ARTIGAS Y LA REVOLUCIÓN POPULAR RIOPLATENSE

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ARTIGAS Y LA REVOLUCIÓN POPULAR RIOPLATENSE
ARTIGAS Y LA REVOLUCIÓN POPULAR RIOPLATENSE
El más importante caudillo federal rioplatense, en los inicios del ciclo revolucionario que
culminó con la Independencia de las repúblicas hispanoamericanas, fue José Gervasio de Artigas;
representa la entrada en escena de las masas populares y un proyecto nacional alternativo al de las
minorías pudientes e ilustradas de Buenos Aires y Montevideo. Por eso, los herederos de esas
minorías lo calificaron de “bandolero” y agente de la “anarquía” y la “barbarie”. Luego, la
historiografía tradicional lo convirtió en el “héroe nacional” de la República Oriental del Uruguay,
escindiendo su lucha de la comunidad rioplatense que Artigas aspiraba a fundar. Más tarde, el
proceso de revisión histórica pudo reconstruir el alcance hispanoamericano del proyecto artiguista,
su vocación de constituir una Patria Grande con soberanía popular, independencia económica y
justicia social.
Estas diferentes miradas sobre Artigas no son solo fruto de la paciente y laboriosa tarea de
los historiadores, sino especialmente de las polémicas ideológicas y de las luchas políticas, de ayer
y hoy. En vida del caudillo, se dividían las opiniones en torno a su figura a medida que iba
transformándose en un obstáculo para el proyecto de la burguesía comercial porteña. Por ejemplo
en el año de 1814, el gobierno que representaba nominalmente a las Provincias Unidas, el
Directorio, calificó sucesivamente a Artigas de “traidor a la Patria” y “buen servidor a la Patria”. El
historiador y político uruguayo Vivian Trías recuerda el escándalo que significó para la vida política
de su país cuando en 1961 el Partido Socialista levantó una tribuna con un gran retrato de José
Artigas, flanqueado por las imágenes del revolucionario africano Patricio Lumumba y el líder
cubano Fidel Castroi. Situándonos en la Argentina, la imagen congelada de un Artigas “uruguayo”
nos ha privado de uno de los más importantes líderes populares de nuestra historia, que enfrentó a
gobiernos elitistas, proclives a pactar con las potencias metropolitanas con tal de controlar la
movilización de los de abajo, representada por el caudillo. En las páginas que siguen,
sintetizaremos los rasgos esenciales de la gesta artiguista.
La continuación de la Revolución de Mayo
En mayo de 1810 comienza el ciclo revolucionario en el Río de la Plata, que había sido
precedido por el rechazo a las invasiones inglesas de 1806 -1807 y el levantamiento altoperuano de
1809. En rigor de verdad, las jornadas de Mayo forman parte de la crisis general del imperio
español, que se acelera a raíz de la ocupación de España por las tropas napoleónicas en 1808 y la
abdicación de la monarquía ibérica. De esa manera, se derrumba el principio legitimador de la
dominación española en América. Las ideas liberales de soberanía popular y soberanía nacional se
transformaron en el ariete ideológico que terminó por jaquear al Antiguo Régimen y al principio
absolutista de poder.
También en América circulaban las ideas liberales, y en distintas regiones existían minorías
que aspiraban a concretarlas efectivamente. Lo que aquí estaba en juego era el propio estatuto de los
territorios hispanoamericanos: ¿colonias o provincias del imperio español? No existían antecedentes
de autonomía o autogobierno, y en pocos años quedó claro que la metrópoli, especialmente desde la
restauración absolutista que supuso el retorno del rey Fernando VII, apuntaba a la reanudación de
un vínculo claramente colonial. La dinámica de la revolución hispanoamericana contra los
partidarios del absolutismo la transformó en una guerra nacional, única manera de asegurar el
autogobierno, y por cierto también los intereses de las clases dominantes locales que ya estaban en
tren de vinculación con la nueva gran potencia: Gran Bretaña. Es que los terratenientes,
comerciantes y mineros hispanoamericanos encontraban en el polo industrial inglés una nueva
metrópoli, a la que vendían materias primas y de la que recibían manufacturas baratas que luego
volcaban a los mercados interiores. El Río de la Plata no fue la excepción, situación que empujaba a
la burguesía comercial del puerto a una alianza con Gran Bretaña.
El tránsito entre la revolución democrática y la guerra nacional hispanoamericana se
desarrolló en relativamente pocos años, resultando complejo y contradictorio: las minorías querían
conservar sus privilegios, y las masas populares pujaban por obtener un lugar mejor en el “nuevo
orden”. En ese escenario surgieron proyectos nacionales antagónicos, puesto que de lo que se
trataba era de organizar comunidades políticas soberanas (naciones)ii; ese antagonismo nacía de los
diferentes intereses sociales representados, y de los valores y principios considerados deseables. De
esa manera chocarán una estrecha orientación por parte de la burguesía comercial porteña, que
buscaba prolongar la primacía de Buenos Aires como capital del Virreinato, subordinando a las
regiones interiores, y manteniendo los privilegios de las clases poseedoras, con la política de masas
del caudillo oriental que hacía pie en los desposeídos de las campañas litoraleñas (gauchos, indios,
mestizos, esclavos fugados o libertos), proponiendo el respeto a las autonomías regionales bajo un
régimen federal y la distribución de la riqueza a través de la reforma agraria.
En el Plan de Operaciones de Mariano Moreno aparece mencionado José Artigas como una
figura que es necesario ganar para la causa de la revolución por sus “talentos, opinión, concepto y
respeto”. Es interesante el pensamiento del Secretario de la Junta acerca del levantamiento de las
masas rurales y de los “jefes” que podrían surgir de la campaña insurreccionada. Moreno era un
liberal revolucionario que iba un paso más allá de sus correligionarios de la hora: estaba convencido
de la necesidad de la participación protagónica de las multitudes del campo en la revolución. Y esas
masas no seguirían a las minorías ilustradas de las ciudades, sobre todo si éstas hacían causa común
con los propietarios y los detentadores de antiguos e injustos privilegios; más bien se darían sus
propios líderes. Moreno parece intuir esa situación y por eso propone atraer a la causa de la
revolución a aquellos individuos que “por lo conocido de sus vicios” así como por sus “talentos y
opiniones” tuvieran ascendiente sobre los gauchos, peones, campesinos y habitantes de las
campañas.
Es claro que para la cosmovisión de las clases dominantes de la colonia todos aquellos que
no formaran parte de los círculos “respetables” (es decir, propietarios) y no tuvieran patrón o amo
conocido, o que no acataran la autoridad vigente, eran considerados “viciosos” y “delincuentes”. En
la propia denominación gaucho había por entonces un matiz peyorativo, para con los desposeídos
del campo: son los “vagos y malentretenidos”iii. Pero justamente esas multitudes solo se
reconocerían en uno como ellos, o en un dirigente que supiera traducir el anhelo libertario que latía
en las formas de vida de los trabajadores del campo. Como hombre informado de su época, Mariano
Moreno conocía la existencia de hombres representativos en las campañas, y el oficial de
Blandengues José Artigas era uno de ellos. No coincidieron en el tiempo inmediato ambos
revolucionarios, ya que el alejamiento y muerte del Secretario de la Junta se produce antes de que
efectivamente el oficial de Blandengues ofreciera sus servicios a la Junta revolucionaria porteña;
pero en lo sustancial la gesta artiguista concreta en la práctica y desarrolla la visión de Moreno
sobre la insurrección de las masasiv.
