EL CIELO ES NEGRO, LA TIERRA ES AZUL

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EL CIELO ES NEGRO, LA TIERRA ES AZUL
EL CIELO ES NEGRO, LA TIERRA ES AZUL
Martín de Digüeñes, un pensador de la edad media, descubrió que la tierra tenía
que ser redonda y no plana, como había determinado la ciencia. A diferencia de sus
coetáneos, Martín pasó gran parte de su vida tratando de relacionar lo que observaba.
Vio y dibujó el disco lunar en sus 28 fases, vio crecer de derecha a izquierda al sol,
sumergirse en el océano a las estrellas, apagarse la noche al amanecer y caminó cientos
de leguas para encontrar el precipicio al final del mundo. Disertó en la plaza de
Digüeñes sobre las 50 mil yardas que -a simple vista- le parece que alcanza el sol en el
cenit y de las fuerzas que -como la del Gliserio- lo hacen reencenderse al emerger de
las montañas.
Pero la última vez, sólo dos dagoleños se pararon a escucharlo. A veces se
confunde y siente que sus palabras están vacías… y el mundo también.
Una noche despertó con la espalda bañada en sudor y encandilado de una luz
nueva. Por unos minutos, las imágenes del sueño se le fueron repitiendo en el
consciente, y luego, como movido por un resorte, plegó la pesada persiana, y se quedó
mirando la luna que viajaba aprisa entre las nubes.
-Tiene que ser redonda, se dijo y garrapateó sus pensamientos en una hoja de
papel Luego se vistió y salió a la calle para llevar su novedad al mundo.
Aún era de noche, y para leer sus escritos, tuvo que llevar un vela.
Un vecino se asomó por la ventana del segundo piso, entre soñoliento y alarmado
por los frenéticos golpes en la puerta.
-¿Qué pasa?- gritó desde lo alto
-¡La Tierra es redonda!- anunció Martín.
Pero el hombre pareció no entender.
-¿Qué diablos pasa?
-¡Es redonda!, lo descubrí hace un momento y aquí he escrito las razones.
Escucha: cuando hay un eclipse de luna, la sombra…
-¿Qué cosa es redonda?, interrumpió el otro.
-La TierraSe produjo un silencio
-Bueno, continuó Martín, ¿Me permites seguir? Cuando el sol pasa por detrás de
la Tierra, la sombra….
-Estuviste tomando-…se proyecta en la luna…
-Vete a dormir, ya es tarde- y cerró la ventana
Algo parecido sucedió con el siguiente, y con el otro, y así Martín caminó hasta el
Bajo, un descampado de plantas rastreras donde verdecían los almendros y los
membrillos. Cogió uno, pero estaba muy duro para sus dientes. Se sentía cansado, y con
hambre y sueño así que se recostó sobre y la hierba y recordó que de niño golpeaba
los membrillos con una piedra hasta que podía morderlos. Iba a hacerlo, pero entonces
el sol asomó entre las ramas, y los recuerdos dieron paso a los astros.
-Está claro, se dijo. El sol proyecta la sombra de la Tierra sobre la luna…
-Pero para los demás es como hablarles en chino, se interrumpió a sí mismo.
Alguien debe haber que comprenda la magnitud del descubrimiento…
¡Los astrónomos!
A sólo seiscientas yardas había un monasterio, donde según le habían comentado,
por las noches, los monjes miraban las estrellas a través de unos un tubos con vidrios
recortados y puestos en paralelo en el interior. También se los había visto hacer unos
dibujos en que los astros se unían unos con otros a través de líneas rectas.
Astrónomos, se llamaban a sí mismos.
Al anochecer, regresó cansado a su casa pensando que al día siguiente los
visitaría.
Pero presintió algo. No podía demostrar de memoria todo el sueño, así que cogió
un legajo de papeles y empezó a recordarlo, tratando cuidadosamente de ordenar las
bases de lo que había descubierto. La Tierra es como la luna, por eso durante los
eclipses la sombra que se proyecta en ésta, es circular.
El día no le alcanzó para recordarlo todo, los sueños son mucho más rápidos que la
realidad. Por un momento se sintió como si en las manos tuviera una papa caliente, pero
se conformó pensando que ese sueño se lo había enviado Dios, para que lo divulgara.
Durante una semana buscó la falla salvadora sin hallarla. Esperó aún otros dos días y
entonces partió con el legajo lleno de figuras geométricas, explicaciones, y uno que
otro teorema, entre los que a última hora (y tal vez, en su penúltimo acto de cordura),
había dibujado unos niños alados.
Por si le llegaran a servir.
