Seré feliz el día que me muera

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Seré feliz el día que me muera
LEY VASCA DE MUERTE DIGNA
“Seré feliz el día que me muera”
“La vida no es una obligación”. Lo proclama a los cuatro vientos este vizcaino al
que despertarse cada mañana ya no le compensa y que defiende la eutanasia y el
suicidio asistido, no contemplados en la ley vasca de muerte digna
UN REPORTAJE DE ARANTZA RODRÍGUEZ - Domingo, 19 de Junio de 2016
LA estancia es luminosa. También su sonrisa, guardada en la recámara dado lo
trascendental de la conversación. Nada hace presagiar, a simple vista, que tenga pensada
la fecha de su muerte. “No te puedo decir que vaya a cumplirla porque tampoco cumplí las
anteriores. Es curioso. Yo antes decía que suicidarse era de cobardes y hay que ser muy
valiente. Yo he tenido la oportunidad y no lo he hecho”, cuenta con naturalidad, como si
hablara del tiempo, este vizcaino de mediana edad al que un accidente de tráfico dejó
tetrapléjico. “Tenía la vida encarrilada y de repente se fue yendo todo al garete”, dice.
Hasta tal punto que despertarse cada mañana no le compensa. “El problema no es la silla,
es que se acaba la ilusión de vivir”, confiesa, dispuesto a defender, a capa y espada, su
derecho a morir con dignidad.
Los motivos de su desesperanza se los reserva. Lo mismo que cualquier otro detalle que
pueda identificarle. Su familia y amigos saben de sus intenciones, pero no quiere que se
angustien “pensando:Este cualquier día nos la prepara”. Entiende su dolor y que “tiene
que ser muy duro”, pero reivindica el poder decidir sobre su vida. Al fin y al cabo es él el
que “por cada dos días buenos tiene cuatro malos”, pesados como losas. Al fin y al cabo
es él el que se siente vacío, fuera de lugar. “Yo no me puedo quedar para hacer feliz al
resto y no serlo yo. En su día les dije que era lo que quería y que algún día, cuando tenga
el valor, lo haré”, anuncia.
Convencido de que “la vida no es una obligación”, pregunta “quién eres tú para obligarme”
y defiende la eutanasia y el suicidio asistido. Dos alternativas que, lejos del desasosiego
que provocan en algunos, a él le transmiten paz. “La eutanasia no es matar a nadie,
porque eres tú el que lo decides. No es querer morirse, sino liberarse, dejar de sufrir”,
matiza. De hecho, él imagina su marcha sin retorno con total serenidad. “Muchas veces
me pongo a pensar y digo: Yo seré feliz el día que me muera, no por la gente que me
quiere, porque sé que va a sufrir, pero sí por mí. Estoy seguro”. Las risas que se echa
cuando queda con los amigos para tomar algo no son suficientes para prender otra vez su
chispa. “No siento ilusión por casi nada. Puedo salir y pasarlo genial, pero eso no me
llena. Llevo mucho tiempo pensándolo y cada día va a más. Llegará el día y tendrá que
aceptarlo todo el mundo”, avisa.
Ciertamente lo tiene todo muy devanado. Nada es reflexión de un día. Piensa lo mismo en
él, inmóvil pero sano, como en “una persona que no aguanta los dolores, para la que el
día a día es una agonía”, y reclama respeto para no tener que marcharse por la puerta de
atrás. “Yo me quiero morir y no es digno hacerlo tirándome de un puente o a las vías del
tren. Aparte de que es bastante dramático, causas un shock a otra persona y eso no es
lícito. En cambio, de esta forma dices: Hasta aquí. Me tomo lo que sea y listo. Te vas
dignamente sin acabar esparcido en mitad de la calle ni haciendo un drama. Con algo tan
sencillo como cerrar los ojos y se acabó”.
En torno a este debate, en el que “la religión tiene mucho que ver”, hay mucha
“hipocresía”, denuncia. No en vano, argumenta, personas contrarias a la eutanasia llegan
a manifestar cierto alivio cuando un allegado que está padeciendo mucho fallece. “Ya ha
dejado de sufrir, dicen. Y si deseaban que no sufriera, ¿por qué no le han dejado morir
cuando él quisiera? No esperes hasta ese punto para decir: Para estar así, mejor que se
muera. Ya, pero si es que no me das la opción”, lamenta.