Por el contrario, los sucesivos gobiernos porteños abjuraron de la rebelión popular, que no
coincidía con sus esquemas ideológicos preestablecidos y desafiaba sus planes de una soberanía
popular restringida. Estaba en juego si las multitudes tendrían alguna participación real en las
decisiones políticas, o solo serían la “carne de cañón” de los regimientos de línea y la fuerza de
trabajo del orden poscolonial. Ser soldados a la orden de la oficialidad leal a Buenos Aires, y
trabajadores esforzados y sin derechos en las propiedades de los ricos era el destino “prefijado” por
el orden “natural” de las cosas, tal el lugar que les reservaba a las masas los privilegiados. Distinta
concepción social elaboraría el proyecto artiguista, primer movimiento nacional con contenido
social del ámbito rioplatense.
Caudillo y masas populares
Las clases pudientes de Buenos Aires y sus dirigencias ilustradas sostenían la necesidad de
que una minoría esclarecida rigiera los destinos del Estado, asumiendo sin consulta la
representación de la mayoría. Concebían la elección de representantes solo restringida a la parte
“sana y decente” de la sociedad; de más está decir que la mayoría de la población no calificaba en
esos cánones. Pudiera sostenerse que se incurre en un anacronismo al pretender que en aquella
época se estableciera un sistema democrático como lo conocemos hoy en día. Sin embargo, el
artiguismo (y otras vertientes del federalismo argentino) suponían modos distintos de
representación popular, más incluyentes y más adecuados al contexto sudamericano de entonces
que los esquemas de las minorías. Claro que esos modos alternativos fueron estigmatizados por sus
adversarios como “anarquía” y “caudillismo bárbaro”.
El caudillo era una figura dirigente, proviene generalmente de las clases poseedoras o de la
oficialidad de los regimientos y milicias, como es el caso de Artigas, quien pertenecía a una familia
de hacendados orientales y se integra como oficial al cuerpo de Blandengues, del cual llega a ser
capitán. Se convierten en líderes en la medida en que logran articular distintos intereses y
representar, en alguna medida, aspiraciones populares, de lo contrario carecerían de autoridad. En
ese sentido el caudillo y sus seguidores conforman una tácita coalición social, donde distintas clases
estaban representadas: terratenientes y comerciantes vinculados a los mercados interiores, arrieros,
peones y otros estratos populares. Si la representación no es genuina, entonces esa coalición se
disgrega; es en ese sentido que decimos que el caudillismo fue un fenómeno democrático, en las
condiciones de una sociedad rural y ex colonial del siglo XIX. Juan Bautista Alberdi, polemizando
con quienes sostenían la “barbarie” del caudillismo dirá: “¿Qué es el caudillo en Sud América?... Es
el jefe de las masas, elegido directamente por ellas, sin ingerencia del poder oficial, en virtud de la
soberanía de que la revolución ha investido al pueblo todo, culto e inculto, es el órgano y brazo
inmediato del pueblo, en una palabra, el favorito de la democracia”. Por su parte, un enemigo de
Artigas, Carlos de Alvear manifestaría: “Artigas fue el primero que entre nosotros conoció el
partido que se podía sacar de la brutal imbecilidad de las clases bajas, haciéndolas servir en apoyo
de su poder, para esclavizar a las clases superiores y ejercer su poder sin más ley que su brutal
voluntad”; todo esto dicho por quien, como Director Supremo de las Provincias Unidas, sostendrá la
necesidad del protectorado británico sobre estas tierras, para conjurar el fantasma de la insurgencia
de las “clases bajas”.
En el caso de José Gervasio de Artigas nos encontramos con un hombre que ya era conocida
en las campañas orientales desde antes de la Revolución de Mayo. Vinculado desde joven al mundo
de los campos como ganadero y eventualmente contrabandista, ingresa finalmente en el año de
1797 al cuerpo de milicias rurales conocido como Blandengues. Acompaña al sabio español Félix
de Azara en su trabajo de mensura y estudio de la campaña oriental, que culmina con un plan
incumplido de reforma y colonización; participó en enfrentamientos armados contra tropas
portuguesas y en la resistencia a las invasiones inglesas. Era un hombre instruido, influenciado por
la Ilustración española, y las revoluciones norteamericana y francesa, pero sobre todo un profundo
conocedor de la geografía de su tierra y las características de su gente, lo que constituye el
verdadero eje de un pensamiento centrado en Américav. El liberalismo se desdobla en dos en la
América española de aquellos tiempos: una vertiente busca integrar esa ideología a la realidad local,
adecuarla a sus características y necesidades, y sobre todo servir a un proyecto de crecimiento
“desde adentro” o de autodeterminación; la otra vertiente quiere replicar aquí las condiciones de los
países “civilizados” de Europa occidental, especialmente Inglaterra y Francia, contraponiendo la
ideología a una realidad social considerada “bárbara” y a la que hay que suprimir rápidamente
mediante la imitación del patrón cultural admirado y la vinculación comercial estrecha con las
metrópolis. El liberalismo de Artigas es del primer tipo: un liberalismo nacional que se manifiesta
partidario del resguardo a las autonomías regionales (y por tanto federal), respetuoso de las
decisiones de los pueblos (y por tanto democrático) y atento al ascenso socio –económico de los
sectores postergados (y por tanto con contenido social progresivo).
El otro polo del proceso artiguista está constituido por sus bases sociales; alrededor del
liderazgo del caudillo se articularan distintas clases. En los primeros años revistarán en el
artiguismo los estancieros de la campaña oriental, descontentos con los privilegios de la elite
montevideana y con el centralismo de los gobiernos de Buenos Aires; de allí saldrán varios de sus
oficiales y lugartenientes. Pero a medida que el movimiento acentúe su reivindicación de ascenso
económico de los más pobres, es decir que profundice su contenido social, la capa de los
propietarios rurales se irá alejando del líder. Y es que el otro componente esencial del movimiento
artiguista son los desposeídos: esclavos fugados, indios guaraníes, peones, campesinos y gauchos;
ellos son los que seguirán leales a la causa hasta el final. Artigas puede liderarlos porque integra sus
reivindicaciones sociales en un programa general, pero además porque es uno de ellos; aunque por
su origen forma parte de otro estrato social, sus modos son los del hombre de la campaña atento a la
sociabilidad popular. Como Martín Güemes en el caso salteño, el jefe de los orientales “rompe” en
cierta medida con su clase de origen al convertirse en líder popular. A lo largo de su trayectoria,
Artigas no ceja en su empeño de dignificar a las clases bajas, y su “adopción” del guaraní Andresito
(al que luego nos referiremos con más detalle) es bien expresiva al respecto, así como sus proyectos
de reforma social expresados por ejemplo en el Reglamento provisorio de la provincia oriental para
el fomento de la campaña y la seguridad de sus hacendados (1815).
