¿A quién admiras tu

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¿A quién admiras tu
REFLEXIONES (Jul 07)
Secretariado de Pastoral Juvenil-Vocacional de Huelva
De la implacable levedad del ser al pleno sentido
¿Se puede ser verdaderamente feliz?
¿Cómo sentirse plenamente feliz? ¿Cómo ser felices cuando la felicidad deja de ser un
descubrimiento para convertirse en una obligación? ¿Cómo tener estabilidad en un mundo y en una
sociedad como la nuestra en la que el cambio parece haberse convertido en el decorado de fondo de
nuestra vida? ¿Cómo encontrar un ideal que nos haga felices?
Ciertamente a lo largo de la historia hemos sido muchos —por no decir todos— los que
hemos buscado la codiciada fórmula de la felicidad, pero ésta a menudo no ha sido más que un
bonito sueño, una mera ilusión o un cuento de alquimistas que buscaban desesperadamente que sus
teorías por fin se cumpliesen. Es más, cuando somos jóvenes llegamos a pensar que dicha fórmula
existe pero conforme nos vamos haciendo mayores comprobamos que en el tema de la felicidad no
hay ni recetas ni fórmulas mágicas que valgan. Entonces, nos podemos preguntar: ¿se puede ser
verdaderamente feliz? A esta pregunta es a la que intentaré responder aunque la cuestión, de
entrada, no es nada fácil.
Comenzaré recogiendo una experiencia común en nuestra sociedad occidental: hoy la
felicidad se nos impone como un imperativo, como una obligación. A menudo se nos dice que
tenemos que ser felices ante todo y sobre todo y para ello se nos intenta convencer con expresiones
del tipo: “Tú tienes derecho a ser feliz”. Esto, en principio, a mí me parece que está bien planteado,
ya que todos, ciertamente, tenemos derecho a ser felices. Ahora bien, detrás de esta expresión —
“Tú tienes derecho a ser feliz”— tal y como la decimos actualmente, hay mucho más que una
simple reivindicación. Lo que se nos está diciendo realmente es que estamos obligados a ser felices.
El derecho a la felicidad se convierte sin más en una obligación. Así, alcanzar la propia felicidad
consume toda nuestra energía; mi felicidad pasa a ser el centro del mundo, el eje alrededor de cual
gira toda mi existencia. Lo peor de todo esto es que cuando vivimos tan sólo buscando nuestra
propia felicidad nos incapacitamos, paradójicamente, para ser felices. Y es que la obligación de ser
felices es una propuesta engañosa. La imagen de la zanahoria enganchada a un palo delante del
animal ejemplifica genialmente lo que quiero expresar porque este planteamiento, que hace de la
felicidad una imposición, nos encierra en nosotros mismos haciéndonos, finalmente, esclavos de
nuestros propios deseos. Es un planteamiento egocéntrico de la vida en la que todo gira a mí
alrededor, donde soy merecedor de todo, donde me constituyo en la medida de todas las cosas,
decidiendo por mí mismo lo que está bien y lo que está mal. Cuando vivimos desde estos
planteamientos nos alejamos de la felicidad igual que lo hace el gato del perro o el ladrón del
policía.
Es posible que todavía no hayamos descubierto este sutil engaño en nuestra propia vida.
Puede ser que aún creamos que no podemos ser esclavos de nuestros propios deseos o de nuestros
propios planteamientos sobre la felicidad. Quizás ahora consideramos que sólo podemos ser felices
cuando realizamos todos nuestros deseos. Todo esto y mucho más es posible. Incluso muchos de
nosotros aún nos sentimos a gusto en nuestras jaulas de oro, con numerosos planteamientos sobre la
felicidad que aún no hemos puesto en crisis. Pero todo esto no importa porque, por suerte o por
desgracia, la propia dinámica de la vida se encargará de mostrarnos dónde no se encuentra la
felicidad. A lo mejor con el paso de los años no sabremos dónde se halla pero si reconoceremos, por
propia experiencia, dónde ciertamente no se encuentra.
Quisiera ahora presentar un segundo obstáculo que nos impide avanzar por este camino de la
felicidad. Se trata de entender la insatisfacción siempre como un problema, como el fracaso más
absoluto. Actualmente es difícil que entendamos la insatisfacción como una oportunidad. Parece
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que no somos capaces de reconocer en la crisis una ocasión para crecer, una llamada a una vida más
plena, un momento para subir un escalón más en nuestro camino. La persona más guay es la que no
tiene problemas, la que continuamente se siente plena y feliz, la que es alabada por todos, la que
todo el día está sonriendo, la que consigue todo aquello que se propone, la que es la número uno en
todo, etc. Pero las personas y la vida perfecta no existen, sólo existe lo real, lo que tú y yo vivimos
cada día. No reconocer esto —la crisis como oportunidad— va a constituir un obstáculo insalvable
en nuestro camino. Por así decirlo es una condición sine qua non que tendremos que superar si
realmente queremos ser felices. Aquí podemos señalar, una vez más, no tanto donde se encuentra la
felicidad sino más bien donde no se halla.
Entiendo que esto no es fácil de asumir y mucho menos en una sociedad como la nuestra que
parece ser alérgica a cualquier tipo de sufrimiento. Nuestra cultura y sociedad pretenden evitarnos
el esfuerzo y el sacrificio. Ocultamos los problemas de mil maneras diferentes por miedo a quedar
traumatizados. Pero actuando de este modo llevamos a las personas —más bien las estamos
abonando— a la más terrible infelicidad e insatisfacción personal. Sólo cuando nos enfrentamos al
reto de vivir, mirando nuestra existencia cara a cara, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros
mismos. En cambio, cuando nos encerramos en la caverna de nuestros miedos, disfrazando la
realidad con tupidas sedas, nos convertimos en seres inseguros e incapacitados para alcanzar una
felicidad medianamente estable y segura.
