Gozarnos siempre en el Señor Día 1 de febrero de 2013 Lectura: 2

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Gozarnos siempre en el Señor Día 1 de febrero de 2013 Lectura: 2
Gozarnos siempre en el Señor
Día 1 de febrero de 2013
Lectura: 2 Corintios 7
“El gozo de Jehová es vuestra fuerza”
(Nehemías 8:10)
En el tiempo del gran despertamiento espiritual con Esdras, el pueblo se congregó para oír la lectura del libro de la ley de Moisés. Los levitas leían con
claridad las palabras de la ley y las interpretaban para
hacer comprender lo leído. El pueblo se puso a llorar
al oír esas palabras porque se dieron cuenta que sus
caminos no agradaban a Dios. Los responsables del
pueblo dijeron entonces que no debían afligirse, sino
por el contrario regocijarse porque Dios es rico en
misericordia y está siempre dispuesto a perdonar.
Cuando el Señor alumbra nuestra condición, nos desanimamos y nos abatimos fácilmente. Es bueno confesar nuestros pecados y arrepentirnos verdaderamente, pero enseguida nos tenemos que regocijar
en el perdón del Señor. Este gozo nos hará fuertes y
nos servirá de protección. Cuando nos regocijamos
en el Señor, nos podemos mantener firmes contra las
asechanzas y las acusaciones del enemigo. Regocijémonos, como David, del perdón del Señor (Rom. 4:68).
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El apóstol Pablo nos exhorta a regocijarnos
siempre en el Señor (Fil. 4:4) y dice que ha aprendido
a contentarse con todas las situaciones. A continuación nos revela su secreto: “Todo lo puedo en Cristo
que me fortalece” (Fil. 4:13). Había llegado a estar
satisfecho en todas las circunstancias, y ello no por
su esfuerzo propio, sino por medio de Cristo que le
fortalecía. No tratemos de estar contentos mientras
los acontecimientos nos entristezcan y que nos opriman los problemas, sino que debemos a aprender a
volver nuestra mirada al Señor que Vive en nosotros. Sólo Él nos podrá entonces reconfortar, fortalecer e incluso hacer que nos gocemos.
“Estad siempre gozosos”
Volver hacia Él las miradas
Día 2 febrero de 2013
Lectura: 2 Corintios 8
“Gozo radiante hay al volver hacia Él la mirada”
(Salmo 34:6)
Este gozo es contagioso y transmite gracia a
aquellos que nos rodean. No dejemos pues que los
problemas de la vida nos hurten nuestro gozo, ejercitémonos en cambio a volver siempre nuestro corazón al Señor orando, invocando Su Nombre, y dándo-
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le gracias por todo. Ríos de agua viva fluirán de nosotros entonces y calmaremos la sed de nuestro entorno: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de
su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:38).
El Señor nos ha bendecido en Cristo con todas
las bendiciones espirituales en los lugares celestiales.
¡No podemos por menos que estarles agradecidos!
Sin embargo, a menudo estamos preocupados por
las cosas terrenales. Es fácil que envidiemos lo que
otros tienen y nosotros no. Nos es más difícil recordar lo que otros no tienen y estar agradecidos por lo
que tenemos nosotros. El hombre natural jamás está
satisfecho y siempre busca poseer más cosas. La Palabra de Dios, sin embargo, dice claramente que el
amor al dinero es la raíz de todos los males. Que el
Señor nos ayude a darle gracias por todo y a ser
agradecidos. El apóstol Pablo había aprendido a vivir
en la abundancia y en la escasez. Él podía decir: “he
aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Fil. 4:11). La palabra “aprendido” se refiere
a un ejercicio. Cuando nos ejercitemos en darle gracias al Señor a diario, podremos, cómo el apóstol Pablo, regocijarnos en todas las circunstancias, incluso
en las que nos “agobian”, y a contentarnos con lo
que poseemos, siendo siempre agradecidos. (Col.
3
3:15; Heb. 13:5). “Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados
en un solo cuerpo; y sed agradecidos” (Col. 3:15)
El crecimiento de la semilla
Día 3 de febrero 2013
Lectura: 2 Corintios 9
“Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no
adulterada, para que por ella crezcáis para salvación”
(1 Pedro 2:2)
Al recibir la Palabra Viva de Dios hemos sido
regenerados “no de simiente corruptible, sino de incorruptible” (1 Ped. 1:23). Desde ese día, la simiente
de Dios mora en nosotros y nunca nos abandonará (1
Juan 3:9). Sin embargo es posible que no crezca y que
continuemos como niños en Cristo (1 Cor. 3:1).
Cuando Pablo anunciaba el evangelio, plantaba
la buena semilla y cuando un hermano como Apolo
animaba a los hermanos y hermanas, la regaba. Por
eso podía decir Pablo: “Yo planté, Apolos regó; pero
el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Cor. 3:6). El consideraba a la iglesia como la labranza de Dios (v.9).
Incluso un niño pequeño puede plantar y regar
una semilla. Nosotros, igualmente, no tenemos nece4
sidad de esperar mucho tiempo antes de dar testimonio del Señor a nuestros amigos y familiares. Así
nos podrá utilizar el Señor para que otras personas
reciban a Jesucristo como su Salvador personal.
Para crecer normalmente el mejor ambiente
es la Iglesia. Si perseveramos en no dejar de asistir a
las reuniones y a buscar la comunión con los hermanos y hermanas, descubriremos lo mucho que nos
hablará el Señor, nos animará y nos hará crecer espiritualmente. Él nos ha dado también dos dones preciosos: La Palabra de Dios que debemos leer diariamente y Su nombre precioso que podemos invocar
en todo momento y en todo lugar, cuando estemos
contentos, cuando estemos irritados y tentados o
simplemente para estar en comunión con Él. (1 Ped.
1:1-25; 2:1-3).
