Rosas Principi, Andrea

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Rosas Principi, Andrea
Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”
Red de Estudios Rurales - Programa de Estudios Rurales
Jornada de debate
“Nuevas perspectivas de investigación en el mundo rural”
27 de agosto de 2004
El comercio de mostrador en la campaña de Buenos Aires a principios del siglo XIX:
los agentes sociales y sus giros *
Andrea Rosas Principi **

Introducción
Desde fines del siglo XVI, y a lo largo de la siguiente centuria, Buenos Aires, formando parte
de lo que se conoce como el “espacio peruano”1, fue la puerta por la que salía una parte más
o menos ilegal del metálico producido en el Alto Perú. Su puerto se convirtió además en una
vía de acceso para las mercaderías europeas que se redistribuían hacia otras regiones así
como en un mercado para la producción de las zonas aledañas 2. En el siglo XVIII con el
ascenso de los Borbones al trono español y la puesta en práctica de su política de reformas3,
la ahora capital de un nuevo virreinato, consolidó e institucionalizó su supremacía como eje
articulador de un amplio espacio económico que unía el puerto con Potosí, el principal
Este trabajo se desprende de mi Tesina de Licenciatura en Historia que fue presentada en diciembre
de 2003 en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Agradezco los
comentarios y sugerencias realizadas por el Tribunal Evaluador en esa ocasión.
** Grupo de Investigación en Historia Rural Rioplatense (GIHRR), Centro de Estudios Históricos,
Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata ([email protected])
*
Véase Carlos S. Assadourian: El sistema de la economía colonial. El mercado interior. Regiones y espacio
económico, Nueva Imagen, México, 1983.
2 Véase Zacarías Moutoukias: Contrabando y control colonial en el siglo XVII. Buenos Aires, el Atlántico y el
espacio peruano, CEAL, Buenos Aires, 1988.
3 Véase Carlos Martínez Shaw: “El reformismo del siglo XVIII” en José Luis Martín, Carlos Martínez
Shaw y Javier Tusell: Historia de España, Taurus, Madrid, 1998.
1
centro minero de América del Sur convirtiéndose “pronto en el mayor y más importante
mercado interno de toda la región”4.
Su riqueza comercial y su creciente poderío económico se manifestaron, por ejemplo, en la
aceleración continua y vertiginosa del ritmo de crecimiento de la población de la región
desde la segunda mitad del siglo. Entre 1777 y 1809 la población de la intendencia de Buenos
Aires creció a un ritmo que casi alcanzó al 3% anual, mientras que en la intendencia de
Córdoba ese crecimiento llegó al 1.9% y en Salta del Tucumán al 2.02% por año5. En los
comienzos del siglo XIX algunos cambios se produjeron de la mano de los conflictos
desatados por el proceso independentista. Sin embargo ello no afectó el papel económico de
Buenos Aires que, en ese contexto, fue la que mejor aprovechó las nuevas oportunidades
surgidas. Lejos de decaer, a lo largo del siglo, confirmó su preeminencia vinculándose de
manera creciente al mercado atlántico con la exportación de productos pecuarios.
En la campaña bonaerense, mientras tanto, los “viejos” pobladores junto con los “recién
llegados” dieron lugar a una estructura social por demás variada que tuvo su correlato en la
diversidad de las estructuras productivas de las distintas zonas de la campaña, muy bien
descriptas ya hace muchos años por Tulio Halperín Donghi6. Los padrones de población de
principios del siglo XIX son una clara muestra de esa diversidad social y productiva7. Así,
Véase Jonathan Brown: Historia socioeconómica de la Argentina, 1776-1860, Instituto Di Tella-Siglo XXI,
Buenos Aires, 2002 [1979], p. 74.
5 Ibídem, p.79. Tal crecimiento no afectó, por cierto, solamente a la ciudad. El hinterland porteño, un
espacio cada vez menos limitado en el sur por el río Salado, también veía como se multiplicaba su
población por esos años. Si en 1744 ésta alcanzaba a los 4664 individuos para 1815, setenta años más
tarde, rondaba las 42763 personas. Para los datos sobre la población rural en 1744, véase José Luis
Moreno: “Población y sociedad en el Buenos Aires rural a fines del siglo XVIII” en Juan Carlos
Garavaglia y José Luis Moreno (comps.): Población, sociedad, familia y migraciones en el espacio rioplatense.
Siglos XVIII y XIX, Cántaro, Buenos Aires, 1993. Para los datos sobre la población de la campaña en
1815, véase el trabajo del GIHRR: “La sociedad rural bonaerense a principios del siglo XIX. Un análisis
a partir de las categorías ocupacionales”, XVIII Jornadas de Historia Económica, Universidad Nacional
de Cuyo, 2002.
6 “al norte (San Nicolás, San Pedro, Pergamino, Areco...) se han formado estancias medianas, en las
que la agricultura combina con la ganadería [...]. La zona del oeste (Morón, Luján, Guardia de Luján)
es de predominio agrícola y de propiedad generalmente más dividida (la explotación lo está
necesariamente); al sudoeste (Lobos, Navarro, Monte) se da la transición hacia formas de explotación
mixta, en unidades más extensas que en el norte, mientras que al sur (San Vicente, Cañuelas,
Magdalena) el predominio es ganadero” señala Tulio Halperín Donghi: Revolución y Guerra. La
formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Siglo XXI, México, 1979, pp. 31-32.
7 Aparecen más de ciento cuarenta categorías ocupacionales en los padrones de población de 1813 y
1815. Al respecto, véase el apéndice del trabajo del GIHRR: “La sociedad rural...” Op. Cit.
4
poco a poco, en los pueblos, en los caseríos o dispersa en la campaña repleta de ondulaciones
y ríos del norte o en la planicie horizontal con lagunas del sur se fue generando una sociedad
rural compleja y heterogénea. En ella convivían pastores y labradores, agricultores y
hacendados, herreros y carpinteros, zapateros y sastres, maestros de escuela y estudiantes,
sargentos y milicianos, capataces y peones, horneros y panaderos, alcaldes y notarios,
párrocos, parteros, músicos y hasta albañiles.
Junto a esta creciente y diversa población rural, objeto de análisis por parte de la
historiografía especializada en reiteradas ocasiones en los últimos veinte años8, un “amplio y
difuso tejido de comercialización” buscaba abastecer las cada vez mayores necesidades de
consumo tanto de los residentes locales como de los habitantes de la ciudad. Lejos de los más
elaborados y avanzados estudios sobre labradores y pastores, nuestro conocimiento sobre
aquellos que formaron parte de ese tejido es todavía bastante reducido9. Por eso, en este
trabajo pretendemos centrar nuestra atención en los comerciantes de la campaña con el
propósito de empezar a profundizar el estado actual de nuestro saber acerca de aquellos que
buscaron un medio de vida en el desarrollo de actividades mercantiles en ese complejo
mundo rural de principios del siglo XIX.
Para ello, hemos trabajado con las razones y relaciones de pulperos, tenderos y almaceneros
de la campaña efectuadas entre 1812 y 181610. Desde fines del siglo XVIII, la Real Caja de
La historiografía sobre el mundo rural rioplatense de las últimas décadas es sumamente abundante.
Para una descripción de sus principales líneas de investigación véase, por ejemplo, Juan Carlos
Garavaglia y Jorge Gelman: “Rural History of the Río de la plata, 1600-1850: Results of a
Historiographical Renaissance” en Latin American Research Review, vol. 3, Nº 3, 1995 así como María
Bjerg y Andrea Reguera: Problemas de historia agraria. Nuevos debates y perspectivas de investigación, IEHS,
Tandil, 1995.
9 Para algunas consideraciones generales sobre las características de los pulperos y de las pulperías de
la campaña entre fines del siglo XVIII y mediados del siglo XIX, véase el estudio de Carlos Mayo (dir.):
Pulperos y pulperías de Buenos Aires, 1740-1830, Grupo Sociedad y Estado, Universidad Nacional de Mar
del Plata, 1995, especialmente pp. 139-150. Véanse, además, los trabajos de Julián Carrera: “Pulperías
rurales bonarenses a fines del siglo XVIII. Número, distribución y tipos” y de Daniel Virgili: “Las
esquinas de la pampa. Pulperos y pulperías en la frontera bonaerense (1788-1865)” ambos incluidos en
Carlos Mayo (dir.): Vivir en la frontera. La casa, la dieta, la pulpería, la escuela (1770-1870), Biblos, Buenos
Aires, 2000.
10 Dichos listados son los siguientes:
 “Razón individual de todos los individuos pulperos y almaceneros de la campaña con expresión
de los principales que tienen en sus casas según los conocimientos que tengo de ellos por la última
visita que he pasado en el año de 1812, los que he arreglado con la mayor moderación y equidad
que requieren las circunstancias de la campaña y es por el orden que sigue”. Este padrón fue
realizado por Don Manuel Collantes, el encargado de la recaudación de la contribución, y está
8
Buenos Aires había hecho frente a sus gastos sobre todo por medio de los ingresos que
obtenía del situado altoperuano y los impuestos al comercio exterior11. En caso de necesidad,
la Real Caja recurría a otras fuentes de financiamiento como, por ejemplo, la transferencia de
recursos de otras cajas. Sin embargo, la coyuntura abierta en mayo de 1810 agotó
rápidamente unos y otros recursos. El Estado revolucionario buscó entonces nuevas fuentes
de ingresos para paliar sus cada vez más ingentes gastos militares. Los gobiernos que se
sucedieron en Buenos Aires desde 1810 no adoptaron un plan a mediano o largo plazo que
les permitiera obtener fondos para financiarlos. Antes bien, se dedicaron a establecer
medidas de emergencia tales como las expropiaciones de bienes y las contribuciones
extraordinarias sobre fincas, comercio y artesanías12. Las razones y relaciones trabajadas
aquí, que se complementan con los padrones de población realizados hacia la misma época,
fechado en Buenos Aires el 31 de enero de 1814. Se puede consultar en el Archivo General de la
Nación (AGN), sala X 8-2-3. Una copia se le entregaría luego a otro recaudador, Don Francisco
Pelliza. Dicha copia con algunas anotaciones al margen hechas por el propio Pelliza puede
consultarse en AGN, sala X, 42-5-7.
