El Estado Islámico: la cruda verdad

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El Estado Islámico: la cruda verdad
4/9/2014
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3 sep. 2014 La Vanguardia
Edward N. Luttwak E.N. LUTTWAK, centro de Estudios Estratégicos I nternacionales de Washington
El Estado Islámico: la cruda verdad
El nuevo Califato cumple la ley de los primeros cuatro califas ortodoxos o legítimos sucesores de Mahoma El
Estado I slámico Abu Bakr sólo se diferencia porque muestra sus decapitaciones y profanaciones en YouTube
El silencio ensordecedor de los líderes y predicadores islámicos sobre los asesinatos, las
conversiones forzadas, las situaciones de esclavitud y las profanaciones del Estado Islámico Abu
Bakr al Bagdadi o Al Daula al Islamiya, el antiguo Al Daula al Islamiya fil Ira qua Sham –esto es, el
Estado Islámico de Iraq y Siria, o EIIS– revela una importante verdad: en lo que respecta a los
buenos musulmanes suníes, matar yazidíes o cualesquiera otros paganos que se niegan a
convertirse, eliminar “prepotentes” cruces de las iglesias o convertirlas en mezquitas, así como
decapitar apóstatas como los gobernantes alauíes de Siria y grupos afines puede ser algo no muy
agradable ni cortés, pero todo ello es perfectamente legal y correcto de acuerdo con la ley islámica.
La apostasía es un delito en 23 países musulmanes y ha habido decapitaciones por tal causa en
años recientes, tanto en Irán como en Arabia Saudí. En Turquía, apostatar del islam aún es legal
(aunque es demasiado peligroso revelarlo) pero únicamente debido a la antigua constitución, que
los líderes actuales están desmantelando; resulta revelador que el reelegido presidente Erdogan y
el nombrado nuevo primer ministro, Ahmet Davutoglu, califiquen siempre la comunidad del
presidente El Asad de nusairi, un discurso del odio suní a los alauíes. En otras palabras, el Estado
Islámico Abu Bakr puede ser extremista para nosotros, pero lo es mucho menos para su único
público pertinente, en este caso de creyentes suníes de todo el mundo, los que votaron con
entusiasmo por Erdogan precisamente por sus consignas islamistas violentas.
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JAVIER AGUILAR
Nadie, por tanto, debería sorprenderse de la capacidad del Estado Islámico de captación de
voluntarios musulmanes incluso en la rica y acomodada Europa Occidental, porque practicar el islam
es lo único que aprenden en las escuelas y mezquitas. Ese otro islam entendido como “religión de
paz” invocada en discursos públicos en todo Occidente desde el presidente Obama para abajo,
existe realmente aquí y allá. Sin embargo, es una opinión minoritaria que carece de legitimidad
islámica, y sus predicadores son despreciados como peleles o agentes del Gobierno (imanes
oficiales “moderados” han sido recientemente asesinados tanto en la Federación Rusa como en
Xinjiang, en China).
Otra realidad importante emana del factor precedente, que citó Abu Bakr al-Bagdadi al anunciar
su nuevo Califato de Mosul, la segunda ciudad más grande de Iraq y metrópoli multirreligiosa hasta
su conquista el 10 de junio del 2014. No recordó en esta ocasión los famosos califatos de la
historia, de los omeyas a los abasíes –durante mucho tiempo en el poder– derrocados por los
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mongoles en 1258, ni la dinastía fatimí, con sede en Egipto y de signo tolerante, ni tampoco la
otomana, que perduró hasta 1924, y mucho menos el existente califato ahmadiya, que condenaría
por juzgarlo herético.