Beber de la roca espiritual
Día 4 de febrero 2013
Lectura: 2 Corintios 11
“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado,
llamadle en tanto que está cercano”
(Isaías 55:6)
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Dios sabe que las cosas vanas no pueden satisfacer nuestra sed. Él nos invita a beber gratuitamente de la buena fuente. ¿Le oiremos y vendremos
a Él? Si hemos pecado abandonemos el mal camino
en que nos encontramos y volvámonos al Señor que
no se cansa de perdonar. Busquemos hoy a Dios
mientras se puede encontrar, porque no sabemos lo
que nos reserva el porvenir: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está
cercano” (Isa. 55:6). El Señor siempre está con nosotros, pero es preciso que tengamos un corazón que
busque siempre la comunión con Él. Invoquémosle
con un corazón sincero. El quiere darnos gratuitamente el agua de la vida (Jer. 2:13; 17:13).
Cuando llegaron a Refidin los hijos de Israel no
encontraron ningún agua y se pusieron a murmurar
contra Moisés. Este clamó a Dios, quien le dijo que
golpease la roca de Horeb. Hizo eso Moisés y brotó el
agua (Ex. 17:1-7). Más adelante, el pueblo llegó a Cades y volvió a murmurar cuando volvieron a no encontrar agua. Dios le dijo entonces a Moisés que le
hablase a la roca para que les diese agua (Núm. 20:8).
La roca es una imagen de Cristo que siempre
está con nosotros y que nos “sigue” por donde quie6
ra que vayamos. “Todos bebieron la misma bebida
espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los
seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:14). Él fue
“golpeado” en la cruz hace dos mil años y hoy le podemos “hablar” para que nos sacie la sed. Cuando
invocamos Su Nombre, somos refrescados con el
agua viva.
Invocar Su Nombre
Día 5 de febrero 2013
Lectura: 1 Corintios 11
“Porque no hay diferencia entre judío y griego,
pues el mismo que es Señor de todos,
es rico para con todos los que le invocan”
(Romanos 10:12)
Al escribir Pablo a los corintios, les dice que
han sido llamados a la comunión de Cristo, es decir a
vivir en comunión con Él y a descubrir Sus Riquezas:
“Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1 Cor. 1:9).
Si nos acercamos al Señor, invocando Su Nombre,
descubriremos que Él nos liberará de las tentaciones, de las ambiciones vanas, de las amarguras, de
los celos, de los rencores y de tantas otras irritaciones y frustraciones. El será rico para nosotros en las
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circunstancias prácticas de nuestra vida diaria. Que
gran privilegio es poder invocar “sin cesar” Su Nombre “en todo lugar”. Sabemos que siempre podemos
venir a Él y que la invocación de Su Nombre nos lo
hace fácil, ya sea que estemos en casa, en el trabajo
o en cualquier otro lugar.
Únicamente el Señor puede calmar nuestra
sed verdaderamente, pero somos nosotros quienes
tenemos que venir a Él para beber el Agua Viva.
Cuando lo hacemos, somos vigorizados y de nosotros
brota una fuente de Agua Viva para refrescar a los
que nos rodean. Si durante nuestra vida cotidiana no
nos volvemos al Señor para ser regados por el Espíritu, fácilmente nos irritaremos y es posible que nos
llenemos de murmuraciones y críticas. El mundo y
sus anhelos mentirosos tendrán sobre nosotros una
gran influencia. Si por el contrario nos acercamos al
Señor, estaremos gozosos, incluso en las situaciones
preocupantes y el Agua Viva fluirá hacia los demás:
“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:38).
Confesar nuestros pecados
Día 6 de febrero de 2013
Lectura: 1 Corintios 12
“Con amor eterno te he amado;
por tanto, te prolongué mi misericordia”
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(Jeremías 31:3)
Cuando nos ocupamos de estar en comunión
con el Señor, bien sea por medio de Su Palabra o por
medio de invocar Su Nombre, descubrimos que Dios
es Luz. De hecho, Él resplandece sobre las intenciones de nuestro corazón, sobre nuestra conducta,
nuestras palabras y nuestras acciones. Entonces somos conscientes de nuestras faltas y pecados. Pero
eso no debe desanimarnos. Por el contrario, debemos confesar nuestras transgresiones y darle gracias
al Señor quien vertió Su Sangre para limpiarnos de
todos nuestros pecados. Con el tiempo, la luz del Señor alumbrará cada día más lugares en nuestra vida.
Eso no nos debe desanimar, sino que, por el contrario, nos debe hacer apreciar más la Sangre preciosa
de Cristo: “Si andamos en luz, como él está en luz,
tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan
1:7).
Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, pero si andamos en la luz,
el Señor nos revela nuestra verdadera condición. Sin
embargo no lo hace para condenarnos, sino para
limpiarnos de todo pecado. Al comienzo de nuestra
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vida cristiana, es importante que demos fin a nuestra
antigua manera de vivir y desechemos todo aquello
que tiene que ver con la idolatría, la astrología, la inmoralidad y la lascivia.
El Señor, a continuación, alumbrará lugares
más profundos, como nuestros pensamientos, nuestras intenciones y nuestras actitudes. Confesémosle
también nuestros fallos y Él será Fiel y Justo para
perdonárnoslos (1 Juan 1:1-10; 2:1-2).
Dios olvida nuestros pecados
Día 7 de febrero 2013 Lectura: 2 Corintios 13
“Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades”
(Hebreos 8:12)
Dios perdona nuestros pecados porque Jesús
derramó Su Sangre por nosotros. Él es el verdadero
Cordero sin defecto que murió en nuestro lugar. La
sangre del cordero de la pascua se tenía que poner
sobre los postes y el dintel de la puerta de la casa en
donde se iba a comer (Ex. 12:7). Dios había dicho:
“cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes,
pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al
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heridor en vuestras casas para herir” (v. 23). Los hijos
de Israel que se encontraban en el interior de las casas no veían la sangre del cordero, pero sabían que
la veía Dios y así estaban en paz.
Nosotros igualmente no tenemos necesidad de
“sentirnos” perdonados, pero podemos “saber” que
Dios está satisfecho y que no se acuerda de nuestros
pecados. Cuando nuestra memoria nos los recuerde,
recordemos que Dios los ha olvidado y alabémosle.
Jesús murió como el Cordero sin defecto ni tacha y gracias a Su Sangre derramada por nuestros
pecados, tenemos libertad para acercarnos confiadamente al Señor: Sabiendo que fuisteis rescatados
de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de
vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro
o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de
un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped.
