Leto Julie Elizabeth - Eternamente Juntos

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Leto Julie Elizabeth - Eternamente Juntos
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Julie Elizabeth Leto – Eternamente juntos
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Eternamente juntos
Julie Elizabeth Leto
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Eternamente juntos (2005)
TÃtulo Original: Undeniable (2004)
Editorial: HarlequÃn Ibérica
Sello / Colección: Fuego 88
Género: Contemporanea paranormal
Protagonistas: Danielle Stone y Nick Vaux
Argumento:
Llevaba cien años esperando volver a tenerla entre sus brazos…
Después de tantos años tomando las decisiones equivocadas, Danielle Stone por fin
tenÃa su vida bajo control. Y qué mejor manera de empezar que elegir un amante…
especialmente si ese amante tenÃa el aspecto del guapÃsimo Nick Vaux. Alto, misterioso
y muy, muy sexy; además Nick tenÃa el poder de entrar en el alma de Danielle. La
conexión entre ellos era tan fuerte, que ella habrÃa asegurado que habÃan sido amantes
en otro tiempo. Y asà era…
En otra vida, Nicholai Vaux y Danielle habÃan sido marido y mujer y habÃan compartido
un amor inconmensurable, tanto que no se habÃa extinguido con el paso del tiempo. Ahora
Nick estaba desesperado por reunirse con ella… Pero tendrÃa que convencerla del poder
de su amor antes de que el pasado los alcanzara…
Â
Escaneado y corregido por
parquereal303                          Nº Paginas 124-124
Â
Prólogo
—Ella no es SofÃa.
A pesar del tono gentil de Alexis, sus palabras penetraron con crueldad en el
corazón de Nicholai. ¿Por qué tenÃa que señalar su prima lo obvio? ¿Por qué
siempre tenÃa que estar tan segura de que él se equivocaba? Como siempre, el mundo
de Alexis discurrÃa en blanco o negro, estaba formado de verdades o mentiras. Mientras
que Nicholai, desde que viera la fotografÃa, afrontaba una vida que era cada vez más
gris y con menos certezas.
Cerró los ojos con fuerza, pero, a pesar de su deseo infantil, cuando volvió a
abrirlos, Alexis no habÃa desaparecido. Antes, cuando eran fantasmas, a menudo habÃa
logrado su deseo de expulsarla; ahora que volvÃan a estar vivos, no podÃa bloquear ni
la compasión de su mirada ni el temblor de su voz.
Y él no querÃa su compasión; querÃa su ayuda.
—Alexis.
Ella negó con la cabeza, con las manos cruzadas sobre la revista.
—No, Nicholai. Tienes que aceptar la verdad.
Él lanzó una maldición y se apartó de la mesa con tal brusquedad que su silla
cayó al suelo tras él.
—¡Es SofÃa! MÃrala bien.
Dio un empujón a la revista, que salió volando por la mesa. Las páginas se
separaron por el camino y al suelo llegaron distintas capas de papel desconectadas y sin
propósito claro.
Como él.
Se pasó la mano por el pelo, resto de su antigua vida. HabÃa cambiado de ropa,
de acento e incluso de nombre. Pero no habÃa podido alterar una parte de él que SofÃa
habÃa amado tanto. Su esposa habÃa pasado horas deslizando los dedos en su pelo,
seduciéndolo con caricias, haciéndole una trenza que ataba con un lazo cortado de
su vestido favorito. Si se entregaba a un corte de pelo de estilo más moderno, ella podÃa
no reconocerlo cuando llegara el momento.
Y, a pesar de las dudas de su prima, llegarÃa el momento.
Alexis se inclinó al suelo y volvió a armar la revista. Se sentó de nuevo en su
silla, sin alterar apenas la atmósfera que la rodeaba, preñada de un silencio tenso. Era
una joven gentil, llena de gracia, callada, el polo opuesto de él… y de su adorada
esposa.
Sus ojos tristes la apartaban aún más de él. Nicholai sólo conseguÃa recordar
a SofÃa y él felices, mientras que su prima parecÃa ver el mundo a través de un velo
de lágrimas congelado.
Y él le habÃa gritado sin provocación.
¡Qué idiota!