En cambio, exactamente como en el caso de la corriente predominante de musulmanes suníes,
incluidos profesores de universidades occidentales, el nuevo Califato cumple la ley de los primeros
cuatro califas ortodoxos o legítimos sucesores de Mahoma, los Al Julafa al Rashidun, que siguieron
uno tras otro después de su muerte en el año 632. Incapaces de asumir la función profética de
Mahoma, sus principales seguidores Abu Bakr as Sidiq, Omar ibn al Jatab y Ozman ibn Afan tomaron
el control de su movimiento en esta serie como sus “sucesores”, Julafa (califas), cuyo gobierno se
conoció como la “sucesión” o Jilafa, nuestro califato.
Cuando los musulmanes modernos afligidos por la lamentable condición actual del mundo
musulmán siguen elogiando a los Rashidun, la razón no puede ser la actitud pacífica de su
gobierno. El primer califa, Abu Bakr al Sidiq (632-634) tuvo que combatir a los rebeldes tribales a lo
largo de sus dos años de reinado, y también a los partidarios de la hija de Mahoma, Fátima, que
deseaba el liderazgo para su esposo, Ali Ibn Abu Talib, el inicio de la división entre suníes y chiíes:
ser “chií” es ser del “partido de Ali”. Abu Bakr murió de enfermedad, pero de los otros tres
Rashidun, Omar ibn al Jatab (634-644), más conocido como Omar el conquistador de Jerusalén, fue
asesinado por un cautivo persa, Omar ibn al Jatab (644- 656) fue linchado por los rebeldes
victoriosos en su propia casa en Medina y Ali Ibn Abu Talib (656-661), venerado por los chiíes, fue
también asesinado.
Pero de todo esto se hace caso omiso porque lo que celebran los musulmanes modernos son
las grandes conquistas de los Rashidun: en el plazo de un año de la muerte de Mahoma, en el año
632, realizaron operaciones de saqueo en la Siria bizantina y la Mesopotamia sasánida. Los dos
imperios habían luchado durante casi treinta años, destruyendo su poder de modo recíproco. Tan
sólo unos años de paz habrían permitido su restauración, pero los árabes llegaron antes. En el 636,
ambos imperios fueron derrotados de modo decisivo, y estas victorias completamente inesperadas
abrieron el camino a las conquistas que pronto alcanzaron el norte de África hasta llegar al Atlántico
así como al este hasta el valle del Indo. Esas inmensas victorias reivindicaron la promesa
fundamental de Mahoma de que el islam garantizaría la victoria a sus seguidores. Pero esa misma
promesa es ahora causa de explosivas tensiones internas, ya que en los últimos siglos los
musulmanes han sido derrotados una y otra vez por los cristianos, los hindúes e incluso los
despreciados judíos. Esas derrotas dan lugar a terribles dudas internas sobre el islam como tal, que
estallan en brotes de violencia extrema y extravagantes fantasías salvajes de renovadas
conquistas. Las banderas negras del Estado Islámico, últimamente observadas en Berlín, París y
Londres, así como en Iraq y Siria, suelen presentar mapas de un mundo musulmán que incluye a
España (Al Andalus) y gran parte de India, así como Israel, por supuesto. También esto es
perfectamente legítimo de acuerdo con la ley islámica, que prescribe que cualquier territorio
gobernado en alguna ocasión por los musulmanes es un wakf, un lugar de carácter sagrado que
nadie puede dar a los no musulmanes (es la ley a que se refiere Hamas para rechazar cualquier
acuerdo de paz con Israel).
En consecuencia, esta es la verdad última: no son los agradables imanes en buenas relaciones,
los que cenan con el presidente Obama y el primer ministro Cameron, quienes libran ahora la yihad
desde Mindanao, en Filipinas, al norte de Nigeria y aún más allá en Mali, a través de Tailandia,
India, Pakistán, Iraq, Siria y Libia como también en la franja de Gaza. El Estado Islámico Abu Bakr
sólo se diferencia porque muestra sus decapitaciones y profanaciones en YouTube, estimando, con
razón, que atraerán más adeptos a su causa.
Se trata de crudas verdades, pero no es posible construir ninguna estrategia exitosa sobre la
base del autoengaño.
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