Capítulo 52 Muy dichosos nos reputaríamos

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Capítulo 52 Muy dichosos nos reputaríamos
Juan Manuel de Rosas
El Maldito de la Historia Oficial
Capítulo 1
"Católico y Militar"
Don León Ortiz de Rosas quiso que un sacerdote de su regimiento bautizara a su hijo
nacido el 30 de marzo de 1793 con el nombre de Juan Manuel José Domingo. “Será
católico y militar”, le aseguró con orgullo al capellán Pantaleón de Rivadarola.
Los antepasados del recién nacido llevaban ya varias generaciones en el Río de la Plata
y no carecían de abolengo. Por el lado paterno descendía de militares y funcionarios al
servicio del Rey de España. Su padre había nacido en Buenos Aires y fue un irrelevante
capitán de infantería que padeció el infortunio de caer prisionero de los indios siendo
rescatado luego de algunos meses de cautiverio. Esta circunstancia ,o los relatos de esta
circunstancia, habrían de marcar en lo hondo a su vástago determinando la importancia
que siempre les daría a los aborígenes, contrariando el arraigado hábito de la clase
“decente” de considerarlos poco más que animales peligrosos.
Su madre, doña Agustina López de Osornio, sería una influencia decisiva no sólo por
su holgada posición económica que le generaba “El Rincón de López”, la ubérrima
estancia heredada de su padre, lo que acostumbraría a su hijo a la vida rural desde su
nacimiento. También por el fuerte y altivo carácter, que ejercía autoritariamente sobre
su esposo y sus hijos. A don León, según su sobrino Lucio V. Mansilla, le enrostraba
ser plebeyo de origen mientras ella descendería del duque de Normandía “y mira que si
me apuras mucho he de probarte que soy pariente de María Santísima”.
Por una o por otro, a veces por los dos ,estaban emparentados con las aristocráticas
familias de García Zúñiga, Anchorena, Arana, Lavallol, Peña, Aguirre, Trápani,
Beláustegui, Costa y otras. A las tertulias de doña Agustina y don León, que se
desenvolvían en un ambiente de decoración austera y hábitos cristianos, asistían los
Pueyrredón, Necochea, Las Heras, Olavarría, Guido, Alvear, Balcarce, Saavedra,
Olaguer y Feliú, Azcuénaga, Alzaga y otros de esa estirpe.
Con muchos integrantes de esas familias, que constituían su pertenencia natural, por
coherencia con sus convicciones de enérgico populismo, se enfrentaría años más tarde
Juan Manuel , el varón mayor de diez hijos vivos y de diez hermanos muertos, lo que lo
confrontó y lo familiarizó con la Parca desde sus años más precoces.
Fue naturalmente elegido para llevar adelante la hacienda familiar y por ello doña
Agustina ejerció sobre él mayor despotismo, azotándolo cuando no cumplía con sus
expectativas o cuando demostraba independencia en sus decisiones. En su psiquis se
juntaron entonces el amor y la crueldad, siéndole más tarde irrefutable que amar a la
patria era tratarla con dureza .
Por haber estado predestinado a la estancia familiar su educación fue sin esmero, a lo
que tampoco ayudó su carácter díscolo y poco predispuesto a aceptar certezas ajenas.
Lucio V. Mansilla así lo resumiría: “Siendo sus padres pudientes, y hacendados por
añadidura, no podían pensar y no pensaron en dedicarlo al clero, ni a la milicia, ni a la
abogacía, ni a la medicina, profesiones que precisamente eran el refugio de quienes no
contaban con gran patrimonio”.
La estancia sería, hasta el fin de sus días, determinante en su vida
personal, económica, política y de gobernante.
Capítulo 2
Ni el apellido
Como parte de la formación que doña Agustina reservaba a sus hijos, a quienes
deseaba fuertes ante la vida pero también sometidos a su voluntad, acostumbraba
mandarlos a servir como humildes dependientes en alguna de las tiendas de Buenos
Aires. Lo que también demuestra una tendencia alejada de los hábitos elitistas de la
clase acomodada.
Sucedió que uno de los Ortiz de Rosas, Gervasio, se resistió a la humillación de lavar
los platos en que habían comido algunos de sus parientes y amigos. Altanero, contestó:
-Yo no he venido aquí para eso.
El dependiente principal dio cuenta al patrón y éste, llamando a Gervasio, le dijo
secamente:
-Amiguito, desde este momento yo no lo necesito a usted más, tome su sombrero y
váyase a su casa. Ya hablaré con misia Agustina....
Gervasio caminó las pocas casa que lo separaban de su hogar con el ánimo turbado
pues se sabía merecedor del castigo de su temida madre.
Recibió la orden de encerrarse en su cuarto y al rato un sirviente golpeó la puerta
llamándolo en presencia de doña Agustina, a quien acompañaba el dueño de la tienda.
La señora, con gesto severo, tomó al hijo de la oreja y le conminó:
- Hínquese usted y pídale perdón al señor... .
Cuando Gervasio, con lágrimas de dolor y de deshonra en los ojos, hubo obedecido,
prosiguió:
-¿Lo perdona usted, señor?.
-Y cómo no, señora doña Agustina – respondió el tendero, desasosegado por la
situación.
-Bueno, pues, caballerito, con que tengamos la fiesta en paz... –remató la matrona- y
váyase a su tienda con el señor que hará de usted un hombre. Pero, ahora, mi amigo, yo
le pido a usted como un favor que a este niño le haga usted hacer otras cosas ...
Según el relato de Lucio V. Mansilla, al oído le dijo que le hiciera limpiar las letrinas.
“Gervasio no volvió a tener humos”, concluye.
Pero lo que había funcionado con uno de sus hijos fracasó con otro de ellos, Juan
Manuel. Ante una situación casi idéntica éste se negó a arrodillarse ante su patrón por lo
que la autoritaria doña Agustina, luego de darle un coscorrón, lo encerró desnudo en una
habitación a pan y agua hasta que depusiera su orgullo.
Pero el futuro Restaurador, apenas adolescente, logró forzar la cerradura y escapar
como Dios lo trajo al mundo, dejando una esquela en la que doña Agustina y don León
pudieron leer : “Me voy sin llevar nada de lo que no es mío”.
Jamás regresaría a su hogar , nunca reclamaría ni un centavo de la abundante herencia
familiar y además tampoco se llevaría el apellido ya que de allí en más pasaría a
llamarse Juan Manuel de Rosas, suprimiendo el “Ortiz” y modificando la “zeta” de
Rozas por una “ese”.
Capitulo 3
Los heroicos migueletes
Los denostadores de Rosas le reprocharán no haber participado en las jornadas
heroicas de las Invasiones Inglesas y de la Revolución de Mayo. En el primer caso se
equivocan pues a pesar de que en 1806 sólo tenía 13 años de edad sirvió como ayudante
de municiones en las fuerzas victoriosas de Santiago de Liniers, mereciendo una
felicitación por escrito que resaltaba “su bravura, digna de la causa que defendía”. En la
invasión del siguiente años se alistó, ya como soldado, en el 4º Escuadrón de Caballería,
“Migueletes”, vistiendo su uniforme punzó, color que sería relevante en su vida.
Jamás le faltó coraje, mereciendo luego de la hecatombe de Caseros el homenaje de su
vencedor, Urquiza: “Rosas es un valiente, durante la batalla de ayer le he estado viendo
al frente mandar su ejército”.
Las jornadas de Mayo, en cambio, lo sorprendieron en el campo, siendo uno de los
muchos que no participaron en una asonada que nuestra historia oficial ha pretendido
transformar en un movimiento de masas cuando en realidad se fraguó y se resolvió entre
la clase “decente” de influyentes funcionarios españoles, envalentonados jefes de
milicias y ricos comerciantes criollos que bien se cuidaron de evitar mayores
convulsiones sociales.
Además don Juan Manuel desconfiaba del tufillo aristocratizante y europeísta de los
revoltosos. Por otra parte nunca fue partidario de puebladas ni desórdenes, salvo las que
él mismo organizaría y controlaría, como lo expresase en una proclama anterior a su
primer gobierno: “¡Odio eterno a los tumultos, amor al orden, fidelidad a los
juramentos, obediencia a las autoridades constituidas!. De allí su reacción epistolar ante
el fusilamiento del héroe de la Reconquista, poco solidaria con la jacobina decisión
patriota: “¡Liniers! ¡Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer
por toda la eternidad, sin olvidarle jamás!”.
Capitulo 4
El patrón de estancia
Formó una sociedad agrícola ganadera con Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego.
El primero sería con el correr de los años su consuegro ya que su hijo esposaría a
Manuelita, hija de don Juan Manuel, quien no escondería su disgusto por lo que
consideraría un abandono “cuando más la necesitaba”, es decir cuando debió emprender
el camino del exilio. Su otro socio fue hermano de Manuel Dorrego, destacado prócer
argentino, líder de los federales cuya trágica muerte cedió tal privilegio y
responsabilidad a Rosas.
La empresa sería comercialmente exitosa y don Juan Manuel se destacaría como
encargado de la explotación rural, instalando saladeros y encarando la creciente
exportación de charqui . Las ganancias eran reinvertidas en la compra de más tierras
aprovechando los bajos precios de aquellas que lindaban con los dominios del indio.
Estos ocupaban los dos tercios de la provincia de Buenos Aires y se resistían a la
extensión de las propiedades de los “cristianos” intrusos, siendo los pampas, los
tehuelches y los ranqueles los más feroces, asolando estancias y fortines en malones que
asesinaban a los hombres y secuestraban a las mujeres, además de robar el ganado que
encontraban a su paso.
Pero la clase pudiente de Buenos Aires estaba obligada a disputarles el terreno pues la
fuente de riqueza que hasta entonces había constituído el comercio, desde que Garay
fundara el puerto para dar salida al contrabando del Potosí, había perdido su
rentabilidad. Es que la Revolución Industrial y la connivencia de los comerciantes
porteños que con la insurrección de Mayo terminaron de sepultar el monopolio
económico español abriendo su mercado a Gran Bretaña, habían arruinado las precarias
industrias provinciales y revalorizado las exportaciones relacionadas con el campo,
dando origen a una nueva clase de ricos: los estancieros.
La enfiteusis de Rivadavia había sido una importante concesión a éstos, pues por
bajísimos alquileres que ellos mismos fijaban, y que muchas veces ni siquiera pagaban,
los tradicionales hacendados pudieron hacerse de inmensas extensiones de campo que
luego, con el tiempo, comprarían muy convenientemente. A principios de 1828, y desde
1824, se habían entregado 2.500.000 hectáreas a 112 personas, algunas de las cuales
habían recibido exiguas parcelas, lo que da una cabal idea del impresionante beneficio
de otras.
Tal creciente poder económico basado en una unidad de producción tan significativa
como la hilandería inglesa, la estancia, inevitablemente debía tener su traducción
política para defenderse y para expandirse. Rosas sería ese representante.
Cuando por presión de los proveedores de carnes que se perjudicaban por el acopio
que hacían los saladeros para satisfacer sus exportaciones, el Director Supremo Juan
Martín de Pueyrredón obligó al cierre de éstos, Rosas y sus socios se dedicaron a
comprar tierras en gran escala. Entre otras haciendas compraron la estancia “Los
Cerrillos” que se convertiría en la preferida de don Juan Manuel y que llegaría a tener
120 leguas cuadradas (300.000 hectáreas) por sucesivas anexiones, sobretodo de tierras
ganadas a los indios.
También incorporó otra estancia en Cañuelas a la que bautizó con el nombre de un
militar a quien nunca había conocido pero que mucho apreciaba a pesar de los infundios
que envidiosas lenguas viperinas derramaban sobre su honra y que había tenido que
abandonar su patria por el riesgo que su vida corría en manos de sus compatriotas: el
general don José de San Martín. La vida daría a ambos la ocasión de intercambiar una
cálida y profusa epistolaridad, además del trascendente, e incómodo para nuestra
historia oficial, gesto testamentario del Libertador.
En 1821, quien entraría rico a la función pública y perdería en ésta todos sus bienes,
condenado a casi 25 años de exilio en la pobreza y en la soledad, formaría otra sociedad
con los muy acaudalados Anchorena, sus primos Juan José y Nicolás. Fueron ellos
quienes lo recogieran cuando el jovencísimo Rosas se fugó de su hogar y a su lado
aprendió los secretos del campo. Siempre les guardaría gratitud por ello y cuando tuvo
la edad para hacerlo se encargó de la administración de sus campos sin cobrar por ello
ni un peso. No sería éste el único beneficio que los Anchorena obtendrían de la fuerte
ligazón afectiva del futuro gobernador de Buenos Aires.
Fue como patrón de estancia, en su obsesiva búsqueda del rendimiento eficaz, cuando
don Juan Manuel intensificó su pasión por el orden y por la subordinación. Sus órdenes,
acertadas o equivocadas, se daban para ser cumplidas. “Los capataces de las haciendas
deben ser madrugadores y no dormilones; un capataz que no sea madrugador, no sirve
por esta razón. Es preciso observar si madrugan y si cumplen con mis encargos. Deben
levantarse en verano, otoño y primavera, un poco antes de venir el día, para tener
tiempo de despertar a su gente, hacer ensillar a todos, y luego tomar su mate y estar
listos para salir al campo al aclarar”, escribiría en sus “Instrucciones a los mayordomos
de estancias”.
Siempre fue leal a su clase, a la que prestó continuados y grandes servicios, aunque
tampoco descuidó la base de su apoyo popular a la que también benefició. Un ejemplo
de este sutil equilibrio se produjo durante el gobierno títere de Viamonte, cuando en su
carácter de Comandante de las Milicias don Juan Manuel tuvo a su cargo la distribución
de tierras para “aliviar la orfandad y miseria a que han quedado reducidas numerosas
familias del campo por los efectos de la guerra”. La mayoría de las chacras fueron
entregadas a federales de pobre condición en un atisbo de reforma agraria.
Los ricos estancieros lo aceptaron, aunque sin entusiasmo, porque estos nuevos
ganaderos representaron una barrera defensiva entre sus propiedades y los malones
indios.
Era más tolerante con el delito que con la desobediencia, y si se imponían rebencazos
ejemplarizadores los daba sin compasión. Además organizó a su peonada como una
fuerza militar para enfrentar los malones y supo hacerse respetar e incorporar a sus
obligaciones a gauchos mal entretenidos, peones holgazanes, mulatos escapados, indios
rebeldes, a los que se imponía por el temor pero también por la admiración.
De estos últimos escribiría en un documento de 1821 con recomendaciones al
gobierno sobre el problema indio: “En mis estancias “Los Cerrillos” y “San Martín”
tengo algunos indios pampas que me son fieles y son de los mejores”. Su campaña al
“desierto” de años después resaltaría esta actitud comprensiva hacia los aborígenes, con
los cuales tendió a establecer acuerdos aceptables para ambas partes, a diferencia de las
expediciones posteriores y sobre todo a años luz del genocidio que ensangrentó a los
Estados Unidos de Norteamérica y del que hemos sido “testigos” en tantas películas del
Far West hollywoodense.
Capitulo 5
Las provincias invaden Buenos Aires
Corre 1820. Los caudillos de Santa Fe y Entre Ríos, Estanislao López y Francisco
Ramírez, aliados de José Gervasio de Artigas que lucha para contener la invasión
portuguesa a la Banda Oriental, avanzan sobre Buenos Aires.
El gobernador Rondeau ordena a los dos ejércitos regulares, el del Norte y el de los
Andes que retrocedan hasta la capital para defenderla. San Martín desobedece para no
abortar su campaña libertadora y Belgrano sufre la sublevación de sus fuerzas que se
niegan a entrometerse en la guerra civil.
Es entonces inevitable que el 1º de febrero las débiles tropas porteñas sean derrotadas
en Cepeda. Se derrumba el Directorio y los montoneros se dan el gusto de entrar en la
ciudad. “Sarratea, cortesano y lisonjero, no tuvo bastante energía o previsión para
estorbar que los jefes montoneros viniesen a ofender, más de lo que ya estaba, el orgullo
local”, escribirá con repugnancia Vicente Fidel López. “El día 25 (de febrero de 1820)
regresó acompañado de Ramírez y de López, cuyas numerosas escoltas compuestas de
indios sucios y mal trajeados a términos de dar asco, ataron sus caballos en los postes y
cadenas de la pirámide de Mayo, mientras los jefes se solazaban en el salón del
Ayuntamiento”. Los porteños y sus bienes están a merced de los bárbaros, como llaman
despectivamente a los provincianos.
Los más alarmados son los estancieros, que ven peligrar la buena marcha de sus
negocios y que temen cualquier cambio drástico en la tambaleante organización social.
Ante el fracaso de las fuerzas regulares organizan milicias con los peones de sus
estancias. Nadie mejor que el joven Juan Manuel para ello. Por su dote de mando, por
su horror a la anarquía, por su coraje, por su convicción de que la propiedad privada
debía ser defendida no sólo por su interés personal sino también por un principio del
que haría un dogma a lo largo de su vida, por tener ya alistada su fuerza de choque bien
armada y bien adiestrada, por la feroz lealtad de sus seguidores.
En la comunicación del 10 de octubre de 1820 al gobernador Dorrego lo pondrá en
aviso: “Hablo a los sirvientes de la estancia en que resido en la frontera del Monte; se
presentan a seguirme, con ellos y con algunos milicianos del escuadrón marcho en
auxilio de la muy digna capital que con urgencia veloz reclamaba este deber”. Quienes
vieron pasar el escuadrón fueron testigos del gallardo y amenazante desfile de 500
hombres fieros y bien montados, por primera vez vestidos de rojo y bautizados como los
“colorados del Monte”. Ya lo había dicho Tucídides, 400 años antes de Jesucristo: “La
fortaleza de un ejército estriba en la disciplina rigurosa y en la obediencia inflexible a su
jefe”.
Luego de varias escaramuzas con los montoneros que provocarían la caída de Dorrego
y la designación en su remplazo del candidato de Rosas y de Anchorena, Martín
Rodríguez, se llega a un pacto con Estanislao López, el 24 de noviembre, por el cual el
caudillo santafesino acuerda regresar a su provincia a cambio de la entrega de 25.000
cabezas de ganado.
El encuentro de estos dos hombres puede ser considerado el comienzo del movimiento
federal. López, siete años mayor que Rosas, inicia a éste en los fundamentos políticos,
sociales, morales y económicos que fundamentarán la férrea oposición al liberalismo
europeizante y la masonería volteriana encarnada en el unitarismo. Su proyecto de
organización aspirará a la autonomía de las provincias, la nacionalización de los
ingresos de la aduana , con un gobierno central (Buenos Aires) que tendría a su cargo
las relaciones exteriores y los asuntos de guerra. Su precursor fue José Gervasio de
Artigas, personalidad apasionante y maltratada por nuestra historia oficial que le
reprocha la independencia de su Banda Oriental, hoy Uruguay, como si no hubiese sido
Buenos Aires quien apoyó a los brasileros en su conflicto con el caudillo oriental y
quien hizo oídos sordos a sus reclamos de integración a las Provincias Unidas
Las reses prometidas a Santa Fe fueron puntualmente provistas por Rosas, quien de
esa manera demostró cuánto le importaba su papel de pacificador y antídoto contra la
anarquía aunque fuese a costa de un considerable perjuicio económico. Nunca fue el
dinero un motivo rector en su larga vida.
Además así se ganó la confianza del poderoso caudillo santafesino con quien en el
futuro establecería una alianza que, con claros y oscuros, se mantendría a lo largo de los
años sin afectarse por las cambiantes vicisitudes de las Provincias Unidas.
Y, lo que no es menos importante, dejaría sentado su respeto por los jefes provinciales,
su vocación de llegar a acuerdos con ellos, y cumplirlos, en vez de intentar aplastarlos
por la fuerza.
Capítulo 6
Un papel importante en el futuro
Se decía de él que era intolerablemente petulante y que presumía de una cultura que,
según sus adversarios, se diluía en hipérboles cursis y admoniciones sin sustancia. Pero
lo que nadie le negaba era una incomparable capacidad de trabajo y una obstinada
eficacia en el logro de sus objetivos.
Su verdadero nombre era Bernardino de la Trinidad González. Ribadabia, con dos be
largas, era el apellido deformado de su abuela paterna. La razón de su adopción pudiera
deberse a que don Bernardino lo considerase más aristocrático.
De regreso ya del exilio sufrido luego de haber sido el “factótum” del Primer
Triunvirato y a favor del apoyo de las logias porteñas, había asumido como gobernador.
Su gestión era favorable al libre comercio con Inglaterra y a estimular la inversión
extranjera. Ello ya era irritativo para los estancieros conservadores, pero la situación se
agravaba con la política inmigratoria que chocaba con el sentimiento nacionalista que
temía la “importación” de ideas revulsivas en boga en una Europa permisiva.
También se sumaba la difusión de principios liberales no sólo en lo económico sino
también en la vida cotidiana, que desembocó en el fuerte conflicto entre el gobierno y
una iglesia tradicionalista que confrontó con las ideas progresistas del obeso gobernador
que estaba convencido de que no era posible el cambio que Buenos Aires necesitaba
sino se “domaba” al poder eclesiástico.
Rosas nunca fue un católico practicante pero defendió con vigor al clero (salvo a los
levantiscos jesuitas) y a las instituciones religiosas por considerarlas parte esencial de
las tradiciones argentinas y siempre acusó el “peligro” de las ideas “ateas y
anarquizantes” que en su criterio simbolizaban los liberales y masones como don
Bernardino.
Tuvo siempre la astucia de interpretar el temor reverencial que el desafío a lo religioso
provocó y provoca en los sectores populares y por eso una de las banderas del rosismo
fue “Religión o muerte” mientras no se perdía oportunidad de calificar a sus enemigos
de “ateos” y “herejes”.
Rivadavia dictó una constitución unitaria en la que quedaban relegados los derechos
de las provincias y también los de las estancias bonaerenses que, de acuerdo al proyecto
de “federalizar a Buenos Aires”, quedarían cortadas del puerto, indispensable para sus
exportaciones ya dificultadas por el prologado bloqueo español al Río de la Plata. Como
si fuera poco trascendió la decisión dividir a Buenos Aires en dos provincias, la del
Paraná y la del Salado, lo que haría inevitable gravar con impuestos las actividades
ganaderas para solventar los mayores gastos administrativos.
Pero la principal diferencia entre don Bernardino y don Juan Manuel era ontológica.
Como dirá el historiador revisionista Manuel Gálvez :
“Rivadavia y Rosas representan polos opuestos. Rivadavia se ha formado en Europa y
en los libros, en las reuniones aristocráticas y en la frecuentación de los mejores
espíritus. Rosas se ha formado en nuestro campo y en el libro de la vida. Las reuniones
que él ama son los grandes rodeos de haciendas, y los espíritus con que trata son los
gauchos y capataces. Rivadavia es libresco y Rosas realista. Rivadavia está empapado
de doctrinas extranjeras y de modos de pensar extranjeros. Rosas está empapado de los
jugos de nuestra tierra. Rivadavia tiene sus raíces en la España afrancesada y liberal de
Floridablanca y en el París de la Restauración, y Rosas tiene sus raíces en la recia
España católica de los conquistadores y en los campos democráticos de Buenos Aires.
Los dos son grandes señores: el uno, con un señorío ampuloso, afectado en los salones;
el otro, con el señorío de su abolengo y de su vida natural, sencilla y fuerte”.
La guerra contra Brasil, que Rivadavia no atinaba a terminar sacando provecho de los
éxitos militares, producía una gran retracción económica como así también una grave
falta de brazos para trabajar el campo debido al reclutamiento voluntario y a las levas
forzosas para suministrar soldados a los ejércitos. Ello también provocó el
desguarnecimiento de la defensa contra las incursiones indias con las consecuencias
imaginables.
La renuncia se produjo el 27 de junio de 1827 y los escasos intelectuales, comerciantes
y burócratas que lo apoyaban no pudieron impedirla. Don Juan Manuel había tenido un
papel esencial en la caída, pero estuvo de acuerdo, también los Anchorena y los
estancieros afines, en que quien reasumiría el gobierno sería el líder de los federales,
Manuel Dorrego, convencidos de que sería sensible a sus consejos.
Alguien, a la distancia, también se alegraba por la caída de uno de sus peores
enemigos: "Ya habrá sabido usted la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido
desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos . El me ha hecho una guerra de
zapa, sin otro objeto que minar mi opinión –San Martín quiere decir ‘mi prestigio’-,
suponiendo que mi viaje a Europa no ha tenido otro propósito que el de establecer
gobiernos en América. Yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su
innoble persona”.
La historiografía liberal entronizará a Bernardino como uno de nuestros próceres
máximos y ocultará que la renuncia de nuestro Libertador ante Bolívar, en Guayaquil,
se debió principalmente a la negativa de Rivadavia a brindar algún apoyo militar o
económico a su campaña libertadora.
“El Presidente Dorrego ha dado el comando de la milicia de la Provincia de Buenos
Aires a Don Juan Rosas”, informaría el perspicaz lord Ponsomby, embajador inglés en
las Provincias Unidas, a su canciller Canning, “un hombre de gran actividad y extrema
popularidad entre la clase de los gauchos, a la que puede decirse que pertenece (...) Se
ha distinguido como un poderoso caudillo en los feudos domésticos de Buenos Aires
(...) He hablado de él porque ciertamente habrá de cumplir un papel importante en el
futuro”.
Don Juan Manuel agregaba ahora el poder militar al que le daba su representación de
los terratenientes sumado al que se desprendía de su ascendiente sobre los sectores
populares. Sus enemigos, despectivos hacia los gauchos, comenzarán a llamarlo “el
señor de las pampas” para denigrarlo, sin advertir que a los oídos de don Juan Manuel
tal apelativo sonaría como un reconocimiento a agradecer.
Capítulo 7
Dos caudillos populares
Dorrego había sido expulsado fuera de su patria por un enfurecido Pueyrredón que no
soportó que el altivo oficial de caballería le reprochase sus clandestinas negociaciones
con los portugueses para aplastar a un respetable caudillo popular, Artigas, y con los
franceses para entronizar en el Río de la Plata a un devaluado príncipe europeo con
señorío en el ducado de Luca. Pero lo que sacó de las casillas al Director Supremo fue
que, en el calor de la disputa, Dorrego le descerrajara, descalificadoramente, cuando le
fuera exigido respeto por los galones del generalato que ostentaba su superior:
- Nunca lo he visto en un campo de batalla, señor.
Embarcado con precipitada prepotencia, sin que se lo autorizara a despedirse de su
familia, don Manuel sufrió riesgosas peripecias en la navegación que incluyeron
maltrato, naufragio, abordaje pirata, hasta que finalmente alcanzó la costa
norteamericana. Allí el valiente jefe de la vanguardia de los ejércitos de San Martín, que
bien ganada fama tenía de altanero, se transformó en el contacto con una sociedad
democrática y republicana que progresaba inimaginablemente, y cuando pudo volver a
su patria era ya un estadista decidido a defender tales ideas.
Lo que lo asemejaba a Rosas era su populismo, su convicción de que no era posible
hacer política sin tener en cuenta a los sectores populares. Ambos lograron un gran
ascendiente entre ellos y si don Juan Manuel se mimetizaba hasta en su vestimenta con
los gauchos, Dorrego, más urbano, hacía lo mismo con los orilleros.
En sus “Memorias” el general Tomás de Iriarte contará que, caminando por el centro
de la ciudad con el aristocrático Carlos de Alvear se cruzaron con Dorrego, que exhibía
un aspecto sucio y desaliñado.
-Caballeros, no se acerquen que puedo contagiarlos –sería el saludo mordaz. Iriarte
anotará entonces: “Excusado es decir que esto era estudiado para captarse la multitud,
los descamisados”. Es la primera vez que esta palabra irrumpe en nuestra Historia.
La sustancial diferencia entre Dorrego y Rosas era que el primero estaba convencido
de que la plebe debía participar activamente en las decisiones a través del voto popular.
De allí su exaltada arenga en la Sala de Representantes cuando Rivadavia y los suyos
sancionaron el aristocratizante Reglamento que suspendió, por el voto mayoritario de
los diputados, el derecho a votar de los menores de edad, los analfabetos, los
naturalizados en otro país, los deudores privados y del tesoro público, los dementes, los
vagos, los procesados por delitos infamantes. Pero también a los “criados a sueldo,
peones jornaleros y soldados de línea”, es decir los sectores populares.
Dorrego levanta entonces su voz:
“He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la aristocracia del dinero (...).
Echese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos,
asalariados y jornaleros y las demás clases, y se advertirá quiénes van a tomar parte en
las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresan en el artículo es una
pequeñísima parte de país, que tal vez no exceda de la vigésima parte (...) ¿Es posible
esto en un país republicano?”.
Siguió en ese tono: “¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso
y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones?”. El
argumento de quienes habían apoyado la exclusión era que los asalariados eran
dependientes de su patrón. “Yo digo que el que es capitalista no tiene independencia,
como tienen asuntos y negocios quedan más dependientes del Gobierno que nadie. A
éstos es a quienes deberían ponerse trabas (...). Si se excluye a los jornaleros,
domésticos, asalariados y empleados, ¿entonces quienes quedarían? Un corto número de
comerciantes y capitalistas”.
Y señalando a la bancada unitaria: “He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así
podría ponerse en giro la suerte del país y mercarse (...) Sería fácil influir en las
elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad de la masa pero sí en una corta
porción de capitalistas. Y en ese caso, hablemos claro: ¡el que formaría la elección sería
el Banco!”.
La posición de don Juan Manuel era otra, la que había fraguado como hijo en una
familia autoritaria y a la cabeza de la administración de sus estancias: el populacho
debía ser representado por un patrón que los conociera y comprendiera profundamente,
“un autócrata paternalista” como él mismo definiera, alguien a quien los gauchos y los
orilleros respetasen por su coraje, por su honestidad, por su firmeza. Un jefe que no
tolerase el desorden de las puebladas reivindicatorias porque toda convulsión era un
cuestionamiento a su autoridad.
Allí residía la originalidad de un miembro de la clase alta porteña en su relación con la
“plebe”o la “chusma”:
“A mi parecer todos (los gobernantes y los políticos) cometían un grave error : se
conducían muy bien con la clase ilustrada pero despreciaban a los hombres de las clases
bajas, los de la campaña, que son la gente de acción. Yo noté esto desde el principio y
me pareció que en los lances de la revolución los mismos partidos habían de dar lugar a
que esa clase se sobrepusiese y causase los mayores males, porque usted sabe la
disposición que hay siempre en el que no tiene contra los ricos y superiores
“Me pareció pues muy importante conseguir una influencia grande sobre esa gente
para contenerla o para dirigirla, y me propuse adquirir esa influencia a toda costa; para
esto me fue preciso trabajar con mucha constancia, con muchos sacrificios hacerme
gaucho como ellos, hablar como ellos y hacer cuanto ellos hacían, protegerlos, hacerme
su apoderado, cuidar de sus intereses, en fin no ahorrar medios ni trabajos para adquirir
más su concepto”.
Este texto fundamental, extraído de una carta a su amigo Santiago Vázquez, echa
claridad sobre lo funcional que don Juan Manuel resultaba para los de su clase, los
patrones de estancias, que veían “contenidas” y “dirigidas” a sus de otra forma temibles
peonadas constituidas en parte importante por escapados, delincuentes y marginales,
aquellos que conformaban la cotidianeidad de Rosas, hacendado que prefería vivir en el
campo y no en la ciudad.
A su vez los peones y los demás integrantes de la clase plebeya encontrarían en él a
quien los “protegiera”, su “apoderado”, quien “cuidara de sus intereses”.
No tardarían en surgir los conflictos entre el nuevo gobernador y sus apoyos. “Dorrego
dio lugar a que se despertase la envidia y animosidad en el círculo de Rosas y los
Anchorena, que se indispusieron con él porque no se dejaba dirigir por sus pérfidos
consejos y empezaron a meditar los métodos para derribarlo” (T. de Iriarte) .
Es que Dorrego era un ideólogo “de ideas rancias y antisociales” como lo calificaría
Tomás de Anchorena y los dueños de las mayores extensiones de pampa feraz no
congeniaban con un alborotador de masas que deseaba cambiar las reglas de juego
sociales, como lo demostró durante su fugaz mandato promulgando leyes que
favorecían a la chusma, como el control de precios de los alimentos básicos, la
distribución de tierra a los pobres, la investigación de actos de corrupción.
Capítulo 8
El cuatrero redimido
Amparados de un sol rabioso en la escuálida sombra de un tala, don Juan Manuel
conversa con su amigo Miró, pariente de Dorrego, en su estancia “El Pino”. De pronto
el Caudillo se interrumpe: ha descubierto en el horizonte una nube de polvo.
En silencio se pone de pie, corre, monta de un salto sobre su tordillo y parte al galope
.
Un cuatrero ha enlazado un capón y lo arrastra para robarlo. Aterrado el ladrón
reconoce a Rosas en ese jinete que se aproxima como una tromba y larga la presa y
castiga a su pingo para huir.
Ambos jinetes corren a la par durante un vertiginoso trecho hasta que un oculto
vizcacheral hace rodar a sus cabalgaduras. Será Rosas quien se incorpore primero y
reduce al gaucho.
Lo monta en ancas de su tordillo, lo conduce hasta el casco y se lo entrega a uno de los
capataces ordenándole que lo estaquee y le dé 50 latigazos.
A la hora de cenar, Rosas ordena que se ponga un plato más en la mesa, junto al de
Miró, y pide que sienten allí al gaucho, que apenas puede moverse por la paliza.
- Siéntese, paisano. Siéntese y coma- invita.
Entre bocado y bocado le pregunta su nombre, el de su esposa, si es moza, la cantidad
de hijos. Las respuestas son breves y en voz baja. Rosas entonces le ofrece ser el
padrino de su primer hijo.
- Véngase a trabajar conmigo así no necesita andar cuatrereando. Y traiga su familia.
- Como usted diga, señor – responderá el gaucho azorado quien hasta hacía unos
segundos no daba un patacón por su vida. - Pero aquí hay que andar derecho, ¿no?
Con el tiempo el cuatrero será compadre de Rosas, socio, amigo, rico y jefe federal de
graduación, como contará años más tarde el silencioso testigo de la escena, el señor
Miró.
Capítulo 9
La tragedia de Navarro
A pesar de las disidencias no serían Rosas, Anchorena y los suyos quienes lo
derribaran del gobierno sino los logistas y rivadavianos quienes no perdonaban a
Dorrego su conspiración contra don Bernardino. También Inglaterra jugaría su carta.
“Veré su caída, si tiene lugar, con placer –escribía el embajador Ponsonby a la Corona
británica el 1° de enero de 1828-; mi propósito es conseguir medios para impugnar al
coronel Dorrego si llega a la temeridad de insistir sobre la continuación de la guerra”.
El gobernador de Buenos Aires no se resignaba a que Rivadavia y y su ministro García
hubieran entregado la Banda Oriental al Brasil a pesar del triunfo de nuestras armas.
Concibe un arriesgado plan en complicidad con José Bonifacio de Andrada y otros
opositores brasileños. Se sobornaría a los mercenarios alemanes para que se sublevaran
en Pernambuco.
Asimismo la guarnición irlandesa de Río de Janeiro se amotinaría y se apoderaría del
emperador, embarcándolo en una fragata que lo trasladaría preso hasta Buenos Aires.
También se había acordado una ofensiva de los orientales al mando de Lavalleja y
parecía seguro el apoyo de Bolívar y sus tropas acantonadas en el Alto Perú.
El eficiente servicio secreto inglés en Sudamérica desbarata el intento. “Su Excelencia
no debería hacer caso a la doctrina de algunos crudos teóricos que creen que América
(Argentina) debe tener una existencia política separada de los intereses de Europa
(Inglaterra)- aleccionará lord Ponsonby al insurrecto gobernador porteño- El comercio y
los intereses comunes de los individuos han formado lazos de unión que el poder de
ningún hombre (Dorrego) podría quebrar. Mientras ellos existan Europa (Inglaterra)
tendrá el derecho, y con certeza no le faltarán los medios (clara amenaza), para
intervenir en la política de América cuando fuere necesario para la seguridad de los
intereses europeos (británicos)”.
La oportunidad se presentó cuando regresó a Buenos Aires, a las órdenes del general
Juan Lavalle, el ejército que había combatido exitosamente en “Ituzaingó” contra los
brasileros para luego encontrarse con que el emisario de Rivadavia, Manuel García,
había entregado la presa en disputa, la Banda Oriental, en una más que sospechosa mesa
de negociaciones.
La “espada sin cabeza”, como lo calificaría Echeverría, se dejó convencer por los
doctores unitarios y se sublevó contra la autoridad el 1º de diciembre de 1820. El
gobernador no creyó que el ejército en el que había combatido heroicamente contra los
godos tomaría partido por la logia y los rivadavianos. Manda llamar al rebelde y
comenta a los suyos: “Dentro de dos horas será mi mejor amigo”. La respuesta no se
hace esperar: “Dígale usted al gobernador que mal puede ejercer mando sobre un jefe de
la Nación como es el general Lavalle quien como él ha derrocado a las autoridades
nacionales para colocarse en un puesto del que lo haré descender”.
Por fin convencido de la absoluta falta de apoyo por parte de las fuerzas regulares,
Dorrego abandonó el Fuerte y se dirigió hacia la campaña donde estaba el pueblo, su
gente, que no le falló como lo transmitiría el espía inglés Parish Robertson al canciller
Aberdeen: “(...) se está produciendo una considerable reacción a favor del general
Dorrego, especialmente entre las clases bajas, y que muchos de ellos se están armando y
dejando la ciudad para reunirse con él, y aún más: que los soldados relacionados con
ellos han demostrado una gran disposición para desertar”.
También Rosas le dio su apoyo ya que, a pesar de sus diferencias con Dorrego, nada
sería peor para sus intereses y sus convicciones que los unitarios liberales recuperasen el
gobierno. Nuevamente comprobaría la conmovedora lealtad de los suyos: “Solo salí de
Buenos Aires el día de la sublevación y a los cuatro días tuve conmigo dos mil hombres,
llenos de entusiasmo” (Carta a N. de Anchorena).
Las posibilidades militares del derrocado gobernador eran buenas, pero hubieran sido
mucho mejores si aceptaba el consejo de don Juan Manuel de retroceder hasta Santa Fe
e incorporar las aguerridas, bien armadas y mejor montadas fuerzas de Estanislao
López. Pero el obstinado Dorrego no le hizo caso, quizás por menospreciar las tácticas
montoneras que no le parecerían adecuadas para un militar de línea como él.
Fue derrotado en Navarro el 19 de diciembre por las experimentadas tropas que habían
guerreado en Brasil. El ingenuo Dorrego caerá en la celada que le tendieron cuando las
vio acercarse al paso de sus monturas y al grito de “¡Pasados!” simulando una
deserción, hasta que ya muy próximas, arrollaron a las sorprendidas milicias federales
que dejaron 200 muertos en el campo de batalla mientras los unitarios no sufrieron
ninguna baja. Dorrego escapa milagrosamente pero es hecho prisionero al día siguiente
por una partida a cuyo frente van los oficiales Escribano y Acha, que acababan de
pasarse al enemigo.
La noticia provocaría euforia en la clase superior de Buenos Aires y consternación en
los sectores populares. En el “Pampero” de Juan Cruz Varela se publican victoriosas y
mediocres rimas:
“La gente baja
ya no domina
y a la cocina
se volverá”
En el parte de Navarro un satisfecho Lavalle escribirá, haciendo un involuntario
homenaje a un grande de la Historia rioplatense, que es la derrota de “los discípulos de
Artigas”.
La logia se entera de que el almirante Brown, gobernador provisorio por ausencia de
Lavalle, y su ministro Díaz Vélez son de la opinión de desterrar al prisionero. Del
Carril, cabeza de los letrados unitarios, alarmado, sin atreverse a firmar, escribe a
Lavalle que “las víctimas de Navarro no deben quedar sin venganza (...) Prescindamos
del corazón en este caso”. Ese mismo día envía su carta Juan Cruz Varela: “Después de
la sangre que se ha derramado en Navarro el proceso del que la ha hecho correr está
decidido”. Dibujará su complica firma al final sin obviar los tres puntos masónicos.
Pero a continuación agregará, prudente: “Cartas como ésta se rompen”. Más expeditivo,
el fraile masón Agüero hará llegar un modelo del parte de fusilamiento. Lavalle
mostrará esa documentación a Rosas en su encuentro de Cañuelas.
Dorrego intenta entrevistar a su captor pero éste se niega a recibirlo por temor a
“ablandarse”. Autoriza que se le facilite el papel y la pluma que ha pedido, con lo que
escribirá tiernas cartas de despedida a su esposa e hijas, y otra para el jefe federal
Estanislao López: “Que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre”.
También en eso se equivocará Dorrego pues el partido de sus fusiladores descargará
una calculada orgía de terror.
Capítulo 10
El terror unitario
La prensa porteña azuzaba:
“Bustos y López
Sola y Quiroga
oliendo a soga
desde hoy están”.
Después de la muerte de Dorrego, empiezan las “listas negras”, detenciones,
persecuciones y el destierro de los adictos al gobierno depuesto: los Anchorena, los
García Zúñiga, Maza, Terrero, Wright, los generales Balcarce, Martínez, etc. Otros
emigran para evitar el furor de los vencedores unitarios, decididos a terminar con la
amenaza federal, convencidos de que cortada la cabeza de la hidra lo demás será fácil y
definitivo.
“Impondremos la unidad a palos”, escribía el sacerdote unitario Julián Segundo
Agüero, que había sido ministro de Rivadavia. La libertad de prensa es amordazada y al
editor de un periódico, don Enrique Gilbert, se lo condenó a diez días de prisión por
haber publicado un acróstico contra Lavalle. El oficialista “El Pampero” rebatía a la
moderada “Gaceta Mercantil”: “El argumento que Ud. forma, de que si son pocos los
federales es poca generosidad perseguirlos, y si son muchos es peligroso irritarlos,
nosotros decimos que no son los muchos sino los pocos, y esos malísimos, y con los
malos no se debe capitular sino extinguir.
“Que sean pocos o muchos no es tiempo de emplear la dulzura, sino el palo, y cuando
hayamos terminado el combate tendrá lugar la generosidad. Mientras se pelea, esta
virtud suele ser peligrosa y más con gente que no la agradece. Siendo ya vencedores les
concederemos los honores de vencidos; cuando no haya asesinos armados buscaremos a
los ciudadanos indefensos, y nos empeñaremos en convencerlos; pero ahora sangre y
fuego en el campo de batalla, energía y firmeza en los papeles públicos.
“Palo, señor Editor, palo, y de otro modo nos volveremos a ver como nos hemos visto
el año 20 y el año 28; palo, porque sólo el palo reduce a los que hacen causa común con
los salvajes; palo y de no, los principios se quedan escritos y la República sin
constitución”.
Lo que se escribía en papeles era pálido reflejo de lo que se llevaba a cabo en la
práctica. Escribirá el general Iriarte, antirrosista, que “después de la ejecución de
Dorrego, Lavalle asolaba la campaña con su arbitrario sistema, y el terror fue un medio
de que con profusión hicieron uso muchos de sus jefes subalternos. Se violaba el
derecho de propiedad, y los agraviados tenían que resignarse y sufrir en silencio los
vejámenes que les inferían, porque la más leve queja, la más sumisa reclamación costó a
algunos infelices la vida. Aquellos hombres despiadados trataban al país como si
hubiera sido conquistado, como si ellos fuesen extranjeros; y a sus compatriotas les
hacían sentir todo el peso del régimen militar, cual si fuesen sus más implacables
enemigos. Se habían olvidado que eran sus compatriotas y, como ellos mismos, hijos de
la tierra”.
Más adelante y haciendo referencia al terror que sembraron dice: “Durante la
contienda civil los jefes y oficiales de Lavalle cometieron en la campaña las mayores
violencias, las más inauditas crueldades -crueldades de invención para gozarse en el
sufrimiento de las víctimas-, la palabra de guerra era muerte al gaucho y efectivamente
como a bestias feroces trataban a los desgraciados que caían en sus manos.
“Era el encarnizamiento frenético, fanático y descomunal de las guerras de religión. El
coronel don Juan Apóstol Martínez hizo atar a la boca de un cañón a un desgraciado
paisano: la metralla lo hizo pedazos y sobre algunos restos que pudieron encontrarse el
mismo Martínez burlonamente esparció algunas flores. Otra vez el mismo jefe hizo que
unos prisioneros abriesen ellos mismos la fosa en que fueron enterrados ”
El coronel Estomba se llega hasta la estancia “Las Víboras” de los Anchorena y
reclama información sobre el paradero de Rosas, “el cacique feroz”. Como el capataz
Segura lo ignora o finge ignorarlo también será atado a la boca de un cañón y
destrozado. A continuación este héroe de la Independencia se desquitará también con
varios peones matándolos con un hacha.
Por su parte el coronel Rauch recorre los pueblos y villorrios de la campaña fusilando
y degollando a mansalva por el sólo motivo de no ser o no parecer partidarios de
Lavalle y de los suyos. Se calcula que no menos de mil paisanas y paisanos son
asesinados.
Los fundadores del “terror” fueron entonces lo unitarios y no Rosas. Con ello
concuerda Groussac, de escasas simpatías hacia los federales, quien al analizar estos
medios de violencia, exterminio y persecución, concuerda: “La corta dictadura de
Lavalle, para no remontarnos más arriba, suministra casos aislados de todos los abusos
y delitos oficiales que la tiranía de Rosas practicaría como régimen . El terror
esporádico de los unitarios anunció el endémico de los federales, y no es fácil apreciar
en qué proporción el primero sea responsable del segundo (...) Delaciones, adulaciones,
destierros, fusilamientos de adversarios, conatos de despojo, distribución de los dineros
públicos entre los amigos de la causa: Lavalle en materia de abusos y, aparte su número
y tamaño, poco dejaba que innovar a su sucesor”.
En San Juan, en 1830, Francisco Bustos “estando en la cárcel cargado de grillos, y sin
el menor indicio de que hubiera intentado evadirse, como se hizo creer, fue muerto a
balazos en la misma prisión”. El día anterior el unitario general Lamadrid le había
exigido la suma de 8.000 pesos para liberarlo.
En San Luis el coronel Videla, poco antes de ocupar la gobernación, perseguía
tenazmente a los federales, según se desprende de sus propios comunicados al hacer
saber que “los límites de las cuatro provincias San Luis, Córdoba, La Rioja y San Juan
han quedado purgadas de todo germen anárquico, pues, como fruto digno de sus
empeños se ha logrado hacer caer a muchas de las cabezas que promovían nuevas
insurrecciones, poniendo en pavorosa fuga a los que no han caído en sus manos, como
ha sucedido con el infame Cuenca, que, presuroso, se ha tenido noticia segura, corre a
buscar un abrigo en los bosques de Catamarca, impidiendo le siga ninguno de sus
camaradas”.
Y el general José María Paz, a quien la historia oficial reservara un lugar de
respetabilidad, otro unitario que fue a “civilizar” al interior, aquel “que acaloraba a sus
jefes para que fusilasen a los prisioneros” y que así procedía para evitar “la brusquedad
de esas órdenes encapotadas”, según afirma su compañero de armas Iriarte, no reparó en
medios para llegar a sus objetivos.
Lo confirman fuentes emanadas de sus propios partidarios: “El reconocimiento de la
supremacía del general Paz, -escribe Gurruchaga a Pedro Frías-, va a traer grandes
males a las provincias y será bueno buscar nuevos pobladores para que las habiten”.
Un oficio del Dr. Agüero, diputado de Paz ante los gobiernos de Salta, Tucumán,
Catamarca y Santiago del Estero, después de ser puesto en libertad por las partidas de
Ibarra que lo habían tomado prisionero, manifiesta “que la conducta del coronel Deheza
y sus colaboradores le habían hecho perder la provincia de Santiago del Estero, pues,
violaban, robaban o asesinaban a toda persona que encontrasen”. Una carta del citado
Deheza al gobernador de Santiago del Estero, Francisco Gama, dirá: “Sáquele todo
cuanto pueda al comercio para contar con algo, ya sabe que somos pobres”.
La masacre generalizada que la “barbarie” sufre en manos de la “civilización” hace
que en ese año 1829 el crecimiento demográfico sea negativo: las muertes superan a los
nacimientos. Allí nacerá el slogan de los “salvajes unitarios”. A pesar de ello nuestra
historia oficial se empeñará en cargarle a Rosas, en primer término, y a los caudillos
federales la exclusividad del terrorismo político de su época.
Los federales comprendieron que sus adversarios estaban decididos a llevar la
confrontación hasta sus últimas consecuencias y que, por consiguiente, necesitaban un
líder capaz de organizarlos. Nadie dudó de que esa persona, a pesar de su juventud, era
don Juan Manuel de Rosas. Tampoco los unitarios: “Últimamente fueron liberados de la
prisión dos asesinos”, informaría el cónsul inglés Woodbine Parish a su gobierno, “bajo
el compromiso de asesinar a Rosas”.
Capítulo 11
El pasajero del “Countess of Chichester”
En medio del fratricida torbellino de sangre y de pasiones arriba el 6 de febrero de
1829 el buque “Countess of Chichester” en el que viajaba San Martín con el apellido
materno, Matorras, para pasar de incógnito. Se había embarcado en Londres, con
espíritu alegre, al enterarse de la caída de su enemigo Rivadavia . Pero más lo atraía que
fuese su brillante oficial de las campañas libertadoras, Dorrego, insuperable en las
cargas de caballería y con quien tenía tanto en común, quien gobernase a Buenos Aires
El 15 de enero al hacer escala en Río de Janeiro supo con preocupación de la
revolución unitaria y al llegar a Montevideo en los primeros días del mes siguiente,
desolado, se entera del fusilamiento del derrocado gobernador.
José M. Paz, entonces gobernador interino por hallarse Lavalle ocupado en la campaña
de exterminio de gauchos y orilleros federales, informa a éste de la presencia del “Rey
José”, como llamaban despectivamente al Libertador sus muchos enemigos porteños,
burlándose de sus supuestas inclinaciones monárquicas: “Calcule Ud. las consecuencias
de una aparición tan repentina”.
“El Pampero” del 12 de febrero, en recuadro que no se atreve a firmar Florencio
Varela, lo acusa de cobarde: “Ambigüedades: en esta clase reputamos el arribo
inesperado a estas playas del general San Martín, sobre lo que diremos que este general
ha venido a su país a los cinco años, pero después de haber sabido que se han hecho las
paces con el emperador del Brasil”.
San Martín no se decide a desembarcar porque también nuestros próceres, a pesar de
la historia oficial, tienen el humano derecho a sentir miedo. Sabe que lo van a matar en
cuanto ponga un pie en tierra pues nadie ignora que podría ser el nuevo jefe de los
federales a favor de la simpatía y admiración que por él sienten los provincianos y el
populacho urbano y campesino, es decir aquellos a quienes los poderosos de Buenos
Aires temen.
Los de la logia también tienen cuentas pendientes por las reiteradas desobediencias de
ese antiguo “venerable” que a partir de 1814 privilegió los intereses de la patria antes
que los de la sociedad secreta.
Los rivadavianos, a su vez, no le perdonan haber sido quien, al frente de sus flamantes
granaderos, irrumpió en la Plaza de la Victoria para derrocar a don Bernardino y a los
demás integrantes del 1er. Triunvirato en lo que puede ser considerado el primer golpe
militar contra autoridades legítimamente constituidas.
Más aún: la clase de “posibles” no olvida que culpa de su desobediencia a regresar con
su ejército para protegerlos, las montoneras entrerrianas y santafesinas desfilaron por
sus calles después de Cepeda, dando por tierra con el proyecto de entronizar al príncipe
de Luca.
Sus amigos, entre ellos Tomás Guido, lo visitan a bordo para desagraviarlo: “No haga
caso de los arañazos”,le dice, “no faltan quienes defienden a Ud.”. Don José también
recibe la inesperada visita de los señores Gelly y Trolé, enviados de Lavalle, cuya
situación se ha vuelto muy comprometida por la reacción de las milicias federales al
mando se Rosas y por el avance de las vigorosos montoneros de López. Le ofrecen a
San Martín hacerse cargo del gobierno de Buenos Aires.
Otra vez nuestra historia oficial se equivoca, o miente en su estrategia de
despolitizarlo y jamás mostrarlo en su condición de hombre de ideas y caudillo popular,
cuando quiere hacernos creer que la negativa de nuestro prócer máximo se debió a que
no quiso inmiscuirse en la sangrienta contienda entre ambos partidos.
Lo sucedido es que lo que se le ofrece es lo que jamás podría aceptar por cuanto sus
simpatías están claramente del lado federal. Sus relaciones con los unitarios han sido
siempre pésimas y a su falta de apoyo se debió su inevitable renuncia ante el bien
surtido Bolívar. Lo que Lavalle le propone, una vez más confundido, es jugar del lado
de sus enemigos, junto a la logia, los alvearistas, los rivadavianos. Además a la cabeza
del bando que, en ese abril, ya tiene la partida perdida.
La respuesta que San Martín le da a Lavalle, en una nota que entrega a sus emisarios,
no puede ser más clara: “Los medios que me han propuesto no me parece tendrán las
consecuencias que usted se propone”. A renglón seguido le sugiere rendirse a los de
López y Rosas, que son los suyos :“Una sola víctima que pueda economizar al país le
será de un consuelo inalterable”.
El 12 parte el “Countess of Chicherster”. A su bordo un hombre con el corazón partido
que quizás intuye que jamás regresará a esa patria hostil a la que tanto ama y por la que
tanto hizo. Es interesante señalar que en su correspondencia de esos días, sin conocerlo,
parecería presagiar el advenimiento de Rosas al poder: “Las gentes claman por un
gobierno riguroso, en una palabra: militar”, escribe a su amigo O´Higgins. En cuanto a
las dos facciones, unitarios y federales, “para que el país pueda existir es de absoluta
necesidad que uno de los dos desaparezca”. Su inclinación no deja dudas en una de sus
cartas al general Guido, donde critica a los unitarios que han engañado al pueblo “con
sus locas teorías y lo han precipitado en los males que lo afligen y dándole el pernicioso
ejemplo de perseguir a los hombres de bien”. Estos, para el Libertador, no son la
oligarquía “decente” sino los federales que han debido refugiarse del otro lado del Plata.
Sólo recobrará la esperanza cuando, con Rosas en el gobierno, su Argentina se alce
altiva ante la prepotencia de las potencias de entonces. A los 51 años de edad le ofrecerá
sus servicios “si usted me cree de alguna utilidad”.
Capítulo 12
El Puente de Márquez
Lavalle, el héroe de Riobamba, ha sido cercado en el interior de la capital por las
montoneras santafesinas y las milicias rosistas. La situación es desesperante y decide
salir a dar batalla, siendo completamente derrotado al frente de su ejército regular en los
campos de “Puente de Márquez” el 25 de abril de 1829
El parte de Estanislao López no ocultará la ironía: “El general enemigo que ha usado
hasta el día de hoy hablando de nosotros el lenguaje de la presunción y la arrogancia,
fundado según decía en la elevación de sus conocimientos, en su valor y en la calidad de
sus soldados, ha tenido desde hoy un motivo para ser más modesto”.
Las fuerzas irregulares que comanda Rosas, integradas por peones facilitados por sus
pares estancieros a los que se sumarían indios y mulatos adeptos con los que llevó
adelante, como lo definiría Woodbine Parish, “una guerra gaucha contra las propiedades
en el campo de todos los partidarios de la revolución (que derrocara a Dorrego)”. En
parte para privar de recursos a las fuerzas de Lavalle pero también como castigo para
los adversarios, que no solo eran los que estaba en su contra sino también los que
permanecían neutrales. Esto daría vengativa justificación a sus enemigos, un cuarto de
siglo más tarde, después de Caseros, para expropiar todas sus propiedades
Rosas comenzaba a mostrar su estilo: se estaba con él o contra él, no había posiciones
intermedias. También era ya claro cuáles serían sus aliados, de allí en más : un
importante sector de la clase acomodada y los sectores más desfavorecidos de la
sociedad. El estanciero y el gaucho.
Lúcido, escribirá a su aliado López, en un alto de su andar: “Todas las clases pobres
de la ciudad y de la campaña están en contra de los sublevados y mucha parte de los
hombres de posibles. Sólo creo que están con ella los quebrados y los agiotistas que
forman esta aristocracia mercantil”. Ya se vislumbraba en comunicaciones como ésta el
talento de don Juan Manuel para adjetivar con eficacia a sus enemigos y para la
creación de slogans propagandísticos de fuerte efecto.
Lo que más llamó la atención fue que tuviera la capacidad de hacer pactos con el
diablo, es decir con el indio, terror de los ciudadanos y campesinos de Buenos Aires. En
la batalla de Navarro, a pesar de su disidencia con Dorrego, Rosas le facilitó parte de
sus fuerzas entre las que se contaban varios cientos de indios pampas que pelearon con
una bravura y una disciplina reconocida por el atónito Lavalle. Quien los conducía en
esa oportunidad y lo seguiría haciendo hasta Caseros era don Molina, capataz de “Los
Cerrillos”, desertor del ejercito quien vivió con los pampas durante varios años,
esposando a la hija de un cacique, hasta que Rosas lo reclutó para lo suyo. El general
Aráoz de Lamadrid opinaría de él en sus “Memorias” que era “un hombre de gran
influencia entre la gente de campo y las tribus indias del sur, de quien se dice que puede
siempre tener a su disposición la cantidad de hombres que pueda necesitar”.
Como parte de su guerra de recursos Rosas favoreció las incursiones indias contra
ciudades y aldeas, ensañándose con las vidas y bienes de los unitarios que les habían
sido previamente marcados. Al retirarse dando estremecedores alaridos quedaban
cadáveres regados sobre el suelo, viviendas saqueadas e incendiadas, llantos de las niñas
y de los niños mientras presenciaban cómo sus madres eran raptadas por quienes
acababan de asesinar a sus padres. Nada demasiado distinto a lo que hacían los
“civilizados” unitarios.
La resistencia de Rosas y los suyos había recibido el apoyo de las provincias,
soldándose el vínculo azaroso pero a la postre siempre sólido entre el estanciero
bonaerense y los caudillos del interior. La primera reacción contra el movimiento
militar de Lavalle la hizo Bustos, desde Córdoba, no obstante su rivalidad política con
Dorrego. El 10 de diciembre envió una fuerte proclama a las demás provincias:
“(...) Quienes derrocaron al gobierno general son los mismos que en 1814 pidieron a
Carlos IV un vástago de la Casa de Borbón para que se pusiese de rey entre nosotros
(por Rivadavia), los que en 1815 protestaron al embajador español en el Janeiro, conde
de Casa Flores, que si había tomado intervención en los negocios de América había sido
con el objeto de asegurar mejor los derechos de S.M. Católica en esta parte de América
(por Alvear), los mismos que en 1816 nos vendieron a Juan VI, entonces príncipe
regente de Portugal (por Belgrano, Díaz Vélez, Alvarez Thomas y otros), los mismos
que en 1819 nos vendieron al príncipe de Luca (por Pueyrredón y Valentín Gómez), en
fin, los autores de todas nuestras desgracias.
“América no lloraría tantas desgracias si cuando en octubre de 1811 (la sublevación
contra Saavedra y Campana, este último un gran caudillo popular ignorado por nuestra
historia oficial) botó esa facción por tierra al gobierno que se había formado en 1810, un
castigo ejemplar les hubiera enseñado que no se podían hollar los sagrados derechos de
los Pueblos”.
Un Facundo Quiroga indignado escribe a Lavalle el 29 de diciembre: “No pierda V.E.
los instantes que le son preciosos al abrigo de la distancia, para escudarse del grito de
las provincias. El que habla no puede tolerar el ultraje hecho a los pueblos sin hacerse
indigno del título de hijo de la Patria, si dejase la suerte de la República en manos tan
destructoras. Debe tomar la venganza que desde ahora le promete”. La dirige a “Juan
Lavalle, Gobernador intruso de Buenos Aires”.
El periódico unitario “El Pampero” replicará cuando el viento parecía soplar a favor de
los rebeldes: “¡Bandido en Jefe! ¡Fiera intrusa entre los hombres! Cacique Quiroga ¿qué
pides cuanto así ultrajas al gran pueblo de Buenos Aires en el digno gobernador que ha
elegido? ¿No respetas siquiera a los valientes y veteranos héroes de Ituzaingó?
Prepárate, sí, prepárate, salteador infernal, a sufrir el castigo de tus horrendos delitos, y
si tienes coraje como te sobra audacia ven a Buenos Aires que aquí está la horca en que
debes expiarlos”.
San Juan desconoce el gobierno de Lavalle el 22, el 24 lo hace Mendoza, el 29 La
Rioja. Estanislao López contestaría ridiculizando a la circular unitaria en la que se
informaba que el nuevo gobernador había sido electo por el “voto nacional y unánime”:
“Sea cualquiera la propiedad con que el Sr. secretario “nacional” llame voto unánime al
de los ciudadanos de una provincia como la de Buenos Aires en la expresión
tumultuaria y discordante de los pocos que puede contener un templo(...)”.
Ya antes de la batalla decisiva el entusiasmo revolucionario de los porteños estaba
declinante. Los federales no se habían atemorizado a pesar de torturas y fusilamientos y
en las iglesias se rezaba funerales por Dorrego que, pese a la oposición de las
autoridades, fueron una vibrante expresión de dolor popular. “Mucha gentuza a las
honras de Dorrego” ,se lamentará un despechado del Carril a Lavalle, “litografías de sus
cartas y retratos; luego se trovará la carta del Desgraciado en las pulperías como la de
todos los desgraciados que se cantan en las tabernas. Esto es bueno, porque así el “Padre
de los pobres” será payado con el capitán Juan Quiroga y los demás forajidos de su
calaña. ¡Que suerte vivir y morir indignamente y siempre con la canalla!”
Pronto se sabrá que Rauch, terror de indios y gauchos, al perseguir a los pampas ha
sido alcanzado y boleado en “Vizcacheras”. Los indios se arrojaron sobre el odiado
militar prusiano quien, a pesar de defenderse con coraje, acabó atravesado a lanzazos.
Decapitado, su cabeza fue llevada en triunfo a la ciudad y arrojada en una calle céntrica
como un desafío.
Luego de la derrota de “Puente de Márquez” el pánico se apoderó de los porteños
“decentes”. Rivadavia y Agüero se fugaron el 2 de mayo a la Banda Oriental siendo
imitados por otros muchos que pocos meses antes estaban convencidos de haber logrado
una victoria completa.
Lavalle cabalgó solo hasta el campamento de quien lo había vencido y ,agotado y
destruido anímicamente , se dejó caer en el camastro de Rosas. Prefiere negociar con él
y no con López, después de todo es un aristócrata porteño, relacionado con las
“mejores” familias porteñas, uno de los estancieros más ricos. Siempre será mejor que
un montonero bárbaro y representante de los intereses antiporteños de otra provincia
como el santafesino.
-Despiérteme cuando llegue el general.
Ambos firmaron lo que se conocería como el “Tratado de Cañuelas” por el que
Lavalle renunciaba a la gobernación y Rosas, de buen grado, aliviaba a Buenos Aires de
ser inundada por sus gauchos, indios , mulatos y orilleros, recordando con seguridad el
impacto que a él mismo le provocase el desfile de los mal entrazados pero respetuosos
montoneros luego de Cepeda. El era porteño y sabía que, para sus planes futuros, no le
convenía ganarse la animosidad colectiva de los habitantes de la que ya era una gran
ciudad americana.
De las conversaciones entre Rosas y Lavalle, surgió el nombre del nuevo gobernador,
Juan José Viamonte, también rico estanciero y aceptable para unitarios y federales. Don
Juan Manuel consideraba que aún no había llegado su hora, actitud que contribuía a
agrandar su figura. “Su poder es tan extraordinario como su moderación y su modestia”
(Informe de W. Parish a Aberdeen,14 de noviembre de 1829).
Carlos de Alvear, que sostenía una posición intransigente, protesta contra lo que
considera “debilidad” de Lavalle y renuncia a su gabinete. Este escribirá a don Juan
Manuel, con quien trata de mantener relaciones cordiales que poco durarían: “Alvear ha
hecho hoy renuncia de los ministerios de guerra y marina y la he aceptado con un
contento indecible. Es un hombre que no estará quieto bajo ningún orden de cosas y que
necesita de la embrolla y de la intriga como del alimento. Si lo sujetan a vivir con juicio
se muere en dos días. En estos últimos ha esparcido mil mentiras y me ha calumniado a
su gusto. En fin, estoy libre de él y de este modo pasaré con menos disgusto los pocos
días que esté aquí”. San Martín, que hubo de sufrir la envidiosa y dañina animosidad de
Alvear a lo largo de toda su vida, podría haber suscripto los mismos términos.
No sería la última vez en que Lavalle y Rosas se encontrarían en bandos contrarios y
fue su derrota en 1840 lo que llevaría al primero a su suicidio en Jujuy. Tanto sus
adeptos como Rosas, para no deshonrarlo, adjudicarían su muerte a un imposible
trabucazo disparado a través del ojo de una cerradura por un mazorquero rosista, el
sargento Bracho.
Lo curioso es que tanto Juan Manuel como Juan Galo eran hermanos de leche ya que
Lavalle había mamado del pecho de doña Agustina, la madre de Rosas, como solía
hacerse entre amigas de aquel Buenos Aires de pocas familias “decentes” cuando alguna
se secaba, para que sus vástagos no bebiesen leche “impura” de india o mulata.
Capitulo 13
Chusma y hordas salvajes
San Martín, desde la rada de buenos Aires le solicita a Díaz Vélez su pasaporte para
pasar a Montevideo, lo hace en una carta en que le expresa que no desea implicarse en
la guerra fratricida por lo que “no perteneciendo a ninguno de los dos partidos en
cuestión, he resuelto para conseguir ese objeto pasar a Montevideo”.
Díaz Vélez le adjunta el pasaporte pedido y una carta de mal tono en la que expresa:
“Por lo demás aquí no hay dos partidos, si no se quiere ennoblecer con este nombre a la
chusma y las hordas salvajes”.
Capítulo 14
Yo no soy federal
El gobierno cayó en sus manos como si se tratase de la inevitabilidad de la ley de
gravedad, por imperio de circunstancias que él mismo había provocado, más por asumir
su destino de representar y modelar el país que anhelaba (ordenado aunque fuese por la
fuerza, respetuoso de la religión, en el que la plebe tuviera su lugar, desconfiado de todo
lo que viniese de afuera, poco amigo de la modernidad liberal, tradicionalista) y menos
por ansia de poder público. Rosas entonces vaciló.
El mismo día de su ascensión al mando de su primer gobierno le comenta al agente de
la Banda Oriental, Santiago Vázquez:
“Aquí me tiene usted, señor, en el puesto del que me he creído siempre más distante;
las circunstancias me han conducido; trataremos de hacer lo mejor que se pueda; de
evitar nuevos males; yo nunca creí que llegase este caso, ni lo deseaba, porque no soy
para ello; pero así lo han querido, y han acercado una época que yo temía hace mucho
tiempo, porque yo, señor Vázquez, he tenido siempre mi sistema particular”.
