SANTA INQUISICION ESPAÑOLA

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SANTA INQUISICION ESPAÑOLA
AÑO X I I I .
15 DE A B R IL DE 1892.
ALGUNAS
NÚM. 295.
ARTES
DE L A
S A N T A INQUISICION E S P A Ñ O L A
DESCUBIERTAS, Y AL PÚBLICO MANIFIESTAS.
(C ontinuación.)
CAPITULO PRIMERO.
Modo peculiar que suelen tener los inquisidores de citar y prender á los delatados .
Los inquisidores, recibida de alguno la que llaman denunciación, ó mas bien
delación, en las cosas por lo común más leves (aunque para este tribunal nada
casi es tan leve, que no acarree una muy grave pérdida á los acusados reos,)
suelen usar de la siguiente estratagema. Envian secretamente á alguno de los
muchos que para este oficio tienen enseñados (familiares los llaman,) el cual,
haciéndose el encontradizo, hable al denunciado con semejantes estudiadas pala­
bras: «Ayer, por casualidad, estuve con los señores Inquisidores, que pregun­
tando por tí, dijeron tenían algún negocio que quisieran comunicarte, y encar­
garon de su parte lo hiciera saber para que mañana á tal hora te presentes á
ellos.» No le vale al llamado rehuir ó dilatar el presentarse, á no ser que quiera
hacerlo con grandísimo daño suyo. El denunciado, pues, acude al dia siguiente,
y dice al portero que avise á los señores padres de su venida. En cuanto lo saben,
se juntan todos tres si están, si no dos (pues por lo común, es un triunvirato en
el cónclave en que suelen ventilarse estas causas, tal como el fuerte de Triana
en Sevilla, y en semejantes lugares en otras ciudades,) y mandándole despues
entrar, le preguntan á él mismo qué se le ofrece. El llamado responde haber
recibido de su parte el dia anterior orden de presentarse á ellos. Pregúntanle
entonces cómo se llama, y oido su nombre, le preguntan otra vez qué se le ofrece:
«Porque en cuanto á nosotros,» dicen, «ignoramos si eres el que mandamos venir.
Mira si tienes que manifestar algo á este Santo Oficio, en descargo de tu con­
ciencia, bien sea de tí mismo, ó bien de otro cualquiera, etc.» A esto el llamado
ó responde que nada se le ocurre (y el responder así y mantenerse firme en esta
respuesta hasta lo último ante aquellos, que no buscan sino la ruina del que á sí
propio se denuncia, fue siempre el mas saludable y humano consejo,) ó ignorando
los lazos en que se enreda, canta inconsideradamente alguna cosa de sí ó de otro.
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R e v is t a
C r ist ia n a .
Entonces los señores inquisidores, alegres por su hallazgo, para am edrentar con más
facilidad y confundir al imprudente que de grado se le dio por presa, se miran uno
á otro, gestean, como si algo hubiesen descubierto, fijan los ojos en la cara del
declarante, se susurran algo al oido, ó en realidad nada, y al cabo resuelven ó
que el llamado se quede en la cárcel, si aquello de que se acusó parece grave; ó si
nada declaró, le mandan que se vaya, pretestando ignorar, hasta estar mejor
informados, si es él el mismo á quien mandaron citar. M ientras se tiene este
examen, ya cuidaron ellos de que esté tras de algún tapiz, secretamente escon­
dido, el que delató al interrogado, para que sin ser visto, pueda reconocerle en la
cara, si es que 110 le conocieren los Inquisidores.
A l denunciado (pues así llam an á aquel cuyo nombre fue delatado en este
consejo de Inquisidores) del modo que y a dijimos le mandan que se vaya,
cierto ya de que es él quien ha de prestar asunto á la fu tu ra tragedia, y sucede á
veces que no le vuelven á llam ar sino despues de pasados algunos meses, pricipalmente si es indígena, porque al advenedizo no le conceden tantas treguas. A sí,
cuando les acomoda, exhortan de nuevo al citadí>,á que si algo sabe, ó algo oyó, que á
aquel santo tribunal pertenezca, lo declare: pues ellos tienen noticia de haber él
tratado con algunos sospechosos en la fe, cosas pertenecientes á esta; las cuales, si
de suyo confiesa, ten ga por cierto no le resultará perjuicio alguno: así que mire
bien por sus intereses, que ellos creen que cual cumple á un buen cristiano reparará
en su memoria cuanto acerca de eso le haya acontecido, por ser posible olvidarse
(según lo frágil que es la memoria de los hombres) y que declarará cuanto supiere,
si acaso se le recuerda. Con esto y otros halagos semejantes reducen á muchos
imprudentes; cuando 110, los sueltan, pero de manera que 110 se crean enteram ente
absueltos, antes al contrario, estén en continua zozobra y miedo de poder ser
otra vez citados. Sucede tam bién el disimular con alguno por muchos dias, y á
veces aun por años antes de mandarle prender, pero envian siempre uno ú otro
de sus allegados, que con astucia y reserva sea perpetuo é inseparable compañero
del imprudente, que ningunas asechanzas sospecha, y que con sagacidad se insi­
núe en la amistad y fam iliaridad del mismo, para poder con más franqueza visi­
tarle todos los dias, observar con quiénes trata, á dónde va, qué hace y aun lo
que en su mente revuelve; de manera que sin un especial auxilio y providencia de
Dios 110 es posible que nadie logre escaparse de sem ejantes lazos. Si alguna vez
acaece el que uno délos Inquisidores encuentra en alguna parte á aquel á quien d e­
jaron ir, le saluda con agrado, le abre su pecho, le m uestra muy benigno semblante
y se le ofrece por amigo, y todos estos oficios de benevolencia tienden á hacer más
confiado al hombre, hasta oprimirle de repente con su propia ruina. No se puede
prever qué utilidad saquen de esta sutileza, para todos los hombres sinceros y
rectos detestable, fuera de aquel deleite que saca el cazador de ju g a r y diver­
tirse con su misma presa viva, ó el pescador con el pez que ya clavó en el anzuelo,
y á quien alarga más sedal para que se divierta debajo del agua, con un deleite
vano y que luego ha de acabar; ó bien el gato con un ratón, al que para que no se
escape, quebrantó los lomos, con el cual agradablem ente se regala, dejándole á
veces libre, y apretándole luego con los dientes con mayor crueldad que antes.
Mas puede ser, que aun sin saberlo nosotros, tam bién aquí se oculte un arte no
de todo inútil al Santo Oficio. No con todos, á la verdad, guardan la costumbre
de jugar, como decimos, con la presa; tienen en cuanto á esto muy buena elec­
ción de personas y de cosas, de cuya elección puede ser una prueba el que ni con
los forasteros tienen este método, ni con los naturales que creen pueden escapar­
se, si se les da tan ta libertad: ni aun tampoco con los que fueron delatados de co­
sas más graves, que á su juicio requieren un pronto remedio, y sobre todo cuando
por su confesion esperan tener de otros noticia.
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C r ist ia n a .
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Cuando ya tien en resuelto prender al delatado, citan al vicegerente del
obispo de la diócesis, esto es, del supremo pastor (llámanle provisor, vicario, ó
bien ordinario) y m ostrándole la inform ación (así llaman á la deposición de los
testigos), que tienen contra el delatado, deliberado con él el asunto, suscriben
todos el auto de prisión. L a razón parece sobre todo especiosa: no quieren que
parezca haber ellos puesto las manos en una ovejuela ajen a, sin aprobación y
consentim iento de su pastor, quien tan ign oran te de su oficio pastoral (como por
lo común son todos sus sem ejantes en el papado) con facilid ad se aviene á aque­
lla sentencia, y condesciende á que una ovejuela puesta á su cuidado, arran cán ­
dole prim ero el vellón, sea despues bárbaram ente despedazada. H a sta el preseute
ningunos pleitos se vieron entre los Inquisidores y el Provisor, por pedir los
unos á cualquiera para el suplicio y defender piadosam ente el otro al que le fue
encomendado, y sí se vieron y se ven todos los dias no pocos á quienes, como á
in ju stam en te prendidos y tratados, dan los mismos Inquisidores un testim onio
de su inocencia, despues de la continua maceracion de un largo encierro, despues
de descoyuntados todos sus miembros y huesos en aquellas atroces y más que
inhum anas torturas, y aun h ay algunos que espiraron en los mismos torm entos
entre las manos de los verdugos, según diremos en su lugar. P o r aquí se ve claro
que el citar al Provisor á deliberar sobre prender á una oveja suya, fue siempre
más bien una frívo la ceremonia por ambas partes, que no una cosa form alm ente
y por equidad practicada: y si dijérem os que lo convidan á un banquete prepara­
do con la sangre de su ovejuela, como á lobo que de acuerdo con otros lobos, ha
de aceptar su parte, no diremos más que lo que pasa. ¡V enga y a el príncipe de los
pastores y recompense á cada uno según sus obras! Sucede tam bién m uchas veces
que esta cerem onia de citar al Provisor á la deliberación, no se hace h asta des­
pues de prendido el denunciado. P u es como se tien e por cierto que nada ha de
decir en contra, les parece bastante el enseñar al pastor el proceso de la causa,
cuando ya el denunciado está en la cárcel, para que liberalm ente apruebe de pla­
no lo hecho y lo que está por hacer.
