Untitled - Bienvenido a Acuarelas Literarias

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Untitled - Bienvenido a Acuarelas Literarias
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Revisión final
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Sinopsis
Vengo de una familia de luchadores. Siempre pensé que seguiría en las
sombras, volviéndome imparable en el ring. Eso cambió el día que salvé la vida de
la mujer que amaba, pero que nunca podría tener.
Mi hermano me aclamó como un héroe, pero mi recompensa fue una silla de
ruedas.
Paralizado, mi vida se convirtió en una inevitable pesadilla.
Hasta que la conocí.
Ash Mabie tenía una sonrisa de infarto y una risa que adormecía la ira y el
resentimiento que hervía dentro de mí. Ella me enseñó que incluso en la noche más
oscura aún había estrellas, y no importaba en lo más mínimo que estuviera agobiado
para verlas.
Yo era un idiota que se enamoró de una chica con una habilidad para salir
corriendo. Ni siquiera podía caminar pero pasaría la vida persiguiéndola.
Ahora, estoy en las cuerdas atravesando las batallas más duras de mi vida.
Luchando con las sombras de nuestro pasado.
Luchando para recuperar mi futuro.
Luchando por ella.
On the Ropes #2
Prólogo
Ash
—¿Dónde diablos has estado? —gruñó la voz de un hombre tan pronto
como entré a la sala de conferencias.
Lo miré sólo un segundo antes de reconocerlo. La puerta apenas había
hecho ruido detrás de mí, pero ya quería salir corriendo. Mi corazón se
aceleró y mi boca se secó.
Tengo que salir de aquí.
—Um... —dije, dándome tiempo para formular un plan.
—Siéntate —ordenó, empujando la silla de su lado, pero no había
manera de que me acercara tanto.
—Estoy bien —dije, dando un paso hacia atrás hacia la puerta.
—Ni siquiera pienses en ello —dijo—. Lo juro por Dios, si apenas abres
esa puerta... —Sus palabras pudieron haberse detenido, pero la amenaza
fue clara.
Tragué, y lentamente fui hacia la silla más alejada de él, en la punta,
esperando el momento justo para escapar.
Miró la tarjeta de identificación alrededor de mi cuello y arqueó una
ceja.
—¿Victoria?
—Puedes llamarme Tori si es más fácil. —Traté de sonreír, pero sólo
pareció enfurecerlo. Respiró profundamente para calmarse, pero no
funcionó para aliviar a sus ojos furiosos.
—He estado buscándote, Ash —gruñó mi nombre.
—¿Oh sí? Bueno, misterio resuelto. Aquí estoy. —Me levanté, pero me
detuve cuando su puño golpeó la mesa. Salté cuando todo mi cuerpo se
estremeció de la sorpresa.
Cuando la sala se quedó en silencio, levanté la vista lentamente para
encontrarlo mirándome con una mirada asesina. Incluso sentado, noté que
era enorme, y mientras sostenía mi mirada, los músculos tensos de su cuello
y hombros tiraban contra el algodón de su Henley gris. Parpadeó unos
segundos antes de encontrar su voz de nuevo.
—Vives en un refugio para desamparados —afirmó, como si las
palabras contaran una historia propia.
Y tal vez lo hacían.
—Trabajo en un refugio para desamparados —corregí rápidamente.
Sólo que él me corrigió igual de rápido.
—A cambio de un lugar permanente para vivir. En. Un. Refugio —
anunció cada sílaba.
Aparté la vista porque era la verdad.
Una verdad que odiaba.
Pero era la pura verdad.
Las lágrimas brotaron de mis ojos y luché para mantenerlas a raya.
Mi vida era dura, pero él estando en ella la hacía infinitamente más
dura. Si tan sólo pudiera escapar de esta habitación, podría desaparecer de
nuevo. No era lo ideal, pero tampoco era él apareciendo.
—Quiero que te vayas —mentí con toda la falsa valentía que pude
reunir.
—No puedo hacer eso. Robaste algo mío.
—Mira, ya no tengo tu libro.
Una sonrisa apareció en un lado de su boca.
—Mentirosa —susurró, alcanzando la silla junto a él y revelando el libro
deteriorado, y lo dejó caer ceremoniosamente sobre la mesa.
Mis ojos se abrieron, y sin pensar, me tiré en la mesa para agarrarlo.
Eso era mío. Ni siquiera él podría tenerlo.
Tan rápido como apareció el libro, lo alejó y agarró mi muñeca.
Me bajé de la mesa y traté de soltarme. Fue un intento inútil, porque
incluso si me hubiera liberado, sus ojos azules me mantenían en el lugar.
—Tres malditos años —dijo furioso.
—Tuve que hacerlo —chillé mientras las lágrimas corrían por mis
mejillas.
—Tres. Malditos. Años, Ash. Tomaste algo que me pertenecía. —Me
soltó el brazo y se puso en pie.
Mi boca se abrió y un jadeo se me escapó cuando dio dos pasos
imposibles hacia adelante.
Sujetándome contra la pared con su cuerpo duro, llevó una mano a mi
garganta y la deslizó hacia arriba hasta que su pulgar acarició mi labio
inferior. Usando mi barbilla, giró mi cabeza, y arrastró su nariz por mi
cuello, deteniéndose en mi oreja.
Respiró profundamente, y lo soltó con una demanda.
—Y lo quiero de vuelta.
Mi respiración se atoró.
Había esperado años para escuchar esas palabras.
Si tan sólo pudiera confiar en ellas.
—Flint, por favor.
Uno
Flint
Recordaba todo.
Oí el arma.
Sentí la bala.
La vi caer.
En menos de un segundo, la vida que conocía había terminado. Pero, sin dudar,
lo haría todo de nuevo.
Por ella.
—¡Flint! —gritó Eliza debajo de mí.
No era como lo había soñado al menos un millón de veces ese año. Su voz no
se había entrecortado en éxtasis. No me había llamado como si la hubiera
reclamado, ni fue seguida por confesiones de amor y declaraciones de "para
siempre". En su lugar, sentí un fuerte zumbido en mis oídos y se formó un tsunami
de lágrimas en sus ojos azul oscuro.
Mi oído latía, pero el dolor conmovedor en su rostro alteró aún más mi pulso.
Sabía que había sido baleado, pero eso no era lo que me asustaba.
—¿Estás herida? —exclamé.
—Estoy bien —sorbió en un sollozo. Por mucho que odiara verla llorar, el peso
sobre mi mundo desapareció con solo esas dos palabras.
—¿Estás segura? —La examiné, pero estaba totalmente concentrada en otra
cosa.
Mirando por encima de mi hombro, levantó su mano de mi espalda. La sangre
goteaba de sus dedos hacia el suelo.
—¡Oh, Dios! —gritó, saliendo debajo de mí.
—Estoy bien —traté de tranquilizarla, pero cuando intenté levantarme del
suelo, supe que mis palabras eran infundadas. Estaba muy lejos de estar bien—.
Estoy… —empecé, pero el resto eludió mi lengua. El dolor me superó, haciendo que
cayera donde Eliza había estado.
Traté desesperadamente de evitar desmayarme, pero estaba perdiendo la
batalla rápidamente.
—Flint. Quédate conmigo. Simplemente resiste, por favor —dijo con calma,
arrodillándose a mi lado. Pero tan pronto como se sentó, sus verdaderas emociones
se desvelaron—. ¡Ayúdenlo! —exclamó—. ¡Por favor, Dios, que alguien lo ayude!
Mi mente iba a la deriva, desvirtuando la realidad, pero a pesar del caos de Eliza
pidiendo ayuda y del personal de seguridad entrando rápidamente, de alguna
manera, me concentré en la voz del locutor a todo volumen en la televisión ubicada
al fondo de la habitación.
—Realmente esperaba más en el ring de Till Page esta noche —anunció.
Fue entonces que recordé un dolor peor que el que cualquier bala pudiera
infligir.
Till.
Su marido.
El padre de su hijo no nacido.
Mi hermano.
La merecía, pero maldita sea, yo también.
Mis ojos nunca la dejaron mientras sus gritos flotaban al silencio.
* * *
Me desperté con un dolor punzante en la espalda, y el pánico inundó
inmediatamente mis pensamientos.
—¡Eliza! —grité tan fuerte como pude, pero no salió nada más que un
gorgoteo.
—Estoy aquí, —apareció a mi lado—. Oh Dios, Flint. No hagas eso de
nuevo. Tienes que permanecer despierto. —Comenzó a alisar mi cabello.
—Eliza —repetí cuando otros pensamientos coherentes me fallaron. Estaba
aterrado, lo sabía. Pero mi mente luchaba por recordar y responder el porqué— ¿Es...
estás herida?
—No. Estoy bien —aseguró, inclinándose y besando mi sien, un gesto por el
que habría matado para poder devolver.
En cambio, me acerqué a ciegas hacia un lado, buscando su mano.
—Quédate conmigo.
Tomando mi mano firmemente, prometió:
—No te dejaré, Flint. Lo juro.
Si solo hubiese querido decir esas palabras en la forma que yo quería. Sin
embargo, en ese momento, mientras yacía boca abajo, sangrando en la alfombra de
un piso exclusivo de un hotel de Las Vegas, con una bala en la espalda, lo aceptaría.
No era suficiente.
Pero tendría que serlo.
No era mía.
Nunca lo fue.
Me susurró palabras tranquilizadoras al oído y acepté de buen grado la
oscuridad.
* * *
Poco a poco me desperté de nuevo. No podía averiguar dónde estaba ni por
qué mi garganta se sentía como si me hubiera tragado un camión lleno de brasas
ardientes. Incluso a través de mi aturdimiento, pude sentir dolor en la espalda. No
fue sino hasta que hablé que me di cuenta de lo malo que realmente era.
—Ewliz. —¿Qué demonios?—. Elyz.
—¡Oh, gracias a Dios! —exclamó Eliza, apareciendo de repente a mi lado.
Con un suspiro de alivio, traté de forzar mis ojos a abrirse, no necesitando nada
más que vislumbrar algo del azul oscuro de los suyos. No tenían súper poderes, pero
todavía creía que podía curarme con una sola mirada. Infiernos, el hecho de saber
que estaba allí conmigo hacía milagros.
Traté de luchar, pero no fui capaz de convencer a mis párpados que la luz no
era la fuente de todos los males.
—Shh. Está bien. Solo relájate —susurró, entendiendo mi conflicto—. ¿Te
duele? ¿Necesitas medicina para el dolor?
—Nup. Solo tú —dije como un borracho.
—¿Qué está mal con él? ¿Por qué no puede hablar? —gimió Quarry desde
algún lugar cerca.
Nunca olvidaría como sonaba en ese momento. Su voz temblaba como la del
chiquillo asustado que nunca fue. Podría haber tenido solo trece años, pero no había
sido un niño desde un largo tiempo. Al igual que Till y yo, se había visto obligado a
crecer demasiado pronto. Escuchar el miedo en su voz aclaró mi mente aturdida.
—Edtoy b...en, Q. —Solté una risa, a pesar de que no había nada remotamente
gracioso en la situación.
Estaba tumbado boca abajo en una cama de hospital, drogado, y suspirando
por la esposa embarazada de mi hermano. La misma mujer que era lo más parecido
a una verdadera madre que había conocido. Los niveles de jodido ni siquiera podían
ser descritos.
Pensándolo bien, tal vez reír realmente era la respuesta correcta.
Mi hermano, Till, era posiblemente el mejor hombre que nunca conocería. Era
solo seis años mayor que yo, pero en lo que me concernía, siempre había sido un
padre para mí. Dios sabe que el hombre cuyo ADN llevaba no lo era. Mi madre era
una obra de arte, pero mi padre estaba en una categoría propia. Clay Page era la
razón por la que estaba acostado en la cama y recuperándome de una bala en la
espalda, la razón por la que Till casi había perdido a su esposa e hija por nacer, y la
razón por la que Quarry, casi había sido secuestrado.
Todo lo que me quedaba en la vida eran mi hermanos, y por añadidura, tenía
a Eliza.
Si pudiera ser la mitad de hombre que Till, hubiera sido mejor que el noventa
y nueve por ciento de la población masculina del planeta. Dios, quería ser tan
desinteresado como él. Pero no estaba ni siquiera cerca. En cambio, me había vuelto
cada vez más celoso de su vida y la manera en que Eliza lo amaba. Claro, tenían
problemas, pero siempre resistían la tormenta juntos, sin vacilar en su devoción por
el otro. Solo un año antes, mi hermano mayor había perdido de repente su audición,
lo que fácilmente haría que cualquier mujer corriera hacia las colinas. Pero no
Eliza. Le dio amor incondicional, y dolía tan jodidamente tanto verla dárselo.
Cuanto mayor me volvía, más me encontraba consumido por la culpa y la
ira. Culpa porque no había otros dos que se merecieran más. E ira, ya que, a pesar
de saber eso, quería alejarla de mi hermano. Quería ser dueño de Eliza Reynolds
Page en cada forma posible, pero sobre todo en una forma en la que nunca me
dejara y me amara por siempre.
Quería la comodidad y seguridad que solo ella podía ofrecerme.
—¿Eliza? —la llamé mientras volvía a batallar contra mis párpados y finalmente
vencía. Fui recibido por la visión de Till abrazándola con fuerza, con los brazos
cruzados alrededor de su estómago abultado.
—Hola, amigo —susurró, con alivio en su rostro.
Pero no tenía ojos para él. Eliza se encontraba en sus brazos con lágrimas
cayendo por sus mejillas en un flujo constante.
Mis labios se torcieron en la más improbable de las sonrisas.
Siempre llora.
—¿Estás bien? —murmuré.
—Lo estoy. Gracias a ti. —Dio un paso para adelante, uniendo nuestras manos.
Me reí, utilizando nuestros nudillos unidos para frotar su vientre.
—¿Cómo está mi bebé?
—¿Qué dijo? —preguntó Till.
Eliza quitó las manos de las mías el tiempo suficiente para traducir para él a
través del lenguaje de signos.
Intenté girarme para así poder tener el uso de las manos para comunicarme
con él, pero me tensé por sus gritos repentinos.
—¡No! —gritaron mientras trataba de empujarme hacia arriba en la cama.
—No te puedes mover… yo, eh, quiero decir que no debes moverte. —Se puso
en cuclillas frente a mí.
Levanté una mano para limpiar sus lágrimas. Sus ojos estaban rojos e
hinchados, pero mientras apartaba el cabello corto de mi frente, nunca había lucido
más hermosa. Deslizó sus dedos sobre mi piel, calmando mis dolores de afuera hacia
adentro.
—Vamos a conseguirte medicamento para el dolor. —Agarró un botón rojo de
la esquina de mi cama y lo presionó varias veces.
No sentía realmente ningún dolor, pero en cuestión de segundos, todo mi
cuerpo se relajó aún más.
Permaneció en cuclillas, y sus lágrimas comenzaron a secarse mientras
susurraba palabras tranquilizadoras que no pude distinguir entre la gran cantidad
de pitidos del monitor. No importaba lo que decía sin embargo.
Estaba allí.
Conmigo.
Para mí.
Mi visión era borrosa y fija a la vez mientras la miraba a los ojos y balbuceaba
las palabras que absolutamente no tenía ningún derecho a decir.
Las había guardado durante años. Pero sin importar cuánto lo intenté, ninguna
cantidad de tiempo las hacía correctas.
—Te amo, Eliza. Taaaan. Jodiiidamente. Tantoo.
Incluso drogado y fuera de mi mente, supe que mi admisión iba hacer más
daño que bien, pero eso no frenó las palabras… o el dolor.
Tal vez, si solo le decía como me sentía, podía dejarlo ir. Pasar a un día en que
no era provocado por lo inalcanzable. Era una gran idea, pero un buen término era
una historia diferente.
—Yo también te amo —respondió, pero sabía que no lo entendía.
En ese instante, sin embargo, necesitaba que entendiera. No era una elección.
Para ella.
O para mí.
—No. Te aaaamo. —Exageré la palabra pero no la verdad.
—Shh —susurró, apoyando su mano en mi mejilla—. Yo también te amo,
Flint. Todos lo hacemos. Solo duerme.
Todos lo hacemos.
No lo harían después de que terminara esto. Estaba lo suficientemente sobrio
como para darme cuenta de eso.
—No. Escúshame. YO... te amo. Como Till te ama. Como... ese amor de... quierotener-sexo-contigo. Sexo. Realmente. Bueno. —Me reí.
—Oh mierda —gimió Quarry.
—Y casarme contigo y... —Me detuve para lamer mis labios secos antes de
arrojar la bofetada más grande a los oídos sordos de mi hermano—... Ese debe ser
mi bebé, no suyo.
—Oh mierda —repitió Quarry.
—Uhh... um... —tartamudeaba Eliza, mirando a Till, que estaba de pie a pocos
metros de distancia.
—¿Qué? ¿Qué dijo? —le preguntó Till, dando un paso adelante.
—¡Dije que estoy enamorado de tu esposa! —grité por alguna razón
inexplicable.
Bueno, tal vez solo inexplicable para ellos, yo entendía completamente mis
frustraciones.
Till necesitaba la oportunidad de odiarme. Me había dado todo en la vida y
provisto para mí, incluso cuando había tenido que sacrificarse. Le debía la verdad
acerca de la forma en que me sentía por su esposa. Independientemente que se
demostrara que yo era realmente un completo desperdicio.
Levanté una mano libre en el aire y empecé a indicar las letras en lenguaje de
señas, pero Quarry se interpuso entre Eliza y yo, y presionó mi mano sobre la cama.
—Síp. Es suficiente. Vete a dormir, idiota.
—Necesiitaa saber. Dile pur mí.
Quarry levantó las manos y le habló a Till en lenguaje de señas.
—Dice que nos ama a todos, y luego se puso todo lloroso y llamó a Eliza
mamá. Solo estoy tratando de evitar que se avergüence a sí mismo. Eso es todo.
—Patrañas —respondí cuando terminó.
—Nosotros también te amamos, Flint. Descansa un poco —dijo Till, cruzando
los brazos sobre su pecho, no tragándose por completo la explicación de Quarry.
—¡No! Le dije “Yo la amo”. A Eliza. —Empecé a apuntar en su dirección, pero
Quarry una vez más forzó mi mano hacia abajo.
Dándole la espalda a Till, acercó su rostro al mío.
—Cierra la puta boca. Estoy tratando de ayudarte aquí.
—La amo —repetí por enésima vez.
Eliza se interpuso de regreso a mi lado.
—No, no lo haces. Solo estás drogado, Flint.
—Pura mierda —declaré rotundamente.
Las drogas no causaron que me sintiera de esta manera, ni podían arreglarlo.
Sería un drogadicto hace mucho tiempo si hubiera algo que sofocara el incendio en
mi pecho cada vez que la veía con Till.
—Esto no es algo nuevo, Eliza. Pienso en ti cuando… —Había empezado a
derramar todos mis secretos embarazosos cuando la mano de Quarry se posó sobre
mi boca.
—Dije “Cierra la puta boca” —siseó.
—Deja de maldecir —murmuré de detrás de su mano.
Miró a Eliza.
—¿Puedes pulsar ese botón de nuevo? Tal vez así va a perder el conocimiento.
—¿Qué demonios está pasando? —espetó Till detrás de nosotros, perdiendo
la calma con eso de no saber qué pasaba.
—Nada. Está actuando como una perra. Solo hago mi trabajo como su
hermano pequeño para proteger su virilidad… o algo así —dijo Quarry en lenguaje
de señas, entonces le dio una sonrisa apretada a Till.
—No, yo... —empecé, y su mano aterrizó una vez más sobre mi boca. Quarry le
dio a Eliza una mirada impaciente.
—Tiene unos pocos minutos más antes que la bomba del dolor1 le pueda dar
más medicamentos —respondió, todavía sorprendida por mi confesión.
Y justo esa pequeña reacción a mi admisión dolió más que lo que demonios
fuera estaba pasando en mi espalda.
—Bueno, solo voy mantener mi mano aquí hasta que sea hora —le siseó Quarry
a Eliza.
—Um, voy a salir y conseguir un poco de agua —anunció, incómoda.
—Eliza, espera —traté de gritar, pero Quarry no estaba mintiendo acerca de no
retirar la mano—. ¡Suéltame! —le di un manotazo débilmente.
Mirando hacia atrás a Till, levantó un dedo en el aire para señalar un
segundo. Luego se volvió hacia mí.
—Cállate. Cállate. Cá-lla-te. Estás enamorado de ella, genial. Ahora, cállate.
—No hasta que lo sepa —contesté.
1
Bomba del dolor o Bomba de infusión local para manejar el dolor, es un dispositivo que administra anestesia
local a través de la bomba. El dispositivo bombea medicamento a través de un catéter al lugar del cuerpo que
lo necesite.
—Ve a dormir, Flint. Si todavía quieres cometer este error cuando te despiertes,
haré las señas yo mismo —me instó con una mirada dura.
Estaba cansado. El sueño no sonaba exactamente como una tortura. Había
estado ocultando mis sentimientos por Eliza desde que tenía doce años. ¿Qué era
una noche más?
—Se la quitaría —declaré mientras mis párpados comenzaron a decaer.
Quarry rompió a reír.
—Entonces, cuando te despiertes, le señalaré esa advertencia. ¡Oh mira! Ya es
hora. —Agarró el botón rojo y lo presionó fuerte.
Gemí cuando la gloriosa quemadura de la medicación golpeó mi vena.
—Gracias a Dios —resopló mientras me quedaba dormido.
Cuando desperté algunas horas después, mi determinación para decirle a Till
había desaparecido, afortunadamente. Desafortunadamente, también lo había
hecho mi deseo de que Eliza lo supiera.
Pero la verdad estaba fuera.
Mientras la vergüenza me invadía, traté de convencerme de que tal vez era
mejor que supiera como me sentía.
No lo fue.
Fue un infierno mucho peor.
Dos
Flint
El día que supe que tal vez nunca podría caminar otra vez fue algo que jamás
había experimentado en mi vida. Y eso es decir mucho por alguien que había visto
más angustia en dieciocho años que una persona en una vida completa.
Joder, era un maldito profesional con el sufrimiento. He vivido con el
conocimiento de que mi madre me había abandonado. Y el gracioso hecho de que
mi padre había pasado años en prisión después de que casi mató a mi hermano.
Había sido testigo de primera mano la noche que Till quedó sordo. Y había tenido
el asiento en la primera fila el día que Quarry descubrió que compartía el mismo
destino silencioso. Recientemente, pasé horas tambaleándome mientras veía a mi
familia desmoronarse cuando frenéticamente tratábamos de encontrar al hombre
que se había llevado a Eliza a punta de pistola.
El dolor era nada comparado con el camino que tenía delante de mí.
Estaba paralizado después de haber tomado una bala en la espalda para
protegerla. Por lo menos, esa era la manera en que las otras personas lo veían. Till
especialmente me había aclamado como un héroe. Aunque era una mentira. Había
tomado esa bala para protegerme. No habría sido capaz de sobrevivir un sólo
momento sin ella. Mis acciones ese día habían sido tan egoístas que incluso no podía
estar devastado.
Hice una elección.
—Tenemos grandes esperanzas de que puedas caminar de nuevo pero hasta
que tu cuerpo comience a sanar, sólo que no tenemos ninguna idea clara de cuándo
será.
—¿Ha tenido otras personas con lesiones similares pudiendo caminar otra vez?
—preguntó Till cuando Eliza terminó de informarle.
—¡Por supuesto! —respondió el doctor con entusiasmo.
Pero sentí como si me hubiera sido perforado el intestino.
—También ha tenido algunos que no han podido, ¿cierto? —le pregunté
amargamente.
—Bueno, sí. Cada paciente tiene una recuperación diferente.
—Por lo tanto, básicamente nada es seguro, ¿huh?
Él no respondió mientras intercambiaba una mirada cómplice con Till.
—Desde luego. Bueno, usted debería saber, Doc. La moneda odia
malditamente a los hermanos Page. —Me reí sin humor. Señalando a Till, anuncié—
: Él es sordo. — Luego apunto hacia Quarry—. Casi sordo. Luego señalo con mi dedo
a mí mismo—. Paralitico. —Sacudiendo mi cabeza, miro hacia mis piernas
inservibles, maldiciéndolas por fallarme.
—No es permanente, Flint. Vamos a luchar contra esto. Haremos que vuelvas a
caminar. Juro por Dios que así será —se comprometió Flint, apenas capaz de
contener sus emociones.
Quería gritar y decirle que no podía hacer esa promesa. Pero sólo habría
añadido más culpa a mi montaje.
—Lo sé. —Le hice señas con una sonrisa forzada—. En realidad. Está bien —
susurro mientras Eliza, quien estaba firmemente envuelta en los brazos de Till, se
rompe.
Mi atención fue alejada por un golpe en la puerta.
—¿Estás despierto para un poco de compañía? —pregunta Slate mientras
entra, su esposa Erica, detrás de él.
Slate Andrews fue el excampeón de boxeo del mundo. Pero para mí y mis
hermanos, él y Erica eran los padres que nunca tuvimos. Slate era el propietario de
un gimnasio de boxeo para niños desfavorecidos, y teniendo en cuenta que nosotros
tres no teníamos ninguna categoría, habíamos pasado la mayor parte de nuestro
tiempo en On The Ropes. Él estaba firmemente atado con un montón de niños en el
gimnasio, pero era obvio para todos que él había formado un vínculo especial con
nosotros, o, exactamente, con Till. Como tan a menudo en nuestras vidas, Quarry y
yo éramos sólo parte del paquete.
Unos años antes, Slate le había dado a Till la oportunidad de su vida al financiar
sus esfuerzos para convertirse en un boxeador profesional. Una oportunidad
predestinada hasta la última instancia que nos llevó a un momento donde yo estaba
paralizado en una cama y mi hermano estaba sentado enfrente de mí como el actual
campeón de peso pesado de todo el maldito mundo, sosteniendo a la mujer que
amaba.
Exactamente no parece justo, pero nada en mi vida lo era.
—Claro. Entra —contesto, mirando alrededor de la sala a los rostros solemnes.
Mis ojos aterrizan en Quarry, quien estaba en la esquina, mirando por la
ventana. Si no fuera por el suave movimiento de sus hombros, no hubiera pensado
mucho de ello.
—Oye, Q —le dije.
Él no se volteó hacia mí mientras respondía:
—Sí.
—¿Estás Llorando por ahí? —Síp. Estaba en lo cierto. Él era mi hermanito.
Incluso en un momento como ese, por todos los medios, debería haber sido
emocional, pero era mi trabajo darle un absoluto infierno.
—Jódete —gruñó hacia la ventana.
Mi labio se crispó por su respuesta.
—Oye, puedes ser un hombre y un bebé. Cualquiera de los dos insultan y lloran
—me burlé, asegurándome de hacer señas mientras hablaba para que Till pudiera
unirse a la diversión.
Slate gimió junto a mí y Till negó antes de besar la sien de Eliza.
—Déjalo tranquilo —instó Erica.
Sin embargo, no pude hacerlo. Necesitaba esa interacción para mantener mi
mente fuera de control.
Con una voz exagerada de bebé, me burlé.
—Q, ¿quieres que le pregunte a la enfermera si tiene una paleta?
—Te odio —murmuró, empujando sus pies y dirigiéndose hacia la puerta.
—Sólo estoy bromeando, Quarry. Cristo, no seas tan sensible —le grité desde
atrás.
Cuando llegó a la puerta, miró hacia arriba y me enseñó el dedo. Las lágrimas
llenaban su rostro, y habría sido mentira si no admito que me malditamente me
mató verlo de esa manera, pero al menos la atención estaba en él.
—¿En serio, Flint? Él está preocupado por ti. Dale al chico un respiro. —Erica
resopló mientras iba detrás de él.
Que le diera un respiro.
¿Qué le diera un respiro?
Qué exactamente significa eso, nunca lo entenderé. Éramos los hermanos Page.
Un respiro era algo que nunca recibiríamos, y la verdad es que no podíamos
permitírnoslo. ¿Sabes lo que un respiro le hacía a una persona? Lo hacía débil. Un
respiro no te preparaba y te daba un falso sentido de seguridad, mientras
lentamente trabajas con todo alrededor de tu cuello, dejándote hecho un lío y
luchando para la siguiente respiración. A la mierda con eso. Le estaba haciendo un
favor a Quarry manteniéndolo en la tierra. El mundo no daba un respiro.
¿Dónde había estado mi respiro cuando estuve limpiando los pisos de nuestro
apartamento de mierda sólo para que los servicios sociales no nos llevaran a Quarry
y a mí al cuidado de crianza? Nadie me había dado un respiro cuando solía
permanecer despierto todas la noche esperando que mi padre llegara a casa porque
sabía que tenía drogas en su bolsillo, drogas que podía intercambiar con la señora
de al lado a cambio de comida para mantenernos alimentados. ¿El respiro me había
ayudado mientras buscaba a través de los compartimientos de la unidad local de la
iglesia por algunos pantalones que le quedaran a Quarry quién, por alguna razón,
no dejaba de crecer?
No.
Había tenido que luchar por todo. Aunque todo eso absolutamente no había
sido suficiente. Por el amor de Dios, oír y caminar no era una garantía incluso para
nosotros.
A la mierda el respiro. Dame la tensión.
Sin embargo, Erica tenía razón. Debería disculparme con Quarry pero, ¿dónde
lo dejaría? Él necesitaba aprender que no está bien llorar. A nadie le importan más
sus lágrimas que las miles de millones que derramé en mis dieciochos años. Las
emociones no pagan facturas, o hubiera sido el maldito Donald Trump. Tenías que
levantarte, hacer caso omiso y mandar todo al carajo. Encuentras una solución,
incluso si es una mierda, y luego sales adelante. La autocompasión no te lleva a
ninguna parte, y la lástima era para los débiles.
Por lo tanto, yaciendo ahí delante de mi familia, tomé una decisión.
Una elección.
Infinitas posibilidades.
Una gigantesca mentira.
—Voy a estar bien —le dije a la sala. Sin embargo, el anuncio era enteramente
encaminado a mí—. Incluso si esto no es temporal. Voy a estar bien.
Si sólo pudiera encontrar una manera de mantenerme lejos de perderme en el
arduo proceso de pretender estar bien y perfecto.
Tres
Ash
—¡Ayúdame! ¡Por favor! —grité, casi surcando sobre el hombre bien vestido. El
cemento estaba frío contra mis pies descalzos, y el jersey rasgado hizo poco para
protegerme del viento helado que se arremolinaba alrededor de la ciudad.
—¡Vaya! —exclamó, agarrando mis hombros para calmarme.
—Por favor. Tienes que ayudarme. Mi padre… Él… —Me apagué lentamente
mientras las lágrimas brotaron de mis ojos—. Tengo que llamar a mi mamá. Ella no
tiene idea de dónde estoy. —Agarré su muñeca y tiré de su brazo alrededor de mi
hombro, enterrando mi rostro en su chaqueta.
—Espera. —Dio un paso gigante de distancia, desentrañándome de su abrazo
involuntario—. ¿Qué demonios está pasando? —Su frente se arrugó cuando sus ojos
recorrieron mi rostro, en busca de respuestas que nunca sería capaz de dar.
—¡Oh, Dios mío! —le susurré, mirando por encima de su hombro—. Él está
viniendo. ¡Rápido, escóndeme!
Usando las solapas de su chaqueta, lo arrastré contra mí. Sus brazos colgaban
a su lado, pero su confusión era evidente. La mía no lo era. La tenía, pero me tenía
que concentrar.
—Por favor, señor, solo ayúdeme. No puedo pasar por esto otra vez —sollocé.
Su cuerpo tenso momentáneamente se aflojó.
—Está bien, está bien. Cálmate. —Después de mirar hacia arriba y abajo de la
ocupada acera del centro de la ciudad, él me guió al pequeño callejón entre dos
edificios—. ¿Mejor? —preguntó.
Aún no.
Levanté la cabeza de su pecho y miré a través de mis pestañas para darle la
más débil señal de asentimiento.
—Lo siento. —Metí mis manos en los bolsillos de mi suéter.
—¿Cómo te llamas?
—Danielle —respondí, luego comencé a morder nerviosamente mi labio
inferior.
—Está bien, Danielle. ¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete —respondí. Me hubiera hecho pasar por más joven, pero media
1.75 con un treinta y dos de sujetador doble D. Ya nadie se tragaba la verdad.
—Mierda. —Tragó saliva.
Me paré de puntillas para mirar por encima de su hombro, él siguió mi mirada.
—¿A quién estás buscando?
Me aclaré la garganta.
—No estoy buscando a nadie. ¿Puedo… um… puedo usar tu teléfono para
llamar a mi mamá?
—Sí. Claro. —Empezó a palmear los bolsillos de su pantalón—. Mierda, debo
haberlo dejado en el auto.
—Oh Dios. —Empecé a llorar de nuevo.
—No. Está bien. Solo estoy estacionado justo enfrente. Podemos ir a buscarlo.
—Sonrió, obligándome a mirar hacia otro lado.
—No puedo volver allí. Me verá. No entiendes lo que va a hacerme si me
encuentra. Solo quiero ir a casa. —Mis dientes comenzaron a castañear mientras
envolvía el jersey raído más apretadamente alrededor de mi cuerpo.
Se quitó su chaqueta y la puso sobre mis hombros.
—Tienes que estar congelada.
—Gracias —dije en voz baja, la más pequeña de las sonrisas creciendo en mis
labios.
—Escucha, voy a ir a buscar mi teléfono. Aguanta aquí durante unos minutos.
Asentí y me apoyé en la pared de ladrillo del edificio.
—Vuelvo enseguida. —Sostuvo mi mirada mientras se alejaba. Mi buen
samaritano miró con cautela de un lado al otro de la acera, antes de salir de nuestro
callejón escondido.
—Apuesto a que lo hará —murmuré, moviéndome a la esquina para verlo irse.
Cuando llegó a unos pocos metros de distancia, hice mi movimiento.
Una vez que me liberé de su chaqueta, busqué en los bolsillos de mi suéter y
saqué las llaves del auto que le había robado con facilidad de su bolsillo. Después
de un golpe rápido con mi suéter para eliminar, o al menos embadurnar, cualquier
posible huella, las dejé caer al suelo al lado de su chaqueta.
Parecía un buen hombre. Era lo menos que podía hacer.
Me sentía culpable como el infierno, pero sin siquiera mirar atrás, corrí en
dirección contraria por el callejón. Zigzagueaba a través de algunas de las calles
laterales, parando finalmente para sacar su teléfono y marqué el número del último
teléfono desechable de mi padre.
Un timbrazo más tarde, él gritó:
—¿Dónde estás?
—Esquina de Price y Decimocuarta. —Presioné finalizar.
Esperé varios minutos hasta que el sedán de mi padre se detuvo frente a mí.
—¿Qué demonios te tomó tanto tiempo? Hay una muy buena posibilidad de
que vaya a perder unos cuantos dedos de los pies por congelación —le espeté,
escalando dentro y deslizándome sobre el par de zapatillas de Oscar el Gruñón2 que
esperaban por mí—. ¿Recuérdame de nuevo por qué tenía que estar descalza?
—Los estudios han demostrado que los hombres son más propensos a ayudar
a las mujeres que están descalzas. Aquí. —Me ofreció una taza grande de plástico
con agua.
Conociendo la rutina, dejé caer mi recién adquirido iPhone dentro. En cuestión
de segundos, la pantalla parpadeó hasta quedar en negro.
Lloré un poco cada vez que tuvimos que poner inhumanamente a tan hermosa
bestia a dormir. Yo podría haber dado a ese teléfono un hogar maravilloso en mi
bolsillo trasero. Él habría sido tan feliz enviando mis tweets. Casi me podía imaginar
su alegría mientras me ayudaba a crear memes de gatos. Por desgracia para mí y el
pequeño chico brillante, los teléfonos móviles eran rastreables. Así que,
independientemente de cuántos de ellos logré como carterista, todos ellos sufrieron
la misma suerte.
—¡Ash, no me mires así! Te conseguiremos un nuevo teléfono pronto —mintió.
Escucho esa promesa, junto con numerosos otras sobre una base diaria. Todas.
Mentiras. Nunca me iba a conseguir un nuevo teléfono, no después que había dado
el mío a su nueva y hermosa esposa. La puta.
—Aquí. ¿Quieres este? —Giró el teléfono barato desechable en sus dedos.
Puse los ojos en blanco.
—Por sorprendente que la oferta pueda ser, voy a pasar —le respondí con
sarcasmo, lo que lo hizo reír.
—Correcto. ¿Qué más me traes? —preguntó, frotándose las manos.
Busqué en los bolsillos de mi suéter.
—Reloj.
Lo levantó para inspeccionarlo.
—Oh, vamos, Ash. ¡Esto es falso!
—Vaya. Lo siento mucho, papu. Tal vez deberías timar tú mismo a partir de
ahora. ¿Existen estudios que muestran cómo los hombres reaccionan a un corte
nuevo de cabello? Debemos darle una oportunidad. —Sonreí.
—No te atrevas a tomar esa actitud conmigo. Es decir, a menos que desees
2
Oscar el gruñón es un Muppet de Barrio Sesamo, también conocido como Plaza Sesamo.
moverte a Minneapolis. —Arqueó una ceja.
—¿Qué? ¡No! —grité—. Dijiste que podíamos estar en Tennessee.
—Entonces deja de ser una perra. Este lugar no es barato. Si quieres quedarte
aquí, tienes que traerme de vuelta algo mejor que un Rolex falso. Y ni siquiera actúes
como si no supieras la diferencia cuando es tu objetivo.
Apreté los dientes.
Oh, sabía la diferencia, bien, lo cual es precisamente, por lo que había tomado
aquel, en lugar de dejarlo. Yo no era una mala persona. Claro, era una ladrona, pero
solo tomaba lo que necesitaba con el fin de apaciguar a mi padre. Odiaba cada
segundo de robar a la gente, especialmente a los buenos que parecían que
realmente se preocupaban por mí. Hacía mucho frío fuera y él me había ofrecido su
abrigo. A diferencia de mi padre, que había tomado mis zapatos y me empujó fuera
del auto a dos cuadras de distancia.
No quiero robarle a la gente; sin embargo, estaba dispuesta a hacer lo que
fuera para no mudarme otra vez.
Quince años. Veintidós casas. Bueno, casa podría haber sido un uso poco
demasiado liberal de la palabra. Claro, que habíamos vivido en casas. Muy
agradables. Grandes. Pero también había vivido en remolques, departamentos, y, en
más de una ocasión, en nuestro auto. Estafar gente no proporciona exactamente un
ingreso estable.
Metí la mano en mi bolsillo, saqué el resto de las pertenencias del hombre.
—Aquí.
—¡Esa es mi chica! —Agarró la cartera y el portador de tarjetas de visita—.
¿Dónde están las llaves del auto?
—No sé. —Me encogí de hombros, torpemente mirando por la ventana—. Tal
vez comparte el auto.
—¡Maldita sea, Ash! —retumbó.
—¡Él era amable! Tomé su cartera. ¡No habría sido capaz de pagar por un taxi!
—¿Oh sí? Pobre tipo. ¿Tal vez puedas escribirle una carta pidiéndole disculpas?
No era una mala idea por completo, pero estaba relativamente segura, de que
iba a otro lugar con esa afirmación.
—¡Mientras estés en la cárcel! —terminó—. Tus huellas estaban en esas llaves.
La primera vez que te atrapen, ellos te tendrán por siempre y por cada estúpido que
alguna vez hayas timado.
—¡Noooo! Las limpié.
—¡Bueno, por tu bien, espero que fuera a fondo! ¡Detente de dejar las jodidas
llaves! —Golpeó el talón de su mano contra el volante.
—Es grosero. No hacemos nada con ellas de todos modos. Solo van a la basura.
—Necesito que me escuches con mucho cuidado. —Se apartó a un lado de la
carretera justo cuando salíamos de la ciudad—. Tu trabajo es tomar todo lo que
puedas obtener de sus bolsillos. Eso es. Si tus dedos tocan algo, llega a casa con
nosotros. ¿Lo tienes?
Puse los ojos en blanco.
Y él estrechó los suyos.
—¿Sabes qué? Quizás Minneapolis sería un buen cambio para ti. —Eso llamó
mi atención.
—¡No!
—Te estás volviendo descuidada, Ash. —Aspiró sobre sus dientes con un
sonido de sorbido que me dieron ganas de vomitar—. Un cambio podría ser
exactamente lo que necesitas. —Se puso de nuevo en la carretera, fresco como una
lechuga de mierda.
Yo, sin embargo, estaba lívida.
—¡Muy bien! ¡Tomaré las llaves!
—Nah. Te has puesto demasiado cómoda aquí en el sur. Todo el mundo es un
objetivo fácil. Es necesario el reto de una ciudad más grande.
—¡Papá! No. Juraste que podíamos estar aquí por un año completo. ¡Solo han
pasado tres meses!
—No puedo correr ese riesgo contigo dejando tus huellas por toda la maldita
ciudad. Además, tengo ventaja en Minnesota. Nos podríamos establecer durante un
tiempo.
—¡Las clases comienzan la semana que viene! Me prometiste que podía
inscribirme después de Navidad.
—Bueno, ¿sabes qué? A veces, la mierda no funciona de la manera que hemos
planeado. —Se acercó y abrió la guantera, sacando un palillo de dientes y
metiéndolo en su boca. Yo tenía la imperiosa necesidad de apuñalarlo en su ojo—.
Sobre todo cuando traes quinientos dólares y una puta caja de tarjetas de visita.
Lo que no sabía era que el buen tipo sobre el que acababa de trabajar también
tenía su tarjeta de seguro social en su billetera junto con esos quinientos dólares, o
que la había sacado mientras él estaba comprobando el reloj. Probablemente ahorré
a ese pobre idiota tres años de su vida tratando de obtener su identidad de vuelta
después de que mi padre se hiciese con ella. Pero… él era agradable.
—Idiota —murmuré en voz baja. Aunque no fue lo suficientemente bajo.
—Olvídalo, Ash. He cambiado de opinión. No creo que la escuela vaya a ser
una buena opción para ti. Además, ¿qué diablos sabes tú de álgebra?
—¡Nada! —grité—. No sé nada de álgebra, Inglés, o de historia por lo que
debas preocuparte. Es un maldito milagro que pueda siquiera leer y escribir.
—Oh, no me vengas con esa mierda. Siempre tienes la nariz atascada en algún
libro. Además, te conseguí esa computadora por lo que puedes tomar clases en línea.
Deja de ser tan dramática. —Volvió a mirar por la ventana.
—No me conseguiste una computadora. ¡Robé una computadora! A un
hombre de noventa años de edad, cuyos nietos la compraron para él, así ellos
podrían video-chatear con él todos los días, porque lo echaban mucho de menos.
—¿De qué en el puto infierno estás hablando? —Se rió—. Tenía sesenta y cinco
años y era borracho. Sus nietos le odiaban.
—¡No sabes eso! Podría haber ocurrido a mi manera. —Crucé los brazos sobre
mi pecho, poniendo mala cara.
—Sí, lo sé. ¿Cómo crees que tenías una llave de su casa? Su torcido hijo me
pagó para conseguir esa computadora. Hubo un poco de información almacenada
en ese chico malo antes de que tú la decorases con pegatinas de cachorro.
Lo que sea. Me gustaba más mi versión.
Cambié de tema.
—Yo no me mudo.
—Debbie está empacando tu mierda en estos momentos.
—No. —Me quedé sin aliento.
—No tenemos dinero para quedarnos. Si realmente me hubieras traído algo
de uso, podría habernos mantenido por unas cuantas semanas, pero las tarjetas de
visita no van a pagar el alquiler.
Tennessee seriamente apestaba. No tenía amigos y dormía en el sofá en un
apartamento de una habitación que tenía un problema de hormigas. Sin embargo,
habría dado cualquier cosa por permanecer allí. Fue el primer lugar en el que mi
padre había considerado realmente dejarme asistir a la escuela. Odiaba a su esposa,
pero por suerte, el sentimiento era mutuo. Estaba tan desesperada por deshacerse
de mí que ella realmente había convencido a mi padre de que la escuela sería algo
bueno para mí. No era exactamente bicuriosa3 ni nada, pero cuando por fin había
dicho que sí, quise echarla abajo y abrazarla.
Le había estado pidiendo a mi padre por todo el tiempo que podía recordar,
que me dejase ir a la escuela. Pero siempre había respondido con un rotundo no. Me
había dado un montón de excusas de mierda en los últimos años, pero yo sabía la
verdad. Todo se reducía a la pista de papel. Ray Mabie utiliza un centenar de
diferentes identidades. Muy rara vez eran realmente la suya. Sin embargo, si Ash
Victoria Mabie se inscribía en una escuela pública, tendría que proporcionar algún
tipo de documentación. Dios, yo hubiera matado por ir a una escuela real, con los
niños reales de mi edad. Había oído que las adolescentes eran perras, pero estaba
3
Bicuriosa: Una persona que sospecha que puede ser bisexual o que tiene sentimientos bisexuales,
pero que todavía no se define como bisexual.
dispuesta a correr el riesgo. No podía ser tan malo. Yo era bastante malditamente
impresionante. Seguramente había otras como yo.
Respiré profundamente y metí la mano en mi bolsillo, palmeando la tarjeta de
seguridad social que sabía que iba a comprarme algo más que un par de semanas.
Empecé a tirar de ella, pero me calmé mientras recordaba la suave sonrisa del
hombre que me había ofrecido a mí, una extraña en necesidad, su abrigo. No tenía
por qué hacerlo. Podría haber caminado hacia otro lado, como tantos otros habían
hecho ese día.
Maldición. ¿Por qué tenía que ser tan agradable?
—Te odio —murmuré mientras bajé la ventanilla y tiré la tarjeta de seguridad
social a un lado de la carretera.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó mi padre.
—Envoltorio de un chicle. ¿Quieres un poco? —Abrí el paquete que había
escondido en la mano.
Él me miró con recelo.
—Chicle, ¿eh?
—Sí —respondí antes de formar un globo y hacerlo estallar ruidosamente.
—No tires basura —me regañó.
Yo no podía dejar de reír. El hombre me había enviado a las calles a solas con
cero protección, pero un envoltorio de chicle al lado de una carretera le molestaba.
Al diablo con su hija, pero no vamos a alterar el frágil medio ambiente.
A la mierda mi vida.
Cuatro
Flint
Ocho meses después...
—Tengo que salir de aquí —declaro como si fuera un prisionero en los abismos
del infierno. Y en mi mente, realmente lo era.
Me enorgullecía por ser lógico y sensato. Era un planificador que pensaba
siempre en cada detalle, a veces, hasta el punto de la obsesión. Pero este momento,
mientras las palabras salían de mi boca, fue una decisión tomada repentinamente
cuando atrapé a mi hermano besando inocentemente a su mujer mientras sostenía
a su hija. Tenía todo el derecho de hacerlo, y yo tenía todo el derecho de irme, así
no tendría que presenciarlo más.
Till y Eliza se habían tomado muchas molestias para hacerme sentir a gusto en
su nueva casa. Y para los estándares de cualquiera, habían hecho un trabajo increíble.
Estaba muy lejos de la mierda en la que habíamos crecido. En todos los sentidos,
debería haber estado extasiado. Pero me estaba ahogando en esa mansión de unopunto-cuatro millones de dólares. Seguro, tenía un dormitorio que había sido
construido especialmente para mí, con un gimnasio contiguo que era el sueño
húmedo de cualquier terapeuta físico, y un baño que era totalmente accesible para
un lisiado. Tenía la libertad que la mayoría de la gente en mi situación solo soñaría.
Yo, en cambio, me sentía como un animal enjaulado.
—Está bien —dijo Till, sorprendido—. ¿A dónde quieres ir? —Cruzó los brazos
sobre el pecho y me estudió cuidadosamente.
A cualquier lugar donde no estés jodiendo a la mujer de la que estoy
enamorado.
—A la universidad —respondo en su lugar—. Me siento mejor y ya estoy
atrasado un semestre. Estoy listo para comenzar.
Eliza sonrió fuertemente, pasándose el bebé, Blakely, de seis meses, a su otra
cadera.
—Puedes vivir aquí e ir a la universidad. Es solo un viaje de quince minutos.
Que le jodan. A eso.
—Tienen sillas de ruedas y dormitorios accesibles —dije sin hacer contacto
visual.
Sí. Y una lista de espera de un año.
—No sé si es una buena idea, Flint. Estoy a favor de comenzar la escuela, pero
acabamos de contratar un nuevo fisioterapeuta. —Till levantó sus cejas y bromeó
sonriendo de medio lado—. ¿Pensé que te gustaba Miranda?
Oh, sabía que me gustaba, muy bien. Me atrapó teniendo sexo con ella hace
un par de semanas. Pero lo que no sabía es que era una caza fortunas que había
echado un vistazo alrededor de la casa, y casi cayó de rodillas al segundo que entró
en la habitación. No obstante, no me deseaba. Quería el dinero que asumió llenaba
mis bolsillos. Esas sesiones semanales de terapia física generalmente solo eran
beneficiosas para mi pene. Till básicamente había contratado a una prostituta con
un grado universitario.
Sin embargo yo era un miserable bastardo. Conociendo a mi hermano, no
pondría ningún inconveniente porque su dinero se estuviera gastando en que
tuviera sexo. Aunque apuesto a que le habría importado si supiera que, menos de
dos minutos después de que entrara en la habitación y encontrara a Miranda
montando mi pene, tuve la necesidad de llamarla Eliza para poder venirme. Algunas
cosas nunca cambian.
El que dijo que el tiempo cura todas las heridas era un cabrón ignorante. Por
mi experiencia, el tiempo siempre hacía las cosas peores. Había estado haciendo
grandes avances en mi recuperación y todavía estaba atrapado con las piernas
inútiles, y una sofocante obsesión por la esposa de mi hermano. Visitar a Eliza en el
hospital el día en que Blakely nació casi me mata. Así que, después de eso, me alejé
de todo el asunto familiar. El día que Till recibió su implante coclear, lo que le
permitió volver a escuchar después de dos años, me negué a quedarme. Le dije que
no me encontraba bien, y él rápidamente dejó el tema. Eliza sabía que había
mentido, y que había roto su corazón. Till se merecía escuchar de nuevo, pero no
pude sentarme ahí y verlo tener todo.
Cada día que pasaba, mi resentimiento hacia él crecía más y más.
No era justo.
No estaba bien.
A pesar de todo, quería hacerle pagar eternamente por cada hebra de felicidad
que tanto le costó conseguir. De alguna manera, en mi mente guerrera, había
aprendido a odiar a la única persona que alguna vez había dado un comino por mí.
Y tampoco era todo acerca de Eliza. Sinceramente, no estaba seguro de qué se
trataba. Solo sabía que Till Page tenía una vida por la que yo habría matado, pero
debido a una puta bala, era una vida por la que no tenía derecho a luchar.
Vivir con ellos lo hacía mucho peor. Era agotador. Siempre que salía del
santuario de mi habitación, era forzado a pintar una sonrisa falsa y fingir que no
quería golpear a Till en la garganta cada vez que me encontraba con él mientras
hacía un puto sándwich en la cocina.
En su cocina.
Necesitaba mi propia maldita cocina. Y, mientras estaba en ello, mi propia
mujer.
Al menos mi pene funcionaba, tenía eso a mi favor. Pero las mujeres no se
volvían exactamente locas con la idea de estar con un medio hombre. Por mí podían
irse a la mierda, porque solo había una mujer a la que realmente deseaba, y con ella
tenía barreras más grandes que mi silla de ruedas, una barrera de uno noventa, de
ciento veinte kilos, para ser exactos.
Por el bien de todos, tenía que irme, pero me quedé mirando los ojos
preocupados de Till, sabía que necesitaba que me quedara. La responsabilidad le
hace eso a la gente. Y eso era exactamente en lo que me había convertido.
—Flint, solo quédate un poco más de tiempo. Puedes hacer la cosa de la
universidad, pero creo que es más seguro si vives aquí con nosotros —dijo Till.
—¡No! —grité—. ¡No puedes jodidamente detenerme! —Me impulsé de mi silla
de ruedas hacia delante, parándome a centímetros de él. Hace solo unos meses, yo
era más alto, pero en ese momento, me quedé mirándolo como el niño suplicante
que, al parecer, todavía pensaba que era—. Me voy. No te estoy pidiendo permiso.
Te estoy avisando que lo haré.
Me niveló con una mirada furiosa, que sin miedo devolví. Había perdido mucho
peso desde que dejé de trabajar contra las cuerdas, por lo que era al menos
veinticinco kilos más pesado que yo, pero no era rival para mí en el departamento
de la ira. Tenía más de eso de lo que él nunca podría soñar reunir.
—Tengo diecinueve. No. Puedes. Detenerme —espeté a través de mis dientes.
—Flint, detente —declaró Eliza a su lado.
No aparté los ojos de mi hermano, pero estaba seguro que había lágrimas
corriendo por su rostro. En cualquier caso, no podía importarme nunca más. Ese era
trabajo de Till. No mío.
No. Mío.
—Tienes razón. —Till comenzó a rodar su labio inferior entre su dedo índice y
pulgar. Era su hábito nervioso y también la señal de que había ganado—. La
universidad estará bien. ¿Cuándo te mudarás? —Envolvió su brazo alrededor del
hombro de Eliza y besó la parte superior de su cabeza.
Sí. Ahí está.
Contesté mirando lejos de su abrazo.
—Esta noche.
—¿Qué? —Eliza se quedó sin aliento.
—Me quedaré con un amigo por un par de noches. Después veré si Slate puede
venir y ayudarme a trasladar mis cosas.
—Flint, ¿qué diablos está pasando aquí? Entiendo lo de la universidad pero,
¿por qué esa prisa repentina por irte? —preguntó Till. Y antes de que pudiera
detenerlos, mis ojos saltaron a Eliza. Con la misma rapidez los alejé en un intento de
cubrir mi confesión accidental, pero antes de que tuviera la oportunidad, sus
hombros cayeron. Podría no ser mía pero, la forma en que su barbilla temblaba
mientras miraba hacia el suelo, absolutamente era debido a mí. Y me odiaba por
ello.
—Nada. Estoy harto de estar en casa todo el tiempo.
Inclinó la cabeza a un lado, no del todo convencido.
—¿Cuándo comienzan las clases?
—El lunes —supuse. Joder si sabía cuándo comenzaban las clases, pero estaba
dispuesto a decirle la mierda que hiciera falta para salir de allí lo antes posible.
—¿Y estás seguro de esto? —preguntó.
—Seguro.
Suspirando, se agarró la parte posterior del cuello.
—Está bien, pero si cambias de opinión, puedes volver en cualquier momento.
Deja que te traiga un cheque. Pagaré por adelantado el primer año completo de la
matrícula y de tu habitación. Deja el resto para los libros. Voy a darte una asignación
mensual para la comida. —Soltó a Eliza y comenzó a caminar por la habitación.
—¿Estás loco? ¡No tomaré tu dinero!
Se detuvo en seco y se giró para mirarme.
—¿Disculpa?
—No hay manera de que tome tu dinero.
—Sí, ¡malditamente lo harás!
—Ese es tu dinero. No mío. Úsalo para cuidar de tu esposa e hija. Yo puedo ir
a la universidad por mi cuenta.
—Estás absolutamente en lo correcto. Es mi dinero, y me rompí el trasero
ganándolo, así podría cuidar de mi familia. Tú eres mi familia —espetó.
—Por desgracia, eso es cierto —murmuré.
Era infantil y mentira, pero fueron las únicas palabras en las que pude pensar
para lastimarlo. Pero, debido a que estaba de pie al otro lado de la habitación, Eliza
fue la única que las escuchó.
—Flint —me regañó secándose las lágrimas y cuadrando los hombros. Mierda.
Conocía esa mirada, y no auguraba nada bueno en absoluto.
—Till, llévate a Blakely y ve a buscar ese cheque. Yo voy a ayudar a Flint a
empacar algunas cosas. —Sonrió dulcemente y, sinceramente, me asustó como el
demonio.
Till debió reconocer la mirada también, porque cuando tomó al bebé de sus
brazos, se mordió el labio para ocultar una sonrisa.
Ni siquiera un segundo después de que salió de la habitación, Eliza empezó
conmigo.
—¿Terminaste? —Cruzó los brazos sobre su pecho.
—Síp. —No dispuesto a escuchar su sermón, me alejé. Pero antes de que
pudiera girarme del todo, levantó el pie y puso el freno de mi silla de ruedas,
empujándome hacia adelante en un repentino frenazo.
—No has terminado.
—Oh, ¿no? —Me reí sin humor, rodando mis ojos. Después de quitar el freno,
empecé a irme de nuevo, pero Eliza tenía otras ideas.
Moviéndose enfrente de mi silla, me niveló con una mirada amenazante. Se
inclinó apoyando las manos en mis muslos.
—Bésame.
—¿Qué? —pregunté, echándome hacia atrás.
—Me amas, ¿verdad? Te vas por eso, ¿no es así? Entonces bésame. ¿Quién
sabe? Tal vez me guste. —Se encogió de hombros y se movió aún más cerca.
Me había imaginado besando a Eliza al menos un millón de veces. Ni una sola
vez había sido por compasión o desesperación. Esas dos cosas eran suficientes para
arruinar incluso mis sueños más salvajes.
—Wow, Eliza. No te tomé por una infiel.
—No estoy engañándolo, porque no sentiré nada.
alma.
Me reí de nuevo, tratando de ocultar el agujero que sus palabras tallaron en mi
—Bueno, es una manera de verlo.
—Entonces dime por qué te vas —preguntó, sin alejarse.
—Ya te lo dije. La universidad. Además, estoy harto de ustedes cuidando de mí.
Tengo que hacer esto por mi cuenta.
toca.
Ah, y porque quiero arrancarte de los brazos de mi hermano cada vez que te
—Tonterías. Te vas por mi culpa.
—Vaya. ¿No estás llena de ti misma hoy? No todo se trata de ti.
—Soy muy consciente de eso, pero esto sí —dijo entre dientes—. Te quiero,
Flint Page. Y sé que me amas, pero no me gusta esto. Si me besas y finalmente te
das cuenta de que esta cosa que tienes por mí no es más que un capricho, me
anotaré un punto por llevar la razón.
—¿Un punto? Cristo, ahora sí que estoy de buen humor —dije sarcásticamente,
pero mis ojos cayeron a su boca.
A la mierda.
De repente, agarré la parte posterior de su cuello, arrastrándola demasiado
cerca. Sus ojos se agrandaron y su barbilla tembló, pero no retrocedió.
Había pasado años suspirando por Eliza pero, con sus labios a escasos
centímetros de los míos, fui golpeado por la abrumadora realidad de que nunca
estaría con ella. Podría robarle un solo beso, pero nunca tendría más que eso.
Debería haberme dado cuenta cuando se casó con mi hermano, pero no fue hasta
ese momento, mientras el miedo y la ansiedad cubrían su magnífico rostro que la
verdad se hundió en mí.
Mi pecho dolió mientras tomaba la decisión de dejarla ir finalmente. Me miró
fijamente, rogando con sus brillantes ojos azules, una sola lágrima se derramó y
luego se arrastró por su mejilla.
Mierda. Aquella maldita lágrima me destruyó.
Era el final.
Con esa realidad persistente entre nosotros, mi fachada enojada se desvaneció,
dejándome desnudo y vulnerable. Ni siquiera pude detener la verdad mientras cayó
de mi lengua.
—No sé qué hacer. Estoy tan jodidamente amargado, Eliza. Ni siquiera sé por
qué la mayoría de las veces. Es decir, por supuesto, aparte de lo obvio. —Miré mis
piernas—. Pero Dios, es mucho más que eso. Estoy comenzando a odiarle porque te
amo. Sin embargo, al mismo tiempo, es mi hermano y lo quiero, pero jodidamente
odio quererlo también.
—Tú no me amas, Flint —susurró.
—¡No puedes decir eso! ¡No lo sabes! —estallé antes de quedarme callado.
Tenía que alejarme de ella.
—Bien. Entonces no voy a discutir. Si quieres irte, bien. Pero tengo la sensación
de que no estás pensando en volver. —Se puso de rodillas delante de mí. Entonces
me apretó la mano fuertemente—. Necesito que me jures que, aunque cambies de
dirección, realmente no irás a ninguna parte.
—No puedo... —me apagué.
—No tienes que estar a mi alrededor si no quieres, pero por favor, no les hagas
esto a Till y a Quarry. —Su voz se atoró.
Maldita sea, soy un cretino.
—No es solo por ti, Eliza. Quiero decir, es parte de ello, pero... joder. Me ahogo.
Todo el mundo está tan feliz. Till dirige el gimnasio con Slate. Quarry quiere destruir
el circuito de boxeo amateur. Y yo estoy... sentado en las gradas, mirando.
Liberando mi mano, se acercó más. Tomó cada lado de mi rostro, y dijo:
—No estás sentado en las gradas, Flint. Solo te estás ajustando. Estarás de
vuelta en el ring en cualquier momento.
—No —susurré—. Los dos sabemos que nunca volveré a un ring.
Negó en desacuerdo, pero no dijo la mentira en voz alta.
—Dios, has tenido un infierno de año. No es posible que esper…
Interrumpí lo que seguro sería una charla.
—Simplemente seamos realistas.
Suspiró y luego apoyó los codos en mis inútiles muslos.
—Quizás tengas razón. Por mucho que me duela, que te mudes y tengas tu
propia vida no es lo peor que podría pasar. Siempre fuiste un nerd —bromeó a través
de sus lágrimas—. La universidad será grandiosa.