1:18-19). A Él no nos podemos acercar sino es en base de esta Sangre preciosa. A menudo, a causa de
nuestros fallos, no nos atrevemos a acercarnos al Señor, pero nos tenemos que acordar de que incluso
aunque nuestra conducta hubiese sido excelente, ello
no nos habría servido para aproximarnos a Él. Sólo la
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Sangre de Jesús nos abre el acceso a la presencia de
Dios (Sal. 51:9; Heb. 8:10-12; Hechos 26:16-18).
El acusador está derrotado
Día 8 de febrero de 2013
Lectura: Gálatas 1
“Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro
Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por
medio de la sangre del Cordero”
(Apocalipsis 12:10-11)
Nuestra conciencia tiene un papel crucial en
nuestra vida cristiana. Esta vida es como la travesía
en un mar agitado. Si no velamos para conducirnos
de acuerdo a nuestra conciencia, corremos el riesgo
de naufragar en lo que a la fe respecta. Por esto vemos que la función de nuestra conciencia es para
ayudarnos y no para condenarnos.
Ella es como el indicador luminoso que advierte al conductor de un vehículo que hay un peligro de
avería. Reconozcamos, pues, que el Señor nos advierte por medio de nuestra conciencia, y recordemos que cuando confesamos nuestras transgresiones, la Sangre de Jesús nos la purifica.
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Satanás nos impulsa a hacer el mal, luego viene a condenarnos. Si aceptamos sus acusaciones, nos
seguirá acusando día y noche. Cuando no hagamos
cierta cosa, nos lo reprochará. Y si la hacemos, también lo hará. Pero no tenemos necesidad de escuchar sus acusaciones. Por el contrario, recordemos
que el Señor no nos condena. Él se ha dado por nosotros cuando aún éramos enemigos Suyos. ¡Cuánto
más obrará en favor nuestro, ahora que somos Sus
hijos! “. ¿Quién acusará a los escogidos por Dios?
Dios es el que justifica”.
Si nuestra vestidura está sucia, Él nos vestirá
con ropa de gala: “Quitadle esas vestiduras viles. Y a
él [Josué] le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado,
y te he hecho vestir de ropas de gala” (Zac. 3:4). No
prestemos oído a las acusaciones, recordemos, por
el contrario, que la Sangre de Jesús nos limpia de
todo pecado.
Acercarse a Dios
Día 9 de febrero de 2013
Lectura: Gálatas 2
“Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la
sangre de Jesucristo…acerquémonos con corazón sincero, en
plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala
conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”
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(Hebreos 10: 19-22)
No olvidemos jamás que el Señor ha pagado
un gran precio por redimirnos y que le pertenecemos a Él. “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo
del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis
sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en
vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de
Dios” (1Cor. 6: 19-20).
Si nos encontramos un libro con el nombre de
su propietario, lo normal es que lo devolvamos.
Igualmente, si nos damos cuenta de que hemos sido
redimidos por el Señor y que le pertenecemos, tenemos que entregarnos a Él. Cada vez que nos sean
perdonados los pecados, debemos recordar que esa
preciosa Sangre que borra nuestros pecados es el
precio pagado por el Señor para adquirirnos.
En el Antiguo Testamento, veíamos que sólo el
sumo sacerdote podía entrar en el lugar santísimo, y
eso únicamente una vez al año. Cuando murió Jesús
en la cruz, el velo del templo se rasgó en dos: “Y he
aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba
abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron”
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(Mat. 27:51). Desde ese momento, todos tienen la
posibilidad de entrar en la presencia de Dios y no
solamente una vez al año, sino todos los días. Cuando hayamos confesado nuestros pecados, no lo dudemos más, acerquémonos con confianza al Señor.
La Palabra nos exhorta a acercarnos al trono de la
gracia: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono
de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:16).
Correr hacia la meta
Día 10 de febrero de 2013
Lectura: Gálatas 3
“Prosigo a la meta, al premio del
supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”
(Filipenses 3:14)
Los que corren en un estadio se abstiene de
múltiples cosas para obtener una corona corruptible.
Pero nosotros buscamos una corona incorruptible.
Sujetemos pues nuestro cuerpo para que al volver el
Señor no nos rechace.
Corramos de manera que alcancemos el premio, aunque otros se aparten de su carrera. No corramos a la aventura, sino con una meta clara ante
nuestros ojos (1 Cor. 9:24-27). Recordemos que he-
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mos sido regenerados por una simiente incorruptible, por la Palabra Viva y permanente de Dios y que
toda carne es como la hierba y toda su gloria como la
flor de la misma. La hierba se seca y la flor se cae (1
Ped. 1:23-25). Corramos pues para obtener una corona incorruptible (1 Ped. 5:4).
Los hijos de Israel habían atravesado todos el
Mar Rojo y todos habían comido el mismo alimento
espiritual y bebido la misma bebida espiritual. Sin
embargo, la mayoría de ellos no renunciaron a los
deseos malignos de sus corazones. Se hicieron idolatras, se entregaron a la inmundicia, tentaron al Señor
y murmuraron. Eso nos debe servir de advertencia (1
Cor. 10:1-13).
Tenemos el mismo corazón que ellos e incluso
tenemos, aunque hoy nos mantengamos firmes, que
recordar que si no confiamos en el Señor, caeremos
fácilmente. Si por el contrario, nos relacionamos con
Él, descubriremos que ninguna tentación es insuperable y que el Señor ha preparado los medios para
salir de ella.
Volvamos hacia Él nuestro corazón y acabaremos victoriosamente nuestra carrera. (1 Cor. 10:113.)
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Mezclar la fe con la Palabra
Día 11 de febrero 2013
Lectura: Gálatas 4
“Pero no les aprovechó el oír la palabra,
por no ir acompañada de fe en los que la oyeron”
(Hebreos 4:2)
Dios había dicho a Su Pueblo que les conduciría a una tierra que fluía leche y miel, pero cuando
los espías enviados a la buena tierra le contaron al
pueblo que habían visto gigantes, tuvieron miedo y
no siguieron creyendo en las palabras del Señor. Incluso tuvieron el deseo de volver a Egipto. Por ello la
mayor parte de ellos dejaron de entrar en la buena
tierra y la promesa de Dios no les valió de nada.