 “Relación de los individuos pulperos y tenderos que hay de aumento en los partidos de la
campaña, que no están comprendidos en el padrón [de 1812] con expresión de las cuotas que se
les has asignado y es como sigue”. Esta relación fue realizada por Don Manuel Collantes y está
fechada en Buenos Aires el 11 de octubre de 1815. Se puede consultar en AGN, sala X, 42-5-7.
 “Relación del aumento de pulperías que se ha notado, al [tiempo] de verificar el cobro en [...] por
no hallarse comprendidas en el padrón a las que se le señalaron las cuotas mensuales que van
asignadas con arreglo a su principal, como igualmente estas disminuciones que ha habido hasta la
fecha”. Estas relaciones, fechadas entre 1815 y 1816, fueron realizadas por Don Francisco Pelliza
para Monte, San Vicente y Remedios, Ranchos, Chascomús, Ensenada, Magdalena, Navarro,
Lobos y Quilmes y están certificadas por alguna autoridad de cada lugar. Se pueden consultar en
AGN, sala X, 42-5-7.
Tomados en conjunto estos listados registran los siguientes datos: condición social (don y/o doña),
nombre y apellido de los empadronados, capital en giro de sus actividades, cuota de la contribución
establecida en pesos y reales de la época, fecha de apertura y/o cierre de los negocios (en algunos
casos), partido en el que estaban asentados y otras consideraciones particulares tales como paradero
de los empadronados ausentes.
11 Casi un 60% de los ingresos que obtiene la Real Caja de Buenos Aires entre 1791 y 1805 provienen de
Potosí señala Tulio Halperín Donghi: Guerra y finanzas en los orígenes del estado argentino (1791-1850),
Belgrano, Buenos Aires, 1982, p. 26. Véase, además, Herbert S. Klein: “Las finanzas del Virreinato del
Río de la Plata en 1790” en Desarrollo Económico, vol. 13, Nº 50, julio-septiembre, 1973.
12 Recién en 1821 con la consolidación de la deuda pública y la creación del crédito público se estará
frente a una solución “adecuada” a las necesidades de ingresos del Estado revolucionario señala en su
trabajo Samuel Amaral: “El descubrimiento de la financiación inflacionaria. Buenos Aires, 1790-1830”
en Investigaciones y Ensayos, Nº 37, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, enero-junio, 1988,
p. 381. Véase, además, del mismo autor: “Del mercantilismo a la libertad: las consecuencias
económicas de la independencia argentina” en Leandro Prados de la Escosura y Samuel Amaral (eds.):
La independencia americana: consecuencias económicas, Alianza, España, 1993.
forman parte de los listados efectuados para establecer el monto de la contribución que los
comerciantes debían abonar dadas las necesidades económicas del momento13.

Sobre los comerciantes rurales
Españoles, cordobeses y santafesinos eran varios de los migrantes de los más diversos
orígenes que en los primeros años del siglo XIX -con la ayuda de sus familias, algunos
esclavos y agregados- formaron parte del tejido de comercialización de la campaña porteña.
Esa red estaba compuesta por un copioso conjunto de agentes sociales que rondaban los 35 a
40 años de edad y que abarcaban desde mercaderes, comerciantes, pulperos, tratantes y
tenderos hasta traficantes y mercachifles, según aparecen registrados por los censistas de la
época14.
La mayoría de estos sujetos estaban asentados, en mayores proporciones, en el norte y en las
cercanías de la ciudad de Buenos Aires que en la zona oeste y sur de la campaña15. La
agrupación de individuos dedicados al comercio en el norte, la zona de mayor antigüedad de
Un censo de características similares a los listados utilizados aquí es impulsado en mayo de 1812 por
el Triunvirato con el apoyo del Cabildo en el marco de un “Plan de Contribuciones Extraordinarias”
que eran exigidas a los comerciantes y a los vecinos propietarios de la ciudad de Buenos Aires. Dicho
censo ha sido analizado en el trabajo de Juan Carlos Nicolau: La reforma económico-financiera en la
Provincia de Buenos Aires (1821-1825). Liberalismo y economía, Fundación del Banco de la provincia de
Buenos Aires, Buenos Aires, 1988, especialmente pp. 33-56. Los padrones corresponden a los 24
partidos de la campaña y fueron efectuados entre 1813 y 1815. Se pueden consultar en AGN, sala X, 810-4 y 7-2-4. Respecto de las limitaciones y ventajas de su utilización, véase el trabajo de Carmen
Arretx, Rolando Mellafe y Jorge L. Somoza: Demografía histórica en América Latina. Fuentes y método,
CELADE, Costa Rica, 1983. Además véase, el apéndice metodológico del artículo de Mariana Canedo:
“La colonización de los Arroyos. ¿Un modelo de poblamiento en la campaña de Buenos Aires?” en
Raúl Fradkin, Mariana Canedo y José Mateo (comps.): Tierra, población y relaciones sociales en la campaña
bonaerense (siglos XVIII y XIX), GIHRR, Universidad Nacional de Mar del Plata, 1999 y el trabajo de
José Luis Moreno y José Mateo: “El ‘redescubrimiento’ de la demografía histórica en la historia
económica y social” en Anuario del Intituto de Estudios Histórico-Sociales, Nº 12, Tandil, 1997.
14 Once son las categorías ocupacionales ligadas al comercio, incluidos los mozos de pulpería, que
aparecen en los padrones de población de principios del siglo. Sólo un 23% de los comerciantes rurales
declaraba ser nativo del partido en el que residía en 1815. El 35% era de ascendencia europea y de
ellos el 75% provenía de la península ibérica. Un 27% de los comerciantes era oriundo de Buenos Aires
mientras que alrededor de un 8% lo era de alguna de las actuales provincias argentinas. El 5% restante
declaraba como “patria” alguno de los actuales países limítrofes.
15 La división de la campaña por zonas sigue, en líneas generales, las consideraciones de tipo
geográfico e histórico empleadas en el trabajo de José Mateo: “Pequeños ranchos sobre la pampa. La
población en la colonización de la frontera de Buenos Aires. San Salvador de Lobos, 1810-1869” en
Raúl Fradkin, Mariana Canedo y José Mateo (comps.): Tierra, población y relaciones sociales en la campaña
bonaerense (siglos XVIII y XIX), GIHRR, Universidad Nacional de Mar del Plata, 1999.
13
asentamiento y la que congregaba las mayores proporciones de habitantes de la campaña,
revelaba su papel como articuladora de los flujos mercantiles que unieron a la ciudad-puerto
con todo el espacio del Interior del Virreinato del Río de la Plata -e incluso con Brasilmientras que su considerable presencia en la campaña cercana a Buenos Aires se vinculaba
con el rol que cumplía la urbe en tanto eje articulador del espacio productivo y
comercializador16.
Dedicados a la compra y venta de productos como almacén y al despacho de bebidas, los
comerciantes también actuaban como intermediarios entre la producción de la campaña y el
mercado urbano al tiempo que servían como limitados agentes de crédito y como
depositarios del empeño de los bienes de unos pobladores rurales siempre necesitados de un
circulante muchas veces escaso. Vinculados a un comercio más estable en algunos
momentos, vinculados a un comercio más errante y de menor escala en otros, algunas
características distintivas (que bien pudieron haber influido en la percepción de los censistas
que se refirieron a estos sujetos de muy diversa manera) diferenciaban a unos comerciantes
de otros y podrían, al menos en parte, explicar la concentración de algunas de ellas en unos
pocos partidos de la campaña. Sin dejar de reconocer las ambigüedades implícitas en las
categorías ocupacionales presentes en los padrones, veamos con algo de detalle aquellas
vinculadas a las actividades mercantiles como una oportunidad de empezar a conocer a estos
hombres17.
Alrededor de un 30% del total de los comerciantes rurales estaba asentado en la campaña norte
mientras que un porcentaje similar residía en las cercanías de la ciudad. San Nicolás de los Arroyos en
el norte y San Fernando en la campaña cercana concentraban las mayores proporciones de estos
sujetos, con un 35% y un 43% respectivamente. Respecto de la importancia de San Nicolás en los flujos
mercantiles, véase Mariana Canedo: Propietarios, ocupantes y pobladores. San Nicolás de los Arroyos, 16001860, GIHRR, Universidad Nacional de Mar del Plata, 2000. Para un panorama de la estructura
socioproductiva de San Fernando, Véase María Selva Senior: “Trabajo, familia y migraciones; San
Fernando, 1815” en Anuario del Instituto de Estudios Histórico-Sociales, Nº 13, Tandil, 1998.
