los margenes de la realidad en los cuentos de julio ramon ribeyro

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los margenes de la realidad en los cuentos de julio ramon ribeyro
LOS MARGENES DE LA REALIDAD EN LOS CUENTOS DE JULIO RAMON
RIBEYRO
Por Jesús Rodero
Los cuentos de Julio Ramón Ribeyro (1929-94), tradicionalmente encuadrados en el
neorrealismo urbano de la "Generación del 50" en Perú, presentan variantes a las que la
crítica he prestado poca atención hasta la fecha, sobre todo, la cualidad dialógica de los
mismos, su ambigüedad irónica y el juego con lo fantástico.Este estudio examina estas
variantes y pretende reivindicar el nombre de Ribeyro como uno de los cuentistas
fundamentales en la literatura latinoamérica del siglo XX.
Biografía
Mientras el invierno de agosto torna gris el cielo limeño y el frío y la neblina
humedecen la costa peruana, en un rincón de la capital,
nace Julio Ramón Ribeyro una tarde de 1929 ante la alegría familiar, que no imagina
que se convertirá en uno de los escritores
peruanos más grandes de nuestro siglo.
Venido de una típica familia de clase media, no pasa mayores apuros económicos y
afectivos durante su niñez.
"Tenía una relación muy armoniosa con mis padres y hermanos, tuve una infancia
feliz. Entre hermanos éramos muy
unidos. Sobre todo me llevaba bien con el mayor con quien asistía al mismo
colegio, teníamos los mismos amigos,
compartíamos juegos, viajes, aventuras, etc. No me quejo, fue un ambiente
despreocupado y sin apuros".
Pronto el joven Ribeyro da muestras de su apego a las Letras, y ya para entonces
afloran en su mente los primeros cuentos y relatos
propios de su edad, ante el estupor de su familia que no ve con buenos ojos que se
dedique a la literatura, quienes consideran que el
oficio de escritor es denigrante y deshonroso. Para ellos la carrera de Derecho da
mayor estatus y la seguridad de un futuro
promisorio.
Sin embargo, estas contradicciones no son impedimento para que Julio
Ramón Ribeyro pronto se vea
involucrado en un círculo de escritores, que suelen publicar sus obras y
obsequiarlas generalmente a sus
amigos y familiares, además de presentarlas en bohemios lugares de la
ciudad. Fue allí donde Ribeyro
comenzó en realidad su carrera literaria, frecuentando estos lugares donde
sus cuentos y relatos eran
escuchados con suma atención por los concurrentes que, en su mayoría,
eran poetas, novelistas, cuentistas,
etc.
El especial carácter de Julio Ramón Ribeyro tal como los personajes de sus escritos,
lo aleja del protagonismo; acostumbrado a una
existencia algo marginal que en cierto modo privilegia. Es por eso que toma la
decisión de separarse de los círculos literarios limeños
y sacudirse de lo que más detesta: La popularidad, la fama.
"Me molesta la fama en parte porque no me permite pasar desapercibido, me saca
del anonimato en el cual me gusta
vivir".
Enrumba entonces a Europa trasladándose de un país a otro sin establecerse en un
sólo sitio, pasando las desventuras y miserias que
significa estar alejado de su patria, sin conocer a nadie aislado por el idioma en un
itinerario que incluye Francia, Alemania, Bélgica y
España.
Finalmente se afinca en París, Francia. Es el inicio de la década de los sesenta cuando
entra a trabajar como periodista en la Agencia
France-Press, donde permanece hasta 1971, año en que es nombrado Consejero
Cultural del Perú ante la Unesco.
Su vida transcurre entre París y Lima, específicamente en el distrito de Barranco,
donde, cada vez que visita el Perú, suele recorrer
sus antiguas casonas y tradicionales callejuelas junto a sus mejores amigos, envuelto
en largas tertulias, para luego enfrentarse a la
máquina de escribir.
