VI Concurso

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VI Concurso
La batalla de la montana negra
Por Elizabeth Darcy
La batalla de la montaña negra
HABLA ELLA
El viento sopla del norte arrancando los últimos pétalos de las magnolias. Los eleva, los hace
girar en violentos remolinos, y finalmente los abandona, olvidados, en un rincón del jardín, junto al
melocotonero seco. Como un triste remedo de mi propia vida.
Mi nombre significa “magnolia”. ¿Influyó algo en mi destino? Las magnolias son flores
dulces, de gran belleza, intensas en su olor. Yo no fui una joven dulce. El viento del norte que hoy
golpea a mis pobres plantas fue algo más que una molestia en el pasado. Solía traer malos
augurios. Desolación y muerte.
No guardo apenas recuerdos de mi infancia. Mi memoria casi nunca logra atravesar la
barrera difuminada que dibujó, hace ya muchos años, el pesado sonido de un gong de bronce…
Hilar me relajaba. El quejido rítmico del telar marcaba los lentos compases de nuestra vida: mi
madre acunaba a mi hermanita menor, mi hermanito lanzaba guijarros contra los nenúfares del
estanque, mi padre practicaba kung-fu mientras la hierba húmeda crujía apenas bajo sus gastados
pies. Una brisa suave jugueteaba entre las cañas de bambú del bosque que se extendía hacia el oeste,
haciéndolas silbar. Mi vida era plácida… hasta que cambió el viento. La brisa se detuvo de repente,
avergonzada tal vez ante su propia debilidad, y las potentes ráfagas que llegaban de septentrión,
desde las estepas bárbaras, barrieron con inusitada furia cada rincón de nuestra aldea.
Y, como empujados por el viento del norte, irrumpieron también los soldados del kan, arrogantes
sobre sus pequeños caballos negros, con sus doce rollos que traerían la desgracia a aquellos infelices
cuyo nombre figurase en ellos. A mi padre, por consideración a su edad y su reputada fama como
oficial del ejército imperial, no le convocaron en la plaza. Dos jinetes se presentaron en nuestro
hogar antes de que el sol llegase a su cénit.
—General Hua —una respetuosa reverencia antes de comunicar la dolorosa noticia—. El kan
requiere una vez más de vuestros servicios. Los bárbaros rouran han atravesado la fortificación
larga por la guarnición de Shengle. Los gusanos devorarán las fértiles tierras chinas llenándolas de
inmundicia si no son detenidos. Antes de la próxima luna llena, un varón Hua deberá unirse al
regimiento acampado a las afueras de Luoyang, con caballo, arco, munición y espada.
Nos apresuramos a retirarnos de la estancia principal para no ofender a mi padre siendo testigos
de su vergüenza. Se mesó los mechones de plata con dignidad, y dirigió en silencio sus pasos hacia
la habitación en que reposaban sus armas. La rodilla izquierda se esmeró en disimular su cojera, sus
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viejos huesos ahogaban los crujidos que producían al andar. Mi madre abrazaba a mi hermano
menor, luchando por contener las lágrimas.
Bien entrada la noche, mi padre seguía limpiando sus pertrechos, bruñendo el metal de la espada
hasta que mi reflejo se perfiló a su espalda.
—Si mi hija mayor fuera varón, estas armas le servirían bien. Es tan alta como yo.
La vergüenza tiñó de rojo mis mejillas. ¿Cómo esperar que un hijo sea igual que su padre?
Tomó el sable y lo blandió en el aire, desafiando a su vejez.
—Si mi hija mayor fuera varón, blandiría mi espada con arrojo ante el enemigo, tal como le he
enseñado a hacer, y si la perdiera en combate, lucharía con sus propias manos hasta el último aliento
para defender el honor de nuestro kan.
Me retiré sin hacer ruido, sin llegar a saber si mi padre me había visto en realidad, o tan sólo
hablaba en voz alta consigo mismo.
Provenían del jardín susurros espectrales, sin duda las voces de mis ancestros que se enredaban en
el viento tratando de llegar hasta mí. Con el corazón saltando, me escabullí hasta el pequeño altar de
tablillas de barro para quemar incienso y pedir humildemente consejo. ¿Qué significaban en realidad
las palabras de mi querido padre? ¿Trazaban acaso mi destino?
Mi hermanita menor se despertó llorando de una pesadilla. El viento que se colaba por las
ventanas de la casa sacudió las armas, arrancando sonidos metálicos. Mi padre tosió.
