El movimiento obrero

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El movimiento obrero
5. EL MOVIMIENTO OBRERO
5.1. PROBLEMAS DE LA SOCIEDAD INDUSTRIAL
La revolución industrial y la ideología capitalista que le sirve de base traen consigo una
serie de problemas para una de las nuevas clases sociales que surgen: lo obreros industriales o
proletariado.
La industrialización provoca migraciones masivas del campo a la ciudad, crecen las
ciudades y aparecen las fábricas. Pero también aparecen los efectos sociales negativos del
capitalismo: la clase social dueña de los medios de producción (la burguesía) se enriquece
explotando laboralmente a la que sólo tiene su fuerza de trabajo, el proletariado. Las
condiciones sociolaborales que éste debe soportar (jornadas largas y extenuantes, salarios
míseros, ínfimas condiciones higiénicas y de protección frente a los innumerables riesgos
laborales, trabajo y explotación de mujeres y niños, alojamientos insalubres, etc) ante la
pasividad de los gobiernos burgueses, incapaces de promulgar una legislación social justa que
lo remedie, generan en los trabajadores inmediatas posiciones de rechazo. Pero a pesar de
todo, el problema más temido, que hace que se soporten tan malas condiciones de trabajo, es
el paro. El régimen de libertad absoluta existente en las relaciones patrón-obrero permite a
aquél dejar en la calle al trabajador por cualquier causa. La situación de los parados era
insostenible, se ven condenados al hambre.
Para que la lucha del proletariado contra la situación sea eficaz, será preciso que
adquieran conciencia solidaria de que sus problemas son los mismos en todo el mundo, y la
experiencia de que una acción efectiva debe estar organizada a nivel internacional, es decir,
conciencia de clase y de asociación. El impulsor de ambos elementos fue el proletariado
industrial. Con él nació el movimiento obrero.
Y lo mismo que la Revolución Industrial nació en Inglaterra, también allí surgieron las
primeras respuestas a los problemas sociales que generó. En un primer momento, la lucha se
centra en un movimiento mecanoclasta, de destrucción de máquinas, a las que se achaca la
culpa del paro. Es el llamado “luddismo”, en honor de uno de los más destacados destructores
de telares, Ned Ludd. Se trata de la actuación de grupos, relativamente reducidos, que se inicia
en Inglaterra y Francia a finales del siglo XVIII y se extenderá después a otros países. Los
gobiernos reaccionaron con leyes que condenaban a los destructores a penas que llegaron, a
veces, a la de muerte.
Quienes idearon las respuestas a estos problemas sociales fueron pensadores no
proletarios, pero conscientes de la necesidad de crear un orden social más justo: los socialistas
utópicos daban soluciones idealistas, los radicales reclamaban soluciones políticas y los
sindicalistas primero se organizaron en sindicatos de oficios y después en una gran central
sindical única. Por tanto, en el movimiento obrero convivieron ideologías y planteamientos
diferentes para cambiar la sociedad: el socialismo, el anarquismo y el sindicalismo. Todos
contribuyeron a crear las Internacionales obreras, organizaciones supranacionales de lucha
para conseguir una sociedad justa.
5.2. PRINCIPALES IDEOLOGÍAS DEL MOVIMIENTO OBRERO.
A) EL SOCIALISMO
En 1848 Carlos Marx y Federico Engels escribían el Manifiesto Comunista, que reclamaba
una sociedad supranacional sin clases. Según Marx la economía es el fundamento de la
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historia, pues la sociedad se organiza en relaciones de producción: las clases sociales son
grupos que ocupan un lugar determinado en el proceso productivo, tienen idéntica relación
con los medios de producción: unos son propietarios, otros no. La lucha entre clases existe
desde que apareció la propiedad privada, y terminará cuando el proletariado conquiste el
Estado.
Para Marx y Engels el único sistema para acabar con el modo de producción capitalista y
la explotación de las clases trabajadoras era la revolución. A lo largo de la historia, nunca un
grupo dominante había dejado su estatus de buen grado; por lo tanto, la burguesía no
renunciaría espontáneamente a su dominación de clase y había que derrocarla mediante la
violencia. Para Marx, habían de ser los proletarios, organizados a nivel internacional, los que
mediante un golpe de fuerza acabasen con ella (rechaza el complot de hombres aislados como
propugnan algunos premarxistas).
Una vez vencida la clase dominante se establecería el comunismo, previa expropiación
de la propiedad privada: las clases desaparecerían junto con la explotación del hombre por el
hombre; todos serían iguales, pues la propiedad pasa a ser colectiva.
