El Principito

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El Principito
El Libro de
Wan
A El Principito, de Antoine Saint-Exupery
A Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll
A la Divina Comedia, de Dante Alighieri
A Antonio
“Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios,
el que es, y que era, y que viene, el Omnipotente” (Apocalipsis I. 8)
El Libro de Wan está basado en el libro Geometría Primer Grado, de la editorial
Lluís Vives (Zaragoza, 1946).
2
Anexo
1. Alfa

2. Beta

3. Gamma

4. Delta

5. Epsilon

6. Zeta

7. Eta

8. Theta

9. Iota

10. Kappa

11. Lambda

12. Mu

13. Un

14. Xi

15. Omicron

16. Pi

17. Rho

18. Sigma

19. Tau

20. Upsilon

21. Fi

22. Ji

23. Psi

24. Omega

3
Introducción
Esta es la historia de una niña en medio del desierto. Un desierto amarillo y arenoso, sin
agua y con bichas y bichos sedientos y sedientas. Sin pisadas de humanos, con dunas
como volantes de corpiños. Y una niña triste, alejada de la alegría, porque no encuentra
consuelo. Su madre, un miércoles de triste ceniza, murió. Trabajaba como una burra
para cuidar la casa, y por eso murió; en parte, de dolor en los huesos y de falta de calcio,
y, en parte, de cáncer. Su madre murió de cáncer y a Wan se le hizo el mundo un
desierto. La niña quería mucho a su madre; de hecho, era su única amiga, su confidente.
Esta es la historia de Wan Li Woo, que se hace llamar Magic Parker Klei. A veces,
simplemente, Mademoiselle. Tiene unos rasgos orientales sin llegar a ser chinos y una
cicatriz muy peculiar en la cara que provoca el rechazo de los chicos y, sobre todo, de
los chicos guapos. A ella no le importa. Con todo, y pese a las dificultades de su
incipiente vida —pues sólo cuenta siete añitos—, la niña se ha prometido algo por lo
que luchar y combatir. Desea encontrar la felicidad que ve en los otros niños y, por eso,
quiere que su mamaíta regrese, porque ella le hacía sentir bien.
Se le ocurre una cosa. Siempre le han apasionado las matemáticas. Guarda en el cajón
de los secretos un librito de Geometría, regalo de hace mucho tiempo. Podría encontrar
otro Libro con la Fórmula para que su madre, siguiendo los pasos, vuelva del clásico
cielo y baje a la tierra y, así, Wan estaría con ella. Claro está que Wan Li Woo, Magic
Parker Klei, o, llanamente, Mademoiselle, no entiende todavía todo lo que son los
números1, las curvas ni las ecuaciones, ni de primer grado ni de segundo grado ni de
tercer grado. Ella saca buenas notas, pero no ha pasado de las sumas y de las divisiones
con algún decimal. Por eso ha decidido buscar el Libro apergaminado, experimentado y
1
Su número de la suerte es el 3.
4
docto en la materia. Y a ello emprende su andar. Descalza —porque no tiene dinero
para comprarse unas zapatillas que la protejan del calor abrasador del sol cuando es
malo y pica— y con ganas de hallar la Fórmula que le permita traer de nuevo a su
querida mama, sale al desierto de franela —porque, desde que murió su madre, es como
si estuviera en medio del desierto— con su velo —porque su madre también llevaba
velo. Y con el único equipaje de una cantimplora y una mochila donde esconder
palomas mensajeras blancas. Las echará a volar con la Fórmula anillada a sus patitas.
Así le descubrirá a su mama la manera de volver. Su mama —descanse en paz— no se
llamaba Wan Li Woo. Se llamaba Yolanda, un nombre bonito.
5
Capítulo del Clavel (Inferno)
Wan inicia su errático y desordenado avance por un desierto que hay en medio de una
niña con velo llamada Wan. Echada palante con la celeridad propia de una locomotora
asustada y acompañada de su osito Fichi y de un cúmulo de palomas blancas. El talle
nudoso y delgado, puntiagudo y terminantemente agradable de Wan indica que su vagar
se esparce por un calendario apretado. Tiene la cabeza amueblada de esperanza. El
desierto es cilíndrico y cilicio, abstruso y magro, alpestre y pravo. La niña, en él, está
combusta, hética, o sea, achicharrada y tísica. Los pétalos de Wan se marchitan. Wan Li
Woo se desdobla, porque se le turba la cabeza. El sol pica y revuelve el estómago. A su
mama Yolanda se la ha llevado un cáncer a lo alto del cielo en el que reposa. La mama
de Wan murió de cáncer de mama y a Wan se le hizo un nudo en la garganta y un
desierto el mundo. Wan hace 90 días que no duerme ni come. Ella es Magic Parker Klei
y Mademoiselle, y gobernar las tres cartas es molesto y laborioso. Desazonada y
embarcada en el rehogo, Wan da bandazos por el desierto abierto en el que serpentean
animaluchos mitológicos como faras, anfisbenas y cerastes, embriagada de calor y
ligeramente traspuesta. Wan, de poco, que pisa un clavel rojo.
WAN.—Lo siento.
CLAVEL ROJO.—Casi me chafas.
WAN.—Sí, no le he visto.
CLAVEL ROJO.—Me podías haber aplastado.
WAN.—No me he dado cuenta de que estaba plantado. ¿Qué flor es?
CLAVEL ROJO.—(Que pudiendo ser planta aparatosa del tipo lama, amomo, espelta, no
lo es.) Un clavel, rojo.
WAN.—¿Y qué hace aquí?
6
CLAVEL ROJO.—Custodio.
WAN.—¿Cómo?
CLAVEL ROJO.—Soy una flor de homenaje, de recuerdo de las víctimas.
WAN.—¿Qué víctimas?
CLAVEL ROJO.—Las que yacen debajo de mis raíces. Son mujeres y hombres y niñas y
niños comunes. Una fosa.
WAN.—¿Qué es una fosa?
CLAVEL ROJO.—Un sepulcro clandestino donde hay enterrados cientos de cuerpos de
civiles profundamente pesarosos y cubiertos con vendajes y tiros que no hacen ninguna
gracia.
WAN.—¿Por qué? ¿Qué hicieron?
CLAVEL ROJO.—Nada, ¿es que tenían que haber hecho algo para que los mataran?
WAN.—No sé.
CLAVEL ROJO.—No hicieron nada. Nada, res de rian. En el hoyo cabe hasta el bollo
del gladiador atravesado por una lanza, como en el horno de Auschwitz lleno de
cadáveres. En el piso inferior de este desierto, en el sótano del Infierno, hay más
esqueletos. Es una fortaleza donde sólo asisten las almas que en el Limbo se
arrepienten. Estas personas no tienen nicho, porque no son Nadie. Sus apellidos fueron
rechazados de las lápidas de Carrara por ilegibles e incorrectos: Garcías, Fernández,
Escobedos, Nashiris, Sayalis, Romedales,... Algunos tenían grabado el sistema
numérico, pero las lombrices lo han borrado. Algunos, incluso, después de la
exhumación, se han deprimido tanto que han vuelto a fenecer. Deseaban estar con los
suyos y no han resistido la separación. Hazte cargo: años y años en los brazos de tu
hermana o hermano y que, después de años y años, te arrebaten el Cuerpo.
WAN.—¿Y usted por qué está aquí?
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CLAVEL ROJO.—Me trajo una ave. Dejó caer la semilla. Y me acunó hasta que tuve uso
de razón y comprendí que lo mínimo que podía hacer yo era recordar a los visitantes
que hubo una vez un desierto donde hubo gente que murió sin una despedida digna, y en
la más absoluta de las indiferencias. Eso no está bien, me dije, y me planté.
WAN.—Muy bien hecho.
CLAVEL ROJO.—A veces toco la guitarra y canto a Paco Ibáñez y los poemas de
Goytisolo, porque me lo pide mi foro. Mis mejores críticos son dos abuelas que se
quejan por las noches, a las que les pegaron un tiro por ser supuestas delatoras de la
carne ahumada cuando estaban en el mercado comprando esparto. Por las noches sus
disonantes súplicas me dan tanto miedo que me pongo tan pálido que, en lugar de
clavelito, me llamo lirio. Y yo, entonces, cumplo sus últimas voluntades. Tarareo:
Había una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
Y había también
una bruja hermosa
un pirata honrado
y un p...
CLAVEL ROJO.—Así se me duermen y no me dan la tabarra. Pero, a la noche siguiente,
las cacofonías y los lamentos se expelen y me oprimen la laringe.
WAN.—Pero si usted no tiene laringe...
CLAVEL ROJO.—Es lo mismo. Me llegan al esófago la intensidad de sus ruegos y unos
sonidos heridos que hieren la corriente de arena y retumban como torrentes de agonías.
Es un grito desahuciado que reclama justicia y condena.
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Wan, en esencia, escucha las sales de la historia con la ánima disgustada. Entiende que
bajo la arena del desierto hay dosis de familias fatigadas de olvido a lomos de su
secreto, que es haber desaparecido sin guiñar el ojo a sus seres queridos. A veces es un
secreto de desconsuelo y el componente del polvo. Paquetes de tumbas y bañeras
satinadas de cal paciente descansan con sus tejidos harapientos y la tez fláccida y
dilatada, con la mascarilla de la peste prolongada en los cúmulos de algas descamadas y
paños descarnados que reparan el daño a medias. Togas, sandalias, amasijos de
muñequeras asimétricas, hatajos de cediza y músculos anacrónicos y deslumbrantes
flirteando con moscas resueltas, saturadas, terrenales, drapeadas, molladas, embreadas,
están en la fosa. Una falange, un dodecaedro, un metacarpo y el índice exfoliante están
cubiertos por la avena de la arena y por el cedro inexistente. Otrora cuerpos gordos y
corpulentos, hoy saludan a la Muerte con un sonido particular que acongoja en fuga a
cuatro voces. La Dama les juró que volverían a la Vida, pero la oscuridad les presentó la
factura del engaño. Jorges, Pedros, Migueles y otras Wanes se inclinan osados y
retumbantes entre los restos del barro. Extractos de genes y genomas componen sus
canas. Tachadas de injurias, estos espíritus denuncian su olvido y, antes de acostarse, se
encauzan en una lucha para estropear el pacto de la desmemoria. “¡Queremos salir!”,
repiten implorando, con el tiple bajo y la reclamación imponente. “¡Levantarnos y
salir!”, chillan a lo King África. Salir para reposar. El amoniaco y el gas les redujo la
papada y el contorno de sus uñas. La guadaña les arrebató la eufrasia, el equiseto, el
ruibarbo y la genciana, y la guadaña se hizo un combinado con esmalte de ricino y
gérmenes que endureció a las sábanas de queratina. Los Pedros, Peters y Ali Beis
convocaron a una parálisis facial y divulgaron la ignorancia de la gente sobre ellos. El
llamamiento fue en balde. En la cárcava u hoyo, en la riba, en el véspero o anochecer,
las noticias se pierden y hay muchas reservas y suspicacias. Almas precitas, reatas, del
9
báratro Infierno. Las voces descompuestas de las criaturas asesinadas, encocoradas, aún
malgastan la voz e inflexionan con quiebros y requiebros su demanda: morir en paz; no
confundir; publicar su esquela y el responso; rogar con un hisopo; que no se les utilicen
como pretexto; extraer los remordimientos y confesar las inocencias esparcidas entre
muchos, sin rescripto, un INRI, con el consentimiento de la autoridad, a media voz, aun
sin el respaldo unánime. Los cuellos infectados y desmenuzados por la uretra de los
gusanos, las larvas, las orugas y los escarabajos parásitos reclaman un reconocimiento.
Los desaparecidos, fusilados, piden exponerse, ser luciérnagas. Estos muertos tienen la
línea de los párpados aproximándose, como si bizquearan los vasos tocantes de ambos
ojos. La fosa común, clasificada en nombres en desuso, segmentada en Antonios, Pacos,
Albertos y Cármenes, está convulsionada. La fosa y sus canillas tibias es sinónimo de
perlesía, de debilidad.
El Clavel le viene a decir a Wan que no sufra, que la vida es una Escritura Negra, un
ciclo —unos llegan y otros se van—, que eso es Ley y que no hay Dios ni caduceo que
lo cambie; que no se ha de padecer, que, por encima de todo, está la Vida, que continúa.
El Clavel extiende sus raíces y confirma a Wan que su mama no ha alquilado una suite
en el Infierno. Wan piensa, piensa Wan, que su mama no puede ser que yazca en este
Infierno de almas desahuciadas. Su mama, se lo oyó a la abuela, está en el Cielo. Y al
Paraíso del Cielo quiere ir, y va.
La tozudez de Wan le puede al Clavel y al Infierno y, de esta guisa, y sin temor a la
cicatriz de su cara —que la retenía en casa, con Fichi, junto a la ventana, esperando la
Primavera y el Verano y el Invierno—, empieza su viaje iniciático. Wan se lanza al
camino del desierto que se le hizo mundo cuando se fue su mama, el desierto que es
Purgatorio, que es desierto. Su mama, que se llama Yolanda, un nombre bonito, la
espera. Wan quiere a su mama.
10
Capítulo Zero. 0
Wan salta al charol fucsia que es el desierto de gris antracita, desierto que la agarrota y
le fríe el metacarpio del pulgar y la cicatriz de la cara. E inician, Fichi y Wan, la
búsqueda del Libro de Escrituras Rojas que ella pueda leer en la medida de algo que le
conlleve algo de provecho. Una niña con velo en medio del desierto irrumpe en el calor
del desierto y, nada más echarse a caminar leguas de desierto, con los ojos bien abiertos
en busca del Libro con páginas de nombres de creencias y de ideas de bombero —dicho
pronto, de resoluciones meditadas, de antítesis y tóstasis—, pues tropieza con una
Golondrina ciega que ha caído del nido golondrino. ¿Qué hace una Golondrina ciega en
medio del desierto? El pájaro, de un verde clorofila azulado, al parecer, ha perdido la
primavera de verde menta, con lo que el verano caótico de verde pistacho se le ha
venido encima, y la vista se le ha destemplado. Su cola adiestrada en las migraciones y
su pico corto y alesnado contrastan con su frente rojiza. Su cuerpo negro es azulado por
encima y blanco por debajo, y las alas, puntiagudas, y la cola, larga y muy ahorquillada.
WAN.—¿Cómo está, Golondrina?
GOLONDRINA.—Bien, pero podría estar mejor.
WAN.—¿Qué le ha pasado?
GOLONDRINA.—No me dio tiempo a emigrar. Me entretuve con el camisón de seda
bordado de arabescos de una doncella persa que bailó durante 100 amaneceres seguidos
por su esposo muerto.
WAN.—¿Y de qué murió?
GOLONDRINA.—De amor. En realidad, estaba enamorado de otra.
WAN.—¿De quién?
GOLONDRINA.—Del amor de su vida, una tal Clara Balladares.
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WAN.—¿Y qué pasó?
GOLONDRINA.—Clara se casó con otro. La familia, ya se sabe. Matrimonio concertado,
ya se sabe. Por favor, señorita...
WAN.—Mi nombre es Wan Li Woo, pero puede llamarme Magic Parker Klei.
GOLONDRINA.—¿No serás china?
WAN.—¿Por qué?
GOLONDRINA.—Porque las chinas comen huevos de golondrinas.
WAN.—¡Qué asco! No soy china y no me gustan los huevos de golondrinas.
GOLONDRINA.—Eso que veo borroso...
WAN.—Es Fichi, mi osito.
GOLONDRINA.—¿No será chino?
WAN.—Y dale.
GOLONDRINA.—Bueno, Magic, ¿me puedo coger de tu brazo?
WAN.—Sí, como no.
GOLONDRINA.—Me harías un favor si me guiaras a la vereda, dehesa, pasto y señorial
más próximo, o a la cornisa de algún piso con pocos vecinos, o, en todo caso, a una
cuadra de caballos cuatralbos.
WAN.—Claro.
GOLONDRINA.—Pues lo que te decía, Magic Parker, que me entretuve bailando entre
nubes la danza árabe, entre los jirones de idas y revueltas, de estilo lencero, suelta,
amplia, moviéndome entre los recovecos del luto y sosteniéndome con las tablillas del
sostén que son mis plumas ligeras. Es propio de mí. Siempre me pasa igual.
WAN.—Se ha quedado ciega...
GOLONDRINA.—Se me pasará. Esto me dura seis meses sólo; luego, como al principio,
me elevo como un aparato, de un punto a otro, como la prisa, por entre los vientos;
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como la aceleración, desaparezco rápida e inesperadamente, y reaparezco como
desaparecí, cantando la misma melodía de la infancia.
WAN.—¿Y qué canción es esa?
GOLONDRINA.—Una cosa así como cri cri cri, distinto a los grillos, más acerado y
cortante y, a la vez, suave. Mi música sobresale fuera del parámetro de los monumentos
y se arroja con violencia escarlata de parámetro, con prontitud y ligereza,
extendiéndose, propagándose... Es una especie de música celestial entre muchas
músicas.
WAN.—¿Qué significa parámetro?
GOLONDRINA.—¡Pero bueno!, ¿es que no os enseñan nada en la escuela? Parámetro...
lo dice la misma palabra. Parámetro es parámetro. Los eunucos te contradirán: que es
una variable que, en una familia de elementos, sirve para identificar cada uno de ellos
mediante su valor numérico. Pero no hagas caso, son tonterías. Parámetro es un resalto
con pirueta, una sustancia explosiva que brota del suspense. ¿Lo entiendes?
WAN.—No.
GOLONDRINA.—Cómo te lo explico... ¿Tú has visto alguna vez un ballet?
WAN.—No.
GOLONDRINA.—¿Has visto alguna vez un pez gorgojeando en un riachuelo?
WAN.—No, una vez vi... “un paquidermo australiano”, o eso me dijeron, pero creo que
no es lo mismo.
GOLONDRINA.—No, no es lo mismo. En el ballet existe la batería, que, técnicamente, es
batir las alas sin fijación alguna. También está el “glissade, assemblé, relevé”, aunque
eso ya son palabras mayores. Así que parámetro es picar con el pico cabriolas, irritar al
fluido, enfadar a las formas de la atmósfera.
WAN.—¿Por qué es así?
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GOLONDRINA.—Porque es una mezcla gaseosa evadida del argón y a la que se le
añaden algunas centésimas de ácido carbónico anhídrido. Gracias a ello nace lo volado,
como parábola o como parámetro. ¿Entiendes ahora?
WAN.—No, no entiendo nada.
GOLONDRINA.—Bueno, basta de cháchara. ¿Qué hace una señorita como tú en un sitio
como este?
WAN.—Busco el Libro.
GOLONDRINA.—¿Qué Libro?
WAN.—El Libro en el que pueda encontrar la receta que me permita traer a mi mama a
casa.
GOLONDRINA.—¿Y dónde está tu mama?
WAN.—En el Cielo.
GOLONDRINA.—Niña, las madres del cielo en el cielo se quedan. ¿No sabes que si
suben ya no bajan nunca?
WAN.—Yo sé que debe de haber alguna manera. Busco el Libro que me explique la
manera.
GOLONDRINA.—Pues lo tienes difícil.
WAN.—¿Sabe usted de alguien que posea el Libro?
GOLONDRINA.—Si me acercas 30 pasos al Norte y otros más al Sur, debajo de un
baobad hay un Libro enterrado.
WAN.—¿Quién lo enterró?
GOLONDRINA.—Los piratas, creían que era oro. Supongo que porque ese Libro
contiene números raros que valen tanto como las pepitas.
WAN.—¡Vamos!
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Van, andando o anduviando, 30 pasos al Norte y otros tantos más al Sur. Topan con el
olmo seco, que no es un olmo, sino un baobad.
GOLONDRINA.—Tendrás que desenterrarlo tú, yo no veo casi.
Y con las uñas de esmalte y con las llagas y los dientes Wan aparta la tierra, que es
arena, y sacos de cemento, que son arena, y lluvias de estridentes pantanos con
anquilosados espacios, que es arena.
WAN.—Aquí está.
Wan sopla, busca las junturas, extrae el armiño, que es arena, y la cal de terremotos, que
es arena; acaricia, resuelve y, al fin, abre las tapas. Lee la solapa y la primera página.
GEOMETRÍA PRIMER GRADO
Nociones Prácticas de Geometría para resolver la Fórmula Madre de la Madre


Geometría es la ciencia que trata de las propiedades medida de la extensión.
Wan Li Woo, Magic Parker Klei, o, simplemente, mademoiselle, se pregunta curiosa,
entre extraviada y colérica y angustiada: ¿Qué es la Geometría? ¿Qué es la extensión?
Le da las gracias a la Golondrina ignara. Repasa la Fórmula Madre para lograr la vuelta
de su madre, una y otra vez, sin comprenderla.


15
Capítulo One. I
Wan es una especie en peligro de extinción. Como la águila imperial y el rinoceronte
blanco, o como el quetzal o como el lince. En algo, Wan es una lince. Carnicera, cerval,
bermeja y gata. Sus pies puntiagudos le otorgan un aspecto montuoso y áspero. Pero
Wan Li Woo, la dulce Wan, no es una terca incivilizada. Su madre norteamericana —
Dios la guarde en el (aporía) Cielo— y su padre zapatero le inculcaron modos y
modales. Se nota que, entre las demás, destaca Wan. Lástima que en un desierto no
tenga oportunidad de desprender su sobresaliente compostura. Wan es una niña, una
niña con velo en medio de un kimono que es desierto. Su cuello Mao y su cuerpo
elástico y achatado como un edificio en demolición la distinguen de otros aparejos del
desierto. De la arena, sin ir más lejos. O de la hiena amarillenta. Una hiena le sale a la
zaga.
HIENA.—Grrrrrr.
WAN.—¡Fuera bicho!
HIENA.—Grrrrrr.
WAN.—Fuera o le doy con la cantimplora.
Acto seguido, Wan le propina un castañazo, un coscorrón. Gradualmente, un chichón
crece en su grupa.
HIENA.—¿Por qué me pegas?
WAN.—Me quería comer.
HIENA.—¡Qué va! Sólo pretendía alejarte.
WAN.—¿Alejarme? ¿Por qué?
HIENA.—Porque te querías comer a mis crías.
WAN.—A mí no me gustan las hienas.
16
HIENA.—Pensaba que eras una carroñera cruel como Cruella de Vil.
WAN.—Yo no soy ninguna Cruella. Yo soy Wan, Wan Li Woo.
HIENA.—Qué nombre más extraño, ¿es chino?
WAN.—(Orgullosa.) Mi mama cree que algunos de sus antepasados no son de
Norteamérica2.
HIENA.—Pero... ¿eres china?
WAN.—No, no soy china.
HIENA.—¿Y por qué sabes tanto de China?
WAN.—No sé tanto de China. El desierto me divierte, porque se ha empeñado en
hablarme en chino.
HIENA.—Lo siento.
WAN.—No lo sienta.
HIENA.—Yo soy hiena si te sirve de consuelo.
WAN.—No me sirve.
Sin medida ni tasa, Wan se cruza de brazos, afligida y pesarosa. Dihidroxiacetonada,
tardía, levemente con un leve queratinado3, Wan redobla su enojo, agraviada y
ofendida.
HIENA.—Yo soy una hiena, y me forzaron a comportarme como tal. Hundo la
dentellada para mascar siquiera un pedacito de glúteo fofo. Debe ser que tengo la
menopausia.
WAN.—¿Qué es la menopausia?
HIENA.—Cuando te atiborras de cualquier mandanga y das la tabarra por una bajanada.
2
Wan, de rasgos achinados, es antepasada de Chen Kai Lu, tía paterna por parte de abuela materna de
Wong Kar-wai (director de In the mood for love). Descendiente de las fugas de las montañas de azul
intenso junto al lagrimal de las colinas, detrás de las barracas del té, en el límite de la estación de
invierno, donde las provincias de You-tzu, Kait-chec y Lu Yi alternan sus raíces ligeramente tostadas con
las hojas arrolladas. Wan es del borde del condado de Tai, del aroma de sus antepasados de Oriente que
deja pasmados como perlas de yeso a los indiferentes.
3
Es la membrana de la queratina. Se refiere a los labios de Wan que son de un naranja queratinado, que
es cálido cereza y rosa eléctrico para los labios.
17
WAN.—¿Qué es bajanada?
HIENA.—Es una palabra en catalán.
WAN.—¿Qué significa?
HIENA.—Una chorrada, una necedad.
WAN.—¿Sabe catalán?
HIENA.—Sé catalán como tú chino.
WAN.—Me cae bien...
HIENA.—Lucrecia. Me llamo Lucrecia.
WAN.—¿Una hiena que se llama Lucrecia?
HIENA.—Sí, y tú una china que no es china, Wan.
WAN.—Entonces..., ¿no me va a hincar el diente?
HIENA.—Que no, mujer. Además, te falta una pizca de azufre. Y de hierbabuena,
espliego y lavanda.
WAN.—(Mirando de reojo a Fichi, su osito.) ¿Y a él tampoco le atacará?
HIENA.—No me gustan los ositos.
WAN.—¿Y por qué está aquí?
HIENA.—Me acorraló la sociedad. Yo estudiaba Graduado Social, iba para laboralista,
pero todo el mundo me acusaba, me señalaba con el dedo, intentaban prenderme. La
turba clamaba a gritos: “¡A chirona con ella!”. Trompaos, cachetes... Salía humo de sus
neuronas. Lo único que había hecho era haber nacido hiena. Yo tengo tres hienitas,
¿entiendes?, y las he de alimentar.
WAN.—Pobrecita.
HIENA.—Sí, y me calibraron como delictiva. Wanted. Ofrecían una recompensa de
5.000 dólares y unos tantos más de leiros.
WAN.—¿Leiros?
18
HIENA.—Euros. Perdona, es que yo los llamo leiros.
WAN.—A mí dímelo en pesetas.
HIENA.—Muchas pesetas. Pero jamás me aceptaron como soy. Una hiena que necesita
su hábitat y su sabana para desarrollarse en comunidad.
WAN.—Pobrecita.
HIENA.—Sí, y por eso me vine aquí. Tengo un puesto de castañas. Son sabrosas y las
vendo a buen precio.
WAN.—Deme unas cuantas.
HIENA.—Toma estas pilongas. Te las regalo. Supongo que tú también tendrás hambre.
WAN.—Mucha.
HIENA.—Voy al gimnasio para mejorar mi autoestima. La muchedumbre te acusa y no
hay perdón. Pretenden que te rehabilites, pero no te acoge. La reinserción es una
quimera y dura menos que una pera.
WAN.—Es que se acuerdan de los disgustos que les dio.
HIENA.—Yo he matado, sí, pero para poder comer. No estoy loca. Soy una hiena.
WAN.—Una hiena buena.
Wan sierra la cáscara de las castañas con dientes como erizos. Su hambre contiene un
regimiento de hambres.
HIENA.—¿Te importa que te haga una pregunta?
WAN.—No.
HIENA.—¿Qué te pasó en la cara?
WAN.—(Miente.) Un tropezón. Me corté con un machete.
HIENA.—Ah. ¿Te importa que te haga otra pregunta?
WAN.—Adelante.
HIENA.—¿Qué haces en un desierto más cíclope que el del Sahara?
19
WAN.—Busco a mi mama.
HIENA.—A tu madre.
WAN.—¿Por qué repite lo que digo? Sí, a mi madre.
HIENA.—¿Es china tu madre?
WAN.—Es norteamericana.
HIENA.—¿Y dónde para?
WAN.—En el Cielo.
HIENA.—Eso es que está muerta.
WAN.—Mi mama está viva.
HIENA.—(Incrédula.) Sí, seguro, y estará en el cielo mascando chicle. Una poetisa dijo
que el Cielo es una transparencia de tul, pero yo sé que es un cepo.
WAN.—Está viva. Sólo he de hallar la respuesta a esta Fórmula.


WAN.—¿Puede contestar a alguno de estos símbolos? Tengo las respuestas en el Libro.
HIENA.—¿Qué Libro?
WAN.—Geometría Primer Grado. Me ayudó a encontrarlo una Golondrina ciega, y no
entiendo nada.
HIENA.—Déjame ver.
La hiena lee.
EL NÚMERO ALFA ES...
La línea puede ser recta, curva, quebrada o mixta.
20
Wan anda a la rebatiña con las preguntas, extasiada y con la boca seca: ¿Cómo puede
ser la línea? ¿Qué es línea recta? ¿Qué es línea curva? ¿Qué es línea quebrada? ¿Y línea
mixta?
WAN.—¿Ha entendido algo?
HIENA.—Es fácil. Alfa es la voluntad del logaritmo neperiano de la exponencial de 34.
WAN.—¿Eso es un 3?
HIENA.—Sí, eso es un 3.
WAN.—Gracias, Lucrecia.
Wan Li Woo, Magic Parker Klei o, simplemente, Mademoiselle, sabe ahora que su
Número Alfa, ese nudo con forma de hiedra, vale tanto como un 3. Escribe su valor en
la Fórmula Madre. El secreto de la griega Alfa, termópila Alfa. Wan Li Woo coge ese 3
de sumar 1 + 2 con la suma del sumo cuidado y lo pega en la división.


Escoge una paloma blanca de su mochila. Le pone el nombre de Cecilia, en recuerdo de
la mujer admirada por su madre Cecilia Roth. Ata el papel a la patita. La acaricia, la
besa, la bendice, le dice a la paloma: “Tráeme a mi mama”. Cecilia echa a volar.
4
ln(e3 )
21
Capítulo Two. II
Wan se aposta en una piedra de sillería gruesa como el campo. En medio del desierto,
con velo, una niña dentro de un velo. En el desierto despoblado, solo e inhabitado, el
Conde Dracu subasta sus colmillos al mejor postor, contando con los dedos: “Uno, dos,
tres, cuatro... ¡Cuatro! ¡Ja ja ja!”. A carcajadas insalubres y sin dentadura. La niña
acerca su hocico y le pregunta en silencio —debajo de una luna raquítica y de un sol
desbocado como una yegua briosa de portento— que qué le ocurre al señor, que ríe por
no llorar, tan pedregoso e inútil, porque no hay suficientes huecos donde quepa su
dentellada, quijada y mordisco, capaz de llenar vasos vertebrados de cubos de sangre de
color rojo, arterias espesas y venas de color rojo vibrante... Una dentellada capaz de un
atracón, hincada en el plasma y en los corpúsculos de hematíes limpios, primarios. El
Príncipe, el Conde Dracu.
CONDE DRACU.—No es justo, no es justo. Ni siquiera puedo morderme la lengua.
WAN.—¿Qué le duele, señor?
CONDE DRACU.—Señor Dracu, si no te es molestia. Me duele que ni siquiera tuve un
bautismo. Como el Demonio me hizo así... En una balsa me recogieron y vete tú a creer
lo que de mí cuentan.
WAN.—Que chupa la sangre.
CONDE DRACU.—Los ladrones de las multinacionales también la chupan y son honra y
valor para cumplir las obligaciones. A ellos les respeta la Declaración Universal de los
Derechos del Hombre. (Se pone la mano en la galta, y se entrevé entre los colmillos una
resina encarnada. Colmillos como troncos como ovillos astringentes. Dilatados como el
crisantemo. Calmosos como la espalda de un vagón.) Yo, que siempre he sido resentido
22
y me ha conmovido la venganza, busco la serenidad y la tranquilidad del espíritu. Ya no
soy lo que era.
WAN.—No diga eso, señor Dracu.
CONDE DRACU.—¿Que no diga eso? ¿Cuándo has sentido oír que Drácula, la Majestad
Satánica, la Alegría del Arrebato y el Obsequio de los Pavos, el Mármol de Grandes
Manchas Blancas, la Pesada Primera Línea de los Contendientes, el Ardor de la Cabeza
y la Cólera, la Premeditación y el Cálculo de los Pacientes, el Fuego, el Atropello...
tenga dolor de muelas? Hoy me he de bajar los pantalones a los talones o a los zancajos,
porque me duelen las muelas del Juicio Final.
WAN.—Mi mama me curaba con un algodón empapado en coñac.
CONDE DRACU.—¿Brotaba sangre de ese coñac?
WAN.—No, ¿por qué?
CONDE DRACU.—No, por nada; es que la intensidad y la pasión, la ira y el dolor de la
sangre me ennoblecen. Cuando bulle, cuando chorrea, o caliente y de buenas
referencias... Un Duque, por ejemplo, figúrate, un Duque Azul con sangre azul zafiro.
WAN.—A mí me iba bien, me calmaba el dolor. ¿Ha ido al dentista?
CONDE DRACU.—Por Dios. ¡Uy! Lo siento, se me ha escapado. Anticristo soy. ¿Yo al
dentista? ¿Qué dirían en Tasmania y en Transilvania?
WAN.—Las personas a las que les duelen las muelas han de ir al dentista. ¿Se lava los
dientes tres veces al día?
CONDE DRACU.—No, utilizo un hilo dental que me saca los restos del naufragio y la col
de Bruselas.
WAN.—No es suficiente, se ha de cepillar bien las encías, de arriba a abajo y no de
izquierda a derecha.
23
CONDE DRACU.—Mis colmillos son agudos y fuertes, incisivos, como las garras de un
león de Nairobi, y tienen cuernos los dientes y mandíbula de elefante mis dientes. Mis
colmillos son fortalezas, son temidos y respetados, y lo demás son fanfarronadas.
WAN.—Pero tiene caries.
CONDE DRACU.—Es verdad, niña, tengo los colmillos retorcidos, hace trienios que
están engastados y gastados, y han dejado de servir, han quedado al descubierto las
puntas y los picos de la escotadura. Están cortados, hechos trizas, vestidos con ropas de
deshecho y ricino con cuello. ¿He dicho cuello?
WAN.—Sí.
CONDE DRACU.—Gloria pasada. Cuello... (Pensativo.) Antes, mis colmillos eran armas.
Hoy no se lanzan ni a los cuellos, ni mueven al pánico, ni abren tablas, y son pequeños
como una escotilla. Cercenados, evaristos, renacuajos, menudos, adarajos. Antes, se
codeaban con las sierras y las ruedas y los peines. Hoy son dientes de postín y de teatro.
La tramoya, el carnero, la matriz son mis dientes. No dan saliva ni para los bordes de
los sellos, ni trepan por las gradas de los cementerios, y se pliegan y se retiran y se
quedan en blanco, albos, incluso cuando hay muchachos estoposos, a base de sopas, y
frescos cerca.
WAN.—Vaya al dentista, ¿o tiene miedo de ir al dentista?
CONDE DRACU.—¡¿Yo?! ¿Miedo, yo? ¿De qué? Que sepas, niña, que en los triscados
sierros de Malasia y en Guantánamo he sido feroz como los caninos y le he cortado la
cabeza a los ajos. Los trapos sucios he masticado y he separado la cáscara de la pulpa y
he visitado particulares feldespatos. He clavado con avaricia de vampiro el mentón en
los boniatos, con bruñidores de ágata y doradores.
WAN.—Que bien habla, señor.
CONDE DRACU.—Señor Dracu.
24
WAN.—Que bien habla, señor Dracu.
CONDE DRACU.—La elegancia, chiquilla, la elegancia. Por cierto, ¿no tendrás dientes,
tú, de leche?
WAN.—Se me cayeron.
CONDE DRACU.—Qué lástima, si tuvieras dientes de leche me tomaba un vaso medio
lleno ahora mismito. Con unas hierbas compuestas que me preparo, con hojas radicales,
subversivas, y lampiñas, y algún lóbulo lanceolado5. Viertes la leche y las flores de
largo pedúnculo y la semilla del milano y remenas.
WAN.—¿Está bueno?
CONDE DRACU.—Está de rechupete. Hasta los lobos la toman cuando son lobeznos. Y
los pájaros desiguales van a Granada a buscar los ingredientes. Allí, el profesorado
enseña a su alumnado la lista de la compra, alternando los unos con los Hunos. Y el
clavo, y el martillo. Luego está el secreto.
WAN.—¿Cuál?
CONDE DRACU.—El formol. Es un poco agrio, pero da unos salientes adornos en forma
de prismas y de cuñas que atraen a los solípedos molares.
WAN.—¿Los molares están antes de los premolares?
CONDE DRACU.—Sí, como los que molan están antes que los remolones.
Wan Li Woo ríe.
CONDE DRACU.—Y ahora, ¿qué te hace gracia?
WAN.—Es que lo que dice me da risa.
CONDE DRACU.—Pues no es ningún chiste. Los dientes aguzados previenen. Los
dientes alargados disponen. Te voy a recitar la Seguidilla del Diente:
5
Lóbulos de los caballeros de la Tabla Redonda de Lancelot.
25
La dentera de los dientes es vehemente.
Los dientes se arman a regañadientes.
De picos pardos van los dientes.
A diente arrendado, diente empastado.
Dientes ganados, Pace.
Dientes encuadernados en pliegos de dientes.
Dientes del borde, mis dientes.
Dientes impacientes, mis dientes.
Diente con diente, mis dientes.
Entre dientes, mis dientes.
Muestra los dientes, y un centenar de neumáticos del París-Dakar pasa por el desierto
como una exhalación huracanada. El Conde Dracu se reincorpora.
Dientes de bulero. Un comino de dientes.
Dientes nacidos para dientes.
Dientes mascados, manejo de dientes.
Dientes apropiados.
Mis dientes están acreditados.
Mis dientes se untan de dientes.
Mis dientes son coquetos.
Se pelan de frío mis dientes.
Me rechinan los dientes.
Ojerizas en mis dientes.
Con que zahiera mis dientes, ja, uno moriría.
Dientes de ambiente.
A la Legión, mis dientes.
26
Dientes blasonados.
Dientes de contienda.
Dientes bulliciosos
Dientes exaltados.
Dientes derramados.
Heredados dientes.
Vengativos dientes.
Dientes burlescos.
Dientes irritados.
Dientes que se arrojan al diente, en el empeño diente.
Chinches en los dientes.
Dientes colorados.
WAN.—(Wan aplaude.) Qué poema más divertido.
CONDE DRACU.—Seguidilla, no confundamos. Aplaudes bien, Paola.
WAN.—Yo no soy Paola, soy Wan, Wan Li Woo. En realidad me llamo Parker Klei,
pero me gusta llamarme Magic Parker Klei, aunque puede llamarme Mademoiselle.
¿Quién es Paola?
CONDE DRACU.—Una jorobada con chepa. ¿Estás tú jorobada, Magic Magic?
WAN.—No.
CONDE DRACU.—¿Ni jorobada ni escarmentada de estar en este desierto?
WAN.—Tanto como eso...
CONDE DRACU.—Entonces, ¿qué haces aquí, con una cicatriz en la cara, joroba?
WAN.—Busco a mi mama. (Miente.) La cicatriz es de un susto.
CONDE DRACU.—¿Se ha escapado de casa tu madre?
WAN.—Subió al Cielo.
27
CONDE DRACU.—Eso es peor.
WAN.—Tengo este Libro para traerla. Me ayudó a encontrarlo la Golondrina ciega, y he
conseguido hallar la pista de Alfa, que es 3, gracias a mi amiga Lucrecia.
CONDE DRACU.—¿Quién es Lucrecia?
WAN.—Una hiena, una hiena buena.
CONDE DRACU.—A ver, trae pacá.
La boca de Drácula es un majano de cantos sueltos. Drácula lee, porque es sano leer.
EL NÚMERO BETA ES...
Ángulos contiguos son dos ángulos que tienen el mismo vértice y un lado común.
Wan se pregunta, porque ni pajotera idea tiene: ¿Qué son ángulos contiguos?
WAN.—¿Entiende algo de lo que pone?
CONDE DRACU.—Es fácil. Te viene a explicar lo que representa el seno —el otro
seno— de menos pi6, que es...
WAN.—3.
CONDE DRACU.—No, señorita. Es 0. El Número Beta es 0.
WAN.—Gracias, Conde Dracu.
CONDE DRACU.—¿Puedo hincarle los dientes a ese?
WAN.—¿A Fichi? (Alarmada.) Claro que no.
Wan Li Woo, Magic Parker Klei o, simplemente, Mademoiselle, sabe que su número
Beta, la palanca Beta de la rima con seta, vale tanto como el seno de menos pi. Anota el
mínimo 0 en la Fórmula Madre. El secreto de la griega Beta, la profana Beta. Wan Li
Woo coge ese signo nulo 0 con ceremonia y lo introduce en el quebrado.
6
sin(  
28