Si acaso sucede que algún denunciado estorbe por medio de la fu g a la p ri­
sión, ó que se escape de las mismas cárceles, emplean entonces adm irables astu ­
cias, ó más bien engaños, para hallarle ó reducirle. P ues no les b asta el dar la
palabra á los que envian en su busca las señas comunes, tales como el tra je , la
figura, los perfiles de su cara, la edad, etc., por las que se pueda reconocer
al fu g itiv o , sino que además procuran hacer pintar en varios pañizuelos la
efigie del ausente, sacada al vivo y con la exactitu d posible, distribuyen estas
efigies entre los ind agadores, para que h allánd ole, conozcan por ellas fá c il­
m ente á quien tal vez n u nca vieron. Ilu stra rá sem ejante astu cia el ejem plo
siguiente:
Prendieron en Sevilla no hace mucho tiem po á un italian o que en R om a
h ab ia herido á cierto m inistro de la Inquisición (vulgarm ente llam ado alguacil
in q uisitorio). Los fam iliares enviados en su busca, aunque según costum bre
ten ian consigo el retrato, sin em bargo, habiendo dado con él en Sevilla, 110 muy
ciertos de que fuese, principalm ente por haber él mudado con estudio de tra je y
de nombre, perseguían hacia tiempo al mismo que sospechaban ser por el retrato.
A c o m é te n le , pues, con nueva y digna astucia de espíritus fam iliares en el tem plo
p rin cip al de Sevilla, á tiempo que se paseaba y hablaba con otros. A cércanse á
él dos ó tres, y al volverles la espalda p ara repetir el paseo, uno de ellos le g rita
detrás llam ándole por su antiguo nombre. El, entregado todo á la conversación
que traia, y no sospechando cosa sem ejante, vuelve de repente la cara y responde
á su antiguo nombre: al punto le prendieron los mismos acechadores á quienes
no dejó y a lu gar alguno de duda. Pasó en las cárceles inquisitorias muchos dias,
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R e v ist a
C r ist ia n a
y al fin, despues de largas prisiones, publicam ente azotado y condenado á galeras
en perpetua servidumbre, pagó la pena no tanto de haber herido al aguacil in ­
quisitorio, cuanto de su imprudencia y descuido.
Aunque estas estratagem as sean m uy ingeniosas y nin gu na prudencia
humana baste al parecer a precaverlas, no será fuera del caso m anifestar con
otro ejemplo raro de qué manera los ofusca Dios muchas veces, proveyendo de
cuando en cuando á los suyos de cierta astucia santa para eludirlos. H ace un
año se escapó de la cárcel inquisitoria de Valladolid un belga, que cogido por
causa de la profesion del evangelio, liabia pasado muchos dias en aquellas cárce­
les. Salieron en su busca, según costumbre, aquellos fam iliares cazadores. A lcán zanle á pocas leguas de allí y le cogen en medio del camino. E l belga afirma
constantemente no ser el que ellos buscan; no por eso desisten los fam iliares,
antes, por el contrario, á la fuerza, y atándole, trataron de llevarle afirmando ser
él; y no indecisos, sino con toda seguridad, «¿no eres tú,» le dicen, «el que hace
ocho dias se escapó de la cárcel de la Inquisición vallisoletana?» E l, con sem­
blante sereno, «miradlo mejor,» dice; «porque ese no soy yo, antes vengo ahora
mismo de León, en donde me dediqué por varios dias á mi oficio, y para que de
cierto sepáis ser así, leed este testimonio que acerca de ello traigo conmigo.»
Y sacando al punto un escrito, se lo da á leer, el cual leido, dánle fe al mo­
m ento y le dejan libre, no sin vergüenza de haber errado puerilm ente en prender
á uno por otro, según creian. Pero acerca del testimonio con que tan oportuna­
mente se libró, lo que hay es esto: Despues de su salida de la cárcel, poniéndose
no sin prisa en camino, encontró en él por casualidad á un paisano suyo, de antes
conocido, que venia de León, ciudad de Es¡ 3aña. Este, por exigirlo así sus nego­
cios, se liabia procurado aquel testimonio. E l cual, ignorándolo entrambos, dis­
puso Dios por un decreto impenetrable de su providencia, para que aquel se
librase de tan gran peligro; pues habiéndose ido el uno dos dias antes dejando al
otro ese testimonio para que se lo guardase, con él engañó este ta n 'o p o rtu n a
como chistosamente á aquellas sicofantas y se salvó por fin.
Suelen estos espíritus fam iliares usar de diversa diligencia para descubrir á
los fugitivos. Pues algunos de ellos seguirán ó bien las huellas que* ya hallaron
del ausente, ó bien el camino que según sus sagacísimos juicios les parece llevar.
Otros (pues áun para una sola mosca que se escape de la Inquisición suelen
despacharse varios en su busca) velan en los mismos caminos acechando de noche,
como que tienen por averiguado que el que huye ha de caminar de noche más
bien que de dia. Contra esta diligencia preparará Dios al que quiera librar. Esto
en cuanto á la prisión; vamos ahora á lo que acostum bra á hacerse despues de la
prisión y encarcelamiento.
C A P ÍT U L O SEGU NDO.
De la secuestración de bienes, dicha comunmente secuestro.
Prendido por el alguacil ó por los fam iliares el delatado, al instante le piden
y quitan todas las llaves de sus arcas y papeleras, si las tiene, y envian un nota­
rio con algunos fam iliares y el mismo alguacil para que reduzca á inventario
cuantos bienes ten ga en su casa, sean cuales fueren; lo cual diligentem ente e je ­
cutado, depositan para que lo guarde todo lo que hallaron en manos de algún
vecino rico, quien promete dar de buena fe cuenta de todo ello, cuando se la
pidan. E n este que llam an secuestro, conviene, sobre todo, que los interesados no
aparten los ojos de las manos de los que en él intervienen y por quienes se hace;
y más, cuando hayan de reducirse á dicho inventario, dinero, cadenas de oro ó
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C r ist ia n a .
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p lata, ó cosas, en fin, de algún valor, que fácilm ente pueden ocultarse; porque se
les p ega muchas veces algo de esto, cuando fa lta tan diligente observación. Pues
consta por lo regular este gremio de fam iliares, de rufianes, ladrones y de toda
especie de hombres rapaces y malvados, qué acostumbrados á vivir del robo, 110
pueden ni quieren contener sus manos. A ñádese á esto, que no ju zgan ellos van á
poner las manos en unos bienes enteram ente ajenos y á los que no ten gan dere­
cho alguno.