En 1974 se le detecta cáncer, enfermedad ocasionada claramente por su adicción al
cigarro, amigo
inseparable en largas jornadas de creatividad e ingenio que concluyen en cuentos y
relatos que trasuntan lo
inimaginable. Sobreviviente de recaídas y cirugías mayores, los dos últimos años son
sin embargo los más
felices de su vida, que se apagó el 4 de diciembre de 1994, días después de obtener el
premio Juan Rulfo,
para muchos el más importante en habla castellana, distinción que reafirma la
resonancia de su obra no sólo
para los peruanos sino para todos los hablantes en lengua española.
El presidente de México por esa época, Carlos Salinas de Gortari, en vano lo esperó
para el develamiento de la efigie con el busto
del reciente ganador del premio. Su salud se hallaba demasiada quebrantada como
para realizar el largo viaje a tierras aztecas. En su
lugar, estuvieron presentes en el acto su esposa Alida Cordero y su hijo Julio.
Julio Ramón Ribeyro se dedicóa la escritura con el mismo placer y resignación con el
que se sobrevive un
vicio: sin remedio. Aunque en algún momento confesó ser un "hedonista frustrado",
pues su vida siempre se
sostuvo en los frágiles "umbrales de la salud", Ribeyro practicó la embriaguez
moderada como método de
conocimiento y la escritura como sucedáneo del tabaquismo. Su trayectoria de fumador
atraviesa uno de los
momentos sin duda más felices de la prosa latinoamericana: el cuento autobiográfico
"Sólo para fumadores".
Ahí, detrás del ácido carbónico y el humor negro que Ribeyro exhala contra sí mismo,
apenas se oculta la
historia de una vocación literaria asumida como una disciplina intransigente,
renunciando a cualquier prestigio
público e incluso a cualquier mérito. En más de una ocasión, este fumador incorregible
declaró que, para él, el
acto creativo había adquirido la misma naturaleza de los vicios: un hábito que luego se
convierte en una
enfermedad incurable, autodestructiva y fanática ("escribir es desoír el canto de sirena
de la vida"), pero que se
revela, al final, como la única medicina posible contra la grisura del mundo. Ribeyro no
escribe por oficio,
acaso ni siquiera por vocación; lo suyo es un impulso fatal, una necesidad inaplazable.
Dejar de hacerlo, como
dejar de fumar, le habría hecho la vida insoportablemente insípida.
Ribeyro nació en 1929, en una ciudad que aún aguardaba ser escrita. Enemigo de la
crítica biográfica a lo
Saint-Beuve, el autor de Los geniecillos dominicales escribió en la primera página de su
autobiografía
inconclusa: "Se puede ser una nulidad a pesar de una estirpe ilustre e inversamente un
hombre excepcional
nacido en un medio humilde e iletrado[...] Mi vida no es original ni mucho menos
ejemplar y no pasa de ser
una de las tantas vidas de un escritor de clase media nacido en un país latinoamericano
en el siglo veinte." A
cambio, Ribeyro propuso en sus Prosas apátridas una crítica que se organizara alrededor
de los rostros:
"Cada escritor tiene la cara de su obra." En efecto, la obra de Ribeyro, discreta e
inapresable, no merecía otro
rostro que el de su autor. En las pocas fotografías que se conocen de él, siempre está de
paso, como
queriendo escapar de la posteridad. Flaco, débil y tímido, sus ojos guardan, en cambio,
una extraordinaria
viveza, inteligente y puntillosa, y sus labios delgados descubren, además del infaltable
cigarrillo, una sonrisa
ambigua, a un tiempo irónica y afectuosa. Además, el cuerpo enfermizo de Ribeyro
siempre parece estar
nadando entre sus ropas, como si la compostura, el éxito y la salud fueran camisas
demasiado pequeñas e incómodas para habitar en ellas.Un día, después de haber
canjeado la carrera de Derecho por la de Letras, el joven fumador decidió renunciar
también a su domicilio y a su cédula profesional para recorrer mundo en busca
de la página y el cigarrillo perfectos. Vivió provisionalmente en Madrid, Amsterdam,
Amberes, Londres, Munich y París, con nada más que "una maleta llena de
libros, una máquina de escribir y un tocadiscos portátil". Ajeno a las aventuras literarias
y mercantiles del boom, Ribeyro nunca vivió de lo que escribía. A lo sumo,
compró un paquete de Gitanes con lo poco que recibió en una librería de viejo por los
diez ejemplares de su primer libro de cuentos, Los gallinazos sin plumas,
"que un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima". Empleado de la Agencia
France-Press por casi diez años, trabajó antes de repartidor de periódicos y
después como periodista de los programas en español de una radio francesa. El
introvertido escritor peruano prefería situarse detrás de la noticia, a diferencia de sus
contemporáneos, quienes procuraban a toda costa tener un papel público. Guardaba la
certeza de que la escritura se fundaba en su irrelevancia social, en ser tan
sólo "un punto de vista, una mirada".