Lo recibió un hombre relativamente joven que parecía interesarse en el tema y,
tras un rato de conversación preliminar, como ya había anochecido, lo invitó a quedarse
por esa noche en una de las literas de su aposento monjil. A través de los mosaicos
ojivales de las ventanas se divisaba el pequeño bosque, una capilla, y un arroyo que
atravesaba el prado. En las paredes, además del imprescindible crucifijo, había varios
cuadros con estrellas unidas por líneas rectas que describían figuras de dragones y
otros animales, como si fueran mensajes divinos. Juan de Flandes, que así dijo llamarse
su anfitrión, lo había tratado amablemente desde el principio, y en tributo a su edad, le
cedió la litera baja. Después le confidenció –refiriéndose a los cuadros- que él también
dudaba de esas figuras estelares, y que tal vez no eran sino “supersticiones
enmarcadas”. Conversaron largamente y trabaron amistad.
-Yo también creo en la redondez de la tierra, Marty -le dijo mientras escanceaba
dos vasos de vino añejo- Pero no he podido demostrarlo. Contigo seríamos dos y tal vez
nos escuchen. No será fácil. Lo tuyo está bien, pero falta algo que los demás puedan
entender más fácilmente. Deberíamos trabajar el tema.
Para Martín, el legado de su sueño era más que claro, pero en lugar de protestar,
se dejó llevar por el vino, la amable acogida y el reposado entusiasmo de Johny, como le
había pedido que lo llamara.
Al día siguiente despertó cuando el sol ya había remontado. Johny se había ido a
los maitines, y desde la recámara se oía un dulce coro gregoriano. Luego vio a los
monjes que salían formados y se repartían por el jardín en pequeños grupos. Cuando
Johny regresó, traía planes para todo el día. Le mostraría los salones del monasterio y
las otras edificios, y él le seguiría explicando su teoría. Su presencia en el monasterio
había dejado de ser un secreto. Johny había hablado de él con el obispo, contándole su
interés por el firmamento y por abrazar los hábitos. Esto último, por cierto, era una
mentirilla que, quedaría entre ellos dos.
Así se fue quedando en el monasterio.
Cuando la noche era despejada caminaba con él mirando el firmamento. Johny era
un tipo reposado y juicioso, y estaba sinceramente interesado en sus conocimientos,
pero Martín notó que a veces –mientras lo escuchaba- le asomaba un tic en la comisura
de los labios, y cuando se entusiasmaba mucho con algún tema, comenzaba a pestañear
y se mordía el dorso de una mano hasta dejar la marca de sus dientes. Era evidente
que trataba de disimular ese comportamiento algo grotesco, así que en cuanto aparecía
el primer tic, sin preguntarle qué pasaba, Martín hacía una pausa en su discurso hasta
que su amigo recuperaba la entereza. Por otra parte, todo eso le confirmaba la
veracidad de su interés, cosa que hacía ya tiempo, que no lograban despertar en las
demás personas.
Si el cielo estaba encapotado, se juntaban en el aposento que compartían al que a
veces llegaban otros monjes. Teófilo y Gaspar, eran dos internos algo impertinentes,
que escuchaban sin entender pero no perdían oportunidad de hacer preguntas algo
tontas. No asimilaban eso de vivir encima de una bola, por grande que esta fuese, y
bromeaban con la posibilidad de caerse. En una ocasión, Gaspar –algo entonado- se puso
a remedar el pétreo carácter del Obispo hasta que la mirada glacial de Juan de
Flandes lo hizo guardar silencio. Por alguna razón, a partir de entonces dejaron de
acudir, y Martín no lo lamentó. Estaba contento de ser escuchado sólo por Johny.
Sentía que los hermanaba un secreto cósmico que para los demás era incomprensible.
Sin embargo en una ocasión en que Martín se vio obligado a aplicar la forzada pausa en
su discurso, había escuchado unos ruidos tras la puerta, en los que creyó reconocer la
risa ahogada de de Gaspar, pero no hizo comentario alguno para no encender otro vez
la discordia.
Otra de esas noches, Johny le contó que el Obispo, un tipo algo reacio a lo nuevo,
según su descripción, se había interesado en la teoría –así la llamó- y estaba ansioso de
hablar con él.
-Tenemos que prepararnos, le dijo. No tiene buen carácter pero es un hombre
inteligente. Ya verás como entenderá todo y nos dará su apoyo.
Y al cabo de unos días, le anunció que había llegado el momento
Dispusieron la mesa a guisa de atrio, colgaron el legajo con la demostración en la
pared y distribuyeron las sillas que Johny había bajado desde el piso de arriba.