¿Era don Juan Manuel sincero? Amaba la vida en el campo y sólo se imaginaba como
gobernante si transformaba al país en una estancia y a sus gobernados en peonada como
la de sus haciendas, que sabía de su inflexibilidad ante lo que él consideraba faltas: la
pena por llevar el facón en días de fiesta y así evitar las frecuentes y letales riñas entre
ebrios era permanecer varias horas en el cepo a la intemperie; por olvidar o perder el
lazo, cuyo flexible trenzado requería la costosa labor de un experto, cincuenta latigazos
en la espalda desnuda; por beber durante sus obligaciones correspondía ser estaqueado,
a veces junto a un hormiguero.
También pregonaba la decencia: “El peón o capataz que ensille un caballo ajeno
comete un delito tan grande (...) que será penado con echarlo en el momento de las
haciendas de mi marca, y a más será castigado según lo merezca” (“Instrucciones a los
mayordomos de estancias”).
Lo podía hacer sin provocar el odio de los suyos porque él mismo se sometía a tales
castigos cuando la falta era suya. Con la misma dureza caían los latigazos sobre su
espalda o se achicharraba bajo el sol inclemente. Uno de sus capataces, Sañudo,
relataría a Saldías que cierta vez había castigado a su patrón hasta hacerle perder el
conocimiento y que luego había sido premiado por ello. Hasta el fin de sus días
sostendrá que el ejemplo era la vía de ganar la confianza del pueblo.
En cuanto a su rechazo a los cargos públicos existía el antecedente de su renuncia a ser
Diputado y miembro de la Junta de Comerciantes y Hacendados, nombramientos con
que Martín Rodríguez lo había tentado para atraerlo de su lado.
Halperín Donghi razona: “La Legislatura que ha designado a Dorrego elige
gobernador, con facultades extraordinarias, a Juan Manuel de Rosas. La crisis de las
instituciones porteñas comienza a cerrarse: Rosas es –en el vocablo de sus adictos,
recogido por la Legislatura- el Restaurador de las Leyes, es decir, del sistema de leyes
fundamentales en cuyo marco se había dado la experiencia del partido del Orden. Sin
duda esta restauración - como es usual - innova mucho más de lo que restaura.
”Era un autócrata por naturaleza y hasta el fin de sus días se mostró convencido de que
a los países había que gobernarlos con mano fuerte para evitar lo que él consideraba su
natural tendencia a la anarquía. Hay quien afirma que Rosas conocía la obra del francés
Bossuet, defensor del absolutismo monárquico, cuyas ideas textuales reproduciría en
sus escritos:
“El rey puede compararse con un padre y recíprocamente un padre puede ser
comparado con el rey, y entonces determinar los deberes del monarca por los del jefe de
familia. Amar, gobernar, recompensar y castigar es lo que deben hacer un rey y un
padre. En el fondo nada hay menos legítimo que la anarquía, que quita a los hombres la
propiedad y la seguridad, ya que entonces la fuerza es el único derecho (...) A nadie le
es permitido perturbar la forma de gobierno establecida, y se deben sufrir con paciencia
los abusos de autoridad cuando no se los puede impedir por las vías legítimas”.
Era federal por su animosidad con los unitarios más que por aceptar los principios
exitosamente aplicados en el Norte de América. Mucho menos acordaba con los
reclamos de que su Buenos Aires debía compartir sus privilegios, su puerto y su aduana
con las provincias, lo que le insumiría años de astutas negociaciones para conjurar y
dilatar lo que era inmanente de su declamado federalismo.
Siempre fue partidario de dar legitimidad a sus designaciones como gobernador, y si
en 1835 exigirá la convocatoria a un plebiscito en el 29 fue nominado por convocatoria
de la Legislatura disuelta por el “golpe” de Lavalle, que así “restaurará” la ley.
Su postura inicial será de conciliación: “Ya digo a usted que yo no soy federal, nunca
he pertenecido a semejante partido, si hubiera pertenecido, le hubiera dado dirección,
porque, como usted sabe, nunca la ha tenido(...) En fin, todo lo que yo quiero es evitar
males y restablecer las instituciones, pero siento que me hayan traído a este puesto,
porque no soy para gobernar”. (Confidencia a su amigo uruguayo Vásquez, diciembre
de 1829, el mismo día en que asumió su cargo).
A diferencia de lo que sucederá con su segundo período se esforzó por dar una imagen
de cierta moderación. Eso fue claro cuando confirmó a los ministros designados por
Lavalle: Balcarce, Guido y García, este último, el “entregador” de la Banda Oriental,
clara concesión a Inglaterra, cuyo ministro Woodbine Parish informaría a su Corona que
el gabinete rosista estaba formado por “hombres honrados y bien dispuestos”. Las cosas
serían muy distintas en los años por venir.
Don Juan Manuel era sincero en sus dudas. El psicoanálisis quizás pueda explicar el
caso de alguien que gobernó durante muchos años pero que alcanzó el record,
probablemente mundial, de renuncias a su función. En algunas fue evidente que no se
trataba más que de una formalidad. Pero en otras, como su decisión de abandonar el
poder en 1850, era clara la voluntad de hacerlo.
Durante su primer período debió enfrentar graves problemas: una pertinaz sequía que
duró varios años y perjudicó el rendimiento de los campos, y el acoso de las provincias
unitarias coaligadas en la Liga del Norte bajo el liderazgo del mayor estratega de
nuestra guerras civiles, José María Paz.
A Buenos Aires llegan noticias de la batalla de “La Tablada”, en la que Paz derrotó a
Juan Facundo Quiroga. Se sabe entonces que, terminado el combate y con la anuencia
del jefe victorioso, el coronel Deheza fusiló a cañonazos a veintitrés oficiales que se
habían rendido y a ciento veinte prisioneros. Los cadáveres insepultos fueron luego
devorados por los caranchos. Paz, que en agosto del año anterior se hiciera elegir
gobernador de Córdoba, ahora está empeñado en lo que se llamará “la campaña de la
sierra”, consistente en limpiar de partidas federales toda esa comarca. Los crímenes
cometidos contra los prisioneros y contra los vecinos de las aldeas y de la campañas
sólo pueden compararse con los realizados en la provincia de Buenos Aires por las
tropas de Lavalle, un año atrás. Los prisioneros son colgados de los árboles y lanceados
simultáneamente por el pecho y por la espalda. Así mueren ochocientos hombres. A
algunos les arrancan los ojos o les cortan las manos. En San Roque le arrancan la lengua
al comandante Navarro. A un vecino de Pocho, don Rufino Romero, le hacen cavar su
propia fosa, antes de ultimarlo, hazaña que se repite con otros. Algunos departamentos
de la sierra son diezmados. Algunos de sus subalternos, famosos por su crueldad como
Vázquez Novoa, apodado “Cortaorejas”, “El zurdo y el “Cortacabezas” Campos
Altamirano, lancean a los vecinos de los pueblitos en grupos hasta de cincuenta
personas. El propio Paz hace fusilar en Córdoba a tres coroneles federales, y con motivo
de una rebelión se aplica la pena de muerte a cuatro militares.
Capítulo 15
La víctima ilustre
Uno de los primeros actos de la gobernación de Rosas fue la exhumación de los restos
del gran Manuel Dorrego, primer caudillo popular de nuestra patria, y su traslado al
cementerio de la Recoleta.
En una imponente ceremonia – Rosas siempre supo de la importancia política de las
grandes celebraciones que fomentaban la participación popular- a la luz de las
flameantes antorchas y con el suelo trepidante por los cañonazos de la escuadra y del
Fuerte, un don Juan Manuel sinceramente conmovido recordó a su antecesor en el
liderazgo federal:“
¡Dorrego! Víctima ilustre de las disensiones civiles, descansa en paz. La patria, el
honor y la religión han sido satisfechos hoy, tributando los últimos honores al primer
magistrado de la república sentenciado a morir en el silencio de las leyes. La mancha
más negra de la historia de los argentinos ha sido ya lavada con las lágrimas de un
pueblo justo, agradecido y sensible”.
Capítulo 16
La medida más filantrópica
La crueldad unitaria es reconocida por los mismos que lo practicaban. El sargento
mayor Domingo Arrieta, oficial de Paz y en “la campaña de la sierra” refiere en sus
“Memorias de un soldado” cómo paisanas y paisanos irritadas, contra las fuerzas
unitarias, los privaban de recursos, los acosaban con tiroteos y correrías, y cuando
podían mataban a algunos de ellos. Entonces Arrieta confesará, textualmente, que ante
la inutilidad de “los buenos modos” adoptarían una “medida más filantrópica”: “no
dejar vivo a ninguno de los que pillásemos”. Con sincero cinismo cuenta que “mata
aquí, mata allá, mata acullá y mata en todas partes, fueron tanto los que pillamos y
matamos que, al cabo de unos dos meses, quedó todo sosegado”.
Trece años más tarde “La Gaceta” hablará de dos mil quinientas víctimas cordobesas
del “terror unitario”, en tanto que Rivera Indarte rebajará esa cifra a ochocientas.
Paz va a encontrarse de nuevo frente al general Quiroga en la batalla de “Oncativo” el
25 de febrero de 1830. Ataca a su enemigo por sorpresa y el “Tigre de los Llanos”
vuelve a ser derrotado. Se reproducen entonces los impiadosos fusilamientos de
prisioneros. Al más importante, el general Félix Aldao, guerrero de la independencia,
fraile dominico que dejó los hábitos para combatir por su patria y que luego se
convertiría en un feroz caudillo, lo hacen entrar en la ciudad antes de darle muerte, en
un día de pleno verano y a la hora en que es más fuerte el sol, montado en un burro para
denigrarlo, con la cabeza descubierta y los pies atados debajo de la panza del animal,
como lo contase el viajero norteamericano J. King. En la cárcel, atestada de prisioneros,
cada noche hay fusilamientos luego de juicios sumarísimos que terminan fatalmente con
la condena a muerte.
Paz no se contenta con dominar Córdoba y toma por asalto los gobiernos vecinos por
medio de sus lugartenientes, a cada uno de los cuales le adjudica una provincia.
Gregorio Aráoz de Lamadrid va a La Rioja. Allí encarcela y cuelga una pesada cadena
del cuello de la madre de Quiroga, anciana de más de setenta años; luego la destierra,
junto a la mujer y a los hijos del caudillo a Chile. Es más cruel con los soldados:
acollara a doscientos federales que ha capturado en los llanos riojanos y los hace lancear
en su presencia. No será lo único: para forzar contribuciones pecuniarias a las se
resisten los habitantes de la capital provincial fusila a cuatro y deja el banquillo para las
que no paguen.
A Santiago del Estero el general Paz destina a Román Deheza, el masacrador de “La
Tablada”, que fusila allí a mucha gente. Lo mismo sucede en Mendoza, donde los
unitarios pasan por las armas a cincuenta federales apresados en Chancay.
No se trata de justificar conductas bárbaras de Rosas sino de contextuarlas en relación
a sus circunstancias, sin ignorar los crímenes de sus enemigos. La historia oficial se
horroriza por ciertos actos de don Juan Manuel y disimula u olvida, en permanente
amnesia, las tropelías de los unitarios. Además, los crímenes de los lugartenientes de
Paz, aunque “acalorados” por el “manco”, no son cargados en su cuenta personal, pero a
Rosas se le achacará todo delito cometido por alguno de sus satélites, aunque no sea por
motivos políticos y aunque el Restaurador lo castigue por ello. “Horrendos crímenes”
serán sus excesos y “triste consecuencia de las guerras civiles” los de los unitarios.
El “ojo por ojo y diente por diente” será la siniestra costumbre del fratricidio. Así,
Quiroga, el 7 de marzo de 1830, después de combatir tres días, se apodera de la
fortificada villa de Río Cuarto, en la provincia de Córdoba. El 28, en el Rodeo de
Chacón, dirigiendo a sus hombres desde el pértigo de su carreta, pues el reumatismo no
le permite caminar ni montar a caballo, derrota a los dos mil hombres del sangriento
coronel Videla Castillo, el procónsul de Paz en Mendoza. Facundo perdona la vida a los
oficiales prisioneros en un extraño caso de magnanimidad en esos tiempos.
Pero pocos días después, ya en Mendoza, se entera de que su madre, su mujer y sus
hijos han sido desterrados a Chile por Lamadrid. Además le preocupa no tener noticias
de su leal amigo el general Benito Villafañe, que está en Chile y al que ha llamado para
que le reemplace. El malhumor le hace imponer contribuciones y ordenar fusilamientos.
Una tarde aciaga, en el cuartel de la Cañada, un chasque le alcanza la noticia del
asesinato de Villafañe en manos de los unitarios.
El Facundo magnánimo da paso a la iracundia vengativa. Manda llamar a los presos
recientes, que llegan contentos imaginándose ya libres. Extiende su poncho sobre el
suelo, se sienta y hace formar fila a los veintiséis presos y los tres oficiales.
Con la voz tartajeada por la ira se refiere al asesinato de Villafañe y les recuerda cómo
los unitarios fusilaron a Dorrego y a Mesa y a sus oficiales prisioneros después de “La
Tablada” y pusieron cadenas a su anciana madre. Había llegado la hora de pagar
cuentas. Convoca a un piquete y los presos, que ya han comprendido lo que les espera,
se agitan con desesperación. Algunos claman por misericordia, otros ruegan por un
confesor. Facundo, justiciero, sombrío, silencioso, se incorpora con calma, recoge su
poncho, se pone al frente del piquete y ordena “¡fuego!”. Unitarios y federales parecían
empeñados en dar la razón a
aquel personaje de Homero, el poeta griego: “Los hombres se cansan antes de dormir,
de amar, de cantar y de bailar que de hacer la guerra”.
Capítulo 17
El carancho del monte
Uno de los más conocidos colaboradores de Rosas fue el apodado “Carancho del
Monte”, Vicente González, quien en la época civil de su patrón se desempeñó como
peón hasta ser reconocido como “cacique” de Monte por su ascendiente sobre los
marginales. Ya en el poder público fue uno de los agentes de la represión rosista,
teniendo a su cargo degüellos, amedrentamientos, deportaciones y otras lindezas.
Era un inmejorable reclutador y formador de milicias, similares a las que Aristóteles
elogiase en el siglo IV antes de Cristo: “Las tropas regulares pierden el valor cundo se
encuentran ante peligros mayores a los que esperaban(...). Son los primeros en volver la
espalda. En cambio los hombres de la milicia mueren en su puesto”.
Al “Carancho del Monte” se adjudica el pionerismo en la portación de la divisa federal
y la coerción para que fuese usada por todos, “como signo de unidad nacional”, como
rezaría el decreto correspondiente.
Rosas le tenía especial consideración a pesar del rechazo que su tosquedad provocaba
en su “oráculo”, el refinado Tomás de Anchorena.
Este era un hábil empresario del campo, fanático conservador, un ultracatólico que
añoraba los tiempos de la Inquisición. De él el cónsul Woodbine Parish, quien lo trató
con frecuencia por motivos comerciales, informaría a su gobierno que se trataba de un
“hombre de carácter violento y muy descuidado de la popularidad”. Muy favorecido,
igual que su hermano e hijos, por los gobiernos de don Juan Manuel, cortaría toda
relación con éste cuando emprende el sufrido camino del exilio, desatendiendo sus
reclamos y cobijándose bajo la protección de Urquiza.
Capitulo 18
Me dices que eres virtuoso
El 10 de junio de 1831 escribía a sus padres desde Pavón, firmando simplemente
“Juan Manuel”:
“(...)Sí, deben persuadirse que uno de mis mayores sufrimientos en mi tan desgraciada
vida es no haber merecido la confianza de mis padres en este asunto a la edad de 38
años; que este sentimiento irá conmigo al sepulcro; pero que por el pecado que acaso
cometo en esta tirantez de sentimientos, pido perdón a mis padres postrado
humildemente en su presencia para que Dios pueda compadecerme y absolverme.
“Sin duda me perdonarán porque conocerán su razón. Pero si mi desgracia llega al
extremo de negárseme esta justicia, les suplico que al fallar en contra de su hijo tengan
presente sus mercedes que este carácter lo he heredado de mi adorable madre, y que
cuando menos esto debe concederse al amante hijo de sus mercedes”.
Años antes, en 1819, con motivo del cumpleaños de doña Agustina, había escrito:
“Mi amada madre: De regreso del campo donde hace mucho tiempo me tenían mis
quehaceres, he sentido la necesidad que todo hijo virtuoso tiene que es ver a los autores
de sus días. Mucho tiempo hace que no llevo a mis labios la mano de la que me dio el
ser y esto amarga mi vida.
“Espero que Su Merced, echando un velo sobre el pasado, me permitirá que pase a
pedirle la bendición. Irán conmigo mi fiel esposa y mis caros hijos, también mis padres
políticos y toda la familia, y volverán a unirse dos casas que jamás han estado
desunidas.
“Espera ansioso la contestación, éste, su amante hijo que le pide su bendición”.
La madre le contesta con digna altivez:
“ Mi ingrato hijo Juan Manuel: He recibido tu carta con fecha el 28 de agosto, este día
tan celebrado en mi casa por mi marido, mis hijos y mis yernos, y sólo tú, mi hijo
mayor, eres el que falta; el por qué, tú lo sabrás, tus padres lo ignoran.
“Me dices que eres virtuoso, dígote que no lo eres. Un hijo virtuoso no se pasa tanto
tiempo sin ver a los autores de sus días, sabiendo que su alejamiento ha hecho nacer en
el corazón de su madre el luto y el dolor.
“(...)Te digo en contestación a estas palabras que los brazos de tu madre estarán
abiertos para estrecharte en ellos, tanto a ti, como a tu esposa, hijos y familia”.
La fuerte personalidad de doña Agustina quedó patentizada en numerosas
oportunidades. Una de ellas fue cuando, habiendo derrocado Lavalle a Dorrego y
estando su hijo en el campo organizando la resistencia, llegó la policía a su finca para
apresar a Juan Manuel y para requisar mulas y caballos para el ejército unitario.
Conducía la partida un conocido suyo de apellido Piedracueva, que había sido boticario
Doña Agustina se negó a obedecer diciendo que si bien ella no tenía opinión ni se
metía en política, sabía que las bestias se usarían para combatir a su hijo y por lo tanto
no las facilitaría. Drástica, como en todos sus actos, ante la insistencia de la policía dio
la orden de degollar a los caballos y mulas que estaban en la caballeriza, en los fondos
de la casa.
-Mire amigo -dijo al comisario- ahora mande usted sacar eso. Y le aclaro que no
pagaré multa por tener esas inmundicias en mi casa.
Tampoco se privará de ofender al jefe de la partida:
-Sólo en días tan aciagos para mi patria podías haberte atrevido a dar órdenes en una
casa donde en otros tiempos te hubieras considerado muy honrado de ser llamado a
poner ventosas.
Capitulo 19
Los estancieros y el poder
Don Juan Manuel representaba el ascenso al poder de nuevos intereses económicos, de
un nuevo grupo social ligado a la explotación de las feraces pampas bonaerenses,
entrerrianas, santafesinas: los estancieros.
Lo eran Rosas, Ramírez, Quiroga, López, además patrones que administraban
personalmente sus haciendas a diferencia de los que lo hacían confortablemente, por
delegación, desde la ciudad. Eso les daba un estrecho contacto con la clase popular, los
gauchos, que constituían su peonada, como así también con los indios, vendedores
ambulantes, desertores, cuatreros, etc. que habitaban los alrededores.
Don Juan Manuel era menos ducho en tertulias y saraos ciudadanos que en matar
zorrinos: “Después de muertos –escribirá para instrucción de sus capataces y peones- se
les pisa la barriga para que acaben de salir los orines, y luego se les refriega el trasero en
el suelo, y con esa operación no heden los cueros”.
Los ricos porteños estarán mas atentos a seguir las modas europeas en lecturas y
vestimentas que a dar “el más delicado y puntual esmero a los caballos” pues no habría
“cosa más mala que rematar o cansar un caballo”.
Rosas adopta la vestimenta, los modales y los hábitos de sus gauchos. “Hablar como
ellos y hacer todo lo que ellos hacían”, escribiría. Pero también vigilarlos y controlarlos:
: “Las yeguas y las crías entran también en la cuenta de los caballos para la composición
y el galopeo. El capataz no debe fijarse de lo que le diga el que los cuida, sino que de
cuando en cuando debe ver si cumple con todo cuanto se expresa en estas instrucciones
para lo que debe él materialmente verlo, y no estar a lo que le digan. Debe entrarse por
entre los caballos para contarlos y ver si hay alguno mañero para parar, o que se le
conozca que no se trajina. Debe cada mes hacer que el que los cuida, en su presencia los
agarre uno por uno, y los trajine y galope hasta que no quede uno, ni las yeguas, no las
potrancas, y de este modo verá de cierto el capataz si se cumple con lo que mando.
Los caudillos se hacían respetar por su coraje para enfrentar los muchos peligros
(malones indígenas, fieras salvajes, crueldad de las partidas militares) y también por sus
aptitudes para la doma, las cuadreras, la taba, etc. Compartían con la chusma su escala
de valores, muy distinta a las elites liberales y extranjerizantes de las ciudades: eran
nacionalistas, respetaban la religión y las tradiciones, ensalzaban valores como el coraje
y la lealtad.
La elite clásica de la revolución de 1810 estaba formada por los comerciantes y los
burócratas, fuesen españoles o criollos. La lucha por la independencia había creado
políticos profesionales, funcionarios del Estado, milicianos devenidos en jefes de tropas
regulares, hombres que hicieron una “carrera de la revolución”. Muchos de ellos
provenían de la clase acomodada desde antes de 1810, comerciantes favorecidos por el
monopolio y privilegiados funcionarios de la Corona que supieron adaptarse a las
nuevas circunstancias y se integraron a la revolución. Saavedra, Moreno, Belgrano,
Larrea y otros fueron ejemplo de ello.
Con la apertura primero ilegal y luego relativamente legal del puerto a los mercaderes
británicos y de otros países europeos, los comerciantes porteños prosperaron
rápidamente, sobretodo los dedicados al contrabando. Pero la declinación del
intercambio con el interior, la destrucción de la industria ganadera del litoral por el
bloqueo y la guerra y, sobre todo, la irresistible competencia de la revolución industrial
inglesa, dislocaron las frágiles reglas de juego económicas y malograron las
oportunidades de los empresarios locales.
El aumento de las importaciones provocado por los británicos en complicidad con sus
personeros criollos y el fracaso del sector exportador para balancear la consiguiente
efusión de los escasos metales preciosos, que fue acompañada por un aumento en la
demanda de dinero efectivo, hizo dramáticamente evidente que la economía tradicional
de Buenos Aires ya no podía sostener a la elite comercial. A partir de 1820,
aproximadamente, muchos de ellos empezaron a buscar otras salidas y, sin abandonar el
comercio , invirtieron en tierras, ganado y saladeros. Ese fue el caso del visionario
Rosas, seguramente aconsejado por sus primos Anchorena.
El desplazamiento económico desde la ciudad hacia el campo fue también dándose,
aunque con más lentitud, en lo político. Los estancieros, o quienes estaban íntimamente
relacionados con el negocio de la tierra, pasaron a ser mayoría en la Sala de
Representantes y en el Cabildo.
Rosas les aportaría el apoyo popular: “(...)a mi parecer todos cometían un error
grande: se conducían muy bien con las clases ilustradas, pero despreciaban al hombre de
la clase baja”, escribiría y esa lúcida comprensión le granjearía el inmenso apoyo
político que conservó hasta el último día de su largo gobierno.
Si su identificación con la masa fue un elemento esencial de su personalidad, otro
factor de su ascenso y afirmación en el poder fueron su aplicación a las milicias rurales
que demostraron ser superiores a los ejércitos de línea, derrotándolos en “Cepeda”, en
“Puente de Márquez” y en otros enfrentamientos. Rosas y sus pares, a diferencia de los
gobiernos , no tenían problemas de conscripción ni de suministros. Para eso estaba la
estancia.
Un acérrimo enemigo de don Juan Manuel, el que tratará de convencer al gobierno
chileno de adueñarse de la Patagonia con tal de crearle un conflicto desestabilizante, lo
expresará así: “¿Quién era Rosas? Un propietario de tierras. ¿Qué acumuló? Tierras.
¿Qué dio a su sostenedores? Tierras. ¿Qué quitó o confiscó a sus adversarios? Tierras.
(Domingo F. Sarmiento).
Con Rosas se concretará el signo de los nuevos tiempos: se mirará menos a las
naciones del otro lado del mar en busca de ideas, de capitales o de honores. Ahora se
tendrá en cuenta al interior habitado por “bárbaros”, allí estará el nuevo poder político,
social y económico.Dirá con claridad J. M. Rosa: “Algo de eso había comenzado en el
corto tiempo de Dorrego, cuando las orillas predominaron sobre el centro, pero los
compadres no atinaron a defender la nacionalidad con el mismo ímpetu que los gauchos.
De allí la debilidad de Dorrego y la fortaleza de Rosas. Si aquel significó el
advenimiento de las masas urbanas, éste le agregó el factor decisivo de las masas
rurales”.
He aquí uno de los motivos de tanto encono contra don Juan Manuel, entonces y
ahora, más allá de sus vicios y errores : esa nueva mina de oro debía ser para los
poderosos de siempre y no aceptaban compartirla, ni en una mínima parte, con la plebe
que era el peligroso sostén del popular estanciero que no parecía convencido de actuar
francamente a favor de los de su clase y que no ocultaba su satisfacción por ser adorado
por los más descastados habitantes de esas tierras.
De un Buenos Aires que dejaba de ser una factoría portuaria para convertirse en la
metrópoli de una pampa ubérrima.
Capítulo 20
El libre comercio
El libre comercio que en su momento impulsaron los complotados de Mayo y más
tarde el triunviro Rivadavia y el Director Alvear, y que había resultado de indudable
beneficio para las arcas de Buenos Aires y de sus mercaderes era severamente
cuestionado por los caudillos provincianos que habían visto desmantelar las incipientes
industrias de sus territorios, incapaces de competir con los productos industrializados
que eran importados desde Europa.
En julio de 1830 se reunieron en Santa Fe los delegados de Buenos Aires, Santa Fe,
Entre Ríos y Corrientes para discutir los términos de lo que habría de conocerse como el
“Pacto Federal”. Su objetivo inmediato era llegar a una alianza para oponerse a la
poderosa unión unitaria que nucleaba a San Juan, La Rioja, Mendoza, San Luis,
Santiago del Estero y Córdoba, bajo el “Supremo Poder Militar” concedido el 31 de
agosto de 1830 al general José María Paz.
En la convocatoria federal se plantea el tema del proteccionismo a la producción y a
los cultivos del interior. Su principal promotor será Pedro Ferré, gobernador de
Corrientes, quien requirió a Rosas que modificara urgentemente la política de tarifas de
Buenos Aires. Ferré era un progresista que introdujo la primera imprenta en su
provincia, estableció la circulación del papel moneda, implantó el sistema lancasteriano
en la enseñanza y creó una escuela de primeras letras en cada cabeza de partido.
Rosas contrapuso el evasivo argumento de que la política existente tenía el apoyo de
Tomás de Anchorena, “diciéndome que para él era un oráculo pues lo consideraba
infalible”, según testimoniara Ferré.
Este presentó también la moción de nacionalizar los ingresos aduaneros y permitir la
libre navegación de los ríos, declarando que debía autorizarse a otros puertos, además
del de Buenos Aires, a operar directamente con el comercio exterior, disminuyendo así
las distancias y costos del transporte hacia las provincias. Tales exigencias tradicionales
del federalismo fueron acompañadas por otras: Rosas debía permitir a las provincias que
participaran en el control del comercio exterior con el objeto de reemplazar el
liberalismo económico porteño por una política proteccionista que promoviese la
agricultura y la industria en las provincias prohibiendo la importación de productos que
se obtenían en el país.
No fue una coincidencia que Corrientes asumiera el liderazgo para formular una
política proteccionista porque la expansión de su tabaco, algodón y otros productos
subtropicales dependía de la protección contra la competencia paraguaya y, más aún, la
brasileña. Y se abogaba alegando la creación de trabajo, la calidad de los productos
locales, los precios competitivos y la pérdida de efectivo metálico a través de las
importaciones extranjeras.
“Sin duda un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de
tomar en su mesa vinos y licores exquisitos (...) Las clases menos acomodadas no
hallarán mucha diferencia entre los vinos y licores que actualmente beben sino en el
precio y disminuirán el consumo, lo que no creo sea muy perjudicial.
“No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses, no llevarán bolas ni lazos hechos
en Inglaterra, no vestiremos ropas hechas en extranjería pero en cambio empezará a ser
menos desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos y no nos perseguirá la
idea de la espantosa miseria a que hoy son condenados”. En la Argentina, todavía sin
conciencia de Nación, se comenzaban a discutir temas esenciales que aún hoy tienen
acuciante actualidad.
José María Roxas y Patrón, el delegado porteño, replicó en un extenso memorándum
afirmando la política de Buenos Aires. Los impuestos de protección, decía, golpeaban al
consumidor y no ayudaban realmente a las industrias locales si éstas no eran
competitivas y capaces de abastecer las demandas de la nación. La economía pastoral,
base de la economía nacional, dependía de tierras baratas, bajos costos de producción y
demanda de cueros por parte de los mercados extranjeros. La protección elevaría los
precios, aumentaría los costos y dañaría el comercio de exportación. Los que podían
beneficiarse con la protección, aparte de la economía ganadera, eran una pequeña
minoría. La masa de la población dependía del comercio exterior y, concluía, “nada
podrá convencerme de que es correcto prohibir ciertos productos extranjeros con el
propósito de promover otros que, o no existen todavía en este país o son escasos o
inferiores en calidad”.
Ferré rechazó tales argumentos. En su réplica al representante rosista censuraría la
libre competencia porque las industrias nativas no podían competir contra los menores
costos de producción de los países extranjeros. Y así se perdían las inversiones,
aumentaba el desempleo y los gastos de importaciones llevaban a la ruina. Las
provincias del interior necesitaban la protección para salvar sus economías y Ferré
aclararía que él sólo buscaba la protección para aquellas mercaderías que el país ya
estaba realmente produciendo, no para aquellas que podría producir.
El derecho porteño a la centralización aduanera sería hábilmente defendido porque “es
un hecho que Buenos Aires paga la deuda nacional contraída por la guerra de la
independencia y por la que últimamente se ha tenido con el Brasil”.
Buenos Aires no cedió, y el “Pacto Federal” del 4 de enero de 1831 fue concertado sin
Corrientes, aunque posteriormente lo firmaría. En su cláusula 2ª se obligaban “a resistir
cualquier invasión extranjera” en momentos en que se temía una expedición española.
También las de Brasil, Bolivia y la República Oriental en ayuda de Paz.. La 3ª se refería
a las amenazas internas a “la integridad e independencia de sus territorios”.
Curiosamente este postulado difusamente autonomista sería utilizado veinte años más
tarde por Urquiza, entonces gobernador de una de las provincias firmantes del “Pacto”,
Entre Ríos, para justificar legalmente su alianza con Brasil para derrocar a Rosas.
Años después don Juan Manuel cederá ante el reclamo proteccionista. De otra manera
le hubiese resultado muy difícil mantener su condición de federal. Atrás quedarían los
argumentos de Pedro de Angelis, uno de los más ilustrados voceros del régimen de
Rosas, quien decía que “antes de ser manufactureros es preciso ser labradores”. Atacaba
con dureza la idea de dar protección a la industria cuyana del vino y a la porteña del
calzado porque alzaría los precios para la masa de los consumidores y distraería hacia la
industria una mano de obra que sería mejor empleada en el sector agrario. “Una
abundante cosecha de trigo sería incomparablemente más útil a la población que todo el
producto de las industrias que, a costa de inmensos sacrificios, se procura fomentar
entre nosotros”, argumentaba. Se trataba, ya entonces, del concepto de la división
internacional del trabajo que tanta vigencia cobraría hacia fines de siglo .
En la “Ley de Aduanas” del 18 de diciembre de 1835 , Rosas introdujo una tabla
arancelaria significativamente elevada. Partiendo de un impuesto básico de importación
del 17% las cifras aumentaban para dar mayor protección a los productos más
vulnerables hasta alcanzar la absoluta prohibición. Las importaciones vitales, como el
acero, el latón, el carbón y las herramientas agrícolas pagaban un impuesto del 5%. El
azúcar, las bebidas y productos alimenticios pagaban el 24%. El calzado, ropas,
muebles, vinos, coñac, licores, tabaco, aceite y algunos artículos de cuero pagaban el
35%. La cerveza, la harina y las papas el 50%. Los sombreros estaban gravados en 13
pesos cada uno. Se prohibió la importación de un gran número de artículos, incluidos
los textiles y productos de cuero; también de trigo cuando el precio local cayó por
debajo de los 50 pesos por fanega.
Se esperaba una reacción negativa del campeón internacional del libre comercio. Sin
embargo el representante británico, Mr. Spouthern, convencido por don Juan Manuel
que ejercía una poderosa influencia sobre él, pensó que la “Ley de Aduanas” iba a
estimular la capacidad de consumo en la población a través del crecimiento de la
industria local y de la agricultura, favoreciendo la colocación de productos de su país.
Rosas, hasta ese momento primordialmente hombre de Buenos Aires, comenzaba a
actuar como autoridad nacional a favor de las clases populares urbanas y provinciales y
contra los intereses extranjeros .
Capitulo 21
La gran seca
Durante su primera gobernación Rosas no sólo debió enfrentar problemas derivados de
la anarquía y de la confrontación fratricida sino también una terrible y devastadora
sequía que por su intensidad y extraordinaria duración fue denominada “La Gran Seca”.
El naturalista A. Bravard informará en el “Registro Estadístico del Estado de Buenos
Aires” del año 1857:“
(...)Todo el país fue convertido en un inmenso desierto. Los animales salvajes
reunidos a los bueyes y a los caballos erraban en vano sobre esta superficie quemada
para procurarse un poco de agua, un poco de alimento; se dejaban caer el suelo,
extenuados de sed, de h a m b r e y debilidad, para no levantarse más. La tierra,
desunida y hecha polvo por la sequedad y el pisoteo continuo de los ganados, levantada
por las ráfagas del pampero, no tardaba en cubrir indistintamente ya cadáveres, ya
animales que respiraban aún.
“(...)Nosotros mismos hemos encontrado con frecuencia, en nuestras incursiones,
esqueletos de bueyes y de caballos enterrados por cientos, ya en el interior de las tierras,
ya a las orillas de los ríos y lagunas, bajo una capa de tierra que llega algunas veces al e
s p e s o r de dos metros. Se asegura que durante ese largo período pereció más de un
millón de cabezas de ganado y que los límites de las propiedades desaparecieron bajo
espesas capas de polvo.
“La existencia del hombre estuvo más de una vez comprometida, hasta en las
habitaciones, hasta en los pueblos, por una singular modificación del fenómeno del
transporte del polvo, que, suspendido en el espacio, encontraba en él, a veces, nubes
cargadas de vapor de agua con que se mezclaba.
“No era entonces bajo la forma polvorienta que volvía a descender sino en la de una
verdadera lluvia de lodo, cuya acumulación sobre los techos amenazaba destruirlos(...)”.
Capítulo 22
No a la constitución
Para Rosas es esencial contar con la complicidad de Estanislao López para rechazar
los reclamos constitucionalistas, actitud que sostendrá hasta el fin de su gobierno. En
marzo de 1831 le escribe contrarrestando argumentos de Ferré con metáforas
campestres:
"El señor Ferré quiere cosechar buen trigo en un terreno lleno de malezas de toda
clase. Malezas que él mismo y todos los buenos hijos de la tierra hemos dejado tomar
tanto cuerpo en nueve años, que para destruirlos lo que se necesita es una fuerte liga de
labradores respetables... ¡Desengáñese el señor Ferré! Para recoger buen trigo es
necesario, aun cuando la tierra no tiene malezas, prepararla bien y luego sembrarla,
conociendo bien la estación y el temperamento
“(...) Pero el señor Ferré quiere, antes de preparar esa unión de labradores y de contar
con peones, arados, tesoro y bueyes y demás elementos, sin destruir las malezas
exteriores e interiores del terreno, sin ararlo y preparar la tierra, sin espiar la
oportunidad, etc., etc., sembrar en la peor estación, y ya recoger el más hermoso fruto,
con una particularidad, que lo quiere recoger en los momentos mismos que empiece a
sembrar.
“¡Pobres los labradores que tal desatino cometieron! ¡Ellos y sus familias perecerían si
no tuvieran otro género de industria!. Esto es triste, pero es más triste todavía ver que
uno de esos labradores (Pedro Ferré) que deben unirse al objeto indicado, cuando
confiese que en la tierra hay multitud de malezas, no convenga en que deben primero
destruirse en silencio y con habilidad, y preparar la tierra para después sembrar en
buena estación y aparente oportunidad.
“(...) de todo ello resulta la doble propagación de la maleza de una manera que mañana
resultaría perdida la tierra para siempre... a no ser que se hiciera entrega de ella a los
extranjeros, quienes claro está que la mirarían con agrado, y que nuestros hijos tendrían
que ser esclavos, no ya para destruir las malezas, sino para cultivar las tierras ya dueñas
de otros, a pesar de haberlas adquirido nosotros por haber nacido en ellas, y por el
derecho de haberlas comprado con nuestra sangre".
¿Se negaba don Juan Manuel a dar una constitución a su patria por negarse a perder lo
absoluto de su poder? ¿O era sincero en su prevención de que la Argentina volvería a
sumirse en la anarquía, como efectivamente sucedió durante muchos años después de
Caseros, hasta el triunfo de Mitre sobre Urquiza en Pavón?
Capitulo 23
Una equivocación decisiva
De las “Memorias” de José M.Paz:
“(...)Estaba casi solo (es decir, sin mis ayudantes) a la cabeza de la infantería que
mandaba el coronel Larraya y al separarme, adelantándome, me siguió solamente un
ayudante, que lo era de estado mayor, un ordenanza y un viejo paisano que guiaba el
camino. A poco trecho me propuso el baqueano si quería acortar el camino siguiendo
una senda que se separaba a la derecha; acepté, y nos dirigimos por ella; este pequeño
incidente fue el que decidió de mi destino.
“El camino principal que yo había dejado por insinuación del guía iba a tocar el flanco
derecho de mi guerrilla, y la senda por donde iba tocaba, sin pensarlo yo, con el
izquierdo del enemigo.
“Debe también advertirse que el ejército tenía divisa punzó, y no sé hasta ahora por
qué singularidad aquella partida enemiga, que sería de ochenta hombres y pertenecía a
la división de Reinafé, había mudado en blanca, la misma que arbitrariamente se ponían
las partidas de guerrilla mías, que eran en gran parte de paisanos armados.
“Mientras tanto seguía yo la senda, y viendo la tardanza del ordenanza y del oficial
que había mandado buscar e impaciente, por otra parte, de que se aproximaba la noche y
se me escapaba un golpe seguro a los enemigos, mandé al oficial que iba conmigo, que
era el teniente Arana, y yo continué tras él mi camino; ya estábamos a la salida del
bosque, ya los tiros estaban sobre mí, ya por bajo la copa de lo últimos arbolillos
distinguía a muy corta distancia los caballos, sin percibir aún los jinetes; ya, en fin, los
descubrí del todo, sin imaginar siquiera que fuesen enemigos, y dirigiéndome siempre a
ellos.
“En este estado vi al teniente Arana, que lo rodeaban muchos hombres, a quienes
decía a voces: “Allí está el general Paz, aquél es el general Paz”, señalándome con la
mano; lo que robustecía la persuasión en que estaba, que aquella tropa era mía. Sin
embargo vi en aquellos momentos una acción que me hizo sospechar lo contrario, y fue
que vi levantados, sobre la cabeza de Arana, uno o dos sables en acto de amenaza. Mis
ideas confusas se agolparon a mi imaginación; ya se me ocurrió que podían haber
desconocido los nuestros, ya que podía ser un juego o chanza, común entre militares;
pero vino, en fin, a dar vigor a mis primeras sospechas las persuasiones del paisano que
me servía de guía para que huyese, porque creía firmemente que eran enemigos.
“Entretanto ya se dirigía a mí aquella turba, y casi me tocaba cuando, dudoso aún,
volví las riendas a mi caballo y tomé un galope tendido. Entre multitud de voces que me
gritaban que hiciera alto, oía con la mayor distinción una que gritaba a mi inmediación:
“Párese, mi General, no le tiren, que es mi General ; no duden que es mi General”; y
otra vez: “Párese, mi General”. Este incidente volvió a hacer renacer en mí la primera
persuasión de que era gente mía la que me perseguía, desconociéndome quizá por la
mudanza de traje.
“En medio de esta confusión de conceptos contrarios y ruborizándome de aparecer
fugitivo de los míos, delante de la columna que había quedado ocho o diez cuadras
atrás, tiré las riendas a mi caballo y, moderando en gran parte su escape volví la cara
para cerciorarme: en tal estado fue que uno de los que me perseguían, con un acertado
tiro de bolas, dirigido de muy cerca, inutilizó mi caballo de poder continuar mi retirada.
Este se puso a dar terribles corcovos, con que , mal de mi grado, me hizo venir a tierra”.
Una vez más se hacía cierto la afirmación del historiador y político griego Polibio
(210-128 a.C.): “En la guerra debemos contar siempre con los golpes del azar y con los
accidentes que no pueden preverse”.
Era claro que a un enemigo de tal fuste le esperaba la muerte. Sin embargo, Estanislao
López, que lo tiene en su poder, vacila y consulta qué hacer con el Restaurador. Este le
responde el 22 de febrero de 1832: “Si hemos de afianzar la paz de la República, si
hemos de dar respetabilidad a las leyes y a las autoridades legítimamente constituidas, si
hemos de restablecer la moral pública y reparar las quiebras que ha sufrido nuestra
opinión entre las naciones extranjeras y garantir ante ellas la estabilidad de nuestro
gobierno; en una palabra, si hemos de tener Patria, es preciso que el general Paz muera.
En el estado incierto y como vacilante en que nos hallamos, ¿qué seguridad tenemos de
que viviendo el general Paz no llegue alguna vez a mandar en nuestra República? Y si
aquello sucediese, ¿no seria un oprobio para los argentinos?”.
López a Rosas: “A pesar de que mi carácter es y ha sido siempre inclinado a la
indulgencia no puedo menos que confesar que el fallo de usted es imperiosamente
reclamado por la justicia en desagravio de los atentados atroces inferidos a los pueblos y
a las leyes”, Pero para no responsabilizarse, quería que la muerte de Paz fuese “por
pronunciamiento expreso de todos los gobiernos confederados o por una cosa
semejante”, y le pide a Rosas que consulte a las provincias.
Don Juan Manuel comprende que don Estanislao trata de escurrir el bulto. Le
responde que si se consultaba a las provincias la nota debería firmarla exclusivamente
quien “lo hizo prisionero y lo custodia en su territorio” (28 de marzo). López pide a
Rosas el 24 de abril que le redacte un borrador “para salir de una vez de este negocio”.
Rosas no cae en la trampa. El 17 de mayo escribe: “Me excuso, compañero, hacer la
redacción que me pide; esta obra es exclusivamente suya y nadie sino usted mismo es
quien la debe dirigir y firmar”.
Paz salvará su vida y a los indecisos jefes federales no les faltarán oportunidades de
arrepentirse.
Capitulo 24
Maquiavelo con traje de estanciero
Las certeras boleadoras que pialaron al caballo del general Paz también derribaron a la
Confederación de provincias opuestas al Restaurador, las que de una en una van
adhiriéndose al Pacto Federal. Una de las primeras es la Córdoba gobernada por el
coronel Reinafé, designado por influencia de Estanislao López. Entre agosto y
noviembre de ese año 1831 se suman Santiago del Estero, La Rioja y las tres provincias
cuyanas. Al año siguiente lo harán Catamarca, Tucumán y Salta.
Los partidarios del gobernador de Buenos Aires ensalzarán que éste une a las
provincias en función de pactos, en tanto Paz lo había hecho por la fuerza.
Se abre un período de relativa bonanza política y económica, y ello, paradojalmente,
significaría una dificultad para Rosas pues ya no parecería tan imprescindible un
gobierno autocrático como el suyo para imponer orden. De allí que se reanudaría la
justificada obstinación de los caudillos federales de que se convocase a un congreso
para el dictado de una constitución, reclamo al que se plegaron los federales
constitucionales, también llamados “cismáticos” o “lomos negros” en oposición a los
“apostólicos” que seguían fielmente los dictados del Restaurador.
Tanto creció la postura alternativa que para sorpresa de muchos y del mismo Rosas la
Sala de Representantes en la sesión del 29 de noviembre de 1832 aceptó la formalidad
de la devolución de los poderes extraordinarios conferidos a don Juan Manuel, no sin
agradecer que “bajo el gobierno de Vuestra Excelencia la provincia ha alcanzado la feliz
situación de vivir con tranquilidad bajo la autoridad de las Leyes”, pero con la seguridad
de que el Restaurador continuará como gobernador, áun con su poder coartado.
¿Es propio de un tirano aceptar que un cuerpo legislativo cercene sus poderes? ¿Lo
hubiera aceptado su contemporáneo, el presidente paraguayo Francia? ¿O Napoleón?
¿O Constantino?
En una hábil maniobra política Rosas renuncia indeclinablemente a su cargo, a pesar
de la angustiada insistencia de los legisladores, creando un vacío político aumentado por
su decisión de ausentarse de Buenos Aires para hacer campaña contra los indígenas.
Floria y García Belsunce comentarán : “En su estilo político es “El Príncipe”
(Maquiavelo) con traje de estanciero”.
Dejaba el gobierno fortalecido con la imagen de alguien capaz de infundir orden y
respeto, aun extralimitándose hacia el autoritarismo y la violencia. Con astucia había
jerarquizado la posición de los poderes sociales: los estancieros, la iglesia, el ejército,
los financistas, quienes miraron hacia otro lado mientras se amordazaba a la prensa, se
controlaba a los estudiantes levantiscos, se asustaba a los opositores.
Capítulo 25
La campaña del desierto
La “Campaña del Desierto” que emprendió Rosas luego de renunciar a su primer
gobierno nada tuvo que ver con internarse en regiones desérticas sino con la ocupación
de fértiles pampas en poder de los indios para su explotación por los estancieros
bonaerenses. “Un esfuerzo más y quedarán libres para siempre”, había convocado
cuando todavía era gobernador, “y quedarán libres para siempre nuestras dilatadas
campañas y habremos establecido la base de nuestra riqueza pública”.
Los detractores acusan a don Juan Manuel de haber enriquecido aún más a sus
protegidos y amigos no sólo extendiendo sus posesiones sino también adjudicándoles
los jugosos contratos de aprovisionamiento de uniformes, animales, alimentos, armas,
etc.
El comandante Manuel Prado, que participó de la campaña escribirá en su “Guerra al
malón”: “Al verse después, en muchos casos, despilfarrada la tierra pública,
marchanteada en concesiones fabulosas de treinta y más leguas, al ver la garra de
favoritos audaces clavada hasta las entrañas del país, y al ver cómo la codicia les
dilataba las fauces y les provocaba babeos innobles de lujurioso apetito, daban ganas de
maldecir la gloriosa conquista. Pero así es el mundo, “los tontos amasan la torta y los
vivos se la comen”. A su favor puede decirse que siempre fue enemigo de emplear la
violencia contra los indios y en cambios privilegió, cuando fue posible, los acuerdos, los
regalos, los sobornos.
Su sensibilidad por los marginales queda evidenciada asimismo en la correspondencia
que en 1833, en plena “Campaña”, mantenía con su esposa Encarnación, que le cuidaba
las espaldas en Buenos Aires:
“Ya has visto lo que vale la amistad de los pobres y por ello cuánto importa sostenerla
y no perder medios para atraer y cautivar voluntades. No cortes pues sus
correspondencias. Escríbeles con frecuencia, mandales cualquier regalo sin que te duela
gastar en esto. Digo lo mismo respecto a las madres y mujeres de los pardos y morenos
que son fieles. No repares, repito, en visitar a los que lo merezcan y llevarlas a tus
distracciones rurales, como también en socorrerlas con lo que puedas en sus
desgracias”.
A pesar de la distancia Rosas no descuidaba a quienes, llegado el caso, podrían ser la
fuerza que lo devolviera al gobierno de Buenos Aires.
En ese mismo año de 1833 el joven Carlos Darwin, científico inglés que con el correr
de los años alcanzaría la celebridad con su “Teoría de las especies”, emprende un viaje
de exploración y estudio de nuestra Patagonia. Todo indica que trabajaba para los
servicios secretos de su país, auscultando las condiciones para una ocupación británica.
Es éste uno de los méritos no reconocidos de la expedición de don Juan Manuel: la toma
de posesión de un territorio ambicionado por Chile y por Inglaterra
Darwin llega a Carmen de Patagones, entonces un miserable villorrio en medio de un
páramo interminable. Se entera de que el general Rosas, de quien mucho había oído
hablar, acampaba a orillas del río Colorado.
Los escasos veinticuatro años del naturalista le dan confianza y energía suficientes
para atravesar los desiertos que separan el río Negro del Colorado, guiado por
baqueanos. “El campamento del general Rosas”, apuntará en su “Diario de viaje”, “es
un cuadrado formado por carretas, artillería, chozas de paja, etcétera. No hay más que
caballería y pienso que nunca se ha juntado un ejército que se parezca más a una partida
de bandoleros. Casi todos los hombres son de raza mezclada; casi todos tienen en las
venas sangre negra, india y española. No sé por qué, pero los hombres de tal origen rara
vez tienen buena catadura”.
Le habían contado de ese gaucho rubio que lanceaba indios en el confín del mundo.
De sus grandes estancias y del reglamento férreo con que las gobernaba. De sus
peonadas armadas militarmente y convertidas en ejército. De su humor extravagante y
muchas veces cruel. Del ascendiente que tenía sobre los paisanos. De su extraordinaria
habilidad como jinete.
La impresión fue inmejorable: “En la conversación el general Rosas es entusiasta, pero
a la vez está lleno de buen sentido y gravedad, llevada esta última hasta el exceso. Mi
entrevista terminó sin que se sonriera ni una sola vez”.
Darwin observó que Rosas tenía cerca de él dos bufones, “como los antiguos señores
feudales”. Eran negros y uno de ellos le contó cómo había sido estaqueado por
importunar al general. Anota una sagaz observación del moreno: “Cuando el general se
ríe no perdona a nadie”.
El científico concluye: “Es un hombre de carácter extraordinario que ejerce la más
profunda influencia sobre sus compatriotas, influencia que, sin duda, pondrá al servicio
de su país para asegurar su prosperidad y ventura”.
Más de veinte años después, en 1845, al corregir una nueva edición de su “Diario”, al
pie de página donde narraba la entrevista con Rosas, agrega: “Los acontecimientos han
desmentido cruelmente esta profecía”. Es que su país, Gran Bretaña, estaba entonces
empeñada, junto con Francia, en sojuzgar infructuosamente a aquel gaucho que tanto lo
había impresionado.
Al final de la exitosa campaña don Juan Manuel será reconocido como “Conquistador
del Desierto”. En el año que estuvo fuera agregó miles de kilómetros cuadrados a
Buenos Aires que repartió entre hacendados nuevos y tradicionales, garantizando una
nueva seguridad en las ampliadas fronteras con los apaciguados aborígenes que se
comprometieron a no traspasarlas sin autorización. También acordaron cumplir con el
servicio militar cuando se los llamara, lo que garantizaba a Rosas su reclutamiento en
caso de necesidad.
Uno de los caciques más hostiles, el ranquel Yanquetruz, sería desplazado por su
hermano Payné quien se alió con don Juan Manuel y le entregó a su hijo Mariano para
que lo apadrinase y lo educase en su estancia. Rosas le dio su apellido.
Por su parte el temible Cafulcurá, “gulmen” de los pehuenches, llegado desde el otro
lado de la cordillera, luego de lancear al cacique boroga Rondeau se había proclamado
jefe de todas las comunidades indias de la pampa.
Instalado en las Salinas Grandes envió a su hermano Namuncurá a negociar con el
Restaurador. Allí se acordó que sería distinguido con el grado de coronel, cuyo
uniforme debía usar con el distintivo punzó prendido sobre su pecho. Lo más
importante para el “gulmen” es que fue reconocido como el principal distribuidor entre
las tribus y poblados de los “regalos” de Rosas: anualmente 1500 yeguas, 500 vacas,
bebidas alcohólicas, yerba mate, tabaco, azúcar, etc. Ello le dio gran poder.
Por su parte se comprometía a evitar los malones y a dar aviso a las autoridades si
algún capitanejo se insubordinaba. Ambas partes cumplieron al pie de la letra lo
acordado durante el período rosista. Luego de Caseros el equilibrio entró en
descomposición y se sucedieron los malones y las acciones represivas de los gobiernos.
No fue afortunado, en cambio, el destino de quienes no se avinieron a los acuerdos
pacíficos y enfrentaron a las tropas. Fue el caso del cacique pehuenche Chocorí quien se
había hecho fuerte en Choele Choel. Primero cayeron varios de sus aliados,
principalmente ranqueles, como los caciques Payllarén, muerto, y Pichiloncoy,
apresado. Finalmente Chocorí es emboscado por el oficial Francisco Sosa. Allí
concluyó exitosamente la “expedición al desierto”.
Algunos jefes indios, como el ranquel Venancio, llegan a tener un trato frecuente con
don Juan Manuel, cuya paciencia a veces colmaban con sus pedidos. También la de su
cuñada, María Josefa, esposa de Lucio N. Mansilla y encargada de confeccionar la lista
de encargos y de hacer las compras. En una de sus visitas, Venancio, antes de retirarse
pregunta por los dos mejores caballos de Rosas, que son los que acostumbra montar.
Don Juan Manuel, ocultando su disgusto pues desea mantener su buena relación con tan
importante cacique, accede a entregárselos.
Luego escribirá al general Tomás de Iriarte: “Estos indios son intolerables, no se
cansan de pedir y si no se les da se enojan; pero lo más admirable son las necesidades
que de poco tiempo a esta parte se han creado; piden hasta artículos de lujo cuya
existencia ignoran”.
Los indios participarían en las paradas federales desfilando con vítores al Restaurador.
El influyente cacique Cachuel declararía en una demostración en Azul, hasta no hacía
mucho toldería pampa: “Juan Manuel es mi amigo, nunca me ha engañado. Yo y todos
mis indios moriremos por él. Sus palabras son lo mismo que las palabras de Dios”.
Más tarde, en Tapalqué, el cacique Nicasio no se quedaría atrás: “Yo acompañé en
cinco campañas a Juan Manuel y siempre habré de morir por él, porque Juan Manuel es
mi padre y el padre de todos los pobres”.
Otro efecto humanitario de la acción fue la liberación de “cautivas”. La cifra es difícil
de precisar pues los efectos de la expedición continuaron sintiéndose aún después de su
conclusión, pero la más creíble oscila entre las 2.000 y 4.000 “cristianas” liberadas.
Muchas de ellos obtuvieron la libertad a raíz de los combates entre indios y soldados
pero otras fueron el resultado de una negociación que Rosas encargaba a la
intermediación de caciques amigos. Un valor promedio de rescate alcanzaba a “seis
caballos sin marca, doce vacas, una caña de lanza, un lazo trenzado y un par de estribos
de plata”, según un documento de época.
Tanto se interesó Rosas en “sus” indios que, además de dominar sus lenguas, escribió
de su puño y letra una “Gramática y Diccionario pampa” para facilitar la comunicación
entre cristianos y aborígenes. Además difundió la vacuna antivariólica entre ellos a
pesar de la resistencia supersticiosa que al principio generaba. Ello le valió un premio
internacional al gran médico Francisco J. Muñiz.
Comparemos con la opinión que un enemigo de Rosas, el por otros motivos admirable
Domingo Sarmiento, que siempre lo acusó de “bárbaro”, hacía pública sobre los indios:
“Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar.
Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría a colgar ahora si
apareciesen(...) Se les debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya
el odio instintivo al hombre civilizado” ( “El Progreso”, 27 de julio de 1844).
Capítulo 26
Los apostólicos no descansan
Los partidarios del “Héroe del desierto” no descansaban en la movilización popular.
Era permanente la fijación de bandos:
“¡Paisanos!: los de chaqueta y poncho, que juntos y bajo las órdenes de don Juan
Manuel arrostrasteis tantos sacrificios y peligros por la Restauración de las leyes, hasta
la final conclusión de los tiranos, ya es tiempo que viváis prevenidos y alerta. Se ha
formado una Logia con el objeto de acabar con vuestro General Rosas. A su logro os
procuran engañar y os tienden redes. Alerta y prepararse, pues ya está visto que
mientras no colguéis dos docenas de esos caporales logistas, en el país se reproducirán
nuevas escenas de horrores y de sangre”.
También se aprovecharían con astucia todas las oportunidades para provocar
escándalo: un periódico “apostólico” titulado “El Restaurador”, en el que se hacía
agresiva campaña antigubernamental, fue confiscado y se anunció en un bando que sería
juzgado. En la mañana del 11 de octubre de 1833 la ciudad apareció empapelada con
grandes carteles que anunciaban en gruesas letras rojas que a las 10 de ese día se
procesaría al “Restaurador de las Leyes”.
Como reguero de pólvora corrió la noticia y azuzados por los “apostólicos” una
muchedumbre de gauchos y orilleros amenazantes se hicieron presentes frente al
juzgado profiriendo vivas al ausente jefe federal y reclamando la renuncia de Balcarce.
El general Pinedo, destacado para sofocar el alboroto, se suma con sus tropas al
reclamo. También lo imitará el general Izquierdo con su división. El juicio no se realiza
y la ciudad queda sitiada hasta que la Legislatura acepta la exigencia de la turba y
exonera a Balcarce nombrando en su lugar a un federal de prestigio, el general
Viamonte.
Capítulo 27
Los intelectuales y el héroe romántico
El retorno desde París de Esteban Echeverría en 1830 marca un punto de inflexión en
el mundo de la juventud intelectual porteña. A poco de llegar, se convertirá en el
oráculo de aquellos qué están a la búsqueda de nuevos horizontes culturales e
ideológicos.
De Europa arriban las obras de autores que avivan la esperanza de cambio y renuevan
los fundamentos filosóficos, históricos, políticos, artísticos y literarios: Quizot, Cusin,
Collard, Saint-Simón, Tocqueville, Lamenais, Mazzini, Chateubriand, Byron, Hugo,
Dumas. La sensibilidad romántica cala hondo en la juventud porteña con ínfulas
intelectuales porque alimenta su inconformismo y su antihispanismo.
El Romanticismo significaba una ruptura contra la tradición clásica y trascendiendo lo
literario se complica en muchos seguidores europeos, y no faltarán los rioplatenses que
los imiten, con el radicalismo ideológico.
Los anima un espíritu de rebelión contra el orden, la síntesis y la administración
regulada del sentir, pensar y actuar. Se levantarán contra las reglas y las imposiciones,
tomarán partido por el progreso y harán propias las ideas de cambio. Pero “progreso” y
“cambio” mas retóricos que reales, más declamatorios que efectivos, como
corresponderá, sobretodo en el río de la Plata, a la elite social que lo encarnará. Que
expresará bellos conceptos sobre el “pueblo” pero que despreciará a gauchos y orilleros.
No casualmente el clasicismo sería contemporáneo del absolutismo prerrevolucionario
mientras que lord Byron con su martirologio fue el símbolo pionero de la comunión
entre romanticismo literario y romanticismo político que se expresaba en concepciones
supranacionales, con categorías europeizantes que Echeverría, Gutiérrez y los demás
pretendían válidos para la Argentina.
Los grupos se organizan para leer, estudiar y analizar las nuevas doctrinas. En 1833
nace la “Asociación de Estudios Históricos y Sociales”, que se disuelve dos años más
tarde tras la asunción de Rosas. En 1837 se crea el “Salón Literario”, del librero Marcos
Sastre, que contiene en sus filas a universitarios, siendo sus animadores Juan María
Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi.
En un principio mirarán con simpatía a ese gaucho de perfiles nítidamente nacionales
que lo aproximan a un héroe romántico. “por los rasgos paradójicos de su espíritu y el
subjetivismo que imprime a los actos de su gobierno; por la contradicción de libertad y
tiranía que comporta el populacho federal librado a sus instintos; por su sentido de la
naturaleza, prefiriendo convenientemente la vida de la estancia y los oficios primarios a
la riqueza industrial; por su condición de hijo de la Pampa con linajuda e hidalga
ascendencia hispana” (H. Castagnino).
Y lo harán públicamente en la pluma de Alberdi:
“(...) El Sr. Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre
bayonetas mercenarias. En un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el
corazón del pueblo. Y por pueblo no entendemos aquí la clase pensadora, la clase
propietaria únicamente, sino también, la universalidad, la mayoría, la multitud, la
plebe”.
Sin embargo el vínculo positivo no prosperará. El gobierno resolverá el cierre del
Salón en 1838 pues considera que sus miembros adscriben al unitarismo liberal, ateo y
extranjerizante. Autócrata y tradicionalista, don Juan Manuel no puede tolerar que esta
juventud reformadora –que además se identifica con Francia, con la que la Argentina de
entonces sostendrá dos conflictos armados que pondrán en riesgo la soberanía nacional
y su integridad territorial- propaguen ideas contrarias a la Causa.
Lo mismo sucederá cuando el periódico “La Moda”, expresión del grupo, no se
pronuncia a favor ni en contra del bloqueo, lo que los hará sospechosos de
“quintacolumnismo”.
Echeverría se lamentará en 1850 de la “oportunidad perdida”: “Hombre afortunado
como ninguno (Rosas) todo se le brindaba para acometer con éxito esa empresa. Su
popularidad era indisputable; la juventud, la clase pudiente y hasta sus enemigos más
acérrimos lo deseaban, lo esperaban, cuando empuñó la suma del poder; y se habrían
reconciliado con él y ayudándole, viendo en su mano una bandera de fraternidad, de
igualdad y de libertad.
“Así, Rosas hubiera puesto a su país en la senda del verdadero progreso: habría sido
venerado en él y fuera de él como el primer estadista de la América del Sud, y habría
igualmente paralizado sin sangre ni desastres, toda tentativa de restauración unitaria. No
lo hizo; fue un imbécil y un malvado. Ha preferido ser el minotauro de su país, la
ignominia de América y el escándalo del mundo”.
Alberdi relata en su “Autobiografía” que la derrota del rosista Oribe por las fuerzas del
unitario Rivera en “El Palmar” provocó muestras de alborozo en el baile que daban las
linajudas señoritas Matheu, “una noche primaveral de 1838”. José M. Rosa ironizará
que lo de “primaveral” era porque Alberdi vivía espiritualmente en Francia, donde junio
es primavera
El 23 de junio de 1838 Echeverría invita a sus congéneres a establecer una entidad
definitivamente política con la finalidad de actuar e influir en la vida nacional: la
“Asociación de la Joven Generación Argentina”. “Mayo, progreso y democracia, son el
camino a emprender”, proclaman. A sus ojos, Rosas representa a “España, decadencia y
tiranía”.
No son esas ideas para ser pregonadas en el Buenos Aires del Restaurador. Echeverría,
Alberdi y Mitre, entre otros, continuarán la prédica de la “Asociación” desde
Montevideo, donde se publicará por primera vez el “Dogma Socialista”, texto liminar de
la generación, y donde harán propaganda a favor de la intervención extranjera y de la
exacción territorial por sentirse “aliados naturales de Francia o de cualquier otro pueblo
que quisiese unirse a ellos para combatir el despotismo bárbaro”.
Para ellos la patria era Mayo y Mayo era la Revolución Francesa. “Desde la
Revolución somos hijos de Francia” (Alberdi), quien llegará a proponer que el francés
sustituya al español como lengua argentina.
En el exilio tampoco serán bien mirados por los unitarios puros como Florencio Varela
o Andrés Lamas quienes los consideran idealistas utópicos, poco eficaces para sus
conspiraciones. Unos “románticos” en la acepción descalificatoria.
Capítulo 28
De rubia chala vestida
Durante la ausencia de su jefe, empeñado en la Campaña del Desierto, los
“apostólicos” (rosistas puros) no estuvieron inactivos. Y doña Encarnación tampoco. Se
dirá que de no haber sido por ella su esposo no hubiese accedido a su segunda y
definitiva gobernación.
“Tuvieron muy buen efecto los balazos que hice hacer el 29 del mes pasado –escribe a
su esposo en abril de 1834, refiriéndose a los atentados contra los generales Tomás de
Iriarte y Félix de Olazábal-, como te lo anticipé en la mía del 28, pues a eso se ha
debido que se vaya a su tierra el facineroso canónigo Vidal”.
Doña Encarnación Ezcurra de Rosas fue una mujer de carácter. Estando don Juan
Manuel lejos de Buenos Aires ella le informa: “Las masas están cada vez más
dispuestas y lo estarían mejor si tu círculo no fuera tan callado, pues hay quien tiene
miedo.¡Qué vergüenza!”. Ella exige a los rosistas su misma fanática lealtad: “Pero yo
les hago frente a todos y lo mismo me peleo con los cismáticos (federales no
rosistas)que con los apostólicos(...) Aquí en mi casa sólo pisan los decididos”..
Las elecciones se avecinan: “No las hemos de perder, pues en caso de debilidad de los
nuestros en alguna parroquia, armaremos bochinches y se los llevará el diablo a los
cismáticos. Lo mismo me peleo con los apostólicos débiles, pues los que me gustan son
los de hacha y tiza” (Carta del 13 de abril de 1834).
Tampoco se salvan los parientes: “A tu hermano Prudencio le ha entrado una defensa
particular por Viamonte, como si fuera su mejor amigo (...). ¡Cuánto me alegraría que le
echaras una raspa!”. Prudencio Rosas sería años más tarde uno más de los expatriados
en Montevideo. En otra correspondencia le adjunta ejemplares de “El Defensor” y “El
Látigo”, publicaciones opositoras: “Verás cómo anda la reputación de tu mujer y la de
tus mejores amigos. A mí nada me intimida, yo me sabré hacer superior a estos
malvados y ellos pagarán caros sus crímenes (...) Todo esto se lo lleva el diablo. Ya no
hay paciencia para sufrir a estos malvados y estamos esperando cuando se maten a
puñaladas los hombres por la calle”.
C. Ibarguren testimoniará: “Su casa parecía un comité de arrabal, negros y mulatos,
gauchos y orilleros, matones de avería, entraban y salían mezclados con militares y
señores de casaca, a quienes se los señalaba como “federales de categoría”. En los
amplios patios la clientela plebeya, que aguardaba su turno, recibía órdenes y se
desparramaba por la ciudad”.
Doña Encarnación, a quien sus enemigos ridiculizaban apodándola “la mulata Toribia”
por su fealdad, fue la creadora de la temible “Mazorca” que la historia oficial identifica
como un grupo parapolicial que practicaba el terrorismo de Estado. Su objetivo sería el
de acabar, por muerte o por intimidación, con la oposición a su esposo.
Siempre se aceptó que sus integrantes eran fascinerosos y delincuentes de baja
extracción social. Sin embargo entre sus miembros también se contaron Martín de
Iraola, Francisco Sáenz valiente, Roque Sáenz Peña, Andrés Seguí, Fernando García del
Molino, Saturnino Unzué, Juan R. Oromí y otros de la clase “distinguida”.
Máximo Terrero escribirá que la Mazorca “nació a la caída del gobierno de don Juan
Ramón Balcarce y se compuso de elementos de opinión en que figuraban jóvenes
exaltados a la vez que hombres serios de importancia política y social”. Quedaba así
confirmada la vigorosa alianza social que sostendría la dictadura rosista: el estanciero +
el gaucho.