En buena medida, la narrativa de Ribeyro participa de ese impulso por partir, esa
imposibilidad de someterse a un pasaporte único y esa irresistible disposición a
pasar inadvertido. Diversidad y concentración son los signos de esa premura. En
momentos en los que las novelas caudalosas y la ostentación formal recorrían las
concurridas rutas del gusto editorial, Ribeyro le apostó todo su capital literario a la
brevedad del cuento y la administración escrupulosa del lenguaje; en su ligero
maletín sólo había espacio para lo esencial. Convencido, como tantos escritores
latinoamericanos de los cincuenta, de que las ciudades existen en la medida que son
narradas (los habitantes hacen y viven una ciudad, pero sólo los escritores las dotan de
una segunda realidad, una dimensión perdurable), Ribeyro aceptó el desafío
de fundar la geografía literaria de la Lima moderna e indagar en sus posibilidades
narrativas aún inexploradas. Sin embargo, para descifrar el mensaje caótico del
territorio urbano, eligió un "lente distinto" al de sus contemporáneos. Al afán
totalizador, la visión multifocal y heteróclita de los narradores del boom (eso a lo que
Ribeyro llamaba el "aspecto nuevo rico" de la literatura latinoamericana), el autor
peruano opuso la crónica mínima e intensa de los hechos comunes y nimios.
Como el niño del cuento "Por las azoteas", Ribeyro diseña un mundo imaginario hecho
de trastos rotos e inútiles, objetos y seres que no encuentran acomodo en
ningún lado, y a los que brinda una última mirada. Sus personajes forman una verdadera
sociedad anónima, cuyo único capital es la aventura prometida y burlada, "el
consolador mundo de la ilusión": la joven que recorre París en busca de posters
turísticos para tapizar su casa y cumplir su tour imaginario alrededor de la alcoba; el
educador peruano que cree vivir en París una tardía aventura amorosa que se revela
como un engaño que lo conduce a la muerte; el desempleado que diseña
elegantes tarjetas de presentación mientras es llevado a la cárcel por no pagar la
cuenta... El antidramatismo de estas tramas radica en el doble juego de lejano
acercamiento que hábilmente propone su prosa. Escéptico radical, pero nunca cínico,
Ribeyro es alternativamente cruel y piadoso, corrosivo y benigno.
Autor en fuga, auténtico "pasajero en tránsito", Ribeyro se procuraba identidades y
escrituras distintas. Por sus 87 cuentos (Cuentos completos, Alfaguara, 1994)
transitan varios narradores, filiaciones literarias, temperaturas y temas. Cuentos rurales,
fantásticos, épicos, alegóricos, urbanos, satíricos, de enigma,de infancia, "de
literatos"; lo mismo acude a la crónica que a la autobiografía sesgada, a la crítica, la
parábola y la fábula. No sólo eso: Ribeyro construye sus frases "palabra por
palabra" buscando, con singular obstinación, trazar un camino hacia un estilo neutro, es
decir, hacia la supresión de cualquier estilo.