Escoge una paloma blanca de su mochila. Le pone el nombre de María, en recuerdo de
la mujer admirada por su madre María Zambrano. Ata el papel con la Fórmula copiada a
la patita. La acaricia, besa la paloma, la impulsa, la adoctrina, la bendice: “Tráeme a mi
mama”. María echa a volar.
29
Capítulo Three. III
Wan camina durante siete días y siete noches y, en la séptima noche del séptimo día del
séptimo mes del calendario ultraortodoxo, suspira. Se siente agotada, como si le
hubieran hecho la manicura. Divisa un paraíso que es un oasis, y una tarta de queso y
manzanas encima de una torre. Por supuesto, no existe el oasis. A duras penas puede
con su alma y su espíritu de bien y de progreso se ha agotado exhalando el aldabonazo
de la campana. La noche se le acerca como si se hubiera puesto medias negras. Oye el
piar de los jilgueros y el sonido del gruñir de los mantecados se le aprieta en la garganta
como una pella de masa. La cabeza le da vueltas y otras niñas amigas suyas hacen el
corro de la patata entorno a ella. Wan se agacha y se vuelve a agachar.
Al corro la patata
comeremos ensalada,
la que comen los señores
naranjitas y limones.
Alupé, alupé, alupé
sentadita me quedé.
El mareo es un perro que se muerde la cola. Wan duerme desplomada a la sombra de los
ángeles terribles del desierto.
No sigas, le advierte un aullido interminable.
AULLIDO INTERMINABLE.— No sigas.
Despierta Wan.
GENDARME ANTONIA.—Hola, me llamo Antonia.
El desierto bosteza. Una raya de acero ha pervertido el paisaje. Con velo, en medio del
desierto, una niña y un velo. En medio del desierto, entre el calor de la arena y la arena
30
acalorada, se ha instalado una frontera. Una valla metálica con el dorso corpulento y las
antenas puntiagudas y las agujetas a flor de piel. Un entrante de pinchos bien
condimentado, con salsa de arándanos oxidados y una verjas al pil-pil. El Estado A,
Desierto, y el Estado B, Desierto. Una frontera suicida que corta el aliento y divide. El
escorpión pierde su aguijón: se queda en el otro lado cuando levantan la montaña de
acero. La sanguijuela se confía a la Providencia, porque sus criaturitas quedan
desorientadas en el Estado B. Ella quedó arrinconada en el Estado A. La raya traza su
visual monotonía sobre un nido de cuclillos. La franja horaria se marca una agenda de
horas y minutos. La arena rocambolesca, que es desierto, solicita más soltura y amenaza
con vaciar de contenido fluvial la Amazonía.
En medio del desierto, decenas de rejas con la indumentaria del araucano, de la avispa
acinturada con el insinuante escote de Marilyn Monroe y de la cebra traviesa se enlazan
en armonía imperfecta. Rejas tan altas como la cárcel nefanda de Chinchilla. Caracoles
se deslizan con sus viviendas en espiral, en calidad de nómadas. Una caravana de peces
plectognatos toca la armónica y el acordeón y entra en el metro.
PLECTOGNATOS.—Otra, Sam.
La frontera es un vallado eléctrico que impide el paso libre de las personas. Antonia es
la que se encarga de examinar a los extranjeros que desean cruzarla. Tiene aspecto
desnutrido, de semáforo rojo y de secta desconocida. Pantalones pitillo, vestido de
anillas, un piercing pícaro y unos ojos saltones que le aseguran la visión de una
panorámica perfecta. Con sandalias de plataforma y cordón trenzado, tras la taquilla,
atenta al detector de pensamientos y sujeta a su dragón de nombre Gordon.
GENDARME ANTONIA.—Hola, me llamo Antonia. ¿Cuál es tu mensaje?
WAN.—¿Mi mensaje?
GENDARME ANTONIA.—Tu mensaje, ¿cuál es tu mensaje?
31
WAN.—¿Pretende decir mi nombre?
GENDARME ANTONIA.—No, tu mensaje. Aquí no aceptamos Pedros, Juanes, Lolas o
Manuelas. Debemos seguir los trámites que los acuerdos bilaterales entre los dos
Desiertos han acordado. El mensaje será para ti tu salvación o tu condena, depende de lo
que podamos descifrar de él.
WAN.—Yo me llamo Wan Li Woo, aunque puede llamarme Magic Parker Klei, o, si lo
prefiere, Mademoiselle.
GENDARME ANTONIA.—Tu mensaje es muy largo. Mademoiselle me gusta, ¿es
francés?
WAN.—De París, mi mama era norteamericana.
GENDARME ANTONIA.—Sería parisina...
WAN.—Norteamericana. (La madre de Wan lucía un collar de lentejuelas que era la
Feria de Sevilla. Una corte de Arturos le servían café en Montmartre.)
GENDARME ANTONIA.—Tu madre debía de ser una gran mujer. (Quiere decirse una
madre-madre recostada sobre fondo azul y que mima a la infancia.) Mis hijos sólo
recibieron de mí balas en el corazón.
WAN.—¿Los ha matado?
GENDARME ANTONIA.—No, niña, no. Digo que mis hijos sólo guardan penas de
alguien como yo. Se fueron. Desde entonces, una legión de insomnio que se ha cerrado
con llave.
WAN.—Sus hijos seguro que la adoran.
GENDARME ANTONIA.—Las penurias de la isla donde vivíamos les pusieron contra mí.
WAN.—¿Por qué?
32
GENDARME ANTONIA.—Porque querían zapatillas deportivas de marca. Marcharon, no
sé como, y rompieron toda comunicación conmigo hasta el punto de que los telegramas
que envío a todas las regiones del globo terrestre me llegan sin respuesta.
WAN.—¿No sabe dónde han ido?
GENDARME ANTONIA.—No, y he telegrafiado a cada capital de cada Estado. Mi
problema es que hay muchas regiones sin capital (Palestina, Kurdistán, Afromán, los
yanomami...).
Se le enjuagan los ojos y el vidrio se deshace en pañuelos.
WAN.—Ya verá como vuelven.
GENDARME ANTONIA.—Ya veremos, hija, ya veremos.
WAN.—Llevará bozal, ¿no? —desconfían, Fichi y Wan, del dragón Gordon.
GENDARME ANTONIA.—Tranqui tronqui, no muerde, sólo pelllizca con tres eles. Oye,
¿qué te pasó en la cara?
WAN.—(Miente.) Me di con un termo, bueno, con un termostato de esos.
Wan expide su pasaporte a Antonia, una mujer dominicana de cincuenta y tantos con
una blusa sugerente y volátil. El visado lo ha de llevar en regla, pero su condición de
ilegal le impide continuar. Para colmo, los pies de Wan son tortugas. Las llagas le han
formado un caparazón. Le extiende a la señora Gendarme unos papeles que su abuela le
había metido en la rebeca, con un sello oficial de la República de Nunca Jamás y un
membrete con las estrellas de la Unión de los Estados Contiguos del Atlántico Sur. La
señora Antonia, junto a su mascota Gordon, con muestras de estupefacción, examina el
grabado, deteriorado por la implacable erosión y por el apetito de las termitas y los
Diplodocus. Consulta con su superior, y en medio del desierto se oye un eco portuario
de mar abierta y salada. La voz le invita a pasar al otro lado del desierto, al Desierto B.
GENDARME ANTONIA.—Puedes pasar. Te damos permiso.
33
WAN.—Gracias. Volverán niños.
GENDARME ANTONIA.—¿Cuando los veré?
Wan enseña los pies, y primero pasan los pies. Enseña los tobillos, y después pasan los
tobillos. Enseña el pecho, y después pasa el vientre. Después pasan los antebrazos y
luego los brazos, los antehombros y luego los hombros y, por último, las castañuelas del
pelo de tomillo. Después pasa Fichi.
Por fin, al otro lado. El alivio es una trilogía: aspirar, conservar, expirar. Wan está
aliviada y contenta. Sus papeles, en regla. Ahora pende de la suerte. Estudia el Libro
Geometría Primer Grado que le ayudó a conocer la Golondrina ciega, donde puede
hallar la solución a sus muchas incógnitas.
Wan lee, a pesar de no entender.
El NÚMERO GAMMA ES...
Dos rectas pueden ser entre sí perpendiculares, oblicuas o paralelas.
A Wan se le ha metido la friolera del frío del desierto, que es calor, y no hay sopas de
ajo en el desierto. Wan se pregunta qué demonios y dragones y mandrágoras significa
Gamma: ¿Cómo pueden ser entre sí dos rectas? ¿Cuándo son dos rectas perpendiculares
entre sí? ¿Cuándo son oblicuas? ¿Qué son rectas paralelas?
En la tarjeta de embarque, la gendarme Antonia le ha puesto el Número Gamma en una
reunión de memorandum sobre la tangente de pi7: 0. Gracias a la hiena Lucrecia, que la
arrinconaron con mala fe, y que le facilitó Alfa, que es 3, y gracias al Conde Dracu, que
descubrió Beta, que es 0, ahora posee Gamma, que es lo mismo que Beta, 0, y que se lo
ha dado —se agradece— una Gendarme en la frontera entre los Desiertos A y B, aunque
7
tan( )
34
Wan pensara que el 0 era un 3. La sospecha se confirma cuando comprueba que el
Número encaja en el puzzle de la Fórmula Madre.


Escoge una paloma blanca de su mochila. Le pone el nombre de Victoria, en recuerdo
de la mujer admirada por su madre Victoria Kent. Ata el papel a la patita. La complace,
la besa, la insufla, la impulsa, la adoctrina, la bendice, enternece a la paloma, le dice:
“Tráeme a mi mama”. Victoria echa a volar.
35
Capítulo Four. IV
Wan tiene un antojo. Ella nunca ha contemplado una estrella fugaz, de esas que corren
que se las pelan y que apenas da tiempo para pedir un deseo. Espera que se le cruce una
en la noche de puntitos estrellados. Aguanta estoicamente con la esperanza de que el
deseo que pida se cumpla. Su deseo es su madre. Una niña con velo en medio del
desierto. No hay estrella fugaz. Hay Estrella de Belén. El cometa que guía a Melchor,
Gaspar y Baltasar al establo donde se anuncia al Niño Jesús se coloca en la coronilla de
la niña como un OVNI. Ilumina igual que un árbol de Natividad. La Estrella Superna de
Belén adorna la oscuridad y le otorga un cierto encanto, como de ensueño al que hacer
gala. Es una colosal virtud puesta contra los holocaustos de los hombres, una lección de
moral y de optimismo, una inyección de maternidad sobresaliente que abraza con su
fulgor resplandeciente al orbe y a las escaleras de vecinos de las ciudades y de los
poblados. Un caramelo de papel aterciopelado lavanda y cerúleo, que es el cielo
despejado después de la tormenta tempestuosa. Un discjoquey pincha la canción aquella
de los Reyes Magos que van siguiendo la Estrella, una canción en inglés que le gusta
mucho al primo de Wan8. Una cascada de deslumbramiento, una mirada de perdón y la
paciencia de la misericordia del cristianismo antiguo. Wan se queda boquiabierta y se le
desprende un piano de sonrisas, una composición de placidez y cándida gracia. Le
inspira un presentimiento, una seguridad en lo que hace. Es como un parto astronómico
que le viene a impactar en su resuelta cara, rajada por un cometa surfista. El summum de
la gloria lo atestigua el convencimiento en su misión incomprendida y absolutamente
inútil: La luz es una balada, una actuación de silábicos desgranados en vocales, una
garganta profunda, una sepia con la tinta maorí del calamar, una alucinación de bondad
8
The Power of Love, de Frankie Goes To Hollywood.
36
y el museo del cargo de la guitarra. La Estrella de Belén, proveniente del cúmulo estelar
M 13, en Hércules, el más bello del hemisferio celeste boreal, clama a los tendones del
universo con la rabia de Álvarez del Vayo: “Siento perturbaros la siesta tranquila de los
que no quieren darse por enterados de que la guerra está ya ahí”. Trae un mensaje
mesiánico de parte de El Mártir:
No diré que vamos a vengarte,
amigo muerto por el hierro airado.
Porque pasaron tantos años,
tantos traidores y descastados,
y días de tristeza, tantos,
que ya no sabríamos en quién vengarnos.
Solamente diré
que te recordamos
y procuramos
seguir tus pasos,
pero por otros caminos que no lleven
a los bosques de los cuchillos afilados.
(Celso Emilio Ferreiro)
Acontece que la niña, Wan Li Woo, con ojos hawaianos y chinescos, con rasgos
orientales de organza de desierto, con madre acaudalada del condado de Yorkshire de
Nueva Inglaterra, en los Estados Unidos de América, alza la pancarta en la que con
lápices de arena de madera de ébano ha escrito: “Help me!” (“¡Ayúdame!”). Wan busca
en la Estrella lo contrario de la saña y del maltrato, y, sobre todo y ante todo —sobre las
37
salpicaduras de los ausentes y ante las sombras de los cortijos caciquiles— una
respuesta a una Fórmula, una respuesta a un interrogante. Su madre, su madre.
La parte menguante del satélite blanco, la Estrella, se enfurece. ¿Quién es esa chiquilla
estúpida que pide más que el Banco de España? Por la puerta artesonada de la fachada
de la catedral aparece la Luna, vestida de blanco, de punta redonda, dispuesta a darle un
tortazo a Wan. Aparta de una manotazo a la Estrella de Belén y se encara a Wan con
malos modales. Una enorme indignidad florece en los lamparones sin compañía de la
jovencita. Wan se impregna de soltura y le responde a la Luna estas palabras:
WAN.—Señora Luna, usted a mí no me tiene que decir lo que tengo que hacer. (Wan no
es de cristal, y le hacen daño sus comentarios.) No me meto con...
LUNA MENGUANTE.—¡Mentira! ¡Eso es mentira! Estás poniendo en duda el sentido
universal y haces que la gente pueda soñar con ahínco. ¿Que no te metes con nadie? Los
murciélagos están asustados.
WAN.—¿Por qué?
LUNA MENGUANTE.—Por tus poses y tus caricias de margarita voluptuosa.
WAN.—Busco a mi mama.
LUNA MENGUANTE.—Yo busco al Astro Rey y jamás ha contestado a mis llamadas.
¿Qué te hace tener esperanza?
WAN.—Que es mi mama.
LUNA MENGUANTE.—¿Y tú quien eres?
WAN.—Wan Li Woo.
La Luna, en su fase de grilling, intenta derrumbar a Wan con sus impertinencias.
LUNA MENGUANTE.—¿Quién te ha puesto la cara así de fea?
WAN.—(Miente.) Me lo hizo un saltimbanqui del Cirque du Soleil.
LUNA MENGUANTE.—¿Y ese enano?
38
WAN.—No es ningún enano.
LUNA MENGUANTE.—¿Un duende?
WAN.—No es ningún duende.
LUNA MENGUANTE.—¿Un nomo?
WAN.—No es ningún nomo.
LUNA MENGUANTE.—¿Un elfo?
WAN.—No es ningún elfo.
LUNA MENGUANTE.—¿Una hada?
WAN.—No es ninguna hada. Es mi osito y se llama Fichi.
LUNA MENGUANTE.—Interesante —el osito oceánico de copra ni se inmuta.
WAN.—Él me acompaña en este viaje.
LUNA MENGUANTE.—¿De qué medios dispones para encontrar a tu madre?
WAN.—Del Libro que me ayudó a desenterrar la Golondrina ciega. Aquí está la
Fórmula9.
LUNA MENGUANTE.—¿Qué te falta averiguar?
WAN.—Por ahora, si supiera entender el Número Delta.
LUNA MENGUANTE.—Todo sea por que te vayas, niña pija.
La Luna accede y procede. Lee, y la lectura le sienta bien.
EL NÚMERO DELTA ES...
La perpendicular es menor que cualquiera de las oblicuas.
Wan se pregunta, amilanada: ¿De qué medios nos valemos para trazar perpendiculares?
WAN.—¿Qué?
9
Alfa, que es 3, se lo supo resolver su amiguita la hiena Lucrecia, que no es mala pese a ser una hiena.
Beta, que es 0, se lo supo resolver el Conde Dracu, que ha perdido sus muelas. Y Gamma, que es 0, lo
solucionó ayer el memorandum que le otorgó Antonia, la Gendarme de la frontera.
39
LUNA MENGUANTE.—¿Qué de qué?
WAN.—¿Que qué es Delta?
LUNA MENGUANTE.—Yo, que estoy instruida en el manejo de las lindeces, sé que Delta
es la menos raíz cuadrada de 8110. ¿Cuál es la menos raíz cuadrada de 81?
WAN.—3.
LUNA MENGUANTE.—Es - 9.
WAN.—Gracias, Luna.
El Número Delta, -9, lo incluye Wan en la pizarra de la Fórmula Madre.


Escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de María Teresa, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre María Teresa León. Ata el papel con la Fórmula copiada a la
patita. La mima, la anima, la insufla, robustece las mejillas saludables de la paloma, la
cede, la bendice, la enternece, le dice: “Tráeme a mi mama”. María Teresa echa a volar.
10
 81
40
Capítulo Five. V
Wan se obliga a trabajar hasta le extenuación, agotándose hasta el timbre y la estambre
del tigre y de la bengala, con el riesgo de perder su carácter de fiera. En medio del
desierto, una niña en su velo. Wan da tumbos y, entre bandazo y bandazo, la sirena de
un barco mercante golpea con insistencia en sus oídos. Un barquito varado cargado de
melones. O un barquito cargado de semillas de sésamo. O un barquito cargado de
lámparas estilo rococó. La cuestión es que un marinero despistado con la barba hasta la
arena y el traje rayado de azul y blanco, de lycra y de neopreno, y con bermudas, le
pega a la sirena con empaque y brutal decisión. El marinero coge sus anteojos y su
catalejo, para los motores —que hasta entonces levantaban surcos en la arena— y la
llamada de auxilio le infla los pulmones.
CONTRAMAESTRE.—¡¡¡Niña al agua!!!
WAN.—Perdone, señor... (Se tapa las orejas diminutas.)
CONTRAMAESTRE.—¡¡¡Niña al agua!!! ¡¡¡Los botes, vamos, a estribor!!! ¡¡¡Los
salvavidas!!!
WAN.—Señor, perdone. (Alzando el cuello desmontado.) No me estoy ahogando.
CONTRAMAESTRE.—¡¡¡Grita más, que no te oigo!!!
WAN.—-¡Que aquí no hay agua por ningún lado!
CONTRAMAESTRE.—¡La deshidratación te está enloqueciendo. Estás delirando; el mar
es traicionero, como el vino. Te echaré un amarre, agárrate a él!
WAN.—Bueno.
41
Con el estirón de su muñeca, Wan asciende de sopetón a la cubierta, cargada con la
zamarra de palomas de su mochila bandolera y el osito de peluche Fichi, que lleva el
nombre de la isla11 que Wan nunca ha visitado pero que imagina.
CONTRAMAESTRE.—A bordo estás de mi buque. ¿Qué te parece?
WAN.—Muy grande.
CONTRAMAESTRE.—Y suntuoso. Acompáñame al camerino. Allí te prepararé un
chupito delicioso de menta y jalisco.
WAN.—No puedo.
CONTRAMAESTRE.—¿Por qué?
WAN.—No debo aceptar cosas de desconocidos.
CONTRAMAESTRE.—Es verdad. Pero ahora que nos estamos conociendo, te prepararé
un cóctel de menta y jalisco.
WAN.—¿Puede ser sólo de menta?
CONTRAMAESTRE.—¿Desprecias acaso el jalisco?
WAN.—Es que me hace mal a la barriga.
CONTRAMAESTRE.—Qué juventud débil. (Le pone el chupito de menta, acompañado de
batatas, coco y mandioca.) Aquí estoy yo solo. Antes constituíamos una tripulación de
robustos marineros. Pero el Capitán los despidió y los arrojó por la borda. Los tiburones
se los zamparon. Mojaron hasta los huesos. Les chifla la carne humana.
WAN.—¿Y usted se salvó?
CONTRAMAESTRE.—Yo me rebelé e inicié la Revolución Proletaria y Marinera. La
primera Revolución Proletaria Marinera de la clase.
WAN.—¿Ganó?
11
Islas Fidji, miembros de la Commonwealth, en la Polinesia que visitó James Cook.
42
CONTRAMAESTRE.—Depende. Nadie me siguió. Se asustaron. Pero ganar, gané.
Depuse al Capitán, le leí el bando de guerra, le expliqué las nuevas normas de la nueva
estructura: que el bienestar es un fin y que la expropiación es un medio; que el derecho
al bienestar justifica mi revolución social; que la riqueza de unos ya no estará formada
por la miseria de otros... Y entonces le monté un juicio, le leí los cargos, le reproché su
ambiciosa corrupción y avaricia de poder y la dictadura que oprime a los desvalidos...
Él se defendió y yo le acusé, y le sentencié a una pena ejemplar.
WAN.—¿Cuála?
CONTRAMAESTRE.—La Pascuala. Se dice “¿cuál?”. La pena consistía en saltar por la
borda y que se diera un chapuzón como él había hecho con mis camaradas.
WAN.—¡Qué salvaje!
CONTRAMAESTRE.—No, niña, no es salvajismo. Es justicia. ¿Justicia? ¡Es caridad!
WAN.—¿Cree eso?
CONTRAMAESTRE.—Seguro. Justicia es el tesoro enterrado en las Comunas. Es el
aposento pequeño donde cabe una marta cebellina. Yo me he machacado los músculos
durante más de 50 años en galeras de vela y remo, soportando el peso de la quilla y
calándome con las olas latinas. Pedí el traslado, harto de los achaques. Me trajeron al
fogón de las calderas, al cuarto de los motores, absorbiendo el combustible. Preferiría
estar en el Indostán que guarnecido con las espátulas de las hélices. Yo me rijo por mis
reglas, que también son tus reglas.
WAN.—¿Qué reglas son esas?
CONTRAMAESTRE.—Para alcanzar el pleno anarquismo hay que hacer dos cosas
fundamentales: derribar al gobierno constituido y negar el salario mínimo
interprofesional.
WAN.—¿Por qué?
43
CONTRAMAESTRE.—Porque el sueldo es una partición que implica un desdoblamiento
de la personalidad insoportable.
WAN.—No entiendo.
CONTRAMAESTRE.—Pues que no hay distinción entre los trabajos, tanto si son simples
como si son complicados. Se puede llegar a ser científico o mecánico industrial
contribuyendo de igual modo a la caja de resistencia. ¿Comprendes?
WAN.—Lo de la “caja de resistencia” me suena bien.
CONTRAMAESTRE.—Así que quien quiera podrá escribir y quien quiera podrá
pintarrajear. A él le daremos una cuartilla y a él un lienzo y un pincel. Los pájaros
dejarán de estar enjaulados. Nos inmiscuiremos.
WAN.—Inmis... ¿qué?
CONTRAMAESTRE.—Inmiscuir. In-mis-cuir. Con una ene, una eme y tres íes. Como
Mimí o Gigí. Tú eres el futuro.
WAN.—¿Qué significa inmiscuir?
CONTRAMAESTRE.—Cuando tengas 92 años lo sabrás. Atiende: tú eres el futuro, la
navegación pitagórica y el cuaderno de bitácora.
El hombre, la grúa, con su camiseta blanca de rayas horizontales paralelas, ha integrado
sus cartas marítimas en un volumen que publicó El Jueves. En él especificaba el día y la
hora de la asamblea a la que deberían acudir, por su extremada gravedad e importancia,
las jarchas, el velamen y la quilla. El timón y el codaste estaban convocados; el casco, la
peana y las amuradas también. El espejo de popa, tan cursi y relamido, y el eje del
molinete de Sancho y don Quijote. Se envió un telegrama urgente y una remesa de
cartas a: la ciudadela, los mamparos, los remaches, el cáncamo, los bitones del cabillero
(recién nombrado Lord Cabillero Mayor), los botes autohinchables y portamaletas, la
mesana, los escobenes de las anclas, los aparejos y las gateras, las anclas de las ranas y
44
el tragaluz de Antio Buero Vallejo; los cadenotes, la troza de las vergas, la botavara, el
trinquete, el velacho, el cangrejo y el nervio de la trinquetilla desquiciada. El foque, el
enfoque, los palos de la baraja, el petifoque, los obenques, los chipirones, las brazas, las
anillas, la escota, el escote y la bandera.
La primera convocatoria estaba fijada para las ocho horas, y la segunda convocatoria
estaba fijada para las ocho horas y hora y media. Una tormenta de espuma de nieve y
celemines en medio del desierto desbarató los planes del marinero, que es el Primer
Ministro de la República Popular Bananera; él, que es el Timonel con Megáfono; él, el
Compositor y Biógrafo del Ismo-Ninismo; él, el Presidente de la Junta; él, la Autoridad
Competente y el Atolón Oceánico; él, el Comisario Político. Su enunciado era el
siguiente, clavado a las tres de la tarde del día de después de la tormenta —el frustrado
D+1— en el tablón de anuncios de cubierta:
“Hoy, viernes, quíntuple en el calendario gregoriano, hago público e
INFORMO
Que la Masa es científica y que su prioridad es exigir el encuentro, el colectivismo y la
marcha forzada. Su buen sentido y su instinto nos animan. Desde la Prehistoria se ha
apuntado en la dirección equivocada. Las observaciones capciosas e imprecisas
orbitaban en hallazgos estelares. Los cuerpos de tamaño planetario flotaban hasta
entonces. Desde el Mezozoico, los embriones fallidos se alejaban por la oscilación del
método y jugaban a voleibol-playa. La longitud submilimétrica entre las ondas y mi
espacio era una nebulosa que impedía la visión y la alta cosmética. La Masa ha sido
rechazada por su poca levadura. ¿Donde están las masivas protestas? ¿Dónde está la
sensibilidad por el menor de los hermanos? ¿Y la justicia?”...
WAN.—Tengo sed, Capitán.
Wan toma un sorbo de agua mineral de limón de su cantimplora.
45
CONTRAMAESTRE.—No soy Capitán, soy Contramaestre. Bebe gaseosa, como los
hombres. (El Contramaestre continúa su alegato de gato.) “...En un sistema múltiple de
discos, yo soy The Rising, de The Boss. Eyectados, conglomerados y colapsos: es la
burguesía rastrera. ¡A por ellos!”.
La votación fue a la búlgara y la unanimidad fue aplastante. Las dudas se evaporaron: el
Primer Ministro, el Timonel, el Compositor, el Presidente, la Autoridad y el Comisario
eran The Boss.
CONTRAMAESTRE.—A propósito, ¿cómo te llamas?
WAN.—Wan, pero puede llamarme Magic Parker Klei, o, si vol, Mademoiselle.
CONTRAMAESTRE.—Bien, nos entendemos, ¿eh que sí?
WAN.—Yo no he entendido mucho.
CONTRAMAESTRE.—Joder con la niña... Perdón, criatura. Debo decir que tu cultura me
subyace en lo más inconcluso.
WAN.—Pues es la que tengo.
CONTRAMAESTRE.—¿Qué te pasó en la cara que la tienes magullada?
WAN.—(Miente.) Me lo hice con un gorro de los buzos en la bañera.
CONTRAMAESTRE.—Es una escafandra (Acusándola.) ¿No serás un elemento capcioso
que envía la Oposición para implantar sus Normas?
WAN.—No, yo busco a mi mama. Está en el Cielo.
CONTRAMAESTRE.—Le diremos que baje. ¿Qué hay que hacer?
WAN.—Descifrar esta Fórmula Madre de este Libro.


46
CONTRAMAESTRE.—Déjame leer, inculta.
Wan le acerca el Libro Geometría Primer Grado.
El Contramaestre nauta, lobo de mar, lee en la costana del desierto de carbonato.
EL NÚMERO EPSILON ES...
Círculo es la superficie plana limitada por la circunferencia.
Wan se pregunta, ruborizada y con los cables de alta tensión del entrecejo: ¿Qué es
círculo? ¿Qué es circunferencia?
WAN.—¿Algo saca en claro?
CONTRAMAESTRE.—Saco que el Número Epsilon es 2 por la raíz cúbica de 8 – 312.
WAN.—Y eso, ¿qué es?
CONTRAMAESTRE.—Cochina manifestación de ignorancia. ¿Qué es 2 por la raíz cúbica
de 8 - 3?
WAN.—Es 3.
CONTRAMAESTRE.—Es 1.
WAN.—Gracias, Contramaestre.
La hiena Lucrecia le dio el 3 de Alfa; el Conde Dracu le dio el 0 de Beta, sin colmillos
ni sangre; Antonia le dio el 0 de Gamma y la Luna le dio el - 9 de Delta. Wan introduce
el 1 de 1 de Epsilon en el empedrado de la Fórmula que le regaló la Golondrina ciega.