En cuanto al nombre algunos, magnánima o ingenuamente, suponen que representaba
de manera simbólica al campo argentino. Otros, más sofisticados, suponen un lúgubre
juego de palabras: “más – horca”.
Sin embargo, su verdadera razón era que una de las torturas preferidas por los
“mazorqueros” era introducir un choclo en el ano de sus víctimas.
“Aqueste marlo que miras
de rubia chala vestida
en las entrañas se ha hundido
de la unitaria facción”.
(Rivera Indarte, en su época rosista).
“El azote se aplicaba hasta dejar los hombres inutilizados por muchos días; las calas
consistían en unas velas de sebo de muy buen tamaño, que les introducían por el ano;
las jeringas eran la aplicación de unas lavativas de ají, pimientas y otras materias
irritantes; ignoro si se hizo uso del fuelle, más no sería extraño”(José M. Paz,
“Memorias”).
Entre lo novedoso que el rosismo aportó a la política argentina fue el aprovechamiento
de la cultura popular con fines propagandísticos. Eran frecuentes los bandos verseados
que también servían para ser cantados o payados en las tenidas populares. Una de sus
víctimas fue Juan José Viamonte quien no mostraba la docilidad que doña Encarnación
y sus “apostólicos” y mazorqueros deseaban:
“¡Oh, señor gobernador!
¿Pues qué piensa Vuestra Excelencia
que hemos de tener paciencia
para sufrir a un traidor?
No por cierto, no señor,
y así debe de advertir
que ya no hemos de sufrir
que mande un pícaro y un tonto.
O renuncia pronto, pronto,
O prepárese a morir”.
La acción de los “apostólicos” se dirigía no sólo contra los unitarios sino también
contra los “lomos negros” (rosistas moderados, no orgánicos). El distanciamiento entre
dichas facciones se deberá a que éstos , mayoritariamente de la clase alta, comienzan a
vislumbrar el germen de preocupante transformación social que hay en la base popular
del rosismo.
Capítulo 29
Las yermas y vastas pampas
“¡Soldados de la patria! Hace doce meses que perdisteis de vista vuestros hogares para
internaros por las yermas y vastas pampas del Sur. Habéis operado activamente sin
cesar, todo el invierno, y terminado los trabajos de la campaña en un año como os lo
anuncié al tiempo de nuestra primera marcha.
“Vuestras lanzas han despoblado de fieras el desierto, han castigado los crímenes y
vengado los agravios de dos siglos. Las bellas regiones que se extienden hasta la
cordillera de Los Andes y las costas que se desenvuelven hasta el afamado Magallanes
quedan abiertas para nuestros hijos. Habéis excedido las esperanzas de la Patria, pero,
entre tanto, ella ha estado envuelta en desgracias por la furia sañosa de la anarquía.
“¡Cuál sería hoy vuestro dolor si cuando divisáis ya en el horizonte los árboles
queridos que marcan el asilo doméstico, alcanzáseis a ver las funestas humaredas de la
guerra fratricida! (...) Compañeros: juro aquí, delante del Eterno, que grabaremos
siempre en nuestros pechos la lección que se ha dignado darnos, tantas veces, de que
sólo la sumisión perfecta a las leyes y la subordinación respetuosa a las autoridades que
por El nos gobiernan, pueden asegurarnos la paz, libertad y justicia a nuestra tierra.
“Compatriotas: os gloriáis con el título de Restauradores de las Leyes; aceptad el
honroso empeño de ser firmes columnas y constantes defensores” (Proclama de don
Juan Manuel de Rosas al licenciar el Ejército Expedicionario al Desierto, marzo de
1834).
Capitulo 30
El verdadero estado de la tierra
La inestabilidad política que sobrevino durante los débiles y breves gobiernos de
Balcarce y, otra vez, de Viamonte, fomentada por los activos “apostólicos” (rosistas
orgánicos) apoyados por el violento rosismo de campesinos y orilleros, hicieron que don
Juan Manuel volviera a ser convocado para imponer el orden que permitiera el
desarrollo de los negocios de comerciantes y hacendados, aunque hubo oposición a
investirlo otra vez “con la suma del poder público”, es decir las facultades ejecutivas,
legislativas y judiciales concentradas en su persona.
Para obtener tal prerrogativa que él consideraba esencial para que no le sucediese lo
mismo que a sus fracasados antecesores, se negó cuatro veces y hasta renunció a la
comandancia de Milicias.
El argumento que puso fin a las discusiones sobre si debía o no concedérsele el poder
absoluto para su segunda gobernación se derrumbó cuando llegaron las noticias del
asesinato de Facundo Quiroga.
Como todos los días, el 3 de marzo de 1835, Rosas destinaba parte de la mañana a
dictar notas y comunicaciones referentes a hechos cotidianos. Incansable, se ocupaba de
todos los aspectos de sus estancias como también lo hará durante su gobierno, aun de
los más mínimos.
“Mi querido don Juan José”, escribía. Era uno de sus mayordomos. “Esta sólo tiene
por objetivo prevenirle que a Pascual me le entregue veinte bueyes aparentes y como
para las carretas. Deseo que le haya ido bien en su viaje”. Allí se interrumpió porque en
ese instante le transmitieron la noticia. Con la letra cambiada por su alteración anímica,
seguiría:
“El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta el 16 del pasado
último febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. Esta misma suerte corrió el coronel
José Santos Ortiz y toda la comitiva en número de 126, escapando sólo el correo que
venía y un ordenanza, que fugaron entre la espesura del monte.
“¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? Pero ni esto ha de ser
bastante para los hombres de las luces y los principios. ¡Miserables! ¡Y yo, insensato,
que me metí con semejantes botarates!”. Entonces, la ira: “Ya lo verán ahora. El
sacudimiento será espantoso y la sangre argentina correrá en porciones”.
Antes le había enviado una carta, que se conocerá como “de la hacienda de Figueroa”,
que un chasqui le alcanzó al riojano en pleno viaje con reflexiones sobre la organización
política y sus reparos al dictado de una constitución:
“Usted y yo deferimos a que los pueblos se ocupasen de sus constituciones
particulares para que después de promulgadas entrásemos a trabajar los cimientos de la
Gran Carta nacional” Los unitarios fracasaron en ello por dictar una constitución sin
tener en cuenta ni el estado ni la opinión de las provincias: “Las atribuciones que la
Constitución asigne al gobierno general deben dejar a salvo la soberanía e
independencia de los estados federales”. A continuación Rosas hará mención a la
discordia introducida por los unitarios en todos los rincones de la Patria: “ Después de
todo eso ¿habrá quien crea que el remedio es precipitar la constitución del Estado?
¿Quién duda que ésta debe ser el resultado feliz de todos los medios proporcionados a
su ejecución? ¿Quién aspira a un término marchando en contraria dirección? ¿Quién
para formar un todo ordenado y compacto, no arregla y solicita primeramente, bajo una
forma regular y permanente las partes que deben componerlos?”.
La historia oficial, abierta o encubiertamente, adjudica la muerte del “Tigre de los
llanos” al Restaurador. Los argumentos más fuertes son:
1) Rosas es el gran beneficiado por el asesinato, no sólo porque queda afuera un serio
competidor por la jefatura del campo federal sino también porque Facundo comenzaba a
ser visto como el probable eje de una concertación nacional entre unitarios y “lomos
negros” que desembocaría en la sanción de una constitución, algo a lo que el
Restaurador se oponía encarnizadamente.
2) Pocos instantes antes de morir, ya en el cadalso, el confeso asesino Santos Pérez
gritará: “¡Rosas es el asesino de Quiroga!”.
3) Si bien hubo juicio, en el que también fueron ajusticiados los hermanos Reinafé,
contratantes de Santos Pérez, fue sumario y no se dio a los acusados posibilidades de
defensa. Sin embargo el doctor Marcelo Gamboa lo intenta. Impugna el juicio por la
falta de una Constitución escrita y cuestiona a Rosas por considerar que ha prejuzgado
la culpabilidad de sus defendidos en las comunicaciones cursadas a las provincias.
No es ese lenguaje para dirigirse a alguien que detentaría “la suma del poder público”.
Don Juan Manuel se irrita: “Solo un atrevido, insolente, pícaro, impío, logista y
unitario” ha podido presentarle, bajo la apariencia de ejercer el derecho de defensa, un
pedido de publicar “un escrito de propaganda política”. Lo condenaba a corregir “uno a
uno, todos los renglones de su atrevida representación”, no salir a más distancia de
veinte cuadras de la plaza de la Victoria, no ejercer su profesión de abogado y “no
cargar la divisa federal, no ponerse ni usar en público los colores federales”. Si no
cumpliese, sería “paseado por las calles de Buenos Aires en un burro celeste”, o fusilado
si tratase de escapar.
Los argumentos en contra se basan en que para muchos el principal sospechoso es el
gobernador de Santa Fe, Estanislao López. Su relación con el difunto ha sido muy mala,
entre otros motivos porque Rosas, sibilinamente, se ha ocupado de sembrar sistemática
cizaña entre ellos para impedir una eventual alianza que pudiese dejarlo en situación de
debilidad.
Quiroga tenía un motivo fundamental para odiar a López: Lamadrid se había
apoderado en La Rioja del caballo de Facundo, el famoso “Moro” al que su dueño le
adjudicaba poderes sobrenaturales. Una representación luciferina a la que consultaba y
cuyos consejos seguía al pie de la letra.
Luego de la batalla de “El Tío”, el tan mentado equino cae en manos de López.
Cuando Quiroga se lo reclama, don Estanislao se niega a devolvérselo. El general Paz,
en sus “Memorias”, se ocupa de la importancia que el “Moro” tenía para su dueño.
Recuerda una sobremesa de oficiales en la que todos se mofaban del caballo
“confidente, consejero y adivino del general Quiroga”. Picado, un antiguo oficial de éste
cuenta:
“Señores, digan ustedes lo que quieran, rían cuanto se les antoje, pero lo que yo puedo
asegurar es que el caballo moro se indispuso terriblemente con su amo el día de la
acción de “La Tablada” porque no siguió el consejo que le dio de evitar la batalla ese
día. Soy testigo ocular de que habiendo querido el general montarlo no permitió que lo
enfrenase por más esfuerzos que se hicieron, siendo yo uno de los que procurara
hacerlo, y todo para manifestar su irritación por el desprecio que el general hizo de sus
avisos”.
A pedido de Facundo, Rosas interviene sin éxito ante el caudillo santafesino para
resolver el pleito. “Puedo asegurarles compañeros que dobles mejores se compran a
cuatro pesos donde quiera”, responde López provocativamente, “no puede ser el
decantado caballo del general Quiroga porque éste es infame en todas sus partes”. Pero
no lo devolvió.
Siguiendo instrucciones del Restaurador, Tomás de Anchorena escribe al exasperado
caudillo riojano rogándole que no haga del tema del caballo un asunto de Estado que
podría perturbar la marcha de la República y le ofrece una indemnización económica.
En la respuesta de Quiroga del 12 de enero de 1832 se evidencia su furor: “Estoy
seguro de que pasarán muchos siglos de años para que salga en la República otro
caballo igual, y también le protesto a usted de buena fe que no soy capaz de recibir en
cambio de ese caballo el valor que contiene la República Argentina (...) Me hallo
disgustado más allá de lo posible”. El santafesino nunca devolvió el “Moro”.
En su “Facundo” Sarmiento pone en boca del enfurecido “Tigre de los Llanos”:
“¡Gaucho ladrón de vacas! ,¡caro te va a costar el placer de montar en bueno!”.
Lo cierto fue que en Santa Fe fue universal el regocijo por lo de “Barranca Yaco” y
poco faltó para que se celebrase públicamente: Quiroga era el hombre a quien más temía
López, y de quien sabía que era enemigo declarado. Caben pocas dudas de que tuvo
conocimiento anticipado, y acaso participación en su muerte. Sus relaciones con los
Reinafé eran íntimas. Francisco Reinafé lo había visitado un mes antes, habitado en su
misma casa y empleado “muchos días en conferencias misteriosas”, según José M.
Páz..
Nunca se esclarecerá un hecho de tanta trascendencia histórica, pero es funcional para
la demonización del Restaurador que la culpa recaiga sobre él. Acusación que no
compartirían el hijo de Quiroga, jefe de los voluntarios en la batalla de Obligado, donde
le cupo destacada actuación, y tampoco la esposa del “Tigre de los llanos” quien dirigirá
una airada carta al gobernador riojano Brizuela, quien fuese estrecho colaborador del
difunto, cuando defecciona del campo federal para pasarse al de los enemigos de don
Juan Manuel.
Capitulo 31
La suma del poder público
La agitación en Buenos Aires a raíz de lo de “Barranca Yaco”es grande. La Sala de
Representantes, antes reticente, se apresura a sancionar: “Se deposita toda la suma de
poder público de esta Provincia en la persona del Brigadier General D. Juan Manuel de
Rosas, sin más restricciones que las siguientes:
1. Que deberá conservar, defender y proteger la religión Católica Apostólica Romana.
2. Qué deberá defender y sostener la causa nacional de la Federación que han
proclamado todos los pueblos de la República.
3. El ejercicio de este poder extraordinario durará todo el tiempo que a juicio del
Gobernador electo fuese necesario”.
Antes de aceptar, en una actitud ejemplarmente democrática , don Juan Manuel
solicitó la realización de un plebiscito para conocer si contaba con el apoyo de la gente.
El mismo se llevó a cabo del 26 al 28 de marzo de 1835. En un hecho excepcional se
convocó a votar por “sí” o por “no” a “todos los ciudadanos habitantes de la ciudad,
todo hombre libre, natural del país o avecindado en él, desde la edad de 20 años o antes
si fuese emancipado”.
El resultado fue 9.316 sufragios a favor de la proclamación de Rosas con poderes
ilimitados y solo 4 en contra. Con un padrón de 20.000 ciudadanos aptos para votar
aunque desacostumbrados a hacerlo el resultado fue que el 50% se pronunció en apoyo
del Restaurador en forma prácticamente unánime.
La ley de las plenas facultades para Rosas fue sancionada el 1º de abril y el nuevo
gobernador juró el 4 en la Sala de Representantes, adonde se presentó acompañado de
los generales Mansilla y Pinedo en un carro arrastrado por la “chusma” enfervorizada.
Los festejos en las mansiones de la clase adinerada y en las barracas de los barrios
populares continuaron durante varios días.
Ya no bastaría la simple adhesión, de allí en más la adhesión debía ser total. Para ello
le habían rogado una y mil veces que volviera al gobierno. Sólo en el confiaban, en su
honestidad, en su patriotismo, en su popularidad. También en su crueldad, indispensable
para imponer el orden en una sociedad desquiciada. A nadie debió sorprender su dureza
en el poder, su inflexibilidad, su desconfianza, su odio hacia los extranjerizantes y
volterianos, su enemistad con los masones y librepensadores.
Don Juan Manuel podría decirnos: “No fui yo quién decidió ser un dictador. Fueron
todos los demás los que me lo exigieron. Es absurdo que después se me reprochase, con
hipócrita indignación, haber cumplido rigurosamente con lo que se me pidió”.
Capítulo 32
El mejor remedio
“Mi querido compañero, Señor Don Juan Facundo Quiroga (...) Un griego que tiene
fonda en San Isidro, muy hombre de bien me ha referido que siendo él joven cuando
Napoleón fue al Egipto, su padre fue salvado con este remedio.
“Tomó una porción de ajos, los peló y colocó sobre un pedazo de lienzo de camisa de
hilo usada; enseguida pulverizó aquellos ajos con polvos de mercurio dulce en una dosis
como de dos narigadas de rapé, y doblando el lienzo lo cosió en forma de bolsa o saco
cerrado por todos lados .
“Después tomó una olla de dos orejas en que cabrían como cinco o seis botellas de
agua y colocó en ella la bolsa pendiente por unos hilos de las dos orejas de modo que
estando dentro de la olla se mantuviese al aire como en una maroma.
“Acto continuo echó agua fría en la olla, pero cosa que la bolsa no tocase el agua; la
tapó con un plato y engrudó por las orillas para que quedase herméticamente cerrada la
olla; puso un peso sobre el plato para que no se moviese, y colocó la olla así tapada y
cerrada en fuego de carbón fuerte en donde la tuvo hirviendo como hora y media,
cuidando mucho de reponer y pegar el engrudo donde se desprendía para que no saliere
ningún vapor de la olla.
“Después de esta operación separó la olla del fuego y cuando había aflojado el calor la
destapó, sacó la bolsa, y cerrada y caliente cuanto podía sufrirse en las manos, la
exprimió sobre una fuente haciéndole echar una especie de aceite que acomodó después
en un frasco o botella. Con la brosa de los ajos exprimidos le frotó los miembros
enfermos para aprovechar el jugo o aceite que tenían, dejando en ellos las brosas que se
quedaban pegadas; y las envolvió después con unos lienzos usados.
“Concluida la primera cura lo despidió entregándole el frasco del exprimido aceite
para que se diese con él a mano caliente dos frotaciones al día, una al acostarse a la
noche y otra al levantarse por la mañana, y le previno que cuanto se acabase volviese
por más. Observó exactamente la instrucción y a los tres días ya movía los miembros
que se le habían adormecido del todo, a los nueve días caminó por sus pies sin muleta, y
sanó del todo hasta el presente, sin necesidad de repetir la confección del
medicamento(...)”
La carta está fechada el 25 de febrero. El asesinato de Barranca Yaco impidió que su
destinatario se anoticiara del remedio para sus torturantes hemorroides que le
recomendaba Rosas. .
Capítulo 33
El noble título de su libertador
Uno de los más importantes apoyos que tuvo don Juan Manuel fue el del Libertador
General San Martín, sobre todo en la acción exterior, contrarrestando la ominosa
campaña de descrédito del gobierno de la Confederación en que muchos argentinos y
extranjeros estaban empeñados.
La lectura de la fascinante correspondencia mantenida con su gran amigo Tomás
Guido, embajador de Rosas en Brasil, recopilada por Patricia Pasquali, permite hallar
inteligentes fundamentaciones de lo que fue y sigue siendo el rosismo. Material que
nuestra historia oficial elude con una manifiesta ausencia de rigor científico y ético.
Así, cuando la Legislatura duda en entregar las facultades supremas a Rosas, San
Martín escribe el 1º de enero de 1834 sus reflexiones sobre libertad y dictadura:
“Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos. ¿Qué me importa que se me repita
hasta la saciedad que vivo en un país de Libertad, si por el contrario se me oprime?
¡Libertad! désela Ud. a un niño de dos años para que se entretenga por vía de diversión
con un estuche de navajas de afeitar, y Ud. me contará los resultados. ¡Libertad! para
que un hombre de honor se vea atacado por una prensa licenciosa, sin que haya leyes
que lo protejan. ¡Libertad! para que si me dedico a cualquier género de industria, venga
una revolución que me destruya el trabajo de muchos años y la esperanza de dejar un
bocado de pan a mis hijos. ¡Libertad! Para que se me cargue de contribuciones a fin de
pagar los inmensos gastos originados, porque a cuatro ambiciosos se les antoja, por vía
de especulación, hacer una revolución y quedar impunes. ¡Libertad! para que el dolo y
la mala fe encuentren una completa impunidad como lo comprueba lo general de las
quiebras... Maldita sea la tal libertad, ni será el hijo de mi madre el que vaya a gozar de
los beneficios que ella proporciona, hasta que no vea establecido un gobierno que los
demagogos llamen tirano, y me proteja contra los bienes que me brinda la actual
libertad. Tal vez dirá Ud. que esta carta está escrita de un humor bien soldadesco. Usted
tendrá razón, pero convenga Ud. que a los 53 años no puede uno admitir de buena fe el
que le quieran dar gato por liebre... Dejemos este asunto y concluyo diciendo que el
hombre que establezca el orden en nuestra Patria, sean cuales sean los medios que para
ello emplee, es el solo que merecería el notable título de su libertador.”
Capitulo 34
Las circunstancias extraordinarias
J. Irazusta niega la calificación de “tirano” para Rosas porque “la suma del poder no
corresponde a ninguna de las dos condiciones fundamentales que desde la antigüedad
clásica hasta las “Partidas” define a la tiranía: la usurpación o la ilegitimidad del origen
y el egoísmo en el ejercicio del poder”.
El primer supuesto estaría salvado pues su primer período fue legitimado por la
Asamblea y el segundo por un plebiscito popular. Lo del egoísmo también pues nadie,
ni aún sus enemigos, puede negar que Rosas entró rico al gobierno y salió pobre. “Un
hombre honrado no puede ser un hombre perverso”, argumentará I. Fotheringham,
Los objetivos políticos y económicos que llevaría adelante son sencillos y claros:
orden administrativo, control del gasto, eficacia en la recaudación impositiva, exaltación
del partido gobernante, control de la oposición. Así podrá satisfacer por igual los
intereses de los hacendados y los de las clases populares, sectores sobre los que apoya
su peso político.
Una de sus primeras medidas fue “limpiar” la administración de unitarios,
sospechosos y tibios reemplazándolos por adeptos y personas de confianza. Consideró
necesaria “la depuración de todo lo que no sea conforme al voto general de la
República. Nada dudoso, nada equívoco, nada sospechoso debe haber en la causa de la
Federación” (Circular a los gobernadores federales, 20 de abril de 1835). Su decisión de
enfrentar una profunda transformación social, económica y política requería contar con
un instrumento administrativo que fuera capaz de responder con lealtad a tales
requerimientos.
No fue la única purga: el 5 de mayo dispuso el pase a retiro de ciento sesenta y siete
jefes y oficiales del ejército, entre los que se contaban los coroneles Olazábal, Videla,
Rojas y el marino Coe, yerno de Juan A. Balcarce; cuarenta y ocho funcionarios de la
administración, incluyendo a los camaristas Gregorio Tagle, Pedro J. Agrelo y el
diplomático Mariano Balcarce, reincorporado a pedido de su suegro, el general San
Martín; y seis miembros del clero, entre ellos Julián Segundo de Agüero. Pero en una
muestra de notable magnanimidad, como si quisiera dejar claro que sus decisiones están
dictadas por razones de estado y no por arrebatos emocionales, jubila al padre de
Lavalle con su sueldo íntegro, circunstancia excepcional, y al hermano lo asciende
designándolo en la importante función de Tesorero de la Aduana.
Rosas, en uso de las facultades extraordinarias, y considerando “lo indispensable que
es la unión entre los pueblos de la República” ordenó la suspensión del “Nuevo
Tribuno” y de “El Cometa”. La censura decreta que nadie podía “establecer imprenta ni
ser administrador de ella ni publicarse impreso periódico alguno sin expreso previo
permiso del gobierno, que deberá solicitarse y expedirse por la escribanía mayor de
gobierno”. Durante todo su gobierno la oposición no tendrá derecho a expresarse y sólo
lo hará desde Montevideo por la acción de los exiliados en periódicos de circulación
clandestina en Buenos Aires y en las provincias.
Desprecia a los intelectuales, en su inmensa mayoría unitarios o cismáticos, y llega al
reprochable extremo de que nadie podrá obtener su título universitario sin la constancia
“de haber sido y ser notoriamente adicto a la causa nacional de la Federación”. No le
habían concedido la suma del poder público para andarse con medias tintas...
Ya anciano, cargando sobre sus espaldas muchos años de exilio, don Juan Manuel
escribiría: “Durante el tiempo que presidí el gobierno de Buenos Aires, encargado de las
Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina con la suma del poder por la ley,
goberné según mi conciencia. Soy el único responsable de todos mis actos, de mis
hechos buenos como malos, de mis errores y de mis aciertos”.
También se fusila a numerosos ciudadanos, en muchas provincias, generalmente luego
de juicios sumarísimos. Por ejemplo al coronel Rojas, al teniente coronel Miranda<y al
sargento Gatica bajo la axusación, livianamente funsamentada, de planear un atentado
contra la vida del Restaurador.
Pero ¿acaso Moreno y Belgrano no han sido autores del despiadado “Plano de
Operciones” en el que se ordenaba pasar por las armas a quienes estuviesen en contra de
Mayo? ¿Acaso Castelli y Monteagudo no fusilaron a Liniers y los otros y pocas
semanas más tarde a las autoridades civiles y militares de Potosí? ¿Acaso la patria no
volvía estar en grave peligro , ya no amenazada por los godos sino por “los que se han
puesto en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe”? ¿Quién que no sea
un asqueroso unitario o un depravado cismático puede temer que se proceda “con la
misma decisión y desembozo que en la causa de la Independencia, porque aquella es tan
nacional como ésta”, como escribirá a Estanislao López?
Y luego una frase siempre enarbolada por los defensores de quien tuvo que enfrentar
siete guerras al frente de nuestra patria anarquizada, manteniéndola invicta y sin
pérdidas territoriales:“Las circunstancias durante los años de mi administración fueron
siempre extraordinarias, y no es justo que durante ellas se me juzgue como en tiempos
tranquilos y serenos”.
Capítulo 35
Los primos ingratos
La conquista y distribución de tierras de pastoreo y cultivo durante los gobiernos
rosistas provocaron una significativa concentración de la riqueza.
Nicolás Anchorena, quien no respondería a los insistentes pedidos de ayuda
económica de Rosas durante su exilio de pobreza, en 1852 había acumulado 306 leguas
cuadradas de campo fértil, es decir casi 800.000 hectáreas.
Don Juan Manuel, en cambio, llegó a tener 70 leguas cuadradas (175.000 hectáreas) ,
compradas en su inmensa mayoría antes de llegar al gobierno y que compartía con sus
socios Terrero, Dorrego y otros, también con los Anchorena, que le fueron confiscadas
y jamás devueltas por los vencedores de Caseros.
En su testamento redactado en 1862, en su cláusula 24, reclamaría a sus ingratos primos
$ 78.544 en concepto de la administración de sus campos entre 1818 y 1830.
“Las vacas dirigen la política argentina. ¿Qué son Rosas, Quiroga y Urquiza?
Apacentadores de vacas, nada más” (D. F. Sarmiento, “Campaña en el Ejército
Grande”).
Capítulo 36
La clase de muertos
Entre otros motivos la fama de terroristas será mayor en los federales porque su base
popular hizo que algunas de sus víctimas formaran parte de la clase acomodada. En
cambio los unitarios mataban gauchos.
No repercutirá igualmente en la capital y en sus periódicos la ejecución de un Maza o
una O´Gorman que el asesinato de centenares de humildes soldados después del
combate de “La Tablada” por orden del unitario Paz.
Pero no puede negarse una clara tendencia a la violencia y a la crueldad en el
Restaurador, cuajada en la dureza de su educación y en el peligro de su trabajo como
estanciero en la frontera con los indios.
Su primera represalia ensangrentada tuvo como víctima a Juan de Dios Montero,
chileno de gran predicamento entre la indiada. Casado con la hija de un cacique boroga,
había peleado con mérito en “Cancha Rayada” y ya en territorio argentino se distinguió,
a las órdenes de Estomba, en la defensa de Bahía Blanca atacada por las huestes de los
tristemente célebres hermanos Pincheira.
Se lo apresó acusado de conspirar para sublevar a la indiada en contra del gobierno de
Buenos Aires. Corren los últimos días de 1829 cuando Montero es llevado en presencia
de Rosas, quien luego de los saludos de práctica le entrega un sobre lacrado que debe
ser entregado a su hermano Prudencio, comandante de las fuerzas acantonadas en
Retiro.
El texto era breve y contundente: “Al recibir ésta, en el acto y sin pérdida de un
minuto, hará usted fusilar al portador que es el sargento mayor Montero”. Prudencio no
vaciló en dar cumplimiento a la orden.
¿Por qué don Juan Manuel descargó en él tamaña responsabilidad? Sin duda para
poner a prueba su lealtad, de la que Encarnación había dudado durante las acciones de
los “apostólicos” durante su ausencia en el sur de la provincia, aconsejándole “echar una
raspa”.
¿Cuál fue la justificación de una medida tan bárbara, que dio pretexto a los federales
“lomo negros” para diferenciarse de Rosas? Según E. Celesia se trató de una venganza
por la defección de Montero del bando federal. Sin embargo las razones fueron de
mayor peso, como lo explica el mismo Restaurador en carta a Vicente González, el
“Carancho del Monte”, del 10 de agosto de 1831: “Montero no fue fusilado sino por ser
un famoso criminal., facineroso, con la calidad de ser además muy capaz, con la
ulterioridad de los tiempos, de enlutar la provincia, y mucho más si yo moría”. Nadie
como él sabía el inmenso riesgo que significaba una extendida sublevación india.
Capítulo 37
Los esclavos del Restaurador
Nunca se demostró que Rosas tuviese esclavos africanos en sus haciendas, como
divulgaran sus detractores que entonces y ahora se esfuerzan por caracterizarlo como un
depravado sangriento sin tener en cuenta los condicionantes personales, políticos y
socioeconómicos de su vida y de su gobierno.
Llama la atención que en este pecado hayan caído historiadores de fuste como John
Lynch que no han podido sustraerse al apasionamiento a favor o en contra que siempre
provoca don Juan Manuel, como si hiciese vibrar una cuerda muy sensible del
inconsciente colectivo, quizás relacionada con el conflicto infantil y universal entre el
orden que amenaza con la parálisis y la libertad que asusta con el caos.
Rosas tenía muchos negros empleados en su administración pública y también en la
privada y los valorizaba muy especialmente. Los respetaba y una negra, Gregoria, había
sido distinguida, hecho excepcional en una sociedad pacata y discriminadora, como
madrina de uno de sus hijos legítimos, fallecido al poco tiempo de nacer.
Tenían activa participación en los desfiles rosistas y respondían con prontitud a sus
llamadas, tanto para los festejos como para las guerras. El gobernador regularmente
asistía a sus “candombes” y no era infrecuente verlo bailar con alguna negra.
Fomentó que se agruparan en sociedades características de reminiscencias africanas
como la “Nación Banguela” o la “Sociedad Conga”, a las que proveía de subsidios y de
sedes. El general Iriarte, que no puede identificarse como partidario, lo atestiguará en
sus “Memorias”:
“Los negros encontraron en el caudillo de la pampa una decidida protección: les hizo
concesiones y proporcionó fondos para que se estableciesen asociaciones con la
denominación de las respectivas tribus africanas a que debían su origen. Así es que toda
esa gente estaba alzada y más entonada que nunca; sabido es cuánto lisonjea a los
negros las farsas y representaciones de sus extravagantes costumbres, usos, bailes y
alusiones a su país natal”.
Las tropas regulares contaban con muchos negros y mulatos pues el alistamiento era
una de las formas de ganar la libertad. No era infrecuente que el gobierno obligase a sus
amos a desprenderse de ellos para engrosar el regimiento de negros libertos “Defensores
de Buenos Aires” o el batallón de infantería “Los libertos de Buenos Aires”. Más tarde
Rosas, que manifestaba un elevado concepto de sus virtudes en el combate cuerpo a
cuerpo, constituyó un cuerpo de negros elegidos, el “Cuarto Batallón de Milicia
Activa”.
No pocos de estos soldados provenían del esclavista Brasil ya que en cuanto cruzaban
la frontera eran considerados formalmente libres y era frecuente que tomasen las armas
pues así se aseguraban una paga y protección. Esta situación fue uno de los factores de
las conflictivas relaciones de la Argentina rosista con el país vecino.
La lealtad de los mulatos que desfilaban en Carnaval gritando “vivas” al Restaurador y
no ahorraban “mueras” a los unitarios llegó al extremo de que los sirvientes de las casas
conformaron una temible red de delación de las conspiraciones antirrosistas o del
federalismo tibio de sus amos, lo que inevitablemente se transformó en algunos casos en
venganzas por maltratos inferidos en épocas en las que la crueldad de los patrones
gozaba de la más absoluta impunidad.
Capítulo 38
El líder necesario
En 1921 Sigmund Freud escribe uno de sus textos fundamentales, “Psicología de las
masas y análisis del yo”, en la que describe una instancia psíquica a la que bautiza como
“ideal del yo” que permite explicar la fascinación amorosa, la dependencia ante el
hipnotizador y la sumisión al líder. En todos estos casos alguien es colocado por el
sujeto en el lugar de su “ideal del yo”,en él se proyecta el perdido narcisismo de su
primera infancia.
En el caso del liderazgo, como fue el caso de Rosas, son muchas las personas que lo
colocaron en el lugar de su “ideal del yo”, invistiéndolo de aspectos idealizados que los
reaseguraban de que gracias a él sus propias angustias se resolverían. Además a
consecuencia de compartir tal expectativa los miembros de un grupo se identifican entre
sí sintiéndose parte de un todo, la masa, lo que da aún más consistencia a la asociación.
¿Cuál fue el origen del liderazgo rosista, que es lo que llevó a tantos a idealizarlo? Los
historiadores coinciden en que existía en la sociedad un hartazgo de tanta anarquía. Pero
ésta no es más que una abstracción si no se comprende que lo que asustaba era la
violencia y la anomia que provocaba .
La seguridad personal había desparecido pues se podía ser víctima, sin mayores
motivos, de uno u otro bando. Tampoco se respetaba la propiedad privada ya que los
bienes eran confiscados sin mayor trámite y sin mayor justificación que la financiación
de la guerra o las apetencias personales de quienes disponían del poder de las armas.
Eran frecuentes los asaltos , las requisas, los saqueos y toda forma de violación de la
privacidad personal.
Por último nadie era dueño de su destino pues las levas forzadas hacían que se pasase
de ser agricultor a encontrase alistado en un ejército que a lo mejor combatía contra sus
propias ideas.
¿Por qué fue Rosas el elegido? Los sectores populares porque lo respetaban, porque a
su vez conocían el respeto del Restaurador por ellos, porque lo consideraban uno de los
suyos, porque era valiente y honesto y porque cumplía con los acuerdos.
Un importante sector de la clase pudiente confió en él porque don Juan Manuel era,
por nacimiento, de los suyos, y porque valoraban su capacidad de contener y aplacar a
los sectores populares evitando así una sublevación generalizada. Esto es manifiesto en
las expresiones del cacique “Catriel”: “Nuestro hermano Juan Manuel indio rubio y
gigante y que jineteaba y boleaba como los indios y se loncoteaba con los indios y que
nos regaló vacas y yeguas y caña y prendas de plata, mientras él fue Cacique General
nunca los indios malones invadimos por la amistad que teníamos por Juan Manuel. Y
cuando los cristianos lo echaron y lo desterraron invadimos todos juntos” (Julio A.
Costa).
En 1829, al iniciar su primer período, se ofrece como un “ideal del yo” protector, y
como “un padre que cuida”: “Aquí estoy para sostener vuestros derechos, para proveer a
vuestras necesidades, para velar por vuestra tranquilidad. Una autoridad paternal, que
erigida por la ley, gobierne de acuerdo con la voluntad del pueblo, éste ha sido
ciudadanos el objeto de vuestros fervorosos votos. Ya tenéis constituida esa autoridad y
ha recaído en mí”.
En “El yo y el ello”, publicado años más tarde, Freud habla por primera vez del “super
yo” el que no es fácil diferenciar del ideal y cuya función es la de censurar al yo. Es así
que el líder amado “por lo que permite” puede transformarse fácilmente en odiado “por
lo que prohibe”, ya que en ambos casos se trata de un sometimiento del yo, en aquel
caso por amor y en éste por miedo.
Se puede así pasar de ser, para muchos, el admirable Restaurador de las Leyes a ser el
tiránico violador de las mismas.
“La sociedad se encontraba disuelta enteramente, perdido el influjo de los hombres
que en todo el país son destinados a dar la dirección; el espíritu de insubordinación
había cundido y echado multiplicadas raíces, cada uno conocía su impotencia y la de los
otros, y no se resignaba ni a mandar ni a obedecer.
“(...) Efectivamente había llegado aquel tiempo fatal en que se hace necesario el
influjo personal sobre las masas, para restablecer el orden, las garantías y las mismas
leyes desobedecidas; y cualquiera que fuese el que tenía respecto a ellas el Gobernador
actual (Viamonte), fue muy grande su conflicto porque conoció la falta absoluta de
medios de gobierno para reorganizar la sociedad” (Juan M. De Rosas en “Mensaje a los
gobernadores”, 31 de diciembre de 1835).
El se sintió llamado, quizás sin alegría, a protagonizar “ese tiempo fatal” y lo hizo con
la pasión y la convicción con que siempre abordó las contingencias de su vida.
Al asumir por segunda vez el 13 de abril deja claras sus intenciones: “Persigamos de
muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida y sobre todo al pérfido o traidor que
tenga la osadía de burlarse de nuestra fe. Que de estas razas de monstruos no quede uno
entre nosotros y que su persecución sea tan tenaz y despiadada como la vorágine. El
Todopoderoso dirigirá nuestros pasos”.
Ya no era el conciliador de la primera vez.
Capítulo 39
La enajenación territorial
Avanzado el siglo XIX las potencias se habían lanzado al mundo con el objetivo de
cumplir con sus ambiciones imperiales. Así fue que se echaron como fieras salvajes
sobre África, Asia y América.
Sus propósitos eran colonizar pero también dividir esas naciones para que se
debilitasen y no tuvieran posibilidades de autonomía y competencia.
Dicho plan se cumplió plenamente. Tanto fue así que en 1820 la América que había
sido española se dividía en seis regiones: México, Centroamérica, Colombia, Perú, el
Río de la Pata y Chile. Luego fueron subdividiéndose en más de veinte frágiles
repúblicas:
a) La Gran Colombia se desmembró en Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá.
b) El Río de la Plata en Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay.
c) Centroamérica en cinco: Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.
d) Además Perú, Chile, México, Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico y las tres Guayanas
originarias
Nuestro territorio, el de las originarias Provincias Unidas del Río de la Plata, sufrió en
primera instancia el desgajamiento del Paraguay como consecuencia de la política
expansionista del Brasil, que no sólo mantuvo su enorme territorio sino que lo amplió,
principalmente por el hecho de que por muchos años la Corona portuguesa residió en su
colonia americana, la que, de esa manera, funcionó como metrópoli imperial. Cabe
destacar que Rosas nunca reconoció su independencia, lo que sí se acordó luego de
Caseros como precio de la participación paraguaya en el ejército vencedor.
También se perdería el Alto Perú, hoy Bolivia, pues al negarse los unitarios a prestar
ayuda a la campaña de San Martín en el Perú debió ceder el protagonismo a Bolívar y
fue su subalterno, el mariscal Sucre, quien ocupó tales tierras forzando su
independencia.
En cuanto al Uruguay en una reprobable decisión de Rivadavia y su ministro García
ceden a las presiones inglesas y aceptan que Brasil incorpore “su provincia Cisplatina”,
como la llamaban en Río de Janeiro. Finalmente, y gracias al coraje de Dorrego, por lo
menos se logrará que la Banda Oriental sea independiente, pero no pudiendo evitar que
el Río de la Plata se transformase en un río de navegación libre por no ser interior.
Juan Manuel tuvo un hondo sentido nacional cuando éste aún era raro entre sus
coterráneos, sobre todo en porteñas y porteños que se habían empeñado en la revolución
de Mayo con su interés y su esperanza vuelta hacia el exterior. El Restaurador concibió
al estado también como una expresión de lo territorial y por ello fusionó éste con el
concepto de soberanía.
Es hora ya de reconocerle que fue gracias a sus esfuerzos que nuestra patria no sufrió
otras fragmentaciones como las que propugnaban sus adversarios, los que
argumentaban, como lo hiciese Salvador del Carril, que “era conveniente el
achicamiento de nuestro territorio para explotarlo mejor con las posibilidades que
tenemos”.
El enajenamiento del territorio nacional que buscaron las grandes potencias en los
países periféricos se realizó, siempre, con la complicidad de aliados internos que creían
de buena fe que de esa manera accedían al progreso y ganaban un lugar entre las
naciones civilizadas quienes los premiarían por el sacrificio.
Es el mismo criterio de hoy en que compatriotas que ocupan lugares de
responsabilidad doblan su testuz ante los organismos financieros y las grandes
potencias, aceptando endeudarnos y transfiriendo nuestras empresas públicas y
privadas, en la convicción de que “haciendo buena letra” nos irá mejor. A quienes les va
mejor, es claro, es a los negociadores que son premiados con comisiones y funciones de
relevancia.
Como veremosmos en el capítulo 76, Sarmiento, en su rabioso antirrosismo hizo todo
lo que estuvo a su alcance para que Chile, cuya nacionalidad había asumido, se
apoderase de la Patagonia. La decidida acción del gobierno rosista a través de su
canciller Felipe Arana hizo que sólo asentaran sus reales en el estrecho de Magallanes.
También la Comisión Argentina con sede en Chile, presidida por Gregorio de Las
Heras, héroe de la Independencia, avaló el reclamo chileno por las provincias de Cuyo.
En el capitulo 89 nos hemos ocuparemos de las antipatrióticas maniobras de Florencio
Varela antes y de José María Paz luego para independizar las provincias del litoral
(“República de la Mesopotamia”) con la complicidad de potencias extranjeras que de
esa manera se garantizaban la libre navegación de importantes ríos interiores que se
deslizaban entre países débiles y fácilmente dominables.
La invasión de la Confederación Peruano-Boliviana con el propósito de anexar las
provincias de Salta y Jujuy contó con el guiño de los gobernadores unitarios , como lo
hemos expresado en el capítulo 42.
Solo el triunfo de Caseros permitió a los enemigos de Rosas, y como pago convenido
por su participación en el Ejército Grande, la entrega al Brasil del rico e histórico
territorio de las Misiones Orientales.
Capítulo 40
Los pueblos hidrópicos de cólera
El Restaurador tenía un talento natural para la propaganda. Unos pocos y sencillos
slogans expresaban la ideología de la Causa y eran implacablemente inculcados al
público. Puede ser considerado el pionero de la propaganda política y ésta tenía por
objetivo promover la unión de la población bajo la bandera de la Federación en contra
de un enemigo temible y deshumanizado, los “salvajes unitarios”, los que también eran
apostrofados de “inmundos”, “asquerosos” ,etc.
Un decreto de 22 de mayo de 1835 reforzó otro del 3 de noviembre de 1832 por el que
se ordenaba que todas las notas oficiales debían empezar con el encabezamiento “¡Viva
la Federación!” y emplear el sistema federal de fechado. Así un documento de 1835
debía consignar, además del día , del mes y del año, “Año 26 de la Libertad, 20 de la
Independencia y 6 de la Confederación Argentina”.
Aunque el decreto se refería solamente a los documentos oficiales también, por
obsecuencia o por temor, usaron el lema y las fechas los periódicos y fue también de
uso habitual en las cartas privadas.
Otro decreto del 27 de mayo de aquel año revivió el del 11 de marzo de 1831 según el
cual debía usarse el distintivo colorado punzó como “señal de fidelidad a la causa del
orden, de la tranquilidad y del bienestar de los hijos de esta tierra bajo el sistema
federal, y un testimonio y confesión pública del triunfo de esta Sagrada Causa en toda la
extensión de la República, y un signo de confraternidad entre los argentinos”.
Según E. Rosasco el rojo punzó del federalismo fue el color predilecto del Restaurador
porque de ese color era el uniforme de los “Migueletes”, cuerpo en el que, adolescente,
se había batido durante la 1ª Invasión inglesa.
“Entre las diez y once del día arribamos a dicho puerto (Montevideo), y me causó una
impresión indescriptible el ver muchas señoras que parecían se habían convenido en
traer vestidos celestes. Como en Buenos Aires era un color proscripto, que podía llevar
al insulto y hasta la muerte al que se hubiese atrevido a vestirlo, nuestra vista,
acostumbrada sólo al punzó, no pudo precaver de una sorpresa principalmente en
aquellos momentos en que ni aun podíamos darnos cuenta de la multitud de sensaciones
que experimentábamos.
“Apenas nos habíamos separado diez leguas de Buenos Aires y parecíamos hallarnos
transportados a otra región remota. Que digan los que han salido en esos tiempos de
Buenos Aires, donde se hablaba en secreto, donde tenía uno que prevenirse de sus
domésticos hasta para conversar cosas indiferentes; donde era un gran delito usar ése o
el otro color; llevar el pelo y la barba de ésta o la otra manera; donde podía tomarse una
terrible cuenta de una sonrisa, de una mirada o un gesto; que digan lo que sentían cuanto
pisaban las playas de la opuesta ribera del Plata” (J.B. Alberdi).
Hasta había una fisonomía federal. El rostro de un verdadero rosista estaba adornado
con un exuberante bigote y largas patillas, que daban un aspecto de fiereza y servían
para identificar a los compañeros de Causa
Los informes de la policía podrían condenar a un hombre por su aspecto: “No usa
bigote, es unitario salvaje”. En los desfiles federales, aquellos que no tenían el tipo
físico correcto se apresuraban a ponerse bigotes postizos. Toda la población estaba
presionada para integrar las filas federales, fuera de las cuales sólo había unos pocos
excéntricos disidentes.
El rojo era el color, y todo era rojo. Los soldados usaban chiripás rojos, gorras y
chaquetillas también rojas y sus caballos estaban engalanados en rojo. Los civiles
también adoptaron lo que parecía un uniforme reglamentario: chalecos rojos, cintas
rojas en los sombreros y divisas de seda roja en el ojal con la inscripción “¡Viva la
Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios!”.
Las mujeres debían adornar sus cabellos con cintas rojas. Los niños iban a la escuela
con uniformes federales . Los frentes de las casas y sus puertas estaban también
pintados de rojo y en el interior, los muebles y decoraciones eran rojos. A tanto se llegó
que el viajero español Benito Hortelano cuenta que en las funciones teatrales, antes de
comenzar la función, los artistas trajeados para la obra salían a escena para proclamar de
viva voz su adhesión federal y su repudio unitario con los vivas y mueras de
reglamento. Anota lo ridículo que aparecían un Nabucodonosor, un Carlos V o un
Hamlet con la divisa punzó prendida en su pecho.
Rosas había perdido, y sus enemigos lo aprovecharán hasta hoy, aquella lucidez del
principio de su gobierno cuando rechaza un obsecuente homenaje de la Junta de
Representantes aduciendo que “no es la primera vez en la historia que la prodigalidad de
los honores ha empujado a los hombres públicos hasta el asiento de los tiranos”.
Un agudo observador británico hizo notar que “los colores verde y celeste han
desaparecido del mundo de Buenos Aires hasta donde lo permiten las manifestaciones
de la naturaleza”. Sarmiento, no sin ingenio, argumentaría que Rosas hacía con las
personas lo mismo que con sus animales en las estancias: los “marcaba”.
El celeste, en cambio, sería el color unitario y su uso podía acarrear serias
consecuencias que, de acuerdo a las circunstancias y a los protagonistas, podía ir desde
el arresto hasta el degüello. Ello, como es de imaginar, obligó a modificar los colores de
la bandera nacional: al cumplirse el primer aniversario de su reasunción como
gobernador le fue obsequiada a Rosas una en la que el azul-celeste había sido
remplazado por un azul -turquesa, casi índigo. De allí en más ésa sería la bandera
oficial.
El gobierno imponía las consignas y los seguidores fanáticos las aceptaban y las
repetían con obsesivas referencias a la traición y a los degüellos. En las reuniones
federales se hacían inflamados brindis incitando a los leales a una violencia que
superara la violencia del enemigo.
El comandante Martín Santa Coloma bebió por la muerte de todos los enemigos del
Ilustre Restaurador: “Yo pido al Todopoderoso que no se nos dé una muerte natural sino
degollando franceses unitarios”. En algo le haría caso el destino pues luego de Caseros
sería degollado por expresa instrucción de Urquiza con la complacencia de Sarmiento,
quien se lo había “señalado” (“Acto del que gusté”, confesará).
Los serenos nocturnos recorrían las calles desiertas, cuando el acoso del enemigo se
hacía peligroso como sucedió con los avances de Lavalle y de Paz, cantando “¡Mueran
los salvajes unitarios!” antes de anunciar la hora, cada treinta minutos, para amedrentar
a los opositores.
En esos momentos de tensión parecía desatarse una competencia en hallar calificativos
aún más violentos, como podía leerse en un decreto conjunto de la justicia y el clero:
“Los pueblos hidrópicos de cólera os buscarán por las calles, en vuestras casas y en los
campos, y segando vuestros cuellos formarán una honda balsa de vuestra sangre donde
se bañarían los patriotas para refrescar su devorante ira”.
Capítulo 41
El bautismo de Argentina
Nuestra historia oficial no deja de recordar a aquel mediocre vate de la Conquista
española , del Barco Centenera, el primero que versificó la palabra “argentina” para
designar los territorios del virreynato del Río de la Plata, pero aún falta al
reconocimiento de que fue don Juan Manuel, consecuente con su pasión por la
organización nacional, quien ordenó la utilización formal de los términos
“Confederación Argentina” en el encabezamiento de los textos oficiales. Fue ese el
formal bautismo de nuestra patria
Capítulo 42
La entrega unitaria
Podrá criticársele a don Juan Manuel su ferocidad siempre y cuando se tenga la
hidalguía de aceptar su fervorosa defensa de nuestra soberanía y nuestra integridad
territorial constantemente amenazadas, no sólo por los de afuera sino también por los de
adentro.
Uno de esos casos se gestó cuando se creó en Montevideo la “Logia de los Caballeros
Liberales” a imitación de una entidad secreta que con ese nombre funcionaba en
Buenos Aires y cuyo “venerable” era Carlos de Alvear, el obstinado enemigo de San
Martín. El titular de la sociedad secreta de emigrados sería Rivadavia , residente en
Colonia, pero su activo gestor en Montevideo fue Valentín Alsina. Se admitía a todos
los antirrosistas, aún a los federales “lomo negros” y “cismáticos” pero el control lo
tendrían los unitarios.
Los exiliados estaban distribuidos en todo el territorio oriental.
En Colonia vivían Rivadavia, Alvarez Thomas, Lavalle, Daniel Torres; en Mercedes,
Salvador María del Carril y Luis José de la Peña; en Montevideo, Julián Segundo de
Agüero, el canónigo Vidal, los tres hermanos Varela (Juan Cruz, Rufino y Florencio),
Francisco Pico, Valencia, Cavia, Valentín Alsina y Tomás de Iriarte; en Durazno, junto
a Rivera, José Luis Bustamante; en Carmelo los generales Espinosa y Olazábal; en
Paysandú, Lamadrid y Chilavert.
Alsina redactó las “Instrucciones” para la formación de las logias filiales a abrir en
todos los puntos donde hubiese exiliados. El manejo de cada una lo tendrían cinco a
ocho unitarios cerrados. El “venerable” era designado por la Logia Central de
Montevideo, y el de ésta por la de Buenos Aires.
El jefe de los conspiradores se carteaba con el mariscal Santa Cruz, presidente de
Bolivia y aparentemente autor de un “Gran Plan” para acabar con Rosas. Una carta
privadísima fechada en Colombia el 20 de agosto de 1835 fue incautada al apresarse el
buque arequipeño “Yanacocha”.
Ella contestaba una comunicación de Santa Cruz (“aceptando, general, vuestra
generosa protección, y si es necesario la imploro”). Respondiendo a una pregunta del
mandatario boliviano el anónimo complotado decía que “los pueblos de Jujuy, Salta,
Tucumán y Catamarca” podían separarse de la Argentina e incorporarse a la
Confederación peruano-boliviana a condición de quedar “en paz con los argentinos”; se
debían agregar también “los pueblos de Cuyo porque es necesario que los Aldao salgan
o desaparezcan de Mendoza”.
Daba su versión sobre el estado político de Buenos Aires: “El odio contra los federales
bastardos y su atroz caudillo se ha convertido en frenesí, su detestable corte corre
desenfrenada en la carrera de los crímenes, los primeros puestos del gobierno son
ocupados por los primeros malhechores, la más inaudita tiranía se ejerce en todos los
actos de aquel desgraciado suelo; allí se persigue con encarnizamiento al propietario, al
hombre industrioso y al padre de familia, el saber es un delito (...) Rosas es un monstruo
que no tiene semejanza en la historia de los más famosos criminales”.
Termina: “Observad, general, que por la primera vez se dirige un general argentino
con esta misión de duelo. General: repito, vuestra voluntad será la nuestra; Vos
representáis, general, el tribunal de las naciones americanas; pronunciad vuestra
sentencia y sabremos si hemos de ser de vida o de muerte. El amigo”.
Como al parecer se trataba de un general y residente en Colonia, Rosas creyó que se
trataba de Lavalle . Pero el estilo de éste no era “de frases sublimes y lenguaje exótico”,
y al informar más tarde a los gobernadores del interior don Juan Manuel se rectificaba:
“La carta no es del general que se supone, o se cree, sino de don Bernardino Rivadavia”.
Luego se sabrá que quien ofrecía “generosamente” a la Confederación peruanoboliviana las provincias norteñas y cuyanas era Carlos de Alvear, quien luego viraría al
rosismo al ser designado embajador en los Estados Unidos en una evidente maniobra de
don Juan Manuel para alejar de Buenos Aires a tan peligroso adversario, apoyado por la
aristocracia porteña e internacional y por las sociedades secretas, lo que le había
permitido sobrevivir a penosas contingencias como su conflicto con San Martín, una de
las principales causas del largo y sufrido exilio del Libertador; su traición a Artigas,
tomando Montevideo en su lugar en violación de lo acordado; su ominosa caída del
Directorio, luego de intentar convencer a la Corona Británica de hacerse cargo de las
Provincias Unidas del Plata; su alianza con Estanislao López a quien también
traicionaría cuando dejó de serle útil para sus intereses personales.
Nada de ello ha sido inconveniente para que don Carlos de Alvear y Balbastro,
reivindicado por los vencedores de Caseros, goce del más bello monumento ecuestre en
la capital argentina, obra del genial escultor francés Bourdelle.
Para nuestra historia oficial es más grave defender los intereses de los sectores
populares que la intención de enajenar una parte de nuestro territorio. ¿Acaso no hemos
honrado a Manuel García, el nefasto “entegador” de la Banda Oriental con una calle ,
que la ciudad de Buenos Aires ha negado al patriótico caudillo santafesino Estanislao
López?
Capítulo 43
El autócrata paternal
“Para mí el ideal de gobierno feliz sería el autócrata paternal, inteligente,
desinteresado e infatigable (...) He admirado siempre a los dictadores autócratas que han
sido los primeros servidores de su pueblo”, les explicaría a Vicente y a Ernesto Quesada
cuando en 1873, veintidós años después de Caseros, visitaron a Rosas en
Southampton. Sin duda se estaba retratando a sí mismo pues nadie podía dudar de su
autoritarismo, ni de su inteligencia, ni de su honestidad, ni de su vitalidad. La “falla” de
ese programa de gobierno es que no había lugar para la disidencia.
Lo que no puede discutírsele a Rosas es que él fue el formador del estado argentino.
Tanto fue así que es durante su gobierno que comienza a hablarse de “República
Argentina”. Y éstos procesos históricos, a nivel mundial, han sido inevitablemente
violentos y crueles.
Para crear estado (“state-making”) siempre y en todas partes fue necesario arrasar con
la autonomía de entidades feudales, de ciudades, de órdenes religiosas o, simplemente,
de otras organizaciones políticas de base territorial que perdieron guerras con los
“centros” que acabaron por imponer su dominio integrador en unidades mayores.
“Ganar” quería decir formar una unidad territorial sujeta al mando económico, legal y
militar de un centro.
Estos procesos hasta la formación de lo que podrá llamarse un estado nacional
inevitablemente tiene avances y retrocesos, y no pocas veces duraron siglos. El estado
italiano, por ejemplo, se constituirá tardíamente.
Gran Bretaña comenzará con los Tudor y culminará con Cronwell, aunque no logrará
subordinar por completo a Gales, Escocia y, mucho menos, a Irlanda. Francia
empezando con los Borbones, especialmente Louis XIV y coronando con la Revolución
Francesa y luego Napoleón. Los Estados Unidos de Norteamérica solo logrará su
constitución como estado luego de la sangrienta Guerra Civil. Todos ellos procesos
violentos pues la subordinación territorial, económica, cultural y a veces también
religiosa de gente y de regiones siempre requirió de la fuerza.
Rosas fue el primer intento de constitución de un estado, de una unidad política. Al fin
de su mandato la Argentina había nacido definitivamente, era una gran estancia en la
que muchos de sus habitantes habían desarrollado, a ejemplo de su gobernante,
suficiente sentimiento nacional como para enfrentar a grandes potencias mundiales en
defensa de una palabra novedosa que hicieron propia los sectores populares mucho
antes que la clase alta: soberanía.
Quizás pueda decirse que Rosas fue el primer patriota nacional, mientras San Martín
lo fue como sudamericano. No es banal recordar que el Libertador desembarca en Perú
portando una bandera chilena y que nunca perderá su objetivo de Patria Grande.
El Restaurador, en cambio, se obstinó en definir apasionadamente su “nación”,
concepto en cambio liviano para un Sarmiento indiferente a la pérdida de la Patagonia,
de un Paz y un Florencia Varela asociados con los “gringos” para constituir una
república independiente con las provincias del Litoral, de un Alberdi y sus colegas
intelectuales que argumentarían que su patria era la democracia y que por ello
reconocían más a la tricolor francesa que a la bandera argentina, de los “Caballeros
Liberales” acaudillados por Alvear y Rivadavia que entregaban a Bolivia nuestros
provincias norteñas como precio de su apoyo para derrocar a Rosas.
Sarmiento, lúcido, no tendrá otra alternativa que reconocerlo, aunque sesgadamente:
“Queríamos la unidad en la civilización y en la libertad, y se nos ha dado en la barbarie
y en la esclavitud”. Aquí “unidad” quiere decir estado y nación.
A ello se referirá T. Halperín Donghi: “Es la solución lentamente preparada por la
crisis de la década que comienza en 1820, lentamente madurada en la década siguiente
gracias a la tenacidad de Juan Manuel de Rosas. Con ella ,en efecto, surge finalmente el
orden político que la revolución, la guerra, la ruptura del orden económico virreinal (y
la crisis de las elites prerrevolucionarias que es consecuencia de estos tres procesos) han
venido preparando.
“Tal como entrevió Sarmiento la Argentina rosista con sus brutales simplificaciones
políticas, reflejo de la brutal simplificación que independencia, guerra y apertura al
mercado mundial habían impuesto a la sociedad rioplatense, era la hija legítima de la
revolución de 1810”.
Rosas tuvo una serie de limitaciones internas y externas que no le permitieron avanzar
mas allá en un proceso de construcción del estado que completaron, paradojalmente,
quienes lo derrotaron y, más aún, quienes lo execraron como los brillantes Mitre y
Roca. Tampoco en ello nuestro país es diferente a otros pues los que “empiezan” y los
que “terminan” suelen ser muy diferentes, incluso mortales enemigos.
Alguien que nunca se caracterizó por sus simpatías por don Juan Manuel reconocerá
que es absurdo reclamarle democracia cuando “había sistemas liberal-representativos en
muy pocos países, ni aún en los paradigmáticos: los Estados Unidos con sufragio
masculino universal pero con absoluta exclusión de los esclavos; Inglaterra con
franquicias que implicaban que menos del 10% podía votar; Francia fluctuaba entre
períodos de sufragio masculino universal con otros de limitaciones similares a las
británicas, en una sociedad en la que autonomías, culturas y lenguajes habían sido
brutalmente suprimidas por los Borbones, por la Revolución y por Napoleón”(G.
O´Donnell).
Desde el momento de su acceso al poder, según Lynch, Rosas “retuvo los clásicos
derechos de soberanía en toda su pureza “hobbesiana”, el derecho a inmunidad contra el
derrocamiento, disenso, crítica y castigo, el poder de vida y muerte, el derecho a usar
todos los medios para preservar la paz y la seguridad para todos, el poder de emitir leyes
referidas a los derechos de las personas y de la propiedad, el derecho de judicatura, el
derecho de hacer la paz y la guerra con otras naciones, el derecho de establecer
impuestos, el derecho a elegir sus propios ministros, magistrados y funcionarios, el
poder de recompensarlos, castigarlos y otorgarles honores. Todos estos derechos eran
inseparables y no había división de poderes”.
Los mismo derechos que invistieron a Otto von Bismarck, el “Canciller de Hierro”,
que logró la unidad de Alemania y su parto como nación. Para ello libró en 1866 una
sangrienta guerra contra Austria, haciendo que Viena cediera a Berlín el papel rector del
mundo germano. Mas tarde provocó otro victorioso conflicto armado contra Francia y
sus aliados. En lo interior condujo una política de “mano dura” sin espacio para la
oposición, aunque dictó medidas populares que le granjearon el apoyo de las clases
bajas.
Las similitudes entre Rosas y Bismarck son grandes, sin embargo éste es un héroe
nacional mientras que aquel es execrado por nuestra historia oficial, y no deja de
reprochársele una dureza que en el alemán es considerada su principal virtud, necesaria
para el objetivo logrado. Jamás se le perdonaría al denostado argentino una frase como
del ensalzado teutón: “No se deciden las grandes cuestiones por leyes ni discursos, sino
por hierro y sangre”.
El pueblo alemán acompañó al “Canciller de Hierro” en su patriótico propósito de
consolidación y expansión territorial, mientras que sectores decisivos de nuestra
población, sobretodo los “decentes”, no vacilaron en aliarse al enemigo extranjero, en
una trágica demostración de falta de conciencia nacional, mereciendo los terribles
juicios, dramáticamente actuales, del representante estadounidense en el Río de la Plata,
Francis Baylies, llegado en 1832: “Los argentinos no poseen el sentimiento de lo que
llamamos amor a la Patria; la labor de gobierno es un conchabo, y sus funciones y
cargos son considerados empleos para ganar dinero, una especie de patente para obtener
coimas”
Rosas fue conservador en su visión de la realidad y aborrecía a los liberales que
reivindicaban el humanismo y el progreso, los consideraba “cajetillas intelectuales” que
caían dentro de su desconfianza por las ideas importadas de Europa e inaplicables en
suelo argentino. Quizás porque a un estanciero argentino ningún inglés ni francés tenía
nada para enseñar acerca de la cría de ganado y el cultivo de cereales en una pampa
interminable.
Se consideraba un verdadero demócrata por el espacio y la jerarquía que había dado a
las clases populares, a quienes no les concedería el voto ni tampoco reconocibles
ventajas materiales, pero estaba seguro de haberlos respetado y representado en sus
intereses.
Su base de poder fue la estancia, foco de recursos económicos y sistema de control
social. El Restaurador tuvo un proyecto económico que nos introdujo en el capitalismo:
transformar a la Argentina en una inmensa estancia, organización y funcionalidad que
perdura hasta nuestros días.
No imaginó gobernar sin el poder absoluto como no es posible administrar una
hacienda si el patrón no puede imponer su autoridad. Le pareció lógico proceder a
tomar la posesión total del aparato estatal :la burocracia, la política, el ejército de línea.
Con los principales medios de coerción en sus manos gobernó para estancieros y
gauchos, que constituían el federalismo, y en contra, con excesiva violencia, de los
comerciantes especuladores, de los intelectuales afrancesados y de los irrespetuosos a la
religión, a la patria y a las tradiciones.
Al final de su gobierno, malo para muchos o bueno para otros, la Argentina existía.
Como estado y como nación. Sin pérdidas territoriales. Y con algunos orgullos. Sólo
restaba darle una constitución , pero había alcanzado la organización necesaria para ello.
Capítulo 44
Guerra contra Bolivia y Perú
El 19 de mayo de 1837 la Argentina de Rosas entra en guerra contra la Bolivia de
Santa Cruz, quien sorprendentemente había logrado convencer de ser “su hombre en
América” al nuevo rey de Francia, Luis Felipe de Orleáns, el mismo que años atrás
hubo de ser el “soberano” de las Provincias Unidas del Río de la Plata de haber
prosperado las gestiones del entonces Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón en
acuerdo con los congresales que pocos meses antes había decretado nuestra
independencia en Tucumán.
El encargado de tales negociaciones secretísimas, el canónigo masón Valentín Gómez,
fracasó por el poco entusiasmo de Gran Bretaña en que Francia pusiese el pie en
Sudamérica y también por la oposición de los sectores populares de Buenos Aires y de
los caudillos provinciales que se enfurecieron al trascender los planes de entrega a otra
potencia europea.
No fue el único intento de conjurar la anarquía coronando un príncipe europeo, es
decir retornando a la situación de colonia. Es claro que Rosas significó el rechazo,
sobretodo del pueblo, a tal “solución” y lo que se plebiscitó fue la búsqueda de una
salida nacional.
En Francia son tiempos de chauvinismo, es decir de sobreactuaciones patrioteras,
causa y consecuencia del ascenso a primer ministro de Louis Adolphe Thiers, un
apasionado restaurador del “honor francés”. Este había sido mancillado en América
cuando los Estados Unidos, en 1834, embargaron las propiedades de los franceses para
cobrarse una opinable deuda que se arrastraba desde los tiempos de Napoleón. La
opinión pública gala se enardeció por la falta de respuesta ante tamaña afrenta y el rey y
su primer ministro comprendieron que se imponía una retaliación. Para ello elegirían un
rival mucho más débil que la económica y militarmente poderosa Norteamérica.
El mariscal Andrés de Santa Cruz, que durante las guerras de la independencia había
militado del lado español hasta que su derrota fue evidente, ahora presidía una
Confederación peruano-boliviana llamada “Estados del Perú”. Su pragmática actitud
hacia las potencias extranjeras era tan dócil como la de los unitarios argentinos, en
contraste con el altivo nacionalismo de Rosas y de Diego Portales en Chile. Eso lo hacía
un socio ideal para las ambiciones de la corona francesa, que acordó apoyar al boliviano
en sus pretensiones de expansión territorial a cambio de la penetración en los mercados
a conquistar por las armas.
Los unitarios, algunos exiliados en la misma Bolivia, no dejaron pasar la oportunidad
que se les presentaba y conspiraron a favor del nuevo enemigo del régimen rosista,
aceptando la posibilidad de enajenar las provincias del norte. Todo era posible con tal
de derribar a Rosas y su “chusma”, a favor de una debilitada conciencia nacional,
entreguista, que no pestañeaba ante la descomposición territorial.
Santacruz, confiado en el armamento que le ha facilitado su aliado europeo y
sostenido por su apoyo económico, comete el error de abrir hostilidades
simultáneamente con Chile y con Argentina, quienes se ponen de acuerdo para encarar
una acción coordinada. Portales declara la guerra el 11 de noviembre de 1836 y Rosas lo
hace más tarde para dar tiempo a su preparación, el 19 de mayo de 1837.
Inglaterra ha firmado un tratado de cooperación con Francia y por lo tanto también
apoyará a la Confederación peruano-boliviana, aunque sólo diplomáticamente, haciendo
la vista gorda cuando su socia bloquea Valparaíso y otros puertos chilenos . Asimismo
el cónsul francés en Buenos Airres, Aimé Roger, recibirá órdenes de proceder en el
mismo sentido si Rosas no depone su belicismo.
Las acciones militares iniciales favorecen claramente a las fuerzas bolivianas
cuyos agentes logran provocar una fugaz sublevación en el ejército chileno que culmina
el 3 de junio con el fusilamiento de Portales, perdiendo Chile a su gran conductor.
El Restaurador encomienda a su fiel coronel Alejandro Heredia que con su
oficialidad predominantemente unitaria y con sus soldadesca inexperta y desanimada
defienda nuestra frontera norte que ha sido franqueada por dos columnas. Una ingresa
por La Quiaca y la otra por Santa Victoria e Iruya. Una muestra de las dificultades que
encontraba la acción defensiva argentina fue que el destacamento de esta última
localidad, al mando del coronel unitario Manuel Sevilla, se pasó al enemigo.
