«El amor es fuerte como la muerte» (Ct 8,6) «El amor es fuerte como

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«El amor es fuerte como la muerte» (Ct 8,6) «El amor es fuerte como
revista de pensamiento cristiano
época II - núm. 45 - diciembre 2002
«El amor es fuerte
como la muerte»
(Ct
(Ct 8,6)
8,6)
(Q. E. P. D.)
cambio de mentalidad
¡
Francesc Casanovas Martí
1
Seminario del Pueblo de Dios
REVISTA DE PENSAMIENTO CRISTIANO
cuatro números al año
Dirección: Xabier Segura y Araceli Martínez
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Seminario del Pueblo de Dios
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cambio de
de mentalidad
mentalidad
2 ¡
¡ cambio
SUMARIO
3
núm. 45
PÓRTICO
PRESENTACIÓN
4 Francesc y mi hermana Rosa. L. Campi
PALABRAS DE ALIENTO
6 Carta. R. M. Card. Carles
SEMBLANZA DE UNA VIDA
7 Un itinerario con objetivos claros.
J. Perera i A. Martínez
RINCÓN POÉTICO
14 Estela de luz. M. Serradell
15 La huella del amor. T. Secall
COLABORACIONES
16 Reportaje de un adiós. J. Martí
7 Amante de la Iglesia. J. A. Valbuena
1
19 La herencia espiritual de Francesc.
J. Esquerda Bifet
20 Nuestro amigo Francesc. Carmelitas
Descalzas de Vic
21 Un recuerdo afectuoso. F. Muñoz Alarcón
23 Por sus frutos los conoceréis. B. Mujika
24 Consuelo y amistad. P. Pankraz
5
2
26
28
29
31
32
33
34
35
TESTIMONIOS
Reciclaje en eclesiología. V. M. Farré
Un hilo de oro. G. Torres
La Palabra... ¡más viva que nunca! M. Querol
«Unificar» el corazón. E. Fernández
La partida de póquer. V. Zatón
Equilibrio de contrastes. J. Perera
Un viaje al «paraíso». U. Vogts
Libertad liberadora. J. Forner
Un auténtico regalo. C. Martínez
BREVE PENSAMIENTO
36 La nueva Jerusalén. F. Casanovas
Portada: Francesc Casanovas. Retrato al óleo pintado por
monseñor Joan Martí Alanis.
pórtico
D
edicamos esta edición a la figura de Francesc Casanovas y Martí, fundador
del Seminario del Pueblo de Dios, que fue también iniciador de esta publicación. Lo anunciábamos en el número precedente, donde ofrecíamos una
crónica de su paso hacia la Casa del Padre y su testamento espiritual.
Desde el pasado quince de julio en que ocurrió hasta hoy ha pasado un tiempo
suficiente para asumir el lógico impacto de la despedida inesperada de quien fue, para
la comunidad por él fundada, un padre lleno de celo pastoral, amigo íntimo, hermano
fiel. Pero aún falta tiempo para poder tener una perspectiva plenamente objetiva.
A pesar de ello, nos atrevemos, por el momento, a presentar a nuestros lectores
unos vivos testimonios y recuerdos de procedencia diversa que, aunque quizás no
puedan ofrecer aquella imagen que sólo la distancia de los años proporcionará –
como un mosaico visto demasiado de cerca–, sí que pueden, en cambio, comunicarnos
aquello que a una biografía más sistemática y rigurosa le es negado: las impresiones
del primer momento sobre un hombre apasionado, que ha hablado, sobre todo, con su
vida, con unos gestos teñidos de aquella «locura» amorosa propia de los enamorados
de Cristo.
No podemos dejar de asociar este tránsito hacia el Padre con el de nuestra hermana Rosa Campi, acontecido veintisiete días después, ambos en la ciudad de Vic (Barcelona). Dos vidas unidas por los misterios providentes de Dios y, por tanto, inseparables.
Figuras que suscitan interés por Cristo. Y junto con el amor a Cristo, es preciso
poner también e inseparablemente el amor a la Iglesia, la Esposa de Cristo y madre
nuestra, prefigurada por María y presidida por los obispos como presencia sacramental del Buen Pastor.
Escuchemos estos testimonios, estas breves semblanzas, y dejemos que el paso del
tiempo traiga luz sobre una historia que, a pesar de tener las características de una
vida escondida en Cristo, presenta también los signos de aquella fecundidad que
habla por sí sola, y que Jesús, con su sabiduría sencilla y contundente, describía así:
«Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20). ❒
¡
cambio de mentalidad
3
presentación
Francesc
y mi hermana Rosa
Lourdes Campi
J
oven aún para comprender
los designios del Amor, poco
a poco se me iban desve­
lando.
Ella, Rosa, me ayu­
daba a ello. Cuando
venía al hogar familiar
después de –co­mo de­cía
ella– «ha­ber des­cu­bier­to
los te­so­ros del cie­lo», yo
me recreaba mirán­do­la,
a mis doce años, sin
en­ten­der muy bien su
ma­nera de ac­tuar, con
unos gestos des­cono­ci­
dos pa­ra mí, pero que,
a la vez, pro­vocaban un
gran atrac­tivo.
Seguro que, después
de haberla con­tem­pla­do
a hurtadillas, me de­cía
a mí misma: «¿Qué le
ha pasado a mi her­ma­na
mayor? La veo diferente
de cuando vi­vía­mos jun­­
tas aquí en casa».
Así me acos­tum­bra­ba
a su belleza; me gus­ta­ba
contemplar sus mo­­vi­
mientos nacidos sólo
del amor.
Poco más tarde lo
com­prendí un poco más,
4 ¡ cambio de mentalidad
aquel día que Rosa no vino sola sino
acom­pa­ña­da de un hombre, Fran­
cesc, y com­par­ti­mos todos juntos
la jor­na­da, con mis padres y mis
demás hermanas.
Cuando vi el trato que él tenía
con Rosa, algo se me
conmovió en el cuerpo y
el espíritu: aquello ve­nía
de arriba, yo no lo había
co­­nocido antes. Gestos
delicados de respeto y
veneración, que hoy me
evocan aquella fra­se de
Isaías: «El no­vio está
con­tento de te­ner a la
no­via» (62,5).
Estas imágenes nun­­
ca me han aban­do­na­do
y aún hoy son para mí
fuente de ins­pi­ra­ción.
Aquel trato poé­ti­co des­
ve­ló en mí una es­pe­cie
de enamo­ra­mien­to, has­ta
el punto que de­cía pa­ra
mí: «Yo tam­bién quie­ro
ser tra­tada así».
El Señor me escu­
chó, y años después me
en­con­traba formán­do­me
en la intimidad del Amor,
haciendo la es­cuela del
Seminario del Pueblo de
Dios. «¡Oh, sí! Eso es lo
que yo quie­­­ro, Señor mío
y Dios mío. ¡La gra­tui­dad
Las dos hermanas, Rosa y Lourdes, en el año 1986
llenaba de júbilo. Dios es providente
y muy de­li­ca­do. En esta delicadeza
divina en­marco el paso hacia la Casa
del Pa­dre de ambos, que ya no se
po­drán separar ni en el tiempo ni en
el contenido de su amor.
Acompañé a Francesc y a Rosa
en sus últimos días en Vic. Cada
uno en un hospital diferente, se­
pa­rados por un trayecto de veinte
mi­nutos a pie.
Francesc y Lourdes, fundadores del Seminario del Pueblo de Dios
cambio de mentalidad
¡
es po­sible!». Conocer a Rosa tal y
como la conocía Fran­­cesc fue una
expe­rien­cia curiosa. Él me mos­tra­ba
las delicias de una mujer en Dios
–«Una mujer fuer­te, ¿quién la en­
con­trará?» (Pr 31,10)–. Yo que­da­ba
boquiabierta cuando él, sin ser su
novio ni su marido, po­­día re­crearse
en su her­mo­sura y su atractivo. Eso
me con­movió y he­chi­zó de veras.
Descubría en mi interior el de­seo
escondido de toda la hu­ma­ni­dad:
amarse, el hombre y la mujer, sin
ningún otro interés que amar. «Amo
porque amo, amo por amar», escri­
bía san Bernardo de Cla­ravall.
Rosa se iba abriendo como una
flor. Yo gozaba mucho al verla, en­
gendrada por el amor. Ha­bién­do­la
visto crecer en casa, ahora la con­
templaba en un nuevo naci­mien­to.
Mi relación con ella ya no se
basaba en las confianzas y fami­lia­
ridades de los vínculos natu­ra­les.
¡No! Era una relación que bro­ta­ba
de nuevo: ella, renacía de Fran­
cesc, y yo también, y las dos nos
reencontrábamos en el respeto y en
la obediencia de la fe.
Resonaba en mí que aquel amor
no podría ahogarlo nada (cf. Ct 8,7)
y esta eternidad, sin yo sa­ber­lo, me
Por la mañana, es­ta­ba con Fran­
cesc, y por la tarde con Rosa. Me
sentía como una men­sajera de paz
yendo de uno a otro comunicando
el amor. No se po­dían encontrar,
pero yo era su en­cuentro; se decla­
raban el amor enamorado en mis
palabras, que transmitían las suyas
con fidelidad y rigor. Palabras de
consuelo de re­surrección, de vida
y de amor eterno.
Esta experiencia de dolor vi­vi­da
con gozo me confirmó la vi­ven­cia
de aquellos primeros en­cuentros
de cuando tenía pocos años: este
hombre y esta mujer tie­nen un amor
eterno. Toda una vida conducida por
un hilo de oro, un hilo de amor.
En el momento del paso de
Fran­cesc hacia la Casa del Padre
re­cuerdo que le decíamos a ella:
«Estate tranquila. Francesc te abrirá
los brazos cuando llegues al cielo».
También minutos antes de hacer ella
el paso hacia la Vida le repetíamos
la misma frase. Yo estaba segura de
ello. Aquel hom­bre agradecido por
la belleza de una mujer la acogería
en el en­cuen­tro definitivo. ¡Dios no
se ríe de nadie! ❒
5
palabras de aliento
Reproducimos la carta
del arzobispo de Barcelona,
D. Ricard M. Card. Carles,
recibida el mismo día
que se celebraban las exequias
en el Carmelo de Vic
A la Comunidad del
«Seminario del Pueblo de Dios»
VIC
Barcelona, 16-VII-2002
Apreciados en Cristo,
Os envío esta carta ahora que estáis viviendo un momento de dolor por el fallecimiento de Francesc Casanovas y Martí, fundador y presidente del «Seminario del Pueblo
de Dios». Todos vosotros, como cristianos y como miembros de la institución fundada por
nuestro hermano Francesc, sabéis que la muerte es un ir hacia la Casa de nuestro Padre
celestial y que morir es hacer aquel «paso» que Jesucristo ha dado en tránsito hacia la Vida
plena. Mi hermano en el episcopado, D. Josep M. Guix, obispo de Vic, que preside la misa
exequial con otros hermanos en la fe, en la esperanza y en el ministerio, ya os hace presente
este consuelo y esta esperanza en estos momentos de dolor para todos vosotros.
Como obispo de Barcelona, donde Francesc Casanovas ha vivido una gran parte de su
vida cristiana y de su acción apostólica, pido a Dios que le premie todo cuanto ha hecho, en
la nuestra y en otras diócesis de nuestra tierra. Verdaderamente todos hemos sido testigos
de que su deseo ha sido siempre servir a Jesucristo y a su mensaje en el seno de la Iglesia.
Me uno espiritualmente a la celebración exequial, implorando para Francesc la plenitud
de la vida en la visión de Dios y, para todos vosotros, sus familiares y amigos y todos los que
le habéis tratado y habéis sido testigos de los dones con que Dios le ha agraciado, pido que
viváis en estos momentos de despedida el consuelo de la fe y la esperanza cristianas.
Unido a vuestra oración, os bendice y saluda con todo afecto en Cristo,
6 ¡ cambio de mentalidad
+Ricard M. Card. Carles,
Arzobispo de Barcelona
semblanza de una vida
Un itinerario con
objetivos claros
Joan Perera y Araceli Martínez
L
Francesc con seis años,
abajo, con sesenta y tres
a vida de Francesc ha sido muy original. No
porque se propusiese construir grandes pro­
yec­tos o realizar obras perdurables, sino por su
ma­nera de ser, por su gran y peculiar humanidad.
Su objetivo era, en síntesis, y ya desde pequeño,
el mismo que el de todas las personas de fe: la unión
con Dios. Pero los caminos de Dios han sido para él
insospechados, sorprendentes, y los ha seguido sin
temor y con valentía.
Un enamorado
Buscando a Dios, ha sido desinhibido, original,
atrevido, con la seguridad de la fe desnuda, siguiendo
siempre el instinto de esta fe, aunque ello conllevara
lo que Pablo decía a los Romanos: «Desearía ser yo
mis­mo anatema, separado de Cristo, por mis her­ma­nos»
(Rm 9,3). Por ello, el adjetivo que más le define es el
de enamorado. Enamorado de Cristo y de la Igle­sia,
enamorado de su prometida Glo­ria, del
carisma de santo Domingo, del ca­risma
de san Francisco, del de san Be­ni­to, del
de Chiara Lubich. Enamorado de esta
pequeña comunidad que él fundó.