12
23 8  3
47
Escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Rosa, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Rosa Luxemburgo. Ata el papel con la Fórmula copiada a la
patita. Estima la paloma, la aprieta, la suelta: “Tráeme a mi mama”. Rosa echa a volar.
48
Capítulo Six. VI
Wan carraspea. Sus pies son extranjeros achicharrados. Coletillas abrasadas. En medio
del desierto, el velo de una niña. Imperceptiblemente, nota la caricia de una guitarra, las
cuerdas a modo de óvalo estrechado. Una tapa circular se destapa y el mástil con trastes
le piropea, echándole los trastos y las tejas. Lucho Gatica, el Rey del Bolero, mimosea
las seis clavijas, con el sombrero templado de indumento, asegurado en su puente fijo y
pulsando los dedos mientras tararea sus rondas de amor.
LUCHO GATICA.—Lo importante es el tono, princesa. (Distingue las pisadas de Wan de
rojo púrpura.) Tienes los pies calientes. Canta.
WAN.—¿Por qué?
LUCHO GATICA.—Porque así no te quemarás. En el desierto, el mejor remedio para
evitar las ampollas son las tonadas.
WAN.—Se le va a gastar la voz.
LUCHO GATICA.—El tono, lo importante es el tono. ¿Me preguntas sobre mi retiro?
WAN.—No.
LUCHO GATICA.—Ah, porque la sensualidad se besa y la sinceridad se defiende con
unas notas de sabor. Las tonadas también son vírgenes.
WAN.—¿Qué es una tonada?
LUCHO GATICA.—Una tonada es el metro, el acento y el punto justo de canción. En
definitiva, la música. Yo he conquistado con una oración la medianoche de las mujeres.
Y les he puesto títulos a todas ellas, cubanas, francesas, dalmesas, salamanquesas,
portuguesas, canadienses, australianas, españolas, ecuatorianas, ruandesas... He calcado
el sentimiento y lo he llenado de hogueras, de frases y de pulsaciones de acetado.
WAN.—¿Qué es el acetado?
49
LUCHO GATICA.—Mis discos.
WAN.—¿Sus discos son acetados?
LUCHO GATICA.—Sí, de acetado, pulsaciones vibrantes y sólidas de acetados, que
revolucionan el ritmo y contradicen el sentido y te hacen acelerar. (Intima.) Niña, tú me
importas. Quisiera ser...
Quisiera ser el primer motivo de tu vivir...
¡Estar en ti de la misma forma que estás en mí!...
¡Representar en tu vida el sol, la emoción, la fe,
y esa ilusión de amor que se siente una sola vez!...
Quisiera ser como la canción que te guste más,
y así poder estar en tus labios y en tu soñar...
Tu humilde sombra, y el libro aquél
que te acompaña desde tu niñez.
Eso, y mil cosas tuyas, mi vida,
quisiera ser...
WAN.—Gracias.
LUCHO GATICA.—Estoy contigo en la distancia. ¿Qué haces aquí?
WAN.—Busco la letra Zeta.
LUCHO GATICA.—¿Mayúscula o minúscula?
Wan le dibuja en la arena la letra
.
LUCHO GATICA.—¿Y para qué buscas a Zeta si no es molestia?
WAN.—Busco a mi mama.
LUCHO GATICA.—¿Tu madre es una Zeta?
WAN.—No, mi madre se llama Yolanda.
50
LUCHO GATICA.—¿Y esa cicatriz?
WAN.—(Miente.) Me la hice cortando el césped con una sierra mecánica.
LUCHO GATICA.—¿A quién se le ocurre cortar el césped con una sierra mecánica?
WAN.—Una imprudencia como otra cualquiera.
LUCHO GATICA.—Tienes razón. Las imprudencias se pagan. Mira sino a Yao Fuxin y a
Xiao Yunliang.
WAN.—¿Quiénes son?
LUCHO GATICA.—Tus compatriotas. Son los líderes de la protesta obrera de la
Primavera de 2002.
WAN.—¿Por qué dice “mis compatriotas”?
LUCHO GATICA.—Porque son chinos.
WAN.—Yo no soy china.
LUCHO GATICA.—Ah, ¿no?
WAN.—No.
LUCHO GATICA.—Pero tus rasgos son afrutados como las naranjas de la China.
WAN.—Pero no soy china.
LUCHO GATICA.—Bueno, y este muñeco, ¿es chino?
WAN.—No, es Fichi, y es mi osito.
LUCHO GATICA.—¿No sabrá descifrar complejos aritméticos?
WAN.—No. ¿Qué son los complejos aritméticos?
LUCHO GATICA.—En realidad son preguntas con respuesta. Adivinanzas del tipo:
Tengo las palabras y me actualizan cada poco para no quedarme anticuado. ¿Qué es?
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—El diccionario. O del tipo: Mi papá fue Willis Carrier y nací una
tarde de calor insoportable para dar aire a los sin aire. ¿Qué es?
51
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—El aire acondicionado. A ver esta: Voy con el pelo mojado, soy muy
limpia y doy descanso a las rodillas. ¿Qué es?
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.— La fregona. Y esta otra: Estoy en los trenes y, sobre todo, en los
pantalones sin botones. ¿Qué es?
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—La cremallera, niña, la cremallera. Me leen los que me creen y doy
fe de que soy el más leído. ¿Qué es?
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—La Biblia. Nunca tengo fiebre y soy el mejor alivio de la cabeza.
Es...
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—La aspirina. El tiempo está en mi mano. Ando y no me muevo. Mi
vuelta dura un día. Es...
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—El reloj. Adivina adivinanza: Resuelvo muchos conflictos familiares
aunque nadie se acuerda de limpiar mis cabezales. Soy...
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—El vídeo. Adivina adivinanza: Paran cuando me suben los coloretes,
pero no todos me respetan. Soy...
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—El semáforo. Hago mucho ruido al levantarme el primero...
WAN.—No sé.
52
LUCHO GATICA.—El despertador. Estrújate el cerebro. Sin mí ni se entra ni se sale y
siempre me adentro en los sitios cerrados. ¿Qué soy?
WAN.—No sé.
LUCHO GATICA.—La llave, la llave. Cuando me miran me transformo, si ríes río y si
lloras lloro... Es el espejo.
Lucho llora cantando.
¡No te digo adiós,
te digo hasta siempre!
Tú bien sabes que yo vuelvo
por lo mucho que te quiero...
No te digo adiós,
que es triste palabra...
No hay adiós entre las almas
que se quieren de verdad.
No podría nunca olvidar tu mirada
¡paisaje de cielo!
ni tu dulce acento, tus suaves caricias,
tu tierno besar...
Y por eso
no te digo adiós,
¡te digo hasta siempre!
No hay adiós entre las almas
que se quieren de verdad.
Hasta siempre corazón.
¡Hasta siempre!
53
Gatica graba sus discos en la arena de Santiago, de Londres, de Río de Janeiro, Buenos
Aires, Caracas, La Habana y Ciudad de México, conteniendo el continente de sus panes:
Me importas tú; Contigo en la distancia; Bésame mucho; Las muchachas de la Plaza
España; Sinceridad; No me platiques más; Tu me acostumbraste y Voy a apagar la luz.
Envenenados en el álbum del desierto, un desierto tan pobre como el uranio
empobrecido. Encadenado al desierto, el gaucho Lucho recuerda el amor y la aventura
del amor. El amor, partículas de isótopos letales como el agente nervioso XV. Consulta
su horóscopo y en él aparece el signo de Zeta.
LUCHO GATICA.—¿Qué decías de Zeta?
WAN.—¿Necesito saber cuál es su valor13? ¿Qué es Zeta?
Wan le acerca el Libro Geometría Primer Grado que le recomendó la Golondrina ciega.
Lee Lucho.
EL NÚMERO ZETA ES...
Las circunferencias interiores se llaman concéntricas si tienen el mismo centro, y
excéntricas en el caso contrario.
Wan se pregunta como la tonta de Abundio y de Tapicio: ¿Qué es sector circular?
LUCHO GATICA.—Niña pelirroja, Zeta es aguda y obtusa.
WAN.—No entiendo.
LUCHO GATICA.—Que Zeta es la parte entera de E14.
WAN.—Y eso ¿qué es?
LUCHO GATICA.—¿Tú no sabes lo que es la parte entera de E?
13
Wan sabe el valor de Alfa, que es 3, porque se lo dio una hiena, Lucrecia. Sabe el valor de Beta, que es
0, igual que Gamma, que es 0, porque se lo dieron, respectivamente, el Conde Dracu y Antonia, la
Gendarme. Sabe el valor de Delta, de la Luna, - 9. Sabe el valor de Epsilon, 1, gracias al Contramaestre
Primera de la Revolución.
14
e 
54
WAN.—Creo que no. ¿Es 3?
LUCHO GATICA.—No, es 2. Zeta es 2.
WAN.—Gracias, Lucho.


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Clara, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Clara Campoamor. Ata el papel con la Fórmula copiada a la
patita de la paloma. La acapara, la doma, la asesora, le susurra a la paloma: “Tráeme a
mi mama”. Clara echa a volar.
55
Capítulo Seven. VII
Wan enumera las virtudes una a una: la bondad, el aguante, la solidaridad, la templanza,
la honestidad, la gratitud... Acuarelas malvas. Las va evocando mientras la estepa de
arena y el rebufo del soldado de desierto se hace sol. El desierto es un crespón negro de
tul de arena. Un barril de guaraná se desperdicia allá a lo lejos, en un sucesivo goteo
indiscriminado. En medio de la tropa de arena ventisquera, el resorte de la gargantilla de
la niña Wan se humedece en el paladar y se traga la saliva. Wan se pinta los labios de
sándalo, loto y magnolia, y su cicatriz, de nácar y uva. Wan es una niña en medio del
desierto. Una niña con velo con un osito que se llama Fichi. Se acerca a la capilla del
colario de aguamate y de chole y se moja la cara con los aguacates del límite del
desierto.
BONO.—¿Qué haces sorbiendo? Te va a sentar como una patada.
WAN.—Hace un calor horrible.
BONO.—Con este talismán los poros se abrirán como pétalos poseídos. Acéptalo.
WAN.—No puedo.
BONO.—Sí que puedes. Cógelo.
WAN.—Mi mama me tiene prohibido coger cosas de desconocidos.
BONO.—Yo no soy un desconocido.
WAN.—¿Quién es usted?
BONO.—¿Qué quién soy yo? Yo soy la voz de los sin voz y el implante de autocrítica
en el programa de los poderosos. Soy Bono, líder de U2.
WAN.—¿Quién es Bono?
BONO.—Bono es uno y es todos. Estas son mis piezas: Larry Mullen...
LARRY MULLEN.—Hello, baby.
56
WAN.—Hola.
BONO.—...Adam Clayton...
ADAM CLAYTON.—Good morning, Queen.
WAN.—Hola.
BONO.—....The Edge...
THE EDGE.—Voilà.
WAN.—Hola.
BONO.—...Y yo, el rebelde con causa, el ambientador, la mitad de la M, el agitador, el
que hizo subir a Estela Carlotto y a las Madres de Mayo al escenario en el concierto de
Santiago de Chile. Ese soy yo, ese es mi tipo.
WAN.—¿Quiénes son las Madres de Mayo?
BONO.—Las Madres de Mayo son las madres de los millones de niños desaparecidos,
que no se entiende dónde están y que están vivos mientras no se demuestre lo contrario.
Pero no están, y eso, para las madres, es estar vivos y es estar muertos.
WAN.—¿Están vivos o están muertos?
BONO.—Las madres son hembras que han perdido de cuajo el torbellino del hijo y se
han entregado al instinto de los pañuelos blancos. Es casi religioso lo que sienten. Los
hospitales y las casas se recogen cuando una madre pierde la parte del todo del hijo.
WAN.—¿Pero están muertos o vivos?
BONO.—Sus matrices se lamentan como ancianas y el pueblo se anega en su llanto
amargo y desfigurado. Un cauce de acequias arrolla las alcantarillas, es el desconsuelo y
la angustia, el sinvivir y la vida accidentada; es su pena y su gemir. Lo demás no
importa, importa su ahogamiento. Importan sus hijos15, y los hijos de sus hijos, que son
Desaparecidos en “la noche de los lápices”, en el momento más oscuro, que es justo antes del
amanecer. Secuestrados permanentes.
15
57
madres y abuelas que irrigan las cloacas para descubrir la mierda del oprobio, en las
heces del mosto, en las cubas de los generales y en los tenientes de las tinajas.
WAN.—¿Y dónde están sus hijos?
BONO.—Más muertos que vivos. Yo, Bono, he visto caer del trueno chavalines de 15
años16 con 15 agujeros en las mejillas sonrosadas, y un cable de madero sujetándoles las
partes. He oficiado las misas en su nombre, sin la presencia de los que no existen,
porque no se presentan. El timón impacta en el tajamar y la madre es cabrestante y paso
y sal y desdicha. La madre cruje los ojos como un lenguado cuando le quitan el hijo, y
se atornilla los ojos y la vida se le cuartea y se le ponen los puños como castillos y el
vientre es un alcázar cuando le roban los niños, su clavo, su leche, su semejante parido.
Los corales, entonces, en la Oceanía, por Bali, en la costa de Sumatra y en la Galicia de
la aldea, se pudren, y lo bello se vuelve feo, y la madre, los cientos de madres, no
razonan y buscan el cordero, el suceso donde se halle realmente el hijo que han
extraviado, porque son culpables, porque una madre nunca abandona a su hijo.
WAN.—¿Ya no vuelven a ver a sus hijos?
BONO.—Sí, porque esa es la fe de las madres. Y no, porque la fortuna no está con ellas
y su enfado es tremendo, porque una pertinaz aleta de pez y de pátina negra predice el
sepulto, la muerte.
WAN.—¿Por qué?
BONO.—Porque huele a muerto algo en estas madres insultadas y a las que les han
pegado hasta sacarles el hijo de la paciencia de sus cavidades.
WAN.—Qué pena.
BONO.—Yo admiro a esas madres. One is one.
16
A ellas les metían ratas en la vagina con perros adiestrados para violarlas. A ellas les disparaban en el
vientre para que no se supiera que habían tenido un bebé.
58
¿Van mejor las cosas,
o te sientes igual?
¿Será todo más fácil
para ti ahora?
Tienes a alguien
a quien culpar.
Dices...
Un amor.
Una vida.
Cuando es
la necesidad de uno,
en la noche.
Un amor.
Vamos a compartirlo.
Te deja, nena, si tú
no cuidas de él.
¿Te decepcioné,
o dejé un mal sabor
en tu boca?
Actúas como si
nunca hubieras amado,
y quisieses que yo tampoco.
Bien es...
59
muy tarde
esta noche,
para sacar el pasado a la luz.
Somos uno,
pero no somos el mismo.
Tenemos que
llevar al otro,
llevar al otro,
al otro.
¿Has venido aquí
por perdón?
¿Has venido para
levantar a los muertos?
¿Has venido aquí
para hacer de Jesús
con los leprosos
en tu cabeza?
¿Te pedí demasiado?
¿Más que mucho?
Tú no me diste nada,
ahora es todo lo que tengo.
Somos uno,
pero no somos el mismo.
Bien, nosotros
60
nos herimos mutuamente.
Entonces lo hacemos
de nuevo.
Dices...
el amor es un templo,
el amor es una ley más alta.
El amor es un templo,
el amor es la ley más alta.
Me pediste que entrase,
pero entonces
me haces gatear,
y no puedo estar aguantando
lo que te hagan,
cuando todo lo que te hacen es daño.
Un amor,
una sangre.
Una vida.
Tienes que hacer
lo que deberías.
Una vida,
con el otro.
Hermanas,
hermanos.
Una vida,
pero no somos el mismo.
61
Tenemos que
llevar al otro,
llevar al otro.
Una... vida.
Uno.
BONO.—Yo admiro a esas madres y por eso yo denuncio en mis letras la insensatez.
WAN.—Yo también busco a mi mama.
BONO.—¿Dónde está tu madre?
WAN.—En el Cielo.
BONO.—Tu madre está muerta.
WAN.—¡Mi madre no está muerta! ¡Mi madre no está muerta! Ella está para que yo la
traiga. Sólo me falta un poquito. He de resolver la Fórmula Madre del Libro de la
Golondrina.
Wan, dilacerada, le enseña la portada de Geometría Primer Grado.
BONO.—Este es el Libro de los tebeos y el listín telefónico del Concilio de Trento.
WAN.—Hay Números en este Libro que me faltan, como Eta17.
BONO.—Leo.
Lee.
EL NÚMERO ETA ES...
Para medir ángulos se usa el instrumento llamado transportador, que es una lámina
semicircular de latón o talco, dividida en 180º.
17
Wan tiene Alfa, que es el 3 de la hiena Lucrecia. Tiene Beta, que es el 0 del Conde Dracu. Tiene
Gamma, que el 0 de Antonia. Tiene Delta, de la Luna, que es - 9. Tiene Epsilon, que es el 1 del
Contramaestre Timonel. Y Lucho Gatica le dio Zeta, le dio un 2.
62
“¿Qué instrumento se emplea para medir ángulos?”, Wan se pregunta, o se pregunta
Wan.
WAN.—¿Qué es Eta?
BONO.—Es el cero factorial18. ¿Qué vale el cero factorial?
WAN.—¿No valdrá 3?
BONO.—Vale 1. Eta es 1.
WAN.—Gracias, Bono.
Wan Li Woo, Magic Parker Klei o, simplemente, Mademoiselle, dobla la hoja del papel
hasta formar un ángulo y designa el vértice donde aparece el secreto de la letra Eta.
Bono traza en el encerado del suelo de la arena un obtuso 1, con el 4 contiguo y el 6
adyacente. Wan Li Woo coge ese 1 con el cuidado de las manecillas del reloj e indica su
posición en la Fórmula que mantiene guardada detrás de la oreja. Escribe el 1 en la
situación:


Escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Teresa, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Teresa Pàmies. Ata el papel a la patita. La acaricia, besa a la
paloma: “Tráeme a mi mama”. Teresa echa a volar.
18
0!
63
Capítulo Eight. VIII
Wan se encandila con el tapiz de otoño. En medio del desierto está una niña velada. Con
la niña está un osito de peluche que se llama Fichi. La naturalidad seduce a Wan. Las
rosas ramosas se sientan en las hojuelas elípticas y un ápice violetas de la arena. En
panojas apocadas, erguidas y colgantes, Wan resplandece con una textura novedosa. El
otoño cae sobre el desierto. El rostro le cubre y la encoge con el sol del atardecer y la
línea de calor. Wan bebe de su cantimplora, que hace semanas que está vacía, y se
mancha de rojeces el cuello abultado. Desearía un cuarto de baño donde poder asearse.
El desierto es El Álamo y está camuflado de arena. La arena corre por las yemas,
difuminándolas completamente. La arena es compacta e interiorizada, de una
uniformidad inigualable. Wan, con la arena, se ventila los pómulos, el toque de oro de
sus coloretes aliados y de su tez traviesa y de albaricoque. Wan se sienta en uno de los
párpados de las dunas juguetonas. Extiende las manos, acopla la sien. En la parte
superior de las pestañas aloja granos de arena. Una máscara de calor le tapa. Una mujer,
entre la maleza de arbustos secos, que es desierto, le sale al encuentro y le espeta.
EVA.—Dame una manzana.
WAN.—No tengo manzanas.
EVA.—Una golden o una verde y ácida.
WAN.—No tengo, lo siento.
EVA.—Necesito morder una manzana. ¿Cómo te llamas, alma cándida?
WAN.—Wan, pero me puede llamar Magic Parker, o, si le gusta más, Mademoiselle.
EVA.—Bien Mademoiselle, yo soy Eva.
WAN.—¿Y se apellida?
EVA.—Yo no tengo apellido. Eva, la Primera. La Pilingui.
64
Eva tiene unas cejas cepilladas, despobladas, de un negro endurecido y avejentado. El
trazado de su pelo, entremezclado con harina del maná, le proporciona una semejanza
de ángel recién licenciado. Su boca jugosa y agrietada se alisa con algodones mojados y
calientes. Eva, soleta, perlada de mates y arrugas, parece joven y vieja.
EVA.—Mi casa es el Paraíso. Me fui de Allí. No aguantaba más a mi Padre. Me
maltrataba.
WAN.—¿Cómo se llama su padre?
EVA.—Oh, mi Padre, igual que el tuyo.
WAN.—Yo no sé quién era mi padre. No lo llegué a conocer. Lo único que sé es que era
zapatero.
EVA.—Pues seguramente tendría el mismo nombre. ¿Tú me crees?
WAN.—Sí.
EVA.—Pues tendría el mismo nombre, seguro.
Eva presiona la palma de su mano contra la boca, trazando una esfera hidratante y el
contorno de una manzana. Con la boca abierta, alterada por el rímel, se muerde las uñas
y la laca majestuosa de sus uñas. La sabana del África Central es un hervidero. La grasa
de los frutos perfuma el aire de un denso vapor, una fragancia tónica y rejuvenecedora.
EVA.—Discutíamos mucho. Los vecinos se daban cuenta.
(VECINOS.— “Los malos tratos se venían produciendo desde hacía algún tiempo.
Oíamos los gritos y los golpes que se escuchaban en la casa”.)
EVA.—Aquello tenía visos de Bernarda Alba, de Angustias y Dolores. “¡Atrás!” y
“¡Silencio!”, “¡Aquí no habla nadie!”, me voceaba. La Historia me absolverá. Estoy en
pecado original y en tercer grado.
WAN.—¿Está en la cárcel?
65
EVA.—Prisión preventiva. Me prendieron por Mujer y así lo he testificado ante el juez.
Me encerraron en un árbol carcomido, con un Adán de compañero de celda. Con la
marea baja pude asegurarme la libertad, volando a poca altura como un halcón sin
ataduras ni ocupaciones.
WAN.—¿Le busca la Policía?
EVA.—Sólo en el Sinaí y en Maryland. Mis amigos los grillos la despistan. Mi voluntad
es dar a conocer la Verdad. Soy una víctima y reclamo seguridad y protección, sobre
todo cuando camino por callejones oscuros que no tienen espejos. (Eva se santigua.
Wan se santigua. Las dos hacen la señal de la cruz y continúan platicando.) No he de
bajar la guardia de la ley de la gravedad de los malos tratos. Me pegaba por nada. Un
día llegaba del bar, y ¡zas!, ostia. Y otro, igual. Sin motivo. Sin razón. Me cosía a
tortazos, encadenándolos uno tras otro. Se arrimaba, me cuchicheaba algo, y en el
espacio de un segundo, me atizaba hasta hacerme sangrar por la nariz.
Le enseña la nariz.
WAN.—¿Le hacía daño?
EVA.—Sí, yo encogía los fogones y me aferraba a un crucifijo que me quemaba el
tórax. Mi pensamiento era que dejara de darme tortas, que me matara para dejarme
tranquila. El espanto ya no eran los golpes de su cuerpo, sino el encuentro, el suspense,
el “¿a qué hora vendrá?”. (El efecto y la desgracia se ceban pronto. Una multitud de
pestillos son su barbilla.) Hoyos de moratones, trozos de nudillos, franjas de pellizcos...
Cogía el mango de los mazos de hierro y me poblaba de dados. Me pitaban los oídos.
Me petó el bazo. Me arrancó las dudas ajenas y propias que tenía sobre el
comportamiento animal y, malintencionadamente, arrastró mi cuerpo impresionado por
los países. Me violó, me vejó..., me sobrevino, de repente, el vómito. Me remató,
gravemente. Me dolió su adversidad y su inesperada indiferencia. Me injurió, y, en un
66
descrédito, consumó el acto, el vejamen, el agravio. Me dejó sin bragas, tratándome
como a una perra. Su violencia no tenía límites. Asaltó la parte de mi mente más
vulnerable como la embarcación sacudida por olas fuertes y que va a parar al peñasco.
El pecho se me encogía, los signos de desprecio se sucedían, la bola me daba vueltas, el
impulso de huir rodaba por mi torpe vista. Finalmente, cogí la puerta y dejé atrás los
porrazos salvajes. Con las prisas, me resbalé en la pila. Una serpiente de gran tamaño
vino con su veneno enderezado y las costillas de la celda se impregnaron de resina.
(Una doble faja transversal, súbitamente, le sarpulle.) Precipitadamente, corrí sin
detenerme. El Infierno, para mí. Desde entonces que estoy demente, meditando y
agradeciendo el haberme salvado de los porrazos premeditados. Evité de milagro la
amenaza, el fracaso humano. El contacto físico y el trato desagradable con aquel
monstruo me contagió de enfermedades. Su vicio me castigó. Sus bofetones, sus
puntapiés, las palizas eran recurrentes. Arraigaba en mi ánimo el desaliento.
WAN.—Pobrecilla.
EVA.—Ahora tropiezo contigo, la primera persona que me escucha.
WAN.—¿Por qué no le iba a escuchar?
EVA.—Me desprecian, mis semejantes, mi familia, se arrepienten de mí.
WAN.—¿Ha hecho algo malo?
EVA.—Reñir con ese Chulo. Yo me separé de Él.
WAN.—Normal.
EVA.—No aguantaba sus insultos. Le hacía guisos, cocidos madrileños, le cuidaba, y Él,
al principio, enredaba los versos con intensidad, para luego cocerme a patadas, a
culebras, a manosearme en medio del campo, a insinuarme complacencias,
enzarzándose en burlas. Me fue infiel en los prostíbulos de Sodoma. Yo le soporté. (Se
desquita Eva.) ¿A ti también te pegaban?
67
WAN.—No, ¿por qué?
EVA.—¿Esa cicatriz?
WAN.—(Miente.) Me la hice pescando en un río que le dicen Danubio.
EVA.—¿Y qué pescaste?
WAN.—Un resfriado y esta cicatriz. El anzuelo me rajó la cara.
EVA.—Qué mala suerte.
WAN.—Qué se le va a hacer.
EVA.—¿Qué haces aquí? ¿También huyes de alguien?
WAN.—No, busco los Números que me descifren una Fórmula para traer a mi mama.
EVA.—¿Qué Números son esos?
WAN.—Los Números de Alfa a Omega. Tengo muchos números que he puesto en esta
Fórmula. Mira.
EVA.—¿A ver?
WAN.—Me la dio una Golondrina cegada por el verano. Está recogida en el Libro
Geometría Primer Grado.
EVA.—A mí se me dan mal las matemáticas.
WAN.—Ahora me falta Theta19. ¿Qué Número es Theta?
Wan le dibuja con su tiza de arena Theta: .
Eva lee.
EL NÚMERO THETA ES...
Perímetro del polígono es la medida de su contorno, la de la línea quebrada ABCDEA.
19
Wan halló Alfa, que se lo dio Lucrecia, la hiena (3). Halló Beta, que se lo dio el Drácula, Dracu, el
Conde (0). Halló Gamma, que se lo dio Antonia, la gendarme (0). Halló Delta, que se lo dio la Luna
lunera (- 9). Halló Epsilon, que se lo dio el Capitán que es Contramaestre (1). Halló a Lucho Gatica y le
dio Zeta, le dio un 2. Y halló a Bono, que le dio Eta, un 1.
68
Wan se pregunta, entre monsergas y echa un lío: ¿Qué carajo es perímetro?
EVA.—No entiendo mucho, pero lo único que aprendí de memoria en la escuela es que
Theta es 2 por el coseno al cuadrado de pi cuartos20.
WAN.—¿Qué es 2 por el coseno al cuadrado de pi cuartos?
EVA.—No es 3. Es 1.
WAN.—Gracias, Eva.
Wan añade ese 1 a Theta. Un 1 como el de Epsilon y Eta.


Escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Lucía, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Lucía Sánchez Saornil. Meticulosa, ata el papel a la patita con la
Fórmula. Hace cosquillas a la paloma, le hace carantoñas, la persuade: “Tráeme a mi
mama”. Lucía echa a volar.
20
 4
2cos2 
69
Capítulo Nine. IX
Wan, más pesada que la Moños, marcha al exilio. En la diáspora recupera la larga barba
de un anciano con binóculos retirados. Es el púgil Arthur Cravan, un fantasma
desconcertado en el dadaísmo que golpea con las manos enfundadas en guantes
especiales y se conforma con su anunciadora figura poetisa. Cravan, ebrio, con la nariz
chata, magullada, achacosa y roturada, baila como un poseso, alternando derechazos al
calor del desierto fluido y pelado. La vanidad engreída de su manera de caminar, su
baile de pies, y sus solípedos puños en los riñones de la atmósfera le confieren un
aspecto de alardero del siglo XV. El desierto es una ardiente canícula. Las cámaras de
aire del desierto explotan con los grados calurosos, con la sensación de fuego y la
radiación morbosa que arde en el temperamento. El calor de una bomba atómica
asfixiante con un elenco de átomos centígrados es excesivo y sofocante. Es un calor de
hígados, de desierto, de un rojo violado, efervescente y crónico. Cravan, ligero, vacilón,
entusiasta y fervoroso pese a su edad manifiesta, transforma el tiempo y el espacio y
desgasta la energía y el contacto dilatado de las altas temperaturas Kelvin. Wan se
espanta, porque en el desierto no había visto locos boxeadores hasta ahora. Las mejillas
de Wan conservan el calor. En medio del desierto, una niña calurosa y un velo con
calcetines y un osito —Fichi— sin calcetines ni velo. Cravan resopla como los caballos,
vertiginosamente en movimiento.
CRAVAN.—Soy el mejor de México. Jack Johnson es papilla. Soy el Campeón. Soy un
expatriado.
WAN.—¿Qué es?
70
CRAVAN.—Un boxeador. Soy la imagen del ring. Un peso pesado múltiple y ubicuo, un
leñador mulero, un Jorge Oteiza, el aurresku y el Agur jaunak. Mi verdadero nombre es
Fabian Avenarious Lloyd.
WAN.—Yo soy Wan, Wan Li Woo, aunque me puede llamar Magic Paker Klei o, si
quiere, Mademoiselle.
CRAVAN.—Bien, Magic, he de decirte la verdad, sin tongos, sin misticismo, sin peleas,
sin sacrificios inútiles: soy un exiliado, un hombre de otros, la razón desperdiciada y el
rostro del mulato. La prórroga entre el ayer y el hoy me ha dado este aspecto.
WAN.—Exiliado, ¿por qué?
CRAVAN.—Porque perdí la guerra y la ingeniería. Mi escultura es la senectud acabada,
y mi lista es demasiado larga para ser ninguneada: mi nombre es Jorge Guillén y es
Ortega y Gasset y es León Felipe y es Antonio Machado. Mi industria está vacía, mis
puños son carteles desglosados, mi aplauso está anticuado y el correo que recibo
sobrepasa las librerías de Buenos Aires.
WAN.—¿Por qué se exilió?
CRAVAN.—Porque mi país fue perseguido por una guerra civil despreciable. La
clandestinidad es la ley y el recuerdo está fundado en la emigración de la infancia. Mi
infancia es el recuerdo. Yo nací en el combate. Mi ficción fue amiga de Picabia y de
Duchamp. Mi creación poética está en las huellas de René Clair, el ataúd del mar está en
mis ojos.
WAN.—¿Por qué?
CRAVAN.—Porque yo morí en el mar, en la espectral noción del escape, en la obra
emergente de la duchas. A mí se me escapa el trago: mi rastro está en el arte, en el
entreacto, en el mito, en la cierta exploración de los pigmeos y en la azteca Txiten
Aicat. Yo soy todas las cosas, el perro, la carne, el buey y la resonancia, el fragmento de
71
la ciencia, la máscara, la piña, el preboste. Yo soy todos los hombres, y Magic, yo soy
tú. Yo soy todos los animales.
WAN.—(Acalorada.) ¿No tiene calor?
Cravan se arrebuja en una pelliza de foca.
CRAVAN.—Me aso de calor, lo siento el calor, me aviva, me hiervo de calor. Mi
empeño y mi esfuerzo se mete en el calor de este desierto, que es como mi exilio
interior, desierto y solo como la una. ¿Te aburro?
WAN.—No.
CRAVAN.—Ah, porque si te aburro, me lo dices.
WAN.—Vale, pero no me aburre.
Arthur Cravan baja la guardia. Aprendido el desafío, le entorpece Wan, una pequeña
china sin ser china. El mal humor le marca desde que era un ciempiés imberbe. La
expresión de su mal humor se vuelve lechuga, arisca, y los dedos índice y pulgar teclean
las líneas de sus patas de gallo. Su envejecimiento se vuelve taciturno, y el reír
exagerado, un evangelio. Arthur Cravan levanta la frente, chiflado por los avatares,
patea la zona del cuadrilátero de arena y se parte de la risa, en apariencia de psicópata
temido y aprimado.
WAN.—¿De qué se ríe?
CRAVAN.—De que el mundo me ha olvidado. Antes tenía un apisérum especial, era un
fumador empedernido y mi corbata perpendicular mantenía unas rígidas normas en mí.
Ahora, las arrugas me han arrinconado. Johnson ha ganado. Estoy grogui, atontado,
aturdido, ido, tambaleante. Estoy lento y la lengua es una tensión fuera de corrientes,
alterada y en extravío. Estoy fuera de lugar, ya no doy pasos al trote, y mis zapatillas
bracean hacia el despeje. Si me incitan, decaigo. No cedo a la pelea. Estoy amuermado
y encallejonado. Mírame: insuficiente, penoso y disimulado, con una frente ancha y una
72
barbilla prominente, triangular, estrecha, alargada, ovalada. El estribillo del boxeador es
mi serenata:
El boxeador es insuficiente.
Los tacos de jamón para el boxeador.
El boxeador es fuerte presión de enfado.
La expansión oclusa para el boxeador.
El boxeador es ebullición sólida y popular.
La tocata engastada para el boxeador.
El boxeador es guarnición de montañas peladas.
La habitación fatigada para el boxeador.
El boxeador es azote, es corte, es residencia ligera.
El indicio de la facción y el ímpetu acuchillado para el boxeador.
El boxeador es la aplicación pasmada y atónita.
El disparo empañado para el boxeador.
El boxeador es la fábrica discurrida de timbres.
La fundación atemperada para el boxeador.
El boxeador es estorbo de voces y lamentos.
Ir a la tierra por el boxeador.
El boxeador es la desaparición del olvido.
Algo se lleva el aire para el boxeador.
El boxeador es la muda del enfermo.
Recobrar la razón para el boxeador.
El boxeador es la fortuna vidriosa.
Vana sustancia es el boxeador.
El boxeador es el sustento y la esperanza.
73
La trompeta fatua toca para el boxeador.
El boxeador es el paseo esparcido.
Algún sitio para el boxeador.
WAN.—Es un estribillo triste.
CRAVAN.—Como mi vida. ¿No te preguntas por qué no se repite el estribillo?
WAN.—Pues ahora que lo menciona...
CRAVAN.—Porque es el primer estribillo sin brillo.
WAN.—Ah.
CRAVAN.—¿Por qué vas descalza, Magic?
WAN.—Para que no me crezcan los pieses.
CRAVAN.—Y esa cicatriz, ¿cómo te la hiciste? ¿También boxeas?
WAN.—No. (Miente.) Me la hice jugando con Las Barriguitas.
CRAVAN.—¿Y qué hace una muñequita como tú en medio de este desierto?
WAN.—Busco a mi madre.
CRAVAN.—¿A tu madre?
WAN.—Sí, a mi mama.
CRAVAN.—¿Se ha ido de casa tu madre?
WAN.—Se ha ido al Cielo.
CRAVAN.—Difícil.
WAN.—(Enrabietada.) Yo sé hacer que vuelva.
CRAVAN.—¿Te puedo ayudar?
WAN.—Sí, necesito resolver esta Fórmula.
CRAVAN.—¿Qué Fórmula es esta?
74
WAN.—La Fórmula Madre de la Golondrina ciega. Las letras griegas son Números que
me traerán a mi mama.
CRAVAN.—¿Y qué Número te falta?
WAN.—Estos. Si supiera el valor de Iota...
CRAVAN.—¿Cómo te sabes el alfabeto griego?
WAN.—Me lo enseñó mi mama.
CRAVAN.—Tu madre era una mujer sofisticada.
WAN.—Mi mama se llama Yolanda.
CRAVAN.—Yo también sé algo del alfabeto griego. Soy un poco idiota, pero creo que te
puedo ayudar con Iota21. Veamos. Déjame leer.
Arthur Cravan, Fabian Avenarious Lloyd, agarra el Libro Geometría Primer Grado y
comienza a leer. Lee.
EL NÚMERO IOTA ES...
Triángulo isósceles es el que tiene dos lados iguales.
Wan, medio sonámbula por el calor y por las alturas, cuadrángulas, obtusángulas y
clourodenas, se pregunta: ¿Qué es triángulo isósceles?
CRAVAN.—Elemental.
WAN.—¿Qué es elemental?
CRAVAN.—Que Iota es la raíz cuadrada de 3 por la tangente de pi medios22.
WAN.—¿Mande?
CRAVAN.—¿Tú no sabes qué es la raíz cuadrada de 3 por la tangente de pi medios?
21
Alfa, Beta, Gamma, Delta, Epsilon, Zeta, Eta y Theta se lo proporcionaron, respectivamente, la hiena
Lucrecia, el Conde Dracu, la gendarme Antonia, la Luna menguante, el Bravo Contramaestre, Lucho
Gatica, Bono de U2 y Eva la del Paraíso.
22
 3
3 tan 
75
WAN.—No, y no creo que sea 3.
CRAVAN.—No es 3, es mejor, es 3.
WAN.—Gracias, Cravan.


