen al sur o al oeste, fueron acosados en los pantanos próximos al Río del Bosque;
y allí pereció la mayor parte de los últimos fugitivos, y quienes se acercaron a los dominios
de los Elfos del Bosque fueron ultimados, o atraídos para que murieran en la oscuridad
impenetrable del Bosque Negro. Las canciones relatan que en aquel día perecieron tres
cuartas partes de los trasgos guerreros del Norte, y las montanas tuvieron paz durante
muchos años.
La victoria era segura ya antes de la caída de la noche, pero la persecución continuaba aún
cuando Bilbo regresó al campamento; y en el valle no quedaban muchos, excepto los
heridos más graves.
¿Dónde están las Águilas? preguntó Bilbo a Gandalf aquel anochecer, mientras yacía
abrigado con muchas mantas.
Algunas están de cacería dijo el mago, pero la mayoría ha partido de vuelta a los aguileros.
No quisieron quedarse aquí, y se fueron con las primeras luces del alba. Dain ha coronado
al jefe con oro, y le ha jurado amistad para siempre.
Lo lamento. Quiero decir, me hubiera gustado verlas otra vez dijo Bilbo adormilado, quizá
las vea en el camino a casa. ¿Supongo que iré pronto?
Tan pronto como quieras dijo el mago. En verdad pasaron algunos días antes de que Bilbo
partiera realmente. Enterraron a Thorin muy hondo bajo la Montaña, y Bardo le puso la
Piedra del Arca sobre el pecho.
¡Que yazga aquí hasta que la Montaña se desmorone!
dijo ¡Que traiga fortuna a todos los enanos que en adelante vivan aquí!
Sobre la tumba de Thorin, el Rey Elfo puso luego a Orcrist, la espada élfica que le habían
arrebatado al enano cuando lo apresaron. Se dice en las canciones que brilla en la
oscuridad, cada vez que se aproxima un enemigo, y la fortaleza de los enanos no puede ser
tomada por sorpresa. Allí Dain hijo de Nain vivió desde entonces y se convirtió en Rey
bajo la Montaña; y con el tiempo muchos otros enanos vinieron a reunirse alrededor del
trono, en los antiguos salones. De los doce compañeros de Thorin, quedaban diez. Fíli y
Kili habían caído defendiéndolo con el cuerpo y los escudos, pues era el hermano mayor de
la madre de ellos, Los otros permanecieron con Dain, que administró el tesoro con justicia.
No hubo, desde luego, ninguna discusión sobre la división del tesoro en tantas partes como
había sido planeado, para Balin y Dwalin, y Dori y Nori y Ori, y Óin y Glóin, y Bifur y
Bofur y Bombur, o para Bilbo. Con todo, una catorceava parte de toda la plata y oro,
labrada y sin labrar, se entregó a Bardo pues Dain comentó: Haremos honor al acuerdo del
muerto, y él custodia ahora la Piedra del Arca.
Aun una catorceava parte era una riqueza excesiva, más grande que la de muchos reyes
mortales. De aquel tesoro. Bardo envió gran cantidad de oro al gobernador de la Ciudad del
Lago; y recompensó con largueza a seguidores y amigos. Al Rey de los Elfos le dio las
esmeraldas de Girion, las joyas que él más amaba, y que Dain le había devuelto.
A Bilbo le dijo: Este tesoro es tanto tuyo como mío, aunque antiguos acuerdos no puedan
mantenerse, ya que tantos intervinieron en ganarlo y defenderlo. Pero aun cuando dijiste
que renunciarías a toda pretensión, desearía que las palabras de Thorin, de las cuales se
arrepintió, no resultasen ciertas: que te daríamos poco. Te recompensaré más que a nadie.
Muy bondadoso de tu parte dijo Bilbo. Pero realmente es un alivio para mí. Cómo
demonios podría llevar ese tesoro a casa sin que hubiera peleas y crímenes todo a lo largo
del camino, no lo sé. Y no sé qué haría con ese tesoro una vez en casa. En tus manos estará
mejor.
Por último accedió a tomar sólo dos pequeños cofres, uno lleno de plata y el otro lleno de
oro, que un poney fuerte podría cargar. Un poco más y no sabría qué hacer con él dijo.