Este adjetivo, en el caso de Francesc,
no puede aplicarse a proyectos, ideas u
or­ganigramas –siempre desconfiaba de
las bellas palabras o idearios–, sino que
te­nemos que aplicarlo a personas, con
nom­bre y apellidos, a gente que llegaba
a la comunidad, necesitada no de pan o
de ropa –que también– sino de fe, de la fe
de la Iglesia, servida con verdadero amor
ma­ternal concretado en los pequeños de­
ta­lles personales, propios de un corazón
apa­sionado.
De novicio en los Dominicos de Barcelona, inmerso en los estudios (primer plano a la derecha)
¡
cambio de mentalidad
7
c
De Capuchino, con la típica alegría y fraternidad franciscana (en la izquierda)
(Girona) comiese a sus ho­ras y fue­ra llevado a
pasear puntualmente.
Cuando conocías a Francesc por primera vez, te
parecía algo exagerado en estas cosas. La expresión
espontánea que venía a la mente era: «¡Tampoco es
para tanto!», puesto que él da­ba suma importancia,
precisamente, a cosas que normalmente no consi­
deramos y que la ma­yoría de personas excusamos
diciendo: «¡Ya se sabe!», o bien: «Siempre se ha
hecho así». ¡Pues él, no! Nos enseñaba a actuar
pensando en el otro y partiendo de lo que el otro
necesitaba, como si todo aquello que hacíamos por
el her­ma­no fuera un examen, cuyo resultado final
se des­cubría, precisamente, a través de los hechos
con­cre­tos vividos. Él conocía las personas por el
resultado de sus acciones.
La pedagogía
Cuando alguien le preguntaba cómo
con­se­guía llevar jóvenes a la fe y al com­
pro­mi­so, él decía que su pedagogía era no
tener ninguna pedagogía. ¡Y eso porque en
cada momento del día se desvivía por las
cosas más prosaicas y las necesidades más
re­cón­di­tas de las personas! Se aseguraba de
que to­do fuese bien, de que los aparatos elec­
tro­domésticos funcionaran correctamente,
y de que los usásemos bien, que la cocina
fue­ra fuente de bienestar y de fiesta. Había
co­sas que compraba personalmente, ha­cien­
do algún viaje si era necesario, pen­san­do en
las comidas festivas y solemnes. In­cluso se Impartiendo una clase a componentes de la Escuela de Formación
aseguraba siempre de que nuestro pe­rro de Camprodon
¡Cómo debemos agradecerle que siempre se haya
guiado por los hechos, sin fiarse de bellos argumentos
o vagas disquisiciones!
El movimiento
En Camprodon, con «Canigó»
8 ¡ cambio de mentalidad
Al lado de su fe estaba siempre esta escrupulosa
practicidad que le hacía tocar siempre con los pies en
el suelo, sin grandes divagaciones. Pero también aquí,
como siempre que tratamos de Francesc, te­ne­mos que
añadir otro aspecto de contraste: su sentido ar­tístico,
original, creativo. A lo largo de los años se fue fijando
cada vez más en el «movimiento». «Dime cómo te
mueves y te diré quién eres», nos decía. El cuer­po
del creyente hace visible el pensamiento de Dios, la
mentalidad nueva del Evangelio. Es preciso educar
nuestros gestos desde la intención del amor, es preciso
Conversando con diversos miembros de la Comunidad en el patio de Camprodon
desnudarnos de rutinas aprendidas, de mo­vimientos
mecánicos que nos encarcelan, de gestos ori­ginados
en el miedo de todo tipo. «Libres, sabios y felices»,
quería que fuera todo el mundo, es­pe­cial­men­te los
creyentes en Cristo, que tenemos la llave y el secreto
de tales atributos.
¡Qué gran don ha sido el conocer esta profunda y
sen­cilla «filosofía de la fe»! «El cuerpo no engaña», nos
decía, dando a entender que, si nuestros mo­vi­mien­tos no
tienen el sello del amor enamorado, la fe queda recluida
en nuestra cabeza. Una vez nos dijo: «El drama de los
cristianos es que, por el hecho de que entendemos una
cosa, nos pensamos que ya la vi­vimos».
donde se apren­de a vi­vir la fe, como decíamos,
a partir de los he­chos, de las obras, y, por tan­
to, de tantas ac­tividades do­mésticas, desde la
cocina a la co­lada, des­de atender el teléfono
hasta hacer en­car­gos o com­pras.
Era aquella faceta suya de «sabio» que no
para hasta encontrar la respuesta ape­te­cida.
¡Cómo debemos estar agradecidos por ha­ber
convivido y conocido esta pasión por la sa­
bi­du­­ría en su persona, en sus gestos, a veces
estram­bó­ti­cos, pero siempre sim­bó­li­cos y con
un mensaje que mos­traba su fe e ilu­mi­na­ba
la nuestra!
A su lado se profundizaba siempre, y él no
se per­­­mitía ningún descanso en su «investiga­
ción», ya es­tuviera bromeando, gozando de una buena
comida fra­terna o celebrando la liturgia. Siempre iba
adelante, y las dificultades no eran obstáculo en su
camino de fe. ¡Siempre optimista, relativizando los
problemas y confiando en Dios!
El ambiente
En una ocasión, nos dijo, lleno de alegría, que ha­­bía
«descubierto» una teología: la teología del am­­biente.
Inspirándose siempre en nuestra vida co­ti­­diana, con sus
El sabio
luces y sombras, explicaba: ¿cómo que­remos transmitir
y dar testimonio de la fe con ca­ra aburrida, reuniones
monótonas, liturgia fría, lo­cales sucios, etc.? La fe debe
tener, a la fuerza, un en­voltorio, un medio, y esto es
el ambiente, en­gen­dra­do por la presencia de Jesús en
medio de nosotros. Pero ha de ser un ambiente especial,
nada superficial y con un profundo contenido humano,
cambio de mentalidad
¡
Deseoso de conocer el hombre a la luz de Dios,
siempre meditaba alguna reflexión. Pero su pecu­lia­ri­
dad estaba en que estas reflexiones se originaban, no
en altas contemplaciones, sino en la observación de las
personas, de sus reacciones, de sus gestos. Y a partir
de un caso particular sacaba generalmente una máxima
aplicable a la condición humana, breve, concisa, clara,
contundente. Por decir alguna: «La pu­reza es buscar el
placer según la intención de Dios». Son frases chocantes,
pero que, al escucharlas y pensarlas, decías: «¡Esto es
una verdad como un tem­plo!».
Cuando, tal vez después de días de dar vueltas so­bre
un tema, por arriba y por abajo, lle­gaba a una sentencia,
la comunicaba, observando nues­tras reac­cio­nes, y se
entusiasmaba ex­pli­cán­do­nos el sentido, con muy buen
humor, ins­pi­­rándose en las anéc­dotas cotidianas que
nos pa­sa­ban, en los in­cidentes típicos de una fa­­milia,
en los «de­sas­tres» propios de una es­cuela de for­ma­ción
9
c
ñana, se aseguraba siempre de
que hu­biesen dormido cómodos,
que hu­bie­sen tenido agua caliente,
como un cria­do que vigila siempre
con de­di­ca­ción amorosa a Cristo
que nos visita.
El itinerario
En una tarea doméstica
artístico y cultural. Un ambiente lleno de detalles y
gestos «ena­morados» y de sensibilidad humano-divina
en el cuerpo de bautizados.
De hecho, consagró su vida a generar entre no­so­tros
este ambiente, lleno de cosas pequeñas, pero siem­pre
auténticas. Huía de los esló­ga­nes y las frases hechas,
criticaba los sis­temas, desconfiaba de las so­luciones
mágicas. La verdad se encuentra en la acogida amorosa
y concreta del her­ma­no concreto.
En la acogida, se desvivía por los hués­pedes. Pro­
gramaba las jornadas, or­ganizaba excursiones con el
coche to­do-terreno, planificaba menús, ofre­cía conver­
sa­ción amena y profunda... Se desvivía por ellos y
no les escatimaba tiempo ni dedicación, y quería que
no­so­tros ad­qui­riésemos esta sensibilidad. Por la ma­
Durante su etapa en el Movimiento de los Focolares
10 ¡ cambio de mentalidad
¿Dónde aprendió Francesc
todo eso?
En parte, su itinerario eclesial
le pro­porcionó un bagaje sólido y
una formación pro­fun­da. Pero hay
cosas o trazos de su personalidad
cris­tiana que no son aprendidos de
nadie: él era así, y basta. Dios le
puso en el corazón un entusiasmo y un deseo, o mejor
di­cho, una pasión por el «todo y aho­ra», que decía él.
Sus últimos años hablaba de «so­siego, estabilidad y
plenitud». Y eso, dicho por él, no eran sólo palabras,
sino una realidad que trans­mitía de manera diáfana.
Este itinerario, como apuntábamos antes, se había
iniciado ya desde pequeño. Algunos indicios de su
infancia indicaban su fuerte inclinación por Dios. De
joven, militó activamente en un grupo parroquial, con
obras de caridad, ca­te­que­sis, oración, etc. La amis­
tad con aquellos com­pañeros perduró siempre. Con
dieci­nue­ve años entró de novicio a los Dominicos de
Barcelona. Fueron cinco años de intensa vi­da de es­
tudio y de plegaria, cautivado por el amor a la verdad
característico de santo Domingo. Deja este camino y
entra en con­tac­to con los benedictinos, maestros en
aco­gi­da, que le orientan hacia la vida ma­
tri­mo­nial, y empezó a salir con Gloria para
probar de cara al matrimonio. Ella sería, más
tarde, la primera chica del Seminario del
Pueblo de Dios. Pero siente fuertemente el
reclamo de la vida religiosa e ingresa en un
convento de Capuchinos pa­ra profesar los
votos sim­ples.
Un día conoce la espiritualidad de la uni­
dad en una reunión del Movimiento de los
Focolares. Queda profundamente cau­ti­va­do
por este Ideal y, lleno de en­tusiasmo, deja la
vida conventual y marcha hacia Ita­lia a for­­
marse con ellos.
Pero al cabo de dos años vuelve nueva­
mente a Barcelona, solo, pero con un fuego
dentro del corazón que quema noche y día.
Una escuela de formación diocesana
Se reúne con un an­ti­guo amigo sacerdote, Vicenç
M. Farré, con quien había mantenido siempre con­
En la nieve con el primer compañero de fundación
ver­saciones sobre la vida de la Iglesia. Eran tiem­pos
agi­tados. El Concilio Va­ti­cano II había «abierto las
ven­ta­nas». Francesc le pro­
puso vi­vir en co­munidad, y
esta original pa­reja, en una
casa parroquial de un barrio
obrero de Badalona, atrae­ría
a un primer grupo de jóve­
nes. ¿Cuál era la clave? El
ambiente de amor mu­tuo, que
conseguía que mu­chas pe­que­
ñas experiencias de vida se
trans­formasen en luz y gozo.
El atrac­tivo, en definitiva,
siempre an­ti­guo y siempre
nuevo, de las ma­­ra­vi­llas que
Dios hace en su Igle­sia y que
no están sujetas a nin­guna
pla­ni­ficación previa.
Después de pasar una
Se­m ana Santa juntos, se
pre­­guntaron: «¿Por qué no
podemos vivir siempre así?». Y decidieron vivir juntos.
Al­­qui­la­ron un piso en el Paseo de San Juan de Barcelo­
na, con muchos «actos de fe», puesto que la economía
era escasa. Pe­ro la ayuda de la Providencia era pa­tente,
par­ti­cu­lar­mente por medio de los vendedores de mue­
bles, que fiaban a unos jó­venes que no tenían otro aval
que el Padre celestial.
Bautizados por la gente como «los del Paseo de San
Juan», iban adelante, sobre todo con mu­
cha alegría, y con aquel candor evangélico
de los enamorados del Señor. Un alud de
visitas concurría, atraída, en parte, por la
curiosidad, y también, en parte, por las
expectativas en el am­biente de una reno­
vación eclesial.
En este punto se hizo significativa la
inter­ven­ción del arzobispo de Barcelona,
D. Mar­celo González. Vicenç M. le iba in­
for­man­do, y el arzobispo llamó a Francesc,
le escuchó, y le dijo: «Adelante, aquí está
la mano de Dios. Sois como un seminario
para el Pueblo de Dios».
Francesc mismo explicaba con apasio­
na­mien­to este encuentro del año 1970: «Le
he manifestado –al arzobispo– el deseo
de todos nosotros de dejarlo todo, para
poder con­sa­grar­nos a la unidad que Jesús
pide al Padre para sus discípulos: “Padre
que todos sean uno a fin de que el mundo crea” (Jn
17,21). Le he co­men­tado la posibilidad de hacer vida
en común para revivir la experiencia de María y José,
El cardenal Narcís Jubany presidiendo la misa en una de sus visitas a la Comunidad
cambio de mentalidad
¡
En este pun­to empieza la historia del Seminario del
Pueblo de Dios.