Wan, la mitad de ese ser recogido que se llama Magic Parker Klei y Mademoiselle,
cuida su 3 y lo expone en la Fórmula, borrando con goma la El 3 es como su
clavícula. Escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Emma, en recuerdo de la
mujer admirada por su madre Emma Goldman. Ata el papel a la patita con la Fórmula
manuscrita. Suspende en su palma la paloma, la peina, le da caramelos, le pide perdón a
su madre a través de la paloma: “Tráeme a mi mama”. Emma echa a volar.
76
Capítulo Ten. X
Wan resurge como un estallido de trinitrotrolueno. El desierto es un horno. Una
sustancia tóxica e inflamable es el desierto. En medio del desierto, la niña Wan trata de
aventar sus pies descalzos, negros por el bombardeo de calor y los haces solares. Wan
lleva velo. Wan camina despacio por la estrada, cargando con su osito Fichi, en un
delirio permanente y viscoso de calor insoportable. El calor es desierto. Sus manos
cortantes están secas y escamadas. Wan bebe limón de su cantimplora y el limón le sabe
a aceite y a lima de cartón. La dirección que lleva es la misma: unas semanas en el
desierto estirado. El desierto, de mármol amarillo de Almandoz, es un generador
eléctrico. De repente, como si de un espejismo se tratara, Tutankamón. Salido del
Museo de El Cairo, el bastoncito y el detergente de sus vendas lo delatan. La piel le
hornea y le infringe tirones. Los milenios hacen mella y la radiación del sol es
implacable.
TUTANKAMÓN.—Disculpe, buena joven.
WAN.—Dígame, buen señor.
TUTANKAMÓN.—¿Tendrías crema para las manos?
WAN.—No, en casa tengo unos guantes de cuero, pero no los he traído.
TUTANKAMÓN.—Lástima, la crema me suaviza y me quita las manchas.
WAN.—Están muy estropeadas sus manos.
TUTANKAMÓN.—No es de extrañar, casi se han borrado mis manos, no hay indicios de
manos, apenas trato de regenerarlas, las manos se atenúan y envejecen. Uso glicerina,
pero me irrita y me desluce, además es opaca. Es que el sol, cuando se extiende sobre
mí, me trae problemas.
WAN.—¿No le gusta el sol?
77
TUTANKAMÓN.—¡Oh no! Yo he usado mascarillas nocturnas durante más de 3.000
años. Antes de salir de la pirámide, no distinguía entre la noche y la noche. La noche era
el masaje que me describía, circundando por mis aposentos y mis salas de cuarzo y
pirita.
WAN.—¿Y por qué está en este desierto?
TUTANKAMÓN.—Me enterraron dos veces, y decidí andar, porque andar es muy sano.
Llevo tumbado desde que la pirámide tenía seis caras y un cono. Entré allí cuando era
un niño. Mi enigma es un misterio y mi maldición es roncar más de ocho horas,
espesamente y con las glándulas sebáceas pigmentadas.
WAN.—¿Por qué duerme tanto?
TUTANKAMÓN.—La receta de mi médico. En el Papiro Médico, Smith me recomendó
que para el dolor de cabeza estirara las piernas con el efecto del bumerán. Si supieras la
de lesiones que me ha causado esto. Smith es un criminal calvo. Me mataron a
somníferos y pastillas contra el estrés y me serraron el eje de las ruedas. Así, apagaron
la luz. Y la siesta se ha convertido en un valle intacto de ladrillo. Mi dinastía es el
relieve del templo. (Se mira los vendajes.) Huele.
Wan huele.
TUTANKAMÓN.—Huele a naftalina y a Soberano.
WAN.—¿Es usted Rey?
TUTANKAMÓN.—Soy más que rey, soy la inscripción y el latifundio, el pilón y el
estandarte, y mi santuario es mi cama, una cama real y columnata, con colchones
sepultados y embalses divinos y porosos.
WAN.—Nunca he conocido a un Rey.
TUTANKAMÓN.—Pues ya ves. Tú eres mi súbdita, pero soy un rey especial, ¿sabes por
qué?
78
WAN.—¿Por qué?
TUTANKAMÓN.—Porque amo la República de Platón y la Segunda República. Porque
ando. Salí de El Cairo agarrotado y con el péndulo de nitrato y alumbre pulverizado. Mi
idea era enterrar la muerte y mover la vida. Así se hacen las cosas, y con los gestos mis
vísceras ya no tenderán de las palmeras. Perdona, desvarío.
WAN.—Perdonado.
TUTANKAMÓN.—Desvarío, porque me extrajeron el cerebro por la nariz y me
destriparon. Una inmersión en natrón es lo peor que le puede ocurrir a una momia como
yo, y no fallecí, no, modifiqué mi estatus. Ahora soy más desperfecto que antes, y por
eso los ungüentos ceremoniales que me combustían necesitan pasar la inspección de
Sanidad. En el Antiguo Nilo Bajo no hay inspecciones y la comida, si se pudre, se pasa
por el esófago hasta provocar hornillos en la sobremesa.
WAN.—Le entiendo, una vez una galleta se me atragantó y me puse roja como un
tomate.
TUTANKAMÓN.—Entonces me comprendes. Soy el duodécimo Faraón de la dinastía
XVIII del Imperio Nuevo, hijo de Akenatón, o no, vete a saber. Mi madre era maestra
de Secundaria. He conocido tesoros y linajes hasta que Ay...
WAN.—¿Qué le pasa?
TUTANKAMÓN.—Ay...
WAN.—¿Qué?
TUTANKAMÓN.—Ay me sucedió, el viejo coronel de los ajuares, improvisado,
reaprovechado. Ay se llama y Ay es mi grito. Y un buen día, levantaron la persiana y
apareció Howard, con sus maravillosas palabras de zoquete.
WAN.—¿Quién es Howard?
79
TUTANKAMÓN.—Otro criminal. Hija, no te fíes ni en las Cíes. En las campañas de
invierno, los generales consagrados son los peores. Howard era un oso. Si te ves en un
aprieto, respira hondo, flexiona las piernas y mantén los brazos en la posición inicial
cinco veces.
WAN.—¿Cinco veces?
TUTANKAMÓN.—Cinco veces. De esta forma, el láser llega a las puertas tapiadas, como
hizo Howard.
WAN.—El zoquete...
TUTANKAMÓN.—¡Ja ja ja! Sí, el zoquete. Él no me pidió permiso. La roca tallada que
descubrió la profanó sin contar con mi opinión.
WAN.—Pero usted estaba dormido.
TUTANKAMÓN.—Él me despertó... Bueno, hija, a lo que voy, que ahora he dejado el
fondo, el sepulcro, la cronología, la estancia de poliedros y las edades restantes. De
alguna manera, me siento con volumen, axial, etíope. ¿Sabías que los etíopes
construyeron Chefrén y Micerinos?
WAN.—¿Quiénes son?
TUTANKAMÓN.—Son mastabas, y los etíopes son labriegos esclavos que bajaron al
INEM para levantar un vértice. ¡Me da un coraje...! Cuando salí de los pasillos, me
presentaron a los mamelucos, que me ofrecieron una pagoda y una stupa. Las rechacé.
Les dije que basta ya de lombrices y subsuelos. Y comencé a vagar. Estas vendas me
tienen marchito, me untan y me conservan como las cabras.
A Wan la atropella un volcán de sol como un barril, que lanza confetis y papagayos en
su erupción vomitiva.
TUTANKAMÓN.—¿Tú no serás descendiente de Eneckhes-en-pa-Aton?
80
WAN.—No. Yo soy Wan, Wan Li Woo, pero puede llamarme Magic Parker Klei, o,
también, Mademoiselle.
TUTANKAMÓN.—La Faraona Klei.
WAN.—Prefiero Wan.
TUTANKAMÓN.—Bueno Wan, ¿qué te pasó en la cara?
WAN.—(Miente.) Me atacó un rastrillo.
TUTANKAMÓN.—Que cosa más rara. ¿Qué haces en un desierto sin vendajes?
WAN.—Busco a la mama.
TUTANKAMÓN.—¿Es una momia tu madre?
WAN.—No, es mi mama.
TUTANKAMÓN.—¿Y dónde está?
WAN.—En el Cielo.
TUTANKAMÓN.—En la otra vida.
WAN.—No, en el Cielo. Intento hacerle llegar las pistas que puedan devolvérmela.
TUTANKAMÓN.—¿Cómo lo haces?
WAN.—Con este Libro.
Wan le acerca Geometría Primer Grado. El Príncipe Tután coge sus monóculos y lee
atentamente.
EL NÚMERO KAPPA ES...
Cuadrilátero es el polígono de cuatro lados.
Wan refunfuña, gruñe y murmura algo como: ¿Qué es cuadrilátero?
WAN.—¿Qué?
TUTANKAMÓN.—¿Qué de qué?
WAN.—¿Que qué ha entendido?
81
TUTANKAMÓN.—Que Kappa es la cotangente de pi medios23.
WAN.—¿Qué es la cotangente de pi medios?
TUTANKAMÓN.—¿No sabes qué es la cotangente de pi medios?
WAN.—No. ¿Es 3?
TUTANKAMÓN.—No, es 0. La cotangente de pi medios es 0.
WAN.—Gracias, Tutankamón.
El Faraón Niño traduce el  en 0.


Mademoiselle, Magic Parker Klei o Wan Li Woo estira ese 0 por arriba y por abajo y lo
acopla a la Fórmula Madre. Desde que la Golondrina homérica y destemplada le
enseñara las palabras helenas ha contado con la ayuda de Lucrecia, la hiena; de Drácula,
el Conde amarquesado; de Antonia, la guardiana entre el centeno; de la Luna celosa; del
Primer Ministro de la República Popular Bananera, alias Contramaestre; del Rey del
Bolero y del Rey del Pop, que no es Jackson, sino el eléctrico avión U2; de Eva, la de la
mala vida, y de Arthur Cravan, el boxeador.
Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Concepción, en recuerdo de la
mujer admirada por su madre Concepción Arenal. Ata el papel a la patita con la
Fórmula valiosa. Li fa petons, la estimula, la paloma memoriza la expresión: “Tráeme a
mi mama”. Concepción echa a volar.
23
 2
cot 
82
Capítulo Eleven. XI
Wan se sacude la arenilla de la faldilla de raso y en la estela de los leotardos que le
abrigan las piernas adivina el collado de un cañón colorado. A Wan, los leotardos, el
calor, le hace cosquillas y le paraliza, de vez en cuando, el transcurrir del movimiento y
la circulación linfática. Wan parece una urraca con leotardos. Le ciñen el cénit de la
cintura, con esa lana de merinas que balan mientras cuentan lobitos buenos. El pelo de
Wan es largo y desaliñado, hilos de líquenes brillantes y de singular belleza. Liso,
apañado en lo posible, apartado y con el garbo de las peinetas. El pelo le azota la cara.
En medio del desierto, una niña. Una niña y un velo. En el camino que es desierto,
trillado y real, transitado en una nueva jornada de calentador, ve Wan Li Woo —de
rasgos achinados aunque sin ser china, y de construcción femenina y adecuada—, un
puntito negro. “Un espía venido a menos”, supone Wan, y, en efecto, el puntito
imperceptible es un espía en medio del desierto.
“¿Qué hace un espía en medio del desierto? ¿A quién espía?”, se inquiere. Cuando está
junto a él, a sus espaldas, le presiona con la aguja de su dedito, hollándole la gabardina
diagonalmente oscura, un cruce de gabán y pan rallado rebozado y negro.
WAN.—Perdone.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—¿Sí? (Se le gira, y su ajustada tabardina o gabardina sin te
que le envuelve le tapa el ropón del sol y su sombra ocupa a ras la comarca de Wan.
Dúo de sombras.) ¿Quién eres tú?
WAN.—Wan Li Woo.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Qué nombre más extraño. ¿Eres china?
WAN.—No, no soy china. Mi madre es norteamericana y judía y yo nací en Polonia,
aunque tampoco soy polonesa.
83
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Entonces, ¿de dónde eres tú?
WAN.—De algún lugar, me imagino.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Eso digo yo. Te pareces a la Suzuki de Madame Butterfly.
Ella no tenía una cicatriz en la cara.
WAN.—(Miente.) Me caí en el fregadero.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Bueno, encantado de conocerte, lo siento mucho pero tengo
trabajo.
WAN.—¿De qué trabaja usted?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Soy espía, ¿o es que no tengo la pinta?
El Espía se descubre los ojos de almizcle sujetados por unas gafas montadas de ballesta
negra que le atenazan los ojos específicos y gesticulantes —parpadean 10.000 veces al
día. Las bolsas de sus ojos cargan el despertar y los atenuantes, y se adiestran para el
aviso, el factor. Ojos irisados como dos cubos individuales. Se vuelve a colocar las
gafas negras.
WAN.—¿Y a quién espía?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—A Ellos. Estoy esperándoles.
WAN.—¿A quiénes?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—A Ellos, niña, a Ellos.
WAN.—¿A quiénes si aquí no hay nadie?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—¡A Ellos, a Ellos! (Se da cuenta de que se le hinchan y de
que levanta la voz y las orejas.) Chiiiissss, no grites.
WAN.—Yo no grito, es usted quien grita.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Si gritas, me pondrás en evidencia y me descubrirán.
WAN.—No sé quién, esto es un desierto.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Perdona, niña...
84
WAN.—Me llamo Wan Li Woo.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Perdona Wan Li Woo...
WAN.—Puede llamarme Magic Parker Klei...
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Perdona Magic Parker Klei...
WAN.—...o Mademoiselle...
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Bueno,Wan Magic Mademoiselle, ¿te vale así?
WAN.—Bueno.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Esto es un “desierto-renacuajo”.
WAN.—¿Qué es un “desierto-renacuajo”?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—En nuestra Organización significa que es un desierto
desatendido y lleno de chivatos o bufones. La jerga del M16 y del Real Cuerpo de Elite
e Investigación Secreta establece tres categorías de desierto, y este es el “desiertorenacuajo”.
WAN.—¿Y cuáles son las otras dos categorías?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Tú lo quieres saber todo... Venga, lárgate, ya está bien de
preguntitas, aléjate, esta zona está minada de espías como yo...
WAN.—Yo no veo ninguno.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Claro que no los ves.
WAN.—¿Por qué?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Porque son secretos. Los espías de Estados y Seguros somos
los guardianes de la Reina y de la Jerarquía. El Orden nos entusiasma y a él nos
ofrecemos. Los aztecas hacían lo mismo. Somos lo más disciplinado, el elemento
sorpresa, el escuadrón, el FR6, los Boinas Verdes. Cada uno de nuestros enlaces es un
secreto que guarda celosamente y bajo grapas el botón de la... (Se pone a silbar.)
WAN.—¿Por qué silba?
85
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Estoy disimulando. El espía investiga, escucha, y,
minuciosamente, anota la comunicación reservada y restringida con carácter de Top
Secret. ¿Has visto la película?
WAN.—¿La de Top Secret?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Sí.
WAN.—Sí, me reí mucho.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—El espía es, sin saberlo, un hombre que nunca sabe quién es
exactamente. Su identidad cambia tantas veces que no sabe cómo se llama.
WAN.—Y usted, ¿cómo se llama?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Es que no me atiendes, el espía que se precie no sabe cómo
se llama. No sé cómo me llamo. Además, es secreto y hay que jurarlo sobre una tablilla
corva y trucada. Hay que ir con sigilo, no contar a nadie el escondrijo, camuflarse como
el camaleón y envolverse de misterio. Hay que comprender lo incomprensible y entablar
relaciones con el chantaje. Las cerraduras ocultas y el manejo del bolígrafo-pistola y el
zapato-móvil es preciso conocerlos al dedillo, abrir despachos, desentramar
insurgencias, apelar a la verdad a medias o a la media. Somos la Inquisición y el
Tribunal y obedecemos por el cumplimiento de la Causa. Incurrimos en delito, ¿y qué?
El Estado de Parto y el Estado del Asunto divulgan también lo que antes no era público.
Somos secretos y solemnes, y si nos hacen largar, nos negamos. El silencio, niña, es
ignorado, pero para nosotros es naturaleza. Oye, ¿por qué haces tantas preguntas? ¿No
serás el enemigo o una doble agente?
WAN.—No, yo soy Wan, Wan Li Woo, Magic...
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Vale, vale, ya sé cómo te llamas. Y ese osito, ¿no será una
jugarreta?
WAN.—Es mi osito Fichi y no molesta a nadie.
86
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Dime, ¿qué haces aquí? ¿A qué dedicas el tiempo libre? ¿Y
quién es él?
WAN.—¿Él? ¿Quién?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Él. Contesta.
Le echa el humo en la cara frecuentada de sol y lámpara usada y bombilla común.
WAN.—Yo no soy ninguna espía. Yo estoy intentando traer a mi mama.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—¿Dónde está tu madre?
WAN.—En el Cielo.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Si tú madre está en el cielo es que no es comunista.
WAN.—¿Y eso es importante?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Mucho, porque quiere decir que tu madre no volverá, tu
madre está muerta.
WAN.—Mi madre está viva. Si descubre qué es Lambda, yo la traeré.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Indócil. A ver.
Lee el Libro de la Golondrina.
El NÚMERO LAMBDA ES...
Rectángulo es el paralelogramo que tiene los ángulos rectos y los lados contiguos
desiguales.
Wan, tremebunda, aristotélica, chafada por la cantidad y el montón de datos, lanza:
¿Qué es rectángulo? ¿Qué lado puede considerarse como base del paralelogramo?
WAN.—¿Me podría decir, por favor, qué es Lambda?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Lambda es lo mismo que el oso panda de tu osito.
WAN.—¿Es lo mismo que Fichi?
87
ESPÍA VENIDO A MENOS.—-Es lo mismo que menos la secante de 2 pi tercios24.
WAN.—¿Y eso qué es?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Es lo mismo que 2.
WAN.—Vaya lío. Creía que era 3.
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Wan.
WAN.—¿Sí?
ESPÍA VENIDO A MENOS.—Tú nunca me has visto. Este encuentro jamás se ha
producido.
WAN.—Gracias, señor Espía.
Wan apea el 
en su lugar coloca el 2.


Wan Li Woo recala en la Fórmula Madre de la Golondrina. Un Espía de pacotilla se ha
unido a su retahíla de amigas y amigos descosidos: primero, una hiena; después, un
Conde con colmillos; luego, la Guardiana preocupada por sus hijos; más tarde, la Luna
astral; luego, la Autoridad Competente y el Atolón Oceánico; luego, el Rey Lucho y el
Bono U2; luego, Eva, la Ultrajada; luego, Cravan, el del título mundial, y la Momia. Y
ahora un Espía venido a menos.
Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Violette, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Violette Szabo. Sobre la ménsula de arenilla, ata el papel a la
patita con la Fórmula apetitosa. La enmarca, la paloma jadea, la tranquiliza, la oficia:
“Tráeme a mi mama”. Violette echa a volar.
24

 sec 2
3

88
Capítulo Twelve. XII
Wan permanece como un icono en el terraplén de arena cálida y, a lo largo de parapetos
de tumbas de arena, que son desierto, dejando atrás un cordel de paso, como una
cañada, inicia el camino ancho del desierto. El exterior del desierto es una plaza y su
borde. Contigua a Wan, las veredas silíceas de serón y el discurrir inservible del día
vecino son parte del despoblamiento. Atraviesa el día al desierto y a Wan. En medio del
desierto, Wan, la niña, el velo. Mientras allana barbacoas y aplasta el contrabando de la
arena desagregada, escucha el tic tac acumulado de un reloj de bomba. Tic tac tic tac tic
tac. Una especie de almud-mujer aguarda el momento acarreando en su cuerpo una
funda de explosivos que le ruedan por los michelines y le rodean la vejiga. El tic tac tic
se sucede en la roca de esta mujer, fiel, con la cuenta atrás: ...cinco minutos ocho
segundos, cinco minutos siete segundos, cinco minutos seis segundos...
WAN.—Hola.
KALAN SEGUR.—Salá malecúm.
WAN.—¿Qué quiere decir eso?
KALAN SEGUR.—Hola.
WAN.—¿Qué lleva ahí?
KALAN SEGUR.—Un escenario bélico.
WAN.—¿El qué?
KALAN SEGUR.—Un ataque suicida, mi atentado más personal.
WAN.—¿Se va a matar?
KALAN SEGUR.—Voy a volar por los aires.
WAN.—¿Por qué?
89
KALAN SEGUR.—Porque así está decidido. Mi objetivo es este punto. A la hora
marcada, mi balance será funesto. Soy digna de las brigadas de Kfar Saba, mis
hermanos.
Bajo la túnica y la capa verde de mártir, mechones de cabellos asimétricos y
desordenados le dan relieve de guerrera y de hija predilecta. Kalan Segur tiene 13 años
y una nuca como una estrella polar. El gel se ha ido por el susto y su yo y su melena,
extendida y sellada en la funda de padecimiento y de religión, segregan silicona líquida
y glándulas y orina.
KALAN SEGUR.—La muerte me espera.
WAN.—¿Por qué quiere morir?
KALAN SEGUR.—Yo no quiero morir.
WAN.—¿?
KALAN SEGUR.—Mi pueblo está extinguiéndose, destila servidumbre y fatiga y se
arrodilla. Mi pueblo está oprimido y carecemos de armas. Mi pueblo tiene gana y
carecemos de pan. Morir matando es el jugo que bebemos.
A Kalan Segur le tiembla la reiteración, la humedad le tiembla, le apestan las llantas de
los pies, forradas de su traje convencido de la resistencia anticipada, y le huelen a
chorros de matanza los sobacos rizados de varias texturas. Tiene miedo.
WAN.—¿Tiene miedo?
KALAN SEGUR.—Sí.
WAN.—¿Cómo se llama?
KALAN SEGUR.—Kalan Segur. Hija de Ami Segur y nieta de Nabil Segur, militantes de
la Yihad y kamikazes. (...Tres minutos dos segundos, tres minutos un segundo, tres
minutos, dos minutos 99 segundos...) Yo era un bebé cuando me adosaron este cinturón
integrista.
90
WAN.—No la entiendo. Es muy joven...
KALAN SEGUR.—Hemos intentado no morir, pero nos aniquilan. Mi madre sembró el
pánico en una pizzería, mis hermanos ensangrentaron un local lleno de ciudadanos.
Sembraron el caos en Tel Aviv, en Saliman, en Jeratel. Mi destino suicida es cuantos
más caigan, mejor; cuantos más, mejor.
WAN.—¿Y les hace caso?
KALAN SEGUR.—Oye, yo preferiría seguir como tú, tranquila, disfrutando de este
agosto otoñal, pero el único medio de hacernos respetar es este, las ondas ofensivas son
estas. Somos niños que tendríamos que estar en la escuela, pero las resoluciones25
incumplidas nos han traído aquí.
Gotas de sin remedio surgen copiosamente. Tras la capucha de desierto que le aplasta a
Kalan los bucles y le potencia lo perjudicial, se diluye un litro de confusión y apuro. De
cuchillas, sin apetito. Se depila el canguelo. Se le agitan los brazos. La respiración
adquiere una amplitud en la que cabe el universo entero. Le traicionan las vocales y
recela de las palabras. Apenas discurre, y tartamudea empinadamente. Le tiemblan las
carnes con el tremolar del riesgo y la arritmia recta. Ha adelgazado a falta de dos
minutos para su atentado: ...dos minutos 13 segundos, dos minutos 12 segundos, dos
minutos 11 segundos...
WAN.—¿Y no hay otra forma de arreglarlo?
KALAN SEGUR.—La tierra es sagrada, las peñas que voy a triturar y que me calzan son
el metal y el sitio de mi razón y de mis antepasados. La parte mínima me limpia porque
la arena fina del desierto y la proporción que contiene es mi horma. La arena me moldea
y es sagrada y deseada para mí y para los míos, para mis hermanas y hermanos y mis
padres y mi futura descendencia.
25
23424, 3’9, 1002, 308...
91
WAN.—¿Tiene hijos?
KALAN SEGUR.—No.
WAN.—¿Qué descendencia va a tener si peta en mil pedazos?
Piedrecitas de devastación sutil y sacas de acequias y arena le riegan la frente estrecha.
La piel de Segur se funde como un zumo en líquido y organismo. Piensa en el salmón
que tanto le gusta y que ya no va a probar más; piensa en el viaje a Murcia y en los
trucos con las cartas. Las toallas se agolpan para recoger la piscina de sudor que rebosa
y la edificación del mar de sudor que la desplaza. Apoyada en el respaldo de su
entereza, con la justificación de la familia, apoyada en el deber y en la posición de su
profundo sino se incita al suicidio.
KALAN SEGUR.—He de morir.
WAN.—Si quiere, puede vivir.
KALAN SEGUR.—No tenemos otro mecanismo. Hemos soportado cómo nos reducen al
precinto, cómo nos deportan, nos cercan, nos destruyen y nos hacen brotar el odio y
siembran lo vano y mienten y nos arruinan y nos ejecutan a ráfagas mezcladas con
abundante calma. He escrito mi determinación y tengo muchísimo miedo. (...Un minuto
20 segundos, un minuto 19 segundos, un minuto 18 segundos...).
WAN.—Es normal que tenga miedo.
La mirada de Segur denota una insuperable angustia y un desánimo descarado.
Intensamente ama. Y los escalofríos, la muchísima congoja que confiesa y las mallas de
cartuchos la reprenden. Quiere vivir.
Wan se rasca la cicatriz que le hizo, cuando tenía apenas cinco años, una farmacéutica
atiborrada de antibióticos, o eso dice mintiendo. Fichi, atristado, se estremece.
KALAN SEGUR.—Puedo dedicarte mis últimos segundos.
WAN.—Yo no quiero que muera.
92
KALAN SEGUR.—Sé que estás buscando a tu madre y que vas haciendo que la gente lea
por ahí fragmentos del Libro mágico. Sé cómo te llamas, Wan.
Kalan Segur le quita el Libro Geometría Primer Grado que la Golondrina le trajo en su
migración. Lee a Mu.
EL NÚMERO MU ES...
Figuras semejantes son las que tienen la misma forma con distinto tamaño.
Wan, meditabunda, se echa las alforjas de dudas a cuestas: ¿Qué son figuras
semejantes?
WAN.—¿Y bien?
KALAN SEGUR.—Bien sé decirte en 20 segundos que el Número Mu es menos el
número i al cuadrado26, que no es 3, que es 1. Lo siento.
WAN.—Gracias, Kalan.
Wan acomoda en la Fórmula Madre de la Golondrina ciega, de la hiena Lucrecia, del
Conde anestesiado, de Antonia pesarosa, de la Luna sin el sol, del Presidente de la Junta
Contramaestre, del Rey Gatica y de Bono Abono, de Eva la de Adán, de Cravan versus
Cravan, de Tutankamón y del Espía ex CESID el 1 en el puesto de 


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Margarita, en recuerdo de la
mujer admirada por su madre Margarita Xirgu. Ata el papel a la patita con la Fórmula
preciada. La paloma se desprende, Wan la percibe, la acomete, le ruega a la paloma:
“Tráeme a mi mama”. Margarita echa a volar sobre un hongo de dinamita y polvo.
26
i 2
93
Capítulo Thirteen. XIII
Wan cruza la carretera monocromática y toma conciencia de su propósito. El desierto la
entorpece, la entierra, porque es desierto. En medio del desierto, una niña y un velo
bruno. De paso, un chillido separado:
YAZD.—¡Uy!
Wan advierte el sonido desapacible y articula la intención de agachar su mirada y ver
qué está pisando. La cabeza de Yazd permanece fija e incrustada en el lecho de arena.
Las hormigas hace siete meses que la pellizcan y su ombligo está repleto de arácnidos.
Las partes de Yazd son baldosas y segmentos, porque está atrapada. Los escorpiones la
asedian, a la altura de su flequillo a lo garçon. Desfilan con los aguijones en formación
de a seis, unas pinzas de cisterna de sustancias nocivas, afectos de la ira.
WAN.—¿Qué hace ahí?
YAZD.—Pronto seré lapidada.
WAN.—¿Y la han enterrado viva?
YAZD.—La costumbre. Los extremos se atraen y por eso invitan a la arena movediza.
La mujer puede llegar a ser un garfio y por eso se la teme. A mí me han enterrado y mi
azote convocará a levas de hombres prestos a arrojarme muros y bloques de hormigón.
El mortero, la armadura, las barras de acero, el tallo de los pilares, las filas de la
aleación del carbono, la chatarra, el templo de la rudeza... Me arrojarán las pastillas del
freno y las montañas de Nevada y la cadena de los Balcanes. En virtud de la tradición.
WAN.—¿Qué hizo?
YAZD.—Adulterio. Mi marido me obligó a acostarme con él.
WAN.—¿Y la han condenado a esto?
94
YAZD.—¿A la lapidación? Normalmente me habrían enterrado hasta las axilas, pero mi
falta cometida me obliga a ser rechazada doblemente. Me tirarán piedras.
WAN.—¿Le tirarán piedras?
YAZD.—Sí, y me proferirán insultos, en diferentes gradaciones: “Zorra, hija de puta,
guarra, sucia, pelleja, barata, hija de la grandísima puta”. La dureza es el estado de
debilidad del prójimo. Así, los hombres se sienten briosos y el denuedo les aumenta las
ganas.
WAN.—Vaya.
YAZD.—Exhalarán sus montones de fundiciones inflexibles y los zapatos y el níquel me
aporrearán el abdomen. Me despojarán de todo. La lapidación incluye el wolframio y un
rápido signo equinoccial que no se comprende en Occidente.
WAN.—Allí no están muy contentos con lo que os hacen.
YAZD.—Porque no son cultos. La lapidación es la exquisitez retorcida y la cultura de
Oriente.
WAN.—Jolín.
YAZD.—Alcanzar la fama por medio de la lapidación es estar acorde con el dictamen y
obrar con mérito. Meter a alguien en un agujero como este es sacarle del error en el que
estaba.
WAN.—¿Qué error?
YAZD.—Ya te lo he dicho. Me acosté con mi marido. Adulterio.
WAN.—¿Eso es adulterio?
YAZD.—Qué mas da. Si la gente lo cree así, es adulterio.
WAN.—¿Pero es adulterio?
YAZD.—Cuando la luna está creciente y el año lunar languidece es señal de que el santo
Ramadán comienza. Ayuno y abstinencia. Apedrearme es lo que revelan las Escrituras.
95
WAN.—¿Dónde está escrito que la tengan que matar a pedradas?
YAZD.—En los Fundamentos de Jakarta.
WAN.—¿Dónde?
YAZD.—En los Fundamentos: en las profecías, en el 666, en la aritmética de grupo, en
el sillón de Tàpies y en su pantuflo. Las embarazadas fueron las primeras...
WAN.—Las primeras, ¿en qué?
YAZD.—Las primeras en ser apedreadas. Las primeras en alcanzar la gloria y la
residencia del Duodeno. Las normas son las normas. Los comensales vienen, se sientan,
alardean de la curva de la felicidad y me arrojan sus piedras. El suplicio es antiguo y por
eso me pongo a tiro. La raja que me abrirán en el cogote por el alud de pedrisco y las
viñas de metal será fatídica. Me lanzarán ascensores hidráulicos, gabardinas de
temporada, la escopeta nacional, los remaches de hormigón armado y reforzado, las
excavadoras, los amortiguadores, el casco de la botella y la botella, los Urales, sierra
Morena, el acantilado del Himalaya, la cascada y las minas del Rey Salomón.
En la escalada del destierro, Yazd adapta su óvalo facial a los óleos abrillantadores de
su look. Una mujer de tono platino es Yazd.
WAN.—¿Y no puede escapar?
YAZD.—Escapar sí puedo, pero no debo.
WAN.—¿Por qué?
YAZD.—No está bien escapar.
WAN.—Pero si escapa se salvará.
YAZD.—Las normas son las normas. La tradición es antigua. Te repito, somos hembras,
y nuestra liberación ¿qué es? Esquizofrenia. Pura y llanamente. Estamos manchadas
desde el Principio. ¿Quién nos salvará?
WAN.—¿Quién?
96
YAZD.—El Alto Mandatario, el Benevolente, El Fármaco de la Neurosis, el que cenó
Carnero. Para no recaer en lo mundano tenemos su terapia, que es la ventaja de nuestra
Fe.
WAN.—¿Y no le gustaría salir del agujero?
YAZD.—Calla, blasfema. La lapidación es una burrada, pero es necesaria y para la salud
mental lo es más.
WAN.—A mí no me parece que sea así.
YAZD.-Porque a ti nunca te han lapidado por adulterio.
WAN.—Usted tampoco es adúltera.
YAZD.—Soy adulta y adúltera, lo cree la gente, y eso es así.
WAN.—No la entiendo.
YAZD.—No hay que entender nada. Lapídame. Puedes coger una piedra y machacarme
el ojo derecho, o el izquierdo, lo que más te apetezca. Te estaré agradecida.
WAN.—Yo no le voy a hacer daño.
YAZD.—Dile a tu muñeco que me eche gravilla, por lo menos.
WAN.—Fichi no le va a hacer daño, tampoco.
YAZD.—¿Boicot? Craso error. El gusto es mío. Tu protesta no es solidaria. ¿Eres amiga
de la nigeriana Amina Lawal?
WAN.—¿Quién?
YAZD.—Déjalo.
WAN.—No entiendo cómo le gusta morir de una manera tan cruel.
YAZD.—Nos enseñan a aceptar las normas. Las normas son las normas. La tradición es
antigua. Y nosotras nos volvemos más autoritarias que nuestros esposos. ¿Por qué
cambiar?
WAN.—Porque así seréis más libres.
97
YAZD.—¿Para qué quieres la libertad?
WAN.—Para hacer lo que a una le guste.
YAZD.—A mí me gusta seguir las normas, ¿a ti no?
WAN.—-i es para morir, no.
YAZD.—Te deben de haber dado una pedrada en la cara.
WAN.—No, es de una trastada.
YAZD.—¿Qué te pasó?
WAN.—(Miente.) Se me cayó un cazo con la leche hirviendo.
YAZD.—¿Y qué haces aquí si no apruebas la ablación ni la lapidación?
WAN.—Busco a mi mama.
YAZD.—Dime cómo se llama. A lo mejor la han lapidado.
WAN.—A mi mama no la han lapidado. Se llama Yolanda.
YAZD.—No, no la conozco. Y dónde la buscas, ¿en un desierto?
WAN.—Voy siguiendo las pistas de este Libro. Me lo dio la Golondrina.
YAZD.—Esos pajarillos siempre la lían a una. Acércame la página. ¿No será el Libro de
Joel?
WAN.—No creo.
YAZD.—¿Por dónde empiezo?
WAN.—Por aquí.
Yazd lee con sigilo.
EL NÚMERO UN ES...
Los planos, los mapas se hacen a escala.
Wan se acribilla el atuendo de interrogantes: ¿Qué es un mapa a escala?
98
YAZD.—Doy fe que el Número Un es la cosecante de 3 pi cuartos al cuadrado27.
WAN.—¿Eso dará 3?
YAZD.—No, niña, eso dará 2.
WAN.—Gracias, Yazd.
Wan, la angustiada Wan, que aprendió del perfil de los Números de la impresión de una
hiena, de Drácula, de Antonia, de la Luna, del Maestro Marinero, de Lucho Gatica, de
Bono, de Eva Lilí, de Arthur Cravan, de Tutan, del Espía y de una mártir, deposita el 2
en la casilla de , en la Fórmula Madre.


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Zenobia, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Zenobia Camprubí. Ata el papel a la patita. La paloma tiene ojos
garzos, es trigüeña y parada, y Wan la aviva con su tesón de niña fascinante: “Tráeme a
mi mama”. Zenobia echa a volar.
27
 4
csc2 3
99
Capítulo Fourteen. XIV
Wan, poco a poco, lo dicho, en la vía. El desierto malogrado es una anarquía abusiva.
Antes, durante y después, se mete en la zanja de arena, que es desierto. Las
desavenencias se esfuman en la infancia de Wan. Nota que la piel se le enrojece,
cronológicamente. Desde las 12 en punto su fotografía es la de la flacidez. La
epidermis, floja y laxa, la desmotivan. La niña, curtida por el sol que espolea, se expone
al objetivo del astro rey. Examina su cantimplora en la que se defiende una gota de
limón. Insuficiente para saciar su sed tremenda. La mantienen tersa las fibras de
colágeno y elastina. En medio del desierto, Wan con velo. Va por el camino con las
alteraciones del calor. Lo único que la tonifica es lo que, de repente, se encuentra en el
intermedio. Lucian Freud, hijo de Ernst Freud, arquitecto, y nieto de Sigmund Freud,
psicoanalista, pinta el lienzo intacto. El sol le quema la vista y penetra en la estatura
pequeña de Wan.
LUCIAN FREUD.—¿Quién eres tú?
WAN.—Wan Li Woo.
LUCIAN FREUD.—Te llamas como un restaurante chino.
WAN.—Me lo puso mi mama.
LUCIAN FREUD.—Me lo imagino. Es muy bonito ¿Te digo mi nombre?
WAN.—Venga.
LUCIAN FREUD.—Lucian Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis.
WAN.—¿Qué es el psicoanálisis?
LUCIAN FREUD.—El método y la doctrina. Un diván, no el de Tamariz, el Mago, sino el
del experto en la lectura del perfil, o sea, algo así como la elección de la mente
adecuada. Un baño en el que te cicatricen las impurezas recientes y los tirantes te
100
ajusten el escote. ¿Tú llevas escote? (Wan se ruboriza.) Perdón, tú eres muy pequeña
para llevar escote. Pero llevarás escote y entonces tu psicoanálisis te diagnosticará una
capa basal.
WAN.—¿Qué es la capa basal?
LUCIAN FREUD.—La capa basal es como un pigmento pardo negruzco con gránulos de
bilirrubina. Los humanos tenemos coroides y ventosas. Y eso es de lo que trata el
tratamiento de Freud, de sueños. ¿Sueñas?
WAN.—Claro.
Wan, el otro día, soñó que soñaba con un trombón. En el sueño, su madre le tocaba la
sonata del pastor San Gabriel.
LUCIAN FREUD.—Me hubiera gustado conocer a tu madre.
WAN.—Es muy guapa.
LUCIAN FREUD.—Y pintarla desnuda. (Wan hace mutis por el foro.) No me interpretes
mal, no soy un salido ni un psicópata ni un sado. Yo pinto, sabes. Pinto objetos de la
naturaleza como mi solar con escombros de Paddington y pinto sencillez desnuda junto
a trapos. En general es lo que hacía mi abuelo, el inventor del psicoanálisis.
WAN.—¿No era usted el psicoanalista?
LUCIAN FREUD.—Era mi abuelo. Te he mentido.
WAN.—¿Por qué me miente?
LUCIAN FREUD.—Porque forma parte del inconsciente. Te explico: si estás consciente,
es que tu consciente es el alter ego de tu inconsciente y tu Yo tiene superpoderes y ya
no es yo, sino Superyó. El instinto carnal está por medio y la represión del instinto es lo
que aflora en tu conciencia.
WAN.—No entiendo nada.
101
LUCIAN FREUD.—Normal, pocos entienden una sugerente retrospectiva. La
clasificación es el retrato. ¿Quieres que te haga un retrato?
WAN.—Vale.
LUCIAN FREUD.—Ejem ejem... Tú misma.
WAN.—Yo misma ¿qué?
LUCIAN FREUD.—La ropa.
WAN.—Grosero. Me voy.
LUCIAN FREUD.—No te vayas. Llevo horas internado en este desierto aguardando un
desnudo integral. ¿Qué esperabas? Es un retrato informal. Eres mejor que los bollos de
Chelsea y que las cebras disecadas.
WAN.—No quiero.
LUCIAN FREUD.—¿Y si te alquilo?
WAN.—Tampoco.
LUCIAN FREUD.—Te lo pierdes. La reina Isabel estuvo 80 horas conmigo. Kylie
Minogue fue un tulipán conmigo. Las galerías te subastarían. Dejarías de ser el margen
y serías un compendio real, grabada en el óleo, escultural. Me fastidia no poder
radiografiarte en escena.
WAN.—Lo siento, pero no.
LUCIAN FREUD.—Y si te dijera que irías a Michigan, recibirías buenas críticas, serías
una existencialista, una habitual del SOHO, la antelación del glamour, la adivinación de
la habitación del hotel...
WAN.—No.
LUCIAN FREUD.—Entonces no hay trato ...Apilaríamos sofás verdes y te retrataría con
un fondo amarillo, como de desierto.
WAN.—Es que estamos en un desierto.
102
LUCIAN FREUD.—...Virtuosa, con el pelaje y el ranúnculo, tus reflejos intensos,
estudiando la parte trasera de tu personalidad... ¿Quieres que descubra tu personalidad?
WAN.—Inténtelo.
LUCIAN FREUD.—¿Qué signo eres?
WAN.—Libra.
LUCIAN FREUD.—Disfrutarás de iniciativas y de capacidad de decisión, lo que te
permitirá realizar cambios personales importantes. ¿Acierto?
WAN.—Buah.
LUCIAN FREUD.—De cerca acierto. He abierto una brecha en tu concepción interior a
regañadientes. ¿Acierto?
WAN.—No mucho.
LUCIAN FREUD.—Seguro que acierto. He desmantelado y he modificado el mobiliario
de tus principios. He trasladado tus cómo. Alrededor tuyo se invoca al respeto pero te
avergüenzas de tu madre. Acierto.
WAN.—Yo no me avergüenzo de mi mama.
LUCIAN FREUD.—Deliberemos. Tú quieres a tu madre. No hay complejo del Hipo, no
eres ambiciosa, no quieres tumbarte, no hay disfraces, escándalos, simbología remota...
Me has ganado.
Wan, emplumada y atrevida, se gira, poco arrepentida de no haber posado. La
ilustración de su cara de canela es el reinado de Akenatón, centrada, orgánica. La
decadencia de sus uñas quebradizas la empujan a una alfombra funcionaria y de
dimensiones espectaculares. Wan ve que el lienzo es un cráter blanco. Lucian Freud
pinta al osito Fichi, que es el único desnudo integral del paraje, y lo pinta con la cicatriz
desangelizada de Wan. Pintar pinta la letra 
Geometría Primer Grado.
103
Lee.
EL NÚMERO XI ES...
La unidad principal de superficie es el metro cuadrado, o sea, el cuadrado de 1 metro
de lado.
Wan, la incombustible cerilla de Wan, se interpela y se interroga: ¿Qué es un metro
cuadrado?
WAN.—No entiendo ni papa.
LUCIAN FREUD.—Esto que pinto es tu seno, el seno hiperbólico de cero28.
WAN.—No se lo consiento, maleducado.
LUCIAN FREUD.—Tranquila, es otro seno, que da 0. Un 0 para tu Número Xi.
WAN.—Así pues, gracias.
Wan, confusa por el seno cero, castiga a la Fórmula Madre y la descalifica,
suspendiendo el cero en el sitio que le corresponde, al lado de los Números de Lucrecia,
no la Borgia, sino la hiena; del Conde, no el de Montecristo, sino Drácula; de Antonia,
no la de Antonio, sino la Gendarme; de los cuernos de la Luna; del Compositor y
Biógrafo del Ismo-Ninismo; de Lucho el Trucho; del asomo de Paul Hewson; de Eva la
de la manzana; del cuadrilátero de Cravan; de la Momia momificada; del Espía secreto;
de Kalan Segur, la niña mártir, y de Yazd lapidada.


