Del Espíritu de las Leyes - Taller de Teoría Constitucional

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Del Espíritu de las Leyes - Taller de Teoría Constitucional
Universidad Industrial de Santander
Escuela de Derecho y Ciencia Política
Taller Teoría Constitucional
Colección Digital
Dr. Orlando Pardo Martínez
Selección
Del Espíritu de las Leyes
CHARLES-LOUIS DE MONTESQUIEU
TEXTO COMPLETO:
http://books.google.com.co/books?id=mb09AAAAIAAJ&dq=EL+ESP%C3%8DRITU+DE+
LAS+LEYES&printsec=frontcover&source=bn&hl=es&ei=G8i5SZmLIKEsAOUwKQ2&sa=X&oi=book_result&resnum=4&ct=result#PPA275,M1
La ordenación del universo
(Del Espíritu de las Leyes, libro I)
CAPÍTULO I: De las leyes en sus relaciones con los diversos seres.—Las leyes en su
más amplia significación son las relaciones necesarias que se derivan de la
naturaleza de las cosas En este sentido, todos los seres tienen sus leyes: las tiene la
divinidad, el mundo material, las inteligencias superiores al hombre, los animales y el
hombre mismo.
Los que afirmaron que todos los efectos que vemos en el mundo son producto de
una fatalidad ciega, han sostenido un gran absurdo, ya que ¿cabría mayor absurdo
que pensar que los seres inteligentes fuesen producto de una ciega fatalidad?
Hay, pues, una razón primigenia. Y las leyes son las relaciones que existen entre esa
razón originaria y los distintos seres, así como las relaciones de los diversos seres
entre sí.
Dios se relaciona con el Universo en cuanto que es su creador y su conservador. Las
leyes según las cuales lo creó son las mismas por las que lo conserva. Obra
conforme a estas reglas porque las conoce; las conoce porque las ha hecho y las ha
hecho porque tienen relación con su sabiduría y su poder.
Comprobamos que el mundo, formado por el movimiento de la materia, y privado de
inteligencia, sigue subsistiendo. Es preciso, por tanto, que sus movimientos tengan
leyes invariables, de modo que si se pudiera imaginar otro mundo distinto de éste
tendría igualmente reglas constantes, pues de lo contrario se destruiría
De este modo la creación, que se nos presenta como un acto arbitrario, supone
reglas tan inmutables como la fatalidad de los ateos. Sería absurdo decir que el
Creador podría gobernar el mundo sin estas reglas, pues sin ellas no subsistiría.
Dichas reglas constituyen una relación constantemente establecida. Entre dos
cuerpos que se mueven, todos los movimientos son recíprocos, y según las
relaciones de su masa y su velocidad, aumentan, disminuyen o se pierden. Toda
diversidad es uniformidad y todo cambio es constancia.
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Los seres particulares inteligentes pueden tener leyes hechas por ellos mismos, pero
tienen también otras que no hicieron. Antes de que hubiese seres inteligentes, éstos
eran ya posibles. Antes de que se hubieran dado leyes había relaciones de justicia
posibles. Decir que sólo lo que ordenan o prohíben las leyes positivas es justo o
injusto, es tanto como decir que antes de que se trazara circulo alguno no eran
iguales todos sus radios
Hay que reconocer, por tanto, la existencia de relaciones de equidad anteriores a la
ley positiva que les establece; así, por ejemplo: imaginando posibles sociedades de
hombres, sería justo adaptarse a sus leyes; si hubiera seres inteligentes que
hubiesen recibido algún beneficio de otro ser, deberían estarle agradecidos; si un ser
inteligente hubiera creado a otro, éste debería permanecer en la dependencia que
tuvo desde su origen; un ser inteligente que hubiera hecho algún mal a otro ser
inteligente merecería recibir el mismo mal, y así sucesivamente.
Pero no se puede decir que el mundo inteligente esté tan bien gobernado como el
mundo físico, pues aunque aquél tiene igualmente leyes que por naturaleza son
invariables, no las observa siempre, como el mundo físico observa las suyas. La
razón de ello estriba en que los seres particulares inteligentes son, naturalmente,
limitados, y, por consiguiente, están sujetos a error. Y por otra parte corresponde a
su naturaleza el poder obrar por sí mismos, de suerte que, no sólo no siguen
constantemente sus leyes originarias, sino que tampoco cumplen siempre las que se
dan a ellos mismos.
No sabemos si los animales se rigen por las leyes generales del movimiento o por
una moción particular. Sea como fuere, no tienen con Dios una relación más íntima
que el resto del mundo material y su facultad de sentir no les sirve más que en las
relaciones que tienen entre sí, con los otros seres particulares y consigo mismos.
Los animales conservan tanto su ser particular como su especie por el atractivo del
placer. Tienen leyes naturales porque están unidos por el sentimiento, pero no tienen
leyes positivas porque no están unidos por el conocimiento. Sin embargo, no
cumplen invariablemente sus leyes naturales. Las plantas, en las que no advertimos
sentimientos ni conocimiento, las cumplen mejor.
Los animales no poseen las ventajas supremas que poseemos nosotros, pero
poseen algunas que nosotros no poseemos: no tienen nuestras esperanzas, pero
tampoco nuestros temores; como nosotros, están sujetos a la muerte, pero sin
conocerla; la mayor parte de ellos se conservan incluso mejor que nosotros y no
hacen tan mal uso de sus pasiones.