Por fin llegó el momento de despedirse. ¡Adiós Balin! exclamó. ¡Y adiós, Dwalin; y adiós
Dori, Nori, Ori, Óin, Glóin, Bifur, Bofur, y Bombur! ¡Que vuestras barbas nunca crezcan
ralas! Y volviéndose hacia la Montaña añadió: ¡Adiós, Thorin Escudo de Roble! ¡Y Fíli y
Kili! ¡Que nunca se pierda vuestra memoria!
Entonces los enanos se inclinaron profundamente ante la Puerta, pero las palabras se les
trabaron en las gargantas. ¡Adiós y buena suerte, dondequiera que vayas! dijo Balin al fin.
Si alguna vez vuelves a visitarnos, cuando nuestros salones estén de nuevo embellecidos,
entonces ¡el festín será realmente espléndido!
¡Si alguna vez pasáis por mi camino dijo Bilbo, no dudéis en llamar! El té es a la cuatro;
¡pero cualquiera de vosotros será bienvenido, a cualquier hora!
Luego dio media vuelta y se alejó.
La hueste élfica estaba en marcha; y aunque tristemente disminuida, todavía muchos iban
alegres, pues ahora el mundo septentrional sería más feliz durante largos años. El dragón
estaba muerto y los trasgos derrotados, y los corazones élficos miraban adelante, más allá
del invierno hacia una primavera de alegría.
Gandalf y Bilbo cabalgaban detrás del rey, y junto a ellos marchaba Beorn a grandes pasos,
una vez más en forma humana, y reía y cantaba con una voz recia por el camino. Así fueron
hasta aproximarse a los lindes del Bosque Negro, al norte del lugar donde nacía el Río del
Bosque. Hicieron alto entonces, pues el mago y Bilbo no penetrarían en el bosque, aun
cuando el rey les ofreció que se quedaran un tiempo. Se proponían marchar a lo largo del
borde de la floresta, y circundar el extremo norte, internándose en el yermo que se extendía
entre él y las Montañas Grises. Era un largo y triste camino, pero ahora que los trasgos
habían sido aplastados, les parecía más seguro que los espantosos senderos bajo los árboles.
Además Beorn iría con ellos.
¡Adiós, oh Rey Elfo! dijo Gandalf ¡Que el bosque verde sea feliz mientras el mundo es
todavía joven! ¡Y que sea feliz todo tu pueblo!
¡Adiós, oh Gandalf! dijo el rey. ¡Que siempre aparezcas donde más te necesiten y menos te
esperen! ¡Cuantas más veces vengas a mis salones, tanto más me sentiré complacido!
¡Te ruego dijo Bilbo tartamudeando, vacilante que aceptes este presente! y sacó un collar
de plata y perlas que Dain le había dado al partir.
¿Cómo me he ganado este presente, oh hobbit? dijo el rey.
Bueno... este... pensé dijo Bilbo bastante confuso, que... algo tendría que dar por tu... este...
hospitalidad. Quiero decir que también un saqueador tiene sentimientos. He bebido mucho
de tu vino y he comido mucho de tu pan
¡Aceptaré tu presente, oh Bilbo el Magnífico! dijo el rey gravemente. Y te nombro amigo
del elfo y bienaventurado. ¡Que tu sombra nunca disminuya (o robarte sería demasiado
fácil)! ¡Adiós!
Luego los elfos se volvieron hacia el Bosque, y Bilbo emprendió la larga marcha hacia el
hogar.
Pasó muchos infortunios y aventuras antes de estar de vuelta. El Yermo era todavía el
Yermo, y había allí Otras cosas en aquellos días, además de trasgos; pero iba bien guiado y
custodiado el mago estaba con él, y Beorn lo acompañó una buena parte del camino y
nunca volvió a encontrarse en un apuro grave. Con todo, hacia la mitad del invierno,
Gandalf y Bilbo habían dejado atrás los lindes del Bosque, y volvieron a las puertas de la
casa de Beorn; y allí se quedaron una temporada. El invierno pasó con días agradables y
alegres; y hombres de todas partes vinieron a festejarlo invitados por Beorn. Los trasgos dé
las Montañas Nubladas eran pocos, y se escondían aterrorizados en los agujeros más
profundos que podían encontrar; y los wargos habían desaparecido de los bosques, de modo
que los hombres iban de un lado a otro sin temor. Beorn llegó a convertirse en el jefe de
aquellas regiones y gobernó una extensa tierra entre el bosque y las montañas, y se dice que
durante muchas generaciones los varones que él engendraba podían transformarse en osos,
y algunos se mostraron inflexibles y perversos, pero la mayor parte fue como Beorn,
aunque de menos tamaño y fuerza. En esos días, los últimos trasgos fueron expulsados de
las Montañas Nubladas y hubo una nueva paz en los límites del Yermo.