Dios, era increíble. Y por esa razón, dije:
—Tenías razón también. Estoy diciendo adiós.
Todo su cuerpo se tensó. Odiaba ser testigo de la bofetada verbal que acababa
de emitir, pero si alguna vez hubo una mujer que merecía la verdad, era ella.
—Necesito un comienzo nuevo, y no puedo hacer eso aquí. Necesito encontrar
mi camino ahora que esta es mi nueva realidad —dije. Me di cuenta de que asumió
que estaba hablando de estar paralizado, y no puedo decir que se equivocara. Pero
tampoco era correcto del todo. Gran parte de mi vida había estado atrapado por
ella. No estaba seguro de cómo seguir adelante.
De todas formas, estaba a punto de intentarlo.
—Sé que lo harás. —Sollozó poniéndose en pie—. Bueno. No más llanto. Esto
es algo bueno para ti. —Respiró hondo y utilizó el dorso de sus manos para limpiarse
las lágrimas.
Luego se puso recta.
Mierda.
—Necesito que tomes el cheque de tu hermano —dijo con severidad.
—No puedo hacer eso. Till ha hecho su propio camino en la vida. Soy un adulto
ahora. Quiero hacer lo mismo.
—Puedes ser un “adulto” —tiró un par de comillas en el aire—, pero sigues
siendo su hermano pequeño. Flint, se sentó en silencio durante años para poder
ganar el dinero suficiente para extender ese cheque.
—Lo sient…
—Cállate y escucha.
Puse los ojos en blanco, pero no pareció importarle.
—Cuando Till perdió la audición, me dio tres razones por las que tenía que
seguir boxeando en lugar de recibir el implante coclear; para comprarme una casa.
—Agitó sus brazos alrededor de la habitación—. Para pagar el mejor especialista
para Quarry. —Cruzó los brazos sobre su pecho—. Y por último, para poder pagar
tu universidad. Siempre presume delante de todos de lo listo que eres. Adora el
hecho de que realmente disfrutas de la escuela, y quería poder darte eso. No quiere
que tengas que reventarte el trasero como lo hizo él.
—No puedo tomar su dinero —repetí.
—Tienes que hacerlo. Y si quieres que deje pasar esto y mantenga la boca
cerrada sobre la verdadera razón de porqué te vas, entonces tomarás ese cheque y
te marcharás en esa camioneta que compró para ti hace meses.
—No voy a tomar la minivan. Es ridícula.
—Realmente lo es. —Se rió antes de ponerse seria de nuevo—. Pero te la
llevarás. Y el cheque también. Si estás pensando en desaparecer por un tiempo, por
lo menos nos darás la tranquilidad de saber que no tienes dificultades.
—No quier…
—Aquí vamos —anunció Till, caminando de regreso a la habitación—. No
estaba seguro de cuánto era la cantidad por el dormitorio. Intenté averiguarlo, pero
te juro que solo me confundió más. De todos modos, creo que esto debería cubrir
eso y la matrícula. Avísame si necesitas más. Tendré una asignación establecida para
la semana que viene. —Extendió el cheque en mi dirección.
Inmediatamente me alejé.
—Escucha… —empecé, pero Eliza se aclaró la garganta, captando mi atención.
—Tómalo —articuló a sus espaldas.
Till definitivamente no pagaría por mi universidad, pero podría tomar su
cheque para mantener la paz. Que fuera a cobrarlo era otra historia.
Lo tomé de sus manos.
—Gracias. Realmente lo aprecio. —Rodé mi mirada de nuevo a Eliza, quien
seguía con nuestra conversación secreta.
—Y… —murmuró ella.
Sacudiendo la cabeza, miré hacia Till.
—¿Y puedo tener las llaves de la camioneta? —murmuré.
Sus ojos se iluminaron, y una enorme sonrisa apareció en su rostro.
—Debe tener algo realmente sucio sobre ti si accediste a tomar el dinero y la
camioneta. Jesús, la mujer es buena. —Soltó una carcajada, mirando por encima del
hombro a Eliza, quien inocentemente se encogió de hombros.
—Lo es —confirmé.
—Vamos. Te voy a mostrar todas las cosas que le añadí. Los pedales de mano
son muy fáciles de usar. Déjame agarrar las llaves y me reuniré contigo. —Me apretó
el hombro y se dirigió hacia el viejo garaje.
Empecé a ir tras él, pero justo antes de llegar a la puerta, Eliza me detuvo.
—Oye, Flint.
Me volví hacia ella.
—Regresa, ¿de acuerdo? Tómate su tiempo y consigue amueblar tu cabeza.
Pero, por favor, regresa. —Sonrió con fuerza, desgarrándome una vez más por la
inundación de sus ojos.
—Te lo prometo. —Tragué, orando porque fuera una promesa que pudiera
mantener.
* * *
Armado con una bolsa de ropa, un cheque doblado en el bolsillo, y una minivan
para discapacitados, equipada, salí de la calzada de Till y Eliza. Observé la mansión
desaparecer en el espejo retrovisor, no tenía absolutamente ninguna intención de
volver, a pesar de la promesa que le había hecho a Eliza. Ni siquiera podía recordar
un día en el que ese lugar no me enviara en picada al fondo.
Mi primera parada fue en la universidad. Pasé horas rellenando papeleo,
admisiones, ayuda financiera y vivienda. Afortunadamente, habían extendido la
aceptación que recibí antes del accidente. Por desgracia, había una lista de espera
de dos años para los dormitorios de discapacitados. La mejor noticia que recibí
durante todo el día fue el hecho de que estar roto tenía sus ventajas. El asesor
financiero me preparó suficientes préstamos y donaciones para cubrir la matrícula,
con dinero de sobra para cubrir la vivienda también. Se necesitarían varias semanas
para conseguir el dinero, pero estaba bien. Todavía tenía la difícil tarea de encontrar
un lugar para vivir primero.
Salí de la universidad sintiéndome un poco mejor. Al menos eso fue un paso
en la dirección correcta para tener mi vida de nuevo en marcha. Después de subirme
en la furgoneta, deambulé sin rumbo. Consideré llamar a Slate para ver si podía ir a
su casa, pero eso sería prácticamente garantizar una conversación sobre por qué no
quería ir a casa y, probablemente, una aparición de Till cuando Slate me delatara.
Un rato después, me encontré en una muy familiar oficina de alquiler, pidiendo
las llaves de una puerta en concreto.
Cinco
Ash
Después de mudarnos a Minneapolis, solo pasamos un par de meses en un
remolque de dos habitaciones antes de trasladarnos a un hotel de estadía
prolongada a las afueras de Chicago. Finalmente, aterrizamos en una tierna casa,
deteriorada en los suburbios de Indianápolis. Tal era mi vida. Sin embargo, de todos
los lugares en los que alguna vez viví, Indianápolis se convirtió en el estándar dorado
contra el que juzgaba en todas partes.
Cuando cumplí dieciséis años, mi padre empezó a dejarme conducir. No tenía
idea de porqué me hizo esperar; no es que me fuera a conseguir mi licencia de
conducir ni nada. Pero definitivamente no discutí cuando me entregó las llaves del
auto y me pidió ir a buscar algo para la cena. Y a pesar que no me ofreció ni un solo
centavo en efectivo para pagar por dicha cena, todavía arrebaté las llaves de sus
manos y corrí por esa puerta antes que tuviera la oportunidad de cambiar de
opinión.
Él y la bruja de mi madrastra amaban el tiempo a solas. Y a mí no me encantaba
estar ahí durante su tiempo a solas. Había algunas cosas que incluso un conjunto de
auriculares con Taylor Swift no podían bloquear. Me iba con cualquier oportunidad
que me dieran.
Con mi libertad recién descubierta, tuve la oportunidad de pasear, y en unas
semanas de estar en la nueva ciudad, realmente había hecho algunos amigos.
Verdaderos amigos.
—¡Fiesta de flojera! —grité, dejando caer mi bolso en el piso—. Muy bien, ¿cuál
de ustedes pintará mis uñas?
—Yo no —declaró Max, deslizando la almohada de mis brazos.
—Bueno. Donna, es tu turno —anuncié, entregándole una manta y una botella
de esmalte.
—Cariño, no soy ninguna maldita manicurista —espetó.
—Bueno, ustedes dos apestan. Son los peores mejores amigos.
Era una total mentira. Eran los mejores amigos absolutos de la historia.
Principalmente porque eran los únicos que jamás había tenido. Desde la primera
noche que literalmente nos habíamos encontrado uno con el otro en la calle fuera
de mi supermercado favorito robando tiendas, siempre habían estado allí para mí.
—¿Te inscribiste en la escuela hoy? —preguntó Max, abriendo la caja de pizza
que acababa de depositar en su regazo.
—No. Mi padre es un idiota.
—Por lo general lo son —repitió él, ofreciéndome la caja para que tomara una
rebanada.
—No, ustedes dos sigan. Yo tengo que cuidar de mi figura.
—¿Cuál figura? —Donna me miró antes de apropiarse de un pedazo de pizza.
—Déjame decirte que tengo excelentes senos. Son todas las otras cosas de las
que tengo que preocuparme. —Me froté el estómago y miré a Max, quien estaba
sacudiendo la cabeza con derrota. Odiaba cuando hablábamos cosas de chicas, pero
como el único pene en nuestro club de inadaptados, tenía que lidiar mucho con eso.
Donna puso los ojos en blanco.
—Bien. Te voy a dar eso, pero un poco de pizza en las caderas no le haría daño
a nadie.
—Bueno, ¿no estás en estado de ánimo esta noche? ¿Qué, tiene tus bragas
metidas? —le pregunté, haciéndole un gesto a Max para que me entregara un
pedazo de pizza. Realmente me estaba muriendo de hambre.
—La misma mierda, diferente día —respondió ella, chasqueando los dedos
hasta que le pasé una servilleta de mi bolso.
—De ninguna manera. Tiene que ser más que eso.
Max llena el espacio en blanco.
—Su hermana vino hoy.
Mis ojos se abrieron como platos.
—Oh Dios mío. ¿Qué demonios quería esa perra?
—No lo sé. No importa. Solo ver su rostro era suficiente para arruinar toda mi
puta noche.
Max sacudió la cabeza otra vez, tomando otra pieza de la caja y diciendo:
—Deberías haber hablado con ella.
—¡Oh diablos, no! No voy a hablar con ella. ¿Crees que por un solo segundo
se siente mal por hacer que me echara de casa mi propia madre? Diablos. La conozco
mejor que eso. Está tramando algo.
—¿Cómo qué? —le susurré.
El drama de la familia de Donna era exactamente por lo que me gustaba tanto.
Siempre había algo. Quiero decir, tenía una mierda de toneladas de teatro en casa,
pero era muy divertido escuchar los problemas de otra persona por una vez.
—¡Quién diablos lo sabe! —gritó—. Esa bruja no es buena para nada. Estoy
segura.
—Buen Dios. —Max puso los ojos en blanco, no tan emocionado de escuchar
sobre los problemas de la familia de Donna como yo—. Ash, ¿cuál es la excusa de tu
papá para no dejar que te inscribas a la escuela esta vez? —preguntó, cambiando de
tema.
—Sin excusas. Solo establece la ley. —Tomo aire profundamente, tirando de
mi cola de caballo sobre mi frente simulando un peinado y pongo mi mejor voz de
Ray Mabie—. “Ash, dije que no. La escuela no te llevará a nada en la vida. Ser lista en
la calles es lo que realmente necesitas”.
—Bueno, no está mal —dijo Donna con aire de suficiencia, alcanzando su
botella de agua.
—¡Lo olvidé! ¡Les traje un regalo chicos! —Cavé hasta el fondo de mi bolsa de
noche, entonces saqué una botella de vodka.
—¡Ahora estamos hablando! —Max aplaudió.
—¿De dónde demonios sacaste eso? —preguntó Donna, dejando caer su pizza
de nuevo en la caja antes de arrebatar la botella de mis manos.
Yo me encogí de hombros.
—De mi querida madrastra.
—¿No crees que se dará cuenta? —preguntó él, tomándola de Donna y girando
la tapa.
—Oh por favor. Dividiré una de sus otras botellas en dos y le diré que se la
bebió anoche. Es una idiota.
—¡Salud por la idiota! —Él levantó la botella en el aire antes de tirarla hacia
atrás para un largo trago.
Donna le dio una palmada en el pecho.
—Oye, Ash trajo esa mierda. Debería haber tenido el primer trago.
Yo levanté mi labio.
—Ew. No gracias. Esa cosa es desagradable como el infierno. Dame un poco
más de pizza sin embargo.
—Es un trato justo. —Max se rió, me pasó toda la caja y luego inclinó la vodka
de vuelta para otro trago.
—Muy bien, reduce la velocidad. —Tomé la botella de su boca a medio sorbo—
. No voy a lavar el vómito de tu ropa de nuevo. Además, traje algunas cartas más.
Tengo serias intenciones de recuperar mi dinero de la semana pasada.
Él soltó una carcajada mientras le pasaba la botella a Donna.
—¡Oh Señor!, Ash. Gasté mis ganancias unos diez minutos después de que
aterrizaron en mi bolsillo.
Yo resoplé.
—Bien. Te prestaré diez dólares, pero los quiero de regreso esta noche. Sigo
pensando que hiciste trampa de alguna manera.
—Nop. Tú eres la única maga por aquí, cariño. —Me dio una mirada sabiendo
que me echaría a reír.
Saqué la mierda de él la primera noche que habíamos pasado el rato.
Inmediatamente le regresé su dinero, pero no lo había encontrado gracioso en lo
más mínimo. Por suerte para mí, y gracias a Donna, quien había descubierto que
tenía debilidad por la comida y la bebida. Me había llevado un total de dos semanas
pedirle disculpas, para que volviera a sus buenas gracias.
—Ríete —dijo seriamente, pero una sonrisa inconfundible apareció en su
rostro.
—Oh, lo haré —repliqué, casi volviéndome histérica.
Donna se unió a mí rápidamente, mientras Max se sentaba mirando,
impresionado.
—Está bien, está bien. —Me senté antes de romper de nuevo a carcajadas. Ni
siquiera estaba segura de porqué me reía en absoluto. Pero Dios, me encantaba ese
sentimiento.
Finalmente me calmé, sacando una caja de cartas de mi bolsa.
—¡Oye! ¿Sabes una cosa? —le dije cuando comencé a barajar las cartas.
—¡Diablos no! No trates de distraerme. Estoy vigilándote para asegurarme de
que no apilarás ese paquete. ¿Sabes qué? —Se estiró, quitándolo de mis manos—.
Déjame barajar a mí
Me reí de buena gana, pero se las di.
—No, en serio. Entonces, al parecer, la esposa de Ray tiene algunos hijos. Los
escuché hablando de ir a recoger al más pequeño mañana.
—Espera. ¿Cuánto tiempo han estado casados? ¿Y apenas acabas de descubrir
que tiene hijos? —preguntó Donna.
—Unos años. Y quiero decir, sabía que tenía hijos, pero sólo asumí que todos
eran mayores. No habla de ellos ni nada. Sé que uno de ellos es un gran boxeador,
pero el pequeño tiene como catorce. —Me encogí de hombros, tomando las dos
cartas que Max me había tirado—. Creo que su nombre es Corey o algo así. De todos
modos, me estoy volviendo loca de emoción. Será divertido tener un pequeño
hermano.
Donna arqueó una ceja.
—¿Y si es un idiota como su madre?
―De ninguna manera. ¡Él será impresionante! Puedo sentirlo. Tuve un sueño
anoche…
—Y aquí vamos —gimió Max.
—Cállate. No te enojes porque soy clarividente —mentí.
No estaba ni siquiera cerca de poder ver el futuro. En realidad, no tenía sueños
en absoluto. Todas las noches, me quedaba dormida, pero ni una sola vez mi traidora
sinapsis se disparaba durante mi sueño REM, dejándome incapaz de soñar. Lo había
intentado sin embargo. Demonios, ni siquiera podía darme una pesadilla. Siempre
había oído que los sueños eran inspirados por las emociones de una persona o por
experiencias de la vida real, así que decidí hacer las mías propias. Tenía la sospecha
de que lo que creara sería un infierno de mucho más divertido que los sueños que
mi cerebro hubieran hecho. La soledad y el ladrón probablemente no se combinaban
para hacer brillos y unicornios.
—Juego de reinas —le dije, dejando caer mis cartas.
Max dejó escapar una maldición en voz alta.
—Sólo alégrate de que estuviera calentando. —Le guiñé un ojo—. De todos
modos. Este chico será impresionante. No puedo esperar para presentárselos.
Ambos gimieron, pero no hicieron nada para suprimir el vértigo que sentía en
el interior. Claro, él era un poco más joven que yo, pero estaba extasiada por tener
un poco de compañía en la casa. Una chica nunca podía tener demasiados amigos,
¿no?
Seis
Flint
Durante seis meses he logrado evitar a mi familia. Quería un nuevo comienzo,
y eso fue exactamente lo que recibí. Las primeras dos semanas, Till había
bombardeado mi teléfono con mensajes preguntándome dónde diablos estaba.
Tomó un mes antes de que Eliza comenzara a escribirme. No hablé demasiado con
ellos, pero por lo menos les hice saber que estaba bien y perfectamente. Entendía
por qué estaban preocupados, pero estaba comprometido con mi nueva vida.
Solo.
Había roto cada conexión posible que tenían conmigo. No sabían dónde vivía,
e incluso dejé de ir a las sesiones semanales de terapia física que había pagado Till.
En cambio, empecé a trabajar con uno de los alumnos PT en el colegio. Solo era una
vez a la semana, y sabía que necesitaba mucho más si quería caminar de nuevo, pero
mi cabeza y mi corazón eran lo que más necesitaba sanar.
Vivir en el viejo apartamento de Eliza tenía sus ventajas. Los recuerdos eran
abundantes, y me llevaron a través de algo más que una solitaria noche. Por otro
lado, también tenía inconvenientes. No estaba adaptado para minusválidos, así que
incluso la más simple de las tareas era extremadamente difícil. También tuve todos
esos recuerdos que me perseguían, pero absolutamente nada tan tangible como
para hundirme.
La extrañaba.
Extrañaba a Till.
Extrañaba a Quarry.
Extrañaba a Slate.
Pero sobre todo, extrañaba a Flint Page.
Estaba consumiéndome. Joder, hace unos meses me parecía que era medio
hombre; no creo que hubiera una fracción adecuada para describirme ahora. No era
solo mi aspecto físico, tampoco. Mi deseo de luchar desapareció una vez que mi
némesis, revolcarse, se convirtió en un modo de vida.
Lo único que estaba haciendo realmente bien era la universidad. A pesar de la
recomendación de mi asesor, estaba tomando el máximo de horas permitidas para
un estudiante de primer año. Malditamente amé la distracción. La escuela era
probablemente el único aspecto en la vida en lo que no tenía que luchar. Siempre
había sido fácil para mí.
Puede que mi vida fuera un desastre, pero al menos era simple. Tenía
programado mi día. Despertar, ir a las clases, regresar a casa, hacer tareas, estudiar,
ir a dormir. Bañarme. Enjuagarme. Repetir.
Sin embargo, un solo golpe en mi puerta, y todo por lo que había trabajado
tan duro se derrumbó delante de mis ojos.
Pero como una segunda bala en mi espalda, también cambió mi vida.
—Ya era la maldita hora —dijo Slate, empujándome mientras entraba.
—¿Qué quieres? —respondí con una actitud que jamás habría soñado utilizar
con Slate antes de ese momento.
—¿Te uniste a algún culto? —preguntó, inclinando su cabeza hacia un lado.
—¿Qué? ¡No!
—Entonces, ¿qué diablos está haciendo ese animal muerto en tu rostro?
Me froté mi barbilla.
—¿Viniste aquí a criticar mis hábitos de aseo?
—No. Pero habría traído una máquina de afeitar si hubiera sabido que estabas
teniendo un momento difícil poniendo tus manos en una.
Rodé los ojos.
—¿Cómo me has encontrado?
—Leo te siguió después de clases hace seis meses.
—Impresionante —murmuré.
—Till se preocupó después de buscarte en cada dormitorio del primer piso de
la maldita universidad. No te preocupes. No le dije dónde estabas viviendo. Tu
secreto está a salvo. Debiste haberle dado tu dirección. Ese fue un movimiento bajo.
—¿Por qué? ¿Así podría merodear por aquí como tú? Estoy haciendo las cosas
por mi cuenta ahora. Necesitaba algo de espacio.
Caminó hacia el sofá y se dejó caer, estirando sus largas piernas frente a él y
cruzándolas por el tobillo.
—Entonces, déjame aclarar esto. Decidiste simplemente desaparecer y tomar
algo de espacio. Al infierno tu familia. Flint es el único que realmente importa,
¿cierto? Eres más importante que las personas que te aman y te extrañan, ¿no es así?
—Levantó una ceja en cuestionamiento—. Debe ser algo genético. Me parece que
es exactamente lo que te hicieron tu madre y padre.
Dejé caer mi cabeza hacia un lado, y la ira hirvió mi sangre.
—¡No es lo mismo! ¡No soy como mis padres!
—Quizá me equivoque. —Se encogió de hombros—. Solo para que lo sepas la
próxima vez, puedes tener espacio y una familia. Alguna llamada telefónica y visitas
ocasionales no te matarían. Pero este pequeño acto de desaparición los está
matando.
Sacudí mi cabeza. No lo entiende. Y aunque derrame toda mi ropa sucia a sus
pies, nunca lo entendería.
—Impresionante. Buena charla. ¿Has terminado?
—No, ni de lejos. —Sonrió y se levantó—. Tu hermano estuvo bombardeando
tu teléfono esta semana por una razón.
—He estado ocupado.
—Entonces desocúpate. El lunes tu madre fue a casa de Till con unos policías
y se llevó a Quarry.
—¡¿Qué!? —grité, nunca deseé tanto ponerme en pie—. ¡No puede hacer eso!
—Puede, y lo hizo. Según la ley, Till no tiene ningún acuerdo formal de
custodia. A pesar de que los abandonó, sigue siendo su madre biológica. Quarry
solo tiene catorce años, por lo que por defecto, tiene que estar con ella hasta que se
concrete una cita en la corte.
—Tienes que estar bromeando —jadeé.
—Tenemos todo un equipo legal implicado y logramos que Till tenga visitas
los fines de semana mientras trabajamos para conseguir una cita en la audiencia el
próximo mes. Pero aún eso significa que él va a vivir con su mamá durante la semana
hasta entonces.
—Hija de puta. —Deslicé una mano través de mi cabello—. ¿Till está asustado?
—Ni siquiera te imaginas. Acabo de dejarlo en el gimnasio. He pasado las
últimas veinticuatro horas rescatándolo de la cárcel.
—¿La cárcel? —exclamé.
—Al parecer, Till fue a recogerlo ayer y el esposo de tu mamá se negó a dejarlo
con él.
—¿Esposo? —pregunto sorprendido.
—Síp. Se casó con Ray Mabie, y ese pedazo de mierda fue lo suficientemente
tonto como para ponerse entre Till y Quarry. El infierno se desató.
De repente, tuve una sensación espantosa en mi estómago. Nada debe
interponerse entre Till “El silenciador” Page y su familia.
—¿Lo mató? —le pregunté.
—No, pero Ray estaba en la parte trasera de una ambulancia. Till se encontraba
en la parte trasera de un coche de policía.
—Jodido infierno —maldije aliviado de que la pena de muerte estuviera por lo
menos fuera de la mesa.
—De todos modos, necesito que recojas a Q. Till no tiene permitido estar a
menos de sesenta metros de la casa de Mabie, y tiene que ser un familiar inmediato
quien lo recoja, lo que significa que Eliza y yo estamos fuera.
Solo con mencionar su nombre se retorcieron mis entrañas.
—Yo, uh, quiero decir... no puedo.
—¿Disculpa?
—No puedo. Es decir, si puedo. Pero…
—Está bien, déjame reformular esto. —Golpea la parte posterior de mi
cabeza—. ¿Qué diablos está mal contigo? Tu hermano está sentado en la casa-demierda-sin-valor de tu madre. Te acuerdas cómo fue crecer con esa mujer, ¿cierto?
No me des nada de esa mierda sobre que no puedes. Agarra tus malditas llaves,
entra a tu auto y, si tienes que hacerlo, rompe todas las malditas leyes de tránsito de
camino a buscarlo.
—No quiero volver a la casa de Till para dejarlo. ¡Simplemente no! —grité.
Slate cruzó sus gruesos brazos sobre su pecho y entrecerró sus ojos hacia mí.
—¿Te importa decirme por qué no?
—Porque no volveré allí. —Me detuve antes de lanzar—. Nunca. —Así no había
ninguna confusión.
—Bien. Llévalo al gimnasio. Sabes, no te mataría entrar y hacer un
entrenamiento decente también. Luces horrible.
—Lo dejaré ahí. —No tenía ninguna intención de entrar a ese gimnasio, y el
insulto de Slate no podría hacerme cambiar de parecer.
—Flint…
—Perdóname. Se supone que tengo que correr para recoger a Q ahora mismo.
Lo dejaré en On The Ropes en un rato.
Exhaló un suspiro resignado y negó.
—Bien. Te escribiré la dirección. Pero para que conste, no pienses que tienes a
todos engañados. No vas a mejorar estando en este apartamento. Lo estás evitando.
Pero, ¿sabes qué? Los problemas no necesitan un mapa. Te siguen a todas partes.
No puedes esconderte para siempre, Flint.
—Tomo nota —lancé de regreso.
Se rió sin humor y los músculos de su mandíbula se apretaron mientras
rechinaba sus dientes.
—Compórtate con un hombre, hijo. —Negó y caminó hacia la puerta.
—¡Excelente asesoramiento, Slate! Bravo. De verdad —grité a sus espaldas,
pero cerró la puerta con un golpe sin otra palabra—. Joder —le susurré a la
habitación vacía.
Siete
Flint
―¡Flint! ―chilló mi madre mientras abría la puerta. Agarrando sus perlas
imaginarias, gritó―: ¡Oh Dios mío, mírate!
―Debbie ―la reconocí sin llegar a saludarla.
―Estás en una silla de ruedas ―se quejó de la forma más crispada posible.
Poniendo las manos en mi regazo, intenté reunir toda la calma que fuera
posible. Tenía tanta indiferencia por la mujer de pie delante de mí, que aun siendo
un idiota, algo en lo cual generalmente sobresalía, fue difícil. Fue duro, pero me las
arreglé para responder sarcásticamente.
―Una observación muy astuta.
―No me trates así. No es justo. Hasta la semana pasada no supe lo que te
había pasado. Hasta que te tomaste la molestia de decírmelo.
―¿En serio? ¿Till no te llamó o algo? ―pregunté secamente.
―¡No! Mi hijo estaba paralizado y ni siquiera tiene la decencia de hacérmelo
saber.
―Vaya. ¡Qué idiota! ―dije con una gran dosis de sarcasmo directamente a su
cabeza.
―Todo esto es culpa suya. No sé por qué actúa así. Si no fuera por él, nada de
esto habría sucedido.
―Sabes, nunca creí que diría esto, pero estoy totalmente de acuerdo contigo.
Que esté en esta silla es cien por ciento culpa de Till.
Sus ojos se iluminaron con estupor que cambió a orgullo por mi acuerdo. Los
míos se iluminaron cuando me di cuenta de que sería capaz de hacerlos oscurecerse
de nuevo. De repente, ser un imbécil no era tan difícil.
―En realidad, hay un montón de cosas que son culpa de Till.
Su sonrisa se amplió. Dios, se sintió jodidamente bien ver eso en su rostro, se
va a sentir increíble quitarlo. Llegaba a ser malditamente vertiginoso.
Miró por encima de su hombro antes de inclinarse hacia delante y cuchicheó:
―Flint, es un animal. ¿Has oído lo que le hizo a Ray? Pensé que iba a matarlo.
―¡Lo sé! Esa es otra de las cagadas en la vida de Till ―dije serio. Imité su
movimiento y me incliné hacia adelante con el fin de susurrar―: Debería haberlo
matado.
Se echó hacia atrás con sorpresa y tan rápido como su sonrisa cayó, la mía
creció.
―¿Perdón? ―preguntó.
―En realidad estoy muy impresionado con el autocontrol de Till. Tuviste las
pelotas de presentarse en su casa sin avisar, con agentes uniformados, para llevarte
a un niño que ha estado criando durante años. Pensé que para este momento
estarías eligiendo un ataúd. ―Me reí en voz alta.
―¡Tiene que estar con su madre!
―¿Me tomas el pelo? Quarry se ha metido en su parte justa de problemas, pero
nunca ha hecho nada que justifique un castigo tan cruel como tener que vivir contigo
de nuevo.
Se quedó sin aliento.
―¿Cómo te atreves a hablarle así a tu madre?
―Oh, me atrevo, de acuerdo. ¿Cómo te atreves a pensar que eres la madre de
alguien? ¿Estabas pensando en Quarry cuando te decidiste a desarraigarle durante
esa pequeña excusa de batalla de custodia?
―Lo extrañé.
―¿Tú lo extrañaste? ¿Te olvidas de cuando nos abandonaste? ―contesté―.
Como una carga de mierda ―me burlé―. Eres una gran pieza de trabajo. Estabas en
lo cierto. Es culpa de Till que esté sentado en esta silla, ya que si no fuera por él, ni
siquiera estaría vivo. ¿Quién coño te crees que limpió tu desastre cuando te fuiste?
¿Quién crees exactamente que nos alimentó y puso un techo sobre nuestras cabezas
durante los últimos tres años, mientras que estabas haciendo vaya Dios a saber qué?
¡Éramos niños! Así que sí, es todo culpa de Till. Y jodidamente gracias a Dios por eso.
―Debí suponer que los tres desgraciados conspirarían contra mí. No tienes ni
idea de lo que estás hablando o por qué me fui. No tuve opción.
―Todos tenemos opciones. Incluso los desechos sin derecho a oxígeno como
tú. ―Di la vuelta para alejarme―. Hazme un favor y dile a Q, que estoy esperando
en el frente.
―No es necesario ―dijo Quarry, corriendo fuera de la puerta.
―No. He cambiado de opinión. ¡No te vas a ninguna parte! ―gritó, pero oí los
pasos de Quarry continuando detrás de mí―. ¡Quarry Page! ¡Trae tu culo de vuelta
aquí!
―¡No puedes hacer nada! ¡Es el fin de semana de Till! ―gritó por encima de
su hombro antes de agarrar los mangos de la silla de ruedas para empujarme más
rápido.
―¡Alto! ―espeté.
―Entonces ve más rápido, antes de que llame a la policía.
―¡Ray! ―gritó mi madre.
Miré hacia atrás, mientras Quarry me empujaba hacia el auto. Ray Mabie salió
de la casa moviéndose pesadamente, y un grito de asombro y risa simultánea salió
de mi boca. Su rostro era casi irreconocible, y no estoy diciendo que no lo
reconociera como Ray, ni siquiera lo reconocí como humano.
―¡Mierda santa! ―maldije.
Quarry siguió mi mirada solo para soltar una carcajada.
―Amigo, deberías haberlo visto. ¡Till perdió su mierda!
―Parece que el rostro de Mabie la encontró.
―Ese tipo es un cabrón. Mamá no da una mierda por tenerme de vuelta. Esto
se trata de Till.
―No, están tramando algo. Esto es sobre el dinero de Till ―le corregí,
deslizándome en el asiento del conductor de la camioneta―. Cristo, ¿cuándo te
volviste tan grande? ―pregunté mientras Quarry empujó mi silla en la parte
posterior.
―¿Cuándo encogiste? Te ves como una mierda deshidratada.
―Veo que tu personalidad estelar sigue intacta.
―Veo que sigues siendo un culo de mal humor. Debe ser por estar sentado en
él durante todo el día ―respondió.
Mi labio se crispó, pero rápidamente lo escondí.
―Algo así ―murmuré, encendiendo la camioneta y familiarizándome con los
pedales de mano de nuevo.
―Pareces un abusador de menores conduciendo esta cosa. ―Se rió, mirando
alrededor de la camioneta―. Cuando lleguemos a un semáforo, voy a empezar a
llorar y a golpear en la ventana pidiendo ayuda.
―Hazlo. Estoy seguro de que tu querida vieja mamá estaría feliz de venir a
recogerte a un lado de la carretera.
―Oh, por favor. No lo haría. Podrían estar emitiendo uno de sus reality shows.
Tendría más éxito haciendo autostop mientras llevo una camiseta de “Soy un asesino
en serie” que consiguiendo que su culo haga cualquier cosa.
―Veo que no ha cambiado, tampoco.
―¡Oye! Reduce la velocidad un momento. ―Quarry se puso de pie, luchando
en el asiento trasero.
―¿Qué demonios estás haciendo? ―espeté mientras se deslizaba por la puerta
trasera abierta.
Ni dos segundos después, una chica se zambulló en la camioneta.
―Joder ―maldije, golpeando el freno.
―¡No te detengas! ―gritó Quarry.
―¡Vamos! ―gritaron él y nuestra nueva invitada al unísono.
Quarry cerró la puerta.
―¡Vamos! ¡Antes de que nos vean!
―¿Quién? ―pregunté, confundido acerca de qué demonios estaba pasado y
quién era esta chica. Todavía apaciguando a los dos, despegué con un chillido de los
neumáticos de la camioneta. Era un nuevo triste nivel de hombría.
―¡Conduces un autobús de fiesta! ―exclamó la chica, levantándose del suelo
y quitándose el polvo imaginario de sus pantalones.
Era joven, pero me di cuenta que era un poco más mayor que Quarry, por lo
menos dieciocho años, tal vez diecinueve. A juzgar por la forma en que se agachó
para evitar golpear el techo con su cabeza, era bastante alta. Su cabello largo y rubio
rojizo caía en cascada por encima de sus hombros, deteniéndose justo antes de la
curva de grandes pechos. Los mismos grandes pechos que me permití por unos
segundos comprobar antes de desviar la mirada de ellos.
―¿Quién diablos eres? ―dije mientras entré en la gasolinera de la esquina.
―Flint, esta es Ash. Ash, este semental de hombre es… Está bien, está bien.
Basta de hablar de mí. ―Quarry rió―. Ash, este aquí es el rey del trono laminado,
más conocido como mi hermano, Flint.
―Oye un placer conocerte. ¿Podemos parar y conseguir algo de comer? ―Me
lanzó una sonrisa brillante.
―¡Claro! ―regresé con sorna su entusiasmo antes de dejarlo caer por
completo―. Fuera.
―No, estoy bien ―respondió, sin inmutarse ni un poco―. Hay un muy buen
lugar de hamburguesas en esta calle. ―Después dejándose caer en el asiento, cruzó
sus largas piernas por los tobillos y levantó las Converses verde neón para
descansarlas en el brazo de mi silla de ruedas plegada.
Observé con incredulidad mientras entrelazó los dedos y los colocó detrás de
su cabeza. Podría estar completamente relajada, pero a medida que sus pechos se
tensaban contra su apretada camiseta, yo me convertí en lo opuesto.
―Mierda ―susurré. Dios, tenía que echar un polvo.
―Vamos, hombre. No seas imbécil. Ella es genial. Te lo juro ―intervino Quarry.
―¡Gracias, Q! Creo que eres bastante genial también. ―Sonrió, y era genuina,
un hecho que me enfureció. En lo que a mí respecta, esas sonrisas no existen ya, al
menos, no en mi vida.
―No doy una mierda acerca de “genial”. ¿Por qué demonios estás saltando en
mi camioneta?
―¿Tu camioneta? ―preguntó mirándome, arrugando la nariz.
―Sí, mi camioneta. Podría haberte atropellado.
―¡Oh! ¿Te refieres al autobús de fiesta? Lo siento. Me confundí con todo el
asunto de “camioneta”. ―Palmeó su bolsillo y sacó un paquete de chicles.
Estaba duro. Desde que me alejé de Miranda la buscadora de oro, había estado
en un largo periodo de sequía. No es que las mujeres se lanzaran sobre mí
precisamente. Nada dice sexy como entrar rodando en una habitación. Sin duda,
había pasado un tiempo, pero incluso si acabase de follarme a toda la población
femenina de la ciudad, todavía me habría puesto duro como una roca observándola
con ese palo rectangular de goma en la boca. Algo sobre la forma en que poco a
poco lo apretó contra su lengua, hizo salir de mi mente confundida un millón de
ideas diferentes, de lo que yo podría poner en esa boca.
―¿Quieres? ―preguntó ella, extendiendo el paquete hacia mí.
De hecho, sí. Lo quiero.
Aclarando mi garganta, me di la vuelta para hacer frente a Quarry, que me
estaba mirando fijamente con la boca abierta.
―No. Necesito que salgas ―mentí. Necesitaba desnudarla.
―¿Eres siempre tan divertido? ―preguntó con condescendencia, pero de
nuevo, no se molestó en moverse hacia la puerta, o quitarse la ropa.
―¡Oh, no tienes ni idea! ―exclamó Quarry.
―Bueno, apuesto a que una hamburguesa lo arreglaría. Tienen los mejores
batidos también. Oh. Mi. Dios. Los hacen con autentico helado casero. Hay que
aspirar muy fuerte para conseguirlo a través del popote. ―Me miró y
descaradamente lamió sus labios antes de rastrillar sus dientes por el inferior.
Jódeme.
Se rió, era evidente que estaba jodiendo conmigo.
―No seas idiota, Flint. Estoy jodidamente hambriento. Mamá me ha estado
matando de hambre durante la última semana. Cocinaba cada noche ―declaró
Quarry, causando que Ash riese.
―No miente. He perdido, como, nueve kilos desde que se casó con mi papá.
―¿Perdón? ―Levanté mi cabeza hacia Quarry.
―Sí, me sorprendió bastante. Realmente sabe cómo funciona un horno. El
problema son los ingredientes, se pelea con la mayoría. Sé que odias los Ramen de
Till, pero son como comida gourmet comparados con la mierda que Debbie pone
sobre la mesa.
―No. Imbécil. ―Miré a Ash, que estaba descansando casualmente en el asiento
trasero―. ¿Eres una Mabie?
―Por desgracia, sí ―resopló―. Veo que no reconoces el parecido familiar.
Afortunadamente, no he heredado el cabello huidizo o su afinidad con la grasa de
tocino como producto de peluquería. No te preocupes. También esquivé el gen
imbécil. Así que… ¿Hamburguesas?
Quarry rió.
―Que mierda. ¡Fuera de mi auto! ¡Ahora!
Ash ignoró por completo mi demanda.
―¡Oh! ¿He mencionado que tienen esas deliciosas patatas fritas paja también?
Vamos. Tú conduces y yo prepararé un lote de mi famosa salsa fantasía para untar
cuando lleguemos allí.
―Sal ―dije de nuevo―. No estoy llevando a una jodida Mabie a ningún
sitio.―Podía ver las palabras aterrizando en su rostro, pero rápidamente cubrió el
efecto que tenían.
En cambio, su sonrisa se amplió aún más.
―¡Ella es genial! ―Quarry me miró como si hubiera perdido la cabeza por ser
tan grosero.
Y tal vez lo hubiera hecho, pero no estaba de humor para hacer frente a una
Mabie, no importa lo sexy que fuera.
―Lo siento, Flint Page. ―Puso énfasis adicional en mi apellido mientras
lentamente se sentó, cruzando los brazos sobre el pecho con obvia molestia, pero
su azucarada sonrisa nunca vaciló.
No estaba muy seguro de si estaba a punto de conseguir mi culo pateado o si
iba a ponerse a cantar.
―No sabía que tu sangre noble te permite juzgar a los demás en base a la
familia en que nacieron.
Sí. Definitivamente conseguí mi culo pateado.
―Dado que, obviamente, me has juzgado basándote en quién es mi padre,
¿asumo que es justo que yo haga lo mismo basándome en quiénes son tus padres?
¿Es justo suponer que tú también eres una puta egoísta que no hace malditamente
nada, que estarías con un hombre mientras te proporcionase el dinero suficiente
para mantener tu alto nivel de vida y tus uñas pintadas? O quizás serías como tu
padre y tener un problema con el juego tan profundo que estarías dispuesto a
sacrificar a tus propios hijos para mantener tu culo fuera de problemas. O
quizás… ―Hizo una pausa para tomar una respiración profunda, por lo que era
evidente que no había terminado su diatriba.
―¡Lo tengo! ―grité, no quería oír nada más.
Sabía todo acerca de mis cabrones-de-mierda-padres. Crecí en ese infierno.
Nunca saber si habría electricidad o no, y arrancar avisos de desalojo de la puerta
cada dos semanas. No era nada nuevo. Saberlo era una cosa, oírla tirarlo en mi rostro
era otra historia.
No fue hasta ese momento que me di cuenta verdaderamente de lo hipócrita
que era. Odiaba a su padre casi tanto como al mío. Y debido a eso, la juzgué de la
misma manera que tanto luché para que no hicieran conmigo. Yo no era mi padre
más de lo que ella era el suyo. O, al menos, esperaba que no lo fuera.
―¿En serio? Porque solo estaba comenzando ―espetó, sosteniendo mis ojos
hasta que tímidamente miró hacia otro lado.
No di ninguna disculpa, pero puse la camioneta en marcha y me dirigí hacia el
lugar de hamburguesas. No es que me sintiera culpable como la mierda. Solo quería
un batido. Bueno, eso es lo que me dije a mí mismo mientras conducía en silencio.
Ocho
Flint
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Ash mientras me acomodaba en mi silla de
ruedas.
—Nop —respondí. Necesitaba mucho más que ayuda.
—Sabes esta cosa de no-caminar tiene sus ventajas —dijo Quarry, estirando y
crujiendo su espalda como si el viaje en auto hubiera durado horas en lugar de
minutos—. Estacionamiento en primera fila.
—Eres verdaderamente un imbécil —sonreí, rodando por la rampa corta para
unirme a él y a Ash en la acera.
Usando mi remoto, cerré las dos puertas traseras deslizantes.
—¡Mira! —chilló ella, aplaudiendo—. Fiesta. Autobús. Ni siquiera tienes que
cerrar la puerta detrás de ti.
—Cooorrecto. Ahora entiendo cómo tú y Q se volvieron tan buenos amigos.
Se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás y gritando en alto. Quería que
parara, pero era increíble verla perdiéndose por un comentario sarcástico estúpido.
Se reía con todo el cuerpo, fue a la vez divertido y desconcertante. Era tan
jodidamente honesta que me ponía incómodo, sin embargo, no podía apartar los
ojos.
Era una Mabie. No podía ni siquiera imaginar lo que había vivido con ese
cabrón como padre. Su vida no era genial. Estaba seguro de eso. Pero en ese
segundo, estaba tan jodidamente celoso de ella. ¿Quién en el mundo llegaba a ser
tan feliz?
—¡Mierda! —gritó ella, tropezando con sus pies y cayendo en mi regazo. Trató
de saltar, pero se tambaleó hacia atrás y hacia abajo.
—Eh —murmuré, ayudándola a levantarse, pero se deslizó por mis manos
mientras forcejeaba como un pez fuera del agua. Finalmente, agarré sus brazos y la
puse de pie. La abracé por un segundo más de lo necesario y me aseguré de que no
se cayera de nuevo, o al menos, eso es lo que me dije.
—Lo siento —resopló, y aunque no era un sonido atractivo, quería oírla reír de
nuevo.
—Entonces, ¿veo que caminar tampoco es lo tuyo? —bromeé.
Estalló de nuevo. Aparté la vista, pero solo para ocultar la sonrisa que estaba
creciendo en mis labios.
—No te lastimé, ¿no? —preguntó.
Seguí mirando al suelo mientras me apartaba de ella.
—Nop.
—Oh. Mi. Dios —jadeó Quarry detrás de mí.
Miré hacia atrás para ver lo que estaba mal, pero él estaba mirando con
asombro a Ash. Ella tenía una gran sonrisa, y sus ojos estaban nivelados con Quarry
con una muy orgullosa mirada de “te lo dije”.
—Me inclino ante ti —la elogió con las manos—. Es malditamente increíble.
—¿Van a venir? —grité por ninguna razón en particular.
—Sí —dijo Ash alejándose de mí.
Fuimos al mostrador y pedimos nuestra orden.
—Tomaré la hamburguesa con patatas fritas —dije a la cajera.
—Dos de esas —agregó Quarry.
—Lo mismo para mí. Oh, pero añada una orden pequeña de aros de cebolla y
una malteada de vainilla —dijo Ash, dando un paso hasta el mostrador y sacando
una billetera de su bolsillo.
—No. Yo pago. —Me giré y busqué mi billetera en el bolsillo de mi sudadera.
—No. Está bien. Lo tengo. —Deslizó un billete de veinte y empezó a
entregárselo a la cajera, pero tiré de su brazo.
—Mira, fui un idiota antes. Déjame pagar tu hamburguesa —dije, palpando mis
bolsillos—. Mierda —maldije cuando mi búsqueda no encontró nada.
¿Dónde diablos dejé mi cartera?
—No me debes nada. No es gran cosa.
—Bueno, lo es para mí. Odio a los idiotas juiciosos.
—¿Y qué me compres una hamburguesa de alguna manera significa que no
eres uno?
—No. —Giré hacia un lado para ver si, por alguna razón loca, la había metido
en el bolsillo de atrás cuando salí de casa—. Pero me hará sentir mejor. ¿Por favor?
—pregunté.
Sus ojos brillantes y sonrisa amplia se desvanecieron. Tragó y miró hacia el
suelo, solo para mirarme de nuevo con una sonrisa tímida.
—Está bien —respondió en voz baja. Sosteniendo mis ojos, levantó el billete
de veinte y se lo pasó a la cajera.
A la vez que empecé a protestar de nuevo, extendió su brazo ofreciéndome
mi… ¿mi cartera?
—Eh... —Me quedé bloqueado, confundido mientras la tomaba de su mano.
Quarry se echó a reír mientras la cajera le daba unas monedas de cambio.
—¿Oye, Flint? ¿Qué hora es? —preguntó Quarry.
La sonrisa de Ash en realidad se deslizó por completo. Por un breve segundo,
pareció casi avergonzada.
Arrastré mis ojos de ella con el fin de responder a su pregunta, pero mientras
miraba mi muñeca, no tuve respuesta.
—Aquí —dijo mientras sacaba el reloj de su bolsillo.
¿Qué. Mierda?
Quarry soltó una carcajada, y Ash se mordió el labio inferior.
—Explícate —exigí, envolviendo mi reloj de nuevo en mi muñeca y empujando
mi billetera en el bolsillo delantero de mi sudadera.
Quarry llenó el espacio en blanco.
—Es carterista, amigo. Deberías haber visto cuando cayó en tu regazo. Fue tan
jodidamente rápida. Robó esa mierda de ti, y no tuviste ni puta idea.
—¡No se la robé! Iba a devolvérselo —corrigió incómodamente—. Solo era una
broma.
Una broma.
Una. Maldita. Broma.
Y justo así, recordé por qué no me reía más.
—¿Fue gracioso? ¿Robarle al lisiado? ¿Te reíste bien con eso? —espeté, girando
y rodando lejos—. Sabes, tal vez mi juicio no era erróneo, para empezar. De tal palo
tal astilla, supongo. —Fue un golpe bajo, pero me sentí completamente traicionado
por una mujer a la que ni siquiera conocía.
—Flint, espera. ¡No estaba metiéndome con el lisiado!
Me di cuenta de que utilicé ese término, pero me enfureció que tuviera la
audacia de repetírmelo. ¿Quién diablos era esta chica? Metí una mano en mi bolsillo,
en busca de las llaves. A la mierda la comida. Sacaría mi trasero de allí. Infiernos,
Quarry también se quedaría si no llevaba su trasero al auto ya.
—¡Ve al auto, Q! —grité, solo para cerrar los ojos y dejar caer la barbilla en mi
pecho cuando mi mano nunca tocó las llaves—. Hija de puta —dije mientras me
daba la vuelta.
Quarry se reía junto a ella, pero las mejillas de Ash eran de un color rojo
brillante.
—Llaves. —Abrí el puño, con la palma hacia arriba.
—Deja de ser un idiota —dijo Quarry casualmente lanzando un brazo por el
hombro de Ash. Ella no se movió mientras sostenía mi mirada.
—Llaves —repetí, pero permaneció inmóvil.
—Fue una broma. —Su barbilla comenzó a temblar.
Por el amor de Dios, no estaba de ánimo para hacer frente a la mierda de una
desconocida.
Los ojos de Quarry se agrandaron cuando se volvió hacia él y sollozó en su
pecho.
¡Qué mierda, imbécil! Q suspiró antes de frotar sus manos por su espalda. Sus
hombros se sacudieron mientras dejaba escapar un grito que nos sorprendió a
ambos.
—Vamos. Sentémonos. —Q intentó guiarla hacia una mesa vacía. Ash se negó
a mirar hacia arriba y tropezó con una de las sillas―. Diablos —dijo Q, agarrándola
por la cintura.
Estaba a punto de poner los ojos en blanco cuando miró en mi dirección. Q
todavía trataba de mantenerla de pie y llevarla hasta una mesa cuando sus brillantes
ojos azules, exentos de lágrimas, miraron deliberadamente en mi dirección. Mi
cabeza se echó hacia atrás con sorpresa, pero una sonrisa creció en su rostro.
Ash estaba a punto de montar un espectáculo, y con una mirada, me había
invitado a tener un asiento de primera fila.
Mientras forcejeaba con Quarry, sus manos se deslizaron entre sus bolsillos.
Cada ruido que hacía y cada vez que se sacudía encubría un movimiento. Mantenía
su mente demasiado ocupada para procesar todos los lugares en los que lo estaba
tocando. Diablos, solo estaba mirándola y apenas podía mantener el ritmo.
No se puede negar que era entretenido, pero no estaba dispuesto a
demostrárselo. Pero mientras levantaba accidentalmente su rodilla, capturando a Q
en las bolas, una risa brotó de mi garganta. Él tomó su entrepierna mientras ella se
disculpaba profusamente y lo empujaba hacia la misma silla a la que la había estado
arrastrando solo unos segundos antes. Justo antes de que se sentara, Ash giró su
brazo, desenrollando el cinturón de Q de su cintura y lo lanzó en mi dirección.
—Oh Dios. Lo siento mucho —dijo mientras Quarry levantaba un dedo para
pedir un segundo para recuperarse. No esperó. En cambio se acercó hacia mí, su
sonrisa orgullosa crecía con cada paso.
Sacó las llaves de su bolsillo y las dejó caer en mi regazo. Fueron seguidas
rápidamente por el teléfono, la billetera, y las llaves de la casa de Quarry. Entonces
tomó el cinturón del suelo y lo lanzó por encima de su hombro.
—No tuvo absolutamente nada que ver con que estés en una silla de ruedas.
Era una broma y se suponía que no te enfadarías.
—¡Oye! —gritó Quarry—. Eso está mal. No tenías que darme un rodillazo en
las bolas para probarle un punto.
—Oh, eso no fue para demostrar un punto. Eso fue por darme mierda. Sabías
bien, y muy bien, que no lo encontraría divertido —dijo sin quitar su mirada de la
mía—. Mira, lo siento. No tengo muchos amigos. Y he descubierto que ser carterista
podría no ser la mejor manera de hacer nuevos. —Se encogió de hombros—.
Considera eso como una lección aprendida.
—¿Tres hamburguesas para llevar, aros de cebolla, y una malteada? —gritó el
chico en el mostrador.
Ash arqueó una ceja.
—¿Lo quieres para llevar, o estamos bien?
No cambiaria de actitud. Claro, había pedido disculpas pero, aunque puede
que me pusiera de mal genio demasiado rápido, también tuve un infierno de tiempo
para combustionar. En cambio, mientras se ponía de pie frente a mí, con los brazos
cruzados sobre su pecho y sus ojos azules suplicando perdón, por arte de magia se
desvaneció.
Tragué.
—No. Estamos bien.
—¿Seguro? —se inclinó, mirándome con recelo, pero su sonrisa empezó a
crecer.
Juro por Dios que tiró de mis labios también. Luché contra ello.
Pero cuanto más intentaba mantenerla restringida, mayor era la de Ash. Estaba
robándome una sonrisa. ¡La chica era buena! Finalmente, con los ojos en blanco, dejé
escapar una risa tranquila, que pareció calmarla.
—Bien. Ahora, ayuda a tu hermano a vestirse y haré la salsa fantasía. —Movió
las cejas.
Ash
—¡No! Lo soñé. Te lo juro, tres meses después, ganaron.
—Eso es una mierda.
—No estoy bromeando. Lo predije totalmente.
—Lo llamo tonterías —dijo Quarry, deslizando una patata a través de mi
brebaje mayo-kétchup—. Bueno, lo llamo estupideces en tu mierda. —Me acerqué
y tomé una de sus papas porque ya había devorado por completo todas las mías.
Trató de alejar mi mano, pero fue demasiado lento. Por desgracia, había
prestado atención a las lecciones que le había dado cada noche desde que se mudó.
Mientras estaba preocupada por sus papas, robó mi malteada.
—¡Gérmenes! —grité mientras daba un largo sorbo. No es que importara. Yo
no tenía ningún germen que supiera, y aunque Quarry probablemente tendría unos
cuantos, no me importaba en absoluto. Me estaba divirtiendo demasiado como para
preocuparme de contraer un resfriado—. ¡Detente! ¡Vas a bebértela toda!
—Bien. Iré por una. —Se puso de pie y se dirigió hacia el mostrador, dejándome
a solas con la definición de diversión personificada.
—Entonces, Flint. Oí que eras boxeador también. Seguro que fue muy divertido,
tú y tu hermano todo el rato en el gimnasio juntos.
—Sí —respondió estoicamente, echándose hacia atrás y cruzando las manos
sobre su regazo.
—¿Lo extrañas? —Tomé un aro de cebolla y me lo metí en la boca.
Entrecerró los ojos e inclinó la cabeza.
—A veces.
—Quarry me dijo que eras muy bueno. ¿Alguna vez has pensado en hacerlo,
como, en las Olimpiadas Especiales o algo así? Tienen eso, ¿verdad?
Tomé otra cebolla.
—Las Olimpiadas Especiales son para niños con discapacidad intelectual. Estoy
comenzando a pensar que podrían ser más adecuadas para ti que para mí.
¡Vaya!
Flint Page era posiblemente el tipo más raro que había conocido nunca. Quiero
decir, no es que fuera una experta en hombres ni nada, pero me di cuenta de que
no era normal, por así decirlo. En la superficie, se veía fino. Su cabello castaño oscuro
estaba perfectamente peinado, pero tenía esta cosa irregular en su rostro que supuse
iba a ser una barba. Tenía unos ojos hermosos, azules, pero siempre estaban
enojados. Si sonriera un poco más, podría ser atractivo. Puede ser. Pero lo que
realmente me volvía loca era el hecho de que parecía que realmente quería ser un
imbécil integral. Y déjame decirte, era bueno en eso. Por suerte, mi padre era un
idiota. Sabía exactamente cómo manejarlo.
Pegué una sonrisa dulce y enfrenté su rescoldo enojado.
—Nah, no soy tan atlética. Soy más una bailarina. —Me eché hacia atrás y apoyé
mis piernas sobre la mesa, cruzándolas en los tobillos—. Pero bueno, gracias por
dejar implícito que soy estúpida. Para un hombre en silla de ruedas, seguro que
lanzas todos los estereotipos queramos o no.
Rápidamente miró hacia otro lado.
Esa era otra cosa sobre Flint. Trabajaba muy duro para ser un idiota, pero al
segundo que se lo pregunté, pude ver la culpa pasar por su rostro.
Dejó escapar un resoplido fuerte.
—Lo siento.
—No hay problema —respondí, quitando las piernas de la mesa.
Usando mis dientes, abrí un paquete de salsa de tomate y lo rocié en mi salsa
fantasía. Por el rabillo del ojo, pude ver que me miraba. Estaba casi segura que estaba
esperando que lo mirara también, pero todavía estaba tragando la picadura de
nuestra última acción interinstitucional. No tenía ninguna prisa en comenzar la
segunda ronda.
—¡Flint! —gritó Quarry al otro lado del restaurante—. ¿Quieres una también?
Tiene plátano y mantequilla de maní.
—Ew —murmuré.
—Sí. Tomaré una Flint —respondió, y cuando miré hacia arriba, sus ojos todavía
estaban pegados a mí, y su expresión parecía ser divertida—. ¿No eres fan del
plátano?
—Oh, me encantan los plátanos. La mantequilla de maní me hace vomitar.
—Suficientemente justo —contestó luego volvió a mirarme.
¿Qué diablos pasa con este chico y su mirada fija?
Limpié mi barbilla para asegurarme de que no tenía comida en mi rostro
mientras deseaba que Quarry acabara y trajera su trasero de nuevo a la mesa. Era
divertido hablar con él.
¿Flint? No demasiado.
—Entooonces... —empecé torpemente, sin saber qué más decir, pero Flint de
repente tuvo más que suficiente de sus propias palabras para necesitar las mías.
—No me gusta pensar en el pasado. Supongo que la mayoría de la gente en
mi posición no querría sentarse y recordar todo lo que ha perdido. Sí, echo de menos
el boxeo. Mucho.
—Oh, lo siento. No pienso en el boxeo como algo que perdiste. No es como
que dije, “Oye, ¿no extrañas esa sensación cuando te pones calcetines nuevos?”. Algo
así habría sido cruel. —Me encogí de hombros—. El boxeo todavía está allí. Apesta
que no puedas competir más, pero los sacos de boxeo no discriminan, ¿verdad?
Flint abrió la boca para responder, pero rápidamente la cerró.
—De todos modos. Quarry me dijo que no vas al gimnasio ya, y solo tenía
curiosidad de por qué dejarías algo que amabas.
—Jesús, ¿cuánto ha estado saliendo la boca de Q?
—Ambos somos conversadores. —Sonreí—. Mira, no estaba tratando de
molestarte ni nada. Siento si se vio de esa manera. Nunca había conocido a nadie
que se quedara paralítico antes. Es un poco genial.
Soltó una carcajada.
—Genial no es exactamente la palabra que usaría para describir la parálisis.
—Bueno, entonces tal vez estás utilizando las palabras equivocadas.
Flint no respondió, pero se volvió para mirar, así que me puse de nuevo
incómoda fingiendo estar cautivada con mi salsa fantasía. Después de abrir el
empaque de la mayonesa, rociándola con un diseño sobre la salsa de tomate y luego
juntándola.
—Listo. —Quarry deja dos batidos sobre la mesa.
¡Gracias a Dios!
—Amigo, esa cama en `Debbie’s´ está pateando mi trasero. —Movió el cuello
hacia la izquierda, y aunque solo estaba viendo a Flint por el rabillo del ojo, reconocí
el momento exacto en que lo vio.
Tan rápido que incluso me impresionó, Flint deslizó una mano y agarró la parte
delantera de la camisa de Quarry, capturándolo con la guardia baja. Q cayó hacia
delante.
—¿Qué diablos es eso? —gritó Flint, tirando del cuello de la camisa de Quarry
hacia abajo para mostrar su espalda.
—Déjame. —Quarry luchó para levantarse.
Fue mágico, de verdad. Flint podría ser mayor, pero Quarry definitivamente lo
superaba en tamaño. Pero incluso mientras Q luchaba contra su agarre, Flint sin
esfuerzo lo inmovilizó mientras inspeccionaba su cuello y espalda.
—Dime que eso es falso. Lo juro por Dios, Q. Dime que es falso.
—Es falso —gritó él.
Flint sacudió la cabeza, pero finalmente lo soltó.
Quarry enderezó su camisa y miró alrededor del restaurante vacío.
—Sí. Si, es falso, si te refieres a un tatuaje permanente, entonces sí. Es falso.
Me reí mientras Quarry saltaba un paso atrás cuando los ojos de Flint casi
sobresalieron de su cabeza.
—¡Tienes catorce! —siseó entre dientes.
—¿Y?
—Y nada... tienes catorce. No puedes hacerte un tatuaje.
—Bueno, no sé, papá. Supongo que realmente no debería haberme hecho dos,
entonces. —Retrocedió otro paso, Flint parpadeó una sonrisa maliciosa.
Traté desesperadamente de contener mi risa. La última cosa que necesitaba era
a Flint volviendo esa mirada hacia mí.
No tenía la fuerza que Quarry obviamente poseía.
Flint de repente rodó un centímetro, y causó que Quarry se estremeciera. Eso
fue todo. Perdí la batalla con mis pulmones. Puse una mano sobre mi boca mientras
una carcajada se me escapó.
Afortunadamente, Flint no se dio cuenta, o al menos, opté por evitar esos lásers
disparados desde sus ojos para darme un nuevo corte de cabello.
—¿Quién diablos tatúa a un niño de catorce años? Cristo, Q. Probablemente
tienes hepatitis ahora.
—Dustin Prince tiene dieciocho años, muchas gracias.
Oh mierda.
Flint dobló el labio.
—¿Quién demonios es Dustin Prince?
Mientras Quarry sacaba su billetera, miró con nerviosismo alrededor de la
habitación por algún refuerzo imaginario o, al menos, una puerta de salida de
emergencia.
Me puse de pie.
—Voy a usar el baño.
Y luego entraré en el programa de protección de testigos.
Antes de que tuviera la oportunidad de alejarme, Quarry dejó caer la bomba.
—Ash me consiguió una identificación falsa.
Flint volvió su mirada furiosa en mi dirección.
—¿Disculpa?