Velemos para no endurecer nuestro corazón
cuando el Señor nos hable y aprendamos a mezclar
la fe con Sus palabras, aun cuando veamos a “los gigantes”. El Señor desea introducirnos en el cumplimiento de todas Sus promesas. Ejercitémonos por
tanto en creer en Su Palabra.
El deseo del Señor es que “ninguno caiga”
(Heb. 4:11), sino que todos alcancen la meta. No
permitamos que nos engañe el corazón, porque todo
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está desnudo y descubierto a los ojos de aquél a
quien hemos de dar cuenta. Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, sabiendo que el Señor
se compadece de nuestras debilidades y que está
presto a socorrernos en nuestras necesidades.
Por medio de Su Palabra Viva y Eficaz, el Señor
entra en lo íntimo de nuestro ser e ilumina los pensamientos de nuestro corazón. Sin embargo no lo
hace para condenarnos, sino para ayudarnos en
nuestras debilidades y permitirnos continuar la carrera. En nuestra vida cristiana encontramos muchos
obstáculos y el mayor problema procede de nuestro
corazón, pero la gracia del Señor nos puede sanar
plenamente.
Ganar a Cristo
Día 12 de febrero 2013
Lectura: Gálatas 5
“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino
que prosigo, por ver si logro asir aquello
para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”
(Filipenses 3:12)
Pablo, antes de su conversión, era un judío fanático y creía que era bueno perseguir a la iglesia.
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Cuando Dios le reveló a Su Hijo, descubrió que Cristo
era más excelente que todas la demás cosas. Desde
aquel día consideró todo lo demás como basura a fin
de ganar a Cristo.
Su deseo era ser hallado en Él y no en su propia
justicia. Ya no se esforzaba en guardar la ley por sus
propios esfuerzos; se preocupaba de mantener una
relación personal correcta con el Señor. Aun estando
en la cárcel, se regocijaba en el Señor y le daba gracias (Hechos 16:25). Él sabía que hasta las situaciones
más negativas actuarían para su salvación si amaba al
Señor y se acercaba a Él: “De tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás” (Fil. 1:13). “Y sabemos que
a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a
bien, esto es, a los que conforme a su propósito son
llamados” (Rom. 8:28).
Aprendamos también a agradar al Señor dándole gracias en todo. Pablo era consciente de estar
corriendo una carrera y que debía alcanzar el premio. Sabía que aún no lo había alcanzado, pero se
esforzaba en olvidar las cosas pasadas para dirigirse
hacia la meta. Cuando recordemos nuestras faltas y
fallos, confesémoselos al Señor y recordemos que Él
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perdona y olvida nuestras transgresiones (Heb.
8:12). Olvidémoslas por tanto y continuemos ejercitándonos a caminar según el Espíritu y no según la
carne. Pablo hacía “una cosa” y todos podemos hacer
lo mismo, es decir: Olvidar lo que queda atrás y volver nuestro corazón hacia el Señor a fin de ganarle en
todas las situaciones. Él siempre está presente y le
podemos invocar en todo tiempo.
Correr con paciencia
Día 13 de febrero 2013
Lectura: Gálatas 6
“Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma
solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza.”
(Hebreos 6:11)
La vida cristiana es una carrera de fondo y es
fácil relajarse y abandonar. Pero el Señor nos anima
a mantener el mismo celo hasta el final. Él no es injusto para olvidarse del trabajo y el amor que le tenemos a Su Nombre. Él nos recompensará por todo
aquello que hayamos hecho en secreto (Heb. 6:10;
Mat. 6:3-4). En el mundo, los trabajadores competentes, los deportistas de élite consiguen éxitos pese a
numerosos obstáculos y fallos. Perseveran y obtienen una corona corruptible. ¡Cuánto más debemos
perseverar nosotros para obtener una corona incorruptible! Cada uno de nosotros es responsable de
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su carrera y la debe acabar, aunque los demás la
abandonen. Pero no olvidemos que somos miembros
los unos de los otros y que nos debemos estimular
mutuamente.
Si alguno se para en el arcén de “la autovía
cristiana”, no le dejemos apañárselas solo, detengámonos para ayudarle. Al actuar así, uno no se retrasa
espiritualmente, sino que, por el contrario, gana más
del Señor. El apóstol Pablo se preocupaba a lo largo
de toda su vida de animar a los hermanos y hermanas
y de esa manera pudo terminar su carrera.
Todos tenemos necesidad de los demás. Por
tanto, no busquemos las faltas en nuestros hermanos y hermanas, animémonos los unos a los otros a
perseverar hasta el fin: Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es
el que prometió. Y considerémonos unos a otros para
estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis
que aquel día se acerca” (Heb. 10:23-25)
Correr puestos los ojos en Jesús
Día 14 de febrero de 2013
Lectura: Efesios 1
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“Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,
puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”
(Heb. 12:1-2)
El enemigo va a tratar siempre de inducirnos a
abandonar “la autovía” mostrándonos los carteles de
“salida”. Pero no quitemos los ojos de la meta y no
abandonemos las reuniones ni la lectura de la Palabra. No nos retiremos para perdernos, perseveremos
en la fe (Heb. 10:38-39). El pecado y las cargas nos
envuelven fácil y rápidamente. En efecto, después de
reuniones muy buenas, el enemigo nos puede tentar
y las dificultades de la vida nos pueden aplastar. Nos
encontramos sobre un montón de ladrillos que se
derrumban. No permanezcamos en ese estado, sino
descarguemos sobre el Señor cada “ladrillo”, cada
acontecimiento y prosigamos nuestra carrera manteniendo fija la vista en el Señor y en la recompensa
que nos está reservada.
El correr la carrera es también caminar de
acuerdo a nuestra conciencia. Pablo podía decir:
“Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me
da testimonio en el Espíritu Santo” (Rom. 9:1). Él se
esforzaba en mantener una conciencia libre de
ofensas delante de Dios y de los hombres (Hechos
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24:16). Somos llamados a servir al Dios vivo quien
vive en nuestro espíritu y que reacciona en nosotros
cada vez que nos apartamos de Sus caminos. No lo
hace para condenarnos, sino para ayudarnos a permanecer en comunión con Él.
