Cómo mirar este mundo y desde dónde JLS

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Cómo mirar este mundo y desde dónde JLS
CÓMO MIRAR ESTE MUNDO Y DESDE DÓNDE
JOSÉ LUIS SEGOVIA BERNABÉ
Instituto Superior de Pastoral
(UPSA-Madrid)
“Tu ojo es la lámpara del cuerpo…
<y> cuando tu ojo está sano,
todo tu cuerpo está iluminado” (Lc 11,34).
I. COORDENADAS PARA CONTEMPLAR UNA REALIDAD COMPLEJA
Es famosa la triada “ver, juzgar y actuar”. La empezaron utilizando los
movimientos apostólicos encarnados en la realidad como forma de hacer una lectura
creyente y comprometida con el mundo y su transformación. La consagró Mater et
Magistra en el n.236:
“Ahora bien, los principios generales de una doctrina social se llevan a la práctica
comúnmente mediante tres fases: primera, examen completo del verdadero estado de la
situación; segunda, valoración exacta de esta situación a la luz de los principios, y
tercera, determinación de lo posible o de lo obligatorio para aplicar los principios de
acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar. Son tres fases de un mismo proceso
que suelen expresarse con estos tres verbos: ver, juzgar y obrar”
En efecto, se trataba de analizar las causas y consecuencias de los hechos,
partiendo de la vida misma, para pasar a discernirlos confrontándolas desde el
evangelio, de cara al compromiso en la transformación del mundo, construyendo
alternativas personales y colectivas que redunden en el cambio de las personas y de las
estructuras. El método buscaba superar el divorcio entre la fe y la vida e impedir una
visión intimista e individualista de lo religioso.
Durante los años 60 y 70 del siglo pasado se prodigaban los análisis de la realidad
y las ciencias sociales entraban en un fecundo diálogo con la teología, la Sagrada
Escritura y la acción pastoral de la Iglesia. Sin embargo, con el tiempo, la primera de las
fases (el “ver”) pasó a ser relegada y el concurso de las ciencias sociales preterido.
Serían las Iglesias latinoamericanas, en diálogo con la Doctrina social de la Iglesia, las
que de nuevo reivindiquen la necesidad de un conocimiento exhaustivo de la realidad,
anterior a cualquier pretensión de juicio o acción sobre ella. Así, tras un período de
abandono de las metodologías inductivas (tan desarrolladas por el Episcopado
Latinoamericano en el Documento de Medellín1 y en no pequeña medida en el de
Puebla2), el documento de Aparecida señala de nuevo la importancia del “ver”,
dotándolo de un estatuto teológico más fuerte si cabe:
“Este método implica contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de su
Palabra revelada y el contacto vivificante de los Sacramentos, a fin de que, juzguemos
según Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, y actuemos desde la Iglesia, Cuerpo Místico
de Cristo y Sacramento universal de salvación, en la propagación del reino de Dios, que
Tanto, que el propio documento sigue en su estructura las tres fases del “ver, juzgar y actuar”.
En la Conferencia de Santo Domingo se abandonó esta metodología. Sin embargo, la incorporó
para la Pastoral Juvenil, añadiendo dos momentos a los tres ya clásicos: revisar y celebrar. Cf. SD 1, 19.
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se siembra en esta tierra y que fructifica plenamente en el Cielo. Muchas voces, venidas
de todo el Continente, ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que
este método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la
Iglesia: ha enriquecido el trabajo teológico y pastoral, y, en general, ha motivado a
asumir nuestras responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente.
Este método nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver
la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su
discernimiento y valoración con sentido crítico; y, en consecuencia, la proyección del
actuar como discípulos misioneros de Jesucristo. La adhesión creyente, gozosa y
confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción eclesial, son presupuestos
indispensables que garantizan la eficacia de este método”.
Vista la relevancia del método, nos centraremos fundamentalmente en la
importancia del primer momento. De manera particular queremos destacar la
importancia de la “forma de mirar”. Un modo adecuado de enfocar la mirada
predetermina un juzgar y actuar adecuados. Por eso constituye un importante desafío
educar la mirada. En esto no deja de ser verdad el dicho popular de que “las cosas
entran por los ojos”.
Desde nuestro punto de vista, una mirada rigurosa, amplia y penetrante que
detecte negatividades y proyecte posibilidades inéditas está formada por la intersección
de tres coordenadas concurrentes:
a) Uno es el dinamismo contenido en el abordaje del mundo que realizó la
Constitución pastoral Gaudium et spes cuando, proyectando una mirada amable,
solidaria y crítica (son tres notas fundamentales) sobre la realidad, afirma nada más
empezar que “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de
nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y
esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente
humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).
b) Otra es la afirmación de Mario Benedetti: “Todo es según el dolor con que se
mira”. Tenía razón Epicuro: el dolor es una experiencia universal que permite las
comuniones entre las identidades más divergentes. Una mirada que tenga en cuenta el
dolor, el sufrimiento del prójimo, será una mirada compasiva (capaz de ponerse
entrañablemente en el lugar del otro), pero también indignada (porque se sublevará ante
lo injusto evitable).
c) La tercera coordenada es más prosaica y menos poética. Es una aplicación del
principio de incertidumbre de Heisenberg: la mirada del observador sobre la realidad
contemplada la modifica inexorablemente. Así entre el observador y lo observado se
consolida una mutua relación de circularidad. El hecho mismo de contemplar las
esperanzas y desesperanzas de nuestro mundo ya lo está haciendo diferente. De ahí que
resulte clave (incluso para transformar) el hecho mismo de la forma de mirar. No es
casual que en el relato del Génesis, tras cada elemento creado, se nos diga con
machacona insistencia: “y vio Dios que era bueno” (Gn 1,4 et passim). Nada de lo
mirado es igual después de ser contemplado por el observador, máxime cuando éste no
es imparcial.
Desde estas tres coordenadas, se puede adelantar que solo una mirada “desde las
bajuras” de la realidad, sólo desde la contemplación del fracaso y de los perdedores, de
los parados, los desahuciados y de todas las víctimas, estaremos en condiciones de
poder hacer un discurso riguroso, completo y veraz sobre la realidad. De este modo, las
bajuras se constituyen, dicho sea en términos académicos, en requisito epistemológico
para una reflexión honesta, veraz y objetiva sobre la realidad misma.
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Son las bajuras las que permiten evitar el riesgo de una mirada individualista
sobre problemas que tienen matriz social o incluso estructural. La misma constitución
Gaudium et spes n. 30 previene frente al riesgo de un abordaje meramente individualista
de problemas de corte colectivo. El documento eclesial se refiere negativamente a los
que eluden pagar impuestos y al pecado social al que contribuyen. Serán también las
bajuras, las que, como envés de lo anterior, simultáneamente reivindican el valor de la
singularidad e irrepetibilidad de cada ser humano y, por tanto, de su condición de ser
fin-en-sí y no simplemente medio. ¡Cuánto daño nos ha hecho la forma de mirar
meramente “contable” e individualista de los utilitarismos contemporáneos!
Por otra parte, la forma de mirar condiciona la forma de nombrar y, finalmente, la
forma de percibir y de intervenir. Lo ilustra la anécdota de aquel chavalillo que, cual
perrillo callejero, se buscaba la vida por la calle pidiendo y revendiendo paquetes de
pañuelos de papel: “estoy harto; la gente me mira con miedo pensando que les voy a robar,
o con piedad porque me ven sucio; ¡Nadie me mira como una persona! ¡Soy igual que
ellos!”. Por eso, nadie, nunca, se paró a preguntarle el nombre. Todo lo más le dio unas
monedas o le compró a bajo precio unos clínex. Nadie se encontró con él. En realidad,
nadie le miró. “No soy de cristal” era su queja repetida, aludiendo a la ausencia de
entrecruces de miradas. Un libro estremecedor3 que relata procesos de encuentro entre ex
miembros de la organización terrorista Eta y sus víctimas alude desde el mismo título a la
relevancia de la mirada del otro. Tanto que, como confiesan varios de los otrora terroristas,
“es imposible matar mirando a los ojos”. En efecto, la mirada es condición de posibilidad
del encuentro porque es la puerta de entrada al rostro del otro. Así “llamamos rostro al
modo en el cuál se presenta el otro, que supera la idea del otro en mi” 4. Contemplar el
rostro del otro supone ser visitado y asumir una responsabilidad sobre él.
No se trata de que tengamos que ser “los solucionadores” de todo o que debamos
asumir una insana culpabilidad. Más bien apela a la responsabilidad. Es el deber de tener
que responder. Nada nos dispensa de tratar de “mirar” todo lo que se pueda, porque en esa
contemplación ya estamos autoimplicados. Jesús no fue un solucionador o un taumaturgo
milagrero como tantos otros en su época. Lo que realiza son acciones preñadas de
profundo significado, inflamadas de aceptación de la sagrada singularidad de cada ser
humano, de incondicionalidad y acompañamiento, de amor dignificante, de desafiante
justicia para los poderes del mundo. Su forma de mirar enseña la significatividad frente al
número, lo valioso frente a lo meramente eficaz, lo dignificante frente a lo rentable, la
ternura que exigen los más vulnerables frente a los fríos indicadores de eficiencia.
En el encuentro, lo más valioso es el nosotros que se afirma y que se consolida. No
es nunca la supremacía de un yo que tiene la respuesta, sobre un tú cargado de problemas.
No somos nosotros los que tenemos todas las soluciones y ellos, los pobres, los que ponen
solo las vulnerabilidades. Urge cambiar nuestra forma de mirar. Se trata de descubrir a los
demás no como seres repletos de necesidades, sino, por encima de todo, en cuanto
personas dotadas de posibilidades. Si no veo a un drogadicto, sino al Pulgui que
ciertamente tiene problemas con las drogas, pero que, además, es sensible, le gusta la
pintura, se le da de maravilla completar puzles y tiene una ingeniosa habilidad para reparar
motos... seguramente que habremos avanzado bastante en el camino. Porque el Pulgui me
dejará de ver como el Solucionador, alguien en quien delegar todas sus responsabilidades,
a quien endosar todos sus problemas, a las espera de una imposible respuesta mágica.
PASCUAL, E., (Coord.), Los ojos del otro. Encuentros restaurativos entre víctimas del
terrorismo y ex miembros de ETA, Sal Terrae, Santander, 2013.
4
Tema preciosamente tratado por E. LÉVINAS en varias obras. Por todas, cf. Totalidad e infinito,
Sígueme, Salamanca, 1987, p. 208.
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3
Llegados a este punto, es bueno recordar que los seres humanos estamos
constitutivamente inmersos en la realidad. Formamos parte de la misma, pero, al mismo
tiempo, no nos reducimos a ella. De hecho, somos los animales menos adaptativos.
Mientras que el resto se dedica afanosamente a tratar de sobrevivir, incluso
camuflándose camaleónicamente en la realidad, los seres humanos no solo no nos
adaptamos a ella, sino que incluso nos empeñamos en transformarla para que sea ella la
que se adapte a nuestras necesidades.
