Lo ъnico que nos proponemos con esta anйcdota es instruir

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Lo ъnico que nos proponemos con esta anйcdota es instruir
Batallas en el Monte de Venus tiene como fondo el laberíntico mundo de las ambiciones femeninas.
"La debilidad de los hombres será tu fortaleza", le enseña una madre sin escrúpulos a su hermosa
hija adolescente, protagonistas centrales de esta historia. La joven crecerá así fascinada por su
belleza y seducida por el lujo, la riqueza y el éxito fácil.
Todo es ilusorio en la vida de estas dos mujeres para quienes el fin justifica los medios. Lo
justifican las ambiciones que convierten sexo y belleza en instrumentos de poder. Si la inteligencia
de los hombres se manifiesta pragmática y cínica, la de las mujeres parecería pasar por la
convicción de que el sexo es su única fortaleza ante los hombres. El autor penetra en la compleja
sexualidad femenina y recrea sus fantasías engañosas. Recrea también el patetismo y la sordidez de
hombres para quienes la conquista amorosa es compraventa en un mercado que anticipaba ya la
llegada de la cultura light y la ausencia de escrúpulos éticos.
Batallas en el Monte de Venus transcurre en la Bogotá de finales de los 80, cuando la sociedad
colombiana fue sacudida por las bombas del narcoterrorismo y se vio moralmente postrada por el
efecto corruptor del dinero, del que no escapa la naciente industria de la belleza ni el obsesivo culto
de la imagen. No es una novela erótica, aunque el erotismo se manifieste en el rito narcisista de
mujeres obsesionadas por su belleza.
Lo único que nos proponemos con esta anécdota es instruir
al hombre y corregir sus costumbres que, al leerla, penetremos
en la grandeza del peligro que acecha siempre a quienes se
permiten todo para satisfacer sus deseos (...)
Les crimes de l’amour, D. A. F. DE SADE
¡Ven, amor mío!
¡Mira esta gruta, disfruta en ella
del suave aroma de las rosas.
Incluso un dios envidiaría
el dulce gozar de esta morada.
Venus en Tannhäuser (Escena en Venusberg
o Monte de Venus), de RICHARD WAGNER
—Verónica Oropeza —empezó a decir la madre, deletreando nombre y apellido—. No olvides que
la debilidad de los hombres será tu fortaleza.
Virginia viuda de Oropeza, de soltera Villalba, pasó un último vistazo al vestido de
cumpleaños de su hija, desplegado en la cama matrimonial de su alcoba, adornada en una de sus
paredes con un gran crucifijo de bronce. Por un capricho extravagante, imaginando que la cama
debía tener la apariencia de un altar cubierto de tules, la había ennoblecido con un baldaquino
adquirido la semana anterior en una oferta de anticuarios. Una ganga, Vero, ¿no crees que le queda
divino a mi cama? —había dicho al elegirlo.
—¿La debilidad de los hombres será mi fortaleza? —repitió para sí la niña, dándole más
importancia a la frase que al vestido, las medias y los zapatos nuevos. Encima del tocador de la
alcoba esperaban el collar y el reloj también nuevos.
Todavía era temprano. La fiesta empezaría dentro de dos horas. El arreglo del salón se había
hecho como Virginia quería, las mujeres del servicio trajinaban en la cocina, dos camareros se
afanaban dando un último toque al decorado de la mesa, veinticinco invitados, ni uno más, había
dicho Virgie a su hija, todos sentados. Veinticinco, los que han querido venir, repetía con rencor.
En principio eran cuarenta, todos compañeros de clase, pero diez se habían excusado, otros ni
siquiera habían respondido a la invitación. Pese a haberlos llamado uno a uno para que confirmaran
su asistencia, habían salido con excusas. ¿Qué se han creído, carajo, es que no cagan mierda?, gritó.
Para apaciguar a la hija, aterrada por el grito, forzó una sonrisa de tranquilidad y le dijo: no es nada,
es que no entiendo la hipocresía de esa gente.
Verónica ocultó a la madre lo que había llegado a sus oídos, chismes escuchados en el patio
de recreo, habladurías humillantes si las hubiera tomado en serio. Pero nada como el amor propio
para sortear esa clase de humillaciones, pensó Virginia, orgullosa en cambio de la fiesta que daría a
su hija.
—¿Por qué no han querido venir? —preguntó la niña. ¿Por qué si ella, Verónica, había
invitado a cada uno de sus compañeros? ¿Quizá porque se trataba de una fiesta de doce y no de
quince, porque pretendía vestirse de largo cuando no era más que una criatura?
Eran apenas las diez de la mañana. Los invitados llegarían hacia las doce y media del día,
según lo pedido en la invitación. Lo único molesto y en cierto sentido ridículo, a lo cual la madre
había restado importancia, era que el día del cumpleaños coincidía con la primera menstruación de
Verónica.
—Aunque la esperaba, nunca pensé que fuera este día
—le dijo a la madre en medio del ajetreo de la mañana.
Al principio no supo qué hacer. Amanecer manchada de sangre, manchones rojizos en las
sábanas, no era lo que esperaba en un día tan especial. Y lo dijo llorando, sin tener que decirlo,
porque la madre percibió al instante el embarazo de la hija. El desayuno fue esa mañana más
abundante y rico que de costumbre: zumo de naranjas y zanahoria, rodajas de melón y papaya,
huevos revueltos con jamón y queso, té con leche a cambio del café que, según dijo Virginia, la
pondría más nerviosa y alterada.
—Sabía que sería un día de éstos —la consoló Virginia—.
Alégrate, que ya eres mujer.
Años después, frente a la confusa masa de sus recuerdos, la joven habría de recordar esa
fecha como el día sangrientamente memorable en que su madre le dijo que había empezado a
convertirse en mujer. Habría de recordar también el malestar de haber despertado sintiéndose sucia
entre sábanas inmaculadamente blancas.
—¿Se vuelve una mujer en un día tan sangriento? —preguntó la niña, convirtiendo el
humor en sustituto de su melancolía. Al escucharla, Virginia empezó a sentirse orgullosa de la
inteligencia de su hija.
—Mujer no, apenas mujercita —le dijo mientras la conducía a la bañera llena de agua
caliente, aromatizada con sales de baño en las que predominaba la esencia de rosas. Desgranaba
consejos con su ronca voz de antigua fumadora, recordándole a la hija que, con el paso de los años,
dejaría de ser la mujercita que acababa de menstruar para convertirse en una mujer hermosa y
deseada.
—Ya verás, Vero, serás francamente irresistible y deseada.
—¿Deseada? —preguntó Verónica al introducir su cuerpo en la tina rebosante de espuma.
Virgie había constatado que la pelusilla de las axilas y vello púbico mostraban ya los signos
de la pubertad. La niña, a quien le había quedado resonando el ruido de campanitas de la palabra
"deseada", no quiso preguntar nada a la madre. Virginia se anticipó, al verla sumergida en el
remanso de agua y espuma, a hacer una certera comparación: el cuerpo de la hija le recordaba al
suyo. También ella se había desarrollado a esa edad, también ella anunció, llena de desconcierto y
orgullo, el precoz esplendor de la mujer que sería antes de los quince, el gradual cubrimiento del
pubis, montículo que en pocos meses estaría recubierto por una espesa capa de pelos rizados y
oscuros.
—Tendrás los pechos grandes, bonitos y duros —le dijo pasándole la esponja por la
espalda—. Caderas anchas y nalgas paraditas —siguió diciendo, riéndose de la complicidad
establecida con la hija.
Verónica no era ajena al florecimiento de su cuerpo ni a la montaraz sinceridad de la madre.
En años de paciente aprendizaje, Virginia había conseguido domesticar los resabios de su lenguaje,
aunque el aprendizaje hubiera dejado rendijas por las que, en momentos de exaltación o rabia,
salían las procacidades más atrevidas. Verónica no se escandalizaba. Con el tiempo, las celebraba
como si fueran graciosas ocurrencias, aplaudidas por los hombres y censuradas por las mujeres.
—Tendrás cuerpo de mujer dentro de dos o tres años —sentenció al ayudarla a salir de la
tina y abrazarla con la gran toalla blanca afelpada, recuerdo del inocente robo hecho en el pasillo de
un hotel de Cartagena de Indias. No era el único recuerdo de sus travesuras. Virginia se
encaprichaba con nimiedades ajenas, ceniceros de restaurantes, exquisiteces de supermercados,
frascos de aceitunas, unos pocos gramos de jamón serrano envueltos al vacío, costumbre que
ignoraba la aparición reciente de censores y cámaras de vigilancia y que, precisamente por
ignorarlos, le daba mayor emoción a su aventura. Así que la toalla afelpada era el recuerdo de la
costumbre de expropiar objetos ajenos por el simple placer de hacerlo. Más de un detalle decorativo
de su casa provenía de restaurantes, boutiques y hoteles de paso, cuando le fue dado frecuentar
hoteles de una noche o fines de semana.
A medida que secaba el cuerpo de la hija, Virginia le repasaba con la vista las incipientes
vellosidades de axilas y pubis. Como en las fotografías de David Hamilton —recordó al evocar a
esas niñas blancas y desnudas, envueltas por el velo de la inocencia—, Verónica hacía su
prometedor tránsito hacia la adolescencia.
Fijó la mirada en la entrepierna de la hija y no quiso manifestar la inquietud que la asaltó de
repente al mirar el sombreado del triángulo, ¿Serían rizadas o lisas las vellosidades íntimas de su
hija? ¿Serían oscuras o claras?
Nada que no pudiera remediarse, se dijo. Virginia viuda de Oropeza, de soltera Villalba,
acomplejada por la negra, enredada aspereza que poblaba su Monte de Venus, al que acostumbraba
podar triangularmente, se sometía a tratamientos regulares para mantenerlo suave y lacio. Se reía
aún del día en que decidió rasurarse por completo con la esperanza de ver nacer una pelambre
menos áspera, cuando sufrió la decepción de constatar que los pelos renacían con igual o mayor
consistencia que antes.
¿Acomplejada por qué y desde cuándo? Desde el día en que uno de sus amantes, por cierto
ocasional —un joven subalterno de su difunto marido—, le dijo que en los pelos de su coño —éstas
fueron sus palabras— se ponían al descubierto sus remotos orígenes. ¿Por qué coño y no "cuca",
como ella acostumbraba decir? ¿Por qué no la procaz "chucha" nombrada en la licenciosa vida que
empezó a vivir por esos años? Lo cierto es que no pudo frenar el disgusto. Lo sintió crecer tan de
prisa, como disminuir la excitación que le producían estos acoplamientos furtivos.
—¿Cuáles orígenes? —desafió al joven desde la cama.
—Tus orígenes de negra.
No era un reproche ofensivo sino la mejor respuesta a la crispada inquietud de Virginia,
abierta de piernas en la cama matrimonial que el marido no había abandonado todavía. El ingeniero
Oropeza se ausentaba solamente cuando se lo exigían sus compromisos de trabajo. En el umbral de
los veintiséis años, Virginia creía que ese desliz no era una infidelidad sino la legítima curiosidad
de una mujer que quería conocer las costumbres amorosas de un joven de su edad.
Bastó esa gracia para empezar a detestar al joven que decía haber tenido experiencias
delirantes con mulatas y negras del Caribe en los suburbios y playas de pescadores de Cartagena de
Indias y Buenaventura. "Comerse a una negra es como beber agua en el cráter de un volcán", le dijo
él de manera jactanciosa, exhibiendo con altanería su virilidad alebrestada.
—Lárgate, entonces, no vuelvas nunca más —gritó ella y se cubrió el cuerpo con la
sábana—. Ve a revolcarte con tu negramenta.
Nunca lamentaría aquel rapto de dignidad. Preservó su orgullo de mujer afrentada aunque
no pudo evitar la desazón que le produjo saberse nieta de negra y mestizo, ramas oscuras que
hubiera deseado talar brutalmente de su árbol genealógico.
La belleza que se empezó a revelar cuando atravesó la frontera de los treinta y tres años
hacía de Virginia una mujer exótica y, por lo mismo, deseada por hombres que pasaban de los
cincuenta. Lo que inspiraba en ellos no era el noble propósito del amor. Estaba destinada, gracias a
la vulgaridad domesticada de su mestizaje, a ser preferida como amante clandestina, evidencia que
la curó de las debilidades del sentimentalismo.
No es frecuente en las mujeres saberse de antemano novias o queridas. Virginia supo, por la
frecuencia de sus amores, que estaba destinada a ser más querida que novia, de allí que en sus
pocos años de viudez hubiera descartado la idea de un nuevo matrimonio o la posibilidad de formar
una pareja con futuro. Se sentía incapaz de asumir nuevas servidumbres. Esto era al menos lo que
respondía a Verónica cuando le preguntaba si se volvería a casar algún día.
—No te ofendas —le había gritado el tipo desde el vano de la puerta, todavía desnudo y con
las ropas en la mano—. Tienes pelos de negra. Deberías sentirte orgullosa.
El recuerdo de este episodio dejó de ser irritante. Nunca volvió a ver al muchacho. Fue un
accidente entre los numerosos accidentes amorosos de su vida, un adulterio desinteresado, nada
más que eso, un pequeño lunar en medio de la relativa fidelidad con que sobrellevó su matrimonio.
—Hueles a rosas —le dijo finalmente a Verónica.
Virginia se propuso iniciar a Verónica en los rituales más sutiles de la mujer que sería dentro de
pocos años. Quería ofrecerle a su hija lo que ella nunca había podido tener, motivos de vanidad y
no el vacío de la pobreza que ella había conocido en su infancia.
Envuelta en la blanca toalla afelpada, la niña se dirigió a la alcoba principal. La madre le
eligió la ropa interior y le enseñó a colocar las toallitas higiénicas entre las pantaletas. Verónica
estrenó ese día unos preciosos pantis de seda con ribetes de encaje, holgados en los muslos,
apretados en su triángulo, como era la moda en las mujeres adultas. Le diría adiós a la ropa interior
de niña, pantaletas convencionales de algodón con dibujos de circo. Una semana antes, Virginia
había hecho pintar de azul el cuarto de la hija, borrando para siempre el rosa de las paredes. De esta
manera, la decoración de la alcoba sufría también las metamorfosis de la niña.
En todo momento, Virginia estuvo al lado de Verónica: ayudándola a vestirse, ajustándole
los botones de nácar del fino vestido de velours francés que ella había preferido de color encendido,
un fucsia que, frente al gran espejo de la alcoba, parecía dar más vida al rostro sonriente de la niña.
Los zapatos de Gucci, de tacones medianos, hacían juego con la cartera de la misma marca. Sólo
faltaba el collar de perlas falsas, te debo el de perlas auténticas, Vero, para que la niña diera una
última mirada al espejo. ¡Algún día le regalaría a la hija un espectacular collar de perlas cultivadas!
Virginia se encargó del maquillaje. No había olvidado las clases de esthéticienne tomadas
dos años atrás, cuando la viudez la obligó a pensar en una profesión distinta a la de secretaría. La
precariedad económica de entonces le hizo pensar en una vida más modesta que la llevada durante
su matrimonio. Secretaria o esteticista, cualquier cosa que le permitiera abrirse camino en la
viudez. Menos mal que el ingenio y la conciencia de su hermosura torcieron el rumbo que hubiera
tomado en mediocres oficios de supervivencia. El ingenio y la conciencia de su hermosura, la
certidumbre de saberse atractiva, torcieron el rumbo de la vida que empezó a temer desde el
momento en que se sintió irremediablemente viuda.
Virginia decidió que el maquillaje tendría que ser muy prudente. Marcaría las cejas,
sombrearía de azul la superficie de los párpados, aplicaría un poco de color a los labios, dibujando
minuciosamente sus formas.
—No exageres, mamá —había protestado Verónica.
La madre sabía que no era una exageración resaltar la forma de esos labios, parecidos a los
suyos, quizá menos abultados y más finos. De una generación a otra, se habían suavizado los rasgos
de la herencia. Como decía Virginia, de una generación a otra "se nos ha mejorado la raza".
Vestida y maquillada. Verónica dejó de ser una niña de doce años. Cuando la madre hubo
terminado con el maquillaje celebró haber conseguido dar al aspecto de su hija el resplandor juvenil
de una quinceañera.
Descendió a la primera planta y husmeó en la cocina.
El menú había sido elegido con un toque de exotismo que sorprendió al proveedor de
alimentos contratado para la ocasión: ostras importadas de Chile, langostinos en salsa de maracuyá,
ensalada de endibias con queso Roquefort, sorbete de limón entre la entrada y el plato principal,
trufas de postre. Durante años había conservado la carta de un restaurante cuyo nombre aparecía
escrito en letras góticas doradas: Le Vieux Château. A quien le preguntara por el origen de la carte,
Virginia le diría que era un recuerdo de su primer viaje a París —donde no había estado nunca—,
aunque fuera la carta de un aceptable restaurante del valle de Tumbaco, en la periferia de Quito.
No se trataba de mentirillas ni alardes. Deseaba que estas pequeñas fábulas se hicieran
realidad, que la carta que inspiró el menú de ese día fuera alguna vez el recuerdo de un viaje
realizado. ¿Qué podía haber de dañino en esta clase de fantasía? Expresaba sus deseos con la
esperanza de verlos cumplidos.
A las doce y media en punto empezaron a llegar los primeros invitados, jóvenes como su
hija. Una niña, de la misma edad de Verónica, bajó de una camioneta negra escoltada por tres
hombres armados que la acompañaron hasta la entrada de la casa. Los invitados eran recibidos en la
puerta por un camarero de uniforme negro y camisa blanca, estrangulado en el cuello por una
pajarita morada. "Señora —le diría después a Virginia—, los escoltas de la niña dicen que la van a
esperar aquí afuera hasta que termine el almuerzo".
—Cuando sirvamos el ponqué, ofrézcales unas tajadas —ordenó al portero.
La celebración de los doce años fue el preámbulo de lo que sería la fiesta de la quinceañera
Verónica Oropeza. La niña preguntó por la elección del menú —nunca había probado langostinos
ni conocía las trufas—, y Virginia soltó una carcajada. Las trufas, para que lo supiera, eran
exquisitos frutos de la tierra sacados por el hocico de cerdos amaestrados.
—Los mariscos son afrodisíacos —añadió Virginia—. Y al maracuyá lo han empezado a
llamar la fruta de la pasión. Un día te explicaré lo que es un afrodisíaco.
¿Afrodisíaco tenía que ver con África o con Afrodita, diosa del amor que Verónica
descubrió en un libro de mitologías? No lo sabía.
La fiesta fue un acontecimiento superior al malestar de la niña que había sangrado por
primera vez la noche anterior. Entre todos los regalos, la deslumbró el de Matilde, la niña traída por
sus escoltas: una fina gargantilla en filigrana de oro, una insignificancia si se miraba bien a Matilde,
enjoyada en cuello, dedos y muñecas, incómoda por la dureza almidonada de su vestido rosa de
encajes, de mangas ajustadas a los brazos. El cuello del vestido, ceñido en la corta garganta de la
niña, le daba el aspecto de una muñeca robusta y rubicunda
¿Habría tenido Matilde su primera regla? —se preguntó Verónica al ver su expresión
infantil. Se lo preguntaría en el curso de la fiesta. Al hacerlo en el momento oportuno, cuando le
agradeció el regalo de la gargantilla, Matilde dijo que de eso nunca hablaban las niñas. La mayoría
de compañeras de curso —recordó Verónica— habían iniciado el tedioso ciclo femenino, castigo
de la naturaleza, dijo una de las chicas, aterrorizada por la intensidad torrencial del cólico que la
postró durante una semana, según se supo en todo el colegio, donde se empezaron a volver
populares los nombres de sales y pastillas para los dolores menstruales.
Un acontecimiento y la fuente de conjeturas que no dejaron indiferente a Virginia, eso fue la
fiesta de aquella tarde, prolongada hasta las siete de la noche. Conjeturas malévolas, fruto de la
envidia, dijo ella, pues sólo la envidia o la insidia podían dar rienda suelta a rumores sobre el origen
de tanto derroche, siendo ella una viuda de recursos desconocidos, una mujer a la que no se le
conocía más profesión que la de viuda con una pensión más o menos discreta. Vendo seguros —se
defendió ella—. Soy una exitosa vendedora de seguros —siguió deteniéndose cada vez que la
maledicencia llegaba a sus oídos.
Virginia no quiso transmitir a su hija el malestar que le produjo saber que entre los invitados
del día anterior estaban los autores de aquellos rumores, madres de niñas que llegaron a husmear a
último momento. Verónica celebró que Matilde se hubiera quedado hasta el final, haciendo esperar
en la puerta a los escoltas que la reclamaban y a quienes la niña se dirigía con órdenes despóticas.
Esperaba a la madre. Y cuando apareció, Virginia se sintió deslumbrada por el derroche de lujo y el
porte con que la mujer lucía collares y pendientes, brazaletes y sortijas, perendengues que ella
consideraba excesivos en una mujer rechoncha y de baja estatura. Le ofreció una copa de
champaña. La mujer la rechazó diciendo que le hacían cosquillas las burbujas, mejor si le ofrecía
un trago dulce, ¿no tiene un Moscatel, de casualidad?, preguntó con voz aflautada. Tenía Martini,
dijo Virginia. Y le preparó un mejunje con Martini rojo, rodajas de naranja, un chorrito de soda y
gotas de Angostura. Trató de averiguar algo sobre la desconocida que, como la hija, se hacía
acompañar por un jeep blindado con escoltas. ¿En qué trabajaba su marido?, hubiera querido
preguntarle. No, esas preguntas no se hacían, pensó, y aprovechó la llegada de otros padres para
despedirlos uno a uno en la puerta de la casa.
La fiesta había sido fantástica.
Al fin solas y rendidas, se acostaron juntas en la cama.
—Mañana serás la comidilla de tus amigas —le advirtió. Digan lo que digan, no le pares
bolas a las habladurías.
La medida más exacta para separar el pasado del presente la impone el carácter memorable o
insignificante de los acontecimientos que vivimos. Memorables habían sido para Verónica la fecha
de su cumpleaños y su primera menstruación. Atrás quedaba su pasado de niña, el rosa de las
paredes, las muñecas almacenadas en el armario, la ropa interior de niña que fue a parar a manos de
la empleada. La ropa interior, sobre todo, porque, en el fondo, Virginia creía que la ropa interior
dividía el mundo de la infancia del misterioso mundo de la pubertad femenina.
Nacía a una nueva vida. Halagada por la madre, admirada por las amigas, admirada y
envidiada, cortejada por los chicos mayores de otros cursos, dejó atrás la niñez y se empezó a
enfrentar con pasos atolondrados a las incertidumbres de la pubertad. Aguijoneada por las
premoniciones de la madre, adquirió desde ese día la costumbre de desnudarse cada noche ante el
espejo de su cuarto. Se miraba de reojo, pasaba una mano por la curva de sus caderas, por la
erguida redondez de sus nalgas, por los botones hinchados de sus pechos, erizados cuando la mano
era sólo la yema de un dedo acariciante o cuando la palma de la misma mano ascendía como si
midiera de abajo hacia arriba las opulentas formas de sus senos. Aprendió a admirarse y a tocarse
pero se aburría al momento. Posaba la palma de la mano en el Monte de Venus y la sentía
acariciada por la textura de su pelusilla. Más abajo, empezaba un territorio de incógnitas
inexploradas. Suspendía el ritual que todavía no podía atribuir al narcisismo sino a la curiosidad
despertada por las afirmaciones de la madre.
¿Tenía o no razón Virginia al decir que pronto sería hermosa? Lo era. Las caderas se
curvaban, los pezones, cercados por un círculo rosáceo de granulaciones marrones, despuntaban
con una dureza que antes había pasado inadvertida, pues atribuía al frío de las mañanas el
endurecimiento de sus senos. Se probaba nuevos juegos de ropa interior, paseaba por la habitación
sin abandonar el reflejo del espejo, de frente, de espaldas y de perfil. Empezaba a pensar que su
ropa interior no estaba destinada a cubrir. Podría ser motivo de orgullo y no hay orgullo que no se
deba exhibir. La bañera, que antes cumplía funciones de ducha, era usada cada noche, antes de
acostarse.
Verónica había descubierto la delicia de navegar en agua caliente y sales aromáticas. El
roce de la espuma, el velo líquido que le permitía mirar la pelambre del triángulo como si se tratase
de un lugar separado del cuerpo, la acostumbraron a sumergirse en la tina y a aguantar la
respiración debajo del agua. Acariciaba sus vellos, los ensortijaba sin propósito ni malicia, sólo
para constatar que allí estaban las primeras señas de identidad de la adolescencia futura. Como si
jugara con el descubrimiento de partes innominadas del cuerpo, llamó bosquecito a su Monte de
Venus, cajita de sorpresas al estrecho conducto de su sexo, llamó tacita al ombligo y melones a sus
senos, ¿serán demasiado grandes?, partes con las que dialogaba mientras se adormecía dentro del
agua.
Aborrecía el uniforme obligatorio del colegio. Hubiera preferido vestir y exhibir el ropero
que la madre le había renovado el día de su cumpleaños. Como no podía burlar la disciplina de usar
el uniforme, se hizo subir diez centímetros más arriba de las rodillas el dobladillo de la falda. Con
deliberada coquetería, dejaba sin abrochar dos botones superiores de la blusa, no tanto para enseñar
el nacimiento de sus pechos como para exhibir el fino tejido de sus sujetadores.
Imitada por unas, censurada por otras, Verónica Oropeza fue desde entonces la comidilla de
sus compañeras.
—Se está madurando biche —dijo despectivamente una de ellas.
Prefería a los chicos mayores. Se la veía en los corrillos con compañeros de cursos
superiores. Hablaba con displicencia de sus contemporáneas, considerándolas chiquillas. Sus risas
eran carcajadas que ella acompañaba con palmadas en los muslos, explosión de alegría que las
demás calificaban de escandalosas. Advirtió que estaba imitando los gestos jubilosos de su madre.
Pocas compañeras se maquillaban. Verónica lo hacía regularmente. Se refugiaba en el baño
retocaba su cara, chismorreaba sobre chicos y discriminaba sus amigas entre solapadas y sinceras.
Éstas se podían contar con los dedos de las manos. La pobrecita Matilde, la oveja negra del curso,
era una solitaria engreída, aislada siempre en un extremo del patio, donde comía sola las
exquisiteces que le entregaba, a primera hora de la mañana y al entrar al colegio, uno de los
escoltas que la acompañaban. Cada vez que la encontraba, Verónica le agradecía el regalo de
cumpleaños. Para darle muestras de agradecimiento, trató de mostrarse amistosa. No consiguió
como respuesta más que monosílabos y sonrisas forzadas.
Matilde actuaba como si se le hubiera prohibido cruzar más de una palabra con sus
compañeras. Era sin embargo espléndida en sus regatos. No había cumpleaños o celebración a la
que no fuera invitada esta niña silenciosa y retraída. Y lo era porque se esperaba que apareciera con
los regalos más espléndidos del mundo.
Verónica era nueva en aquel colegio de "hijos de papi”. Y, por lo nueva, desconoció al
comienzo las reglas de quienes desde muy niños, habían hecho de aquel colegio una segunda
familia. Después de la muerte de su padre no pensó que, de un día a otro, aparecería como por
encanto la prosperidad, dejando atrás las privaciones anteriores. Mi hija se merece un buen colegio,
se dijo Virginia. Tomó entonces la decisión de buscarle un cupo. Sorteó las dificultades de
conseguirlo por encima de las dudosas calificaciones de Verónica. Es muy inteligente —decían sus
profesores— pero no pone de su parte. Si estudiara con juicio y no se distrajera tanto en las clases
podría ser una de las mejores alumnas.
Con tenacidad de luchadora nata, Virginia pidió citas con el director del colegio, rogó el
favor merecido de ofrecer a su niña la oportunidad de educarse en el más exigente de los planteles,
insistió casi llorando cuando le pusieron objeciones a las que respondió dando pruebas de su
solvencia económica. Vivía en casa propia y los extractos de sus cuentas bancarias probaban que
podía satisfacer con creces sus compromisos.
Un dato, olvidado por descuido, obró a favor de tan metódico empecinamiento: su difunto
marido, el ingeniero Arturo Oropeza, se había graduado con honores en tan respetable colegio.
Obró a su favor y sólo en parte. Recurrió entonces al senador Rodolfo Roldan, quien intervino para
abrir un cupo a la hija de su amiga. Y fue así como Verónica pasó de un mediocre plantel de clase
media a una de las instituciones de enseñanza más célebres de la ciudad.
No le fue difícil adaptarse. Se comportaba como si siempre hubiera estado allí. Hablaba sin
timidez, se introducía en los corrillos presentándose con nombre y apellidos, soy la nueva, y omitía
las miradas de curiosidad o reproche que le dirigían quienes pretendían ponerle barreras y separarla
del grupo. Su madre le había advertido que sería en principio difícil abrirse un espacio en medio de
niñas y niños que habían nacido y crecían con el convencimiento de ser superiores a los demás.
Gracias a las advertencias de la madre, tratarán de hacerte sentir una intrusa. Verónica actuó con la
mayor naturalidad del mundo. En unas pocas semanas se convirtió en otra de ellas. La niña, de
inteligencia rápida y espontaneidad para muchos atrevida, se ganó a pulso simpatías y reputación.
Si se proponían ofenderla, debía actuar como si no fuera con ella, le aconsejó Virginia. Se
impondría por su propia fuerza de carácter. Debía mostrarse humilde con las humildes y altanera, si
era el caso, con quienes le salieran con altanerías. El orgullo sería su mejor arma defensiva.
No había transcurrido todavía el tiempo de prueba que la madre le había pronosticado, cuando
Verónica constató que su presencia no pasaba desapercibida. Compañeras y compañeros de clase
acabaron aceptándola como si ostentara, al igual que ellos, el sello de su misma clase. ¿A qué clase
pertenecía Matilde? —se preguntaba Verónica—. A ninguna y a las que quiera —le dijo Virginia.
Es riquísima.
—La debilidad de los hombres será tu fortaleza —recordó Verónica.
Si la frase encerraba un misterio o era un rotundo pronóstico ¿cómo iba a saberlo? Empezó
a saberlo un año más tarde. Y más tarde fue temprano en la vida de la niña de trece años. Cortejada
hasta el asedio por los muchachos de cursos superiores, adolescentes fascinados por su desparpajo,
informados por otras niñas de su clase de que Verónica usaba ropa interior de vampiresa, fingió ser
mayor de lo que era. Se la disputaban, aunque la disputa entre los chicos estuviera basada en lo que
sería pronto una leyenda sin confirmación: coqueta y fácil.
—Coqueta sí, fácil no —dijo a una de las compañeras que le llegó con el rumor. Supo que
dos imbéciles se habían agarrado a trompadas en una disputa que hizo historia en el patio de recreo.
Uno decía haberla besado, otro se jactaba de haberla visto desnudarse en el baño. El primero le
había tocado las tetas, el segundo aseguraba haberle acariciado las nalgas. Le dijeron que otro
compañero sufría parálisis al verla, que la sola idea de decir lo que lo atormentaba, el amor callado
de los imberbes, un amor lleno de tribulaciones, lo ponía a tartamudear hasta el enmudecimiento.
No era feo, era sencillamente pusilánime. Si la sentía cerca, huía, al saberla lejos se entristecía
como perro apaleado. No era feo, tenía incluso el atractivo del jovencito entregado a toda clase de
deportes, vestía ropa de moda y de marca, era el hijo consentido de un proveedor de repuestos para
aviones, pero huía de lo que deseaba tener cerca. Sólo la miraba furtivamente.
Verónica —Vero para las amigas— se sentía más que halagada por la existencia de este
admirador, perversamente complacida al saber que el pobrecito sufría en su ausencia y huía al
saberla presente. Con la crueldad de quien se sabe superior en razón de su belleza, Vero se atrevió a
encarar al muchacho. Me contaron que te gusto —le dijo con su mejor sonrisa. El muchacho
palideció—. Un día de estos vamos a cine —lo desafió. Le dio la espalda y corrió a protegerse en
uno de los salones de clase.
No se decidió por ninguno de los camorreros. Experimentó la vanidad de saberse disputada.
Eligió a un cuarto, el que estaba fuera de toda discordia, lo eligió para la primera cita y el primer
beso. En su agenda secreta lo llamó El Cuarto en Discordia.
A una edad en la que las niñas son las elegidas y disputadas —costumbre frecuente en
numerosas especies animales—, ella decidió elegir al muchacho de sus primeros juegos, una
elección cruel —se dijo—, porque ¿qué elección no lo es? Al elegir, siempre se deja a alguien fuera
del juego y fuera del juego dejaba a la pareja de púgiles y al atlético chico de la parálisis amorosa.
¿Por qué elegir a Nelson Sarmiento para la primera cita y el primer beso? Porque era el
mejor de la clase. No le importaba tanto que fuera el aventajado del curso, lo que importaba era
tenerlo de su parte, servirse de él cuando lo necesitara. ¿No era la amistad una prestación mutua de
servicios? —se preguntaría años después la adolescente de dieciséis. Matemáticas o sociales, no
había materia en la que Sarmiento no saliera sobrado. Se decía que no era inteligente sino un
repelente fenómeno de la naturaleza. Se las sabía todas, menos tratar a las mujeres. No era apuesto
ni atlético. Era el sobrado de la clase. No podía ser apuesto un flaco desgarbado con la cara herida
por el acné, negado para los deportes y para la bulliciosa camaradería de los demás muchachos.
Sarmiento era tan negado en disciplinas que garantizaban el éxito, que Verónica se acercó a él
como si cortejara con la lepra.
Sarmiento era un desahuciado social. No lo admiraban, lo envidiaban con desdén, se
burlaban de su modestia, advertían que no pasaban de dos sus mudas de ropa, que sus zapatos,
siempre pulcros, de suelas remontadas, eran los mismos de todo el año. Se mofaban de él a sus
espaldas. Así que cuando Verónica se acercó a él, todos dijeron que era una excentricidad más de
esa loca, una de sus vainas raras, todo para llevar la contraria. Se acercó a él con el pretexto de
pedirle que la ayudara en sus tareas de matemáticas. Y el muchacho se desconcertó cuando ella le
pidió que se vieran en la tarde, a la salida de clases. Lo invitaría a tomar algo en su casa.
—¿En tu casa, por qué en tu casa?
Nadie lo invitaba nunca, ni siquiera era convidado a las fiestas que, cada viernes, se
organizaban en las cafeterías cercanas.
—No hay problema con mi padre, porque vivo sola mi madre —precisó Verónica. Le dijo
que era huérfana de padre—. También yo —añadió Sarmiento con voz entrecortada—. Desde los
siete años. Soy el mayor de tres hermanos.
La señora viuda de Oropeza no paraba en casa. Llegaba tarde cada noche, me invitaron a
cenar mija me invitaron a un cocktail voy a jugar cartas dile a la empleada que te prepare la cena
ten cuidado con los carbohidratos dile que te haga una pechuguita de pollo a la plancha, ésta era
la retahíla que le lanzaba desde la mañana, cuando salía soberbiamente vestida y maquillada, ¿hacia
dónde? Virginia salía desde temprano y no regresaba hasta la noche. Vendía seguros —le explicaba
a la hija.
—No te acuestes muy tarde —era el consejo invariable.
La sentía llegar después de la medianoche o en la madrugada, subir las escaleras hacia el
segundo piso de la casa, donde quedaba su alcoba, A veces escuchaba sus risas, no hagas ruido mi
hija duerme, toses nerviosas, de él, de quien fuera, siempre un desconocido que, por prudencia,
nunca desayunaba con ellas. A su edad, Virginia podía seguir dándose el lujo del amor, de
divertirse como quisiera. Nunca había sido más atractiva que ahora. Le guardé dos años de luto a tu
padre. No habría problema si un compañero la visitaba. Podía llevar a casa a sus amigos, pedirle a
la empleada que les prepara cualquier cosa, confío en ti mija sé que eres responsable, concedía
siempre la madre.
La libertad que le concedía a la hija protegía su propia libertad. Tal era el cálculo de
Virginia. En ocasiones, se sentía acosada por los remordimientos.
Verónica condujo a Nelson Sarmiento a su casa. ¡Pobre muchacho! Parecía como si nunca
hubiera puesto los píes en una casa de dos plantas, con salón exquisitamente amueblado, obras de
arte en las paredes, mejor dicho, reproducciones o falsificaciones de obras de arte, cocina
gigantesca como un potrero, decorada con toda clase de electrodomésticos, prometedoras escaleras
hacia la segunda planta.
La percepción de la riqueza ajena es proporcional a la pobreza propia., Para el joven, la casa
de Verónica era una casa de ricos. ¿Dónde vivía él? Preguntárselo hubiera sido imprudente. Tal vez
viviera en el noroccidente de la ciudad, en uno de esos condominios extendidos sobre la sabana
interminable, tal vez tuviera una beca de estudios obtenida por sus calificaciones, quizá su padre
trabajó en una empresa benefactora de estudiantes huérfanos, nada de esto quiso saber Verónica
cuando Teresa, la empleada, abrió la puerta y recibió a la niña con una frase de complicidad:
—Cómo me gusta, niña, que llegue acompañada —secreteó—. Feíto sí es, pero debe tener
su gracia.
Aquel día empezó a comprender el sentido de la frase repetida por la madre: la debilidad de
los hombres será tu fortaleza. Débil en su fealdad, acomplejado en su pobreza, Nelson ni siquiera
demostraba el orgullo de ser un alumno aventajado. Fuerte en su naciente belleza, orgullosa en las
apariencias de su riqueza, segura en la certeza de saberse disputada por los chicos de cursos
superiores. Verónica empezó a aprender que de algo servían las virtudes de las mujeres frente a los
defectos de los hombres.
Subió a su cuarto. Tardó más de quince minutos en regresar. Reapareció vistiendo unos
yines desteñidos y ajustados, con remiendos y tijeretazos, pero el detalle más llamativo llenó de
rubor el rostro del muchacho: en una de las nalgas, exactamente en su base de sustentación, la
herida expresamente abierta por las tijeras dejaba ver la blancura de la piel. Vestí también una
camiseta, estrecha y excesivamente corta, con el rostro de Bob Marley. El rey del reggae fumaba
un largo pitillo de marihuana.
—¿Por qué ese negro? —se opuso en principio la madre cuando Verónica se encaprichó con
esta prenda—. ¿Por qué no Mick Jagger? ¿No dizque te gusta Police? ¿Por qué no buscas una
camiseta con el retrato de Sting? No entiendo por qué, habiendo camisetas con los cantantes que
más te gustan, te dio la ventolera de cargar con ese negro. ¿Sabes que lo rastafaris no se bañan?
Nada la haría cambiar de elección. Un yin desteñido tijereteado, herido en una nalga. Una
camiseta amarilla con el negro rostro de Bob Marley.
—¿Dónde prefieres estudiar? —preguntó al muchacho—. ¿En la sala o en mi cuarto?
Nelson no respondió. Otra de sus debilidades: era incapaz de elegir. Ella debió hacerlo por
él. Y eligió su cuarto, como si deseara que conociera la intimidad de su cuarto, el afiche de David
Bowie in concert, la reproducción de La Maja Desnuda de Goya, el equipo de sonido colocado
sobre la alfombra, discos y casetes desordenados en una estantería con escasos libros, la cama
sencilla, que Virgie llamaba single, vestida con un cubrelecho de colorida lana artesanal, los
almohadones de terciopelo, el escritorio de cedro, el baño privado a unos pasos de la cama, las
fotos de la niña en distintas poses y edades.
Buscó en el desorden de libros y cuadernos sus apuntes de matemáticas y le arrancó una
primera sonrisa al muchacho: con gesto indulgente, miraba los garabatos que llenaban hojas y
hojas.
—No entiendo nada —le dijo ella—. Voy a perder la materia —se asinceró—. Prométeme
que me ayudarás a estudiar, que me harás el examen —dijo sin preámbulos.
—En lo que pueda —tartamudeó El Cuarto en Discordia.
—Tú lo puedes todo —dijo ella, anticipándose así a otro consejo de la madre:
—A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar —sentenciaba Virginia—. No
importa si les mientes, les gusta escuchar música celestial.
No pensó que el consejo tuviera edades y aplicaciones distintas. Decirles a los hombres lo
que desean y esperan escuchar no era el simple enunciado de un consejo sino la exposición de una
intrincada estrategia femenina.
Serio, casi solemne, Nelson lidió con la ignorancia de Verónica, tal era la conclusión que
sacaba al repasar notas y garabatos del cuaderno.
—Llama sí quieres a tu casa —le dijo Verónica—. Te invito a cenar.
Sentados en el suelo, repasaron libros y cuadernos de apuntes. No voy a poder con esto —
repitió Verónica—. Tendrás que ayudarme en el examen —añadió con voz apesadumbrada, como
si se fuera a desvanecer en el instante.
No fue sino más tarde, hacia las siete de la noche —la empleada subió a preguntar si
querían cenar en el cuarto o en el comedor—, cuando la chica descubrió en Nelson el atractivo de
su debilidad. Rozó intencionalmente su mano. Él la miró un instante y agachó la cabeza, desviando
la mirada hacia el cuaderno de apuntes. Impulsada por una fuerza instintiva, le dio un rápido beso
en la mejilla, muy cerca de la boca, eres genial. Gracias por ayudarme, le susurró cerca del rostro,
dándole al segundo beso la ambigüedad de un beso cuyo destino eran los labios y no las comisuras.
Con ese beso —calculó Verónica— sellaba para siempre la incondicionalidad del compañero.
Descubrió el rubor de su rostro y el nerviosismo de sus palabras, antes fluidas, ahora entrecortadas.
Nelson no respondió al beso ni a las preguntas ni a la deliciosa ignorancia de su compañera.
Rechazó la oferta de quedarse a escuchar el último disco de Bon Jovi, tiene una canción que me
encanta, ¿no has oído "Livin'in a prayer"? Dijo que ya era hora de irse. No conocía nada de Bon
Jovi, su madre lo esperaba siempre a las ocho. A cuatro cuadras, si descendía hacia la carrera
Séptima, cogería el colectivo que lo llevaría hasta su casa. Le dejaba las notas, le entregaba la
promesa de ayudarle en el examen. Su madre lo esperaba con la cena servida para los tres
hermanos, ya era tarde, su madre se preocuparía si llegaba más tarde de lo acostumbrado.
—¿Me ayudarás en los exámenes?
—Haré lo que pueda.
—Tú lo puedes todo.
¿Lo podía todo? El halago debió de haberle sonado a música celestial.
—Tú lo puedes todo —le repitió al despedirlo, pensando que tal vez el halago compensara
los desprecios de que era objeto en el colegio, desprecio de sus compañeros, elogios de sus
profesores. Ni una ni otra cosa parecían hacer mella en la tozudez de seguir siendo el mejor alumno
del colegio.
Una semana antes de los exámenes, Verónica entendía tanto de matemáticas como antes, es
decir, casi nada. Había sellado un pacto de lealtad con El Cuarto en Discordia, que prometió
ayudarla en el examen.
No fue fácil. Después de resolver sus dudas y sortear los escollos de sus escrúpulos —
Verónica diría después que había descubierto en Nelson al primer moralista de su vida—, aceptó
ayudarla, ¿Cómo era la letra de la amiga? Podía imitarla sin dificultad. Era un buen imitador de
caligrafía. Y ensayó la imitación hasta acercarse al modelo. Duplicaría el examen, cometería
algunos errores, no sería un examen perfecto, merecedor de un cuatro punto cinco sino un examen
de tres punto ocho. Eso bastaba —le dijo Verónica. Si se lo hacía perfecto, no creerían que de la
noche a la mañana se hubiera producido un salto tan grande. Nelson le dijo que nunca había hecho
nada parecido, ni imitar fraudulentamente la caligrafía de alguien ni hacerle el examen a ningún
compañero. Lo hacía por...
No pudo concluir la frase. Verónica comprendió que lo hacía por ella, por la lenta seducción
emprendida desde el día del primer beso. No le repugnó saber que inducía al amigo a hacer algo
que su conciencia repudiaba.
—¿Tienes novia? —le preguntó en la víspera del examen.
Negó con la cabeza sin poder esconder una expresión melancólica. Entonces ella le dio un
beso en la boca, un largo beso con lengua, como si tratara de devorar la otra lengua. ¿Lo había
aprendido instintivamente? ¿Lo había aprendido en el cine o la televisión?
Vero lo recompensó como lo merecía en la siguiente visita. Nelson había aprendido a
responder, con más timidez que mesura, a la húmeda caricia de cada beso. Entreabría los labios,
movía tímidamente su lengua, pese a que sus manos se mantenían inmóviles, paralizadas por la
tensión, incapaces de abrazar el cuello o la cintura de la muchacha que lo besaba.
Los Jóvenes hicieron otro pacto: nadie debía saber de esas clases extra ni de la valiosa
ayuda de cada tarde. Nadie —aceptó él en voz baja. Y antes de salir hacia su casa, antes de salir a
buscar el colectivo que lo llevaría a otro extremo de la ciudad, ese día, la víspera del examen,
Verónica lo sintió más nervioso que antes. Se ausentó unos minutos, iba un momento al baño —
dijo. Por olvido o provocación, dejó entreabierta la puerta. Verónica aceptaría después que algunas
de sus decisiones no fueron en aquella época deliberadas. Salían del instinto y ella misma se reía
del atrevimiento de algunos actos. Se miró en el espejo. Desde allí pudo ver a Nelson, paralizado
con la visión. La contemplaba a hurtadillas. Simuló no haberse dado cuenta y se quedó unos
segundos cepillando sus cabellos. Una descabellada idea saltó como hermosa, envenenada
inspiración: se sacó la camiseta, se quedó con sus preciosos sostenes, salió del ángulo de visión y
volvió al espejo abotonándose una blusa de andar por casa.
Al regresar al cuarto, encontró al chico tembloroso y pálido.
Esta última escena, calculó ella, conseguiría encarcelarlo para siempre en sus caprichos.
¿Por qué esa sensación de regocijo si lo que acababa de hacer era una maldad? Exhibirse,
así fuera instantáneamente y sin calcular el efecto que ello produciría en el corazón de Nelson
Sarmiento, era un cochino gesto de maldad. Pese a todo, el muchacho le dejó una carta encima de
la cama. Tal vez la hubiera escrito en su casa, tal vez hubiera escrito y destruido antes numerosos
borradores. Le decía que no podía expresar lo que sentía por ella, ni explicar tampoco el miedo que
lo asaltaba en su presencia. Me estoy enamorando de ti, decía. Y añadía que su sola presencia lo
enloquecía, que todo el día no hacía sino pensar en ella. Le pedía al final una oportunidad. ¿De
qué? Quiero ser tu novio.
Era una carta enternecedora escrita por un chico de trece años. ¿Podría ella corresponderle?
No, no podría ir más allá. Había ido demasiado lejos en el juego. No pudo aclarar las dudas de
Nelson sino dos días después del examen.
Nelson imitó la caligrafía de Vero, hizo su examen rápidamente, se dedicó a hacer el de
ella, teniendo el cuidado de incurrir en los errores programados, pues los errores eran la aceptación
de las limitaciones de una alumna que demostraba haberse esforzado para pasar la materia.
La sincera confusión que expresaba la carta de Nelson la hizo aterrizar en la conciencia de
haber usado al compañero. Por su conciencia pasó una ráfaga instantánea de remordimiento. Sólo
una ráfaga. No volvió a invitarlo a su casa. Y cuando se cruzaban en el colegio, Vero simulaba
indiferencia. Nunca hizo nada que permitiera sospechar que entre ella y el chico se había abierto
una rara, interesada familiaridad. Lo veía solitario en el patio de recreo, se sentía mirada a la
distancia, pasaba a su lado y a duras penas levantaba las cejas o le guiñaba un ojo, nada más un
guiño para que entendiera que seguía vivo el pacto de discreción.
Pasó el examen con tres punto siete. Le hizo una última invitación a Nelson, no a su casa
sino a una cafetería de la Zona Rosa. Quería celebrar con él el tres punto siete. Lo despidió antes de
las siete de la noche con la promesa de llamarlo a su casa.
—Mi madre me está esperando —dijo Verónica. Y le dio un último beso, el beso que sabe
dar una chica que empieza a transitar el camino de la coquetería. Nelson se quedó silencioso en una
esquina, como abandonado en un desierto. Mucho más desérticos serían para el muchacho los días
siguientes, extraviado como estaba en la intensidad fúnebre del sentimiento que lo inundó al
frecuentar a Verónica. Había leído mal las confusas señales de humo de la muchacha. El más
aplicado de los alumnos del colegio se encontró indefenso e ignorante, sumergido en aludes de
arena, sacudido por los fríos vientos del amor y la esperanza, ambos tan precoces como
inesperados. Del calor de unos pocos, intensos días, a la más incomprensible indiferencia.
Aunque no lo trató con desprecio. Verónica lo eludía a conciencia, no respondía a sus
mensajes desesperados, miraba de reojo las cartas que Nelson le hacía llegar por diferentes
conductos. Las rompía con el desdén de una sonrisa. Cuando por azar se tropezaba con él, le
manifestaba que nunca podría pagarle el favor que le permitió aprobar una materia y pasar
raspando al siguiente curso.
Armado de coraje, extraído de la timidez o la humildad, Nelson se transformó una mañana
en adulto, pues de adulto fue el coraje exhibido cuando se acercó a Verónica para pedirle una cita.
¿No había leído sus cartas, no la habían conmovido sus súplicas?
Verónica lo escuchó sin borrar de los labios su sonrisa. No sé de qué me estás hablando —le
dijo. Le hablaba de las cartas, del amor, del sufrimiento, de los insomnios, de la espera, quería
decirle el niño a la niña. Le hablaba de lo que no podía hablarle, de lo que no era capaz de decirle y
que no pudo decir en los pocos segundos que soportó estar frente a Verónica.
En los días siguientes, Nelson la aguardó a la salida de clases, no para abordarla sino para
contemplarla a distancia, oculto detrás de los arbustos. Salía de su escondite cuando la silueta de la
niña se perdía en el tumulto de otras niñas. Regresaba a su casa con la desolación en carne viva. Se
percató de que de poco o nada sirve la inteligencia cuando se enfrenta a las intrigas del corazón
defraudado. La traga de Nelson hizo historia en el colegio. Se mofaban de él, de su actitud sumisa y
suplicante ante la engreída Verónica. ¿De qué le servía ser el mejor del colegio y de la clase?
¿Dónde estaba su inteligencia?, se preguntaron quienes lo envidiaban.
Sin poder dar una explicación convincente a la madre, Nelson pidió ser cambiado de
colegio. Tenía trece años. Llegaría a los catorce abrumado por los honores, sintiéndose incapaz de
domesticar a la bestia de desazón y rabia que le mordía el alma día y noche, que le arrancaba a
dentelladas lo único que necesitaba para seguir siendo el estudiante ejemplar que siempre había
sido: el sosiego del olvido.
Verónica se sintió aliviada al saber que no lo vería cada día rondándola con su expresión de
conejo degollado. Nadie supo por qué cambió de colegio. Nelson Sarmiento se perdió así de su
vida.
—¿Existen niñas precoces?
—Depende de lo que entiendas por precocidad —le respondió Virginia—. No me digas
que... —se alarmó.
Verónica le dijo que no temiera. Nada de eso. Y dejó en el aire la conversación, segura de
haberse quedado con más preguntas que respuestas. Pensaba en la frase repetida por sus
compañeras: Se está madurando biche.
—Aunque parezcas mujer, no olvides que eres aún una niña —advirtió la madre en vista del
silencio—. Cada cosa en su momento.
La madre se hacía esmaltar las uñas de los pies envuelta en una breve bata de seda,
entreabierta en la parte superior. Verónica se había quedado mirando los pechos de la madre, de
volumen generoso, tolerantemente caídos. Teresa se acercó a servirle a Virginia una taza de yerbas
aromáticas y ella la reprendió por seguir usando ropa de calle y no el uniforme con cofia que le
había comprado hacía una semana.
Aquella noche, cuando Verónica le mostró a la madre las notas de sus exámenes, aprobados
por un pelo, ella la invitó a cenar a un restaurante de cocina mediterránea. ¿Dónde quedaba el
Mediterráneo? ¿Es un mar o un océano? Virgie satisfizo como pudo las preguntas y le explicó que
era un mar que bañaba un costado de Europa, Grecia, Italia. Francia, España y África del Norte.
Llegaba hasta los confines de Israel. Le habló de islas de ensueño, conocidas en folletos de
agencias. Algún día viajarían juntas al paraíso mediterráneo. jMikonos! —exclamó Virginia—, me
dicen que es lo más parecido al paraíso.
Esa noche le presentó a Rodolfo Roldan, un apuesto cincuentón que pasó a recogerlas en su
Mercedes Benz blanco. Lo había conocido un año antes, pero sus relaciones sólo se habían
estrechado en las tres últimas semanas. Desde entonces, Virginia ya no salía en las mañanas ni
regresaba en la noche. Permanecía mucho más tiempo en casa. ¿A dónde salía cada mañana, por
qué regresaba en la noche? Verónica nunca preguntaba. Virginia le repetía que vendía seguros, lo
que era cierto, aunque la venta de seguros de vida no fuera un negocio exitoso sino una actividad
ejercida ocasionalmente y a destajo.
¿Qué representaba el botoncito que Roldan exhibía en la solapa del saco? Su identificación
de senador de la República, tres veces senador de su partido. ¿Qué hacía un senador?, preguntó la
niña. El senador le explicó que promulgaba las leyes con que se ordenaba el rumbo de la patria y el
bienestar de sus ciudadanos. ¿Se gana plata con eso? —preguntó ingenuamente y el senador soltó
una carcajada. Menos de lo que muchos piensan, dijo pasando el dorso de la mano por las mejillas
de la niña. Si no ganan mucha plata, ¿por qué son tan importantes?, insistió. No seas necia, medió
Virginia. Verónica calló por un rato sin dejar de admirar el porte de Roldan.
El hombre se deshizo en cumplidos, primero dirigidos a Verónica, luego a la madre. ¡Pero si
parecen hermanas! —exclamó al recibirlas con las puertas del auto abiertas por el conductor. ¿Qué
hacían esos tipos armados en un jeep estacionado a pocos metros del Mercedes? Eran sus escoltas
—respondió a Verónica sin darle importancia a la caravana que los siguió desde la vieja casa de la
Avenida Circunvalar hasta el restaurante de la calle 98 con Octava, una caravana de guardaespaldas
que cruzaba los semáforos en rojo, motociclistas que cortaban el tráfico en las intersecciones de las
calles, exhibiendo metralletas que los transeúntes miraban con más temor que respeto. ¿Por qué
tantos guardaespaldas? Roldan satisfizo la pregunta de Verónica diciéndole que la vida de un
senador estaba llena de peligros.
Aquella noche de junio de 1984, Verónica empezó a saber que el tamaño del poder se
parece mucho al tamaño de las armas. Lo comprendió sin saberlo decir. Años después, en
circunstancias siempre trágicas, conoció de cerca hombres poderosos fascinados por la contundente
eficacia de sus armas.
El senador Roldan resultó ser un tipo gracioso, un gentleman de sobria pulcritud y
elegancia. Todo en él parecía pacientemente aprendido de la vida social. Lo cubría un hálito de
paternalismo, como si nada valiera la pena ser tomado en serio, ni siquiera la amistad con Virginia
viuda de Oropeza.
¡Cuan extenso y elástico era el significado de la palabra amistad! Los amoríos de la madre
—aceptó Vero al verlos sucederse en el tiempo— estaban encubiertos por la expresión "un amigo
especial". Pronto pasarían de ser amistades especiales, más o menos encubiertas, a convertirse en
relaciones evidentemente amorosas como la sostenida con el senador Roldan.
Sus visitas fueron más frecuentes, frecuentes y a deshoras, visitas que Virgie nunca ocultó a
la hija. El senador llevaba a algunos de sus amigos a casa de su amiga especial y la fiesta se
prolongaba a veces hasta la madrugada. Llamaba a Virginia desde otras ciudades, le pedía que
tomara el primer vuelo y se encontraran en su hotel, le enviaba el conductor y éste la llevaba al
rincón semioscuro de algún restaurante donde el senador la esperaba. Roldan prefería bares y
restaurantes de La Calera, viejas casas campesinas de aspecto rústico y comida tradicional. Te gusta
el monte —bromeó Virginia cuando, por tercera vez. Roldan la llevó al restaurante de comida
típica rodeado de tupida vegetación. Se sentía en confianza, lejos de las miradas del alto mundo.
Prefiero el Monte de Venus —fue la respuesta del senador.
Desde entonces, bares, discotecas y restaurantes de La Calera quedaron localizados, en el
imaginario territorial de Virginia, en un Monte de Venus protegido de la indiscreción pública. El
senador pensaba comprar una casa solariega en uno de los extremos de aquel pueblo de
campesinos, a escasa media hora de la ciudad. La Calera era entonces una población de casi quince
mil habitantes, levantada detrás del boquete que se abría hacía el costado nororiental de los cerros.
A medida que se circulaba por la vía, aparecían a izquierda y derecha bares y discotecas, moteles y
restaurantes, hervía una vida nocturna que recibía oleadas desde la ciudad. El viejo pueblo, fundado
en 1772 por don Pedro Tovar y Buendía, era hoy un refugio de parranderos sedientos, jóvenes a la
moda arrastrados por la vorágine de la noche. Más allá de sus límites, dormían su quietud de siglos
poblaciones del antiguo dominio chibcha.
A Vero la intrigó constatar que el senador nunca se quedaba hasta el día siguiente. ¿Por qué
no se quedaba? Roldán era casado. ¿Cómo toleraba Virginia el presente, sin futuro de un hombre
casado? La pregunta dejó de tener importancia.
La cena de aquella noche le permitió a Verónica saber que, pese a su edad, era mirada de
manera agresiva por los hombres. No sabía si su madre quería exhibir el naciente esplendor de su
hija o sentirse ella misma esplendorosa a su lado. La ropa que había elegido para la cena no era la
adecuada para una niña de trece años: vestido con escote en la espalda, zapatos de tacones altos,
corta chaquetilla de terciopelo azul marino con entorchados dorados en las solapas, discretos
pendientes de esmeraldas, una fina, sencilla cadenita en filigrana de oro en el cuello, regalo de la
misteriosa Matilde. Se había rociado cuello y lóbulos de las orejas con el perfume de la madre.
—Pareces mayor —le susurró la madre cuando, antes de salir de casa, le dio un último
toque al maquillaje—. No me digas mamá delante de la gente —le exigió a la hija—. Llámame
Virgie.
La noche de la cena en el restaurante mediterráneo. Verónica se dio el lujo de probar el vino
español servido desde el primer plato, la champaña francesa descorchada a la hora del postre.
Coñac no, de ninguna manera —protestó la madre cuando el senador Roldan ordenó coñac con el
café después de extraer del bolsillo de su chaqueta un habano cuya punta mordisqueó antes de que
sus dedos acariciaran las hojas del tabaco como si midiera humedad y consistencia. El mesero se
precipitó a darle fuego. Verónica aspiró la aspereza perfumada de las volutas de humo.
Hacia la medianoche dejaron a Vero en casa.
El vino y la champaña, bebidos sin prudencia, le exaltaron el ánimo. Subió las escaleras con
los zapatos en la mano, apoyándose en el pasamanos, sintiéndose incapaz de llegar a su cuarto. Se
desnudó bailando ante el espejo. Mañana sería sábado, dormiría hasta tarde. Se acostó bocabajo en
la cama. El cuarto le daba vueltas. Siguió dando vueltas hasta que la asaltó el deseo apremiante de
vomitar. Como pudo, haciendo un esfuerzo superior a las fuerzas que la abandonaban, consiguió
llegar hasta el baño. Devolvió toda la cena en el retrete. Se sentó después en la taza del inodoro a
esperar que el malestar le diera fuerzas para regresar a la cama. Al cabo de mucho tiempo pudo
regresar tambaleándose. Se arrojó al lecho de bruces.
Al amanecer, la madre la encontró dormida y desabrigada, vagando quizá en el peor de sus
sueños. La cubrió con el edredón, Al despertar la niña no se acordaba de nada. Virginia le relató
fragmentos de la noche anterior y Vero empezó a atar los cabos sueltos de la memoria aturdida.
Bebiste demasiado, le dijo Virgie. No es que hayas bebido demasiado, matizó después. Es que
nunca habías bebido.
Verónica se familiarizó con el nombre de senadores y ministros, amigos especiales de la
madre. Sin embargo, nunca vio publicada en periódicos o revistas una fotografía donde Virgie
apareciera acompañada de personalidades amigas. Y nunca la vio en las páginas sociales donde
veía a padres y madres de sus compañeros porque la vida social de la madre era tan intensa como
clandestina. Siguió viendo ocasionalmente al senador Roldán, siempre galante y obsequioso,
detallista con ella y con la madre. O lo veía a menudo en los periódicos y en la tele. Verónica se
jactaba entre sus compañeras de haber estado cenando con él aunque a sus compañeras nada les
dijera el nombre de un tal Rodolfo Roldán. Les dijo que el ministro Cáceres visitaba a menudo su
casa y ellas suponían que todo era un añadido al exhibicionismo jactancioso de la amiga.
¿De dónde había salido ese Renault 18 nuevo que la madre empezó a conducir por aquellos
días, cuando seguía viva su amistad especial con Roldán? Un detallito de Rodolfo —explicó
Virgie—, Tan divino él, me evitó la pena de seguir manejando ese Simca impresentable.
¿Quién si no Roldán invitaba a Virgie a Miami y a Curazao, a Isla Margarita y a Cancún?
Los viajes de la madre enfrentaron a la niña con la libertad y la soledad. Con la libertad de salir y
entrar de casa cuando le diera la gana, con la soledad de estar al cuidado de Teresa, perdida con
frecuencia en la necesidad de hablar con alguien cercano.
Entre los trece y catorce años, las fiestas se volvieron puntuales, sobre todo los viernes. La
ausencia de Virgie daba a Verónica la libertad de invitar a casa a amigas y amigos. Aunque rechazó
el ofrecimiento de fumar marihuana, permitió que algunos de sus amigos lo hicieran, sobre todo los
mayores, chicos de cursos superiores invitados a sus fiestas. Bebía mesuradamente, no por
prudencia sino por el disgusto que le producía la aspereza del alcohol en la garganta. Recordaba su
primera resaca como una pesadilla indeseable. Se dejaba acariciar y besar por uno y otro,
compañeros de clases superiores. No les permitía ir más allá de estos escarceos. Nunca los dejó ir
más allá de caricias y besuqueos o quizá esos muchachos no pretendían ir más allá en sus primeras
licencias amorosas. Alguno, más atrevido, la obligó a llevar la mano hasta su pene, pero Verónica
respondió con una bofetada y un grito de pavor que congeló la fiesta por instantes. Se dejaba en
cambio explorar y acariciar los senos debajo de la blusa. Si la mano atrevida subía por sus muslos
en busca del trofeo —adquirió la costumbre de echarse talco perfumado en la pelambre—Verónica
retiraba la mano, se ponía de pie, devolvía la falda a su sitio y dejaba plantado al atrevido. Creía
que las licencias de los chicos eran el malentendido de una leyenda que ella nunca quiso desmentir.
Sus fiestas se volvieron célebres, siempre en ausencia de Virgie. Teresa las vigilaba desde
algún rincón de la casa. Si sentía que el desorden podía pasar a mayores, prendía y apagaba las
luces en señal de advertencia. Los muchachos salían de los rincones oscuros, las chicas se
arreglaban las ropas desordenadas por el ajetreo, Teresa prendía y apagaba las luces de nuevo, se
me van yendo ya que es muy tarde —iba diciendo por el salón, celosa de que alguna pareja se
hubiera escondido en un cuarto de la segunda planta.
Las preguntas que Verónica se hacía no eran distintas a las habladurías de quienes conocían
la prosperidad de una mujer que no daba explicaciones a su prosperidad. ¿De dónde sacaba
Virginia el dinero que les permitía llevar vida de ricas? La niña recordaba que su padre no les había
dejado más que la casa y un seguro de viudez más bien modesto. Mientras él vivió, llevaron una
vida decorosa. Dos años después de la muerte del padre, ocurrida en 1980, todo empezó a
sonreírles. ¿Hacía milagros la madre?
—Hasta los cincuenta y cinco años, tu padre, que en paz descanse, fue un trabajador
incansable —le dijo Virginia a su hija—. Podía haber sido gerente de la empresa donde trabajó
como una mula, pero no lo dejaron.
—¿Por qué no lo dejaron?
—Porque entraban a la empresa jóvenes más ambiciosos, estudiados en universidades
americanas y europeas, echados pa’lante y sin escrúpulos de ninguna clase —explicó—. Tu padre
era de los que creían que para ascender bastaban el talento y el trabajo.
No se lo reprochaba. Vivieron juntos once años. El padre tenía cuarenta cuando se casó con
Virginia, quien apenas tenía veintitrés. No era una secretaria cualquiera, era secretaria del doctor
Arturo Oropeza, ingeniero industrial a quien muchos auguraban un futuro muy alto en la empresa.
La secretaria más hermosa y humilde. Todo esto supo Verónica en las pocas ocasiones en que la
madre le habló del inmediato pasado. Le faltaron en todo caso ambiciones —dijo un día a la hija—.
Murió miserablemente en un accidente cuando tenías diez años.
A los treinta y cuatro años, Virginia se convirtió en viuda de Oropeza. Una viudez incierta.
Se sintió desolada al hacer el primer inventario de viuda. Les alcanzaría para llevar una vida
mediocre. Aceptó trabajar unos meses más en la empresa y, en adelante, todo, en el orden
económico, fue para la hija un misterio. O el comienzo de un milagro. Había terminado la escuela
en un colegio bilingüe y las nuevas circunstancias le abrieron un cupo en un colegio de medio pelo,
distinto y menos honroso del que hubiera merecido estando vivo su padre. La niña se acomodó a
estas nuevas circunstancias.
Virginia guardaba y exhibía aún las fotos del matrimonio. Los portarretratos donde se la
veía junto a su marido en fechas y ocasiones diferentes seguían en las mismas mesitas auxiliares, en
la mesa de noche de su cuarto, lo mismo que las fotografías en las que aparecía la hija dejando el
testimonio de sus metamorfosis: de brazos, jugando en una piscina, partiendo un ponqué de
cumpleaños, en la primera comunión, a los siete y a los diez años, la edad que tenía cuando murió
el padre.
—Nos dejó solas —dijo un día Virgie—. Si no fuera por ti, porque era tu padre, escondería
esas fotos.
—Escóndelas —le dijo la niña—. Yo lo recordaré siempre sin necesidad de verlo en esos
portarretratos tan horribles.
—¿Me permites entonces? —preguntó la madre.
Con el consentimiento de la hija se dedicó a recoger y guardar en cajas de cartón toda huella
del difunto. Quizá fuese un obstáculo en el futuro de sus amores. Ningún hombre se va a enamorar
de ti si ve por todas partes los retratos del muerto —le dijo Verónica en un inusitado rasgo de
comprensión.
Los retratos de la pareja desaparecieron de la vista. Y Virginia empezó a desaparecer con
más frecuencia, adoptando en adelante horarios misteriosos.
Cuando Verónica cumplió los quince años, Virginia le hizo una gran fiesta. Casi todos sus
compañeros de clase asistieron a la celebración. Casi todos, excepto Matilde Fuello, la generosa
Matilde, a quien los médicos trataban una obesidad por el momento incorregible, manifestada
desde los trece años. Iba y venía de Bogotá a Houston.
Fue una fiesta tanto o más espectacular que la de sus doce años, animada por una orquesta
de música caribeña. Las páginas sociales de los periódicos publicaron la noticia, ilustrada con
numerosas fotografías, gracias a la iniciativa de Virginia: pagó medía página de publicidad social.
