frammenti a trieste

Transcripción

frammenti a trieste
Fragmentos en Trieste
de
Willy Piccini
Maria Degan (PN) Técnica mixta sobre tela
Escribir es transcribir.
Incluso cuando inventa,
un escritor transcribe
historias y cosas en las cuales
la vida lo ha hecho participar.
Claudio Magris
Primer premio al 2° Concurso Literario Nacional
“Por los antiguos senderos”
Malnisio, Montereale Valcellina
(Provincia de Pordenone, Italia) 19/10/2013
Con la siguiente motivación:
El cuento se distingue por la suavidad del estilo y la sensibilidad con la cual
el Yo narrador resuelve el tema del recuerto y recupera la felicidad
despreocupada del sí mismo infantil, entrelazándola con la serenidad de un
léxico familiar y con la cordialidad humana de una perdida Trieste obrera y
popular. El resultado es una convincente elegía sobre la ternura de la
infancia y de todo un ambiente delicado, que en la óptica de una mezcla
personal de ironía divertida y de ligera melancolía se eleva a ejemplo de
sinceridad y sabiduría, en la firme convicción de que la profundidad reside
en la superficie de las cosas, como lo enseña la mejor literatura humorística
de Europa central, de la cual este cuento resulta un digno epígono.
La imagen de la portada es un cuadro inspirado en el cuento, y fue expuesto en el Museo de la
central de Malnisio el día de la entrega de premios del concurso.
A los que me quieren
A los que me quisieron y ya no están
Debo y quiero dedicar este premio especialmente a mi mujer, mi compañera de vida, por
su amor, el afecto, la complicidad, la sincera, verdadera amistad, agradeciéndole la
estima recíproca que nos une de manera tan sólida.
Siento también el deber de dedicarlo a mis dos tíos, Berto y Tullio, mis hermanos
mayores que siempre adoré, aunque era quizás demasiado fácil. Menos elástica y más
complicada fue la relación con mis padres que nunca me comprendieron cabalmente y a
los cuales habría podido, quizás, dar un poco màs de satisfacciones, pero los conflictos
generacionales existieron siempre y siempre existirán. Pero podría afirmar que en nuestro
caso han sido bastante leves y creo que el balance final se puede considerar positivo. Les
debo muchísimo y deseo dedicar a su memoria este trabajo.
Y last but not least, lo dedico también a ese hombre que fue, durante un tiempo que
trasncurrió demasiado velozmente, mi pequeño, estupendo niño: mi hijo Herbert.
Fragmentos en Trieste
Papá era un hombre de hierro. Un duro siderúrgico que llamaban El
patrón de la herrería como el título de una novela de Ohnet, muy popular en
esa época. Extremadamente serio y trabajador, casi un símbolo de la Planta
Siderúrgica de Sérvola donde trabajó por treinta y ocho años, lo conocían
todos. Se ocupaba de recibir y conservar los ladrillos refractarios, que trataba
como hijos predilectos, y asombrosamente logró llegar a jefe del depósito,
aunque digan que el patrón tiene interés en dejar al buen obrero en su
condición
primitiva
(para
explotarlo
mejor,
dicen
las
leyendas
metropolitanas). No recuerdo un solo día que haya estado ausente por
enfermedad y la renuncia a las vacaciones era prácticamente una necesidad
porque con la retribución recibida se lograba riequilibrar el modestísimo
presupuesto familiar. A la muerte de su padre, a los quince años, tuvo que
mantener a la madre viuda y a los seis hermanitos, uno de ellos recién
nacido. Y tuvo que seguir contribuyendo con su mísero sueldo de soldado
cuando lo mandaron a Rusia, a los diecinueve años, a combatir en una
guerra que nuestra familia no lograba comprender.
