Atrapada en su chantaje

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Atrapada en su chantaje
Atrapada en su chantaje
Michelle Reid
51º Mult. Matrimonio forzoso
Atrapada en su chantaje (2009)
Título Original: The De Santis marriage (2008)
Serie: 51º Mult. Matrimonio forzoso
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Bianca 1908
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Luciano "Luc" De Santis y Lizzy Hadley
Argumento:
Cuando se convirtiera en su esposa, ¡debía darle un heredero!
El magnate italiano Luc De Santis era un hombre de éxito, apuesto,
adinerado y poderoso. Además, su encanto personal tenía un efecto
devastador en las mujeres.
Luc necesitaba casarse y reclamó a la inocente Lizzy Hadley como esposa.
La engañó y chantajeó, y estaba decidido a meterla en su cama. La familia
de la joven le debía millones de libras, así que ella no tenía elección.
Pero había una condición que olvidó mencionar antes de casarse con ella...
Michelle Reid – Atrapada en su chantaje – 51º Mult. Matrimonio forzoso
Capítulo 1
La despedida de soltera ya estaba en marcha, pero Lizzy no tenía ganas de
fiesta. Una noche en La Scala… No había nada que le apeteciera menos en esos
momentos. Rodeada de lujos en aquella suite de hotel de Milán, la joven iba a
ponerse un sofisticado traje de firma que debía de costar más dinero de lo que podía
imaginar. Tenía que estar a la altura, aunque las cosas no fueran bien en Inglaterra y
los negocios de la familia estuvieran a punto de irse a pique.
Ella no quería asistir a la boda de su mejor amiga, pero su padre había insistido.
Su hermano Matthew había ido un poco más lejos.
«No seas estúpida. ¿Quieres que papá se sienta todavía peor por todo esto? Ve a
la boda de Bianca y deséale lo mejor de mi parte con ese superpartido que ha
conseguido…», le había dicho con tanto rencor que Lizzy hacía una mueca cada vez
que lo recordaba. Matthew nunca iba a perdonar a su mejor amiga por haberse
enamorado de otro hombre.
Después Bianca y sus padres habían insistido aún más en que asistiera a la boda
y al final había sido demasiado fácil ceder y hacer lo que lodo el mundo quería que
hiciera en lugar de estar al lado de su padre.
Lizzy se enfundó en aquel flamante vestido y se apartó un mechón rebelde de la
cara. Se colocó los tirantes y se miró en el espejo. La imagen que vio en él la dejó
horrorizada. El vestido se ceñía demasiado en donde no debía y aquel tono plateado
le hacía un flaco favor a su pálido tono de piel. Sin embargo, ésa no era la primera
vez que envidiaba la sofisticada belleza de Bianca.
Ella no era una dulce y delicada morena como su amiga italiana, sino una
pelirroja con curvas y una melena rebelde que desafiaba las reglas de la física. La
joven de tez blanca que la miraba desde el espejo no era sino un fantasma.
Bianca se había comprado el vestido un par de meses antes para lucirlo en la
fiesta de compromiso y había estado fabulosa con él, pero unos días después se lo
había dado a Lizzy con desdén.
«No sé por qué lo compré. No me gusta el color. El largo no está bien y mis
pechos no lo llenan», le había dicho.
Lizzy se mordió el labio inferior y tiró del top, al que se asomaban dos pechos
turgentes y llenos. Por suerte la robusta estructura de varillas del corpiño los
mantenía en su sitio.
Una segunda mirada al espejo… y pensó que después de todo no estaba tan
mal.
«Los pobres no pueden elegir…».
Alguien llamó a la puerta.
—¿Estás lista, Elizabeth? —era la madre de Bianca—. No podemos llegar tarde
a La Scala.
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—¡Déme un minuto! —exclamó la joven. La Scala no esperaba por nadie, ni
siquiera por los grandes magnates italianos con los que estaba a punto de codearse.
Elizabeth esbozó una sonrisa.
Se puso unos zapatos de tacón alto a juego con el vestido y un poco de brillo en
los labios. El rojo pasión que Bianca le había dado ya estaba descartado.
Volvió a contemplar su imagen en el espejo y se echó a reír por primera vez en
mucho tiempo. Aquel esperpento gris tenía algo de gracia. Lo único que le faltaba era
el maravilloso anillo de diamantes que el prometido de Bianca le había regalado a su
novia. Las deudas de su familia habrían quedado zanjadas en un abrir y cerrar de
ojos.
Pero la novia no era tan generosa. Sin embargo, Lizzy no se lo tomaba en
cuenta. Bianca Moreno y ella habían sido uña y carne desde el colegio. Las dos se
habían sentido como un par de alienígenas en aquel estricto colegio inglés. Bianca
había nacido en Sydney, pero era de origen italiano, y le había costado mucho
renunciar a su disipado estilo de vida. Su familia se había hecho rica de la noche a la
mañana después de que un hermano de su padre, afincado en Inglaterra, le dejase su
empresa antes de morir.
Lizzy, en cambio, había sido enviada a aquel colegio después del escándalo de
su madre, que había tenido una aventura con un diputado casado. La habían acosado
tanto en su antigua escuela que su padre no había tenido más remedio que llevarla lo
más lejos posible del escándalo.
Bianca y ella nunca habían hecho nada a espaldas de la otra desde que tenían
doce años. Su amiga estaba a punto de casarse con el heredero de una distinguida
familia italiana y, aunque no quisiera estar allí, Lizzy estaba dispuesta a dejar a un
lado sus propias preocupaciones para que la boda de Bianca fuera perfecta. La
familia de Bianca había corrido con todos los gastos de su estancia y le habían
proporcionado alojamiento y guardarropa adecuado para los eventos previos a la
ceremonia. No importaba que fueran los desechos de Bianca.
Lizzy les estaba muy agradecida porque jamás podría haberse permitido asistir,
aunque su padre se empeñara en decir otra cosa. Ya llevaba una semana en aquel
maremágnum de celebraciones y aún le quedaba otra. Los festejos previos al
mayestático enlace parecían no tener fin.
El rico y sofisticado prometido de Bianca no era otro sino Luciano Genovese
Marcelo De Santis, máxima autoridad del vasto imperio financiero De Santis.
Un estremecimiento repentino sacudió el vientre de Lizzy. La joven agarró un
camisón de seda que estaba sobre la cama, lo apretó contra su pecho y suplicó. No
podía volver a experimentar ese temblor absurdo cada vez que pensaba en él.
De Santis era un hombre extraño que intimidaba con su refinada sofisticación y
su aspecto misterioso y sensual. A diferencia de Bianca, ella nunca se había derretido
por un hombre y aquella inexplicable reacción era del todo incomprensible. Ese
hombre no era su tipo. Era demasiado alto y corpulento, demasiado esbelto y oscuro,
demasiado sexy y apuesto… Desafiante y enigmático…
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La joven asió el bolso de fiesta de cuentas plateadas y se dirigió hacia la puerta.
Se habían visto una sola vez, en una cena privada en Londres que los padres de
Bianca habían organizado para presentar a su futuro yerno ante sus amistades
inglesas. Luciano la había impresionado tanto que no había podido quitarle ojo en
toda la velada. Era tan distinto a los hombres que solían gustarle a Bianca.
—¿Qué te parece? —le había preguntado Bianca.
—Intimida —le había dicho ella. Aquella noche había sido la primera vez que
había sentido aquel temblor—. Me da escalofríos.
Bianca se rió, pero eso no era nada raro en ella. Estaba feliz, enamorada, en las
nubes…
—Te acostumbrarás a él, Lizzy. No da tanto miedo cuando llegas a conocerlo.
Había vuelto a verlo tan sólo una semana antes.
Lizzy apretó el botón del ascensor. Se lo había encontrado en la recepción del
hotel a su llegada y había supuesto que la abordaría con modales impecables, pero
eso no había impedido que un escalofrío le recorriera el cuerpo.
Estaba molesto con Bianca porque no había ido al aeropuerto a recogerla y
Lizzy había visto un atisbo de furia justo antes de que su expresión cambiara. Al
decirle que no esperaba que la recibieran en el aeropuerto, sus labios sensuales
habían dibujado una rígida línea de desaprobación. Aquel hombre frío y sosegado
estaba acostumbrado a dar órdenes y desde ese momento se había ocupado
personalmente de organizar su llegada. Le había buscado una suite e incluso la había
acompañado a la habitación para comprobarlo por sí mismo.
Al llegar el ascensor le había puesto la mano sobre la espalda para ayudarla a
salir y ella se había sobresaltado como si le hubiera quemado la piel.
Por suerte, él se había limitado a retirar la mano y a lanzarle una de sus frías
miradas.
Una vez más se encontraba ante las puertas del ascensor, preparada para bajar a
la recepción del hotel, donde todos tomaban algo antes de irse. Había logrado evadir
a Luc De Santis durante toda la semana, pero sospechaba que no sería capaz de
hacerlo esa noche. La fiesta era un evento íntimo y los palcos reservados en La Scala
eran demasiado pequeños. Lo más que podía esperar era conseguir un asiento en
otro palco.
Había un espejo en la pared junto al ascensor. Lizzy se miró en él y se apartó un
mechón rebelde de la cara. No debía haberse recogido todo el pelo. Su melena estaba
decidida a no portarse bien. La joven se dio por vencida y dejó que los tirabuzones le
cayeran sobre los hombros, haciéndola parecer más pálida de lo normal.
Lizzy hizo una mueca de disgusto. Tiró del tirabuzón por última vez y, en ese
preciso instante, cuando se abrieron las puertas…
Se encontró con Luc De Santis.
Lizzy se puso roja como un tomate.
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—Oh —dijo, desconcertada—. ¿También te hospedas aquí? No lo sabía.
Una expresión ligeramente divertida inundó sus ojos de oro durante un
instante.
—Buenas noches, Elizabeth. ¿Vienes?
La muchacha lo miró de arriba abajo. Llevaba un traje negro de seda y estaba
apoyado contra la pared posterior del ascensor con gesto desenfadado.
Lizzy forzó una sonrisa y entró en el ascensor. Las puertas se cerraron delante
de sus ojos.
El silencio se hizo ensordecedor. Lizzy podía sentir sus ojos sobre la piel.
—Estás muy hermosa esta noche —murmuró.
La joven tuvo que reprimir una mueca. Sabía muy bien qué aspecto tenía esa
noche y también sabía cómo la veía él: la amiga pobre con un vestido prestado.
—No, no es así —le respondió sin más y sintió un gran alivio cuando se
abrieron las puertas. Al salir volvió a sentir el tacto de aquella mano sobre la espalda
y se quedó petrificada.
—¿Salimos? —le preguntó él.
Lizzy hizo un esfuerzo por seguir adelante, consciente de su mano sobre la
espalda. Era como si él la estuviera poniendo a prueba. La primera persona a la que
vio fue a la madre de Bianca. La señora estaba espléndida con un vestido negro y un
collar de diamantes.
—Oh, ya estás aquí, Lizzy —dijo y fue a su encuentro. Una expresión de
ansiedad amenazaba con arruinarle el impecable maquillaje.
—Luciano —dijo, mirando a su futuro yerno con ojos serios—. Tengo que
hablar contigo, cara —le dijo a Lizzy.
—Claro —la joven sonrió—. ¿Qué ha hecho Bianca esta vez?
—Nada, espero —dijo Luc, que estaba detrás de ella.
Sofía Moreno se puso pálida. Lizzy se dio cuenta de que él no bromeaba y
decidió salir en defensa de la madre de Bianca, que siempre estaba incómoda en
presencia de Luc.
—Era una broma —dijo Lizzy con brusquedad.
Él se puso rígido. Una descarga de corriente recorrió el cuerpo de la joven y se
detuvo en la base de su columna, bajo la mano de Luc.
Un instante después, él le dio un beso en la mejilla a Sofía para intentar
tranquilizarla.
—Os dejo para que podáis hablar de… vuestras cosas —susurró y se alejó
rápidamente. Fue hacia la barra del bar para saludar a unas amistades, pero Lizzy
fue incapaz de dejar de mirarlo durante unos momentos. Se movía con tanta
elegancia y garbo.
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—Lizzy, tienes que decirme qué le pasa a Bianca —Sofía Moreno insistía—. Se
está comportando de un modo muy extraño, pero a mí no me dice nada. Debería
estar aquí ahora, saludando a los invitados junto a Luciano. Cuando fui a su
habitación después de llamar a la tuya, ni siquiera estaba vestida.
—Tuvo un dolor de cabeza a la hora de comer y se fue a su habitación a
descansar —Lizzy frunció el ceño al recordar—. Quizá se haya quedado dormida.
—Eso explicaría las sábanas revueltas —dijo la madre de Bianca, tensa y
nerviosa—. Parecía que acababa de caerse de la cama. ¡Logró sacarme de quicio en
un momento!
—Démosle unos minutos más para que se arregle —sugirió Lizzy—. Si no baja
dentro de un rato, yo misma iré a darle un tirón de orejas.
—Sólo tú te atreverías a acercarte a ella cuando está así, cara.
¿Ni siquiera su prometido se atrevía a acercarse a ella? Lizzy arrugó el entrecejo
y llevó a la señora Moreno a donde estaban los otros invitados. Unos segundos
después, se encontró con el padre de Bianca, Giorgio, que le presentó a un primo al
que no conocía.
Vito Moreno era de su edad y había heredado la belleza de los Moreno, que
lucía en su máximo esplendor con unos ojos azules risueños.
—Así que tú eres Elizabeth. Me han hablado mucho de ti desde que llegué esta
tarde.
—¿Quién?
—Mi querida prima, por supuesto —Vito sonrió—. Bianca insiste en que tú la
salvaste de una vida rebelde y descarriada cuando dejó Sydney para estudiar en el
«colé más estirado» de Inglaterra.
—Tú eres de los Moreno de Sydney —dijo Lizzy—. Ahora reconozco el acento.
—Yo era el compañero de juergas de Bianca hasta que tú tomaste el relevo.
—¿Tú eres ese primo? —dijo ella, riendo—. Yo también he oído hablar mucho
de ti.
—Ése soy yo. Así es —dijo Vito, suspirando.
Una copa de champán apareció ante sus ojos. Lizzy aceptó la bebida y levantó
la vista. La sombra de Luc se extendía sobre ella como la de un oscuro gigante.
—Oh, gracias.
Él hizo un gesto de asentimiento, saludó a Vito con la cabeza y siguió adelante.
Entonces Vito reanudó la conversación y Lizzy hizo un esfuerzo por ahuyentar
a Luc De Santis de su mente. Los minutos pasaron con rapidez y el bar se llenó de
invitados, pero Bianca siguió sin aparecer. Finalmente la gente empezó a mirar el
reloj con impaciencia.
Lizzy miró a Luc De Santis. Él estaba a un lado, hablando por el móvil. No
parecía muy feliz, a juzgar por la expresión de su rostro.
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¿Acaso estaba hablando con Bianca? No era de extrañar que estuviera molesto.
Su eterna costumbre de llegar tarde lo había hecho enojar más de una vez.
«Vas a tener que acostumbrarte…», dijo Lizzy para sí al verlo cerrar el móvil.
La obstinada inconsciencia de Bianca era la causa de interminables dolores de
cabeza para su madre y su mejor amiga. De Santis podía considerarse muy
afortunado si ella no llegaba tarde a la iglesia.
El tiempo transcurría implacable. Lizzy intentaba no mirar el reloj y Sofía le
lanzaba miradas angustiosas. Estaba a punto de ir a ver a su amiga cuando se formó
un pequeño revuelo alrededor de los ascensores.
Todo el mundo se volvió hacia ese punto y se hizo el silencio. Era Bianca; una
princesa de ensueño con un vestido de seda dorada. Lucía un sencillo recogido que
resaltaba la perfección absoluta de su rostro. Un collar de diamantes, pendientes a
juego…
Sólo le fallaba una tiara para parecer una princesa.
—Siento llegar tarde —dijo Bianca mirando a la audiencia con sus ojos de color
chocolate.
—Ésa es mi chica —murmuró Vito.
Lizzy le lanzó una mirada fulminante, pero no había nada en su expresión que
justificara un comentario tan extraño.
Luc avanzó hacia su prometida y se llevó sus dedos a los labios. Dijera lo que
dijera, los ojos de Bianca se iluminaban y un imperceptible temblor sacudía su boca
de color fresa.
«Él la ama…»
Lizzy se dio cuenta de la verdad y una extraña sensación se apoderó de su
pecho. Frunció el entrecejo y se dio la vuelta para no ver a los dos amantes. Aquel
inusitado sentimiento desapareció enseguida.
Fueron a la ópera en limusina. Vito Moreno iba a ser su acompañante esa noche,
así que no tenía motivos para seguir en guardia. La Scala era extraordinaria, una
experiencia inolvidable… Sobre todo porque había conseguido situarse lo más lejos
posible de aquel hombre que tanto la turbaba. Después del espectáculo fueron a
cenar en un hermoso palacete del siglo XVI a las afueras de Milán.
Vito no hizo más que llenarle la copa durante toda la velada y cuando Luc De
Santis la sacó a bailar, ya estaba un poco mareada.
Lizzy se esforzó por encontrar una excusa, pero no lo consiguió. Él la agarró del
codo y la hizo levantarse.
—Vamos —le dijo con sequedad—. El novio ha de bailar con la dama de honor
al menos una vez.
Lizzy pensó que eso debía de ser después de la boda, pero aquel
estremecimiento volvió a sacudirle las entrañas, dejándola sin aliento. Antes de que
pudiera protestar, Lizzy se encontró en la pista de baile.
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La luz tenue; una balada romántica cantada por una voz femenina profunda y
sensual… El corazón de Lizzy se aceleró. Sus cuerpos se movían al compás de la
música.
—Relájate —le dijo él unos segundos después—. Se supone que esto es un
pasatiempo divertido.
Lizzy levantó la vista y entonces vio un destello burlón en su mirada.
—No estoy acostumbrada a… —dijo, sonrojada.
—¿A estar tan cerca de un hombre? —le preguntó con sorna.
—¡A bailar con estos zapatos! Y ése no es un comentario de muy buen gusto.
Él se echó a reír. Aquel sonido penetrante y profundo resonaba contra los
pezones de Lizzy.
—Eres una persona muy peculiar, Elizabeth Hadley —le dijo—. Eres muy
hermosa, pero no te gusta que te lo digan. Siempre estás tensa y a la defensiva, pero
te relajas por completo en compañía de un mujeriego empedernido como Vito
Moreno.
—Vito no es un mujeriego —objetó Lizzy—. Es demasiado tímido como para
ser un mujeriego.
—Llama a cualquier número de teléfono de Sydney y menciona su nombre.
—Bueno, me cae bien —dijo ella, empeñada.
—Ah, ya veo que estás cayendo en sus redes.
—¡Eso tampoco es de muy buen gusto!
De repente él se inclinó hacia delante y sus labios quedaron a un milímetro de
distancia.
—Te diré un secreto, mia bella. Yo no tengo muy buen gusto.
Estaba tan cerca que Lizzy podía sentir su aroma masculino y embriagador.
—Bueno… —echó la cabeza atrás—. Sea como sea, has tenido muy buen gusto
con Bianca, y será mejor que siga siendo así.
Él se echó a reír y la atrajo más hacia sí para controlar sus movimientos sin
emplear mucha fuerza. Era mucho más alto que ella, por lo que los ojos de Lizzy
quedaban a la altura de su implacable mandíbula. No volvieron a hablar, pero las
copas de vino no tardaron en hacer efecto y Lizzy se vio abrumada por un ola de
sensaciones: el tacto de la solapa de seda bajo los dedos, el blanco impecable de su
camisa y el tono bronceado de su cuello…
Era extraordinario. No tenía sentido negarlo más.
La melodía, grave y triste, inundó los sentidos de Lizzy, que cerró los ojos y se
dejó llevar. Luc le agarraba la mano con dedos aterciopelados.
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No se había dado cuenta, pero se había acercado a él peligrosamente y su
aliento agradable le acariciaba el cuello. Se dejaba llevar por sus movimientos, pero
no era consciente del efecto que causaba en él.
Él deslizó los dedos sobre los de Lizzy y la atrajo hacia sí de un tirón.
Aquello era tan… agradable… Lizzy no fue consciente de la situación hasta que
sintió un ligero roce en los labios; su sabor en la boca…
Le dio un empujón y abrió los ojos. Una ola de vergüenza le recorrió el cuerpo
al darse cuenta de lo que había hecho.
Acababa de darle un beso al prometido de Bianca…
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Capítulo 2
—Oh, Dios mío —Lizzy se quedó sin aliento. Ya ni siquiera estaban bailando. Él
la miraba fijamente y una sonrisa cínica le tiraba de la comisura de los labios.
La joven bajó la vista y deseó que la tierra se abriera y la tragara para siempre.
—¡Lo siento tanto! —susurró, dio un acelerado paso atrás y estuvo a punto de
caerse de bruces.
—En realidad es todo un… halago —él la sujetó con fuerza—.
Afortunadamente lo veía venir, y es por eso que estamos en la terraza, lejos de las
miradas curiosas.
Lizzy miró a su alrededor, y descubrió que era cierto. Estaban en una sombría
terraza que no conocía. Él había logrado sacarla al fresco de la noche mientras
bailaban, sin que ella se diera cuenta.
Dio otro paso atrás con piernas temblorosas y se alejó de él. En la distancia aún
se oían los lánguidos acordes de la música. Lizzy no se atrevía a mirarlo. No sabía
qué decir.
Y él estaba tan tranquilo… Se había apoyado contra la balaustrada de piedra y
había cruzado los brazos. Parecía que disfrutaba con todo aquello.
—La culpa es del vino —le dijo. Lizzy asintió, aunque la excusa fuera patética—
. No estoy acostumbrada a beber… tanto.
—No.
—Y Vito…
—No dejaba de llenarte la copa.
Ella no quería decir eso, pero al oírle decirlo, lo miró a los ojos.
—¡No! —tragó con dificultad—. ¿Lo hizo?
—Pobre Elizabeth —susurró él—. Te han pillado con el truco más viejo del
mundo.
Lizzy recordó lo que había hecho con él y rehuyó su mirada. Señaló las puertas
con un descoordinado movimiento de la mano.
—Cr… creo que debería…
—¿Volver ahí dentro para que te intoxique un poco más?
—No —Lizzy cerró el puño y bajó la mano—. Tienes un sentido del humor muy
desagradable.
—Y tú tienes unos labios muy suaves y dulces.
Lizzy decidió que no podía soportarlo más. Ya se había burlado bastante de
ella. Dio media vuelta y se dirigió a las puertas.
—¿Qué hacéis aquí fuera? —preguntó una voz.
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En sus veintidós años de vida Lizzy nunca se había sentido tan mal como en ese
momento. Su mejor amiga, enamorada y leal, salió a la terraza.
—Tu dama de honor estaba acalorada —dijo Luc—. Necesitaba un poco de aire.
Casi incapaz de guardar la compostura, Lizzy sintió el pinchazo de la culpa
cuando su amiga se preocupó por ella.
—¿Estás bien, cielo? Dios mío, tienes mala cara, Lizzy.
—La culpa es de tu primo —dijo Luc—. Él no ha dejado de llenarle la copa
durante toda la noche.
—¿Vito? Oh, qué malo es. Y yo que le dije que cuidara de ti —avanzó hacia
Lizzy y le puso el brazo alrededor de los hombros—. Con ese padre que tienes no
estás acostumbrada a trasnochar, ¿verdad, cara? ¡De hecho ni siquiera estás
acostumbrada a beber alcohol!
—Mi padre no es tan malo —murmuró Lizzy, sintiéndose cada vez peor.
—No, es mucho peor —dijo Bianca, sin molestarse en ocultar sus sentimientos
hacia el padre de Lizzy, el hombre al que todavía culpaba por haber roto su relación
con Matthew años antes—. ¡Me extraña que le haya dejado venir sabiendo que ibas a
pasártelo bien! Incluso tuve que prestarle algo de ropa para que no te presentaras con
uno de esos horribles vestidos modestos que tanto le gusta que lleves.
El corazón de Lizzy se encogió de golpe ante tanta insensibilidad. Sin embargo,
quizá fuera un castigo por lo que acababa de hacer con su prometido.
—Basta ya, cara —dijo Luc De Santis, saliendo en su defensa—. La modestia no
es un pecado. Y tu amiga tiene un… dolor de cabeza. Oírte hablar de cosas que no
quiere discutir delante de mí sólo empeora las cosas.
—Oh, lo siento, Lizzy. Soy una egoísta —dijo Bianca, arrepentida—. Te diré lo
que haremos. ¿Por qué no volvemos al hotel? Podemos irnos pronto a la cama. A Luc
no le importa, ¿verdad, caro?
Lizzy aguantó el momento con un nudo en la garganta que amenazaba con
inundar sus ojos de lágrimas.
—Claro que no —dijo él.
—N… No… De verdad —dijo la joven, consumida por la vergüenza—. No
puedo dejar que os vayáis de vuestra propia fiesta. Vito dijo que se iba pronto para
recuperarse del jet lag. Volveré… Volveré al hotel con él.
—No, ni hablar —dijo Bianca—. Y Vito se vendrá con nosotros. Tengo que
echarle la bronca por dejar que te emborracharas. Luc traerá el coche.
Luc De Santis no tardó en captar la sugerencia. Se incorporó y fue hacia la
puerta.
Lizzy pensó que debía confesar. ¿Pero cómo iba a hacerlo? Bianca quedaría
destrozada y nunca la perdonaría. La amistad de tantos años terminaría para
siempre.
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¿Y si Luc se lo decía primero? ¿Y si decidía contárselo como una anécdota
divertida? ¿Cómo iba a vivir con ello si él hacía tal cosa?
Estaban a punto de entrar en la limusina cuando Luc la tocó en el brazo.
—No lo hagas —le advirtió en un susurro—. Nunca te perdonará. Y si tienes
algo de sentido común, no te acerques a Vito Moreno —le dijo con gesto serio.
Entonces se volvió hacia su prometida y le dio un fugaz beso de buenas noches.
La presencia de Vito le facilitó las cosas a Lizzy, que fingió dormir mientras el
italiano hablaba con su prima. Los dos charlaban en susurros sofocados, pero Lizzy
pensó que Bianca debía de estar echándole la bronca, así que no se molestó en
escuchar.
Además, sí tenía un dolor de cabeza; uno de esos dolores palpitantes que atacan
cuando uno no está a gusto consigo mismo. Los dos primos decidieron tomarse una
última copa en el bar antes de subir a las habitaciones, y Lizzy aprovechó el
momento para escabullirse. Pasó toda la noche con la cabeza escondida bajo la
almohada, tratando de no recordar lo ocurrido.
Sin embargo, debería haber escuchado lo que habían hablado los otros dos. De
haberlo hecho, no le habría extrañado que alguien aporreara su puerta a la mañana
siguiente. Si hubiera oído la conversación, podría haber impedido que Bianca
cometiera el mayor error de su vida.
Pero tal y como estaban las cosas, lo único que pudo hacer fue ponerse en pie y
escuchar la historia que Sofía Moreno le relataba entre sollozos convulsos.
—¡Se ha ido! —dijo la madre de Bianca, histérica—. ¡Hizo la maleta de
madrugada y se marchó del hotel! Ha pasado mucho tiempo, pero nunca levantaron
la más mínima sospecha de lo que estaban planeando. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo
pudieron hacerlo? ¿Qué va a decir la gente? ¿Y qué pasa con Luciano? Oh, no podré
soportarlo. Ha tirado por la borda un futuro maravilloso. ¿Cómo pudo hacernos
esto? ¿Cómo ha podido tu hermano aparecer aquí y llevársela así?
—¿Matthew? —preguntó Lizzy con la voz entrecortada—. ¿Está segura que era
mi hermano, señora Moreno?
—¡Claro que sí! Por lo visto llegó ayer por la tarde. Se escondió en el baño de
Bianca cuando fui a verla ayer. ¿Te lo puedes creer? Ella no estaba vestida y la cama
estaba deshecha. Dio mío, no es difícil adivinar lo que estaba pasando. ¿Tú sabías lo
que estaban planeando, Lizzy? ¿Lo sabías? Aquella acusación la hizo volver a la
realidad.