Hundió los hombros con remordimientos. Tal vez Alexis no podÃa ver lo que a
él le resultaba evidente. Cierto que habÃa conocido a SofÃa desde la infancia, como
él, pero quizá el siglo que habÃa pasado habÃa alterado su memoria, mientras que la
de él seguÃa intacta. ¿Era eso una suerte o no? Pero fuera como fuera, no podÃa
enemistarse con la poca familia que le quedaba. Si no se discul-paba, Alexis lo torturarÃa
con su silencio hasta que los remordimientos estuvieran a punto de hacerlo explotar. De
todas las mujeres que habÃa conocido, sólo ella era inmune a sus encantos… sobre
todo después de que hubiera herido sus sentimientos.
—Por favor, Alexis —dijo—. Tengo una oportunidad de volver a tener a SofÃa
en mi vida. ¿De verdad crees que debo ignorar esta señal?
Alexis alisó la página de la fotografÃa con sus manos suaves.
—Es imposible, Nicholai. SofÃa murió en Francia hace más de cien años, tres
antes de que cumpliéramos nuestro destino aquà en Estados Unidos. Y esta mujer se
llama Danielle Stone y vive en Chicago. ¿Cómo podrÃa ser SofÃa?
Nicholai dio la vuelta a la silla y se sentó a horcajadas con los brazos apoyados en
el respaldo.
—Hace menos de un año, también tú y yo llevábamos más de cien años
muertos. La magia de Viktor nos trajo de vuelta. ¿Tanto te cuesta creer que SofÃa haya
encontrado una magia similar?
Alexis frunció el ceño con aire de duda.
—Pero esta mujer tiene un hermano. Mira —volvió la página hacia él—. El
artÃculo es sobre Sebastián Stone, un…
Volvió la página para leer su profesión.
Nicholai no tenÃa que leer nada. HabÃa memo-rizado ya toda la información.
—Inversor capitalista —dijo—. SÃ, lo sé.
Alexis arrugó la frente.
—Ni siquiera sé lo que es eso.
Nicholai lanzó un gruñido. A pesar de que llevaba un año estudiando
intensivamente el mundo moderno, todavÃa le quedaba mucho que aprender.
—Un inversor capitalista es un hombre rico que invierte su dinero en negocios de
otras personas con la esperanza de hacer más dinero. Sebastián Stone es uno de los
hombres más ricos del mundo.
Alexis asintió, pero él no sabÃa si habÃa entendido o si, sencillamente, no le
importaba la riqueza de Stone. Alexis, como Nicholai, habÃa sido educada para
despreciar la riqueza y las posesiones. Los gitanos tomaban prestada la tierra, no la
poseÃan.
—Si SofÃa hubiera sido traÃda de vuelta como nosotros, no habrÃa tenido una
infancia con ese hombre. No tendrÃa familia —continuó Alexis, con voz tan melodiosa
que Nicholai empezó a relajarse a pesar de la tensión que habÃa invadido su cuerpo
desde que viera la fotografÃa en la revista.
SofÃa. Su SofÃa. Viva.
Alexis carraspeó para recordarle que esperaba su respuesta.
—Pero yo te tengo a ti —dijo él—. Y a Jeta. Somos familia. Cruzamos juntos la
barrera. Engañamos a la muerte, Alexis. ¿No nos debemos a nosotros mismos
aprehender lo que la vida nos coloque delante?
Ella seguÃa con el ceño fruncido. Nicholai lanzó una maldición, aunque esa vez
en su fuero interno. Su prima era dura, pero con tiempo la convencerÃa de que se
necesitaban mutuamente. Siempre lo hacÃa.
—Nosotros estamos aquà juntos porque morimos juntos —insistió Alexis—.
La única persona que podÃa haber muerto con SofÃa fue el hombre que la mató. Pero
ese hombre —señaló la fotografÃa de Sebastián Stone, un hombre que Nicholai
tenÃa que admitir no habÃa visto nunca, ni en el pasado ni en el presente— es una
figura pública. Si hubiera aparecido de pronto entre los vivos, ¿no crees que alguien
se habrÃa dado cuenta? Si SofÃa volviera de los muertos como nosotros, no tendrÃa
pasado, identidad ni familia. Y esta mujer sà tiene todo eso. Admito que se parece a
SofÃa, pero no puede ser ella.