—Ehhh... —Me congelé, levantando la mano para arreglar mi cabello y dar un
empujón a Quarry en el proceso—. En mi defensa, solo pensé que iba a comprar
boletos de lotería —mentí, puntuando una sonrisa inocente a la que Flint pareció
inmune.
—¿Quién en nombre de Dios realmente creería que tienes dieciocho años?
—Oh, no les importa. Solo necesitaban la identificación para fiarse. Y sin
hepatitis C, tampoco. La tienda es muy limpia. Me debían un favor, así que me
aseguré de que tuvieran extra-especial cuidado con él —traté de explicar, pero si la
reacción de Flint era una indicación, acababa de cavar incluso más profundo.
—¿Tú. Lo. Llevaste? —preguntó muy lentamente.
—Tal vez —chillé y luego seguí el ejemplo de Quarry de retroceder.
—¿Llevaste a un niño a hacerse un tatuaje? —Se acercó a mí.
—Posiblemente. —Una vez más me alejé. No pensé que estuviera en ningún
peligro real, pero a juzgar por la vena abultada en su frente, su cabeza estaba muy
cerca de explotar, y no quería estar cerca cuando lo hiciera. La sangre no era lo mío.
—Cálmate —dijo Quarry, dando un paso entre nosotros—. Este chico iba a
hacérmelo en la escuela, pero Ash me convenció de ir a su casa en su lugar. Deberías
ver lo que el dulce-trasero del chico diseñó para mi espalda. Esto es solo el
comienzo.
—Espero que haya valido la pena. Vas a ver como se pone Mabie cuando se
entere.
—Nah. Ya lo sabe. Slate me delató después de que me vio en el vestuario.
Tengo que esperar hasta tener dieciocho años para terminar el resto. Es de Eliza de
quien tengo que esconderlo. —Quarry rió.
Como si hubiera recibido una bofetada, la cabeza de Flint se movió al lado.
Se quedó mirando al espacio durante unos segundos antes de que Quarry
suspirara y dijera en voz baja:
—Vamos. No seas así. —No hacía falta ser un genio para saber que ya no
estaba hablando del tatuaje.
—Lo que sea. —Flint se apartó, dejando una brisa helada a su paso.
Miré a Quarry por respuestas sobre qué demonios había pasado, pero él solo
me ofreció una mirada exagerada de ojos.
—Vamos —espetó Flint mientras empezaba a cargar nuestra basura en la
bandeja—. Ash, ¿terminaste con tu batido? —preguntó, de mal humor.
—Sí —contesté, increíblemente confundida. En cualquier caso, si quería actuar
como si no hubiera estado a punto de matarnos a Quarry y a mí minutos antes, yo
podía hacer lo mismo.
Podía actuar normal. Era increíble en normal. Era mi fuerte, de verdad.
—Oye, ¿sería correcto que empezara a llamarte Ruedas?
Se volvió a mirarme y arqueó una ceja.
—¿Qué? —pregunté mientras él cerraba los ojos y negaba—. ¿Qué? —repetí,
pero nunca respondió.
En cambio, apoyó la bandeja en su regazo y se dirigió hacia el cubo de basura.
Nueve
Flint
Ash señaló la ventanilla del lado del pasajero.
―Dobla aquí a la izquierda.
―Eh... esa es la derecha ―la corregí, doblando en lo que parecía ser los barrios
pobres del centro de Indianápolis.
Después de dejar a Quarry en On The Ropes y de, por suerte, haber esquivado
a Till y a Slate, Ash me había preguntado si podía dejarla en la casa de su amiga en
vez de llevarla de vuelta a la suya. Con la esperanza de evitar también a mi mamá y
a Ray, accedí. Sin embargo, mientras más conducía por la ciudad, más me parecía
que había una gran posibilidad que Ash me estuviera llevando hasta una pandilla.
―¿Adónde diablos estamos yendo?
―Solo falta un poco. Dobla a la derecha ―señaló a mi lado.
―Y esa es la izquierda ―susurré, doblando por un callejón.
―¡Justo aquí! ¡Detente! ―exclamó.
―¿Aquí dónde? ―Miré alrededor. No había nada ni lo más remotamente
habitable. Era un callejón vacío que no tenía otro propósito más que conectar dos
calles concurridas.
Excepto por dos indigentes que estaban apoyados contra un edificio, no había
ni un alma a la vista.
―Justo allí. ―Se quitó el cinturón de seguridad y saltó del auto―. ¡Oigan!
―¿Cómo te va, nena? ―respondió un hombre de cabello gris.
―Sube al auto Ash ―le grité cuando la mujer, obviamente pobre, vestida con
ropa sucia y andrajosa se levantó y caminó hacia ella.
―¡Pequeña vagabunda! ―dijo la mujer.
―¡Oh! ¡Cállate! ―le respondió con un grito.
No tenía ni puta idea de qué carajo estaba pasando, pero no me gustaba.
―Ash, entra de nuevo en el maldito auto.
―¿Qué? ―Dio la vuelta para mirarme, pero la mujer seguía acercándose, y esta
vez, su mirada asesina estaba dirigida a mí.
―¿A quién diablos crees que le estás hablando de ese modo? ―se enfadó la
mujer, el hombre que estaba detrás de ella se puso de pie.
―Joder ―siseé―. Miren, no quiero problemas ―le dije a la mujer, pero mis
ojos estaban fijos en el hombre. Puede que fuera mayor, pero a medida que se
acercaba al auto, me percaté que también era enorme―. Ash, ¡joder! entra en el puto
auto.
―¿Por qué? ¿Qué pasa? ―respondió, inclinándose contra el auto con la mitad
superior de su cuerpo.
Estaba loca, estaba seguro, pero, aparentemente, tampoco tenía miedo de
nada. Yo, sin embargo, no tenía manera de protegerla y, juzgando por los rostros
acercándose a nosotros, iba a tener que hacer precisamente eso.
Sacando la mano, le agarré la muñeca y la metí de nuevo en la camioneta.
―¿Qué carajo? ―gritó.
El hombre corrió hacia adelante, agarrándola de la cintura y halándola fuera de
mi alcance. Mis ojos se abrieron como platos, y el pánico se asentó en mi pecho. Me
moví hasta el asiento del pasajero, tras ella, pero mis piernas quedaron atrapadas y
caí por la puerta, estrellándome de cara contra el pavimento.
―¡Flint! ―gritó Ash, pero el hombre no la soltó.
Me empujé hasta incorporarme para poder, al menos, usar los brazos para
defenderme, pero salvo Ash tratando de liberarse, nadie se movió.
―Max, bájame. Es mi amigo.
―No, si te toca así, entonces no, no lo es.
―Por Dios. Bájame. Es paralítico. Necesito asegurarme que está bien.
No estaba seguro de qué era peor, el hecho que estaba impotente, sentado en
el piso mientras veía a un extraño maltratarla, o el hecho de ser tan débil y patético
que estaba preocupada por mí mientras sucedía.
―¡Demonios! ¡Bájame! ―gritó.
Finalmente, el hombre cedió.
Acercándose rápidamente se puso de rodillas frente a mí.
―Oh, por Dios. ¿Estás bien?
―Tenemos que irnos de aquí ―declaré, viendo al hombre y a la mujer
aproximarse cada vez más detrás de ella.
―Flint, ellos son mis amigos, Max y Donna, ―se volteó para señalarlos―.
Aléjense, no me va a lastimar.
Ninguno parecía convencido, pero dieron un paso alejándose.
―No me importa quiénes son. Nos vamos. ―Comencé a deslizarme hasta la
puerta del lado del pasajero, pero la idea de tener que empujarme por mi cuenta
para entrar en la camioneta era desalentadora.
―Solo espera ―exclamó Ash como si me hubiera leído la mente, o más bien,
mi expresión llena de miedo.
Después de abrir la puerta corrediza trasera, sacó mi silla de ruedas y la puso
delante de mí. Aplacando mi temor. Nunca había estado tan feliz de ver esa maldita
cosa en mi vida.
―¿Necesitas ayuda? ―preguntó.
―No, no necesito ninguna puta ayuda. ―Me enfadé por ninguna otra razón
más que el hecho del golpe que había sufrido mi orgullo.
―Oh, demonios no ―gritó Donna detrás de nosotros, haciendo que Ash
pusiera los ojos en blanco.
―¿Pueden darnos un minuto? Les prometo que estaré bien. Me pueden vigilar
desde allá. ―Señaló al lugar donde habían estado antes, contra la pared.
―Ash ―comenzó a hablar el hombre.
―Por favor, Max ―rogó.
Su rostro se relajó.
―Está bien. ―Tiró del brazo de la mujer y comenzó a llevarla de nuevo hacia
la pared.
Ash dirigió su atención a mí.
―Solo déjame ayudarte.
―Yo puedo ―le dije con voz ruda mientras me izaba hasta el piso de la
camioneta y luego me trasladaba a la silla. No era fácil, pero tenía público, así que
hice mi mejor esfuerzo para no parecer un idiota incompetente.
―Entra al auto ―le ordené, girando hasta el lado del conductor.
―¿Qué? No me voy a ir.
―Claro que sí ―le grité, dejando caer la barbilla contra mi cuello tan pronto
como fui bloqueado de su vista por la camioneta. Mis manos temblaban mientras
me apretaba el puente de la nariz. Traté de controlar mi pulso mientras la adrenalina
abandonaba mi cuerpo. Dios, era un desastre, y claro, Ash eligió ese preciso
momento para rodear el parachoques.
―Oye, ¿estás bien? ―preguntó, caminando hasta mí y deteniéndose justo
enfrente.
―¡Joder! ¿Puedes parar de preguntarme eso?
Arqueó una ceja y ladeó la cabeza, súbitamente enfadada.
―¿Puedes comenzar a responderme?
Exhalé resignado. Necesitaba desesperadamente que este puto día terminara.
No podía soportar mucho más y me urgía descansar la mente y el cuerpo en la
soledad de mi apartamento.
―Mira, por favor, déjame llevarte a casa. No puedo dejarte aquí. Estoy seguro
que piensas que esos dos son tus amigos, pero no hay forma en que te vaya a dejar
en un callejón oscuro con dos indigentes. Es peligroso.
Sonrió ampliamente.
―Estaré bien.
―Quizás. Pero no puedo dejarte aquí y tener mi conciencia limpia.
Abrió la boca para responder, pero levanté la mano para callarla.
―Por favor, no me discutas, Ash. Este ha sido un día terrible, y ya no puedo
soportarlo más. Voy a ser completamente honesto, si no llego a casa enseguida, me
voy a volver loco.
Su sonrisa se hizo más amplia todavía.
Fantástico.
―¿Podemos ir a decirle adiós a Max y Donna?
Exhalé. ¡Gracias a Dios! Al menos estaba siendo sensata.
―Sí, ve.
―No. Ven conmigo. Estoy bastante segura que ellos no confían en ti tanto
como tú en ellos. Son mis mejores amigos. No quiero preocuparlos. ―Su sonrisa se
amplió aún más.
¿Por qué carajo está sonriendo?
―¿Cómo demonios terminaste siendo amiga de dos vagabundos de mediana
edad? ―le pregunté sin poder creerlo―. Tienes que tener más cuidado antes de
terminar muerta en una zanja en alguna parte.
―Lo estás haciendo otra vez.
―¿Haciendo qué?
―Juzgando y estereotipando. ―Estiró el pie y pateó una de mis ruedas.
―No los estoy juzgando ―me defendí, pero hasta yo sabía que era en vano.
―Sí, lo estás haciendo. Son buena gente, Ruedas.
Me quedé boquiabierto porque realmente hubiera usado ese apodo.
―En circunstancias difíciles. Pero aun así, son buena gente.
―Vaya ―respondí, sin estar impresionado. O tal vez estaba muy impresionado
por su insensibilidad. O tal vez, solo estaba molesto conmigo mismo por no ser
capaz de unirme a ella cuando se echó a reír de mi reacción.
―Puede que sea verdad, ¿pero cuánto los conoces? Ash, no puedes ir por la
vida confiando en todo el mundo ―contesté en cambio.
―Bueno, tal vez tú no puedas. Pero yo sí. Sé que hay gente mala en el mundo.
Para algunos, probablemente yo soy uno de ellos. ―Metió la mano en su bolsillo y
sacó mi billetera, arrojándola sobre mi regazo―. Aun así, todos merecemos amigos.
―Se encogió de hombros.
―¡Joder! Deja de robarme la billetera.
Pero en vez de hablarme enfadada igual que yo, su rostro se relajó y sus ojos
se iluminaron.
―Gracias por tratar de rescatarme allí.
―Sí ―me burlé―. Fui de un montón de ayuda.
―Nunca lo sabes. Quizás solo tratar es lo que más me ayudó. ―Se miró a los
pies, que hacían círculos en la tierra.
Estaba enojado.
Avergonzado.
Frustrado.
Exhausto.
Pero eso desapareció cuando levantó la cabeza con una sonrisa tímida que no
reconocí en absoluto. Había conocido a Ash Mabie desde hace exactamente dos
horas, pero me quedé atónito y silencioso por la vulnerabilidad en su rostro de piel
blanca y cremosa. No debería haber estado allí. Principalmente porque arruinaba
todas las otras sonrisas que ella alguna vez sería capaz de crear. Esa sonrisa estaba
allí de forma permanente.
Sin embargo, tan rápido como apareció, se borró.
Pero la había visto.
Dios, sí la había visto.
Su típica gran sonrisa la reemplazó y aunque todavía era hermosa, nada podía
superar ese único segundo en el que me había mostrado algo verdaderamente
indescriptible.
Me había mostrado a la verdadera Ash Mabie.
Y era Hermosa.
―¿Yyyy...? ―me preguntó, moviendo la cabeza en dirección a Max y Donna.
―De acuerdo ―resoplé―. Vamos a conocer a tus amigos.
Una semana después...
Desconocido: ¿Cuál es tu dirección?
Yo: ¿Quién es?
Desconocido: Es una emergencia.
Yo: Entonces, repetiré. ¿Quién es?
Desconocido: Soy Ash. Quarry y yo estábamos en el cine y de
repente no puede oír.
Me incorporé en la cama, lancé mi libro a la mesita y me metí en la silla, que
estaba justo al lado de la cama. La condición genética que compartían Till y Quarry
se suponía que era degenerativa, pero esto fue exactamente lo mismo que había
sucedido con Till. Un día, podía oír y una hora más tarde, ya no.
Mi corazón empezó a acelerarse ante la repetición instantánea que se estaba
desarrollando frente a mí.
Yo: Llévalo al hospital. ¡Ahora!
Ash: Dice que no a ningún hospital. Sólo quiere ir a tu casa.
Yo: No me importa lo que dice. Llévalo a un hospital.
Ash: Sólo déjame llevarlo contigo. Está tratando de hablar con
lenguaje de signos, pero no la entiendo.
Ash: Por favor, Flint. Tengo miedo.
Yo: Está bien, está bien. Tráelo aquí. Calle Broad 121.
Apartamento 113. Muéstraselo a Q. Él sabrá cómo llegar hasta aquí.
Nos vemos en un rato.
Ash: Bien.
Dejé mi teléfono en la cama y luego me puse un par de pantalones cortos sobre
mis bóxers.
Durante varios minutos, me quedé mirando fijamente al teléfono. Necesitaba
llamar a Till, pero la sola idea me hacía sentir un nudo en el estómago. No había
hablado con él en meses, ¿y el hecho que Quarry se había quedado sordo era la
noticia que tenía que darle? Mierda.
Sin embargo, no podía perder más tiempo. Tocando su nombre en el celular,
recé por un milagro, que no atendiera para poder dejar un mensaje.
Tal fue mi suerte, respondió al primer timbrazo.
―¿Flint?
―Quarry no puede oír nada ―dije rápidamente, sin molestarme en ser amable.
―¿Qué? ―exhaló, sorprendido.
―Sí, Ash acaba de llamar. Aún no sé exactamente qué está pasando, pero lo
está trayendo aquí. Lo llevaré al hospital.
―¿Till? ¿Qué está pasando? ―preguntó Eliza en el fondo.
―Oye, me tengo que ir. Te haré saber cuando nos vayamos.
―¡Flint, espera! ―gritó mientras cortaba la comunicación.
Pero yo no podía. Solo... no podía.
Después de sacar una camiseta del cajón, fui hasta la puerta para abrirla.
Mientras todavía estaba luchando con un par de inútiles Nikes, la puerta se
abrió y Quarry entró.
―¡Mierda! ¿Te mudaste al viejo apartamento de Eliza? ―Se rio―. Tienes
problemas graves, hombre. ―Se volvió para mirar por encima del hombro―. ¡Ash,
ven aquí!
―No hasta que le digas que no se enoje conmigo ―chilló desde afuera.
―Ah, cierto. Lo siento. Le pedí prestado el teléfono a Ash y escribí los mensajes
de texto. Estábamos aburridos y tenía curiosidad por saber dónde te estabas
escondiendo. ―Me guiñó un ojo.
Quedé boquiabierto.
―¿Estás bromeando? ¿Estabas aburrido, entonces decidiste decirme que te
quedaste sordo? ―le espeté, rodando hacia adelante.
―No. Primero te pedí tu dirección. No caíste. Recién entonces, te dije que
quedé sordo.
―Eres un hijo de puta. ¡Estaba jodidamente preocupado! ―Lancé el puño tan
fuerte como pude, pero Quarry lo esquivó fácilmente.
―Bueno, entonces piensa que es un milagro. ¡Todavía puedo oír! ―Levantó las
manos en el aire, celebrando.
―Pequeña mierda egoísta. Probablemente Till se está volviendo loco en este
momento, ¿y tú crees que es gracioso?
Su risa murió y sus ojos se abrieron como platos.
―¿Le dijiste a Till? ―jadeó―. ¿Por qué demonios lo hiciste? ―Se pasó una
mano por su cabello grueso y negro.
―¡Pensé que estabas sordo! ―le grité tan fuerte que resonó en todas las
paredes.
―Mierda ―gimió para sus adentros.
―Sí. Mierda ―repetí, pasándole mi teléfono―. Llámalo y explícale. Pero no te
atrevas a decirle dónde vivo.
Bajó la vista al suelo, pero tomó el teléfono de mi mano.
―Voy a ir al purgatorio por esto ―murmuró mientras caminaba hacia la
puerta, marcando en el teléfono.
Niño estúpido.
―Entonces… ¿es seguro entrar? ―preguntó Ash, espiando por la puerta.
―¿Para ti? Sí. ¿Para él? No lo he decidido ―contesté, agarrándome de la nuca.
―Te juro que no sabía. No me lo dijo hasta que llegamos. Por si sirve de algo,
él quería seguir actuando para joderte, pero me negué a seguirle el juego.
―Gracias por eso.
―No hay problema. ―Sonrió.
E incluso tan enojado como estaba, comencé a sonreír también.
Diez
Ash
Flint.
—Así queeee este es un lugar agradable —dije, mirando el apartamento de
El edificio podría haber sido una mierda en el exterior, pero era obvio que Flint
había trabajado duro para transformarlo en algo agradable por dentro. Era sencillo,
pero todo estaba limpio. No había decoraciones a menos que contaran las
estanterías que se alineaban por casi cada centímetro de las paredes. Había un sofá
barato, una silla y una mesa de café apretujados en el centro de la habitación. Al ver
a Flint impulsarse para pasarlos, deduje que su posición amontonada era para
obtener más espacio para que pasara su silla de ruedas.
—¿Quieres algo de beber?
—¿Qué tienes? —pregunté, siguiéndolo hacia una diminuta cocina apenas lo
suficientemente amplia para encajar el ancho de su silla de ruedas.
Abriendo el refrigerador, dijo:
—Leche, agua, y… jugo de piña-banana.
—No puede ser —susurré.
—¿Qué? —Miró sobre su hombro.
—¡Nunca he bebido jugo de piña-banana! —chillé.
—Um… está bien, entonces. Será piña-banana. —Retrocedió, incapaz de girar.
Entonces sacó un vaso del gabinete inferior y lo puso sobre la encimera.
—Este podría ser el mejor día de mi vida, Ruedas —anuncié, observándolo
llenar el vaso con el jugo afrutado que-de-seguro-será-delicioso—. Primero, Quarry
me llevó a una película 3D. Mierda, fue in-creíble. Y ahora, tienes jugo de piñabanana.
—Me emociona que mi selección de jugo haya contribuido al “mejor día de tu
vida”—dijo secamente.
—Y debes estarlo. Son dos novedades hoy.
—¿Novedades? —Deslizó el vaso en mi dirección luego hizo un gesto para que
me moviera así podría retroceder y salir de la cocina.
—Síp. Trato de hacer algo nuevo cada día. ¡Y hoy, he logrado hacer dos! No
puedo esperar para tachar el jugo de piña-banana de mi lista.
—Eres la persona más extraña que alguna vez he conocido. ¿De verdad tienes
una lista con jugo de piña-banana en ella? —preguntó con una ligera sonrisa.
Era algo raro de ver en el hombre escondido bajo la barba irregular y furiosos
ojos azules, pero agradablemente bien parecido Flint Page.
Realmente bueno.
—No, no está técnicamente en la lista. Pero cuando llegue a casa, lo escribiré
justo debajo de subir a una montaña rusa, y entonces, ¿adivina qué? —Levanté mis
cejas, llevando el vaso a mis labios. Sostuve la mirada de Flint mientras tomaba un
trago de la fresca y afrutada bebida antes de colocarlo sobre la encimera—. La
tacharé. —Le sonreí, y para mi gran sorpresa, me regresó el gesto.
Ahora eso era mejor que realmente bueno.
Era hermoso.
Y debido a que carecía de filtro alguno, sentí la necesidad de informárselo.
—Sabes, si te afeitaras la barba y sonrieras más a menudo, serías realmente
atractivo.
Entonces sucedió.
Algo más difícil de lograr que el Monstruo del Lago Ness y Pie Grande
apareciendo frente a mí.
Los labios de Flint Page se separaron y una risa sincera y verdadera salió de su
garganta. Sus hombros se estremecieron y sus ojos azules se iluminaron tan
brillantes que casi tuve que apartar la mirada.
No pude hacerlo, sin embargo.
Estaba deslumbrada.
—Gracias, ¿creo? —dijo, frotándose la barbilla.
Y por alguna inexplicable razón, mis ojos viajaron a su boca. Me arrepentí en el
momento en que sucedió, porque a pesar del ardor en sus ojos, su sonrisa cayó. Tan
sexy como podía ser ese calor en él, nada podría superar a su risa.
—Así queeee… —Giré enfrentando sus estanterías —. Te gusta leer, ¿eh?
Aclaró su garganta.
—Síp.
—¿Vas a la escuela? —pregunté, arrastrando mi dedo sobre un estante libre de
polvo.
—Sí. Estoy comenzando mi segundo semestre. ¿Qué hay de ti?
—No, no en verdad. Solo tomo algunas clases en línea en este momento.
—Bueno, eso es genial también —dijo incómodo, siguiéndome mientras yo
inspeccionaba cada una de sus estanterías.
—Supongo. Preferiría estar en una clase real todos los días. Sentarse detrás de
la computadora se vuelve muy aburrido.
—Sí, bueno, sentarse en clase también puede ser muy aburrido algunas veces.
—Es verdad. —De repente me giré para enfrentarlo—. Oye, ¿cuál es tu favorito?
—¿Favorito? ¿Clase?
—No, quise decir libro. Tienes que tener un favorito.
—Mierda, no sé. He leído tantos que ni siquiera sabría elegir.
—Está bien. Quedas varado en una estación de tren desierta durante el
apocalipsis zombi. Rápido, ¿qué libro tendrías contigo?
—Espero que La Guía para la Supervivencia Zombi. —Vuelve a reírse, y estaría
condenada si mis ojos no saltaran nuevamente a su boca.
¿Qué demonios pasaba con mi subconsciente y su súbita obsesión por esos
labios perfectamente regordetes?
Como si hubiera leído mi mente, su lengua salió, humedeciéndolos y
mágicamente provocándome un ligero gemido. Avergonzada, levanté la mirada para
encontrar que sus ojos brillaban con humor. ¡Perfecto!
No, en verdad. Era. Perfecto.
Él estaba coqueteando. Y eso hacía mi objetivo de seducirlo mucho más fácil.
De repente, Quarry entró pisando fuerte en la habitación, interrumpiendo
nuestra conexión.
—Bueno, eso fue como una bolsa de mierda en llamas4.
Flint me miró por un instante más antes de deslizar su mirada hacia su
hermano. Yo, como siempre, todavía no estaba completamente lista para que el
momento se terminara, así que mientras él comenzaba a hablar con Quarry, continué
mirando a Flint.
—¿Estaba molesto? —preguntó Flint.
—Primero, estaba aliviado. Entonces estaba molesto, y luego… le entregó el
teléfono a Eliza. —Quarry se detuvo y soltó un suspiro audible—. Ella estaba molesta.
Debería haber apartado la mirada.
Si pudiera regresar el tiempo atrás, ese podría ser el momento exacto en que
regresaría, y en ese universo alterno, habría apartado la mirada inmediatamente.
Ante la mera mención del nombre de Eliza, fui obligada a presenciar algo
completamente doloroso. Observé cerrarse al hermoso hombre con el que había
4
Bolsa de mierda en llamas: hace referencia a una broma pesada que suelen realizar los estadounidenses.
Consiste en colocar excremento dentro de una bolsa y prenderla fuego frente a la puerta de una casa, para
luego tocar el timbre y salir corriendo. Quien intente apagarla aplastará el excremento con los pies.
coqueteado. No dijo nada, ni siquiera parpadeó. Pero como si fuera golpeado por
una gran onda de destrucción, desapareció justo enfrente de mis ojos.
Su máscara y actitud irrumpieron firmemente en su lugar.
—Bien, bueno. Lo merecías.
No me gustaba esta versión de Flint, pero estaba determinada en atraer al otro
de nuevo.
Tenía que hacerlo.
—Está bien, Q es un imbécil. Sigamos adelante. Ya que estamos aquí, ¿quieres
ver una película?
—No —respondió—, quiero que se vayan así puedo ir a la cama.
Está bien, así que tal vez traerlo de regreso sería un poco más difícil de lo que
había pensado al principio. Pero estaba lista para el desafío.
—Oh, así que soñé que habrá tormenta esta noche. ¿Quieres ir afuera y
observar el movimiento de las nubes? Incluso podemos apostar quién siente la
primera gota de lluvia. Probablemente no serás tú ya que no podrías sentirla en tus
piernas y la mitad de tu rostro está cubierta de barba. Sabes, menos superficie y
todo. Así que apostaré mi dinero en Q.
Ambos, Quarry y Flint se volvieron a mirarme como si hubiera sugerido
sentarnos en la base de un volcán.
—¿Qué?
Flint.
—Exacto. ¿Tuviste un sueño o viste el reporte del clima esta mañana? —espetó
—Tuve un sueño, muchas gracias —respondí, levantando mis cejas para señalar
enfáticamente su actitud.
—Es mejor que la lluvia espere un poco. Tenemos pintura en aerosol por un
valor mayor a cien dólares en el auto —dijo Quarry mientras apartaba la mesa de su
camino así podía echarse en el sofá.
—¿Pintura en aerosol? —preguntó Flint, mirando entre nosotros.
Quarry colocó sus pies sobre la mesa.
—Dile, Ash.
Mataría a ese chico. Una muerte larga y tortuosa, donde apretaría limones en
sus ojos y lo haría recitar poesía. Le di una mirada furiosa a la que pareció inmune.
Entonces hice una nota mental para decirle que consiguiera uno de esos campos de
fuerza que al parecer yo necesitaría si iba a perseguir a Flint.
Y absolutamente perseguiría a Flint Page.
Había tomado esa decisión casi dos coma un segundos después de que se
empujara fuera de su camioneta en un intento de protegerme.
A mí.
Una chica a la que apenas conocía, pero por quien estaría dispuesto a hacer
cualquier cosa para garantizar su seguridad.
Podría ser tan reservado como quisiera, pero sabía que en el fondo existía un
hombre increíble.
Sonreí tensa.
—Nosotros… um solo pintaremos algunos edificios.
Flint entrecerró sus ojos e inclinó la cabeza. Reconocí esa mirada. Estaba a
punto de convertirse en un imbécil hecho y derecho.
—¡Rápido! Cúbrete, Q. ¡Adentro! —grité, tirándome debajo de la silla.
El cuarto se llenó de risas, pero puesto que no gemí, ninguna era de Flint. Eché
un vistazo hacia la silla y lo encontré sentado tan estoicamente como siempre.
—Oh, vamos, Ruedas. Eso fue divertido. —Me puse de pie y caminé hacia él.
Hizo crujir su cuello, y los músculos de su mandíbula se tensaron.
—Deja de llamarme Ruedas.
—¿Tal vez Piernas, entonces? Realmente no encaja, pero me gusta la paradoja.
Sus cejas casi golpearon el límite con su cabello.
—¿Paradoja?
—Sí, esto significa contradictorio a lo que…
—Sé qué significa. Solo que no imagino por qué lo dices.
—Vaya. Judgy McJudgerson5 golpea de nuevo —dije seria.
—No quise decir…—comenzó, solo para detenerse y resoplar.
—Correcto. Bien, de todas formas. Sí, llevaré a tu hermano a pintar algunos
edificios, pero antes de que te pongas todo sermoneador conmigo, serán derribados
la próxima semana. Sin daño, no hay falta.
—Sin daño hasta que seas arrestada —respondió entre dientes.
—Oh, por favor. A nadie le preocupan esos edificios. Además, Max y Donna
dijeron que vigilarían a cambio de unas hamburguesas. No te preocupes por nada.
Lo tengo todo planeado aquí arriba. —Apunté a mi cabeza—. Si estás preocupado,
siempre puedes venir con nosotros. —Reboté sobre los dedos de mis pies y mecí las
cejas—. Ya sabes, solo para asegurarte que nos quedamos fuera de problemas.
Quiero decir, entiendo totalmente que seas alérgico a la diversión. Pero, siempre
podrías sacar un antihistamínico o algo. —Le sonreí, no devolvió el gesto.
Cuando no respondió, hice lo que hacía mejor: seguí hablando.
Judgy McJudgerson: Se denomina así a las personas que juzgan a otros por su comportamiento,
excepto cuando lo hacen ellos mismos.
5
—También, me gustaría retractarme formalmente de mi anterior declaración.
Puedes mantener la barba.
Sus ojos sombríos se animaron un poco, y un hormigueo recorrió mi piel.
Ahí estaba él.
—Cuán generoso de tu parte.
—Realmente te da una apariencia mundana de terrorista.
—Perfecto. Eso es exactamente lo que buscaba. —Sonríe.
Sarcasmo no era lo que quería, pero era un paso en la dirección correcta.
—Creo que en realidad es la mala actitud lo que disminuye tu atractivo.
Considero que si solo aumentaras tu factor feliz un poquito, realmente podrías ser
un diez. —Estaba tratando tanto de no reírme, pero una pequeña risita escapó sin
que pudiera detenerla.
Sus labios finalmente se levantaron en las esquinas, la emoción recorrió mi
cuerpo. Le estaba ganando una guerra que él ni siquiera sabía que estaba peleando.
La victoria estaba a mi alcance.
Y él era mi premio.
—¿Sí? ¿Cuánto es un poquito, exactamente?
—Oh, no sé. No soy una experta ni nada. Tal vez como… —Me detuve, dando
golpecitos en mi barbilla—. Tal vez solo incrementarlo por decir… ¿un noventa y
nueve por ciento o así? —terminé tan seriamente como pude.
—¿En verdad? ¿Noventa y nueve por ciento? —Estalló en risas.
Cerré mis ojos y tomé una respiración profunda como si físicamente pudiera
absorber el sonido. No necesitaba las risas adicionales; yo producía más que
suficiente por mi cuenta.
Pero esa era suya.
Quería conservarla por siempre.
—Creo que tienes problemas —bromeó cuando se controló.
a mí.
Los tenía por completo. Y el más reciente estaba sentado directamente frente
No era una coincidencia que estuviera en su apartamento. Cierto, Quarry
pensaba que era su idea, pero yo había plantado esa semilla días antes. Había
empezado con preguntas sutiles aquí y allá sobre a dónde Flint había desaparecido,
pero esa mañana, había hablado con Q de una auténtica teoría de conspiración en
la que Flint mentía sobre sus heridas para cobrar cheques del gobierno por
discapacidad. El dulce e ingenuo Quarry había caído directo en mi trampa. No pudo
resistir más tiempo sin saber dónde estaba escondiéndose su hermano en realidad.
Llevó más tiempo del que esperaba, pero me senté con paciencia y dejé que Quarry
me llevara hasta Flint.
—Vamos, Flint. Ven con nosotros. Solo piensa en eso. Podemos pintar todos
nuestros problemas en ese edificio y luego observarlos caer. —Crucé mis brazos
sobre mi pecho, elevando mis senos.
Y como una polilla a la llama, sus ojos cayeron.
Flint deslizó su mirada sobre mis pechos y lentamente subió a mis ojos. Tomé
mi largo cabello y lo retorcí, jalándolo sobre mi hombro. Sosteniéndolo con las
puntas apenas por encima de mi pezón, dirigí los ojos de Flint nuevamente hacia
mis pechos.
—Ash, si piensas que él hará un graffiti en un edificio, perdiste tu maldita
mente. Una vez se acusó con el director de la escuela porque marcó accidentalmente
un pupitre con el lápiz.
Pero estaba concentrada en el chico frente a mí, quien parecía tan interesado
en mis tetas como yo lo estaba en él.
—Tienes que venir —susurré, y sus labios se torcieron—. Esto puede ser tu algo
nuevo del día. E incluso dejaré que elijas primero los colores para pintar.
—En serio, ríndete. No vendrá.
Oh, vendría.
Inocentemente batí mis pestañas mientras presionaba mi labio inferior en un
puchero.
—Eres ridícula —dijo Flint, sacudiendo su cabeza.
Mis hombros cayeron mientras fingía derrota, pero estaba muy lejos de
terminar.
Sus ojos se ampliaron cuando di un paso hacia adelante y me incliné.
Deteniéndome a solo un suspiro de su boca, arrastré mis dientes sobre mi labio
inferior antes de susurrar:
—Por favor, ven.
—Mier. Da —jadeó Quarry detrás de nosotros—. Me dijiste que eras lesbiana.
—Nop. Solo no quería que tuvieras algunas ideas —respondí sin quitar mis
ojos de Flint.
Flint levantó un lado de su boca en una sonrisa traviesa, y sus ojos brillaban
por completo con algo más. Inclinándose incluso más cerca, dijo:
—Bien. Iré.
¡Fin del juego!
Una enorme sonrisa se extendió por mi rostro, y comencé a retroceder, pero
Flint tomó mi cuello por detrás, acercándome.
—Y al final, Ash, vendrás también.
Mi respiración se cortó.
Estaba equivocada. Pude haber engañado a Flint para salir conmigo, pero
mientras él retrocedía, sosteniendo mi mirada con una sonrisa desdeñosa, sexycomo-el-infierno, me di cuenta de que Flint Page había secuestrado por completo
mi victoria.
Tramposo.
Once
Flint
La sequía había acabado.
Gracias.
Jodido.
Dios.
No tenía ni idea qué demonios quería Ash Mabie o, mejor aún, por qué lo
quería de alguien como yo. Pero estaba cien por ciento seguro que se lo daría.
Era, sin dudas, la mujer más fuerte que jamás había conocido. Aún estaba
deliberando sobre su cordura, y su conciencia social bien podría haber sido
inexistente. Simplemente decía lo que jodidamente se le pasaba por la cabeza en el
momento que abría la boca.
Pero Dios, era preciosa.
Era terrible flirteando, lo había demostrado más de una vez en mi apartamento.
Pero de nuevo, esa debería haber sido la mejor parte. Incluso cuando se lamía los
labios y empujaba de manera muy extraña sus pechos hacia mí, estaba
increíblemente segura de sí misma. Viéndola intentar hacerme salir esa noche había
sido muy divertido y me había provocado una fuerte erección. Era una mujer con
una misión clara y no le importaba una mierda lo que tuviese que hacer para lograrlo.
En serio, funcionó bien para mí, porque tenía toda la intención de follármela.
Que fue exactamente por lo que había terminado frente a un muro de ladrillos,
sujetando una lata de pintura en aerosol mientras la escuchaba discutir sobre
zapatos con una vagabunda de mediana edad.
—Fueron un dos por uno, Dona.
—Pero, ¿verdes? ¿No podían haber sido negros, marrones o algo? Tengo
cincuenta y siete años. Chica, estos zapatos son para niños. Me sorprende que no
tengan dibujos animados o alguna mierda en el costado.
—Oh, cállate. Solo eres tan viejo como actúas —replicó Ash.
—¡Son verde brillante!
—¡Sí! Y hacen juego con los míos. —Ash le sonrió ampliamente—. Gemelas.
—Dios mío, ayúdame —susurró Donna, mirando al cielo.
Ash soltó una risita, viniendo hacia mí.
—Oye, aún no has pintado nada.
—Claaaaaro —alargué la palabra—, pintar es exactamente lo mío.
—Entonces, no pienses en ello como pintar. ¡Esto es expresión personal! —Me
arrancó la lata de la mano y roció una marca amarillo brillante en el muro.
—Ah, sí. Una línea. Expresión personal en su máximo esplendor.
Se rió.
—¡Cállate! Solo estaba intentando que comenzaras.
—Mira, mis habilidades artísticas se limitan a esquematizar moléculas en
química.
—No te preocupes por eso. Tampoco soy buena. Solo escribo palabras,
entonces las decoro con colores. Pero, oye, es divertido. Están derribando a este
bebé. Ayudémosle a que se vaya con estilo. —Acarició cariñosamente el muro.
Reí entre dientes y una brillante sonrisa se extendió por su rostro.
Dios, quería saborear esa boca. Mi pene creció al pensarlo.
—Simplemente dibuja cualquier cosa. —Tomó el bote verde del suelo y
escribió la palabra sueño en letras grandes—. ¿Ves? Fácil.
—Ehh... Ash, ¿puedes venir aquí un segundo? —gritó Max.
—Sí —contestó y me miró—. Solo dibuja lo primero que te venga a la mente.
Se marchó, deslizando la punta de sus dedos por mi espalda y hombros.
—La primera cosa que venga a mi mente —repetí para mí, mirando su culo
balancearse mientras desaparecía por la esquina.
Pero no tenía nada.
Mi mente estaba completamente en blanco.
No había sufrimiento.
Sin dolor en el pecho.
Sin lástima.
Sin odio.
Sin amargura.
Estaba entumecido.
Y era increíble.
Ash Mabie se estaba convirtiendo rápidamente en mi marca de lidocaína
personal.
Me quedé mirando el muro durante varios minutos, pero sin pintar una sola
palabra. De hecho, mis ojos quedaron fijos en aquella única y solitaria línea.
Inspiré profundamente, liberando una risa.
—Mierda. Estás sonriendo —maldijo cuando reapareció a mi lado.
Giré para enfrentarla.
—Pasa a veces —bromeé.
Pero los ojos de Ash se dirigieron al suelo, algo que no era para nada propio
de Ash. Lo que me alertó.
—¿Estás bien? —pregunté, mirando sobre su hombro.
—Sí, estoy bien. Pero tengo algo que decirte, pero esto... realmente me gustaría
probar algo primero. —Empezó a mordisquearse el labio inferior.
—Ash... ¿Qué está pasando? —cuestioné, mientras oía a Max maldecir cerca de
la esquina.
—Realmente quiero besarte —dijo apresuradamente.
Mis labios se inclinaron en una sonrisa. Oh, tenía planeado hacer mucho más
que besarla, pero en este momento, estaba encantado que tuviese ideas por sí
misma.
—De acueeeerdo. Justo después de que me cuentes lo que los tiene alterados,
veré qué puedo hacer para que ocurra. —Pude ver a Donna espiando, su cabeza en
la esquina y escondiéndose en el momento que hicimos contacto visual.
—Entonces vas a estar enfadado —se quejó y resopló fuertemente—. No tengo
tiempo suficiente para hacerte reír de nuevo. No tienes ni idea de lo duro que es.
Puse los ojos en blanco.
—Así que, en realidad, es ahora o nunca.
Dio un paso hacia adelante.
Me aparté.
—Dime qué demonios está pasando —exigí, cuando su forma de actuar
empezó a enfadarme.
Sus hombros cayeron.
—Quarry está borracho. Max y él estaban jugando a las cartas y tomando
chupitos. Bueno... al parecer Q está mal.
—¡Qué! —exclamé, retrocediendo y tirando las latas de pintura.
—Vomitó un poco... sobre sí mismo.
—¡Hemos estado aquí una hora! —le grité, como si tuviera la culpa de que mi
hermano fuese un maldito idiota.
—Como he dicho, al parecer está realmente mal.
—Hijo de puta —murmuré para mí, mientras pasé a su lado.
En efecto, encontré a mi tatuado hermano de catorce años, cubierto en su
propio vómito y riéndose de ello, mientras estaba sentado en una caja de cartón
junto a un vagabundo.
Tenía dos opciones.
Mientras levantaba la vista hacia Ash, que estaba a mi lado nerviosa jugando
con su cabello, me di cuenta de lo harto y cansado que estaba de mi elección por
defecto.
—Ash, ayúdame a sacar algunas toallas de la camioneta —exclamé—. No le
quites los ojos de encima —le advertí a Max, que estaba riendo de lo que fuese que
Q estaba balbuceando.
Max saludó y contestó:
—No hay problema.
Me dirigí hacia dónde habíamos estacionado en el callejón, detrás de los
edificios condenados a muerte.
—Lo siento —gimoteó Ash—, en defensa de Max, Quarry no parece tener
catorce años.
—¡Tampoco aparenta tener veintiuno! —grité sobre el hombro.
Gimió, pero sus pisadas continuaron sonando en la grava, detrás de mí.
Después de usar el control remoto para abrir la puerta corredera, fui al lado del
pasajero, maniobrándome en el estrecho espacio entre la puerta y el edificio.
—¡Un poco de ayuda! —le grité a Ash, quién no tenía posibilidad de pasar a mi
alrededor.
Y, más o menos, lo había hecho por eso.
—Ya voy.
Caminó de lado y apretándose para pasar, sus pechos frotándome el hombro.
Justo cuando empezó a entrar en la camioneta en busca de las inexistentes
toallas, pasé un brazo sobre sus caderas y la tiré hacia abajo. Chilló en cuanto cayó,
aterrizando directamente en mi regazo.
Alzó la vista hacia mí, sorprendida.
—Volvamos a la parte en la que decías que querías besarme.
La enorme sonrisa de Ash Mabie se extendió por su rostro, como si acabara de
ganar la lotería. No era atractiva. Era mejor, pudo haber sido el mejor regalo que me
habían dado.
Realmente me quería a mí, lo que eso me dio fue invaluable.
Era un miserable estúpido en silla de ruedas. No tenía dinero. Nada que
ofrecerle. Con toda certeza, no había ganado ninguna lotería al estar conmigo. Aun
cuando Ash cayó en mi regazo verdaderamente estaba afectada por el contacto. No
volaron chispas, ni se unieron nuestras almas o cualquier otra mierda que soltaba la
gente. Simplemente era un hecho biológico.
Se sonrojó.
Fijó la mirada en mi boca.
Su cuerpo respondió a mí.
En ese momento, me recordó que aún seguía siendo un hombre.
Y tenía toda la intención de enseñarle exactamente cuánta razón tenía.
Sin previo aviso, tomé sus labios en un duro beso. Lo estropeó, abriendo la
boca demasiado rápido, haciendo que nuestros dientes chocaran, pero no iba a
permitir que eso me detuviera. Tomé el control, profundizándolo y coaccionando a
su lengua a un ritmo suave, que encontraba golpe a golpe.
Esa maldita boca podría acabar conmigo. Me encantaba cuando la usaba para
reír, pero era mucho mejor cuando se movía contra la mía.
Su corazón acelerado me motivó a seguir. Después de deslizar una mano por
su espalda hasta su largo cabello, tiré de él con delicadeza, lo suficiente para
animarla a moverse. Cambió a un mejor ángulo, gruñí en su boca cuando descansó
sobre mi tenso pene.
Con el sonido, se apartó. Intenté seguir, pero se levantó.
—Oye, oye, oye. ¿Dónde vas? —Le tomé la mano y la empujé hacia mí.
Me recompensó con una suave risita, pero sostuve la parte de atrás de su cuello,
callándola con mis labios. Nuestros brazos se enredaron, mientras tratábamos de
encontrar una forma de estar más cerca, sin la separación que mi silla de ruedas
exigía. Era molesto y me llevaba muchísimo tiempo.
—Métete en la camioneta —le ordené, liberándola.
—Puedo hacerlo —respondió lamiéndose los labios, pero no se movió.
—¿Esta noche? —apremié.
Jugueteando con sus dedos, preguntó:
—¿Asiento delantero o trasero?
—Tú decides. Solo hazlo rápido. —Le di un guiño, apartó la mirada con timidez.
No había absolutamente nada tímido en esta loca mujer, así que supuse que
ese acto inocente era por mí. Tampoco iba a quejarme. Me encantaba.
Cuando miró hacia atrás, no había risa en su mirada.
Había deseo.
Deseo que yo había puesto ahí.
Deseo que me pertenecía.
Deseo que yo iba a satisfacer completamente.
Ash
Podría vivir el resto de mi vida bajo la mirada oscura y ardiente de Flint. Sus
párpados estaban cerrados, y estaba relativamente segura de que tenía toda la
intención de devorarme.
Y tenía toda la intención de dejarlo.
Claro que los chicos me habían observado a lo largo de los años, pero por lo
general los estafaba o los manoseaba para quitarles sus billeteras. Ninguno me había
mirado de la forma en que Flint lo hizo.
No tenía mucha experiencia con chicos. Y con eso me refiero a que no tenía
ninguna. Ninguna en absoluto. El beso que Flint había presionado en mis labios
entró en la historia como otro "nuevo record" del día. Soy, sin embargo, como un
camaleón. Podría actuar y podría hacerlo tan malditamente creíble que ni Flint sería
capaz de enterarse.
Había decidido que quería estar con él después de que se lanzó de la
camioneta por mí hace días. Pero en este momento, quiero más.
Quiero que me mire por el resto de mi vida.
—Ven aquí, hermosa —dijo mientras se movía de la silla al suelo de la
camioneta. Fui de buena gana, deteniéndome entre sus piernas. Mi estómago a la
altura de sus ojos, e incluso tan confiada como estaba, no estaba muy segura de qué
hacer a continuación. Afortunadamente, Flint lo estaba.
—Sabes, Ash, se me ocurrió de repente que hay un montón de lugares de ti
que quiero probar. —Mis ojos se abrieron y no pude ocultar el efecto que sus
palabras tuvieron en mí.
Después de empujar el borde de mi camiseta, le dio un beso húmedo a mi
estómago. Su cálida lengua serpenteó rodando por mi piel del mismo modo que lo
había hecho en mi boca. La combinación de la memoria y la sensación de su tacto
forzaron un gemido en mi garganta. Tambaleándome, me perdí en la sensación.
Agarrando mis caderas, Flint arrastró su lengua a lo largo de la cintura baja de
mis vaqueros. Enrosqué una mano en su cabello oscuro para mantener el equilibrio,
pero cuando tiré suavemente, dejó escapar un gruñido fuerte que juro viajó sobre
cada centímetro de mi cuerpo.
—Mierda —dijo entre dientes, moviendo una mano hacia mi pecho y
apretando con la fuerza suficiente para sacar un gemido de mi boca—. Por favor,
dime que estás bien con esto —preguntó, incluso mientras presionaba mi pecho
contra su mano suplicando por más.
Oh, estaba bien con eso.
No pude responder con palabras, pero absolutamente contesté.
Después de mover su cabeza gentilmente, me crucé de brazos y tomé el
dobladillo de mi camiseta. La quité con un rápido movimiento y antes de que tuviera
oportunidad de reaccionar, mi sujetador la siguió.
Me puse de pie descaradamente delante de él, completamente desnuda, y por
la forma en que sus ojos se dilataron, confirmaron que había sido el movimiento
correcto.
—Jesucristo, mujer —maldijo, envolviendo un brazo alrededor de mi cintura
antes de acostarse en el suelo.
Me caí con él, atrapándome con mis brazos por encima de su cabeza.
—¡La gente puede verte! —regañó.
Bueno, tal vez no había sido exactamente el movimiento correcto. Tímidamente
miré hacia otro lado.
Usando mi barbilla para forzar mi mirada de nuevo a él, se corrigió.
—Es solo que quiero que estos sean míos por esta noche. —Mordió
suavemente mi pezón, haciéndome jadear—. Tendría que luchar contra la mitad de
la ciudad si alguien más te viera. —Se inclinó capturando mi boca en otro beso. Una
vez más usando mi barbilla movió mi cabeza para tener acceso a mi cuello. Después
de mordisquear todo el trecho hasta mi oreja, susurró—: Y si hubiera tenido que
hacer eso, hubiera demorado en hacer esto. —Pasó sus dientes sobre el lóbulo de
mi oreja enviando escalofríos por mi cuerpo.
Tomó impulso con sus codos deslizando sus manos ásperas por mis costados.
—¿Qué es eso? —preguntó, reparando en el tatuaje en mi lado izquierdo, por
encima de mi caja torácica.
—Un cazador de sueños6 —le contesté sin aliento, mientras continuó
explorando mi cuerpo.
—Tú y tus sueños —murmuró.
Lo quería a él, y cuando abrí mis piernas a horcajadas en su cintura, sentí
exactamente lo mucho que me quería también.
Y eso expulsó mi confianza, y me llenó de dudas en su lugar.
Sentándose, chupó mi pezón y a pesar de que eso fue increíble no estaba
segura de que mi reacción sea la correcta. ¿Qué pasa si me equivoco? ¿Y si piensa
que mis gemidos son molestos? ¿Y si no quiere estar conmigo de nuevo?
—Um —murmuré mientras cambiaba a mi otro pecho.
6
Cazador de sueños: es un adminículo hecho a mano, cuya base es un aro fabricado
tradicionalmente con madera de sauce, con una red floja en su interior y decorado con
diversos objetos (comúnmente plumas). Según la creencia popular, su función consiste en
filtrar los sueños de las personas, dejando pasar sólo los sueños y visiones positivas.
Inclinándose para verme a los ojos preguntó:
—¿Quieres que me detenga?
—No —le dije poco convincente. Lo que realmente quería era ir a casa, leer un
montón de libros, tal vez buscar un poco de porno, y averiguar exactamente cómo
hacer esto. Entonces me transportaría de nuevo exactamente a este momento, sería
dueña de toda la confianza que estaba tratando de fingir.
—Ash —dijo arrastrando las palabras en forma de advertencia—. Podemos
parar.
—¿Podemos… tal vez… besarnos un poco más?
Un lado de su boca se inclinó en una sonrisa.
—Por supuesto.
Tomó la parte de atrás de mi cabeza y se inclinó. Mis pechos apretados contra
su pecho mientras colocó su boca sobre la mía. Su lengua suave, se abrió camino en
mi boca una vez más y se movió de una manera que exigió a la mía unírsele. Tragó
mi suspiro mientras mis caderas involuntariamente se movieron contra su erección.
Con una mano todavía en la parte de atrás de mi cabeza, la otra bajó por mi
espalda y por mi trasero obligándome a gemir de nuevo.
—¡Síííí! —Se escuchó desde fuera de la camioneta.
Me senté por la sorpresa de ser atrapados y olvidé por completo que no llevaba
una camiseta
—¡Y está desnuda! —exclamó Quarry cuando hicimos contacto visual.
Bueno, yo hice contacto visual, él hizo contacto ojo-pezón.
—Oh Cristo —maldijo Max arrastrando a Q y apartándolo de la ventana
mientras que Flint me envolvió en sus brazos para bloquearles la vista.
—¡Por el amor de Dios, cúbrete la parte de arriba! —espetó Flint, palmeando
con la mano alrededor del suelo de la camioneta para localizar mi camiseta—. Ponte
esto —exclamó cuando por fin la encontró.
Mientras me colocaba mi camiseta, sin siquiera molestarme con el sujetador,
traté de reprimir la risa por toda la situación. Flint no se veía como si estuviera de
ánimo para ello. Sin embargo, se me escapó antes de poder detenerla.
Me dio una mirada poco impresionada.
—Me alegro de que encuentres esto gracioso, porque Q va a soñar contigo
desnuda por los próximos seis meses.
Sujeté mi pecho sobre mi corazón, fingiendo dolor.
—¿Sólo seis?
—Estás loca —murmuró mientras negaba, pero lo hizo sonreír.
Antes de bajar de su regazo, lo besé.
—Sabes, estoy más preocupada por lo que vas a soñar tú. —Le lancé un guiño
de flirteo.
Sin embargo, nunca siendo menos, Flint me superó.
—Oh, eso es fácil. Mañana por la noche. —Me devolvió el guiño.
El suyo era mejor.
¡Maldito tramposo!
Doce
Ash
Yo: ¿Café o refresco?
Flint: Son las siete de la mañana.
Yo: Uh, sí. De ahí la pregunta.
Flint: ¿Quién bebe refresco a las siete de la mañana?
Yo: Yo. Cafeína es cafeína. Ahora responde la pregunta. Estoy
de camino a tu casa.
Flint: ¿Ahora mismo? Son las siete la mañana.
Yo: Ya hemos visto qué hora es. ¿Café o refresco?
Flint: Café.
Yo: ¡Lo sabía! Soy clarividente. Abre la puerta. Estoy aquí.
Flint: ¿Ya?
Yo: Sí, ya estaba en la puerta cuando me cuestioné si querrías
refresco. Me gustas y todo, pero no estoy dispuesta a compartir el
mío.
Un minuto más tarde la puerta se abrió con Flint mirándome, sin camiseta y en
pantalón corto deportivo. Tomé un rápido aliento mientras me quedaba
boquiabierta mirándolo. Su pecho era delgado, pero claramente definido y una
pequeña cantidad de vello se extiende sobre él.
Jesús, es temprano, Ash.
Bueno, buenos días a ti también.
Le entregué el café.
Con una mano para protegerse los ojos de la luz del sol ardiente, tomó el café
sin ni siquiera un gracias.
¿Qué estás haciendo aquí?
Hmm. No es exactamente la acogida que me esperaba, pero Flint nunca es fácil.
Moviéndome de lado, pasé rozándole.
Bueno, por supuesto, pasa espetó.
Bueno, tal vez aparecer sin ser invitada no fue una buena idea.
Cuando Flint me había dejado la noche anterior, me dio un excitante beso de
despedida, que me hizo desear no haberme acobardado en la parte trasera de su
camioneta. También, no había podido dejar de pensar en él durante el resto de la
noche. Dormir parecía imposible. Cada vez que estaba por hacerlo, un recuerdo de
nuestra noche juntos regresaba a mi mente, colocando una sonrisa en mi rostro. Me
dolían las mejillas cuando la luz del sol se había asomado a través de mi ventana,
que, casualmente, fue al mismo tiempo que tomé el auto de mi padre y me dirigí al
apartamento de Flint.
Me costó cada gramo de autocontrol que poseía, pero había llegado a las siete
de la mañana, antes de ceder y enviarle mensajes de texto. No quería lucir
desesperada ni nada. Claramente las siete de la mañana era la hora de las chicas
geniales y tranquilas de todas partes. Bueno, al menos era mucho mejor que las
cinco y media, cuando había comprado su café en la estación de gas.
Café frío. Delicioso se quejó. Jesús ¿Lo compraste anoche? Curvó los
labios con disgusto.
No exactamente.
Me desperté temprano y decidí parar y ver si quieres ir a ventas de garaje
conmigo.
Son las siete de la mañana.
De repente, me sentí como una idiota por estar aquí. Generalmente era buena
leyendo a la gente, pero Flint era algo totalmente diferente. Me ponía muy nerviosa
con esos ojos brillantes azules y su sonrisa sexy. No podía decidir si necesitaba
esforzarme más para que volviese a ser ese tipo sonriente y alegre, o huir como una
cobarde antes de que pareciese aún más idiota.
Alzó una ceja cuando no respondí de inmediato.
Sí, huir como una cobarde será lo mejor.
Umm... Sabes, pensándolo bien, no te ves de humor para ir a ventas de
garaje.
Le quité el café de las manos y me giré para marcharme pasándole.
—¡Oye! Devuélveme eso.
Cerró la puerta, sumiendo la habitación en la oscuridad.
Mierda —maldije, temporalmente ciega.
Tropezando al dar un paso atrás, sentí un brazo envolverme la cintura y
ponerme en su regazo. El café y el refresco chapotearon en los vasos, mientras
aterricé encima de él.
¿A dónde crees que vas?
Seguí parpadeando, mientras mis ojos se acostumbraban.
¿Cómo demonios has convertido tu apartamento en un calabozo?
Cortinas opacas. Odio despertarme temprano por el sol.
Y las acosadoras también, supongo.
Moviendo su silla de ruedas, nos llevó hacia el pasillo.
Um... murmuré, tratando de salir de su regazo, pero su brazo doblado
sobre mis caderas me retenía firmemente en el lugar.
Todavía tenía las manos ocupadas con las bebidas, así que no había mucho
que pudiese hacer para luchar contra su agarre.
No es que lo quisiera realmente, de todos modos.
Continuó llevándonos hacia el dormitorio.
Quedémonos en la cama. Luego podemos ir a cualquier venta de garaje al
despertar.
Pero vamos a perdernos todo lo bueno. Tienes que llegar temprano o
desaparecerán.
Me giré para mirarlo por encima del hombro, haciendo pucheros y batiendo
las pestañas.
Se inclinó y me dio un rápido beso.
Sí, pero si vas tarde, consigues las mejores ofertas cuando comienzan a
rebajar los precios y dejar las porquerías casi gratis.
Mis ojos se iluminaron.
¿Has ido a ventas de garaje antes? le grité con alegría.
¿Bromeas? Solía llevar a Quarry todos los fines de semana. Bien podría ser el
rey de las ventas de garaje.
Sonreí, después le devolví el beso.
¡Míranos! Tenemos intereses en común y todo.
Soltó mis caderas y utilizó ambas manos para maniobrar su silla de ruedas
alrededor de la curva cerrada a su habitación.
¿Es de tu interés dormir en mi cama? Porque ese es mi favorito a las siete de
la mañana.
Nunca había dormido en la cama de Flint, pero podía decir con absoluta certeza
que era mi interés favorito de todos. Sin embargo, a juzgar por el bulto que tenía en
los pantalones, Flint realmente no quiere dormir. Y si me metía en la cama,
probablemente no querré dormir tampoco. Los nervios familiares de la noche
anterior me inundaban otra vez.
Después de saltar de su regazo, puse las dos tazas en la mesita de noche.
Vamos. Necesito algunos nuevos vaqueros y quiero encontrar algunas cosas
para arreglar tu aburrido apartamento. Necesitamos llegar temprano.
No voy a dejar que decores mi apartamento. Terminaría con cortinas de neón
y almohadones de lentejuelas.
Bueno, claramente, no todos nuestros intereses son los mismos ya que eso
suena fabuloso.
Negó.
Mi apartamento está muy bien así.
Está bien, está bien. Pero no puedes impedir que al menos compre una
alfombra de bienvenida.
Inclinó la cabeza.
¿Una alfombra de bienvenida? ¿Así puedo limpiar mis pies antes de entrar?
Me eché a reír.
Oh, no me mires así, Ruedas. Pies sucios o no, una alfombra de bienvenida
haría un gran trabajo haciendo este lugar un poco más acogedor.
¿Para quién exactamente se supone que debo ser acogedor? bromeó,
entrelazando nuestro dedos.
Uh. Para mí. Necesito sentirme bienvenida o voy a dejar de volver. El
residente no es exactamente muy cálido y cariñoso. —Incliné la cabeza,
imitándolo. Bueno, eso no es cierto. Es un poco cariñoso.
Una gran sonrisa apareció en su boca.
Bien. Deja que me vista. Encontraremos una alfombra de bienvenida.
¡Sí! Aplaudí. Sé rápido. Una alfombra de bienvenida neón y con
lentejuelas va a ser difícil de encontrar, pero apuesto que si nos apuramos al menos
podremos encontrar una con gatitos o perritos.
Dios mío se quejó, dirigiéndose al vestidor.
Por mucho que quería quedarme y ver Flint vestirse, opté por calentarle el café.
***
Seis por un dólar regateó Flint con una mujer detrás de la pequeña mesa
plegable, en nuestra última parada del día.
Son básicamente libros completamente nuevos a la venta por un cuarto cada
uno. No puedo bajar más que eso respondió.
Correcto. Un cuarto de dólar cada uno hubiera sido justo, pero el dueño
anterior tenía la mala costumbre de doblar las páginas en lugar de usar un marcador.
También al parecer, solo leía una página a la vez, porque. Cada. Página. Está.
Doblada. Eso disminuye severamente el valor. Se echó hacia atrás en su silla y
puso dos dólares sobre la mesa, mirándola fijamente. Seis por un dólar. Oferta
final.
Reí para mis adentros observándolo por el rabillo del ojo, mientras fingía estar
ocupada mirando las chucherías que compramos.
Flint no había mentido. Era, de hecho, el rey de las ventas de garaje. Había
hecho negocios por toda la ciudad. Nunca mejor dicho. Me encantaban los buenos
regateos, pero Flint era un animal. Tenía dos bolsas llenas en la parte trasera de su
camioneta y había gastado menos de la mitad de los diez dólares que había traído
conmigo.