Era primavera, y una hermosa primavera con aires tempranos y un sol brillante, cuando
Bilbo y Gandalf se despidieron al fin de Beorn; y aunque anhelaba volver al hogar, Bilbo
partió con pena, pues las flores de los jardines de Beorn eran en primavera no menos
maravillosas que en pleno verano.
Al fin ascendieron por el largo camino y alcanzaron el paso donde los trasgos los habían
capturado antes. Pero llegaron a aquel sitio elevado por la mañana, y mirando hacia atrás
vieron un sol blanco que brillaba sobre la vastedad de la tierra. Allá atrás se extendía el
Bosque Negro, azul en la distancia, y oscuramente verde en el límite más cercano, aun en
los días primaverales. Allá, bien lejos, se alzaba la Montaña Solitaria, apenas visible. En el
pico más alto todavía brillaba pálida la nieve.
¡Así llega la nieve tras el fuego, y aun los dragones tienen su final! dijo Bilbo, y volvió la
espalda a su aventura. El lado Tuk estaba sintiéndose muy cansado, y el lado Bolsón se
fortalecía día a día. ¡Ahora sólo me falta estar sentado en mi propio sillón! dijo.
18. La última jornada
Era el primer día de mayo cuando los dos regresaron por fin al borde del valle de Rivendel,
donde se alzaba la Ultima (o la Primera) Morada. De nuevo caía la tarde, los poneys se estaban
cansando, en especial el que transportaba los bultos, y todos necesitaban algún reposo.
Mientras descendían el empinado sendero, Bilbo Oyó a los elfos que cantaban todavía entre los
árboles, como si no hubieran callado desde que él estuviera allí hacía tiempo, y tan pronto como
los jinetes bajaron a los claros, inferiores del bosque, las voces entonaron una canción muy
parecida a la de aquel entonces. Era algo así:
¡El dragón se ha marchitado,
le han destrozado los huesos,
y le han roto la armadura,
y el brillo le han humillado!
Aunque la espada se oxide,
y la corona perezca,
con una fuerza inflexible
y bienes atesorados,
aún crecen aquí las hierbas,
y aún, el follaje se mece,
el agua blanca se mueve,
y cantan las voces élficas.
¡Venid! ¡Tralalalalle!
¡Venid de vuelta al valle!
Las estrellas brillan más
que las gemas incontables,
y la luna es aún más clara,
que los tesoros de plata,
el fuego es más reluciente
en el hogar a la noche,
que el oro hundido en las minas.
¿Por qué ir de un lado a otro?
¡Oh! ¡Tralalalalle!
¡Venid de vuelta al valle!
¿Adonde marcháis ahora
regresando ya tan tarde?
¡Las aguas del río fluyen,
y arden todas las estrellas!
¿Adonde marcháis cargados,
tan tristes y temerosos?
Los elfos y sus doncellas
saludan a los cansados
con un tralalalalle,
venid de vuelta al valle.
¡Tralala.lalle!
¡Falalalalle!
¡Fala!
Luego los elfos del valle salieron y les dieron la bienvenida, conduciéndolos a través del agua
hasta la casa de Elrond. Allí los recibieron con afecto, y esa misma tarde hubo muchos oídos
ansiosos que querían escuchar el relato de la aventura. Gandalf fue quien habló, ya que Bilbo se
sentía fatigado y somnoliento. Bilbo conocía la mayor parte del relato, pues había participado
en él, y además le había contado muchas cosas al mago en el camino, o en la casa de Beorn; pero
algunas veces abría un ojo y escuchaba, cuando Gandalf contaba una parte de la historia, de la
que él aún no estaba enterado.