17 Por ello nos parece ineludible señalar al menos dos de los problemas derivados de la categoría
“ocupación”. Un primer problema está relacionado con la ambigüedad de esta categoría. En ella se
establece como único trabajo al que, generalmente, sólo es el principal puesto que ya son bien
conocidas las múltiples actividades productivas de los pobladores de la campaña porteña o, dicho en
otros términos, su “pluriactividad”. Una dificultad adicional que encierran las categorías
ocupacionales está vinculada con el subregistro. Por lo general, aparecen enormes sombras que
ocultan el trabajo llevado a cabo tanto por el grupo familiar (sobre todo, las tareas desempeñadas por
esposas e hijos) como por otras personas dentro de las unidades censales. Por último, y no por ello
menos relevante, es necesario tener en cuenta los riesgos de una transposición mecánica de las
categorías históricas de clasificación en categorías analíticas. Sin embargo, cabe pensar estas categorías
históricas como reflejos parciales de las clasificaciones sociales y como tales las hemos utilizado.
Respecto de la noción de pluriactividad, véase, Roland Hubscher: “De la integración del campesinado
16
Los pocos mercaderes de la campaña junto con el centenar de comerciantes parecen haber
constituido el sector más prominente de aquellos que se dedicaban al comercio rural. Los
mercaderes se encontraban concentrados en el norte de la campaña, sobre todo en Pergamino
mientras que los comerciantes se distribuían en una decena de partidos, aunque su presencia
era numéricamente más importante en San Nicolás de los Arroyos, San Fernando y en la
Guardia de Luján. Con entre 36 y 37 años de edad, unos y otros contaron con mayores
posibilidades de acceder a proporciones más grandes de mano de obra extrafamiliar -sobre
todo de esclavos- que aquellos otros individuos incluidos en las demás categorías
ocupacionales ligadas al comercio. En conjunto, los mercaderes y varios de los comerciantes
pudieron contar con la fuerza de trabajo de cinco personas que, sin formar parte de sus
núcleos familiares, los ayudaron a llevar adelante sus actividades mercantiles18.
en la sociedad global: la pluriactividad, ¿un equilibrio o una desestabilización de la sociedad rural?”
en Serie Traducciones del Grupo de Investigación en Historia Rural Rioplatense, Nº 1, 1996. Traducción a
cargo de María Valeria Ciliberto. Respecto de los problemas de trasposición de categorías históricas en
categorías analíticas, véase el trabajo de Raúl Fradkin: “¿Estancieros, hacendados o terratenientes?. La
formación de la clase terrateniente porteña y el uso de las categorías históricas y analíticas (Buenos
Aires, 1750-1850)” en Marta Bonaudo y Alfredo Pucciarelli (comps.): La problemática agraria. Nuevas
aproximaciones, CEAL. Buenos Aires, 1993.
18 Cuando hablamos de familia debemos recordar que existen distintos tipos muy bien definidos en el
trabajo de Peter Laslett: “La famille et le mènage: approches historiques” en Annales ESC, 27 (4-5),
1972. Hemos utilizado una traducción del Dr. Hernán Otero realizada para el uso de la cátedra de
Demografía Histórica. Peter Laslett define a la familia nuclear, el tipo de familia predominante entre
los comerciantes que estamos analizando, como aquella que “está compuesta por un matrimonio solo
o con hijos o bien por alguno de los de la pareja casada con su descendencia cuando la hay, o por un
viudo o una viuda con sus hijos. El lazo conyugal es su base” (p. 5) mientras que la familia extensa “es
una familia conyugal a la que se agregaron miembros emparentados por otro tipo de lazos que la
relación familiar directa” (p. 6). Una definición un poco más amplia de familia entendida como grupo
doméstico corresidente en Peter Laslett: “La historia de la familia” en Pilar Gonzalbo: Historia de la
familia. UNAM, México, 1993. Para una aproximación a las definiciones de estas nociones así como a
sus diferencias, véase el trabajo de Martine Segalen: Antropología histórica de la familia, Taurus, Madrid,
1992. A los efectos prácticos, y dada la escasa incidencia de otros parientes en las familias de los
comerciantes, englobamos en nuestra definición tanto a la familia nuclear como a la extensa.
Por otra parte, es útil señalar que por trabajo familiar entendemos aquel que realizan los miembros de
la familia que viven con estos comerciantes, bien sean sus esposas, hijos o cualquier otro pariente
consanguíneo o político. Sin embargo, cabe aclarar que no todo miembro de la familia per se aporta
fuerza de trabajo. Generalmente, algunos de ellos -sobre todo los hijos pequeños- son consumidores
del trabajo de los restantes miembros. Circunstancia ésta que está vinculada al ciclo de vida de la
propia familia. Por trabajo extrafamiliar entendemos la labor realizada por aquellas otros personas
que, residiendo con los comerciantes, no presentan, de manera explícita, una relación más o menos
directa con él. Respecto de la noción de ciclo de vida, así como de las ventajas y problemas derivados
de su utilización y de sus diferencias respecto de la noción de curso de vida, véase el trabajo de
Por su distribución y concentración al interior de la campaña, por sus posibilidades de acceso
a la mano de obra no familiar así como por la definición de las actividades que realizaban -y
que incluía un alto grado de especialización en unos y la compra y venta de distintos
artículos a cambio de productos o dinero en los otros- estos sujetos parecen haber
desarrollado un comercio de amplio alcance y de una considerable envergadura económica19.
Ella era reconocida socialmente, entre todos los mercaderes y entre la mayoría de los
comerciantes, a través del uso de la partícula “don” que antecedía a sus nombres.
Sin embargo, la mayoría del sector comercial de la campaña estaba compuesto por los casi
trescientos pulperos dispersos por la campaña junto con los tratantes concentrados en el
oeste y los tenderos de Chascomús que eran, en su mayor parte, considerados blancos y
rondaban los 38 o 39 años de edad. La magnitud de sus actividades comerciales parece haber
sido más reducida que la emprendida por los mercaderes y los comerciantes. Ello se ponía de
manifiesto, por ejemplo, en un menor reconocimiento social: bastante menos de la mitad de
los pulperos y ninguno de los tratantes aparece censado como “don”. Además, casi una
cuarta parte de los pulperos no encabezaba una unidad censal cuando todos los mercaderes
encabezaron alguna y solamente el 16.2% de los comerciantes vivía en calidad de agregado20.
Por otra parte, encontramos un 3% de “castas” entre los pulperos mientras que tal
participación se reducía al 1.6% entre los comerciantes.
Para pulperos y tratantes la importancia de la fuerza de trabajo familiar era mayor que entre
los comerciantes y los mercaderes y superaba a sus posibilidades de contar con mano de
obra extrafamiliar, sólo dos o tres personas que no pertenecían a sus familias los ayudaban a
Tamara Hareven: “Cycles, courses and cohorts: Reflections on Theoretical and Methodological
Approaches to the Historical Study of Family Development” en Journal of Social History, 1978.
19 Los mercaderes eran aquellos que se dedicaban a comerciar “con géneros vendibles” y recibían
distintos nombres “según las cosas en que trata: como mercader de libros, de hierro” de acuerdo con
la definición que aparece en el Diccionario de la Lengua Castellana en que se explica el verdadero sentido de
las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas
convenientes al uso de la lengua. Dedicado al Rey Nuestro Señor Don Felipe V (que Dios guarde) a cuyas reales
expensas se hace esta obra, Real Academia Española, Tomo IV, Madrid, 1734. En tanto que el comerciante
era aquel que se dedicaba a “negociar, traficar, hacer tratos y negocios con otros, por medio del dinero,
o por el de los géneros y mercancías, permutándolas o vendiéndolas” según aparece en el Diccionario
de la Lengua Castellana..., Real Academia Española, Tomo II, Madrid, 1729.
20 Véase el trabajo de Juan Carlos Garavaglia: “Los labradores de San Isidro (siglos XVIII-XIX)” en
Desarrollo Económico, 32 (128). Buenos Aires, 1993 donde se señala que generalmente el criterio de
unidad censal engloba y abarca a otros dos conceptos: el de grupo doméstico y el de unidad de
producción.
desarrollar sus negocios. Entre los tenderos, en cambio, la fuerza de trabajo extrafamiliar
apenas si se hacía presente. De acuerdo con la definición de su actividad comercial, tanto los
pulperos como los tratantes y los tenderos se dedicaron a la venta de diferentes artículos al
menudeo, para el abasto de la población21. A pesar de la escala reducida de sus actividades,
tiendas y pulperías no cumplían la misma función social. Bien sabemos que la venta de
bebidas y el juego, características distintivas de las pulperías, las convertían además en los
ámbitos por excelencia de la sociabilidad de los sectores populares.
Por último, traficantes y mercachifles se dedicaban a un comercio de carácter muy limitado, a
muy pequeña escala y muchas veces errático, disperso y ambulante22. Rondando los 34 años
de edad, para estos hombres blancos la mano de obra familiar era determinante, excluyente
en varios casos. A diferencia de los mercaderes, los comerciantes, los pulperos, los tenderos y
los tratantes, ellos que sólo pudieron obtener el auxilio que necesitaron para impulsar sus
actividades mercantiles en el trabajo de sus esposas e hijos.
Veamos ahora cual era la magnitud de los negocios del conjunto de estos sujetos para
empezar a conocer sus posibilidades de desarrollar la actividad comercial en la campaña
bonaerense a principios del siglo XIX.