Con la supresión de las diferencias y los antagonismos de clase, el Estado quedaría
abolido. En los siglos XVIII y XIX, la burguesía amenazada por el proletariado tenía necesidad
del Estado para proteger sus intereses y reprimir a los trabajadores. En el momento que no
quede clase por reprimir, el Estado sería innecesario. Entre el momento de la revolución y el
comunismo sería preciso, durante un periodo transitorio, el establecimiento de la dictadura
del proletariado por parte del partido comunista que hubiera dirigido el proceso
revolucionario. Más tarde el Estado iría extinguiéndose y se emprendería la vía hacia el
comunismo: cada uno daría según su capacidad y recibiría según sus necesidades.
b) EL ANARQUISMO
Es una corriente filosófica antigua (etimológicamente significa “sin poder”, “sin autoridad”)
que cobra fuerza en el siglo XIX reivindicando la libertad total del individuo. En consecuencia,
en política rechaza todo poder, toda autoridad, y apoya la revolución proletaria para destruir al
Estado, al que Bakunin (uno de sus principales líderes) considera un instrumento represivo.
Los anarquistas están también en contra de la propiedad privada de los medios de producción,
que deben ser socializados, aunque algunos pensadores aceptan cierta privatización de los
frutos obtenidos. Son partidarios de la eliminación de las clases sociales y en contra de los
llamados votos irrevocables (como matrimonio y sacerdocio), ya que al ser compromisos que
atan para toda la vida, eliminan parte de la libertad humana.
Para alcanzar todas estas transformaciones en la estructura social es necesaria una revolución,
que ha de ser espontánea, de las masas trabajadoras y campesinas contra todo poder
establecido. Tras ella se creará una nueva sociedad anarquista, organizada en torno a comunas
autogestionarias básicamente agrarias.
c) LA DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA
La preocupación por las condiciones de vida de los obreros se había iniciado ya a
mediados del siglo XIX por parte de algunos eclesiásticos. Va a ser el papa León XIII quien
aborde esta cuestión. En su encíclica Rerum Novarum expone las ideas oficiales de la Iglesia al
respecto. Critica la situación de miseria del obrero, consecuencia de la monopolización del
trabajo. Critica igualmente el socialismo por materialista y erróneo y, por tanto, la lucha de
clases, por contraria al amor cristiano.
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d) EL SINDICALISMO
Apareció en Gran Bretaña en los años 20 del siglo XIX, al principio con objetivos
exclusivamente profesionales y reformistas y basado en la solidaridad de sus miembros. Creció
mucho a partir de la década de los 70, debido en parte al fracaso de la Comuna de París.
Aparecieron dos tendencias, una reformista y otra revolucionaria (rama anarquista como CNT
en España).
5.3. LAS INTERNACIONALES OBRERAS
a) LA I INTERNACIONAL
La idea de formar una alianza entre las clases trabajadoras se remonta a la revolución
francesa, y ya en la primera mitad del XIX surgen los primeros intentos de internacionalización,
llevados a cabo por los emigrados políticos de varios países. Así, cuando en 1864 se funde la
AIT (Asociación Internacional de Trabajadores), no se le va a dar mucha importancia, aunque
su gestión iba a ser definitiva, ya que supo unir a las fuerzas obreras que estaban surgiendo en
Europa.
A mitad de siglo surgen contactos entre los obreros franceses y británicos que
cristalizarán en 1863 en un llamamiento británico a la solidaridad internacional para
defenderse de los empresarios que contrataban obreros extranjeros para bajar los salarios y
boicotear las posibles huelgas. Así, en 1864, apoyada por algunos sindicatos ingleses se funda
el Londres la AIT (I Internacional). Marx se encarga de redactar el Manifiesto inaugural y dirige
la redacción del proyecto de estatutos, que son aprobados en el Congreso de Ginebra de 1866.
La organización de la AIT no fue muy precisa. Estuvo formada básicamente por un
comité central- Consejo General- con sede en Londres que dirigía unas secciones locales en sus
respectivos países. Tenía la pretensión de celebrar congresos anuales.
La existencia de la Internacional desempeñó un papel importante en el reforzamiento de
una conciencia diferenciada de la clase obrera. De acuerdo con sus estatutos, se crearon en los
países europeos distintas federaciones nacionales que agrupaban a las numerosas secciones
locales que se iban constituyendo.
