¿Qué Quieres - Iglesia Wesleyana

Transcripción

¿Qué Quieres - Iglesia Wesleyana
¿Qué quiere?
Miqueas 6:6-8 (NVI)
Cuanto más tiempo vivo, más cuenta me doy de lo asombroso que es cuando los
hombres y las mujeres pueden llevarse bien juntos, sobre todo en la relación conyugal. ¡Somos
criaturas muy distintas! Las formas en que nos comunicamos el uno al otro aquello que
queremos o esperamos, son extremadamente complejas y tal vez no totalmente comprendidas
ni por los más eruditos sicólogos que estudian el comportamiento humano.
¿Pueden ustedes guardar un secreto? Tal vez algunos de ustedes saben que Luke y su
buena amiga Courtney, ambos, están comenzando su primer año en la universidad IWU este
otoño. Hacía más de un año que eran buenos amigos cuando el año escolar comenzó, y casi
inmediatamente hubo una tensión en la relación. Ahora bien, si esto fuera algo único en ellos,
no lo mencionaría. Alguna tensión entre los hombres y las mujeres parece ser perfectamente
normal.
Un día di un paseo con Luke. Debía estar trabajando, pero sentía que él en verdad
necesitaba hablar y que esto podría ser más importante en ese momento que mi trabajo.
Pasamos un largo rato caminando y, por fin, logré que me contara lo que le molestaba. Las
cosas no iban bien en su relación con Courtney. Se sentía confuso. No comprendía por qué
ciertas cosas eran tan importantes para ella, y otras cosas que a él le parecían importantes, a
ella le parecía que no merecían ser discutidas siquiera. Después / que él habló un buen rato, le
dije: “Luke, mucho de lo que tú estás experimentando es el desafío de tratar de analizar a una
mujer. Cuidado con el alcance de esta intención ¡o te volverá absolutamente loco!
Sí, yo sé que hablo desde la perspectiva del hombre… que es la única que tengo. Sé
que hay otra perspectiva, pero todo lo que sé de aquella, es por lo que he oído hablar. Oigo
acerca de esta perspectiva cuando escucho a Sandy, quien en verdad piensa que debo pedir
aquellas cosas que no encuentro en la mesa cuando yo creo que deberían estar allí. Piensa
que debo pedir que me pasen las cosas que están en la mesa y que no se me han pasado
todavía, aunque a mí me parece que deben pasármelas sin que yo las pida. Me estoy limitando
a los temas superficiales, los que no son perjudiciales. Supongo que la diferencia de
perspectiva afecta cada área de la relación de cualquier matrimonio.
No estoy seguro que esto sea completamente justo. Me parece que cuando un hombre
no puede comprender a una mujer, dicen que es por “la mística femenina”. Las mujeres van a
conferencias donde se les dice que deben preservar su “mística” – lo que es una palabra del
código secreto que las mujeres usan cuando de veras quieren decir “no dejes que él te
comprenda; deja que siga adivinando”. Pero la palabra que las mujeres usan cuando no
pueden analizar al hombre es “testarudo”. Es terco y es difícil llevarse bien con él.
No me entiendan mal. Amo a mi esposa y me encanta estar casado. Pero eso no quiere
decir que puedo intuir siempre su comportamiento. El comprendernos es un desafío muchas
veces para nosotros, así como creo que lo es hasta cierto grado para cualquier pareja en el
nivel humano. Nos vemos, nos hablamos, nos sentamos juntos y tratamos de comprendernos
el uno a otro.
Ahora, llevemos esto a la relación que existe entre los finitos seres humanos y el Dios
Todopoderoso. ¿Soy yo el único que se ha preguntado qué quiere Dios de mí? No lo creo.
Y esto nos trae al enfoque del tema de esta mañana. ¿Qué puede ser lo que Dios
quiere de nosotros? Por muchos siglos la humanidad ha luchado con esta pregunta. Moisés
recibió en el monte Sinaí los Diez Mandamientos, una lista de las pautas para la vida que Dios
ha establecido para siempre. Pero quedan muchas preguntas. Miles de leyes se han escrito en
un esfuerzo de responder a las preguntas de la gente sobre lo que Dios quiere
específicamente, y cuáles son las cosas que asegurarán la sonrisa de aprobación de Dios. Por
fin, cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a Su Hijo Jesús para aclarar que lo que Dios
quiere no es que obedezcamos una lista de leyes, por correctas que sean. Dios quiere que Le
amemos a Él con todo nuestro ser y a nuestros vecinos como a nosotros mismos. Todo lo
demás es “letra pequeña”. Jesús vivió esa clase de vida ante el pueblo de Su tiempo.
