Manuela Fingueret, escritora

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Manuela Fingueret, escritora
HONRAR LA VIDA
Hay obras que se descubren desde la llamarada y otras desde la voluptuosidad. Obras
que nos muestran aquello que nos desespera y otras que espejan un imaginario con el
que convivimos. La llamarada voluptuosa es la mirada que eligió Mirta Kupferminc para
su descubrimiento del arte que protagoniza.
Y desde allí todo es posible porque abarca un territorio vasto, lleno de hondura, juego y
picardía. El pueblo judío es un actor privilegiado de ese mundo que emerge de la
convergencia y el antagonismo entre sueños derramados sobre una tierra que alguna
vez le fue prometida con leche y miel y en la que la artista escudriña y rememora ese
legado inconcluso. La variedad de los tonos de Kupferminc en torno al tema no incluye la
tragedia como destino irreversible sino que indaga en los estereotipos para descubrir
otras posibilidades que arrebaten al espectador-persona.
Las sillas, otra de sus zarzas ardientes, tienen volumen y metáfora, en una energía
creativa de la que se apropia a través de una herencia que la induce a parir gozos y
sombras para desnudar en la madera tiempo y memoria.
Esos rojos brillantes, esas letras que caen del abismo, esos hombrecillos de Jheronimus
Bosch que desfilan entre cabezas y rostros que acosan, son escenas de una obsesión sin
final. Traviesos gnomos que dominan su mímica y penetran en nuestra interioridad
desafiando las visiones cotidianas del burlesque en el que somos protagonistas.
Es Isaías, el profeta de una Biblia que puede desbordar los siglos para ser presente
continuo, quien escribió: “Dá Voces! y yo respondí: ¿Qué tengo que decir a voces? Que toda
carne es hierba, y toda gloria como flor de campo”.
Y es Kupferminc la que revive en ese versículo la clave de su obra: Una pasión extrema
que es desesperación porque no puede esperar la intemperie en ese deseo febril que en
cada trazo honra la vida. Son símbolos de una visión que se resiste a ser lamento, y por
eso su estética funde el número tatuado de la barbarie con la sensualidad de la colmena,
en la que presente y tarea elaboran un néctar que no deja libado al azar. Conoce el
embrujo de un gesto indiscreto, la iluminación de la materia acechante, el gemido de una
línea brumosa, y con ellos construye una eternidad que nos provoca certera hacia el
centro del alma.
Escribe Elie Faure “El arte es un relámpago de armonía conquistado por un pueblo o por
un hombre en la oscuridad y en el caos que lo preceden, lo siguen y, necesariamente, lo
rodean”.
Mirta Kupferminc, con su arte exhuberante, lleno de humor y guiños cómplices nos
contrasta a través de imágenes barrocas o aciagas de las que somos protagonistas, con la
intención fecunda de que no podamos salir indemnes de este laberinto en el que ángel y
demonio compiten por sobrevivir.
Manuela Fingueret, escritora
Buenos Aires, 2004

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