Nicholai dio la vuelta a la silla y se sentó a horcajadas con los brazos apoyados en
el respaldo.
—Hace menos de un año, también tú y yo llevábamos más de cien años
muertos. La magia de Viktor nos trajo de vuelta. ¿Tanto te cuesta creer que SofÃa haya
encontrado una magia similar?
Alexis frunció el ceño con aire de duda.
—Pero esta mujer tiene un hermano. Mira —volvió la página hacia él—. El
artÃculo es sobre Sebastián Stone, un…
Volvió la página para leer su profesión.
Nicholai no tenÃa que leer nada. HabÃa memo-rizado ya toda la información.
—Inversor capitalista —dijo—. SÃ, lo sé.
Alexis arrugó la frente.
—Ni siquiera sé lo que es eso.
Nicholai lanzó un gruñido. A pesar de que llevaba un año estudiando
intensivamente el mundo moderno, todavÃa le quedaba mucho que aprender.
—Un inversor capitalista es un hombre rico que invierte su dinero en negocios de
otras personas con la esperanza de hacer más dinero. Sebastián Stone es uno de los
hombres más ricos del mundo.
Alexis asintió, pero él no sabÃa si habÃa entendido o si, sencillamente, no le
importaba la riqueza de Stone. Alexis, como Nicholai, habÃa sido educada para
despreciar la riqueza y las posesiones. Los gitanos tomaban prestada la tierra, no la
poseÃan.
—Si SofÃa hubiera sido traÃda de vuelta como nosotros, no habrÃa tenido una
infancia con ese hombre. No tendrÃa familia —continuó Alexis, con voz tan melodiosa
que Nicholai empezó a relajarse a pesar de la tensión que habÃa invadido su cuerpo
desde que viera la fotografÃa en la revista.
SofÃa. Su SofÃa. Viva.
Alexis carraspeó para recordarle que esperaba su respuesta.
—Pero yo te tengo a ti —dijo él—. Y a Jeta. Somos familia. Cruzamos juntos la
barrera. Engañamos a la muerte, Alexis. ¿No nos debemos a nosotros mismos
aprehender lo que la vida nos coloque delante?
Ella seguÃa con el ceño fruncido. Nicholai lanzó una maldición, aunque esa vez
en su fuero interno. Su prima era dura, pero con tiempo la convencerÃa de que se
necesitaban mutuamente. Siempre lo hacÃa.
—Nosotros estamos aquà juntos porque morimos juntos —insistió Alexis—.
La única persona que podÃa haber muerto con SofÃa fue el hombre que la mató. Pero
ese hombre —señaló la fotografÃa de Sebastián Stone, un hombre que Nicholai
tenÃa que admitir no habÃa visto nunca, ni en el pasado ni en el presente— es una
figura pública. Si hubiera aparecido de pronto entre los vivos, ¿no crees que alguien
se habrÃa dado cuenta? Si SofÃa volviera de los muertos como nosotros, no tendrÃa
pasado, identidad ni familia. Y esta mujer sà tiene todo eso. Admito que se parece a
SofÃa, pero no puede ser ella.
Nicholai frunció también el ceño. HabÃa pensado ya en todo lo que decÃa
Alexis, pero también habÃa contemplado la posibilidad de que otro tipo de magia
hubiera sacado a SofÃa del más allá. Tal vez una magia mayor que la de ningún
gitano.
HabÃa discutido esa posibilidad con Ivonne Baptista, la mujer que los habÃa
acogido después del paso milagroso de sus muertes en el siglo XIX a sus vidas en el
siglo XXI. Eve, una experta en leyendas y cultura romanÃes, habÃa sido durante muchos
años su conducto entre el mundo de los vivos y la cárcel de los muertos sin descanso.
PoseÃa el poder de comunicarse con espÃritus que no habÃan cruzado y, como Nicholai
y su familia habÃan sido asesinados en un campo que era ahora el jardÃn de Eve, ella se
habÃa convertido en su contacto con los vivos. O, mejor dicho, se habÃa convertido en
algo más… en su amiga.