—No —dijo con firmeza—. ¡Yo estoy tan sorprendida como todos ustedes!
—Bueno, espero que sea verdad —dijo la señora Moreno con frialdad—. Porque
nunca te lo perdonaré si has tenido algo que ver en todo esto.
—Yo pensaba que se refería a Vito —añadió Lizzy, algo confusa.
—¿Vito? ¡Es su primo! ¿Estás tratando de empeorar las cosas?
Avergonzada, Lizzy apenas pudo articular una disculpa.
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—Ahora alguien tendrá que darle la noticia a Luciano —dijo la madre de
Bianca, llorando—. Bianca le dejó una nota, pero Luciano se fue a su finca del lago.
Como para prepararlo todo antes de nuestra llegada mañana. Mi marido se ha ido a
la ciudad para atender unos negocios. ¡Ni siquiera sabe lo que nuestra malvada hija
ha hecho para arruinar nuestras vidas!
La mansión de De Santis estaba en lo alto de una formación rocosa. Sus claras
paredes color limón brillaban a la luz del atardecer.
A Lizzy le dio un vuelco el estómago al bajar del hidrotaxi al embarcadero
recién remozado. Había otro bote amarrado; una lancha deportiva que no se podía
comparar con el humilde vehículo que la había llevado hasta allí.
El padre de Bianca lo había arreglado todo para que un coche la llevara hasta
Bellagio. Habían considerado la posibilidad de decírselo por teléfono.
Pero al final se habían decantado por darle la noticia en persona. Giorgio
Moreno iba a ser el encargado de hacerlo, pero parecía tan afectado que Lizzy se
había ofrecido para ir en su lugar.
El hombre estaba mal del corazón y la joven se sentía culpable. ¿Cómo habría
podido permanecer impasible cuando el culpable era su hermano? Sin embargo,
después de la imprudencia de la noche anterior, lo último que deseaba era
encontrarse cara a cara con Luc De Santis.
Al acercarse a las puertas de hierro, aquel extraño temblor volvió a golpearla en
el vientre. A sus espaldas podía oír el ruido del motor del taxi, que se alejaba del
muelle.
Estaba atrapada en el peor lugar del mundo.
Un hombre surgió de entre las sombras al otro lado de la puerta. Lizzy se paró
en seco. Unos ojos oscuros y misteriosos la miraron de arriba abajo.
—¿Puedo ayudarla, signorina? —le preguntó el hombre en italiano.
Lizzy se humedeció los labios y contestó.
—Tengo una carta para el señor De Santis. M… Me llamo Elizabeth Hadley.
El hombre asintió con la cabeza. Se sacó un móvil del bolsillo y habló con
alguien sin quitarle ojo de encima a la joven. Después, desbloqueó la puerta y le
abrió.
—Puede subir, signorina.
Lizzy le dio las gracias. Estaba a punto de pasar por su lado cuando algo la hizo
detenerse.
—Nece… Necesitaré un taxi para volver a Bellagio. No le pedí al otro que me
esperara.
—Yo me ocuparé de todo cuando se marche.
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—Gracias —Lizzy siguió adelante y se topó con unos peldaños milenarios
esculpidos en la roca. En lo alto había un hermoso jardín muy bien cuidado al que
atravesaba un camino que conducía a una terraza. Detrás se alzaba la mansión de De
Santis; sus enormes ventanales abiertos dejaban entrar la suave brisa proveniente del
lago.
El lugar era esplendoroso, pero en ese momento Lizzy no sentía más que
miedo. Otro hombre la esperaba en la terraza. El sirviente le hizo una reverencia y la
invitó a acompañarlo. Dentro de la mansión hacía fresco. Las paredes estaban
decoradas en colores cálidos, a juego con los fabulosos tapices y cuadros que
adornaban la estancia. El hombre la condujo hasta una doble puerta de madera.
Entonces llamó, abrió una de las hojas y se hizo a un lado para dejarla entrar.
Lizzy respiró hondo y entró. La habitación tenía un alto puntal y lecho de
estuco. Los amplios ventanales dejaban entrar chorros de luz que bañaban de oro
todos los rincones. Las paredes estaban pintadas en un tono pálido y los muebles
eran de colores oscuros. Había estanterías llenas de libros y un hogar de piedra que
abarcaba toda una pared. Lizzy reparó en las exquisitas sillas lapizadas en terciopelo
rojo y en los elegantes sofás por los que no pasaba el tiempo.
Finalmente se apoyó en el suntuoso escritorio de madera labrada que ocupaba
el espacio entre dos ventanales. Un hombre estaba de espaldas frente a él.
La tensión se apoderó de Lizzy en un instante. Él ya sabía lo de Bianca.
—Creo que tienes una carta para mí —le dijo.
—¿Có… Cómo lo sabías?
Luc se dio la vuelta y la miró fugazmente.
—Iba a ser mi esposa. Su posición la hacía vulnerable, así que un equipo de
seguridad se encargaba de su vigilancia.
Lizzy se preguntó por qué la habían dejado irse con Matthew, pero no se
atrevió a decirlo en alto. Aquel frío rostro de piedra no invitaba al diálogo. Lizzy dio
unos pasos adelante y sintió que caminaba sobre afiladas agujas.
Se detuvo frente al escritorio y dejó la carta sobre la mesa. Los latidos del
corazón retumbaban en sus oídos. Él la miró fijamente unos segundos antes de
recoger la carta. Se detuvo durante un instante interminable y finalmente rasgó el
sobre.
Sumido en un pesado silencio, Luc leyó las palabras que Bianca había usado
para dejarlo plantado, mientras Lizzy trataba de descifrar el código de su rostro
impertérrito y hermoso. La joven era consciente de que el orgullo era lo único que le
impedía venirse abajo.
—Lo… siento —murmuró ella, sin saber qué decir.
Él hizo un leve gesto de asentimiento. Sus ojos de miel seguían clavados en la
hoja de papel.
—¿No sospechaste nada en ningún momento?
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Lizzy hundió las uñas en las palmas de las manos.
—No.
—¿Y su familia?
Ella negó con la cabeza en un gesto de impotencia.
—T… Tú estabas allí anoche. Estaba radiante. Ella…
—Mi futura esposa, rebosante de felicidad ante su buena fortuna.
Lizzy apretó los labios y bajó la vista. Bianca los había engañado a todos con su
brillante actuación. Incluso Luc, siempre escéptico e irónico, había sonreído con
ilusión por su hermosa prometida. En un remoto rincón de su ser, Lizzy había
sentido envidia sana por su amiga. Muy pocas chicas lograban casarse con el
príncipe de sus sueños.
No obstante, Luc De Santis no era precisamente un príncipe, pero sí estaba
hecho de la misma pasta que los de los cuentos de hadas; apuesto, sombrío, y
heredero de una inmensa fortuna que había llegado a sus manos tras siglos de
matrimonios concertados y novias cuidadosamente elegidas.
Dinastías… Eso le había dicho Bianca.
«Voy a entrar en una dinastía por el nombre de mi familia y porque provengo
de una estirpe de abolengo…», le había dicho Bianca en una ocasión.
Aquel comentario había sido tan cínico que Lizzy se había llevado una gran
sorpresa.
—Pero tú lo amas, ¿no? —le había preguntado.
—¿Estás de broma, varal —Bianca se había echado a reír—. Tú lo has visto.
¿Qué chica en su sano juicio no se enamoraría de Luciano De Santis? Incluso tú si
tuvieras oportunidad.
Lizzy encogió los hombros en un gesto de culpabilidad al recordar aquel
desafío airado. Las palabras de su amiga retumbaron dentro de su cabeza porque
sabía que había sucumbido a una fascinación irracional por aquel hombre; una
obsesión que le corroía la conciencia, sobre todo después de la noche anterior. Fue en
ese preciso instante cuando cayó en la cuenta de la astucia y habilidad de su amiga
para evitar respuestas comprometidas.
Luc volvió a tomar la carta entre sus manos y leyó el contenido por segunda
vez. Su rostro, tan frío como siempre, no dejaba entrever sus sentimientos. Sin
embargo, Lizzy se quedaba sin aliento cada vez que observaba la tensa línea que
formaban sus labios implacables.
Estaba furioso, pero era difícil saber si su corazón estaba roto. En las pocas
ocasiones en que había coincidido con él, le había parecido un hombre insensible,
incapaz de emocionarse.
Frío, cruel, arrogante… La lista de defectos parecía interminable. Sin embargo,
también era alto, apuesto, espectacular…
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Lizzy era capaz de ver el exterior, pero lo que realmente importaba era el
hombre que se escondía tras ese físico extraordinario.
El silencio incómodo se prolongó, haciendo desesperar a Lizzy. Una parte de
ella le decía que tenía que salir de allí cuanto antes, pero por otro lado se resistía a
dejarle solo.
Todavía se sentía culpable, aunque el sentido común le dijera que no lo era.
Sentía… pena por él, a pesar de saber que él la despreciaría por atreverse a sentir tal
cosa.
Un hombre extraño… Por muchas riquezas y poder que tuviera, estaba
completamente solo. Incluso cuando estaba con Bianca, se mostraba misteriosamente
reservado e introvertido.
—Su… Supongo que te preguntas dónde está tu anillo de compromiso —dijo
ella, para llenar el vacío.
El tema había salido a relucir cuando la madre de Bianca se había hecho la
misma pregunta.
—No. Supongo que huir con un hombre pobre no deja lugar a dudas acerca del
destino del anillo.
Lizzy hizo una mueca de dolor. Sus mejillas se encendieron al oír aquellas
palabras. El hombre con el que Bianca había huido era su propio hermano.
—Matt no es pobre —dijo, viéndose obligada a defender los modestos ingresos
de su familia.
—¿Desde tu punto de vista o desde el mío?
Lizzy sintió una avalancha de ira.
—Mira… —se volvió hacia la puerta—. Creo que será mejor que le deje a solas.
—¿Tú también vas a huir como los otros dos? —le dijo con sorna.
—No. Sólo creo que es mejor que me vaya antes de que pierda la paciencia.
—¿Entonces tienes paciencia?
—Sí —Lizzy se dio la vuelta rápidamente, pero no lo bastante como para verle
rodear el escritorio y apoyarse contra él de brazos cruzados.
La carta de Bianca yacía sobre la mesa detrás de él.
Sorprendida, Lizzy dejó escapar el aliento. Una extraña tensión comenzó a
acumularse en la base de su estómago. Él la observaba con atención y su mirada
indiscreta resultaba de lo más inquietante. Esa mañana Lizzy había salido a toda
prisa de la habitación y apenas había tenido tiempo para ponerse un top verde y
unos pantalones piratas de color blanco. Su pelo era una maraña informe y rebelde.
La noche anterior había hecho el ridículo con él.
Había tenido que soportar las acusaciones y la histeria de los padres de Bianca y
lo último que necesitaba era ser el objeto de burla de Luc De Santis, que la miraba
como si no pudiera creer que se hubiera atrevido a salir así de su habitación.
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«Intenta ponerle maquillaje con las manos temblando…», pensó la joven con
sarcasmo mientras sufría su mirada penetrante y despreciativa.
—Durante la semana que has pasado en mi país, he visto cómo controlabas el
carácter voluble y alocado de Bianca —dijo él de repente—. Te he visto consolarla,
calmarla, e incluso te he visto hacerla cambiar de humor. Pero no recuerdo haberle
visto amenazándola con perder la paciencia, ni siquiera cuando ella se empeñaba en
humillarte y burlarse de ti. ¿Entonces por qué sientes la necesidad de perderla
conmigo?
—T… Tú has atacado a mi familia.
—Ataqué a tu hermano. ¿No crees que tenga derecho?
Era evidente que sí tenía derecho. Un día antes él y Bianca era una feliz pareja
de enamorados que iban a casarse una semana más tarde. La suya iba a ser la boda
del año en Italia, pero en cuestión de horas se había convertido en un jugoso
escándalo que lo ponía en el punto de mira de los medios, y todo era culpa de su
hermano.
Lizzy hizo un gesto conciliatorio con la mano, aunque el afilado tono de sus
palabras le rasgara la piel como un latigazo.
—Tienes todo el derecho de atacar a mi hermano —reconoció—. Incluso tienes
derecho a estar molesto conmigo porque soy la hermana del hombre que se llevó a tu
prometida, pero no… —levantó la barbilla y sus ojos relampaguearon—. Voy a dejar
que te burles de nosotros porque no somos tan ricos como tú.
—¿He hecho yo tal cosa?
Lizzy apretó los labios y asintió. Él no era el único con el orgullo herido. Ella
había tenido que soportar los duros comentarios de los padres de Bianca hacia su
hermano.
—Entonces le pido disculpas.
Lizzy no creía ni una sola palabra. En el tono de su voz no había ni la más
mínima intención de pedir perdón.
—Gracias —dijo ella por cortesía—. Y ahora si no te importa, te dejaré para
que…
—¿Cómo has venido?
Una vez más Lizzy estaba a punto de marcharse cuando él la hizo detenerse.
—Vine en un hidrotaxi desde Bellagio.
Él asintió.
—Entonces me parece que estás atrapada aquí hasta que yo me ocupe de
buscarle un transporte.
—Tú… empleado me dijo que él se ocuparía…
—Es una cuestión de prioridades, Elizabeth. Mis órdenes tienen preferencia.
¿Sabes?
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Lizzy abrió los labios para replicar, pero entonces se dio cuenta de que él sólo
buscaba pelea.
¿Acaso le había desafiado? La pregunta le aclaró las ideas. El sentido común le
decía que tenía que salir de allí lo más rápido posible porque tenía todas las de
perder. Él vivía en una fabulosa mansión a orillas del lago Como y tenía otras tres
residencias en distintos lugares del mundo, o eso le había oído decir a Bianca.
Además, tenía un apartamento en Milán, por lo que resultaba incomprensible que
hubiera reservado una habitación en el hotel. Luc De Santis vivía la vida de un
magnate de los negocios y viajaba en su propio jet privado.
Y allí fuera, junto a su avión, estaba su lancha deportiva, que podía llevarla de
vuelta a Bellagio en menos de diez minutos, pero él se negaba a dar la orden porque
necesitaba pagarla con alguien, y ella era la única que estaba disponible.
Lizzy apartó la vista y entonces volvió a mirarlo, sin saber qué hacer.
—Sabes que no estás obrando bien —le dijo con un suspiro.
—Verdes.
—Verdes. ¿Qué?
—Tus ojos… Cuando le enfadas. Normalmente son grises.
—Y también lanzan cuchillos afilados cuando estoy acorralada.
—Eso habría que verlo. Tú siempre supiste lo que estaban planeando.
—No. Te dije que no lo sabía.
Mientras lo negaba Lizzy sintió una punzada de culpa. Quizá sí lo había visto
venir, pero había sido más fácil fingir que no pasaba nada.
—No sabía que fueras una mentirosa, Elizabeth —le espetó con frialdad.
—¡No estoy mintiendo! —gritó, molesta con él y consigo misma—. Yo no lo vi
venir, pero admito que me siento responsable por no haberlo hecho.
—¿Porque sabías que eran amantes?
—Sí —Lizzy decidió ser directa con aquel hombre insensible—. Lo fueron hace
algunos años.
—Un amor de la infancia —su boca cruel esbozó una sonrisa sarcástica.
Había sido algo más que eso, pero Lizzy guardó silencio unos momentos.
—Tenías razón. El dinero marca la diferencia —le dijo finalmente, incapaz de
aguantar su mirada acusadora ni un segundo más—. El nunca va a ser
suficientemente bueno para ella. ¿Sabes?
—Pero yo sí cumplo todos los requisitos de los Moreno, ¿no?
Lizzy se encogió de hombros. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Él cumplía todos los requisitos. Era todo lo que los Moreno esperaban para su
hija, pero Matthew no. Su hermano era un chico de clase media que había ido a la
escuela pública y no había hecho carrera. Hasta la llegada de la crisis, su familia
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había sobrevivido modestamente con unos ingresos discretos. Todos esperaban que
Matthew tomara las riendas del negocio familiar, y que se casara con una buena
chica de su misma clase; una joven inglesa que no le pidiera más de lo que podía
darle.
Bianca, por el contrario, siempre quería más. Ella siempre conseguía lo que
quería, aunque tuviera que buscarlo ella misma. Matthew, en cambio, nunca sería
capaz de estar a la altura. Su orgullo sufriría tantos golpes que jamás sería feliz.
—Ella volverá —prometió Lizzy—. Sólo necesita tiempo para organizar sus
ideas.
—¿Y su corazón?
—Sé que le quiere —dijo ella, insistiendo—. Es que no está lista para el
compromiso del matrimonio. Si le das un poco de tiempo, yo…
De Santis arqueó las cejas.
—¿De verdad me estás sugiriendo que espere a que ella se aclare?
Lizzy levantó la barbilla con decisión.
—Si la amas… Sí.
—Entonces eres una ilusa romántica porque eso no va a ocurrir —se incorporó
de repente—. El próximo sábado habrá una boda y tengo intención de seguir
adelante con ello.
¿Sin novia? Lizzy lo miró con un gesto de incredulidad.
—¿Quieres decir que vas a encontrarla y a obligarla a que se case contigo? —
una carcajada escapó de sus labios al imaginarse a Bianca llorando y pataleando
mientras él la arrastraba por el pasillo de la iglesia.
—No —tomó la carta de Bianca del escritorio y la dobló con movimientos lentos
y calculados—. Otra ocupará su lugar.
Lizzy no daba crédito a sus palabras.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil —él asintió. Rompió la carta en pedazos y la arrojó a la papelera.
Lizzy se quedó lívida. Aquel acto entrañaba tanta frialdad y desprecio por la
mujer que lo era todo para él tan sólo unas horas antes…
—Tendrás que darte prisa para poner tu vida en orden. Claro que con mi ayuda
se puede conseguir a tiempo.
Lizzy levantó la vista súbitamente. Tardó unos segundos en asimilar la
situación, pero cuando por fin lo hizo dio un paso atrás.
—Mi… Mi vida está muy bien tal y como está.
—No lo dudo, ¿pero lo estará mañana cuando informe a las autoridades de que
tu hermano os ha vaciado las cuentas?
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Capítulo 3
—Es… Eso no ha tenido nada de gracia —dijo Lizzy, tartamudeando. Su
corazón comenzaba a latir a mil por hora. Aquella conversación había dado un giro
siniestro.
—Sé que estás herido y molesto, y entiendo que sientes la necesidad de pagarla
con alguien. ¡Pero eso no te da derecho a mentir sobre mi familia!
—Tu hermano. Mis acusaciones van dirigidas hacia un miembro de tu familia.
A los demás les concedo el beneficio de la duda… de momento.
Con cada palabra despiadada que salía de su boca arrojaba más leña al fuego
que ardía en el interior de Lizzy.
—¿Acusas a mi padre de ser un corrupto? ¿Cómo le atreves a decir una cosa
así?
—Me atrevo, como dices tú, porque soy banquero, y por eso no dejo que mi
corazón controle mi cabeza.
—Creo que me he perdido —dijo Lizzy, aturdida.
—Entonces deja que te lo explique. Bianca es una mujer muy rica.
—Lo sé.
—Pero alguien podría hacerle pensar que su amor de la infancia se ha vuelto
rico.
—Creo que necesitas tiempo para pensar las cosas —dijo Lizzy con seriedad y
dio media vuelta.
—Vuestra relación… tan cercana, me hizo sentir una gran curiosidad —dijo él
con toda su calma mientras ella andaba hacia la puerta—. Así que pensé que era
buena idea investigarte a ti y a tu familia.
—¡Investigar! —una vez más Lizzy se volvió y lo miró con rabia—. ¿Pero quién
te ha dado derecho a hacer algo así?
—El derecho de ser el futuro marido de Bianca. Esa amistad tan íntima me tenía
intrigado. Tú no eres su tipo, Elizabeth —le dijo sin más—. Cualquiera puede ver que
Bianca está al otro lado de la acera, y sin embargo, aquí estás, y te hospedas en el
mejor hotel de Milán, todo a cuenta de su familia. Llevas vestidos que ella te ha
comprado para que no desentonaras en presencia de sus amigos ricos. Y además
estabas a punto de tener la suerte de ser la primera dama de honor.
—Estaba —le espetó Lizzy, airada.
—Estabas —reconoció con un gesto—. Así que decidí indagar un poco y…
Adivina lo que averigüé. Hadley no está atravesando una crisis pasajera, está a punto
de irse a pique. Tu padre está hasta el cuello de deudas. Tu hermano detesta el oficio
y no quiere seguir con el negocio.
Lizzy se sonrojó.
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—Matthew quería ser artista.
—Oh, qué deseo tan romántico —le dijo, con mofa—. Con sus rizos de oro y su
atormentada sensibilidad es el príncipe ideal para una joven tan impresionable como
Bianca, pero tú… —siguió hablando antes de que Lizzy pudiera objetar algo—. Tú
tienes lo que hace falta para taparle los ojos a la inocente Bianca y ocultarle los
verdaderos tejemanejes de tu hermano.
Lizzy se puso erguida.
—¿Ya has terminado de insultar a mi familia? —le preguntó, deseando
abofetearle.
—Orgullosa. Me gusta.
—¡Bueno, tú a mí no! Bianca y yo hemos sido amigas desde los doce años. Su
riqueza o mi pobreza nunca han supuesto un problema porque la amistad verdadera
es otra cosa. Mi familia trabaja duro para ganarse la vida. ¡Todos trabajamos duro!
Mi padre no desperdició su vida viajando por el mundo y disfrutando de la vida
disipada e inútil de un playboy mimado proveniente de una familia podrida en
dinero, pero disfuncional, cuyo triste producto final ha resultado ser un cínico como
tú. Y aunque mi hermano sea distinto a todos nosotros, por lo menos sabe que lo
quieren, mientras que a ti, signor, a pesar de toda tu riqueza y tu arrogancia
heredada, jamás te han querido, o de lo contrario no serías tan frió y despiadado;
siempre sospechando de todo y de todos hasta el punto de ahondar en sus vidas a
sus espaldas.
—¿Disfuncional? Tienes una idea muy cínica de mi historia familiar, señorita
Hadley. Me gustaría saber dónde conseguiste esa información, y por qué, que es aún
mucho más interesante.
—Yo… Bianca —dijo Lizzy, al darse cuenta de que se había metido en una
trampa.
Una bocanada de calor invadió sus mejillas al recordar las horas que había
pasado delante del ordenador, buscando información sobre Luciano De Santis.
—Ella me dijo que casarse contigo era como pasar a formar parte de una
dinastía porque tenía un buen nombre y provenía de una estirpe de abolengo.
Aquello sonaba tan frío y profesional que pensé que estaba bromeando, pero ahora
veo que estaba en un error. Tu corazón debería estar hecho pedazos, pero en cambio
te dedicas a acusarme y a insinuar cosas absurdas.
—¿Has terminado? —le preguntó él cuando Lizzy se ahogó con sus palabras.
La joven apretó los labios para sofocar los temblores que la sacudían y asintió
con la cabeza.
Él se levantó del escritorio.
—Bueno, ahora que hemos acabado con las críticas y los insultos, volveremos al
tema de nuestro matrimonio.
—¡No voy a casarme contigo! —gritó Lizzy, desesperada, pensando que se
había vuelto loco. Él rodeó el escritorio.
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—Anoche me besaste.
Lizzy respiró profundamente al recordar ese momento. Había rezado toda la
noche para que aquello fuera un sueño, pero él no lo había olvidado.
—Estaba bebida—alegó.
—Parecías estarlo —abrió un cajón y sacó una gruesa carpeta que puso sobre el
escritorio—. Claro que tal vez formaba parte de la estrategia para desviar mi atención
de los planes de Bianca.
Lizzy se quedó perpleja y las palabras huyeron de sus labios.
Él esbozó una sonrisa de hielo.
—Todo puede estar sujeto a un mal entendido, Elizabeth. Cuando te acercaste a
mí como una dulce virgen, tímida y algo mareada, yo me sentí… halagado. Bueno…
—abrió la carpeta—. Qué distinto parece todo a la luz del día, con la mente clara, tras
recuperar el sentido común. Ven a ver esto.
Aquello no era una sugerencia. Lizzy sintió un extraño cosquilleo sobre la piel.
Sus temblorosas piernas se arrastraron hasta el escritorio. Él giró el documento y
señaló un apartado específico.
Era un extracto bancario; un extracto bancario con el apellido Hadley en el
título.
—¿Có… cómo has conseguido eso? —susurró ella.
—Soy banquero. Sólo tengo que tirar de unos cuantos hilos y consultar con los
contactos adecuados para conseguir lo que quiero.
Lizzy no dejó escapar el doble sentido de aquella afirmación.
—Mira donde señala mi dedo.
Ella lo hizo, y entonces se quedó petrificada.
—La fecha demuestra que la cuenta de tu empresa recibió una enorme
inyección de capital hace dos días —le dijo él.
Cinco millones y medio… Lizzy nunca había visto tanto dinero junto.
—Si miras la línea siguiente verás que el dinero fue retirado ese mismo día.
—No —exclamó Lizzy, negándose a creer aquella insinuación—. Tengo que
llamar a mi padre.
Blanca como la leche, Lizzy empezó a sentir mareos y se dirigió hacia la puerta.
—No vas a llamar a nadie —dijo aquella voz terroríficamente pausada—. En
este momento tengo la situación bajo control y tengo intención de que siga siendo así.
Si alguien más interviene las cosas podrían complicarse.
—¿Qué es lo que tienes bajo control?
—A ti… No sabía por qué tu padre había retirado el dinero del préstamo que
tanto le había costado conseguir inmediatamente después de obtenerlo. La carta de
Bianca resolvió todas mis dudas.
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Lizzy sintió ganas de sentarse. La única silla disponible estaba a varios metros
del escritorio. La joven se dejó caer en ella. La cabeza le daba vueltas y las piezas de
aquel complicado puzzle escapaban a su obnubilado raciocinio.
—Tu hermano es la única persona, aparte de tu padre, que tiene acceso a las
cuentas. Sólo hay que encajar las piezas, Elizabeth. No es difícil entender que tu
hermano ha robado el dinero para llevar a cabo su romántica fuga con Bianca. Si
tuviste algo que ver en ello, deberías tener en cuenta que te tocará pagar las
consecuencias.
En ese momento lo último que le preocupaba a Lizzy era lo que iba a pasar con
ella. Estaba muy preocupada por su padre. Cuando descubriera lo que Matthew
había hecho…
—También tengo que decirte que aunque seas completamente inocente, vas a
sufrir las consecuencias de todos modos… porque quiero una recompensa por haber
sido tratado como un idiota, y si eso significa ponerte el traje de Bianca y casarme
contigo en su lugar, entonces así será.
—¡Por el amor de Dios! —Lizzy se puso en pie de un salto—. ¿No crees que las
cosas ya están bastante mal como para que te dé un arrebato de locura?
Él se echó a reír y Lizzy se quedó perpleja.
—Tienes una forma muy curiosa de expresarte.
Si el escritorio no se hubiera interpuesto en su camino, se le habría tirado
encima como un animal acorralado.
—¡No me voy a casar contigo! —dijo la joven.
—¿Por qué no? —le preguntó y se sentó en la silla del escritorio, con gesto
desafiante—. ¿Tengo algo de malo?
—No me pidas que haga una lista —murmuró Lizzy, cruzándose de brazos y
buscando algo de sentido en aquella absurda situación—. Tienes los ojos de un león.
—Los leones marcan su territorio y protegen a su manada con fiereza, pero no
cazan —le respondió con pereza.
—¿Y eso qué significa?
Él se encogió de hombros.
—Estoy listo para… buscar pareja. Quiero tener… descendencia. No tuve que
cazar a Bianca porque ella siempre ha estado ahí, lista para reclamar lo suyo al
hacerse mayor. Y ahora tú estás aquí —esos ojos de oro se clavaron en el rostro de
Lizzy—. Tú tampoco necesitas salir a cazar porque yo te he cazado y encadenado
gracias a tu hermano y a la atracción por mí que tanto te cuesta esconder.
—Yo no me siento atraída por ti de ninguna forma.