R éstanos ahora el m anifestar brevem ente, con qué fin se hace este secuestro
de bienes. E l fin es que si aconteciere por casualidad ser condenado el preso á la
pérdida de sus bienes ó á la confiscación de alguna parte de ellos, nada, ni aun
una sola escudilla, pierda el Santo Oficio. Pues es claro que en todo negocio lo
que ellos buscan es la presa y despojos de los infelices. D e otra suerte ¿qué
tien en que ver los 'padres de la fe , los celadores de la sola piedad, con los bienes de
los que proclaman querer reducir al camino? ¿O quién será tan necio que crea poderse
corregir el error en la f e con la confiscación de bienes? Tampoco, sin em bargo, es
ajeno de hombres cristianos el ser por la confesion de Cristo despojados por los
enemigos de todos sus bienes, y aun de sus vestidos; puesto que eso mismo se
hizo con el Señor, cuyos miembros son y cuya verdad profesan, decretando, despues de quitarle cruelm ente la vida, echar suerte sobre sus vestidos, no de gran
precio y aun acaso raidos por el uso.
E ste sacrilegio está y a tan santificado por el voto común de los teólogos, es
decir, de frailes y clérigos, que despojándose de toda vergüenza, predican y ense­
ñan, que el que no consienta con la doctrina del P ap a de todos modos, ó desis­
tiere de ella algu na vez, queda por lo tanto obligado en conciencia (según dicen)
á en tregar al fisco todos sus bienes, á quien se los debe todos, como si antes se
los hubiese quitado. L a razón, dicen, es, que en el mero hecho de haberse apartado
de la doctrina de la Ig lesia romana, se constituyó poseedor ilegítim o de todos sus
bienes y poseedor legítim o de ellos el rey, á quien el P apa los adjudicó. P or lo
tan to está obligado á restituírselos íntegros, aunque la Inquisición nada hubiere
sabido nunca acerca de su negocio. D e esta suerte y con ese solo lazo de sagací­
simos cazadores, se hacen ante todo m uy aceptos á los reyes y enredan al mismo
tiempo las conciencias y las bolsas del miserable y estúpido pueblo que los tien e
por lum brera.
P ero volviendo á nuestro propósito, así que en tra el cautivo en la primera
puerta de la cárcel, el alcaide con el notario le pregunta si tiene consigo algún cu­
chillo ó dinero, anillo ó alguna alh aja preciosa. Y si es m ujer y tiene colgada de la
cintura alguna cajilla de punzones, anillos, collares, aretes ó algunos de tales ador­
nos m ujeriles, la despojan de todos ellos, y por lo común ceden como presa á los
despojadores. E sto se hace para que nada te n g a el cautivo en su cautiverio con que
se pueda ayudar. Escudriñan además si acaso meten consigo ocultam ente algún
escrito, ó librillo, ó cosa semejante. Pero luego que entró en la cárcel, le encierran
en alguna de las muchas celdillas, no desem ejante al sepulcro en lo muy angosta,
en el olor y tinieblas; á algunos se les encarcela solos por ocho ó quince dias, á
otros por algunos meses, y á otros para siempre; á algunos desde el prim er dia de
su cautiverio se les dan compañeros, según por sus artes les parece á los señores
Inquisidores más conveniente.
(Se continuará.)
.R e v i s t a
102
E P IST O L A D E SAN PABLO
Á LOS CORINTIOS.
15.
Notifícoos, hermanos, el E vangelio
que ya os anuncié, el cual tam bién re­
cibisteis, en el cual también estáis fir­
mes, y por el cual sois salvos, si lo reteneis según las palabras en que ya os
lo anuncié, si no habéis creído en vano.
Porque en el principio os di lo que tam ­
bién recibí: que Cristo murió por nues­
tros pecados según las Escrituras, y que
fue sepultado, y que fue resucitado al
tercer dia según las E scritu ras; que
apareció á Céfas, despues á los doce;
despues apareció á más de quinientos
hermanos á la vez, de los cuales la m a­
yor parte viven hasta ahora, pero alg u ­
nos han dormido. Despues apareció á
Jacobo, despues á todos los apóstoles;
y despues de todos, como á uno nacido
fu era de tiemjDO, me apareció tam bién
á mí. Porque soy el menor de los após­
toles, que no merezco ser llamado após­
tol, porque perseguí la Ig lesia de Dios.
Em pero por la gracia de Dios soy lo
que soy: y su gracia en mí no ha sido
en vano, antes he trabajado más abun­
dantem ente que todos ellos, mas no yo,
sino la gracia de Dios, la cual está con­
migo.
D e m anera que, tanto yo como ellos,
así predicamos y así vosotros creisteis.
P ero si Cristo es predicado que fue
resucitado de entre los muertos, ¿cómo
dicen algunos entre vosotros: «No hay
resurrección de muertos?» Y si no hay
resurrección de muertos, tampoco Cristo
fue resucitado. Y si Cristo no ha sido
resucitado, vana es nuestra predicación
y tam bién es vana vuestra fe. Y ade­
más somos hallados falsos testigos acer­
ca de Dios, porque testificamos que
D ios resucitó á Cristo, al cual no resu ­
citó, si es así que los muertos no son re­
sucitados. Porque si los muertos no son
resucitados, tampoco Cristo ha sido re­
sucitado; y si Cristo no ha sido resuci­
tado, vana es vuestra fe, aun estáis en
C r is t ia n a .
vuestros pecados. Entonces aun los que
durmieron en Cristo, han perecido. Si
solamente en esta vida esperamos en
Cristo, somos los más miserables de to ­
dos los hombres.
M as ahora Cristo fue resucitado de
los muertos, primicias de los que dur­
mieron. Porque puesto que por un hom­
bre vino la muerte, por un hombre la
resurrección de los muertos; porque
como en A dán murieron todos, así tam ­
bién en Cristo serán todos vivificados.
P ero cada uno en su propio orden:
las prim icias, Cristo; despues los que
son de Cristo, en su venida; despues el
fin, cuando entregue el reino á Dios,
el P a d r e : cuando hubiere destruido
todo imperio y todo principado y poder.
Porque es necesario que E l reine,
hasta que h aya puesto todos los ene­
migos debajo de sus pies. E l último ene­
migo que será destruido, es la muerte.
Porque sujetó todas las cosas debajo
de sus piés. Y cuando dice: «todas las
cosas han sido sujetadas,» claro está
que se exceptúa el mismo que sujetó á
él todas las cosas. Y cuando todas las
cosas le fueren sujetas, entonces el
mismo H ijo tam bién será sujetado al
que le sujetó á él todas las cosas, para
que sea Dios todo en todos.
De otro modo, ¿qué harán los que se
bautizan por los muertos? Si de manera
aleruna
los muertos no son resucitaO
dos, ¿por qué son bautizados por los
muertos? ¿Por qué tam bién nosotros
corremos peligro á todas horas? Protesto
por mi gloriacion en vosotros, que yo
ten go en nuestro Señor Jesucristo, que
cada dia muero. Si hablando según los
hombres, combatí con bestias en Efeso,
¿qué me aprovecha? Si no son resucita­
dos los muertos, comamos y bebamos,
que m añana moriremos. N o seáis en ga­
ñados. L as malas conversaciones co­
rrompen las buenas costumbres.
E stad alerta debidamente, y no pequeis; porque algunos no tienen conoci­
miento de Dios; para avergonzaros lo
digo.
Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan
los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?
R e v ist a
Necio, lo que tú siembras, no recibe
vida si primero 110 muere; y lo que tú
siembras, no siembras el cuerpo que lia
de nacer, mas el grano desnudo, sea de
trigo, sea de otra simiente. Pero Dios
le da un cuerpo como le plugo; y á cada
simiente su propio cuerpo. No toda carne
es la misma carne, sino una es la carne de
los hombres, o trala de los animales, otra
la de las aves, otra la de los peces. Y hay
cuerpos celestes, y cuerpos terrestres:
pero una es la gloria de los celestes, y otra
la de los terrestres. U na es la gloria del
sol, otra la gloria de la luna, y otra es
la gloria de las estrellas. Y aun una es­
trella es diferente de otra en gloria.
A s í tam bién la resurrección de los
muertos. Siémbrase corruptible, será re­
sucitado incorruptible. Siémbrase en des­
honra, será resucitado en gloria. Siém ­
brase en flaqueza, será resucitado en
poder. Siémbrase cuerpo natural, será
resucitado cuerpo espiritual.
Si hay cuerpo natural, le hay tam bién
espiritual; según está escrito: fue hecho
el primer hombre, Adán, alma viviente;
el últim o Adán, espíritu vivificante.