“Soy yo y mi circunstancia” pudo decir Ortega y Gasset5. Entre el “yo” y las
“circunstancias hay una relación de continua circularidad que empuja a modificar las
circunstancias como una forma de dignificar el “yo”. Naturalmente, presuponemos un
“yo” abierto a los demás, capaz de trascenderse y de abrirse al Misterio, con vocación
de construir un nosotros tan amplio con el mundo, con estos y con aquellos, con los de
cerca y con los de lejos. Se trata de un yo que quiere construir un nosotros tan ancho
como el mundo. En esa misma dirección, constatemos que uno de los cambios más
relevantes en la historia contemporánea del pensamiento es el paso del “yo pensante” (la
autonomía kantiana, uno con su conciencia) al “nosotros deliberante” (el diálogo y la
intersubjetividad como forma de reflexionar el yo con los otros).6
Dado que leer la realidad exige conocerla e interpretarla, bueno será reflexionar
siquiera brevemente sobre cuál es el requisito epistemológico (de verdad) que la
realidad reclama para ser leída con la mayor objetividad posible. Sabemos, de nuevo
con Ortega, que la realidad es poliédrica y que el todo es más que la suma de las partes.
De ahí que tenga enorme trascendencia el elegir la óptica que resulte más objetiva para
comprender una realidad que al menos tiene las siguientes características:
1.- En ella está implicada el sujeto que mira (siempre es mucho más que un
pretendido observador imparcial de la misma). Más bien el observador es un aguzado
centinela con vocación de actor, protagonista y hermeneuta de la realidad con la que
inevitablemente interactúa. Además esta implicación lleva a la complicación y ¡a la
replicación! Con todo, la realidad es mucho más rica que el sujeto y sus percepciones
subjetivas sobre ella. Cada uno de nosotros somos inequívocamente hijos de nuestra
propia biografía (con sus luces y sombres) y de nuestra bibliografía (los libros que nos
nutren, los periódicos y cadenas de radio y TV que nos acercan a la realidad con su
sesgo y que nos refuerzan la propia percepción del mundo…).
2.- Es compleja. Tiene múltiples aristas y resulta inabarcable en su totalidad. La
Iglesia latinoamericana reconoce que hay que contemplar “la realidad con más
humildad, sabiendo que ella es más grande y compleja que las simplificaciones con que
solíamos verla en un pasado aún no demasiado lejano” (Doc. Aparecida 36). La
globalización y las continuas interacciones entre diferentes subsistemas de la realidad la
han complicado notoriamente.
3.- Es cambiante: La realidad no es estática. No cabe foto fija. Se le podría
aplicar aquello de Heráclito: “Todo fluye. No puedes bañarte dos veces en el mismo
agua del rio”. Ese proceso se ha hecho enloquecedor en los últimos años. Hablamos de
un auténtico cambio generacional cada seis años, Cada tres se nos queda obsoleto el
ordenador y sus programas informáticos, por no hablar de todo el instrumental
tecnológico y de comunicaciones que aparece continuamente y que, si no manejamos
A continuación añadió: “y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. De este modo se cierra el círculo
que anuda al ser con el existir.
6
Wittgenstein y su “giro lingüístico”, acentuando el papel del lenguaje, prepararon el terreno para
las contemporáneas éticas dialógicas (Appel, Habermas, etc.).
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4
mínimamente, podemos llegar a presentarnos ante nuestros contemporáneos como
auténticos extraterrestres. A la hora de “mirar”, de nuevo son sensatas las reflexiones
de Aparecida: “Nos afligen, pero no nos desconciertan, los grandes cambios que
experimentamos. Hemos recibido dones inapreciables, que nos ayudan a mirar la
realidad como discípulos misioneros de Jesucristo” (Doc. Aparecida 20).
4.- Es diversa. Para muchos expertos, el desafío del siglo XXI es la gestión de la
diversidad. Una sociedad que se va configurando desde el pluralismo y la diferencia, no
como problema, sino como rasgo constitutivo que nos desafía para lograr construir una
realidad en la que, en verdad, vivamos siendo uno, luchando contra lo que nos
desiguala, pero al tiempo peleando por la igualdad: Ser más iguales y más distintos en
una sociedad más justa y más equitativa. Ese es el reto de la diversidad.
5.- Rige la incertidumbre. La impredicibilidad del futuro es una característica de
nuestro tiempo. A pesar de los avances de la ciencia y de la técnica, no sabemos con qué
sorpresas nos despertaremos mañana. Algunos autores lo llevan más allá. La nota de
nuestro tiempo sería el miedo. Tenemos pavor del futuro que se presenta como incierto
e imprevisible. Tenemos miedo de nosotros mismos y de nuestro potencial de hacer
invivible la vida en el planeta y, por encima de todo, hemos construido una cultura de
miedo al otro, sobre todo cuando es diferente. Casaldaliga lo decía con meridiana
claridad: “el Sur tiene hambre, pero el Norte solo tiene miedo”.
II. PROCURANDO SER OBJETIVOS, PERO NO NEUTRALES
“Se puede ser objetivo, pero jamás neutral” (Bourdieu)
La objetividad, el respeto al factum, la relevancia del dato, más allá de
reduccionismos de todo tipo, aparecen como el desiderátum de cualquier lectura sobre
la misma. Sin perfilar con la mayor objetividad el objeto de análisis, el diagnóstico será
necesariamente malo y, desde luego, devendrá desacertado el tratamiento que se siga.
Habida cuenta de la imposible neutralidad de las ciencias sociales, se impone
señalar como el lugar más universalizable desde el que contemplar la realidad la
experiencia universal del sufrimiento y del dolor. Todos los seres humanos coincidimos
en evitar el dolor y tratar de limitar su presencia indeseable procurando ser lo
mínimamente infelices posible. El lugar natural para acercarse a la realidad con
objetividad, paradójicamente, no puede ser otro que el del sufrimiento y el dolor y,
singularmente, el de la pobreza y la exclusión como forma inquietante y evitable de
injusticia. Son las experiencias más “horizontalizantes” y universales. Lo visibilizó la
Reina Sofía, con ocasión del premio que llevaba su nombre a la Asociación Apoyo,
cuando le dijo a una muchacha seropositiva que acaba de enviudar y que no acertaba
con el tratamiento: “hija, llámame de tú que en el dolor somos todos iguales”.
Esta sensibilidad, cargada de componentes de análisis estructural, se ha volcado en
la opción por los pobres, opción por los excluidos u opción preferencial (expresión que
constituye un discutible pleonasmo). La tesis central de fondo es siempre la misma: el
lugar desde del que se pueden universalizar las conclusiones es el “no lugar”, el lugar
del dolor y la rabia, el del sufrimiento, la vida y la muerte; el lugar del “otro”. Además,
supone un ámbito de verdad insobornable. En efecto, "los renglones torcidos de Dios"
proporcionan un presupuesto fáctico universalizable estadística y epistemológicamente.
Si hay que hablar de la verdad del hombre, ésta se historiza como mujer no occidental,
con cargas familiares y en precariedad total. Esto supone que el referente geográfico ha
de ser el sistema mundo y no un espacio social privilegiado desde el que se fantasean
5
pretensiones de validez formal universalista. En este sentido, el "desde la marginación"
aporta a la teología "un lugar en el mundo" desde el que pensar a Dios y reflexionar
sobre el hombre: "la espalda del mundo" o "el reverso de la historia". Como se dijo,
sólo desde las bajuras se pueden mantener pretensiones de universalidad, se devuelven
al lugar natural las más hondas preferencias de Jesús y se otorga sacramentalidad y
significatividad a la densificación de lo humano. Para la teología, el compromiso con la
exclusión supone su auténtica "prueba del algodón", lo que verifica su credibilidad
objetiva, la coherencia de sus postulados y la eficacia de sus realizaciones. En ese
sentido, los pobres gozan del privilegio hermenéutico y epistemológico de
desenmascarar, desmitificar, desocultar y visibilizar la cruda verdad. Por eso, con Reyes
Mate, el sufrimiento es condición de la verdad; por eso, las víctimas tienen algo de
revelación y de don. Además, de "ecce homo" son también "zarza ardiente", evocación
y revelación del Otro más radicalmente otro, del misterio inefable de nuestra existencia
y la total realidad.7
A estas alturas, no negaré que apuesto por una mirada que compromete, por una
mirada que contiene un inequívoco guiño de complicidad con los des-graciados, con los
in-justiciados, con los dolientes de cualquier tipo y condición. Y ello no por simple
empatía o simpatía, más o menos emocionalmente comprensible, sino por razones de
verdad material (epistemológicas). Porque solo desde esa complicidad se ve la realidad
en su complejidad sistémica. En ese sentido, se ha podido afirmar con rigor que desde
las bajuras se contempla toda la realidad con más amplitud que desde las alturas. Lo que
ha llamado alguna teología el lugar del pobre y su privilegio epistemológico se
convierten en condición de verdad. Por eso la condición de verdad es la lucha contra la
injusticia, que es su mayor negación por parte de quienes “secuestran la verdad con la
injusticia” (Rom 1,18).
De lo dicho se concluye que para conocer la realidad, es precisa la aplicación de
un método y una hermenéutica que no traicionen. El método inductivo y el tomar como
referencia a los últimos ayudan a la universalización. Frente a las críticas a esta
metodología inductiva, Bourdieu señala: “quienes hacen profesión de objetivar el
mundo social se muestran raramente capaces de objetivarse ellos mismos e ignoran que
a menudo su discurso, aparentemente científico, habla menos de su objeto que de su
relación con el objeto”. Apostamos por este modelo frente a la falsa elección entre un
intimismo subjetivista, de carácter más emotivista y difícilmente universalizable, y la
superioridad objetivista del estructuralismo con serias dificultades para incorporar a su
análisis el rostro del otro. Se aleja este método tanto de las percepciones paternalistas incapaces de transformar de raíz -, como de las puramente ideológicas -incapaces de
aquello que propone el obispo Casaldáliga: llenar el corazón y la reflexión de nombres.
Por otra parte, la consideración de la maldad estructural se compadece mal con
una frecuente interpretación culturalista de la moral: se reducen los problemas de ética
social y política a disfunciones relacionales entre moral y cultura. Sin embargo, es
imprescindible servirse de la clave de la justicia social: cómo se reparten los bienes
humanos, cómo se generan las desigualdades, cómo se origina y consolida una sociedad
cada vez más dualizada, etc. Si se hace un discernimiento de síntomas y se utiliza una
interpretación culturalista de la crisis social, entonces se eligen como áreas sociales y
como interlocutores preferentes los sujetos detentadores del poder cultural (medios de
comunicación, poderes públicos). Si, por el contrario, se efectúa un juicio ético en clave
Cf. SÁNCHEZ BERNAL, J. J., "El crucificado: memoria de las víctimas": Vida nueva 2559
(2007) pp. 24-27.
7
6
de justicia, los interlocutores preferidos son otros: los generadores de marginación, las
estructuras que ensanchan el foso entre ricos y pobres.