Cada invitado recibió su respectivo regalo. La curiosidad que despertaba la vida de Virginia y
Verónica animó a muchas de las madres a hacer presencia en la celebración. Las madres y unos
pocos padres, a quienes Virginia trató con familiaridad, a sabiendas de que provocaría los celos de
sus esposas. Y así fue: Virginia no dio un solo paso sin ser vigilada por las mujeres ni seguida por
la mirada de los hombres, incluso por los adolescentes amigos de Vero, fascinados por el escote de
la blusa y la sugestiva abertura lateral de la larga falda, muchachos que la rodeaban como avispas y
olfateaban las mieles de esa mujer madura y espontánea que se atrevía a vestir sin el recato de sus
madres.
Verónica no era una estudiante que mereciera recompensas como ésta. Destacaba por su
inteligencia y sociabilidad. Estudiaba con dificultad y sacaba notas mediocres, era instintivamente
recursiva. Una fiesta para la hija era también una fiesta para Virginia. En los tres años que habían
transcurrido desde el día en que celebró sus doce años, todo en Verónica había seguido el curso
previsto por la madre. Todo, en su belleza, estaba hecho. Si los años siguientes añadían algún
detalle, no sería más que el perfeccionamiento de una obra que a los quince parecía la obra acabada
de la naturaleza.
En el transcurso de esos tres años, los amoríos de la adolescente fueron siempre esquivos y
cambiantes. Se tomó más libertades, siempre con el consentimiento de la madre, nunca la libertad
de aceptar lo que los jóvenes buscaban con afán de sabuesos en celo: arrebatarle el tesoro de la
virginidad. Había tomado conciencia de su valor. Y a esa conciencia había contribuido la madre,
advirtiéndole casi a diario que lo que más atraía y enloquecía a ciertos hombres era precisamente el
tesoro de la virginidad.
Ya no estaba en la vida de Virginia el senador Rodolfo Roldán, recompensado por el
Presidente de la República con el cargo de embajador en el Vaticano, destino del que no pudo
separar a su legítima esposa ni a sus dos hijos. Roldán cortó su relación con Virginia argumentando
que ponía en peligro la estabilidad del matrimonio, el curso de su carrera política y el honroso
destino que le había concedido el Presidente: un embajador ante la Santa Sede no podía ser
divorciado ni mucho menos estar enredado en pasiones ocultas. La invitó al restaurante campestre
de La Calera y allí, en aquel rincón del Monte de Venus, expuso las razones de su ruptura. Virginia
aceptó las explicaciones del amigo especial y las comprendió mejor cuando Roldán le obsequió una
sortija de diamantes, que desde entonces llevó siempre en su mano izquierda. La generosidad de
Roldán había ido más lejos. Virginia constató que su cuenta bancaria registraba un incremento
inesperado.
Su relación con el senador había sido una larga y en muchos sentidos placentera relación sin
promesas. Había aprendido tanto del amigo especial, que tomó el aprendizaje como recompensa.
Los refinamientos de la vida social pulieron aún más las costumbres de Virginia. Fue todo un
caballero. Nunca, nunca tendré más una amante como tú —le había dicho él al despedirse. No le
prometió regresar a buscarla.
Un año después de la despedida, el senador Roldán, de quien Verónica se había encariñado,
era un grato recuerdo lejano. Virginia atravesó el desierto de la soledad sin privarse de nada. Volvió
a salir regularmente, de la mañana a la noche. Ya no vendía seguros, le dijo a la hija. Vendía
apartamentos y casas para una inmobiliaria cuyo nombre nunca fue mencionado. Al final de esta
travesía, se dio cuenta de que había consumido un año más de su vida. Empezó entonces a
frecuentar a un hombre de mayor edad y menor prestigio que Roldán. Nunca le cayó bien a la hija
aquel tipo estrafalario, pero se abstuvo de decirlo a su madre. Son sus gustos, no los míos, se decía
la adolescente.
Romero no tenía el hálito de respetabilidad del senador, tampoco la refinada ironía ni la
sabiduría del hombre de mundo. Epaminondas Romero —¿a quién se le ocurre llamarse
Epaminondas?— era un patán forrado en muchísima plata. Su nombre se parecía a su fortuna:
burda, altisonante, escandalosa. Así pensaba Verónica del nuevo amigo especial de su madre,
Casi no frecuentaba la casa. Romero pretendía que Virgie la vendiera. Él mismo se ofrecía a
comprarla. Quería que se mudaran a un penthouse de la carrera 5 con 117, decía que tenía
trescientos metros cuadrados, sin contar la terraza, La única resistencia venía de Verónica. Ni
hablar—le dijo a la madre—. De aquí no nos movemos. Y siguió oponiéndose a la pretensión de
Romero, a quien llamaba solamente por el apellido, omitiendo deliberadamente un nombre de pila
impronunciable. Su resistencia trajo más de un disgusto a la madre.
—¿No ves que el cambio nos favorece, que ni siquiera nos cuesta un centavo? —argumentó
ella.
—Precisamente por eso —respondió la hija—. Si no nos cuesta un centavo, te lo va a cobrar
de otra manera —respuesta que mereció la primera bofetada dada por la madre a una hija
consentida por la tolerancia más extrema. ¡No seas altanera! —le gritó.
Minutos más tarde estaba arrepentida de la bofetada. Quiso decírselo, la llamó a su cuarto,
lloró de arrepentimiento. ¡Quiero estar sola! —gritó Verónica desde la cama.
—¿Qué hace ese tipo? ¿De dónde saca la plata? —fueron las dos fulminantes preguntas
formuladas por la hija al día siguiente.
—No sé ni me importa —dijo en tono tan suave que Verónica adivinó la huella del
arrepentimiento—. Nunca llegarás a ninguna parte si te pasas averiguando por el origen del dinero.
Al escuchar la frase de la madre, Verónica no pensó que al cabo de algunos años esta
réplica se convertiría en otra, acaso la menos ejemplar de las enseñanzas maternas:
—En este país nadie, lo que se dice nadie, a Dios gracias, averigua por el origen del dinero.
El dinero no tiene origen sino destino.
Sucedió lo que nunca había sucedido frente a la casa de la señora viuda de Oropeza: se
empezaron a escuchar orquestas de mariachis, serenatas que Epaminondas Romero coreaba al pie
de su camioneta blindada, rodeado por una nube de escollas que gozaban de la fiesta repitiendo
hasta desgañitarse cada una de las canciones. Virginia encendía las luces de su cuarto, abría la
ventana al viento helado de la madrugada y asomaba la cabeza hacia la calle. Despertaba a Teresa y
le ordenaba encender las luces de la casa.
Una vez terminada la serenata de la calle, Epaminondas era invitado a pasar, aunque no
pasaba solo; también los músicos tomaban posesión de la sala. Virginia descendía la escalera,
vestida apenas con un deshabillé fucsia y un salto de cama azul. Besaba en la boca al amigo
especial y el beso provocaba el aplauso de los mariachis y el comienzo de una nueva pieza.
Ordenaba a Teresa servir whisky para todos. ¿Les provocaba una picada? Le pedía a la empleada
que fritara carne y chicharrones, patacones y yuca, los tragos siempre dan hambre. Sentada en un
sofá al lado del amigo, que la abrazaba impúdicamente, Virgie soportaba una hora más de serenata.
Epaminondas sacaba del bolsillo de su chaqueta de cuero una cajita envuelta en papel regalo.
Virgie abría la caja. ¡Pero si es divino, mi amor! —exclamaba ella. El amigo especial la ayudaba a
ponerse el collar de esmeraldas. Esa noche un collar, otra la pulsera, a la semana siguiente el reloj
que Virgie usaba en ocasiones especiales.
Acurrucada en un rincón de la segunda planta, al pie de la escalera, Verónica miraba hasta
que se hartaba de aquel espectáculo de borrachos. Compadecía a la madre. ¿Toda mujer, a la edad
de su madre, hermosa aún a sus treinta y siete años, estaba condenada a sufrir humillaciones?
Regalos y humillaciones. A los quince años, sus preguntas se volvieron más complejas. Parecía
como si Rodolfo Roldán hubiera moldeado su sensibilidad y la hubiera vuelto resistente a la
vulgaridad de tipos como Romero.
—Epaminondas Romero no es un cualquiera —lo defendía Virginia—. Tiene una empresa
de importación de carros, fue incluso socio de Rodolfo Roldán en el negocio de exportación de
flores.
—En ese caso, Epaminondas gana, Rodolfo pierde —dijo Verónica con una frase
enigmática.
No se imaginaba juntos y en negocios al embajador y al importador de autos, por mucho
que Virginia dijera que se trataba de carros de lujo. No concebía una sociedad entre el hombre que
invitaba a restaurantes sofisticados y al que exigía picadas de carne y chicharrones. El uno hablaba
modulando cada palabra, el otro gritaba exabruptos de camionero. El uno manoteaba al hablar, el
otro pulía sus ademanes con naturalidad. Rodolfo nunca tocó a Virginia delante de testigos. Si la
acariciaba en público, era una caricia sutil e inadvertida, un roce cariñoso. El patán, en cambio, la
besaba con lascivia, metía su mano donde se le antojara, la prefería con ropas llamativas y
escotadas. Le estampaba escandalosos besos en la boca.
Verónica quiso saber qué clase de amigo especial era Epaminondas para su madre. Sólo
había dos clases de amigos —respondió ella. Los muertos de hambre y los que sirven para algo.
¿Para qué servía Epaminondas? Virgie calló. En su lugar hablaban los relojes, los arreglos florales
diarios, tantos que, antes de marchitarse, convertían la sala en un absurdo invernadero; hablaban las
joyas, la cuenta a su nombre, la tarjeta de crédito, el BMW que reemplazó al Renault 18, la
generosidad con que le regalaba ropa a la hija sin que ésta lo supiera, la largueza con que le pagaba
a la niña sus clases privadas de inglés, sin que supiera tampoco el origen de la plata.
¿No se había beneficiado también con el dinero de ese patán?, era lo que Virgie quería
preguntarle a la hija. Semejante pregunta hubiera provocado un terremoto.
Verónica volvió a comprender el sentido de la frase dicha por la madre el día de su primera
menstruación:
—La debilidad de los hombres será tu fortaleza.
¿En qué era fuerte su madre, en qué era débil Romero? ¿Fuerte ella por su hermosura y la
clase adquirida en años de roce social? ¿Débil él por su riqueza de pobre antiguo y su incorregible
vulgaridad de importador de carros? ¿Fuerte ella porque sabía arreglar una mesa y comer con tres
cubiertos? ¿Débil él porque hablaba con la boca llena y se hacía un lío con cuchillo y tenedor?
¿Fuerte ella porque había sido la amante de un senador de la República de modales pulidos? ¿Débil
él porque ambicionó ser el amante de la amiga especial del senador Rodolfo Roldán, su socio,
cuando supo que la relación se había terminado? Sólo en dos ocasiones, y fuera de su casa, Virginia
había visto a Epaminondas acompañando a Roldán: la primera vez en Menta Fría, un restaurante
del Monte de Venus, la segunda en una reunión de contribuyentes a la campaña del candidato
liberal a la Presidencia de la República.
—¿Por qué vas siempre armado? —le preguntó Verónica a Romero. Acababa de depositar
su pistola en la mesa de centro de la sala.
—Porque tengo enemigos.
Ni a él ni a Virginia les gustó la impertinencia de Verónica.
—¿Has matado a alguien? —insistió ella.
No obtuvo respuesta. Le hicieron saber, con la severidad de las miradas, que esas preguntas
no se hacían a un hombre respetable y mayor.
Verónica supo que su madre viajaba a Panamá, por unos pocos días y con demasiado
misterio. Epaminondas la esperaba siempre en el aeropuerto. Ella se oponía a que la hija fuera a
recibirla. Regresaba y se reunía con el amigo especial antes de llegar a casa. Al día siguiente, la
madre iba a su banco y consignaba dinero efectivo en su cuenta. De casualidad, Verónica había
visto en un escritorio el recibo de la última consignación. ¡Quince millones de pesos! Pese a lo
misterioso de estos viajes, que parecían más de negocios que de placer, Verónica nunca preguntó
nada. Virginia le decía que compraba y vendía mercancía. La compraba y enviaba desde Panamá.
La vendía en las boutiques.
Pasó un año, cumplió los dieciséis, alimentó su antipatía hacia Romero, siguió
preguntándose sobre los misteriosos viajes de la madre, disfrutó del bienestar y de los caprichos
que se satisfacían con sólo enunciarlos.
Ya no eran la niña y la mujer adulta las que hablaban. Se confiaban secretos y compartían
preocupaciones. Verónica se reservaba aquellas experiencias que podían inquietar a la madre. No
podía contarle que sus relaciones con los chicos eran ahora más intensas, que en más de una
ocasión se había desnudado ante chicos mayores que ella, que había aceptado las caricias genitales
como se acepta un vaso de agua, que, gracias a sus temores, dejaban siempre el desenlace
inconcluso. Podría habérselo dicho. La madre lo comprendería. Hombres mayores, quería decir
chicos de veinte y veintitrés años, hermanos mayores de sus compañeras. Lo que no comprendería
era lo que le preocupaba a la hija, que esos escarceos la dejaran casi indiferente. Nunca los
disfrutaba. Los aceptaba porque lo normal era aceptarlos, porque sus amigas vivían experiencias
parecidas. A diferencia de ellas, que confesaban haberse sentido dominadas por el deseo de ir más
lejos, ella, Verónica, se desnudaba porque tal vez fuera ésa la manera de sentirse admirada por la
hermosura de su cuerpo. Se desnudaba por vanidad.
¿Había sentido humedades en su sexo, como decían haberlas sentido sus amigas? No, nada
de eso, las caricias permitidas a los chicos, incluso la exploración digital en su vagina, no le
producían placer alguno. Era un tosco objeto explorando sus intimidades. Su vagina era un túnel
estrecho y yermo. No sólo le molestaba, le hacía daño la torpe penetración de unos dedos en su
sexo. Sin embargo, era la más asediada de las chicas, la única aureolada por una leyenda mujer
fácil, la chica que desde los doce años se había atrevido a enseñar el nacimiento de los pechos, a
subir el dobladillo de la falda, la muchacha que no desmentía ni confirmaba los rumores que la
envolvían en las habladurías de sus compañeras la más atrevida, la provocadora, imagen
distorsionada que ella alimentaba y pulía con esmero. Era más libre que las otras. No estaba
sometida a controles familiares. Su casa era la casa de las fiestas como había sido la casa de los
primeros besos.
Algo le sucedía que la separaba de las chicas de su edad y lo que le sucedía no podía ser
tema de confidencias con su madre ni con nadie.
No dejó nunca de desnudarse ante el espejo ni de acariciarse. Los baños de agua caliente y
sales eran los baños preferidos cada noche. Algunas veces llamaba a la madre para que le frotara
con una esponja la espalda, el cuello y las nalgas. Si no estaba la madre llamaba a Teresa. Se
probaba la ropa interior nueva, los pijamas transparentes, sola y feliz en un ritual que demoraba
horas. La obsesionaba aquello que la volvía indiferente a otras clases de placer. Escuchaba sin
escandalizarse lo que decían sus amigas. Sin escandalizarse ni envidiarlas. Sospechaba que muchas
de esas experiencias no eran más que fábulas. Las suyas, en cambio, eran experiencias reales. Se
escapaba con algún amigo mayor a una discoteca, se dejaba invitar a fiestas privadas, pero tenía
siempre una excusa: debía regresar a casa. Si la fiesta terminaba en un motel, tenía el cuidado de
mantenerse despierta. Lo permitía todo, menos el acceso a su virginidad.
La relación de su madre con Epaminondas Romero duró más de lo que debía durar una
relación en la que la mujer era no solamente vigilada por los celos sino ocasionalmente insultada
por un hombre al que no amaba. Virginia ocultó a su hija el lado amargo de la relación: un hombre
de celos injustificados y reacciones violentas. Llegó a temerle, pero sus temores desaparecían
cuando volvía mansamente arrepentido de las ridículas escenas públicas. La abrazaba y el abrazo
era su manera de demostrar a los demás que esa mujer era suya. Más de un año, casi dos, calculó
Virginia. Casi dos años sin haber conocido el rostro de la felicidad. Tampoco lo había conocido con
Roldán. A cambio de la felicidad, con el senador había descubierto el bienestar sin sobresaltos y el
orgullo de tener como amigo especial a un hombre célebre y público.
Terminó con Romero y no de la manera en que ambas, madre e hija, hubieran deseado.
¿Cómo terminaban las relaciones entre un hombre y una mujer? No hay finales deseados, aceptaron
ambas. Virginia hubiera preferido un final menos humillante, sobre todo cuando, hermosa aún, era
afrentada por un hombre a quien no había amado, humillada por la legítima esposa de ese amigo
especial. Sabía de su existencia, una presencia gris y convencional en la vida de Epaminondas.
Virginia viuda de Oropeza no supo nunca que era vigilada ni que cada uno de sus
encuentros con Romero era milimétricamente registrado, que los informes eran ordenados y
recibidos por Esperanza Mahecha, la esposa. No supo nunca ni fue advertida tampoco, de que una
fiera acechaba en la sombra. La fiera salió de la sombra y lo hizo con uñas y dientes afilados. Le
llegaron primero las advertencias, después las amenazas, deje tranquilo a mi esposo, le decía la voz
anónima por teléfono. Se lo advertí —dijo un día la misma voz— aténgase a las consecuencias.
Esa misma noche, después de haber escuchado la amenaza, Virginia temió que no fuera un
juego. No le pares bolas —la tranquilizó Romero—. Mi mujer está loca, hace tres años que no vivo
con ella.
No vivía con ella y estaba loca. Lo primero no podía demostrarlo; lo segundo era cierto. No
vivía con ella pero compartían la misma casa, una mansión construida en la falda de una de las
colinas de Suba. Verónica percibió el comportamiento extraño de su madre. Permanecía más
tiempo en casa, ni siquiera iba al gimnasio, se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono. ¿La llamaba
Epaminondas Romero, "viejo Epa", como le decía Virginia en la intimidad? La hija salía al colegio
cada mañana y regresaba en la tarde. Encontraba a la madre en el mismo estado de inquietud,
recluida en su cuarto, sin arreglarse, ella que tanto esmero ponía desde temprano en su arreglo
personal.
¿Por qué esperar que fuera ella la que le dijera la verdad? ¿Por qué no preguntarle por la
causa de tanta zozobra? Una última llamada la obligó a pedir al "viejo Epa" que no regresara por un
tiempo a casa. Le suplicaba mantenerse lejos de ella. Por fin Verónica supo la verdad y la supo al
levantar con cautela el teléfono de su cuarto y escuchar la conversación entre Romero y su madre.
Él le pedía dejar la solución en sus manos, su mujer estaba loca. Ella le decía que no era una loca
inofensiva, que una mujer celosa, empecinada en recuperar lo perdido, sería siempre una fiera. Las
amenazas se venían repitiendo desde hacía dos semanas, el teléfono sonaba y del otro lado de la
línea no había más que silencio y una respiración acezante. Silencio o amenazas, insultos de
verdulera, te rajaré la cara malparida haré violar a tu hija ya verás de lo que soy capaz vieja
gonorrienta, gritaba la voz antes de colgar. Cada vez que sonaba el teléfono, Virginia temía que
fuera nuevamente ella.
Verónica enfrentó a su madre con la verdad.
—¿Tienes con qué? —preguntó—. Mañana mismo nos vamos de vacaciones.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que se acabe este cuento —dijo la hija—. Nos vamos hasta que el tipo ese amanse
a su fiera.
Verónica se encargó de llamar a la agencia de viajes e hizo las reservas para el vuelo del día
siguiente en la tarde. Viajarían a Curazao, decidió sin saber qué diablos iban a hacer a Curazao. La
agencia de viajes se encargaría de las reservas de hotel. ¿Tenía dinero suficiente para cubrir los
gastos? Tenía intacto el cupo de su tarjeta de crédito y algo de efectivo en la caja fuerte. Quedaba el
recurso de su cuenta en dólares, una sorpresa para Verónica, sí, una cuentita que abrí hace tres
meses en Panamá para comprar la mercancía. No debería decirle una palabra a Romero. No era el
momento de preguntarle a la madre por los negocios que le permitieron abrir una cuenta en dólares
ni de saber quién pagaba sus tarjetas de crédito.
—Saldremos por separado, yo primero, como si fuera al colegio, tú después —dijo
Verónica a Virginia. Se encontrarían en el aeropuerto. Menos mal que el carro seguía en el garaje,
que las maletas no llamarían la atención de nadie. No se iban de viaje. Harían la rutina de cada día:
la hija para el colegio, la madre para el gimnasio que frecuentaba hacía un año. El BMW estaría de
vuelta en casa en la noche, había que buscar a un chofer que lo devolviera al garaje.
Por primera vez en la vida. Verónica supo lo que eran los preparativos de una huida. Y
Virgie se sintió orgullosa de su hija. Dominaba la situación, decidía los pasos de la estrategia, algo
que ella no podía hacer en esas circunstancias. En la tarde se sucedieron las llamadas amenazantes.
Grábalas —sugirió Verónica. ¿Para qué? —preguntó Virgie. Para protegerte —dijo la chica.
Virginia viuda de Oropeza no quería protegerse de la esposa de Romero sino de lo que se podía
ventilar si la obligaban a poner una denuncia por acoso. No se lo dijo a la hija. Tal vez la fiera
supiera algo más de los vínculos entre su marido y la usurpadora. Y era esto lo que Virginia temía,
una investigación sobre sus ingresos y gastos, una explicación sobre sus viajes a Panamá. La fiera
podía estar al tanto de los negocios del marido y la complicidad de la amante. No grabaría
amenazas ni insultos. No valía la pena. Viajarían al día siguiente.
Un episodio aún más bochornoso sorprendió y casi postró de pena y rabia a Virginia. A la
mañana siguiente, cuando consultó el saldo de su tarjeta de crédito, supo que había sido cancelada.
Llamó en vano a Epaminondas. Tenía las maletas listas para el viaje pero ahora todo conspiraba
contra ella. ¿Había aceptado Romero las exigencias de su esposa? Nunca se conocen los pactos
entre las parejas ni los negocios que las atan para siempre. Tal vez Esperanza, al tanto de los
secretos bancarios del marido, hubiera ordenado cancelar la tarjeta. Dio finalmente con el paradero
del "amigo especial" y confirmó sus sospechas: su esposa espió en los extractos de sus cuentas, dio
con el número de la tarjeta y procedió a cancelarla, mejor dicho, le exigió al marido que la
cancelara.
Romero le pidió a Virgie poner fin a la relación. Le dijo que no temiera por su esposa. Le había
prohibido seguir con el jueguito de las amenazas. ¿Y lo de la tarjeta de crédito? Romero daba por
disuelta la sociedad. De todas maneras, le dijo a Virgie, contaba con la cuenta en dólares y con
recursos suficientes "para montar un negocito". Todo podía ser cierto: las presiones de la esposa, la
decisión de romper "sociedad" y relación. Lo que ocultaba Romero no lo sabría Virginia sino
mucho después: su amigo especial había caído en las frescas redes de una de sus secretarias, una
muchacha de veintidós años para quien el jefe ofrecía compensaciones que ella nunca encontraría
en los jóvenes de su edad. Lo disfrutaría poco tiempo.
—No te dejo en la calle —le dijo Epa con jactancia—. Puedes montar tu propio negocio.
Sucede que mi esposa es dueña de la mitad de mis bienes. ¿Me entiendes? Tiene firma en mis
cuentas, figura como socia en mis negocios y es la madre de los hijos que heredarán mi patrimonio
—soltó en su retahíla de justificaciones. Si nada de lo explicado era humillante, sí lo fue la frase
rencorosa con que se defendió de los reproches e insultos de Virginia:
—Estás envejeciendo, Virginia, ¿no te das cuenta?
Ahora el problema era Verónica y no Romero. La hija aceptó las explicaciones evasivas de
la madre. No viajarían a Curazao. La fiera se había quedado quieta en su madriguera. Romero la
había puesto en su lugar.
—¿Se acabó entonces tu lío con ese tipo? —preguntó la chica.
—Se acabó —respondió Virgie. Pese a haberse acabado, una nueva inquietud le quitaba el
sueño: sutiles, casi invisibles hilos la mantenían suspendida en el tejido económico de Romero, un
hilo quizá insignificante y menor la ataba a la misma madeja. No existían documentos que lo
probaran, sólo los hilos que alguien halaría cuidadosamente para descubrir la madeja de donde
salían.
Herida en su orgullo de mujer, sorteó durante días la depresión, también la rabia de sentirse
burlada. Se imaginaba el chantaje de la esposa al marido, saberlo todo, haberlo visto amasar en
poco tiempo una inmensa fortuna, ser la madre de sus hijos, conocer sus vínculos comerciales, ¿no
era un arma poderosa para exigir lo que quisiera? Quince años de matrimonio y complicidades no
se dan por terminados de la noche a la mañana, ¿Llegó Virginia a estas conclusiones?
—Venderé las joyas —dijo a Verónica—. Venderé el BMW, montaré el negocio que
siempre quise tener.
—¿De qué negocio hablas? —preguntó la hija. ¿Cuál, si se podía saber, era el negocio que
siempre había querido tener?
—Un gimnasio de lujo —dijo Virginia—. Un spa, como se dice ahora.
Buscaría el sector apropiado. El Norte, sólo podía ser el Norte. Un local grande, muy
grande.
Tenía cuarenta y dos años. Verónica cumpliría pronto los dieciocho. Terminaría el colegio,
debía decidirse por una carrera universitaria. Administración de Empresas, había pensado la
muchacha, asustada por la proximidad de sus exámenes y, por lo asustada, más atenta y aplicada en
el seguimiento de sus clases. Hacía lo que no había hecho en años de disipación y desinterés:
estudiar, buscar a amigas y amigos más aplicados, trasnochar frente a libros y apuntes.
—Un spa en un barrio elegante —repitió Virginia a la hija.
Hojeaba revistas extranjeras de modas, leía cuanto se publicaba sobre gimnasios modernos.
La vida de Jane Fonda, su método de ejercicios aeróbicos, éste podría ser el método adoptado para
su gimnasio. Compró los vídeos de la actriz convertida en instructora de gimnasia.
La fiebre de los aeróbicos contagiaba al mundo. Un gimnasio con servicio de comidas y
bebidas dietéticas, jóvenes instructores e instructoras que produzcan envidia, un médico
nutricionista y una buena fisioterapeuta. Había hecho cuentas. Era una inversión alta y de éxito
seguro. ¿No se daba cuenta —le decía a la hija— de la obsesión colectiva por la belleza y la salud,
del propósito de corregir los efectos del tiempo y las injusticias de la naturaleza? Según los
periódicos, estamos viviendo la era de la imagen. Del look, como se dice ahora. Hombres y mujeres
estaban aprendiendo a aceptar que no se es nadie sí no se cultiva una imagen. Para los jóvenes, la
perfección, para los viejos, el rejuvenecimiento.
A su manera, Virginia había hecho el diagnóstico de la época. Ella misma, al superar el
umbral de los cuarenta, dedicaba extenuantes sesiones diarias al mantenimiento del cuerpo: la
firmeza de los glúteos, la tonificación de muslos y brazos, el endurecimiento del vientre, el cuidado
de los senos, la tersura de la piel, la lucha contra las arrugas, en fin, correctivos que se compraban
en ese nuevo templo llamado gimnasio.
Verónica llegó al territorio allanado de los dieciocho años cuando su madre emprendió la
remodelación del local donde funcionaría el spa. Fue un arduo trabajo de meses. ¿Territorio
allanado? Sí, cuanto había vivido tenía a veces la placidez del paraíso. La línea recta que la condujo
de los diez a los dieciocho años no tenía accidentes ni tropiezos. Así que cuando Virginia
emprendió la remodelación de la casa donde abriría su negocio, Verónica creyó que, por fin, no
habría intermediarios ni terceras personas comprometidas en el éxito de la madre. La venta del
BMW fue parte de la inversión. Dedicada por entero a su empresa, un proyecto apenas en ciernes,
parecía como si nada bochornoso hubiera ocurrido meses atrás. Verónica le dio la felicidad de
terminar el último año de colegio con notas satisfactorias y mucha más felicidad al verla
preocupada por su ingreso a la universidad. Tomaba cursos especiales en las materias en que se
sentía floja, aunque no renunciaba a sus cada vez más frecuentes salidas nocturnas.
No manifestó dolor la mañana en que la hija le extendió el periódico y vio la fotografía de
Epaminondas Romero en la primera página. Contuvo la respiración al leer, a sabiendas de que
Verónica descubriría el menor gesto de dolor o desconcierto. Muerto en circunstancias misteriosas
y absurdas el comerciante Epaminondas Romero. Las autoridades descartan la posibilidad de un
ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes y lavadores de activos, hipótesis que se barajó
al comienzo. Romero era propietario de un concesionario de carros de lujo.
La fotografía reciente de un hombre tendido bocarriba en una cama, semidesnudo y al
parecer cubierto a último momento por una sábana, estremeció a Virginia. Podría tratarse de un
motel de lujo. Dada la decoración del lugar, sobre lo cual se mantenía hermetismo en las
informaciones de prensa, el cadáver de Romero, que no presentaba heridas ni signo de violencia
física, ni impactos de bala o arma blanca, podría pensarse que se trataba de un insólito accidente. Se
esperaba el dictamen del forense, aunque todo indicaba que el occiso podía haber sufrido un infarto
fulminante. Ésta era al menos la hipótesis del cronista. Un hombre robusto, mayor de cincuenta
años, muerto en circunstancias absurdas, ¿Por qué en un motel de lujo?
Virginia pensó, sin que pensamientos y suposiciones alteraran su semblante, que había
tenido relaciones íntimas con un putañero incorregible. Llegó a esa conclusión después de leer esa
y otras crónicas sobre el fallecimiento de Romero en circunstancias que, en adelante, serían un
plato con salsa picante servido por los periodistas. Pudo también haber pensado que hay muertes
que liberan de servidumbres pasadas. Y lo hizo.
Tres días después se supo que, en efecto, Epaminondas Romero había fallecido de un paro
cardíaco, que dos mujeres, contratadas por el occiso, lo acompañaban en el momento de producirse
"tan insólito desenlace". Habían huido atemorizadas de la suite de un conocido motel ubicado al
noroeste de la ciudad, donde la policía encontró una botella de vodka y "una considerable cantidad
de cocaína", al parecer consumidos por Romero y sus acompañantes. Tuvimos miedo y nos
largamos de ese sitio —dijo una de las mujeres—. Ese man metía como condenado, mamaba vodka
como agua y se zampaba a la nariz montonadas de perico —dijo a los periodistas la otra muchacha,
en realidad un travesti recogido en la carrera 15 con 98. ¿Lo conocían? Nunca lo habíamos visto —
aseguraron ambas. Nos recogió de un sitio y nos dijo que quería pasar la noche con dos niñas
bonitas. ¿Cómo había ocurrido el "infausto" desenlace? Aunque parezca mentira, no estaba
haciendo nada —dijo una de ellas. Se empelotó y se puso a mirarnos mientras le hacíamos el show
en la alfombra. Lo que él quería era ver cómo tiraban dos muchachas bonitas, eso dijo, se lo juro.
Se descartó la posibilidad de un homicidio.
La reacción que Verónica esperaba no era el silencio ni la fría expresión del rostro con que
Virginia recibió la noticia, Esperaba que dijera algo más. El primer día, Virgie se limitó a doblar el
periódico y dejarlo encima del sofá. Y, en los días siguientes, nada alteró tampoco su conducta.
—¿Lo sabías, verdad? —preguntó Verónica.
—Sabía que tenía un próspero negocio de importación de carros.
—¿Sólo eso?
Verónica estaba enterada de que se dedicaba a algo más que a vender carros de lujo.
Acababa de saber que Romero andaba con putas y consumía cocaína. La noticia de su muerte
destapó una olla de grillos: el negocio de Romero era una tapadera de negocios mucho más
importantes. En el sur de la Florida, Estados Unidos, se le había abierto un proceso por tráfico de
estupefacientes, informaron desde la embajada de este país. La investigación se había visto
obstruida por las autoridades colombianas, que dilataron el envío de información. Alguien protegía
a Romero.
El perfil que Verónica se hizo del difunto lo volvió más repelente de lo que había sido en
vida. No sé cómo fuiste capaz, le dijo a la madre.
No era un reproche moral. De allí el tono de su voz, entre irónico y apacible. La muchacha
conocía las respuestas que la madre se resistía a ofrecerle. Su silencio era la aceptación de las
sospechas: Virginia siempre supo que Romero se dedicaba a lavar cuantiosas sumas de dinero.
Verónica comprendía —tenía ya la edad para entender estas cosas— que el bienestar de estos años,
al menos del último año, provenía de aquello que la madre le ocultaba. Lo incomprensible y
repugnante fue descubrir que su madre se acostaba con un hombre adicto a mujerzuelas y cocaína.
Nunca le gustó Romero. Acabó sin embargo tolerando su presencia, guardándose el asco
que sentía por él y la compasión que le inspiraba su madre. Sabía que ella no lo amaba, que lo
toleraba apenas, que algo superior a la tolerancia le mantenía al lado de aquel hombre de gustos
dudosos, generoso hasta el más grosero exhibicionismo. ¿Qué si no el dinero soldaba ese vinculo?
La niña que había conocido al senador Rodolfo Roldán, a quien admiró como al padre que
le hubiera gustado tener, no era la adolescente altanera que había despreciado desde el principio a
Epaminondas Romero, a quien despreciaba ahora con más fuerza. Vivo y muerto, el tipo a quien su
madre había tenido como amante era un ser doblemente despreciable.
Verónica siguió el curso de su vida como quien transita por una línea recta y sin obstáculos. Entre
los diecisiete y los dieciocho años conoció otras formas de intimidad, experimentó de otra manera
lo que sus contemporáneas experimentaban con alborozo. No sólo era la más precoz y altiva.
Embelleció conscientemente su propia leyenda. No hubo fiesta o reunión en la que no deslumbrara
a los hombres ni suscitara envidias en sus compañeras. Siempre rodeada de chicos, dispuesta a
elegir y a no ser la elegida. Una instintiva inteligencia femenina, añadida a su altivez, adornaba por
fuera los contornos de su personalidad. Otras formas de intimidad, ¿en qué sentido? Las chicas
deseaban llegar a una meta, deshacerse de la virginidad, acceder al amor sin temores ni
inhibiciones. Verónica aplazaba la llegada a esas metas. Su personalidad empezaba a ser moldeada
y adornada por la conciencia del éxito.
Y la adornó aún más el día en que, invitada a una fiesta privada, llamó la atención del publicista
Guido Leonardo Pradilla. Desde que entró al lujoso apartamento, él no le quitó los ojos de encima.
¿Quién era ese hombre, de unos cuarenta años, de actitud insolente, que no hacía más que mirarla?
Era un hombre apuesto, elegante, no a la manera del senador Roldán, sino negligentemente
elegante, como si tratara de romper la formalidad del traje, la convención de los colores
tradicionales y el nudo correcto de la corbata. Verónica no conocía a nadie en la fiesta.
Había sido llevada por Beatriz Lopera, su amiga de diecinueve años, antigua compañera en
el modesto colegio que Verónica había abandonado cinco años atrás. Beatriz compartía con
Verónica la desgracia de no tener padre. Lo tenía, a diferencia de Verónica, pero el padre era una
sombra distante desde los cuatro años.
—Conocerás gente interesante —le dijo Beatriz al invitarla.
—¿Qué tienen de interesante?
—Son publicistas, gerentes, directores y productores de televisión. Ninguno menor de
treinta años.
¿Cómo lo sabía Beatriz? Salía con el gerente de mercadeo de una fábrica de ropa interior y
éste la había elegido como modelo para la campaña que diseñaría Guido Leonardo Pradilla. Tenía
un papel secundario de actriz en una telenovela. Y si las cosas seguían yéndole tan bien como en
esos comienzos, ambicionaba convertirse en actriz ¿Cómo había llegado a conseguir el papel en la
telenovela sin haber hecho nunca estudios de actuación?
—¿Quién es el tipo del rincón, el del blazer verde con hombreras y pantalones grises, el de
la corbata con la cara de Marilyn Monroe, ese que tiene el vaso de whisky en la mano? —preguntó
Verónica a la amiga.
—El mismísimo Leo Pradilla, el publicista que va a diseñar la campaña de que te hablé.
—No me quita los ojos de encima.
—Ven te lo presento —le dijo halándola del brazo. Verónica lucía ese día un vestido negro de seda
ajustado a las caderas y a las nalgas, con un prolongado escote en la espalda. Se había encaprichado
con el vestido cuando acompañó de compras a su madre. Se lo probó y se sintió muy bien en el
diseño de Kenzo, una prenda inalcanzable, pensó al verla en el maniquí. No esperaba que Virginia
la complaciera de inmediato, que se limitara a mirar el precio en la etiqueta, que pagara billete a
billete el capricho de la hija. Así que la noche de la fiesta, Verónica no parecía una adolescente de
dieciocho años. Su madre la había maquillado, como lo hacía cada vez que la hija era invitada a
salir. No le preguntó a qué clase de fiesta iría ni quiénes serían los anfitriones. Si la invitaba
Beatriz, quizá se tratara de una fiesta con chicos de su edad.
El maquillaje y la actitud segura de Verónica revelaban a una mujer de veintitrés o
veinticuatro años. Los largos cabellos castaños, rizados y deliberadamente húmedos, caían sobre
los hombros y enmarcaban el rostro.
Pradilla la saludó con un beso en cada mejilla. Eres la más bella de la fiesta —le susurró al
oído. Verónica sintió minutos después la fragancia viril del agua de colonia, la suave textura del
blazer de cachemir verde que servía de apoyo a su mano cuando Leo la invitó a bailar. No se
separaron en toda la noche. ¿Qué hacía ella? Estudiaba Administración de Empresas. ¿Qué hacía
él? Creativo de publicidad. Verónica le mintió al decirle que acababa de cumplir veinte años. Él le
mintió confesándole que tenía treinta y seis y no cuarenta y dos. Se mintieron ambos en el más
superfluo de los asuntos, la edad, asunto en el cual hombres y mujeres mentían. Se mintieron y
sabían que se mentían porque él calculó, desde el primer momento, que Verónica no tenía más de
dieciocho, porque ella descubrió en él leves arrugas en su frente y en las comisuras de sus labios.
Se mintieron en muchas cosas, todas superfluas, pero jamás aprenderían a mentirse en asuntos de
fondo.
Verónica sintió desde la primera pieza el cuerpo aún musculoso apretado a su cuerpo, sintió
la dureza de la entrepierna masculina en el vértice de sus muslos, siguió sintiendo en las numerosas
piezas que siguieron el aroma de la colonia de Paco Rabanne —no pudo evitar preguntarle por la
marca de esa fragancia—, aceptando de buen gusto que él estuviera de su lado en todo instante.
Beatriz bailaba con su gerente de mercadeo, un hombre menor que Pradilla. Tal vez no tuviera más
de treinta y cuatro años. A diferencia de Pradilla, era bajo y ligeramente rechoncho. No había visto
en la fiesta a ninguna mujer que revelara más de treinta años. En su mayoría eran jóvenes
veinteañeras acompañadas por hombres que oscilaban entre los cuarenta y cincuenta.
¿Quién era el dueño de casa? La dueña de casa —corrigió Beatriz señalando con la mirada a
la única mujer mayor de la fiesta. Amparo Consuegra. Salía con un joven actor veinticinco años
menor que ella y era gracias a ella que el joven tenía pequeños papeles en series de televisión. Por
lo poco que sabía —le contó Beatriz—, Amparo era decoradora de interiores: embellecía o
remodelaba casas y apartamentos y sugería la compra de obras de arte. Pradilla abundaría en
detalles: Amparo vendía esculturas y pinturas de firmas famosas, seleccionaba el mármol de los
baños, las griferías de cobre u oro, hacía de inmensos potreros urbanos o rurales verdaderos
palacios, elegía los muebles de marca o una vez elegidos ordenaba su importación de Nueva York o
Milán, una decoradora de interiores que en pocos años había ganado montones de plata. Ella era la
anfitriona. Y ese jovencito que la seguía como un perro faldero era el actor a quien ella prometía
conducir al estrellato. ¿Quiénes eran sus clientes? ¿Quiénes iban a ser? Los duros, dijo Beatriz. Y
no te cuento más —la cortó. Lo demás se lo contaría días después Leo Pradilla. Le ocultó a la
amiga que conocía a Amparo Consuegra mucho más de lo que simulaba. Amparo le había
asegurado su selección en un casting, por su mediación había sido elegida como actriz secundaría
en la telenovela. ¿A cambio de qué? Unos pocos días satisfaciendo su capricho de estar con una
joven bella y ambiciosa. Sólo unos días, tan pocos que no habían dejado huellas ni remordimientos
en Beatriz.
Después del buffet. Verónica aceptó salir al balcón con Pradilla. Era una terraza rectangular
sembrada de plantas, iluminada por el resplandor del salón, con mesas y sillas blancas de hierro.
Abajo, en un horizonte cercano y a la vez remoto, aparecía la luminosidad parpadeante de la ciudad
dormida.
—¿Ves todo eso? —señaló Pradilla—. Es sólo un complejo y hermoso dibujo de luces. Así
es la belleza mirada desde lejos: una ilusión óptica. Si la conoces de cerca será menos hermosa.
—¿Por qué lo sabes?
—Trabajo con esa clase de belleza, mi trabajo consiste en concebir ilusiones y venderlas.
Le había pasado el brazo por la cintura. Verónica no se opuso. Sentía frío, pero el brazo que
se deshizo de la cintura y arropó sus hombros le dio el calor esperado. La voz grave que le hablaba
era tan cercana que creyó tenerla dentro de su cuerpo.
—La única belleza cierta es aquella que se deja poseer —dijo Guido Leonardo Pradilla—.
Lo demás es ilusorio. Por ejemplo, ahora tú no eres sino una ilusión óptica. Dejarías de serlo en el
momento en que te poseyera. No te asustes, solamente divago. En el momento en que alguien te
poseyera.
—Es hermosa —dijo Verónica—. La ciudad, digo.
Hermosa, terrible y engañosa —siguió él—. Habría que entrar a cada casa para saber que
las desgracias son más numerosas que la felicidad. Entonces se desharía el hechizo de esta noche.
Verónica no había escuchado nunca esta clase de reflexiones, ni siquiera la inteligente
combinación de tantas palabras. No había sentido antes la seguridad que le ofrecía aquel hombre.
Empezaba a ser la elegida, pensó. No elegía ella. Desde el principio se supo envuelta en una red de
la que no podía deshacerse sin parecer ridícula o anticuada.
—Voy a buscar un trago —se excusó Pradilla—. ¿Sigues con champaña?
Abandonada y sola en la terraza, cerró unos instantes los ojos y se imaginó la ciudad dormida, la
enigmática ciudad nocturna calificada de hermosa y terrible. ¿Buscaba impresionarla con la
inteligente facilidad de sus palabras? ¿Dónde empezaba y terminaba la juventud de un hombre?
¿Era acaso una simple niña al lado del adulto que la cortejaba? ¿Dónde residía la debilidad de este
hombre, dónde la fortaleza de la jovencita llevada a un balcón casi a oscuras desde donde la silueta
de la ciudad era un irregular trazado de luces? ¿Se invertía a veces el axioma de la madre como
para pensar que en la fortaleza de algunos hombres estaba la debilidad de muchas mujeres?
—¿En qué piensas? —se acercó Pradilla sigilosamente y por la espalda, casi hasta rozar sus
nalgas, extendiendo la copa de champaña por encima del hombro de Verónica, dejándole en el
cuello el aliento de la pregunta y la fragancia de Paco Rabanne—. Aquí tienes.
—Pensaba en lo que dijiste sobre la ciudad.
—Verónica, Verónica —repitió y brindó mirándola a los ojos—. Así se llama uno de los
más elegantes y sencillos lances del torero al toro. Lo llama y lo provoca
—No entiendo nada de toros.
—Yo tampoco —se echó a reír Pradilla—. Lo único que sé es que entre el torero y el toro
existe una relación de amor y odio, como entre la mujer y el hombre. La cornada es la respuesta del
toro a la arrogancia del torero. El torero mata al toro porque le teme y no puede con su fortaleza. El
toro embiste y clava sus cuernos en el cuerpo del torero para evitar la estocada de la muerte.
Verónica escuchaba maravillada. Por un instante se imaginó en el centro del ruedo,
expuesta a las embestidas de la bestia. Su acompañante se extendió en la exposición de nuevas
metáforas: el torero y el toro, la mujer y el hombre, el triste destino de las parejas, la estocada
mortal de los hombres, las cornadas sangrientas de las mujeres. Ella comprendía superficialmente
las metáforas de Pradilla. Comprendía mejor el propósito de sus palabras. Quería impresionarla. En
toda la noche no había hecho nada distinto a impresionarla.
Verónica se asomaba frágil y temerosa al poder de las palabras y al tramposo juego de la
inteligencia. Si se sentía vulnerable, no le quedaba más remedio que resistirse, cerrar sus oídos a la
palabrería de un hombre que la trataba con una galantería desconocida. Callarlo, ¿de qué manera?
No deseaba que se callara, aquel arrullo a veces incomprensible de palabras podía continuar toda la
noche.
Depositó la copa aflautada en una matera y tomó la iniciativa de besarlo. De este tamaño era
la ansiedad y la indefensión de la muchacha. No esperaría que él lo hiciera primero. Si quería ganar
una pequeña ventaja tenía que anticiparse a la iniciativa de él. Dejaría momentáneamente de ser
vulnerable. Su conducta no era dictada por ninguna lección de la madre, ni siquiera por una
reflexión anterior a esa noche. Enredó sus brazos en el cuello del hombre, acercó el cuerpo al otro
cuerpo y aceptó que unas manos apretaran su cintura y acariciaran sus nalgas. Retiró las manos
intrusas sin brusquedad. Disfrutó por instantes la exploración del beso, pero puso límite a la pasión
cerrando los labios.
Acercarse y huir. Aceptar y rechazar. Lo que era sólo una conducta dictada por el instinto
acabaría convirtiéndose en un método. Sólo abrió los ojos, sobresaltada, al escuchar la voz de
Beatriz.
—Vero, es tarde —dijo la amiga al acercarse—. Tenemos que irnos.
Desvió entonces la vista hacia la ciudad dormida, hacia la ilusión óptica de la belleza. ¿No
era esto lo que aseguraba Pradilla, que esa, la belleza de la ciudad, era una ilusión óptica?
—Tenemos que irnos —repitió Verónica a Leo. Si se quedaba volvería a sentirse
vulnerable. No lo era con los chicos de su edad. La experiencia de su vulnerabilidad ante un
hombre era nueva, podría decir que se inauguraba esa noche.
Pradilla las acompañó hasta la puerta. Tenía en la mano una tarjeta y la extendió a Verónica.
La despidió con un suave beso en la boca. Llámame cuando quieras —dijo.
—Te llamaré cuando pueda.
Beatriz la llevaría a casa en taxi. Se despidieron de Frank Rueda, el gerente de mercadeo, de
Amparo, la anfitriona. ¿Por qué Frank no se ofrecía a llevarlas en su coche? Se excusó diciendo que
en la fiesta se encontraba presente un comprador interesado en exportar su nueva línea de ropa a
Centroamérica. Se verían mañana. Pórtate bien, mi vida —dijo besándola en la boca.
—¿Está casado? —preguntó Verónica. Pensaba en Guido Leonardo Pradilla.
—Soltero y sin hijos.
—¿Crees que es muy mayor?
—¿Para ti, quieres decir?
—No, pregunto si es muy mayor.
—Se ve joven —respondió la amiga—. No te imaginas el éxito que tiene con las mujeres.
—Ese es su defecto —dijo Verónica.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —ambas habían salido de la fiesta con sendas copas de
champaña. Beatriz humedecía la yema de un dedo y lo pasaba por el lóbulo de la oreja de su
amiga—. ¿Sigues virgen?
—¿Te puedo preguntar otra cosa?
Verónica le preguntó si valía la pena dejar de ser virgen porque sí, porque era la edad,
porque las amigas habían dejado de serlo. Seguía virgen y no le inquietaba seguir siendo virgen
como no le molestaba saber que la leyenda urdida alrededor de ella era sólo eso, una leyenda, todo
porque se había mostrado más libre y atrevida que todas. No era una mosquita muerta, tampoco la
muchacha fácil que muchos imaginaban. Y una prueba de ello era que seguía siendo virgen.
¿Se acostaba Beatriz con su gerente de mercadeo? Sí, desde hacía dos meses. No había
perdido la virginidad con él —confesó, la había perdido a los quince años en la inconsciencia de
una fiesta de amigos —unos pocos tragos, dos copiadas de marihuana— y sin darse tiempo de
elegir a su pareja. Todo había sucedido de prisa y sin preámbulos: el verdugo la había arrastrado
hacia un cuarto de la casa y le había bajado los calzones, ni siquiera se había tomado su tiempo para
desnudarla, la había arrojado bocarriba en una cama y la había penetrado sin que ella pudiera
resistirse. No tuvo tampoco ganas de resistirse. Algo de su consentimiento había en la aceptación
del suceso. Y el verdugo, ¿quién había sido el verdugo? Ambas conocían al sujeto, un deportista
grandullón, compañero de ambas en el antiguo colegio. Beatriz lo encaró al día siguiente. Todavía
sentía el escozor sin placer en el sexo, un escozor de piel herida y la sensación de tener aún dentro
al intruso.
—Si dices que te acostaste conmigo, yo le diré a todo el mundo que eres impotente, que
eres un marica musculoso con un baboso gusanito entre las piernas —le dijo—. Y no sólo eso: si
dices una sola palabra diré que me forzaste. ¿Sabes lo que es una violación?
La anécdota provocó en ambas un ataque de risa.
—Es cierto, ¿lo amenazaste de esa forma?
—Absolutamente cierto —confesó Beatriz—. Tan cierto como que, por lo que recuerdo,
Alfredito Navas tiene una respetable artillería pesada.
—¿No te dio miedo?
—¿De quedarme embarazada? No, lo obligué a venirse afuera.
No era un tono habitual en las confidencias de amigas. Después de perder la virginidad
estuvo con muchos chicos, dijo. Había algo de divertido en la crudeza gráfica de Beatriz. Y en sus
metáforas. ¿De dónde sacaba aquello de la artillería pesada? De los cañones, dijo muerta de risa.
—¿Te cuento algo? —entró en confidencias Verónica—. Júrame que no se lo dirás a nadie.
El taxi se detuvo frente a la casa de Verónica. ¿Por qué no se quedaba a dormir? Beatriz
aceptó. Si no llegaba a casa esa noche, su madre sabría que dormía donde Verónica.
—Lo juro —respondió ella al aceptar la invitación. Se quedaron un rato en la cocina.
Ninguna de las dos tenía sueño.
—Cuando siento que quieren ir más lejos, les agarro la tripa y les hago la consoladora. Se
tranquilizan y no siguen insistiendo. Nadie ha abierto mi cajita de sorpresas.
—¿Te cuento un chisme? —dijo Beatriz—. Carmencita, ¿te acuerdas de Carmencita?, la
que no mataba una mosca, pues Carmencita me contó que los aplacaba con una mamada y que
cuando lo hacía le entraban ganas de morder duro y quedarse con eso en la boca.
Verónica hizo un gesto de asco. No se imaginaba recurso más repugnante ni fantasía más
asquerosa. ¡Quedarse con un pene cercenado en la boca! La pobre Carmencita —anotó— podía
hacerlo: fea y gorda, no pasaba de ser una fea gorda y arrecha.
Hablaron del destino y la suerte de las feas, de cómo ciertos hombres las preferían a las
hermosas. ¿Por lo feas, por lo fáciles? Dicen que por lo esforzadas —aclaró Beatriz Lopera. No le
constaba, era lo que decían quienes sabían de mujeres, Los hombres temían a las bonitas. A las feas
no. Para tener éxito, una fea debía esforzarse y prometer lo que las bonitas no eran capaces de
hacer.
—Llama a Pradilla —le sugirió a Verónica—. Es un tipo interesante,
—No le des mi teléfono —pidió a la amiga—. Voy a esperar unos días. ¿Qué tal lo hace tu
gerente de mercadeo?
—Como los dioses —exclamó riéndose—. Así bajito y gordito como lo ves me pone a
temblar. Me hace lo que nunca pensé que pudieran hacerme.
—¿Qué te hace? —se entusiasmó Verónica.
—Me mete la lengua allí y se queda largo rato y con toda la paciencia del mundo como si
buscara un tesoro. ¿No ves que a los muchachos de nuestra edad les da asco hacerlo? Me
estremezco, Vero, me estremezco. No me vengo cuando me la mete, me vengo cuando me explora
con su lengua. Antes, yo no sabía que el clítoris era un tesorito escondido que se encontraba mejor
con los dedos y la lengua. Cuando me lo encontró, casi me muero.
—¡Cochina! —exclamó Vero.
Verónica le diría a Beatriz Lopera que nunca antes se había sentido más indefensa ante el
peligro como aquella noche, sola con un hombre en la terraza. Los chicos que frecuentaba eran
fácilmente controlables, no eran más que niños mayores, muchachos sin experiencia, cortos de
palabra, exhibicionistas o ansiosos, corrían a contar lo que hacían y lo que no hacían con sus
parejas como si lo hubieran hecho; querían comerse el mundo en unas horas. Se les podía mantener
a raya, bastaba dejarse besar o acariciar y retirarse a tiempo, prometerles que después, que no era
todavía tiempo de hacerlo, no seas impaciente, esperemos la oportunidad, argumentos no faltaban
para llenarlos de esperanzas y mantenerlos amarrados a la promesa. Todos sin excepción eran
iguales. Unos egoístas que sólo pensaban satisfacerse. Si se ponían pesados, quedaba el recurso de
la consoladora, la mano ajena en lugar de la propia porque muchos eran diestros en el ejercicio de
la mano.
El mundo de estos adolescentes no era diferente al mundo de las confidencias, quizá no lo
había sido nunca porque en toda época la adolescencia había sido el soplo de turbulencias
pasajeras. El sexo, hablado o silenciado, deseado o realizado, era el mismo fantasma, como la
procacidad y el pudor extremos que chicas y chicos adoptaban al hablar de sus experiencias. Si
Beatriz era proclive a la procacidad y Verónica al pudor, la una a la ligereza y la otra a cierta
estudiada contención, las unía sin embargo el mismo fantasma: las tribulaciones de la edad, el
tránsito incierto de una edad a otra. A la impúdica le divertía el pudor, la pudorosa se excitaba con
la procacidad. ¿Se miraban al espejo desnudas? Beatriz, veces, Verónica, casi siempre. Por
costumbre, cada vez que se cambiaba los pantis, Beatriz los olfateaba y miraba antes de arrojarlos
al cesto de la ropa sucia. Verónica hacía gesto de asco pero se reía de las costumbres de la amiga.
Ella prefería el hábito de mantener las pantaletas protegidas con toallas higiénicas. Así, al final del
día, se quitaba una prenda inmaculada. Y echaba talco en su pelambre. ¿Tenía alguna gracia
cambiarse la ropa limpia?, preguntó Beatriz. Si se cambiaba era porque estaba sucia, porque el
sudor del día, porque unas gotas de orines, en fin, las confidencias siempre pasaban de castaño a
oscuro.
Durmieron en la misma cama. Beatriz rechazó el pijama que le ofreció Verónica. Acuérdate
de llamar a mi madre cuando te despiertes —le pidió a la amiga—. ¿Duermes siempre con pijama?
—le preguntó al ver a Verónica con un infantil juego de blusa y pantalón decorado con nubes y
ositos.
Continuaron hablando con la luz apagada. Verónica bostezó de sueño y Beatriz le dio las
buenas noches con un beso en la boca.
Desde esa noche y casi a diario, Verónica le pedía a Beatriz que le contara sus experiencias y le
describiera cada detalle de su relación con Mi Gordis, como llamaba a Frank Rueda. Beatriz no
ahorraba detalle en la descripción de su aventura secreta, secreta al menos para la madre, quien la
hacía durmiendo en casa de Verónica.
—¿Te imaginas? —le había dicho exaltada—. ¿Qué podía imaginarse? —le preguntó Vero.
—Ayer sacó del closet una maleta llena de muestras de ropa interior, de todos los modelos.
Se sentó en un sillón whisky en mano, y me pidió que desfilara con cada una de las prendas.
Prefería las de seda y encajes. No quería tocarme, se encaprichó mirándome de lejos.
Verla de lejos, vaso de whisky en mano. ¿Nada más verla? Le daba pena decirlo. La miraba
a la distancia y se acariciaba. Y, colmo de los colmos, el Gordis no solamente se acariciaba. Se
masturbaba y gemía. Caía después en un silencio profundo. ¿Contento, mi vida? —le preguntaba
ella. Contento, mi amor. Un día el desfile en ropa interior, al siguiente el capricho de pedirle cosas
absurdas, me da pena describírtelas, se contenía Beatriz ruborizada. ¿Se imaginaba a un hombre, a
todo un hombre, porque el Gordis era todo un hombre, pidiéndole que le metiera un dedo en el
culo?
La confesión de sus propias experiencias soldó el vínculo amistoso entre Beatriz Lopera y
Verónica Oropeza. Se encontraban más a menudo. A Beatriz la intrigaba saber que la amiga seguía
virgen, pero ella le decía que una rara intuición la llevaba a preservar para el futuro lo que para
muchos hombres era un codiciado vellocino de oro. ¿Un vellocino de oro? Ninguna de las dos
conocía la fábula. Ambas suponían que se trataba de la preservación de un tesoro escondido al que
todos buscaban con empecinamiento y codicia.
Verónica había aprendido a abrir y cerrar las piernas y a contener a tiempo los avances del
enemigo. Los chicos seguían revoloteando alrededor de su panal de mieles y ella los consolaba con
sus caricias, así hirvieran de ganas. El alvéolo seguiría intacto. Cuando los chicos conseguían
aliviar la tensión del deseo, se retiraban tranquilos. A un hombre impaciente —le decía a Beatriz—
hay que darle lo que busca.
Éstas eran sus divisas en una época de encuentros cada vez más temerarios. No era que
Verónica no hubiera despertado a la sexualidad, como pretendió hacerle creer a la amiga. Me
preocupa que no sientas nada —le dijo Beatriz. Todo lo contrario. Era una insomne presa de la
sexualidad, se complacía sola, se admiraba sola, se amaba en largas sesiones solitarias mientras se
contemplaba en el espejo.
De este tono fueron las confidencias de las dos amigas. Un día, Beatriz le preguntó a
Verónica si nunca había besado a una chica. ¿Qué dices? Besado a una chica. Besarla, lo que se
dice besarla, en la boca y con la lengua húmeda, nunca. Juegos de niñas, caricias sin malicia. A los
trece años, dijo Beatriz, se había dejado besar en la boca por una chica tres años mayor que ella. No
había sentido asco sino el temor de dejarse arrastrar hacia un camino sin salida. Una muchacha de
último grado la había acorralado en los baños del colegio y la había besado en la boca,
maniatándola con los brazos. En los primeros instantes, no supo qué hacer. Se dejó besar y estrujar
los senos. Una mano acarició su sexo debajo de la falda. Se zafó de ella y corrió hacia los pasillos.
A la mañana del día siguiente, la misma chica le había entregado una nota. Sé que te gustó, no
tengas miedo. ¿En qué había parado todo? Beatriz le dijo a Verónica que las cosas no habían
pasado de esa única experiencia. Sí, era cierto, tenía miedo de enredarse en una experiencia tan
loca. Siguió ocultándole su rápida experiencia con Amparo Consuegra.
Virginia viuda de Oropeza no fue ajena al sesgo tomado por la vida íntima de su hija.
—Todo se resume en un gesto —le dijo—, Abrir o cerrar las piernas.
Verónica se ruborizó al escucharla.
—Como casi todos los hombres son impacientes, sírvete de la impaciencia sin comprometer
tu integridad.
¿Había actuado así en sus años mozos? —se preguntó Verónica. Su madre venía de los
"felices años sesenta". Guardaba en viejas carpetas sus fotos de hippy luciendo informes vestidos de
seda y balacas en la frente. Le hablaba a la hija de sus aventuras de adolescencia, de fugas
nocturnas sin el consentimiento de los padres, de sus viajes hacia apartados lugares de la montaña
donde acampaba con jóvenes igualmente maravillados por el descubrimiento de la libertad. Una
foto la mostraba a la orilla de un río, sentada bajo un árbol, tomando el sol al lado de escuálidos
chicos sin camisa. No tenía más de dieciséis años. Guardaba los discos de Santana y Iron Butterfly.
Su primer cigarrillo de marihuana lo había fumado escuchando "Let it be", no podía ella imaginarse
el dolor que les había causado la trágica muerte de Jonis Japlin, pobrecita, borracha y drogada,
desengañada de sus amores. Su cuarto de adolescente siempre estuvo decorado por un afiche de los
Beatles en la época de "Sargent Pepper" reemplazado después por otro de los "Rolling Stones", ¿Se
lo decía? Había amado secretamente a Mick Jagger.
—Era callada, romántica y melancólica —le dijo a Verónica. No sabía dónde quedaba
Vietnam, pero gritaba que era una mierda lo que los gringos hacían en esa guerra remota. Era una
muchacha de familia humilde y de futuro incierto, la vida que vivía iba de asombro en asombro.
—No olvides, Vero —insistía—, que todo reside en el movimiento de las piernas. Si ya las
abriste, por mí no hay problema, pero cuando empieces a abrirlas recuerda que pueden ser tu
salvación o tu perdición. Hay que conseguir un punto medio porque los hombres se cansan de las
muy difíciles y no toman en serio a las muy fáciles.
De aquellos años dorados, interrumpidos cuando debió convertirse en secretaria, le quedaba
la costumbre de fumar ocasionalmente un cigarrillo de marihuana, nunca delante de la hija, por lo
general antes de acostarse. Confesaba que en su juventud la virginidad no era un tesoro sino una
tara, que se dejaba de ser virgen para no sentirse fuera de la época. No pudo entrar a la universidad,
debió consolarse con una carrera intermedia, el secretariado bilingüe que le abrió las puertas al
trabajo. Tuvo entonces que abandonar las costumbres de la década, olvidar las faldas multicolores
de seda y las viejas botas de cuero, las blusas floreadas, las balacas y el pachulí con que se
perfumaba, dejar atrás y para siempre los largos cabellos enredados y la bisutería de los hippies.
Tomó conciencia de su propia belleza, olvidó las monsergas de las feministas, brujas amargadas —
así quiso llamarlas— que le exigían cuidarse de los hombres. Tomó conciencia de su propia belleza
en los primeros meses de 1970 cuando su jefe, el ingeniero Raúl Oropeza, la invitó por primera vez
a cenar y cayó en la cuenta de que en su ropero no había más que baratijas del mercado de las
pulgas.
La conciencia de su belleza significaba una nueva conciencia de lo que haría con la
precariedad de sus ingresos. Maquillarse, perfumarse, ¿cómo y con qué? Vestirse de manera
distinta, con ropa de marca, como deseaba, ¿cómo hacerlo con su sueldo? Virginia aceptó que
estaba dando la vuelta a una página de su vida. ¿Qué la esperaba en la siguiente hoja, cómo
construir el siguiente episodio? Tenía veinticinco años. Vivía con el padre y la madre en una
modesta vivienda del barrio Palermo. Era hija única y en ella habían puesto sus esperanzas padre y
madre. No habían podido pagarle una carrera universitaria, todo cuanto podían hacer por ella lo
habían hecho al pagarle estudios de secretariado.
Pocas veces le habló a la hija de este pasado de zozobras familiares. Cuando lo hizo, le
ocultó aquello que ella consideraba un estigma, ser hija de familia pobre y sin futuro. Vivía con
ellos, trabajaba y ganaba su primer sueldo. Sin embargo, un sórdido episodio seguía guardado en su
memoria: sentir vergüenza de los padres que tenía, ocultarlos como se ocultan actos vergonzosos,
sobre todo a medida que Virginia se abrió a un mundo diferente y promisorio. Creía que tenía
derecho a labrarse un porvenir distinto al de sus padres, se justificaba sin poder justificar en su
conciencia la distancia cada vez más grande que la separaba de sus viejos. Una sensación de alivio
cayó sobre su conciencia cuando ellos decidieron abandonar la ciudad y regresar a un pequeño
pueblo del Valle del Cauca. El padre podría vivir decorosamente con su pensión de obrero de una
fábrica de cemento, lidiando con las dificultades respiratorias ganadas en años de trabajo. La capital
se había convertido en un multiplicador de sus necesidades. Y lo hicieron cuando Virginia se casó
con el ingeniero Oropeza. En adelante, lejos de ella, padre y madre dejarían de ser la fuente de los
complejos que la recién casada iría convirtiendo en un nuevo tejido de sueños. Redimirse de la
pobreza. Si ésta no era la explicación que se daba al saberse culpable de la distancia que
deliberadamente trazaba con el hogar donde había crecido, ¿cuál era entonces la explicación que
pudo darse cuando se sintió en muchos sentidos aliviada al verlos partir hacia el pequeño pueblo
del Valle del Cauca?
¿Le había sido enteramente fiel al marido? Si Verónica se lo hubiese preguntado le hubiera dicho
que sí. En ésta como en otras pequeñas cosas le hubiera mentido. Un desliz, más que una
infidelidad, pensaba Virginia. Una aventura en un principio feliz con un hombre más joven que
ella, subalterno del marido, cuyo final, como se sabe, tuvo una razón casi patética: aquel joven le
había recordado que sus ancestros se resumían en la maraña negra y ensortijada de sus pelos.
Tienes pelos de negra, también esta frase hizo mella en los antiguos complejos y fue el origen del
cuidado que a partir de entonces puso en la maraña de su Monte de Venus.
Beatriz no había decidido lo que haría al terminar el colegio. Ya era hora de decidirse. Pensaba
vagamente en el diseño de modas o en su carrera de modelo y actriz. Verónica cursaba ya el primer
semestre de Administración de Empresas. Si se levantaba y prosperaba el negocio de la madre, ella
tendría que ayudarla en su administración. Si se cumplían las expectativas de Virginia de Oropeza,
el negocio exigiría el concurso de las dos, madre e hija luchando por la prosperidad de la inversión.
Virgie propuso que la inauguración del spa coincidiera con el cumpleaños diecinueve de
Verónica. Faltaban tres meses. La hija le habló de la fiesta donde había conocido a Pradilla,
omitiendo detalles inconvenientes: las bebidas, el balcón, los besos, la edad del hombre que
deseaba volver a ver esa noche. La madre se entusiasmó y le pidió que le hiciera una lista de cada
una de las personalidades presentes. Le habló del valor de una agenda, sin una agenda con nombres
clave, no había negocio que alzara el vuelo sin agenda. Ella hacía lo suyo con aplicación y método:
seguía las páginas sociales de diarios y revistas, anotaba los nombres de famosos, buscaba luego en
el directorio y escribía dirección y teléfonos, si no encontraba señas las averiguaba en las
redacciones de periódicos y revistas, con cualquier pretexto, así empezó a hacer su propia agenda,
su mailing, decía, habría que conseguir el mailing de otras empresas, de salones de belleza, de
gimnasios, de discotecas y bares de moda, de galerías de arte y clubes sociales. Una secretaria, le
urgía conseguir una secretaria que se ocupara de estas cosas, de la agenda, de las llamadas, de las
invitaciones, una secretaria bonita y eficiente. ¿Por qué no tú?, le insinuó a Verónica.
—Porque estudio, porque no soy muy eficiente —le respondió ella.
Sólo una semana después de la fiesta Verónica tomó la iniciativa de llamar a Pradilla.
Beatriz aplaudió la idea. Esa noche desfilaría en el lanzamiento de una nueva línea de ropa interior
y Leo estaría allí como el alma del lanzamiento: había dirigido las sesiones de fotografía, elegido la
publicidad de prensa, coordinado la grabación de los spots de televisión. Lo llamó pero no pudo
encontrarlo. Insistió repetidas veces y la secretaria le dijo que el señor Pradilla no iría a su oficina
el día de hoy, ¿Quién lo llamaba? No importa, respondió Vero y colgó.