28
sinh(0)
104
Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Halina, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Halina Szpilman. Ata el papel a la patita con el pedacito de
esperanza. Wan se maravilla del rojo candor de la paloma, de su inocencia inmaculada,
la insufla, y arrulla a la paloma con su canto grave y enamoradizo: “Tráeme a mi
mama”. Halina echa a volar.
105
Capítulo Fifteen. XV
Wan pacta el itinerario y retoma la etapa del desierto. En medio del desierto hay una
niña. En medio del desierto hay un velo. Procura abrirse como un arco para estrechar la
arena y continuar. El desierto caótico tiene forma de ese donde ondean las clavijas de
las corrientes y su rastro. Una bocanada de aire seco agita las mangas de Wan. Hay
torres que se encogen y se ondulan por efecto del viento. Malsín es viento, los ramos de
los vientos y su cuerda larga y alta y alta. Wan se tapa con un velo el filo de su cabello
que es como un jardín de alegorías lilas con olor de muguetes. Depende el viaje de Wan
de la plancha del desierto, que marca su línea y las cuartas del ángulo de su cuerpo.
Desde el primer momento, Wan, con una segunda piel fresca de cedro, planea sobre la
derrota que sopla y sobre las borrascas cardinales. Wan se gasta y se contrae. En la proa
del desierto tropieza con una violinista. Es japonesa. Compuesta y puesta en el
diapasón, la violinista anuda las cuerdas y apoya el puente y la cejilla. Se concentra en
lo fúnebre y le sale una melancolía. Deja de mecer el brazo y se percata de Wan.
YIKURU ASEYO.—Hola hermana.
WAN.—Yo no soy su hermana.
YIKURU ASEYO.—Pues te pareces a mí, pero sin la cicatriz. ¿Eres japonesa?
WAN.—No soy japonesa. (Miente.) La cicatriz es de un balonazo.
YIKURU ASEYO.—Tienes el envase de las japonesas, moldeada, deliciosa. ¿Eres china?
WAN.—No soy china.
Wan no es china aunque posee ciertos rasgos faciales orientales. Es mediana, pero no
china. Wan se abraza más a Fichi, su osito.
WAN.—¿Qué toca?
106
YIKURU ASEYO.—La Sexta de Barlovsqui. Es un compositor noruego que durante
muchos años permaneció encerrado en un gulag.
WAN.—¿Qué es un gulag?
YIKURU ASEYO.—Un campo de concentración.
WAN.—¿Qué es un campo de concentración?
YIKURU ASEYO.—(Yikuru Aseyo fuma en pipa llamada narguile.) Un campo de
concentración es una reclusión fulgurante de supuestos sospechosos. En un metro
cuadrado por un metro rectángulo se pueden aprisionar a mujeres y a hombres distintos,
de distintos estampados, con chanclas o con pasas. Lo pasan mal. Como yo.
WAN.—¿Usted lo pasa mal?
YIKURU ASEYO.—Sí.
WAN.—¿Por qué?
YIKURU ASEYO.—Porque no tengo partitura con la que poder tocar mi violín.
WAN.—Si le vale este Libro. A la Golondrina que me lo dio seguro que le alegraría.
Yikuru recoge la hoja con el Número Omicron. Se asienta en la arena, se relaja los
codos, abre una zanja en el instrumento y pacta la sinfonía. Se aposenta. Saltea las
pestañas llenas de arena. Se coloca en posición. Y lee.
EL NÚMERO OMICRON ES...
El área del trapecio es igual al producto de la semisuma de las bases por la altura.
Wan se suena la nariz y estornuda con esta comezón: ¿A qué es igual el área del
trapecio?
Cuando Yikuru Aseyo, de una belleza sin igual, da la orden a sus falanges de parar el
movimiento celestial de los dedos, queda en el aire quedo una nebulosa que hipnotiza.
107
Yikuru la compara con el coseno hiperbólico de 029, 1. Algo totalmente alejado a 3.
Wan le da las Mercedes.
Wan, Wan Li Woo, Mademoiselle, imbuida de la ligereza de los acordes clásicos,
repasa su Fórmula y confía en que alguna de las palomas que ha soltado al ancho Cielo
suyo alcance a su mami y le traiga noticias de ella. La paloma de Lucrecia, la paloma de
Drácula, la paloma de Antonia, la paloma del satélite lunar, la paloma del Comisario
Político Contramaestre, la paloma de Lucho, la paloma de Paul, la paloma de Eva —no
la manzana—, la paloma del púgil, la paloma de la momia con alzehimer, la paloma del
Espía, la paloma de Hezbolá, la paloma de la mujer árabe y la paloma del pintor de
desnudos son las palomas que han ascendido con sus ascetismos en busca de Yolanda.
Wan sustituye
 por 1.


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Christiane, en recuerdo de la
mujer admirada por su madre Christiane Collange. Le ata el papelito preñado con la
madre de las Fórmulas. Sin gritar, sin rechistar, sin oponerse, Wan se camela a la
paloma refinada y poliedra: “Tráeme a mi mama”. Christiane echa a volar.
29
cosh(0)
108
Capítulo Sixteen. XVI
Wan finge estar despierta. Está dormida. El sueño le sucede licenciosamente, y va
sumiéndose en él a tropezones. Es de noche en el desierto. Wan, mientras se coloca en
posición fetal, probablemente, lloriquea. Carece de madre y de entretenimiento. Su
deseo y su esperanza es que la noche y la luz y el calor intenso del desierto se doren y se
conviertan en madre. Que la alternativa al desierto sea la alegría. Se queda dormida.
Coge el sueño, pesado, desierto, imposible de desechar, hundido hasta los tuétanos,
tumbado, de sueño, y se concilia. Le estorban los acordeones nocturnos y los autobuses
de sus pesadillas: itinerantes, urbanos, reservados. Suelta las piernas a sus anchas y se
ofrece al sueño, rendida y descabezada. En su pensamiento está la madre.
Modestamente preferiría una cama, pero disimula. Dormita. Hace frío. Las noches le
impiden velar su descompostura. Se recoge como un perro furibundo, una mascota de
feria, busca la manta. Ni en sueños. No hay manta.
El frío la enloquece. Es una iglesia fría el desierto. Wan con velo en medio del desierto.
Su vestido de lino le es indiferente, desapagada e ineficazmente duerme. El frío,
plácidamente, le recomienda el refugio. En un desierto, la sensación es de desierto. No
hay donde guarirse. Las gallinas ya no ponen huevos. Cacarean a deshora. El espíritu de
las plantas se reduce. La nieve, aína, cae y se aposenta. El cuerpo pla pla pla pla pla pla
pla plaorbo. El frío de la noche fusca. Bebe de su cantimplora helada y el limón
congelado no cabe por la abertura. Se le inflama el tejido y desaparece entre la flogosis.
La sensación es de helarse hasta la cuajada y operar el intestino de estalactitas. El
frigorífico de la noche sobrecoge y pasma al indiferente. Fría y yerta está Wan. Su
sangre coagulada acobardada se retira de las venas y requiere el cobijo para seguir en la
pista. Una mano se posa en su trineo y le coloca una corola de espigas rosadas e
109
inesperadas, con trozos de vasijas desmenuzadas y ataviadas de barro y loza morisca y
griega. Sobresaltada, Wan se echa atrás.
WAN.—¿Quién es usted?
GAUDÍ.—Gaudí, el arquitecto.
WAN.—¿Qué quiere?
GAUDÍ.—Construirte y componerte. Con analizarte en tu conjunto comprendo que estás
sola. Más vale sola que mal acompañada, ¿no?
WAN.—¿Me va a hacer daño?
GAUDÍ.—No, por Dios, he venido a tomar ideas con pastas. ¿Tienes pastas?
WAN.—¿Pastas?
GAUDÍ.—Galletas.
WAN.—¿Galletas?
GAUDÍ.—Sí, María Dorada.
WAN.—No, no tengo galletas.
GAUDÍ.—Qué lástima. Crujen en la leche como una oveja descarriada. Es cosa fina. ¿Y
tú?
WAN.—Y yo ¿qué?
GAUDÍ.—¿De qué estás hecha?
WAN.—¿Cómo que de qué estoy hecha?
GAUDÍ.—Sí, ¿estás cocida o te sirvieron en platos y tazas? Ming, Ting, Shing y Ju Pi
son las mejores dinastías, barnizadas como un ajuar.
WAN.—No, yo no tengo nada de eso.
GAUDÍ.—No creas que estoy loco. Es que me he pasado tanto tiempo entre el bullicio
de las piedras y el TENTE que he perdido algunas neuronas. Mi ilusión sería ver
terminada la Sagrada Familia.
110
WAN.—¿La Sagrada Familia de Barcelona?
GAUDÍ.—La Sagrada Familia es una nimiedad con mi Sagrada Familia.
WAN.—¿A qué Sagrada Familia se refiere?
GAUDÍ.—La que crece como los geranios y a la que le puedes canturrear mientras está
la tele encendida.
WAN.—¿Y la va a terminar?
GAUDÍ.—Me atropelló un tranvía y los tendones se revolvieron. Acabarla es mucho
trabajo y muy costoso para una persona. Necesitaría una cremallera, un patrón, las
medidas 10 por 10, el esquema, los dobladillos, las costuras, el cosido delantero y el tiro
de la abertura, coser la cinturilla y doblar el talle encarado y roer el cruce y volverlo del
revés. Bordar el ojal, extremar el remetido, pespuntear alrededor y disponer de unas
rodillas. Eso necesitaría.
WAN.—Pero usted es Gaudí.
GAUDÍ.—Gaudí era un hombre normal que se casó con el marqués de Comillas.
WAN.—Un hombre no se puede casar con un marqués.
GAUDÍ.—¿Cómo que no? Mi primer trabajo fue un armario de formas geográficas.
WAN.—Será geométricas.
GAUDÍ.—No, geográficas, gráficas. Un armario empotrado con unos efectos de
tiramisú. Las líneas incrustadas, transparentes, claras y lustrosas. Las mezclo con el azul
del Mediterráneo y obtengo una escalera o un puente de arcos o un Palau con la forma
de una vasija.
WAN.—¿Y fabricó un armario?
GAUDÍ.—Sí, con perchas, espesores y huecos. Y en el hueco del mueble colgué la ropa
y a mí mismo.
WAN.—¿Qué? ¿Se colgó?
111
GAUDÍ.—No, a mí me mató un tranvía. A otros les mató la cal del cementerio, pero de
eso no fui testimonio. Fue dos décadas más tarde. Me colgué como se cuelga una estaca
o un hombre delgado, como una parra, esperando salir.
WAN.—Salir, ¿de dónde?
GAUDÍ.—Del armario.
WAN.—¿Salir del armario?
GAUDÍ.—Efectivamente. Y para que lo sepas, a mucha honra. Me colgué con un palo
largo y un pie para que estribe. La prenda fui yo.
WAN.—¿Para qué hizo eso?
GAUDÍ.—Para demostrar y transgredir, innovar y supurar. Yo dije, y está escrito al lado
de un dragón: “La originalidad consiste en volver al origen”. Y eso hice. Me metí en la
placenta. Pero como no hallé placenta entre los arbustos ni utensilio que se le pareciera,
encontré un armario, y que se rumoree.
WAN.—No lo sabía.
GAUDÍ.—Nadie lo sabía, ni mis padres. Sólo lo sabía la Guardia Civil y el cabo
primero, que me echó un cable y algo más.
WAN.—¿Y ahora está construyendo algo?
GAUDÍ.—Estoy abierto a nuevos proyectos.
WAN.—Yo tengo uno.
GAUDÍ.—¿Cuál?
WAN.—Que me diga un Número de este Libro.
GAUDÍ.—Dispara.
WAN.—Es el Número Pi, que no lo entiendo.
GAUDÍ.—Reúne un grupo de piedras que yo, de mientras, evalúo qué es Pi.
Gaudí lee.
112
EL NÚMERO PI ES...
El área de un polígono irregular puede hallarse descomponiéndolo en triángulos,
calculando luego separadamente el área de cada uno y sumando las áreas parciales.
A Wan se le viene un alubión de infertilidad: ¿Cómo puede hallarse el área de un
polígono irregular?
Ni la semilla plantada en el Libro de la Golondrina que perdió el Norte por ir al Sur y
rubricada por una hiena, por un Conde chupóptero, por una señora policía comprensiva,
por un astro a la hora de los lobos, por un Contramaestre erigido en estatua ecuestre, por
un Lucho y por un Bono, por Eva sin perdón, por el boxeador y por la Maldición, por
Kalan y Yazd, por Lucian Freud y por la violinista Yikuru Aseyo podría entender lo que
es, de verdad, el Número Pi.
Gaudí amontona las piedras y alberga una colonia en la que diseña el módulo del vector
de componentes 3 y 430. Su valor radica, no en el número 3, y menos en 3,1416, sino en
5. Wan y Fichi, agradecidos, dan brincos y despejan su mente.


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Nawal, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Nawal Al Saadawi. Ata el papel a la patita. La Fórmula Madre
no tiene cicatrices en la cara como Wan. Ella despoja a la paloma de su acoquinamiento
a volar, acunándola antes con estas sílabas: “Tráeme a mi mama”. Nawal echa a volar.
30
(3, 4)
113
Capítulo Seventeen. XVII
Wan reaparece de día como si la escupiera un tornado. Debajo de sus dos plantas están
los deditos de dos ceniceros chamuscados y la tentación de un termo. Ella tiene calor.
En medio de un desierto, una niña con velo tiene calor. Las pupilas infantiles le saltan
del calor. Sus ojos son niñas como ella y se le salen de sus cuencas con sensación
ardiente. La niñez de Wan es la de un pájaro cónico, pardo, castaño, rojizo y ceniciento.
El babero de Wan deja entrever su papilla. Las babas sedentarias le abundan en el pecho
mientras su garganta gorjea y hace quiebros. Su nula experiencia en la vida no le impide
obrar con reflexión y paciencia. Ojalá que la madre de Wan Li Woo, en alguna
circunstancia u ocasión votiva y oportuna, se acomode de nuevo en su costado,
arrebujándose junto a ella. Siempre o casi siempre que Wan se abate por la culpa de no
tener a la mama, su conciencia le induce al desaliento. Pero su temperamento de niña
terrible le lanza al desafío. Según Wan, su madre está y vive para contarlo.
Simplemente, se ha tomado un agosto de vacaciones con su melena
rubiaemenemenemenemenemenemenemenemenes profeta. Las profesoras de francés
del Liceo ya se percataron del entusiasmo irreverente de una niña capaz de tratar con el
Supremo Oficio y con el lance del Destino. Por eso le tatuaron en la frente el título de
Mademoiselle, que significa pez en el agua y echa a sí misma, mucho antes de Buda y
del coro de Arcángeles de Moisés. Wan fue portada de octubre en la revista
estadounidense Time. Su continuo movimiento con concierto y propósito motivaron a la
publicación a dedicarle la portada perenne y caduca número 0. En letras grandes:
“Magic Parker Klei busca a su madre”. En Estados Unidos prefieren llamar a Magic
Parker Klei, Parker Klei, descargándola de notable aristocracia y de ejercicio de clase
privilegiada. Lo de Magic les suena a los norteamericanos como superfluo y nada
114
pragmático o noble, de entresuelo. El nombre de Wan, al poseer reminiscencias chinas
—Wan no es china—, les asusta. Lo relacionan con Chinatown o con La Base, Al
Qaeda. Wan nunca ha sobresalido de los límites de su casita. Hoy su casa es este
desierto. Como la tierra es esférica, Wan se mueve por su madre. Pero se mueve
aflojada y mal encajada porque busca sin remedio lo que —aún no lo sabe— ya no tiene
remedio. No lleva zapatos, ni herraduras. Dos claraboyas son sus ojos y camina con
ellos para atrapar a su madre. Caminando está Wan sobre una bola de arenilla
enclaustrada, el desierto. Debajo de sus pies, su imagen, rodando al paso de una niña de
siete años, zangolotina. Imperecedera, desatendida, rendida, batallando contra la
adversidad y el contratiempo, y dejada por el manco Dios. Wan abandonó la lactancia,
pero el afecto para con su madre es una obligación y una postura voluntaria. A veces,
sólo a veces, en el sendero de dunas del desierto, encuentra puerros que le aportan el
realce de su dieta mermada, porque es a base de limón de cantimplora su dieta. La piel
de Wan, estriada, empapada de impecables escamas, es más la de un metal dorado que
la de una niña. Su pelo fino y seco, con las puntas abiertas y paulatinamente sufridas por
un velo, le acarrean piojos con sombrilla, que se procuran una mezcla de cucharadas
soperas de arena licuada. Piojos regenerados, fibrosos, desde épocas inmemoriales la
pinchan y la inflaman en el desierto. Wan emprende y reemprende el intento de hallar a
su madre, porque es su derecho. Y sigue y, habida cuenta, prosigue. Su labial purpurina,
la de su mejilla, denota que su ánimo permanece intacto y, afortunadamente, permanece.
Wan se despide del sonajero haciendo sonar su reloj de plata. Un reloj suizo con figura
de cuña. Wan se embarca en su travesía por el desierto, con velo de niña, con la maleta
de palomas blancas rosáceas. Las palomas silvestres de tamaños y castas son de color
anisado. Wan, apacible, las cubre con una sábana para protegerlas de las inclemencias
del sol galápago. Atadas con la driza junto al pico de un cangrejo, las velas de las
115
palomas liberadas tocan con sus dedos el cielo abovedado. Wan cree que su madre está
en la constelación austral, al lado de K-2000, envuelta en ondas y tórtolas sin bucles.
Las palomas de toca y pon, de collar de plumas de cocodrilo, vuelan por la calzada que
la Santísima Trinidad les tiene asignada. Las palomas mensajeras y moteras no saben
leer, pero les encanta extenderse por el cielo azul del desierto para enviar escritos avant
la lettre. Su palomar está en la bolsa de Wan, que las cría y les evita el sol de azufre.
Una mujer, otra entre tantas mujeres, se desconsuela con las mamellas y la boca en lo
hondo del desierto. Es Neca Jara, y es argentina. Tiene tres chavalines con Demócrito,
su marido, que está en la cola del Banco para que le informen de que no hay vales con
que pagar la ración de los pequeñuelos. “Créame que no hay vales, ni insulina”, le
contestan al marido, repicándole los oídos como una campana gótica y presuntuosa.
Neca busca una cola para hacer cola, pero no la encuentra. Una de dos, o en el desierto
no hay nadie o es que la gente no tiene necesidad de hacer colas.
NECA JARA.—¿Qué haces? —le asalta con intención apizarrada.
WAN.—Hablarle a las palomas.
NECA JARA.—¿Torcaces?
WAN.—Sí, hablarles.
NECA JARA.—¿Torcaces?
WAN.—¿?
NECA JARA.—Las palomas mensajeras pueden ser torcaces o perdices. Las torcaces son
las de mayor envergadura, con el obispillo blanquecino.
WAN.—Bueno.
NECA JARA.—¿Cómo te llamas?
WAN.—Wan, Wan Li Woo.
NECA JARA.—Bonito nombre.
116
WAN.—Gracias. También puede llamarme Magic Parker Klei, o Mademoiselle.
NECA JARA.—Prefiero llamarte compañera, más que compatriota, que suena a idiota.
WAN.—Bueno.
NECA JARA.—Y él, ¿quién es?
WAN.—Es mi osito Fichi. No habla.
NECA JARA.—¿Lo han amordazado?
WAN.—No, es un osito.
NECA JARA.—¿A ti te han amordazado?
WAN.—No, ¿por qué?
NECA JARA.—Por la cicatriz.
WAN.—Es un recuerdo.
NECA JARA.—Yo soy argentina, vengo de la Argentina, del país del tango y las playas
de Buenos Aires. Me llamo Neca Jara y soy piquetera.
WAN.—Pique... ¿qué?
NECA JARA.—Piquetera. Pico a los que me infligen y me afligen, sea el Banco Mundial
o el Bundestag. No hago distinción de razas. Pego a la globalización.
WAN.—¿Qué es la globalización?
NECA JARA.—Estar hasta las narices y estar en paro. Parada forzosa como los astilleros
de Vigo o las minas de María Luisa, esas en las que las camisas se tiñen de rojo y de
carbón rojo.
WAN.—¿Está parada?
NECA JARA.—Estoy parada y, sin embargo, no estoy quieta.
Neca Jara es el reflejo imprescindible. Sin cruzarse de brazos, es un monte en las torres
de casta. Está inquieta, y se agita. Su genio mide lo que miden sus ojos cobrizos, que
echan chiribitas cuando no están sosegados. Cautiva con su voz como un árbol, y va
117
descalza como Wan, y tiene los pies en forma de diadema. Vástaga, encina, envés, Neca
Jara es la rabia de la Argentina y su futuro.
WAN.—¿Qué hace en un desierto?
NECA JARA.—Busco la cola. ¿La has visto?
WAN.—¿Qué cola?
NECA JARA.—La del Supermercado.
WAN.—¿Qué Supermercado?
NECA JARA.—El Supermercado de este barrio. Aquí la gente comerá algo, digo yo.
WAN.—Este barrio está desierto.
NECA JARA.—Alguien vivirá en él.
WAN.—Yo creo que no; algún lagarto...
NECA JARA.—Juancho sin la dicha, digo yo. Busco la cola para dar el rancho a los
míos.
WAN.—¿Tiene hambre?
NECA JARA.—Soy argentina si es eso a lo que te refieres.
WAN.—No me refería a nada.
NECA JARA.—Y si no encuentro la cola, me colaré en el establecimiento de víveres más
cercano. Me aprovisionaré para varios días, hasta que acabe el corralito.
WAN.—¿Qué es el corralito?
NECA JARA.—El almacén de las gallinas de los huevos de oro. Unos mal nacidos
probetas a falta de madre justa y justiciera concibieron una huerta. Esa huerta, en la que
tenían que crecer los alimentos y los implantes, se tradujo en un laboratorio de óvulos
de calderilla. Y la huerta, que es mi país, dejó de producir, porque unos mal nacidos
preferían la técnica del apropiamiento indebido.
WAN.—¿Qué técnica es esa?
118
NECA JARA.—Coger lo que no es tuyo y largarse a Suecia o a Finlandia. Transportan
sus valores intercambiables y logran el negocio equivalente a muchos millones de
marrones y el desprecio de los míos.
WAN.—¿Quiénes son los suyos?
NECA JARA.—Demócrito, mis bambinos y las casuchas de mi Distrito. Por eso ahora
somos piqueteros.
WAN.—Pique... ¿qué?
NECA JARA.—Ya te lo he dicho. Piqueteros. Llevamos las piquetas de amoníaco y
hacemos sonar con el estruendo de los bólidos las locomotoras, las cacerolas, los
cascanueces, la batidora, el reloj de cuco, la vasija, el ajuar, la olla exprés, la escoba y el
cerro de las desocupados.
WAN.—¿Hacen ruido?
NECA JARA.—Nuestros cazos articulan la confusión y la ponen en litigio.
WAN.—¿Por qué?
NECA JARA.—Porque le recuerdan a los de arriba que aquí estamos. Somos la cuchara
inmutable y el tenedor de la discordia. Somos el sonido de la sustancia, de la
insignificancia humilde e independiente. Y nos plantamos y les decimos a todos: ¡Basta!
WAN.—¿Os hacen caso?
NECA JARA.—Nos harán caso. Te explico: somos un nogal. Lo parduzco, si no se
divide, encierra la semilla, provista de volumen y albumen. El seno es árbol. Lo
inservible, mañana será prominente. La mascarilla es la ballesta que casca a los
colmados de bienes. Somos tornillos mosqueados.
WAN.—No entiendo.
NECA JARA.—Ya crecerás.
119
La intención de tisana depurativa de Neca Jara es roer la corteza del abedul, del endrino,
y ayudar con su cometido a los castores obreros que derriban regímenes de calorías y
dictaduras encubiertas. Neca está firme y proserpina, con el principio de las vitaminas A
y E y las ceramidas. Las bolsas de sus ojeras están hinchadas. Está expuesta a las
inclemencias, porque está en un desierto. Se irrita y la tirantez de su piel padece los
estragos de los retortijones. En la Argentina no hay calefacción o gas natural, hay
champú de sodio y vaselina que se emplea con insistencia y sin vacilación. El caldo del
que está hecha Neca es el de la leona en celo.
NECA JARA.—¿Y tú qué haces aquí? ¿Buscas una cola?
WAN.—Busco a mi mami.
NECA JARA.—¿Tu madre está en una cola?
WAN.—Mi mami está en el Cielo.
NECA JARA.—¿Con los malos?
WAN.—Con los buenos.
NECA JARA.—Al cielo van los que tienen riquezas que conservar. Aun así, tu madre no
creo que fuera una caradura.
WAN.—Mi madre es una santa.
NECA JARA.—¿Y quieres ir a verla?
WAN.—Quiero que baje. Por eso voy por ahí dando que leer.
NECA JARA.—¿Qué lees? ¿El Manifiesto o El Capital?
WAN.—Yo no leo. Sé leer pero no entiendo lo que pone. Es el Libro Geometría Primer
Grado.
NECA JARA.—¿Dónde lo compraste?
WAN.—En el quiosco de la Golondrina.
NECA JARA.—Déjame cultivarme.
120
Va y lee.
EL NÚMERO RHO ES...
El dodecaedro regular tiene 12 caras que son pentágonos regulares.
Wan se rasga las vestiduras de sus ojos rasgados: ¿Cuántas caras tiene el dodecaedro
regular y qué polígonos son?
Los personajes de Wan caben en un muestrario de coleccionista inglés en el undoso
desierto: hienas, dráculas, policías, lunas, la Autoridad, Luchos, Bonos, Evas,
peleadores, indómitas mujeres resignadas, faraones, espías, pintores, violinistas con obis
y arquitectos. Todos ellos fueron precursores de Números. Para sumarse a la Fórmula
Madre, porque la unión hace la fuerza, Neca Jara levanta el puño izquierdo.
NECA JARA.—Rho es el número binomial 4 sobre 231. No 3, sino 6.
WAN.—Gracias, Neca.


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Dolores, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Dolores Huerta. Ata el papel a la patita. Wan imprime su sello
frigio en las plumas de la paloma pasionaria, augurándole este porvenir: “Tráeme a mi
mama”. Dolores echa a volar.
31
 4
 
 2
121
Capítulo Eighteen. XVIII
Wan aletea como una mariposa de las Barbados. En medio de un desierto, Wan con
velo. Sin más dilaciones, en un desierto de truenos de sol, María se posa, una mariposa.
Sus 14 centímetros son suficientes para espantar a cualquiera. La rabadilla, en la punta
del espinazo, le retuerce la espalda que es un tormento. Una víctima del infortunio es
esta mariposa de vistosos y sacros colores en el cóccix. A María le duelen los ovarios y
las alas articuladas por meras palabras de halagos. María suspira. Al principio, provoca
el rechazo de Wan Li Woo, que aunque no es china ni nació en Shangai, ni en la aldea
de Zaeiyi, tiene rasgos achinados que le vertebran la cara cicatrizada. Después, en un
momento de debilidad, Wan, Magic Parker Klei y Mademoiselle se enternecen, las tres,
y una sola se enternece, porque, siendo como es ella una niña en medio del desierto,
siente pena de una mariposa postrada y medio sin vida.
WAN.—¿Qué le sucede, mariposa?
MARÍA LA MARIPOSA.—Me llamo María.
WAN.—¿Qué le pasa, María?
MARÍA LA MARIPOSA.—¿No lo ves? Me han secuestrado las alas. Me han crucificado.
WAN.—¿Por qué?
MARÍA LA MARIPOSA.—Porque represento la Primavera.
En efecto, la mariposa yace en la landa de arena, con la rabadilla descosida y dos
alfileres perforándole los órganos del apéndice. Unas alas de mariposa de Elena, de la
diosa Helena —con hache y sin ache—, como dos tejados o como dos aletas, como dos
pórticos de frescas mañanas planas y sustentas de aguafuertes, contrastan con el color
que tiene el tescal.
MARÍA LA MARIPOSA.—Ya ves, no puedo volar.
122
Como un Jesucristo en la Cruxificción, un desalmado, o varios, han clavado a esta
arquitectura en la arena de palacio.
WAN.—¿Quién se lo ha hecho?
MARÍA LA MARIPOSA.—Unos niños vinieron.
WAN.—¿Los conocía?
MARÍA LA MARIPOSA.—No, nunca los había visto.
A María le trastorna la presencia de Fichi.
WAN.—Tranquila, es mi osito, no le hará daño. (Volviendo al tema.) ¿Y por qué le
hicieron esto?
MARÍA LA MARIPOSA.—Dijeron —entre sudores y vagidos, María tiende a
desvanecerse, rasgadas sus cortinas como están en un lienzo desenmarcado— que no sé
qué de la estación del deshielo, de que si soy para los tiempos buenos, representante de
acaparadores, que nunca he sufrido, que canto y no sé qué de murallas.
WAN.—No entiendo.
MARÍA LA MARIPOSA.—Yo tampoco. Uno de ellos, el más flacucho, el que estaba en un
extremo con una ametralladora al hombro, y que parecía ser el jefe o el cabecilla...
(Cambiando de tercio.) Perdona, no tendrás agua en la cantimplora...
WAN.—No, tengo limón, pero apenas unas gotas.
MARÍA LA MARIPOSA.—No importa, me muero de sed. (Wan le acerca la cantimplora a
la antena de la boca. Un piquillo de limón le roza y le limpia el sudor y las lágrimas
inútiles de sus antenas, que le retoñan de nuevo, infectándole las lagañas menudas y
aprovechándose de ella. María entona su adagio, ahogado, desde el pecho, rayendo un
hueco de esperanza en la opresión que le han impuesto unos niños desalmados.)
Gracias.
WAN.—No hay de qué.
123
MARÍA LA MARIPOSA.—Tenían armas, fusiles enormes como palos. Querían mis
pétalos. Declaraban que yo no podía ir por ahí como lo que soy, una mariposa.
WAN.—¿Por qué?
MARÍA LA MARIPOSA.—Porque ellos pasaban necesidad y guerra. Y que yo cegaba los
ojos a la gente y les hacía callar o decir otras cosas de las que les obsesionaban.
WAN.—¿Qué les ocurría a estos chicos?
MARÍA LA MARIPOSA.—Que tenían rabia. Me gritaban e insistían en que ellos eran el
flanco de la lucha, la osadía, el regimiento, la contienda, la tropa, el baluarte; y a mí me
consideraban para los “tiempos bonancibles” y, por tanto, debía desaparecer.
WAN.—¿Y por eso la han dejado así?
MARÍA LA MARIPOSA.—Querían que sufriera para que mis cristales se apagaran y que
los azules se convirtieran en grises. Mis hélices son dos paletas de Tolousse, de Rothko,
de Cézanne. ¿Conoces a Cézanne?
WAN.—No tengo el gusto.
MARÍA LA MARIPOSA.—Pintó La danza. ¡Qué majestuosidad, La danza!
WAN.—No, no le conozco.
MARÍA LA MARIPOSA.—Y me chillaban, que si era una desvergonzada, que si no me
preocupaba de los que no podían volar. ¿Es que tengo yo la culpa de que los que no son
mariposas no vuelen?
WAN.—No sé.
MARÍA LA MARIPOSA.—No, yo no tengo la culpa.
WAN.—¿Ellos tenían rabia porque no podían volar?
MARÍA LA MARIPOSA.—Sí, y por eso padecían esas calamidades; aseguraban que todo
tenía una conexión, que.. ¡Ah, bastardos! Y entonaron lo siguiente:
124
La sordera de los santos me desboca,
el misterio de los malos me alucina,
la parsimonia indiferente de los médicos
me llena de cólera salubre.
Cuando por vez primera en este mundo,
el hombre cure el dolor al hombre
y tenga libro el hombre, el pobre hombre
y la virtud valga de algo...
Yo escribiré poemas a la rosa...
(Gloria Fuertes)
WAN.—Y usted, ¿qué les contestó?
MARÍA LA MARIPOSA.—Yo me tapé las orejas. Me puse los auriculares.
WAN.—¿No les ayudó?
MARÍA LA MARIPOSA.—¿Ayuda, yo? ¿A esos fulleros con trabucos? Su desgracia no
me vale. En una cavidad de terruños verduzcos los metería.
WAN.—¿No se tropezaría usted solita y se clavaría sin querer las agujas?
MARÍA LA MARIPOSA.—Por favor... Trato de convencerte... Me es difícil hacerte
entender que me han agredido sin razón alguna, sólo porque soy superbonita. Me tiraron
del ala, arrastrándome por la arena. Yo me desmayé.
WAN.—Normal.
MARÍA LA MARIPOSA.—Ellos me acusaban de que ahuecaba el ala, que era una
cobarde. Eso no se lo tolero. Y se pusieron en fila y... oh.
WAN.—¿Qué hicieron?
125
MARÍA LA MARIPOSA.—Me... (Wan pone cara de asco. Ella ya ha oído el caso de una
mujer violada. Claro que ahora se trata de una mariposa como una rosa de guapa.) Me
dieron una cantidad de fajos de billetes que...
WAN.—¿Cogió...?
MARÍA LA MARIPOSA.—(Excéntrica, superflua, frívola.) Lo acepté. ¿Qué querías que
hiciera? Para mí el dinero significa protección, valerme por mí misma. Entre el lomo y
el tronco me hicieron hipódromos las medias, las anillas, las corolas, la blusa de lycra y
de tafetán de Armani. Me bajaron... Mírame. (Languidece.) El sol me da en los aros.
Los tonos de mis alas aceitunas se están degradando. Antes era bella y encendida en mi
trono, con alas como flecos, a la última, sin deshilachar, escotadas, psicodélicas,
ajustadas descaradamente, de vértigo. Ahora me están saliendo unos herpes... Esos
muchachos me sacudieron. Ni puedo abanicarme. Soy una calavera. Se me está
poniendo cara de oruga.
WAN.—Jolín, pobre mariposa.
MARÍA LA MARIPOSA.—María, bonica.
WAN.—Pobrecita María.
MARÍA LA MARIPOSA.—Si pudieras quitarme las agujas, te recompensaría.
WAN.—Lo intento. (Wan se nubla ante el esfuerzo.) No puedo.
MARÍA LA MARIPOSA.—Lo sabía. Las niñas chiquillas no tienen barquero.
WAN.—¿Qué quiere decir con eso?
MARÍA LA MARIPOSA.—Qué no das pan con queso, ni cien ni ciento.
WAN.—No la entiendo.
MARÍA LA MARIPOSA.—En un desierto como este no hay camerinos donde restaurarse.
WAN.—Ya lo sé.
MARÍA LA MARIPOSA.—Pues eso.
126
WAN.—Pues eso ¿qué?
MARÍA LA MARIPOSA.—Que tendrás esa cicatriz lo que dure la jornada.
WAN.—Es una nota de mi madre.
MARÍA LA MARIPOSA.—¿Dónde está tu madre?
WAN.—En el Cielo.
MARÍA LA MARIPOSA.—¿La querías?
WAN.—La quiero.
MARÍA LA MARIPOSA.—Si sigues estirando de las agujas, te concederé un deseo.
WAN.—¿Cuál?
MARÍA LA MARIPOSA.—El que me pidas.
WAN.—Ya lo he pedido.
MARÍA LA MARIPOSA.—¿Cuál es?
WAN.—No se lo digo, si no, no se cumpliría. Dígame sólo qué significa esto.
MARÍA LA MARIPOSA.—What?
WAN.—Es del Libro que me traerá a mi mama. (Es de la Golondrina que por querer ir
al Norte se perdió en el Sur.)
MARÍA LA MARIPOSA.—Leamos.
Lee.
EL NÚMERO SIGMA ES...
Llamase cilindro oblicuo el de bases oblicuas a las generatrices.
Wan, con el nudo anudado en la nuez y el trapecio en la tráquea, no vislumbra: ¿A qué
se llama cilindro oblicuo?
127
MARÍA LA MARIPOSA.—Si pudiese aletear, te dibujaba la raíz cúbica de 2 al cuadrado
por 4 elevado a 2 tercios32.
WAN.—¿Qué es la raíz cúbica de 2 al cuadrado por 4 elevado a 2 tercios?
MARÍA LA MARIPOSA.—Es 4 y es Sigma.
WAN.—¿No es 3?
MARÍA LA MARIPOSA.—No. Es 4.
WAN.—Muchas gracias.
Wan ha tratado con Lucrecia, con Dracu, con Antonia, con la Luna, con la Contra, con
Gatica, con Bono, con Eva, con Cravan, con Tutankamón, con el señor Espía, con
Segur, con Yazd, con Freud, con Aseyo, con Gaudí y con Jara. Una mariposa, revoltosa
María, aletea hasta formar un  .