Agradecí a mis antepasados sus señales quemando más incienso. Mi padre me educó como
habría educado a un varón. Si yo moría en batalla, mi familia superaría el duelo apoyada en nuestros
recuerdos más felices. Si mi anciano padre combatía, moriría sin remedio, y sin él todos nosotros
sucumbiríamos.
¿Debía esperar al alba para despedirme?
HABLA ÉL
Sopla viento del norte. Pronto cambiará la estación: lo noto en los huesos, cada vez más frágiles.
Necesito la ayuda de mi amada esposa para andar, para sentarme, casi hasta para comer. ¿Cuánto
hace que me convertí en un inútil? Mi vista, sin embargo, es tan precisa como lo eran mis flechas;
cuando mi esposa no está conmigo, me dedico a leer las cartas y los poemas que escribía mi suegro.
Los trazos de su caligrafía son elegantes, firmes y duros. ¿Qué arma aprendería a utilizar antes, la
espada o el pincel?
Tengo ante mí su legado más doloroso: el diario que comenzó a componer al día siguiente…
Un día de tormenta, en primavera.
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Mi hija mayor partió anoche, agazapada entre las sombras sin despedirse, pertrechada con mi
arco, mi carcaj y mi espada. Sólo me dejó el caballo, acaso lo vio tan inútil como me ve a mí. Qué
gran deshonor. Una muchacha asumiendo el lugar de un hombre para evitar la mácula en todos
nosotros. Y, sin embargo, ¿por qué me siento tan orgulloso?
Las peores maldiciones caigan sobre el kan, que en su soberbia desgarra familias como el
viento del norte convierte en tristes jirones las nubes del cielo.
¿Cuánto durará esta vez la guerra? ¿Me dará tregua algún día la terrible vergüenza que pesa
sobre mí?
Principios de otoño.
Las hojas del magnolio adquieren matices dorados. Delicadamente suspendidas, aguardan con
paciencia su incipiente destino. Pronto mi jardín quedará sumergido bajo una alfombra de flores
secas y hojas muertas. El tiempo parece transcurrir más lento que en el pasado. ¿Será la vejez, que
trastorna mi percepción?
En la aldea todos saben ya que mi hija mayor combate en la frontera a las órdenes del kan.
Muy pocos osan burlarse; la mayoría de los vecinos admiran la devoción de la muchacha que escoge
sacrificarse por su padre enfermo. Son buenas personas.
Mi esposa y yo tomamos el té cada atardecer frente al magnolio. El tronco es fuerte, como
nuestro amor. Hablamos poco de la decisión de nuestra hija.
Hizo lo correcto.
UN RECUERDO DE ELLA
Mi compañía abandonó Luoyang con las primeras nieves y fuimos enviados al norte, más allá
de las congeladas aguas del río Amarillo. Al contrario de lo que esperábamos, no entraríamos en
combate todavía, pues los generales temían el invierno de las estepas bárbaras. Aun así, el frío que
descendió sobre la llanura era tan intenso que parecía lamer nuestros huesos. El viento azotaba
infatigable las inabarcables extensiones yermas: picos de roca desnuda emergían del hielo y la nieve
ofreciendo exiguo cobijo a los valientes, o tal vez insensatos, que se atrevían a abandonar el
campamento.
Entrenábamos desde que despuntaba la aurora hasta mediodía, y por la tarde practicábamos
con los arcos y las espadas. Nuestra dieta era frugal: carne seca, arroz y té. Todas las privaciones las
afrontaba con la mayor entereza de la que fui capaz en la creencia de que, de ese modo, se las evitaba
a mi querido padre. No obstante, para mí lo peor eran las noches. Mis compañeros de tienda eran
ruidosos y vulgares, se reían con estruendosas carcajadas de los chistes más obscenos, y me miraban
con desprecio si yo no compartía sus desagradables chanzas. Con pocos trabé amistad: sólo dos
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parecían apreciarme y respetar mis eternos silencios. Uno de ellos, apenas un crío, delicado en sus
movimientos, llamado Feng: alto y en apariencia desgarbado, de difuso perfil y enormes orejas,
atento y agradecido, letal sin embargo en el manejo de la alabarda por su rapidez y habilidad; de su
cuello colgaba un emblema familiar que él suponía le traería suerte en la batalla. Antes de acostarse,
lo apretaba con fuerza y murmuraba plegarias por su madre.