Rasgos esenciales del proyecto artiguista
Aquí no nos ocuparemos tanto del desarrollo cronológico del proceso artiguista (que
transcurrió a largo de nueve conflictivos años, 1811 -1820) como de sintetizar sus rasgos
fundamentales, aquellos que lo definen como el primer movimiento nacional –popular del ámbito
rioplatense. De todas maneras deberemos ofrecer un mínimo encuadre histórico.
Estamos en los años en que va surgiendo, en oposición al viejo dominio español, la primera
comunidad nacional rioplatense, de límites geográficos aún en discusión. La Primera Junta, primer
gobierno revolucionario constituido en Buenos Aires en mayo de 1810, había despachado sendas
expediciones al Alto Perú y al Paraguay; en 1811 se desata la insurrección de la Banda Oriental,
uno de cuyos jefes fue el propio Artigas, frente al absolutismo enquistado en Montevideo. Los
límites territoriales “naturales” eran concebidos entonces en el marco de lo que había sido el
Virreinato del Río de la Plata (los actuales países de Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay),
aunque ya comenzaban a vislumbrarse fuerzas centrífugas que llevarían a la disociación de dicho
espacio. Diferentes intereses económicos y regionales alentarían distintas propuestas políticas: ¿el
nuevo orden continuaría con la preeminencia de Buenos Aires o intentaría una articulación más
igualitaria de las distintas regiones? Las respuestas políticas serían varias. Buenos Aires haría todo
lo posible por asegurar sus anteriores privilegios, por lo cual adoptó una orientación centralista que
retaceaba la autonomía a las distintas regiones que querían constituirse de manera soberana en
“parte” de un todo. El Paraguay ensayaría un camino aislacionista que, en lo inmediato, lo alejaría
tanto del esfuerzo bélico de independencia nacional como de la guerra civil rioplatense. El Alto
Perú no podría ser ocupado por las tropas revolucionarias que, luego de un éxito inicial, serían
derrotadas una y otra vez por los absolutistas, aunque tampoco el poder español pudiera
consolidarse del todo merced a la insurgencia local de la “guerra de Republiquetas”; por otra parte
la torpeza de los ejércitos porteños y su oficialidad centralista iría alimentando el sentimiento
autonómico altoperuano. El litoral y la Banda Oriental (actual Uruguay) se levantarían en armas
frente al centralismo porteño con las banderas de la independencia frente a todo poder extranjero y
de la organización republicana federal.
Es la etapa donde culmina el tránsito de la revolución democrática a la guerra nacional: en
1816 se declara finalmente la Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, luego de
numerosos avatares. Entre ellos la marginación por parte de Buenos Aires en los primeros años de
los más encendidos partidarios de la independencia nacional, como los artiguistas en la Asamblea
del Año XIII; o los diversos proyectos secretos de la elite política porteña para negociar el retorno a
la “lealtad” a la Corona española o el protectorado de algún poder extranjero como Portugal o Gran
Bretaña. El hecho de que importantes provincias de la actual Argentina no participaran del
Congreso de 1816 (las litoraleñas bajo el comando de Artigas) y sí otras que forman parte de lo que
hoy es el Estado boliviano también resulta expresivo de que no acababan de definirse los límites de
la nueva comunidad nacional. Son años en los cuales no surge un poder político con suficiente
fuerza como para convertirse en efectivo gobierno “nacional” o en principio de un Estado. En 1820
las montoneras litoraleñas de Francisco Ramírez y Estanislao López derrumban al Directorio,
gobierno porteño que hacía las veces de un poder ejecutivo nacional.
También la estructura social se conmueve ante el impacto del proceso revolucionario. Se
dictan medidas para emancipar a los descendientes de los pueblos originarios del tributo colonial, la
Asamblea del año XIII promulga la libertad de vientres para los hijos de los esclavos negros, miles
de pobres de todas las “castas” son enrolados compulsivamente en los ejércitos de línea o buscan
voluntariamente en ellos un camino de emancipación individual. Tengamos en cuenta que la leva
obligatoria era una práctica común para nutrir de tropas tanto a las milicias (especialmente las que
cuidaban la “frontera” contra el indio) como a los regimientos regulares de los ejércitos
independentistas, con toda la carga de arbitrariedad y abuso que ello conlleva. Pero también es
cierto que la causa revolucionaria e independentista fue una causa popular; el Ejército de los Andes
sanmartiniano se construyó merced al aporte colectivo del pueblo cuyano, las guerrillas salteñas de
Güemes o las “Republiquetas” altoperuanas eran sostenidas efectivamente por los pueblos. Con
mucha mayor razón las montoneras artiguistas que enfrentaron a los realistas de Montevideo, a los
ejércitos portugueses y las tropas de línea de Buenos Aires.
Los rígidos lazos sociales heredados de la colonia inevitablemente se distienden, y pasaría a
ser una preocupación primordial de los propietarios el asegurar un mínimo de obediencia y
disciplina social en las clases bajas y la pervivencia de sus privilegios: los dueños de esclavos
movilizados para los ejércitos siempre quieren ser indemnizados. Una medida expresiva de esa
preocupación es el Bando Oliden de 1815: reglamentación de la provincia de Buenos Aires
intentaba asegurar legal y coercitivamente la provisión de mano de obra para los estancieros
bonaerenses.
Independencia nacional frente a todo poder extranjero
Antes habíamos afirmado que el artiguismo puede ser calificado como un movimiento
nacional; justamente, la búsqueda de la independencia o de la autodeterminación de una comunidad
que se concibe o empieza a concebirse como nación, es uno de los rasgos que definen un
movimiento nacional. Insistimos una vez más en que, para la época que estamos tratando, la visión
dominante acerca de qué es una nación la definía como una “sociedad política”, una comunidad
soberana bajo un mismo gobierno o ley. En esos términos pensaba mayoritariamente la generación
de la Independencia, de allí que no se tratara tanto de una reivindicación étnica frente al español
como de la modificación y luego ruptura del lazo político con la Corona borbónica. Desde luego,
otros factores ideológicos se pusieron en juego también. Especialmente la cuestión de la identidad
americana, la que compartían los nacidos aquí o “españoles americanos” y luego criollos, mucho
más los indios y mestizos. Existían contradicciones políticas y sociales entre peninsulares y criollos
(por ejemplo: el acceso a los más importantes cargos de la administración colonial) desde antes del
estallido revolucionario. La vinculación afectiva con la patria, con la tierra en que se ha nacido,
también contribuyó a potenciar el proyecto independentista. Otro factor puesto en juego fue la
apropiación selectiva del pasado prehispánico para fundamentar “históricamente” la lucha
independentista; es el caso de la reivindicación de los Incas en el viejo himno nacional y en el
proyecto de Belgrano de una monarquía encabezada por un descendiente de los soberanos del
Cuzco. Bolívar aludió en algún momento a la existencia de un pueblo nuevo, una nueva humanidad
en América, que ya no sería ni enteramente india ni tampoco completamente europea.