El hombre, en cuanto ser físico, está gobernado por leyes invariables como los
demás cuerpos. En cuanto ser inteligente, quebranta sin cesar las leyes fijadas por
Dios y cambia las que él mismo establece. A pesar de sus imitaciones, tiene que
dirigir su conducta; como todas las inteligencias finitas, está sujeto a la ignorancia y
al error, pudiendo llegar incluso a perder sus débiles conocimientos; como criatura
sensible, está sujeto a mil pasiones. Un ser semejante podría olvidarse a cada
instante de su Creador, pero Dios le llama a Sí por medio de las leyes de la religión;
de igual forma podría a cada instante olvidarse de si mismo, pero los filosofas se lo
impiden por medio de las leyes de la moral; nacido para vivir en sociedad, podría
olvidarse de los demás, pero los legisladores le hacen volver a la senda de sus
deberes por medio de las leyes
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Leyes naturales y leyes positivas
(Del Espíritu de las Leyes, libro I)
CAPÍTULO II: De las leyes de la naturaleza.—Antes que todas esas leyes están las
de la naturaleza, así llamadas porque derivan únicamente de la constitución de
nuestro ser. Para conocerlas bien hay que considerar al hombre antes de que se
establecieran las sociedades, ya que las leyes de la naturaleza son las que recibió en
tal estado.
La ley que imprimiendo en nosotros la idea de un creador nos lleva hacia él, es la
primera de las leyes naturales por su importancia, pero no por el orden de dichas
leyes. El hombre en estado natural tendría la facultad de conocer pero no
conocimientos. Es claro que sus primeras ideas no serían ideas especulativas.
Pensaría en la conservación de su ser antes de buscar su origen Un hombre así sólo
sería consciente, al principio, de su debilidad, su timidez sería extremada. Y si fuera
preciso probarlo con la experiencia, bastaría el ejemplo de los salvajes encontrados
en las selvas, que tiemblan por nada y huyen de todo.
En estas condiciones cada uno se sentiría inferior a los demás o, todo lo más igual,
de modo que nadie intentaría atacar a otro. La paz sería, pues, la primera ley natural.
Hobbes atribuye a los hombres, en primer término, el deseo de dominarse los unos a
los otros, lo cual no tiene fundamento ya que la idea de imperio y de dominación es
tan compleja y depende de tantas otras ideas, que difícilmente podría ser la que
tuvieran los hombres en primer lugar. Hobbes se pregunta «¿Por qué los hombres
van siempre armados si no son guerreros por naturaleza, y por que tienen llaves para
cerrar sus casas?» Con ello no se da cuenta de que atribuye a los hombres, antes de
establecerse las sociedades, posibilidades que no pueden darse hasta después de
haberse establecido, por no existir motivos para atacarse o para defenderse
Al sentimiento de su debilidad el hombre uniría el sentimiento de sus necesidades, y,
así, otra ley natural sería la que le inspirase la búsqueda de alimentos.
He dicho que el temor impulsaría a los hombres a huir unos de otros pero los signos
de un temor recíproco y, por otra parte, el placer que el animal siente ante la
proximidad de otro animal de su especie, les llevaría al acercamiento Además, dicho
placer se vería aumentado por la atracción que inspira la diferencia de sexos. Así, la
solicitación natural otro constituiría la tercera ley.
Aparte del sentimiento que en principio poseen los hombres pueden, además adquirir
conocimientos. De este modo tienen un vinculo más del que carecen los demás
animales. El conocimiento constituye, pues, un nuevo motivo para unirse. Y el deseo
de vivir en sociedad es la cuarta ley natural.
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CAPÍTULO III: De las leyes positivas.—Desde el momento en que los hombres se
reúnen en sociedad, pierden el sentimiento de su debilidad; la igualdad en que se
encontraban antes deja de existir y comienza el estado de guerra.
Cada sociedad particular se hace consciente de su fuerza, lo que produce un estado
de guerra de nación a nación. Los particulares, dentro de cada sociedad, empiezan a
su vez a darse cuenta de su fuerza y tratan de volver en su favor las principales
ventajas de la sociedad, lo que crea entre ellos el estado de guerra.
Estos dos tipos de estado de guerra son el motivo de que se establezcan las leyes
entre los hombres. Considerados como habitantes de un planeta tan grande que
tiene que abarcar pueblos diferentes, los hombres tienen leyes que rigen las
relaciones de estos pueblos entre sí: es el derecho de gentes. Si se les considera
como seres que viven en una sociedad que debe mantenerse, tienen leyes que rigen
las relaciones entre los gobernantes y los gobernados: es el derecho político.
Igualmente tienen leyes que regulan las relaciones existentes entre todos los
ciudadanos: es el derecho civil.
El derecho de gentes se funda en el principio de que las distintas naciones deben
hacerse, en tiempo de paz, el mayor bien, y en tiempo de guerra el menor mal
posible, sin perjuicio de sus verdaderos intereses.
El objeto de la guerra es la victoria; el de la victoria, la conquista; el de la conquista,
la conservación. De este principio y del que precede deben derivar todas las leyes
que constituyan el derecho de gentes.
Todas las naciones tienen un derecho de gentes; lo tienen incluso los iroqueses que,
aunque se comen a sus prisioneros, envían y reciben embajadas y conocen
derechos de la guerra y de la paz. El mal radica en que su derecho de gentes no está
fundamentado en los verdaderos principios.
Además del derecho de gentes que concierne a todas las sociedades, hay un
derecho político para cada una de ellas. Una sociedad no podría subsistir sin
Gobierno. La reunión de todas las fuerzas particulares, dice acertadamente Gravina,
forma lo que se llama estado político.
La fuerza general puede ponerse en manos de uno solo o en manos de muchos.
