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UN MINUTO, SOLO UN MINUTO
Me bastaba estar en tu mirada,
aunque miraras a una multitud de cuerpos,
aunque mi cuerpo fuese solo uno más,
anónimo,
entre tantos otros que ocupaban de tránsito tu
espacio.
Me bastaba que tus palabras se dirigieran a un grupo
porque dentro de ese grupo estaba yo
y esas palabras,
en cierto modo,
eran mías.
Me bastaba con que un minuto de tu vida fuese mío,
un minuto de toda tu vida entera.
Me bastaba imaginar cómo eras,
cómo sería yo contigo,
cómo seríamos juntos.
Un minuto,
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solo un minuto.
Me bastaba una mirada de tus ojos directa a los míos
para decirte que ese cruce de miradas furtivas
era mucho más de lo que pretendía.
Me bastó una risa, un Cola Cao, una luna…
para darme cuenta de que,
ingenuo de mí,
no me bastaría ni tu vida entera.
Ciertamente me bastó solo un minuto,
un minuto pensando que no eras mía,
para que volviese a bastarme una mirada,
aunque miraras a una multitud de cuerpos,
aunque mi cuerpo fuese solo uno más,
anónimo,
entre tantos otros que ocupaban de tránsito tu
espacio.
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EMPEZAR DE CERO
Yo a veces también tengo miedo,
quiero huir y empezar de cero,
volver a ser yo sin ti.
Quiero huir para conocerte otra vez
conociéndote de antes.
Ya sabes que soy un tramposo,
pero es que,
en la vida,
o haces trampa
o estás perdido.
Quiero conocerte cada día
y olvidarte cada noche
para conocerte de nuevo al día siguiente.
Así,
podríamos mantener vivas tu curiosidad
y mi lucha constante por lo que no me pertenece.
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Quiero que me digas que te vas para echarte de
menos,
pero que al final te quedes.
Quiero que me digas que no,
pero que sea sí.
Quiero que me llames para no responder a tu llamada,
y pensar que no hablamos porque yo no quiero,
–pero tienes que llamarme antes de que lo haga yo–.
Quiero que aceptes mis retos y que te enfades,
pero perdóname
cuando me arrepienta de llevarte al límite,
de exasperarte,
de estropear tus escapadas hacia la vida.
Yo a veces también tengo miedo,
miedo de caminarte demasiado rápido
y llegar demasiado pronto al después
y que tú no estés.
Qué irónico,
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tanto miedo
y siempre tan deprisa.
Creo que deberíamos irnos más a menudo,
porque con perspectiva uno se siente más valiente.
Por ejemplo:
esta vez te estoy esperando con las luces apagadas
para demostrarte,
cuando vuelvas,
que he perdido el miedo a la oscuridad
y que también sé quererte a tientas.
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¿A CUÁNTAS LES HABRÁS DICHO ESO?
Cuando te conocí
yo ya era un hombre con experiencia,
un hombre experto en derrotas
y sueños astillados.
Cuando me conociste
tú ya eras una mujer con experiencia,
una mujer experta en pesimismos vitales
y descreimientos oratorios.
Cuando nos conocimos
ambos éramos inexpertos,
tú de mí y yo de ti,
pero eso no importó
porque las personas,
con los años,
acabamos creyéndonos sabedoras de todo.
Aquellas primeras miradas,
aquellos primeros roces de pieles,
aquellas primeras preguntas para conocernos….
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Todas esas estupideces que hacen
los enamorados en ciernes.
¡Qué ilusos cuando creen
que es así cómo se están conociendo!
No es cierto,
tú y yo lo sabemos:
eso solo pasa la primera vez,
cuando aún creemos.
Las demás,
ya somos expertos en palabras vacías
y pieles camaleónicas.
Yo lo entiendo,
entiendo que no me creas cuando te digo
que eres lo mejor que me ha pasado en la vida
–¿a cuántas les habrás dicho eso?–,
entiendo que no me creas cuando te digo
que gracias a ti mi pasado ya no duele.
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Has sido experta de mí desde el principio.
Yo también fui experto de ti,
también te conocía antes de la primera mirada,
del primer roce de pieles
y de la primera pregunta.
También sabía que no me querías
tanto como yo a ti,
también sabía que te irías
con el primer barbas de barriga plana
que te escribiera un poema
y te diera alas para volar.
Lo sabías.
Lo sabía.
¿Qué te parece si nos desandamos,
si damos un portazo y entramos,
deshacemos las maletas,
hacemos el amor,
nos abrazamos,
nos miramos,
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nos hacemos la primera pregunta
y nos conocemos?
Pero esta vez de verdad.