Cuando yo nací ya habían muerto cuatro de los hermanos de mi papá y poco
después murió su madre. Para evitar que sus dos hermanos restantes, de
doce y dieciocho años, fueran a parar al orfanato, se los llevó a vivir en el
malsano cuchitril donde vivíamos nosotros, en la calle del Rivo: un bañito con
el inodoro y nada más, una cocina con una cortina detrás de la cual estaba la
cama donde dormían mis dos tíos, Berto y Tullio, que siempre consideré
hermanos mayores, y un cuartito donde además de la cama de mis padres
estaba mi camita de hierro azul. En nuestra húmeda habitación correteaban
a menudo las ratas y cuando yo estaba solo en el cuarto porque los adultos
se quedaban un poco más en la cocina, el terror de mi mamá era que los
inmundos animalejos me arrancaran una oreja a mordiscones, como ya le
había ocurrido a algún otro niño más desgraciado. Pero yo, por mi parte,
estaba tranquilo porque en la penumbra (la puerta de la cocina siempre
quedaba abierta) venían a visitarme los piratas de la Malasia, de los cuales
mi tío Tullio me leía siempre las aventuras, o Búfalo Bill y los indios, que mi
abuela había visto realmente con su circo en Trieste en 1906, según me
contaban, porque no la conocí.
Yo no tenía muchos juguetes, ni triciclo ni autito a pedal, que me quedó para
siempre como un sueño no realizado. Tenía un osito llamado Macoco, un
pescadito rojo y un perrito de celuloide, un Pinocho de madera y algunos
soldaditos, pero mis tíos me construyeron con sus propias manos los
juguetes más hermosos del barrio de San Giacomo. Un fantástico teatrito con
un montón de escenarios pintados por ellos y un montón de marionetas, un
fortín precioso con maderitas puntiagudas recogidas en el valle del arroyo
Rosandra, atadas y clavadas una por una, con los establos, la oficina, el
Saloon para mis pocos nordistas, cowboys e indios, un carro de pioneros que
casi todos, aquí en Trieste, llamaban equivocadamente caravana. Me
construyeron también un velero que se podía mirar pero no tocar, pero a mí y
a tío Tullio, que todavía era un chiquilín, nos alcanzaba con dos huesos de
sepia para hacer carreras de lanchas cuando íbamos a la fuente detrás de
las casas del “Vaticano”.
Nos divertíamos con poco y nada, pero nos divertíamos de veras, al menos
hasta que volvía papá, porque con él no se podía andar con bromas. Aunque
nos daba todo su afecto, a la menor travesura una sola ojeada suya era
suficiente para aterrorizar a todos. Recién cuando llegué a adulto pude
entender qué pocas ganas de bromear debía tener ese hombre, que
trabajaba tantas horas por día los siete días de la semana, para mantener a
aquella alegre pandilla, y que cuando volvía a casa, a menudo encontraba
enfermos a su mujer y a su hijo (yo) en aquella insalubre covacha. Puede ser
que yo no haya compartido muchas carcajadas con mi padre, pero no sé
quién podría afirmar de haber recibido todo lo que yo recibí de él, ya sea
moralmente que materialmente. Y no sé cuántos podrían afirmar de haberse
querido tanto como nosotros cinco en aquel cuchitril.
El regreso de Italia a Trieste había empeorado muchísimo la situación de
nuestra ciudad, veinticincomil conciudadanos se trasladaron a la lejana
Australia en busca de una vida mejor y también nosotros preparamos todos
los papeles para la emigración. Pero mi mamá frenaba nuestro entusiasmo,
aterrorizada porque pensaba que la gente se moría como moscas
atravesando el ecuador, por lo cual, escasamente optimista como era ella y
delicado de salud como era yo, obviamente ya me veía condenado.
Efectivamente, los viajes eran muy poco agradables: viejas barcazas, a
menudo bastante estropeadas, que provocaban daños a personas y cosas y
se decía (y probablemente era cierto) que algunos niños se habían muerto
realmente durante el viaje y que habían tenido que tirar sus cuerpos al mar.
