Ignacio Martínez de Pisón «Para mí la sobriedad expresiva lo es

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Ignacio Martínez de Pisón «Para mí la sobriedad expresiva lo es
Ignacio Martínez de Pisón
«Para mí la sobriedad expresiva lo es todo.»
entrevista realizada por Rubén A. Arribas
mayo de 2004
Nació en 1960, en Zaragoza, y actualmente reside en Barcelona. Según cuentan, vive en estas dos ciudades casi de manera
simultánea. A los 23 años se acercó hasta Anagrama y Tusquets para preguntar si le editaban. Anagrama contestó más
rápido que la competencia, explica Jorge Herralde en su artículo Un desconocido con un manuscrito; y, hasta el día de hoy,
Ignacio continúa publicando sus libros con él. Aunque los premios significan poco o nada en cuanto a la calidad literaria del
ganador, no hace mucho le nominaron al Premio José Manuel Lara por su última novela, El tiempo de las mujeres, junto con
Jorge Semprún —ganador—, Jesús Ferrero, Rodrigo Fresán y Andrés Trapiello. Sus detractores critican lo que sus
admiradores alaban: el estilo sobrio, por momentos desabrido, que imprime a su prosa. El tardofranquismo y los primeros
años de la transición constituyen necesariamente su época: la adolescencia y juventud; por ello sitúa en ese marco sus
narraciones y deja constancia así del paso por estas latitudes terrestres. Le critican que asume pocos riesgos, que resulta
excesivamente correcto; él contesta que prefiere contar buenas historias —las mejores posibles— como Graham Greene, a
tratar de emular a Joyce o Kafka, como tantos otros. También algunos se preguntan si no resulta excesiva la influencia de la
escritora italiana Natalia Ginzburg y la presencia de la mujer en su obra; sin embargo, él señala que pertenece al tronco
literario que permite que la novela siga viva y que gusta de la literatura que invita a imaginar cómo es el autor; también
parece guiñarle un ojo a Erich Fromm y a quienes defienden que un mundo más feminizado muy posiblemente funcionaría
mejor. En cualquier caso, él se da por satisfecho si su lector cree que el autor escribió ese libro para él.
[Los juegos de la infancia]
Cuando se tiene miedo —aunque sea de uno mismo, como en este caso— es difícil no pensar en la infancia.
(La ley de la gravedad, pág. 136)
Ángel Petisme se acordaba de los Juegos Reunidos Geyper en La Carretera, una de las canciones de Cierzo;
detalle este que tú subrayabas en el prólogo de ese disco-poemario. Aquellos juegos debieron de hacer estragos
en Zaragoza... porque, curiosamente, dentro de algunas narraciones tuyas también aparecen junto con El Palé y
otros. ¿Estás de acuerdo en eso que recordaba Ángel sobre Rilke de que la infancia es la patria? ¿En qué medida
tus novelas representan una continuación de aquellos juegos de niñez?
Petisme y yo somos de la misma generación. De hecho, fuimos compañeros de Facultad. Por eso no puede extrañar que
hayamos vivido experiencias similares. Recuerdo las largas horas en torno de los Juego Reunidos Geyper, y la verdad es que
no las echo de menos. Ahora mismo, pocas cosas me seducen menos que la expectativa de pasarme la tarde jugando al
parchís o al bingo. Tal vez se deba a que la literatura colma mi necesidad de jugar. La escritura tiene algo de juego, pero de
juego en serio.
Jung sostenía que para descubrir el mito que alimenta nuestra vida debemos preguntarnos «¿Cuál era el juego
que me gustaba cuando era niño?». Este psicoanalista se respondió: construir pequeñas ciudades y rutas con
piedrecitas. De adulto, él se compró un terreno y se construyó una casa, aunque ya tenía otra. Esa actividad
infantil nos vuelve intemporales; y por eso la interiorizamos, queda ésta indeleble y cuando la recreamos de
adultos recuperamos aquel espacio sagrado. ¿Sientes algo cercano a eso respecto de la literatura y tu infancia?