Los pulperos eran aquellos sujetos que tenían “tienda de pulpería [...] donde se venden diferentes
géneros para el abasto: como son vino, aguardiente y otros licores, géneros pertenecientes a droguería,
buhonería, mercería y otros; peron no paños, lienzos ni otros tejidos” según la definición que aparece
en el Diccionario de la Lengua Castellana..., Real Academia Española, Tomo V, Madrid, 1737. De
cualquier manera, las telas (sedas, zaraza, muselina, gasa y lino) figuran junto a una extensa variedad
de artículos en las pulperías. Al respecto, véase Carlos Mayo (dir.): Pulperos y pulperías de Buenos
Aires..., Op. Cit., pp. 49-66. Los tratantes se ocupaban de comprar “por mayor géneros comestibles,
para venderlos por menor” mientras que los tenderos ejercían la venta de “géneros, mercaderías y
otras especies [...] por menor” según las definiciones que aparecen en el Diccionario de la Lengua
Castellana..., Real Academia Española, Tomo VI, Madrid, 1739.
22 Los traficantes se encargaban del “comercio o trato, llevando y trayendo, de unas parte a otras, los
géneros y mercaderías, para venderlas o cambiarlas”, de acuerdo con la definición que aparece en en
el Diccionario de la Lengua Castellana..., Real Academia Española, Tomo VI, Madrid, 1739. Al igual que
ellos, los mercachifles también se dedicaron al comercio ambulante “llevando consigo todos sus
géneros”, según la definición que aparece en el Diccionario de la Lengua Castellana..., Real Academia
Española, Tomo IV, Madrid, 1734.
21

Sobre el giro comercial: algunos con poco... otros con mucho
Don Francisco Soler y Don Juan Blanco eran dos españoles que, en los convulsionados años
de la independencia, como muchos otros de sus compatriotas, se dedicaron a la actividad
comercial en la campaña porteña. Don Francisco tenía alrededor de sesenta años y vivía con
su esposa y tres hijos varones de menos de diez años mientras que Don Juan, residía con un
joven esclavo negro proveniente de Guinea y seguía soltero a sus casi cuarenta años. Varios
cientos de kilómetros separaban los domicilios de estos dos comerciantes. Francisco habitaba
con su familia en San Pedro, un partido del norte de la campaña situado a orillas del río
Paraná en tanto que Juan vivía en la frontera sur, no muy lejos del río Salado, en el pueblo de
Chascomús.
Sin embargo, mucho más que la distancia geográfica de sus respectivos lugares de residencia
fue la magnitud del giro comercial que manejaron en sus tratos, lo que diferenciaba a estos
dos comerciantes23. Francisco combinaba la cría de ganados con una pulpería en la que sólo
había invertido unos cincuenta pesos de capital de giro. En cambio, la tienda y pulpería de
Juan pareciera haber sido su actividad más importante, ya que giraba allí unos 8000 pesos:
varios miles más que Francisco, o dicho de otro modo, unas ciento sesenta veces más el
capital de giro invertido por éste.
Entre Don Juan Blanco y Don Francisco Soler hubo una considerable multitud de sujetos que
invirtieron desde algunos pocos hasta varios cientos e incluso miles de pesos en el comercio
rural. Comerciantes, mercaderes, pulperos, tenderos y tratantes, entre otros, conformaron un
universo de 617 individuos que nos han dejado establecido -en los listados que para el cobro
Se llamaba giro al “tránsito de dinero u letras, de unas manos a otras, para los comercios” según se
indica en el Diccionario de la Lengua Castellana..., Real Academia Española,Tomo IV, Madrid, 1734. Es
preciso señalar que el capital de giro no es el capital total de estos comerciantes sino sólo aquel que
ellos mismos declararon a los recaudadores Manuel Collantes y Francisco Pelliza o bien el que éstos
ultimos consignaron. Sin embargo, permite una primera aproximación que, aunque deberá ser
profundizada y complementada con el análisis de otras fuentes, permite conocer la magnitud de los
comercios de la campaña. A partir del capital de giro, estos dos recaudadores estipularon el monto (en
pesos y reales de la época) de las contribuciones que los comerciantes debían abonar. Respecto de la
utilización de los datos que aparecen en los listados que hemos examinado, es importante indicar que
probablemente los comerciantes subvaloraran (al menos en parte) sus propios capitales de gior a fin
de disminuir el importe de las tasas que estaban obligados a pagar mientras que los recaudadores
consignaran (sino en todos los casos, al menos en algunos) un mayor giro comercial a los efectos de
establecer una también mayor contribución para un Estado que, por ese entonces, estaba bastante
necesitado de recursos.
23
de las contribuciones extraordinarias efectuaron Don Manuel Collantes y Don Francisco
Pelliza- el capital de giro con el que operaban en sus negocios.
En los primeros años de la década de 1810, los comerciantes rurales tenían destinados en su
conjunto alrededor de 348.050 pesos de la época para el giro de sus “casas de comercio”.
Observando dicho giro, el volumen de los negocios de la campaña no pareciera haber sido
demasiado grande. Pensemos en Don Domingo Belgrano Pérez, por ejemplo. Este hombre,
que era uno de los comerciantes más grandes de la ciudad de Buenos Aires dejaba, al
momento de su muerte, un capital neto superior al giro del conjunto de estos comerciantes
rurales24. Hacia 1812, mientras tanto, los 453 comerciantes de la ciudad de Buenos Aires
declaraban en conjunto sumas bastante mayores que sus pares de la campaña en tal
concepto. Lo mismo hacían, un par de años más tarde, los 199 comerciantes de la vecina
ciudad de Montevideo. Los primeros contaban con 5.414.200 pesos al tiempo que los
segundos sumaban 2.676.000 pesos de capital de giro25. Visto en términos comparativos,
entonces, el giro de los comerciantes de la campaña porteña sólo representaba alrededor de
una decimosexta y una octava parte, respectivamente, del que tenían los comerciantes de
estas dos importantes ciudades del Río de la Plata.
Aproximadamente el 60% de todo el capital de giro que manejaron los comerciantes rurales
se distribuía equitativamente entre quienes tuvieron sus negocios en los partidos del norte y
aquellos que constituían el cinturón que rodeaba a la ciudad porteña (es decir, entre más de
la mitad de los sujetos que dejaron establecido su giro comercial), que eran precisamente las
zonas que aglutinaban no sólo a las mayores proporciones de habitantes sino también de
sujetos dedicados al comercio. El capital restante estaba en manos de los comerciantes de la
frontera sur y del oeste.
“Don Domingo Belgrano era sino el mayor, uno de los 4 o 5 mayores comerciantes de BA hacia fines
del siglo XVIII [...]. Su patrimonio neto al morir (es decir, descontado todo lo que debía) llegaba a la
cifra de 370.686 pesos 5 5/8 reales” señala en su trabajo Jorge Gelman: De mercachifle a gran comerciante.
Los caminos del ascenso en el Río de la Plata colonial, Universidad Internacional de Andalucía, España,
1996, p. 25.
25 Los datos sobre los comerciantes de Buenos Aires y sus capitales de giro surgen de un censo
elaborado hacia 1812. En 1814 se elaboró un censo que involucraba a 199 comerciantes de Montevideo,
incluyendo 126 sujetos que comerciaban al por mayor, 53 almaceneros y 20 comerciantes sueltos y sin
arraigo. Al respecto, véase el trabajo de Juan Carlos Nicolau: La reforma económico-financiera... Op. Cit.,
pp. 42-44.
24
Aunque tomados en conjunto los comerciantes de la campaña detentaban una media de giro
comercial que se acercaba a los 600 pesos, la mayoría de quienes se dedicaban a los tratos
comerciales contaron con una inversión algo menor: el capital de giro que tenían en sus
comercios rondaba los 300 pesos de la época26. Veamos el siguiente gráfico:
desde 2700
2400-2699
2100-2399
1800-2099
1500-1799
1200-1499
900-1199
600-899
300-599
menos de 300
0%
10%
20%
Comerciantes
30%
40%
50%
60%
Capital de Giro
Gráfico I: Los comerciantes rurales y sus giros. Fuente: AGN, sala x, 42-5-7 y 8-2-3
En primer lugar, podemos observar que en el rango inferior se encontraba un reducido
grupo de 80 comerciantes que giraban menos de trescientos pesos de capital. En conjunto,
aunque sólo lograron controlar el 4% del capital de giro que se manejaba en los negocios de
la campaña: una suma que apenas superaba los catorce mil pesos, estos comerciantes
representaban el 13% de los más de seiscientos sujetos censados por los recaudadores de la
contribución. Recordemos que en muchos de los comercios minoristas de la ciudad de
Buenos Aires, mientras tanto, el capital invertido también era considerablemente limitado: el
porcentaje de pulperos cuyo principal rondaba estas cifras superaba el 15%27.
Esta última cifra es, precisamente, la que mayor cantidad de veces (103) se repite.
A pesar del monto que Azara consideraba necesario para abrir un comercio, varias eran las
pulperías de Buenos Aires que contaron con un capital inferior. “Sobre un total de 65 pulperías cuyo
capital conocemos, 11 (el 16.9%) tiene menos de 201 pesos de principal” señala Carlos Mayo (dir.):
Pulperos y pulperías... Op. Cit., p. 28. Es preciso decir que el autor indica que el capital ha sido calculado
a partir del valor de las mercaderías en stock, los bienes de uso y el efectivo en caja.
26
27
En el siguiente peldaño, se encontraba más del 50% de los comerciantes rurales que
concentraban en sus manos casi el 40% de todo el capital de giro de la campaña: un grupo de
338 individuos que manejaban unos ciento treinta mil pesos de giro, es decir unas nueve
veces más el capital que manejaban los comerciantes del rango inferior. Por encima de ellos,
113 comerciantes contaban con más de setenta y ocho mil pesos.
