Libro de Juanito Urda - El Centenillo es otra historia

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Libro de Juanito Urda - El Centenillo es otra historia
A mis hijos,
Nacidos todos en ese pequeño pueblo, pero muy grande en el alma de todos
los que en él pasamos la mayor parte de nuestra vida, y al que ellos tuvieron
que dejar siendo aún niños.
A mi padre,
Que me enseñó a cazar.
AGRADECIMIENTO
A Anita Rusillo, querida y entrañable amiga, por animarme en varias
ocasiones a que escribiese acerca de EL CENTENILLO, dado el cariño que
perdura en ella, tanto hacia el Pueblo como para con nuestra Virgen y a Sierra
Morena, a quienes ha dedicado una poesía que se incluye en la página
siguiente.
MI SIERRA MORENA
En las sierras de Jaén existe una hermosa sierra,
y…… ¿sabéis como se llama?…, ¡se llama Sierra Morena!.
Donde moran los venados, van saltando por las piedras,
van bebiendo en los arroyos el agua fina de la sierra.
En lo alto de las rocas, en las agrestes peñas,
se alza el gran Santuario de La Virgen de La Cabeza,
de esa virgen tan morena tostada por el sol
de la alta Andalucía a quien todos los jiennenses veneramos,
adornada por las flores de toda la serranía.
Entre tomillos y romeros, entre olivos y jarales,
entre brezos y poleo, entre fandangos y verdiales,
las mujeres de esta tierra son claveles que se abren
a este sol de Andalucía, envidiadas en todo el mundo
por su gracia y gallardía.
Son morenas, ojos negros, pelo negro de azabache
en las que destacan sus mejillas cual gotitas de sangre,
son airosas al andar con sus cuerpos cimbreantes,
son como toros bravos de la serranía grande,
bonitas, sultanas, moras como la sierra bravía,
desafían a todo el mundo con su gracia y gallardía.
Jaén, con El Centenillo que es mi tierra,
con ella mi Virgencita, ante quien las mozas gallardas
van a invocar aquello que necesitan.
por algo Jaén, te llaman tierra de María Santísima,
eres tierra del "ronquio", de hombres de sangre brava
y de mujeres bonitas.
Bonito nombre María, junto al Santo Rostro de Cristo,
Jaén te quiere y te admira,
eres lo más bonito de toda Andalucía.
Todo Jaén te quiere, todo Jaén te admira.
Anita Rusillo López
PRÓLOGO
Hace tiempo, me surgió la idea de escribir algo sobre EL
CENTENILLO, ese precioso pueblo enclavado en el corazón de Sierra
Morena, donde transcurrieron los mejores años de mi vida, los más
recordados de niño, adolescente, de adulto, lugar donde murieron mis padres y
nacieron mis cuatro hijos, hasta el día en que, debido al cierre definitivo de las
minas de plomo, todos los habitantes que componíamos su población, como
una gran familia, tuvimos que abandonar, dispersándonos a lo largo y ancho
de casi toda la geografía de España, cada familia con su prole, hacia donde
Dios nos quiso ir orientando.
Yo, con la mía me aposenté en Jaén capital, al menos no muy lejos, me
consolé, ya que se me hubiera hecho mucho más "cuesta arriba" tener que
haberme desplazado a otra ciudad más lejana, desde donde no hubiese tenido
posibilidades de visitar frecuentemente nuestro pueblo, sus sierras, y las pocas
personas que, en principio allí quedaron, a las que tanto cariño les tengo y
guardo tan gratos recuerdos de todas ellas.
Unas veces por apatía, otras por indecisión, y en fin por otros muchos
motivos, fui dejando el ponerme a escribir, pasando los años, hasta que hoy,
alentado una vez más por una de mis grandes amistades, a quien profeso un
gran cariño, comienzo con esta tarea en la que trataré de no caer en
repeticiones o redundancias de narrar hechos o anécdotas que otros paisanos
amigos ya han dejado plasmados a lo largo del tiempo transcurrido.
En mi memoria:
-- BIOGRAFÍA DE UNA MINA. - Juan García Sánchez,
-- EL CENTENILLO, UN PUEBLO ANDALUZ Y MINERO - Luís
García Sánchez.
-- ALGO DE MI VIDA, Y PARTE DE LA HISTORIA DE EL
CENTENILLO. - Juan Jiménez Hita.
A todos ellos mi reconocimiento y felicitación.
Por tanto, no mucho puedo contar sobre mi admirado Centenillo, que
no se haya hecho ya, debido sobre todo a que la vida cotidiana en un núcleo
de población pequeña, era prácticamente la misma para
todos, con la singularidad del trabajo o dedicación distintos de cada uno de
mis paisanos.
Dedicaré lo poco que pueda escribir, a modo de narraciones, más bien
recordando algunas cosas de mi infancia, de hechos que me han ocurrido o en
los que he participado en nuestro pueblo y su entorno y.....¿cómo no?, algo
diré también sobre ÉL, nuestro Centenillo.
Sé que no tengo dotes de escritor, pero creo que es muy bonito
aprender como se pueda, echando mano de todos los medios que uno tenga a
su alcance; las estructuras mentales no se basan en poder exhibir un diploma o
título de tal o cual Universidad, o pertenecer al selecto grupo de pensadores de
"ultra no sé qué". Uno aprende donde puede, uno es Juan Palomo: "yo me lo
guiso....., yo me lo como". Esto es lo que yo pienso que es, mas o menos el
autodidacta por definición, y de eso, de autodidacta, sin más pretensiones, y
no de otra cosa es de lo que trataré de ejercer a lo largo de estas líneas.
I
-
EL
PUEBLO
EL PUEBLO Y SU VIDA COTIDIANA
En Centenillo la vida transcurría alegre, había cordialidad y armonía
entre sus vecinos, este pueblo aunque pequeño, tenia grandeza, no existía el
paro, todos teníamos nuestra casita, más o menos espaciosa, con más o menos
comodidades, pero había un techo donde cobijarnos, sus casas, siempre tan
blancas, sus calles limpias. En Centenillo todo era diferente.
El personal en edad laboral, cada uno a sus ocupaciones y, terminada la
jornada de trabajo se formaban las tertulias, en grupos allí en "la corredera",
algunos paseaban, otros iban al casino, a jugar con sus amigos alguna partida
de cartas o dominó mientras tomaban un café o un "chato" de vino; había
quien tenia un pequeño huerto, al que dedicaban cualquier rato libre del que
dispusieran, viendo eso sí, recompensados después su dedicación y esfuerzos
con el estar abastecidos para unos cuantos meses de verduras, patatas, frutas,
etc.
Los menores en edad escolar, cuando "Lillo el tuerto" hacia sonar la
campana, emprendían la marcha con sus portalibros o cartera bajo el brazo,
para acudir a sus clases, siendo obligatoria la asistencia a las mismas, razón
por la cual en Centenillo no existían analfabetos.
Terminadas las obligaciones escolares, cada uno se dedicaba a jugar con
su entretenimiento o afición favorita, siempre estaban de moda el juego de las
bolas -se usaban las de níquel, de todos los tamaños procedentes de
rodamientos en desuso, el juego de los "santos", -querían ser cromos, que se
coleccionaban, hechos a base de recortar el anverso y el revés de las cajetillas
de cerillas-, se jugaba con los "aros", con los trompos, al "pañuelo", etc., y los
mayorcitos se entretenían jugando a "fútbol", "la pita", a tenis, y a los toros,
que era el que más me gustaba a mi. Unos soñando con imitar a Zarra y
Zamora, y otros a Domingo Ortega o Vicente Barrera.
También la juventud femenina tenia sus juegos preferidos como la comba, "la
rayuela", el diábolo, y otros varios que practicaban a su antojo por cualquier
calle o rincón del pueblo sin preocupaciones de tráfico, y casi sin molestar a
nadie. La mayoría de estos juegos hoy día están desaparecidos, se ha
cambiado su práctica por la de otros mas arriesgados, molestos y más caros.
Así transcurría, a grandes rasgos la vida cotidiana en El Centenillo.
LAS
FIESTAS
En Centenillo, cada año por las mismas fechas se celebraban unas
fiestas con participación de grupos escolares, y otras destinadas a grupos de
obreros pertenecientes a los distintos departamentos, fiestas que organizaba y
patrocinaba la Dirección de la Empresa .
Las fiestas de los escolares se componían de varios concursos, tales
como: carreras de relevo, salto de altura, carreras de cien metros, carrera de
sacos, y la carrera de "bidones", siendo las dos últimas las más difíciles y
divertidas. La carrera de sacos consistía en recorrer cien metros con los pies
metidos en un saco que había que ir sujetando con las manos por su boca, a la
altura de la cintura.
En la otra, la de "bidones", había que correr en grupos de cuatro hasta
llegar a donde había una especie de portería de fútbol del larguero de la cual
pendían cuatro bidones sin fondo, cubiertos en su tapa por papel de seda,
introducirse cada uno en el correspondiente bidón y arrancar corriendo cosa
harto difícil debido al balanceo de los bidones- hasta unos cincuenta metros
donde había una red tendida en el suelo, bajo la cual había que pasar, o mejor
dicho arrastrarse, superado lo cual, a unos pocos metros se encontraban otros
bidones. ¡Era toda una odisea poder llegar hasta la meta!.
En la fiesta de "los obreros", como le llamábamos, había "tiro de
cuerda", lanzamiento de jabalina, de "bola", carrera de relevo, y la principal:
la carrera de "La Avetarda". Esta tenia su inicio en la mina de plomo de ese
nombre, distante de la meta unos tres kilómetros; recuerdo que casi todos los
años el primer premio lo conseguía la misma persona, un peón minero
conocido por "El Cartagena" a modo de apodo, al parecer por su procedencia,
y el segundo premio, también durante años fue casi siempre para otro minero
al que apodaban "Rabioso", por tener un genio algo irascible, aunque era
buena persona.
El último en llegar a meta, era -también casi siempre- "El Rano". ¡Que
fe tenia el hombre!, Pero él no se desanimaba, cada año participaba.
En el tiro de "La Cuerda", el equipo ganador solía ser el de Juan Briones,
hombre tan "forzudo" como noble.
La nota más pintoresca la ponía una carrera de "burros", caso insólito, los
tres primeros premios los ganaban los tres últimos en llegar. Para esto tenían
los jinetes que cambiar de "cabalgadura", de esta forma fustigaban a la misma,
para dejar la suya atrás.
Todo estaba muy bien organizado, y los habitantes del pueblo vivíamos
esos días con júbilo y alegría, tanto mayores como pequeños.
Ahora, cuando de tarde en tarde veo los Juegos Olímpicos, me acuerdo
de los que celebrábamos en El Centenillo, como si hubiesen sido en miniatura.
FIESTA
DEL
ÁRBOL
Esta fiesta, celebrada por los grupos escolares tenia, o quería tener un fin
educativo e instructivo: el de amar a las plantas.
En los días de celebración, los niños y niñas de los colegios, asistíamos a
esta fiesta. En una zona determinada cada año, una brigada de obreros enviada
por la empresa minera se había encargado de excavar unos hoyos en la tierra,
y preparado unas matas de árbol para plantarlas en los mismos. Los alumnos,
en grupos de seis por plantón y hoyo, nos esmerábamos en plantar nuestro
árbol procurando quedase en la posición correcta, y teníamos la obligación de
regarlo y cuidar de su crecimiento hasta lograr que fuera el que mejor llegase
a buen fin.
Terminada la faena, éramos obsequiados con una merienda, consistente
en un bollo de pan, dos onzas de chocolate y una naranja.
Cada día hacíamos una visita a nuestro árbol, y nos íbamos turnando para
regarlo. Por este motivo -en la actualidad-, hay por El Centenillo y sus
alrededores muchos árboles que fueron plantados por los niños del pueblo.
Era una fiesta muy bonita que nos enseñaba a querer y cuidar a plantas y
árboles, fiesta que en la actualidad se celebra en muchos otros lugares de
nuestro país, pero que hace sesenta o setenta años, me parece que solo se
hacia en El Centenillo.
FIESTAS
PATRONALES
Las Fiestas Patronales de El Centenillo se celebraban el 8 de Diciembre,
La Purísima, y el 3 de Mayo, día de El Cristo de La Misericordia. El día 4 de
Diciembre era Santa Bárbara, patrona de los mineros, y por lo tanto también
patrona de todo el pueblo.
Como es lógico, en estos días se celebraba La Santa Misa, y por la tarde
tenían lugar las procesiones con la imagen al caso, recorriendo las principales
calles con el orden y devoción que siempre mostraron los vecinos de El
Centenillo.
La más sonada de estas celebraciones era la de Santa Bárbara; digo la
más sonada, ya que al anochecer del día 3 comenzaban a oírse los petardos
que los mineros habían preparado con dinamita, auténticos "bombazos", que
dejaban pequeñas las "tracas de Valencia", petardos que iban adornando
todos los actos festivos de la noche y duraban hasta las 24 horas del día
siguiente.
Tenia la empresa por costumbre agasajar con una comida de hermandad
a todos sus obreros.
La procesión comenzaba a primeras horas de la noche del día de Santa
Bárbara, a la que todos los mineros acompañaban con sus "carburos"
encendidos, recorriendo por las minas el pozo central, el de Santo Tomás,
bendiciéndolos y orando ante los mismos.
Pasado el día festivo, la empresa se encargaba de reponer los muchos
cristales de las viviendas que se habían roto por lo fuerte de las detonaciones
de los petardos.
EL
CARNAVAL
La fiesta más popular y esperada por todos los vecinos con regocijo y
alegría era la del "Carnaval", fiesta para mayores y pequeños. Pocos de unos y
de otros quedaríamos sin vestirnos de máscara, aunque fuese por un solo día,
para desmadrarnos durante unas horas, eran días de jolgorio y diversión.
Estoy seguro que tan pronto terminaba el último día de celebración,
todos los habitantes, cada uno a medida de sus posibilidades -que en aquellos
tiempos eran mas bien escasas- nos disponíamos al ahorro pensando en los
Carnavales del año próximo.
El día transcurría sin faltar máscaras por cualquier lugar del pueblo, pero
aumentaba sobremanera al caer la tarde , con las "murgas" y "comparsas" que
daban alegría y colorido a la fiesta.
En el salón del cine de invierno se celebraba el día con el "Racataplán",
un baile popular con orquesta, con cerveza, vino, y con sus máscaras. Todo
era festividad y diversión, diversión sana y sin maldad.
Los bailes por la noche en el Casino eran muy concurridos, hasta los
matrimonios ya maduros revivían su juventud cuando sonaban los acordes
de un pasodoble, se olvidaban de su edad, y disfrutaban mezclados con los
mas jóvenes. Eran bailes que duraban hasta altas horas de la noche,
terminando con el clásico café o chocolate con churros, antes de irse a la
cama.
Los matrimonios que asistían al baile y tenían hijos en edades entre los 9
y 14 años, podían dejarlos en el salón del piso bajo del mismo casino, de esta
forma no molestaban, ni eran molestados. En este salón también disponíamos
de nuestra música. Un piano "manubrio" de los típicos de las verbenas
madrileñas, propiedad de Pepe Díaz, y que era manejado hábilmente, -al estilo
de ¨tócala otra vez, Sam¨ por Antero Cuellar Simón.
En prevención de alguna avería que pudiese acaecer en dicho organillo,
y al efecto de que no se interrumpiera el baile siempre estaba preparado y
dispuesto con su acordeón Santiago "el bailarín" que hacia las delicias de
todos los concurrentes, y alternando con el organillo, de vez en cuando nos
preguntaba: ¿que pieza queréis que toque?, - como nos daba igual- terminaba
diciendo: "os voy a tocar un pasodoble..…..,
…………..¡polka!. Creo que ni siquiera él sabia lo que tocaba, pero lograba el
efecto que se proponía; hacia sonar su viejo acordeón, y nosotros.........a
bailar. Eso si, cuando estaba inspirado, o "subido de calorías" no había quien
lo parase, no dejaba de tocar el buen hombre como no fuera para enjuagarse la
boca, cosa que hacia con harta frecuencia, ya que entre pieza y pieza y en los
intermedios, aprovechaba para meterse un "colodro del de Valdepeñas" que
era su preferido, sin importarle la hora, tarde, noche o madrugada.
Nuestros padres nos hacían visitas de vez en cuando, para ver como
marchaba la cosa, para ello solo tenían que bajar unas escaleras. También
algunas veces llegaba un camarero portando un par de bandejas de dulces que
enviaban los padres de alguno de los asistentes para que nos los repartiésemos
entre todos. De esta manera, tanto los padres como los hijos lo pasábamos,
como hoy dicen "bomba".
El entierro de la sardina se celebraba el miércoles de ceniza, estando
formada la comitiva, en su gran mayoría por los "feligreses del dios Baco",
Cuyo estandarte era una sardina arenque pinchada en un palo, y el ataúd
repleto de comida y buen tintorro para mejor distraer las penas. En resumen
que eran unas fiestas que en muy pocos lugares se celebrarían con tanta
alegría y jolgorio como en aquellos años lo hacíamos en El Centenillo.
EL
DÍA
DE
SAN
MARCOS
Esta onomástica, que se celebraba el día 25 de Abril en el pueblo, pese a
que era un día laborable, teníamos la costumbre de festejarlo en el campo.
Era tradicional la preparación de los hornazos, a base de una torta
como de manteca, queriendo ser entre pan y bollo de leche, que se coronaba
por un huevo cocido, sujeto por dos trencillas cruzadas, hechas de la misma
masa del bollo. El huevo podía ponerse pintado de distintos colores, para
mayor vistosidad.
La marcha al campo se hacia a media mañana por parte de una o varias
familias, que a falta del cabeza de familia escogían algún lugar agradable y
cercano, donde al mediodía pudiese agregárseles, para estar todos juntos en la
comida. A tal efecto, la empresa minera solía dar "tempranera" a sus
trabajadores. Los lugares preferidos solían ser "la Tejeruela", "Ministivel" y el
cerro de depósito.
Uno de los artilugios imprescindibles que había que llevar al campo era
el "mecedor", una tabla rasa como asiento que enganchada de sus extremos
por sendas cuerdas, se colgaba de una buena rama de encina o alcornoque
asegurando el entretenimiento y distracción de los pequeños, y ¿porqué no?,
también de muchos mayores, que pasábamos buenos ratos columpiándonos;
eso si, para evitar disputas y lloriqueos, había que establecer turnos y que
no se colara nadie. Comoquiera que, en esa época del año el campo está
precioso, en todo su esplendor, el solo hecho de encontrarnos en plena sierra
ya justificaba celebrar ese día en la naturaleza, con la seguridad de que lo
pasaríamos bien.
EXPLORADORES
La tropa de exploradores fue constituida y patrocinada por la empresa,
teniendo como jefe de tropa a D. Samuel Calamita Marcial.
Yo ingresé como "lobato", que era la denominación que se daba a los
mas pequeños, hasta tanto se alcanzaba la edad para poder llamarse
explorador, categoría que llegué a obtener, pero por poco tiempo, dado que al
comienzo de la guerra civil la institución fue disuelta. Realizábamos
excursiones los fines de semana, casi todas al campo, y en verano al "río
grande".
Cada viernes, en la ventana de la oficina de D. Samuel Calamita se
exponía el programa de la próxima excursión a realizar, había que depositar
60 céntimos para ir con todos los gastos incluidos.
La concentración tenía lugar en el campo de los rosales, y cuando era
la hora fijada, estando todos reunidos, cada uno con su patrulla, el "cornetín
de órdenes" Evaristo Delfa Lucas tocaba a formar, tras lo cual la tropa se
ponía en marcha al compás del redoble de su buena banda de tambores,
cornetas y bifanos, desfilando a paso marcial y llenos de ilusión. Así
cruzábamos el pueblo, bajo la atenta mirada de vecinos y familiares; a la
salida se rompían filas yéndonos todos a discreción hasta el lugar que había
sido fijado para la acampada. Lo primero que se hacia era formar en círculo, e
izar bandera en el centro. ¡era emocionante!, en pleno campo escuchar el
himno de los exploradores bajo los acordes de las bandas de tambores y
cornetas.
Después jugábamos o nos bañábamos bajo la atenta vigilancia de los
instructores, quienes sobre todo a los "lobatos", no nos dejaban meter en el
agua si no estaban ellos presentes.
Así transcurría la mañana hasta la hora de la comida, que casi siempre
consistía en paella de arroz, muy bien cocinada bajo la dirección de D.