Pero 110 fue primero lo espiritual sino
lo natural, y despues lo espiritual.
E l primer hombre de la tierra, terre­
no: el segundo hombre, del cielo. Cual
el terreno, tales tam bién los terrenos;
cual el celestial, tales también los ce­
lestiales. Y así como hemos llevado la
im agen del terreno, llevaremos también
la im agen del celestial.
E sto empero, digo, hermanos, que
carne y sangre no pueden heredar el
reino de Dios; ni lo corruptible heredará
incorruptibilidad. H é aquí, os digo un
misterio: No todos dormiremos, pero
todos seremos transformados, en un
momento, y en un abrir y cerrar de ojo,
á la últim a trompeta; porque sonará la
trom peta y los muertos serán resucita­
dos incorruptibles, y nosotros seremos
transformados. Porque es preciso que
esto corruptible sea revestido de incor­
ruptibilidad, y que esto mortal sea re­
vestido de inmortalidad. Pero cuando
esto corruptible fuere revestido de in­
corruptibilidad, y esto mortal fuere re­
C r ist ia n a .
103
vestido de inmortalidad, entonces se
cumplirá la palabra que está escrita:
«Sorbida está la muerte en victoria:
¿Dónde, está, 0I1 muerte, tu victoria?
¿Dónde, está, oh muerte, tu aguijón?
Empero el aguijón de la muerte es el
pecado, y el poder del pecado la ley.
Pero á Dios gracias que nos da la vic­
toria por nuestro Señor Jesucristo. P or
tanto, hermanos uiios amados, sed cons­
tantes, inmovibles, abundando en la
obra del Señor siempre, sabiendo que
vuestro trabajo no es vano en el Señor.
E L V A L O R DE L A B IB L IA .
E11 una reunión en favo r de la Socie­
dad B íblica B ritánica y E x tran jera, te- •
nida en el Mansión House, ó sea la casa
de A yuntam iento de Londres, en A bril
del año pasado, el doctor W rig lit, uno
de los secretarios de la Sociedad, pro­
nunció un notable discurso de tanto in­
terés seguramente para nuestros lecto­
res, que queremos reproducir la parte
principal en nuestra R e v i s t a ; porque
está lleno de hechos y noticias que, por
desgracia, ignoran la mayoría de los
hombres, tal vez los cristianos mismos.
Se dirigió al alcalde primero de L o n ­
dres, diciendo:
«Señor, la ciudad que Vd. tan d ign a­
mente representa, es sin duda el gran
centro del comercio del mundo. Por
medio de una energía innata y la fu er­
za de carácter británico, la ciudad más
grande que el mundo ha visto se ha de­
sarrollado en las orillas húmedas de
nuestro rio. Vuestra ciudad es la crea­
ción de siglos. E n influencia ha creci­
do con las edades. Vuestros barcos sur­
can todos los rios, vuestros buques cru­
zan todos los mares. Vuestros agentes
llevan los productos de la tierra á todos
los mercados. Vuestras necesidades,' ov
aun los artículos de lujo, son traídos
desde todas las regiones de la tierra.
Vosotros construís los puentes del mun­
do, vosotros edificáis las vias férreas del
universo. Vosotros adelantais fondos á
104
R e v ist a
los gobiernos del orbe, y cuando una
calamidad cae sobre alguna nación,
vosotros acudís en ayuda de los que su­
fren. Vuestra lieredad es espléndida; un
deber sagrado os está confiado para el
pequeño mundo aquí y para el gran
mundo de fuera.
A vuestro lado y en medio de vosotros
la Sociedad Bíblica se ha desarrollado
para ser el centro de la actividad reli­
giosa del mundo. E n ergía, fuerza de ca­
rácter, valor y perseverancia como las
que fundaron vuestra grandeza, se han
consagrado á la formacion de una orga­
nización con fundamentos más estables
y con una influencia que llega más allá
aún que la vuestra. Cada esfuerzo hecho
por vuestra energía ha abierto nuevos
caminos para las operaciones de nuestra
Sociedad. E n cualquier puerto donde
entran vuestros barcos, allí están los
agentes de la Sociedad. Vosotros edifi­
cáis los puentes para que nuestros men­
sajeros puedan pasar por ellos. Vosotros
hacéis los túneles para que nuestros
mensajeros puedan penetrar por ellos.
Pero nuestros mensajeros estaban allí
antes que los vuestros. Ellos cruzaron
el rio antes que vosotros edificaseis el
puente. Ellos pasaron por encima de la
montaña antes que vosotros hiciéseis el
túnel. Ellos civilizaron á los habitantes
de la isla, antes que vosotros la conquis­
taseis. Ellos dieron luz al continente
oscuro (es decir, al Africa) antes que
fuese dividido entre las naciones. Las
manos que cogieron el te y el algodon,
tenian nuestras Biblias antes que vues­
tros comerciantes llegaran para llevar
los fardos y cajones. Las manos que co­
gieron las hojas de los morales y los
dátiles, hojearon nuestras Biblias m ien­
tras que el gusano de seda hilaba; y la
palabra viva quedó allí cuando el co­
m erciante que venia de vez en cuando,
ya*se habia llevado la cosecha.
Vuestra metrópoli es el gran modelo
del buen éxito mercantil; y el buen
éxito, como la caridad, cubre una multititud de pecados. Vuestro buen éxito es
el resultado legítim o de la energía é
iniciativa. Los ídolos de la adoracion de
C r ist ia n a .
la ciudad no son G og y M agog, sino
energía é iniciativa. L a Sociedad que
obsequiáis hoy, ha logrado un éxito tan
brillante como el vuestro, en una esfera
muy alta, por medio de una en ergía tan
indómita, de una iniciativa tan deter­
minada y de una influencia tan vasta
como las vuestras. V u estra energía está
en gran parte concentrada aquí y vues­
tra fuerza es centrípeta respecto á otros
centros y satélites de empresas comer­
ciales.
L a Sociedad B íblica es Británica y
Extranjera. Llam ada á la existencia por
un grito amargo desde Gales, acudió á
las necesidades de este principado, de los
Gales en Escocia, de los Irlandeses y de
todos los habitantes del globo, que h a­
blan el inglés. Trein ta mil soldados
franceses y esj)añoles eran entonces
prisioneros de guerra de los ingleses, y
la Sociedad pronto justificó su título de
extranjera, procurando para ellos en su
propia lengua un gran número de ejem ­
plares de la P alab ra de Dios. Pero la
Sociedad tenia un objeto más lejano en
el extranjero. E l vasto imperio chino
con sus centenares de millones de almas
inmortales estaba enteramente sin B i­
blia. L a China ocupaba la solicitud de
la Sociedad desde sus primeras reunio­
nes, y versiones de las sagradas escritu­
ras se han publicado en el gran idioma
literario, en la lengua de los mandarines
(que se habla en todas partes por la
gente educada), y ademas en diez de los
dialectos locales. L a China está todavía
al cuidado del comité; y á su petición,
llevada por el humilde individuo que
ahora os dirige la palabra, á la confe­
rencia de misioneros en Shanghai, aque­
llos prometieron unánimes escoger sus
sabios más aptos para preparar unas
versiones modelo en los idiomas princi­
pales de la China.
E n A sia, la cuna de nuestra raza, la
patria de Jesús, no habia más que dos
versiones de las Escrituras traducidas
antes del tiempo de la R eform a en len ­
guas vivas. Aquellas eran el árabe y el
idioma Persa. A ú n ellas estaban an ti­
cuadas, destinadas á morir pronto; ade­
R e v ist a C r is t ia n a .
mas existieron solamente en manuscri­
tos raros que pocas veces se leian. L a
iglesia viva liabia salido en siglos pasa­
dos con la palabra viva en la mano á
aquella tierra; pero la Iglesia liabia per­
dido su primer celo, y dormia con unas
versiones muertas en su mano inerte.
E l siriaco, el arm enio, y el idioma
georgiano, quedan como monumentos
espléndidos, pero sin vida, de la primera
fe y en ergía vital de la Iglesia primitiva.
Despues de oclienta y siete años de tr a ­
bajo sin cesar, h ay ahora ciento trece
versiones vivas, en vez de dos en los
idiomas y dialectos de Asia.