11
c
Con Manel, uno de los primeros compañeros
que cre­cían con Jesús en medio de ellos. Después,
Dios lle­varía adelante las cosas, siempre y cuando él
–el pastor– lo viese también así. Entonces el Sr. Ar­
zobispo me ha animado a llevar adelante nuestro pro­
pósito, porque –ha dicho– “eso es obra de Dios” (...)
Después me ha querido dar una solemne ben­di­ción en
latín, que he recibido de rodillas, por mí y por quienes
me pudieran seguir y por toda esta nueva ex­pe­rien­cia
en su diócesis».
Otro momento importante fue Pentecostés del año
1977, cuando, en la misma diócesis, serían apro­bados
Con su peculiar simpatía y afabilidad
12 ¡ cambio de mentalidad
los Estatutos por el ar­zo­bispo de Barcelona,
el cardenal Narcís Jubany. La Comunidad
fue erigida como Pía Unión de fieles, pero
con la publicación del Nuevo Có­di­go de
Derecho Canónico en el año 1983, pasó a
ser Aso­cia­ción pri­vada de fieles.
Desde entonces la Co­mu­ni­dad, un pe­
queño semillero para las vo­ca­ciones del
Pueblo de Dios, está presente en di­ver­sas
diócesis de: Cataluña, Euskadi, Castilla,
Co­mu­ni­dad Valenciana, Andorra, Co­lom­
bia y Alemania.
Obsesionado por saber
«qué es la Iglesia»
La fisonomía espiritual de Fran­cesc es muy difícil
de describir. Quie­nes le hemos tratado a menudo,
no podríamos en­casillarlo en un esquema o puntos
doc­tri­nales fijos, porque poseía un don que le asistía
des­de jo­ven: una coherencia insólita en medio de una
gran variedad de frases e ideas con­tras­tan­tes. No era
una co­herencia que él se pro­pu­siese y ela­bo­ra­se en su
reflexión. Le nacía de dentro; él mismo se sorprendía,
y también no­so­tros, puesto que una cosa dicha hacía
mu­­cho tiempo rebrotaba y se confirmaba años más tarde.
Era como un anhelo de ver las co­sas tal y como Dios
las ve, sin en­trar en dis­quisiciones
complicadas jus­ti­ficadoras o tran­
quilizadoras de con­cien­cias.
En lo referente a la vida cristiana
y a la Igle­sia tenía verdadera debi­
lidad, y con­ver­sa­ba animadamente
de estos temas con ecle­­siásticos,
religiosos, monjas y mon­jes. En
me­dio de bromas y con buen hu­
mor iba comunicando men­sajes, a
ve­ces arriesgados, pero sin ofender
o dis­gustar a nadie. Y cuando se ex­
cedía en algún mo­mento y aparecía
cierto nerviosismo en los gestos de
su interlocutor, él mismo, con su
simpática afa­bi­li­dad, le contentaba
nuevamente haciendo reír y adap­
tándose graciosamente, relativizán­
dose a sí mis­mo. Avanzaba seguro,
sin miedo a hacer el ridículo, con el
señorío de quien tiene siempre a dis­
posición el comodín de la humildad
que le hace ganar la partida.
Todo esto para decir
Un estilo: la relación
hombre-mujer
que estaba entusiasma­
do por la Iglesia, por
Francesc, seguramente,
saber qué era y qué no
po­­
dría
haber tenido una pro­
era, y amarla con sus
yec­ción pública notoria. Se
defectos y virtudes, para
ex­­pre­­sa­ba en claridad y con­
hacer que sus «ar­rugas»
ven­­ci­­mien­t o, se ganaba el
se trans­for­ma­sen en la
au­­di­to­rio con aquella com­
materia pri­­ma para recu­
bi­n a­c ión per­­so­n al de rigor
perar la eter­na juventud
preciso y bon­dad apasionada,
de la Es­posa de Cristo.
y con­se­guía hacer llegar un
De nue­vo sus contrastes:
mensaje lleno de en­tu­siasmo,
crí­ti­co, pero obe­dien­te;
sin triun­fa­lismos.
de­nun­ciaba amando y
To­do él era len­gua­je, tam­
ha­cien­do posible una
bién su cuer­po, mos­trán­do­se
reno­va­ción.
siem­pre tal y como era, con
Siempre nos ha sor­
sus debi­li­da­des.
pren­dido que mu­chos
Y, sin embargo, el interés de
de nosotros, vi­nien­do de
su corazón era llevar una vida
ambientes alejados de
escondida donde Dios pu­diera
la Iglesia, nos en­tu­sias­­
expresar un mensaje lu­mi­noso
má­se­mos por la Igle­sia
sobre la relación hombre-mujer
dio­ce­sa­na pre­si­dida por
como fuente de espiritualidad
el obis­po. Fran­cesc, con
bíblica y evan­gé­lica.
su fuer­za, convicción
Hijo de una época en la
y ge­ne­ro­sidad, quería
que eso parecía cir­cuns­cri­bir­se
retor­nar la fisonomía co­
en la práctica al ma­tri­mo­nio
mu­ni­taria a la dió­ce­sis,
Paseando con los más jóvenes
y quedaba además envuelto
y nos conducía se­duc­to­
ra­mente a com­­pro­me­ter nuestra vida y a en­ro­lar­nos en nor­malmente en mo­ra­lismos, Fran­cesc reconocía que
la aven­tu­ra de una comunidad de per­so­nas que «que­rían no había recibido una for­ma­ción adecuada para tratar
vivir el amor mutuo» y vivir una experiencia ecle­sial esta cuestión. Pero a pesar de su inclinación natural a
la vida conventual, y con­tra todo pronóstico, la pro­
según se describe en los He­chos de los Após­toles.
Él era el primero en asombrarse y en explicar a videncia divina le había llevado a adentrarse en las
to­dos que aquellos jóvenes que antes no entrábamos profundidades del designio creacional –«Y creó Dios
en la Iglesia ahora vivíamos convencidamente la fra­ el hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó;
ternidad –con sus alegrías y renuncias–, y rezá­ba­mos y macho y hembra los creó» (Gn 1,27)– y eclesial –«Ni
celebrábamos la Misa en la parroquia, aunque a veces la mujer sin el hombre, ni el hombre sin la mujer, en
el sermón se nos hiciera largo y difícil de se­guir. Él fue el Señor» (1Co 11,11)–.
Por Dios se ar­ries­gaba, valiente y decidido, pero
siempre un «niño» del Evangelio, sin calcular nunca,
con
santo temor en el corazón, por estos caminos,
ofreciendo y dando siempre, re­nun­cian­do a sus planes
para responder generosamente a las peticiones que le afron­tan­do di­fi­cul­ta­des, comunicando de palabra y por
hacían los obispos de preparar jóvenes para el ministerio escrito aquella luz que él consideraba especialmente
de presbítero o de diácono, llevar adelante parroquias o necesaria para la Iglesia de hoy, buscando siempre el
casas de espiritualidad diocesanas, o iniciar aventuras fondo de la tra­dición clásica eclesial, pero buscando,
misioneras latino­a­me­ricanas. Siempre a punto para al mismo tiempo, el progreso de la fe.
Su paso ha dejado una fuerte huella que, si Dios
regalar, siendo po­bre de todo, como un enamorado de
quiere, dará su fruto. Mientras tanto, como cor­res­pon­­de
Cristo y de la Igle­sia.
Francesc ha querido vivir desposeído incluso de a personas que hemos recibido una vida nueva de la
los dones que Dios le regalaba para ganar a Dios y gracia, damos gracias a Dios por Francesc, y a Fran­cesc
por mostrarnos un nuevo rostro de Dios. ❒
su gloria.
¡
cambio de mentalidad
13
rincón poético
Dos miembros del Seminario del Pueblo de Dios,
al conocer la noticia del tránsito de Francesc, escribieron estos poemas.
Estela de luz
Hoy en la casa del Padre,
hay gran gozo jubiloso.
El niño, que burló su cautiverio,
de un impulso por el atajo
se ha escapado hacia la fiesta.
Nos deja a todos mirando al aire,
con los pies en la tierra,
atentos al milagro encantador de cada rostro:
presencia diáfana que pide
el alimento cada día,
sueño realizado que celebra
la Pascua en carne humana,
encuentro pleno de Él y Ella.
Ahora que has conseguido ya tu obsesión
-ser uno con la Trinidad divina-,
para los que te hemos conocido
y aún estamos cautivos,
eres y serás siempre
un sello gravado en el corazón,
una estela de luz que nos guía.
14 ¡ cambio de mentalidad
Manel Serradell
La huella del amor
El amor es fuerte como la muerte,
la pasión, inexorable como el abismo (Ct 8,6).
Hoy miro ya la muerte sin temor,
que es fuerte el amor como la muerte.
¡Amiga muerte, consérvame al amor!
Felizmente volando
quiero seguir la huella humilde de su cuerpo.
Quisiera ir dondequiera a zaga del amor.
No busco más consuelos,
ni playa ni montaña, ni frio ni calor,
ni música ni baile, ni nubes, ya ni sol.
«Silencio» es la canción
que consuela el corazón.
Es dulce y es sabroso
el único momento del amor.
Se ilumina el camino, antes oscuro,
que lleva hacia la patria apetecida.
Seguiré la huella del amor.
Vencida está la muerte y tan humilde...
¡Está transfigurada en el amor!
Tei Secall
¡
cambio de mentalidad
15
colaboraciones
Reportaje de un adiós
Mons. Joan Martí,
Arzobispo-Obispo de Urgell
V
uelvo de Burgos el jueves cos le lle­va­rán el lu­nes pró­xi­mo a
11 de julio, donde he esta­ la Clínica del Sa­­gra­do Corazón de
do reu­nido con los obispos Bar­ce­lo­na para hacer un diag­nóstico
de la Co­mi­sión de Misiones. Llego me­jor. Entre la es­pe­ran­za y la con­
tarde a casa, después de catorce horas cien­cia de la gra­ve­dad me habla de
de viaje, con una parada para la fiesta sus sen­ti­mien­tos: «¡Ya hace trein­ta y
de Mur, un pueblecito de la dió­ce­sis tres años que fundé el Se­minario del
de Urgell, en las proximidades de Pue­blo de Dios! Si me voy, dejo un
Tremp, donde me esperaban mu­chas legado que contiene mi pen­sa­mien­
autoridades para la inau­gu­ración de to, un legado for­ma­do por es­cri­tos,
la histórica iglesia del Santuario. gra­ba­ciones, char­­las». Menciona
El viernes tenía ne­ce­si­dad de ir a la or­d enación de pres­b ítero de
Brull, cerca de Vic, a la reunión de Joa­quín Cebrián en la dió­cesis de
la Conferencia Episco­
pal Ta­rra­co­nen­se. Me
siento tan cansado que
de­ci­do ex­­cu­sar­me por
te­lé­fono. Me dejo caer
en la cama. Al levan­
tar­me, un po­co más
des­can­sa­do, me­­dito la
si­tua­ción: Fran­cesc es­
tá grave en el hos­pi­tal
de Vic. En­ton­ces, hay
dos razones pa­ra ha­­cer
el viaje. ¡Va­mos!
Ya en su habi­ta­
ción, la con­ver­sa­ción
es flui­da. Co­no­ce su
gravedad y me cuenta
los pro­ble­mas de vi­
sión que ha te­nido y
un infarto ce­r e­b ral
tran­sitorio. Los mé­di­ Mons. Joan Martí y Francesc en una comida fraternal
16 ¡ cambio de mentalidad
Ur­gell como la úl­­ti­ma sat­isfacción
conjunta. Bro­mea so­bre su deseo de
que, cuando vis­tan sus restos mor­
tales, no le pon­­gan ame­ricana sino
túnica, pa­ra no pa­sar calor y estar
más có­mo­do. Tam­po­co pier­de la
oca­sión de ex­pli­car­me, una vez más,
el ca­risma que Dios le ha regalado
en su co­munidad.
Me dice que la presencia de
Je­­sús resucitado es, para él, más
real que la de quienes estamos allí
presentes, que encontrarse con Je­sús
Amante
de la Iglesia
Mons. José-Agustín Valbuena,
Obispo de Valledupar (Colombia)
Mons. José Agustín Valbuena y Francesc conversando animadamente
D
esde el primer momento
que conocí la comunidad
del Se­mi­nario del Pueblo
de Dios hubo una gran empatía con
mi forma de ver diversos aspectos
de la pastoral de la Iglesia. La
misma empatía que experimenté
desde la primera vez que traté con
Francesc.
Ante la precariedad pastoral de
la Diócesis yo había tenido la idea
de ir creando, como una «red de
mu­jeres célibes», bien preparadas
en el campo humano y capaces
pro­fesionalmente, con una pro­fun­da
formación cristiana que, al mis­mo
tiempo que ejercieran su pro­fe­
sión, pudieran trabajar en el cam­
po pastoral, al lado del presbítero,
ayu­dándole, o sin su presencia, asu­
miendo en el lugar todas las ta­reas
pastorales que pudiese rea­li­zar.