Casimiro Rodríguez, que era tan buen cocinero como persona. En nuestras
excursiones siempre nos acompañaba Salvador "el tonto"; así le llamábamos
en el pueblo, aunque de tonto tenía poco, sí que era una persona distraída y
decía que había sido legionario, por lo que puede que esa etapa de su vida le
hubiese marcado y dejado secuelas; era corpulento, fuerte y bonachón, y en el
pueblo se dedicaba a hacer recados que unos y otros le encomendaban, por lo
que era bien
acogido y apreciado por todos.
Tenía Salvador buenos apetitos. Para la condumia se había confeccionado un
plato con una de las latas en las que venía el atún en "porciones" de 5 kgs, a la
que había incorporado un asa de alambre, y se ponía a comer hasta que le veía
el fondo. Al acabar lo recomponía y dejaba preparado para la cena. Como era
diligente ayudaba a recopilar leña, fregar las paellas y a cuanto hacia falta, por
lo que era apreciado por toda la tropa.
La excursión más larga que tengo memoria de haber hecho a pié, fue la
que hicimos al Hoyo de Mestanza por caminos que mas bien eran veredas de
cabras, a través de plena sierra. Salimos de El Centenillo después del
mediodía, y tras seis horas de camino llegamos casi anochecido al Hoyo,
donde por la confianza de que era un pueblo pequeño y no había peligro de
que nos perdiésemos, nos dieron suelta a nuestra voluntad. Pero por pequeño,
tampoco había ni una triste tienda donde poder comprar alguna "chuchería",
únicamente había en alguna casas cestas con frutas procedentes de los huertos
de sus propietarios, que estaban dispuestas para vender, con melocotones,
peras, ciruelas, etc. Pero aquella buena gente no nos la vendían, sino que nos
las regalaban. Nos alojaron en las escuelas del pueblo, donde pasamos la
noche.
A la mañana siguiente emprendimos el regreso. A la salida del pueblo
prepararon el desayuno: café, decían que con churros, pero los churros no los
vimos por ningún sitio. Si que veíamos a un señor provisto de una máquina de
las que se usan para hacerlos -por cierto tenía que ser amigo o pariente de
Enrique Crivillé,- ya que no hacía mas que dar vueltas y vueltas, y éste señor
con su máquina en la mano, pero de churros nada de nada.
Todos los fines de semana hacíamos alguna excursión por los
alrededores de El Centenillo, el río, el peñón del toro, las tres hermanas, y
tantos sitios pintorescos y bonitos, que no nos cansábamos de recorrer y
explorar.
EXCURSIÓN
A
SEVILLA
La excursión mas trascendente e importante que llevé a cabo con los
exploradores, fue a Sevilla en el año 1.929, con motivo de la exposición, que
en realidad no fue sino el primer antecedente de aquella otra segunda "Expo"
de Sevilla en 1.992.
La estancia duró 10 días, y la aportación económica que tuvimos que
hacer cada lobato fue de 35 ptas., -viaje incluido-. Para este evento nos fue
sustituida la clásica camisa que solíamos llevar, por otra blanca. Fue un viaje
muy bonito, era además mi primer viaje en tren, y.........tan lejos; visitar y ver
tantas cosas y tan bonitas, ¡era como un sueño!.
El campamento con sus tiendas de campaña se instaló en una amplia
explanada que había frente al hotel Alfonso XII. A pesar del tiempo
transcurrido recuerdo muchas cosas, y una de ellas es la siguiente:
Como es lógico, despertábamos curiosidad en la gente, ya que no
tenían costumbre de ver exploradores, y no faltaban mirones junto al
campamento. Como no podía ausentarse nadie del mismo, y un grupo de
nosotros habían recaudado algún dinero para comprar un balón y jugar al
fútbol en los ratos de ocio, entregaron lo recaudado a uno de los mirones, para
que hiciese el favor de comprarlo, -¡bendita inocencia! - como es natural
cuando pasados los 10 días, emprendimos el regreso, al mirón-comprador no
le habíamos vuelto a ver el pelo.
Otro caso que tengo fresco en mi memoria, es el siguiente: Cerca de
nuestro campamento había un bar en cuya terraza se encontraba una mujer de
piel negra amamantando a su bebé, nosotros contemplábamos el cuadro, quizá
por la curiosidad de no tener costumbre de ver personas de esa raza, el caso
fue que nuestro buen amigo Pepe Faba, siempre tan ocurrente y de habitual
buen humor, dijo: - Ese niño estará mamando café- y creo lo decía de buena
fe.
Tenía yo como recuerdo de esa excursión, una fotografía, en la cual
estaba yo, en medio de Evaristo Delfa y Pepe Ruiz, ignoro donde fue a parar.
Sí que conservo una insignia con la flor de lis en el centro y bordeando
el círculo pone el lema del explorador: SIEMPRE ADELANTE.
DÍAS
DE
CAMPO
De vez en cuando, a medida que el trabajo, las oportunidades de
juntarnos y el buen tiempo nos lo permitía, organizábamos salidas al campo
para pasar el día; solíamos hacerlo mi esposa y yo con nuestros grandes
amigos Julián Liceran y su esposa Anita Rusillo, Salvador López y Remedios,
y José Reyes y Carmen, acompañados de toda la "chiquillería".
En primavera nuestro lugar favorito era Ministivel, bajo las sombras
del encinar que hay junto al pozo del mismo nombre. En aquellos años la
lluvia era abundante y el campo parecía una alfombra de flores.
Nuestra primera tarea era, después de preparar el mecedor, para tener
entretenidos a los menores, recolectar la leña para proporcionarnos unas
buenas brasas para ir haciendo la comida. Entre pelar patatas, preparar el
aperitivo -tiento va y tiento viene a la bota- iba avanzando la mañana. Si era
verano, nuestro hato lo poníamos en el río, al que cariñosamente llamábamos
"río de la bomba". Allí había oportunidad de refrescarnos también por fuera,
las mujeres -eso si- hasta las rodillas. Después de una buena comida se
imponía una buena siesta, y así lo hacíamos, o al menos lo intentábamos al
amparo de las sombras de adelfas, chaparros y alcornoques, porque moscas y
mosquitos no dejaban de hacernos frecuentes visitas para incordiar.
Después nos dábamos otro baño hasta la hora de prepararnos para el
regreso a casa, ya caída la tarde. Eso era lo malo, -el regreso- más de dos
kilómetros cuesta arriba cargados con los pertrechos y con calor sofocante,
deseando llegar a casa para poder refrescarnos y descansar.
Había buena armonía, compañerismo y fraternidad con aquellos
estupendos amigos, y pasábamos unos días francamente buenos cuando nos
juntábamos.
UN DÍA DE CAMPO QUE PUDO TERMINAR EN TRAGEDIA
Habíamos acordado pasar un día de campo en la finca de Nava el
Saach, con Agustín Lominchar, a la sazón encargado y guardia de la misma.
Como éramos cinco matrimonios y algunos niños, dispuso para trasladarnos
todos el tractor que tenían, cuyo conductor era "Jaki".
Posteriormente le surgió otro compromiso, el de Eutinio Romero, que con su
familia iban también a pasar el día en "La Tejeruela", y venían en el mismo
vehículo. Llegó la fecha señalada, el día de nuestro Señor del año l.960.
El remolque del tractor iba repleto de mayores y niños, Julián Liceran
junto al chofer subido en una aleta del guardabarros del tractor, y yo en la
opuesta. Al llegar cerca del Tejar, pasada la curva de Santo Tomás, en un
repecho que hay, fue el conductor a cambiar de marcha, pero no le encajo
bien, y el tractor con su remolque comenzó a recular hasta que en la cuneta
volcó el remolque, "esturreando" a todos sus ocupantes, y cayendo sobre ellos
la caja del mismo a modo de tapadera. La confusión fue enorme, mujeres y
niños salían a gatas como podían de debajo del cajón; fueron momentos
angustiosos hasta que pudimos comprobar que no había ocurrido nada grave.
Únicamente Remedios, la esposa de Salvador, tenia una pequeña herida en la
cabeza que sangraba aparatosamente; al verla en tal estado, Carmen -esposa
de José Reyes- se desmayó, y alguien dijo: "el coñac", ¡dadle un poco!, pero
con el revoltijo de viandas, utensilios y botellas que se había formado, unido
al consiguiente nerviosismo, Anita Rusillo echó mano de una botella, y le dio
a beber. Inmediatamente surtió el efecto que se apetecía, pues la desvanecida
nos "espurreó" a todos con el trago que se había tomado, diciendo: pero ¿qué
cojones me dais?, ¡si esto es vinagre!.
Como gracias a Dios no ocurrió nada más grave, gracias también a la
pericia de Jaki el chofer que dirigió el remolque hacia la cuneta derecha
empinada hacia arriba, evitando que lo hiciera a la izquierda, donde había un
terraplén bastante profundo, y que de haber volcado para aquel lado, las
consecuencias hubiesen sido otras mucho peores.
Con lo ocurrido, digo,
sirvió para que pasáramos el día ,
ya todas las familias juntas en la Tejeruela riéndonos de lo sucedido y
celebrando haber salido ilesos de lo que pudo haber sido una auténtica
tragedia.
Era el día del Señor, y Él.................., estuvo con nosotros.
LA
GANADERÍA
En los meses de Octubre a Noviembre llegaban a diferentes fincas de
los alrededores grandes rebaños de ganado lanar, en donde permanecían hasta
mediados del mes de Mayo. En su mayoría procedían de Teruel, Cuenca y
Guadalajara.
Durante su permanencia en la sierra daban alegría, vida y colorido al
paisaje que formaban el pastor, las ovejas diseminadas, el sonido de sus
cencerros, el balar de los corderos y el potente ladrido de los mastines. Estos
ganaderos llevaban una vida bastante sacrificada, siendo quizá lo peor el
estar separados de sus familias durante seis largos meses. Como vivienda
construían un chozo, digamos principal, y luego otro más reducido junto a la
majada, para el pastor que hacia la guardia de noche para con la ayuda de los
perros pastores, -mastines en su gran mayoría evitar que los lobos hicieran
algún desastre entre los rebaños. Este chozo del pastor era tan pequeño que
solo a "gatas" podía entrarse en el mismo. Como el ganado tenían que
cambiarlo de ubicación cada dos tres días para que el ganado no pisara barro y
estiércol, también había que mudar, o construir otro pequeño chozo.
Desde su origen hasta llegar a aquellas fincas tardaban 20 o 25 días,
yendo por veredas reales con el hato sobre sus caballerías, durmiendo en los
lugares a los que podían llegar con luz del día para continuar su marcha al
amanecer del día siguiente. Desde hace tiempo la Sierra está y se la ve mas
sola. Llegó un momento en que la mayoría de los ganaderos no han podido
seguir yendo allí con sus rebaños debido a que casi todas las fincas pasaron a
ser cotos de caza. En estas fincas durante todo el año -excepto los días de
montería solo habita el guarda, y algunos de ellos después de la jornada se
marchan al pueblo a pasar la noche, volviendo al día siguiente. Hoy día son
contados los ganaderos que hay en estas grandes extensiones de terreno de los
alrededores de El Centenillo, y casi todos están dedicados a reses de lidia.
LOS
RANCHEROS
En varias de las fincas del entorno del pueblo vivían algunas familias a
quienes el dueño había autorizado. Su mayor dedicación era limpiarlas de
monte, y utilizaban éste para hacer leña, picón y carbón.
Tenían construida su vivienda -denominada "rancho"- en sitio próximo
a donde hubiese agua. Solían tener un pequeño huerto que cultivaban, sus
gallinas, alguna que otra cabra y un par de caballos, mulas o burros que les
servían para transportar sus mercancías yendo y viniendo al pueblo. En
invierno lo pasaban mal, con lluvia o nieve por aquellos caminos de
herradura, tras sus jumentos, mal calzados, aguantando las inclemencias del
tiempo, todo el camino hasta llegar al pueblo para intentar vender o cambiar
sus mercaderías, que en algunos casos ya tenían encargadas, pero en otros
casos no, y se veían obligados a recorrer las calles, voceando hasta encontrar
comprador.
Después el regreso cargados con las vituallas adquiridas con el importe
de las ventas que habían hecho, para poder seguir subsistiendo, y...........poco
más. ¡Cuantas fatigas pasaron estas criaturas!. Eran personas queridas en el
pueblo, por los muchos años que llevaban viviendo en contacto y relación con
sus vecinos.
A uno de estos matrimonios de rancheros, les sucedió una vez, que
tenían una niña de mes y pico de edad acostada en su cuna dentro del chozo,
la madre estaba lavando ropa cerca del mismo, y el padre en los alrededores
haciendo leña. Sintió la madre llorar a la criatura y cuando se disponía a entra
en el chozo, vio que del mismo salía un lobo llevando a la niña en la boca;
corrió gritando tras el animal que no soltó a su presa hasta que atraído por el
griterío acudió el esposo que pudo conseguir por fin que el lobo la dejara a
pocos metros.
Afortunadamente la niña no sufrió daño alguno, gracias sobre todo a
que por aquellos años solían envolver a los bebés con mucha ropa, y no dio
tiempo a que la fiera pudiese volver a morder, pues seguro que ya hubiese
sido de irreparables consecuencias.
RANCHEROS DISEMINADOS EN DIFERENTES FINCAS
CERCANAS A
Finca
EL CENTENILLO
Cascajoso:
"
Los Hermanicos, Candelas, Paniagua, Gaspar.
Nava El Saach:
"
Ruseños.
"
"
"
Los Merguizos, La Conce, La Pascuala.
El Callandico, La Rosalia, Los
El Perrete, Paquillo el del lunar.
"
Vergara.
"
"
Los Selladores:
"
Los Llanos :
"VENI"
EL
El Tío Quintín, Matabuchas,
El Cuadrao, La Juana.
El Moreno.
CERVATILLO
"Veni" fue el nombre que pusimos en casa a un cervatillo capturado
por Alfonso Marcos, (El tío Callandico) quien un día apareció en El
Centenillo con él para rifarlo, correspondiendo el número agraciado a una
papeleta que mi padre había adquirido. Veni tenia pocos días, por lo que hubo
que comprar dos cabras para que lo amamantasen, las cuales apacentaban
entre una piara que poseía la Abastecedora, alojándose en los corrales del
matadero.
Todas las tardes, a la hora de regresar el ganado, lo llevábamos para
éste menester, los primeros días no había otra manera que ir tirando de él, con
ayuda de una de mis hermanas, y yo detrás empujándole, pero pronto aprendió
donde tenia su sustento, salía con su gracioso trotar, adelantándonos y
llegando antes que nosotros, encontrándolo esperando nuestra llegada en la
puerta de los corrales.
Llegamos a encariñarnos con el cervatillo toda la familia, era limpio y
vivaracho, a mi padre le iba detrás como si fuera un perrillo faldero. Le
gustaba pasar la mayor parte del día acostado frente a los eucaliptos que había
- y aún hay - frente a casa; si veía llegar un perro o algo que no le agradase, se
venia para casa, y si encontraba la puerta cerrada, sabia llamar dando unos
"manotazos".
Un día desapareció y no podíamos localizarlo, nadie lo veía por parte
alguna, y cosa rara, ni siquiera se presentó a la hora que solía comer, lo que
nos hizo pensar en lo peor. Era el mes de Julio y después de cenar teníamos
por costumbre sentarnos en la puerta de casa para tomar un poco el fresco; en
esta situación estábamos, haciendo comentarios sobre lo que le podía haber
ocurrido, serian ya casi las once- con las esperanzas perdidas de poder
volverlo a ver, cuando de pronto oímos el repiquetear de su cencerrilla,
asomando Veni por la parte posterior de la casa, fue acercándose a cada uno
de los miembros de la familia que allí estábamos, dándonos con su húmedo
hocico, como si quisiera pedirnos perdón por su ausencia, causándonos la
consiguiente alegría de saberlo recuperado y volverlo a tener entre nosotros.
Veni crecía, jugaba con todos, pero era conmigo, quizá por ser el más
pequeño de los hermanos, con quien más se entretenía, y era yo
quien más golosinas y caricias le dispensaba. Suponemos que en sus
andanzas de ese día estuviera por la parte del cerro del depósito, dado el lugar
por donde regresó, recorriendo el monte con la esperanza de encontrar a
alguno de su especie. No volvió a ausentarse, continuando en casa hasta casi
cumplir los dos años.
Un día estaba yo jugando frente a casa, y cuando estaba agachado, me
sorprendió por la espalda, dándome manotazos en los hombros y uno de ellos
en la cabeza, haciéndome una pequeña brecha. Era jugando, pero sus juegos
se iban haciendo algo peligrosos por la envergadura de ciervo adulto que iba
adquiriendo. Por este motivo y otro más convincente, el de que un día no muy
lejano seria imposible ya tenerle en casa, fue lo que hizo a mi padre tomar la
decisión de desprendernos de él, con el disgusto de todos y el suyo propio.
Lo regaló a un ingeniero de minas que se había encaprichado del
cervatillo hacia tiempo, para llevárselo a una finca que poesía en Alicante.
Procuraron llevárselo en horas que yo estuviese en el colegio, así que cuando
volví a casa y me enteré de su marcha y de que no volvería a verlo, me costó
muchas lágrimas y tardé tiempo en entender los razonamiento que me hacían;
a los seis años de edad no comprendía estas cosas, solo sabia que había
perdido un amigo.
A pesar del tiempo transcurrido, cuando hace solo unos das me envió
mi hermana por correo la única foto que me hicieron con Veni, foto que hace
muchos años que no veía, no pude evitar que asomaran unas lágrimas a mis
ojos. Estoy seguro de que en aquellos días de nuestra separación también a mi
amigo Veni le aflorarían lágrimas en los ojos pues está comprobado por un
gran número de personas que somos cazadores que,
............los ciervos también lloran.
" MILAGROS "
Con el nombre de Milagros "bautizamos" a una cervatilla de pocos días
a la que el guarda de la finca de "El Poyuelo" salvó milagrosamente de ser
devorada por los lobos.
Una tarde en la que Francisco el guarda, hacia su recorrido habitual por
la sierra, escuchó unos bramidos desesperados de ciervo; apresuradamente
encaminó sus pasos hacia el lugar cercano, encontrándose con la escena de
que tres lobos estaban atacando a una cierva. Comenzó a dar voces y gritos,
haciendo huir a los lobos, y cuando llegó al lugar que estaba la cierva, la
encontró ya agonizante. Al darse cuenta, por el tamaño de sus ubres, de que
estaba criando, sabia que su retoño no podía estar lejos, por lo que se puso a
buscarla, encontrándola acostada entre unos lentiscos. La llevó al cortijo, y la
cuidó y alimentó con leche de sus cabras durante unos días, en que llegó D.
Emilio de la Casa, a la sazón arrendatario de la caza en la finca, y se la trajo a
Jaén; aquí continuamos alimentándola con biberones hasta que tuvo tiempo de
empezar a comer alfalfa, zanahorias y cebada.
Cuando tenia 10 meses volvimos a llevarla a la finca, dejándola en el
mismo lugar donde fue recogida y su madre había perdido la vida. Fue
marcada antes de proceder a soltarla, para poder distinguirla de las demás
ciervas. Continuó viéndola el guarda por un periodo de más de dos años. Al
cabo de este tiempo, nada mas se supo de "Milagros". Teníamos la esperanza
de que algún día pudiésemos volver a verla, pero ese día no llegó. ¡Han
transcurrido muchos años!.
II
MI
AFICIÓN
-
LOS
TOROS
TAURINA
Mi ilusión desde niño siempre fue la de ser torero, mi afición taurina
surgió un día en el que me llevó mi padre a un tentadero en la finca de "El
Puntal". A El Puntal venia cada año el matador de toros Vicente Barrera,
quien junto con Domingo Ortega eran en aquella época las dos grandes
figuras de nuestra fiesta nacional.
Tenia yo unos ocho años, y quedé admirado y entusiasmado por todas
las faenas que se llevaban a cabo en un tentadero, y ver actuar a una figura
excepcional como era Vicente Barrera, impulsaron mi afición con una gran
ilusión.
A partir de ese día mis juegos se centraron en los toros; formamos una
cuadrilla compuesta por Rafaelito Rodriguez, Felix Román. José Luque y yo.
Al salir del colegio, mientras que otros chiquillos jugaban al fútbol, al tenis, o
a la pita, según sus aficiones, nosotros: ¡a los toros!. Uno hacia de astado
provisto de un palo corto en cada mano, mientras otro le daba los pases con un
trozo de tela sujeta por un palo, turnándonos en los quehaceres de toro y
torero.