Los cuidados paliativos, aunque valora su función, no son a su juicio suficientes. “Que una
persona tenga unos cuidados paliativos durante el último mes y la seden y haya estado
sufriendo años me parece como poner un parche. Si sabe que se va a morir, no le quitan
los dolores y quiere descansar ya, ¿por qué no tiene derecho?”, se pregunta una y otra
vez y exige respeto para el que quiere morir lo mismo que él respeta “a quien quiere
seguir vivo luchando o sufriendo”. También censura la doble moral de quienes no
reconocen el derecho a la muerte digna de una persona, pero “lanzan un misil para
cepillarse a medio país o miran para otro lado mientras la gente se está muriendo de
hambre”.
“QUE NADIE SE COMA EL MARRÓN” Tras el accidente, pese a sus limitaciones, fue
durante un tiempo “muy feliz”, pero “llegó un momento en que ya no” por un “cúmulo de
circunstancias” y comenzó a plantearse la posibilidad de tomar un atajo para acortar su
calvario. Tras informarse de en qué países era legal la eutanasia y de los trámites
necesarios, terminó por descartar esta opción ante su elevado coste y la posibilidad de
que su caso no fuera considerado apto. “Entonces empecé a buscar formas para irme yo
libremente, tomando algo sin que nadie se comiera el marrón, porque necesito que me
echen una mano, pero está penalizado”, recuerda.
El medicamento está al alcance de cualquiera en internet. La mano que se lo serviría en
bandeja no tiene dueño. “Le diría que me lo dejara preparado y lo tomaría otro día para no
vincular a nadie. Hay que estudiarlo todo muy bien, buscar la forma, el sitio y el día que
quieres hacerlo, repasarlo todo y tirar para adelante”, explica. Oído de su boca, contado
con semejante calma, se antoja la explicación de cualquier plan de fin de semana, pero
requiere mucho valor llevarlo a la práctica. “No he llegado a decir: Lo hago, aparte de por
el miedo, porque tenía que pedir ayuda. Pero sí lo he tenido varias veces en la mano, lo
he pensado y lo he dejado”, admite.
Lo triste, si finalmente llega a dar el paso, es que no podrá morir rodeado de sus
familiares y amigos, sino en la más estricta soledad. “Parece que estás haciendo algo
ilegal. No te queda buen sabor de boca”, lamenta. Lo reconfortante, al menos para él, es
que tiene la posibilidad de marcharse si llegara el caso. “Es la tranquilidad de decir:Está
ahí. Que mañana me levanto y digo: Mira, ya se acabó, ya sí que sí, y me veo con
fuerzas, es cogerlo y listo. No es más”, comenta sin un ápice de dramatismo. Incluso se
siente afortunado porque “hay gente que igual tiene una enfermedad que al final no se
reconoce ni a sí misma y no puede llegar a hacerlo”. Por eso reclama la despenalización
de la eutanasia, para que “uno, estando mentalmente bien, tenga la oportunidad de
decir: Cuando esté así, inyectarme y dejarme ir, porque realmente ya me he ido”.
En su documento de voluntades anticipadas ha pedido que no le reanimen ni prolonguen
artificialmente sus días. “Está escrito que no luchen por mi vida, que si tengo la
oportunidad de irme, me dejen ir. Puede que mañana mismo me dé un ataque al corazón.
Que me dejen, que no quiero estar”, subraya.
Quizás alguien le pregunte hoy cómo está. Probablemente dirá que muy bien. “Es más
fácil decir eso que no: Mira, chico, hoy tengo un día de mierda y al día siguiente igual y al
siguiente igual. No estoy enfermo, puedo vivir... Para los que me quieren no es de recibo,
pero estar sano no lo es todo en la vida”, sostiene.
Se presupone que familiares y amigos han intentado una y mil veces hacerle cambiar de
opinión. “Sí, todo el mundo”, confirma y despliega por fin su sonrisa. “Está claro que no les
gusta escuchar eso. Te dicen:Lucha, intenta salir adelante, busca algo para hacer... Pero
yo soy un poco cabezota y tengo muy claras las cosas. Si es algo que quiero hacer, lo
hago. Luego, si me confundo, pido perdón, aunque en esto no podría volver para atrás”,
asume. “Tendrás que madurarlo bien”, se le escapa a una instintivamente. “¿Ya me
quieres convencer tú también y te conozco de hace una hora?”. Debe estar acostumbrado
porque se ríe. “La vida es bonita para el que la quiera vivir. Lo que pasa es que para mí,
hoy por hoy, no lo es”.
http://www.deia.com/2016/06/19/sociedad/euskadi/sere-feliz-el-dia-que-me-muera

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