Mientras que en el paradigma cuantitativo positivista se acentúan las variables, la
confiabilidad, las hipótesis, la validación…, en el cualitativo se acentúa el mundo del
significado, el contexto, la perspectiva holística, la cultura, incluso la emoción. Por eso,
en todo caso, hay que mantener una “vigilancia epistemológica”, una “duda radical”
(Bourdieu), no para obviar la inevitable subjetividad, sino para explicitarla desde el
principio por estricta honradez intelectual y como forma de alcanzar la mayor
objetividad posible. En esta dirección, M. Mies8 señala que el postulado de la
investigación aséptica, libre de valores, neutral e indiferente hacia el objeto de
investigación, debe de ser reemplazado por una parcialidad consciente, distante del
mero subjetivismo o de la simple empatía, ya que la identificación parcial crea una
distancia crítica y dialéctica entre el investigador y lo investigado. Igualmente, la visión
“desde arriba” debe de ser reemplazada por la visión “desde abajo”. Esto es una
consecuencia necesaria de la parcialidad consciente de la exigencia de reciprocidad.
Posee tanto una dimensión científica como ético-política. Igualmente, apunta a que el
conocimiento “de espectador”, meramente contemplativo y no involucrado, debe de ser
reemplazado por una participación activa en las acciones y hechos emancipatorios. La
integración de investigación y praxis logra siempre resultados más ricos, y por ello,
también más verdaderos. El lema, con resonancias de la Tesis XI sobre Feuerbach bien
podría ser: “Si quieres conocer la realidad, trata de cambiarla». El conocimiento pasa
por “concienciar” y por «problematizar situaciones”9 lo cual debe hacerse
primordialmente por las personas que padecen la injusticia.
III. PRESUPUESTOS DE UNA LECTURA CREYENTE DE LA REALIDAD
“Conocer a Dios es practicar la justicia” (Jer 15,22)
Además de aprender a leer la realidad, queremos acercarnos a ella en cuanto
seguidores de Jesús. Por eso queremos hacer una lectura creyente de la realidad. Esta se
basa en varios presupuestos.
1.- El mundo, la vida, la historia, el dolor de los injusticiados y de los enfermos
son lugar de Dios, auténtico “locus theologicus” (Melchor Cano dixit). Por eso hay que
escrutar los signos de los tiempos (GS 4). De espaldas al dolor del mundo no se puede
hacer experiencia creyente, ni cargar con el contenido de la Revelación que es mucho
más que un depósito cerrado que se transfiere a los seres humanos para que lo reciban
con dócil aquiescencia. La Revelación queda incompleta sin discernir las señales de
Dios en la vida y en la historia. Sin dialogo con el mundo nos privamos de contenidos
nucleares de la experiencia de Dios. Por eso queremos saber, queremos ejercer la
audacia de conocer: no por el prurito de ser más eruditos, sino para experimentar
<conocer> más al Dios de Jesús. El principio de la encarnación descarta que se pueda
participar de la fe en el Dios cristiano desde la ajenidad al sufrimiento humano. Su
contemplación es, por tanto, condición de posibilidad de una experiencia religiosa que
quiera ser propiamente tal.
Nosotros buscamos en la realidad las huellas de Dios, los signos de los tiempos, a
través de los cuáles percibimos auténticos clamores de Dios o silencios paradójicos
igualmente interpelantes. En el fondo, el creyente analiza con detalle la realidad porque
8
9
Cf. MIES, M. y. SHIVA, V. (eds.) (1997), Ecofeminismo, Icaria, Barcelona.
Cf. FREIRE, P. (197413) Pedagogía del oprimido, México.
7
quiere experimentar a un Dios que es incognoscible fuera del mundo en el que se ha
revelado. De esta manera se minimiza también el riesgo de caer en ideologías
simplistas o en lecturas interesadas y planas.
Lo teologal queda afectado por la mirada y el encuentro con el mundo, como no
podía ser de otro modo. Bien podemos decir que fe no es solo “creer en lo que no se
ve”; fundamentalmente consiste en creer “a pesar de lo que se ve”. Aunque tantas
cosas inviten al descreimiento, aunque las sociedades secularizadas parezcan ser
virtualmente autosuficientes, a pesar de que las Iglesias y las mediaciones religiosas no
siempre están a la altura del Absoluto al que visibilizan sacramentalmente, la fe sigue
siendo necesaria y consiste básicamente en no dejarse llevar por la incredulidad, el
escepticismo o la idolatría. De igual modo, la virtud teologal de la esperanza no puede
confundirse con el optimismo. Este mira a los indicadores objetivos y configura su
estado de ánimo en función de ellos. Si ahora mismo, el Ibex 35, el Dow Jones o el
Nasdaq o cualquier otro indicador bursátil se disparasen, nos alborozaríamos del mismo
modo con que lo haríamos si empezamos a verificar una imparable tasa de desempleo
decreciente. Sin embargo, eso sería optimismo. Porque se fundamenta en los datos de la
realidad. La esperanza no es eso. Supone la convicción de que las cosas van a ir a mejor
en ausencia absoluta de señales. Se basa exclusivamente en que el futuro es el tiempo de
Dios. Por eso la esperanza se distingue del optimismo en que –como todas las virtudes
teologales- tiene su origen y término en Dios. Por eso no es casual que las páginas más
preñadas de esperanza de la Sagrada Escritura fueran precisamente las escritas en
contexto de éxodo, deportación, exilio, persecución o martirio… Y por fin, la caridad,
el cariño, el amor. La más sublime de la tres que rompe la lógica del merecimiento para
instaurarse en la del don y la gratuidad. Se trata, desde luego, de una caridad que no es
ñoña, sino que se acompaña del vigor de la justicia.
2.- El otro cuanto más otro sea, más me remite al Totalmente otro. La diferencia
me hace singular, único e irrepetible. La desigualdad me indignifica. Son precisos la
aceptación incondicional y, al mismo tiempo, el cultivo del diálogo y el encuentro con
el otro. El dialogo con el mundo, con otras confesiones religiosas, con otras tradiciones,
con quienes se empeñan desde distintas filosofía en otro mundo posible, porque, con
Santo Tomas, “nadie puede contener toda la belleza y toda la bondad”. Por eso
necesitamos del otro. Gadamer repetía: “la verdad se construye con el otro”. Quizá por
eso la Gaudium et spes llega a agradecer muchas cosas incluso a quienes persiguen a la
Iglesia (Cf. GS 44 y 92).10
3.- Una mirada amable y crítica al mismo tiempo sobre el mundo. Se trata de
aunar la ética del cuidado, la hospitalidad, el mimo, la ternura y la delicadeza, con las
exigencias de respeto a los vulnerables y de justicia sin rebajas. Lo dice muy bien el
canto del siervo de Yahvé. “La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo
apagará, y no cesará hasta implantar el derecho y la justicia en toda la tierra” (Is 42,3)
4.- Tenemos que centrarnos en lo esencial. Como miembros de la Iglesia, el
lugar natural desde el que tenemos que mirar es el lugar de nuestro origen: Los pies de
la Cruz. En efecto, es a los pies del Crucificado donde surge la Iglesia: “He ahí a tu
madre… He ahí a tu hijo” (Jn 19,27). A los pies del dolor y de la injusticia (lugar
existencial y epistemológico). Y fijos los ojos en el Señor (oferta de sentido que
constituye el objeto último de la mirada). Empeñados en desclavar a los crucificados
de sus cruces (la primacía de la praxis) y siendo uno para que el mundo crea (servicio
10
Cf. SEGOVIA,. J.L ,“Gaudium et spes: Una nueva mirada sobre el mundo”. Sínite 161 (2013) pp.
469-500.
8
de la unidad).11 De este modo, se asegura una mirada universal y, al mismo tiempo
significativa, auténtica y compasiva.
IV. UNA MANERA MUY ESPECIAL DE MIRAR LA REALIDAD
Naturalmente hay muchas formas de mirar. Son legítimas. Pero ninguna nos
resulta tan omnicomprensiva, tan aguda y penetrante como la que se infiere en los
evangelios de la forma de mirar de Jesús de Nazaret. Aunque el enunciado del título no
es confesional, me permito defender apasionadamente una manera de mirar la realidad,
para mí “la” más completa, que es la de Jesús de Nazaret .No es que lo cristiano, en
cuanto tiene de divino eco, compita con lo humano, es que supone su exaltación. Por
eso es perfectamente posible que incluso un ateo participe en gran medida de la forma
de mirar de Jesús y que algunos creyente poco avisados se mantengan ciegos si no
adoptan el ángulo del telescopio que ha puesto el buen Dios en nuestras manos para
contemplar la realidad.
Señalaré algunos rasgos que responden al desde dónde y al cómo mirar. Con
Aparecida 36:
“En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1, 30), la cultura puede volver a
encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el
conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada
uno su sitio y su dimensión adecuada”.
* La mirada de Jesús es una mirada cargada de sentimientos y repleta de compasión.
No es neutral, ni aséptica, ni “profesional” en el mal sentido del término. Al
contrario, su mirada profesa cariño, incluso en situaciones donde se produce, finalmente, el
desencuentro de proyectos vitales (“miró con cariño al joven rico” (Mc 10,21), o donde es
palmaria la lejanía de credos y situaciones personales (admiración ante la fe del centurión
Mt 8,10), o donde hay distancia de praxis y concepciones religiosas (maravillamiento ante
el óbolo de la viuda (Lc 21,2) Es mirada también repleta de reconocimiento ante la fe
distinta de la cananea (Mt 10,28); se torna en aceptación incondicional ante las
magulladuras culpables del hijo pródigo (Lc 15,11 ss.); en atrevimiento y auto invitación
ante la cortedad de Zaqueo (Lc 19, 1 ss.), y, quizá la más cercana a nosotros, es mirada
cariñosa, de reconocimiento profundo, de Jesús hacia la fe de los voluntarios que le traen
en camilla al paralítico que acaba provocando el milagro (Mc 2,5).
* Es, también, mirada cargada de indignación.
Lo es ante lo injusto evitable (Mt 12, 2.10), cuando se juega la suerte de los pequeños
(Mt 18,2), cuando se les escandaliza (Lc 17,2), cuando se le separa de los niños (Lc 18,16),
cuando, con Pedro prudente, se le hace rehuir el conflicto, la cruz y la polémica con el
poder (Mc 8,33), cuando se buscan privilegios (Lc 14,8) o se escandaliza a los vulnerables
(Mc 3,5), cuando se secuestra a Dios o se convierte su casa en cueva de mercadeos y
transacciones (Jn 2,15).
Estos dos sentimientos morales (compasión e indignación) son los que nos sacaron
Desde ahí se relativiza lo relativo. Si hay que desclavar a izquierdas o a derechas pasa a ser
cuestión secundaria cuando la primacía la tiene de verdad el empeño comprometido por bajar de las
cruces a los crucificados. Lo mismo se diga de otras discusiones eclesiásticas que cobran tanto más vigor
cuanto más lejanas están de las cruces. La cercanía al dolor agudiza los conflictos, pone sobre la palestra
lo relevante y otorga otra percepción de las cosas.