Cada año me enteraba de cuando había tentadero en El Puntal porque
en la víspera, llegaban de la finca varios empleados para esperar la llegada de
Barrera al pueblo, y las caballerías que llevaban las dejaban amarradas en los
eucaliptos frente a la casa donde yo vivía. Así que no se me escapaba una. El
Puntal era propiedad en aquellos tiempos de D. José María López Cobo, quien
también era dueño de la famosa ganadería de toros bravos "Coquilla". La
finca tenia una plaza muy bien acondicionada para las faenas de tentadero y
herradero. Cuando llegaban los toreros, colocaban los utensilios y pertrechos
en las caballerías, ya que el coche en que viajaban hasta el pueblo, -un
Hispano Suiza amarillo, matrícula de Valencia, tierra de Vicente- lo dejaban
en el almacén de la empresa, debido a que el carril hasta la finca era
intransitable para cuatro ruedas.
Solía llegar Vicente, acompañado por un peón y su picador, Andrés
Garrido, ("El Gordo de Linares") hombre enterado de su oficio y con muy
buen humor. Cuando una vaca se paraba ante el caballo y se ponía a tirar
tierra para atrás con las pezuñas, decía: ¡mira!, ésta es comunista, fíjate como
reparte el terreno. Si le daba un picotazo con la vara y salía huida, le cantaba
aquella estrofa, -entonces de moda-, que
decía .......anda y que te ondulen con la per...ma...nen.
Tuve la oportunidad de ir aprendiendo muchas cosas sobre los toros y
el mundo de los toreros viendo las tientas de veinte o treinta vacas, con las
entradas que hacían a los caballos, la manera de comportarse cada res, sus
virtudes y defectos que comentaban entre toreros y ganadero. A partir de
esos días siempre estaba al tanto de donde y cuando había herradero o
tentadero -según la época-, que tenían lugar en las distintas plazas de las
fincas de los contornos, como la mencionada de El Puntal, Los Alarcones,
Balbueno, Pascual Ibañez, Los Monasterios y en Las Vermaras.
En la actualidad hay en activo un buen matador de toros que también es
valenciano y se llama igual: Vicente Barrera, nieto del torero que yo conocí
cuando comenzaba mi interés por los toros.
La profesión de torero siempre es dura y difícil, pero más lo era en la
época pasada. El primer paso que había que dar era ausentarse del hogar
familiar, y estar dispuesto a enfrentarse a cualquier vicisitud que se
presentara; deambular de un sitio para otro, comiendo y durmiendo donde se
podía, averiguando donde había tientas para encaminar los pasos hacia el
lugar -andando por supuesto-, conseguir con suerte que te dejasen entrar al
tentadero, y lo más difícil que te concedieran dar un capotazo a alguna de las
vaquillas. Siempre con la esperanza de que el ganadero, o alguno de los
toreros o invitados se fijaran en algún rasgo positivo del "maletilla en
ciernes", y se brindaran a ayudarle en el comienzo de su carrera. Hecho que en
muy rara ocasión ocurría. Esta era la forja de no pocos soñadores de fama a la
que algunos -los menos- llegan, quedando en la cuneta la gran mayoría.
Hoy día, afortunadamente con las Escuelas Taurinas que promocionan
novilladas a sus alumnos, poniéndolos al principio de su carrera -que no es
poco-, los maletillas casi han desaparecido, todo depende de las facultades y
también de la suerte que a cada uno pueda depararle la vida.
En mi caso tuve la ocasión de asistir a los herraderos y tentaderos que
tenían lugar en las plazas de las fincas de los alrededores de El Centenillo,
debido a la amistad que tenia mi padre con los propietarios de las mismas, y
siempre me avisaban cuando había alguna actividad taurina, la que fuese. Pero
las circunstancias no vinieron favorables, surgió la guerra civil, cogiéndome
en la edad crucial, posteriormente
cuatro años de servicio militar, y en fin una serie de adversidades que
interrumpieron mis ilusiones, o mejor dicho la posibilidad de llevarlas a cabo.
Me conformo pensando que en mi destino no estaría escrito el ser un famoso
matador de toros.
La primera corrida que presencié fue en la feria de La Carolina, con los
matadores Luis Fuentes Bejarano, su hermano Manuel y un tercero del que no
recuerdo su nombre. Mi afición iba en aumento.
Había una revista taurina que se llamaba "El Clarín", que la recibía
"Pepe el Camarero", y al que yo se la compraba deleitándome con sus
crónicas y fotografias. Hasta que llegó el día en que tuve la oportunidad de
poder torear una becerra.
En aquellos tiempos habían por los alrededores del pueblo seis fincas
en las que disponían de plaza de toros para llevar a cabo tientas y herraderos
con reses bravas, y eran: El Puntal, Los Alarcones, Balbueno, Pascual Ibañez,
Los Monasterios y Las Vermaras.
LA
PRIMERA
BECERRA
Fue en la finca de Navalonguilla, tenia yo doce años y me enteré de
que se iba a celebrar un "Herradero", así que acompañado por Rafaelito
Rodríguez me presenté en la mencionada finca.
Esta no tenia plaza apropiada para llevar a cabo estas faenas, solo
disponía de un corral para el encierro del ganado, con una acentuada
inclinación y piso en mal estado, y allí se encontraban encerradas las reses que
ese día habían de ser marcadas.
En el centro del mismo se encendieron dos grandes fogatas para tener a
punto los hierros de marcaje. Las reses, a medida que iban siendo marcadas,
salían directamente al campo. El personal asistente y presente en esta faena
fueron: D. Rafael Cámara -Administrador de la finca-, Vicente -el guarda- y
su esposa Julia, Jerónimo -guarda a la sazón de la finca de "Iñestares"-, sus
hijos Antonio y Jerónimo y cuatro vaqueros más.
Como todos conocían mis aficiones taurinas, y por eso había ido, me
prometieron que la última becerra la dejarían para que yo la pudiera torear, y
así lo hicieron. Pedí a Julia un saco en el que introduje un palo, a modo de
"estaquillador", y de esta guisa improvisé una especie de muleta. Cuando
llegó el momento, la becerra sola en el corral daba vueltas buscando la salida;
abrieron el portón, entré yo, y no me dio tiempo ni a colocarme, se vino hacia
mi como un rayo, y sufrí mi primer "revolcón". Se retiró correteando,
mientras yo, estando ya preparado y más o menos repuesto, le llamaba la
atención, se vino al instante y pude darle unos cuantos pases, me dio un
segundo revolcón la condenada, pero como no había burladeros ni quien me
la quitase de encima, no tuve más remedio que seguir dándole pases, pues era
mi única defensa. Cuando la Presidencia lo creyó conveniente, abrieron el
portón, y .............creo que toro y "torero" salimos al mismo tiempo del corral.
Tras el lance, todos me felicitaron animándome para que continuase
con mi afición, a ver si podía salir alguna figura como torero de El Centenillo.
Nos invitaron a comer con ellos y pasamos el resto del día divertidos.
Al fin había visto cumplida mi ilusión de poder torear.
Hice amistad con Pedro Camacho -"Perico"-, hijo de Leonardo
Camacho, tenia dos años más que yo, mucha afición a los toros y un enorme
valor, como pude comprobar en varias ocasiones; era persona noble, sencilla y
formal a quien llegué a tomar gran afecto.
En su compañía llevé a cabo diferentes salidas y correrías por
tentaderos y herraderos.
Compramos el comercio de Anita Godoy la tela para que nos hicieran
un capote a cada uno, cosa que hizo el sastre Salvador Guillen. Mi capote lo
guardaba yo en un baúl que había en el patio de casa de mis padres, baúl que
contenía prendas y utensilios para el deporte de la caza, y algunas otras que se
usaban de tarde en tarde. Cuando había que salir a realizar alguna "faena", mi
amigo Pedro se situaba detrás de la tapia de casa, y yo desde el patio le
lanzaba el capote. De esta manera, y para no intranquilizarlos, mi familia
estaba ignorante de que yo marchaba de toros; a la vuelta, ya sin la ayuda de
Pedro, lo hacia a la inversa, yo mismo lo lanzaba desde la calle al patio. Pero
un día.......................... tiré el capote, entré a casa, bajé al patio, y allí estaba
mi madre con el capote en sus manos -estaba lavando ropa y el "chivato" fue a
caerle encima. ¡la corrida fue después!.
De esta forma y con nuestra afición transcurría el tiempo, soñando y
manteniendo la ilusión por ser torero.
Surgió la guerra civil y durante esos tres años quedaron inactivas esas
faenas de tientas, las ganaderías se juntaban unas con otras, y precisamente en
esa edad, la propicia para haber podido lograr nuestros sueños, fue cuando
sobrevino el paro forzoso para nuestra afición.
Ahora, después de transcurrir tantos años, yo puedo escribir estas
memorias, y al ir haciéndolo unos relatos me provocan alegría, otros tristeza o
nostalgia, recordando lo que quise y no pudo ser, pero siempre dando gracias
a nuestro Señor por haberme dado larga vida.
Mi buen amigo Pedro marchó a la guerra, de donde nunca volvió,
quedando truncados sus deseos de triunfo, sus sueños e ilusiones y lo que es
peor............, su vida en no sé cual campo de batalla.
¡Descansa en Paz, querido Pedro!.
EL
PRIMER
NOVILLO
La vida continua y con ella mi afición, consiguiendo por fin, tras
muchas vicisitudes, poder torear en público y matar mi primer novillo.
Fue el día 18 de Julio del año 1.939.
Había terminado la guerra civil, y se hacían proyectos para conmemorar
dicha fecha. La iglesia de El Centenillo tenia un pequeño campanario en su
castillete, y había ideado el párroco D. Diego Rodriguez Navarrete construir
una torre campanario adosada al costado derecho de la misma. Todos los
albañiles de la empresa y un gran número de ayudantes se ofrecieron para
efectuar los trabajos necesarios, fuera de su jornada laboral.
Me surgió la idea de que se podía ayudar a sufragar los gastos de los
materiales necesarios para llevar a cabo la obra, organizando una novillada, y
al mismo tiempo se resaltaban los festejos. Contacté con el hermano de D.
Diego, Luis Rodriguez Navarrete, que era buen aficionado a los toros, para
que intercediera con la influencia de su hermano, ante la Dirección de la
empresa, a construir la plaza en el campo de fútbol del pueblo, facilitando los
materiales y su transporte, ya que para la mano de obra había cantidad de
voluntarios que colaboraban altruístamente. De esta guisa pudo realizarse la
construcción de la plaza -capítulo principal- y comenzar a formalizarse la
organización del festival.
En lo referente al ganado, nos encargamos Luis y yo de gestionarlo;
para lo cual nos pusimos al habla con Alejandro Mondariz, que era el mayoral
de D. Rufo Serrano, y conseguimos la promesa de traer unas vacas para su
lidia y un eral para ser muerto a estoque. Quedamos citados un día
determinado, en la plaza de Pascual Ibañez para elegir las reses prometidas, y
llegada la fecha, nos desplazamos Luis y yo provistos de merienda y una bota
con cinco litros de buen vino, del que vendía Evaldo Crespo, y que hicieron
las delicias del día, sobre todo para uno de los vaqueros que la "cogió
cantarina", y a nuestro regreso se quedó bajo un "aliso" tarareando el "cara al
sol".
Por fin amaneció el día del festival -tan ansiado por mi-. La noche
anterior se había celebrado una gran verbena, terminando con el encierro del
ganado en las primeras horas del día. Yo no pude verlo,
tenia que estar descansado y me fui a dormir sobre las tres de la madrugada.
A las 4 de la tarde comenzó el espectáculo con gran asistencia de
público, prácticamente todos los habitantes del pueblo había acudido a la
plaza. La lidia de las vaquillas se inició con la escapada de la primera que
saltó las vallas y salió corriendo por la esquina de la casa de la huerta; las dos
restantes dieron buen juego, y solo se les dieron unos capotazos.
El novillo salió muy bueno, en el tercio de banderillas, D. Tomás
Pastor, -maestro nacional- al ir a poner su "par", tiró los palos antes de llegar
al bicho, dando media vuelta y corriendo hacia las gradas, donde se colocó
con ayuda del novillo, y de donde no volvió a bajar. A la hora de matar tuve la
suerte de darle una estocada en todo lo alto, cayendo al momento el animal, se
reincorporó y lo descabellé en el primer intento, con lo que la ovación que
recibí fue unánime y mi alegría inmensa. ¡Había matado mi primer novillo!.
Me concedieron las dos orejas, paseándome en hombros por toda la plaza.
Hubo otro momento de emoción para mi cuando mi padre me abrazó,
también afectado, y me advirtió: {esto que has hecho es difícil, que no te sirva
para ilusionarte,.........es una carrera muy dura}. Yo también era consciente de
que eso no podía hacerse siempre, pero esa tarde y en esos momentos, ¿quien
podía apearme de mis ilusiones?.
Terminado el festejo, la empresa dispensó a todo el que quiso
participar una merienda bien regada con vino de Valdepeñas. Por la noche, en
el salón de cine tuvo lugar una conferencia en la que intervino D. Juan A.
González Comino, -médico y alcalde- en su alocución ensalzó mi intervención
de esa tarde, colaborando así a darle más realce a la fiesta, y a mi a
emocionarme aún más. La verbena continuó con sus bailes y alegría hasta
altas horas de la noche.
En resumen, que fue un gran día de júbilo y alegría, y no solo por los
festejos, había un motivo mucho más significativo...........¡Habia terminado la
guerra, y llegado la tan ansiada paz!.
NOVILLADA
EN
LA
CAROLINA
En el mes de Octubre del mismo año volví a torear en una novillada en
La Carolina.
D. Germán Pousibet Figueroa, -médico en El Centenillo- era ese año
Hermano Mayor de la Cofradía de San Juan de la Cruz, patrón de La Carolina.
Se organizó una novillada a beneficio de dicha Cofradía, y D. Germán me
incluyó en el cartel. Fue nocturna, comenzó a las 10 de la noche, tras los
bailes y una gran verbena en los jardines adyacentes a la plaza. El festejo
taurino resultó bonito, con la plaza engalanada y un lleno total. Los toros eran
de D. Celso Pellón y salieron bravos y con trapío; el propio Celso llevó a
efecto en el primer novillo la figura de "Don Tancredo", escuchando fuertes
aplausos.
Como nota de humor, al final de la verbena tuvo lugar un concurso de
feos, saliendo ganador -como no podía ser menos- nuestro convecino y buen
amigo Manolo Lucas. Al término de los festejos regresamos al Centenillo en
la camioneta de Faustino, que había ido a ver la novillada junto a un buen
número de aficionados y amigos, y conducida por su hijo Antonio.
NOVILLADA
EN
ESPELUY
El día 9 de Mayo de 1.940, con motivo de las fiestas de San
Gregorio, patrón de Espeluy, se celebró una novillada en la que también
participé.
Había llegado la tarde anterior, y me alojé en casa de unos familiares;
después de cenar me di una vuelta por el recinto ferial, observando la
animación que había en la verbena, y a las 11 de la noche acompañe a dos
concejales hasta la estación de Renfe -distante unos 4 kilómetros- al objeto de
recibir a otro novillero que llegaba en tren procedente de Sevilla . Ya de
regreso, charlamos un rato y nos fuimos a dormir para estar descansados al día
siguiente. Aunque yo bien poco pude dormir, pues entre nervios y excitación,
cuando ya casi me vencía el sueño, desfiló la banda de música con su alegre
pasacalles, tocando diana, y terminé de despabilarme.
Asistí a misa, y antes de darme cuenta, -el tiempo transcurría muy
deprisa- dieron las seis de la tarde, la hora de los toros. El lleno era completo,
la corrida estaba amenizada por una banda militar de música. Los novillos
salieron buenos, a mi me tocó en suerte el tercero de la tarde, un poco corretón
y distraído, dando lugar -con ayuda por mi parte desde luego- a que escuchase
dos avisos; pero esto no impidió que me concediesen una oreja.
En el Diario Ideal de Granada salió publicada la reseña que se
transcribe en la página siguiente.
RESEÑA
DE
LA
NOVILLADA
Espeluy.- Se ha celebrado en Espeluy la tradicional feria de San
Gregorio. El primer día de la feria hubo una gran fiesta religiosa, por la tarde,
a las cuatro salió la Procesión con el Santo Patrón, y a las seis se celebró una
bonita novillada con ganado de Don Juan Salas.
Los novillos salieron buenos y de espadas actuaron:
Bautista Minguez, de Sevilla.
Rufino Rufaito,
de Andújar.
Juanito Urda,
de El Centenillo.
Los tres estuvieron bien, en especial Rufaito de Andujar que cortó dos
orejas y un rabo, Bautista y Urda cortaron una oreja cada uno; Urda escuchó
dos avisos.
Se destacaron en la dirección de la lidia los toreros Paz Dominguez y
Minguez, ambos de Córdoba.
Para el segundo día de feria hay anunciado un partido de fútbol entre el
Atlético de Espeluy y el Deportivo Ferroviario.
Las calles de la localidad se encuentran todas engalanadas, habiendo
levantado el vecindario Arcos Triunfales.
Hay gran concurrencia de forasteros.
NOVILLADA
TRÁGICA
Así iban transcurriendo mis correrías por el mundo taurino, hasta que
se interrumpieron por tener que incorporarme al Servicio Militar, cuya
duración - a causa de la Segunda Guerra Mundial - se prolongó durante 42
meses.
Durante mi permanencia en el Ejército, y aunque mis ánimos nunca me
abandonaban, solo pude torear una vez; fue el día 29 de Junio de 1.942,
festividad de San Pedro y San Pablo.
Estando destinado en Larache (Marruecos) hice amistad con varios
aficionados, algunos de los cuales ya habían toreado también. Había un bar en
el que se reunía la peña "Manolete", Juanito, joven malagueño, hijo del dueño
del bar era buen aficionado a los toros -aunque solo como espectador-. Un día
estando en la peña, me propusieron tomar parte en un festival.
A pocos kilómetros de Larache hay un poblado llamado Lady, donde
todos sus habitantes eran trabajadores de una Compañía Agropecuaria dirigida
por el Ingeniero D. Gomendio, y daba la casualidad que el día principal de las
fiestas coincidía con el cumpleaños de una hija de D. Gomendio, celebrándolo
por todo lo alto.
El festival consistía en capear unas vacas, y al final un novillo para ser
muerto a estoque, en esta ocasión por un novillero sevillano que cumplía el
servicio militar en un batallón de trabajo.
La capea de las vacas transcurrió sin novedad, pero.......¡Ay!, a la hora
de lidiar al "novillo-toro" y morucho, por añadidura, de esos que solo miran
a los pies. Ocurrió que a la hora de darle un pase de muleta, cogió al novillero,
lanzándolo al aire y huyendo, sin volver a echarle cuentas, pero ya había sido
bastante, pues la cornada le pilló en la ingle, rompiéndole la femoral.
Inmediatamente fue trasladado al Hospital Militar de Larache donde fue
intervenido quirúrgicamente, pero sin buen resultado, ya que falleció 55
horas después.
Como quiera que yo actuaba de "sobresaliente", me tocó coger los
"trastos" para ver de darle pasaporte al astado, pero me ocurrió igual, me
cogió con un cuerno por la parte media del muslo izquierdo -de lo cual guardo
un recuerdo indeleble a modo de cicatriz-, me volteó, y al
final afortunadamente solo pasé dos meses en cama, tratando de
restablecerme.
El festival terminó con el apuntillamiento del muy traicionero y
asesino animal.
Testigo del entierro del compañero, fue nuestro paisano y amigo Eloy
Liceran, que hacia el servicio militar en Alcazarquivir, y por esas fechas se
encontraba en Larache, a donde los llevaban por turnos a pasar unos días en la
playa.
Juanito, hijo del dueño del bar nos acompañó ese día, haciendo fotos
con su cámara, de las cuales conservo algunas, y entre ellas una del toro
"Traicionero".
Del novillero solo sé lo que he mencionado, que era de un pueblo de
Sevilla y que se llamaba Juan, ya que nos habíamos conocido esa tarde en la
corrida. Fue operado por el Capitán Médico Cirujano Don Francisco Javier
Locertales, quien después ejerció como prestigioso cirujano en Sevilla,
aunque ya lo era por aquellos días.
Durante los dos meses que permanecí hospitalizado, estuve bastante
fastidiado, pues no había ni los medios ni los adelantos de hoy día, sobre todo
el de mayor importancia, -quizá- los antibióticos.