A las cualidades humanas de
Fran­cesc, a su simpatía y a su aper­
tura, se unía el carisma propio del
Seminario del Pueblo de Dios, la
relación «hombre-mujer».
Por eso cuando el P. Enrique Cas­
tillo, con quien anduve en el 1989
por Bar­celona, me ofreció ponerme
cambio de mentalidad
¡
es probar ya la vida eterna, y que no
ve problema alguno en mar­char de
este mundo, si ésta es la voluntad
del Buen Dios. Me ha­­bla sobre la
verdad, con ex­pre­sio­nes que recuer­
dan el evangelio de san Juan: «La
verdad plena no significa defender
posturas y doc­tri­nas. Aunque éstas
pueden ser bue­nas y necesarias, no
explican de modo completo aquella
Verdad que nos hace libres. La ver­
dad ple­na es siempre presencia del
Re­su­citado que, comunicando luz y
vida, nos lleva a participar del pro­
greso de la creación. Cuando so­mos
obedientes al Espíritu Santo posee­
mos la verdad completa de Je­sús».
Con énfasis me dice que, para él,
morir le sería una ganancia, ya que
quedaría definitivamente se­parado
del engaño y la mentira.
Después de otros comentarios
amistosos, se levanta de la cama y
me acompaña, pasillo abajo, hasta
la puerta: «Diga al Sr. Obispo de
Vic que estoy aquí y que el lunes
marcharé».
Al salir de la Clínica me vuelvo
a sentir cansado y, en lugar de ir a
Brull con los obispos, decido vol­ver
a casa. Por teléfono, le comento la
situación de Francesc al Sr. obispo
Josep. M Guix, quien le vi­sitará al
día siguiente, sábado por la tarde. A
con­ti­nua­ción, Fran­cesc me telefo­
nea para agrade­cér­me­lo. Ha sido el
adiós de Francesc. Una voz interior
me decía que te­­nía que ir, pese al
cansancio. ¿Era una premonición?
El lunes lla­man a la puerta de madru­
gada: «¡Francesc ha hecho el paso
hacia la Casa del Padre!».
Acogido en el seno de la Tri­ni­dad
divina debe contemplar a quie­nes
todavía estamos al otro lado del río.
Habrá una gran fiesta por allá. Allí
iremos, al banquete de las bodas del
Cordero, y lo en­con­tra­remos con la
túnica y la palma... Sea como sea,
nos volveremos a encontrar, ¡si Dios
quiere! ❒
17
c
en contacto con ellos, no vacilé un
mo­mento en ir adelante para co­no­
cerlos y proponerles su venida a la
Diócesis. Ya el P. Castillo me había
contado algunas cosas.
Si no me engaño en mis re­cuer­
dos y en mi apreciación, me parece
recordar también una gran empatía
con María Marín, que era la vicepresidenta en ese momento, quien
se preocupó de facilitar que yo
pudiera entrar en contacto directo
con Francesc, el fundador.
Mis entrevistas con Francesc
siempre fueron muy cordiales.
Quie­nes presenciaron esas entre­vis­
tas dicen que nuestras preguntas y
respuestas y nuestra risa, eran como
un buen juego de ping-pong.
Dios no me dio el Carisma de
Fundador y cuando conocí a este
grupo rebajé todas mis aspira­cio­nes
a ser Fundador de una Aso­cia­ción
de Fieles Laicas que en­tre­ga­ran su
vida al desarrollo de una pastoral
parroquial o diocesana, y desde
entonces creo que he pro­cu­ra­do
darle todo mi apoyo al Se­mi­na­rio
del Pueblo de Dios.
Admiré siempre en Francesc
que un simple laico, sin aspirar
a más, se atreviera a fundar esta
Aso­­cia­ción, a llevarla adelante y
tu­viera tan clara conciencia de la
gran­deza de la dignidad de la mu­
jer, de su valor en la Iglesia y de
la ne­cesidad de profundizar en la
re­la­ción hombre-mujer para hacer
apre­ciar a la mujer en toda la gran­
de­za de su voca­ción.
La primera impresión cuando
conocí a Francesc era la de un
hom­bre sencillo, muy inteligente,
simpático, con un cierto sentido de
«informal», muy trabajador, se­re­no,
serio y festivo a la vez, exi­gen­te en
la formación y, sin ser tan joven,
sabía llegar a los chicos pa­ra mostrar
a Jesús y ser para los miembros del
Seminario como un padre.
Me agradaba muchísimo su buen
18 ¡ cambio de mentalidad
genio y su acogida per­ma­nen­te
cuando le visitaba y su se­rie­dad
para imprimir este sello, en sus
seguidores.
Tengo la certeza de que ha
im­pre­so un verdadero carácter a
los miem­bros de la Asociación
ha­cién­doles responsables, serios
en el trabajo que emprenden, bus­
can­do dar lo mejor de sí mismos
con el espíritu acogedor que tenía
Francesc, y buscando siempre un
crecimiento, tanto en lo que mira
a la dimensión espiritual como a la
intelectual.
A los miembros que co­nozco,
les veo el gusto para res­pon­der a las
exigencias que se les en­co­mien­da,
sin ostentación pero con la alegría
de poder servir.
Pienso que Francesc fue un
hom­bre a quien las circunstancias
con­cretas de la vida le fueron indi­
cando el camino y le fueron dan­do
las armas para recorrerlo. Amante
de la Iglesia, del Papa, respetuoso
con la jerarquía y capaz de abrir un
nuevo camino dentro de la Iglesia
en la formación de los laicos.
Francesc tenía una cierta ob­se­
sión en la relación hombre-mujer
que constituye el carisma que im­
pri­mió en el Seminario del Pueblo
de Dios y que me parece a mí que
tiene una trascendencia muy gran­de
en el mundo de hoy, para la Igle­sia y
para los hombres y mu­je­res de hoy,
porque significa una va­loración de
la mujer, en su dig­ni­dad y en sus
capacidades en el cam­po intelec­
tual y en el campo pas­toral. Pienso
que la sitúa en el puesto que ella
ha de ocupar en la Iglesia y en la
sociedad.
Éste fue uno de los motivos por
los cuales no vacilé en invitarles a
la Diócesis, donde se da una cierta
explotación de la mujer, una cierta
ignorancia de su dignidad y de sus
capacidades para hacer frente a los
desafíos del mundo de hoy. ❒
Joan Esquerda Bifet, pbro.*
E
scribo mis reflexiones so­
bre la experiencia de mis
en­­cuen­tros personales con
el Seminario del Pueblo de Dios,
cuando Fran­cesc ha estado presente.
Es preciso distinguir siempre en la
gracia –o carisma– del fundador,
aquello que pasa a la comunidad
y aquello que es sólo personal. Así
lo hacen hoy los escritores sobre
los carismas fundacionales. Por
ello prefiero ha­blar de la herencia
espiritual de Fran­cesc. Es lo que él
ha vivido, mien­tras lo comunicaba
a los her­ma­nos. Veamos algunos
rasgos.
– La alegría de seguir al Señor
dejándolo todo por Él. Es la po­bre­za
evangélica de no apoyarse en nin­gu­
na seguridad humana. Los dones de
Dios, a pesar de ser dones que hay
que gozar y agradecer en la perspec­
tiva de la fe, no son Dios.
– La alegría de descubrir a Jesús
en medio de los hermanos (Mt 18,
20), principalmente en los más dé­
* Director del Centro Internacional de
Animación Misionera (Congregación para
la Evangelización de los pueblos) y profesor
de Espiritualidad y Pastoral misionera en la
Pontificia Universidad Urbaniana (Roma)
La herencia espiritual
de Francesc
de Dios es un servicio cua­li­ficado
para pro­mo­ver esta for­ma­ción tan
necesaria hoy.
– La alegría de la claridad y
sen­­cillez en la convivencia co­mu­
ni­taria, donde cada cual escucha,
acom­paña, sirve y ama, olvidán­do­se
de sí mismo.
– La alegría de la vida ordinaria,
en un trabajo semejante al de Na­za­
ret, con el estudio, las publica­cio­nes,
las reuniones, los despla­za­mien­tos
para promover encuentros, el apos­
tolado pa­rroquial, la cateque­sis...
– La alegría de pertenecer a una
familia espiritual (el SPD) donde
todo es común porque todos tienen
«un solo corazón y una sola alma»
como la Iglesia primitiva (Hch
4,32).
– La alegría de experimentar la
propia debilidad y, al mismo tiem­po,
la misericordia de Dios y la com­­
prensión de los hermanos. Con esta
experiencia se aprende a co­rre­gir
mejor todos los defectos.
– La alegría de prepararse para un
momento eclesial de urgencia evan­
ge­lizadora, sin condiciona­mien­tos
per­sonalistas.
– La alegría de sentirse siempre
Iglesia local y universal, siguiendo
la enseñanza del Santo Padre y
acom­pañándole con las oraciones
y con el estudio profundo y fiel de
sus documentos.
– La alegría de vivir en la espe­ran­
za de que siempre es posible ha­cer
lo mejor: darse.
– En toda esta alegría, que es gra­
cia mediante la herencia espiri­tual
de Francesc, resuena el Mag­ni­ficat
de María: gratitud, con­fian­za, hu­
mildad, generosidad, visión po­si­tiva
de la historia de salvación, an­helo
por comunicar el gozo evan­gé­lico a
toda la hu­ma­nidad y a toda la historia
huma­na. ❒
Desde la fundación de la comunidad, la amistad con D. Esquerda ha sido viva y constante
cambio de mentalidad
¡
bi­les. Los hermanos son valo­ra­dos
a la luz del Don: cada uno es una
his­toria de amor irrepetible. Hombre
y mujer, casados y cé­li­bes, inte­lec­
tua­les y trabajadores, con muchas
o po­cas cualidades, ino­centes y
peca­do­res arre­pen­ti­dos, pobres y
ricos, son siempre «el hermano por
el que Cristo ha muerto» (2Co 8,11).
Cada cual es un don irrepetible para
todos.
– La alegría de vivir todos los
días el encuentro con el Cristo:
Eu­caristía y Palabra de Dios. Es la
ple­­garia de intimidad con el Señor
que fundamenta el seguimiento evan­­
gélico como desposorio. La Pala­bra,
estudiada y contemplada, ce­le­brada
litúrgicamente y vivida, trans­forma
el corazón y lleva hacia una vida
hecha oblación eu­ca­rís­ti­ca.
El proceso es eminentemente
mariano: «Maria meditaba en su
co­­razón» (Lc 2,19.51) y llegó a
convertir su vida en un «sí» (Lc
1,38).
– La alegría de amar a la Iglesia
tal y como Jesús la ha amado (Ef
5,25), también concretamente en la
obediencia incondicional a los Pas­to­
res y en la sintonía con su en­se­ñan­za.
A veces, esta fidelidad hace su­frir
porque las personas son li­mi­ta­das.
Pero es un su­fri­mien­to fe­cun­do para
la propia vida y para la vida y misión
de toda la Iglesia.
– La alegría de servir a las co­­mu­
ni­dades eclesiales, según la misión
re­cibida del Pastor, pro­mo­viendo
la formación de todo el Pueblo
de Dios. El Seminario del Pueblo
19
c
Nuestro
amigo
Francesc
Monasterio de santa Teresa
Carmelitas Descalzas de Vic
Conversación en el locutorio
L
a Cuaresma del año 1971,
un presbítero conocido
nues­tro, nos habló de un
pequeño grupo de chicos y chicas
que conocía en Barcelona, y que él
llamaba «el pi­so de la caridad», por
el amor que se tenían entre ellos. Nos
20 ¡ cambio de mentalidad
Bellísimo retablo barroco de la iglesia del Monasterio
pro­pu­so hacerlos venir
de visita para que los
conociése­mos.
El primer en­cuen­
tro con el gru­po fue
una presentación de
cada uno por parte de
Francesc. Explicó un
poco el proyecto que
tenían, y po­ca cosa
más. Al finalizar, nos
dijo: «¡adiós, majas, y
si no nos ve­mos más,
hasta el cie­lo...!». Pero
no fue así. Francesc
volvió en nu­me­rosas
oca­sio­nes a nuestro
Car­me­lo.
A menudo venía
con miem­b ros del
SPD para que los co­­
no­cié­semos y ellos nos
pu­die­sen explicar sus ex­pe­­rien­cias,
otras veces ve­nía solo. Eran en­
cuen­tros de fa­milia, donde las co­sas
hu­manas se mez­claban con to­da
naturalidad con las di­vinas, en un
clima de con­fian­za y buen hu­mor.
Y así, año tras año, se fue for­jando
entre el Semi­na­rio del Pueblo de
Dios y nues­tra co­mu­ni­dad una amis­
tad y una intimidad ca­da vez más
pro­fun­das. Las rejas del Carmelo
no se­­paraban aquellas vidas, apa­
ren­te­mente tan diferen­tes, puesto
que estaban uni­­das por un mis­mo
an­he­lo: el amor a Dios y el de­seo
de ser­vir a la Iglesia.