Después, justo un año atrás, habÃa descubierto un frasco de perfume
encantado que contenÃa el espÃritu de un rey gitano atrapado en su interior. Juntos, Eve
y Viktor Savitch, el rey gitano prisionero, habÃan creado una magia nueva que habÃa
permitido a Viktor, Nicholai, Jeta y Alexis volver al mundo de los vivos. Ninguno estaba
seguro del todo de cómo funcionaba el proceso, pero, después de un año, habÃan
aprendido a aceptar la situación como un regalo maravilloso del destino.
Y desde que Nicholai habÃa descubierto la fotografÃa en la revista que leÃa para
intentar comprender los conceptos de la economÃa moderna, Eve también le habÃa
contado todo lo que sabÃa sobre otra especie de magia llamada reencarnación. A
Nicholai lo habÃa fascinado inmediatamente la creencia de que el espÃritu humano
buscara la perfección a través del renacimiento y que en cada vida nueva afronte los
temas y problemas del pasado. Esa creencia contradecÃa todo lo que le habÃa enseñado
su pueblo. Para los gitanos, la muerte era absoluta. SÃ, los espÃritus a menudo
merodeaban por el mundo de los vivos, pero normalmente sólo para actuar como
guardianes y guÃas… o porque no los habÃan enterrado debidamente después de
su muerte. O porque habÃan sido asesinados, como en el caso de Nicholai y su familia.
Sin embargo, todo lo que habÃa aprendido con Eve demostraba lo limitado que
habÃa sido el conocimiento de los antiguos gitanos. Tal vez SofÃa no habÃa cruzado
desde el mundo de los muertos como él; quizá ella habÃa vuelto a nacer.
Y si ése era el caso, y si eran ciertas otras creencias sobre el destino y el karma, no
habÃa sido casualidad que viera su fotografÃa en la revista, sino que sus espÃritus se
buscaban mutuamente para intentar cerrar temas que antes habÃan quedado tan
abiertos.
SofÃa habÃa muerto porque Nicholai no habÃa estado allà para protegerla.
¿Cómo iba a seguir ni un minuto más en Atlanta cuando SofÃa, o Danielle, estaba a
pocos estados de distancia?
—Sé que no comprendes todo lo que nos ha contado Eve sobre la reencarnación
—dijo, decidido a explicarse. Estaba dispuesto a buscar a SofÃa sin la aprobación de
Alexis, pero querÃa que su prima lo entendiera—. Nosotros no creemos en eso, pero el
mundo es mucho más grande que cuando nosotros vivÃamos. Hasta los romanÃes son
diferentes ahora. Las tradiciones impresas en nuestra alma desde el nacimiento ya no son
las mismas, pero mi amor por SofÃa no se ha apagado en lo más mÃnimo. La necesito
y pienso tenerla.
El pelo oscuro de Alexis cayó hacia delante y cubrió sus ojos negros, ojos que
Nicholai adivinaba llenos de lástima.
No apartó su mirada. PreferÃa la compasión a la muerte. HabÃa estado muerto.
En cierto sentido, aún se sentÃa muerto, como se habÃa sentido desde que
comprendiera que SofÃa habÃa desaparecido. La habÃan buscado por todas partes sin
encontrar nada excepto un pañuelo de seda prendido a una rama cerca de un acantilado
sobre el mar; el suelo alrededor estaba aplastado, como si hubiera habido una pelea.
Alguien habÃa asesinado a su esposa y la habÃa arrojado al océano. Y él no
habÃa estado allà para protegerla. Cuando intentó descubrir quién la habÃa matado,
lo habÃan acusado a él del crimen. De no ser por su familia, incluidas Jeta y Alexis, no
habrÃa podido escapar a la horca. ¿PodÃa, pues, partir en aquella búsqueda sin contar
al menos con su bendición?
TenÃa que hacerlo. La vida le daba otra oportunidad y no iba a permitir que su
cautelosa prima lo apartara de sus intenciones. Y Jeta, su abuela guardaba un silencio
extraño sobre aquel tema.
—Nicholai, por favor —suplicó Alexis, con su voz teñida por el acento romanÃ
que ni su abuela ni ella se molestaban en ocultar.