La atención médica y el cuido eran extraordinarios, de todas las
Hermanitas, sobre todo Sor María, quien lo hacia como si yo fuese su hijo. Es
triste verse tan alejado de los seres queridos en esas circunstancias, cuando
uno lo está pasando tan mal que no sabe si sobrevivirá, tristeza aliviada tan
solo por las visitas de algún compañero o amigo. Durante el tiempo que
permanecí en cama no podía escribir a mi familia, ni tampoco a mi novia -hoy
mi esposa María-; tenia quien lo hiciese por mi, pero ¿Qué pensarían al ver
mis cartas escritas por otra persona?, así que me decia.....a ver si mañana soy
capaz y escribo, pero pasaban los días, yo no podía y a punto estuvo de irse a
pique mi noviazgo por no contestar sus cartas.
Al ser dado de alta me concedieron dos meses más de convalecencia,
por supuesto me fui al Centenillo, como pude, con mi cojera, donde todos
estaban ignorantes de lo sucedido, pero yo cojeaba, y eso si era evidente. Al
día siguiente de llegar, Fulgencio, -guarda del mercado de abastos- me
preguntó qué me había pasado, y yo me sinceré explicándole lo ocurrido; me
dijo: pues tu padre está mosqueado tal vez pensando en la procedencia de la
dolencia que te hace cojear. Así que esa misma noche al meterme en la cama
llamé a mi padre y le enseñe la herida, contándole de donde provenía. Estoy
seguro de que él -mi padre- y yo, dormimos más tranquilos esa noche.
Después de ser licenciado del ejército, ya con 25 años cumplidos, y
además contraje matrimonio a los pocos meses, solamente volví a torear en
dos ocasiones.
Organizaron en El Centenillo una novillada para lidiar tres vaquillas y
matar un novillo, por un hermano del Ingeniero de las minas D.José Luis
Gonzalez Brotons, este hermano aficionado a los toros y estudiante de
medicina era el encargado de torear y estoquear al animal, actuando yo como
sobresaliente.
En otra ocasión fue en Pascual Ibañez, en un tentadero que celebró D.
Jacobo Marzuchelli. Estas fueron mis dos últimas actuaciones taurinas,
aunque posteriormente fui a algunas tientas, pero solo como espectador.
En uno de estos tentaderos, que llevó a cabo D. Samuel Flores en su
finca de Los Alarcones surgió una anécdota.
Acompañado por Francisco Ruiz Arador (Carpintero) y su hijo Paco
nos desplazamos a la mencionada finca para presenciar el tentadero que iba a
tener lugar al día siguiente. Serian sobre las diez de la noche, después de
cenar, cuando llegó D. Samuel, acompañado por un novillero de Albacete,
apodado "Rosita" a quien protegía y dos amigos más. Después de dar los
saludos de rigor al guarda -Baldomero Gallego- y familia, sin reparar en los
forasteros que allí estábamos, le dijo al guarda: ¡hombre, tengo unas ganas de
comer pollo con tomate!, tras esta diplomática solicitud se marcharon para
alojarse en su casa, colindante a la del guarda. ¿Qué hizo Baldomero?, pues
sin pensarlo dos veces, dirigirse al gallinero, trincar uno de los mejores pollos
-que a esas horas estaría en lo mejor de sus sueños-, sacrificarlo y prepararlo
"tomateado" acorde a los deseos de su jefe, para darle así satisfacción.
¡Natural!.
D. Samuel me conocía, había estado en un par de ocasiones en su
tentadero, pero esa noche no reparó en mi, y solamente saludó a sus
subordinados. A la mañana siguiente, ya camino de la plaza, le saludé, y me
dijo: ¡hombre!, me alegro mucho de verte, hace tiempo que no nos vemos, sé
que estabas cumpliendo el servicio militar y he preguntado varias veces a
Baldomero por ti, pero.........se quedó mirándome fijamente y me dice: ¡es la
primera vez que veo un torero con bigote!.
Ya en la plaza me invitó a sentarme a su lado donde permanecí hasta el
final de las faenas de la tienta, y pude comprobar el control
detallado y minucioso con el que D. Samuel llevaba el historial de su
ganadería.
Después de este día, solamente volví a verlo en una montería que al
final fue suspendida por la lluvia torrencial que caía, en la finca de
Selladores.
III
-
MI
LA
CAZA
AFICIÓN
A veces me pregunto qué clase de hombre habría sido yo si, desde mi
infancia no hubiese conocido la caza. Probablemente distinto, con toda
seguridad menos humano.
El hombre, y sobre todo el adolescente, que empuña una escopeta por
primera vez, casi nunca ve en ésta algo más que un juguete, no se da cuenta de
que le confiere cierto poder, ni de que adquiere con "licencia" un derecho de
vida o muerte sobre los seres que corren o vuelan. En general, pasada la
excitación de los primeros días, o incluso años, toman conciencia de lo que
pudiéramos llamar sus deberes.
A mi entender, la caza es una disciplina múltiple. Ante todo física,
pues hay que saber andar, correr y estar en condiciones de perseguir al animal
buscado. Pero también síquica, de saber esperar, de intuir las querencias, los
recorridos, entendiendo e integrándose en la naturaleza. Solo la combinación
de ambas cualidades puede situar al cazador en posición óptima de conseguir
resultados practicando su afición, sin que estos sean lo más importante, ni
mucho menos. Al verdadero cazador, el simple hecho del ejercicio de salir a
cazar le divierte y satisface, aunque no "mate" nada más que el tiempo.
He aquí por qué me gusta la caza, siempre digo que sin ella, habría
sido menos comprensivo, menos sólido en éste viejo cuerpo que aún responde
a lo que le ordeno, sin duda gracias a Dios y a los cuarenta y cuatro años que
recorrí esas sierras, unas veces a pié, otras a caballo, contemplando sus bellos
paisajes con aromas de romeros, jaras, mejoranas, y tantos otros, que en su
conjunto huelen a gloria.
Entre tantos lugares preciosos de la sierra, hay uno que para mi
sobresale de los demás: la Hoz de Carvajal, siempre que he pasado por allí me
he detenido a contemplarlo, extasiándome de su inmensidad y belleza sin
igual.
Cuando cesó la actividad en las minas de El Centenillo, fuimos varios
los paisanos que con nuestras familias nos trasladamos a vivir en Jaén,
adquiriendo vivienda en la misma calle de "Valencia", después de lo malo,
teníamos el consuelo de vernos cada día. Nos reuníamos cada noche en el Bar
"Pareja", formando nuestra tertulia, prácticamente igual que hacíamos en el
pueblo, y esto era un alivio que
mitigaba nuestra añoranza.
Hoy hace ya treinta y seis años que resido en Jaén, a lo largo de los
cuales he vuelto al Centenillo en innumerables ocasiones, y he podido seguir
practicando el ejercicio de la caza por aquellos parajes, junto con mis buenos
amigos Salvador Martínez, Miguelito Hita, Juanito Bravo, Juan Acedo,
Agustín Ruiz "El Chato", maestros de sierra y estupendos cazadores.
Tuve la suerte de que el dueño de la empresa en la que me puse a
trabajar en Jaén, D. Emilio de la Casa, era gran aficionado y organizaba
monterías. Se estableció entre ambos -aparte de la relación laboral-, un
intercambio entre conocimiento de lugares, personas tratamiento y cuidado
veterinario de ganado, etc., de una parte, y el poder asistir a monterías, batidas
etc. de forma gratuita -imposible de no ser así-, por otra.
En aquella época, y por un periodo de 18 años, tenia arrendada en
sociedad con D. Clemente Castillo, la finca "Magaña", en el término de
Santa Elena, lindante con Río Choto y Molinillos del Viso, y durante 12 años
la finca denominada "El Poyuelo". Ambas eran fincas extensas, con caza
abundante, y como digo explotadas cinegéticamente como negocio, de forma
que rindiese lo máximo posible, dentro de lo que las normas legales permitían.
No había montería que se celebrase en estas fincas a las que yo no asistiera
con derecho a puesto. Mi misión antes y después de la montería consistía en
pagar a todo el personal auxiliar como podenqueros, postores, peones de
caballerías, transportistas, etc., que habían sido contratados para el evento.
MIS
PRIMEROS
ESCARCEOS
CINEGETICOS.
Se da la paradoja de que con 12 años de edad, en la finca
"Navalonguilla" fue la primera vez que tuve ocasión de torear en un
Herradero una becerra.
En la misma finca a los 14 años, tuve mi "bautismo de caza" al cobrar
mi primera pieza, consistente en una liebre.
Antes, con 7 años, ya solía acompañar a mi padre en sus cacerías.
Montado a la grupa del caballo, agarrado a su cintura, salíamos camino de la
sierra.
Mi padre me enseñó todo lo relacionado con la caza, las armas y el
campo, dándome toda clase de consejos y lecciones que él consideraba útiles,
y que yo iba "mamando" día a día. Desde como apagar un cigarrillo en el
monte sin peligro de pegar fuego, hasta como cargar y descargar la escopeta
anulando la posibilidad de accidente, pasando por los más mínimos detalles y
precauciones para evitar en lo posible tener un disgusto.
Cuando tenia 12 años, un amigo de mi padre. Pepe Comín me regaló
una escopeta de las llamadas de avancarga, con un cañón, del calibre 20. Mi
padre no quería que hiciese uso de ella, pues solía dar fuego por la llamada
"chimenea", y podía provocar algún accidente, así que como pude se la
cambié a Pepito Bravo por otra de 12 milímetros, de fuego central, más segura
y apropiada para mi edad. Al principio solo podía coger la escopeta
acompañado de mi padre, pasado algún tiempo ya me dejaba salir con mis
amigos Diego Rodriguez Parra, su hermano Aladino, y José Luque. Nuestros
"cotos" preferidos eran Ministivel y el Cerrillo del Plomo -éste último con
más frecuencia-.
Recuerdo una mañana estando en el Cerrillo, de donde muy cerca tenia
su vivienda "La Rita", y nosotros tiro va y tiro viene....... salió Rita a la
puerta de su casa gritándonos. ¡Que me vais a matar a los pavos!. El cerrillo
en aquella época estaba muy poblado de arboleda de la más variada especie,
eucaliptos, encinas, acebuches y lentiscos, y en esta frondosidad tenían su
hábitat distintos tipos de aves, que eran nuestro objetivo. Esta frondosidad se
vio notablemente mermada durante la guerra civil, tiempo en que se llevó a
cabo una
intensa tala de árboles, debido a la escasez del carbón.
En otra ocasión, una tarde del mes de Octubre, y en compañía de los
mismos amigos de correrías, llegamos a la cañada de Navalonguilla, donde
había una majada de pastores; al pasar cerca de la misma salió del chozo una
mujer que al vernos, sin mediar palabra, comenzó a llorar dando gritos y
gesticulando nerviosamente. Nos quedamos sorprendidos de su actitud, le
hablamos, pero ella no dejaba de dar gritos y hacer aspavientos, y pensamos:
¡esta mujer debe de estar loca!, alejándonos lo más posible del lugar, sin
comprender lo que ocurría.
Pasado algún tiempo -unos meses-, comentándolo con Julia -esposa del
guarda de la finca-, me dice: ¿entonces eras tú uno de los del grupo?, asentí y
me dijo que al vernos, aquella mujer creyó que podíamos llevarnos su ganado
y esa había sido la causa de su comportamiento. La verdad es que el susto
había sido para todos. Corría el año 1.934, y por aquellas fechas estaba la
situación un poco revuelta.
MI
PRIMERA
RES
"Yo escribo solamente lo que he
hecho, lo que he visto y lo que
he visto hacer." -Juan de MateosCarta dedicatoria de la Obra:
Origen y dignidad de la caza,
al Conde Duque de Olivares.
El día 8 de Febrero de 1.959, en una de las más apreciadas manchas
venatorias de Nava el Saach, maté mi primera res de montería, un venado por
cierto.
Era una mañana suave y blanda del segundo mes del año, había llovido
durante toda la noche y la sierra olía a gloria. El puesto estaba situado en un
collado a las faldas del cerro de "los bolos", pegado a Navarrubia, dando la
espalda a Río Pinto. Dominaba gran extensión de terreno, y habrían
transcurrido un par de horas de montería cuando una ladra lejana me puso en
guardia. Al poco dos venados se aproximan en loca carrera -como dos
exhalaciones-, con ese sonido inconfundible que nos corta la respiración y nos
sube el corazón a la boca. Cuando estaban más cerca vi que uno de ellos era
un "vareto". Al llegar a unos ochenta metros de mi, se frenaron de golpe,
mirando en dirección a donde yo me encontraba -sin duda se cargaron de
aire-, no podían verme, tenia buena pantalla de monte, y la escopeta encarada.
Por un momento pensé -se van a volver-, le disparé al venado y se desplomó
fulminado, con las cuatro patas abiertas, solo hizo unos movimientos con la
cabeza; el vareto dio unas vueltas alrededor del ciervo herido, y enseguida
salió huyendo. Habían transcurrido unos segundos.
Aproximadamente una hora después llegó la pareja de la Guardia Civil
a caballo - Luna y Carbonel, del Centenillo-, que prestaban sus servicios en la
montería, y me acompañaron a celebrar el lance con unos tragos de vino de mi
bota. ¡había matado mi primera res!.
Desde aquella fecha, y con afición tal, que juzgo difícil de superar, no
he cesado de practicar la caza mayor en sus diferentes variedades. Desde la
gran montería en cotos donde se abatían más de cien reses en un día, Como
Nava el Saach, Carvajal, Selladores,
Magaña, El Poyuelo, etc., hasta montear el terreno libre con mis buenos
amigos
Juan Marcos Aliaga, Julián Ortiz Carmona, Alfonso Zarco, y tantos otros,
buenos compañeros, maestros de la caza, comiendo y durmiendo como Dios
nos daba a entender, y la verdad es que pasando penalidades .-en muchas de
las ocasiones-, que dábamos por bien sufridas con tal de poder practicar
nuestro bello deporte............¿arte?, de la caza.
CONEJOS
Y
RANAS
EN
"EL
PINTO"
En época de verano, ya mediados el mes de Agosto, tenían por
costumbre organizar un trasnoche en el Río Pinto mi padre, acompañado de
sus amigos Eloy Concha, D. Diego Picón, Juan Sarmiento, Pedro Marcos y
Salvador Moya; en esta ocasión en la que yo acompañaba a mi padre, iban
invitados también Juan Bravo y sus hijos Juan y Pepito, éste último unos años
mayor que yo.
La noche del sábado nos distraíamos un rato en cazar ranas, para el
domingo preparar sus ancas con tomate frito, que dicen es un plato exquisito.
-yo no llegué a comerlas-. Esta caza nocturna la hacían con unos utensilios
preparados por Eloy Concha que consistían en un trozo de unos 20 cm.
cuadrados de tela de las cintas transportadoras del lavadero mecánico,
clavadas en un mango de madera, a modo de raqueta. Con el artilugio en la
mano derecha y un carburo en la izquierda, se metían en el agua hasta las
rodillas, y las ranas eran sorprendidas en sus cánticos -posadas sobre las
piedras-, deslumbradas por la luz del carburo, y de un "raquetazo", ¡zas!, al
cubo que porta el ayudante. Al día siguiente por la mañana salían un rato de
caza, y regreso al campamento para preparar el condumio -las consabidas
ancas de rana y unas buenas patatas con conejo-.
La noche del sábado, al amparo del buen tiempo reinante se pasa al
raso, con las estrellas por techo, tumbados sobre una manta en la cama
improvisada sobre unos haces de monte para suavizar las durezas del suelo, y
teniendo otra manta a mano para cubrirse del relente de la madrugada a la
orilla del rio.
Fue en esta excursión la primera vez que tuve ocasión de escuchar el
aullido de los lobos. Llevaríamos una hora acostados, cuando tuvimos que
abandonar apresuradamente nuestro lecho, pues las caballerías que se
encontraban trabadas pastando cerca, se nos venían encima. Los animales
habían olfateado a los lobos y venían buscando protección junto a nosotros.
No tardó mucho en comenzar el concierto lobuno -había varios-, y estuvieron
aullando hasta la madrugada, también ellos olfatearían al hombre, al que
suelen guardar distancia.
Fue una noche entretenida, tanto que.............apenas pudimos
dormir.
LA
LUNA
Y
EL
JABALÍ.
Juan Marcos fue mi maestro en esta modalidad de caza nocturna al
jabalí en noches de luna llena. Frecuenté su compañía en numerosas
ocasiones, y mucho de lo poco que sé al respecto, lo aprendí de él.
En las esperas en noches de luna, las horas interminables, el frío o el
sueño invencible, no tienen importancia para el verdadero aficionado.
En el chanteo nocturno al jabalí, hay que saber andar por el campo -de
noche-, como las alimañas, barruntar por donde puede andar la partida de
cochinos, localizarlos por el ruido que forman al hozar, masticar, o por algún
tenue sonido en el silencio de la noche, que al cazador experto le delatan su
presencia; hay que aproximarse lentamente, sin producir ruido alguno,
tapándose el aire, e irlos siguiendo en su trajinar nocturno, hasta encontrar la
clara de monte donde vislumbrar su figura, perfilada por nuestros aliados
"rayos lunares", y entonces, ya sobreseguro, meterles el consabido metrallazo.
Tan importante como ir acercándose a ellos en dirección contraria a la que
lleve el aire, para que no puedan olfatearnos, es saber moverse sin hacer ruido.
Es una cualidad que solo se alcanza con el hábito continuado de andar por la
sierra. Yo he podido comprobarlo en mis primeras salidas; el veterano Juan
delante, yo detrás intentando aproximarnos a la piara de cochinos. El no
movía una china, no partía, -ni rozaba- una rama, y yo por los mismos pasos,
como un patoso, formando mas jaleo que una apisonadora. Es un arte el
saber "pisar" en la sierra.
Aparte de todo esto, siempre íbamos -en aquellos años más- con temor
a tener posibles encuentros inesperados y desagradables.
El jabalí tiene ese atractivo especial que produce una posibilidad de
peligro, porque se trata de un animal fiero, cosa que no sucede con los demás
de nuestra caza mayor. Es indudable que, herido, y si es grande, la prudencia
aconseja ciertas precauciones para andar a su alrededor. Tanto el macho como
la hembra, pero muy especialmente el primero, al ser herido y -por lo tantodetenido en su carrera, atacan a cuanto se les aproxima.
En resumen, que de los animales que cazamos, es el único feo, brutal y
violento que frecuentemente hace derramar sangre y entraña
peligro. Quizá por ello nunca sentimos, después de darle muerte, ese amago
de pena o remordimiento, que a veces nos invade cuando se trata de un
venado.
Para el montero, creo no existe lance comparable al de un "macareno",
herido o no, aculado y partiendo el aire y los perros a cuchilladas, con sus
ojillos inyectados en sangre, perversos y de expresión brutal, en cuya espalda
las cerdas se erizan mientras sus mandíbulas castañetean violentamente.
Comportamiento por otra parte de sobras justificado, ya que están
defendiendo ni más ni menos que su "pellica".
MI
PRIMERA
CACERÍA
NOCTURNA
AL
JABALÍ
Se practica esta caza en noches de luna, más o menos llena, pues de lo
contrario seria imposible andar por el campo a esas horas, de la forma que hay
que hacerlo. Incluso con la tenue luz de la luna es bastante temerario.
El silencio y la soledad de la noche siempre son aliados en la sierra, y
se aprovechan pensando sobre todo en sucesos y lances imprevisibles. Estos
con un poco de suerte no tardarán en producirse.
Tenia muy buena amistad con Juan Marcos Aliaga, hijo de Alfonso
Marcos - "El Callandico", vivía cerca de casa y raro el día que no nos
juntábamos para charlar largos ratos sobre el tema de la caza. Su experiencia
en esta modalidad de caza era notoria, por haberse criado en plena sierra, y
practicarla casi diariamente. En varias ocasiones me había dicho: ¡tienes que
venirte un día conmigo!, y ese día llegó.