Así, si examinamos el gráfico desde la cantidad de comerciantes que contaban con capital de
giro podemos observar que la distribución del giro total de la campaña no era muy desigual
entre quienes se dedicaron a esta actividad. Más de doscientos veinte mil pesos (el 64% del
capital total) estaban distribuidos entre los 531 comerciantes (el 86% de los sujetos) que se
ubican en los tres rangos inferiores del gráfico.
Al interior de la campaña, como podemos apreciar en el siguiente cuadro, esta tendencia se
mantenía: la mayoría del capital de giro dentro de cada una de las zonas se distribuía entre
los comerciantes que conformaron el grupo que giraba menos de 900 pesos
Zona de la Campaña
Desde menos de 300 hasta 899
Desde 900 a más de 2700
Comerciantes
Capital de Giro
Comerciantes
Capital de Giro
Norte
79%
56%
21%
44%
Cercana
91%
75%
9%
25%
Oeste
85%
65%
15%
35%
Sur
88%
62%
12%
38%
Cuadro I: Distribución de comerciantes según su capital de giro. Fuente: Idem Gráfico I
No obstante, también podemos ver algunas particularidades: casi todos los comerciantes
asentados en las cercanías de la ciudad de Buenos Aires así como aquellos que residían en la
frontera sur mantenían sus comercios con giros inferiores a tal cantidad, en proporciones que
rondaban el 90% de los sujetos. Los comerciantes de la zona oeste que se ubicaban en estos
rangos ocupaban un cercano segundo lugar.
Ahora bien, no todos ellos tenían en promedio giros similares. Tampoco concentraban una
proporción similar del total del capital del grupo. Mientras que los comerciantes que vivían
en el norte contaban con una media de 468 pesos para el giro de sus negocios y reunían en
sus manos casi el 30% de los más de doscientos veintitrés mil pesos que manejaba el
conjunto, sus pares de Chascomús, Magdalena y San Vicente habían invertido unos 389
pesos en sus negocios congregando el 20% del capital total. Entre unos y otros, los
comerciantes de la campaña cercana vinculados con el abastecimiento de productos para el
mercado de Buenos Aires manejaban sus tratos con una media de 400 pesos aunque eran
quienes concentraban la mayor proporción del giro total (34%).
Entonces, si bien la distribución no era muy desigual, la concentración de ese giro -o dicho de
otro modo, del caudal destinado a reproducirse a través del comercio- sí lo era un poco más.
Por encima de los 900 pesos, un conjunto de 86 comerciantes (es decir, proporcionalmente
similar al grupo ubicado en el rango inferior) había invertido en sus comercios unos ciento
veinticuatro mil pesos Así, el 14% de los comerciantes de los siete rangos superiores del
gráfico manejaban alrededor de un 40% del capital de giro28.
Por otra parte, en el cuadro también podemos observar que dentro de los rangos que
agrupaban a los comerciantes que concentraban novecientos pesos de giro o más, se
destacaron proporcionalmente los sujetos dedicados al comercio en la zona de mayor
antigüedad de asentamiento: el norte de la campaña porteña. Ellos eran, además, quienes
concentraban las mayores proporciones del conjunto del giro que manejó este grupo:
alrededor de un 40% sobre un total de cientro veinticuatro mil pesos estaba en sus manos. El
60% del giro restante se distribuía equitativamente entre los comerciantes de las otras zonas
de la campaña agrupados aquí. A pesar de ello, los 35 comerciantes norteños sólo contaron
con una media de capital que no alcanzaba a los mil cuatrocientos pesos mientras que los 16
Dos trabajos de Jorge Gelman y Daniel Santilli: “La campaña de Buenos Aires en 1839. Un análisis
desde la Contribución Directa”, XVII Jornadas de Historia Económica, Universidad Nacional de
Tucumán, septiembre de 2000 y “Distribución de la riqueza y crecimiento económico. Buenos Aires en
la época de Rosas”, 4tas. Jornadas de Investigadores del Departamento de Historia, Universidad Nacional
de Mar del Plata, octubre de 2002, ponen de manifiesto la composición y la distribución de la riqueza
en la campaña porteña hacia mediados del siglo XIX. Los autores demuestran que la distribución de
dicha riqueza (que incluía en una pequeña proporción el giro comercial) era muy desigual y su
concentración muy aguda.
28
comerciantes del sur giraban en promedio casi mil ochocientos pesos: unos cuatrocientos
pesos más que aquellos.
Veamos ahora, en el siguiente gráfico, que podemos advertir en cuanto escarbamos aún más
al interior de las distintas zonas de la campaña.
desde 2700
2400-2699
2100-2399
1800-2099
Sur
1500-1799
Oeste
1200-1499
Cercana
900-1199
Norte
600-899
300-599
menos de 300
0%
20%
40%
60%
80%
Gráfico II: Distribución del capital de giro al interior de la campaña. Fuente: Idem Gráfico I
De los 418 comerciantes ubicados en los dos rangos inferiores del gráfico, alrededor del 60%
se asentaban en las cercanías de la ciudad de Buenos Aires o en la frontera sur. Ellos eran,
además, quienes concentraban las mayores proporciones del capital de giro que manejaba
este grupo. Cierto es que poco o casi nada sabemos por ahora de la trayectoria seguida por
muchos de estos agentes sociales que, con giros más o menos reducidos, se dedicaron al
comercio rural. Algunos nombres, su caudal de giro y la ubicación de su negocio son los
limitados datos que por el momento tenemos para varios de estos sujetos.
Ignoramos qué pasó, por ejemplo, con el negocio que Vicente Gallo abrió en San Salvador de
Lobos en septiembre de 1813 y en el que operaba con unos 200 pesos de capital de giro.
Tampoco sabemos que hizo Pedro Nievas con el comercio en el que giraba unos 300 pesos y
que había abierto en Magdalena el 18 de septiembre de 1815. No obstante, contamos con la
información que nos brindan los padrones de población de principios del siglo XIX para
algunos de ellos. Y es a partir de dicha información que podemos acercarnos a conocerlos un
poco más.
Como Don Francisco Soler, que giraba apenas unos cincuenta pesos, otros setenta y nueve
pobladores rurales decidieron invertir algún dinero en el comercio, no mucho: menos de
trescientos pesos29. En 1802, Don Pedro Alcántara Pérez, que tenía su pulpería de “efectos
secos” en la Capilla del Pilar, le había adelantado a Don Eduardo Zárate unas mercaderías
por un valor de cincuenta y un pesos con un real. Y a pesar de los numerosos problemas que
tuvieron estos dos hombres con la autoridad, en ocasión del embargo de las mismas, el
listado efectuado por este motivo nos puede dar una idea del equivalente en mercaderías de
tan pequeño giro. El Alcalde que realizó la requisa de lo que él mismo consideraba una
pulpería volante, reseñó los siguientes bienes: un barril de aguardiente (con dos o tres frascos
menos), ocho frascos de vino, media arroba de azúcar, dos arrobas de pasas de uva, medio
tercio de yerba, una cuartilla de aguardiente, media arroba de algodón, cinco pesos de jabón,
ochenta o más pliegos de papel y tres libras de comino, además de la carreta y algunos
elementos de medida30.
Probablemente estos hombres que comerciaban en una escala tan reducida vieron en el
tráfico mercantil un arbitrio más, otro medio que les permitía complementar -durante un
cierto tiempo- los ingresos necesarios para su mantenimiento y el de sus familias. Por eso,
varios de ellos fueron censados en los padrones de la época desarrollando diferentes
actividades productivas. Muchos estaban ligados a la agricultura o a la cría de ganados,
Al parecer, cincuenta pesos era el capital de giro mínimo que se necesitaba para abrir un comercio.
Al menos tal es la cifra más pequeña que aparece en las razones y relaciones de pulperos que hemos
consultado. Sin embargo, Carlos Mayo nos indica, a través de las palabras de un reconocido viajero,
cuánto dinero hacía falta para establecer un comercio cuando señala que “No era difícil entrar en el
negocio. Sólo era necesario reunir capital de unos 200 pesos, nos dice Azara, modesta suma ‘que
cualquiera le presta’” en Pulperos y pulperías... Op. Cit., p. 25.
30 El sumario levantado en ocasión del embargo se puede consultar en el Archivo Histórico de la
Provincia de Buenos Aires (AHPBA), cuerpo 13, 1-3-40.
29
como labradores, hortelanos, sembradores, estancieros, hacendados o criadores. Otros
complementaban su oficio de zapateros, carpinteros, sastres, panaderos, carreteros o las
funciones militares con el comercio.
Tal parece haber sido, por ejemplo, el caso de María de los Ángeles Frías. En 1815 esta
estanciera, que a sus 38 años se encontraba sola (había enviudado) y con cinco hijos menores
de 14 años que alimentar, vivía en Magdalena. El pequeño comercio que había abierto a fines
de 1813 y que manejaba con no más de 150 pesos de giro debía servirle de algún auxilio.
También José Tomás López buscó esos otros arbitrios en el pequeño comercio que por algún
tiempo había establecido en Lobos en marzo de 1813 con un giro de 200 pesos. Dos años
después, el entonces labrador de 64 años, oriundo de Córdoba, aún vivía en el partido junto
con su esposa y sus catorce hijos (entre varones y mujeres) aunque ya no se dedicaba al
comercio.