Nicholai, por su parte, habÃa aprovechado el último año para convertirse en un
estadounidense moderno. HabÃa estudiado la pronunciación de los locutores de las
cadenas nacionales de televisión, leÃdo revistas y periódicos y empezado a vestir con
vaqueros, camisas, camisetas y botas de trabajo, ya que lo único que habÃa conservado
de su pasado era su oficio de carpintero.
Se levantó y apoyó las manos en la mesa.
—No me supliques, Alexis, igual que yo ya no te suplicaré más tu ayuda
—odiaba el tono frÃo de su voz, pero sabÃa que discutir con su testaruda prima no
conducirÃa a nada—. Tú cree lo que quieras y yo haré lo mismo. Me voy a Chicago.
Buscaré a Danielle Stone y sabré si es mi SofÃa.
—Haces bien.
La voz vibrante masculina hizo que los dos se volvieran. Viktor Savitch estaba de
pie en el umbral. Era un hombre orgulloso, fuerte y resoluto que tenÃa todo el aspecto
del rey gitano que habÃa sido en otro tiempo. Nicholai pensó que, si hubiera sido el jefe
de su clan, lo habrÃa seguido sin dudar.
Alexis achicó los ojos.
—No puedes apoyar esa locura —dijo.
Por alguna razón inexplicable, no le gustaba Viktor. HabÃan alcanzado una
tregua, porque Alexis valoraba su amistad con Eve, que seguÃa siendo la amante de
Viktor, pero, en momentos como aquél, no dudaba en sacar las garras.
—¿Qué tiene que perder, Alexis? Sólo quiere conocer a la mujer, ver por sÃ
mismo si hay algo de SofÃa en ella.
Nicholai se cruzó de brazos con una sonrisa. No necesitaba seguir discutiendo si
contaba con un aliado que lo hiciera por él.
—PodrÃan romperle el corazón. Otra vez.
La risa iluminó los ojos de Viktor, pero fue lo bastante listo para no sonreÃr
siquiera.
—Los corazones se rompen. También se curan.
Alexis apartó la vista y Nicholai sintió curiosidad por un momento, pero
enseguida se recordó que no tenÃa tiempo de pensar en la vida personal de su prima
cuando la suya propia estaba al borde del triunfo o el desastre. Alexis tendrÃa que
arreglárselas sola con sus demonios. Pero cuando volvió a mirarlo, el fuego de sus ojos
le hizo preguntarse si sus demonios no estarÃan más cerca de la superficie de lo que
nunca habÃa imaginado.
—¿Y cómo la abordarás? —movió con furia la mano y sus brazaletes
chocaron con las cuentas que colgaban de su chal. HacÃa mucho tiempo que Nicholai no
la veÃa tan agitada—. ¿Te acercarás y le dirás que eres su marido?
Nicholai abrió la boca para hablar, pero se detuvo. La verdad era que no habÃa
pensado en eso. Se encogió de hombros y sonrió. En su antigua vida, nunca le habÃa
resultado difÃcil decirle algo cariñoso y encantador a SofÃa, sobre todo después de
haberse ganado su corazón. La seducción de su esposa habÃa sido el mayor reto de su
vida y recordaba aquel juego con mucho cariño. Pero entonces habÃan sido amigos de
la infancia, una especie de camaradas… hasta donde podÃan serlo un niño y una
niña gitanos de aquella época.
Esa vez era distinto. Danielle Stone era una extraña para él. No podÃa entrar
sin más en su vida y contarle la historia de su muerte, su renacimiento y la resurrección
de él.
No, la sinceridad era imposible, a menos que quisiera que fuera directamente a la
policÃa.
Necesitaba un plan y quizá también ayuda.
Miró a Viktor y el rey gitano le sonrió alentador. Nicholai habÃa sabido, desde el
primer momento en que lo vio, que los dos tenÃan mucho en común.
—SÃ, amigo mÃo —dijo ahora Viktor—. Tengo una idea.
Sacó un frasco de perfume del bolsillo. El mismo frasco cuya magia habÃa
ayudado a liberarlos a todos de la muerte.