11
9
de las cavernas y nos hicieron avanzar en el camino inconcluso de la humanización. Por
eso deben impostar toda forma de mirar que se pretenda humana.
* La mirada de Cristo es mirada que sabe discernir.
Es larga, profunda, inteligente. Sin miopía ni vista cansada. No confunde el trigo con
la paja. No escabulle la verdad. Escruta hasta lo más hondo las intenciones ocultas de sus
perseguidores. Fiel a Dios hasta el final, pero no tonta. Sabe con quién se juega los cuartos,
sobre todo cuando los cuartos están en manos de muy pocos. Es inocente pero no ingenua,
sencilla como paloma pero astuta como serpiente (Mt 10,16).
* Es una mirada contemplativa.
Va más allá de las apariencias y las pintas (Lc 7,37 ss.), bucea en el hondón humano,
desenmascara mentiras virtuales y pecados estructurales (Jn 8,4 ss.) y, a la postre,
descubre tras el rostro del pobre, del enfermo, del preso o del inmigrante al mismo Cristo
hecho no sólo sacramento sino también juicio último, universal, sobre nuestra vida y
antepenúltimo sobre la dignidad con la que vivimos todos, creyentes y no creyentes (Mt
25,37).
Porque no se queda en la superficie y escruta, escucha antes de hablar. Hace como la
advertencia del Metro de muchas grandes ciudades “Antes de entrar dejen salir”. Para que
no nos pase como a la pobre monja negra, recién llegada desde un país subsahariano a
Barajas y que, al llamar a la que habría de ser su nueva casa, la espetan: “A las 6,30
abrimos y, por favor, por la otra ventana”. Esperó cerca de una hora y, efectivamente, a las
6,30 horas una mano generosa la tiende una bolsa llena de dodotis y potitos… que no había
pedido… Nos puede pasar a cualquiera. Pero de generosidad también se puede asfixiar a
los pobres. Sin contar con ellos se les puede dar lo que no han pedido, ni tal vez precisan.
Por eso urge contemplar con sosiego y atención. Todo lo contrario a una mirada
funcionarial.
* Es mirada limpia (Mt 5, 8).
Porque quiere ver la realidad sin prejuicios ni intereses propios, es mirar puro,
empatía compasiva que se solidariza con los débiles y apuesta simplicidad de vida para
crear valores alternativos a la complejidad, la arrogancia del poder, la violencia del éxito o
el consumismo desenfrenado en el que participamos todos.
* Es consciente de las propias motas en el ojo (Lc 6,41).
Por eso, auxilia desde la consciencia de la propia debilidad. Sana desde las propias
heridas. Ayuda a izarse desde el ímpetu que dan las propias levantadas. Es el sanador
herido, el que da lo que tiene, o mejor, el que comparte desde lo que simplemente es, con
autenticidad. No es mirada “solucionadora”, sino frágil, pero siempre cómplice y solidaria.
* Es mirada seguida de resolución.
Continuamente nos dice “vio Jesús y les dijo” y, sobre todo, “vio Jesús e hizo (p.e.
Mc.1,16). No es la mirada intencionadamente distraída del levita o la del sacerdote: uno y
otro, ante el caído y apaleado al borde del camino, “vio, se desvió y pasó de largo” (Lc
10,32). Es más bien la de aquel que se sintió interpelado por el rostro sufriente del prójimo;
tanto, que, “al verlo, sintió lastima, se acercó, le vendó las heridas, lo montó en su propia
cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él” (Lc 10, 33-34).
10
¿Habéis percibido la cascada preciosa de verbos concatenados que nos hablan de la
torrentera de decisiones, implicaciones, sentimientos, cuidados...?”. Es, sin duda, la
parábola del voluntario de Cáritas. La del “ve y haz tú lo mismo”, porque todos, en algún
momento, hemos sido auxiliados por buenos samaritanos y, siempre, por El Samaritano.
No es este el momento de comentar esta deliciosa parábola, espumante de divina
humanidad, con más detalle. Quedémonos con todo lo que nos provoca esta forma de
mirar samaritana.
* Es consciente de ser, en cierto modo, una mirada privilegiada.
“Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis” (Mt 13,16). La amistad, el trato
personalizador desde el encuentro con los pobres, son todo un lujo inmerecido, un
privilegio, una “auténtica propina de la vida”. Compartidos con otros muchos no creyentes
que expulsan demonios son un motivo continuo de agradecimiento al Padre.
* Es una mirada que nunca deja las cosas como están.
Transforma y dignifica el corazón y la realidad de la persona concreta, y altera
sustancialmente el orden “natural” social. Perdona y levanta a la adultera, pero sienta en el
banquillo a los jueces (Jn 8,3 ss.). Cura la lepra y al tiempo apuesta por la inclusión y la
integración como queridos por Dios (Mt 8,1 ss.). Cura, pero también se salta
descaradamente las leyes injustas cuando esclerotizan la misericordia de Dios e impiden la
inclusión de los vulnerables (Mt 12,12). En definitiva, no duda en simultanear la sanación
de la persona concreta con la expulsión de legiones de demonios (Mc 5,2ss.). La mirada
cura el pecado personal y obliga a la conversión de los mecanismos y estructuras de
pecado.” (Lc 11, 37). Es mirada y actitud que no dejan indiferente. Tiene un algo de
retadora. Invita a tomar partido, a optar. Supone conflicto personal y grupal. Es dialéctica,
es apuesta descarada por el pobre y aflicción por el rico que no se convierte. No todo vale
ante su mirada. Sabe bien que ser solidario es ser capaz de “jugar contra los propios
intereses”.
*Es una mirada con humor.
De ese humor fino y sano que no es sino relativización de uno mismo y de los
propios protagonismos, para ceder lugar al único Absoluto, a Aquel que “da a sus
amigos... mientras duermen” (Sal 127, 2). Frente al serio rigorismo y ascesis del Bautista
(Mc 1,6), Jesús es más sociable y convivencial. Por eso, hace mesa común con todos (Mc
2,15), sonríe y, seguro, ríe y, además de espléndido comunicador en parábolas,
probablemente, también contó chistes. Por eso relativiza a los poderes políticos y
religiosos y sólo consiente como título de honor para sentarse en la mesa de su Reino el de
“siervo inútil”.
* Por último, pero no menos importante: la fe nos ayuda a recobrar la vista.
Cuando legañones de egoísmo, de auto-justificaciones, de sentido común y la
prudencia mal entendidos nos impiden aquello de Machado: que “en amor, sólo la locura
es sensata”... entonces, hay que decir con el ciego de Jericó: “Hijo de David, ten
compasión de mí. Que recobre la vista” (Lc 18, 39 ss.). Sólo la fe, que es riesgo y
confianza, aventura y a desasimiento, salva. Sólo sabernos a la intemperie, pero con la
ayuda de Él, nos ayuda a seguir tanteando el camino.
11
V. LA NECESIDAD DE CAMBIAR DE LUCES
Creo que la lectura creyente de la realidad debe saber combinar dos momentos.
Sin ellos, nos puede invadir el angelismo más ñoño o un escepticismo agrio que impide
avanzar. Lo explico acudiendo a un ejemplo. Cuando llevamos muchas horas
conduciendo por la noche es necesario hacer un cambio de luces de vez en cuando. Si
contemplamos la realidad solo con las luces cortas, se nos impone la brutal crueldad de
la realidad. Ello nos hace percibir todo con un tono inevitablemente negativo: crisis,
desempleo, corrupción, dualización social… Un ejercicio de luces cortas es
imprescindible porque nos hace encontrarnos con los datos de lo real para no estar en
las nubes. Pero es necesario jugar al mismo tiempo con un cambio de luces largas. Estas
nos invitan a contemplar la historia y los grandes dinamismos y procesos con dosis de
paciencia histórica. Contemplar el proceso de emancipación y la lucha por la igualdad
de la mujer o los avances en toma de conciencia y positivación de los derechos humanos
nos ayudan a descubrir cuanto hemos avanzado en muy poco tiempo. Las luces largas
invitan a seguir mirando al futuro como el ámbito de lo inédito viable. Solo un continuo
cambio de luces nos permite seguir explorando el futuro como terreno fértil de
posibilidades, desde las urgencias del presente pero evitando ser atrapado por éste.
Cierto que nuestra sociedad es más desigualitaria que nunca, pero también es verdad
que el último PNUD refleja aspectos muy positivos en los países con economías más
frágiles. Nuestras democracias son de baja intensidad, pero hemos recuperado al sujeto,
individualmente considerado, empoderado notablemente con un simple clic de ratón.
Plataformas como change.org permiten que los particulares puedan participar en
decisiones colectivas e influir en la vida política. Este cambio de luces y unas pizcas de
humor nos permiten mantenernos en la brecha, alimentar la esperanza, no renunciar a la
utopía y no dejarnos hundir por la realidad.
En cierto sentido, la noción de “reserva escatológica” de Metz va en la misma
dirección. Es un recordatorio de que ninguna realización intrahistórica, por plena que
parezca, agota la plenitud del Reinado de Dios. Por otra parte, constituye un continuo
acicate para el compromiso y para que el horizonte utópico tensione un presente
demasiado chato y acomodaticio.
VI. MIRADAS
CÓMPLICES PARA UNA ALIANZA CON LOS POBRES EN PLENA CRISIS DE
MODELO DE DESARROLLO
El hecho de mirar es implicativo. No podemos invitar a mirar sin más, de manera
abstracta y ahistórica. Por eso proponemos ejercitarnos en la mirada desde una realidad
concreta (la actual crisis económico-financiera), con un sesgo determinado (“la
complicidad” con los excluidos) y con vocación transformadora (crear un modelo de
desarrollo a escala humana que satisfaga las necesidades de las personas y aliado
permanente de ellas).
Para hacer esta mirada tan compleja y completa, proponemos un itinerario que
conlleva varios momentos que describiremos desde los desafíos que introduce.
1.- La audacia de mirar para conocer.
Nada es más cómodo que cerrar los ojos y pasar de largo ante los reclamos de la
realidad, especialmente cuando vienen urgidos por el sufrimiento de quienes padecen la
injusticia. Sin embargo, como hemos repetido, no podemos hurtar la mirada y pasar de
largo ante el prójimo vulnerable. Por eso el primer desafío para la mirada tiene que ver con
12
lo que Kant llamaba la audacia de conocer. Lo expresaba con una máxima: “atrévete a
saber”.
En efecto, solo la ignorancia explica la poca importancia que la mayor parte de los
ciudadanos, incluso los más cultivados, han dado a la economía. De este modo, poco a
poco, la racionalidad economicista ha ido fagocitando el terreno de la política (arte de
buscar el bien común y la justicia social) y ha acabado por desprender su lógica de la
percha de los valores. Dejada a su libre albedrío, la actividad económica (arte de
(re)distribuir recursos escasos en función de prioridades) ha devenido en pura crematística
(culto al lucro y al beneficio rápido como fin en sí).