Veremos claramente en nuestra lectura de la Escritura esta mañana, que Dios sí dio
alguna dirección antes de la venida de Jesús, aunque parecía a veces que Su instrucción
estaba casi oculta dentro de las leyes, los temores y las tradiciones sacrificiales. El profeta
Miqueas fue un profeta de 742 a 687 antes de Cristo, un tiempo que coincidió en parte con el
ministerio de Isaías, inclusive el periodo del reinado del Rey Ezequías. Muchos consideran que
las palabras del profeta Miqueas que vamos a mirar esta mañana son una de las joyas más
preciosas de las Escrituras.
Pero antes de este enfoque, quiero mencionar lo que a mí me parece el punto más bajo
de toda la Escritura en la búsqueda de una respuesta a la pregunta: “¿Qué quiere Dios de mí?”
Hablo de lo que le pasó a Jefté, hijo de Galaad, quien fue llamado por los israelitas a dirigir la
batalla contra los amonitas unos mil años antes del nacimiento de Jesús. La historia es horrible.
Para ganar el apoyo de Dios, Jefté dijo lo siguiente a Dios: “Si verdaderamente entregas a los
amonitas en mis manos, quien salga primero de la puerta de mi casa a recibirme, cuando yo
vuelva de haber vencido a los amonitas, será del Señor y lo ofreceré en holocausto.” (Jueces
11:30-31)
Jefté y su ejército derrotaron a los amonitas y él volvió a casa regocijándose por la
victoria. Sin embargo, quien salió a su encuentro fue su hija, bailando con panderetas, en su
alegría al ver que su papá regresara sano y salvo. Ella era su única hija.
Al ver la agonía en la cara de su papá y saber la razón, ella respondió: “Padre mío, le
has dado tu palabra al Señor. Haz conmigo conforme a tu juramento”. Y lo hizo, aunque por
misericordia se omiten los detalles excepto los versículos emocionantes 37- 40. En respuesta a
su petición, su padre “le permitió irse por dos meses. Ella y sus amigas se fueron a las
montañas y lloró porque nunca se casaría. Cumplidos los dos meses volvió a su padre, y él
hizo con ella conforme a su juramento... De allí se originó la costumbre israelita de que todos
los años durante cuatro días las muchachas de Israel fueran a conmemorar la muerte de la hija
de Jefté de Galaad”.
Mientras existan personas que creen que el Dios del universo está dispuesto a apoyar y
animar tales votos y negocios como el de Jefté, habrá personas que no van a considerar poner
su fe y confianza en tal Dios. ¡Y con buena razón! Jefté estaba terriblemente equivocado.
Desde entonces y para siempre se reconoce a Jefté como el juez del juramento precipitado.
Dios no espera tales cosas sin sentido de Sus criaturas. ¿Qué es lo que Dios espera?
Leer Miqueas 6:6-8. Orar.
El profeta Miqueas vio la enfermedad religiosa de su pueblo y después de unas
preguntas retóricas, enumerando todas las clases de sacrificios que ofrecían – holocaustos,
becerros de un año, miles de carneros, ríos de aceite de olivo, aun el primogénito – Miqueas
hace esta declaración, una de las más sublimes de la verdad religiosa:
“... Ya se te ha dicho lo que espera el Señor:
practicar la justicia,
amar la misericordia,
y humillarte ante tu Dios.”
La justicia y la misericordia en las relaciones con la gente y la humildad ante Dios, eso
es lo que Dios quiere de nosotros. Y es eso lo que Jesús vivió ante todos. Vivió y enseñó la
justicia, con los pobres, los ricos, los pecadores y los escribas y los fariseos. Vivió y enseñó la
misericordia y la bondad con los niños, las mujeres y los enfermos. Incluso, vivió y enseñó la
humildad ante Dios, aunque era Su verdadero Hijo. Cuando hablaba del fin del mundo que
vendría algún día, dijo: “Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles
en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.” (Mateo 24:36, Marcos 13:32) La justicia y la
misericordia y la humildad ante Dios.