Algunos han pensado que el Gobierno de uno solo era el más conforme a la
naturaleza, ya que ella estableció la patria potestad. Pero este ejemplo no prueba
nada, pues si la potestad paterna tiene relación con el poder de uno solo, también
ocurre que la potestad de los hermanos, una vez muerto el padre, y la de los
primos_hermanos, muertos los hermanos, tiene relación con el gobierno de muchos.
El poder político comprende necesariamente la unión de varias familias. Mejor sería
decir, por ello, que el Gobierno más conforme a la naturaleza es aquél cuya
disposición particular se adapta mejor a la disposición del pueblo al cual va
destinado.
Las fuerzas particulares no pueden reunirse sin que se reúnan todas las voluntades.
«La reunión de estas voluntades—dice también Gravina—es lo que se llama estado
civil.»
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La ley, en general, es la razón humana en cuanto gobierna a todos los pueblos de la
tierra; las leyes políticas y civiles de cada nación no deben ser más que los casos
particulares a los que se aplica la razón humana. Por ello, dichas leyes deben ser
adecuadas al pueblo para el que fueron dictadas, de tal manera que sólo por una
gran casualidad las de una nación pueden convenir a otra.
Es preciso que las mencionadas leyes se adapten a la naturaleza y al principio del
Gobierno establecido, o que se quiera establecer, bien para formarlo, como hacen
las leyes políticas, o bien para mantenerlo, como hacen las leyes civiles.
Deben adaptarse a los caracteres físicos del país, al clima helado, caluroso o
templado, a la calidad del terreno, a su situación, a su tamaño, al género de vida de
los pueblos según sean labradores, cazadores o pastores. Deben adaptarse al grado
de libertad que permita la constitución, a la religión de los habitantes, a sus
inclinaciones, a su riqueza, a su número, a su comercio, a sus costumbres y a sus
maneras.
Finalmente, las leyes tienen relaciones entre sí; con sus orígenes, con el objeto del
legislador y con el orden de las cosas sobre las que se legisla. Las consideraremos
bajo todos estos puntos de vista.
Lo que me propongo hacer en esta obra es examinar todas estas relaciones que,
juntas, forman lo que se llama el espíritu de las leyes (...).
La causalidad física y su influencia sobre la sociedad
(Del Espíritu de las Leyes, 3ª parte, libro XIV)
CAPÍTULO I: Idea general.—Si es verdad que el carácter del alma y las pasiones del
corazón son muy diferentes según los distintos climas, las leyes deberán ser relativas
a la diferencia de dichas pasiones y de dichos caracteres..
CAPÍTULO II: Los hombres son diferentes según los diversos climas.—El aire frío
contrae las extremidades de las fibras exteriores de nuestro cuerpo; ello aumenta su
actividad y favorece el retorno de la sangre desde las extremidades al corazón.
Disminuye además la longitud de dichas fibras, por lo que su fuerza queda
aumentada. El aire cálido, por el contrario, relaja las extremidades de las fibras y las
alarga, por lo que su fuerza y su actividad disminuyen.
Así, pues, el hombre tiene más vigor en los climas fríos: la acción del corazón y la
reacción de las extremidades de las fibras se realizan con más facilidad, los liquidas
se equilibran mejor, la sangre fluye con más facilidad hacia el corazón y,
recíprocamente, el corazón tiene más potencia. Este incremento de fuerza debe
producir muchos efectos, por ejemplo: más confianza en sí mismo, es decir, más
valentía; mayor consciencia de la propia superioridad, es decir, menor deseo de
venganza; idea más afianzada de seguridad, es decir, más franqueza, menos
sospechas, menos política y menos astucias. Finalmente, ello debe dar origen a
caracteres muy diferentes. Pongamos a un hombre en un lugar caliente y cerrado:
por las razones que acabo de exponer experimentará un desfallecimiento muy
grande del corazón. Si en estas circunstancias le proponemos una acción atrevida,
creo que le encontraremos poco dispuesto a emprenderla; su debilidad presente
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produce el desaliento en su alma y temerá todo porque se da cuenta de que no
puede nada. Los pueblos de los países cálidos son tímidos como los ancianos; los de
los países fríos son valientes como los jóvenes. Si fijamos nuestra atención en las
últimas guerras que son las que tenemos más a la vista y en las que podemos
observar mejor ciertos efectos leves, imperceptibles de lejos, veremos fácilmente que
los pueblos del Norte, trasladados a los países del Sur, no han llevado a cabo tan
bellas acciones como sus compatriotas, los cuales, combatiendo en su propio clima,
disponían de todo su arrojo.
La fuerza de las fibras de los pueblos del Norte hace que extraigan de los alimentos
los jugos más bastos, de lo que se derivan dos consecuencias: que por su gran
superficie, las partes de quilo o de la linfa pueden aplicarse mejor sobre las fibras y
nutrirlas mejor, y que, por su tosquedad, son menos apropiadas para dotar de
sutilidad al jugo nervioso. Estos pueblos tendrán, pues, gran corpulencia pero poca
vivacidad.
Cada uno de los nervios que llegan de todas partes al tejido de nuestra piel está
constituido por un haz. Normalmente sólo actúa una parte infinitamente pequeña del
nervio, y no todo él. En los países cálidos, donde el tejido de la piel está relajado, los
extremos de los nervios están desplegados y expuestos a la mínima acción de los
más débiles objetos. En los países fríos el tejido de la piel está contraído y las
papilas comprimidas; los hacecillos están en cierto modo paralizados, de manera que
la sensación sólo pasa al cerebro cuando es fuerte y cuando se ejerce en todo el
nervio. Pero la imaginación, el gusto, la sensibilidad, la vivacidad, dependen de un
número infinito de pequeñas sensaciones.