El otro era grande como una montaña: me doblaba en tamaño, cada uno de sus brazos
abultaba más que mi cintura. Su sola imagen me produjo pavor la primera vez que lo vi, y traté de
evitarle cuanto me fue posible las primeras semanas. Y no es que fuera su formidable corpulencia lo
que inspiraba temor, ya no en mí sino en todos nosotros: era más bien su aspecto salvaje, y es que
Tigre, como se decía llamar, no era chino sino xiongnu. Recogía su larguísima melena, negra como
tenaz pesadilla, en una gruesa trenza anudada con cordones de cuero; pesados aros de bronce
adornaban sus orejas, y sus afilados ojos verdes traspasaban con fiereza a cuantos trataran de
sostener su mirada. Nunca antes había visto unos ojos verdes. Decía que era capaz de dormir sobre
su caballo, y abatir a dos hombres de un solo flechazo.
Tigre adoptó a Feng, pues pensaba que era frágil y no sobreviviría mucho sin él en la lucha.
A mí, en cambio, me respetaba como soldado. La primera vez que se acercó a mí para entrenar
conmigo, pensé que querría darme una paliza: muchos de mis compañeros me creían “afeminado”.
—Tu forma de pelear es muy peculiar. No la había visto antes. ¿Dónde la aprendiste?
Su voz retumbaba como el trueno, y la mía brotó como un tímido arroyo que comienza a
manar con el deshielo.
—De mi padre.
Esperó unos instantes, por si yo añadía algo más. Mi boca se llenó de algodón y no lo
conseguí.
—Enfréntate a mí —pidió con humilde curiosidad.
Vacilé. Algunos de nuestros compañeros se congregaron sin disimulo como aves carroñeras
anticipando un festín macabro. Los duros ojos de Tigre, sin embargo, no parecían esconder doblez
alguna.
Nos medimos trazando un círculo, él esperando mi ataque, yo tratando de evaluar sus
flaquezas. ¿Tendría alguna?
Me imaginé a mí misma desde lo alto: ¿qué posibilidad tiene una paloma de enfrentarse a un
águila y salir victoriosa?
Sin duda se hartó de esperar y Tigre cargó; le esquivé varias veces. La potencia de sus golpes
hacía vibrar el aire junto a mí; de haberme alcanzado, me habría roto un hueso. Nuestro público
vitoreaba reclamando sangre; tanto alboroto armaban que terminaron por captar la atención de
nuestro general. Con distraída curiosidad se unió para ver el espectáculo.
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Perdí un buen rato limitándome a escapar de los golpes de mi adversario, sí, pero aquello me
permitió conocerle. Ya tenía una gran ventaja sobre él, puesto que él no me conocía a mí. Sus
ataques eran tan potentes que pronto le fatigarían; yo era rápida, me agachaba y retrocedía ante cada
ofensiva, y a los pocos minutos le oí jadear sin que me hubiera acertado una sola vez. Desprotegió la
guardia, bajó los brazos. Sólo fueron unos segundos. Salté en vertical; las anchas mangas de mi
caftán quedaron suspendidas dibujando las ondas de un enorme abanico. Colgada en el aire, mi
melena flotó a mi alrededor, desparramándose, ocultando mi rostro tras los mechones enredados.
Una sola patada al centro del pecho, donde encuentra el corazón su refugio, y Tigre se desplomó ante
el incrédulo gentío.
Durante unos segundos, sólo los rabiosos aullidos del viento desgarraron el silencio de la
llanura. Me apresuré hasta llegar a mi adversario y le saludé con una respetuosa reverencia antes de
inclinarme sobre él y comprobar que respiraba correctamente. Nuestros compañeros se alejaron con
premura; sólo el general permaneció en su sitio. Tigre se incorporó, tosió, me miró con genuino
respeto y me devolvió la reverencia antes de partir hacia la tienda. No había en él resquicio de
vergüenza, furia o deseo de venganza. Reconoció con dignidad la justa derrota. La capa de piel de
zorro se agitó apenas sobre sus hombros de bronce. Lamenté no haber posado mi mano sobre su
piel, y un inoportuno rubor tiñó mi rostro.
—Ha sido muy interesante, joven soldado... —el enjuto general se aproximó a mí con pasos
suaves, el bigote cubierto de escarcha—. Toda una lección de estrategia, que te ha conducido a la
victoria ante un enemigo claramente superior. Meditaré sobre lo que he visto.