Salimos una tarde del pueblo sobre las cinco, acompañados por otro
buen amigo y maestro en estas lides -también crecido en la misma sierra-,
Julián Ortiz Carmona. Llegamos a eso de la siete al lugar elegido; Julián se
marchó a la parte opuesta. acordando al separarnos el lugar y la hora donde
volveríamos a reunirnos para el regreso- Como yo era novato en esta
modalidad de caza, me quedé acompañando a Juan-. Sucedió que al llegar a
una pedriza en el centro de una mancha, me dice: vamos a sentarnos y
fumarnos un cigarro. Así lo hicimos, pegados a la raya del monte,
conversando lo imprescindible, en voz muy baja, el oído atento, con el sol
queriendo ocultarse tras los cerros cercanos. Habría pasado una media hora
cuando un rumor de monte nos alertó. ¡Los jabalíes!, no tires hasta que yo lo
haga, me dijo.
Enseguida, una piara de jabalíes que cruza, Juan dispara y un jabalí que
rueda pedriza abajo, pasando casi junto a nuestros piés. Otro disparo y otro
jabalí que cae abatido agitando el monte con aparatosidad, hasta que quedó
inmóvil. En unos segundos había matado dos jabalíes.
Reunimos las dos piezas y puso Juan su pañuelo sobre una de ellas, y
encima una piedra para que no lo llevase el aire, a continuación me pide el
mío, colocándolo de igual manera sobre el otro cochino. a
lo que yo le pregunto ¿Qué objeto tiene esto?, y me respondió que como
teníamos que alejarnos para encontrarnos con Julián, si llegaba alguna
alimaña, no se atrevería a meterles mano, al percibir el olfato de personas.
Subimos dando vista al lugar donde el compañero debía encontrase, y en
efecto, alertado por los disparos, no tardó en vernos y acercarse a nosotros.
Acordamos fuese Julián al pueblo, para traer un burro con el que poder
transportar los cochinos, cosa que realizó, tardando unas cuatro horas en ir y
volver; los cargamos y llegamos al pueblo sobre la una de la madrugada.
Así fue mi primer lance de caza nocturna al jabalí –que luego repetiría
en innumerables ocasiones-, y aunque en esta noche no llegué a disparar,
disfruté lo suficiente como para “empicarme”, y acompañar a mi amigo Juán
muchas veces. Tuvimos la suerte de que la piara de cochinos se presentó antes
de que fuese noche cerrada, ya que con la sola luz de la luna, la segunda pieza
no habría sido lo suficiente visible como para poderle disparar entre el monte.
Otras veces, los jabalíes entran bien de madrugada, o incluso faltan a la cita y
no se presentan.
NOCHES
DE
ESPERA..................,
ESPERANDO
Una tarde llegamos a Navalagallina, por el camino de las tres
hermanas, con el propósito de hacer una espera por separado, cada uno en un
chortal. me indicó donde tenia que situarme, y el lugar donde estaría Juan,
para cuando se fuesen perdiendo los claros del día, abandonara mi puesto y,
avisándole previamente con un silbido -hasta que me respondiese-, me
reuniera con él.
Así lo hicimos, cada uno a nuestro puesto. Llegué donde me indicó, era
un claro de unos 20 metros de largo por 12 de ancho, con una fuente en uno
de sus extremos, y con pasto verde por alrededor. Me acomodé, y a esperar a
ver si había suerte. Habría transcurrido más de una hora, cuando percibí ruido
de pisadas, delatadas por el crujir de las hojas secas del monte, unos pasos
cautelosos, pasos que percibía unas veces a mi derecha, y otras a mi izquierda,
pero por más que yo estaba atento e inmóvil, al claro no llegaba a entrar nada.
De esta forma transcurrió más de una hora, con la consiguiente tensión de
esperar a ver de un momento a otro que era lo que producía aquellos sonidos
de hojas aplastadas por andar tan sigiloso. Pero me quedé con la duda, el sol
quería ocultarse, y yo tenia que reunirme con Juan según lo convenido, antes
de que se hiciese noche cerrada. Me aleje del lugar con la intriga y pensando
¿Qué podía ser aquello?.
Llegué cerca de donde mi compañero se encontraba, y le hice la señal
convenida - a la que me respondió -, reuniéndome con él para quedarnos
juntos el resto de la espera. Al cabo de más o menos una hora, entró sin previo
aviso un jabalí, disparándole Juan, tras lo cual no lo vimos más, ni sentimos
ruido de bregar de monte, que era muy alto y cerrado. Como a esas horas, con
la sola luz de la luna, era imposible seguir el posible rastro del animal, nos
retiramos a casa, y ya al día siguiente fue Merino a registrar por los
alrededores, sin llegar a encontrar huella alguna de sangre. El tiro no le había
dado.
Han transcurrido muchos años, pero cuando lo recuerdo, sigo
preguntándome ¿Qué seria aquello?. Aquellos pasos reservados eran
producidos por "algo" de envergadura, que me veía, o me olfateaba, y todo era
dar vueltas, sin atreverse a entrar a la fuente. Pienso que, de tratarse de un
animal, esos pasos solo podían ser producidos por un
lobo, y de muy buen tamaño; ningún otro animal en nuestra sierra
camina con esa cautela, a excepción del lince u otro felino, pero ninguno con
el peso suficiente para producir aquellos sonidos de hojarasca que yo oía.
...........................¿Seria una persona?.
Era una tarde del día víspera de todos los santos, salimos por el
camino cuerda del águila hacia Madroñeros, coronamos el cerro de las cuestas
hasta llegar al barranco que viene de Navalagallina hacia el pantano. En este
lugar nos encontrábamos -ya de noche-, cuando oímos el rodar de unas
piedras frente a nosotros. En la creencia de que serian los jabalíes, nos
pusimos en marcha cerro arriba, hacia un alcornocar que hay en la cima del
mismo, tardando en llegar una media hora, y permaneciendo otra hora
escuchando, sin volver a percibir el menor sonido o indicio de los marranos,
lo que nos llevó a pensar, que mientras nosotros subíamos el cerro, los
jabalíes se habrían marchado huyendo, o buscando otro lugar.
Continuamos nuestro caminar hacia Navalagallina, pasando por lo
derruidos chozos del Merguizo, hasta llegar al pico del monte, donde
permanecimos, sin llegar a entrar en el raso, pero no escuchábamos rumor
alguno de reses, a pesar de ser zona muy querenciosa para estas especies.
Estando en tal actitud de escucha, distanciados unos tres metros uno
del otro, solo moviendo la cabeza a izquierda y derecha, esperando oír algo,
me pareció ver la luz de la punta de un cigarro, cuando se le da una
"chupada", fue tan solo un segundo, y me acerqué a Juan para decírselo, a lo
que me contestó: -eso es que te hacen "candilicos" los ojos por el sueño-.
No quedé convencido, y a partir de ese instante no apartaba la vista de
ese punto donde había visto una lucecilla: eran unas rocas que había enfrente a
unos doscientos metros, y aunque no podían verse en la noche, yo conocía el
lugar, y sabia que las piedras estaban allí. Así quedó la cosa, sin más
comentarios, me propuso dar unas vueltas por las torrecillas, y le dije: mira
que yo a las nueve tengo que estar en el trabajo, y algo tengo que dormir, tu
en cambio podrás descansar. Lo comprendió y decidimos regresar al pueblo,
encaminándonos por la vereda del peñón del toro que pasaba a pocos metros
de donde nos encontrábamos.- Llegamos al pueblo sobre las dos de la
madrugada, y cada uno a su casa, a dormir.
Al mediodía llegó mi amigo Juan a la farmacia, donde yo estaba
trabajando, y me dice: ¿sabes que tenias razón?, lo que viste, efectivamente
era la luz de un cigarro. ¿como lo sabes?, le pregunté. Mi hermano José María
ha venido esta mañana y me ha dicho que ayer tarde estuvieron los "maquis"
en el chozo de mis padres, aparte del
susto, se llevaron lo que encontraron para comer, con la advertencia de que no
se diera cuenta a la guardia civil en cuatro horas. A lo que mi hermano hizo
caso omiso, y al poco rato fue al destacamento de la guardia civil en Nava el
Saach a denunciar lo sucedido. En ese momento salieron grupos de guardias
para hacer apostaderos por la sierra, y José María, como buen conocedor de la
misma acompañó al grupo que precisamente estaba apostado en las piedras
donde a mi me pareció ver la luz de un cigarro.
Conclusión: los maquis estuvieron el chozo por la tarde, y declinando
el día salieron de regreso a su escondrijo, que -por lo que luego se supotenían en los Molinillos del Viso, tomando un camino que pasaba por la mina
del "Carrizo", el cual atraviesa una pedriza que está junto al alcornocar: y el
rodar de piedras que nosotros oímos fue debido al paso de ellos. De manera
que la providencia estuvo de nuestra parte esa noche, ya que de haber ido a
dar la vuelta que pensó Juan, por las torrecillas -para lo cual teníamos que
atravesar el raso-, con la guardia civil apostados a unos cien metros, y
nosotros armados, no quiero ni imaginar lo que hubiese sucedido. Pero nada
bueno.
Acompañado en esta ocasión por Inocencio Ortiz Carmona, salimos
una tarde hacia El Cantosal, lugar donde había un sembrado que suponíamos
era tomado con asiduidad por los cochinos. Cuando llegamos faltaría poco
más de una hora para la puesta del sol, al que reemplazaría la luna, que se
encontraba en fase de plenilunio. Observando el lugar, vimos que,
efectivamente había rastros de entrada de los jabalíes, por lo que decidimos
hacerles un aguardo, cada uno situado en un paso distinto.
Me dejó Inocencio en mi puesto, subido a una encina cerca del
sembrado, y él se dirigió a otro lugar cercano, advirtiéndome que le esperase
en mi puesto. Pasado un rato, percibí un rumor, miré por entre las ramas del
árbol y pude ver cinco hombres armados, que venían en dirección a donde yo
me encontraba. Contuve la respiración, mientras llegaban hasta pararse a unos
diez metros de mi, y hablaban, cuchicheando en voz tan baja, que no pude
entender palabra de lo que decían.
Yo pensaba, ........... si reparan en mi, bajaré, pero si no,......... aquí
quieto. No llegaron a verme, y pronto reanudaron su marcha. Pasaron pocos
minutos, cuando veo llegar a mi compañero, que caminaba con toda la cautela
del mundo, y me dice: ¿has visto algo?, le conté lo sucedido, resultando que
también a él le habían pasado cerca, observándolos sin ser visto. Decidimos
alejarnos de aquel lugar, dejando la caza para mejor ocasión, pues no
sabíamos si podían ser los maquis, o la guardia civil; de cualquiera de las
maneras, era peligroso andar por aquellos parajes.
Regresamos al pueblo, ya sin pararnos para nada, y con todas las
precauciones -que eran pocas-, para evitar tener otro encuentro desagradable.
En otra ocasión, acompañado por Rafaelito Zarco, planeamos hacer
una espera de reses en el chortal que hay en el cerro de los bolos, dando vista
al llano de Navarrubia.
Era por la tarde, y al llegar al chozo de pastores que allí había.
continuamos por el camino junto a los chozos hundidos, que pasa por la parte
alta de la fuente. Unos cincuenta metros antes de llegar a donde nos
dirigíamos Rafaelito -que iba delante-, se asomó hacia abajo, y me dice: ¡hay
varias personas!, miré yo también, y vi efectivamente alrededor de ocho o
diez hombres, unos sentados, otros en pié, armados, pero no en actitud de ir de
caza, por lo menos, no de
animales, parecían estar haciendo un descanso en el camino que llevasen, para
reemprenderlo a la llegada de la noche. Nosotros retrocedimos prudentemente,
y con el mayor sigilo que pudimos nos volvimos al Centenillo, quitándonos de
en medio.
...................¿Quienes serian?.
MI
PRIMER
JABALÍ
Una tarde del mes de Marzo, salí sobre las cinco, acompañado como
casi siempre en estas correrías, por Juan Marcos, caminamos por la era de los
ladrillos, cruzando el río, y desembocando en el barranco "Lises", donde
paramos haciendo hora, hasta que declinase el día, dando tiempo a que los
jabalíes -como hacen todas las reses de caza mayor-, abandonaran su encame
para trajinar por la noche en busca de su sustento.
Cuando empezaba a anochecer, emprendimos nuestro camino,
barranco arriba. Como siempre atentos al menor sonido, andando muy
despacio y haciendo frecuentes y largas paradas, oteando y observando
nuestro alrededor, a la espera de percibir cualquier indicio que delatase la
presencia más o menos próxima de reses en las cercanías.
Estábamos llegando casi al final del barranco, cuando me dice Juan:
¡Ahí están!. Efectivamente, también yo pude oír un ligero ruido de piedras y
monte. Continuamos muy despacio, desviándonos ligeramente dando un
rodeo, para evitar el riesgo de echarles el aire y que pudieran olfatearnos. Al
poco, los teníamos muy cerca, y me dice: -advirtiéndome como siempre haciaquédate aquí, y ten mucho cuidado a donde diriges los tiros. Dicho esto
empezó a caminar hacia los marranos, pasó un rato -que a mi se me hizo
eterno- , esperando oír el disparo de un momento a otro, dado que tenia que
estar -pensaba yo- casi enmedio de los jabalíes por lo cerca que yo percibía el
trasiego de los bichos.
El lugar donde yo me encontraba era un pequeño collado -no tenia otro
campo de tiro-, y estaba dispuesto, en tensión y con la escopeta a punto. Sonó
el escopetazo y vi un jabalí cruzando como un meteoro, disparé y pude ver
que cayó fulminado. Tuve la suerte de acertarle en un punto vital, y el animal
no pudo seguir dando ni un solo paso. Al momento sentí toser a mi
compañero, que me advertía así de su llegada, y me preguntó: ¿tu también has
tirado?, y le digo señalando: mira donde está. -Yo también he matado otro-,
me respondió.
Fuimos a donde se encontraba el que yo tiré, mi alegría era inmensa,
era mi primer jabalí tirado y cobrado, y ¡de que forma!.
Recogimos el suyo, los reunimos, y nos sentamos a fumarnos un cigarro, y
meditar la forma de llevarlos hasta el pueblo, a la par que
saboreábamos y disfrutábamos del momento, sobre todo yo, que por mucho
que uno acertase a describir, solo quien ha pasado por un trance similar puede
comprender lo profundo y pleno que puede llegar a ser.
Le propuse ir a por una caballería al pueblo, mientras él me esperaba
allí, y me dice: ya sabes que el dueño de la caballería, aunque se le pague,
luego lo acabará contando a alguien -lo decía por experiencia-. ........Será
mejor que los llevemos poco a poco; y a ello nos dispusimos.
Atándoles las cuatro extremidades juntas, y con la cabeza volteada
hacia nuestra espalda, nos echamos los bichos al hombro -cada uno el suyo-, y
de esta manera emprendimos nuestro regreso, al principio barranco abajo,
hasta llegar al río, y como no podíamos saltarlo con la carga que llevábamos,
nos quitamos los pantalones, y lo cruzamos andando. Después vino lo bueno;
quien lea esta peripecia, y conozca el lugar, puede hacerse una idea de las
penalidades que pasamos desde el río, cerro arriba, por un camino de cabras,
hasta llegar a la vuelta grande del depósito. Cada pocos pasos teníamos que
tirarlos al suelo, sentarnos encima de ellos y descansar un poco, tratando de
recuperar el resuello, así hasta llegar al camino de la vuelta, que ya, en llano,
hacía nuestra carga más llevadera.
Serian las tres de la madrugada cuando llegamos al pueblo, tardando
bien poco y sin discusiones -como es natural-, en repartir la caza. No cabía
duda alguna: cada uno con su marrano, ¡a casa!.
MONTEROS
Y
REHALAS
Los monteros del Centenillo tenían mucha solera y eran poseedores de
los mejores perros.
Una condición imprescindible de cada socio, era la de aportar un perro,
y así en conjunto formaban su propia rehala. Rehalas pintorescas, cuyos
perros andan sueltos todo el año, pero eficaces y muy picados con las reses.
En la mañana de los días que se celebraban monterías, los podenqueros
Benito Navas y Juan Uroz -"Matalabicha"-, una hora antes de la reunión
tañían sus caracolas en la plaza de la Corredera, y los perros -conocedores de
su obligación, acudían alborozados a la llamada; se formaba la rehala
y..............en marcha hacia la sierra. ¡Qué recuerdos inolvidables y que buenos
ratos proporcionaron a nuestros padres.
Aquellos monteros no se parecían casi en nada a muchos de los de hoy,
de delanteras relucientes y el cuero recién estrenado. Mientras era época hábil
de caza, todos los domingos organizaban su montería, y aunque por entonces
no era muy abundante la caza mayor, siempre conseguían abatir alguna res.
Yo era un niño, y recuerdo que los días de montería, junto a otros hijos
de monteros y algunos agregados, nos reuníamos en la puerta de Andrés
Alarcón, esperando que regresaran, pues en el patio de esta casa tenían por
costumbre dejar las piezas cobradas y hacer las particiones al día siguiente.
Volvían ya de noche, haciendo el camino con las caballerías y tardaban dos o
tres horas, en trayectos que hoy con vehículos, no llega a quince minutos. Por
la noche en casa, mi padre solía contarme las incidencias que habían acaecido
en la montería, que yo escuchaba con mucha atención. Recuerdo que un día
me contó como José Bosquet fue a rematar un cochino que ya había herido a
varios perros, el marrano al verle, saltó el cerco de los perros y se vino a por
él; éste, que estaba atento, le apuntó con serenidad, y le descerrajó un tiro en
la frente que dejó al jabalí muerto a sus piés.
Lances como este he conocido varios, tiempo después, a lo largo de mi
vida cinegética sin concederle mayor importancia, pero
escuchado de mi padre, a la edad de ocho o nueve años, a mi se me antojaba
un episodio heroico.
En las monterías hay momentos y suceden vicisitudes, que aunque la
suerte no nos depare la ocasión de disparar un solo tiro, representan para el
verdadero aficionado motivo de interés, diversión y recuerdos inolvidables -la
esencia en sí de la caza-. Es el paisaje, el aislamiento, la actitud personal, el
olor de las jaras que nos evoca al jabalí, es cuando se contempla un amanecer,
o el atardecer escuchando los melodiosos y perennes cantos de la sierra.
Durante los últimos años que viví en El Centenillo, solo he conocido
dos rehalas, una era de Carmelo Gonzalez Vergara, buen cazador y
aficionado, así como -al menos- dos de sus hijos. Esta rehala la pude observar
en una montería en Carvajal, finca propiedad
entonces del Marqués de la Fuente del Moral, de Alcaudete. Estaba formada
por muy buenos perros, magistralmente dirigidos por Carmelo y uno de sus
hijos, y proporcionaban óptimos resultados en las batidas del monte y en
piezas abatidas.
La otra era propie
dad de Antonio Martínez, por todos conocido cariñosamente como
"Nenillo". Se hizo con unos perros preciosos, todos jóvenes y fuertes. Esta
rehala pude verla trabajar en una montería que se dio en El Patrocinio, cuyo
dueño era D. Gabriel Asensio. Era una de las primeras monterías que hacían y
daba gusto ver cazar aquellos perros.
Recordando al "Nenillo" me viene a la memoria un día que salió de caza
menor, junto a sus habituales compañeros de correrías, y uno de los perros se
puso a latir de "parada" frente a unas zarzas. En la creencia de que podía
haber alguna res, cambiaron por balas la munición de las armas, cuando
vieron salir corriendo un lobo, disparándole y matándolo "Nenillo" de un
certero balazo. Resultó ser un magnífico ejemplar, tanto que su cabeza puede
contemplarse en lugar de honor de la casa de Nava el Saach, con una merecida
medalla de oro alrededor de su cuello.
MONTERÍA
" REAL "
EN
MAGAÑA
Encontrándose los Reyes de Nepal de visita en España, manifestaron
sus deseos de conocer nuestras monterías.
El gobierno solicitó a ICONA de Jaén le recomendase alguna de las
monterías autorizadas para un día determinado, en el que sus majestades
tuviesen libre y pudieran asistir.
La elegida fue "Magaña", magnífica finca de caza mayor en donde
llegaron a cobrarse hasta 110 reses en un solo día de caza. Tenían arrendada
la caza, y organizaban las monterías D. Emilio de la Casa y D. Clemente
Castillo.
El día señalado, amaneció lloviendo bastante fuerte, lo que no impidió
que el personal que tenia que participar en la montería, hiciera su presentación
a la hora que se había marcado para la reunión. Pese a que continuaba
lloviendo, se llevó a cabo el sorteo de los puestos, con la esperanza de que
amainase un poco, pero ocurrió todo lo contrario, cada vez llovía más fuerte,
hasta el punto de tener que tomar la decisión de suspenderla.