Fue así como supo dónde había estado Gandalf; pues alcanzó a oír las palabras del mago a
Elrond. Parecía que Gandalf había asistido a un gran concilio de los magos blancos, señores del
saber tradicional y la magia buena; y que habían expulsado al fin al Nigromante de su oscuro
dominio al sur del Bosque Negro.
Dentro de no mucho tiempo decía Gandalf, el Bosque medrará de algún modo. El Norte estará a
salvo de ese horror por muchos años, espero, ¡Aun así, desearía que ya no estuviese en este
mundo!
Sería bueno, en verdad dijo Elrond, pero temo que eso no ocurrirá en esta época del mundo, ni
en muchas que vendrán después.
Cuando el relato de los viajes concluyó, hubo otros cuentos, y todavía más, cuentos de antaño,
de hogaño y de ningún tiempo, hasta que Bilbo cabeceó y roncó cómodamente en un rincón.
Despertó en un lecho blanco, y la luna entraba por una ventana abierta. Debajo muchos elfos
cantaban en voz alta y clara a orillas del arroyo.
¡Cantad regocijados, cantad ahora juntos!
El viento está en las copas, y ronda en el brezal,
los capullos de estrellas y la luna florecen,
las ventanas nocturnas refulgen en la torre.
¡Bailad regocijados, bailad ahora juntos!
¡Que la hierba sea blanda, y los pies como plumas!
El río es plateado, y las sombras se borran,
feliz el mes de maye, y feliz nuestro encuentro.
¡Cantemos dulcemente envolviéndolo en sueños!
¡Dejemos que repose y vamonos afuera!
El vagabundo duerme; que la almohada sea blanda.
¡Arrullos! ¡Más arrullos! ¡De alisos y de sauces!
¡Pino, tú no suspires, hasta el viento del alba!
¡Luna, escóndete! Que haya sombra en la tierra.
Silencio! ¡Silencio! ¡Roble, Fresno y Espino!
¡Que el agua calle hasta que apunte la mañana!
¡Bien, Pueblo Festivo! dijo Bilbo asomándose ¿Qué hora es según la luna? ¡Vuestra nana podría
despertar a un trasgo borracho! No obstante, os doy las gracias.
Y tus ronquidos podrían despertar a un dragón de piedra. No obstante, te damos las gracias
contestaron los elfos con una risa Está apuntando el alba, y has dormido desde el principio de
la noche. Mañana, tal vez, habrás remediado tu cansancio.
Un sueño breve es un gran remedio en la casa de Elrond dijo Bilbo, pero trataré de que el
remedio no me falte. ¡Buenas noches por segunda vez, hermosos amigos! Y con estas palabras
volvió al lecho y durmió hasta bien entrada la mañana.
Pronto perdió toda huella de cansancio en aquélla casa, y no tardó en bromear y bailar, tarde y
temprano, con los elfos del valle. Sin embargo, aun este sitio no podía demorarlo por mucho
tiempo más, y pensaba siempre en su propia casa. Al cabo pues de una semana, le dijo adiós a
Elrond, y dándole unos pequeños regalos que el elfo no podía dejar de aceptar, se alejó
cabalgando con Gandalf.
Dejaban el valle, cuando el cielo se oscureció al oeste y sopló el viento y empezó a llover.
¡Alegres días de mayo! dijo Bilbo cuando la lluvia le golpeó la cara, Pero hemos vuelto la espalda
a muchas leyendas y estamos llegando a casa. Supongo que esto es el primer sabor del hogar.
Hay un largo camino dijo Gandalf.
Pero es el último camino dijo Bilbo.
Llegaron al río que señalaba el limite del Yermo, y al vado bajo la orilla escarpada que quizá
recordéis. El agua había crecido con el deshielo de las nieves (pues el verano estaba próximo) y
con el largo día de lluvia; pero al fin lo cruzaron luego de algunas dificultades y continuaron
marchando mientras caía la tarde; era la última jornada.
Esta fue parecida a la primera, pero ahora la compañía era más reducida, y más silenciosa;
además esta vez no hubo trolls. En cada punto del camino Bilbo rememoraba los hechos y
palabras de hacia un año a él le parecían más de diez y por supuesto, reconoció en seguida el
lugar donde el poney había caído al río, y donde habían dejado atrás aquella desagradable
aventura con Tom, Berto y Guille.