¡Qué bien com­prendía él la fe­cun­
didad de nues­tra vi­da es­con­dida en
Cris­to! Se com­pene­tra­ba real­­mente
con nues­tros fun­da­do­res: santa Tere­
sa de Je­sús y san Juan de la Cruz. Y,
a la vez, cómo va­­lo­rábamos nosotras
su estilo de vida tan exi­gen­te y evan­
gélico en medio del mundo.
En nuestros en­c uen­t ros, nos
ha­bla­ba de algún tema espi­ri­tual:
la caridad ena­mo­ra­da, la oración,
la Madre de Dios, etc. O bien co­
men­taba el tiem­po litúrgico que
vi­­víamos.
Había algunos aspectos de la vida
cristiana que nos re­mar­ca­ba con én­
fasis: la importancia de no apoyarnos
en nadie más que en Dios; no tener
más interés que se­guir a Jesús, y éste,
crucificado; es­coger el último lugar;
amar a la iglesia. Y, sobre todo, nos
hablaba de la relación hombre-mujer
Un recuerdo
afectuoso
Francesc Muñoz Alarcón, pbro.
Dr. Muñoz y Francesc en el verano de 1991
M
e pedís que escriba sobre
la persona y obra de
Fran­cesc. Accedo por la
admiración y el afecto que le profesé
durante los años de mi trato con él
con mo­tivo de mi oficio de Vicario
epis­copal de la vida consagrada en
Barcelona. Fueron los primeros
años de la fundación del Seminario
del Pueblo de Dios. De los últimos
años nada puedo decir, porque no
he seguido la trayectoria de su per­
sona ni de la obra, sino a través de
las publicaciones que habéis te­nido
la amabilidad de enviarme.
Me habéis presentado una
«elaboración» de las palabras que
improvisé como homilía en la misa
ce­lebrada en sufragio suyo, en la
parroquia de san Luís Gonzaga
(Barcelona). Después he conver­sa­
do con algunos de vosotros re­cor­
dando anécdotas. Pero, al es­cri­bir,
debo ser más preciso y con­cre­tar
datos, interpretando y am­plian­do
lo que dije de palabra.
Se califica a Francesc como un
«contemplativo» y yo puedo dar
testimonio de ello. La imagen de
ello era aquella actitud reflexiva
su­ya, con los ojos cerrados, cuando
pro­cedía a explicar su pensamiento
cambio de mentalidad
¡
según la intención de Dios, puesto
que sobre este aspecto tan importante
para el SPD había recibido una luz
especial del Señor. Nos exhortaba
a vivir con responsabilidad nuestra
vocación y, al mismo tiempo, in­sis­tía
en la actitud de infancia es­pi­ritual y
confianza que tan bien nos enseña
nuestra hermana santa Teresa del
Niño Jesús. Quería que mirásemos
los acontecimientos del mundo
con perspectiva histórica, porque
así podíamos relativizar mu­chos
problemas. Deseaba que fué­semos
universales, pero, a la vez, muy
concretas en el amor.
En algunas ocasiones venía so­
lo: «Hoy vengo para que me tiréis
de la lengua», nos decía. Y en un
clima de familia nos explicaba con
la sencillez de un niño su vida in­
terior, la intimidad que vivía con la
Trinidad, su contacto con el mun­do
sobrenatural, las noches os­curas que
pasaba; y la misión que Dios le había
confiado como fundador del SPD, y
que tantos go­zos y sufrimientos le
pro­por­cio­naban.
Nos costaba despedirnos de él
y siempre nos alargábamos más de
lo previsto. Entonces, Francesc se
quedaba un tiempo solo con la ma­
dre priora y, ejercitando el es­pí­ritu
de fe, le pedía si le tenía que avisar
de algo, o si había algún pun­to que
no le pareciese bien. Es­te gesto de
humildad nos im­pre­­sionaba y nos
gustaba, era co­mo un sello más de
que aquella doctrina y aquella luz
que él tenía, venían de Dios.
Su entierro en nuestra iglesia,
lo consideramos un detalle más de
la amistad, confianza y delicadeza
que tenía con la comunidad. Por
nuestra vocación de religiosas de
clau­sura no salimos del mo­nas­te­
rio, y el Señor nos hizo el regalo
de poderlo acompañar, junto a los
miembros del SPD que tanto que­re­
mos, en este momento de des­pe­di­­da
pascual. ❒
21
c
en referencia al contenido de su
pro­yecto ideológico de la fun­da­ción
del Seminario del Pueblo de Dios,
transmitido a sus asociados en la
comunidad por él iniciada.
Como fundador no es de ex­tra­ñar
que tuviese un atractivo psi­co­ló­
gico, que se puede calificar como
de «inspiración desde lo alto»,
ejer­cido sobre los componentes de
la comunidad.
Su visión del laicado en la Igle­
sia, intensamente reconocido por el
Concilio Vaticano II, era el pun­to
de partida de la nueva fundación,
como también tenía siempre pre­
sen­te la espiritualidad de la unidad
eclesial, que había aprendido en el
Movimiento de los Focolares, con
el eslogan de «Jesús en medio» que
re­petía en sus diálogos conmigo,
fomentando el sentido de co­mu­
ni­dad entre los que se formaban
con él, con una actitud abier­ta a
todos, sin afán proselitista, pero al
mis­mo tiempo con una con­vicción
per­sua­­si­va.
Seguía con aten­ción los con­te­ni­
dos de la es­cuela de for­ma­ción, con
los que, en ge­neral, coincidía­mos,
pero a ve­ces el diá­logo se trans­­
for­ma­ba en dis­cu­sión, más por la
termi­no­logía que por los con­ceptos
que aquellas palabras que­rían ex­
pre­sar, ya que yo con­si­de­raba que
no podían ser cap­ta­dos con acier­to
por sus oyentes y lec­­tores. Nos re­
ferimos a la vir­gi­nidad en relación
con la es­pi­ri­tua­lidad es­­ponsalicia
de la ascética cris­­tia­­na, aplicada
sin mati­za­cio­nes in­­dis­tintamente
a los miem­bros com­­pro­metidos
con el ce­li­ba­to y a los vinculados
por el sa­cra­mento del ma­trimonio.
Esta reflexión llevó a introducir en
los primeros Es­ta­tu­tos la distinción
en­tre miembros internos y ex­ter­nos
de la co­mu­ni­dad del Seminario del
Pueblo de Dios.
La convivencia entre los miem­
bros de los dos sexos merecía una
22 ¡ cambio de mentalidad
ate­nción particular, que fue mo­ he­cho de compartir los bienes en
tivo de diálogo, tenso en algunos común, sufragar los gas­tos para
mo­men­tos. Es cierto que observé estudios de unos y el tra­ba­jo asala­
compla­ci­do las relaciones respetuo­ riado de otros en vida co­munitaria
sas con sincera alegría entre ellos ha sido una forma interesante de
y ellas durante los ratos libres de vida evangélica, sin ridiculeces,
aquellos tres días que pasé en la casa y por lo que he ido ob­­ser­vando,
bien aceptada por to­dos y digna de
de formación en Camprodon.
El sometimiento a los criterios admiración por los ob­ser­vadores
del fundador con los cuales la co­ de fuera.
No he podido referirme a la per­
mu­nidad se sentía identificada, me
hizo temer en alguna ocasión que sona de Francesc sin en­mar­car­lo en
atentase a la libertad de éstos por su fundación. Así es como le conocí,
pensar y razonar por cuenta propia, le admiré y le quise.
Confiemos y pidamos al Señor
aunque aceptasen obedecerlo con
prontitud. Este temor mío no fue que el Seminario del Pueblo de Dios
continúe siendo una eficaz con­
confirmado.
La norma instituida para man­ tribución a la misión de la Igle­sia
te­n er el consejo evangélico de en nuestro tiempo. ❒
la po­breza,
adecuada a
lai­c os y a
la vi­da re­
sidencial
normal, me
con­v en­c ió
d e s ­d e e l
p r i n ­c i p i o .
Hasta tuve
que frenar
impulsos de
re­n un­c ia a
los bienes
patrimonia­
les de algu­
nos compo­
nentes in­
cor­­po­r a­d os
reciente­
mente a la
co­mu­ni­dad,
aconsejan­
do que espe­
rasen has­ta
que quedase
bien acredi­
tada la per­
tenencia a
perpetuidad
en la Obra.
Compartiendo la sobremesa el pasado mes de noviembre en Barcelona
Pero el
Por sus frutos
los conoceréis
A. Bittor Mujika.
Prior del monasterio benedictino
de Estibaliz (Bizkaia)
N
Aita Bittor con un grupo de la comunidad.
Desde el año 1978 el País Vasco ha acogido con afecto fraterno al Seminario del Pueblo de Dios
liberada, transparente. Eso se nota
en el más pequeño gesto y detalle
del encuentro.
A continuación hago un rápido
repaso de lugares y momentos de
contacto, donde me he sentido aco­gi­
do sin reservas de ningún tipo.
Recuerdo a menudo el primer
en­cuentro con ellos. Fue en Laz­kao,
de la mano de Maite, una ca­talana
que se defendía bastante bien en
euskera. Me sentí acogido por
hombres y mujeres, proce­den­tes de
diversos lugares del es­ta­do es­pañol,
pero compenetrados unos con otros
y abiertos a lo des­co­no­ci­do. Yo,
hospedero del mo­nas­­te­rio, ¡me sentí
«huésped», acogido!
Aquel primer trato propició una
profunda amistad y aprecio por la
obra de Francesc.
Más adelante pasé una breve se­
mana en Camprodon, en la casa de
convivencias. Eran unas jor­na­das
cambio de mentalidad
¡
uestro hermano y amigo
Francesc Casanovas nos
ha dejado para entrar en
la Casa del Pa­dre.
Ha llegado la hora de recopilar
todo el mensaje que Francesc nos ha
transmitido con su vida en­tre­ga­da
a los hermanos. Los miem­bros del
Seminario del Pueblo de Dios en
Bilbao me han pedido que aporte
mi testimonio sobre él. Lo hago con
temor pero con amor.
Este testimonio se apoya, sobre
todo, en el contacto que he mante­
ni­do con los miembros de la Co­
mu­nidad en Euskadi y Catalunya.
Mi conocimiento y estima hacia
Francesc lo debo, en gran parte, a
es­tas personas. A partir de los fru­
tos he llegado a conocer y valorar
el cultivador «del huerto» de esta
Escuela de Formación.
Me ceñiré al valor de la aco­gi­da.
Me ha empujado a hacerlo una re­
flexión escrita por Lourdes Cam­pi,
actual presidenta de la aso­cia­ción.
En ella se lee: «En nuestra escuela
hemos aprendido la im­por­tancia de
saber acoger a un her­mano que nos
visita. Este arte, no obstante, no se
improvisa, es un estilo de vida».
Sí; cada vez que me he en­con­
tra­do con Francesc o con los miem­
bros de sus comunidades he tenido
el gozo de relacionarme con gente
23
c
de formación. Recuerdo los de­talles
con los que habían or­ga­ni­zado mi
visita, comenzando ya por acom­
pañarme en el viaje de Barcelona a
Camprodon. También aquel largo
paseo en coche «to­do­te­rreno» y, a
pie, por las cimas de al­rededor; y
una comida con Fran­cesc, con un
servicio cuidadoso y detallista; la
virtud de hacer las co­sas bien he­
chas, con pro­fe­sio­na­lidad; los chicos
aprendiendo a tener cuidado de la
ropa aceptando la enseñanza de las
chicas; la li­tur­gia bien preparada y
celebrada; la natural comunicación
entre to­dos; las visitas al monasterio
de Ripoll y Sant Joan de les Aba­des­
ses; otro paseo por la montaña...
En otra ocasión fui a Betxí
(Cas­tellón), acompañado por tres
monjes. Después, otro encuentro
de la comunidad de Lazkao en una
parroquia de Bilbao, etc.
La última visita en Catalunya
fue de media semana en la reciente
estrenada Casa de espiritualidad
y cultura de Campelles (Girona).
Lle­gué acompañado de dos monjes
benedictinos, Aita Errupin y Aita
Enrike. Creo que es el encuentro que
más me impactó. La co­mu­ni­ca­ción
entre Francesc, Lourdes y todos
los hermanos me hizo mucho bien:
volví a casa «confirmado» en la fe,
reafirmado en mi vo­ca­ción, con más
ganas de entregarme a la misión.
Y el fruto de aquella acogida
fue el retiro espiritual que Francesc
y Lourdes nos ofrecieron a las co­
munidades de Lazkao y de Es­tí­ba­liz
durante la cuaresma del 2001. Una
vez más, los monjes be­ne­dic­ti­nos,
acogedores por tradición, nos senti­
mos acogidos en nuestra casa.