Pablo llevaba esa clase de vida en la presencia
del Señor. Es por ello que podía rechazar las cosas
vergonzosas que se hacen en secreto. Incluso aunque
nadie lo viese, se esforzaba en caminar de acuerdo a
su conciencia.
Acabar nuestra carrera
Día 15 de febrero de 2013
Lectura: Efesios 2
“He acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me
está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor,
juez justo, en aquel día; y no sólo a mí,
sino también a todos los que aman su venida.”
(2 Timoteo 4:7-8)
Pablo pudo decir al final de su vida “he peleado
la buena batalla, he acabado la carrera... (2 Tim. 4:7).
La vida cristiana es una auténtica carrera de obstáculos y una verdadera batalla, pero se trata de la
buena batalla. No malgastemos nuestra vida en la
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batalla mala. La vida cristiana es también una carrera
de fondo. El ejemplo de Demas, quien abandonó a
Pablo por su amor al mundo es una auténtica advertencia para todos nosotros.
Guardemos nuestro corazón más que todas
las demás cosas. Que nuestra mirada esté siempre
fija en el advenimiento del Señor. Pablo pudo permanecer fiel hasta el fin porque el Señor lo había asistido y fortalecido (v. 17) y porque había aprendido a
caminar conforme a su conciencia. Cada vez que ésta
le reprendía, él confesaba sus transgresiones y se esforzaba en agradar al Señor. Nosotros seremos
igualmente fortalecidos por la gracia del Señor diariamente y podremos recibir así la corona incorruptible con todos aquellos que aman Su Venida. La corona incorruptible no le estaba reservada únicamente
a Pablo, sino también a todos aquellos que mantuviesen su corazón puro para el Señor (2 Tim. 4:8).
Si no velamos, nuestro amor por el Señor se
enfriará muy fácilmente: “Y por haberse multiplicado
la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mat.
24:12). Para calentar agua se necesita un aporte de
energía, pero para que se enfríe no es preciso hacer
nada. Igualmente, para mantener un amor ardiente
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para el Señor, lo tenemos que aprovisionar por medio de la Palabra y por medio de la comunión íntima
con el Señor.
Ser sabios y fieles
Día 16 de febrero de 2013
Lectura: Efesios 3
“Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel;
sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré;
entra en el gozo de tu señor.”
(Mateo 25:21)
En Mateo 25 el Señor nos refiere dos parábolas
para animarnos a acabar fielmente nuestra carrera.
La primera es la de las diez vírgenes y la segunda la
de los tres sirvientes. Entre las diez vírgenes había
cinco prudentes o sabias y cinco necias o negligentes.
Para ser vencedores y recibir el premio de la carrera
no necesitamos ser muy fuertes, sino que tenemos
que ser inteligentes, es decir proveernos de una reserva de aceite en nuestra vasija. El aceite representa al Espíritu del que nos podemos aprovisionar en
Su Palabra.
Las cinco vírgenes necias habían descuidado la
Palabra y no se habían preocupado de mantener
una reserva de aceite. Cuando llegó el esposo, no
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estaban preparadas y no pudieron entrar en la cámara nupcial. Ellas no se perdieron, pero si perdieron
la recompensa que les estaba reservada (1 Cor. 3:1415). El Señor nos exhorta a velar porque no sabemos
ni el día ni la hora de Su venida (Mat. 25:13). ¡Velemos pues!
A continuación nos relata el Señor la parábola
de los siervos que recibieron uno, dos o cinco talentos. El que recibió dos y el que recibió cinco han obtenido beneficios a favor de su dueño. El que recibió
solamente uno, por el contrario, no obtuvo fruto alguno. Al volver su dueño tuvo que rendir cuentas. El
Señor le dijo que debería haber invertido su talento
dándoselo a los banqueros para obtener rédito.
En nuestra vida diaria tenemos múltiples ocasiones de invertir el don que hemos recibido del Señor. No seamos negligentes, sino fieles incluso en
las pequeñas cosas.
La comunión
Día 17 de febrero 2013
Lectura: Efesios 4
“Pero si andamos en luz, como él está en luz,
tenemos comunión unos con otros,
y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.”
(1 Juan 1:7)
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Como cristianos, todos tenemos el privilegio
de poder vivir en comunión con el Señor. Cuando
abrimos la Biblia por la mañana, ¿En qué pensamos?
¿Reflexionamos en el desarrollo de la jornada? ¿O en
nuestro próximo viaje? ¿O volvemos el corazón al
Señor invocando Su Nombre? “Y en ningún otro hay
salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo,
dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). El Señor es invisible pero nos ha dado
algunas cosas concretas: Su Palabra y Su Nombre.
Gracias a estas dos cosas tan importantes podemos
estar en comunión con Él. ¡Utilicémoslas pues! Una
vida cristiana sin invocar al Señor se puede resumir
en una serie de prohibiciones.
Si no invocamos al Señor, nos arriesgamos a
quedar frustrados y terminar fuera de la escena. Invoquemos el nombre del Señor, a veces interiormente y otras veces en voz alta. ¡Este nombre es
precioso y hace temblar al diablo! Nuestra vida cambiará si utilizamos los dos dones que el Señor nos ha
regalado: Nuestra vida cristiana rebosará de gozo.
Juan escribió: “Para que vuestro gozo sea cumplido
(perfecto)” (1 Juan 1:4). La vida cristiana es una vida
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jubilosa. Si este no es el caso, preguntémonos si nos
estamos alimentando de la Palabra y si invocamos al
Señor. Cuando nos abramos al Señor, descubriremos
que Él es luz y resplandece en nosotros. Mientras
que no hay luz, no vemos lo que no está en orden en
nuestras vidas, pero cuando en ésta resplandece el
Señor, distinguimos cada pequeña mancha. La confesamos y la Sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. Entonces tenemos paz con Dios.
La Luz
Día 18 de febrero de 2013
Lectura: Efesios 5
“Este es el mensaje que hemos oído de Él, y os anunciamos:
Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.”
(1 Juan 1:5)
Si resplandece la luz del Señor y pone en evidencia algo que no debe existir en la casa de un hijo
de Dios, desechémoslo inmediatamente. Cuando estamos en comunión con Él, Su Luz evidencia nuestra
condición. La Luz alumbra siempre sobre nosotros.