No lejos del camino encontraron el oro enterrado de los trolls, aún oculto e intacto. Tengo
bastante para toda la vida dijo Bilbo cuando lo desenterraron. Sería mejor que lo tomases tú,
Gandalf. Quizá puedas encontrarle alguna utilidad.
¡Desde luego que puedo! dijo el mago ¡Pero dividámoslo en partes iguales! Puedes encontrarte
con necesidades inesperadas.
De modo que pusieron el oro en costales y lo cargaron en los poneys, quienes no se mostraron
muy complacidos. Desde entonces la marcha fue más lenta, pues la mayor parte del tiempo
avanzaron a pie. Pero la tierra era verde y había mucha hierba por la que el hobbit paseaba
contentó. Se enjugaba el rostro con un pañuelo de seda roja ¡no!, no había conservado uno sólo
de los suyos, y éste se lo había prestado Elrond, pues ahora junio había traído el verano, y el
tiempo era otra vez cálido y luminoso.
Como todas las cosas llegan a término, aun esta historia, un día divisaron al fin el país donde
Bilbo había nacido y crecido, donde conocía las formas de la tierra y los árboles tanto como sus
propias manos y pies. Alcanzó a otear la Colina a lo lejos, y de repente se detuvo y dijo:
Los caminos siguen avanzando,
sobre rocas y bajo árboles,
por curvas donde el sol no brilla,
por arroyos que el mar no encuentran,
sobre las nieves que el invierno siembra,
y entre las flores alegres de junio,
sobre la hierba y sobre la piedra,
bajo los montes a la luz de la luna.
Los caminos siguen avanzando
bajo las nubes, y las estrellas,
pero los pies que han echado a andar
regresan por fin al hogar lejano.
Los ojos que fuegos y espadas han visto,
y horrores en salones de piedra,
miran al fin las praderas verdes,
colinas y árboles conocidos.
Gandalf lo miró. ¡Mi querido Bilbo! dijo. ¡Algo te ocurre! No eres el hobbit que eras antes.
Y así cruzaron el puente y pasaron el molino junto al río, y llegaron a la mismísima puerta de
Bilbo.
¡Bendita sea! ¿Qué pasa? gritó el hobbit. Había una gran conmoción, y gente de toda clase,
respetable, y no respetable, se apiñaba en la puerta, y muchos entraban y salían, y ni siquiera
se limpiaban los pies en el felpudo, como Bilbo observó disgustado.
Si él estaba sorprendido, ellos lo estuvieron más. ¡Había llegado de vuelta en medio de una
subasta! Había una gran nota en blanco y rojo en la verja, manifestando que el veintidós de
junio los señores Gorgo, Gorgo y Borgo sacarían a subasta los efectos del finado señor don
Bilbo Bolsón, de Bolsón Cerrado, Hobbiton. La venta comenzaría a las diez en punto. Era casi la
hora del almuerzo, y muchas de las cosas ya habían sido vendidas, a distintos precios, desde
casi nada hasta viejas canciones (como no es raro en las subastas). Los primos de Bilbo, los
Sacovilla Bolsón, estaban muy atareados midiendo las habitaciones para ver si podrían meter
allí sus propios muebles. En síntesis: Bilbo había sido declarado "presuntamente muerto", y no
todos lamentaron que la presunción fuera falsa.
La vuelta del señor Bilbo Bolsón creó todo un disturbio, tanto bajo la Colina como sobre la
Colina, y al otro lado de Delagua; el asombro duró mucho más de nueve días. El problema se
prolongó en verdad durante años. Pasó mucho tiempo antes de que el señor Bolsón fuese
admitido otra vez en el mundo de los vivos. La gente que había conseguido unas buenas gangas
en la subasta, fue dura de convencer; y al final, para ahorrar tiempo, Bilbo tuvo que comprar de
nuevo muchos de sus propios muebles. Algunas cucharas de plata desaparecieron de modo
misterioso, y nunca se supo de ellas, aunque Bilbo sospechaba de los Sacovilla Bolsón. Por su
parte ellos nunca admitieron que el Bolsón que estaba de vuelta fuera el genuino, y las
relaciones con Bilbo se estropearon para siempre. En realidad, habían pensado mucho tiempo en
mudarse a aquel agradable agujerohobbit.