No pretenden las líneas que siguen dar ninguna clase de economía, para lo que no
somos competentes. Pero sí mostrar como algunas” ignorancias”, movidas por falta de celo
en una mirada crítica y competente sobre la realidad, han permitido por acción o por
omisión hacer explotar una crisis que estaba en el corazón del sistema desde hace bastantes
años.
a) La primera afirmación de una mirada con la pupila de Dios es clara: la crisis económica
es una cuestión teológica de primer orden. En efecto, el paro, la explotación laboral, los
desahucios, los inmigrantes sin papeles y sin derecho a la sanidad pública, etc., etc., son
ante todo cuestiones teológicas. Quizá alguien pueda sorprenderse de esta afirmación.
Hace años, González Faus escribía: “De Dios se supo a raíz de un conflicto laboral”12, en
referencia al acontecimiento que desencadenó el liderazgo de Moisés en el éxodo del
Pueblo de Israel y su paulatina acogida a la revelación de Dios. Aún más, el Dios
encarnado en Jesucristo está emparentado con el dolor de todas las víctimas que en el
mundo han sido, de manera que puede afirmarse que no cabe experiencia religiosa
cristiana de espaldas al dolor del mundo. Del mismo modo, puede decirse que Dios queda
frontalmente afectado por el dolor y la injusticia humana. Lo afirma con rotundidad Metz:
“Dios no puede ser simplemente la respuesta a nuestras preguntas. Las respuestas
que da la teología no reducen a silencio-las preguntas. El que, por ejemplo, oye el
discurso teológico de la resurrección de Jesús sin que resuene en él el grito desgarrador
del crucificado, no escucha teología, sino mitología. Ahí está justamente la diferencia
entre teología y mitología: en el mito la pregunta se esfuma. Y por esto tiene mejores
cualidades terapéuticas: resulta un "tranquilizante" más poderoso e incluso tal vez
"domina mejor la contingencia" que la fe cristiana”.13
Por consiguiente, reducir la crisis o el hambre a una mera cuestión técnica de
asignación de recursos por “especialistas” supone un reduccionismo inasumible. Deja
aún más perplejo que algunos eclesiásticos denuncien –con razón- la opacidad de Dios
en nuestra cultura secularista, mientras pierden una oportunidad de oro para visibilizar
su presencia precisamente en situaciones en los que su afirmación constituye una
excelente buena noticia para quienes, por ejemplo, están recibiendo cartas de despido u
órdenes de lanzamiento en procesos hipotecarios. En suma, en esta mirada creyente nos
estamos jugando mucho más que la credibilidad de la Iglesia: está en juego la
significatividad de Dios en un mundo poco poroso a reconocer su presencia.
Naturalmente, no se trata de que la Iglesia o los creyentes tengan que dar un recetario
sobre cómo legislar la dación en pago, la prelación de los créditos hipotecarios, o cuál
GONZÁLEZ FAUS, J. I., (19846), La Humanidad nueva. Ensayo de Cristología, Sal Terrae,
Santander, p. 603.
13
METZ, J. B., “Die Rede von Gott angesichts der Leidengeschichte der Welt”: Stimmen der Zeit
210 (1992) pp. 311-320.
12
13
es exactamente el tipo impositivo que debe aplicarse a determinadas rentas. La cuestión
es más sencilla: Se trata simplemente de proclamar que dejar en la calle a familias
enteras o aprovechar fraudulentamente los ERES para dejar a personas en el paro,
literalmente, “clama al cielo” e “irrita a Dios”. ¿Por qué resulta tan difícil señalar que la
estafa de las preferentes es todo un robo y un atentado contra la justicia de Dios? ¿O
acaso no lo son? Como vamos viendo, la afirmación del carácter teológico de la crisis
no es cuestión baladí. Tratar de contemplar el mundo con la mirada de Dios siempre
compromete y obliga a tomar partido.
Por si queda alguna duda, apelamos a Centesimus annus: “La dimensión teológica se
hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia
humana” (CA 55). Pensar de otro modo implicaría dejar a la Doctrina social de la Iglesia,
auténticos ojos y corazón de la Iglesia, en una mera invocación retórica, abstracta y sin
implicaciones concretas. Por eso, constituye “un fundamento y un estímulo para la acción”
(ibid). Y porque, en otro caso, “hablar solo de los principios es mentir” (Bonhoeffer).
b) Afirmada la verdad teológica de la crisis, es preciso señalar ahora otras verdades
más de tejas para abajo, pero no menos relevantes:
1.- La crisis propiamente no es una novedad: ¡muchos no han salido de ella
jamás! Se nos ha olvidado que ¾ de la humanidad viene malviviendo en la crisis desde
siempre. Incluso se ha podido hablar de “Continentes olvidados”, hasta el punto de que,
si se hundiera África en el mar con todos sus habitantes, el impacto sobre el resto del
planeta desarrollado sería muy escaso.14
2.- La crisis no constituye un novum que haya explotado en 2007-2008. Incluso
en los países más desarrollados como España, la crisis estaba gestándose desde hacía
más de 30 años a través de un modelo de desarrollo que generaba crecimiento de la
desigualdad y dualización social. En efecto, uno de los datos más sorprendentes del VI
Informe Foessa15 sobre desarrollo en España es la constatación de que, de 1980 al año
2006, el importante crecimiento de las macromagnitudes económicas (PIB, renta per
cápita…) no fue acompañado de mayores cotas de igualdad16. Por el contrario, España
ha resultado ser uno de los países más desigualitarios de la UE, incluso por encima de
Grecia o Portugal. De todo ello se infiere una importante conclusión que afecta a uno de
los más importantes dogmas del modelo económico en vigor: crecimiento no equivale a
desarrollo; hay que pensar en un modelo diferente de desarrollo a escala humana,
sostenible y universalizable.
3.- Debe destacarse el cambio de modelo producido en el interior del
capitalismo. Del acento en la productividad y el consumo de masas, con el apoyo del
utilitarismo del pensamiento neoliberal (menos Estado y más mercado, menos
regulación, menos impuestos, etc.), se ha pasado a la pura especulación con productos
complejos de ingeniería financiera y base puramente econométrica, desgajados de las
necesidades humanas que daban sentido a las clásicas preguntas: ¿qué producir?, ¿cómo
hacerlo? y ¿para quién? La actividad económica ha dejado de generar riqueza y empleo
(y posterior redistribución, mediante el papel del Estado y la política fiscal y de
Aunque la realidad africana está cambiando muy deprisa, sigue siendo útil: DE SEBASTIÁN,
Luis (2007), África: pecado de Europa, Trotta, Madrid.
15
VI Informe FOESSA sobre exclusión y desarrollo social en España (2008), Fundación FoessaCaritas Española, Madrid.
16 Como señala Ha-Joon Chang en su 23 things they don’t tell about capitalism, el nivel de
bienestar no depende de la concentración de riqueza sino de cómo se actúa con ella.
14
14
prestaciones sociales) y se ha convertido en una máquina de multiplicar ingresos sin
valor añadido alguno, sin dar origen a un solo puesto de trabajo y, gracias a sofisticadas
trampas (paraísos fiscales, SICAV y otras triquiñuelas legales), sin que se redistribuya
nada de lo ganado en tiempo record. El mundo ha quedado reducido a un casino con
unos pocos y nada escrupulosos ganadores.
4.- Ello justifica que, a juicio de algunos expertos, esta crisis pueda ser calificada
de “entrópica” (Zamagni17). Por eso, reclama una relectura en el orden de los valores y,
sobre todo, del sentido. No se sale de una crisis entrópica con ajustes de naturaleza
técnica o sólo con procedimientos legislativos y reglamentos –también necesarios-, sino
afrontando la cuestión del sentido abiertamente, resolviéndola. Por eso son
indispensables minorías proféticas que sepan indicar a la sociedad la nueva dirección
hacia la cual mover, mediante un suplemento de pensamiento y sobre todo por el
testimonio de las obras. Esta crisis de sentido se ha manifestado, a juicio de este autor,
en una perniciosa triple separación: la separación entre la esfera de lo económico y la
esfera de lo social; el trabajo separado de la creación de riqueza; y el mercado desgajado
de la democracia.
5.- Hay que decir la verdad: de esta crisis ni se sale ni se puede salir. La
afirmación es rotunda y exige una aclaración. Si por “salir” de la crisis entendemos
volver al modelo de crecimiento (y endeudamiento masivo) anterior a 2007, ello no va a
ser posible. Sobre todo si se pretende que los patrones de consumo sean universalizables
para todos los habitantes del planeta. Por ello, “no se puede”. Pero, además, “no se
debe” porque supondría agotar los recursos de todo el planeta en beneficio de una
minoría consumidora. En consecuencia, la crisis nos fuerza a empezar a diseñar un
modelo de desarrollo diferente, no centrado en el crecimiento (incluso en algunos
aspectos puede contemplar el decrecimiento)18 y que recupere valores olvidados: la
austeridad, la solidaridad, el reciclado, el esfuerzo, la honestidad, el trabajo bien
hecho… Bien entendido que no es que la necesidad nos lleve a ser austeros, sino que la
austeridad es necesaria para atender a los que están en situación de necesidad.
6.- Existen responsabilidades compartidas en la crisis que, en todo caso, son
directamente proporcionales a la capacidad de causar daño. Evidentemente una agencia
de calificación de riesgos que otorga una puntuación fraudulenta a una entidad no tiene
la misma responsabilidad que alguien que se ha comprado un piso con algún metro
cuadrado que le sobra. Sin embargo, creo que conviene autocrítica en todos los sectores
porque esta crisis (con dimensiones importantes de estafa) ha sido posible por una cierta
inhibición general de responsabilidades institucionales (quien tenía que ejercer de
controlador o auditor no lo ha hecho) y ciudadanas (el repliegue individualista y
comodón de los últimos años ha sido un indiscutible facilitador de la crisis). En todo
caso, esta crisis no es un “fatum” inevitable, sino un “factum” provocado en el que
concurren muchas responsabilidades y algunas culpas concretas.
7.- Como no se cansaba de repetir Benedicto XVI en Caritas in veritate, la
cuestión social es hoy una cuestión antropológica. La crisis lo ha dejado patente.
Habíamos montado el mundo –no solo el ámbito económico, sino “todo”- sobre una
concepción del ser humano entendido como homo oeconomicus. Este es el individuo
egoísta e interesado, preferidor racional susceptible de elecciones diversas. Y resultó
que no. Que no es un individuo (como las moscas o las esporas) sino una persona. Que
además su vocación es la apertura al otro, la solidaridad y el altruismo. Es un ser para
17
18
Cf. E. ZAMAGNI, S. (2012), Por una economía del bien común, Ciudad Nueva, Madrid.
En este último sentido, cf. LLUCH, Enrique (2013), Más allá del decrecimiento, PPC, Madrid.
15
los demás. Por tanto, sabe ser egoísta, pero se realiza sobre todo cuando es desprendido
y “gana” perdiendo. Nadie se molestó en tomarse en serio aquello de “el que pierde su
vida… la ganará” (Mt 16,25). Más bien se hizo todo lo contrario. También en las
escuelas de negocios de la Iglesia. Alguna nombró doctor honoris causa a algún
personaje que posteriormente resultaría encarcelado.