—¿Entonces por qué me diste aquel beso tan dulce?
—Oh, por el amor de Dios. ¡No fue un beso! ¡Rocé mis labios contra tu cuello
por accidente! ¡Y estaba bebida!
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—Algo mareada, después de muchos meses de lujuria contenida. La atracción
que sientes por mí es algo que no puedes ocultar. Siempre ha estado presente en tu
lenguaje corporal desde la primera vez que nos vimos en Londres. Nunca has podido
resistirle —le dijo con arrogancia—. Lo noté cuando nos encontramos en el ascensor
en Milán, y anoche también, mientras bailábamos juntos y yo sucumbía a la
tentación. También lo sentí cuando rozaste tus labios contra mi cuello.
Lizzy retrocedió, a punto de ahogarse en un charco de vergüenza.
—Tú tienes más de diez años que yo, y eso te convierte en un hombre
demasiado viejo para mí, signor.
—Treinta y cuatro y veintidós es una buena diferencia, cara.
Aquélla era la primera vez que usaba esa palabra para dirigirse a ella. El sonido
de su voz al pronunciarla se escurrió por la espalda de Lizzy como un escalofrío.
—Yo puedo ofrecerle experiencia y lealtad, y tú me das juventud y belleza, y
también lealtad. Tomando el lugar de tu amiga puedes proteger a tu padre del peor
escándalo que puedas imaginar si su nombre se ve involucrado en este asunto.
—Qué despiadado eres —Lizzy cruzó los brazos temblando.
—No en la cama.
—¿Y eso es todo? En la cama puedo disfrutar de tu lado más humano y también
de una fabulosa experiencia mientras que fuera de ella desempeño el papel de una
esposa trofeo, rica y mimada; una esposa que salva tu reputación. ¿Ni afectos, ni
amor?
—El amor está sobreestimado.
—No esperaba otra cosa de ti.
—¿Estás hablando de mi familia disfuncional de nuevo?
—Estoy hablando de un hecho muy sencillo: no me gustas en absoluto.
—Pero me deseas desesperadamente.
Lizzy frunció el ceño, incómoda.
—Te excitas con sólo mirarme. Sabes que el sexo será muy bueno conmigo y no
puedes apartarlo de tu mente. Si fuera hacia ti y te estrechara en mis brazos te
derretirías como una vela.
—¿Sin la cama y las sábanas? —la pregunta sarcástica escapó de sus labios
antes de que pudiera evitarlo.
Luc se echó a reír.
—Puedo adaptarme si es preciso.
Ante tanta insolencia y pretensión, Lizzy no dudó en contraatacar.
—¿Entonces aceptarías tener un apasionado encuentro sexual conmigo si un día
apareciera en tu oficina para seducirte, aunque estuvieras ocupado hablando por
teléfono, ganando millones?
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—¿Ésa es una de tus fantasías? —le preguntó, haciéndola sonrojar—. En ese
caso, haría todo lo que está en mi mano para hacerle sentir bien, y me aseguraría de
que no lleves pantys —le dijo, mirándola de arriba abajo—. Es fácil librarse de las
medias, pero los pantys indican una falla de refinamiento, y si tu fantasía me obliga a
hacer millones mientras te doy placer, cuanto más fácil me pongas las cosas, más
placer obtendrás de mí.
—Dios, eres insufrible —Lizzy dio media vuelta, incapaz de creer que pudiera
hablar con tanto cinismo y odiándose a sí misma por haberle dado la oportunidad.
—Es que tengo más experiencia que tú en el juego. Pero el sexo sobre mi
escritorio mientras hablo por teléfono es toda una novedad —admitió—. Quizá
deberíamos intentarlo.
Lizzy levantó los hombros y los brazos, como si así pudiera borrar su
escandalosa sugerencia. Él tenía razón. Tenía mucha más experiencia que ella y lo
único que había conseguido desafiándole era caer en la trampa.
—¿Sabes por qué se han fugado los amantes? —le preguntó, sin pensárselo dos
veces.
—No —ella sacudió la cabeza.
—¿Ya sabes por qué tu pelo arde en llamas cada vez que lo ilumina la luz del
sol?
Aquel comentario sutil la hizo darse la vuelta súbitamente.
—Por Dios, deja de jugar a este juego.
—No es ningún juego —le dijo él, seguro de sí mismo—. Cásate conmigo la
próxima semana y tu vida sexual será ardiente y emocionante.
—¿Quién le ha dicho que mi vida sexual es…?
—Bianca. ¿Quién si no?
Lizzy se quedó sin palabras ante aquella traición.
—Según ella saliste con dos tipos que no duraron ni un asalto en la cama.
Ingleses… Claro… No saben lo que es el refinamiento.
—¿Y tú crees que hablarme así demuestra algo de refinamiento?
Lizzy sintió una profunda angustia y una punzada de dolor al ver que su mejor
amiga la había decepcionado. ¿Cómo se había atrevido a hablarle de su vida
privada? ¿Cómo se había atrevido a decir tantas mentiras?
—Bueno, yo creo que no. Y ya no quiero escuchar nada más —concluyó sin
darle tiempo a responder.
Dio media vuelta, dispuesta a irse a casa.
Pero él no iba a dejarla marchar así como así.
—Cásate conmigo la próxima semana y yo pagaré las deudas de tu padre.
Pagaré el préstamo y enviaré a un equipo de expertos para que lo ayuden a recuperar
la empresa.
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Lizzy se paró en seco.
—Yo financiaré el negocio hasta que funcione por sí solo. Si no te casas conmigo
la próxima semana, correré un rumor de malversación de fondos y disfrutaré del
espectáculo.
En ese momento Lizzy se dio cuenta de que aquel hombre estaba dispuesto a
todo por recuperar su honor.
—Me lo deben, Elizabeth —dijo en un tono siniestro—. O pagas la deuda de tu
familia, o la paga tu familia. Tienes el lujo de poder elegir porque te deseo.
—Esto es sólo venganza—susurró ella.
—La venganza no es más que pasión, mi amore. Mi consejo es que aproveches la
oferta mientras la sed de venganza corre por mis venas.
Palabras… Él era muy hábil con las palabras; tan hábil que había conseguido
enredar sus emociones. Lizzy fue hacia una de las ventanas y contempló el lago,
radiante bajo la neblina que descendía de las montañas. El pueblo de Bellagio no era
más que una mancha blanca en la otra orilla.
Tan cerca, y sin embargo tan lejos. Bien podría haber estado atrapada en una
isla; la prisionera de Luc. Él le había dejado muy claro que no iba a ir a ninguna parle
sin su expreso consentimiento.
Y Matthew… ¿Por qué lo había hecho? Era mayor que ella, pero tenía buenas
razones para estar resentido contra su padre por haberse negado a que su hijo hiciera
lo que quisiera con su propia vida. ¿Se había llevado el dinero para vengarse? ¿Acaso
Bianca lo había animado a hacerlo porque su padre les había impedido llevar a cabo
su romántico matrimonio dos años antes?
La señora Moreno le había dicho a Edward Hadley que no estaba actuando
bien. Tan dramática como siempre, le había dicho que sólo conseguiría crear a un
Romeo y a una Julieta si les prohibía verse.
Tuviera o no razón, parecía que sus predicciones se habían hecho realidad.
Lizzy sólo esperaba que su hermano y Bianca no estuvieran dispuestos a llegar al
límite. No obstante, llevar las cosas tan lejos ya era alarmante, sobre todo porque
habían tenido otras relaciones desde su ruptura; y la más importante de esas
relaciones era la que Bianca había tenido con el hombre que en ese momento estaba
ante sus ojos, esperando una respuesta.
Lizzy no podía negar que se sentía dolida. Ninguno de los dos había confiado
en ella.
—¿Qué va a pasar con ellos cuando vuelvan a aparecer?
—Bianca no ha hecho nada malo, excepto cambiar de idea respecto a nuestro
matrimonio; el derecho de una mujer. En cuanto a tu hermano, depende de tu padre
y del banco.
Claro, conciso y sincero. Ni siquiera se había molestado en recordarle que él era
el que mantenía el hacha sobre la cabeza de Matthew.
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—No llevaré el traje de novia de Bianca —susurró la joven—. No me casaré
contigo en una iglesia y no dejaré que me compres nada que no sea estrictamente
necesario para el papel que tengo que desempeñar. Y no dejaré de trabajar porque
tengo que ganar dinero para pagarle hasta el último centavo que invertirás en
Hadley's.
—Tú le casarás conmigo según lo previsto. Aceptarás agradecida todo lo que yo
decida darte y no volverás al trabajo.
Lizzy lo miró fijamente al recibir aquella patada.
—N… no puedes ponerme en el lugar de Bianca así como así. ¡Las autoridades
no lo permitirán!
—No quiero parecer repetitivo, pero el dinero manda.
—Te desprecio.
—Sin embargo, ocuparás el lugar de Bianca con orgullo y dignidad, y
engañarás al mundo haciéndoles creer que fuimos tú y yo los que descubrimos que
no podían vivir el uno sin el otro. Y no me pagarás con nada excepto con un hijo. Con
esa idea en mente vendrás a nuestra cama nupcial con afecto y sinceridad, lo que
significa que no lucharás contra lo que ambos sentimos.
—¿Puedo irme ya? —estaba tan cerca de las lágrimas que apenas podía guardar
la compostura. Aquella súplica ahogada hizo que Luc tuviera que reprimir un
juramento. Se puso en pie e hizo ademán de acercarse a ella, pero entonces se detuvo.
—En un momento —le dijo; su rostro había vuelto a ser una fría máscara, dura
e impenetrable—. Todavía tenemos que discutir algunos detalles.
—¿Discutir? ¿Acaso puedo opinar?
—Probablemente —hizo una mueca—. Pero me parece que no, porque como
estaba a punto de decir, prefiero hablar con tu padre antes de que tú lo hagas. Esto
no está abierto a la discusión —dijo al ver que intentaba decir algo—. Además, ya no
volverás al hotel de Milán porque vivirás aquí a partir de ahora.
Lizzy apretó los dedos contra los labios para contener los temblores.
—Como una prisionera.
—No. Aquí puedo protegerte del escándalo que está a punto de golpearnos.
Voy a hacerlo público hoy mismo, y el hotel de Milán estará sitiado. También
sospecho que a los Moreno no les va a hacer mucha gracia. Tú sentirás pena por
ellos. Yo no.
—Menuda broma —dijo Lizzy, riéndose frenéticamente—. ¿Por qué crees que
me enviaron a mí?
La sorpresa iluminó sus ojos de oro un instante.
—Entonces están asustados. Bien, eso juega a nuestro favor.
—¿Por qué no dejas de hablar como si esto tuviera algo que ver conmigo
cuando no es así? ¡Yo sólo soy el peón que vas a utilizar para salvar tu estúpido
orgullo!
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—Los peones son fichas muy poderosas en el tablero.
—¡Oh, cállale! ¿Tienes idea de la rabia que siento cuando encuentras respuestas
para todo?
—Parece que no —esbozó un atisbo de sonrisa cínica—. Intentaré corregir ese
mal hábito.
Lizzy respiró profundamente y soltó el aliento.
—¿Puedo irme ahora?
Luc hizo una llamada telefónica y empezó a dar instrucciones en italiano al que
estaba al otro lado de la línea.
—¿Has entendido algo? —le preguntó después.
—Un poco —había aprendido algo de italiano gracias a Bianca—. Has ordenado
preparar una habitación para mí.
—Estará lista en unos minutos.
Rodeó el escritorio y fue hacia Lizzy, que sintió deseos de echar a correr. Se
detuvo justo delante de ella.
—¿Qué?
El guardó silencio. La miró con una expresión desconcertante y entonces le tocó
la mejilla con suavidad. Lizzy dejó escapar un suspiro. Una parte de ella quería
alejarse de él y la otra no estaba dispuesta a dejarla sucumbir a sus caricias. No podía
dejarle ver cosas que no quería que supiera.
—Te propongo un trato —le dijo, deslizando el dedo por la comisura de sus
labios—. Puedes pagarme lo que me debes con tus besos. Digamos… Un beso a un
euro… Y si empezamos ahora…
Luc se acercó peligrosamente y deslizó la mano sobre la cabellera de Lizzy.
Ella quería empujarlo, pero no fue capaz de mover ni un solo dedo. Un
hormigueo agradable recorrió su cuerpo, fascinado por la expresión de aquel
hermoso rostro masculino.
Un suspiro incontenible la hizo entreabrir los labios y Luc lo sofocó con los
suyos.
Después retrocedió un instante y escudriñó la mirada de Lizzy, buscando una
reacción.
—Grises —murmuró e hizo una mueca—. Voy a tener que esforzarme más.
Volvió a acercarse, la agarró de la barbilla y le dio otro beso ardiente. Una
bocanada de aire caliente inundó el cuerpo de la joven, que dejó escapar un gemido
incontrolable.
—Casi verdes —le dijo él al apartarse—. Ya me has pagado dos euros.
Sonrió fugazmente y dio media vuelta. Abrió la puerta y la cerró tras de sí,
dejándola a solas con su propia impotencia. Aunque aturdida, Lizzy no tuvo más
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remedio que afrontar la realidad: acababa de darle la prueba que él necesitaba para
confirmar sus sospechas.
No tenía fuerzas para luchar contra él. Llevaba semanas resistiéndose a aquella
atracción incomprensible, pero era inútil. Cada vez que sentía el roce de aquellos
labios una llama se encendía en su interior, y él lo había notado.
El trato estaba hecho.
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Capítulo 4
Los medios se volvieron locos y Lizzy terminó agradeciendo haber escapado de
todo aquello. Nadie podía acercarse a la mansión sin su permiso expreso.
Excepto su padre. Cuando se le permitió hablar con él, lo encontró molesto,
confuso y dolido. No podía creer que ella, de entre todas las personas, fuera capaz de
interponerse entre Bianca y su prometido. Se sentía decepcionado.
—¿Qué va a decir tu madre de esto, Lizzy? Matthew, por el contrario, por fin
había hecho algo para ganarse el respeto de su padre porque, aparentemente, se
había llevado a Bianca lejos de Milán antes de que el escándalo llegara a los medios.
Sin embargo, el padre de Lizzy no sabía nada de su hijo ni tampoco conocía el
lugar adonde habían ido. Y lo más importante: no tenía ni idea de que Matthew
había vaciado la cuenta familiar.
—Un error —le había dicho—. Que el banco arregló al día siguiente.
Incluso Luc hizo todo lo posible por ganarse la reticente confianza del padre de
la joven, disculpándose inmediatamente por el disgusto ocasionado. Además,
prometió ayudar a reflotar la empresa.
Lizzy era la única a la que su padre no perdonaba y aquella comparación con su
madre lo delataba. No obstante, estaría presente el día de la boda para entregarla a
Luc. Su futuro esposo así lo esperaba.
«El bueno de Luc…», pensó la joven con amargura.
En cuanto a los Moreno, se pasaron un día entero hablando con la prensa y les
dijeron que una amiga de su pobre hija se había fugado con el novio.
—Soy una rompe-matrimonios —le informó a la fuente de sus calamidades por
teléfono, deambulando de un lado a otro delante del escritorio.
Él se había marchado tres días antes y no parecía tener intención de volver.
—Matthew es el caballero blanco y Bianca es la pobre damisela ultrajada a la
que ha salvado. Y tú eres el vivo ejemplo de lo que es un hombre, según los hombres.
¡Lo bastante valiente como para reconocer tu error al elegir esposa y lo bastante
arrogante como para cambiarla por la que querías en realidad!
Él se echó a reír. Lizzy hubiera querido golpearle con todas sus fuerzas, pero no
estaba allí. ¿Y qué sentido hubiera tenido hacerlo de haber estado? Ella iba a seguir
siendo todas las cosas horribles que la gente decía de ella.
—Cuando me dijiste que yo pagaría las consecuencias, lo decías muy en serio —
susurró.
—En cuanto se calme el revuelo, te convertirás en la envidia de todas las
mujeres; créeme.
—¿Porque he tenido la buena fortuna de atraparte? Bueno, yo no me siento
afortunada; me siento utilizada. ¡Así que si esperas que firme este contrato pre-
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matrimonial que me han enviado tus abogados, vete al infierno, Luc, porque no voy
a firmar nada! —le colgó el teléfono.
Él llegó a la mansión una hora después. Lizzy estaba en su habitación. Era una
hermosa suite con vistas al lago y un balcón al que ella no se atrevía a salir a causa de
las miles de cámaras que apuntaban a las ventanas desde los botes amarrados en el
embarcadero.
Acurrucada en el sofá, leía un libro cuyas palabras pasaban desapercibidas.
—Vete —le dijo sin siquiera mirarlo. Él arrojó el contrato sobre su regazo.
—Firma —le dijo.
Lizzy lo ignoró. Llevaba una corta falda azul y un top color limón. Los rayos de
luz que entraban por la ventana prendían en llamas su rebelde melena. No llevaba
maquillaje ni tampoco zapatos. Y si algún hombre estaba acostumbrado a ver
mujeres arregladas y radiantes, ése era Luciano Genovese Marcelo De Santis.
Una impresionante pluma aterrizó sobre los papeles.
—Firma —repitió.
Sin dejar de juguetear con un tirabuzón de pelo, Lizzy contrajo la expresión con
un gesto testarudo.
Él suspiró con impaciencia y se alejó de ella.
De pronto Lizzy oyó el suave roce de la ropa y miró hacia él. La chaqueta de un
traje color gris había aterrizado sobre el respaldo de una silla y ya se estaba aflojando
la corbata.
A Lizzy se le contrajo el estómago.
Luc hablaba muy en serio. Su mirada decidida así lo decía.
Él volvió a su lado, miró a su alrededor, acercó una hermosa silla azul con
brocados y se sentó en ella.
—Escucha —dijo, apoyando los codos en las rodillas—. No puedo casarme
contigo a menos que firmes el contrato prematrimonial.
—Qué pena —dijo Lizzy, impasible—. Porque no estoy de acuerdo con él.
Él contuvo el aliento.
—Es sólo un trámite de negocios —dijo, dominando la voz—. Soy el dueño de
un prestigioso banco y valgo más que la fortuna de un rey. Si no firmas esto mis
accionistas perderán su confianza en mí y pensarán que soy demasiado débil.
—Entonces no se lo digas —dijo la joven.
—Lo averiguarán. Estas cosas siempre se saben al final. A ti te llamarán
cazafortunas y a mí me tomarán por tonto.
—Entonces seré una rompe-matrimonios cazafortunas —se encogió de
hombros—. ¿Qué más me da que me pongan otra etiqueta si ya tengo muchas?
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Luc le arrebató el libro y lo tiró a un lado. A continuación lomó la pluma y la
sostuvo frente a ella.
—Firma.
Lizzy miró el bolígrafo, pero no lo tomó en sus manos.
—Por favor.
Ella soltó el aliento.
—Quita la cláusula que se refiere a quién se lleva los niños en caso de divorcio.
Sin decir ni una palabra, Luc agarró el contrato. Tachó las líneas en cuestión, y
firmó con trazos elegantes y estilizados.
—Y ahora haz lo mismo con la parte que se refiere a la suma que heredaré —
susurró.
—No.
—O lo tomas o lo dejas —le advirtió Lizzy.
—Entonces lo dejo —se puso en pie y se llevó el contrato—. El matrimonio no
se celebrará. Tiene una hora para recoger sus cosas y salir de mi casa, señorita
Hadley —le dijo—. Siga mi consejo y salga por la puerta del servicio si no quiere
verse acorralada por la prensa. Oh, y no olvide decirle a su padre que me debe cinco
millones y medio de libras, y otros cinco al banco.
Agarró la chaqueta y se dirigió a la puerta.
Lizzy se puso en pie de un salto.
—¡De acuerdo, firmaré! —gritó, furiosa consigo misma por haber dejado que las
cosas llegaran tan lejos.
El se detuvo y dio media vuelta con la misma elegancia de siempre. Su rostro
no revelaba más que autoridad, fría e imperturbable. Volvió junto a ella, dejó la
chaqueta en el respaldo de la silla y le entregó la pluma y el contrato, sin decir ni una
palabra.
Lizzy giró sobre sí misma, se apoyó en una pequeña mesa que había junto a la
ventana, firmó el documento y se lo devolvió.
Él los dejó en el suelo y Lizzy terminó en sus brazos antes de que pudiera
reaccionar. Un beso ardiente le abrasó los labios y sofocó una exclamación. Muy a lo
lejos podía escuchar los atronadores latidos de su acelerado corazón y sentía la
avidez con que la besaba; la tensión que endurecía sus fornidos músculos… Con una
mano le sujetaba la cabeza mientras que la otra se cerraba como un cepo alrededor
del muslo de Lizzy, apretándola contra él.
Ella, que nunca antes había experimentado el apogeo de pasión de un hombre,
sucumbió a aquel derrame de deseo. Él la colmó de besos hasta hacerla gemir y dejó
que notara el poder creciente de su constitución masculina. Al verla temblar
masculló algo y, tomándola en brazos, la llevó al dormitorio.
—No… —dijo ella con la voz ahogada cuando la acostó en la cama.
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Parecía que iba a seguir adelante, pero no fue así. Se quedó allí de pie,
observándola, haciéndola sentir pequeña, débil y vulnerable mientras le acariciaba
los pechos con la mirada.
Entonces la miró a los ojos una vez más y reparó en su boca.
—Ya me debe tres euros menos, señorita Hadley —le dijo con frialdad. Dio
media vuelta, recogió el contrato, la pluma y la chaqueta, y dejó la habitación.
Lizzy se hizo un ovillo en la cama e intentó comprender lo que estaba
ocurriendo en su interior; trató de entender por qué se había excitado tanto al verle
perder el control.
El helicóptero que la llevaría al lugar de la ceremonia llegó por fin. Blanco y
brillante, el vehículo aterrizó en la zona de césped que se extendía delante del lago.
Esa misma mañana un prestigioso diseñador de Milán le había llevado el vestido de
novia.
Aquel hombre era la primera persona a la que Lizzy había visto en una semana,
aparte de Luc y del personal de la casa. Sabía que su padre estaba en Italia porque
había hablado con él por teléfono y también sabía que Luc no debía de estar muy
lejos porque un helicóptero distinto con el logo de De Santis en la cola sobrevolaba la
mansión dos veces al día.
Emocionada y risueña, una sirvienta le había dicho que aún seguía en el ojo del
huracán mediático, pero Lizzy sólo podía pensar en cómo sobrevivir cuando tuviera
que salir de su refugio.
El traje no se parecía en nada al de Bianca, lo cual era un gran alivio. El diseño,
que recordaba a los trajes de las vestales griegas, era espectacular. No sabía cómo se
las había ingeniado el diseñador para acertar con la talla, pero tampoco se atrevía a
preguntar. El vaporoso tejido de seda blanca resallaba sus sensuales curvas.
—No se muerda el labio inferior, signorina —le advirtió el diseñador—. Sus
labios volverán loco a Luciano tal y como están. No tiene que aumentarles el
volumen.
Lizzy dejó de hacerlo y contempló su sedosa melena. Carla, la sirvienta risueña,
le había arreglado el pelo y aplicado un maquillaje sutil y discreto que la hacía
parecer…
—Ahora entiendo por qué se arriesgó tanto para reemplazar a la bella Bianca.
—No, por favor —contestó Lizzy con la voz entrecortada.
No iba a permitir que nadie se burlara de su amiga, a la que tanto echaba de
menos. Quería hablar con ella, averiguar por qué había huido con Matthew, saber si
aprobaba lo que estaba a punto de hacer, porque de no ser así…
Lizzy tragó con dificultad y sintió el picor de las lágrimas en los ojos. Llamaron
a la puerta.
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Era Luis, el mayordomo.
—Es hora de irse, signorina.
Su padre la esperaba en la iglesia. Parecía mucho más joven que cuando lo
había dejado en Sussex, dos semanas antes, y el ceño de la preocupación había
desaparecido de su rostro. Sin embargo, la fría decepción que había en sus ojos hizo
que Lizzy sintiera ganas de llorar.
—Estás preciosa —le dijo—. Como tu madre.
—Como mi madre —repitió Lizzy con tristeza mientras recibía un frío beso en
la mejilla.
Él la condujo al interior de la iglesia repleta de curiosos. Una ola de murmullos
la siguió hasta el altar, donde la esperaba aquel hombre alto y serio que le había
tendido una trampa.
Luc llevaba un traje gris, tan formal como el de su padre y también como el del
hombre que estaba a su lado; un rostro extrañamente familiar…
Cómo echaba de menos a Bianca. Ella tendría que haber estado ahí el día de su
boda. Lo único que quería en ese momento era detenerse, volverse hacia su padre y
pedirle perdón; suplicar que la perdonara por haber hecho lo que su madre había
hecho diez años antes.
La cazafortunas, la rompe-matrimonios egoísta… Luc se volvió hacia ella y su
grave expresión la atrajo hacia él como un imán irresistible.
Su padre le ofreció la mano de su hija. Él la aceptó y sus dedos se cerraron sobre
la mano temblorosa de la joven.
Después procedieron con el ritual tradicional y envueltos en un halo de
solemnidad, se dejaron llevar por el ritmo mayestático del latín que finalmente los
unió como marido y mujer.
Luc selló el enlace con un beso, hiriente y doloroso.
«Cuatro euros…», pensó Lizzy cuando Luc se apartó de ella. «Me va a llevar
toda una vida pagarle todo lo que le debo…»
Como si supiera lo que estaba pensando, él sonrió con arrogancia y burla.
Salieron al sol de la mañana y un caos de sonidos inundó sus oídos. Los flashes
de las cámaras centelleaban y el corazón de Lizzy comenzó a palpitar sin ton ni son.
Luc la atrajo hacia sí. Dos filas de escoltas vestidos de negro formaron una barrera de
seguridad para mantener a raya a los curiosos. Luc la condujo a toda prisa hasta la
limusina y no la soltó hasta verla segura dentro del vehículo.
El coche salió a toda prisa en cuanto él se sentó a su lado y entonces se hizo el
silencio. Todo había terminado. Lo había hecho. Se había casado con el prometido de
su mejor amiga. El aire escapaba de su pecho con la intención de no volver.
—Entonces sí recuerdas cómo respirar —le dijo Luc con sarcasmo.
Lizzy permaneció callada y se miró la mano. Un anillo de oro tradicional
adornaba su dedo anular, y él llevaba otro exactamente igual. Nunca había pensado
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que él decidiría llevar anillo y se había llevado una gran sorpresa al verse obligada a
ponérselo durante la ceremonia.
Debían de ser los mismos anillos que había comprado para la boda con Bianca.
—No soy tan insensible —le dijo él de repente, como si pudiera leerle la mente.
—Por lo menos el vestido es mío.
Ella notó el impacto de su afilada mirada; la tensión que abigarraba sus
músculos poderosos.
—¿No te gusta el vestido?
¿Acaso estaba ciego?
—Me encanta. Es el más hermoso y romántico que he visto en toda mi vida.
—Y estás preciosa con él, bellissima. Cuando te vieron aparecer en la iglesia, a
nadie le quedó la más mínima duda sobre mi elección.
—Otro tanto que apuntarte, ¿no? —levantó la barbilla y lo miró por primera vez
desde aquel beso crucial, pero se vio obligada a bajar la vista de inmediato. Él era
dolorosamente perfecto; un auténtico príncipe que no era para ella—. Bueno… —le
dijo con una amarga sonrisa—. Si esperas que te dé la enhorabuena estás perdiendo
tu tiempo.
—Te sientes traicionada.
Lizzy soltó un suspiro de cansancio.
—Le he hecho daño a mi padre. Lo he decepcionado.
—Y ahora corres el peligro de decepcionarme a mí también.
No fueron las palabras, sino la forma de decirlo, lo que hizo volverse a Lizzy.
Una rabia feroz empezaba a transfigurar el rostro de Luc.
—Hicimos un trato —le recordó con seriedad—. Un trato por el que estamos
obligados a cumplir con lo único que puede hacer que este matrimonio funcione.
Lizzy contuvo la respiración y abrió los labios, dispuesta a arremeter con todas
sus armas verbales, pero él le puso dos dedos sobre la boca.