Algo de eso hay. Recuerdo que los Reyes Magos me trajeron una pequeña imprenta y que me pasaba las tardes tratando de
componer páginas de una revista. Cuando me cansé de ese juguete, me apropié de la máquina de escribir de mi padre y
jugué a ser novelista: escribía historias en cuartillas que luego plegaba por el lomo para darles forma de libro... Pero también
tenía un juego de química, y no parece que eso haya tenido consecuencias en mi vida adulta.
Jorge Herralde menciona que la infancia es tu tema favorito. Antón Castro, al comentar María bonita, apunta que
necesitas tomar distancia de la realidad, y que por eso la mayoría de tus novelas y cuentos transcurren a inicios
de los setenta. Naciste en 1960, es decir, que tu adolescencia está marcada por el tardofranquismo. ¿Qué
encuentras en aquella infancia y adolescencia que no hallas en tu edad madura cuando se trata de narrar?
El franquismo fue, sin duda, siniestro. Pero eso no quiere decir que no sea literariamente interesante. Cuando alguien utiliza
la expresión en mi época, suele referirse a su adolescencia y juventud. Yo escribo novelas sobre mi época, sobre la época en
que fui adolescente o joven. Como novelista, no quiero rehuir la responsabilidad de dejar testimonio de mi tiempo y, en
efecto, mi tiempo es el de finales del franquismo y comienzos de la transición. No es casualidad que el episodio central de El
tiempo de las mujeres sea el golpe de estado del 23-F.
Hablando de infancia: el chaval de Carreteras secundarias o el de La ternura del dragón, por ejemplo, poseen
rasgos comunes: sin amigos, sabihondillos, un poco cabroncetes y quieren ser tratados como adultos; en
definitiva, traslucen una mirada amarga y poco infantil —casi diría que representan más edad que la concedida
por el narrador—. ¿Recuerdas así tu adolescencia, o se trata de ficción?
Los adolescentes tienden a sentirse inadaptados. El mundo que les rodea parece no tener sitio para ellos. Yo, por supuesto,
también era así. Y también, como el protagonista de Carreteras secundarias, detestaba ser tratado como un niño... Pero la
adolescencia es un invento reciente, de los años cincuenta: fue entonces cuando surgió la música para adolescentes, la moda
para adolescentes... A lo mejor eso explica el impacto que causó Salinger con El guardián entre el centeno. Todos los
adolescentes posteriores tienen algo del Holden de Salinger.
Cuando entregaste tu primer manuscrito al editor, éste desechó el cuento Tristes por Thelonius; según él,
resultaba demasiado deudor del cronopio mayor del reino. A mí, personalmente, me cuesta encontrar la
influencia de Cortázar en la parte de tu obra que conozco. ¿Se da ésta en efecto? ¿Podrías indicar dónde?
El cuento era, en efecto, muy cortazariano. La influencia de Cortázar era muy poderosa. ¿Cómo sustraerse a ella cuando uno
intentaba escribir cuentos en la España de principios de los ochenta? Pero entonces aprendí a distanciarme de los autores que
más admiro, y seguramente en mi obra no quedan demasiadas huellas de su influencia.
En una entrevista con Carmen Rodríguez, señalas que ya en los dos primeros párrafos notas si lo que tienes
entre manos será novela o cuento y que esto depende del ritmo y de la tensión narrativa. Para Cortázar, por
ejemplo, la intensidad en un cuento consistía en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de
todos los rellenos o fases de transición que la novela permite o exige. ¿A qué llamas tú intensidad y tensión?
¿Coincides con esas ideas juliocortazarianas?
En las primeras líneas de un cuento suele estar contenido el cuento entero. En la novela, en cambio, no ocurre eso. A mí lo
primero que se me ocurre de una historia es el comienzo. Y cuando tengo un buen comienzo entre manos, puedo intuir si ahí
hay un relato o una novela... En cuanto a Cortázar, todas sus reflexiones sobre el género breve me parecieron siempre
atinadas.