Cambiar la antropología subyacente y muchos dogmas “científicos” exigen
superar el “formateo de los estudiantes de economía”. Florence Noiville,19 en su obra
Soy economista, os pido disculpas, señala que las escuelas de negocios moldean a los
alumnos inteligentes y con capacidad de liderazgo en la cultura del beneficio al más
corto plazo posible sin otro tipo de consideraciones. Finantial Times clasifica las
escuelas en función del salario de los alumnos. Por su parte, el economista, Nouriel
Roubini destaca que el capitalismo va siempre moviéndose entre la codicia y el miedo,
la ambición y el deseo de ganar más y más y el miedo a perderlo. El navegar en aguas
tan procelosas obliga a sostener una concepción del ser humano un tanto chata. En
esta peligrosa línea se está avanzando a pasos agigantados en Asia. Pronto veremos sus
consecuencias en todo el planeta. Ojalá que nadie olvide que “el primer capital a salvar
y valorar es el hombre, la persona en su integridad” (CV 25).
2.- Una distinción fundamental: necesidades, intereses y deseos.20
Contemplemos la realidad desde otro plano distinto del económico. El fin de las
leyes y de la política es tratar de servir al bien común. Esta noción, tan querida por la
DSI, implica bastante más que la suma de bienes individuales y, desde luego, supone
muchísimo más que su media estadística como pretenden las tesis utilitaristas. Se trata
de dar cobertura a las necesidades de todas las personas, subrayando el “todas” que
conlleva la nota de universalidad inherente a lo ético y que incluye especial y
prioritariamente a los más vulnerables. Nos parece que el concepto de necesidad21, por
su simplicidad, por su capacidad de comprensión intuitiva y por ser susceptible de
consenso universal es idóneo y cubre bastante del contenido esencial de lo inherente a la
dignidad humana. Es una forma de recuperar las intuiciones de lo mejor del campo de
significado de la ley natural, entendida como la aptitud de todos los seres humanos para
alcanzar mediante la recta razón unos contenidos morales básicos con validez universal.
En efecto, todos los seres humanos, más allá de nuestras diferencias individuales, de la
diversidad cultural, de nuestra procedencia geográfica, incluso del periodo de la historia
en que se desarrolla nuestra biografía, tenemos necesidades. Éstas, además de ser
universales, intemporales y de fácil identificación, resultan ser finitas 22. Si no quedan
cubiertas, se compromete nuestra dignidad y hay una tacha de iniquidad sobre quien
omite el deber de ampararlas. Este es un deber incondicionado que afecta a todos los
sujetos individualmente considerados -“todos somos responsables de todos”- y a las
19
Cf. NOIVILLE, F. (2011), Soy economista, os pido disculpas, Deusto.
Aplicado a situaciones de extremada vulnerabilidad, cf. SEGOVIA, J.L. “Necesidades, derechos,
intereses y deseos. Discernimiento de la inmigración desde la justicia social y la DSI”, en Corintios XIII
131 (2009) 134-154. .
21
La categoría, desde luego, no la hemos inventado nosotros. Entre otros, lo han acogido Paul
Streeten, Agnes Heller, Manfred Max Neef, Ross Fitzgerald, Len Doyal, Ian Gough y Amartya Sen.
22
Creo que quienes niegan este punto, en realidad lo que afirman es la ilimitación de los “deseos”
humanos o de los modos de satisfacer las necesidades, más que de las necesidades mismas. Lo que estaría
culturalmente mediado es la forma de satisfacerlas. Todos los niños necesitan ser alimentados. Otra cosa
es que la satisfacción la dé un buen plato de lentejas, una hamburguesa con kétchup o una rebosante
ración de frijoles.
20
16
estructuras políticas que nos hemos dado. La circunstancia de que esto sea un obviedad
facilita un acuerdo transcultural.
El fin del Derecho es regular la vida de las personas y de las instituciones, de
modo que las necesidades de las personas queden satisfechas. El buen Derecho será el
que trate de satisfacerlas de acuerdo con unas prioridades que define la acción política.
Por el contrario, el Derecho espurio, el que no puede reclamar obediencia -más aún, el
que exige imperativamente disidencia- es el que no sólo no colma universalmente las
necesidades de las personas, sino que llega a asfixiarlas, a veces literalmente. En efecto,
la categoría “necesidad”23 es previa al Derecho y constituye su fundamento de
legitimidad. Las necesidades fundamentales son: de supervivencia (vida, salud,
alimentación, etc.), protección (vivienda, etc.), afecto (familia, amistades, privacidad,
etc.) entendimiento (educación, comunicación, etc.), participación (derechos,
responsabilidades, trabajo, política, etc.), ocio (descanso, juegos, espectáculos)24
creación (arte, habilidades), identidad (grupos de referencia, sexualidad, etc.), libertad
(igualdad de derechos) y, no en último lugar, la necesidad de sentido25 (religión,
espiritualidad, creencias, convicciones…) sin la cual el ser humano está desnortado,
pues las necesidades no se pueden reducir solamente a lo material.26
En este sentido, la Constitución Gaudium et Spes recoge como fundamento de la
comunidad de naciones y de las instituciones internacionales “el bien común universal”
y la “satisfacción de las necesidades del hombre”. Continúa el texto conciliar
desarrollando en concreto
“los campos de la vida social, a los que pertenecen la alimentación, la sanidad, la
educación, el trabajo, como algunas circunstancias particulares que pueden crearse acá
y allá, como son la necesidad general de favorecer el incremento de las naciones en
vías de desarrollo, la de salir al paso de los prófugos dispersos por todo el mundo o la
de ayudar a los emigrantes y a sus familias” (GS 84)27.
La interdependencia creciente de nuestro mundo explica que “el bien común se
universalice y sea cada vez más el bien común de toda la familia humana”” (GS 26 y
CDSI 287, 371, 434, 444, 448). De ahí que la noción de bien común, muy vinculada al
concepto de necesidad, vaya abandonando contornos localistas, sea entendido
“dinámicamente” (CDSI 394) y se transforme, cada vez con más vigor, en “bien común
universal” (95, 200, 307, 433, 470)28, “bien de todos los hombres y de todo el hombre”
(165), “de la humanidad entera” (166, 170, 347), incluso de “toda la creación” (170).
Con Max Neef aprendimos que los mejores satisfactores de necesidades son
aquellos que cubren sinérgicamente varias al mismo tiempo (por ejemplo, la madre que
amamanta a su criatura está cubriendo simultáneamente sus necesidades de
supervivencia, de afecto, de protección, etc.). Por el contrario, los que lo hacen de forma
contradictoria deben ser evitados: por ejemplo, los actos de violencia (personal o
23
MAX-NEEF, M., ELIZALDE, A., y HOPENHAYN, M., (1986) Desarrollo a Escala Humana.
Una opción para el futuro. CEPAUR, Fundación Dag Hammarskjold, Santiago de Chile.
24
Cf. CDSI 284 y 285.
25
CDSI 575: “necesidad de sentido”; 577: “necesidad de radical renovación personal”.
26
Lamentablemente, no siempre aparece suficientemente valorada por todos los tratadistas esta
“última” necesidad. Lo expresaba muy bien el Cardenal Martino en la Presentación al Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia: “la necesidad del Evangelio: de la fe que salva, de la esperanza que ilumina
y de la caridad que ama”. Cf. CDSI 391 (necesidades no materiales), 462 (necesidad de trascendencia)
27
La cursiva es nuestra.
28
Para facilitar la lectura, cuando los números aparecen solos se refieren al Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia.
17
institucional) colocan inexorablemente a una persona en posición de ver sofocadas sus
necesidades y consolidan la asimetría: siempre hay un agresor y un agredido.
Desde nuestro punto de vista, el concepto de necesidad, debe vigorizarse
separándolo del orden económico y apegándolo al jurídico. De este modo constituirá la
verificación de lo justo y el factor de legitimación meta-jurídico de los derechos
humanos. Estos, tal y como han sido positivados en la Declaración Universal de 1948,
son la traducción jurídica de la cobertura de necesidades fundamentales. En ellas
encuentran su legitimación y a ellas deben remitir continuamente. De este modo, la
justicia consiste en asegurar a cada cual la satisfacción de sus necesidades: aquello que
cada persona precisa para vivir dignamente. Por eso el salario del trabajador no es
reductible a la contraprestación por un servicio prestado, sino que debe responder a las
necesidades del trabajador y también a las de su familia (CDSI 91), pues el trabajo no
es un “factor más” del proceso productivo. En ese sentido, la cobertura de las
necesidades, propia del buen Derecho, supone algo más que dar una respuesta formal:
implican la promoción integral de la dignidad de la persona humana Lo expresa con
claridad el Compendio:
“Los derechos del hombre exigen ser tutelados no sólo singularmente, sino en su
conjunto: una protección parcial de ellos equivaldría a una especie de falta de
reconocimiento. Estos derechos corresponden a las exigencias de la dignidad humana y
comportan, en primer lugar, la satisfacción de las necesidades esenciales —materiales y
espirituales— de la persona” (CDSI 154).
Además de “necesidades”, los seres humanos también tenemos “intereses”. Estos
últimos son muy respetables, pero no son dignos del mismo nivel de protección jurídica
que las primeras. Con frecuencia se recogen en la legislación bajo el formato de
“intereses legítimos” y gozan de tutela legal, pero no debieran tener la misma intensidad
que las necesidades. En caso de conflicto entre ambas categorías, inequívocamente
deben sacrificarse los intereses a las necesidades. No hay que ser muy astutos para
vislumbrar como, al tiempo que no se colman necesidades de los extranjeros sin
papeles, por ejemplo, se multiplican los intereses: a éstos obedece la multiplicación de
entidades de transferencia de fondos, locutorios, fundaciones, abogados y empresarios
sin escrúpulos, incluso algunas supuestas ONG que desarrollan una actividad lucrativa
en franca expansión. Hay que hacer notar que la cobertura de las necesidades y la
satisfacción de los intereses suelen jugar en relación inversa. Tampoco puede hurtarse
la tendencia natural de los intereses al enmascaramiento: los latentes suelen estar
bastante bien invisibilizados y los patentes tratan de vincularse fraudulentamente a las
necesidades. En definitiva, como sintetiza el Compendio, “sólo los principios de justicia
y solidaridad social corrigen la praxis del interés” (25). Ésta puede presentar una variada
tipología: “intereses de grupos o personas” (320), “intereses empresariales” (339) o
“corporativos” (340). Incluso “pueden corromper las democracias” (406).
En otro plano, los “deseos” son merecedores de respeto, pero más difícilmente
tienen traducción jurídica y, desde luego, nunca pueden tener primacía sobre las
necesidades, los derechos humanos o los intereses legítimos. En el Compendio aparece
con una connotación negativa que los separa del bien común de la entera familia
humana; pueden ser “deseos de poder” (175), “de acaparación” (329), de “ganancia y
control político” (416), incluso “de venganza” (513).