He examinado el tejido exterior de una lengua de carnero por la parte en que
aparece, a simple vista, cubierta de papilas. Con un microscopio he visto sobre
dichas papilas unos pelillos o una especie de pelusilla; entre las papilas había unas
pirámides que formaban en su extremo como pequeños pinceles. Es muy posible
que dichas pirámides sean el principal órgano del gusto.
Hice congelar la mitad de la lengua y, a simple vista, he notado que las papilas
habían disminuido notablemente; algunas filas de ellas se habían metido incluso en
sus fundas. Examinando el tejido al microscopio ya no se velan las pirámides. Pero a
medida que la lengua se fue deshelando, las papilas se fueron elevando a simple
vista, viéndose reaparecer los mechones al microscopio.
Esta observación confirma mi opinión de que en los países fríos los hacecillos
nerviosos están menos desplegados, semiocultos en sus fundas, donde quedan a
cubierto de la acción de los objetos exteriores. Las sensaciones son, pues, menos
vivas.
En los países fríos se tendrá poca sensibilidad para los placeres; pero dicha
sensibilidad será mayor en los países templados y muy grande en los países cálidos.
Del mismo modo que se distinguen los climas según el grado de latitud, se podrían
distinguir también, por decirlo así, según los grados de sensibilidad. He sido
espectador de ópera en Inglaterra y en Italia; los mismos actores interpretaban las
mismas obras, pero la misma música producía efectos tan diferentes en ambas
naciones, una tan sosegada y la otra tan apasionada, que parece increíble.
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Lo mismo ocurrirá con el dolor, que tiene su origen en el desgarramiento de alguna
fibra de nuestro cuerpo. El autor de la naturaleza ha dispuesto que el dolor sea más
fuerte a medida que el trastorno sea mayor; ahora bien, es evidente que los cuerpos
grandes, o las fibras toscas de los pueblos del Norte, Son menos susceptibles de
trastornos que las fibras delicadas de los pueblos de países cálidos. Así, pues, en
dichos países el alma es menos sensible al dolor: hay que desollar a un moscovita
para que sienta algo
Con la delicadeza de órganos propia de los habitantes de países cálidos, el alma se
conmueve grandemente por todo lo que se relaciona con la unión de los dos sexos:
todo conduce a este fin.
En los climas nórdicos apenas se hace sensible lo físico del amor; en los climas
templados, el amor, acompañado por mil accesorios, se hace agradable por cosas
que parecen ser amor, pero que aún no lo son; en los climas más cálidos se ama al
amor por sí mismo: es la única causa de felicidad, es la vida.
En los países del sur, una máquina delicada, débil pero sensible se entrega a un
amor que nace y se extingue sin cesar en un serrallo, o bien a un amor que, al
disponer las mujeres de mayor independencia, está expuesto a mil perturbaciones.
En los países del Norte, una máquina sana y bien constituida, pero pesada,
encuentra el placer en todo aquello que puede poner el espíritu en movimiento: la
caza, los viajes, la guerra y el vino. Encontraréis en los climas nórdicos pueblos con
pocos vicios, bastantes virtudes y mucha sinceridad y franqueza. Pero si nos
acercamos a los países del Sur nos parecerá que nos alejamos de la moral: las
pasiones más vivas multiplicarán los delitos y cada uno tratará de tomar sobre los
demás todas las ventajas que puedan favorecer dichas pasiones. En los países
templados veremos pueblos inconstantes en sus maneras y hasta en sus vicios y
virtudes; el clima no tiene una cualidad lo bastante definida como para hacerlos más
constantes.
El calor del clima puede ser tanto, que el cuerpo se encuentre sin vigor. En tal caso
el abatimiento pasará también al espíritu: no habrá curiosidad, ni noble empresa
alguna, ni sentimientos generosos; las inclinaciones serán todas pasivas, la pereza
constituirá la felicidad, los castigos serán menos difíciles de soportar que la actitud
del alma, y la esclavitud menos insoportable que la fuerza de espíritu necesaria para
guiarse por sí mismo (...).
Las distintas necesidades en los diferentes climas han dado origen a los diferentes
modos de vida, y éstos, a su vez, han dado origen a las diversas especies de leyes.
En una nación donde los hombres se relacionan mucho unos con otros harán falta
leyes determinadas; pero harán falta otras distintas en un pueblo donde no haya
apenas relación entre los hombres (...).
CAPÍTULO XI: De las leyes que se relacionan con las enfermedades propias del
clima.—Herodoto nos dice que las leyes de los judíos sobre la lepra se habían
tomado de la práctica de los egipcios. En efecto, las mismas enfermedades pedían
los mismos remedios. Dichas leyes eran desconocidas para los griegos y los
primeros romanos, así como la enfermedad de la lepra. El clima de Egipto y de
Palestina las hizo necesarias, y la facilidad con que esta enfermedad se propaga nos
debe hacer comprender la sabiduría y la previsión de dichas leyes.
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Nosotros mismos hemos experimentado sus efectos: Las Cruzadas nos habían
traído la lepra, pero los prudentes reglamentos que se hicieron impidieron su
propagación a la masa del pueblo (...).
(Del Espíritu de las Leyes, libro XVII)
CAPÍTULO II: Diferencias de los pueblos en lo referente al valor.—Hemos dicho que
los grandes calores enervan la fuerza y el valor de los hombres, y que hay en los
climas fríos cierto vigor del cuerpo y del espíritu que predispone a los hombres para
acciones largas, penosas, grandes y atrevidas. Comprobamos esta diferencia no sólo
entre unas naciones y otras, sino también en distintas zonas dentro de un mismo
país. Los pueblos del norte de la China son más valerosos que los del sur; los
pueblos del sur de Corea no lo son tanto como los del norte.