No liabia versión viva de las E scritu ­
ras en ninguna lengua del A frica. El
idioma de los coptos y de los etiopes
liabia muerto sin dar vida á ningún
sucesor. L a tierra de Cliam estaba su­
mida en densas tinieblas; ya nadie se cui­
daba de ella sino el cazador de esclavos
para quien era un campo de caza deli­
cioso.
Los habitantes eran como ovejas sin
pastor, y nadie se cuidaba de sus almas.
Ha}r ahora sesenta versiones de las E s ­
crituras en las lenguas del A frica , y la
luz del cielo está disipando las tinieblas
egipcias.
L as tribus de A m érica estaban sin B i­
blia. E l ultim o de los mohicanos, los
que leian la traducción de E lio t, liabia
muerto, y la B iblia indiana de E lio t no
era más que una cosa curiosísima; pero
nadie entendía su lenguaje. A h o ra hay
cuarenta versiones de las Escrituras en
los idiomas indígenas de Am érica.
¿Qué liabia en la OceaníaP D iez y
ocho siglos de la era Cristiana liabian
¡lasado y el evangelio no se liabia d eja­
do oir en ningún idioma de las islas.
Entre los varios habitantes de aquellas
islas dispersas y pobladas, 110 liabia ni
un fragm ento de la P alab ra de Dios.
«Las islas me esperarán,» cantó el an ti­
guo profeta; y los habitantes de las is­
las tienen ahora cuarenta versiones que
les dicen: Dios es amor.
(Se concluirá.)
105
Salve caput cruentatum ,
Totum spinis coronatimi,
Conquassatimi, vulneratum ,
Arnndine sic verberatum,
F acie sputis illita.
Salve, cuius dulcis vultus,
Im m utatus et incultus,
Im m utavit suurn florem
Tot us versus in pallorem
Quem cceli trem it curia.
Omnis vigor atque viror
H inc recessit, non admiror,
Mors apparet in inspectu,
Totus pendens in defectu,
A ttritu s segra macie.
Sic affectus, sic despectus,
P rop ter me sic in te ri e et us,
Peccatori tam indigno
Cum amoris in te signo
A p p are clara facie.
In hac tua passione
M e agnosce pastor bone,
Cuius sumsi mel ex ore,
H austum lactis ex dulcore
Prse 011111 ni bus deliciis.
Non me reum asperneris
N ec indignim i dedigneris,
Morte tib i iam vicina
Tuum caput liic inclina,
In meis pausa brachiis.
Tute sanctffi passioni
Me gauderem interponi,
In hac cruce tecum mori,
P r e s t a crucis amatori,
Sub cruce tua moriar;
M orti tuie iam amarffi
Grates ago, Jesu care,
Qui es clemens, pie Deus,
F ac, quod p etit tuns reus,
U t absque te non fìniar.
Dum, me mori, est necesse,
N oli mihi tunc deesse:
In trem enda mortis li ora
V en i, Jesu, absque mora
Tuere me et libera.
Cum me iubes em igrare
Jesu care tunc appare,
0 amator am plectende,
106
R e v ist a
Tem et ipsurn tune ostende
In cruce salutífera.
-------
c,
P 9
o --------
UN V IA JE Á T IE R R A SAN TA .
(CONTINUACION.)
A las cuatro menos cuarto de la ta r­
de vino Juanillo á buscarme al hotel, é
inm ediatam ente nos dirigimos al Santo
Sepulcro, pues mi cicerone, antes de
acompañarme á la excursión por el bar­
rio judío, ten ia que asistir á una proce­
sión que diariam ente celebran los la ti­
nos en aquel templo á las cuatro de la
tarde.
Llegam os á la iglesia; tomé asiento
en un banco cerca del tem plete, y Ju a­
nillo se unió al cortejo que form aba
aquella procesion, compuesta de m ulti­
tud de frailes y algunos fieles, los cuales
fueron recorriendo los sitios principales,
cantando antífonas y versos latinos alu­
sivos á los hechos que se suponen acae­
cidos en cada uno de los puntos en los
cuales se detenían.
M edia hora duró la procesion; con­
cluida la cual, se me acercó Juanillo y
me dijo que ya podíamos m archar al
barrio de los judíos.
Atravesando una porcion de calles
tortuosas, estrechas y no m uy limpias,
dimos por iiltimo en el barrio israelita.
A llí vi infinidad de tenduchos sucios,
míseros y mal olientes. Y o hacia caso
omiso de estos detalles, y hasta me en­
contraba á mis anchas, porque con to­
das aquellas gentes podia hablar en cas­
tellano.
Compré allí algunas cosillas que n e­
cesitaba, y nos encaminamos á la pla­
zuela donde se halla el muro á cuyo pié
van á llorar los judíos.
No merece tan reducido espacio el
nombre de plazuela; pero como aquel
trozo de calle es un poco más ancho
que la generalidad de ellas, en comjDaracion relativa bien se la puede titu lar
plazuela.
Cuando llegamos, y á pesar de que
C r is t ia n a .
no era viernes, se hallaban al pié del
muro diez ó doce judíos de todas eda­
des; unos leyendo, otros como rezando,
y otros con la frente apoyada en los si­
llares. Es aquel un espectáculo realm ente
digno de verse y meditarse, por ser
único en el mundo.
A q u í nos encontramos con un pueblo
que há siglos perdió su patria, su rey,
su templo y su sacerdocio. Y sin em bar­
go, este pueblo, diseminado por las cin­
co partes del globo, no desaparece, no
m uere, no sé extingue como tantos
otros; antes bien se aum enta y se pro­
p aga á pesar de las persecuciones, de los
contratiempos y de toda clase de difi­
cultades; un pueblo que á través de diez
y ocho siglos conserva la indeleble me­
moria, el profundo recuerdo de sus sa­
cerdotes, de su magnífico templo, de
sus reyes, de su adorada patria. Y no
sólo los recuerda, sino que uno y otro
dia llora su pérdida; y ya que no le es
dado hacer otra cosa, va al pié de aque­
llos sillares, sagrados para él, á bañarlos
con sus lágrim as, entonando lam enta­
ciones tan sentidas como las de Jeremías,
ya que no tan elocuentes.
Quisiera yo ver á los incrédulos pre­
senciando en un viernes aquel desahogo
de los israelitas al pié del muro del so­
lar de su querido templo. Y quisiera
tam bién saber lo que pensaban sobre
aquel espectáculo que tínicamente se ve
allí, los razonamientos que hacian, y si
aquella extraordinaria escena no les ha­
blaba al alma, ó la consideraban como
una de tantas que se ven todos los dias
y en todos lugares.
A aquellos que negasen ó al menos
pusiesen en duda la verdad de la reli­
gión en sus dos dispensaciones, antigu a
y nueva, ¿no les diria nada ver á unos
infelices perseguidos y mal mirados en
todas partes, ir uno y otro dia, una y
otra semana, mes tras mes, año tras
año, siglos enteros sin interrupción, á
conmoverse, gem ir y llorar ante aque­
llos frios bloques de piedra, mudos tes­
tigos del antiguo poderío y grandeza
que disfrutaron sus padres? ¿Y las pro­
fecías?
R e v ist a
E n las dos veces que lie estado en
Jerusalem no lie logrado la fo rtu n a de
hallarm e en viernes, que es el dia seña­
lado oficialmente, digámoslo así, por los
judíos para acudir al pié del muro. H u ­
biera tenido un gusto especial en ver la
m ultitud de israelitas apiñados en
aquel reducido espacio, orando y ento­
nando salmos. M as esto se puede tam ­
bién ver en los restantes dias de la se­
mana, si bien no son en tan gran núm e­
ro los que acuden, y se lim itan á leer y
orar en voz baja.
D ícese que pagan al sultán de T u r ­
quía un tributo por el permiso de ir los
viernes á llorar al pié del muro desde la
u n a de la tarde liasta la puesta del sol.
Y esto es lo único que se les consiente;
pues si cualquier israelita se atreviese á
poner la planta en aquella gran expla­
nada que compone el solar donde se h a­
llaba el templo, seguram ente que p aga­
ría caro su atrevim iento; quizá y sin
quizá le costase la vida.