—Ten cuidado, la mía moglie bella, no vayas a meterte en problemas con esa
lengua rebelde que tienes —le advirtió—. Tu padre lo olvidará todo cuando vea los
beneficios que le dará este enlace. Y tú también lo olvidarás todo en cuanto pueda
meterte en mi cama. Y… —prosiguió en un tono velado—. Yo lo olvidaré todo
cuando dejes de sentir pena por ti misma y recuerdes quién eres ahora, signara De
Santis. Porque ese nombre le convierte en mi esposa, mi amante, la futura madre de
mis hijos y guardiana del buen nombre de los De Santis.
Lizzy se llevó una gran sorpresa al oír sus palabras. En algún momento había
logrado tocarle la fibra más sensible. ¡Y ella pensaba que no había tal cosa en su
interior!
Levantó la mano y apartó los dedos que le tapaban la boca.
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—Eso ha estado muy bien. Fulminante, arrogante, digno de un dios. Desde
luego tendrías que haberme puesto en mi mugriento lugar.
—¿Pero no ha sido así? —le preguntó, arqueando una ceja.
Lizzy sacudió la cabeza, consciente de la errática pauta que seguía el latido de
su corazón. No se había dado cuenta, pero todavía seguía aferrada a su mano.
—Sigues siendo el hombre que me chantajeó por orgullo y yo sigo siendo la
mujer a la que pagaste para conservar tu orgullo.
—¿Crees que no hay mujeres ahí fuera que harían lo que fuera por estar en tu
lugar?
—Imagino que hay cientos —le dijo ella con frialdad—. ¿Pero no me dijiste que
no te molestabas en buscar?
—Muy lista —sonrió y tiró de ella.
Lizzy aterrizó en un remolino de seda blanca sobre el pecho de Luc y apenas
tuvo tiempo de respirar cuando recibió la ardiente embestida de sus besos.
Aquel arrebato de pasión la dejó mareada y aturdida, y sus labios hinchados
apenas pudieron soportar la caricia burlona de los dedos de Luc.
—Como ves —susurró—. No necesito buscar.
Al ver que había sucumbido a sus besos sin poner la más mínima resistencia,
Lizzy sintió desprecio por sí misma y se apartó de él de inmediato. La palidez de su
rostro reflejaba el tumulto de sus emociones. Tenía el vestido arrugado y mientras
trataba de arreglarlo, sintió el calor abrasador de la mirada de Luc que la observaba
con gesto burlón.
—Ya le lo advertí, cara. Yo tengo más experiencia que tú en estos juegos. Sé más
sensata y deja de desafiarme.
La limusina aminoró y Lizzy miró por la ventanilla. Habían regresado a la
mansión. La joven se llevó una gran sorpresa al ver que había otra forma de acceder a
la finca.
Las pesadas puertas de hierro se abrieron lentamente y el coche avanzó por los
vastos jardines hasta detenerse delante de un pórtico lateral.
Durante su estancia en la casa Lizzy se no se había atrevido a salir al exterior
por miedo a ser fotografiada por los medios. Sin embargo, al bajar del vehículo se dio
cuenta de que el lago ya no estaba. Una enorme pared de lienzo blanco protegía la
mansión de las miradas curiosas.
Desde ese momento Lizzy se dejó intimidar por aquel fabuloso derroche al
estilo más cinematográfico. Si Bianca hubiera estado allí, habría sabido estar a la
altura de las circunstancias; el radiante centro de todas las miradas. Lizzy, en cambio,
habría sido más feliz pasando desapercibida, tal y como le gustaba hacer.
Pero tal y como estaban las cosas, no podía diluirse en el entorno. Tenía que
figurar junto a su marido y darles la bienvenida a los invitados.
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Los invitados de él… La boda de él… Ninguno de sus amigos había sido
invitado, y el único miembro de su familia que estaba allí era su padre, que la había
abrazado con frialdad a su llegada; la mirada decepcionada todavía en sus ojos.
Él sólo veía a una mujer como su madre y no había ni un atisbo de perdón en su
expresión. Su mejor aliado la había abandonado…
Lizzy apenas pudo contener las lágrimas al verle dar media vuelta y alejarse.
—Cuéntame de qué se trata —le dijo el hombre que estaba a su lado.
Lizzy sacudió la cabeza y se tragó las lágrimas. Un hombre como Luc jamás
entendería lo que era soportar el peso del desprecio de alguien a quien amas.
Habían pasado muchos años desde el abandono de su madre, pero Lizzy
siempre se había esforzado por no seguir su ejemplo. Sin embargo, en ese preciso
instante, vestida con aquel traje de princesa, rechazada por la única persona en la que
tendría que haberse apoyado en busca de consuelo, no pudo sino preguntarse si
había valido la pena pasarse la vida buscando la aprobación de su padre.
El goteo de flamantes invitados no cesaba. Lizzy sonreía y soportaba las frías
miradas curiosas, los comentarios educados y los que no lo eran tanto… Un dolor
agudo atenazaba su pecho, pero su rostro guardaba la compostura. Luc no se
separaba de ella ni un milímetro y le rodeaba la cintura con el brazo.
Finalmente los invitados empezaron a dispersarse. Como él no la soltaba, nadie
pudo hablar con ellos por separado. Estaba decidido a hacer un frente común y los
jocosos comentarios de sus amistades más allegadas no consiguieron separarlo de
ella.
El banquete resultó ser un suculento bufé, pero Lizzy apenas probó bocado.
Con la copa de champán casi intacta soportó los irónicos comentarios del padrino
con la vista baja.
Él, por el contrario, no perdía la sonrisa plástica. Nada lo conmovía. Sus nervios
de acero no registraban emoción alguna. Sin embargo, a través del leve roce de sus
dedos sobre la cintura, Lizzy sabía que un volcán hacía erupción en su interior de vez
en cuando, sobre todo cuando oían murmullos sofocados que hablaban de la
desaparición de Bianca.
¿A qué se debía tal reacción? ¿Era dolor o rabia? Cuando la joven miraba su
rostro, no había nada en él.
Cada vez que localizaba a su padre entre la multitud, sentía deseos de
preguntarle por Matthew, pero entonces Luc se la llevaba al extremo opuesto del
salón.
La agónica tarde transcurría lentamente y la sonrisa de Lizzy comenzaba a
fallar. Sin embargo, Luc le dio la excusa perfecta para escapar de todo aquello
cuando le dijo que fuera a cambiarse de vestido.
La joven sintió tanto alivio al huir del tumulto que ni siquiera se molestó en
preguntarle por qué debía cambiarse de ropa, y no salió de dudas hasta encontrarse
con Carla, que la esperaba en el dormitorio.
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—Es una pena que tenga que quitarse el vestido —le dijo la agradable sirvienta
mientras la ayudaba a desvestirse—. Pero las maletas ya están hechas y debe de ser
tan emocionante y romántico marcharse con el signor a un destino secreto en su luna
de miel…
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Capítulo 5
«Oh, por favor, no…», pensó Lizzy con impotencia. Resultaba difícil de creer
que Luc quisiera llevar aquella farsa romántica a tal extremo.
Bajó envuelta en un vaporoso vestido verde que se ceñía a su espléndida figura
y bailaba alrededor de las rodillas.
Luc ya la estaba esperando en el rellano. Él se había puesto un traje de lino color
café y una simple camiseta que le hacía parecer sofisticado e informal al mismo
tiempo.
La miró y un destello brilló en sus ojos. A Lizzy le flaquearon las fuerzas un
instante y su corazón dio un vuelco.
Pero entonces aquella expresión abandonó su rostro y volvió a ser el mismo ser
gélido de siempre. Le tendió una mano con autoridad para que siguiera delante, y
cuando llegó hasta él, la agarró de la mano y la atrajo hacia sí. Le dio un beso en la
mejilla y Lizzy sintió el calor de su cuerpo.
—Preciosa —le susurró al oído.
«Y tú también…», pensó Lizzy, aunque no lo dijera en alto.
—¿Adonde vamos? —le preguntó en voz baja, consciente de todas las miradas
puestas sobre ellos.
—Adonde van todas las parejas de recién casados —tomó la chaqueta color
crema que ella sostenía en el brazo—. A algún sitio donde podamos estar solos.
—Pero yo no quiero estar a solas contigo —le dijo frunciendo el ceño, al tiempo
que él le ponía la chaqueta sobre los hombros.
—¿No quieres? Qué disgusto.
—Pensaba que íbamos a quedarnos. ¿No podemos quedarnos aquí?—le lanzó
una mirada ansiosa—. Estoy acostumbrada a este lugar. Es… agradable.
Mientras le sacaba el cabello por encima de la solapa, Luc se detuvo un
momento para mirarla. Una extraña expresión parpadeaba en sus doradas pupilas.
—Es una tradición cambiar de lugar —le dijo con una sonrisa.
Lizzy se acercó un poco más.
—Eso es una estupidez —le susurró.
—¿Qué?
—Todo esto —miró alrededor—. Si nosotros nos vamos, ¿no deberían irse ellos
también?
—¿Quieres que eche a nuestros invitados?
—Tus invitados.
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—Cuidado, cara —le advirtió con calma—. No querrás volver a meterte en un
lío conmigo, sobre todo delante de tantos espectadores.
—Lo único que quiero decir es que podríamos quedarnos…
Lizzy no lo vio venir. Un segundo antes le estaba alisando la chaqueta y al
siguiente la sujetó con fuerza y sofocó sus palabras con un beso arrollador, de ésos
que dejan sin aliento.
A lo lejos, Lizzy podía oír la oleada de murmullos que aquel gesto había
provocado. Una descarga de exquisito placer le atravesó el cuerpo y la hizo
empujarle en el pecho para que se apartara de ella. La chaqueta se le cayó de los
hombros y aterrizó en el suelo a sus pies. Luc la rodeó con ambos brazos y la hizo
pegarse más a él. Alguien murmuró algo gracioso y otro invitado se echó a reír.
Luc aflojó la presión sobre sus labios poco a poco.
—El espectáculo debe seguir, cara —murmuró suavemente.
Conmocionada ante aquella demostración pública, Lizzy tragó en seco y asintió.
Entonces Luc retrocedió y una ola de aplausos recorrió la multitud.
Él se agachó para recoger la chaqueta, se la puso sobre el hombro y,
volviéndose hacia la audiencia, hizo una reverencia jocosa. Sin dejar de aplaudir la
gente se echó a reír. Lizzy se mantuvo cabizbaja todo el tiempo y trató de contener el
violento rubor que le hacía escocer las mejillas.
Cuando Luc la llevó fuera, adonde esperaba el helicóptero, Lizzy recordó a su
padre.
Se volvió hacia él rápidamente.
—No puedo irme sin ver a mi padre.
Él se puso tenso.
—Ya se ha ido para tomar el vuelo de vuelta a Gatwick —le dijo con frialdad.
Lizzy se quedó sin respiración durante un minuto y el color huyó de sus
mejillas.
Él masculló un juramento y la hizo entrar en la cabina. Unos minutos más tarde
se elevaron sobre la blanca pared provisional y giraron en dirección al lago, donde
aguardaba un pequeño ejército de periodistas a bordo de botes y pequeños barcos.
Todos querían captar la instantánea de la pareja De Santis al marcharse de luna de
miel.
—Ignóralos —le dijo Luc, incómodo—. Pronto se cansarán de jugar y se irán
por otra exclusiva.
Curiosamente, a Lizzy ya le daba igual que consiguieran fotografías.
—Se fue sin despedirse —susurró la joven.
—Tiene que ocuparse del negocio.
Él ni siquiera se molestó en fingir que no sabía de quién estaba hablando.
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—Debes entender que Hadley's es prioritario en este momento.
—Gracias —le dijo ella—. Por esa excusa tan absurda.
Ambos guardaron un tenso silencio durante el resto del viaje. Lizzy estaba
demasiado aturdida como para charlar y él demasiado impaciente, así que ella se
entretuvo mirando por la ventana mientras sobrevolaban el cristalino lago azul. Una
hora más larde cruzaron la pista del aeropuerto de Linate y subieron a bordo del jet
privado que llevaba el logo de De Santis en el fuselaje blanco.
El interior del avión era una lujosa demostración de la vida corporativa. Luc la
hizo sentarse, le dio instrucciones a un mayordomo y fue a hablar con el piloto.
Volvió dos minutos más tarde y entonces los motores se pusieron en marcha.
Tomó asiento al lado de ella, se abrochó el cinturón de seguridad y le dijo que hiciera
lo mismo.
Despegaron hacia un cielo claro y despejado, pero Lizzy seguía sin saber
adonde se dirigían. Sin embargo, ya no le importaba. Ése había sido el peor día de
toda su vida y se sentía como un autómata sin voluntad.
—Le dije que se fuera mientras te cambiabas —dijo Luc de repente.
Lizzy se volvió hacia él.
Él tenía la típica pose de indiferencia, pero Lizzy podía ver la tensión que
contraía sus labios.
—¿Por qué?
—Te puso nerviosa —le dijo, mirándola.
—Es mi padre —dijo ella— ¡Tiene derecho a ponerme nerviosa!
—Y yo soy tu marido. Tengo derecho a librarte de las preocupaciones.
Lizzy lo miró con desprecio.
—Tú me pones nerviosa. ¿Significa eso que vas a quitarte de mi vista?
—No mientras estemos volando a diez mil pies de altura —dejó de sonreír y
suspiró—. Deja de escupir odio, Elizabeth, y explícame por qué tu padre cree que
puede tratarte como lo ha hecho hoy.
Ella le contó lo de su madre en un tono reservado y orgulloso, pero él la
observaba con atención y no dejó escapar las emociones fugaces que teñían su
expresión en cada momento, por mucho que ella se negara a mirarlo a la cara
mientras hablaba.
—Ya ves… Sus peores temores se han hecho realidad con esta boda.
El mayordomo interrumpió la conversación para servirles el café y unos
sandwiches. Luc le hizo señas para que se retirara y sirvió él mismo el café.
—¿Te pareces a tu madre? —le preguntó con curiosidad.
Lizzy asintió.
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—Yo soy el recuerdo viviente de lo que ella hizo. Él le dio una taza llena de café
negro.
—¿Y dónde está ahora?
—Murió, hace dos años —dijo Lizzy y bebió un sorbo de café, intentando
ocultar el temblor que sacudía su voz.
Al sentir el sabor agridulce hizo una mueca.
—¿Le has puesto azúcar?
—¿No le gusta el azúcar?
—No. ¿Y a ti?
Él se apoyó en el respaldo de la silla y bebió un sorbo.
—No sabemos mucho el uno del otro, ¿verdad?
—Bueno, ¿te gusta ponerle azúcar al café o no?
—Me gusta fuerte, negro y dulce —le respondió y la miró fijamente.
Sus ojos estaban más oscuros que de costumbre.
—Me parece, cara… —le dijo con tristeza—. Que tu familia es tan disfuncional
como la mía, lo cual nos hace más compatibles de lo que piensas.
Lizzy abrió la boca para replicar, pero la cerró de inmediato al darse cuenta de
que tenía razón.
—A mí todavía no me gusta el café con azúcar —le dijo con firmeza y puso la
taza en la mesa.
Él se echó a reír y llamó al mayordomo para que le sirviera otro café.
Por alguna extraña razón Lizzy empezó a relajarse e incluso se comió un par de
sandwiches.
—¿Adonde vamos? —le preguntó finalmente.
—Bueno, eso me llevó tiempo decidirlo —dijo Luc. Se puso de pie y empezó a
andar por la cabina—. Al Caribe —le dijo al tiempo que abría un minibar y elegía
una botella—. Tengo una casa allí, un rincón escondido en una isla paradisíaca que
sólo compartiremos con los pelícanos. ¿Quieres uno?
Se volvió y le enseñó la botella, que parecía coñac. Lizzy sacudió la cabeza.
—¿Tienes miedo de volverte a emborrachar?
—Tengo miedo de quedarme dormida.
—Mejor para ti —volvió con dos copas y se sentó a su lado—. Dormirse en este
avión no es un problema porque tenemos una cama. Está detrás de esa puerta— al
otro lado de la cabina.
Ella miró hacia donde él había señalado y aceptó la copa que le ofrecía porque
de lo contrario tendría que soportar otra ronda de asaltos sarcásticos.
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—Tenemos nueve horas de viaje por delante. Con o sin el brandy, le hará falta
esa cama.
—¿Con o sin ti?
Los ojos de Luc se iluminaron.
—¿Eso es una invitación?
—¡No! ¡No lo era!
—Entonces tómate el brandy. Estás segura conmigo, de momento.
Su tono perezoso la hizo agarrar la copa y tomarse el contenido de un trago.
—Eso no ha sido buena idea, cara —le dijo mientras la veía toser; la garganta
abrasada por el licor.
Tenía razón y no la tenía. El brandy se le subió a la cabeza y sólo pudo aguantar
una hora antes de sucumbir a la necesidad de acostarse un rato y cerrar sus ojos
exhaustos.
Luc se ofreció a acompañarla, pero ella se negó y logró llegar a la pequeña
habitación después de unos cuantos tumbos y más de un traspié.
Unos minutos más tarde, en bragas y sujetador, se acurrucó bajo una suave
manta cubierta por una sábana aterciopelada y se dejó llevar por el sueño más
profundo.
Durmió durante horas y despertó en la penumbra. El sordo murmullo de los
motores la devolvió a la realidad. Se le había despejado la cabeza y se encontraba
mucho mejor, pero tenía hambre. Sin embargo, la idea de levantarse de aquella
cómoda cama, vestirse y salir al encuentro de Luc la hizo darse la vuelta con la idea
de quedarse justo donde…
Él estaba allí; tumbado boca abajo justo al lado. Su cabeza descansaba sobre la
almohada contigua y sus anchos hombros desnudos resplandecían como el bronce a
la luz de la lámpara.
Lizzy pasó de la más absoluta relajación a la tensión cuando se dio cuenta de
que él dormía. Las negras hebras satinadas de sus pestañas descansaban sobre sus
pómulos altos y su boca, sensual y relajada, parecía aún más hermosa. Tenía el
cabello revuelto y ligeramente ondulado, un detalle que Lizzy no había notado antes.
Movida por la curiosidad, recorrió sus brazos con la mirada, sus hombros, la
bronceada espalda descubierta…
La desnudez de Luc le recordó la suya propia, así que agarró el borde de la
manta y se tapó hasta los hombros.
¿Estaba completamente desnudo? La intimidad de aquella situación era como el
cosquilleo de una pluma sobre la piel. Lizzy aspiró su aroma profundamente; un olor
limpio, fresco y varonil que la hizo humedecerse los labios sin saber por qué.
La piel que recubría sus poderosos músculos tenía un brillo dorado como el del
aceite solar, pero Lizzy sabía que todo era natural.
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«Mi marido…», pensó, poniendo a prueba su recién estrenada identidad.
—Grises —murmuró una voz somnolienta.
Lizzy se sobresaltó y lo miró a la cara. Estaba despierto.
Agarró la manta con fuerza y pensó en escapar de aquella cama, pero entonces
recordó que sólo llevaba un sujetador del tejido más fino y braguitas a juego.
—Gris turbulento y sexy… No, no te muevas —le dijo, cuando ella intentó
apartarse. Rodó sobre sí mismo y apoyó la cabeza sobre la palma de la mano para
poder verla mejor.
—Bellissima —susurró—. La signara bella De Santis.
—No. Deja de llamarme hermosa.
—Qué rara eres —sonrió y le apartó un tirabuzón de la cara—. Tienes la cara
más exquisita que he visto y estás decidida a negarlo. Me gustaría saber por qué.
—No voy a responder a tus halagos… —el tirabuzón volvió a su sitio y Lizzy se
lo apartó del rostro con un movimiento brusco—. Sólo porque tú…
Se mordió el labio inferior al darse cuenta de lo que había estado a punto de
decir.
—Porque yo… ¿Qué?
—Porque es… estamos casados y… aquí —le dijo ella.
Él puso una pierna sobre la suya.
—¿Qué le crees que estás haciendo?
—Me estoy poniendo cómodo con mi esposa.
Lizzy quiso soltar la manta y empujarlo, pero no fue capaz. El calor de su
cuerpo le producía un hormigueo irresistible. Él seguía mirándola con ojos tiernos y
somnolientos, y ella podía sentir los rítmicos latidos de su corazón contra el brazo.
De repente se inclinó y le dio un beso sutil, pero Lizzy echó atrás la cabeza.
—Deja de tener miedo —le dijo él—. No voy a hacerte daño.
—Pero yo no…
—Además la costumbre dice que debes besar al hombre que se despierta
contigo.
¿Acaso esperaba que lo besara? Lizzy sacudió la cabeza.
—¿Esperas que sea yo el que te bese? Eso no es justo, cara, pero… De acuerdo —
una vez más buscó sus labios y recorrió el contorno con la punta de la lengua hasta
hacerla abrirlos. Ella le dejó probarla lentamente; el aliento atrapado en el pecho.
Cuando él se apartó por fin, el corazón de Lizzy latía sin control y los labios le
temblaban.
—El día no ha empezado mal —le dijo él.
—Todavía… Todavía es de noche —murmuró Lizzy.
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—Pero es más de medianoche —se volvió y apoyó en la palma de la mano—.
Has dormido durante horas. Te perdiste nuestra primera cena juntos como marido y
mujer y me dejaste solo, arrepintiéndome por haber cometido la tremenda estupidez
de haber hecho beber coñac a mi abstemia esposa.
Lizzy se sonrojó.
—Que no esté acostumbrada a beber coñac no me conviene en abstemia.
—¿Inexperta, quizá?
Si eso quería decir que se había comportado como una idiota, entonces él debía
de tener razón.
—Bueno, ahora tengo hambre —le dijo en un tono casi normal—. Así que si
apartas la pierna me levantaré y…
Él sacudió la cabeza con una negativa.
—Relájate. No voy a consumar nuestro matrimonio aquí, en este lugar sin
romanticismo, pero sí quiero más de lo que me has dado… mucho más —volvió a
acercarse a ella y la besó con desenfreno, tumbándola sobre la almohada y robándole
el aliento.
Un calor masculino inundó cada poro de su piel y el aroma de su cuerpo
apasionado la hizo aferrarse a él como si le fuera la vida en ello.
Lo que él le había dicho para tranquilizarla había surtido efecto. Lizzy se dejó
llevar, besándolo con fervor y rozándose contra él.
Casi no se dio cuenta cuando él echó a un lado la manta y se retorció de placer
cuando sintió su mano sobre el muslo.
—Eres tan suave como la seda —le dijo él, mirándola un momento.
Entonces volvió a reclamar los labios de la joven y deslizó los dedos sobre sus
braguitas hasta llegar a sus pechos, dejando un rastro de fuego a su paso.
Luc abarcó uno de sus senos turgentes con la mano y Lizzy trató de apartarlo,
pero él le agarró la muñeca con la otra y le recorrió el cuello con besos húmedos
hasta llegar al otro pecho, que palpitaba con frenesí.
Lizzy gimió con todo su ser y perdió el control al sentir su lengua sobre el
pezón. Luc murmuró algo, deslizó una mano por debajo de su espalda y volvió a
besarla en los labios. Un segundo después el sujetador de Lizzy se abrió y él tiró a un
lado aquel delicado retazo de tela.
—Eres exquisita —le oyó decir a través de una nube de sensaciones.
Entonces volvió a besarla en los labios y aplastó la suavidad caliente y
palpitante de sus labios al tiempo que le acariciaba el pecho. Desnuda y despierta,
Lizzy dejó escapar un gemido de resistencia y lo agarró de la cabeza, hundiendo los
dedos en aquella negra masa de pelo brillante.
Él la acarició y la besó hasta hacerla perder la razón. Un temblor indomable
parecía apoderarse de él a medida que crecía la tensión.
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Ella tendría que haberse detenido en ese momento, pero no lo hizo. Debería
haber sabido que una mujer podía hacer perder el control a un hombre si se
contoneaba y se rozaba como ella lo estaba haciendo, pero lo que él la hacía sentir era
demasiado agradable como para no querer más y más…
La realidad debería haberse impuesto con el repentino florecimiento de su
poderosa erección, que ya empezaba a presionarle el muslo. En ese instante, él le
metió la mano entre las piernas y conquistó el rincón más íntimo de su cuerpo. Lizzy
se perdió en una tormenta de placer que rugía en sus venas mientras los largos dedos
de Luc acariciaban su sexo desnudo.
—Sabía que me ibas a hacer esto —le dijo él, y apartó el último pedacito de tela
que se interponía en su camino antes de introducir un dedo dentro de ella.
Lizzy no estaba preparada para el poder de aquella intrusión acalorada y no
tenía forma de controlar su propia respuesta. Se retorció, se frotó contra él y buscó su
boca como si sólo allí pudiera encontrar lo que le hacía falta para sobrevivir al
torbellino que corría por sus venas. Él susurraba cosas que no podía oír y la llenaba
de sensaciones hasta entonces desconocidas.
Entonces quiso quitarle las braguitas y masculló algo que la hizo volver a la
realidad.
Una ola de pánico se apoderó de ella y la hizo darle un empujón impulsado por
el chorro de adrenalina que recorría su cuerpo.
Se levantó de la cama a toda prisa y aterrizó sobre unas piernas temblorosas. Él
la miraba con una expresión de confusión.
Un silencio palpitante, tan sólo interrumpido por los sollozos entrecortados de
Lizzy, inundó la pequeña cabina.
—Tú… Tú dijiste que… —empezó a decir, apenas capaz de verle a través de
unos ojos empañados.
—Sé lo que dije.
Lizzy parpadeó y se atrevió a mirarlo a los ojos. Su magnífica desnudez yacía
sobre la cama en todo su esplendor. Incapaz de apartar la vista, Lizzy recorrió aquel
derroche de masculinidad con la mirada hasta reparar en la potente evidencia de su
deseo, que se alzaba como una torre sobre una base de vello negro y grueso.
Aturdida por el golpe de calor que azotaba sus sentidos, Lizzy se dio la vuelta
sin saber qué hacer a continuación.
«Échate sobre él…», le dijo una vocecilla. Horrorizada, bajó la cabeza y se
cubrió los ojos con las manos. No podía creer cómo había podido llegar tan lejos.
¿Cómo había podido confiar en sus palabras?
—Tienes un trasero muy sexy —dijo él de repente.
Lizzy se puso erguida y su larga melena rojiza cayó en cascada sobre su
espalda.
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—Impecablemente blanco, suave y terso… Esas braguitas de encaje lo vuelven
delicioso.
Incómoda y avergonzada, Lizzy se tapó con la manta.
—¿Crees que eso le servirá de algo?
Ella sacudió la cabeza y echó de menos el sujetador. De haberlo llevado puesto,
se habría dado la vuelta para escupir algún comentario envenenado.
—¿Crees que es buena idea parar cuando las cosas se ponen… interesantes?
Estaba enojado.
—Tú… no lo entiendes.
—Sé cómo jugar a este juego —le dijo con cinismo.
Lizzy oyó un movimiento tras de sí: él se estaba levantando de la cama.
Con un rápido movimiento desesperado, Lizzy agarró el top y se lo puso a toda
prisa. Él también se estaba vistiendo.
—Un hombre que no cumple su palabra se merece que lo pongan a cien, y
después a cero —le dijo ella una vez se había cubierto.
—Entonces es que no tienes instinto natural.
Lizzy recogió la falda del suelo, se enfundó en ella y entonces se sintió lo
bastante segura como para darse la vuelta. Él estaba de pie al otro lado de la cama,
todavía desnudo. La suave luz de la lámpara jugaba con la textura de sus músculos
pectorales mientras se ponía los pantalones.
Lizzy apartó la vista y recordó cómo la había mirado él cuando contemplaba la
silueta de sus pezones erectos bajo el delicado tejido del sujetador.
—No me voy a disculpar por haber parado algo cuando tú me dijiste que no
pasaría —le dijo con un golpe de melena.
Los ojos de Luc habían recuperado el viejo cinismo de siempre. Se inclinó sobre
la cama y recogió algo.