La mujer finalmente cedió, arrebatándole el dinero.
Oh Señor, tómalos. Me salvas de tener que llevarlos de nuevo al interior.
Excelente respondió apilando sus doce libros en el regazo. Ash, ¿estás
lista para irnos?
Sí.
Me acerqué, dándole una sonrisa tensa a la mujer con la que había pujado.
Después de abrir el bolso de tela que llevaba al hombro, Flint lo llenó con sus libros
recién adquiridos.
Uno al lado del otro, nos dirigimos de nuevo a su camioneta.
Lo siento no encontramos ninguna alfombra de bienvenida.
Sí. Supongo que vas a tener que hacerme sentir bienvenida hasta el próximo
fin de semana. Bajé la mirada a tiempo para verlo mirar hacia arriba con una
hermosa sonrisa. Tengo que decir que, incluso con tus rezongos y mala actitud, el
factor atracción subió hoy.
Tomó mi mano mientras se deslizaba por la acera.
¿Ah sí? ¿Por qué?
No lo sé. Fue atractivo verte regatear. Digamos que me alegro de estar a
favor tuyo en lugar de en tu contra.
Estas a mi favor ¿eh? bromeó.
Bueno sí. Quién sabe cuándo voy a tener que negociar vaqueros por un
centavo de nuevo. Te mantendré solo por eso.
Le sonreí, pero él dejó de hacerlo.
Flint de repente, parecía estar asombrado con el suelo. Traté de seguir sus ojos,
pero a excepción de nuestras sombras proyectadas por delante de nosotros, nada
era remotamente apasionante en el asfalto.
Una vez que me soltó la mano, me adelantó.
Oye, disminuye la velocidad me quejé. Por Dios, ¿por qué tanto apuro?
le pregunté sin aliento, cuando me reuní con él en la furgoneta.
Vamos. Te voy a llevar espetó.
El auto de mi padre está en tu apartamento. No me puedes dejar en cualquier
lugar.
Bien. Entonces vámonos. Tengo mucho que hacer hoy.
Le entrecerré los ojos.
Uhhhh... ¿de acuerdo? ¿Quieres decirme qué demonios acaba de pasar para
que te vuelvas un idiota?
No pasó nada contestó, pero nunca fui de las que dejaban tirada.
Después de tomar la bolsa de mi mano, la puso en el asiento trasero. Luego,
fue alrededor de la defensa de la camioneta, pero corrí por la parte delantera
deteniéndolo antes de llegar a la puerta del lado del conductor.
Mira, no tengo idea de lo que dije allí, pero sea lo que sea, lo siento.
Me incliné por la cintura y forcé a que me mirara a los ojos, no estaba preparada
para lo que recibí. Podría haber tratado con su actitud, pero por primera vez, la
inseguridad se estaba gestando en los ojos de Flint.
No dijiste nada. Ahora, muévete.
Llegó a la puerta, pero di un paso y evité que la abriese.
¿Entonces por qué estás actuando como un imbécil? Hemos tenido un gran
día y de repente, me siento como si hubiésemos regresado a las jodidas siete de la
mañana.
Muévete repite en un gruñido.
Cruzándome de brazos, me apoyé contra la puerta.
No. Estoy bien. Gracias.
Ash, no estoy de humor.
Me doy cuenta. Lo que no sé es por qué. Dejas de hablarme por completo,
sin ninguna razón.
Su nuez de Adán se movió cuando tragó saliva.
No quiero seguir con esto. Solo quiero llevarte a casa y acabar de una vez.
La picadura inicial de sus palabras dolió, no había ninguna duda sobre eso.
Pero a pesar de que no había conocido a Flint desde hace mucho tiempo, sabía a
ciencia cierta que está mintiendo.
No. Respuesta incorrecta. Inténtalo de nuevo.
¿Perdón?
Me agacho, reuniendo la actitud suficiente para que coincida con la suya.
Dije inténtalo. Una. Vez. Más.
Estás loca —murmura.
Solté una carcajada.
Tal vez, pero no soy la que tiene múltiples personalidades. Escoge una, Flint.
O dulce o idiota, pero voy a necesitar un collarín ortopédico muy pronto si sigues
así.
—¿Escoge una? ¿Escoge. Una? repite incrédulo.
Le mantuve la mirada, con confianza.
Eso es lo que dije. No hay necesidad de repetirlo.
Durante varios segundos, pude ver que físicamente esta verdad desconocida
tenía una guerra con su cuerpo. Su respiración se aceleró y sus ojos oscilaban de la
camioneta a los míos, finalmente aterrizando en el suelo otra vez.
¿Por qué demonios estás aquí? murmuró finalmente entre dientes.
Bueno, no es por la alegre compañía. Eso es seguro —respondí de forma
sarcástica.
Levantó la vista, su fachada enojada derritiéndose.
Lo digo en serio. ¿Por qué estás aquí? Eres magnífica, inteligente... y
divertida. ¿Qué demonios haces aquí conmigo?
Me encogí de hombros.
Me agradas. Espera. Levanté un dedo dramáticamente. Me gusta la
personalidad dulce. La otra es una verdadera mierda.
Sin embargo, soy esa mierda. Soy un idiota amargado de casi dos metros,
aunque siempre tendrás que mirar hacia abajo para verme.
Levanté la cabeza de golpe.
¿Me estás jodiendo? ¿Quién diablos soy yo para mirar hacia abajo a nadie?
No lo entiendes. No tengo nada que ofrecerte. Nada.
Está bien arrastro las palabras. Supongo que la buena noticia es que no
te estoy pidiendo nada. A mí me gusta salir contigo. Espera. Levanté el dedo
dramáticamente otra vez, lo que le hace poner los ojos en blanco—. Con el dulce —
aclaré, después le sonreí.
Respiró hondo y luego admitió:
No me gusta que seas más alta que yo.
Solo mido un metro ochenta. Me sacas unos veinte centímetros.
—Sabes a lo que me refiero.
—No, la verdad es que no —le contesté, siguiendo sus ojos hacia abajo.
Dos siluetas negras se extendían por el asfalto frente a nosotros. Como era de
esperar, la mía mucho más alta que la suya.
—¡Oh oye! ¡Puedo arreglar esto! exclamé caminando hacia atrás hasta que
nuestras sombras se nivelan entre sí.
—No seas listilla —gruñó.
Di dos pasos gigantes hacia atrás, hasta que su sombra sentada era
notablemente más larga que la mía.
Y mira, vuelves a medir dos metros. —Me río.
Flint, sin embargo, no lo encuentra divertido.
Eres ridícula.
Abrió la puerta de la camioneta de golpe.
¿Lo soy? Porque te acabo de dar exactamente lo que querías y todavía no es
suficiente. Tal vez podrías intentar simplemente ser feliz con lo que tienes, en lugar
de centrarte en lo que no.
Se quedó paralizado.
—Flint, estas tan atrapado en la sombra, que se te olvida el hombre que
proyecta. Puede que no seas capaz de caminar, pero es el grado de tu discapacidad.
Le observé durante unos segundos, hasta que finalmente subió a la camioneta.
Ni siquiera me dio una mirada mientras subía al asiento del conductor. Después de
doblar su silla de ruedas, la deslizó en el asiento trasero.
—Entra, Ash —ordenó antes de arrancar el motor.
Cuando se puso en marcha, no tuve más remedio que obedecer o me dejaría
en el medio de la carretera.
Fuimos en auto a casa en silencio. No estaba segura de qué más decir. Pensé
que mi discurso inspirador había sido bastante malditamente impresionante;
obviamente, Flint no compartía mis sentimientos. Durante diez minutos
insoportables, miró inexpresivamente por el parabrisas, sin siquiera reconocer mi
existencia.
Cuando nos detuvimos en su lugar de estacionamiento, los nervios empezaron
a revolotear en mi estómago. Sin embargo, no estaba dispuesta a dejarlo,
especialmente porque no sé si era por última vez.
—Flint... empecé cuando estacionó el auto, pero eso es todo lo que pude
decir.
Me sacó del asiento y me arrastró sobre los reposabrazos, hasta que su boca
chocó con la mía. Mis rodillas golpearon contra todo y mis pies se enredaron
dolorosamente detrás de mí, pero no gemí por eso.
Tú —murmuró contra mis labios antes de colocar su boca sobre la mía. Su
lengua se movió con avidez y encontré embestida por embestida.
Después de colocarme adecuadamente en su regazo, apoyé el trasero en el
volante y apreté mis piernas en los espacios reducidos a ambos lados de sus caderas.
Sus manos se movieron a través de mi cabello, mientras seguía manteniendo mi
boca contra la suya.
Era una víctima demasiado dispuesta.
—Estoy asumiendo que no estás tratando de deshacerte de mí bromeo, pero
toma mi boca de nuevo, transformando mis palabras en un gemido.
—Tú —repitió.
No entendí exactamente cómo eso era una respuesta a mi pregunta, pero no
puedo decir que no me encante.
Yo.
Durante más de media hora al mediodía, Flint y yo nos besamos en el asiento
delantero de su camioneta. Nunca intentó llevarlo más lejos. Más bien, parecía
contentarse con devorar mi cuello y mi boca, estaba más que contenta con dejar que
lo hiciese.
Al final, soltó mis labios hinchados. Tomando cada lado de mi rostro, inclinó
su frente en la mía.
—Voy a seguirte mientras dejas el auto de tu padre. Quiero que pases el día
conmigo. Te voy a llevar a casa esta noche.
—Está bien —acordé.
—Y, Ash.
Le miré, mientras salía de su regazo y me alisaba el cabello.
—Voy a conseguir cualquier alfombra de bienvenida que desees, siempre y
cuando me prometas seguir utilizándola.
Mi sonrisa era inigualable y mi corazón se aceleraba.
—Puedo hacer eso.
Podría hacer eso.
Totalmente podría hacer eso.
Trece
Flint
Durante las siguientes tres semanas, Ash se convirtió en parte de mi rutina
diaria. Todos los días, o se presentaba en mi casa después de salir de clase o yo iba
a recogerla camino a casa.
Todavía no habíamos llegado a tener sexo. De hecho, no hicimos nada por
debajo de la cintura. Y se estaba haciendo cada vez más duro, literalmente. Había
estado con las bolas azules más en esas semanas de lo que había experimentado en
toda mi vida. Sin embargo, no la presioné. Nos estábamos divirtiendo, algo que me
había estado faltando bastante en mi vida desde hace un largo tiempo.
No tenía el dinero para llevarla a citas importantes, pero no parecía importarle
que solo condujéramos sin rumbo o habláramos y nos besáramos en mi sofá. Ella
sólo actuaba como si quisiera estar cerca de mí. Lo cual, a su vez, me hacía estar
desesperado por estar cerca de ella. Me hacía reír, y aunque no tenía idea de qué es
lo que yo hacía por ella, era lo suficientemente egoísta como para que no me
importara. Sólo necesitaba que siguiera volviendo.
Nunca dejó de robarme la billetera, pero comencé a disfrutar tratar de atraparla
en el acto. Siempre terminaba a horcajadas en mi regazo y besándome
disculpándose. Esto, generalmente, terminaba con el hecho de que terminara
faltándome el reloj o el celular, pero no habría cambiado esos momentos con ella
por todas las posesiones del mundo. Y eso era probablemente algo bueno, porque
poco a poco, todas las cosas empezaron a desaparecer de todos modos. Al principio,
era alguna camiseta al azar y una sudadera con capucha de vez en cuando, pero
luego comenzó con los libros. Todos los días cuando Ash se iba, me daba cuenta de
que había un espacio vacío en mi biblioteca.
No tenía ni idea de cuándo se los llevó, o por qué sencillamente no me los
pedía, pero la verdad es que no me importaba. Al día siguiente, lo devolvía y luego
faltaba otro.
Hasta que un día, supuse que encontró lo que buscaba.
En algún momento, alrededor de las dos semanas, mi libro favorito, Una
historia conmovedora, asombrosa y genial de Dave Eggers, había desaparecido.
Todos los días había comprobado si lo había devuelto, pero no había vuelto a su
lugar en mi biblioteca.
―¿Piensas devolverme mi libro? ―le pregunté mientras estábamos tumbados
en la maleza fuera de mi apartamento. En realidad, era un pequeño parche de
malezas entre dos edificios, pero a Ash le encantaba estar allí y mirar a las estrellas,
y aunque pasar del suelo a la silla de ruedas era difícil y a veces vergonzoso,
rápidamente aprendí a que me encantaba también.
―¿Qué libro? ―preguntó inocentemente, jugueteando con sus pulgares sobre
su estómago.
Había sabido desde hace un tiempo que Ash era rara, pero nunca había
conocido a una mujer que no le gustara hacer cucharita conmigo. Claro, me tocaba
y me besaba, pero siempre se alejaba cuando terminaba. No me daba cuenta de si
era porque le gustaba tener su espacio o si es que no sabía que tenía otra opción.
―El que robaste. ―Arqueé una ceja, mostrándole que ya sabía.
Sus labios temblaron antes de que volviera a mirar las estrellas.
―No tengo idea de lo que estás hablando.
―Seguro ―le dije después de seguir su mirada.
Unos minutos de silencio increíblemente cómodos pasaron antes de que
hablara de nuevo.
―Así que, ¿dónde está tu mamá?
―Se suicidó cuando tenía cinco años ―respondió, indiferente.
―Mierda ―susurré, sacando mi brazo debajo de mi cabeza para agarrarle la
mano.
―Sí. No me acuerdo de ella ―dijo sin dar más detalles, así que decidí, una vez
más, cambiar de tema.
―¿Q estaba en casa de tu padre cuando te fuiste?
―No. Se fue al gimnasio. Debbie estaba enojada, pero que le jodan, no le
importa nada a Quarry.
Me reí de su observación.
―Oye, ¿puedo hacerte una pregunta? ―me pregunto, separando su mano de
la mía.
―Sí. Dispara.
―¿Cuál es tu problema con Till y Eliza? Quarry me dijo que prácticamente los
criaron, cómo te dispararon y esas cosas, pero ¿por qué ya no les hablas ni nada
ahora?
Dejé escapar un resoplido fuerte. Por supuesto que haría esa pregunta. La única
pregunta a la que honestamente no tenía una respuesta. Bueno, en realidad sí, pero
no era una que quisiera tener que explicarle.
―No lo sé. Sólo un poco de mierda familiar, supongo.
―¿Acaso son unos idiotas totales? ―Se incorporó un poco sobre sus codos y
se volteó a mirarme. Fue la cosa más extraña que había visto alguna vez. Parecía
francamente esperanzada.
Incliné la cabeza, curiosa.
―Para nada.
―¿Acaso te golpeaban o algo así cuando estabas creciendo?
―¿Qué? ¡De ninguna manera!
―Oh ―dijo, desinflada, mientras se reclinaba de nuevo.
―¿Qué te ha dado esa idea?
Suspiró.
―No lo sé. Q siempre habla de ellos. Mencionó que los evitas a toda costa. Así
que pensé que eran unos imbéciles y que Quarry simplemente no se daba cuenta
todavía.
―No. Till es… ―empecé a hablar, pero las palabras se me quedaron atoradas
en la garganta―. Excelente. Es como un padre para mí.
―¿Eliza es una perra? Sé que no te gusta mucho.
Solté una carcajada.
―¿Qué? ¿Por qué piensas eso?
―No lo sé. Te pones todo raro y malhumorado cuando Q la menciona.
Aparté la mirada.
Los momentos que siguieron más tarde se convirtieron en uno de los
momentos que más me arrepentía de haber pasado con Ash. No importa cuántas
veces trataba de racionalizar mis acciones de aquella noche, nunca ayudaba. La única
cosa que había pensado era que Ash siempre hacía que las cosas fueran más livianas
para mí. La gravedad no me mantenía clavado a mi silla de ruedas cuando estaba
con ella. Ella me liberaba, y en aquel entonces, cuando se trataba de Eliza, necesitaba
eso más que nada.
―No. Eliza bastante increíble. ―Me detuve y giré la cabeza para mirarla.
Ella seguía mirando al cielo, y su largo cabello rubio rojizo estaba desplegado
al costado. La luna brillante iluminaba su piel blanca.
Era tan hermosa.
Se merecía saber en qué diablos se estaba metiendo conmigo.
Así que, por alguna razón increíblemente ridícula, admití:
―He estado enamorado de Eliza desde hace años. Es más fácil evitarla.
Sólo que en el segundo en que dije las palabras, sentí que no era una admisión,
en absoluto.
De hecho, no se sentí que era nada.
No era verdad.
Ni mentira.
Solo eran palabras.
―¡Puaaaaj! ―gritó Ash―. ¿Estás enamorado de tu madre?
―No. No es mi mamá ―me defendí.
―Dijiste que ella y Till los criaron.
―Quiero decir, sí. Pero… no es mi mamá.
―Cree lo que quieras. ―Se rió y volvió a mirar a las estrellas.
No volvió a hablar durante varios minutos, y me empezó a poner nervioso. Me
arrepentí de mi decisión de decírselo. Quiero decir, ¿cómo diablos había pensado
en compartir algo así?
Oye, mira. Soy discapacitado y estoy enamorado de otra mujer. Por favor,
¿quédate conmigo?
―Quiero decir, no es como que estoy tratando de estar con ella ni nada ―le
aclaré―. En realidad, no es gran cosa.
―Nah. Entiendo. ¿Tienes complejo de Edipo?
―¡No tengo complejo de Edipo! ¡No es mi mamá! ―le grité y se echó a reír.
Esa conversación con otra persona me habría causado un ataque de rabia, pero
ver a Ash rodar en la maleza sucia mientras se reía tan fuerte que derramaba lágrimas
me produjo todo lo contrario.
Ni siquiera me sentía entumecido.
Sentí todo por primera vez en mucho tiempo.
Probablemente demasiado, en realidad.
Tal vez Ash no era una ladrona en absoluto.
Porque me había dado mucho más de lo que podría llevarse.
Ash
Cada palabra de su confesión era como un cuchillo al corazón.
Traté de mantener mi reacción reprimida, pero cuando las lágrimas cayeron,
las disimulé con una gran dosis de risa artificial. Podía engañar a Flint para que
pensara que era divertido, pero no había nada que pudiera hacer para engañarme a
mí misma.
Estaba enamorada de Flint Page.
Y él estaba enamorado de otra persona.
No tenía mucha experiencia en cuanto a las relaciones. En lo que a mí respecta,
los cuentos de hadas eran reales y el amor sólo llegaba una vez en la vida, y yo
acababa de usar el mío en un chico que ya le había dado el suyo a otra chica.
No importaba que él nunca pudiera tenerla. O que me estuviera mirando a mí
con una sonrisa cálida, una sonrisa contenta como nada que alguna vez hubiera
visto. Todo lo que había oído en su admisión era que yo nunca lo tendría
verdaderamente.
Ojalá nunca le hubiera preguntado sobre Eliza. Podría haber vivido mil vidas
sin saber lo que sentía por ella. O, mejor aún, cómo no se sentía por mí. Pero nunca
jamás hubiera esperado esa respuesta. Solo había querido hablar mal de ella y de
Till. Hablar mal de ellos para hacerme sentir mejor sobre el hecho de permitirle a mi
padre que les robara a Quarry.
Sólo unas horas antes, yo había oído, o, más exactamente, grabado una
conversación entre Ray y Debbie. Es necesario saber que había visto a mi padre hacer
un montón de cosas despreciables, pero Debbie lo había llevado a un nivel
completamente nuevo. Sabía exactamente cuánto amaba Till a sus hermanos y
exactamente hasta dónde iría para mantener a su familia unida. Till probablemente
les habría pagado una fuerte suma de dinero para que desaparecieran o para que
firmaran los trámites de custodia. Sin embargo, lo que Debbie había planeado había
garantizado un conjunto mucho más que una considerable suma de dinero. El plan
era sencillo. Obtener la custodia de Quarry, mudarlo a la otra punta del país, cortar
todos los lazos con Till. Luego, después de unos meses, una vez que Till y Eliza
estuvieran desesperados, básicamente se lo venderían.
Ambos eran conscientes de que conseguir la custodia efectiva de Q no iba a
ser una tarea fácil. Ningún juez en su sano juicio lo llevaría con la perdedora Debbie
Mabie por sobre la celebridad Till “El Silenciador” Page. Pero la semana pasada, un
juez y una fecha habían sido asignados al caso de la custodia de Quarry. Mi padre
había recolectado algunos favores que le debían y en un lapso de veinticuatro horas
había conseguido más que suficientes fotos de ese juez con su amante para asegurar
una victoria para el equipo de Mabie. Con la primera parte lista, sabía que la segunda
parte comenzaría. Y aunque ya había decidido que no iba con ellos esta vez, sabía
que Q no tendría esa opción.
Mi conciencia había necesitado que Till y Eliza fueras unos imbéciles que se lo
merecían.
Por desgracia, había conseguido mucho más de lo que me esperaba.
Él estaba enamorado de ella.
―Gracias ―dijo Flint cuando finalmente conseguí poner mis emociones bajo
control y era capaz de parar la farsa de la risa.
―¿Por qué?
―Por ser rara. Y hacerme acostar bajo las estrellas en un montón de maleza.
―Me corrió un cabello de la cara―. Y por llamarme Ruedas.
Mi cabeza salió disparada para mirarlo.
―Odias ese apodo.
―Sí. Es jodidamente grosero. ―Se rió―. Pero también es una verdad que no
tiene que necesariamente ser tomada como un insulto. Nunca me has compadecido,
Ash. Ni siquiera por ser un hijo de puta triste con complejo de Edipo.
―Tengo un dedo del pie deforme ―le dije.
Flint se mordió el labio para contener la risa.
―¿Ah, sí? ―preguntó, divertido. Luego deslizó un brazo debajo de mi cuello y
me atrajo hacia su lado, girándome torpemente hasta que mi cabeza quedó apoyada
sobre su pecho.
―Síp. Es, como, muchísimo más corto que los otros. Espero que no te
compadezcas de mí por eso.
Sus hombros temblaban mientras me besaba la parte superior de mi cabeza.
―Tal vez debería empezar a llamarte Dedo. ―Su pie golpeó suavemente en la
suela de mi zapato.
―¡Oh Dios mío! ¡Flint, moviste las piernas! ―grité, sentándome de repente.
Mis ojos deben de haberse puesto enormes, porque me miró como si me hubiera
vuelto loca―. ¡Es un milagro! ―proclamé.
Se echó a reír, sacudiendo la cabeza.
―¿Quieres levantarte y tratar de caminar? ―le pregunté completamente
hablando en serio―. Vamos. Yo te ayudaré. ―Agarré sus brazos y empecé a tirar.
―Ash, para. No puedo caminar.
―¿Ayudaría si empiezo a cantar “Eye of the Tiger”? Eres un boxeador. Es una
canción muy inspiradora.
Soltó una carcajada y tiró de mi brazo, obligándome a bajar. Su boca aterrizó
en la mía antes de que su sonrisa, incluso tuviera la oportunidad de desaparecer.
Sosteniéndome contra sus labios, respiró profundamente durante varios segundos.
Mantuve los ojos abiertos, pero los suyos estaban cerrados con reverencia. No estaba
completamente segura de lo que pasaba por su mente, pero tenía la sensación de
que era algo grande, un hecho que fue confirmado cuando abrió los ojos y se quedó
mirando tan ferozmente a los míos que me sentí como si me estuviera quemando.
Fue un momento que recordaría por el resto de mi vida.
Él podía amarla a ella. Yo podría aprender a estar bien con eso. Porque cuanto
sus ojos más me miraban, más sabía que yo nunca le pertenecería a otra persona,
algo que necesitaba más que cualquier amor que alguna vez alguien me podría
proporcionar.
Liberando mi boca, susurró contra mis labios:
―Puedo mover las piernas.
―Oh ―susurré, todavía aturdida por nuestro momento.
―Quiero decir, un poco. Se necesita mucha concentración, y no es mucho,
pero… ―Hizo una pausa, y su pie se levantó un centímetro antes de volver a caer al
suelo.
―Oh ―repetí.
―Pero agradezco tu oferta de cantar ―bromeó.
Empecé a rodar de nuevo a mi lugar en el césped, pero Flint me abrazó
fuertemente, obligándome a estar metido contra él, algo que me encantaba tanto
que, instintivamente, lo evitaba a toda costa. Simplemente no podía permitirme
acostumbrarme a la forma en que todo mi cuerpo se calentaba o la sensación de
seguridad que me daba con la manta que formaba su brazo. Sabía que, si alguna vez
lo perdía, nunca sería capaz de disfrutar mi vida en el mundo frío que quedó atrás.
No necesitaba saber cuán realmente increíble la vida podía ser a su lado.
Alejándome rodando, le pregunté:
―¿Crees que alguna vez serás capaz de volver a caminar?
Dejó escapar un gemido que me pareció que tenía más que ver con el hecho
de que me alejara que con la pregunta.
―No lo sé. Eso espero, pero no estoy seguro. Quiero decir, mis médicos dicen
que el hecho de que pueda mover las piernas es prometedor. Pero trato de no
hacerme ilusiones. La decepción es una verdadera perra.
Eliza.
―Sí, lo entiendo ―le contesté, recordando su pequeña revelación acerca de
―Es lo que es ―dijo, descartando el tema mientras se movía unos centímetros
y me tiraba para estar contra su costado de nuevo.
Esa vez, no me alejé. En su lugar, me di un minuto para soñar con un futuro con
Flint. Fue el mejor sueño que alguna vez había inventado… y un sueño que más
tarde se convertiría en una pesadilla, persiguiéndome en los próximos años.
Catorce
Flint
Yo: ¿Qué haces hoy?
Ash: ¿Sentarme en tu sofá?
Yo: Excelente respuesta.
Ash: Me alegra que lo apruebes.
Yo: ¿Quieres ir a una fiesta de cumpleaños conmigo?
Ash: ¡Oh. Por. Dios!
cumpleaños!!!!!!!!!!!!!!!!
Nunca
he
ido
a
una
fiesta
de
Yo: ¡Vaya! Esos son muchos signos de exclamación.
Ash: !!!!!!!!!!!!!!!
Yo: ¿Terminaste?
Ash: !!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Yo: ¿Debería esperar una respuesta o sencillamente asumir que
los signos de exclamación son un sí?
Ash: !!!!!!!
escaparon.
Bien.
Terminé
ahora.
!!!!
Lo
siento,
se
me
Yo: Entonces... ¿fiesta?
Ash: Sí, ¡iré! Q me dijo que habría un payaso y una casa
inflable.
Yo: Probablemente.
Ash: Recógeme a las 12:30. Tenemos que detenernos para poder
comprarle un regalo.
Yo: Bien. Te veo entonces.
Ash: <3 <3 <3
Arrojé mi teléfono en la encimera y me quedé mirando la invitación al primer
cumpleaños de Blakely Page en la mesa frente a mí. Al parecer mi paradero secreto
ya no era tan secreto. No estaba seguro de si Quarry o Slate revelaron mi dirección,
pero esa mañana, había abierto la puerta de entrada para encontrar a Till de pie en
mi alfombra de bienvenida. No había dicho una sola palabra cuando me entregó la
invitación, pero los músculos de su cuello se habían tensado, haciéndome saber que
tenía muchas palabras para decirme que me fuera a la mierda y estaba luchando
para no escupirlas… un hecho que agradecí inmensamente.
Retrocedió poco a poco y se detuvo antes de volverse hacia el estacionamiento.
―Sé que es un hecho que la maldita puerta funciona. Úsala ―había dicho entre
dientes antes de desaparecer.
Me senté allí mirando el sobre rosado en mi mano, mientras que la vieja
camioneta de Till rugió al marcharse. Era millonario y todavía conducía ese pedazo
de basura por todas partes. Eliza manejaba una camioneta último modelo e incluso
la camioneta que me había comprado tenía todos los juguetes imaginables. Sin
embargo, Till conducía la misma camioneta que ya era un pedazo de mierda años
atrás cuando la había comprado.
Ese es mi hermano.
Y por primera vez desde el accidente, pensar en Till realmente dolió.
Bueno, eso no es totalmente cierto. Pensar en Till me provocaba mucho más
que dolor. Solía devorarme. Sin embargo, esta vez, dolía de una manera diferente.
El dolor que sentía era culpa en lugar de resentimiento.
Incluso la idea de ver a Eliza no me enviaba en una especie de pánico.
Era hora.
Finalmente volvería.
Y ella iría conmigo.
* * *
Cuando busqué a Ash, quedé boquiabierto cuando la vi salir de la casa. Siempre
había sido la típica chica que usaba vaqueros y camisetas, pero ese día, había
entrado claramente en un nivel superior. Llevaba un vestido corto, rojo con tirantes,
que dejaba al descubierto una gustosa cantidad de escote. Bueno, gustosa en el
sentido de que seguramente más tarde, esa noche, la saborearía de nuevo y, ojalá,
otros lugares también. En lugar de sus habituales chancletas o sandalias, estaba
usando tacones altos, sandalias de tiras que inmediatamente endurecieron mi pene.
Tenía el cabello trenzado desde su frente hacia atrás, y los labios pintados de rojo
brillante, dándole un aspecto como si hubiera salido de un calendario de 1950.
Se veía increíble.
Y cuando una amplia sonrisa se extendió por su rostro, me hizo sentir increíble.
Después de una larga parada en la tienda de juguetes, donde Ash había
insistido en pedirle a una madre que llevaba a un niño en el carrito que nos ayudara
a comprarle algo a Blakely, finalmente llegamos a la casa de Till y Eliza.
Abrió enorme sus ojos cuando cruzamos la puerta de seguridad. Pero ni bien
vi la casa, mis nervios golpearon con toda su fuerza.
―Ven aquí ―le dije a Ash en cuanto me estacioné. Acercándola a mí para darle
un beso duro, uno que me devolvió con entusiasmo; le acaricié sus piernas largas
debajo del dobladillo del vestido―. Te ves hermosa ―murmuré.
―Sí, lo has mencionado. ―Se rió, y mis nervios comenzaron a desaparecer.
―Solo me aseguraba que escucharas. ―La solté, tomó un pañuelo de su bolso
y me limpió el lápiz labial de la boca, esta era aproximadamente la vigésima vez
desde que la había recogido.
Respiré hondo, y con Ash a mi lado, nos dirigimos hacia la fiesta.
Cuando llegamos al patio trasero, me encontré con un sinfín de caras
conocidas.
―¿Acaso llegó el fin del mundo y de alguna manera me lo perdí? ―dijo Slate
secamente, caminando desde donde Erica estaba vigilando a sus hijos en la casa
inflable.
―Hola ―contesté, avergonzado, recordando cómo le había hablado aquel día
en mi apartamento.
―Me alegra que vinieras, hijo. ―Me apretó el cuello.
―Oye, escucha, lo siento mucho sobre… ―comencé, pero me interrumpió.
―¿Quién es? ―preguntó, extendiendo una mano sobre mi hombro.
―Oh, lo siento. Esta es mi… ―Me paralicé, tratando de pensar cómo llamarla.
Oh, a la mierda. Todos sabíamos quién era―. Es mi novia, Ash. Ash, él es Slate
Andrews. Es dueño de On The Ropes, junto con Till. ―Miré hacia arriba para
encontrarla mirándome con asombro absoluto. Le di una expresión de perplejidad,
pero no explicó.
―¡Hola! Encantada de conocerte. ―Tomó la mano de Slate.
A juzgar por la leve inclinación de su cabeza, había sido testigo de su extraña
reacción. En fin. Me preocuparía de eso más tarde, porque de repente, como si un
anunciador hubiera avisado que entré a la fiesta, decenas de ojos se clavaron en mí.
Podía sentirlos mirándome, pero mi atención estaba enfocada en un par de
ojos azules oscuros que miraban directo a los míos a solo unos pocos metros de
distancia. Sus ojos enseguida se llenaron de lágrimas y un dolor creció en mi pecho.
Pero no era mi corazón el que dolía.
Y no era una agonía.
Solo estaba allí.
Persistente.
Luego, con los ojos todavía enfocados en el objeto de mi obsesión durante la
mayor parte de mi adolescencia, la mano de Ash se cerró sobre la mía, y de repente
una ráfaga de ese mismo dolor golpeó mi cuerpo… liberándome.
Eliza se acercó con cautela, mirando con insistencia el lugar en donde estaba
la mano de Ash cubriendo la mía. No dijo nada mientras se quedaba de pie allí, con
lágrimas corriendo por sus mejillas.
Una pequeña sonrisa inclinó mis labios.
―Deja de llorar. Te prometí que volvería, ¿no?
Y eso fue todo. Se abalanzó, envolviendo sus brazos alrededor de mi cuello. Me
abrazó durante varios segundos, medio llorando, medio riendo. Respiré hondo,
llenando mis pulmones por el alivio que sentí con su abrazo.
Till apareció e intentó quitarme a Eliza de encima, pero ella lloraba tan fuerte
que era casi cómico. Bueno, eso fue hasta que vi la devastación en el rostro de Ash.
Mierda.
Ash
Me había equivocado.
No pude soportarlo en absoluto.
No me importaba que Flint hubiese dejado claro que yo le pertenecía, que
estaba orgulloso de tenerme en su brazo. Y no me importa que nunca, ni en un
millón de años, Eliza sería algo más que su cuñada. Sabía cómo se sentía, y era más
que suficiente para hacer añicos todos los sueños infantiles que había inventado e
imaginado una y otra vez cada minuto de cada día.
Lo vi respirar profundamente, como si pudiera inhalarla. Eso era mío. Y si
hubiera presenciado el resplandor de sus ojos cuando los abrió, me hubiera más que
autodestruido.
Afortunadamente, Quarry eligió ese preciso momento para ofrecerme un
escape.
―¡Ash! ―gritó desde varios metros de distancia. Agitaba sus manos y señalaba
al payaso que hacía animales con globos para los niños―. ¡Te lo dije!
―Disculpen. ―Me dirigí al grupo, y luego comencé a caminar rápido.
El único puto día en que me puse tacones, tenía que atravesar lo que bien
podría haber sido un campo de fútbol de césped. Aunque en realidad solo caminé
tres o cuatro pasos antes de torcerme el tobillo y estrellarme contra el suelo.
―¡Ash! ―gritó Flint, persiguiéndome.
―Mierda ―susurré, poniéndome rápidamente de pie y limpiándome la
suciedad del vestido―. Estoy bien ―le dije con una sonrisa que debería ganarme
una nominación al maldito Oscar.
―Basta ―dijo Flint, tomándome de la muñeca.
―¿Basta de qué? ―le espeté, tratando liberarme de su agarre.
―De enojarte.
Miré hacia arriba para encontrar a un grupo de personas que nos miraban con
curiosidad, así que me dibujé una sonrisa y respondí:
—No seas tonto. Solo iré a ver al payaso.
Flint no lo creyó ni por un segundo.
Antes de que pudiera pronunciar otra excusa, abrazó mis caderas y me bajó a
su regazo.
―Lo juro por Dios, Ash. No tendré esta conversación contigo aquí en el césped,
pero ¡joder! Tampoco te escaparás sin dejar que te explique. Así que, tienes dos
opciones: me sigues adentro y me hablas o te ato a esta silla y te llevo adentro para
que hablemos. Una de ellas es tediosa, lenta y vergonzosa. Pero estoy más que
dispuesto a intentarlo por ti.
―¿Qué demonios? ¿Acaso llevas una cuerda en el bolsillo? ―dije
mordazmente.
―Tengo un cinturón ―replicó.
Normalmente, le hubiera contestado algo, pero me di cuenta por la
determinación en sus ojos que no bromeaba. Mientras que estar atada a Flint en
absoluto parecía una mala opción, pensé que no era la mejor teniendo en cuenta el
factor vergüenza.
―Dirige el camino ―espeté, levantándome de su regazo.
Asintió, moviendo la cabeza hacia la enorme casa.
―Después de ti.
Caminé con un poco más de cuidado a través del césped, sonriendo a los
espectadores al pasar.
―Llevaré a Ash adentro para que se limpie ―gritó Flint, siguiéndome de cerca.
En vez de ir por la puerta principal, me llevó por la parte de atrás hacia una
larga rampa que conducía adentro. Una habitación enorme, mejor que cualquier
cosa que alguna vez hubiera visto apareció del otro lado de la puerta automática.
Todo era nuevo, y había más que suficiente espacio para que la silla de Flint pudiera
moverse. Era evidente, basado en las estanterías vacías que se alineaban en las
paredes, que solía ser su habitación.
Debe haberlo pasado muy mal para estar dispuesto a dejar este lugar por su
pequeño apartamento.
Sí, mal… Enamorado de ella.
―Habla ―exigió a medida que yo continuaba mirando la habitación y el
enorme baño al que conectaba.
―No tengo nada que decir. ―Era tanto verdad como mentira. Tenía mil cosas
que decir, pero los pensamientos y los sentimientos estaban tan desordenados en
mi cabeza que no podía precisar por dónde empezar.
―Ash, no hagas esto. Sé que te sentiste incómoda allí.
―Tal vez solo por un minuto. Ahora estoy bien. ―Ahora, eso definitivamente
era mentira.
―Mentirosa ―susurró, deteniéndose frente a mí y tomando mi mano―. No
tienes que estar celosa de ella. ―Me besó los nudillos.
―Sí, lo sé ―respondí sin mirarlo a los ojos―. Vamos. Volvamos. Nunca antes
he visto un payaso real.
―Espera. Mírame.
Mis ojos traidores siguieron su orden.
―No debería haberte contado sobre ella. Ya no es la gran cosa.
Y con eso, todos mis pensamientos, finalmente se alinearon.
Y estaban enojados.
―¿Cómo no es exactamente un gran problema que estés enamorado de ella?
¡Porque a mí me importa muchísimo! ―le espeté con más actitud de la que había
previsto.
―Escúchame. Ya no me importa…
—¡Me importa a mí! ―grité antes de cerrar los ojos, deseando mágicamente
poder transportarme fuera de allí. Aunque no estaba segura de a dónde iría, porque
el único lugar al que realmente pertenecía estaba sentado frente a mí―. Te amo
―admití con los ojos todavía cerrados. Había querido decirlo, pero no quería ver la
ausencia en sus propios ojos cuando fuera incapaz de devolverme el sentimiento.
―No, no me amas. Apenas me conoces ―susurró.
Supuse que era su turno de mentir, porque conocía lo suficiente sobre Flint
como para poder enamorarme a menos de veinticuatro horas de conocerlo.
Continué hablando, pero nunca abrí los ojos.
―Es verdad. Te amo, muchísimo.
―Ash...
―No. No lo hagas. Sé lo que piensas. Max me dijo que es demasiado pronto y
que soy demasiado joven. Pero puede que solo haya pasado un mes y que solo
tenga dieciséis años, pero sé, sin una sombra de duda, que te amo. Y me duele tanto
saber que la amas a ella.
El discurso proverbial se detuvo.
―Espera. ¿Qué? ―De pronto me soltó la mano.
Abrí un ojo para medir cuánto debería seguir tratando de desaparecer, pero
cuando vi su rostro de un blanco fantasmal, ambos se abrieron.
Sabía que no sentía lo mismo, pero no esperaba que le horrorizara tanto.
Quince
Ash
—¿Cuántos años tienes? —jadeó.
—Dieciséis. —Torcí mi boca en confusión. ¿Cuál demonios es el problema?
Sus ojos examinaron mi cuerpo de una manera que normalmente me daba
escalofríos en la espalda, solo que esta vez, nunca se enardecieron. En su lugar, se
pusieron fríos y distantes.
—¿Cómo? —preguntó con incredulidad, solo confundiéndome más.
—Ummm… ¿qué edad pensaste que tenía?
—¡No dieciséis! —gritó, colocando una mano áspera en su nuca—. Esto no está
pasando. —Empezó a rodar su silla alrededor de la habitación en un patrón nervioso.
—¿Cuál es el gran problema?
—¡Tienes dieciséis! —repitió como si se hubieran convertido en las únicas
palabras en su vocabulario.
—¿Y qué? —Crucé los brazos sobre mi pecho.
Sus ojos bajaron automáticamente. Habría sonreído por la pequeña victoria,
pero tenemos más problemas con los que lidiar. Como él enamorado de otra mujer.
Sin embargo estaba claro que Flint seguía obsesionado con mi edad.
—Tienes un tatuaje —expresó como si mágicamente pudiera alterar el año de
mi nacimiento.
—También Q.
—Tomas clases online de la universidad —continuó para discutir.
—Ehhh… no. Tomo clases online del instituto.
—Oh Dios mío. —Comprimió el puente de su nariz.
—¿Por qué estás enloqueciendo?
—¡Por todo! —gritó tan alto que me forzó a retroceder un paso.
—Está bien, necesitas calmarte.
—¿Necesito calmarme? ¿Estás bromeando?
No estaba bromeando. Ni siquiera estaba sonriendo.
Tenía una sensación horrible en la boca del estómago, y juzgando por su
mirada asesina, estaba justificado sentirme de esa manera.
—¡Vete! —cortó, y aunque dolía, le daría con gusto algo de tiempo en soledad
para que revisara su actitud.
—Bien. Hazme saber cuándo estés listo para hablar sobre el verdadero
problema en lugar de esta mierda. —Me volví para alejarme, mentalmente
chocándome los cinco por no afligirme con lo peor de su enfado.
—¿El verdadero problema, Ash? —dijo detrás de mí—. ¿Exactamente cómo es
que tú mintiéndome el pasado mes no es un verdadero problema?
—¿Mintiéndote? —Giré para enfrentarlo—. ¿Cómo estaba mintiendo?
—¿Qué mierda está mal contigo? ¿No pensaste que el hecho de que podría ir
a la cárcel por estar contigo era algo de información que necesitaba saber?
—No soy menor de edad. Dieciséis en la edad de consentimiento. Por otro
lado, no es que hayamos tenido sexo de todas maneras.
—Gracias al jodido Dios por eso.
Me encogí por sus palabras. Eso dolió.
Pero Flint solo estaba empezando.
—Eres una maldita niña. Esto explica mucho sobre ti.
—Eres tres años mayor que yo. No eres exactamente un asalta cunas ni nada.
—Me reí para cubrir el miedo, que se estaba multiplicando por cada palabra hablada.
O, en los siguientes segundos, cada palabra no hablada—. Flint, cálmate. Sigo siendo
yo. Un poco más joven. La edad no importa. Te quiero —le recordé. No me
importaba una mierda si se sentía de la misma manera o no. Sólo necesitaba que
supiera que le amaba. Eso era suficiente.
Nadie me había amado. No lo necesitaba. Sólo lo necesitaba a él.
Miró fija e inexpresivamente a través de la habitación; sus ojos nunca se
encontraron con los míos.
De improvisto, soltó con rudeza.
—Quiero que te largues de mi vida y nunca vuelvas.
—¿Estás rompiendo conmigo por mi edad? —Mi voz tembló.
—No, estoy rompiendo contigo porque no puedo tenerte.
—¿De qué estás hablando? Estoy justo aquí. Soy tuya. Te pertenezco.
—¡Mentira! Una chica de dieciséis años pertenece a sus padres. Se ríen en el
salón con sus amigos y hablan sobre estilos de cabello e intentan ganar al mariscal
de campo7 del instituto. No se atan a un hombre en una silla de ruedas.
7
Mariscal de campo posición en fútbol americano.
—Bueno, entonces puede que no conozcas a las chicas correctas. Porque daría
todo por estar atada contigo. Con silla de ruedas o sin ella. Andando o no. Sólo tú.
Su expresión enfurecida se suavizó cuando alzó la mirada.
—¿Por qué?
—No puedo describirlo. Eres listo. Y eres muy amable, me encanta el reto de
hacerte reír. Me siento segura contigo. Nadie ha intentado protegerme como lo
hiciste esa primera noche. Eres mi héroe, Flint. —Mi corazón creció por los recuerdos.
Flint soltó una carcajada.
—Y ese es exactamente nuestro problema. Eso es justo como las chicas de
dieciséis años piensan. Tienen sueños y cuentos de hadas sobre cómo va a ser la
vida. No soy el caballero blanco. Sólo soy un hombre amargado que tiene que volver
a aprender a andar como un jodido bebé. No tengo dinero. —Abrió sus brazos y
señaló alrededor de la habitación—. Esto es de mi hermano. No mío.
—¿De qué estás hablando? Esta es la primera vez que he visto la casa de tu
hermano. ¿Crees por un solo segundo que me interesas por el dinero?
—Bueno, eres una Mabie —se burló.
—¡Eso no es justo! Me acostaría en un trozo de maleza contigo por el resto de
mi vida si esto es todo lo que tuvieras.
Tragó duro y miró lejos.
—¿Sobre qué es esta pelea en realidad, Flint? Porque tengo que admitir que
ahora estoy bastante desorientada. Sigues cambiando el tema. Antes estaba molesta
por el asunto de Eliza, pero obviamente, tienes problemas más grandes que yo. —
Paré y di un paso acercándome—. ¿Es porque piensas que quiero el dinero de tu
hermano? Flint, he robado en tiendas durante gran parte de mi vida. Ni siquiera
sabría por dónde ir a la caja. No quiero dinero. Te quiero a ti.
Di otro paso disminuyendo la distancia entre nosotros.
—¿O es sobre ti estando en una silla de ruedas? Porque nunca te habría
conocido sin ella. No. Me. Importa si no vuelves a caminar de nuevo. Tus piernas no
son la razón por la que me enamoré de ti. —Con un último paso, finalmente lo
alcancé—. ¿O es porque tengo dieciséis años? Lo siento si pensaste que era mayor,
pero no veo por un segundo cómo cambia que estemos juntos. Si nunca hubieras
sabido cuántos años tengo, ni siquiera sería un problema. No estás enfadado porque
sea una chica inmadura. Estás enfadado por un número.
Flint
Había un millón de razones diferentes de porqué estaba enfadado, siendo la
más grande que me sentí engañado. No solo por su edad, sino por el futuro que
esperé podríamos empezar juntos. Quise cosas de Ash.
Un montón de cosas.
Podría haber tenido solo diecinueve años, pero mi situación era
verdaderamente única. Mi edad no representaba el punto en el que estaba en la vida.
No era un chico normal universitario quien iba bebiendo y saliendo de fiesta los
viernes en la noche. Más bien, quería quedarme en casa y descansar en el sofá, leer
un libro, o, en realidad, tumbarme en maleza con ella.
Había una razón por la que estaba en la vía rápida de la universidad. Quería
acabarla. Me encantaba el colegio, pero la gran foto al finalizar era lo que me
motivaba. No quise ser más un adolescente. Quería empezar mi vida. Una en la que
tenía esposa y mi propia casa. Puede, en unos años, considerar un niño.
Básicamente, quería exactamente lo que Till tenía.
Una familia.
Era triste. Imaginaría que caminar de nuevo habría sido mi principal prioridad.
Sin embargo lo era tener algún lugar al que pertenecer.
Por un breve momento, tuve grandes esperanzas que eso fuera con Ash Mabie.
Esperanzas que habían caído con un numerito.
Personas con dieciséis años no se asentaban.
Siempre sería maduro para mi edad debido a la forma en la que crecí, pero
alguien que tenía diecinueve era completamente diferente a quien era tres años
menor. Ya había estado enamorado de Eliza para entonces, pero las chicas seguían
siendo chicas, y había ido a través de todas ellas tan pronto como tuve condones.
Siempre había peleas estúpidas y dramas, romper seguido de lágrimas y falsas
confesiones de amor. Las chicas estaban locas cuando eran jóvenes, pero era parte
del juego… Uno que había jugado durante muchos años en el instituto.
Un pasatiempo que nunca quise volver a tener.
En mi mundo perfecto, Ash y yo habríamos tenido citas durante seis meses o
algo así. Nos enamoraríamos irrevocablemente. Le habría pedido que se mudara
conmigo. Habríamos vivido juntos alrededor de otros seis meses, y luego le habría
propuesto matrimonio. Seis meses después, ella estaría caminando por el pasillo en
un vestido blanco. Pasado un año, habría dado el primer paso verdadero cuando
obtuviera mi diploma de la universidad mientras mi radiante mujer embarazada
esperaba con orgullo en la audiencia.
Ese era mi juego.
Dos años y medio y habría terminado de procurar hacer una vida y realmente
empezar a vivirla.
Parecía imposible después que me dispararan, y había un pequeño problema
con lo de no haber sido capaz de superar a Eliza. Pero cuando Ash irrumpió en mi
existencia, inesperadamente ya no parecía tan difícil.
Sentarme esperando que Ash creciera, y rezar para que no se levantara y me
dejara durante esos años locos de adolescente de autodescubrimiento, no era
definitivamente parte de mi plan. En realidad me asustaba mucho.
Ya me había enamorado de una mujer inalcanzable.
No podía hacerlo dos veces. Ni siquiera por Ash.
—Sigo siendo tu novia. ¡Nada ha cambiado! —exclamó, intentando tomar mi
mano.
Me aparté de su alcance.
—¡No eres mi novia! —anuncié. Era mucho más… eso era exactamente el
porqué nunca sería capaz de mantenerla.
—¿Qué? —gimió con una voz rota que me destruyó por completo.
Necesitaba que se fuera.
Necesitaba estar solo.
Necesitaba que subiera en mi regazo y dijera que nunca me dejaría y que me
amaría por siempre.
—Esta cosa… lo que demonios haya sido, es una mentira. Te traje aquí el otro
día para poner a Eliza celosa —la mentira quemó en mis pulmones.
Con esa declaración infantil, se hizo descaradamente obvio que no era el
maduro entre los dos. Pero la necesitaba fuera de mi vida antes que le suplicara que
se quedase.
—Estás mintiendo. Ni siquiera sabías de esta fiesta hasta hoy.
—Sí, y serviste a mi propósito. Puedes irte.
—Estás tan lleno de mierda, Flint. No me voy hasta que me digas la verdad
sobre lo que está pasando.
—¡No te quiero! —grité, y todo su cuerpo se tensó por mi estallido. O puede
que haya sido por las palabras. No podía decirlo—. Esa es tu verdad, Ash. Eres una
criminal cuyo único futuro es tras los bares. Tienes un buen par de tetas, así que
estaba esperando que las sacaras, pero los niños no son exactamente lo mío. Así que
ahora que Eliza nos ha visto juntos, voy a necesitar que salgas de mi jodida vida.
Sus ojos se abrieron, traicionándola, pero una sonrisa falsa tiró de su boca,
intentando cubrir el dolor que le acababa de infligir. Odiaba esa jodida sonrisa. Todo
estaba mal y quería borrar su existencia. Y mientras más pronto se alejara de mí, más
pronto podía hacerlo.
No se movió, ni tampoco
desesperadamente mantenerse firme.
su
sonrisa,
Sacudiéndose las manos, cuadró los hombros.
pero
inspiró
intentando
—Tú… me dijiste una vez que no podía ir por la vida confiando en todo el
mundo. Gracias por comprobarlo. —Intentó reír, pero sonó como un sollozo—. Sin
embargo te equivocaste conmigo. Soy una buena persona. Lo probaré. —Se quitó
los zapatos. Lágrimas corrían por sus mejillas cuando volvió a mirar—. Ya que
realmente estás pensando mal de mí, no te preocupes. Nunca tendrás que ver a esta
criminal de nuevo.
Me disculpé profusamente en mi mente, pero ira y autoconservación no
permitieron que las palabras dejaran mi boca cuando observé a Ash, descalza y con
la cabeza gacha, caminando fuera de mi vida.
Dieciséis
Flint
Ni siquiera conseguí pasar cuatro horas completas antes de arrepentirme de
todas las cosas que le había dicho a Ash. No estaba seguro de cómo podría funcionar
algo entre nosotros, pero había descartado la idea de ni siquiera intentarlo por
completo muy rápido. Solo necesitaba un par de días para trabajar lógicamente en
mi cabeza. Desarrollar una nueva estrategia para volver las cosas lentas entre
nosotros, pero aún manteniéndola en mi vida.
No podía perderla.
Me habían dicho que Slate la había llevado a su casa desde la fiesta. Quarry me
había enviado un mensaje de texto más tarde esa noche para decirme que algo
estaba seriamente mal. Ash había cocinado la cena esa noche para todos y se sentó
en la mesa con una gran sonrisa, diciéndole a su padre que lo amaba y lo mucho
que había amado llegar a conocer a Debbie y Quarry. Los había abrazado a todos y
luego había pasado el resto de la noche en su cuarto.
Le había dado a Q instrucciones estrictas de mantener un ojo en ella. Tenía
demasiado orgullo para llamarla, parte de mí también estaba asustado. Estaba
seguro de que ella necesitaba un tiempo para calmarse.
Mi teléfono sonó a la mañana siguiente a las siete de la mañana. Estaba
exhausto, y si no fuera porque el nombre de Quarry salía en el identificador, lo
hubiera enviado al correo de voz.
―¿Qué pasa? —contesté, barriendo el sueño de mis ojos.
—Necesito que vengas por mí. La policía está aquí arrestando a Ray y a Debbie.
Me senté derecho en la cama.
—¡¿Qué?! —grité, colocando el teléfono entre mi hombro y mi oreja para así
poder moverme hasta mi silla de ruedas.
—No tengo ni idea qué está sucediendo. Como cuatro autos llegaron a la casa.
Los policías irrumpieron y los sacaron. Till no contesta. Necesito que vengas por mí.
—¿Dónde está Ash? —Salí corriendo hacia mi armario para ponerme algo de
ropa.
—No lo sé. Ella no está aquí, y la mayoría de su mierda ha sido sacada.
—¿A dónde demonios fue?
—¡No lo sé! ¡Solo ven por mí! —respondió.
—Está bien. Estoy en camino. —Colgué y comencé a marcar el número de Ash.
Coloqué el teléfono en altavoz y lo lancé a la cama, luego luché por vestirme,
deteniéndome cada pocos segundos para presionar remarcar cuando iba hacia
correo de voz.
—Vamos, Ash. ¿Dónde demonios estás? —murmuré, me coloqué mis zapatos.
Aún no había contestado cuando dejé el apartamento, y lastimosamente tuve
que rendirme con llamarla para encontrar a Till.
Después de la tercera vez llamando, finalmente contestó.
—Estoy yendo ya para allá. La policía acaba de irse —me informó sin ni siquiera
un saludo.
—¿Qué demonios está sucediendo? —pregunté, moviéndome entre el tráfico.
—Los viejos Debbie y Ray estaban chantajeando al juez para obtener la
custodia de Q. Es un crimen federal. La policía asumió que estaban tratando de
usarlo para extorsionarme a mí.
—¡Oh, mierda!
—Un rubio anónimo dejó una caja llena de evidencias anoche. Fotografías,
conversaciones grabadas, todo lo que quieras, la policía lo tiene. Ray y Debbie van
a ir a prisión.
Estaba vagamente consciente de que Till siguió hablando porque
instintivamente sostenía el teléfono en mi oreja, pero mi mente estaba atrapada en
dos palabras: rubio anónimo.
Lo sabía.
Maldición lo sabía.
“Soy una buena persona. Voy a demostrar eso”.
De repente, un dolor demasiado familiar se asentó en mis entrañas.
“Nunca tendrás que ver a esta criminal de nuevo”.
—Oh Dios —respiré, dejando caer el teléfono en mi regazo.
***
—¡Ash Mabie! —le grité al detective, estampando mi puño en la mesa.
—Relájate. Eso no está ayudando —me regañó Till a mi lado.
—Tampoco estar sentado aquí, respondiendo siete millones de preguntas
cuando podríamos estar afuera buscándola. —Giré mi cabeza de regreso al
detective—. Cuando podría estar fuera buscándola.
—Cálmate, hijo. Su fotografía y las placas han sido distribuidas a todos los
oficiales en la ciudad. De hecho solo tenemos que descubrir quién es esta chica.
Hasta donde podemos decir, Mabie ni siquiera tiene una hija.
—¡Sí, la tiene! No es un puto producto de mi imaginación.
—¿Y está seguro de que ésta es ella? —dijo, empujando una granulosa
fotografía de vigilancia enfrente de mí.
—Sí —espeté, apartándola.
No necesitaba mirar esa foto de nuevo. Una vez había sido más que suficiente.
No necesitaba ver sus ojos por lo general brillantes carentes de toda emoción o la
forma de sus redondeados y confiados hombros caídos hacia adelante en derrota.
Pero lo que más me mató fue la expresión llena de dolor que no merecía estar en
ningún lado cerca de su hermoso rostro. Sin embargo, incluso con todo eso… aún
era Ash.
—Trae el trasero de Mabie aquí —grité.
—Ha pedido por un abogado. Va a tomar un rato antes de que podamos entrar
allí y descubrir quién es de verdad ella.
—Lo juro por Dios bendito… Acabo de decirte quién demonios es. ¡Ahora,
levanta tu culo y encuéntrala! Tan solo tiene dieciséis. No puede andar por las calles
solas. —Resoplé con fuerza cuando mi enojo se deslizó momentáneamente,
revelando la verdadera ansiedad—. Por favor. Se lo ruego.
Nunca he sido exactamente un optimista, así que mi mente comenzó a girar en
espiral fuera de control con escenarios, ninguno de los cuales la traía de regreso a
mí.
Dejé caer mi cabeza entre mis manos mientras trataba de recuperar el control,
pero ni siquiera podía controlar mi propia respiración.
—¿Puede darnos un minuto? —le pidió Till al oficial cuando comencé a
romperme.
—Seguro. Y ustedes chicos pueden irse cuando quieran. Les avisaré de
cualquier información que recibamos.
—Gracias —contestó Till.
Pero mantuve mi cabeza enterrada en mis manos.
Con un sonoro suspiro, se puso en cuclillas enfrente de mí y agarró la parte de
atrás de mi cuello.
—Muy bien…
—Vamos a controlarnos. Eres la parte lógica, ¿recuerdas?, yo soy el emocional.
—Trato de aligerar el ambiente, pero fue inútil. Mi mente estaba atrapada en los
fosos oscuros y viciosos de preocupación.
—No lo entiendes, Ella es… diferente a nosotros, Till. Es la persona más
inteligente que he conocido, pero es tan jodidamente ingenua. Y ahora… está ahí
afuera sola. Confiará en cualquier maldita persona que se acerque a ella. Si algo le
ocurre…
Me interrumpió rápidamente.
—Nada va a pasarle.
—Por favor ayúdame… no lo merezco, pero por favor —comencé a suplicar.
Estaba viendo a mi hermano, pero mis palabras estaban destinadas a todas y cada
una de las mayores y grandes fuerzas en el universo que pudieran posiblemente
existir.
—¿La amas? —preguntó, temporalmente devolviéndome a la realidad desde
mi espiral descendente.
—Ella tiene dieciséis. En este momento, yo solo…
Me interrumpió de nuevo.
—No pregunté qué edad tenía. Pregunté si la amas.
—Solo la he conocido por un mes —contesté
Solo Till no pensó que era una respuesta en absoluto.
—De nuevo, no es lo que pregunté.
¿Estaba enamorado de Ash Mabie? Podía haberme sentado ahí por una década
y nunca dar una respuesta adecuada.
—Honestamente no lo sé. Creo que estoy un poco jodido en todo el
departamento del amor. —Sacudí la cabeza ante mi propia valoración.
—¿Lo dices porque crees que estás enamorado de Eliza?
Oh. Dios.
Mis ojos saltaron a los suyos entonces, igual de rápido se desviaron.
—Uhm… —declaré nervioso—. No estoy seguro a que te refieres.
—No soy estúpido, Flint. Siempre he sabido que tienes una cosa por ella.
Joder. Mierda. Maldición. Multiplicado hasta el infinito.
—Lo siento. —Alejé la mirada, avergonzado.
—¿Qué? No lo sientas. Lo entiendo. Te olvidas que pase años añorando a esa
mujer. Jodidamente apesta. —Rió—. Tuvimos una mierda de madre. Entonces Eliza
apareció un día. Haciendo por nosotros todo lo que mamá debería hacer. No es
difícil imaginar cómo esas líneas se cruzaron para ti. Nunca me molestó realmente
hasta que te mudaste. Entonces me mató porque no hay nada en este mundo que
no sacrificaría por ti… excepto ella.
—Yo nunca… —empecé, pero continuó hablando por encima de mí.
—Sabía que con el tiempo lo habrías superado cuando conocieras a alguien.
Así que lo deje pasar. Probablemente por demasiado tiempo.
—Lo superé —dije rápidamente.
—¿Por qué? ¿Eliza ya no es lo suficiente buena para ti? —Levantó una ceja
burlona.
—Ash… —empecé y juro por Dios, que me interrumpió de nuevo.
—¿Pero ella solo tiene dieciséis?
—Sí, pero…
Interrumpido. De nuevo.
—¿En un mes? —Me miró fijamente, sin sorpresas.
—Supongo…
Interrum-jodidamente-pido
—¿La amas? —preguntó de nuevo.
Estaba tan frustrado por sus constantes interrupciones que la palabra se escapó
de mi boca sin un pensamiento consciente.
—¡Sí!
¿Sí?
No.
¿No?
¿Quizás?
Joder.
Sí.
Un mundo de dolor se desvaneció con tan simple admisión. No entendía como,
en tan corto tiempo, esa chica loca que dejé entrar poco a poco, retorció mi vida en
algo irreconocible, pero por otro lado, eso es probablemente exactamente como lo
hizo. Con Ash, no importaba que yo estuviera asfixiado por la gravedad. Estaba más
enfocado en ella de lo que lo estaba en cuán imposible se sentía respirar. El aire en
mis pulmones no era una prioridad cuando ella se estaba riendo a mi lado.
Dios, soy un idiota.