Nicholai lo miró con curiosidad.
—¿En qué va a ayudar eso? Pensaba que el frasco de perfume sólo amplifica
los poderes sobrenaturales de la persona que lo posee. Yo no tengo poderes.
Viktor extendió la mano y dejó que la luz diera en el cristal y le arrancara un arco
iris de destellos.
—Digamos que he hecho algunas modificaciones a la magia. Utiliza esto
correctamente y Danielle Stone será tuya en cuerpo y alma.
CapÃtulo 1
Nicholai dio la vuelta a la silla y se sentó a horcajadas con los brazos apoyados en
el respaldo.
—Hace menos de un año, también tú y yo llevábamos más de cien años
muertos. La magia de Viktor nos trajo de vuelta. ¿Tanto te cuesta creer que SofÃa haya
encontrado una magia similar?
Alexis frunció el ceño con aire de duda.
—Pero esta mujer tiene un hermano. Mira —volvió la página hacia él—. El
artÃculo es sobre Sebastián Stone, un…
Volvió la página para leer su profesión.
Nicholai no tenÃa que leer nada. HabÃa memo-rizado ya toda la información.
—Inversor capitalista —dijo—. SÃ, lo sé.
Alexis arrugó la frente.
—Ni siquiera sé lo que es eso.
Nicholai lanzó un gruñido. A pesar de que llevaba un año estudiando
intensivamente el mundo moderno, todavÃa le quedaba mucho que aprender.
—Un inversor capitalista es un hombre rico que invierte su dinero en negocios de
otras personas con la esperanza de hacer más dinero. Sebastián Stone es uno de los
hombres más ricos del mundo.
Alexis asintió, pero él no sabÃa si habÃa entendido o si, sencillamente, no le
importaba la riqueza de Stone. Alexis, como Nicholai, habÃa sido educada para
despreciar la riqueza y las posesiones. Los gitanos tomaban prestada la tierra, no la
poseÃan.
—Si SofÃa hubiera sido traÃda de vuelta como nosotros, no habrÃa tenido una
infancia con ese hombre. No tendrÃa familia —continuó Alexis, con voz tan melodiosa
que Nicholai empezó a relajarse a pesar de la tensión que habÃa invadido su cuerpo
desde que viera la fotografÃa en la revista.
SofÃa. Su SofÃa. Viva.
Alexis carraspeó para recordarle que esperaba su respuesta.
—Pero yo te tengo a ti —dijo él—. Y a Jeta. Somos familia. Cruzamos juntos la
barrera. Engañamos a la muerte, Alexis. ¿No nos debemos a nosotros mismos
aprehender lo que la vida nos coloque delante?
Ella seguÃa con el ceño fruncido. Nicholai lanzó una maldición, aunque esa vez
en su fuero interno. Su prima era dura, pero con tiempo la convencerÃa de que se
necesitaban mutuamente. Siempre lo hacÃa.
—Nosotros estamos aquà juntos porque morimos juntos —insistió Alexis—.
La única persona que podÃa haber muerto con SofÃa fue el hombre que la mató. Pero
ese hombre —señaló la fotografÃa de Sebastián Stone, un hombre que Nicholai
tenÃa que admitir no habÃa visto nunca, ni en el pasado ni en el presente— es una
figura pública. Si hubiera aparecido de pronto entre los vivos, ¿no crees que alguien
se habrÃa dado cuenta? Si SofÃa volviera de los muertos como nosotros, no tendrÃa
pasado, identidad ni familia. Y esta mujer sà tiene todo eso. Admito que se parece a
SofÃa, pero no puede ser ella.
Nicholai frunció también el ceño. HabÃa pensado ya en todo lo que decÃa
Alexis, pero también habÃa contemplado la posibilidad de que otro tipo de magia
hubiera sacado a SofÃa del más allá. Tal vez una magia mayor que la de ningún
gitano.
HabÃa discutido esa posibilidad con Ivonne Baptista, la mujer que los habÃa
acogido después del paso milagroso de sus muertes en el siglo XIX a sus vidas en el
siglo XXI. Eve, una experta en leyendas y cultura romanÃes, habÃa sido durante muchos
años su conducto entre el mundo de los vivos y la cárcel de los muertos sin descanso.