—Vas al desfile como mi invitada —le propuso Beatriz—. Mi padre no irá porque no quiere
encontrarse con mi madre y mi madre dice que tampoco porque a lo mejor se encuentra con él. En
el fondo, a ella le da pena verme desfilar en ropa interior.
Nunca antes había puesto tanto cuidado en la elección de la ropa, nunca tanto como el que puso
para vestirse esa noche. Buscó la asesoría de la madre. Y en una sesión de tres horas vaciaron el
ropero, extendieron prendas sobre la cama y la alfombra. Verónica se probaba y descartaba vestidos
y blusas, pantalones y bodies, ¿Por qué no esta transparencia? —le sugirió finalmente Virginia. Si
se trataba de impresionar, era la mejor elección. ¿Pantalón negro de seda, de piernas anchas,
ajustado a las nalgas, blusa gris transparente, de tonalidades plateadas? ¿Con brasier o sin brasier?
—preguntó Verónica. Definitivamente, sin brasier —aconsejó Virginia. Era un conjunto insinuante.
Y Verónica se probó pantalón y blusa, se miró al espejo, desfiló delante de la madre. Los senos le
habían crecido hasta adquirir la talla definitiva de la mujer, una 34b de redondez y firmeza
envidiables. La transparencia de la blusa no era exagerada, las escarchas plateadas que rodeaban y
adornaban el diámetro de los pechos imponían a la prenda un sello de refinada sutileza. En su parte
inferior, la blusa se abría en una V invertida, dejando al descubierto la piel a la altura del ombligo.
El pantalón, ancho de los muslos hacia las botas, se ajustaba en cambio en el talle y las nalgas. Los
tacones de los zapatos no tendrían que ser muy altos —aconsejó Virgie—, preferiblemente unas
sandalias doradas. ¿Con medias o sin medias? Sin medias. Nada de collares ni adornos. Unos
pendientes discretos, una pulsera. Y encima del conjunto el abrigo de astracán negro, ¿me lo
prestas?, pidió Vero a la madre al recordar la existencia del abrigo que Epaminondas Romero le
había regalado, un detalle traído de Nueva York en el invierno de 1987. Virginia recordaba haber
llorado de emoción al abrir la caja. Retiró el fino papel de seda y encontró doblado el abrigo de
astracán.
—¡Te ves divina! —exclamó cuando Verónica hizo una última prueba. ¿Podría acaso
decirle a Beatriz que la invitara? No habría problema, le dijo la hija, aunque prefería ir sola, la
cohibiría su presencia. Le encantaría sentirse acompañada por ella —se deshizo en excusas—,
estaba segura de que tendría mucho éxito, pero no sabría comportarse naturalmente, estaría todo el
tiempo pidiéndole aprobación en cada paso que diera. Y aunque Virgie comprendió las razones de
la hija, la entristeció no poder estar en el evento. Conocería gente nueva y distinta, podría hacer
relaciones públicas y vender la idea del gimnasio. Esto era lo decidido en la tarde, antes de que
Virgie tomara la iniciativa de llamar a Beatriz sin consultar a la hija. ¿Podía invitarla al desfile de
esa noche? ¡Claro que sí! —aceptó Beatriz. Entonces —le pidió confidencialmente a la amiga de su
hija—, llama a Vero y le dices que me invitaste, no le digas que te pedí el favor.
Verónica se sintió contrariada por la jugarreta de la madre. No podía humillarla poniéndola
al descubierto. Simuló creer que, en efecto, era la invitada de Beatriz. La asesoró en la elección de
la ropa, no sin antes aconsejarle que recordara su edad, tienes cuarenta y dos años, que lo que
vistiera no podía ser exageradamente juvenil. ¡Tengo cuarenta y uno! —corrigió Virgie. No la
estaba llamando vieja. Ninguna mujer de su edad —precisó Vero— podía exhibir como ella tanta
juventud ni derrochar tanto atractivo. Se lo decía porque, a partir de cierta edad e
independientemente de la Juventud, la austeridad era preferible al atrevimiento. ¿Qué tal este
vestido negro? —preguntó sacando del ropero la prenda. Le dibujaría mejor la silueta. Un discreto
escote en la parte superior, una insinuante abertura en los muslos, el ancho cinturón rojo que
apretaba la cintura y resaltaba las caderas. ¡Cómo le envidiaba sus largas piernas! —la consoló
Verónica. Y el cuello, un cuello largo y sin pliegues, al que con razón dedicaba cuidados
especiales, cremas hidratantes y afirmantes, constantes masajes.
Virginia desterró la primera sospecha de la tarde. Había pensado que Verónica no deseaba
tenerla como sombra en la fiesta. Una mujer madura, deslumbrante si se lo proponía contaba con
armas mucho más diabólicas que una adolescente. Su propósito no era competir con la hija sino
conocer "gente nueva". No desconocía el vínculo estrecho entre la publicidad, la moda y la naciente
industria de los gimnasios. Su intención no era otra que la de codearse con el alto mundo que
asistiría al desfile de esa noche.
Verónica le sugirió completar el atuendo con un último accesorio: la estola de zorro. Podía
jugar con ella, si se ponía nerviosa, podía envolver los dedos en sus puntas, coquetear al quitarla o
ponerla, mucho mejor que un abrigo, aconsejó la hija, porque serás la única mujer con estola de
zorro.
—¿Quieres de verdad que te acompañe?
—Claro que sí —dijo Vero sin convicción—. Beatriz quiere que presencies su debut de
modelo.
Jugaban a creerse sabiendo que se mentían. Y se mintieron toda la tarde haciéndose
cumplidos mutuos, sugiriéndose retoques o cambios sutiles en el maquillaje o el peinado, si te
recoges el cabello y despejas la frente haciéndote un moño resaltarás el cuello y la cara, le sugirió
Vero a la madre, pero la madre creía que el moño la haría ver un poco mayor. No, le dijo Vero, no
te hace mayor, te vuelve altiva e imponente, aprovecha tu porte de gitana, insistía la hija hasta que,
al final, Virgie optó por la frente despejada y el moño. No deseaba contrariar a la hija. Lástima que
ya vendí el BMW—dijo con pesar—. Tenemos que irnos en taxi. Menos mal que no había vendido
el collar de esmeraldas.
Antes de las siete de la noche salieron de casa hacia un hotel del Centro Internacional.
Verónica pensaba que debía haber sido sincera con la madre al insistirle que prefería ir sola al
desfile. Virginia lamentaba haberse hecho invitar sin consultar a la hija, por educación no le iban a
decir que no, aunque por educación o por el temor de no herirse siguieron simulándose armonía y
respeto. ¿Era normal que madre e hija recelaran una de otra? Era frecuente —sabía Verónica— que
las madres tuvieran celos de sus hijas, sobre todo si eran hermosas, si se daba la circunstancia
excepcional de estar conviviendo solas, la hija en plena la juventud, la madre alejándose de ella. A
Virginia empezaba a rondarla el temor de aceptar que no habría hombre en su vida, maduro o
joven, que no se sintiera atraído por Verónica. ¿No había sentido acaso las miradas de
Epaminondas, las burdas miradas del viejo verde complacido y seguramente excitado por la belleza
adolescente de su hija?
Lo sucedido aquella noche levantaría una barrera de aprensiones entre la madre y la hija. Si
Verónica estuvo todo el tiempo atendida y visiblemente cortejada por Pradilla, no podía decirse que
ella no hubiera llamado también la atención. Se sabía blanco de miradas. Cuando llegó la hora del
cocktail, después de haber presenciado el desfile de Beatriz en ropa interior —era la modelo más
joven del desfile y la ropa más atrevida la habían reservado para ella—, Virginia no sólo se sintió
blanco de miradas sino objeto de toda clase de atenciones. Me llamo Javier Upegui —se presentó
un hombre al verla momentáneamente sola.
Upegui era un hombre que pasaba de los sesenta años, convencionalmente trajeado de pantalón gris
y blazer azul marino, de escasos cabellos ralos y amplias entradas en el cráneo. A la distancia,
Verónica presenciaba la escena: un hombre mayor se acercaba a la madre, le hablaba, saludaba de
mano, ella sonreía, él decía al parecer algo gracioso, la sonrisa se convertía en carcajada, el hombre
arrebataba al mesero dos copas de champaña, le ofrecía una a Virgie, brindaban. Perdió la visión de
la escena cuando Pradilla la condujo del brazo hacia un extremo del salón y la presentó a un grupo
de amigos. Virginia siguió de reojo los movimientos de la hija, radiante porque Upegui le acababa
de decir algo al oído, tal era el bullicio de la sala, intrigada por la identidad del apuesto compañero
de la hija.
—¿Me dejas adivinar? —le había preguntado Upegui a Virginia—. Debes ser diseñadora de
modas.
Virginia jugó a las adivinanzas, rechazó otra de las conjeturas del tipo, ¿publicista,
entonces? ¿Libretista de televisión? ¿Redactora de una revista? Frío, frío. Le contó que estaba
montando un gimnasio, que dentro de poco, a más tardar dentro de cuatro o cinco meses, lo
inauguraría "con bombo y platillos". Sería un spa con todas las de la ley, con la más completa
dotación y el servicio más esmerado, instructores e instructoras profesionales, un médico
nutricionista, una fisioterapeuta, con servicio de sauna y cafetería, le enviaría su invitación.
—Mi tarjeta —dijo Upegui—. Espero que me invites.
Virginia leyó: JAVIER UPEGUI, CONSTRUCTOR. En la parte inferior, la dirección de su
oficina y los teléfonos.
Una copa tras otra, Upegui detenía al vuelo al mesero y renovaba los tragos. Aunque
Virginia quería saber qué clase de constructor era Upegui, a quien empezó a llamar por su nombre
de pila, pensó que no era prudente hacerlo en ese momento. Haría sus propias averiguaciones.
En uno de los extremos del salón, donde se accedía a un salón más pequeño, amueblado con
sofás forrados en terciopelo rojo. Verónica y Pradilla escuchaban a Beatriz, flanqueada por el
Gordis, como llamaba a todo momento al gerente de mercadeo. Mi Gordis, Gordis, ¿te gustó el
desfile? Hablaba de su experiencia de modelo. De sus pinitos de actriz. La escuchaban y miraban
como suelen mirar los hombres a una mujer joven y bella, vestida para el caso con una
transparencia más atrevida que la de Verónica. O las miraban a ambas, adolescentes soberbiamente
atractivas, acompañadas por dos hombres mayores que ellas. ¿No me han visto en la novela? Ayer
pasaron un capítulo en el que parecía la protagonista.
Verónica no dijo a Pradilla que había venido acompañada por la madre. No la avergonzaba
su presencia. Estaba radiante. Tampoco debía sentirse responsable de lo que ella hiciera, pues la
sabía capaz de introducirse entre desconocidos y hablarles como si fueran conocidos de siempre,
éste era, entre otros, el mayor de sus encantos, una extraordinaria capacidad para socializar en
cualquier medio. No era el tipo de mujer que se resignara a pasar sola una velada. No te preocupes
por mí —le había dicho Virgie a Verónica—. Sé desenvolverme sola.
Por momentos. Vero tenía la impresión de haber venido sola a la fiesta. Si la perdía de vista,
si Virgie se extraviaba con el amigo o se mezclaba con otra gente, no sería necesario buscarla, la
sabía capaz de moverse con soltura en el ambiente. Si la perdía de vista, como empezaba a perderla
al aceptar la propuesta de Pradilla, sentémonos cómodamente en esa salita —dijo señalando los
sillones y sofás de terciopelo rojo—, si se extraviaba en otro espacio, no le preocupaba en lo más
mínimo.
Pradilla, el Gordis, Beatriz y Verónica ocuparon la salita. Era evidente que el gerente de
mercadeo se tomaba con Beatriz más licencias que Pradilla con Vero. La abrazaba y besaba, le
repetía que había estado fantástica, su desfile había sido el más aplaudido, no dudaba del éxito de la
campaña. El próximo desfile se haría en Medellín. ¿Cuándo terminaba su actuación en la
telenovela? Le faltaban tres capítulos. Le esperaban desfiles en las ciudades más importantes.
Tendría que ver cómo le conseguía una asesoría de imagen. La mía no basta, le dijo. No se puede
ser objetivo cuando te ha picado el bicho del amor.
Verónica se tomó la libertad de pasar por un instante su brazo por el hombro del amigo y
éste aceptó el desafío: la besó a la ligera en la boca, dejó caer la mano sobre la transparencia de la
blusa y rozó involuntariamente uno de los senos. Al sentir el calor de una mano en el pecho.
Verónica hizo un rápido movimiento, no de rechazo, en ningún momento pensó rechazar la caricia,
sino un movimiento estratégico que devolvió la mano de Pradilla a su posición inicial. Disculpa —
le dijo él al oído. ¿Se disculpaba por el beso, por la caricia en el seno? Verónica aceptó las
disculpas. Tranquilo, le dijo.
La intimidad del pequeño grupo fue perturbada por la presencia de dos hombres que
saludaron familiarmente a las parejas. ¿Podían sentarse? No había problema —aceptó Pradilla. Y
los presentó a las chicas: el uno, el mayor, era el propietario de la agencia de publicidad para la que
trabajaba, el otro el vicepresidente de producción de un canal de televisión. El desfile había sido
todo un éxito. Sería un éxito la línea de ropa interior lanzada esa noche. Ya era hora de atreverse a
mostrar más de lo que se acostumbraba mostrar en esta clase de desfiles, un país como éste —decía
el vicepresidente de producción— tenía que dejar atrás el lastre de la falsa moral y modernizar
agresivamente sus estrategias de mercado. Celebraba que la nueva colección le diera importancia a
las transparencias, que redujera sugestivamente el tamaño de las prendas e introdujera por fin en el
mercado líneas que ya eran moda en Europa. Y en el Brasil —añadió el gerente de mercadeo. La
tanga nació en las playas de Copacabana.
¿Era también modelo la preciosura que acompañaba a Pradilla? No, era estudiante de
Administración de Empresas. No podía creerlo, exclamó John Peralta, el vice de producción. ¿Por
qué no se decidía por el modelaje? ¿Había pensado hacer un casting? Podría probar suerte en
televisión. Su programadora pensaba introducir en las noticias un segmento dedicado enteramente
al espectáculo. Se iban a necesitar muchachas muy hermosas y muy jóvenes. Porque quiero ser
administradora de empresas —intervino Verónica, consciente de que el vicepresidente de
producción desviaba la vista hacía las transparencias—. Si no puedo con la carrera, me paso a
Comunicación Social y Periodismo —añadió.
—¿Qué van a hacer más tarde? —preguntó el vice de producción. Había preparado una
reunión en la sala de juntas de su oficina. ¿Le harían el honor de asistir? —preguntó mirando
alternativamente a Beatriz y a Verónica, quienes miraron alternativamente a sus acompañantes.
¿Por qué en su oficina y no en su casa? Peralta respondió a Pradilla con una sonrisa maliciosa.
—¡Pobrecito Upegui! —dijo de repente y sin venir a cuento Isaías Bueno, el propietario de
Publicidad Ultra—. Desde hace una hora se le cae la baba de felicidad. No se separa de La
Tarzana.
—¿Quién es La Tarzana? —quiso saber Pradilla. Bueno se despachó a gusto con una
carcajada. ¿No conocía a La Tarzana? Desde que la vio en el salón trató de evitarla. La verdad es
que no quería ponerla en evidencia. Para un hombre que pasaba de los setenta años, no estaba bien
ponerse en evidencia, Si el pobre Upegui caía en las garras de La Tarzana, lo tenía merecido por
pendejo. Por ella estaba babeando. No podía negar que era una mujer hermosa, que esa noche
estaba radiante. No le pasan los años, dijo Bueno.
Una repentina intuición estremeció a Verónica. Si el tipo seguía ofreciendo detalles, la
intuición inicial se convertiría en una constatación dolorosa. Menos mal que no pasaba de ser un
relámpago.
Pradilla salvó el curso de la conversación y dijo que, con Tarzana o sin Tarzana, Upegui
nunca dejaría de ser un pendejo. Un pendejo afortunado —terció el Gordis. ¿No era el constructor
de fastuosas urbanizaciones en la falda de los cerros, de la Ciento Veintisiete hacia el norte? ¿No se
vendía de inmediato, todavía en obra negra, cada uno de sus proyectos de vivienda? El éxito en los
negocios no evita los fracasos en la vida—intervino el vice de producción. Ya me gustaría manejar
la mitad de la plata que maneja Upegui —dijo Pradilla con benevolencia. Yo, en cambio, no le
tengo ni un tantico así de envidia —dijo el vice Peralta—. Le debe a los bancos más de lo que
invierte, nadie sabe si la plata que maneja es de él o sólo administra la de otros. ¿De otros? ¿De
quiénes?, preguntó Bueno, pero Peralta respondió con una sonrisa.
—¿Y a quién le vende sus apartamentos de alto standing? —atacó de nuevo el Gordis—. A
los duros, son los únicos que pueden pagar trescientos y quinientos mil dólares por apartamento.
—¿Es cierto que fue el amante de Amparo Consuegra, la decoradora? —preguntó John
Peralta.
—Una sociedad perfecta —dijo Bueno—. Él construye, ella decora. Caminan sobre la
misma línea de crédito. Pero Amparito le salió torcida: llevaban seis meses de amores y el pobre
Upegui no sabía que a ella le gustaban los muchachos de la tele. Y, de paso, alguna muchachita.
—Los muchachos y las muchachas —dijo con conocimiento de causa el vicepresidente de
producción—. Hace poco la dejé asistir a una sesión de casting. ¡Si la vieran! Me rogó que le diera
un papelito a la muchachita que la volvía loca. Y tuve que dárselo. Asistía a las grabaciones, le
llevaba refrigerios especiales, salía de las grabaciones con la muchacha y se la llevaba a su casa. La
muchacha le salió viva: obtuvo el papel y le dijo chao a Amparito. Lección: invierte en acciones
seguras.
Miró de reojo a Beatriz. ¡Qué hijueputa!, pensó la muchacha. Está hablando del milagro,
sólo falta que hable del santo. No temas —le dijo al oído más tarde—. De esta boca no saldrá ni
una palabra.
No quedaba casi nada de la integridad de Upegui, sólo seguía a salvo su innegable éxito de
constructor. Verónica había sentido una refrescante brisa de alivio cuando la conversación tomó
otro rumbo. Nadie volvió a pronunciar el nombre de La Tarzana. Le quedó el escozor de la intriga.
¿Quién era La Tarzana? Podría haber salido de la sala con cualquier pretexto e identificar a la
acompañante de Upegui. No lo hizo. En medio de cuatro hombres, no valía la pena más certeza que
la felicidad de saberse el centro de atención. No volvió a rechazar los discretos avances de Pradilla.
A un hombre no se le pone en ridículo delante de sus amigos, no se hiere la vanidad de un hombre
poniendo en evidencia su fanfarronería o restándole importancia a su prestigio de conquistador,
pues no era otro el prestigio de Pradilla, un seductor irresistible, rodeado siempre de bellas mujeres.
Si invertía los términos de la evidencia, le convenía dar a entender que era la nueva presa de este
hombre, sin duda atractivo e inteligente. No había intervenido en el chismorreo que decapitó a
Upegui y coronó de glorias licenciosas a La Tarzana. Era un hombre discreto, no era fanfarrón
como el Gordis, en todo momento agarrado a la cintura de su amiga, en todo momento entregado al
besuqueo, como quien muestra a los demás los atributos de su conquista. Así que aceptó la
aproximación del nuevo amigo, la mano que tomaba su mano, la suave caricia en su piel, el brazo
que distraídamente acariciaba su cuello o los dedos que se entretenían ensortijando sus cabellos
rizados.
—Los espero en mi oficina —dijo Peralta. Y salió de la casa, acompañado por Isaías Bueno,
el Gran Jefe, como lo llamaba Pradilla. Le merecía todo su respeto, se lo merecía la agencia de
publicidad donde había hecho carrera gracias a la confianza de Bueno, a quien también debía el
haber hecho el tránsito de poeta aficionado a copy, de copy a creativo de éxito. Nunca olvidaría la
frase del Gran Jefe:
—Como poeta eres ingenioso, pero nunca serás un gran poeta. Usa mejor tu habilidad para
manipular palabras y conseguir efectos sorprendentes —le aconsejó—. Creo que el dadaísmo y el
futurismo, además de la poesía concreta, son el origen de la publicidad moderna. El mejor lugar
para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad.
Fue un consejo cruel y oportuno. Pradilla aceptó que hubiera sido mucho más cruel vivir
con la fantasía de ser un gran poeta y morirse de hambre en el propósito. Allí empezó a crecer su
afecto hacia el Gran Jefe. El incipiente bardo de veintiséis años, cuya gloría pasajera quedaba
registraba en revistas de aparición única, era hoy un publicista disputado por grandes empresas y
reclamado por políticos a quienes creaba imágenes de la nada. Si no tenían pasado, les inventaba el
presente. De allí los disparaba hacía el futuro.
No había abandonado la poesía. Escribía ocasionalmente poemas en verso libre, artefactos
humorísticos sobre la irrisión de la vida y paradojas sobre el ser y la nada. Si la publicidad le exigía
optimismo, la poesía que escribía secretamente era la expresión del más incorregible pesimismo.
No le molestaba que lo tuvieran por cínico ni que se dijera que había convertido el amor propio en
una de sus bellas artes. Amor propio o vanidad, lo dejaban indiferente los comentarios de los poetas
de su generación, aquellos que lo llamaban a pedirle favores o lo abordaban, sable en mano, en
tumultuosas fiestas de la tribu. Con gusto y sin mayores esfuerzos, sin esperar recompensa alguna,
ni siquiera la recompensa que verse publicado, Pradilla les conseguía avisos para sus revistas. Dos
Pradillas no caben en el mismo Parnaso —bromeaba al referirse al otro Pradilla, gran poeta y
amigo. Este Pradilla, pese a sus setenta años cumplidos, conservaba en el centro de Bogotá su
antigua oficina de abogado. Corregía allí sus poemas, leía a ratos, concertaba citas con secretarías
pobres. De vez en cuando invitaba al publicista homónimo a beber unos whiskies.
¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. No creía en el producto que vendía. Ponía
todo su ingenio en mentir, aceptaba antes de que lo dijeran sus enemigos. Jamás se le ocurrió
consumir los productos que promocionaba. Decía que tenía por norma llevarle la contraria a sus
campañas, sobre todo si eran exitosas. Detestaba la marca de cerveza que le permitió comprar un
apartamento, consideraba impresentable, además de corrupto, al senador que hizo elegir mediante
una sofisticada reelaboración de su imagen, jamás toleraría a una mujer que dijera usar las toallas
higiénicas que por arte birlibirloque o por el arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás
como la más delicada y extraplana del mercado, no correría el riesgo de viajar en la aerolínea que
recompensó a su agencia con una de las cuentas más seguras, las gaseosas le producían flatulencia
y aceleraban su ritmo cardíaco, la marca de yines que impuso no era más que una burda copia de
marcas establecidas en Estados Unidos, de confección defectuosa y tejido de lija. Sí, era un cínico
que se ganaba la vida imponiendo baratijas y mentiras. La publicidad es la única mentira que goza
de credibilidad universal —le dijo el Gran Jefe Isaías Bueno, orgulloso de tener en su nómina al
embustero más eficiente del mundo. Del país —corrigió Pradilla en un rasgo de humildad. No
sobes, carachas, que el mundo es lo que vemos y donde nos movemos, mijo.
Éste era el hombre al que Verónica cedió aquella noche el lado menos peligroso de su
voluntad. Si le vas a dar algo a un hombre, por poco que sea —diría después como si repitiera una
de las lecciones de la madre—, dáselo como si fuera lo más importante de ti. Le dio pues su
compañía. Y con la compañía la ilusión de sentirse perdidamente atraída por él.
Al salir de la salita en busca de la madre, respiró aliviada. Virginia conversaba
animadamente con Amparo Consuegra. Lejos de allí, Upegui daba vueltas al salón con una copa en
la mano, así que ya no sería posible identificar a La Tarzana ni vincularla con Upegui, menos aún
alimentar la sospecha que había cruzado un instante por su imaginación. Le dijo a la madre que la
acababan de invitar a una fiesta, que si deseaba quedarse un poco más en la reunión, por otra parte
agonizante, que se quedara, también podía acompañarla de regreso a casa.
—Leo nos hará el favor —dijo y aprovechó la ocasión para presentarle al amigo. Aceptó ser
llevada a casa y se despidió de Amparo Consuegra con besos en las mejillas. La notó nerviosa. Sólo
Verónica vio el gesto: Virgie extendió la mano hacia una mesita auxiliar, acarició el cenicero de
bronce y lo tomó con gesto distraído. Iba a decirle "no lo hagas", pero la madre ya lo había
introducido en su bolso.
En un rincón del salón, vaso de whisky en mano, Upegui conversaba con su sombra, pues
sólo con su sombra debía de estar hablando un tipo con la vista perdida en el trajín de las modelos y
el revoleteo de sus acompañantes. Un joven bien vestido, de unos cuarenta y pocos años, el mismo
que no había apartado los ojos de Beatriz, se acercó a hacerle compañía. Seguía con la mirada los
pasos de la modelo. Era Fabián Acosta, propietario de una cadena de joyerías.
—Vero me ha hablado mucho de usted —mintió Virginia al subir al Porsche.
Un hombre de cuarenta y pocos años, guapo y seductor, un Porsche rojo, traje de
Ermenegildo Segna, reloj barato en la muñeca izquierda, corbata Hermés y zapatos Sebago,
bastaban estos elementos para que Verónica completara el retrato robot del publicista. No mientas,
mamá, no me hagas quedar mal —debió de haber pensado Verónica.
Si se ha mirado siempre el paisaje y la vista se ha acostumbrado a convertirlo en emoción se
distinguirá un paisaje de otro. El paisaje que los ojos de Verónica habían empezado a convertir en
emoción era el paisaje que cubría cuerpos, vestidos, chaquetas, zapatos, marcas. Nada
extraordinario. Éste era el paisaje de la sensibilidad naciente, de la televisión y el cine, de las
revistas que ella hojeaba distraída. La mirada callejera se dirigía siempre a ese paisaje y lo
discriminaba como si se tratase de dividirlo en partes odiosas y admirables, irrelevantes y
llamativas. Las largas horas pasadas frente al televisor, con frecuencia más dormida que despierta,
si no dormida, adormilada en un sopor de imágenes y sonidos que se superponían y anulaban con la
imagen y el sonido siguientes, éstas eran las horas que moldeaban la mirada. Una nueva mirada,
distinta a la de la madre, que prefería el cine a la televisión, aunque compartiera con la hija el ocio
de sábados y domingos, ambas en pijama, entregadas al dulce hacer nada de las tardes, esa era la
mirada que Verónica y acaso también sus contemporáneos dirigían hacia el mundo.
Aquella noche, cuando la madrugada vestía a la ciudad con una irregular capa de neblina,
Verónica sintió que se le abrían las puertas de un mundo, que las llaves de ese mundo tintineaban
en la mano extendida de Pradilla. La reunión de unos pocos amigos en la sala de juntas del
despacho de John Peralta parecía apenas un pretexto para su cita con Alejo Jara, el joven
protagonista de la telenovela que su programadora lanzaría en unos pocos días. Le servía el whisky,
alababa la originalidad de la estrecha camiseta que vestía debajo de la chaqueta de lino. Peralta
había sometido al modelo de pasarela a cursos intensivos de actuación. Le había pedido al director
de la serie ser indulgente con él. El muchacho podía convertirse en un buen actor. Si no lo
conseguía, su belleza de ejemplar viril enloquecería dentro de unas pocas semanas a las
espectadoras. ¿A quién le recordaba su rostro? Tal vez tuviera algo, un no-se-sabe-qué que le
recordaba a Richard Gere.
Hacía las tres de la mañana, contrariando la petición de Virginia, no llegues muy tarde,
Verónica aceptó la invitación de Pradilla a su apartamento: tenia hambre, le ofrecía calentar un
tarro de sopa Campbell, tenía en la despensa pan tostado con ajo, no estaba seguro, creía que le
quedaban unas lonchas de salmón ahumado, le dijo Leo, tal vez quedara en la nevera una botella de
vino blanco.
No lo había vivido aún en carne propia. Ésta era la clase de trampa que los hombres tendían
a esas horas de la madrugada: una última copa en mi casa, un último bocado en mi sala, la música
oportuna, el oportuno ponte cómoda que ya regreso. Y aceptó la trampa, segura de que, en adelante,
sería ella y solamente ella la responsable de sus actos.
Y no había calculado mal. Leo encontró la botella de vino blanco, un Blanc de Blancs no
está mal, calentó el pote de sopa Campbell y sirvió el salmón ahumado con tostadas y mantequilla,
partió un limón en rodajas. No le dijo que se pusiera cómoda. Se ausentó unos pocos minutos y
regresó en mangas de camisa. Le preguntó si prefería el jazz o los boleros. No había alternativas:
jazz o boleros. Le dijo que esa sencilla litografía con la reproducción de la lata de sopa que iban a
tomarse era una de las obras maestras del más grande publicista de todos los tiempos. Pronunció el
nombre de Andy Warhol. Doble ve, a, erre, hache, o, ele —deletreó. Warhol. Puso en el tocadiscos
un disco de Frank Sinatra y le pidió que le hablara de su vida. "The lady is a tramp" —dijo para sí
tarareando la canción.
—¿Una trampa? —preguntó Verónica, aventajada alumna de inglés.
—"That's life"—respondió Leo citando otra canción de Sinatra.
No era una trampa. Lo adivinó al interpretar la conducta de Pradilla como una actitud
desdeñosa, amable en todo momento, distante en la manera de ignorarla. ¿La ignoraba acaso? Se
complacía sabiéndola cerca, espléndida en su belleza de dieciocho años. Y ella no podía por menos
que sentirse intrigada. Los hombres son siempre previsibles —le había dicho Virginia. No lo eran,
éste no era un hombre previsible. ¿Qué habría hecho un hombre previsible, veinte o más años
mayor que ella? Tratar de seducirla, envolverla en la tela de araña de su atractivo y en la sabiduría
mundana de sus palabras. Pradilla, en cambio, tarareaba las canciones de Sinatra y
le pedía que tararearan juntos la versión de "Yesterday". Le habló nuevamente de Andy Warhol y
de lo que le debía la publicidad del mundo a este genio, exhibicionista y marica, para más señas. Lo
de marica es un elogio —añadió. Le mostró la monografía del artista y se detuvo en los rostros de
Marilyn Monroe y Mao Tzedong, como se decía ahora, Mao Tse Tung, como se dijo antes.
Réplicas de tragedia y épica del siglo. Éstas fueron sus palabras: la tragedia de Marilyn, la épica del
viejo revolucionario que en edad avanzaba nadaba a brazadas de muchacho contra la corriente de
un río legendario.
—¿Más vino? —y volvió a llenar la copa de Verónica como si en el acto de llenarla
estuviera vaciando sus expectativas.
A las cinco de la mañana le propuso llevarla a casa.
Pidió permiso para ir al baño y él la condujo por el pasillo, abrió una puerta y dejó a
Verónica en un amplio cuarto, frente a un inmenso espejo horizontal. No necesitaba ir al baño,
quizá deseara esos instantes para aliviar fascinación eintriga. Se bajó hasta las rodillas el negro
pantalón de seda, recordó que no llevaba ropa interior, y se sentó en la taza del inodoro. Un breve
chorro amarillento tiñó el agua. Al levantarse, hizo el inventario de los objetos que estaban al
alcance de la vista: un frasco gigante de agua de colonia Roger Gallet, crema para las manos, jabón
líquido, un par de toallas simétricamente colgadas, una caja nacarada en cuyo interior encontró un
paquete de condones, crema humectante para el cuerpo, un cenicero de mármol y, en una de las
paredes, la reproducción de un cuadro de David Hockney. ¿De quién era la serigrafía que imitaba
los caracteres de la Coca-Cola para recomponer el nombre de Colombia? De Antonio Caro —le
dijo Pradilla al salir.
La verdadera pregunta, que daba vueltas de peonza en su cabeza, parecía imposible de
formular.
—¿Quién era La Tarzana de la que hablaban tus amigos? —quiso saber al buscar en el
perchero el abrigo de astracán.
—No sé —dijo Leo—. No creo que sea Amparo Consuegra, la decoradora.
La llevó de regreso a casa. Ella aceptó el tibio beso de despedida en la boca. Él esperó que
entrara y encendiera las luces. Y Verónica se inquietó al encontrar a Virginia despierta y a oscuras,
recostada en un sofá de la sala.
—No puedo dormir —le dijo a la hija—. Tengo sueño pero no puedo dormir.
—¿Te pasa algo?
Aunque Virgie le mintiera, Vero sabía que algo ocultaba la expresión huidiza de esos ojos.
La acompañó hasta el dormitorio, la ayudó a desvestirse, le acercó el pijama de seda, comentó
algún incidente nimio de la noche, Beatriz estuvo espectacular, ¿quería un alkaseltzer antes de
acostarse?, fue la reina de la noche, si vieras cómo la miraban esos viejos verdes, comentarios que
hizo sin saber qué más hacer o decir delante de Virginia.
—Duerme conmigo —le pidió la madre.
Pocas veces le pedía que durmiera a su lado, pocas veces y esas pocas veces fueron entre los
diez y los once años, mientras se acostumbraba a dormir sola en su cama de viuda. Si no lo pedía la
madre, lo exigía la niña, sonámbula silenciosa plantada al pie de la cama de la madre. Una foto del
ingeniero Oropeza descansaba todavía en la mesita de noche.
—Voy a buscar mi pijama —consintió Verónica—. Ya vengo.
La sintió despierta largo rato. Antes de que se hundiera en un pesado sueño de fatiga. Vero
tuvo la certidumbre de que algo le había ocurrido aquella noche a su madre.
—Estoy preocupada, Vero —se atrevió a confesar—. Mis cálculos se están quedando
cortos. Con lo que tengo no podré abrir el gimnasio que quiero.
—Duerme —le pidió la hija—. Después hablamos de eso.
Verónica se despertó primero que la madre. Bajó a la cocina y Teresa la recibió con alborozo. Vea,
niña Vero, lo que acaban de traerle —y le enseñó un precioso arreglo de rosas rojas, "The lady is a
tramp" —decía en la tarjeta sin firma. "Strangers in the night" —había escrito el remitente debajo
de la primera frase y debajo de ésta una última: "For once in my life".
Verónica tardó unos minutos en descubrir que se trataba de títulos de canciones escuchadas
la madrugada anterior. No alcanzó a comprender el significado del mensaje. "La señora es una
trampa", "Extraños en la noche", "Por una vez en mi vida", habría que armar el rompecabezas, si
era un rompecabezas, ordenar el enigmático desorden de las frases. Quiso llamar a Leo pero
recordó que sólo tenía el número de su oficina. Y era sábado. Así que no podría ordenar sola las
piezas sueltas del puzzle. Debía esperar hasta el lunes. ¿Soy una trampa? —se preguntó. ¿Fuimos
extraños en la noche? ¿Me verá una sola vez en su vida? Retiró la tarjeta del arreglo floral, le
ordenó a Teresa colocarlo en la sala y subió a su cuarto a tomar una ducha. La madre dormiría hasta
tarde.
Mientras se desnudaba frente al espejo, cambió la ducha por la tina. Se sentó a esperar que
la bañera se llenara, arrojó chorros de gel al agua caliente.
El espejo se empañó con el vapor.
Se sumergió poco a poco, extendiendo y abriendo las piernas.
Con una mano acarició lentamente sus pechos, con la otra jugó a enredar los vellos de su
Monte de Venus.
Cerró los ojos.
No era la primera vez que sentía el endurecimiento de los pezones ni la primera vez que,
con prudencia y casi con temor, acariciaba la felpuda superficie de su sexo, sabiéndose incapaz de
explorar más allá de la estrecha puerta de entrada, su cajita de sorpresas, como la llamaba de niña.
Cada vez que lo hacía disfrutaba de una sensación placentera, pero se detenía temerosa en ese
umbral. Una extraña orden, impartida por no sabía qué tiránico capataz, le prohibía prolongar el
placer apenas insinuado.
Con los ojos cerrados, abandonada de nuevo a un bienestar repetido e idéntico, hundió con
suavidad uno de sus dedos en la pared superior —frágil flor abierta del sexo—, lo movió como si
no lo moviera, rozando apenas la superficie, hasta que el calor subió al resto de su cuerpo.
No se detendría. La yema que recorría el extremo superior de la pared tibia y húmeda
tropezó con algo que se endurecía. Una minúscula y casi siempre oculta y viva parte de su cuerpo
respondía al recorrido de la yema del dedo, le ordenaba presionar con fuerza, trazar un lento
movimiento circular, convertir la presión y el movimiento en ritmo regular y continuo. No
importaba que ese sofoco, esa sensación desconocida, la estremeciera y ella misma se escuchara
gimiendo quedamente como si se tratara de una forma soportable y deseable del dolor, ni le
importaba que la respiración fuera acezante, que sus muslos, como si adquirieran vida propia
apretaran y aprisionaran su mano, ni que la pelvis se sacudiera espasmódicamente y la cintura
rotara al ritmo de la mano curiosa y amable.
Trazó un arco desde el torso hacia los muslos y gritó, Tuvo conciencia del grito inoportuno
y lo convirtió en un gemido.
Poco a poco, como si la abandonaran las últimas fuerzas que le quedaban, el cuerpo recobró
la liviandad del principio, una mano se posó exangüe en la superficie del sexo. Verónica dio gracias
a Dios por el milagro alcanzado.
¿Dar gracias a Dios? Ni su madre ni ella eran verdaderamente creyentes. La ausencia de fe
era asunto decidido sin convicción. Si se les preguntara, madre e hija aceptarían ser católicas,
aunque los ritos de la iglesia fueran apenas obligaciones de conveniencia. La religión era un tic de
la costumbre, aunque en ocasiones excepcionales pronunciaran el nombre de Dios.
Verónica cerró de nuevo los ojos.
El agua ya no era tibia. La espuma perfumada tenía el aroma indefinible de un olor
sobrepuesto a otro olor. Cuando quiso salir de la bañera, le temblaron las piernas.
El cuarto de baño le pareció borroso. El llamado insistente a la puerta, el ruido de nudillos
de dedos que golpeaban la obligó a vestirse con una salida de baño. Ya voy, mamá —dijo sin
aliento.
—¿Te sientes mal?
—No, ¿por qué? —respondió en voz ronca y baja.
— Me pareció oír que te quejabas.
—¿Que me quejaba? No, mamá —nunca la llamaba así—, me estaba acordando de una
canción y trataba de cantarla.
La madre aceptó la explicación de la hija. La notó pálida y temblorosa y le hizo creer que
tal vez se tratara de los tragos de la noche anterior. No le dijo, nunca se lo diría, que había
escuchado detrás de la puerta los progresivos gemidos, el grito ahogado, el chapoteo cadencioso de
un cuerpo en el agua.
—Lindas las rosas —cambió de tema—. ¿Las mandó Leo Pradilla?
—Un desconocido —dijo Verónica.
—Gracias por dormir conmigo —dijo Virgie—. ¿Me acompañas? Hoy empiezan a tumbar
las paredes para el salón principal. Me preocupa mucho ver que faltan todavía tantas cosas. Mañana
me llegan las máquinas de ejercicios.
—Ve tú primero —le dijo pasando el dorso de la mano por la mejilla de la madre—. Nos
vemos dentro de un rato.
Verónica sentía una debilidad desconocida en el cuerpo, sobre todo en las piernas, como si
de un momento a otro fueran a faltarle las fuerzas. Una rara paz interior, eso era lo que sentía en
aquellos instantes, una rara luminosidad en los ojos.
Verónica llamó a Beatriz. No esperaba la reseña de la noche anterior ni el relato de su aventura con
el Gordis. ¿Cómo se llamaba el Gordis? Frank Rueda, en realidad, Francisco Rueda. ¿Podía venir
un momento a su casa? Desayunarían juntas. ¿Qué había pasado en el apartamento de Leo? No seas
impaciente —le dijo— Todo eso y más te lo diré si vienes ya mismo a mi casa.
La esperó media hora. Vestida con sudadera y tenis blancos de Adidas. Beatriz traía a mano
los periódicos del día, abiertos en la página de Cultura y Espectáculos. Tres de las siete fotografías
de la crónica a seis columnas estaban dedicadas "a la joven modelo, revelación de la noche". A todo
color, en el centro de la página, Beatriz desfilaba de espaldas exhibiendo "la prenda más atrevida
del desfile", "la minúscula pieza que arrebató aplausos a los asistentes e hizo ruborizar a más de un
caballero en la espectacular velada de anoche". Dos columnas inferiores informaban sobre el
estreno de una ópera en el Teatro Colón. Se requería mucha curiosidad para detener la mirada en
una información asfixiada por el atractivo gráfico del informe sobre el desfile de anoche.
—¡Qué nalgas. Dios mío! —exclamó Vero al arrebatar los periódicos—. ¿Son tuyas?
—¡Mira ésta! —y le enseñó la foto donde desfilaba de frente exhibiendo un wonder brass
adornado de encajes. Por los bordes de la prenda se escapaban, como si lidiaran contra la prisión de
la prenda, las tonalidades marrones de los pezones. Un panti blanco dibujaba "con atrevimiento e
insinuante elegancia" el triángulo encarcelado "de la modelo y actriz Beatriz Lopera, una
adolescente que ya se perfila como la revelación de la temporada" La cronista ofrecía los nombres
de personalidades presentes en la velada, "el mundo de la moda y el espectáculo se dio cita anoche
para presenciar y aplaudir uno de los más glamurosos desfiles del año".
—¿Qué pasó en el apartamento de Leo?
—Nada, lo que se dice nada —respondió Verónica.
—¿Cómo que nada?
—Comimos salmón ahumado, bebimos vino blanco, escuchamos canciones de Frank
Sinatra.
—¡No te lo puedo creer!
—Créeme porque yo tampoco lo creo.
—¿Quieres que te diga lo que pienso? —empezó a decir Beatriz con expresión severa—. Si
no es marica, es impotente, si no es impotente ni marica, debe ser uno de esos tipos que te ven
muriéndote de sed y no te ofrecen ni un vaso de agua.
Marica, impotente, retorcido, despiadado o, tal vez, especuló Beatriz, un hombre demasiado
respetuoso. No se atrevió porque cree que eres menor de edad —dijo Beatriz. Sabe que tengo más
de dieciocho. Sea lo que sea —dijo Verónica—, no pensaba hacer nada con él.
Y era cierto. En la agenda de la noche anterior. Verónica esperaba los avances de Pradilla.
Estaba decidida a aceptar toda clase de caricias, a irse a la cama o a revolcarse en la alfombra, a
dejarse desnudar si era lo que él deseaba. Llegaría el momento de poner freno al desenfreno. La
apatía de Pradilla no era una decepción sino una ofensa. La privaba del placer de resistirse,
afrentaba su vanidad de mujer. ¿No le había dicho que era la más preciosa y perversa criatura jamás
vista en su vida? ¿No había estado toda la noche a su lado? ¿Y esas caricias en el cuello, ese roce
involuntario de la mano en su seno? No voy a mentirte —le dijo a la amiga—. Me dio rabia.
—Esos tipos son muy raros —trató de explicar Beatriz.
—¿Quiénes son esos tipos?
—Los hombres mayores, sobre todo los de la farándula —añadió disgustada—. Creen que
las mujeres deben arrodillarse a sus pies.
—Leo es un hombre muy inteligente. Y no es de la farándula —lo defendió Verónica.
—¿Qué es entonces la farándula? Es publicista y los publicistas trabajan con la farándula.
¿Dices que es inteligente?
—Por eso mismo, porque es inteligente parece más odioso. Para ellos, somos niñas jugando
a ser mayores.
—Mi Gordis es distinto: tierno, fogoso y un poquito rebuscado —dijo Beatriz—, No
esconde sus intenciones. ¿Sabes lo que me dijo? Que antes de conocerme creía que era impotente.
—¿Quién sedujo a quién, Beatriz?
—Yo—confesó.
—¿Por interés o porque te gustaba?
—Un poco por interés, otro poco porque me enternecen los gordos y los tiernos, los que
piden permiso para darte un beso.
—No me estás diciendo toda la verdad, Betty.
—¿Está mal que me guste un hombre por interés?
—Depende —transigió Verónica—. Gordo o flaco, feo o lindo, lo que importa es que no sea
pobre ni demasiado viejo.
—¿Ves? Lo que importa es que no sea pobre.
—Y que te abra las puertas del éxito. ¿Es eso? —preguntó Verónica.
La desafiaba. ¿No era el éxito la única obsesión de la amiga, el fin que buscaba sus medios?
No dijeron lo que pensaban más allá de este acuerdo: lo que importa es que no sea pobre. Beatriz
creía que una vez abiertas las puertas del éxito, más allá de ese primer paso decisivo, todo era
incierto, incluida la industria de la belleza, adonde entraba de la mano del Gordis. Frank Rueda,
pocas veces lo llamaba por su nombre.
—¿Sabe tu madre que te acuestas con tu Gordis?
—Si lo sabe, no le importa y si le importa no se atreve a reprochármelo. Cuando se pone a
hablar con sentencias, dice que el que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija. Me dice que
viva la vida que no pudo vivir ella. Pobrecita, se está volviendo vieja sin saber nada de la vida.
La pregunta rondaba desde hacía rato en la punta de la lengua de Vero.
—¿Cómo es un orgasmo, Betty, qué se siente?
—Un orgasmo es... —elevó los ojos al cielo— ...como un temblor de tierra... sientes que te
vas hundiendo en un hueco sin fondo.
En un plácido hueco sin fondo, habría dicho Verónica si las palabras no fueran tan esquivas.
No le parecía afortunada la comparación con un temblor de tierra, prefería pensar que lo
experimentado hace dos horas era una muerte sin muerte, la dulce agonía del cuerpo que volvería
purificado a la tierra, debe escribir el narrador al suplantar la voz del personaje.
—Tuve un orgasmo, Betty —exclamó y abrazó a la amiga —. Lo tuve yo sola.
—¿Sola y sin pensar en nadie?
—Sola y sin pensar ni siquiera en mi cuerpo. Virgen y un orgasmo en mi cuenta. La
virginidad —concluyó— no es como dicen la puerta de la desgracia.
La experiencia del orgasmo selló aún más el vínculo de las amigas. Lo sellaba, a manera de
machihembrado, una convicción confesada: quien a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija.
¿Aprendían ambas de sus madres o aprendían con la moral de la época? Poco a poco, como virus
que se extiende y acaba por contagiar a un número cada vez mayor de víctimas indefensas, la época
imponía costumbres y valores.
Virginia apenas dormía. Si no surgían problemas con la instalación de las máquinas, aparecían
errores en el acabado o en las oficinas, en las duchas o en la sala de baños turcos. Pedía plazos a los
proveedores. Cuando se solucionaban estos problemas, la desvelaba la fecha de inauguración y la
lista de invitados, la promoción de prensa y los recursos de una inversión que se reducía a
velocidad de miedo. El capital previsto no bastaría y si no bastaba tendría que solicitar un crédito
bancario y si el crédito era imposible buscaría un socio, en caso extremo podría hipotecar la casa.
Sus ahorros y su cuenta en dólares se iban por el desaguadero de los imprevistos y por el mismo
conducto se le iba a veces el ímpetu que había puesto inicialmente en su empresa. La abrumaba el
escepticismo. ¿Había apostado demasiado en ese sueño?
.
Fue cuando hizo su aparición providencial el constructor Javier Upegui. Se había mostrado
interesado en el proyecto, un gimnasio de lujo podía ser una inversión excelente, le dijo la noche
del desfile, pero Virginia no sabía si el constructor lo decía para halagarla, porque no había dejado
de halagarla y cortejarla, de pedirle detalles sobre su proyecto, si puedo ayudarte en algo no vaciles
en decírmelo. Y ésta fue la frase que, también providencialmente, recordó en uno de sus momentos
de mayor inquietud. ¿Por qué no un socio, por qué no Upegui?
—Llámalo —le aconsejó Verónica—. Si necesitamos un socio, ninguno como Upegui. Por
lo que oí esa noche, tiene un éxito increíble con su urbanizadora.
—¿Qué más oíste de él?
Estuvo a punto de repetir lo que se dijo de Upegui, un tonto exitoso en los negocios,
patéticamente desgraciado en sus amores, pero repetirlo la hubiera llevado a preguntarse sobre la
identidad de La Tarzana o a remover en las razones de sus presentimientos el enigma de la mujer
que todos llamaban La Tarzana.
¿Quién era realmente esa Tarzana de la que hablaron tan despectivamente? ¿Temían que
hubiera elegido a Upegui como su próxima presa?
—Javier Upegui me ha llamado dos veces —contó Virginia a la hija—. Quiere invitarme a
cenar. ¿Cuántos años le calculas?
—Sólo lo vi de lejos —dijo evasivamente—. Debe andar por los sesenta y pico.
—Me dijo que tenía sesenta.
—Después de los cuarenta, todos los hombres mienten.
Iba a decir; "como las mujeres, después de los treinta".
—¿Lo llamo o no lo llamo? —se impacientó Virgie.
—Acéptale la invitación y que sea ahora mismo.
Todo lo que concernía a Upegui parecía providencial ese día.
A medida que maduraba, Verónica adquiría una energía insólita. Su capacidad de decisión
sorprendía a la madre. Adivinaba en ella una personalidad obstinada, capaz de decidir por sí misma
en la adversidad. En muchos sentidos, desde los diez años, Verónica se había hecho a la sombra de
la madre, aunque esa sombra fuese con frecuencia una silueta ausente. La noche anterior, por
ejemplo, la hija demostró ser capaz de desenvolverse sola y sin la tutela de Virginia. Que hubiera
en principio rechazado su compañía y la hubiera finalmente aceptado con el tacto del vínculo filial,
revelaba en la muchacha un sentido de independencia que acabó por producir el estado de
melancolía que Virginia experimentó al regresa sola a casa.
De melancolía y desacostumbrada ternura. Por ello le había pedido dormir en su cama,
porque se sentía sola, porque temía perderla, porque sólo la ternura le daría la certidumbre de
tenerla aún a su lado. Verónica la sintió tranquila y complacida por la compañía, como si ese fuera
el calor deseado aquella noche.
A medida que la hija crecía, la madre temía el alejamiento paulatino, que un día, el día
menos pensado, Verónica aprendiera a volar y lo hiciera sola y sin su concurso. Hablaban a
menudo. Crecía la complicidad entre ambas, Pero Virginia no sabía si la puntualidad de sus
consejos era lo que su hija necesitaba en realidad. Gran parte de su vida era fingida, aunque la
viviera con la mayor naturalidad del mundo: sus amores, la prosperidad, el lujo de sus gustos. Lo
único que no era fingido era el deseo de construir su propio negocio. Si lo conseguía, habría
sorteado el riesgo de la servidumbre a hombres poderosos y ricos. Probablemente pensara así la
mujer que se había resistido con todas sus fuerzas e ingenio a las humillaciones de la pobreza. ¿No
la había sufrido de niña? ¿No la había evitado al casarse con el ingeniero Arturo Oropeza? ¿No la
había temido al enviudar siendo aún joven, madre de una niña de diez años?
Fue a cenar con Upegui. Él mismo la recogió en casa. Cuando salió del auto para recibirla y
abrirle la puerta, el hombre se inclinó reverencialmente. Y Virginia constató que, pese a estar
perfectamente ajustada a la cabeza, la peluca se desajustaba en la parte posterior del cráneo. Tenía
peluca, entonces. Y desde ese instante, mientras circulaban hacia el viejo restaurante de la calle 23,
a pocos metros de la carrera 7, Virginia no hizo otra cosa que pensar en la edad de aquel hombre.
¿Cuántos años revelaba? Tal vez sesenta y cinco. Ignoraba lo que sus amigos decían de él y
Verónica nunca le diría una palabra de lo escuchado en la fiesta. Lo que menos le importaba era la
edad y, de haber escuchado lo que se decía de él, tampoco le importarían las habladurías de los
amigos de Upegui.
Iba decidida a proponerle la vinculación a su negocio. La inversión prevista inicialmente se
estaba agotando, una inyección de capital y las relaciones del socio con el alto mundo era lo que le
faltaba para estar segura de que el futuro se abría en efecto como lo había deseado, un gimnasio de
lujo, clientela distinguida, liquidez suficiente para sobrellevar sin angustias los primeros meses.
—¿Cómo va tu gimnasio? —fue la primera pregunta de Upegui.
Había elegido una mesa para dos en uno de los extremo del restaurante, en la penumbra de
un rincón. ¿Un aperitivo? Virginia necesitaba algo fuerte. Una ginebra con hielo, agua tónica y
zumo de limón —ordenó ella. Upegui dijo; lo mismo de siempre. Y el mesero comprendió. Un
whisky doble de malta era lo que acostumbraba beber en el restaurante que frecuentaba al menos
dos veces por semana. ¿Quería la carta? El maître les recomendaba el cibet de jabalí. El mesero
conocía sus preferencias. Upegui pedía casi siempre escargots de entrada y steak au poivre como
plato principal. Mucha pimienta negra. Las papas al vapor, con mantequilla y ramitas de perejil.
Prueba los escargots —le sugirió a Virginia. Y el cordero asado —añadió. ¿Le traía el vino de
siempre? Sí, un Marqués de Cáceres del 82 —ordenó. Lo sentía mucho, doctor, se les había
acabado el Marqués de Cáceres, le ofrecía en cambio un excelente Marqués de Riscal.
—Con dificultades —dijo Virginia cuando retomó el hilo de la conversación—. Había
previsto una inversión pero mis cálculos se están quedando cortos.
Upegui fue al grano:
—¿Cuánto has invertido y cuánto necesitas?
No le dijo lo que había invertido. Calculó al vuelo una cifra y dijo que necesitaba doscientos
mil dólares. La calle 93 con carrera 16 era un sitio costoso, los arriendos estaban por las nubes,
menos mal que había pagado seis meses por anticipado.
Upegui se quedó unos segundos pensativo. Doscientos mil dólares —repitió para sí. Era lo
que valía el cuadro de Fernando Botero que acababa de permutar por una casita en la sabana a las
afueras de Cota. Si no había efectivo, Upegui acostumbraba hacer toda clase de transacciones,
terrenos por carros, apartamentos por obras de arte. Amparo Consuegra participaba a menudo en la
venta de las piezas de arte y éstas se volvían, de un día a otro, dinero en efectivo. Upegui construía,
Amparo decoraba, ambos vendían o canjeaban en un mercado que veía salir de debajo de las
piedras o las camas fabulosas sumas de dinero. Incluso después de haber dado por terminada una
relación tormentosa. Amparo y Upegui siguieron siendo socios. No le guardaba rencor. Total, se
decía Upegui, una mujer como Amparo podía ser mejor aliada en los negocios que en la cama. Así
que cuando repitió para sí la cifra dada por Virginia, Upegui la comparó con el precio del cuadro.
Estaba acostumbrado a esta clase de cálculos. El dinero se escondía, se volvía casi intangible, pero
salía de repente en operaciones de alto trueque.
El camino que había seguido el cuadro parecía absurdo: pintado en Italia, viajó unos días
por el Principado de Mónaco, fue vendido en Nueva York y repatriado a Colombia. Saldría de
nuevo para acabar en las manos de un colombiano de Miami quien, a su vez, podría en pocos días
venderlo por intermediarios a un "cliente anónimo" de Medellín o Cali. Se pagaban deudas con
obras de arte: los dealers recibían en consignación y vendían al contado o a plazos. Aceptaban
cheques posdatados. El cuadro de Botero, subastado en Nueva York, había llegado al inventario de
Upegui por medio de un cliente encaprichado con la casita de Cota, que valía menos que la pieza,
razón por la cual Upegui sumó al inventario muebles coloniales y dos retablos del siglo XVIII, una
camioneta Toyota recibida a su vez en un canje, y dos grabados de pliego de Salvador Dalí, cuya
autenticidad seguía siendo dudosa. Ni un solo billete o moneda de curso legal entró o salió en la
operación de compraventa.
Upegui pidió más pan francés para no dejar en el plato la salsa de los caracoles. Virginia lo
imitó. ¿Era correcto o de mala educación limpiar la salsa del plato con un trozo de pan? Lo imitó
también en la manera de paladear el tinto de la Rioja, la mejor elección para la tierna textura del
cordero al horno. Para Virginia, imitar equivalía a aprender. Lo había aceptado en años de vida con
el ingeniero Oropeza, quien se propuso desde el principio educar a la esposa, moldear las asperezas
de sus costumbres, prepararla para la vida social que ella conoció en esos largos diez años de
matrimonio.
—¿Así que necesitas doscientos mil dólares?
—Podrían ser ciento cincuenta mil —dijo Virgie.
—Que sean doscientos mil —dijo Upegui.
Se reunirían mañana a revisar las cuentas y poner en orden los papeles. Enviaría a su
abogado. ¿Le molestaba si no figuraba en las escrituras del negocio? Figuraría su abogado, en
realidad un testaferro dócil usado en algunas de sus operaciones. ¿Había tomado la precaución de
pedir facturas de cada compra? Le recomendaba facturación doble y, en lo posible, pagar de
contado. En caso de que un día decidiera traspasar o vender el negocio, su precio sería
sensiblemente más alto, le dijo.
Upegui pensaba que no había mejor recurso que invertir con un poco de ingenio. Quería ser
franco: compromisos con su banco le aconsejaban ser cauto en sus inversiones. Suscribirían un
documento privado, una formalidad, le dijo. No sólo estaba seguro del éxito del negocio sino de la
seguridad de su inversión. En tres días, a más tardar en una semana, tendría el equivalente de
doscientos mil dólares. ¿Los prefería en efectivo? —corrigió. En efectivo —dijo Virginia.
—Tomemos un trago en otra parte—propuso Upegui.
Virginia rechazó el postre. Mi dieta, coqueteó, pasando una mano por sus caderas. No la
necesitas —la halagó Upegui. No la necesito ahora, pero... La mano ascendió de la cintura e hizo
un lento, imperceptible recorrido hacia arriba. No necesitas dieta —repitió Upegui. Gracias —fue la
breve recompensa de Virginia. Se dedicó a informarle que su peso y sus medidas se mantenían en
un nivel aceptable, que había suprimido las harinas y que excepcionalmente, como hoy, se permitía
la irresponsabilidad de probar el pan y las salsas, prefería el pescado a la carne, las ensaladas eran
su obsesión, las ensaladas y las frutas, ahí estaba el secreto, y mucha agua, bebía al menos nueve
vasos de agua diarios, caminaba o hacía ejercicios puntuales. Y mientras lo decía, miraba con
codicia el tiramizú que Upegui devoraba en grandes cucharadas. ¿Una copa? No, gracias. Debía
tener cuidado con el alcohol
Hay hombres previsibles. Toman las decisiones esperadas por las mujeres. Y ninguna decisión es
más previsible que la tomada por hombres que pretenden seducir a una mujer. Las estrategias se
repiten con regularidad porque han probado su eficacia. Podría aceptarse que, por lo rutinarias, no
exigen el concurso de la imaginación. Si fueran imprevisibles o menos rutinarias, correrían el
riesgo de fracasar o producir desastres en la vanidad. Así que, precisamente por lo previsible, la
estrategia dio los resultados esperados por Upegui.
—Estaríamos más tranquilos en mi apartamento —propuso.
Y Virginia aceptó la propuesta de tomar un trago en casa de un hombre que conocía apenas,
previendo quizá lo que contenía la propuesta. ¿No estaba en juego una inversión de doscientos mil
dólares?
Que el constructor Upegui viviera en Teusaquillo, que su apartamento fuera en realidad una
vieja casa de dos pisos, tomó por sorpresa a Virginia. ¿Por qué tan cerca del centro y en un barrio
tan venido a menos? Pensó que Javier vivía en el norte, imaginó su apartamento en un edificio
levantado en la falda de los cerros. Vivía en Teusaquillo —le explicó— porque las casas que
quedaban en el sector eran joyas arquitectónicas. Ya casi nadie las usa de residencias, dijo. Las
compraban o arrendaban, pero él se había entusiasmado con la idea de conservar la casa como
vivienda, una excentricidad, pues vivía solo desde hacía quince años, solo y sin hijos, divorciado de
una mujer de cuyo nombre no quería acordarse. Una vivienda espaciosa de dos plantas con
antejardín y garaje, con una chusca buhardilla que le servía de estudio. El área social, sala y
comedor, en la primera planta. Su dormitorio en la segunda. Al fondo, atravesando los pasillos, tres
habitaciones más. En principio, estas casas fueron habitadas por familias numerosas de alto rango
social. Que mirara bien. La cocina y el cuarto de servicio eran gigantescos. Había un cuarto que
podía destinarse al mayordomo. Como él no tenía mayordomo, lo había convertido en un depósito
de muebles y trastos viejos. Ya no se hacían acabados como éstos ni se concebían suelos, armarios
y escaleras de madera fina, las chimeneas eran una rareza, aunque empezaba a estilarse la
recuperación de la chimenea como adorno de la sala.
Las explicaciones de Upegui iban de la generalización a los pequeños detalles. Qué vaina
con la seguridad. Las circunstancias obligaban a tener vigilancia permanente. La ciudad crecía y se
empezaba a volver incontrolable el manejo de la seguridad, sobre todo en estas casas, vulnerables
en todo sentido. No bastaban el celador de la cuadra ni la garita de la esquina. Aunque tener un
vigilante privado no disminuía la inseguridad, lo tranquilizaba un poco contar con ese hombre de
confianza.
—¿Qué te sirvo? —preguntó después de encender las luces de la sala—. Mi empleada está
durmiendo.
Prefirieron el vino al whisky. No volvieron a hablar de negocios. Aunque estuvo a punto de reírse
por el repentino avance de Upegui, Virginia aceptó hacer el ridículo debajo de un hombre que se
había abalanzado sobre ella y desordenaba su ropa antes de caer de bruces.
El sofá no alcanzaba para dos, así que Upegui resbaló aparatosamente cuando ella, en un
gesto involuntario, trató de salvar un brazo aprisionado por los brazos del pulpo que la rodeaban.
Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse y se encontró de pie, abrazada al tipo que le
babeaba cuello y orejas y le desabotonaba la blusa con tanta prisa como ansiedad. Lo ayudó en la
tarea: se desnudó con paciencia. Supo desde el primer instante que tenía que guiar a Upegui,
llevarlo de la mano y conducirlo adonde deseaba llegar, adonde no llegaría si lo dejaba hacer solo
sus cosas. Hay hombres que nunca aprenden, se dijo. Envejecen y no aprenden, siguen siendo toda
la vida adolescentes con urgencias, ¿La alfombra o la cama? La alfombra, decidió ella. Se evitaría
el tramo de la escalera hacia el dormitorio de la segunda planta.
En ropa interior, Virginia empezó a desnudar al inexperto: la corbata, la camisa, el cinturón,
los pantalones. Se rió sin querer ser ofensiva cuando vio a Upegui en calzoncillos y medias, un
cuerpo enjuto y amarillento, de vientre prominente. No te muevas, le ordenó obligándolo a seguir
de pie. Se arrodilló entonces y buscó entre los calzoncillos. Encontró un pequeño juguete flácido.
Trató de animarlo con masajes, con el roce de sus labios, con la saliva venenosa. Consiguió un
breve saludo traducido en algo que podría ser una erección. Upegui gemía y Virginia hacía lo
imposible por contener la risa. Lo que sintió en la boca al cabo de un rato de esfuerzos fue una
flexible masa sin vida. Upegui susurraba, gemía, no podía evitar los retorcijones, lo que obligó a
Virginia a extenderlo bocarriba en la alfombra. Podía haber reducido el patetismo de la imagen
quitándole los calzoncillos, pero disfrutaba sabiendo que todo en aquella escena estaba condenado
al patetismo. Siguió ocupándose de la flexible masa muerta, como si, por distracción, aceptara
seguir jugando con un pene que no era pene, con un hombre que no era hombre.
El juego no conduciría a ninguna parte. Upegui gemía, continuaba retorciéndose. Cuando la
boca se fatigó del juego, Virginia se sirvió de una mano. Ni boca ni mano, concluyó, harían el
milagro. Cambió entonces las reglas del juego: una mano acariciaba la flexible masa semidormida,
la otra, decidida y más eficiente, se acariciaba el coño. Que la mirara, esperaba que, mirándola,
Upegui disparara un oculto dispositivo erótico.
Upegui miraba esta variante del juego: una mujer abierta de piernas, el dedo corazón que
acaricia la rosada entrada de la caverna, que se la acaricia con suavidad e invita a ser mirada cuando
la suavidad pasa a ser el ejercicio drástico del dedo presionando con fuerza. Alcanza a ver los ojos
vidriosos de Upegui, alcanza a presentir la aparición del milagro: la pequeña, maleable masa
dormida se despierta entre sus dedos, se despierta sin abrir del todo los párpados. Un despertar sin
despertar. Unos instantes, los suficientes para que Virginia Sienta caer el cálido, exiguo elíxir
blancuzco, salido de una pequeña, semidormida fístula. Saberlo y sentirlo no la distrae del propio
empeño. Ha cerrado los ojos y sólo existe para sí misma.
Si el grito de Upegui pareció un desgarramiento de pánico, el de ella, continuado, fue un
aullido, un largo, extendido maullido de gata. ¿De gata? Si alguien le hubiera hecho el seguimiento
de esos gritos —testigos no faltarían— hubiera concluido que Virginia había adoptado como propio
el grito del hombre de la selva. ¿No venía de allí el apodo de La Tarzana?
Desde esa noche, sin quererlo, cada vez que imaginó a Upegui reconstruyó piadosamente
aquella escena. ¿Por qué los hombres se empecinaban en tomar una y otra vez los caminos del
fracaso? ¿Por qué pretendía Upegui hacer el amor —Upegui no era sino la metáfora de otros
Upegui— sin temer la caída en el ridículo? La piedad presta su estilo a la mentira. Piadosa mentira.
Lo que le dijo al verlo derrumbado y acezante fue una mentira piadosa, una recompensa inmerecida
como todas las que Virginia ofrecía a hombres como Upegui.
—Estuviste fantástico —le susurró.
—No tienes que mentirme —dijo el con la voz entrecortada.
—Estuviste fantástico cuando me mirabas —corrigió.
Se vistieron en silencio. Melancolía y silencio.
Virginia descartaba la idea de convertirse en amante de Upegui. No era un pelafustán
cualquiera. No mezclaría los negocios con la cama y menos cuando este hombre le prometía entrar
en sociedad. También Upegui descartaba la posibilidad de convertirla en su amante. Pero la
repetición de los encuentros, tantos que se volvieron rutinarios, los volvió amantes sin ser amantes.
¿Que Upegui era un obstinado en su empeño de acostarse con ella sin contar con los recursos para
hacerlo satisfactoriamente? Qué importaba. Aceptó el hecho y se resignó a hacer el amor con un
hombre que no sabía hacerlo. Fue más allá de la resignación: trazó su propia estrategia. Si a Upegui
le gustaba revolcarse y sobajearse con ella, pondría todo el empeño en esas relaciones. Le haría el
amor con la sabiduría de una hembra, ignorando las carencias del viejo. ¿Que se excitaba más
mirándola que acariciándola? Lo complacería en ésta y otras obsesiones. El viejo no era lo que se
dice impotente. Si no alcanzaba la erección en el grado de dureza exigido para penetrarla sin que el
adminículo se deshiciera en su flacidez, habría que descartar esta modalidad. Se lo dijo a Upegui en
otras palabras, expresiones de consolación: el error de muchos hombres consiste en creer que todo
se reduce a meterla. Lo conminó a hacer lo que se le antojara, todo menos exponerse a fracasar en
el intento de penetrarla. Como si se tratara de un discípulo dispuesto a aceptar como verdad lo que
ella le enseñara, Virginia instruyó a Upegui en otras técnicas amatorias. Le enseñó a maniobrar un
vibrador y lo condujo por vericuetos distintos a los habituales. ¿No le gustaba verla en cuatro patas
y de espaldas exhibiendo la abundante redondez de sus nalgas? Le enseñaría a besárselas. ¿No le
gustaba sentirse lamido como cachorro? Lo lamería con dedicación de orfebre, mordería sin morder
sus testículos, enmarcados en un precario paisaje de canas, metería un dedo en su trasero, lo
llevaría al centro de su cuerpo y le insinuaría quedarse allí como quien busca afanosamente un
tesoro. Se proponía encoñarlo. Si lo conseguía, Upegui no sería solamente un amante dócil sino el
mejor de los socios.