—Toma… —se lo arrojó a las manos—. Póntelo antes de salir si no quieres que
el mayordomo sufra un ataque al corazón —tras aquel comentario cruel, se puso la
camiseta y salió de la habitación. Si la puerta hubiera tenido otro diseño, el portazo
habría sido considerable.
El resto del viaje transcurrió en la más fría indiferencia. Apenas hablaban, y
cuando lo hacían, era porque se veían obligados por las normas de cortesía. Lizzy
comía, pero él sólo bebía café.
Finalmente sacó un maletín grande y se puso a trabajar. Lizzy hubiera querido
tener un entretenimiento semejante. Pero no lo tenía. Se había convertido en la
esposa consentida de un hombre rico y su trabajo como secretaria de Hadley's había
terminado. Su nuevo papel en la vida era el de la esposa de un millonario y lo único
que tenía que hacer era estar a la altura y no molestar cuando el rico marido
estuviera ocupado. La expresión de Luc no decía otra cosa.
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Al cabo de un rato se quedó dormida, acurrucada en una silla con las piernas
dobladas bajo los muslos y la cabeza apoyada sobre el respaldo. Cuando despertó
tenía una manta encima y Luc seguí trabajando a su lado.
Le observó con atención durante unos instantes, siguiendo los hábiles trazos de
su pluma con ojos somnolientos. Aquél era el mismo bolígrafo que ella había usado
para firmar el contrato prematrimonial.
—«Insensata» no está bien escrita —murmuró sin pensar.
La pluma se detuvo y él levantó la cabeza.
—Yo no cometo faltas de ortografía —le dijo con arrogancia.
—Has usado una «i» en lugar de una «e». La frase dice «Esta actitud es
insensata e inaceptable —le dijo, leyendo en alto—. Pierde importancia con la falta de
ortografía.
—¿Puedes leer lo que escribo desde ahí? —se apoyó en el respaldo y la miró con
curiosidad—. ¿Hasta el punto de distinguir una «i» de una «e»?
Lizzy asintió.
—No, si estuvieras escribiendo en italiano. Mi ortografía no es tan buena en
italiano.
—En inglés tampoco.
Lizzy lo miró a la cara. No había ni un atisbo de duda en su expresión y ni
siquiera se había molestado en comprobarlo, lo cual significaba que tenía demasiada
confianza en sí mismo, o que ella se había equivocado.
Lizzy estiró las piernas, se quitó la manta y tomó el documento en las manos.
Lo leyó cuidadosamente y entonces se lo devolvió sin decir ni una palabra.
La incertidumbre oscureció los ojos de Luc un instante y Lizzy se echó a reír sin
poder evitarlo. Era tan agradable tener razón.
Él miró el papel y esbozó una triste sonrisa.
—Bruja pelirroja —le dijo, corrigiendo el error.
—No soy pelirroja.
—¿Y entonces qué eres? —le preguntó, arrojando los papeles sobre la mesa.
—Mi pelo es de color cobrizo —le dijo ella, apartándose los rizos de la cara—. Y
tiene vida propia —añadió cuando un tirabuzón volvió a caerle sobre la frente.
—Como su dueña.
—Entonces te has dado cuenta —volvió a echar el rizo rebelde atrás, pero éste
volvió a su sitio al instante.
—Me he dado cuenta.
—¿También te has dado cuenta de que soy virgen? —le preguntó en un tono
casual.
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Capítulo 6
Si lo que quería era hacerle perder la compostura, lo había conseguido. Una ola
de color inundó las bronceadas mejillas de Luc, que se puso en pie de golpe. Los
papeles que estaban sobre la mesa cayeron al suelo.
—La broma no tiene ninguna gracia —le dijo. Sus ojos lanzaban llamaradas de
furia.
Lizzy recogió la manta y se volvió a tapar con ella.
—Yo sólo… Pensé que debías saberlo antes de que las cosas vuelvan a
descontrolarse —le dijo, sonrojándose.
—Virgen —masculló él—, ¿Cómo demonios se te ha ocurrido soltarme algo así
de repente?
—Bueno, ¿qué querías que hiciera? —dijo Lizzy, molesta—. ¿Que lo escribiera
en ese estúpido contrato prematrimonial para que tuvieras tiempo de hacerle a la
idea?
Él estaba pálido y furioso.
—Casi hicimos el amor…
—No, yo paré a tiempo —le recordó.
Él se llevó una mano a la nuca y se alejó de ella.
—Iba a decírtelo antes, en el dormitorio, pero te pusiste muy desagradable. ¡Y
ahora quisiera no habértelo dicho nunca!
—Y yo —murmuró él, dirigiéndose hacia el mini-bar.
—Bueno, si tanto te molesta, ¿por qué no usas tu viejo truco y reemplazas a tu
esposa con otra más experimentada?
—No me molesta —le dijo él con soberbia—. Y yo no reemplacé a Bianca, como
dices tú. Ella me dejó.
—Una chica lista —dijo Lizzy, aguantando las lágrimas. Oírle decir aquello le
había recordado que jamás habrían tenido esa conversación si Bianca no le hubiera
abandonado.
Bianca, su primera elección…
—Bueno… —se puso en pie y empezó a recoger los papeles, ansiosa por hacer
algo—. Yo soy lo que soy, y tú eres lo que eres, así que este absurdo matrimonio no
tiene muy buenas perspectivas. Pero sé que no voy a esconderme y a fingir que
intento detenerte cada vez que me toques, ¡porque los dos sabemos que me gusta
demasiado!
—Elizabeth…
—No. Cállate de una vez, porque oír una de tus inteligentes respuestas… ¡Me
saca de quicio!
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Él parecía sorprendido.
—No iba a…
—Sí que ibas a hacerlo. No sabes hacer lo contrario —se enjugó las lágrimas,
recogió los documentos con dedos temblorosos y volvió a ponerse en pie—. No sé
cómo tratar con un hombre como tú y esta situación es muy difícil para mí.
—¿Y tú crees que yo sé cómo tratarte? Tú eres distinta a todas las mujeres con
las que he estado hasta ahora —se bebió la copa de un trago—. ¡Eres tranquila,
tímida y sensible, pero en cuestión de segundos te conviertes en una mujer desafiante
y apasionada!
—Bueno, ahora sabes por qué —puso los papeles en la mesa.
—Sí, sé por qué. Eres virgen y…
—Estoy atrapada en un matrimonio que no deseaba.
—Con un hombre al que sí deseas.
Lizzy tragó con dificultad porque no tenía forma de defenderse. Sí lo deseaba,
por mucho que se empeñara en negarlo. Lo había deseado durante tanto tiempo que
aquel viejo sentimiento de culpabilidad todavía le corroía las entrañas.
—No voy a engañarme a mí misma pensando que realmente me deseas —le
dijo, buscando los zapatos—. Como tanto te gusta decir, tú no estás acostumbrado a
cazar, y yo estoy aquí. Pero si crees que no me importa ser el segundo plato porque
me siento atraída por ti, entonces estás muy equivocado, porque sí me importa —
tragó de nuevo—. Que no pueda elegir a quien le entrego mi virginidad ya duele
bastante. No hace falta que reacciones como si te fuera a contagiar una terrible
enfermedad.
—Te pido disculpas si te he dado esa impresión —dijo, adoptando la típica
frialdad que le caracterizaba—. Me… he llevado una sorpresa. Y si el sexo entre
nosotros le preocupa tanto, entonces quizá podamos tomárnoslo con calma de ahora
en adelante.
—Gracias —le dijo Lizzy, haciendo gala de una cortesía artificial.
Ya ni siquiera quería acostarse con ella.
El piloto del cinturón de seguridad se encendió. Lizzy se sentó, se ajustó el suyo
y se entretuvo doblando la manta.
—Vamos a aterrizar en cinco minutos, Luc —dijo una voz por el
intercomunicador—. Apenas hay humedad y hay una temperatura de 30 grados. Son
las nueve y treinta y tres. Santo te espera en el coche.
Luc cerró el minibar y ocupó su asiento. No se miraron ni una vez durante todo
el descenso. El silencio se podía cortar con una tijera. Sin embargo, él no dudó en
ponerle la mano sobre la espalda para ayudarla a bajar y Lizzy volvió a sentir aquel
estremecimiento tan familiar.
Las formalidades fueron breves y eficientes. La cálida brisa nocturna estaba
impregnada de un seductor aroma a especias.
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El coche era un robusto todoterreno con mucho espacio en el maletero, y el
conductor, Santo, los recibió con una espléndida sonrisa y un saludo efusivo.
—Pensaba que sólo había pelícanos —le dijo ella cuando pasaron un bonito
pueblo asentado alrededor de una bahía con forma de herradura. El vaivén del mar
mecía los yates suavemente en la quietud de la noche.
Luc tardó unos momentos en contestar, lo suficiente como para aumentar la
tensión entre ellos.
—Era una ironía.
Aquel comentario acabó con la esperanza de Lizzy: esperar que las cosas fueran
mínimamente normales no era más que una quimera. Apretó los labios y guardó
silencio mientras contemplaba el paisaje desconocido que pasaba a toda velocidad
por la ventanilla. Atravesaron unos portones y llegaron a una hermosa casa colonial
de color blanco.
¿Era allí adonde iba a llevar a Bianca? Lizzy trató de ahuyentar aquellos
pensamientos dañinos.
Las cosas ya estaban bastante mal sin que ella se atormentara.
Un grupo de empleados salieron a su encuentro. Les abrieron las puertas y los
recibieron con cálidas sonrisas y felicitaciones.
La casa parecía sacada de una película de época. Lizzy podía ver a las damas de
antaño en el porche.
Aunque no lo tuviera ante los ojos, sí podía oír y oler el océano, y la intensa
fragancia del jazmín tropical inundaba el aire.
—Vamos —Luc titubeó un instante antes de poner el brazo alrededor de sus
hombros.
Lizzy se dio cuenta de que sólo intentaba guardar las apariencias, así que no
trató de rechazarle.
Sin embargo, aquella vacilación hablaba por sí sola. Él no quería tocarla. Su
estúpida confesión había ahogado cualquier atisbo de pasión que pudiera sentir por
ella. Él había alzado una insuperable pared entre ellos y una frialdad insensible
volvía a teñir su actitud.
Por dentro la residencia era igual de espectacular que la casa del lago Como,
pero estaba decorada en tonos pastel.
Lizzy se alejó de él tan pronto como pudo para admirar el enorme recibidor y la
escalera de mármol que conducía al primer piso. Un inmenso ventilador giraba sin
cesar y le revolvía el cabello al moverse.
—Mañana haremos las presentaciones como es debido, pero ésta es Nina, cara…
Lizzy se dio la vuelta y se encontró con una pequeña joven de piel oscura que
sonreía con timidez.
—Nina se ocupa de la casa y del personal —le explicó Luc—. Así que si
necesitas algo, puedes decírselo a ella.
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Lizzy la saludó con una sonrisa y le estrechó la mano.
—Me alegro mucho de que esté aquí, signara De Santis —Nina habló con tanta
formalidad que Lizzy se sintió como una impostora—. En nombre de todo el
personal les doy la enhorabuena.
Le dio las gracias y entonces notó la tensión que atenazaba al hombre que
estaba a su lado.
—Mi esposa querrá subir a refrescarse y cambiarse de ropa —le dijo él con la
voz en calma.
—Yo le muestro el camino, señora —dijo Nina—, Por favor, venga por aquí…
Lizzy siguió a la sirvienta, consciente de la mirada de Luc a sus espaldas. Estaba
en mitad de la escalera cuando oyó alejarse sus pasos sobre las losetas del suelo.
El flamante dormitorio estaba decorado en azul pálido y marfil. Dos sirvientas
les estaban deshaciendo las maletas.
Otros dos ventiladores giraban tranquilamente en el techo de la habitación; uno
de ellos sobre una enorme cama de roble con dosel, y el otro junio a los ventanales,
frente a los que había dos sillas y una mesa, lista para la cena.
—Hay un cuarto de baño, señora. Es por aquí —le dijo Nina, llamando su
atención hacia la puerta que acababa de abrir, revelando un baño en mármol
italiano—. ¿Quiere que una de las sirvientas le prepare un baño?
—Oh, n… No… Gracias —murmuró Lizzy con timidez—. Creo que primero
voy a… Descansar un poco si no le importa.
—Por supuesto —Nina asintió y chocó las palmas de las manos para llamar a
las sirvientas—. Vamos. Dejaremos descansar a la señora.
Lizzy conservó la sonrisa hasta quedarse sola. Entonces se marchitó como una
flor y se dejó caer sobre una silla. Miró la gigantesca cama con las sábanas de seda
blanca.
Dos inmensos armarios de madera de roble, dos sets de maletas repletas de
equipaje a medio deshacer, un cuarto de baño a todo lujo, una mesa preparada para
dos con una flor de hibisco en un pequeño jarrón blanco, dos velas color marfil que
flotaban en bolas de cristal llenos de agua, todavía sin encender… Una novia triste,
un novio huidizo que a esas alturas debía de estar intentando ahogar en whisky su
mala fortuna.
La perfecta luna de miel en el paraíso.
Lizzy se incorporó y fue buscar la maleta, pero no reconoció nada de lo que
había en ella ni en el armario. Era una novia a la que habían comprado y ya no
quedaba nada de su antigua vida. Se inclinó y echó un vistazo a la fina lencería de
diseño. Todos los conjuntos eran arrebatadoramente sensuales y también había
bikinis de distintos colores y formas, pero no había ningún bañador modesto de una
pieza. Las prendas de vestir debían de costar una fortuna, eran modelos llamativos,
modernos y sofisticados: acordes a las tendencias más actuales en moda.
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Lizzy soltó un suspiro y se dirigió al cuarto de baño; una bañera monumental
con jacuzzi, dos enormes platos de ducha, un retrete y dos lavamanos de porcelana
blanca sobre los que colgaban espejos y estanterías llenas de productos de belleza
para el cuidado femenino.
En lugar de preguntarse si todo aquello era para Bianca, se quitó la ropa y entró
en uno de los platos de ducha.
Diez minutos más tarde volvió al dormitorio. Las sirvientas habían terminado
de desempacar mientras se duchaba, pero eso a Lizzy no le extrañaba en absoluto.
Envuelta en uno de los albornoces que había encontrado detrás de la puerta, se
secó el pelo húmedo con una toalla mientras miraba por la ventana. La abrió y salió a
un balconcillo con una barandilla blanca de rejilla. La madera del suelo se sentía
fresca bajo los pies y el calor de la noche era una caricia sobre la piel.
Estaba muy oscuro, pero a lo lejos se vislumbraba la espuma blanca de las olas
que rompían en la orilla. El mar no debía de estar muy lejos. Cuando sus ojos se
acostumbraron a la negrura, Lizzy logró discernir una glorieta blanca cerca de la
playa.
Fue entonces cuando lo vio. Estaba justo al lado; su silueta no era más que una
sombra.
—Te van a picar los mosquitos si te quedas ahí mucho tiempo —le dijo.
—No seas tan aguafiestas. Iré a buscar una botella de brandy para pasármelo
bien.
Él soltó una carcajada profunda e irónica.
—A lo mejor te acompaño.
Lizzy suspiró.
—¿Te estás desquitando porque arruiné tus planes para la luna de miel?
¡Porque si es así, espero que estés disfrutando!
Dio media vuelta, volvió a entrar en el dormitorio y cerró la ventana.
Él entró por la puerta un segundo después. Apoyándose en el marco, se metió
las manos en los bolsillos. Lizzy se estaba recogiendo el cabello con unas horquillas.
No quería mirarlo, pero era inevitable.
—¿Tratamos de salvar este matrimonio absurdo o abrimos la botella de brandy?
—le preguntó con cinismo y burla.
—Absurdo. No podías haberlo expresado mejor —Lizzy se encogió de
hombros. Se dio la vuelta y dejó el peine sobre la mesa—. Creo que la única razón
por la que hemos llegado hasta aquí es porque apenas tuvimos contacto la semana
pasada.
—Una semana infernal para mí, cara. Tuve que vérmelas con las novias, con los
suegros y con los medios.
—Entonces qué bien que existen las lunas de miel en el paraíso, preparadas con
antelación.
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Aquel comentario salió de su boca antes de que pudiera detenerlo. Él guardó un
grave silencio.
—Esto no va a funcionar —susurró la joven—. Creo que quiero irme a casa.
—¿Con tu rencoroso padre?
Lizzy hizo una mueca de dolor ante aquel comentario cruel.
—Bianca quería visitar a sus parientes de Australia, así que íbamos a pasar
nuestra luna de miel en un hotel frente a la ópera. A ella no le habría gustado este
lugar. Demasiado tranquilo. Aquí no hay ningún sitio donde pueda brillar y
presumir. Me sorprende que no te haya hablado de sus planes en Sydney. Ella me
decía que te lo contaba todo.
—Los dos sabemos que Bianca no siempre decía la verdad. Siento… haber
sacado conclusiones precipitadas.
Luc hizo una mueca sombría.
—Nina nos ha preparado una cena ligera. ¿Quieres cenar aquí o abajo?
—Creo que prefiero hacerlo abajo —dijo tras mirar la mesa para dos.
Él asintió y fue hacia la puerta.
—Cinco minutos, entonces —le dijo y salió de la habitación.
Si había mirado la mesa que estaba junto a la ventana, Lizzy no le había visto
hacerlo.
Poco después se encontró con Nina al pie de la escalera.
—El señor Luc la espera en el comedor, señora. Acompáñeme, por favor.
Sentado frente a una pequeña mesa de comedor, Luc tomaba gambas de un
humeante bol de pasta mientras la esperaba. Otra flor de hibisco decoraba el centro
de la mesa, iluminada por varías velas que hacían resplandecer su rostro oscuro y
enjuto.
Él se puso en pie al verla detenerse en el umbral. La miró de arriba abajo y
reparó en el corto vestido malva de corte imperio que ella había elegido para la
ocasión.
Lizzy también se fijó en su camisa blanca, desabrochada a la altura del cuello, y
los pantalones de seda que realzaban la poderosa musculatura de sus piernas.
—Preparado con antelación —le dijo, repitiendo las palabras que ella le había
dicho antes.
—Quisiera que dejaras de leerme la mente —dijo Lizzy, dando un paso
adelante.
—Tu cara lo dice todo.
Lizzy le dio las gracias entre dientes cuando él le apartó la silla.
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—Sé que no debes de tener hambre —le dijo al volver a su propio asiento—.
Pero intenta comer algo. Hazlo por Nina. Creo que la tenemos muy confundida y lo
último sería que rechazáramos su comida.
Lizzy asintió. La pobre ama de llaves parecía ansiosa por complacerla. Para ser
una pareja capaz de enfrentarse al mundo por amor, debían de comportarse de un
modo muy extraño a los ojos de todos.
Respirando profundamente, la joven agarró el bol de pasta, le sirvió una buena
ración a Luc y después se sirvió la suya. Él sacó una botella de champán del cubo con
hielo y la descorchó.
—¿También estaba preparado con antelación? —le preguntó Lizzy, con sorna.
Él esbozó una sonrisa fugaz y sirvió el champán.
—No la toques hasta que hayas comido algo de pasta.
Lizzy se rió.
—Pareces mi padre.
Él se puso tenso.
—No era mi intención.
Al ver su expresión de piedra, Lizzy se dio cuenta de que había vuelto a tocar la
fibra sensible de un hombre con nervios de acero.
No le gustaba que lo comparara con su padre, y aquel comentario le había
ofendido. Además, no le gustaban las bromas.
Ni tampoco las vírgenes.
La cena transcurrió en el más absoluto silencio.
—Es tarde —Lizzy se puso en pie, sin saber por qué había escogido ese
momento para seguir el juego de apariencias falsas—. Creo que me voy a la cama.
No lo miró ni un instante, pero sí sabía que él la observaba fijamente. Su humor
sombrío se extendía como una pesada sombra sobre ella.
Él no dijo ni una palabra. Simplemente la observó marcharse con una copa de
champán en la mano.
Habían cerrado las pálidas cortinas azules, limpiado la mesa para dos, y
retirado la manta hasta la mitad de la cama. Las luces habían menguado hasta emitir
un sutil halo de luz que bañaba de oro la estancia.
Lizzy contempló la cama y tembló por dentro como si estuviera en el lugar más
frío del planeta. Se puso un fino camisón de seda blanca y se quitó las horquillas con
una brusquedad desmedida, fruto de la rabia y la frustración que sentía.
No se miró al espejo porque no quería ver la expresión de su cara. Se metió
entre las sábanas, le dio unos cuantos golpes a la almohada, apoyó la cabeza y se
dispuso a dormir.
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Pero el descanso tardó horas en llegar. Los eventos del día se sucedieron en su
memoria; un maremágnum de imágenes, discusiones, esperas… En algún momento
debió de aceptar que la noche de bodas iba a ser tan triste como el día de la boda,
porque finalmente logró relajarse y cayó en un sueño profundo y oscuro.
Soñaba con una playa de arena fina en la que rompían olas apacibles cuando la
suave presión de unos dedos sobre el vientre la hizo despertar.
Abrió los ojos y entonces sintió el húmedo calor de unos labios que la besaban
detrás de la oreja…
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Capítulo 7
—No, quédate quieta—le dijo él en un susurro. Pero la arritmia de su corazón
tatuó un dibujo de pánico contra sus costillas. Lizzy trató de respirar y se dio la
vuelta, mirándolo fijamente.
—Pensaba que…
Él sofocó sus palabras con un beso.
—Vamos a recuperar nuestra noche de bodas, amare, y lo haremos muy
despacio, tanto que olvidarás tener miedo.
Lizzy hubiera querido decir que no tenía miedo, pero no podía. La mano que
reposaba sobre su vientre le despertaba todos los sentidos. Él estaba completamente
desnudo y la potencia de su miembro erecto le presionaba el muslo.
Cerró los ojos y entreabrió los labios. Él suspiró y aceptó la invitación,
hundiendo la lengua en su boca con pasión. Ella levantó las manos y se aferró a él. Le
clavó las uñas en la piel y sintió el impulso de arquear la espalda contra la mano que
le acariciaba el vientre.
Como si aquel movimiento desatara algo en él, Luc deslizó la mano más abajo,
recorriendo sus caderas, sus muslos, el borde del camisón… En una rápida maniobra
se lo levantó hasta el cuello y se lo quitó hábilmente. Entonces volvió a besarla con
avidez y le acarició los muslos, el suave contorno de la cadera, la cintura… Cuando
ella le susurró algo al oído, él se incorporó y miró el trazo que seguían sus dedos
sobre su inmaculado pecho.
Lizzy cerró los ojos cuando sintió el posesivo recorrido de aquella mano y se
preparó para la embestida de placer que sus caricias y masajes provocaban. Él apretó
el henchido pezón con la punta del dedo pulgar y ella se estremeció de vergüenza.
Él, sin embargo, no se cohibía. Usaba sus largos dedos para moldear aquellos
capullos de rosa antes de llevárselos a los labios. Una punzada caliente atravesó uno
de los pezones de la joven y dibujó un rastro incandescente hasta su entrepierna,
retorciendo su cuerpo como una varita mágica. Una vez más él levantó la cabeza, la
miró y la besó a lo largo de la mandíbula. Lizzy cerró los ojos y esperó lo que tanto
deseaba: sentir la cálida presión de aquellos labios sobre los suyos propios.
Ella lo besaba como si ésa fuera la última vez, flotando en una nube de
erotismo. Cuando él trató de calmarla, ella le deslizó las uñas por la espalda y
continuó a lo largo de la espalda.
—Il virago inglese —susurró Luc con voz temblorosa.
A Lizzy no le importaba. Deseaba sentirlo bajo sus manos; deseaba tumbarse
sobre la cama y continuar lo que habían dejado a medias. Quería experimentar todas
aquellas sensaciones que sabía estaban por venir.
Al ver su comportamiento Luc masculló un suave juramento y la agarró de los
brazos con fuerza.
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—Dije despacio —le dijo—. No voy a aprovecharme de ti, Elizabeth.
Pero ella no conocía la diferencia entre «rápido» y «despacio». Sus atolondrados
sentidos guiaban sus movimientos. La tensa pulsión del deseo marcaba el ritmo.
Lo agarró de la nuca con violencia y lo obligó a besarla.
—Quiero que te aproveches —le susurró al oído.
Él esbozó una sonrisa amarga.
—No lo entiendes. No voy a darte una excusa para que puedas acusarme
cuando todo haya terminado y empieces a arrepentirte.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—Yo… Yo no haría eso…
—Sí lo harías. Me deseas, pero no quieres desearme. Y has decidido olvidarlo
durante un rato. De hecho, imagino que disfrutarás mucho acusándome después.
—¿Cómo puedes ser tan cruel e insensible como para pensar en esas cosas en
este momento?
—No soy cruel e insensible —le dijo, contrayendo el rostro—. ¡Sólo trato de
jugar limpio contigo!
—¿Conmigo? —Lizzy soltó una carcajada envenenada—. No has jugado limpio
desde que me conociste —apretó los puños y trató de empujarlo—. Eres un amante
penoso, Luc —añadió con frustración al ver que no podía moverle ni un milímetro—.
¡Parece que quisieras hacerme firmar otro contrato antes de acceder a seguir adelante
con este matrimonio!
Una vez más sus labios se habían dejado llevar por la ira. Lizzy lo supo en
cuanto oyó sus propias palabras. Con ellas escapó el aliento que quedaba en sus
pulmones al ver la impasible expresión de Luc. Con el corazón desbocado, se mordió
los labios mientras esperaba una respuesta. Su absurda testarudez le impedía retirar
lo dicho antes de que fuera demasiado tarde.
Sabía que debía haberlo hecho. Los ojos de Luc se lo decían muy claro. Sin
embargo, él no se movió, ni habló, ni tampoco la dejó ver que aquel comentario había
hecho mella en él.
—Di… Di algo —dijo Lizzy cuando ya no pudo soportar el silencio ni un
minuto más.
De repente él movió el brazo y una luz se encendió. Lizzy no sintió alivio
alguno a pesar de la calidez de aquel resplandor dorado que bañaba sus ojos. Él
siguió mirándola fijamente, observando la cascada de rizos rojos esparcidos
alrededor de la almohada.
El corazón de Lizzy latía deprisa, temiendo lo que pudiera ocurrir a
continuación, ya que la expresión de Luc no delataba sus intenciones.
Enredó los dedos en la melena de la joven y la agarró de la nuca. Ella suspiró y
entonces él la hizo echar la cabeza hacia atrás para poder besarla en el cuello.
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La poca experiencia de Lizzy con los hombres no la había preparado para lo
que estaba a punto de ocurrir. Se trataba de seducción al nivel más profundo y sutil.
Aquel hombre experimentado no estaba dispuesto a condescender ante semejante
derroche de inocencia desafiante e insensata.
Le hizo el amor en silencio, con seriedad y pericia, haciendo aflorar el erotismo
más primario a la superficie de su piel. Moviendo los labios con destreza llegó hasta
la boca de la joven, temblorosa y entreabierta. Y entonces la besó sin tregua hasta
embriagarla de placer. El sonido de su voz la hacía moverse como una marioneta.
Estaba atrapada, esclavizada por las invisibles cuerdas de su experiencia amorosa, y
también por su propio deseo de sentir todo lo que él decidiera regalarle. Luc acarició
cada palmo de su piel, cada curva, cada valle, cada rincón de su cuerpo… Amasó sus
pechos turgentes con ternura y ella le clavó los dientes en la tersa piel del hombro al
sentir sus labios alrededor de los pezones, jugueteando y mordisqueando.
Lizzy incluso lo sintió temblar cada vez que le rozaba la piel con dedos torpes.
Y cuando el incansable descenso de sus manos le llevó a explorar la entrepierna de la
joven, ella se derritió en un mar de calor, ajena a la realidad.
No había un rincón de su ser que no conociera las caricias de Luc; los poros de
su piel, sus músculos, los escondites de su feminidad… Todo su cuerpo palpitaba y
cantaba su nombre una y otra vez.
Cuando sintió el peso de su fornido cuerpo y la urgencia de sus movimientos al
separarle las piernas, Lizzy abrió los ojos y lo miró fijamente, perdiéndose así en sus
pupilas de oro.