Till me observaba atentamente.
—¿Qué fue eso? No te oí. ¿Puedes repetirlo para mí?
—Dije que sí.
—¿Sí, qué?
—Sí. ¡La amo!
Su sonrisa de marca de un solo lado apareció.
—Entonces voy a encontrarla.
—¿Así de fácil? —pregunté con sarcasmo mientras la realidad de mis
sentimientos continuaba asentándose en mi pecho.
—No, va a ser una mierda costosa, pero te lo debo por salvar a Eliza.
—Tú no me… —me interrumpió. De nuevo.
¡Hijo de puta!
—Sí, lo hago. Y si la amas, entonces ella es familia. Sabes cómo me siento sobre
mi familia.
Dios, sí sabía cómo Till se sentía sobre su familia. Simplemente el hecho de que
estaba de pie aquí tras el infierno que le hice atravesar los últimos pocos meses
hablaba maravillas.
—Lo siento. —Hice una pausa esperando su respuesta.
Cuando pareció que no tenía planes de interrumpirme, abrí la boca para
continuar con mi disculpa, pero el imbécil de mi hermano, a quien quería abrazar y
darle un puñetazo en partes iguales, se me adelantó.
—Llamaremos a Leo. Para conseguir una referencia sobre alguna firma buena
de investigación privada. —Sonrío de nuevo, probando que estaba de hecho,
jodiendo conmigo.
Sus palabras eras reafirmantes y la ligereza de sus intentos de broma ayudaron
a suavizar mis nervios. De momento.
—¿Qué pasa si… si no podemos encontrarla? ¿O qué pasa… si la encontramos
y no podemos arreglar esto? Dije algunas cosas realmente malas.
—Trataremos con eso cuando la pongamos a salvo. Además, tengo grandes
planes para sujetarte y rasurar esa cosa de tu rostro. Ninguna mujer en el mundo
será capaz de resistirte… bueno… excepto mi esposa. —Me guiñó y me golpeó en el
hombro.
Era tan imbécil. Era con facilidad uno de los peores días de mi vida, y Till estaba
lanzado bromas a mis expensas.
Lo amaba por ello.
—Gracias —susurré.
—Agradéceme cuando ella esté en casa. —Sostuvo mi mirada por varios latidos
en una promesa sin hablar.
Una promesa que él definitivamente mantenía.
Diecisiete
Flint
La primera semana después de la desaparición de Ash, pasé cada momento
conduciendo por la ciudad, buscándola. Incluso Max y Donna se pusieron en acción,
llevando una foto de ella y mostrándosela a todo el mundo para encontrarla. Sabía
que ya no estaba en la ciudad, pero era mejor mantenerse ocupado buscándola que
permitirle a mi cabeza explosionar mientras permanecía sentado en casa
preocupándome sobre su paradero. Finalmente, Ray Mabie admitió que Ash era en
realidad su hijastra. Su apellido era Carson, pero ella había elegido usar Mabie
incluso antes de que su madre se quitara la vida. Si bien nunca la adoptó
formalmente, había sido un padre para Ash desde que tenía dos años. Eso fue más
o menos toda la información que estaba dispuesto a dar. Al saber que ella lo había
entregado, se mostró renuente a ofrecer alguna posible conjetura sobre su paradero.
He trazado la muerte de ese hombre suficientes veces esas dos primeras semanas
como para asegurarme un lugar en el corredor de la muerte8, incluso sin cometer el
crimen.
Después de dos semanas, el auto que Ash había conducido, fue encontrado
abandonado en una parada de camiones a una hora de distancia. La bilis ascendió a
mi garganta al imaginarla subiendo a la cabina de algún camión al azar. Era joven y
hermosa, no le costaría nada convencer a alguna escoria pervertida que la llevara
fuera de la ciudad. Imágenes en las que se aprovechaban de ella me llevaron a
destruir mi apartamento hasta que mi vecino de arriba llamó a la policía. No creía
que el paralizado maniático de libros y destructor de muebles fuera mentalmente
sano, se negaron a dejarme solo hasta que Till apareció.
Desafortunadamente, trajo a Eliza con él. En el instante en que ella entró a su
viejo apartamento, se echó a llorar y luego me rogó regresar a casa. Pero no podía
dejar aquel lugar. Podría haberme mudado a esa mierda por las memorias de Eliza,
pero me negué a abandonarlo por los recuerdos de Ash.
Mi vida se convirtió en un ciclo perpetuo de altibajos. El día en que se encontró
el auto de Ash fue realmente depresivo para mí. Estaba aterrorizado de que algo le
hubiese sucedido. Luego, dos semanas más tarde, experimenté una subida de ánimo
cuando el vídeo de vigilancia de un robo en una tienda de multiservicios apareció.
No estaba en casa, pero todavía se encontraba bien.
8
Corredor de la muerte: lugar donde aguardan los reclusos sentenciados a muerte
Continuaba sonriendo.
Continuaba riendo.
Continuaba soñando.
Los investigadores privados que Till contrató habían más que demostrado ser
buenos en su trabajo, pero Ash demostró ser mejor. Parecían estar siempre un paso
detrás de ella. Por suerte, no había ido muy lejos. Cada vez que se las arreglaban
para seguir su rastro, siempre estaba dentro de un radio de dos horas dentro de la
ciudad.
Eso me dio la esperanza de que tal vez planeara volver.
También me volvió un poco neurótico, porque cada vez que salía de mi casa,
inconscientemente buscaba su rostro. Cada rubia que pasaba y cada risa que oía, era
siempre ella.
Nunca lo fue.
Dormía en ese terreno con malezas fuera de mi apartamento más veces de las
que podría admitir durante esas primeras cuatro semanas. Ella amaba esas malditas
malezas.
Yo solamente la quería a ella.
Sabía que los investigadores le costaban a Till una fortuna. Aunque nunca lo
reconoció, ni parecía importarle, incluso cuando las semanas se convirtieron en
meses. Cada vez que aparecían con algún tipo de información sobre la escurridiza
Ash Mabie hacían valer la pena cada centavo.
De repente, al cabo de un año, Ash desapareció de nuevo.
Recibimos un vídeo final en el que robaba ropa de una tienda, escapando por
poco de la seguridad. Después de eso, pareció caer completamente fuera del radar.
Estaba devastado. Luego me enfadé. Malditamente enojado. Claro, le dije alguna
mierda importante, pero no peor que la mierda que la mayoría de las personas dicen
en una pelea. Y ahí estaba yo, usando el dinero de mi hermano para acechar a mi
exnovia.
Casi dos años después fui a rogarle a Till que cancelara la búsqueda. Sonrió y
asintió, estando de acuerdo conmigo. Dijo todas las cosas correctas, validando mis
sentimientos. Luego, un mes más tarde, recibí el habitual correo “no hay noticias” de
la empresa investigadora. Me enfureció que no hubiese terminado la búsqueda.
Tuvimos una gran pelea esa noche, en la que nos arrojamos numerosos golpes, y
que en última instancia terminamos rodando por el suelo mientras Quarry actuaba
como árbitro. Coincidentemente, fue también la vez que más fuerte me reí desde
que Ash se había marchado.
Muchas cosas sucedieron durante esos años buscando a Ash.
No pude encontrarla, pero lo más increíble sucedió: comencé a luchar por mi
vida de nuevo.
En la desesperada necesidad de distracción, me aboqué al gimnasio y la terapia
física. Si y cuando la viera otra vez, quería hacerlo de pie para que pudiera decirle la
mierda mirándola a los ojos.
O desnudarla y perderme en su interior.
O enviarle su embalaje sin siquiera mirar atrás.
O encerrarla en mi habitación para que nunca volviera a salir.
O alejarme, mostrándole exactamente lo que había perdido.
O estar en ese terreno de malezas mientras escuchara su risa por toda la
eternidad. Como he dicho: muchas subidas y bajadas.
También me puse muy serio con la escuela, me gradué de la universidad en
solo dos años y medio.
Añadí mi diploma a la lista de cosas que podría lanzarle a la cara, ya que
demostraba lo bien que lo había hecho sin ella.
O podría utilizarlo para ofrecerle algo para siempre.
Uno de dos.
Sin duda, uno de dos.
Pero sin importar la razón, positiva o negativa, Ash siempre fue mi motivación.
Seguir adelante fue difícil, pero el mundo continuaba girando y el tiempo
nunca se detuvo.
Me hice mayor; supuse que lo hizo también.
Me hice más fuerte; recé para que no necesitara serlo. Construí una vida; tenía
la esperanza de que ella también lo hubiese hecho.
Nunca dejé de desear que volviera, ni siquiera me importaba si me quería.
Luego, en una fría mañana de viernes, el mundo dejó de girar.
Y el tiempo se detuvo en un chirrido, al menos para mí.
Tres años, cuatro meses, una semana, y cinco días después que Ash Mabie se
había marchado, la traje a casa.
* * *
—Despierta, luz de sol —dijo Till, paseando por mi habitación, pateando los
pies de mi cama.
—Jesucristo, sabía que no debería haberte dado una llave —me quejé,
despejando el sueño de mis ojos.
—No tuviste opción. Hice el pago inicial de este bebé.
—Fue un regalo, y dije que te devolvería el dinero, idiota.
Levantó al aire un llavero de plata con un guante de boxeo y lo hizo tintinear
frente a mí
—Sí, pero hasta entonces…. tengo acceso completo.
—¿Por qué estás aquí ―me giré para mirar el reloj—, a las seis de la mañana?
—Bueno, hubiese venido a las tres, pero Eliza me hizo esperar. También me
obligó a comer y cambiar al pequeño Slate que ya estaba despierto. Eso me llevó
mucho. Ese muchacho siempre tiene mucho de la actitud de Quarry.
—¿Te mandará a la mierda y te dirá basura como esta? —le pregunté,
mostrándole el dedo mientras me sentaba, divertido solo un poco por la
conversación.
—Bien podría hacerlo. El chico tiene solo cuatro meses de edad, pero juro por
Dios que dijo “mierda” el otro día.
Dejé escapar una risa fuerte, negando con un gesto.
—En verdad, ¿por qué estás aquí?
—Ah, cierto. Necesitas vestirte. Nos vamos en un viaje por carretera.
—Si esto tiene que ver con explorar otro luchador, puede esperar hasta que el
reloj dé las nueve. —Apoyé los codos sobre las rodillas, sosteniendo mi cabeza y
deseando poder volver a la cama. Todavía tenía dos horas antes de que mi
despertador sonara; no estaba de humor para ir a cualquier improvisado viaje por
carretera.
No dijo nada durante varios segundos hasta que levanté la vista para
encontrarlo mirándome con recelo.
—¿Qué? —gruñí.
Dio un paso gigante hacia atrás, bien fuera de mi alcance, antes de decir las
palabras que había temido y soñado tanto durante más de tres años.
—La encontramos.
Mi estómago cayó.
Mi corazón se detuvo.
Fuego recorrió mis venas, solo para congelarse por los nervios que
inmediatamente colisionaron contra él.
—¿Qué? —repetí en un susurro.
—Está a unos ciento cincuenta kilómetros de aquí. Alguien en Willing Hearts,
refugio de desamparados, comenzó a relacionarse con Victoria Mabie. Pasaron el
dato, y cuando los chicos llegaron, se enteraron que ha estado viviendo allí durante
más de un año.
Escalofríos recorrieron mi cuerpo, y la rabia se construía en mi alma. Oculté mi
expresión de la vista de Till mientras ira, alivio y esperanza luchaban en mi interior.
Sacó su teléfono del bolsillo trasero y me lo pasó. Efectivamente, había una
foto de Ash sonriendo, acurrucada entre dos mujeres de edad avanzada en la que
parecía una especie de fiesta de oficinas para Navidad.
Mismo cabello.
Los mismos ojos.
Mismo rostro.
Sonrisa completamente equivocada.
Incluso antes de que Till pudiera objetar, arrojé su teléfono tan fuerte como
pude, rompiéndolo y abollando la pared.
—Bueno, está bien, entonces. Tendremos que hacer otra parada ahora.
—Que la jodan —dije, empujando mis pies y tomando mis muletas, inclinadas
contra mi mesita de noche.
—Flint…
—Vete —le espeté, cojeando hacia el baño.
—Flint, no hagas esto.
Oh, lo estaba haciendo.
—Necesito vestirme. Ten el café listo —le espeté. Till aplaudió ruidosamente.
—Ahora de eso hablaba.
* * *
Menos de dos horas después, Till y yo llegamos a Willing Hearts. No era el
infierno que esperaba, pero aun así me enfureció que hubiese vivido allí, justo a mi
alcance, por tanto tiempo.
—Estamos aquí para ver a Judy Jenkins. Mi nombre es Till Page. Creo que nos
está esperando —dijo Till al pequeño intercomunicador en la puerta principal.
—Oh, hola cariño. Ven adentro —respondió una amigable voz mientras la
puerta sonaba, lo que nos permitió entrar. El rostro sonriente de una mujer de
cabello gris en sus finales de los sesenta nos saludó.
Till.
—Hola, soy Judy. Así que encantado de conocerte. —Extendió una mano hacia
—Agradezco que nos atienda hoy. Este es mi hermano, Flint.
Sus ojos brillaron hacia los míos, cada vez más amplios hasta llenarse de
lágrimas.
—Por supuesto que lo es. —Apretó su corazón y siguió mirándome con los
ojos pegajosos generalmente reservados para las niñas de doce años, no para
mujeres de avanzada edad.
—¿Dónde está ella? —espeté, causando que la cálida sonrisa de Judy cayera.
Till pateó el pie de mi muleta por debajo, haciéndome tropezar en la sala. Justo
antes de caer al suelo, me sostuvo del brazo y se ubicó frente a mí.
—Ops, despacio —dijo. Luego me gruñó al oído—: Menos de exnovio abusivo,
más de amor-perdido por largo tiempo.
Lo miré de soslayo cuando tomé mis muletas posicionándolas en mis
antebrazos nuevamente.
Respirando profundamente, me pegué una sonrisa no tan auténtica.
—Así que, ¿dónde está Ash? —preguntó Till al girarse.
Judy todavía me miraba cuando respondió a su pregunta.
—Tori… quiero decir Ash está afuera repartiendo el desayuno. Cada mañana,
se ofrece comida a la gente que no podemos tomar en la noche. Hay tantos, y
nuestro espacio es muy limitado.
Por un breve segundo mi sonrisa se volvió real.
Sí, eso suena como Ash.
—Estará de vuelta en una hora aproximadamente. Escuchen, realicé mucha
investigación sobre ustedes dos antes de estar de acuerdo en esto. Leo James habló
muy bien de los dos. Incluso tuve a Kathy, nuestro contador voluntario, buscando
sobre ustedes en la computadora. Estoy segura de que son buenos jóvenes. —Sus
ojos brillaron en los míos—. Pero si ella no quiere verte, tendrás que salir escoltado.
—Levantó las cejas, y deliberadamente miró sobre su hombro a un anciano guardia
de seguridad excedido de peso, sentado en un escritorio en la esquina.
Till comenzó a reír mientras asentía en silencio.
—Entendimos completamente.
—Bien. Ahora que aclaramos eso. —Respira hondo antes de apresurarse a
decir—: Estoy muy contenta de que haya personas que se preocupan por ella. Es una
chica muy dulce. No nos dimos cuenta hasta hace poco lo joven que era. Era menor
de edad cuando nosotros la trajimos, y no teníamos la menor idea. Nos dijo que
tenía diecinueve años, y el Señor sabe que parecía mayor que eso, así que ninguno
cuestionó cuando preguntó si podía ser voluntaria. —Hizo un gesto hacia nosotros
para que la siguiéramos por el pasillo—. No fue hasta que uno de nuestros regulares
la encontró durmiendo en las calles que nos enteramos de que también estaba sin
hogar.
Todo mi cuerpo se puso rígido, congelándome en mitad del pasillo.
Dormía en las calles.
Podría no haber crecido con lujos, pero siempre tuve un techo sobre mi cabeza.
Mordí mi labio inferior mientras me perdía en las visiones de Ash a los dieciséis años,
apoyando la cabeza sobre el cemento frío. Mi corazón empezó a correr, y la culpa
me hundió.
Debería haber estado allí para ella.
No había estado.
La envié a ese mundo.
Sola.
—Oye —dijo Till, dando un paso frente a mí, leyendo mi ansiedad—, nunca
más. Estamos aquí. Terminó con esa vida.
Asentí con aire ausente, sin poder escapar de mis pensamientos.
—Mucho mejor —susurró Judy antes de soltar un suspiro.
Till me instó a la sala con un apretón en el hombro. Mis piernas siguieron, pero
mi mente quedó tambaleando en medio de ese pasillo.
Judy continuó.
—No teníamos mucho que ofrecerle, pero era tan buena con todos los que
entraban que sabíamos que necesitábamos mantenerla. —Se detuvo en una
puerta—. Así que le hicimos una habitación, y Tori… emm, Ash se mudó.
Abrió la puerta a lo que sólo se podría describir como un pequeño armario. Las
paredes estaban desnudas, y el suelo cubierto de linóleo viejo y desteñido. Había
una pequeña pila de ropa en la esquina situada al lado de un par de Converse, neón
verde desgastado. Un catre y una mesita de noche fueron acuñados en el pequeño
espacio.
Y en esa mesita de noche se encontraba mi libro.
Bruscamente pasé junto a ellos y lo recogí. Me di cuenta que era mi copia por
la rotura de la cubierta, pero continué buscando más pruebas para estar seguro.
Cuando comencé a hojear las páginas, palabras desgarradoras de Dave Eggers eran
apenas visibles. Todas y cada una de las páginas estaban escritas con su letra.
Iniciaban en los márgenes y entonces, eventualmente, recorrían sus palabras como
si la letra escrita fuera solo líneas, para escribirle encima. Luego estaba el resaltado.
Letras al azar fueron resaltadas en verde, rosa y azul.
Nunca una palabra completa, solo una azarosa “a” aquí, entonces una “n” unas
líneas más abajo.
A veces, había varios colores en cada palabra. Luego, otras veces, uno de los
colores desaparecía por completo por varias páginas.
Incluso tan extraño como era, la sonrisa más grande que jamás tuviese se formó
en mi boca, aún más grande que cualquiera que haya tenido en el pasado.
Estaba tan jodidamente enojado con ella. Tan enojado por haberme dejado y
que nunca me hubiese dado la oportunidad de disculparme. Tan frustrado de que
me hubiese llevado tanto tiempo encontrarla. Pero en el fondo, había estado
aterrorizado de que, incluso si la encontraba, nunca realmente la recuperase.
Al mirar mi libro, al que se aferró todos estos años, incluso tanto como para
convertirlo en una especie de diario, me di cuenta de que Ash nunca me había
olvidado, tampoco.
Esperanza llenó mi pecho.
Y el tiempo comenzó a rodar de nuevo.
Guardé el libro en la cintura trasera de mis jeans.
—Empaca su mierda. La llevaré a casa. —Me giré para encontrar a Till sonriendo
de lado, y para mi sorpresa, también Judy.
Dieciocho
Ash
—Hola, Judy —dije dejando la canasta sobre el escritorio—. Dios, estoy
exhausta. Tuve que caminar por casi toda la ciudad para encontrar a Betty. Cómo esa
mujer camina tan lejos, nunca lo entenderé. Tuve que detenerme y descansar a mitad
de camino. Tuve suerte de haber tomado agua esta mañana. Bueno, no tanta suerte.
Solo termino haciéndome tener que ir a hacer pis cada dos cuadras. —Me reí—. Le
di doble desayuno solo en caso de que no pudiera volver mañana.
—Oh, bien, cariño. Genial. —Estiró su brazo para acariciar el mío.
Me alejé rápidamente.
—En fin. Voy a darme una ducha y a almorzar.
—Eh, bueno. Cariño, tienes un nuevo huésped en la sala de conferencias. ¿Te
importaría darle una cálida bienvenida? —sonrió.
—¿Un viejo malhumorado? —le pregunté riéndome.
Teníamos muchos de esos, y por alguna mágica razón, siempre estaba a cargo
de darles la bienvenida. Sin embargo, funcionaba. Realmente no eran groseros
conmigo. La gente era mi fuerte. Bueno, eso y el sistema decimal Dewey.
No contestó cuando me dirigí hacia la puerta. Enderecé la camiseta y la
etiqueta donde estaba mi nombre antes de alisarme el cabello.
—¿Dónde carajo estabas? —la voz de un hombre gruñendo sonó ni bien entre
a la sala de conferencias.
Mis ojos se dirigieron a los suyos por un solo segundo antes de reconocerlos.
La puerta apenas se acababa de cerrar detrás de mí, y ya quería escaparme. Mi
corazón comenzó a acelerarse y se me secó la boca.
Tengo que salir de aquí.
—Eh… —comencé a dar vueltas, dándome tiempo para formular un plan.
—Siéntate —ordenó, empujando una silla al lado de él, pero no había manera
de que me acercara tanto.
—Estoy bien —le dije, alejándome, yendo hacia la puerta.
—Ni siquiera lo pienses —se enfadó—. Te lo juro por Dios, si tan solo abres
esa puerta… —Sus palabras pudieron haber muerto, pero la amenaza quedó bien
clara.
Tragué saliva y, despacio, caminé hacia la silla más alejada, sentándome en la
punta, esperando el momento justo para escapar.
Miró la etiqueta con mi nombre y arqueó una ceja.
—¿Victoria?
—Puedes llamarme Tori si te es más fácil. —Traté de fingir una sonrisa, pero
solo pareció irritarlo más.
Respiró varias veces, tratando de calmarse, pero no hizo nada para suavizar el
fuego creciendo en sus ojos enojados.
—Te he estado buscando, Ash —gruñó mi nombre.
—¿Ah, sí? Bueno, el misterio ya está resuelto. Aquí estoy. —Me volví a poner
de pie, pero me paré en seco cuando su puño golpeó la mesa. Todo mi cuerpo se
estremeció por la sorpresa.
—Vives en un refugio para indigentes —declaró, como si las palabras solas
contaran su propia historia.
Y quizás era así.
—Trabajo en un hogar para indigentes —lo corregí rápidamente.
Solo que también me corrigió, igual de rápido.
—A cambio de un hogar permanente. Un. Refugio. Para. Indigentes —enunció
cada silaba.
Miré hacia otro lado, porque era verdad.
Una verdad que odiaba.
Sin embargo, la más pura verdad.
Mis ojos se llenaron de lágrimas y luché para retenerlas.
Mi vida era dura, pero que él estuviera aquí la hacía muchísimo más difícil. Si
tan solo pudiera escaparme de esta sala, si pudiera desaparecer otra vez. No era lo
ideal, pero tampoco lo era que apareciera.
—Quiero que te vayas —mentí con todo el falso coraje que pude reunir.
—No puedo. Robaste algo mío.
—Mira, ya no tengo tu libro.
Una sonrisa cómplice elevó un lado de su boca.
—Mentirosa —susurró, moviendo el brazo hasta la silla de al lado, revelando
un libro harapiento, y tirándolo a la mesa, sin contemplaciones.
Mis ojos se abrieron como platos y sin pensarlo, fui hasta la mesa para tomarlo.
Era mío. Ni siquiera él podía tenerlo.
Tan rápido como apareció el libro, lo sacó y me agarró la muñeca.
Me deslicé de la mesa y traté de soltar mi brazo de su agarre. Pero no tenía
sentido, porque aunque me hubiera soltado de repente, sus ojos azules me
mantuvieron congelada en el lugar.
—Tres putos años —dijo entre dientes.
—Tenía que hacerlo —chillé mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
—Tres. Putos. Años, Ash. Tomaste algo que me pertenecía. —Me soltó el brazo
y se levantó.
Quedé boquiabierta y jadeé audiblemente cuando dio dos pasos, imposibles,
hacia adelante.
Sujetándome contra la pared con su cuerpo duro, levantó una mano hacia mi
garganta y la deslizó hacia arriba hasta que su pulgar acarició mi labio inferior.
Usando mi barbilla, giró mi cabeza y arrastró su nariz por mi cuello, deteniéndose
en mi oreja.
Después de respirar bien hondo, me exigió con voz ronca:
—La quiero de nuevo.
Se me entrecortó la respiración.
Esperé tres años para oír esas palabras.
Si tan solo pudiera creerlas.
—Flint, por favor.
—No te atrevas a pedirme por favor. Pasé años buscándote. —Se alejó para
mirarme a los ojos, pero estaba mirando a cualquier lado menos a él.
Las lágrimas caían por mis mejillas, y en un inesperado gesto de amabilidad,
uso la yema de su pulgar para secarlas.
—¿Por qué estás aquí?
Se burló de mi pregunta.
—Para llevarte a casa.
Levanté la cabeza de pronto y las lágrimas pararon.
—Estoy en casa.
Entonces, la cosa más increíble sucedió: el hombre enojado que estaba de pie
delante de mí se derritió. Todo su rostro se suavizó y bajó la voz.
—Ya no. Tu hogar es conmigo ahora.
No estaba equivocado. Siempre había sido así.
He vuelto al apartamento de Flint al menos cien veces estos años, nunca
físicamente, pero siempre en mis sueños. Y no en los que inventaba.
Una semana después de que me fui, mientras dormía en mi auto en una parada
de camiones, tuve el primer sueño. Era lo más hermoso que había vivido.
Hasta que me desperté.
Y entonces había sido agonizante.
Pero todas las noches que apoyaba la cabeza en lo que usara como almohada
improvisada, esos sueños seguían llegando, más ruidosos, más fuerte y más
dolorosos cada vez. Nunca eran iguales, pero siempre empezaban en su
apartamento y terminaban cuando se marchaba.
A pesar de todos los años que había deseado esos cuentos de hadas de
madrugada, hubiera dado cualquier cosa para deshacerme de ellos. Durante esas
horas de sueño, Flint y yo éramos perfectos. Teníamos una vida juntos. Una en donde
él caminaba y me estaba riendo. Una en la que me tocaba cada vez que podía y me
acurrucaba contra su pecho sólo por diversión.
Una en la que estábamos enamorados.
Entonces, cuando abría los ojos, esos sueños hacían que la vacía realidad de mi
vida fuera mucho más difícil. Esa era la razón por la cual que estuviera en esta
habitación me asustó a muerte. Ya sobreviví a perderlo una vez; No estaba segura
de poder volver a hacerlo. Puede que me haya estado buscando durante tres años,
pero había estado corriendo y llevando el peso de su recuerdo a cada paso. No podía
crear más recuerdos juntos. Ni siquiera uno solo, donde su duro cuerpo tocaba el
mío y cada aliento suyo rozaba mi piel. No podía soportar la idea de añadirlo a mi
carga que ya estaba a rebosar.
Sin importar cuánto lo disfrutara.
—Por favor, vete —chillé, agachándome bajo su brazo.
Se apartó de la pared y se tambaleó hacia atrás dos pasos, sentándose
duramente como si no hubiera podido quedarse allí parado por más tiempo.
Interesante. Pero no tenía tiempo para centrarme en ese mismo momento; eso
tendría que esperar hasta que me acostara en la cama después de que se hubiera
ido y hubiera llorado por días.
—Ash, basta. Solo escúchame.
—Mira, no sé qué esperabas cuando viniste hoy, pero no soy la misma chica
que recuerdas. Tengo una vida, Flint. Seguro, sí, nos divertimos durante un mes, más
o menos, pero de verdad que lo he superado. Tengo novio. Estamos empezando a
ponernos serios.
Se estremeció, pero continué.
—Sí. Vivo en un refugio para indigentes, pero me encanta. La gente es genial,
y realmente siento que estoy haciendo la diferencia. —Sonreí, y era de verdad… no
porque estuviera diciendo la verdad sino porque se la estaba diciendo a él.
La expresión de esperanza que tenían sus ojos cuando miró rápidamente mi
sonrisa, casi cubría el dolor que tenía en su rostro por mis mentiras.
En su hermoso, hermosísimo rostro.
Flint era aún más hermoso de lo que recordaba. Su delgado cuerpo estaba
cubierto de capas sobre capas de músculos que podría haber tocado durante horas
sin sentirlos. Atrás quedó esa barba de adolescente. Su fuerte mandíbula estaba
cubierta con un rastro de barba no afeitada que me estaba muriendo por sentir sobre
mi piel, mientras su boca dejaba besos sobre mis pechos. Me imaginé metiendo mis
manos en su cabello negro azabache, que estaba tan bien arreglado que James Dean
hubiera estado celoso.
Sin embargo, no todo era diferente. Esos penetrantes ojos azules eran los
mismos que veía cada vez que me había tocado a mí misma.
Ya no era un niño de diecinueve años.
Era Flint Page, el hombre.
Y yo todavía era Ash Mabie, la criminal que no era lo suficientemente buena
para él.
—Me tengo que ir —susurré y corrí hacia la puerta.
—Deja de huir de mí —gruñó.
—No puedo hacer esto. —Bajé la manija solo para que quedara trabada en su
lugar.
¿Qué demonios pasa?
La volví a agitar, pero no tuve otro resultado.
—¡Judy! —grité, golpeando la puerta—. ¡Judy!
Su voz ahogada llegó desde el otro lado de la madera.
—Le estás mintiendo. No tienes novio.
—¡Cállate, Judy! ¡Abre la puerta! —Miré sobre mis hombros solo para encontrar
a Flint en un par de muletas negras envueltas alrededor de sus antebrazos—. ¡Abre
la puerta!
Seguí luchando con la manija inservible, y Judy siguió contándole todos mis
secretos.
—Leí ese libro en el que siempre estás escribiendo. No eres feliz aquí y amas a
ese chico. Deja de mentirle y escúchalo.
—¡Cállate! —le grité cuando Flint se acercó.
—Muéstrale el tatuaje —agregó lo suficientemente alto como para que lo
escuchara toda la ciudad.
Oh, iba a matar a la perra de Judy Jenkins. Puede que haya sido mi mejor amiga
durante el último año y medio, pero su vida estaba arruinada. Era vieja. Estaría bien.
—Te lo juro por Dios, cuando salga de esta habitación, mejor que corras.
Se rió.
Y entonces lo sentí.
Su pecho me rozó la espalda cuando me apreté contra la puerta. Me moví lo
más lejos que pude. Desafortunadamente, solo eran dos centímetros, y muy
desafortunadamente, me siguió, aplastándome con su duro cuerpo.
Esa barba que quería sentir tan desesperadamente por mi cuello, y su sonrisa
era tan amplia que podía sentirla en sus labios cuando murmuró:
—Sí, Ash. Cuéntame sobre el tatuaje.
—¡Jódete! —le espeté cuando no se me ocurrió nada más inteligente qué decir.
—Muy pronto —ronroneó, y mi cuerpo entero oyó su promesa.
Instintivamente, mi espalda se arqueó, presionando mi trasero contra sus
caderas.
¡Traicionada por mi propio cuerpo!
Fue en ese momento cuando pensé que pude haber tenido una pequeña
convulsión o tal vez un derrame cerebral. Porque hubo tres segundos de los cuales
no recordaba nada. Un segundo, y sentí a Flint moverse a mi lado. Entonces, lo
siguiente que supe es que estaba tendida de espaldas en el suelo con Flint encima
de mí.
Debe haberme hecho perder el equilibrio y nos atrapó a los dos con un solo
brazo antes de que cayéramos al suelo. Sin embargo, con mi suerte, podría haber
sido que mi cerebro hubiera descubierto de repente el milagro de teletransportación
y lo hubiera desperdiciado llevándome directamente a la superficie horizontal más
cercana. En realidad, no importa de cualquier modo, porque, en última instancia,
estaba en el piso
Con Flint.
Encima de mí.
—Cuéntame sobre el tatuaje —repitió.
Su boca estaba demasiado cerca de la mía… En realidad, estaba demasiado
cerca, pero sin tocarme. Esa sería la cantidad justa de cercanía.
—No es nada. Ya lo has visto —dije en voz baja, tratando de deshacerme del
deseo de tirar las consecuencias al viento y tomar su boca de todas las maneras que
estuviera dispuesto a ofrecerme.
—Muéstrame —me ordenó.
—Es solo una roca. Es tonto. Estaba acostándome con un tipo que tiene una
tienda de tatuajes...
—¡Mentira! —Otra vez, la voz de Judy interrumpió nuestra conversación—. Es
un voluntario. No están durmiendo juntos.
—¡Joder! ¡Cállate, Judy!
Flint se rió cuando dejé caer la cabeza contra las baldosas y miré hacia el techo.
Esto no iba como había planeado. Aunque nunca había habido ningún plan
cuando Flint volviera a aparecer en mi vida. Era una de esas cosas que nunca me
había permitido siquiera considerar.
Toda la cosa con Flint había sido un amorío adolescente, infantil que había
tenido por un mes cuando tenía dieciséis años. Había tenido razón todos esos años:
no podía amarlo. Solo era joven y estúpida.
Desafortunadamente, debía seguir siendo joven y estúpida, porque seguía
enamorada de Flint Page.
Derrotada, me deslicé un par de centímetros y levanté el dobladillo de mi
camiseta. No dispuesta a ver su reacción, me quedé mirando el techo mientras
trazaba con su mano callosa el tatuaje del cazador de sueños.
Exhaló duro y preguntó:
—¿Cuándo? —Se aclaró la garganta—. ¿Cuándo te lo hiciste?
Ni siquiera podía seguir mintiendo.
—Hace seis meses.
Esa vez, respiró aún más duro.
—Mírame —me urgió dulcemente.
Negué, moviendo la cabeza, mientras me mordía el labio inferior.
—Voy a besarte. Esta es tu única advertencia.
—Flint —me quejé mirando al cielo, pero hasta para mis oídos, sonó como una
súplica.
Cerrando los ojos, saqué la lengua para mojarme los labios y esperé que su
boca encontrara la mía.
Sin embargo, eso no es lo que encontró, para nada.
Diecinueve
Flint
Le di un beso con la boca abierta justo debajo de su tatuaje, sellando una
promesa que estaba haciendo de todo corazón a los dos.
Ese tatuaje.
Ese jodido tatuaje.
Ash había hecho algunas adiciones a su atrapa sueños desde la última vez que
lo había visto. Colgando de la parte inferior había dos plumas negras. Encajaban y
eran bastante simples. Sin embargo, en medio de ellas había lo que parecía una roca
simple a primera vista, pero la pieza de lágrima gris de sílex9 no estaba formada con
líneas. Las diminutas letras de mi nombre se repetían una y otra vez cuidadosamente
para crear y llenar todo el diseño. Incluso el sombreado utilizado para producir las
curvas y contornos que le daban dimensión estaban hechas de esas letras
minúsculas. La piedra no era más grande que la palma de su pequeña mano, pero la
cantidad de detalle era irreal.
Ash se había marcado a sí misma como mía, incluso cuando no había estado
allí para hacerlo yo mismo.
Arrastré mi lengua sobre su vientre plano, enviando escalofríos por su piel
pálida.
Ella gimió mientras empujaba su camiseta hacia arriba justo por debajo de sus
pechos. Tenía mucho que decirle, pero también tenía una insaciable necesidad de
sentir cada centímetro de ella que me había estado perdiendo.
Tendría que realizar varias tareas.
—No me conoces más. —Dejé un rastro de besos hasta la cintura de sus
vaqueros y deslicé mis dedos justo debajo—. Pero vamos a arreglar eso.
Empezaremos de nuevo.
—No puedo —jadeó, levantando sus caderas, animándome más.
—Te voy a llevar a casa, Ash. Vamos a darle a esto una oportunidad real.
—No puedo darle una oportunidad. —De repente se incorporó, pero todavía
estaba muy lejos de terminar esto.
9
Silex: Es Flint en inglés, al igual que el nombre del protagonista, y es un mineral.
Acababa de probar a Ash por primera vez en tres años; iba a tener un festín
antes de que ella fuera a cualquier parte. Apoyándome en mi brazo, usé el otro para
agarrar la parte de atrás de su cuello y arrastrarla hasta mi boca. Ella se puso rígida
por la sorpresa, pero fue de corta duración. En el momento en que mi lengua se
deslizó en su boca, Ash demostró que estaba de humor para un festín propio.
Una de sus manos voló a mi cabello, tirando duro en un intento necesitado
para tomar el beso increíblemente más profundo cuando se reclinó de nuevo. De
repente estaba frenético, pero incluso cuando sus dedos se abrieron paso por debajo
del borde de mi camiseta, deslizándose arriba y abajo de mi espalda, murmuró:
—No puedo.
—No te estaba dando una elección —le contesté, alejándome de su boca el
tiempo suficiente para sacar su camiseta por su cabeza, una acción que ella regresó
rápidamente, arrancando la mía también.
—No puedo estar contigo de nuevo. —Se dio la vuelta, presionándome contra
la baldosa fría y balanceando una pierna por encima de mis caderas.
—Bueno, eso está muy mal, porque está sucediendo. —Llegué a desabrochar
su sostén mientras pasaba los dientes sobre mi cuello—. Joder —susurré cuando su
centro se instaló en contra de mi duro pene.
—No lo entiendes —dijo, dejando su sostén caer por sus brazos—. No puedo
intentar. No contigo.
—Entonces no lo intentes. Pero todavía vienes conmigo a casa —le dije a su
pecho, incapaz de apartar mis ojos.
Su largo cabello caía sobre uno de sus hombros, y lo aparté. Nada debería
haber obstruido esa vista. Sus cremosos pechos pálidos eran mucho más llenos de
lo que recordaba, y esos pequeños pezones rosados estaban gritando mi nombre,
rogando para que me los llevara a la boca.
Una declaración que podía más que obligar.
Sentándome, rocé mis dientes sobre su carne antes de repetir el proceso en el
otro seno. Ella gimió, dejando caer la barbilla contra su pecho para ver como la lamía
en círculos. Sus dedos una vez más se enroscaron en mi cabello mientras se mecía
contra mi pene. Dejando caer una mano a su culo, la guié a un ritmo angustioso que
nos tenía a ambos susurrando maldiciones reverentes.
¿Por qué en nombre de Dios, hay un par de jeans entre nosotros?
—Joder —gemí.
Al alcanzar su botón para poner remedio a la situación, la voz de Judy llegó
desde el otro lado de la puerta.
—Um, Tori, no estoy segura de lo que están haciendo, pero por favor ten en
cuenta que yo como mi almuerzo en esa habitación.
Entonces Till dijo:
—¿Les dejas solos? Aléjate de la puerta.
Mi cabeza cayó contra su pecho, furioso de que finalmente la tenía y estábamos
siendo interrumpidos. Y aún más frustrado de que estábamos en el piso frío de un
refugio para desamparados.
Del mismo modo que empecé a dejar salir una maldición enojada, una risa
burbujeó de la garganta de Ash.
Era real.
Y hermosa.
Y mucho mejor de lo que recordaba.
Era todo.
Pero, en realidad, era sólo ella.
—Tengo que llevarte a casa y a mi cama. —Me reí, cruzando los brazos y tirando
de ella hacia abajo encima de mí. Sus pechos desnudos presionados contra mí
mientras seguía riendo en mi oído.
Una ola de nostalgia se estrelló sobre mí, sólo se calmó por la promesa de un
futuro donde Ash se reía cada día. Un futuro que le daría y, a su vez, mantendría
egoístamente para mí.
Su risa se desvaneció lentamente mientras recogía nuestras camisetas antes de
dejar caer la mía en mi pecho.
—Así queeee... —arrastró las palabras torpemente.
—Así queeee... —le imité, tirando de mi camiseta.
—Fue muy bueno verte de nuevo —dijo con desdén.
Ella realmente era una chica divertida, porque si pensaba por un segundo que
después de aquella muestra de nosotros juntos, la estaría dejando ir, se estaba
engañando a sí misma. Iba a venir a casa conmigo. De eso estaba seguro.
—Sí. A ti también. —Me reí, usando una de mis muletas para ponerme de pie—
. Así que empaca sus cosas. Te voy a dar unos minutos para despedirte.
Ella torció la boca y se puso listilla.
—Umm… bueno. Adiós, Flint.
La ignoré.
—Déjame saber cuando estés lista para irnos.
—No me iré. Tú te irás.
—Correcto. Así que sí... no sucederá. Así es como será todo. Esta noche,
terminaremos lo que acabas de comenzar.
—¡No empecé eso!
Le di una sonrisa de complicidad.
—Tienes mi nombre tatuado en tu cuerpo.
—No. Tengo un pedazo de sílex tatuado en mi cuerpo. —Cruzó los brazos
sobre su pecho en una demostración de la actitud que me tenía poniéndome duro
de nuevo.
Caminé hacia ella, esperando que retrocediera, pero se mantuvo firme. Ella no
entendía que era mi campo en el que se hallaba.
Aparté el cabello de su cuello, arrastrando cuidadosamente las puntas de mis
dedos sobre su piel.
—Oh, voy a darte algo más que un pedazo de sílex, Ash. En mi cama. Esta
noche. Le voy a mostrar a cada centímetro de ese cuerpo lo mucho que te he echado
de menos. Luego, cuando nos despertemos por la mañana, voy a follarte hasta que
termine estando enojado contigo. Luego te voy a llevar a una cita, y luego
averiguaremos la parte sobre regresar juntos. —Le guiñé un ojo.
Su boca se abrió de par en par.
—Realmente debería irme en este momento —susurró, pero se tambaleó hacia
mí, dejando caer su cabeza en mi pecho.
—Te vas conmigo.
—No lo entiendes —se quejó.
—Sigues diciendo eso. —Besé la parte superior de la cabeza—. Sólo dame unos
días. Permíteme disculparme y explicar las cosas que te dije. Si no quieres nada
conmigo, te traeré de vuelta.
—No sé. —Envolvió sus brazos alrededor de mi cintura.
—Bueno lo haré. Puedo hacer esto bien, Ash. Sólo tienes que confiar en mí.
—Yo, um...
—Sólo inténtalo. —Me alejé y miré sus ojos inocentes azules—. Y deja de robar
mi puta cartera.
Sus brazos cayeron, y dejó escapar un resoplido exagerado.
—Bien. Tienes dos días. —Ella retrocedió, golpeando la cartera contra mi
pecho—. Pero todavía estoy llamándote Ruedas. No me importa si puedes caminar.
—Puedo vivir con eso. —Me reí.
Ella estaba de vuelta.
Y de repente, yo también.
Veinte
Ash
No podía decidir si irme con Flint fue la mejor o la peor decisión que había
tomado. Por un lado, no podía negar el hecho de que lo quería prácticamente a cada
nivel. Por el otro, no confiaba en que él sintiera de la misma manera. Y yo tenía tan
poco en la vida, que incluso la confianza no era algo que pudiera afrontar perder.
Pero de regreso al primer lado, lo quería tanto que podía darle dos días, luego
torturarme con los recuerdos por lo años por venir. Descubriría una forma de
sobrevivir.
Después de expresar en voz alta mi descontento de que él hubiera
reemplazado el autobús de fiesta por una camioneta color gris carbón, nos dirigimos
hacia su apartamento. O, de acuerdo a Flint, su cama. Secretamente grité por los
primeros treinta minutos por razones que incluso estaban perdidas para mí. Solo
sabía que nunca había estado más asustada de algo en mi vida, y eso era decir
mucho. Finalmente, caí dormida, solo para despertar cuando dejamos a Till en On
The Ropes.
—Ustedes vienen a la pelea de Q mañana en la noche, ¿verdad? Todos vamos
a salir a cenar después. Invitación de Doodle. Ella vendió una pintura ayer. ―Till
sonrió, metiendo su cabeza por la ventana de Flint—. Fue bueno verte, Ash. Cuida
de este imbécil. ―Le dio una palmada a Flint en la parte de atrás de la cabeza, luego
saltó lejos antes de que Flint pudiera desquitarse.
—Idiota ―murmuró Flint, acomodando la parte de atrás de su cabello―.
Estaremos ahí ―replicó, subiendo su ventana.
En lugar de alejarse caminando, Till comenzó a reírse y levantó sus manos para
continuar la conversación en lenguaje de señas.
—Jesucristo. ―Flint sacudió su cabeza, retrocediendo rápidamente por el
estacionamiento.
—¿Qué dijo? ―pregunté.
—Nada ―se apresuró a responder, sus ojos dirigiéndose nerviosamente hacia
los míos.
Le habría preguntado más, pero mientras él miraba por el parabrisas, una
sonrisa ladeó el lado de su boca.
Lo había extrañado tanto.
Incapaz de controlarme, estiré mi mano hacia el otro lado de la consola central
y descansé mi mano sobre su muslo. Él nunca reconoció el sutil gesto, pero su simple
sonrisa se extendió a través de su cara, transformándola en una sonrisa devastadora.
Probablemente era incómodo como el demonio que yo estuviera mirándolo, pero
no podía apartar mis ojos. Era tan irreal que él estuviera sentado junto a mí. Y era
tan increíble que mis miedos comenzaran a desvanecerse. Tal vez no tenía que
confiar en él. Solo podía prepararme para lo peor y aceptar cada segundo de lo
bueno que tenía con él.
Tal vez nunca tuviera que irme después de todo.
Eso fue hasta que Flint dobló en una pintoresca subdivisión que no reconocí.
Entonces me di cuenta que no podría ni siquiera quedarme por los originalmente
prometidos dos días.
Filas de nuevas casas se alineaban en las calles. Céspedes impecablemente
arreglados levantados contra las aceras inmaculadas, iluminadas por farolas
antiguas, mini camionetas nuevas y camionetas llenaban los caminos de entrada.
—Um… donde… ¿dónde estamos? ―tartamudeé, tomando nota de todo.
—En casa ―respondió él. La puerta del garaje levantada mientras doblábamos
hacia la entrada de una pequeña casa de ladrillo, de dos pisos, completa con
postillos azules.
—¿De quién es esta casa? ―pregunté mientras miraba alrededor del
perfectamente organizado garaje.
—Mía.
—Donde… quiero decir… ¿te mudaste?
—Sí, hace unos pocos meses. Till me dio el pago de entrada como un regalo
de graduación, pero estoy pagándoselo. ―Sonrió orgullosamente, pero mis tripas
se retorcieron.
—¿Graduación?
—Sí. Terminé la escuela. Estoy manejando el negocio On The Ropes para Till y
Slate ahora mismo, pero estoy tratando de volverme un agente deportivo. Acabo de
reclutar a un peleador que está a punto de volverse profesional. Él se mudó al
gimnasio y accedió a dejarme representarlo. Hay mucho dinero por hacerse si
consigues a los clientes adecuados.
—Oh Dios ―dije en voz baja.
—¿Qué?
—Oh Dios. ―El pánico empezó a dispararse en mi pecho.
—¿Qué? ―repitió él, estirándose para agarrar mi mano.
—No puedo hacer esto. Lo siento. ―Salí tambaleándome de su carro, entonces
me apresuré a salir de su garaje.
Una vez que mis pies golpearon la acera, me di cuenta que las cosas eran aún
peor de lo que había pensado. Él tenía camas de flores, con arbustos que estaban
podados a… bueno, la perfección.
—Mierda ―maldije cuando vi el aro de básquetbol en el camino de entrada al
otro lado de la calle.
—¡Ash! ―llamó Flint mientras me seguía.
Me volteé para mirarlo, y atrapé un vistazo de la cosa más escalofriante que
había visto alguna vez en todos mis diecinueve años.
Había una corona.
Sobre su puerta.
Y ni siquiera era Navidad.
—Tengo que salir de aquí ―me dije a mí misma.
—¿Qué demonios está pasando? ―preguntó él, deteniéndose de repente
enfrente de mí.
—No puedo ―fue todo lo que dije antes de salir a la carrera.
—¡Ash! ―gritó él, pero no me preocupé en detenerme. No podría ni siquiera
si yo lo hubiera querido.
Y Dios, lo quería.
Corrí hasta que mis piernas no pudieron llevarme más lejos, lo cual terminó
siendo aproximadamente dos cuadras. (Hago notar que pista y campo
decididamente no eran mi fuerte.) Sin aliento, me senté en la acera de concreto, sin
atreverme a tocar el lujoso césped, entonces abracé mis rodillas contra mi pecho.
—Esta fue una mala idea. ―Metí mi cabeza abajo, rogando poder desaparecer.
No tomó si no un minuto o dos antes de que viera las luces de su coche
mientras daban vuelta en la esquina. Escuché el crujido de la puerta de su coche
abriéndose antes de que él refunfuñara:
—Estoy enfermo y jodidamente cansado de perseguirte.
—¿Puedes, por favor, llevarme a casa ahora? ―le dije a mis rodillas.
Él dejó salir un suspiro frustrado.
—Jesucristo, ¿qué está pasando?
—Tengo que irme. Como, ahora. Necesito ir a casa.
—Joder, Ash. ¿Es eso lo que realmente quieres?
—Sí ―mentí. Tragando duro para enmascarar la emoción, levanté la mirada
hacia lo que yo por completo esperaba que fueran sus ojos furiosos. Solo que no lo
estaban en absoluto; eran suaves y sinceros. Y eso hizo que mi decisión doliera
mucho más.
—Está bien. ―Exhaló fuerte—. Métete en el coche.
—Gracias. ―Mi corazón comenzó a bajar el ritmo de alivio incluso mientras
pavor llenaba mi estómago.
Me deslicé en el asiento del pasajero, y Flint a regañadientes montó detrás del
volante.
—Lo siento tanto ―susurré, dejando caer mi cabeza hacia atrás contra el apoya
cabeza y cerrando mis ojos mientras él comenzaba a conducir.
—Si. Yo también ―murmuró, rompiendo mi ya destrozado corazón.
Mantuve mis ojos cerrados mientras lo sentí dar una vuelta en U, comenzando
nuestro viaje de regreso a Willing Hearts.
De regreso a casa.
O así lo había pensado.
—Estás jodidamente loca si piensas que voy a llevarte de regreso al refugio de
indigentes ―dejó caer mientras el coche golpeaba sobre la acera de su camino de
entrada.
Mis ojos volaron abriéndose cuando él una vez más condujo hacia su garaje.
Agarrando mi muñeca, me sujetó mientras esperaba a que la puerta nos encerrara
adentro.
—¡Tú, mentiroso! ―chillé.
—No, no mentí en absoluto. Ya te dije que esta era tu casa ahora ―dijo
satisfecho de sí mismo.
Quería borrar esa estúpida mirada de su cara. O besarla. Yo no estaba segura
de cual.
—Flint, no puedes decirle a alguien dónde vivir.
Él levantó sus cejas y se inclinó más cerca antes de susurrar:
—Obsérvame.
Síp, definitivamente quería golpearlo.
Y, tal vez, aún besarlo un poco.
—Creo que tú eres el loco.- ―Solté mi brazo y abrí la puerta del coche.
Frenéticamente, traté de resolver como abrir su garaje mientras él salía del carro.
—Puedes tratar de correr, y puede que yo no sea capaz de perseguirte
físicamente, pero necesitamos dejar claro una cosa, Ash. No voy a dejarte ir de nuevo.
Me congelé.
—Tú perteneces conmigo. Y haré lo que sea que tenga que hacer con el fin de
mantenerte. La jodí la primera vez. No lo haré de nuevo. Puedes salir por esa puerta,
pero sé que voy a encontrarte. Te perseguiré por el resto de mi vida si eso es lo que
se necesita para estar contigo.
Yo había esperado toda mi vida escuchar a alguien decirme esas palabras.
Alguien que me dijera esas palabras.
Mi mamá. Mi papá. Demonios, habría estado bien incluso si Quarry las hubiera
dicho cuando tenía catorce.
Pero Flint diciéndolas era casi demasiado.
Lentamente, me volví para encararlo. No tenía idea de cómo responder, pero
si él iba a ser honesto, yo lo sería.
—No puedo quedarme en esta casa perfecta, en este perfecto vecindario
donde soy la cosa más sucia en este. ―Me encogí de hombros y le ofrecí una sonrisa
tensa que no sirvió a ningún propósito porque sabía que esta era transparente.
—Jesús. ―Él inmediatamente recorrió el camino hasta mí. Apoyándose en una
mano, dejó caer una muleta al piso y envolvió un brazo alrededor de mi cintura,
jalándome contra su pecho—. No digas mierda como esa.
—Lo siento. Solo que no estaba esperando que tú vivieras aquí. Pensaba que
íbamos a regresar a tu viejo apartamento, donde la suciedad llenaba las calles y
gente como yo vivía escaleras arriba.
—Para. ―Besó la parte superior de mi cabeza—. ¿Qué te hice? ―preguntó
retóricamente.
Yo respondí de todas formas.
—Nada. Tú no me hiciste nada, Flint.
—Y ese es exactamente el problema.
No comprendí su respuesta, pero no tenía tiempo para analizarla.
—Quiero mostrarte algo. ¿Puedes prometerme no correr?
No podía prometer eso en absoluto. Correr era lo que hacía. Sin embargo, dije:
—Sí. Está bien. ―Limpié la única lágrima que de alguna forma se las había
arreglado para escapar. Intentando esconder mis ojos, me incliné para recoger su
muleta. Mientras me enderezaba, ofreciéndosela, tomó mi boca en su lugar.
Inclinando mi cabeza hacia atrás, susurró una docena de disculpas contra mis
labios, sellando cada una con un suave beso. Su boca nunca se abrió de la forma
que yo quería, ni su lengua encontró la mía. Para ser honesta, no estaba segura por
qué se estaba disculpando, pero igual las acepté todas.
¿Cómo no podría?
Eran suyas.
Después de un último beso casto, me llevó hacia el patio empedrado de su
pequeño jardín trasero. Mirando al exactamente cortado césped y la elegante, y
privada, verja de madera, no me sentí mejor.
Él debe haber seguido mis ojos, porque susurró:
—El césped estaba así cuando compré el lugar. Sin embargo, puse la verja. Los
vecinos son ruidosos como el infierno.
—Correcto. ―Tragué duro.
Él hizo un gesto con la cabeza hacia la pequeña área sin cerrar en el costado
de su casa.
—Por este lado.
—Oh mi Dios ―jadee, cubriendo mi boca—. Es hermoso.
Él soltó una carcajada.
—No estoy seguro acerca de eso.
Estaba en lo cierto… era más que hermoso.
Espesa maleza cubría el piso del área de dos y medio por dos y medio. Yo podía
decir que no era salvaje o sin mantener porque había sido podada a un largo parejo
que ni siquiera llegaba a mis tobillos, pero no podía haberme importado menos que
fuera maleza perfecta.
Aún era maleza.
Apresuradamente me quité mis zapatos y me dirigí hacia ellos. La tierra se pegó
a mis pies cuando mantuve el paso. Mientras buscaba el lugar correcto para
acostarme, Flint decidió contarme una historia.
—Por el primer mes después de que te fuiste, pasé mucho tiempo en esa área
en el viejo apartamento. Entonces, mientras los meses pasaban, me puse realmente
enojado y solo quería olvidar que siquiera habías existido. Así que lo arranqué del
suelo.
Dejé de caminar mientras lo observaba usar sus muletas para bajarse hasta el
suelo.
—Por supuesto, crecieron de nuevo. ―Se rió, dando golpecitos a la tierra junto
a él, pidiéndome que me uniera a él… una oferta que no pude rehusar. Continuó
mientras me acomodaba a su lado—. Así que entonces los rocié con mata maleza.
―Lanzó un brazo alrededor de mis hombros y se reclinó, arrastrándome con él y
luego acomodándome en esa posición sobre su pecho que yo recordé que le
gustaba tanto—. En serio, la maleza es resistente. No importa qué demonios hiciera,
no podía deshacerme de ella. Finalmente, renuncié y regresé a pasar mis noches ahí.
Así que cuando me mudé hace unos pocos meses, tomé la única cosa que habías
dejado conmigo. Algunas de ellas murieron en la mudanza, pero en su mayor parte,
lo han hecho muy bien. ―Pasó sus manos a través de la cerda verde.
—Espera. ¿Estas son las malezas de tu apartamento?—Algunas de ellas. Tuve que añadir un ramo. ―Miró abajo, atrapando mi
mirada—. Deberías haber visto las caras en el centro de césped y jardín cuando entré
preguntando para comprar maleza. ―Una agradable risita retumbó en su pecho,
calentándome.
Por varios minutos, ninguna palabra fue dicha pero Flint besó repetidamente
la parte superior de mi cabeza y acarició con la punta de sus dedos, arriba y debajo,
mi brazo. Yo estaba en el cielo mientras el mundo desapareció momentáneamente.
Al final, él rompió el silencio.
—Estaba enamorado de ti, también.
Tiempo pasado.
Me aparté, recordando también rápidamente porque yo odiaba esa posición
sobre su pecho.
Veintiuno
Flint
No intenté detenerla mientras se acostaba en su espalda un par de centímetros
lejos. Odiaba la distancia que siempre ponía entre nosotros, pero tenía que
escucharme.
Poniéndome de lado, me apoyé en un codo.
—Te voy a dar ese espacio mientras digo lo que tengo que decir, pero no te
vuelvas cómoda. Esta conversación termina contigo en mi lado. ¿Entiendes?
—Mm-hm —dudó.
—De acuerdo, escucha. Estaba enamorado de ti en ese entonces, también.
—Bueno, lo entiendo —dijo, cruzando las manos sobre su estómago—. Sabes,
realmente no tengo más ganas de tener esta conversación. Lo entiendo. No quisiste
decir las cosas que dijiste. Está en el pasado. Hablemos de otra cosa.
—No está en el pasado, si sientes por un jodido segundo que no eres lo
suficientemente buena para vivir en mi casa.
—Oh, solo estaba siendo graciosa. —Le quitó importancia sin siquiera mirarme
ni una sola vez.
—Maldita sea, Ash. Deja de mentirme. Esa fue probablemente la única cosa
honesta que has dicho hoy.
—Genial. ¿Ahora, soy mentirosa, también?
—Bueno. Claramente el espacio no está funcionando. —Agarré su brazo,
tratando de tirar de ella hacia mí, pero no se movió.
—¿Podemos hablar de otra cosa, por favor?
—No. Absolutamente no podemos hablar de nada hasta que me escuches. Ash,
estoy tan jodidamente arrepentido de la mierda que tiré antes de que te fueras. Nada
de eso era cierto. Nada.
—Disculpa aceptada.
—Por favor no me calles así.
—Flint, acabo de aceptar tu disculpa. No te callé.
—Corriste de mi casa como si fuera un asesino en serie. Estoy pensando que
esto va a llevar algo más que un simple “lo siento”.
—Bien. Voy a enmendar mi declaración. Acepto tu disculpa esta noche. Solo
tenemos dos días juntos. Hablemos de otra cosa. Podemos volver a las cosas
deprimentes después.
Puse los ojos en blanco ante su estúpida restricción de tiempo imaginario.
Había mucho que decir, pero tal vez ella tenía razón. Mientras no tratara de huir de
nuevo, podía esperar.
—Bien. ¿De qué quieres hablar?
Se dio la vuelta para mirarme.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—El primero de junio. ¿El tuyo?
—Mierda —maldijo en voz baja.
—¿Es un mal día para ti?
—Tenemos un gran problema. El mío es el dieciocho de abril. Géminis y Aries
no son para nada compatibles. Sería un desastre.
Descansé mi mano en la de ella, entrelazando nuestros dedos.
—Estoy dispuesto a intentarlo.
—Desastre —susurró.
Nos quedamos en silencio unos minutos hasta que pregunté:
—¿Algo más que quieras saber?
—Sí. Dime sobre tu primer paso. ¿Fue increíble?
—No realmente.
—¿Qué? —chilló con incredulidad.
—De verdad, el primero no es para tanto. Estaba en terapia física. Nadie
excepto el terapeuta estaba allí para verlo.
—Eso es deprimente.
—Fue solo un paso, Ash. Luego se convirtió en dos. Luego, en diez. Fue bueno,
pero todavía está muy lejos de mi objetivo de volver a caminar.
—Bueno, esa es una historia aburrida. Nunca deberías convertirte en un locutor
inspirador.
Reí.
—Lo tendré en cuenta.
—Lo digo en serio. Mi versión es mucho mejor.
—¿Tienes una versión de mis primeros pasos? —pregunté.
Aclaró su garganta dramáticamente.
—Fue un día cálido, y estabas recogiendo fresas. —Puse un mechón suelto
detrás de su oreja.
—¿Recogiendo fresas en mi silla de ruedas?
—Sí, y no estabas usando una camiseta.
—¿Dónde estaba exactamente mi camiseta?
—No lo sé. Quizás se le volcó un poco de jugo de fresas.
—Oh, bueno, eso tiene sentido. No puedo tener ese veneno tocando mi piel
—bromeé.
—Estoy de acuerdo —respondió con seriedad, haciéndome reír de nuevo—.
Entonces, había un gatito que de te pasó cojeando.
—¿Había un gatito en un campo de fresas?
—Shh... es mi versión. De todos modos, te inclinaste y recogiste el gatito solo
para darte cuenta de que sus patas estaban muy dañadas.
—¿Estaba preocupado de si sería rabioso y arañara mi hermoso pecho
desnudo?
—Nah. Estabas más preocupado por tus pedazos masculinos.
Me atraganté con mi risa.
—¿Mis pedazos masculinos? ¿Dónde estaban mis pantalones?
Ella se encogió de hombros.
—Jugo de fresas.
—Ah, sí. Continúa, por favor.
—Estabas inspeccionando a ese pobre gatito cuando te diste cuenta de que
tuvo que haber caminado miles de kilómetros para llegar a esa área aislada. Mientras
mirabas los ojos del gatito, tratando de averiguar de dónde había venido, palabras
pasaron por tu cabeza que te afectaron profundamente y enviaron sensación de
vuelta a tus piernas. Fue tanto que fuiste capaz de levantarte y llevar al gatito al
veterinario, corriendo.