Escribió tres novelas, algunas obras de teatro, ensayos literarios y libros de difícil
clasificación, como Los dichos de Luder y Prosas apátridas. En el primero, se
definió como un decidido "corredor de distancias cortas"; se trata de una colección de
frases dichas por un ubicuo personaje llamado Luder, escritas sin otra
conciencia que su propia celeridad. A un paso del aforismo y la anécdota inteligente,
estas citas extraídas de ningún lado van dibujando la personalidad y la vida
ocultas de un personaje que se ríe de sí mismo con singular desparpajo y en el que no
sería raro reconocer al propio Ribeyro.
Las Prosas apátridas son, por su parte, el compendio de los muchos escritores que fue
JRR, su auténtico documento de identidad. Síntesis de una personalidad
huidiza, en perpetua mudanza, estas prosas carecen de "un territorio literario propio":
"No son ­escribe en la 'Nota de autor'­ poemas en prosa, ni páginas de un
diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo." En las Prosas... Ribeyro
dibuja sus pensamientos, rescata la pedacería de las horas perdidas, atrapa
gestos cotidianos, relata anécdotas que son trozos de cuentos, describe sueños, visiones
e intuiciones; consigna las pequeñas imbecilidades del mundo; escribe
ensayos instantáneos, encapsulados. El libro es, así, el continente imaginario y
provisional (las Prosas... conocieron varias ediciones corregidas y aumentadas) a
donde fueron a dar fragmentos y apuntes perdidizos escritos con el curso de los años, y
que no hallaban alojamiento en ningún libro o género definidos. Recojo aquí
la prosa 161, por tratar un asunto insignificante, de esos que le gustaban a Ribeyro, y
por confirmar su certeza de que "todo tiene importancia, nada tiene
importancia, aquí, ahora": "Costumbre de tirar mis colillas por el balcón, en plena Place
Falguière, cuando estoy apoyado en la baranda y no hay nadie en la vereda.
Por eso me irrita ver a alguien parado allí cuando voy a cumplir este gesto. '¿Qué
diablos hace ese tipo metido en mi cenicero?', me pregunto."
El destino que han seguido estas Prosas... es tan extraño y paradójico como el de toda la
obra de Ribeyro. En Los dichos de Luder alguien pregunta: "¿No te
preocupa escribir desde hace treinta años para haber alcanzado tan minúscula
celebridad?" A lo que Luder responde: "Por supuesto. Me gustaría escribir treinta
años más para ser completamente desconocido." En efecto, el autor de La tentación del
fracaso. Diario personal 1960-1974 quiso ser un escritor afantasmado, el
volátil inquilino de sus cuentos, dispuesto a desaparecer después de haberle pagado su
cuota a la ficción. Sin embargo, a fuerza de disimular su talento, Ribeyro fue
surgiendo, para su sorpresa, no sólo como un maestro indiscutible del relato corto, sino
como uno de los autoresmás leídos en Perú. Y fuera de Perú. Cuenta Bryce
Echenique que un mercenario de la guerra de Vietnam se fue desde Birmania hasta París
nada menos que a pedirle al ocupado de Ribeyro que le escribiera sus
memorias, "porque de lo contrario... Decía Julio Ramón que el pistolón era de este
tamaño". No es raro, entonces, que un libro tan heterodoxo como las Prosas
apátridas, cuya tesitura intelectual parecía ser coto exclusivo de literatos, se haya
convertido en prontuario de bolsillo de taxistas y médicos.
Enemigo de los reflectores y micrófonos, Ribeyro solía enviar a sus "representantes" (su
amigo Bryce, su propio hijo o quien estuviera a la mano) a la escena,
diciendo en su descargo que estaba bajo la tiranía de un severo resfriado. En noviembre
de 1994 fue condecorado con el Premio Juan Rulfo, a cuya ceremonia no
pudo asistir a causa de su delicado estado de salud. Su desdén por el prestigio y las
aureolas había llegado demasiado lejos. Ribeyro murió pocos días después, el 4
de diciembre de ese año.

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