Guardia desatento, crimen contento

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Guardia desatento, crimen contento
Guardia desatento, crimen contento
Imprescindiblemente inútiles, de día o de noche, ahí están los guachimanes. Nadie sabe en verdad si detendrán
a algún ladrón o se dedicarán, como siempre, sólo a observar las calles.
Son casi las dos y media de la madrugada. A veces un camión que pasa, o un perro que se
equivocó de horario. Las pistas, las calles y las casas lucen más húmedas y frías que siempre. Juan
Ruiz tiene el silbato en el bolsillo y esta noche, como anoche y como la anterior, sólo lo ha usado
para darse aire caliente a la boca: el pito de un guachimán de la Av. La Molina suele usarse sólo
para eso. A cada cierto tiempo se escuchan los ecos de otros pitos que suenan por las demás
manzanas, pero no por la avenida: él es el único guardián en dos mil metros de pista y vereda, de
los cuales sólo cien son suyos. Ya lleva año y medio cuidando desde la misma esquina. ¿Pero
cuidando qué? Tal vez, que nunca le falten cigarrillos para aguantar hasta las siete de la mañana.
Año y medio en esa esquina con la calle Naplo. Ha visto el atropello a un imposible ladrón (era el
dueño de una de las casas que cuida), dos choques, cómo le regalan sopa con pan y un plátano, el
arreglo de la pista, y cómo cada vez más gentes le preguntan por direcciones. Nunca vio a los que
se llevaron un carro ajeno el mes pasado: no era su turno de trabajo o se le había acabado el café
mientras se quedaba dormido. Juan no sabe bien por qué es guachimán y está molesto: no le dejan
portar un revólver, como sus colegas de los bancos. Dice que así no va a poder cuidar de verdad. Y
los vecinos no saben muy bien por qué han contratado a Juan. ¿Será porque los hace sentir seguros,
o porque les gusta adornar su cuadra con un uniforme marrón encima de un cuerpo, uno que se
mueve? Guachimán: sereno, guardián. Watchman: hombre que mira. Al menos, es lo único que
hace éste.
Son cerca de las tres de la tarde. Rubiños, con un chullo marrón que le oculta la calva y sus
cejas poco pobladas, prefiere deambular fuera de su caseta parecida a una letrina de baño popular,
dentro de la urbanización Musa. Dice que los de su estirpe aparecieron por la ineficacia de la policía
y por la necesidad de ganar algo de plata, y porque no es difícil ser guachimán: sólo se necesita
paciencia y saber no aburrirse. No ha recibido entrenamiento alguno, pero se siente capaz de
detener a cualquier pendejo que se las quiera dar de más pendejo aún. Un “superhombre” que no
tiene necesidad de entrar a su cabina para vestirse de marrón: ya viene cambiado desde su casa en
Surquillo. Es uno de los pocos que se pasea por los micros con su uniforme y que, además, recibe
quejas de personas que se encuentran fuera de su jurisdicción, como él llama a su zona de
guardianía. Rubiños, en los diez meses que lleva como hombre mirador, ha adquirido la costumbre
de leer tres veces el “Ajá” del mismo día. Y, en diez meses, sólo ha llegado a tocar el pito más veces
que Juan, y a quitarles el huiro a un trío de chibolos. Los crímenes se han mudado a otros distritos,
o este hombre parecido al arquero peruano de México 70 es en verdad un espantamaleantes, o
porque además de ser un watchman, es un speakman.
Desde viejos con vida para gastar y recorrer cementerios en bicicletas, rodando por panzas
de ceros con forma de cuerpo humano, hasta dientes que todavía están bien aferrados a un rostro
joven: la variopinta de los del obligatorio marrón es un Perú más. Un Perú de todos los colores de
piel posible. Un Perú que no cuenta a los no identificados por carnés para sus números: el estadio
José Díaz estaría lleno si los guachimanes con DNI de seguridad se lo propusieran, y más del doble
se quedarían con las ganas de ver el partido, sin posibilidad de comprar reventa. Un Perú aburrido
hasta de que se burlen de su sudor. Líquido como el que se apresura a brillar en los cachetes de
Carlos Venegas. Sentado en su banquito, dentro de su “carcelita privada”, rascándose la espalda
con el palo de goma, Carlos suda y suda. Dice que no lo puede evitar, así como no pudo crear
miedo en los tres borrachos que lo fastidiaron una noche, en su anterior trabajo, que en realidad es
el mismo. Antes, cuando se dedicaba a observar la esquina de Circunvalación con Las Azucenas.