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LÁPICES MORDIDOS Y A MEDIO USAR
Quién nos iba a decir
que el porvenir era esto,
cuando no estabas al alcance de mi suerte,
cuando no éramos más que la sombra de una utopía.
Quién nos iba a decir
que nos veríamos intentando sobrevivirnos
y luchando contra los pasos dados
que se volverían enemigos.
Quién me iba a decir
que no éramos invencibles
cuando te arropé por primera vez con mi bandera.
Quién me iba a decir que tú,
desconfiada,
casi incrédula,
tenías razón.
Ya no soy el que fui antes de ser nosotros,
mi nombre lleva un poquito de ti
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y mi boca el rumor de tu piel solitaria
y de tu vida desvencijada.
Tú tampoco eres la de antes,
he marcado en tu cuerpo mis conquistas y mis
derrotas,
y nuestros desencuentros están bailando sobre ti.
Todo tan inefable y a la vez tan desgarrador…
Me duelen los sueños
ahora que nuestra esperanza es una metáfora
que cabe en un estuche de lápices mordidos y a medio
usar.
Hace mil ciento dieciséis días yo estaba tan solo,
y tú estabas tan lejos de mi suerte,
y nosotros tan cerca de ser una utopía…
Ahora,
lo único que espero
es que nuestra verdad no se convierta
en el disfraz que nos enseña los dientes,
que te cojas fuerte a mi mano
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y te escapes conmigo de este destierro
que no nos pertenece.
Ahora,
lo único que espero
es que no sea tarde todavía.
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BÚSQUEDA INCANSABLE DE CULPABLES
Ella y yo fuimos descubriéndonos mutuamente.
Lo típico:
al principio una sonrisa,
la piel sonrojada,
un pellizco en el estómago
y un corte de manga a los años precederos.
Ella y yo fuimos adentrándonos en nuestras miserias.
Ella, en mi adolescencia osada,
y yo, en su infancia turbulenta.
Las
mujeres
que
me
gustan
nacen
de
niñas
atormentadas
porque si con los años ganan sus batallas internas
se convierten en una fábula que narrar a los amigos.
Esa mujer se convirtió en las letras de toda mi
literatura,
se convirtió en el despropósito de mi vanagloria,
y a veces me hacía dudar de mi buena suerte.
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Esa mujer excelsa donde las haya…
Mi futuro lucía radiante y presuntuoso
desde que la conocí,
pero, al menor movimiento,
el bello presagio se volvía mal agüero.
El pronóstico de la despedida
nos pisaba a menudo los talones,
pero siempre acabábamos zurciendo los desgarrones
con el vanidoso y ansiado destino.
Ese destino,
aún por estrenar
y ya malherido.
No pretendo hurgar en nuestro dolor,
prometo que cuando empecé a escribir este poema
no estaba siendo triste,
ni siquiera nostálgico,
pero en mitad de los versos ella se fue.
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Y, lo típico:
al final unas lágrimas,
una búsqueda incansable de culpables,
(auto)reproches a tutiplén,
un pellizco en el estómago
y un adiós al imperioso porvenir.
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RABIA MALCURADA
He perseguido insaciablemente tu rechazo
para convencerme de que alguien como tú
jamás estaría con una persona como yo,
para tener la razón en esta batalla nuestra.
Después de todo este tiempo juntos
al fin me han calado tus quejas,
que han entrado en mi cuerpo como plomo
quebrando todas mis absurdas teorías.
Me resulta más creíble el dolor que el amor.
Por eso ahora te creo,
ahora que puedo percibir aquellos buenos momentos
desde esta añoranza tan infinita.
Me gustaría que supieras
que nuestros instantes me llenan de maravillas,
lo que pasa es que no sé verlas
hasta que la distancia me ofrece tu figura en la lejanía
convertida en materia poética.
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Inmediatamente hago bocetos de nuestra historia
y te los envío convertidos en versos
esperando que nos reconozcas en ellos,
pero no estoy muy seguro de que puedas hacerlo.
Estas palabras son una súplica para que vuelvas,
para que busquemos juntos el trecho
en el que se empezó a quebrar nuestro Universo,
del que ahora nos separa un abismo.
He ido acumulando nostalgias
en este condenado tiempo de espera
mientras disfrutaba de los vestigios
de tus últimas muecas alborozadas.
Hemos sentido cómo se calcinaban nuestros sueños,
cómo nuestras citas olían a melancolía,
a desesperanza,
a desencuentros
y a rabia malcurada.
Tortura tanto saberte tan lejos de nosotros,
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verte bajar de nuestro porvenir
y oírte decir que no estás segura de querer volver a
subir,
y que, en realidad, nunca lo habías estado.
Y no maldigo al insolidario destino,
sé que soy yo,
que hago trizas todo lo que toco
y después lo convierto en poesía.
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