La AIT se implantó rápidamente en Francia, Bélgica, Suiza, Italia, Alemania y España, y lo
hizo entre trabajadores de los oficios tradicionales, obreros de nuevas industrias e, incluso,
jornaleros y campesinos. En estos años multiplicó sus afiliados y perfiló sus reivindicaciones
más importantes: fortalecimiento del movimiento sindical, importancia de la huelga como
instrumento de lucha, necesidad de abolir la propiedad privada de los medios de producción y
desaparición de los ejércitos. Por tanto, reformismo social y antimilitarismo.
La década siguiente fue poco propicia para el movimiento obrero. La Comuna de París
fue, pese a su brevedad (marzo-mayo 1871), la primera experiencia de gobierno obrero. La
experiencia de la Comuna y el apoyo expresado por la AIT a la huelga general desataron una
fuerte represión de los gobiernos contra sus organizaciones. Pero sobre todo influyeron en su
postración las disensiones internas sobre cómo acabar con el Estado burgués, que provocaron
la polémica Marx-Bakunin en corrientes enfrentadas: autoritaria o marxista (quería conquistar
el Estado capitalista para transformarlo mediante la participación política), y la antiautoritaria
que rechazaba toda participación. Las principales diferencias ideológicas entre marxistas y
bakunistas eran:
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Marx coloca como base y motor de la historia a las clases sociales, al proletariado en la
sociedad burguesa, mientras que Bakunin defiende un mayor individualismo.
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Para Marx la revolución la han de llevar a cabo los proletarios, después de una fase
previa de concienciación y preparación, y culminará en el triunfo de esta clase, que, al
conquistar el poder, impondrá la dictadura del proletariado. Bakunin parte, por el
contrario, de las masas campesinas que, con acciones de tipo aislado y espontáneo,
llevarán a cabo la revolución, destruyendo el Estado burgués y creando la sociedad
anarquista.
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Mientras los marxistas creen que es positivo intervenir con partidos políticos en el
sistema burgués existente, Bakunin basa su actuación en los sindicatos, excluyendo
cualquier forma de actividad política.
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Por último, se separan respecto al funcionamiento de la Internacional, pues los
anarquistas defienden la autonomía de las secciones nacionales, y Marx defiende la
autoridad del Consejo Central sobre éstas.
Con estas divergencias entre marxistas y bakuninistas el movimiento perdía
combatividad y la Internacional se apartaba gradualmente de la realidad proletaria.
Finalmente, en el Congreso de la Haya (1872) los partidarios de bakunin fueron expulsados, y
ese mismo año crearon una Internacional disidente antiautoritaria, que permaneció hasta
1877. La AIT trasladó su sede a Nueva York y celebró su último congreso en Filadelfia en 1876,
año en que se disolvió.
b) LA II INTERNACIONAL
Muerta la I Internacional, amplios sectores de trabajadores mantenían el sentimiento de
que los problemas del proletariado mundial eran idénticos, y reclamaban una organización que
uniera a los partidos y sindicatos obreros de Europa. La favorable situación económica propició
el nacimiento de partidos socialistas que, luchando con las mismas armas que los partidos
tradicionales (las urnas), intentarían conseguir el poder político. En 1889 se reunieron en París
numerosos líderes socialistas (entre ellos Pablo Iglesias, que había fundado el PSOE en 1879)
para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa, ocasión que los partidos socialistas
y laboristas aprovecharon para fundar la II Internacional.
Su institucionalización fue muy lenta. El primero congreso se celebra dos años después
en Bruselas, ciudad donde se sitúa la sede permanente, constituyéndose como simple
federación de partidos y grupos obreros nacionales para intentar regular sus relaciones
mutuas y orientar sus modos de actuación mediante congresos trienales. Pero su organización
definitiva sólo se produce en 1899, con la creación, entre otros organismos, del Bureau
Socialista Internacional, compuesto por dos delegados de cada país, un secretario permanente
y un comité ejecutivo que coordina todas las actuaciones entre congresos.
Uno de los primeros acuerdos tomados por la II Internacional es la proclamación el 1 de
mayo como día internacional de la lucha obrera por la jornada de ocho horas. Pero pronto
surgen problemas en su seno, el primero es, una vez más, el enfrentamiento con los
anarquistas sobre la actuación política, que se resolvió con la expulsión de éstos en el
Congreso de Londres de 1896. Un segundo problema es la relación entre partidos y sindicatos,
sobre si se debía integrar a los sindicatos dentro del partido o no. La decisión final
recomendaba una colaboración mutua entre ambos.