Sin embargo, Bilbo había perdido más que cucharas; había perdido su reputación. Es cierto que
tuvo desde entonces la amistad de los elfos y el respeto de los enanos, magos y todas esas
gentes que alguna vez pasaban por aquel camino. Pero ya nunca fue del todo respetable. En
realidad todos los hobbits próximos lo consideraron "raro", excepto los sobrinos y sobrinas de
la rama Tuk; aunque los padres de estos jóvenes no los animaban a cultivar la amistad de Bilbo.
Lamento decir que no le importaba. Se sentía muy contento; y el sonido de la marmita sobre el
hogar era mucho más musical de lo que había sido antes, incluso en aquellos días tranquilos
anteriores a la Tertulia Inesperada. La espada la colgó sobre la repisa de la chimenea. La cota
de malla fue colocada sobre una plataforma en el vestíbulo (hasta que la prestó a un museo). El
oro y la plata los gastó en generosos presentes, tanto útiles como extravagantes, lo que explica
hasta cierto punto el afecto de los sobrinos y sobrinas. El anillo mágico lo guardó muy en
secreto, pues ahora lo usaba sobre todo cuando llegaban visitas desagradables.
Se dedicó a escribir poemas y a visitar a los elfos; y aunque muchos meneaban la cabeza y se
tocaban la frente, y decían: ¡Pobre viejo Bolsón!, y pocos creían en las historias que a veces
contaba, se sintió muy feliz hasta el fin de sus días, que fueron extraordinariamente largos.
Una tarde otoñal, algunos años después, Bilbo estaba sentado en el estudio escribiendo sus
memorias pensaba llamarlas Historia de una ida y de una vuelta. Las vacaciones de un hobbit
cuando sonó la campanilla. Allí en la puerta estaban Gandalf y un enano, y el enano no era otro
que Balin.
¡Entrad! ¡Entrad! dijo Bilbo, y pronto estuvieron sentados en sillas junto al fuego. Y si Balin
advirtió que el chaleco del señor Bolsón era más ancho (y tenía botones de oro autentico), Bilbo
advirtió también que la barba de Balin era varias pulgadas más larga, y que el llevaba un
magnífico cinturón enjoyado.
Se pusieron a hablar de los tiempos que habían pasado juntos, desde luego, y Bilbo preguntó
cómo iban las cosas por las tierras de la Montana. Parecía que iban muy bien. Bardo había
reconstruido la ciudad de Valle, y muchos hombres se le habían unido, hombres del Lago, y del
Sur y el Oeste, y cultivaban el valle que era próspero otra vez, y en la desolación de Smaug
había pájaros y flores en primavera, y fruta v festejos en otoño. Y la Ciudad del Lago había
sido fundada de nuevo, y era más opulenta que nunca, y muchas riquezas subían y bajaban por el
Río Rápido; v había amistad en aquellas regiones entre elfos y enanos y hombres.
El viejo gobernador había tenido un mal fin. Bardo le había dado mucho oro para que ayudara a
la gente del Lago, pero era un hombre propenso a contagiarse de ciertas enfermedades, y
había sido atacado por el mal del dragón, y apoderándose de la mayor parte del ero, había
huido con él, y murió de hambre en el Yermo, abandonado por sus compañeros.
El nuevo gobernador es más sabio dijo Balin, y muy popular, pues a él se atribuye mucha de la
prosperidad presente. Las nuevas canciones dicen que en estos días los ríos corren con oro.
¡Entonces las profecías de las viejas canciones se han cumplido de alguna manera! dijo Bilbo.
¡Claro! dijo Gandalf. ¿Y por qué no tendrían que cumplirse? ¿No dejarás de creer en las
profecías sólo porque ayudaste a que se cumplieran? No supondrás. ¿verdad?, que todas tus
aventuras y escapadas fueron producto de la mera suerte, para tu beneficio exclusivo. Te
considero una gran persona, señor Bolsón, y te aprecio mucho; pero en última instancia ¡eres
sólo un simple individuo en un mundo enorme!
¡Gracias al cielo! dijo Bilbo riendo, y le pasó el pote de tabaco

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