No dejó de mentirle, mejor dicho, de halagarlo. Susurraba en sus oídos palabras y
expresiones que derretían al viejo. Acostumbró esos oídos a repentinas suciedades y a tiernos
insultos. Le pidió canjear afrentas por afrentas, elementos de un juego amoroso que excitaban al
hombre, momentáneamente, pero lo excitaban como no podía excitarlo la modalidad clásica de
conseguir una erección destinada a penetrarla por instantes. A Upegui lo calentaban las frases
afrentosas. Si lloraba, porque adquirió pronto la costumbre de llorar de manera inexplicable en
brazos de Virginia, lo hacía de manera desconsolada y sin complejos. Lloraba por el fracaso de los
pasados amores, por su impotencia viril, por la felicidad de sentirse consentido al lado de esta
mujer sabia y paciente. Un llanto quedo, como de niño que reduce gradualmente la intensidad de
sus quejas. Es el momento propicio para ofrecerle consuelos. Virginia lleva sabiamente la cabeza
del viejo hacia un pecho y lo amamanta con la abnegada ternura de una madre. Upegui chupa ese
seno, detiene el llanto, se escucha el chup chup de sus labios en la teta generosa, se adormece en el
regazo. Busca el otro pecho. Virginia cierra los ojos y piensa en la inminente apertura del gimnasio.
Recuerda que nunca amamantó a Verónica y siente por primera vez el gozo supremo de una
maternidad tardía. Son como niños —piensa.
Todo sucedía como lo había esperado. La inyección de capital precipitó felizmente la última
fase. Upegui llamó a Amparo Consuegra, Amparo puso a su disposición una agenda valiosa. Se
ofreció a colaborarles con ideas que darían al spa una decoración más sofisticada y moderna.
Posmoderna, dijo Amparo. Pensaba en módulos geométricos. Me inclino por la asepsia, explicó
Amparo, dedicada en las últimas semanas a hojear revistas de decoración europeas. Había que
recuperar la sólida dignidad del hierro en vigas y escaleras.
Mientras Virginia y Upegui vivían su historia de amor sin amor, Verónica había vuelto a
encontrarse con Guido Leonardo Pradilla. El descubrimiento del orgasmo, encontrado en una
paciente sesión de frenesí solitario, estimuló la curiosidad de saber si podría alcanzarlo con un
hombre. El envío de las flores y los mensajes cifrados con títulos de canciones de Sinatra iluminó
un rincón inexplorado de su curiosidad. Si no le enviaba flores, le hacía llegar cajas de bombones o
trufas.
Pradilla la invitó a cenar después de haberse ausentado cinco días de la ciudad. Un viaje
relámpago a Nueva York, le dijo. El Gran Monstruo de belleza apocalíptica, así definió a la urbe.
¿Qué hacía en Nueva York? Un encargo de Isaías Bueno, mejor dicho, un viaje de exploración a
nombre del Gran Jefe. Alguien muy poderoso estaba interesado en invertir en su empresa. Crecería,
se volvería más competitiva. Pero Bueno decidió a último momento no convertir la obra de su vida
en la fácil carnada de un pez gordo. Primero, serían sus socios, después se lo comerían vivo. En
esto acababan esas alianzas. ¿Le aburría conocer esas minucias? No, por el contrario, le interesaba
saber cómo era el asunto de las fusiones empresariales, le dijo inocentemente Verónica. Ahórrate
los estudios y las teorías: la empresa chiquita necesita capital para hacerse un poco menos chiquita;
llega el grande con sus manos abiertas, ofrece unos millones y, el día menos pensado, zuas, abre las
fauces y engulle a su socio. El viaje a Nueva York había sido en todo caso divertido. Pudo al fin ver
la retrospectiva de David Hockney.
:
Volvieron a comer salmón ahumado y a beber champaña francesa mezclada a partes iguales
con zumo de naranja. Volvieron a escuchar hasta tarde viejas canciones que llenaban el ámbito del
salón con melodías desconocidas por ella. Unos pocos, tiernos besos, alguna caricia sin más
intención que la de sentir la tibia piel de la adolescente. Piel de manzana, ¿conocía la canción de
Joan Manuel Serrat? A propósito, le dijo a Verónica: espero que te guste. Ella abrió la pequeña caja
envuelta en papel regalo: contenía un perfume de Carolina Herrera.
Cinco encuentros —Vero los contaba como si fueran la cifra de sus expectativas— y
todavía no asomaba en el horizonte nada de lo esperado por ella. ¿Por qué no trataba de seducirla?
¿Por qué no la desnudaba, carajo? ¿Por qué ese grave, bajo tono de sus palabras no se alteraba y
perdía el control en un rapto de macho? Empezó a desearlo en silencio. Pradilla prefería la
alfombra y los almohadones. Desde allí, desde el suelo afelpado, la ilustraba en la grandeza de un
concierto de Pink Floyd, le pedía poner atención al escuchar 'The dark side of the moon",
ponderaba el sonido de la guitarra flameante tocada por John McLaughlin, se devolvía con
mesurada nostalgia al peculiar sonido de Supertramp y The Cure. ¿Quién cantaba esa canción?
Bryan Ferry, Extendida en la alfombra blanca y abultada, Verónica dejaba que su blusa enseñara
vientre y ombligo, que los botones salieran de sus ojales y quedaran expuestos a la mirada sus
hermosos pechos intactos. Ya no se estilaba el topless, pero ella acostumbraba prescindir del
sujetador, sobre todo en sus visitas a Leo. ¿Lo había visto hacer en una película, repetirse en
telenovelas actuales? No, Verónica recordaba que, en la década pasada, los fabricantes de sostenes
habían pasado por la peor de sus crisis. Pradilla descubrió un pequeño lunar en el seno izquierdo.
Lo tocó con el índice de su mano derecha y le dijo que era como un delicado adorno, una manchita
deslumbrante en los senos más espléndidos que ojos de mortal habían visto. El gesto ruborizó a la
muchacha. Las palabras la hicieron reír. Los pechos más divinos que lengua inmortal decir no pudo
—siguió Leo con su parodia. Nadie le había dicho antes nada sobre el lunar del seno. Sintió el calor
que se extendía en su cuerpo.
Leo no pasó de ponderar aquel adorno negro emplazado en las espléndidas formas de un
seno. Una manchita deslumbrante, la frase quedó grabada en la memoria de Verónica ¿Por qué no
se los acariciaba? ¿Por qué no le quitaba la blusa y ponía esos pechos en su boca si ella no hacía
nada distinto a ofrecérselos? Tuvo una fantasía instantánea: Leo le rasgaba a dentelladas la blusa, a
zarpazos la iba liberando de las ropas se resistía sin querer resistirse ni poder evitar la fogosidad de
aquel hombre. Aterrizó en la realidad. Estaba cansado, le dijo Leo a Verónica antes de la
medianoche. Tenía que preparar un informe para el Gran Jefe. ¿Lo perdonaba si no la llevaba a
casa? Le llamaría un taxi.
—¿Será verdad que es marica? —le preguntaría después a Beatriz Lopera.
—¿Ni siquiera te toca?
—No como yo quisiera.
¿Qué hacían entonces? Escuchar música, beber champaña, arruncharse sobre la alfombra,
tomarse de las manos. ¿Qué había hecho en el hotel de Villa de Leyva donde habían pasado un fin
de semana? Dormir en camas separadas, pasear por el campo, tomarse a duras penas de las manos y
besarse con besos de niños.
¿Le había notado algo raro?
Nada, marica no parecía, era todo un macho. O lo parecía. Y lo que era peor: un macho que
le atraía como nunca le había atraído macho alguno. Esa voz, ese tono bajo, la música en cada
palabra, esa elegancia sin el propósito de ser elegancia, el cuidado de la ropa, los pantalones de
liviana lana virgen o de pana francesa, las camisas de seda italiana, las corbatas inglesas, los
zapatos, una elegancia natural y negligente como su manera de hablar de las cosas sin darles
importancia, la manera de descorchar sin escándalo la botella de champaña, el estilo al servirle la
copa, de detener el ascenso de la espuma posando la yema de un dedo en el borde de la copa, la
mirada a los ojos en el instante del brindis.
Verónica conoció lo que era "el estilo". Los hombres tenían o no tenían estilo, pensó.
Pradilla se reía de las tonterías que ella decía, le restaba importancia a lo que ella creía importante.
La escuchaba. Sabía escucharla sin darle consejos. Le pedía repetir sus anécdotas y le daba la
certidumbre de haber sido escuchada, nimiedades de niña, tribulaciones de adolescente,
contrariedades domésticas. Resultaba —le decía Verónica— que su madre tenía un nuevo amante,
ese tal Upegui, muy viejo para ella, y él escuchaba sin censurarla, con esa sonrisa de perdonavidas,
es lo que más me atrae y lo que más odio, le confesó Vero a Beatriz, esa sonrisa permanente en los
labios.
Aunque estuvo a punto de aceptar la idea de que aquel hombre era un gay escondido entre
sus buenas maneras, rechazó la sospecha. Lo que había averiguado sobre él hablaba de un seductor
arisco, amigo de sus antiguas amantes, solitario y exigente en su vida social, un publicista brillante
al que le atribuían amoríos turbulentos y una antigua pasión de la que nunca hablaba. Siendo muy
joven, había vivido en París, entre 1968 y 1969. Había iniciado estudios de arquitectura, después de
diseño gráfico, pero la inquietud de su vida lo llevaba a abandonar las carreras iniciadas. ¿Qué
representaba la reproducción de esa pintura clásica? En Chipre existió un rey llamado Pigmalión.
Nunca se le conoció mujer alguna. Se dedicaba con pasión a pulir sus esculturas. Concibió una, de
una hermosa mujer que, poco a poco, alcanzó la perfección de la hermosura. La llamó Galatea, Un
día, la escultura cobró vida. Pigmalión se enamoró perdidamente de su obra. Se casó con ella, tuvo
hijos y fue feliz —le refirió Leo tratando de satisfacer la curiosidad de la muchacha cuando, en
verdad, lo que había conseguido era abrir en su mente nuevas preguntas inquietantes. ¿Se
enamoraban los hombres de una criatura hecha con sus propias manos, concebida como obra de una
perfección inalcanzable en la realidad de los mortales? ¿Se enamoraban solamente de lo que
moldeaban con sus manos?
Cinco encuentros íntimos y nada de nada, ni una insinuación. ¿Sería igual si se atrevía a
dormir con él, si se las ingeniaba para quedarse en su apartamento y compartir accidentalmente su
cama? En Villa de Leyva todo había sido un fracaso. La idea la rondaba desde hacía días. No sería
difícil convencer a la madre de que se quedaría en casa de una amiga, en tu casa, por ejemplo, le
dijo a Beatriz. Viéndolo bien, ni siquiera sería necesario mentirle. Hasta entonces. Leo la
acompañaba en la madrugada hasta su casa y la despedía con un beso en la boca. Ella esperaba un
abrazo apasionado en vez del repetido hasta mañana, una larga despedida con fuego que encendiera
el fuego. Solamente un beso en la boca, sin abrazos ni fuego.
Beatriz Lopera la ayudó a trazar y perfeccionar la estrategia. Estrategia de adolescentes
ancladas en sus fantasías. Volvería al apartamento de Pradilla, dejaría pasar el tiempo hasta que se
hiciera tarde. Se vestiría pensando en cada detalle: olvidarse del brasier, llevar una falda cómoda y
un suéter, no estaría mal ese amplio suéter de lana abierto en V, aunque lo mejor, le aconsejó
Beatriz, sería ponerse un vestido entero con botones de arriba abajo, ese sencillo vestido de seda
negro, si se pasaba la mano por la superficie de la seda se acariciaría la piel, se sentirían sus formas,
a lo mejor descubriría que no llevaba ropa interior y, al imaginársela desnuda, encendería el apetito
del hombre hasta ahora indiferente.
¿Sin calzones? ¡Cómo se le ocurría! Podría, eso sí, dar la impresión de no llevar pantaleta si
elegía una tanga. Todo tenía que parecer espontáneo, hacerse invitar por el amigo, vestirse con
deliberada coquetería y sin agresividad, repetir el ritual de la música y la champaña, el reposo en la
alfombra, la noche deslizándose por la superficie dilatada del tiempo, una de sus canciones
preferidas arrullando el ambiente. Fantasía de adolescente.
Tenía miedo, aceptó Verónica. ¿Y si no resultaba? ¿Si Leo, en lugar de invitarla a dormir en
su cama le ofreciera el cuarto de huéspedes? Si hacía el oso, sería como abrir una herida en su amor
propio. ¿Era posible que un hombre mayor de cuarenta años se mostrara tan indiferente ante la
belleza de una muchacha de dieciocho? Indiferencia estudiada, puede ser eso, le dijo Beatriz. Había
visto una telenovela en la que el galán se mostraba indiferente ante la chica que se desvivía por él.
Resultaba que la indiferencia no era más que una estrategia para atraparla en sus redes. Así eran
ciertos hombres. Calculadores —concluyó Beatriz. O temerosos del rechazo. Actuaban sólo cuando
tenían el triunfo en las manos.
El estruendo de un rock de los 60 interrumpió el trazado, de la estrategia. Happy days, el bar
donde se encontraron esa noche, era frecuentado por Beatriz desde hacía dos años, cuando aún no
había cumplido los diecisiete.
—Mira a ese muchacho —llamó la atención de Verónica—. Me lo encuentro aquí cada vez
que vengo. Siempre viene solo. ¿No es divino?
—¿Te gusta?
—Me lo comería de un bocado.
—Inténtalo.
—Me da pena con mi Gordis.
Se ausentó unos minutos, voy al baño. Al regresar. Verónica descubrió una mancha blanca
en la punta de la nariz de la amiga. No le dijo nada. Se la limpió con la yema de un dedo. Beatriz
atrapó el dedo con la mano y se lo llevó a los labios. Verónica sintió la cálida humedad de la saliva
en el dedo. Beatriz se había citado con amigos en otra discoteca de la Zona Rosa, ¿quería
acompañarla? No, cojo un taxi y me voy para mi casa, le dijo Verónica.
Verónica aprovechó la ausencia de Virginia. Upegui la había invitado a pasar el fin de semana en
un hotel de Chi-nauta. Eligieron el lugar para discutir detalles sobre la continuación de las obras del
gimnasio. ¿Podía quedarse en casa de Beatriz? Virginia le dijo que lo hiciera, era preferible a
quedarse sola en casa. Eso sí, que tuviera cuidado. Si pensaban salir, que lo hicieran a lugares
seguros y conocidos, esta ciudad se está volviendo demasiado peligrosa, atracan a las muchachas y
las violan, les echan escopolamina en la bebida y abusan de ellas, las sacan del carro a punta de
pistola y ya se puede imaginar lo que hacen con ellas. Que tuviera cuidado. ¿Qué se había hecho
Leonardo Pradilla? ¿Lo seguía viendo? Debería tener cuidado con hombres mayores que ella, no
desconfiaba de él, por el contrario, era un tipo encantador, podía ser su padre, le advirtió con
amabilidad. Las adolescentes huérfanas —pensaba Virginia— se encaprichaban con hombres que
podrían ser sus padres.
Virginia se atrevió por fin a formular a la hija una pregunta que guardaba desde hacía
tiempo. Estaba despierta cuando Verónica regresó de casa de Leo.
—¿Ya la perdiste?
—¿Que sí perdí qué?
—Tú lo sabes, no te hagas la boba.
—No sé a qué te refieres —dijo Vero.
—Te pregunto si ya te volaron el virgo —precisó Virginia, alterada por las evasivas de Verónica.
Acababa de resucitar su vocabulario más auténtico.
—¡Cómo se le ocurre, mamá!
Verónica ignoraba que la madre había escuchado detrás de la puerta del baño los quejidos
de la hija, el chapoteo espasmódico en la bañera, aunque, viéndolo bien, podría haberse
masturbado, conseguido el orgasmo y seguir siendo virgen. No le importaba que lo fuera. Temía
que la hija no hiciera el uso apropiado de su tesoro, que una vez descubierto el delirio del sexo, se
dejara llevar por su corriente y le diera por pasar de un hombre a otro, temía que Verónica no se
hiciera respetar, bien sabía ella que bastaba haberse acostado con dos o más hombres para ganarse
fama de fácil. Bastaba el rumor, la jactancia masculina, para perder ante ellos lo más valioso en una
mujer. Sobre todo si se trataba de una adolescente endemoniadamente atractiva como su hija. Ir de
mano en mano, saltar de una cama a otra, no era éste el destino deseado para su hija.
Leo invitó a Verónica a su casa. Mi madre salió de viaje con su socio, le dijo al recibir la
llamada. Cocinaría para ella, le anunció Leo. Estaba aprendiendo a hacerlo y no le iba mal en los
primeros experimentos. ¿Le parecía bien comer unos langostinos sencillos a la plancha, una
ensalada de endibias con salsa de queso azul? Le habían regalado una caja de vino blanco del
Mosela. Un importador de licores que tenía cuenta en la agencia. ¿Dónde quedaba el Mosela? Es un
río de Alemania, le dijo al describir el liviano cuerpo del vino, ¿Tenía cuerpo el vino?, preguntó
ella intrigada. Su textura es su cuerpo, la mayor o menor densidad que se siente al paladearlo, le
enseñó Leo.
Verónica recordó el menú de sus doce años y, por asociación, surgió del almacén de la
memoria la palabra pronunciada entonces por Virginia; afrodisíaco. Unos langostinos sencillos a
diferencia de los que comió a sus doce años, arropados por la salsa del maracuyá. Ya sabía, sin
embargo, lo que era un afrodisíaco. No había revista que no hablara de alimentos y bebidas
afrodisíacos. Era como sí el mundo se hubiera revelado como un ser hambriento de afrodisíacos y
estimulantes de algo que con el paso de los años o quizá de los siglos se hubiera adormecido por
inercia.
—¿Son afrodisíacos? —quiso saber por teléfono—. Me refiero a los langostinos.
Leo no pudo contener una carcajada. El afrodisíaco eres tú, mi niña —le dijo. Una luz de
esperanza se encendió en la imaginación de Verónica.
Cómo no, aceptaba la invitación a cenar. Virginia ya se había ido con Upegui a un hotel de
Chinauta.
Al mediodía de un viernes, Virginia y Upegui van camino de Chinauta. Verónica, encerrada en su
alcoba, asesorada por Beatriz, se prueba la ropa que usará para la cita de la noche. Beben el trago
de ginebra con tónica que les ha traído la empleada. Les ha servido antes unas empanaditas de
carne. Coman antes este antojito, le dijo Teresa a Verónica.
—Creo que voy a dejar al Gordis —le confesó Beatriz—. Se está poniendo demasiado
celoso, quiere ir conmigo a todas partes, le molesta que otros hombres me hablen, se enfurruña si
saludo de beso, me llama a todas horas.
—¿Ya lo pensaste? —se puso seria Verónica—. ¿Qué pasará con tu contrato de modelo?
Acuérdate de que es tu gerente de mercadeo.
—Tengo otra oferta —dijo mientras sostenía en ambas manos un body de seda.
—¿Se puede saber qué oferta?
—Un tipo muy rico está interesado en volverme reina de belleza.
—Todas las reinas terminaron el bachillerato y están haciendo una carrera.
—Será para el próximo año, pero tengo que prepararme desde ahora. Pruébate esta tanga
blanca.
Verónica seguía semidesnuda ofreciéndose al espejo. Y el espejo le repetía que sí, que era la
más bella. No hubiera sido necesario consultárselo, desde el espejo salía la gratificante voz
repitiendo la frase de la fábula.
—Te ves divina de espaldas —le dijo Beatriz a un paso de ella.
—De espaldas y de frente —añadió Verónica al voltearse y recoger de manos de la amiga la
tanga de seda. Un roce fugaz de manos. No hubiera pasado de eso, un roce fugaz de manos, pero
Beatriz, con los ojos brillantes y un ligero tartamudeo, le pidió permiso para tocarle los pechos,
eran tan grandes y tan perfectos, tan diferentes a los suyos, ella los creía pequeños. E inmóvil frente
a la amiga. Verónica no dijo nada, sintió la caricia de la amiga, miró los vellos de sus brazos
erizados, la inundó una rápida corriente en el cuerpo. Divinos —dijo Beatriz y se inclinó un poco
ante la amiga. Bebió un sorbo de ginebra. Pegó los labios húmedos y fríos en un seno, después en
otro. Subió el rostro y le dio un beso en la boca, Verónica se quitó el bikini negro, le dio la espalda
a la amiga y se probó la tanga de seda.
—No vuelvas a hacerlo —le reprochó con voz amistosa.
Habían dormido juntas y abrazadas, sin sombra de malicia o deseo. Una frecuente expresión
de fraternidad femenina. Sentirse besada en los pechos y en la boca era una extensión de esa
fraternidad indefinible, frecuente en muchas mujeres. Entre los hombres, un gesto parecido sería el
principio de un cataclismo. Y aunque le resultó placentero el inesperado beso de la amiga en senos
y boca, le pidió no volver a hacerlo. ¿No le había contado que siendo aún niña, a los doce años, se
había enamorado de una amiga? ¿No le había contado que una chica mayor que ella la había besado
y acorralado en el baño? Beatriz no le había contado que, durante una semana, había estado
acostándose, más por interés que por deseo, con Amparo Consuegra.
—Cuéntame despacio el asunto ese del reinado —dijo Verónica mirándose al espejo,
convencida ya de que la tanga iría debajo del vestido entero de botones, un vestido negro con
lunares blancos, sin cuello y breves mangas amplias. Si levantaba un brazo, las mangas dejarían ver
el costado del seno.
—Reina de belleza apenas acabe el colegio. Tendré tiempo de empezar un semestre de
diseño de moda, porque ya decidí estudiar diseño de moda o alta costura —dijo en una retahíla
nerviosa.
—Eso cuesta, Betty, no sabes lo que cuesta prepararse para ser reina: cuesta mucho la ropa,
cuestan más el gimnasio y las dietas, cuestan mucho las joyas y el viaje de la comitiva a Cartagena,
cuestan algunos arreglitos del cirujano.
—Me va a salir gratis —concluyó—. El tipo que me propuso la idea me dijo que correría
con todos los gastos. ¿Te imaginas? Me dijo que alquilaría un yate y navegaríamos hacía las Islas
del Rosario.
—¿Un yate? Eso tan bueno no lo dan gratis, Betty.
—Si llego a ser reina, haré la mejor inversión de mi carrera.
—¿Qué vas a dar a cambio?
—Lo que sea.
Se rieron. Sin duda, la tanga debajo del vestido de botones, pruébatelo, no sólo la haría ver
más adulta sino inmensamente deseable.
—Pásame la mano por las caderas —le pidió a Beatriz cuando se puso el vestido y acabó de
abotonarlo de abajo arriba. La amiga lo hizo, como si dibujara las líneas de la cadera, la curva de
las nalgas, la reciedumbre de los muslos—. ¿Me sientes desnuda?
—Te siento —dijo en voz muy baja Beatriz—. Si te siento yo, te sentirá él.
—Si me toca —dijo con tono desconsolado—. ¿Quién es el tipo que te promete ser reina?
—Fabián Acosta.
—¿Y quién es Fabián Acosta?
—Tiene treinta y dos años y mucha plata, un apartamento en Miami y una casa de ensueño
en Cali, otro apartamento en Bogotá y una finca en Rionegro, cerquita de Medellín. Me mostró las
fotos.
—¿Sales con él?
—Salí con él una noche. El Gordis no lo sabe. ¿Ves esto? —y señaló la muñeca de su brazo
izquierdo.
—¿Te regaló un brazalete?
Cuando fui a abrir la servilleta que estaba encima de mi plato, encontré este detalle. Divino,
¿no?
Verónica no dijo a la amiga lo que pensaba del tipo ni lo que pensaba del regalo, mucho
menos de lo que sería el futuro de una reina. Examinó y admiró la delicadeza del brazalete de oro.
—Compra y vende esmeraldas y otras piedras preciosas —dijo finalmente Beatriz—. Tiene
joyerías en Cali, Medellín y Bogotá.
—¿Casado o soltero?
—Soltero. ¿A qué horas pasan a recogerte?
—A las siete y media.
Verónica recibió dos llamadas de Pradilla. ¿Por qué, antes de cenar, no iban a cine? Quería
ver Carmen de Carlos Saura. ¿Quién era Carmen, quién era Saura? Saura era un gran director de
cine español, Carmen, el personaje de una ópera famosa, una gitana enamorada hasta la perdición
de un soldado francés. La segunda llamada era para decirle que llevara identificación. La policía y
el ejército estaban realizando retenes en toda la ciudad,
—Voy a encontrarme con mi Gordis —le dijo Beatriz al partir.
Verónica se aburrió, Leo salió fascinado. Camino de su apartamento, le habló de la ópera de Bizet,
de la historia de Mérimée y de la tragedia gitana. A Verónica le había encantado la actriz Laura del
Sol. No dijo que se había perdido en el enredo de la primera película musical que había visto en su
vida. Leo le habló entonces de la fantástica actuación de Antonio Gades. Verónica le dio a entender
que sabía quién era Gades, como en muchas otras ocasiones le dio a entender que conocía lo que
ignoraba.
¿Pulía Pigmalión a la linda Galatea ignorante? Con otras palabras, Beatriz le había dicho a
Verónica que los hombres mayores eran a veces los mejores maestros, que era precisamente eso lo
que los volvía repelentes. Si no dan consejos, dan lecciones, esperan que seas como ellos quieren.
A unas cuatro cuadras de su apartamento, Pradilla detuvo el carro, salió de prisa y Verónica
lo vio entrar en una floristería. Regresó al cabo de unos minutos con un ramo de flores. Orquídeas.
¿Le gustaban las orquídeas? Me encantan —dijo ella al recibirlas. Le gustaba también como iba
vestido, acababa de darse cuenta al verlo salir del carro y entrar a la floristería, le gustaban el
pantalón beige de pana francesa, los mocasines marrones, las medias de lana roja, el suéter de
cachemir también rojo, el pañuelo de seda que se ajustaba entre el cuello y la camisa. ¿De qué
material era el saco? De tweed—dijo Leo. Se lo puso porque hacía frío cuando se asomó a la
ventana de su apartamento. Cuando hacía un día de sol como el de hoy, le dijo, las noches y las
madrugadas eran muy frías. Caían piedras de granizo sobre la sabana, arruinaban los cultivos de
flores. Era una vieja chaqueta de corte clásico con botones forrados en cuero y parches de gamuza
en los codos. Te queda muy bien —le dijo Verónica. Un cumplido más, el primero que hacía a la
elegancia de Leo. Era la clase de elegancia que admiraba en el senador Rodolfo Roldán.
Habían pasado cinco años y todavía lo recordaba con admiración y cariño. Del Vaticano
había pasado a Buenos Aires, donde era embajador, le dijo Virginia con nostalgia. Algo más le
recordó al senador Roldán. Mantenía vivas en su memoria las preguntas que le formuló cuando fue
invitada con su madre a un restaurante mediterráneo, aunque más vivas eran las imágenes de un
hombre aparatosamente escoltado por las calles. Las imágenes de esta noche, aunque parecidas, le
resultaron impresionantes. No conocía el pánico. En ocasiones, Leo había tenido que ceder el paso
a carros blindados flanqueados y seguidos por escoltas. Una camioneta blanca abría el paso y,
desde las ventanillas, se asomaban hombres armados con subametralladoras apuntando hacia nada.
La ciudad daba la impresión de un campo de guerra sin guerra o como si la guerra estuviera a punto
de empezar. Soldados en tanquetas recorrían sus calles en aquella noche brumosa. Verónica sabía
que en las últimas semanas estallaban bombas en todas partes. Apagaba el televisor sintiéndose
incapaz de soportar e incluso comprender las razones de tanta demencia.
Al estacionar el carro en el parqueadero subterráneo y ver salir a Verónica, Leo la tomó de
un brazo y la hizo girar en redondo, mirándola a los ojos. Te ves fantástica —dijo. Y Verónica
recibió el cumplido, esperado desde hacía horas, como el primer triunfo de su estrategia. Hubiera
deseado que el amigo la hubiera tomado por la cintura. Mientras subían al penthouse, solos en el
ascensor, deseó que, en aquel pequeño espacio rectangular, hubiera tomado la iniciativa de besarla,
¿por qué carajos no me besa? Se miró de frente en el espejo, pasó las manos por sus cabellos y le
repitió a Verónica que la Carmen de Laura del Sol era "sencillamente fascinante". Es curioso —
añadió—, El vestido que llevas, negro con lunares blancos, es el vestido preferido de las gitanas.
Verónica deseó preguntarle si, también ella, era "sencillamente fascinante". Prefirió una rápida
mirada al espejo y un movimiento brusco de cabeza: Leo desordenaba sus largos cabellos rizados,
de tintes rojizos. Al castaño oscuro natural de sus cabellos. Verónica le había impuesto las
tonalidades rojizas de ahora.
Los ocho pisos que subieron en el ascensor se hubieran convertido en el ascenso de
expectativas defraudadas si Pradilla no hubiera pasado a último momento una mano por el cuello
de Verónica y removido la rebelde abundancia de su cabellera. Llegamos —dijo al retirar la mano
que había acariciado la nuca con ademán distraído. En ese instante, al salir hacia el pasillo, ambos
sintieron el estruendo de una explosión. Un estallido remoto. Pradilla pensó que podía tratarse del
seco ruido del ascensor al descender. Tranquilizó a la muchacha. Ya le había explicado, evitando
alarmarla que la presencia de policías y soldados se debía a los atentados de las últimas semanas,
este país está montado en un barril de pólvora. Los narcos le habían declarado la guerra a jueces,
periodistas y magistrados, en Medellín se pagaban sumas increíbles por la cabeza de cada policía
muerto, buscaban implantar el terror y obligar al gobierno a bajarse los pantalones, explicaba
Pradilla. No te estoy hablando de política —precisó—. Te estoy hablando de las guerras que desata
la mala política.
Tal vez Verónica fuera ajena a lo que sucedía casi a diario indiferente como lo eran los
chicos y chicas de su edad, para quienes otra clase de guerra se libraba en sus conciencias
atribuladas. ¿Tenía razón al temer que la película de terror apenas empezaba? Pradilla se prohibió
contaminar la conciencia de la muchacha con el miedo que lo acometía a veces. Mejor quedarse en
casa. Evitaba salir a bares y discotecas. El azar de una bomba podía cobrar sus víctimas en
transeúntes desprevenidos, Ya estaba sucediendo.
Abrió las tres cerraduras de su apartamento y, tomándola del brazo, le repitió que estaba
preciosa.
Verónica aprendería poco a poco que la adolescencia es una edad de inmensas expectativas e
inciertas satisfacciones, de numerosas dudas y contadas respuestas, que la ansiedad se parece al
vértigo, siempre el miedo a caer en un abismo, que la energía puesta en expectativas,
satisfacciones, dudas y respuestas es lo más parecido al ímpetu de un perro cachorro que corre
hacia ninguna parte estimulado por la fuerza irracional que debe expulsar de su cuerpo.
La noche pasada al lado de Leo le enseñó que, a su edad, no hay nada más doloroso que una
expectativa defraudada.
Escucharon música, bebieron vino blanco del Mosela, comieron salmón hasta hartarse,
volvieron al nido de la alfombra. En un momento irrepetible. Leo puso una mano en las caderas de
Verónica, acarició la curva de la cintura hacia las nalgas y le repitió que ese vestido, esa cabellera
salvaje, le recordaban a la Carmen de Saura. Lo que pudo haber sido el comienzo de lo esperado
pasó a ser un gesto incidental e inconcebible para la joven. No volvió a acariciarla, se mantuvo muy
cerca de ella pero no pasó del simple roce de las manos al extenderle la copa. ¿Jugaba a torturarla?
Durmieron en la misma cama. No le ofreció el cuarto de huéspedes, le dijo que, si no había
inconveniente, podían dormir juntos. El vino frío se había agotado, se agotaba la noche. Era tarde,
dijo Verónica. Podía quedarse a dormir, dijo él. ¿Quería un pijama? Le ofreció una camiseta larga,
larga hasta las rodillas. No hace falta, dijo ella. Casi siempre duermo desnuda. Y no era cierto.
Verónica dormía siempre con un viejo pijama de algodón.
Tardó un largo rato en el baño, el suficiente para encontrar a Leo en la cama. Tal vez
hubiera apagado las luces o dejado encendida la pequeña lámpara de la mesita de noche. No sabría
qué hacer si aparecía en el dormitorio con las luces encendidas, si exhibía su desnudez, porque
había rechazado la camiseta, si se exhibía desnuda en el tramo que iba del baño a la cama queen
size. Al salir, la única iluminación provenía del televisor encendido. Recostado sobre almohadones.
Leo veía silencioso y con expresión adusta las imágenes de un noticiero de televisión extranjero, un
paisaje de escombros humeantes, policías y ambulancias de la Cruz Roja, camilleros apresurados,
un edificio en ruinas, cadáveres mutilados sacados debajo de los escombros. Trataba de identificar
el lugar.
—Pusieron una bomba en el centro comercial de la 15 con 93 —dijo en voz alta, sin mirar
la altiva desnudez de la joven que se había quedado petrificada al pie de la cama—. Dicen que hay
muchos muertos.
Apagó el televisor y sólo en ese instante pudo ver a Verónica desnuda y de brazos cruzados,
paralizada de espanto. Como sonámbula, se sentó en el borde de la cama.
—Acuéstate —le pidió Leo—. Dicen que posiblemente se trate de otra bomba de "Los
Extraditabies".
—¿De "los extraditables"? —pudo al fin decir ella.
—La organización de narcotraficantes que ha venido diciendo que prefieren una tumba en
Colombia a una cárcel en los Estados Unidos de América. Por ahora, están cavando tumbas de
inocentes.
Verónica se metió entre las sábanas. Leo la abrazó como si tratara de protegerla del espanto
de las imágenes. Las había visto insidiosamente repetidas como si las cámaras buscaran el lado
oscuro de su morbosidad.
De repente, expectativas y deseos, la tensión de la espera, todo desapareció de la mente de
la muchacha, desnuda y abrazada a un cuerpo protector.
—El gimnasio de mi madre queda a pocas cuadras —recordó con voz ronca.
No podía dormir. ¿Por qué no comunicarse con Virginia? Está en un hotel de Chinauta,
creía que en el Chinauta Ressort. Claro, en información le darían el número. Desnudo, sin señales
del más mínimo pudor, Leo llamó a información y luego al hotel. Verónica pidió por la habitación
de Virginia de Oropeza o Javier Upegui.
Ya estaban informados. Dentro de medía hora regresarían a Bogotá. Gracias a Dios, le
informó la madre, la onda expansiva no había llegado a la carrera 17 con 93. Algunas ventanas
rotas, nada más. Los había llamado el vigilante hacía apenas media hora.
De manera intuitiva. Verónica comprendió que el espectro de la muerte y la destrucción,
representado en aquellas imágenes, deshacía toda expectativa sobre la aventura de esa noche. Más
tarde, en el transcurso de los meses siguientes, aceptaría que el amor sería posible, con sus
expectativas e ilusiones, si se cerraban los ojos al mundo exterior e inmunizaba su conciencia. El
estallido de las bombas, la visión de ruinas y cadáveres sacados de los escombros, la humareda, las
edificaciones destruidas y el pánico que se iba extendiendo sobre la ciudad, sólo serían tolerables si
se aceptaban como una fatalidad a la que era preciso oponerse con resignación. Aquella noche y
durante las dos horas que estuvo despierta, abrazada por un hombre que la halagaba y rechazaba
con delicada crueldad, comprendió algo más: que el mundo de expectativas levantado en unos
pocos días era mucho más vulnerable que los cristales de las ventanas que caían destrozados por el
impacto de las bombas.
Como sí temiera la huida del deseo nacido de sus expectativas, o como si se resistiera a
dejar escapar para siempre la curiosidad o el deseo que la desvelaba, se ofreció al hombre que la
abrazaba. No tuvo conciencia de que el ofrecimiento era la expresión del pánico. Y se ofreció de
manera instintiva, besando a tientas y a ciegas el cuerpo que en unos instantes le respondería con
una pregunta: ¿cuántos días habían pasado después de su última menstruación? Tres, dijo ella. Y él
deshizo el temor de regar un campo fértil. ¿Por qué lloraba al sentirse acariciada y besada? ¿Por
qué esa urgencia al besar? Leo le abrió con delicadeza las piernas, descendió lamiendo muslos,
ombligo y vientre, hundió su cabeza en la entrepierna dócil de Verónica. Ella lo obligó a devolver
el rostro a su rostro. Soy virgen, le dijo. No importa, susurró él. Le levantó las piernas y las
convirtió en tenazas de su cintura, la penetró con cuidado. Verónica esperaba que fuera doloroso,
pero esta experiencia le enseñó que el dolor se atenúa si domina la experiencia del placer. Los
medidos movimientos de Leo, el tacto que puso en la desfloración, deshicieron los temores de
Verónica. Que era desagradable, que era doloroso, una y otra vez había escuchado de sus amigas la
misma queja. La primera vez es espantosa, decían. Leo penetraba, salía con lentitud, descendía de
nuevo al vértice de las piernas y, llamado por ella, la penetraba nuevamente. Ella impuso con
desesperación un nuevo, brutal ritmo a su pelvis. Se sintió ocupada por el escozor, ocupada
plenamente por la verga que había tenido la delicadeza de invadir gradualmente y sin prisas el
húmedo territorio inexplorado. Una sensación incalificable, el principio de una oleada, el retiro de
las mismas olas, la aparición del fuego y, en instantes, su extinción, ¿qué era, por qué el cuerpo se
distendía y contraía al mismo tiempo? La humedad y la tierra yerma. Inundación y sequía. Un
mecanismo de origen desconocido la hacía devolverse antes del final.
Verónica conoció la angustiante sensación de querer y no poder, el vaivén entre el fuego y
el hielo. Se secaba y le dolía, volvía a humedecerse y desaparecía el dolor. Estaba a punto, sí,
estaba a punto, pero el furor se alejaba. Tembló al sentir la lengua del amigo en la amistosa fuente
del placer, la cajita de sorpresas de sus doce años, y se inquietó al descubrir que el temblor cedía a
la indiferencia del cuerpo. Mintió, no porque se hubiera propuesto mentir al hombre de respiración
acezante que empezaba a gemir con creciente intensidad, mintió porque le hubiera dado vergüenza
aceptar su propio fracaso. Gimió también ella, mintió en sus gemidos, como mintió al gritar con él
cuando creyó que había llegado el momento del último grito.
—No puedo —dijo llorando—. Quiero y no puedo.
El amigo la tranquilizó. Quizá fuera así la primera vez.
Mucho tiempo después, cuando recordó la experiencia de esa mañana, Verónica aceptó que
había tenido la fortuna de encontrar a un hombre como Leo. Ahora sí podría responderle a la madre
con iguales palabras:
—Me volaron el virgo, mamá.
A las siete de la mañana, Leo la acompañó hasta su casa. Recorrieron la ciudad militarizada.
A lo lejos, una nueva explosión la obligó a aferrarse a la mano de Leo. Miró hacia un costado de la
calle y presenció el resquebrajamiento y desplome de los cristales de las ventanas de un edificio.
Verónica conoció entonces otra clase de ternura, la mano cálida que tocaba su mano y se deslizaba
sobre sus cabellos.
Virginia recorrió al lado de Upegui y Verónica el lugar del atentado y no dejó de dar gracias a Dios
por haberla salvado del desastre. ¿Te imaginas? Todos mis ahorros puestos en este negocio.
Era la segunda vez que Verónica veía a Upegui. Le parecía fingida su manera de hablar.
Estaba de acuerdo en casi todo. ¿Estaba perdidamente enamorado de Virginia? Tal vez. Esa
mañana habló de la inversión, de que lo más inteligente sería aplazar la inauguración del gimnasio,
dedicarse unas semanas más o el tiempo necesario a pulir los detalles. El atentado ahuyentaría de la
zona a invitados y clientes. Habría que esperar un poco. ¿No había pensado en la posibilidad de
montar un pequeño restaurante en algún lugar del local?, le preguntó a Virginia. Un restaurante de
comidas especiales, por ejemplo. Viéndolo bien, había un espacio suficientemente grande que se
estaba desaprovechando. Que lo pensara. Un amigo estaba dispuesto a desembolsar trescientos mil
dólares. Era mucha plata. ¿Era conveniente ampliar la sociedad?, le preguntó Virginia. Un socio
más, tú de socia mayoritaria con un 55 por ciento, significa que tendrás el control de la sociedad.
Hablaríamos de una inversión cercana a millón y medio de dólares, calculó. Si el negocio
funcionaba, en poco tiempo podría venderse con utilidades que beneficiarían a todos. ¿No podría
pensarse en una cadena de spas en sitios estratégicos de la ciudad? Era otra de las posibilidades.
Ampliar el radio de acción hacía zonas con población de mediano y alto poder adquisitivo.
El constructor Javier Upegui no hablaba en broma.
—Piénsalo —dijo. Virginia se quedó pensativa, como esperaba Upegui. Notó la distracción
de Verónica y le propuso regresar a casa. Estaba cansada. Como su hija, a quien los
acontecimientos de la mañana habían dejado una confusa masa de impresiones, ya no podía con la
fatiga.
Upegui las dejó en casa. El ojo del constructor se detuvo en la vieja casa de la Circunvalar
con 71, en muchos aspectos anodina si se la comparaba con los nuevos edificios de apartamentos
de la zona, una casa que, en su momento, pudo haber tenido un poco de valor. Hoy era una sencilla
casa de dos pisos, con un rústico antejardín y verjas oxidadas. Con ojo de constructor, calculó, no el
valor de la casa sino del terreno. ¿Estaba hipotecada? ¿Había pagado Virginia la hipoteca, si
existía? No estaba hipotecada, se cuidaba de pagar puntualmente los impuestos.
Upegui no era tan imbécil como lo creían sus amigos. No sería la víctima de Virginia, La
Tarzana de los conciliábulos. Mientras murmuraban convirtiéndolo en blanco de burlas, en el
incauto que caería maniatado en las lianas de Virginia, él hacía los movimientos de sus fichas. Y,
conociendo la vida de la mujer, asumía el riesgo de cultivar una relación que no lo desvelaba. ¿No
había esperado a una amante como ella, complaciente y comprensiva? ¿No era su vida una sucesión
de fracasos amorosos e inhibiciones sin límite? A su edad, Virginia le ofrecía aquello que otras
mujeres le habían mezquinado. Volvía a sentirse intensamente vivo. Lo que muchos hombres creen
—le había dicho ella—, que el sexo se limita al buen uso de la tripita, es un tremendo engaño.,¿Era
la piadosa respuesta de una mujer que deseaba atraparlo en sus redes? El sexo es deseo más
imaginación, lo consolaba cuando, desesperadamente, intentaba superar la terca flacidez de la
tripita, como llamaba Virginia al pene decaído. Si existe el deseo, la imaginación convierte en
tripita cada órgano del cuerpo, se reía al pedirle que tuviera paciencia, que si le daba el placer que
ella esperaba, su propio placer vendría por añadidura. ¿Por qué no me consigues un consolador de
veinticinco centímetros?, le había propuesto Virginia mientras Upegui lloriqueaba con la cabeza
apoyada en su regazo. Y él apareció en la siguiente cita con un vibrador inconcebible, el más
grande y raro que pudo encontrar en el mercado. Imagina que ese vergón es tuyo, le dijo ella a
carcajadas. Me encanta cuando hablas como puta, dijo él.
Consiguió que Upegui introdujera un poco de humor negro en el antiguo patetismo, que se
riera de aquello que siempre había sido fuente de tristezas indecibles.
Ésta era la clase de sabiduría femenina que en años y años de frustraciones lo habían
convertido en un ser melancólico y prevenido. ¿Qué le importaba entonces el turbio y al mismo
tiempo ponderado prestigio de La Tarzana?
Upegui respondió a su renacimiento de ánimo con discretas medidas de coquetería. ¿Por
qué ocultar su calvicie con una peluca? —le había preguntado Virginia. Asúmela, le sugirió. Y él
botó a la basura su colección de bisoñés, visitó al peluquero y se hizo rasurar el cráneo. ¿Se parecía
a Yul Brinner? Con igual coquetería adquirió cremas hidratantes para la piel, corbatas de dibujos
festivos, trajes de colores menos oscuros, ropa deportiva. Lo que para sus amigos era ridículo, para
él empezó a ser motivo de orgullo. Tinturó las canas de sus cejas, acudió puntualmente al gimnasio,
compró y tomó toda clase de vitaminas. ¿Cómo se llamaba esa raíz china que revitalizaba y daba
energías? Empezó a preferir el pescado y los mariscos a las sobredosis de carnes rojas, suprimió las
harinas, las papas y el arroz; odiándolas como las odiaba, se acostumbró a las verduras y, hasta
donde pudo, se prohibió las salsas apetitosas de los escargots y el lomo a la pimienta, el cordero al
horno, el estofado de buey y el legendario ajiaco. Bebía nueve vasos de agua diarios. Se olvidó del
azúcar y de los postres azucarados. Sentía la reducción drástica del vientre pero le preocupaba la
flacidez del estómago y los brazos, no desesperes, lo alentaba Virginia, todo músculo se endurece,
y para probarle que el humor como el amor se aprenden, él le replicó que sí, que todo músculo,
menos uno, se endurecía con los ejercicios. Creció en él un alto sentimiento de orgullo por haberse
tropezado con La Tarzana.
¿De dónde le venía el sobrenombre? De los aullidos en la selva, le dijo ella, evitando decirle
que tal vez vieran en ella a una ágil trepadora capaz de escalar por las cuerdas de toda selva virgen,
porque virgen era la selva donde los hombres extraviaban sus amores y virgen aún el mundo del
dinero y la fama. Ya tienes la fama, observó Upegui. Me falta el dinero dijo ella. La fama y el
dinero, ¿es eso lo que quieres?, preguntó Upegui. Los tendremos.
Si el nuevo Upegui era obra de Virginia, la nueva Virginia era obra de Upegui. Aprendió
que en los negocios y en la vida, el conformismo conduce a la mediocridad. Así como ella
conociera la irrefrenable tendencia de Upegui hacia el llanto, él conoció la ternura de la mujer que
lo arrullaba en su regazo. Descubrieron juntos que, en algunos aspectos de su existencia,
exceptuando la pobreza de donde había salido Virginia, eran almas gemelas. Los unía y encerraba
en un sobre inexpugnable el sello lacrado de ambiciones parecidas. También él había sido de
alguna manera pobre. Hijo de una familia de clase media, hizo su carrera a trompicones.
Upegui descubrió, primero acongojado, después complacido, que la, coprofagia no era una
aberración despreciable sino la escondida tendencia del ser humano a comer y digerir lo que ya ha
sido comido y digerido. Consultó en su diccionario. "Perversión del apetito que impulsa a comer
inmundicias", le respondió don Julio Casares. Encontró, una línea más abajo, que la coprolalia no
era más que "la perturbación mental caracterizada por el abuso de palabras obscenas". Esto definía
a Virginia. Le encantaban sus obscenidades, dichas con tanta gracia que le pedía repetirlas.
Virginia, coprolágica. Él, coprofágico. ¿Eran los términos que los definían?
En el aplicado acto de renovar el ciclo digestivo de la vida animal mediante los estímulos
del olfato, Upegui elegía las pantaletas sucias, preferibles a las impecablemente limpias.
Acompañaba a Virginia al retrete, se sentaba en un banquito con mirada expectante y hundía
después la cabeza en el remolino de aguas turbias. Cuando levantaba el rostro de la taza, allí estaba
Virginia, abierta de patas, para que el vértice recibiera rostro y lengua de un hombre acezante.
El hombre se distingue de los animales por la manera selectiva e ingeniosa como inventa sus
placeres y escapa de sus rutinas, decía a Virginia con palabras que la maravillaban. Antes de
copular, la especie humana imagina. La especie animal arremete con el instinto. Se diría que
Upegui, espoleado por sus nuevas y antes ocultas tendencias, componía su propio manual de usos
amatorios. ¿Desde cuándo, como se sabía, niños y adultos se arrojaban sobre la seca materia
excrementicia o bosta del ganado vacuno? ¿No era habitual en los niños nombrar obsesivamente la
materia expulsada en sus defecaciones? Usó los nombres técnicos de la aberración. Y explicó que
no sólo la especie humana era dada al hábito repugnante y para algunos placentero de hacerlo, que
la especie animal, para la que no existían censuras morales ni inhibiciones atávicas, tenía como
natural una costumbre que los tiempos modernos encerraban en la cárcel despreciable de las
perversiones. ¿Y qué era, en suma, lo que las mayorías llamaban perversión sino algo radicalmente
distinto a lo que hacían por costumbre? Pervertido era quien escapaba de la costumbre.
Un día, memorable entre otros días memorables, Upegui sacó de su caja fuerte un puñado
de antiguas monedas de oro. Le pidió a Virginia que se acostara bocabajo y desnuda, con la grupa
trazando un arco, sobre las sábanas amarillas. La desafiaba: si era capaz de succionar per angosta
via cada una de las monedas, morrocotas de oro del siglo XIX, todas serían suyas. Debería
esconderlas hasta volverlas inaccesibles a la mano que tratara de recuperarlas en los meandros de
su laberinto. Virginia sólo fue capaz de expropiar en un primer intento dos piezas del tesoro
colonial. Lo intentó de nuevo. Una semana después de aprendizaje y esfuerzos desesperados, las
piezas del tesoro fueron suyas. A medida que las expulsaba y exponía indemnes al aire puro,
Upegui las lamía en una operación de limpieza que las purificaba y devolvía a la reluciente
pulcritud del metal, precioso como ella. O ella más preciosa que el metal. Vales tu peso en oro, le
musitó él al oído. Si es así, me engordaré como una vaca.
¿Cómo no sentirse unidos si las modalidades de sus rituales alcanzaban cimas
inconcebibles? Agotado el juego de las monedas, introdujo el ritual del florero: hacía conos con
billetes nuevos y los introducía en la vagina de Virginia, concebida como un estrecho jarrón de
valiosas flores impresas. El resultado era espléndido y sorprendente: un arreglo floral
confeccionado con billetes verdosos cubría las partes posteriores y anteriores de la mujer desnuda.
Upegui, entrenado poco a poco en el juego de interpretar con palabras sublimes la rareza de sus
fantasías, decía que ese florero, o el culo de una mujer convertido en recipiente de flores más
valiosas que las flores, no era más que la metáfora de la codicia humana. El placer de la codicia,
resumió. ¿Crees que soy codiciosa?, le preguntó Virginia, Tanto o más que yo, vida mía. ¿Tanto?
Se lo probaría. ¿Sería capaz de engullir por la boca la última de las morrocotas y esperar que fuera
devuelta por su conducto natural? La desafiaba. Virginia aceptó el desafío. Si eres capaz de esto —
le dijo—, estás preparada para tragar y mantener en el estómago numerosas bolsas de cocaína.
Virginia le replicó que por nada del mundo se expondría al riesgo de ser mula.
Los extremos del amor son tan retorcidos como misteriosos. Sublime y grotesco,
reflexionaba Upegui para que el oído atento de Virginia conociera con palabras de lujo lo que ya
conocía con la bastedad de los hechos. Deshacerse de ternura y castos padecimientos era el primer
paso dado en las edades humanas antes de cruzar la larga ruta que recalaría en el pecado. ¿Cómo
así que al pecado?, se preguntaba Virginia. El amor —le respondía Upegui— es reacio a aceptar la
idea del pecado, pero las religiones, que no se eligen en la niñez sino que son impuestas por la
cadena de las herencias familiares, llaman pecado al tabú de psicólogos y antropólogos. Los
amantes que agonizaban un día de tristeza podrían ser alguna vez amantes extenuados en el fondo
pantanoso de lo prohibido. La grandeza del amor místico significaba entrega absoluta e incorpórea
al objeto amado. El místico era un incomprendido tildado de loco. En este orden de cosas, sólo
cambiaba el objeto del amor. En el amor, todo era susceptible de locura, tanto en la perversión
como en el misticismo. En los dominios del amor no había vigilante que detuviera el salto desde la
castidad y la templanza hacia el delirio.
—Te estás volviendo filósofo —cortaba Virginia acariciando la calva reluciente de Upegui,
especie de bombilla que había empezado a iluminar sus ideas. Detrás de todo hombre satisfecho
hay una puta —exclamaba feliz. ¿Te sientes feliz?, le preguntaba Virginia. Como nunca. Y lo
estaba, no solamente porque la relación afianzaba una sociedad prometedora sino por el hecho de
conocerse y mostrar sin recato sus propias miserias.
—Te amo —dijo Verónica a Leo.
—No me ames —le aconsejó él.
—¿Por qué no puedo decirte que te amo si te amo?
—Porque no me amas —aclaró él—. Te amas a ti misma, amas lo que me rodea, amas la
luz que te abre los ojos al mundo.
Aunque le venía sucediendo lo mismo de siempre, la abrupta aparición de una fuerza que
bloqueaba sus sentidos, Verónica buscaba liberarse de aquello que le impedía conseguir un
orgasmo. Si lo conseguía en la bañera, si la explosión de gozo se repetía con unas pocas caricias, no
era posible que no pudiera llegar al final estando con un hombre de paciencia infinita y sabios
recursos. Iba a cumplir diecinueve años. No olvidaba que Leo pasaba de los cuarenta y dos.
Esa noche, dando vía libre a una fantasía, Leo acostó a Verónica sobre una manta de lana, le
pidió que se desnudara y regó miel de abejas en su cuerpo. Tomó el ramo de rosas rojas que
adornaba una mesa esquinera y las despetaló medida que las iba dejando sobre la piel almibarada
de la amiga. Las comió una a una, lamiendo la miel, hasta dejarla limpia. Algún día recordarás que
fuiste miel y rosas —le dijo ¡Miel y rosas! —repitió VerónicaVerónica se había adormecido. Abrió los ojos al escuchar la voz baja y grave del amigo:
—Me voy de viaje —le dijo él antes de llevarse a la boca un último pétalo de rosa—. Me
voy por seis meses a Europa. Mi año sabático. Las balas de tanto muerto me están embruteciendo el
cerebro.
¿Bromeaba? No, el publicista sentía como suyo tanto dolor ajeno. Se estremecía al leer las
noticias o ver las imágenes de las víctimas. Temía que éste no fuera más que el comienzo.
Estremecimientos y temores no preocupaban sin embargo a Verónica. Demasiado joven, demasiado
deseosa de ser mujer. Sería injusto abrir su conciencia a tanto espanto, pensaba Pradilla. La
juventud y la belleza merecían seguir siendo sordas al ruido de las explosiones, ciegas a la
humareda de las detonaciones, al patético tartamudeo de las ametralladoras y a las venganzas
selectivas. Si el país se incendiaba en un fantástico apocalipsis, que quedara al menos la
excepcional grandeza de la belleza pura. Lo pensaba como hubiera pensado y escrito el poeta que
nunca pudo escribir.
—¿Cuándo viajas?
—Dentro de cinco días.
Hicieron el amor en silencio. Mejor dicho. Verónica le hizo el amor, encima y a horcajadas.
Buscaba inútilmente el esquivo lugar de su placer. Cabalgaba desesperada, se erguía o inclinaba,
sentía el ascenso del fuego y caía sobre éste un nuevo chorro de agua helada. Pradilla veía la
desesperación en el rostro de la muchacha. Apretaba los labios, cerraba los ojos, elegía un ritmo
febril y caía fatigada a los brazos del hombre que retenía su orgasmo como si no quisiera afrentar
con su placer la imposibilidad de la muchacha. Le pidió descansar, tratar de contener la ansiedad.
Debería olvidarse de todo. No pensar que su orgasmo era una obligación. Aprendería a conocer su
propio cuerpo, aprendería a conducirlo por la senda de su propio placer. La llevó en brazos al
cuarto de baño y se dedicó a bañarla con dedicación de madre. Pasó la esponja espumosa por los
rincones de su cuerpo, por las axilas y los pechos, por el vientre y el sexo, por el trasero que se
tensaba con la dureza milagrosa de sus glúteos. Verónica, pese a la resistencia inicial del amigo, le
masajeó la verga y él se dejó conducir por el sendero seguro de un orgasmo. No es justo, le dijo él.
Lo que no es justo es que yo no pueda, dijo ella. ¿Pueden tus amigas?, preguntó él. Beatriz dice que
puede, que siempre puede, respondió ella. A veces mienten, la consoló él. Betty no miente, la muy
puta se viene con solo mirarla —contó y exploró por unos instantes los ojos de Leo como si temiera
preguntar lo que preguntaría con palabras atolondradas. Creo que es lesbiana, dijo. ¿Por qué lo
crees?, la interrogó él. Porque me besó en la boca y en los senos.
Sin dejar de sonreír, Leo le explicó que eso era frecuente entre las adolescentes. Podían
acariciarse, dormir juntas y desnudarse y besarse y mientras lo hacían como si se tratara de
travesuras, no podía decirse que al hacerlo fueran lesbianas, eran sólo muchachas jugando al
lesbianismo. La ternura que acercaba a las mujeres daba lugar a ambigüedades. La amistad entre
mujeres era a veces una amistad de piel y confidencias, se escuchaban entre ellas como nunca las
escucharía un hombre, se gratificaban entonces con caricias. No estaban lejos del placer
desinteresado de sentir las respuestas del cuerpo o del narcisismo de mirarse como si una fuera el
espejo de otra. No sucedía lo mismo entre los hombres —especulaba Leo—, quizá pasara entre los
deportistas y alterofílicos que se tocan el abdomen y los bíceps para conocer los progresos de sus
músculos, hombres que se miran desnudos en las duchas de los camerinos, que se miran y envidian,
ni un paso más allá, si ese paso se da no es el paso inocente de dos niñas que se acarician o besan
ruborizadas, ese paso es una decisión, y si se da ese paso, una de dos, o los embarga el
remordimiento de una flaqueza instintiva o se sigue adelante en la decisión de ser marica.
Pigmalión parecía estar hablándole a Galatea.
Verónica no parecía satisfecha con las palabras de Pradilla. Lo decía con la misma
inalterada sonrisa de siempre ¿Y si Beatriz fuera lesbiana? No le des importancia a esas tonterías.
—¿Qué es lo que me pasa, entonces?
—Que no has descubierto el sitio ni el momento —dijo Pradilla—. Creas y matas el deseo,
provocas el incendio y lo apagas tú misma. No eres frígida, mi niña, llevas la frigidez en las
aprensiones.
No quiso llevarla de vuelta a casa. Le pidió un taxi y la despidió en la puerta de su
apartamento. Secó las lágrimas de su rostro. ¿Lágrimas por la despedida inminente? En unas pocas
semanas. Verónica se sintió protegida y deslumbrada. No fue la fácil presa en la mira de un cazador
ansioso. Pradilla la había mantenido en principio a distancia. Sin dejar de halagarla, había esperado
que las iniciativas del amor obedecieran al deseo de Verónica y ella creía haber aprendido que era
posible el amor sin urgencias, distinto al de los jóvenes que pretendían apagar en una noche, con
ansiedad y sin tacto, el incendio de segundos.
—No debes preocuparte —quiso consolarla con una frase que encontró en su repertorio de
frases hechas—. No hay mujeres frígidas sino hombres que no saben.
—¿Me escribirás? —habló como sí fuera a perderlo para siempre—. ¿Podemos vernos antes
de tu viaje?
—Te escribiré, mi niña. Podemos vernos pero te recuerdo que detesto las despedidas. Nos
veremos hasta la víspera.
En los cuatro días siguientes. Verónica lo vio a diario. Leo la buscaba a la salida de la
universidad. Le impuso itinerarios nocturnos que empezaban en la cena y terminaban en alguna
discoteca de moda. Leo las aborrecía, pero complacía el capricho de Verónica. Se sentía orgulloso
al lado de esta muchacha joven y llamativa. Leo parecía un pez fuera del agua en bares y discotecas
con clientela de jóvenes desafiantes. Verónica no lo soltaba de la presión de sus brazos, se
amarraba a él y lo conducía de la barra a la pista de baile, orgullosa a su manera de estar al lado de
un hombre maduro y atractivo. En la noche del cuarto día, en la víspera del viaje, vieron entrar a
Beatriz abrazada por un tipo. El nuevo levante de Beatriz, dijo Verónica a Leo. No me gusta ese
tipo, añadió. Tampoco le gustó a Leo. Algunas jóvenes reconocieron a Beatriz. La habían visto en
televisión, habían leído las entrevistas de las últimas semanas. Rechazaron con amabilidad la
invitación del tipo. Leo viaja mañana —se excusó Verónica. Estaban cansados. No me desprecien,
dijo el tipo. ¿No les provocaba una botellita de Dom Perignon? Él invitaba. Leo lo tranquilizó con
una mano puesta amistosamente en su hombro. Beatriz protestó por la fuga de su amiga.
Cuatro noches atrás, al regresar a casa, Verónica hubiera deseado conservar la miel que se adhería a
su cuerpo. No respondió esa noche al saludo de Teresa, la empleada. Subió a su habitación y lloró
mirándose en el espejo, lloró espasmódicamente, bocabajo en su cama, como si todo la abandonara:
Leo y el mundo, sus deseos de alcanzar el orgasmo y la fuerza interior que se lo impedía,
Virginia no estaba, tal vez durmiera en casa de Upegui. Lo hacía con mayor frecuencia en la
última semana. Dejaba una nota en la cocina, con cualquier pretexto, nunca aceptando que dormiría
fuera de casa. Verónica sabía que la relación con el constructor, aunque se pareciera a relaciones
pasadas —el senador Roldán, el patán Epaminondas—, podría ser la búsqueda final de algo
verdadero.
¿Qué buscaba Virginia? —se preguntaba la hija. Hasta entonces, nunca pensó que su madre
fuera una mujer solitaria. Había adquirido el don de la sociabilidad y los recursos de la coquetería
haciéndose siempre deseable, quizá demasiado deseable, como si ése fuera el sostén único de quien
se balanceaba en una cuerda mirando el abismo del futuro. ¿Buscaba a la pareja de su vida? Upegui
era veinticinco o tal vez más años mayor que ella. Era como si sólo en esa diferencia pudiera
encontrar la seguridad que buscaba. La injusta conciencia del envejecimiento podría ser la causa de
sus preferencias, hombres mayores que ella, hombres que pudieran verla y sentirla aún joven antes
de cruzar el para ello temido umbral de los cuarenta y cinco. Si elegía a hombres de su edad, tarde o
temprano, más temprano que tarde, tomarían conciencia del envejecimiento de la mujer que tenían
a su lado.
Verónica tuvo tiempo de apaciguar sus aprensiones. Dejó de llorar y trató de devolver su
ánimo a la sensatez. ¿Se había enamorado de Leo? Lo admiraba. La intrigaban el misterio de sus
juegos y la paciencia de sus esperas. Hasta entonces, ella desconocía el lenguaje de la inteligencia,
sobre todo de esa inteligencia en muchos sentidos maligna: un hombre mayor que hace todo para
seducir a una mujer joven y se retira a esperar que la presa avance hasta sus manos, que tal vez
conozca sus aún precarias defensas. Y el tiempo que tuvo para pensar en Leo le ofreció la serenidad
de aceptar que sólo le había sido permitido asomarse a una de las puertas del amor, que más allá
todo era desconocido. En la naturaleza de hombres como Leo —concluyó después—, los
instrumentos de la seducción eran proporcionales al celo con que defendían su libertad.
Muy temprano en la mañana bajó a la sala y fue a buscar a Teresa. Le ofreció disculpas.
—No se preocupe, niña —dijo—. La conozco desde chiquita y sé lo difícil que es la vida
para dos mujeres solas. Ya ni me acuerdo de cuando la cargaba en estos brazos, ¿Le preparo algo?
—Gracias, Teresa, no tengo hambre.
—La noto rara, niña —dijo sin mirar a Verónica, entreteniéndose en poner orden en una
vajilla perfectamente ordenada—. No me diga que se enamoró.
—Lo peor es que no sé, Teresa.
—Se dará cuenta cuando le duela haberlo perdido.
—Prepáreme un jugo de zanahoria con naranja, sin azúcar—cambió de idea. Teresa le había
abierto el corazón a sus tribulaciones. No podía defraudarla.
—¿Qué pasó con el que le mandaba esos ramos de flores tan lindos?
—Se va de viaje, Teresa.
—¿Ya ve lo que le dije? Si le duele es porque está enamorada.
El pequeño televisor en blanco y negro pasaba las imágenes lluviosas de una de las
telenovelas de la mañana. Teresa hablaba con Verónica sin desprender la vista del televisor.
—¿Está buena? —le preguntó Verónica.
—Hace más de una semana no pasa nada—protestó Teresa—. Si me pierdo un capítulo no
me pierdo nada. La veo todos los días para ver si pasa algo, porque si pasa algo, ¿cómo hago para
saberlo?
Sonó el teléfono y Verónica le hizo a Teresa el gesto de responderlo. La empleada rezongó
unos pocos monosílabos y colgó. Era su mamá —dijo—. Que ya viene para acá.
—Tengo que estudiar —dijo Verónica—. Súbame el jugo mi cuarto.
Deseaba estar sola. Cada día está más linda, niña Vero —le dijo Teresa.
Después de esa noche y en los cuatro días siguientes. Verónica prolongó la despedida de
Leo como se prolonga una agonía. Él no quiso que lo acompañara al aeropuerto.
Beatriz había decidido abandonar a su Gordis. Éste, herido en su amor propio, se resistió a aceptar
la decisión. Tenía aún en su escritorio el contrato que la vinculaba como modelo a la empresa y la
obligaba a trabajar durante un año en la imagen de la nueva línea de ropa interior femenina. Ésta
era la carta guardada en la manga, esto era al menos lo que creía el gerente de mercadeo. Si ella lo
abandonaba, si los tres meses transcurridos fueran de repente ignorados por quien le había dicho
que prefería estar sola y pensar en su futuro, que todo había sido muy lindo, que necesitaba tiempo
para poner orden en sus sentimientos —cuando lo que quería decirle era más brutal e irrevocable—,
si no se trataba de un capricho y todo no fuera más que confusión en la joven que él había lanzado a
la fama, no habría necesidad de usar contra ella el as guardado en la manga.
Se irritó hasta la cólera cuando Beatriz anunció a la empresa que, rescindía su contrato.
Estaba dispuesta a devolver cuanto se le había pagado e incluso a asumir los daños y perjuicios que
pudiera causar su renuncia. Lo hizo saber por medio del abogado que visitó al Gordis. ¿De dónde
sacaba dinero para devolver a la empresa y pagar daños y perjuicios ocasionados por la violación
de una cláusula de su contrato?, se preguntó el Gordis. La señorita Lopera —dijo el abogado al
final de una conciliación— le pide comedidamente que deje de acosarla.
¿La acosaba realmente? La llamaba tres y cuatro veces al día, la abrumaba con regalos, la
acechaba donde esperaba encontrarla, le dejaba mensajes suplicantes en el contestador. Cometió un
error: amenazarla con represalias legales. Por esto el abogado quería dejar en claro que Beatriz no
estaba dispuesta a sufrir ninguna clase de amenazas: le aconsejaba aceptar la conciliación propuesta
por su clienta.