En ese contexto, José Artigas se convirtió en el más intransigente partidario de la
independencia nacional, frente a gobiernos que vacilaban frente a las cambiantes circunstancias de
la política europea. En los años previos a 1816 se barajaron distintas posibilidades: la reconciliación
condicionada con la metrópoli, el protectorado portugués, o, en versión más infamante, el
protectorado británico. Influía en esos vaivenes la presión británica contraria a la independencia
americana, en tanto merced a su alianza con Fernando VII los ingleses esperaban obtener de dicho
monarca las más amplias garantías de libre comercio, en agradecimiento a su ayuda contra la
ocupación napoleónica, sin necesidad de jugar una carta tan arriesgada como la independencia de
las colonias americanasvi. Y por supuesto influyó especialmente en las idas y vueltas de los hombres
de Buenos Aires la presencia de un movimiento popular en la orilla oriental del Río de la Plata; no
pocos miembros de la elite porteña concebían preferible la tutela extranjera a tolerar la participación
de las masas. Existió complicidad del Directorio porteño con la invasión portuguesa a la Banda
Oriental en 1816, que realizaba el “trabajo sucio” de acabar con los montoneros, y el propio Artigas
se lo reprocha amargamente al Director Supremo Pueyrredón.
Artigas se manifestará siempre opositor a cualquier pacto con los absolutistas de
Montevideo, y desde la batalla de Las Piedras (1811) donde derrota a los realistas, es el más firme
enemigo en territorio oriental del dominio español. Se sumará al sitio de Montevideo bajo la
jefatura de José Rondeau, y verá con malos ojos el abandono del sitio al pactar Buenos Aires con el
virrey Elío. Aunque acata la decisión de levantar el sitio en esa ocasión, ya comienza allí su
trayectoria independiente de Buenos Aires: el “Éxodo oriental”: miles de familias lo acompañan
con sus animales y enseres en su retirada, negándose a dejar solo al caudillo, hasta establecer su
campamento en Ayuí (Entre Ríos). A partir de allí, Artigas se moverá con autonomía, en pos del
objetivo estratégico de la independencia y unidad de las provincias rioplatenses. En las
Instrucciones a los diputados orientales a la Asamblea constituyente de 1813 queda bien clara la
posición del artiguismo: “Primeramente pedirá la declaración de la independencia absoluta de estas
colonias, que ellas están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona de España, y familia
de los Borbones, y que toda conexión política entre ellas y el estado de España, es, y debe ser
totalmente disuelta”.
En más de una ocasión, los gobiernos porteños insinuaron al caudillo la posibilidad de la
independencia “absoluta” de la Provincia Oriental, ofrecimiento siempre rechazado de plano por
Artigas que solo concebía a su tierra natal como provincia autónoma (luego veremos más en detalle
su programa federal) en el contexto de una Patria Grande. Artigas concibe la unidad del viejo
espacio virreinal, en el marco de la América española libre; le escribe a tal fin a Bolívar, al cual se
considera unido “por vínculos de naturaleza y de intereses recíprocos”vii. Como Bolívar, como San
Martín, el caudillo oriental representa la tendencia más avanzada de los proyectos de liberación
hispanoamericanos de la época, que pretendían abarcar el espacio total de las ex colonias españolas.
El federalismo artiguista
En los inicios del ciclo revolucionario rioplatense ya empieza a plantearse el conflicto entre
los centralistas y los defensores de las autonomías provinciales o federales. El artiguismo se
manifestaría como un movimiento federalista con amplia fundamentación doctrinaria, lo cual no
significa que el antagonismo centralismo /federalismo surgiera de disputas ideológicas. Se trata de
posiciones políticas que expresaban las profundas contradicciones regionales y económicas del
vasto territorio del ex virreinato del Río de la Plata, y que explican en gran medida el extenso
período de guerras civiles argentinas del siglo XIX.
La demanda de autonomía de las provincias litoraleñas y luego de las del Interior
mediterráneo traducía la necesidad de defender las economías regionales agrarias y artesanales de la
competencia planteada por la penetración comercial británica desde el puerto de Buenos Aires;
penetración apoyada por las políticas de libre cambio que la elite pos revolucionaria muy pronto
adoptaría. En rigor de verdad, cuando en 1809 bajo el gobierno del virrey Cisneros se discute la
adopción del libre cambio, ya las posiciones estaban deslindadas, y la argumentación del síndico del
Consulado, Martín Yañiz, aunque representaba la voz de los monopolistas, traducía bastante bien
las consecuencias ruinosas que para la producción artesanal local tendría una apertura
indiscriminada.
Pero también el federalismo era una consecuencia de la doctrina revolucionaria que se
imponía: la de la soberanía de los pueblos. Y debe entenderse en ese contexto a los “pueblos” como
las ciudades y cabeceras de provincias; al “caducar” la autoridad del Rey (por cautiverio), la
soberanía volvía a sus verdaderos depositarios quienes se constituían en sujetos soberanos. Así
nacerá y se desarrollará el programa federal, en claro antagonismo con los gobiernos centralistas de
Buenos Aires, quienes, al pretender prolongar la preeminencia de la ciudad –puerto por sobre el
resto, se ubicaban como herederos de los privilegios coloniales y del despotismo ilustrado de los
Borbones, creadores del Virreinato del Río de la Plata. Por cierto, esa política centralista (origen del
unitarismo) convenía bien a los verdaderos beneficiarios de la primacía de la ciudad –puerto: la
burguesía comercial porteña, que pretendía acaparar las ventajas de la ubicación geográfica de
Buenos Aires como centro de entrada y salida de productos, de los frutos del país y de las
manufacturas importadas. Frente a esos injustos privilegios se levantará el programa federal de los
caudillos, que Rodolfo Puiggrós sintetiza en los siguientes puntos: “1 –Coparticipación de las
provincias en las rentas del puerto de Buenos Aires; 2 –Autodeterminación provincial dentro de un
régimen federativo; 3 –Protección de las economías provinciales; y 5 –Unidad nacional sin
hegemonía de la provincia de Buenos Aires”viii.
La bandera del federalismo será enarbolada consecuentemente por José Artigas, que
aspiraba a la fundación de un orden político republicano, democrático y federal para la comunidad
rioplatense, dentro de la cual la Provincia Oriental sería una integrante más, en igualdad de
derechos y deberes. Diversos artículos de las ya mencionadas Instrucciones a los diputados de la
Provincia Oriental a la Asamblea del año XIII exponen acabadamente el ideario federal del
artiguismo: “Art. 2: No admitirá [para las Provincias Unidas] otro sistema que el de la
confederación para el pacto recíproco con las provincias que formen nuestro estado. Art. 7: El
gobierno supremo entenderá solamente en los negocios generales del estado. El resto es peculiar al
gobierno de cada provincia. Art. 8: El territorio que ocupan estos pueblos de la costa oriental del
Uruguay hasta la fortaleza de Santa Teresa, forma una sola provincia, denominada: LA
PROVINCIA ORIENTAL. Art. 10: Que esta provincia por la presente entra separadamente en una
firme liga de amistad con cada una de las otras, para su defensa común, seguridad de su libertad, y
para su mutua y general felicidad, obligándose a asistir a cada una de las otras contra toda violencia
ataques hechos sobre ellas, o sobre alguna de ellas, por motivo de religión, soberanía, tráfico, o
algún otro pretexto, cualquiera que sea. Art. 11: Que esta provincia retiene su soberanía, libertad e
independencia, todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por la
confederación a las Provincias Unidas juntas en congreso. Art. 16: Que esta provincia tendrá su
constitución territorial; y que ella tiene el derecho de sancionar la general de las Provincias Unidas
que forme la Asamblea Constituyente. Art. 17: Que esta provincia tiene derecho para levantar los
regimientos que necesite, nombrar los oficiales de compañía, reglar la milicia de ella para la
seguridad de su libertad, por lo que no podrá violarse el derecho de los pueblos para guardar y tener
armas”.