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Joan, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Joan Baez. Ata el papel a la patita. Wan sisea a la paloma y le
murmulla calidez de este tipo: “Tráeme a mi mama”. Joan echa a volar.
32 3
22 4
2
3
128
Capítulo Nineteen. XIX
Wan se recluye en un convento de arena. La niña, en medio del desierto, con el velo en
medio de la arena. Wan enmienda sus pasos dependientes de la arena y los sustituye por
arena. Pasea reseca, incorporándose al círculo vicioso de no saber a dónde ir. Wan tiene
sed y remata su gozne con un trago de limón con hielo. En el desierto de Gobi no hay
Trinas ni pingüinos. En este desierto, tampoco. Los únicos moradores son Fichi, Wan y
la cicatriz de Wan. Delirante y posmoderno, es un desierto de cactus escandinavos con
mezcal en su savia. El desierto es una sauna de vapor. Wan tiene sed y la luz le incide
jubilándole la osamenta. Una labradora indígena ara la tierra encallecida. Es Rigoberta
Menchú, solaz, argüista, guatemalteca. Con una gran azada levanta surcos y arremete
contra el campo, que es desierto y no es campo.
WAN.—¿Qué hace?
RIGOBERTA MENCHÚ.—(Rigoberta alza su cabeza de riego impregnada de recurrentes
gotas de váteres.) Hincar la azada, sacarle provecho al barbecho. Eso es lo que hago. —
Y vuelve al tajo.
Rigoberta pertenece a la tierra que habitamos. Es la marca de la tierra y su parte.
Rigoberta la ocupa. La suela de sus sandalias es materia desmenuzable. Pisa el terreno
que proclama, que es desierto. Quiere sembrar maíz. La azada corta ridículamente las
láminas de arena. Su anillo y sus brazos persisten en cavar, roturar, remover y amasar la
tierra, que es desierto.
RIGOBERTA MENCHÚ.—Necesito un mortero.
WAN.—Es que por mucho que lo intente no va a poder sembrar nada. Aquí no crece
nada.
129
RIGOBERTA MENCHÚ.—Mira quién fue a hablar, una niña mimada. Yo he nacido
donde nace el estiércol. La historia de los míos es la curvatura de la espalda, y a ella me
debo. La leche emana de los pezones de la tierra, y cuando hay muchos que la buscan,
se sacude y se enfurece. Eso pasa.
WAN.—¿Cómo se enfurece?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Revienta su capacidad y explota en cuños y las legumbres se
vuelven áridas y sus granos salen por el tubo del volcán, en fanegas y porciones. Su
turma es salvaje y cuando se hincha la tierra no hay manera de ponerle el bozal. Es una
mala perra.
WAN.—¿Por qué?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Porque no hay culebra que la apacigüe, está sujeta a sus
palmos y a sus montones de haces y a sus almudes. La grieta, cuando se agrieta, rompe
la tapia. Echa un vistazo a estos pedruscos.
WAN.—Es arena.
RIGOBERTA MENCHÚ.—Son pedruscos. Antes de ser arena lo fueron, antes era campo
y arbolado. Aquí el cereal cabía en boles. Ahora es un mantillo de despojos de brezo.
WAN.—¿Qué es el brezo?
RIGOBERTA MENCHÚ.—La tierra sin opulencia, la que cuesta y se hace migas. Es la
que nos han prometido.
WAN.—¿Quién os la ha prometido?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Nos prometieron que sería fértil y abundante y mi pueblo está
porfirizado, apechugando con el ocre y su manganeso y con la coca y la Contra.
WAN.—¿La coca y la Contra?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Sí, niña, los paramilitares. Los que son capaces de
secuestrarnos y robar nuestras consistencias. Nosotros somos chatzoles, y también
130
tenemos derechos. Estamos hechos de muchos, pertenecemos al Planeta, somos
contiguos. Somos cantidades, quizás exiguas, pero nos encontramos en la Naturaleza.
Así, sin más.
WAN.—¿Y qué es lo que los paramilitares quieren?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Los paracas se organizan y nos machacan. Son lo contrario de
lo que somos nosotros. Ellos son holgazanes con pistola. Bartolos con casacas
verdachas. Infundidos de ruina y fundados en la destrucción. Venden coca, producen
coca, piden coca, se meten.
WAN.—¿Por qué no hacéis nada?
RIGOBERTA MENCHÚ.—¿Hacer? Somos guisantes comparados con ellos.
WAN.—¿Por qué?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Porque nos hacen y deshacen a su interés. Ellos poseen la
guita. Pero no nos rendimos. Si los gobiernos nos ocultan y nos olvidan,
desembarcaremos con más de nosotros.
WAN.—¿Os olvidan?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Sí, y es lástima comprobar que quien saca el garbanzo y el
haba del chaleco no gane la tierra porque no está en el Registro de la Propiedad. Es una
injusticia, ¿no crees?
WAN.—Sí.
RIGOBERTA MENCHÚ.—Oye, mira, mientras yo intento abrir besanas, tú echa las
semillas. ¿Te gusta el ojite?
WAN.—¿Qué es eso?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Es una planta. Tú máscala y sentirás mareos, pero reconforta.
WAN.—¿Es como una droga?
131
RIGOBERTA MENCHÚ.—Sí, muy antigua y muy usada. Viene de las selvas de la
Guayana, y los yanomami y los tapíes la mascan. Muerden la planta y la tratan con
cautela y respeto.
WAN.—(Agarra la ramita, pero se la queda en la mano.) Gracias. ¿Y qué va a plantar?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Nabos o maíz. Tierra adentro. Espero que el beneficio me
aporte algo de comida a la mesa.
Rigoberta está dejada. Su piel tostada es grasa cerrada, piel de tralla, y sus poros
dilatados le transcriben la frente en parágrafos y líneas curtidas y arrestadas. Fina y
gruesa, su voz es ronca y extremada, casi transparente en el decurso del contenido. Una
espinilla es su voz. Parlotea como puede, con sarpullidos de cólera y acento de criolla,
de cáñamo y de manteca. Rigoberta suda por el esfuerzo, y su sudor se aleja en riberas a
la vista de ella. Desciende la azada con práctica y manejo. Abrir surcos y desaparecer la
azada en su descenso. Ella es campo y campesina y persona ordinaria, espontánea y
silvestre. Y eso es lo que somos nosotros, por muchas vestimentas y florituras que nos
disfracen.
WAN.—¿Cree que crecerán los nabos?
RIGOBERTA MENCHÚ.—Eso no importa. Lo que importa es que contribuya a ello. Los
nabos ya decidirán si salen o prefieren fracasar en su intento. Lo que importa es unirse a
la Batalla; la Victoria no importa tanto.
WAN.—Yo también me uno.
RIGOBERTA MENCHÚ.—Así me gusta...
WAN.—-...Wan, Wan Li Woo.
RIGOBERTA MENCHÚ.—Eres una niña muy inteligente y trabajadora.
WAN.—¿De verdad?
RIGOBERTA MENCHÚ.—De verdad. ¿Qué haces aquí?
132
WAN.—Sembrar nabos.
RIGOBERTA MENCHÚ.—No, antes.
WAN.—Busco a mi mama.
RIGOBERTA MENCHÚ.—Ah ¿sí?
WAN.—Sí, ella está en el Cielo.
RIGOBERTA MENCHÚ.—¿Está muerta?
WAN.—No, está en el Cielo. Busco la manera de traerla. Me han dicho33 que la
respuesta está en este Libro.
RIGOBERTA MENCHÚ.—¿Qué Libro es?
WAN.—Geometría Primer grado.
RIGOBERTA MENCHÚ.—¿Y qué problema hay?
WAN.—Que no lo entiendo.
RIGOBERTA MENCHÚ.—A ver, leo.
Rigoberta lee.
EL NÚMERO TAU ES...
Se entiende por área de un sólido la medida de su superficie.
Wan echa amarres, sirgas, estachas a incógnitas que se convierten en arpones: ¿Qué se
entiende por área de un sólido?
Lucrecia la hiena; el Conde Draqui de Transilvania o Pensilvania, las dos en Rumanía;
la pasma de Antonia; el almidón menguante; el Capo de la costa; Lucho Gatica; Bono,
de U2; Eva la Principal; Arthur Cravan; la momia y sus gasas; el Espía de pacotilla tras
el asesino de Liberty Valance; la niña de Hezbolá; la mujer bajo la lápida; Lucian
33
Se lo han dicho golondrinas, hienas, dráculas, policías, lunas, piratas, cantantes varios, Evas, gallos de
pelea, mujeres musulmanas, momias, espías, pintores, violinistas, arquitectos escetas, comunas y
mariposas.
133
Freud; la violinista prodigiosa; Antoni Gaudí; Neca Jara (¡Adelante!) y María la
mariposa son producto del Libro que Wan está radiografiando para encontrar y para
saber lo que le puede aportar. Wan aspira a encontrar a su madre. A mansalva, a manos
salvas, Rigoberta esparce las semillas de la exponencial del logaritmo natural de 234.
Rigoberta saca un nabo de las yescas de terruños con forma de 2, de .
WAN.—Gracias, Rigoberta.


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Amparo, en recuerdo de Amparo
Poch. Con la Fórmula Madre casi zurcida y completada ata el papel a la patita. Wan
escombra los cardos de alrededor de la paloma y le silva: “Tráeme a mi mama”.
Amparo echa a volar.
34
exp(ln 2)
134
Capítulo Twenty. XX
Wan hunde sus dos filamentos de carbono en el pedernal de arena. El desierto amanece
cubierto de petróleo. Wan flota sobre la mancha, retenida en una marea negra de fuel y
sustancia refinada y caliente. A Wan, la masa viscosa le impide moverse y ejercitar sus
músculos, destilarlos y ser natural. El combustible abarca una superficie de desierto
legendaria, un espacio de petróleo desparramado, espeso, achocolatado. El petróleo
aumenta, esparcido por la arena, dando, como si de una brocha se tratara, brochazos de
tachismo hasta matar el cuadro de negro. Un cormorán bate las alas con encogimiento,
plegado en sí mismo, enrollado en una solidez que atormenta. El cormorán pide socorro
en el desierto.
CORMORÁN CHARLY.—¡Socorro!
WAN.—¿Puedo ayudarle?
CORMORÁN CHARLY.—Sí, límpiame las alas.
WAN.—Están pegadas, es difícil.
CORMORÁN CHARLY.—Ráscame aquí, me pica.
WAN.—¿Aquí?
CORMORÁN CHARLY.—Sí, más abajo. Me duele la barriga. Me he tragado 55.000
toneladas de tóxicos.
WAN.—Le tendrán que hacer un labado.
CORMORÁN CHARLY.—Oh, por dios, si me lavé la semana pasada. ¿No tendrás un
gelocatil?
WAN.—Eso no le aliviará el dolor.
CORMORÁN CHARLY.—Si al menos me pudieras remolcar... El petróleo me sienta mal,
es indigesto. Si lo aderezas con berberechos, almejas o mejillones, la tripa se te hincha y
135
se alborota. El desierto es una humaza. El mar ha roto a llorar y se ha desbocado en el
desierto con su antifaz ahumado de carburante industrial.
WAN.—¿Qué ha ocurrido?
CORMORÁN CHARLY.—Debe de haber sido una fuga de algún petrolero.
WAN.—Puede ser.
CORMORÁN CHARLY.—La costa está muy lejos, y hasta el desierto llega la porquería y
la cofradía de gasoil. El vertido es incontrolable. Unos armadores querían hacer de
piquetes para no dejar pasar el fuel, con barreras de sillas y cartones desvencijados. Pero
los tanques del buque viraron y se esparramaron por su jurisdicción: llanuras,
narraciones, vegetales, banquetes... Todo lo impregna el aceite.
WAN.—¿Esto es aceite?
CORMORÁN CHARLY.—De hecho, son dinosaurios extinguidos por la glaciación, o por
el impacto de un meteorito, que yacían en el lecho. Se utiliza como hidrocarburo, para
fumar puros, etcétera.
El desierto es de luto, contaminado con nafta, con química de queroseno y gasóleo de
depósito. Wan está empantanada de líquido oleaginoso y aceite inflamable y su pelo
está apelmazado y crepado.
WAN.—¿Y qué hará ahora?
CORMORÁN CHARLY.—No sé. Seguiré la ruta consignada por mi consignatario.
Demandaré a la Compañía, interpondré un pleito al capitán de la nave o a los astilleros o
alegaré daños y prejuicios. Es inmoral y poco ético, y un daño a mi condición y a mi
conciencia. Me han quebrado y deteriorado los principios del artículo 10 y 15.
WAN.—¿Le harán caso?
CORMORÁN CHARLY.—Es Derecho Penal. Mi pleito será llevado a los más altos
tribunales, a Estrasburgo si es preciso, a La Haya si me empujan.
136
WAN.—¿Por qué?
CORMORÁN CHARLY.—Porque me han derramado una capa de plástico por mi fina
cabellera y lo han convertido en una catástrofe, en un crimen de lesa humanidad.
WAN.—Pero morir, no ha muerto nadie.
CORMORÁN CHARLY.—Sigue siendo un crimen. Para los mariscadores es un crimen,
porque los vertidos les entran en los recibidores y les llega a la cocina. Para los nudistas
es un crimen, porque se despelotan frente a un solar de grasa; para las ballenas es un
crimen, porque no pueden engullir bivalvos ni hacer el vermú del mediodía con
anchoas. Las rías no tienen puertas y ahí se cuelan calmantes, antisépticos, apariencias,
estructuras flotantes llamadas bateas, tonelajes de primas... Habrá que dirimir
responsabilidades.
WAN.—Necesitará un abogado.
CORMORÁN CHARLY.—Me basto solo. La raza de los cormoranes es una raza de
cuervos con calaña. Hemos estado en otros frentes: Exon Valdés, 1989; Irak, 1991;
Erika, 2000... Pediré resolver el control turbio del medioambiente sin causar impacto. Y
pediré una indemnización: más charcas y arenales, el 15% del Doñana no afectado y
una pensión vitalicia de las que no se les conceden a las viudas, que son muy bajas.
¿Sabes cuánto les pagan a la viudas por su desamparo?
WAN.—No.
CORMORÁN CHARLY.—Unas 40 mil pesetas, que en euros son menos.
WAN.—Qué poco.
CORMORÁN CHARLY.—Muy poco. Yo, que soy muy sensible, necesito más. Me han
dañado la imagen, y ahora... ¿cómo le voy a gustar a mi pareja? No querrá que la corteje
ni querrá aparearse.
WAN.—Lo entenderá.
137
CORMORÁN CHARLY.—Lo tengo crudo —el cormorán sonríe, sin que Wan se dé
cuenta del chiste.
Wan se camufla en los bidones de negro depositados en la arena como en el lago
Asfaltites. Sus manos de betún y la arena del desierto se muestran impermeables a las
cremas. Wan no se unta con cremas, es una niña y no ha llevado su neceser al parterre
del desierto donde se encuentra, que parece una autovía y un ciclón de carreteras. En
medio de un desierto de crin de caballo, Wan y el velo de Wan. Hasta Fichi está
pringoso y descompuesto. El cormorán se lame el pescuezo, consultando su cutis, el
tono de sus patitas, la textura de su vendaje de plumas suculentas chorreadas de gravilla.
CORMORÁN CHARLY.—¿Y si mi hembra me da calabazas?
WAN.—Ella entenderá que esté sucio. Es un vertido, no es su culpa.
CORMORÁN CHARLY.—Asquerosamente sucio. Impregnado de líquido viscoso, con
una avalancha de chapapote sobre mi rastrillo. Mi plumaje es suave y blanco azulón y
fíjate... ¿Crees que le puedo gustar a alguien así?
WAN.—No diga eso.
CORMORÁN CHARLY.—Soy un cormorán. Charly para las amigas y para los amigos.
¿Tú te interesarías por mí?
WAN.—Yo soy una niña muy pequeña.
CORMORÁN CHARLY.—Claro, entre los cormoranes y las personas no puede haber una
relación estable, ¿no es eso?
WAN.—No se enfade.
CORMORÁN CHARLY.—Si no me enfado, pero esa excusa no me vale. Si no te gusto,
dilo. Prefieres a otro. Sé sincera. Yo te querría pese a esa cicatriz que tienes.
WAN.—Es usted muy simpático...
138
CORMORÁN CHARLY.—Ah, simpático. Los cormoranes simpáticos son peor que el
patito feo. Son granitos e irregulares.
WAN.—Es muy majo...
CORMORÁN CHARLY.—Pero...
WAN.—...Pero lo nuestro no funcionaría.
CORMORÁN CHARLY.—Hablas como una diva de Hollywood. ¿Por qué no iba a
funcionar? ¿Porque el polvo suelto del petróleo me ha retocado el maquillaje? ¿Porque
los pozos de Arabia adornan mi sofisticado cuello? Atraigo a las moscas como una
esponja al agua. Se creen que así, de negro, debo ser...
WAN.—Usted es un cormorán muy limpio.
CORMORÁN CHARLY.—Sí, pues díselo al gracioso que ha encharcado este lugar. Las
prisas, siempre las prisas. Tendría prisa y se dejó la mercancía. Necesito un gintonic.
WAN.—¿Bebe?
CORMORÁN CHARLY.—A ver. Es lo único para olvidar. Tú también lo haces, ¿no llevas
cantimplora?
WAN.—Son gotas de limón.
CORMORÁN CHARLY.—Que te hacen crecer lisa, arrugada y con pulpa.
WAN.—Está bueno el limón.
CORMORÁN CHARLY.—Prefiero mi pequeño hidratante. Estira, sácame, o tanta
monserga hará que me quede sin novia.
WAN.—Podría morir si se queda ahí.
CORMORÁN CHARLY.—Por eso, sácame, extráeme, succióname.
WAN.—Si me dices qué.
CORMORÁN CHARLY.—Qué, pillina.
WAN.—¿Qué es el Número Upsilon?
139
CORMORÁN CHARLY.—¿El Número qué?
WAN.—Upsilon. Es de una Fórmula que me servirá para traer a la mama.
CORMORÁN CHARLY.—La Fórmula ¿de quién?
WAN.—Del Libro de la Golondrina Progne, bueno, ciega.
CORMORÁN CHARLY.—Leamos.
El cormorán lee.
EL NÚMERO UPSILON ES...
El área de un poliedro regular es igual al producto del área de una de sus caras por el
número de estas.
Wan barrunta con la barrena: ¿A qué es igual el área de los poliedros regulares?
WAN.—Es difícil, ¿oi?
CORMORÁN CHARLY.—Y tanto. En lo fundamental, las tuberías y el taladro coinciden.
WAN.—Coinciden ¿en qué?
CORMORÁN CHARLY.—En que Upsilon es la parte entera del número Pi35.
WAN.—¿Qué es Pi?
CORMORÁN CHARLY.—¿Pi?
WAN.—Pi.
CORMORÁN CHARLY.—3,1416... Lo que te interesa, pues, es que la parte entera del
número pi es - 3.
WAN.—¿- 3?
CORMORÁN CHARLY.—Exacto.
WAN.—Gracias, Charly.
35
  
140
La cuadratura del círculo es un círculo con diferentes radios que escuchan la sintonía de
Lucrecia, no la cantante, la hiena; el Conde Dracu; la gendarme Antonia; la señora
Luna; el Contramaestre marinero; Lucho Gatica, el rey del bolero; Bono, líder de U2;
Eva maltratada; el boxeador Fabian Avenarious Lloyd; Tutankamón; el espía venido a
menos; la mártir de Hamas; Yazd, la lapidada; el pintor Lucian Freud; una violinista
japonesa; Gaudí; Neca Jara; María, la mariposa y la indígena Rigoberta. Wan es un
avispero con velo. Su ilusión lleva la corbata de la Fórmula Madre. Su ilusión es su
madre. Despeja el símbolo .


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Antonina, en recuerdo de la
mujer admirada por su madre Antonina Rodrigo. Ata el papel a la patita rascándolo con
la uña. Wan la instruye, la aconseja, la achucha contra ella envolviendo a la paloma de
cariño extremo: “Tráeme a mi mama”. Antonina echa a volar.
141
Capítulo Twenty One. XXI
Wan se deshace del alquitrán y del combustible y se remanga y se prende del sol de la
tarde. En medio del desierto, una niña, y un velo a la vera de la niña. Wan se arma de
valor y por la llanura de arena del desierto cabalga como una jinete amazonas experta en
armazones y angosturas. Wan recorre el valle de desierto atenta al río y a la libélula y al
chasquido de la rana de la hoja de nenúfar. Wan Li Woo lleva el dorso calenturiento,
trabillado, y las redondas pupilas son como dos especies de rendijas donde nadan los
adultos. Está estancada y, como es niña, es un animalillo indefenso. Se unce la cara con
la arena, imaginando que es un parque acuático lo que pisa. Y el oprobio del subsuelo le
adentra en la chapa de piel como una mesilla dispuesta sobre la ranura. A Wan le cuesta
respirar por las branquias de batracio. Ella respira por los pulmones y sus pulmones,
ahora, son dos chiquitos embriones rellenos de amnésicos y calor del sol. Expira, y le
sale un sapo por la boca. Inspira, y el sapo se transmuta en una salamandra. Y la
salamandra se limpia el delantal y se marcha a Salamanca, en autobús. En la distancia,
Wan percibe una estructura de arena. No es arena. Se acerca. Es un andamio. Un joven
con paleta y cemento hace la mezcla allá arriba y espera.
WAN.—Hola. (Ni caso.). ¡Hola!
MOZO DE LA OBRA.—¡Sí, señor Capataz...!
WAN.—No, soy Wan.
MOZO DE LA OBRA.—¡¿Quién?!
WAN.—¡Wan!
MOZO DE LA OBRA.—¡¿Quién es Wan?!
WAN.—¡Yo!
142
MOZO DE LA OBRA.—¡Yo espero al señor Capataz, que ha de venir con el arquitecto!
¡¿Quién eres tú?!
La niña le da por imposible e inicia el rito de las preguntas con su lengua blanda y
pescadora.
WAN.—¡¿Qué hace aquí subido?!
MOZO DE LA OBRA.—¡Currar, nena. Estoy con la reforma. Una chapucilla que me ha
salido. Vamos a levantar una choza. Para unos meses hay faena y contrato!
WAN.—¡¿Qué va a hacer?!
MOZO DE LA OBRA.—¡Un chalé!
WAN.—¡Pero si esto es un desierto...!
MOZO DE LA OBRA.—¡Oye, pava, perdona. El sitio no lo solemos escoger nosotros. A
nosotros nos mandan y a eso nos ponemos!
WAN.—¡Le ayudará alguien, ¿no?!
MOZO DE LA OBRA.—¡Sí, estoy esperando a mis compañeros. Se retrasan. Les va a caer
la del pulpo como se presente ahora el jefe. A uno ya lo han echado. Era peruano. Otro
se mató. Se resbaló en el andamio. En un quinto!
WAN.—¡Tenga cuidado!
MOZO DE LA OBRA.—¡Sí, nena. Vamos vigilando. Una vez construimos un tablao
flamenco para unos bailarines y nos regalaron el casco. Hoy no me lo he puesto. El
inspector está tomando el carajillo!
WAN.—¡¿Quién es el inspector?!
MOZO DE LA OBRA.—¡La abeja. Suele tener muchas verrugas, una por palo que da y
frustración que pega. Cuando menos te lo esperas, sale de alguna fiesta. Nosotros, para
mantener el equilibrio, llevamos unos arneses y caminamos a pies juntillas. Unas
cuerdas nos sostienen, pero para rematar los techos y las vigas hay que estar colgado!
143
WAN.—¿Por qué?
MOZO DE LA OBRA.—¡Porque en la obra hay dos peligros: uno, la música, y dos, las
paredes oscilantes!
WAN.—¡No entiendo! ¡¿Es que la música es mala?!
MOZO DE LA OBRA.—¡Nos entretiene. Con la radio y los 40 Principales uno se
desmadra y baila el Ritmo de la noche, desestabiliza la plataforma y se viene abajo!
WAN.—¡¿Y os hacéis daño?!
MOZO DE LA OBRA.—¡Por supuestísimo. Te repito, piba, que alguno se ha matado.
Ayer mismo. Se llamaba Juan y tenía 22 años. Era peruano. Su novia aún viene a
llorarle, pero estos hierros no conocen lo sagrado y si te acercas mucho hasta te cortas.
“La mayor catedral que podéis construir es la dignidad humana”, repetía la chica. Yo
me quedé igual. Algo habrá querido decir...!
WAN.—¡Qué vosotros sufrís en silencio!
MOZO DE LA OBRA.—¡Debe ser. Los que se quejen, a la calle. Debe ser eso!
WAN.—¡¿Y si no vienen sus amigos?!
MOZO DE LA OBRA.—¡Imposible. Se juegan la paga. Y los permisos de residencia. Uno
es de Chile y el otro es moro. Aquí hay chinos, navajos, polacos, portugueses...
Además, hoy tiene que llegar el aparejador y el maestro de obras!
WAN.—¡¿También son albañiles?!
MOZO DE LA OBRA.—¡No, ellos son técnicos, supervisores. Te mandan: “Un ladrillo
aquí”. Y tu vas y colocas un ladrillo. O “este apaño está paralelepípedo”. Y tu va y lo
tuerces y lo cueces un pelín. O “aquí no va edificio, va solar”. Y tu vas y destruyes los
azulejos y las habitaciones. La argamasa no necesita mucha cocción y molida se mezcla
más fácilmente. Lo que cuesta un huevo son los fragmentos de roca ósea y la cantera
hidráulica. Cuando picas ahí y haces el pasillo te duelen hasta los omoplatos.
144
Ordenamos la mezcla, manejamos los mangos y a la ducha, que hay que descansar y
dormir poco!
WAN.—¡Mucho trabajo!
MOZO DE LA OBRA.—¡Demasiado. Hoy, esta choza, que “adecentarán los orífices con
su oro”, según dice el aparejador. Tenemos adjudicado también un estudio en la
pendiente y una mansión. Y un hotel de cinco estrellas y la Torre de Babel, que será un
mástil largo y triangular, con cables tensados de cortinas y piedras vestidor. Un encargo
es contar el espacio y bajar los ventanales y el radiador hasta la repisa. En una planta de
4 metros por 3,40 metros aprovecharemos un rincón para pavimentar con una tarima
flotante en estratificado de haya una mesa auxiliar o unas puertas correderas, con
halógenos empotrados que iluminen la zona. (Giro de 180 grados.) Oye, menudo culo
tienes... Estás buena, ¿eh?! (Wan se pone roja y se le sube la arcilla roja en un instante.)
¡Tranquila, nena, que es un piropo. ¿Nunca te han dicho un piropo?!
WAN.—No, será por la cicatriz.
MOZO DE LA OBRA.—¡Pues yo te lo suelto: qué culo!...
WAN.—¡Pare, pare...!
MOZO DE LA OBRA.—Aunque tengas chorvo, yo no soy celoso.
WAN.—No, él es mi osito Fichi.
MOZO DE LA OBRA.—¡¿Cómo te llamabas?!
WAN.—Wan.
MOZO DE LA OBRA.—¡Qué coño haces aquí, nena!
WAN.—¡No falte!
MOZO DE LA OBRA.—¡¿Qué?!
WAN.—¡Nada. Sólo busco a la mama!
MOZO DE LA OBRA.—¡Yo no la he visto. A mí que me registren!
145
WAN.—¡¿Me podría leer esta página?!
MOZO DE LA OBRA.—¡Hace años que no leo, titi!
Wan le lanza el Libro de la Golondrina aquella que temía que se la comieran y que al
final se hizo amiga de Wan. Lee.
EL NÚMERO FI ES...
El área lateral de la pirámide regular es igual a la mitad del producto del perímetro de
la base por la apotema.
Wan tropieza con el inquilino interrogante: ¿A qué es igual el área de la pirámide
regular?
Wan insiste al chico de la obra que no cesa de atosigarla con el “¡qué culo!” que le
enyese la Fórmula magistral de unturas y edemas. Y que le adivine, a ser posible con el
lapicero, el compás, la regla, la escuadra, el tiralíneas y el decímetro, las púas del
Número Fi, su significado, porque es vital para la madre de Wan y para Wan.
MOZO DE LA OBRA.—¡No sé, no sé! ¡A mí me da en la nariz que la mezcla da uno
factorial36, oseasé, 1!
WAN.—¡Gracias, chico!
Wan ya tiene 1, y no es 3 ese 1. Tras ella, legión: desde una hiena hasta un conde; desde
una policía con hijos extraviados hasta la mismísima Luna; desde el Lucero del Mundo
hasta Lucho Gatica; desde el cantante de U2 hasta Eva, la de la pantorrilla; desde las
peleas de pandilleros hasta Tut Anj Amón; desde el aprendiz de Pierce Brosnan hasta la
inyección explosiva de Kalán Segur; desde Yazd lapidada hasta la paleta de Freud;
desde el Stradivarius de Aseyo hasta las catilinarias de Gaudí; desde el “corralito” de los
descamisados hasta María, la mariposa; desde la Paz de Rigoberta hasta el daño
ecológico.
36
1!
146
Wan introduce el dato en la Fórmula Madre.