Con el tiempo, llegamos a ver fácilmente muchas cosas que no van bien en los demás hermanos y
hermanas. Nos parecemos a los niños que tienen en
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la mano un espejo y lo orientan de manera que los
rayos del sol den sobre sus amigos.
Sepamos que la Luz siempre está dirigida hacia
NOSOTROS. Ejercitémonos a recibirla para nosotros
mismos. Si tenemos una diferencia con un hermano
o una hermana, el Señor nos mostrará lo que se tiene que hacer en nosotros, y no en lo que tiene que
ser cambiado en el otro. En la vida matrimonial es
fácil irritarse porque el cónyuge se ha comportado de
forma distinta a lo que esperábamos. Pero bajo la Luz
del Señor, uno ve su propia irritabilidad y no las faltas
de su cónyuge.
Puede suceder que compilemos una gran cantidad de faltas y quejas en contra de los hermanos.
Pero cuando brille la Luz en nosotros, veremos que
no se trata de de tener razón o sentirse agraviados,
echemos los agravios al cubo de la “basura”. Pero,
¿Vaciaremos este cubo? O ¿Lo mantendremos lleno?
Suprimamos todo lo que este contiene. Si no lo hacemos, nunca estaremos saludables y las amarguras
que se desarrollarán en nuestro corazón incluso nos
alejarán de la iglesia.
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Practicar
Día 19 de febrero 2013
Lectura: Efesios 6
“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en
tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad”
(1 Juan 1:6)
Lo que cuenta, a los ojos del Señor, no es lo
que sabemos ni lo que decimos, sino lo que hacemos, lo que practicamos. Cualquiera que es verdaderamente espiritual no es rápido para hablar, siempre
empieza por orar. Lo que cuenta es nuestra práctica.
¡Cuánta necesidad tenemos de invocar el nombre del
Señor, ya que todo, en el mundo y en nuestra carne,
nos aleja de Él! Cuando pecamos nos sentimos mal,
porque el pecado no se corresponde con la naturaleza del Señor que está en nuestro espíritu. Pero recordemos que toda caída nos incita a volver a Él.
Una señal de que estamos en la Luz es que
deseamos confesar nuestro pecados. Si moramos en
el Señor, vivimos en una naturaleza que no conoce el
pecado. Si pecamos, no estamos en comunión con el
Señor. Por lo tanto volvámonos a Él invocando Su
Nombre. En el capítulo 2 descubrimos que Él es nuestro Abogado: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abo30
gado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”
(1 Juan 2:1). Nuestro Señor no tiene pecado. Así que
ningún otro esta cualificado para brillar sobre nosotros y corregirnos, sin embargo mientras que resplandece Su Luz Él se nos presenta inmediatamente
como el Abogado que nos defiende ante el Padre.
Hay un solo acusador de los hermanos: El diablo. Él nos tienta, nos induce a pecar y luego viene y
nos acusa de día y de noche, si aceptamos sus acusaciones (Apoc. 12:10). Pero no necesitamos prestarle
oído porque la Sangre de Jesús borra todos nuestros
pecados. No olvidemos jamás que cuando el Señor
resplandece sobre nosotros, lo hace para sanarnos.
No amar al mundo
Día 20 de febrero de 2013 Lectura: Flipenses 1
“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si
alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.”
(1 Juan 2:15-16)
Después de haber hablado de la Luz, habla
Juan del maligno, del enemigo que trata de engañarnos. Nutrámonos de las Escrituras y estaremos en la
Luz, entonces el maligno no podrá engañarnos. “Os
he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido
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al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros,
jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios
permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno”
(1 Juan 2:14).
Muchas cosas del mundo parecen buenas.
Muchas personas se consideran liberadas y se dedican a actividades que les esclavizan. Podríamos
compararlas a los peces que están prendidos del anzuelo de los pescadores. Es por esto que Juan nos dice: “No améis al mundo”. El diablo es sutil, nos atrapa por medio de las cosas aparentemente buenas,
con el único propósito de hacernos esclavos. Velemos para que el Señor tenga el primer lugar en nuestras vidas.
¡Que el Señor nos otorgue Su Luz para que escojamos Su Voluntad! El mundo pasa y sus deseos
también. Consideremos el ejemplo de Moisés: Al comienzo de su vida, fueron sus padres quienes hicieron lo posible para protegerle del Faraón, pero en
cierto momento él mismo tuvo que tomar una decisión. Entonces comparó las riquezas de Egipto y sus
honores y el Señor con Su recompensa y escogió la
voluntad de Dios, “porque tenía puesta la mirada en
el galardón” (Heb. 11:26).
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Optemos decididamente por el Señor, sin
comprometernos con el mundo. Sopesemos las cosas: ¿Cristo o Egipto? ¿La voluntad de Dios o los deseos del mundo? Consideremos aquello que es más
valioso.
Habitar en Él
Día 21 de febrero de 2013
Lectura: Filipenses 2
Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos
alejemos de él avergonzados.
(1 Juan 2:28)
“Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas” (1 Juan 2:20). Cuando recibimos
el Espíritu del Señor, recibimos la unción. Esta se
puede comparar a un hablar íntimo que nos recuerda
que debemos habitar en Cristo. El mundo nos aleja
de Dios en tanto que la unción actúa en nosotros
para acercarnos a Él desde el momento en que nos
desviamos un poco. Si aprendemos ahora a morar en
Cristo, no pasaremos por la vergüenza de ser alejados
de Él en Su Venida.
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Todos tenemos la unción, por lo tanto todos
podemos caminar de acuerdo con el Señor: “Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me
conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos.”
(Heb. 8:11). Tomemos la firme decisión de prepararnos con vistas a la venida del Señor.
Si sólo tenemos el deseo de estar listos, nos
desanimaremos en el momento en que encontremos
algunas dificultadles. Si por el contrario, hacemos la
firme decisión de prepararnos, sin que nos importe el
precio, nos mantendremos firmes ante los obstáculos
y perseveraremos pese a las dificultades. El apóstol
Juan nos dice: “el mundo os aborrece” (1 Juan 3:13).