Lo mismo hacía Tomás Díaz, que se dedicaba tanto a la cría de ganados como al pequeño
negocio en el que giraba unos cien pesos de capital, y que vivía con su esposa, dos hijos
varones, una hija, su nuera y dos pequeñas nietas en el partido de San Pedro. Por otra parte,
Ignacio Torena, un nativo de San Vicente que tenía unos doscientos pesos de capital de giro
en su comercio, vivía con su esposa, su hija y su suegro. Todos ellos, como los restantes
pobladores de la campaña que parecen haber buscado en algún momento de sus vidas a
través de un muy reducido comercio el complemento de sus necesidades de subsistencia y
las de sus familias, obtuvieron de sus propios núcleos familiares la mano de obra
fundamental e indispensable para el desarrollo de tales actividades31.
Sin embargo, algunos de ellos a veces también recibían algo de ayuda “extra”. Quienes se
agrupaban en este rango y vivían en el norte o en las cercanías de la ciudad contaron además
Bien sabemos, no obstante, que otras personas que no necesariamente compartían la residencia pero
que estaban vinculadas entre sí por algún tipo de lazo de parentesco, vecindad, paisanaje o
compadrazgo brindaban su ayuda en caso de necesidad. Seguramente, tanto quienes se encontraban
en el primero como en el segundo rango del gráfico II debieron haber generado algunas relaciones de
este tipo. Al respecto, véanse los trabajos de Juan Carlos Garavaglia: “De ‘mingas’ y ‘convites’: la
reciprocidad campesina entre los paisanos rioplatenses” y “Pobres y ricos: cuatro historias edificantes
sobre el conflicto social en la campaña bonaerense (1820/1840)”; ambos en Poder, conflicto y relaciones
sociales. El Río de la Plata, XVIII-XIX, Homo Sapiens, Buenos Aires, 1999. Véase además José Mateo:
Población, parentesco y red social en la frontera. Lobos (provincia de Buenos Aires) en el siglo XIX, GIHRR,
Universidad Nacional de Mar del Plata, 2001, (especialmente el capítulo 4).
31
con la fuerza de trabajo de uno o dos esclavos para llevar adelante sus actividades. Los
comerciantes del sur, en cambio, hicieron lo propio con los agregados. Por otra parte, sus
pares de la campaña oeste fueron quienes accedieron a mayores proporciones de trabajo
extrafamiliar, en comparación con los comerciantes del grupo que habitaban las restantes
zonas. Estos sujetos contaban, en promedio, con el auxilio de un agregado, más de un
dependiente y casi dos esclavos; es decir, alrededor de cuatro personas que no formaban
parte de sus familias.
El caso de Ildefonso Barrancos sirve de ejemplo de lo estamos hablando. Este hombre, de
unos 54 años, nativo de la Guardia de Luján (hoy Mercedes, en donde residía hacia 1815) era
labrador, teniente de milicias y atendía un negocio en el que había invertido unos cien pesos
de giro. Vivía con su esposa, tres hijos varones que lo ayudaban en las tareas de labranza,
una hija, cinco agregados (dos de los cuales ejercían el oficio de zapateros), cuatro jornaleros
y ¡ocho esclavos!.
Don Pedro Alcántara Pérez, a quien mencionamos anteriormente, era uno de los
comerciantes que contaban con giros de entre 300 y 600 pesos. A mediados de la década de
1810 todavía atendía la pulpería que había instalado en Pilar a principios del siglo y en la que
tenía invertidos 300 pesos de giro. Ahí era donde vivía y trabajaba con su esposa María, sus
cuatro hijos y sus seis hijas. Con un giro que duplicaba al de Don Pedro, también Don
Manuel Covián había montado tiempo atrás un comercio en el partido de San Fernando,
cerca de la ciudad de Buenos Aires. Este europeo de treinta años residía allí con su joven
esposa y sus dos pequeñas hijas.
Por su parte, Doña Petrona Olivera, una mujer de 36 años, oriunda de Buenos Aires y madre
de seis hijos, sumaba las ganancias de los 300 pesos del giro que tenía en el comercio que
había abierto en Quilmes el 22 de noviembre de 1813 a las entradas que su marido, obtenía
de la hacienda que poseían. Con igual giro Vicente Lagosta, de 31 años, complementaba su
función como teniente de alcalde con la atención del negocio que tenía en el pueblo de
Chascomús y en el que, seguramente, lo ayudaban quienes vivían con él: su hermano, sus
tres hermanas y la esclava que poseía.
Entre quienes se ubicaban en el segundo rango, la incidencia del trabajo de la propia familia
si bien era importante, no era tan determinante como entre aquellos que estaban en el
peldaño inferior. Pocos eran los miembros de este grupo que vivían exclusivamente con sus
familias. Por lo general, este grupo de comerciantes pudo obtener el auxilio laboral de más
de un esclavo, un agregado y casi un dependiente para desarrollar sus negocios.
Como Vicente Lagosta, Don Francisco Mena fue uno de ellos. Este hombre, oriundo de
Galicia y de 42 años, además de la ayuda de su esposa y sus cuatro hijos, contó con el aporte
del trabajo de sus dos sobrinas y la esclava que tenía para atender el negocio que había
establecido en Baradero. También Francisco Lozano, un porteño de 54 años instalado en
Magdalena, se encargaba de su estancia y de su pulpería con el apoyo de su esposa Seferina,
algunos de sus diez hijos, su madre y sus tres hermanos, tres esclavos y una criada liberta.
Dentro de este rango, los comerciantes que residieron en el norte de la campaña porteña
fueron quienes recibieron los mayores aportes del trabajo extrafamiliar: más de dos esclavos,
casi dos agregados y un jornalero vivían con ellos mientras que sus pares de las cercanías de
la ciudad y de la zona oeste incorporaron, en promedio, sólo dos personas que no
pertenecían a sus núcleos familiares: un esclavo y un agregado o un jornalero.
Por otra parte, entre estos comerciantes rurales se encontraban varios de los individuos que
conformaron algunas de las unidades censales más grandes de la campaña32. Tal es el caso de
Don Francisco Miguez, un sujeto de 53 años, oriundo de Buenos Aires y que contaba con un
capital de giro de unos 400 pesos en el negocio que le había comprado a un tal Tiburcio
Machado. Este hacendado del partido de Magdalena atendía sus múltiples actividades con la
ayuda de su esposa Ana, sus cinco hijos, doce esclavos, once agregados y nueve peones.
También Don Tomás Lima, un nativo de Arrecifes, contaba con una considerable proporción
de mano de obra familiar y extrafamiliar para atender el comercio que había instalado en el
partido con unos 500 pesos de capital de giro. Don Tomás, de 46 años, estaba casado con
Para un análisis de las grandes unidades censales se puede consultar la ponencia del GIHRR: “Más
allá de la familia nuclear: las ‘grandes’ unidades censales de la campaña de Buenos Aires en 1815”,
VIII Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Universidad Nacional de Salta, septiembre de
2001.
32
Doña Berta Vasquez y tenía una hija. Con él vivían, además, su hermana, sus siete sobrinos,
once peones y ¡diecinueve esclavos!.
El capital que tenían invertido Francisco Miguez y Tomás Lima en sus esclavos era, con
mucho, bastante más alto que aquel que habían destinado para el giro de sus negocios. En
términos comparativos, estos dos hombres habían colocado unas seis o siete veces más
capital en la compra de mano de obra esclava que en el giro comercial. Bien sabemos que los
esclavos eran, detrás del ganado, una de las principales formas de acumulación de capital33.
Pero además, y dado que el comercio era una actividad que implicaba muchos riesgos
(algunos de los cuales los veremos en el siguiente capítulo) estos “medianos” comerciantes
podrían haber preferido invertir en esclavos antes que en el giro de sus comercios. Inversión
que les permitiría, por otra parte, sostener sus otras actividades productivas cuando las
tenían.
En el tercer rango de la escala estaban ubicados los 113 comerciantes que habían invertido
entre 600 y 900 pesos en el comercio rural. Contaban, en conjunto, con unos 78400 pesos de
giro: es decir, casi seis veces más que sus pares del primer rango, concentrando así un 22.5%
del capital que en tal concepto tenía el conjunto de los comerciantes rurales. Entre ellos se
encontraba por ejemplo Don José Blanco, un hombre de 32 años, nacido en Galicia, que se
había asentado en el partido de San Antonio de Areco en donde había instalado una pulpería
con un giro de 700 pesos. No mucho tiempo atrás se había casado con Cayetana con la que
vivía en compañía de los hijos de ésta, dos agregados y dos esclavos.
Mientras que en los dos primeros rangos la mayoría de quienes se dedicaban al tráfico
mercantil vivían en las cercanías de la ciudad o en la frontera sur, un 41% de estos
comerciantes se habían establecido principalmente en el norte de la campaña mientras que
apenas un 12 % de los sujetos de este grupo habitaban alguno de los partidos del sur. Los
“¿Cómo se repartía exactamente la masa total de bienes productivos (más de 911.000 pesos de la
época) que comprenden los 400 inventarios elegidos? [...] los ganados constituyen el primero de los
rubros con un 42% del total de los bienes [...] el 17% del total de los bienes -o sea, el segundo rubro
relativo detrás de los vacunos- se refiere al capital invertido en la compra de... hombres, es decir,
esclavos” señala en su trabajo de Juan Carlos Garavaglia: Pastores y labradores de Buenos Aires. Una
historia agraria de la campaña bonaerense, 1700-1830, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1999, p. 126. El
autor indica además que el precio promedio de los esclavos de las estancias era de 189 pesos (ver la
nota al pie 46, p. 327).
33
comerciantes de la zona norte eran, también, los que reunían una considerable proporción
(41%) del capital de giro con que operaban el conjunto de estos sujetos. Recordemos, además,
que en esta zona se encontraban con mayor frecuencia aquellas categorías ocupacionales
(comerciantes propiamente dichos y mercaderes, por ejemplo) vinculadas a un comercio más
estable y de más largo alcance.