Estoy convencido de que la
fuer­za de la acogida y del acom­pa­
ñamiento de Francesc sigue aún
más vigorosa desde el cielo. Doy
gracias al Señor y a mis hermanos y
hermanas del Seminario del Pueblo
de Dios. ❒
24 ¡ cambio de mentalidad
Consuelo y
amistad
P. Pankraz, monje benedictino
y abad emérito de Disentis (Suiza)
Disentis, 8 de agosto de 2002
Queridos hermanos y hermanas mías
del Seminario del Pueblo de Dios.
La noticia del fallecimiento de mi amado y muy valorado amigo Fran­
cesc me conmovió profundamente. No fue hasta después de haber vuelto
de mis vacaciones a finales de julio que supe la noticia. Casi no lo podía
creer; antes de vuestra despedida de Disentis, como cada vez, tuve una
conversación personal larga con él. Al principio lo encontré muy envejecido,
pero después, cuando hablaba de sus grandes ideales y de su comunidad,
amada por él más que nada, entonces sus ojos rezumaban entusiasmo y
su rostro se rejuvenecía. Estaba lleno de alegre y absoluta confianza en el
futuro. Y así podía, con serenidad y profundo agradecimiento, devolver a
las manos de Dios su obra, bendecida tan visiblemente.
Mantendremos la memoria de Francesc con afecto y agradecimiento y
estamos unidos con él y todos vosotros en la oración.
¡Esperamos que también después de su sepultura, Disentis siga siendo
patria para el Seminario del Pueblo de Dios!
Vuestro,
+ Pankraz, abad emérito y hermanos
Con el P. Pankraz. La generosa hospitalidad del Monasterio ha sido desde los inicios, ininterrumpida
testimonios
Reciclaje
en eclesiología
C
uando ya tenía mi vida en­
ca­rri­lada, cuando creía do­
minar las tácticas pastorales,
cuando vivía tranquilamente instala­
do en una pa­rro­quia que conocía al
dedillo y te­nía bien controlada, llegó
Francesc de Italia, entusiasmado con
una es­pe­cie de «receta milagrosa»
para re­novar la Iglesia y devolverla
a sus orí­genes.
¿En qué consistía esta receta?
Bá­sicamente en dos ingredientes:
ser «una sola cosa» entre nosotros, y
ser «una sola cosa» con el pastor, el
obispo. Para él, de hecho, ambas co­
sas constituían un solo in­gre­dien­te.
El trasfondo de ésta fórmula era una
profunda inquietud de Francesc, que
años atrás ya me había co­mu­ni­cado:
¿por qué en numerosas oca­sio­nes
los carismas acaban per­dien­do el
vínculo orgánico –¡vital!– con el
obispo diocesano y, por tanto, con
la comunidad cristiana? Él no se
lo planteaba como un error, sino
como algo que tenía que madurar,
y le parecía que había llegado el
mo­mento propicio.
La respuesta era que los caris­
mas sur­gían como solución de una
ne­ce­si­dad urgente eclesial en un
mo­men­to determinado y por la inma­
du­rez de los tiempos podían alejarse
de la unidad. Pero lo normal sería
que re­tornaran al pueblo de Dios,
des­pués de haber sobrevivido a las
tem­pes­tades de los siglos, gracias al
cui­dado y la vigilia de las res­pec­ti­vas
con­gregaciones u órdenes.
De hecho, ya lo dice la buena
teo­logía: no hay carismas privados,
porque todos están al servicio del
«cuerpo» de Cristo, la Iglesia. Na­
die puede declararse «amo» de un
don, sólo servidor del mismo, y el
dis­cer­nimiento último recae sobre
el obis­po del lugar.
Por eso Francesc seguro que es­
ta­ría de acuerdo con aquel dicho de
Verdaguer: «Quien por fray, quien
por hermano, todo el mundo es fran­
cis­cano». ¡Toda la Iglesia es fran­cis­
cana, dominicana, benedictina...!
Era necesario que todos los ca­ris­mas,
bien reforzados y formulados, y
a través de sus testigos, volvieran
a ser patrimonio de la comunidad
cristiana diocesana presidida por
el obispo.
Esta eclesiología suya me hizo
replantearme la mía. Anécdotas
aparte, que hay muchas, Francesc
incidió profundamente en mi ma­
ne­ra de entender la Iglesia. Para co­
menzar, me hizo superar una es­pe­cie
de alergia innata que sentía con­tra
la jerarquía.
Pero también me contagió una
inquietud profética que le llevaba
a desenmascarar las apariencias de
«cartón» para hacer posible una base
real. Ante ciertas cosas que, de en­
tra­da, se tienen por santas y buenas,
él se fijaba en signos que ponían en
cuestión, no la buena intención de
las personas, sino la autenticidad del
«resultado final».
Tal vez el tema que más me vie­
ne a la memoria es el de la pastoral
parroquial que yo llevaba a cabo.
Me interpelaba fuertemente con ges­
tos sencillos: Francesc barría, por
ejemplo, en la sala donde teníamos
que hacer una reunión. Un detalle así
hacía tambalear todo mi esquema y
cuestionaba mi activismo. Para él,
barrer era «condición sine qua non»
para que aquella actividad pastoral
tuviese un sello evangélico. No por
cuestión formal, sino porque este
ges­to era la semilla que fecundaba
de evangelio auténtico aquella reu­
nión. Tenía a mi lado, entonces,
sen­cillamente, a un revolucionario.
Por­que... para tener esta seguridad
con aquellos criterios tan peculiares
era preciso ir contracorriente, en un
mundo de marketing e imagen, de
números y apariencias.
Su «receta milagrosa» empezaba
por estas cosas que nadie ve. Pero él
creyó firmemente en ellas, y resulta
que, al final, inciden más que gran­des
organizaciones y planifi­ca­cio­nes.
Por lo menos, esa ha sido tam­bién
mi propia experiencia.
El padre de Francesc se dedicó
a grandes construcciones civiles; su
hijo pequeño iba a dedicarse a cavar
silenciosamente los fundamentos de
otro tipo de construcción: la co­mu­
ni­dad, sin más adjetivo que el de
«¡cristiana!». ❒
cambio de mentalidad
¡
Vicenç M. Farré, pbro.
25
c
Un hilo de oro
Gloria Torres
Gloria siguió un itinerario peculiar al lado de Francesc: fue prometida, amiga, hermana, y ha
tenido un papel fundamental en la fundación del Seminario del Pueblo de Dios.
El encuentro
Etapa fundacional
Como en una película ro­mán­ti­ca,
Francesc y yo nos co­nocimos en el
tren, de Monistrol a Bar­ce­lo­na, vol­
viendo de Mont­serrat.
Él había ido a buscar orien­ta­ción
vocacional y le orientaron ha­cia el
matrimonio. En el mismo tren de
vuelta a casa, con su rapidez ca­
racterística –eso lo supe años más
tarde– buscó una chica que via­jase
sola para con­cretar con ella aquella
vo­cación. Yo fui la «afortunada».
Lo pongo entre co­mi­llas porque
el hecho de co­no­cer­le supuso para
mí el inicio de una aventura en la
que nada ha si­do como mi corazón
soñador se ima­ginaba.
Él me gustó; de hecho, me atraía
mucho. Las mujeres, con nues­tro
sexto sentido, notamos cuan­do un
hombre es sincero, co­he­rente, y
limpio de corazón. Por ello me entu­
siasmé con el proyecto de formar con
él una familia, aun­que él siempre me
decía que quería entregarse a Dios,
lo cual, en nues­tra formación era
sinónimo de ha­cer­se religioso. Pero
aquellos tres me­ses de noviazgo me
pro­por­cio­na­ron mucha normalidad,
ya que yo estaba llena de moralis­
mos, ta­búes y prejuicios.
Pero acabado el plazo él se de­
cidió a seguir la vida religiosa y
quedamos tan amigos. Yo estaba
convencida de que Dios, que le había
dado a Francesc lo que él de­seaba,
también me lo daría a mí.
Después de todo su periplo
por los Dominicos, Capuchinos y
Fo­co­larinos, una vez que volvió a
Barcelona me propuso participar
en lo que entonces llamábamos «la
experiencia». Le gustaba nom­brar
así aquel primer grupo porque sig­
nificaba que, como él mismo so­lía
decir: «En el amor, lo que va­le es
amar». Le gustaba recordar aquella
bella definición de Dios que hay en
la Escritura: «Dios es amor» (1Jn
4,16).
En esta época descubrí en él una
personalidad más sabia, con aquella
autoridad evangélica de quien vive
seguro caminando por la cuerda floja
26 ¡ cambio de mentalidad
de la propia in­ex­pe­riencia y debili­
dad. Francesc ha sido un campeón
en el arte de avan­zar seguro en «la
inse­gu­ri­dad».
Le pasó –seguimos en la «cuer­
da floja»– que tuvo que descubrir
«sobre la marcha» la manera de
ser femenina. Su ideal había sido
siempre darse a Dios, pero ahora
debía atender en aquella incipiente
experiencia comunitaria a un gru­po
mixto de seguidores, pro­cu­ran­do que
la relación entre los chi­cos y las chi­
cas fuera un camino de espiritualidad
eclesial. Pero él no se detenía ni se
asustaba y, le­jos de solucionar los
problemas de forma esquemática o
es­te­reo­ti­pa­da, nos ofrecía una luz,
una uto­pía, un imposible para que
Francesc y Gloria
Rosa, Gloria y Francesc hace unos años
¿Yo... líder?
Igual que él iba adelante mo­vi­do
por una utopía, me pidió que le res­
paldase ocupándome de las chicas.
Tuve que sacar fuerzas de flaqueza, y
se­gu­ri­dad de mi in­se­gu­ridad, porque
no me veía pre­pa­ra­da en absoluto.
Pero, ¡qué gozo asumir es­tos retos
para se­guir la misma suer­te de aquel
hombre que, una y otra vez, solía
empezar siem­­pre de nuevo co­mo
un ni­ño ilu­sio­­na­do!
¡Qué afortunada he sido, pu­
dién­do­me enrolar en este proyecto
del Se­mi­na­rio del Pueblo de Dios,
com­par­tien­do a su lado alegrías y
dolores, esperanzas y tristezas!
¡Qué plenitud, dar la propia vi­
da en el riesgo y en la fragilidad,
si­guiendo a un hombre débil como
tú, que avanza decidido y confiado
por caminos inexplorados!
Rosa
Rosa ha sido una mujer de gran
atractivo, tanto en su personali­
dad como en su
as­pec­to y pre­
sencia. Era la
«mujer fuerte»
de la cual ha­bla
la Biblia, una
entre mil, ma­
ra­villosa en su
ha­blar y sa­ber
estar, elegante
como una reina,
sen­c illa en el
tra­ba­jo y recta
en su corazón.
Ante ella fui
a la vez forma­
dora y precurso­
ra. For­ma­dora,
La unidad fraterna entre mujeres genera bienestar en la Iglesia
cambio de mentalidad
¡
re­fle­xio­náramos, de manera que
cada cual afrontara su vida respon­
sa­ble­mente y fuera capaz de elegir a
Dios como el todo de su vida.
Francesc no nos ha llevado ha­
cia sí mismo, sino hacia Jesucristo,
para que llegásemos a asumir per­so­
nalmente el compromiso bau­tis­mal.
Eso es muy atractivo para una mujer:
ver que una persona como él, sin
demasiado liderazgo «natural», se
convertía por la fe –¡siem­pre por
la fe!– en un pionero que velaba
siempre por los suyos, un luchador
enamorado, que se des­vivía para
proteger, alimentar y vestir a una
comunidad de gente joven e inexper­
ta... ¡Era una ex­pe­riencia fascinante
y me llenaba de gozo!
ayu­dán­do­­le a vivir la co­mu­nión
con las chi­cas; y pre­cur­so­ra, dando
relieve a su persona pa­ra que pudiera
ofre­cer su apor­ta­ción carismática al
la­do de Fran­cesc.
Al final de su vida en esta tierra
hemos disfrutado de una relación
fraterna especial. Durante su en­
fer­medad yo la acompañé en todo
momento, participando de lo que
ella vivía, y haciendo mío su pro­ce­so
doloroso, con el deseo de vi­­vir estos
momentos siendo un solo cuerpo. Ha
sido –y es– una en­trañable vivencia
que no cabe olvidar nunca porque
está inscrita en el cielo.
Tanto Francesc como ella han
dado su vida «hasta el extremo».
Y, por ello, han dejado un rastro de
belleza. Belleza humana con to­dos
sus matices, porque era muy bello
contemplarles en su trato, don­de pre­
dominaba la fuerza, la radicalidad,
el «todo» realizado, la utopía.
Pero también donde todo era
pe­dagogía, mensaje, educación y
en­señanza de cara a formar per­so­nas
en la cultura de la plena in­tensidad de
amor propia de la Pa­labra de Dios.
Después de contemplar esta
his­toria, me considero, más que
nunca, afortunada, pero esta vez...
¡sin comillas! ❒
27
c
La Palabra
¡más viva que nunca!
Melchor Querol, pbro.