El 11 de septiembre, sin haber encontrado mayor resistencia en un Heredia que se
afanaba en constituir algo parecido a un ejército, las dos columnas invasoras confluyen
en Humahuaca, quedando incorporadas formalmente a territorio boliviano las tierras
conquistadas.
Las cosas tampoco mejoraban en el frente chileno, donde el almirante Blanco
Encalada, héroe de la independencia transandina, se rendía ignominiosamente en
Paucarpata ante Santa Cruz..
Para colmo de males el cónsul Roger ordena al comandante de la flota francesa
recalada en Río de Janeiro que navegue hasta Buenos Aires para dar fuerza al reclamo
que presenta el mismo día en que la nave insignia, la corbeta “Sapho”, hace su entrada
en el río de la Plata. Se exigía la inmediata libertad del litógrafo francés Hipólito Bacle,
preso por haber vendido información cartográfica a Bolivia; también la del cantinero
Pedro Lavié, nacionalizado francés, condenado por haber robado en el regimiento al
mando del coronel Antonio Ramírez con asiento en Dolores. Asimismo se agregaba en
el memorial presentado el 30 de noviembre en carácter de “ultimátum” la eximición del
servicio militar para dos franceses. Por fin, y esto era lo más anhelado por la Cancillería
y el Ministerio de Guerra de Luis Felipe, que en lo sucesivo se diese a Francia el mismo
tratamiento que Rivadavia acordase con Inglaterra en 1825: el de “nación más
favorecida”,que implicaba algunas concesiones de tipo comercial y que sus ciudadanos
fuesen exceptuados de la incorporación al ejército argentino.
Como podrá advertirse las reclamaciones no eran difíciles de satisfacer. Pero el
Restaurador estaba convencido de que estas eran sólo el pequeño agujero en el dique
que a la larga se derrumbaría. De ceder luego sería imposible ponerse firmes ante las
imposiciones que sobrevendrían después y que pondrían en riesgo la soberanía nacional.
Así habían actuado las imperiales Francia e Inglaterra en otros lugares del mundo .
El cónsul Roger estaba convencido, y así lo había comunicado a su gobierno, que don
Juan Manuel cedería prestamente en consideración a la difícil situación que le creaba la
exitosa invasión boliviana sumada a la vigorizada oposición unitaria, a lo que se había
agregado la imponente demostración de fuerza de la escuadra francesa con la amenaza
de un bloqueo que amenazaba con arruinar la economía de los argentinos.
Pero eso era desconocer el temple de quien había sido capaz de rebelarse ante el
autoritarismo de doña Agustina, y que vivía el planteo de los “gringos” como una
afrenta intolerable contra la patria, sin especular acerca de debilidades o fortalezas. Lo
que estaba en juego era la dignidad del gaucho, capaz de perder su vida con tal de lavar
una mancha en su honor aunque tuviese todas las de perder en el lance.
Rosas recién contestará el 8 de enero de 1838, haciendo guerra de nervios, que Roger,
siendo sólo cónsul, carecía de rango diplomático para hacer reclamaciones en nombre
de su gobierno. Mucho menos en tono descomedido. El gobierno argentino manifestaba
su mejor predisposición a recibir a un ministro plenipotenciario para conversar sobre
acuerdos entre ambas naciones.
Capítulo 45
El bloqueo francés
El bloqueo estaba en plena acción. Había sido declarado formalmente por el almirante
francés Leblanc el 28 de marzo de 1838. El cónsul Roger informará a París, el 4 de
abril, que la intención era “infligir a la invencible Buenos Aires un castigo ejemplar que
será una lección saludable para todos los demás estados americanos (...) La partida está
empeñada y toda la América abre los ojos; corresponde a Francia hacerse conocer si
quiere que se la respete”.
Como sucederá en otras oportunidades durante el gobierno rosista sus adversarios
cometerán el error de suponer que “todos” estaban en su contra y que aprovecharían la
primera oportunidad para sublevarse en masa contra “el tirano sangriento”. Esa visión,
que tendrá aceptación en Europa, es la de la clase pudiente, mayoritariamente contraria
al Restaurador, que se negaba a aceptar que la inmensa mayoría del pueblo le daba su
apoyo. Mucho más en circunstancias en las que estaba en juego el honor de una patria
invadida simultáneamente por dos países extranjeros y sus estrechos asociados: Francia
e Inglaterra, Bolivia y Perú.
Tal como preveían Luis Felipe y Thiers la incursión americana encendió el
chauvinismo francés. En la “Revue des deux Mondes” podía leerse sobre “el alto deber
que incumbe a Francia de ejercer su influencia disciplinaria y civilizadora sobre los
degenerados hijos de los héroes de la conquista española”.
Pero don Juan Manuel sabía que uno de los puntos débiles de la “gesta disciplinaria y
civilizadora” era la incomodidad que los comerciantes ingleses en el río de la Plata
creaban a su gobierno con las airadas protestas por el perjuicio que el bloqueo producía
en sus negocios. Rosas había designado embajador en Gran Bretaña al brillante
hermano de Mariano Moreno, Manuel, quien acosó sin descanso al Foreign Office
señalándole su error en apoyar la aventura francesa.
Los efectos del bloqueo fueron devastadores sobre todo para la clase alta que no pudo
seguir abasteciéndose de productos extranjeros o debió comprarlos a los altísimos
precios del contrabando que las mismas naves bloqueadoras favorecían a cambio de
pingües beneficios. Don Juan Manuel y los suyos siempre reprocharán a Urquiza haber
sido uno de los beneficiarios usando para ello las despejadas costas del litoral
entrerriano.
En cambio la base del rosismo, los gauchos, los mulatos, los orilleros, los indios, no
sufrieron mayormente ya que su alimentación básica era provista por la naturaleza:
carne, frutas, verduras, trigo.
Lógicamente también disminuyó la recaudación aduanera a su cuarta parte. Rosas
cargó la compensación sobre la clase “decente”: redujo los sueldos de la administración
hasta “la congrua” suficiente; suprimió también los subsidios a la educación, cerrando
escuelas y universidades donde anidaban opositores, lo que fue aprovechado por la
oposición para acusarlo de “amigo de la ignorancia”; en cuanto al presupuesto de
guerra se mantuvo inevitablemente alto y sólo se hicieron recortes en los sueldos de
jefes y oficiales.
Sabido es que toda circunstancia por más negativa que sea siempre mostrará algunos
aspectos favorables. En el caso del bloqueo francés, al no llegar mercadería extranjera,
promovió un vigoroso empuje de las industrias locales, más eficaz que las medidas
proteccionistas de 1835, las que quedaron transitoriamente derogadas.
El conflicto suscitó reacciones diferentes en unitarios y en federales cismáticos. En
algunos de éstos privó un sentimiento de patria al ver a la Argentina agredida desde el
exterior. Fue así que los generales Soler, Lamadrid y Espinosa regresaron de su exilio
en Montevideo para ofrecer sus servicios a quien hasta entonces habían combatido.
Otros, en cambio, sólo vieron en los sucesos la posibilidad de la caída de Rosas. No
vacilaron en prestar su apoyo a los invasores. A ellos se referirá San Martín, desde
Francia, en su carta a Rosas del 10 de julio de 1839: “Lo que no puedo concebir es que
haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para
humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufriríamos en tiempos
de la dominación española. Una tal felonía, ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.
Este apoyo del Libertador, que Rosas ni lerdo ni perezoso haría reproducir en la prensa
adicta fue respondida sin firma en “El Nacional” de Montevideo el 13 de noviembre dc
1839 :
“San Martín: Envanecido con gloria que debió a la suerte y a los esfuerzos de otros,
quiso hacer en Lima lo que Bolívar intentó en Colombia con mayor caudal de poder, de
riquezas, de recursos y de prestigio. Conoció su error y en la disyuntiva de mandar
como absoluto o reducirse a la nulidad, elige este segundo partido; abandona la tierra, se
va a disfrutar lo que la buena suerte le dio en doce años de afanes; dejó a sus
compañeros corriendo los azares de las conflagraciones políticas. Vive contento de no
haber marchado hasta el pináculo de la gloria cuyo término dudoso, o no era para su
corazón o no supo continuar”.
Pero a Francia, a Bolivia, a los unitarios, a todos quienes estaban directa o
indirectamente comprometidos en la operación se les presentaba un problema insoluble:
Rosas no manifestaba la mínima intención de rendirse y por el contrario había logrado
algunos éxitos contra las fuerzas invasoras del mariscal Santa Cruz.
Además algunas provincias que en un principio se habían mostrado remisas a hacerlo
por considerar que el conflicto era esencialmente porteño y que debería haberse
solucionado con diplomacia, finalmente, por presión de sus enfervorizadas ciudadanas y
ciudadanos terminaron apoyándolo.
Capítulo 46
La máquina infernal
-Abrala usted, m’hija.
-Gracias, tatita.
Manuelita tomó la caja que hacía ya días que estaba sobre una cómoda del despacho
de su padre.
-La trajo el Almirante Dupotet por encargo del cónsul de Portugal, desde Montevideo.
Eran los tiempos del bloqueo francés y que hubiera sido un francés quien lo trajese
hizo, probablemente, que el Restaurador se olvidara del paquete.
-Gracias, tatita –repitió su hija caminando hacia su dormitorio, alegremente expectante
porque los envoltorios de seda y cachemira con ribetes de hilos dorados preanunciaban
un regalo importante.
-Creo que son monedas –le había advertido Rosas sin levantar su vista de una
comunicación de Guido, su embajador en Brasil. Mentalmente, en silencio, completó la
frase: “...de la Sociedad de Anticuarios de ... no me acuerdo dónde... Copenhague, me
parece”.
Manuelita se dejó caer sobre su mullida cama y dejó al descubierto una bella caja
labrada, de finas maderas. Al introducir la llave la tapa saltó repentinamente. No pudo
reprimir un grito de susto que atrajo corriendo a su padre.
En el interior de la caja una hilera de pequeños tubos amenazantes los apuntaban.
Durante algunos segundos Rosas observó el extraño artefacto hasta que en su mente se
hizo la luz.
Al día siguiente, 20 de marzo de 1841, las Provincias Unidas del Río de la Plata se
conmovieron cuando el Gobernador anunció públicamente que habían intentado
asesinarlo con una “máquina infernal” y que si seguía con vida era porque Dios había
impedido que el mecanismo funcionase.
Una enfurecida muchedumbre con distintivos color punzó recorrerá las calles de
Buenos Aires gritando “¡mueran los salvajes unitarios!” y “¡ viva la Santa
Confederación!”.
A raíz del fracaso del atentado de “la máquina infernal” el Obispo de Buenos Aires,
monseñor Medrano, entrega a Rosas, “el elegido”, una nota firmada por gran parte del
clero:
“¿Quiere V.E. conocer más claramente que Dios lo tiene escogido para presidir los
destinos del país que lo vio nacer? ¿No se apercibirá de que es disposición del Eterno
que continúe sus sacrificios, y que el único propósito que domine a V.E. sea el de
llevarlo hasta donde lo exigen los intereses de la República? Esta necesidad ya se la ha
hecho sentir a V.E. repetidas veces la voz del pueblo; ahora se la hace entender más
enérgicamente la voz del cielo, la voz del milagro”.
Capítulo 47
No somos hijos de la tierra
Vivían fuera de su país, algunos en malas condiciones económicas. Buenos Aires les
era ahora hostil, cuando siempre habían sido la elite mimada por la aristocracia y la
burguesía comercial porteña. Eran los jóvenes “de las luces”, que deseaban que su patria
progresase en la senda que marcaban los países europeos. Dejando atrás el atraso que
para ellos representaba la herencia hispánica, el catolicismo cerval, la brutalidad de los
gauchos y los orilleros, la ignorante bonhomía provinciana.
Se habían atosigado con lecturas de Rousseau, de los enciclopedistas, de Saint Simón,
y competían por conocer y adueñarse de la última novedad surgida en los cenáculos
parisinos.
Sin embargo ahora Buenos Aires estaba en guerra nada menos que contra “su” Francia
y las calles porteñas ya no eran testigo de sus paseos y de sus apasionadas discusiones
sino que ahora las transitaban los plebeyos, los bárbaros mal entrazados, de apellidos sin
relieve ni historia, de barbas desprolijas y vestimentas no “a la page”, a quienes ellos
jamás habían tenido en cuenta, ni siquiera cuando hablaban de ese “pueblo” retórico por
cuyo progreso, estaban convencidos, daban sus mejores esfuerzos.Era la hora de la
“chusma”, de gauchos de la campaña y de orilleros de los suburbios que se habían
adueñado de un Buenos Aires al que hasta no hacía mucho sentían ajeno, una ciudad
para el disfrute de otros que los miraban con desprecio pero también con miedo. Y
habían tenido razón en temerles porque ahora, con esas insignias coloradas que iban
expandiéndose en sus vestimentas y en sus sombreros, vociferaban “mueras” en su
contra y los calificaban de “salvajes”.
No dejando dudas de su fervoroso e incondicional apoyo a quien había traicionado a
su clase, un Ortiz de Rosas que enfrentaba a los admirables franceses y que lograba que
los periódicos del mundo cada vez se ocupasen más de su coraje, de su patriótica
obstinación.
Los exiliados parecían convencidos, de buena o mala fe, de las generosas intenciones
democratizantes y civilizadoras de Francia, como si no se tratase de la misma temible
potencia que ,antes o después del fracasado bloqueo, se apoderaría de Argelia, Costa de
Marfil, Guinea, Camboya, Somalía, Cochinchina, Túnez, Sudán, Congo, Madagascar,
Marruecos, Siria y Líbano.
Pero representaba para ellos lo deseable en cultura y distinción, tan contrastante con la
barbarie de los gauchos que despreciaban, motivados por su pasión por lo extranjero
que superaba a un sentimiento nacional del que carecían.
Unitarios y “cismáticos” llevaron su oposición a Rosas hasta extremos inconcebibles:
“Los que cometieron aquel delito de leso americanismo” –confesará años después, con
su habitual franqueza, Domingo Sarmiento-, “los que se echaron en brazos de la Francia
para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del
Plata fueron los jóvenes; en una palabra, ¡fuimos nosotros!”. Está claro: de lo que se
trataba era de salvar, en Argentina, “la civilización europea” y no la soberanía nacional.
Por otra parte también es evidente que los mentados “jóvenes” eran los de holgada
posición económica y social, los de la chusma, los plebeyos, rosistas hasta el tuétano, no
merecían ese calificativo.
En Montevideo, los exiliados no ignoraban cuál sería su principal aporte. No en vano
se vanagloriaban de sus títulos universitarios que no les servían para empuñar las armas
contra el dictador sino para construir la justificación ideológica de la intervención
francesa y así contrarrestar la oleada de indignación patriótica que azuzaba a las masas y
confundía a los extraños.
De eso se ocuparía quien era probablemente el más brillante de ellos, Juan Bautista
Alberdi. En cinco artículos publicados en “El Nacional” de Montevideo entre el 27 de
noviembre y el 7 de diciembre de 1838 argumentaría en estos términos:
“Nosotros traicionamos al tirano, si es que se puede ser traidor con un tirano, para ser
fieles a la patria que ese tirano despedaza(...) Nos uniremos a todos los amigos de
nuestras glorias y de nuestra dignidad para destruir al único enemigo de nuestras
glorias y de nuestros colores: el tirano de Buenos Aires(...) Si el tirano de Buenos Aires
que con tanta jactancia invoca el nombre de la patria, la amase como nosotros, la infeliz
patria no estaría hoy en las condiciones que se ve”.
“¿Estará el deshonor, entonces, en ligarse al extranjero para batir al enemigo? Sofisma
miserable. Todo extranjero es hombre y todo hombre es nuestro hermano. La doctrina
contraria es impía y bárbara. No es nuestro hermano un hombre porque ha nacido en la
misma tierra que nosotros. Nosotros no somos hijos de la tierra sino de la humanidad.
De lo contrario las bestias que han nacido en nuestra tierra serían nuestras hermanas”.
Algo menos de diez años más tarde, el 25 de mayo de 1847, Alberdi desandaría este
camino aclarando que escribe desde el extranjero, Valparaíso, “no como proscripto”
pues había salido de su patria “por franca y libre elección”. José P. Feinmann reflexiona
sobre la relación entre ambos:
“.Crearlo todo de nuevo, proponía Rosas. Crearlo todo, era la tarea de Alberdi. Y en eso
de nuevo que exige el caudillo y omite el escritor, está la secreta causa que los llevó a
enfrentarse. Porque crearlo todo de nuevo no es crearlo todo sino restaurarlo todo (...) El
fracaso del unitarismo había terminado por aclararle las cosas a Rosas. Los “doctores”,
dedujo, no entendían nada. Obtenida esta certeza su aplicada lectura de los hechos le
hizo concebir la idea de fortalecer las estructuras tradicionales del país (...) Aún estaba
fuerte el recuerdo de Rivadavia. El laicismo impuesto por las exigencias inglesas, la
constitución antipopular, los empréstitos y el liberalismo ruinoso para las provincias.
Para acabar con eso y, más aún, para erigir al país como una entidad autónoma, era
necesario reconquistar una nacionalidad amenazada por un doble frente externo e
interno. Y nada de proponerse buscar esa nacionalidad en Mayo, pues no era allí donde
estaba, sino en las profundas y lejanas creaciones del pueblo: en sus instituciones
jurídicas, en sus modalidades idiomáticas, artísticas y técnicas. No se trataba aquí de
algo surgido apenas veintisiete años atrás, sino de una pretérita cultura de siglo. El
españolismo de Rosas, que muchos liberales de izquierda y derecha han entendido como
restauración de la colonia, feudalismo o meramente barbarie, significa la clara
percepción de un problema político: desligar a un pueblo de su pasado en debilitarlo
como nación. Había, pues, que fortalecer las estructuras propias y buscarlas allí donde
estaban: en las costumbres y usos de los pueblos. La restauración se convertía en
expresión. Y esta fuerte y cerrada cultura nacional acababa convirtiéndose en una
cultura de resistencia”.
Capítulo 48
Los ejércitos auxiliares
La situación de los franceses se había complicado. Rosas ni siquiera contestaba sus
notas, además su situación militar había mejorado al frenarse el empuje del avance de
Santa Cruz, en parte por disidencias en su compleja asociación con los peruanos y en
parte porque tanto en Argentina como en Chile la reacción popular contra la invasión
extranjera había ido creciendo y organizándose.
Por otra parte los ingleses, aguijoneados por el embajador Moreno y por sus
connacionales comerciantes en el Plata, se impacientaban ante la demora de su socia
europea en resolver un asunto presuntamente fácil que ambas naciones habían acordado
que no llevaría más de un año.
La misma impaciencia crecía en la ciudadanía francesa que ya empezaba a desconfiar
de que el orgullo nacional quedase bien parado luego de esa expedición contra una
nación débil y conducida por un tirano que, riveristas y unitarios los habían convencido
de ello, sería derribado por los mismos argentinos en cuanto las naves bloqueadoras
asomasen en el horizonte.
Nada de eso había sucedido y el cónsul Roger, preocupado por su responsabilidad en
el asunto, obtuvo el acuerdo del almirante Leblanc y del canciller Molé para organizar
una fuerza “auxiliar” que completara el bloqueo con acciones militares por tierra. Esto
no podía ser implementado por las tropas francesas acantonadas en los suburbios de
Montevideo, a pesar de los airados reclamos de los unitarios, debido a que Inglaterra no
lo toleraría. Una cosa era derribar a Rosas y así garantizar la navegación de los ríos
interiores de Argentina para que Francia e Inglaterra comerciaran con los países
sudamericanos, y otra permitir que otro país europeo, hoy aliado pero hasta hacía poco
enemigo, ampliara su espacio de dominación militar y política.
Habría dos ejércitos “auxiliares”, uno a cargo de Domingo Cullen, ministro del
gobernador santafesino Estanislao López quien, enfermo, le ha cedido el mando de los
asuntos políticos. Aquel ha logrado casi convencer a los gobernadores de Entre Ríos,
Corrientes y Córdoba que el conflicto es exclusivo de Buenos Aires y que Rosas ha
logrado nacionalizarlo perjudicando seriamente a sus provincias.
Audaz, sobrevalorándose, el 5 de junio de 1838 Cullen propone a los invasores separar
a dichas provincias y a Santa Fe constituyendo una república aparte, europeísta, con la
condición de que el bloqueo les fuese levantado. Se hubiese cumplido así el viejo sueño
de no pocos provincianos de quitar puerto y aduana a Buenos Aires.
La otra fuerza “auxiliar” se reclutaría y entrenaría en la Banda Oriental de manera de
completar una operación de pinzas sobre Rosas. Para ello era indispensable defenestrar
al federal gobernador Oribe y poner en su lugar al dócil y unitario Rivera.
Oribe no era Rosas y entonces un bombardeo sobre Montevideo y un “ultimátum”
bastaron para cambiar de gobierno, no sin que antes de huir hacia Buenos Aires el
derrocado protestase contra “la infamia, alevosía y perfidia del contralmirante francés y
demás agentes de Francia”, aduciendo además que su “renuncia era nula por arrancada a
la fuerza”. Este texto repercutió en todo el mundo, quizás divulgado por Gran Bretaña
que ya buscaba la forma de que el asunto del río de la Plata terminase de una vez por
todas.
Los franceses se abocaron a la tarea de convencer a Rivera de que era él quien debía
conducir las fuerzas que tomarían Buenos Aires, en combinación con las de Cullen,
mientras la flota francesa intensificaría el bloqueo ocupando además los ríos Paraná y
Uruguay para impedir los movimientos y el aprovisionamiento de las fuerzas que
respondían a Rosas.
Rivera ,desentendido de las razones de la alta política europea que impedían que la
beligerancia francesa se mostrase abiertamente, exigió que la nación bloqueante
formalizase una declaración de guerra contra la Argentina y recién entonces acordar una
conveniente alianza franco-oriental.
Aunque no obtuvo resultados en ello, lo que sí consiguió es que los franceses
desembolsaran una importante suma de dinero para armar y reclutar su ejército.
Entonces el flamante gobernador de Montevideo, quien de allí en más aprendería a
lucrar con la desesperación de los europeos sin inquietar a su respetado Rosas, aceptó.
Contará el general Paz, años después, que el científico Bompland, quien había tratado
muy de cerca al general Rivera, le decía asombrado: “El general Rivera me ha referido
hechos de su mocedad que no le hacen honor, como si no se apercibiera que, tan lejos
de ser una virtud, debieran causarle eterna vergüenza. Me refería un día que, de acuerdo
con otro pillo, hicieron una expedición a un pueblo de su país llevando secretamente
una partida de barajas o naipes compuestos, con los que desplumaron inhumanamente a
todos los aficionados. Otra vez hizo otra excursión a correr carreras donde,
corrompiendo a los corredores de profesión, hizo que sus caballos, que no eran mejores,
llevasen el vencimiento de todas las carreras. Lo más singular es –continuaba- que lo
decía con un aire de satisfacción que probaba estar lleno de ella dentro de sí mismo”.
Como parte de la ofensiva que confiaban sería la final, la escuadra francesa atacó la
isla de “Martín García” defendida por una pequeña guarnición de poco más de cien
hombres al mando del teniente coronel Jerónimo Costa y una pequeña batería a cargo
del capitán Juan Thorne, que años más tarde también se desempeñaría con heroísmo
durante la batalla de la “Vuelta de Obligado”.
La resistencia fue recia, cobrando vidas de ambos bandos, pero finalmente los
defensores debieron rendirse ante la superioridad numérica y armamentista de los
atacantes conducidos por el contralmirante Daguenet quien, en muestra de respeto por
su coraje, devolvió a Costa la espada que le había entregado al rendirse y puso a su
disposición y de los patriotas sobrevivientes un lanchón para regresarlos a Buenos Aires
donde un pueblo enfervorizado los recibió en triunfo el 14 de octubre de 1838.
La clase pudiente de Buenos Aires, en cambio, asiste con creciente alarma y temor a la
evolución de los acontecimientos pues es muy ostensible la impotencia de los
bloqueadores mientras en la chusma aumenta el entusiasmo patriótico. Es que algunos
acontecimientos favorables van descomprimiendo la situación federal. Cullen, quien ha
remplazado a Estanislao López en el gobierno de Santa Fé a su muerte, el 13 de
septiembre es desplazado por el hermano de aquél, “Mascarilla” López, al frente de
fuerzas federales y huye a Córdoba en primera instancia pero con Rosas decidido a no
tener clemencia con él sigue hacia Santiago del Estero para cobijarse en su gobernador,
Felipe Ibarra.
Finalmente el Restaurador logra que el santiagueño deje de lado sus remilgos, ya no
tan convencido de la definitiva derrota de Rosas, y le aconseje a su huésped que “se
pusiera unas medias de lana porque iba a remacharle dos barras de grillos”. El coronel
Pedro Ramos se encargará de fusilarlo apenas traspuesto el límite de la provincia.
Otra noticia que será celebrada con varios días de festejos, además de un solemne “Te
deum” al que asiste el Restaurador y repiques de campanas, fue el resultado de la batalla
de “Yungay”, el 20 de enero de 1829,en que las fuerzas chilenas al mando del general
Bulnes destrozarán definitivamente a las peruano-bolivianas de Santa Cruz, quien huirá
hacia Ecuador.
Ahora don Juan Manuel podría concentrase exclusivamente en contrarrestar a la
escuadra francesa y a su “auxiliar” uruguayo, el inactivo y pedigüeño Rivera.
Capítulo 49
Sombras de Heredia y Dorrego
En el juicio que se le siguió al conspirador unitario Marco Avellaneda en el consejo de
guerra de Metán en 1841, negó que hubiese ordenado la muerte de Heredia, uno de los
más leales y populares gobernadores federales y heroico defensor de nuestra soberanía
ante la invasión del mariscal Santa Cruz.
Rosas le había anunciado a Heredia que era inútil y riesgoso intentar acuerdos con los
unitarios. El 16 de julio de 1837 le escribía que lo consideraba un buen federal pero
que, “en fuerza de su noble índole y de los sentimientos suaves y generosos que le
imprimieron en su educación”, le sucede lo que a Dorrego: que “no llega a penetrar ni a
persuadirse bien a fondo de toda la perversidad y acedía de los unitarios”; e insistía en
que podía pasarle lo que al precursor federal y a Quiroga. Un trabucazo letal se
encargó de darle la razón.
En su imposible defensa Avellaneda aceptó haber prestado sus caballos a los asesinos
por no saber sus propósitos, hallarse en el lugar del crimen de casualidad porque
cabalgaba por el camino de Lules yendo a visitar a un pariente que no identificó, que
entró en Tucumán con los asesinos gritando “¡Ha muerto el tirano!” porque que lo
obligaron a seguirlos y gritó de miedo, que reunió esa noche la Legislatura para elegir
nuevo gobernador por presión de los asesinos, y que ni entonces ni nunca denunció ni
nada hizo por perseguir a Robles y los suyos por estar atemorizado.
Fue condenado a muerte como “instigador y principal culpable de la muerte del
general Heredia” y su cabeza colgada en una pica en la plaza de Tucumán.
Un romance de tradición oral une la muerte de dos respetados caudillos federales:
“Sombras de Heredia y Dorrego
si es que ya en el cielo estáis,
os rogamos por la patria,
que estas tierras protejáis.
No dejéis que en mil hogares
se sufran negros dolores;
no dejéis que aquí la paguen
los justos por pecadores”.
Capítulo 50
Un profundo pesador
Un funcionario de alta jerarquía que olvidó encabezar un decreto con el lema federal
se humilló ante Rosas rogándole perdón por escrito:
“Me hallo agobiado con un profundo pesador al saber que he tenido la enormísima
desgracia de haber disgustado a V.E. Protesto ante 213 y 214 de galvez) V.E. por lo
más sagrado que solo por un descuido puramente involuntario puedo haber dejado de
escribir la palabra salvaje unitario (...) ¿Sería creíble que contradiciendo mi modo de
discurrir, me hubiera decidido a dejar de escribir la palabra salvaje unitario, cuando a la
exactitud de su aplicación se agrega mi convencimiento íntimo de la justicia de ella?”.
Capítulo 51
Si Ud. me cree de alguna utilidad
Indignado por la conducta de los franceses hacia su patria, San Martín desde Grand
Bourg, cerca de París, escribe a Rosas el 5 de agosto de 1838. Es la primera misiva del
Libertador al Restaurador, a quien nunca había tratado pero sí elogiado en su
epistolaridad con Guido y con O’ Higgins.
Después de explicarle las persecuciones sufridas de Rivadavia que lo obligaron a
expatriarse en 1817, y su deseo de no mezclarse en la guerra civil en 1822, pasa al
objeto de la carta: “He visto por los papeles públicos de ésta el bloqueo que el gobierno
francés ha establecido contra nuestro país. Ignoro los resultados de esta medida.
“Si son los de la guerra yo sé lo que mi deber me impone como americano; pero en
mis circunstancias y que no se fuese a creer que me supongo un hombre necesario y por
un exceso de delicadeza que usted sabrá valorar, que si usted me cree de alguna utilidad
sepa que espero sus órdenes.
“Tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a mi patria
honradamente en cualquier clase que se me destine. Concluida la guerra me retiraré a un
rincón; esto es, si mi patria me ofrece seguridad y orden.
“De lo contrario regresaré a Europa con el sentimiento de no dejar mis viejos huesos en
la patria que me vio nacer”.
Capítulo 52
Muy dichosos nos reputaríamos
Rivera Indarte sancionará en las “Tablas de Sangre”:
“(...) Nuestra opinión de que es acción santa matar a Rosas no es antisocial sino
conforme con la doctrina de los legisladores y moralistas de todos los tiempos y edades.
Muy dichosos nos reputaríamos si este escrito moviese el corazón de algún fuerte, que
hundiendo un puñal libertador en el pecho de Rosas, restituyese al Río de la Plata su
perdida aventura y librase a la América y a la humanidad en general del grande
escándalo que la deshonra”.
Es el mismo que en 1934 compusiera el “Himno de los Restauradores”:
“Oh Gran Rosas tu pueblo quisiera
Mil laureles poner a tus pies.
Que el Gran Rosas preside a su Pueblo,
Y el destino obedece a su voz.
Del poder la gran Suma revistes
Y a la Patria tú debes salvar.
Federales, a Rosas invicto
Jurad siempre constancia y valor
que es temor de unitarios su brazo
y del libre el apoyo mejor”.
Ya en 1839 su mediocre poética servía a otro patrón:
“Conjunto horrible de malvado y loco
vil asesino, usurpador, tirano:
todo baldón a definirse es poco
y la lengua fatigas y la mano”.
(“Al tirano Juan Manuel de Rosas”)
Capítulo 53
El cáncer de nuestros ejércitos
Uno de los problemas que padecieron tanto las fuerzas federales como las unitarias fue
el de la deserción. La base de ello estaba en los sistemas de reclutamiento pues la
inmensa mayoría de los soldados eran “enganchados” por la fuerza a través del sistema
de levas que consistía en que una partida llegaba a un pueblo y arreaba a todos los
hombres en condiciones de combatir, lo que retaceaba gravemente brazos para las tareas
productivas. También una de las penas más frecuentes, aún para delitos menores, era
quedar incorporados por varios años.
La paga era miserable y solía atrasarse, y las condiciones de vida eran generalmente
pésimas, no solo por la alimentación y la vivienda sino también por el maltrato de
oficiales ignorantes y rudos.
Eran tantos los desertores que solían organizarse en bandadas que compartían con
indios y asolaban las pampas cuatrereando ganado y asaltando poblados. Las patrullas
salían en su caza estimuladas por la recompensa de veinte pesos por desertor vivo o
muerto.
Los ejércitos de Rosas incorporaron mazorqueros como comisarios políticos que
tenían como función la de desalentar las deserciones por métodos compulsivos que no
ahorraban la exhibición ejemplarizadora de las cabezas de reales o supuestos escapados
en el extremos de picas.
Pero el método mas eficiente ,aunque engorroso para el desplazamiento y la logística
de las tropas , fue la incorporación de mujeres, las “chinas”, que no sólo estaban para
satisfacer las urgencias masculinas sino que a veces también tomaban las armas.
El enviado norteamericano J. Mac Cann lo contaría en su libro “Two Thousand
Miles”: “Es costumbre, a través de todas estas provincias, que cada soldado sea
autorizado durante toda una campaña a llevar una mujer como compañera, la que recibe
sus raciones regularmente (...) Las autoridades aducen que dicha licencia es
absolutamente necesaria para el bienestar del ejército, los hombres muestran menos
tendencia a desertar cuando tienen una mujer compañera, que trabaja para él cocinando
y cosiendo”.
El general Paz cuenta en sus “Memorias” que su colega uruguayo Fructuoso Rivera,
durante la guerra con Brasil, le contó que Artigas había resuelto una deserción que
amenazaba con ser masiva trayendo “algunos cientos de chinas” que distribuyó entre los
soldados. La opinión del “manco” era negativa : “Las mujeres son el cáncer de nuestros
ejércitos, pero un cáncer que es difícil de cortar, principalmente en los compuestos de
paisanaje”.
Capítulo 54
Enemigos de Dios y de los hombres
La jerarquía eclesiástica respaldaba sólidamente a Rosas, pidiendo a los fieles que
dieran total apoyo al “Restaurador de las leyes y defensor de la religión”, como se lo
solía llamar en esos ámbitos.
El Obispo de Buenos Aires, Mariano Medrano, que lucía una ostentosa divisa federal
que, como era de práctica, reclamaba la muerte de los unitarios, instruyó a los
sacerdotes en su diócesis para que predicaran a mujeres y jóvenes sobre la virtud de
pertenecer a la causa federal:
“Nada es más justo para el clero como conformar sus opiniones con las del Supremo
Gobierno, por cuanto cualquier divergencia en esta parte pudiera ser ruinosa y perpetuar
males a todos tan sensibles”. Mientras Rosas condenaba personalmente a los masones,
heréticos e impíos, a todos los cuales identificaba con los unitarios, el obispo Medrano,
a su vez, alababa “la Santa Causa Federal”.
Esta asociación se daba también en las provincias. El obispo de Cuyo, monseñor
Quiroga Sarmiento, felicitaría a don Juan Manuel por el exterminio “de la horda
inmunda de los unitarios, enemigos de Dios y de los hombres”, a lo que éste respondería
con probable ironía que tal congratulación “es digna de un prelado evangélico que
siente en su corazón el santo fuego de la virtud cristiana, de la caridad positiva y del
amor ardiente a la Santa Causa de la Federación”.
En las festividades el retrato de Rosas era exhibido en los altares y a veces sacado en
procesión por las calles flanqueado por sacerdotes ornados con sobrepellizas coloradas.
La mayor parte de los miembros inferiores del clero se mostraba con vehemencia
favorable a Rosas, virtualmente otra rama de su populismo, una especie de milicia
espiritual que predicaba con violencia contra los unitarios, a quienes acusaban por las
medidas anticlericales de Rivadavia y contra quienes instigaban ahora por venganza.
Era un clero criollo de humilde origen y por lo tanto de poca educación, formación y
disciplina pero poseídos de un vigoroso sentimiento nacional y comprometidos con los
suyos, los sectores populares. Algunos de ellos eran de hecho caudillos menores de
fuerte arraigo entre la chusma y desde sus púlpitos predicaban la santidad del
Restaurador y pedían el exterminio de sus enemigos.
Así eran el padre Camargo, fray Florencio Rodríguez, el padre Solís y especialmente,
el padre Gaeta, que vestía las imágenes de santas y santos con colores y divisas
federales y comenzaba sus sermones con la exhortación: “Feligreses míos, si hay entre
nosotros algún asqueroso salvaje unitario, que reviente”.
Rosas era católico convencional, por nacimiento y educación. Rezaba, creía en la
Divina Providencia y consideraba sinceramente a sus adversarios como “enemigos de
Jesucristo”. Exorcizó al liberalismo anticlerical de Rivadavia, restauró iglesias,
reinstaló a los dominicos y autorizó el regreso de los jesuitas.
No ignoraba la importancia política que tenía el apoyo de la Iglesia para garantizar el
orden social y la subordinación colectiva. La subvencionaba generosamente y así la
dominaba y la manipulaba, tratando al clero como una rama del rosismo y esperando de
ellos que sirvieran en todo a la Causa federal.
Reclamó el derecho de patronato, lo que le permitió nombrar solamente a prelados
federales en los más altos cargos eclesiásticos para lo que mantenía fuera de la
Argentina a la jurisdicción papal. Por decreto del 27 de febrero de 1837 declaró nula
toda bula papal emitida desde 1810 y todo nombramiento eclesiástico allí contenido. Y
todavía en 1851 se rehusó a negociar con un enviado del Papa cuya misión era resolver
la disputa sobre el patronazgo, despidiéndolo con una nota tajante,.instándolo a “que se
digne transferir los arreglos con S.S. para una época más adecuada”.
Con los jesuitas la situación fue distinta. Regresaron a la Argentina en 1836, setenta
años después de su expulsión por Carlos III, por invitación de don Juan Manuel, quien
les restituyó su antigua iglesia y colegio de San Ignacio, les permitió abrir escuelas,
planear misiones a los indios y reestablecerse en Córdoba y en Buenos Aires.
Llegaron a Buenos Aires seis jesuitas españoles el 9 de agosto de 1836 a bordo del
bergantín inglés “Eagle”, a los que siguieron otros con breves intervalos. Rosas
favoreció a los jesuitas porque estaba impresionado, según lo manifestase el decreto
correspondiente, por “los incalculables servicios que había rendido previamente la
Compañía a la religión y al estado”. Suponía que , escaldados por sus experiencias
previas, serían un dócil refuerzo para sostener el orden y la unión, y esperaba de ellos
que, como los otros religiosos, predicaran “las ventajas de nuestra Santa Causa
Federal”.
Pronto quedó decepcionado. El éxito inmediato y la popularidad de los recién llegados
despertaron su desconfianza por el posible desarrollo de un foco rival de intereses e
influencias, y más aún cuando constató que eran neutrales en política.
No pasó mucho tiempo antes de que fueran acusados de pro-unitarios, acosados por
los activistas federales y aterrorizados por la Mazorca. Corajudamente se resistieron a
que sus escuelas e iglesias se convirtieran en centros de propaganda federal. Se negaron
además a hacer “funciones federales”, a predicar la doctrina rosista y a colocar el retrato
del Restaurador en sus altares.
Era demasiado. Hacia 1840 Rosas se había vuelto decididamente en contra de ellos,
pronto a “la execración de ese cuerpo extraño” (Lucio V. Mansilla) , alegando que sólo
buscaban obtener poder y dominación y que respondían a un gobierno extranjero, el
Vaticano.
La Compañía de Jesús se había erigido en un poder independiente dentro de otro
celosamente autocrático como era el gobierno de Rosas. Su acción se había dirigido a
los jóvenes de la clase principal y la cuota de su colegio era solamente accesible a los
estudiantes de buenos recursos. Las familias que frecuentaban al padre Berdugo,
superior del colegio, pertenecían a la oposición unitaria.
A tono con la clase social donde buscaron influencia, en sus aulas no se pronunciaba
la palabra “federación” ni se exigía la divisa punzó. Su marcha era “gambetera”, según
Rosas, y Manuelita les enrostró públicamente “que no andaban de frente”. Cuando se
descubrió la conspiración de Maza sólo allí no se rezó una solemne misa cantada con el
correspondiente sermón “federal”. Ni el padre Berdugo felicitó a Rosas públicamente,
como lo hizo todo el clero.
Ningún federal, diría el coronel Mariño al rehusarse a asistir a una boda celebrada en
San Ignacio, pisaba su iglesia “para no rozarse con los salvajes inmundos unitarios”. No
pocas familias retiraron a sus hijos del colegio temiendo un asalto, sobre todo porque se
repartieron amenazantes pasquines con jesuitas colgados de horcas.
Finalmente el padre Berdugo y los demás sacerdotes escapan a Montevideo. Rosas
hará saber entonces a la población que dicha huida, como si hubiera sido tomada en
pleno libre albedrío, confirmaba el compromiso de los jesuitas “por los salvajes
unitarios, además de su ingratitud y su perfidia”.
Capítulo 55
La honestidad del dictador
Eran tantos y tan poderosos sus enemigos que Rosas tuvo la premonición de un duro
exilio. Si bien durante sus gobierno favoreció a algunos amigos y aliados nunca fue
generoso consigo mismo, no solo por su espíritu religioso sino también porque para que
el pueblo avalase su autocracia, para que no la sintiese al servicio de sus intereses
personales, debía dar pruebas de una transparente honestidad.
Seguramente, en su interior, doña Agustina lo vigilaría con gesto adusto e imperativo.
En una única oportunidad conocida, en 1839, y por relato de su
cuñado Lucio N. Mansilla, pareció estar a punto de sucumbir a la tentación en tiempos
en que enfrentaba enormes dificultades:
-Amigo, usted es un hombre de buen gusto, hágame el favor de comprarme unas
lindas alhajas que deseo hacer un regalo a Encarnación.
El general Mansilla asiente y se retira del despacho del gobernador. En pocos días
cumple con el recado. No son muchas pero sin duda son lo más valioso que se puede
elegir en “Fabre”, el continuador de una dinastía de joyeros que ha abierto tienda en
una de las esquinas de la plaza de la Victoria.
Rosas las recibe y las sopesa sin urgencia, observándolas con la atención de un
relojero.
-Son muy bonitas – dice al fin- pero son pocas. Yo quería algo mejor.
Mansilla le explica que las puede devolver pero don Juan Manuel responde:
-No, se comprarán después otras, porque ya sabe usted, nunca se está seguro, y si uno
de estos días me agarra la trampa, llevando eso Encarnación entre las polleras durante
algún tiempo tendremos con qué vivir.
Nada de eso se hizo y en 1851, luego de Caseros, el representante británico en Buenos
Aires, Mr. Robert Gore, quien tendría a su cargo el embarque clandestino de Rosas con
proa a su largo exilio, informará a su Canciller , lord Henry Temple, que “el general me
aseguró que no tenía un centavo fuera del país y que llevaba consigo una
insignificancia, alrededor de 720 onzas, en nuestra moneda 2300 libras, y que si sus
propiedades en este país fuesen confiscadas él y su familia se arruinarían”. Así fue.
Sobre la honestidad del Restaurador uno de los testimonios más conmovedores es el
del economista José María Ramos Mejía, condicionado familiarmente a la antipatía
hacia Rosas por ser hijo de Matías Ramos Mejía, uno de los líderes del la “Revolución
del Sur” que apenas se libró del fusilamiento y que luego fue edecán del general
Lavalle:
“Mis escrúpulos estrujaban el lenguaje para sacar una fórmula condenatoria que
satisficiera a la pasión política, hasta que por fin triunfó la probidad histórica y estampé
el pensamiento con franqueza: en el manejo de los dineros públicos Rosas no tocó
jamás un peso en provecho propio, vivió sobrio y modesto, y murió en la miseria”.
Capítulo 56
Objeto de mi veneración particular
Se le puede reprochar a Rosas que no evitó la adulonería.
El director del “Teatro de la Ranchería”, Antonio González, dará a conocer sus ideas
en el “Diario de la Tarde”: “Lo diré de una vez: el invicto e ilustre Restaurador de las
Leyes, el Padre de la Patria, el Gran Ciudadano, Brigadier, Gobernador y Capitán
General de la Provincia, don Juan Manuel de Rosas, es el objeto de mi veneración
particular y a quien rendidamente tributo el homenaje de mi constante adhesión
“(...) En tal supuesto he destinado para el indicado día la representación de un hermoso
drama, que aunque se ha exhibido ya en nuestro proscenio, reformado hoy parcialmente
y adaptado a las circunstancias del día, no dudo que será recibido con placer. Es en 5
actos y su título: “El buen gobernador” (Raúl H. Castagnino).
Capítulo 57
Signo de imbecilidad moral
Casi nada quedó por decir en contra de Rosas. Ni siquiera se libró de tendenciosos
informes morfopsicológicos como el del ya citado Dr. José Ramos Mejía:
“(...) Hasta en la forma de su cabeza había condiciones orgánicas que favorecían la
producción de su imbecilidad moral. Su cráneo, aunque no era visiblemente muy
defectuoso y asimétrico, no parecía tampoco artísticamente conformado. La abundancia
exuberante de su cabello encubría las señales inequívocas del desigual desarrollo de su
cerebro.
“Mientras en los hombres distinguidos la región anterior del cerebro está más
desarrollada que en los hombres vulgares, la parte posterior, al contrario, es mucho más
pequeña no sólo de una manera relativa sino también absoluta (Broca).
“(...)Y bien, estudiemos el cráneo de Rosas, la configuración exterior de su cabeza, y
veremos como las pasiones ciegas, los instintos del bruto, el alma occipital en una
palabra, está desarrollada de una manera exuberante en gran detrimento de los lóbulos
anteriores.
“La frente, poco espaciosa, es fugitiva y deprimida, estrecha y cerrada, signo
incontestable de inferioridad moral (...) Los microcéfalos y los idiotas poseen una frente
fugitiva, las fosas frontales deprimidas y muy bajas (...). Mirada su cabeza de frente, el
ojo menos perspicaz descubre al instante la estrechez y poca extensión del frontal:
angosto, corto y revelando toda la inferioridad de su alma.
“Los arcos superciliares prominentes, espesos y proyectándose atrevidamente hacia
fuera, la órbita profunda, ancha, elevada a expensas de las hendiduras frontales y
reduciendo los lóbulos anteriores, las cejas abundantes, el párpado de aspecto
edematoso, signo para mí de inferioridad, y la mirada encapotada, siniestra, que brotaba
de unos ojos celestes bellísimos(...)”.
Tampoco un joven escritor, en 1925, se privaría de opinar en su “El tamaño de mi
esperanza”: “La Santa Federación fue el dejarse vivir porteño hecho norma, fue un
genuino organismo criollo que el criollo Urquiza (sin darse mucha cuenta de lo que
hacía) mató en Monte Caseros...”. Y agregaba: “Nuestro mayor varón sigue siendo don
Juan Manuel: gran ejemplar de individuo, gran certidumbre de saberse vivir, pero
incapaz de erigir algo espiritual, y tiranizado al fin más que nadie por su propia tiranía y
su oficinismo”. Se trataba de Jorge Luis Borges.
A su vez, John Murray Flores, encargado de negocios de los Estados Unidos, opina
sobre don Juan Manuel en comunicación con Washington, noviembre de 1840:
“Es una persona de educación limitada pero se parece a esos farmers de mucho
carácter que abundan en nuestro país y que son considerados con justicia la mejor
garantía de nuestra libertad nacional. Sin embargo, difiere de cualquier cosa conocida
entre nosotros ya que debe su gran popularidad entre los gauchos al hecho de haberse
asimilado casi totalmente a su manera singular de vida, su indumentaria, sus labores y
aún sus deportes. Se dice que no tiene competidor en cualquier ejercicio físico, aún
aquellos más violentos y difíciles(...)
“Es sumamente suave de maneras y tiene algo de las reflexiones y reservas de nuestros
jefes indios. No hace ostentación alguna de saber, pero toda su conversación trasluce un
excelente juicio y conocimiento de los asuntos del país y un cordial y sincero
patriotismo(...) Sus modales exteriorizan una atrayente modestia. Vestía un rico
uniforme militar y me confesó con toda ingenuidad que era la primera vez en su vida
que usaba semejante prenda, aun cuando es bien sabido que ha tenido el rango y la
autoridad de comandante general”.
Capítulo 58
Quedó todo sosegado
El general José María Paz, envuelto en la ferocidad del odio fratricida, no logró
impedir que sus manos se mancharan con sangre. Recordemos a Domingo Arrieta, que
fuera su oficial en la “campaña de la sierra”, quien cuenta en sus “Memorias de un
soldado”: “Mata aquí, mata allá, mata acullá, mata en todas partes, teníamos orden (de
Paz) de no dejar vivo a ninguno de los que pillásemos y al cabo de dos meses quedó
todo sosegado”.
Sin embardo, años más tarde, el “manco” parece sufrir de amnesia cuando en sus
“Memorias” contribuye a la negra leyenda de la crueldad federal con una vivencia
seguramente auténtica de cuando estaba preso de Rosas en Luján:
“El coronel Ramírez se hallaba entonces en el cantón de “la Barrancosa”, y
repentinamente mandó a Luján, en clase de arrestado, al teniente Montiel, joven
apreciable y de interesante figura. Nadie, ni el mismo Montiel, sabía la causa de su
arresto y de su expulsión de “la Barrancosa”; no estaba incomunicado, pero, por ciertas
precauciones que se observaban, se venía en conocimiento que estaba bien
recomendado.
“Después de doce o quince días de prisión se presentó en Luján el capitán o mayor
Macaluci, con orden de conducir a Montiel a “la Barrancosa”. Yo los vi salir de la
cárcel juntos y montar a caballo una mañana, después de haber hecho un abundante
almuerzo, en que el vino no había andado muy escaso; conversaban y reían juntos y no
iba escolta alguna; me dijeron que dos o tres soldados que llevaba Macaluci los había
mandado esperar a la orilla del pueblo, para aparentar mejor la inocencia de aquel viaje.
“Nadie, pues, sospechaba el fatal destino de Montiel, y no es sino con estupor que se
supo a los tres o cuatro días que inmediatamente de llegado a “la Barrancosa” había sido
fusilado, sin juicio, sin defensa, sin recibirle siquiera confesión, y sin más antecedentes
que algunas declaraciones tomadas a otros en su ausencia.
“Hacía meses que Ramírez había tenido un encuentro con los indios, sobre los que
obtuvo algunas ventajas, ventajas que se exageraron, cacarearon y celebraron del modo
más ridículo; nadie había hablado, hasta entonces, del malogro de una carga por haber
hecho sonar un trompeta el toque de alto, ni cosa parecida; mas, un día (y ahora es que
empieza la relación de Ramírez) que iba éste paseando por el campamento, oyó, por
casualidad, que un trompeta refería a otro soldado que el teniente Montiel le había
mandado tocar alto, y que por eso no había obtenido la carga todo el resultado; entonces
fue que mandó salir a Montiel, y que reunió otras declaraciones que comprobaban el
hecho. Formalizadas éstas, dio cuenta a Rosas, quien ordenó que se fusilase a Montiel
sobre la marcha, para lo que se le hizo regresar a Luján con Macaluci, según se ha
referido”.
Es interesante reproducir, de dichas “Memorias”, la “ligera comparación entre los
dos caudillos bajo cuya férula tuve que sufrir ocho años de prisión: el uno, Rosas, me
mandó libros; al otro ni se le ocurrió que podía necesitarlos.
“Aquél me hace conocer francamente sus intenciones; Estanislao López,
taimado y taciturno, quiere que le adivine, y se irrita porque cree que no puedo
comprenderlo, pues para esto hubiera sido preciso bajarse hasta donde me era imposible
llegar.
“Ambos, gauchos; ambos tiranos; ambos, indiferentes por las desgracias
de la humanidad; pero el uno obra en grandes proporciones; el otro, limitado a una
estera tan reducida como su educación y sus aspiraciones.
“Rosas marcha derecho; López por rodeos y callejuelas, Rosas fusila ochenta
indígenas en Buenos Aires y en un solo día; López los hace degollar en detalle de noche
y en un lugar excusado.
“Rosas pretende que se le tenga por hombre culto, pero haciendo ver que no
son para él una traba las formas de la civilización; López se rebela contra la sociedad
siempre que le da a entender que ha dejado de pertenecer al salvajismo.
“Rosas quiere el progreso a su modo, un progreso (permítaseme la expresión)
haciéndonos retroceder en muchos sentidos; López nada quiere, sino el quietismo y un
estado perfectamente estacionario.
“Rosas escribe mucho y da grande valor al trabajo de gabinete; López
aparenta el mayor desprecio por todo lo que es papeles, imprenta y elocuencia.
“Por el contrario, López ha sido feliz en los campos de batalla, y tenía cifrada
su vanidad en eso; Rosas no ha aspirado a la gloria militar, sea por sistema, sea por otro
motivo que no haga tanto honor a su valor personal”.
Capitulo 59
La novela negra
Nuestra historia oficial ha hecho de Rosas y sus circunstancias una novela negra.
Capítulo 60
La muerte de Encarnación
En las cartas que Encarnación le escribió a Vicente González, en octubre de 1833,
mientras Rosas se hallaba en la Campaña del Desierto y en Buenos Aires se conspiraba
contra Balcarce, le decía:
“(...)Ya le he escrito a Juan Manuel que si se descuida conmigo, a él mismo le he de
hacer una revolución, tales son los recursos y opiniones que he merecido de mis
amigos.”.
Ese era el temple de esa mujer que moriría en 1838, prematuramente, cuarenta años
antes que su esposo
“A nadie quizás amó tanto Rosas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como
ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad,
perspicacia y doble vista que es peculiar a la organización femenil. Sin ella quizá no
vuelve al poder.
“No era ella la que en ciertos momentos mandaba; pero inducía, sugestionaba y una
inteligencia perfecta reinaba en aquel hogar, desde el tálamo hasta más allá; hasta
donde las opiniones, los gustos, las predilecciones, las simpatías, las antipatías y los
intereses comunes debían concordar.
“(...)Rosas en los primeros tiempos de su gobierno no vivía aislado. Su aislamiento
vino después de la muerte de su mujer. Salía, circulaba, hasta de noche era fácil
hallarlo sólo por barrios apartados; él mismo parece que hacía su policía tomándole el
pulso a la ciudad”( Lucio V. Mansilla).
Al general Pacheco el desconsolado viudo, “traspasado de un dolor intenso”, le
confía: “Esa santa era la esencia de la virtud sublime y del valor sin ejemplo”.
Le hace funerales imponentes que cuestan cerca de treinta mil pesos. Ciento ochenta
misas. Durante su vida entera le hace decir misas, en Buenos Aires o en Southampton.
Y levanta un templo en su honor, el de Nuestra Señora de Balvanera.
Quiere que todos la lloren y lleven luto por ella. Viste de negro a sus criados y
bufones. El ejército se enluta con un velillo negro alrededor del morrión o del quepí. El
ataúd es llevado a pulso a San Francisco, donde será enterrado luego de pasar en medio
de una calle humana formada por tropas a la izquierda y por eminentes federales a la
derecha. Y lo acompaña una multitud de veinticinco mil personas, cifra inmensa en
aquella pequeña ciudad de no más de sesenta mil habitantes, muchos de los cuales
asisten espontáneamente mientras que otros lo hacen temiendo ser identificados como
“asquerosos” opositores.
En la noche siguiente, en casa del Restaurador, y sin que él intervenga, nace el cintillo
federal. Para demostrar adhesión y congoja ya no basta con la divisa punzó que se lleva
en la solapa, los oficiales deciden agregar, sobre el luto del sombrero, una angosta cinta
roja.
Los unitarios, empeñados en sembrar injurias, difundirán que Rosas no amó a su
mujer, que le negó un confesor en sus últimos momentos, que no la hizo atender por
un médico. Sin embardo el Restaurador escribirá a su médico, el doctor Lepper:
“Si algo es capaz de templar de algún modo el acerbo dolor que ocasiona la muerte
de la que más se quiere, es el recuerdo de no haberse separado V. E. de su lado noche y
día y haber sido constantemente su más cuidadoso enfermero, hasta presenciar el
doloroso lance de yerla cerrar sus ojos en sus brazos”.
La calumnia inventa que Rosas, no queriendo que ella se confesara para no revelar
sus crímenes, llamó al sacerdote cuando ya estaba muerta y en complicidad con éste,
para simular la confesión a los ojos de parientes y amigos, pasó su brazo debajo de la
cabeza de Encarnación y la movía. Esto lo habría contado nada menos que Juanita
Ezcurra, hermana de la finada, pero años después de la muerte de Rosas, interrogada
sobre el tema declaró ser absolutamente falso cuanto dijeron los enemigos de Rosas.
Don Juan Manuel ha quedado solo. Encarnación fue la única persona que lo
comprendió de veras. Amó con pasión a su “compañero” y su “amigo”, calmó su
fiereza y puso un poco de ternura en su vida. Nunca la sustituirá y ya no habrá mujer en
la vida de Rosas, pues la jovencísima Eugenia Castro no pasará de ser quien satisfaga,
de entrecasa, necesidades fisiológicas del gaucho viril.
En cuanto a Manuelita, a quien su padre adora, se constituirá en su gran colaboradora,
pero por su juventud y sujeción, si bien a veces tendrá una influencia afectiva sobre las
decisiones, nunca será persona de consejo para don Juan Manuel quien, con
Encarnación, ha perdido sentimental y políticamente, un insustituible tesoro.
En los años trágicos que sobrevendrán quizás ella hubiera aquietado y humanizado la
implacable justicia del dictador.
Capítulo 61
Se engañarían los bárbaros
Nuestra historia oficial es clasista. Reserva un lugar muy poco jerarquizado a quienes
se apoyaron en el favor de los sectores populares y que los representaron y defendieron.
Tal el caso de Cornelio Saavedra, quien “desaparece” de sus páginas cuando el 8 de
abril es el motivo de una masiva y sorprendente pueblada que conmueve a la clase alta
porteña, tanto a los que defienden a España como a los independistas. Gauchos,
mulatos, indios y orilleros invaden la plaza de la Victoria , acaudillados por otro gran
censurado (no “olvidado”), Joaquín Campana, para apoyar a Saavedra amenazado por
los morenistas probritánicos que quieren copar la revolución. Como lo harían seis meses
después cuando el movimiento popular fue derrotado y sus jefes, entre ellos don
Cornelio, castigados con severidad.
Otro ejemplo es el de Manuel Dorrego, gran patriota, cuya oprobiosa muerte tiene
menos “rating” que la de su verdugo, Juan Lavalle, cantada épicamente por Ernesto
Sábato a pesar de haber combatido contra su patria como jefe de las fuerzas terrestres
del bloqueo francés, lo que nunca le será reprochado porque se trataba de destruir, fuese
como fuese, al invicto Restaurador.
También por ello se olvidará que a su dictado se debe una proclama contra Estanislao
López que nuestra historia oficial hubiese deseado adjudicar a Rosas : “¡La hora de la
venganza ha sonado!¡Vamos a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos! Se
engañarían los bárbaros si en su desesperación imploran nuestra clemencia. Es preciso
degollarlos a todos. Purguemos a la sociedad de esos monstruos. ¡Muerte, muerte sin
piedad!”.
De Dorrego ha tenido mayor difusión la banal anécdota de su burla a la voz aflautada
de Belgrano que sus denuncias contra el ominoso empréstito Baring que comprometía
no sólo a Rivadavia, precursor del capitalismo entreguista, sino también a distinguidos
miembros de la elite porteña..
Nos han enseñado que el fusilamiento en los campos de Navarro fue un “error” de
Lavalle. Es lo mismo decir que las muertes del “Che” Guevara, de Gaitán o de
Lumumba han sido “errores”. Fueron eliminados por ser auténticos revolucionarios con
apoyo popular que amenazaban seriamente un “statu quo” que favorecía al sector
económica, política y culturalmente dominante. Basta con releer la arenga de Dorrego
en la Sala de Representantes contra la constitución unitaria y antipopular de 1829
(Capítulo nnn).
¿Puede considerarse casualidad que la plaza que lleva el nombre y la estatua de
Lavalle ocupe el lugar donde se erigía el solar de los Dorrego?
La historia oficial, liberal y aristocratizante, nos ha hecho creer que los caudillos
provinciales, cuya fuerza no residía en los ingresos de la aduana ni en los beneficios del
comercio portuario sino en la lealtad de las plebes, eran personajes ignorantes, mal
entrazados y crueles. Un ejemplo paradigmático del “bárbaro” sería Facundo Quiroga,
ocultándose que su cabello no era renegrido, casi simiesco, sino castaño, que pertenecía
a una de las familias mas aristocráticas de la Rioja, que nada tenía de inculto, para los
parámetros de su época, pues era capaz de recitar de memoria largas tiradas de la Biblia.
En cambio será “civilizado” Paz, quien luego de su victoria sobre Quiroga en “La
Tablada” dio orden a su jefe de Estado Mayor, coronel Deheza, de “quintar” a los
prisioneros, es decir de fusilar a uno de cada cinco, los que sumaron más de cien.
Bernardino Rivadavia, abanderado del libre comercio y de la fascinación por la
extranjería y por lo tanto uno de los favoritos de los textos escolares, durante su primer
año en el Triunvirato hizo ejecutar a más de 60 reos en la plaza de la Victoria, cantidad
equivalente a las victimas del terror de Rosas en 1840. Sin embargo ya sabemos quién
de los dos será considerado un tirano sangriento.
La estadística, por su parte, demuestra que en 1840 no ha habido las matanzas en
masa y unilaterales de las que hablan los historiadores unitarios. El número de
defunciones en ese año es de mil quinientos cincuenta y siete, inferior en doscientos
diez al de 1838, en ciento diecinueve al de 1839, en setecientos catorce al de 1841 y en
quinientos setenta y nueve al de 1842.
Y hay una opinión imparcial: la del librero español Benito Hortelano. En unas
memorias editadas en España, adonde ha vuelto después de enriquecerse en Buenos
Aires, declara que como oyera hablar a mucha gente sobre los crímenes colectivos
achacables a Rosas de los años 1840 y 1842, propúsose averiguar su número.
Preguntando aquí y allá en la todavía abarcable ciudad llega a la conclusión de que en
total, en ambos años, el número de asesinados no ha llegado a ochenta.
Don Juan Manuel heredará de Dorrego el liderazgo federal y también el odio de los
poderosos, que lo perseguirán hasta mucho después de su muerte, haciendo que recién
en 1990 el presidente justicialista Carlos Menem repatriase sus restos a pesar de la
indignación de muchos ¡un siglo y medio después de su derrocamiento! Cabe también
decir en elogio del civilizado pluralismo de nuestro pueblo que se aceptó sin disturbios
que la recia efigie del Restaurador ilustrase los billetes de veinte pesos y que en el cruce
de las avenidas Libertador y Sarmiento se erigiese su monumento ecuestre, a pocos
metros de donde se emplazara su residencia de San Benito de Palermo.
Pero no se le perdonará haber tenido de enemiga a la clase alta ligada al comercio y a
la cultura europea. Provocará mucho más horror en no pocos de nuestros historiadores
más conspicuos la muerte luego de juicio con las formalidades de la época de una O’
Gorman o de un Avellaneda que las matanzas de gauchos sobre quienes Sarmiento
expresase con terrible sinceridad: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es
un abono que es preciso hacer útil. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y
ruda es lo único que tiene de seres humanos” (“El Nacional”, 3 de febrero de 1857).
Las posiciones antipopulares no disgustan a nuestra historia oficial quien ensalzará
justificadamente al sanjuanino por su genial visión sobre la importancia de la educación
en nuestro destino como país, pasando por alto sus inclementes manifestaciones sobre
pobres y marginados:
“Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar.
Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quien mandaría a colgar ahora
mismo si reapareciesen (...) Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil,
sublime y grande. Se les debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene
ya el odio instintivo al hombre civilizado” (“El Progreso”, 27 de septiembre de 1844).
Sarmiento será, para la posteridad, la “civilización”, en tanto que el Restaurador que
se ocupó de redactar de su puño y letra un “Diccionario de términos pampas” para
facilitar la comunicación con los indios, será la “barbarie”.
Nadie expresará mejor lo aquí sostenido que Juan B. Alberdi en sus “Escritos
póstumos”:
“En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales Mitre,
Sarmiento y Cía., han establecido un despotismo turco en la historia, en la política
abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo,
sobre la guerra de la Independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen
un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen
de barbarie y caudillaje”.
Capítulo 62
El celador de calzones celestes
Rosas, en el convulsionado 1840, encerrado en su despacho, lee atentamente las
clasificaciones personales de la población que la policía le remite.
“Pastor Albarracín: No ha prestado servicios a la causa de la Federación. No usa
bigote, es unitario salvaje. Fue preso por hablatín contra el Superior gobierno”.
“Juan Navarro: Es paquete de frac unitario. Fue preso el 25 de junio por tener
reuniones de unitarios salvajes en su casa”.
“Manuel Jordán: Hablatín contra el Superior Gobierno. Es salvaje unitario y se ha
quitado el bigote.
“Juan Araujo: Se reunía con los salvajes unitarios a criticar las providencias del
gobierno, en casa del reo Tiola que fue ejecutado.
“José María Bustillos: es paquete, salvaje unitario y está de oficial escribiente en la
administración de correos”.
Rosas interrumpe la lectura y escribe rápidamente: “Queda depuesto del empleo por
salvaje unitario”. Y continúa leyendo:
“Martín Quintana: es paquete de frac. No usa divisa. Fue preso delcoronel Cuitiño por
salvaje unitario.
“José Julian Jaunes: es uno de los que patearon la divisa con el retrato de Su
Excelencia. .
Y siguen por millares las fichas que el dictador lee, anota y clasifica. A veces
suspende la tarea porque la lectura de alguna le ha sugerido una resolución y dicta:
“Prevéngase al comisario Isidro López que el celador que está con él tiene calzones
celestes y que él usa capote verde; que sino tienen cómo vestirse uno y otro, con
exclusión de tales colores unitarios, es menos malo que cesen en su empleo que causar
semejante escándalo un funcionario público de su clase. Por lo que se dispone se le dé
baja en el Departamento ”.
Es el mismo patrón de estancia que ordenaba a sus mayordomos: “Todas las noches
debe un peón, una noche uno y otras otro, recorrer la quinta y dar dos vueltas, una por
dentro y otra por fuera; para esto debe llevar los perros y el que no lo siga lo llevará con
una guasca. El perro que no siga a pesar de poner los medios para ello, se matará. El
capataz debe de cuando en cuando espiar al que da la vuelta(...) En cuanto al
administrador cuidará escrupulosamente de no fiarse de lo que le digan ni de lo que
oiga a los capataces, pues él, en persona, debe verlo todo con sus ojos y desengañarse a
su completa y entera satisfacción.”
Capitulo 63
La Comisión Argentina y los auxiliares
Lo de Rivera y su reticencia a cruzar el Paraná y lanzarse contra Rosas de acuerdo a
lo convenido y pagado se hace ya intolerable. Sobretodo porque el tiempo juega a favor
del Restaurador debido a la impaciencia que crece en el gobierno inglés y en la
ciudadanía francesa.
El almirante Leblanc escribirá en su “Diario” que el gobernador de Montevideo “pasa
los días en jugar, en el libertinaje y lleva la vida de un indolente gaucho”. Es que don
Frutos sabe que ir contra Buenos Aires y la oleada patriótica a favor de su gobernador
pondrá en riesgo su puesto de privilegio. Además los franceses pretenden que sean él y
sus hombres los que se jueguen la vida mientras ellos se limitan a soltar un dinero que
siempre le parecerá insuficiente.
Por otra parte los rioplatenses conocen lo que el rencor de don Juan Manuel es capaz..
Cullen, desde el otro mundo, podría contarlo...
Ajeno a estos razonamientos Leblanc redacta su indignación: “Mientras sus aliados
combaten y mueren por la causa común, él permanece inactivo en su campamento de
Durazno de dónde no se ha movido desde que llegó. Es así como sostiene a sus
aliados...¡Qué conducta!¡qué hombre!”.
Francia estaba decidida a luchar hasta el último criollo, sin arriesgar ni uno solo de sus
hombres y el astuto Rivera no se prestaba al juego. No en vano Rosas lo había bautizado
el “pardejón”, que es la mula macho imposible de domesticar, que a veces simula estar
amansado y espera la oportunidad para cocear a su jinete.