Dos días después, olvidando las advertencias o restándoles importancia, sin saber que el
abogado de Beatriz era el mismo que se ocupaba de los asuntos legales de Fabián Acosta, insistió
de nuevo en su asedio. Se estaba enloqueciendo. Regresaba a su apartamento y sentía la ronda de
un fantasma en la sala y el dormitorio. Miraba las fotografías de Beatriz y le hablaba como si
estuviera presente, por momentos en tono de súplica, a veces con el rencoroso acento de quien se
sabe burlado. Volvió a ver los videos de los desfiles y a reconstruir con dolorosa nostalgia las
escenas de una pasión que Beatriz despojó desde el principio de toda duda. Te quiero por lo que
eres, le repetía ella en los primeros encuentros. Lo quería por lo que era y no porque él fuese el
puente que la vida le había trazado para convertirse en modelo exitosa —recordaba el Gordis. Y, al
recordarlo, pensaba que había sido el instrumento de una ambición desmesurada y diabólica.
Ignoraba que, estando al lado de Beatriz, comprometidos sin comprometerse en un pacto amoroso,
ella se escapaba a veces a bares y discotecas. En dos ocasiones había aceptado los avances de sus
pretendientes. La primera vez, el acoso de un actor de televisión, ante quien cedió sin demasiadas
resistencias. Y la segunda, mientras saltaba sola en el centro de la pista de baile, cuando le
flaquearon las fuerzas y no pudo resistir la invitación de quien se identificó como viceministro de
no recordaba qué cartera. La había asediado en todo momento. Acabaron en un motel de La Calera,
en una breve madrugada arrullada por el canto de los pájaros. No recordaba el nombre del
viceministro. Su experiencia con el actor fue todo un fiasco. Atiborrado de alcohol y cocaína,
fracasó en el intento de penetrarla. Amanecieron sentados en el piso y en una sala decorada con
fotos ampliadas del actor. A falta de sexo, que era lo que ella esperaba, no dieron tregua al montón
de cocaína que se apilaba sobre la portada de una revista. Sentía obstruida la nariz. Las
mucosidades se volvían densas, chorreaban gotas por sus fosas nasales. El actor apenas podía
hablar. Fumaron bazuco, un cigarrillo tras otro, de manera compulsiva. En un instante de lucidez,
Beatriz decidió regresar a casa. Al día siguiente, el Gordis la llamó enfadado, ¿dónde se había
metido?, la había estado buscando como loco. Sin haber podido dormir ni un minuto, Beatriz le
colgó el teléfono después de decirle que se fuera a la mierda. Jamás supo de las infidelidades de la
amiga.
Una noche, dos hombres de aspecto anodino llamaron la puerta del apartamento de Frank
Rueda. Venían de parte de "un amigo íntimo de Beatriz Lépera". Primero con palabras amables,
después con expresión agria, finalmente con frases amenazantes, le exigieron dejar en paz a la
muchacha. No cometa imprudencias —le dijeron—. Deje tranquila a la señorita Lopera.
¿Quiénes eran ellos para exigirle tal cosa, para amenazarlo en su propia casa? Eso no
importa —le dijeron—. Usted es joven, un joven con mucha vida por delante, no sacrifique su
futuro por una locura —dijo uno de los tipos—. La señorita Lopera ya llegó a un acuerdo
satisfactorio con su empresa.
Eran los enviados de Fabián Acosta, el empresario que había prometido convertir a Beatriz
en reina de belleza. De modelo a reina. Si llegaba a ser reina —soñaba la muchacha— regresaría a
su carrera de modelo con mayores garantías de éxito. ¿Quería seguir siendo actriz? Tal vez él
pudiera hacer algo. Tenía un amigo libretista, conocía a un director de novelas. ¿Quién era Acosta?
El Gordis sabía por Amparo Consuegra que era un próspero negociante en Joyas.
Consideró la gravedad de las amenazas y abandonó la obsesión de recuperar a su amante.
¿Podría llamarla así, mi amante? Averiguó más sobre la vida de Acosta y no supo nada distinto a lo
que unos pocos sabían, sobre todo Martínez, gerente de la agencia del banco donde Acosta tenía
una de sus cuentas. Era un cliente excepcional, consignaba en efectivo fuertes sumas diarias.
Seguramente tuviera cuentas en otros bancos. Se encargaba personalmente de sus negocios en
diferentes ciudades, le dijo confidencialmente el amigo. Viajaba con frecuencia al exterior, poseía
casas y apartamentos en tres ciudades, conducía una camioneta blindada, de cristales polarizados,
se hacía acompañar por dos escoltas, tal vez los mismos que visitaron al Gordis en su apartamento.
Dicen que tiene una casa en Miami —le informó Martínez. Si le ofrecía esta información
confidencial sobre un cliente de su banco no era porque se tratara de un caso especial. Su banco y
todos los bancos estaban a la caza de clientes especiales. Comparada con la cuenta de otros clientes,
la de Acosta era una cuenta de nivel medio, importante para el banco pero no lo suficiente como
para alarmarse si la trasladaba a otra entidad. Tal vez tuviera cuentas en otros bancos, repitió. ¿Qué
clase de control se hacía sobre estos clientes? —se atrevió a preguntar Frank Rueda—. ¿Controles?,
la pregunta, quiso decirle a carcajadas Martínez, era una solemne tontería. Los bancos no controlan
la ruta de llegada.
El perfil inequívoco de Fabián aumentó el temor que había sentido después de aquella visita
inesperada. Lo aumentó aún más la llamada del propio Fabián. Óigame bien, Frank, usted y yo
apenas nos hemos visto—le dijo con voz comedida—. Si hace algo que me obligue a verlo
personalmente, se va a arrepentir toda su vida. Haga de cuenta que Beatriz dejó de existir.
El Gordis descodificó el mensaje: Acosta lo estaba amenazando.
¿Sabía Guido Leonardo Pradilla, creativo de publicidad y hombre de mundo, quién era el
misterioso Acosta? Lo llamaría. En la fiesta donde Beatriz conoció al tipo, Pradilla había
cruzado algunas palabras con el joyero, recordó el Gordis. Pradilla y Upegui. Parecía un tipo
simpático, pasaba de un grupo a otro, pero desentonaba en el ambiente. Pretendía ser ceremonioso
y educado y resultaba artificial en cada gesto.
Amparo Consuegra, la decoradora, lo paseaba e introducía entre desconocidos. Upegui lo
saludó de palmaditas en la espalda. ¿A quién no saludaba con palmaditas en la espalda?
El Gordis encontró a Leo en casa. ¿Tenía unos minutos para él? Venga a mi apartamento si
no le da envidia saber que viajo a Europa esta noche —aceptó Pradilla. Supongo que su empresa ya
pagó el saldo que tiene pendiente con mi agencia —bromeó, aunque supuso que el Gordis no le
estaba pidiendo una cita para hablarle de las deudas de su empresa.
—Párele bolas, hermano —le aconsejó cuando escuchó la narración de los hechos—. Esos
tipos no juegan —advirtió Leo mientras sacaba del closet mudas de ropa que seleccionaba y
doblaba encima de la cama. El visitante identificó la marca de la maleta vacía, abierta al pie de la
cama: Louis Vuitton. Un esnob como Pradilla —decían quienes lo conocían y querían mal, aunque
no hicieran nunca nada para evitarlo— sólo adquiría artículos de marca. Me encanta este suéter de
lana de cordero —dijo para sí—. Mientras más viejo, más me gusta —murmuró al acomodarlo
encima de la ropa seleccionada para el viaje.
—¿Quién es en verdad el tal Fabián Acosta?
—Es lo que parece, un tipo dispuesto a todo para seducir y conservar lo que quiere. Lo he
visto dos o tres veces. La Consuegra le hace las relaciones públicas. Últimamente, como te consta,
lo invita a toda fiesta donde ella tenga llaves de entrada. Y sabes que Amparo tiene llaves para
todas las puertas. Si no las tiene, revienta las cerraduras.
—¿Mafioso?
—No sea pendejo, Frank —se rió—. Es un tipo con plata y muchas ganas de demostrar que
la tiene. Un mafioso es apenaste el primer eslabón de la cadena donde se abre el grifo de la plata.
Acosta puede ser uno de los siguientes eslabones. No es necesario traficar con droga para ser
narcotraficante.
La teoría de Pradilla no era novedosa. No le podía asegurar que Acosta fuera mafioso, a lo
mejor se había ganado decentemente la plata. ¿No sabía que las joyerías son el negocio preferido de
los esmeralderos y uno no va diciendo que todo esmeraldero es mafioso si no acepta que muchos
esmeralderos trabajan con la mafia? ¿O, a la inversa, que mafiosos y esmeralderos tienen una
sociedad estrictamente anónima? ¿No veía que esmeralderos y mafiosos se estaban asociando en
grupos armados para repeler las amenazas de la guerrilla?
—¿Es o no es? —se impacientó el Gordis.
—No sé si es o no es —bromeó Pradilla al desechar una chaqueta de tweed a cuadros, de
moda en la década anterior.
Le dijo algo más: cuando los mafiosos tienen la plata que sale como agua por el grifo
abierto de sus negocios, dan el paso siguiente: la conquista del poder. Usted sabe —decía— que el
poder se consigue por muchos medios, pero ellos sólo tienen dos instrumentos para conquistarlo:
sus fortunas y sus fierros.
Pradilla no pretendía convencer al amigo. La mafia no era solamente una industria criminal
organizada. Estaba imponiendo un estilo de vida. Dinero fácil, despilfarro, conquista de espacio
social, complacencia de quienes ya lo tenían. Cualquiera que mediante un golpe de suerte se
creyera rico de la noche a la mañana podía hacer lo mismo o dar a creer que vivía de esta forma. Si
los mafiosos imitaban a los ricos volviendo superlativa la ostentación de sus riquezas e incluso
imitando el estilo de acumularla y consolidarla en empresas legales, los pobres diablos de clase
media, enriquecidos gracias al éxito en negocios distintos y seguramente más legítimos, o
trabajando en la prestación de servicios a las organizaciones criminales, se miraban a menudo en el
espejo de los mafiosos, simulaban poseer la riqueza que no poseían, adquirían los símbolos
externos de su poder, apartamentos de lujo, carros aparatosos, seguridad innecesaria. ¿No hacían lo
mismo los políticos? El rango iba en proporción directa a la exhibición de su seguridad, camionetas
blindadas, escoltas motorizados y precauciones estrambóticas.
—¿Por qué se va de viaje. Leo? —cambió de tema el Gordis.
—Porque lo necesito —respondió fríamente, interesado como estaba en la elección de una
chaqueta de cachemir azul marino—. Me largo a dar vueltas por Europa —dijo, doblando
cuidadosamente la prenda.
—¿Y Verónica?
—Soy lo mejor y lo peor que podía sucederle a esa muchacha. No se está enamorando de mí
sino del papá que quiere tener.
¿Cómo así? No entendía. Muy simple —explicó—. El padre es el tabú inaccesible. Un
hombre distinto al padre, con edad aproximada de éste, deja de ser tabú y se convierte en objeto de
seducción. Nada le prohíbe a una muchacha acostarse con el hombre que responda a la imagen del
padre. No me tome en serio, especulo. Si Verónica no se torcía en el camino, conseguiría lo que se
propusiera.
—¿Si no se tuerce como la malparida de Beatriz? —dijo rencorosamente.
—No dije eso. No escupa para arriba ni tire piedras sobre su propio tejado. Esa "malparida"
es la muchacha de quien usted está enamorado.
Dijo enseguida que el mundo le tendía a las mujeres jóvenes y bellas trampas desastrosas.
Crecen con la idea de conseguirlo todo en un instante, abrevian el tramo que va de la juventud a la
vida adulta. Burlan la trampa y pagan el precio que sea. Tienen el capital de belleza y juventud y lo
invierten en acciones seguras.
—¿Quiere que lo acompañe al aeropuerto?
—Ni lo sueñe, Frank, no sirvo de paño de lágrimas. Guarde luto por esa preciosura y piense
que tuvo el privilegio de comerse la mejor fruta de la huerta.
Le recordó, para consolarlo, que ambos trabajaban en un semillero de frutas. Prométale a
cualquiera de esas muchachas que la volverá modelo de sus nuevas líneas de ropa y la tendrá
comiendo en su mano —le dijo. ¿Le interesaba un consejo? No las tome en serio, acepte que se
trata de una pragmática prestación de servicios mutuos. Le aconsejaba no meter el corazón en los
negocios, lo suyo y lo de ellas eran los negocios —le dijo. Dentro de diez años habremos creado
una fabulosa industria de la belleza, con un mercado interno extraordinario y con posibilidades de
exportarlo. ¿No están exportando ustedes sus brasieres y pantis? Dentro de poco, exportaremos
lindas muchachas.
¿Quería aprender algo más sobre la ecuación amor/negocios? No era difícil comprenderlo si
miraba con atención la vida de John Peralta, el vicepresidente de producción del Canal Equis-Zeta.
A sus cincuenta y nueve años confesados —tal vez rondara los sesenta y tres—, Peralta ganaba la
plata que quería y conseguía a los mancebos que le gustaban. Todo empezó hace veinte años: un
cuarentón ambicioso adivinó que la televisión sería cosa seria y muy rentable. ¿Cómo llaman los
españoles a la operación de invertir en un buen matrimonio? Braguetazo. Peralta había dado un
braguetazo al casarse con la hija del propietario del canal. Lo convenció de comprar pequeñas
productoras y consolidarlas en un grupo. Hoy en día —decía Pradilla con el entusiasmo que le
provocó sacar de la parte baja del closet unos botines, Fierre Cardin—, esos atletas de cara linda y
músculos sabiamente cultivados conocían las reglas del juego. Una cena íntima y una llamada
convertía a un fisioculturista en actor, un empujoncito en los medios, preferiblemente en la
televisión, lanzaba al guapo muchacho al estrellato. ¿Que Peralta era casado desde hacía veintitrés
años, como se supo en la crónica social de hace un mes? Todos tenemos derecho a aburrirnos, dijo
Pradilla. Y a cambiar de juguete: un hueco viejo por un palo Joven, por ejemplo.
¿Por qué hablaba así de Peralta si lo tenía entre sus amigos? En este negocio no se tienen
amigos sino socios, dijo Pradilla.
Si el Gordis no hubiera sostenido esta conversación con Pradilla habría seguido pensando lo
que siempre había pensado del publicista, que era un cínico incorregible, inteligente, demasiado
inteligente para muchos, pero un tipo a quien le gustaba hasta la fascinación demostrar que su
inteligencia lo separaba de los demás mortales. ¿Dónde había ido a parar el subversivo de hace
veinte años? Se lo digo de frente y sin vergüenza: uno no se decepciona para traicionar su
inteligencia sino para conservarla, fue la repelente respuesta que Pradilla le dio un día al Gordis
mientras discutían estrategias de mercadeo y se proyectaban en una pantalla las mejores opciones
para el lanzamiento de la nueva línea de brasieres y pantis de la empresa.
¿Decepcionado de qué? Mientras se sucedían las imágenes en la pantalla y el proyector
presentaba las propuestas de Pradilla, mire esa preciosura de muchacha, Frank, le decía al cliente de
la agencia y éste le pedía congelar la imagen en el cuerpo de la niña que, frente al espejo de una
alcoba de ensueño, acababa de abrocharse el sujetador. Se llama Beatriz Lopera y está en la lista de
las modelos de mi agencia.
Pradilla defendía ante sus clientes la idea de preferir las sutilezas a la vulgaridad de las
evidencias, no olvidemos que nuestra producción va dirigida a mujeres de poder adquisitivo medio
y alto, respondía a las inquietudes de Frank Rueda, el gerente de mercadeo, obsesionado por el
pasado del publicista. Leo descorchaba una botella de vino y servía dos copas. Acudía a las
reuniones de trabajo con su propia botella de vino, de marca y cosecha preferidas, satisfacía con
humor la curiosidad de quienes sabían de su pasado de revolucionario.
De los veinte a los treinta, precisaba. Fue su década revolucionaria. Y en la más radical de
las facciones. ¿No era testimonio de ello la foto ampliada que decoraba uno de los muros de su
oficina, en la que se le veía a la cabeza de una manifestación, con gorra al estilo Mao encasquetada
en su cabeza?
Leonardo Pradilla era entonces un muchacho de clase media, visitante de carreras que
iniciaba sin concluir. Arquitectura, Diseño gráfico, Filosofía y Letras. A diferencia de los hijos de
papi, conoció el riesgo de mal vivir solo y con recursos azarosos.
—¿De que vivías?, le preguntaban sus nuevos amigos en aquellas sesiones en las que se
discutía el impacto de sus propuestas publicitarias. La publicidad tiene que aprender del cine, decía
Pradilla,¿no habían visto Un hombre y una mujer, la película de Lelouch? Un spot publicitario
debía aprender de la estética amable y ligera de películas como ésta. Como la publicidad, también
vendían la belleza.
De nada y de lo que apareciera —así había podido sobrevivir.
El Gordis recordaría, mientras se acomodaba a la idea de haber perdido a Beatriz, los cautos
consejos del cínico. Recordaba las conversaciones pasadas. La inteligencia no era un bien inútil.
Pradilla no era rico, ganaba mucho, pasaba temporadas de crisis, gastaba con mano abierta, obtenía
créditos y los pagaba puntualmente o pedía moratorias según la expectativa de sus ingresos. Para
sus amigos —si los tenía— era un modelo de exquisitez. Todo en él parecía metódicamente
elegido. La ropa de marca, por ejemplo. No concebía que se pudiera vestir un traje que no llevara la
firma de Giorgio Armani, Pierre Cardin, Hugo Boss o Ermenegildo Zegna; su colección de
gabardinas tenía la etiqueta de Burberry’s; sus corbatas de seda ocultaban la marca de Hermés. La
decoración de su apartamento, elegida por él mismo, era de un aséptico minimalismo. Prefería allí
los colores claros, blancos y beiges. Las bebidas, sobre todo la champaña, se almacenaban en una
bodega protegida del calor y la luz, al lado de vinos tintos de la Rioja, Coleccionaba tintos de
Bourgogne y blancos alemanes. Su auto deportivo causaba envidia pero lo tenía porque armonizaba
con su estilo de vida: la belleza de sus líneas, la potencia del motor, el cuero del tapizado, la
seguridad que le brindaba cuando pasaba de los ciento cincuenta kilómetros por hora, no fueron
otras sus razones cuando decidió comprar el Porsche con el dinero ganado por sus servicios en una
campaña política. El candidato era una mierda, pero gracias a su trabajo de imagen pudo salir
elegido.
—¿Por qué dejó de ser revolucionario? —le preguntó el Gordis un día.
—Porque las revoluciones empiezan a ser obra de hombres sin escrúpulos, Frank, hombres
delirantes que se eliminan entre ellos. El día que lleguen al poder eliminarán a quienes se opongan.
—¿Como en los negocios?
—Como en los negocios, Frank —aceptó—. Las revoluciones de ahora no están hechas por
santos iluminados sino por prisioneros de sus propios rencores. Como los negocios no se hacen
para crear riqueza y redistribuirla socialmente sino para acumularla en grandes monopolios. Los
negociantes, como los revolucionarios, eliminan a la competencia. No se sabe quién aprendió de
quién.
Antes de dar a entender al Gordis que la cita había durado más de lo esperado, le dio a
probar una copa de vino. Era un Vega Sicilia del 84. Le ofreció una rebanada de jamón Jabugo y lo
despidió en la puerta. Alimentan los puercos con bellotas para que unos pocos puercos
privilegiados nos comamos la carne más cara del mundo —dijo antes de llevarse a la boca otra
rebanada de Jabugo.
Frank Rueda regresó a su apartamento de la calle 86 con Novena y lloró al volver a
proyectar el vídeo del desfile. Se sirvió un vaso de vodka puro y lo bebió de un largo sorbo. Trajo
la botella al lado de la mesita de la sala y, repitiendo una y otra vez la visión de las imágenes que
mostraban a Beatriz en pasarela y camerinos, bebió con ansiedad hasta el anochecer. Abrió su
agenda y repasó la lista de clientes y amigos. Se tropezó con un nombre y un número de teléfono:
Sandra, 2891500. ¿Quién era Sandra, con teléfono y sin apellido. Su memoria se iluminó con el
recuerdo de una joven de veintidós años. La llamó. La voz ronca y las tonalidades melindrosas de
su acento lo devolvieron a un cuarto de hotel ¿Lo recordaba? Claro que lo recordaba, cómo no iba a
recordar a un papacito como él —le mintió la voz al otro lado de la línea. ¿Vienes a mi
apartamento? —le preguntó el Gordis. Propuso la tarifa. No, mi amor —le dijo la melindrosa—, un
poquito más, no te olvides que el costo de vida está ahora por las nubes.
Apagó el betamax, extrajo la cinta y la destrozó a golpes de martillo.
Beatriz se asomó al ventanal corredizo y respiró el aire frío y puro del jardín sembrado de
eucaliptos. Más allá, la visión brumosa de los cerros. Seguía de pie y abstraída. La casa, recostada
en una pendiente, más allá de la calle 132, había sido adquirida hacía apenas un año. La ubicua
Amparo Consuegra se había encargado de la decoración, Upegui, el constructor intermediario en la
venta, se la había vendido al contado y en dólares. Un circuito interno de televisión servía a dos
vigilantes armados para volverla casi inexpugnable. Dos Rossweiler, importados de Estados
Unidos, ayudaban con su ferocidad a cámaras y vigilantes.
—¿Te gusta el paisaje? —le preguntó Acosta al abrazarla por la espalda.
—Me encanta —dijo ella sin volver la cabeza.
Vestía un salto de cama blanco y transparente, sin ropa interior. Acosta compró la prenda
pensando que después de la primera cita éste era el salto de cama que Beatriz exhibiría en los
desayunos.
Beatriz le había pedido a Verónica que dijera, si llamaba su madre, que se había quedado a
dormir en su casa. Verónica le había sugerido que lo mejor sería decirle la verdad. "¿Qué le digo?"
—le preguntó Beatriz. "Que te vas a vivir con Fabián".
—¿Quieres vivir conmigo? —le había pedido él la noche anterior.
—No puedo —dijo ella—. Me faltan dos meses para terminar el bachillerato.
—Te vienes a vivir conmigo cuando termines. Acosta le acarició las nalgas.
—Tienes el culo más fantástico del mundo.
—¿No te gustan mis tetas?
—Me enloquecen —y las estrujó como si tratara de medir volumen y dureza.
—¿Qué más te gusta de mi cuerpo?
—Todo —le dijo Acosta. Y pasó de nuevo sus manos por las nalgas, que Beatriz apretó con
coquetería. Esas duras nalgas adolescentes se le habían revelado a Fabián en el desfile de
lanzamiento de la colección, al que había sido invitado por Amparo Consuegra. Al día siguiente vio
en la prensa las fotografías del desfile y recortó la que mostraba a Beatriz desfilando de espaldas.
Supo que la modelo salía con Frank Rueda. Se propuso sacarlo del camino.
—¿Crees que puedo ser reina de belleza?
—Te lo aseguro.
Acosta le pidió quedarse quieta frente al ventanal. "Cierra los ojos" —le pidió. Y se ausentó
algunos segundos. Beatriz obedeció. Sintió después la caída de un delicado objeto metálico sobre
su cuello, la mano que lo rodeaba y la torpeza con que la mano maniobraba debajo de los cabellos.
Seguía con los ojos cerrados. Acosta la condujo hacia un extremo del salón, frente al gran espejo
del recibidor, pidiéndole que no abriera los ojos.
—¡Divina! —exclamó ella al ver la gargantilla en su cuello—, ¡Divina, mi amor! —y se
lanzó a los brazos del tipo.
¿No era un próspero propietario de joyerías acreditadas en todo el país? Sólo así podía
explicarse la generosidad de aquel hombre joven, buen mozo y un poco áspero. Sólo así podía
explicarse que una vez puesta en su cuello la gargantilla de oro, Acosta le tomara las manos y con
gestos rituales empezara a introducir en los dedos anillos y sortijas.
La muchacha lloró de emoción al verse ante el espejo, no lo puedo creer, lloró como sólo
saben hacerlo algunas mujeres ante el espectáculo deslumbrante de joyas ajenas y propias. ¿Quién
no las ha visto frente a las vitrinas y escaparates de las joyerías? Las lágrimas de emoción que
bajaban por párpados y mejillas nacían de esa atávica predilección femenina por las joyas. ¿No era
la bisutería el sucedáneo de esta fantástica exhibición de brillo?
Acosta le pidió que se sentara en el sofá y cruzara las piernas, póngase bien sexy, mamacita,
que colocara las manos sobre las rodillas desnudas, póngase ahí como si posara pa' las cámaras.
Quería admirar a la distancia el aspecto que ofrecía una chica hermosa con los dedos de las dos
manos preciosamente decorados con sus sortijas, tan clasuda que se ve así, mijita. Le pidió extender
hacia él una pierna, déme esa patica, y abrochó una cadenita de oro en un tobillo. De esta visión y,
del orgullo de haber regalado a la joven joyas que le pertenecían, Acosta se emocionó con la idea
de promocionar la imagen de sus negocios. Anuncios de prensa, publicidad en las revistas, fotos
fijas de una modelo inexpresiva no bastaban para destacar la exclusividad de sus joyerías. Pediría a
una agencia de publicidad la realización de un spot de diez o veinte segundos, nadie más que
Beatriz podría ser la imagen audaz de joyerías que tenían su clientela asegurada. "Gold & Fashion",
exclamó, como si se imaginara el rótulo en los comerciales de televisión.
Volvió a admirar a Beatriz sentada en el sofá. Corrigió la posición inicial, le pidió llevar una
mano a los cabellos e imaginó el impacto de la imagen: la cámara registraría la mano enjoyada que
ordena los cabellos de una mujer joven, de expresión inocente. Beatriz pensó de inmediato en el
genio creativo de Leonardo Pradilla. Se lo diría a Verónica.
—¿Son mías? —preguntó ingenuamente extendiendo las manos.
—Son todas tuyas —respondió Acosta—. A propósito, ¿qué pasó con tu Gordis?
—Parece que se quedó tranquilo.
—Lo mejor que puede hacer es quedarse tranquilo.
—Es un buen tipo —dijo Beatriz.
—¡Es un pobre diablo!
Acosta había sacado del camino al Gordis. Beatriz no se atrevía a decir que hubiera sido
preferible convencerlo con métodos distintos a las amenazas. No era un mal tipo. No lo había
amado. Le había mentido. No hay buenos tipos sino pendejos sin agallas —dijo Fabián.
Le propuso una sesión de jacuzzi. Beatriz le dijo que era tarde, debía llamar a la madre. Lo
dejamos para otro día, le dijo a manera de súplica.
—En el garaje tengo un Mazda que nunca uso —le dijo Fabián al despedirla—. ¿Tienes
permiso de conducir? —ella negó con la cabeza—. Mañana conseguimos uno. Supongo que sabes
manejar.
El auto era un modelo del 87, insignificante al lado del Mercedes Benz blindado que lo
acompañaba en el garaje.
Doña Dolores de Lopera ahogó un grito de felicidad al abrir la puerta del pequeño apartamento y
recibir el inmenso arreglo floral acompañado de frutas, Mija, le mandaron flores —gritó. Miró la
tarjeta y su felicidad fue mayor al saber que el ramo de flores era para ella. Lo enviaba Fabián
Acosta. Firmó el comprobante de entrega y se quedó inmóvil en la puerta. Son para mí, suspiró.
—¡Qué detalle tan lindo de su amigo!
Beatriz interrumpió sus ejercicios en la bicicleta estática. Por falta de espacio, la había
instalado en su dormitorio, uno de los dos cuartos del apartamento. En la mañana, al regresar a
casa, no había tenido tiempo de enseñar a la madre la colección de sortijas, ni ésta la curiosidad de
ver la gargantilla nueva en el cuello de su hija. Cuando lo hizo, con las manos tapándose la boca,
doña Dolores permaneció con los ojos desmesuradamente abiertos. Beatriz tendría que inventar
alguna explicación cuando apareciera en casa con el Mazda. Diría que lo había comprado a crédito,
una ganga, mamá, me dieron tres años para pagarlo en módicas cuotas mensuales, una excusa que
no alarmara a la madre.
—Me alegra, mija, que haya conseguido un buen partido.
Beatriz soltó una carcajada.
—No me case antes de hora, mamá —le dijo—. Fabián es apenas un amigo.
—Si es así como amigo, cómo será cuando sea su novio —dijo la madre—. Oiga, mija, ¿se
acordó de pagar el arriendo?
—Ahora mismo le hago el cheque, mamá.
—¿Cómo así que cheque, Beatriz?
—Abrí una cuenta corriente para no tener que andar con efectivo.
—No se olvide de estudiar, mija —dijo con humildad doña Dolores—. Acuérdese que tiene
los exámenes encima. Esta vez no la van a rajar, ponga de su parte y estudie.
—Estoy estudiando, no se preocupe.
—¿Cierto que se ve divina la nevera nueva en la cocina?
Le pegué esos adornitos.
La nevera y el televisor nuevos habían sido los primeros regalos de Beatriz al recibir su
primer cheque de modelo. Vinieron después el juego de sala y la cama de cedro, los artículos de
cocina y los juegos de sábanas de algodón puro, con sus respectivos tendidos, y el detalle de obligar
a la madre a una visita al odontólogo cuando recibió sus honorarios de actriz.
—Su papá va a sentirse orgulloso de tener una hija como usted —dijo doña Dolores—. Se
va a sentir orgulloso pero le va a dar mucha rabia saber que usted y yo podemos vivir decentemente
sin su ayuda. ¡Mire que abandonarnos cuando usted apenas tenía cuatro años! Dios castiga, mija.
Me dijeron que se quedó sin trabajo y que anda de puerta en puerta vendiendo enciclopedias.
No le satisfacía reconocer ante su hija el fracaso del marido, ni a la hija le hacía gracia
recibir noticias desalentadoras sobre el padre que a duras penas veía.
— A veces pienso que usted sigue enamorada de él.
—¿Enamorada? —chasqueó la lengua—. ¡Cómo se le ocurre! Nunca estuve enamorada de
ese zángano. Me casé con él porque una mujer de veintidós años tenía que casarse con el primer
pretendiente.
—No sé si estudie, mejor dicho —dijo sin venir a cuento—, no sé si estudie diseño gráfico
o de modas.
—Estudie lo que quiera, mija —dijo resignada—. Se puede costear la carrera con su trabajo
de modelo. ¡Si le contara, mija! Cada vez que usted sale en ese programa, las vecinas vienen a
felicitarme.
—Ya no soy modelo, mamá —y corrigió al instante—. Me hicieron una oferta mejor. Voy a
ser la modelo de una importante cadena de joyerías.
—Mejor —dijo la madre—. Así no tendrá que empelotarse, mija. No sabe la pena que me
dio cuando vi en los periódicos y en la televisión ese desfile.
—Si voy a seguir modelando, acostúmbrese a verme vestida y con poca ropa.
—Me cuesta mucho acostumbrarme a esas cosas —quebró la voz—. Yo sé que es una
profesión, que no hay nada malo en ser modelo. Entienda, mija, que a mí me educaron de otra
forma. Ya estoy muy vieja para adaptarme a esas costumbres.
—¿Vieja usted? No me haga reír —la abrazó y besó en la frente—, ¿Vieja con cuarenta y
un años? A usted lo que le falta es arreglarse. Ya verá, si me deja asesorarla, cómo le devolvemos
la juventud, mamá.
—¿Usted cree que ese muchacho va en serio? —preguntó preocupada—. No sé, usted es
una niña muy linda, me dolería mucho verla sufrir.
—No sea anticuada, mamá —le dijo con dulzura—. Ahora las parejas se conocen, pasan por
un período de prueba y después deciden. ¿Cómo voy a saber yo las intenciones de un hombre?
Nadie lo sabe.
—¿Ve? —exclamó—. Eso es lo que me aterra: que se conozcan, que hagan como usted dice
un período de prueba y al final no decidan nada. ¿Qué pasa luego? Pues que repiten lo mismo. ¡Qué
hombre va a respetar a una muchacha que ha pasado por tantas pruebas sin decidirse!
—No sea anticuada, mamá —le pasó la mano por los largos cabellos castaños—. La gente
se sigue enamorando y casando como antes, ¿Quiere que le diga una cosa? Las mujeres no tienen
que resignarse a vivir toda la vida con un hombre que no aman.
—Usted verá, Betty—aceptó resignada—. Por ahora, aunque no lo conozco, ese muchacho
me parece muy buena persona. ¡Qué lindo! ¡Mandarle flores a la suegra que no conoce!
Abrazada a la madre, Beatriz rió a carcajadas.
—No se vaya a escandalizar, viejita —le acarició las mejillas con el dorso de la mano—.
¿Qué tal que el dichoso matrimonio no tuviera sentido?
Consiguió escandalizarla: la madre enarcó tas cejas y le dio la espalda a la hija.
—¡Se acabaría la familia!
Beatriz miró la hora y encendió el televisor. El noticiero se abrió con un estruendo de
explosiones. Antes de identificar el lugar y consecuencias de las explosiones, la cámara se paseó
por un edificio derruido, por la confusión de hombres y mujeres que corrían entre policías, soldados
y socorristas. Una música fúnebre servía de audio a la emisión de las imágenes, seguidas por doña
Dolores con las manos puestas sobre su boca. Socorristas de la Cruz Roja sacaban muertos y
heridos de las ruinas. La cámara se paseaba por un vecindario en ruinas: carros achicharrados,
árboles talados por el impacto, tendidos de luz venidos abajo. Segundos después, la presentadora
del noticiero leyó los titulares del día. "Un nuevo atentado dinamitero sacudió a la ciudad de
Medellín...". La siguiente noticia mostraba tres cuerpos de policías abatidos en plena calle. "Sigue
la siniestra cruzada de exterminio contra miembros de la fuerza pública..."
—¡Apáguelo, mamá, por favor, apáguelo! —suplicó Beatriz.
—Espere un ratico, mija —suplicó la madre—. Usted sabe que tenemos familia en
Medellín. Antes de anoche, una bomba en Bogotá, ahora otra en Medellín —dijo la madre en voz
baja, como si rezara una oración—. ¡Sabrá Dios dónde vamos a parar!
Beatriz volvió a acariciar los cabellos de la madre y se dirigió a paso lento a su dormitorio.
Antes de almorzar la ensalada y la pechuga de pollo a la plancha que le había pedido a doña
Dolores, haría medía hora más de ejercicios. "..Por el momento, según los informes de las
autoridades, se habla de veinte muertos y decenas de heridos aún no identificados..." —escuchó
Beatriz al echarse la toalla al cuello. Empezó a pedalear. Doña Dolores apagó el televisor.
—La noto muy rara, mija —se acercó a decirle la madre—.Usted no durmió donde
Verónica. No me quiero meter en sus cosas, pero tenga cuidado.
—¿Dónde piensa que dormí, entonces? —preguntó Beatriz deteniendo el pedaleo.
Evitaba responder groseramente a su madre. ¡Las separaban tantas cosas! La irritaba su
resignación, le daba rabia verla envejecer con el convencimiento de que era vieja a los cuarenta y
un años, encontraba irritante su aceptación de la fatalidad en cada circunstancia adversa. Nada
podía hacer para modificar su comportamiento. Prefería mentirle, aunque las intuiciones de la
madre fueran a veces revelaciones fulminantes.
—Dormí en la casa de Fabián —encaró a la madre—. ¿Qué hay de malo en eso? —subió el
tono de voz como si la verdad exigiera mostrarse desnuda y desafiante—. Ya no soy una niña,
mamá. ¿Es que no se ha dado cuenta?
Doña Dolores la observó en silencio y optó por retirarse.
Upegui inspeccionó con Virginia cada rincón del gimnasio. Faltaban algunos accesorios, el acabado
de los baños tendría que ser de mármol, las baldosas del piso de grandes ladrillos crudos, la grifería
de bronce. Podía adquirirla mediante un canje. Canje o no canje, entra en el inventario de gastos,
bromeó agarrando del cuello a Virginia, que le respondió con un amago de golpe en la entrepierna.
La oficina de la administración le parecía desangelada. ¿Cuántas líneas telefónicas? No
menos de dos, una libre para los clientes y la otra para nosotros. Más adelante instalarían un
teléfono público de monedas. Un fax, falta un fax, Virginia, no sé cómo no se nos había ocurrido —
recordó llevándose las manos a la cabeza. Y la decoración, pongamos algo lindo en las paredes.
Guardaba en su casa litografías de pintores famosos. Dalí, ¿era falso el Dalí? Elegiría las de temas
y colores amables y las cedería al negocio en calidad de préstamo. En esa pared, de espaldas al
escritorio, colgaría la que representaba al santo desnudo, tamaño pliego, herido a flechazos. ¿Cuál
era el dichoso santo? San Esteban, recordó. Y en el salón de los aeróbicos lucirían muy bien
reproducciones de mujeres y hombres jóvenes en ropa deportiva, churros que se conviertan en
espejo de nuestros clientes. Tengo un Darío Morales, una mujer desnuda y patiabierta, pero vale
mucho, dijo Upegui. ¿Había hecho ya la lista de invitados? —le preguntó a Virginia. La
examinarían juntos, John Peralta había prometido mandar las cámaras del noticiero. Amparo
invitaría a sus amigos periodistas. ¿Le parecía adecuado el nombre del gimnasio? Perfect Body.
Cuerpo perfecto. Mucho más sugestivo en inglés. Que no se le olvidara la cita con el notario,
mañana a las nueve. Ya él había hecho trámites e inscripción de la sociedad en la Cámara de
Comercio. "Inversiones Nuevo Horizonte" era una razón social sencilla. "Inversiones Nuevo
Horizonte y Perfect Body se complacen en invitar a usted(es) a la inauguración del nuevo y
espectacular spa que abrirá sus puertas el próximo viernes... "¿Qué ofrecerían a los invitados? La
etiqueta mandaba que se dijera: se servirá copa de vino, pero había que servir más que vino,
conseguí unas cuantas cajas de vodka y whisky de cortesía, ordenar pasabocas, mejor que sobre y
no falte, dijo Virginia, serían casi doscientos invitados. Una idea genial: los camareros no
atenderían en uniforme negro y pajarita. Se le había ocurrido —dijo Upegui— que fueran atletas
musculosos vestidos solamente de pantalones blancos, descalzos, torso desnudo. ¿Se imaginaba el
impacto? —decía a Virginia. Ningún noticiero de televisión se va a perder esa noticia. Diez
fornidos fisioculturistas atendiendo a los invitados. ¿Por qué no cinco mujeres y cinco hombres? —
propuso Virginia. Como conejitas sin uniforme de conejitas —dijo. En minifalda negra, tacones
altos y ...topless, con insinuantes delantales de cuero, será un verdadero escándalo, tienen que ser
muy sofis, que no tengan las tetas muy grandes, entre 32 y 34, éstas serían las medidas ideales,
añadió Upegui. Niñas muy sofisticadas.
Upegui se subió a una máquina y trató de flexionar los brazos. Virginia le recordó que le
faltaba endurecer el abdomen, has bajado barriga pero necesitas tonificar esos músculos.
¿Funcionaba bien el baño turco? A las mil maravillas, dijo Virginia. ¿Quieres probarlo?, le
preguntó. Mejor mañana, dijo al bajarse de la máquina. Virginia le acarició el brillante cráneo
rasurado, ¿Cómo había quedado al fin el asunto del tercer socio? Fabián Acosta no quería figurar
en las escrituras del negocio, le había pedido a Upegui que figurara sólo él, suscribirían entre ellos
un documento privado. Tampoco Upegui figuraría, lo haría a través de su abogado. ¿Fabián
Acosta?, preguntó Virginia. ¿Salía con Beatriz Lopera, la amiga de su hija? El mismo. Su aporte de
trescientos mil dólares significaba apenas el 20% de la inversión. Upegui poseía el 28% y Virginia
el 52% restante. Una sociedad con más de millón y medio de dólares será una sociedad respetable,
venía diciéndole Upegui. Tenemos que abrir la cuenta corriente a nombre de Inversiones Nuevo
Horizonte, precisó él. ¿Cuánto quedaba en plata líquida? Veinte millones de pesos. Ya agoté mi
cuentica en dólares, se quejó Virginia, el BMW se me hizo humo. Acosta nos gira mañana para
pagar a los proveedores, informó exaltado. Debemos mucha plata. Les pagamos en efectivo, en
pesos y en dólares, propuso Virginia. Sí, porque Acosta nos da la plata en efectivo. Y que nos den
recibos con el debido incremento de los precios. ¿Estamos lavando?, se inquietó ella. Lavando no,
haciendo lo que casi todos hacen, respondió la voz realista de Upegui, ¿Me das un beso?, pidió al
arrebatárselo. Virginia lo recompensó con un fuerte apretón en la bragueta. ¿Cómo se porta mi
verguita chiquitica y tiernita? —le preguntó a sabiendas de que Upegui disfrutaba con sus
obscenidades. Se para, no se para, dijo Upegui.
Antes de salir del gimnasio, Upegui le recordó a Virginia que se diera prisa en la
contratación del sistema de alarma. ¿Almorzarían juntos? No, le había prometido a Verónica
almorzar en casa. La pobre no paraba de estudiar día y noche. ¿Salía con Leo Pradilla? Sí, hasta
donde sabía —dijo Virginia—, Pradilla era apenas amigo. Además, se había ido de viaje a Europa.
¿Sabía que Acosta tenía a Beatriz comiendo de su mano? No lo sabía. La tiene comiendo en
bandeja de oro, dijo Upegui. ¿Hasta cuándo?, dudó Virginia. La respuesta fue un suspiro hondo
acompañado por un encogimiento de hombros. Se le ha metido en la cabeza volverla reina de
belleza. Le parecía cruel decirlo —opinó Virginia—, pero la primera beneficiada en esa relación
sería la madre de Beatriz. ¿Sabes lo que es ser pobre? —preguntó. Esa humilde mujer tiene todas
sus esperanzas puestas en la hija.
Virginia no la conocía. Sabía por Verónica que la madre de Beatriz había criado sola a su
hija con pequeños contratos de restaurantes y pedidos para fiestas particulares, haciendo lo que
sabía hacer, cocinar platos criollos, ajiaco y sobrebarriga. Había montado una pequeña empresa de
confección de ropa para niños, pero la oferta industrial arruinó su negocio. Pobre mujer. Verónica
se hizo amiga de Beatriz cuando iban a ese colegio de mediopelo. ¿Quién iba a creerlo? De niña era
una langaruta pálida y tímida, así la recordaba Virginia. Beatriz Lopera no era, cuando la conoció,
ni la sombra de la linda niña de hoy. Lo que era la vida. Había días en que, de pura pena, la invitaba
a comer en su casa. Lo que era la vida: ahora era una modelo famosa. ¿Por cuánto tiempo?
Depende de ella, pronosticó Virginia. Poco o mucho tiempo. Más bien poco. El tiempo de esta
profesión —lo sabía ella— se consumía en un suspiro. Podía durar lo que durara la juventud, pero
la juventud se medía hoy con una vara cada vez más corta, ¿Respiraba por la herida? ¿Presentía que
la medida de la juventud se había alejado hacía mucho tiempo de ella?
—¿Decidiste permutarme la casa? —le preguntó Upegui—. En ese terreno puedo construir
un edificio de cuatro pisos. Te doy un bonito apartamento moderno de ciento cuarenta metros
cuadrados y te quitas de encima el problema de la seguridad.
—Lo estoy pensando —dijo Virginia—. Está a nombre de las dos.
—Convence entonces a tu hija.
Verónica no estaba convencida de la permuta. Se había negado a la oferta de Epaminondas
Romero. Era una casa vieja, de por lo menos veinte años, había nacido y crecido allí. Las paredes y
los techos filtraban humedades. El aspecto que ofrecía en el vecindario era como un parche en
medio de las nuevas edificaciones: el pequeño patio de rejas oxidadas, el garaje con puertas de
madera carcomida. Era una casa amplia, de dos pisos, una casa de clase media levantada hacía dos
décadas en el extremo nororiental de la ciudad, antes de que la Avenida Circunvalar diera
nacimiento a nuevas casas y edificios, mucho más suntuosos y caros que los antiguos. Pensaba que
la decisión de permutarla sería una falta de respeto a la memoria de su padre. La oferta era en todo
caso tentadora. Lo pensaría, le dijo Virginia a Javier Upegui. Trataría de convencer a su hija.
—Me llegó un telegrama de Leo —dijo con el papel en la mano—. Dice que me extraña, que el
verano de París es dulce como pétalos de rosa con miel.
—¿Pétalos de rosa con miel? —se intrigó Virginia.
—Ya sabes —mintió Verónica—. Leo es a veces poeta.
Sentía todavía el vacío de la ausencia. Sin su consentimiento y a hurtadillas. Verónica había
ido al aeropuerto a la hora del vuelo. Si quiere hacerlo, hágalo, niña —la había alentado Teresa—
E1 dolor de la ausencia es a veces dulce. De lejos, escondiéndose entre la multitud, lo había
acompañado en la partida. Lo siguió a la distancia hasta verlo desaparecer en el control de
emigración. Esta vez no lloró. Paseó un rato por el aeropuerto, se tomó un café, como si esperara un
vuelo retrasado. Y regresó a casa. Los recuerdos del último encuentro no fueron dolorosos.
Cayeron en su memoria de manera placentera y triste. ¿Era posible que placer y tristeza durmieran
juntos?
—Tengo que estudiar —dijo al subir a su cuarto—.Llamé a Beatriz pero me dijo que tenía
cita con Fabián.
—Javier quiere invitarnos a cenar —le gritó Virginia a la hija cuando subía las escaleras
hacia el segundo piso.
Desde el día anterior, Verónica mantenía grabada una de las primeras frases de Leonardo
Pradilla: hablaba de la visión nocturna de la ciudad y del artificio de su belleza. "Hermosa, terrible
y engañosa", así la había calificado. ¿Se refería también a la belleza femenina? Le hubiera gustado
anotar cada una de sus frases, anotar con palabras textuales la más terrible de sus advertencias,
pronunciada con la amabilidad de una reflexión y sin el odioso tono de un consejo. "Estás viviendo
en la peor de las selvas, mi niña, nunca como hoy el lobo había acechado tanto a Caperucita" —
reflexión que acompañó de risas y mohines en la cabellera de Verónica. Acababa de preguntarle si
se sentía rico. ¿Rico? No me hagas reír —dijo extendiendo los brazos hacía la amplitud de su
sala—. No estoy seguro de poder conservar nada de lo que me rodea. Si un día no puedo
conservarlo, volveré a ser el que fui antes de ganar lo suficiente para comprarme esta vida.
Le explicó que rico era aquel que no temía perder cuanto tenía. Si lo perdía, le caería
encima el peso de la tragedia. Sabía comer arroz con huevos fritos, lentejas y fríjoles, vivir
decorosamente en cualquier parte. El privilegio de poder comer caviar o salmón ahumado, de beber
vino en lugar de gaseosas y jugos de frutas, de vivir en un apartamento de doscientos metros
cuadrados eran apenas un accidente de la suerte. No sabía ahorrar. Y en cuanto al dinero, lo mejor
era ganarlo y gastarlo sin remordimientos. No debía nada ni le daba importancia a la vida social. Se
aburría. Si frecuentaba fiestas y cocteles era en razón de su trabajo. Viviría de nuevo en un cuarto,
aunque, para ser sincero, haría cualquier cosa para seguir rodeado de discos, libros y una botella de
vino. No era rico.
Verónica no pudo concentrarse en el estudio hasta que no puso orden en la memoria que
evocaba a Leo Pradilla. El verano de París sabe a rosas y miel. Stop. Te extraño mi niña. Stop.
Besos en cada pétalo. Leo —leyó de nuevo el telegrama.
¡Maldita sea! No podía con las matemáticas. Recordó a Nelson Sarmiento. El primer beso.
La trampa tendida al incauto. Un niño de trece años, con la cara marcada de acné, enamorado de
ella hasta la locura. Habían pasado más de cinco años. ¿Cómo sería hoy el estudiante modelo, su
primera víctima? Sonrió avergonzada.
—¿Me escuchaste? —subió a insistirle Virginia—, Javier nos invita a cenar.
—Dile que gracias —se excusó.
—No le gustará nada —insistió Virginia—. Creerá que es un desaire.
—¡No me importa lo que crea! —gritó—. Perdón, mamá, excúsame con él.
—Vienes a cenar y regresas a estudiar.
—¿No comprendes, mamá? No puedo perder un segundo —y cerró la puerta de su cuarto
apartando a la madre y dejándola plantada en el pasillo.
Un momento antes, al asomarse a la ventana, creyó que el horizonte era un paisaje cercano,
tan cercano como limitado, todo lo contrario a lo que entendía por horizonte, una línea que traza un
dibujo y, poco a poco, va perdiendo la identidad de sus líneas. Un horizonte tan cercano no es
horizonte.
La ausencia de Leonardo Pradilla limitaba la visión de su horizonte.
Verónica cumplió diecinueve años. Su madre y Upegui lo celebraron invitándola a cenar. Después
de la cena, se encontraría con Beatriz. Tenía curiosidad de ver a la amiga al lado de Fabián Acosta,
a quien apenas conocía. Además, quería consolarla. Su amiga no había podido, en el segundo
intento, pasar los exámenes de último grado. Si quería hacer una carrera, tendría que revalidar
algunas materias, intentar de nuevo o desistir. O elegir una escuela de diseño que no exigiera título
de bachiller. Estaba deprimida, tan deprimida como doña Dolores.
Cenó pues con Virginia y Upegui. Les agradecía el detalle de la celebración. El regalo era
muy lindo. El reloj Cartier envuelto en precioso papel regalo, entregado por Upegui en el momento
de apagar las velas de la torta, era un regalo precioso, ¿Por qué se habían molestado? Y aunque se
mostró amable con ellos, se sintió indiferente y apática en la conversación. ¿Por qué no la alegraba
saber que Perfect Body se inauguraría pronto, que la fiesta iba a ser por todo lo alto? Casi
doscientos invitados. Un acontecimiento social que la prensa, la radio y la televisión registrarían
con bombo y platillos.
Virginia estaba exultante. Y nerviosa, Upegui, en cambio, parecía tener los pies sobre la
tierra. Controlaba cada detalle. Madrugarían a poner cada cosa en su sitio, a controlar la
iluminación de las salas, a ensayar con meseros y meseras, hermosas y hermosos estudiantes de
danza contemporánea contratados para hacer un pequeño espectáculo, un homenaje a la gimnasia
aeróbica con música de los ochenta.
—Los dejo —se excusó Verónica—. Quedé de verme a las once con Beatriz y su novio. Ya
es tarde.
—¿Te llevamos? —se ofreció Upegui—. Si esperas un minuto te llevamos.
—No se molesten.
Llamaría un taxi. ¿Dónde habían quedado de verse? La esperaban en una discoteca de La
Calera.
—Te llevamos, no seas terca —insistió Virginia—. No nos gusta que cojas taxi a estas
horas.
Upegui pagó la cuenta. Llevarían a Verónica al lugar de su cita. No era prudente —decía
Upegui— que se fuera en taxi a un lugar que se estaba volviendo extremadamente peligroso. Y
habló del robo de taxis, de atracos frecuentes, de balaceras esporádicas.
Verónica no sabía que también Upegui disponía a veces de escolta. Lo comprobó cuando, al
salir, dos hombres respondieron a un gesto y corrieron a subirse a un jeep blanco que los siguió de
cerca. ¿Por qué tenía escoltas un simple constructor de casas y apartamentos?
—No llegues muy tarde —aconsejó Virginia.
Circularon hacia la Circunvalar, tomaron el puente y siguieron por la estrecha carretera que
llevaba a La Calera. Verónica miró hacia su izquierda y encontró el mapa nocturno de la ciudad
iluminada. Recordó las frases de Leo Pradilla sobre la belleza ilusoria de la ciudad, engañosa y
terrible. El flujo de su memoria se interrumpió bruscamente. Upegui frenó para dar paso a dos
camionetas que parecían competir por la delantera. Lo adelantaron, pero cuando retomó con
prudencia la velocidad, vio que uno de los vehículos le cerraba el paso al otro. Upegui prefirió
orillar el auto y esperar a diez metros de distancia. Lo mismo hizo su escolta, cinco metros detrás
de él. Vio —todos vieron— que de la camioneta atravesada en la vía salían tres hombres armados y
disparaban repetidas veces contra el vehículo. Los hombres se acercaron hasta las ventanilla
disparando incesantemente. Regresaron a la camioneta y emprendieron la fuga. Más que fuga,
parecía como sí salieran de un accidente sin importancia.
Upegui reanudó la marcha. Redujo la velocidad al pasar al lado de la camioneta agujereada
a balazos. ¡No pare, carajo! —gritó Virginia. En el interior del vehículo, el conductor y su
acompañante, una mujer joven, yacían con los cuerpos enredados uno sobre otro. Upegui pudo ver
la sangre que manchaba la tapicería. Circuló con prudencia y en silencio hasta la discoteca, en el
costado izquierdo de la vía. Pese a la neblina, la visión de la ciudad era más amplía. Parecía un
hermoso paisaje detrás de una transparencia de tules. Virginia conocía el lugar, aunque ya no lo
frecuentaba. Por una graciosa ocurrencia, aplaudida por Rodolfo Roldán, su acompañante de hace
seis años, la zona había sido bautizada como El Monte de Venus. ¿Por qué El Monte de Venus? —
preguntó al senador. Porque queda en el monte y es el rumbeadero preferido de las nuevas Venus.
Desde entonces, Virginia recordaba La Calera con este nombre. En el costado izquierdo de la vía,
subiendo desde Bogotá, los jóvenes parqueaban sus vehículos y convertían el mirador en un motel
al aire libre, guarecido por la oscuridad.
—Pan de cada día —dijo para sí Upegui.
Se refería a la balacera: un vehículo intercepta a otro, salen sus ocupantes armados y, sin dar
tiempo a una respuesta, descargan sus armas sobre los ocupantes del carro interceptado.
Verónica bajó del auto sin haber superado aún el shock producido por la balacera. Le
incomodó sentirse seguida por los escoltas de Upegui hasta la puerta de la discoteca. Una multitud
de jóvenes hacía cola a la entrada. Chicos y chicas de dieciocho a veinte años. Numerosas
camionetas y carros de lujo. Escoltas ociosos parados en actitud desafiante en la puerta abierta de
los vehículos. No ocultaban sus armas. Algunos las exhibían en la mano, subametralladoras
colgando del brazo, tipos distraídos mirando el paso de chicas de minifalda y blusas escotadas
llevadas de la mano o abrazadas por hombres mayores que ellas, guardaespaldas con el saco abierto
enseñando el poder intimidante de sus armas. De las camionetas salía la parafernalia de la música.
Verónica buscó con la mirada a Beatriz y a Fabián. Un mesero la condujo hasta la mesa
donde la esperaban. Don Fabián me pidió que la acompañara hasta su mesa, le dijo abriéndose paso
a codazos por entre la multitud de clientes.
Sorpresa y temor, esto fue lo que sintió Verónica al distinguir a Frank Rueda, el Gordis, en
una de las mesas. Lo acompañaba una chica de ropa escandalosa, escandalosamente maquillada.
Podía ser pura casualidad. ¿Sabía que Beatriz se encontraba allí con Fabián? La tranquilizó el
tamaño del local, la cantidad de gente que se aglomeraba de un extremo a otro. Pensó que si se lo
decía a Beatriz la pondría nerviosa y estropearía la noche.
Fabián la saludó de beso en la mejilla, Beatriz se abrazó a ella emocionada. Una botella de
Dom Perignon adornaba el centro de la mesa. ¿Quién era el tipo que los acompañaba? Verónica lo
saludó de mano.
—Un amigo —lo presentó Fabián.
—Raúl Trespalacios, para servirte —dijo el tipo.
No le gustó su aspecto. Ni su escandalosa manera de vestir ni la pesada cadena de oro que
exhibía en el cuello, ni la mirada de exploración que le dirigió al sentarse a su lado. El tipo sirvió
con torpeza y sin preguntarle una copa de champaña. Para llevarle la contraria, Verónica le dijo que
prefería un vodka con zumo de naranja. El tipo llamó al mesero haciendo aspavientos con los
brazos y emitiendo un silbido. Tráigale a la señorita un vodka con naranja —ordenó a gritos sin
esperar que el mesero se acercara a la mesa—. Rápido pues, hombre, que no es para mañana.
Verónica dirigió una mirada interrogante a Beatriz.
—Tengo que ir al baño —dijo—. ¿Me acompañas?
—No nos demoramos —dijo Verónica.
Después de avanzar abriéndose paso, Beatriz reconoció a uno de los guardaespaldas de
Fabián. Las seguía de cerca. Las acompañaría hasta la entrada de los baños de damas y las esperaría
para llevarlas de regreso, pensó Beatriz y no quiso incomodar a Verónica diciéndole que Fabián
había ordenado que las protegieran.
—¿Quién es el tipo tan espantoso que me trajeron de pareja?
—No te lo trajimos de pareja —aclaró Beatriz—. Fabián se lo encontró solo a la entrada.
—Tranquila, Betty, con lo que voy a decirte —buscaba decírselo sin alarmarla—. Tu Gordis
está sentado en una de las mesas de la entrada, a la derecha, acompañado por una vieja que ni te
imaginas.
—¿Qué dices?
—¿Verdad que Fabián lo amenazó?
Beatriz interrumpió el retoque de su rostro.
—¿Está solo?
—No, vino con pareja. Parece una puta.
—¡Está loco! Fabián se muere de los celos. ¿Me entiendes? Hay hombres que no pueden
soportar que uno se haya acostado antes con otro.
—Si sales a bailar, quédate por los lados de nuestra mesa.
Verónica volvió a decirle que no le gustaba el tipo que le habían sentado a su lado. ¿Y si le
daba por bailar? ¿Y si se creía en el derecho de acosarla? No lo conocía, su olfato le decía que el
tipo era un patán, había que ver la forma como llamó a gritos y a silbidos al mesero, la grosería con
que me sirvió la copa de champaña. Está podrido en plata, dijo Beatriz.
Cuando regresaron a la mesa, escoltadas por el tipo que les abría el paso a empujones,
Fabián invitó a bailar a Beatriz haciéndole un gesto con la mano, Raúl se puso de pie y dio por
supuesto que Verónica aceptaría bailar. ¿Lo aceptaba? ¿No sería peor quedarse sentada, soportar
tenerlo a su lado y responder a su conversación?
—No me gusta bailar agarrada —le dijo amablemente—. Prefiero bailar suelta.
—El merengue se baila agarrado —dijo el tipo—. Merengue apambichao, ¿no es lo que dice
la canción? —canturreó moviendo hombros y caderas.
Rechazó varios intentos de su pareja: trataba de abrazarla y conducirla a su manera.
No podía evitarlo. Tenía que volver a sentarse al lado de Raúl. Beatriz se dejaba abrazar por
Fabián, sólo faltaba eso, temió Verónica, dentro de poco va a querer hacer lo mismo conmigo.
—Tengo mucho calor —dijo quitándole el brazo de Raúl de los hombros.
Fabián abrazaba a Beatriz y ponía la otra mano en sus muslos desnudos. La trataba de "mi
vida", cada vez que le hablaba la llamaba "mi vida" o "mi cielo".
—¿Quiere otra tanqueadita, preciosa? —preguntó Trespalacios a Verónica. "¿Otra
tanqueadita?" —preguntó ella.
—Que si te provoca otro vodka —tradujo Fabián,
—No me puedo demorar mucho —advirtió Verónica— Tengo que ayudarle a mi mamá en
las cosas del gimnasio.
—¿Sabías que Fabián es socio del gimnasio?
—Claro que lo sabía —dijo Verónica—. ¿Es cierto que tienes el 20% de la sociedad?
—Según las cuentas de Javier Upegui, tengo el 20% —dijo—. Según mis propias cuentas,
tengo más del treinta y cinco.
—¿No tienen un cupito para mí? —preguntó Trespalacios—. Tengo por ahí guardada una
platica y no sé en qué invertirla.
—Se jodió, hermano —chanceó Fabián—. No te imagino en negocios de belleza.
Verónica bailó una nueva pieza con Trespalacios. No pudo evitar esta vez que el tipo la
abrazara y estrechara a su cuerpo. ¿De dónde era?, le preguntó Verónica en voz alta, la única forma
de hacerse escuchar en medio del ruido de la sala. ¿De dónde iba a ser? De Cali. ¿No lo había
notado por su estilo de bailar? —respondió él apretando aún más el cuerpo de su pareja. Capital de
la salsa y del mundo, exclamó acercando su cabeza a la cabeza de ella, metiendo una mano en sus
cabellos, abarcando con la mano su nuca. ¿Qué podía hacer para evitar que el sexo excitado de
Trespalacios abandonara el cómodo lugar encontrado en su entrepierna? Le parecía ridículo
mostrarse ofendida. Así que aceptó la dureza de taladro con que el parejo pretendía prometerle
momentos más apasionados que éste. Sólo pudo rechazarlo cuando intentó bailar la siguiente pieza.
Tenía que irse, le dijo. Había venido a saludar a Beatriz un momento.
—¿Siempre sos así?
—¿Cómo soy?
—Así de retrechera —dijo decepcionado el tipo—. Pero, retrechera y todo, sos un
bomboncito de hembra.
Fabián le pediría a uno de sus guardaespaldas que llevara a Verónica a su casa. Quédate un
ratico más, le pidió.
Un hombre de la mesa vecina se acercó a pedirle que bailaran. Verónica adivinó en la
actitud del intruso a un tipo de confianza, pero Fabián, a quien parecía pedirle permiso para bailar
con la muchacha, negó con la cabeza.
—Eres Verónica, ¿cierto?
—Sí, se llama Verónica y no baila con extraños —intervino Raúl parándose de su silla—.
¿Me oíste? La señorita no baila con extraños. ¡Te largas ya mismo!
—Disculpen —dijo el hombre.
Al verlo de espaldas, Verónica recordó que se trataba de Evelio Varón, su profesor de
literatura en décimo grado.
—Me voy —dijo Verónica con voz enfática. Tomó su pequeño bolso de la mesa.
—Hernández —ordenó Fabián al escolta que seguía de pie a espaldas de la mesa—. No deje
que la señorita, por ningún motivo, cometa la locura de irse sola. Llévela a su casa y regrese.
Verónica evitó ser vista por el Gordis.
Al salir, los porteros de la discoteca le pidieron esperar un momento. Se abría paso hacia la
entrada un hombre y su pareja, rodeados por escoltas que avanzaban a empujones. Don Fidelio —
dijo el hombre que acompañaba a Verónica. El duro de las esmeraldas —añadió. En el camino de
regreso, el conductor le dijo a Verónica que don Fidelio era amigo intimo de su jefe. Ella se limitó
a repetir la dirección de su casa. Sé dónde vive, señorita —dijo él mirándola por el retrovisor. ¿No
se acuerda de mí? —preguntó—. Trabajé para don Epaminondas Romero, que en paz descanse.
A Verónica no le sorprendió la llamada de Beatriz. Empezó diciéndole que, mientras bailaba con
Fabián, no había podido evitar encontrarse en la mitad de la pista de baile con el Gordis. No se
sorprendió porque temió desde el principio la escena. Beatriz tampoco había podido evitar la furia
de Fabián ni el puñetazo que le dio a Frank Rueda en el rostro. Lo terrible no había sido el
puñetazo. Frank no estaba allá para buscar a nadie, trató de decir al agresor. Por casualidad se había
encontrado con ellos en la misma discoteca. ¿No veía que venía con su pareja? Fabián le pegó otro
puñetazo en la boca. Y al estirar el brazo, se le abrió la chaqueta. Iba armado. Uno de los escoltas
recogió al Gordis del suelo, saquen a esta basura de mi vista, y lo empujó a la calle. Le cayeron a
patadas sin que Fabián hiciera nada para impedirlo. Dos escoltas dándole patadas a un hombre que
no hacía ni estaba en condiciones de hacer nada para defenderse. La escena puso histérica a Beatriz.
¿Por qué habría de sorprenderse si ella misma temió un incidente mucho peor que éste? Se lo
advertí, Frank, le gritaba Fabián. Le advertí que se arrepentiría si nos veíamos personalmente.
Beatriz gritaba enloquecida, déjelo, no joda, ¿no ve que lo están matando?, gritaba.
De nada valieron las súplicas. Dos agentes de policía que miraban la escena se
desentendieron de la pelea, si se podía llamar pelea la saña con que dos hombres pateaban a un tipo
tendido en el suelo. Presa de la histeria, Beatriz trató de correr y subirse a un taxi. Fabián la tomó
de un brazo y la zarandeó. ¿Adonde iba? A mi casa —dijo ella llorando. A su casa la llevo yo, si es
que va para su casa —le gritó Fabián.
Tuvo miedo, le dijo a Verónica. Ya habían dejado tranquilo a Frank Rueda, inmóvil en el
piso, atendido por una mujer que gritaba pidiendo auxilio. Había bastado un gesto de Fabián a los
escoltas para que dejaran de patearlo. La muchacha que acompañaba a Frank pegaba alaridos de
impotencia. Se arrodilló al pie del cuerpo y trató de reanimarlo.
—¿Qué quiere que le diga, Beatriz? —le preguntó Verónica—. Usted sabía de lo que son
capaces esos tipos.
¿Qué le aconsejaba? Todavía estaba a tiempo, le dijo Verónica. Sí, pero sería peor si cortaba
su relación con Fabián. Pensaría que lo hacía para volver con el Gordis y, en ese caso, el pobre
pagaría los platos ratos. No es que pensara volver con Frank Rueda, de eso estaba segura. Le
gustaba mucho Fabián. No pensaba abandonarlo sino darle a entender que no era justo pegarle de
esa manera a un hombre que no la buscaba ni había vuelto a acosarla. ¿Cómo lo convencía de eso?
No la había dejado regresar a su casa. Fabián había llamado a doña Dolores y le había dicho que su
hija se quedaba con él, que no se preocupara, iban a seguir la fiesta en una finca de Tabio, no se
preocupe, señora, se la devuelvo sana y salva mañana por la mañana, le dijo con galantería. ¿Le
habían gustado las flores? ¿Verdad que eran hermosas? Detuvo a la fuerza a Beatriz cuando hizo un
nuevo amago de pedir un taxi y la llevó a su casa, donde se deshizo en excusas.
Se había dejado llevar por los celos, repetía. Que lo perdonara, le suplicó mientras
depositaba en el cajón de un fino armario de madera la pistola que no lo había abandonado en toda
la noche. Que estuviera segura de él, le daba su palabra, tenía que comprender que lo primero que
se le vino a la cabeza fue que Frank Rueda había ido a la discoteca a buscarla. Y si no estaba allí
para buscarla, venía acompañado por una putica para humillarla. Él no podía permitir que nadie
pretendiera humillar a la niña más linda del mundo. ¡No sabes cuánto te adoro!
Por miedo, porque temía algo peor y no quería provocar más problemas, Beatriz aceptó sin
oponerse ir a la casa de Fabián, le dijo a Verónica. No había podido dormir en toda la noche. Ya
estaba más tranquila. ¿Qué quería que le dijera?, le preguntó Verónica. No podía decidir por ella.
Y, por lo visto ella había decidido seguir con Fabián.
¿Se acordaba que la inauguración del gimnasio era mañana? Verónica le proponía
encontrarse antes en su casa y salir juntas a la fiesta. ¿Cómo? ¿Quién autorizaba a Fabián para
invitar al patán de Trespalacios? Dile que no es conveniente que venga con ese tipo. Mi mamá va a
pegar el grito en el cielo.
No había visto nunca a Beatriz en tal estado.
—Ven a almorzar a mi casa —le propuso—. Hagas lo que hagas, te vas a encontrar con
Fabián en la inauguración del gimnasio. Pero hazme el favor de llamarlo y pedirle que no vaya con
ese boleta.
Verónica se quedó atrapada entre las turbulencias de su amiga. ¿Aconsejarla de qué manera
y con qué clase de argumentos?
—¿Con quién hablabas? —le preguntó Virginia.
—Con Beatriz.
—¿Le pasa algo?
—Viene a almorzar.
—Almuercen, que yo quedé de almorzar con Javier —dijo Virginia—, Vamos a comer algo
en el gimnasio.
Beatriz no venía solamente a almorzar —sospechó Virginia. Algo le estaba pasando a esa
muchacha. Venía a visitarla porque estaba muerta de miedo, se dijo Verónica. Miedo de lo que
había elegido o al aceptar que Fabián no la dejaría irse de sus manos.