Me incliné ante él sin saber qué responder. Permanecí de pie en la nieve durante largo rato,
azotada por las infatigables ráfagas que anunciaban una tormenta de nieve. Hubiera debido sentirme
halagada por las generosas palabras del general. Y sin embargo, en mi vanidad, eran los verdes ojos
de Tigre clavados en mí lo único que ocupaba mi mente.
UN RECUERDO DE ÉL
Con la llegada del año nuevo, el río Amarillo reventó la coraza de hielo que comprimía su
furia y sancionó nuestra partida hacia las estepas, a la tierra de mis ancestros. Los escuadrones de a
pie marchaban a un ritmo increíblemente lento, retrasando nuestra marcha. Yo ansiaba el momento
de entrar en batalla, y como yo, muchos de los jinetes sufrían cada vez que nos ordenaban contener
el ímpetu de nuestros caballos. Durante lunas perseguimos la estela de los rouran sin alcanzarlos.
El terreno era cada vez más llano, los oasis más dispersos, las colinas más aisladas: el
general pensaba que en tales condiciones la victoria nos sería más propicia, pues la infantería podría
cargar en bloque. No podía demostrarle que se equivocaba. ¿Los rouran atacando en formación?
Mucho me temía que nuestro general no hubiera enfrentado nunca a las tribus nómadas.
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El joven Hua se había convertido en uno de sus favoritos. Al caer la noche lo invitaba a su
tienda y conversaban durante horas; aunque era un muchacho delicado, su padre le había instruido en
nobles artes y dominaba temas muy variados: entendía de estrategia, plantas curativas, caballos y
adivinación.
Con el general hablaba de la guerra.
Conmigo hablaba de caballos.
Aunque,
normalmente, era menos lo que decía que lo que escuchaba. Siempre me prestaba mucha atención.
Una mañana, el general envió a Hua a explorar las tierras yermas que se extendían hacia el
norte. Yo me ofrecí voluntario para acompañarle.
—Por fin una misión de verdad —me alegré—. Podríamos vagar por la estepa durante
generaciones sin toparnos con los rouran. ¿Por qué se muestra tan testarudo el general?
El joven Hua me miró con su habitual sonrisa tímida.
—Parece que tenemos problemas con el abastecimiento —me explicó.
—No me extraña… Llevamos lunas paseando por la meseta sin hacer nada provechoso. En
vez de pegar un buen bocado a algún poblado nómada…
Callé de golpe. El viento había cambiado imperceptiblemente, trayendo consigo sonidos
ahogados producidos por gentes extrañas.
—Son voces… Y vienen de aquella dirección —añadí, señalando al oeste.
Hua cerró los ojos, tratando de escuchar, negando con la cabeza.
—Yo no oigo nada…
—Eso es porque estás demasiado acostumbrado al jaleo de las ciudades chinas. En la estepa
hay que aprender a escuchar el silencio.
Hua se encogió de hombros, sonriente, y extendió la mano invitándome a cabalgar primero.
Tras varios días de rastreo, localizamos a los rouran.
ÉL REMEMORA EL PASADO
Nuestro primer enfrentamiento fue un desastre, como imaginaba. El general se empeñó en
formar los batallones de infantería al amanecer, a poca distancia de los rouran, y enviar a dos
emisarios para ordenar que se rindieran antes de presentar batalla. Por supuesto, el shanyu se
ofendió, y mandó matar a los emisarios. Dos jinetes arrojaron sus cabezas hacia nosotros, aullando
en su carrera. Los soldados de las primeras líneas volvieron la vista hacia atrás con terror en los
ojos.
Cuando nuestro superior mandó a la caballería a retaguardia para no exponer a los animales a
las flechas rouran, me enojé y tranquilicé al mismo tiempo, pues comprendí que pronto se nombraría
un nuevo general.
Los rouran lanzaron una primera carga poco convencida, que nuestra infantería logró retener
durante toda la mañana. Ganamos bastante terreno en poco tiempo, sin perder muchos hombres.
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Los rouran atacaban con tibieza, haciendo uso de sus arqueros a distancia considerable, rechazando
siempre el cuerpo a cuerpo.
Cuando el sol llegó a su cénit, el shanyu gritó y los rouran
emprendieron la retirada a galope.
El general dio una voz triunfal, y ordenó a la caballería que iniciáramos la persecución.