Estos comerciantes, como varios de sus pares del segundo rango, pudieron contar tanto con
la fuerza laboral de sus familias como con mano de obra extrafamiliar. En términos
generales, estos sujetos tenían acceso al trabajo de un individuo (entre agregados y
dependientes) y más de dos esclavos además de la mano de obra de unas cuatro personas
que conformaban sus propios núcleos familiares. Este perfil se mantenía, casi sin variantes,
entre los comerciantes de este grupo que residían en el norte de la campaña. Sus pares del
oeste en cambio, constituyeron familias un poco más pequeñas, aunque contaron con el
trabajo de dos esclavos y otra persona más. Por su parte, los comerciantes de la campaña más
cercana a la ciudad fueron los que tuvieron un mayor acceso a mano de obra extrafamiliar:
casi dos esclavos y alrededor de tres hombres más, sobre todo dependientes.
Don José Lino Gamboa era un porteño de 48 años que manejaba un negocio con 2000 pesos
de giro en la Villa de Luján, en donde residía con su esposa Micaela y seis esclavos. El era,
además, uno de 78 los comerciantes del grupo que giraban entre 900 y 2100 pesos de capital
y que se encuentran agrupados en los cuatro rangos intermedios del gráfico II. Este conjunto
de personas vinculadas a los tratos mercantiles representaban el 13% del total de los
comerciantes rurales y giraban en sus comercios casi cien mil pesos, es decir unas siete veces
más capital que los comerciantes agrupados en el primer rango. En su totalidad, estos
hombres concentraban en sus manos el 28% de todo el capital de giro de la campaña.
Sólo una muy pequeña parte de estos comerciantes de la campaña aparecen en los padrones
de población desarrollando alguna actividad distinta de la comercial. Unos pocos labradores,
hacendados o estancieros y algún panadero, entre otros. Don Pedro Islas y Don Marcos
Pagliani pueden servirnos de ejemplos. Don Pedro era un estanciero nativo del partido de
Chascomús que tenía 60 años de edad hacia 1815 y estaba casado con Pascuala Nieto. De sus
seis hijos, el mayor, Camilo, atendía una pulpería que había establecido en el partido y en la
que giraba unos 1000 pesos. Como Pedro, Don Marcos también se dedicaba a la cría de
ganados. Era un hacendado de origen italiano, soltero y de 36 años, que vivía en Morón junto
con seis esclavos y trece peones conchabados. Allí, cerca de la ciudad, había establecido un
comercio, con unos 1000 pesos de capital de giro, en compañía con Benito Iglesias.
Ellos, al igual que quienes giraban entre 600 y casi 900 pesos de capital, se asentaban
principalmente en los partidos de la campaña norte. 31 de estos 78 comerciantes vivían allí
mientras que en los partidos del sur su participación era muy reducida: seis sujetos
habitaban en el pueblo de Cahscomús, otros cinco lo hacían en San Vicente y sólo dos
residían en Magdalena.
Por encima de estos comerciantes se destacaban otros. Eran apenas ocho hombres que,
agrupados en los tres rangos superiores del gráfico, bien podrían ser considerados
verdaderamente como los más “grandes” agentes comerciales de la campaña por su
inversión en el giro comercial. Estos muy prominentes individuos habían destinado para sus
negocios un caudal que sobrepasaba los 2100 pesos de capital.
En conjunto, sólo representaban el 1.3% de los 617 comerciantes considerados y
concentraban en sus manos alrededor del 7.3% del capital de giro que se había invertido en
los comercios de la campaña. Estos ocho hombres reunieron alrededor de 25550 pesos de
giro, es decir poco menos del doble del que manejaron sus pares del primer rango. En
términos comparativos, estos “grandes” comerciantes rurales no parecían ser tales si
cotejamos el giro que manejaban con los capitales que destinaron al tráfico mercantil los
comerciantes a gran escala de la ciudad de Buenos Aires34.
Habida cuenta de los cientos de pobladores de la campaña que se dedicaron a las actividades
mercantiles y de la magnitud de los giros con que operaban en sus tratos, este pequeño
grupo de “grandes” comerciantes lejos está de poder ser visto como aquel que, dado su
poderío económico, habría dominado la estructura comercial de la campaña. Hacia la misma
época, por caso, los “grandes” comerciantes citadinos, que representaron entre el 6% y el 7%
del total, sí parecen haber imperado en el comercio porteño ya que reunían en sus manos
“Los comerciantes a gran escala habían invertido grandes sumas de dinero, de 50.000 pesos para
arriba, en el comercio” según señala Susan Socolow: Los mercaderes del Buenos Aires virreinal: familia y
comercio, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1991, p. 71.
34
entre el 30% y el 40% del capital de giro: una suma que rondaba entre un millón y medio y
los dos millones y medio de pesos35.
Los más “grandes” comerciantes de la campaña se distribuyeron, principalmente, en la zona
norte y en el sur. Para ser más exactos en el partido de San Nicolás de los Arroyos y en el
pueblo de Chascomús, respectivamente36. Ambos lugares se habían constituido como ejes
que articulaban espacios de producción y comercialización más o menos amplios. Posición
que seguían manteniendo hacia mediados del siglo XIX37. Por otra parte, el norte y el sur
eran las zonas en las que, como hemos visto, se concentraban las mayores proporciones de
los giros comerciales que manejaban los comerciantes que tenían mas de 900 pesos de capital.
En conjunto, los más “grandes” comerciantes del norte tuvieron a su alcance más
posibilidades de acceder a mayores proporciones de mano de obra extrafamiliar que sus
pares del sur. Aquellos contaron con la ayuda de dos agregados y con el aporte laboral de
casi cuatro esclavos, en promedio, mientras que entre éstos la presencia de agregados era
prácticamente nula y solamente contaban con uno o dos esclavos.
Veamos, entonces, quienes fueron esos “grandes” comerciantes de San Nicolás. José
Norberto Carranza era un cordobés de unos 30 años que estaba casado con Vicenta Alcaráz,
una joven mujer nativa de San Nicolás. Este matrimonio tenía dos esclavos. José manejaba su
comercio con unos dos mil cuatrocientos pesos de capital de giro. Con un giro similar operó
Nicolás Rademil, un italiano de 36 años que también se había casado con una nativa del
partido, Micaela Cuello, con quien tenía una pequeña hija. Dos esclavas y una mujer
agregada con su hija constituían la fuerza de trabajo no familiar con que este hombre
contaba.
“veintisiete comerciantes sumaban 1.473.000 pesos, incrementados luego a 2.500.000, es decir que, en
el primer censo [de 1812] el 5.9% detentaba el 27% del total del capital asignado, mientras, en el
segundo [de 1813] el 7.3% de los censados agrupaban el 41.5% de los capitales establecidos” indica
Juan Carlos Nicolau: La reforma económico-financiera..., Op.Cit, p. 46.
36 San Nicolás de los Arroyos ha sido objeto de un pormenorizado estudio. Al respecto, véase el
trabajo de Mariana Canedo: Propietarios, ocupantes y pobladores..., Op. Cit. Sobre Chascomús, véase el
trabajo de Guillermo Banzato y Guillermo Quinteros: “La ocupación de la tierra en la frontera
bonaerense. El caso de Chascomús, 1779-1821” en Estudios de Historia Rural, Nº 2, La Plata, 1992.
37 Precisamente San Nicolás y Chascomús eran los lugares que se destacaban, junto con Quilmes en la
campaña cercana, por su concentración de giro comercial hacia 1839. Al respecto, véase el trabajo de
35
Dos mil quinientos pesos era el giro que habían destinado para sus casas de comercio
Faustino Sánchez y Manuel Ruibal. Don Faustino, oriundo de Buenos Aires, tenía unos 31
años. Vivía con su esposa María, nacida en San Nicolás, su pequeño hijo, sus dos hermanas y
un hermano que aparecía registrado como esquelero. Siete esclavos y una viuda agregada
con sus tres hijos vivieron también con él. Don Manuel Ruibal, por su parte, fue el mayor de
los dos hijos varones de un hortelano de origen español, Santiago Ruibal. Su madre y sus dos
hermanas residían con ellos.
Pasemos ahora a conocer a los “más grandes” comerciantes del sur de la campaña. Junto con
Don Juan Blanco -a quien ya hemos presentado en las primeras páginas de este trabajo- otros
dos muy “grandes” comerciantes rurales, Don Francisco Lamadrid y Don Francisco Mesura,
estaban asentados en el pueblo de Chascomús. Solamente Don Francisco Mesura -conocido
historiográficamente por sus actividades en servicio del Departamento Topográfico- aparece
registrado en los padrones de población de 1815 como piloto agrimensor de provincia y
comercio. Era un español que, a la sazón, rondaba los 35 años y estaba casado con
Ermenegilda Mansilla, de unos 27 años y oriunda de Buenos Aires.
Por su parte, Don Francisco Lamadrid tenía dos casas de comercio en las que giraba, en
promedio, cerca de dos mil trescientos pesos. Su hermano José y un agregado (censados
como tendero y pulpero, respectivamente) parecen haber sido los encargados de manejar
estos negocios en calidad de dependientes a intereses. Recordemos que el mecanismo de
formar “sociedades a partir utilidades” no sólo era una práctica muy extendida en el
comercio, tanto a pequeña como a gran escala, sino que fue, además, una forma de iniciarse
en la actividad mercantil.