Todo en él era oscuro y dorado. Sus anchos pectorales no dejaban pasar la luz
de la lámpara y su torso musculoso le presionaba las caderas. En ese momento notó
el poder de su erección, que le rozaba en la entrepierna. Él reclamó su boca con un
beso delirante.
Y entonces ocurrió. La agarró de las nalgas para elevarla un poco, y empujó las
caderas suavemente.
Lizzy se abrió como una flor a su paso y entonces sintió una ardiente avalancha
en el centro de su feminidad. Se quedó sin aliento y le clavó las uñas en los hombros.
Una descarga de miedo y expectación atravesó su cuerpo y escapó por donde se
unían sus cuerpos.
—¿Estás segura? —le preguntó de pronto.
Lizzy se quedó desconcertada. ¿Acaso era él quien no lo deseaba?
Asintió con la cabeza, sintiendo la caricia de su aliento en el rostro. Entonces él
cerró los ojos y dio el empujón decisivo. Lizzy apenas pudo reprimir un grito de
dolor, pero él le apartó el pelo de la cara con manos temblorosas y la besó una y otra
vez hasta hacer desaparecer la tensión que abigarraba sus delicados músculos.
Empujó un poco más adentro y Lizzy sintió la respuesta de sus nervios ante
aquella intrusión forzosa. Luc deslizó las manos por las piernas de la joven y,
agarrándola de las pantorrillas, la hizo flexionarlas alrededor de su cintura. Con
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aquel movimiento llegó a lo más profundo de su sexo y entonces ella le oyó
mascullar algo en italiano.
La abrazó con fuerza y empezó a moverse a un ritmo frenético que palpitaba
como un ser vivo en el interior de la joven. Ella se aferró a su espalda para
amortiguar las embestidas, cada vez más rápidas. Sabía adonde iba, pero no sabía
cómo llegar y gemía impotente sobre los labios de él.
Luc la agarró del pelo y la hizo echar atrás la cabeza.
—Mírame —le dijo y obró el milagro, preparando su cuerpo para la rendición
final; un tsunami de sensaciones ardientes y convulsas.
Lizzy gimió desde lo más profundo de su ser y entonces él aceleró el ritmo,
haciéndola resbalar al borde del precipicio. Lizzy perdió aquello a lo que se aferraba
y cayó al abismo del éxtasis. Él tiraba de los hilos, orquestando así cada espasmo de
placer que sacudía su frágil constitución hasta que ya no pudo aguantar más.
Con una embestida bestial se dejó caer tras ella, ahogándose en un gemido
primitivo que disparó balas de gozo en todas direcciones.
«Seducción…», pensó Lizzy unos minutos después cuando recuperó la
conciencia. «Acabo de ser seducida completamente y sin contemplaciones…»
Luc seguía inmóvil y su cuerpo se hacía cada vez más pesado. Lizzy sentía
cómo retumbaba su corazón de hierro. Todavía tenía las piernas enroscadas
alrededor de su cintura, pero ya no eran uno solo. No obstante, la imagen jamás se
borraría de su memoria.
«Hacer el amor…»
Era así de básico y sencillo.
Lizzy estiró los miembros para descargar la tensión. Él se apoyó en el antebrazo
y apagó la luz. Aquello había sido tan repentino y definitivo. Sin soltarla, se acostó a
su lado, en silencio. Ni una mirada, ni una palabra… Era como si sólo deseara
dormirse de una vez después de lo ocurrido.
Lizzy sintió el picor de las lágrimas en la garganta. Sentía algo de humedad
entre las piernas y el persistente temblor del placer todavía sacudía sus músculos
contraídos.
Cuando ya no pudo soportarlo más, trató de hablar, pero él le puso una mano
sobre la nuca y la atrajo hacia la calidez de su pecho viril.
Y así se quedó dormido, abrazándola. Lizzy nunca se había sentido tan
miserable en toda su vida. ¿Se lo había buscado ella sola? ¿Era aquel silencio solemne
un castigo por todos los dardos envenenados que le había lanzado desde la boda?
Ojalá hubiera sabido por qué lo había hecho. Ojalá hubiera sido capaz de entender
por qué lo odiaba y deseaba al mismo tiempo. Ojala hubiera podido entenderse a sí
misma.
Trató de apartarse de él, pero sus poderosos brazos la sujetaban con firmeza.
Sin embargo, a Lizzy jamás se le habría ocurrido pensar que él tenía los ojos abiertos,
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y mucho menos que tuviera que luchar contra sí mismo cada vez que la sentía
moverse.
Finalmente la joven se dejó llevar por el sueño acurrucada entre sus brazos y a
la mañana siguiente se despertó en una cama vacía. De alguna forma era un gran
alivio. Así no tenía que soportar silencios incómodos y miradas embarazosas en un
momento de máxima debilidad. Podía ducharse a sus anchas y recomponerse a sí
misma.
No… No podía hacerlo. Vencida, se desplomó sobre el borde de la bañera y
dejó que los dulces recuerdos de lo sucedido la atormentaran sin tregua.
¿Qué estaban haciendo? ¿Por qué lo estaban haciendo? Lo único que sabía a
ciencia cierta era que en algún momento había dejado que una fiebre de deseo
incontrolable por Luc De Santis se apoderara de ella.
Porque lo amaba…
¡No! ¡No lo amaba! Se puso en pie de un sallo. ¡No quería amarlo!
Media hora más tarde, magullada y dolorida tras una noche de pasión, Lizzy se
armó de valor y bajó las escaleras. Al llegar al vestíbulo decidió dirigirse al salón
donde habían cenado la noche anterior. Era tarde, casi la hora de almorzar, pero su
reloj interno estaba tan dislocado que ya no sabía si la hora de comer era la de Italia o
la del Caribe. Había olvidado ponerse el reloj de pulsera antes de dejar la casa del
lago Como.
La habitación parecía distinta a la luz del día; más grande y luminosa. Un
enorme toldo ondeaba en la brisa e impedía que la luz del sol entrara por los grandes
ventanales abiertos. Bajo sus pies había un patio de piedra que llegaba hasta una
gigantesca piscina. Más allá había un exuberante y colorido jardín tropical que se
extendía hasta la playa de arena blanca. Desde esa parte de la casa no se divisaba la
glorieta. La perezosa marea del mar en calma acariciaba la orilla.
Un ruido la hizo darse la vuelta. Era Nina.
—Ah, ya se ha levantado, señora. El señor Luc me dijo que la dejara recuperarse
del jet lag, pero ya empezaba a temer que fuera a perderse este maravilloso día.
La conversación animada y ligera del ama de llaves alivió la tensión que
atenazaba a Lizzy. En cuestión de minutos estaba sentada en la misma silla de la
noche anterior, disfrutando de un sabroso desayuno de zumo de naranja y fruta
fresca. Nina la mimaba como si fuera una niña pequeña.
—Por favor, llámame Lizzy —le dijo.
No se sentía como una signara, aunque el anillo que llevaba en el dedo dijera lo
contrario.
—El señor Luc se fue a ver a los granjeros, como hace siempre —Nina logró
captar su atención.
—¿Los granjeros?
Nina asintió al tiempo que le servía el café.
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—¿No se lo ha dicho? La casa y las tierras eran de su abuela. Su retrato está en
el salón principal. Se lo enseñaré luego, si quiere. El señor Luc pasó gran parte de su
infancia aquí, en las vacaciones. Su abuela era una mujer emprendedora. Ella fue
pionera en la introducción de la agricultura colectiva en la isla. El señor Luc se ocupó
de todo tras su inesperada muerte el año pasado.
Lizzy la miró con ojos sorprendidos. Nina asintió.
—Todavía la echamos de menos. El señor Luc sobre todo. Una vez me dijo que
ella lo había hecho humano —el ama de llaves hizo una pausa y suspiró—. Supongo
que ésa es la desventaja de nacer en el seno de una familia adinerada. Las
responsabilidades sofocan las buenas intenciones y hay que mantenerse fuerte —
sonrió—. Y ahora la tiene a usted, para hacerlo sentir humano. ¿No? —le dijo con un
brillo especial en los ojos—. Usted le habría agradado mucho a su abuela. Se parece
mucho a ella. Era tan testaruda como usted. Además, ella también era…
—Inglesa —dijo una voz diferente.
Lizzy se quedó de piedra y miró hacia la puerta. Él estaba apoyado contra el
marco. Llevaba unos pantalones de pinzas en un tono pálido, una camiseta azul, y la
brisa marina le había revuelto el pelo.
—Una auténtica virago —el ama de llaves se volvió hacia él y sonrió—. Usted la
llama la virago inglesa.
―Il virago inglese —dijo él en italiano. Sus ojos estaban escondidos detrás de un
espeso bosque de pestañas.
Lizzy se sonrojó de pies a cabeza.
—Buon giorno, la mia moglie bella —murmuró. Sus ojos emitieron un destello de
oro al mirarla de arriba abajo.
Lizzy llevaba un diminuto top blanco con una mini falda azul.
―¿No me dices nada, cara? ―le dijo, burlón.
Ella trató de controlar el temblor que empezaba a sacudir sus labios. Él se dio
cuenta, pero su rostro no revelaba lo que estaba pensando.
—Entonces mi dulce esposa virgen se ha quedado sin palabras —le dijo—. A lo
mejor aún hay algo de esperanza para mí y mi estrategia miserable.
—Déjalo ya —le dijo Lizzy, nerviosa. ¿Cómo se atrevía a decirle algo así delante
del ama de llaves después de lo que habían vivido la noche anterior?
—Estamos solos —le dijo él al verla mirar hacia donde estaba Nina—. Se fue en
cuanto te vio sonrojarte. Y es demasiado tarde para mantener en secreto tu
virginidad en nuestra noche de bodas, amore.
Lizzy se puso pálida.
—¿No te diste cuenta? —avanzó hacia ella—. Seguro que la sirvienta que hizo
la cama sí lo hizo.
De pronto sintió el roce de su camisa y se encogió. Él le pasó por delante y tomó
el pedazo de piña que había dejado en la mesa.
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—Sin comentarios —le dijo, intentando provocarla—. Admito que cuando lo vi
me sentí como si estuviera en la Edad Media —le dio un mordisco a la piña—. Casi
esperaba encontrarme la prueba de tu castidad colgando de la ventana esta mañana.
La prueba de tu castidad y de mi indudable…
Lizzy ahogó un sollozo, dio media vuelta y echó a andar a toda prisa. Al salir en
el vestíbulo oyó un estruendo a sus espaldas y se preguntó si le había molestado que
lo dejara con la palabra en la boca después de un comentario tan soez. Afuera hacía
tanto calor que estuvo a punto de cambiar de idea y regresar a la casa, pero no podía.
Quemarse viva era mejor que volver. Atravesó el césped y siguió adelante, sin
rumbo.
Se dejó caer en los peldaños de piedra de la glorieta, puso los brazos alrededor
de las rodillas y contempló el océano. Estaba temblando y las imágenes
desagradables se sucedían en su imaginación. Sirvientas que intercambiaban sonrisas
indiscretas y susurraban el secreto… Luc había dicho que parecía algo medieval,
pero para ella era mucho peor.
De pronto oyó unos pasos que se aproximaban lentamente…
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Capítulo 8
―Lo… siento —murmuró con gesto serio—. Ha sido una grosería de mi parte.
—Cuando me hayas castigado lo bastante por no ser la mujer con la que querías
casarte…—susurró—. Hazme un favor, Luc, y prepara mi vuelo de vuelta a casa, por
favor.
Él se arrodilló delante de ella y le rozó las mejillas con los dedos. Ella no levantó
la vista.
—Me llevé una gran sorpresa… cuando lo vi esta mañana. Sentí que te había
robado algo que no me pertenecía.
—¿Y ésa es tu única excusa? —le preguntó sin mirarlo.
—No. Tengo otras, aunque creo que no estás lista para oírlas ahora.
Lizzy pensó que tenía razón. Ya estaba harta de tanto cinismo.
—A mí no me vas a tratar como tenías pensado hacer con Bianca. Me arruinaste
la pasada noche, dos veces, teniendo en cuenta cómo acabas de comportarte, y creo
que lo hiciste deliberadamente.
—Ataco cuando estoy a la defensiva. Creía que ibas a lanzarme alguna
acusación merecida, así que me adelanté.
—¿Sabes lo que eres, Luc? —se volvió hacia él—. Eres tan cínico y cruel que no
reconoces los sentimientos de los demás. Crees que puedes tratarme con desprecio
porque nunca fui capaz de esconder la atracción que sentía por ti.
Él esbozó una extraña sonrisa.
—No es desprecio.
—Entonces había sangre en las sábanas —dijo Lizzy—, Un hombre sensible me
lo habría dicho de otra manera, pero tú no eres de ésos. Tú lo sueltas de cualquier
manera a plena luz del día sin importarte el daño que causas.
—Pensaba que lo habías visto.
—Bueno, no es así —huyó de su mirada—. ¿Y cuál es el problema con mi
inexperiencia? —le preguntó, desafiante—. ¿Por qué crees que tienes derecho a
burlarte?
—Puedo hacerlo mejor. Ayer estaba… enfadado por muchas cosas; cosas que
no debería haberme llevado a la cama. Sólo te pido que aceptes mis disculpas y mi
promesa de que puedo hacerlo mejor de ahora en adelante.
—Has salido a cazar.
Él se quedó perplejo y entonces se echó a reír. La agarró de la barbilla y la
obligó a mirarlo a los ojos.
—He salido a cazar—confirmó con una sonrisa relajada—. Lo cual significa que
éste es un mal día para los leones. Deben de estar desesperados.
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—Si vuelves a hacer que me avergüence de ti, me iré sin más, no importa
cuánto me amenaces.
Ante la sorpresa de Lizzy, él asintió sin rechistar. Se puso en pie y le ofreció una
mano. Ella la miró durante unos segundos y finalmente le dio la suya.
La ayudó a levantarse, pero no le soltó la mano, sino que tiró de ella hasta
tenerla muy cerca, tan cerca que el corazón de Lizzy empezó a palpitar sin control.
—Necesito algunas cosas que tu maravilloso equipo de estilistas olvidó incluir
en mi equipaje —le dijo, intentando distraer su atención con una frase apresurada.
—¿Como qué?
—Un caballero no hace esas preguntas.
—Pensaba que ya habías decidido que yo no soy uno de ellos.
Ella levantó la vista y reparó en sus labios, en los que se atisbaba una mueca
irónica.
—Un sombrero, y un cargamento de leche solar —le dijo, intentando parecer
tranquila a pesar de su proximidad.
Él le tiró de la mano y la hizo acercarse más. Lizzy volvió a mirarlo a la cara y
entonces la besó.
Fue un roce tan fugaz que terminó antes de que ella pudiera reaccionar.
—Entonces vayamos de compras —le dijo sin más.
Lizzy sabía que acababan de sellar otro trato, pero no sabía de qué se trataba esa
vez.
Él volvió a ser el tipo frío y distante de siempre; el hombre que jamás perdía el
control de las cosas, incluyendo una esposa rebelde. La llevó al pueblo en un
deportivo y juntos dieron un paseo por la zona comercial, que estaba llena de tiendas
de curiosidades pintadas en tonos pastel. De no haber ido con él, a Lizzy le habría
encantado perderse en ellas.
Él le escogió un sombrero sin que ella se diera cuenta. Lo pagó, se lo puso en la
cabeza, y la hizo salir de la tienda sin darle tiempo a protestar. Era un sombrero de
paja rosa de ala ancha que no conjugaba demasiado bien con su color de pelo, pero
eso a él no le importaba.
—Arrogante —murmuró Lizzy.
—Desde siempre —respondió él.
La hizo entrar en una farmacia y eligió el factor de protección más alto. Esa vez
Lizzy ni siquiera se molestó en decirle nada, sino que fue a buscar otros productos
necesarios mientras tantos.
Él pagó la cuenta y Lizzy empezó a sentirse como alguien sin voz ni voto,
resentida y mimada.
—Mi esposa, Elizabeth —dijo a modo de presentación cuando se encontraron
con unas amistades suyas.
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Al ver la expresión de sus rostros, Lizzy se dio cuenta de que la noticia de su
escandaloso matrimonio debía de haber llegado hasta esa remota isla del Caribe.
—Cara, éstos son Elena y Fabio Romano, unos amigos míos.
Elena Romano era una joven esbelta y hermosa, pero tenía un misterioso brillo
en sus oscuros ojos que recordaba a las brujas de largas uñas y escobas voladoras.
Fabio era un hombre de mediana edad, alto y de piel bronceada. Sin embargo, su
expresión natural denotaba un aburrimiento crónico alarmante.
Lizzy no pudo evitar preguntarse si Luc iba a terminar así cuando llegara a su
edad. Los Romano les dijeron que estaban navegando por el Caribe en su yate
privado y los invitaron a tomar algo por la tarde. Luc rechazó la invitación con toda
la elegancia de que era capaz y Fabio Romano aceptó la negativa con la misma dosis
de elegancia. Su encantadora esposa, sin embargo, no se lo tomó tan bien. Sus negros
ojos lanzaron centellas dirigidas a Lizzy.
—Qué sombrero tan bonito, cara. Qué alegre y qué… rosa. ¿Cómo puedes llevar
ese color con tu tono de pelo? —le preguntó con insolencia.
—Luc me lo eligió —respondió sin vacilar—. A él le gustan alegres y rosas.
Elena se rió con afectación. Lizzy sintió la presión de los dedos de Luc sobre la
cintura.
—Ah —Elena no había terminado—. Eso explica lo de las fotos de vuestra boda
en la edición matutina de los periódicos —asintió—. Qué imagen tan dramática. La
pálida novia virgen junto al mujeriego serio y reformado.
—Mis estilistas son excepcionales. ¿No crees? —dijo Lizzy, siguiéndole el juego
a la bruja de Blanca nieves.
Los años que había pasado al lado de Bianca le habían enseñado a defenderse
ante esa clase de mujer. Luc volvió a clavarle los dedos en la cintura, pero Lizzy no se
molestó en mirarlo.
—Sí, y con tan poco tiempo —Elena bajó la vista y se fijó en el vientre de Lizzy.
—Vaya. ¡Nunca pensé que la gente pudiera pensar que el pobre Luc se había
casado conmigo por obligación! —dijo Lizzy, contraatacando.
—Y no es así —Fabio Romano decidió poner fin al atrevimiento de su esposa—.
Elena sólo quiere meterse en lo que no le importa. Siempre lo hace. A eso se dedican
las mujerzuelas profesionales.
Lizzy la miró con gesto triunfal y Elena se sonrojó.
Unos minutos después se despidieron con cortesía y volvieron al coche.
—Bueno, me has sido de gran ayuda —le dijo Lizzy con rabia.
Luc ni se inmutó.
—Pronto aprenderás que es mejor mantener la boca cerrada delante de gente
como Elena.
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Pero Lizzy no tenía por qué agachar la cabeza. Y si eso era lo que le esperaba en
Italia, no estaba dispuesta a tolerarlo.
—Se siente atraída por ti, y es por eso que la tomó conmigo.
—Bueno, sí que tienes imaginación.
—Entonces será una ex resentida porque no logró convertirse en tu «pálida
novia virgen».
—Tendrías que remontarte muy atrás en el pasado de Elena para encontrar la
virgen —dijo, riéndose—. ¿Y por qué estás enfadada conmigo si fuiste más que capaz
de manejar la situación sin mi ayuda?
—No me gusta tu estilo de vida.
Él guardó silencio, le abrió la puerta y esperó a que entrara en el vehículo. Lizzy
se quitó el sombrero, se lo puso sobre las piernas y le observó mientras dejaba las
bolsas a sus pies y le cerraba la portezuela del coche.
—Quiero ver la foto de la que hablaba —le dijo Lizzy cuando se sentó a su lado.
—No —arrancó el coche.
—¿Por qué no? ¿La has visto?
Luc mantuvo la vista al frente y no dijo ni una palabra. En el camino de vuelta,
Lizzy empezó a encajar las piezas del puzzle. La desagradable escena de la mañana
debía de estar relacionada con el comentario de Elena.
—La has visto —le dijo, insistiendo—. Es por eso que te mostraste tan
desagradable esta mañana. Viste la foto y no le gustó lo que había en ella, es decir,
yo, con la cara pálida, y tú; un tipo rico al que han cazado con el truco más viejo del
mundo.
—Tienes una gran imaginación.
—Quiero verla.
Él no dijo nada. Paró delante de la casa y salió del coche. Lizzy también bajó y
lo fulminó con la mirada por encima del capó. Él tenía en ceño fruncido y se
empeñaba en ignorarla como si fuera una pesada mosca que podía derribar de un
manotazo.
Lizzy entró en la casa, decidida a no darse por vencida. Un hombre como Luc
De Santis no podía vivir sin una conexión a Internet.
Atravesó el vasto recibidor y empezó a abrir puertas hasta localizar su objetivo.
—Si quieres ver la casa entera, cara —le dijo con prepotencia—. Yo estaré
encantado de enseñártela. No hay necesidad de que destroces la pintura de las
puertas. Puedes irte. Nina —dijo al ver acudir al ama de llaves.
Lizzy se volvió a tiempo para verla desaparecer rumbo a la parte trasera de la
mansión. Él estaba en mitad de la habitación, inmutable y soberbio.
La joven apretó los puños contra el costado.
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—¡Si el mundo entero ha visto una foto de mí el día de mi boda, entonces yo
también quiero verla! —le gritó, furiosa.
—Te aseguro que es mejor que no —sonrió y dejó escapar un suspiro
impaciente.
Ella le dio la espalda y abrió la siguiente puerta.
—¿Cómo es que todo el mundo conoce tu lado más amable menos…?
No terminó la frase, pero Lizzy no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupada
examinando la habitación en la que acababa de entrar. Un enorme retrato enmarcado
en oro colgaba de una de las paredes color azul.
—La virago —murmuró, demasiado perpleja como para recordar qué había ido
a buscar allí—. Dios santo —exclamó y dio otro paso adelante.
—La contessa Alexandra De Santis —dijo Luc desde detrás—. La gran dama, la
matriarca, la mala madre, la maravillosa abuela, mi otra virago inglesa.
—Es igual que yo —susurró Lizzy.
—Creo que Nina te lo dijo.
—Pero tú no —su vivo reflejo la miraba desde aquel retrato.
—Tú tienes el pelo más oscuro y tus ojos son grises, no azules.
—¿Cuántos años tenía en ese momento?
—Cuarenta y nueve.
Lizzy dejó escapar el aliento. Aquella mujer no aparentaba más de treinta años.
—Mi abuelo encargó el retrato como un regalo para su cincuenta cumpleaños.
Él decía que su belleza era la única cosa que los mantenía juntos. Ella decía que
seguían juntos porque ella así lo quería, a pesar de las muchas aventuras que él tuvo
durante su largo matrimonio.
—Quieres decir que ella lo amaba.
—Eso quiero pensar, pero no creo que él se mereciera tanta lealtad. En la
sociedad italiana de la época no existía el divorcio.
—Y ella le hizo pagar de otras maneras.
—Muy astuto de su parte —le dijo él después de una breve pausa.
Lizzy contempló el cuadro durante unos momentos y se sintió identificada con
aquella dama misteriosa.
—Crees que soy como mi abuelo —le dijo él.
—Tú tomas lo que te gusta porque crees que tienes derecho y no juegas limpio
—se dio la vuelta y levantó la barbilla—. Quiero ver esa foto ahora.
Luc se tomó su tiempo antes de mirarla a la cara, pero no dejó que su rostro
delatara lo que sentía.
—Seguimos discutiendo —dijo finalmente.
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Lizzy asintió y apretó los labios.
—Y tú sigues empeñado en creer que vas a ganar. Sé usar un ordenador, así que
si me muestras el camino…
Él sonrió. No fue una sonrisa condescendiente, pero tampoco fue agradable. Si
Lizzy hubiera podido verse a sí misma, habría emprendido la retirada de inmediato.
La redonda silueta de sus pechos se movía demasiado deprisa dentro del
diminuto top y sus pezones duros se dibujaban bajo el tejido.
Él, sin embargo, ya había reparado en todo ello y apenas podía luchar contra la
tentación.
Lizzy bajó la vista y entonces recordó el tacto de su piel bronceada bajo los
labios…
—Creo que iré…
—Cobarde —dijo él, riéndose suavemente.
Se movió tan deprisa que Lizzy no lo vio acercarse hasta estar en sus brazos y
sentir su boca hambrienta.
Fue un beso ardiente y profundo que la dejó sin aliento. Cuando volvió a la
realidad, sintió la urgencia de su propio cuerpo al apretarse contra él y se ruborizó.
—Me gustaría que dejaras de abrazarme así —le dijo en un susurro.
—Yo nunca juego limpio —le recordó él con sequedad y volvió a besarla.
Cuando por fin se separó de Lizzy, ella temblaba de arriba abajo.
—¿Despacio o deprisa? —le preguntó él mientras jugueteaba con sus labios—.
Deprisa significa que nos arrancamos la ropa del cuerpo y lo hacemos aquí mismo,
contra la pared o en el suelo. Despacio significa que intentamos llegar a la intimidad
del dormitorio. Tú eliges.
—No sé —dijo Lizzy—. No se me dan bien estas cosas.
—Confía en mí, cara. Se te da muy bien.
Lizzy sucumbió a su propuesta y puso los labios sobre su piel bronceada. Él
masculló un juramento, la agarró de la cintura y la apartó bruscamente.
—Lo siento —susurró Lizzy, temblando.
La tomó de la mano y la llevó al dormitorio. Una vez dentro, cerró la puerta y la
apoyó contra uno de los postes de la cama.
—No te muevas —le dijo y dio un paso atrás.
Lizzy hubiera querido tener la fuerza para irse de allí, pero no era capaz. Él
empezó a quitarse la ropa. Músculos duros y piel bronceada quedaron al descubierto
a medida que se desnudaba. Habiéndose quitado la camiseta, Lizzy recorrió la
delgada línea de vello con la mirada hasta toparse con la cintura del pantalón. Él tiró
a un lado los zapatos y se deshizo de los pantalones. Sólo quedaba una única prenda
de ropa sobre su cuerpo.
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—¿Te gusta lo que ves?
Lizzy se humedeció los labios.
—¿Quieres que vuelva a tu lado? —le preguntó él.
—Sí, por favor.
Avanzó hacia ella; tan increíblemente hermoso, arrogante y poderoso, que el
corazón de Lizzy entró en un delirio rítmico.
—Disfruta —le dijo.
Lizzy fue hacia él y empezó a acariciarlo con impaciencia, probándolo con la
lengua y mordisqueándole la piel con los dientes. Él le rodeó la cintura con los brazos
y la dejó hacer lo que quisiera. Cuando ella levantó la mirada buscando su boca él se
la dio sin más. Entonces ella se atrevió a deslizar los dedos sobre el fino vello y
exploró la longitud de su erección. En cuanto sintió el roce, su potencia masculina
palpitó con urgencia.
Él respiraba entrecortadamente y la tensión creciente le agarrotaba los
músculos. Lizzy le rodeó el cuello con los brazos y entonces él tomó el control. Le
arrancó la falda del cuerpo de un tirón, y mientras Lizzy la veía caer a sus pies, él se
había agachado para quitarle las braguitas. En ese momento la joven sintió la cálida
intrusión de su lengua entre las piernas y lanzó un gemido instintivo. Después Luc le
quitó el top y el sujetador, y le agarró los pechos para saborear sus pezones con la
lengua. Lizzy sintió olas de placer en su interior y le clavó las uñas en los bíceps,
temblando y retorciéndose de deseo.
Cuando por fin la tumbó en la cama y le separó las piernas, Lizzy experimentó
una deliciosa sensación de anticipación. Pero en lugar de poseerla en ese mismo
momento, él se tumbó sobre ella y empezó a atormentarla con toda clase de
experiencias nuevas que la dejaron temblando para cuando por fin se decidió a
hacerle el amor.
Entró en su sexo húmedo con un poderoso empujón que le arrebató el aliento y
entonces ambos empezaron a moverse al unísono hasta alcanzar el paraíso.
Aferrada a sus brazos, Lizzy dejó que la llevara de vuelta a la Tierra con un
beso interminable.