La desconfianza en que pudiera consagrarse un orden de este tipo con Buenos Aires como
capital del país quedará de manifiesto en el art. 20: “Que precisa e indispensable sea fuera de
Buenos Aires donde resida el sitio del gobierno de las Provincias Unidas”. Ese escepticismo nacía
de la conducta de los gobiernos porteños, que no ofrecía garantías de respetar la soberanía
provincial, y que en efecto enfrentaría en forma armada al artiguismo. En la lucha contra el
centralismo porteño, Artigas buscaría aliados en las provincias litorales e intentaría plasmar un
orden alternativo. Así el caudillo oriental se transforma el “El Protector de los Pueblos Libres”,
alcanzando su máxima influencia entre los años 1814 y 1815: la Banda Oriental, Santa Fe,
Corrientes, Entre Ríos, Misiones, y Córdoba se alinean con Artigas, surgiendo la liga conocida
como el “Sistema de los Pueblos Libres”.
En la visión estratégica del caudillo era posible articular un verdadero sistema económico –
político, que asegurara las libertades de los pueblos y la prosperidad de sus poblaciones, frustradas
ambas por el absorbente centralismo porteño. El autor uruguayo Washington Reyes Abadie remarca
como para Artigas la región de la Misiones era un punto central, que permitiría la conexión con el
Paraguay, librándolo del monopolio portuario de Buenos Aires a través de otras salidas en la Banda
Oriental (Maldonado, Colonia y Montevideo), así como Santa Fe recobraría su calidad de enlace
con el área mediterránea: Córdoba, la región de Cuyo y el Norte. De esa manera: “…la visión
integradora de Artigas abarcaba, pues, dos regiones de rasgos propios y definidos: la mediterránea,
de economía minera, agrícola y artesanal, articulada en el Paraná, por el puerto fluvial de Santa Fe;
y la del litoral, agrícola –ganadera, desde los yerbatales y estancias paraguayas y misioneras hasta la
mesopotamia y la campaña oriental; y un puerto transatlántico: Montevideo. El federalismo
artiguista ofrecía, por consiguiente, a los pueblos del Río de la Plata, la primera fórmula de
integración útil y práctica y les proporcionaba el instrumento de ‘gobierno inmediato’ capaz de
asegurarles el directo ejercicio de sus ‘soberanías particulares’, sin desmedro de la unidad nacional,
consagrando así, en los hechos, ‘el dogma de la Revolución’”ix.
La concreción de ese sistema provincial se da en dura disputa con el Directorio porteño, que
lo declara “fuera de la ley”. Las fuerzas de Artigas promueven la rebeldía litoraleña y desbaratan a
las tropas de Buenos Aires, y el gobierno central se desdice llamando al caudillo “buen servidor de
la Patria”. La llegada de Carlos Alvear al Directorio profundiza el antagonismo. El nuevo
gobernante desplaza a Rondeau del sitio de Montevideo cuando la ciudad estaba prácticamente
vencida y entra victorioso en la plaza oriental; luego nombrará a Soler gobernador de la Banda
Oriental en claro desafío al caudillo, con quien continúa una guerra de recursos. Sin embargo poco
después Alvear abandona Montevideo; se manifiesta así una incapacidad del gobierno porteño para
someter militarmente a las montoneras artiguistas. Surge así el primer gobierno “oriental” con el
artiguista Fernando Otorgués como gobernador.
La autogobierno oriental es conquistado entonces en duro enfrentamiento con el centralismo
porteño, el absolutismo enquistado en Montevideo, y la siempre presente amenaza portuguesa,
planteado no como postura separatista, sino como autonomía concreta y acumulación política en
función del proyecto federal rioplatense. El origen de esa autonomía está en asambleas populares
realizadas en 1811 y 1812, donde “el vecindario en armas” escucha la opinión de “hombres notables
y de consejo”; había que hacer frente entre otras cosas a la realidad del armisticio entre Buenos
Aires y Montevideo, que culmina con el levantamiento del sitio a la capital oriental x. Es entonces
cuando Artigas es designado “Jefe de los Orientales” por las asambleas populares y se produce ese
verdadero “plebiscito” que fue el Éxodo oriental, llamado por los paisanos “la redota” (por derrota),
cuando miles de orientales siguen con sus familias al líder en su retirada.
Por eso, existe un ejercicio concreto y participativo de la autonomía de varios años, que es
coronado ideológicamente con el ideario federal. Desde luego, en este punto no puede obviarse la
influencia ideológica de otros procesos históricos, especialmente del norteamericano; la inspiración
para la Constitución oriental de 1815 se hallaba en el texto constitucional de Massachusetts de
1780. El federalismo rioplatense encontraba en la experiencia norteamericana un “modelo” posible
de organización política, aunque resultaría difícil su aplicación en estas tierras. Con esto queremos
señalar que Artigas y los federales, como todos los hombres políticos de aquellos años, recibían
inevitablemente el influjo de otros países “avanzados”, que no siempre resultaba adecuado para la
realidad local. Pero la dimensión federal del movimiento artiguista no nacía en cuanto tal del
encandilamiento con las ideas extranjeras, sino como respuesta política a las propias
contradicciones de la emergente comunidad nacional rioplatense.
Contenido social del movimiento artiguista
Indudablemente, la fortaleza adquirida por el movimiento artiguista, y el prestigio de su
caudillo, brotan de su carácter eminentemente popular; aunque también por ello anidarían en su
seno fuertes contradicciones internas. José Artigas comienza su carrera en la campaña, conociendo
su geografía, labores, problemas y hombres, propietarios y desposeídos. Ya señalamos que
inicialmente se agruparon alrededor del líder los estancieros y propietarios orientales; también en
las provincias donde ejerció influencia distintas personas notables lo apoyaron. Pero insistimos en
que el rasgo distintivo está dado por la movilización de los de abajo. Distintos testimonios de la
época muestran a Artigas rodeado de gauchos, indios y negros compartiendo sus costumbres,
elemento clave de un liderazgo que no suponía un extrañamiento de la figura dirigente con respecto
a su medio social, del cual obtenía su fuerza.
Tanto el poder militar como la fuerza de trabajo que sostenía el movimiento surgían de las
propias masas que lo integraban. Cuando hablamos del poder militar nos referimos al fenómeno de
la montonera, palabra que alude a un grupo de hombres que luchan “en montón”. Como explica
Ramón Torres Molina, el federalismo argentino no en todos los casos fue “montonero”; la presencia
del fenómeno montonero se verifica cuando existen tropas irregulares integradas por las masas
rurales. Tampoco se identifica con el concepto de “guerra de guerrillas”, pues el componente
popular –rural armado es lo que define a la montonera y no las tácticas de lucha; hubo caudillos que
aplicaron tácticas guerrilleras, como Estanislao López, y otros que se atuvieron a las reglas
convencionales, como Facundo Quirogaxi. El artiguismo se expresó militarmente en montoneras
rurales que enfrentaron abiertamente y a través de la guerra de recursos a las tropas de línea de
Buenos Aires, a los realistas de Montevideo y a los ejércitos portugueses que penetraban desde la
frontera con el Brasil.