La Beatriz que llegó al cabo de una hora tenía los ojos rojos e hinchados. Sí, estaba
nerviosa. No había podido darle a la madre una explicación convincente: le dijo que de la discoteca
se habían ido a una finca de Tabio, no había dormido nada, de la finca habían salido a desayunar en
la Avenida Caracas, ¿se me nota en los ojos? Verónica la invitaba a almorzar, le dijo a doña
Dolores mientras, extendida en la cama, se aplicaba en los párpados bolsas de té frío.
Beatriz se encontró en la disyuntiva de cortar por lo sano alejándose de Fabián o aceptar
que, en efecto, su reacción de la noche anterior no había sido más que un explicable ataque de
celos. Si abandonaba a Fabián, no podría evitar la sospecha de que lo hacía para volver con Frank
Rueda, le repitió a Verónica. Descargaría sobre él toda su furia. Lo conocía poco, pero empezaba a
conocer lo peor de él. Un hombre violento e implacable —le bastaba haberlo visto reventar de un
disparo la rueda de un carro que trataba de adelantarlo—, amparado en el poder del dinero, podía
llegar demasiado lejos en la defensa de su vanidad, opinó Verónica. No pretendía desilusionarla.
Además, la presionaba para que decidiera irse a vivir con él. Lo hace por celos —dijo Verónica—.
Es la única manera de tenerte a su lado.
Beatriz no probó bocado, ni siquiera la ensalada de filetes de atún, lechuga, cebolla y
tomates que les sirvió Teresa.
Coma aunque sea un poquito, niña Betty.
—Le voy a dar otra oportunidad —dijo a Verónica.
—¿Lo quieres?
—No sé —se quedó pensativa—. Me atrae, tiene algo que me lleva a él como sí me hubiera
quitado la voluntad. Cuando estoy con él me siento protegida, no solamente por él sino por todo lo
que lo rodea: su casa, sus vigilantes, sus escoltas, sus perros.
—...y por su plata —dijo Verónica buscando en sus ojos la sinceridad de una respuesta.
—También —dijo Beatriz—. Resulta que todo lo que me hace sentir protegida no existiría
sin la plata.
—Y tú sabes de dónde sale la plata, ¿cierto?
—¿De dónde va a salir? De sus joyerías.
—Las joyerías son los negocios donde invierte y mueve la plata que viene de otras partes.
—¿Qué quieres decir?
—Tú lo sabes, Beatriz —se enfureció Verónica—. Sabías desde el principio de dónde salía
la plata de Fabián Acosta.
—Pero él no es como los otros —se defendió. ¿No era como los otros quien disparaba a las
ruedas de un auto que pretendía adelantarlo? ¿No era como los otros un tipo que ordenaba patear
sin misericordia a un hombre indefenso? —se preguntó Verónica.
—Todos son iguales —Verónica bajó la voz—. Mi mamá tuvo un amante que tenía un
concesionario de carros. Apareció muerto en un motel, de un infarto. Las vagabundas que lo
acompañaban salieron huyendo pero no se llevaron el perico que el tipo había estado metiendo toda
la noche. Para casi todo el mundo, Epaminondas Romero era un próspero negociante. Primero
exportó orquídeas, después importó carros de lujo. Hace una semana, lo leí en el periódico, se supo
qué hacía verdaderamente. Les blanqueaba millonadas a sus socios, no había exportado orquídeas
sino cocaína. El caso del "Viejo Epa", como lo llamaba mi madre, se está convirtiendo en un
escándalo. La DEA dice que detrás de él hay inversionistas y políticos. Los gringos le estaban
siguiendo los pasos e iban a pedir su extradición. ¿No lees los periódicos? —Beatriz respondió
encogiéndose de hombros.
Verónica no tenía en cambio motivos para encogerse de hombros: si se escarbaba más en
los negocios del difunto Epaminondas, algún hilo conduciría a su relación con Virginia. Ojalá
hubiera tenido la prudencia de no dejar huellas. Esos viajes a Panamá, el dinero de sus cuentas, la
tarjeta de crédito pagada por Epaminondas,
—¿Quieres decir que Fabián lava plata con sus negocios?
—No digo eso exactamente —matizó—. Digo que podría estar metido en esos negocios. No
se gana tanta plata de un día para otro.
—¿Y quién no lo está haciendo?
Es bueno que lo sepas. No digo que el tipo no se haya enamorado de ti ni tú de él. Te digo
que debes saber dónde te metes.
—Le voy a dar otra oportunidad —dijo al llevarse un trozo de atún a la boca.
—Tal vez él esté pensando lo mismo.
¿Por qué no dormía un rato? ¿Por qué no se tomaba una pastilla que la relajara? ¿Quería un
Valium? ¿Por qué no fumarse un varillo? Virginia fumaba un poco de marihuana para rebajar la
tensión. ¡Ni hablar! La única vez que fumó marihuana le dio un vómito espantoso. ¿No se
molestaba si le confesaba algo? Gran parte de su tensión era debida a la coca que metió con Fabián.
¿Metía entonces coca? De vez en cuando. Ahora entiendo, dijo Verónica, ¿Para qué reprochárselo?
Muchas chicas de su edad lo hacían, las que no metían perico metían yerba, las que no metían
perico ni yerba tomaban anfetas y bebían litros de coca cola. Algunas le están jalando al bazuco,
añadió Beatriz. ¿Lo había probado? Me supo a mierda, dijo haciendo un gesto de asco.
La despertaría a las cuatro.
—Acuéstate un rato.
A las tres y medía de la tarde llamaron a la puerta. Verónica abrió. Era Fabián Acosta.
¿Estaba Beatriz? La había llamado a su casa y doña Dolores le había dicho que estaba almorzando
con Verónica. Sin abrir del todo la puerta, le impedía el acceso. ¿Podía pasar? Claro, pasa. Beatriz
se había acostado a descansar. Despiértala, dijo el tipo, mirando hacia la segunda planta. Espera,
voy a llamarla.
Beatriz descendió adormilada.
—¿Nos vamos, mi amor? Te estaba llamando a tu casa.
No respondió. Parecía una autómata. Tomó el bolso que había dejado encima de una mesa
auxiliar y se dejó tomar por el brazo. Parecía dopada.
—¿Van a alguna parte? —preguntó Verónica.
—Por ahí de compras —dijo Fabián. Beatriz volteó a mirar y Verónica adivinó el sentido de
esos ojos desmedidamente abiertos del pánico.
A la mañana siguiente le contaría que habían paseado por la Zona Rosa y la Hacienda Santa
Bárbara, que Fabián no paraba de comprar para ella vestidos, blusas, zapatos y accesorios, que
habían entrado al cine y la había llevado, no a su casa, como ella deseada, sino a dar un loco paseo
nocturno por la Autopista del Norte, que manejaba a toda y en silencio que apagaba
deliberadamente las luces del carro por el placer de circular a oscuras a ciento sesenta kilómetros
por hora, que, al regreso, sin darle tiempo de pedir que la llevara a su casa, se había dirigido a su
apartamento. Te quedas conmigo, le había ordenado él.
No le hizo el amor, contó Beatriz a su amiga. ¿Se imaginaba lo que había hecho? Juguemos,
le dijo Fabián. ¿A qué? preguntó ella. A que resistes una noche encerrada en un cuarto sin decir una
sola palabra. ¿Qué juego era ése? La agarró del brazo, la condujo a uno de los cuartos vacíos y la
dejó adentro. Pensó que el juego no pasaría de esa broma. Sintió que Fabián daba doble vuelta de
llave a la cerradura. Si una de las reglas del juego consistía en no decir una palabra ni protestar,
obedecería esa regla. Pasó el tiempo. Escuchó la música que venía de la sala. Heavy metal a
volumen progresivo. Sintió sueño pero al sueño se le oponía la asfixiante sensación de encierro. Se
propuso no decir una sola palabra. Si Fabián descubría su lado débil, la torturaría con un nuevo
juego. La música se escuchaba a mayor volumen. Un rock tras otro, el seco golpe de la percusión.
La apagaba. Beatriz creía que por fin se había cansado de su juego macabro. Estaba decidida a
dormir. Pero el estruendo volvía. Y así, sucesivamente silencio y estruendo, el ciclo repetido de la
misma tortura. ¿Cuánto había durado la prueba? Se acostó vestida. La venció el cansancio.
Escuchaba en duermevela el eco de la música. Se tapó con bolitas de papel los oídos, pero la
música resonaba en su memoria.
Muy temprano en la mañana, ¿qué hora es?, vio a Fabián de pie en el vano de la puerta.
—Veo que no eres claustrofóbica —le dijo a manera de saludo—. Ven y desayunamos.
Al salir al comedor, vio el desorden de la sala: botellas, una hielera, huellas de cocaína en la
mesa de centro. ¡Tener la desfachatez de preguntarle si le había gustado el juego! La trató con
delicadeza, la hizo comer prácticamente de su mano, coma algo, mamita.
Le permitió irse a su casa. Se encontrarían en la inauguración del gimnasio.
—Póngase bien linda —le dijo.
Un pasacalle anunciaba la inauguración del gimnasio Perfect Body. Media hora antes de lo
indicado en la invitación, ya no había espacio para estacionar en las aceras de la calle ni en los
parqueaderos cercanos. Las cámaras de televisión hacían tomas a la entrada registrando la llegada
de los famosos. Actores, actrices, personajes de la política y los negocios, modelos de éxito, eran
recibidos por Virginia en la puerta. En un segundo plano, más discreto, Javier Upegui saludaba a
conocidos y amigos, radiante con su cráneo rapado y su smoking. Se había permitido la licencia de
una pajarita morada.
A medida que los invitados entraban eran recibidos por chicas de minifalda negra y delantal
de cuero blanco, debajo de los cuales se asomaban sus pechos desnudos. Los chicos vestían sólo
pantalón blanco ajustado y delantal negro. Virginia había decidido que la bienvenida se daría con
una copa de champaña. En una pantalla gigante se proyectaban fragmentos de películas musicales
elegidas por Upegui: Cantando bajo la lluvia y West side story, Porgy and Bess, Cabaret y Los
paraguas de Cherburgo, reliquias conseguidas después de muchas búsquedas en la cinemateca de
la ciudad. Al fondo del gran salón, se había abierto espacio al escenario. Cuando llegara la mayoría
de los invitados, Virginia ordenaría a bailarines y bailarinas dar comienzo a la función, una
coreografía de quince minutos concebida como alegoría de la gimnasia aeróbica. Virginia
pronunciaría unas palabras de bienvenida redactadas por Upegui, me cago del susto Javier, unas
breves palabras agradeciendo la presencia de tan prestantes personalidades.
A las siete y quince de la noche no cabía un invitado más, un éxito, mi amor, esto está
repleto. De la copa de champaña se había pasado al whisky, el vino, el vodka y la ginebra. Los
invitados se lanzaban a la caza de los bocaditos de queso, anchoas y salmón ahumado, los muslitos
de pollo apañados y el bacon con dátiles no duraban un segundo en las bandejas. Todo nos está
saliendo divino, Javier.
Se interrumpió la proyección de las películas. Tres bailarines, con sus respectivas parejas, se
instalaron inmóviles en el centro del escenario. Vestían licras verdes, negras y moradas, rodilleras y
balacas en la frente. La sala se quedó a oscuras. Un círculo de luz arropó a los artistas. Los acordes
de "Life is life", del grupo Opus, empezaron a escucharse en el salón. A su alrededor, los
instructores del gimnasio hacían sincronizados movimientos aeróbicos. A "Life is life” le siguieron
"Walk the dinosaur", de Was not was y "Never can say goodbye" de Communards. Elton John
contribuía a la banda sonora con "I guess that’s why they call it the blues". La coreógrafa había
insistido en poner solamente música de la década. El show se cerraría con "Money for nothing", de
Dire Straits. Un cuidadoso trabajo de edición unía una canción con la siguiente.
¿Cómo se llamaba el espectáculo? "Goodbye to the 80's" —decía el programa de mano.
Adiós a los años ochenta. Verónica había aprobado la selección de las canciones contra el gusto de
su madre, que había propuesto algo más "excitante", por ejemplo "I can get not satisfaction", de los
Rolling, pero la hija le dijo que Mick Jagger armaría demasiado desorden entre los asistentes. En el
fondo, madre e hija pugnaban por la defensa de su época. La clientela del gimnasio va a ser de los
ochenta, mamá, los de tu época no hacen aeróbicos sino jogging —argumentó para defender el
menú musical de esa noche. Todo un éxito, repetía Upegui. Te saliste con la tuya, le dijo al oído
Isaías Bueno. Te traje las cámaras de regalo, se jactó John Peralta. ¿Quién era ese bailarín mulato,
el de la izquierda? Te lo presento al final, pero es perdidamente marica, dijo Upegui. Como me lo
recetó el médico, dijo Peralta con la copa de Margarita en la boca.
Las palabras de Virginia fueron aplaudidas por casi doscientos invitados. "No abrimos un
simple gimnasio, estamos abriendo la más espectacular escuela de belleza y salud corporal de la
ciudad" —improvisó subiendo la voz. "Una escuela para jóvenes de ocho a ochenta años. Así que
diviértanse y regresen mañana a matricularse. Aceptamos cheques y tarjetas de crédito. Les
advierto que no recibimos dólares falsos".
Antes de descender del escenario, brindó con la copa en alto. La cámara la siguió hasta el
grupo donde la esperaban Upegui, Verónica y Beatriz, protegida por Fabián Acosta: su brazo
arropaba los hombros desnudos de la modelo, ¡Fantástico! —la exclamación se repetía en distintos
grupos y rincones de la fiesta.
John Peralta e Isaías Bueno se acercaron a felicitar a Virginia. Te vamos a dar tres minutos
del noticiero —le informó Peralta. Una fiesta francamente suntuosa —le dijo a Upegui. Más
discreto, Isaías la felicitó de beso en la mejilla. Virginia sonrió aún más discretamente al escuchar
el cumplido del publicista, ¿Qué le dijo? Nadie lo sabría. Peralta sí sabía que, cuatro años atrás,
Bueno había estado dos o tres veces con La Tarzana. Lo sabía también Upegui, a quien no molestó
el secreteo de Bueno.
Retrato de grupo: los fotógrafos dispararon sus flashes: Upegui abrazando a Virginia,
Verónica y Beatriz a izquierda y derecha de Fabián Acosta, Peralta y Bueno en los extremos,
aunque a Bueno no le hiciera gracia salir en páginas sociales y, menos aún, al lado de Upegui y ese
tipo extraño, ¿quién era? ¿Quién era el tipejo de traje brillante que abrazaba a esa muchachita tan
hermosa? El camarógrafo del noticiero hizo una última toma. Saquen la nota en el noticiero del
mediodía de mañana —le ordenó Peralta a la periodista que dirigía a los camarógrafos. A mí me
sacas de esa toma, le ordenó Bueno a Peralta. Ni puel chiras voy a salir con extraños, dijo enfadado.
No te lo ruego, te lo ordeno: tu programadora me debe mucha plata. Y Peralta le dijo que tranquilo,
pediría que editaran la imagen. No me gusta el joyerito ese, añadió Bueno.
Verónica se encontró sola al lado de Bueno. Sabía de su amistad con Pradilla. Le preguntó
por él, como si no hubiera recibido un telegrama que hablaba de miel y rosas. Parece que se va a
quedar apenas una semana más —le dijo el viejo Isaías. Y Peralta, que se había acercado a ellos
tratando de evitar que le tomaran una foto con Amparo Consuegra, pescó al vuelo la frase de
Bueno.
—Te lo voy a robar, Isaías —le dijo dándole una palmadita en la espalda—. Necesito un
director para mi magazine de la noche. Prime time. Voy a introducir un formato de éxito: breves de
farándula, chismes de la política, muchachas hermosísimas, avances de películas, todo un panorama
de la actualidad. Mucho fashion, mi querido Isaías, un programa muy high life, ya verás la cantidad
de pauta que van a ordenar tus clientes.
—Te va a costar una millonada —respondió Bueno—. Leo es un gran publicista y no dudo
de que pueda ser un buen director para tu programa, pero la gracia te va a costar más de lo que
calculas.
—Cueste lo que cueste, quiero a Pradilla en mi magazine de una hora.
—¿Están hablando del mismo Guido Leonardo Pradilla? —los interrumpió Verónica.
—Del mismo —dijo Peralta—. Lo vamos a tener muy pronto entre nosotros —volvió a
palmetear la espalda de Bueno.
—John le quiere joder las vacaciones a mi mejor pupilo.
Amparo superó el obstáculo de varios grupos y se aproximó a Upegui.
—Te felicito, viejo —le dio un beso en la boca—. Y a ti, por supuesto, Virginia. Este
gimnasio va a marcar una época. No me gustó la decoración de la oficina, la veo desabrida y con
poca vida. Si necesitas mis servicios, te echo una mano —dijo al besar a Virginia.
—No lo decoré pensando en tu clientela —se defendió Virginia.
—Tus socios son mi clientela —lanzó a manera de estocada la Consuegra—. ¿No es así,
Fabiancito? ¡Ay, pero si está aquí la preciosura de Beatriz! —exclamó buscando sus mejillas—.
Tienes al pobrecito Frank Rueda llorando como Magdalena.
Fabián apretó un brazo de Amparo, lo apretó con la intención de hacerle daño. Te quedó
divina la casa, Fabiancito —dijo la decoradora sin protestar—. Elegí cuidadosamente la decoración
pensando en ti. A propósito, te tengo una silla, Le Corbusier, ya verás qué cómoda y linda. Me la
acaban de traer de Milán, en cuero negro y marrón, la silla de diseño que te falta. Convéncelo,
Beatriz, es la silla más preciosa y confortable del mundo. ¿Sabes, Fabiancito, quién es Franco
Maria Ricci? Te voy a mandar su revista. Estoy ahora mismo encargando productos con su firma.
Es el no-va-más de Italia y Europa. Si quieres productos sofisticados, te consigo algo de Franco
Maria Ricci.
Amparo tomó del brazo a Virginia y la separó del grupo.
—No se deje joder de nadie, mija —le dijo—. La Tarzana murió esta misma noche. Usted
tuvo la verraquera de matarla. Pero si quiere que le dé un consejo, escuche: Upegui anda metido en
líos. Yo lo conozco. Haga bien sus cuentas, Virginia, separe bien lo suyo de lo de su socio. No
piense que se lo digo por resentimiento porque yo fui quien lo abandonó a él y no al contrario.
Upegui nunca sabría lo que Amparo Consuegra le dijo esa noche a Virginia.
—¿Qué te dijo esa bruja? —le preguntó al recuperarla de las garras de Amparo.
—Que La Tarzana había muerto esta noche.
—La Tarzana murió hace mucho tiempo, Virginia, desde el día en que empezamos a salir
juntos.
Verónica se vio de un momento a otro rodeada por Isaías Bueno y John Peralta.
—¿No has pensado probar suerte en la televisión? —le preguntó Peralta,
—Estoy estudiando Administración de Empresas.
—¿Cuántos años dura esa carrera? ¿Cuatro, cinco? Te sugiero empezar un curso de
expresión oral. Si lo dejas en mis manos, te pondré a un profesional que te prepare. Voy a necesitar
niñas lindas y ambiciosas como tú, ¿Cuántos años tienes?
—Diecinueve.
—Digamos que veintiuno —siguió Peralta—. Puedes parecer de veintiuno. En seis meses,
en tres, si le pones las agallas necesarias, te abro un huequito en uno de mis programas. Preparo un
magazine que va a dividir en dos la historia de la televisión. Creo que lo tendré al aire en menos de
un año. ¿Te le mides al casting?
Bueno seguía el monólogo de Peralta con expresión escéptica.
—No te dejes embaucar por este encantador de serpientes.
—Pensaba también estudiar Periodismo —dijo Verónica, apabullada por Peralta—. Si no
me va bien en Administración de Empresas, me paso a Comunicación Social y Periodismo.
—¡Periodismo! —exclamó Peralta—. Dentro de unos años no vamos a necesitar periodistas
sino niñas lindas que sepan leer las noticias. Los periodistas nos van a servir en la retaguardia.
Harán la información pero sólo serán peones que trabajan para una imagen central: los que leen las
noticias —insistía en su pronóstico—. La imagen de las noticias no se hará con periodistas.
Prometía foguear a Verónica en un magazine donde aprendería a dominar las cámaras. A
partir de allí pegaría el salto hacia las noticias. ¿Para que perder el tiempo en una escuela de
periodismo si podía invertirlo leyendo periódico y revistas, viendo mucha televisión?
—Canto de sirenas —se burló Isaías Bueno.
Un tipo de ademanes pausados se acercó al grupo. No debía pasar de los treinta. Bueno lo
saludó con respeto y Peralta se quedó mudo en el momento en que pensaba seguir con su perorata.
—Max Domínguez —lo presentó Bueno—. Mi amigo Max acaba de ser nombrado
presidente de la mayor productora de papel del país. Mi amigo el imposible John Peralta del Canal
Equis-Zeta. Nuestra amiga Verónica, estudiante de Administración de Empresas —dijo Isaías
Bueno al presentarlos.
—He oído hablar de usted —dijo Peralta al apretarle la mano—. ¿No acaba de terminar un
máster en el MIT?
—Las noticias vuelan, pero vuelan mal —corrigió Domínguez—, Terminé un máster en
Harvard.
—¿Ves, Verónica? Esa es la clase de información que te quiere enseñar Peralta. En la
confusión de las fuentes está el error de la noticia.
Verónica se excusó. Virginia le estaba haciendo señas desde hacía rato.
—¿Es de verdad o de mentiras? —preguntó Max al seguirla con la mirada.
—Tan de verdad como que es la amiga de Leo Pradilla —lo desalentó Bueno.
—Esa niña le alegra la noche a cualquiera —dijo Max.
A partir de ese instante, Domínguez siguió solamente por cortesía la conversación del
grupo. Miraba inquieto y su inquietud tenía un objetivo.
—¿Te gustó? —preguntó Bueno.
—¿Que si me gustó? —respondió—. Me dejó un clavo ardiente en el estómago.
—¿Qué hace tu padre, Max? No lo veo hace rato.
—Jugar golf, almorzar todos los días en el Jockey y aburrirse con mi madre. Pero sigue
lúcido. El Grupo, y tú sabes en lo que anda El Grupo, le quiso hacer una jugada sucia a través de
sus intermediarios pero el viejo blindó bien blindadas sus acciones. Compró las que andaban
sueltas en el mercado, llamó a cada uno de los pequeños accionistas y les compró a mejor precio las
que tenían —contó Max a Bueno, interesado en la jugada. Apreciaba a J.J. Domínguez.
Hacia la medianoche quedaban en la fiesta decenas de irreductibles. Upegui le sugirió a los
meseros suspender el servicio y el mejor método para suspenderlo era ofrecer más trago a los
invitados que tuvieran los vasos llenos. ¿Podían apagar y encender las luces en señal de
advertencia? Las personalidades habían abandonado el salón hacia las diez y media de la noche.
—Los invito a mi casa —ofreció Fabián Acosta.
Bueno y Peralta querían despedirse. Distanciado de ellos, Max Domínguez, que sólo
probaba un poco de vino, dudaba entre salir o quedarse. No había dejado de buscar a Verónica con
la mirada.
Virginia le agradeció a Fabián la invitación a su casa. Estaba rendida. Los pies le pesaban,
sentía nudos en la espalda, sus nervios le pedían tomar un baño y dormir hasta el mediodía
siguiente. Gracias, será otro día. Upegui le dio la razón. ¿Por qué no hacían una reunión de socios
mañana?
—¿Me están despreciando?
—Ni lo pienses —dijo Upegui—. Lo que pasa es que las fiestas de tu casa duran hasta el día
siguiente.
—Usted manda, Javier Upegui —dijo Fabián, añadiendo con sorna el apellido al nombre—.
Sólo en algunas cosas —añadió—. Así que los invito a un asado el domingo —dijo abrazando por
la cintura a Beatriz—. Ha sido todo un éxito. Si seguimos así, podemos dormir tranquilos, ¿no,
Javier? La felicito nuevamente, Virginia. Todo esto es obra suya.
Las miradas de Verónica y Max se encontraron. Ella sonrió. Él hizo un saludo de mano y
caminó hacia la puerta de salida.
Verónica, que en toda la velada no había perdido de vista el comportamiento de Fabián con
Beatriz, notó algo extraño en la manera como él la separaba del grupo, ciñendo un brazo a su
cintura. Si no hubiera visto el cambio de color en el rostro de Fabián, las venas del cuello hinchadas
por la presión que seguramente hacían sus dientes, la tensión de las mandíbulas y los ojos de un
momento a otro enrojecidos; si la mirada de Beatriz no hubiera sido interpretada como el llamado
de auxilio. Verónica no hubiera dado los pasos que dio hacia la pareja ni hubiera preguntado a la
amiga si se iba a quedar esa noche en su casa.
—Déjanos solos —le dijo Fabián—. Estamos arreglando unas cositas.
—¿Te quedas o te vienes con nosotros? —insistió Verónica—. Le dije a tu mamá que te
quedabas a dormir en mi casa.
—¡Se queda conmigo! —gritó sin gritar Fabián.
A Verónica no la intimidó la voz intimidante del tipo.
—Nos vamos ya —dijo Beatriz zafándose de la tenaza que la sostenía al lado de Fabián.
—Ven —la tomó de la mano Verónica—. Le voy a pedir a Javier que nos lleve a la casa.
Virginia y Javier esperaban la salida de los últimos invitados. Si quedaban borrachitos, los
meseros se encargarían de echarlos a la calle. Verónica se acercó a Virginia y a Javier tomando de
la mano a Beatriz. ¿Nos vamos? —preguntó.
—¡Usted no se va a ninguna parte! —se interpuso Fabián— y la haló con fuerza,
arrastrándola hacia la salida.
—Lo que mal empieza, mal acaba —dijo Virginia.
Fabián abrió la puerta derecha de su camioneta e introdujo a Beatriz a empujones. Se
disponía a entrar por la derecha, pero se detuvo en el instante en que introducía la llave en la
cerradura. También Virginia, Upegui y Verónica se quedaron paralizados. Fue sólo el eco de un
estruendo lejano, al que siguieron dos nuevos estruendos. Todos dirigieron la vista a izquierda y
derecha, hacia ninguna parte. Las explosiones venían seguramente del centro —alcanzó a calcular
Upegui. El eco se repitió en algún lugar de los cerros y fue devuelto a la ciudad en una lánguida
duplicación instantánea.
Fabián encendió el motor de la camioneta, giró bruscamente y aceleró tomando por sorpresa
a sus escoltas. Verónica creyó haber visto la expresión del pánico en el rostro de su amiga.
Uno de los vigilantes, con un pequeño radio transistor pegado a la oreja, trataba de volver
más nítida la sintonía de una emisora. Pasaron algunos minutos. La partida de Fabián y Beatriz los
había dejado pensativos. El celador lidió con el pequeño transistor. Upegui escuchó casi indiferente
sus versiones.
—¡Ah, hijuepuerca! —gritó el viejo de la ruana y la linterna—. Parece que fueron los narcos.
Apartó el transistor de la oreja y se secó las lágrimas con la punta de la ruana.
Le rasgó la ropa a zarpazos. Primero la había abofeteado. Como Beatriz intentara defenderse,
Fabián consiguió dominarla con otra bofetada en el rostro. Arrojó la blusa de seda al suelo y la
pisoteó. Faltaba la falda. Bastó un manotazo y un fuerte jalón hacia abajo para que la cremallera se
reventara y la costura de la falda se deshiciera. La acabó de rasgar a pisotones. La tenía ya
inmovilizada sobre la alfombra. Le sacó a violentos tirones la ropa interior y se sentó sobre su
vientre con las manos rodeándole el cuello. De la nariz de la muchacha se escurría un hilo de
sangre. Ya no se resistía ni gritaba. Le abrió las piernas con la tenaza de los brazos, se abrió la
bragueta del pantalón. Volteó el cuerpo indefenso, haciendo palanca con el brazo que sujetaba la
nuca, le abrió los muslos y la penetró de espaldas con el mismo ensañamiento que había puesto al
desnudarla. Si hubiera pronunciado alguna palabra, Beatriz hubiera podido suplicarle que no le
hiciera más daño, pero la violencia silenciosa de estos actos imponía mas silencio a su indefensión.
Lo mejor sería no resistirse. Si se resistía, caerían más golpes sobre su rostro.
Los perros que habían ladrado al escuchar los primeros gritos, se asomaron jadeantes al
ventanal, los hocicos pegados al cristal blindado. Beatriz no sintió la dureza de taladro de la
penetración, ni siquiera sintió segundos después la densa, pegajosa humedad que se escurrió por la
cara interior de sus muslos. Cerró los ojos y rogó a Dios que todo acabara pronto. Al final,
levantándose del piso y abrochándose el pantalón, Fabián pronunció unas pocas palabras:
—Nadie me pone en ridículo y menos delante de la gente.
Beatriz hubiera deseado tener a mano una manta, un trapo, un abrigo, algo que cubriera la
desnudez y atenuara el desamparo. Giró el cuerpo y quedó bocarriba. Se cubrió como pudo con
blusa y falda rasgadas.
—Nadie y mucho menos una mujer me pone en ridículo —repitió Fabián dirigiéndose al
bar.
Se sirvió un largo trago de whisky. Beatriz pensó que si se movía, si daba señales de vida o
de recuperación, Acosta volvería a golpearla. Pasó una mano por su frente y sintió el ardor de un
rasguño, provocado tal vez por el grueso anillo que Fabián no se quitaba nunca de la mano derecha.
No le dolía el lugar penetrado, le dolían los senos golpeados cuando trató de resistirse.
Decidió quedarse inmóvil, con los ojos entreabiertos. Si los cerraba, la silueta borrosa de
Fabián desaparecería del salón. Lo vio sentarse en uno de las altos butacones del bar y beber en
silencio otro vaso de whisky sin hielo. Lo vio regar el polvo blanco en la superficie de madera de la
barra del bar, sacar una tarjeta de su billetera y extenderlo en rayas delgadas. Lo vio aspirar
ruidosamente, una y otra vez. Lo vio sostener en la mano la pistola que había dejado encima de la
barra.
La contemplaba, tocaba la punta del cañón y la culata. Lo vio levantar el arma, apuntar
hacia el techo. Escuchó tres, cuatro, cinco disparos. Algo se desprendió del techo y cayó sobre la
alfombra. Y escuchó el ladrido de los perros. Cada nuevo disparo produjo un golpe seco en su
estómago. Y nuevos ladridos de los perros. No me está disparando a mí, se decía Beatriz. Le está
disparando a su rabia. Lo vio caminar con el arma hacía el ventanal que daba al jardín. Vio sus
esfuerzos para abrirlo después de haber desactivado la alarma. Vio a los perros que se le acercaban
y le lamían los pies. Vio el gesto de la mano que apuntaba a la cabeza de un Rossweiler, escuchó un
único disparo y cerró los ojos. Beatriz imaginó al animal revolcándose en su agonía. Imaginó al
otro perro en estampida hacia su refugio del jardín.
Dos escoltas, que entraron al salón, la miraron aterrados. Ella entendió que la miraban con
misericordia. De espaldas al ventanal, quieto con el arma colgando de la mano, la silueta de Fabián
parecía perdida en medio de la niebla. ¿Sucede algo, patrón?, preguntó uno de los escoltas.
¡Lárguense, carajo!, gritó Fabián.
¿Fue brusco o gradual su desvanecimiento? No lo recordaba. Recordaba que segundos antes
del desvanecimiento había llegado a sus oídos algo parecido al llanto de un hombre. Podría haberlo
imaginado.
Despertó en una cama, desnuda y cubierta por pulcras sábanas y cobijas de lana. Era tanto el
dolor del cuerpo, que no había lugar preciso para señalar el origen del dolor. Alguien, Fabián quizá,
la había depositado en la cama. En un sillón, tapizado de terciopelo morado, en batín de seda y
pantuflas, pensativo y con el rostro dirigido hacia la alfombra, Fabián había esperado que ella
despertara. Clareaba. La bruma del amanecer, hacia los cerros, era una claridad gradual en la
sabana.
¿Había soñador? Si se trataba de un sueño, éste se parecía al confuso curso de sensaciones
liberadas desde algún lugar de la memoria. Pocas veces recordaba al padre o soñaba con él, le dijo
alguna vez a Verónica. Esta vez, sueño o memoria la acercaron a la niña de acaso seis años que
corría sola entre la multitud de un parque de atracciones. El padre se había distraído disparando a
los osos de peluche de un estante con una escopeta. Atraída por las gracias de dos payasos, los
había seguido hasta perder el rumbo de regreso. Corría confundida entre otros niños, tomados de la
mano por sus padres. De repente, la detuvo un disparo y el grito de júbilo de un hombre. Era su
padre. Recibía el oso de peluche del premio y se lo entregaba en las manos, alzándola en brazos y
besándola en la frente.
Fueron éstas las primeras imágenes recordadas al abrir los ojos. Y en la dulce bondad de las
imágenes se entrometió el espanto de un disparo en la cabeza de un perro. Sintió algo superior al
miedo. El miedo era una prisión de la que no se salía fácilmente, se diría al día siguiente.
—No sé lo que me pasa —había escuchado la voz de Fabián—. Hago sin pensar muchas
cosas y después me arrepiento.
No hablaba para ella. Hablaba para sí mismo.
—Todo se me nubla en unos instantes y no puedo frenar mis impulsos.
Por supuesto que no hablaba para ella, hablaba para sí mismo.
—Estás enfermo —le dijo Beatriz desde la cama, temiendo que su diagnóstico disparara de
nuevo el irracional mecanismo de la cólera.
—Sí —aceptó él—. Estoy enfermo.
—¿Has matado a alguien? —si había aceptado el riesgo de hablar, diría con prudencia lo
que pensaba en esos instantes—. Mataste el Rottweiler.
—¿Me quieres creer? —había alzado la vista hacía ella—. Adoraba a ese perro.
—¿Has matado a alguien?
—Se mata para seguir viviendo —dijo él—. No puedes entenderlo, pero se mata antes de
que te maten.
—¿Has matado a quien no merecía estar muerto?
—No he matado a nadie —había aceptado Fabián—. He ordenado matar a quienes podrían
matarme.
¿Lloraba? Si quebraba la voz con un nuevo gemido, vería llorar al hombre que la había
golpeado y violado sin misericordia.
No quiso levantarse de la cama. Se sentía resguardada dentro de sábanas y cobijas. Y
mucho más resguardada al ver a Fabián sentado, con el torso inclinado y las manos en la cabeza.
—¿Puedo bañarme y vestirme?
—Tienes una muda de ropa en mi closet.
Salió con cuidado de la cama y atravesó el dormitorio. Se encerró en el baño y puso el
seguro de la puerta. Los labios se habían hinchado, los moretones de sus senos serían en pocas
horas azulados. El rasguño de la frente era cubierto por una línea seca de sangre.
Recordaba que en el camino del gimnasio a su casa, Fabián había conducido saltándose los
semáforos, descargando su rabia en la acción de hundir el pie en el acelerador y mover la palanca
de velocidad, siempre en silencio, con las venas del cuello brotadas y las mandíbulas apretadas.
Recordaba su furia cuando otro carro trató de adelantarlo. Fabián se lo impidió. Se hizo al lado de
la ventanilla del conductor, sacó la pistola y disparó a una rueda delantera.
—¡Hijueputa! ¿Qué te has creído? —gritó Fabián. El otro auto disminuyó la velocidad y
zigzagueó antes de estrellarse contra el andén. Recordaba haber sentido el frenazo del auto en la
puerta del garaje y la prisa del vigilante al abrirle la puerta desde el dispositivo electrónico.
Recordaba haber entrado a la casa halada a la fuerza. Entre su entrada a la casa de Fabián y el
instante de su desvanecimiento se sucedieron los hechos que le refirió a Verónica.
¿Qué explicación había dado a la madre? ¿Qué dijo ella al verla llegar en ese estado? Un
accidente, menos mal que no había sufrido heridas mayores. El carro de donde regresaban de La
Calera se había desviado al esquivar al que venía en sentido contrario, se había estrellado
milagrosamente contra una cuneta, le dijo. Si hubieran chocado contra el vehículo que venía en
sentido contrario, Dios sabe lo que podría haberle pasado. No era nada, mintió. Unos moretones y
ese rasguño en la frente, le dijo a doña Dolores. Si la llamaba Fabián, le dijo, debía decirle que no
se sentía bien. No podía sin embargo guardar silencio, aunque sintiera un hueso atravesado en la
garganta. Fue cuando decidió llamar a Verónica.
Pasó todo el día en la casa. Y el siguiente, hasta que aceptó la invitación a almorzar. El
rasguño de la frente era insignificante. Los moretones de sus senos habían adquirido una fuerte
coloración azulada.
Un día después de aquella madrugada de espanto, uno de los escoltas de Fabián llamó a la
puerta del apartamento de Beatriz, le entregó las llaves del Mazda y le indicó que estaba
estacionado frente a la acera del edificio. ¿No había un garaje? No, déjelo allá fuera, dijo Beatriz
sin ganas. Le entregó también el permiso de conducir a su nombre. Ya había advertido a la madre
que compraría a plazos un carro.
Verónica adoptó la estrategia de no preguntar. Si Beatriz guardaba algún secreto, se
desahogaría tomando ella misma la iniciativa. Todo era cuestión de paciencia. ¿Qué había pasado la
noche de la inauguración del gimnasio? Sí, la había llevado a su casa, estaba realmente furioso,
habían pedido comida a un restaurante chino y se había quedado a dormir con él, mintió. Verónica
no creyó esta versión. Al verla llegar con gafas oscuras en un día de lluvia y sin sol, pensó que la
amiga no ocultaría por mucho tiempo lo sucedido aquella noche. Había empezado mintiendo. Le
daría tiempo a la aparición espontánea de la verdad. Seguiría hablándole.
—Leo regresa dentro de diez días —le dijo a Beatriz—. El viejo Isaías Bueno me llamó.
Si pretendía abrir la ceremonia de las confidencias, empezaría abriéndose ella. Leo la había
llamado desde París. Miel y rosas, ¿cómo seguían las rosas bañadas en miel? La frase se había
convertido en la clave secreta de sus relaciones. ¿No te parece fantástico?
—¿Por qué regresa?
—Aceptó la propuesta de dirigir el magazine que está preparando John Peralta. ¿Y adivinas
qué? Peralta quiere que yo haga unos cursos y después el casting para trabajar con otras dos
muchachas en la presentación del programa.
—¿Qué le dijiste?
—Que lo estaba pensando.
—¡Bruta! —exclamó Beatriz—. Eso ni se piensa.
—¿Te imaginas? Dirigida por Leo Pradilla. Eso es lo más tentador.
Verónica preparó un cóctel de champaña y zumo de naranjas. Notó cierto nerviosismo en
los gestos de Beatriz, cierta inquietud en la mandíbula y los párpados. No se estaba quieta.
Caminaba de un lado a otro de la habitación, tocaba cuanta cosa encontraba, la dejaba en su sitio,
subía la voz innecesariamente.
—¿Te puedes quedar quieta?
—No puedo.
Verónica la enfrentó sin agresividad.
—¿Estás metiendo perico, no es cierto?
Beatriz lo negó. Verónica se lanzó sobre el bolso que la amiga había dejado sobre la cama,
lo abrió y buscó en su interior. Extrajo una papeleta y miró a Beatriz a los ojos.
—Sólo un poco —dijo Beatriz—. Y de vez en cuando.
Verónica devolvió la papeleta al bolso. Beatriz justificó el consumo de cocaína diciéndole
que era lo único que le quitaba la depresión de las mañanas. Bebió el cóctel.
—¿Con quién metiste la primera vez?
—En el colegio. Un jíbaro se la vendía a Juanca Arias, ¿te acuerdas? Juanca nos invitaba en
el recreo. ¿Te acuerdas de Juanca? Se volvió jíbaro y se salió del colegio. Ahora tiene carro y
apartamento propios. ¿Te imaginas? Todo eso a los veinte años.
Demoraba la verdadera respuesta. ¿Metía con Fabián?, le preguntó Verónica.
—Si me tranquilizo un poco, te juro que no vuelvo a meter. ¿Te molesta? —y sacó la
papeleta del bolso, la abrió y espolvoreó en la cuenca del pulgar y el índice abiertos. Aspiró con
fuerza.
Verónica la observó sin reprochárselo.
—¿Sabes lo qué le gustaba a Juanca? Ponía un poco en la yema de un dedo y me la untaba
en los labios inferiores, ya sabes, allá abajo.
—¿Te acostabas con Juanca?
—¡Ay, Vero! ¿A quién no se comía Juanca? Andaba siempre con billete, pagaba las
cuentas, era rumbero y divertido.
La confesión que en otras circunstancias podía haberle resultado graciosa, le pareció ahora
escandalosa y grosera ¿Cocaína en la vulva? ¡Estaban locos!
De allí en adelante, Beatriz se abrió poco a poco y narró los episodios de aquella noche. Sin
dejar de moverse, dándole la espalda a Verónica. El regreso a casa de Fabián, la violencia con que
la hizo entrar al salón, los golpes en el cuerpo, sobre todo en los senos y el rostro, la violación, el
sacrificio del perro, el desvanecimiento, el instante en que despertó en la cama, Fabián mirándola
desde el sillón, la aceptación de su propio desconcierto.
—Un día de éstos te mata —le dijo Verónica.
Beatriz repitió lo que ya le había expresado a la amiga: el miedo es una prisión de la que no
se sale fácilmente.
Y refirió un sueño. Pese a la inquietud que le impedía quedarse quieta en un sitio más de
unos pocos segundos, lo refirió con pausas nerviosas. La prisionera sacude las rejas y se aterra a los
barrotes de la celda. Pide que se le deje salir, no hay razones para mantenerla encerrada, llama al
carcelero y éste pone un nuevo candado de seguridad en las rejas. En cada nueva súplica, la
seguridad de la prisión se vuelve más inexpugnable. Un día las rejas no son rejas sino muros de
concreto que se levantan e impiden toda visión al exterior. Ve la construcción del muro, hecha día a
día con la paciencia de carceleros sin rostro. Las rejas que antes permitían ver el movimiento de los
pasillos e incluso sentir las ráfagas de aire puro provenientes del exterior, son ahora un muro y un
pequeño hueco rectangular por donde se alcanza a ver como enmarcado el rostro del carcelero. Le
falta el aire, cree haber empezado a asfixiarse.
Beatriz se esforzó por poner orden en las imágenes y mayores fueron sus esfuerzos por
conseguir la descripción que le hizo a Verónica. Debió ordenar antes las piezas del rompecabezas.
Al despertar de la pesadilla, recordó otro detalle del sueño: nadie la había conducido a su celda,
sola y sin guardianes que le impidieran continuar o devolverse y regresar a la calle trasponiendo la
puerta de una prisión sin vigilantes, había penetrado en el recinto carcelario. Las rejas de su celda
no tenían cerradura ni candado. Cuando al cabo de mucho tiempo empezó a golpear y a llamar con
gritos desesperados, las rejas dieron paso a un grueso muro de concreto cuya única comunicación
con el exterior era un reducido rectángulo protegido por barrotes.
Verónica la compadeció. No quiso darle a entender que la compasión era el sentimiento que
la llevó a abrazarla con ternura.
Beatriz disfrutó de una semana de sosiego. Se dedicó a buscar la mejor escuela de diseño de modas,
no una escuela de costureras sino una verdadera escuela de modas. Su decisión de dedicarse a la
moda era alentada por doña Dolores. Veía casi a diario a Verónica, consagrada a sus estudios en la
universidad, vacilando todavía si aceptaba o no la oferta de John Peralta.
—¿Adivina quién está estudiando en mi curso? —Verónica pensaba aliviar el dramatismo
de las conversaciones—. No sé si te hablé de un niño que estudió conmigo en el colegio. Nelson
Sarmiento. Cuando tenía trece años, lo engañé, le hice creer que me gustaba, le di mi primer beso,
lo ilusioné para que me hiciera el examen de mate. El pobre niño se enamoró de mí. Le di la
espalda cuando aprobé el examen. El niño tuvo que salirse del colegio, era tan grande la traga que
no pudo soportar más y pidió que lo cambiaran de colegio. Pues resulta que estudia conmigo. Ni
siquiera se digna dirigirme la palabra —contó Verónica—. Tiene una beca para toda la carrera.
Todo el mundo dice que será un genio de las finanzas. Traté de saludarlo pero me dijo que no se
acordaba de mí.
El sosiego de Beatriz hubiera sido mayor si no se hubiera percatado de que, frente al
edificio donde vivía, un jeep esperaba su salida y la seguía a todas partes. Reconoció a uno de los
escoltas de Fabián. Aunque él había aceptado distanciarse por unos días —viajo por unos días a
Miami—, Beatriz conoció otra clase de pánico. Que destinara un escolta a la vigilancia diaria, que
no pudiera dar un paso fuera de su casa sin sentir que la seguían de cerca, reavivó en ella las
terribles secuencias de la prisión. Imaginaba a Fabián agazapado en cada esquina. ¿No había
aceptado distanciarse cuando ella le pidió que lo hiciera por unos días? No podía decirle nada a su
madre. Si se lo decía a Verónica, tampoco ella podría ofrecerle una salida. Despertaba después de
unas pocas horas de sueño. Se asomaba a la ventana. El jeep blanco del escolta seguía estacionado
en la acera de enfrente. Se movía de un lado a otro de la habitación, como animal enjaulado. Para
darse fuerzas o para sobreponerse a la fatiga, aspiraba un poco de cocaína. Al rato, otro poco. Su
inquietud se hacía mayor cada vez que se asomaba a la ventana.
Conoció varias escuelas de diseño de modas y se decepcionó al saber que no preparaban
diseñadoras sino costureras. Regresó a casa con la invariable sensación de saberse vigilada, ¿Por
qué no enfrentar al vigilante? Sí, ¿pero decirle qué? Fabián no la hacía vigilar porque deseara
protegerla. La hacía vigilar porque desconfiaba de ella. Los escoltas se turnaban en la vigilancia,
uno de día, otro de noche, hasta la mañana siguiente. ¿Qué le pasaba?, se interesó la madre, alertada
por el comportamiento de la hija. Estudiaba, mintió Beatriz, encerrada en su cuarto. La veo muy
nerviosa, mija, decía doña Dolores. Y Beatriz se excusaba diciendo que no iba a ser fácil encontrar
la escuela de diseño adecuada. ¿Cuándo empezaría a trabajar en el nuevo contrato? Todavía estaban
diseñando la campaña, le dijo. Se imaginaba modelando vistosas joyas. ¿Cuándo piensa formalizar
su relación con Fabián? No me gusta que se esté quedando a dormir en su casa, decía la voz
resignada de la madre.
Se veía en una prisión sin vislumbrar la salida. La cocaína se había terminado. Raspó la
papelina encerada y pasó la lengua por la superficie. ¿Dónde conseguir un poco más? ¿Le haría
Verónica el favor de comprarle uno o dos gramos? Me da miedo salir a la calle.
—¡Ni hablar! —le dijo la amiga.
—Por favor, Vero, la necesito.
—Si te quieres matar, hazlo tú misma.
—¿No ves que no puedo salir del apartamento, que Fabián me hace vigilar y seguir adonde
vaya?
—Habla con él —le sugirió Verónica.
Al colgar el teléfono Beatriz tomó la determinación de enfrentarse al vigilante. Se vistió y
salió a la calle. Se acercó al vehículo del escolta y le pidió que la llevara a la casa de Fabián.
—El patrón no está en la ciudad —le dijo el escolta—. Pero tengo órdenes de llevarla a su
casa, si usted lo desea. ¿Necesita algo la señorita?
—¡Necesito perico!
—Suba —aceptó el tipo—. La llevo a la casa del patrón y se lo consigo.
—¿Cuándo regresa él?
—Esta noche, como a las ocho.
—¿Me puede conseguir un gramito?
—Si se va a quedar tranquilita en la casa del patrón, le consigo lo que quiera.
Antes de llegar a la casa de Fabián, el escolta le dijo que le había dado mucha pena ver
cómo la golpeaba. No era asunto suyo, nadie y menos un escolta se podía meter en los asunto de su
patrón, pero él, lo que era él, nunca golpearía a una mujer ni con el pétalo de una rosa.
—Si quiere comer o tomar algo, dígamelo —le dijo al acompañarla hasta la sala.
—¡Tráigame el perico! —alzó la voz y se arrepintió de hacerlo al instante—. Disculpe, son
los nervios.
Beatriz alcanzó a ver desde el sillón de la sala al perro que pegaba el hocico al ventanal del
jardín. Le hubiera gustado salir y acariciarle la cabeza y el lomo. El tipo le extendió una pequeña
caja. Ella la abrió y hundió una uña en la superficie blanca y brillante.
—Cójalo suave, señorita —le aconsejó el escolta.
—¡Tráigame un trago! —ordenó Beatriz al hundir nuevamente la larga uña esmaltada en el
polvo.
—¿Dónde enterraron el perro?
—El patrón lo hizo enterrar en el jardín —dijo el tipo—. ¿Quiere ver una cosa? Venga le
muestro.
Beatriz lo siguió hasta el jardín. Caminaba muy cerca del escolta, rozando casi sus brazos.
Un hombre musculoso y primario. Nada feo, pensó. Palpó intencionalmente los músculos de su
espalda. ¿Hacía ejercicios? Todos los días, le dijo el tipo. Ejercicios y prácticas de tiro al blanco.
Fui policía, le dijo.
—Mire —dijo señalando hacia la derecha. El Rottweiler reposaba con la barriga aplastada y
el hocico recostado contra la tierra—. Se la pasa así casi todo el santo día. Como si velara al
muerto.
—¿Por qué lo hizo?
—Porque quería matarla a usted.
Regresaron a la sala. El escolta dijo que iba a lavar el carro del patrón. Preguntó por el
Mazda. ¿Bonito, no? Sí, bonito, dijo Beatriz. No había podido estrenarlo, seguía en la calle, iba a
ver si le alquilaban un cupo en el parqueadero del edificio.
Una mujer joven de uniforme blanco y cofia negra le trajo un vaso de whisky. Beatriz bebió
con ansiedad.
—¿Va a comer algo, señorita?
—Más tarde, María.
—Le preparé un ajiaco a los muchachos —dijo la empleada—. Si quiere, le preparo otra
cosa. ¿Le provoca un bisté a la plancha? Tengo lomito fino.
—Más tarde.
Recorrió la casa de un extremo a otro, sin detenerse en ningún sitio. Las obras de arte de las
paredes, los muebles, los objetos decorativos, ningún detalle merecía más que un vistazo distraído.
El refinamiento del decorado no casaba con la sordidez que Beatriz empezaba a descubrir en la
personalidad de Fabián. Era obra de Amparo Consuegra.
—¿A qué horas me dijo que llegaba Fabián?
—El patrón llega en el vuelo de las siete —dijo el escolta—. Estará aquí a eso de las ocho.
¿Lo va a esperar? —preguntó y salió hacia el porsche.
Beatriz asintió con la cabeza. Se recostó en un amplio sofá de cuero marrón y entrecerró los
ojos. Aunque se sentía fatigada y el nerviosismo de antes había remitido, estaba segura de que no
podría descansar.
—Si quiere descansar —le dijo María—, acuéstese en la cama de don Fabián.
Abrió de nuevo la pequeña caja de plata y hundió la uña en la superficie. María chasqueó la
lengua e hizo un pausado movimiento de reproche con la cabeza.
A partir de ese instante, Beatriz dio curso libre a una sola idea obsesiva.
El inmenso dormitorio de Fabián tenía una no menos inmensa ventana que daba al jardín y a
los cerros. Las ramas de un eucalipto chocaban contra el cristal. Un closet, de pared a pared,
contenía el fabuloso ropero. Lo abrió y la mirada no alcanzó a describir el orden de los trajes, la
distribución de las chaquetas, las camisas de algodón y seda, los estantes donde se amontonaban
ropa interior y calcetines. Frente a la cama, recostado con una de las paredes, a una distancia no
menor a los diez metros, estaba el precioso mueble de madera con un cajón central y
compartimentos laterales, una antigüedad en la que no faltaba nunca un jarrón con tulipanes
blancos. A la derecha de la cama, a cuatro metros de una de las mesitas de noche, se abrían las
puertas del cuarto de baño, precedido por un vestier con espejos.
Beatriz abrió uno de los cajones laterales del mueble colonial y tropezó con un pesado
objeto metálico. Lo sostuvo en las manos, como si midiera su peso. Regresó al pie de la cama y lo
introdujo debajo de la almohada, en el lado izquierdo, el opuesto al sitio donde Fabián
acostumbraba dormir. Ordenó las mantas y el edredón. Tomaría un baño, se vestiría con el salto de
cama transparente y pediría a María que le llevara a la habitación el bisté prometido. Fabián la
encontraría en ropa de cama.
Salió de la ducha y llamó a uno de los escoltas, asomándose a la puerta del dormitorio con
una toalla enrollada en la cabeza.
—Daymer, ¿me sube otro trago? —calculó que el compañero se encontraba limpiando el
Mercedes en el garaje.
El escolta no tardó un minuto. Llamó a la puerta entreabierta con los nudillos de los dedos.
¿Entrar al dormitorio de don Fabián? Vaciló un instante pero el pedido de Beatriz lo autorizó a
entregarle el vaso de whisky en la mano. Había vacilado porque la muchacha, en tanga y sin
brasier, secaba sus cabellos con una toalla.
—Gracias, Daymer —dijo ella al recibir el vaso—. Dígale a María que me prepare el bisté a
la plancha.
Toda obsesión no es más que un propósito continuado e incanjeable de la mente de un ser
humano.
Beatriz actuó ante el escolta como si no estuviera desnuda. El escolta se retiró de la
habitación y dio media vuelta en la puerta.
—¿Algo más, señorita?
—Nada más, Daymer —dijo ella con el vaso en la mano—. Ah, sí, espere... —y el escolta se
detuvo en el umbral de la puerta mientras Beatriz desenrollaba la toalla de su cabeza y la arrojaba al
piso—. Pásele el seguro a esa puerta.
Lo hizo de manera desesperadamente vengativa, sin premeditación, como si obedeciera la
rencorosa orden de su espíritu. El escolta era joven y fornido. Lo hizo dejándose caer de espaldas
sobre la alfombra, llamando al tipo con los brazos extendidos, dése prisa Daymer cómame yo sé
que le gusto, apúrese métame esa cosita con ganas, vulgaridad imperativa que correspondía a una
ocurrencia que sonó estridente en sus oídos. Tan de prisa lo hizo que el tipo se quedó con los
pantalones en las rodillas. Rápido rápido, le exigió. ¿Dónde estaba su compañero? Limpiando el
carro de don Fabián. Apúrese no joda métamela con ganas. Le dijo que se sentía agradecida por la
mirada misericordiosa que le dirigió al encontrarla golpeada y ultrajada en la alfombra, quería
agradecerle la compasión que demostró al encontrarla en el piso. Así Daymer usted sí es un macho
hágale con fuerza. Don Fabián ni nadie podía enterarse de lo que hacían. Así rico rico rico véngase
carajo que lo estoy esperando, fingió. Si el pat rón se entera me mata. Nos mata, dijo Beatriz
levantándose del piso. El escolta salió del cuarto. Beatriz se dirigió al baño y se lavó en el bidé.
No se puso el salto de cama. Continuó desnuda dentro de las cobijas, arropada hasta el
cuello. Encendió el televisor desde el mando a distancia. Recordó que en el betamax seguía la
última película que había visto al lado de Fabián. Tomó el otro control e hizo retroceder la cinta.
Vio la hora en el pequeño reloj electrónico de la mesita de noche. Eran las seis y quince de la tarde.
María entró en la habitación con una bandeja de plata cubierta con un individual de hilo
blanco. Usted sabe lo que hace, mija, pero le aconsejo que sea más prudente. ¿A qué se refería? A
nada, señorita.
—Quiero darle una sorpresa a Fabián —dijo Beatriz al colocar la bandeja en el regazo,
encima del blanco edredón de plumas.
—Cómase esta carnecita —dijo María—. Tiene cara de no haber comido nada en todo el
día.
Comió unos pocos bocados y dejó la bandeja en el piso, a un costado de la cama. Le gustaba
la película, tanto o más de lo que le gustaba a Fabián, a quien divertía la actuación de Marlon
Brando en su papel de Vito Corleone, le divertía tanto que hacía esfuerzos por imitar su ronca voz
baja de silbidos asmáticos introduciendo una bola de papel dentro de la boca.
La memoria se mueve a menudo por recodos ajenos a la voluntad. Y ajenas a su voluntad fueron las
imágenes siguientes, separadas de la película: se vio de nuevo en esta cama despertando con
intensos dolores en el cuerpo. Se vio en la sala de esta casa, golpeada y ultrajada. Presenció la
crueldad de un hombre que disparaba a boca de jarro sobre la cabeza de su perro. Recordó la
estricta vigilancia de los días siguientes. Hubiera querido cerrar los ojos y dormir un poco, así fuera
unos minutos, pero su cuerpo permanecía tenso dentro de la cama. Se levantó, fue hacia la puerta y
le pasó el seguro. Regresó al lecho, buscó debajo de la almohada y comprobó que el arma estaba
cargada. La puso de nuevo debajo de la almohada. Regresó a la puerta, quitó el seguro y la dejó
entreabierta. Si conseguía relajarse y concentrarse en la visión de la película, el tiempo transcurriría
más rápido.
Beatriz recuerda haber visto la figura inmóvil de Fabián en la puerta del dormitorio, con el saco
colgando de un hombro. Recuerda su sonrisa y la expresión de triunfo en su rostro. Recuerda
haberse dejado besar en la boca y haber respondido al beso con idéntica o mayor pasión. Le traje un
regalito, mija. Recuerda haber sentido la mano que acarició sus senos desnudos y el gesto de
regocijo del hombre que la descubría desnuda, ¿me esperaba así para darme la sorpresa, mijita?
Recuerda haberlo visto desvestirse y dirigirse al cuarto de baño. Le va a gustar el regalito que le
traje. Recuerda haberlo visto salir envuelto en una bata de algodón blanca, con los cabellos
húmedos, removidos con la punta de los dedos. No dejé de pensar en usted ni un segundo, mi vida.
Recuerda el movimiento decidido de su propia mano buscando debajo de la almohada. ¿Ha estado
metiendo perico, mija?
Los dos escoltas, los vigilantes de la calle, el jardinero y María, la empleada, recuerdan
haber escuchado sucesivos disparos en la habitación de Fabián. Creyeron que jugaba a disparar al
jardín. La recuerdan de pie y desnuda en el centro de la habitación, mal arropada con una sábana, al
pie del cadáver, desnuda y sin el arma que reposaba a sus pies. No estoy armada, les dijo. ¿Le van a
disparar a una mujer desarmada y desnuda?, gritó cuando uno de los escoltas hizo el gesto de
apuntar hacia ella. Daymer le hizo bajar el brazo. El cuerpo de Fabián yacía de costado, una mano
en el pecho, la otra apoyada sobre la alfombra.
Cuanto digan de lo recordado ya no concierne a la muchacha, que por algunas horas no
recordará nada ni podrá responder al interrogatorio de la policía. Los escoltas dirán que el señor
llegó de viaje, que Beatriz lo esperaba desde la tarde en su dormitorio. No dirán nada, fue el pacto
sellado cuando sus miradas se cruzaron y decidieron no hacer nada contra la muchacha. ¿Por qué
matarla? ¿Disparar contra el cuerpo desnudo de una joven hermosa y desarmada? María dirá que le
subió al cuarto un bisté con rebanadas de tomate. Los vigilantes de la cuadra y el jardinero dirán
que el ruido de los disparos les pareció lejano, como si viniera de otra casa. El señor se desaburría a
veces disparando contra los árboles. Todos coincidirán al decir que la señorita Beatriz era desde
hacía poco la novia de Fabián. María dirá que ella nunca imaginó que podría suceder algo tan
terrible. ¡Tan linda muchacha!
Al recobrar el habla, Beatriz alcanzó a decir que Fabián la maltrataba, que la hacía seguir,
que vigilaba cada paso que daba. Alcanzó a mostrar las huellas de los golpes en sus senos de
matices azulados, y el rasguño ya reseco de la frente. Dijo en medio de sollozos que había sido
ultrajada. Que cuando Fabián empezó a interrogarla sobre lo que había hecho en su ausencia, temió
ser golpeada de nuevo. Se lo vio en su actitud. Lo conocía muy bien. Había aprendido a leer su
mirada ¿Ultrajada cómo?, preguntó un agente. Un raro pudor le impidió decir que había sido
sodomizada porque desconocía esta palabra y en su lugar se hubiera visto obligada a contar que
Fabián la había penetrado a la fuerza por el sitio que no quería nombrar. Pensó decir que la había
violado por detrás, que se sentía acorralada, que lo único verdaderamente liberador había sido hacer
lo que hizo. Uno de los escoltas, Daymer, de veintiséis años, corroboró la versión de Beatriz. ¿Su
nombre? Daymer Ruiz Ruiz. ¿A qué se dedicaba su patrón? A sus negocios de joyerías. ¿Por qué
los había contratado? Para protegerlo, los ricos necesitan protección a toda hora. ¿Era verdad que el
occiso Fabián Acosta golpeaba a la acusada? No lo sabían. Bueno, a veces se ponía violento y
perdía el control de sus actos. Celoso sí era, celoso y posesivo, añadió Daymer. ¿Era cierto, como
decía Beatriz Lopera, que Fabián Acosta le había disparado en la cabeza a uno de sus perros? Era
cierto, pobre animal, era uno de sus dos perros preferidos.¿A qué atribuía tal acto de crueldad? A lo
mejor le había dado un ataque de rabia, dijo Daymer.
¿Conocía Verónica las circunstancia previas al desenlace. Sabía que Fabián Acosta
maltrataba a su amiga, testificó ante la policía. Sabía y le constaba personalmente que el tipo creía
que Beatriz era un objeto de su propiedad. Muchos hombres lo creen, añadió. Limítese a responder
la pregunta, replicó el agente. No aprobaba lo que había hecho su amiga, pero dígame: ¿quién que
se sienta acorralada por un hombre que un día podrá matarla como mató al más querido de sus
perros, no haría lo que hizo Beatriz? No me interrogue, subió la voz el agente, el que pregunta soy
yo. Disculpe, dijo Verónica. ¿Podía añadir algo más a su declaración? Verónica dijo que sí: Fabián
Acosta obligaba a su amiga a "meter vicio". ¿Meter vicio? Sí, cocaína, añadió ella. Todo el santo
día. La había vuelto viciosa. ¿También bazuco? No sé, dijo Verónica. El patrón no metía bazuco,
dijo un escolta.
"Joven modelo asesina a su amante", tituló en primera página un periódico sensacionalista
de la tarde. Y debieron pasar muchos días antes de que la noticia dejara de ser la comidilla de las
informaciones diarias. Recluida en la cárcel de mujeres, Beatriz Lopera esperó la apertura del
juicio. Esperaría muchos meses. Las fotografías de su último desfile aparecieron ilustrando las
notas de prensa, ya no en las páginas de cultura y Espectáculos sino en las páginas de sucesos. Su
abogado de oficio le aconsejó decir que había actuado en legítima defensa. Antes de que el proceso
volviera a ser noticia, el nombre de Fabián Acosta, muerto a tiros por la joven modelo Beatriz
Lopera, ocupó titulares de diarios y noticieros de televisión; se investigaba si en verdad era el
mismo Fabián Acosta quien se seguía por sus supuestos vínculos con una red de lavadores de
dinero. Sus propiedades, sus cuentas, sus relaciones comerciales eran objeto de seguimiento e
investigación por parte de las autoridades. No se le había probado nada. Los muertos no pueden
responder a acusaciones tan descabelladas, dijo el abogado de Acosta. Mi cliente era un honrado y
próspero comerciante. Sí, eso es lo que usted cree. dijo el funcionario encargado de la
investigación. Pero nuestras informaciones dicen lo contrario: el occiso figuraba en una lista de
presuntos narcos que las autoridades americanas hicieron llegar a este despacho. Presuntos,
puntualizó el abogado. Presunción de culpabilidad y no inocencia, dijo socarronamente el
funcionario.
Javier Upegui respiró aliviado. Verónica, asediada por los periodistas, todo por ser la amiga íntima
de Beatriz, no soportaría otra semana de acoso: viajaría de vacaciones a Isla Margarita. Se le
ocurrió de repente. Viajaría sola, creyó ingenuamente Virginia. Pero no viajó sola, la acompañó
Max Domínguez, el joven ejecutivo, presidente de la papelera. ¿Cómo se habían vuelto a ver? De
casualidad. O por una casualidad programada por Max. ¿Cómo se encontraba su amiga Beatriz
Lopera?, llamó a preguntar. Pobre niña, se compadeció Max. Verónica le contó que se sentía
abrumada por el asunto de su amiga, que le gustaría descansar. Se vieron, almorzaro juntos. Se iría
de vacaciones a Isla Margarita, su mamá le pagaba el viaje. Max se ofreció a acompañarla, sólo el
fin de semana, podrían viajar el viernes, él regresaría el lunes a una junta de su empresa. ¿Puedo
acompañarte?, insistió. Que mi mamá no se entere. Si el escándalo la salpicaba, y no había razones
para que la salpicara por el hecho de ser la amiga de Beatriz Lopera, una sombra difícil de borrar
mancharía su inmediato futuro, le dijo a Max. Tal vez aceptara el trabajo propuesto por Peralta.
¿Acompañada a un viaje de reposo por un desconocido?, objetó la conciencia de Verónica. Antes
de conocerse, todos somos desconocidos, dijo él. ¿Había decidido entonces aceptar la propuesta de
John Peralta? Piense bien, mija, le había dicho Virginia. ¿Cuándo regresaba Leo Pradilla?, se
interesó Max Domínguez. Dentro de diez días, respondió. Sigue en París.
Virginia viuda de Oropeza no tenía nada que temer. Tampoco Javier Upegui, al menos por
el momento, le dijo la conciencia a Virginia.
Max le dijo a Verónica que lo considerara un amigo. Me encantas, desde el día en que te vi
siento punzadas deliciosas en el estómago. Tenía esos días libres. ¿Conocía Isla Margarita? No,
dijo Verónica. Nos encontraremos en el aeropuerto, le propuso ella a Max. Mi madre va a
despedirme, dijo ella. ¿Tienes los pasajes? Sí, en clase turística. Dámelos, los cambiaré a Primera.
¿Otro hombre espléndido?, se preguntó Verónica. Se dejaba llevar, nada de lo que aceptaba hacer
con Max era deseado, era sólo una fuerza interior, irreflexiva, la que empujaba sus actos. No era de
todas maneras un hombre desagradable.
Virginia le recordó a Upegui que como intermediario y titular del capital invertido por
Fabián Acosta en la sociedad Nuevos Horizontes, tendría que estar dispuesto a devolver la
inversión a quien la reclamara legalmente y con pruebas. No hay pruebas, dijo Upegui. Ningún
documento, exceptuando el papel firmado por ambos, probaba que Acosta fuera el poseedor de un
35% de las acciones del gimnasio Perfect Body.
Virginia y Upegui respiraron aliviados. ¿Podrían disponer de tan importantísimo aporte?
¿Qué rastros había dejado Fabián para que alguien reclamara como suyos trescientos mil dólares?
Frank Rueda, el Gordis, encontró motivos suficientes para celebrar la noticia de la muerte
de Fabián Acosta. Su respiro no fue de alivio sino algo más profundo, el respiro liberador de un
hombre acorralado. Desde la noche de la paliza en la discoteca del Monte de Venus temió más
represalias por parte de un loco que se creía dueño del mundo. Fabián era la clase de tipo que no
olvidaba el pasado de las mujeres con hombres distintos a él. Ni lo olvidaba ni lo perdonaba. ¡Qué
vaina con los hombres!, Solía decirle Virginia a Verónica. Se creen dueños de nuestro pasado.