—La infantería os seguirá y rematarán a aquellos que aún sigan con vida. ¡Regalaremos al
kan una cómoda victoria!
—¡No! —grité llevado por la furia.— Si los perseguimos ahora, seremos nosotros quienes
encontremos la muerte.
El general me miró con desprecio en el gesto.
—Nadie te tenía por cobarde aquí.
—No hablo por cobardía, —dije entre dientes, tratando de mantener la calma— sino porque
sé cómo luchan los nómadas.
El general no quiso atender mis razones.
El joven Hua me lanzó una mirada de
entendimiento, pero no se atrevió a hablar.
El vozarrón del general retumbó por la estepa, y aún hoy soy capaz de recordar los graznidos
que el viento arrastraba hasta nosotros. Eran los rouran que reían anticipando la matanza.
ELLA RECUERDA EL PASADO
Los rouran nos tendieron una emboscada que segó la vida de muchos de los nuestros. La
estepa es una tierra traicionera. La inmensa planicie que se pierde en los confines del horizonte no es
tan llana como parece, y ofrece a sus hijos, duros, toscos y libres como ella, suaves lomas que
salpican el paisaje: excelentes refugios para ocultar caballos y hombres.
Tigre me convenció para sujetar mi galope, y nos fuimos descolgando del cuerpo principal.
Cuando los rouran surgieron de la nada como los remolinos del Lop Nor, nos hallábamos a
suficiente distancia y pudimos dar la voz de alarma a los que venían detrás. La Montaña Negra
protegía con su tenaz sombra a nuestros enemigos mientras atacaban como un enjambre a nuestros
compañeros, envolviéndolos desde cada flanco. ¿Cuántos guerreros habría?
Los que habíamos quedado atrás tratamos de huir: para los que montábamos a caballo fue
fácil, pero la infantería quedó a merced de los bárbaros. Una sola vez miré a mis espaldas, y vi a
Feng caer por el propio peso de las flechas que lo atravesaban. De entre tantos, ¿por qué tuve que
fijarme en él?
Los rouran no persiguieron a los jinetes que escapaban. No eran tan estúpidos como para
caer en su propia trampa. Pero si lo hubieran hecho, el ejército del kan hubiera desaparecido,
dejando ante su bochornosa derrota las puertas abiertas para la invasión de China.
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UN RECUERDO DE ÉL
El kan envió más tropas de refuerzo. Ignoró las patrañas de sus funcionarios chinos que
deseaban pactar con los nómadas y escuchó en su lugar los dictados de su propia sangre. El kan es
tan bárbaro como lo soy yo mismo. Si él hubiese comandado nuestro ejército, la victoria no se
hubiera retrasado tanto.
Los cascos de los caballos atronaron nuestro campamento la noche de su llegada. Reconocí
en los nuevos guerreros la mirada de mis ancestros, y la esperanza renació en mí. Ningún general
necio entre ellos. Mis carcajadas sobresaltaron al joven Hua. Algo se removió en mi interior, y entre
brumas adiviné el resultado de la guerra.
UN RECUERDO DE ELLA
Todas las noches recordaba a Feng. A veces me despertaba en mitad de la noche envuelta en
sudor, con el corazón desbocado y temiendo haber gritado en sueños. Tenía miedo de todos cuantos
me rodeaban: de los rouran, de nuestros nuevos compañeros, y de la crueldad humana. Intentaba
reconfortarme pensando en mi familia, pero sus rostros quedaban tan desdibujados en mi memoria
que apenas me acordaba de cómo eran.
En el cielo limpio de la estepa se veían más estrellas que desde mi aldea. ¿Por qué había
tantos espíritus cuidando de los bárbaros?
ÉL REVIVE EL PASADO
El demonio que habita dentro de mí se agita sediento. Ha oído los gritos de los niños y huele
los charcos de sangre que riegan la estepa. Sus garras se clavan en mis entrañas y se vuelve más
poderoso con cada enemigo degollado. La oscuridad amenaza mi cordura.
Mi capa de piel de zorro ha perdido el color que la confundía con la nieve. Todo es rojo a mi
alrededor.
Ha sido una matanza. Bajo la tenue luz de una luna que nos fue propicia, prendimos fuego a
sus carros para que abandonaran la protección que estos ofrecían, y entre aullidos de terror se
dispersaron hacia el norte, tratando de alcanzar a los caballos que huían. No lograron correr más
veloces que nuestras flechas.