Ahora bien, las montoneras surgían de la disolución de los viejos lazos sociales de la
colonia, de la movilización popular consecuencia del ciclo revolucionario: hombres de las clases
populares, solos o con sus familias, buscaban un camino de emancipación uniéndose a las
montoneras; eso le daba a estas fuerzas una cohesión de la cual muchas veces carecían las tropas de
línea integradas también por hombres de la misma condición social. También la crisis desatada por
las guerras con sus secuelas de destrucción material y desarraigo, empujaba a parte de la población
rural a la montonera. Estos trabajadores con sus familias constituían la fuerza de trabajo de la
montonera, en una economía predominantemente ganaderaxii. Esta unidad militar –económica fue
una manifestación democrática en la sociedad poscolonial, pues dependía del liderazgo de un
caudillo capaz de generar cierto consenso, no de la existencia de un poder coercitivo armado por
encima de la montonera misma.
Un elemento decisivo de este carácter democrático –popular del artiguismo es su ruptura con
las convenciones raciales y las relaciones sociales serviles o esclavistas que oprimían a indios,
mestizos, y negros. Un fuerte igualitarismo es visible en las prácticas del caudillo y en sus palabras:
“No hay que invertir el orden de la justicia. Mirar por los infelices y no desampararlos, sin más
delito que su miseria. Es preciso borrar esos excesos de despotismo. Todo hombre es igual en
presencia de la ley. Sus virtudes o delitos los hacen amigables u odiosos. Olvidemos esa maldita
costumbre que los engrandecimientos nacen de la cuna. Córtese toda relación si ella es perjudicial a
los intereses comunes”. Explícitamente reivindica a los descendientes de los pueblos originarios,
que por otra parte se sumaron entusiastas a la gesta del caudillo: “Yo deseo que los indios, en sus
pueblos, se gobiernen por sí, para que cuiden de sus intereses como nosotros de los nuestros. Así
experimentaran la felicidad práctica y saldrán de aquel estado de aniquilamiento a que los sujeta la
desgracia. Recordemos que ellos tienen el principal derecho y que sería una degradación
vergonzosa mantenerlos en aquella exclusión que hasta hoy han padecido por ser indianos”.
Justamente, uno de los más importantes lugartenientes de Artigas, que adoptará su apellido,
es un indio guaraní de las Misiones: Andrés Guacurarí, o Andresito Artigas. A través de su
liderazgo, los indios guaraníes se integran como protagonistas y actores decisivos a la gesta
artiguista, a punto tal que Carlos Martínez Sarasola señala que en la región de Misiones y
Corrientes se revelaron tres fenómenos revolucionarios: a) la recuperación de la tradición guaraní,
b) la supremacía indígena por sobre la elite criolla de la zona, y c) medidas de gobierno
revolucionariasxiii.
Andresito tiene a su cargo una gran responsabilidad, al defender el territorio libre frente a los
portugueses; el costo será gravoso: miles de indios guaraníes morirán en la empeñosa tarea de
sostener y defender el proyecto artiguista. Durante el período en que se produjo esa supremacía de
las fuerzas guaraníes se implantaron medidas como la supresión de la servidumbre indígena y el
control de estancias y yerbatales por los Cabildos, cuya composición pasaba a ser elegida por
asambleas en las que participaban los indios. Son cambios resistidos por las minorías criollas, que
rechazan esa inversión del “orden natural” de las cosas, aún cuando los guaraníes no apoyaran la
supremacía recientemente conquistada en “sangrienta revancha”, como temían los dueños del
poder. Martínez Sarasola relata varios hechos que demuestran el sentido de justicia del lugarteniente
de Artigas, uno de ellos recuerda como en cierta ocasión invitó el gobierno de Andresito a figuras
notables a que asistieran a los bailes indígenas; estos vecinos prominentes se negaron a concurrir a
tan plebeya reunión, por lo cual fueron castigados obligándolos a limpiar la plaza principal,
actividad en la cual no tenían por cierto ninguna experiencia, acostumbrados como estaban a ser
servidos por indios y esclavosxiv.
El programa de reforma del artiguismo
El artiguismo fue en la primera década revolucionaria el proyecto nacional que más
profundamente cuestionó tanto a la herencia colonial como al proyecto de las clases dominantes
rioplatenses, en varios órdenes: la independencia incondicionada frente a los poderes extranjeros, el
orden republicano, federal y democrático, la incorporación activa de las masas populares
marginadas, y el diseño de un verdadero plan de integración rioplatense y desarrollo económico con
justicia social.
En la dura disputa de aquellos años, las vías alternativas en juego ineludiblemente se
encauzaban en torno al crecimiento capitalista de una sociedad con fuertes resabios pre –
capitalistas, tales como la servidumbre indígena y la esclavitud; aunque por cierto también existían
producciones donde se daban relaciones sociales de tipo capitalista, situación propia de toda época
de transición. Pero lo que estaba en juego es qué tipo de vía al crecimiento capitalista se impondría.
Los gobiernos porteños representaban a las clases sociales que ya estaban vinculadas al polo
industrialista británico, es decir a un camino de crecimiento capitalista dependiente de Inglaterra:
como productores de materias primas y compradores de manufacturas (luego también como país
receptor de “inversiones” extranjeras). En esa vía, los productores locales eran subordinados a las
necesidades de la penetración comercial y manufacturera británica, obteniendo beneficios solo
aquellos que produjeran materias primas requeridas en el exterior, como es el caso del cuero para
los ganaderos bonaerenses. Por eso la burguesía comercial de Buenos Aires y los estancieros de su
campaña acordarían frecuentemente en mantener las ventajas de una salida monopólica para el
mercado externo y en políticas económicas que favorecieran el crecimiento del intercambio
internacional.
En cambio el artiguismo intentaría representar el interés no solo de los ganaderos orientales
y litoraleños afectados por la pretensión de Buenos Aires de monopolizar la entrada y salida de
mercancías del país, sino a otros productores y regiones que además necesitaban imperiosamente un
marco de proteccionismo económico: artesanos, agricultores y las economías del Interior. La
protección a los productores nacionales, la apertura de nuevos puertos para el comercio, la
liberación de las trabas a la circulación de mercancías nacionales entre las provincias federadas, la
emancipación de los trabajadores sujetos a relaciones coercitivas (serviles o esclavistas) eran
distintas medidas de modernización capitalista, pero en el proyecto artiguista apuntaban a
privilegiar el autodesarrollo interno, subordinando el comercio exterior al mercado interno y no a la
inversa.