A partir de 1900 el movimiento obrero se consolidó. La industrialización u el capitalismo
occidentales fortalecieron al proletariado, lo que propició el despegue y la activación de los
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partidos que agrupaban la Internacional. El movimiento vivió un nuevo y formidable
reforzamiento, con intensas actividades reivindicativas.
Pero la Internacional hubo de tomar posición en dos cuestiones fundamentales:
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la primera de índole táctica, la participación en Gobiernos de coalición con partidos de
izquierda burguesa (su aceptación impidió cualquier entendimiento con los
anarquistas); y la postura ante la huelga general, que fue rechazada.
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La segunda era la actitud ante los grandes problemas del momento:
a) En la cuestión colonial, los radicales rechazaron el colonialismo, mientras los
moderados matizaban el rechazo.
b) La guerra general, cuestión que afectaba a la esencia misma del internacionalismo
obrero antimilitarista. Al principio se opuso a la guerra y optó unánimemente por
la paz, pero cuando estalló la I Guerra Mundial el nacionalismo se impuso, y
aunque los socialistas revolucionarios se impusieron, los partidos socialistas
francés, alemán y austríaco apoyaron a sus gobiernos. Esta postura supuso el final
de la Internacional.
5.4. EL MOVIMIENTO OBRERO TRAS LA I GUERRA MUNDIAL
La guerra supone nuevos hechos de gran trascendencia para el desarrollo del
movimiento obrero. Por una parte, había demostrado el triunfo del nacionalismo sobre el
internacionalismo, pues tanto el SPD apoyó al Parlamento alemán los presupuestos de guerra,
como, posteriormente, todos los partidos socialdemócratas se unieron a las directrices de sus
propios gobiernos respecto a la guerra. El tema de la responsabilidad socialista ante el
conflicto mundial llenó de discusiones más de un intento de hacer renacer la II Internacional.
El otro elemento importante fue la escisión de los socialistas en dos grupos tras el
triunfo en octubre de 1917 de los bolcheviques rusos:
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Los que apoyan la democracia parlamentaria y, por tanto, un socialismo reformista,
ante el hecho de que la inevitable revolución proletaria, por una parte, y crisis del
capitalismo, por otra, no se producen.
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Los seguidores del marxismo, bajo el prisma imperativo de Lenin (los marxistasleninistas), que tienen sus objetivos en el modelo revolucionario ruso.
Los partidos obreros nacionales se van a dividir durante los años veinte, según su
orientación en uno u otro sentido, en socialdemócratas o socialistas y comunistas,
respectivamente (el partido comunista español apareció en 1921 como escisión del PSOE, tras
un intento anterior).
En Marzo de 1819 Lenin convoca en Moscú una Conferencia Internacional Comunista, a
la que casi no asisten representantes de los socialismos occidentales, que decidió constituirse
como III Internacional (Internacional Comunista o Komintern). Con ella se intentaba acceder en
lo posible a la lucha revolucionaria en Europa, aprovechando las circunstancias favorables de
postguerra y según el modelo triunfante en Rusia. El Segundo Congreso, celebrado al año
siguiente, aprobó los estatutos de la organización, sus organismos principales, así como las 21
condiciones exigibles a los partidos comunistas para su entrada, con las que se intentaba,
entre otras cosas, impedir el ingreso de grupos socialdemócratas.
Poco a poco, sin embargo, fue decreciendo el entusiasmo inicial al perderse las
posibilidades de extender la revolución. En 1935 se celebró el VII y último Congreso, en el que
se acordó la política de “frente popular” (colaboración con los socialdemócratas para luchar
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contra el fascismo), y en 1943 fue disuelta por Stalin (en la Conferencia de Teherán) para
favorecer sus relaciones con el resto de los aliados en la guerra.
Ante la Internacional Comunista y las escisiones que hubieron de sufrir en su seno, a
veces muy importantes (como la de los socialistas franceses, que mayoritariamente se pasaron
al partido comunista), la reacción de las partidos socialistas fue constituir, en 1923, la
Internacional Socialista, como federación de partidos socialistas no afiliados a la III
Internacional, en la que los socialdemócratas alemanes y los laboristas ingleses se convirtieron
en el eje principal.
Tras la expulsión de Trotski del partido comunista de la URSS y su posterior exilio, éste
creará partidos comunistas trotskistas en diversos países, que se unen en una IV Internacional
en 1938 para mantener vivos los principios del marxismo revolucionario, del bolchevismo y de
la Revolución de Octubre.
Como conclusión, puede decirse que el movimiento obrero de postguerra se diversifica
en una serie de partidos y organizaciones de nuevo cuño, tanto nacionales como
internacionales.
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