La severa figura del obispo llegó acompañada de dos clérigos, ambos bastante
gruesos y de gruesos cinturones, todos muy serios. En su exposición, Martín se apoyó
con soltura en Pitágoras y Tales de Mileto, hizo pasar al Sol por debajo de la Tierra y
mostró el cono de sombra que proyectaba, cuyos bordes redondeados, en los eclipses,
se proyectaban en la faz de la luna. Los tres invitados escucharon sin que se les
moviera un músculo, lo cual lo azoró un poco. Pero su amigo, que estaba a un costado, le
guiñó un ojo incitándolo a continuar, lo cual le dio confianza y lo llevó a una creciente
elocuencia. Al terminar escrutó nuevamente los rostros en busca de alguna sensación,
pero no obtuvo nada. Johny, sin embargo, lo tranquilizó con una sonrisa y un
movimiento casi imperceptible con la cabeza.
Pero entonces el obispo, con una voz solemne, emitió sus palabras:
-Las cosas no son así, dijo.
Todos se quedaron en silencia. Los dos monjes que acompañaban al obispo también
se sorprendieron, pues vocablos como asimut, y solsticio de verano, que no figuraban en
su repertorio, les habían parecido tremendamente convincentes. Martín no supo qué
hacer ni decir y permaneció de piedra.
-¿Ud. no sabe que el suyo es un pensamiento hereje?, le preguntó el obispo.
-¿Hereje?
-Si ¿y sabe qué les pasa a los herejes?
Martín miró otra vez a Johny y éste le hizo una seña con los ojos hacia el
manuscrito.
-Hereje o no, todo está demostrado aquí- contestó Martín señalando el legajo.
Había recobrando algo de su firmeza de voz.
-No voy a mirar sus escritos, sentenció con mayor dureza el obispo. Sólo le daré
una oportunidad de hacerlos desaparecer.
A Martín su mirada lo hizo recordar el miedo que una vez le provocó un asaltante
armado con un cuchillo.
-Hágalo, agregó por fin el obispo. Volveremos a hablar mañana. Espero que se
desdiga de su herejía y me muestre las cenizas de su supuesta “demostración”. Si no,
tendré que confiscársela y enviarla al inquisidor del Santo Oficio, para que él resuelva.
Por unos segundos le clavó aún con más fuerza la mirada, y luego, sin decir
palabra, los tres salieron del aposento.
Cuando quedaron solos, Martín miró abrumado a su amigo. Pero éste ya tenía todo
resuelto. Escondieron el legajo en un resquicio del cielo falso y trajeron unos papeles
del segundo piso a los que hoja por hoja prendieron fuego, dejando pasar un prudente
lapso entre una y otra, para que el humo no alcanzara a ser sentido en los otros
aposentos.
Al día siguiente, el obispo miró las cenizas y, tal como Juan había predicho, las
aceptó como prueba.
-Bien, dijo. Ahora sólo le falta retractarse. ¿Quiere hacerlo?
Martín, con los ojos como huevos, sólo atinó a asentir con la cabeza.
- Repita entonces conmigo. Yo, Martín de Digüeñes…
-Yo, Martín de Digüeñes…
-Me retracto…
Martín miró a su amigo que estaba junto al obispo.Tenía la mano derecha por
delante y con el índice, le estaba haciendo la seña de negación.
-Me retracto- repitió el obispo.
Tras un segundo de tenso silencio Martín contestó.
-No
En ese momento empezó su calvario.
Le advierten que si no se desdice irá a la hoguera. En realidad el obispo sabe que
no se llegará a ese extremo, pues la sola amenaza del fuego es un remedio santo. Pero
como no cambia de opinión, ordena arrojarlo a un calabozo en el zócalo del
Ayuntamiento. Ahí se quedará, le dicen, hasta que renuncie a su herejía. Luego los
dejan solos.
Antes de que lo vengan a apresar, Johny extrae el legajo de su escondite, y le
dice que lo guarde entra sus ropas.
-No tengas dudas sobre lo que aquí está escrito, le dice. Si las tienes lo vuelves a
leer. Piensa que es la santísima Biblia, y recuperarás la confianza en ti mismo. Es todo
lo que un hombre de verdad necesita.
Con esas palabras en la mente, Martín baja las escaleras del siniestro
subterráneo, escoltado por tres guardias del convento.
Todos los días, una vieja sordomuda le pasa una lata con frejoles y un vaso de
agua. Un emisario del obispo acude día por medio para ver si ha cambiado su opinión
sobre la Tierra. Su amigo Johny, no se ha aparecido. Seguramente se lo han prohibido,
pero ya se las arreglará para venir.