«Nunca dejaré que un hombre vuelva a hacerme esto…», pensó.
Sin embargo, no se dio cuenta de que lo había susurrado en voz alta y un
momento después Luc emprendió aquel viaje sensual una vez más.
Pasaron toda la tarde haciendo el amor. Ni se vistieron, ni tampoco salieron de
la habitación. Se ducharon abrazados y cayeron exhaustos sobre la cama.
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Capítulo 9
«Es un hombre extraño…», pensó Lizzy por enésima vez mientras le veía
charlar con uno de los granjeros bajo un sol inclemente. Estaba sentada en el porche
de una pequeña casa pintada en azul, bebiendo un refresco que le había dado la
esposa del campesino.
Por lo que Lizzy había visto en los dos días que llevaba en la isla, él tenía tres
caras distintas; fría y sofisticada para sus amistades, seria y grave para los negocios, y
caliente y apasionada para ella. Lizzy a veces se preguntaba si su mente y su cuerpo
sobrevivirían a aquellas exigencias carnales agotadoras, sobre todo cuando la
despertaba en mitad de la noche para hacerle el amor sin que ella pudiera decir nada.
Estaba enganchada a Luciano De Santis… Le dio otro sorbo al refrigerio y se
preguntó si todo seguiría siendo igual cuando volvieran a la realidad dos días
después.
Milán, el mundo real, no el refugio del lago Como… Luc volvería a su vida
ocupada y ella…
La cadena de pensamientos se paró en seco porque no sabía qué hacer a
continuación. No sabía qué los esperaba a la vuelta. Luc había conseguido escapar
del mundo real durante unos días. Seguramente él tampoco sabía qué se iba a
encontrar.
Ni siquiera sabía si Matthew y Bianca habían reaparecido. No había hablado
con su padre. No quería hacerlo y Luciano no le había comentado nada al respecto. Y
después del altercado de la foto de bodas ella no se había atrevido a volver a sacar el
tema porque se había dado cuenta de que prefería fingir que ésa era la auténtica
realidad.
Luc se volvió hacia ella y el corazón de Lizzy se encogió. Él llevaba todo el día
de mal humor y su estado de ánimo aún se reflejaba en sus ojos dorados.
«Te amo…», pensó Lizzy mientras avanzaba hacia ella.
—¿Te importa si bebo un poco de tu refresco? —agarró el vaso sin esperar una
respuesta y se terminó lo que quedaba antes de que Lizzy pudiera decirle que la
esposa del granjero también le había servido un vaso.
Hermoso, cortés, insolente, arrogante… Lizzy le observó mientras se bebía el
refresco con una mueca en la cara. A él también le había sabido raro.
En los últimos días la había llevado a todos sitios. Lizzy había conocido a
amigos millonarios y a campesinos paupérrimos, pero todos la habían recibido con
cálidas sonrisas y efusivas bienvenidas que reflejaban sus sentimientos hacia él y su
abuela, cuyo parecido con ella no había pasado inadvertido para nadie.
La esposa del campesino salió al porche y empezó a hablar con él en cajún.
Lizzy escuchó con atención aunque no pudiera entender ni una palabra.
El sonido y la cadencia de su voz la habían hechizado.
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—¿Cuántos idiomas hablas? —le preguntó en el camino de vuelta.
—No lo sé. Se me dan bien los idiomas —se encogió de hombros como si no
fuera para tanto.
Lizzy se volvió hacia él y observó su hermoso perfil. En los labios tenía un
atisbo de sonrisa.
—¿Qué? —le preguntó él, mirándola fugazmente.
—Arrogante.
—Creía que eso ya había quedado claro —volvió la vista al frente.
—Engreído entonces, si le quitas importancia a ser políglota.
—¿Políglota? —esbozó una sonrisa sexy—. Tienes una manera muy peculiar de
hacerme cumplidos, cara. Y tú también tienes talentos propios.
—¿Como qué? —le preguntó Lizzy con ironía—. ¿Llevar un tono de rosa que
me hace parecer un esperpento sólo porque a ti te gusta? —le dijo, tocándose el
sombrero que él le había regalado.
—Sin duda ése es uno de ellos —asintió con una sonrisa—. Y también tienes la
facultad de ser paciente y discreta cuando estamos con otras personas, lo cual no
hace sino realzar tu aire de misterio.
—¿Aire de misterio? —Lizzy hizo una mueca—. Sólo soy tímida. Lo sabes bien.
—Excepto conmigo… —la luz del sol iluminó su oscuro cabello—. Y entonces
aparece otro de tus talentos; la Elizabeth salvaje, apasionada y provocativa. Así te
veo en este momento.
—¡No estoy siendo provocativa! —dijo Lizzy.
—¿Y qué me dices de esa forma de sentarle como una inocente gatita, cuando
sabes perfectamente que la falda se te ha subido hasta los muslos?
—Tu mente sólo va en una dirección —le dijo y se arregló la falda.
—Tú haces que sea así. Y además tienes otro talento increíble que realmente me
impresiona porque no conozco a nadie que pueda beberse más de un trago del
ponche de ron de Marina y aún sea capaz de andar en línea recta, ya no digamos
mantener una conversación coherente.
Lizzy abrió los ojos, completamente estupefacta.
—Entonces ése era el extraño sabor que noté —le dijo, relamiéndose.
—El ponche de ron casero de Martha —Luc asintió—. Y ahora te llevaré a casa y
le meteré en la cama antes de que te haga efecto.
—Ron —repitió Lizzy al tiempo que sentía los primeros mareos.
Ella sólo había probado el ron en una ocasión; sólo una vez, porque los efectos
de los que hablaba Luc eran tan…
—No vas a acercarte a ninguna cama conmigo —le dijo, estirando las piernas e
irguiéndose en el asiento.
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—Pero nos lo pasamos muy bien, cara. Tú perdiste todas las inhibiciones y yo
disfruté de todos los beneficios.
—No sabía como el ron que probé entonces.
—El ron que Martha hace no tiene nada que ver con el ron añejo,
cuidadosamente destilado y embotellado. Éste último es más bien como el coñac
francés, y el de Martha se parece más a una poción de brujas.
—Tú te bebiste la mitad de mi copa —le dijo ella.
—Mm.
Lizzy entendió perfectamente lo que quería decir.
Las piernas apenas la sostenían cuando intentó bajar del coche. Luc se echó a
reír y la llevó en brazos hasta la casa.
—Sabes a De Santis —susurró ella mientras probaba su piel de caramelo.
—Me lo tomaré como un cumplido.
—Mm.
Abrió la puerta de una patada y la acostó en la cama. Lizzy no quería soltarle,
así que tuvo que zafarse de ella como pudo para volver a cerrar la puerta. Cuando se
dio la vuelta ella ya estaba semi-desnuda, arrodillada en medio de la cama como una
sirena sobre un mar de sábanas blancas.
—Llevas demasiada ropa —le dijo al verlo acercarse.
—¿Crees que no me conozco esto? Él se quitó la ropa y ella se despojó del top y
del sujetador.
—Me siento tan sexy que quiero recorrer tu cuerpo palmo a palmo —le dijo.
—Más tarde —murmuró él. Se metió en la cama, la levantó y la sentó a
horcajadas sobre sí mismo.
Lizzy se echó hacia delante y le puso los brazos alrededor del cuello, buscando
su boca sin cesar y moviendo las caderas con frenesí. En un momento dado su sexo
desnudo se topó con la embestida poderosa de la erección de Luc, estremeciéndola
de pies de cabeza. Él la agarró de la cintura con firmeza para que pudiera cabalgar a
su propio ritmo.
Y así Lizzy se dejó llevar por la ola de frenesí, gimiendo, suspirando e incluso
riendo hasta llegar a la misma gloria. Prolongó la dulce agonía durante tanto tiempo
que la caída por el precipicio fue una apoteosis de éxtasis.
—Si vuelves a beber ron en compañía de otros, te mato —murmuró Luc sobre la
melena de Lizzy.
—Ya te deseo de nuevo —dijo ella.
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«La pasión lo es todo en el paraíso…», pensó Lizzy un rato más tarde, tumbada
boca abajo con los ojos cerrados. No había una sola célula de su cuerpo que no se
sintiera como nueva.
Luc salió del cuarto de baño y su aroma a limpio inundó la estancia. Se acostó a
su lado y deslizó la punta del dedo a lo largo de la espalda de Lizzy. Ella sonrió.
—Creo que eres espectacular, sensual, un amante fabuloso —le dijo.
—Y yo creo que todavía sigues embriagada —le dijo él con sequedad—. Lo cual
significa que más tarde, cuando recuerdes todo lo que me has dicho, te odiarás a ti
misma.
—Eso no es bueno para tu ego —dijo Lizzy—. Oh, por favor, hazlo de nuevo.
Ha sido maravilloso.
Pero él no lo hizo. En cambio, se acostó boca arriba y fijó la vista en el techo.
—Elizabeth —le dijo con gesto serio—. Necesito que te concentres un momento
porque tengo algo que decirle…
Al ver que guardaba silencio se volvió hacia ella y descubrió que estaba
dormida. Suspiró profundamente, volvió a mirar hacia arriba, y decidió que las
noticias que había visto en Internet podían esperar.
Sin embargo, los acontecimientos estaban a punto de precipitarse sobre ellos.
Lizzy se despertó en una cama vacía. Tenía la cabeza embotada y los sentidos
entumecidos. Todo era culpa del ron… Haciendo un gran esfuerzo con sus doloridos
músculos, se arrastró hasta la ducha y entonces recordó cómo había pasado la tarde.
Mientras se desenredaba el cabello húmedo, miró por la ventana y fue entonces
cuando supo que algo había cambiado. Había dos hombres vigilando la playa.
Dejó el peine y salió del dormitorio. Por el pasillo se cruzó con dos sirvientas
con gesto preocupado. Las dos la saludaron a toda prisa y siguieron adelante.
Intrigada, la joven siguió avanzando por el pasillo guiada por la enérgica voz
de Luc. Lo encontró en el pequeño comedor, sirviéndose una taza de café mientras
hablaba por el móvil. Llevaba los mismos pantalones cortos y la camiseta que tan
rápido se había quitado un rato antes, pero por lo demás se había convertido en otra
persona. Aquel rictus serio, la voz tensa, sus movimientos bruscos…
—¿Qué? —le preguntó Lizzy cuando se volvió hacia ella.
Cerró el teléfono y lo arrojó sobre la mesa.
—Han descubierto nuestro escondite —le dijo directamente—. Elena Romano
decidió que sería divertido publicarlo en Internet. La cara más tierna de Luciano De
Santis… —hizo una mueca de rabia—. Tu sombrero rosa ha causado sensación.
Seguro que debió de hacernos la foto cuando íbamos hacia el coche aquel día.
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—Pero… ¿Por qué querría hacerlo ahora, dos semanas más tarde? —preguntó
Lizzy, frunciendo el ceño y avanzando hacia él.
—Fabio la ha echado de la casa. La pilló en una… situación comprometedora,
por lo visto, con uno de sus ayudantes. Supongo que ha decidido usar lo nuestro
para distraer la atención de los medios.
—¿Y lo ha conseguido?
—Sí —Luc le dio la taza de café que acababa de servir—. Los medios ya están
en la isla, lo que significa que tendremos que irnos antes de lo previsto.
Un rato más tarde un helicóptero aterrizó en el césped cercano a la piscina.
Lizzy lo vio llegar por la ventana. Luc había establecido un riguroso perímetro de
seguridad con guardaespaldas apostados en todos los rincones.
—¿Crees que todo esto es necesario? —le preguntó.
—Sí—respondió él—. Tengo más noticias…
Lizzy lo miró fijamente.
—Los amantes fugados han reaparecido. Bianca está en la casa de Vito Moreno
en Sydney y tu hermano ha vuelto a Inglaterra.
Lizzy contuvo la respiración.
—Lo arrestaron en Gatwick y está siendo interrogado por la policía en este
preciso momento.
—Pero creía que ibas a…
—Lo confesó todo, cara —le dijo Luc, preocupado—. Confesó voluntariamente
haberse llevado el dinero de Hadley's y destrozó mi tapadera. Ahora tendré que
rendir cuentas en Milán. Salimos dentro de diez minutos.
Diez minutos no era nada comparado con las nueve horas que les llevó regresar
a Milán. Luc no dijo ni una palabra durante todo el vuelo. Se había escondido detrás
de una fría pared de hielo y Lizzy no podía culparlo por ello. Su orgullo había
resultado herido, su integridad… Lizzy pensó que jamás podría perdonarlos por lo
ocurrido.
Y el único consuelo que tenía era que el arresto de Matthew no se había filtrado
a los medios. Luc se había pasado la mayor parte del viaje hablando por teléfono
para garantizar la discreción de los implicados.
Llegaron al aeropuerto de Linate a primera hora de la mañana. Negros
nubarrones tapaban el sol y no paraba de llover. Una limusina con lunas tintadas los
recogió a su llegada para llevarlos a la ciudad.
Luc continuó hablando por teléfono durante el viaje en coche. El monótono
flujo de su voz parecía incansable a pesar de las circunstancias. Lizzy, por el
contrario, había desconectado muchas horas antes.
Media hora después estaban en su apartamento de Milán. Mientras él miraba el
correo, Lizzy miró a su alrededor. Los dos sabían que la realidad se les había echado
encima.
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—Te enseñaré la casa en un minuto —le dijo un momento después.
Lizzy se volvió y esbozó una leve sonrisa.
—He estado aquí —dijo y volvió a darle la espalda.
Incluso su voz sonaba diferente; sosegada, fría, distante…
Había sido en una fiesta, una semana después de su llegada a Milán. Aquel día
también llevaba un traje y su voz sonaba exactamente igual que en ese momento.
Luciano De Santis, entonces prometido de Bianca, se había paseado entre los
invitados con la gracia y la elegancia de un príncipe. Apenas había reparado en ella,
aunque sí le había hablado en una ocasión.
«Ciao, ¿qué tal? ¿Se lo está pasando bien?…»
¿Recordaba su nombre aquel día?
Lizzy sonrió. Claro que lo recordaba. Él era un hombre que hablaba varios
idiomas, así que un simple nombre era fácil de recordar para él.
—Pasaremos la mayor parte del tiempo aquí, así que puedes cambiarte y hacer
lo que te apetezca.
Lizzy asintió con la cabeza y entró en el sofisticado salón. Fue hacia la ventana y
contempló la vista. Las cortinas de seda gris y los cojines a juego iban tan bien con el
cuero marrón de los muebles…
Se apartó de la ventana y se lo encontró de pie en el vestíbulo. Su expresión era
indescriptible.
—¿Puedo tener mi propia habitación? —Lizzy no sabía que iba a decirlo hasta
que las palabras salieron de su boca.
—¿Qué clase de habitación?
«No quiero dormir contigo nunca más…», pensó, pero no lo dijo en voz alta.
—Mi propio espacio —dijo finalmente, encogiéndose de hombros—. Algún sitio
donde pueda poner mis trastos cuando me los traigan.
—¿Te gustan los trastos? —levantó una ceja como si sintiera curiosidad. Sin
embargo, él sabía muy bien por qué se andaba con rodeos.
Lizzy asintió y apretó los labios para que no temblaran. Un nudo se estaba
formando en su garganta.
Un abismo infranqueable se estaba abriendo entre ellos, pero no tenía nada que
ver con la amplitud de la habitación. De repente Lizzy se dio cuenta de la diferencia
de edad entre ellos. Aquellos doce años le permitían comportarse con más seguridad
en los momentos difíciles, mientras que ella…
Tragó con dificultad. Su corazón latía sin control, consciente del obstáculo que
los separaba; un abismo que se había hecho más grande cuando él había salido del
dormitorio del avión vestido con ese traje elegante y le había sugerido que se
cambiara de ropa. Se miró a sí misma. Aquel vestido color gris pálido había
aparecido detrás de la puerta del dormitorio como por arte de magia, y ella se sentía
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como una extraña dentro de él; una persona cuidosamente diseñada para encajar con
él.
Pero en realidad ella no era más que…
—¿Qué ocurre, varal? —le preguntó él.
Las lágrimas que se acumulaban en su garganta amenazaban con aflorar a sus
ojos.
—Nada —logró decirle, aunque sin saber cómo—. Es que me siento rara aquí…
fuera de lugar.
—Te acostumbrarás.
—Es el…
El teléfono comenzó a sonar por primera vez después de semanas y los dos se
sobresaltaron. Luc fue a contestar y Lizzy fue tras él. El aparato estaba en lo que
parecía un estudio. Lizzy continuó su camino hacia la parte de atrás de la casa,
donde estaba la cocina, y se entretuvo buscando las cosas necesarias para preparar
café.
Cuando le oyó entrar en la cocina, no se volvió hacia él.
—Tengo que salir—le dijo.
Ella asintió y apretó los labios. Deseaba decir algo sobre Matthew y el lío en que
lo había metido su familia, pero no era capaz de encontrar las palabras adecuadas.
—No sé cuándo volveré, pero uno de mis empleadas, Abriana Trislano, estará
contigo para aconsejarte si ocurre algo imprevisto.
—¿Una asistente personal?
Él asintió.
—Es buena. Deja que se ocupe de todo. Tiene mi número de móvil por si
necesita… alguna aclaración.
«Esto no me gusta», pensó Lizzy.
—Preferiría ir contigo. Que me vean contigo.
Él sonrió por primera vez en muchas horas.
—Alttore, tenerte a mi lado seria una distracción irresistible, como lo es darte un
beso por haberlo sugerido.
Lizzy se movió. Tenía que hacerlo.
—Entonces yo iré hacia ti —le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso, lo
quisiera o no. Luc sabía y olía a fuego.
Él se dejó llevar por sus caricias y deslizó las manos por debajo de su chaqueta
para atraerla hacia sí, disipando así la incertidumbre que Lizzy llevaba consigo.
—No te dejes avasallar —le dijo ella cuando sus labios se separaron.
—Lo conseguiremos.
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—Tengo miedo —le confesó en un susurro.
—No tienes por qué —le dijo con otro beso—. Sé lo que me hago.
Llamaron a la puerta y él fue a abrir. Mientras avanzaba por el pasillo el
hombre de fuego fue reemplazado por otro de hielo.
Abriana era agradable, pero Lizzy albergaba algún que otro reparo. Se había
presentado allí en vaqueros y zapatillas, con dulces frescos de una pastelería cercana.
Su naturaleza afectuosa y afable mantenía a raya la ansiedad de Lizzy y se ocupaba
de las llamadas telefónicas y visitas con gran eficiencia.
No obstante, en menos de veinticuatro horas Lizzy se dio cuenta de que estaba
tan aislada como lo había estado en el lago Como. Luc intentaba protegerla de la
nueva oleada de interés mediático suscitada por los últimos acontecimientos.
Ni llamadas, ni periódicos… Pero Luc no podía impedirle que viera la
televisión, en la que informaban a menudo sobre el presunto abuso de poder del
presidente del banco De Santis a la hora de conceder un préstamo a su suegro.
—Luc le aconsejó que no vieras estas cosas —le dijo Abriana, preocupada al ver
su cara pálida—. Él no ha hecho nada malo. Usó su propio dinero, no el del banco, y
puede demostrarlo.
—Sí —dijo Lizzy, intentando creer lo que Abriana le decía.
Sin embargo, ella sabía más que la empleada de Luc, y también sabía que no le
habrían llamado a comparecer si todo hubiera estado tan claro.
Apenas le vio durante la semana siguiente. Aunque volviera al apartamento
cada noche, siempre regresaba a altas horas de la noche, cansado y taciturno. A
medida que avanzaban los días, Lizzy comenzó a ver cómo la tensión dibujaba
surcos en su inmaculado rostro bronceado. Además, ni siquiera dormía con ella. Él
decía que no quería molestarla y ella fingía entenderlo, pero lo echaba de menos. Lo
echaba tanto de menos.
Una semana después de su llegada a Milán, Lizzy sintió movimiento sobre el
colchón y despertó de un sueño inquieto. Un par de manos familiares la agarraban
con fuerza y unos labios de fuego la besaban con avidez.
En cuanto la dejó tomar aliento, ella buscó su mirada en la penumbra. Parecía
diferente, relajado. La tensión y la incertidumbre habían desaparecido de su rostro.
—¿Ha terminado?
Él asintió, apoyándose en un antebrazo para poder mirarla.
—Tu hermano está libre. El banco decidió no presentar cargos porque el dinero
sólo desapareció durante veinticuatro horas. Y tu padre simplemente dijo la verdad,
y mantuvo que no sabía nada al respecto.
—¿Y tú?
—Yo me las arreglé solo. Di mi versión de los hechos y la mantuve hasta el
final. Insistí en que no sabía nada de los cinco millones y medio que tu hermano se
había llevado y no pudieron demostrar nada en contra mía.
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Lizzy le tocó la comisura de los labios.
—¿Pero lo que tú hiciste estaba… mal?
Él guardó silencio un instante, le agarró la mano y besó sus dedos con fervor.
—Moralmente sí.
Lizzy no pudo contener las lágrimas.
—Entonces lo siento. Siento que hayas tenido que hacer algo malo por mí. Pero,
gracias… —y en ese momento dijo lo que llevaba mucho tiempo queriendo decir—.
Te quiero. Luc —susurró.
Sin decir una palabra, él continuó besándola en los dedos. Sonrió.
—Gratitud cariñosa de mi peor crítico —le dijo con ironía—. Casi lo merecía.
Aquello fue como recibir una palada en la cara. Lizzy intentó ponerse en pie,
pero él se lo impidió.
—No… Olvida lo que he dicho. Todavía estoy un poco molesto por los
interrogatorios, pero eso ha sido muy generoso de tu parte.
¿Acaso intentaba hacerla sentir mejor?
Ella en cambio no podía sentirse peor. Estaba hecha pedazos.
—Y yo también te quiero, bella mia —añadió de pronto—. Claro que sí. ¿Por qué
si no arriesgaría mi reputación? Lo hago por la mujer que amo… Y ahora sólo te
deseo a ti. Te necesito desesperadamente —dijo y apretó sus labios contra los de
Lizzy en un beso delirante.
Por primera vez desde la boda hicieron el amor con calma y en silencio. Lizzy
quedó llena de él, pero las lágrimas corrieron por sus mejillas.
Él se las secó con sus besos y la abrazó, sin decir absolutamente nada…
Cuando Lizzy despertó a la mañana siguiente, ya estaba sola. Un intenso dolor
le agarrotaba las entrañas, pero no sabía que las cosas sólo podían empeorar. Aunque
hubiera querido quedarse en la cama todo el día, con la cara hundida en la almohada
y tapada hasta la cabeza, hizo un esfuerzo por levantarse. No quería enfrentarse a lo
que el día le deparaba, pero Abriana estaba a punto de llegar y tenía que arreglarse
un poco.
Había una nota para ella en la cocina, apoyada contra la tetera. Era de Luc.
Cena a las ocho. Reservaré en algún sitio especial. Ponte algo espectacular. Ti amo,
Luc…
Lágrimas amargas le hicieron un nudo en la garganta. Ojalá no hubiera escrito
aquello. Ojalá hubiera actuado como si aquellas palabras no hubieran salido de su
boca la noche anterior. Sólo así habría podido olvidar lo estúpida que había sido y
seguir adelante.
«Ti amo, Luc…»
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Su demostración de afecto sólo indicaba una cosa: se sentía mal por la reacción
que había tenido al oír su confesión y trataba de compensarla. El matrimonio debía
continuar pasara lo que pasara, aunque fuera con palabras vacías.
Lizzy arrugó la nota y se abrazó. En ese momento empezó a sonar el teléfono
del vestíbulo, pero ella no contestó hasta el sexto timbre.
—¿Sí?
—¿Elizabeth? —dijo Luc sin rodeos—. ¿Por qué has contestado el teléfono?
¿Dónde está Abriana?
—No… está.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Te encuentras bien, cara? Lizzy apretó los labios.
—Luc, creo que voy a viajar a Inglaterra hoy. Quiero ver… a mi, mi padre y…
—Ni hablar —le dijo él con brusquedad y masculló un juramento—. ¿Qué
demonios te pasa? ¿Por qué has elegido este momento en particular para hacerme
esto?
—Pensé que…
—¡Bueno, no pienses! ¡Por Dio, nunca seré capaz de entender a las mujeres! Voy
de camino al apartamento. No hagas nada hasta que yo llegue. ¡Ni siquiera
deberíamos estar teniendo esta conversación! ¡Abriana debería estar ahí para
contestar el maldito teléfono!
—¿Por qué vienes de camino? —le preguntó Lizzy, frunciendo el ceño.
Hubo otro silencio incómodo.
—Te lo diré cuando llegue. Hay un cambio de planes. Nos vamos a la casa del
lago Como. ¡Mientras tanto haz la maleta para tu estancia allí en lugar de hacerla
para dejarme!
La conexión se cortó de repente. Lizzy se quedó mirando el aparato con gesto
perplejo. Él nunca se ponía tan furioso, no hasta ese punto.
En ese instante llamaron a la puerta. Lizzy dejó el teléfono y fue a abrirle la
puerta a Abriana.
Sin embargo, la persona que vio al otro lado del umbral, enlutada y siniestra, no
se parecía en nada a la asistente personal.
—¡Bianca!
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Capítulo 10
Los negros ojos de Bianca Moreno echaban chispas. La que fuera amiga de
Lizzy dio un paso adelante y le dio un bofetón en la cara.
—¿Cómo has podido, Lizzy? —le espetó—. ¿Cómo pudiste casarle así con él?
Un latigazo de dolor hizo tambalearse a Lizzy, que se cubrió la mejilla con la
mano.
—Pero tú le fugaste con Matthew —le dijo tartamudeando—. Dejaste a Luc…
—¡Yo no lo dejé! —su mejor amiga le dijo con rabia—. Luc se deshizo de mí.
¡Me dijo que había encontrado a otra persona y que ya no quería casarse conmigo!
—Pero eso no es cierto. Tú sabes que no lo es. Tú…
Bianca entró en la casa, sumida en un mar de lágrimas.
—Matthew me rescató. Yo lo llamé cuando me di cuenta de lo que estaba
ocurriendo entre tú y Luc.
—¡Pero no pasaba nada!
—¡Yo necesitaba a Matthew para que te alejara de nosotros antes de que
arruinaras mi vida! —se volvió hacia ella y la dejó ver las lágrimas que inundaban
sus ojos—. Él también iba a hacerlo —le dijo, ahogada—. Iba a hacerlo la mañana
después de aquel baile… cuando os pillé en la terraza. ¡Yo vi tu cara, Lizzy! ¡Sabía lo
que estaba pasando!
Azotada por la culpa, Lizzy abrió la boca para decir algo, pero las palabras no
llegaron.
Bianca la fulminó con la mirada.
—Te saqué de allí tan pronto como pude. Tu hermano quería ir a tu habitación
en ese momento y llevarte de vuelta a casa a rastras, pero ya era demasiado tarde —
su voz se quebró—. Luc llegó al hotel unos minutos después que nosotros. ¡Me dijo
que todo se había acabado, delante de mi primo Vito y de tu hermano, Lizzy! —le
dijo, llorando—. Terminó conmigo sin más. ¡Nunca me había sentido tan humillada!
—Sabes que estás mintiendo, Bianca —le dijo Lizzy, temblando.
—¿Estoy mintiendo? Desde el momento en que pusiste tus ojos sobre mi
prometido, te encaprichaste de él.
—Oh, Dios —exclamó Lizzy.
—Éramos amigas. ¡Las mejores! Y tú me traicionaste de la peor manera posible.
Bueno, ahora vas a saber lo que se siente cuando le hieren y te humillan de esa
manera, Lizzy. ¡Estoy embarazada de Luc y él va a volver conmigo!
Aquellas palabras retumbaron en el silencio. Luc estaba en mitad del pasillo,
acompañado de Abríana, que contemplaba la escena con la cara blanca.
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Bianca lo vio de inmediato y fue a su encuentro, arrojándose a sus brazos entre
sollozos. Él permaneció impasible; una estatua de hielo con la mirada clavada en
Lizzy.