E n el acto que tiene lu g a r los vier­
nes, unas veces se lim itan á gem ir y
llorar, otras gim en y recitan , y otras
lloran y cantan llorando.
L o que cantan ó recitan á coro entre
el rabino y el pueblo, es lo siguiente:
ja b in o .— P or el palacio, que fu e de­
vastado
Pueblo.— Nosotros hemos quedado so­
litarios, y nosotros lloramos.
Rabino.— P or el templo que fue des­
truido
Pueblo.— Nosotros hemos quedado so­
litarios, y nosotros lloramos.
Rabino.— P or los muros que están
demolidos
Pueblo.— Nosotros hemos quedado so­
litarios, y nosotros lloramos.
Rabino.— 'Por nuestra m ajestad, que
y a pasó
Pueblo.— Nosotros hemos quedado so­
litarios, y nosotros lloramos.
Rabino.— Por nuestros grandes hom­
bres, que han perecido
Pueblo.— Nosotros hemos quedado so­
litarios, y nosotros lloramos.
Rabino.— P or las piedras preciosas
que han sido quemadas
C r is t ia n a .
107
Pueblo.— Nosotros hemos quedado so­
litarios, y nosotros lloramos.
Rabino.— P o r nuestros sacerdotes,
cuya im portancia ha caido
Pueblo.— Nosotros hemos quedado so­
litarios, y nosotros lloramos.
Rabino.— Por nuestros reyes, que han
sido despreciados
Pueblo.— Nosotros hemos quedado so­
litarios, y nosotros lloramos.
Rabino.— Jehovah, os suplicamos ten ­
gáis piedad de Sion;
Pueblo.— Juntad los hijos de Jeru sa­
lem.
R abino. — Apresuraos , ap resu raos,
Salvador de Sion.
Pueblo.— H ab lad á favor de Jeru sa­
lem.
Rabino.— Que la belleza y la m a jes­
tad rodeen á Sion.
Pueblo.— Volveos con clem encia h a­
cia Jerusalem.
Rabino.— Que pronto la dominación
real se restablezca sobre Sion.
Pueblo.— Consolad á los que lloran
sobre Jerusalem.
Rabino.— Que la paz y la felicid ad
entren en Sion;
Pueblo.— Que la vara del poder se ele­
ve en Jerusalem.
Indudablem ente debe ser conmove­
dor en extrem o ver aquella m ultitu d de
desheredados entonando ó recitando la
lam entación y p legaria que quedan co­
piadas. Seguram ente que no d ejará de
impresionarse el ánimo del más des­
preocupado y sumirse en profunda m e­
ditación, aun cuando esté dotado de ca­
rácter ligero y superficial.
E l muro á cuyo pié van á llorar los
israelitas, no perteneció precisam ente
al mismo templo, sino que es uno de los
que lim itan la explanada donde aquel
estuvo fundado.
A fin de d ejar bastante espacio para
edificar aquella m aravilla llam ada tem ­
plo de Salomon, así como los pórticos,
galerías, etc., el sabio rey se vió obli­
gado á descabezar el monte en el que se
habían de levan tar las proyectadas cons­
trucciones, terraplenar las laderas, y li-
108
R e v is t a
m itar con fuertes muros de sillería
aquella montaña artificial, con objeto
de que la acción de las aguas en el tras­
curso de los t i e n t o s no produjese el
desviamiento de tierras, se socavasen
los cimientos y viniese á tierra lo edi­
ficado.
L a magnificencia y solidez de aque­
llos muros queda demostrada con sólo
saber que estando compuestos de enor­
mes sillares labrados, penetran en tie r­
ra liasta una increíble profundidad. H a
habido recientem ente quien ha tenido
curiosidad por saber si los cimientos
más bajos y profundos correspondían á
la esplendidez de lo que está á la vista.
A l efecto, y á poca distancia de uno de
los muros, mandó abrir un pozo de
ochenta y un pies de profundidad, y ha­
cer despues una galería que fuese á en­
contrar el cimiento del muro. Pues bien,
abierta la galería á la ya citada profun­
didad de ochenta y un pies, se hailó que
todavía penetraba más el cimiento del
muro, y estaba compuesto de sillares
iguales á los que se ven fuera de tierra.
P or este solo dato se comprenderá que
Salomon no escaseó ni gastos, ni es­
fuerzos de todo género en la edificación
del templo y construcciones adyacentes.
(Se continuará.j
I N M E M O R IA M .
JOSÉ ALHAMA.
N uestro queridísimo amigo D. José
A lham a, Pastor de la iglesia evangélica
de Granada, ha abandonado este mun­
do para ir á gozar de la bienaventuran­
za eterna, el dia 5 del corriente á las
cinco de la tarde, despues de larga y
penosa enfermedad.
Precisam ente en estos dias hará vein ­
titrés años que por primera vez tuvimos
el placer de ver en Granada á este hé­
roe de la fe y m ártir de Jesucristo, y
mientras nos acompañaba en nuestra
subida á la A lham bra, nos contó la his­
toria de su vida. H acia pocos meses que
C r ist ia n a .
habia vuelto de su destierro en G ibralta r , á donde habia ido condenado á
nueve años de expatriación, despues de
haber sufrido casi tres años en la p ri­
sión lóbrega de Granada, por la causa
del Evangelio. E l subir la colina le era
difícil, porque su pecho sentía aún las
consecuencias de aquella estancia pro­
longada en la cárcel, y «el recuerdo de
estos sufrimientos,» decia, «no se perderá
sino con mi muerte.)) E n el bosque
solitario, debajo de aquella m aravilla
de arquitectura de los árabes, nos sen­
tamos para descansar, y no olvidare­
mos cómo contó de qué manera habia
encontrado la verdad y la fe en el E van ­
gelio. Sin religión habia vivido en este
mundo, y trab ajab a diligentem ente en
su oficio de sombrerero, que á él y á su
hermano menor daba bastante trabajo
y tam bién regular producto. Entonces
Dios le hizo caer en las manos algunos
trataditos que daban testimonio del
Evangelio; esto le interesaba y le im ­
pulsaba á procurarse un Nuevo T e sta ­
mento, y poco á poco, en aquella lucha
interior y misteriosa del espíritu contra
el viejo hombre, se hizo discípulo de
Cristo. Pero habiéndolo aceptado una
vez por maestro, no podia callar; era
preciso dar testimonio de él, prim era­
mente á su hermano y su fam ilia, luego
hablaba en círculos íntimos ante am i­
gos, del tesoro que habia hallado; algu ­
nos otros venían poco á poco, y por ú lti­
mo, «yo mismo 110 sé cómo se hizo,)) dijo
con amable modestia, «que me encontré
hablando públicam ente en la plaza acer­
ca del E vangelio de Cristo,» sin que h u ­
biera por eso olvidado á atender á su ofi­
cio. Esto causó una gran excitación en la
ciudad. «¿Cómo sabe este las Escrituras
si no las ha estudiado?» Los sacerdotes
no podían quedarse quietos, la casa de
A lham a fue investigada, sus libros con­
fiscados, él mismo echado en la cárcel.
A llí le atorm entaron con tentativas para
convertirlo; pero la palabra de Dios des­
truyó todo el arte de los sacerdotes.
Más de dos años permaneció en este
calabozo oscuro y mal sano hasta que
el tribunal dictó la sentencia; era de
109
E e v ist a C r is t ia n a .
nueve años de prisión. Pero la reina,
temiendo que convirtiera á los presos,
según la influencia que ya habia ejer­
cido en la cárcel de Granada, junto
con M atam oros, conmutó esta pena
en nueve años de destierro, impulsada
además por una carta de la reina Isa­
bel de Prusia, que antes liabia sido
católica romana ella m ism a, y ahora
intercedia por sus hermanos en la fe.
Cinco años en G ibraltar vivió del tra ­
bajo de sus manos, hasta que la revolu­
ción de Setiem bre de 1868 le permitió
la vuelta á su patria. E l primer amigo
que allí le saludó, fue su vieja Biblia,
que un conocido habia salvado de las
pesquisas de la policía y habia preserva­
do para él. Anunciar la verdad de esta
B iblia á sus compatriotas, ha sido des­
de entonces el traba jo de toda su vida.