La celda es oscura. Se sabe cuando afuera es día, porque un agónico rayo se filtra
por la escalera de piedra. En las impenetrables noches, el silencio es apenas amagado
por el caminar de las cucarachas. La humedad de las piedras del piso le ha devuelto esa
carraspera que no experimentaba desde hacía años, y poco a poco empieza a
debilitarse su voluntad.
-Sería todo más simple si no fuese redonda- se dice, tímidamente a sí mismo
-Pero es redonda- protesta Martín, alias la Idea.
-Tal vez, pero por ahora el argumento de la hoguera me parece irrefutableinsiste Martín en un suspiro.
-¡No señor! ¡Es redonda!- insiste Martín, alias el Dogma, buscando a tientas el
volumen con las fórmulas.
-Estás loco- contesta Martín, mientras una barata le trepa por la pierna. Pero en
su fuero íntimo ya vislumbra cómo terminará esto.
-¡Aquí están las pruebas!- grita el Dogma mientras desenrolla el legajo en la total
oscuridad. ¡Es redonda!
Pasan los días. Ante lo que sabe irrefutable, el temido suplicio le va pareciendo
menos inhóspito que la celda. Cuando las figuras espectrales del obispo y su séquito
llegan con sus humeantes lámparas a preguntarle por la forma de la Tierra, reafirma
una y otra vez su redondez, casi deseando que pierdan la paciencia de una vez por
todas. Pero es curioso, parecen ser ellos los que han ido perdiendo su fiereza.
En la última de esas visitas el obispo se le sienta al frente, y -libre su rostro de la
expresión severa- le habla con benevolencia durante casi una hora, de la obra del
Señor, del azul del Cielo, del soplo divino que formó al universo y de la vida que aún
tiene por delante.
Al terminar, una mirada de súplica se ha instalado en el enjuto rostro. Implorante
le formula una vez más la pregunta, y hay tensión cuando Martín empieza a levantar la
cabeza y mirar inexpresivamente hacia la oscuridad que yace tras la reja de negrillo.
-Redonda…- responde. .
De ahí en adelante las cosas ocurren rápidamente. El Obispo le encarga a su
secretario que redacte el informe, y cuando este le llega, lo firma y lo lacra sin
siquiera leerlo, para que sea despachado en el correo del siguiente martes. Se encierra
en su aposento, y por muchas horas no sale. Días después arriba el carricoche del
inquisidor. Los dos monjes que acompañaron al obispo para la demostración de Martín
son los testigos de cargo.
El juicio dura apenas un par de días, y una vez dictada la sentencia, el inquisidor
parte raudo en su calesa, a atender otros asuntos.
Martín de Digüeñes avanza ahora con la mirada erguida entre la gente de la plaza,
cuyos vítores cree escuchar. Junto al montículo de leña, declara -con una mueca
demencial- que la Tierra es una bola azul, fija en el centro del universo. Pero tras unos
segundos, la mueca desaparece. Se encoje de hombros y los perdona a todos: “Está
bien, ríanse si quieren…”.
Dicen las viejas de la plaza, que sólo el obispo, con todo su aspecto inclemente y
su fulminante mirada, derramó una lágrima. Tal vez la última que le quedaba.
Uno de los astrónomos -si bien ante sus colegas se ha reído de la ocurrencia del
loco- ahora está pensativo. Todos se han ido a la plaza, pero él se dirige al calabozo que
quedó vacío aunque la huella de su antiguo morador yace aun tibia sobre el camastro. Y
esa noche, a la luz del aceite, estudia casi con amor los manuscritos.
Esto es nuevamente una idea. Otras se abren paso para capturar algo de su
luminosidad. Para decir que la tocaron. Saben que su actual poseedor no va a arriesgar
su vida ni abandonar sus demás ideas ni sus sencillos placeres, por una recién llegada.
No. Hay que dejar pasar un tiempo. Al menos, hasta que al episodio del loco se lo
trague el olvido.
Por fin sus largas noches de estudio con el “telescopio” darán fruto y su genio
será reconocido. El corazón le late a toda velocidad. Empieza a pestañear con avidez, y
hace lo que le recomendó el médico. “Para calmar los nervios y recuperar la paz interior
-ha dicho- el mejor remedio es el dolor físico y la penitencia”, y se muerde la mano
hasta dejar la roja huella de sus dientes en el dorso.
Entre sus pensamientos excitantes hay algunos que se pueden ir diciendo sin
riesgo de sufrir la más leve calentura. Por ejemplo, que el aire pesa, o que el sol -en el
cenit- está mucho más alto de lo que se cree, y empezar al mismo tiempo, su “Tratado
General sobre la Forma de la Tierra”, que imagina con tapas de blanco y azul, y letras
verdes, los colores con que, según se desprende del manuscrito, se debería ver desde
el espacio…
Alejandro Covacevich

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