[ La casa, en el árbol; como Tarzán ]
Mi sitio estaba en el trastero, no en la biblioteca. La biblioteca era el lugar de lo existente, de lo real. El trastero era mucho
más pequeño, y sin embargo en él cabían muchas más cosas: cabía todo lo imaginable, todo lo que alguna vez había podido
existir aunque nunca haya llegado a hacerlo.
(Extraído del artículo La novela en el trastero.)
Según tú, una de las pocas verdades fiables en literatura señala que dentro de todo escritor hay un lector ávido
pero insatisfecho. ¿Qué le faltan a las novelas que lees y qué consideras que sí tienen las que has escrito?
Suena a tópico pero aspiro a escribir los libros que me gustaría leer y que nadie ha escrito. Antes que escritor, me considero
lector. ¿Son todos los novelistas así? Me temo que no. He conocido a bastantes que, si alguna vez fueron buenos lectores,
hace tiempo que dejaron de serlo.
Por cierto, ese título, La novela en el trastero, remite a El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite. ¿Sientes
alguna afinidad por esa autora?
Tuvimos cierta amistad al final de su vida. Lo que más me gusta de ella es, curiosamente, lo que suele considerarse su obra
menor: sus ensayos sobre las costumbres amorosas.
Los mitos ayudan a los niños a relacionarse conscientemente con el mundo y a canalizar las fuerzas internas
disgregadas que interactúan en ellos mientras crecen. En La novela en el trastero, subrayas que hasta los 8 ó 9
años el joven lector acepta zambullirse en la ficción que le plantea el libro. ¿Sentiste que los personajes de las
novelas como Oliver Twist, La isla del tesoro, El último mohicano y similares se convirtieron en una suerte de
mitología benigna que te ayudó a crecer?
Puede ser. A lo mejor quienes seguimos disfrutando de las novelas a partir de los cuarenta tenemos necesidad de mantener
vivo eso que llamas mitología benigna...
Como escritor de novelas juveniles: ¿qué les interesa a los chavales de hoy?; ¿siguen vigentes aquellos piratas,
caballeros medievales, viajeros indómitos o correos del zar con que otros nos educamos?
El suspense y la aventura son esenciales en el paisaje moral de la infancia. Los tres libros juveniles que he escrito intentan
situarse en ese espacio mítico, algo que en mi literatura normal podría parecer una frivolidad. Pero me temo que la literatura
juvenil de ahora va por otro camino.
¿Cómo escribes? ¿Cómo trabajas con un texto literario hasta que logras que la masa informe primera se
convierta en algo editable?
Supongo que la clave consiste en pensar que todo lo que está bien puede estar mejor. No entrego un libro al editor hasta que
creo haber alcanzado la mejor de las versiones posibles.
[ Universo Pisón ]
No estoy seguro, pero es posible que cada libro sea un reconstrucción metafórica de aquellos lugares ajenos al mundo, de
aquellos cuartos trasteros.
(Extraído del artículo La novela en el trastero.)
En Nuevo plano de la ciudad secreta, reconstruyes metafóricamente una ciudad sentimental. En La ley de la
gravedad, el narrador (pág. 112) desconfía de la obstinación de la memoria por disponer el pasado a su antojo y
erigirlo en forma de ciudades emocionales, a cuya demolición debe asistir el protagonista de manera impasible.
¿Tienes la sensación de que cada libro tuyo reconstruye una historia que se levanta sobre las ruinas del
anterior?
En mis libros aspiro a hablar de la vida, y la vida es un ciclo constante de pequeñas muertes y pequeños renacimientos.
Hablando sobre Natalia Ginzburg señalas que importa saber en qué medida el novelista busca inspirarse en su
propia vida; de hecho, aduces que esta escritora italiana parece que habla de sí misma y de su entorno, y
señalas que ella incorporaba elementos autobiográficos para que la sensación de realidad no se cimentara en la
mera apariencia. ¿Haces lo mismo tú cuando narras? ¿Te referías a detalles y anécdotas concretas, o más bien a
emociones que el narrador coloca en aquellos lugares donde cree oportuno?