En su fuero íntimo don Frutos se burlaría de la inocencia de los invasores para quienes
el asunto era muy fácil, según se lo expresase de Martigny, designado ministro
plenipotenciario en Buenos Aires aunque jamás llegó a presentar sus cartas
credenciales: se trataba de ir con 600 hombres sobre Entre Ríos que se levantaría en
masa contra el tirano y por la libertad; en los días siguientes la fuerza ya contaría con
6.000 combatientes que caerían sobre Santa Fe, duplicarían su número y su armamento
y luego “con la rapidez del relámpago” atacarían Buenos Aires cuya población se
sumaría con entusiasmo a la imbatible expedición punitiva que contaría con el apoyo de
la escuadra.
Ante las “inexplicables” postergaciones de el “pardejón” la Comisión Argentina recibe
el encargo de buscar una solución
Un militar de fuste, el general Juan Lavalle, expatriado en la Banda Oriental, se
indigna con quien años más tarde será el autor de nuestra constitución nacional. Llama
“madama” a quien Sarmiento también llamará “eunuco” y señala:
“Estos hombres conducidos por un interés propio muy mal entendido quieren
trastornar las leyes eternas del patriotismo, el honor y el buen sentido. Confío en que
toda la emigración preferirá que se la llame estúpida a que su patria la maldiga mañana
con el dictado de vil traidora”. Sigue: “El gobierno de Rosas es nacional y yo tengo la
ambición de regresar a mi país con honor”.
En Montevideo, a mediados de diciembre de 1838, se había formado la “Comisión
Argentina”, compuesta por emigrados unitarios adherentes a la complicidad con el país
galo: Martín Rodriguez, Florencio Varela, Salvador del Carril, Valentín Alsina... Los
mismos que habían convencido a Lavalle de ajusticiar a Dorrego. Dicha comisión
financiaría sus actividades con los aportes franceses y con el producido del contrabando
con la sitiada Buenos Aires.
La Comisión envía tres mil quinientos pesos a Lavalle, pero éste, desde su estancia “El
Vichadero”, cerca de Mercedes (Uruguay), devuelve indignado el dinero. Los doctores
unitarios no cejan en su intento y le envían un emisario, Francisco Pico, quien el 9 de
febrero de 1839 escuchará de labios del prestigioso oficial de San Martín: “¡Díos nos
libre de suscitar contra nosotros el espíritu nacional! Desde entonces no sería nuestro
enemigo Rosas, sino la nación entera. Nuestro destierro sería eterno, y lo que es peor,
merecido”.
La presión continuará. Alberdi, para borrar el mal efecto que su artículo había
producido en Lavalle y dejando pasar lo de “madama”, le escribe: “Soy uno de los
muchos jóvenes que hemos aprendido a venerar al hombre de Lavalle (...) una de las
glorias americanas más puras y más bellas (...) se trata de que usted acepte la gloria que
le espera y una gran misión que le llama en esta segunda faz de la Revolución de
Mayo”. La “gloria que le espera” a Lavalle era, claro, aceptar la conducción de las
tropas terrestres de la invasión francesa a nuestra patria.
Una vez más Lavalle cede a los cantos de sirena de los doctores porteños, ahora
exiliados en Montevideo. No son pocos los que sostienen que lo que lo convenció fue
una importante suma de dinero. Sin embargo, el héroe de Riobamba demostró a lo largo
de toda su trayectoria una honestidad y una integridad a toda prueba. Era su inteligencia
la que quedaba muy rezagada ante esas virtudes. Lavalle fue convencido de que era su
deber de patriota derrocar a Rosas, sea como fuese.
El secretario privado de Rivera, don José Luis Bustamante, dará años más tarde una
versión distinta: se le habría ofrecido a Lavalle la gobernación de Buenos Aires y una
futura presidencia de la República.
El 2 de abril de 1839 se reúne con la Comisión Argentina. Su única condición es no
aceptar compartir la jefatura con Rivera. De mala gana acepta que el mando formal sea
del uruguayo con el compromiso de ser él quien en la realidad comandase la fuerza
invasora. El “pardejón” se hará el distraído pues no tenía interés en pelear contra Rosas,
y menos después de haber sabido sobre la caída de Santa Cruz en Yungay. Los
franceses ya le habían dado la presidencia de la República Oriental, y le mezquinaban el
dinero para gastos de guerra. El bloqueo, que le había sido una buena fuente de
ganancias en un principio, no lo era tanto ahora por las medidas de Leblanc para
establecerlo seriamente.
Rosas en cambio podía darle la paz, la estabilidad y el dinero.
Capítulo 64
Muchas lágrimas en casa
El primer ministro inglés, lord Palmerston, asiste con inquietud a la intensificación de
las críticas por los acontecimientos del Plata. En el Parlamento, durante la sesión del 19
de marzo de 1839, el conservador lord Sandon cuestiona a Francia “que atacaba a
Buenos Aires sólo porque se había negado a firmar un tratado”, y que ha derrocado “al
gobierno de Montevideo con el que estaba en paz”. En la misma sesión un diputado de
la bancada liberal, Mr. Lushington, afirmará que las pretensiones francesas “son
totalmente injustificables y jamás se hubieran hecho valer contra un país que tuviese los
medios de defenderse”.
La férrea obstinación de Rosas, sumada a la inteligente acción del embajador Moreno
en Londres, parece dar resultados. Además aumenta la solidaridad de Latinoamérica a
favor de una de sus naciones atacadas por potencias extranjeras, incluso por parte de
aquellas, como Brasil o Paraguay, que en un principio habían visto los hechos con
simpatía o con indiferencia .
Rosas deberá enfrentar otra amenaza, y de las peores: la acción
“quintacolumnista”, es decir de los conspiradores en su propio territorio. “Imposible,
absolutamente imposible, vencer al enemigo extranjero”, predicaría el ateniense
Demóstenes en el siglo III a.C., “si antes no puede eliminarse al enemigo interior, su fiel
servidor. Sin ello, luchando solamente contra uno de esos escollos, seréis sobrepasados
por el otro invenciblemente”.
Esto provocará uno de los hechos más cuestionados de su gobierno y es el
desencadenamiento de una represión no exenta de brutalidad con la que dominó el
peligro.
Lavalle, a diferencia de Rivera, estaba decidido a cruzar el Paraná y abalanzarse sobre
Buenos Aires. Para ello era necesario contar con apoyo local. Los franceses y los
exiliados unitarios se movilizaron y comprometieron a varios jóvenes civiles, algunos
de ellos ex miembros de la “Asociación de Mayo” de Echeverría sinceramente
decididos a arriesgar sus vidas para terminar con el gobierno rosista. Entre ellos se
contaban apellidos de “lustre” como Frías, Balcarce, Tejedor, Albarracín, Rodríguez
Peña, todos ellos hijos de federales reconocidos. También uno de los secretarios
privados de don Juan Manuel, Enrique Lafuente, quien pasará información muy valiosa
a sus enemigos.
Donde no hay éxito es en el reclutamiento de militares, a pesar de las
recomendaciones de Lavalle de ofrecer sobornos aunque sea “preciso limitarse a los
gastos que llamaré por menor, reservando las grandes cantidades para ser entregadas
después del suceso, dando desde ahora garantías indudables”.
Por fin se incorpora, por idealista y no por prebendario, el coronel Ramón Maza, hijo
del presidente de la Junta y de la Corte de Justicia e íntimo amigo del Restaurador,
Manuel Vicente Maza.
El eficiente servicio secreto de Rosas, constituido esencialmente por los sirvientes de
las familias “decentes”, lo ponen al tanto de la conspiración a favor de la poca
discreción de esos jóvenes, en un error típico de su clase que se repetirá en otras
circunstancias de nuestra historia, convencidos de que toda la sociedad compartía su
inquina contra el gobernador. Las grandes manifestaciones de apoyo a Rosas se
explicarán por el miedo a la mazorca o por el pago para asistir a ellas.
Maza se mueve con eficiencia y logra otros apoyos armados. Solo resta esperar el
prometido desembarco de Lavalle, transportado por los barcos franceses, en Recoleta.
Como pasaba el tiempo sin novedades del “ejército libertador” Maza y Balcarce idearon
otro proyecto que en su optimismo creyeron factible: Maza sublevaría la División del
Sur con asiento en Tapalqué, al mando de su amigo el coronel Nicolás Granada,
apoyándose en los peones reclutados por Castelli y otros estancieros sureños; mientras
los grupos de la ciudad matarían a Rosas y tratarían de pronunciar los regimientos
urbanos. Manuel Vicente Maza, padre de Ramón, tomaría el gobierno como presidente
de la junta. Entonces Lavalle desembarcaría en San Nicolás para asegurar y recoger la
victoria.
El gobernador estaba al tanto del complot. Quiso salvar al doctor Maza, suponiendo
que la amorosa debilidad con su hijo lo había arrastrado. Escribe el 16 de junio a su
socio y amigo Juan Nepomuceno Terrero una reservadísima: “Vuelvo a repetirte lo que
ya te he manifestado, que es absolutamente necesario que el doctor Maza salga del país.
Tremendos cargos pesan sobre él y el gobierno no puede salvarlo. Este es mi consejo y
quizá muy pronto sea tarde”.
Uno de los militares apalabrados, Martínez Fontes, federal convencido, denuncia
públicamente la conspiración. La conmoción es grande. Era tal el compromiso de
figuras relacionadas con el gobierno que quien apresa a Ramón Maza es el padre de uno
de los complotados, Rafael Corvalán, y quien queda encargado de su custodia es el
padre de otro conspirador, Carlos Tejedor.
El pueblo, al saber del complot, se lanza a la calle y exige castigo a los culpables.
Ramón Maza será fusilado, muriendo con dignidad y negándose a revelar el nombre de
sus cómplices. Los ruegos de Manuelita serían inútiles y el dolor de Rosas indudable, ya
que Ramón era muy apreciado en su casa. “Hubieron muchas lágrimas en casaconfesará años más tarde - pero si veinte veces se presentara el mismo caso, lo haría. No
me arrepiento”.
Su padre, quien desoyera el consejo de su traicionado amigo don Juan Manuel, será
degollado en su despacho por los mazorqueros Manuel Gaitán y José Custodio Moreira,
padre del famoso Juan Moreira, más tarde ejecutados por orden del Restaurador.
Contrariando a quienes se ofuscan en presentar un Rosas sediento de sangre que habría
desencadenado el terror, no hubo otros castigos para los responsables de una
conspiración que tuvo francos visos de seriedad. Ni siquiera para Lafuente, quien al
cabo de los años se suicidaría teatralmente en el cementerio de Copiapó, Chile.
Se los dejó en libertad y la mayoría decidió abandonar el país. La magnanimidad se
debió quizás a que eran demasiados los familiares de notorios federales comprometidos
en la asonada y de castigarlos se afectaría la solidez del frente interno en momentos tan
críticos.
Los delatores, Martínez Fontes padre e hijo,fueron recompensados con
15.000 pesos cada uno y destacados por haber servido a “la Causa de la Libertad y del
Honor Americano”.
Capítulo 65
Nuestros puñales están listos
La euforia federal por la derrota de la conspiración es exaltada. Felicitan al
Restaurador, individual o colectivamente, los jueces, los jefes militares, los altos
empleados, los miembros del clero, los jueces de paz, los comisarios, los curas de
campaña.
Once generales publican su celebración. Manifestaciones similares ocupan las páginas
de los periódicos en permanente exaltación de Rosas y expresión del odio a los
enemigos durante meses. El comandante del Fuerte Azul, Ventura Miñana, expresa:
“Nuestros puñales están listos, y muy pronto empezaríamos a deguello si V.E.
falleciese”, insistiendo en que sólo desea “ardientemente que se le mande derramar su
sangre”. Vicente González, “el Carancho”, comandante de la Guardia del Monte,
ordena amarrar y dar quinientos “azotes de muerte” al que pronuncie una palabra
ofensiva a la Federación; y agrega que si no hubiera sido por “la indulgencia y
misericordia” de Rosas, que ha contenido a sus partidarios, “ya hubiera corrido la
inmunda sangre de esos chanchos a los filos del puñal de los federales”.
El general Corvalán, edecán de Rosas, le escribe a un comandante que los federales
“andan ardiendo y desesperados por degollar a todos los unitarios que estaban
comprendidos en la logia y son bien conocidos y señalados”. No sería de extrañar que
dicho texto hubiera sido dictado por el mismo Restaurador, también de una carta que
firmará Corvalán y dirigida al coronel Aguilera: “Es tal la irritación en los federales,
que si S.E. no estuviera de por medio, habría amanecido, y aun amanecerían hoy mil de
aquellos, degollados. Es preciso verlo y tocarlo para conocer bien el valor de esta
verdad”. Las funciones de obsecuente homenaje se suceden sin descanso. M. Gálvez
describirá una que tiene por escenario el barrio porteño de Monserrat:
Once de la mañana: sale la comitiva que va a la casa del gobernador, en busca de un
retrato. Allí la esperan Manuelita, damas de la familia y muchos jejes y ciudadanos.
Discurso saludando a la hija de Rosas, y otro más al recibir el retrato, seguidos de los
interminables “¡vivas!” y “¡mueras!”. Se canta el himno “Sepa el mundo que existe un
gran Rosas”, publicado el año anterior. Frente a su ventana, repítense los gritos y el
himno, y se arrojan cohetes. Camino a la iglesia, salen los dueños de algunas casas
dando los mismos gritos y arrojando cohetes y buscapiés. Cuadra de la iglesia . Está
adornada con olivo y banderas. Al llegar la comitiva, los vecinos toman las banderas,
las inclinan ante el retrato e hincan una rodilla. Repique de campanas, cohetes.
Comienza la función en el templo. El retrato, recibido solemnemente, es colocado en
una mesita, junto al altar mayor. Dos señores, que son relevados, custodian el retrato. Al
terminar la función, en el atrio, se renuevan los gritos y los discursos. Luego, a una casa,
a tomar un refresco. Allí también va el retrato para recibir los brindis, que son
verdaderas arengas. A las cuatro y media, almuerzo en la casa del juez de paz. Se baila
después la media caña, “la más federal y republicana danza”. A las siete, se retira el
retrato, lo adornan con banderas, y una manifestación lo conduce de regreso. En cada
esquina cántase el mismo himno y estallan los mismos gritos. En la casa del
Restaurador, donde es muy difícil entrar por el gentío, esperan las damas, los jefes y los
funcionarios. El retrato es devuelto. Resuenan los “¡vivas!” y “¡mueras!” El, Rosas, no
aparece para nada.”
Capítulo 66
Lo que no se ve
Andrés Rivera, en su novela “El Farmer”, imaginará una consigna de Rosas a la
población: “Lo que no se ve está fuera de la ley”.
Capítulo 67
A cubierto de la adversidad
La campaña periodística de “El Nacional” y los trabajos particulares de los agentes
franceses habían dado sus frutos en convencer a muchos argentinos antirrosistas de
apoyar el bloqueo. Después de la queja de Juan Cruz Varela por los artículos de Alberdi
no volvió a hablarse de “cooperar” con los invasores. La propaganda antiamericana y
antipatriótica seguía en la prensa, pero en vez de ser el embajador Martigny quien
convocase a los argentinos, para hacerlo más digerible, sería el uruguayo Rivera.
A principios de diciembre de 1838 éste se puso en comunicación con del Carril , que
vivía en Mercedes, encomendándole formar una comisión que reuniese a los emigrados
de la primera y segunda oleada (unitarios y “lomos negros”), con exclusión de los
comprometedores jóvenes intelectuales de la “tercera emigración”, en quienes no
confiaban.
Del Carril fue a Montevideo y citó a una reunión en casa de Alsina, que finalmente se
haría en lo del general Rodríguez el 20 de diciembre. De allí salió la “Comisión
Argentina” compuesta por Rodriguez como presidente, Florencio Varela secretario, y
vocales del Carril y Alsina por los unitarios, y Félix Olazábal e Iriarte por los “lomos
negros”.
Los miembros de la “Comisión” no serían subvencionados por Rivera, pero el mismo
Iriarte cuenta una estratagema para obtener beneficios que los pusieran “a cubierto de la
adversidad”. Debiendo mandar un agente a Buenos Aires para comunicarse con los
conspiradores que actuaban en la ciudad fue comisionado un tal Buter que irá en una
embarcación con el correspondiente salvoconducto de Leblanc.
Se aprovechó la licencia “cargándola hasta el tope de efectos de ultramar caros y
escasos en el mercado de Buenos Aires” que dio “una ganancia de nueve mil pesos plata
a Agüero, Florencio Varela, Juan Nepomuceno Madero (cuñado y socio de Varela) y no
sé qué otro”.
Capítulo 68
La sinceridad imperial
El ministro Charles Guizot tuvo activa y decisiva participación en las dos agresiones
francesas contra la Argentina de Rosas. Era un chauvinista que sostenía la idea de una
Francia beligerante desplazándose por el mundo en busca de mercados conquistados a
cañonazos que también lavaban el honor francés por anteriores afrentas.
El 8 de febrero de 1841, en el Parlamento, emitió juicio sobre la situación en el río de
la Plata, evidenciando talento para el diagnóstico político:
“Hay en los estados de la América del Sur dos grandes partidos, el partido europeo y
el partido americano; el primero, el menos numeroso, comprende los hombres más
esclarecidos, los más familiarizados con las ideas de la civilización europea; el otro
partido, más apegado al suelo, impregnado de ideas puramente americanas, es el de los
campos.
Este partido ha deseado que la sociedad se desarrollara por sí misma, a su modo, sin
préstamos, sin relaciones con Europa. Este partido puramente nacional está ahora en el
poder (...) El general Rosas es el jefe del partido de los campos y el enemigo del partido
europeo”.
Capítulo 69
Un gobierno que resiste el bloqueo
El fracaso de Maza no arredró al terrateniente Pedro Castelli, hijo del prócer de Mayo,
ni al 2º jefe del 5º Regimiento de Campaña, coronel Manuel Rico, quienes con energía y
coraje movilizaron a los estancieros y enfiteutas, en general descontentos con Rosas;
aquellos por el bloqueo que perjudicaba sus negocios; éstos porque Rosas ordenó que
el contrato de enfiteusis no se renovaría y los titulares estaban obligados a comprar las
tierras o abandonarlas.
“El levantamiento en el sur sólo debe atribuirse al bloqueo. El grito de los rebeldes
que claman por libertad y para terminar con la tiranía del general Rosas fue el grito de
guerra para derrocar a un gobierno que resiste el bloqueo y les impide vender sus cueros
y sebo y otros productos de la tierra; y hasta que no obtengan esa libertad mediante la
suspensión del bloqueo las causas del último estallido están aumentando diariamente y
pronto habrán de generalizarse en las provincias de la República” (Informe del
embajador inglés Mandeville al Primer Ministro lord Palmerston, 12 de diciembre de
1839).
Entre los comprometidos se contaban el general Díaz Vélez, Crámer, los
Ramos Mexía, Sáenz Valiente, Alzaga, Iraola, hasta el mismo hermano de Rosas,
Gervasio, heredero del “Rincón de López” en la boca del Salado.
La demora de Lavalle, quien se limitó a estimularlos a que continuaran “con sus
trabajos que pronto vendría”, fue fatal para la conspiración. Rosas supo de la misma por
un mensaje interceptado en Dolores y rápidamente ordenó al coronel Granada el 2 de
octubre de 1839 que “tomase disposiciones enérgicas” y dispuso por circular del 10 a
los jueces de paz la detención de Castelli y sus cómplices Lacasa y Ezeiza.
Las estancias fueron recorridas por los complotados juntando peones y armamentos,
concentrándolos en Chascomús y Dolores. El pronunciamiento se produjo el 29 de
octubre con la destrucción de un retrato de Rosas y rompiendo las divisas federales.
Para movilizar a los peones se los engañó diciéndoles que el Restaurador había sido
asesinado y que irían a Buenos Aires a vengarlo. Al cacique Catriel se le dijo lo mismo.
Ello da una idea de lo difícil que era promover una rebelión popular contra el
gobernador.
Prudencio Rosas encontró las fuerzas de Castelli y los suyos en las cercanías de la
laguna Chascomús el 7 de noviembre. No fue una batalla: la mayor parte de los
“revolucionarios” eran peones que creían combatir a favor de Rosas y al encontrarse
con el hermano del Restaurador comprendieron el engaño y se negaron a luchar.
Además Castelli no tenía conocimientos militares y Crámer, el único que los tenía,
quedó muerto al empezar la lucha.
Los revoltosos tuvieron 100 hombres fuera de combate y 400 prisioneros que don
Prudencio dejó en libertad después de decirles que “el gobernador sabía que los habían
llevado engañados”. El hacendado Rico pudo escabullirse hacia el Tuyú con 500
sobrevivientes, y Castelli fue muerto en la persecución. Su cabeza quedó exhibida “para
escarmiento” en la plaza de Dolores.
(Veintidós años más tarde, ya en épocas “civilizadas”, el caudillo riojano Chacho
Peñaloza también será decapitado por el unitarismo a cuyo frente está Sarmiento y su
cabeza colgada de un farol en la plaza de Olta. De otra manera “las chusmas no se
habrían convencido de su muerte” argumentará el sanjuanino).
A Juan Manuel la insurrección del sur lo sorprende y aflige: son sus amigos, los
estancieros, los que han querido derribarlo. El se conduce muy generosamente.Excepto
Castelli, nadie es ejecutado. El secretario de la Junta Revolucionaria, Antonio Pillado,
sería puesto en libertado el 8 de diciembre, y Martín de la Serna el 31, con la ciudad por
cárcel; a Barragán lo indultará después de dos años de prisión; y Ezequiel Ramos Mejía
se acogerá a la amnistía del año 1848, lo mismo que Pedro Lacasa, el cual escribirá
versos en su honor.
Mientras Prudencio Rosas combatía en nombre de Juan Manuel, su hermano Gervasio
facilitaba la fuga del coronel Rico y los suyos ordenando a las baterías del Tuyú y de la
boca del Salado no disparar contra las lanchas francesas que recogían a los prófugos. En
una de ellas escapó a Montevideo.
El Restaurador dio una enérgica proclama contra su hermano llamándole “hombre
desnaturalizado”. En el momento de embarcarse Gervasio hizo saber a su madre “que él
no combatía contra sus hermanos”, pero encontrándose complicado en la revolución
debía escapar. Allí estuvo un año, hasta que Juan Manuel, obedeciendo al ruego
materno lo perdonó y dejó volver. No intervendría más en política.
Los leales militares federales que no se plegaron a la rebelión y a los que colaboraron
en sofocarla fueron recompensados: a los generales se les dio 6 leguas de tierra, a los
coroneles 5, y así proporcionalmente hasta los cabos y soldados que recibieron un
cuarto de legua. En total se repartieron nada menps que 787 leguas, aproximadamente
2.125.000 hectáreas en manos de quienes no eran estancieros tradicionales.
Capitulo 70
La hora de la venganza
Cuando Rosas supo que Lavalle tenía todo listo para invadir Buenos Aires, en una
magistral estrategia ordena a su fiel Echagüe, secundado por el uruguayo Lavalleja, a
cruzar el Paraná e invadir la Banda Oriental.
La alarma de Martigny, Leblanc y los demás franceses es mayúscula pues lo único
que les faltaba para que “el paseo del Plata” desbarrancara en una catástrofe era que
Montevideo cayese en manos de don Juan Manuel. Los planes “libertadores” se alteran:
Rivera retrocede para proteger a Montevideo desguarneciendo la retaguardia de Lavalle,
y éste, para no perder contacto con el “pardejón” y con la escuadra francesa, invadirá
territorio argentino a la altura de Entre Ríos.
Apenas desembarcado lanza una proclama incitando a que “los hombres sin distinción
de color o partido político” se incorporen a la gesta antirrosista. El fracaso es total y en
cambio va encontrando una vigorosa resistencia que lo lleva a cambiar el tono de sus
manifestaciones. En su desvío hacia Corrientes, para unir sus fuerzas a las del
gobernador Ferré, amenazará: “Se engañarán los bárbaros si en su desesperación
imploran nuestra clemencia. Es preciso degollarlos a todos. ¡Muerte, muerte, sin
piedad!”.
Un fuerte ejército federal a cuyo frente van “Mascarilla”López y Oribe le sale al paso.
El jefe unitario insistirá en sus amenazas: “¡La hora de la venganza ha sonado! ¡Vamos
a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos!”. En otra del 20 de noviembre:
“Derramad a torrentes la inhumana sangre para que esta raza maldita de Dios y de los
hombres no tenga sucesión”.
Se disculpaba Lavalle ante su esposa que le recriminó la ferocidad del documento: “La
proclama que di a los correntinos cuando entró Oribe y López, la escribió Frías. Yo
estaba muy ocupado y le dije que escribiese una proclama de sangre y que dijese
expresamente que habíamos de degollar todo el ejército enemigo. Tú no puedes hacerte
de esto un juicio exacto porque estás muy lejos de aquí, no yo puedo dejar de someter
mis acciones a la justicia. La proclama me dio 2.000 hombres y llenó de terror al
enemigo. Ese ejército fue venido con palabras y apariencias” (1° de febrero de 1839).
Una vez más se iniciaba una contienda en la que los ganadores no hacían prisioneros,
pasando por las armas o degollando a los derrotados.
Es que de tanto guerrear, la violencia llega a hacerse lo habitual, como le sucediera al
almirante español Enríquez de Cabrera quien en 1638 escribiese a su amada: “Como no
sabes de guerra sólo te diré que el campo enemigo se dividió en cuatro partes: una huyó,
otra matamos, otra prendimos y la otra se ahogó. Quédate con Dios que yo me voy a
cenar a Fuenterrabia”.
El general Lavalle había decidido adoptar los hábitos, el aspecto y las táctica de los
caudillos, vencer a sus contrarios por los mismos medios con que había sido por ellos
vencido. “Cuánto mejor hubiera sido que, sin tocar los extremos, hubiese tratado de
conciliar ambos sistemas, tomando de la táctica lo que es adaptable a nuestro estado y
costumbres, conservando al mismo tiempo el entusiasmo y la decisión individual, tan
convenientes para la victoria.”(José M. Paz).
La exasperación de Lavalle es también la de sus aliados europeos: Martigny, quien
había escrito el 12 de agosto de 1839 al nuevo jefe de gobierno, Soult, solicitando el
refuerzo de 2.000 hombres y una importante suma de dinero, volverá a hacerlo días
después, entusiasmado con el activismo de Lavalle, aduciendo que para “terminar la
cuestión conforme al honor de Francia” sería imprescindible duplicar el aporte
económico y subir a 6.000 el aporte de nuevos infantes de marina.
París responderá a los ruegos del representante plenipotenciario y librará letras por una
exorbitante suma para financiar la campaña “libertadora”. Sin embargo sus
instrucciones al contralmirante Dupotet, que remplazó a Leblanc en el mando de la
escuadra bloqueadora, será que “el gobierno francés había perdido toda esperanza de
obligar a Rosas por medio del bloqueo” y por lo tanto debía llegarse a “una paz
honorable” en cuyas negociaciones debía darse cordial participación al embajador inglés
Mandeville.
Las condiciones significaban, lisa y llanamente, una capitulación: debía obtenerse la
condición de “nación más favorecida” y una pequeña indemnización a fijarse por
arbitraje. Sin embargo los franceses nunca estuvieron más cerca de la victoria, quizás
por no haberse dado cuenta del vigor casi frenético que Lavalle ponía en su accionar.
Todo se complicaría para Rosas a raíz de la derrota de López ante Ferré y luego
la de Echagüe en “Cagancha” contra las reforzadas tropas de Rivera. El “ejército
libertador” tenía entonces el camino expedito hasta Buenos Aires.
Lavalle avanza incontenible. Rosas escribe: “El hombre se nos viene y lo peor es que
se nos viene sin que podamos detenerlo”. A lo que sí atinó es a desarticular el
“quintacolumnismo” a través del terror con algunos degüellos y atentados planificados.
Pero al poco tiempo Lavalle escribía a su esposa, desde Yeruá: “Aquí estoy solo con
mis brazos desnudos, sin cartuchos y sin un real ¡Esto es el “Ejército Libertador”!”. Es
que en su avance no había encontrado el apoyo que los doctores de Montevideo le
aseguraron. Los pobladores no parecían entusiasmados en sumarse a esa gesta “contra la
tiranía”. Además, varios prestigiosos civiles y militares antirrosistas abandonaron su
exilio para sumarse a la defensa de su patria amenazada por Francia: Cavia, Espinosa,
los generales Soler y Lamadrid, etcétera.
Los fondos no llegan. Es que los francos son enviados desde ultramar a Rivera y a la
Comisión y, aunque cuantiosos, pocos llegan a Lavalle. Este se dirige el 28 de
diciembre al almirante francés Le Blanc exigiendo “un millón de francos para los gastos
de guerra que entrarán en la caja del ejército”. Sólo le llegan 25.000 junto con una nota
de la Comisión en la que se le ordena tratar con más prudencia y respeto a los aliados
franceses...
Lo que el jefe de coalición franco-argentina no sabe es que la protesta inglesa contra la
intervención francesa en el Plata, que considera lesiva para sus intereses comerciales, ha
ido haciendo efecto y el rey galo ha iniciado ya tratativas con el Restaurador con vista a
una retirada decorosa de la escuadra francesa.
Las torres de Buenos Aires están ya a la vista de Lavalle, pero su ánimo ha ido
minándose por la falta de apoyo y por las crecientes deserciones en sus filas. En la
ciudad sus habitantes se preparan para una defensa desesperada aunque todo indica que
su caída será inevitable. Rosas, infatigable, va de un punto al otro organizando las
barricadas y redoblando el terror.
Ni sitiados ni sitiadores comprenderán lo que sucede: Lavalle ha ordenado el repliegue
de sus tropas. “No podré tomar Buenos Aires ¡por falta de veinte días de víveres!”,
había escrito a su esposa el día anterior. Además estaba enterado de la llegada del
almirante Dupotet para relevar a los halcones Leblanc y de Martigny y para concluir de
la mejor manera posible el conflicto del río de la Plata.
La retirada de ese ejército aún inmenso será desordenada, anárquica, plagada de actos
vandálicos, saqueos, latrocinios, matanzas.
Capitulo 71
La destitución del santo
En la metrópoli española, en tiempos de la colonia, la elección de los santos patronos
era decisión de responsabilidad, acompañada a veces de ceremonias a las que no les
faltaba boato. Pero cuando las ciudades por patronizar no eran de importancia, como la
lejana Buenos Aires, un puerto de contrabandistas enclavado en tierras inhóspitas y
deshabitadas, bastaba con introducir los nombres de todos los santos en una bolsa de
terciopelo negro para que fuera el azar quien decidiese.
Tres veces seguidas, inauditamente, salió el papelito de un santo sin mayor renombre,
San Martín de Tours.
Buenos Aires tuvo entonces su santo patrono. Nadie podía prever que lo que la negra
bolsa de paño brilloso había anticipado era el nombre del general libertador de aquellas
tierras australes.
Muchos años más tarde, el bloqueo francés al puerto de Buenos Aires enardecía los
espíritus patrióticos. El odio contra el invasor crecía en la población. Alguien recordó
entonces que Tours era ciudad de Francia.
No tardó mucho para que alguien prsentase un proyecto den la Legislatura:
"¡Viva la Santa Confederación Argentina, mueran los salvajes unitarios!
"Buenos Aires, 31 de julio de 1839, año 30 de la Libertad, 24 de la Independencia y 15
de la Confederación.
"El gobierno, considerando que esta ciudad fue puesta desde su fundación bajo la
protección de un francés, San Martín, natural de Tours, quien no ha sabido hasta la
fecha librar a esta ciudad de las fiebres periódicas, escarlatinas, ni de las secas y
epidemias continuas que en diferentes épocas han arruinado nuestra campaña, nuestras
cosechas y nuestros ganados, ni de las extraordinarias crecientes de nuestro río que
destruyen casi anualmente una cantidad de obras y monumentos de la ciudad que se
encuentran sobre la costa.
"En fin, que la viruela acaba de desaparecer a causa del descubrimiento de la vacuna,
sin que el patrono por su parte haya jamás hecho el menor esfuerzo para librarnos de esa
terrible calamidad.
"Que para combatir las invasiones de los indios en la frontera,, para sostener las
guerras civiles y extranjeras que nos han sobrevenido, hemos tenido que recurrir en el
primer caso a la Santa Virgen de Luján, en el segundo a la Virgen del Rosario y la
Merced y también a Santa Clara Virgen, con cuyo único consuelo hemos podido
triunfar, mientras que nuestro patrono, el francés, permanecía indiferente en el cielo, sin
ayudarnos en lo más mínimo como era su deber.
"En vista de los motivo, expuestos venimos en decretar y decretamos: · "Artículo 1°)
El francés unitario San Martín de Tours, que ha sido hasta hoy el patrón de esta ciudad,
habiendo perdido la confianza del pueblo y del gobierno, abandonado por sus
compatriotas, aliado del traidor Rivera y demás salvajes Unitarios, es destituido para
siempre del empleo de patrono de Buenos Aires”.
Los demás artículos eran de forma.
Capítulo 72
El mejor remedio
Resultado de la indignación por los desmanes cometidos por el “ejército libertador” en
su campaña sobre Buenos Aires y que se multiplicaban durante su vandálica retirada fue
un espíritu vindicativo que, entre otras consecuencias, motivó el decreto que
expropiaba los bienes de los unitarios para “reparación de los quebrantos causados en
las fortunas de los fieles federales por las hordas del desnaturalizado traidor Juan
Lavalle, y las erogaciones extraordinarias a que se ha visto obligado el tesoro público
para hacer frente a la bárbara invasión de este execrable asesino, y a los premios que el
gobierno ha acordado a favor del ejército de línea y milicia, y demás valientes
defensores de la libertad y dignidad de nuestra Confederación y de la América”.
El decreto hacía mención de la “moderación y clemencia” exhibidos al juzgar a los
complotados con Maza y a los revolucionarios del sur, que habían sido indultados en su
casi totalidad lo que no impidió que “se vuelvan a repetir aquellas mismas execrables
escenas”, aumentadas con “la infame invasión del desertor inmundo de la Causa Santa
de la América, salvaje unitario asesino Juan Lavalle”.
Ese octubre de 1840 y el abril de 1842 serán recordados como las sangrientas orgías
de terror rosista y fueron explotadas hasta el hartazgo por la propaganda enemiga. La
policía allanó domicilios de conocidos unitarios buscando correspondencia con
Montevideo o con Lavalle. La entrada de los vigilantes de uniformes rojos, gorros de
manga, pesados sables de caballería, grandes bigotes federales, producía la
comprensible conmoción en las familias. No se habían conocido, hasta entonces,
allanamientos de domicilios por causas políticas, ni tampoco revisaciones ni secuestros
de correspondencia. Eran operaciones espectaculares, seguramente ejemplarizadoras
para atemorizar a los opositores.
Aparece asesinado el doctor Saráchaga que había sido ministro de Paz en Córdoba, el
abogado santafesino Sañudo que desarrolló tareas de espionaje para Francia, el español
Pedro Juan Varangot cuñado y administrador del sacerdote rivadaviano Julián Segundo
de Agüero, un Aráoz de Lamadrid hermano del general entonces unitario, el coronel
Sixto Quesada de conocida militancia unitaria, el portugués Juan Nóbrega y un tal
Mones que contribuyeron pecuniariamente al complot de Maza, y algunos más que
llegan a veinte en todo el mes. No son figuras destacadas del unitarismo y los que
completan la lista no tienen filiación política por lo que es difícil clasificarlos como
crímenes al servicio del federalismo
El embajador Mandeville se queja de que grupos de activistas entre “¡vivas!” y
“¡mueras!” han roto vidrios y arrojado piedras contra las casas vecinas a la legación
inglesa, y por conductos particulares se le ha advertido que su vida corre peligro si sale
de noche. Pedía garantías para que “el populacho desenfrenado” respetase a la
embajada y a su persona.
Al día siguiente Rosas le contesta : “En la época actual no debe V.E. extrañar que un
grupo de hombres desenfrenados pasen a las casas inmediatas a las de V.E. a perseguir a
sus feroces enemigos, los salvajes unitarios. No es esto abogar por el desorden y
fomentar esos grupos: son reflexiones que me permito recordar a V.E. para que no me
crea con poder suficiente para reparar hoy esas desgracias.
“(...) El poder del gobierno en época como la presente no puede exigirse como en el de
una profunda paz, tranquilidad y sosiego”. Sutilmente el Restaurador le revelará su
conocimiento de las furtivas visitas nocturnas del embajador a una dama de la sociedad
porteña. “Y después de todo lo que le he dicho a V.E., ¿por dónde se considera V.E.
seguro de noche con un solo criado? V.E. sale solo de noche, y aún se aleja solo a más
de una legua de la ciudad. ¿Por qué hemos de pagar nosotros ese coraje temerario de
V.E.?
“No crea V.E. que entre los federales tiene un solo enemigo, pero ¿no sería difícil que
al cruzar V.E. alguna calle sola le alcanzase un grupo desordenado, y creyéndole
enemigo causasen en su ilustre persona alguna desgracia que nos diese un sentimiento
eterno?”
Quienes se niegan a caracterizar al Restaurador como terrorista aducen
que las 20 muertes de 1840 más los poco menos de cuarenta de 1842 suman
considerablemente menos que los más de 200
que Urquiza hizo fusilar en los primeros días después de Caseros.
Salvo que se pretenda adjudicarse en la cuenta de don Juan Manuel los
desmanes de los federales de provincias, como fue el caso del coronel Mariano Maza
quien en su correspondencia anunciaba antes de la batalla: “Las fuerzas de Cubas (jefe
unitario) pasan de 600 hombres y todos han sido ya condenados pues me prometí
pasarlos a cuchillo”. Y cumplió rigurosamente.
Los hechos de inhumana crueldad eran habituales en ambos bandos, tal como lo
denunciara Kant, el filósofo: “La guerra es nefasta, porque hace más hombres malos que
los que mata”. Así, luego de la batalla de Cayastá, en la que los federales salieron
triunfantes, se redacta el parte dirigido al gobernador López:
“El infrascripto tiene la grata satisfacción de participar a Usted, agitado de las más
dulces emociones, que el infame caudillo Mariano Vera, cuyo nombre pasará maldecido
de generación en generación, quedó muerto en el campo de batalla”.
Quien firma es Calixto Vera, hermano de Mariano .
Capítulo 73
El precursor de las derrotas
Los cabecillas unitarios, que han seguido las alternativas desde Montevideo o a bordo
de los barcos franceses, y que ya daban por segura la derrota de Rosas, se indignan ante
la retirada de Lavalle.
“Todo estaba en su mano, y lo ha perdido.
Lavalle es una espada sin cabeza (...)
Lavalle, el precursor de las derrotas.
¡Oh Lavalle, Lavalle! Muy chico eras
para llevar sobre ti cosas tan grandes.”
Esteban Echeverría
También Florencio Varela: “No hay una sola persona, una sola, general, incluso sus
hermanos de usted, y aun su pensatísima señora, que no hayan condenado abiertamente
ese funestísimo movimiento”.
La retirada de aquel malón apocalíptico que fue deshilachándose en sangre y horror
continuó hasta el suicidio de Lavalle en Jujuy. De aquel sobre quien San Martín había
escrito a O’Higgins: “Lo que Lavalle haga como valiente muy raro será el que lo imite,
y el que le exceda ninguno”.
Se había dado tiempo para escribir una vez más a su mujer, con la lucidez de los
condenados: “El hecho es que los triunfos de este ejército no hacen conquistas sino
entre la gente que habla”, indudable referencia a los doctores porteños que con su labia
suelta una vez más lo habían convencido de un error fatal, “la que no habla y pelea nos
es contraria y nos hostiliza como puede”.
Capítulo 74
La política de ganar aliados
Lo había dicho Rabelais en su “Gargantúa y Pantagruel” (s. XVI): “El nervio de la
guerra son las pecunias”.
El Parlamento francés había aprobado una partida para que la escuadra mantuviese el
bloqueo en el Plata, pero también el gobierno destinó sumas reservadas “para la política
de ganar aliados”, es decir para sobornar funcionarios y oficiales. También para proveer
de armas y suministros a las fuerzas de Rivera y de Lavalle.
El canciller Molé había autorizado al embajador Martigny a gastar 300.000 francos
imputables a “gastos varios” de la cartera de Relaciones Exteriores, pero en tiempos de
Soult llegó a librar letras por 2.340.000 francos pagados con la recomendación del 26 de
febrero de 1840 de que se “mostrara cauteloso en esa clase de gastos que suben muy
alto y exceden en mucho lo previsto en el ministerio”.
Varias veces se denunció en el parlamento francés, en 1840 y en 1841, ese gasto. Lo
más explícito fue la confesión de Thiers ,que sucedió en el ministerio a Soult en marzo
de 1840, al debatirse en la cámara el 29 de mayo de 1844 la cuestión del Plata:
“Los dos millones de que ha hablado ayer Guizot imputados a mi ministerio de 1840 y
que se creía gastados para los grandes sucesos de Oriente, esos dos millones han sido
gastados en gran parte en Montevideo; he dado esos dos millones según las órdenes del
Sr. Mariscal Soult para esa política de intervención que consistía en ganar aliados en
Montevideo”.
Corroborando sus palabras, Mackau, que fuera Ministro de Marina, dijo en la misma
sesión que “además de esta simple autorización de gastar 300.000 francos se habían
sacado letras de cambio sobre Francia por 2.340.000 para hacer la guerra, para excitar
los partidos unos contra otros”.
El vicealmirante Mackau tenía información de primera mano pues fue él quien firmó
con el canciller rioplatense Arana lo que significaba una disimulada rendición de la
potencia europea. La obstinada inflexibilidad del Restaurador, decidido a no renunciar
bajo presión a ninguna de sus convicciones, había dado su fruto. Cuatro días antes de la
llegada de Mackau, Rosas le escriba a Arana, gobernador delegado. Le recuerda su
disposición a transar honrosamente para ambas naciones. Pero es caso de no ser posible
un arreglo, debemos estar “resueltos a defender nuestra soberanía y honor, pereciendo
antes mil veces que ser esclavos, y consintiendo primero marchar por entre los gloriosos
escombros de la más tremenda desolación y ruina, antes que pasar por una vergonzosa,
humillante esclavitud”.
El marino francés sintió que era su deber comunicárselo formalmente a Lavalle, que
continuaba su desesperada huida hacia el Norte. Para ello fue comisionado el capitán de
corbeta Eduardo Halley, quien lo alcanza en Ranchos (Córdoba), pocos días después de
haber sufrido otra derrota, de las muchas que jalonarían la espantada del desintegrado
“ejército libertador”, a manos de Oribe.
Era el 4 de diciembre de 1840. Halley se enfrenta a un jefe casi andrajoso, de ojos
desaforados, que pocos días después escribirá, en una epistolaridad incansable, a su
esposa: “Estas tierras de mierda donde no hay quien me mate gracias al terror que
inspiramos”. El mismo que le espetaría al coronel Villafañe, quien intentará alarmarlo
por la anarquía de sus tropas: “¿Disciplina quiere Usted para los soldados? ¡Déjelos que
maten! ¿Quieren robar? ¡Déjelos que roben!”.
Pero ese oficial no ha perdido su dignidad de militar. Aunque su patriotismo sea tan
confuso. “Mi honor me impide aceptar”, replica indignado y echa a Halley del rancho
miserable donde lo había recibido.
El emisario de Mackau acababa de transmitirle el generoso ofrecimiento de Francia:
100.000 francos para él y una suma igual para distribuir entre sus oficiales. Además
sería transportado a Francia, donde se lo incorporaría a su ejército con el máximo grado
de Mariscal, con los sueldos y galones correspondientes.
Capítulo 75
Un Monumento de Gloria
Entusiasmo en Buenos Aires. Homenajes a don Juan Manuel. La Legislatura le
nombra Gran Mariscal, para lo cual crea el cargo con título de "excelencia", un sueldo
de seis mil pesos anuales, una escolta de treinta hombres y dos ayudantes y un oficial.
Otros proyectos que no fueron votados, han propuesto, entre otras cosas, que octubre
sea "el mes de Rosas"; que él y sus descendientes no paguen jamás impuestos; que en el
terreno en que está su casa se edifique un palacio y en el frontispicio, en mármol, se
grabe la ley; que se le otorguen los títulos de Héroe del Desierto y Defensor Heroico de
la Independencia americana; y que sus hijos Manuelita y Juan sean nombrados
coroneles del ejército. Él, que el 19 de octubre ha pedido termine el luto por
Encarnación, y que jamás, fiel a sus principios democráticos, aceptó título alguno, salvo
el de Restaurador de las Leyes, pide se le exima de los demás y no se nombre coroneles
a sus hijos. La Sala, además del mariscalato, vota un "monumento de Gloria": un libro
excepcionalmente lujoso, que contendrá todo lo relativo a la cuestión francesa y a la
guerra con Bolivia. Los jueces de paz de la ciudad y de la campaña piden a la Sala que
declare fiesta cívica el día del nacimiento de Rosas. El ruega archivar esas solicitudes. Y
vuelve la lluvia de felicitaciones y adhesiones.
Capítulo 76
Sarmiento y la entrega de la Patagonia
Para dar carácter orgánico a su campaña contra el gobierno de Buenos Aires los
emigrados en Chile, al igual que los del Uruguay constituyeron una “Comisión
Argentina” compuesta por el general Juan Gregorio de Las Heras como presidente,
Gregorio Gómez, Domingo Faustino Sarmiento, Martín Zapata, Domingo de Oro, José
Luis Calle, y como secretario Joaquín Godoy.
No disponiendo como el general Lavalle, Salvador María del Carril, Julián Segundo
de Agüero, Florencio Varela, etc. de la poderosa escuadra ni del abundante oro francés,
y siendo además grande la distancia que los separaba de Buenos Aires, su campaña
contra Rosas, en la que no se disparó un solo tiro, tuvo un sesgo distinto, más literaria
que bélica, la pluma reemplazando al fusil.
Se destaca en forma especial la tenaz campaña que hizo Sarmiento para que nuestros
vecinos chilenos ocuparan la Patagonia. No resulta comprensible, y menos aún
perdonable, que personalidad tan encumbrada por nuestra historia se haya embarcado en
una operación tan antipatriótica con el mero objetivo de perjudicar al Restaurador y sin
reparar en el daño que se hubiese infringido a la nación.
Es asombroso que tal ceguera se produjese en alguien que tan lúcidamente interpretara
la psicosociología del caudillo: “(...) quien encabeza un gran movimiento social no es
más que un espejo en el que se reflejan en dimensiones colosales las creencias,
necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia”
(“Facundo”). Eso fue Rosas.
La oposición al Restaurador ¿fue entonces el rechazo a lo que significó, al surgimiento
de la chusma que sólo podía darse por medio de un gobierno autoritario que subvirtiera
mecanismos de poder?.
El 11 de noviembre de 1842 se inició la campaña en “El Progreso” y ya en ése primer
número aparecía un artículo relacionado con el Estrecho de Magallanes. A partir de
entonces y casi diariamente continuó Sarmiento publicando editoriales sobre el mismo
tema. El asombroso entusiasmo y la singular dedicación que puso en esta iniciativa
hicieron que muy pronto se vieran los resultados, avalados por la pluma de un
prestigioso argentino, como lo demuestra la carta que el mismo sanjuanino hiciese
publicar sin pudor y con jactanciosa satisfacción:
“¿Queda duda después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad de hacer
segura la navegación del Estrecho y de establecer allí poblaciones chilenas? ¿Pero se
hará para aclararlas o desvanecerlas? ¿Permanecer en la inacción meses y meses? ¿Dar
por sentado lo que la tradición, el hábito o la falta de datos establece como cierto?
¿Abandonarse a discusiones estériles, porque carece de bases sólidas y a la opinión de
éste o de aquél? ¿Aguardar que de las islas Malvinas venga un inglés y levante una
cabaña en el Estrecho y nos diga, ya la Inglaterra está en posesión? ¿Hacer efectivo aquí
como en España el famoso adagio de Larra “vuelva Ud. mañana”?.
Las irreparables consecuencias no se harían esperar: “En cumplimiento de las órdenes
del Gobierno Supremo, el día 21 del mes de septiembre del año 1843, el ciudadano
capitán de fragata, graduado de la marina nacional, don Juan Guillermo Williams (...)
con todas las formalidades de costumbre tomamos posesión del Estrecho de Magallanes
y su territorio en nombre de la República de Chile a quien pertenece, conforme está
declarado en el Art. 1° de su constitución política y en acto se afirmó la bandera
nacional de la República con salva general de 21 tiros de cañón”.
Lo de Sarmiento no sería un sarampión pasajero: “La cuestión de Magallanes –
escribiría seis años después en “La Crónica” de fecha 29 de abril de 1849-, nos interesa
bajo otro aspecto que no es puramente personal. En 1842, llevando adelante una idea
que creímos fecunda en bienes para Chile, insistimos para que colonizase aquel punto.
Entonces, como ahora, tuvimos la convicción de que aquel territorio era útil a Chile e
inútil a la República Argentina.
“Para Buenos Aires el estrecho es una posesión inútil. Entre sus territorios poblados
median los ríos Negro y Colorado como barreras naturales para contener los bárbaros,
median las dilatadas regiones conocidas bajo el nombre de Patagonia, país ocupado por
los salvajes y que ni la Corona de España ni Buenos Aires han intentado ocupar hasta
hoy, si no es por el establecimiento siberiano que lleva aquel nombre y situado a
centenares de leguas del Estrecho”.
“Quedaría por saber aún, si el título de erección del Virreinato de Buenos Aires
expresa que las tierras del Sud de Mendoza y poseídas aún hoy por los chilenos entraron
en la demarcación del virreinato, que a no hacerlo, Chile pudiera reclamar todo el
territorio que media entre Magallanes y las provincias de Cuyo”.
Habrá más ,todavía : “¿Qué haría el gobierno de Buenos Aires con el Estrecho de
Magallanes, él, que lejos de poblar la inmensa extensión del país que tiene en sus
límites no disputados, no ha podido estorbar que los salvajes lleguen ya hasta las goteras
de Córdoba, San Luis y todos los pueblos fronterizos del Sud, interrumpiendo las
comunicaciones con las provincias de Cuyo y arruinándolas hasta el punto de no
exportar a Buenos Aires sus frutos?. Dentro de diez años se habrá borrado el camino de
la Pampa y a seguir el orden actual de cosas, dentro de veinte, en Buenos Aires
ignorarán que tales provincias existieron”.
Para Sarmiento “el gobierno de Buenos Aires” es Rosas y enceguecido por el odio está
dispuesto a hacerle daño sin reparar en las consecuencias. Así como la historia oficial
no reconocerá la heroica defensa de nuestra soberanía territorial llevada a cabo por
Rosas, tampoco le reprochará a Domingo Faustino esta actividad deleznable que en otro
país arrojaría fuera de la Historia.
La obsesión de Domingo Faustino lo llevará a tomar la nacionalidad chilena y lo hará
sin recato pregonándolo a los cuatro vientos, confirmando el escaso sentimiento
nacional que muchos le achacarán a él y a su bando unitario:
“Los argentinos residentes en Chile, -escribirá en “El Progreso” del 11 de enero de
1843-, proscritos de su patria pierden desde hoy la nacionalidad que los constituía una
excepción y un elemento extraño a la sociedad en que viven.
“(...) Los que han consagrado su vida y sus vigilias al triunfo de la libertad en América
hallarán en Chile un teatro digno de sus esfuerzos, y el país se los agradecerá siempre
que con lealtad trabajen por el interés de Chile, por la libertad de Chile y por el progreso
de Chile.
“Que no suene más el nombre de los argentinos en la prensa chilena; que los que en
nombre de aquella nacionalidad perdida ya habían levantado la voz guarden un silencio
respetuoso; que se acerquen a los que por ligereza u otros motivos los habían provocado
y les pidan amigablemente un rincón en el hogar doméstico, de lo que en lo sucesivo
serán, no ya huéspedes, sino miembros permanentes”.
El monumento a Sarmiento en la Capital Federal fue erigido, no de casualidad, en el
exacto lugar donde se levantaba la residencia de don Juan Manuel de Rosas, en
Palermo, derribada por el odio, el 3 de febrero de 1899, ¡47º aniversario de la batalla de
Caseros!.
Capítulo 77
El manco no cumple con su palabra
La separación de Francia de la lucha contra Rosas y su Confederación no desarmó a
sus aliados argentinos y uruguayos: Rivera y Ferré, es decir la Banda Oriental y
Corrientes, se coaligaron para formar un poderosos ejército mientras Lavalle
continuaba su marcha hacia el norte en unión con Lamadrid, abandonando Córdoba.
Estos, incapaces de articular sus esfuerzos por enconos personales y manteniendo
separadas sus fuerzas, urdieron un plan que consistía en que Lavalle se internaría en La
Rioja atrayendo sobre sí al ejército federal, entreteniéndolo hasta que Lamadrid hubiera
podido levantar un nuevo ejército en Tucumán
Mientras, en Corrientes, se producía la llegada del general Paz quien había escapado
de Buenos Aires, traicionando el juramento hecho a Rosas a cambio de su vida, de que
no volvería a empuñar las armas en contra de la Confederación. El antirrosismo
incorporaba así un muy hábil militar pero ello en cambio de ser una ventaja se
transformó con el tiempo en una complicación por la celosa competencia que desató
entre los jefes unitarios. Cuando Ferré lo nombró jefe de todas las fuerzas correntinas el
desplazado Rivera lo acusaría absurdamente de ser un secreto aliado de Rosas, quien
por eso lo habría dejado escapar.
Las fuerzas federales al mano de Echagüe estaban inmovilizadas pues podían ser
tomadas entre dos fuegos por Paz y por Rivera, además el dominio fluvial seguía siendo
unitario por las naves que los franceses habían dejado atrás, ahora al mando del yerno
de Antonio Balcarce, el norteamericano Coe. Para contrarrestar tal ventaja el
Restaurador armó una escuálida flotilla con los buques devueltos por Francia y los puso
al mando de Guillermo Brown quien, a pesar de su menor poderío pero a favor de su
coraje y de su talento vencería en “La Barra de Santa Lucía” a Coe.
En la campaña riojana secundaban a Lavalle el caudillo de esa provincia y antigua
“mano derecha” de Quiroga, el comandante Brizuela, y el capitán Peñaloza, conocido
años más tarde como el “Chacho”. Durante tres meses Lavalle entretuvo a Aldao y a
Oribe en los llanos riojanos. Cuando a fin el jefe oriental logró estrechar el cerco,
Lavalle se escabulló y apareció en Tucumán el 10 de junio de 1841. Brizuela, que se
negó a abandonar su provincia, fue vencido y muerto en “Sañogasta” unos días más
tarde.
Rivera amenaza con disolver su alianza con Ferré si este se empeña en privilegiar a
Paz y al mismo tiempo gestiona una alianza con los sublevados “farrapos”
independistas de Río Grande, sus uruguayos y los correntinos, seguramente con el
apoyo de Inglaterra que de esa manera debilitaría en una sola jugada a Argentina, a
Brasil y cumpliría con su sueño de internacionalizar las vías navegables interiores. Que
Paz le disputase el mando de las fuerzas correntinas dificultaba el proyecto porque el
“manco” se oponía a la constitución segregacionista de la ya bautizada “Federación del
Uruguay”. Sin embargo pocos años más tarde Paz daría su activo apoyo al proyecto
anglo-francés de separar a las provincias del Litoral en una “República de la
Mesopotamia”.
Mientras Lavalle reponía sus hombres en Tucumán, Lamadrid con su flamante
división se lanzó sobre San Juan. Su segundo Acha, aquel que entregase a Dorrego
luego de pasarse a los unitarios, obtuvo una brillante victoria en “Angaco” el 16 de
agostode 1841, pero dos días después fue sorprendido por las fuerzas federales en la
“Chacrilla de San Juan” y tras cuatro días de lucha sin municiones, se rindió, siendo
inmediatamente fusilado.
Tampoco le fue mejor a su jefe Lamadrid sobre quien convergieron Pacheco, Aldao y
Benavídez deshaciéndolo en “Rodeo del Medio” el 24 de septiembre. Los
sobrevivientes huyeron a Chile, pereciendo la mayoría congelados o despeñados a pesar
de la ayuda que les prestó la “Comisión Argentina” de Las Heras y Sarmiento.
Entretanto Oribe avanzaba sobre Tucumán donde forzó a Lavalle a dar batalla en
“Famaillá” derrotándolo completamente y obligándolo a huir hacia el norte con sólo
200 hombres, donde terminaría suicidándose en presencia de su amante, Damasita
Boedo, hermana de un federal fusilado por “la espada sin cabeza”.
La victoria de Oribe y el fusilamiento de Marco Avellaneda y otros opositores
acabaron con la oposición a Rosas en el noroeste . Pero Corrientes seguía en pie
mantenida por el entusiasta carisma de Ferré y por la técnica militar del general Paz.
Dos veces invadió Echagüe esta provincia, sin éxito.
En su segunda tentativa se encontró con Paz sobre el río Corrientes con fuerzas
claramente favorables para los federales. Pero no en vano el “manco” tenía fama de
estratega: vadeó el río Corrientes por el paso de “Caaguazú” provocando a Echagüe a ir
tras suyo, en el convencimiento de que huía ante la superioridad enemiga. Una vez que
las tropas federales quedaron encajonadas entre los ríos Corrientes y Payubre, Paz
repasaó el río atacándolo por sorpresa.
No terminó ahí el ajedrez: durante la batalla la caballería unitaria al mando del capitán
Núñez volvió a utilizar la trampa del desbande y el torpe Echagüe volvió a caer en ella
enviando la suya en persecución, siendo destrozada por los disparos de la artillería
oculta entre arbustos mientras la inerme infantería era envuelta en una perfecta
operación de pinzas.
Los muertos y heridos fueron 1800, los presos 800 y se tomaron 9 cañones y todo el
parque. La victoria había sido total y la situación del gobierno de Buenos Aires se había
vuelto sorpresivamente comprometida. Nuevamente Paz se transformaba en el cuco del
rosismo y no era fácil que se repitiese aquel milagro de años antes cuando una
oportunas boleadoras habían conjurado el peligro
La situación se agravó aún más cuando Juan Pablo López, a quien llamaban
“Mascarilla” por su fealdad y cuyo mayor mérito era ser hermano de Estanislao,
defeccionó de la causa rosista y suscribió un tratado con Corrientes.
Rivera, a su vez, esperaba una victoria de Paz para actuar sobre seguro. Cuando
llegaron las noticias de “Caaguazú” cruzó el río y se dirigió contra Urquiza, quien había
cumplido con su sueño de ser designado gobernador de Entre Ríos. Se enfrentaron en
“Gualeguay” y aquí también la victoria fue para los unitarios.
Si se hubiera aprovechado la oportunidad que esas victorias ofrecían a Paz, quizás no
hubiera habido resistencia posible pues Rosas solo contaba con las exangües fuerzas de
reserva acantonadas en Santos Lugares. Pero el tiempo apremiaba porque el ejército de
Oribe, convocado de urgencia por Rosas, ya bajaba del norte. A fines del siglo XVI lo
había pronosticado el escritor francés Montaigne: “No hay victoria sino sirve para poner
fin a la guerra”.
Pero las rencillas entre Rivera, Paz , Ferré y López jugaron a favor de los federales: el
caudillo oriental recelaba de la influencia de Paz, cuyo prestigio había crecido después
de su triunfo, y aconsejaba que éste invadiera al oeste del Paraná, quedándose él en
Entre Ríos para asegurar su influencia allí; Ferré, a su vez, con un localismo estrecho,
pretendía lo contrario: que Paz permaneciera en Entre Ríos por temor a que se reeditara
la situación del año 40, quedando desguarnecido ante la reacción federal; López a su
vez temía que Paz limitase su influencia pero su principal dificultad fue que las
montoneras santafesinas que había heredado de su hermano se negaron a luchar del lado
unitario y provocaron una deserción masiva que redujo a 5oo los 2.500 hombres
originariamente disponibles
mso-bidi-font-size:12.0pt;font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-fontfamily:"Times New Roman";mso-ansi-language:ES;mso-fareast-language: No fue de
extrañar entonces que cuando Paz se disponía a cruzar el Paraná, Ferré retiró el ejército
correntino para proteger su provincia y Rivera repasó el Uruguay para privarlo de
apoyo. Paz , entonces, no tuvo más remedio que renunciar a la jefatura.
Capítulo 78
Quebracho Herrado
La reacción rosista aprovechando las rivalidades de los jefes unitarios no se hizo
esperar: Juan Pablo López fue batido en “Coronda” y “Paso Aguirre”, el 12 y 16 de
abril de 1842, y huyó a Corrientes. Ferré, seducido por la proyectada “Federación del
Uruguay” proyectada por Rivera , que había generado reuniones entre representantes de
Río Grande, Corrientes y la Banda Oriental, y mortalmente enemistado con Paz,
entregará la dirección de la guerra al uruguayo, dejando al “manco”fuera de la campaña
y ocupado de allí en más en explicar lo inexplicable en sus apasionantes “Memorias”.
Rivera se iba a enfrentar con Oribe, su viejo rival, por la presidencia oriental que él
detentaba y que Oribe pretendía recuperar. Saldías cuenta una anécdota oída a
Antonino Reyes, edecán del Restaurador durante mucho tiempo: “Rosas llamó a Reyes
y le dijo:
“-Dentro de poco vendrá Mr. Mandeville (representante inglés), usted entrará a darme
cuenta de que las divisiones del “ejército de vanguardia” están a pie, que no se han
empezado a pasar por el “Tonelero” los pocos caballos que hay, que por esto y la falta
de armas el ejército no puede iniciar operaciones. Yo insistiré para que usted hable en
presencia del Ministro”.
El Restaurador no ignoraba que Inglaterra había comprometido su subterránea ayuda
para que Francia pudiese liquidar su interminable conflicto en el Río de la Plata.
“Media hora después entró Mr. Mandeville. Asegurábale a Rosas que se esforzaría
para que terminase dignamente la cuestión entablada, cuando se presentó Reyes a dar
cuenta de lo que, con carácter urgente, avisaban del “ejército de vanguardia”.
“-Diga Ud. –ordenó Rosas-, el señor Ministro es un amigo del país y hombre de
confianza”.
“Reyes habló y Rosas se levantó irritadísimo, exclamando:
“-Vaya Ud., señor, y dirija una nota para el jefe de las caballadas haciéndole
responsable del retardo en entregar los caballos, y otra en el mismo sentido para el jefe
del convoy. Tráigame pronto sus notas para firmarlas...”
“Y como Mr. Mandeville quisiera calmarlo, arguyendo que quizás a esas horas ya
todo había llegado a su destino:
“-¡No señor, no puede haber llegado todavía!... y si el “pardejón” supiera
aprovecharse... ¡así es como vienen los contrastes, así es como vienen! - decía Rosas
cada vez más agitado.
“Mr. Mandeville pidió licencia para retirarse. Inmediatamente Rosas ordenó al
capitán del puerto que vigilase los movimientos de la rada.
“Esa misma noche tuvo parte de que salía para Montevideo un lanchón en el cual iba
un hombre de confianza de Mr. Mandeville. Transmitiría lo que el diplomático inglés
había escuchado de boca del Restaurador”.
Con la seguridad de un dato inapreciable y de fuente inmejorable, el hasta entonces
inactivo general Rivera se mueve con prontitud ordenando marchar contra “Arroyo
Grande”, que suponía débil y desguarnecido al no llegar los refuerzos caballares
“retrasados” en el “Tonelero”. El general César Díaz, entonces oficial de Rivera, se
extraña en sus “Memorias” de que el jefe de las fuerzas franco-uruguayas, a las que se
sumaban los unitarios exiliados, ordenase una batalla a todas luces apresurada.
El 5 de diciembre de 1839 las mayores fuerzas reunidas hasta entonces en una guerra
civil rioplatense se enfrentaron, 8.500 aliados y 9.000 rosistas. Rivera, confiado ,no
consideró necesario crear una reserva de combate y se lanzó contra el general Oribe a
las primeras horas del alba, estrellándose contra fuerzas superiores a las suyas en
armamentos y posición, pero muy especialmente en caballería bien montada...
La victoria del aliado del Restaurador fue total: los vencidos tuvieron 2.000 muertos y
1.400 prisioneros de los que fueron degollados todos aquellos que tenían grado de
sargento para arriba.
“Todo se perdió”, relata Díaz, “hasta el honor”. Engañado y completamente
vencido, don Fructuoso escapó “arrojando su chaqueta bordada, su espada de honor y
sus pistolas”.
Maquiavelo hubiera aplaudido: “Aunque el engaño sea detestable en otras
actividades, su empleo en la guerra es laudable y glorioso, y el que vence a un enemigo
por medio del engaño merece tantas alabanzas como el que lo logra por la fuerza” (“El
Príncipe”).
La distensión que provoca en Buenos Aires la disipación de la amenaza de
toma de Buenos Aires por parte de los unitarios desencadena manifestaciones de alegría
y de apoyo al Restaurador. Serán inevitables las acciones revanchistas que producen
destrozos en algunas casas pertenecientes a unitarios sospechados y diecisiete
individuos son asesinados en calles y plazas públicas.
mso-bidi-font-size:12.0pt;font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-fontfamily:"Times New Roman";mso-ansi-language:ES;mso-fareast-language: Esto será el
fundamento de la condena a muerte que el juez Sixto Villegas dicta contra Rosas el 17
de abril de 1861, diez años después de Caseros, sin dar al acusado posibilidades de
defensa, considerando que dichas muertes “debieron serlo por orden de Rosas”.
Capítulo 79
La defensa de la soberanía
Nuestra historia oficial nunca logró digerir la cláusula tercera del testamento del
general don José de San Martín: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de
la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la república
Argentina don Juan Manuel de rosas, como una prueba de satisfacción que como
argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República
contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.
Don José celebraba, no la gesta de Obligado como suele afirmarse en un difundido
error, sino años antes, la defensa contra el bloqueo francés que finalizaría en 1840. No
es banal esta aclaración pues algunos, entre ellos Sarmiento, osaron opinar que el gesto
se debía a la senilidad del Libertador.
Tan extraordinaria disposición testamentaria de nuestro máximo prócer ha sido
soslayada o directamente silenciada en nuestros textos históricos. Sin embargo, la
relación ente San Martín y Rosas fue intensa a lo largo de muchos años.
Habiendo transcurrido ya un tiempo prolongado del exilio europeo de don José, casi
olvidado por la prensa y los gobernantes de Buenos Aires, el joven estanciero Rosas dio
el nombre de “San Martín” a una de sus estancias. Poco después, en el mismo año de
1820, bautiza a otra como “Chacabuco”, ambas en el actual partido de General
Belgrano.
San Martín, como militar de alma que era, aborrecía el desorden y la indisciplina.
Estaba seguro de que la anarquía en que se había sumido su patria terminaría por
derrumbarla y hacer fracasar la lucha por su independencia, en la que él había invertido
tantos esfuerzos y sacrificios. “Conviene en que para que el país pueda existir es de
necesidad absoluta que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca de él –escribía
el 3 de abril de 1829 a su gran amigo Tomás Guido- Al efecto se trata de buscar un
salvador que reuniendo el prestigio de la victoria, el concepto de las demás provincias y
más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan”. Así
anticipaba, con excepcional lucidez, la irrupción del Restaurador.