¿Nos damos cuenta de que el mundo quiere
que nos perdamos? El enemigo va a intentarlo todo
para utilizar “los deseos de la carne, los deseos de los
ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Juan 2:16) para
debilitarnos espiritualmente. ¡No nos dejemos engañar por los deseos engañosos del mundo!
Amar al hermano
Día 22 de febrero 2013
Lectura: Filipenses 3
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“El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano,
está todavía en tinieblas”
(1 Juan 2:9)
El Señor ha sembrado en nosotros una semilla
que tiene necesidad de aprovisionarse en la comunión, en la luz, y bajo la dirección de la unción, y que,
cuando alcanza la madurez, produce el más dulce de
los frutos: El Amor. Es por tanto, señal de que estamos en la Luz nuestro amor hacia los hermanos.
¿Amamos al Señor, como nuestro primer amor, y a
los hermanos y hermanas con un amor fraternal sincero?¡Quiera el Señor volvernos siempre a nuestro
primer amor! El amor a los hermanos y hermanas seguirá a éste.
Un hermano de edad, al final de su vida, oraba
al acostarse, antes de dormir: “Señor siempre te
amo”. Solamente el Señor puede hacer que el amor
sea duradero en nosotros, de manera que seamos
capaces de amarle hasta el fin de nuestras vidas.
Cuando resplandece sobre nosotros la luz del Señor,
no sólo tomamos conciencia de nuestro pecado, sino
que percibimos simultáneamente Su inmenso Amor
por nosotros.
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Ante tal amor, nuestro corazón se funde, confesamos nuestros pecados y experimentamos simultáneamente que nos ha perdonado. Su Amor nos
maravilla y nos invade, estamos en Aquél que es
Amor, le amamos y somos llevados a amar a los
hermanos y a las hermanas. Si amamos a los hermanos, no tenemos mérito alguno, ya que ese Amor
procede de Él.
Si este Amor se refleja en la iglesia, hasta en los
lugares más recónditos resplandecerá la Luz. Si no
amamos a los hermanos, sin acepción de personas,
o sea a todos, será prueba de que no moramos en el
Señor, porque Él es Amor.
Orar por el hermano
Día 23 de febrero de 2013
Lectura: Filipenses 4
“Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida,
en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte”
(1 Juan 3:14)
El ver las faltas de los hermanos y hermanas
no nos debe impedir amarles. Si mantenemos en
nuestros corazones la menor amargura hacia ellos,
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quiere decir simplemente que no estamos en Dios,
sino en nosotros mismos, porque Dios es Amor.
Si no amamos, estamos en muerte. “El que no
ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1
Juan 4:8). Si estamos en Dios, amaremos, porque Él
es Amor. “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá (orará), y Dios le
dará vida” (1 Juan 5:16). Eh aquí un gran secreto para
la vida de la iglesia: “si alguno viere…que ore”.
Vemos muchas cosas en la vida de la iglesia.
No es difícil amar a los que viven lejos de nosotros,
pero, ¿Qué sucede con los hermanos que viven en
nuestra ciudad? Vamos a observar muchas cosas con
respecto a los hermanos y hermanas que viven a
nuestro alrededor; pero no debemos recopilar un
dossier de los fallos, oremos. Si existe un pecado o
cualquier problema, es manifestación de una falta de
vida. Oremos para que Dios dé vida. No hemos entendido suficientemente que orar es intervenir, actuar: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Sant.
5:16). ¡Si la iglesia ora, el enemigo es vencido!
Cuando hablamos y recogemos informaciones con
respecto a los hermanos y hermanas, le estamos
dando lugar al enemigo.
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Si la iglesia ora, estará llena de Amor y de Luz.
Sigamos el ejemplo del Señor y pongamos la oración
en el lugar más destacado.
Permanecer en la Vid verdadera
Día 24 de febrero de 2013
Lectura: Colosenses 1
“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos;
el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto;
porque separados de mí nada podéis hacer”
(Juan 15:5)
Nuestro Padre es el viñador y desea recolectar
el fruto de Su viña. Nosotros somos los sarmientos y
nuestro destino es llevar fruto. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gal. 5:2-23).
¿Llevamos ese fruto en nuestra vida diaria? ¿Expresamos el amor, el gozo y la mansedumbre? Todos
esas virtudes no son modelos a imitar, sino frutos
que se han de expresar en nuestras vidas.
Nuestros esfuerzos y nuestras resoluciones
para alcanzar el nivel de esas virtudes son vanos. El
Señor ha dicho: “Sin mí, nada podéis hacer”. El Señor
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no tiene deseo alguno de cortarnos. Si un pámpano
está hundido en el fango y está privado de oxigeno y
del sol, Él lo alza y lo sostiene para que pueda dar fruto. Incluso cuando la caña esté cascada, no la rompe.
“La caña cascada no quebrará, y el pabilo que humea
no apagará, hasta que saque a victoria el juicio”
(Mat. 12:20). Él no ha venido a curar a los sanos, sino
a aquellos que se encuentran enfermos. Si damos
fruto, nos poda para que demos aún más fruto. A
menudo utiliza las situaciones difíciles de la vida
humana para podarnos, para cortar y limitar nuestra
carne, pero no lo hace para castigarnos, sino por el
contrario, para que llevemos más frutos para alabanza de Su Gloria.
Cuando vivimos en nuestra carne, no estamos
gozosos y nos irritamos con facilidad. Eso es señal de
que debemos volvernos al Señor y permanecer en Él.
Así llevaremos un fruto de gozo, de amor y de templanza.
Permitir que Sus Palabras
permanezcan en nosotros
Día 25 de febrero de 2013
Lectura: Colosenses 2
“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen
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en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.”
(Juan 15:7)
El único camino para llevar fruto es permanecer unido a Él (Juan 15:4). Si a pesar de todos Sus intentos de animarnos a permanecer en Él, persistimos
en vivir alejados de Él, entonces, cuando venga o nos
llame a Sí, seremos cortados como el pámpano que
no lleva fruto. Eso no significa que perdamos nuestra
salvación, sino especialmente que perderemos nuestra recompensa. Seremos salvos, pero como “a través
del fuego” (1 Cor. 3:15). Y durante nuestra vida en la
tierra seremos semejantes a un sarmiento seco.