Me gusta esa literatura que permite imaginar al autor que está detrás: su vida, su personalidad,... Natalia Ginzburg hace ese
tipo de literatura, Anne Tyler también... Yo al menos lo intento.
¿Narras en primera persona para ganar verosimilitud?
La primera persona es la que mejor permite la identificación entre el narrador y el lector. La que facilita, por tanto, que el
lector reconozca en esas palabras que lee las palabras que alguna vez ha querido pronunciar.
En una entrevista para ABC comentas que cuando entran en juego los sentimientos se corre el riesgo de caer en
la cursilería o la afectación, y que por ello te gusta la distancia del narrador capaz de recrear emociones como si
las hubiese experimentado y se hubiera librado de ellas. ¿No te da miedo caer en el defecto contrario, es decir,
en el de una intelectualización anodina de los sentimientos debido al exceso de distancia?
La intelectualización me interesa poco. La sobriedad expresiva, en cambio, lo es todo para mí.
«La literatura no se escribe con sentimientos, sino con sentimientos contemplados, configurados, de modo que
la inteligencia tome posesión de los propios sentimientos». Enrique Anderson Imbert. ¿Hacia ahí apunta lo que
llamas sobriedad expresiva?
Estoy de acuerdo con lo que dice Anderson Imbert. Los sentimientos no son un buen material para escribir historias. El
material ideal es el recuerdo de sentimientos que hace tiempo quedaron desactivados. Lo contrario suele llevar a la
sensiblería y el sentimentalismo, precisamente de aquello de lo que me propongo huir.
Quienes te critican opinan que resultas demasiado serio y poco audaz tanto en tu estilo como en tus
planteamientos. Según le contabas a Quim Arana en Avui, prefieres narrar buenas historias como Graham
Greene que aspirar a convertirte en un nuevo Kafka o James Joyce... ¿Sigues queriendo ser la misma clase de
escritor hoy que en aquel año 2000?
Sigo pensando lo mismo: mi objetivo es contar de la mejor manera posible las mejores historias posibles. Si además consigo
que el lector sienta que la novela está escrita especialmente para él, mejor todavía.
Volviendo sobre el estilo: ¿qué problemas encontraste para ajustar tu prosa y tu tono a una voz narradora
femenina como en tu última novela El tiempo de las mujeres o en María Bonita?
Los escritores somos como los actores. Tenemos que ser capaces de transfigurarnos, de convertirnos en personajes de todo
tipo.
La solidez de tu andadura literaria te avala; sin embargo, hay quienes señalan El fin de los buenos tiempos
(1994) y Antofagasta (1986) como tus dos mejores momentos; incluso tú le comentas a Vila-Matas en una
entrevista que Siempre hay un perro al acecho —cuento contenido en El fin de los buenos tiempos— lo
consideras tu mejor narración. ¿Te da miedo no ser capaz de alcanzar de nuevo ese nivel por el que muchos
lectores te recuerdan?
Ese cuento sigue siendo uno de mis favoritos. Pero eso tampoco es decir mucho, porque últimamente he escrito pocos
cuentos. En cuanto a mis novelas, creo que las anteriores a Carreteras secundarias y El tiempo de las mujeres son novelas
escritas por un novelista en fase de formación, un escritor que aún no había cuajado.
¿Cómo llega un escritor a la certeza de que ha cuajado? ¿A través de la crítica de los demás, por las sensaciones
de uno mismo...?
En un momento dado me di cuenta de que yo seguía siendo el mismo escritor aunque mis nuevos libros fueran todos
distintos. Cuando pasa eso, tal vez quiera decir que se ha cuajado como escritor.
[ Fatalidad y destino ]
En aquel momento tenía la sensación de haber llegado al final de un largo viaje y me parecía que todo eso estaba escrito en
nuestro destino desde hacía mucho tiempo. Quiero decir que nuestros pasos habían estado siempre encaminados hacia allí,
hacia el pasado de mi padre y hacia su familia y su ciudad y hacia esa cárcel determinada, y que todo lo demás habían sido
etapas previas que habíamos tenido que superar para llegar a ese final. Lo que a mí me parecía era que nada había sido
producto del azar.