No sé cuántos han caído. No sé contar tanto. No ha quedado nadie con vida.
No era un destacamento. Era un asentamiento.
Muchos eran niños.
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Mi demonio está creciendo en mi interior. Pronto me devorará por completo. Encontraré al
shanyu, y en su propio cráneo beberé de su sangre. Después se lo ofreceré al kan sobre un pie de
oro. Espero que eso haga despertar a su demonio, y que éste le exija su tributo.
Si no regresamos pronto, ¿qué quedará de mí?
ELLA REVIVE EL PASADO
¿Qué gloria aguarda a los asesinos de los inocentes? ¿Por qué vine a la guerra del kan? La
nuestra es la misma piedad que la de los rouran. Caemos sobre ellos como una plaga de langostas en
mitad de la noche. Uno tras otro, sus poblados son reducidos a una masa informe de cenizas,
vísceras y sangre, mientras nuestros soldados hunden sus ponzoñosas manos en los cadáveres aún
calientes para despojarlos de sus recuerdos. No tienen oro ni joyas, ni cubren sus cuerpos con sedas,
sino con pieles toscas. Dicen que nadie ha oído nunca hablar a los rouran. Son como animales;
viven sus miserables vidas como carroñeros porque no producen nada. Saquean, queman, violan y
asesinan. Son peores que los animales.
Y, sin embargo, ¿no hemos demostrado ser como ellos?
Los ojos de Tigre han cambiado de color: el delicado verde que reflejaba la misma estepa que
le vio nacer ha desaparecido. Sólo quedan sus negras pupilas, y el sucio color rojo de la sangre
mezclada con la tierra a su alrededor. Son como el suelo infame que deja nuestro ejército a su paso,
y a veces he llegado a temerle.
UN RECUERDO DE ÉL
Hua era una mujer. Durante años consiguió ocultárnoslo a todos nosotros, pero aquella
noche la vi en lago. Al principio creí que era un espectro. La luz de la luna teñía su piel haciéndola
brillar en medio de la penumbra.
Mi cuerpo desoyó cualquier protesta de la razón.
Hua había sido mi amigo, y este
descubrimiento hizo aumentar, más si cabía, mi consideración hacia su valor. Las mujeres no podían
combatir en el ejército del kan. La condena por cometer semejante pecado era la muerte. Y, sin
embargo, los chinos nos consideran bárbaros a nosotros.
Una voz débil dentro de mí me pidió que me alejara del joven Hua. De la joven Hua. El
graznido de un pajarraco extraviado penetró en mis oídos como un mal augurio. El silencio de la
noche se resquebrajó.
La muchacha no oyó el ruido de mis pasos al entrar en el agua. No se sobresaltó al ver mi
imagen hecha añicos reflejada tras la suya.
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Mi cuerpo, endurecido, desoyó cualquier protesta de la razón. Hua era una muchacha
desnuda, sola, delante de mí. Mi amigo, el joven soldado, no logró interponerse.
DE LOS RECUERDOS DE ELLA
Un cuervo levantó el vuelo de entre los matojos, quebrando la palidez de la luna. Escuché
con vanidosa timidez como Tigre entraba en el lago, sin desvestirse, y se aproximaba a mí con el
mismo sigilo con el que acechaba a sus presas cuando íbamos de caza. Gracias a él, había aprendido
a escuchar el silencio de la estepa.
Sabía que Tigre había descubierto mi secreto hacía tiempo.
Sospechaba incluso, aun
temerosa de dar alas a un sentimiento equivocado, que se sentía atraído hacia mí, pues respetaba el
valor que mi decisión implicaba, y había permitido que de la camaradería surgiera un vínculo más
potente y definitivo.
No rechacé sus bruscas caricias. Era en el amor tan violento como en la batalla, pero nunca
me quejé cuando me enfrentó con su espada. El dolor de la primera acometida se fue atenuando
como se debilita la llama al poco de ser encendida, y con el tiempo aprendí a manejar sus impulsos
para aprovecharme también yo del fuego que le quemaba por dentro.
Sin ningún ritual, comprendí que mi destino había quedado ligado para siempre al de Tigre.
Bajo la plata con la que la luna bañaba la llanura, Tigre y yo cabalgamos juntos tantas veces como
estrellas punzaban el cielo. Era un magnífico soldado. Sus flechas siempre alcanzaron su destino
con implacable puntería.