No hay, pues, que extrañarse de que la cobardía de los pueblos del Sur sea casi
siempre la causa de su esclavitud, mientras que el valor de los pueblos del Norte sea
lo que les hace mantenerse libres. Son efectos que derivan de una causa natural.
Lo mismo ocurre en América: los imperios despóticos de Méjico y Perú estaban
localizados en los trópicos, mientras que casi todos los pequeños pueblos libres
habitaban y habitan aún hacia los Polos.
CAPÍTULO VI: Otra causa física de la esclavitud de Asia y de la libertad de
Europa.—En Asia ha habido siempre grandes imperios; en Europa no han podido
nunca subsistir. Ello se debe a que el Asia que conocemos tiene mayores llanuras,
está dividida por los mares en fragmentos mucho más grandes, y como está más al
Sur, las fuentes se agotan más fácilmente, las montañas están menos cubiertas de
nieve y los ríos son menos caudalosos, formando así barreras más franqueables.
El poder debe ser siempre despótico en Asia, pues si la servidumbre no fuese
extremada, se produciría una división que la naturaleza del país no podría soportar.
En Europa la división natural forma varios Estados de mediana extensión, en los
cuales el gobierno de las leyes no es incompatible con la conservación del Estado,
sino que, por el contrario, es tan favorable que, sin ellas, dicho Estado caería en
decadencia y quedaría en inferioridad con respecto a todos los demás.
Esto es lo que ha dado origen al espíritu de libertad que dificulta la sumisión de cada
una de las partes a una potencia extranjera, a no ser por las leyes y la utilidad de su
comercio.
Por el contrario, en Asia reina un espíritu de servidumbre que nunca la ha
abandonado, de modo que en la historia de aquellos países no se puede encontrar
un solo rasgo que sea indicio de un alma libre: nunca podremos ver más que el
heroísmo de la esclavitud.
(Del Espíritu de las Leyes, libro XVIII)
CAPÍTULO I: Cómo influye sobre las leyes la naturaleza del suelo.—La buena
calidad de las tierras de un país establece en él la dependencia de manera natural.
Los campesinos, que constituyen la parte principal del pueblo, no son muy celosos
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de su libertad, ya que están demasiado ocupados con sus asuntos Particulares. En el
campo, donde se producen bienes en abundancia, se teme el pillaje y los ejércitos.
«¿Quiénes forman el buen partido?—preguntaba Cicerón a Ático—. ¿Serán acaso
los comerciantes y campesinos, a menos que pensemos que se oponen a la
Monarquía, ellos, indiferentes a todo Gobierno desde el momento en que se sienten
tranquilos?»
Así, pues, encontraremos con frecuencia el Gobierno de uno solo en los países
fértiles y el Gobierno de varios en los que no lo son, lo cual es a veces una
compensación.
La aridez del suelo del Ática estableció allí el Gobierno popular; la fertilidad del de
Lacedemonia, el Gobierno aristocrático, pues en aquel tiempo nadie quería en Grecia
el Gobierno de uno solo; ahora bien, el Gobierno aristocrático es el más parecido al
Gobierno de uno solo (...).
CAPÍTULO II: Continuación del mismo tema.—Los países fértiles son llanuras donde
no se puede disputar nada al más fuerte: todos se someten a él y, una vez
sometidos, es imposible recobrar el espíritu de libertad; los bienes del campo son
una prenda de la fidelidad. En los países montañosos se puede conservar lo que se
tiene, pero es muy poco lo que hay que conservar. La libertad, es decir, el Gobierno
de que se disfruta, es el único bien que merece defenderse. Así, pues, hay más
libertad en los países montañosos y abruptos que en aquellos que parecen más
favorecidos por la Naturaleza.
Los habitantes de las montañas conservan un Gobierno más moderado porque no
están expuestos a la conquista. Se defienden fácilmente y se les ataca con dificultad:
reunir y llevar hasta allí las municiones de guerra y boca necesarias, supone grandes
gastos, pues el país no las suministra. Así, pues, es más difícil hacerles la guerra y
más arriesgado emprenderla. Apenas tienen allí objeto las leyes que se hacen con
vistas a la seguridad del pueblo.
CAPÍTULO III: Cuáles son los países más cultivados.—Los países no están cultivados según el grado de su fertilidad, sino según su libertad. Si dividimos la tierra
mentalmente nos asombraremos al ver, casi siempre, desiertos en las zonas más
fértiles, y grandes pueblos allí donde parece que el terreno lo niega todo.
Es natural que un pueblo abandone un país malo para buscar otro mejor, y no que
abandone uno bueno para buscar otro peor. La mayor parte de las invasiones van a
recaer, pues, en los países creados por la Naturaleza para ser felices. Y como nada
está más cerca de la invasión que la devastación, los mejores países suelen estar
despoblados"mientras que el espantoso país del Norte está siempre habitado, por la
única razón de que es casi inhabitable (...).
CAPÍTULO IV: Nuevos efectos de la fertilidad y la aridez del país.—La aridez del
suelo hace a los hombres industriosos, sobrios, curtidos en el trabajo, valientes y
aptos para la guerra, pues es preciso que busquen lo que la tierra les niega. La
fertilidad de un país da, junto con la comodidad, cierta blandura y cierto amor por la
conservación de la vida.
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Se ha observado que las tropas alemanas reclutadas en lugares donde los
campesinos son ricos, como en Sajonia, no son tan buenas como las otras. Las leyes
militares podrán remediar este inconveniente por medio de una severa disciplina.