—Dulce Jesús —susurré cuando me di cuenta a dónde estaba yendo con la
historia.
De repente, se sentó y preguntó:
—¿Sabes cuáles fueron esas palabras mágicas?
—Voy a arriesgarme y supongo que es la letra de “Eye of the Tiger”.
—Exactamente —respiró antes de reír histéricamente.
—Esa fue posiblemente la peor versión.
—¿Perdiste la parte que estabas desnudo? Eso solo era mejor que tu
lamentable historia.
Se dio la vuelta, riendo, y yo la miraba fijamente.
Había extrañado a esa loca mujer jodidamente tanto.
Por mucho que odiaba y me arrepentía de todo el tiempo separados, ya no
podía estar más enojado.
Solo quería estar con ella. Demostrarle quién realmente era, no el imbécil que
probablemente recordaba. Quería descubrir en quién se había convertido e, incluso
más, quién quería ser. Y luego, quería ser el que le diera eso.
Pasé un brazo sobre sus caderas y luego tiré, obligándola a darse la vuelta
encima de mí. Su risa se detuvo abruptamente cuando rocé un suave beso sobre sus
labios.
—No corras más. Dame tiempo para arreglar esto.
—Yo ya…
—Y no dos días. He pasado años soñando con tenerte de vuelta. Júrame que
me das una oportunidad para hacer esto una realidad.
—¿Soñaste sobre mí?
—Ash, me torturabas regularmente. Ni siquiera tenía que estar dormido.
Ella sonrió.
—Tú también.
—Bien. Entonces estamos a mano. —La besé de nuevo.
Después de alejarme, susurró:
—Tengo miedo. No sé cómo confiar en alguien, y mucho menos en ti.
—Entonces voy a arreglar eso también.
—No entiendo por qué lo intentas tanto. Fue hace mucho tiempo.
—Porque, cuando tenía diecinueve años, me enamoré de una chica que cambió
mi vida, mostrándome que incluso en las noches más oscuras aún había estrellas y
no importaba en lo más mínimo si estabas agobiado para verlas. Éramos chicos y
apenas la conocía, pero la amaba. Debería haber estado allí mientras crecía, pero yo
era tonto. Ahora, tengo a la mujer de vuelta y tengo toda la intención de hacer que
se enamore de mí de nuevo, y esta vez... nunca la voy a dejar ir. —Tomé su boca de
nuevo, pero no fue suave.
Fue intenso y necesitado.
Fuerte y firme.
Atrevido.
Era la manera que Ash siempre me besaba.
Y afortunadamente para los dos, tenía el mismo efecto en ella que siempre
tuvo en mí.
Se sentó a horcajadas sobre mis caderas y cruzó sus brazos alrededor de mi
cuello, presionando su pecho contra el mío. No tenía idea de cómo lo hacía, pero,
cada vez que Ash me besaba, se presionaba contra mí como si estuviera tratando de
fusionar nuestros cuerpos en uno, una idea con la que estaba completamente de
acuerdo.
Palmeando su trasero, la froté sobre mi pene duro.
Necesitaba estar dentro de ella. Había marcado el exterior de su cuerpo como
mío, y necesitaba desesperadamente marcar su interior.
—Dime que vas a intentarlo. Dame una oportunidad para mostrarte lo bien que
estábamos, lo bien que estamos.
—Voy intentarlo —gimió en mi boca.
—Buena chica —ronroneé, agarrando la parte posterior de su cabeza para otro
beso profundo.
Ella se incorporó lo suficiente para agarrar el dobladillo de su camiseta, pero
detuve sus manos antes de que tuviera la oportunidad quitársela.
Buscó mis ojos con una expresión desconcertada.
—No voy a arriesgar más interrupciones contigo. Te quiero en mi cama, en la
que puedo tomar mi tiempo y explorar cada curva que he estado soñando con tocar
desde que entraste en mi camioneta. Mis vecinos son jodidamente ruidosos y estaré
condenado si voy a compartirte gritando mi nombre cuando te haga correrte con
mis manos, lengua y pene. —Moví mis caderas contra su centro.
—¿Con los tres? —dijo con un gemido.
—Con los tres —confirmé, capturando su boca de nuevo—. Ahora, levántate.
Vamos a mi cama.
Palmeé su trasero, esperando su risa juguetona pero fue música para mi pene
cuando siseó un “Sí” que rápidamente se convirtió en un grito de éxtasis.
Imaginé ese grito con visiones de volver ese trasero cremoso en varios tonos
de rosa, lo que logró que mi pene se sacudiera.
—Ahora —ordené.
Se puso de pie rápidamente. Luego, me entrego las muletas y me levanté
torpemente.
—¿Qué? —pregunté cuando empezó a hacer puños con sus manos.
—Um, realmente quiero… um… estar desnuda en tu cama.
Ladeé mi cabeza, sin saber qué hacer con esta inseguridad de una mujer tan
confiada.
—Pero tengo que decirte algo primero, ya que creo que estás asumiendo algo
más. La última vez que asumiste algo que terminó conmigo llevando a mi padre a la
policía y luego, alejarme de ti tres años. Así que…
Traté de acortar la distancia entre nosotros, pero antes de que llegara lo
suficientemente cerca para tocarla y calmar sus preocupaciones, Ash tiró la bomba:
—Nunca he tenido sexo antes.
Mis muletas quedaron incrustadas en el suelo y todo mi cuerpo se puso rígido,
incluido mi ya pene imposiblemente duro.
—¿Nunca?
—Bueno, no exactamente.
—¿En serio? —pregunté incrédulo.
—Uhh… —Se avergonzó antes de suspirar frustradamente—. No lo tengas en
mi contra. Estoy segura de que seré genial. Aprendo rápido.
—Aprendes rápido —repetí.
—No debí haberlo mencionado pero estaba preocupada de que te molestaras
cuando lo descubrieras.
—¡Jodidamente me hubiera molestado! —solté.
—Genial —resopló, cruzándose de brazos—. Estás enojado.
—Oh, estoy tan lejos de estar enojado que no te lo puedes imaginar.
Puso los ojos en blanco.
—Bueno, entonces nunca has tenido sexo. ¿Qué has hecho exactamente antes?
—Bueno, fuiste mi primer beso.
—¡Fui tu primer beso! —grité con una risa.
Me encantaba tenerla toda frustrada sexualmente y nerviosa. Realmente quería
mantener la fachada de enojado, pero no había manera posible de que pudiera
haber ocultado la enorme sonrisa que se extendió en mi rostro.
—¡Ves! Te dije que aprendía rápido. No tenías idea.
Me dirigí hacia ella.
—¿Qué más has hecho?
—No estoy segura si se consideraría lo que hicimos en el suelo de la sala de
conferencias, pero eso lo resume todo. Si no lo hubiera hecho contigo, no hubiera
sucedido.
Mi boca se abrió en un silencio aturdido. Busqué en sus ojos la mentira, pero
solo encontré la verdad.
—¿Nadie más? —aclaré.
Negó.
Dejé caer la cabeza hacia atrás para mirar las estrellas.
—Estoy tan jodidamente triste, Ash.
—¿Por qué? —preguntó con timidez.
—Porque ahora que sé que nadie más te ha tocado, las cosas que voy a hacer
esta noche solo se multiplicaron... y no en tu favor. —Cambié todo mi peso a un
brazo y pasé el otro alrededor de su cintura, tirando de ella contra mí—. No van a
ser suave como te mereces. —Deslicé mi mano hasta su trasero y apreté, usándolo
para presionarla contra mi pene. Luego, arrastré mi nariz de su cuello a su oreja y
susurré—: Pero te juro por Dios que vas a pedir más. —Mordisqueé el lóbulo de su
oreja—. Más que nada, lo lamento porque no voy a ser capaz de cumplir con esa
follada que prometí darte por la mañana.
Gimió cuando rastrillé mis dientes en su piel.
—Puede que tengamos que posponer eso ahora, pero no nos engañemos.
Pasará. Ash, bebé, tengo tres años de frustración que quitar en tu interior. Y esa es
la parte, donde tus ruegos se convierten en diversión. —Levanté la mano antes de
aterrizarla rápidamente contra su trasero.
—Joder —jadeó, moviendo sus caderas contra las mías.
—Cierra tus ojos. Vamos a la cama y no voy a arriesgar otra locura dentro de
mi casa. Nos ocuparemos de eso por la mañana. Esta noche, tu única preocupación
es cuán profundo puedes tomar mi pene.
—Jesús. Deja de hablar ya. —Atrapó mi boca con la suya.
—No es un problema. No puedo hablar con mi lengua ocupada por ese dulce
coño.
—Flint.
—Y esa es solo la primera vez que dices mi nombre esta noche. —Me alejé de
ella y le ofrecí un codo—. Ojos cerrados.
—Sí, señor —respondió, enlazando su brazo con el mío.
—Mucho. Mejor —reí.
Veintidós
Ash
Los pasos haciéndose eco de las muletas de Flint me llevaron a ciegas a través
de su casa. Lo escuché cerrando una puerta corrediza, y alguna clase de superficie
sólida, la que de inmediato me di cuenta que no estaba alfombrada, le dio la
bienvenida a mis pies. Quería abrir mis ojos y observar todos los rincones del lugar
donde vivía Flint, pero tenía razón. No hubiera hecho ningún bien. Junto a la maleza
del costado de su casa, se las había arreglado para convencerme que pertenecía con
él, que incluso lo merecía. Pero convencer y creer eran cuestiones diferentes. Sin
embargo, estaba más que feliz de ignorar eso por pasar una noche en sus brazos.
—Está bien. Ábrelos —dijo Flint después que una puerta se cerró tras nosotros.
Abrí los ojos. Una habitación simple y limpia estaba frente a mí. Todo estaba
ordenado y algunas repisas se alineaban en las paredes. Me sentí a gusto. Mientras
todo era un infierno mucho más agradable, el cuarto era una reminiscencia de su
viejo apartamento.
Miré sobre mi hombro para encontrarlo mirándome con cautela, posicionado
a propósito frente a la puerta.
—Estoy bien.
—¿Estás segura?
—Sí. En serio lo estoy. —Sonreí y dejó salir un suspiro aliviado—. ¿Puedo…
mmmm… usar tu baño para… refrescarme tal vez?
Usando su muleta, apuntó a una puerta adyacente a su cama.
—Gracias. —Caminé hacia allí.
Flint habló a mis espaldas.
—No te emociones demasiado. No hay ventana en ese baño.
—Ja. Ja —dije sin expresión, cerrando y asegurando la puerta detrás de mí.
Observé su modesto baño. Tenía una gran bañera empotrada con una ducha
de cristal al lado, completada con un banco de cristal en su interior. El tocador doble
me hizo reír, y estuve mucho más que complacida cuando vi que el mostrador de
piedra era de imitación. Inhalé profundamente, calmando mi respiración. Luego
enloquecí como la mierda.
—¡Mierda, mierda, mierda! —Comencé a hurgar en sus cajones. Necesitaba una
ducha, una máquina de afeitar y un cepillo de dientes de inmediato. Estaba a punto
de tener sexo con Flint Page y había pasado la mañana haciendo sudar mi trasero
con las entregas de desayunos.
Sabía a ciencia cierta que mis piernas no estaban bien depiladas, y nunca había
tenido sexo, pero sabía que a los hombres también les gustaba trabajar sobre una
paleta suave en las áreas femeninas. La maquinilla eléctrica descansando a un lado
del lavabo explicaba cómo era que mantenía esa sexy barba incipiente tan prolija,
pero no me sirvió mucho. Después de accionar la ducha, continué con mi búsqueda
hasta que encontré su armario de ropa de cama, donde hallé el premio mayor. Las
toallas, maquinillas y crema para afeitar, estaban todos meticulosamente
organizados, completado con etiquetas impresas para asignar su ubicación.
Dios, él es obsesivo.
Suprimí mi sonrisa, tomando lo que necesitaba, incluyendo su cepillo de
dientes del mostrador y entré en la ducha.
Veinte minutos después, salí como una mujer nueva, o al menos como la
versión limpia y sin vello de una. Hubiera dado lo que fuera por algo de ropa interior
sexy, como mínimo, un sostén y unas bragas limpias; pero mis dos pequeñas maletas
aún estaban en la camioneta de Flint. ¿En serio, cuál era el punto en todo caso? Había
dejado más que claro que iban a desaparecer, un hecho que me excitó.
Después de peinar con los dedos mis largos mechones, me envolví en una de
sus toallas extra grandes y me di un último vistazo en el espejo.
Debería estar nerviosa. No lo estaba.
Estaba extasiada.
Una vez más me permití un último grito de colegiala quedo, me controlé y me
dirigí hacia él.
—Te dije que no había una ventana —bromeó.
Estaba descansando en el otro extremo de la cama, sin camiseta, y a juzgar por
la forma en que la colcha mostraba los músculos esculpidos justo bajo sus caderas,
estaba también sin pantalones. Su cabello ya no estaba ordenado, pero parecía estar
húmedo. Un libro estaba en su regazo y una sonrisa atractiva bailaba en sus labios.
No estaba para nada nerviosa, independientemente de la forma en que mi
corazón se aceleró.
—Bueno, no eres para nada presumido. Bañado y desnudo ―bromeé.
—Podría decir lo mismo de ti. —Guiñó—. Suelta la toalla, Ash —ordenó,
cerrando el libro y colocándolo sobre su mesa de noche.
¡Auxilio! ¡Auxilio! Mentí. ¡Totalmente nerviosa!
—Mmmm… —Me estanqué, pero solo por un segundo.
Había querido esto con Flint desde la primera vez que puse mis ojos en él. Los
nervios me habían detenido la primera vez, todos esos años atrás, pero no permitiría
que sucediera de nuevo.
Así que, mientras miraba los brillantes ojos azules que me habían embrujado,
descaradamente solté la toalla.
—Maldito infierno. —Me observó de la cabeza a los pies y luego de regreso.
Me acerqué hasta el pie de la cama.
—Entonces…. te debo una maquinilla.
Me incliné sobre mis manos y comencé a avanzar hacia él, pero no llegué muy
lejos. Tan pronto como estuve al alcance de su mano, agarró mi hombro y me
arrastró encima de él. Luego su boca se estrelló contra la mía y una mano se metió
entre mi cabello mojado.
—Maldición. —Tiró de la manta entre nosotros, fallando en su frenesí. En
segundos, se rindió y me arrojó hacia el otro lado de la cama, apartando la sábana
antes de cubrirme con su cuerpo musculoso.
Tenía razón. Flint estaba muy, muy desnudo. No tuve oportunidad de revisarlo
por completo, pero sentí cada duro centímetro suyo presionado en mi contra.
—Eres malditamente hermosa —susurró contra mi piel mientras dejaba un
sendero de besos hacia mis pechos.
—También tú —respondí con vergüenza, pero era la verdad.
El cuerpo de Flint era hermoso, e incluso cuando miré sobre su hombro a las
numerosas cicatrices que cubrían su espalda, no cambió ni un poco.
Sentí sus labios subir, pero rápidamente, su lengua rodeó mi puntiagudo
pezón.
—Mierda —jadeé, arqueándome en la cama.
Su boca se movió, capturando mi otro seno y disparando chispas a mi centro.
—Flint, por favor —rogué desenfrenadamente.
No podía decir con exactitud lo que quería que hiciera; solo sabía que
necesitaba más. Más de sus manos.
Más de su boca.
Tan solo más Flint.
—Oh Dios —recé cuando sus dedos rozaron mis pliegues. Mis caderas se
levantaron, urgiéndolo a continuar. Después de bañarme con besos hasta mi
estómago, se acomodó entre mis piernas, apoyándose sobre un codo.
—Despacio —murmuró.
—No. más rápido. —Arrojé mi cabeza hacia atrás contra la almohada con un
gruñido cuando su mano desapareció. Bueno, eso fue hasta que sentí el calor de su
lengua lamiendo mi clítoris—. Sí —siseé.
—¿Alguna vez te has hecho venir a ti misma? —preguntó antes de lamer de
nuevo, haciendo que mi cabeza diera vueltas.
—Sí —admití en un jadeo.
—¿Piensas en mí? —preguntó, presionando sus dedos en mi interior.
No podía haber pronunciado ninguna palabra si lo hubiera intentado; un
asentimiento fue mi única respuesta.
Girando su mano, añadió otro dedo. Una punzada destelló en mi interior antes
que se desvaneciera en un placer abrumador.
—No te escuché, Ash. Dilo en voz alta. Dime como pensaste en mí cada vez
que tocaste este apretado coño.
Sus dedos giraron deliciosamente otra vez, y mis manos se enredaron en su
corto cabello, urgiendo a que bajara su boca.
—Pienso en especial en cómo te sentirías dentro de mí —digo atrevidamente,
y me recompensa con otro toque de su lengua.
—Pronto. Primero, quiero probarte. —Sin sacar sus dedos, succionó mi clítoris
dentro de su boca.
Mis manos se agitaron, golpeando todo incluyendo la lámpara en su mesita de
noche, antes de golpear la cama, empuñando las sábanas. La tensión ya estaba
creciendo, mis músculos apretándose con cada giro de su lengua, pero justo cuando
alcancé el pico más alto antes de la eufórica caída, se apartó.
—No, no te detengas —rogué, abriendo mis ojos.
Rodó hacia el costado, acomodándose a mi lado sobre su espalda.
—Necesito sentirte venir y no con mi boca o mis dedos. No eres la única que
ha estado usando su imaginación para venirse por lo últimos tres años. Quiero que
te vengas cuando estés envuelta alrededor de mi pene —contestó, su voz áspera de
deseo.
—Deja de hablar —dije a pesar de que me encantaba cada silaba que salía de
su sucia boca.
A juzgar por la sonrisa que se formó en sus labios, lo sabía también.
Comenzó a acariciarse la larga y gruesa longitud de su pene.
—Colócate encima. Será más fácil de esa manera.
—¿Fácil para quién? —pregunté, poniéndome de rodillas, pero mis ojos
estaban pegados a la mano que se movía. Tomó mi muñeca y guió mi mano para
unirse a la suya.
—Ahí lo tienes —gimió, soltando su pene mientras continué deslizando largas
caricias abajo y arriba de su eje.
La visión de la suave longitud de Flint deslizándose a través de mi agarre me
embelesó. Era vagamente consciente de que él estaba rebuscando en el cajón de su
mesa de noche.
De repente, Flint se sentó, tomó la parte posterior de mi cuello, y me llevó hasta
su boca. Mi mano cayó mientras me besaba más profundamente. Sujetando mis
caderas, me movió para que lo montara a horcajadas. Su pene se acomodado entre
ambos mientras me sostenía hacia su boca en un beso profundo y sensual. Mi
esencia aún permanecía en sus labios.
Girando su cabeza para romper la conexión, gruñó:
—Levántate.
Como siempre, cuando se trataba de Flint, mi cuerpo obedeció. Trabajó
rápidamente enfundando un condón mientras miraba sus manos hábiles con temor.
Los nervios comenzaron a crepitar de nuevo ante la idea de finalmente tenerlo,
algo con lo que había fantaseado más veces de las que podía contar. No había
ninguna duda de que quería estar con él. Sólo estaba aterrorizada de lo que podría
pasar después de que acabáramos. No estaba segura de si alguna vez podría
regresar de un momento donde le pertenecería en cada forma posible.
Y debido a eso, me pertenecería también.
ir.
No estaba segura que, si de verdad alguna vez lo tenía, sería capaz de dejarlo
—Mírame —exigió.
Dirigí mi mirada de inmediato a la suya.
—He esperado tanto tiempo para tenerte, Ash. Tengo demasiado por lo que
arrepentirme, pero esto… esta noche… contigo… nunca será una de esas cosas.
Mis ojos brillaron cuando la inseguridad y la duda nublaron mi visión. O tal vez
eran las lágrimas.
Lo que sea que fuera, apestaba. Estaba desnuda en una cama con un hombre
que literalmente había sido la estrella de cada sueño que había tenido. La
inseguridad no tenía lugar en la ecuación.
—Quédate conmigo, Ash. Esta noche, mañana, una década. Solo quédate
conmigo. Basta de huir.
Tragué con fuerza, empujando el miedo paralizante del mañana fuera de mi
mente.
—Puedo hacerlo esta noche.
Quería hacerlo por la eternidad.
Me recosté, colocando mis brazos al lado de su cabeza. Nariz contra nariz,
acerqué mis caderas hacia adelante para cernirme sobre su tensa erección. Su mano
se deslizó entre los dos, colocándose a sí mismo en mi entrada. Sin darme ninguna
otra oportunidad de reconsiderar, lentamente me deslizó sobre su pene.
Deseé que estuviéramos en una frenética pasión, todo manos y bocas, porque
entonces no hubiera podido ver el momento en que su rostro se suavizó.
O sentido su aliento susurrar a lo largo de mi piel cuando jadeó.
Pero en especial porque no hubiera escuchado su posesivo gruñido.
—Toda mía.
Me quedé quieta. El dolor de él estirándome no era nada comparado con el
agarre que había ejercido alrededor de mi corazón.
A quién pertenecía nunca había estado en duda. Flint, por el otro lado…
Mordió mis labios, deslizando sus manos arriba y abajo por mi espalda.
Meciendo sus caderas muy suavemente, comenzó a moverse en mi interior. Podría
haber estado arriba, pero Flint se hizo cargo.
Después de varios minutos de persuasión, el dolor entre mis piernas se calmó,
dejando algo muy primitivo en su lugar. Mi cuerpo hizo caso omiso de mi mente
caótica, permitiendo olvidar el dolor punzante en mi pecho.
—Sé que debo ser suave, pero maldición —gruñó, impulsándose en mi interior
y luego tomando de nuevo mi boca con rudeza. Sus manos apretaron mis caderas y
me guiaron en un ritmo que encontró entre empuje y empuje.
El familiar ascenso comenzó a construirse en mí. Perdí una de las manos de
Flint cuando la levantó hacia su boca antes de lamer su dedo índice y dejarlo caer
sobre mi clítoris.
Un grito escapó de mi garganta mientras echaba mi cabeza hacia atrás. Era
incapaz de concentrarme más en besarlo.
—Dios, estas tan malditamente apretada —susurró en mi oreja—. Nunca nadie
más va a experimentar esto contigo, Ash.
Con su dedo rodeando mi clítoris, estaba peligrosamente cerca de caerme del
borde. Pero antes de darle eso, necesitaba darme algo a mí antes.
—Eres mío —exigí, sentándome de repente.
Sus labios temblaron cuando su lengua salió para humedecerlos. Sostuve su
mirada, buscando una afirmación.
Pero obtuve mucho más.
Sus ojos estaban quemando con emociones que jamás me habían sido dadas,
pero que rogué por conseguir.
—Siempre —jadeó, agarrando mis caderas y enterrándose con fuerza hasta la
empuñadura.
—Flint —gemí cuando el orgasmo atravesó mi cuerpo, asolándome
físicamente mientras el eco de su promesa me calmaba emocionalmente.
Ni siquiera un minuto después, encontró su propia liberación con el siseo de
mi nombre fluyendo de sus labios.
Él podría haber hecho todo el trabajo, pero estaba exhausta. Colapsé arriba de
él mientras comenzaba a relajarse en mi interior.
—¿Estás bien? —preguntó.
Asentí contra su duro pecho.
Pasó las yemas de sus dedos arriba y abajo por mi espalda.
—¿Quieres tomar una ducha? —Negué—. ¿Estás lista para el segundo round?
Mi cabeza se levantó en una rara combinación de “de ninguna maldita manera”
y “absolu-jodida-mente”.
—Estoy bromeando. —Se rió, presionando un casto beso en mis labios—.
Déjame deshacerme del condón y limpiar. Ya regreso.
Me bajé de él y me acomodé boca abajo sobre la cama. Ni siquiera me molesté
en meterme bajo las sábanas. Había sido un infierno de día, y el sueño estaba
amenazando con consumirme con cada segundo que pasaba.
Flint volvió a unírseme en la cama, deslizándose detrás de mí y colocando las
sábanas sobre los dos. Como de costumbre, me movió en sus brazos hasta que me
encontró una posición que se adaptaba a la suya. Como siempre, jugué como si no
pudiera moverme y me reí todo el tiempo que me movió por todos lados. Sonreí
para mí misma cuando enredó sus piernas con las mías. Una vez que envolví mis
brazos alrededor de su estómago, lo apreté con fuerza.
—En mis sueños, estabas caminando —susurré, besando su pecho.
—En los míos, te quedabas —contestó con un profundo suspiro.
Saciada y sonriendo, me quedé en sus fuertes brazos, deleitándome en la
culminación de cada fantasía que había tenido.
Veintitrés
Ash
Flint gimió cuando su despertador comenzó a sonar a través de la habitación
en lo que pareció una hora obscena.
—Oh Dios. —Doblé la almohada sobre mi cabeza en un intento inútil por
bloquearlo—. Apágalo.
—¡No puedo encontrarlo!
¿Por qué infiernos escondes tu despertador? —grité en respuesta.
—No lo escondo, sabelotodo. Alguien que permanecerá en el anonimato
golpeó la mesita de noche en un ataque de éxtasis anoche.
Se rió, pellizcando mi pezón antes de quitar la almohada de mi rostro y arrojarla
al otro lado de la habitación.
—Solo desconéctalo —me quejé, poniéndome las manos en las orejas.
—No puedo. Tiene batería de reserva.
—¿Quién, por el amor de Dios, le pone pilas a su despertador? Eso trae abajo
la idea de rezar por un corte de energía antes de que vayas a dormir.
Había salido de la cama y comenzado a buscar en el piso el ruido estruendoso,
cuando un segundo tono distinto se unió al caos.
Mi mirada de demasiado temprano en la mañana giró hacia él.
—¿Qué demonios es eso?
—Una alarma de respaldo.
—Tienes que estar bromeando.
No me gusta llegar tarde.
Se rió, arrojando las mantas y atrapando sus muletas del piso.
Me puse sobre las rodillas y manos, siguiendo el ruido.
—¡Lo tengo! —grité, estirando el brazo bajo la cama y atrapándolo apenas con
la punta de los dedos.
Rápidamente lo apagué y él al parecer había encontrado la segunda alarma,
porque la habitación gracias a Dios cayó en silencio. Bueno, eso fue hasta que
escuché a Flint detrás de mí, susurrar:
—Joder.
Fue entonces cuando recordé que estaba desnuda y de rodillas, con mi pecho
en el piso alfombrado y mi trasero apuntando hacia arriba. Miré por encima del
hombro para encontrarlo de pie, mirando hacia mí, su gran pene endureciéndose
entre sus piernas, una visión que me hizo devolver su maldición.
—No te muevas —ordenó cuando comencé a sentarme.
Cuando los intensos ojos de Flint estuvieron al nivel de los míos, había una
parte de mí que se sentía como si debería haberme cubierto. Pero no me sentía
insegura en absoluto. Bajo su mirada, me sentí más segura y quería tenerlo mi vida
entera, y solo por eso, presioné mi trasero aún más alto en el aire.
—Acuéstate. Sube a la cama, pero exactamente como antes en esa posición.
Primero, tenía otros planes. Me senté, pero no empujé mis pies. En cambio, me
giré sobre mis rodillas y lentamente me arrastré hacia él.
—No hagas eso —advirtió, pero sus ojos decían lo contrario.
—Tengo un par de disculpas que dar. —Me lamí los labios.
A la cama, Ash.
—¡No! —le respondí.
Arqueó una ceja amonestándome, que ignoré.
—Me hiciste muchas cosas anoche, cosas que me encantaron. Pero había algo
que quería hacer. —Envolví mi mano alrededor de su erección, deslizándola de
manera constante a la punta y hacia atrás de nuevo—. Voy a sugerir que te sientes.
Y por una vez, Flint no tuvo réplica. Retrocedió hasta el borde de la cama y dejó
caer las muletas en el piso. Sonreí en señal de victoria mientras lo seguía, pasando
mis manos por sus muslos hasta llegar a la base de su pene. Luego bajé la cabeza
para besar la punta.
—Espera —me instó.
Pero había terminado de recibir sus órdenes. Deslicé su longitud tan
profundamente como fue posible en mi boca.
—Joder —masculló—. Espera —repitió mientras me deslizaba arriba de su eje.
Me puso en posición vertical antes de inclinarse hacia adelante para besar mi
hombro. Usando mi barbilla para ladear mi cabeza, forzó que nos mirásemos a los
ojos.
Te dije, espera.
Besó castamente mi boca y pasó sus manos por mis costados para descansarlas
en mis caderas. Entonces, el suelo debajo de mis rodillas desapareció y el mundo
entero se puso al revés. Literalmente.
Una risa ruidosa escapó de mi garganta cuando Flint me volcó sobre la cama
para unirme a él. Me manejó como a una muñeca de trapo hasta que encontró una
posición que lo satisfizo, de rodillas enfrentándome.
Dejé de reír inmediatamente, cuando su boca se selló en mi clítoris. Entonces
grité cuando su largo dedo encontró mi apertura. Su otra mano revoloteó entre
nosotros y levantó su pene hacia mi boca. Con un remolino de su lengua, dejó caer
su cabeza en la cama el tiempo suficiente para decir:
—Ahora, discúlpate todo lo que quieras, mientras tomo el desayuno.
Di un grito ahogado cuando sus dedos comenzaron un ritmo dentro de mí que
me dejó incapaz de concentrarme en otra cosa.
—¿Estás dolorida?
—Un poco.
Logré reponerme el tiempo suficiente para encontrar su pene de nuevo. Pero
al instante me arrepentí de mi respuesta cuando movió su dedo.
—Entonces te correrás en mi boca, pero más te vale que te pongas a trabajar.
—Me dio una palmada deliciosamente fuerte en el trasero antes de usar cada nalga
para tirarme hacia abajo, hasta quedar suspendida a solo centímetros de su boca—
. Porque también me correré en la tuya.
Me hizo descender hasta que cubrí por completo su rostro, lamiendo y
chupando de una manera profunda e insaciable por la que debería estar
avergonzada.
Pero la vergüenza habría requerido pensamientos y, en este momento, todas y
cada una de las células cerebrales que poseía me habían abandonado en búsqueda
del clímax.
Me vine en su boca, bien. Luego, cuando finalmente me recuperé, también se
vino en la mía. Y Flint, siendo Flint, bueno, era un triunfador que insistió en
mostrarme exactamente cuándo aceptó mis disculpas sexuales. Entonces, antes de
quedarme dormida en su pecho, me vine una última vez con su mano entre mis
piernas.
Decidí que podía dormir con dos despertadores si ese era forma de despertar
que nos darían.
Flint
Ash durmió desnuda en mi cama la mayor parte del día. Si hubiera dependido
de mí, habría conseguido que fuera al menos una docena de veces más, pero tanto
como amaba verla venirse, me gustaba mucho más sentirla venirse mientras estaba
en su interior. Necesitaba tiempo para recuperarme de anoche, porque tenía planes
para esta noche. Y para cada noche del futuro próximo.
Después que se quedó dormida, salí de la cama y tomé mi café con los
recuerdos de ella tragándose mi liberación como mi única compañía.
Eso rápidamente se convirtió en mi compañía favorita.
Sabía que Ash y yo estábamos lejos de arreglar las cosas o de volver, pero el
saber que era mía y solo mía, de todas las formas sexuales posibles me hizo mucho
más decidido a reclamar el resto de ella. Ya estaba bastante decidido a mantenerla
en mi vida, pero después de escucharla correrse diciendo mi nombre, juré no dejar
que nada se interpusiera en mi camino.
Alrededor de las tres de la tarde, un golpe en la puerta me obligó finalmente a
ponerme algo de ropa. Silenciosamente cerré la puerta de mi dormitorio y tiré de mi
camiseta mientras el golpe se repetía.
—Ya voy —grité, cojeando hacia la puerta.
Abriéndola, puse los ojos en blanco.
—Tres de la tarde. Estoy impresionado. Me imaginé que estarías aquí tan
pronto como Till saliera para ir al gimnasio.
La niñera no se presentó. —Eliza rió, pasó por mi lado dándome un empujón,
llevando una pila de bandejas de vidrio para horno. ¿Dónde está? —preguntó,
girando en un círculo.
—Durmiendo.
—¿Todavía? Flint, ¿qué le hiciste a esa pobre chica?
—¿Quieres una respuesta honesta? —Sonreí.
Infló sus mejillas y fingió vomitar.
—Dios mío, no.
—¿Qué es eso? —La seguí a la cocina.
Encendió el horno.
—Carne asada y patatas horneadas dos veces. Bueno, en este momento patatas
horneadas solo una vez. Dales unos veinte minutos y estarán dos veces horneadas.
—Mujer —gruñí como un cavernícola antes de levantar el borde del papel de
aluminio para olfatear dentro.
—Supuse que estaría hambrienta y Dios sabe que no puedes darle de comer.
—Me encanta la manera en que asumes que soy un inútil en la cocina. Sin
embargo, si eso significa que te presentarás con patatas horneadas, puedes
mantener esa suposición todo el tiempo que quieras.
Se rió, palmeándome en el pecho.
—No supongo que eres inútil en la cocina. Sé que eres un inútil en la cocina.
Lo último que cualquiera de nosotros necesita es a ti tratando de cocinar su
almuerzo y hacerla huir por otros tres años. El triste, llorón Flint es un verdadero
desastre.
—¿El llorón Flint? En serio tienes que hacer amigas y dejar de salir tanto con
Quarry. Me reí.
—No, Q te habría llamado un maldito llorón. Yo lo edito.
—Esto es cierto. —Tomé un trozo del asado con mis dedos y lo metí en la boca.
—¿Ustedes dos vendrán a cenar después de la pelea de Q?
—Sí. Oí que vendiste una pintura. Ordenaré langosta.
—¡Lo hice! Mi ‘’Dream Window’’ está colgando en el Museo de la cafetería del
Centro. Solo gané como cien dólares, por lo que podrías tener que pedir del menú
de niños.
—Eso todavía es bastante impresionante sin embargo. Eres una artista legítima
ahora. —Tomé un tenedor del cajón y tomé otra rebanada de carne antes de que
Eliza alejara el plato.
No comas sin ella —me regañó.
—No. Déjalo comer. Está bien —comentó Ash, de repente apareciendo detrás
de nosotros.
Llevaba vaqueros y una de mis sudaderas, que parecía nadar en ella. Ash era
alta, un hecho que había amado aun cuando hubiera tenido que mirar hacia arriba,
pero estaba tan delgada que colgaba muy por debajo de su trasero. Un trasero del
que, después de esta mañana, conocía cada curva.
—Mm. Señalé mi boca mientras me apresuraba a tragar el asado. Hola.
Dejé caer el tenedor en el fregadero y me dirigí en su dirección.
—Buenos días —saludó con timidez, lo que me hizo entrecerrar los ojos
mientras envolvía sus brazos alrededor de mi cintura.
Eliza intervino detrás de mí.
—Hola.
Ash se apartó y sus ojos pasaron de los míos a los Eliza y de nuevo a los míos,
antes de que respondiera con un frío:
—Hola.
Oh diablos.
Eliza no captó el aire gélido en lo más mínimo.
—Nos encontramos una vez un tiempo atrás. Soy la esposa de Till, Eliza. Es tan
agradable encontrarte de nuevo.
Arrojó una sonrisa cálida que no hizo nada para sofocar la pasiva-agresiva
frialdad de Ash.
—Sí, Me acuerdo de cuando nos encontramos.
Ash sonrió, algo tan falso que casi me lo creí.
Casi.
Di un paso delante de ella.
—Oye, ¿puedo hablar contigo un segundo?
—Por supuesto, cariño —respondió con dulzura, pero estaba claro que hablar
estaba muy bajo en la agenda de Ash.
Sus manos se deslizaron hasta mi pecho y sobre mis hombros. De puntillas, me
dio un beso sensual y completamente indecente. Lo tomé, aun sabiendo que Eliza
estaba mirando, pero solo porque me di cuenta exactamente de lo que Ash estaba
haciendo.
Y. Malditamente. Me. Encantó.
A regañadientes, rompí el beso justo antes de que sus manos se deslizaran por
mi trasero.
—Discúlpanos por un minuto, Eliza. —Volví mi atención a Ash. Dormitorio —
ordené.
Eliza se rió y se limpió las manos en la toalla que colgaba junto a la estufa.
—En realidad tengo que irme. Solo quería dejar la comida. Las patatas estarán
listas en quince minutos. Cómanlas mientras están calientes. Quarry será el evento
principal esta noche, por lo que probablemente no cenemos hasta pasadas las
nueve. —Se acercó a Ash, quien estaba siendo posesiva mientras aferraba mi
cintura. No tienes ni idea de lo feliz que estoy de que estés de regreso. —Le apretó
el brazo. ¿Te guardo un asiento en la pelea?
Ash estaba ceñuda, pero cuando me atrapó mirándola, rápidamente lo cubrió.
—Sí. Um. Seguro —contestó.
—Está bien, nos vemos esta noche chicos —gritó Eliza cuando llegó a la puerta.
Tan pronto como la puerta se cerró detrás de ella, el hombro de Ash cayó con
alivio.
—Arriba —grité, haciendo que su cabeza se moviera hacia atrás para mirarme.
—¿Eh?
—Pon tu trasero en el mostrador para que podamos tener esta conversación
ojo a ojo.
—¿Qué conversación?
—Arriba —repetí.
A excepción de un jadeo, no discutió. Saltando, se empujó sobre el mostrador.
Me acomodé entre sus piernas y extendí mis muletas lo suficientemente amplio
como para envolver sus piernas alrededor de mis caderas.
—¿No te gusta Eliza?
— Está bien —contestó.
—Tonterías. —Aplasté mi boca a la suya.
Haciendo un puño en la parte delantera de mi camisa, me acercó aún más
mientras deslizaba su lengua contra la mía. La moví al borde del mostrador hasta
que mi pene encontró su núcleo cubierto con pantalón.
—No tienes ni puta idea de lo difícil que fue cuando te vi reclamándome —
murmuré en su boca, rodando mis caderas contra las suyas.
Se apartó para hablar.
—Si voy a tratar contigo, entonces Eliza...
Cambié mi peso hacia un lado y luego tomé la parte posterior de su cabeza, lo
que obligó su boca contra la mía. Sus manos recorrieron mi pecho.
—Cambié de idea. No lo intentaremos. Terminamos.
Sonrió y se agachó al botón de su vaquero.
—No discuto.
—No. Estoy hablando de nosotros. En este momento ayer, estabas huyendo de
mí y no hace ni cinco minutos, estabas dispuesta a montarme en medio de la cocina
solo para que Eliza supiera que era tuyo.
—Eres mío —añadió a la defensiva.
Sonreí.
—Es bueno saber que estamos de acuerdo. Qué es exactamente por qué lo
haremos en lugar de intentarlo.
Acarició suavemente mi pene.
Lo que sea. No quiero hablar más de esto.
Me tambaleé fuera de su alcance.
—Qué mal. Cedí anoche. Ahora, estás hablando conmigo.
—Oh Dios. Comenzó a moverse de la encimera.
La bloqueé.
—Escúchame.
—¡No quiero oírte! No por ella. Lo siento. Sé que es tu familia y todo, pero es
parte de la razón por la que me fui en primer lugar y es el porqué nunca seré Eliza.
Nunca.
—Tienes toda la razón.
Su boca se abrió con conmoción.
—Fui un maldito tonto cuando te dije que estaba enamorado de Eliza. Y no
porque nos separó. Fui un tonto, porque era una carga de mierda. Utilizando su
barbilla, moví hacia atrás su cabeza, obligándola a mirarme para encontrarse con mi
mirada. Nunca estuve enamorado de ella, al menos, no de la forma que pensaba.
Pero no fue hasta que me enamoré de ti que me di cuenta de eso.
Puso los ojos en blanco, pero continué.
—Ash realmente, estaba jodido entonces. Incluso antes del accidente, estaba
enojado con todo. La vida era una lucha. Cada día era una lucha absoluta. Antes de
que mi mamá se fuera, me despertaba en medio de la noche y limpiaba la casa
porque me entraba el pánico que servicios sociales fuera a aparecer. Till se mudó
cuando tenía doce años. Claro, regresó y se encargó de nosotros tanto como pudo,
pero a diario, era un estudiante de séptimo grado criando a uno de siete años. Estaba
aterrorizado de joder algo y perder la poca estabilidad que en realidad tenía.
Entonces, cuando Eliza entró a nuestras vidas, quitó un montón de esa
responsabilidad de mis hombros. Ella y Till me dieron una seguridad real por primera
vez en toda mi vida. Estaba desesperado por aferrarme a ese sentimiento sin
importar nada. Y en algún lugar a lo largo del camino, confundí esa desesperación
con amor.
Dejé de hablar y sostuve su mirada vacía, rogándole que escuchara la verdad
de mi confesión. Necesitaba que entendiera por qué había actuado de la manera
que lo había hecho. Tal vez entonces podríamos comenzar otra vez sin las sombras
del pasado fracturando la posibilidad de un futuro.
Finalmente, después de varios golpes, tímidamente admitió:
—Eso es lo que me hiciste sentir.
—Ash...
—Me hiciste sentir segura y protegida. —Volvió a mirar hacia arriba, cuadrando
sus hombro y sin miedo de encontrarse con mi mirada. Sabes, tampoco entiendes
mi vida, Flint. No la tuve exactamente fácil. Mi padre solía enviarme a las calles a
conseguir dinero. A veces había chicos buenos que no tenían ni idea qué demonios
estaba haciendo. Pero a veces no lo eran. Me atraparon robando una cartera una vez.
El tipo me tiró al suelo, me dio una patada en las costillas y luego me escupió antes
de irse. No fue nada enorme. Terminé con un labio partido y un lado magullado. Fue
sobre todo mi autoestima la que se llevó la peor parte del ataque, pero mi propio
padre me infligió las heridas. Cuando regresé al lugar de recogida, me dio una charla
de diez minutos sobre cómo no le había traído dinero suficiente. No podía
importarle menos que me hubieran lastimado.
—Hijo de puta —maldije.
Besando su frente, repasé la muerte de Ray Mabie de nuevo.
—Ese día, cuando trataste de salvarme de Max, significó más para mí de lo que
puedes imaginar. Creo que me enamoré de ti en ese momento. No por quién eras,
sino por la forma en que me hiciste sentir. Después de eso, me abrí a ti, lo que hizo
todo lo que me dijiste mucho más duro. Podría haber tratado con esa mierda de
cualquier persona en el mundo excepto tú. Confiaba en ti y mira en lo que me
metiste.
—Estoy tan jodidamente triste, Ash. Ese día era como la tormenta perfecta que
nos activó a ambos, porque cuando me enteré de qué edad tenías, me entró el
pánico de nuevo. Tenías dieciséis.
Sus ojos se volvieron enojados mientras espetaba:
—Solo tengo diecinueve ahora.
—Tonterías. No tienes diecinueve, más de lo que tengo veintidós. Ash, no
gastaste los pasados tres años de fiesta. Estabas saliendo con señoras mayores y
cocinando el almuerzo en un refugio para personas sin hogar. Los dos hemos tenido
suficiente vida para una eternidad. Estoy muy dispuesto a asentarme, a relajarme y
a disfrutar de ella. —Dejé caer mi frente a la suya. Preferiblemente contigo.
Se suponía que debía ser una declaración tranquilizadora, pero pareció
prenderle fuego. De repente se levantó de un salto, apartándome a un lado antes de
recuperar mi equilibrio.
—¡No sé cómo estar con nadie! Solo he sido yo toda mi vida, Flint. Solo yo.
Incluso cuando estaba con mi papá, todavía estaba sola. —Comenzó a caminar por
la habitación. Y ahora, te presentas y no solo quieres que esté contigo, sino que
viva en tu perfecta casa con tus gabinetes perfectamente etiquetados. ¡No encajo en
esta vida! No puedo ser tu pequeña esposa feliz en tu pequeña casa feliz.
—Bueno. Disminuye la velocidad como el infierno. Ash, no te estoy pidiendo
que te cases conmigo.
Se quedó paralizada y me miró. La decepción se mostraba en su rostro, incluso
mientras sus mejillas se calentaban de vergüenza. Eso me hacía un imbécil, pero esa
decepción me hizo más feliz que cualquier sonrisa que nunca me hubiese dirigido.
—No quise decir...
—Aún —modifiqué y su cabeza bruscamente se movió hacia atrás. Ya no te
conozco. Recuerdo a la chica de la que me enamoré y si soy honesto contigo, todavía
me encanta.
Su barbilla comenzó a temblar, pero mi sonrisa creció.
—Quiero enamorarme de la mujer ahora. Quiero saber quién es realmente Ash
Victoria Mabie. Quiero decir, sé que es hermosa y grandiosa en la cama bromeé,
lo que la hizo ahogar una carcajada. Pero quiero saber todo de ella. Y ya que
estamos, quiero que llegue a conocerme también.
»No soy el mismo chico que recuerdas. Los años también me cambiaron en
algunas formas para mejor y en algunas para peor. Infiernos, es posible que me odies
en dos semanas, pero por lo menos dame la oportunidad. Quiero hacer que te
enamores de mí, no de los recuerdos. Y sí, cuando eso suceda, te haré mi esposa. Y
voy a hacer de éste tu hogar. Y podremos estar a salvo y seguros entre sí por el resto
de nuestras vidas.
Me acerqué, deteniéndome delante de ella. Sus ojos saltaban alrededor de la
habitación, pero no se apagaron más. Algo que había dicho la había cambiado. Solo
tenía que averiguar, rápidamente, qué parte necesitaba oír para así poder
tranquilizarla diariamente.
—Ash, todo eso vendrá con el tiempo. En este momento, solo tienes que dejar
de huir y, tal vez, empezar a ir a una maldita cita conmigo.
Tragó y sus ojos azules brillaron de emoción contenida.
—No lo sé.
Estaba tan jodidamente enfermo y, sin embargo, cansado de no saberlo. Había
pasado demasiado tiempo viviendo con la incertidumbre.
Lo sabía.
Putamente lo sabía.
Y se lo haría saber también.
Maldición, Ash. Dame una puta oportunidad. ¡Puedo hacer esto! Lo juro por
Dios. Puedo hacer esto.
—Es solo que... —Se interrumpió, parpadeando sus ojos hacia el suelo. Miró
sus pies durante varios segundos, antes de ver lentamente hacia arriba con una
enorme sonrisa. Nunca he estado en una cita.
Mis labios temblaron.
—Bueno, ahora que sé eso, tendré que empezar con lo fácil. No puedo sacar la
artillería pesada en la primera noche. Acabo de acomodarme para fracasar en la
segunda cita.
Poniendo las manos en las caderas, inclinó la cabeza.
—¿Es eso lo que hiciste ayer por la noche en la cama? Pensé que estabas
ocultándote de mí.
—¿Qué diablos, Ash?
Se echó a reír.
—¡Eso no es lo que se supone que debes decirle a un hombre! Repite conmigo:
Te arruiné para todos los hombres, que alguna vez te llenen y todos los de tus
fantasías.
Continuó riéndose mientras la tiraba contra mi pecho.
—¿Ves? Te dije que era nueva en esto.
—También te gusta tener sexo conmigo.
Me rodeó la cintura con los brazos y se acurrucó imposiblemente más cerca.
—Sí, tal vez un poco.
—Entonces, ¿cena y cine mañana por la noche?
—¿Me traerás flores?
Resoplé ruidosamente.
—Si te comprometes a estar aquí en la mañana, te traeré lo que quieras.
—Bien. Flores será otra novedad.
Me reí del recuerdo de su tonta lista.
Estirando la cabeza hacia atrás para sostener mi mirada, dijo:
—Eres diferente.
—Tú también —le respondí, puntuando eso con un beso.
—¿Sabes?, la que acabamos de tener fue una conversación muy madura.
—Correcto —aseguré con orgullo. ¿Ves? Podemos hacer esto.
—No. Creo que me dio urticaria.
Hizo una demostración al rascarse los brazos.
—Oh, cállate.
Dejé caer una mano en su trasero y mordisqueé su labio inferior.
—¿Sabes lo que creo que curaría mi urticaria?
—¿Estar atada y abierta como un águila en mi cama?
—No —respondió. Luego se inclinó y susurró: Bueno, sí, pero a lo mejor más
tarde. —Saliendo de mi alcance, grandiosamente agitó una mano hacia mi
habitación. Un acto infantil de rebelión.
—Ash —le advertí.
Salió corriendo a mi habitación.
—Cambiaré todas las etiquetas en tu closet del baño.
—¡No te atrevas!
Empecé a seguirla, pero era completa y demasiado lento. Ya estaba en el baño
antes de que llegase a la habitación.
Moví el mango, pero había cerrado la puerta con llave.
—Ash, lo juro por Dios —gruñí, pero no estaba enojado en lo más mínimo.
Dios, la había echado de menos.
—Ash.
Probé la puerta de nuevo, sorprendiéndome al encontrarla sin seguro. Cuando
la abrí, la encontré usando nada más que una sonrisa burlona.
—Ooooo... podríamos tener sexo en la ducha.
—O podríamos tener sexo en la ducha —confirmé, cerrando la puerta detrás
de mí.
Era un plan mucho mejor.
Veinticuatro
Ash
Ser amable con Eliza.
Ser amable con Eliza.
Ser.
Amable.
Con.
Eliza.
—Hola, te estaba esperando —dijo, dándome un abrazo tan pronto como
entramos en el abarrotado gimnasio, se me estaba haciendo difícil responderle con
cordialidad, hasta que Flint deslizó su mano por mi espalda y apretó mi culo.
—¡Hola! —chillé, golpeando su mano con rapidez para alejarlo. Eliza me dejo
ir y le dio una palmadita a Flint en el pecho.
—Llegas tarde.
Él indicó con la cabeza hacia mí.
—Su culpa. Y antes que preguntes... no. —Guiñó un ojo.
—Eww —gritó después se giró para mirarme—. Sin ánimo de ofender.
—¡Para nada! —Reí.
—Bueno, será mejor que vuelvas allí. Till ha estado de mal humor por alguna
razón. De cualquier forma, lo manejas mejor que yo.
—Fantástico —dijo con voz inexpresiva—. Espera, primero necesito presentarle
a Ash a alguien.
Eliza me miró fijamente.
—Te guardé un asiento. —Señaló hacia la primera fila de sillas con los rótulos
de reservado pegados detrás de estas—. Solo ven a buscarme cuando acabes.
Mi cuerpo se relajó mientras la veía alejarse.
Flint se inclinó hacia delante y me susurró al oído.
—Le gustas.
—Oh Dios mío —bromeé, provocándole y haciéndolo reír.
—Vamos —dijo, señalando con una muleta una puerta marcada con un letrero
en el que se leía Solo Personal del Gimnasio.
Lo seguí mientras atravesaba con facilidad la multitud. No estaba segura de
saber cómo lo hacía. Yo solo estaba utilizando mis dos piernas y estaba golpeando
más gente que él.
Me guio dentro de una enorme y amplia sala que se dividía en tres oficinas.
Dos de ellas se podían ver a través de la ventana de cristal que daba al gimnasio,
antes había visto una lista de nombres sobre la puerta, entendí el porqué.
La primera del lado izquierdo tenía el logo On The Ropes sobre las palabras
Primer Campeón del Mundo de Peso pesado, Slate “La Tormenta Silenciosa”
Andrews.
La puerta a la derecha tenía las palabras El Silenciador recortadas por el final
de una ola de símbolos de vítores junto con el título de Primer Campeón del Mundo
de Peso pesado, Till Page.
Pero fue la puerta más escondida la que realmente me llamó la atención:
Director y Gerente de On The Ropes Sports, Flint Page.
Me quedé mirándolo, y su sonrisa llena de orgullo se unió con la mía.
—Esto es real y malditamente espectacular.
—Nah, no es gran cosa —aseveró con una gran sonrisa.
—Mentiroso. —Me puse de puntillas para besar su mejilla.
Sonrió y sacó una llave de su bolsillo. Después de quitar el seguro de la puerta,
encendió la luz, no me sorprendió que revelase una mesa limpia y libre de desorden
con tres estanterías llenas de libros detrás de ésta. Una computadora estaba
colocada a un lado, y con la excepción de un portarretratos y una pieza de ladrillo,
el resto de la mesa estaba vacía.
—Tengo una silla. La traeré. —Besó mi coronilla y después se fue.
Decidí sentarme en su silla detrás de la mesa. Pasé mis dedos sobre la mesa de
madera, preguntándome si alguna vez se había sentado en ese mismo lugar y había
pensado en mí. Solo la idea me llenaba de calidez.
Me di cuenta que el portarretratos tenía una foto de Flint en el cuadrilátero.
Estaba a la mitad del golpe, y a juzgar por el rostro de su oponente el momento del
impacto, fue un golpe de gracia que lo dejó fuera de combate. Sonreí para mí misma
cuando lo vi permanecer, por primera vez, de pie sin la ayuda de sus muletas. Seguro.
Flint podía dar un paso o dos por su cuenta, pero en esa foto era diferente. Era fuerte
y feroz. Lo que me dejó preguntándome si esa versión de Flint habría estado tan
empeñada en estar con una chica como yo.
Afortunadamente, antes que me perdiese en mis recuerdos. Flint me
interrumpió.
—Es del edificio.
—¿Eh? —Alcé la mirada para encontrarlo inclinado contra el marco de la
puerta.
—El ladrillo. Es del edificio que pintaste ilegalmente la primera noche que
estuvimos juntos.
Lo agarré, girándolo para inspeccionarlo. No era más grande que una
manzana, pero todavía podía ver con claridad unos trazos de pintura amarilla en un
lado.
Escuché sus cuatro golpecitos acercándose, pero no podía apartar mis ojos del
ladrillo.
—No tengo ni idea de si es una marca que hiciste o que hizo cualquier otro,
pero al día siguiente que ellos lo derrumbaron, tuve que saltar las ruinas de la valla
y la robé para mí.
—Yo... yo estaba todavía aquí cuando lo estaban derrumbando —balbuceé y
levanté la mirada cuando se sentó en la esquina de su mesa.
Tomó el ladrillo de mi mano y lo puso en la mesa. Después, acarició mi brazo
y me jaló hacia su costado. Fui por propia voluntad, apoyando mi cabeza sobre su
hombro mientras envolvía sus brazos alrededor de mi cintura.
—Sí, pero incluso entonces, estaba intentando mantenerte conmigo.
Me derretí en sus brazos.
Con. Todas. Las. Sensaciones.
—Deja de hablar —murmuré contra su cuello.
Sus manos se movieron por debajo de la parte trasera de mi camiseta.
—¿Qué?, no era siquiera algo sucio.
Justo cuando iba a pedirle algo sucio, una voz fuerte y extrañamente familiar
resonó en la habitación.
—Juro por Dios que tengo la esperanza que ese chico te diera tu merecido por
esa artimaña que le hiciste.
Alcé mi cabeza, y una media sonrisa, medio suspiro se escapó de mi garganta.
—¡Max! —grité, saliendo en desbandada del abrazo de Flint.
Usando pantalones que probablemente nunca habían visto la suciedad y una
camiseta negra con el logo de On The Ropes, Max me miró fijamente desde el marco
de la puerta. Estaba molesto... y no podía haberme importado menos. Eché a correr
y arrojé mis brazos alrededor de su cuello.
—¡Oh Dios mío! ¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté cuando me liberó.
—¿Yo? Trabajo aquí. ¿Qué diablos haces aquí?
Me giré hacia Flint, quien nos estaba observando con una sonrisa afectuosa.
—¿Él trabaja aquí?
Se encogió de hombros y cruzó sus brazos musculosos sobre su pecho.
Volví a mirar de nuevo a Max.
—¿Tienes un trabajo?
—Si. Tu novio me dio el trabajo no mucho tiempo después que te fuiste. Para
Donna también.
—¡Donna! ¿Dónde está? —Mi mirada se fue rápidamente hacia la puerta.
—Oh, ella no está aquí, pequeña. Se hizo pareja del viejo entrenador de boxeo
de Slate. Vive en Los Ángeles. Ahora.
—No es. Malditamente. Posible —jadeé.
—Si. Jimmy es un buen chico, la consiente como si fuera la reina de Sheba.
Todavía está furiosa, así que prepárate cuando descubra que has vuelto. Solo te digo
que no está feliz contigo.
—¿Alguna vez ha estado feliz conmigo? —Reí.
—No. —Negó con una sonrisa en su rostro—. Escucha, tengo que volver allí
fuera. Estoy a cargo de la vigilancia en la puerta trasera. Nos pondremos al día en la
cena, después de la pelea.
—Bien —Le di otro abrazo—. Estoy muy feliz de verte.
—No deberías estarlo. Tú y yo vamos a tener una seria conversación esta noche
sobre esa mierda de salir corriendo.
Lo vi irse, después me di la vuelta para descubrir que Flint se había sentado en
su silla.
—Tú —fue todo lo que dije mientras me acercaba a él.
—¿Yo? —Levantó la tapa de su computadora, sin importarle que lo estuviera
mirando.
—Demonios, no estoy segura que decir.
Sonrió hacia la pantalla.
—¿Le diste trabajo a Max y a Donna?
—No es gran cosa. Ellos me ayudaron a buscarte cuando te fuiste. Se
convirtieron en mis amigos.
Di un grito ahogado de manera burlona, girando su silla hasta que estaba
frente a mí.
—¿Judgey McGee llegó a hacerse amigo de dos personas de mediana edad y
sin hogar?
—Son buenas personas a pesar de su situación. Alguna muchacha con una
afición por huir me dijo eso —contestó encogiéndose de hombros.
—Ella parece impresionante.
—Ella suena como que voy a ponerle el culo rojo esta noche —exclamó,
alzando una ceja.
Me subí hasta quedar a horcajadas sobre su regazo, casi tomando su boca.
—Parece que a ella le gustaría eso. —Le sonreí y su mirada quedó atrapada
con la mía.
—Fuera de aquí. Tengo trabajo que hacer.
— ¿Tu trabajo me involucra montándote en esta silla?
Soltó una carcajada.
—En veinticuatro horas, te he convertido en una adicta.
Me aferré a su cuello, trazándolo con besos con la boca abierta subiendo hasta
su oreja.
—No, conseguiste hacer esa cosa dulce que me hace hormiguear por
completo. Te demuestro mi aprecio de la misma forma que me disculpo.
—Mierda —maldijo cuando roté mis caderas sobre su dureza.
Estaba alcanzando su botón cuando oí la voz enfadada de Till detrás de mí.
— ¡Llegas tarde! Oh… mierda. Lo siento.
Avergonzada, enterré mi rostro en el cuello de Flint, pero dejó salir una
carcajada que me hizo unirme a sus risas.
—No, está bien. Ya iba a buscarte —Me guío fuera de su regazo—. Ash estaba
a punto de salir para reunirse con Eliza. —Me besó ligeramente en los labios y me
sacó de detrás de la mesa.
—Cierto. Sí. Reunirme con Eliza —murmuré, alisando mi cabello.
Till levantó su barbilla hacia Flint mientras yo caminaba hacia la puerta.
—¿Estás manteniéndolo bajo control?
—Lo estaba intentando —respondí con sarcasmo.
Se mordió el labio para reprimir una carcajada.
—Puedo verlo. —Me guiñó un ojo y metió sus manos en los bolsillos mientras
pasaba.
* * *
Me dirigí a la fila de asientos que Eliza había señalado antes, encontrándolos
felizmente vacíos.
Me agaché bajo la cadena que los bloqueaba.
—Lo siento, señorita. Están reservados para la familia de los luchadores. —
Escuché a alguien decirme. Me di vuelta para encontrar a un tipo grande con el
cabello oscuro y tez aceitunada inclinado sobre la barandilla. Tan pronto como
hicimos contacto visual, tiró su cabeza hacia atrás y sus ojos se abrieron como platos.
—Santa. Mierda.
—Estoy aquí con...
—Flint —terminó por mí—. Hola. Soy Leo James, el jefe de seguridad de Slate
y Till. —Extendió una mano.
—Hola. Soy...
—Ash Mabie. —Una vez más llenó el espacio en blanco—. He pasado mucho
tiempo buscándote.
No estaba muy segura de cómo reaccionar. ¿Estaba loco?
Respondí con actitud.
—Es curioso, he oído mucho eso.
—No voy a mentir. Soy un gran admirador tuyo.
Era mi turno para echar mi cabeza hacia atrás sorprendida.
—¿Eh?
—Lo odiaba por Flint, pero estaba impresionado por el tiempo que fuiste capaz
de eludirnos. No tienes ni idea de cuántas veces te perdimos por pocos minutos.
Eres buena. Jodidamente buena.
—¿Gracias? —respondí, ladeando mi cabeza ante el extraño cumplido.
—Oí que te encontraron, pero no esperaba verte aquí esta noche.
Solté un suspiro.
—Bueno, no eres el único. Sin embargo, Flint puede ser muy persuasivo.
—Es un buen chico. Tiene mucho en las manos, pero es lo que todos esos
chicos han hecho con sus vidas... —Hizo una pausa y negó—. De todos modos, fue
genial conocerte, oficialmente. Disfruta la lucha.
Lamenté cuando vi a Eliza acercarse mientras él se alejaba. Leo hizo una pausa
para abrazarla antes de desaparecer en la multitud.
—Veo que estás haciendo amigos —señaló Eliza, mientras nos sentábamos—.
¿Puedo por favor decirte lo mucho que amo y odio las noches de lucha? Pensarías,
que después de todos estos años, los nervios se irían. No. Me dan ganas de vomitar
en este momento.