Hay un nivel pre y extra-jurídico que determina la etnicidad de una norma. Éste
consiste en verificar si la ley realmente satisface necesidades de las personas o, por el
contrario, las asfixia. En este último caso, cuando se inhiben las necesidades, los deseos
18
-por muy mayoritarios que sean entre la población- y los intereses -por muy legítimos
que resulten- jamás pueden prevalecer sobre las necesidades de las personas. Conviene
insistir de nuevo en que las necesidades son básicamente las mismas para todos, son
objetivas y tienen carácter universal. Por el contrario, los deseos y los intereses son
particulares, subjetivos, caprichosos y suelen ser insaciables: cada cual tiene los suyos,
lo cual es respetable. Sin embargo, cuando colisionan unos y otros, la Justicia y el
Derecho tienen el deber de poner las cosas en su sitio: primero se aseguran las
necesidades y sólo después, en la medida en que se pueda, se colman los intereses y,
finalmente, los deseos. Por eso afirma el Compendio (cf. 171 y 172) que la tierra y el
destino universal de todos sus bienes es el primer don de Dios para la vida humana “por
su fecundidad y capacidad de satisfacer las necesidades de las personas”. De ahí que
hable de un “derecho universal al uso de los bienes de la tierra” y que lo constituya en el
“primer principio de todo el ordenamiento ético social” (LE 19) y “principio peculiar de
la doctrina social cristiana (SRS 42)”, auténtico “derecho natural”, “derecho originario”,
“inherente a la persona concreta” y “prioritario sobre cualquier intervención humana”.
En efecto, los bienes creados deben llegar a todos los hombres y pueblos bajo la égida
de la justicia y con la compañía de la caridad” (GS 69). Por eso, la ciencia, la técnica,
también el Derecho, la economía y sus instituciones, tienen una fuerte impostación ética
y “deben ponerse al servicio de las necesidades primarias del hombre, para que pueda
aumentarse gradualmente el patrimonio común de la humanidad” (CDSI 179).
En efecto, como recuerda la DSI, incluso las propias necesidades de cada cual se
fundan sobre la base de una subjetividad relacional. El presupuesto antropológico y
ético es fundamental: no somos mónadas autistas, ni simples preferidores racionales que
valoran el coste de oportunidad de cada elección, ni simples elementos de una masa o de
una clase: somos seres libres y, al mismo tiempo, responsables de la suerte y
necesidades de los demás, llamados a integrarnos socialmente y a colaborar con los
semejantes, capaces de comunión con ellos (Cf. 149).
Desde luego, desde una perspectiva teológica, no puede ignorarse que la necesidad
fundamental del ser humano es la de salvación. Ésta supone para el Compendio de la
Doctrina social de la Iglesia socorrer también las necesidades de los más pequeños,
pues la pobreza es una de las expresiones de la finitud y miseria humana (183) y la
salvación cristiana es también liberación de la necesidad (328).
3.- Atrévete a mirar con complicidad… y a con-dolerte.
Ya hemos visto que la crisis tiene muchas caras. Indiscutiblemente tiene también
aspectos anímicos, espirituales y psicológicos. No se palia solo con una reasignación de
recursos económicos y una mejor regulación de los mercados. Son precisos valores y
sentido vital personal y comunitario. Como recuerda Garcia de Cortázar:29
“Lo peor de la situación actual no es que el mundo esté atravesando otra de las
profundas crisis materiales sufridas en los dos últimos siglos, sino que no tiene a su
disposición el repertorio de valores con el que trató de comprenderlas y de soportarlas”.
Además, son necesarias respuestas cercanas desde las redes de proximidad. El VII
Informe del Observatorio de la realidad social de Cáritas ha puesto sobre el tapete que las
demandas que siguen a las de primera necesidad en los despachos de acogida de Cáritas
tienen que ver con la escucha, la relación con otros, la mediación, conocer pautas para la
educación de los hijos o el crecimiento personal. Es claro que como recordaba la CV el
29
GARCÍA DE CORTÁZAR, F., Tercera, ABC, 30 de octubre de 2011.
19
cristiano tendrá que saber cuándo anunciar a Dios y cuándo hay que dejar que hable el
lenguaje universal del amor. No se trata de hacer proselitismo, pero sí de explicitar cuál es
el sentido de la vida del que se participa. A veces es tan sencillo como una frase “Dios no
falla nunca”, “Dios nos acompaña”… Más nada. No se trata de hacer una catequesis sino
de no privar a nuestros interlocutores de nuestra parte de verdad para que el encuentro sea
propiamente tal.
Dejarnos afectar por el dolor del otro, tener la audacia de condolernos es un paso más
sobre el atrevimiento a saber. Ahora se trata de tener el coraje de dejarnos afectar por el
sufrimiento ajeno y procurar aliviarlo y combatir sus causas. Ello siempre supone “dejarse
pelos en la gatera”. Ser solidario es “jugar siempre contra los propios intereses” (Zubero).
Por eso, se comprende bien que la forma más significativa de lucha por los derechos es
aquella que es capaz de comprometer los legítimos derechos propios por defender los
ajenos. El ejemplo más sublime es el crucificado: el que da la vida por otro. Tenemos
eclesialmente muy olvidada aquella recomendación de la Gaudium et spes que invitaba a
la renuncia a los legítimos derechos de la Iglesia cuando se comprometía la credibilidad
del mensaje cristiano. Reproducimos literalmente la cita:
“… más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente
adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su
testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición” ( GS 76).
No es así como nos ven de puertas afuera.
El origen de la condolencia, de esa mirada compasiva que caracteriza al creyente,
es la alta dosis de sufrimiento que padece buena parte de nuestros contemporáneos. De
algún modo, en los países del norte nos ha pillado por sorpresa y con el pie cambiado:
En una sociedad descohesionada e individualista, centrada en el lucro y en el
cortoplacismo no había lugar para grandes planteamientos. Y, de repente, llega la crisis
con su crisol universalizador de dolor. Los datos son abrumadores. 6.200.000 parados
según la EPA del primer trimestre de 2013, 1.900.000 familias con todos los miembros
en paro, un % de parados cercano al 27,6% y unas cifras de paro juvenil que rondan el
57.22%. Pero, queremos destacar otra cifra muy significativa: la realidad de 2.500.000
trabajadores pobres. Se apunta a una nueva clase social expresiva de la dualización
social que se está produciendo: la de aquellas personas que cuentan con trabajo pero, sin
embargo, ello no garantiza la integración social. En definitiva, el trabajo ya no es la
puerta que garantiza el acceso a los derechos sociales y económicos. Ni siquiera contar
con trabajo asegura una buena inserción en la sociedad. No hace falta insinuar qué
ocurrirá cuando el trabajo ni siquiera esté presente. Si con trabajo ya no se asegura una
vida digna, sin él podemos tener la certeza de que queda muy comprometida.
Una mirada compasiva que vaya más allá de los datos estadísticos exige el
replanteamiento de la misma pastoral social de la Iglesia. No es este el lugar para un
desarrollo pormenorizado, pero sí para abundar en cómo la forma de mirar implica un
modo de abordaje concreto de los problemas. Es evidente que en este momento no se
puede renunciar a la dimensión asistencial de la caridad: miles de personas se quedarían
sin alimentos, vestidos, agua, etc. Pero también es claro que no se puede renunciar a los
aspectos promocionales que se habían venido acentuando en los últimos años. La escasa
cualificación académica y laboral de buena parte de nuestros parados exige redoblar
esfuerzos en este sentido. Pero además de lo asistencial y de lo promocional, urge
desarrollar la hasta ahora escasa actividad profética, que sume la voz a las de tantos que
apuestan por la reorientación de la economía y por otro mundo posible. Esta última
dimensión de la denuncia profética está muy poco cultivada y probablemente tiene que
20
ver con una concepción muy espiritualista y desencarnada del compromiso y de la
acción política del cristiano. A lo peor, en algunos casos responde a una lamentable
pérdida de libertad o al predominio de la tesis de que “no se puede morder la mano que
da de comer”. Sin embargo, con-dolerse y com-padecerse no puede quedar limitado a
un ejercicio de empatía con el que sufre. Tiene que tiene que traducirse en el afán por
eliminar las causas de la injusticia y del dolor. La “caridad política”30 es un concepto
acuñado por Pío XI que probablemente tenga mucho que aportar a esa forma de
ejercicio de la caridad con vocación universalista y transformadora.
4) Aliados con los pobres y con sus iniciativas
Si algo está desvelando la crisis es que las vías de solución no van a llegar desde los
agentes causantes. No cabe esperar mucho de los mercados ni de las grandes entidades que
nos han despeñado por el precipicio. Tampoco de un Estado que no ha estado a la altura de
las circunstancias y que ha generado una clase política mediocre, poco audaz, cortoplacista
y profesionalizada, cada vez más distante de la vida y de los sufrimientos de las personas
corrientes. El único sector que se ha conservado básicamente sano, a pesar de la que está
cayendo, es la sociedad civil. En efecto, sin el colchón de las familias el desastre habría
sido aún mayor. Sin el papel impagable de los abuelos y abuelas (“los yayoflautas”), ni
habría habido crecimiento en la época de las vacas gordas ni mucha gente habría
aguantado los rigores de las vacas flacas. Lo mismo se diga de los inmigrantes que
sobreviven en condiciones de extremada precariedad y que, sin embargo, cuentan con unas
redes de solidaridad encomiables. A pesar de los golpes que se ha llevado el mercado
laboral, y este sector de población en particular, siguen enviando remesas a su patria:
contribuyen al crecimiento económico de nuestro país… y del suyo. Por no hablar del
incremento de contribuciones ciudadanas para Cáritas y otras entidades. Es verdad que las
crisis se deben a lo peor de los humanos, pero también es cierto que son capaces de sacar
de nosotros lo mejor.
Parece, por tanto, que un principio que va a cobrar paulatina vigencia es el de
participación ciudadana. Y en ello tienen un papel insustituible los afectados: por las
hipotecas, por el paro, por la crisis… Lejos de ser algo coyuntural, es una ocasión para
recrear la democracia, para embridar la economía a la política y las dos a la ética31. Se trata
de ahondar en la democracia, de regenerarla y llevarla hasta donde casi ni se atrevió a
asomarse. En este sentido, hay que celebrar el surgimiento de iniciativas ciudadanas como
el 11-M, o plataformas como la de afectados por las hipotecas o stop desahucios, que han
conseguido cuestionar las bases del sistema de la propiedad privada inmobiliaria en España
y de la garantía hipotecaria. No deja de ser significativo que han sido muy pocas personas,
con una gran convicción, una fuerte afectación por el problema y la ausencia de miedo, las
que han sido capaces de generar una nueva opinión pública que ha puesto en la agenda
política cuestiones impensables hace meses. Destaco el hecho de que hayan sido pocos, sin
intereses, sin infraestructuras, y con un coste económico mínimo. Parece claro que está
surgiendo una nueva ola de movimientos sociales muy de la mano de las TIC (tecnologías
de la información y de la comunicación), alternativa al boom de las ONG de los años 90
(en este momento un tanto esclerotizadas y en quiebra por la dependencia de la
30
Cf. SEGOVIA, J.L., “Lo utópico de la caridad y de la justicia”: Corintios XIII 123 (2008) pp.