Ya en las Instrucciones a los diputados orientales de 1813 se planteaba la necesidad de
acabar con el monopolio portuario: la habilitación para el comercio exterior de los puertos
orientales de Colonia y Maldonado, con sus respectivas aduanas. Eso crearía nuevas salidas para la
producción del ex virreinato y aseguraría una integración más fluida para tan vasto territorio, que
adolecía de insuficientes comunicaciones y dispersa población. Una política arancelaria
proteccionista debía acompañar esa iniciativa, ya que solo así la producción local podría hacer
frente a la competencia extranjera. En 1815 se dicta un Reglamento de Aranceles para los Pueblos
Confederados. En dicho reglamento se imponía un canon del 25% para las mercancías importadas,
pero que disminuía cuando se trataba de productos de consumo popular o considerados
imprescindibles como el papel y el vidrio. Sin embargo, el arancel subía hasta un 40% en la
introducción de mercancías que fueran competitivas con la producción local, como el calzado. Para
los productos de las provincias americanas el impuesto se reducía al 5%, en tanto era igual a cero
para las que pertenecieran a la federación artiguista.
Entre las iniciativas del artiguismo el plan de reforma agraria es lo más avanzado, superando
la dimensión modernizadora para avanzar en pos de la justicia social. El reparto de las tierras
aparecía como la precondición para poblar la campaña y recuperar niveles aceptables de actividad
económica, lacerados como estaban por la guerra, pero también para “reparar” una larga deuda
social con los desposeídos y fundar un nuevo orden social inspirado en valores igualitaristas. El
Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de la campaña establecía la
extensión de los lotes a entregar a los futuros beneficiarios: legua y media de frente por dos de
fondo. Sin embargo, más importante aún era a quienes señalaba prioritariamente para favorecer con
dicho reparto. Desde la etapa de las “repartimientos” o “mercedes reales” de los tiempos coloniales,
solo los poderosos habían accedido a la propiedad de la tierra, surgiendo una estructura cada vez
más latifundista; en el Reglamento artiguista en cambio “…los más infelices serán los más
privilegiados. En consecuencia, los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos
pobres, todos podrán ser agraciados con suerte de estancia, si con su trabajo y hombría de bien
propenden a su felicidad y a la de su provincia (art. 6). Serán igualmente agraciadas las viudas
pobres si tuvieren hijos. Serán preferidos los casados a los americanos solteros, y éstos a cualquier
extranjero (art. 7)”.
Las tierras susceptibles de reparto eran aquellas que estaban en poder de “aquellos
emigrados, malos europeos y peores americanos”, es decir: los enemigos de la revolución, con la
salvedad de si tenían hijos, situación en la cual podrían conservar tierra en cantidad suficiente para
mantener a su familia. En cuanto a los beneficiarios, no se trataba de una donación incondicionada:
no podrían recibir más de una suerte de estancia (art. 17), y debían obligatoriamente poblar y
empezar a trabajar la tierra en un plazo de dos meses; si se revelaba incumplimiento perderían el
beneficio. Tampoco los colonos estaban en libertad de vender o traspasar inmediatamente el terreno
recibido.
Todos estos rasgos que hemos sintetizado permiten sostener lo que afirmamos más arriba:
que el artiguismo constituyó el primer movimiento nacional con contenido social progresivo del
ámbito rioplatense. No puede dudarse que se está frente a un movimiento nacional pues lo que
estaba en juego era la fundación de una comunidad política independiente o nación, planteándose
además el problema de su plena autodeterminación y no solo la ruptura con la Corona borbónica o
independencia política. Ese es el contenido concreto de la articulación confederal del “Sistema de
los Pueblos Libres”, audaz visión integracionista de las provincias (antagónica al proyecto
centralista de Buenos Aires) y del programa de reformas del caudillo, especialmente el
proteccionismo aduanero y la reforma agraria. Este proyecto de liberación se asentó en una
coalición policlasista y una alianza interprovincial, pero especialmente en la movilización de “los de
abajo”, de las masas rurales dignificadas como actores políticos. Este proyecto de liberación no solo
debió enfrentar a poderosos enemigos, sino que como todo proceso social albergaba contradicciones
internas. En el cruce fatal de estos formidables obstáculos, se abrió el espacio para la desintegración
y derrota del movimiento acaudillado por José Artigas.
La desintegración del artiguismo
En los cortos años en que se desplegó el proyecto artiguista, éste debió hacer frente a la
enemistad abierta de enemigos que se revelaron numerosos y poderosos. Con Buenos Aires la
relación varió entre la velada hostilidad y enfrentamiento armado abierto. Los prohombres del
centralismo intentaron y lograron en ocasiones dividir al artiguismo y alejar del caudillo algunos de
sus lugartenientes; en otras ocasiones pusieron tropas en pie de guerra que arrasaron episódicamente
el litoral argentino, aunque fueron enfrentados con éxito por las montoneras las más de las veces. La
permanente hostilidad de Buenos Aires, y su desentendimiento (u oculta complicidad) con el avance
portugués desde el norte, restó fuerzas al caudillo oriental para desarrollar plenamente su programa
de reformas. Otro gran enemigo era la elite montevideana, que se mantuvo leal al absolutismo
español al inicio del ciclo revolucionario, y que representaba un interés social antagónico al de las
masas insurrectas de la campaña oriental. Aunque las fuerzas de Artigas lograron entrar en
Montevideo y establecer un gobierno afín, la ciudad como tal siempre fue territorio enemigo.
Aún así, tal vez el caudillo hubiera podido prevalecer sobre adversarios a los que doblegó en
numerosos combates si no hubiera debido, simultáneamente, asumir la defensa de las Provincia
Unidas frente a la invasión portuguesa. La rivalidad en torno al control de la Banda Oriental, a la
cual los portugueses y luego el Imperio de Brasil reivindicaban como propia bajo el nombre de
Provincia Cisplatina, venía desde los tiempos coloniales; España y Portugal ya habían chocado
repetidamente en este territorio. En los años revolucionarios varias eran las cuestiones que estaban
en juego. En primer lugar el control sobre las ricas tierras y los ganados de la Banda Oriental;
debemos tener en cuenta que la provincia meridional del imperio portugués en América, Río
Grande, era un territorio ganadero estructuralmente similar a la contigua Banda Oriental. Se trataba
de una frontera “difusa”, atravesada permanentemente por contrabandistas y ladrones de ganado, y
siempre en disputa. Por otra parte, el Río de la Plata constituía la puerta de ingreso a la cuenca del
mismo nombre, la cual a través de los ríos Paraná y Uruguay era una vía casi insustituible a ricos
territorios brasileños; el control de la cuenca y establecerse en la margen oriental del Río de la Plata
era un objetivo importante de los portugueses en aras de asegurar la comunicación con el interior
mediterráneo del Brasil y controlar también el comercio con el Paraguay y las Misiones (otro
territorio “ambicionado” por los portugueses). Asimismo, a través de la princesa Carlota, hermana
del rey español y desposada con don Joao, los portugueses reclamaron el gobierno sobre el ex
virreinato del Río de la Plata, con el apoyo de varias notables porteñosxv.
