los putos y las burkas - Amigos contra el SIDA

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los putos y las burkas - Amigos contra el SIDA
LOS PUTOS Y LAS BURKAS
Ana Laura Magis Weinberg
Cuando estaba en la preparatoria mis compañeros (hombres
blancos ricos, heterosexuales, católicos) hablaban de temas de
equidad y discriminación. Yo nunca he sido discriminada por
mi color de piel, pero sí por ser mujer y por no ser católica,
sobre todo en esa escuela tan poblada por la clase
privilegiada de mi país. Cuando hablábamos de estos temas
mis compañeros decían cosas como que el machismo no
existe o no es para tanto. Uno de ellos, en otra ocasión,
intentó defender su uso de la palabra nigger en la clase de
inglés, diciendo que hay raperos que la usan y por lo tanto
está bien. El maestro lo regañó y le dijo “si un negro se llama a
sí mismo “nigger” es aceptable, pero tú no lo puedes hacer”.
El miércoles 19 la FIFA anunció que los aficionados mexicanos
debían de dejar de usar la palabra “puto” en los partidos del
mundial, y todo el mundo (o todo mi mundo virtual en Twitter
y Facebook) salió en una defensa desesperada de la palabra,
con frases como “puto no es gay”. El argumento es que la
palabra no es un insulto homofóbico y que la FIFA no respeta
las tradiciones mexicanas. El problema de esta defensa es que
la gente que la hace es gente que nunca ha sido discriminada
por tener una sexualidad diferente a la heteronormativa.
Como mis compañeros de la preparatoria, la gente que
defiende el uso de la palabra “puto” en el estadio porque no
significa homosexual sino cobarde es gente a la que nunca la
han visto feo, le han negado una entrada o un trabajo, o se ha
sentido amenazada ser un hombre al que le gustan otros
hombres.
He leído muchas defensas de la palabra “puto”, ya sean
artículos serios o comentarios de mis amigos y de sus amigos.
Las defensas son, francamente, patéticas: “la Real Academia
Española sólo define ‘puto’ como ‘homosexual’ en su cuarta
acepción” parece ser la favorita. “Puto se usa como ‘cobarde’”
y “Yo le digo putos a mis amigos y no se enojan” son más
argumentos que he escuchado a favor del uso de la palabra.
Creo que estas defensas están plagada de falacias, entre ellas
que la RAE no representa adecuadamente el español de
México, y que lo malo de la palabra “puto” no es su
significado sino su connotación (es decir, la carga emocional
que tiene). “Puto” tiene una connotación negativa: es
literalmente una mala palabra que nunca le dirían a su jefe o a
su papá a menos que lo quieran insultar.
Pero la peor falacia en la que cae aquél que haga una defensa
de “puto” es la de creer que él es el centro desde donde se
miden todas las cosas. Detrás de cada justificación está el
razonamiento “si a mí no me ofende, no le debería ofender a
nadie”. Todos los argumentos que usan son para intentar
engañarse con la idea de que la realidad se ajusta a su
experiencia personal. Es el mismo proceso que mi compañero
que se sentía en todo su derecho de usar la palabra nigger.
No voy a intentar convencer a nadie de que la palabra “puto”
es ofensiva porque hacerlo sería conceder que no lo es. La
palabra “puto” es un insulto, aunque a algunos no les parezca.
Es una manera peyorativa de referirse a un hombre
homosexual, y hasta el momento no he visto a ningún hombre
homosexual diciendo “puto no me ofende ni ofende a mis
amigos”. El uso de esta palabra entre la comunidad gay, igual
que nigger entre los raperos estadounidenses, tiene una
complicada historia de reapropiación cultural en la que no voy
a ahondar. Pero, como bien dijo mi maestro, es muy distinto
que alguien de la comunidad use la palabra para identificarse
o referirse a otros miembros de la comunidad: si lo hacen
desde dentro es un ejercicio de autodeterminación, si lo
hacemos desde fuera es un insulto.