Giré la cabeza y me quejé mentalmente de su intento de conversación antes
de recordarme ser agradable.
—¿Estás nerviosa? ¿Por la pelea?
—Sí. No tengo ni idea de porqué. Puedo ver a Till y a Flint boxear durante todo
el día, pero Quarry me pone nerviosa. No importa que mida uno noventa y pese
noventa kilos. Para mí todavía tiene doce.
—¿Mide uno noventa? —grité.
—No lo has visto todavía. —Rió.
Negué.
—Sí. Está todo crecido. Más grande que Till, más pequeño que Flint. Igual de
malhablado. Se va a graduar de la secundaria en unos pocos meses.
—No me jodas.
Quarry era la única persona que moría por ver de nuevo. Había extrañado a ese
chico casi tanto como a Flint. Bueno, no tanto. Pero pensé mucho en él mientras no
estuve.
—Escucha, ¿Flint te mencionó algo sobre la condición de Quarry?
—¿Condición?
—Sí. En el transcurso de estos años ha perdido una buena parte de su audición.
Tiene audífonos cuando está fuera del ring, parecen ayudar, pero usamos mucho el
lenguaje de señas.
—¿Está sordo? —jadeé, y mi cara debió haber palidecido, porque se acercó y
me apretó la mano.
—¡No! Él... está... yendo en esa dirección —corrigió—. Aún puede oír algo, y
con sus audífonos, es significativamente mejor. Sólo te lo digo porque esta noche,
en la cena, es probable que seas la única que no sabe el lenguaje de señas. A veces,
cuando los chicos se emocionan, se olvidan de hablar.
Me quedé mirando fijamente mientras el peso de haber estado corriendo los
últimos tres años se asentaba.
—No puedo creer que me perdí todo esto —me quejé, sin mirar en su
dirección—. Primero, fueron los primeros pasos de Flint. Ahora, Q es sordo.
—Oh, los primeros pasos de Flint no fueron nada del otro mundo.
—¿Por qué todos siguen diciendo eso? —grité—. Me dijo exactamente lo
mismo. ¡Lo siento, pero caminar sí que es gran cosa!
Estaba relativamente segura que la mitad del gimnasio me escuchó.
—Shhh —instó, mirando sobre su hombro para ver cuántas personas habían
sido testigos de mi repentino arrebato—. No lo quise decir así, Ash. Es sólo... sus
primeros pasos no fueron gran cosa. El día en que guardó la silla de ruedas fue el
significativo. Ese fue el día en que recuperó parte de su vida. Fui con Till y él cuando
donó sus sillas de ruedas. Le rogué que se quedara con una, por si acaso, ¿sabes?
Pero insistió en que no las quería. Con la excepción de esta tarde, nunca en mi vida
he visto a Flint más feliz que cuando caminaba de regreso al auto no adaptado al
uso de sillas de rueda.
Con la excepción de esta tarde.
Miré a mi regazo mientras mis mejillas se enrojecían.
Sí, yo estaba muy feliz esta tarde también.
—Además, nunca debes escuchar cuando Flint diga que no es gran cosa. Se
graduó de la universidad hace dos años. —Hizo un par de comillas en el aire y luego
dijo—: “No es gran cosa”. Tiró a uno de los más grandes boxeadores la primera
semana en el trabajo. —Más comillas en el aire—. “No es gran cosa”. El chico usó
una gran suma de dinero que Till le había dado como regalo de graduación para
comprar una casa a los veintidós años. —Me miró.
—¿No es gran cosa? —supuse.
—No para Flint. —Se encogió de hombros—. Ha habido exactamente una
“gran cosa” desde que lo conozco. —Se inclinó y reiteró—. Una. ¿Alguna suposición?
Oh, tenía una suposición. Simplemente no era lo suficientemente valiente
como para verbalizarla. En su lugar, negué.
—Tú —susurró con una sonrisa antes de ponerse seria—. Ash, pareces una gran
chica, y no puedo esperar para conocerte, pero voy a ser muy honesta aquí. Todos
estamos preocupados por la forma en que esto va a caer sobre ustedes. La razón por
la que usamos cada recurso que teníamos en buscarte es porque Flint pensaba que
eras gran cosa, entonces fue infinitamente más grande que eso. Fue enorme, un
cambio de vida.
Mis ojos brillaban mientras quedaba fascinada con mis zapatos para ocultar la
emoción que sus palabras me estaban causando.
—No sé qué decir —le dije al suelo.
—Di que vas en serio con él.
Podría haber dicho eso. Hubiera sido la verdad. Pero por alguna razón, tenía
cosas más importantes para airear.
Levanté la cabeza para mirar sus amables ojos.
—Te odio —le dije.
—Lo sé —respondió, aparentemente imperturbable—. Lo has dejado bastante
claro esta tarde.
—Eliza, según todos, estás a sólo un paso de la santidad en lo que se refiere a
los hermanos Page. Pero sabiendo lo que sentía por ti... no puedo. Lo siento.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero eran extrañas. No se veía como una mujer
que acababa de ser herida por las palabras. Parecía... feliz.
—Y yo estoy completamente de acuerdo con eso, siempre y cuando lo ames.
Olvida el solo paso. La santidad se ha logrado.
—Yo... —Abrí la boca sólo para cerrarla de nuevo.
—Ash, cuando esta conversación termine, voy a volver a fingir que no sé lo que
sientes por mí. Todo lo que pido es que realmente consideres cómo te sientes acerca
de Flint antes que lo destroces de nuevo por sus sentimientos mal interpretados
sobre mí. Pienso en él como un hijo y nada más.
—¡Nunca se trató de la forma en que te sentías por él! —espeté.
—¡Entonces déjalo ir! No castigues al hombre por los pensamientos de un niño
—respondió. Haciendo una pausa, se apartó el largo cabello castaño y miró a su
alrededor para asegurarse que nadie estaba mirando nuestro tranquilo altercado—.
Cuando te fuiste, Flint fue un desastre. Sobre razonaba lo que sentía por ti. No pudo
haberse enamorado de una chica de dieciséis años que sólo había conocido durante
un mes. Esa mierda no sucedía en su existencia controlada. Pero lo hizo, Ash. Ahora,
dime que compartes esos sentimientos... incluso en el pasado. Y puedes volver a
odiarme todo lo que quieras.
Estaba sorprendida por su honestidad.
—Siempre he estado enamorada de Flint. Es tiempo presente para mí —
contesté, por el respecto que sentía por su preocupación
—Bien —arrastró las palabras.
Dejé caer mi cabeza y la miré por el rabillo del ojo.
—Razón por la cual no estoy segura que puedo quedarme —argumenté.
—Voy a hacer un rápido "tiempo fuera" de ti odiándome. —Echó los brazos
alrededor de mí en un abrazo ladeado—. Conozco a Flint y sé que es tiempo
presente para él también. —Me apretó varios segundos y luego me soltó y se reclinó
en su silla—. Tiempo —susurró.
Cruzándose de piernas, sacó un bloc de dibujo y un lápiz de su bolso. No trató
de involucrarme en otra conversación mientras esperábamos que las peleas
empezaran. En cambio, dibujó silenciosamente un par de ojos. Observé con asombro
como las largas pestañas negras de Flint aparecían a través de las líneas en la hoja.
Cuando terminó, ni siquiera levantó la cabeza para mirarme. Sólo arrancó el papel y
me lo dio.
Lo tomé ansiosamente. Esos eran los ojos de Flint, y ellos me pertenecían,
incluso si era su mano la que los había dibujado.
Su amable, dulce, y mano de santa, que ni siquiera podía odiar más.
¡Maldición!
Veinticinco
Ash
¡Bueno, bueno, bueno! Mira lo que el lisiado arrastró habló Quarry e hizo
señas cuando entramos en el vestuario después de la pelea, una pelea que había
ganado fácilmente con un nocaut en el tercer asalto.
¡Oh, Dios mío, estás enorme! grité mientras me levantaba en un abrazo de
oso. Mírate, todo crecido. —Me alejé y burlonamente rastrillé mis ojos arriba y
abajo de su cuerpo mientras con orgullo se flexionaba y me daba diferentes
poses. Maldita sea, Q, si hubiera sabido que ibas a verte así, podría haberte dejado
sentir mis tetas todas esas veces que lo intentaste.
Rompió a reír.
¿Quién dice que no lo hice? Tienes el sueño muy profundo.
Sonriendo, esquivó el golpe que a medias lancé en su hombro.
—Pequeño pervertido.
—Amiga, ¿dónde diablos has estado? —señaló fluidamente cada palabra
mientras hablaba.
Odié cada segundo de ello.
Mientras habíamos esperado para que Q se duchara y cambiara, Flint me había
puesto al día sobre la pérdida auditiva de Quarry. Me había dicho que había
comenzado realmente a ir cuesta abajo alrededor de su decimosexto
cumpleaños. Afortunadamente, debido a Till, todos ya dominaban el lenguaje de
señas y Quarry ya estaba asistiendo a una escuela privada para sordos, por lo que
no había sido un cambio drástico para él. Pero escuché a Flint decirlo como que no
era gran cosa. Tenía la sospecha de que Quarry, probablemente, no se sentía de la
misma manera.
—Bueno, he pasado los últimos tres años en varios centros de salud mental,
tratando de superar las imágenes horripilantes cuando te vi saliendo de la ducha la
noche que me fui.
—Cierra la boca.
Se rió.
—Lo digo en serio, Quarry. Oí que los implantes de pene están de moda en
estos días. Deberías averiguar sobre ello.
—Tienes chistes ahora, ¿eh? —comentó, sin señalar. Pero solo porque sus
manos estaban ocupadas levantándome del suelo y lanzándome sobre su hombro.
Yo estaba aullando de risa mientras giraba en un círculo.
—No —gritó Flint de repente, cuando una de las manos de Quarry
desapareció—. Mierda, no te atreves —gruñó.
Los hombros de Q comenzaron a temblar de risa debajo de mí, antes de que
me volviese a poner en el suelo. Miró a Flint, pero con la esquina de su boca me
habló a mí:
—Al parecer, ya no se me permite palmearte el culo.
—¿Ya? —le pregunté, también mirando a Flint, que no parecía estar divertido
ni siquiera en forma remota.
—Muy bien, así que sí tienes el sueño muy profundo.
Le di un puñetazo en el hombro, lastimando mi mano porque había flexionado
sus músculos justo antes de haberle tocado.
—Hijo de puta —espeté mientras Quarry reía.
Su risa se detuvo cuando la puerta se abrió detrás de mí. Sin embargo, estaba
más centrada en mis pobres nudillos que cualquier otra cosa. No fue hasta que vi la
forma en que el sonido había transformado los brillantes ojos color avellana de
Quarry en un profundo y sexy color más oscuro, que decidí darme la vuelta para ver
quién se nos había unido.
Una chica obviamente emocionada llegó disparaba en la habitación.
—Ash, muévete —instó Flint, pero mis ojos estaban pegados a ella mientras
corría hacia nosotros.
Su cabello negro azabache estaba estilizado en un corte pixie adorable, con
una gran parte de color rosa que cubría su lindo flequillo. El vaquero tenían agujeros
en las rodillas, que sin duda habían estado allí cuando los compró y tenía unas
Converse con dibujos de cráneos que me moría por tener.
—Ash, muévete —repitió Flint un poco más bruscamente.
Afortunadamente, seguí su orden y di un paso fuera del camino, evitando por
poco ser derribada. La chica ni siquiera aminoró mientras se lanzaba a los brazos de
Quarry, que la esperaba. Envolviendo las piernas alrededor de su cintura, no perdió
un segundo antes de aplastar su boca sobre la suya en algo que ni siquiera podía
llamarse un beso. Fue rabioso y vino acompañado de gemidos por parte de
ambos. Las manos de Quarry se deslizaron de su cintura a su trasero, apretando
mientras la llevaba a la mesa en la esquina y la sentaba, sin romper la sesión de
besos apresurada.
—Uh... —Me volví a Flint—. ¿Deberíamos irnos?
—Todavía no estoy seguro. Dale un minuto para ver si ella se dirige a su
pantalón. Por lo general, esa es mi señal.
Apenas terminó de hablar, Quarry dejó escapar un fuerte gemido y los ojos de
Flint fueron por encima de mi cabeza.
—Sí. Deberíamos irnos.
No me atreví a dar la vuelta mientras salíamos apresuradamente de la
habitación.
—¿Qué demonios? —Me reí cuando llegamos afuera.
Mia.
—No te sientas mal. Eso es, más o menos, la forma en que todos conocimos a
—¿Y qué? ¿Esperamos aquí hasta que terminen?
—Oh Dios, no. No estoy escuchando esa mierda. Nos encontraremos en el
restaurante. Sacó el codo y lo acepté con demasiada rapidez.
Till apareció a la vuelta a la esquina
—Hombre. ¿Dónde está Q?
—Demasiado lento. Mia llegó primero —respondió Flint.
Till frunció los labios.
—¿Tenía puestos sus audífonos?
—Sí. Justo estaba hablando con Ash.
Till se acercó a nosotros y dio un puñetazo a la puerta.
—Tienes dos minutos. Entonces voy a entrar. Si te cojo con tu pene fuera, te la
arrancaré.
Flint estalló en carcajadas.
—Buena suerte con eso.
—Sí, gracias —respondió Till, luego golpeó la puerta de nuevo—. Un minuto.
—Vamos. —Flint me llevó por la puerta trasera hacia su camioneta—. ¿Te
divertiste esta noche?
—Realmente lo hice.
Sus labios se torcieron en una sonrisa.
—¿Incluso la parte donde tuviste que sentarse con Eliza durante tres horas?
—Bueno, no fue tan divertido como lo va a ser la siguiente parte, pero sí, que
fue bueno. Me puse de puntillas para tomar su boca.
Mordió mi labio inferior.
—¿Cuál es la siguiente parte?
Flint
—Joder —maldije mientras Ash tomaba mi pene hasta el fondo de su garganta.
En el momento en que nos detuvimos en el estacionamiento del restaurante,
había averiguado exactamente de qué se trataba la siguiente parte.
Mis manos se enredaron en su cabello mientras se cernía sobre la consola
central, ordeñando el semen de mi pene. Tragó como una jodida campeona y
continuó trabajando en mí hasta que no pude aguantar más.
—Ash. Alto.
Tiré de sus hombros, pero continuaba arremolinando su lengua alrededor de
la cabeza, sin mostrar señales de detenerse.
Ash gemí.
Usando su cabello, la arrastré hacia arriba, ocupando su obviamente frenética
boca con la mía. Aún podía saborear el sabor salado de mi liberación prolongada en
su lengua, pero no podría haberme importado menos. Estaba en su boca.
Se arrastró sobre la consola para montarme.
—Quiero sentirte dentro de mí.
—Nena, no aquí —alcancé a decir antes de que me agarrase del cabello para
profundizar el beso.
—Por favor. Necesito sentirte —declaró, meciéndose contra mí.
Mierda.
—No tengo un condón.
Dejó escapar un gruñido de impaciencia.
—Solo sácalo.
Entonces, movió su ataque oral a mi cuello.
—Um. No. Por mucho que me encantaría sentirte sin nada en medio, no es un
riesgo que estoy dispuesto a tomar.
Suspiró con frustración.
—Dios, ¿por qué eres tan responsable?
—Debido a que cuando llegue el día que te deje embarazada, tendrás mi anillo
en el dedo. Además, embarazarte ahora realmente obstaculizaría todos los planes
que tengo para follarte en los próximos años.
Se rió en mi cuello y se movió de mi regazo.
—Solo tú utilizarías palabras como obstaculizar durante la charla sexy.
Podría no haber estado dispuesto a follarla en el coche, pero no había
terminado con ella, tampoco. La seguí con mi cuerpo superior en su
asiento. Palmeando sus pechos, le pregunté:
—¿Quieres venirte, Ash?
Sus ojos se calentaron mientras asentía.
Miré los alrededores del estacionamiento vacío del restaurante, sabiendo que
toda mi familia estaba probablemente en la parte delantera, a la espera de nosotros.
A la mierda.
—Quítate el pantalón y abre las piernas —ordené, presionando dos dedos en
su boca.
Arremolinó su lengua alrededor de ellos de una manera familiar, enviando
rápidamente la sangre de vuelta a mi pene ablandándose. Saqué los dedos de su
boca, mientras se quitaba el vaquero y las bragas por sus piernas a tientas.
—Esto tiene que ser rápido, así que quiero que me hables. Dime qué te gusta.
Sus ojos se abrieron como platos.
—¿Me gusta cuando me tocas? —expresó en forma de pregunta.
Sonreí.
—Entendí esa parte. Pero, ¿cómo? —Deslicé mis dedos húmedos sobre su
coño, extendiéndola antes de empujar dos dedos dentro—. ¿Te gusta esto?
Su cabeza cayó hacia atrás contra el reposacabezas.
—¿O así? —pregunté antes de llevar mi pulgar a su clítoris.
Arañó su asiento
Así.
—Oh Dios —jadeó, mientras apresuradamente apliqué presión sobre su
capullo sensible.
Se retorcía mientras mis dedos continuaban bombeando en su interior. Me
hubiese gustado que fuera mi pene, pero mientras la veía perderse, era casi
mejor. Sus caderas se movían con cada empuje mío, hasta que finalmente se quedó
inmóvil. Sus uñas se clavaron en mi antebrazo cuando todo su cuerpo se tensó. A
continuación, un grito ahogado escapó de su garganta y su coño palpitaba alrededor
de mis dedos.
Mi pulgar continuó rodeando su clítoris hasta que el orgasmo se desvaneció
en la hipersensibilidad.
—Flint, por favor —respiró, empujando mi mano… una orden que
lamentablemente tuve que seguir.
—Vístete. Vamos a la cena. Entonces voy a llevarte a casa para el postre.
Levanté mi mano a mi boca, lamiendo su excitación de cada dedo.
Me miró con atención mientras se ponía sus pantalones.
—¿Estás seguro? Justo comiste lo mismo hoy durante el desayuno.
Me eché a reír, dejando caer mis manos hasta el botón de mis vaqueros.
—Oh, estoy seguro. Ahora, vamos a terminar con esto.
Veintiséis
Ash
—Oh, ya veo cómo es. Me gritan por conseguir algo en el vestuario, pero
cuando Flint viene cojeando y luciendo como si acabara de tener una orgía, todo el
mundo sonríe —dijo Quarry y lo repitó con señas cuando la anfitriona nos guió al
grupo que ya estaba sentado en la parte de atrás.
Una hermosa chica hispana lo golpeó en la parte trasera de la cabeza, mientras
que Mia rió, acurrucándose bajo su brazo.
—Idiota —murmuró Flint—. Todo el mundo, esta es Ash. Ash, estos son... —Se
inclinó hacia adelante para mirar hacia la mesa—. Jesús, ¿por qué están todos aquí?
Todos rieron; luego sus miradas aterrizaron en mí.
Genial. Sin presiones.
—Muy bien —resopló, señalando al final de la mesa—. Ese es Leo James y su
esposa, Sarah. —Movió su brazo para señalar a la chica hispana sentada en el otro
extremo, al lado de Quarry—. Esa es su hija, Liv. Y conoces a Max, por supuesto. —
Señaló a un hombre cubierto de tatuajes con su brazo alrededor del respaldo de la
silla de una rubia—. Ese es Caleb Jones y su esposa, Emma, quien es hermana de
Sarah. —Apuntó con su dedo de vuelta al final de la mesa—. El hombre feo es Aiden
Johnson, y el ogro a su lado es Alex Pearson. Manejan la seguridad para Leo, quien
lleva las riendas de la seguridad para Till y Slate. —Inhaló dramáticamente antes de
continuar—. Ya conoces a Till, Eliza, Slate y Erica. —Levantando sus manos para decir
en señas, terminó con—: Oh, y el flamenco rosado al lado de Quarry es Mia March.
Todos se rieron mientras Mia alzó sus manos y dijo con señas algo que, solo
puedo asumir, eran insultos.
—Ella me ama —me dijo, respondiéndole con señas.
Ella le mostró el dedo medio y Quarry rió a carcajadas. Entonces se inclinó hacia
atrás para un beso que hizo que toda la mesa gruñera de asco.
—¡Hola! —saludé con ambas manos antes de sentarme en la silla que Flint
había sacado para mí. Todos los ojos me siguieron mientras me senté.
—Dejen de mirar fijamente y vuelvan a hablar —demandó, y aparentemente,
no era la única que seguía naturalmente sus órdenes, porque en segundos, todo el
mundo empezó a charlar nuevamente.
—¿Quién demonios son todas estas personas? —pregunté en voz baja cuando
Flint se sentó a mi lado.
—Tu equipo de búsqueda —respondió con total naturalidad, haciéndole señas
a una mesera para ordenar nuestras bebidas.
Para. Nada. Incómodo.
La chica a mi lado interrumpió mi vergüenza interior.
—Hola, Ash. Soy Liv. Q me ha contado mucho de ti.
Quarry repentinamente se despegó de la boca de Mia y arrojó su brazo detrás
de la silla de Liv.
—¿Lo bueno o lo malo? —Mis ojos fueron al brazo de él y luego de vuelta a
ella.
—Lo bueno. Nos dijo que eras una carterista.
Mi mirada se movió hacia Quarry.
—¿Eso es lo bueno?
Se encogió de hombros, ignorándome para volver a hablarle en de señas a Mia
—He sido conocida por tomar una cartera una o dos veces.
Flint se ahogó con un sorbo de agua.
—¿Una o dos veces? Tienes la mía en estos momentos. Hermosa, no creas que
no me di cuenta que la tomaste cuando estaba haciendo las presentaciones.
—De ninguna manera —respiró Liv—, como, ¿ahora mismo?
—Sí, pero lo que no sabe es que también tomé sus llaves —Coloqué ambas en
la mesa mientras Flint palmeó sus bolsillos, maldiciendo.
—Genial —dijo ella.
Mia extendió su mano hacia Quarry para llamar la atención de Liv, metiéndola
en su conversación silenciosa. Miré a Flint quien los estaba observando hablar
mientras Q estaba sentado como un rey entre su harem.
—¿Cuál es la dinámica allí?
—Liv y Q han sido mejores amigos desde niños. Ella vive en Chicago, así que
es la única alrededor esporádicamente. Él empezó a salir con Mia hace dos años. Han
estado unidos por la pelvis desde entonces. Mia es completamente peleadora.
Deberías haber visto la riña que casi tuvieron cuando conoció a Liv. Lo superaron en
algún punto sin embargo. Ahora, Mia y Liv son mejores amigas y Q es la tercera
rueda.
—¿Mia también es sorda?
—Sí. Perdió su audición cuando era niña. Tumor cerebral.
—Oh, demonios —susurré.
Metió su mano bajo la mesa para apoyarla en mi muslo.
—Está bien ahora. Bueno, lo suficiente para saltar sobre Quarry en cada
superficie plana en la casa de Till.
Una risa burbujeó en mi garganta.
—La molesto mucho, pero es una chica buena. Mantiene el culo de Quarry en
línea, así que todos la amamos. —Empezó a hojear el menú.
—Oye Flint —gritó Slate desde el final de la mesa—, ¿qué sucedió con esa
pelea potencial para Griff en Atlantic City?
—Oh, déjame contarte esta mierda. Cuatro cifras. Cuatro. Espera —Se volteó
para besarme—. Ya regreso. —Tomó sus muletas y se dirigió hacia Slate y Till.
Justo cuando se acercó, Eliza se excusó y Flint ocupó su silla.
Tuvieron una discusión acalorada tanto verbalmente como en señas. Supuse
que las cosas malas eran dichas en señas, ya que Till miraba sobre su hombro cada
vez que uno de ellos levantaba las manos. No pude evitar reírme de lo muy animado
que era Flint con sus manos. Para un hombre tan estoico, las señas parecían
realmente sacar el drama de su interior.
Repentinamente, Eliza se deslizó en la silla que Flint había dejado vacante a mi
lado.
—Así que, ¿qué usarás en tu cita de mañana por la noche? —preguntó con una
sonrisa inmensa.
En serio estaba llevando esta cosa de pretender a un nuevo nivel.
—Um... —Pasé una mano a través de mi cabello. Tenía exactamente tres
atuendos: vaqueros y una camiseta teñida, vaqueros y una camiseta negra con cuello
en V y vaqueros y una camiseta con una imagen de Grumpy Cat10 . No era una
pregunta difícil de responder—. Unos vaqueros y una camiseta.
—¿Quieres venir a ver en mi closet? ¿Qué talla de vestido usas? Quiero decir,
eres más alta que yo pero somos de la misma talla, ¿verdad? —Se acercó,
midiéndose a sí misma contra mí.
Puede que no odiara más a Eliza después de nuestra conversación en el
gimnasio. Sin embargo, ir a mi primera cita con Flint usando su ropa nunca iba a
suceder. Jamás.
Ni siquiera una eternidad luego de nunca.
Nunca.
—Gracias, pero creo que tengo algo. —Sonreí forzadamente.
10
Grumpy Cat: Es una gata y una celebridad de internet conocida por su expresión facial de mal
humor. En español significa Gato Gruñón.
—De acuerdo. Si cambias de opinión, házmelo saber. —Debe haber leído mi
rechazo, porque no retrasó más el regreso a su asiento.
Pero había plantado una semilla que rápidamente creció a pánico. ¿Qué
demonios usaré para mi cita con Flint? Tenía veintiún dólares. Ir de compras no era
exactamente una opción. Mierda. Mierda. Mierda.
—¿Por qué te ves como si tu cabeza estuviera a punto de explotar? —preguntó
Flint, terminando el juego de sillas.
—Necesito conseguir un trabajo.
Elevó sus cejas, y frotó una mano sobre la sutil barba en su mandíbula.
—¿Te quedarás lo suficiente aquí para trabajar?
—Bueno... no estoy segura. Pero lo... lo... —No me había decidido aún
exactamente, pero tampoco había pensado en irme de nuevo—. Lo estoy
considerando.
Su mano se posó de nuevo en mi muslo antes de llevarla entre mis piernas.
—Te quedarás.
—Lo estoy considerando —repetí, abriendo mis piernas para permitirle más
espacio para jugar.
Y vaya que jugó.
Acababa de venirme en el auto y estaba increíblemente adolorida de las
últimas veinticuatro horas, pero mi cuerpo lo deseaba. Mordí mi labio, tratando de
no mostrar ninguna reacción mientras su mano viajaba de arriba abajo por la costura
de mis vaqueros.
Supuse que, si podía manosearme secretamente en una mesa frente a su
familia, podía hacer lo mismo. Atrapó mi muñeca justo cuando rocé su pene.
—Jesús —susurró, deslizando su mano de vuelta a mi rodilla y colocando la
mía encima de la suya.
La mesera apareció a su lado.
—¿Están listos para ordenar?
Ni siquiera había visto el menú todavía, pero Flint respondió ansiosamente:
—Sí. Dos filetes, término medio, papas asadas y ensalada con aderezo ranch.
—Hizo una pausa y me miró con una sonrisa de suficiencia—. En una caja para llevar,
por favor.
Veinte minutos después, cuando la comida llegó, Flint anunció que estaba
cansada. No era exactamente una mentira. Estaba lista para la cama.
Sin embargo, probablemente no para dormir.
Obtuvimos varias miradas de complicidad mientras nos despedimos, pero
nadie discutió. Ni siquiera Quarry, quien le ofreció una mano para que Flint la
chocara, la cual fue dejada en el aire. Después de prometer reuniones futuras, nos
dirigimos a casa con dos filetes a cuestas.
* * *
Saciada y desnuda en la cama de Flint, levanté mi cabeza de su pecho y
pregunté:
—Oye, ¿crees que puedes conseguirme un trabajo en el gimnasio como hiciste
con Max y Donna?
—No —respondió secamente.
Aparté mi mirada, avergonzada de haber preguntado siquiera.
—Está bien.
—No actúes así. Originalmente le conseguí un trabajo a Max y Donna
limpiando casas los fines de semana cuando el programa para después de la escuela
había terminado. De ninguna manera te conseguiré un trabajo limpiando el
vestuario de los hombres.
Me enderecé.
—Oh, podría limpiar muy bien ese vestuario. Soy buena limpiando.
Miró intencionadamente todas mis cosas, las cuales estaban en una pila
desordenada en la esquina de su habitación, la cual en su ausencia estaría prístina.
—Ya veo.
—¡Oh, cállate! Soy desordenada, pero soy muy buena limpiando. Por favor,
Flint. Necesito ganar algo de dinero.
—No, no tienes que. Yo te lo daré. —Me haló para que me acostara en su
pecho.
Me senté de nuevo.
—No tomaré tu dinero —dije, horrorizada solamente por la idea.
Se rió.
—Lo dice la mujer que roba mi cartera cada vez que puede.
—Eso no es justo. Siempre la devuelvo. Nunca te he robado nada realmente —
espeté mientras mi corazón comenzó a acelerarse.
El impulso de correr me abrumó y sus palabras del pasado me golpearon como
un huracán, desnudándome antes de hacer pedazos cualquier esperanza a la cual
había empezado a aferrarme desde que Flint había regresado a mi vida.
No soy una criminal.
¿A quién engañaba?
Eso es todo lo que siempre he sido ante sus ojos.
—¿Ash? —dijo a medida que lentamente comencé a moverme hacia el borde
de la cama—. ¿A dónde vas?
Las sabanas cayeron, exponiendo su desnudez mientras se empujó hacia arriba
sobre sus codos. Saliendo de la cama, grabé la escena en mi memoria.
Es hermoso.
Quizás tenía razón. Era una ladrona.
Porque había creado un millón de recuerdos con Flint en el último día, y me
llevaría cada uno de ellos conmigo cuando me fuera.
Planté una sonrisa falsa en mi rostro.
—Aún tengo hambre. Iré a calentar algo de comida. Solo duérmete. Ya vuelvo
—Me dirigí a mi pila en la esquina y me puse algo de ropa.
—¿Ash, qué demonios haces? —gruñó Flint, agarrando sus muletas para
seguirme. Recogiendo mi cabello y sacándolo de la parte trasera de mi camiseta, me
volteé para enfrentarlo.
—Solo buscaré algo de comer. ¿Qué estás haciendo tú? —Deslicé mis ojos en
broma sobre su cuerpo desnudo a medida que se acercó. Entonces dejé salir una
carcajada, pero solo para cubrir el temblor de mi barbilla.
Estaba muriendo por dentro.
Marchitándome completamente solo con la idea de dejarlo nuevamente. Sin
embargo tenía que hacerlo.
—¿Desde cuándo necesitas zapatos para calentar comida en la cocina? —dijo
sarcásticamente, atrapando mi brazo.
Repentinamente me puse frenética. Mentir no estaba funcionando, pero tenía
que salir de allí. Levanté mi barbilla y enderecé mi espalda. Muy calmadamente,
demandé:
—Déjame ir, Flint.
Ambos sabíamos que me refería no solo a físicamente.
Se estremeció pero rápidamente se recuperó. Sus ojos se entrecerraron
mientras dejaba caer su mano.
Libertad y toda una vida de agonía, estaban a solo unos metros.
Desafortunadamente, mi cuerpo una vez más desbloqueó la magia de
teletransportación, porque solo en un parpadeo, estaba tirada en el suelo con Flint
encima de mí. Sus muletas todavía estaban atadas a sus antebrazos a medida que
me clavaba en el piso.
—No te irás sin una explicación de qué demonios acaba de pasar. Ni siquiera
hace diez minutos estabas cabalgando mi pene. Ahora, me dices que te deje ir.
—Por favor —susurré, volteando mi cabeza para no tener que ver la
determinación en sus ojos.
Ya había dejado más que claro que quería que me quedara; no podía recordar
eso mientras me escapaba.
Se quitó las muletas de una sacudida, una por una y entonces me forzó a
mirarlo.
—No te atrevas a alejarme. ¿Qué demonios está pasando en tu cabeza ahora?
Empieza a hablar.
Flint no podía caminar muy bien, pero había dominado la cosa de clavarme al
piso. No podría haberme movido si lo intentara.
Y definitivamente lo hice.
Finalmente me rendí de intentar salir de abajo de su musculoso cuerpo y dije:
—Quiero un trabajo.
—Bien. Consigue un puto trabajo. Todo lo que dije es que no te conseguiría
uno limpiando el gimnasio. Mi mujer no limpiara el desastre de un montón de
hombres asquerosos que ni siquiera pueden apuntar bien a un urinario cuando están
de pie frente a él. De ninguna maldita manera.
Bien. Eso tenía sentido, pero no era la raíz del problema.
—No quiero tu dinero. Puede que sea una ladrona, pero no una mendiga. —
Mi voz traidora se quebró al final.
Su cuerpo tenso se aflojó cuando entendió.
—No eres una ladrona, Ash. —Trató de besar mis labios, pero volteé mi cabeza,
así que aterrizó en mi mejilla—. No eres una ladrona —repitió en mi oreja.
Volteé mi cabeza hacia el otro lado, deseando haber realizado una maniobra
de Van Gogh previamente y haberme cortado la otra oreja.
—No. Eres. Una. Ladrona.
Pero no podía confiar en las palabras más de lo que podrían no haber sido
dichas, o, en mi caso, ser olvidadas.
—Quítate de encima.
Era terrible en seguir órdenes, porque subió más encima de mí. Moviéndose
para cubrirme completamente, colocó un beso en mi cuello expuesto.
—Hice una broma acerca de ti robando mi billetera. No quise decir nada con
ello. Si quieres la verdad, amo cuando la tomas. Me hace reír cada vez. Y eso no es
algo que hacía mucho mientras no estabas. Si un trabajo es importante para ti, te
ayudaré a conseguir uno. Quizás podrías limpiar para Till o Slate. Sus oficinas son un
desastre.
»Pero por favor comprende que quiero proveerte. Lo siento. Sé que solo
estamos empezando de nuevo y toda esa mierda, pero he trabajo como loco, y en
la parte trasera de mi mente, siempre fue para poder tener algo que ofrecerte si y
cuando te recuperara. Ash, soy la mitad de un hombre que cojea a través de la vida
en muletas. Nunca seré capaz de levantarte como Quarry lo hizo hoy. Hasta follarte
de la forma que quiero es un reto. Tengo muchas limitaciones en mi vida, pero
proveerte nunca será una de ellas.
Mi corazón se rompió.
Estaba herida, pero no le permitiría sentirse de esa forma.
Volteándome para enfrentarlo, ahuequé su mandíbula en mis manos. Después
de presionar un beso reasegurador en su boca, dije:
—No eres la mitad de un hombre, y cualquiera que te haya conocido sabe eso.
Especialmente yo. —Lo besé otra vez.
Sus labios se crisparon contra los míos.
—Ash, no eres una ladrona, y cualquiera que te haya conocido sabe eso.
Especialmente yo.
Una sonrisa electrificante se formó en sus labios.
¡Hijo de puta!
—¡Oh por Dios, hiciste eso a propósito! —grité, causando que se riera y dejara
caer su cabeza en mi hombro—. Me acabas de hacer sentir lástima por ti para probar
un punto.
Continuó riéndose.
—¿Qué tipo de imbécil manipula los sentimientos de una mujer para usar en
su contra? —Mi voz se rompió en un sollozo.
Su cabeza inmediatamente subió y su risa se silenció.
—Eso no es lo que… —empezó pero se detuvo a mitad de la oración cuando
vio mi sonrisa de victoria—. Oh, vaya que vas a pagar por eso. —Comenzó a hacerme
cosquillas mientras me retorcía debajo de él.
Por varios minutos, rodamos en el suelo, riendo y actuando como los niños que
en realidad nunca fuimos. Finalmente, cuando ambos estábamos sin aliento,
subimos a la cama. Flint me ordenó que me desvistiera y luego me movió a nuestra
posición. Era tarde, y estábamos exhaustos.
Deseé poder quedarme con él en esa cama por siempre.
Deseé poder soltar el pasado y confiar en sus palabras.
Su astuta broma solo era un curita sobre la herida abierta que estaba matando
nuestra relación antes que siquiera iniciara.
O tal vez mis dudas lo hacían.
A medida que me acurrucaba en sus brazos, respiré profundamente, tratando
de grabar ese recuerdo en mi memoria por siempre.
Lo necesitaría más que nada cuando empezara de nuevo.
Veintisiete
Flint
Me desperté a la mañana siguiente con mis manos amasando los pechos de
Ash. Estaba profundamente dormida, pero mi pene se contrajo entre nosotros.
Hubiera dado cualquier cosa por tenerla en ese momento, pero sabía que debía
esperar. Ella había pasado de estar prácticamente intacta durante diecinueve años a
haberse corrido al menos una docena de veces en menos de dos días. Esa noche era
nuestra primera cita oficial, y tenía el plan de siempre y de acabar con mi pene
enterrado hasta la empuñadura en su interior. Así, a pesar del dolor entre mis
piernas, la dejé descansar.
En el reloj brillaba las 6 a.m. pero no había manera posible que pudiera volver
de nuevo a dormir. Me moví, tratando de deslizarme fuera de la cama, pero a
diferencia de la Despierta Ash, la Dormida Ash era un bebé. Me siguió mientras
trataba de ir centímetro a centímetro para salir de debajo de ella. Entonces me reí
cuando hizo todo menos arrastrarse encima de mí.
El sol estaba subiendo y llenando de luz la habitación, pero el café tendría que
esperar. Había muerto de hambre por ella por demasiado tiempo. Envolviendo mis
brazos alrededor de ella, pasé una hora inmerso en ella mientras dormía
pacíficamente encima de mí. Los dos últimos días tocaron un bucle mientras los años
anteriores se desvanecieron a nada más que un recuerdo lejano.
Todavía teníamos tantas cosas para trabajar, el malentendido de la noche el
primer ejemplo, pero yo estaba comprometido. Había hablado de un gran juego de
hacer que se enamorara de mí otra vez y llegar a conocer a la verdadera Ash Mabie.
Pero la verdad era que no necesitaba saber nada más sobre ella.
La amo.
Cada loca, pequeña parte peculiar de ella, sin duda me encantaba.
Mientras besaba la parte superior de su cabeza, mis ojos se dirigieron a mi viejo
libro que había utilizado como diario en los últimos años, en su mesa de noche.
Probablemente era una invasión grave de su intimidad, pero había pasado el
día de ayer leyendo de mi vida y la palabra que había escrito en el interior del libro
de Dave Eggers. Me había tomado poco tiempo averiguar qué era lo más destacado,
pero finalmente llegué a la conclusión de que eran sus corrientes de conciencia
escritas en código. Toda la carta-rosa destacaba aleatorias combinadas con frases
sobre cómo había sido feliz. Había deambulado por la gente que había conocido,
los libros que había leído en la biblioteca, y el más largo de todos fue cuando Judy
había horneado un pastel para el cumpleaños de Ash.
El azul aparecía cuando había estado triste. Había escrito sobre la ausencia de
su padre a pesar de que sabía que había hecho lo correcto al entregarlo. Había
mencionado lo difícil que había sido estar huyendo, y una vez, se había debatido
entre robar comida a tener hambre.
Fue lo único que podía hacer para no prender fuego al libro después de eso.
Sin embargo, traté de concentrarme en las letras verdes. Esos eran sus sueños.
No había una F, L, I, N, o T en ese libro que no estuviera resaltado en verde. No había
estado mintiendo. Yo había estado caminando en sus sueños sola cada vez y los
había tenido. Pero lo que me molestó fue que estaba por lo general caminando lejos
de ella.
Su subconsciente no podría haber estado más equivocado. Nunca la dejaría ir.
Algún tiempo después, me quedé de nuevo dormido con ella todavía acurrucada
encima de mí. No fue hasta que me desperté que me di cuenta que, aunque no
podría dejarla ir nunca, aferrarme a ella no sería fácil, tampoco.
***
—Ash —gemí, estrechando mis músculos rígidos sobre la cama vacía. Con
curiosos ojos abiertos, miré el reloj.
¿Cómo diablos me dormí hasta las once?
—Ash. —Llamé de nuevo, pero la casa permaneció notablemente silenciosa.
Me empujé a mis pies y tiré de un par de pantalones cortos y de una camiseta.
Entonces me dirigí a encontrarla.
Vagando por la casa, grité su nombre, pero habitación tras habitación, me
encontré con las manos vacías.
—¡Ash! —grité hasta las escaleras que conducían a los dormitorios no
utilizados.
Había comprado esta casa determinado a que algún día podría usar estas
escaleras. Eran un recordatorio material que, mientras estuviese de pie, tenía un
largo camino hacia la movilidad total. Ambos se burlaban y me empujaban
diariamente.
Empecé la difícil tarea de subirlas, pero en el último momento, hablé conmigo
mismo, decidiendo deshacerme de ellas en su lugar.
Revisé cada habitación posible de mi casa, pero no estaba en ninguna parte.
Mi mente comenzó a correr con posibilidades, que se extendieron a la gama de:
“Regresará en cualquier minuto” a “Se fue y nunca voy a verla de nuevo”.
De regreso a mi habitación, tomé mi teléfono, el pánico crecía con cada paso.
¿Seguramente, no trataría de huir de nuevo?
Habíamos dado algunos grandes pasos anoche, y se suponía que íbamos a
tener una cita esta noche. Cuando doblé la esquina de la habitación, el alivio se
instaló en mi pecho, su ropa estaba de forma ordenada en la esquina.
Eran un desastre anoche, por lo que en algún momento de la mañana, tenía
que haberla doblado y organizado. El alivio duró poco, sin embargo, debido a que
la bolsa de mensajero que solía cargar estaba notablemente ausente.
No habría dejado su ropa sin embargo.
¿O sí?
Solo había una cosa que sabía a ciencia cierta que Ash nunca dejaría atrás, y
por desgracia, no era yo.
Mi pulso se disparó mientras poco a poco volví hacia su mesita de noche,
rezando con todo mi corazón por estar equivocado.
—Oh Dios —respiré, tropezando hacia atrás varios pasos, casi cayendo al suelo
antes de tomar mis muletas de nuevo.
El espacio vacío donde una vez su libro se había acostado conmigo había sido
arrancado.
Se había ido.
***
—Necesitas calmarte como la mierda —gritó Till mientras tiro la cafetera
funcionando mal contra el suelo.
Habían pasado dos horas desde que me había dado cuenta que Ash se había
ido, e igual que todos los años anteriores, era palabrería entre la desesperación y la
ira. Durante la primera hora y media, me dirigí en busca de ella. Pero con cada
minuto que pasaba, la esperanza de encontrarla se desvaneció más lejos de mi
alcance.
Por pura desesperación, había llamado a Till, quien a su vez, llamó a Leo. La
búsqueda de Ash Mabie estaba en marcha de nuevo.
—No, lo que necesito es jodidamente una taza de maldito café y una mujer
que no huya a cada oportunidad que tenga.
—Bueno, pasaría a estar de acuerdo contigo, pero en este mismo segundo,
tienes una máquina de café averiada y a una mujer que puede o no estar perdida.
Así que vamos a calmarnos como el infierno y a tratar de resolver esto.
Eliza dejó de dar vueltas por mi sofá el tiempo suficiente para preguntar:
—¿Quieres que te haga un café para llevar?
—No, no quiero que me hagas un maldito café para llevar —le grité.
Till rápidamente me corrigió:
—¡Oye! Cuida tu boca. Estaba tratando de ayudar.
Tomé una respiración profunda, cerrando los ojos y dejando caer la barbilla en
mi pecho. Esto no estaba sucediendo.
No otra vez.
No cuando acababa de cuidar su espalda.
—Relájate. Vamos a encontrarla. Igual que hicimos la última vez —me aseguró
Till.
Me pellizqué el puente de la nariz.
—¿Cuándo? ¿En tres años, como la última vez? ¿Solo para mantenerla durante
cuarenta y ocho horas antes de que huya de nuevo? No puedo pasarme la vida
atrapado dentro de ese círculo vicioso —grité sin levantar la cabeza.
El problema era que no podía salir del ciclo, tampoco. No mientras ella fuera
parte del mismo. Till me apretó el hombro.
—¿Qué estás diciendo? ¿Quieres que llame a Leo?
—¡No! Solo quiero que alguien malditamente la encuentre y la haga amarme
de la forma en que la amo. Quiero que se quede conmigo. —Pasé una mano por mi
cabello, completamente derrotado.
De pronto, la voz de Leo se unió a la conversación.
—Bueno, ahora, eso acaba de sonar como lo de un cobarde. —Mi cabeza se
levantó para encontrarlo a él y a Slate de pie detrás de Till.
Leo dio un paso hacia adelante.
—Recupérate y deja de actuar como una perra. Tu mujer estará aquí dentro de
diez minutos. Estaba con Liv en una tienda de segunda mano a través de la ciudad.
Mis ojos brillaron entre él y Slate mientras trataba de tener mi crisis emocional
bajo control.
Solo que no podía hacer eso en absoluto.
La repentina oleada de alivio me dejó tembloroso. Leo tenía razón; nunca me
había visto más como una perra en mi vida. Pero estaba completamente de acuerdo
con eso.
Ella está de camino a casa.
Solté una respiración ruidosa y me acerqué al sofá, dejándome caer para
ocultar los efectos que la adrenalina estaba teniendo en mis piernas ya débiles.
—Awww, fue de compras —dijo Eliza, uniéndose a mí en el sofá.
Me aclaré el nudo de mi garganta antes de anunciar:
—La mataré.
Till se rió entre dientes.
—Es probablemente más fácil comprarle un teléfono.
—¿Cómo diablos terminó con Liv? —le pregunté a Leo.
—Ella llamó a Q esta mañana y consiguió su número. Voy a ser honesto. Fue
cuestión de suerte que la encontrara tan rápidamente. Estaba buscando mis llaves
para venir aquí cuando Sarah me dijo que Liv se había llevado el auto para ir de
compras. Llamé a Liv para decirle que trajera su trasero de vuelta a casa y me dijo
que estaba con Ash. —Se encogió de hombros—. Aunque sigo siendo la atracción
principal. Todavía te cargaré la factura sin embargo. Y para que lo sepas, los
domingos pagas más ―se burló.
No dije nada. Estaba echando humo.
Estaba enojado conmigo mismo por haber sobre reaccionado y asumido lo
peor, pero también lo estaba con Ash por al menos no dejar una nota para decirme
a dónde había ido.
Pero sobre todo conmigo mismo.
—Está bien. Gracias por venir, pero si está en camino, necesito que todos se
vayan a la mierda.
Ash
—¿Dónde diablos has estado? —gruñó Flint desde el sofá al segundo que entré
por la puerta.
Dejé mis bolsas en el suelo y pasé los dedos por mi cabello recién cortado.
—Estoy comenzando a detectar un patrón formándose aquí. ¿Esa es la manera
en que estás planeando saludarme siempre que me veas? Porque tengo que ser
honesta. No está funcionando para mí.
—Es cuando he pasado la mitad del día pensando que te fuiste de nuevo.
—¿Qué? —le pregunté, sorprendida—. ¿Por qué piensas eso? Fui a hacer
algunas diligencias.
—¿No pudiste dejar una nota? —preguntó con rudeza.
Moviendo mi cabeza de lado a lado, fingí considerarlo.
—Supongo que podría haberlo hecho. Simplemente no pensé en ello. — Me
encogí de hombros—. Oye, ¿adivina qué?
No se obligó a preguntar, “¿Qué?” Solo me miró parpadeando con
incredulidad. Finalmente, pregunté:
—¿Qué?
—Me pasé toda la mañana preocupado por ti. Destruí mi cafetera y tuve unos
doce segundos de ataque de nervios. Y quieres que te pregunte ¿qué? —Hizo unas
comillas en el aire muy enojado.
—Pues siento escuchar eso, pero es un muy buen “qué crees”. —Mis cejas se
levantaron y luego repetí—: ¿Adivina qué?
Dejó caer la cabeza hacia atrás para mirar al techo, murmurando lo que sonó
como una oración por paciencia.
Al parecer, Flint Page no era fan de los juegos de adivinanzas, así que solo fui
directa al grano.
—¡Conseguí trabajo! Estás viendo a la chica más reciente que pondrá el
champú de teñir. Vi el anuncio de Se busca, entré y hablé con el dueño esta mañana.
¡Bam! Diez minutos más tarde, era empleada y me conseguí un nuevo corte de
cabello gratis. Entonces, oh, esta es mi parte favorita, Liv y yo fuimos a la tienda de
segunda mano y me encontré con el pequeño vestido negro más adorable para
nuestra cita de esta noche. Es muy simple, pero hace que mis senos se vean
increíbles.
Flint dejó escapar un suspiro de exasperación luego me niveló con una mirada.
—Ash, solo desnúdate.
Me quité la camiseta antes de preguntar:
—¿En serio?
Él se puso de pie.
—He tenido el peor día imaginable, y por alguna razón tienes cero
comprensión de eso. Pareces disculparte mejor desnuda, así que sacaré provecho de
un polvo enojado. —Agarró su pene, que de pronto estaba sobresaliendo de la parte
delantera de sus pantalones cortos deportivos.
Mi lengua salió para lamer mis labios.
—No me gusta ese tipo de apología —susurré, moviéndome para desabrochar
mi sujetador.
—Métete en la cama. Estaré allí en un minuto.
Seguí mirando mientras su mano desaparecía en la parte delantera de sus
pantalones cortos. Entonces me acerqué, deteniéndome justo enfrente de él.
—¿Puedo ayudarte con eso? —Guie mi dedo hacia abajo sobre las
ondulaciones de su abdomen y debajo de su cintura.
Cuando mis dedos rozaron la cabeza de su pene, una firme mano aterrizó en
contra de mi trasero. Dejé caer mi frente contra su pecho. Chispas enviaron a mi
sangre a correr a mi clítoris, y un gemido estrangulado voló de mi boca.
Quitó la mano de sus pantalones cortos, pero jugó conmigo tirando de su
erección y continuando acariciándola entre nosotros.
—Dije. Que. Te. Metieras. EN. La. Cama.
—Bueno. Bueno —cedí, alejándome.
—Será mejor que estés desnuda cuando llegue allí, también.
—Mandón, mandón, mandón —le grité, pero empecé a quitarme mis vaqueros
antes de siquiera dar la vuelta a la esquina al final del pasillo.
Después de quitarme los zapatos, subí a la habitación, tirando de mis vaqueros
por mis piernas. Mis bragas rápidamente los siguieron mientras subía a la cama.
Ni siquiera un minuto más tarde, Flint entró en la habitación, arrastrando uno
de los taburetes de cocina detrás de él. Caminó directamente a la mesita de noche
y sacó una tira de condones.
Le lancé mi mejor sonrisa sensual, pero él no había estado bromeando con
todo el asunto del enfado.
Se.
Veía.
Enojado.
—Gírate y pon tu trasero en el aire —exigió, parándose a los pies de la cama.
Dejando las muletas, las arrojó al otro lado de la cama. Después de dejar los
condones en la cama junto a mí, empujó los bóxers y se acomodó en el taburete—.
Y retrocede.
No discutí.
Mierda. Un enojado Flint es uno atractivo.
Agarrando mis muslos, me arrastró hasta el borde de la cama. Estaba apoyada
en los codos con mi trasero al nivel de los ojos, completamente expuesta en forma
alguna y posible. Pero estaba con él. Nada más importaba.
Se acercó hasta su taburete hasta que estuvo a ras contra el colchón. Me asomé
por encima del hombro del mismo modo que él arrastró un dedo sobre mi apertura
y hasta mi clítoris. Mi respiración se atascó cuando levantó la vista a mis ojos; los
suyos ardían con una mezcla de rabia y deseo.
Me vi afectada por su ira, pero aterrorizada por el deseo. No era la forma en
que normalmente se veía cuando estaba excitado. Era diferente y feroz.
—Pensé que te habías ido —dijo sosteniendo la mirada y apretando un solo
dedo dentro.
Mientras lo retiraba lentamente, me quejé por la pérdida.
—Solo fui de compras. —Una mano se posó en mi trasero y su dedo se
precipitó hacia el interior, la mezcla más asombrosa fue la combinación de dolor y
placer.
—Putamente pensé que te habías ido —gruñó, deliciosamente doblando su
dedo de nuevo antes de que se fuera de repente.
Mis rodillas se debilitaron, y lo seguí con mis caderas, persiguiendo su mano
por más. Su mano no fue lo que me dio en absoluto.
—Trasero arriba —demandó, inclinándose hacia adelante y pasó sus dientes
sobre mi nalga.
Escalofríos se repartieron por mi cuerpo, pero levanté mi trasero lo más alto
posible. Su lengua lamió mi núcleo antes de lanzarse dentro.
Me sacudí contra su rostro, pero igual que con los dedos, su boca desapareció.
—Flint, por favor. Deja de jugar conmigo —resoplé.
—Estaba muerto de miedo, Ash. Me vi como una perra delante de toda mi puta
familia. Todo porque no dejaste una maldita nota. —Apretó de nuevo dentro de mí.
—Lo siento —respiré.
—Nunca pasaré por eso otra vez. Nunca. ¿Me oyes? —Movió la mano atrás y
adelante, empujando más profundo cada vez.
Mi liberación creció.
—Oh Dios. Mantén eso —le rogué.
Detuvo la mano mientras una vez más mordía mi trasero.
—Nunca más.
—¡Bien! ¡Lo siento! —grité—. Lo entiendo.
—No, real y jodidamente no lo haces —dijo entre dientes, pero sus dedos
comenzaron un ritmo Indulgente—. Necesito que te corras ahora, Ash. Estoy a punto
de penetrarte, y no puedo jurar que te corras. Así que esta parte es para ti, la
penetrada será para mí.
—Deja de hablar —susurré, rodando mis caderas contra su mano—. Date prisa.
Puedo hacer eso.
Flint añadió la otra mano a la mezcla, tocando y circulando mi clítoris mientras
bombeaba el dedo dentro y fuera de mí. No pasó mucho tiempo antes de que llegara
al borde del clímax, gritando su nombre en el descenso.
Me desplomé primero frente a la cama, perdida en la niebla post-orgásmica.
Vagamente oí el sonido del condón detrás de mí.
La siguiente cosa que supe, es que Flint me había levantado de la cama,
dándome la vuelta. Seguía sentado en el taburete, pero se había movido hacia atrás
para que sus piernas tuvieran espacio entre la banqueta y el colchón. Su pecho
estaba en mi espalda, y uno de sus brazos estaba envuelto apretado alrededor de
mi cintura.
—Abre Las piernas y pon los pies en la cama —ordenó, levantándome para que
me acercara a su pene esperando. Guió la punta dentro de mí mientras seguía sus
instrucciones. Tan pronto como mis rodillas lo tocaron ásperamente se estrelló en
mi interior.
—Oh Dios —grité mientras me llenaba más profundamente que nunca.
Dobló su otro brazo sobre mi pecho para que su oreja descansara entre mis
pechos y su mano agarró mi hombro. Después, una vez más me levantó antes de
ásperamente obligarme a bajar.
—No huyas de mí. —Mordió la base de mi cuello.
—Joder. —Incliné mi cabeza para darle más espacio, gimiendo con su
pellizco—. No estaba huyendo. —Él se estrelló contra mí de nuevo.
—No me harás eso otra vez.
Arriba.
Entonces de nuevo.
Dejé caer mi cabeza en su hombro, girándome para capturar su boca. La lengua
de Flint fue dura y exigente, y su barba se frotó contra mi rostro.
Soltó mi boca para moverme para otro empuje profundo.
Yo estaba en la parte superior, pero no había ningún error que Flint
absolutamente me penetraba, utilizando su parte superior del cuerpo para hacer el
trabajo que sus piernas eran incapaces de hacer.
—Has jodido completamente mi cabeza. Soy un maldito desastre, esperando
el día en que decidas dejarme de nuevo.
Arriba. Abajo.
—Ahhh —grité mientras se inclinaba hacia adelante, cambiando el ángulo. No
era tan profundo ya, pero era aún mejor.
—Mécete —exigió, besando mi cuello.
Estiré una mano, agarrando la parte de atrás de su cabello y usé la cama como
palanca para moverme en su contra. Mis piernas estaban cerradas con fuerza, y mi
clítoris se apretaba con cada movimiento.
—Necesito saber si estás planeando quedarte.
—Flint —jadeé.
—Solo putamente dímelo —gritó, con un ritmo frenético en mi interior. Sus
dedos estaban apretando dolorosamente mis caderas y mi hombro con su empuje
y penetración, pero su pene me conducía hacia el borde de la liberación—. Responde
a la pregunta de mierda. ¿Estás planeando quedarte?
—Sí —grité.
Plantándose hasta la empuñadura, maldijo mientras su pene saltaba y
temblaba mientras se acercaba. Sin aliento, jadeó:
—Dilo otra vez.
—Sí. Me quedaré.
Su pecho jadeaba por el esfuerzo, pero fue su corazón golpeando contra mi
espalda lo que expuso su ansiedad.
—Júramelo. Necesito escuchártelo decir.
Lo que dije, probablemente no era lo que esperaba oír, pero era más honesto
que cualquier juramento que le podría haber hecho nunca.
No estaba preparada para el rechazo que estaba tan asustada de recibir, pero
estaba cansada de huir de la única cosa que alguna vez realmente quería conservar.
Lo había decidido la noche antes de revisar mi vida. Lo haría sin miedo. Y es de
esperar, que lo hiciera con él.
—Te amo, Flint. Me quedaré todo el tiempo que me quieras.
Su hombro se relajó inmediatamente, y su mano aflojó su agarre.
—Para siempre.
Mis ojos comenzaron a nadar incluso mientras una sonrisa apareció en mi
rostro. Estirándose hasta mi hombro, puse mi mano sobre la de él y entrelacé
nuestros dedos. Luego crucé mi brazo e hice lo mismo con su mano en mi cadera.
—Entonces me voy a quedar para siempre.
Él exhaló un suspiro de alivio.
—No sé cómo confiar en ti.
—Creo que eso es algo que ambos vamos a tener que aprender, pero estoy
dispuesta a probarlo si tú lo estás.
—Incluso si las cosas se ponen mal, Ash, solo habla conmigo en vez de irte. No
asumas nada. No siempre voy a decir lo correcto. Probablemente voy a arruinar…
—Flint. —Miré hacia atrás, interrumpiéndolo.
Sus hermosos ojos azules, estaban buscando nerviosamente en los míos.
—Deja de hablar. —Sonreí.
Apoyó la barbilla en mi hombro, pero siguió hablando:
—Toda esta cosa entre nosotros es absurda. Las personas no se enamoran en
un mes. Y definitivamente no se quedan enamoradas tres años, sin contacto. Pero
Jesucristo, Ash, te amo tan jodidamente tanto.
Tragué, tratando de bloquear las lágrimas que amenazaban con escapar.
Me ama.
A mí.
—Deja de hablar. —Me atraganté.
—Quiero llegar a conocerte de nuevo. Pero necesito que sepas que no va a
cambiar nada. Te amo. Siempre lo he hecho, Ash. Siempre.
Las lágrimas finalmente se derramaron, pero mi sonrisa se hizo más amplia.
Siempre.
—Deja de hablar —repetí a través de mis lágrimas.
Suspiró contento.
—¿Te lastimé? —preguntó mientras se suavizaba en mi interior.
Sabía que estaba hablando sobre el sexo, pero su mirada tenía un significado
de completa revelación.
—Sí. Cuando tenía dieciséis años, rompiste mi corazón y dijiste algunas cosas
de mierda que me hicieron dudar quién era como persona. Por años, traté de
encontrar la manera de ser alguien de la que pudieras estar orgulloso, pero en última
instancia, solo aprendí a odiar una parte de mí misma. —Tomé una respiración
profunda—. Flint, esto es lo que soy. Puedo estar loca y ser extravagante, pero soy
una buena persona. Y eso es algo de lo que estoy orgullosa. No puedo preocuparme
por lo que pienses más.
—¿Lo qué pienso? Creo que eres una increíble persona que merece más de lo
que nunca seré capaz de darte. Pero, maldita sea, voy a intentarlo de todos modos.
Esa mierda que dije antes de que te fueras y de mis problemas. Nunca contigo. Si te
quedas conmigo, voy a pasar toda la vida demostrándote eso. Ash, lo siento tan
jodidamente.
De mala gana me soltó mientras me levantaba. No fui muy lejos sin embargo.
Girando hacia él, subí de nuevo en su regazo, pasando mis piernas alrededor de su
cintura y mis brazos alrededor de su cuello.
—Está bien. Te perdono. —Lo besé y luego susurré—: Pude haber sobre
reaccionado. Quiero decir, ¿huir por tres años? —Le guiñé un ojo, y una pequeña
sonrisa curvó la comisura de su boca—. Siento lo de esta mañana también. Quería
verme bien para nuestro inicio, nuevo comienzo como pareja. Nadie realmente se
preocupó por dónde estuve antes. Ni siquiera pensé en decirte a dónde iba.
Asintió, tocando castamente sus labios con los míos antes de inclinarse lejos
para atrapar mis ojos.
—¿Por qué te llevaste mi libro? Eso es lo que me asustó más.
Me reí.
—En primer Lugar, es mi libro, no tuyo. Lo gané en buena lid antes de reformar
mis caminos. —Él puso los ojos en los blanco—. Pero quería escribir. Tenía un
montón con qué ponerme al día en los últimos días.
—¿De cuál color?
Sabía exactamente de lo que estaba hablando. No sabía cómo sabía de lo que
estaba hablando.
—¿Discúlpame?
—¿Rosa o verde? Si es azul, voy a estar enojado.
Golpeé su pecho.
—¿Leíste mi libro?