(Carreteras secundarias, pág. 193)
Una suerte de fatalismo laxo y desolado se había apoderado de mi ánimo y del de los propio jugadores. Nos preparábamos
sencillamente para aceptar la catástrofe que se avecinaba.
(El fin de los buenos tiempos, pág. 84)
Mi propio destino formaba parte del de mi padre.
(La ley de la gravedad, pág. 200)
En general, el lector de tus obras presiente desde un primer momento que algo saldrá mal; de hecho, tu estilo
sobrio y conciso transmite la sombra de una sospecha inminente. En ese aspecto, ¿sientes cercanía, por ejemplo,
con los cuentos de Raymond Carver?
Carver es, sin duda, uno de los mejores cuentistas del pasado siglo, y su descubrimiento me impresionó tanto como el de
Cheever. En los cuentos de ambos se percibe siempre un desasosiego interior al que el lector no puede sustraerse.
De la ficción a la realidad: ¿crees en la predestinación? ¿Puede decirse que el destino de los personajes de El fin
de los buenos tiempos está escrito y sólo les falta chocarse con él?
No hace falta creer en el destino para que el destino exista. Desde luego, existe en mis cuentos, pero también en los de la
mayoría de escritores. Me da la sensación de que el género breve y cierta noción de destino van unidos. Y te diría que sí, que
los personajes se chocan contra su destino, al menos por lo que respecta a los cuentos de El fin de los buenos tiempos.
Creo que el tema central de tus narraciones es la relación entre hijos y padres, y más concretamente las
relaciones monoparentales. Según la semblanza de José Luis Melero, tu padre murió cuando eras muy joven. El
protagonista de Carreteras secundarias tiene 15 años cuando muere Franco, es decir, que nació en 1960 como
tú. ¿Ese libro te dio la posibilidad de ficcionar algo que quisiste vivir y, desgraciadamente, no tuviste la
oportunidad?
Mi padre murió, en efecto, cuando yo tenía nueve años, y creo que en algunos de mis escritos he tratado de resucitarlo. La
literatura tiene el poder de convocar no sólo el pasado sino aquello que pudo ser y no fue o aquello que se nos escapó antes
de tiempo...
[ Superstición y coincidencias ]
La literatura nos seduce a veces con la fuerza de lo atávico y de lo oscuro, extrayendo antiguas fantasías que sólo habíamos
llegado a exteriorizar en los juegos de niñez. Esa fantasía de aislamiento y de secreto sería, sin duda, una de ellas, y su
representación podría tomar la forma de esa vivienda en lo alto de un árbol, pero también la de una cueva o una isla.
Lugares, en todo caso, ajenos al mundo, espacios mágicos como ese cuarto trastero en el que uno podía encerrarse a leer
novelas de aventuras. Yo creo que cada vez que uno abre el libro busca encerrarse, sin saberlo, en un espacio así.
(Extraído del artículo La novela en el trastero.)
(...) pero había aparecido un elemento nuevo, de carácter irracional, supersticioso, que alteraba de manera radical la
perspectiva de la gente.
(El fin de los buenos tiempos, pág. 55)
En Siempre hay un perro al acecho, el perro atropellado se superpone con la visión de la muerte de la abuela del
narrador, y parece que esa coincidencia mueve resortes inexplicables que conducen a un destino fatal. En El fin
de los buenos tiempos, el narrador y el farmacéutico charlan sobre si María había echado mal de ojo al equipo de
fútbol debido al conflicto desatado alrededor de su hijo. Lo mágico y lo supersticioso: ¿son meros recursos
narrativos o les concedes importancia como poseedores de esa fuerza oscura y atávica que mencionas en tu
artículo?
Los cuentos tienen algo de vaticinio que acaba cumpliéndose. Los de ese libro, El fin de los buenos tiempos, están planteados
así... Las leyes que explican la realidad no sirven para explicar lo que ocurre en esos relatos. Quizás por eso transmitan esa
idea de magia y superstición.
