FUCKING DIET

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FUCKING DIET
FUCKING DIET
A pesar de su aspecto resultó tediosamente aburrido. En la terraza la gorda corriendo
torpe por los ladrillos, arrancando yuyos con sus tacos como zapines. Y el gordo atrás.
El gordo siempre atrás, moviéndose en esos limitados metros cuadrados. Saltaba, se
arrastraba. Sacudía nerviosamente su pitito embadurnado que se arrugaba bajo la masa
cenagosa de su abdomen. Y la gorda pegaba chilliditos, aguditos, saltitos, pataditas de
chancho eufórico. La gorda impúdica, insolente, gemía por demás e intentaba retener
aquellas tetas debajo de sus hombros. Un poco le dolían, era evidente, pero a pesar de
eso reía como nunca ríen las vacas; desencajada.
-
Me relamo calabacita. Se me espuma la boquita. Si tuviera una fábrica de mayonesa,
nos bañaríamos en el tanque mayor.
La voz del gordo salía transpirada, con choricitos de mugre, con gusto a salmuera
rancia. Jadeaba por la excitación y el esfuerzo pero seguía sacudiendo el culo enorme en
cada saltito. Salta un charquito, salta una copa, salta el vestido violeta, salta el zapato
izquierdo 42, salta el derecho, salta la bandejita vacía de los triples surtidos. Salta y
respira el tufo tibio del calor de la gorda.
-
No me alcanzás. No me alcanzás. Jijiji jijiji.
“Las gordas que pegan grititos y se ríen con i son las más putas”, eso me había dicho el
gordo en la rotisería el sábado. Ni imaginarme que las prefería putas y con i.
Demasiado. Pero ahí estaban. Ya la gorda no arrancaba yuyitos, ahora convaba la
reposera rayada en una curva increíble. Panza de burro rozando el piso. De burro rayado
y de nylon. Ella gorda, blanda, voluptuosa, almohadón de plumas de flamenco,
montoncito de pompones, rosadita. Y él corriendo con su lengua puntiaguda por su
empeine. Lengüita de gato. Lengüita de víbora. Raspa la piel y eriza los pelitos del
ombligo arrugado de la gorda. Y el gordo mueve una rodilla; y la otra; y las piernas. Le
acerca el aliento a su nariz. La mordisquea. Cerecita con queso y baño de chocolate
cobertura. Y la panza del burro aplastada contra la terraza de ladrillos.
“Los indios molían los ladrillos y los usaban como afrodisíacos”, eso me había dicho el
gordo en la panadería el domingo.
Ahora la gorda hacía pocitos en los ladrillos con el taco. Agujeritos de compás. Y a
medida que el piecito jamoncito presiona y gira el taco se tiñe de rojo. Un rojo hinchado
como los labios de la gorda, hinchados, lúbricos, pulpa de frutilla con ralladura de
jengibre, morcilla vasca. Y el gordo insiste en lamerle el empeine. El empeine y el
piecito, lo chupa. Quesito de cabra cubierto de miel. La boca se agranda y succiona todo
el piecito, con jamón, con taco, con polvo de ladrillo molido.
La gorda gime.
-
¡Almíbar! ¡Almíbar! Quiero un yacuzzi rebalsando de almíbar para sumergirnos y
una cama redonda tendida con granas de chocolate y miel. ¡Quiero comer ese
pastelito refrito en grasa caliente!
La gorda grita. La gorda come. Come con la boca, con las manos, con los rollos rosados
que estrujan, chupan, deshacen, muelen, retuercen hasta la última gota del relleno
caliente. Y el gordo la mira tirado boca arriba, con las piernas abiertas. Y la gorda
arrodillada, cosechando papas, con la boca entreabierta, perdiendo una gota del relleno
por entre los labios. Con los ojos a fuego fuerte, ardiendo, prendidos con el ron.
“Yo termino hasta la última miga del plato” me dijo el gordo en la fonda.
La gorda lo miró y el gordo no pudo más que seguir deseándola. Las dos lenguas
salieron de las bocas. Las puntitas. Se ensartaron una en otra. ¡Espeto corrido!
“Para el hojaldre es fundamental la manteca, de buena calidad y el amasado. Amasar
hasta que los dedos se derritan entre los pliegues”
Gordita hojaldrosa de aceite de oliva refinado. Primer jugo bovino. Tomates pelados
peritas enteros comunes. Duraznos amarillos en mitades con juguito, con mucho juguito
y dulce de leche y crema chantilly reforzada.
Se amasa con manteca. Mano tras mano. Se soba, se calienta contra la mesa de madera.
Contra la reposera de nylon. Contra el suelo de ladrillos. Polvo de ladrillos molidos. Los
gordos se arrastran y embadurnan.
-Pechuguitas de pavo en escalopes con pimentón seleccionado, español, dulce.
Los gordos se retuercen, se blanquean, se rehogan, se flambean. Ostras, langostinos,
almejas, vieiras, berberechos. Gordas piernas mariscadas en su tinta. Salmones rellenos
con huevos tiernos de codorniz, faisanes dorados con pezuñas de iguana, dátiles de
Alejandría aromados con licor de guayaba sueca.
Rompe furiosamente el hervor.
“La indigestión es un estado mental” me dijo el gordo en la farmacia. Yo ya a esa altura
ni lo escuchaba. Guarde el sobre, el vuelto. Solamente podía pensar en sentarme en el
balcón, mirar la terraza de enfrente y escuchar el leve burbujeo del vaso de sal de frutas.

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