Monteros y todo el personal auxiliar, se marcharon, quedando en la
finca solo unas veinte personas. Entre ellas estaban los Reyes de Nepal con
sus escoltas e intérprete, el Gobernador Civil de Jaén, Emilio de la Casa,
Clemente Castillo, Paco Berbell, Francisco Ros Casares con tres amigos
también valencianos, un servidor y algunos más que no recuerdo. Estaba
también Higinio, como fotógrafo oficial -de Jaén- para dejar debida
constancia documental del evento.
Decidieron obsequiar a sus majestades y al resto de invitados,
cocinando una magnífica paella, bajo la dirección culinaria -¿quien mejor
para la ocasión?-, del tan buen valenciano, como cocinero demostró ser
Francisco Ros Casares.
Hasta que llegase la hora de la comida, los invitados hacían honor a los
reyes en el salón, sentados frente a una buena lumbre, tomando unas copas en
animada charla, y viendo como afuera llovía torrencialmente. A mi me tocó
hacer de "pinche", y ayudar al "cocinero en funciones" valenciano en su labor.
Así pude aprender, y vi con curiosidad como uno de los ingredientes que
ponen al arroz, eran caracoles de los llamados "cabrillas", que el Sr, Ros,
cogía de uno en uno, y cada vez que en el paellero se hacían burbujas, iba
echándolos en las mismas. Habríamos lanzado unos diez de aquellos
caracoles, cuando se presentaron los Reyes, acompañados del intérprete para
ver la preparación de la comida.
Este les iba explicando el proceso de preparación de la paella; cuando
reparó la reina en la cazuela que contenía las cabrillas, le habló al intérprete
señalando con el índice a los bichos, e inmediatamente comunicó al "pinche"
que no echase aquello en el arroz. Volvieron al salón, y Ros fue retirando
minuciosamente, con la rasera los caracoles que ya estaban dentro, tirándolos
a la lumbre. La Reina no había reparado en los que ya se estaban cociendo, si
lo hubiera hecho, creo que nadie habría comido paella aquel día . El arroz
salió estupendo, elogiando todos al cocinero por su exquisito sabor y
preparación.
Como la lluvia no cesó en todo el día, no pudieron ni dar una vuelta
por el exterior para conocer la finca.
Los Reyes de Nepal son -o eran-, bajitos, contrastando con sus
escoltas de gran talla y corpulentos. Estos iban armados de fusiles y machetes.
La Reina lucia un precioso diamante incrustado en su frente.
Pasada la media tarde, sus majestades y comitiva emprendieron el
regreso a Madrid, donde permanecieron unos cuantos días más.
Ya desde su país enviaron sendas tarjetas a Emilio y a Clemente,
manifestándoles su agradecimiento por todas las atenciones recibidas, y el
buen recuerdo que guardaban de ese día, en el que, a pesar de no haber podido
celebrarse la cacería, vieron su preparación y tuvieron ocasión de contemplar
esos preciosos paisajes de nuestra Sierra Morena.
Desde entonces, al lugar que le habían asignado en la montería a sus
majestades, le llaman "el puesto del rey".
LA
BERREA
Esta modalidad de caza solamente la he practicado en una ocasión, en
la que Emilio de la Casa dio permiso para abatir un ciervo en la finca del
Poyuelo.
Acompañado por mi buen amigo D. Miguel Berges, titular de la
autorización, salimos de Jaén una tarde del mes de Setiembre, con el propósito
de pernoctar esa noche en la finca, y marchar a la sierra antes del amanecer
con el objeto de abatir algún ciervo.
Faltaría como un kilómetro para llegar a la casa de la finca, cuando nos
encontramos con el guarda de la misma; le presenté a Miguel, y le mostramos
la autorización que nos habilitaba para cazar.
Mientras charlábamos
se oía bramar un ciervo a poca distancia. Poco tardó el guarda en localizarlo
con los prismáticos, diciéndonos: está echado; efectivamente, miramos hacia
donde nos indicaba y vimos el ciervo como a unos quinientos metros.
Decidimos probar suerte, y caminamos con cautela tratando de acercarnos lo
máximo posible al animal. Mientras lo hacíamos, quedó tapado por el monte y
desniveles del terreno, hasta que volvimos a verle, levantado ya, a una
distancia aproximada de cien metros. Se encaró Miguel el rifle, apuntándole y
disparó, errando el tiro; el ciervo emprendió veloz carrera, al galope y
enmontado, volvió a dispararle dos veces más, pero igualmente sin suerte.
Declinaba la tarde, y nos dirigimos al coche, acompañándonos el
guarda hasta la casa de invitados. Después de cenar pasamos largo rato en
amena charla, hasta que el guarda se marchó a su casa a dormir, quedando
citados para las cinco de la mañana.
Una hora antes del amanecer nos dirigimos los tres hacia un collado,
donde nos sentamos a esperar los claros del día, disfrutando de oír berrear los
ciervos en celo, bramidos que nos llegaban de todas direcciones. Al poco
tiempo pudimos vislumbrar, a lo lejos, un grupo de ciervas y tres machos,
con sus potentes rugidos haciéndose la corte.
A esa hora precisa del amanecer la caza -en general-, desde el
perdigón al jabalí, se mueven en el campo con una confianza y una falta de
temor que enseguida llama la atención al aficionado que tenga cierta
costumbre de la sierra y sea medianamente observador. Ello es
lógico, en el admirable instinto de los animales, acostumbrados a sufrir la
persecución del hombre en las horas del día.
Esperando ver con más claridad, percibimos el pezuñeo de una cochina
con su partida de guarrillos, pasando junto a nosotros, confiados y con paso
presuroso hacia su encame.
Decidimos iniciar nuestra aproximación al grupo que teníamos a la
vista, pero no nos dieron tiempo a ponernos a distancia de tiro, algún revoque
de aire debió llegarles y echaron a correr.
Continuamos nuestro rececho, teniendo Miguel ocasión -no muy
buena-, de tirar un venado entre el monte, pero sin resultado. Alrededor de las
doce llegamos al lugar donde el guarda había dicho a su hijo mayor que
estuviese con las caballerías para el regreso a casa; cosa que agradecimos, ya
que anduvimos durante toda la mañana y la vuelta al cortijo era siempre
cuesta arriba.
Nos encontrábamos en los agradables menesteres de preparar el
aperitivo cuando oímos el bramido de un ciervo muy cerca. Salimos a la
puerta, y a simple vista pudimos localizarlo, estaba en un collado, como a
unos trescientos metros. Le dice el guarda a Berges: ¡vamos a ver si hay
suerte!. Se montaron en el coche del guarda -yo preferí quedarme-, y al poco
oí un disparo. Yo pensé que lo había matado, al ser un solo tiro, en zona clara
y de monte bajo. Llegaron enseguida, y se lamentaban de la mala suerte,
aunque diciendo que creian haber herido al animal, y que había que ir a
rastrearlo......por si acaso.
Nos montamos -esta vez los tres- en el coche de Miguel, y enseguida
pude ver el ciervo muerto cerca del carril, exclamando ¡pero si está muerto!,
echándose los dos a reir. Entendí entonces la broma, en la que efectivamente,
caí, por las personas serias de las que provenía -aunque no, desde luego faltos
de sentido del humor-, y se trataba entonces de cargar el animal en el coche, y
seguir camino ya directamente de regreso a Jaén.
Nuestro objetivo era cobrar un ciervo, teniendo oportunidad de hacerlo
al poco rato de llegar a la finca, lo que se podría haber considerado como
éxito total, pero no tanto, porque de haber sido así, en unas cuatro horas
habríamos vuelto a Jaén, y nos hubiésemos pri vado de escuchar durante la
noche la berrea, de contemplar el precioso amanecer de la sierra y pasar toda
la mañana de rececho, ansiando la ocasión de ponernos a tiro de un buen
ejemplar. Al final el resultado
fue el que se apetecía, abatir la pieza, y además habíamos disfrutado de la
sierra,..........¡Que no es poco!.
La caza no es un deporte de carniceros, no se trata de cifrar el interés
únicamente en matar, a ser posible con rapidez y comodidad, limitándonos
solo al acto de oprimir el gatillo de nuestro rifle o escopeta, aunque por
desgracia sí existan este tipo de aficionados.
UN
PAR
DE
LOBOS
Y
UN
BALAZO
INESPERADOS
POCO
COMÚN
Había terminado la montería en la finca de Magaña, y llegué al cortijo
aún con sol. Al poco iban retirándose los monteros, postores, los podenqueros
con sus rehalas, caballerías y demás elementos del conjunto.
Sentado en uno de los poyetes de la entrada, me quedé fuera un buen
rato, solo, escuchando el rumor del atardecer en esa hora en que los reflejos
del sol poniente van desapareciendo detrás de la mancha fronteriza, tomando
una tonalidad violeta transparente.
Con el cambio del día a la noche surgen lentamente en la sierra los
susurros y la fragancia de la hora nocturna, tan distinta de las del día; silencio
y quietud, interrumpido de vez en cuando, tan solo por el tintineo de la
cencerrilla de algún perro perdido, que aspeado y hambriento, Dios sabe de
que umbría llega, a reunirse con los de su rehala.
Se hizo de noche y me metí dentro, en donde estaban Emilio, Clemente
y el guarda, comentando las incidencias, éxitos e infortunios del día. Estaban
planeando ir a recoger un ciervo que Emilio tiró en el Collado de la Venta, y
que los encargados de acarrear las reses abatidas no pudieron hacer, por ser ya
noche cerrada.
Se dispuso que dormiríamos esa noche en la finca, para ir a recoger el
venado a primera hora de la mañana siguiente y cargarlo en el Land-Rover,
operación que efectuamos en poco más de una hora.
Cuando emprendíamos nuestro regreso a Jaén, ocurrió uno de tantos y
variopintos lances que de tarde en tarde -siempre de forma inesperada-,
acaecen cuando se practica la caza.
Era una mañana del mes de Diciembre de 1.971, habríamos recorrido
unos dos kilómetros, e íbamos charlando distraídos, cuando Emilio -que
conducía- comenzó a proferir exclamaciones de imposible reproducción en
esta líneas. El motivo no era para menos, pues tranquilamente, a unos cien
metros del vehículo en que viajábamos, dos lobos cruzaban lentamente el
carril, y con el mayor desenfado -como si no hubieran roto un plato en su
vida-, se detenían quedando
parados frente a nosotros. Y Emilio de la Casa....¡frenazo!...¡patinazo!; ¡a ver,
mi rifle............, dame mis balas!. A todo lo cual habían pasado más de sesenta
segundos; y los lobos permanecían quietos, contemplando extrañados la
agitada y ruidosa escena. Uno de ellos inició pausadamente la retirada, y el
otro sin moverse. Por fin Emilio consiguió desenfundar el rifle, meterle
algunas balas y apresuradamente, disparar sobre el animal que quedaba a la
vista.
Claramente acusó el bicho uno de los disparos que -según apreciamos,
le había dado en el arranque del brazo derecho. Giró sobre su cuarto trasero, y
como si no "llevara" nada, emprendió rapidísima huida, cruzando otra vez el
carril e internándose de nuevo en el monte, mientras le "saludaban" nuevos
balazos -esta vez- de Emilio y Clemente.
Cuando fuimos a registrar donde se encontraba al primer disparo,
vimos la sangre, y comenzamos a rastrearla sin perder tiempo. El reguero
colorado era evidente, y lo seguimos hasta que recorrido medio kilómetro,
vemos con asombro y desencanto como el lobo seguía corriendo monte arriba,
hacia lo más alto, frente a nosotros. Visto lo cual se acordó regresar al cortijo
y que nos acompañase el guarda, con una perra que tenia -de raza indefinida,
con la piel que escasamente cubría sus huesos, pero que era verdaderamente
notable y eficaz en seguir rastros; no le faltaba al animalito más que hablar
latín.
Nos situamos, ya con la perra, nuevamente en el lugar de la sangre.
Emilio y Clemente se quedaron en el carril, soltamos al sabueso, que comenzó
a rastrear monte arriba, con el guarda y yo siguiéndola, y nos condujo hasta
una pedriza que coronaba la ladera, donde dimos con el lobo que estaba ya
agonizante, y al que Juan Ramón se apresuró a rematar.
Dificultoso fue el trasladarlo hasta el carril, con los malos pasos que
había, el monte muy alto y cerrado, cargando a cuestas unos cuarenta kilos
-de lobo-, teníamos que irnos alternando.
Estos hechos que relato, siendo como son rigurosamente ciertos, no
dejan de ser excepcionales: primero por la hora tan intempestiva en que los
encontramos en pleno carril, y la actuación desconcertante de estos -siendo un
animal tan listo y de tantos recursos-, y segundo porque, gravemente herido
por un balazo de rifle de gran calibre, no solamente huyó lejos, sino que lo
hizo buscando el camino más duro y farragoso de los que tenia a su alcance,
ascendiendo monte arriba.
Sobre todo teniendo en cuenta que cualquier animal herido en el tercio
delantero, tiende siempre a descender en su huida.
Teníamos previsto llegar a casa para la hora de comer, lógicamente se
nos hizo tarde y paramos en Almuradiel a tal efecto, llegando a Jaén bien
entrada la tarde.
Pero el ciervo,,,,,,,,,,,y el lobo..... ¡también viajaron!.
CASCAJOSO
Durante ocho años, un grupo de cinco amigos tuvimos arrendada la
caza en la finca "Cascajoso"; el grupo lo componíamos Julián Licerán,
Enrique Lucas, Salvador Lopez, Richard Hasseldenn, y yo.
La familia de Bernardo Morales -responsable principal de la finca-,
nos tenia cedido generosamente el alojamiento en su casa. Gracias a esta
buena familia pasamos innumerables días de esparcimiento en aquellos bellos
parajes.
Nos daba igual que lloviese o hiciese calor, cada sábado preparábamos
nuestros pertrechos, y después de comer poníamos rumbo a la finca, sin que
nada, ni nadie pudiera detenernos. El domingo salíamos a cazar hasta el
mediodía, y por mal que se diese, siempre caía al menos un conejo, con lo que
ya teníamos suficiente para que Julián -cocinero extraordinario-, se luciese
haciendo unas patatas con conejo, que eran una delicia. El solo hecho de
encontrarnos en plena naturaleza, desplazados de la monotonía habitual, del
quehacer diario, era bastante para encontrarnos como en la gloria.
Durante los meses de verano, ansiaba la llegada del sábado, para poder
dormir al raso, en la era. Daba gusto, en esas noches calurosas, encontrase
tendido sobre una manta, encima de la paja, recibiendo la brisa del río, hasta
el punto de tener que arroparnos, pasada la medianoche, durmiendo a pierna
suelta, hasta que los primeros destellos del sol nos despertaban. Los cinco
amigos nos llevábamos estupendamente, había compañerismo y fraternidad
entre nosotros, y juntos lo pasábamos bien a nuestra manera, sin hacer daño a
nadie.
En una de estas excursiones, conocimos a un joven que era del Viso
del Marqués; tendría unos veinte años, y su padre había arrendado un trozo de
la finca, que dedicaba a sembrar trigo y cebada. A este joven le oí en cierta
ocasión cantar la canción "camino verde", y la verdad es que lo hacia bastante
bien.
Otra parte de la finca la tenia arrendada un ganadero, para que pastasen
las cabras y ovejas que poseía. Agricultor y ganadero andaban siempre a la
greña, y en continua disputa, pues el del ganado solía meter a los animales en
la siembra hasta de madrugada, causando
Un día en el que el joven agricultor regresaba del Viso, por camino de
sierra, al llegar a la finca se encontró una vez más al ganado en la siembra, lo
que recriminó al ganadero. La respuesta de éste fue dirigirse hacia él, en
actitud agresiva, esgrimiendo una hoz. El joven -que traía su escopeta-, le
conminó a que se detuviese, cosa que el otro no hizo, disparando e hiriéndole
gravemente.
Fue trasladado al hospital de El Centenillo, sobre un mulo, envuelto en
una manta, entre dos sacos de paja, falleciendo al poco de llegar.
El autor del disparo fue seguidamente a entregarse a la guardia civil del
pueblo. Tengo entendido que a la celebración del juicio no acudió nadie que
declarase a favor del fallecido. No permaneció mucho tiempo en la cárcel,
pues tenia a su favor, si no como eximente, si como gran atenuante del hecho,
el haber actuado de aquella manera en su propia defensa.
Siempre que escucho la canción de "camino verde", me viene a la
memoria la imagen de aquel muchacho, a quien los continuos abusos, y el
tener que defender su vida, le obligaron a cometer un crimen.
A esta finca de Cascajoso estuvieron viniendo durante unos años a
cazar el pájaro de perdiz con reclamo -"el cuco"-, Lorenzo Rentero, D.
Alfonso Valenzuela y mi primo Juan de Urda, de Espeluy.
Desde mediados de febrero, y hasta el día de San José permanecían en
la finca, cobrando la caza que podían, que puede no fuese mucha, pero lo
pasaban "bomba". Yo les acompañaba los días que podía, entre semana, y los
sábados íbamos los cinco amigos y mi cuñado Juan José Huertas.
Este último, un día que se dirigía al coto, llegando al chozo del
"Perrete", decidió hacer una espera a los conejos, y se apostó parapetado tras
los paredones. Su sorpresa fue cuando vio entrar un lobo; con mucho sigilo
pudo cambiar la munición de la escopeta y dispararle, dejando el animal un
reguero de sangre, que no pudo rastrear porque ya era tarde y no había buena
visibilidad. Cuando nos contó lo ocurrido, decidimos ir a la mañana siguiente,
y enseguida encontramos muerto al presunto lobo, a unos doscientos metros
del disparo, resultando ser una hembra.
Pasábamos unos días felices y alegres, todas personas abiertas,
contándonos anécdotas más o menos exageradas, sobre todo Bernardo -el
anfitrión-, era el más locuaz , tan bonachón como exagerado en sus relatos, de
hechos y sucesos de toda índole que le habían acaecido a lo largo de una vida
entera en la sierra.
Recuerdo como un día, quizá mas caldeado por el "vinillo" que nos
obsequiábamos al calor de la lumbre, que atemperado por el rigor de dar
veracidad a su relato, nos contaba como le había tenido que disparar a un
ciervo, sacando los plomos de un cartucho de munición del diez -ya que iba
de conejos-, y dado que no llevaba balas, puso en lugar de los plomillos, una
bellota que fue lo primero que encontró a mano. Según él, le dio un tiro y el
venado se marchó corriendo. Desde entonces había vuelto a ver al animal en
algunas ocasiones, reconociéndolo porque le había crecido un alcornoque a la
altura de la paletilla. Bueno, tras escuchar la historia, no es de extrañar que los
demás contáramos también alguna por el estilo. ¡A ver quien la echaba más
gorda!.
LA
CAZA
DEL
PÁJARO
DE
PERDIZ
CON
RECLAMO
Los cuatro últimos años de nuestra vida en El Centenillo, cuando era la
época de esta modalidad de caza, la estuve practicando en compañía asidua
de Salvador Martínez Camacho y su primo Salvador Mesas, en la finca de
"Barranquillos".
Como suele ocurrir cazando el cuco, perdices tirábamos pocas, pero
pasábamos una semana entera disfrutando de la sierra y de ese deporte que
tanto nos gusta.
Julián -el guarda-, también lo pasaba estupendamente con nosotros; ya
por esa época solo se encontraban en el coto él y su hijo Francisco, y le
gustaba nuestra compañía y tener con quien charlar, sobre todo siendo
amigos.
Si amanecía un día desapacible, Julián nos decía: ¡no salgáis, el día
está malísimo!......podemos hacer el puesto del "cura". Este consistía en
preparar un aperitivo y tomárnoslo sentados frente a un buen fuego, charlando
amenamente y dejando transcurrir el tiempo.
Denominaba Julián puesto del cura a esta manera de actuar, ya que
unos años atrás había ido a la finca a cazar, también el pájaro de perdiz, un
sacerdote, aficionado de avanzada edad, y como casi todos los días que
permaneció allí estuvo lloviendo, este era el único "puesto" que pudo hacer el
hombre.
El último año que fuimos a Barranquillos, y para hacer honor a puesto
de tan digno nombre, llevó Salvador Mesas una arroba del vino que usaban
para la Consagración en las misas. Por cierto, que era buenísimo; tanto es así,
que aún habiendo hecho el puesto normal en el campo, el final del día era
hacer también "el del cura". Así pasábamos la velada hasta altas horas de la
madrugada.