En conjunto, los tres “grandes” comerciantes de Chascomús concentraron casi el 52% de los
25.550 pesos de giro que manejaban estos sujtos, al reunir en sus manos poco más de trece
mil pesos. Una importante suma que, en realidad, no pareciera ser tan relevante si la
comparamos con la regular fortuna que tenía una vieja vecina de San Isidro: Doña María
Jorge Gelman y Daniel Santilli: “La campaña de Buenos Aires en 1839. Un análisis desde la
Contribución Directa”, Op. Cit.
Frutos. Gracias a la producción triguera y a la molienda esta mujer había acumulado, hacia
1800, bienes muebles e inmuebles, trigo y plata efectiva por un valor de 12725 pesos38.
Alrededor de un 40% de esos veinticinco mil y pico de pesos de capital de giro que
destinaron al comercio estos sujetos estaba en manos de estos cuatro “grandes” comerciantes
que residieron en de San Nicolás. Este partido, ubicado a la vera del río Paraná, se incluía en
un área de importante circulación que lo vinculaba con un amplio espacio económico. Así lo
pone de manifiesto la presencia de varios productos del partido en los mercados de Buenos
Aires, el Alto Perú, Mendoza o Minas Gerais. Por otra parte, en varias oportunidades, San
Nicolás se convirtió en el paso obligado para quienes se dirigían a Buenos Aires. Como
hemos visto, además, este era el partido que concentraba las mayores proporciones de los
comerciantes que residían y desarrollaban sus actividades en la zona norte de la campaña.
Don Francisco Gutiérrez era el único de estos “grandes” comerciantes que residía en las
cercanías de la ciudad hacia 1815, en el partido de Flores39. Este español, de más de 60 años,
vivía allí con su esposa, cuatro hijas de menos de diez años y una agregada. Su comercio se
sustentaba con un giro de unos 2500 pesos.

Un cierre provisorio
Desde su fundación definitiva a fines del siglo XVI la ciudad de Buenos Aires se fue
convirtiendo en un nudo de intermediación que unía vastos espacios productivos y de
comercialización. Este proceso, visible desde hacía largo tiempo, recién se institucionalizó a
fines del siglo XVIII. En los primeros decenios de la siguiente centuria, la coyuntura
independentista daría lugar a algunos cambios.
Casa, esclavos, trigo acumulado y plata efectiva eran sus bienes más importantes. Doña María
Frutos además era propietaria de una atahona, poseía tierras, montes y algunos animales de chacra.
Estos datos pueden consultarse en el trabajo de Juan Carlos Garavaglia: Pastores y labradores de Buenos
Aires..., Op. Cit. cuadro Nº 6, p. 328. De cualquier manera, debemos aclarar que desconocemos el valor
del conjunto de los bienes de estos comerciantes y, por lo tanto, no sabemos cuanto representa el giro
de estos hombres sobre su capital total. Hecho que hace que esta comparación sólo sea pertinente a
título ilustrativo.
39 Sobre Flores, véase el trabajo de María Valeria Ciliberto: “Los agricultores de Flores, 1815-1838.
Labradores ‘ricos’ y labradores ‘pobres’ en torno a la ciudad” en Raúl Fradkin, Mariana Canedo y José
Mateo (comps.): Tierra, población y relaciones sociales..., Op. Cit.
38
Acompañando este proceso, algunas modificaciones se sucedieron también en el espacio que
rodeaba a la ciudad-puerto. Se expandió la frontera más allá del río Salado y nuevas tierras
fueron puestas en producción (y de alguna forma en propiedad). Junto a una creciente y cada
vez más heterogénea población rural, un amplio tejido de comercialización buscaba ocuparse
de los intercambios comerciales en distintas escalas y manejando diversos recursos.
Comerciantes, pulperos, mercaderes, tenderos y mercachifles formaron parte de ese tejido
que, en los turbulentos años de la independencia, buscaba aprovechar las oportunidades de
viejos y nuevos circuitos de intercambio.
Esa multitud de agentes sociales que ejercieron la compra y venta de productos de forma
central o como complemento de otras formas de ingreso han sido, precisamente, el eje de
nuestra atención en las páginas precedentes. A sabiendas que la tarea de explicar el
funcionamiento de los tratos mercantiles que los comerciantes rurales desarrollaron en el
ámbito de la campaña bonaerense de principios del siglo XIX está aún lejana, en este trabajo
hemos optado por describir algunas de sus características a fin de empezar a avanzar en
nuestro conocimiento sobre ellos.
Así, en primer lugar, hemos mostrado a un grupo bastante reducido de comerciantes
dedicado a un tráfico a escala reducida con una inversión que no alcanzaba a los 300 pesos
de capital de giro, a un comercio ambulante e inestable. Traficantes y mercachifles se
englobaban en este sector. En términos generales, su presencia era significativamente más
importante en el sur o bien en alguno de los partidos de la zona más cercana a la ciudad de
Buenos Aires.
Por lo común, quienes se dedicaban al comercio con un giro tan limitado, encontraban en la
mano de obra de su núcleo familiar la principal fuente de fuerza laboral -cuando no la única
alternativa- a la hora de desarrollar sus actividades. Muchos de ellos, casi todos, buscaban en
el comercio una forma de complementar sus otras actividades productivas. En conjunto,
estos comerciantes tenían una muy escasa participación en el giro comercial total que se
manejaba en la campaña.
Por encima de ellos, un grupo muy numeroso de comerciantes estaban dedicados al
comercio al menudeo para el abastecimiento de la población rural. Pulperos, tratantes y
tenderos formaron parte de este grupo. Este amplio sector de comerciantes concentraron en
sus manos más de la mitad del capital de giro total que se manejaba en el ámbito rural.
Algunos de ellos manejaban un giro de entre 300 y 600 pesos de capital y, al igual que el
sector ubicado en el rango inferior, en su mayoría residían en el sur y en la zona más
próxima a la ciudad.
Otros operaban en sus tratos con capitales de entre 600 y 900 pesos, siendo
proporcionalmente mayor su presencia en los partidos del norte de la campaña. Estos y
aquellos obtuvieron parte de la ayuda necesaria para desarrollar sus actividades (comerciales
o no) en sus propios núcleos familiares. No obstante también contaron con la fuerza laboral
de esclavos y agregados. En algunos casos, la mano de obra extrafamiliar fue bastante más
importante que el aporte de trabajo familiar.
Además de estos comerciantes, varios otros sujetos dedicados a esta actividad conformaron
grupos que giraban cantidades bastante importantes de capital de giro en sus comercios.
Entre ello, la mayoría había invertido entre 900 y 2100 pesos de capital y habitaban sobre
todo en los partidos de la zona norte. Mercaderes y comerciantes se incluían dentro de este
grupo que estaba vinculado a un comercio de amplio alcance y de una considerable
envergadura económica. Estos comerciantes parecen haberse dedicado al comercio a tiempo
“más” completo en comparación con aquellos que no tenían fondos de tal magnitud para
realizar sus negocios. A pesar de contar con el auxilio de sus familias, los este sector de
comerciantes no dependieron de la mano de obra familiar para llevar adelante sus tratos.
Por último, nos encontraríamos con un grupo proporcionalmente muy reducido de
comerciantes cuyos giros superaban los 2100 pesos de capital: sólo ocho individuos se
podrían incluir aquí. El partido de San Nicolás de los Arroyos en el norte y el pueblo de
Chascomús en el sur concentraron a estos pocos sujetos que podríamos considerar en la cima
de la estructura comercial de la campaña. A pesar de la magnitud de sus capitales, los
comerciantes de este grupo no eran aquellos que dominaban el comercio rural. Estos
“grandes” comerciantes no alcanzaron a reunir una porción significativa del giro comercial
total que se manejaba en la campaña: menos de una décima parte de tal capital se encontraba
en sus manos (y apenas resisten la comparación con los grandes comerciantes urbanos).
En resumen, una mirada desde las categorías ocupacionales y desde el giro comercial al
variado mundo de los comerciantes rurales nos ha permitido observar tanto el empuje que
aún mostraban los viejos espacios, mercados y rutas de comercialización a mediados de la
década de 1810, como el impulso gradual pero progresivo de los nuevos. La concentración
de los comerciantes que manejaron más de 2100 pesos de capital de giro en el norte así como
la presencia de algunos de estos importantes comerciantes en el sur de la campaña nos lo
demuestran. Con todo -por su distribución al interior de las distintas zonas, por la magnitud
del giro comercial que reunieron en conjunto y por su importancia numérica- es justo decir
que comerciar a pequeña y mediana escala era, con mucho, la forma típica de impulsar los
tratos mercantiles en la campaña porteña de principios del siglo XIX.
Nuestra aproximación a los comerciantes de la campaña porteña de principios del siglo XIX
ha sido sobre todo un punto de partida, una entrada al análisis de un agente social que se
suma a los más elaborados y avanzados estudios de labradores y pastores. Deja,
indudablemente, muchos puntos oscuros y preguntas para seguir indagando. La dinámica
del comercio rural, las prácticas mercantiles y no mercantiles de los comerciantes de la
campaña y sus vinculaciones con unos productores rurales (que son abastecedores y al
mismo tiempo consumidores de bienes) son algunas de las problemáticas que aún quedan en
el tintero. Sin embargo, consideramos que haciendo foco sobre los agentes de comercio
podemos ahora acerca la lente con mayores certezas acerca de quiénes eran, cuántos eran,
dónde estaban y qué lugar ocupaban en el complejo conjunto social del mundo rural
bonaerense en vísperas de la expansión que convirtió a esta región en una de las economías
más exitosas del planeta.

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