Permanezcamos por tanto en el Señor, es decir sigamos en comunión con Él, de esa manera llevaremos mucho fruto y Él será glorificado en nuestras vidas. Juan 15:7 nos revela un secreto: “si mis
palabras permanecen en vosotros”. Cuando descuidamos las Palabras del Señor, ya sea en las reuniones, en nuestras lecturas diarias de la Palabra o en
nuestra vida diaria, nuestra vieja naturaleza aflora y
en lugar de experimentar el gozo, el amor y la templanza, nos irritamos, no amamos a ciertas personas,
nuestra carne toma el control y nuestra vida espiritual se seca. Que eso nos sirva de aviso y nos recuerde lo indispensable que es el que leamos la Palabra
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todos los días y que nos ejercitemos en recordar un
versículo o incluso una parte de alguno.
De esa manera estaremos gozosos, amaremos
a todos los hermanos y hermanas, a los incrédulos, y
nuestra carne será limitada. El Señor no nos va a
obligar a guardar Sus Palabras, pero nos exhorta a
hacerlo para que nuestro gozo sea perfecto.
Permanecer en Su Amor
Día 26 de febrero de 2013
Lectura: Colosenses 3
“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros,
como yo os he amado.”
(Juan 15:12)
Muchos cristianos no tienen gozo y les falta el
impacto de llevar frutos en sus vidas. Ojalá podamos
guardar este mandamiento del Señor: “Permaneced
en mí.” Si se manda a alguno que permanezca en un
lugar, es porque ya se encuentra allí. ¿Somos conscientes de que ya estamos en Cristo? “Mas por Él
estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y
redención” (1 Cor. 1:30). Es este un hecho glorioso al
cual nos tenemos que asir. ¡Estamos en Cristo! ¡Permanezcamos pues en Él, volviendo a Él nuestros pen-
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samientos, recordando Sus Palabras en nuestro corazón, orando, invocando Su nombre, alabándole y entonando cánticos a Él!
Esta es la única manera de ser discípulos Suyos. De hecho, si nos limitamos a tratar de imitar el
ejemplo del Señor, jamás lo conseguiremos. Si por el
contrario, nos esforzamos en permanecer en Él, seremos transformados a Su imagen, nos convertiremos verdaderamente en Sus discípulos y llevaremos
el fruto que glorificará a nuestro Padre.
El secreto de la vida cristiana no es “hacer”
sino “permanecer.” Hemos sido transferidos dentro
de Cristo mediante la fe y el bautismo. Ahora debemos gozar de esta posición bendita y reposar. Él nos
ha hecho: “sentar en los lugares celestiales con Cristo” (Efe. 2:6). Permanezcamos pues firmes en la gracia a la que hemos tenido acceso (Rom. 5:12). Dios ha
manifestado Su Amor hacia nosotros. Permanezcamos en Su Amor y llevaremos frutos al menos en
tres campos: En nuestra vida diaria, en nuestra vida
de la iglesia y en la vida del Evangelio.
Su Poder se manifiesta en nuestra debilidad
Día 27 de febrero de 2013
Lectura: Colosenses 4
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“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la
excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”
(2 Corintios 4:7)
Cuando permanecemos en el Señor, Sus Virtudes se expresan en nuestra vida diaria. Eso no
quiere decir que nunca pecamos, sino que cuando
manifestamos las debilidades, la Vida del Señor reacciona en nosotros, nos volvemos a Él y expresamos
entonces Sus Virtudes. Así Él es glorificado en medio
de nuestras debilidades e imperfecciones y podemos
decir como Pablo: “Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose
sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a
Cristo me gozo en las debilidades…porque cuando soy
débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:9-10). Somos
vasos débiles e imperfectos, pero hacemos que resplandezca la Gloria del precioso tesoro que habita
en nosotros (2 Cor. 4:7).
En nuestro ser natural preferimos a ciertas
personas mientras que otras nos causan irritación.
Pero cuando permanecemos en el Señor podemos
cumplir el mandamiento del Señor: “Que os améis
unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:12).
Qué fruto tan glorioso es el que nos amemos unos a
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otros. Tal amor glorifica al Padre y cumple Su designio eterno. Recordemos que Dios es Amor y que debemos permanecer unidos a esta fuente, apreciando
el amor incondicional que ha demostrado a nuestro
favor. Resultará en un amor fraternal sincero y en un
cuidado real de los unos por los otros. Llevaremos
fruto por medio de muchas obras y servicios prestados a los hermanos y las hermanas: “Y aprendan
también los nuestros a ocuparse en buenas obras para los casos de necesidad, para que no sean sin fruto”
(Tito 3:14).
Llevar mucho fruto
Día 28 de febrero de 2013 Lectura: 1 Tesalonicenses 1
“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto,
y seáis así mis discípulos”
(Juan 15:8)
Permaneciendo en el Amor del Señor amaremos también a los incrédulos al igual que el Señor
quien amó al mundo y se entregó a Sí mismo por
nuestros pecados (Juan 3:16). Tal Amor es indispensable para que otras personas se vuelvan al Señor. No
podemos esperar que todos aquellos a los que les
demos testimonio se vuelvan a Él.
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En efecto, el mismo Señor ha dicho: “Si el
mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido
antes que a vosotros” (Juan 15:18). Sin embargo,
otros recibirán nuestras palabras: “si han guardado
mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan
15:20). No tratemos de convencer a las personas
mediante nuestros argumentos propios, contemos
con el Espíritu Santo que el Señor nos ha enviado y
que da testimonio de Él (Juan 15:26). Recordemos
que somos pámpanos destinados a llevar mucho
fruto. El Señor no nos pide lo imposible. Lo normal es
que un pámpano lleve fruto. Igualmente nosotros si
permanecemos en el Señor, Su Vida hallará un camino a través de nosotros y se producirá un fruto.
No nos centremos en los frutos, sino en el Señor, y oremos con perseverancia, sin descansar para
que Él nos abra una puerta para poder testificar del
Señor y que el Espíritu Santo convenza a otras personas. La Palabra nos da múltiples ejemplos para mostrarnos que no tenemos necesidad de esperar a tener una larga experiencia cristiana para testificar de
Él. Comencemos lo más rápidamente posible, como
hizo la samaritana.
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