Por el momento, en primavera iba a partir mi tío Berto y a continuación la
mayor parte de nuestros parientes, pero nosotros no: la conquista de una
mayor estabilidad en el trabajo de papá y de tío Tullio y la entrega a nuestra
familia de un lindo departamento popular, más sano y soleado, antes del final
de aquel año, inclinaron el platillo de la balanza hacia el lado de mi titubeante
madre.
No me voy a olvidar jamás de ese día. Era una tibia, soleada mañana de
mayo y los preparativos para la partida marchaban a toda velocidad; tío Berto
ya se había puesto su casco colonial, para hacerme reír. Quién sabe quién
se lo había regalado, algún soldado inglés a lo mejor, y él lo había pintado de
blanco para “atravesar indemne el ecuador”. Le dí un beso y me fui a la
escuela como todos los días y no sabría decir si me daba cuenta que él no
iba a ir nunca más a buscarme a la salida, a las doce y media, con su
motoneta Vespa donde yo iba parado adelante, con las manos bien
agarradas del manubrio, a ambos lados del farolito, y me sentía dueño del
mundo. Nunca más! Poco después, el tiempo se puso feo, empezó a hacer
frío, puede ocurrir en mayo, pasaban los días pero “ese maldito barco” no
quería saber nada de alejarse del muelle: había piezas rotas, averías,
problemas burocráticos. Mamá, papá, tío Tullio y yo nos íbamos a casa y
cuando volvíamos, el barco, que se llamaba Aurelia, seguía estando ahí y él
ya estaba tan lejos de nosotros, allá arriba, en la proa, tan buen mozo con su
echarpe rojo con la alabarda1 y la campera de cuero negro, como Marlon
Brando, que tío Tullio le había regalado, aunque era el objeto más preciado
que poseía. Allá se iba, solo, quizás traicionado por nosotros (ciertamente no
por mi voluntad) que no íbamos a ir a encontrarnos con él del otro lado del
mundo, donde probablemente la gente caminaba cabeza abajo, había tantos
animales raros y para Navidad se podía estar en malla. Y cuando el barco se
fue de veras nosotros ni siquiera estábamos en el muelle: era de mañana
temprano, había que ir a trabajar y yo tenía que terminar mi primer grado.
Solamente mi papá, desde la planta siderúrgica, vio pasar a la Aurelia por el
golfo y él, el hombre de hierro, ése que a nosotros nos parecía un
comandante de la Gestapo, se puso a llorar.
Al día siguiente, a bordo, tío Berto festejó sus veinticinco años: era el 14 de
mayo del 1955.
No sé por qué, el señor Miro, el dueño de la lechería de la calle del Rivo,
me regaló un precioso mapa del mundo, un planisferio, creo, que me permitió
seguir el viaje día tras día, junto con Silvano, un querido amigo de esa época.
Extendíamos el planisferio en el suelo, en la habitación, y él, que tenía un
año menos que yo, no lograba entender que yo pudiese descifrar esos
signos rarísimos que decían Port Said, Canal de Suez, Mar Rojo, Colombo
(Isla de Ceylán), Océano Indico, Indonesia y finalmente Perth,
el primer
puerto de la Tierra Prometida. Yo, en realidad, a su edad ya sabía leer bien,
desde antes de empezar la escuela, pero él trataba de interpretar los signos
1
La bandera de Trieste tiene una alabarda blanca en campo rojo.
a su manera y se le ocurrían disparates tremendos que nos hacían reír como
locos. De todos modos fuimos siguiendo el viaje hasta Sydney, cuando tío
Berto se bajó del barco con su motoneta Vespa, también cabeza abajo,
probablemente.