Antes, cuando era algo más panzón que ahora. ¡Calla gordo! ¡Cállate! Y sólo les había pedido que
bajen el volumen de la radio de su carro, porque a la gente le podía molestar. Ahora suda en una
esquina donde “no pasa nada”, porque quizá los vigilantes no son buenos testigos del crimen, y
porque tampoco quieren serlo. Ni la policía, ella tampoco, dice Venegas quitándose el gorro
marrón. Ni la policía puede con otro estadio lleno de asaltos, robos, violaciones y homicidios
limeños. Un estadio nacional que necesitaría 9581 asientos más para no derrumbarse con estas
barras bravas.
Los que no tienen más arma que su presencia devaluada, suelen deambular por las
esquinas con bostezos, mientras que los que se mantienen rígidos en la puerta de los bancos y
grifos, poseen revólveres que parecen tan adormecidos como sus piernas. Revólver, pistola,
escopeta o retrocarga: prótesis de seguridad que sólo lo pueden lucir si tienen carnés de fondo
amarillo. Carnés con rayas rojas si la prótesis es propia, y naranjas si es prestada. César Gallegos
nunca ha usado su arma, y sabe que si la usa como dice el manual de instrucciones de Taurus
Service S.R.U, igual lo pueden enjuiciar. “No manejar el arma a menos de que se esté seguro de lo
que van a atacar”, dicta el folleto. César quisiera que su uniforme fuera de otro color, tal vez como
el que tienen sus colegas en Argentina: pantalón azul y camisa celeste. O todo azul como en
Colombia. O gris como en los Estados Unidos. Pero no puede hacer nada para cambiarlo, por eso se
dedica a ver el trasero de cada mujer que pasa a su costado, y a reírse solo para matar el tiempo. Al
igual que sus compañeros informales, Gallegos espera a que todo siga igual: sin tener que
intervenir nunca en una acción de peligro, y a que no le quiten su estática tranquilidad de
observador forzado.
Hace catorce siglos, varios españoles en Italia se ofrecieron para cuidar la vida y las tierras
de los mediterráneos contra la invasión árabe. Claro, a cambio de monedas. Y hace catorce años, los
generales retirados de este país decidieron ofrecerse para lomismo que los españoles, pero contra
los senderistas que iluminaban Lima con coches que se creían bombas y torres eléctricas que se
convertían en árboles talados. Generales que crearon Segesur, primera empresa de seguridad
emparentada con la ley. Retirados que se copiaron de los que tienen el uniforme gris y son llamados
watchmen. De ahí fue donde nació esa palabra que también se utiliza en Chile y Venezuela para
referirse a ese hombre que no se sabe muy bien el por qué de su presencia. Tal vez porque así se
demuestra que la inutilidad puede ser pagada con billetes. O porque para hacer aparentemente
nada, también se necesita una preparación, como dijo Juan Carlos Sánchez, que no es guachimán,
sino un “vigilante”. Hace esa distinción, mientras recuerda la manera en que un manual le enseñó a
cómo tratar a un desconocido. Vigilante porque ha recibido preparación paramilitar en Nitrato, una
playa de Ventanilla, y es puesto a prueba con exámenes psicológicos cada seis meses, lo que no
hace un ilegal sin empresa. Aparentemente nada, salvo escuchar los partidos de Alianza Lima por
radio y pensar en tener sexo en su caseta de rango superior. Aún no lo ha logrado. Hacer nada, no.
Hacer muchas cosas, menos lo que implica su trabajo. Quizá es por eso que cuando nos dicen la
palabra captura o crimen, se nos vienen imágenes de patrullas y uniformes verdes, y no palos de
goma, silbatos y sombras marrones. O quizá por eso el guachimán Pacheco se vestía de policía.
Parecen que esperan a que suceda algo, lo que sea, como queriendo justificar su empleo. Tal
vez, es por eso que Benito apunta en un cuaderno cuadriculado hasta el color del carro ocupado por
un joven que le pregunta por el Metro más cercano y que, además, está vestido con una chompa
negra y un jean azul. Libro de Ocurrencias, le llama. Y mientras otros Benitos esperan y aprenden a
no aburrirse, Lima sigue creciendo con guaridas y callejones donde sus cuerpos prefieren no llegar.
Prefieren esperar y observar en lugares como Las Viñas a ser cortados en los Barracones. Los
guachimanes parecen hacer un sólo guachimán sin pinta de héroe. Un observador que es necesario,
porque quizá simplemente es el invento de una ciudad violenta, y que disfraza a la seguridad de
marrón para poderse engañar a sí misma. Todo estará bien si el guachimán está en la esquina y si al
azar no se le ocurre cruzarse delante de él con la máscara de un maleante burlón.

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