Francesc y Melchor, en los inicios de la comunidad
S
oy uno de los primeros com­
pañeros de comunidad de
Fran­cesc. Ya en los ini­cios,
solía sorprendernos siempre con
sus reflexiones sobre los evan­
ge­lios o san Pablo. Pero hoy me
gus­taría comentar un aspecto suyo
es­p e­c ialmente significativo. Se
trata de cómo él fue en­tran­do en
el es­píritu de la liturgia, y có­mo
esta pe­netración se trans­for­maba
en pedagogía para no­so­tros, que a
me­nudo proveníamos de am­bien­tes
alejados de la ora­ción, aunque no
era mi caso.
Por ejemplo, en el inicio re­zá­ba­
mos juntos haciendo una me­di­ta­ción
de la Palabra de Dios. Era fascinante
verle abrir el Nuevo Tes­tamento al
28 ¡ cambio de mentalidad
azar y comentar, com­partiendo con
nosotros, la luz que surgía, entusias­
mado para que esta luz engendrase
comunidad y guiase nuestro servicio
en la Igle­sia.
Un entusiasmo inagotable, día
tras día, con una fuerza renovada,
como siguiendo casi ob­se­si­va­men­
te un hilo invisible, como uno de
es­tos sabios que no pueden re­pri­
mir su sed de conocer. Los temas
tratados días atrás resurgían bajo
nuevos prismas, añadiendo ma­ti­ces
y abriendo perspectivas.
El ambiente que se creaba era el
de experimentar a Jesús en me­dio
de nosotros con mucha ale­gría, sin­
tiéndonos libres para ex­presarnos
tal y como éramos.
Es­pontáneamente, en este cli­
ma –se me hace difícil describirlo
bien– experimentábamos cómo
se re­producían en nuestras vidas
al­gunos personajes y escenas sen­
ci­llas y conocidas del Evangelio,
siem­pre con un humor sano y li­
be­ra­dor: alguno nos recordaba a
este o aquel apóstol, otro a esta o
aque­lla seguidora de Jesús, otros
re­p re­s entaban a los pecadores,
en­fer­mos o fariseos. No se trataba
tan­to de etiquetar o clasificar las
personas, sino de abrir el corazón a
una explicación viva que ilus­tra­ba
la manera de pensar de Jesús.
Francesc tenía mucha fantasía
y los evangelios se convertían con
él en una ilustración de nuestra vi­
da cotidiana. Nuestras reac­cio­nes,
sentimientos, tentaciones, des­
cuidos, ingenuidades, igno­ran­cias,
ya estaban en los evangelios. Como
también nuestra fe, hu­mil­dad, arre­
pentimiento, debilidad, con­fianza
y perdón.
Pero además, Francesc se fi­
jaba mucho en el rol de la mujer,
espe­cial­mente respecto a Jesús. Le
fas­ci­naba la escena de María de Be­
tania a los pies de Jesús. Recuerdo
que decía: «Jesús habla de los que
es­cogen “la mejor parte” pre­ci­sa­
men­te cuando tiene a sus pies a una
mujer que le escucha fas­ci­nada».
También gozaba mucho ex­pli­cando
con detalles y gestos la es­cena de
la pecadora arrepentida, que llora y
lava con lágrimas los pies de Jesús.
O el episodio de la siro-fenicia,
que sabe tener con Je­sús un agudo
diálogo para «sa­lir­se» con la suya.
Nos decía que la mujer hacía que
Jesús se ex­pre­sa­ra libremente.
Solía consultar manuales y es­
tu­dios exegéticos, pero le atraía la
humanidad de Jesús que se des­
pren­de de las narraciones evan­
gé­li­cas. ¡Fuera pseudo-místicas;
fue­ra espiritualismos! Le gustaba
citar una frase de Juan Pablo II:
«Una fe que no es cultura, ¿de qué
fe se trata?». Se fijaba mucho en
algu­nos detalles de los evangelios.
Por ejemplo, que Jesús resucitado
se dedicara a cocinar pescado para
los discípulos a la orilla del lago, o
que, en plena sobremesa, con­fia­se a
Pedro el cuidado de la co­mu­nidad.
Y también que, después de resucitar
aquella jovencita de do­ce años, la
hija de Jairo, se preo­cu­pase de que
le diesen de comer. O aquel otro de­
talle del apóstol Juan que, a pesar de
llegar antes que Pedro al sepulcro,
porque era más joven y rápido, le
espera y entra detrás de él.
Le atraía mucho este aspecto
cultural de la fe, su aspecto hu­
ma­no, visible, tangible. Jesús fue
ex­tre­madamente humano, sin llegar
a ser, en absoluto blando ni sen­ti­
men­tal.
La contemplación de Jesús lle­va
necesariamente a la cultura, co­mo
culto a la verdad. Quienes se­guimos
los pasos de Francesc sentimos
vivamente este reto, pues­to que
él veía el testimonio de la Iglesia
precisamente en el atrac­ti­vo de la
cultura generada por la presencia
pascual de Jesucristo en medio de
los suyos. ❒
«Unificar» el corazón
Elena Fernández
¿
Con Francesc y su marido Juan, de Valladolid
cambio de mentalidad
¡
Por qué es tan difícil –me
preguntaba de joven, ya
casada– compaginar el
amor a Dios y el amor al ma­
rido? De hecho, no se puede
compaginar, más bien se ha
de unificar en un corazón in­
diviso, en un corazón virgen
enamorado de Cristo.
Ya lo decía san Pablo y era
bien conocido en teoría, pero
en la práctica, y a pesar de estar
bau­ti­za­da y ser cristiana prac­
ticante, re­sultaba totalmente
des­co­nocido para mí.
Dios hacía cola, en mi vida:
pri­mero, el marido, o los hijos,
se­gún la época; después, Dios.
¡Qué montaje, Dios mío! Por
ello me sentía interiormente
in­sa­tis­fe­cha, a pesar de ta­
parlo con los sen­timientos y
29
c
actividades propios de una madre
de cuatro niños.
La radicalidad del Evangelio me
esperaba fielmente. Sentí la lla­mada
cuando conocí unos jó­ve­nes que
vivían en comunidad en Va­lladolid.
Y meses más tarde tu­ve ocasión de
conocer y tratar a Fran­cesc, que, por
cierto, no enca­ja­ba con la imagen
que yo tenía de un fundador.
Yo me imaginaba a los fun­da­
do­res, serios, espirituales, forma­
les,... Y él era divertido, directo,
espontáneo y, sobre todo, humano.
Nos hacía pasar ratos muy agra­da­
bles, ya fuera hablando, comiendo,
rezando. A su lado todo tenía una
densidad que yo denominaría «sa­
gra­da». Mi marido, al principio,
reaccionó extrañado, pero más tarde
seguiría también mi camino y ahora
es también miembro ex­ter­no de la
Comunidad.
Yo relaciono la persona de
Francesc con la «unificación» de
mi corazón, como decía antes. Él,
con su manera de actuar, de creer,
de amar, de apasionarse, comu­ni­
ca­ba un atractivo. Más tarde te das
cuenta de que es, en el fondo, el
mis­mo atractivo de Jesús. Aquello
que Pablo definía como «absur­do»,
como «locura» de la cruz. ¡Ena­­
morarse de Jesús clavado en la cruz!
Este hombre es la res­pues­ta, este
hombre: Jesús, es «mi» hom­­bre, mi
amor, mi todo.
Permitidme que me exprese así,
porque sé que, lejos de ofender a
nadie, esta «profesión de fe» es mo­
tivo de satisfacción para mi ma­rido
y también es causa de nues­tra unión
matrimonial, que hemos tenido que
poner al día porque nos casamos
con mucha inconsciencia. Pero Dios
nos ha bendecido, tam­bién pasando
nuestras noches y pu­rificaciones,
con la identidad de la virginidad o
pureza de co­ra­zón, acogida como
un regalo en el seno de nuestro
matrimonio.
El mensaje de Francesc hacia mí
tomó, desde que le conocí, esta di­
rección: «Dejarlo todo para se­guir al
Maestro». Pero, ¿eso no es de curas,
monjes y monjas? ¡No! ¡Es de todos
los cristianos, que son la Iglesia!
El sentimiento de per­tenencia a la
Francesc con tres miembros, externas del SPD
30 ¡ cambio de mentalidad
Iglesia había to­ma­do posesión de mí.
Yo, a pesar de estar casada, seguía
a Jesús, co­­mo aquellas mujeres del
Evan­ge­­lio. Se trataba de una libe­
ración del corazón, aunque sigas
ha­cien­do las tareas y cumpliendo los
de­­beres de madre de familia y mu­­jer
de tu marido. ¡Cristo te li­be­­ra de la
manera absurda de vivir del mun­
do! Aunque sí que es pre­ci­so vivir
consagrada al amor re­nun­ciando por
siempre al egoísmo.
Mi trato con Francesc se adorna
con muchas anécdotas. Yo, in­
con­­creta y descuidada de natural,
siempre le sorprendía a él –con­cre­
to, concentrado, metódico–. Es­te
contraste de temperamentos, que
nos iba bien a ambos para mejorar,
ha sido motivo de buen humor, de
reír a gusto, y de tomarnos la vida
como niños que, aunque a veces
se inquietan y se echan en cara los
defectos, se aman entrañablemente
y van a buscarse siempre de nuevo
para seguir jugando.
En este caso, era jugar el juego
de la vida evan­gé­lica sin detenerse
nunca. ❒
La partida
de póquer
Victoria Zatón
Permitidme, amigos lectores, que os presente a Francesc mediante un cuento. He intentado elaborar un
escrito más convencional... sin conseguirlo. Y, finalmente, me ha venido la inspiración. La originalidad de
este hombre de fe y de Iglesia es, desde mi perspectiva, tan sugerente y viva que... en fin, me faltan palabras, y
mejor que pasemos directamente a la historia.
H
vida monacal y retirado pa­ra aden­
trarse en la vida con­tem­pla­tiva de la
mano de la relación hom­bre-mujer.
Y Dios le seguía el juego. Pero quiso
ponerle a prue­ba, porque la persona
tiene que ser digna de la fortuna. Y,
para pro­bar­lo, le iba dando lo con­
trario de aquello que buscaba.
Y junto a la po­breza, le llegaba al
loco la fe des­nuda, la fe sin adornos,
ni se­gu­ridades, ni condiciones. Y él,
cuanto menos tenía, más gozaba,
porque veía acercarse el día de la
par­tida de póquer, el día que las
car­tas saldrían a la luz y elegirían
al vencedor de la apuesta.
Y el día llegó. Y aquel hombre
ga­nó. Y Dios y él se miraron y se
hicieron un guiño de complicidad,
porque todo había sucedido como
los dos querían. Porque Dios había
marcado las cartas para dejarse
ganar.
La alegría fue tan grande que
se organizó una gran fiesta, donde
serían invitados los mancos, cojos,
huérfanos y enfermos. Una fiesta
que nunca acabará porque en ella
se celebra el «amor eterno» en la
mirada eterna de Él y Ella. ❒
cambio de mentalidad
¡
abía una vez un cristiano
que, cada mañana, cuando
se despertaba, empezaba a
soñar. En lugar de soñar de noche, lo
ha­cía de día. Y, soñando, soñando,
hacía ensayos en la realidad. Y cuan­
to más investigaba, más go­za­ba, era
más libre, y más se le re­velaban los
secretos arcanos de la creación del
mundo y de los hom­bres.
Los amigos, que le apreciaban,
le llamaban «loco», porque era idea­
lista. Quería que todo el mun­do fuera
libre, porque el en­cor­se­ta­miento y
la represión que había en el mundo
le dolían. Pero más le dolía ver que
muchos, a pesar de quejarse, prefe­
rían estar en­car­ce­la­dos que salir a
campo abierto. Una cosa, sólo una,
seguía siendo una incógnita para
él. Todo el mun­do le decía que no
se entretuviera en eso, que se ocu­
para de las cosas altas y perfectas,
y dejase las ba­na­les. Pero, loco de
Dios como era, quiso hacer con él
una apuesta y ju­gárselo todo a una
carta: «Si nos has creado a imagen
y semejanza tuya, y nos has creado
hombre y mu­jer, no pararé hasta
saber qué sig­nifica eso».
Y a Dios le gustó este per­so­na­je,
y hasta se sorprendía de que, fiel a
la apuesta, dejase atrás un es­tilo de
31
c
Equilibrio
de contrastes
Joan Perera
Q
uerría ofreceros algunas
anécdotas y reflexiones que
he ido haciendo a lo largo
de estos últimos años sobre la perso­
na de Fran­cesc, desde mi perspectiva
de «secretario técnico» suyo.
Él valoraba mucho la res­pon­
sa­bilidad y, por ello, cada vez que
«despachábamos» temas, yo lo pre­
paraba con una cierta solem­ni­dad:
ordenaba antes los papeles, y hacía
una reflexión de cada cosa, porqué
sabía que a él le interesaba la identi­
dad de cada cosa: ¿era una consulta,
una pregunta, una in­for­ma­ción?