R eciba su apreciable fam ilia, sobre
todo su anciana esposa, la expresión
más sincera de nuestra sim patía en es­
tos momentos tan llenos de dolor, por
los cuales el Señor permite que pasen;
al mismo tiempo que elevamos nuestras
preces al Altísim o, para que les dé el
consuelo que E l solo puede dar.
U na carta de su querido hermano
Antonio, de Granada, que ha tenido
la bondad de informarnos sobre la
enfermedad, nos cuenta que el acto de
dar sepultura al cadáver del Sr. A lh ama, fue una m anifestación imponente,
y pocas veces vista en Granada. Más de
quinientas personas acompañaron el
cadáver hasta donde es costumbre ha­
cerlo, estando el cementerio tan lejos
de la ciudad, y unas cien personas lle­
garon hasta el cementerio, donde el
pastor D. Juan M urray dió lectura á
algunos
versículos del Evangelio
é hizo
O
D
oracion, que oyeron todos con recogi­
miento é interés. L a vida de D. José
A lh a m a fu é una manifestación enérgica
y constante del Evangelio; su entierro
lo ha sido también.
E l fiel siervo ha recibido la corona de
la vida que el Señor le ha prometido;
su fa lta se hará sentir mucho entre nos­
otros. Pero la iglesia triunfante en el
cielo ha de crecer también por los sier­
vos que el Señor llama á su descanso,
mientras nuestros ruegos se eleven á su
trono, para que multiplique entre nos­
otros el número de los obreros, que ta n ­
ta fa lta nos hacen, y que les de su g ra ­
cia para que sean fieles hasta la muerte,
como lo ha sido nuestro amigo, que aho­
ra goza de la gloria de nuestro Señor
resucitado.
-------- o
G *Q
o ---------
ISTCXEIYLI
ó
LOS ÚLTIMOS DIAS 1)E JERUSALEM.
(CONTINUACION.)
A l dia siguiente dió María de Bethezob una fiesta en sus brillantes habita­
ciones, á la que estaban convidadas las
fam ilias de Zadoc y Am acías. Es de
comprender que en aquel tiempo Zadoc
estaba menos dispuesto que nunca á
celebrar tales fiestas; pero siendo M aría
su parienta, no quería rehusar su invi­
tación y deseaba que también Salomé y
Noemi le acompañasen. ¡Cuán difícil era
esto, especialmente para la última! Pero
como no era algo ilícito lo que se exi­
gía de ella, la obediente Lija no quiso
oponerse á su padre, y con el corazon
oprimido se atavió para la fiesta. A m acías y Judit liabian rehusado la in vi­
tación, pero Zadoc exigía que Claudia
acompañara á su hija, y esta lo hizo de
buena voluntad, esperando encontrar
una ocasion favorable para hablar con su
am iga más librem ente de lo que le habia
sido concedido en el último tiempo. A
las seis de la tarde se fueron á la casa
de la rica dueña de Betliezob, y tam ­
bién Y a v a n vino con ellas. N unca se
habia mostrado tan amable como hoy.
¿Estaban quizás sus planes de venganza
cercanos á un fin satisfactorio para él?
No se separó del lado de su hermana y
110
R e v ist a C r is t ia n a .
de Claudia, y ya temían las dos que no
ahora y donde estaría tanto más segura,
llegaran á hallarse solas; pero fe liz ­
cuanto que allí nadie la buscaría, sien­
mente fue llamado despues de la cena
do él aún judío. A llí la podrías visitar
por uno de sus cómplices más activos, y
sin peligro alguno.»
así se vieron libres del temido espía.
«Temo,» respondió Noemi, «que sus
A toda prisa atravesaron ambas los
fuerzas ya no permitan la mudanza.
emparrados provistos de matas y flores
Pero pasado mañana sé de cierto, Y a ­
olorosas en vasijas preciosas, y adorna­
van estará en un consejo, entonces po­
dos con cortinas de púrpura y oro, en las
dré ver á M aría en su casa; ¿quieres
que se refractaban los ardientes rayos
pedir á Judit que me acompañe? Y
del sol; iban de prisa sobre el p a ­
aunque Y a v a n me descubriera, ¿qué im ­
vimento de metal y piedras preciosas
porta? E l secreto y a pesa mucho tiem ­
por entre la muchedumbre de convida­ po bastante sobre mi corazon. Sólo es
dos con el fin de encontrar en el lindo y
por mi querida madre, si no, tampoco la
frondoso jardín un lugar apartado.
muerte me seria terrible si la padeciera
Claudia comunicó, ante todo, m inucio­ por mi Salvador. ¡La vida sólo tiene
samente á su querida am iga los sucesos
poco que ofrecerme, y el sacrificio no
del dia anterior, y tam bién expuso á
seria tan grande!»
ésta los planes sombríos que Y a v a n abri­
«¡No hables así, queridísima Noemi!
gaba contra la fam ilia de Am acías,
E n verdad, muy aflictiva ha sido tu
especialmente contra Teófilo. Iíízo la
suerte en los últimos tiempos, y me
prometer que conmovería á su padre
causa pena en el corazon verte tan des­
para en tres días lo más tarde aban­
amparada cuando nos hayamos m archa­
donar con ellos la ciudad, esperando
do, y tu querida M aría quizás tam bién
que tam bién A m acías se resolvería á
se verá separada de tí. ¡Oh, si vinieras
partir entonces. No ocultó á Noemi
con nosotros! Pero como esto 110 puede
que la situación de M aría podría im pe­
ser, reconociéndolo tú como la voluntad
dir sus planes. Y entonces esta am iga,
de Dios el quedarte al lado de tus p a ­
tan ardientemente am ada por ambas,
dres, tam bién tengo la confianza de que
vino á ser el objeto exclusivo de su con­
él será tu sosten.»
versación.
«Sí, Claudia, lo sé; el fuerte Dios no
«¡Todavía una vez, querida Claudia,
me d ejará sucumbir. Me avergüenzo de
debo verla!» exclamó Noemi. «Por gran ­ mi cobardía, pero el pensamiento de
de que sea el peligro que me amenaza,
quedar sola, de que ninguna palabra de
110 puede ser cíe otra manera; debo ir á
fe llegará á mis oidos, que n in gu n a
ella aún una vez más para recibir su úl­ mano fratern al me sostendrá, este pen­
tim a bendición. Hace dos dias que en­ samiento me asusta. Me atrevía á espe­
contré á Hanna, saliendo cou Débora de
rar algún tiempo, que mi querida madre
nuestro jardín. Decía que el fin de M a ­
se inclinaría á la verdad, que sólo nece­
ría no podía estar lejos. Desde entonces
sitaba hablarla, y confio aun que su
he meditado cómo podría venir á ella
amante y fiel corazon se abrirá al fin á
otra vez; quería poner en vuestras ma­ la voz del Salvador.
nos sin que fu era notado, unas cuantas
P ero parece tem er mis palabras. A sí,
líneas para comunicaros cómo deseaba
pues, 110 cesaré dia y noche de orar que
acompañaros cuando la visitáseis.»
el Señor mismo la ilumine y fortalezca
«Aun esta noche,» replicó Claudia,
mi fe. ¡Ojalá, que yo pudiese ser el b en ­
«quieren ir Am acías, Judit y Teófilo,
dito instrum ento en su mano para mos­
porque se creen seguros de Yavan,
trar á mi madre el camino de la eterna
mientras esté aquí. Piensan llevar á felicidad! Entonces conseguiría mi m a­
M aría entonces á la casa de Am acías,
dre lo que no conseguiré yo, el ganar á
cerca de Betania, donde el buen Benja­
mi querido padre para A quel, que ta m ­
mín, un amigo seguro de A m acías, vive
bién derramó su sangre por él.»
R e v ist a
«¡Olí, Señor, Dios mió,» añadió con las
manos alzadas y con los ojos resplande­
cientes «¡escúchame! ¡Déjame ver á mis
padres á los piés de la cruz; déjame oirLos invocar el nombre de tu H ijo! ¡Oh
cómo le d a ñ a gracias, con qué gusto
sufriría con ellos la muerte más penosa!»