De los dos partidos, el unitario o el federal, las simpatías del Libertador se inclinaban
hacia el último. Por el obstinado saboteo que sus planes libertarios siempre habían
sufrido por parte de Buenos Aires, bajo el dominio político de sus enemigos Alvear o
Rivadavia; también porque en su peregrinar por las provincias al frente de sus tropas
había aprendido a valorar el coraje y el patriotismo de los caudillos y sus gauchos.
Su toma de partido no deja dudas en una carta a Guido: “El foco de las revoluciones,
no sólo en Buenos Aires sino en las provincias, ha salido de esa capital, en ella se
encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, porque el lujo
excesivo multiplicando las necesidades se procura satisfacer sin reparar en medios: ahí
es donde un gran número no quieren vivir sino a costa del Estado y no trabajar”.
El 17 de diciembre de 1835, San Martín celebra la “mano dura” de Rosas: “Ya era
tiempo de poner término a males de tal tamaño para conseguir tan loable objeto, yo miro
como bueno y legal todo gobierno que establezca el orden de un modo sólido y
estable”. Don Juan Manuel es para el Libertador la antítesis de la anarquía y valoriza la
despótica tranquilidad que reina en su país: “Sólo ella puede cicatrizar las profundas
heridas que ha dejado la anarquía, consecuencia de la ambición de cuatro malvados...”.
Y al año siguiente: “Desengañémonos, nuestros países no pueden, al menos por muchos
años, regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, más claro: despóticos”.
Rosas le agradece a San Martín su apoyo, que le sirve, gracias al prestigio de éste en
Europa, para contrarrestar la acción de no pocos compatriotas que recorren las
cancillerías extranjeras buscando aliados para derrocarlo. Le ofrece ser embajador en
Perú, cargo que el Libertador rechaza con el pretexto de que eran muchos los lazos que
lo unían a Lima y a sus habitantes como para poder desempeñar correctamente tal
responsabilidad. También aduce que él es “solo un militar” y que carece de condiciones
como diplomático.
Algunos historiadores consideran que este rechazo se debió a que San Martín no quiso
comprometerse con los desbordes totalitarios de don Juan Manuel. En esa línea está
también la carta que el 21 de setiembre de 1839 escribe a su amigo Goyo Gómez
lamentando el asesinato del doctor Maza: “Tu conoces mis sentimientos y por
consiguiente yo no puedo aprobar cuando veo una persecución general contra los
hombres más honrados del país (...) El gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la
violencia”.
Sin embargo el tono predominante de la relación entre ambos es la cordialidad.
Conociendo Rosas las penurias económicas del exilio sanmartiniano ordena en 1840
“que se otorgue la propiedad de seis leguas de tierra al Señor General de la
Confederación Argentina don José de San Martín”. Y más adelante, sabiéndolo enfermo
y necesitado de atención, designa a su yerno Mariano Balcarce como oficial de la
embajada Argentina en Francia, e instruye reservadamente a Manuel Sarratea,
embajador, para que exima a Balcarce de residir en París, asiento natural de la
representación diplomática, con objeto de no privar al prócer de la presencia y asistencia
de su hija Mercedes.
San Martín continúa opinando, en su activa correspondencia con Buenos Aires: “En
mi opinión el gobierno en las circunstancias difíciles debe, si la ocasión se presenta, ser
inexorable con el individuo que trate de alterar el orden, pues si no se hace respetar por
una justicia firme e imparcial se lo merendarán como si fuera una empanada, lo peor del
caso es que el país volverá a envolverse en nuevos males”.
Y Rosas seguirá correspondiéndole: el 11 de octubre de 1841 el almirante Guillermo
Brown, obsecuente, le solicita que lo autorice a designar “Restaurador Rosas” a la nave
capitana de la escuadra de la Confederación Argentina, a lo que aquél le responde
ordenándole que la nave deberá llamarse “Ilustre General San Martín”. Cabe señalar
que también nuestra historia oficial ha silenciado la colaboración que nuestro máximo
prócer naval, el almirante Brown, prestó al gobernador Rosas.
Cuando Francia e Inglaterra atacan a la confederación Argentina, nuestro Libertador
máximo no vacila en escribir a Rosas, poniéndose a sus órdenes y ofreciéndole regresar
a la patria para combatir contra los invasores en una declaración pública que pudo
haberle provocado serias dificultades ya que vivía en una de las potencias beligerantes.
San Martín y Rosas comparten un hondo sentimiento nacional que para algunos
críticos roza la xenofobia.
mso-bidi-font-size:12.0pt;font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-fontfamily:"Times New Roman";mso-ansi-language:ES;mso-fareast-language: Una de las
últimas cartas que escribe San Martín tres meses antes de su muerte, con letra
dificultosa, fue justamente a Juan Manuel de Rosas: “(...) como argentino me llena de
un verdadero orgullo, el ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor
establecido en nuestra querida Patria, y todos estos progresos efectuados en medio de
circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado” (Boulogne-Sur.Mer,
6 de mayo de 1850)
Capítulo 80
El empréstito imperial
Por leyes del 19 de agosto y 28 de noviembre de 1822, la Legislatura, con oposición
de los representantes federales, acuerda autorización al Poder Ejecutivo para contraer
un empréstito exterior de 5.000.000 de pesos fuertes, o sea al cambio de entonces, el
valor neto de un millón de libras esterlinas.
La provincia estaba en paz y no existía ninguna urgencia en agenciarse deudas; el
producido se destinaría, se dijo, a construir en la ciudad obras sanitarias y un muelle, y
en la campaña a fundar pueblos, nada de lo cual fue cumplido.
De acuerdo a sus autorizaciones se firmó el 1° de julio de 1824, en Londres, estando
allí Rivadavia, entre la casa prestamista Baring Brothers y el estado de Buenos Aires
representado por John Parish Robertson y Félix Castro el contrato en virtud del cual el
estado de Buenos Aires hipoteca todas sus rentas, bienes, tierras y territorios al pago de
un millón de libras y sus intereses.
El empréstito, de acuerdo a instrucciones de Rivadavia, se coloca al 85% pero gira a
Buenos Aires al 70%, y la diferencia se reparte entre banqueros y comisionistas, lo que
representará una suculenta “coima”. Tanto que Mr. Alexander Baring expresó su temor
de que una operación tan irregular no fuese aprobada por el gobierno de Buenos Aires.
La intervención del entonces ministro Rivadavia, entonces ministro pero hombre del
mayor poder en Buenos Aires, lo tranquilizó. Además los prestamistas por parecerles
poco la garantía hipotecaria de toda la Provincia retienen como garantía adicional dos
años de intereses (6%), o sea 120.000 Libras y por igual concepto otras 10.000 Libras
por amortización adelantada; 7.000 por comisión reconocida y otras 3.000 que figuran
como gastos. La provincia, en definitiva, solo recibe 560.000 Libras del millón a que se
obligaba.
Emisión de títulos por 1.000.000 Libras al tipo 70%:
Participación en la “coima” de la Casa Baring:
Participación en la “coima” de los comisionistas:
700.000
20.000
120.000
Saldo neto a recibir por el Gobierno de Buenos Aires:.............560.000
Obligación hipotecaria del gobierno de Buenos Aires:..........1.000.000
Ya en 1828 el diputado federal Nicolás Anchorena se quejaría de la falta de metálico
en plaza, diciendo: “¿Qué tenemos, pues, que agradecer a las administraciones
anteriores que no tuvieron ni aún el sentido de hacer traer en metálico las setecientas mil
libras que podían haberse recibido del millón que estaba pagando la Provincia? ¿Qué
elogios podrán merecer?”
También Las Heras cuando fue gobernador reclamó el envío del empréstito en lingotes
de oro. Pero la banca inglesa se negará “por prudencia” y sólo gira 64.041 libras y
establece que el resto quedará depositado pagando un interés de solo el 3%, “que es
todo lo que podemos dar”:
Corresponde acotar que, firmado el Bono General, Inglaterra se avino a reconocer con
fecha 22 de febrero de 1825 nuestra independencia.
Los servicios del empréstito de 1824 estaban impagos desde 1828. Se creyó que Rosas
al subir en 1829 al gobierno e inaugurar una administración “de orden” reanudaría el
pago de los intereses y amortizaciones; pero las necesidades de la guerra civil lo
impidieron.
Y en 1835, al inaugurar su segunda administración, eran muchos los peligros que
asomaban contra la Confederación para pensar en la deuda externa. De todas maneras
nunca olvidaría dedicar amables y promisorias palabras al respecto, como en el mensaje
que clausuraba las sesiones de 1835:
“El gobierno nunca olvida el pago de la deuda extranjera, pero es manifiesto que al
presente nada se puede hacer por ella, y espera el tiempo del arreglo de la deuda interior
del país para hacerle seguir la misma suerte, bien entendido que cualquier medida que
se tome tendrá por base el honor, la buena fe y la verdad de las cosas”.
No se le escapa que el empréstito, establecido como arma del imperialismo,
podía ser usado astutamente como instrumento de resistencia y en las instrucciones a
Manuel Moreno del 21 de noviembre de 1838, al ser éste designado embajador en
Londres, se le ordenaba “no omitir medios” para ganarse el apoyo de los “boneholders”
(tenedores de los bonos del empréstito), prometiéndoles que la reanudación de los pagos
se haría “apenas el puerto quedase libre del bloqueo francés” y haciéndoles brillar el
espejismo de una cancelación total de sus créditos “si en el gobierno de S.M. Británica
habría disposición a una transacción pecuniaria para cancelar la deuda pendiente del
empréstito con el reclamo respecto de la ocupación de las islas Malvinas”.
La noticia de interesarse el gobierno de Buenos Aires por el pago
del empréstito repercutió favorablemente en Londres como lo suponía Rosas. Se formó
un “Committee of Buenos Aires boneholders” cuya intervención en la actitud pacifista
que tomó el Primer Ministro lord Palmerston en 1840 al exigir el cese del bloqueo
francés fue evidente.
En los mensajes de 1841, ya lograda la paz, seguirá con su cantinela de “el gobierno
no olvida...”, pero la situación había cambiado porque el puerto de Buenos Aires estaba
libre y la entrada por derecho de aduana era cuantiosa. De común acuerdo el Committee
of Boneholders y la casa Baring nombraron un representante para presionar al gobierno
de Buenos Aires: Frank de Pallacieu Falconnet.
Las instrucciones a Falconnet, del 5 de Abril de 1842, le encargaban “ejecutar las
garantías”, consiguiendo de Rosas el derecho de intervenir la aduana hasta el pago
íntegro de la deuda , una contribución que gravase las empresas agrícolas, comerciales y
bancarias, la hipoteca de las tierras fiscales, un derecho a la exportación de los cueros y
materias primas y un monopolio para navegar a vapor los ríos argentinos.
A mediados de 1842 Falconnet está en Buenos Aires. Por orden de Rosas, el ministro
de Hacienda, Insiarte, deriva el problema a las Malvinas: lejos de ser la confederación
una deudora de Inglaterra, ésta lo era de aquella por el apoderamiento de las islas sin
ningún derecho. Una vez pagada la “indemnización” correspondiente por el gobierno
inglés, el argentino podría transferir su importe a los “bonoleros”.
Falconnet se dejó envolver en esta acción astutamente dilatoria de imposible
cumplimiento pero que dejaba sentados nuestros derechos en las islas usurpadas, y
aceptó que se mandasen instrucciones al cónsul argentino en Londres, Jorge Federico
Dickson, para “dar los pasos convenientes” conjuntamente con el ministro Moreno.
Rosas trasladaba asi la presión de los “bonoleros” sobre el gobierno de Peel, sustituto
de Palmerston. Si no era posible un arreglo no sería por su culpa sino por la de quien se
negaba a indemnizar a la Confederación Argentina por el atropello cometido en las
Malvinas.
Como es de imaginar la Cancillería británica desconocería de plano que la Argentina
tuviese legítimos derechos sobre las estratégicas islas australes y por lo tanto la
negociación propuesta fallaba por la base. El sagaz gobernador bonaerense y encargado
de las relaciones exteriores hacía del tema un problema entre ingleses: eran sus
autoridades quienes hacían imposible el pago de los créditos de los “bonoleros” con sus
absurdas pretensiones.
El empréstito fue finalmente saldado en 1904 después de haberse
abonado ocho veces el importe recibido.
Capítulo 81
Aturde, humilla e indigna
La cesión del sable libertador a don Juan Manuel de Rosas despierta acerbas críticas
en los enemigos de ambos:
“(San Martín) ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi
agrestes y serviles, contra el extranjero, copiando el estilo y fraseología de aquél
(Rosas), prevenciones tanto más inexcusables cuanto que era un hombre de
discernimiento.
“Era de los que en la causa de América no ven más que la independencia del
extranjero, sin importársele nada de la libertad y sus consecuencias. Emitió opiniones
dogmáticas sobre guerras muy diversas de las que él conocía tan bien, y de las que no
puede hablarse sin estar al cabo del estado político y social, de la actualidad de estos
países; de nada de eso estaba él al cabo, el hombre que menos conocía a la provincia de
Buenos Aires, era él; puede decirse que estuvo en ella sólo de paso y eso en tiempos
remotos; emitió pronósticos fundados en creencias desmentidas por hechos
multiplicados.
“Nos ha dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y
con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego, su, espada. Esto aturde, humilla e
indigna y... Pero mejor es no hablar de esto”.
(Carta de Valentín Alsina a Félix Frías, 9 de noviembre de 1850).
Capítulo 82
Los avatares del destino
(Londres, mayo de 1844.
Los cancilleres ingleses y franceses, lord Aberdeen y Monsieur Guizot,
respectivamente, se han reunido para dialogar sobre temas de política internacional que
interesan a ambas naciones. El ambiente es refinadamente europeo, también los modales
y vestimentas de los hombres. Beben té y licores).
Guizot: No deberíamos demorar nuestra intervención en el Río de la plata, milord.
Aberdeen: Desearia, estimado monsieur, tener claras las motivaciones de Francia para
emprender esta...(vacila, no sabe qué nombre darle) acción ejemplarizadora.
Guizot: Usted lo acaba de decir, milord, motivos humanitarios fundamentalmente.+
Aberdeen: ¿Desea más té? ¿Quizás algo de licor? Este proviene de nuestras colonias
en Africa, es verdaderamente curioso el sistema empleado para su preparación... pero no
nos desviemos del asunto que nos ha reunido... (no recuerda o hace que no recuerda)
¿dónde estábamos?.
Guizot: En los motivos humanitarios.
Aberdeen: Claro, claro mi amigo, en eso estamos completamente de acuerdo... pero
Francia seguramente tiene también otras razones para emprender un viaje tan largo y tan
costoso.
Guizot: Nuestra colonia, Montevideo, está seriamente amenazada por un tal general
Oribe, quien responde a indicaciones de Rosas.
Aberdeen: Rosas, Rosas... últimamente sólo oigo hablar de ese hombre... a propósito,
no sabía que Montevideo fuese colonia de Francia.
Guizot: No lo es en lo formal, pero tenga en cuenta que por esos avatares del destino
hay en Montevideo dieciocho mil vascos franceses que constituyen, hoy, más del
cincuenta por ciento de su población... y Francia, claro, se siente obligada a proteger las
vidas y los intereses de sus súbditos en cualquier lugar del mundo en que se encuentren.
Aberdeen: (sarcástico) “Avatares del destino”... interesante manera la vuestra de
resolver el problema vasco en territorio francés... ¡todos al Río de la Plata!
Guizot: Estoy seguro, milord, que también la corona Inglesa alienta otras razones para
la intervención, pero no dudo de que, igual que Francia, dichas razones empalidecen
ante la más importante: despejar aquella zona del accionar brutal y despótico de Rosas,
a lo que nos sentimos convocados por nuestra condición de potencias europeas y como
tales, de defensoras del mundo civilizado.
Aberdeen: (alza su copa para brindar) ¡De acuerdo, monsieur Guizot, completamente
de acuerdo! Mal que nos pese, es un deber para Francia e Inglaterra imponer el orden y
cordura en aquellos pueblos ignorantes y salvajes.
Otros eran los motivos secretos de la planeada intervención anglofrancesa en el Plata.
Una de las razones que movía a Francia era que su Rey, Luis Felipe, aún sabiendo que
no era su nación la que sacaría la tajada mayor en la empresa, estaba acuciado por el
poderoso movimiento chauvinista liderado por Thiers, quien reclamaba a la corona
acciones que devolvieran a Francia su algo alicaído prestigio. Por otra parte la fracasada
intervención de 1838 aún esperaba revancha.
J.M. Rosa, en base a documentación del Foreign Office, reconstruye otra reunión en lo
de Mons. Guizot a la que han sido invitados expertos en el tema del Plata.
Al servirse el coñac, Mackau, quien firmara la capitulación de Francia ante Rosas y
que ahora es ministro de Marina, toma la palabra. Ha tratado a Rosas y hace su elogio.
No considera prudente una lucha abierta contra Buenos Aires, pero ya que está decidida
la intervención a la que, conocedor del paño, siempre se opuso, cree que una poderosa
demostración naval conjunta quizás bastaría para levantar el sitio de Montevideo.
El almirante Cowley dice terminantemente que “Inglaterra no empleará otros medios
que los marítimos, visto que dos veces (en 1806 y 1807) habíab fracasado en Buenos
Aires con fuerzas de desembarco. Guizot acota por lo bajo que a Francia le había
ocurrido “solamente una vez”.
De Lurde no cree conveniente “que se obligue a Rosas a abandonar Buenos Aires pues
ésta caería en la anarquía, con peligro para las vidas y haciendas de los extranjeros”; a
su juicio no era prudente irritarlo, todo se arreglaría cuando no gobernasen en
Montevideo sus enemigos, entonces podría tratarse con Oribe y el jefe argentino una
definitiva paz en el Río de la Plata.
Es el turno del vizconde de Abrantes, canciller brasilero: da excusas por lo limitado de
sus instrucciones que no lo facultaban a convenir medios guerreros. No cree en un
arreglo amigable con Rosas ni que éste se amedrentase sólo por una demostración naval.
Para imponérsele había que estar dispuesto a todo y “emplearse medios eficaces”; en
caso “de ñao se podessem empregar meios efficaces” mejor era dejar las cosas como
estaban y no exponerse a su irritación.
También el almirante inglés Ouseley muestra poca confianza en la demostración
naval. Cree necesaria una guerra como la de 1838: buscar auxiliares y armarlos para que
levantasen ejércitos revolucionarios, mientras las naciones marítimas bloquearían el
Plata impidiendo las comunicaciones de Buenos Aires con Entre Ríos, Corrientes,
Paraguay y la República Oriental. El ejército brasileño cooperaría a oriente del Paraná.
“Brasil no, pues complicaría la cuestión”, interrumpe Mackau.
Insiste Ouseley: mientras los “auxiliares” hicieran la guerra terrestre, los europeos con
sus medios navales mantendrán y garantizarán la independencia de la Banda Oriental,
Entre Ríos, Corrientes y Paraguay, permitiendo la navegación libre de los ríos “que eran
los objetos de la intervención”. Rosas quedaría reducido a la impotencia en la parte
occidental del Paraná, en caso de poder mantenerse allí.
Atisbando el provecho comercial, Abrantes, habla nuevamente para decir que en ese
caso Montevideo podría convertirse en “un porto franco ou grande factoria de naçoes
comerciantes”. Parece haber abandonado su pesimismo y haberse convencido de que a
Rosas se lo dejaría impotente más allá del Paraná.
Resume Guizot las opiniones: el empleo de medios terrestres “directos” era
contraproducente con un hombre como Rosas, con tanto predicamento entre su gente,
pero la ocupación de los ríos y el estímulo “a auxiliares” permitiría desmembrar la
Confederación Argentina y garantizar la independencia de la República Oriental,
Corrientes, Entre Ríos y Paraguay, que juntos constituirían una nueva y dócil nación.
Los ríos serían internacionalizados “en beneficio de las naciones comerciantes”, que
tendrían el control de los pequeños estados de la cuenca del Plata, convirtiendo a
Montevideo en una factoría. .
Se levanta la sobremesa.
Capítulo 83
Don Juan Manuel visto por su sobrino
(Rosas era de estatura algo superior a lo normal de aquella época. De contextura recia,
su cuerpo fortalecido desde su adolescencia por las rudas tareas dl campo y por las
competencias con los gauchos, mulatos e indios en los confines de la civilización.
Su cabello era rubio oscuro y sus ojos celestes podían tener el filo del acero. Escribiría
en 1864 un Alberdi convertido al reconocimiento del Restaurador: “ Lord Byron
hubiese envidiado la fascinación irresistible de su mirada”. El gesto habitualmente
adusto, severo, casi amenazante. Uno de sus bufones diría: “Lo peor era cuando
sonreía”.
Lucio V. Mansilla escribirá: “Minucioso y pertinaz, resistente y observador, sano y
ágil, con poco temperamento para ser libertino y suficientes aspiraciones para anhelar
ser independiente; (...) habiendo aprendido a montar sin espuelas un potro enfilado,
siendo sobrio en el comer y en el beber, y no teniendo ninguno de los otros vicios de la
plebe, como el jugar; en otros términos: distinguiéndose por sus cualidades y ocultando
el arcano de su alma, que era dominar, no tardó en ser un prestigio en muchas leguas a
la redonda.
“ Dueño de estancia al fin, señor de hacienda propia, con buena letra y alguna lectura
y el arte difícil de hablarle a cada cual en su lengua. Tiene el instinto de los hombres
como el perro el olfato de la presa. El roce con el elemento popular se lo aguza”.
Es capaz de demostrar refinamiento: “Decían que sólo tenía talento natural y que era
poco culto; no es cierto. Es un hombre instruidísimo y me lo probó con las citas que
hacía en su conversación. Conoce muy bien nuestra literatura y sabe de memoria
muchos versos de los poetas clásicos españoles” (Carta del poeta hispánico Ventura de
la Vega relatando a su esposa el encuentro con el Restaurador).
Sin embargo su inquina contra la aristocracia entreguista, europeizante y antipopular
de Buenos Aires lo lleva a adoptar conductas diferentes, desafiantes. Por ejemplo suele
utilizar palabras “indencentes” y le complace contar y escuchar chistes procaces.
Ademásuele gastar bromas pesadas como la que sufrió un pusilánime representante
diplomático extranjero a quien , mientras dormía echado bajo un árbol, colocó una
víbora muerta sobre su vientre y luego lo pinchó dolorosamente para convencerlo de
que había sido mortalmente mordido.
“(...)No es perversa, árida y fría su alma; es intermitente, ondulante, pudiendo llegar a
no enternecerse jamás. No es caprichoso; tiene desarrollada la protuberancia de la
continuidad y su frente amplia, lisa, cuadrada, parece hecha para resistir a todo lo que
intente inducirlo en otro sentido de lo que es la lógica de su voluntad persistente.
“Distingue perfectamente los medios, los instrumentos, conoce su fuerza, su eficacia,
sabe qué quiere, sabe que va a un fin; más no discierne claramente ese fin, excepto
cuando se sale, por decirlo así, de las abstracciones. Su fuerza es pura potencialidad
(L.V. Mansilla).
Es muy trabajador. Despacha personalmente todos los asuntos de la administración,
aún los detalles más pequeños. Redacta los borradores de su abundantísima
epistolaridad. Permanece despierto en su despacho hasta muy altas horas y se ha
acostumbrado a dormir poco. Ello tiene que ver con su natural desconfianza, exacerbada
por las muy difíciles circunstancias que le han tocado vivir: “Durante mi ausencia no
cree empleo o grado alguno, ni confiera los ya creados a ninguna persona, en propiedad
ni provisoriamente, sin mi previo consentimiento y aprobación” instruir.a uno de sus
ministros cuando debe ausentarse.
“(...)Saltará sobre un bagual en pelo al pasar, convencido, persuadido, sabiendo que lo
dominará; pero dónde se detendrá no le importará, como si gozara con las fruiciones de
un peligro remoto al través de obstáculos imaginarios. Y no porque sea fantástico, sino
porque es diestro. Diríase un navegante que ama las tormentas, no por el espectáculo
sino por la extraña satisfacción de llevar su bajel a un puerto cualquiera, fuera del
derrotero indicado por el sentido común” (L. V. Mansilla).
Su intimidad es compartida con Manuelita y con Eugenia Castro. Su hija es la
mediadora del Restaurador con el mundo externo ya que a medida que pasan los años
aumenta su tendencia a la reclusión. Es ella la que aboga por la vida de algún
condenado a muerte o quien lleva a su padre la propuesta del representante de alguna
nación en guerra con la Argentina, lo que le confiere una aureola de depositaria y
emisaria de las buenas nuevas. Rosas acepta , por estrategia, que sea ella la heroína y él
el villano.
Su padre, el coronel Castro de la fuerzas rosistas, antes de morir entregó a su hija
Eugenia para que don Juan Manuel la apadrinara y protegiera. Cumple en Palermo un
rol a medio camino entre amante del amo y ama de llaves. La relación de Rosas con ella
, de la que nacerán cinco hijos, será considerada por algunos como “higiénica” mientras
que sus enemigos harán escándalo de ella.
La no covencionalidad del gobernbador de Buenos Aires y virtual presidente argentino
lo llevó a tener dos bufones, Eusebio de la Santa Federación y Biguá, con cuyas
tropelías se divertía y a quienes a veces utilizaba apara incomodar a sus visitantes
Sin duda era capaz de crueldades, sobre todo contra lo que él consideraba traición a la
Causa. Es decir a él mismo. Al yanqui Mac Cann le dirá que “veinte gotas de sangre,
derramadas a tiempo, evitan el derramamiento de veinte mil”. En su campaña al
Desierto instruirá al coronel Ramos, refiriéndose a los indios que fueran hechos
prisioneros: “Como no hay dónde tenerlos seguros, mejor que mueran”.
Se entera de que un sujeto lleva la barba en U y su imaginación, mecánicamente, lo
convierte en un hombre peligroso. Lo ve conspirando, arrastrando a otros,
ensangrentando al país. Se exalta interiormente, se enfurece. Y convencido de que la
justicia lo impulsa, de que va a salvar a la patria, toma la pluma y escribe: “Fusílese”.
Todo unitario, salvo que tenga una conducta muy clara y viva aislado de sus
congéneres, es para él un delincuente en potencia.
La obra política de Rosas es típicamente antiliberal, pero no antidemocrática. Rosas
gobierna para el pueblo, hace obra para el pueblo. Tiene algo de patriarcal. Rosas es el
Tata de todos, la providencia del pobre. Su administración es antioligárquica, vale decir,
lo contrario de las administraciones que le sucederán. Es erróneo pensar que el gobierno
de Rosas resucita el régimen colonial. ¿Cuándo se vio en la Colonia moverse a las
masas y mandar a los plebeyos? Es cierto que él sigue gobernando con las viejas leyes
españolas; pero lo mismo han hecho sus antecesores. Las leyes votadas desde 1810 no
fueron suprimidas de golpe, salvo las antirreligiosas. Como gobernante, Rosas no tiene
sistema alguno. Es un gobernante esencialmente empírico, que base su obra en nuestras
realidades.
Capítulo 84
El ultimátum anglo-francés
Rosas no se resigna a la separación de la Banda Oriental urdida por Gran Bretaña y
Brasil en complicidad con los logistas y los rivadavianos que componían en 1820 el
protounitarismo. Ordena a Oribe, aprovechando las circunstancias favorables del triunfo
de “Arroyo Grande” y la renuncia francesa al bloqueo, que ponga nuevamente sitio a
Montevideo.
Así como su amigo San Martín hablaba de la “Patria Grande” el Restaurador,
envanecido por sus triunfos sobre las grandes potencias, concibe una “Argentina
Grande”. Puede decirse que si el Libertador, que entrase en el Perú bajo la bandera
chilena, es un héroe sudamericano, Rosas lo sería con características estrictamente
nacionales. No conocerá otro país que el suyo, salvo la Inglaterra de su exilio.
En sus planes está, caído el gobierno de Montevideo y una vez instalado Oribe en el
mismo, proponer su incorporación al “Pacto Federal”; en caso de que esto no fuese
posible se consumaría una “Federación del Plata” de previsible enjundia por las luchas
hasta entonces sostenidas mancomunadamente.
Consolidada la unión de ambas repúblicas no se demoraría una acción decidida para la
recuperación del Paraguay, con lo que se frenarían las permanentes intenciones
expansivas del Imperio portugués radicado en el Brasil.
Ante esa nueva situación podía descontarse las simpatías del americanista presidente
de Bolivia, el liberal Manuel Belzú, caudillo popular de excelente relación con don Juan
Manuel.
Este esquema, de posible ejecución, alarma a Brasil y a las potencias europeas,
siempre atentas a debilitar a la Argentina del “tirano sangriento” que ha consolidado el
apoyo de su pueblo. Ante la evidencia de que Oribe va a cruzar el Uruguay, el
embajador Mandeville, siguiendo instrucciones de su gobierno, presenta al Canciller
Arana una verdadera intimación, apoyado en el poderío de la escuadra anglo-francesa
que navega hacia el Plata, convencido de amedrentar a don Juan Manuel. Se adhiere el
representante de Francia, monsieur De Lurde, cuyas instrucciones le ordenaban seguir
en todo a Mandeville.
La intimación, del 16 de diciembre de 1842, era fuerte:
“Siendo la intención de los gobiernos de Gran Bretaña y de la Francia adoptar las
medidas que consideren necesarias para impedir que continúen las hostilidades entre las
Repúblicas de Buenos Aires y Montevideo, el abajo firmado tiene el honor, de
conformidad con su gobierno, de hacer saber que la guerra sangrienta debe cesar por
interés de la humanidad y de los súbditos británicos, franceses y otros extranjeros(...) y
para esto reclama:
“1°) La cesación inmediata de las hostilidades...
“2°) Que las tropas de la República Argentina (bien entendido que las de la República
del Uruguay adoptarán la misma conducta) volverán a entrar en su territorio en el caso
de haber pasado las fronteras.
“El abajo firmado pide a S.E. una respuesta lo más pronto posible(...) J. H:
Mandeville”.
Rosas dio, desdeñosamente, la callada por respuesta. El ejército de Oribe siguió su
marcha y cruzó el Uruguay.
Para apresurar la caída de Montevideo se dio orden el 19 de marzo de 1843 que el
almirante Brown bloquease el puerto. La medida sería efectiva desde el 1° de abril para
“todo buque que conduzca artículos de guerra, carnes frescas o saladas y cualquier clase
de consumos”. Para no estirar demasiado la cuerda y ante la protesta de los
comerciantes ingleses el 28 del mismo mes se aclaró que “no comprendía a los buques
que viniesen de ultramar”.
Ello no impidió que el comodoro inglés John Brett Purvis se opusiera al bloqueo
aduciendo altaneramente “no reconocer el gobierno de Su Majestad .Británica. a los
nuevos pueblos de Sudamérica como potencias marítimas autorizadas para el ejercicio
de tan alto e importante derecho como el bloqueo”. El marino, valiéndose de la fuerza,
negaba la soberanía argentina.
La prensa unitaria de Montevideo lo glorificará como a un héroe de la civilización y
Purvis, envanecido por los elogios de Florencio Varela, Rivera Indarte, del Carril y los
otros no se limitó a impedir el bloqueo de Brown sino que adoptó acciones beligerantes
en contra de la débil escuadrilla argentina, obligándola a evacuar la isla de “Ratas”
donde almacenaba la escasa pólvora de que disponía.
Pero el acuerdo entre Inglaterra y Francia no se desarrollaba con fluidez. Las idas y
vueltas de eran constantes. El protectorado francés de Tahití fue finalmente aceptado
por el primer ministro británico Lord Aberdeen a cambio de que Francia dejaría “manos
libres” a su país en el resto de Oceanía y no objetaría las misiones protestantes y las
empresas comerciales en el reino de la reina Pomaré.
También se llegó a un acuerdo en el discutido asunto de los “matrimonios españoles”.
Aberdeen y su par francés Guizot convinieron en retirar mutuamente las candidaturas de
Leopoldo de Sajonia-Coburgo y del duque de Montpensier a la mano de Isabel II. La
casarían con el infante Carlos, primogénito del pretendiente carlista, terminando de paso
la guerra civil latente desde el “Convenio de Vergara” de 1837.
Algo más salió de ese “entendimiento”: una escuadra francesa zarpó para Méjico a
exigir explicaciones al presidente Bustamante por el “agravio al honor”, ya que su
gobierno se negaba a indemnizar a un confitero francés a quien algunos soldados le
habían comido unos pasteles sin pagarle. El almirante Baudin, al frente de la fuerza, no
se limitó a bloquear el puerto de Veracruz y cañoneó y destruyó el fuerte que guarnecía
la plaza. El nuevo presidente méjicano, Santa Ana, quien combatiendo en Ulúa había
perdido una pierna, bajó el testuz llegándose a un arreglo: Méjico indemnizaría a
Francia con 600.000 francos que recibiría el diplomático barón Deffaudis, quien poco
después sería designado para también someter al gobierno de Buenos Aires; Inglaterra,
por su parte, sacó un excelente tratado de esclavatura y comercio.
En abril de 1843 todo estaba listo para la agresión contra la Argentina. A la ya
poderosísima alianza se agregaría la brasileña, siempre atenta a toda posibilidad de
expandirse hacia el río de la Plata y facilitada por el matrimonio del príncipe de
Joinville, tercer hijo de Luis Felipe de Francia, con la princesa portuguesa Francisca de
Braganza, hermana del emperador Pedro II, efectuado en Río de Janeiro en mayo de
1843. A partir de allí el gabinete de Brasil instruyó a sus embajadores Cansançao de
Saninbú y a Duarte de Ponte Ribeiro, en Montevideo y en Buenos Aires
respectivamente, de hostilizar a la confederación.
Capítulo 85
Era una delicia
José Hernández, que ha conocido los últimos años del gobierno de Rosas, hace que su
Martín Fierro evoque con nostalgia aquel tiempo dichoso para los gauchos:
“(...)Yo he conocido esta tierra
en que el paisano vivía,
y su ranchito tenía
y sus hijos y su mujer...
Era una delicia el ver
cómo pasaba los dias
Entonces...cuando el lucero
brillaba en el cielo santo
y los gallos con su canto
nos decian que el día llegaba,
a la cocina rumbiaba
el gaucho...que era un encanto
Y sentao junto al jogón
a esperar que venga el día
al cimarrón le prendía
hasta ponerse rechoncho
mientras su china dormía
tapadita con su poncho.
Y apenas el horizonte
empezaba a coloriar,
los pájaros a cantar,
y las gallinas a apiarse,
era cosa de largarse
cada cual a trabajar(...)”
Luego vendría el infortunio.
Capítulo 86
Daremos a la América el ejemplo
Ousley y Deffaudis serán los nuevos embajadores de Inglaterra y de Francia ante
Rosas para preparar y ejecutar la “intervención”.
El primero era un pariente del general Whitelocke. “Parecía que el destino hereditario
de esa familia fuera presidir los desastres británicos en el Río de la Plata”(...)Pertenecía
a esa numerosa escuela de “expertos” que hablan libremente de los políticos
sudamericanos como si en Sud América hubiese una indiferenciada clase de salvajes sin
personalidad, moralidad y objetivos razonables en su actuación. Un hombre con
semejantes condiciones era lo menos indicado para luchar con alguien del calibre y la
sutileza del general Rosas” (L. Ferns)
El ministro Guizot había nombrado al barón Deffaudis como concesión al chauvinista
Thiers. La elección resultó desacertada pues era un “halcón” que no distinguía matices y
obró en el Río de la Plata con la misma testaruda prepotencia, que él llamaba “energía”,
desplegada en Méjico en 1838 cuando terminó cañoneando la fortaleza de San Juan de
Ullúa.
Deffaudis soñaba con hacer de Montevideo un centro de irradiación francesa. En
1847, al regreso de su fracasada misión, escribe en París que si se lo hubiera dejado
proceder habría 100.000 franceses en dicha ciudad, lo que hubiese obligado a los
“indígenas” de ambas bandas del Plata a cederles su el lugar .“¡Qué fuente de
prosperidad no habría sido aquello para Europa! He aquí en la sola República Oriental
lugar y fortuna para la más vasta emigración. Y todos los territorios vecinos, tan
despoblados y tan fecundos, ¿se cree que no habrían sido pacífica y fructuosamente
invadidos a su vez?”.
Ahora se entiende mejor la necesidad de las potencias europeas de mantener la
independencia oriental.
Rosas saluda a los nuevos embajadores, cuyas intenciones no desconoce, haciendo
publicar el 30 de abril de 1847 en la “Gaceta Mercantil”:
“¿Qué es la intervención sino la conquista? ¿Y qué perspectivas ofrece la conquista
sino la seguridad de quedar arrasados los intereses británicos y franceses en estos
países?
“Mirada la intervención en su influencia sobre las repúblicas del Río de la Plata ofrece
la seguridad de una resistencia formidable, favorecida por una situación ventajosa que
todo el poder combinado de los interventores no alcanzaría a dominar.
“¿Qué harán las escuadras interventoras? ¿Bloquearán desde Buenos Aires a la
Patagonia o franquearán la navegación a cañonazos? En el primer lugar bloquearán su
propio comercio, en el segundo ¿dónde hallarían mercados y expendio para su
comercio?...
“(...)No encontrarán sino enemigos implacables que los recibirán en las puntas de sus
lanzas o entregarán a las llamas sus importaciones detestables por su origen”.
También en el “Teatro de la Victoria” se organiza una gran fiesta cívica. El actor
Manuel Lacasa recita una “Oda Patriótica” compuesta para la ocasión por el autor del
“Himno Nacional”, Vicente López y Planes, otro de los que con el tiempo traicionarían
a don Juan Manuel, jurando como el primer gobernador de Buenos Aires designado por
Urquiza después de Caseros:
“Se interpone ambicioso el extranjero,
su ley pretende al argentino dar,
y abusa de sus naves superiores
para hollar nuestra patria y su bandera,
y fuerzas sobre fuerzas aglomera
que avisan la intención de conquistar”.
“¡Morir antes! Heroicos argentinos
¡Que de la libertad caiga este templo!
¡Daremos a la América el ejemplo
que enseñe a defender la libertad!
Un gobierno prudente, sabio, fuerte,
nuestros destinos en su mano tiene.
Y si él halla la guerra inevitable
¡a batalla intrépidos volemos!”.
Capítulo 87
Por el bien parecer
Por causa de las guerras casi no hay familia, sobre todo en la clase media e inferior,
que no tenga algún muerto. La ciudad presenta un aspecto lúgubre con tanta gente de
negro deambulando por sus calles.
Rosas, que en su decreto no puede invocar este motivo, se refiere a costos: “Por el
bien parecer y para evitar el desagrado de los parientes, se ocasionan gastos
exorbitantes”.
Capítulo 88
Los bonoleros
Manuelita: Tatita, los gringos esperan hace ya un rato largo
Rosas: (DANDO UN RESPINGO) Cierto, me había olvidado, hágalos pasar.
¿Recuerda lo que le dije?
Manuelita: ¿Sobre Biguá y Eusebio? Claro que me acuerdo...
Rosas: Cuando escuche mi tos me los manda a esos para adentro.
(MANUELITA SALE. A LOS POCOS SEGUNDOS REGRESA PRECEDIENDO A
UN GRUPO DE INGLESES CON ASPECTO DE RICOS).
Rosas: ¡Adelante, adelante! (MUY AMABLE) Tomen asiento por favor, son
bienvenidos a esta casa. (LUEGO DE SALUDARLO, LOS INGLESES SE SIENTAN,
ATENTOS Y ESPERANZADOS) Vamos a ir al grano, directamente. Los he citado en
su carácter de representantes en el Río de la Plata de los tenedores de bonos
correspondientes al empréstito británico, es decir de los “bonoleros”.
Un representante (FATUO, CORRIGIENDOLO): “Boneholders” (FONETICA:
“BOUNJOULDERS”), señor Gobernador ...
Rosas: (HACIENDO CASO OMISO) De aquí en más la Confederación Argentina,
cuya jefatura ejerzo con la aprobación de todas las provincias que la componen,
comenzará a pagar a todo bonolero sus intereses correspondientes y que por distintos
motivos no habían podido cobrar hasta la fecha (MURMULLO DE APROBACIÓN Y
SORPRESA).
Otro representante: (CONTENTO) Nos alegramos enormemente por la decisión y se
lo agradecemos, señor Gobernador.
Rosas: ¿Agradecer? Por favor, caballeros, soy yo quien en nombre del gobierno
argentino debo pediros disculpas por la demora en dar satisfacción a reclamos tan justos
como los vuestros, pero ya lo dice el refrán: “más vale tarde que nunca” (RISAS
OBSECUENTES DE LOS “BONOLEROS”. ROSAS TOSE. LA PUERTA SE ABRE
Y ENTRAN LOS DOS BUFONES).
ROSAS: (FINGE DISGUSTO Y SORPRESA) Pero... ¿quién les ha dado permiso para
entrar en mi despacho? (BIGUA CORRE A EUSEBIO ESGRIMIENDO UN TOSCO
REVOLVER DE MADERA) Les ruego disculpen esta intromisión.
Biguá (HABLA CON TONO EXTRANJERO, IMITANDO A UN GRINGO): ¡Dame
todos los patacones que llevás encima, gaucho atorrante!
Eusebio (FINGIENDO ESTAR MUY ASUSTADO): Sí, mister, tome, esto es lo único
que tengo (LE ENTREGA ALGUNAS PIEDRITAS QUE SIMULAN SER
MONEDAS).
Bigua (LUEGO DE CONTAR AVIDAMENTE LAS MONEDAS) : No me alcanzan,
necesito más (VUELVE A AMENAZAR A EUSEBIO CON SU ARMA) ¡Arriba las
manos y entrégueme todos sus patacones, gaucho apestoso!.
Eusebio: Pero, míster, si usted me acaba de robar, no tengo nada para darle...
Biguá (HACIENDOSE EL CONFUNDIDO): Y, entonces ¿cómo hacemos? (AMBOS
BUFONES FINGEN PENSAR).
Eusebio: Ya sé, tengo una idea, déme su revolver (BIGUA SE LO ENTREGA) Yo
robo a otro así usted me puede robar a mí ¿de acuerdo? (EUSEBIO SE DIRIGE A UNO
DE LOS “BONOLEROS” Y LE APUNTA CON SU “ARMA”) Arriba las manos,
míster, entrégueme todas sus monedas.
Rosas (RIE EXCESIVAMENTE, FESTEJANDO A SUS BUFONES MIENTRAS
LOS ECHA CON UN ADEMÁN. LOS “BONOLEROS”, EN CAMBIO, SE
MANTIENEN SERIOS) Sepan disculpar a estos entrometidos .
Un representante: ¡Y desde cuando comenzará a aplicarse esa medida?
Rosas: Desde hoy mismo, de manera que ya mañana podrán pasar por la Tesorería
Nacional a cobrar los intereses de sus representados.
Otro representante (EUFÓRICO): Hoy, sin tardanza, escribiremos a Lndres
comunicando la buena nueva.
Rosas (DESPIDIENDOLOS): Muy bien, señores, asuntos de estado reclaman mi
atención, de manera que me veo obligado a despedirme de ustedes. Si lo desean, mi hija
Manuelita tendrá mucho gusto en enseñarles los jardines de esta casa. (LOS
“BONOLEROS” SE DESPIDEN, CONTENTOS Y OBSEQUIOSOS. CUANDO
ESTAN A PUNTO DE SALIR ROSAS LOS DETIENE) Ah, caballeros, olvidaba
decirles algo: que nuestra voluntad de pagar dichos intereses es tan férrea que sólo
podrá alterarse por causas de fuerza mayor.
Representante (PREOCUPADO): ¿Qué causas, por ejemplo?
Rosas: No tienen por qué preocuparse pues deberían producirse circunstancias
altamente improbables, por ejemplo una intervención extranjera en contra de nuestro
país.
(LOS BONOLEROS SE MIRAN ENTRE SÍ)
Capítulo 89
Cuántos auxilios estén en su poder
Muchos unitarios no sintieron escrúpulos en asociarse a la invasión anglofrancesa
contra su propia patria como ya lo habían hecho años antes con el bloqueo francés. Su
pretexto sería la lucha contra la tiranía.
Florencio Varela fue comisionado para recorrer las cortes europeas alentando la
intervención en el Plata. Los fines de su misión fueron cuatro:
1) Apurar la intervención armada inglesa, o anglo-francesa si así lo quisiere el
gabinete británico, salvando con el apoyo de una facción argentina el problema de cómo
presentar al mundo una agresión contra una nación soberana, ya que entonces podía
disimulársela como un “humanitario apoyo a los luchadores contra la tiranía”.
2) Separar Entre Ríos y Corrientes de la Confederación Argentina constituyéndolas en
un nuevo estado bajo la protección inglesa.
Ya hemos señalado que es Rosas quien instala en nuestra historia el concepto de
soberanía territorial en oposición a su adversarios que en su internacionalismo
europeizante no vacilan en “obsequiar” provincias con tal de recuperar sus privilegios.
En sus “Memorias” póstumas dirá el general Paz que Varela antes de emprender el
viaje “ tuvo conmigo una conferencia en que me preguntó si aprobaba el pensamiento
de la separación de Entre Ríos y Corrientes para que formasen un estado independiente.
Mi contestación fue terminante y negativa(...) el señor Varela desempeñó su misión, y
por lo que después hemos visto me persuado de que hizo uso de la idea de establecer un
Estado independiente entre los ríos Paraná y Uruguay, lo que se creía que halagaría
mucho a los gobiernos europeos, particularmente al inglés”.
Olvida o miente Paz pues él también, durante la excursión invasora, fomentará la idea
de la “República de la Mesopotamia” de la que hubiese sido “presidente”. El 4 de
octubre de 1845 , desde Villanueva, escribirá al griego Jorge Cardassi, jefe de la
escuadrilla correntina:
“Todo induce a creer que dentro de muy poco aparecerán en el río velas enemigas del
tirano del Plata y dispuestas a darnos la mano (...) En ese caso, dispensando las mayores
consideraciones a tan distinguidos huéspedes, se previene a V. que ofrezca las costas de
estas provincias para que puedan refrescar víveres y les suministre cuantos auxilios esté
en su poder(...) Está V. autorizado para cooperar con ellos en cualquier operación que
tenga por objeto hostilizar al enemigo”.
Independizar la “República de la Mesopotamia”, anhelo del imperialismo
fragmentador, llegó a ser una obsesión para todos los enemigos de Rosas, también años
más tarde para Urquiza, aunque afortunadamente después de Caseros abandonó el
proyecto que estuvo ostensiblemente en los planes de los uruguayos complicados en la
alianza del caudillo entrerriano con el Imperio del Brasil y con Francia:
“El gobierno del Imperio ya cree inevitable la guerra con Rosas; cree de su interés
contener las ambiciones de Rosas sobre el Paraguay y el Uruguay, pues que la posesión
de estos dos países le daría recursos inmensos de hombres especialmente; que la
cooperación de la Francia es conveniente(...) y después se dé la solución definitiva a la
cuestión creando otra república intermedia compuesta del Entre Ríos y Corrientes bajo
la dirección de Urquiza que lo desea. Ahí está tu idea y la mía. Si luego tenemos la
fortuna de ligarnos los tres y el Brasil por buenos tratados, nuestro porvenir está
asegurado” (Carta de J. Ellauri, embajador uruguayo ante Francia a su canciller, M.
Herrera y Obes, octubre 3 de 1850).
3)Establecer la libre navegación del Plata y sus afluentes, o dicho en otros términos
renunciar a la soberanía argentina sobre los ríos interiores, es decir justificar por parte
de argentinos uno de los propósitos ostensibles de la intervención anglofrancesa de
1845. Los adelantos de la navegación a vapor hacían codiciar a Inglaterra el derecho a
navegar el Paraná y el Uruguay.
Las instrucciones a Varela mencionaban también no presentar objeciones al posible
monopolio fluvial de una casa inglesa.
4) Garantizar definitivamente la paz con la intervención permanente de Inglaterra en
los Estados del Plata. El 19 de junio de 1844, antes de partir en su misión “patriótica”,
Varela escribe a Magariños de Mello, jefe de la diplomacia brasilera, contándole sin
pudor que se propone “gestionar arreglos permanentes de estos negocios del Río de la
Plata”.
La respuesta del hábil Magariños de Mello no se hace esperar: si Varela “creía
necesario, en primer lugar, la intervención armada para imponer la paz, ocupar Buenos
Aires y derrocar al tirano, debe ser suficientemente subrayado que lo fundamental era
obtener una garantía británica permanente que afianzara la paz y las instituciones y
permitiera el progreso de estos países acabando para siempre con la anarquía y la
guerra. Esa garantía permanente equivale, dejando a un lado eufemismos, a un
protectorado sobre estos países (...)”. No tendrá inconvenientes en aconsejarle que “
proclame sin ambajes el derecho de intervención tanto como su necesidad”.
Bien sabía Pedro II lo fácil que le era entenderse con Gran Bretaña, con cuya corona
estaría ahora emparentado, y sin olvidar que ambas naciones habían sido aliadas mucho
tiempo para enfrentar a Napoleón. Y tampoco desconocía lo útil que era esa extraña
complicidad de destacadas personalidades del río de la Plata que se comprometían
activamente en la planificación y en la ejecución de una invasión a su propia patria.
Las razones de esto las expresaría el lúcido y sincero Juan B. Alberdi en 1847:
“Pensaron los jóvenes que mientras prevalezca el ascendiente numérico de la multitud
ignorante y proletaria, revestida por la revolución de la soberanía popular, sería siempre
reemplazada la libertad por el régimen del despotismo de un solo hombre, y no había
más medio de asegurar la preponderancia de las minorías ilustradas que dándoles
ensanchamiento por conexiones y vínculos con influencias civilizadas traídas de afuera
(...) Absurdo o sabio éste era el pensamiento de los que entonces apoyaban la liga con
las fuerzas extranjeras para someter el partido se la multitud plebeya capitaneado y
organizado militarmente por el general Rosas”.
Más claro, agua. El problema con Rosas era, y sigue siendo, su liderazgo de “la
multitud plebeya” a la que capitaneaba y daba una sólida organización militar, con lo
que amenazaba “la preponderancia de la minoría ilustrada” que hasta entonces y desde
entonces prevalecería en nuestra patria, inevitablemente enemiga por sus privilegios y
sus intereses de “la revolución de la soberanía popular” encarnada por el Restaurador.
Cualquier recurso era bueno para “someter” a esa expresión de los sectores populares.
Inclusive la traición a la patria.
No era la libertad lo que estaba en juego, sino la revolución social. Rosas no era
indeseable por ser un tirano sino por ser el líder de la plebe que buscaba su lugar en la
sociedad y en la Historia.
Todo estaba armado para terminar con él. Pero con lo que Inglaterra, Francia, Brasil y
los unitarios no contaban era con la obstinación del gobernador de Buenos Aires, “esa
terquedad llamada Patria” que lo había hecho famoso en todo el mundo, como también
lo reconocería Alberdi, capaz de sinceridades que lo malquistarían con los
“libertadores”, en su artículo “La República Argentina 37 años después de la
Revolución de Mayo”:
“Simón Bolivar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de
Buenos Aires. El nombre de Washington es adorado en el mundo, pero no más
conocido que el de Rosas. Los Estados Unidos a pesar de su celebridad, no tienen un
hombre público más conocido que Rosas. Se habla de él popularmente, de un cabo al
otro de América, sin haber hecho tanto como Cristóbal Colón. Se lo conoce en el
interior de Europa, no hay lugar en el mundo donde no sea conocido su nombre porque
no hay uno donde no llegue la prensa que hace diez años repite su nombre.
“¿Qué orador, qué escritor célebre del siglo XIX no lo ha nombrado, no ha hablado de
él muchas veces?(...) Dentro de poco será un héroe de romance(...) La República
Argentina ha avanzado en celebridad y nombradía(...) El “Times” de Londres, primer
papel del mundo, se ha ocupado quinientas veces de Rosas no importa en qué sentido.
La “Revista de los Dos Mundos”, “El Constitucional”, “La Prensa”, “El Diario de
Debates” y todos los periódicos de París se ocupan del Plata hace ocho años con tanta
frecuencia como de un estado europeo.
“El oro argentino es el primero que se halla empleado para comprar escritores
extranjeros, en Europa y este continente, con el fin de que se ocupe de Rosas. No hay
prensa más conocida en toda la América del Sud que la de Buenos Aires. Rosas ha dado
tanta atención a su prensa como a sus ejércitos”.
Capítulo 90
Tablas de sangre
Las potencias europeas necesitaban buenos pretextos para la “intervención”
rioplatense. Por ejemplo algún documento que reforzara la imagen sanguinaria que Juan
Manuel de Rosas se había ganado con sus excesos, hábilmente exagerados y
propagandizados por sus enemigos de Montevideo. Florencio Varela encargó su
confección al escriba José Rivera Indarte.
Nadie mejor indicado. Su odio a Rosas era mayúsculo: había sido federal, miembro de
la sociedad Popular Restauradora y a su pluma pertenecía el “Himno a Rosas” (“¡Oh,
Gran Rosas, tu pueblo quisiera / mil laureles poner a tus pies...!”).
Según los unitarios cruzó el río, como tantos otros, asqueado por las tropelías del
rosismo. Según los federales debió escapar de Buenos Aires procesado por estafa y
falsificación de documentos y no perdonaba que Rosas no hubiese hecho nada por
salvarlo.
En 1843 se le encargan las “Tablas de sangre”, inventario de las atrocidades
atribuibles al Restaurador. Los partidarios de don Juan Manuel, citando el “Atlas” de
Londres del 1° de marzo de 1845, en articulo reproducido por Emile Girardin en “La
Presse” de París, afirman que la casa “Lafone & Co.”, concesionaria de la aduana de
Montevideo, habría pagado la macabra nómina a un penique el cadáver.
Juntó 480 muertes y le atribuyó a Rosas todos los crímenes posibles: el de Quiroga y
su comitiva, Heredia, Villafañe, etc., enunció nombres repetidos y otros
individualizados por las iniciales N.N. Los métodos variaban: fusilamientos, degüellos,
envenenamientos (uno con masitas en una confitería), etcétera. De ser ciertas las
imputaciones del rosismo, los 480 cadáveres habrían reportado dos suculentas libras
esterlinas para Rivera Indarte...
Pero la lista no terminaba allí ya que las “Tablas” agregaban 22.560 caídos y posibles
caídos en todas las batallas y combates habidos en la Argentina desde 1829 en adelante.
El informe que Varela llevó consigo inventariaba otros actos bárbaros que justificarían
la intervención extranjera por motivos de “humanidad”: las “costosas festividades” que
celebraban los aniversarios de la suba al poder de Rosas mientras las rentas de la
Universidad eran desviadas al ejército en 1838 “para defender su tiranía”. Los
procedimientos para matar eran escalofriantes: “las cabezas de las víctimas son puestas
en el mercado público adornadas con cintas celestes”, los deguellos se hacían “con
sierras de carpintero desafiladas”.
Rivera Indarte agregó como apéndice su opúsculo: “Es acción santa matar a Rosas”.
En él se revela que “su hija ha presentado en un plato a sus convidados, como manjar
delicioso, las orejas saladas de un prisionero”. También Rosas “ha acusado
calumniosamente a su respetable madre de adulterio (...) ha ido hasta el lecho en que
yacía moribundo su padre a insultarlo”. Y como si todo esto no fuera suficiente: “Es
culpable de torpe y escandaloso incesto con su hija Manuelita a quien ha corrompido”.
La casa “Lafone & Co.”, financista de las “Tablas de sangre”, era materialmente
dueña de Montevideo: en 1843 había comprado las rentas de la Aduana hasta 1848, lo
que le significaría una gran ganancia si el puerto de Buenos Aires fuese bloqueado por
potencias extranjeras decididas a imponer “orden y civilización”. Era también
propietaria de la “Punta del Este” y de la isla “Gorriti”, y se le había concedido en
exclusividad la caza de lobos marinos en la isla “de Lobos” por trece años.
Capítulo 91
El chacal mercenario
Las jóvenes corrían despavoridas por las calles de “Colonia del Sacramento”, aullando
de terror con sus ropas desgarradas. Los saqueadores arrasaban con todo lo que
encontraban. El cielo parecía cobrar vida con el relumbre de los incendios.
El jefe de los vándalos, nacido en Niza pero criado en Italia, echó las culpas a la
“difícil tarea de mantener la disciplina que impidiera cualquier atropello, y los soldados
anglofranceses, a pesar de las órdenes severas de los almirantes, no dejaron de dedicarse
con gusto al robo en las casas y en las calles. Los nuestros, al regresar, siguieron en
parte el mismo ejemplo aun cuando nuestros oficiales hicieron lo posible por evitarlo.
La represión del desorden resultó difícil, considerando que la colonia era pueblo
abundante en provisiones y especialmente en líquidos espirituosos que aumentaban los
apetitos de lo virtuosos saqueadores”. Ni siquiera la iglesia se libró de los desmanes, ya
que en ella se celebró la victoria con orgías y borracheras.
Días después, la escuadra de mercenarios italianos, con sus talegos rebosantes de oro y
plata, leva anclas y se interna en Uruguay.
Al llegar a Gualeguaychú repite el saqueo. El pueblo estaba desguarnecido y fue presa
fácil de quienes estaban a las órdenes de la escuadra anglofrancesa que invadía las
Provincias Unidas del Río de la Plata, y desarrollaron sin inconvenientes su cruel
codicia y lujuria. “Durante dos días los legionarios saquearon las casas de familia y
principalmente las de comercio”, dice Saldías apoyándose en las protestas de los
comerciantes (sardos, españoles, portugueses y franceses) que la “Gaceta Mercantil”
publicó el 23 de octubre.
El jefe de los saqueadores, a quien los diarios de Buenos Aires apostrofaban como “el
chacal de los tigres anglofranceses”, se disculpará en sus “Memorias”: “El pueblo de
Gualeguaychú nos alentaba a la conquista por ser un verdadero emporio de riqueza,
capaz de revestir a nuestros harapientos soldados y proveernos de arneses (...)
Adquirimos en Gualeguaychú muchos y muy buenos caballos, la ropa necesaria para
vestir a toda la gente, los arneses de la caballería y algún dinero que se repartió entre
nuestros pobres soldados y marineros que tanto tiempo llevaban de miseria y
privaciones”.
No tendrá la misma suerte en Paysandú el 30 de setiembre de 1845, cuyo asalto
intentó con el apoyo de la escuadra de Inglefield y Lainé pero es rechazado por la briosa
defensa del coronel Antonio Díaz; hace entonces un intento contra Concordia siendo
también heroicamente rechazado.
Después de reparar sus pérdidas en el “Hervidero”, bajo la protección de los cañones
anglofranceses, caerá a fines de octubre en la inerme Salto que saquea salvajemente
desquitándose de las anteriores frustraciones y participando personalmente en la
operación.
El jefe mercenario de esta horda salteadora era Guiseppe Garibaldi, que años más
tarde se constituiría en el héroe de la unidad italiana y prócer nacional de Italia.
Capítulo 92
Las tres cadenas
Una gesta heroica en que las armas argentinas lucharon contra las dos escuadras más
poderosas del mando y que hizo escribir al general San Martín, textualmente, que “esta
contienda en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación” fue
ocultado, desdibujado y disminuido en los textos oficiales de historia, por el principal
motivo de que su protagonista fue don Juan Manuel de Rosas.
La poderosa expedición naval de máximas potencias europeas aliadas por los ríos
interiores de nuestra patria fue motivada por la negativa del gobierno del Restaurador de
conceder su libre navegación , frente a las altaneras exigencias de los representantes de
Francia e Inglaterra quienes amparaban con tales pretensiones intereses comerciales de
vender sus productos en el seno de la América del Sur en mercados como el boliviano,
el paraguayo, las provincias argentinas del Litoral y el sur del Brasil, sólo alcanzables
remontando el Paraná y el Uruguay.
En aquellos días se trataba de enriquecerse a toda costa según el novísimo orden
liberal reinante, a fuerza de buscar mercados vírgenes para su comercio y con ello
edificar fortunas rápidas, de ser preciso mediante cañonazos. Con entrenada astucia se
presentaban los europeos bajo caretas de civilizadores humanitarios, de largas miras
progresistas, y directa o indirectamente mezclábanse en los complicados y apasionados
líos de la política interna local, para sacar provecho de unos y otros.
Para Inglaterra, la gran nación marinera mundial por excelencia, los nuevos países de
venta se descubrieron primero en el Lejano Oriente: la India, la China y el Japón.
Francia también se lanzó en busca de colonias, aunque encontró dificultades: la
conquista de Argel y de su “hinterland”, después de enconadas luchas y complejas
alternativas, terminó recién en 1854, nueve años después de “Obligado”.
La Confederación Argentina había evitado, por el extraordinario patriotismo de sus
habitantes que se sobrepuso a la defección de las tropas regulares españolas, la anexión
definitiva a Gran Bretaña en las heroicas jornadas de 1806 y 1807, y también en 1838
derrotó a las aspiraciones coloniales de Francia. Pero ello no escaldaría a los europeos
que codiciaban sus excelentes perspectivas para un rentable mercado comercial.
Era notorio entonces que los ministros francés e inglés, Deffaudis y Ouseley, así como
otros representantes aliados, se beneficiaban de las rentas que cobraba la Aduana de
Montevideo, además de otros emprendimientos comerciales, principalmente el
contrabando que burlaba su propio bloqueo, al que no sería ajeno, según se cuchicheaba,
el gobernador de Entre Ríos y jefe del Ejército de la Confederación, Justo José de
Urquiza.
Ello explica la intención manifiesta de ambos representantes diplomáticos de las
potencias europeas de extender sus relaciones comerciales hacia las ciudades del litoral,
ejerciendo franca hegemonía en ese sentido, y procurar que el conflicto durase lo más
posible.
Bien lo sabían los aliados y no podían echar en olvido, aquellos párrafos tan
significativos de la carta que sir Home Popham dirigiera a su amigo londinense Mr.
Evan Napean , el 29 de Julio de 1806, durante su fugaz victoria rioplatense:
“Este es el mejor país que yo he conocido, necesitado de las manufacturas británicas y
con sus almacenes repletos de productos del país, listos para ser enviados de retorno. No
hay duda de que un afianzamiento de la situación de los aliados en el río de la Plata los
colocaría en condiciones de desarrollar sin inconvenientes una amplia acción por los
ríos interiores, una vez establecida su libre navegación, con prerrogativas especiales
para Francia e Inglaterra, a modo de monopolio, asegurando así los valores en juego”.
En Montevideo, el gobierno proeuropeo y prounitariode Rivera había concedido al
comercio inglés el privilegio de navegación por el río Uruguay, de acuerdo con el
tratado de 1842, pretendiendo los europeos ahora igual derecho en el Paraná. Las
consecuencias que podrían derivar de tal concesión las destacaba bien a las claras el
ministro argentino en Londres, Manuel Moreno, en nota a Rosas del 2 de julio de 1845:
“El Imperio Británico en la India empezó por el pequeño “Fuerte de San Jorge”. Ese
inmenso dominio ha sido obra de una compañía de comerciantes”.
En las instrucciones entregadas al ministro inglés por su gobierno se lo autorizaba al
empleo de la fuerza para exigir del almirante Brown el levantamiento del bloqueo, en
caso de no acceder Rosas a la petición amistosa de los mediadores, o bien para tomar
posesión de la isla de Martín García o de cualquier otro punto necesario para el
desarrollo del programa trazado. Similares eran las instrucciones del embajado francés
Deffaudis.
Capturados los buques de guerra argentinos en el mismo puerto de Montevideo y ante
las sangrientas incursiones a los pueblos ribereños del río Uruguay por parte del
mercenario italiano Giuseppe Garibaldi y su flotilla, al gobierno de Rosas no le quedó
otra alternativa que prepararse para repeler la invasión en el Paraná.
Los europeos pretendían, además, establecer un contacto con los unitarios de
Corrientes a las órdenes de Paz.
Comprendió el Restaurador la gravedad de la situación y el 13 de agosto de 1845
dirigió a su cuñado, el general Lucio N. Mansilla, una nota participándole que el coronel
Francisco Crespo se le incorporaría con los buques de guerra y demás elementos bajo
sus órdenes y aconsejándole contemplar la necesidad de “constituir cuanto antes en la
costa firme del Paraná una batería en el punto más aparente para ofrecer una resistencia
simultánea, de modo que la escuadra enemiga no pueda pasar más adelante”. Esta
decisión provocaría el celoso encono de Urquiza, ya que su rango y su importancia era
mayor que la de Mansilla, pero el Restaurador, que desconfiaba de sus conversaciones
con los sitiadores y con los brasileños, creyó tranquilizarlo argumentando que lo
necesitaba para impedir la invasión de las fuerzas de Rivera, acantonadas en la frontera
de la Banda Oriental.
Mansilla, consiente de su gravísima responsabilidad, después de algunas vacilaciones
resolvió fortificar con todos los elementos disponibles el sitio llamado “Vuelta de
Obligado”, por su extraordinaria posición estratégica, como consigna en su parte a
Rosas: “(...)por la vuelta que hace el río en una punta saliente y difícil de remontarse
con el viento, a quien viene navegando, debido al cambio que hace de rumbo el canal
principal”.
En dicho sitio, además, el curso del Paraná se estrecha pronunciadamente dejando un
paso de sólo 900 ms. de ancho. En la ribera izquierda se extiende la costa pantanosa de
Entre Ríos pero en la ribera de enfrente, bonaerense, se eleva una amplia barranca cuya
plataforma, que avanza bastante sobre la llanura, domina el río casi a pico.
Allí fueron emplazadas cuatro baterías armadas con cañones de grueso calibre: la
primera en un ángulo de la barranca, otras dos de tiro rasante en la parte baja del plano
inclinado, y la cuarta, que dominaba todo, situada sobre la cresta de la plataforma.
El río estaba cerrado por una barrera formada por 24 barcos atados entre sí con tres
gruesas cadenas de hierro. En uno de los extremos y sobre la ribera derecha colocáronse
diez brulotes, prontos a ser encendidos y dirigidos contra los barcos enemigos, y en el
otro extremo, mas allá de la barrera de barcos acoplados, anclado a modo de batería
flotante, un bergantín grande y bien armado.
El total del armamento de las citadas baterías alcanzaban una veintena de cañones y
las tropas defensoras, unos dos mil quinientos hombres, entre soldados y paisanos. Todo
eso era poco y nada ante el poderío de las escuadras invasoras:
La inglesa: Vapor Gorgón (insignia) de 6 cañones.Vapor Firebraud de 6 cañones.
Corbeta Cadmus de 18. Bergantín Philomel de 10. Bergantín Dolphin de 3.
Bergantín de 1. Además de las dotaciones de cada buque, iban 600 infantes de marina
para desembarcos.
La francesa: Vapor Fulton de 2 cañones de 80. Fragata San Martín (insignia) de 18
cañones. Corbeta Expeditive de 16. Bergantín Pandour de 10. Goleta Procida de 3. Con
200 infantes de marina.
Además de los once buques de combate, iban barcas carboneras para servicio de los
vapores, artilladas con un cañón cada una.
El armamento era el más moderno: los cañones ingleses Peysar eran los primeros
rayados que se empleaban en la guerra; los buques franceses estaban dotados del
modernísimo cañón-obús Paixhans, que disparaba balas de 80 libras; los cohetes a la
Congreve, ingleses, si bien no eran de reciente invención no habían sido usados aún en
América y se esperaba que fuesen de mortífero efecto contra las baterías costeras.