¿Eso quiere decir que estoy a favor de que se prohíba el uso
de la palabra? En el mundial, quizá sí. Porque el mundial es un
marco pautado por un órgano externo y hay que seguir sus
reglas si quieren participar, porque nadie querría que
descalificaran a México por sus aficionados. Pero no significa
que hay que prohibir la palabra en todos lados y contextos,
asociar una elocución a un crimen. Caer en ese extremo es
sencillamente fascista: prohibir cualquier palabra, sin importar
cuál sea ésta, debería ser inaceptable. Pero eso no significa
que estoy a favor de que se use libremente. Yo nunca la uso, y
prefiero que mis groserías (porque me encanta decir
groserías) se orillen a las blasfemias y a eufemismos sexuales.
Lo que espero que suceda a raíz de este episodio de
reacciones colectivas es que nos demos cuenta de la
homofobia que pauta el subtexto del día a día mexicano. Lo
que defiendo, a lo que exhorto, es a que se deje de usar esta
palabra libremente, que la gente deje de creer que es
perfectamente normal y aceptable. Si en el estadio, o en un
concierto de Molotov en el extranjero, los demás se extrañan
con la palabra “puto” no es porque ellos estén mal y nosotros
bien sino al revés. Y creo que el primer paso para cambiar una
conducta es darse cuenta que existe, así que mientras más nos
demos cuenta como país mejor. También creo en el lema de
que “como hablas piensas”, y creo que erradicar la homofobia
del discurso cotidiano es un gran avance hacia erradicarla de
hecho.
Mi editora me sugirió que no me metiera con el tema de las
burkas porque es demasiado controversial y porque en
realidad no lo entendemos bien desde el occidente, y porque
muy probablemente sale sobrando. Pero este episodio no deja
de recordarme al tema de las mujeres en el mundo árabe y
cómo van tapadas de manera que no se les ve nada. Algunas
lo hacen por convicción propia, otras lo hacen porque las
obligan (y éstas son de las que nos enteramos cuando, por
error, se levantan un poquito la falda o se descubren los ojos y
terminan lapidadas). A nosotros desde fuera nos parece
horrible que las mujeres se tengan que tapar, pero les aseguro
que a las personas que viven en esos países les parece la cosa
más normal del mundo (como nos parece a los mexicanos
gritar “puto” en un estadio). Y a pesar de toda la presión
internacional dichos países no cambian sus leyes acerca de la
vestimenta de las mujeres, y seguramente cuando los atacan
responden diciendo “son cosas de nuestra identidad cultural”,
“no queremos que nos quiten nuestras costumbres”. Aunque
los agravios no se parecen, las respuestas en ambos lados son
idénticas. Y si hablo de las burkas por más que pueda salir
sobrando es para resaltar lo ridículo de la situación, lo ridículo
que resulta defender un insulto homofóbico. Los defensores
de la burka dicen que no es machista, que simplemente es lo
que dicta la religión, así como los defensores de “puto” dicen
que no es homofóbico sino que sólo es una cosa muy
mexicana que no se entiende desde afuera. Los problemas
vienen cuando se ve desde fuera, porque entonces resulta que
no es tan normal que pasen estas cosas.
No sé qué puedo decir de las burkas porque no vivo en esa
sociedad ni me atengo a esas normas. Pero sé que si a la
palabra “puto” es mala, defenderla es peor. Vayan, úsenla,
insulten a quien quieran. Pero no intenten convencer a nadie
(sobre todo a ustedes) de que la palabra no es ofensiva y de
que “puto” es cobarde y no “homosexual”. Hablar, como
ponerse la ropa en las mañanas, es un acto sumamente
calculado, cargado de significados que van más allá de lo
literal. Si la palabra no les genera ningún problema,
agradézcanle a Dios o al Universo o a Allah la buena suerte
que tienen de no haber sido discriminados jamás por sus
preferencias sexuales. Y, sobre todo, si quieren seguir usando
“puto” como sinónimo de “cobarde”, construyan una sociedad
donde ser homosexual no tenga nada, absolutamente nada,
de malo: el día que en México no haya homofobia todos
podremos gritar “puto” a los cuatro vientos. Pero les prometo
que entonces ya no va a ser divertido gritárselo a los porteros

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