La realidad en nuestro día es que quienes somos parte de la iglesia debemos
reconocer, y tal vez en algunas ocasiones confesar, que muchos en el mundo nos ven como
injustos en nuestro tratamiento a otros cristianos y no involucrados, como debemos, en los
asuntos de justicia en el mundo. Muchas veces nos ven poco amables hacia los demás,
especialmente los que no comparten nuestra fe y doctrina. Muchos nos ven como arrogantes y
“sábelo-todos” en nuestra relación con Dios cuando, de hecho, nosotros debemos ser los más
humildes de todos, porque conocemos la grandeza y el misterio del Dios Omnipotente. Somos
los que debemos saber las palabras de Isaías 55:8,9 que dice: “Porque mis pensamientos no
son los de ustedes, ni sus caminos son los míos”, afirma el Señor. “Mis caminos y mis
pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!”
La humildad ante Dios es el principio de la fe, y abre nuestros corazones y mentes para
averiguar cómo debemos cambiar nuestro modo de pensar y actuar con respecto de nosotros
mismos y nuestros vecinos. Puede tener la apariencia de ser admirable estar absolutamente
seguros acerca de cada detalle de la doctrina y cada porción de las Escrituras, pero en verdad
la actitud del verdadero seguidor de Dios es la humildad, completa humildad.
Recordemos esta mañana una de las razones por las que debemos andar en humildad
ante nuestro Dios:
“La diferencia entre el Tío Sam (nuestro país) y Jesucristo es que el
Tío Sam no nos alista para el servicio a menos que tengamos buena salud, y
Jesucristo enlista solamente a los enfermos. ¿Qué busca Dios en este
mundo? ¿Ayudantes? No. El evangelio no es un aviso de “Se necesita
empleado” (ayudante). Es un aviso de “Ayuda disponible” Dios no busca a
personas para que trabajen (u obren) por Él sino a personas que Le dejarán
obrar poderosamente en y mediante ellos.”1
No hay lugar para el orgullo con tal estado de ánimo. Este hecho debe hacernos
humildes.
1
John Piper, Brothers We Are Not Professionals p. 39; sometido por Larry Trotter
A través de Jesús, el don de Dios, sabemos que es todo lo que necesitamos saber para
la salvación, pero con esto no se puede proclamar que sabemos todo lo que se puede saber
acerca de la fe y la doctrina. Todavía vemos “de manera indirecta y velada, como en un
espejo”, como Pablo lo describió tan apropiadamente. Sólo cuando veamos a Jesús cara a cara
sabremos plenamente.
¿Han oído ustedes a alguien preguntar: “¿Cuánto puedo desobedecer a Dios e ir al
cielo?” Me recuerda la pregunta que a veces se hace antes de un examen: “¿Importa la
ortografía?” Ambas preguntas tienen que ver con el sumar los puntos – los buenos y los malos.
Miqueas dice que no es un asunto de sumar los puntos y averiguar el porcentaje de los
domingos cuando estuvieron en la iglesia o cuán a menudo y qué clase de sacrificios ofrecieron
a Dios. ¿Qué quiere Dios? (Leer Miqueas 6:8)
A través de Jesucristo, este mensaje ha sido subrayado y finalizado. No hay nada que
tenemos o que podamos hacer para ganar el amor de Dios. Ningún sacrificio, ningún rito,
ninguna pregunta nos pondrá en los brazos de Dios, o nos ganará la buena salud, o
convencerá a Dios que haga algo a favor de un ser amado.
Sí, la gracia, la gracia amante y perdonadora de Dios cuesta, porque demanda nuestra
fidelidad completa, nuestro ser entero. Pero no hemos de reemplazar esa clase de compromiso
sano de seguir a Jesús por un substituto enfermo, débil, como el cuerpo sin vida de un infante,
o la ofrenda de unas buenas obras, o un despliegue de reconocimientos por la asistencia
perfecta, ni aun por la habilidad de aferrarnos firmemente a la doctrina designada por nuestra
escogida iglesia o denominación.
No, la vida de fe resulta del amor activo y humilde que incluye tanto nuestro Dios y
nuestro vecino. Tal vida de significado, fe y gozo, podemos experimentarla todos, mientras
continuemos siguiendo a Jesús.
¿Qué quiere Dios? ... La justicia y la misericordia y la humildad ante Dios.

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