PoseÃa el poder de comunicarse con espÃritus que no habÃan cruzado y, como Nicholai
y su familia habÃan sido asesinados en un campo que era ahora el jardÃn de Eve, ella se
habÃa convertido en su contacto con los vivos. O, mejor dicho, se habÃa convertido en
algo más… en su amiga.
Después, justo un año atrás, habÃa descubierto un frasco de perfume
encantado que contenÃa el espÃritu de un rey gitano atrapado en su interior. Juntos, Eve
y Viktor Savitch, el rey gitano prisionero, habÃan creado una magia nueva que habÃa
permitido a Viktor, Nicholai, Jeta y Alexis volver al mundo de los vivos. Ninguno estaba
seguro del todo de cómo funcionaba el proceso, pero, después de un año, habÃan
aprendido a aceptar la situación como un regalo maravilloso del destino.
Y desde que Nicholai habÃa descubierto la fotografÃa en la revista que leÃa para
intentar comprender los conceptos de la economÃa moderna, Eve también le habÃa
contado todo lo que sabÃa sobre otra especie de magia llamada reencarnación. A
Nicholai lo habÃa fascinado inmediatamente la creencia de que el espÃritu humano
buscara la perfección a través del renacimiento y que en cada vida nueva afronte los
temas y problemas del pasado. Esa creencia contradecÃa todo lo que le habÃa enseñado
su pueblo. Para los gitanos, la muerte era absoluta. SÃ, los espÃritus a menudo
merodeaban por el mundo de los vivos, pero normalmente sólo para actuar como
guardianes y guÃas… o porque no los habÃan enterrado debidamente después de
su muerte. O porque habÃan sido asesinados, como en el caso de Nicholai y su familia.
Sin embargo, todo lo que habÃa aprendido con Eve demostraba lo limitado que
habÃa sido el conocimiento de los antiguos gitanos. Tal vez SofÃa no habÃa cruzado
desde el mundo de los muertos como él; quizá ella habÃa vuelto a nacer.
Y si ése era el caso, y si eran ciertas otras creencias sobre el destino y el karma, no
habÃa sido casualidad que viera su fotografÃa en la revista, sino que sus espÃritus se
buscaban mutuamente para intentar cerrar temas que antes habÃan quedado tan
abiertos.
SofÃa habÃa muerto porque Nicholai no habÃa estado allà para protegerla.
¿Cómo iba a seguir ni un minuto más en Atlanta cuando SofÃa, o Danielle, estaba a
pocos estados de distancia?
—Sé que no comprendes todo lo que nos ha contado Eve sobre la reencarnación
—dijo, decidido a explicarse. Estaba dispuesto a buscar a SofÃa sin la aprobación de
Alexis, pero querÃa que su prima lo entendiera—. Nosotros no creemos en eso, pero el
mundo es mucho más grande que cuando nosotros vivÃamos. Hasta los romanÃes son
diferentes ahora. Las tradiciones impresas en nuestra alma desde el nacimiento ya no son
las mismas, pero mi amor por SofÃa no se ha apagado en lo más mÃnimo. La necesito
y pienso tenerla.
El pelo oscuro de Alexis cayó hacia delante y cubrió sus ojos negros, ojos que
Nicholai adivinaba llenos de lástima.
No apartó su mirada. PreferÃa la compasión a la muerte. HabÃa estado muerto.
En cierto sentido, aún se sentÃa muerto, como se habÃa sentido desde que
comprendiera que SofÃa habÃa desaparecido. La habÃan buscado por todas partes sin
encontrar nada excepto un pañuelo de seda prendido a una rama cerca de un acantilado
sobre el mar; el suelo alrededor estaba aplastado, como si hubiera habido una pelea.
Alguien habÃa asesinado a su esposa y la habÃa arrojado al océano. Y él no
habÃa estado allà para protegerla. Cuando intentó descubrir quién la habÃa matado,
lo habÃan acusado a él del crimen. De no ser por su familia, incluidas Jeta y Alexis, no
habrÃa podido escapar a la horca. ¿PodÃa, pues, partir en aquella búsqueda sin contar
al menos con su bendición?
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