CAPÍTULO V: De los pueblos insulares.—Los pueblos insulares tienden más a la
libertad que los pueblos del continente. Las islas tienen generalmente una extensión
pequeña; no es fácil que una parte del pueblo pueda oprimir a la otra; el mar los
separa de los grandes imperios y la tiranía no puede auxiliarse
Los conquistadores se ven detenidos por el mar; de ese modo los insulares no son
envueltos en la conquista y conservan más fácilmente sus leyes.
CAPÍTULO VI: De los países formados por la industria de los hombres.—Los países
que son habitables gracias a la industria de los hombres y que necesitan de dicha
industria para existir, prefieren el Gobierno moderado. Hay principalmente tres de
este tipo: las dos hermosas provincias de Kiang_Nam y Tche-Kiang en China, Egipto
y Holanda (...).
CAPÍTULO VII: De las obras de los hombres.—Los hombres han hecho la tierra más
apta para vivir en ella gracias a sus cuidados y a sus buenas leyes. Vemos correr
ríos allí donde antes había lagos y pantanos, y esto es un bien que no ha hecho la
Naturaleza, pero que ella conserva (...).
Del mismo modo que las naciones destructoras causan males que duran más que
ellas, hay naciones industriosas que producen beneficios que no se terminan con
ellas.
CAPÍTULO VIII: Relación general de las leyes.—Las leyes guardan estrecha relación
con el modo en que el pueblo se procura el sustento. Un pueblo que se dedica al
comercio y al mar necesita un código de leyes más extenso que uno que se limita a
cultivar sus tierras. Este necesita uno mayor que el pueblo que vive del pastoreo. Y
este último necesita uno mayor que un pueblo que viva de la caza.
CAPÍTULO IX: Del suelo de América.—La causa de que haya tantas naciones
salvajes en América, es que la tierra produce por sí misma muchos frutos con que
poder alimentarse. Si las mujeres cultivan una parcela de tierra alrededor de su
cabaña, plantan maíz en primer lugar La caza y la pesca acaban de poner a todos en
la abundancia. Además, los animales que pastan, como los bueyes, búfalos, etc., se
crían mejor que los animales carnívoros, los cuales han tenido su imperio en África.
Creo que en Europa no tendríamos todas estas ventajas si se dejasen las tierras sin
cultivar: sólo se darían bosques de roble y otros árboles improductivos.
CAPÍTULO X: Del número de habitantes con relación al modo de procurarse el
sustento.—Cuando las naciones no cultivan las tierras, la proporción en que se
encuentra su número de habitantes es la siguiente: el número de los salvajes en un
país donde no se cultivan las tierras es al número de labradores en uno donde se
cultivan, como el producto de un terreno inculto es al producto de un terreno
cultivado. Cuando el pueblo que cultiva la tierra cultiva también las artes, la
proporción que guardan pediría muchos detalles.
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Tales pueblos no pueden formar una gran nación. Si son pastores necesitan un país
extenso para poder subsistir en gran número; si son cazadores, son menos
numerosos y forman, para vivir, una nación más pequeña.
Su país está por lo común cubierto de bosques, y como los hombres no han dado
salida a las aguas, está lleno do pantanos, donde cada horda se acantona formando
una pequeña nación.
(Del Espíritu de las Leyes, libro XXIII)
CAPÍTULO I: De los hombres y los animales con relación a la multiplicación de su
especie.—Las hembras de los animales tienen más o menos una fecundidad
constante. Pero en la especie humana, la manera de pensar, el carácter, las pasiones, las fantasías, los caprichos, la idea de conservar la belleza, la molestia del
embarazo y la de una familia demasiado numerosa, alteran la propagación de mil
maneras.
CAPÍTULO XI: De la dureza del Gobierno.—Las personas que no tienen nada en
absoluto, como los mendigos, tienen muchos hijos. La razón es que se encuentran
en el caso de los pueblos jóvenes: no le cuesta nada al padre legar su of icio a sus
hijos que son ya, al nacer, instrumentos de dicho of icio. Estas gentes se multiplican
en un país rico o supersticioso, porque no sufren las cargas de la sociedad, sino que
son ellos los que constituyen una carga para la sociedad. Pero los que son pobres
por vivir en un Gobierno duro, los que miran sus tierras más como pretexto para
vejaciones que como fundamento de su subsistencia, tienen pocos hijos Carecen de
alimento, ¿cómo podrían pensar en compartirlo?; no pueden cuidarse en sus
enfermedades ¿cómo podrían criar niños aquejados continuamente de esa
enfermedad que es la infancia?
La ligereza para hablar y la incapacidad para examinar, es lo que ha hecho decir que
cuanto más pobres son los súbditos, más numerosas son las familias; que cuanto
más cargados están de impuestos, mejor pueden pagarlos: dos sofismas que han
perdido siempre a las Monarquías y que las perderán para siempre.
La dureza del Gobierno puede llegar a destruir los sentimientos naturales por medio
de los mismos sentimientos naturales. ¿Acaso no abortaban las mujeres americanas
para que sus hijas no tuviesen amos tan crueles?
CAPÍTULO XVI: De las miras del legislador sobre la propagación de la especie.—Los
reglamentos sobre el número de los ciudadanos dependen mucho de las
circunstancias. Hay países donde la Naturaleza lo ha hecho todo y, por consiguiente,
el legislador no tiene nada que hacer. ¿Para qué incitar a la propagación por las
leyes, si la fecundidad del clima da bastante población? A veces el clima es más
favorable que el terreno; el pueblo se multiplica, pero el hambre lo destruye: es el
caso de China, donde los padres venden a sus hijas y exponen a sus hijos. Las
mismas causas, producen en Tonkín los mismos efectos, y para explicar esto no hay
que recurrir a la creencia en la metempsicosis, como hacen los viajeros árabes, de
los que Renaudot nos ha dado la relación.