A continuación me gustaría continuar recogiendo un dato que ha sido constatado por la
experiencia de multitud de personas: se es más feliz cuando se ha descubierto un verdadero ideal en
la vida por el cual merece la pena entregarse. Ciertamente hoy seguimos teniendo grandes ideales
pero no estamos dispuestos a sacrificarnos en exceso por los mismos. Todos reconocemos, por
ejemplo, que ayudar a los más pobres es un valor, pero en cambio son pocos los que están
dispuestos a hacer algo para erradicar la pobreza. A menudo, vivimos inmersos en una apatía
acomodada que nos impide ver más allá de lo que nos presenta el placer de lo momentáneo. Éste es
un tercer factor que, a mí juicio, nos dificulta para avanzar por el camino de la felicidad.
Los grandes ideales que antaño nos prometían la felicidad hoy han sido sustituidos por la ley
de la oferta y la demanda. Nos encontramos como anestesiados por una multitud de ofertas de
felicidad que nos bombardean. Ciertamente en la actualidad nos sobran las actividades con las que
entretenernos, pero muchas de esas actividades simplemente nos distraen y nos hartan, igual que
hacen las chucherías con un niño, pero nos impiden reconocer el hambre de felicidad que aún
seguimos teniendo. Este tipo de sucedáneos nos dejan saciados pero no nos alimenta, nos hacen
creer que estamos plenos cuando en realidad estamos anémicos de sentido. El caso de la comida
rápida nos puede servir de metáfora para ilustrar lo que quiero expresar: su apariencia y su sabor
son buenos, incluso tiene la ventaja de que se prepara en un momento, pero a la larga es
terriblemente perjudicial para nuestro organismo ya que acabamos obesos perdidos y con el
colesterol por la nubes.
La actual sociedad de consumo nos ha impuesto a todos un ritmo de vida tan fuerte que ni
tan siquiera podemos pararnos a comprobar si realmente somos o no felices. Además, el
consumismo pretende hacernos creer que sólo de pan vive el hombre, es decir, de bienes materiales.
Consumir se ha convertido en una especie de montaña rusa en la que continuamente nos subimos
para satisfacer nuestra sed de felicidad.
En definitiva, como resumen de este tercer aspecto, hoy contemplamos cómo los grandes
valores e ideales que aún siguen en nuestros corazones han sido desbancados, a nivel de superficie,
por otros más mediocres y sencillos de alcanzar. Y lo peor de todo ello es que al final los valores
superficiales acaban imponiéndose como definitivos cuando en realidad no lo son.
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Recapitulando: hasta ahora hemos dicho que la felicidad no puede ser entendida nunca como
una obligación ya que esto nos encierra en un túnel sin salida; también hemos expresado el error de
considerar siempre la crisis como un fracaso; y finalmente hemos recogido que sólo quien es capaz
de encontrar un verdadero ideal por el que entregar su vida experimenta una sana felicidad.
Pues bien, después de todo lo dicho nos podemos preguntar de nuevo: ¿se puede ser
verdaderamente feliz? La clave quizás esté en lo que he recogido hace un momento, es decir, en
tener un ideal por el que entregarnos. A este respecto me gustaría comentarte brevemente mi propia
experiencia. Para mí ese ideal, por el que estoy dispuesto a entregarme aun con mis limitaciones y
que me hace feliz, es Dios y su Reino. No sé si estarás de acuerdo conmigo pero para mí Dios es
quien me hace salir de mí mismo para entregarme a los demás; él es Alguien que me invita a
considerar cada crisis como una oportunidad para seguir creciendo; él es la fuerza que me hace
levantarme cada día con una nueva ilusión. Hace ya algún tiempo descubrí que Dios me quería
como nadie puede hacerlo y a partir de entonces dedico toda mi vida a que otras personas puedan
tener esta misma experiencia. Yo sé que por mí mismo no puedo hacer que otros descubran a Dios,
pero si puedo compartir mi vida con ellos y presentarles quien es Dios y cómo él está deseando que
otras personas lo descubran. Dios ciertamente no es una fórmula mágica de la felicidad, sería
demasiado poco, sería instrumentalizar a Dios. Pero sí puedo decir que al lado de Jesús uno
experimenta que sus palabras hacen feliz, que su amistad es auténtica y que su proyecto es
realmente apasionante.
Sólo quien es capaz de renunciar, con un verdadero espíritu de sacrificio, al placer de lo
inmediato por algo que considera mucho mejor a medio y largo plazo puede salirse de la terrible
vorágine del deseo y reconocer el valor de la fidelidad. Dejarse llevar por la comodidad genera
insatisfacción, aburrimiento y desidia, mientras que optar por lo que estoy convencido, aunque me
cueste esfuerzo y dedicación, genera confianza y nos hace caminar hacia una felicidad duradera.
A lo mejor en esta reflexión no has encontrado una propuesta concreta de felicidad. La
verdad es que no era mi intención, ya que el camino hacia la felicidad es personal e intransferible;
por eso, lo tendrás que recorrer tú sólo. Eso sí, espero que estas torpes líneas te hayan servido para
cuestionarte, si no lo habías hecho ya, algunos sitios donde habitualmente buscamos la felicidad sin
encontrarla de un modo definitivo. Es posible que todavía muchas veces nos empeñemos en esta
búsqueda pero al menos ahora sabemos que son vanos espejismos que se desvanecerán cuando
despertemos del sueño. Ojalá todos despertemos de veras de nuestros espejismos y encontremos el
camino de la verdadera felicidad, ya que son muchos los que hoy se preguntan no ya si hay vida
después de la muerte sino si hay vida antes.
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