La vocación, un ideal de servicio

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La vocación, un ideal de servicio
LA VOCACIÓN: UN IDEAL DE SERVICIO
Jorge Enrique Mujica
Tarde o temprano nos encontramos con alguna inconformidad ante nuestro futuro: que si
nos gustaría ser el mejor futbolista, el médico más renombrado, el artista más famoso, el
empresario más rico, el joven más guapo, el jurista más prestigioso, etc.; y en esos deseos
tan vanos centramos nuestra atención y nuestras ilusiones. Pero no, la respuesta a nuestras
inquietudes no está en el deseo de ser esto o lo otro; del éxito, la fama o el dinero que nos
gustaría poseer. No, es algo más hondo. La clave radica en el hecho del ideal, «donde están
tus ideales deberían estar tus ilusiones», podríamos decir. Obviamente es preciso saber
primero qué son y si poseemos ideales.
Los seres humanos necesitamos vivir por algo que valga la pena. Los ideales son motores
que nos empujan a actuar con decisión. Todo hombre, en un momento de su vida, busca
naturalmente un ideal, un sentido; vivir sin ello es permanecer con un hondo vacío que hace
experimentar la inconformidad, la desazón, etc. Un ideal no es lo mismo que un capricho,
que un berrinche o que un impulso emanado del ímpetu, la fogosidad o el arrebato. El
impulso hace alusión a momento pasajero; ideal huele a algo de mayor alcance. Ambos
pueden tener en común la ilusión, pero el resultado del binomio es distinto.
Ilusión e ideal es referirse a dos tipos de miras, a dos bifurcaciones de un mismo camino
que es la vida: primeramente nos podemos rendir a los pies del goce inmediato, del triunfo
fácil, del ambiente común, de la satisfacción pasajera; podemos dejarnos imbuir por la
atmósfera de consumismo, sexo, droga y libertinaje creyendo encontrar en ellos la alegría
consumada. Esto es reducirse a la creencia extendida de que no hay nada después de la
muerte. Es el vivir el «aquí y ahora» sin pensar en que estamos llamados a la eternidad, a
una vida sin fin.
La experiencia de otros hombres nos dice que son salidas fáciles, en un primer momento
placenteras, pero a la larga dolorosas. Aquí, más que hallarnos ante la puerta de un ideal,
nos encontramos en sus antípodas, en el polo opuesto que nos reduce a mirar el mundo
como lo único que poseemos impidiéndonos ver que hay algo más que nos supera y a lo
cual podemos aspirar.
El segundo camino es uno hondamente enraizado en nuestro interior: el trascender, el no
conformarse con vivir para morir, con que la vida sea tan corta. ¿A quién no le ha nacido de
manera natural una reflexión sobre la fugacidad de la vida y un sano reproche e
inconformismo a creer que hemos sido creados para un lapso tan breve de tiempo?
Venimos a la existencia con una seguridad: que algún día desapareceremos. ¿Y podemos
permanecer tan inmutados ante semejante hecho? Obviamente que no. Dentro de nosotros
algo nos dice que hemos sido creados para la inmortalidad.
Cuando uno tiene presente todo esto, los ensueños se perfilan, traslucen y purifican; los
ideales cobran un nuevo cariz y la vida se redimensiona. Es así, ante reflexiones tan
sencillas, ante una elección afirmativa a la trascendencia que exige, en consecuencia
compromiso, como se ha consumado la felicidad de millones de seres humanos que han
encontrado en su vocación el plan concreto para llevar a cumplimiento su ideal.
El ideal del hombre, su programa de trabajo es la vocación. ¿La vocación? Sí, la vocación y
no hay por qué temblar. Toda vocación entronca directamente en la única vía que porta a la
trascendencia: el servicio. Y el servicio es, por relación lógica, el mayor, el primer fruto de
la felicidad, el resultado de un corazón ardoroso.
Si, como dice la máxima paulina «hay más gozo en dar que en recibir», todos deberíamos
estar gozosos. Evidentemente en un primer momento no es así pues hay una cadena de
reacciones detrás: las ilusiones se afianzan con el trabajo de la decisión, las decisiones van
enriqueciendo y fortaleciendo el ideal, y el ideal conlleva al encuentro de la vocación
propia
que
se
moverá
siempre
en
el
ámbito
común
del
servicio.
No puede parecernos extraño que sean las personas desprendidas de sí las más felices ni
que, caso contrario, las más egoístas sean las más infelices. Nuestra sed de felicidad
trasciende los deseos mundanos de fama, dinero y éxito. Esa sed traslada a la búsqueda y,
sobraría decirlo, el que busca encuentra.
Solemos ligar inmediatamente vocación al estado de vida consagrado-religioso. Es un
aspecto pero no el único. Vocación es la ejecución de nuestro compromiso de servir allí
donde estamos: si, por ejemplo, elegí la medicina como carrera es porque vi una necesidad
sanitaria en la sociedad donde vivo. Una carrera es, en cierto modo, una vocación; una
vocación con la que, contempladas las necesidades que me rodean, correspondo según las
propias cualidades, dones y aptitudes.
Es inevitable echar la vista al supremo de los ideales: la vida consagrada. Ésta
redimensiona las perspectivas humanas y mueve al alma al ser más excelso: Dios. Una vida
entera para Dios plasmada en el servicio a toda la humanidad. Los que han seguido esta
andadura es porque una voz que venía de lo hondo del alma les anunció el sitio y la tarea
que les estaba señalada en el orden del mundo.
En la vida consagrada, flor bella, perla preciosa y el más rico ornamento de la Iglesia, se
encuentra a Dios porque Dios ha salido al encuentro. Es la plenitud del servicio donde ya
no se distingue de la vida personal pues, de hecho, ésta es de Dios a favor del prójimo. Si
un día desapareciera, el mundo se sumiría en la noche del caos por falta de amor.
Quienes llegan a descubrir a Dios como el ideal más excelso y el servicio a los hombres
como la aplicación del ideal, son capaces de ver a cada paso la prolongación de la felicidad
todo el tiempo. Qué a propósito vienen aquellas líneas de W. Savage Candor, en su Pericles
and Aspasia: « ¡Cuántos, que estaban adornados con todas las más exquisitas cualidades
intelectuales, han tropezado en el mismo umbral de la vida y han hecho una elección
equivocada de aquello que iba a predestinar para siempre el curso de sus existencia! Ésta es
una de las razones, a caso la principal, de que los sabios y los dichosos sea dos diferentes
clases de hombres».

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