¿Por qué no visitar a Beatriz? Frank la visitó en la cárcel y le hizo saber que no alimentaba
ningún rencor hacia ella, ni siquiera el rencor de haberse sentido engañado. ¿Necesitaba algo?
Tanta generosidad enterneció a la muchacha. Habría que cambiar al abogado de oficio por un buen
abogado. No es posible que existan tipos así, debió de haber pensado Beatriz. ¡Podía hacer algo por
su madre? Frank le prometió hacer algo por doña Dolores. Quizá pudiera recomendarla en la
fábrica, necesitaban mujeres serias y maduras que se encargaran de dirigir el equipo de operarías.
¡Qué casualidad!, le dijo Beatriz. Su madre había probado suerte con una pequeña fábrica de
confección de ropa para niños. Fábrica, lo que se dice fábrica, era mucho decir. Produjo en pequeña
escala ropa para niños. ¿Podía ayudarla a vender el Mazda? Le informó que se trataba de un regalo
"de ese tipo". ¿Tenia los papeles de propiedad? No los tenía, así que nada se podía hacer para
vender un vehículo que estaba seguramente a nombre del difunto. Le sugirió pedir a su abogado la
devolución del carro. ¿A quién? ¿En dónde? Si fuera posible, lo rociaría con gasolina y le prendería
fuego. Mira la manera de contactar a Daymer, el escolta, y se lo entregas, se le ocurrió. Dile que es
un regalo de parte mía, dijo. Le servirá más que a mí. Podía, si quería, vender sus joyas, contratar a
un buen abogado y dejar libre al defensor de oficio. Era lo mejor. ¿Quién podía asesorarla? Frank
Rueda le prometió buscar a ese abogado, era amigo de un penalista especializado en homicidios.
No imaginaba la cantidad de tipos que había sacado libres. Hasta donde entendía, su caso tenía
atenuantes de peso, dijo Rueda. El sentido común le decía que ella había actuado en defensa propia,
no sería difícil refutar la hipótesis de la premeditación, si actuaba con cabeza fría y sin incurrir en
contradicciones, podía alegar defensa propia diciendo que esa noche había sido nuevamente
amenazada por Acosta. Temió ser golpeada y ultrajada. ¿Dónde guardaba él el arma? En algún
lugar de la casa debía de haber estado el arma homicida, perdón, se excusó Frank, el arma
disparada contra el occiso. Y si ella había disparado en el dormitorio, pues allí, al alcance de la
mano, debía estar la pistola. En el cajón de una cómoda, precisó Beatriz. Veamos, en un cajón de la
cómoda. Te sentiste amenazada, recordaste dónde guardaba la pistola y antes de que empezara a
agredirte actuaste en defensa propia. Un hombre que porta o guarda armas al alcance de su mano es
porque está dispuesto a dispararlas.
Frank la aconsejó como si la causa de Beatriz fuera su propia causa. ¿Quiénes eran testigos
del maltrato? Necesitaba testigos. Virginia, Verónica, Upegui podían actuar como testigos. Upegui
no abrirá la boca, es un pusilánime, dijo Frank. No bastaba que él confesara, si actuaba de testigo
en el juicio, que el tipo era un matón que lo había amenazado por medio de su abogado, ni el
mismo matón que les había ordenado a sus escoltas darle una paliza sólo por sospechar que iba
detrás de su novia. ¿Testigos? Verónica, Virginia y Upegui, repitió Beatriz. No cuentes con
Upegui.
Sorprendida por la lógica de Frank Rueda, le preguntó si era abogado.
—Estudié Derecho antes de dedicarme a la Administración de Empresas. Además, por si no
lo sabías, devoro novelas policíacas. Me encanta Ross MacDonald.
¿Qué podía decir Amparo Consuegra de su cliente Fabián Acosta? Le había prestado
servicios profesionales. Le decoré la casa y le he decorado la casa a mucha gente que no conozco,
dijo en privado. Pobre muchacha, se compadeció. ¿No le hacía las relaciones públicas a Fabián?
No, nada de eso. Coincidieron en fiestas y reuniones y tuvo la buena educación de presentarlo a sus
amigos. ¿Frecuentaba su casa? A veces, como la frecuentaron periodistas, políticos, industriales y
banqueros. Una no rechaza invitaciones de sus clientes. Ese es mi negocio, decorar casas.
Pese a las evasivas y la negativa de no actuar como testigo, Amparo pensó en la suerte de
Upegui. ¿No le había dicho que Fabián Acosta había invertido plata en el gimnasio? En su fuero
interno, sabía que Upegui se saldría con la suya.
Frank Rueda prometió y cumplió lo prometido. No sólo fue el visitante más fiel de la
reclusa. Se entrevistó con la madre, le ofreció ayuda, tal vez tuviera un trabajo para ella. ¿Quién
podía pagar un precio justo por las joyas de su hija? Lo averiguaría. Primero que todo, habría que
tasarlas. Eran joyas valiosas, aunque, dada la situación de Beatriz, muchos pretenderían comprarlas
por debajo de su precio. ¿Por qué hacía esto por su hija si ella lo había abandonado? Porque la
quise y quizá la quiera todavía, dijo el Gordis.
Doña Dolores se conmovió con la sinceridad de Frank Rueda. No puedo escupir para arriba,
le dijo él. Y al decirlo, recordó el reproche de Leo Pradilla. No se escupe para arriba ni se tiran
piedras sobre el propio tejado.
Javier Upegui le dijo a Virginia que la muerte de Fabián, pese a las circunstancias deplorables y
escandalosas y a la suerte que esperaba a Beatriz Lopera, seguramente la condenen si el juez no
encuentra atenuantes, los favorecía en muchos sentidos. ¿Reclamaría alguien su parte en la
sociedad? ¿Alguien distinto a él sabía de los trescientos mil dólares invertidos en el gimnasio?
Nadie, que él supiera. ¿Su abogado? —preguntó Virginia. Un abogado no reclama dinero de
procedencia desconocida. Estás jugando con fuego, le advirtió ella. No reclaman por vía legal,
pueden hacerlo por otras vías.
—Todos jugamos con fuego —le dijo Upegui.
Contemplaba a Virginia sentado en un taburete del baño. La había estado mirando cuando
se sentó en la taza del inodoro a depilarse las piernas y cuando orinó copiosamente. La contempló
luego, mientras se duchaba. La ayudó a secarse y pidió que se recostara contra el lavamanos.
Perfecto, se dijo. Y se arrodilló con el rostro metido entre las nalgas que se ofrecieron húmedas y
espléndidas, como en otras ocasiones desde el día en que adquirió la costumbre de mirarla en el
baño, presencia que Virginia aceptaba como prolongación de un rito amoroso que se enriquecía con
modalidades inéditas. Tomó el vibrador y lo hundió poco a poco en el sexo de Virginia mientras le
lamía el trasero con devoción infinita. Virginia simulaba con gemidos la felicidad que Upegui sabía
simulados. ¿No era la mentira, esta clase de mentira, una parte insustituible del rito?
—¿Despediste a Verónica? —preguntó Upegui.
—¡Pobre niña! Quería que la acompañara. No te imaginas cómo lloró al abrazarme.
Upegui maniobraba el vibrador y lamía la flor abierta y limpia de la mujer que sollozaba
quedamente, que simulaba los sollozos a sabiendas de que el hombre disfrutaba con sus
simulaciones. Por las rendijas de su impotencia se asomaba otra clase de placer, estimulado siempre
por Virginia. Mirar es como penetrar, le había dicho ella y Upegui había incluido la mirada en su
repertorio de placeres. Virginia retorcía la cintura, rotaba sus nalgas. ¿Dónde había aprendido a ser
la mujer más complaciente del mundo?, quería saber Upegui y ella le respondía que toda mujer
aprendía de los mandatos del instinto. ¿Quería imaginarse que ella era otra?, concedía Virginia
generosamente. ¿Por ejemplo, tu hija? No, de ninguna manera podía imaginar que ella era otra,
exceptuando su hija. Bromeaba, se excusó Upegui. Entonces Virginia giraba el cuerpo y tomaba a
la fuerza el enjuto cuerpo de su amigo. ¿No era eso lo que esperaba y deseaba? Lo obligaba a
ponerse en cuatro patas y le introducía en el culo, sin pausas ni compasión, el mismo objeto
plástico que la había estado taladrando. Upegui lloraba quedamente. Pronto, por unos pocos
instantes, se endurecería su tripa.
Max decidió quedarse dos días más con Verónica. Llamó a Bogotá y aplazó la fecha de la junta.
Cambió las reservas de habitaciones separadas y le ofreció mudarse a una cabaña. Verónica aceptó.
¿No era hermosa la cabaña situada a pocos metros de la playa, rodeada de cocoteros y rústicos
quioscos sombreados?
Hacer el amor sin amor, Verónica aceptó que esto podía suceder con un hombre joven y
guapo, de modales delicados. Le dijo que estaba enamorada de Leo. ¿Estás segura?, preguntó Max,
Me di cuenta de que estaba enamorada cuando se fue, confesó. Puede ser, dijo Max. A su edad,
¿tienes diecinueve, no?, el amor no era probablemente el amor sino la necesidad de amar. ¿Cuántos
años tenía él? Treinta, dijo. Leo tiene cuarenta y dos, dijo Verónica. Podría ser tu padre, anotó Max.
Podría ser. No tengo los años que tengo sino los que he vivido, enfrentó a Max con orgullo.
Verónica no fue sincera con Max. Durmió con él, se dejó hacer el amor, fingió el placer que
se represaba a último momento en algún lugar de su cuerpo. En alguna parte de mi mente. ¿Qué
sucedía en alguna parte de su mente? Nada, dijo ella. Pensaba en voz alta. Tuvo la prudencia de no
exagerar sus reacciones. Le satisfacía sentirse penetrada, pero el suave escozor no daba lugar a
emociones más profundas. Dejaba escapar quejidos bajos evitando gritar como sabía que gritaban
ciertas mujeres en el momento del orgasmo, como había gritado la primera vez encima de Leo.
Sentía la respiración de Max, más acelerada, y respondía alterando también su respiración. Fingir,
¿por qué tenía que fingirle a un desconocido?
Algo sin embargo le faltaba, algo extrañaba mientras hacía el amor con Max, algo que había
encontrado en Leo Pradilla. La gentileza, la comprensión, la sabiduría de las caricias, la estudiada
indiferencia. Leo le daba tiempo a sus deseos, permitía que los deseos de ella crecieran en una
explosión de ansiedad y urgencia. Max suponía, en cambio, que sus deseos eran simultáneos a los
de su pareja. Se excitaba, se ponía el condón de prisa y, tras unas pocas caricias, la penetraba.
Verónica adivinaba en qué instante iba a ser penetrada. Con Leo no podía prever ese instante.
Dilataba el tiempo. Max lo abreviaba. Encontraba atractivo y deseable al joven presidente de la
papelera, disfrutaba con su sentido del humor, admiraba la discreción con que firmaba las cuentas
del restaurante y del bar, el buen trato que daba a los meseros, las propinas razonables añadidas sin
ostentación a la cuenta. Su ropa de playa, su ropa de noche. Max se parecía a Leo en la medida de
la elegancia. ¿Qué le impedía ser sincera y reconocer que su placer tenía un raro, desconocido
límite?
Verónica se sentía atraída por un estilo, por una aureola. Estilo y aureola nacían de la
riqueza. ¿Desde cuándo? Acaso desde que empezó a conocer el semblante de la riqueza. Aunque
Leo confesara no ser rico, lo era en su modo de vida. Max era rico por herencia y familia. A
diferencia de Max, a Leo lo embellecían la agudeza de su inteligencia y la espontaneidad de su
cinismo. Max parecía bondadoso, Leo, perverso, con esa clase de perversión que le daba una vida
hecha a pulso desde abajo hasta la cima. La manera como Max elogiaba la belleza de Verónica no
era igual al escepticismo con que Leo juzgaba la belleza de una mujer, comparable a la visión
nocturna de la ciudad: terrible y engañosa, recordó Verónica. Siempre lo recordaría. Y todo
siempre tiene su límite en el breve o largo curso de una vida.
Se sentía bien, era cierto. La compañía de Max la separó por unos días del malestar que le
había producido ver a la amiga enredada en las groseras redes de un crimen. ¿Cuál iba a ser el
destino de la amiga? Jugaban tenis, navegaban en motos acuáticas, Max la instruía en el buceo,
alquiló un pequeño velero y le enseñó a manejar las velas. Al atardecer se sentaban bajo la rústica
enramada de un quiosco y él elegía los cocteles: entre margaritas, daiquiris, mojitos, ginebra con
agua tónica y zumo de naranja, whisky sauer y pina colada. Verónica prefería el mojito por la
frescura de la yerbabuena. Cenaban en la mesa más apartada del restaurante. Verónica vistiendo
blusas amplias y cortas, faldas de lino y sandalias, ajuar con que Max la había sorprendido al día
siguiente de la llegada. Veo que no tienes ropa de verano, observó antes de dirigirse a la boutique
del hotel. Él vestía trajes claros y ligeros, también de lino, siempre impecable en cada atuendo, sin
más adorno que el reloj ni más colgandija que una fina cadena de oro en el cuello. Es un regalo de
mi madre. Max respetaba sus silencios. La dejaba sola cuando la veía alejarse hacia la playa,
descalza, con las sandalias en la mano y la falda blanca de algodón transparente recogida a la mitad
de sus muslos. Era una visión de película: verla alejarse, contemplarla desde el quiosco, esperar que
regresara del paseo solitario. En la noche, después de la cena, solían caminar tomados de las manos.
Regresaban al bar del hotel y Max proponía beber una última copa. En la suite, fatigada por el sol,
Verónica le pedía que le aplicara cremas en el cuerpo, temía una insolación. ¿Era frágil, para su
gusto demasiado frágil? Demasiado educado, pensó Verónica. Elemental, quería decir. Previsible
en cada uno de sus actos, reculares como la costumbre de salir de la ducha con pijama, oloroso a
colonia, de acostarse en una de las camas gemelas y sólo después de un rato de conversación
insinuar que no sería mala idea dormir juntos, el tacto con que la desnudaba o la pasividad con que
se dejaba desnudar no era lo que ella deseaba. Demasiado previsible, tanto que a partir de la
segunda noche Verónica experimentó algo parecido al aburrimiento, soportable en todo caso, no
tanto como obligarla a resistirse o a mantener distancias. Dejarse acariciar unos minutos, sentirse
penetrada, siempre él encima de ella, besada en las orejas o sintiendo sobre su hombro la cabeza, en
silencio, como silenciosa era explosión de sus orgasmos. Soportaba unos minutos al lado de Max y
volvía a su cama. Despertaba en la mañana y lo encontraba duchado y vestido. ¿Le gustaría ir al
casino? Por una sola vez, Verónica conoció la emoción de ganar y de perder. De perder, sobre todo.
No era en todo caso su dinero. Jugaba a la ruleta, él black jack. Una ansiedad parecida a la
imposibilidad de su orgasmo. ¿Llegaría la suerte en la siguiente apuesta?, pensaba, pero la suerte
era esquiva. Jugar con dinero ajeno era más placentero que ganar con el propio. Al decirle que
sentía un extraño placer perdiendo el dinero de otro, Max le dijo que lo mejor sería retirarse a
dormir. Soy economista, le recordó. Aspiramos a ganar donde otros pierden. ¿Le gustaba la
administración de empresas?, preguntó él. Es una carrera de moda, dijo ella.
—¿Qué piensas hacer al regreso? —le preguntó Max— ¿Aceptarás la oferta de John
Peralta?
—No sé, quiero estudiar.
—¿Aceptarías hacer un curso rápido de relaciones públicas y trabajar en mi empresa? Te
financiaríamos el curso, harías prácticas con nosotros. Hablas inglés, podrías hacer una buena
carrera. Eres bella e inteligente.
—Me tienta más la oferta de Peralta.
Por un instante, Verónica se imaginó iluminada por las luces de un set, centro único de una
cámara que devolvía su imagen a millones de espectadores. La misma fantasía había pasado por su
cabeza cuando era apenas una niña. Debería ser maravilloso sentirse mirada por millones de
espectadores.
Los cinco días pasados en Isla Margarita aliviaron el peso soportado la semana anterior.
¿Cuándo exactamente llegaría Leo?, se preguntó. ¿Qué rumbo estaba tomando el destino de
Beatriz? John Peralta la había aconsejado:
—Si aceptas trabajar en mi programa, aléjate de todo aquello que te convierta en escándalo.
Una presentadora es un modelo que muchos quieren imitar.
—Piensas en él, ¿no es cierto? —adivinó Max al sentirla distraída.
—Sí, pienso en él.
Max no preguntó más. La última noche durmieron en camas separadas. Al rato, cuando la
creía dormida, la sintió ir al baño. Verónica no regresó sino minutos más tarde, desnuda, iluminada
por el resplandor que se colaba por las cortinas de bambú. Durante su ausencia, Max escuchó el
ruido de la ducha. ¿Por qué gemía, si eran gemidos los ruidos provenientes del baño? ¿Se sentía
mal? No se atrevió a preguntar. Gozó con la visión de una silueta que se movía parsimoniosamente
en medio de la semioscuridad de la cabaña.
Verónica se había masturbado antes de regresar a la cama. Pensó en todo momento en Leo,
imaginándolo a su lado, cubriendo su cuerpo de miel y pétalos de rosa. ¡Qué divertido era verter
jabón sobre su Monte de Venus, verlo cubierto por la espuma! Apoyar la palma de la mano sobre
las vellosidades y extender los dedos hacia el sexo, cerrar los ojos. ¿Durante cuánto tiempo
quedaría en su memoria esa imagen del placer, la metáfora contenida en la miel y las rosas? Se
masturbaba y recordaba su cuerpo cubierto de miel y rosas.
Regresaron al día siguiente. ¿Se verían mañana?, preguntó Max antes de bajar del avión.
Virginia la esperaba. Lo llamaría, respondió Verónica. Tenía que poner orden en su cabeza. En
verdad, no pensaba llamarlo. En verdad, estar al lado de Max no había pasado de ser una
experiencia grata, la satisfacción de una curiosidad. Sin embargo, lo llamó al día siguiente, ¿dónde
residía el atractivo de este hombre? En su riqueza, en sus maneras. También en la discreción,
porque discreto fue el gesto de la mano que le extendió un estuche cubierto con sedoso papel negro,
discreta la mirada que seguía los movimientos de la mano. ¿Por qué le regalaba un collar con
figuras precolombinas, por qué precisamente un collar tan caro y tan precioso? Por el placer de
hacerlo, dijo Max. Cenaron en Pajares, tomaron unas pocas copas en un pequeño bar de la Zona
Rosa. Si Max no hubiera sido saludado efusivamente por otras mujeres hermosas, si los hombres no
se hubieran parado de sus sillas para saludarlo en la mesa donde se encontraba con Verónica, ésta
no hubiera experimentado la vanidad de estar al lado de un hombre a todas luces importante.
¿Podía definirse así la vanidad femenina? Un hombre solicitado por bellas mujeres multiplica el
orgullo de la quien tiene el privilegio de estar a su lado. ¿Quería hacer algo en especial?, le
preguntó Max. Tengo sueño, dijo Verónica. Si hubiera pedido irse con él a su apartamento, si
hubiera dicho directamente que quería estar con ella, habría aceptado. Lo curioso y preocupante es
que en ningún instante pudo deshacerse del recuerdo de Leo. Max la condujo en su Volvo hasta la
casa. Se despidieron de beso en las mejillas. Llámeme, le pidió Verónica.
Upegui dio un giro brusco al timón de su carro pero el vehículo que lo seguía de cerca le dio un
golpe intencional en el parachoques trasero. No había querido llamar al escolta ocasional. Tal vez
prescindiera de sus servicios. Pensó que era un accidente. Se quedó mudo cuando otro auto lo
adelantó y le cerró el paso. ¿Qué querían los tres hombres que se bajaron y se acercaron a la
ventanilla? ¿Conocía al hombre que caminaba hacia su auto? Recordaba haberlo visto en casa de
Acosta. Se encontraba solo al final de la Avenida Circunvalar, antes de tomar el puente que desvía
la ruta hacia La Calera.
Ningún hombre salió del vehículo que lo había chocado en la parte trasera. Bajó el cristal de
la ventanilla y uno de los tres tipos, a menos de un metro de distancia, le pidió que lo siguiera. No
cometa imprudencias, dijo un segundo. El carro de atrás dio reversa, los tres ocupantes subieron de
nuevo a la camioneta que le cerraba el paso y arrancaron con las luces de estacionamiento
encendidas. Circularon un largo tramo. El de adelante puso las luces direccionales y giró a la
izquierda, al pie del mirador. Upegui obedeció y estacionó detrás de la camioneta. Le hicieron
señales de bajarse.
Upegui nunca se había detenido en el mirador. Las luces parpadeantes de la ciudad le
hubieran parecido hermosas si no se hubiera sentido entre cinco hombres que lo conminaban a
sentarse.
—Cuando muere el acreedor no mueren las deudas —dijo con amabilidad el hombre que le
había pedido seguirlos.
—¿A qué se refiere?
—Usted sabe a qué me refiero —dijo Raúl Trespalacios.
Metió una mano en un bolsillo interior de su chaqueta y le extendió un papel. Upegui leyó.
La lividez de su rostro no podia ser advertida en la oscuridad. El tipo le arrebató el papel de la
mano y lo leyó en voz alta:
—"Viejo Raúl: invertí tus trescientos mil dólares en el negocio de Javier Upegui. Están a su
nombre pero son los trescientos mil que íbamos a invertir en el hotel de Santa Marta. El negocio del
gimnasio parece ser bueno. Te los devuelvo con intereses. Tu parce, Fabián".
—Necesito esa plata dentro de una semana —dijo el tipo—. ¿Tiene una cita con su socia?
No la haga esperar, mompa. Siga su camino y diviértase. ¿Se la está comiendo o no? Me dicen que
es uno de los mejores polvos de la ciudad —y dio una palmada a la puerta del coche, como si le
autorizara la partida.
A Upegui le hubiera gustado quedarse sentado en el mirador. Nunca había contemplado la
ciudad desde allí ni jamás había imaginado que se pareciera a un gigantesco lagarto iluminado, un
reptil cuyo vientre se expandía hacia el oeste. Identificó las remotas luces del extremo sur,
lánguidas y parpadeantes en la cima de un desierto montañoso. ¿Qué hacía a las seis y media de la
tarde, a pocas cuadras de la casa de Virginia? Se proponía visitar a Amparo Consuegra. Un amigo
había pedido servir de intermediario en el trabajo de decoración de un nuevo hotel, a pocos
kilómetros de Girardot. Un buen contrato. Desistió de la visita y tomó el sentido contrario,
descendiendo hacia la ciudad. Tomó la carrera Séptima hacia el norte, bajó por la calle 93. Virginia
lo esperaba a cenar algo en su casa, pero necesitaba rodar sin rumbo por la ciudad. No le diría nada
de lo sucedido. Se alarmaría. Se dirigió de nuevo hacia la Circunvalar.
Apenas comió. Bebió tres whiskies, uno tras otro y sin pausa. ¿Le pasaba algo?, preguntó
ella al notar el nerviosismo de sus movimientos, la mirada en todo momento dirigida hacia las
ventanas que daban a la calle. No me pasa nada, dijo Upegui. Pero Virginia era una mujer de
intuiciones. Si le pasaba algo, conseguiría que le explicara los porqué. No era esta la clase de
encuentro que había planeado. Ella misma se había ocupado de la cocina, hacía tiempo no
preparaba unos canelones de salmón, dedicar tres horas de su tiempo a la cocina no merecía tanta
indiferencia. ¿No ibas a traer el vino?, le reprochó. Se me olvidó, se excusó. Comieron en silencio.
Upegui se ofreció a llevarla al gimnasio. ¿Podrían verse más tarde?
—No creo —dijo él—. Ah, disculpa —recordó—, los canelones estaban exquisitos.
—Te noto raro —le dijo ella—. Más tarde hablamos.
¿De qué se trataba, carajo? Conocía a los hombres, sobre todo a hombres elementales y
misteriosos como Upegui, aunque elementalidad y misterio no le impedían quererlo de la manera
como lo estaba queriendo, un afecto mucho más intenso que el experimentado con el senador
Roldan, algo que comprometía sus sentimientos, lo que no había sucedido con Epaminondas
Romero, una alianza de intereses, era cierto, pero con el corazón poco a poco entrometido en
aquella relación de solitarios manchados con la tinta de sus actos.
—Paso por ti a las once de la noche —aceptó él—. ¿Cómo van las matrículas?
—Estamos llegando al setenta y cinco por ciento del cupo. Hoy vienen a entrevistarme para
una revista de modas.
La respuesta de Virginia no consiguió interrumpir la pesada capa de malestar que Upegui
sintió crecer a partir de ese instante. Una hora de confusas preguntas explicaban el nervioso silencio
que dominó la rápida cena ofrecida por Virginia. Al estar de nuevo solo, revivió la presencia
amenazante del hombre que lo había interceptado. Raúl Trespalacios había hablado claro. Y
Upegui sabía que el cerco se estrechaba con los días, que acabaría por estrangularlo. Esas eran las
reglas.
¿Cómo le quedaría a Verónica el vestido de Giani Versace que había comprado dos días antes en
una boutique en la rué du Faubourg Saint-Honoré? Lo prefirió al conjunto de Galiano, para su
gusto demasiado clásico y formal. El Galiano era demasiado atrevido. Eligió el Versace. Lo
extendió sobre la cama, al lado de la ropa que sacaba de su maleta. Separaba con meticuloso orden
la limpia de la sucia. Colgó en el closet el traje nuevo de Hugo Boss.
Leo Pradilla decidió descansar. Tomaría un baño y se recostaría un rato. Llamaría después a
Verónica. No quería hablar con el Gran Jefe ni con John Peralta, lo hacían todavía en Paris, así que
acabó de desocupar la maleta, vació el bolso de mano y encontró el documento firmado en la
Dirección Nacional de Impuestos y Aduanas. Había declarado el ingreso al país de nueve mil
doscientos dólares en efectivo. Al salir, había declarado veinticinco mil, con el respectivo
comprobante del banco. Guardó el recibo en su billetera. ¿Cuánto le queredaba en el cupo de su
tarjeta de crédito?
La empleada del aseo había dejado el apartamento impecable: sábanas de satén limpias
debajo del llamativo patchwork, perfectamente ordenada la sala y la cocina "como una tacita de
plata", expresión que la mujer usaba orgullosamente cuando la cocina era un modelo de orden y
limpieza. Leo nunca soportó tener durmiendo en casa una empleada fija. Cada día doña Rocío
ponía orden, recogía la ropa sucia y la enviaba a la lavandería, lavaba a máquina la otra ropa,
camisas, calcetines y ropa interior. No tenía otra misión. Quitaba el polvo, limpiaba los cristales de
las ventanas, le hacía una lista de las bebidas que faltaban, de la comida que se agotaba en la
despensa. Conocía sus gustos. Pocas veces le cocinaba, por lo general una trucha asalmonada al
horno, papas al vapor y una ensalada de lechuga o endibias, una omelette de verduras o queso.
Sabía no obstante lo que faltaba en la despensa o la nevera, las lonchas de salmón ahumado
empacadas al vacío, las cervezas, la botella de vino blanco frío, el paté de fois a las finas hierbas,
las tostadas, que prefería de ajo, las latas de filetes de atún, los potes de sopa Campbell, un poco de
jamón serrano y la infaltable mostaza de Dijon que Leo prefería en los bistecs a la plancha. Con el
tiempo, doña Rocío se le volvió insustituible. Llevaba las cuentas de la casa, tenía su propio
presupuesto, le hacía las consignaciones o los retiros en el banco, lo regañaba siempre por su vida
de soltero, aquí lo que hace falta es una mujer, repetía de buen humor. Leo no hacía fiestas en su
casa. Y doña Rocío se lo reprochaba. Vive como ermitaño, le dijo. ¿Le gustaría a doña Rocío la
chaqueta de terciopelo que le había comprado en las Galerías Lafayette? Estaban de rebaja. No
hacía fiestas, le bastaba con soportar las fiestas de los demás y el compromiso de asistir por
exigencias profesionales. Unos tragos con un amigo, una visita femenina, sus reuniones con el Gran
Jefe, la visita de un político que pedía su asesoría y al que, por cortesía, no ofrecía más que una taza
de café y un cognac. Alexandra no había vivido allí más de dos semanas, tiempo suficiente para
percatarse de la equivocación de haberla invitado a vivir a su casa, ¿Alexandra? Tenía treinta años,
diseñaba ropa que copiaba de revistas, modificaba algún detalle, pero se bebía a diario una botella
de vodka, fumaba dos paquetes de cigarrillos al día y el apartamento parecía un muladar. No la
había amado. Una rara crisis de soledad lo había cogido con las defensas en el piso.
Apiló los discos de música francesa adquiridos en el aeropuerto: Charles Aznavour, Gilbert
Bécaut, Jacques Brel, Leo Ferré, sólo sus clásicos, Yves Montand, y una verdadera reliquia: Serge
Regiani.
Anne-Marie, ¿dónde diablos vivía Anne-Marie ahora? No dejó de preguntárselo desde su
llegada a París, se lo estaba preguntando ahora. Adoraba una de las canciones de Regiani. "La
femme qui est dans mon lit/ n’a plus vingt ans depuis longtemps". Sí. tal vez fuera así, el tiempo
habría pasado como un cuchillo sobre su piel. "La mujer que está en mi cama hace tiempo que no
tiene veinte años". Entonces, cuando escuchaban juntos la canción, Anne-Marie tenía veinte y él
veinticuatro. Eran muy jóvenes, muy hermosos, poseídos ambos por el delirio de la revolución. La
buscó en París sin importarle si estaba casada o vivía con alguien, si tenía hijos o había envejecido
a los cuarenta. No encontró rastros de ella. Marcelo, el amigo chileno, le informó que tal vez
viviera en la Normandía en una casa de campo, casada con un arquitecto y sin hijos. Marcelo: la
boîte del joven arquitecto, a quien recordaba como el mejor amigo de la época, era hoy un próspero
estudio con tres colegas y numerosos delineantes. No me va mal, diseñamos y construimos para
clientes de Egipto y otros países árabes, le había dicho. Grandes complejos, le informó cuando
volvieron a cenar en Polydor, el viejo y siempre atestado bistro de la rué Monsieur Le Prince.
Construyo lo que más detestaba, le dijo Marcelo. Complejos de vivienda popular. Cuando se
mueren los sueños —le dijo con melancolía— se sigue haciendo de la mejor manera lo que se sabe
hacer. Casado, separado de dos matrimonios, el arquitecto que se regocijaba repitiendo la frase
escrita en los muros de su facultad ("Los arquitectos son los urbanistas de la segregación social"),
Marcelo envejecía con el pragmatismo de esa época, un carpe diem que lo llevaba a atrapar al
vuelo cuanta oportunidad se le ofreciera. Tenía una linda casa de campo en las cercanías de Ibiza.
¿No se parecían acaso, no habían visto languidecer los mismos sueños?
Alquilar un coche, viajar a la Normandía, buscar en un mapa un pequeño pueblo llamado
Noyent-le-Rotrou, preguntar por Anne-Marie Weiler, ¡qué disparate! El tiempo, se dijo, no se
recupera. Menos aún el tiempo de la felicidad.
¿No lo había abandonado ella después de vivir juntos durante casi dos años? Regresar con
él a Colombia no estaba en sus planes. El dolor de entonces se había convertido en una amable
herida de guerra. Y el recuerdo de Anne-Marie era hoy una plácida reminiscencia del amor
extraviado.
Se dirigió a la sala y puso el disco de Brel. Se sirvió un vaso de vino blanco y, con los pies
descalzos, extendidos en el sofá, pensó que la mejor recompensa de su vida se la debía a él mismo.
En el París que quiso volver a descubrir quedaban las huellas de su antigua pobreza pero también el
palpitante recuerdo de la felicidad. De los viejos sueños, nada, Cambiar el mundo, cambiar la vida.
Descubrió a Rimbaud. "Senté un día la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”… Leo sabía
desde hacía años que el mundo no había cambiado al ritmo de sus deseos. Se había perfeccionado
el lado oscuro de sus pesadillas. Nada había ya de la generosidad del sueño, su mundo se estaba
pareciendo a algo, se parecía a una despiadada jungla de sobrevivientes. ¿Quién hablaba hoy de la
fraternidad? Supo por Marcelo que Lucien, el animoso e intransigente Lucien, cabecilla de la
pandilla, estudiante de sciens-po, hacía negocios oscuros en alguna antigua colonia africana. Nadie
como él hacía cocteles molotov con tanta rapidez. Nadie más temerario a la hora de lanzarlos a los
CRS. Maderas finas o algo así, dudó Marcelo. Mathilde, su amiga, ¿se acordaba de Mathilde, la
trotskista más trotskista del grupo? Tenía una boutique en el Distrito XVI. ¿No se había acostado
nunca con Mathilde?, le preguntó Marcelo. Escuchaba la palabra "égalité" y abría las piernas a
quien la pronunciara. Había sido feminista. Unos pocos años. Feminista radical. La visitaba a ratos
en su boutique.
Volvió a la cocina y se sirvió otro vaso de vino. “Uno no olvida, se acostumbra", cantaba
Jacques Brel. "Se acostumbra, eso es todo". ¿Se había acostumbrado sin remordimientos a la vida
de un publicista de éxito?
No había viajado a París a recuperar el pasado. La ciudad de sus veinticuatro años era otra,
las metamorfosis impuestas en calles y edificaciones la hacían distinta: aquí y allá, seguían sin
embargo las formidables, magníficas huellas de su pasado. Aquí y allá, extrañas visiones de un feo
mundo entrometido en su magnificencia de cristales. Por mucho que hubiera preferido un modesto
hotel del Boulevard Saint-Michel a cualquier otro hotel de lujo —podría haber elegido uno menos
modesto en la rué de Rivoli—. Leo no esperaba nada especial de esa elección. ¿Cuántos años
habían pasado de 1968 a 1989? ¡Veintiún años! ¿Por qué le había mentido a Verónica diciéndole
que tenía cuarenta y dos si ya había llegado a los cuarenta y cinco?
Una sola escena lo devolvió al escenario de sus veinticuatro años: un vagabundo, vestido
con harapos sobrepuestos a otros harapos, de nariz rubicunda y rasguños en el rostro, cantaba a la
entrada del metro una canción obscena. Sostenía una botella de barato vino rojo en la mano. Una
joven esquelética, borracha como el viejo clochard, acompañaba en coro destemplado sus
obscenidades. Afuera, en la calle, no había visto jóvenes airados marchando al ritmo de las
consignas sino seres apresurados, de expresión adusta, atropellándose en las aceras. No se huía de
la embestida de la policía ni del gas de las bombas lacrimógenas. Como oleadas amorfas, esperaban
el cambio de luz de los semáforos y se lanzaban, obedientes y en masa, al otro extremo de la acera.
Si iban a alguna parte, parecían ir arrastrados compulsivamente hacia el fin del mundo. Todo era
ordenado y pulcro. Los adoquines habían sido reemplazados por el asfalto. ¿Estuvo antes allí el
restaurante de comida rápida, monumental y sin gracia que se detuvo a mirar antes de bajar hacia
las escaleras del metro? Vestían así los jóvenes de entonces, uniformados en la misma moda, como
lo hacían los jóvenes de Nueva York o Los Ángeles, como lo repetían las imágenes de la televisión
de cualquier ciudad del mundo?
Leo se inclinó, dejó un billete de cincuenta francos sobre el trapo sucio donde quedaban
unas pocas monedas. El viejo miró el billete, lo tomó incrédulo en sus manos, lo besó, lo enseñó a
la muchacha escuálida y ambos se abrazaron regando sobre sus cuerpos el contenido de la botella.
"L'espoir —gritó el viejo—, ça existe, encore". Para el viejo vagabundo, la esperanza existía
todavía, la olfateaba. La esperanza se le había aparecido en un billete de cincuenta francos. Leo le
arrebató a la chica la botella de vino y bebió un trago. Pensó responderle: no, la esperanza ya no
existía sino en la forma de un billete de cincuenta francos. Si le daba otro en un gesto de
generosidad extravagante, el viejo vagabundo sentiría nacer otra esperanza. Dos inmigrantes
africanos, vestidos con túnicas de su país, aplaudieron el gesto generoso de Leo.
No quedaba una gota en la botella. La muchacha le estampó un fétido beso en los labios.
"Tu aurais pu être mon mec”, dijo. "Hubieras podido ser mi hombre", le repetía la muchacha
tratando de besuquearlo.
Leo se zafó de ella.
Si salía del metro por la boca del Odeón regresaría al café donde había conocido a AnneMarie. Vagabundeó en cambio por el barrio, sin rumbo fijo. Compró una botella de vino tinto, una
baguette, un poco de queso y salchichón y se dirigió a la Isla de la Cité. ¿Cuánto dinero llevaba
encima? ¿Tres mil, cinco mil francos en efectivo? ¿Cuál era el cupo de su tarjeta de crédito? Nunca
antes le había sabido a gloria cada mendrugo de pan ni cada trozo de queso ni cada mordisco de
salchichón ni cada sorbo del vino barato comprados en la rue de Buci. ¿No había sido aquí, en uno
de estos bancos, donde había besado la primera vez a Anne-Marie? Hubieran podido hacer el amor
a la vista de todos en aquel frío atardecer de marzo. Nanterre, ça brûle, le había dicho ella.
Nanterre se incendia. Lo invitó a su cuarto de la rue Dauphine, a unas pocas calles de donde se
encontraban tres horas después de haberse conocido en el Café del Odeón.
La muchacha vivía en un cuarto con un lavamanos, agua caliente y una cocina minúscula.
Dominaba el espacio un colchón en el suelo cubierto por una tela india. Una de las paredes estaba
decorada con un afiche de Ernesto Che Guevara. El cabinet quedaba en el pasillo. ¡Cómo le fastidió
siempre ese ruido de guerra del cabinet! Si se querían duchar, habría que hacerlo en baños públicos
o ir a casa de amigos. Una semana más tarde, compartían el cuarto de la rue Dauphine. Las clases
de español que Leo impartía cada mañana a la escritora Christianne Rochefort daban para malvivir
sin quejarse, comidas en restaurantes universitarios, poca ropa de rebajas, el ácido olor de un
pullover. Se ganó un tiempo la vida haciendo retratos y caricaturas en la calle, preferiblemente
frente a la iglesia de Saint-Germain. Trabajó de mesero en un bar del Marais, traducía al español
documentos burocráticos, trabajaba en lo que saliera, ¡se vivía con tan poco!
Leo regresaba a un lugar cartografiado en la memoria. ¿Qué leía en el Café del Odeón
mientras bebía una cerveza? Leía los Caligramas de Apollinaire, el imán que atrajo a la chica de la
mesa vecina. Aimez-vous Apollinaire?, le había preguntado ella. ¿Le gustaba Apollinaire? ¿Qué
hacía él? Quería escribir poemas como Apollinaire, le dijo a la chica. ¿Y ella? Estudiaba Bellas
Artes. Venía de la Normandía, de un pequeño pueblo, no muy lejos de Alençon. ¿Latinoamericano?
Sí, de Colombia. Camilo Torres, café, dijo ella como si ésas fueran las señas de identidad del país
que él acababa de nombrar. Hoy, pensó Leo desde el sofá de su sala, desde donde medía la
distancia de veintiún años, Anne-Marie no hubiera asociado el nombre de Colombia con el cura
guerrillero ni con el prestigio del café colombiano. Otras palabras hubieran salido de manera
automática de la asociación de país con productos exportables: cocaína, carteles, masacres,
guerrilla, paramilitares, Pablo Escobar.
A la medianoche, aplastado por la modorra, Leo había escuchado los discos de Brel, Yves
Montand y Leo Ferré. Lo mejor sería retirarse a dormir. Era tarde para llamar a Verónica. Deseaba
acostarse y poder reconstruir el rostro de Anne-Marie pero se vio de repente asaltado por un rostro
de pómulos salientes y boca perfectamente dibujada, el rostro de una joven de largos cabellos
rizados. Apagó el televisor cuando la cortina musical anunció el final de las emisiones del día.
sonaron extraños los primeros acordes de ese Himno Nacional. Los creía olvidados. Extraños y
ajenos después de haber escuchado las canciones que, veinticuatro años atrás, empezaron a
pertenecer al recuerdo de una muchacha provinciana venida de un pueblo de la Normandía.
Si Upegui no podía devolver el dinero dentro de unos días, ¿qué iba a hacer entonces? Traspaso las
acciones de Acosta a su nombre, propuso desesperado. Pero el tipo no quería papeles sino
trescientos mil dólares contantes y sonantes. Que no lo creyera imbécil, le dijo. ¿Hipotecar el
gimnasio con todo lo que contenía? El gimnasio era algo especial para Virginia. Sería la primera en
oponerse. ¿Por qué no le daba un plazo de un mes? No, el tipo no quería plazos. Y los dos hombres
que lo acompañaban parecían estar de acuerdo con quien parecía su jefe. Esperaban nerviosos.
Bonita casa, le había dicho el tipo al bajar de la camioneta, cuando Upegui estacionó el carro en el
garaje y le pidió que pasara.
Desde que dejó a Virginia en el gimnasio se sintió seguido y lo mejor que podía hacer era
enfrentarlos y conducirlos hacia su casa. Venga y conversemos, le dijo a Trespalacios. ¿Cuánto
puede valer esta casa?, quiso saber el tipo al penetrar en la sala seguido por sus escoltas. No más de
ciento cincuenta mil dólares, calculó Upegui. Tal vez la aceptara como abono a la deuda. ¿Y el
resto? ¿Tomaban algo?, preguntó por preguntar algo. Sabía que el tipo no aceptaría su amabilidad
de anfitrión. Se sirvió un whisky solo y lo bebió de un sorbo. Le daba apenas una semana de plazo.
Necesito esa plata, le repitió.
Si la cortesía del tipo no tuviera el sonsonete de una tosca ironía amenazante, Upegui podría
haber pensado que no sería difícil convencerlo de un plazo más sensato, un mes, no le pedía más
que un mes. Trataría de hacer entrar en razón a Virginia, de todas maneras era una suma invertida
en la sociedad y no importaba saber a quién pertenecía sino aceptar que si se conseguía hipotecar el
negocio, tarde o temprano, pagada la hipoteca, les pertenecería sólo a ellos dos.
—Una semana —dijo el tipo—, Ni un día más.
Al verlos salir, Upegui dio media vuelta y se echó encima de un sofá. Cerró los ojos. Dos
semanas atrás el mundo era un vasto espacio de horizonte luminoso. Mientras mantuvo los ojos
cerrados, el mundo se convirtió en un cubículo estrecho. Al abrirlos, el mundo no sólo era estrecho
y oscuro sino amenazante. Pasó la llave a las tres cerraduras de la puerta, se aseguró de que las
ventanas de la primera y segunda planta estuvieran cerradas, ordenó al vigilante de la garita estar
atento a cualquier movimiento extraño. ¿Entregar su casa? Bebió un segundo vaso de whisky. Si
subía a la segunda planta y se acostaba, no estaba seguro de poder dormir. ¡Y ese maldito aguacero!
Ahogaría cualquier ruido de la calle. Llovía desde hacía media hora.
Llamó a Virginia al gimnasio. No podía pasar a buscarla. Decírselo y hacerlo sin ofrecerle
ninguna explicación, la convenció de que algo más grave de lo imaginado le estaba pasando a
Upegui. Decidió llamar a Verónica. ¿Le importaba si llegaba tarde? Eran las diez de la noche.
—Estoy con Leo —dijo Verónica—. Me invitó a cenar.
Vestida para salir, Verónica no se molestó con la excusa de su madre. Pese al aguacero,
saldrían y cenarían en un restaurante. Estaba emocionada por la visita inesperada de Leo Pradilla,
fascinada con el vestido de Versace, feliz por el regreso del amigo y mucho más feliz al saber que
Leo no había llamado a nadie, ni al Gran Jefe Isaías Bueno ni a Peralta, que la única persona que
sabía de su regreso era ella.
Tranquilizada por la hija, Virginia decidió sorprender a Upegui: pediría un taxi y le caería
por sorpresa en su casa.
Medía hora después, Upegui pegó un salto en la cama. Seguía desde hacía rato la televisión
sin concentrarse en la programación de ningún canal, como si buscara en aquella tediosa
continuidad de programas el somnífero que deseaba. Un flash informativo atrajo su interés: acababa
de morir Luis Carlos Galán. Lo habían conducido herido de Soacha al hospital pero no habían
podido salvarlo. Galán asesinado, abrevió. Las imágenes del atentado se repetían una y otra vez: el
candidato a la Presidencia en la tarima, el cuerpo que se desploma, sus escoltas disparando hacía
ninguna parte. Apagó el televisor. Nada le dijo a Upegui esta muerte.
Sentía miedo, un miedo diferente al experimentado aquella tarde en el mirador de La
Calera, miedo de que el castillo de naipes construido con sus propias manos empezara a deshacerse
en segundos. ¿Qué pretendía el tipo? ¿Tender un cerco, acosarlo hasta verlo asfixiado en el asedio?
Se levantó y miró por la ventana hacia la calle, asomándose por la cortina entreabierta
cautelosamente con los dedos.
¿Qué hacía Virginia a esas horas, llamando a su puerta, protegida apenas del aguacero con
un paraguas de colores, cortesía de Benetton? Bajó a abrirle. A unos pocos metros, en la esquina,
alcanzó a divisar la figura del vigilante cubierto con un impermeable negro, guarecido dentro de su
garita. Le hizo un saludo agitando las manos. El vigilante le respondió encendiendo y apagando su
linterna.
—Mataron a Galán —dijo al entrar.
¿Qué quería Virginia? No podía esperar más. Tenía que decirle la verdad. Su
comportamiento era demasiado extraño, le dijo a Upegui. Conocía comportamientos extraños, no
me mientas, y algún motivo debía haber: su nerviosismo al encontrarse con él en el almuerzo de su
casa, su silencio durante el viaje, la llamada diciéndole que no pasaría a buscarla al gimnasio. No la
preocupaba tanto aquello que Upegui pudiera estar escondiendo, la preocupaba el sentimiento que
en las pocas semanas se había convertido en cariño, los en principio inciertos y ahora fuertes hilos
que la vinculaban a él.
¿Lo quería? ¿Había aprendido a querer a este hombre interesado y calculador? Nunca habían
hablado de la relación, pero ésta había tomado el rumbo deseado por ambos, en la intimidad y en la
manera de vivirla. Pese a la sórdida procacidad de sus rituales, parecía haberse abierto en ambos la
rendija del afecto mutuo. Virginia dejó de ser La Tarzana y abrió sin decidirlo los lugares
incontaminados de su corazón a un hombre que se le reveló pronto en su inmensa debilidad y
cobardía.
Upegui no pudo resistir la terquedad de Virginia. No pudo seguir ocultando su situación. Lo
estaban acorralando, le dijo. No veía una solución inmediata ni satisfactoria. El tipo que le
reclamaba el dinero de Acosta no estaba jugando. ¿Qué hacer?
Virginia rechazó el trago que le ofreció Upegui. Y éste descartó la posibilidad de pedirle
que si había una solución no era otra que la hipoteca del gimnasio. No tenían créditos pendientes.
Todo se había pagado en efectivo. Temía la reacción de Virginia. Más que él, era ella la que había
encontrado en aquel negocio la salvación de una vida hasta hace poco cruzada de humillaciones.
¿No llevaba desde hacía seis años una vida partida en dos, sabiéndose obscenamente célebre y al
mismo tiempo despreciada por quienes la conocieron cobrando en oro por su belleza de viuda
complaciente? Upegui había aceptado la evidencia de ese pasado. Lo ignoró al conocerla. Y lo
siguió ignorando, como si sólo así fuera posible que ella ignorara las servidumbres de él, la
pusilanimidad que le atribuían, la bajeza de sus negocios, su soledad impenitente, el fracaso de sus
amores, los sucios vínculos que él pretendía esconder aunque todos supieran que, además de
constructor, Upegui era mediador en turbias operaciones, las mismas que ahora le hacían temer por
su vida.
—Me están amenazando.
—¿Qué quieren?
—Trescientos mil dólares en una semana —dijo—. La inversión de Acosta.
—Acosta no dejó documentos.
—Dejó uno.
Le explicó de qué documento se trataba. Y aunque no existiera documento alguno —
añadió— hubiera bastado la palabra. ¿No conocía ella el precio de la palabra empeñada en aquel
mundo sin documentos ni constancias legales? Valían más que éstas. Derivaban su poder de un
inflexible código de lealtades, le explicó a Virginia como si ella no lo hubiera sabido en su relación
con Epaminondas Romero. Le explicó lo que ella sabia, y en muchos sentidos temía, que en algún
momento, si alguien desenredaba la madeja tejida por el Viejo Epa, encontrara un hilo extraviado,
un hilo delgado por el tamaño de su colaboración, pero un hilo que se empataba con otros hilos del
entramado.
—¿De dónde vamos a sacar trescientos mil dólares? —se exasperó ella—. Todo lo que tenía
lo invertí en esto. Si ahora es una realización más grande que mi sueño fue gracias a ti. Sin ti
hubiera sido un negocio más modesto. No me pidas que rebaje el tamaño de mi sueño. ¿Qué
quieres? —gritó casi sirviéndose ella misma un vaso de ginebra pura—. ¿Sabes una cosa que mi
hija no sabe? Hipotequé la casa.
—Tendremos que devolver la inversión de Acosta —dijo Upegui ignorando lo que
significaba para Virginia poner en riesgo el único patrimonio de su familia—. La plata no era de él
sino de uno de sus socios. Lo que Acosta hizo fue preferir la inversión en un gimnasio a la
inversión en esmeraldas exportables. Acosta trabajaba con plata ajena.
—¡Todos trabajamos con plata ajena! —gritó Virginia—. ¡Hasta los bancos! ¿No sabías de
mi amistad con Epaminondas Romero?
—Siempre lo supe.
—¿Sabías que hacía pequeños viajes a Panamá para introducir los dólares que guardaba en
sus cuentas o en las cuentas de sus socios?
—No me creas tan pendejo —dijo Upegui sin alterarse—. Sabía quién eras antes de
conocerte. Supe de tus amores con el senador Roldán, que tuviste enredos con el viejo Isaías Bueno
y muchos hombres de su círculo, que te jugaban a las cartas, que el ganador tenía el privilegio de
irse contigo, supe siempre dónde podía encontrarte si me daba el capricho de acostarme contigo.
Pero ése no es el problema. Ni tú ni yo podíamos saber que Acosta sería un problema —sollozó
Upegui.
Virginia no deseaba volver a recostar esa horrible cabeza desnuda en su regazo.
—Para nosotros y para esa pobre muchacha, Acosta siempre fue un problema —dijo
Virginia al pensar en Beatriz—. ¿En cuál solución has pensado?
—En muchas y en ninguna.
—¿Lo adivino?
Si Virginia adivinaba la más extrema y desesperada de las soluciones urdidas por Upegui,
tal vez la amara más, tal vez le confesara que la estaba amando como nunca antes había amado a
una mujer, se convertiría en su cómplice y la complicidad ata más que las lealtades, pero Virginia
no podía penetrar tanto en los pensamientos de su socio porque éstos se movían en lo más oscuro
de su mente.
—Voy a hacer unas gestiones mañana mismo —dijo Upegui—. Tal vez consiga la plata en
el plazo que me dio el tipo.
—¿Quién es el tipo?
—Un tal Raúl Trespalacios —dijo Upegui—. Por lo que sé, trabaja solo. Vivió en Nueva
York y creo que en Atlanta, regresó al país hace dos años para hacer sus propios negocios. No le ha
ido mal, por lo visto. No es un tipo, digamos de clase, ni se deja ver en sociedad. Se da la gran vida,
nadie lo ve en lugares distintos a los antros donde bota la plata. Quería que Amparo Consuegra le
decorara una casa estrafalaria que hizo construir en Melgar y ella le salió con evasivas. La misma
Amparo me dijo que no iba a decorar un adefesio mozárabe, recargado de adornos, aunque le
pagaran en oro. Dentro de todo, Amparo tiene sus escrúpulos. Cuando el tipo la llevó a conocer la
casa regresó horrorizada.
—¿Dónde lo conociste?
—En la casa de Fabián Acosta.
—¿Lo conocía Beatriz?
—Posiblemente.
Virginia se sintió en el centro de un círculo vicioso. Upegui y ella, atrapados en el centro
infernal del círculo. Si había una salida, sería un salto por la tangente.
—Voy a dormir a mi casa —dijo—. Llámame un taxi.
No sintió piedad por el hombre que, al suspender sus sollozos, imploraba con la mirada un
poco de compasión, que se quedara, así sería menos terrible saberla a su lado. ¿Quería que lo
acompañara? Lo pensó unos segundos.
—Sírveme una ginebra doble con hielo —le ordenó Upegui.
Se quedaría. Verónica regresaría tarde, si es que regresaba. Tampoco ella podría resistir la
sensación de estar sola.
Espléndida, había repetido Leo al verla vestida con aquella pieza maestra de Versace. Pieza
maestra, repitió burlándose de la calificación dada al vestido. ¿Qué permitía llamar pieza maestra al
diseño de un vestido y a "Don Giovanni" de Mozart? Imponente y espléndida. Sin pudor, Verónica
se había desnudado delante de él.
—Ahora entiendo por qué son los nuevos dioses de la cultura —dijo Leo.
—¿Quiénes?
—Los diseñadores de moda —dijo Leo—. Le están dando a las mujeres la medida exacta de
sus fantasías.
—A las mujeres ricas.
—Y a las pobres. El prêt à porter democratiza el lujo de las ricas. La ropa de marca se
vende en grandes almacenes. O en las calles: detrás de la mercancía de marcas chiviadas está el
propósito de satisfacer la demanda de los pobres. Los enseñamos a admirar el original y les
vendemos la falsificación.
Habló de los grandes símbolos del lujo, de esas diosas subalternas y trágicas, como Beatriz,
de las aspirantes a diosas que atiborraban los gimnasios y se convertían en mercado de los
productos dietéticos. El tiempo de la gloria duraba poco, pero lo consumían en el espectáculo
efímero de la belleza. Le habló sin nostalgia de la búsqueda de un remoto amor y de su vagabundeo
por la ciudad donde había vivido dos años de su juventud. No buscó a Anne-Marie para
recuperarla, dijo. Cuando se busca recuperar el pasado se corre el riesgo de encontrar ruina y
decadencia, el implacable efecto del tiempo. La buscó para saber cuánto habían cambiado en el
curso de los años ella y la ciudad, para descubrir lo que había quedado de una época exaltada por el
amor sin fronteras y la revolución a la vuelta de la esquina. Podría haberse mirado en el espejo de la
ciudad y en el envejecimiento de la antigua amante. No importaba que Verónica encontrara
extrañas estas evocaciones o que nada de lo que evocaban sus palabras fuera familiar a sus oídos.
Ella lo escuchaba. Y sentía celos.
—Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio, le confesó Leo—. Veinte años
atrás tratábamos de cambiar el mundo, ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. Fuimos
auténticos, ahora somos impostores.
—No entiendo lo que quieres decir.
—Lo entenderías si me hubieras conocido entonces y, dando un salto en el tiempo, vieras
quién soy ahora.
—¿No eres feliz?
—No —dijo Leo—. Sólo soy un hombre satisfecho —le dijo, sugiriéndole que se pusiera de
pie y diera unos pasos por la sala—. Espléndida, magnífica. Hace veinte años hubiera despreciado
el lujo de ese vestido y sentido rencor por la mujer que lo llevara. El vestido y la mujer eran el
símbolo de lo que más despreciaba: vidas artificiales imponiéndose a la verdadera vida. Mírame
ahora: después de haber despreciado a los ricos, vivo rodeado de ellos, como de ellos, miento por
ellos. Yo mismo soy, en muchos sentidos, uno de los ricos que desprecié con toda mi alma. Esta
noche asesinaron a Luis Carlos Galán y, minutos después, un hombre y una mujer se encierran a
admirar un diseño de Versace. ¿No te das cuenta? ¡Asesinaron a un candidato a la Presidencia!
Verónica no podía atribuir a la champaña bebida la ronca voz de la conciencia que le
hablaba y por momentos la abrazaba como ella deseaba ser abrazada, con el calor de quien la
protege en todo instante. Conocía la capacidad alcohólica de Leo. Nunca iba más allá de la
exaltación de su propia lucidez. Un humor cruel, hecho con el juego de las palabras que salían
como agua de un surtidor, creaba el límite entre la ebriedad y la conciencia. ¿Por qué le hablaba
con esa voz, con ese tono y ese dolor?
—Tú no conoces el sufrimiento —le dijo Leo.
—Claro que lo conozco —dijo ella separándose del cuerpo que la abrazaba sobre la
superficie de cuero del sofá—. Perdí a mi padre a los diez años, conocí la pobreza, supe que mi
madre... —y se detuvo.
—¿Qué supiste de tu madre?
—Que era una puta de lujo —dijo en voz baja, como de confesión íntima—. Lo supe
aunque ella me lo ocultara. Y la compadecí por ser lo que no quería ser. Me ha estado enseñando a
vivir como rica aunque nuestro bienestar, si se puede llamar a esto bienestar, venga de sus
humillaciones.
—Todos, en algún momento de nuestras vidas, aceptamos alguna clase de humillación.
—Para ella han sido demasiadas.
La cena había transcurrido en un pequeño restaurante italiano donde ambos coincidieron en
el pedido: carpaccio al funghi con una ensalada césar, un liviano vino tinto de la Toscana y un
aguardiente seco de manzana con el café. Leo sentía aún la fatiga del viaje, por ello propuso
regresar a su apartamento. ¿Podría quedarse a dormir? ¿Por qué no? Su madre sabía que habían ido
a cenar juntos.
—Preferiría que no tuvieras diecinueve años —le acarició la cabeza y enredó los dedos en
los cabellos—. No puedes amarme. Yo podría amarte, pero no toleraría sentirme envejecer al lado
de una mujer joven que un día me despreciaría.
—¡Pero si yo te amo! Además, ya tengo diecinueve —alzó la voz, molesta por la frase que
Leo le estaba repitiendo después de haberla pronunciado antes de su viaje a París.
—Tú no me amas —repitió—. Amas el deseo de amar.
Verónica se levantó con brusquedad del sofá y le dio la espalda, caminó unos pasos y lo
enfrentó de pie. ¿Lo desafiaba?
—Quiero oír otra vez "Lady is a tramp".
Se quedó inmóvil, a la expectativa. Leo se levantó y puso el disco de Sinatra.
— Siéntate donde estabas —le pidió ella.
Verónica empezó a bailar sola, con lentitud, girando sobre sí misma, descalza, cerrando los
ojos como si siguiera letra y melodía. Llevó una mano a su cuello y bajó la cremallera del vestido,
agitando tos cabellos, dándole la espalda, que se exhibió desnuda. Movió los hombros y el vestido
se deslizó hasta caer a sus pies. No llevaba ropa interior. Frente a Leo, decidió quedarse así, quieta,
como una hermosa esfinge sin vida.
—Me asusta tanta belleza y juventud.
—A mí me asusta tanta madurez y tanta sabiduría —dijo ella, acercándose con los brazos
extendidos.
—No soy sabio, sólo soy un hombre con experiencias. Pero la experiencia no sirve de nada:
se cometen siempre los mismos errores.
—¿No es lo mismo? ¿No es lo mismo sabiduría y experiencia? —y se arrodilló al pie del
sofá—. Bésame los senos —acercó el torso al rostro de Leo, incapaz de responder al instante a la
exigencia—. Bésalos, si son bellos, son como la ciudad: hay que poseerlos —le recordó la frase que
había guardado en la memoria desde el día que lo conociera. Por fin pudo obedecer y lamió los
pezones ofrecidos mientras ella tomaba una mano y la conducía a sus nalgas—. Acaríciame —
exigió echando la cabeza hacia atrás, los pechos ofrecidos a la boca que los succionaba
suavemente.
¿Seguía Leo creyendo que Verónica era demasiado joven? Quiere demostrarme que es
mujer. Volvió a inclinarse hacia el cuerpo de Leo y empezó a desvestirlo. Tal vez hubiera algo de
rabia en la brusquedad de sus gestos, quizá el deseo tomara la forma de la rabia. Leo pensó que en
Verónica actuaba el orgullo ofendido. Creía que por ser joven era excluida de la vida de este
hombre y trataba de probarle que esa juventud también era capaz de amar con el desenfado de la
madurez. Tal vez buscara llegar al lugar que sólo había vislumbrado, saltar sobre las barreras que le
imponía su cuerpo en instantes de desesperación, porque a veces desesperaba en la imposibilidad
de conseguir lo que deseaba. Tal vez. Está ansiosa quiere conseguirlo por sí misma.
Lo desnudó de prisa, lo agarró del cuello y lo atrajo hacia ella. ¿Dónde lo aprendió? Seguro
que no con un hombre. Ambos cayeron sobre la alfombra, ella de espaldas, él encima del cuerpo
que abría las piernas y lo atenazaba por las caderas. Elegía cada paso y movimiento. Si intervengo
le corto la posibilidad de encontrar lo que busca. Si Leo insinuaba alguna iniciativa, ella lo repelía,
le ordenaba dejarse llevar y maniataba sus manos. Me dejaré llevar no haré nada haré lo que ella
quiera. Lo abrazó por la cintura y lo obligó a girar el cuerpo. Quedó encima de él, sentada sobre su
vientre, inmovilizándolo con la presión de las manos en sus muñecas. Subió la pelvis hacía el tórax,
se ayudó con las piernas y expuso su sexo a la cabeza inmóvil.
—Chúpame —ordenó—. Méteme tu lengua. Chúpame el coño.
¿De dónde esta procacidad? Rotaba la cintura agarrada a la cabeza de Leo, como se agarra
el náufrago al madero. Huele a talco se echa talco en el coño. Leo temía hacerle daño con sus
dientes. Buscaba, exploraba rincones, hasta que encontró el pequeño pistilo erecto, aquí está el
maldito secreto, donde se detuvo con deliberada paciencia hasta sentirlo crecer en la punta de la
lengua. Es increíble tiene vida propia.
Verónica gritó, como si esa voz fuera el signo de la libertad alcanzada. Lo está
consiguiendo. Gritó, un grito que se parecía más a un maullido de gata. Se derrumbó sobre el
cuerpo de Leo, con languidez, sollozando, cerrando los ojos a la maravilla de sentirse sin fuerzas y
sin vida. No dijo una sola palabra. No puedo hablarle. Se sintió débil, como si la debilidad del
cuerpo fuera otra clase de derrota. Leo sabía que cualquier palabra sería inoportuna. No le había
hecho el amor. Se había dejado conducir por ella, obediente y sumiso.
Verónica resbaló el cuerpo y quedó bocarriba al lado de Leo. No hablaron. Cuando él subió
encima de ella y besó su boca, supo que era el esperado. Espera que le haga el amor. Penetró la
morada húmeda, generosamente abierta, mojada y cálida, y se movió con cadencias sosteniéndose
con los codos para seguir mirándola. No tocaría su cuerpo ni sus cuerpos se aplastarían uno encima
del otro. Sólo el sexo entrando y saliendo, con lentitud sin esperas. Ella empujó la pelvis y en pocos
segundos Leo vio venir el desgarramiento de nuevos gritos. Gritaron juntos.
La sala, la música que había cesado, los muebles, la decoración del entorno, la opacidad de
la luz, todo había dejado de existir.
—Tengo sed —dijo Verónica al abrir los ojos, como si acabara de nacer.
Leo se levantó hacia la nevera, abrió una botella de champaña, sirvió dos copas y se sentó al
lado de la muchacha. Mojó sus dedos en la copa y regó el espumoso sobre el rostro y los senos de
Verónica. La champaña se mezcló con el sudor.
—Repite "Lady is a tramp" —pidió ella en voz baja.
—¿Sabes una cosa, muchachita? —Verónica sonrió intrigada—. Te quiero mucho.
—¿Qué hora es? —preguntó ella—. ¿Dormimos?
Leo despertó al amanecer y la sintió profundamente dormida. Aquel rostro, milagrosamente
más joven en el sueño tenía la vulnerable belleza de una niña. Se levantó, fue a la cocina por un
vaso de agua. No tenía sueño. Encendió la pequeña radio y escuchó las noticias.
Había aprendido a no ser indiferente pero evitaba convertir en signos trágicos las punzadas
del dolor y la impotencia. Mientras esperaba que el café humeara en la cafetera, escuchó el flash
informativo sin que rabia ni dolor ganaran y abrumaran su conciencia. ¡Quince muertos en un
nuevo atentado en Medellín! La ausencia de rabia y dolor no se debía a la indiferencia. ¡Reducida a
cenizas una aldea del Urabá antioqueño! Leo sabía que, para seguir viviendo, era preciso construir
corazas protectoras, impedir que cada nueva noticia calamitosa tuviera efectos perniciosos sobre la
conciencia. ¡Asesinada una familia: sus cuerpos aparecieron mutilados, fraccionados con
motosierras! El genocidio ha sido atribuido a grupos de autodefensa. Se estaba consolidando la
alianza entre narcotraficantes y terratenientes. Se mataban inocentes, para matarse entre ellos,
mataban inocentes, pero la vida seguía colándose por el compacto y miserable eco de los crímenes,
por una de sus fisuras se escapaba el deseo de seguir viviendo.
—¿Qué pasa? —se sorprendió al ver a Verónica en la cocina.
—Nada —mintió—. O lo mismo de siempre. ¿Quería un café?
—Un tinto y un jugo de naranja.
Se había puesto de pijama una de sus camisas. Había mirado la etiqueta de "Lacoste" y
espiado en el interior del armario. Tanta ropa, tanta que tal vez hubiera todavía prendas sin estrenar.
—¿Son todas de marca? —preguntó, retorciendo el cuello y mirando la etiqueta de la
camisa de polo.
—Todas —dijo Leo—. Duran más y no estropean la piel. Llama a tu madre.
Verónica llamó a su casa. Al cabo de un tiempo sin respuesta, contestó Teresa, la empleada.
La señora no estaba. ¿No estaba en casa a las siete de la mañana? No, y su cama estaba intacta.
Quizá, pensó Verónica, estuviera en casa de Upegui.
—Si llega o llama, dígale que llego por ahí a las nueve de la mañana.
Colgó. Aunque su madre acostumbrara dormir a veces en casa de Upegui, Verónica sintió
una extraña inquietud.
Leo tostaba pan y freía huevos. Verónica lo abrazó por la espalda. No puedo defraudarla
Hace todo lo que puede para demostrarme que me quiere Quizá no me ama. Encuentra en mí al
hombre que la protege en su tremendo desamparo No puede entrar sola al futuro que la espera O a
lo mejor no vislumbra el futuro y teme caminar a tientas en la oscuridad ¿Soy el lazarillo?
—¿En qué piensas? —se abrazaba a él, pegando su vientre a las nalgas de Leo.
—En ti.
—¿Qué piensas de mí?
Leo calló. No podía mentirle, tampoco quería defraudarla.
—¿La quisiste mucho?
—Como se quiere a los veinte —dijo Leo a sabiendas de que la pregunta estaba dictada por
la inofensiva curiosidad de los celos—. Como si no hubiera otra oportunidad en la vida.
—Dicen que has tenido muchas mujeres.
Leo soltó una carcajada, como si se burlara de su propia leyenda.
—Muchas y ninguna —dijo—. Si hago un inventario, a lo sumo recuerdo dos o tres rostros.
Sé lo que estás pensando: preferirías haber sido la primera y la única. Un día aprenderás que
cuando se vuelve a amar es siempre como la primera vez. Se nace de nuevo y sin memoria. Todo lo
anterior es como el oleaje del mar en calma: un ruido monótono y adormecedor, algunas sombras
sin rostro en el horizonte. Un alcatraz planea en el aire y cae en picada sobre las aguas.
Verónica cerró los ojos. Preguntaba porque deseaba escuchar una voz que la adormeciera.