La caza de la perdiz con reclamo hembra, nunca me ha gustado, todo lo
contrario que le ocurría a mis buenos amigos Salvador Martínez, a su padre y
a "Dori" que tenían gran entusiasmo en practicarla. Con este motivo hicimos
excursiones durante varios años, de al menos un trasnoche, y pernoctábamos
en los siete hermanos.
En una de estas salidas nos sorprendió una descomunal tormenta, que
nos obligó a parar y permanecer dentro del coche durante toda la noche. Sin
embargo el día amaneció espléndido, y la
caza se dio bastante bien.
El año siguiente fuimos al mismo campamento, con la diferencia de
que hacia una noche espléndida, y pudimos dormir sobre una manta,
teniendo las estrellas como único techo. Cuando amaneció, después de tomar
café, nos dividimos en dos grupos -por parejas-, para cazar zonas distintas.
Luis se fue con su sobrino, y yo con Salvador.
El lugar que eligió Salvador era el más distante, y lo hizo por dos
motivos: para que su padre, que ya tenia cierta edad, anduviese lo menos
posible, y porque había reses bravas por aquella zona.
Llegados a un punto, me aconsejó Salvador que me quedase allí, que
era buen sitio; así lo hice, continuando él a un puesto más alejado, acordando
que yo le esperaría en aquel lugar hasta que regresara.
Hice mi puesto, y al poco rato, entre que es una caza que me gusta
poco, que la perdiz no respondía, que me había olvidado el sombrero en el
coche y que el sol se ponía pegajoso, decidí salirme del puesto y esperar a
Salvador bajo la sombra de unos chaparros que habían dentro de la valla de
alambre de espino, colocada como cerca para el ganado. Para esto tuve que
saltar la valla, llevando la jaula con la perdiz y la escopeta.
Levaría allí como quince minutos, cuando pensé que como era la época
de la "chilla" del conejo, podía probar suerte, a ver si mataba alguno. Busqué
una clara en el monte, que había muy cercana, monté la escopeta y empecé a
imitar los sonidos que hacen los conejos cuando están en celo y "chillan", para
llamarse entre si. Estaba entusiasmado en este menester, cuando oigo un gran
tropel en el monte a mis espaldas, vuelvo la mirada en esa dirección y veo una
vaca que viene hacia mi en loca carrera. El escape inmediato que se me
ocurrió fue dar la vuelta a unos chaparros, y saltar la alambrada que estaba a
unos cinco metros; así lo hice, agachándome detrás de unas jaras, desde donde
pude ver a la vaca junto al matorral donde yo la había burlado, mirando en
todas direcciones, hasta que se volvió y la perdí de vista.
Cuando llegó Salvador -pasada una hora-, le conté lo ocurrido, y como
yo tenia que volver a saltar la alambrada para recuperar la perdiz,
comenzamos a tirar piedras y dar voces, hasta que vimos salir a la vaca,
acompañada de una cría, alejándose de aquel lugar.
Entonces comprendimos que la vaca tenia acostado a su retoño
en los chaparros próximos a donde yo comencé a "chillar", y el animal venia
corriendo a protegerle. Mi preocupación fue -a toro, o mejor
dicho a vaca pasada-, después, al darme cuenta de que todo este trasiego lo
había llevado a cabo con la escopeta montada y sin el seguro puesto, lo que
podía haber costado un disgusto. Por suerte no ocurrió nada y todo quedó en
una simple anécdota, que ¡ojalá! hubiera podido ser filmada por alguna
cámara para inmortalizar la escena.
ARROZ
AL
TERRUÑO
En compañía de los amigos Salvador López Juárez, los hermanos
Emilio y Rafaelito Zarco, un vigilante de las minas -cuyo nombre no
recuerdo-, y teniendo como invitado de honor a Martín, el director de la banda
de música del pueblo -que tenia deseos de ver como era eso de la caza-,
salimos la víspera del día de todos los santos, con el objeto de encontrarnos
temprano en el cazadero. El coto: "Barranquillos", lugar:
Barranco el
Cañijar, estancia: bajo las estrellas.
La noche era gélida, como suele ser por esas fechas. Por lo que
preparamos leña en abundancia para encender una buena fogata, y estar toda
la noche dándonos la vuelta hacia la misma, ora de frente, ora de espaldas. De
esta manera, conversando y tomando café transcurrió esa fría y larga noche,
esperando el amanecer para comenzar nuestra cacería. Esta se dio regular, al
menos conseguimos lo suficiente para dar cuerpo a la paella.
A unos trescientos metros de nosotros, había otro pelotón de cazadores,
paisanos y amigos que también habían pasado la noche en el lugar. Pero ellos
iban mejor preparados, pues habían colocado la lona de un camión sobre los
paredones de un chozo derruido, formando así una especie de amplia tienda de
campaña, y estuvieron más resguardados de las inclemencias de la noche.
En este otro grupo recuerdo se encontraban José Segura, Máximino
Jiménez, Juan Acedo -el "paisa"-, sus hijos Juani y Toni, Manolo Hita, su
hermano Juan, y el "Nenillo", entre otros.
Estábamos sentados en el suelo, alrededor de la paellera, dispuestos a
dar buena cuenta del condumio, cuando recibimos la visita de algunos de
nuestros vecinos, los más jóvenes venían a comentar las incidencias de la
mañana de caza, y obsequiarnos con unos tragos de vino. Tras ellos se
vinieron sus perros, uno de los cuales se enzarzó de pelea con otro de los
nuestros, saltando por encima de nuestras cabezas, y de la sartén, tropezando y
dándole la vuelta entera, con lo que quedó todo el arroz en el suelo, y la
paellera encima, a modo de tapa, dándole además un golpe en las narices al
vigilante, que empezó a sangrar por las "napias".
A la vista de lo ocurrido, nuestros visitantes nos ofrecieron
comer con ellos, pero agradeciéndolo, no aceptamos, pues nuestra paella aún
podía aprovecharse, eso si, sin hundir mucho la cuchara, ya que como único
recipiente tenia la tierra del suelo. Pero no estaba malo el arroz, no.
JAÉN
Y
MIS
AMIGOS
Al venirme a vivir a Jaén, la caza menor solía practicarla en compañía
de mi amigo Antonio Acedo, llamado cariñosamente por los amigos "Toni".
Íbamos los sábados por la tarde un rato, y el domingo hasta mediodía,
recorriendo todos los terrenos colindantes a Jaén, que por aquellos años eran
zona libre, sin acotar.
En la temporada de caza del pájaro de perdiz, nos desplazábamos el
sábado por la tarde Salvador Martínez y yo al Centenillo, y pasábamos la
noche en el cortijo que fue de su abuelo, y que entonces pertenecía a su tío
Antonio Martínez.
De este modo pasaron algunos años, hasta que un día Salvador compró
una casa en el pueblo, y pudimos planear las idas con más asiduidad, sin
perdernos la menor ocasión que tuviésemos de pasar un día de caza. Para
cazar el "cuco", hubo varios años que nos íbamos junto con nuestras esposas y
pasábamos un mes entero en su casa, saliendo a la sierra cada día.
Hacíamos el puesto de la mañana y el de la tarde; por la noche nos
juntábamos en el bar, con nuestros amigos, los hermanos Juan y Miguel Hita,
Juanito Bravo, Juan Acedo, Agustín Ruiz -"el chato", Pedro Martínez y
alguno más, pasando ratos muy agradables. Relatando y escuchando por
enésima vez historias y lances acaecidos, que aunque sabemos de memoria,
cada vez que se repiten, parece que se oigan o cuenten con distinto y renovado
sabor.
También hice varias excursiones a Ministivel, en compañía de mi
amigo Fulgencio Martínez Tomás, salidas que duraban de diez a quince días,
con sus noches en aquel paraje privilegiado de la sierra.
El objetivo principal que llevábamos era pasar unos días en el campo,
al que tanto cariño tenemos, y acompañar al amigo José Zarco, que estaba
solo, con su ganado en la finca.
Alguna noche, si hacia buen tiempo, salíamos de espera a los jabalíes.
Como siempre, era quizá el rato mas agradable, a la noche cuando
después de cenar, charlábamos y el amigo Zarco nos contaba sus peripecias
con el ganado y los lobos, o cualquier otra que se le viniera a la memoria.
Con Fulgencio me reencontré en Jaén, después de cuarenta años sin
verle. Cuando él ingresó en la guardia civil, su primer destino fue en el puesto
de El Centenillo, donde permaneció varios años, granjeándose el aprecio de
los vecinos por su carácter y actitud. Allí, siendo jóvenes nos conocimos, y
con el paso de los años, hemos tenido ocasión de reanudar una buena amistad.
Yo le digo de vez en cuando que huele a pimentón -por ser murciano-, y el me
contesta: ¡pero del bueno!. En Jaén creó una empresa de transportes, después
de licenciarse de la guardia civil. Siente gran cariño por El Centenillo y
guarda muy buenos recuerdos de los años que allí vivió.
Han transcurrido algunos años. Mi buen amigo Salvador Martínez, se
marchó para siempre, quedándome el grato y cariñoso recuerdo de nuestras
andanzas, y de tantos y tantos ratos buenos como hemos pasado juntos, tanto
en el campo, practicando la caza, como en el trato diario personal y de
amistad, con él y con su esposa Lola.
Siempre que tengo oportunidad de ir al Centenillo, lo hago con alegría,
aunque solo sea dar una vuelta, y respirar un poco de aquel aire puro,
enseguida me pongo a evocar los momentos inolvidables de toda una vida.
Mis dos hijos que residen fuera de Jaén, cuando vienen a visitarnos,
siempre hacen una escapada al pueblo, y por supuesto me gusta acompañarlos.
Y a ellos que les acompañe, porque saben que ese día, seguro que pasaré un
rato feliz.
Hace mucho tiempo -más de quince años-, conocí a José Chica
Luque, propietario de un establecimiento de alimentación, cercano a mi
domicilio, buen aficionado a la caza, con especial predilección a la del pájaro
de perdiz con reclamo.
Una tarde me invitó a que le acompañase al coto de Mancha Real, del
que él era socio, y mientras me lo enseñaba, pude comprobar que había
suficiente caza, y bien cuidada, como para poder divertirse.
Conseguí, tras muchas pegas y recomendaciones -pues no era nada
fácil-, hacerme socio yo también del mismo coto, y de esta manera, desde
entonces íbamos siempre juntos a la caza, bien de conejos, o de perdices,
según la temporada.
Pepe, hombre de carácter afable, mañoso, socarrón, incansable en el
trabajo, siempre tenia alguna actividad pendiente por hacer.
Contribuyó mucho a la hora de mi jubilación, a que yo no me
encontrase deprimido, ni cayese en ese estado de desánimo que muchas
personas sufren al jubilarse y pasar a la situación de inactividad laboral, que
por otra parte, también es de descanso, y que nos hemos ganado a pulso.
Propietario de un olivar en Fuensanta de Martos y de una parcela en el
término de La Guardia -donde construyó una bonita casa-, siempre que hacia
visitas a las mismas, así como en sus desplazamientos por diferentes pueblos
de la provincia, lo hacia en mi compañía, y de esta forma transcurría el
tiempo, sin dar lugar nunca al aburrimiento.
Muchas fueron nuestras cacerías y las peripecias pasadas, a lo largo
de tantos años, incluyendo atascos del coche en zonas de barrizal, viéndonos
negros para sacarlo de allí.
A lo largo de la relación se convirtió, en uno de los predilectos, dentro
del círculo de mis buenos amigos, haciendo extensible esta amistad a toda su
familia, a la que aprecio sobremanera.
Pepe desconocía la modalidad de caza mayor en montería, y juntos
tuvimos ocasión de ir a varias batidas de jabalíes organizadas en las sierras de
Cambil y Mancha Real. En época de berrea, fuimos a Selladores,
acompañándonos su padre y su hijo, quedando maravillados de ver tantos
ciervos, escuchar sus bramidos y contemplar los bellos parajes de nuestra
sierra -distinta en realidad de la que hay por los alrededores de Jaén-, por lo
que volvimos a repetir la excursión durante al menos un par de años.
Estábamos una mañana en el coto de Mancha Real, acompañados de su
hijo, que a la sazón, tendría unos catorce años, y con motivo de que vieran
cazar pájaros con liria -que no lo habían hecho nunca-, pusimos unos espartos
impregnados, en un aguadero. Transcurrió la mañana, y cuando su hijo y yo
nos disponíamos a retirar los espartos y regresar a Jaén, nos dice Pepe:
mientras haceis eso, voy a dar una vuelta........vuelvo enseguida. Cogió su
escopeta y se alejó, escuchando un disparo a los pocos minutos. Transcurrió
un tiempo más que prudencial para que hubiese vuelto y comencé a
intranquilizarme, aunque sin hacer ningún comentario a su hijo, para no
preocuparlo a él también -aunque después me confesó que también lo estaba-.
Pasaron casi dos horas, el amigo Pepe sin volver, y ya estaba dispuesto
a salir en su busca -por si había tenido algún mal percance-, cuando le vemos
aparecer, tan tranquilo. Como es lógico mi primera sensación fue de sosiego y
calma, pero de tanto nerviosismo contenido por el rato de preocupación,
afloró quizá un sentimiento de desquite -casi venganza-, que fue lo que me
hizo decirle cuando llegaba a unos doscientos metros de donde estábamos:
¡Pepe....!, se han llevado el coche. ¿Como?...., me respondió; volví a
repetírselo, y la calma se le torno en puro nervio y velocidad. Salió corriendo
hasta llegar a nuestra altura, y al ver el coche en su sitio, me dice: ¡hombre,
Juan!, no me gaste esas bromas. Su hijo y yo apenas podíamos contener la
risa.
Para mi, una de las mejores cualidades de Pepe consistía en que no era
rencoroso, tenia don de captación y elocuencia, siendo muy agradable su
compañía. Es curioso; pese a tratarnos a diario, durante muchos años, y
existiendo como digo una buena y sincera amistad, nunca conseguí que Pepe
me hablase de tu. Al principio le instaba a que me tutease, pero al final lo dejé
por imposible.
Todas las tardes, tanto en tiempo hábil de caza, como si había veda,
nos juntábamos un grupo de amigos -cazadores-, en su establecimiento,
echando un rato agradable con nuestras tertulias.
Desde que se marchó -para siempre-, en ocasiones transcurren meses
enteros, en los que el resto del círculo de amigos no nos vemos, y cuando
coincidimos, siempre recordamos a nuestro buen amigo, evocando con
añoranza aquellas reuniones pasadas en su compañía.
Seis son los buenos amigos y compañeros que se ha marchado, para no
volver.
Hace muchos años, cuando yo "estudiaba" tercero de caza mayor, se
fue mi profesor, compañero de fatigas y tirador excepcional, Juan Marcos
Aliaga -hijo del "Tío Callandico"-, bastantes años después, Julián Licerán,
Richard Hasseldenn, Juan Acedo -"Juani"-, Salvador Martínez Camacho,
y más recientemente -una mañana de Abril-, por sorpresa, mi amigo Pepe.
Hay un proverbio o creencia india, de que cuando algún miembro de la
tribu fallece, dicen sus hermanos que se fue a cazar a las grandes praderas. Me
pregunto yo: ¿no pudiera ocurrir que Dios, nuestro Señor, nos reuniese a todos
algún día para continuar cazando en las grandes serranías?.
Tengo otro buen amigo: Manolo Soriano. dueño de rehalas y gran
conocedor de la caza mayor, vive en Jaén, pero es natural de Cambil, pueblo
donde tiene sus perros y en cuya sierra abunda el jabalí. Se suelen dar varias
batidas cada año, cobrándose buenos ejemplares, y este hombre, afable y
dicharachero, tiene la gentileza de invitarme a algunas de sus monterías.
Con Daniel Romero, de quien me precio ser su amigo, también hemos
efectuado algunas excursiones en la temporada de berrea de los ciervos, por el
pantano del Jándula -"la lancha"-, el Encinarejo, y todos aquellos parajes
colindantes de belleza singular, disfrutando de muy buenos momentos,
simplemente observando la naturaleza.
El padre de Daniel, que también se llamaba así, fue guarda durante
muchos años de las fincas que agrupaba Nava el Saach -propiedad entonces
de D. Jacobo Marchuzelli-; vivía con su familia en la casa de la "Avetarda", y
eran apreciados por toda la gente del pueblo. El hijo ingresó en el Patrimonio
Forestal del Estado, ocupando la guardería de fincas tales como Barreros,
Fontanarejo, Contadero-Selladores, entre otras, siendo gran conocedor de la
sierra en toda su extensión.
Durante estos últimos años, en ocasiones me invitan a jornadas de
caza menor en una finca del término de Viso del Marqués, denominada "la
Gaspara". Está en la zona que más caza he visto a lo largo de todas mis
andaduras por las muchas que he recorrido, llegando a cobrarse más de cien
piezas entre conejos, liebres y perdices, en menos de cuatro horas, abatidas
por -como mucho-, catorce cazadores, que es el número de socios -todos
amigos-, que la tienen arrendada. Eso si, miman y conservan la caza, con buen
control y normas rigurosas, que es la única manera de conservar las especies,
y divertirse practicando este bonito deporte.
No es de extrañar que a esta tierra le llamen:
El paraíso de la caza.
RELATOS
Mis dos hijos varones, Juan y Julián, siguiendo la tradición, también
han sido buenos aficionados.
Me acompañaron en varias monterías, aunque por separado -debido a
la diferencia de edad-, y ambos tuvieron la suerte de ver abatir alguna res.
Juan se desplazó a Barcelona, por su trabajo, y poco puede practicar la
caza, pero es buen tirador; cuando viene por Jaén con vacaciones, si está
abierta la veda, salimos algún día.
En una ocasión, cazando con hurón en Espeluy -que salen como
centellas de la madriguera-, le vi matar dos a larga distancia; otro día en el
coto de Mancha Real, mató tres de cuatro que tiró, en el monte y a más
velocidad de la permitida, con los perros tras ellos.
Como anécdota, en una de las monterías que me acompañó a Magaña
-contaría con unos doce años-, el entonces Ministro de la Gobernación, que
asistía invitado, D. Camilo Alonso Vega, cuando le vio de corta edad con sus
bártulos de caza, le saludó con curiosidad diciéndole: ¡hombre, montero!,
¿con quien vienes?.
Julián es otro buen tirador, tenia catorce años, cuando mató su primer
venado, en la finca el Poyuelo, y lo hicieron "novio", teniendo como padrino
de la "ceremonia" al torero de Linares José Fuentes. Emilio de la Casa le
extendió su certificado de montero, firmado por los podenqueros como
testigos; figurando entre los mismos Pedro Cantudo, cazador y podenquero
sin igual, conocido en toda Sierra Morena.
Posteriormente, Julián dejó la caza, aficionándose al tiro de precisión,
modalidad en la que a los 17 años quedó subcampeón nacional, a solo un
punto del primero en La Granja (Segovia). Continua practicándolo en la
actualidad, consiguiendo trofeos en casi todas las competiciones -desde
provinciales a nacionales-, en las que participa.
EL
LOBO
Y
EL
CERVATILLO
Hay una finca denominada Los Llanos -en Selladores-, propiedad en
la época de la que hablo, de D. Gabriel Conejero, cuyo arrendatario Juan
"el Moreno", al que me unía una buena amistad, tenia por costumbre hacer un
par de "aguardos" a los jabalíes, en tiempo que las siembras están granadas, y
las reses -sobre todo los marranos-, las visitan cada noche.
Aprovechando un lleno de luna, acompañado de mi cuñado Juan José
Huertas y de Juan Marcos (hijo de "Alfonsillo") -mi profesor-; hacia allí
emprendimos camino un sábado a la tarde, contentos e ilusionados, pensando
en como jugarles el lance a uno de estos cerdosos, y abatirlo.
La llegada al cortijo seria a eso de las siete de la tarde, y después de
comer un bocadillo, antes de la puesta del sol, salíamos para elegir nuestro
aguardo, cada uno donde suponíamos que era el sitio más idóneo para esperar
la llegada del jabalí. Se vino conmigo el hijo del Moreno, y nos ocultamos en
la salida del sembrado. Después de unas tres horas de espera, de pronto, y sin
haber oído ningún ruido previo, saltó un jabalí por encima de mi
acompañante, tirándolo al suelo de espaldas; me volví como pude, y
precipitadamente pude dispararle un solo tiro, perdiéndose en la oscuridad de
la noche.