Me acuerdo bien del día que la inauguramos, la motoneta Vespa; él me
había fabricado un barrilete precioso con papel de seda celeste, con la cola
amarilla trenzada y habíamos ido a remontarlo en el campito de Campanelle,
después cuando se acercaba la hora del almuerzo y estábamos por volver a
casa, nos encontramos con dos chicas vestidas con blusas blancas, y una de
ellas era su novia, una tal Lilly, a la que yo veía por primera vez. No sé si me
puse celoso, pero no abrí mi boca y me acuerdo que él se quedó muy mal,
pobre muchacho: “Saludá a las señoritas” “Deciles cuántos años tenés”. Pero
yo, como un perfecto desgraciado, seguía mudo, hasta que al final,
lloriqueando no se sabe por qué, me decidí a decir algo. Fuimos un
momentito hasta la casa de las chicas, que vivían cerca del campito donde
habíamos remontado el barrilete, y la más chica, la hermana menor de Lilly,
me regaló un grillo encerrado en una preciosa jaulita: una cosa fabulosa. Esa
noche el tipo se puso a cantar como un loco, mi papá no quiso saber nada y
lo tiró por la ventana. Pero no fue una gran idea: el tipo se instaló en una
hendija de la pared del patio y cantó a todo lo que daba, todas las noches,
hasta bien entrado el otoño, molestando a todo el vecindario. Por otra parte
yo pienso que si uno tiene sueño, duerme, de lo contrario, con o sin grillo,
quiere decir que no tiene sueño y sería mejor que se pusiera a leer un buen
libro, enriqueciendo, de paso, su espíritu. Pero al fin de cuentas la historia
con Lilly no salió bien, tío Berto se gastó una fortuna (que no tenía) en flores,
pero las cosas no funcionaron. Él, a lo mejor por desesperación, se fue a
Australia. Ella, a lo mejor por desesperación, se casó por poder, con uno que
probablemente no amaba y se fue a Australia. Yo, como me pasa a menudo,
no entendí nada. Con mi madre fuimos a ver esa extraña ceremonia en San
Giacomo: llegó ella, hermosa, con su largo pelo negro y un tapado celeste y
se casó con nadie. Mi madre me dijo que en el mismo momento el presunto
marido se estaba casando con nadie del otro lado del mundo: yo no lo podía
creer!
Es un anochecer hermoso. En un costado de la enorme plaza está la
fuente de Mazzoleni; en lo alto una figura alada con una trompeta anuncia las
nuevas y deseadas expansiones comerciales de Trieste hacia los cuatro
continentes: Europa, África, América, Asia. Y sí, porque la obra fue realizada
a mediados del ‘700 y Australia todavía no había sido descubierta. ¿Quién
hubiera podido imaginar que dos siglos después tantos hijos de Trieste, por
una extraña broma del destino, se iban a volver australianos, ciudadanos de
un continente del cual nadie conocía la existencia en aquel tiempo? A una
cuadra de allí, doscientos años después iban a zarpar los muchos barcos
que se llevaron a casi todos mis parientes y a mis mejores amigos.
Camino por el muelle, me siento en un amarre y miro más allá del horizonte,
donde se iban los barcos que se los llevaban lejos de nosotros, y pienso con
afecto que a lo lejos, mucho más allá, atravesando el mar, se termina por
llegar a aquellos maravillosos y lejanos lugares que los recibieron. La noche
está llena de estrellas. Margherita Hack afirma que después de la muerte nos
vamos al cielo porque nuestro cuerpo, una vez que se descompone, vuelve a
formar parte del ciclo de la vida (nada se crea y nada se destruye) y como el
universo está hecho de sustancias químicas, tarde o temprano llegaremos a
ser polvo de estrellas. Mamá, papá, tío Berto, ya no están, pero podrían ser
alguno de esos puntitos luminosos, al menos a mí me gusta pensarlo. ¿Nos
podremos reencontrar algún día? En su bellísimo Danubio, mi libro preferido,
mi conciudadano Claudio Magris, el escritor que más amo, encontrándose en
Tulln y reflexionando sobre los desencuentros de distintas personas que
vivieron en épocas distintas, desea que el técnico de montaje y el de
proyección mezclen las distintas películas como en el mítico Hellzapoppin’,
mandando a cada uno de nosotros a actuar en la película de algún otro. “A lo
mejor – dice – el Paraíso es Hellzapoppin’ y vamos a terminar actuando
todos juntos, en una alegre barahúnda como en la escuela durante el
recreo.”
A lo mejor...

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