121-151.
La relación entre crisis y ética, esta espléndida y sugerentemente desarrollada en GÖMEZ
SERRANO, P.J., “¿Qué revela de nosotros la crisis que estamos padeciendo“ : Sal Terrae 97 (2007)
pp.521-551. Con similar planteamiento, acaba de salir GONZALEZ FAUS; José Ignacio (2013), El amor
en tiempos de cólera económica, Kahf, Madrid.
31
21
financiación pública), y que busca espacios menos formales, trasversales, más libres e
independientes, más críticos y alterativos.
Mantenernos cerca de las iniciativas sociales, apegados al sufrimiento y aunando esa
ética de la compasión y de la indignación (las dos en continua retroalimentación) es el
mejor modo de apostar por un modelo de desarrollo alternativos. Esto ya no es un
pensamiento marginal y utópico. A otro modo de entender la economía se refieren Ostram,
Felber, Naussman… Curiosamente lo hacen rescatando nociones tan “nuestras” como
infrautilizadas: bien común, comunión, necesidades de las personas, don…
5) Apostando por otro modelo de desarrollo
Ya se nos ha caído el mito que identificaba el crecimiento con el desarrollo.
Necesitamos ahora un nuevo modelo realista capaz de aunar las virtualidades del mercado
como espacio para el intercambio, con el Estado como regulador y con las iniciativas de la
sociedad civil que reivindica su protagonismo.
Para ello, a modo de precipitado resumen, será preciso retroalimentarnos de nuestra
mirada sobre el mundo para poner en valor al menos los siguientes aspectos:
a) Una consideración personalista del ser humano, centrado en sus necesidades y promotor
de un desarrollo a escala humana. Por consiguiente, en todo caso, tendrán que ser
salvaguardados los derechos humanos de 1ª, 2ª y 3ª generación, prestando una especial
atención a los más atacados en este momento: los derechos económicos y sociales.
b) Debe destacarse la prevalencia del bien común por encima de cualquier tipo de interés.
Este bien común no puede ser localista o corporativo: ha de ser repensado desde el
sistema-mundo y atendiendo a criterios principialistas y no utilitaristas. En este sentido, el
Consejo Pontificio Justicia paz pidió el pasado 24 de octubre de 2012 la creación de una
autoridad pública mundial que acometa la reforma del sistema financiero mundial que
“ha demostrado comportamientos egoístas, avidez colectiva y acaparamiento de bienes
en gran escala” que han hecho tambalear “el bien común y el futuro mismo de la
humanidad”. Y se achaca a “un liberalismo económico sin reglas y sin control” y a un
“mercado especulativo dañino para la economía real, especialmente de los países más
débiles”.
c) No se puede obviar la verdad más incómoda: el destino universal de los bienes de la
tierra. El planeta es solidariamente de todos. Como señala Zamagni, una economía global
debe ser verdaderamente global. El término global ha de ser sinónimo de inclusivo. Un
sistema económico que deja al margen a grandes sectores de población o regiones
enteras de un país o del mundo va ser siempre un sistema frágil e injusto.
d) La subsidiariedad reclama que el Estado no tenga que hacerlo todo, pero sí que
garantice que todo se pueda hacer por quien pueda y deba. Tiene un doble dinamismo:
ascendente y descendente.
e) Nada sin las propias personas afectadas y quienes hacen causa con ellas: hay que
reactivar la participación y el ejercicio pro-activo de la ciudadanía democrática.
f) Todo desde una opción previa por los más pobres y vulnerables y poniendo en todo el
principio de solidaridad que debe animar a remover obstáculos personales y estructurales,
promoviendo el cambio en las personas y, al mismo tiempo, en los mecanismos perversos
que nos han hundido en la miseria.
22
g) Denunciando la pérdida de la primacía del trabajo sobre el capital (uno de los cambios
sistémicos más graves32), la concepción selectiva de los derechos humanos (si no tienes
papeles no eres persona), las prácticas usurarias que se dan en el ámbito bancario y
mercantil, la reducción de todo (hasta del ocio) a la categoría de mercancía, la
deslegitimación de las instituciones que olvidaron los fines a los que servían para ponerse
al servicio de sí mismas cuando no ser facilitadoras de corrupción. En particular hay que
pedir honestos reguladores de la economía desde el bien común. No pase que los
mismos que defendían a lo Nozick, el Estado mínimo ahora sostienen el “too big to fail”
con el fin de justificar el rescate público de entidades que han estafado con las
preferentes o han abonados suculentos bonus a sus ejecutivos33, etc.
h) Recuperando estilos de vida sencillos, austeros, sostenibles y no violentos, y
manteniendo en alerta permanente el “departamento de inventos” con el fin de dar
respuesta creativa a necesidades: banco del tiempo, banca ética, hoja de derechos sociales,
etc.
i) Apostando por una auténtica Gobernanza global que articule de manera nueva y desde
la centralidad de la persona los tres actores sociales: un estado que regule, el mercado
como espacio de intercambio y libertad y la sociedad civil como ámbito de
participación. Pero la solución a la crisis no consiste en la mera concurrencia de nuevos
actores, o en el establecimientos de una interacciones y sinergias diferentes, nada de ello
podrá llevarse a cabo sin reivindicar el orden de los valore y una visión del ser humano
que solo se desarrolla plenamente desde la apertura radical al otro.
VII. A MODO DE SÍNTESIS
Una lectura creyente no es la que descarga los prejuicios (dichos sea en sentido no
negativo) religiosos sobre la realidad. Tampoco la que descubre en ella meras
“oportunidades” para evangelizar (olvidando que Dios estaba presente en ella antes de
que los pretendidos evangelizadores acudieran ávidamente a la misma). No. Tampoco
se trata de renunciar a la experiencia gozosa de la fe, ni a las convicciones que otorga, ni
a la “música” irreductible que regala (es mucho más que ética, más que estética, aunque
las abarque también). Ni renegar de la propia tradición religiosa. Al contrario es mucho
más simple. Se trata de realizar el ideal que está reflejado en muchos carteles del metro
de Madrid: “antes de entrar dejen salir”. Antes de hablar escuchen. Eso lo hacía Jesús de
continuo, por eso es el gran lector de la realidad, y su más genial transformador. El
mismo se hizo palabra, pero palabra que dialoga. La revelación es el gran diálogo de
Dios con el mundo. Un mundo que ya contiene al Espíritu Santo desde sus orígenes y
que señala que ha sido derramado por todos los confines.
Por tanto concluimos proactivamente donde empezábamos. 1.- El mundo es un
lugar precioso de Dios, en cuyo bien, bondad y belleza encontramos destellos de su
cariño. No podemos experimentar a Dios de espaldas al mundo, ni nadie que no ame
32
Los cambios tan severos sobre el mundo del trabajo han inducido la precariedad existencial y la
imposibilidad de crear proyectos personales y familiares de futuro. Todo es tan flexible como incierto.
Tiene gravísima repercusión sobre la identidad de las personas, como anticipó Richard SENNET en su
famoso ensayo La corrosión del carácter, Anagrama, Barcelona, 2000.
33
La Comisión Europea en Bruselas tuvo que llamar la atención al Gobierno español en mayo de
2011 para que aplicase una directiva contra los riesgos en la remuneración excesiva de los ejecutivos la
banca: Desde abril de 2011 el banco de España procura un cierto control si los sueldos suben del millón
de euros anuales.
23
apasionadamente al mundo puede decir que no ha tocado el manto de Dios. Incluso
aunque no sepa balbucear su nombre, ha sido tocado por su gracia. Por tanto, insistimos,
el conocimiento del mundo, el análisis de sus complejos mecanismos y estructuras, es
condición de posibilidad de acceso a la presencia de Dios. 2.- La diferencia nos
construye como somos. En realidad somos lo que nos han querido. Lo que desde fuera
nos han dado y lo que hemos regalado a los demás. Esa estela de generosidades
recibidas y donadas construye nuestra identidad con mejores perfiles que la cadena de
ADN o el código genético. No nos distinguen de las moscas o los cerdos los genes, sino
los cariños dados y los recibidos que ya no están en el espacio y en el tiempo y que,
incluso, podrían ser olvidados de mi memoria, pero no perderían realidad en el ser de
las cosas. 3.- Una lectura creyente, reclama una mirada amable y critica sobre el
mundo. Amable porque si hay algo que hace perder la objetividad no es el amor sino el
odio, no es la benevolencia sino la antipatía, Naturalmente ello no es óbice para acoger
también una cierta distancia crítica. Es la que facilita objetivar, ver lo que las cosas son
en sí y no solo para mí 4.- Una lectura así reclamará que nos situemos como Iglesia en
el lugar natural del que nunca debimos salir: a los pies de las cruces y fijos los ojo en el
Señor. 5. Siendo uno para que el mundo crea .6.- Considerando no solo los dinamismos
individuales, sino también los sociales y sobre todo estructurales. La pretensión
trasformadora de la mirada exige un adecuado análisis que contemple las complejas
estructuras de la realidad. Del mismo modo, hay que considerar que no se puede
aguardar la conversión de todas las personas sino que hay que apostar por el cambio
radical de las estructuras. Solo los cambios institucionales aseguran la sostenibilidad,
pero solo los cambios personales hacen que esa sostenibilidad sea duradera y de calidad.
Nada funcionará sin mirar como Dios mira. Ello nos exigirá también, a ratos, cerrar
los ojos para ver mejor, para sentir su mirada cariñosa que nos anima, nos arrulla y nos
levanta. Si nos sentimos habitados por El Compasivo, nos será más fácil captar lo esencial
que decía El Principito, lo que se ve, sobre todo, “con los ojos del corazón”. Esto nos unirá
a muchos que, como el ateo militante Camus, decía: “el mundo en el que vivo me
repugna, pero me siento solidario de los hombres que sufren en él... No conozco un deber,
sino el de deber de amar; al resto digo no, digo no con todas mis fuerzas” (La Peste). Es
esa responsabilidad de “tener ojos en un mundo de ciegos” de Saramago (Ensayo sobre la
ceguera). Para nosotros, es cumplir ese mandato del buen Nazareno: “que no se pierda ni
uno sólo de estos pequeños” (Mt 18,14).
Concluyo con dos textos que musicalizan la forma de mirar el mundo que he tratado
de desarrollar:
“Toma, hermano, sin medida,
lo que quieras para ti,
que cuando salga de aquí
para ganar la otra vida
sólo tendré lo que di”
Lección de vida (José Mª Pemán)
“El ser y el actuar de la Iglesia se juega en el mundo
de la pobreza y el dolor, de la marginación y de la
opresión, de la debilidad y del sufrimiento”
La Iglesia y los pobres
(Comisión Episcopal de Pastoral Social)
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