Cuando nos reuníamos para tra­
ba­jar, le gustaba buscar el lugar ade­
cuado, según la luz, o la prac­ti­cidad,
y él mismo, si convenía, me acercaba
una mesita auxiliar o la silla. Siempre
me preguntaba si tenía sed, si estaba
bien y cómodo. Los preámbulos eran
muy es­pe­cia­les: me invitaba a fijar­
me en al­guna pieza o cuadro nuevo,
y tam­bién me explicaba su estado de
salud, lo que le había acon­se­ja­do el
médico, la dieta que seguiría, etc.
Era muy gracioso hablando de eso,
dado que, en ocasiones era un poco
aprensivo, pero al mismo tiempo
hablaba de ello con buen humor y
filosofía práctica.
Todos los temas relacionados
con su salud y el funcionamiento de
32 ¡ cambio de mentalidad
su organismo tenían una den­si­dad
especial. En él, incluso sus tran­ces
médicos, se convertían en men­saje
y comunicaban una pro­xi­midad y un
calor humano difícil de describir.
Pero volvamos a las reuniones.
Una vez hechos los preparativos, se
sentaba delante de mí, mi­rán­do­me,
y con ello yo entendía que empezá­
bamos el trabajo, haciendo posible
que aquellos ratos juntos fuesen
ágiles, y él se sintiese có­mo­do para
expresarse a su aire.
Yo había ordenado, como he
di­cho, los temas según mi lógica,
y le daba una explicación antes de
darle un papel, que él escuchaba,
pero enseguida olfateaba la cues­
tión y empezaba a ojear mi pa­pel,
como diciendo: «No son ne­cesa­rias
explicaciones y vamos al gra­no». A
veces, si yo creía ne­cesario alargar
mi explicación, le pedía ante su
gesto o postura de pe­dirme la hoja,
que siguiese es­cu­chando: «Un mo­
mento, Fran­cesc, que aún tienes que
saber que...». Él, en­ton­ces, cruzaba
los bra­zos y, obe­diente, me seguía
es­cuchando pa­cien­temente y con
educación hasta que yo acababa y
le devolvía los pa­peles.
En otras ocasiones me dictaba y
yo escribía. Querría comentar una
ocasión en la que tenía que hacer un
escrito que requería, por la temática
delicada, un especial equilibrio.
Sobre esto, una vez, un insigne ecle­
siástico le comparó a los acróbatas
que se pasean por la cuerda floja y
que hacen exclamar al público: «¡Ay,
que cae por la de­recha! ¡Ay, que cae
por la iz­quier­da!». Pero resulta que
nunca caen.
En aquella ocasión, me hizo sen­
tarme y, andando de un lado a otro
de la habitación, iba dictando, sin
correr, pero sin pausas largas. De
carrerilla dictó tres hojas de papel,
que pasé a máquina en vistas a su
publicación. Cuando revisó el texto,
no cambió nada y se publicó. Un
buen teólogo, después de leer­lo,
afirmó que aquel escrito de Fran­­cesc,
contenía un gran equili­brio y que,
a la fuerza, Francesc ha­bía debido
elaborarlo en un es­pa­cio de tiempo
dilatado. Cuando le expliqué cómo
se había escrito, ¡no se lo creyó!
Son pequeñas anécdotas que des­
criben rasgos de su perso­na­li­dad.
Pero son trazos que van por pa­rejas
de contrastes: solemne, pe­ro espon­
táneo; metódico, pero im­pro­visador;
inquieto, pero obe­dien­te.
Estos años de trabajo conjunto
han sido deliciosos. Aparte de lo que
he explicado, querría hacer hin­capié
en el gran sentido de cola­bo­ración
que tenía, escuchando siem­pre y
asumiendo las pro­pues­tas de los
demás, confiando hasta las últimas
consecuencias en el don de Dios de
cada persona.
Sin querer exagerar, yo me admi­
raba de esta ausencia de ego. Él daba
valor al hecho de trabajar unidos
festivamente en relación fraterna,
¡aunque hubiese que pa­sear por la
cuerda flo­ja! ❒
Un viaje al «paraíso»
Ursula Vogts
C
fruto de un diálogo entre tres: Dios,
tú y nosotros, sin inter­ven­ción de
cuartas o quintas perso­nas». ¡Qué
sencillo, claro y trans­pa­rente! Qué
bendición de Dios, po­der llegar yo,
confundida y ate­mo­rizada como
estaba, a esta «fórmula» que me
complacía ple­na­mente, porque era lo
que yo de­seaba. Yo quería hacer un
dis­cer­nimiento con soltura, pero, de
hecho, ¡no era libre! Me dominaba
un miedo difuso. Y el miedo es muy
mal consejero...
He aquí, entonces, que le hice
ca­so, y a partir de entonces oraba
con este «místico» grupo de tres,
y así, paulatinamente, impercep­ti­
blemente, desaté mi corazón para
que siguiese, libre, su instinto so­
brenatural. Y fue así como llegué
–¡me costó dos años!– a la firme
de­cisión de emprender el viaje.
De aquella mencionada reunión
recuerdo la rapidez con que Fran­cesc
respondía, sin querer con­ven­­cer, y
sin ningún otro argu­men­to que su fe.
Le veía confiado, respetuoso, sere­
no... pero a la vez valiente, generoso
y, como aprendí más tarde del refrán:
«¡claro y ca­ta­lán!».
Podéis imaginaros el amor y
ve­neración que su persona siempre
me ha inspirado. Para mí es un sím­
bolo de liberación, por ha­ber­me
«rescatado» del miedo y ha­ber­me
llevado, guiada por la fe des­nuda,
a los prados deliciosos del paraíso
reencontrado, la fiesta fra­terna que
tiene por Maestro y Se­ñor al propio
Resucitado. ❒
cambio de mentalidad
¡
uando dejé mi país –Ale­
mania–, mi trabajo, mis pro­
yec­tos y amigos, para venir
a unas latitudes más meridionales
a vivir una experiencia de fe, no lo
hice por una opción fría y calcula­
dora o un proyecto de planificación
per­sonal, sino siguiendo la llamada
del amor. Me dejé atraer y seducir
por unas personas que, aún des­co­
no­ciendo su lengua, sus cos­tum­bres,
y su manera de ser, me gus­ta­ban.
Me atraía su alegría trans­pa­rente,
su bello rostro, su dulce disciplina,
su amorosa espontanei­dad.
La fuerza del amor es potente
como la vida, y cuando Dios te to­ca
el alma, debe ser muy triste y desgra­
ciado no hacer caso y co­rres­ponder
con evasivas o indi­fe­ren­cia. ¡Dios
nos libre de tal mez­quindad!
Decía que el amor, convertido
en fiesta de fraternidad y de co­mu­
nión, me conquistó. Y en todo eso
Francesc tuvo también un pa­pel
importante.
Recuerdo que, encontrándome
yo todavía en Alemania entre du­das
y miedos por el paso que quería
hacer, y que no osaba por presiones
internas y externas, vino él con al­
guna otra persona de la co­mu­ni­dad,
y hablamos de ello. Su men­sa­je
fue diáfano: «Tu decisión debe ser
33
c
Libertad
liberadora
Josevi Forner
C
uando me he puesto a es­
cribir este testimonio, lo
primero que me ha venido
es un suspiro, por­que no sabía por
dónde em­pe­zar, y el papel en blan­
co siempre me ha causado respeto.
Escribir so­bre Francesc es, además,
es­pe­cial. Él hablaba con toda su per­
so­na, con gestos, miradas y silencios;
incluso sin querer, siempre co­mu­
ni­caba un mensaje; y cada pa­labra
suya –incluidas las bromas– pa­re­cía
acertar en el blanco.
Le conocí teniendo yo dieciséis
años, y él cincuenta y uno. «Podría
El autor, nacido en Betxí (Castellón)
ser mi padre» pensé, pero en­se­
gui­da cayeron las barreras, porque
él se hacía muy próximo a todos
in­tuyendo y adivinando lo que ne­
ce­sitaba cada persona. ¡Sabía de
34 ¡ cambio de mentalidad
ver­dad acercar la gente sencilla a
Dios! Con buen humor, aco­giendo,
pero también delatando con traza las
dobles intenciones, para de­fen­der los
derechos de Dios.
Conectaba con todo el mundo
porque era auténtico y sin doble­ces.
Siempre se hacía entender y, aunque
no te interesara su mensaje, quedaba
en tu interior como un gusanillo que
nunca acaba de irse y que, aunque
pasen los años, siem­pre está vivo y
asoma la ca­be­za de vez en cuando.
Una cosa suya muy im­por­tante
para mí ha sido su li­ber­tad. Yo creo
que él se expresaba tan li­bre­mente
porque tenía una con­fianza en Dios
muy arraigada. Con el pa­so de los
años, me he ido fijando cada vez más
en su manera de ser. Yo pensaba:
«¿Por qué ha­ce esto ahora? ¿Por qué
dice eso otro?, etc.». Me gustaba
seguirle con la mirada y no perderme
una pa­labra suya. Tenía una per­so­na­
li­dad cris­tia­na que llenaba, y, como
es pro­pio de los pequeños de casa
–él era el pequeño de su casa...– to­do
el mundo está pendiente de lo que
dicen, porque hacen gracia y crean
ambiente de familia.
En un principio, a pesar de su
proximidad, le veía solemne, con­
cen­trado, grande, reflexivo. Es de­cir,
como si, a pesar de ser libre y sen­
cillo, sintiera una grave aver­sión a
la superficialidad; como si qui­siera
que cada gesto y cada pa­­la­bra na­
ciera de una conciencia de hijo de
Dios, de ser sacerdotes, profetas y
reyes en Cristo. Y no de teoría, sino
de veras.
Más tarde, reflexionando, me
pa­reció entender que él procuraba
siempre estar situado en la lógica
de Dios, sin poner límites o con­di­
cio­nes. Es como si se dijera a sí mis­­
mo: «Por Dios, todo», o sea: «Por
los hermanos, todo». Aunque por
fuera aparecía más el buen hu­mor,
la anécdota, la simplicidad, pero
mostrando con los hechos que él
iba hasta el final.
La fuerza del amor hacía de su
libertad una profunda y real obe­
dien­cia a los hermanos, a la rela­ción
hombre-mujer tal y como se iba
manifestando en la comunidad, a
sus propios signos pobres, y a los
signos pobres de los hermanos que
tenía encomendados.
Recuerdo que hace unos años,
mientras explicaba el tema de la po­
breza evangélica, una frase me lla­mó
la atención: «la pobreza no es, en
sí misma, una finalidad; la po­breza
es el precio de la libertad». Real­
mente estaba explicando su pro­pia
experiencia personal. Y de­sea­ba que
todos nosotros fué­se­mos, desde esta
perspectiva, au­tén­ti­ca­men­te libres.
Ha sido un men­saje muy importante
para mí. ❒
Un auténtico
regalo
Carolina Martínez
que la vida es un juego continuo
que lleva a disfrutar de la relación
fraterna. En mi relación con él
comencé a respirar un ambiente
nuevo, el ambiente de familia que la
Co­mu­ni­dad de creyentes me ofrecía
co­mo regalo.
Me llamaba mucho la atención,
por un lado, su autoridad para de­
mo­ler la mentira que había en mí,
fru­to del pecado, y, por otro lado, la
actitud de acogida y de mi­se­ri­cor­dia
con que trataba a todos aque­llos que
se acercaban a él.
Recién llegada a Cataluña, me
llamaba la aten­ción la tradición
de los Reyes Ma­gos de Oriente,
unos personajes que se dedican a
hacer felices a los de­más. Imagino
a Francesc iden­ti­ficado con ellos,
cuando, con aquel rostro suyo de
felicidad, nos de­cía:
«¡Tenemos que saber vivir
bien... para hacer vivir bien a los
demás!».
Gra­cias, Francesc, por en­se­ñar­
me a amar a todos y por rega­lar­me
la vida de Dios. ❒
Una escena familiar: abrir los regalos de Reyes. Carolina con la corona verde
cambio de mentalidad
¡
C
onocer a Francesc fue para
mí conocer al hombre más
im­portante de mi vida, ya
que me regaló lo más valioso que
tengo: conocer a Jesús, que se hace
pre­sen­te en medio de personas dife­
ren­tes pero que quieren amarse se­
gún su «mandamiento nuevo».
La «humanidad» que expresaba
con todos me ayudó personalmen­te
a aceptarme tal como soy, con mis
debilidades, y a aceptar a los demás
con sus carencias, propias de la
condición humana. De él apren­dí
Carolina, de Valledupar (Colombia)
35
LA NUEVA JERUSALÉN
Jesús vino a hacer nuevas todas las cosas,
cuyo centro es la asamblea de los santos
reunidos en torno al Resucitado.
Necesitamos fe para distinguir
entre comunión y mera técnica democrática,
entre ser una sola cosa en Cristo
y los acuerdos tranquilizadores.
La Iglesia es la nueva Jerusalén
adornada como una novia
desposada por Jesucristo el día de Pascua.
Es necesario que vivamos en paz
este misterio de amor.
La relación entre los discípulos de Jesús
es la alianza de este desposorio
que se manifiesta como el nuevo pueblo de Dios.
36 ¡ cambio de mentalidad
Francesc Casanovas

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