Apretó más el cuerpo a la espalda de Leo y le acarició el sexo con una mano. Leo protestó riéndose.
Se le caerían los platos antes de llegar a la mesa de la cocina. Metió la mano por la bragueta sin
botones del pijama y siguió acariciándolo, pegado a su espalda. ¿Por qué no hacer el amor en la
cocina? Leo alcanzó a poner los platos encima de los individuales. No harían el amor, decidió él.
Le ordenó sentarse juiciosa en la mesa, los huevos revueltos con jamón y champiñones, el pan
tostado, ¿no iba a agradecerle el detalle? Verónica tomó un trozo de melón y se lo llevó a la boca.
Besó a Leo y la fruta mordisqueada pasó a la boca del amigo.
Virginia no podía adivinar las intenciones de Upegui. Para hacerlo, tendría que penetrar en un lugar
demasiado acorazado de la mente de un hombre que a duras penas hablaba de su pasado. Aunque él
decía tener la solución en sus manos, voy a hacer unas gestiones, Virginia no pensó que Upegui
pudiera acudir a soluciones extremas. Habló por teléfono con palabras que a Virginia parecieron
excesivamente misteriosas. Con el inalámbrico en mano, se apartó de ella. ¿Me permites? Hizo otra
llamada, más misteriosa que la anterior. Entre una y otra llamada parecía haber una relación lógica,
como si trazara un puente de una orilla a otra.
¿Quién era el doctor Yances a quien trató amistosamente pero con respeto inusual? ¿Con
quién habló en la segunda llamada y por qué ese seco tono telegráfico al hablar? Virginia alcanzó a
escuchar algo así como que "lo llamo de parte del doctor Yances". No le dio importancia al asunto.
Podría tratarse de un agiotista. Si los bancos no abrían créditos sin garantías, los agiotistas lo hacían
con otra clase de contraprestaciones, seguramente tan implacables como las de los bancos. Upegui
podía haber hablado con un usurero, aunque nadie podía concebir que en el mercado de la usura se
dispusiera fácilmente de trescientos mil dólares.
—¿Con quién hablabas?
—Con un viejo amigo —respondió Upegui—. Hago gestiones.
—¿Yances?
—¿Te acuerdas del Representante a la Cámara? Se dedica ahora a sus negocios de
ganadería en los Llanos. Me debe un favor.
—¿En qué te puede ayudar ese Yances? —lo recordaba remotamente—. ¿No es el mismo a
quien acusan por la creación de grupos de autodefensa?
—Yances no sería capaz de una cosa así —dijo Upegui—. Defiende simplemente sus
propiedades. ¡Fuera de la ley! No entiendo lo que quieren decir. Son propietarios que se defienden
cuando las autoridades no pueden hacerlo. La guerrilla los roba, les pide contribuciones, los
secuestra. Tienen que protegerse.
Virginia se despidió de Upegui. Pasaría por su casa, iría después al gimnasio.
—Te llamo después de almuerzo.
No podía adivinar las intenciones de Upegui porque el lugar donde se fraguaban sus
pensamientos y se resolvían sus intenciones era por el momento un lugar desconocido por ella.
¿Quién era el misterioso viejo amigo con quien habló en la segunda llamada? Upegui estaba
acostumbrado a "evolucionar" con ingenio en la resolución de sus problemas: créditos, canjes,
adelantos de dinero sobre sus proyectos, venta de edificios en obra negra, devolución de sus
créditos, firma de letras de cambio, préstamos de usura a conocidos y clientes, nuevos proyectos de
vivienda, líos con los arquitectos, maniobras con políticos que agilizaban los trámites a los
permisos de construcción, alianzas con otros que le pedían proyectar viviendas de interés social en
terrenos de alto riesgo, entrada de grandes sumas a sus cuentas, salida de las mismas a los pocos
días, solicitud de moratoria a sus créditos. Gran parte de esto lo conocía Virginia. ¿Cómo haría para
encontrar de la noche a la mañana trescientos mil dólares en efectivo?
Upegui se citó con el misterioso "viejo amigo" en una cafetería del centro, a la altura de la
calle 23 con carrera 13. El hombre no llegó solo. No ofrecía el aspecto de quien está acostumbrado
a andar solo. Cuadró en la acera su camioneta y bajó escoltado por tres tipos, que se quedaron al pie
del vehículo, mirando a las putas y a los travestis que se estacionaban en la acera opuesta, a la
entrada de hoteluchos y pensiones. ¿Por qué conocía Upegui el conducto para llegar a este hombre?
¿Yances, el tal Yances, le había dado las pistas para llegar a él? Se sabía de la existencia de un
mercado, de la oferta y la demanda de servicios criminales, de los precios fijados según la categoría
de la futura víctima, unos pocos miles por miserables anónimos, mucho más dinero, sumas fabulosa
a medida que se subía en el orden jerárquico y en la eventualidad de los riesgos. ¿Cómo había
conseguido Upegui, con tanta prisa y sin provocar desconfianza, esta cita con Ríoseco? Estaba
claro: el conducto regular era Yances, a quien Upegui había vendido tres años atrás una casa de
campo en la sabana.
—El trabajito le cuesta cincuenta millones —le dijo el tipo a Upegui.
—¿Tanto?
—Vale mucho menos de lo que vale el muñeco —se jactó el tipo—. Se lo saco del camino y
usted empieza a vivir en paz.
—Le pago con un cheque al portador.
—No me crea huevón, ingeniero —chasqueó la lengua—. En efectivo, un billullo sobre
otro. Le hago el trabajito porque me lo recomendó el doctor Yances. La mano de obra cobra la
mitad por adelantado y el resto con el trabajo a satisfacción. Este es un contrato de prestación de
servicios con póliza de cumplimiento —jadeó enseñando dos colmillos de oro. Se quedó sin
respiración. Sacó del bolsillo de la chaqueta un inhalador y lo aplicó a la boca abierta. Es asmático,
pensó Upegui.
—Le doy la mitad esta tarde —propuso Upegui—. El resto cuando veamos al muñeco.
Siempre había una primera vez. Upegui conocía el mercado. Aunque nunca se hubiera
valido de esos medios, lo conocía como lo conocían quienes pedían esta clase de servicios para
presionar a deudores morosos o dirimir pasiones personales. Sacar de en medio a un acreedor
incómodo, mandar a mejor vida a un competidor agresivo. Dar una lección de lealtad a un sapo.
Quebrar a un juez, taparle la boca a un periodista, eliminar a un comunista de mierda. Le repugnaba
el método, pero, en su desesperación, la repugnancia era menor al hecho de saberse libre de
amenazas. Le hacemos un favor a la sociedad, pensó para tranquilizar su conciencia. Si no lo hacía
él, lo haría el otro. Alguien tiene que dar el primer paso.
Imposible llegar a las profundidades de un propósito parecido, se diría Virginia después. No
se acaba de conocer a los hombres. Guardan como reserva de emergencia lo peor de sí mismos,
exhiben en la superficie lo mejor y a menudo lo mejor es sólo apariencia. Al final de cuentas, todo
el enigma de los hombres se resuelve en la brutalidad o amabilidad de sus acciones, en la
generosidad o la mezquindad y en el recóndito propósito que las anima.
—¿Dónde recojo la plata?
—En mi casa, a las cuatro —dijo Upegui.
Virginia podía comprender las razones de la bajeza, justificar conductas extremas, armarse
de comprensión y aceptar que siempre existe un motivo de peso para explicarse lo peor de los
hombres, pero su capacidad de comprensión nunca habría llegado a la aceptación de un crimen. La
salida salvadora de Upegui bastaba para condenarlo ante ella. Virginia ignoró siempre los motivos
de esa cita, las intenciones de Upegui, el desenlace de su propósito. Y Upegui desconoció la astucia
de su enemigo Raúl Trespalacios, olvidó que en el tejido del crimen existen hilos que se desenredan
como trampas mortales y se devuelven contra el objetivo contrario, tratar de atrapar a una serpiente
por la cola, sentir al instante que se tiene el colmillo en la propia piel.
El tipo del mandado, Eugenio de Jesús Ríoseco, se puso en contacto con Trespalacios esa
misma tarde, después de haber recibido el anticipo de veinticinco millones de Upegui. Los tenía en
su caja fuerte. Pero no tenía los veinticinco restantes que pagaría a Ríoseco una vez terminara su
trabajo. Se sirvió de la cuenta del gimnasio, en la que tenía firma autorizada. Fue al banco, hizo el
cheque y cobró los veinticinco millones. En el saldo de la cuenta quedaron tres millones quinientos
mil pesos.
—Se lo entrego al forense por cincuenta mil dólares.
El tipo tenía un delicado repertorio de eufemismos.
—¿Quién es?
—Ni pendejo que fuera, don Raúl.
Ocultó la identidad de quien le pagaba cincuenta millones por su cadáver. Trespalacios no
pensó en Upegui. Demasiado débil, demasiado cobarde, demasiado incapaz de sacar las tripas y
mostrarlas, pudo haber pensado. Alguien del negocio, conjeturó Trespalacios. El gonorrea de
Blásquez, quizá. Le había bajado a tiros a dos de sus mejores hombres, por faltones, recordó. Había
querido tumbarlo con veinte de los cincuenta kilos que salieron por Barranquilla, venirle con el
cuento de que no eran cincuenta sino treinta, ni marica que fuera. Podía ser el gonorrea de
Blásquez.
—¿Querés que te ayuden mis hombres? —se ofreció Trespalacios.
—¡Ni hablar! Ese trabajo lo hago solo. Yo me gano lo que me como —y sacó el inhalador
al sentir que la respiración le faltaba—. El asma se me alborota cuando hablo de negocios.
—¿Cómo me probás que ese es el gonorrea que quiere bajarme?
—Le tengo pruebas —dijo Ríoseco—. La cinta tiene ruidos de la calle, hay partes en las que
se escucha un chirrido, pero lo que le interesa se puede escuchar nítidamente. ¿Ve la venntaja de
usar chaqueta de cuero? En los bolsillos cabe una Luger o una Beretta, y también una grabadora.
No se olvide que fui sargento y trabajé en Inteligencia del Ejército. Si me van bien en las cosas, le
ofreceré los servicios de mi empresa de vigilancia privada. Ando en esas. El negocio promete. Uno
tiene su experiencia.
—Te pago los cincuenta en dólares.
—La mitad ahora, la otra mitad cuando le entregue al marrano degollado con la cinta que lo
compromete. Si se le antoja, puede hacer morcillas con el muñeco, aunque esté un poco viejo.
—Te doy mi palabra.
—Tranquilo —dijo Ríoseco—. Yo sé que usted es un hombre de palabra.
—¿Nos conocíamos?
—No sé si usted a mí, a usted lo conozco porque vamos a veces al mismo establecimiento.
¿Le siguen gustando las canciones de Vicente Fernández?
—Me chiflan los mariachis —dijo Trespalacios—. Tengo la mejor colección de sombreros
mejicanos. Si tenés uno original que yo no tenga, te lo compro. Ando buscando uno con la firma de
Vicente.
—Le hice unos trabajitos al Viejo Epa —se jactó Ríoseco—. ¿Se acuerda del viejo? Se
moría con los mariachis —se quedó pensativo—. La vida sí es muy rara, ¿no le parece? Morirse
metiendo perico en un motel con una puta y un travesti, esa no es manera de largarse.
—No conocí al Viejo Epaminondas —dijo Trespalacios—. ¿No se comía a una vieja como
cuarentona ella, muy buena? Parece que ahora se la está comiendo el viejo Upegui. Mi amigo
Fabián Acosta tuvo tratos con Epaminondas. Una noche, de pasadita, conocí a la hija de la vieja.
¡Una culicagada requetebuena! Pagaría millones por comerme una chimbita de esas, fresquita y
muy de la jai.
Omitió decir que "esa vieja como cuarentona" era ahora su socia en el negocio del
gimnasio.
—Le entrego el muñeco y la grabación —dijo Ríoseco al despedirse de Trespalacios.
Guardó en un bolsillo de su larga chaqueta de cuero con remaches metálicos el sobre de
papel de manila. No contó el dinero. Confiaba en la palabra de Trespalacios.
No se requiere inteligencia criminal para tener una inteligencia superior a la de los criminales. Pero
la inteligencia sólo sirve si se usa oportunamente. No valen de nada los presentimientos. Y Upegui
había tenido el presentimiento la noche anterior.
Una llamada de Trespalacios lo acorraló con una nueva exigencia: le reducía el plazo, le
quedaban tres días para devolver el dinero. Solo en la inmensidad de su casa de Teusaquillo, no
podía conciliar el sueño. No le dio importancia al presentimiento porque no pudo ordenar el flujo
difuso de impresiones. Salió a cumplir una cita con Amparo Consuegra. Le tenía un negocio. Como
siempre, su mediación costaba el diez por ciento del contrato. Amueblar y decorar un hotel y un
conjunto residencial en tierra caliente, valía la pena. Había mucha plata detrás.
Mientras circulaba por la Avenida Circunvalar —se había citado con Amparo en su casa—
y hacía el alto en el semáforo de El Castillo, sintió repetidas ráfagas en puertas y vidrios de su
carro. ¿De dónde estaban disparando? Comprendió en cosa de segundos la jugada de Ríoseco, el
recomendado de Yances. Confirmó demasiado tarde la razón de sus presentimientos. Alcanzó a ver
la moto estacionada en la parte superior de la calle que se empina hacia el barrio exclusivo de este
costado de los cerros. Dos hombres disparaban al mismo tiempo. ¿Disparar en pleno día, en medio
del espantoso tráfico de las cinco y treinta de la tarde?
Su cabeza cayó sobre el volante. Con sangre fría, como si acabaran de encender fuegos
pirotécnicos celebrados por una multitud deslumbrada, los tipos caminaron hacia el vehículo y
siguieron disparando. Le cosieron el pecho y el rostro a balazos. Regresaron a la moto y
emprendieron la fuga hacía el norte, adelantando a los vehículos que, al escuchar el tiroteo,
aceleraron o se detuvieron al borde de la cuneta. La moto zigzagueó y se perdió entre vehículos que
en aquel tramo circulaban al ritmo del embotellamiento.
Virginia conoció la noticia en la noche, mientras inscribía a nuevas alumnas y esperaba que Upegui
la llamara. Había dado una entrevista a un programa de televisión. ¿Cómo se le había ocurrido abrir
este gimnasio? Respondió que la ciudad necesitaba un spa como el suyo. ¿Le temía a la
competencia? No, la competencia debe temerme a mí. ¿A personas de qué edad estaba destinado?
No había edad para mantenerse en forma, los jóvenes para seguir siendo más jóvenes y bellos, los
viejos para lucir menos viejos, respondió. Las cámaras se pasearon por el salón de aeróbicos.
La noticia había llegado minutos antes a oídos de Verónica, a quien Leo Pradilla llamó
diciéndole que pusiera el noticiero de las siete. Nada más, que prendiera el televisor y viera las
noticias. La llamaría más tarde.
Una Toyota de puertas y ventanillas cosidas a balazos. Nada diferente a tantas y tan
cotidianas escenas de coches perforados a balazos. Un hombre con el cuerpo inclinado sobre el
volante. Nada diferente a tantos otros hombres, conocidos o anónimos, con el cuerpo abatido por
ráfagas de revólver o subametralladoras. Restos de cristales sobre la silla delantera. Verónica no
alcanzó a identificar el rostro de Javier Upegui, pero era Javier Upegui, acribillado por sicarios en
la intersección de la Avenida Circunvalar con el sector de El Castillo. Los delincuentes se habían
dado a la fuga —decía la presentadora de noticias—, ante la mirada impávida de los testigos. ¿Por
qué sonríe la presentadora si está leyendo una noticia trágica?, se preguntó. Los hechos habían
ocurrido hacía las cinco y media de la tarde. Upegui, conocido constructor, natural de Pacho,
Cundinamarca, era ampliamente conocido en círculos sociales de la ciudad. La presentadora debe
tener veintidós o veintitrés años, calculó Verónica. Se desconocían los móviles del crimen, añadía
la presentadora. Todo indicaba, por el modus operando de los sicarios, que podía tratarse de otra
acción criminal perpetrada por el narcotráfico. ¿Quién era Javier Upegui? Su última aparición en
público, ampliamente registrada por los medios de comunicación, lo vinculaba como accionista de
un spa, uno de los más lujosos y exclusivos gimnasios del norte de la capital, inaugurado
recientemente. Van a pronunciar su nombre, temió Leo, listo para salir. Omitieron el nombre de
Virginia, pensó satisfecho. Las primeras informaciones de las autoridades aseguraban que Upegui
no tenía antecedentes penales. ¡Quién va a saber!, se dijo Verónica. Había figurado tres años atrás
en el tercer renglón de la lista de candidatos a la Cámara encabezada por el ganadero Ambrosio
Yances. No había salido elegido. Un profesional de vida correcta.
Verónica cerró los ojos. Al abrirlos, sintió la vista nublada por la telaraña de la perplejidad.
Llamó a Virginia pero las dos líneas del gimnasio estaban ocupadas. Leo volvió a llamar. ¿Se había
comunicado con su madre? Si hablaba con ella, que le aconsejara no dar declaraciones, más aún,
debía negarse si preguntaban por ella. En pocos minutos, la jauría de los periodistas estaría
ladrando en la puerta del gimnasio. Dile que se haga negar, repitió Leo.
—Espérame en tu casa.
Verónica reaccionó con lucidez y sin lágrimas, sin poder responder a Teresa, ¿qué sucede
niña?, ¿qué pasa?, sin responder a sus propias, vagas preguntas ni a la mirada de pánico de la
empleada. Algo muy horrible, Teresa, alcanzó a decir a la empleada. Mataron a Javier. ¿Don
Javier? ¿A ese señor tan bueno?
—No te quedes en el gimnasio —dijo Verónica al comunicarse con Virginia—. Ven de
inmediato a casa. No le des declaraciones a nadie —dijo obedeciendo la sugerencia de Leo—.
Acaban de pasar por otro noticiero de televisión una foto de Javier a tu lado, tomada el día de la
inauguración del spa. ¿Me oyes? Ven a casa.
Verónica reconoció el ruido del motor del Porsche. Se asomó a la ventana y corrió a abrir la
puerta. ¿Qué estaba empezando? ¿Qué sórdido episodio estaba cerrándose o anunciaba la sucesión
de nuevos, sórdidos episodios?
—Espantoso —dijo Leo al abrazarla—, John Peralta insiste en hacer entrevistar a Virginia
para el noticiero de las nueve. Le dije claramente: si la entrevistas, no acepto tu oferta. Si insistes
en entrevistarla, te mando a la mierda. Llamé al director del otro noticiero pero ya era tarde. Usaron
las tomas de la inauguración del gimnasio. ¿Lo viste? —Verónica asintió—. Castro, el director, me
prometió que evitaría mencionar a Virginia. Mi agencia les consigue la pauta publicitaria, así que
no va a romper su palabra.
—¿Quién era en realidad Upegui?
—Un constructor —dijo Leo, caminando hacia la sala de la casa—. Eso es lo que se sabe.
Desconozco lo que no se sabe.
Si Verónica conseguía dar salida a las lágrimas, no sería a causa de la muerte de Upegui
sino por la estrecha relación que lo unía a su madre.
—Mi madre debe saber quién era realmente Javier.
Se conoce tarde y mal a la gente, pensó la muchacha. Todo, la vida social y pública, sus
personajes y héroes, componía una comparsa de seres enmascarados. Un día se quitarían o les
quitarían la máscara y se conocerían sus identidades verdaderas, pensaba Leo al ver el rostro de
preocupación de Verónica.
Ríoseco llegó al apartamento de Raúl Trespalacios antes del mediodía siguiente, seguido por dos de
sus hombres. Traía la grabación con la voz de Upegui. Trespalacios en persona le abrío la puerta y
lo invitó a pasar.
—Vi las noticias de anoche —dijo con acento desganado—. Nunca pensé que fuera esa rata
hijueputa.
Ríoseco había visto a la entrada del edificio a dos de los hombres de Trespalacios. Seguían
el partido de fútbol que América jugaba en Buenos Aires. Desde la sala podía verse uno de los
dormitorios. Vislumbró a manera de aparición el paso fugaz de una jovencita desnuda,
posiblemente camino del baño. En la mesa de centro de la sala había botellas vacías, una hielera y
un montón de cocaína regada sobre la superficie de un pequeño espejo y periódicos del día abiertos
en la página donde se registraba la muerte de Upegui.
Trespalacios le pidió que esperara, se dirigió a otra habitación y al rato regresó con un fajo
de billetes. Ríoseco tomó la iniciativa de poner en la grabadora la cinta y a Trespalacios le molestó
hasta la cólera escuchar la voz de Upegui, le molestó tanto o más que ver el cuerpo acribillado en el
noticiero de televisión.
—Guárdela de recuerdo —le dijo Ríoseco. Y contó los billetes hasta que se cansó de
hacerlo y dio por correcta la cantidad. Embolsilló el fajo en su chaqueta. La muchacha pasó de
nuevo del baño hacia el cuarto. La perdió del ángulo de visión reducido por la puerta entreabierta.
Trespalacios, que observó el interés del asmático por el espectáculo de su cuarto, dio unas zancadas
y cerró la puerta con disgusto.
—No salga, mamita, tengo visitas —gritó—. Tiene dieciséis —dijo con jactancia—. Una
chimbita, hermano. Me costó una moto nueva. Si vos estás en condiciones de regalar una moto, te
comés las hembritas que querás. Les compras ropita bien bacana, las invitás a rumbear, les regalás
algo y, zas, abren las páticas y el chocho. Esos chochitos andan locos, hermano. Si preferís una de
catorce, la conseguís en la calle. ¿Se toman un trago?
Ríoseco buscó el consentimiento de sus hombres. Arqueó una ceja y los tipos dispararon
sobre el cuerpo de Trespalacios. Si la muchacha del cuarto hubiera estornudado, se habría
escuchado el ruido en la sala. Ella, en cambio, no habría podido escuchar los disparos hechos con
silenciadores. El cuerpo de Trespalacios se derrumbó sobre la alfombra morada. A Ríoseco le llamó
la atención la exhibición de sombreros mejicanos que decoraban las paredes del bar. Tomó uno, se
lo encasquetó e hizo un cómico ademán. ¡Ay Jalisco, no te rajes!, cantó. Se dirigió a pasos
tranquilos hacia la otra habitación. La caja fuerte estaba abierta. ¿Qué disparate era éste? Un
maniquí vestido de mariachi con un guitarrón en sus manos de plástico. Fotos de Trespalacios al
lado de músicos y cantantes, ataviado con un sombrero que le tapaba a medias el rostro. Un cactus
gigantesco. Lo tocó. Un cactus gigantesco de plástico. Sin prisas, metió la mano en la caja fuerte y
sacó lo que encontró. No era mucho. Si comparaba el volumen de los billetes con que Trespalacios
acababa de pagarle, podría tratarse de una cantidad más o menos mayor. Hojeó los tres pasaportes y
se asombró al ver que la misma foto correspondía a identidades distintas. En los tres estaba
estampada la visa múltiple de entrada a Estados Unidos.
—¿Qué hacemos con los de abajo?
—Denle del mismo remedio —ordenó Ríoseco guardando como pudo los billetes en un
bolsillo de su chaqueta. Volvió a poner el sombrero en su sitio. Sacó la cinta del equipo de sonido y
se la pasó a uno de sus muchachos. Hizo una llamada.
—¿El doctor Yances? —esperó unos segundos—. Duerma tranquilo. Trespalacios es
cadáver —y colgó. Uno de sus muchachos se dedicó a pasar un pañuelo por cada uno de los objetos
tocados por el asmático. Por si acaso, patrón —dijo, envanecido por la precaución. ¿Por si acaso
qué, güevón?, —le preguntó Ríoseco. Por si acaso, patrón —repitió el tipo. ¿Puedo? —pidió
permiso para llevarse un sombrero, el más pequeño y vistoso de la colección. Vea qué bacanería,
patrón —dijo— tiene la firma de Rocío Durcal.
¿Por qué estaba interesado Yances en eliminar a Trespalacios? El único que lo sabía era
Ríoseco. Si se conjetura y se acierta, se puede decir que Yances quería borrar de la lista a un
mafiosito de poca monta. Esas ruedas sueltas estorban. Pero ¿qué relación podía existir entre un ex
parlamentario, propietario ganadero, diligente organizador de grupos armados de autodefensa, y un
mafioso que llevaba años trabajando por la libre? A Ríoseco se le iluminó la mirada: Trespalacios
se estaba haciendo el vivo con el pago de la finca que Yances le había vendido, dilataba los plazos,
se envalentonaba en cada excusa, espere que corone en un negocito. Si se dejaba ganar ventaja,
respondería con plomo a los requerimientos.
—Salgan como si nada —les dijo a sus muchachos—. Y usted, quítese ese sombrero, ¿no ve
que parece un payaso?
Decidieron bajar por las escaleras. Los escoltas de Ríoseco veían el partido de fútbol en un
televisor en blanco y negro.
—¿Quién va ganando? —pregunto Ríoseco.
—América —dijo uno de los escoltas sin voltear a mirar—. Va la madre si no nos traemos
la Copa. ¿Vos sos del América o del Cali?
—Del Nacional —llevó la contraria Ríoseco.
Los hombres de Ríoseco hicieron que miraban el partido. Uno de ellos dijo que era de
Millonarios. Y yo del Santa Fe, dijo el otro. Mi Santafecito del alma, se sobajeó las manos. Cada
uno de espaldas a los escoltas, casi rozándolos. Dispararon a quemarropa y en la cabeza. Ni
siquiera el portero del edificio vio el rápido descenso de los cuerpos hacia el piso.
—¡Ah, hijuepuchas! —gritó el portero en una frustrada jugada de gol—. No seamos
pendejos, el tullido ése botó el gol. Se lo sirvieron en bandeja.
Cuando alzó la vista, no encontró a los hombres que lo habían acompañado en sus
emociones. Alcanzó a ver la silueta de tres hombres que salían apresuradamente del edificio. Desde
el mostrador de la recepción, el portero creyó que sus acompañantes habían partido con los
visitantes.
—¡Gol, gol, gol! —gritó. Y se tapó el rostro con la ruana—. ¡Nos empataron, carajo!
Ni Leo ni Verónica encontraban una explicación a la muerte de Upegui. ¿Por qué Virginia se
negaba a ofrecerla? Las noticias del mediodía le permitieron respirar un poco de aire puro en medio
del aire envenenado que empezó a soplar con las noticias de las siete de anoche. Un sujeto llamado
Raúl Trespalacios había sido asesinado en su domicilio. Al parecer, dos de sus escoltas también
habían sido asesinados en la recepción del edificio mientras veían un partido de fútbol de la Copa
Libertadores. Las tres muertes se relacionaban. Trespalacios, balbuceó Virginia. Verónica creía
reconocer aquel rostro. ¿No era el acompañante de Acosta la noche en que se citó con Beatriz en la
discoteca de La Calera, el mismo patán que quiso retenerla a la fuerza?
—¿Lo conocías? —preguntó Verónica a Virginia.
—Nunca lo había visto.
A la distancia, evitando inmiscuirse en un asunto de familia, Leo seguía las reacciones de
Virginia: el ceño fruncido al seguir el informe sobre el asesinato de Trespalacios, la actitud
nerviosa con que apagó el televisor al final del informe.
—Era amigo de Fabián Acosta —dijo Verónica.
La llamada de una periodista no se hizo esperar. ¿De dónde? Dile que no estoy, le dijo a
Verónica. Del noticiero, dijo ésta al colgar. Me está jugando sucio, se dijo Leo. Y recordó la
advertencia que le hizo a Peralta: no acoses a Virginia, si tus periodistas insisten en entrevistarla,
ten por seguro que rechazo tu oferta y hago que te corten la pauta. Protegía a Virginia pero, en el
fondo, estaba protegiendo a Verónica.
—¿Upegui le debía plata a alguien? —se atrevió a preguntar.
—Le debíamos trescientos mil dólares a Fabián Acosta —le respondió Virginia—. Era el
capital de su participación en nuestra sociedad.
—Y la plata de Acosta era plata de Trespalacios, ¿me equivoco? —se atrevió de nuevo Leo.
—Puede ser —fingió Virginia—. Javier era muy misterioso con la plata.
—Tarde o temprano, todo misterio se resuelve —dijo Leo—. Upegui mandó matar a
Trespalacios y éste se le adelantó. ¿Quién mató entonces a Trespalacios?
¿Qué diablos estaba sospechando? Virginia frunció aún más el ceño. Miró fijamente a Leo.
—Explícate.
—Hago lo que en este momento deben de estar haciendo policías y jueces. Relacionar los
crímenes, barajar y descartar hipótesis. Acosta y Trespalacios eran amigos y las muertes de hoy se
relacionan. Upegui no tenía relaciones con Trespalacios, ni siquiera lo conocía, pero Acosta y
Upegui eran socios. La plata de Acosta, que era posiblemente la plata de Trespalacios, no se ve por
ninguna parte ni hay documentos firmados que lo prueben. ¿Cuál es entonces tu preocupación? —
encaró a Virginia.
—Nadie sabía que Acosta era socio del gimnasio. Ni que trabajaba con la plata de
Trespalacios. Ni siquiera Upegui figura en la sociedad Nuevo Horizonte.
—Pero van a investigar el origen de la plata de Upegui, tu socio secreto.
—La sociedad registra un capital de apenas doscientos mil dólares, al cambio de hace tres
meses. Vendí mi BMW, vendí mis joyas, invertí mis ahorros, hipotequé... —se detuvo.
—¿Qué hipotecaste? —saltó de inmediato Verónica.
—Necesitaba capital para garantizar mi participación mayoritaria en la sociedad.
—¿Fuiste capaz? ¿Hipotecaste sin mi consentimiento nuestro patrimonio?
—No podía hacer otra cosa.
Verónica les dio la espalda y subió las escaleras hacia la segunda planta. Furiosa e
indignada, motivos no le faltaban para estarlo. Virginia y Leo se miraron. Espera que se calme, le
quiso decir Leo con un movimiento de las palmas hacia el suelo.
—Tarde o temprano se daría cuenta —dijo Virginia.
—No quiero, por ningún motivo, ver a Verónica metida en este asunto —dijo Leo—. Le
van a caer encima, como le cayeron a Beatriz. Siempre caen sobre el blanco más vulnerable.
—¿Quién le va a caer encima?
—Los periodistas o los que se hacen pasar por periodistas. Si acepto dirigir el programa que
me propuso Peralta, necesito que Verónica se prepare, que haga un curso intensivo y sea una de las
presentadoras, si da la talla. No me ensucies el proyecto. Sácala por un tiempo de tu vida.
—¿Qué intenciones tienes con mi hija? —a ella misma le sonó ridícula la pregunta.
Leo sacó espontáneamente la sonrisa que muchos atribuían a la desdeñosa distancia que
mantenía con todo aquello que le desagradaba. Los lugares comunes, por ejemplo, el melodrama de
ciertos lugares comunes.
—Pretendo que se salve de toda esta mierda —subió la voz—. Por ahora, la voy a llevar a
vivir a mi casa. Si ella está de acuerdo, por supuesto.
—¿Son amantes?
—¿Tú qué crees? —allí estaba de nuevo su desdeñosa respuesta—. Somos amigos.
—Tú sabes lo que quiero decir.
—¿Si nos acostamos? ¿Es eso lo que quieres saber? Lo sabes desde el principio. Pero ése no
es el motivo que me lleva a protegerla.
—Así que mi hija encontró al padre que no buscaba.
—No soy capaz de ser padre de nadie y menos de una muchacha joven y muy bella. Soy el
amigo que nunca ha tenido.
—Y de paso te la tiras —torció la boca con amargura—. Un cuarentón comiéndose a una
niña de diecinueve. Juegas con ventajas, Leo.
—Es mucho más sano que una mujer de cuarenta dejándose tirar por viejos sesentones —
pasó a la ofensiva, molesto por las recriminaciones de Virginia—. Si eres capaz de concebir que
hay una generación de muchachas que no se dejan tirar sino que se tiran al hombre que les gusta,
cambiarías de idea.
Leo sabía de qué hablaba. La generación de muchachas de la que hablaba frecuentaba sus
oficinas, buscaba dinero y gloria inmediatas. Pagaban el precio que les exigieran. No pensaba en las
razones morales que empujaban a esas muchachas a un camino a veces ilusorio, recordaba la
decisión irrevocable que las llevaba a elegir, conscientes de su belleza, el camino más corto hacia el
éxito.
—¿Como la pobre de Beatriz?
—La pobre Beatriz y tú se parecen. Creo que Verónica no busca parecerse a su mejor amiga
ni mucho menos a su madre. Ésa es la diferencia.
Virginia trató de darle una bofetada. Leo apartó la cara.
—No te estoy culpando de nada —le dijo, tomándola de una mano—. En muchos sentidos,
tú y yo nos parecemos. Ambos hemos vendido lo mejor que tenemos y ambos lo hemos hecho para
evitarnos la humillación de seguir siendo pobres.
Verónica descendió las escaleras. Se había calmado. En silencio, se acercó a Virginia y la
abrazó con timidez. Leo les dio la espalda. Era demasiado sensible al melodrama. Prefería evitarlo.
—Saldremos de ésta —le dijo Verónica a la madre.
—Lo mejor sería que pasaras unos días en el apartamento de Leo —aceptó.
—¿En el apartamento de Leo?
—Se lo acabo de decir a Virginia —dijo él—. Mientras escampa este aguacero. No vas a
vivir conmigo, vas a vivir en mi casa.
—¿Por qué haces todo esto? —Virginia lo preguntaba porque todavía no descifraba los
motivos de su generosidad.
—Cuando una fruta empieza a pudrirse, no se bota a la basura. Se corta con cuidado el
pedazo podrido y se aprovecha lo que queda en buen estado. Te espero mañana por la mañana en
mi casa —dijo dirigiéndose a Verónica—, Te advierto una cosa; no soporto el desorden. Otra cosa:
tengo televisor pero también tengo biblioteca. Y una buena colección de videos.
Llamó a John Peralta y lo citó para el día siguiente. Madre e hija escucharon la advertencia
de despedida:
—No le mandes periodistas a Virginia. Dile a tus periodistas que investiguen por el lado de
Acosta y Trespalacios. Un caso típico de ajuste de cuentas —¿Y Upegui?, parecía estar
preguntando Peralta—. Virginia nunca supo de dónde sacó la plata que lo convirtió en socio del
gimnasio. Además. Upegui no figura directamente en la sociedad. Tengo que hablar con el Gran
Jefe —le dijo antes de colgar. Se refería a Isaías Bueno. Era un golpe duro para su empresa. Perdía
a su mejor creativo, pero Leo lo consolaría diciéndole que la agencia tenía muchachos más
ingeniosos y agresivos que él. Si le servía estaba dispuesto a seguir como asesor externo. No se
retiraba de la publicidad. Hacía la travesía por el túnel subterráneo que comunicaba publicidad con
televisión.
Leo extendió el dorso de su mano derecha y le dio a Virginia una sincera caricia en los
pómulos.
Virginia durmió hasta tarde. Sólo había conciliado el sueño en la madrugada. Por momentos, a
medida que reconstruía inconexos episodios de su vida, se sentía espectadora/protagonista de una
película incomprensible, ella era la protagonista pero, como si en el hecho de evocarlos
involuntariamente se le impusiera la necesidad de justificarlos, se perdía en ellos como si fuera una
extraña, eran tantos y tan confusos que acabó renunciando a la posibilidad de ordenarlos y
comprenderlos. No podía detenerse en ninguno ni ofrecerse justificaciones morales.
Asistiría al sepelio de Upegui. Una hermana menor del difunto se había encargado de los
trámites. Una ceremonia discreta, le dijo a Virginia. Aunque Upegui nunca hablaba de la existencia
de esta hermana, madre separada de tres hijos, sabía vagamente de su existencia.
Le pidió a Verónica pasar por el banco y cobrar un cheque de cinco millones. Correría con
los gastos de la funeraria. Además, necesitaba efectivo para pagar a proveedores menores. Llamaría
al gerente del banco.
—¡No es posible! —se alarmó—. Aquí dice que tengo un saldo de veintiocho millones
quinientos mil pesos.
Descubrió que Upegui había girado y cobrado personalmente un cheque por veinticinco
millones. ¿Estaba seguro? Sí, el cheque había sido cobrado antes de ayer a las dos y media de la
tarde. ¡Miserable! —dijo para sí en voz alta. ¿Sabía la hermana de Upegui que el difunto tenía
participación en la sociedad propietaria del gimnasio? Quizá no lo supiera. Heredaría un cadáver y
una hermosa casa que los bancos reclamarían como pago de las deudas contraídas por el difunto.
Empezaba a preguntarse si, en realidad, había conocido a Upegui, si había hecho algún esfuerzo
para penetrar en el alma de aquel hombre en ocasiones patético. No lo había hecho. Se había
quedado en la superficie de las apariencias. Ahora le resultaba más repugnante que el Viejo Epa,
mucho más, porque Romero no simulaba ser lo que no era, se mostró siempre grosero, se exhibió
como era, como si pidiera ser aceptado o rechazado sin condiciones.
Cuando Verónica salió de casa con una maleta, Virginia, vestida de negro, se dirigió a la
funeraria donde velaban a Upegui. Diría después que nunca se había imaginado funeral más
patético para un hombre que conocía a casi todo el mundo. Ni siquiera Amparo Consuegra se dejó
ver entre las diez personas que acompañaron el féretro. Una mujer de aspecto humilde, con rigidez
de palo, recibía las condolencias de los escasos asistentes. A Virginia le llamó la atención la
silenciosa presencia de un hombre bajo y gordo que cada cierto tiempo sacaba un inhalador y se lo
aplicaba en la boca.
Virginia llegó al gimnasio y se encerró en su oficina. No me pase llamadas, ordenó a la secretaria.
Había estado antes en el baño y se había mirado en el espejo. El maquillaje no podía disimular las
ojeras intensas, la base que se aplicaba en el cuello no escondía la línea de arrugas que descendía
hacia las clavículas. Se aterró al comprobar que ésa no era la mirada brillante de siempre, que algo
parecía estarse marchitando ese día. Se hizo una patética reflexión: dos cadáveres en su memoria,
ninguna vergüenza en su conciencia, dos amantes en apariencia distintos y sin embargo amarrados
con la misma cuerda.
Examinó documentos, cotejó cifras, leyó una y otra vez el papel de la hipoteca, extendió
sobre el escritorio el acta donde constaba la constitución de la sociedad, pero sintió que se perdía en
un laberinto de números.
A las siete de la noche entendía menos de aquello que había querido comprender. Ordenó
los cheques con los que sus alumnos habían pagado matrícula y mensualidad y llenó el volante de
consignación. Lo hacía de manera automática. Pensó en Verónica. Reconstruyó confusamente su
conversación con Leo Pradilla. Viéndolo bien, se sentía ridícula al recordarla. ¿No era ridículo
haberle preguntado por las intenciones que tenía hacia su hija? Abrió la billetera y contempló dos
fotografías: en una, Verónica a los doce años; en otra, el día de sus quince. No guardaba fotos
recientes.
Se quedaría hasta el cierre del gimnasio. Los últimos clientes terminarían a las diez de la
noche. Recibió una llamada de Verónica: cenarían, ella y Leo, con John Peralta. Estaba ordenando
sus cosas en el closet. Leo le había hecho arreglar el cuarto de huéspedes, ¿te imaginas?, me cedió
el cuarto de huéspedes. Mañana por la mañana empezaría clases de expresión oral, Leo dirigiría las
pruebas de cámara, no sería fácil, tendría que hacer ejercicios de lectura, improvisar parlamentos,
ensayar entrevistas, someterse a pruebas de maquillaje, le decía a Virginia, muerta del susto sí
estaba. ¿Le parecía bien si almorzaban mañana? Pensaba visitar a Beatriz un día de estos. El único
que la visitaba era Frank Rueda, a diario y siempre pendiente de todo. ¡Quién iba a pensar que
reaccionara de esa manera!
En todo momento, Verónica estuvo tentada de preguntarle por el sepelio de Upegui. No lo
hizo. Quedaron de verse al día siguiente.
Un poco antes de las diez, Virginia salió de su oficina hacia el salón. En un extremo las
máquinas de ejercicios, en el otro la pista de aeróbicos. Observó todo como si nada fuera el
resultado de su obstinación. La emoción de los días anteriores, el orgullo de saber que las cosas
marchaban como lo había imaginado, pasaba ahora por el tupido y exigente cedazo de la
indiferencia. Le entregó a la secretaria de la noche el sobre con la consignación de la mañana
siguiente. Se quedaría hasta que terminara la última sesión de aeróbicos. ¡Qué jóvenes eran! ¡Qué
cuerpos! Los cultivaban con devoción religiosa. Se miraban de frente o de reojo y la imagen que les
devolvía el espejo correspondía a sus expectativas. Las mujeres mayores lidiaban con entereza
contra el efecto desalentador de los años, se oponían a la naturaleza con terquedad envidiable.
Tonificar los muslos, endurecer el vientre y las nalgas, levantar esos senos con ejercicios de pesas.
Virginia miraba con desazón su propio espectáculo. En las pausas, jóvenes y adultos secaban sus
sudores y bebían litros de agua mineral y bebidas hidratantes. Caminó hacia las duchas y admiró la
belleza desnuda y sin pudor de las muchachas. ¿Qué había de sospechosa ambigüedad en los dos
jóvenes que se tocaban bíceps y tórax?
Le llegó el vaho de los baños turcos. Una sonámbula, se imaginó como una sonámbula
recorriendo un territorio desconocido y sin embargo propio, enteramente suyo, ahora sin la sombra
compartida de Upegui. Propio y al mismo tiempo extraño. Como si acabara de pisarlo y el
deslumbramiento de la belleza se hubiera extinguido y cedido a la penumbra de sus pensamientos.
¿Había empezado a perder a Verónica? Verla salir con una maleta en la mano, notar su tristeza,
sentir que se le partía el alma, alguna vez había pensado que esa escena ocurriría en alguna fecha
del futuro, pero vivirla fue tan descorazonador que estuvo a punto de rogarle que se quedara. ¿Qué
significaba todo esto, la prosperidad o el éxito, si los alcanzaba, si su hija empezaba a alejarse? No
hay peor temor que el que nace y crece dentro de nosotros, sin causa exterior aparente,
desconociendo el lugar de donde nacen temores y aprensiones.
Los últimos instructores se despidieron de Virginia. ¿Le llamaba un taxi?, preguntó la
secretaria. No, se quedaría un rato más, tenía que ordenar unas cuentas. Quince millones de
hipoteca, menos de lo que Upegui había sustraído sin su consentimiento. Era el único documento
desplegado encima del escritorio. La hipoteca de su casa. Las luces de los salones se fueron
apagando. Sólo quedaba encendida la luz de su oficina. Si una mano criminal incendiara y
destruyera lo que la rodeaba, sentiría más liviano el peso de esa noche. Era una fantasía siniestra,
pero cruzó instantáneamente por su imaginación.
Beatriz se había convertido en la reina consentida de la prisión. Era la muñeca de porcelana que
nadie toca por temor de romperla, ¿Cómo había conseguido hacerse fuerte en medio de reclusas
que hubieran hecho lo imposible para pasar una noche en su cama, que por el solo hecho de
imponer sus reglas le habrían rajado la cara a cuchilladas? Pagando, le dijo a Verónica. ¿Pagando
cómo? Con plata y mucha simpatía, dijo Beatriz, acompañada en todo momento por una muchacha
de aspecto taciturno.
—Yolanda, le presento a mi amiga Verónica Oropeza.
—Mucho gusto, su mercé —dijo Yolanda al estrechar fuertemente la mano de Verónica.
¿De dónde había sacado la plata para pagar la protección que le ofrecían?
—Un padrino misterioso —dijo Beatriz.
—¿Un padrino misterioso?
—Sí, alguien vela desde fuera por mi seguridad.
—¿Frank Rueda, el Gordis? —preguntó Verónica. No, no era el Gordis, se estaba portando
divinamente con ella, la visitaba casi cada día, le hacía llegar ropa y comida especial, pero estaba
segura de que su ángel de la guarda no era Rueda, pobrecito, seguía perdidamente enamorado de
ella, se desvelaba con el abogado montando la estrategia de la defensa.
—Frank y el abogado dicen que tengo grandes posibilidades de salir libre, que actué en
legítima defensa.
Alguien, el protector y ángel de la guarda, se había ganado el testimonio de uno de los
escoltas de Fabián Acosta, cómo no, el señor la golpeaba y torturaba, la encerraba en un cuarto, la
hacía vigilar día y noche, estuvo a punto de matarla, y Beatriz supo que el escolta no era otro que
Daymer, el fornido muchacho a quien por un inexplicable impulso rencoroso le había pedido que la
poseyera en la alcoba de Fabián. Su testimonio era decisivo, le decía a Verónica. Pero, ¿quién era el
misterioso ángel de la guarda? No te lo puedo decir, dijo Beatriz.
—Puede ser un enemigo de Acosta —conjeturó Verónica.
¿Qué pasaba allá afuera? Había visto en televisión lo de la muerte de Trespalacios y el
terrible asesinato de Javier Upegui.
—Empiezo mañana mis cursos —le informó a la amiga—. Pruebas de cámara, ejercicios de
lectura, respiración abdominal, la voz es mi fuerte, una voz grave y femenina —se lo había dicho
Leo a medida que estudiaba el perfil de su pupila y corregía los defectos de su dicción. Qué chévere
que vivieran juntos, le dijo Beatriz y Verónica le replicó que eso de vivir juntos era un decir,
dormía en el cuarto de huéspedes, Leo seguía siendo amoroso y lindo con ella, en menos de
cuarenta y ocho horas había descubierto un temperamento difícil, la asustaba a veces, demasiado
perfeccionista y exigente, frío y duro cuando le reprochaba ciertas cosas, un neurótico incorregible,
lo definió Verónica, no perdona que las cosas no se hagan como las desea, cuando no se muestra
distante revela tendencias irascibles, ¿serán manías de viejo?, se preguntó Beatriz. ¿Lo amaba?
Estoy segura, dijo Verónica. ¿Te ama? No sé. Me protege, quiere a toda costa que me aleje por un
tiempo de mi casa, que no frecuente por un tiempo a mi madre, no me pide que rompa con ella, me
pide que evite caer en el pantano de aguas podridas, dice así, evita caer de bruces en el pantano de
aguas podridas de Virginia.
A la distancia, vigilante y enfurruñada, la muchacha de aspecto taciturno seguía la
conversación de Verónica y Beatriz. Cuando las vio tomadas de las manos dejó salir un gesto de
disgusto.
—Es callada y servicial —dijo Beatriz.
—¿No será que se enamoró de ti? —preguntó Verónica.
—Sí, pero me respeta —dijo Beatriz—. Creo que sigue las instrucciones de mi ángel de la
guarda.
—Te dejo —dijo Verónica—. Leo me espera en el estudio.
Se abrazaron. Beatriz acarició los cabellos de la amiga y la despidió con un beso en la boca.
Estás divina, le dijo. La muchacha de aspecto taciturno les dio la espalda. Al salir del área de
visitas, Verónica fue silbada por un grupo de reclusas. Le sacaban la lengua, le hacían gestos
obscenos.
—A estas viejas se las comen los mañosos —gritó una de las mujeres—. Y una aquí
aguantando hambre —rió a carcajadas.
No levantes la voz de esa manera, la instruía Leo. Mire su cámara como si no existiera, le decía el
camarógrafo. Toda frase tiene su propio sentido y debes darle la inflexión necesaria, aconsejaba
Leo. Si lees antes el libreto, atrapa el sentido de cada párrafo, así, si te toca improvisar o te pierdes
del libreto, no la embarras, evita pausas muy largas y, sobre todo, no mires alarmada hacia la
cámara. ¡Corten! Y repetía la lectura del párrafo.
Sesiones extenuantes. No iba a presentar un noticiero. Leo iba a dirigir un magazine de
variedades y esperaba que Verónica fuera una de las tres presentadoras. De nada te servirá ser
linda, le decía, tienes que seducir al espectador, no por tu cara sino por tu manera de proyectarte, no
te esfuerces tratando de ser agradable, tienes que serlo con naturalidad.
—¡Basta por hoy!
¿Cómo le parecía?, le preguntaba a John Peralta al proyectar el video de las pruebas de una
semana. Tiene garra, respondía el vicepresidente de producción. ¿Había hecho el casting para
escoger a las presentadoras que faltaban? Por lo menos a veinte. No se salva ninguna ¿Alguna
candidata? Ninguna. Reinas de belleza, modelitos sin gracia. ¿Cuál segmento presentaría Verónica?
Si rinde un poco más, le reservó la entrevista central. Tiene carisma pero no quiero que lo sepa. ¿Le
podría hacer un favor?, preguntó Peralta. Y no me digas que no. ¿Se acordaba de Argüello, el
viceministro de Comunicaciones? Se está tirando a una preciosura de veintiséis años y me pidió
que le hiciera el favor de abrirle un campito en el programa, ¿Le debes algún favor?, preguntó Leo
con sorna. Se portará muy bien con nosotros en la próxima licitación. ¿Quería entonces que le
hiciera casting a Marcela Avendaño? Se lo haría con gusto. No me has entendido, dijo Peralta:
Marcela tiene que ser la segunda presentadora. Ni puel chiras, exclamó Leo. ¿Hacían un pacto? La
tercera sería la que Leo eligiera. Dale una cita a la reina, aceptó Leo. Tenía que transar con Peralta.
Conocía de vista a Marcela, diseñaba trapitos, había abierto y cerrado boutiques, su padre era un
influyente político de provincia, había sido reina de belleza y se había fugado de tres carreras
universitarias. ¿Por qué insistía en incluir en el programa una entrevista con políticos?, le preguntó
Peralta. Se le podría salir de las manos. ¿No se salía del formato de variedades? Los políticos son
un espectáculo divertido, dijo Leo. ¿No había acordado hacer un buen programa de
entretenimiento? Ese es mi segmento, se atrincheró Leo en su propuesta. Pienso acorralar al
invitado, dijo. Yo mismo haré la entrevista de 180 segundos, precisó. Peralta negó con la cabeza.
No hacemos un programa de opinión, insistió. Empiezas haciendo preguntas incómodas a políticos
y ministros y acabas atacando al gobierno. Pero Leo había puesto sus condiciones bien claras: un
poquito de frivolidades, otro poco de seriedad. Ya vería los resultados. Tal vez introdujera un
segmento con caricaturas dramatizadas de personajes célebres. No me busques problemas, dijo
Peralta con preocupación. No me ahuyentes a los anunciantes, ¿No les estaba vendiendo la idea de
un programa ligero y ameno?
Leo estaba decidido a transigir sólo hasta un punto. Peralta estaba convencido de que un
solo asomo de conflictos ahuyentaría a los anunciantes. La televisión que él concebía no estaba
hecha para pensar o provocar polémicas innecesarias. ¿No era acaso un negocio, el más arriesgado
de los negocios? Por muy buen negocio que sea, no podemos olvidarnos de la política, decía Leo.
¡A la mierda la política!, se defendía Peralta. Sí, pero te renuncio, decía finalmente Leo. No me
pongas contra las cuerdas, aceptaba el vice. Ten cuidado con lo que haces.
Verónica nunca supo de estas disputas. El curso que había empezado a tomar su vida, compartida
con Leo en un espacio en el que se sentía a menudo como invitada de paso, le abría preguntas que,
al no ser resueltas, aumentaban la sensación de incertidumbre que, como nubarrones, empañaban
"su visión del futuro inmediato. Habían pasado tres meses. ¿El amor, cómo se seguía manifestando
el amor, si en realidad había amor y no un ambiguo pacto de conveniencias entre ella y Leo? Había
días en que la ofuscaba su indiferencia o la irritaban sus exigencias. Tienes que dar más de ti, le
decía él. Hacían el amor. La delicadeza de sus rituales —la champaña, la música, la cena, los
juegos nocturnos— y la admiración con que ella descubría un nuevo rasgo de la inteligencia de
Leo, eran de repente borrados por la actitud severa con que le exigía dar más de sí. Lo odiaba, sobre
todo cuando subía la voz y le recordaba que no vivían juntos, que sólo compartían la misma casa.
¿No eran amantes? Somos amigos, le aclaraba él. ¿Y cuál era la diferencia? El sentido de la
posesión, respondía. Evita pensar que me posees porque en ningún momento pienso que te poseo.
Le hablaba entonces de la amistad amorosa. Extendía los brazos, paseaba la vista por el
apartamento, por sala o dormitorio, y le decía que la conquista de ese territorio era el resultado de
un propósito, si quieres pensarlo así, ésta es la fortaleza en la que me protejo. Se sentía incómodo
con su presencia en ese territorio?, se inquietaba Verónica. No, si la había invitado a vivir en su
casa era porque disfrutaba con su cercanía. ¿Me amas? Leo guardaba silencio. Y las dudas de
Verónica renacían. Como se levanta una casa, ladrillo a ladrillo, pared a pared, así se construye el
amor, decía al cabo de un rato. Evasivas, pensaba ella. Un soplo de esperanza y entusiasmo
introducía aire fresco en la conciencia enrarecida: el hombre que le hacía el amor, que le concedía
el tiempo y la libertad de hacerlo según sus deseos, tenía que amarla, no podía estar fingiendo, el
amante que se complacía y la complacía en los juegos que improvisaban en las noches (pedirle que
se pusiera un vestido liviano y no llevara ropa interior, sugerirle que le hiciera el amor mientras él
permanecía inmóvil, bocarriba en la alfombra, proponerle que se masturbaran en el cine, que
condujera ella el Porsche y se dejara acariciar el Monte de Venus mientras circulaban por la
Autopista del Norte a ciento cincuenta kilómetros por hora, regresar al apartamento y ducharse,
sentarla en el lavamos y penetrarla con violencia, acariciarla largo rato como si memorizara la piel,
sentarse uno frente al otro, ojos cerrados, desnudos en la alfombra, mirarse imaginándose
interiormente sin abrir los ojos y evitando el impulso de tocarse, modalidades desconocidas por la
muchacha que aceptaba obedecer a sabiendas de que descubría sensaciones nuevas y placenteras),
¿no eran la prueba cierta de que la amaba? Pero Verónica aprendió con dolor que Leo la amaba a su
manera y no de la manera como ella había pensado que se amaba.
¿Cómo saber si no se trataba de un capricho, si alguien distinto a Leo podría también amarla
y llevarla al éxtasis? Recordó su experiencia con Max Domínguez. Lindo, rico y con mucha clase,
pensó. Pero decepcionante. De él no quedaban más que recuerdos frágiles. Y un precioso collar de
oro con figuras precolombinas.
¿Se acostaba Leo con otras mujeres?
A los diecinueve años se vive con demasiadas preguntas y muy pocas certidumbres.
Verónica se exigía respuestas. Cada una de sus preguntas debía ser respondida de inmediato o
dirigirse a un confuso lugar que alimentaría nuevas incertidumbres. La dominaba la ansiedad. Sin
saberlo, era la víctima de sus ansiedades. No podía concebir que el aprendizaje del amor fluía sobre
la lentitud del tiempo. Cuando lo supo, ya no era la joven amante de Leo Pradilla. Tres meses de
difícil convivencia y ansiedades renovadas no bastaban para cambiar los hábitos y las reservas
defensivas de un hombre. Convertida por él en presentadora de un programa de gran audiencia,
enfrentada a la fama repentina. Verónica Oropeza experimentó el amor pero empezó a exigir más y
más del amante, compromisos perentorios, respuestas imposibles, acuerdos inconcebibles. No era
justo que él le pidiera no olvidarse de sus estudios y desconfiara de su carrera de presentadora, pues
no era otra cosa que desconfianza aconsejarla que no abandonara la universidad, el mundo que
estaba conociendo, las compensaciones de la fama, podían ser castillos de arena. La televisión
alimenta y devora, le recordaba él.
¿Por qué no cambiar de lugar aquel cuadro o tapizar de ocre el sofá de la sala?, proponía
ella con la intención de dejar sus huellas en el espacio del apartamento. ¿Por qué no ir al cine esta
noche? ¿Podía poner el disco de Hombres G mientras él escuchaba "Don Giovanni" de Mozart? No
entiendo la ópera. ¿No era demasiado aburrido ver por enésima vez El cartero siempre llama dos
veces?, se quejaba. ¿Por qué cenar en casa si ella quería conocer un nuevo restaurante de Usaquén?
¿Por qué le reprochaba haber aceptado una entrevista en "esa revistucha de mierda", como le dijo
colérico? No te dejes manosear, le dijo con rabia. Me debo al público, dijo Verónica con frase
aprendida de otras estrellas. Te debes a ti misma, respondió él. No repitas las pendejadas que
repiten las otras. Podían pasar un día sin que se hablaran. Grababan el programa de la semana, una
hora de emisión, muchas horas de tensiones en el estudio. ¡Carajo, vocalice bien, no joda!, se
encolerizaba. ¡Corten! ¿Y a usted quién le dijo que metiera las tetas los ojos de los televidentes?,
gritaba y hacía repetir la grabación de la escena. Y usted —se dirigía al camarógrafo— deje de
morbosear con primeros planos a las tetas de las presentadoras. Lo odiaba, lo odiaba en esos
momentos. Veían la emisión del programa en casa y volvía el sosiego. No me gustan los claveles,
le reprochaba a Verónica. En esta casa sólo ha habido rosas y orquídeas, y cogía el florero y lo
vaciaba en el tacho de la basura. ¿Dónde estaba el video de Lo que el viento se llevó? ¿Había visto
por casualidad el disco de los Beatles? No lo encontraba en su sitio. La censuraba por comer
demasiado de prisa, por abandonar la mesa sin que él hubiera terminado. Disputas por nimiedades.
Verónica perdía la paciencia o se sentía culpable. ¿Quién cambió de lugar la litografía de Warhol?
¿Por qué la monografía de Egon Schiele estaba en la mesa de centro? No es un the table book,
protestaba. Por eso está siempre en la biblioteca. Disculpa, lo estaba hojeando, se excusaba
Verónica. Se excitaba y a los pocos minutos era el ser más amoroso con ella. No te entiendo, tengo
la impresión de que te incomodo, le decía ella. No me incomodas. Y la sostenía abrazada sobre su
pecho, le daba la champaña de su propia copa, tomaba un sorbo en la boca y le mojaba los labios.
¿Te van a entrevistar en mi casa?, preguntaba con sorna. Ni hablar, a mi casa no entra una cámara.
Pero si es un apartamento muy bello, decía Verónica. Sí, gracias, pero lo decoré para mi
satisfacción, no quiero que nadie entre en mi vida privada. Ella lloraba. Se encerraba en su cuarto y
no salía sino cuando Leo iba a buscarla. ¿Cenamos fuera?, quería conciliar Leo. No tengo hambre,
se atrincheraba ella en el capricho de no conciliar con quien no había hecho otra cosa que
humillarla y tratarla como a una nena.
El tiempo vuela, se dijo un día Verónica, pero vuela y me arrastra como si fuera una hoja
llevada por el viento.
Un día, sin hablarlo siquiera, Verónica hizo las maletas en ausencia de Leo y apareció en su
vieja casa de la Circunvalar. No podía más, le dijo a Virginia. ¿Y tu trabajo? No creía que Leo
hiciera nada contra ella. Y no lo hizo. Los días siguientes fueron tensos, pero nunca temió que él se
deshiciera de ella. Lo peor de todo es que lo quiero, le dijo a la madre. Y Leo no hizo nada para
recuperarla. Respetó su decisión, no le exigió más responsabilidad que la que le había exigido
siempre. Quiere vivir solo, le dijo Virginia. ¿Cómo iba el gimnasio?, cambió de tema Verónica. La
tempestad de hace tres meses se había disipado. La policía había encontrado en la casa de
Teusaquillo veinticinco millones de pesos en efectivo, sus veinticinco millones, la plata que Upegui
le había robado de su cuenta, pero no se podía hacer nada. ¿Con qué argumentos iba a reclamarlos?
¿Sabía que Beatriz iba a ser absuelta? No lo sabía. Alguien poderoso a quien ella llamaba
"mi ángel de la guarda" había movido cielo y tierra para sacarla de la cárcel. ¿Un ángel de la
guarda?, se interesó Virginia. Pedro Pablo Porras, le dijo Verónica. Beatriz le había revelado su
identidad: un hombre de cuarenta años, discreto y muy rico, éste era el perfil del ángel de la guarda.
¿Otro traqueto?, exclamó alarmada Virginia. Verónica se encogió de hombros. No vivía en
Colombia, vivía en Miami, desde donde manejaba su negocio de exportación de pulpa de frutas
tropicales. Frutas en pulpa o un peculiar polvo blanquísimo, dijo con ingenio Virginia. Porras había
descubierto a Beatriz por las fotografías que se publicaron en sus días de modelo. Se había enterado
por los periódicos de su problema. Las cartas iban y venían de Miami a la cárcel. La muchacha de
aspecto taciturno que protegía a Beatriz en la cárcel era pagada por Pedro Pablo Porras. La
correspondencia empezó a ser casi diaria. Le mandó una foto: un hombre de rostro redondo, con
bigote y papada. Las cartas pasaron de la devoción al amor. ¿Y el Gordis? Nunca la abandonó.
Aceptó ser el segundo defensor de su causa. Beatriz le reveló que, cosa rara en ella, la
correspondencia con el misterioso ángel de la guarda había pasado de la amistad al amor. ¿Era
posible que sin conocerlo personalmente se hubiera enamorado de él? Es inexplicable pero cierto,
le dijo Beatriz. ¿Se alarmaría si le contaba un secreto? Había hecho el amor con Yolanda, por
gratitud, por soledad, por la pena que le producía esa muchacha, no sabía por qué, pero había
aceptado primero sus caricias furtivas y, después, sin decidirlo ni resistirse, se dejó hacer el amor
como si así recompensara tanta lealtad. ¿Era entonces lesbiana?, preguntó Verónica. No creo, me
gustan los hombres, dijo Beatriz. Me ha protegido, cambió de tema. Porras le ha pedido que pruebe
suerte de modelo en Miami, siguió contándole Verónica a Virginia ¿Lo quieres o le pagas el favor?,
le había preguntado Verónica a su amiga. ¡Qué importa!, había respondido ella. Vendría a visitarla
personalmente la próxima semana. Quería casarse con ella. Saldría libre, se casaría con Porras,
viajaría con él a Miami. ¿Qué más podía esperar de la vida? Porras prometía montarle una boutique
en Miami.
En las noches. Verónica retrocedía en el tiempo. Era un camino breve, pero tenía la sensación de
estar transitando una extensión ilimitada. Extrañaba a Leo, revivía episodios, sin dolor, apenas con
nostalgia. Celebraba su actitud amistosa. La estimulaba en su trabajo, corregía con igual severidad
sus defectos, elogiaba sus aciertos. Tenía que acostumbrarse a la idea de haberlo perdido. Todo
había sido demasiado rápido. ¿Se había equivocado al esperar algo más de la relación?, le preguntó
a la madre. Uno necesita equivocarse, respondió ella. ¿Por qué no sales?, le preguntaba Virginia,
No tengo ganas, decía Vero. Eres famosa, le recordaba. Te reconocen en la calle, te piden
autógrafos, te invitan a todas partes. ¿Hasta cuándo?, se preguntaba Verónica como si repitiera las
palabras de Leo. ¿Se habían solucionado los problemas del gimnasio? Quería decir; ¿estaba claro el
asunto de la sociedad? Estaba claro: era la titular única de las acciones. Estoy limpia. La habían
llamado a declarar tras la muerte de Upegui. Varias veces, ¿No se lo había contado? Te veo tan
poco, se quejó. No conocía sus relaciones ni amistades, declaró. Upegui siempre fue misterioso en
ese aspecto. ¿No era su socio?, le preguntaron. Capital de trabajo, dijo Virginia. Si el negocio
prosperaba, Upegui tendría una participación, no había documento firmado, todo había quedado en
compromiso de palabra, a ese arreglo habían llegado desde el principio. ¿Relacionaba la muerte de
Upegui con el asesinato de Raúl Trespalacios? Nunca supo que fueran amigos o tuvieran relaciones
de ningún tipo. Sí, había algo más que amistad entre ella y Upegui, ¿tenía eso alguna importancia?
La tiene, le replicaron, porque sabemos que usted también tuvo relaciones íntimas con
Epaminondas Romero. Es mi vida privada, replicó Virginia.
¿Así de fácil, se resolvió todo así de fácil?, preguntó Vero. No, no había sido fácil. La
aparición providencial de Rodolfo Roldán había ayudado a borrar sospechas engorrosas. No sabía
cómo ni con qué medios, de la noche a la mañana, la investigación abierta por sus relaciones con
Upegui pasó a ser polvo de legajos, como el vínculo con Romero. ¿Había aparecido Roldán? Sí,
había renunciado a la embajada para lanzar su candidatura al senado. ¿Se veían?, preguntó
Verónica, intrigada por la reaparición del hombre que había admirado a los doce años. Como
amigos, aclaró Virginia. Dos o tres veces. En el Monte de Venus. ¿El Monte de Venus? En La
Calera, tradujo Virginia. Roldán siempre llamó Monte de Venus a La Calera, explicó riéndose. Un
tupido bosque sobre una montaña. ¿Tenían algo... íntimo? ¡Cómo se le ocurría! El corazón no
revivía en un lecho de cenizas, ¿Cómo así?, preguntó Verónica. Virginia se ausentó por unos
instantes: reconstruía el rostro de Roldán. Había envejecido, las canas no sólo vestían las sienes,
dibujaban un paisaje intensamente gris en su cabeza. Está más viejo, dijo al regresar del fugaz
recuerdo del hombre. También ella se sentía envejecer. Las turbulencias de los últimos meses
habían dejado sus huellas.
El corazón no revive en un lecho de cenizas, repitió Verónica.
—¿En qué piensas?
—En Leo —dijo.
Conversaban en el dormitorio principal de la vieja casa, con el televisor encendido.
Verónica vio las imágenes y le subió el volumen.
—¡Pusieron una bomba en El Espectador! —exclamó.
Leo la llamó horas más tarde.
—Destruyeron El Espectador—le dijo a Vero. ¿Podían cenar mañana? Verónica aceptó.
Virginia no mostró interés en las imágenes, era un paisaje patético. Un atentado más,
parecía decirse. Destrucción y escombros.
—¿No te hace daño? —preguntó.
—¿Verme con Leo? Menos que antes —dijo Verónica.
La cámara recorría un inmenso espacio destruido de la Avenida 68.
—¿Qué fecha es hoy? —preguntó Virginia.
Verónica no recordaba la fecha exacta. Sabía que era un día cualquiera del mes de
septiembre del año 1989.
—Tengo la impresión de que mi vida apenas empieza —le dijo a la madre.
Virginia la abrazó y le acarició los cabellos.
—¿Qué te parece sí nos arreglamos y salimos juntas?
Vero no lo pensó. Era una idea fantástica. Se pondría el vestido de Gianni Versace, cenarían
en El Refugio Alpino, hacía tiempo que Virginia no probaba los escargots ni el cibet de jabalí,
quería comer con una buena salsa, si la hacían engordar, qué importaba, irían después a tomarse
unos tragos en la plaza de Usaquén. Que sea champaña, exigió Verónica.
—Ponte bien linda —le dijo Vero a Virgie. Se dirigió al tocadiscos y seleccionó una
canción de Frank Sinatra: "Lady is a tramp". Llamaría luego a Max Domínguez. No le interesaba
salir con él pero nunca estaba mal hacerse acompañar por un hombre rico y de clase.
Cartagena de Indias, junio de 2003.
Cumplió los veinte años. Leo se lo festejó en el estudio del canal: un pastel con una muñequita
bailando en la cima de fresas, la réplica de una muchacha que lleva un pequeño televisor de corona,
el cuerpo salpicado por estrellas doradas. John Peralta acompañó al coro que cantó el "Happy
Bírthday".
Al regresar a casa a medianoche, Verónica encontró un precioso ramo de orquídeas con la
tarjeta de Leo. "La vida apenas empieza", había escrito con su puño y letra.

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