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Por los mismos motivos, la religión de Formosa no permite a las mujeres traer hijos al
mundo hasta los treinta y cinco años: antes de esa edad, una sacerdotisa las hace
abortar.
CAPÍTULO XIV: De las producciones de la tierra que requieren más o menos
hombres.—Los países de pastos están poco poblados, porque son pocas las
personas que encuentran ocupación en ellos; las tierras de pan llevar ocupan más
hombres, y los viñedos muchísimos más.
En Inglaterra ha habido con frecuencia quejas de que el aumento de los pastos hacía
disminuir el número de habitantes, y se observa en Francia que la gran cantidad de
viñedos es una de las causas importantes de su gran población.
Los países en que las minas de carbón proporcionan materias combustibles, tienen
la ventaja sobre los demás de que no necesitan bosques, pudiéndose cultivar todas
las tierras.
En los lugares donde se da el arroz, son necesarios muchos trabajos para regular las
aguas, y así se da trabajo a mucha gente. Además, para atender a la subsistencia de
una familia se necesitan menos tierras que en los países donde se cultivan otros
granos, y, finalmente, la tierra que se emplea en otros lugares para el alimento de los
animales, sirve en éstos inmediatamente para la subsistencia de los hombres, pues
el trabajo que realizan los animales en otros países, lo hacen allí los hombres, y el
cultivo de la tierra se convierte así en una inmensa manufactura.
CAPÍTULO XV: Del número de habitantes con relación a las industrias.—Cuando
existe una ley agraria, y las tierras están repartidas con igualdad, el país puede estar
muy poblado, aunque disponga de pocas industrias, ya que cada ciudadano
encuentra con qué alimentarse en el trabajo de su tierra, y todos los ciudadanos
juntos consumen todos los frutos del país. Esto es lo que ocurría en algunas antiguas
repúblicas.
Pero en nuestros Estados actuales, los terrenos están distribuidos con desigualdad,
producen más frutos de los que pueden consumir quienes los cultivan; si se
descuidan las industrias, dándose solo importancia a la agricultura, el país no puede
estar poblado. Los que cultivan o hacen cultivar, tienen frutos de sobra y nada les
obliga a trabajar al año siguiente: los frutos no serían consumidos por las gentes
ociosas,. pues éstas no tendrían con qué comprarlos. Es preciso, pues, que se
establezcan las industrias para que los frutos sean consumidos por los labradores y
los artesanos. En una palabra, estos Estados necesitan que muchas personas
cultiven más de lo que precisan, y para ello hay que inspirarles deseos de tener
cosas superfluas que sólo pueden proporcionar los artesanos.
Las máquinas, cuyo objeto es abreviar la industria, no son siempre útiles. Si una obra
tiene un precio medio, que conviene igualmente al que la compra como al obrero que
la ha hecho, las máquinas que simplificarían su manufactura, es decir, que
disminuirían el número de operarios, serían perniciosas; si los molinos de agua no se
hubieran establecido en todas partes, yo no los creería tan útiles como dicen, porque
han dejado ociosos una infinidad de brazos, han privado a mucha gente del uso de
las aguas y han hecho perder la fertilidad a muchas tierras.
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CAPÍTULO XXVIII: Cómo se puede remediar la despoblación.—Cuando un Estado
se encuentra despoblado por accidentes particulares como guerras, pestes o
hambre, hay recursos para repoblarlo. Los hombres que quedan pueden conservar el
amor al trabajo y a la industria, pueden tratar de reparar las desgracias, y la misma
calamidad los hará más industriosos. Pero el mal e casi incurable cuando la
despoblación tiene su origen profundo y remoto el un vicio interior o en un mal
Gobierno. Los hombres han perecido, en ese caso por una enfermedad insensible y
habitual: nacidos en la inacción y en la miseria, en la violencia y en los prejuicios del
Gobierno, se han visto destruir, sin comprender siquiera las causas de su
destrucción. Los países devastados por el despotismo o por las excesivas ventajas
del clero sobre los laicos constituyen dos grandes ejemplos.
Para restablecer un Estado despoblado de este modo, se esperaría en vano el
socorro de los niños que podrían nacer. Ya no es el momento; los hombres, en su
desierto, están sin ánimo y sin industria. Con tierras para alimentar a un pueblo,
apenas tienen con qué alimentar a una familia. El bajo pueblo, en estos países, ni
siquiera tiene parte en su miseria, es decir, en las tierras incultas que abundan por
todas partes. El clero, el príncipe, las ciudades, los grandes y algunos ciudadanos
principales, han ido adueñándose de todo el territorio y éste queda inculto; las
familias destruidas les han dejado los pastos y al trabajador no le queda nada.
En esta situación habría que hacer en toda la extensión del imperio lo que los
romanos hacían en una parte del suyo: practicar en los períodos de escasez lo que
ellos observaban en la abundancia; distribuir tierras a todas las flameas que no
tienen nada, procurarles medios para roturarlas y cultivarlas. Esta distribución
debería hacerse en el momento en que existiera un hombre para recibirla, de manera
que no hubiera un momento perdido para el trabajo.
El comercio
(Del Espíritu de las Leyes, libro XX)
CAPÍTULO II. Del espíritu del comercio.—El efecto natural del comercio es la paz.