Él tenía que haber oído lo que Bianca había dicho porque sus gritos habían sido
los bastante escandalosos como para ahogar el ruido de sus pasos al llegar. Y no lo
negaba; no rechazaba a Bianca. Sólo miraba a Lizzy como si esperara que ella dijera
algo. ¿Pero qué podía decir ella?
Bianca seguía llorando sobre el pecho de Luc cuando Lizzy logró que las
piernas le respondieran. Él le había dicho algo a Abriana en voz baja y la asistenta se
había retirado de inmediato.
Cuanto más se acercaba a ellos, más estruendo hacían los latidos de su corazón,
que retumbaban en sus oídos como un trueno. Al pasar junto a ellos, Luc le puso una
mano en el hombro y ella se estremeció desde dentro.
—No… —le dijo él, en un susurro angustioso.
Ella se detuvo un instante. Lo miró a los ojos, después a Bianca, y finalmente
volvió a atravesarlo con la mirada. Una pálida sonrisa de impotencia retorció sus
temblorosos labios al contemplar aquella patética escena. El hombre, la prometida
despechada, la esposa…
—No, por favor —le dijo Luc, apretándole el hombro—. Yo me ocuparé de
todo.
«Ocuparse de todo…» ¿De qué iba a ocuparse? ¿De una ex prometida histérica?
¿De una esposa ingenua y estúpida? ¿O de un niño inocente ante el que todo lo
demás carecía de importancia?
Lizzy siguió de largo y se alejó de él. En el dormitorio, contempló su imagen en
el espejo. Era como mirar a una completa extraña; una desconocida con el cabello
cobrizo y los ojos grises.
Todo había terminado. Ni siquiera importaban las mentiras de Bianca. Lo único
que importaba era el hijo que Bianca decía llevar en sus entrañas.
El heredero de De Santis.
Ella era la intrusa en aquella relación y tenía que marcharse. Quizá Bianca
tuviera razón. A lo mejor se merecía lo que le estaba pasando.
Se apartó del espejo y el pánico se apoderó de ella. Tenía que salir de allí a toda
prisa.
Abrió el armario. Sacó la primera maleta que encontró y arrojó unas cuantas
prendas en su interior. Agarró una chaqueta de lino negro y se la puso encima de la
camiseta blanca que llevaba puesta. Entonces buscó el bolso y hurgó en él con manos
temblorosas. El pasaporte, las tarjetas de crédito… Todo estaba en su sitio.
Olvidando la maleta a medio hacer, abrió la puerta del dormitorio de un tirón.
Todo estaba en calma en el pasillo. Abríana había desaparecido y el estudio de Luc
estaba cerrado a cal y canto.
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Fuera llovía a cántaros. Paró un taxi y salió de allí para siempre. Como era
habitual, el aeropuerto de Linale era un caos, pero Lizzy consiguió una plaza en el
primer vuelo con destino a Londres. Tres horas más tarde salía por la puerta de
llegadas del aeropuerto de Gatwick.
La primera persona a la que vio fue a su padre.
—¿Cómo supiste…? —le dijo entre lágrimas.
—Luc me llamó —le dijo y miró a la persona que lo acompañaba.
Lizzy siguió su mirada y reprimió una amarga sonrisa. La habían seguido
desde el momento en que había dejado el apartamento de Luc. Un miembro del
equipo de seguridad de Luc había seguido todos sus pasos.
Se arrojó a los brazos de su padre y rompió a llorar.
—No pasa nada, Lizzy. Ahora estás en casa —su padre le dio una palmadita en
el hombro—. Vamos a buscar el coche.
Estaban llegando al vehículo cuando Lizzy le preguntó por Matthew.
—Está bien —le dijo su padre—. Por lo menos, ha aprendido algunas cosas
gracias a esa absurda escapada. Tomar algo que no le pertenece puede ser
emocionante en el momento, pero los errores siempre pasan factura.
Lizzy se preguntó si estaba hablando del dinero o de ella, pero no quiso saber la
respuesta.
—¿Dónde está ahora?
—Está en una de esas caras clínicas de rehabilitación. Luc lo ha pagado todo.
Lizzy se quedó boquiabierta.
—¿No lo sabías? Pensaba que Luc le lo había dicho.
—¿Por qué?
—Tu hermano ya estaba metido en líos cuando pasó lo de Bianca —dijo su
padre con tristeza—. Yo soy el culpable. No debería haberme empeñado en
convertiros en lo que yo quería que fuerais. Matthew le debía un montón de dinero a
una gente de la peor calaña. La idea de tomarlo «prestado» del préstamo de Hadley's
tan sólo fue el comienzo de sus problemas. Aquella estúpida idea se transformó en
una absurda venganza contra mí. Lo demás ya lo sabes. Se fugó con Bianca a
Australia y la vida le dio una buena lección. El gran amor de tu vida no es siempre el
más sano y conveniente. Pero no creo que haga falta que te lo diga.
Lizzy guardó silencio. No quería pensar en las locuras que había cometido con
Luc. Sólo quería volver a su hogar y hundirse en su propia miseria el resto de sus
días.
Pero las cosas no iban a ser así de fáciles. El teléfono estaba sonando cuando
entraron en la casa.
—Es Luc —le dijo su padre, ofreciéndole el auricular.
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Lizzy apretó los labios y entró en la cocina. No quería hablar con él… nunca
más.
Volvió a llamar al día siguiente, pero ella también se negó a hablar con él.
—Le debemos mucho, Lizzy —le dijo su padre, insistiendo.
—Yo no. Yo ya le he pagado mi deuda —dijo, sabiendo que él debía de haberlo
oído.
No volvió a llamar esa semana y Lizzy le odió mucho más por ello.
Y siguió odiándole más y más, alimentando ese odio con furia y desprecio,
hasta que él se presentó en su puerta una tarde cualquiera.
Lizzy sintió ganas de golpearlo, tal y como había hecho Bianca con ella. Serio y
calado hasta los huesos, la miró con ojos feroces.
—¿Puedo pasar? Y antes de que contestes… —añadió con gesto sombrío—. Te
aconsejo que dejes de mirarme así, o yo me encargaré de que así sea.
Lizzy vio que hablaba muy en serio. El fulgor dorado de aquellos ojos así lo
decía. Él estaba dispuesto a cumplir la amenaza.
La joven levantó la barbilla y sus verdes ojos lo acribillaron con destellos de
fuego. Un desafío en toda regla…
—No sé qué te hace pensar que puedes presentarte aquí y empezar a darme
órdenes —le dijo con rabia—. Pero déjame decirte que has perdido todo el derecho
a…
Luc dio un paso adelante y Lizzy se vio obligada a retroceder, dejándole entrar.
Él cerró la puerta tras de sí. Agobiaba por su intimidante cercanía, Lizzy dio un
rodeo, entró en el salón y se paró en el extremo más alejado, justo al lado de las
llamas del hogar. Él se detuvo en la puerta.
Bajo la tenue luz de aquel lluvioso atardecer, parecía más alto y corpulento. Las
líneas de tensión que surcaban su frente antes de la llegada de Bianca volvían a
marcar su rostro.
—Has perdido peso —le dijo, dejando claro que la observaba con atención
mientras ella hacía lo mismo.
—No, no es así —dijo Lizzy y cruzó los brazos.
—Y pareces… cansada… ¿No puedes dormir, cara?
—Oh, ¿quién sino tú podría hacer un comentario tan arrogante? —le respondió,
cortante.
Para sorpresa de Lizzy, él hizo una mueca de dolor.
—Sí, probablemente —suspiró y levantó una mano—. ¿Puedo quitarme el
abrigo? Aquí… hace calor.
Lizzy hubiera querido decirle que la visita iba a ser muy corta y que no hacía
falta que se molestara, pero finalmente apretó los labios y asintió.
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Le observó desabrocharse los botones hasta descubrir el elegante traje que
llevaba debajo. Luc el hombre de negocios…
Él miró a su alrededor, buscando una percha donde colgarlo.
—Dámelo —le dijo ella y fue hacia él.
Sus dedos rozaron los de Lizzy cuando el abrigo cambió de manos y él cerró
unas de las suyas alrededor de la de ella. Un témpano de hielo… Luc la soltó de
inmediato.
Sin mirarlo ni un momento, Lizzy agarró el abrigo y lo llevó al recibidor.
Cuando regresó al salón él estaba junto al hogar, de espaldas a la puerta. Estaba
mirando una foto de ella cuando tenía dieciocho años. Era la foto de su graduación.
Se la había hecho Bianca.
Ella también le había hecho una a su amiga, pero Matthew la había quitado,
según le había dicho su padre.
—¿Cómo está? —le preguntó Lizzy con un nudo en la garganta—. Quiero decir,
Bianca.
—Está bien —se volvió hacia ella—. Ha vuelto a Londres con sus padres,
Elizabeth.
—M… Matthew ha salido de rehabilitación —se apresuró a decir ella.
—Sí, lo sé. Elizabeth…
—No volverá a casa. Éste es un pequeño pueblo comercial donde todo se sabe.
No puede presentarse por aquí como si nada, así que va a quedarse con un viejo
amigo en Falmouth… Van a hacer un viaje por el mundo, con la mochila a la
espalda… Él quiere… encontrarse a sí mismo. Por lo menos hay algo bueno en todo
esto. Mi padre por fin se ha dado cuenta de que ha sido demasiado duro con él, así
que…
—No hay ningún bebé, Elizabeth.
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Capítulo 11
Lizzy lo miró fijamente; sus ojos eran dos lagunas de incomprensión.
—Pensé que debía decírtelo antes de que te quedaras sin temas de conversación
y empezaras a hablarme del tiempo —le dijo él—. Bianca mintió, Elizabeth. Nunca ha
estado embarazada. Sólo está enfadada con todo el mundo, contigo, conmigo, con tu
hermano… Enfadada consigo misma por destrozar su propia vida de esa manera…
—¿Quieres decir que… fue a tu apartamento y dijo todo eso sólo para hacerme
daño?
—Y a mí también —él asintió—. Pero le ha llevado toda esta semana admitirlo
—sus ojos color caramelo brillaron—. Te conoce bien, amare mío —le dijo
suavemente—. Sabía qué decir para alejarte de mí. ¡Y ahora estoy aquí,
preguntándome por qué sigues ahí, en vez de arrojarle a mis brazos, aliviada y
agradecida!
Aquel brote de rabia puso a Lizzy en tensión.
—¿Agradecida por qué?
—Porque no hay ningún niño —le dijo Luc—. Porque no estoy a punto de
verme involucrado en una complicada demanda de paternidad y porque sigues
siendo la mujer a la que hice mi esposa. Y deberías haberte quedado en Milán,
dándome tu apoyo hasta que todo esto se aclarara.
Lizzy se dio cuenta de que ésa era la razón por la que se había presentado allí
con gesto malhumorado. Estaba enojado porque ella no se había quedado a su lado,
soportando las burlas de todo el mundo por segunda vez. ¡Esperaba que se lanzara a
sus brazos después de oír la buena noticia, pero eso no iba a ocurrir!
—Tienes un sentido retorcido de la confianza en uno mismo. Luc. Si realmente
esperas que me arroje a tus brazos como si nada. ¿O ya se te ha olvidado que estaba
pensando irme antes de que Bianca llegara?
—No he olvidado nada —se acercó a ella—. Sólo estaba dándote la oportunidad
para que aquel pequeño incidente pasara a la historia tranquilamente.
—Bueno, yo no quiero que sea así—dijo ella, echándose atrás—. ¡Y no te atrevas
a tocarme! —le advirtió cuando se topó con la puerta—. Me has mentido, acosado,
despojado de todo sentimiento, ¿pero qué me has dado a cambio? —le preguntó, con
los ojos llenos de lágrimas—. Tu maravilloso cuerpo y el placer de poder usarlo es
todo lo que me diste a cambio, Luc. ¿Y todavía crees que eso basta para garantizar mi
lealtad y apoyo?
—No —dijo él con un suspiro—. Te mereces algo mejor que yo.
—Bueno, gracias por esa pequeña concesión —dijo, y en ese momento recordó
la nota que le había dejado antes de irse.
«Ti amo…»
Abrió la puerta del salón.
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—En fin, tienes que entender que quiera que te vayas —le dijo con un temblor
en la voz—. Mi padre llegará en cualquier momento y preferiría que tú…
—No, no llegará…
Lizzy se quedó de piedra en el umbral.
—¿Qué dices?
—Que no llegará a casa pronto —le explicó él—. Sabe que estoy aquí. Piensa
que voy a llevarte a cenar.
—¿Cenar? —Lizzy echó los hombros atrás—. No quiero cenar contigo.
—Sólo así lograrás librarte de mí, cara.
Aquellas frías palabras la hicieron darse la vuelta. En cuanto vio la expresión de
su rostro, se dio cuenta de que Luc De Santis había vuelto a ser el hombre de cabeza
fría que no jugaba limpio en la batalla.
—Explícame eso —le dijo Lizzy, humedeciéndose los labios.
—Cenar. Eso es todo. Ya he reservado mesa. Todo lo que tienes que hacer es
sentarte a mi lado y cenar conmigo o… Reclamaré la deuda de tu familia.
Lizzy empezó a entenderle en cuanto dijo aquellas palabras. Ése era el auténtico
Luc De Santis.
—Cenar—Lizzy se cruzó de brazos.
Luc observaba todos sus movimientos con atención.
—¿Dónde? —le preguntó ella. —En mi hotel. Estoy hospedado en el Langwell
Hall.
Langwell Hall… Luc siempre quería lo mejor. Ese hotel era el mejor de la zona;
una mansión espectacular reformada y convertida en hotel.
Ella sabía por qué hacía lo que hacía. Aquella cortés invitación cargada de
amenazas… La estaba sacando de su área de seguridad para llevarla al lugar donde
él se sentía a sus anchas.
—No tengo nada apropiado que ponerme para cenar en el Langwell Hall.
Luc miró el sencillo vestido de lino que llevaba puesto.
—Ven tal y como estás. Vamos a comer, no a un desfile de modas.
Lizzy empezó a enojarse. Ya había tenido bastante de sus estrategias calculadas.
—Cenar—repitió en un tono distinto—. Eso es todo. Después me traes a casa y
te marchas sin amenazas.
—Sí —él asintió.
Sin decir ni una palabra más Lizzy fue hacia el vestíbulo y subió las escaleras
que conducían a su dormitorio con la cabeza bien alta.
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Sin embargo, quizá debería haber mirado atrás. Si se hubiera vuelto tan sólo un
instante, le habría visto pasarse la mano por la frente como si quisiera borrar la
tensión que ahí se acumulaba.
Cuando regresó llevaba una gabardina negra. Debajo se había puesto el único
vestido decente que tenía en Inglaterra; un vestido negro de punto hasta las rodillas
con manga larga y cuello alto.
Luc la esperaba en el vestíbulo con el abrigo puesto y la paciencia al borde del
precipicio.
El viaje en el Bentley alquilado fue como un lujoso paseo a través de la espesa
lluvia.
Langwell Hall no defraudó ninguna de las expectativas de Lizzy. La recepción
principal estaba decorada con molduras de roble y también la imponente escalinata,
mientras que los salones de fiestas lucían muebles antiguos de un gusto exquisito. La
porcelana fina estaba expuesta en radiantes vitrinas de cristal, donde también se
mostraban obras de arte de valor incalculable.
Los llevaron a una mesa situada en un rincón del elegante restaurante. Alguien
invisible se había ocupado de sus abrigos. Lámparas de luz tenue iluminaban las
mesas, adornadas con cristalería fina, cubiertos de plata y platos de porcelana.
Luc le hizo señas al maître y se ocupó de apartarle la silla a Lizzy.
—Necesitas diamantes —le dijo cuando ella tomó asiento.
—Así no vas a conseguir ablandarme —dijo ella, pensando en los diamantes de
Bianca.
Al mirarlo a la cara, supo que él había tenido el mismo pensamiento.
—Entonces esmeraldas —le dijo—. Que realcen tus ojos.
—Eso ha sido una cursilada —objetó Lizzy—. Y mis ojos son grises.
—Ahora no. No lo son —dijo él y sonrió.
Lizzy se sonrojó. Ambos sabían que sus ojos sólo se volvían verdes en el fragor
de la pasión.
El maître regresó para ofrecerle la carta de vinos, pero Luc escogió lo que quería
sin leerla. El maître tomó nota, pero sus ojos denotaban incertidumbre. Langwell
Hall era el típico lugar en el que quizá no tuvieran su petición. Les puso la carta
sobre la mesa.
Lizzy abrió la suya y fingió leerla con interés. Luc se apoyó en el respaldo de la
silla y la observó con atención.
—Déjalo ya —le dijo ella sin levantar la vista.
—Me gusta mirarte. A veces me dejas sin aliento.
—Sexo.
—¿Quieres más sexo de mí?
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Michelle Reid – Atrapada en su chantaje – 51º Mult. Matrimonio forzoso
Eso llamó la atención de la joven, aunque no levantara la mirada.
—Mi francés no es lo bastante bueno para entender todo esto —murmuró—.
Vas a tener que traducírmelo.
—Ti amo. Significa que te quiero.
Lizzy se incorporó de golpe y estuvo a punto de tirar las copas.
—Eso es italiano —le dijo, mirándolo a los ojos—. No te burles de mí, Luc, o me
voy sin más.
Pero no había signo alguno de burla en el rostro de Luc. Ni tampoco en el
suspiro que contuvo al buscar algo en el bolsillo de la chaqueta.
Puso algo sobre la mesa. Lizzy bajó la vista y se quedó helada.
—Dime —prosiguió Luc—. ¿Qué parte de la nota te molestó tanto como para
arrugarla y tirarla al suelo de la cocina?
Lizzy sacudió la cabeza con lágrimas en los ojos.
—No… sabía que la había tirado ahí.
—¿Esta parte? —le preguntó él como si no la hubiera oído—. ¿Fue esta parte la
que le molestó porque creías que se trataba de una de mis órdenes soberbias en lugar
de una petición? ¿O fue esta otra parte, cara? La parte donde fui lo bastante insensible
como para señalar que iba a ser nuestra primera cita…
—No voy a jugar a este juego —dijo Lizzy y se puso en pie.
Él también se levantó de la silla y la agarró de la muñeca para que no se fuera.
—Ti amo.
—No.
Luc le apretó la mano.
—Ti amo. Lo repetiré hasta que me escuches.
—¿Vas a burlarle como hiciste en la cama?
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera ahogarlas. El ruido de los
cubiertos cesó.
—Traté de arreglar las cosas con esta nota —le dijo, mirándola fijamente—. Lo
escribí en ella porque quería que supieras que lo decía en serio, pero tú lo
interpretaste como una prueba más de mi arrogancia y mi retorcido sentido del
humor.
—Eres el tipo más insensible del mundo —le dijo Lizzy.
—Ti amo —volvió a decir con voz profunda—. Me dices que soy demasiado
viejo para ti y estoy de acuerdo, pero a pesar de todo te chantajeé, me casé contigo y
quiero que siga siendo así.
—Yo tengo la misma edad que Bianca. ¿Cuál es la diferencia? —le preguntó
Lizzy, frunciendo el ceño.
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La expresión el rostro de Luc cambió. Lizzy sintió un tirón en el brazo y aterrizó
sobre su pecho de hierro. Abrió los labios para protestar, pero entonces vio lo que se
avecinaba y no tuvo tiempo de impedirlo. Los labios de Luc se fundieron con los
suyos en un beso intenso y ardiente, capaz de seducir los rincones más recónditos de
su boca de fresa hasta hacerla perder la razón.
Una oleada de suspiros se propagó entre los comensales. Aquellas personas
estaban siendo espectadores fortuitos de una escena insólita. El gran Luc De Santis,
besando con pasión a su esposa…
—Ésa es la diferencia —susurró él cuando por fin se separó.
Lizzy sacudió la cabeza.
—Tú eres un oportunista, Luc. Si te lo permito, me lo robarás todo hasta que ya
no quede nada de mí. ¡Fuiste muy cruel aquella noche! ¿Sabes? —le dio un puñetazo
en el pecho—. Y lo hiciste deliberadamente. Crees que puedes arreglarlo todo con
una simple nota.
Alguien murmuró algo y Lizzy volvió la cabeza. Un mar de caras los miraba
con atención. Se soltó de él y echó a correr sin mirar atrás.
Había llegado a la recepción del hotel cuando él la alcanzó y la tomó en brazos.
—Podrás volver a golpearme dentro de nada —le dijo mientras ella se resistía.
Dio media vuelta y se dirigió al ascensor.
Un valiente empleado del hotel trató de detenerlo.
—Es mi esposa —le dijo, como si eso lo cambiara todo—. ¡Tengo que hablar con
ella! —gritó y entró en el ascensor.
La imagen que Lizzy se llevó consigo al cerrarse las puertas fue la del
restaurante. Todos los comensales estaban de pie y los miraban con curiosidad.
—¡Estarás satisfecho con el espectáculo que has montado! ¡Y ahora suéltame!
—No en esta vida —le dijo Luc—. Te niegas a escucharme. Eres incapaz de
perdonar y estás llena de rencor. No te importan mis sentimientos. ¡Me amas pero no
me amas!
Aquella contradicción hizo que Lizzy dejara de luchar. Él le apoyó los pies en el
suelo y la soltó lentamente. Las puertas se abrieron como si estuviera calculado y él
la agarró de la muñeca al salir.
Introdujo la tárjela y abrió la puerta de la suite más palaciega que Lizzy jamás
había visto.
El pestillo encajó en su sitio y la puerta se cerró tras ellos. Luc la soltó y fue a
servirse una copa. Fuera lo que fuera, se lo bebió de un trago y entonces se volvió
hacia ella.
—¿Qué más quieres de mí?—le preguntó, abriendo los brazos—. Dejé marchar
a Bianca y me casé contigo en cuanto pude. He arriesgado mi orgullo y mi reputación
por ti. ¿Qué más necesitas para entender por qué lo hice?
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A pesar de las vueltas que le daba la cabeza, Lizzy hizo un esfuerzo por pensar
con claridad. Él estaba tenso y molesto, a la defensiva.
Lizzy gesticuló por pura impotencia. Dio un manotazo al aire y entonces se
llevó la mano al corazón. Su corazón latía como un caballo desbocado.
—¿Ti amo? —se atrevió a preguntar.
Él contrajo el rostro y asintió con un gesto grave y serio.
—Desde la primera vez que le vi en Londres —admitió—. Me costó mucho
aceptarlo. Al principio creía que era sólo porque me recordabas a la nonna, pero
aquel sentimiento no desapareció porque yo no quería perderlo. Mi destino ya estaba
decidido. Yo estaba comprometido con Bianca…
—Y te acostabas con Bianca.
—¿Qué quieres que te diga? Tengo treinta y cuatro años y nunca he guardado el
celibato.
—Yo no pensaba lo contrario —le dijo Lizzy con soberbia—. Es que no…
Se mordió los labios. Lo que había estado a punto de decir habría sonado
estúpido, inmaduro y completamente injusto, pero nunca había pensado en él y en
Bianca de esa manera, y tampoco sabía por qué le importaba tanto.
—Con Bianca era…
—No, por favor —dijo ella.
—No —Luc encogió los hombros y le dio la espalda—. No —dijo de nuevo y su
expresión se volvió feroz—. Voy a decirlo porque creo que hay que decirlo. Bianca y
yo estábamos comprometidos, así que teníamos intimidad. Estamos en el siglo XXI,
caras, y la mayoría de las mujeres quieren tener relaciones antes del matrimonio. Pero
esas relaciones terminaron cuando te conocí —admitió—. Supongo que eso la arrojó
a los brazos de otros.
Al ver la expresión de horror de Lizzy, Luc sonrió con cinismo.
—Nuestra decisión de casarnos no tenía nada que ver con el amor, cara. Bianca
estaba diciendo la verdad cuando le dijo que estaba creando una dinastía. Ella tenía
el apellido adecuado y era hermosa —hizo una pausa y las palabras se le
atragantaron—. Pero yo cometí un gran error. Mi arrogancia me impidió buscar a la
mujer adecuada porque creía que no necesitaba hacerlo. Bianca siempre había estado
ahí. Me entregaron el futuro en una bandeja de plata y yo lo acepté sin cuestionarme
nada. Pero entonces le conocí y me sentí demasiado atraído por ti como para seguir
adelante como si nada. La forma en que me mirabas me fascinaba. Yo te observaba y
me regodeaba en mi arrogancia, pensando que me lo merecía. Nunca me molesté en
pensar por qué me gustaba tanto que me miraras así —sus ojos lanzaron destellos de
fuego—. Tu cabello me fascina —susurró suavemente—. Me encanta su color. Me
encanta que haga lo que le dé la gana, y que a ti no te importe. Me encanta tu figura
femenina y tus suaves curvas, y te echo mucho de menos cuando no estás a mi lado
en la cama. Hecho de menos dormir abrazado a ti, y despertarme con tus labios a un
centímetro de los míos… ¿Quieres oír más?
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Lizzy asintió, embelesada por sus palabras.
—De acuerdo —dijo y respiró hondo—. Me odio a mí mismo por la forma en
que te robé la inocencia. No puedo sacarme de la cabeza lo duro que fui contigo. No
quiero volver a ver la mirada que tenías cuando Bianca te dijo que estaba
embarazada de mí. Y odio la excusa barata que me has puesto antes. Ese vestido me
deja ver tu hermosa figura y yo quiero verla. Quiero desearte aunque no me dejes
tocarte nunca más. Y adoro… —su voz se volvió una caricia—. Cómo me miras
ahora. Me haces pasar por esto porque crees que te lo mereces, pero también sabes
que obtendrás lo que te mereces por ser… —dio un paso adelante—. Una mujer
egoísta, que no perdona, y que sólo piensa en el sexo.
—Nosotros no practicamos el sexo, sino que hacemos el amor.
—Ah —el rostro de Luc se relajó por fin—. Entonces admites que hay una
diferencia.
Le agarró un mechón de pelo y tiró hacia atrás, exponiendo su blanco cuello
inmaculado.
—Verdes —le dijo—. Te mueres por arrancarme la ropa.
—Quiero un bebé —le dijo ella.
Los incandescentes ojos de Luc se oscurecieron y una descarga de adrenalina
recorrió su cuerpo mientras le bajaba la cremallera del vestido.
Lizzy empezó a desabrocharle los botones de la camisa mientras él se la abría
de un lirón. Un pectoral bronceado y firme apareció ante sus ojos. Debajo no había
más que músculos de acero que se contraían y relajaban bajo sus dedos.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Luc la dejó desnudarle sin reclamar su boca
tentadora. La pulsión sexual aumentaba el ritmo y la sangre corría por sus venas a
mil por hora.
La camisa cayó al suelo y también el vestido. Lizzy se quitó el sujetador y
comenzó a desabrocharle la cremallera de los pantalones. Todavía no había contacto
físico, pero el deseo se palpaba en el ambiente.
—Quítate los zapatos —le ordenó la joven, con labios temblorosos.
Mientras hacía lo que le había pedido, ella deslizó un brazo alrededor de su
cuello y le metió la otra por dentro del pantalón.
—Ti amo —le susurró al oído, de puntillas.
La fuerza de aquellas palabras se propagó como una onda expansiva a lo largo
de su potencia masculina y Lizzy pudo sentirlo en la mano.
—Ti amo —volvió a susurrar sobre sus labios ardientes.
Entonces rodeó su miembro viril y lo atrajo hacia sí, buscando sus besos.
—Esto te va a salir muy caro —le dijo él al sentir un mordisco en el labio
inferior.
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—Una cosa más que te debo —Lizzy suspiró con dramatismo—. Cinco millones
y medio de besos, unos cuantos retoños De Santis y un mordisco de tus labios.
—Nunca podrás pagarme todo eso en esta vida —le dijo.
La tomó en brazos, fue al dormitorio y la acostó en una romántica cama con
dosel.
—Pero puedes intentarlo —añadió mientras se quitaba el resto de la ropa y la
ayudaba con la suya.
—¿Quieres que empiece ahora mismo? —le preguntó Lizzy con inocencia
fingida.
Sí —le dijo él en italiano al tiempo que entraba en el santuario de seda de su
sexo—. Te lo apunto en la cuenta.
Fin
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