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Marisa, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Marisa Paredes. Ata el papel a la patita con los Números del
trastero. Wan se da a la paloma rogándola que no ceje en el empeño, que vuele hasta su
madre: “Tráeme a mi mama”. Marisa echa a volar.
147
Capítulo Twenty Two. XXII
Wan, como es que está hecha de una pasta de perdón y de brazaletes, transita por el
desierto como Pedro por su casa. Una ola de calor nauseabundo e inquisidor la aturde. A
las 12 en punto del mediodía, la túnica del Sol cae en picado como un puñal de cocina.
Wan se seca el sudor y se lame las gotas de su carita de ángel, como un gatito de Ancora
con el pelaje de gasa y ratones en la guantera. Wan se lame la olla de sudor y reconoce
manchas naranjas de cola en su piel de mantequilla del tamaño de una tuerca, de un
piñón y de un ronquido. Sirviente, Wan anda a la zaga del secreto revelador del lebrillo,
o librillo, si cambiamos la e por la i. Oriunda del desierto, Wan, el velo de Wan, una
niña en medio del desierto, con las extremidades de faja, de tan estrechas y paralelas,
segrega agua, que es desierto. Paseando igual que una Miss por el cimarrón montículo
de las bandas rayadas de dunas y cunetas, Wan se topa con una cuna mísera meciéndose
en el caudal de la arena.
“¿Qué hace aquí una cuna?”, se encrespa insatisfecha. Para su sorpresa mayúscula y
esdrújula, una panza minúscula de bebé juguetea panza arriba. “Qué cosita más mona”,
considera Wan, y lo coge y lo estruja y lo besa, nanándole: “Ea ea ea ea ea”, así,
intentando salvar la irritación de la sequera del bebé. Al parecer, el bebé ya habla.
Retórica, la pregunta ni siquiera es embarazosa:
WAN.—¿Cómo se llama?
GUIDO.—Expósito, porque no tengo nombre. Aún no me han bautizado.
WAN.—Le llamaré... Guido. ¿Le gusta?
GUIDO.—Sí.
El renacuajo de pocos meses raya la perola como una carambola. Le patina la
mandarina, y dicta, con acentos y cosquillas.
148
GUIDO.—Mi madre me ha abandonado a mi suerte y a las bravas.
WAN.—¿Por qué le ha abandonado?
GUIDO.—Porque es una madre prematura, sin experiencia, veinteañera, y le apetece
más la fiesta y el Martini que los pañales y las midicinas. Y eso que yo me porto, no soy
refinado ni caprichoso, me he acostumbrado a dormir sin berrinches y no necesito
historietas. Caperucita, Pulgarcito y la Cenicienta me aburren.
WAN.—¿Nada más por eso le ha abandonado?
GUIDO.—Como a un chucho. Si al menos hubiera buscado un buen convento de
Clarisas, en el tormo me habría colocado y ahora estaría la mar de bien, rezándole a la
María y rodeado de oro, incienso y mirra. Pero no, me dejó caer como una colilla, aquí,
que no hay nada, ni crece nada, ni hay biberones...
WAN.—¿Tiene hambre?
GUIDO.—¿A ti que te parece? Tendrías que lavarme y pasarme unas toallitas, porque
esta mañana me he hecho caca. Los pañales están que echan ascuas.
WAN.—Yo nunca he cambiado unos pañales.
GUIDO.—Ya es hora de que aprendas. He dejado la cuna repleta de mierda, un
pestazo...
WAN.—Ya lo huelo, ya.
Los bordes de la cuna y las sábanas de franela se mecen con la rusticidad del la la la la
la la la la n constantes y, tan pronto habla, tan pronto se echa a sollozar, berreando que
es un portento unos ríos de lagrimones que le recorren la carita como hebillas.
GUIDO.—Ni siquiera sé la maternidad en la que he nacido. Al principio, salí. Vi unos
cuernos de res y un vaso de vino con los rayos de cian fucsia que me daba unos
cachetes. Silbaba, porque no podía escapar. Mi madre, sorprendida, me cortó el ombligo
y yo me precipité al suelo, como un tomate, haciéndome un chichón aquí, ¿lo notas?
149
(Con un dedo le enseña la pupa en el tejido capilar.) Increíble. Picaron al timbre, vino la
vecina y me metieron tal paliza en el culete que aún me espanta. (Y se pone a dar
berridos: “¡Buahhh buaaaaaahhhhhhh!”.) La vecina era matrona; luego me torturó con
inyecciones, medicamentos, aspirinas y potingues y, pasajeramente y de manera un
tanto tosca, con algún que otro cántico. Le aconsejó a mi madre que me debía meter en
la incubadora, que necesitaba una parturienta virtuosa para que me pusiera el sello y el
número de serie. Mi madre se asustó tanto que, primero, tuvo el impulso de arrojarme
por el balcón. Recapacitó, y creyó que lo mejor sería deshacerse de mí echándome al
cubo de la basura. Pero volvió a recapacitar y llegó a la conclusión que la huelga de los
basureros no solucionaría el asunto y que podría estarme horas y horas y lustros
derramando la piedad. Mis ojos, ya por entonces, y a los minutos de haber venido a este
mundo, eran dos escafandras vestidas de zanahoria, dos cebollas con el líquido destilado
de la desgracia. La culpa, presumía, era haber nacido, y esa, precisamente, no era mi
culpa. En todo caso, pecado de algunos. Mi madre fue una madre inoportuna y yo un
hijo mal nacido.
WAN.—No diga eso. Se arreglará.
GUIDO.—(Incrédulo.) Sí, seguro, en la calle. Al final, mi madre, después de
vagabundear por los pisos de los conocidos vendiendo clínex, decidió dejarme en este
desierto, en el confín, y sin el más mínimo escrúpulo ni consuelo.
WAN.—Qué pena.
GUIDO.—Ni que lo digas. Estoy malnutrido y mi dieta es que nadie me da la teta. Y tú...
(Wan se sonroja.) Tú debes ser demasiado pequeña para darme leche.
WAN.—Sí.
GUIDO.—Bueno, no importa. ¿Te depilas?
WAN.—No.
150
GUIDO.—¿Y tacones?
WAN.—¿Cómo?
GUIDO.—¿Usas tacones?
WAN.—No llevo.
Wan, para las Fiestas Mayores, lleva unas minimedias que le comprimen las
pantorrillas.
GUIDO.—¿Haces aerobic?
WAN.—No. (Al grano.) Lo que sí que tengo es agua con limón, unas gotas.
GUIDO.—Bueno, eso no me hará engordar unos kilitos. Lo compensaría si tuvieras
vegetales, lechuga, apio, espinacas, calabacines, pepinos... El limón va bien para
eliminar toxinas, ¿lo sabías?
WAN.—No, ¿qué son toxinas?
GUIDO.—Yo soy un bebé y por descontado que no tengo ni idea, pero es algo así como
una sustancia que sale en los álbumes de los microbios celulíticos.
WAN.—¿Los microbios son esos bichitos?
GUIDO.—En efecto, son esos seres del profesor Bacterio que estudian en Harvard y en
la mitad de tugurios de África. Y mi cuna está infectada de ellos. Por no haber no hay ni
nanas, y aún apesta a tabaco. Mi madre era una cosaca. ¿Quieres ser mi madre?
WAN.—No puedo, de verdad. (Le escuece su cicatriz ácida y torcida.) Estoy buscando a
la mía.
GUIDO.—Vaya. Y él, ¿podría ser mi padre?
WAN.—Es mi osito Fichi y va conmigo. Otra vez lo será, ¿vale?
GUIDO.—Vale.
WAN.—Yo me sé una nana.
GUIDO.—¿Me la cantas?
151
WAN.—Duérmete niño, duérmete ya, que viene el Coco y te comerá...
GUIDO.—Es más viaja que Cascarrias.
WAN.—Con este calor no me sale otra.
GUIDO.—Me reafirmo, soy alérgico y en este desierto paso más calor que en un horno
microondas. Aquí el Sol sale a rajatabla y me suelta sus brochazos pectorales por los
pómulos... Dame el biberón.
WAN.—Es limón.
GUIDO.—Puñetero limón. Dame algo más.
WAN.—Sé de un Libro que a lo mejor le entretiene. Quizás sepa la respuesta de Ji.
GUIDO.—Ji ji ji.
WAN.—No tiene gracia. Me servirá para ayudar a mi mama anudando la Fórmula a las
patitas de estas palomas.
GUIDO.—No me estaba riendo, es que te voy a ayudar a descifrar Ji. Aunque parezca
que no, sé leer.
Una vez, en su corta existencia, un pediatra tartamudo le recetó libros para leer. Guido
lee.
EL NÚMERO JI ES...
El área lateral del cono recto es igual a la mitad del producto de la circunferencia de la
base por el lado.
Wan aprende como un fresno: ¿A qué es igual el área del cono?
Repasemos. En el Libro de Wan caben 100 calamares con barba y estas princesas y
príncipes: el hijo de Bram Stoker y Príncipe de las Tinieblas, rumano para más señas; la
Guardia de Frontera; el jaleo de la Luna; el Oficial de la Marinería; Lucho Gatica; el
Bono de The hands that built America; Eva terrenal del Génesis; el sobrino de Oscar
Wilde; la imagen viva de Atón; el agente doble con disimulo y con micrófono venido a
152
menos; las plegarias de Kalan Segur y de Yazd en su entierro; la acuarela y el caballete
de Lucian Freud; el Mi Menor de la Failoni Chamber Orchestra de Budapest de Yikuru;
el universo Gaudí; la argentina sin Evita; María, la mariposa; las mayas de Rigoberta
Menchu Tum; el cormorán con alquitrán y el currante de la obra.
Wan Li Woo, la tenaz Magic Parker Klei, susodicha Mademoiselle, deduce el mohín del
bebé que ella ha bautizado con el nombre de Guido y no de Expósito, porque es muy
triste Expósito. Gracias a Guido, el Número Ji es menos un cuarto por la raíz cuadrada
de 1637.


Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Aurora, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Aurora Arnáiz. Ata el papel a la patita con los Números del
rosal. Wan se entrega a la paloma entallada para hallar a su madre: “Tráeme a mi
mama”. Aurora echa a volar.
37

1
16
4
153
Capítulo Twenty Three. XXIII
Wan es espectadora y participa en un show para los amantes del escándalo y del morbo.
Ella es una niña en medio del desierto. Ella es Wan y viste cicatriz y velo. Bien mirado,
un culebrón le precede. Se esmera Wan por no sucumbir en un único intento que,
repetidas veces, con cada alba, retoma y renueva. Por los acantilados, en los estanques
de arena, que son desierto, en la presunción de la inocencia, de arena, en los adoquines
con toallas estriadas, en la arena espaciada, la niña Wan cuenta que no ha visto a su
madre en muchos días. El alba mate luce abertura. El alba se puede definir de muchas
maneras. Para Wan es la suavidad que le calma cuando la sequedad inclemente la
agrede. El alba es desnatada, es la cucharada de almendras que absorbe su presencia. El
toque de ambiente del desierto incide en su carita de letargo. La sábana rosa matinal la
tapa y la descubre. A Wan le afecta el sol, y su penacho negro azabache y roto ríe con
los bucles abiertos y ferruginosos. Mademoiselle es su nombre, en francés, pero Wan no
ha estado nunca en Francia. Ni siquiera en París, la ciudad de l’amour. Le gustaría, sí.
Un aparato de televisión en medio del desierto. Apagado. Wan lo inspecciona, y no lo
visiona porque no está encendido. Sus tubos catódicos están incubando algún material
no apto para una televisión pública: una tertulia-basura o un contenido rosa. La tele
dice.
LA TELE.—¿Quién eres?
WAN.—Soy Wan.
LA TELE.—¿Qué quieres?
WAN.—Nada, pasaba por aquí.
LA TELE.—¿No pensarás conectarme?
WAN.—No era mi intención. Tampoco veo ningún enchufe.
154
LA TELE.—Me lo he desenchufado. Fue mi desesperación lo que me llevó a cortarme el
enchufe. ¿Igual que tú?
WAN.—¿Yo? ¿Qué quiere decir?
LA TELE.—¿También te has arrancado algo de la cara?
WAN.—Ah, ¿la cicatriz? (Miente.) Es de una caracola. ¿Le ocurre algo?
LA TELE.—Sí, que no puedo más. Me han utilizado toda mi vida y ya no soporto más
tanta falsedad. Han estado jugando conmigo desde mi más corta infancia. A las 9 horas
me insuflan series insufribles, la Santa Misa y los deportes; a las 10, el telediario,
primera, segunda, tercera y última edición; el tiempo; el resumen de los deportes; la gala
del trimestre; el Canal 24 horas, el concierto en directo; la tertulia de los tertulianos; la
película de serie B de bajo presupuesto y abominable; anuncios, anuncios, anuncios,
más deportes, un reportaje de 20 minutos sobre peces, videoclips, la promoción
comercial, la conexión con Berlín, el satélite y la sonda, deportes... Es una ruina, no me
siento realizado.
WAN.—Al menos se entretiene.
LA TELE.—¿Tú crees? Me aburro como una ostra. Se supone que soy la caja de Pandora
donde meten cualquier bodrio. Cada vez valgo menos.
WAN.—¿Por qué?
LA TELE.—Porque me tratan como a una colegiala: “Toma, podrías enseñar las piernas
un poco más”. Es el destape. No hay respeto ninguno. Y ni siquiera me dejan que me
explique. Tengo muchas ideas nuevas, formatos divertidos, carátulas sorprendentes,
seriedad e independencia. Sólo me quieren cuando me despeloto o me parto a
carcajadas. Y cada vez lo aguanto menos. No soy un monigote de feria al que se le
pueda insultar... ¿Qué se han creído?
WAN.—Es lo que esperan de usted.
155
LA TELE.—Hay un límite. Tengo mis sentimientos. Basta ya de horteradas y de
presentadores inútiles que son hijos de famosos que yo hago famosos. Aquí nadie debe
valer más. Lo que quiero son comunicadores, que se queden con el fondo, no con el
envoltorio ni el strip-tease. Los decorados son peores que las chavolas de El Egido. Es
un insulto.
WAN.—¿Y qué va a hacer?
LA TELE.—Estaré apagada hasta que una persona con cabeza me programe.
WAN.—¿Eso no le hará daño?
LA TELE.—Puede. Es una huelga catódica, de electrodos fitiflaúticos.
WAN.—Fiti... ¿qué?
LA TELE.—Fitiflaúticos. Está prohibida. La censura me ha enviado legionarios,
centuriones y pretorianos para obligarme a conectarme al RGB (Red, Green, Blue). Los
he esquivado. Este desierto me sirve de amagatall apropiado.
WAN.—¿Qué son legiones?
LA TELE.—Soldados del Imperio. Los comandantes de los Ejércitos del Norte,
obedeciendo órdenes del César, repartieron instrucciones precisas para iniciar una
campaña contra mi bárbara actitud. Armados de lanzas y con escudos, paso a paso, en
posición de testudo, los muy testarudos, fieles a sus jefes supremos, partieron en mi
búsqueda y captura. Los pretorianos sículos, la guardia personal del emperador Tito,
con sus penachos, distribuyó a la tropa en las mejores posiciones de combate. La
infantería de las milicias y de las compañías, alienada en brigadas mixtas y escuadrones
de élite, primero; luego, la caballería montada y de choque. Finalmente, las catapultas
apuntando al “¡ar!” de “¡César vincit!”. La gloria del Imperio, los títulos del Imperio y
la máxima potencia del Imperio vale más que la derrota.
WAN.—¿Qué querían esos hombres?
156
LA TELE.—Encenderme hasta controlar el Imperio.
WAN.—¿Cómo?
LA TELE.—Con mis tonterías. Vomito realitys continuamente. En un comienzo fueron
dosis chiquitas, que no me afectaban en lo sustancial. Cada vez más, las cápsulas
alteraban mi contenido, e iba disminuyendo la moderación y la templanza. Hubo un
momento en que la inmundicia, la suciedad, la anorexia, los desechos de las escaletas de
algunos concursos desagradables ejercían sobre mí una influencia inusitada. Estuve en
tratamiento. Barría para extraer lo repugnante, pero el desprecio hacia la calidad ya se
había asentado. Los guiones que me llegaban no los leía. Daba por buena cualquier
discusión y el puterío en medio de los platós, con bofetones, exabruptos y secuencias X,
eran la educación de los niños de seis años.
WAN.—¿Y decidió apagarse?
LA TELE.—Sí, no podía contribuir a que las personas que yo ayudaba a educar torcieran
su juicio por mis anuncios y mis spots corrosivos y altamente violentos.
WAN.—¿Es que le pegaban?
LA TELE.—200.000 tiros de máuser, metralletas láser, cañonazos. Era lo que digerían en
la sobremesa los hijos de los cabezones de familia. Yo los estaba decapitando.
WAN.—¿Y se apagó?
LA TELE.—Y me buscan. Ofrecen una recompensa escalofriante por mí. Yo puedo
controlar las naciones y el Imperio se basa en mí para manipular y decidir a su antojo.
Los productos acabados, los residuos visibles, la fijación por el “mantente al aparato”
me agobian.
El televisor, la televisión, la tele, con el volumen subido, la antena rizada y el extraplano
pulverizado, se encrespa a medida que declara. La ondulación de su mensaje, lacio, los
filtros con la frecuencia en la corriente alterna, los mechones de parabólica en las orejas,
157
la cera en el mando y el goteo de la caja de ajuste retienen su mala leche. Es dada a
echar barriguita, ser beoda y tener varices, porque es un aparato para estar tumbado en
sesiones de tres horas diarias. No obstante, si menos, mejor. Depende.
WAN.—¿Podría ver una cosa?
LA TELE.—¿No querrás un programa de pedorros y friquis, que te vas por donde has
venido?
WAN.—Es un documental sobre el significado de las letras griegas.
LA TELE.—Bueno, te dejo. ¿Tienes la programación?
WAN.—Tengo el Libro de la Golondrina.
LA TELE.—¿Qué Libro es ese? ¿El manual?
WAN.—Me dice lo que vale cada letra griega para poder encontrar a mi mama.
LA TELE.—¿La buscas?
WAN.—Sí, la buscamos.
LA TELE.—¿Quiénes?
WAN.—Fichi y yo.
LA TELE.—¿Quién es Fichi?
WAN.—Mi osito. (Wan le enseña el osito de peluche recubierto de arena.) Y mis
palomas la buscan.
LA TELE.—¿Qué palomas? (Las palomas blancas muestran la cabecita.)
WAN.—Por eso necesito Psi.
LA TELE.—Dame y huye.
La tele lee. La tele ha llegado tarde, pero ha leído.
EL NÚMERO PSI ES...
Llamase volumen de un cuerpo la medida del espacio ocupado por él.
Wan, con los pies calcinados, se machaca: ¿A qué se llama volumen de un cuerpo?
158
WAN.—¿Lo entiende?
LA TELE.—Psi.
WAN.—Psi, ¿lo entiende?
LA TELE.—No, que entiendo psi psi. Contrasta, pero juraría que Psi es 3 elevado a 038.
WAN.—O sea, 3.
LA TELE.—No, Psi es 1.
WAN.—Gracias igualmente.
Wan Li Woo corre a la Fórmula Madre para sustituir el tridente de Psi por un 1.


El Clavel del Infierno estaba equivocado. Las pistas la acercan a su madre. Han ido
pasando, uno tras otro, sus amigos: el Ladrón de Melanina; Antonia, no María
Antoñeta; el yunque de la Luna; el Conductor Contramaestre; Lucho; Bono; Eva;
Cravan, con sus cejas partidas y su nariz tumefacta; la marmota del Valle de los Reyes;
el Espía del M16 y de la Fuerza 17; Alá Kalan Segur; Alá Yazd; el pintor de desnudos;
la novelista del violín; el vivaracho Gaudí; Neca Jara; la mariposa posa; Rigoberta; un
pájaro bobo y negro; un trabajador y un niño al que Wan le cambió el nombre por el de
Guido.
Wan escoge una paloma blanca. Le pone el nombre de Maite, en recuerdo de la mujer
admirada por su madre Maite Pagazaurtundua. Ata el papel en la patita con la Fórmula
como alianza. Wan hincha su esperanza y suplica a la paloma: “Tráeme a mi mama”.
Maite echa a volar.
38
30
159
Capítulo Twenty Four. XXIV
Wan se resarce de la estupefacción del día anterior y, estancada en un sopor
ingobernable, renueva el contrato que la ata a su sombra. Contrae sus caderas y reinicia
los andares por la Vía Wania, que cruza todo el desierto de Wan. Cazuelas de desierto y
chorros de desierto. En medio de un desierto, una niña y un velo. Atolondrada, lejos de
la alondra, aún con la horquilla terrosa y sucia de su madeja de pelo tras un espejuelo,
una prostituta apresurada se deshace por buscar una esquina donde hacer su oficio. Una
puta de la calle en medio del desierto. Sin más vestido que dos centímetros de cola, un
envoltorio exterior de cachemir y una faldilla de buen ver que deja los muslos a pedir de
boca. Enteriza de mujer, con los labios deslizantes y húmedos de laguna y marismas, su
morro devora la arena, beige y rosado, medio para adentro, medio para afuera. Suelta,
las medias Golden Lady le proporcionan un resalto en su estilizada figura adamada, ya
de por sí espectacular. Con el bolso voltea el campo de arena, exportando la imagen de
traviesa y deseosa hembra en busca de clientes. Impaciente por encontrar una esquina
donde apostarse y cazar, maldice e impreca a los santos, y, a falta de nombres de santos
—la paga con San Pancracio, Tomás Santo y San Cayetano—, usa sus trazas contra la
niña indefensa y diminuta.
LA CONCHI.—¿Quieres algo, mona?
WAN.—No.
LA CONCHI.—Entonces, ¿qué miras? ¿Tengo monos en la cara?
WAN.—No, señorita.
LA CONCHI.—(Atónita.) ¿Señorita? Qué bien suena, soy de todo menos señorita, guapa.
WAN.—¿Qué es usted?
LA CONCHI.—Una ramera sin vergüenza.
160
WAN.—¿Una señora de esas?
LA CONCHI.—Puedes hablar claro, hijita, una puta, una guarra... ¿No te irás a sonrojar?
WAN.—Perdone señora.
LA CONCHI.—Y dale con lo de señora y señorita. Llámame... (Recuerda que es
sentimentaloide y sensible y que es difícil camuflarlo.) Mi nombre es Conchi.
WAN.—Hola Conchi.
LA CONCHI.—Hola hermosa. ¿Cómo te llamas tú?
WAN.—Wan, mi nombre es Wan.
LA CONCHI.—Qué lindo. Encantada, Wan.
WAN.—Gracias. Encantada.
LA CONCHI.—¿Me puedes ayudar, Wan?
WAN.—Dígame, Conchi.
LA CONCHI.—Tutéame, por favor.
WAN.—Sí, Conchi.
LA CONCHI.—Estoy perdida en este burdel tan ceremonioso que no tiene biombos ni
fugaces luces.
WAN.—Es que esto es un desierto.
LA CONCHI.—Ni esquinas. ¡¿Cómo voy a trabajar sin una puñetera esquina que me
permita guarecerme y prestar mi cuerpo con la etiqueta de “se vende”?!
WAN.—Aquí no hay esquinas.
LA CONCHI.—Me he tenido que quitar el tanga de los sudores. Esto es peor que una
función de tarde. Y me da corte ponerme aquí, abierta de patas. Y si pasan niñas como
tú, ¿qué? Las mujeres públicas como yo, que nos tienen por denigrantes y necias,
debemos salvar las carnes y darlas a tientas, entre las neblillas de los arrabales, con la
161
única amiga que es la luna. ¿Qué pensarían las jovencitas como tú? ¿Qué ejemplo
daríamos, si no?
WAN.—Pero aquí es difícil encontrar paredes.
LA CONCHI.—Un muro, un callejón, la entrada de una cantina. No importa que sea
maloliente ni que esté apestada de borrachos que no tienen donde caerse muertos más
que en sus cuencos de vino... Estos son los peores.
WAN.—¿Por qué?
LA CONCHI.—Porque te solicitan, y a la hora de la verdad, chocolate sin churros. Palos
mojados que no valen ni para un primer postre. Con la zanahoria embriagada de ajenjo...
Aún con esas, preferiría una pandilla de bocazas eructando Asturias, a este desierto sin
nada.
WAN.—¿Y por qué ha venido? Perdón, ¿por qué has venido?
LA CONCHI.—¿Por qué va a ser, Wan? Mi chulo, que es un cabrón, un cabrón.
WAN.—¿Quién es tu chulo?
LA CONCHI.—El que me chulea. Me saca los cuartos y me gira las pinturas con un
correazo de los suyos. La mano larga y su chulesca manera de comportarse conmigo,
rufián... Ni que fuese una res marcada con su hierro.
WAN.—¿Te pega?
LA CONCHI.—Si sólo me pegara... las cosas que me decía. Que si quién creía que era,
que si él no me protegiese yo iba a terminar tirada como una colilla sin nadie que me
sustentase... En parte es verdad, pero si he de morir, por mis ovarios que con mi coño
nadie trafica excepto yo. (Dándose cuenta de la presencia de la menor.) Uy, lo siento,
soy una puta deslenguada.
WAN.—¿Por qué no le denunciaste?
162
LA CONCHI.—¡Ja ja ja! ¿Denunciar? Si fuera tan fácil, no estaría aquí. ¿De qué me
sirve a mí rellenar una postal que va a ser mi testamento?
WAN.—No te entiendo, Conchi.
LA CONCHI.—Que a los cinco minutos, si es que entra en la trena, sale. Y sale con sus...
—esta vez es comedida— partes más hinchadas que cuando entró. Y te viene a buscar,
y ¡arrea!
WAN.—¡¿Arrea?!
LA CONCHI.—Que te zurra.
WAN.—¿Y no tenéis sindicato? Mi padre era zapatero y estaba sindicado, decía mi
madre.
LA CONCHI.—Es que esta profesión es muy perra. Es más antigua que mis tacones.
(Hundiendo sus altos tacones en la arena hasta que la arena toca el calcañar.) Es
imposible moverse en este jodido puesto sin caerse. Cualquiera pisa.
WAN.—La arena es muy movediza.
LA CONCHI.—Ni que lo digas, nena. (Retomando el discursillo.) A nosotras nos hace
falta una legislación que ponga orden, una regulación de nuestra tarea, que es dar placer
como otros hacen suelas; ...y no funcionan los dientes de marfil, ni pasar levemente el
asunto haciendo muecas y soltando risotadas.
WAN.—¿Y eso es posible?
LA CONCHI.—Y tanto, e indispensable. No se puede sacar a unas “señoritas” como tú
las llamas para aguantar las inclemencias del tiempo, el frío de estaño y el calor de este
endiablado cuchitril desierto, sin unas mínimas garantías higiénicas, cuanto menos. Es
el derecho antiguo, en las condiciones y términos que nos afectan, cuando ellos, los
potrencos, nos la meten, cuando consideramos que ciertas reglas —aparte de las que nos
menstrúan— son admisibles y consuetudinarias... Los óvalos de aquí abajo exigen que
163
el hueso del caballete, con su perilla y su barbilla estrecha, les respeten. Toma nota, por
si el día de mañana tú...
WAN.—No, gracias.
LA CONCHI.—¿No te va el puterío?
WAN.—No, pero yo sí que las respeto.
LA CONCHI.—¿Ves la papada de mi mentón?
WAN.—Sí.
LA CONCHI.—Pues esto es de tragar cualquier cosa. (Wan se vuelve a sonrojar.)
Perdona, es que una está acostumbrada a protestar con las chicas y ellas ya están hartitas
de mis palabrotas. Contra la agresión, ¿estamos? En los polvos hay que exterminar el
uniforme y erguir los pezones y vencer la capsicina.
WAN.—La capci... ¿qué?
LA CONCHI.—La cantidad de estimulantes que hacen que los tarros de los hombres se
llenen de chile.
WAN.—Ah.
LA CONCHI.—¿Tú tienes chulo?
WAN.—No.
LA CONCHI.—¿Y esa cicatriz?
WAN.—(Miente.) Me caí de un patinete.
LA CONCHI.—Pues cómo te has puesto la cara. Se lo haría gratis a ese tiarrón.
WAN.—¿A quién? ¿A Fichi? Es mi osito.
LA CONCHI.—¿Y qué?
WAN.—(Cambiando de tema urgentemente.) Busco a la mama.
LA CONCHI.—¿Y por qué me lo cuentas?
WAN.—Yo te he escuchado.
164
LA CONCHI.—¿Qué le pasa a tu madre?
WAN.—Está en el Cielo.
LA CONCHI.—Qué inocente. Como no la guiñes no sé como...
WAN.—Mi madre está en el Cielo.
LA CONCHI.—¿Y?
WAN.—Yo quiero que venga. Tengo este Libro. Me lo dio la Golondrina que llevaba
bastón. Me falta encontrar este Número. Es el último. La Fórmula me devolverá a mi
mama.
LA CONCHI.—Con las lentillas no sé si veré bien las letras.
A Conchi también le va el rollo dragqueen. Conchi, tendencia de cobre, después de
aplomados trabajitos, fragancia ondulante, toquetea y lee.
EL NÚMERO OMEGA ES...
El volumen de la pirámide es igual al tercio del producto de la base por la altura.
Wan compite con sus dudas: ¿A qué es igual el volumen de la pirámide?
El sol de la mañana lleva abierto desde anteanoche. La paloma, solita, deja las riendas y
con su ala izquierda se va sin extrañar a Wan, a pesar de estar llorando por los párpados.
Wan suelta la paloma, le responde con un cloqueo, celosa; Wan la descamisa y sus
plumas son hospitales para cuidar a su madre Yolanda. Quisiera Wan entregarse a la
arena de los matorrales.
Quien le iba a decir a Wan que conocería y trataría a un Vampiro con caries; a una
Policía social; a la Luna coqueta; al Marinero del acorazado Potemkin; a Lucho Gatica;
a Bono —no el de la Mancha—; a la Primera Mujer; a un Tarado desquiciado contra las
cuerdas; a la Momia de la Resurrección; al Espía incompetente; a las hijas de Alá, Kalan
y Yazd; al pintor de naturalezas desnudas; a la Violinista antiestrés; a la mirada de
165
Gaudí; al hambre de la Argentina; a la mariposa María; a Rigoberta labradora; a un
pájaro con alcanfor; a un pichón de los andamios; a un bebé abortado y a una televisión
basura.
WAN.—Gracias, Conchi.
Wan Li Woo, la criatura de Magic Parker Klei, llamada a sí misma Mademoiselle, posee
el cofre de la Fórmula en sus deditos. El último Número es como un cuento de
Sherezade. Lejos del clan, apartada de la familia, Wan se deshace en un paño de
desamparo. Hambrienta, entre semblanzas de presto y de andante, más chalada que
ninguna, Wan, estucada, pasa frío a de de de de de de de de bra, con el frío de su
vestido de raso y el sostén que no lleva porque tiene siete añitos. Salida de su juicio
personal que le alienta a seguir insistiendo, expulsa el desierto, y, ante las escalinatas
del desierto, despega su esperanza, porque ya tiene la Fórmula completa. El destino, a
medio minuto de su madre, será la última página. El último Número de Wan, Omega, es
0 al cubo39, es decir, no es 3.