Dos naciones que negocian entre si se hacen recíprocamente dependientes: si a una
le interesa comprar, a la otra le interesa vender; y ya sabemos que todas las uniones
se fundamentan en necesidades mutuas
Pero si el espíritu de comercio une a las naciones, no une en la misma medida a los
particulares. En los países dominados solamente por el espíritu del comercio se
trafica con todas las acciones humanas y con todas las virtudes morales las cosas
más pequeñas, incluso las que pide la humanidad, se hacen o se dan por dinero.
El espíritu de comercio produce en los hombres cierto sentido de la justicia estricta,
opuesto, por un lado, al pillaje y, por otro, a aquellas virtudes mora les que hacen a
los hombres poco rígidos cuando se trata de sus propios intereses, y descuidados
cuando se trata de los intereses ajenos
La privación total del comercio produce, por el contrario, el pillaje incluido por
Aristóteles entre los modos de adquirir. Su espíritu no es opuesto ciertas virtudes
morales, como, por ejemplo, la hospitalidad, rara en los países comerciantes, pero
muy extendida entre los países que se dedican al pillaje. (...)
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El espíritu general
(Del Espíritu de las Leyes, libro XIX)
CAPÍTULO IV. Qué es el espíritu general.—Varias cosas gobiernan a los hombres. El
clima, la religión, las leyes, las máximas del Gobierno, los tiemblos de las cosas
pasadas, las costumbres y los hábitos, de todo lo cual resulta un espíritu general.
A medida que una de esas causas actúa en cada nación, con más fuerza, las otras
ceden en proporción. La naturaleza y el clima dominan casi exclusivamente en los
países salvajes; los hábitos gobiernan a los chinos; las leyes tiranizan el Japón; las
costumbres daban el tono antiguamente en Lacedemonia, las máximas del Gobierno
y las costumbres antiguas lo daban en Roma.
CAPÍTULO V Hay que tener mucho cuidado de no cambiar el espíritu general de una
nación.—Si hubiera una nación en el mundo que tuviera humor sociable, corazón
abierto, alegría de vivir, gusto, facilidad de comunicar su pensamiento, que fuese
vivaz, agradable, a veces imprudente, a menudo indiscreta, y que tuviese además
valentía, generosidad, franqueza y cierto pundonor, no se deberían poner estorbos a
sus hábitos, mediante leyes, para no estorbar a sus virtudes. Si el carácter es bueno
en general, no importa que tenga algunos defectos.
En estas naciones se podría contener a las mujeres, hacer leyes para corregir sus
costumbres y limitar su lujo, pero ¿quién sabe si con ello se perdería cierto gusto que
constituye una fuente de riqueza para la nación y cierta cortesía que atrae a los
extranjeros?
Corresponde al legislador acomodarse al espíritu de la nación, siempre que no sea
contrario a los principios del Gobierno, pues nada hacemos mejor que aquello que
hacemos libremente y dejándonos llevar por nuestro carácter natural.
Que no se dé un espíritu de pedantería a una nación naturalmente alegre, el Estado
no ganaría nada con ello, ni interna, ni externamente. Dejadla que haga seriamente
las cosas frívolas y alegremente las cosas serias.
CAPÍTULO VI: No hay que corregir todo.—«Que nos dejen como somos» decía un
hidalgo de cierta nación muy parecida al país del que acabamos de dar una idea. La
naturaleza lo enmienda todo. Nos ha dado una vivacidad capaz de ofender y propia
para faltar a todo miramiento; pero esta vivacidad va corregido por la cortesía que
nos proporciona, al inspirarnos gusto por el mundo, y, sobre todo, por el trato con las
mujeres.
Que nos dejen como somos. Nuestras cualidades indiscretas, unidas a nuestra poca
malicia, no hacen convenientes entre nosotros las leyes que ponen trabas al humor
sociable.
CAPÍTULO VIII: Efectos del temperamento sociable.—Cuanto más se comunican los
pueblos, más cambian de hábitos, porque cada uno constituye un espectáculo para
el otro y se ven mejor las singularidades de los individuos. El clima que hace que a
una nación le guste comunicarse con otra, hace también que le guste cambiar; y lo
que hace que a una nación le guste cambiar hace también que se forme el gusto (...).
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CAPÍTULO IX: De la vanidad y el orgullo de las naciones.—La vanidad es un
estímulo para el Gobierno, tan bueno como peligroso el orgullo. Para darse cuenta
de ello no hay más que recordar, por una parte, los beneficios incontables que
resultan de la vanidad, como son el lujo, la industria, las artes, la moda, la cortesía y
el gusto, y, por otra parte, los males infinitos que derivan del orgullo de ciertas
naciones, como la pereza, la pobreza, el abandono de todo, la destrucción de las
naciones que el azar ha hecho caer en sus manos, y la ya propia. La pereza es
consecuencia del orgullo; el trabajo se deriva de la vanidad el orgullo de un español
le inducirá a no trabajar, mientras que la vanidad de un francés le estimulará a
trabajar mejor que los demás.
Toda nación perezosa es solemne, pues los que no trabajan se consideran
soberanos de los que trabajan.
Si examinamos todas las naciones, veremos que, en la mayoría, van a la par a
solemnidad, el orgullo y la pereza (...).
CAPÍTULO XI: Reflexión.—No he dicho esto para disminuir en nada la distancia
infinita que hay entre los vicios y las virtudes, ¡no lo quiera Dios! Sólo he querido
hacer comprender que, no todos los vicios políticos son vicios morales, y que no
todos los vicios morales son vicios políticos, cosa que no deben ignorar los que
hacen leyes opuestas al espíritu general.
MONTESQUIEU: Del Espíritu de las Leyes. Trad. de M. Blázquez y P. de Vega. Madrid:
Tecnos.
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