El levantamiento artiguista alarmó a la Corte lusitana: un movimiento popular y libertario en
sus fronteras, que amenazaba “contagiar” a las masas de esclavos brasileros y los “gauchos” de Río
Grande; era un peligro que los portugueses no podían pasar por alto. Luego de la Revolución de
Mayo invadieron el territorio oriental, en ayuda del virrey Elio, pero debieron retirarse en 1812
presionados por Gran Bretaña que apoyaba el armisticio Buenos Aires /Montevideo. Sin embargo, a
los ojos de los esclavistas portugueses la peligrosidad de Artigas no hacía sino aumentar, por lo cual
vuelven a invadir la Banda Oriental, con un ejército de diez mil hombres al mando del general
Lecór, luego de la declaración de Independencia de las Provincias Unidas, y en enero de 1817
ocupan Montevideo, donde son bien recibidos por la elite local. Este ataque se realizó con la
connivencia del Directorio porteñoxvi, que expresaba el interés de las clases dominantes
rioplatenses: consideraban preferible la presencia portuguesa al levantamiento de las masas
populares. Destacados hombres de Buenos Aires se complicaron en el proyecto de supremacía
portuguesa, como el diplomático Manuel García que propiciaba el plan de coronar a don Joao como
“emperador de América” y el propio Director Supremo Martín de Pueyrredón que no auxilió a
Artigas ante la avanzada portuguesa. En esa encrucijada del ciclo revolucionario, las clases
poseedoras de ambas bandas del Río de la Plata y del imperio luso –brasileño, aunque eran
competidoras, armonizaron momentáneamente sus intereses para preservar el orden clasista,
amenazado por la insurgencia artiguista.
En el duro trance de la invasión portuguesa también se agudizan las contradicciones internas
del movimiento liderado por Artigas. Entre 1817 y 1818 se escinden sectores acomodados y
propietarios, así como algunos caudillos regionales: Bauza, Ramos (orientales), Hereñú,
Samaniego, Carriego (litoraleños). El abandono de muchos lugartenientes obedecía en parte a la
táctica divisionista del Directorio, que recurrentemente intentaba agrietar el frente artiguista. Pero
también marcaba los límites del compromiso de los poseedores con el programa revolucionario de
Artigas. La profundidad con que se planteaba el reformismo agrario del caudillo fue alejando a los
estancieros orientales, algunos de ellos dueños de grandísimos latifundios. Junto a esa resistencia de
los ganaderos existieron otros obstáculos al pleno desarrollo del proyecto artiguista: la falta de
población, dispersa en la campaña oriental, lo que unido al predominio de la ganadería extensiva, la
escasez de capital, y un nivel de desarrollo de las relaciones sociales que no permitía un salto
inmediato a una colonización capitalista con desarrollo intensivo de la agricultura, se transformaban
en límites difíciles de sortearxvii.
Frente al cada vez más cerrado cerco enemigo, Artigas concibe una ofensiva en varios
frentes: en la Banda Oriental con su lugarteniente fructuoso Rivera, en Misiones con Andresito, en
Entre Ríos con Francisco Ramírez, en Río Grande con él mismo. Pero el plan fracasa con la captura
de Andresito, la defección de Rivera y su propia derrota en Tacuarembó (1820); Artigas es
sorprendido por las tropas portuguesas y sus fuerzas son deshechas. Entre tanto, los caudillos
litoraleños Francisco Ramírez y Estanislao López (gobernadores de Entre Ríos y Santa Fe
respectivamente), todavía artiguistas, avanzan sobre Buenos Aires y se imponen a las tropas
porteñas en la batalla de Cepeda. Esa victoria de las tropas montoneras produce la caída del
Directorio y la caducidad de ese fantasmal gobierno nacional. Sin embargo la victoria militar pronto
se revierte en derrota política de Artigas, inaugurando una larga y compleja etapa en la cual Buenos
Aires encontrará el modo de imponerse sobre el resto de las provincias, apelando a su hegemonía
económica. Se manifiesta así una superioridad política de la ciudad –puerto para alcanzar sus fines
por la negociación o la cooptación. Ramírez y López firman con Buenos Aires el Tratado de Pilar,
cuyo artífice es un viejo antiartiguista: Manuel de Sarratea; dicho tratado “destituía” a José Artigas
de su carácter de Protector de los Pueblos Libres, al reducirlo a la categoría de capitán general de la
Banda Oriental. Artigas desconoce la negociación y rompe relaciones con su lugarteniente Ramírez,
que ya había sido inducido por Buenos Aires a abandonar a Artigas, y proveído de los recursos
materiales a tal efecto.
Se desata entonces la persecución al líder de los Pueblos Libres, perseguido
implacablemente por Ramírez, impidiéndole así reagrupar fuerzas luego de la derrota frente a los
portugueses. Sin posibilidades de hacer frente exitosamente a esa persecución causada por la
defección de Ramírez, Artigas penetra en el Paraguay iniciando un largo exilio del que no volverá.
Con la desintegración del proyecto artiguista se frustra la manifestación más avanzada del
movimiento nacional rioplatense de aquellos años; sin embargo el antagonismo entre distintos
proyectos nacionales para la Argentina se prolongará en las décadas siguientes, en una larga etapa
de guerras civiles.
Germán Ibañez
i
Vivian Trías: Las montoneras y el imperio británico; Montevideo; Ediciones Uruguay; 1961; p. 9
La voz “nación” era interpretada en la Hispanoamérica de aquellos años como una comunidad política regida por un
gobierno o ley, es decir, prácticamente como sinónimo de “Estado –nación”, según señala José Carlos Chiaramonte en
Nación y Estado en Iberoamérica; Buenos Aires; Editorial Sudamericana; 2004; pp. 60 -61
ii
iii
León Pomer: Historias de gauchos y gauchisoldados; Buenos Aires; Editorial Colihue; 2007; pp. 33 -36
iv
Rodolfo Puiggrós: Los caudillos de la Revolución de Mayo; Buenos Aires; Corregidor; 1971; p. 56
v
Washington Reyes Abadie: Artigas y el federalismo en el Río de la Plata; Buenos Aires; Hyspamérica; 1986; p. 73
vi
Rodolfo Puiggrós: op. cit.; p. 217
vii
Citado en Norberto Galasso: Artigas y las masas populares en la Revolución; Cuadernos para la Otra Historia N°
5; Buenos Aires; Centro Cultural Enrique Santos Discépolo; 2000; p. 22
viii
Rodolfo Puiggrós: op. cit.; p. 155
ix
Washington Reyes Abadie: op. cit.; pp. 220 -221
x
Washington Reyes Abadie: op. cit.; pp. 84 -85
xi
Ramón Torres Molina: El federalismo del Interior (1810 -1869); La Plata; Ediciones al Margen; 1998; pp. 17 -22
xii
Rodolfo Puiggrós: op. cit.
xiii
Carlos Martínez Sarasola: Nuestros paisanos los indios; Buenos Aires; Emecé; 2005; p. 167
xiv
Carlos Martínez Sarasola: op. cit.; p. 169
xv
Luis Alberto Monis Bandeira: La formación de los Estados de la cuenca del Plata; Buenos Aires; Grupo Editorial
Norma; 2006; p. 82
xvi
Luis Alberto Monis Bandeira: op. cit.; p. 93
xvii
Rodolfo Puiggrós: op.cit.; pp. 283 -285

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