Don Juan Manuel de Rosas hacía suyas las palabras del duque de Wellington, el
vencedor de Napoleón: “Un gran país no puede tener una guerra pequeña”.
Capítulo 93
Sabemos rehacer la historia
"Necesito y espero de su bondad me procure una colección de tratados argentinos,
hecha en tiempos de Rosas, en que están los tratados federales, que los unitarios han
suprimido después con aquella habilidad con que sabemos rehacer la historia", escribe
Sarmiento a Nicolás Avellaneda, desde Nueva York, en carta fechada 16 de diciembre
de 1865.
Capítulo 94
La Argentina no es China
Cuando una emperatriz china, que sin duda amaba a su pueblo, prohibió bajo pena de
muerte el consumo de opio e hizo destruir el que los negociantes ingleses importaban de
la India, la Armada de Su Graciosa Majestad, fiel al principio de que el pabellón cubre
la mercancía, bombardeó los puertos sobre el Mar Amarillo y obligó al entonces
“gigante dormido” a indemnizar hasta el último gramo del estupefaciente comisado.
Se apropió , como al pasar, de Hong Kong y para castigar con mayor ejemplaridad la
pretensión china de ejercer poder de policía en su propia jurisdicción, impuso en el
“tratado” de Nankín una cláusula por la cual China aceptó la entrada del opio como si se
tratara del espárrago o la arveja.
Entonces, la “economía social de mercado” no se predicaba con puntero, pizarrón,
premios y becas como ahora, se aplicaba con la brutal franqueza del business are
business a cañonazo limpio.
Pero en la Argentina de Rosas las prepotentes intrusas comprenderían que sus
habitantes no eran “empanadas que se comen de un bocado”, como escribiría San
Martín. El 20 de noviembre, por la mañana, cuando se levantó la niebla comenzó el
combate que fue violento y encarnizado.
Las baterías argentinas sufrieron el rigor de un cañoneo demoledor. Tres buques
ingleses lograron ponerse en posición de ataque frente a ellas pero recibieron un fuego
intenso que les ocasionó graves pérdidas.
El capturado “San Martín”, enarbolando la insignia del comandante francés Trehouart,
logró tomar posición pero, al recibir el vigoroso fuego de la batería “Manuelita” su
situación se volvió insostenible por cuanto fue alcanzado por más de 100 cañonazos y
perdió la mitad de su tripulación . Acudió en su ayuda la fragata “Fulton” que por dos
veces intentó vanamente cortar las cadenas. Tuvo que retirarse aguas abajo. Trehouart
entonces se embarcó en el “Expeditive” para seguir la lucha.
Finalmente, a costa de muchos destrozos en las naves y de muchas bajas en sus
soldados y tripulantes, los invasores logran sortear los obstáculos y continuar Paraná
arriba. Los defensores se resienten por la falta de municiones, lo que no les impide
continuar la defensa con heroico ardor. A las 5 de la tarde el capitán Thorne hace su
último disparo y cae herido por una granada de cuyas resultas quedó sordo para todo el
resto de su vida. Al incorporarse dirá “No ha sido nada”.
Los argentinos tendrán 650 bajas, la tercera parte de sus combatientes, lo que da una
idea del heroísmo con que se luchó y también de la dureza de la batalla, que sería
reconocida en el parte enemigo: “Siento vivamente que esta gallarda proeza se ha
logrado a costa de tal pérdida de vidas (inglesas y francesas), pero considerando la
fuerte posición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer
a la Divina Providencia que no haya sido mayor”
Hubo comportamientos admirables como el del oficial Brown, digno hijo del ilustre
almirante; Palacios, bravísimo teniente que dirigía la batería “General Mansilla”; el
ayudante de marina Alvaro de Alzogaray, en su batería “Restaurador”; la valiente
Petrona Simonino quien con un grupo de abnegadas mujeres atendían a los heridos y
animaban a los combatientes.
Las tropas de Mansilla, quien resultó herido al ponerse al frente de la defensa terrestre
que hizo fracasar el intento de desembarco de los europoeos, aprovecharon la
reparadora tregua que impuso la llegada de la noche para reponerse y quedar en
condiciones de seguir acosando la marcha de los aliados palmo a palmo, con la
tenacidad y la energía de quienes defienden su suelo amenazado por una invasión
extranjera.
Los buques invasores, ya de vuelta de su insatisfactoria excursión al Litoral y a
Paraguay, son atacados en todo punto favorable que ofrezca el Paraná: en el “Tonelero”,
en “San Lorenzo” y por fin el 7 de junio de 1846 serán seriamente dañados en el
“Quebracho”, destrozados por los certeros disparos de cañoncitos usados en las guerras
de nuestra Independencia, tan antiguos que los invasores se llevaron varios para exhibir
en los museos de sus respectivos países.
La admirativa impresión que el “Quebracho” y la derrota anglo-francesa produjo en
Europa fue enorme. La minúscula pero férrea Confederación Argentina demostró que
merecía su lugar entre las naciones soberanas y desde Grand Bourg el general San
Martín escribe a Tomás Guido:
“Tentado estuve de mandarle a Rosas la espada que contribuyó a defender la
independencia americana, por aquel acto de entereza en el cual, con cuatro cañones,
hizo conocer a la escuadra anglo-francesa que, pocos o muchos , sin contar con
elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia”. Como es sabido,
el Libertador cumpliría mas tarde tal deseo en su testamento.
El triunfo de Rosas, que se había propuesto hacer fracasar la expedición comercial, fue
indudable ya que lejos de quedar abierto el río, como pretendieron los invasores, su
navegación se demostró harto peligrosa por lo que el envío del convoy no volvió a
repetirse.
Gran Bretaña volvía a quedar militarmente mal parada en el río de la Plata. En la
sesión de la Cámara de los Comunes del 23 de marzo de 1846, Lord Parlmerston
provocó una interpelación sobre “si las operaciones de carácter hostil en las márgenes
del río Paraná habían tenido la sanción previa del gobierno”. Contestó el Primer
Ministro de la Corona, Sir Robert Peel, “que no se habían dado instrucciones al
representante del gobierno ni al comandante de las fuerzas navales, fuera de las ya
comunicadas a la Cámara, debiendo declarar que la tal operación no estaba prevista en
las instrucciones anteriores dadas por el Gobierno y que no contenían la sanción previa
de semejante expedición”.
Capítulo 95
Tremola en el Paraná
“¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al
navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por territorio de
nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón
azul y blanco y debemos morir todos antes de verlo bajar de dónde flamea!” (Arenga a
sus tropas del general Lucio N. Mansilla antes del combate de “Obligado”, 20 de
noviembre de 1845)
Herido en la acción, el general Mansilla fue atendido por su sobrino carnal, mi
bisabuelo Sabino O´Donnell, uno de los primeros médicos de la Argentina.
Escribirá un exaltado relato de lo vivido:
“Hoy he visto lo que es un valiente. Empezó el fuego a las 9 y ½ y duró hasta las 5 y
½ del la tarde en las baterías, y continúa hasta ahora entre el monte de Obligado el
fuego de fusil (son las 11 de la noche).
“Mi tío ha permanecido entre los merlones de las baterías y entre las lluvias de la bala
y la metralla de 120 cañones enemigos. Desmontada ya nuestra artillería, apagados
completamente sus fuegos, el enemigo hizo señal de desembarcar; entonces mi tío se
puso personalmente al frente de la infantería y marchaba a impedir el desembarco
cuando cayó herido por el golpe de metralla; sin embargo se disputó el terreno con
honor, y se salvó toda la artillería votante.
“Nuestra pérdida puede aproximarse a trescientos valientes entre muertos, heridos y
contusos; la del enemigo puede decirse que es doblemente mayor; han echado al agua
montones de cadáveres(...) Esta es una batalla muy gloriosa para nuestro país. Nos
hemos defendido con bizarría y heroicidad”.
Al día siguiente de la batalla O´Donnell sostendrá una junta médica con el Dr. Mariano
Marenco y el profesor Cornelio Romero.
El informe será el siguiente: “El doctor D. Sabino O´Donnell que había asistido al Sr.
General desde los primeros momentos nos hizo la historia de los accidentes que había
sufrido y los medios que había empleado para evitar perniciosas consecuencias. El Sr.
General Mansilla recibió en la tarde del 20 un golpe a metralla (la que hemos visto y
pesa más de una libra) en el lado izquierdo del estómago, sobre las distintas costillas y,
según hemos reconocido, ha sido fracturada una de éstas. Cayó sin sentido, sufrió por
muchas horas desmayos, vómitos, y otros molestos accidentes que fueron calmando
gradualmente, se le ha aplicado un vendaje apropiado para remediar la fractura de la
costilla, y se emplean los medios que aconseja el arte”.
Lucio N. Mansilla podría haber hecho suyas las palabras del general tebano
Epaminondas luego de derrotar a las fuerzas espartanas en el año 371 a.C.: “No me ha
de faltar posteridad, pues dejo por heredera a mi hija, la batalla de Leuctra”.
Una semana antes de Obligado había muerto la indómita Agustina, cuyo carácter había
heredado su hijo.
Capítulo 96
Honestidad, patriotismo, dignidad
¿Cómo sería hoy nuestra patria si los negociadores de su atroz endeudamiento actual
ante las grandes potencias, bancos supranacionales u organismos financieros hubieran
tenido la honestidad, el patriotismo y la dignidad de Dorrego, Mansilla, San Martín o
Rosas?
Capítulo 97
La capitulación de las potencias
Thomas Hood conocía Buenos Aires pues había representado a la Casa Baring en
infructuosas negociaciones para lograr el pago de la deuda. A la Corona inglesa le
pareció pertinente designarlo para lograr un acuerdo lo más digno posible con Rosas y
así retirarse de esa campaña tan desfortunada.
El 2 de julio de 1846 el barco que lo conducía, el “Devastation”, atracó en el puerto.
Al día siguiente mister Hood presentará al canciller argentino, Felipe Arana, las
condiciones de su gobierno:
1) Rosas suspenderá las hostilidades en la Banda
Oriental.
2) Se desarmarán en Montevideo las legiones
extranjeras.
3) Se retirarán las divisiones argentinas del sitio.
4) Efectuado esto se levantaría el bloqueo,
devolviéndose Martín García y los buques secuestrados
“en lo posible en el estado en que estaban”.
5)Se reconocería que la navegación del Paraná era
exclusivamente argentina en tanto que la República
continuase ocupando las dos riberas de dicho río.
6)Se diría para satisfacer a “la soberanía” de Rosas, que
“los principios bajo los cuales (Inglaterra y Francia) han
obrado, en iguales circunstancias le habrían sido
aplicables a ellas”.
7)Habría amnistía general en Montevideo, debiendo
excluirse a “los emigrados de Buenos Aires cuya
residencia en Montevideo pudiese dar justas causas de
queja”.
7) Sería desagraviado el pabellón argentino con 21
cañonazos.
8) Si Montevideo se rehusase se “le retiraría su apoyo”
sin más condición que una amnistía de Oribe a los
sitiados con garantía de seguridad para los extranjeros y
sus propiedades
Desde un cierto punto de vista era una claudicación británica, lisa y llana. Poco y nada
quedaban de los presuntuosos ultimátums y declaraciones de meses atrás.
Recién el 10 el Restaurador acepta recibir a Hood. El día anterior, celebración de la
Independencia, una amable Manuelita lo invitaría al “Teatro Argentino” para asistir a
una representación cuyo título, modificado, era “Heroica lucha contra el poder
extranjero”.
Rosas aceptó de buen grado que en vez de indemnizar a la Argentina con dinero las
potencias intrusas desagraviasen su bandera con 21 cañonazos, pero exigió que el
bloqueo se levantarse sin esperar el desarme de las legiones extranjeras y el
consiguiente retiro de la división argentina. Entendía además que la frase “en tanto la
República continuase ocupando las dos riberas de dicho río” encerraba la posibilidad de
una inaceptable independencia entrerriana y sólo podía aceptarse condicionándola a una
aclaración. Por otra parte el retiro de las tropas argentinas que sitiaban Montevideo
estaría sujeto a la expresa voluntad de Oribe, de quien eran “auxiliares”; asimismo los
puntos sobre desarme de las legiones extranjeras, amnistía a darse en Montevideo y
respeto a extranjeros en la ciudad sólo podría disponerlos el presidente oriental.
El delegado británico se vio envuelto por el magnetismo con que don Juan Manuel
exponía los argumentos, y por la lógica indestructible de los mismos, hasta que el 18 de
julio Rosas y Hood llegaron a un nuevo acuerdo sobre bases que ahora recogían
puntualmente las objeciones del gobernador de Buenos Aires.
Francia no estaba en condiciones de aceptar una rendición como la acordada por el
delegado británico, acosada por reproches de los chauvinistas del Parlamento que no
aceptaban la humillación sufrida.
Pero ambas potencias estaban decididas a salirse del embrollo del río de la Plata.
Exasperadas por la dureza negociadora de Rosas decidieron probar con sus mejores
diplomáticos: Londres eligió a una gran personalidad, John Hobart Caradoc, barón de
Howden, miembro distinguidísimo de la Cámara de los Pares; por Francia iría nada
menos que Alejandro Florian Colonna, conde de Walewski, hijo de Napoleón el
Grande, que acababa de llenarse de gloria al solucionar el problema de Egipto.
Arribados a principios de mayo de 1847 anuncian a Arana que han viajado para poner
en vigencia las bases de Hood modificadas por Rosas, ya aprobadas por sus gobiernos.
Solamente que no han sido redactadas con las formalidades de estilo y debe dárseles el
tono preciso, pues si no los protocolos deslucirían en las cortes europeas. Arana, a quien
Rosas ha enseñado a desconfiar, acepta “si como debía esperarlo, al reducirse a
convención, las cláusulas no eran alteradas”.
El 14, por notas separadas ya que será claro que habrá posiciones distintas en ambos
comisionados, Howden y Walewski presentan “la nueva forma”: la paz sería conjunta
de ellos, Rosas, Oribe y Joaquín Suárez, Oribe titulándose “Presidente de la República
Oriental” y Suárez, “presidente provisorio de la República Oriental”. Su objeto, según el
preámbulo, era “poner término a las hostilidades y confirmar a la República Oriental en
el goce de la independencia”. En ocho artículos se disponía el desarme de la legión
extranjera por los jefes navales, la navegación del Paraná y del Uruguay quedaría
“sujeta a las leyes territoriales de las naciones aplicables a las aguas interiores” y nada
decían del saludo a la bandera.
Arana llevó la nueva convención a Rosas y éste reaccionó acorde a su estilo: “Los
proyectos dirigidos por SS.EE. los señores ministros diplomáticos están tan alejados,
son tan diferentes de las bases Hood ,como el cielo lo es del infierno”. Habría más:
“Después de las notas que esos señores han presentado a nuestro gobierno hay que tener
coraje para presentar semejante proyecto”.
El protagonismo de los emisarios lo había asumido el barón Howden. Se propuso
causar una buena impresión en los porteños por su
informalidad y franqueza, organiza cabalgatas a Santos Lugares acompañando a
Manuelita y se viste como paisano con poncho y sombrero de ala corta. Dice preferir
montar caballos con la marca de Rosas que ensilla con recado y apero criollos.
Estaba acompañado por el comodoro Herbert quien, no obstante ser el comandante de
la flota bloqueadora, se paseaba sin ser molestado por las calles de Buenos Aires y hasta
recibió de Rosas un ofrecimiento sin duda cargado de ironía:
“El general Rosas – informaría el enviado a su chancillería -me ha ofrecido abastecer
diariamente al escuadrón con carne vacuna, pan y hortalizas, todo fresco. Por más
ineficiente que sea el bloqueo me pareció que había en el ofrecimiento algo demasiado
absurdo como para permitirme aceptarlo”.
Manuelita había ya desempeñado tareas de seducción en beneficio de estrategias de su
padre. Así lo había hecho antes con el embajador Mandeville y lo haría ahora con el
barón. La pasión de Howden por Manuelita fue un auténtico “flechazo” y no tardó en
manifestarse, convirtiéndose en el cotilleo de Buenos Aires. El 24 de mayo de 1847,
cuando ella cumplió treinta años, le dirigió una ardiente nota: “Este día jamás se irá de
mi memoria ni de mi corazón”. Los exiliados en Montevideo y los opositores en tierra
argentina seguían con comprensible inquietud los avatares del romance entre la
“princesa federal”, como se la llamaba a Manuelita, y el barón inglés.
Sus emociones alcanzarían su punto más alto durante una excursión criolla a Santos
Lugares, oportunidad en que, vestido de gaucho, Howden galopó por el campo y, entre
otras diversiones rurales, encontró tiempo para estrechar las manos de un grupo de
caciques y jefes indios. Mientras regresaban, solos, propuso matrimonio a Manuelita
quien le respondió con firmeza que sólo lo veía como a un hermano.
Las negociaciones no avanzaban porque detrás de la falacia del “lenguaje
diplomático” surge que Inglaterra y Francia no son garantes de la independencia del
Uruguay, lo que para el acertadamente suspicaz Restaurador significa que muy pronto
se reanudarían los intentas de anexión por parte de Brasil.
Tampoco aceptaba suprimir el desagravio al pabellón argentino, “estipulación esencial
porque a ese saludo circunscribía el gobierno argentino las satisfacciones debidas al
honor y soberanía de la Confederación ultrajada por una intervención armada que
capturó en plena paz la escuadra argentina, se posesionó por la fuerza de sus ríos,
invadió el territorio y destruyó vidas y propiedades en una serie de agresiones injustas”.
Además debería decirse claramente, como se leía en su acuerdo con Hood, que la
navegación del Paraná era exclusivamente argentina, sujeta a sus leyes y reglamentos, lo
mismo que la del Uruguay en común con la República Oriental
Otro punto clave: que se mencionara expresamente el rechazo a la posibilidad de una
independencia de la Mesopotamia sin escaparse con la frase “ley territorial de las
naciones”. Howden y Walewski adujeron que la fórmula propuesta por ellos “había sido
objeto de largas correspondencias entre los gobiernos de Inglaterra y Francia” y que se
“consultaron varios jurisconsultos”.
Era hábito de las grandes potencias en su trato con los países “inferiores” el
ablandamiento de sus gobernantes con la práctica exitosa del soborno.. Es de imaginar
que se lo haya intentado infructuosamente con don Juan Manuel. Y si no se lo intentó
fue por la seguridad de que sería contraproducente.
El 28 de junio Rosas dio por terminadas las negociaciones por tratarse de temas
gravísimos donde no podía andarse con “medias tintas”. El Restaurador estaba lejos de
acordar con Cicerón, el sabio romano que un siglo antes de Jesucristo afirmara que
“siempre la mala paz es preferible a la mejor guerra”.
Mientras tanto el romántico ardor de Lord Howden se fue calmando poco a poco y
cuando, fracasada su misión pacifista, abandonó Buenos Aires el 18 de julio escribió a
Manuelita desde el “Raleigh” una cariñosa carta de despedida, en la que la nombraba
como “mi vida, mi buena y querida y apreciada hermana, amiga y dama”.
Capítulo 98
La opinión socialista
Laurent de L’Ardeche, socialista, pedirá la palabra en el Parlamento francés para
contestar a quienes no se resignan a la inesperada derrota contra un país débil y lejano y
exigen una guerra de aniquilación:
“¿Somos nosotros, republicanos demócratas enrolados bajo el estandarte de las
reformas sociales que deben mejorar pacíficamente la condición moral, intelectual y
física de la clase más numerosa y más pobre; somos nosotros los que nos asustaremos
que la república democrática abrazando al Nuevo Mundo, amenace arrojar de allí las
tendencias monárquicas y los medios aristocráticos del partido europeo?
“No olvidemos que la guerra de los gauchos del Plata contra los unitarios del Uruguay
representa en el fondo la lucha del trabajo indígena contra el capital y el monopolio
extranjero, y de éste modo encierra para los federales una doble cuestión: de
nacionalidad y de socialismo.
“Los unitarios y sus amigos lo saben bien. Así, ved lo que dicen de Rosas. A sus ojos
el jefe del federalismo es un vecino peligroso para Brasil a título de propagandista y
libertador de los esclavos; a sus ojos, si hay algo en las orillas del Plata que ofrezca
analogía con las doctrinas de los revolucionarios y factores de barricadas, son las
doctrinas y los actos del general Rosas
“(...) A sus ojos el general Rosas realiza en el Plata lo que se habría realizado en
Francia, dicen ellos, si por desgracia la sociedad no hubiese salido victoriosa de las
malas pasiones que han atacado tantas veces.
“Lo que hay de cierto es que si el poder de Rosas se apoya en efecto sobre el elemento
democrático, que si Rosas mejora la condición social de las clases inferiores, y que si
hace marchar a las masas populares hacia la civilización dando al progreso las formas
que permiten las necesidades locales (...) lo que hay de cierto es que él hace todo esto
sin necesitar hacer revoluciones y barricadas, puesto que la soberanía nacional es la
única que lo ha elevado al poder donde lo mantienen invariablemente la confianza, la
gratitud y el entusiasmo de sus conciudadanos”(Publicado en “La Republique” de Paris,
el 5 de enero de 1850).
Capítulo 99
La insolencia inaudita
Inglaterra, ansiosa ya por terminar con el bochorno internacional envía al prestigioso
diplomático Henry Southern. Rosas, escaldado y deseoso de fijar sin rodeos las
condiciones de lo que es indisimulablemente una capitulación enemiga, se niega a
recibirlo hasta tener claras sus intenciones.
El primer ministro Lord Aberdeeen se indignará el 22 de febrero de 1850 ante el
Parlamento británico:
“Hay límites para aguantar las insolencias y esta insolencia de Rosas es lo más
inaudito que ha sucedido hasta ahora a un ministro inglés. ¿Hasta cuándo hay que estar
sentado en la antesala de este jefe gaucho?¿Habrá que esperar a que encuentre
conveniente recibir a nuestro enviado? Es una insolencia inaudita”.
Como si don Juan Manuel hubiera leído a Clemenceau: “Hay que hacer la guerra hasta
el fin, el verdadero fin del fin”. Finalmente mister Southern y el Restaurador firmarán el
acuerdo que aceptaba todas las exigencias argentinas.
El convenio establece la devolución de Martín García y de los buques de guerra; la
entrega de los buques mercantes a sus dueños; el reconocimiento de que la navegación
del Paraná es interior y sólo está sujeta a las leyes y reglamentos de la Confederación
Argentina, y que la del Uruguay es común y está sujeta a las leyes y reglamentos de las
dos repúblicas; y la aceptación de Oribe para la conclusión del arreglo.
Rosas se obliga a retirar sus tropas del Uruguay cuando el gobierno francés haya
desarmado a la legión extranjera, evacue el territorio de las dos repúblicas, abandone su
posición hostil y celebre un tratado de paz.
Pero todavía hay más. Se restablece la amistad entre los dos países e Inglaterra se obliga
a saludar al pabellón de la Confederación Argentina con veintiún cañonazos.
Algunos meses más tarde también se rendirá Francia, a pesar de que muchos querían
continuar la guerra, pero serán finalmente desanimados por la patriótica acción de don
José de San Martín que empeñará su prestigio para convencer a los europeos de que
“todos (los argentinos) se unirán y tomarán una parte activa en la lucha”, por lo que la
invasión se prolongaría “hasta el infinito”.
Capítulo 100
Aberrantes costumbres
Uno de los acontecimientos más resonantes de este período, cuyo elevado tono épico y
romántico daría pie a folletines, libros, obras teatrales y películas de la más dispar
calidad, fue sin duda el fusilamiento de Camila O’Gorman, joven perteneciente a la alta
sociedad porteña, y de su enamorado seductor, el sacerdote Uladislao Gutiérrez.
El episodio se produjo en 1848, cuando Buenos Aires iba recobrando su fisonomía
normal, liberada del bloqueo y de los rigores de una constante vela de armas. Los
emigrados, desde hacía mas de un año, regresaban masivamente. Abel Chaneton, en su
“Historia de Vélez Sarsfield”, escribirá:
“La vida se remansa y Buenos Aires, no ya sometida, sino adicta, es un pueblo casi
feliz. Llegan tiempos prósperos; renace el comercio(...) toda resistencia armada a la
dictadura desaparece en el interior y exterior. Sólo la prensa “unitaria” sigue
bombardeando a un Rosas cuyo prestigio se acrecienta y se representa inconmovible”.
Los jóvenes enamorados, él tiene 30 años, ella 19, huyen en pos de su amor
contrariado socialmente. No tarda en correr el rumor del escándalo, lo que es
aprovechado y magnificado por la prensa adversa de Montevideo que no vacila en
señalar la inmoralidad que reinaría en la sociedad rosista. El hecho es considerado
típico, según los unitarios, de las “aberrantes costumbres” que rodean al dictador, a
quien se achacan las más graves inmoralidades, que llegarían hasta el incesto.
Los emigrados en Chile, a su vez, no trepidan en estampar en “El Mercurio”: “Ha
llegado a tal extremo la horrible corrupción de las costumbres del “Calígula del Plata”
que, los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor
sociedad, sin que el infame sátrapa adopte medida alguna contra estas monstruosidades”
(27 de marzo de 1848).
Entretanto los prófugos, que han adoptado los nombres supuestos de Máximo Brandier
y Valentina San, se establecen en Goya y regentean una escuelita. Pasan sin problemas
cuatro meses en pleno idilio, alejados de censuras y convenciones, hasta que son
reconocidos por el cura irlandés Michael Gammon, quien, con intención o sin ella,
descubre y revela sus verdaderas identidades. Camila y Uladislao son detenidos y
remitidos a Buenos Aires.
La grita opositora arrecia: en “El Comercio del Plata” Valentín Alsina exige ejemplar
justicia para “terminar con la corrupción reinante”. Agregará: “¿Hay en la tierra castigo
bastante severo para el hombre que así procede con una mujer cuya deshonra no puede
reparar casándose con ella?”.
La cuñada de Rosas, María Josefa Escurra, quien tendría un hijo ilegítimo de Manuel
Belgrano, comprensiva, lo insta a recluirla en la “Casa de Ejercicios”. Debió aceptarlo
en un principio porque se conoce la boleta de compra del moblaje destinado a su celda,
efectuado directamente por Manuelita.
Pero por un lado el clero y por el otro los más destacados juristas presionan por la
aplicación de la drástica legislación vigente a los culpables. Entre estos últimos se
encuentran Vélez Sarsfield y Lorenzo Torres, quienes dieron forma legal al asesinato
justificando la convicción de Rosas con citas de cánones y leyes.
¿Cuáles fueron los motivos de Rosas? Tres hechos endurecen la actitud del
gobernador: 1°) la opinión de los juristas, acordes en la aplicación de la pena máxima;
2°) el petitorio escrito del clero, de subido tono que exige justicia ejemplar; 3°) la
propaganda demoledora de sus adversarios, que hasta han denunciado que el ex cura,
además de corruptor de adolescentes de la clase alta, debe ser condenado por haber
robado las joyas de su templo.
Debe descartarse toda razón de índole política en la condena ya que los O’Gorman
eran federales y el sacerdote era nada menos que sobrino carnal del gobernador de
Tucumán, general Celedonio Gutiérrez, adepto rosista.
Es indudable que Rosas, convencido de que su misión es reprimir un crimen que
lesiona a la sociedad, opta, finalmente, por la pena capital para ambos reos. Las
ejecuciones se cumplirían en el campamento de Santos Lugares.
Años más tarde, ya en Southampton, Rosas explicará su conducta, en carta a Federico
Terrero:”Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila
O’Gorman; ni persona alguna me habló ni me escribió en su favor. Por lo contrario
todas las primeras personas del clero me hablaron o escribieron sobre ese atrevido
crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos
semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mía la responsabilidad ordené la
ejecución. Durante el tiempo en que presidí el gobierno de Buenos Aires, encargado de
las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, con la suma del poder por la
ley, goberné según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis actos,
de mis hechos buenos, como de los malos, de mis errores y de mis aciertos” (6 de marzo
de 1877).
Esta carta, quizás la última, fue escrita once días antes de su muerte, lo que muestra
que la muerte de Camila O´Gorman lo perturbó hasta el fin de sus días.
Capítulo 101
Reconstruir el virreinato
En 1848 Rosas estaba en la cumbre del éxito como gobernante y gozaba de un
extendido prestigio en todo el planeta por su heroica defensa contra el desplante de las
potencias europeas.
El orgullo nacional cementaba a los sufridos habitantes del territorio que habían
aprendido esa novedosas experiencia de sentirse parte de una nación con algunos rasgos
propios y distintivos.
Quienes apoyaban al Restaurador no podían quejarse de su elección y el rosismo
ganaba nuevos adeptos, alejados ya los fatídicos períodos del terror de 1840 y de 1842.
Los estancieros, levantado el bloqueo, tenían sus corrales llenos de ganado que no
habían podido comercializar y que ahora exportaban a buen precio en los barcos que en
gran cantidad entraban y salían del puerto.
Amansados los caudillos provinciales, por la fuerza o por convicción, parecía
aceptarse la hegemonía porteña como un precio tolerable para la organización nacional.
Por otra parte se aceptaba que las deudas provocadas por los bloqueos eran el obligado
destino de la mayor parte de los ingresos aduaneros.
Eran tiempos de paz y ello alentaba el trabajo, la inversión y la llegada de inmigrantes
que ayudaban a resolver uno de los grandes costos de la guerra: la falta de mano de
obra.
Los exiliados políticos alentados por la disminución de la violencia y por algunas
declaraciones y actitudes contemporizadoras de don Juan Manuel se animaban a
regresar y pinchaban el distintivo punzó en sus pechos a cambio de reclamar, a veces
con éxito, la devolución de sus bienes y de sus propiedades.
Rosas tenía en aquel momento una preocupación y una obsesión:. el imperio del Brasil,
que siempre había demostrado su afán expansionista y por cuya hostilidad habíamos
perdido el Paraguay y el Uruguay.
Tampoco olvidaba su colaboración con los invasores, que fuera enfatizada por el
primer ministro británico Peel cuando confesó que “en 1844 el gobierno brasilero pidió
un esfuerzo por parte de Inglaetrra y de Francia para intervenir”.
Don Juan Manuel esperaba el momento oportuno para hacer valer los derechos
argentinos sobre los territorios perdidos, y no dudaría si fuese necesario en utilizar la
fuerza en contra del Brasil, sostenido en el apoyo de su pueblo que reaccionaba
vivamente cuando la soberanía nacional se veía afectada.
Los críticos de Rosas sostendrán que era su personalidad la que lo impulsaba a
sostener un estado de beligerancia permanente. También que la invención de enemigos
externos le permitía mantener el control de la situación interna, justificando las acciones
represivas.
Salvador María del Carril escribe con preocupación a Florencio Varela (ambos habían
hecho de su odio al Restaurador el “leit motif” de sus vidas) el 19 de diciembre de 1845:
“Rosas va a un objeto: la reconstrucción del virreynato del río de la Plata o la
inauguración de un imperio argentino”.
He aquí una diferencia sustancial entre federales y unitarios: los primeros tenderán a
defender el territorio y habrá en don Juan Manuel una imposible resignación a aceptar la
pérdida de la Banda Oriental, por ello el apoyo a su fiel Oribe, y del Paraguay, cuya
independencia jamás reconoció. Los unitarios, en cambio, urdirán incesantes
operaciones que no le hacen asco a la cesión de importantes territorios de nuestro país.
“Los males del Plata arrancan de la dislocación por manos foráneas del antiguo
virreinato. Su unión como la de los estados norteamericanos o su concentración en un
solo imperio como el Brasil, tal es el fin del Presidente Rosas”, editorializará con acierto
el “Courrier de L’Havre” a mediados de 1845.
Pero la Confederación tenía otro problema.: Urquiza, el jefe del Ejército de
Operaciones, la fuerza federal más poderosa y mejor pertrechada. El 15 de agosto de
1846 firma con Joaquín Madariaga, gobernador de Corrientes el “Tratado de Alcaraz”
que en lo formal se ocupaba de simples declaraciones de amistad, pero que en sus
cláusulas secretas se proponía la independencia de ambas provincias integrando la
“República de la Mesopotamia”, insistente proyecto de los enemigos de Rosas,
convencidos de que así lo debilitarían, y de las potencias extranjeras, que de esa manera
se asegurarían la libre navegabilidad de los ríos interiores para sus vapores sin
necesidad de intervenires militares. Se proponían también reconocer la independencia
del Paraguay y así asegurarse su apoyo para el caso de desencadenarse un conflicto con
Rosas.
Manuel Herrera y Obes, ministro de Relaciones Exteriores de Montevideo escribirá a
Andrés Lamas, representante uruguayo en el Brasil, el 29 de febrero de 1848:
“Si V. calcula que el Imperio se prestará a la planificación de nuestros proyectos,
recomiendo a V. mucho la insistencia en que el Paraná sea el límite de la República
Argentina, y que, para obtenerlo, asuma el Brasil la iniciativa del pensamiento en los
próximos arreglos. Urquiza, téngalo usted por cierto, acepta desde luego la proposición.
Este arreglo era la base del convenio de Alcaraz. Yo se lo garanto a usted.
Desgraciadamente la conducta de los interventores infundió creencias en Urquiza que
trajeron discordia entre él y los Madariaga”.
El acuerdo, claramente preanunciador de Caseros, fracasará porque luego de
“Tonelero” será evidente que la flota anglo-francesa no volverá a arriesgarse río arriba.
También porque trasciende la llegada de míster Thomas Hood para negociar el fin de las
hostilidades con Gran Bretaña.
El eficiente servicio secreto del Restaurador lo mantendrá al tanto de las
conspiraciones entre ambos gobernadores: “Nada recele de la intervención. Al contrario,
sus miras nos son favorables en cuanto al deseo de abrir nuestros canales al libre
comercio que Buenos Aires ha monopolizado por tantos años. Considere Ud. a qué
altura pueden llegar Entre Ríos y Corrientes gozando de esa franquicia en media docena
de años de paz y de unión” (Carta de J. Madariaga a J.J. de Urquiza, 16 de junio de
1846).
El “Tratado de Alcaraz” constituyó el primer síntoma serio de que el gobernador de
Entre Ríos abrigaba planes de mayor alcance en sus relaciones con Rosas, quien rechazó
el acuerdo en términos severos. Pero Urquiza no escarmienta y da un nuevo y más grave
paso: ha propuesto a los contendores uruguayos su mediación, reconociendo al gobierno
de Montevideo en flagrante oposición a la actitud de don Juan Manuel y ordenando, por
su cuenta, la suspensión de las hostilidades.
El entrerriano se había sentido despreciado por don Juan Manuel cuando éste no lo
eligió para conducir la defensa contra las escuadras invasoras y no desconocía que su
piso era firme: poseedor de una gran fortuna personal de oscuro origen, reconocido
como líder por el pueblo de su provincia, buen estratega militar, con una personalidad
gaucha que en mucho lo asemejaba al gobernador de Buenos Aires.
La mediación merece la más enérgica reprobación de Rosas quien en marzo de 1847
enrostra a Urquiza haber violado el “Pacto Federal” de º1830 por el que toda provincia
firmante se ha obligado a no concertar tratados con naciones extranjeras sin anuencia de
las otras. Al uruguayo Oribe, el principal perjudicado, el 5 de enero le escribe
denostando “los pasos indecorosos y la deshonrosa contramarcha de principios” del
entrerriano. En privado, Rosas califica de “ignominiosa” su conducta, según Antonino
Reyes.
Justo José de Urquiza provenía de una vieja familia de la costa oriental de la
provincia, donde desarrolló su actuación política y militar hasta alcanzar una influencia
dominante. Rival de Echagüe, la derrota de éste en “Caaguazú” le permitió reemplazarlo
y asumir el gobierno provincial, lo que no fue muy del agrado de Rosas que siempre
sospechó de su independencia de juicio.
Ante la vigorosa reacción de éste Urquiza comprende que no había llegado el tiempo
de un rompimiento abierto e invitó a Madariaga a modificar el Tratado sobre las bases
impuestas por Rosas. Las negociaciones se demoraron porque el correntino se siente
traicionado por su cómplice, ajeno a tejes y manejes politiqueros, y Rosas ordena
perentoriamente la invasión de Corrientes para terminar con Madariaga, poniendo a
Urquiza en una encrucijada.
Se produce entonces la curiosa situación de que quienes van a enfrentarse se envían
comunicaciones de manifiesta cordialidad. “La amistad particular que le profeso no
sufrirá jamás la menor alteración por más extremas que sean las medidas a que la
política me impulse” , escribirá Urquiza y el gobernador correntino lo disculpará por su
seguro triunfo, ya que obrará “arrastrado por un fatal deber”.
Finalmente los antiguos aliados se enfrentan el 27 de noviembre de 1847 en Vences,
siendo arrollados los Madariaga por los 7.000 hombres del entrerriano apoyados por una
excelente artillería. Tanta cordialidad previa no evitará la crueldad contra los vencidos,
siendo fusilados los coroneles Paz y Saavedra, los teniente coroneles Montenegro y
Castor de León, además de numerosos soldados, como si Urquiza hubiese querido dar
sangrientas pruebas de su lealtad al Restaurador.
Vale recordar en esta batalla a una de las bajas, el mayor Gregorio Haedo, correntino
descendiente de esclavos, quien arengaría a las tropas al morir el comandante de su
unidad: “¡Soldados! ¡La desgracia de nuestro jefe nos ofrece la oportunidad de
demostrar que la vergüenza no está en el color de la piel!”
Benjamín Virasoro, correntino urquicista, tomó el gobierno de la provincia con
ampulosas declaraciones a favor de la Confederación y de Rosas. Urquiza había logrado
el total dominio político, económico y militartotal de la Mesopotamia y sabía que en el
futuro ya no tendría que agachar nuevamente la cabeza.
Capítulo 102
El milagro de la casa de Brandemburgo
Valentín Alsina, al que la Capital Federal honra con dos avenidas y un monumento, ha
preparado un plan de guerra “contra Rosas” que manda el 18 de noviembre de 1850 al
representante uruguayo en Brasil, Andrés Lamas, para someterlo al gobierno brasileño:
“Rosas es vulnerable por el Brasil en muchos puntos y formas, si quiere éste
aprovechar su gran preponderancia marítima. Uno de los modos es causar al enemigo la
vergüenza y el daño de ocupar uno de sus territorios, Bahía Blanca, ocupación fácil
habiendo secreto, celeridad y un buen práctico o piloto lo que abriría la posibilidad a
emigrantes de ir a operar por el sud”.
A pesar de la ayuda de argentinos tan confundidos, la situación del Brasil es muy
comprometida. Sin Francia era imposible su triunfo y dicha alianza había fracasado.
Hasta en Europa se percibe esa debilidad: el rey Francisco José de Austria manda decir
a su primo Pedro II de Brasil, a través de su canciller el príncipe de Schwarzenberg, que
debe hacer lo imposible para evitar la guerra. Ha hecho un estudio de las condiciones
militares de Brasil y la Confederación, y según la “opinión de oficiales de la marina
francesa informados “in locum” la balanza se inclinaría a favor de Rosas”.
Para colmo de males una epidemia de fiebre amarilla se desencadena causando gran
mortandad y hasta el emperador debe refugiarse en Petrópolis. Lamas se desespera por
las malas noticias y escribe a su cancillería solicitando su retiro , porque “de Brasil no
hay que esperar nada” (3 de febrero de 1851).
Pero, como acertadamente lo señala José M. Rosa, se producirá lo inesperado. Cuenta
la historia de Prusia que Federico II estaba vencido al final de la guerra de los Siete
Años, su ejército extenuado, la proporción con el enemigo muy desfavorable y la
posición estratégica comprometida.
Inglaterra, su aliada, le aconsejaba capitular y sus generales no veían la posibilidad de
segur adelante.
- ¿No habría un medio de vencer?- preguntó Federico II.
- Solamente un milagro, majestad – fue la respuesta de
sus colaboradores.
- Bien, esperemos el milagro de la casa de Brandeburgo.
Esa misma noche llegó a su campamento de Bukelwitz un emisario del zarevitch de
Rusia con el asombroso regalo del plan de batalla del ejército ruso. Torpe de
inteligencia y admirador fanático de Federico II le hacía llegar los documentos secretos
de su estado mayor.
El monarca prusiano, exultante, llamó a sus generales:
-¡He aquí el milagro de la casa de Brandemburgo! –proclamó blandiendo los planos en
su mano.
Ganó la batalla perdida y los rusos, desalentados por la traición de su jefe, dieron la
guerra por perdida.
A Pedro II de Brasil lo favorecería un milagro semejante. Cuando todo estaba perdido,
cuando su imperio se resquebrajaba y un porvenir de repúblicas federales, igualdad
humana y democracia iba a extenderse por América del Sud, llegaría el 21 de febrero de
1851, en el buque brasileño “Paquete do Sul” procedente de Montevideo, una carta
confidencial del ministro Pontes informando que “a altas horas de la noche” había
recibido la visita de un agente del jefe del “Ejército de Operaciones” argentino, general
Urquiza, con proposiciones de pasarse a la causa del Brasil.
Aunque el hecho asombró al brasileño,“¡O general dos exércitos da Confederação
Argentina!” se admirará en su carta, lo informó a su monarca preguntándose: “¿Pero
obrará de buena fe?”.
Pedro II podría entonces responder al austríaco Schwarzenberg que con el inaudito
pase del jefe del ejército enemigo la guerra estaba ganada: “El fuego ha tomado a la
casa de nuestro vecino, cuando soñaba prenderlo a la nuestra. Se encontrará embarazado
como no lo esperábamos” (Soares de Souza).
El zarevitch que entregó los planos para derrotar su propia patria fue despojado del
trono por el ejército y estrangulado en la fortaleza de Rocha a pesar de su retraso
mental. Su memoria quedó proscripta de la historia de Rusia.
El general argentino sería más afortunado porque todo se le perdonaría a quien
derrocase al Restaurador, y la historia oficial se empeñaría en la versión del “apoyo” de
algún regimiento brasilero y ocultará que la deserción de Urquiza y del más poderoso
ejército argentino a su mando se producirá a favor de un país que ya estaba en guerra,
con las relaciones rotas, con su propia patria. ¿Todo se justificaba con tal de defenestrar
a don Juan Manuel? ¿También la cesión de nuestras ricas Misiones Orientales, el precio
de la participación brasilera?
Los historiadores revisionistas, simpatizantes de Rosas, rebatirán los argumentos de
sus colegas liberales que sostendrán el argumento del deseo de Urquiza de quitar del
medio a quien se oponía a dar la anhelada constitución a la Argentina. En cambio
argumentarán que se trató de una traición provocada por razones crematísticas: durante
el bloqueo francés la plaza de Montevideo era aprovisionada clandestinamente por los
saladeros entrerrianos de Urquiza. Pese a la prohibición de comerciar con Montevideo,
el gobernador Crespo, títere del jefe del “Ejército de Vanguardia” permitía que los
buques de cabotaje trajesen productos europeos y llevasen en retorno carne argentina.
No tenían escrúpulos, él y don Justo José en usufructuar “los canales de plata” que se
les ofrecían para enriquecerse haciendo la vista gorda a las exigencias legales porque,
como confesase Crespo en su intercambio epistolar con Urquiza, era preferible “ser
medio vivo a medio zonzo”.
En junio de 1848,levantado el bloqueo francés al litoral argentino, se renueva el rosista
a Montevideo, manteniéndose la prohibición de introducir mercaderías en buques que
hubiesen tocado la Banda Oriental. El tráfico de Urquiza continuó, ahora burlando las
leyes de aduana porteñas, porque las mercaderías europeas que compraba en
Montevideo y traía a Buenos Aires no pagaban derechos en ésta por ser transportadas en
buques nacionales.
Nadie podía embarcar ni faenar sin autorización del gobernador. El negocio de
exportar carne a Montevideo era exclusivo de los saladeros o las estancias de Urquiza,
quien acabó por hacerse dueño de casi todo el comercio que pasaba por la provincia y el
beneficio de ese tráfico irregular era tan elevado que alcanzaba para beneficiar las
finanzas entrerrianas, incidía en el bienestar económico de los habitantes y acrecentaba
la ya inmensa fortuna particular del gobernador, primer productor, comerciante y
transportista de la provincia. Todo ello en perjuicio de la economía y de la estrategia de
la Confederación Argentina.
Si Rosas no podía impedir que Entre Ríos comerciase con Montevideo, podía en cambio
defenderse prohibiendo que los productos introducidos por Entre Ríos llegasen a
Buenos Aires. Lo hizo por dos medios: no permitió en los puertos porteños el embarque
o desembarque de mercaderías ultramarinas en buques de cabotaje, e impidió la
exportación de oro al interior.
Esto provocó la irritación de Urquiza, que fue tan pública que despertó en los unitarios
y en Brasil la esperanza de contarlo como aliado. Ni lerdos ni perezosos le hicieron
llegar un mensaje a través del representante comercial del entrerriano en la Banda
Oriental, el catalán Cuyás: “En caso de una guerra ¿podría contar Brasil con la
abstención del ejército de Operaciones?”.
El 20 de abril de 1850 su futuro aliado redacta la respuesta imbuída del esperable tono
patriótico en quien es el jefe del principal ejército argentino:
“¿Cómo cree, pues, Brasil, cómo ha imaginado por un momento que permanecería frío
e impasible de esa contienda en que se juega nada menos que la suerte de nuestra
nacionalidad o de sus más sagradas prerrogativas sin traicionar a mi patria, sin romper
los indisolubles vínculos que a ella me unen, y sin borrar con esa ignominiosa marcha
todos mis antecedentes? (...) Debe el Brasil estar cierto que el general Urquiza con 14 o
16.000 entrerrianos y correntinos que tiene a sus órdenes sabrá, en el caso que ha
indicado, lidiar en los campos de batalla por los derechos de la patria y sacrificar, si
necesario fuera, su persona, sus intereses, fama y cuanto posee”.
Como si no fuera suficiente hará publicar su respuesta el 6 de junio en “El Federal
Entrerriano” agregando un elocuente editorial:
“Sepa el mundo todo que cuando un poder extraño nos provoque, ésa será la
circunstancia indefectible en que se verá al inmortal general Urquiza al lado de su
honorable compañero el gran Rosas, ser el primero que con su noble espada vengue a la
América”.
Capítulo 103
Que ahorquen al loco
El 15 de julio de 1850 se representa en el “Teatro Argentino” de Buenos Aires el
drama “Juan sin Pena” de J. de la Rosa González, subtitulado oportunamente “El fin de
todo traidor”. Ya han llegado las noticias del acuerdo de Urquiza con el Imperio y los
ánimos están caldeados.
Los concurrentes aplauden al héroe, el comunero Juan de Padilla, que defiende la
confederación de comunidades castellanas contra un emperador, Carlos V, y silba
estruendosamente cuando aparece el traidor Juan de Ulloa, caracterizado
intencionalmente por el actor Jiménez con el aspecto de Urquiza.
-¡Que lo ahorquen al loco! ¡Que lo ahorquen al loco!- grita el público y algunos
desaforados trepan al escenario y llegan a pasarle una cuerda por el cuello al actor, que
a duras penas logrará mostrar la divisa federal que lleva bajo su disfraz mientras implora
que él es Jiménez y no Urquiza.
Capítulo 104
La traición de Urquiza
Las negociaciones con el enemigo brasilero ya han comenzado y llegarán a buen
puerto. Sus defensores, entre ellos nuestra historia oficial, argumentarán que el
entrerriano hará lo que hizo para defenestrar al tirano y que ello justificaba cualquier
pacto con el diablo. Sin embargo uno de sus secretarios privados, Nicanor Molinas, lo
explicará años después y sin ánimo de crítica, por móviles económicos: “Al
pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”.
El brasileño Duarte da Ponte Ribeiro, delegado ante la Confederación, escribe en el
mismo sentido a su primer Ministro Paulino el 23 de octubre de 1850: “(Rosas) no
permitió que a Entre Ríos vayan buques extranjeros ni que de ahí salgan para ultramar;
Urquiza no solamente es el gobernador sino también el primer negociante de su
provincia y las negativas de Rosas lo perjudicaban enormemente como negociante”.
Nuevamente se plantea aquí una cuestión semejante a la de las exigencias fácilmente
atendibles de Francia que al ser denegadas provocaron la intervención de su armada
conjuntamente con los auxiliares unitarios. ¿Por qué Rosas no hizo la vista gorda a los
negocios de don Justo José y de esa manera no se ganaba un enemigo tan temible e
impedía su reacción que desembocó en la derrota de Caseros?.
El entrerriano no ahorró mensajes de advertencia. El periódico adepto “La
Regeneración” expresaría su disgusto por no haberse “suprimido la declaración que el
capitán de puerto toma a todos los patrones de buques que van de esta provincia como si
fuera considerada enemiga de los principios de la causa nacional”.
Además del carácter obstinado del Restaurador y de su orgullo rayano en lo patológico
que no le permitía concesiones a lo que él consideraba correcto, que en su infancia lo
había llevado a renunciar al apellido paterno y a toda herencia que pudiese
corresponderle, obstinación y orgullo que además eran parte de la idiosincrasia gaucha
alejada del pragmatismo de los “decentes” y que don Juan Manuel había incorporado
como propia, también jugó en él la convicción de que la traición de Urquiza era ya
inevitable pues el premio que se le ofrecía era muy grande, tan grande como la ambición
del entrerriano: remplazarlo en el gobierno en la seguridad de que su alianza militar con
el Imperio y con Montevideo, a la que se sumaría Paraguay, sumada a la segura
defección de oficiales federales y a la pérdida de su mejor ejército, hacían de la derrota
de don Juan Manuel un mero trámite.
El objeto aparente del Tratado que firmaron los aliados era “mantener la
independencia y pacificar el territorio oriental haciendo salir al general Manuel Oribe y
las fuerzas argentinas que manda”, pero el verdadero era hacer la guerra a la
Confederación: “Si por causa de esta misma alianza, el gobierno de Buenos Aires
declarase la guerra a los aliados , individual o colectivamente, la alianza actual se
tornaría en alianza común contra dicho gobierno”.
Brasil, siguiendo su política de expansión territorial, legalizaba en el artículo 17º su
posesión de hecho de las Misiones Orientales, aceptando los demás firmantes sus
“derechos adquiridos”. La línea fronteriza correría (hasta hoy) por el Cuareim,
prolongándose hasta el Yaguarón, para seguir después por la laguna Mirim y el Chuy.
Sería también derecho del Imperio la navegación del Yaguarón y la Mirim. Habría más:
se otorgaba en las desembocaduras del Tacuarí y el Cebollatí sendas porciones de
medias leguas cuadradas para construir fortalezas avanzadas.
La navegación fluvial se declaraba “libre” (art. 18).
El Tratado no tendría vigencia hasta que se efectuase el público pronunciamiento de
Urquiza, cláusula que el representante brasilero Ponte hizo incluir en los artículos 2º y
3º.
Inesperadamente Pedro II se niega a firmar junto a Urquiza la alianza tan
laboriosamente conseguida. “No quiso mezclar la púrpura imperial”, explicará “O
Monarchista” del 12 de junio de 1850, “en un asunto tan turbio”.
El 17 de junio Paulino indica a Pontes que debe redactarse una nueva versión del
tratado sin los artículos 2º y 3º para que no sea tan evidente “que Urquiza obró por
instigación nuestra y que su declaración fue una condición que le impusimos. Aunque
así sea, que no aparezca en el tratado(...) V.E. hizo muy bien en poner eso en el
proyecto para asegurarse, pero hecho el edificio se tiran los andamios”.
El pronunciamiento de Urquiza en contra del gobierno de Rosas se produjo en un acto
solemne cumplido el 1º de mayo en la plaza general Ramírez de Concepción de
Uruguay, leyéndose dos decretos: por el uno asumía Urquiza el manejo de las relaciones
exteriores de Entre Ríos, por el otro cambiaba la consigna “mueran los salvajes
unitarios” por “mueran los enemigos de la organización nacional”.
En los fogones de la pampa bonaerense se cantaría:
“¡Al arma, argentinos, cartucho al cañón!
Que el Brasil regenta
la negra traición.
Por la callejuela,
Por el callejón, que a Urquiza compraron
por un patacón.
¡El sable a la mano
al brazo el fusil,
sangre quiere Urquiza,
balas el Brasil”.
Capítulo 105
La lealtad a toda prueba
Los vítores rompen la calma del campamento militar de Santos Lugares. Son las
vísperas de Caseros. Quinientos soldados, gauchos en su mayoría, que han servido
fielmente a Rosas durante más de quince años en las campañas contra los indios, en la
represión de la revolución del sur, en las luchas contra Lavalle y en el asedio de
Montevideo, regresan vivando a don Juan Manuel.
Se trata de la fuerza veterana de Oribe que, como consecuencia de la capitulación de
su jefe, pasaron por la fuerza a formar parte del ejército de Urquiza. El coronel unitario
Pedro León Aquino, compañero y amigo de Sarmiento y Mitre, es nombrado a su
mando.
Al llegar a la provincia de Santa Fe, en el avance hacia Buenos Aires, se rebela la
tropa y en la noche dan muerte a Aquino y a todos los oficiales unitarios.
De ahí que los leales rosistas sean recibidos por sus pares en Santos Lugares con delirio
y admiración. Ropas gastadas, rostros envejecidos y cuerpos heridos y mutilados son
pruebas testimoniales de la lealtad de quienes hace una década que no ven a sus familias
pero que están dispuestos a batirse otra vez a las órdenes de quien idolatran.
Antonino Reyes, secretario de Rosas, les sugiere acampar y descansar hasta el día
siguiente, pero insisten en ver al Caudillo para ponerse a sus órdenes y aguardan
contestación sin desmontar, afirmados en el cabo de sus lanzas.
Rosas , que ha debido abandonar una reunión con su Estado Mayor, entrará al galope
por el centro de esa formación y aquellos hombres curtidos por la pelea y por la
añoranza lo rodean vivándolo y se le acercan respetuosamente a besar sus manos y a
abrazarlo.
De ellos opinó Sarmiento: “Estos soldados y oficiales carecieron diez años de abrigo,
de techo y nunca murmuraron. Comieron sólo carne asada en escaso fuego y nunca
murmuraron. Tenían por él, por Rosas, una afección profunda, una veneración que
disimulaban apenas... ¿Qué era Rosas, pues, para estos hombres? ¿O son hombres esos
seres?”.
Los vencedores de Caseros se ensañarán cruelmente con los que llamaban “la división
de Aquino” y los sobrevivientes que no pudieron escapar fueron colgados de los árboles
de Palermo, ofreciendo un espectáculo macabro y hediondo que horrorizó a Honorio, el
negociador del Imperio brasilero cuando el 9 de febrero concurre a visitar al general
vencedor. “A la vista de tales hechos”, escribirá a su gobierno, “sólo hablé para
cumplimentar al general Urquiza y felicitarlo por la victoria de las fuerzas aliadas”.
Recién al día siguiente, repuesto de su desagradable impresión, volverá para exigir el
cumplimiento de lo acordado.
Capítulo 106
El capítulo final
“La provincia de Entre Ríos, que ha trabajado tanto, a la par de sus hermanas, las del
interior y del litoral, por el restablecimiento de la paz, en la dulce esperanza de ver en
ella constituida a la República, se ha desengañado al fin, y convencida plenamente que
lejos de ser necesaria la persona de Don Juan Manuel de Rosas a la Confederación
Argentina, es él por el contrario, el único obstáculo a su tranquilidad.”
Rosas había insinuado que no aceptaría otra reelección cuando terminara su período en
marzo de 1850. Durante el año 1849 lo reiteró varias veces y cuando llegó diciembre lo
anunció una vez más.
Como en 1832 y 1835 puede presumirse que Rosas procuraba mejorar su situación
política antes de emprender una guerra que lo convertiría en árbitro de Sud América. Da
respaldo a esta presunción el proyecto entonces presentado en la Legislatura porteña de
ser consagrado Jefe Supremo de la Confederación, con plenos poderes nacionales, con
lo que don Juan Manuel dejaba de ser el Gobernador de Buenos Aires y Encargado de
las Relaciones Exteriores para convertirse en Jefe del Estado argentino.
Once provincias adhirieron al proyecto. Entre Ríos y Corrientes se abstuvieron y el 1º
de mayo de 1851 Urquiza aceptó la renuncia presentada por Rosas, separó a Entre Ríos
de la Confederación y la declaró en aptitud de entenderse con todos las potencias hasta
que las provincias reunidas en asamblea determinaran el futuro gobernante. Su satélite
Corrientes imitó esta actitud.
El objetivo manifiesto recogía una extendida demanda de muchos de sus
connacionales, especialmente de los sectores de mejor posición económica y social,
inclusive estancieros beneficiados durante el gobierno rosista pero que miraban ya hacia
nuevos horizontes, fatigados ya de tantos años de llevar prendida en su solapa la divisa
punzó.
Meses más tarde, Urquiza confirmaría a Sarmiento, su pensamiento íntimo: “La base
de la Revolución que he promovido, sus tendencias, toda mi aspiración, y por lo que
estoy dispuesto a sacrificarme, son hacer cumplir lo mismo que se sancionó el 1 de
enero de 1831, esto es que se reúna el Congreso General Federalista, que dé la carta
Constitucional sobre la base que dicho Tratado establece”.
Los enemigos de don Juan Manuel, luego del sostenido fracaso en derrocarlo de
intelectuales, potencias extranjeras y probados jejes de nuestra independencia, sentían
sus corazones latir con esperanza pues había llegado el momento en que quien
confrontaría con el invicto dictador era alguien de su misma hechura: un recio caudillo
federal, de gran carisma entre la chusma y con mayor talento y experiencia en el campo
de batalla. A sus fuerzas se incorporarían un revoltoso boletinero, Domingo Sarmiento,
y un joven artillero y promisorio poeta, Bartolomé Mitre.
En la Banda Oriental acampaba el segundo mejor ejército de Rosas, quien se había
ocupado de suministrarle el mejor armamento posible para sus cinco mil aguerridos
soldados, veteranos de muchas campañas. Contaba también con una excelente caballada
y varias piezas de artillería de buen poder de fuego dejadas atrás por ingleses y
franceses. Pero a pesar de sus virtudes no tenía envergadura suficiente para resistir una
acometida de las tropas al mando de Urquiza. Mucho menos si a éstas se le sumaban las
de su nuevo aliado, el Imperio del Brasil.
El entrerriano invade el Uruguay el 18 de julio de 1851. El 4 de septiembre lo imita un
ejército brasileño de dieciséis mil hombres a cuyo frente va el militar más prestigioso de
su país, el marqués de Caxias. Además con una fuerte suma en la faltriquera para
sobornar políticos uruguayos y jefes del ejército de Oribe.
Esto, sumado a una inteligente política de “ni vencedores ni vencidos” prometiendo el
perdón y la reincorporación a la “fuerzas vencedoras” provocó una importante deserción
de oficiales y soldados federales.
Oribe, quien sostuvo una secreta y prolongada entrevista con Urquiza, no ofreció
resistencia capitulando el 8 de octubre de 1851, “desacreditado pero no deshonrado”
como él mismo escribirá, sobre la base de una amnistía política y de la independencia
del Uruguay. Después de tantos años de una recíproca lealtad que había sobrellevado
tantas contingencias extremas, traicionaba a Rosas, para muchos sospechosamente, al
aceptar la derrota sin presentar batalla y sin consultar al Restaurador. No sería la única
traición.
Su hocicada debilitó aún mas la ya comprometida posición del Restaurador puesto
perdía el otro de sus dos ejércitos con el irreponible parque de armas y municiones
valoradas en un millón y medio de pesos, que así cayeron en poder del enemigo que
además incorporó por la fuerza a los cinco mil veteranos de la 1ª División Argentina.
La etapa siguiente de la campaña aliada era el ataque a Buenos Aires. El tratado del 21
de noviembre de 1851, entre Brasil, Uruguay y los “estados de Entre Ríos y Corrientes”,
estableció que el aporte humano correría por cuenta de las provincias del Litoral. Brasil
facilitaría los abultados 100.000 patacones mensuales exigidos por Urquiza para
afrontar “gastos bélicos”; también 2.000 espadas de guerra y todas las municiones y
armas de guerra que fuesen necesarias; además una división de infantería, un regimiento
de caballería, dos baterías de artillería de seis cañones cada una, los que sumarían 4.000
hombres bajo el mando del prestigioso general Manuel Márquez de Souza; en cuanto al
apoyo fluvial, en lo que la Confederación rosista era muy débil, la escuadra imperial
ocuparía el Paraná y el Uruguay facilitando los desplazamientos del bien llamado
“ejército grande” y obstruyendo los del enemigo; por fin, otro ejército de 12.000
soldados brasileros, llamado “de reserva”, se desplegaría en las costas del río de la Plata
y del Uruguay para traspasarlos en cuanto fuese necesario.
Los 100.000 pesos fuertes exigidas por el jefe entrerriano le parecen al marqués de
Caxias una contribución excesiva porque no ignora que el abastecimiento de carne
proviene de los propias haciendas de Urquiza y porque, como es costumbre, la provisión
de otros insumos y de animales se hace por confiscación forzosa en los establecimientos
privados de la zona. Le cuesta confiar en quien ya ha traicionado, pero sabe que su
persona y sus fuerzas son indispensables para lograr la caída de un vecino tan
incómodo. Entonces el 20 de diciembre escribirá con realismo a su gobierno
aconsejando una respuesta positiva: “Cualquier negativa nuestra lo irritaría siendo,
como V.E. sabe, alguien a quien poco falta para mudar de opinión de la noche a la
mañana (...) No le sería difícil arreglarse con Rosas y volverse contra nosotros”.
También influía la recompensa, acordada y firmada con sus socios beligerantes, de la
incorporación de las riquísimas Misiones Orientales, de elevada significación
estratégica por su ubicación geográfica que se irradiaba hacia Brasil, Paraguay,
Argentina y .sobre todo, Uruguay.
La guerra será declarada formalmente: “Los estados aliados declaran solemnemente
que no pretenden hacer la guerra a la Confederación Argentina(...) El objeto único a que
los Estados Aliados se dirigen es liberar al Pueblo Argentino de la opresión que sufre
bajo la dominación tiránica del Gobernador Don Juan Manuel de Rosas”.
Desactivado Oribe, el ejército de Urquiza se embarca en Montevideo hacia fines de
octubre de 1851 en tres barcos brasileños que lo transportan a Entre Ríos. Desde allí
comenzará su marcha sobre Buenos Aires cruzando el Paraná sin hallar oposición
debido a que el general Pascual Echagüe, gobernador de Santa Fe, recibe orden de
retroceder hasta juntarse con Rosas en Santos Lugares, en las afueras de Buenos Aires,
donde se concentrarán las pocas fuerzas disponibles para la defensa. Es que el
imponente ejército imperial que acecha del otro lado del río amenaza con invadir la
ciudad en cuanto se la desguarnezca.
En su marcha por la campiña bonaerense Urquiza no encuentra las esperadas
adhesiones a pesar de que en muchos hay un deseo de paz que les permita atender sus
asuntos privados, descuidados durante mucho tiempo por causa de las guerras sucesivas.
También se teme que en caso de triunfar el Restaurador la guerra se prolongaría “ad
infinitum” pues, una vez vencido Urquiza, era evidente que no se tardaría en ir a la
guerra con Paraguay y con el Brasil.
Pero a los habitantes de las pampas les resultaba inadmisible la alianza con el enemigo
brasilero y resistieron pasivamente a los “libertadores”, como dieron en llamarse a sí
mismos, negándoles información, contactos y provisiones, y manteniéndose fieles al
gobernador de Buenos Aires. Según el general César Díaz, comandante de las fuerzas
uruguayas, “evitaban nuestro contacto como si les fuera odioso, las casas de campo
estaban abandonadas y sus moradores se habían retirado huyendo de nosotros como de
una irrupción de vándalos”. Agregará en sus “Memorias”: “El espíritu de los habitantes
de la campaña de Buenos Aires era completamente favorable a Rosas”.
Hasta Urquiza estaba asombrado y preocupado al ver “que el país tan maltratado por
la tiranía de ese bárbaro se haya reunido en masa para sostenerlo”. Díaz anotará una
sorprendente confesión del jefe entrerriano: “Si no hubiera sido el interés que tengo en
promover la organización de la República, yo hubiera debido conservarme aliado a
Rosas porque estoy persuadido de que es un hombre muy popular en este país”.
Las mejores unidades que le quedaban a Rosas eran la artillería y el regimiento de
reserva cuyo comando, en un gesto de hidalga confianza , ofreció a dos oficiales
unitarios que habían regresado a Buenos Aires para luchar de su lado y en contra de los
invasores extranjeros;: Mariano Chilavert ,uno de los jefes de artillería de Lavalle en la
campaña de 1840, y Pedro José Díaz, capturado en “Quebracho Herrado” y bajo palabra
desde entonces. Ambos aceptaron y, en la última batalla, lucharon vigorosamente por
Rosas.
Nombró a Angel Pacheco comandante de la vanguardia y luego comandante en jefe
del centro y norte de Buenos Aires. Pero todo evidencia que, sobornado o realistamente
convencido de la inutilidad de resistir, no tomó iniciativa contra el enemigo ni permitió
que lo hicieran sus subordinados. Ante el disgustado reclamo de don Juan Manuel
ofreció su renuncia, que no fue aceptada .Pero el 30 de enero ese jefe militar a quien el
Restaurador había permitido enriquecerse hasta lo inimaginable haciendo del verbo
“pachequear” un sinónimo de cuatrerear, dejó su puesto sin consultarlo y se marchó a su
estancia “El Talar de López” sobre el río “las Conchas”. Allí presentó nuevamente su
renuncia y mientras se estaba librando la batalla final para el régimen, el general
Pacheco, en quien Rosas había depositado su confianza a lo largo de muchos años, y su
fuerza de caballería de quinientos hombres descansaban en su estancia.
Para colmo de males también perdió el aporte del héroe de Obligado, general
Mansilla, quien cayó misteriosamente enfermo el 26 de diciembre luego de advertirle a
su cuñado que no lo consideraba con capacidad militar para conducir un ejército de
20.000 hombres.
Capítulo 107
Los siete platos de arroz con leche
Urquiza y los brasileros avanzan inconteniblemente sobre Buenos Aires. Rosas parece
resignado. Pocas semanas antes de la batalla final pierde varias horas con su sobrino de
catorce años.
Lucio V. Mansilla, hijo del héroe de Obligado y futuro gran escritor, regresa de
Europa en diciembre de 1851 y al día siguiente va a caballo hasta Palermo para visitar a
su tío. Basándose en dicha anécdota escribirá uno de sus mejores cuentos que aquí
sintetizaremos:
“(...)Llegar, verme Manuelita y abrazarme, fué todo uno”. Pide ver a su tío. Su prima
sale para volver al rato. «Ahora te recibirá».
Luego de una larga espera:
“Así que mi tío entró yo hice lo que habría hecho en mi primera edad: crucé los brazos
y le dije, empleando la fórmula patriarcal, la misma, mismísima que empleaba con mi
padre hasta que pasó a mejor vida:
“-La bendición, mi tío.
“Y él me contestó:
“-¡Dios lo haga bueno, sobrino!
“(...)Hubo un momento de pausa, que él interrumpió, diciéndome:
“-Sobrino, estoy muy contento de usted...
“Es de advertir que era buen signo que Rozas tratara de usted; porque cuando de tú
trataba quería decir que no estaba contento de su interlocutor, o por alguna circunstancia
del momento fingía no estarlo.