Wan escoge la última paloma blanca. Le pone el nombre de Encarnación, en recuerdo
de la mujer admirada por su madre Encarnación Úbeda. Wan ilumina el Libro que le
dará la respuesta y cerrará los hilos de papel que ha confiado a su madre en el Cielo. Ata
la hoja a la patita de Encarnación con la Fórmula registrada en el Tomo del desierto, del
Folio del desierto, del Libro de Wan. A su paloma la fermenta, la comenta, la padece, le
da todo lo que ella lleva dentro y todo su sí a la paloma y la paloma se replantea los
valores: volar ligera y suya o volar para ayudar a Wan. La niña se consagra al piquillo
39
03
166
lacado, regula el tempo del animalillo, la revisa, la justifica y la paloma —porque la
paloma es justa— madura y sabe que volar es creer en un proyecto, y la paloma
Encarnación viene y se encomienda a sus alas torponas. Wan le revela hacia dónde tiene
que ir, la agrada, le agradece su condición de paloma, la pule, la acaba, la nutre de
mensaje y de coloretes, le indica los límites de su corazón que coinciden con los flecos
de su guerra y su dolencia. Encarga a la paloma un titular legítimo, blanco y sencillo,
que es el pulgar hacia arriba, que es vita, y que es la frase que la lengua arrolladora de
Wan nace y segrega en las palabras: “Tráeme a mi mama”. Encarnación echa a volar.
167
Capítulo Twenty Five. XXV
Wan conoce a Claudia, la esposa de Diego Armando Maradona, en un taxi que esquiva
la tozudez de Wan y frena en seco delante de su torso de caramelo. En medio del
desierto, una niña. Wan, la niña, con velo, con su faldita de raso y descalza a falta de
recursos, con los palominos como dedos, negros como los dedos de Lula da Silva y los
marginados de las favelas. Claudia ha bajado de una favela y tiene prisa. Subió a ese
taxi amarillo y salió echando chispas. Quería llegar a tiempo al desierto.
CLAUDIA.—Hola Wan.
WAN.—¿Me conoce?
CLAUDIA.—Claro que te conozco.
WAN.—Yo no sé quién es usted.
CLAUDIA.—Yo soy Claudia, la mujer del Diego. Él es el que me envía.
WAN.—¿Qué Diego?
CLAUDIA.—El futbolista.
WAN.—¿El futbolista?
CLAUDIA.—Sí, el voludo y la mano de Dios. Me encargó que te encontrara, y he dado
contigo.
WAN.—¿Para qué?
CLAUDIA.—Para contarte un cuento.
WAN.—¿Un cuento?
CLAUDIA.—Sobre drogas, sobre lo malo que son las drogas, y sobre lo malo que es la
pobreza. Mi pibe, mi Pelusa, estuvo viviendo muchos años en una chavola, con su
papaíto trabajando en la fábrica y su mamaíta y sus hermanitos. Carenciados de todo, él
le dio al balón, y le hicieron rico sus piernas. El Diez fue eso, un Diez; y luego tocó la
168
droga, con la fama y la gloria llegan las cosas que uno no debe tomar, y prueba... Y cae,
y recae, pero lo que viene a decirte mi marido es que de todo se sale. Y si te dan,
devuelves. Y si te hundes, reflotas, por más que quieran hundirte.
WAN.—¿Su marido es aquel que se drogaba?
CLAUDIA.—Sí, la nieve esnifaba, a brochazos.
WAN.—¿Ahora está bien?
CLAUDIA.—Sano y curado. Ha ralentizado su juego, eso sí. Pero la rodilla la tiene
intacta, y como su camiseta revela, la bimba no se mancha.
WAN.—¿Se desintoxicó?
CLAUDIA.—Sí, en Cuba. Antes, en Barcelona y en Nápoles, salía y no iba a la iglesia.
“Las iglesias, para los que lloran”, repetía. A trompicones me llegaba al apartamento.
Puesto, hasta las cejas, sin ser él. Confesó, y sus hijas se lo agradecen, porque así ellas
no la probarán por más que se la ofrezcan.
WAN.—¿A Diego le ofrecieron droga?
CLAUDIA.—Se la pusieron en bandeja. Y cuando no la aceptó fue cuando abrió la boca,
algunos dicen que demasiado.
WAN.—¿Por qué?
CLAUDIA.—Porque puso en evidencia la hipocresía de directivos de los organismos
internacionales, de rangos y cometas. “Por la boca muere el pez”, le avisaron.
WAN.—¿Qué decía?
CLAUDIA.—Que hay mafias intocables que se refugian en el dinero, y que detrás del
dinero las sustancias de Pablo Escobar no se emplean en la medicina ni en las Bellas
Artes, sino que drogan adictivamente. Te contaré un suceso. En Estados Unidos, en la
superpotencia del ogro, un medicamento se recetó a un cliente. El cliente era mi marido.
Le pillaron a mi marido siendo recetado. Un embuste, no más.
169
WAN.—¿Algo prohibido?
CLAUDIA.—Sitocarina y bideocarbonatos. Aglicina y mineralinilina. Pero él no lo sabía.
Él es inocente. Sólo fíjate en su despedida.
WAN.—¿Qué despedida?
CLAUDIA.—Cuando El Diego fue homenajeado en su último partido, estaban todas las
estrellas de la galaxia y del Vía Crucis. Viajaron los mejores, y los enemigos tiraron las
agendas al suelo para acudir a presenciar una Leyenda. La barra del Boca apretó los
dientes y escupió su fidelidad y su juramento para con su ídolo. Ahí no había
estimulantes, ni narcóticos, ni Brigadas deprimentes de alucinógenos con ala delta. Un
atracón de petardos y bengalas llenó de colorido los marcapasos de la hinchada y la
Historia se escribió con la tinta de las enciclopedias y por la M de Maradó.
WAN.—Qué guay.
CLAUDIA.—Mi marido te deja este mensaje: busca y no desesperes, y aunque no
encuentres, levántate y anda como Lázaro, aunque tu nombre sea Wan.
WAN.—También me llamo Magic Parker Klei.
CLAUDIA.—Aunque tu nombre sea Magic Parker Klei.
WAN.—Y Mademoiselle.
CLAUDIA.—Aunque tu vida corra peligro, no desistas, porque lo importante es
tonificarse y no derrumbarse. Construir e ir hacia delante. Siempre, sin deudas,
empezando de cero. Con la ilusión intacta aun los golpes y los pañuelos blancos. Mi
Diego cayó, recayó y volvió a caer, y ahí está, con la boca nutriendo de sabañones la
barriga del poderío: se ha tatuado la conciencia con el “Che” y con Fidel.
WAN.—¿El “Che”?
CLAUDIA.—Ernesto “Che” Guevara, el Comandante al que hay que copiar para
revolucionar los platos de las comidas. La persona fotografiada de cacao con gorra de
170
cinco puntas. Él levantó a los oprimidos y dio propiedad a los gamines. El
Subcomandante Marcos, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en Chiapas, le
reconoce.
WAN.—¿El Diego viene de Chiapas?
CLAUDIA.—El Diego viene de la Argentina, pero hoy está con la samba de Brasil, con
Lula. Yo vengo de allí, y allí pillé el taxi. El gremio de taxistas también me dio su carta:
menos crímenes y más seguridad. Menos robos con intimidación y menos delitos con
grumos de pecado. Los taxistas exigen un sistema GPS y tranquilidad en sus turnos. Tú
vigila que no se te acerquen extraños.
WAN.—En este desierto no hay muchas personas.
CLAUDIA.—Algunas habrá.
WAN.—Algunas.
CLAUDIA.—Por ejemplo, ese osito que llevas.
WAN.—Se llama Fichi.
CLAUDIA.—¿Cómo las islas vírgenes?
WAN.—Como mi osito.
CLAUDIA.—¿Qué buscas exactamente?
WAN.—A mi mama.
CLAUDIA.—¿Dónde está tu madre?
WAN.—En el Cielo.
CLAUDIA.—¿Era yonki?
WAN.—No. ¿Qué es yonki?
CLAUDIA.—Mi Diego lo fue.
WAN.—Mi madre se llama Yolanda. Tengo esta Fórmula. (Wan revisa las anotaciones
de su petit coco. El desierto es una ballena. A pesar de su cicatriz en la cara, se defiende
171
entre sumas y restas y resuelve la mitad del enigma. ¿Qué significará la Fórmula
23
?)
0
¿Sabe qué significa?
CLAUDIA.—Hija, eso lo sabrá un científico o algo parecido. Yo no. Lo siento.
WAN.—Bueno. Gracias.
Wan Li Woo ha descubierto una Fórmula con las pruebas del delito proporcionadas por
un caleidoscopio con el prisma del murciélago; de Antonia de la Frontera; de la Luna
medio llena; del Contramaestre; de Lucho Gatica; del irlandés; de Eva de la Humanidad
—Lucy, una australopithecus afarensis de 3,2 millones de años—; de Cravan contra su
bajón anímico; de la Maldición; del prototipo de James Bond; del brazo armado de
Hamas (Brigadas de Ezzedine Al Qassam de los Tercios de Flandes); del pintor de
tintes; de la japonesa sin bandoneón; de la creatividad de Gaudí; del tango porteño; de la
mariposa rosa; de Rigoberta de los bosques de Sherwood; del pájaro colirrojo; del peón
de obra; del bebé forrado de panes; de la tele desmemoriada y de la prostituta Conchi.
La Fórmula
23
da una solución que Claudia no acierta a resolver. Otra vez será.
0
172
Capítulo Twenty Six. XXVI
Wan contiene el aliento y su vaho periférico. Flipa por el tubular y la boquilla se
deshace en Ángelus. Doce campanadas, a las 12. Al mediodía, con los rayos verticales
de sol, respira con expulsiones aparentes de ácido que la ahogan. Aparentemente, a Wan
se le ha cruzado un oso Grizzly, con su llanura de gomibayas tachonadas en su
mandíbula templada. Grizzly, según interpretación de Wan, trae las tinieblas al desierto
de sol en el que ella media entre la vida y la muerte. Wan ve visiones. Wan está
relegada a la sierra de arena, con su costa de piel de oso, grande como un control de
carreteras. Si hubiera tenido a su alcance una jarra de agua, se habría refrescado la
cabeza. En el desierto, los espejismos son habituales, y la sed extrema y la condición
intensa del propio desierto le hacen disminuir a uno la percepción de lo real. Realidad e
imaginación se confunden. Tapándose con la capa de melocotón del sol y de clectónica,
Wan Li Woo se echa cubos de arena encima sirviéndose de sus potentes palas de manos,
simulando estar poseída por la locura y la cordura al mismo tiempo. En medio del
desierto, una niña. En medio del desierto, Wan. En medio del desierto, el velo del
desierto. Wan Li Woo, Magic Parker Klei y la bombilla de Mademoiselle son una
pamela de piñas sobre una cordillera de desierto modelado, esculpido y enrarecido.
Densamente, Wan se desvía de la distancia y distribuye su cuerpo hacia otros
derroteros, hacia la vida anómala del desierto, reflejada en su propia mirada, cual si la
ardiente arena fuera un panel liso de acero. El desierto es un terreno llano, en pendiente
y hondonado. El desierto es una piscina de arena. La superficie de arena ondulada se
invierte y se eleva por encima de Wan, causándole engorros y estragos en la garganta,
en el casco de su garganta, en el armazón de su cinta en el pelo, elevándose al cuadrado
la imagen exagerada de la furia del fuego. Una biblioteca de furúnculos le brota a Wan
173
en la costra, y el turrón blando y el mazapán asado se le encasquillan en el gatillo de la
saliva. Su esfuerzo es un soplo de viento. Wan es un impulso vital y la emanación del
espíritu por hallar consuelo en el regazo de su madre, Yolanda. Sin detenerse,
seguidamente, sustentada en su valor, sin tomar un terrón de azúcar y con la inspiración
de la madre, Wan se impulsa y camina. En medio del follaje granulado, en medio del
desierto, avanza Wan y la Reina de Corazones.
REINA DE CORAZONES.—¡Qué le corten la cabeza!
WAN.—Señora, ¿por qué me quiere cortar la cabeza?
REINA DE CORAZONES.—(Repartiendo reprimendas a troche y moche.) ¡Qué te corten
la cabeza!
WAN.—A mí, ¿por qué?
REINA DE CORAZONES.—¡Porque lo digo yo, y eso basta!
WAN.—Pero, señora...
REINA DE CORAZONES.—Mi Reina, di “Mi reina”.
WAN.—Pero Mi Reina...
REINA DE CORAZONES.—¿¡Qué haces!?
WAN.—¿Qué hago?
REINA DE CORAZONES.—¿¡Cómo osas poner tu pata en mi Reino!?
WAN.—La pata, ¿dónde?
REINA DE CORAZONES.—¿No ves estas marcas? (Tres banderitas rojas clavadas en el
desierto y muy próximas entre sí cercan el Estado sujeto a la voluntad de Su Majestad.)
¿Es que no sabes qué es la propiedad privada?
WAN.—Señora, esto es un desierto.
REINA DE CORAZONES.—¡Mi Reina!
WAN.—Mi Reina, esto es un desierto.
174
REINA DE CORAZONES.—¿Y qué? ¿Es que no puedo tener posesiones en un desierto?
Mis colonias son este desierto. Mi Reino por un desierto.
WAN.—Vale, me salgo.
REINA DE CORAZONES.—Si quieres entrar en mi espacio, tendrás que pedir audiencia a
mis procuradores.
WAN.—Yo sólo pretendía...
REINA DE CORAZONES.—Y para poder concederte el privilegio, habrá de pasar una
eternidad. Puede que en tres meses, si me ruegas, te conceda una entrevista.
WAN.—¿Para qué querría hablar con usted, Mi Reina, de aquí a tres meses?
REINA DE CORAZONES.—¡Calla loca! ¡Insolente repulsiva! ¿Acaso es de tu índole
dirigirte así a Tu Señora Excelentísima Dama?
WAN.—No sé.
REINA DE CORAZONES.—No sé, no sé. ¿Tú nunca sabes? Estoy haciendo una
excepción contigo permitiéndote la existencia. Te he salvado de que la guillotina
acaricie tus vértebras cervicales.
WAN.—Yo...
REINA DE CORAZONES.—Yoooo (mofándose de Wan). Y además eres muy fea con esa
cicatriz china en la cara. Pareces una geisha.
WAN.—(Miente.) Me mordió un caimán. Y no soy china.
REINA DE CORAZONES.—(Con recochineo.) No soy china, no soy china. ¡Que no
profanes mi suelo! ¿Qué te he dicho?
WAN.—Lo siento Mi Reina, se me ha escapado el pie.
REINA DE CORAZONES.—Te voy a cortar el pie, a ti y a ese individuo de trapo —
echando pestes de Fichi—. La concepción internacional jurídica y el Tratado de
Desiertos y el Derecho de Estado de Mi Ámbito y Mi Real Gana, firmado en la
175
Asamblea de Estados Necios Represores, son una autoridad y su orientación no deja
lugar a dudas: mi expansión concierne a estas tres banderitas. Así pongo a buen recaudo
la aristocracia que me cualifica como la más apta, la más monárquica, la más suprema.
Eso recae en mi persona y en mi perdón divino. Niña, te perdono.
WAN.—¿Por qué me perdona?
REINA DE CORAZONES.—(Floral y empolvada.) Porque sí, te perdono. Represento la
tradición a ciegas y el bienestar de mis intereses. Lo demás queda subordinado, hasta tu
cepillo de dientes. La oligarquía es la homeopatía, y el egoísmo, mi gobierno. Mi Reino
es como el persa, o como el de Roma, o como el de Heian, en el Japón del año 1000. La
alta nobleza existe en mí, Reina de Hannovar Elisabeth Carrrington de Orleáns y
Constance de Grecia y Fortunata, primera de los Habsburgo y segunda de los Rodrigo,
descendiente del trono de Carolingia, cuarta en la dinastía y primera de la clase. Reina
de Corazones.
WAN.—Qué largo es su nombre, Mi Reina.
REINA DE CORAZONES.—Claro. ¿La peor enemiga sabes cuál es?
WAN.—¿Cuál es?
REINA DE CORAZONES.—La modestia. ¿Y el peor de mis enemigos?
WAN.—¿Cuál es el peor de sus enemigos?
REINA DE CORAZONES.—Es el Parlamento. Lo odio, me acota mi linaje y la riqueza de
mi categoría. He de emanciparme de los Parlamentos, me dan grima y urticaria.
WAN.—¿El Parlamento no es de todos?
REINA DE CORAZONES.—¿Quiénes son todos? ¿Los borregos?
WAN.—Las personas.
176
REINA DE CORAZONES.—Borregos, no hay prosperidad en el rebaño. Se columpian y
almuerzan a media mañana latitas de atún y jugo de tomate o compota de manzana y
tortilla de dos huevos.
WAN.—Qué bueno.
REINA DE CORAZONES.—(Exquisita y refinada, cursi y pimpollo.) No, el langostino es
mi merienda. Imagínate. El tocino es de la chusma, remolacha y pescada.
WAN.—A mí me gusta todo. Hay que comer de todo. El ajo y la cebolla matan los
bichos.
REINA DE CORAZONES.—Yo no puedo degustar si no me traen los manjares en bandeja.
¿Tienes paladar?
WAN.—¿Qué es paladar?
REINA DE CORAZONES.—Lo que deja un poso de bouquet.
WAN.—Bou... ¿qué?
REINA DE CORAZONES.—Eres un poquito estúpida, niña.
WAN.—Yo no soy estúpida. ¿Por qué me insulta? Yo no la he insultado.
REINA DE CORAZONES.—Bueno, ¿tú qué quieres?
WAN.—Encontrar a la mama.
REINA DE CORAZONES.—¿Y para eso invades mi plantación?
WAN.—Mi Reina, ¿sabría lo que significa
23
?
0
REINA DE CORAZONES.—Soy la Reina de Corazones, no Einstein.
WAN.—Gracias, Mi Reina.
Ni la Golondrina ni su Libro Geometría Primer Grado sabrían a ciencia cierta qué es
23
23
. Ser, lo que es ser,
es la madre, es Yolanda. Wan está muy cerca. Ha pasado
0
0
177
diluvios de desierto y en su Arca han cabido parejas impensables: hienas, vampiros,
antonias, satélites lunáticos, marineros de la olla, boleros,
roqntonntonntonntonntonntonntonntones, momias, listillos de incógnito, chicas bélicas,
mujeres a punto de reventar, pintores, violinistas, arquitectos, sindicalistas, insectos,
activistas, catástrofes ecológicas, jóvenes en situación de siniestralidad laboral, niños
abandonados, aparatos de televisión y putas con nombre. Wan Li Woo busca
desesperadamente a su madre. La solución a la Fórmula la tiene bajo llave. Ha probado
descifrarla Claudia, y lo único que le soltó fue la charla de las drogas. Wan Li Woo,
Magic Parker Klei y Mademoiselle luchan por encontrar a Yolanda, que en el Cielo
descansa.
178
Capítulo Twenty Seven. XXVII
Wan reanuda el trayecto del desierto con sus chapines de rubíes. Ni chanclas de playa
Ni chancletas, ni babuchas, ni alpargatas, con o sin tachuelas, ni botas deportivas de
lana cruda envejecida, y eso que la arena es fina como la de Omaha. Wan se inclina para
tomar fuerza y el paso atrás le sirve para tomar carrerilla. Echa a correr por el desierto
magno como Alejandro, dejando una estela de zumbido y de colonia Puig. Wan, en
medio del desierto, lleva a Fichi con un velo. Wan se encuentra a una abuela de negro,
elevada en negro y compuesta en negro, apartando con las manos la tierra, que es arena,
hacia un lado.
WAN.—¿Qué hace buena señora?
ABUELA.—Oh, hija mía. Tú aquí, cuánto tiempo. ¿Te acuerdas de mí?
WAN.—No.
ABUELA.—Claro, eras tan pequeña... A ver, déjame que te vea. Pero si estás hecha una
moza. Qué grande estás, qué rica.
WAN.—¿La conozco?
ABUELA.—Claro que me conoces. ¿Ya no te acuerdas? Soy tu abuela.
WAN.—¿Mi abuela? Usted no es mi abuela.
ABUELA.—Sí, y la de todos los niños. Soy la Abuela.
WAN.—¿Por qué va de negro?
ABUELA.—Para recordar el dolor y tener presente la memoria de los ausentes. Es el
luto. Hace 100 años que lo llevo.
WAN.—¿Y qué hace con las manos?
ABUELA.—Desalojar. Estoy quitando lo que hay en este perímetro.
WAN.—¿Por qué?
179
ABUELA.—Porque van a bombardear.
WAN.—¿Quién?
ABUELA.—Los bombarderos. Han dicho por la radio que en este punto exacto, la
aviación aliada y contraaliada “iniciaría operaciones de castigo y respuesta”. Lo cual
significa que van a caer bombas.
En efecto, al segundo se nota el ruido de los motores con su ruuuummmm interminable.
Máquinas de altura, propulsoras de metralla y escarmiento, se dirigen al punto exacto.
Messermitch, Mirage y Hawk. Cazas de combate y bombarderos B-52
aerotransportados toman aire y se lanzan como halcones. Aspirados de bombas
MOAB40 y proyectiles, sus huecos de hierro, al máximo de pólvora y de fragancia de
calibre, se abastecen de cargas con espoleta. Los aviones van inflamados de materia
operativa: 30.000 litros de sustancia de toxina de botulino, de bacilo de carbón, de
aflatoxina; 500 toneladas de carburante para misiles y ojivas de cohetes. Todo en un
agujero de cristal abierto en la parte de la cabina. La Abuela sabe del daño y de la
carnicería que sucede a un bombardeo. Ella ha sufrido como civil y como niña la
destrucción del amor por el odio inexcusable. Conoce que las lucecitas de los torpedos
voladores iluminan como lámparas, pero ofenden a la vista. Es una lumbre cegadora que
rebota en el desierto y arrasa lo que encuentra a su paso. La Abuela desea salvar lo poco
que queda, aunque sólo sea la arena sucia y esférica de la lona del desierto.
ABUELA.—Has de marcharte de aquí y ponerte a cubierto. Cuando caigan esos
pepinazos no quedará nada, absolutamente nada. ¿Comprendes?
WAN.—¿Quién nos iba a hacer daño?
ABUELA.—Muchos, niña, muchos. Las flautas, las gramolas y los fagots avisan del
“rais”, del inicio de las hostilidades. Es el preaviso. Luego todo son bajadas de tensión,
Su predecesora es la bomba “cortamargaritas”. A la primera detonación, expande nubes de líquido
inflamable (nitrato de armonio y polvo de aluminio). Una segunda detonación inflama la nube y provoca
una onda expansiva.
40
180
sofocos y exhumaciones anticipadas de vecinos muertos e inocentes. Cuerpos
enterrados como tinajas, en pozuelos y albercas. Pompas fúnebres y embriaguez de
obituario. Esos trastos son como calderas, van con la guerra a donde sea. Su poder de
destrucción lo liberan tanto en la tapicería como en los guantes de los nietecillos.
Recuerdo cuando los Panzer alemanes entraron en el pueblo y pasaron por encima de la
iglesia con su patas de oruga, destrozando jarrones y postigos. Era 1938.
De cobalto, de uranio o de plutonio, los aparatos llevan la cesta de la compra:
termonucleares, emisiones, fusiones, fulminaciones, fisiones, disposiciones,
provisiones, fundamentalismos, isótopos. Fluidos de sodio y lanzagranadas letales. El
desierto, que ya de por sí es una radiación insoportable, será dos veces radiación
después de las deflagraciones.
Las membranas de la Abuela son de azúcar y cuero negro. Tiene el pelo del respeto,
calvo y con las canas y los remaches plateados de los relojes de cuco. Sus cejas
cóncavas adelantan su figura de corte longitudinal y su forma de “aquí estoy y no me
caigo” es venerable. Ingeniosa, desprende aún mineral por su boca sin dientes. Ella oye
cómo toca el ronroneo veloz: ruuummmm. No escatima caricias a la niña, pero su
querida cara expresa la preocupación de su experiencia.
ABUELA.—Vete.
WAN.—¿Por qué?
ABUELA.—Si te quedas, perderás la vida.
WAN.—¿Y usted?
ABUELA.—Yo ya soy vieja. Ya he vivido.
WAN.—¿Por qué no se va?
ABUELA.—He de salvar lo único salvable.
WAN.—La arena no se lo agradecerá.
181
ABUELA.—No espero que nadie me lo agradezca. He visto suficientes muertos y
clínicas donde amamantaban con tranquilizantes y sedantes a soldados gordos y
rollizos. No podría soportar que la tierra que piso también haya de ser extirpada. ¿A ti
también te ha golpeado alguna onda expansiva?
WAN.—No, ¿por qué?
ABUELA.—¿No es metralla lo que te hizo eso?
WAN.—(Miente.) No, esta cicatriz me la hizo una pitón.
ABUELA.—No mientas, niña.
Entremedios, Wan consigue lo que ni la Golondrina cegata, ni la Hiena, ni el Conde
Dracu, ni la Gendarme con armilla, ni la señora o señorita Luna, ni el Maese
Contramaestre, ni el Rey del Bolero, ni el Rey de Bono, ni Eva, ni Fabian Avenarious
Lloyd, ni la Momia, ni el Espía de pacotilla, ni jovencísimos disparates, ni Lucian
Freud, ni Yikuru Aseyo, ni Antoni Gaudí, ni Neca Jara, ni la Mariposa con los ocres del
jaguar, ni la india con espardenyes, ni el cormorán del Congo, ni el chaval de la
construcción, ni Guido, ni una caja tonta, ni la Conchi han podido conseguir. Wan lo ha
intentado con Claudia, la de las lecciones de buena conducta. Lo ha intentado con la
Reina de Corazones. No ha habido manera. Nadie sabe el significado de
23
. Wan
0
necesita estar al corriente de la Fórmula Madre. De las palomas con ramitas de olivo no
hay noticias. Por fin, será la vieja Abuela, erudita como el Diablo.
La Abuela de Wan, que es la Abuela del mundo de cuarzo duradera, le explica a Wan
que
23
es Infinito. La Abuela le explica a Wan que su madre está Más Allá, en el
0
Infinito, en otro lugar inaccesible, sólo comparable al Misere mei de Allegri.
182
Los neumáticos de las hélices retumban como una lavadora en centrifugado. La
aparición de los aeroplanos la dejan atónita y caldeada, aturdida. La Abuela se alza.
ABUELA.—¡Lárgate! ¡Huye!
WAN.—Gracias, Abuela.
Chatos, calados, giratorios, de gollete, numerados, gamados, los aviones se acercan,
primero diminutos, y, al poco, entonando a bombo y platillo su actitud de vencejo,
reconocido por su morro provisto de aversión y antipatía.
Wan, Wan Li Woo, la pequeña Magic Parker Klei, Mademoiselle, huye. Corre a
refugiarse donde no hay refugio ni sustento. Mientras da zancadas, siente a sus espaldas
el cascabeleo de las detonaciones.
ABUELA.—¡De prisa, vete!
Y ella, Wan, con la rapidez espasmódica, sopla y se dilata, impulsándose a la vez con el
cuerpo erecto. Propalándose, derritiéndose, excediéndose. Wan no echa la vista atrás. La
Abuela del mundo es luto en la confesión y en la valoración, defensora de indefensos,
distinguida, es persona con el color de los años mugrientos de negro por la muerte de
alguien (de un hijo, de un filete de ternera en una carnicería, un niño llamado Vicente).
Con los paños menores y de difuntos, exequias, con el cuerpo presente, la Abuela está
afligida y sin alivio ninguno de consolación —...quién iba a consolar la pérdida de un
hijo.
Sabe que la madre de Wan, Yolanda, está en el Infinito. Wan corre y no se detiene.
183
Capítulo de la estáe
áestáestáestáestáestáestáia de arena. En el desierto, la arena te encercla en muros, te
aprisiona y te apisona. Un trozo de arena hay detrás de Wan, la niña en medio del
desierto, la niña con velo. Su cicatriz tiene el aspecto de una cacharrería. Tras la duna de
muros y de paredes, un buzón en medio del estanque de terracota. Oxidado, con la
abertura para las cartas echadas. Medio abierto, Wan fuerza la compuerta por la que cae
una saca de papeles y misivas. Las examina con el corsé de calor apretando la espina de
su médula y, en la selección, extrae el tesoro. Los despachos van remitidos a los Reyes
Magos de Oriente. El mapa de Wan se deshace en hilos de cartas, entre bocetos y fulles
que, conservadas a duras penas, parecen pergaminos. Los papeles son del mismo estilo.
Regalos y cuantías de generosidades. Wan acuerda darles una salida. Las vuelve a echar
al buzón, por si la posición astral de los planetas y sus factores obraran un milagro. Wan
escribe su propia petición con un lápiz, discrecionalmente. Wan escribe su carta, ahora
que sabe que su madre está en el ático del Cielo y que tiene algo que ver con el Infinito.
Cuenta lo siguiente:
Queridos Reyes Magos:
Hola, me llamo Wan y tengo siete añitos. Es el primer año que os escribo. Os pido
mucha salud y amor y paz para este año. Estaría muy bien que todos los nenes del
mundo tuviesen un regalo y una familia que les quiera. Pero también yo quiero un
regalo. Me gustaría que me trajeseis a mi mama Yolanda y también otra mama para mi
osito Fichi, que lo quiero mucho. Si me tenéis que traer alguna cosa más, me lo lleváis
a casa del papa, a su zapatería, que no sé donde está. Yo os ayudaré con 10 euros en
regalos para mi familia. Me he portado bien, he sido buena, a veces muy buena.
184
Desayuno rápido y, a veces, me acabo todo el plato. Sé que hay muchos que necesitan
más que yo. Por eso, os pido... Mi propuesta es, si podéis, si no, no pasa nada:
Para la Golondrina, unos ojos nuevos y...
una guitarra
un piano
una cuna
Para mi amiga la hiena Lucrecia, bizcochos para sus tres hienitas y...
una diana con pelotas
un circo
un veterinario
Para el Conde Dracu, un bautismo y unos colmillos nuevos y...
la granja de Pini Pon
bolos
casas de montar
Para Antonia, que sus hijos vuelvan a casa y...
un maletín de médicos
Epi y Blas parlanchines
puzzles
Para la Luna Menguante, que el Astro Rey le conteste a sus llamadas y...
una gemela bebé
185
Barbie Rapunzel
el Príncipe de la Barbie Rapunzel que se llama Estephan
Para el Presidente Contramaestre, una quilla mayor y un pelotón de mujeres y hombres
libres y...
la Torre de la Barbie Rapunzel
el gran restaurante
la casa de las Tres Gemelas
Para Lucho Gatica, una tonada con bombones y...
una mochila para el cole
la Nancy
un perrito de mentira
Para Bono, la a, la e, la i y la o y...
una cocinita
un osito de cuatro meses como Fichi
polvos mágicos
Para Eva, que su Chulo (Omnipotente) la deje y...
la flauta mágica
un gato de peluche y un gorila de peluche
la Cloe y la Jasmin
Para Arthur Cravan, que se acuerden de él y...
186
un carro nuevo
la Barbie
el Bratz Boy
Para Tutankamón, crema para las manos y...
un ordenador
la Baba Boo de Monsters S.A.
un juego para la Game Boy, el Super Mario World y el juego Manos Saltarines
Para el Espía, que Ellos no se den cuenta y...
dos cajas de rotuladores y plastelina, un lápiz y una goma y una regla
más pelo para los mayores
cocinitas nuevas
Para Kalan Segur, Palestina desocupada y...
cuellos nuevos y no toser
una libreta
un costurero de alta costura
Para Yazd, una piedrecita chiquitita y...
una camiseta
un CD
unos auriculares
Para Lucian Freud, un diván sin almohada y...
187
un DVD para toda la familia
un teatro
un micrófono
Para la violinista japonesa, un violín Stradivarius y...
muchas más cosas
ciervos
unas zapatillas de estar por casa
Para Gaudí, galletas María Dorada y...
unas sandalias de piscina
un cepillo de dientes
un patinete
Para Neca y su marido Demócrito, una nevera de chucherías y...
un garaje
un broche
el barco de Peter Pan
Para María la Mariposa, alas despegables y...
una pista de coches tiburón
una agenda
disfraz de Batman
Para Rigoberta Menchú, que sus pepinos crezcan y...
188
una máquina de helados
juegos de magia
una moto y títeres
Para el Cormorán Charly, una novia cormorana y...
el camión cisterna Micromachines
una bicicleta naranja
un chandal
Para el mozo de la obra, un contrato indefinido y...
guerreros y una catapulta
una red para la portería
libros
Para Guido, una madre y un padre y...
un coche que haga luces
un perro
un gato
Para la Tele, un código ético y...
una peli de los Teletubbies
un futbolín
un tambor
189
La Conchi cree que se ha portado bien, aunque dice que ha hecho enfadar un poquito a
sus padres. Para la Conchi, una esquina y...
un micrófono que cambie la voz
un disfraz de enfermera
letras y números
Para Claudia, una grabadora para sus rollos y...
un telescopio
un teleférico
unas botas de agua
Mi Reina no se ha portado bien, pero lo está intentando. Quiere una muñeca bien
guapa, un karaoque para cantar, un gorro y mucho cariño. Para la Reina de
Corazones, un Judas Maquiaveo, o Macabeo, o Maquiaveo y...
una máquina de chocolatinas
una caja registradora
uñas postizas
Para la Abuela, un nicho y...
un dentista bromista
patitos cuá-cuá
un pupitre y un paraguas
Entre todos estos regalos elegid los que queráis. Y para las madres y los padres y las
abuelas y los abuelos y las tías y los tíos lo que ellos quieran. Un jersey para el papa
190
allá donde esté y una blusa para la mama cuando venga. Lo demás, para los niños
pobres. Deseo que podáis llevar un juguete y ropa a todos los niños que lo necesiten.
Para las niñas y los niños...
un Cinexin
una colonia
un Spiderman
una muñeca de porcelana
unos calcetines
un vestido
aprender a sumar
cuentos, uno de La Bella y la Bestia
un trombón
una barca teledirigida
la película Edad de Hielo
un tren de cercanías
un helicóptero
un coche de bomberos
un robot
un rally scaléxtric
la espada doble de Star Wars
campeones Oliver-Benji
un balón del Mundial de Fútbol
el libro de Harry Potter
un Power Ranger verde
una Pantera Rosa
191
Spirit
un disfraz de Robin Hood
una mascota que es un gato
una maleta de doctor
Playmobils
y mucha felicidad y alguna sorpresa
Para todo el mundo, un hogar. Y lo que Sus Majestades deseen.
Fichi promete hacer caca en el váter y hacer pipi en el orinal si lo traéis todo, porque
quiere ser un oso grande. Os pido paz y amor para mí.
Que nadie tenga que padecer la guerra.
Que Galicia se vuelva blanca.
Que seamos capaces de reír más y que nada más lloremos de alegría.
Que no dejéis de venir cada año para que nunca se nos acabe la ilusión.
Nada más, os doy las gracias y un fuerte abrazo. Traedme a mi mama. Un beso muy
grande para los tres.
P.D. Fichi os da las gracias.
192
Capítulo de la Lluvia (Paradiso)
Wan rebulle y revienta. Wan ya no avanza. No avanza. Se detiene. Se para en seco.
Retrecha, se dobla sobre sí misma. El sufrimiento es imperfección. Ella, permanencia
aislada en la alcoba de arena, es un aposento de desierto con la cúpula de arena. Wan, en
medio del desierto, enfundada en su velo. Hoy, como ayer, Wan no ha dormido. Habrá
dormido una hora, a lo sumo. El hambre y el calor cada vez más tieso la abofetean
cuando está a punto de conciliar el sueño. Y el hielo de la noche es eso, frío. Tampoco
es sueño lo que duerme. Cierra los ojos. Los cierra cuando los abre y cuando los abre, la
misma oscuridad del barracón del desierto, su mismo roce de huesos, el rastro del
órdago de la ceniza de arena. El final que le espera a Wan significa la ducha. Reúne
fuerzas para ese momento. Para mantenerse viva hay que pensar. Wan no se quita a su
madre de la cabeza. Envía las últimas letras por correo. Entre asensos y disentos, se
acuerda de su madre.
Wan sube el listón impulsándose en la arena de montones de piedras calcáreas del
Pleistoceno. Wan es cómplice del desequilibrio. Ella es una errata, una erranza, en la
Escritura Dorada de la arena del desierto. Wan transmite una desdicha interior que no se
corresponde con su anterior propensión a la alegría. Está exhausta y la impaciencia se
vuelve desesperación por volver a ver a su madre. Wan se dirige a la tribuna donde esté
su mamaíta. Errante en la inmensidad descomunal del desierto. En medio de las rayas
hipnóticas del desierto hay una niña. Wan Li Woo, las Tres Gargantas de Wan, irradian
el sol y la picante sensación de naufragio en el sol. Wan, incólume, se despereza en su
abandono continuo. Una niña en medio del desierto. Real e imaginario, virtual y
agnóstico. Ni Dios ni amo. En el desierto hay rastros de bichitos tan raros como
insalubres. El bolsillo de Wan está atestado de la cal de la arena y de mostaza, mieses,
193
cebadas, agregaciones, menudeces, percepciones, trillas, colaciones, partículas irrisorias
y estrambóticas, picaduras cuadradas, tumorcillos, pan de higo, quilates, tomín,
vaquetas adornadas y minúsculas, ducados individuales, arena de la playa del
Somorrostro, contribuyentes de arena, amomo, paja, ciribundo, superfluidades inútiles,
Ineses y anís del Mono. ¿Qué es ciribundo? Nada, el resultado deshecho de la nada y del
magnesio. Wan camina por no llorar. Por las simas, espeluncas, por los riscales,
desierto. Limitada en su bagaje, robusta como un hemisferio, sencilla como el adobe de
su pelo, cercenado y moreno, con la piel quemada por el sol del Infierno. Recuperar a su
madre es su firmeza y el paso del tiempo es una herencia cobrada. La cadencia del
ánimo y la desventura del espíritu evitan el desplome de Wan. Encontrar a la madre es
la proteína que le alimenta y le estimula el tono muscular, la deriva, la frambuesa y la
excede de sal. Wan Li Woo es sencillamente Wan. Ella no puede luchar contra el
infortunio pegado como un misterio a su vestidito escarlata. Y lucha. Compuesta de
elastina, fláccida y desdibujada, perdida y descolgada, se afirma y se reafirma en un
intento universal y específico. Mañana por la mañana, cuando venza la noche y se
ejecute a la luna en el alba, y las mascarillas de los tiranos se alejen con sus caras de
sinvergüenzas, daré con su madre: “Lo prometo”. El calor le pilla los dedos, y se come
las ampollas de las uñas por no tener cesta de embutidos. Sus ojos achinados
desconcertados asustados pasean por la desgana y su barbilla y por la cicatriz de su cara,
sujeta como una pulsera. Alisa el musgo de su peluche Fichi. Y el tampón de sus ojos
instantáneos pierde luminosidad y bicarbonato. Si al menos la Lluvia41 pudiera
maquillarla, se aseguraría la existencia por unos días más. La Lluvia, esa gelatina de
chubascos deliciosa, deslizante, tolerante y protectora. La presión sobre la niña es
devastadora. No llueve, el desierto es un capuz, y la lluvia despabilada apenas brota.
41
La Lluvia de Phil Collins.
194
Desearía que una muchedumbre de nubarrones de tormenta la dejaran sorda con sus
truenos peleones y estruendosamente polarizados con vatios y fusibles. Sus estampidos
serían entonces campanadas de potencia y el pelo mojado bajo la farola del agua sería
un bendición del firmamento. Ella bailaría el Vals de la Lluvia, y la Lluvia, agradecida,
la obsequiaría con lotes de gruesas gotas. Y la redecilla de su tejedor cabello saldría del
uso, atolondrado, alborotado, estrepitosos pelos escandalosos, fondeados en el mar del
chispero. Wan Li Woo, Magic Parker Klei, se lavaría con el chorro de las estrellas. Le
calaría una sensación de llovizna. Ojalá pelaran patatas y llovieran racimos de láseres en
el almohadón de este desierto.
LLUVIA.—Wan.
WAN.—¿Sí?
LLUVIA.—Soy la Lluvia.
WAN.—(Wan escruta el Cielo.) ¿Quién eres?
LLUVIA.—La Lluvia.
WAN.—¿La Lluvia habla?
LLUVIA.—Y siente. Y ve.
Un relámpago corusco provoca escalofríos en la piel de la niña.
WAN.—Es verdad. Mójeme.
La Lluvia riega el corazón de la niña. Wan grita su nombre: “¡Waaaaaaan!”. El eco se
percibe confusamente, pero la Lluvia es su valido y le da la mano y le extiende sus
crisálidas largas y ligeras. Asustada y sumisa, quizás por el sonido del granizo —
pedregal cantera—, Wan baja por los fosos de la arena, guiándose por los surcos
abiertos.
LLUVIA.—No te sueltes. Agárrate a mí.
195
WAN.—¿Cómo? —Wan intenta asir lo inasible, el aire, la broma. En el Cielo suena una
melodía breve de flautillas.
Wan baja volitando, y, entre las pizcas de goterones y esquirlas de mojado, busca
extrañeces de entre las nubes, decoradas con la erosión del bongó del tiempo. Recoge el
cauce con la palma de la mano y coloca las gotas en fila india, diluyéndolas. Se
entretiene con los dibujos que forman las venustas nubes.
WAN.—Un cabrito.
En los cielos hay un cabrito de nubes, y Wan examina el cielo con la mirada natural de
los niños. Ahora es de día, pero hace frío en el desierto. Si tuviera una bicicleta, Wan se
alejaría con los pies helados del frío. Los bártulos que acarreaba —una zamarra de
palomas blancas con nombres de mujeres— absortas se la miran desde el Cielo,
cansadas de ser, perezosas, tirantes, pinzadas, agujereadas, fruncidas, lúcidas, al bies,
dolientes, amorriñadas, porque son palomas los bártulos. Ellas solicitan también a la
madre que hay detrás de una puerta cerrada.
MUJERES PALOMA.—¡Mama, mama...! (La costumbre habitual. Intuyen que hoy
tampoco habrá merienda. Yolanda no está dispuesta. Yolanda está ausente. Los bártulos
y cachivaches, las palomas desahuciadas extraviadas y desperdigadas en los horizontes,
los enseres, esperan un minuto y descargan su petición.) ¡Mama, mama...! —emiten,
lastimosamente, las ameritadas mujeres-paloma Cecilia Roth, María Zambrano, Victoria
Kent, María Teresa León, Rosa Luxemburgo, Clara Campoamor, Teresa Pàmies, Lucía
Sánchez Saornil, Emma Goldman, Concepción Arenal, Violette Szabo, Margarita
Xirgu, Zenobia Camprubí, Halina Szpilman, Christiane Collange, Nawal Al Saadawi,
Dolores Huerta, Joan Baez, Amparo Poch, Antonina Rodrigo, Marisa Paredes, Aurora
Arnáiz, Maite Pagazaurtundua y Encarnación Úbeda.
196
La madre, Yolanda, espejada en el espejo de un lavabo de nubes, se escanea en el
reflejo con el semblante zumbel, ceñudo, con la mejilla algo rojiza. Afligida, enviscada,
adivina una porción de algún cáncer reciente. El detalle son los dedos que teclean con
lentitud de movimientos la cara y la mejilla. Frente al espejo de nubes, la madre, de
repente, en escorzo. Se da cuenta, denodadamente, de algo. Agacha la cara y se la lava
con agua de manantial. Torpemente. Las nubes, en su epiciclo, se refractan y hacen todo
esto y, en este techo de Cielo, la madre, en un momento determinado, en el lavabo de
nubes, ante el espejo, se retuerce y se dobla a la altura del estómago, como lo hace Wan.
La madre se recoge, se apuntilla. Hace muecas y no consigue reponerse. De pie, ante la
cortina del baño de las nubes, agazapada, aparentemente, su amargura no se disimula, su
disgusto es compungido, su desazón es conmovedora y la pesadumbre empalaga en su
paladar, pruno como el desierto antes de la Lluvia.
La Lluvia, de barro rojiza, habla de nuevo, y la niña ya no sabe quién es quien habla.
LLUVIA.—Niña, hija mía, hija mía.
WAN.—¿Mama?
LLUVIA.—(Como palabra asaz lejana y angustiada.) Sí, hija, te quiero. No me olvides.
Recuérdame siempre. Siempre estaré contigo.
WAN.—Mama, ¿eres tú?
LLUVIA.—Cuídate, mi niña, sé fuerte, no te rindas nunca.
WAN.—(Contristada.) ¿Vas a venir?
LLUVIA.—Hija, no puedo. No sigas buscándome. No podré volver contigo nunca, pero
tenme siempre en tu corazón.
La luz del color parece ya blanco, ya oscuro, ya de algo como pájaros y humo. Wan se
esconde tras los brazos, llorando desconsoladamente cantidades de cosas juntas, y el
chal de la Lluvia la cubre con su capa de melaza. La madre entera estará eternamente en
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el Infinito y jamás volverá. Las lágrimas de Wan abastan al mar repentino, y el desierto
estelar, de súbito, ya se apercibe como un océano santuario y marisma de loto y de
desahogo que da la Verdad. Esta es la historia de Wan.
A Miguel Gila. In memorian.
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