Las enfermedades que padecen tus personajes, además del síntoma, contienen a su vez un componente
psicológico, un ingrediente no explícito, como si lo que no se curara de verdad son los conflictos internos de uno.
¿Te parece acertada esta apreciación personal?
La enfermedad como tal me interesa poco. Lo que me interesa es la percepción del escritor como un enfermo que vive en un
mundo enfermo. Pero sus enfermedades son distintas... El novelista es siempre un inadaptado.
Algunas coincidencias que se repiten en tu obra: recortes de periódicos, ajedrez, perros, el Che Guevara, el hijo
que odia al padre... ¿Eres consciente de estas coincidencias? ¿Qué opinión te merecen?
Lo del ajedrez, lo de los perros...; ya me habían señalado alguna de esas coincidencias. En mi infancia siempre había algún
perro en casa, luego pasé una breve época de obsesión por el ajedrez... Pero uno no recurre conscientemente a ese tipo de
elementos. Son ellos los que se imponen al escritor.
[España y sus mujeres]
¿Por qué las tías, que son las únicas que leen, van a leer a Pisón?
(Un desconocido con un manuscrito, Jorge Herralde, citando a Ignacio Martínez de Pisón)
¿El consumidor español del mercado literario es eminentemente femenino? ¿Cómo te imaginas al comprador de
tu última novela, El tiempo de las mujeres, cuya voz narrativa la asumen tres féminas?
Con esto del correo electrónico, ha habido muchos lectores que han encontrado mi dirección en internet y me han escrito, y
la inmensa mayoría eran lectoras, no lectores. O sea que tengo que creer que esa novela ha sido más leída por mujeres que
por hombres. Pero tampoco parece tan raro, con ese título.
¿Y a tu lector ideal?
Mi mujer.
Esta pregunta se la hacían a Michel Houellebecq, en El mundo como supermercado: «¿Qué te sugiere el verso de
Aragon el futuro del hombre es la mujer?» (Houellebecq habla allí de la tragedia que supone la pérdida de
valores clásicamente femeninos como altruismo, amor, compasión, fidelidad y dulzura; y de que es posible que
la masculinidad sea un desgraciado paréntesis en la historia de la humanidad)
Se trata de una frase feliz, pero precisamente porque el hombre está aceptando como propios valores que tradicionalmente
han estado adscritos a la condición femenina.
En la literatura premiada en España: ¿cuánto hay de político y de buenos contactos a la hora de premiar ciertas
obras?
Me interesan poco los premios literarios.
¿Qué hubiera pasado entonces si te llegan a conceder el Lara?
Los premios que no me gustan son los que organizan las editoriales, porque están casi todos amañados. No tengo nada
contra los premios a los que no te presentas.
¿Interfiere tu labor de crítico literario en las relaciones con los demás escritores del panorama español? ¿Darías
algunos títulos más o menos recientes de libros que te aburrieron y cuya lectura abandonaste?
Aunque hace años que escribo regularmente críticas de libros, creo que nunca me consideraré un crítico literario. Lo que yo
hago en las reseñas es lo mismo que hago cuando hablo de libros con los amigos: decirles cuál me ha gustado y cuál no. Se
trata por tanto de opiniones subjetivas, de impresiones personales. Me irritan profundamente los críticos que quieren
demostrar algo. La excelencia literaria no puede ser demostrada.
¿Qué defectos y fallas encuentras a la literatura que se publica actualmente en España?
La literatura es para mí un motivo de felicidad. Prefiero no hablar de los libros que no aportan nada a esa felicidad.
Si tuvieras que elegir a tres escritores españoles contemporáneos cuya literatura te parece imprescindible para
todo buen lector que se precie, ¿a quiénes nos recomendarías?
Me gusta hablar de los libros que en su momento no tuvieron demasiado éxito, porque nadie suele acordarse de ellos a la
hora de hacer esa cosa terrible que son los cánones literarios. Un libro anterior a la guerra civil: El blocao, de José Díaz
Fernández. Un libro escrito durante la guerra: A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. Un libro reciente: Dibujos
animados, de Félix Romeo. Los tres libros me parecen magníficos.

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