«Dios te guarde, Noemi,» dijo C lau­
dia apaciguándola; «el Señor escuchará
la voz de tu súplica, y vendrán todavía
dias felices para tí.»
Entonces snpo dirigir la simpática
joven las miradas de su am iga hacia
más alegres esperanzas; le habló de la
partida cercana; de cómo gozarían senta­
dos en una misma litera de la más dulce
conversación; hablóle de la vista del
amado padre, y despues de algo más, de
Marcelo, porque sabia con qué gusto
Noem i oia este nombre.
Más aún; se atrevió á preguntar di­
rectam ente á su querida am iga si podia
esperar tener en ella una querida h erm a­
na, toda vez que su hermano profesara
la misma fe que ellas.
U n rubor intenso coloreó las pálidas
m ejillas de Noemi; pero serenándose
pronto, dijo lo más tranquilam ente que
pudo:
«No quiero ocultarte á tí, queridísima
am iga, que si estuviera en mi mano es­
coger mi suerte, preferiría el ser m ujer
de M arcelo á compartir el trono de un
emperador. Como niña ya le amé, y
creciendo seguí amándole, aunque vi el
abismo que nos separaba, siendo yo j u ­
día y él romano y pagano. A hora cree
en el verdadero Dios, y estoy segura que
tam bién vendrá el día en que crea en
el H ijo del Dios viviente. Si eso aconte­
ciera y su amor fu era todavía como el
mió, ¡cuán feliz seria en llamarme tu
hermana! ¡Pero todo eso sólo es un sue­
ño! ¡Debo esforzarme en alejar tales pen­
samientos de mi corazon!»
«Ya veremos, Noem i mía, espero co­
sas mejores,» dijo Claudia alegrem en­
te. «Mi corazon revive, tú serás tan fe ­
liz como yo. ¡Oh, hermoso encuentro!
«Los tres dias pasarán de prisa y Y a van no tendrá tiempo para estorbar
nuestra felicidad. Mas ahora volvamos
C r is t ia n a .
111
á la casa: nuestra larg a ausencia podría
infundir sospecha.»
Cuando se levantaron del banco de
mármol, creían haber oído un ruido e n ­
tre las hojas de las espesas matas. Noemi puso de prisa su mano sobre el brazo
de Claudia y el dedo en la boca para que
callara. A m bas dirigieron su mirada h a ­
cia donde procedía el ruido y claram ente
reconocieron una figura hum ana que se
alejaba.
«¡Yavan!» murmuró Claudia excitada
sobremanera.
«¡Dios no lo permita!» respondió Noemi suspirando profundamente. «Si ha
oído nuestra conversación, estamos
perdidas. Pero Y a v a n abandonó la sala
con su amigo, el terrible Isaac, el se­
nador, cuando nos marchamos. Apenas
nos puede haber visto. Pero si otro ha
oido nuestra conversación, nos sería
tam bién m uy dañoso. Quizás el que
allí estaba escondido sólo ha oido nues­
tras últim as palabras y no sabe quiénes
somos. Volvamos de prisa al lado de
nuestros padres.»
E n este momento se levantó un gran
clamor. E l son de címbalos y harpas
había enmudecido; las luces se movían
en todas direcciones por las habitacio­
nes de la casa, y pronto un número de
mujeres en completo desorden se ech a­
ron al jardín, entre ellas M aría de Bethezob con sus criadas, cargada de alha­
jas, que sin duda procuraba salvar.
«¿Hay fuego?» preguntó Noem i todo
asustada.
«¡Algo peor! U na banda de zelotas ha
penetrado en mi casa. Roban, saquean
y m atan al que los resiste.»
«¿Dónde están mi padre y madre?»
preguntó Noemi como desesperada.
«¿Dónde está el pequeño David?»
«¡Ay, mi niño!» gritó la infeliz madre.
«¡Cómo pude olvidarlo! E staba ju g a n ­
do en el pasillo cuando los ladrones en­
traron. ¡Oh, busca á mi niño, Noemi,
búscale por Dios! ¡Si oye tu voz, vendrá!
¡Los zelotas 110 le habrán hecho daño!»
A tó n ita miró Noemi un momento á
la madre que pedia á otros que salvaran
á su hijo, mientras ella sólo pensaba en
112
R e v is t a
su propia seguridad. Entonces subió cor­
riendo á la azotea; también Claudia la
siguió, teniendo en vista á su am iga.
A m bas llamaban en alta voz á D avid y
á Salomé. E l ruido de las armas sonaba
dentro de la sala grande, pero la gale­
ría y los pasillos estaban vacíos. Iban
penetrando siempre adelante, siempre
llamando con voz más alta, liasta que
por fin obtuvieron una respuesta. Con
indecible gozo vieron como el pequeño
salió de entre los pliegues de una cor­
tina; Salomé se dirigió á él exclamando:
«¡Bendito sea el Dios de Israel!
(Se continuará.)
SECCION DE NOTICIAS.
E S T A D O S U N ID O S .
Washington 7. — Se han exagerado
mucho los rumores de dificultades entre
España y los Estados Unidos con m oti­
vo del nombramiento de Raud, como
cónsul americano en Ponapé.
España presentó algunas objeciones
oficiosas al establecim iento de cónsules
extranjeros en las islas Carolinas, y el
Sr. B laine aceptó, juzgándolas atendi­
bles, las objeciones del Gobierno es­
pañol.
Nueva York 8 .— E l periódico E l He­
raldo de Ntieva York declara, en su edi­
ción de hoy, que el Gobierno americano,
reconociendo la ju sticia de las observa­
ciones hechas por España, ha renuncia­
do á nombrar cónsul en Las Carolinas.
*
* *
ESPAÑA.
Leem os en L a Justicia del 21 de este
mes:
L A B IB L IA .
( NU E V A
VERSION.)
Hemos tenido el gusto de recibir una
preciosa edición de la Biblia, que la
Sociedad Bíblica, B ritánica y E x tra n ­
jera acaba de publicar en el hermoso
C r ist ia n a
idioma de Cervantes. L a versión á que
nos referimos está caracterizada, no sólo
por el esmero con que ha sido corregida
de los primeros textos, sino tam bién p o l­
la especial y nueva disposición que se
ha dado á los versículos, agrupándolos
sin alterar para nada la numeración que
existe en las anteriores.
E l Sr. Jameson, activo é inteligen te
representante de la Sociedad, y á quien
se debe la revisión del citado libro, ha
conseguido una im portante obra de
propaganda, compitiendo la baratura,
realm ente exagerada, con los demás ele­
mentos propios de esta clase de em pre­
sas editoriales.
L as traducciones bíblicas datan desde
muy antiguo, si bien en España tienen
su origen hacia el año de 1260, en que
A lfon so el Sabio mandó hacer la versión
del libro, que aún se conserva, según
creemos, en la biblioteca de E l E sco­
rial. A lfonso Y de A ragón, D. Juan II,
de Cassilla y Bonifacio Eerrer, hermano
de San V icen te , hicieron así mismo
otras nuevas versiones, destacándose en­
tre ellas las del español Casiodoro R e i­
na, revisada en 1602 por el no menos
célebre Cipriano V alera.
En el libro que hemos tenido el gusto
de ver, se ha conservado el texto de
R eina-V alera, si bien teniendo presen­
tes los originales griego y hebreo.
L a Sociedad B íblica, que tan prolijos
trabajos lleva realizados desde 1804 en
que se fundó, ha publicado cerca de
ciento
veintiocho
m illones
de ejem ­
plares de las Sagradas Escrituras, que
lia repartido por todo el mundo. Los
idiomas y dialectos en que han sido pu­
blicadas, pasan de trescientos, habiendo
algunos completamente desconocidos
para nosotros, de tribus enclavadas en
las estepas de la Siberia, ó bien que
andan errantes por los desiertos del
centro de A frica.
L a Sociedad B íblica tiene su centro
de M adrid en la calle de Leganitos, n ú ­
mero 4 .
M A D E ID 1892.
IMPRENTA
9.
DE
JOSÉ
Divino Pastor
CRUZADO.
i).