—No, leí mi libro... el que rayaste con resaltador.
—¡No es tu libro! Es mío.
Pensó que estaba bromeando, mientras saltaba de su regazo.
Se puso de pie, quitándose el condón y anudándolo antes de decidirse por el
borde de la cama.
—Ash, no soy un idiota total. Puedes tomarlo prestado en cualquier momento
que quieras.
Le di una mala mirada.
—Ruedas, te acabo de decir que te amo. No me hagas arrepentirme. Ese libro
es mío.
—Ven aquí. —Me agarró la mano y me puso de pie entre las piernas—. Dilo
otra vez.
—Es mío —le dije.
Él me dio una mirada impresionado. Sabía lo que quería oír; acabé dándole el
gusto.
—La otra cosa, listilla.
Quería seguir adelante, pero mientras me miraba a través de sus gruesas
pestañas negras, quería oírselo decir de nuevo también.
—Te amo.
—Y —me impulsó.
—Y no más huir.
Sus labios se separaron en una sonrisa, y las comisuras de sus ojos se
suavizaron.
Levantando el brazo, besó el tatuaje de Flint de mi lado.
—Yo también te amo. —Cerré los ojos mientras repetidamente susurraba
contra mi piel.
Estaba tan genuinamente feliz por primera vez en toda mi vida que ni siquiera
pude pretender detener la burbuja torpe de risa que se me escapó.
Él me miró con expresión interrogante que solo respondí con un encogimiento
de hombros mientras seguía riendo.
Me ama.
Sacudiendo la cabeza, dijo:
—Bien. Puedes tener el libro, pero solo si no me das una mierda por leerlo.
—Puedes tomar tu oferta y empujarla dentro de ti. Ese es mi libro, no necesito
que me lo des. —Me aparté y crucé los brazos sobre mi pecho.
Él soltó una carcajada, recuperando sus muletas del suelo.
—Vístete, nena. Es noche es de cita.
—Es mi libro —repetí porque, bueno, él tenía que entenderlo.
—Absolutamente —confirmó, caminando hacia el baño—. Por el tiempo que
te lo preste. —Podía oír su risa continuar mientras cerraba la puerta.
No estaba enojada. No podría haberlo estado
suficientemente delirante pensando que seguía siendo suyo.
Me quedaría.
Para siempre.
Con Flint.
porque
estaba lo
Veintiocho
Flint
Fue verdaderamente increíble la forma en que un fin de semana cambió el
trayecto de toda mi vida.
Ash y yo habíamos intercambiado nuestra cita por comida para llevar por el
terreno con malezas. Fue mucho mejor que cualquier cita aburrida y normal que
podría haber aceptado. Fuimos nosotros. Y con su promesa de quedarse,
oficialmente había un nosotros de nuevo.
Ash pasó toda la noche pegada a mí, sin permitir que me alejara de su alcance,
incluso mientras estábamos comiendo.
Fue increíble. Por primera vez en toda mi vida, no esperaba nerviosamente que
el cielo me aplastara. El mundo podría haberse deslizado en otra Edad Oscura y por
mí habría estado bien. Tenía una casa, un trabajo, dinero en el banco, y una mujer,
no necesitaba nada más.
Ella solo me quería a mí.
Mi vida oficialmente había comenzado.
Y estaba gloriosamente despejada de problemas.
Ash y yo rápidamente caímos en una rutina fácil. Por la mañana la llevaba a
trabajar al salón, luego la recogía en el almuerzo solo para dejarla en la universidad,
donde se había inscrito en un curso de actualización de la escuela secundaria. No lo
necesitaba. Era increíblemente inteligente. Sin embargo, sentía temor de fallar el
examen de equivalencia de la secundaria que necesitaba tomar para iniciar los cursos
universitarios.
Me enorgullecía que regresara a la escuela. No estaba segura en qué
especializarse, pero estaba tan emocionada por asistir a las clases reales que eso no
importaba. El único problema era que necesitaba una identificación para inscribirse
y Ash no la tenía. Pasamos semanas rastreando su certificado de nacimiento y luego
su tarjeta de seguridad social antes de que finalmente fuera al DVA11 a conseguir su
licencia para conducir, algo más por lo que estaba emocionada. Su lista de cosas
nuevas disminuía mientras tachaba a diestra y siniestra.
—Oh mi Dios —jadeó Ash mientras yo entraba en el DVA—, viniste. ¡En traje!
—Dejó a Quarry y a Mia sentados en las sillas plegables y se apresuró hacia mí.
11
DVA: Departamento de Vehículos Automotores (tránsito).
—Tuve una reunión con un cliente potencial al mediodía, pero vine directo
hacia aquí después. Mi mujer conseguirá su licencia de conducir hoy. Es una gran
ocasión. —Me incliné para besar sus labios.
Sus ojos destellaron mientras esquivaba mi boca.
—Oh mierda. Vamos. —Tomando mi brazo, me empujó hacia la puerta.
—¿A dónde vamos? ¿Ya me perdí tu prueba? —pregunté, haciendo mi mejor
esfuerzo para mantenerme al día mientras me arrastraba hacia la puerta.
—No. Pero necesito que veas a un doctor. Creo que tuviste un derrame.
Me frené, deteniéndome justo antes de salir del edificio.
—¡No pares! ¡No puedes morir sobre mí! ¿Quién me regañará por dejar mis
zapatos en el medio del camino si estiras la pata? —Mordió su labio, pero su sonrisa
logró escapar.
—Me estoy perdiendo el chiste, chica divertida. Necesitaré que lo expliques.
—Dijiste que esto era una gran ocasión. Claramente, te pasa alguna cosa
neurológica.
—Es una gran ocasión.
—No. Solo es una licencia de conducir. He estado manejando por años. —Se
encogió de hombros antes de añadir—. Por cierto, te ves sexy en traje.
Niego con un gesto ante su dispersa conversación.
—Estás loca —le digo, envolviéndola en mis brazos y besando la parte superior
de su cabeza.
—Creo que estás loco. Volver a caminar después de pasar años en una silla de
ruedas no fue nada. Pero, ¿que yo consiga una pequeña tarjeta de plástico que me
permite hacer legalmente algo que he hecho por años es una gran ocasión? —
Envolvió sus brazos alrededor de mis caderas, abrazándome fuerte, antes de deslizar
su mano hacia la parte trasera de mi pantalón.
—¿Podrías detenerte? —Reí, alejando sus manos.
—¿Qué? —susurró inocentemente—. Es el traje. No puedo evitarlo.
—Correcto. ¿Qué fue anoche cuando saltaste sobre mí en la cocina? —Levanté
una ceja, preguntando.
—Ahh… lo siento, pero ese chándal no deja nada a la imaginación. Si no quieres
ser sexualmente asaltado por tu novia, entonces en verdad debes ponerte algo más.
—Loca —susurré, besándola de nuevo—. Además, la licencia de conducir no
es una gran ocasión porque podrás manejar. Es una gran ocasión porque tendrá
nuestra dirección como tu residencia legal. No te librarás de mí ahora.
—Estoy bastante segura que podría cambiarla cuando me mude.
—¿Planeas mudarte? —digo en broma. Era una idea que habría acelerado mi
pulso semanas antes. Pero Ash no iría a ninguna parte. De eso estaba seguro.
Era mía en cada forma posible.
—Bueno, no lo sé. ¿Dejarás de usar chándal? —Deslizó su mano por detrás
hacia mi pantalón.
—No. Amo ese pantalón.
Apretó mi trasero e hizo un guiño.
—Entonces definitivamente no me mudaré.
Sonriendo, me incliné hacia adelante para tomar su boca, y no sería dulce. Sería
completamente indecente, a pesar de que estábamos en un lugar muy público. A
juzgar por la forma en que sus ojos brillaron con deseo, estaba de acuerdo con eso.
Desafortunadamente, Quarry y Mia notaron nuestro momento. Silbidos
hicieron eco a través del DVA, ganándonos unas pocas miradas de los empleados.
—¿Ash Carson? —llamó la anciana detrás del escritorio.
—Mabie —corrigió Ash en un murmullo.
—Vamos, haremos que lo cambien —le aseguré, de la misma forma en que lo
hice cuando se había emocionado el día en que su certificado de nacimiento había
llegado por correo.
Ash no había vuelto a hablar con Ray desde la noche en que lo había
denunciado a la policía. Tampoco mostró algún deseo de visitarlo en la cárcel. Pero
odiaba el hecho de que Mabie no estuviera anotado como su apellido legal. Tenía
toda la intención de ayudarla a cambiarlo, pero nunca sería Mabie.
Ash Page tenía, sin embargo, un agradable sonido.
Aunque todavía no había tocado el tema del matrimonio, estaba seguro que
era hacia donde nos dirigíamos. Planeaba darle algo de tiempo. Pero cada día que
pasaba solo cimentaba el hecho de que quería pasar el resto de mi vida con ella.
No era una persona precipitada.
Pero era Ash. Perdía mi jodida mente en lo referente a ella.
Habíamos estado juntos de nuevo solo por ocho semanas, pero me había
tomado cuatro caer enamorado de ella cuando nos habíamos conocido. Ocho
semanas se sentían como una eternidad.
—Deséame suerte —dijo, levantándose de puntillas y besándome en la mejilla.
—Lograrás esto, nena.
—Entonces lo conseguiré. —Movió sus cejas sugestivamente, retrocediendo—
. Oh, espera. —Se giró hacia Quarry, chasqueando los dedos—. Llaves.
Quarry dejó caer las llaves de su coche deportivo en sus manos.
—Sé gentil con ella.
—Correcto. ¿De la misma forma en que tú fuiste gentil con la camioneta de
Flint cuando la embarraste la semana pasada? —Sonrió desdeñosa, sabiendo que lo
había lanzado debajo del autobús.
Dirigí mis ojos hacia lo de él.
Quarry no pareció desconcertado en lo más mínimo.
—Oh, no empieces. Era un charco. Ni siquiera tiene tracción en las cuatro
ruedas. Esos pedales de mano también apestan. Empujar una palanca realmente le
quita lo sexy a salir acelerando, quemando ruedas. —Envolvió un brazo alrededor de
los hombros de Mia cuando terminó de hacer señas.
Ella soltó una risita, apretándose contra su costado.
—¿Ash Carson? —repitió la mujer.
—Ups. Tengo que irme. —Palmeó mi trasero y se alejó trotando.
Miré hacia Quarry mientras me sentaba en la silla junto a Mia.
—No tienes permitido, nunca, pedir prestado mi auto de nuevo. No me importa
si tu auto está en el taller.
—Meh. Sobreviviré —afirmó con lenguaje de señas antes de sacar a Mia de su
silla y colocarla sobre su regazo.
Comencé a revisar mis correos en mi teléfono.
—Por favor, no la molestes aquí.
—¿Ah? —dijo ella y las manos de Quarry tradujeron para ella.
Mia golpeó mi brazo para conseguir mi atención.
—Mira quién habla —dijo en lenguaje de señas, sin preocuparse en decirlo en
voz alta ya que Ash se había ido—. Vomité un poco en mi boca.
—Lo que sea. Parece que tuvieras doce. Q parece más viejo que yo. Todos en
el cuarto están asumiendo que es un pedófilo justo ahora —repliqué.
Q saltó.
—¡Oye! No era yo el abusador de niños que tenía a una chica de dieciséis años
desnuda en la parte trasera de su camioneta.
—¡Sí, lo hiciste! Por eso tuve que venderla. No quiero ni saber lo que ustedes
dos hicieron en esa cosa antes que te comprara un auto.
Q rió.
—Oh, vamos. No es por eso que la vendiste.
—El piso estaba pegajoso, imbécil. —Lo golpeé en el hombro.
—Maldición —juró, frotando su brazo.
Mia miró soñadora al espacio y suspiró.
—Dios, extraño esa camioneta.
La miré con disgusto y continué revisando mi teléfono.
Quarry preguntó:
—Oye, ¿por qué no nos dijiste del cumpleaños de Ash?
—No es hasta el otro mes. Te dejaré saber cuándo planeé algo —respondí
distraídamente.
—Amigo, su cumpleaños fue la semana pasada.
Levanté de golpe mi cabeza.
—Su cumpleaños es el dieciocho de Abril.
Mia levantó las manos mientras quedó boquiabierta.
—¡Idiota! Te perdiste su cumpleaños.
Volví a mirar a Quarry y repetí
—Su cumpleaños es el dieciocho de Abril.
Niego, sacando el certificado de nacimiento de Ash del sobre que había dejado
en su asiento.
—Dieciocho de marzo.
¿Qué carajo?
Claramente la recordé diciéndome que era en abril, la primera noche que
estuvimos acostados en las malezas.
—¿Qué signo astrológico es el dieciocho de marzo? ¿Aries?
Ambos se encogieron de hombros, así que levanté mi teléfono e hice una
rápida búsqueda en Internet.
—Piscis —le susurré a la pantalla de mi teléfono—. ¿Por qué demonios me
habrá mentido?
—Esto te costará mucho. Debes comprarle un coche y pretender que todo esto
era parte de tu plan. Hacerla pensar que olvidaste su cumpleaños a propósito —
sugirió Quarry.
Mia asintió emocionada mostrándose de acuerdo.
No era una mala idea, exactamente, pero estaba más preocupado en por qué
ella me habría mentido, que en las consecuencias de haber olvidado la fecha.
Por los siguientes diez minutos, taladré con la mirada la puerta del DVA,
esperando a que volviera a entrar.
Finalmente, llegó dando brincos por la esquina, riéndose con la una vez
disgustada empleada del DVA.
—Solo déjame saber cuándo. Puedes pedir prestado su auto en cualquier
momento —dijo Ash a la mujer, mirando a Quarry.
—¡Oye! —Rápidamente regresó a Mia a su asiento y se apresuró a recuperar
sus llaves—. ¿Pasaste?
—Psh, ¿si pasé? —Lo miró disgustada—. Tonya ni siquiera me permitió hacer
la prueba. Solo tomamos turnos para jalar el freno de mano y deslizarnos hacia el
sitio de estacionamiento en paralelo.
Q le arrebató las llaves de la mano.
—Cállate. No lo hiciste.
Me puse de pie y me uní a ellos.
—¿Pasaste?
—¡Llevas un traje!
—¿Cuántas veces más dirás eso?
—Llevas un traje.
Cambiando mi peso a un brazo, envolví el otro alrededor de su cintura.
—¿Estás repetitiva?
—No estoy segura. Desnúdate y vemos.
—Jesús, mujer. Solo responde a la pregunta.
Sujetó mi corbata y jaló mi cabeza hacia abajo, susurrando en mi oído.
—Creo que debemos celebrar mi nueva y flamante licencia de conducir
teniendo sexo en tu asiento trasero.
Asintiendo intencionalmente hacia mi cremallera, me dejó saber cuán seria era.
—Está bien. Mantén tus pantalones puestos —dije, retrocediendo para salir de
su agarre.
La mujer en la cámara de la estación dijo su nombre.
—Regresaré pronto. —Se alejó tranquilamente, balanceando su trasero y
asegurándose que, tan pronto como llegara al fondo de la mentira sobre su
cumpleaños, estaría usando el traje para mi completa ventaja.
Ash
—¿En verdad te tomaste el resto del día libre? —pregunté cuando Flint me
sorprendió bajando del auto en lugar de solo dejarme en casa.
Desbloqueó la puerta delantera y la abrió.
—Síp. Te dije. Gran ocasión.
—Llamaste luego que viste cuánto me gustaba el traje, ¿eh? —Hice un
espectáculo comprobándolo antes de entrar.
—Debo decir que eso no influyó en mi decisión. Aunque estoy más interesado
en saber por qué estás mintiéndome —replicó con un borde duro en su voz.
Giré para mirarlo.
—¿Qué?
Eliminó la distancia entre nosotros, parándose solo a centímetros de mí.
—Tu cumpleaños es el dieciocho de marzo —indicó con toda seguridad—.
Pero por mi vida que no puedo imaginar por qué demonios me mentirías sobre eso.
—Ah, porque tal vez no estoy mintiendo —repliqué, sorprendida por su
acusación.
—Mierda. Vi tu certificado de nacimiento cuando tomabas la prueba de
conducción. Estás mintiendo y quiero saber por qué. Ahora.
Amaba al mandón Flint. En realidad incluso amaba al furioso Flint. Pero el
imbécil Flint me hacía querer recurrir a la violencia. Afortunadamente para él, todavía
usaba el traje.
—Así que déjame poner esto en claro. ¿Viste algo que es diferente a lo que te
he dicho y tu conclusión inmediata es que estoy mintiéndote? No me preguntaste
sobre eso. Solo saltaste directo a mentirosa. Gracias por el voto de confianza.
—¡Me mentiste! Categóricamente me dijiste que tu cumpleaños era en abril.
—¡Mi cumpleaños es en abril! —grité, perdiendo rápidamente la calma.
—Deja jodidamente de decir eso. Tu cumpleaños fue la semana pasada. ¿Qué
demonios tratas de esconderme?
Parpadeé hacia él.
—¿Bromeas? ¿Ahora estoy escondiendo mierda de ti? —dije, un poco herida.
Está bien, muy herida.
—¡No sé! ¡Es exactamente lo que trato de averiguar!
—¡No hay nada que averiguar! —Retrocedí un paso, cerré mis ojos e intenté
respirar para calmarme—. Escucha, estás actuando como un idiota justo ahora.
Déjame saber cuando quieras hablar. Estoy feliz de explicarlo, pero no me sentaré
aquí, escuchándote lanzar acusaciones. —Me giré y pisando fuerte, me fui hacia
nuestra habitación, cerrando la puerta detrás de mí.
Así que, tal vez actuaba como una idiota también. Pero estaba herida. Flint era
la única persona que conocía mis botones. Sin embargo, como un niñito en un
elevador, estaba apretándolos todos.
Colapsé en nuestra cama, quitándome los zapatos y luego empujándolos por
el borde. Me gruñí a mí misma cuando escuché sus pasos contra el piso de madera
dura del pasillo. Necesitaba unos minutos para recuperarme y deshacerme del sabor
amargo que había dejado en mi boca. La puerta se abrió, pero no entró.
Apoyándose contra el marco de la puerta, dijo:
—Tienes razón.
—Sé que la tengo —respondí molesta.
—Si sirve de algo, no estaba asumiendo que era algún plan nefasto o nada.
Pensé que tal vez habías mentido para mantener alguna distancia entre nosotros
cuando regresaste la primera vez. No sé. Eso en verdad ni siquiera tiene sentido. —
Pasó los dedos por su cabello, luego lo volvió a peinar con la mano—. Es solo que…
me perdí tu cumpleaños, y ahora, me siento como un idiota.
—¿Estás listo para escucharme ahora en lugar de saltar a conclusiones? —
pregunté, sentándome y cruzando mis piernas debajo de mí.
Bajó la mirada avergonzado.
—Sí
—No te perdiste mi cumpleaños, Flint. Mi madre se suicidó el dieciocho de
marzo, así que cuando era una niña, escogí un nuevo día para celebrar.
Levantó bruscamente la cabeza.
—Mierda —dijo en voz baja, despegándose del marco y caminando hacia la
cama para unirse a mí.
—En lo que a mí concierne, mi cumpleaños es el dieciocho de abril. No te
mentía, pero el hecho de que automáticamente asumieras que lo hacía… —Me
apagué.
Acunó mi rostro para forzar a mis ojos a mirar los suyos.
—Lo siento. No sabía.
—Pero ese es exactamente el problema. Hay muchas cosas que no sabes, Flint.
No puedes asumir siempre que miento o te escondo mierda cada vez que una nueva
verdad sale.
La cama se hundió bajo su peso mientras se acomodaba en el borde.
—Quiero saber todo de ti, Ash. Debería haber sabido algo tan importante como
lo del dieciocho de marzo. —Se inclinó hacia delante, besándome muy brevemente.
—Mira, hemos estado juntos de nuevo por dos meses. La parte de llegar-aconocerte de esta relación no será en una noche.
Arqueó una ceja.
—Sabio consejo de una mujer que solo ha estado en una relación. —Sonrió,
besándome de nuevo.
—Na. Leo un montón de novelas románticas.
Levantó su cabeza.
—¿De verdad lo haces?—preguntó escépticamente—. ¿En serio o estás
jodiendo conmigo?
—No, en verdad lo hago. Mientras más sucia mejor. —Me encogí de hombros.
Sus ojos brillaron por completo mientras caía hacia atrás sobre la cama,
riéndose.
—¿Cómo demonios no sabía eso?
—¡Nunca preguntaste! —me defendí.
Tomando mi brazo, me jaló hacia abajo, acomodándome en nuestra posición.
Suspirando, besó la parte superior de mi cabeza.
—¿Qué más debería saber acerca de ti?
—Bueno, mi color favorito es el verde neón, pero solo para accesorios. Nunca
me verás en una camisa verde neón o un vestido. Prefiero el negro con manchas de
color. Mi sabor favorito de cualquier cosa es manzana, pero odio las manzanas reales.
Me encantan las aceitunas de todos los colores y prefiero vainilla sobre chocolate.
—Me detuve para dar golpecitos en la esquina de mi boca—. Siento que olvido algo.
—Tal vez algo importante. —Me apretó fuerte.
—No puedo decirte cosas importantes, Flint. Eso de alguna forma viene al azar.
Demonios, algo que creas que es importante puede que sea insignificante para mí.
Pero la buena noticia es que estoy aquí para quedarme para siempre, tanto tiempo
como para que dejes de hacer suposiciones, tiempo es algo que tenemos. —Me
levanté sobre un codo y presioné un beso en su mandíbula.
Girando su cabeza, capturó mi boca.
—Te amo.
—Sé que lo haces.
—Y lo siento. Puedes tener cualquier cumpleaños que quieras.
Lo besé más profundamente, luego me subí a horcajadas sobre su cintura.
—¿Qué si quiero que mi cumpleaños sea hoy?
—Lo siento. No puedo hacerlo. —Se sentó de repente, moviéndome a un lado
mientras se arrastraba hacia el borde.
—¿A dónde vas?
—De compras. Acabo de averiguar que mi chica tiene un fetiche por los trajes.
Lo persigo levantándome de la cama, atrapándolo justo antes de que
recuperase su equilibrio.
—Bueno, entonces ¿por qué no la dejas disfrutar de este? Luego vas de
compras. —Caigo de rodillas frente a él solo para ser puesta de pie nuevamente.
—Porque torturarla con un día en el centro comercial, luego follarla hasta
dormir suena más divertido. —Hizo un guiño.
Habría discutido, pero eso sonaba como divertido.
Podría vivir con eso.
Veintinueve
Till
Tres semanas después.
—Feliz cumpleaños —le dije, sacando una pequeña caja negra de terciopelo
de mi bolsillo y poniéndola sobre la mesa después de que habíamos terminado el
almuerzo.
Había querido llevarla a un lugar agradable, pero al estilo de Ash, ella había
elegido un lugar de hamburguesas grasientas con menús de papel. Era su
cumpleaños, sin embargo. Si quería hamburguesas y batidos, entonces me
aseguraría de que mi chica las consiguiera.
—Oh, Dios mío —dijo, mirando la caja como si acabara de desatar una
serpiente venenosa—. No puedo abrir eso.
Me acerqué un poco.
—Sí, puedes.
Lágrimas llenaron sus ojos.
—Flint.
—Solo ábrela.
Negó y se mordió los labios.
—Ash, ábrela.
—¡No! —gritó. Luego me suplicó, mirándome fijamente—: ¿Estás seguro?
¿Como realmente seguro?
Sonreí, empujando la caja aún más cerca.
—Positivo, Ash. Absolutamente positivo.
Miró hacia abajo, respirando profundamente, antes de extender una mano
temblorosa para recogerla.
—Te amo —susurró.
—Yo también te amo —respondí, esperando su reacción mientras lentamente
la abría.
Mirando hacia abajo, con lágrimas en sus ojos, exclamó:
—¡Idiota!
Me eché a reír.
—Ash, nena, hemos estado juntos durante tres meses. ¿De verdad creías que
me iba a proponer en un lugar de hamburguesas en tu vigésimo cumpleaños?
—¡No! —soltó. Luego miró hacia un lado y murmuró—: Tal vez.
Seguí riendo, pero tomé su mano y la llevé a mis labios.
—Me alegra que pienses que esto es divertido —dijo entre dientes, sacando el
hueso plateado de perro de la caja—. ¿Qué es esto?
—Un paso a la vez, Speedy. Pensé que quizás podríamos tener un perro hasta
que seas lo suficientemente grande para beber legalmente en tu propia boda.
—Para que lo sepas, no había garantía de que dijera que sí.
—Lloraste.
—¿Y?
Le guiñé un ojo y saqué la caja de su mano.
—Ibas a decir que sí.
Puso los ojos en blanco y luego se echó a reír.
—Totalmente iba a decir que sí.
—Eso es jodidamente bueno saber para referencia futura. —Metí la mano en
mi bolsillo, y sus ojos se abrieron de nuevo—. ¡Oh Dios, detente! No es un anillo. —
Saqué un pequeño collar rosa y puse el hueso de perro.
Sus hombros cayeron, y reí de nuevo.
—No debería haber empezado con esa maldita caja. No tenía idea de que ibas
a asumir que era un anillo.
Había sabido con certeza que iba a pensar que era un anillo. Ash había
encontrado el anillo de compromiso que le había comprado mientras había estado
husmeando alrededor de mi oficina en On The Ropes. Lo sabía porque lo había
dejado al revés y luego pasó el resto del día mirándome. Tuve el mejor sexo de mi
vida esa noche. Dijo que me amaba por todo mi cuerpo, concentrándose la mayor
parte en mi pene.
Estaba duro de sólo pensar en ello.
—Pensé que podríamos ir a buscar un cachorro. Nunca he tenido un perro, y
me imaginé que tal vez quieres uno. Pero... quiero decir, si no quieres…
—¡No! Realmente quiero —interrumpió, agarrando el collar de mis dedos.
—¿Estás segura, porque no pareces demasiado entusiasmada?
Se inclinó sobre la mesa y me dio un beso en los labios. Mientras metía la caja
vacía en su bolso, dijo:
—Vamos a buscar un perro.
* * *
Llevé a Ash a una tienda de mascotas, donde tenía la intención de comprarle
un pequeño y esponjoso perro de regazo, uno que pudiera adular. Sin embargo, se
negó a siquiera entrar, afirmando que había un montón de perros en el refugio de
animales esperando un nuevo hogar. Así que, después de una búsqueda rápida en
mi teléfono, nos estábamos dirigiendo hacia el centro de adopción de la perrera
local. Ash se paseó de un lado a otro de las filas de los animales enjaulados,
disculpándose con todos por no ser capaz de llevarlos a casa, antes de sentarse
finalmente en el suelo delante de un cachorro de Chihuahua. Estuvo allí por unos
minutos, metiendo sus dedos a través las barras y dejando que masticara las puntas.
—¿Quieres ese, nena? —pregunté cuando comenzó a empujar a levantarse.
Señaló al perro de al lado.
—No, quiero ese.
—No —dije con firmeza a pesar de que sabía exactamente lo inútil que
realmente era.
—Sí.
—No —repetí.
—Sí, ese es nuestro perro. ¿No es hermoso? —dijo.
—Maldición, Ash. Dije un cachorro.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado y cruzó los brazos sobre su pecho.
—Es mi cumpleaños. No vas a discutir conmigo en mi cumpleaños.
Dejé escapar un resoplido, sabiendo que tenía razón. Con un gemido, me dirigí
a la mujer que trabajaba allí y le dijo:
—Lo llevaremos.
Ash aplaudió, saltando sobre sus pies, mientras comenzaron la preparación de
los documentos de adopción de un Basset Hound de veintisiete kilos, con tres patas,
llamado Julio.
—No puedo creer que eligieras ese perro —murmuré una hora más tarde,
mientras esperábamos nuestro nuevo paquete baboso para llevar.
—No te atrevas hablar de Julio. Él es perfecto. —Me abrazó.
―Vamos a tener que comprarle un nuevo collar. No creo que este le vaya a
quedar. ―Saqué el collar de color rosa de mi bolsillo, accidentalmente a propósito
dejando caer una caja de terciopelo negro en el suelo―. Mierda ―maldije.
Su espalda se puso rígida.
―Maldición. No se suponía que vieras eso todavía.
―Flint ―susurró ella, agachándose para recogerlo.
―Bueno, supongo que es demasiado tarde. ―La besé en la frente―. Feliz
cumpleaños, Ash.
Sus ojos brillaban con lágrimas mientras lentamente abrió la caja.
―¡Tú, estúpido! ―declaró por segunda vez en el día, levantando una llave de
Volkswagen de la caja.
Me eché a reír de nuevo.
―¿Qué? ¿Pensaste que ese era un anillo también?
―Te odio ―murmuró luego se unió a mí en la risa―. ¿Me compraste un auto?
―Me estoy ocupado en el gimnasio, y cada vez es más difícil hacer coincidir
nuestros horarios para poder llevarte todo el tiempo. Además, no puedes conducir
el mío por los pedales de mano. Esto sólo tiene sentido.
Echó sus brazos alrededor de mi cuello.
―¡Nunca he tenido mi propio auto!
―Es muy bueno también ―le dije con orgullo―. Ve a ver si Julio está listo y
vamos a casa a comprobarlo. Q y Mia deberían haberlo dejado ya.
Poniéndose de puntillas, colocó un beso en mis labios.
―Gracias. Por Julio, por mi auto, por ti.
―¿Por mí?
―Sí, especialmente por ti. ―Me besó de nuevo antes de saltar hacia el
mostrador de recepción. Debería haber sido el que le diera las gracias.
* * *
―¿Qué demonios es eso? ―preguntó Quarry cuando llegamos a la casa.
Ash luchó para levantar al perro de la parte trasera del auto.
―Su nombre es Julio, y calla tu rostro… y tus manos ―espetó.
―¡Él es adorable! ―Mia señalizó, instalándose en la calzada, donde Julio la
cubrió rápidamente en besos babosos.
Nunca en un millón de años habría elegido ese perro, pero definitivamente
hacía fácil ver el porqué Ash sí.
Miré a Quarry, que estaba observando el baño de lengua de Mia con asco. Silbé
para llamar su atención.
―¿Dónde está el auto?
Sus ojos se deslizaron a Ash.
―Shhhh.
―Ella ya sabe, idiota. Ahora, ¿dónde está?
Inclinó la barbilla hacia el garaje.
Usando el panel en la pared exterior, escribí el código para abrir la puerta.
La cabeza de Ash apareció cuando la puerta del garaje se levantó. Ubicado
dentro de nuestro garaje estaba un convertible negro Volkswagen Escarabajo con
una matrícula personalizada que decía: Ruedaz.
Muy a mi pesar, ya existía un imbécil que había reclamado Ruedas. Mi ojo había
temblado cuando la dama en el registro sugirió sustituir con la Z. Había sucumbido
a la presión sin embargo.
―Cállate ―Se puso de pie, tirando la correa de Julio a Mia, y luego corrió otra
vez―. Cállate ―repitió, abriendo la puerta de golpe para revelar las alfombras de
piso color verde neón de encargo que habían costado una fortuna.
Yo no tenía un montón de dinero, pero ella necesitaba un auto, y quería que
su primero fuera algo que amara. Ash merecía tener algo que era todo suyo. No algo
usado que le regalaran o algo que habría recogido en oferta. Se merecía algo que
fue creado a medida para la mujer loca que lo conduciría. Bueno, en realidad, se
merecía más, pero se necesitaría mucho tiempo para que le dé eso.
Afortunadamente, de acuerdo con Ash, el tiempo era lo único que teníamos por
montones.
―Flint, esto es demasiado ―dijo, agarrando el volante y pasando sus manos
sobre el tablero.
Caminé alrededor del frente hacia el lado del pasajero.
―Cristo, esta cosa es minúscula ―me quejé, intentando doblar mi cuerpo
dentro.
―No quiero parecer desagradecida, pero puedes... quiero decir, ¿podemos...
pagar esto?
Sonreí por su preocupación.
―Pagué una gran parte. Entonces vamos a hacer los pagos. Podría cortar en
mi presupuesto de trajes, pero vamos a sobrevivir ―bromeé, pero por muy
posiblemente la primera vez desde que la había conocido, Ash no se rió en absoluto.
―No sé qué decir. Quiero decir, me dijiste que me compraste un auto, pero. . .
Sólo no me esperaba...
―Esperabas, ¿qué? ―le pregunté, abriendo la guantera y agarrando una caja
pequeña, negra y de terciopelo.
Tragó saliva cuando lo vio.
―Ni siquiera me voy a emocionar esta vez.
―Probablemente deberías emocionarte, Ash ―declaré, ofreciéndole la caja.
―Detente ―susurró, tomándola con recelo de mis manos.
Mirándola profundamente a los ojos, la animé:
―Ábrela.
Nerviosamente mordiéndose el labio inferior, abrió la parte superior. Entonces
me agaché cuando la lanzó hacia mí.
―¡Hijo de puta! ―gritó.
Me reí a carcajadas.
―¿Cuál es tu problema? ―le dije, arrebatándole de sus manos el globo largo
que había encontrado dentro de la caja y soplándolo.
―Me dijiste que me emocionara. Ahora, sólo estás siendo malo.
Até el extremo del globo y se lo di.
―Deberías estar emocionada. Hay un payaso en el patio esperando para
convertir eso en cualquier animal que posiblemente puedas pensar.
Su mirada se suavizó mientras una sonrisa se formó en su boca.
―¿Un payaso? ¡En serio!
―Recuerdo que medio te secuestré de la fiesta de Blakely. Pensé que debería
empezar a resarcírtelo.
Rápidamente salió del auto, deteniéndose sólo el tiempo suficiente para decir:
―Deja de joderme, pero te amo.
Sin molestarse en esperar por mí, mientras volvía a subirme en mis muletas,
echó a correr por la puerta trasera.
Me reí cuando la escuché gritar cuando todos los invitados que se escondían
en el patio trasero gritaron:
―¡Sorpresa!
No la seguí por la puerta sin embargo.
Necesitaba un minuto.
Respirando, llené mis pulmones con cada pedazo del futuro que nunca pensé
que tendría. Luego, cerrando los ojos, me perdí en el presente que no quería dejar
nunca. Cinco años antes, no habría sido capaz de imaginar un día en que la lucha
constante, finalmente valiera la pena.
Tal vez fue ella el motivo de la lucha todo el tiempo.
Me acordé de todo.
Oí el arma.
Sentí la bala.
La vi caer.
En menos de un segundo, mi vida como la conocía había terminado. Pero sin
duda, lo haría todo de nuevo.
Por ella.
―No te atrevas a ocultarte aquí. El payaso me acaba de entregar una pequeña
caja negra.
Mis ojos se abrieron, y ella sonreía en el camino de la puerta con el brillante sol
de la tarde iluminándola por detrás.
―Sí, sobre eso ―le dije, empezando a caminar en su dirección―.
Probablemente deberías permanecer fuera de la casa para brincar.
―¡Flint! ―chilló a medida que aplasté mi boca sobre la de ella.
Por Ash.
Treinta
Ash
—¿Te divertiste hoy? —preguntó Flint mientras yacíamos en la maleza,
mirando hacia el cielo nocturno.
Rodando fuera de su hombro, me apoyé en un codo, frente a él.
—Que me divertí sería el eufemismo del siglo. Ni siquiera puedo comenzar a
decirte lo increíble que hoy fue. —Hice una pausa—. Incluso tus tontas cajas.
Ese día fue fácilmente uno de los mejores de toda mi vida. Flint había ido más
allá de hacerme una fiesta de cumpleaños en el patio trasero. La mayoría de las
mujeres de veinte años de edad, se habrían burlado de la forma juvenil en que fue
todo, pero yo no. Desde el payaso de la casa inflable, hasta todas las personas que
vinieron y cubrieron una mesa de regalos, fue perfecto.
Con excepción de la tarta que de vez en cuando mi padre había comprado
cuando era una niña, nunca había tenido una fiesta de cumpleaños.
Tampoco había tenido un auto.
O un perro.
O un hombre que quería pasar el resto de su vida contigo.
Sin embargo, de repente, los tenía a todos.
El pecho de Flint se sacudió con humor cuando me tiró hacia abajo de nuevo.
—Sabes, para ser una chica que se ríe tanto como lo haces, seguro que no
actúas como que esas cajas fueron muy divertidas.
—Oh, cállate.
Se deslizó de debajo de mí y se movió de lado.
—Además, para ser una mujer que pasó sus formidables años como carterista
y estafadora para su padre, de seguro que no fuiste muy cuidadosa cuando pusiste
el anillo de compromiso en la caja después de encontrarlo en mi escritorio. —Arqueó
una ceja conocedora.
¡Mierda!
—¿Lo sabías? —chillé.
Me guiñó un ojo.
—Lo sé todo, Ash.
Le di una palmada en el pecho.
—Me asusté, ¿de acuerdo? Oí que volvías del almuerzo, así que solo lo tiré allí.
—Me suena como una excusa —bromeó, estirándose para agarrar mi culo, un
agarre que regresé rápidamente.
Sonriendo, sostuvo mi mirada hasta que reuní el coraje de decir:
—Así queee... ¿sobre ese anillo?
—Me alegro que hayas preguntado. —Sacó otra pequeña caja negra de su
bolsillo.
Había visto el bulto en su bolsillo antes, pero había visto tantos a lo largo del
día que ni siquiera me emocioné ya. En realidad, eso era una mentira. Cada uno me
había emocionado, pero ya había perdido la esperanza de que alguno de ellos en
realidad contuviera un anillo.
Hasta que sacó esa.
—Ash, te amo…
Arrebatándole la caja de su mano, le grité:
—¡Dame eso!
—¡Oye! —Él se opuso, pero salté fuera de su alcance antes de que pudiera
tomarla de nuevo.
Mi corazón se aceleró mientras poco a poco abría la caja, revelando...
—¿Un pedazo de papel? Tienes que estarme jodiendo. —Le tiré la caja, pero a
pesar de que evitó el golpe, no se rió.
Observé entre la mirada seria de Flint y el papel de cuaderno fuertemente
plegado durante varios latidos, tratando de averiguar qué demonios estaba
pasando. No era un anillo. Pero lo que no podía entender era por qué él parecía
nervioso.
Flint se levantó y agarró sus muletas mientras yo desdoblaba el papel.
Cosas por hacer
Conseguir un disparo en la espalda.
Convertirme en un ser humano horrible.
Zumo de plátano con piña.
Hacer un graffiti en un edificio.
Hacer que Ash Mabie se enamoré de mí.
Tratarla como un imbécil.
Lamentarlo más que nada en toda mi vida.
Aprender a caminar de nuevo. (No en un campo de fresas.)
Comprar una casa con la esperanza de que ella vaya a esa casa.
Destruir el césped para hacer un parche de malezas.
Perseguirla hasta los confines de la Tierra.
Hacer que Ash Mobie se enamore de mí. De nuevo.
Conseguir un perro.
Proponérmele a Ash Mabie.
Hacer que Ash Mabie sea Ash Page.
Pasar el resto de mi vida asegurándome de que ella no pare de reír.
Mi corazón se detuvo y me quedé sin aliento. Un gran nudo se formó en mi
garganta, pero mis labios se dividieron en una sonrisa increíblemente amplia.
“Proponerle a Ash Mabie” estaba tachado.
Oh Dios mío.
—No digas una sola palabra hasta que me escuches —gruñó cuando
finalmente aparté los ojos del papel en mis manos.
Flint estaba arrodillado frente a mí, con una de sus muletas para equilibrarse.
Me reí con torpeza, haciendo que las lágrimas que no sabía que había producido se
derramaran de mis ojos.
—Ash... —Se aclaró la garganta y luego comenzó de nuevo—. Ash, tienes veinte
años de edad, y solo hemos estado de nuevo juntos durante unos meses. Sería
ridículo precipitarnos en algo tan grande como el matrimonio cuando apenas si nos
conocemos.
Abrí la boca para protestar, pero me ganó.
—Ni una palabra.
—Bien —resoplé.
—A lo que iba, sería ridículo precipitarse en algo cuando todavía estamos
llegando a conocernos. Pero la otra noche, después de que te quedaste dormida en
mis brazos, me di cuenta de que te conocía lo suficiente. Sé que estás loca y eres
desordenada y te da un gran placer molestarme.
Asentí ante su evaluación.
—También sé que eres una de las personas más amables y más generosas en
este planeta. Quiero decir, seamos serios aquí. Te llevé para conseguir un cachorro
hoy y elegiste al más feo y más lamentable animal del lugar. —Balanceó su cabeza
de lado a lado—. Lo que explica mucho acerca de porqué estás conmigo, pero
también habla maravillas acerca de quien eres como persona.
»Ash, sé la forma en que me haces sentir y sé que nunca en un millón de años
seré capaz de encontrar a alguien que incluso podría acercarse a llenar tus Converse
de color verde neón.
Me reí.
―Y más que eso, no quiero. Así que sí, esto es probablemente ridículo y
apresurado e imprudente, pero también sé que es exactamente correcto. —Levantó
un anillo de compromiso que reconocí inmediatamente—. Ash, te amo. Cásate
conmigo.
Siempre había tratado de ser cuidadosa en cuanto a la movilidad de Flint. Podía
caminar con muletas, pero sabía que su equilibrio todavía a veces era un problema.
Sin embargo, acababa de proponerme matrimonio. Cuidadosa no estaba en mi
vocabulario.
Después de correr hacia adelante, me lancé a sus brazos, derribándolo al caer
encima de él. Julio ladró desde el otro rincón del patio, y Flint inmediatamente
comenzó a maldecir.
—Maldición. Se me cayó el anillo.
—No me importa —le contesté, sellando mi boca sobre la suya.
Se dio la vuelta y palmeó el suelo por encima de su cabeza.
—Ash, detente. No puedo encontrarlo.
—No me importa —repetí, forzando su boca de nuevo a la mía.
Me dio la vuelta.
—Será mejor que te importe. Ese es tu anillo de compromiso, y no fue barato.
Gemí cuando sacó su teléfono para utilizarlo como una linterna.
—Ya sabes, todavía puedo decir que no.
—¡Lo tengo! —exclamó, pasando un brazo alrededor de mi cintura para
arrastrarme de vuelta encima de él. Con una gran sonrisa, depositó un beso en mis
labios—. ¿Qué dices? ¿Quieres pasar para siempre conmigo? —Levantó el anillo
entre nosotros.
—Voy a comprobar mi agenda —dije burlonamente, tomando el anillo de sus
manos y deslizándolo en mi dedo.
—¿Tu agenda?
—Sí —respondí, admirando el diamante.
—Ash, deja de jugar y di que sí —gruñó, haciendo que mi sonrisa se extendiera
una vez más.
—Lo siento, Flint, pero ahora que nos vamos a casar, realmente deberías
empezar a acostumbrarte a que juegue un poco contigo.
—Bueno, Ash, tienes que decir que sí o tendrás que acostumbrarte a que no
juegue contigo. —Presionó sus caderas contra las mías.
—Oh Dios mío. Ya me estás amenazando con retener el sexo. —Me reí cuando
empezó hacerme cosquillas—. ¡El sexo no es un arma!
—Di que sí —exigió cuando me moví para estar encima de él. Sus ojos se
calentaron mientras barría mi cabello de mi hombro—. Cásate conmigo, Ash.
Inclinándome, descansé mis manos en su pecho. A pesar de su exterior
juguetón, su corazón estaba acelerado. Rozando mis labios contra los suyos, le
demostré de una vez por todas que no era clarividente. Ni siquiera mis sueños
habían sido lo suficientemente audaces para evocar este momento.
—Sí —le susurré.
El aliento de Flint siseó de sus labios mientras su mano se apoderaba de la
parte de atrás de mi cuello y tomaba mi boca en un beso lánguido. No se volvió
frenético o desesperado como solía hacer con nosotros.
No necesitábamos apurarnos nunca más.
Había un montón de tiempo para siempre.
Treinta y uno
Flint
Tres años después...
¡Flint! Tenemos que irnos. Eliza acaba de llamar y necesita que la lleven a las
cosa esa de la conferencia de prensa. Till tiene que estar allí temprano para colocar
el gimnasio gritó Ash por las escaleras.
Cosa esa. Me reí para mis adentros—. Lo sé. Tenemos que ir temprano
también —respondí, cerrando mi computadora.
Después de desenganchar mi chaqueta del respaldo de la silla, tomé mi bastón
para salir de mi oficina en casa.
—¿Qué? —gritó de nuevo—. Pensé que Till y Slate eran los únicos que tenían
que estar allí antes de tiempo.
—Como su agente, como que es mi trabajo estar allí. —Con cautela, caminé
por las escaleras para encontrarla de pie en la cocina con un delantal medio atado
alrededor de su cintura—. ¿A que no te ves como Betty Crocker? —Sonreí.
—Oye, me tomo muy en serio mi trabajo como jefa fabricante de magdalenas
arcoíris. —Sopló su cabello de los ojos.
Usando mi dedo pulgar, froté la harina de la punta de su barbilla.
—Lo puedo notar.
Una vez que colgué el gancho de mi bastón sobre el mostrador, puse las manos
debajo de sus brazos y la levanté para sentarla en el mostrador.
—¡No tires mi colorante de alimentos! —chilló.
Miré por encima del hombro, notando que era demasiado tarde para el tinte
rojo.
—Todo está bien —mentí, tomando su boca—. Así que, ¿pensaste algo más
sobre nuestra charla de esta mañana?
Fue hace dos horas... y he estado horneando. Así que no. Depositó un beso
en mis labios.
—Vamos. Podemos trabajar en un polvo rápido ahora. —Moví mi mano entre
sus piernas, frotándome contra la costura de sus vaqueros.
Me dio un manotazo.
—Uno, tenemos que irnos. Dos, incluso si estuviera de acuerdo, el control de
natalidad no solo deja de funcionar bajo demanda. Y tres, no estoy concibiendo un
bebé en el mostrador al lado de pastelitos para la celebración de Quarry.
—¿Eso significa que es un sí? —le pregunté, pasando mis dientes sobre la
sensible piel de su cuello.
Gimió sensualmente pero me apartó.
—No. Esto significa que todavía lo estoy pensando. Ahora, ¿puedes dejar salir
a los perros mientras termino de empacar estos chicos malos?
Gemí, aceptando mi derrota temporal.
—¿Sabe Q que le hiciste magdalenas arcoíris? Los medios de comunicación
van a estar allí, Ash. Estoy relativamente seguro de que asumió que harías algo un
poco más masculino para su presentación como boxeador profesional.
Su boca se abrió en indignación divertida.
—¡Por supuesto que no lo sabe! ¡Ese es todo el punto de hacer las magdalenas
arcoíris!
Negué con humor. Algunas cosas nunca cambian.
Dirigiéndome a la puerta de atrás, aplaudí y grité:
Julio. Rico. ¡Vamos!
Julio llegó disparado por la vuelta de la esquina con nuestro carlino de un solo
ojo, Rico, pisándole los talones.
Después de cerrar la puerta, me dirigí hacia nuestro dormitorio para cambiar
nerviosamente mi corbata por décima vez, pero un golpe en la puerta me distrajo.
—¡Es Liv! ¿Puedes abrirle? Probablemente tiene sus manos llenas —gritó Ash,
pero antes de que llegara al vestíbulo, Liv ya se había permitido entrar.
—Demasiado lento —comentó, entrando con una cesta en forma de media
sandía. Varias frutas fueron talladas como flores, completas con un abejorro de piña
en la parte superior.
—Vaya. Eso es... —Comencé a reír, sin poder completar el pensamiento—.
Magdalenas arcoíris y una cesta de fruta de sandía. Veo que Ash y tú han estado
conspirando.
Se rió.
—Espera a ver lo que Eliza hizo.
—Mierda. ¿La tienes en esto también?
Asintió con orgullo.
—Digamos que, en este momento, una escultura de sobremesa de hielo de
Quarry montando un unicornio está por entregarse.
Mis ojos se abrieron cuando solté un grito ahogado.
—De ninguna manera.
—Sí —confirmó Ash, acercándose a tomar la fruta de Liv.
—Entienden que estoy tratando de promocionarlo como un boxeador de peso
pesado profesional, ¿verdad?
Se echaron a reír, chocando los cinco.
—Ustedes dos son horribles. Se trata de su carrera de la que estamos hablando
—índico con severidad mientras continuaban riendo. Con un suspiro de resignación,
me di por vencido en el intento inútil de reprocharlas—. Bueno, salgamos de
aquí. Necesito ver esta escultura.
Ash
—¿Dónde diablos está? —vociferó Till cuando todos entramos en la oficina de
Flint en el gimnasio.
Eliza paseaba por el piso mientras Flint hacía control de daños, asegurándole a
los numerosos medios de comunicación que Quarry estaba en camino.
Sin embargo, ninguno de nosotros lo sabía realmente. Quarry llegaba
oficialmente dos horas tarde a su propia conferencia de prensa para anunciar su tan
esperada transición al boxeo profesional.
Durante los tres años anteriores, Q había dominado todas las facetas del
mundo del boxeo aficionado. Había sido ampliamente seguido por su conexión con
Till y Slate y Q no defraudó. Era una bestia virtualmente intocable que era igual de
carismática dentro del ring como lo era fuera del mismo. Ilustrando las páginas de
las revistas deportivas en todas partes, era el nuevo chico de oro en el boxeo
profesional, incluso aunque todavía tenía que poner un pie en el ring. Cuando Flint
había programado una exclusiva conferencia de prensa meses antes, la comunidad
del boxeo se había vuelto loca con la esperanza y la especulación de que Quarry, de
hecho, finalmente, daría el gran salto. Una esperanza que todos compartíamos.
Slate había contenido a Quarry el mayor tiempo posible, determinado en que
su ascenso no iba a ser el lento camino cuesta arriba como lo había sido el de Till. Y
por mucho que había molestado a Q, gracias a Slate y Flint, ya tenía contratos de
seis cifras esperando.
Pero eso era asumiendo que lo encontráramos.
—Voy a matarlo. Se ha quejado durante dos años por esto y ahora, no muestra
su estúpido culo. Eso es todo. Renuncio. Quiere actuar como una pequeña jodida
prima donna, puede buscarse un nuevo entrenador. —Till se pasó una mano por el
cabello y luego pateó una silla vacía.
Rápidamente agarré el ladrillo y el cuadro del escritorio de Flint, metiéndolos
en el cajón antes de que terminaran rotos en el suelo.
Liv volvió a entrar en la habitación con su padre, Leo, detrás de
ella. Nerviosamente entrelazó los dedos cuando dijo:
—Está bien, no está en su apartamento. Y nadie respondió con los padres de
Mia tampoco. Su auto estaba estacionado en el frente, así que estoy bastante segura
de que están juntos. —Se encogió de hombros. Honestamente, no tengo idea.
—Traté de rastrear su teléfono… —comentó Leo.
Y Till interrumpió rápidamente.
—¿Por qué no hiciste eso hace dos putas horas? —Los ojos de Till se
estrecharon en una mirada asesina que había pensado solamente Flint poseía.
Leo dio un paso hacia él, cruzando los brazos sobre su grueso pecho.
—Está muerto, imbécil. Cálmate de una puta vez. Es una maldita rueda de
prensa. Siempre se puede volver a programar.
Pero no era solo la rueda de prensa. Nadie había oído hablar de Quarry desde
que él y Mia se habían ido a cenar la noche anterior. Till estaba preocupado y a juzgar
por las vueltas que había dado Eliza, también lo estaba.
—Claro —espetó Till, pasándole.
Justo cuando llegó a la puerta, Johnson llegó volando por la esquina y anunció:
—Los encontramos. Tenemos que irnos ahora.
Quarry
—¡Joder, no la toques! —grité a través de mis pulmones ardiendo.
Dando un paso protector frente al cuerpo sin vida de Mia, poniéndome delante
para que nadie la viese.
—No voy a pedirte que te alejes de nuevo.
Vi sus manos formando las palabras, pero mi cerebro ya no era capaz de
procesar el pensamiento racional.
Nadie está alejándola de mí.
Aspiré una bocanada dura, luego gruñí:
—Joder. Retrocedan.
—Tienes que irte.
Mi pecho se movía mientras frenéticamente trataba de encontrar una manera
de salir de mi pesadilla, pero mi mente estaba llena de recuerdos de su pequeño
cuerpo atrapado en el asiento del copiloto de mi auto mientras la llevaba al hospital
—Vete a la mierda. No la vas a tocar. Nunca.
—Quarry, por favor. Es mi hija.
—¡Ella es mi vida! —grité.
Su madre dio un paso adelante, las lágrimas corrían por sus ojos de color jade
profundo, los ojos de Mia.
—¿Y tú crees que ella hubiera querido esto? —Sus palabras nunca llegaron a
mis oídos sordos, pero oí su voz romperse igual.
No me atrevía a considerar lo que Mia hubiera querido en absoluto.
La necesitaba.
Levanté mis manos temblorosas para hacer señas cuando mi voz se atascó en
la garganta.
Esta no es su decisión. Ustedes no pueden jugar a ser Dios.
Su madre negó con pesar.
—Nosotros no lo hicimos. Ella lo hizo… hace seis meses, cuando se enteró de
que no había tratamiento para el tumor más reciente que descubrieron.
Mis piernas se doblaron cuando el dolor insoportable golpeó mis entrañas.
Lo supo. Oh, Dios mío, lo supo todo el tiempo.
—Estás mintiendo —declaré—. Me lo habría dicho.
Se encogió de hombros.
—Vamos, Quarry. Tú mejor que nadie sabes lo terca que era Mia. No quería
que te preocupases.
Tropecé un paso atrás.
¿No había querido que me preocupase?
Me moría justo al lado de ella. Habría dado cualquier cosa por tener algo más
que un par de horas para adaptarme al hecho de que nunca iba a volver a verla.
No.
No iba a dejar que se fuese.
Podía solucionar este problema. Podíamos encontrar nuevos doctores. Obtener
una segunda opinión. Despertaría y estaría bien.
Lucharía por ella, porque ella habría luchado por mí.
—No me importa. Estoy deshaciendo su decisión. Debería tener algún derecho
en esto. Y digo que ella vive. —Tragué saliva, tratando de calmar mi desesperación—
. No la van a tocar —increpé, balanceando mi mirada entre sus padres.
—Eso es todo. —Su bajo y gordo padre dio un paso adelante—. No voy a estar
aquí escuchándote lanzar una rabieta al lado del lecho de muerte de mi hija. Si
hubiera esperanza, confía en mí, estaríamos aferrados. Pero esa es la cáscara de
nuestra Mia. No tiene actividad cerebral. La gente no solo vuelve de eso. Todos la
amábamos. Pero no quería vivir así. —Se atragantó con la admisión.
—Amar. Yo la amo. ¡No se ha ido y no voy a dejar que me la quiten!
Dio un paso más cerca.
—O te largas ahora mismo o haré que los de seguridad te escolten fuera.
Apreté los dientes y todo mi cuerpo se tensó, preparándome para pelear.
—Entonces, haga su llamada, porque no hay una fuerza en el mundo que me
pueda arrastrar lejos de ella —amenacé, chocando mi pecho contra el suyo, lo que
le obligó a tropezar.
De repente, un par de manos se estrellaron contra mi pecho y Liv se deslizó
frente a mí. Leí sus labios cuando gritó:
¡Alto!
Mi cabeza se levantó cuando Till, Flint y Slate irrumpieron en la habitación. Mis
hombros se aflojaron ante la vista de los refuerzos.
—Sácalos de aquí —grite hacia Till mientras asentía a los padres de Mia.
—Tienes que venir conmigo —respondió con las manos y la voz y luego me
agarró del brazo.
Lo aparté.
—Vete a la mierda.
Cuando el movimiento en la cama de Mia llamó mi atención, me di la vuelta
para mirar por encima del hombro.
Los lamentos silenciosos de Liv mientras se aferraba a la mano de Mia, drenaron
mi alma.
¿Qué carajos está pasando?
Mi mente se arremolinaba mientras devastación se asentaba en mí.
No puede haber desaparecido.
No Mia.
Epílogo
Ash
Mia March fue sacada del soporte de vida, menos de veinticuatro horas después
de que sus padres habían producido una orden de no resucitar notariada con fecha
seis meses antes. Todos asistimos a su funeral, aunque la presencia de Quarry se
limitó solo físicamente. Su mente parecía estar perdida en su engaño, mientras
observaba a su corazón siendo puesto bajo tierra. Toda la familia Page se reunió a
su alrededor, pero todos fallamos en hacer cualquier tipo de progreso mientras él
se retiraba a su propio régimen de aislamiento auto-infligido. Noticias de la pérdida
repentina de Quarry golpearon las páginas deportivas en todas partes, y Flint fue
inundado con llamadas telefónicas mientras la popularidad de Quarry se disparaba.
Odiaba cada segundo de ello.
Todos fuimos sacudidos por la muerte de Mia. De repente, para siempre no
parecía tanto tiempo ya.
Después de meses de debate, Flint y yo decidimos formar una familia. Estaba
terminando la universidad cuando Flint y yo le dimos la bienvenida a Cole Page a la
familia. Nació con el cabello rojo que con el tiempo se volvió rubio fresa. Tenía los
ojos brillantes azules de Flint y mi amplia sonrisa.
Tener un bebé no era tan difícil como todos habían advertido que sería. Cole
fue una bendición. Fue el segundo quien volcó nuestro mundo al revés. Pensé que
Flint iba a tener un derrame cerebral cuando nos informaron que ya estaba
embarazada de nuevo en mi primera cita después del parto.
Lloré.
Flint solo sostuvo a Cole y parpadeó mucho.
Pero al final, cuando nació Chase, luciendo exactamente igual que su hermano,
todos nos reímos.
Biberones, pañales y tazas para bebés se convirtieron en nuestra vida. El tiempo
marchó, solamente a un ritmo ligeramente más rápido.
Cuando los niños tenían dos y tres, enterramos a Julio en la esquina al lado de
las malezas en el patio trasero. Yo era un desastre, pero ese día, tomé la decisión de
volver a la escuela y convertirme en veterinario. Flint estaba haciendo dinero
excelente, por lo que después de la graduación, tuve la oportunidad de ser voluntaria
en el refugio de animales local. Estaban agradecidos por mi experiencia gratis, pero
Flint estaba un poco menos que entusiasmado por el flujo constante de animales
heridos desfilando dentro y fuera de nuestra casa. Me sentó una noche y me dio una
conferencia firme por no ser capaz de salvarlos a todos. Rodé los ojos y seguí
intentándolo.
Con los años, Flint y yo nos reímos mucho. También discutimos un montón,
pero siempre nos las arreglábamos. Seguí soñando, y Flint continuó haciendo todo
lo posible para cumplir mis sueños.
El día que Flint finalmente dejó de usar su bastón para siempre fue un gran
problema, incluso para Flint. Cociné la cena esa noche y luego los chicos y yo
bailamos alrededor de la sala de estar cantando "Eye of the Tiger" a todo pulmón,
mientras que Flint se reía en la esquina.
Esa noche, mientras caíamos dormidos enredados en los brazos del otro, Flint
susurró en mi oído antes que me quedara dormida.
—Te quedaste.
—¿Eh? —murmuré adormilada contra su pecho.
—Te quedaste y estoy caminando. —Inclinó la barbilla hasta llegar a mis labios
en un beso reverente—. Tal vez esos no eran sueños. Quizás fueron nuestro futuro
todo el tiempo.
Mis ojos se abrieron y me sacudí en posición vertical.
—Oh, Dios mío —exhalé cuando mi corazón empezó a correr—. ¿Sabes lo que
esto significa? —Tragué saliva.
Sus ojos brillaron con alarma.
—Jesús, Ash, ¿de qué diablos estás hablando?
—¡Realmente soy una clarividente! —exclamé.
Sus hombros cayeron mientras me miraba, nada contento con mi broma.
—¡No espera! Los dos somos clarividentes. Date prisa, ¡levántate! Tenemos que
comenzar a entrenar a los niños a aprovechar sus poderes para el bien y no el mal.
Agarrando mi cintura, me volteó al otro lado de la cama y me cubrió con su
cuerpo.
—Muy graciosa, ¿eh? —Comenzó a hacerme cosquillas sólo para silenciar mis
carcajadas con su boca. Fijando mis muñecas por encima de mi cabeza, deslizó una
mano entre mis piernas, encontrando al instante mi clítoris con su pulgar.
Tiré mi cabeza contra la cama.
—Oh Dios.
—¿Qué pasa, listilla? ¿No viste eso en tu futuro?
Rodé mis caderas de la cama, moliéndolas contra su mano.
—Oh, lo hice. Todos estos años han sido un plan meticulosamente diseñado
sólo para llegar a este momento exacto. Será mejor que no me decepciones ahora.
Se rió cuando empecé a empujar el chándal de sus caderas.
Segundos más tarde, estaba dentro de mí.
Y no me defraudó.
Nunca.
FIN
Próximamente
Fighting Solitude
(On the Ropes #3)
Aly Martinez
Nacida y criada en Savannah, Georgia, Aly
Martinez es ama de casa de cuatro locos niños
menores de cinco, incluyendo unos gemelos.
Actualmente vive en Chicago, pasa el poco tiempo
libre leyendo cualquier cosa y todo lo que llega
hasta sus manos, preferentemente con una copa
de vino a su lado.
Después de un poco de aliento de sus
amigos, Aly decidió agregar “autor” a su creciente
lista de título de trabajo. Así que toma una copa de
Chardonnay o una botella si tú estás reuniéndote
abordo con ella en el loco tren que llama vida.

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