Por la mañana, cuando llegaron las claras del día, volvimos al lugar, y
registrándolo encontramos unos rastros de sangre, que fuimos siguiendo hasta
ver que se internaban en terrenos del Contadero -estábamos casi en la linde-,
por lo que desistimos de seguir nuestra búsqueda, ya que aquella finca era
zona privada.
En otra de esas noches de espera, ya sobre las dos de la madrugada, oí
unos extraños ruidos. Sonaban como gritos desesperados de algún pájaro, pero
¿qué pájaro?; no conocía ningún ave nocturna o diurna que emitiese ese
sonido. Volví a escucharlos tres veces más en unos minutos, después silencio.
El resto de la noche, lo pasé sin más incidencias, y sin dejar de pensar qué
ave, animal, o lo que fuese, habría sido causante de aquella rara "bulla". De
regreso al cortijo pregunté a mis compañeros, y me dijeron que ellos no
habían oído nada.
Tan solo, al cabo de los años, y por pura coincidencia, logré salir de mi
intriga y pude descifrar el origen de aquello que oí.
En uno de los fines de semana, que fuimos el grupo de amigos -que
teníamos arrendada la caza- a "Cascajoso", llegando al raso de Navalagallina
estaban unos vaqueros -que habían pasado la noche en aquel lugar-, y
conversando con ellos, estaba la suegra de José Tabasco Moreno, guarda de
las fincas de Nava el Saach. Le preguntamos por él, y nos dijo que había
salido muy temprano a dar una vuelta por el terreno. Continuamos nuestro
camino, y a unos doscientos metros, llegando al principio del barranco del
"perrete", escuchamos unos raros sonidos. ¿Qué es eso?, nos preguntamos
todos, sin que ninguno supiésemos de que se trataba. Nada podíamos ver,
puesto que provenían del monte cerrado.
A pesar del tiempo transcurrido -años como digo-, a mi no se me
había ido de la memoria lo escuchado la noche de espera en la finca de Los
Llanos, y enseguida los relacioné, eran los mismos, extraños y desconocidos
sonidos. Estuvimos unos minutos parados, volviendo a percibirlos un par de
veces más, hasta que llegó otra vez..........el silencio. Yo pensé:
¡ya van
dos!.
Después de estar cazando, por la tarde al regresar al cortijo, los
vaqueros se habían marchado, pero si estaba esperándonos Tabasco -el
guarda-, pues su suegra le había contado el encuentro de la mañana.
Nos dice: ¿como no han visto al lobo esta mañana?, ¿qué lobo?,
respondimos, sin saber a qué se refería. Pero, ¡si han tenido que estar a unos
veinte metros de él!. Y nos contó que los vaqueros y su suegra también habían
oído lo mismo que nosotros, y ellos -conocedores de lo que se trataba-, fueron
al lugar y vieron un cervatillo recién muerto por un lobo que salió huyendo
ante la presencia humana.
Solo entonces se disipó la incógnita de qué era, lo que escuche aquella
noche. Desgarradores y lastimeros gemidos de un joven ciervo, moribundo en
el ataque de un lobo que estaba acabando con su vida.
Es un sonido
que no se olvida nunca, aunque se oyese solo una vez a lo largo de la vida.
UN
AGUARDO
EN
LOS
RASTROJOS
En el transcurso de los años en los que los llamados "maquis",
andaban por nuestras sierras, los "Rancheros", que estaban diseminados por
todo el campo, tenían prohibida la posesión de armas de fuego, en prevención
de que los fugitivos se las arrebatasen.
Es curioso, como casi todos estos caseríos eran denominados por el
nombre o apodo de la esposa del ranchero, a modo de matriarcado, aunque
ignoro los verdaderos fundamentos de esta costumbre. Pues bien, el rancho de
"la Juana" -esposa de Gabriel Duque-, estaba ubicado en terrenos de "La
Colonia", y sufrió visitas en varias ocasiones (que efectuaban siempre de
noche) de estos bandoleros, llevándose provisiones y todo tipo de enseres que
ellos presumían podían necesitar.
Me avisó Gabriel que me preparase, porque los jabalíes le entraban
todas las noches a la siembra, que estaba ya, a punto de la siega, y que cuando
esta terminase, dejaría una carga de la misma, para que una noche de luna
fuera a hacer un aguardo. Y llegó ese día.
Fui con Juan José Huertas, era sábado y después de una merienda-cena
en el cortijo, nos dirigimos al lugar apropiado, poniéndose mi cuñado donde
estaba la carga de paja, y yo me acomodé tras una mata de "torovizco", en una
de las salidas del rastrojo. Estaba conmigo un hijo de Apolonio Romero,
novio de la hija de Juana, que se encontraba ayudando en la recolección, y
tenia curiosidad por conocer este tipo de caza.
Al cabo de media hora de ese silencio, que unido a la incertidumbre de
no saber si entrará o no la pieza, siempre emocionan al cazador; cuando sobre
una pequeña loma que había en el centro de los rastrojos, apareció la figura de
un buen ejemplar de guarro. Yo diría que era un macho, por su tamaño, y
porque venia solo, separado de las hembras, como acostumbran a hacer,
estando más atentos y percatándose enseguida del menor atisbo de riesgo para
ellos.
El jabalí permanecía inmóvil, como una estatua, destacada su silueta
por la luz de la luna en el pajizo fondo de la era. Así estuvo bastante tiempo,
observando a distancia, a mi izquierda y en dirección a donde estaba puesto
Juan José.
En esa situación pude oír el rumor del pezuñeo de una piara de
cochinas, que en unos segundos se me pusieron a la vista y a tiro. Disparé
apuntando a una de ellas, quedando una nube de polvo frente a mi. Aún así
pude vislumbrar como se formaban dos estelas distintas, una grande corriendo
en dirección a donde estaba el macho, y otra menor, en dirección opuesta
hacia abajo, por lo que supuse le había alcanzado.
Nos alejamos del puesto, hacia el cortijo, y al llegar a la altura del
escondite de mi cuñado, le silbé, se reunió con nosotros, y me dice: -¡cuñao, te
has tirao una "cagada", he oído silbar la bala!-. Le contesté, que si la había
oído silbar, era porque la bala habría atravesado al animal, pero que estaba
casi seguro de haberle dado, porque corrió hacia abajo y en sentido contrario
de los otros bichos, señal infalible de sentirse herido.
Nos fuimos al cortijo, a esperar fuese de día para rastrear, pues nos
había advertido Juana que no anduviésemos dando vueltas de noche, porque
tanto los maquis, como la guardia civil podían acercarse por allí, no
tuviésemos que lamentar algún percance desagradable.
Nos acostamos un rato, en espera de que amaneciese, pero yo no pude
conciliar el sueño.
Al alba, fuimos hasta el lugar del disparo, viendo la sangre enseguida,
continuamos el rastreo, hasta que a unos cincuenta metros de la entrada del
monte encontramos a la cochina muerta.
Mi cuñado me abrazó diciéndome, ¡perdona por lo de ayer, pero como
oí silbar la bala!. La explicación era que al no encontrar hueso, el proyectil
entró y salió, pasando al animal.
La cargamos en un mulo, y se vino Juana con nosotros al pueblo,
donde previo reconocimiento veterinario de la carne -por lo de la
"triquinosis"-, hicimos tres partes, llevándose la mujer la suya al "rancho".
Mi cuñado Juan José era para mi como un hermano mayor, le quería y
respetaba. Cacé muchos días en su compañía, cuando formaba parte del grupo
de "la zorra cana", que era como apodaban cariñosamente a Eloy Concha.
UN
DISPARO ............,
POTENTE
VOZ
FUERTES
DE
UN
GRUÑIDOS
Y
LA
PODENQUERO
Con ocasión de celebrarse una montería en la finca de Magaña, y
encontrándose de vacaciones en casa, mi hija Loli con su esposo e hijos, fue
mi yerno Felipe quien dijo de llevarme para que pudiera asistir a la misma,
acompañándonos mi hijo Juan.
El día era espléndido, soleado y sin aire, el puesto situado sobre unas
piedras, no muy altas, y al frente una solana con monte muy fuerte, dividida
en parte por una pedriza.
Nos aposentamos los tres, con nuestros pertrechos detrás de las rocas, y
llevaríamos allí como un cuarto de hora, cuando, a distancia percibí un
chasquido en el monte. Advertí a Felipe y a Juan que estuviesen quietos y en
silencio, pues sabia que ese sonido provenía de una res. A buen seguro, de las
veteranas en estas lides, que cuando oyen el ruido de los coches al llegar al
cortijo, aunque se encuentren lejos; el ladrido de algún perro de la rehala, el
relincho o rebuzno de alguna caballería, les dice: ¡ya están aquí estos!, y
procuran salir "zorreadas" de la mancha antes de que suelten los perros y
comience la fiesta. Suelen ser los mejores ejemplares, tan difíciles de abatir;
en este caso un jabalí.
Al cabo de, aproximadamente una hora, todo seguía en silencio, pero
yo sabia que el animal estaba allí. De algo se percataría, que cuando llegaron
algunos perros a su altura, le hizo desenmascarase, y salir disparado hacia la
cuerda, viéndolo entonces cruzar la pedriza, a distancia suficiente para no
intentar el disparo
Transcurría la montería sin más incidencias, cuando sobre las tres de la
tarde, oímos ladrar a los perros, viéndolos enseguida como perseguían a un
cochino que venia corriendo por la derecha, en dirección a donde nosotros nos
encontrábamos. Cuando iba a unos cincuenta metros, cruzando frente al
puesto, le disparé, y cayó fulminado al instante, dando fuertes y lastimosos
gruñidos. Fue entonces, cuando a lo lejos, en lo alto de unas piedras pudimos
ver a un
podenquero que decía con potente voz:
¡Bien matado ese marrano, coño!.
Y es que el buen montero sabe que a las reses hay que dejarlas
"cumplir". Tener el suficiente aguante e instinto para saber la distancia idónea,
alcanzada la cual, la pieza va a tender a alejarse de nosotros, aunque no sepa
de nuestra presencia. Y ahí, en ese momento es cuando hay que matarlo. Ni
antes, ni después.
Nos acercamos a donde estaba de patas, con muy poca vida ya,
rematándolo Felipe con el cuchillo, para evitarle sufrimientos.
Esta es una de las pocas monterías de las que tengo alguna foto de la
pieza abatida, pues hubo ocasión de hacerlas al ir acompañado. ¡buena
compañía, y qué bien lo pasamos!.
EL
HUMOR
DE
RAJATELAS
Nuestro amigo Pepe el Comerciante, al que con todo cariño
llamábamos "Rajatelas", era persona con un extraordinario sentido del humor,
afable y simpático, de las que a uno le gusta tener por amigo.
Un día fuimos a Selladores junto con Salvador López y Julián Licerán.
Era un fin de semana, a mediados del mes de Mayo.
Por aquella época estaba en pleno apogeo lo de la "repoblación
forestal", y en aquella finca había un gran número de jornaleros -mujeres y
hombres-, que pernoctaban, alojados en sus distintos barracones.
Algunos de ellos, gustaban de la afición por la música, y tenían
bandurrias, guitarras, acordeón, formando una orquesta que gustaba escuchar.
Esa noche organizaron un baile, cosa que hacían casi todos los
sábados, al que fuimos invitados por medio del guarda forestal de la finca,
José del Valle, transcurriendo este con alegría y orden, pues era buena gente.
Se le ocurrió a nuestro amigo "Rajatelas", sacar a bailar a la mujer
menos agraciada físicamente, delgada y desgarbada -quizá la de más edad de
entre las asistentes-, y más lisa que la espalda de una guitarra; a quien sus
compañeras, seguramente por su estampa, llamaban "la espetitá".
Mientras bailaban, tocó Pepe en la espalda de su pareja un nudo, y le
dice: ¿esto que es?, a lo que ella le contesta: el broche del sostén. Y entonces,
con su habitual desenfado y buen humor, le pregunta : Y tu eso, ¿para que lo
quieres.....................?
Al día siguiente -domingo-, y por estar en el mes de las flores, fue él,
precisamente el elegido, para que le cantaran "Los Mayos", una ceremonia
que tienen por costumbre en la mancha y que resulta muy bonita.
Era digno de ver a nuestro amigo aguantando estoicamente los ritos de
la ceremonia, con flores por todo su cuerpo, y racimos de uvas por la cabeza.
Parecía el dios "Baco". Pero él a todo consentía y daba su parabién.
Quedamos invitados para volver otro fin de semana. Rajatelas no
pudo, o no quiso venir; pero sí nos dio un encargo. Nos dice: les
prometí a las muchachas llevarles perfume, como obsequio para todas ellas,
por lo tanto entregádselo en mi nombre. Y nos dio un frasco de litro de
colonia de marca. Cumplimos, entregando el regalo a las mujeres, que nos
dieron las gracias para Pepe.
Pasado algún tiempo, y con el ánimo de sembrar discordia entre
nuestros matrimonios, cuando alguna de nuestras esposas iba al comercio que
regentaba, el muy "zorreras", les decía:
-mira, María, Anita, o
Remedios............. sé que es olvido, pero tu marido tiene aquí una cuentecilla
pendiente, es poca cosa-.........Y eso, ¿de qué es?.
-Nada, que se llevaron
un frasco de colonia para pagarlo entre los tres, y creo que no se acuerdan-.
La que lió, ¡fue floja!. Tanto Julián como yo, por mucho que
explicábamos la verdad, y tratábamos de razonar con nuestras mujeres, no
había forma. Peor parado salió Salvador, que creo estuvo más de un año
durmiendo separado de Remedios.
¡Así las gastaba el compañero!.
Con Alfonsillo y "Rajatelas", terminada una montería en Balbueno
Un 28 de Diciembre -festividad de los santos inocentes-, a la hora de
la comida del medio día, vino a casa el "Botones" del Casino, con el recado de
que me llamaban por conferencia desde Baños de la Encina, interrumpí la
comida, y con la mayor celeridad, me dirijo a la centralita del teléfono, y le
pregunto a Angelita Zarco: ¿Quien me llama?, respondiéndome que no me
había llamado nadie.
Comprendí que era una inocentada.
Al pasar de regreso a casa, vi a Rajatelas apoyado de bruces en una de
las ventanas del casino, suponiendo en ese momento -sin equivocarme-,
quién era el autor de la burla, pues le vi muy sonriente, recreándose en su
broma.
Pasados unos días, previa propina al Botones que me dio el recado,
pude confirmar mi sospecha. Había sido él. Y se la guardé para el año
siguiente.
Envié al Ordenanza de las oficinas, José Camacho, con el recado a
Pepe, de que el Director Don Alain, quería verle. Hice lo que él. Estar
pendiente para mejor saborear mi "venganza". Enseguida lo vi pasar, con su
andar elegante y erguido, ajustándose el nudo de la corbata.
Llamó a la puerta del despacho del Director. ¿Se puede?....... ¡Sí!.
Tras el saludo de rigor, un silencio. D. Alain esperaba que hablase Pepe, y
Pepe que lo hiciese D. Alain. Por fin preguntó el Director: ¿qué
desea?......Yo ............ no, como me ha mandado llamar........... Yo no le he
llamado para nada. Perdone, D. Alain, ¡ya me han dado la inocentada!.
Pues, ¡espabílese!, le respondió.
El resultado fue que salió de allí más corrido que una mona.
Donde las dán...........las toman.
En otra ocasión, a mediados del mes de Junio, salimos a cazar conejos,
en la modalidad de "chanteo", eligiendo el Río Pinto, poco más abajo de la
desembocadura del Barranco Tapias, dejando las vituallas que llevábamos
bajo las sombras de unos alisos, junto a la orilla del río.
Al poco rato de aposentarnos, llegó un vaquero montado a caballo,
preguntándonos si habíamos visto algún toro. Ante nuestra negativa, nos
advirtió que tuviésemos cuidado, ya que cuando se llevaron el ganado, se
quedó un toro bravo en la finca; habían venido con los cabestros para
recuperarlo, y al ser uno solo, guardaba mucho peligro.
Le dimos las
gracias por su aviso, y se alejó.
La mañana transcurrido normal, cazando con precaución -por lo del
toro- y matando algunos conejos para la comida. Mientras la cocinábamos, y
tomábamos algunos aperitivos, llegó la pareja de la guardia civil. Les
invitamos a comer y aceptaron.
Después de la comida, sentados en el suelo formando un círculo,
conversábamos animadamente, y yo procuré ponerme de acuerdo con los
asistentes (Agustín Ruiz "el chato", Emilio Zarco y su hermano Rafael)
-incluidos los guardias-, para gastarle una broma a Rajatelas.
Estando todos conformes, me escabullí, y cogí un palo en cada mano (a
modo de cuernos), con los que me dirigí por la espalda de mi amigo,
apoyándoselos en su costado, a la par que todos los del corro, se levantaban y
gritaban........¡el toro!. El "embromado fue el único que no se levantó del
suelo. Creyéndose empitonado por detrás,
¡se desmayó!. Tuvimos que
reanimarlo con palmadas, y echándole agua fría por la cara. Cuando volvió en
sí, lo primero que dijo fue:
¿Donde está el toro?.
Estando en la finca "Barreros", una víspera del día de los "Reyes
Magos", después de comer charlábamos cordialmente con el guarda Daniel
Romero, cuando de improviso, entró en la casa Rajatelas, a lomos de un
burro, con unos calzoncillos como único atuendo, la cara tiznada de negro y
una especie de corona en la cabeza, confeccionada con ramas de tomillo y
romero, diciendo:
Buenas tardes, señores, ¡soy el Rey Baltasar!, mientras he ido a dejar
unos regalos a la casa del Puntal, se me han despistado mis compañeros.
Perdonen que me presente de esta forma, pero me he tropezado con unos
carboneros que estaban muy mal de ropa, y les he dejado las mías.
¡Querido amigo Pepe, descansa en paz!.
FINCAS
Navamartina
El Puntal
Barreros
Carvajal
Cascajoso
Nava el Sach
EN
LAS
QUE
HE
MONTEADO
El Patrocinio
Selladores
El Contadero
Vallejones
Los Monasterios
Valbueno
Los Alarcones
La Inglesita
Magaña
Iniestares
Fuencaliente
El Lentisquillo
El Poyuelo
Las Tapias
La Mimosa
EPILOGO
Y aquí termina cuanto sé, recuerdo y puedo narrar sobre la caza -en
todas sus modalidades-, deporte en el que dudo haya podido nadie superar mi
afición, y en el que he encontrado -dentro de lo que cabe-, compensación por
la noche, a un da de contrariedades, aflicciones o amarguras, que tan a
menudo y sin conmiseración nos repara la vida.
Anhelando llegue "mañana", cuando voy a encontrarme en el puesto
de perdiz, aunque solo escuche el canto del pájaro que hay en la jaula,
compitiendo con los del campo.
Donde para el verdadero aficionado transcurren las horas con más
rapidez de lo que quisiera, aunque la mayoría de las veces -en contra de lo que
erróneamente creen quienes desconocen esta modalidad de caza-, el disfrute
no está en disparar.
O de que llegue "mañana", y ocupar un collado, donde pueda escuchar
los latidos de la rehala, o la caracola del podenquero. Deporte gracias al cual,
y gracias a Dios, encontrándome ya en el tercer viraje de la vida, conservo la
salud y las facultades físicas que, para practicarlo como yo lo entiendo, se
exige del cazador.
Conservo mi diario de caza -documento precioso para mi-, y
algunos trofeos. Diario y trofeos que harían sonreír banalmente al profano,
insustanciales para ellos, y sin embargo ¡Que no representan para mi!.
Recuerdos de horas pasadas con abrumadora rapidez, unas amistades
entrañables, amaneceres y puestas de sol y el viejo canto de la sierra. Y
algún da, cuando baje de ella por última vez...........una honda melancolía.
He querido poner punto final a mi trabajo, encontrándome físicamente
en los parajes y ambientes que lo inspiraron, en los que viví y aprendí cuanto
acabo de relatar. Subido al Cerro Lorente - o Cerro del Mirador -, al aire
libre y con la Sierra enfrente.........., detrás..............., y a ambos lados de mi.
En uno de esos lugares maravillosos de nuestro Centenillo, al que todos sus
hijos llevamos metidos en el alma.
La tarde se muere. Allá abajo -en lo hondo-, en el cortijo de
Ministivel se sienten las cencerras de la majada que se dispone al reposo. Late
un martín, y su bronco ladrido repercute, rebotando en los
rumores del Cerro los Bolos y Peñón Jurado, hasta apagarse a lo largo de
toda la serranía.
JUAN DE URDA PEREZ

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