En la lucha siempre batallaba detrás de mí. Nunca dejé de sentir su cálido abrazo protector.
Y con el paso de las estaciones, cada vez más unidos, y al tiempo cada vez más solos, Tigre dejó de
disimular, y un día confesó que me amaba.
VERGÜENZA: ELLA REVIVE EL PASADO
De pie ante el hogar de mis padres, siento como las lágrimas me ahogan. Son lágrimas de
felicidad por el regreso, y lágrimas de vergüenza por la deshonra que porta mi cuerpo. Un muchacho
que es casi un hombre sale a recibirme, y en él reconozco a mi hermanito.
—¿Hermana mayor? —le cuesta reconocerme. Años de polvo y sangre se acumulan en mi
rostro—. ¡Padre, madre! ¡Hermana mayor ha vuelto!
Mis padres son dos ancianos a los que les cuesta caminar, pero corren sostenidos por los
brazos de mi hermana menor y un criado.
—Magnolia… Nuestra hija mayor, nuestro orgullo. Cuántas historias nos aguardan.
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Todas las penurias se desvanecen en pocos segundos. El día es largo y podré contar mis
aventuras al calor del fuego.
Dejaré para mañana las noticias peores. Tal vez los espíritus de mis ancestros, si no se sienten
mancillados, puedan hacer algo por ocultar mi vergüenza.
VERGÜENZA: LA CONFESIÓN DE ÉL
Las últimas páginas del diario de mi suegro, donde relata la pena de sus últimos días, fueron
arrancadas. Yo mismo las arranqué. No podía soportar la idea de que mi adorada esposa las
encontrara y las leyera. Ella siempre ha creído que su padre enfermó de repente, por una dolorosa
casualidad.
En realidad, mi suegro se quitó la vida poco antes de que yo regresara. El linaje guerrero de
la familia Hua le permitió afrontar el deshonor que suponía que su hija hubiera combatido en la
frontera en su lugar. El kan la había colmado de honores por su valor, nombrándola incluso
general del ejército imperial.
Pero el anciano general Hua no pudo soportar la vergüenza de una madre sin esposo en el
hogar. Magnolia lo ocultó hasta que se tornó imposible, aguardando noche tras noche, acurrucada
junto a su ventana, esperando oír la llegada de un guerrero a caballo.
Y yo le fallé. No llegué a tiempo. Tardé demasiado en descubrir quién había derrotado a mi
demonio. En mi soberbia, pensaba que había sido yo.
Mi suegra me habló del suicidio de su marido con pesar, y al mismo tiempo con feliz
resignación cuando supo que me uniría a Magnolia. Murió al día siguiente.
Lamento el dolor causado.
LA DESPEDIDA DE ELLA
La noche ha caído de pronto. Últimamente, mis noches son demasiado largas, y mis días
demasiado cortos. Noto que el final está cerca, pero no tengo miedo.
He vivido una buena vida. He sido feliz con mi esposo y mis hijas. Siempre he tratado de
hacer lo correcto.
¿Por qué estoy en el jardín? Mi cuerpo y mi mente no viajan a la misma velocidad. A veces
siento que pierdo el contacto con la realidad y vivo en una ensoñación.
Quiero descansar junto al tronco del viejo magnolio. Al sentarme sobre la tierra húmeda
asusto a un conejo que huye despavorido para buscar refugio más allá del estanque. O quizás era
una liebre, quién sabe, es difícil distinguirlos en carrera.
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La batalla de la montana negra
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Las fuerzas me abandonan poco a poco, con delicadeza. La noche se ilumina de repente y
veo los rostros de mis familiares que me llaman con palabras cariñosas. He recuperado mis
fuerzas, y vuelo hacia ellos envuelta en una suave nube dorada.
Me hubiera gustado despedirme de mi esposo, pero ha sido tan repentino… Se lo explicaré
cuando venga. Tigre ha sido siempre comprensivo…
LA DESPEDIDA DE ÉL
Apenas iluminado por la luz de una mañana perezosa, quiero llamarla por última vez. Y
escapa de mis labios una débil brisa, que el viento del norte arrastra entre los magnolios, mientras
me arrodillo junto a ella para morir en paz junto a mi amada. Ya no me quedan fuerzas para
tomarla de la mano.
Nuestros espíritus se funden en uno solo, ya estamos los dos completos. Y en nuestro
ascenso, el viento del norte que nos unió nos devuelve como un susurro su nombre: Mu-lan…
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