“-Sí, pues -agregó-, estoy muy contento de usted porque me han dicho -y yo había
llegado recién el día antes. ¡Qué buena no sería su policía! -que usted no ha vuelto
“agringado”.
“Yo había vuelto vestido a la francesa, eso sí, pero potro americano hasta la médula de
los huesos todavía, y echando unos ternos que era cosa de taparse las orejas.
“-¿Y cuánto tiempo ha estado usted ausente? - agregó él. Lo sabía perfectamente.
Había estado resentido; no, mejor es la palabra «enojado», porque diz que me habían
mandado a viajar sin consultarlo. Comedia.
El niño había querido despedirse pero el Restaurador no había encontrado la
oportunidad para recibirlo.
“Sí, el hombre se había enojado; porque, algunos días después, con motivo de un
empeño o consulta que tuvo que hacerle mi madre, él le arguyó:
“-Y yo, ¿qué tengo que hacer con eso? ¿Para qué me meten a mí en sus cosas? ¿No lo
han mandado al muchacho a viajar, sin decirme nada?
“A lo cual mi madre observó:
“-Pero, tatita (era la hermana menor y lo trataba así), si ha venido veinte días seguidos
a pedirte la bendición, y no lo has recibido - replicando él:
“-Hubiera venido veintiuno.
“Lo repito: él sabía perfectamente que iban a hacer dos años que yo me había
marchado, porque su memoria era excelente. Pero, entre sus muchas manías, tenía la de
hacerse el zonzo y la de querer hacer zonzos a los demás. El miedo, la adulación, la
ignorancia, el cansancio, la costumbre, todo conspiraba en favor suyo, y él en contra de
sí mismo.
“(...)Me miró y me dijo:
“-¿Has visto mi Mensaje?
“-¿Su Mensaje? -dije yo para mis adentros ¿Y qué será esto? No puedo decir que no,
ni puedo decir que sí, ni puedo decir qué es. . . - y me quedé suspenso.
“(...)-¡Pero, mi tío, si recién he llegado ayer!
“-¡Ah!, es cierto; pues no has leído una cosa muy interesante; ahora vas a ver - y esto
diciendo, se levantó, salió y me dejó solo.
“(...)Volvió el hombre que, en vísperas de perder su poderío, así perdía el tiempo con
un muchacho insubstancial, trayendo en la mano un mamotreto enorme.
“Acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de las
dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie, y empezó a leer
desde la carátula, que rezaba así:
-“¡Viva la Confederación Argentina!¡Mueran los Salvajes Unitarios!.¡Muera el loco
traidor, Salvaje Unitario Urquiza!”.
“Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851, pronunciando la ce, la
zeta, la ve y be, todas las letras, con la afectación de un purista.
“(...)-Y aquí, ¿por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?
Por ese tenor iban las preguntas, cuando, interrumpiendo la lectura, preguntóme:
“-¿Tiene hambre?
“(...)-Sí - contesté resueltamente.
“-Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche
“El arroz con leche era famoso en Palermo, y aunque no lo hubiera sido, mi apetito lo
era; de modo que empecé a sentir esa sensación de agua en la boca, ante el prospecto
que se me presentaba de un platito que debía ser un platazo, según el estilo criollo y de
la casa.
“(...)La lectura siguió.
“Un momento después Manuelita misma se presentó con un enorme plato sopero de
arroz con leche, me lo puso por delante y se fué.
“Me lo comí de un sorbo. Me sirvieron otro, con preguntas y respuestas por el estilo
de las apuntadas, y otro, y otros, hasta que yo dije:
“-Ya, para mí, es suficiente.
“Me había hinchado; ya tenía la consabida cavidad solevantada y tirante como caja de
guerra templada; pero hubo más, siguieron los platos y yo comía maquinalmente,
obedecía a una fuerza superior a mi voluntad...
“La lectura continuaba.
“Si se busca el Mensaje ése, por algún lector incrédulo o curioso, se hallará en él el
período que comienza de esta manera: «El Brasil, en tan punzante situación». Aquí fuí
interrogado, preguntándoseme:
“-¿Y por qué habré puesto punzante?
“(...) Me expliqué. No aceptaron mi explicación. Y con una retórica gauchesca mi tío
me rectificó, demostrándome cómo el Brasil lo había estado picaneando, hasta que él
había perdido la paciencia, rehusándose a firmar un tratado que había hecho el general
Guido. . . Ya yo tenía la cabeza como un bombo; y lo otro tan duro, que no sé cómo
aguantaba.
Por fin Rosas lo despide.
“-Bueno, sobrino, vaya nomás y acabe de leer eso en su casa -agregando en voz más
alta: Manuelita, Lucio se va”.
“Manuelita se presentó, me miró con una cara que decía afectuosamente “Dios nos dé
paciencia” y me acompañó hasta el corredor, que quedaba del lado del palenque, donde
estaba mi caballo.
“Eran las tres de la mañana.
“En mi casa estaban inquietos, me habían mandado buscar con un ordenanza.
“Llegué sin saber cómo no reventé en el camino.
“Mis padres no se habían recogido.
“Mi madre me reprochó mi tardanza con ternura. Me excusé diciendo que había estado
ocupado con mi tío.
“Mi padre, que, mientras yo hablaba con mi madre, se paseaba meditabundo viendo el
mamotreto que tenía debajo del brazo, me dijo:
“-¿Qué libro es ése?
“-Es el Mensaje que me ha estado leyendo mi tío...
“-¿Leyéndotelo?. . . -Y esto diciendo, se encaró con mi madre y prorrumpió con
visible desesperación-: “¡No te digo que está loco tu hermano!”
“Mi madre se echó a llorar”.
Es claro que don Juan Manuel sabe que su suerte está echada, por eso no le preocupa
malgastar su tiempo Será imposible vencer a la unión de sus dos mejores ejércitos
sumados al brasilero, al paraguayo y al uruguayo. Además puede descontarse que su
ánimo ya no es el de antes, harto ya de guerrear, como le sucediera a Napoleón durante
la campaña de Italia: “Termino esta carta” – para su amada Josefina –“enviándote un
millón de besos. Nunca me he aburrido tanto como en esta maldita guerra”.
El relato de Lucio V. puede completarse con una anécdota que el autor de “causeries”
incluye en sus apasionantes “Memorias”. Ya con Rosas en el exilio, el general Mansilla
y su hijo, de paso hacia Francia, visitan a su pariente en Southampton.
Un día, mientras el general y Manuelita están de sobremesa, el joven Lucio V. va a
sentarse junto a Rosas. Ambos callan, observándose muy al disimulo.
“-¿En qué piensa, sobrino?
“-En nada, señor.
“-No, no es cierto; estaba pensando en algo.
“-No, señor. ¡Si no pensaba en nada!
“-Bueno, si no pensaba en nada cuando le hablé, ahora está pensando ya.
“-¡Si no pensaba en nada, mi tío!
“-Si adivino, ¿me va a decir la verdad?
“Me fascinaba esa mirada que leía en el fondo de mi conciencia, y maquinalmente,
porque habría querido seguir negando, contesté:
“-Sí.
“-Bueno -repuso él-, ¿a que estaba pensando en aquellos platitos de arroz con leche
que le hice comer en Palermo, pocos días antes de que el «loco» (el loco era Urquiza)
llegara a Buenos Aires?
“Y no me dió tiempo para contestarle, porque prosiguió:
“-¿A que cuando llegó a su casa a deshoras, su padre (e hizo con el pulgar y la mano
cerrada una indicación hacia el comedor) le dijo a Agustinita: ¿no te digo que tu
hermano está loco?
“No pude negar, queriendo; estaba bajo la influencia del magnetismo de la verdad y
contesté, sonriéndome:
“-Es cierto.
“Mi tío se echó a reír burlescamente.
Capítulo 108
Más animal que intelectual
Los dos ejércitos se encontraron el martes 3 de febrero de 1852 en Morón, a unos
treinta kilómetros al oeste de Buenos Aires.
El de Urquiza contaba con veinticuatro mil hombres experimentados, de los cuales tres
mil quinientos eran brasileños seleccionados, mil quinientos uruguayos y el resto
argentinos, reforzados con cincuenta piezas de artillería.
Las fuerzas de Rosas estaban constituidas por veintitrés mil hombres, la mayoría
bisoños, con cincuenta y seis piezas de artillería, la mayoría de calibre insuficiente y
poca pólvora y pocas balas pues el grueso del parque había sido destinado a sus
ejércitos principales al mando del entrerriano y de Oribe.
La batalla comenzó a las 7 de la mañana, con fuego de artillería de ambos lados.
Urquiza, mejor militar que Rosas, atacó primero el flanco izquierdo enemigo con su
caballería y dispersó a la federal. Luego desplegó su infantería y artillería contra el
flanco derecho de las tropas porteñas obligándolas a replegarse y a atrincherarse en la
casa de Caseros, de donde tomó su nombre la batalla. Allí la resistencia fue corajuda
pero desorganizada y de corta duración..
Finalmente las tropas rosistas huyeron en desorden, derrotadas por su falta de
disciplina, por su inferior armamento y por la inexperta conducción de Rosas.
Solamente la artillería de Chilavert y el regimiento de Díaz presentaron una tenaz y
heroica oposición, pero también ellos fueron superados. Hacia mediodía, la victoria de
los aliados era total y había insumido menos tiempo y menos empeño de lo imaginable,
tanto que las bajas en conjunto no sumaban más de doscientas.
El escritor francés Anatole France parecía referirse a Caseros cuando escribió: “El arte
de la guerra consiste en ordenar las tropas de manera que no puedan huir”. Nada de eso
pudo hacerse. Miles de soldados y no pocos de sus oficiales, con artillería, fusiles y
municiones, abastecimientos, animales y equipos, cayeron en manos de los victoriosos
aliados, quienes a las 3 de la tarde estaban ya en Santos Lugares que hasta pocas horas
antes había sido el cuartel general militar de un poderoso régimen.
Capítulo 109
Nunca hubo hombre tan traicionado
Los que habían luchado contra el “tirano sangriento” no tardaron en mostrar su hilacha
violenta: en los días siguientes a Caseros más de doscientas personas fueron fusiladas
por orden de Urquiza, incluyendo muchos civiles.
También fueron ajusticiados varios oficiales federales, algunos por su pasado
terrorista, otros con justificaciones menos obvias. El coronel Martín Santa Coloma, un
rosista de la línea dura, fue degollado y su cuerpo, según cundió el rumor, despedazado
por su secretario Seguí quien tenía una cuenta a cobrar por un asunto de faldas.
También Martiniano Chilavert, héroe de las luchas por la independencia, fue
asesinado.Enterarse de que su patria sería invadida por tropas brasileñas en alianza con
compatriotas al mando de Urquiza, hizo arder su sangre. Abandonó su exilio
montevideano y cruzó el río para ponerse a las órdenes del Restaurador, quien, sabiendo
de sus quilates de militar valiente y avezado, puso la artillería a su mando.
En batalla disparó hasta el último proyectil, haciendo blanco sobre el ejército imperial
que ocupaba el centro del dispositivo enemigo. Cuando ya no le quedaron balas hizo
cargar con piedras sus cañones.
Luego, derrotado el ejército de la Confederación, recostado displicentemente sobre uno
de los hirvientes cañones, pitando un cigarrillo, esperó a que vinieran a hacerlo
prisionero.
No se estaba rindiendo. Sólo aceptaba el resultado de la contienda.
-Si me toca, señor oficial, le levanto la tapa de los sesos-advirtió a un osado, mientras
le apuntaba con su pistola--. Lo que busco es un oficial superior a quien entregar mis
armas.
Enterado, Urquiza ordena que sea conducido a su presencia. Ante su ademán, sus
colaboradores se retiran dejándolos a solas.
Puede reconstruirse lo que entonces sucedió. El vencedor de Caseros habrá reprochado
a Chilavert su deserción del bando antirrosista. Don Martiniano le habrá respondido que
allí había un solo traidor: quien se había aliado al extranjero para atacar su patria.
Urquiza habrá considerado que no eran momentos y circunstancias para convencer a
ese hombre que lo miraba con desprecio de que todo recurso era válido para ahorrarle a
su patria la continuidad de una sangrienta tiranía. Pero algo más habrá dicho don
Martiniano. Quizás referido a la fortuna de don Justo, de la que tanto se murmuraba. El
entrerriano abre entonces la puerta con violencia, desencajado, y ordena que lo fusilen
de inmediato.
-Por la espalda- aullará. El castigo de los traidores. El sargento Modesto Rolón tuvo a
su cargo conducir al reo hasta donde habría de fusilársele. Relataría que Chilavert,
sereno, le pidió: "Está bien; permítame reconciliarme con Dios".
Luego de rezar unos minutos le anunció: "Estoy listo, señor oficial".Apenas tuvo tiempo
de encargar a su fiel asistente Aguilar que le entregara a su hijo Rafael su reloj de
bolsillo. A los soldados que formaban el pelotón les advierte que en su tirador
encontrarían tabaco y algún dinero.
El coronel se dispone a morir. Pero cuando un oficial, cumpliendo con las instrucciones
de Urquiza, intenta ponerlo de espaldas, recibe un puñetazo que lo arroja al piso.
Ofendido, altivo, golpeándose el pecho y echando atrás la cabeza, Chilavert grita a sus
verdugos: "¡Tirad aquí, que así mueren los hombres como yo!". El oficial, con su nariz
sangrante, secundado por varios subordinados, se abalanza sobre él para reducirlo. En el
tumulto suena un tiro que roza el rostro de Chilavert, y casi le hace perder el
conocimiento. Sin embargo, entre insultos, sigue gritando: "¡Al pecho, tirad al pecho!",
igual a aquel “¡Soldados, apuntad del corazón!” del mariscal Ney ante el pelotón de su
fusilamiento.
Finalmente fue ultimado a bayoneta, sable y culatazos. De frente.
También todos los sobrevivientes del regimiento de Aquino fueron ahorcados sin
juicio previo en los árboles de la quinta de Palermo, a la vista de don Justo José
mientras la gente aplaudía a medida que se cumplía con las bárbaras sentencias.
Urquiza, a quien el corresponsal de “The Times” en Buenos Aires describió como
“más animal que intelectual”, era en cierta forma tan gaucho como Rosas y se reconocía
federal, lo cual provocó no poca confusión entre los enemigos del Restaurador al
instalar su corte en Palermo, ordenar el uso del uniforme federal con los emblemas
punzó y gritar “¡mueran los salvajes unitarios!” causando el disgusto de Sarmiento que
no tardó en identificarlo como otro Rosas.
Quienes hasta entonces habían sido conspicuos rosistas como Tomás Anchorena,
Vicente López y Planes y otros se incorporaron al circulo de amistades de Urquiza.
También recuerda Benito Hortelano un episodio cuando se ha producido ya el
alzamiento de Urquiza. Relata un acto patriótico organizado en repudio del Imperio y
sus aliados: "Don Lorenzo y Enrique Torres, el doctor Gondra y otros muchos patriotas
federales pronunciaron discursos entusiásticos, pidiendo sangre, exterminio y
pulverización de las provincias de Entre Ríos y Corrientes, del Imperio del Brasil y de
todos los salvajes, inmundos, asquerosos unitarios. A la salida del teatro Manuelita
Rosas, hija del Jefe Supremo, que presidía todas las ovaciones a nombre de su padre,
fue conducida en su coche, quitados los caballos, tirando de él los patriotas federales.
Entre los que vi tirar del coche, recuerdo a Santiago Calzadilla, al hijo, al doctor Emilio
Agrelo (que más tarde sería el fiscal del juicio público contra el dictador), a don Rufino
de Elizalde (figura de conspicua actuación posterior), a don Rosendo Labardén; yo
también empujé de la rueda derecha al partir el carruaje. No recuerdo los nombres de
otros muchos federales que tiraron, porque no los conocía entonces y hoy son muy
unitarios".
Gore, el diplomático británico a quien le tocara presenciar el desmoronamiento del
edificio rosista, referira a lord Palmerston, primer ministro británico, ya producido
Caseros: "Los jefes en quienes Rosas confió se encuentran ahora al servicio de Urquiza.
Son las mismas personas a quienes a menudo escuché jurar devoción a la causa y
persona del General Rosas. Nunca hubo hombre tan traicionado” (9 de febrero de
1852).
Capítulo 110
Nación, territorio, estancia, pueblo
Al terminar su gobierno don Juan Manuel dejaba:
1) Un país con sentido de nación y de soberanía que hasta ha recibido su bautismo:
República Argentina.
2) Un territorio sin exacciones y que de allí en adelante sólo sufrirá pérdidas menores,
como la cesión de las “Misiones Orientales” por parte de Urquiza
3) Un proyecto económico que nos proyectará en el capitalismo y nos dará un lugar y
una función en la organización del mercado mundial: la estancia y su producción
agropecuaria
4) Una clase baja, la plebe, que ya ha experimentado su protagonismo social y que
nunca se resignará a perderlo, dando origen en el futuro a movimientos políticos y
sindicales de envergadura
Capítulo 111
Una revolución que no les pertenece
El marqués de Caxias, jefe de las tropas brasileñas en Caseros, informa al ministro de
guerra Souza e Mello:
"La 1° Dívisión, formando parte del Ejército aliado que marchó sobre Buenos Aires,
hizo prodigios de valor recuperando el honor de las arma brasileñas perdido el 27 de
febrero de 1827". Es decir en la batalla de Ituzaingó, victoriosa para las tropas
argentinas.
No es de extrañar entonces que, a pesar de que la derrota de Rosas fue el 3 de febrero,
el ingreso triunfal de las tropas de la alianza argentino-brasileña se haya producido
recién el 20. Sin duda se trató de una imposición de los brasileños que Urquiza acató.
El jefe argentino pareció arrepentirse e inconsultamente decide que el desfile será el
19 pero su par brasileño se mantiene firme: “A victoria desta campaha e urna vitoria de
Brasil, e a Divisáo Imperial entrará em Buenos Aires com todas as honras que lhe sao
devidas quer V. Excia ache conveniente ou nao".
Urquiza se niega a devolver las banderas de Ituzaingó que estaban en la Catedral e
intenta una última estratagema para evitar el desdoro ante sus compatriotas de desfilar al
frente de tropas extranjeros. Informa erróneamente la hora del desfile.
Inicia la marcha con un malhumor que sostendrá durante toda la ceremonia, montado
en un caballo con la marca de Rosas, al que Sarmiento califica de "magnífico". Para
consternación de los unitarios luce un ancho cintillo punzó en la solapa, reivindicándose
como federal. Ni siquiera irá al estrado de la Catedral donde era esperado por
autoridades, diplomáticos y notables, quizás para que la ceremonia terminase lo antes
pñosible, antes de que las tropas imperiales iniciaran su desfile triunfal.
Algunos días antes se había producido un hecho significativo: Honorio, el
representante del Emperador del Brasil, concurre a Palermo el día 9 para entrevistarse
con el vencedor de Caseros. Pero siente tanta repugnancia por los cadáveres que cuelgan
por doquier, pudriéndose entre el follaje de los árboles, que decide regresar al día
siguiente. Entonces se produce un áspero diálogo cuando el brasileño le recuerda las
concesiones territoriales que Argentina debía hacer por el apoyo recibido.
Urquiza, rabioso, responde que es Brasil el que le debe a él, pues "Rosas hubiera
terminado con el Emperador y hasta con la unidad brasileña si no fuera por mí".
También: "Si yo hubiera quedado junto a Rosas, no habría a estas horas Emperador".
Honorio se retira ofendido. Pero días más tarde recibirá la visita de Diógenes Urquiza,
hijo de don Justo José, quien en nombre de su padre le pide 100.000 patacones y
además "el compromiso de contar con esa subvención en adelante", según informa
Honorio a su gobierno. Y agregará: "Atendiendo a la conveniencia de darle en las
circunstancias actuales una prueba de generosidad y de deseo de cultivar la alianza,
entendí que no podía rehusarle el favor pedido"
Berutti escribiría: “El señor Urquiza entró como libertador y se ha hecho conquistador”.
¿Tendría razón Rosas cuando insistía ante los “constitucionalistas” que él era la única
garantía contra el caos y la anarquía?.
Vicente López, de reconocido prestigio y que había sido funcionario de Rosas, es
nombrado gobernador provisorio de Buenos Aires. Diez días después de Caseros,
cuando todavía no habían desfilado triunfalmente los brasileros, da a conocer su
gabinete d con Valentín Alsina en Gobierno y Guerra, José Benjamín Gorostiaga en
Hacienda y Luis José de la Peña en Relaciones Exteriores.
El primer acto de Alsina fue abolir el uso obligatorio de la divisa federal, declarando
“libre el uso o no uso del cintillo punzó” . Fue en protesta contra tal medida que
Urquiza desfiló el 20 con el cintillo punzó en la galera de pelo. Y el 21 hizo pública una
proclama hostil hacia los unitarios, “los díscolos que se pusieron en choque con el poder
de la opinión pública y sucumbieron sin honor en la demanda. Hoy asoman la cabeza y
después de tantos desengaños, de tanta sangre, se empeñan en hacerse acreedores al
renombre odioso de salvajes unitarios, y con inaudita impasividad reclaman la herencia
de una revolución que no les pertenece, de una patria cuyo sosiego perturbaron, cuya
independencia comprometieron y cuya libertad sacrificaron a su ambición”.
Restablecía el uso del cintillo punzó “que no debía su origen al dictador Rosas sino a
la espontánea adopción de los pueblos de la República”.
“El efecto que produjo en la opinión – escribe Sarmiento- aquel desahogo innoble, fue
como si en una tertulia de damas se introdujese un ebrio, profiriendo blasfémias y
asquerosidades. El anciano López gemía, Alsina se encerró en su casa”.
Capítulo 112
Un refugiado distinguido
Perdida la batalla, Rosas, herido por un casco de metralla en una mano. prueba de que
no le ha rehuido a la lucha como pretende la propaganda unitaria incansable en
difamarlo, emprende el camino hacia Buenos Aires, sólo. Desmonta para escribir su
renuncia al gobierno a lápiz, cumpliendo con la formalidad en lo que es la actual plaza
Garay.
Podría haber redactado lo mismo que Carlos V de España al abdicar de su trono: “He
tenido que soportar los azares de muchas guerras y puedo atestiguar que todas contra mi
voluntad; nunca las he emprendido más que a la fuerza y con dolor; incluso hoy que al
partir no os pueda dejar tranquilos y en paz”.
Luego se dirige a la legación británica donde es rápidamente embarcado con sus hijos
Juan y Manuelita en el “Centaur”, a las once de la noche del mismo día 3 de febrero,
permaneciendo hasta el 9 en el puerto, por lo que pudo contemplar las demostraciones
de alegría que provocaba su caída en la clase “decente” de Buenos Aires. Los sectores
populares, según un testigo presencial, don Benito Hortelano, “no dio este pueblo la
más mínima muestra de regocijo”.
Una vez zarpados los pasajeros fueron trasbordados, el 10, al vapor de guerra
“Conflict” para estar mejor protegidos durante la travesía.
El viaje fue lento pues se reventó una de las calderas, ocasionando la muerte a cuatro
individuos de la tripulación. El 23 de abril arribaron a Devonport, donde Rosas fué
recibido oficialmente con una salva de honor por el comodoro superintendente, sir
Michael Seymour.
Don Juan Manuel no llevó consigo dinero ni oro, sino que sólo había preparado
cajones de documentación, en la seguridad de que la principal tarea en su futuro sería la
de defenderse de graves acusaciones.
Con motivo de este recibimiento oficial, como nunca se había honrado antes a
soberanos destronados u otros personajes de nota que se refugiaron en tierra inglesa, se
suscitó un largo y acalorado debate en la Cámara de los Lores en su sesión del 29 de
abril. Es que algunos parlamentarios no olvidaban ni perdonaban las ofensas ni la
derrota sufrida a manos de ese veterano gaucho de lejanas pampas.
En dicha sesión el conde Granville interpeló al gobierno sobre el tema. El conde de
Malmesbury contestó no haberse dado orden alguna por parte del ministerio de
Relaciones Exteriores ni haberse enviado persona alguna con el objeto de tributar
honores oficiales al general Rosas Que lo único que se había recibido de él era una carta
escrita con sencillez en la que pedía permiso para residir en los dominios de S. M. B.
tan tranquilamente como fuese posible, asignándosele una persona que viviera con él
hasta dominar satisfactoriamente el idioma inglés.
Que, en consecuencia, no encontraba otra explicación a la recepción dada por las
autoridades de Plymouth que, por un sentimiento natural, haber querido acoger, con
hospitalidad y respeto, a un refugiado distinguido de un país extranjero; que, por otra
parte, Rosas no era un refugiado común sino uno que había manifestado gran distinción
y generosidad para con los comerciantes ingleses que traficaban con su país; y uno, en
fin, con quien el anterior gobierno había concluido negociaciones de carácter importante
y aún firmado un tratado en 1849.
¿Por qué Gran Bretaña acoge a Rosas? Porque lo respetan, ha sido un adversario
valiente y honesto. Hace honor al “fair play” británico.
También porque el inteligente Foreign Office conoce de primera mano, la ha sufrido en
carne propia, la inmensa popularidad de ese huésped en los sectores populares , en las
mayorías de su país. La experiencia le ha enseñado a esa gran potencia que a tales
personajes es mejor tenerlos bajo control, no solo por su potencial peligrosidad para sus
intereses sino también por si alguna eventualidad los hiciera útiles para su estrategia.
Por ejemplo, en caso de que la anarquía sangrienta volviese a reinar en nuestro
territorio, como lo había pronosticado el Restaurador. Los sucesos pos Caseros parecían
darle la razón.
Urquiza quería que reunidos los gobernadores, hombres de Rosas casi todos,
acordasen las bases de la futura organización nacional. Los convocó en San Nicolás de
los Arroyos, y allí, el 31 de mayo, se firmó el Acuerdo, que significó la realización del
federalismo, el reconocimiento de lo existente, de lo creado por Rosas, sobre todo su
Pacto del Litoral, al que el Acuerdo llamaba “ley fundamental de la República, su centro
vital y motor”. Urquiza quedó nombrado Director Provisorio de la república y juró ante
los gobernadores.
En Buenos Aires el Acuerdo provocó indignación y la Legislatura lo rechazó. El
gobernador López renunció el 23 de junio y al otro día Urquiza disolvió la Legislatura y
cerró los diarios. Luego nombró un Consejo de Estado, formado en buena parte por
rosistas como Arana, Lahitte, Baldomero García, Nicolás Anchorena y el general
Guido.
Sus enemigos fundaron la logia “Juan-Juan” con el fin de asesinarlo, pero la tentativa
fracasó. El 11 de septiembre, aprovechando su viaje a Santa Fe para inaugurar la
Convención Contituyente, le hicieron una revolución y lo derrocaron.
Buenos Aires ya no necesitaba al gaucho federal que les había servido para derribar a
otro gaucho federal. De allí en más sería su enemigo y librarían batallas en su contra, y
celebrarían cuando fue asesinado.
Capítulo 113
La purga histórica
El odio de los vencedores hacia los derrotados no sólo se cobró muchas vidas sino que
hasta hoy se verifica lo que podríamos llamar una “purga histórica”.
En la capital argentina ninguna de sus calles lleva el nombre de Juan Manuel de Rosas
ni tampoco de caudillos federales como Francisco Ramírez, Juan Felipe Ibarra, Juan
Bautista Birtos, Angel Vicente Peñaloza, Felipe Varela, varios de ellos con destacada
actuación en las guerras de la Independencia.
El caso más absurdo es el de Estanislao López, cuyo nombre está ausente en el
catastro callejero de la ciudad, pero una calle lleva el de su hermano Juan Pablo,
“Mascarilla”, de mucha menor importancia y valía, pero a quien se premia por su
deserción del campo federal y su paso al unitario.
La revancha tuvo también manifestaciones edilicias: el 3 de febrero de 1899,
aniversario de Caseros, ¡46 años después!, se llevó a cabo el derribo de la casa de Rosas
en Palermo, instalándose en ese lugar la estatua de su archienemigo Sarmiento, cuyo
nombre, para ahondar la provocación, también lleva la avenida que pasaba por la puerta
de la residencia, entonces llamada “de las Palmeras”.De esa manera no sólo se agravia
al Restaurador sino al “cuyano alborotador”, según la definición de J. I. Gracía
Hamilton, quien ha hecho méritos en su vida mucho más significativos que su oposición
a Rosas y a sus gauchos.
¿Acaso su monumento no obliga a Urquiza a mirar altaneramente en esa dirección
cuando el entrerriano, luego de Caseros jamás expresó agravios en contra del
Restaurador? Incluso fue el único que se compadeció de su miserable exilio y levantó la
confiscación de sus bienes que volvió a ser efectivo luego de su caída. Ahora se le ha
contrapuesto la mirada de Rosas desde su reciente monumento.
Son numerosas las calles que llevan nombres de batallas en que unitarios derrotaron a
federales, como “Angaco”, “Yeruá”, “Caaguazú” y otras. En cambio no merecen ese
homenaje las de resultado inverso como “Quebracho Herrado” o “Puente de Márquez”.
Personalmente me inclino por el criterio sostenido en otros países: ninguna calle debe
festejar victoria obtenida contra hermanos pues, como escribía el general francés
Bonchamp: “La guerra civil no da gloria”. No debería darla.
Capítulo 114
Generosamente, de preferencia
La cláusula 24 del testamento de Rosas tiene por objeto fundamentar un reclamo
judicial contra las sucesiones de don Juan José y don Nicolás Anchorena, cuyas
estancias administró durante más de 12 años, desde 1818 hasta 1830.
Estima su sueldo, nunca percibido, en 200 pesos fuertes mensuales, lo que en 12 años
importa 28.800 pesos y, con el interés simple del 6 % anual, asciende en 23 años a
68.544 pesos . Al monto de los sueldos incobrados deben sumarse 10.000 pesos de
gastos invertidos “en conducciones de ganados y en comisiones y empresas patrióticas”
por cuenta de los señores Anchorena, quienes resultan, así, deudores suyos por la suma
total de 78.544 pesos fuertes.
En carta a su yerno, Manuel Terrero, don Juan Manuel pondrá sus razones en claro,
movido por el rencor hacia tan ingratos parientes quienes tras haberse beneficiado
grandemente con sus favores, luego de Caseros parecieron olvidarse de él y en cambio
entablaron una productiva relación con el nuevo poder, Urquiza. Dando la razón al
escritor finlandés Mika Waltari, quien muchos años después escribiría: “Los ricos
siempre sacan ventajas de las guerras, y las sacarán aunque las pierdan”.
Rosas considérase obligado a puntualizar los favores y privilegios de toda clase que
les concedió desde el poder.
“1) Que por ellos, entré, y seguí en la vida pública.
“2) Que durante mi administración, y bajo la sombra de ella y de mi protección,
aumentaron su fortuna inmensamente.
“3) Que no pocas veces combatí por seguir sus consejos y por salvar y asegurar sus
haciendas, librándolos por los riesgos, por los indios, por la anarquía, y por las
demandas de reses, caballos, por la ocupación de sus peones en los servicios de los
ejércitos, ya como soldados, ya como conductores de reses, cuidado de invernadas y de
cualquiera de otros servicios del Estado. Distinción y privilegio que era en esos tiempos
de muchísimo valor para ellos, en sus estancias y en todos sus negocios, en el campo y
en la ciudad, porque daba a conocer la estimación sin par y los respetos que yo les
dedicaba, sin acordarlos a otras personas, por más servicios que verdaderamente
tuvieran.
“4) Que no pocas cosas, en tierras, ganados, y otras que por muy baratas pude haber
comprado para la sociedad, o para mí, pasé a ellos, siempre generosamente, de
preferencia.
“5) Que si es verdad, no me entregaron el dinero, fue porque no quise o no pude
entonces recibirlo, ellos lo han girado los muchos años de mi tiempo en el destierro, en
el descuento de letras, al uno y medio y al uno, y que así el seis que me pagaran les
dejaría, cuando menos, otro 6 de ganancia. ¿A cuánto subiría ésta, capitalizando cada
seis meses, o cada año, el interés? Sí, y esa consideración sube en valor cuando se
agrega que el señor Don Nicolás, habiéndose pasado a mis enemigos, después de mi
caída el 2 de febrero del 52, seguía así aumentando su dinero” (L. Franco).
No serán los Anchorena los únicos desleales. También lo serán Rufino de Elizalde,
frecuentador de las tertulias palermitanas y coautor de una ferviente adhesión de
abogados al Restaurador en 1851. En el juicio que se le seguirá a Rosas luego de
Caseros afirmará que el Restaurador asesinó personalmente a Maza, que es culpable
directo de los asesinatos de 1840 y 1842 y que “se entendió privadamente con los
asesinos”.Algo similar podrá decirse de Juan Bautista Peña , de Lorenzo Torres y de
Dalmacio Velez Sarsfield.
Capítulo 115
Palermo según Sarmiento
El contrate entre el europeísmo de Sarmiento y el nacionalismo de Rosas es ostensible
en el desprecio con que el sanjuanino describe la vivienda del derrocado Restaurador:
“(...) Palermo es un gran monumento de nuestra barbarie y de la tiranía del tirano,
tirano consigo mismo, tirano con la naturaleza, tirano con sus semejantes. ¡Y ojalá que
el tirano hubiera sido el hijo de una sociedad culta como Luis XIV, habría realizado
grandes cosas! Rosas realizó cosas pequeñas, derrochando tiempo, energía, trabajo y
rentas, en adquirir las nociones más sencillas de la vida, de que carecía.
“(...) Sólo medraban sauces llorones, e hizo alamedas del árbol consagrado a los
cementerios (Sarmiento denigra a un bello árbol autóctono. Durante su presidencia no
sólo se importarán maestras sino también especies vegetales europeas que perturbarán el
equilibrio ecológico, como sigue siendo el caso del eucaliptus) . Quiso cubrir de cascajo
fino las avenidas y gustáronle las muestras de conchilla que le trajeron del río. La
presión de los carros molió la conchilla, y sus moléculas, como todos saben, son de cal
viva, de manera que inventó polvo de cal para cubrir los vestidos, el pelo y la barba de
los que visitaban a Palermo, y una lluvia diaria de cal sobre los naranjos a tanta costa
conservados, por lo que fué necesario tener mil quinientos hombres limpiando
diariamente, una a una, las hojas de cada árbol (una evidente falacia).
“(...)La casa es del mismo género. Cuando se habla de la habitación del soberbio
representante de la independencia americana, del jefe del Estado durante veinte años, se
supone que algo de monumental o de confortable ha debido crearse para su morada. En
punto de arquitectura el aprendiz omnipotente era aún más negado que en jardinería y
ornamentación.
“La casa de Palermo tiene sobre la azotea muchas columnitas, simulando chimeneas
(burlona descripción del interesante estilo colonial argentino). En lugar de tener
exposición al frente por medio de un prado inglés con sotillos de árboles está entre dos
callejuelas, como la esquina del pulpero de Buenos Aires; la cocina, que es un ramadón,
está a la parte de la entrada principal, para que las reminiscencias de la estancia
estuviesen más frescas. No sabiendo qué hacerse, sobre habitaciones estrechas, en torno
de un patio añadió en las esquinas unos galpones de obra como el edificio, hechos sobre
arcos que reposan en columnas sin base, ni friso, si no es aquel bigotito de ladrillo
salido que ponen los albañiles en los arcos de los zaguanes (idem al anterior).
“Así, pues, toda la novedad, toda la ciencia política de Rosas estaba en Palermo visible
en muchas chimeneítas ficticias, muchos arquitos, muchos naranjitos, muchos sauces
llorones.
“(...)Manuelita no tenía una pieza donde durmiese una criada cerca de ella, los
escribientes y los médicos pasaban los días y las noches sentados en aquellos zaguanes
o galpones, y la desnudez de las murallas, la falta de colgaduras, cuadros, jarrones,
bronces y cosa que lo valga, acusaban a cada hora la rusticidad de aquel huésped, por
cuyas manos han pasado, suyo, ajeno o del Estado, cien millones de pesos en veinte
años (¿reprochaba Sarmiento al Restaurador no haber sido corrupto? ¿practicar la
austeridad y la sencillez?).
“Cuando Rosas haya llegado a Inglaterra y visto a cada arrendador de campaña,
farmer, rodeado de jardines y bosquecillos, habitando cottages elegantes amueblados
con lujo, aseo y confort, sentirá toda la vergüenza de no haberle dado para más su
caletre que para construir Palermo (es decir: para preferir la arquitectura y la decoración
criollas).
“¡Oh! ¡Cómo va a sufrir Rosas en Europa de sentirse tan bruto y tan orgulloso!” (D. F.
Sarmiento, “Campaña en el Ejército Grande”).
Capítulo 116
Tu maldita ingratitud
“Southampton, junio 5 de 1855.
“Mi querida Eugenia:
“No es por falta de los mejores deseos que he retardado hasta hoy la contestación a tus
muy apreciables datadas a 4 de diciembre de 1852, marzo 13 del 53, mayo 7 del 54 y
febrero 15 del presente”. Rosas ha dejado pasar casi tres años antes de contestarle.
«Si hay en la vida algunos deberes sociales que, cuando más se retardan en su
cumplimiento es cuando más verdaderamente se anhelan, hay también circunstancias en
que algunos hombres son obligados, por su situación, a demorar el recibo a unas
personas cuando por virtud de su vida retirada tiene que hacer lo mismo con otras.
«He mandado a Don Juan Nepomuceno Terrero el testimonio, por el que se encontrará
en la escribanía de su referencia la disposición de don Juan Gregorio Castro, dejándote a
vos y a Vicente por sus herederos, y facultándome para testar. Es todo lo que tengo, con
lo que hay bastante, para que no te quiten la casa ni los terrenos.
«No puedo, en mis circunstancias, hacer más en tu favor, pues lo muy poco que tengo
sólo me alcanza para vivir muy pocos años en una moderada decencia...
«Si cuando quise traerte conmigo, según te lo propuse con tanto interés en dos muy
expresivas tiernas cartas, hubieras venido, no habrías sido desgraciada.
“Así, cuando hoy lo sois, debes culpar solamente a tu maldita ingratitud. Si, como
debo esperarlo de la justicia del gobierno, me son devueltos mis bienes, entonces podría
disponer tu venida, con tus hijos, y la de Juanita Sosa, si no se ha casado, ni piensa en
eso... »
A continuación un reclamo que evidencia la humildad de la vida de don Juan Manuel
y también su invariable apego a lo criollo que lo ha llevado a negarse a la prestigiosa
silla de montar inglesa:
“Nada me has dicho, hasta hoy, de mi apero, con todo lo que le corresponde, que
sacaste de mi casa poco después del 3 de febrero de 1852. Ese apero me hace en ésta
mucha falta. Entrégalo al señor Don Juan N. Terrero para que me lo mande.
“El recado y la cincha que me ha remitido, y que tanto agradezco, no son aparentes,
porque el recado es muy corto y me lastima. El mío referido y que vos tienes, es una
cuarta más largo que los comunes, de una cabezada a la otra. Es ése un recado muy
bueno, difícil de encontrarse, ni de que se haga otro igual...
“Te bendigo, como a tus queridos hijos. Bendigo también, a Antuca y te deseo todo
bien, como tu afectísimo paisano, Juan Manuel de Rosas”.
Saluda a “tus” hijos, no a “mis” o a “nuestros”, y se despide distantemente como
“paisano”.
Sin embargo, embarcado en el “Centaur” durante los traumáticos días que siguieron a
Caseros, se ocupará de rendir cuentas de la administración de los bienes dee Eugenia y
de los de su hermano. Resulta, según ellas, que al morir el padre de ambos, les deja, por
toda herencia, una casa, pequeña y ruinosa, situada en el barrio sur de Buenos Aires,
próxima a la iglesia de la Concepción, casi en el campo.
Nombrado Rosas por el padre de los menores su tutor hace reparar el edificio y
ensancha su terreno, anexándole uno contiguo, comprado con su propio peculio, para
obsequiarlo a Eugenia. A fin de librar a ésta del condominio adquiere más tarde la parte
de Vicente, con dinero que dona a Eugenia.
El 8 de febrero de 1852, día anterior al de su partida, deja en manos de su apoderado,
don Juan Nepumoceno Terrero, las escrituras de la casa y terrenos de los Castro, y
deposita en poder del mismo $ 41.970 con 5 1/2 reales pertenecientes a Eugenia, y $
20.985 con 20 1/2 reales a su hermano que les corresponden «por herencia y réditos,
mientras yo la manejé”.
Capítulo 117
La fiera que más daño ha hecho
Ramón Guerrero y Vargas, un audaz joven chileno, decide visitar a Rosas, de quien
tan mal ha oído hablar:
“A la villa de Portwood, situada a 3 millas del puerto de Southampton, me dirigí
acompañado del cura católico. Después de cruzar un enlodado potrero, llegué a una
pequeña casa, o más bien dicho un rancho.
“(...)Atravesamos varias piezas, y si en ellas algo llamaba la atención era la sencillez y
limpieza. Llegamos al dormitorio, donde se veían armarios llenos de libros, papeles
repartidos por toda la mesa, varios paquetes y maletas que contenían documentos, según
supe después; una ancha cama, tres sillas, una jaula con un loro, una chimenea con un
reloj encima y varios otros objetos insignificantes.
Cuando don Juan Manuel abandona su patria, la misma noche d Caseras, no lleva
consigo dinero sino cajones de documentación con la que, confía, podrá defenderse del
juicio de la historia liberal que , descuenta, se ensañará con quien puso en peligro su
proyecto político y económico.
“Yo estaba viendo el título de algunas obras cuando sentí pasos; al instante entró un
hombre, a cuya presencia temblé: era alto, robusto, ágil, muy encorvado a pesar de tener
sólo 62 años, de frente espaciosa, completamente calvo, nariz algo pronunciada, labios
algo echados hacia adelante, sin patillas ni bigote, y parecía que no se había afeitado en
5 o 6 días. Estaba con un poncho de lana argentino, con cinturón de gaucho de las
pampas, espuelas de plata con grandes rodelas, y con zapatos muy ordinarios.
“(...)Este hombre extraordinario vive completamente aislado, jamás permite que se le
vea, ni aun su hija doña Manuela Rosas, que sólo puede visitarlo una vez al año, y
desconoce el idioma inglés, que no lo ha aprendido en 13 años de residencia en
Inglaterra.
“Si un americano logra turbar su retiro, le comunica (como lo hizo conmigo) sus
íntimos sentimientos, se engolfa en sus desgracias, echa en cara a las repúblicas
sudamericanas sus ingratitudes, y recordando su dominación sobre el Plata se le
comprime el corazón, las lágrimas se ven rodar por sus mejillas, y continúa hablando
con voz alterada, como yo mismo lo presencié.
“Creo que las primeras palabras que me dijo fueron éstas: “Diga usted a sus paisanos
los sudamericanos que ha visto a Rosas”.
“(...)Al hablar de sus ocupaciones diarias se lamentó de su pobreza y añadió que
trabajaba con tesón, levantándose a las siete de la mañana para montar a caballo y
recorrer su pequeña hijuela, regresaba a las doce a comer, y a la una volvía a su trabajo
hasta las cinco de la tarde, que fué la hora de mi visita. Después de cenar, se hace dar
friegas en las piernas, y luego se pone a escribir con lápiz, que tiene una gran cantidad
muy bien arreglados y cortados por su criada, a fin de no perder tiempo. Su letra es muy
clara y, puede decirse, elegante. A los 62 años de edad no tiene necesidad de anteojos, y
su vista es superior.
“(...) Me dijo Rosas que el único amigo que había tenido ha sido lord Palmerston (N.
del A.: quien fuese Primer Ministro británico cuando en 1848 se firmó la paz entre
ambos países), por cuyo órgano el gobierno inglés le ofreció una pensión, lo que
rechazó por considerarse apto para trabajar, y por indigno mendigar el pan en un país
extraño. Agregó: “Este acto siempre se lo agradeceré, y más teniendo presente el
abandono en que me han dejado las repúblicas americanas, estas ingratas por cuya unión
trabajé tanto, unión que habría impedido los actos cometidos por España, que no es sola
en sus empresas, y unión que habría evitado la situación en que se encuentra el
Paraguay.
“(...)Estando hojeando el testamento, yo divisé una hoja de guarismos y le pregunté a
cuánto ascendían sus bienes. “¡Ay! ,exclamó, cuatro veces ha sido confiscada mi
fortuna, la que no se puede tasar. Baste decir a usted que el gobierno de Buenos Aires
me tomó trescientas mil cabezas de ganado para repartirlas en el ejército. Mis nietos,
ingleses como son, puede ser que consigan una cuarta parte una vez que desconfisquen
mis bienes”.
«Dejando a un lado el testamento prosiguió: “Al abandonar la República del Plata no
saqué bienes, traje conmigo estos documentos mil veces más valiosos”. Y dirigiéndose
a una maleta, la abrió y comienza a sacar unos paquetes, de los muchos que allí había,
muy bien acondicionados, y me dijo: “Ayer solamente había concluido de arreglar estos
papeles, a fin de mandarlos a Londres a una casa de seguros. No vayan por casualidad a
quemarse si permanecen aquí”.
“(...)En este estado de la conversación miré mi reloj y vi que mi visita había durado
desde las cinco y diez minutos hasta las seis y veinte. Resolví, a mi pesar, despedirme,
atendiendo a la crítica situación de mi compañero que no comprendía una palabra de
español. Al ver Rosas nuestro ademán de irnos, nos dijo: “Esperen que voy a hacerles
poner el carro para que los deje en la estación”. Y haciendo otra vez uso del cencerro,
ordenó a la sirvienta que avisase cuando estuviese listo.
“Al despedirme tomó la vela y nos alumbró la escalera, y aquí me apretó fuertemente
la mano. Así dejé al hombre que más impresión ha hecho en mí; al hombre cuyos
hechos pasados lo representan como la fiera que más daños ha hecho al mundo de
Colón; al hombre que, según muchos de sus conciudadanos ha eclipsado los crímenes
de Nerón; al que ahora yace, como él dice, abandonado de sus amigos, sin patria y sin
fortuna, llamando la atención por su caridad, su constancia y por el sacrificio que se ha
impuesto, que algunos atribuyen que lo hace para purgar sus delitos”.
Y concluirá el joven visitante: “Aunque sea debilidad, yo no aborrezco el tan temido
nombre de Rosas y simpatizo con su desgracia actual.
“Mi introductor cura me habló después muy bien de ese personaje, pintándomelo
como un hombre muy católico, caritativo y generoso. Para atestiguármelo me contó que
estando los bancos de la iglesia en muy mal estado los hizo cambiar, colocando unos
muy cómodos, habiendo además construido una galería sumamente valiosa.
“(...)Lo último que vi de Rosas fue lo que él llama carro: era una especie de carretón
sin toldo, donde sólo podía ir una persona y el tirador. En él mandaba buscar sus
provisiones y en caso de necesidad lo usa para ir él mismo a la ciudad”.
Capítulo 118
Muy verdaderamente pobre
Las dificultades económicas lo acosan. A una de sus hermanas Rosas escribe en 1864:
"Sigo pobre, muy verdaderamente pobre, trabajando en el campo todo cuanto puedo, sin
omitir esfuerzo alguno para tener algo que comer, unos pobres ranchos en qué vivir y en
que tener a mi lado mis numerosos e importantísimos papeles, que son mi único
consuelo en la adversidad de mis penosas circunstancias". Le aflige, según le dice el
mismo año a Pepita Gómez, el haber tomado dinero en préstamo, a interés. Lo ha
devuelto, pero se ha quedado "sin recursos para seguir en los trabajos de campo''.
En carta posterior a la amiga, le anuncia que dejará la casa y el campo. "No sé a dónde
iré, ni cuál será mi destino. Tal es la agitación ardiente en las pasiones del mundo, que
no sería extraño fuese en la guerra, o en la formación de alguna caballería según los
gauchos, de lanza, bolas y lazo, que es lo que más entiendo y para lo que no me
cambiaría por mozo alguno." Sin embargo, se esforzará por seguir trabajando en el
campo. "El estado de nuestro país, mi salud, mis deseos de ser algún día en algo útil, y
la Justicia Divina, ya fuera de misterio, que de día en día vemos realizarse; esa voz que
debemos escuchar con reverencia, nos aconsejan y demandan la fe en la sagrada flor de
la esperanza."
Le cuenta a la amiga que estuvo su hija Ignacia a visitarlo. Ha tratado de no
contagiarle su depresión y se limitó a mostrarle la casa y apenas habló con ella. "No
debí molestarla con palabras tristes." Insiste en que dejará la casa y se retirará "a vivir
en reducida indigencia".
Su pobreza ha sido tan grande que debió humillarse ante Urquiza. El 7 de noviembre de
1863 le escribe: "Continuando privado de mis propiedades por tan largo tiempo, me
encuentro ya precisamente obligado a salir de esta casa, a dejar todo, pagar algo de lo
que debo y reducirme a vivir en la miseria. Y en tal estado, si usted puede hacer algo en
mi favor, es llegado el tiempo en que yo pueda admitir la generosa oferta de V. E. para
sacarme o aliviarme en tan amarga y difícil situación''.
Es de imaginar que a Rosas, tan orgulloso y altivo, ese pedido le ha de haber costado
sangre. Se justifica ante su vencedor en Caseros diciendo que cree un deber a la patria
"no perdonar medio alguno permitido" a un hombre de su clase "para no parecer ante el
extranjero en estado de indigencia quien nada hizo para merecerlo". Urquiza le
contestará el 28 de febrero de 1862 llamándole “grande y buen amigo”, que su carta le
ha inspirado "los sentimientos que merece la desgracia y que reclama la humanidad" y
le promete mil libras esterlinas por año.
El desterrado se lo agradece vivamente. Las palabras "grande y buen amigo" le
enternecen, ellas solas serían suficientes "para acreditar a V. E. su justicia y la nobleza
de su alma". Recordando que Urquiza lo derrocó le hace llegar su perdón con frases
“que pudiera firmarlas Dostoiewski” (M. Gálvez): "¡Errores! ¿Quién no los ha
cometido? El que no los ha padecido da prueba de su imbecilidad. Los míos me los ha
perdonado V. E., como yo he perdonado los de V. E. Si no nos perdonásemos los unos a
los otros, estaríamos ya en el Infierno".
Capítulo 119
¿Está usted tomando partido?
Cuando usted se refiere al pulmón verde de la Capital Federal,¿qué nombre le da, el
oficial de “Parque 3 de Febrero”, en conmemoración de la batalla de Caseros, o el
prohibido de “Palermo”, como se llamaba la vivienda del Restaurador?
¿Estará usted tomando partido?
Capítulo 120
Rosas y el asesinato de Urquiza
Don Juan Manuel recibe en Southampton la noticia de que Urquiza ha sido asesinado
el 11 de abril de 1870.
Es su amiga Josefa Gómez quien se lo cuenta, agregando: “No pude menos que
exclamar “la justicia de Dios se ha cumplido; los traidores y parricidas tienen que morir
trágicamente”. No siempre se puede jugar impunemente con la vida de los pueblos y de
los hombres sin que éstos se levanten protestando contra el traidor vendido al
extranjero.
Más adelante: “El gobierno nacional, Sarmiento, y los suyos, ven en López Jordán (N.
del A.: quien se ha responsabilizado por el asesinato) al jefe del partido federal que
quedó decapitado el año 1852; hasta cierto punto no sin razón temen la reacción pues
Jordán es un verdadero federal, muy prestigioso en su provincia y fuera de ella; si fuera
un hombre de ellos batirían palmas por la muerte de Urquiza como las batieron cuando
don Juan Lavalle fusiló de su orden al benemérito coronel Dorrego, por cuyo crimen y
asesinato de todo principio fué V. proclamado gobernador de la provincia de Bs. Aires”.
¿Cómo reacciona Rosas? Acerca de su respuesta el historiador Isaac Castro dirá que
“con frialdad”, porque es de los que esperan de él la explosión de odio vengativo, y
agrega en un insólito tono de crítica: “No se encuentra una sola palabra de protesta, ni
de condenación, ni de pesar”.
Ello no será entendido como ejemplar: “Es un témpano de hielo. La carta es medida,
circunspecta, calculada; en momentos incierta, Rosas perece creer que habla para la
historia y teme comprometer juicio”.
Nada que provenga del Restaurador puede merecer elogio.
“(...)Ninguna persona que haya seguido estudiando en la práctica de la historia de las
Repúblicas del Plata, ha debido extrañar el desgraciado fin de S. E. el señor capitán
general don Justo José de Urquiza.
«Por el contrario, lo admirable y inaudito es su permanencia en el poder por grados,
siempre bajando la virtud de sus hechos contrarios a su crédito y a sus amigos políticos,
y favorables a sus enemigos. Poco después de la altura de su poder, desde cuando
ordenó la devolución de mis propiedades y, muy especialmente después de la batalla de
Pavón, le he escrito varias cartas dándole consejos en orden a la seguridad de su
persona, su fortuna y a efecto de prevenir desgracias en su familia”.
Don Juan Manuel le había escrito en varias oportunidades, reclamándole la devolución
de sus bienes interdictos, a lo que el vencedor de Caseros accedió, aunque ello duró sólo
hasta que debió alejarse de Buenos Aires, circunstancia en que las propiedades del
desterrado volvieron a ser confiscadas. Urquiza también le hará llegar mil libras
esterlinas, envío que no se repitió.
«En mi larga carta, después de esa batalla, le dije que, habiendo él mismo cometido el
gravísimo error después del triunfo de pasar todo su poder a sus enemigos, con funesto
perjuicio para los que seguían de buena fe su política, su vida y su fortuna no estaban
seguras si permanecía en la provincia entrerriana. Que yo en su caso reduciría a dinero
mis propiedades y lo pondría en el Banco de Inglaterra para vivir de su renta en el
posible sosiego con mi familia”. Con generosidad, don Juan Manuel le transmite su
experiencia al respecto.
«Ultimamente, poco antes de la triste noticia de su asesinato, le escribí, por
complacerlo, dándole consejos implícitos en orden a su testamento para prevenir
después de su muerte desgracias a su buena compañera y a sus hijos.
“(...)El tema «con la vara que midieres con ella serás medido” es innegable. S. S. el
señor capitán general Urquiza lo ha usado con frecuencia al hablar del descenso del
general Rosas. “Toda mi vida -decía- me atormentará constantemente el recuerdo del
inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo como lo hice, a la caída del general
Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo,
por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores he colocado en el poder”.
Efectivamente ése era un comentario que el entrerriano hacía con frecuencia y que no
pocos han acreditado.
“¿Por qué, entonces, continuaba sus errores y seguía su marcha pública por caminos
tan peligrosos y extraviados? Porque así es el hombre en su casa y opulencia en la
engañosa condición de su veloz carrera”(Desde “Burgess Farm”,29 de junio de 1870).
También hará llegar su pésame a la Sra. de Urquiza el 28 de noviembre de 1870.
“Señora de mi estimación y respeto:
“Antes no he dirigido a Ud. esta mi dolorida carta considerando que las aflicciones de
su noble corazón traspasado no le permitirían en muchos días, ocuparse, en el todo, de
multitud de condolencias fúnebres. Lo hago hoy pensando no ser ya prudente demorar
mas tiempo este deber de mi amistad agradecida.
«Cuando también he sufrido la angustia fatal de perder a mi buena compañera
Encarnación, conozco el largo tiempo que necesita Ud. para encontrar algún calmante a
su amargura, tanto más cuando ha pasado por el tormento cruel de presenciar el
desgraciado fin del suyo tan querido.
"(...)Así debe ser para Ud. en sus tristes días algún calmante para atenuar en la parte
posible sus dolores, la seguridad que no tenemos por qué dudar de que nuestro noble
amigo el Exmo. Sr. Capitán General D. Justo José de Urquiza ha pasado a mejor vida en
las delicias eternas donde ruega a Dios por Ud. y sus queridos hijos, por todos sus
amigos, sus enemigos y el bien de su patria”.
Al Restaurador, al villano de nuestra historia oficial, no le faltaba grandeza.
Capítulo 121
Me ha dado un pesar
El año1855, su hijo Juan Bautista va a partir para América. Le ha escrito pidiéndole
autorización para ir a despedirse de él. Don Juan Manuel, que jamás ha querido
despedirse de nadie, le contesta: “Hijo muy amado mío: Se acerca el día de nuestra
separación. Cuando me sobra el valor para mucho, no lo tengo para un personal adiós,
ni para acompañarte hasta donde otros podrían hacerlo con la entereza que me falta.
Perdóname, seguro de que te hablo con la integridad de un corazón que verdaderamente
te ama”.
Al primogénito lo menciona en su testamento, no con el fin de declararlo heredero,
sino para ajustar cuentas. Hace constar que le entregó, como perteneciente a su hijuela
maternal, las estancias «Encarnación» y «San Nicolás” con veinte leguas cuadradas de
tierra y 5.800 cabezas de ganado vacuno; la estancia en el “Azul”, que vendió Juan a
don Pedro Rosas y Belgrano, con caballos, yeguas, útiles, etcétera. ; un terreno en la
ciudad de Buenos Aires de más de cien cuadras cuadradas, situado al norte del
Riachuelo y al sud de la Convalescencia; 50.000 pesos fuertes para comprar la estancia
en “La Matanza” y 15.000 pesos cuando estuvo en el campamento de Santos Lugares.
También atestigua que “la casa que ocupó algunos años, desde su casamiento, era mía,
habiéndole recibido amueblada, y también durante los años que la ocupó gratis comió
en mi casa con su esposa en la mesa de mi familia”. A lo que añade aún: “La
contribución por sus estancias “Encarnación” y “San Nicolás” la pagué yo por los años
1839 y 1840”.
Lo que puede parecer avaricia de don Juan Manuel hay que interpretarla como el
sentimiento de un anciano de vida pobre que no ha recibido ninguna ayuda de su único
hijo varón legítimo, que vive sin estrecheces en Buenos Aires.
En cuanto a Manuela la declara dueña de todas las alhajas que le había comprado y
regalado con anterioridad. Rosas trata mas adelante de establecer su posición como
administrador de los bienes correspondientes a Manuela por su hijuela materna, a cuyo
efecto describe las cinco casas que la formaron, y son: la que fué de don Diego Agüero,
la de don Carlos Santa María, la comprada a doña Rafaela de Arce, la que fue del
canónigo Segurola, y la adquirida a nombre de Manuela, se presume que con dinero de
la misma, a don Francisco del Sar.
Algunos de estos edificios eran linderos con el de Rosas, comprado por éste a su
madre y hermanos políticos (Moreno entre Perú y Bolívar).
Aprovechando esta contigüidad, buscada, seguramente, por Rosas, convencido de que
su hija lo acompañaría hasta el fin de sus días, le quitó parte de su terreno para el
ensanche del suyo, por lo cual no es fácil establecer qué es propio y qué es ajeno, qué
tomó de su hija y cuáles otras incorporó definitivamente al propio, en virtud de un
supuesto arreglo de cuentas entre ambos, verificado en fecha y circunstancias que no
especifica.
Justamente la particularidad de esta relación es tema del diálogo con el joven Salustio
Cobo, quien le preguntará por Manuelita:
“-Me ha faltado, me ha dado un pesar, ¡se ha casado!.
“-Siento entonces haber traído el hecho a la memoria de V. E. Se servirá excusarme.
“-No, nada de eso, estamos en la mejor armonía. “Máximo”, le dije yo, “dos
condiciones pongo: la primera, que yo no asistiré a los desposorios; la segunda, que
Manuelita no seguirá viviendo en mi casa”. Y es así que están en Londres, de donde me
escriben todas las semanas.
“No sé qué le dio a Manuelita por irse a casar a los treinta y seis años, después que me
había prometido no hacerlo y hasta ahora lo había estado cumpliendo tan bien, por
encima de mil dificultades. ¡Me ha dejado abandonado, solo mi alma! Y lo peor es que a
ella también le han confiscado sus bienes propios.
“¡Semejante rigor con una niña que no ha hecho otra cosa que labrarse el aprecio de
todos y ser el encanto de los extranjeros!”
Capítulo 122
Esta clase de distracciones
Desde Southampton Rosas se cartea con uno de sus ahijados , escribiendo "haijado"
con la "h" al principio y no entre la "a" y la "i" como corresponde. Un tal Ohlsen, cuyo
apellido lo acondicionaría a estar atento a la ubicación de las haches, tiene la
impertinencia de marcarle la falta de ortografía.
Don Juan Manuel le responde: "Frecuentemente padezco esta clase de distracciones,
tomando unas letras por otras. Hoy mismo al repasar la correspondencia que envío a
Buenos Aires, para corregirla advertí que escribí sonso por zonzo".
No sabemos si Ohlsen se habrá dado por aludido.
Capítulo 123
Callar es dar la razón
Su antiguo enemigo, quien argumentara a favor del apoyo a la agresión francesa, quien
fuera una de las cabezas del movimiento intelectual enconadamente adverso, escribirá a
don Juan Manuel el 14 de agosto de 1864 proponiéndole el plan de la “Memoria” que,
por su consejo y con su ayuda, debía escribir Rosas.
Antes de entrar en tema Juan Bautista Alberdi afirma: "El ejemplo del general Rosas,
de refugiado digno, resignado, laborioso, en Europa, no tiene ejemplo sino en la vieja
historia de Roma". Lo compara con los otros jefes americanos desterrados: "Sólo él no
ha conspirado para recuperar el poder, ni ha hecho la corte a los reyes, ni buscado
espectabilidad ni ruido. Sólo él ha vivido del sudor de su trabajo de labrador, sin admitir
favores de extraños. Ni el mismo San Martín llevó con más dignidad su proscripción
voluntaria. Es indigno y vergonzoso atacar a un hombre semejante y en semejante
situación."
La “Memoria” (nunca escrita) debe ser sin frases y exhibir la contundencia de cifras,
documentos y hechos. Valor de la moneda en tiempo de Rosas y en la actualidad. La
deuda de entonces y la de hoy, La ley que dio el poder a Rosas. Sus renuncias. Las
aprobaciones legislativas de sus actos. Los títulos y honores recibidos. Los tratados
internacionales. Las fronteras de entonces y las de hoy. La seguridad en la campaña que
existía en su tiempo y la que hoy no existe. La fortuna que tuvo Rosas y la que hoy
tiene. "No hay que olvidar el testamento de San Martín." Cómo vive en Europa.
Atenciones de que es objeto. "Para responder al reproche de barbarie, inferido a su
manera de atacar y defenderse, mostrar o señala la historia contemporánea de Estados
Unidos, Rusia, Italia, Alemania..." Qué personas le acompañaron en el gobierno.
Cree que Rosas debe defenderse, hasta por patriotismo, por el decoro de su país.
"Callar es dar la razón al que habla, aunque no la tenga”.
Meses después de la muerte de don Juan Manuel el redactor de nuestra Constitución
Nacional tendrá la grandeza de escribir: “Yo combatí su gobierno. Lo recuerdo con
disgusto”.
Capítulo 124
El misterio de don Juan Manuel
“Su excelencia el general Juan Manuel de Rosas, ex Gobernador y dictador de la
Confederación Argentina, falleció a las 7 del miércoles en su casa quinta en Swanthling,
distante alrededor de 3 millas de Southampton. Había nacido el 30 de marzo de 1793 y,
por consiguiente, dentro de una quincena hubiera alcanzado los 84 años de edad. El
difunto, que había residido en Southampton durante los últimos 25 años, fue atacado por
una inflamación a los pulmones el sábado último después de haberse expuesto
imprudentemente a la inclemencia del tiempo y no obstante la sabia y constante
atención del doctor John Wiblin, quien había sido su médico y amigo confidencial
durante todo el período de su residencia en este país, sucumbió al ataque a la hora
mencionada (...).
“El general Rosas huyó de su país sin nada en forma de propiedad: pero poco tiempo
después de su huida, el general Urquiza, uno de los generales de Rosas que se había
vuelto contra él, sitió con éxito la ciudad de Buenos Aires y levantó entonces la
confiscación sobre las propiedades de Rosas, lo cual permitió al exiliado obtener por la
venta de una de sus fincas 16.000 a 20.000 libras esterlinas. Urquiza fue posteriormente
expulsado de Buenos Aires y las propiedades del general Rosas fueron nuevamente
confiscadas.
“Su mano fue, en general, extendida a todos los que estuvieron en contacto con él, y
sus actos de generosidad fueron ilimitados mientras duró su dinero. En los últimos años
de su vida el ex gobernador dependía enteramente de los amigos de su familia y del
esposo de su hija.
“Por muchos años el general Rosas y el difunto Lord Palmerston cambiaron visitas
frecuentemente con Rockstone-place, en la quinta de Swanthling en el solar de
Broadlands, y la más amistosa correspondencia fue mantenida entre ellos. Por voluntad
del difunto general, sus estados y propiedades en la confederación Argentina han sido
dejados a su hija y su yerno, quienes son también los ejecutores de su última voluntad y
testamento (Nota publicada en el “The Hampshire Advertiser”, Southampton el 17 de
marzo de 1877).
Rosas ha ordenado que sus exequias fueran muy simples, sin ostentación. Sobre su
féretro resplandecerá una bandera argentina y encima de ésta el sol hará centellar el
sable corvo de San Martín. Sus restos deberán esperar cientoveinticinco años para ser
repatriados.
Entre los poquísimos que lo visitaron durante su exilio se encuentra el joven Salustio
Cabo, quien tenía la peor opinión de Rosas, y escribe a su amigo Vicuña Mackenna el
14 de agosto de 1860 reflejando su impresión después de visitarlo:
“¿Qué es Rosas? ¿Convienes en lo siguiente: que para la fisiología es un loco, para la
historia un tirano, y para la predestinación puede ser lo que han sido Carlota Corday,
Jacobo Clemente, el clérigo Merino y tantos otros instrumentos ciegos del crimen?
“Esos nacieron para asesinar a un hombre; ¡puede que Rosas haya nacido para asesinar
a un pueblo! Tal vez, ni abrigar sabe el rubor de su crimen, y quién sabe si a la hora de
su muerte no dé la misma cuenta de la mazorca que de la de “San Bartolomé” dió el
degollador Gaspar de Tavannes:
“El confesor había ya oído, del moribundo, la confesión general de su vida, pero ni
una palabra siquiera en sus labios de la “masacre de San Bartolomé”. “¡Qué! ¿Nada me
decís de la “San Bartolomé?”. “La miro”, respondió el Mariscal, “como una acción
meritoria en cuya virtud me han de ser perdonadas mis culpas”.
“Rosas es un malvado, venimos repitiendo todos. ¡Quién sabe si no habrá una voz que
salga diciendo: Rosas es un misterio!”
Cuando pocos días después del deceso sus familiares porteños pretenden dar una misa
en memoria de don Juan Manuel el gobierno la prohibe. Ha pasado ya un cuarto de siglo
desde Caseros pero el encono no ha cedido.
Fue el 14 de marzo de 1877. Manuelita escribe a su esposo Máximo, que ha viajado a
Buenos Aires, contándole los últimos momentos de su padre. El Dr.Wibblin la ha
mandado llamar ante el agravamiento de su paciente. “¡Pobre Tatita! ¡Estuvo tan feliz
cuando me vio llegar!”
Horas más tarde, sosteniendo su mano helada, la hija preguntará afligida: “¿Cómo te
va, Tatita?”. Don Juan Manuel de Rosas la mirará “con la mayor ternura” y responderá
con una voz inauditamente firme: “No sé, niña”. Fueron sus últimas palabras.

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