Leer publicación - Fundación Carolina

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CARTAGENA
DE INDIAS
Colombia
CUADERNO DE BITÁCORA
EL CARIBE:
Epicentro de la América
Bicentenaria III
El Diplomado de Cartagena de Indias: Conocimiento Vital del Caribe, que
anualmente realiza la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB), con la
colaboración de la Fundación Carolina Colombia, en el marco de la Escuela de
Verano, desde el año 2009 abrió un clico que culminó en 2011, dedicado a las
Independencias de los países iberoamericanos, titulado “El Caribe: Epicentro
de la América Bicentenaria”.
Este Diplomado recorre las estaciones fundamentales de la ruta independentista del Continente, privilegiando el Caribe colombiano y el Gran Caribe
continental.
2
CUADERNO DE BITÁCORA
EL CARIBE:
Epicentro
de la América
Bicentenaria III
3
Primera Edición E-book, diciembre 2012
© Fundación Carolina Colombia y Autores
Calle 92 No.12 - 68 · Embajada España
Teléfonos: (571) 6183536
www.fundacioncarolina.es
[email protected]
Edición:
Fundación Carolina Colombia
Coordinación:
Equipo de trabajo Fundación Carolina Colombia
Corrección de estilo:
Sonia Cárdenas
Fotografía:
Autores
Diseño y Diagramación:
Monica Moore
ISBN:
978-958-99021-5-8
Reservados todos los derechos. No se permite reproducir parte alguna de esta
publicación, cualquiera que sea el medio a emplear sin autorización previa del
editor.
4
CONTENIDO
CONTENIDO
5
Presentación
Adela Morales
7
Prólogo
Julián Ruiz Rivera
8
Alonso de Sandoval: Un tratadista en Cartagena de Indias.
Andrea Guerrero Mosquera
14
De la sangre derramada y otros fuegos encendidos.
Resistencias en la música del Caribe colombiano.
Augusto Gutiérrez Pérez
23
Cartagena de Indias y Montevideo. Dos ciudades, sus regiones y algunos
conflictos durante las guerras de independencia.
Carina Barusso
30
Rememoraciones femeninas del Bicentenario:
Policarpa Salavarrieta una mujer única.
Catalina Vallejo
38
La Masonería en Colombia.
César Alarcón Díaz
46
Cartagena de Indias: Al calor de la cumbia.
Cesar Santos Tejada
53
Cartagena de Indias y las redes de la cultura neogranadina
(Siglos XVIII y XIX).
Juan David Murillo Sandoval
60
A la historia nacional: Una necesidad revisionista.
Juan Pablo Duque Cañas
70
Cartagena memoria y espacio en tiempos del Bicentenario.
Julián Augusto Vivas García
79
El Caribe como región: Aproximaciones a un debate sobre
la construcción de una identidad regional.
Katia Padilla Díaz
85
5
CONTENIDO
¿Construyendo, retomando o inventando identidades?
Permanencias y cambios en el surgimiento de los Estados Iberoamericanos.
María Graciela León Matamoros
92
Notas para el estudio de los Bicentenarios en América Latina.
María Inés Valdivia Acuña
100
En poder del miedo.
El temor como elemento de análisis en el contexto de los procesos de independencia.
Maribel Avellaneda Nieves
106
El Bicentenario: Soy negra, soy casta, soy libertad, yo soy Caribe.
Merly Esther Beltrán Vargas
114
Hace 200 años: ¿Fue realmente un grito de libertad o fue el inicio de una nueva
esclavitud?
Nancy Smith Pinilla M.
122
La Cartagena imaginada encuentra la Cartagena real.
Nathália Henrich
130
Faltó educación.
Una interpretación de la propuesta educativa de Simón Rodríguez a las nuevas
repúblicas americanas.
Patricio Édgar Vera Peñaranda
135
Cartagena de Indias y sus murallas sociales.
Rafael Andrés Sánchez Aguirre
144
La ciudad decimonónica: algunas reflexiones.
Ramón Moreno Carlos
152
6
Para quienes han participado de los diplomados de los años 2009, 2010 y 2011, es claro
que el de este año es la culminación de un sueño que se empezó a planear desde el año
2008.
Todo el continente, España y Colombia entera hablaban de bicentenarios, fechas,
memorias, gritos de independencia y pensamos que en nuestro Diplomado no podíamos dejar de lado el tema, y que este debía en 2011 dedicarse a la Independencia de
Cartagena, a veces tan olvidada en muchos de nuestros textos históricos.
Es así como este ciclo -que se programó a tres años- culmina con esta publicación, que
como las anteriores de la serie Cuadernos de Bitácora de la Fundación Carolina recoge
los textos de los becarios y un excelente prólogo de un gran amigo de esta Fundación, el
profesor Julián Ruiz Rivera, quien durante los dos últimos años nos acompañó como
conferencista en el Diplomado.
PRESENTACIÓN
Sé que los lectores disfrutarán cada uno de los textos; aprenderán, como lo hemos hecho
quienes ya los leímos, y sé también que quienes escribieron estos ensayos, cuando los
vean publicados traerán gratos recuerdos a su memoria, oirán de nuevo las voces de los
conferencistas, recordarán sus rostros, sus planteamientos, sus anécdotas y las vivencias
del tiempo compartido en esa mágica Cartagena, de la cual recibieron tantas enseñanzas
en el año de su bicentenario.
Hasta las fechas tienen mucho de magia: día 11, del mes 11, de 1811. Esta fecha inolvidable por lo simbólico y lo sucedido, sabemos que representará una nueva visión sobre el
tema de las independencias y sobre la importancia de estos procesos en el Caribe,
internas y externas.
Por todo lo anterior es muy grato para la Fundación Carolina Colombia hacer entrega
de este nuevo Cuaderno a sus lectores. Esperamos que lo disfruten.
Adela Morales
Directora de la Fundación Carolina Colombia
Bogotá, enero de 2012.
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7
Supone un honor para mí realizar este prólogo, que es la primera palabra y el portal de
entrada. Me conformaría con ser el heraldo de los meritorios pregoneros que componen
este texto. Es una iniciativa loable para poner a prueba a los alumnos del Diplomado, que en
el presente caso ha versado acerca de la Independencia de Cartagena que cumplió dos
siglos: fue el día 11, del mes 11, del año 1811. Cartagena se ha adornado, se ha limpiado y se
ha remozado profundamente desde mi primera estancia en ella hace cuarenta años, pero su
estructura de calles dentro del recinto amurallado no ha variado, por lo que en estos
mismos y precisos lugares tuvieron lugar aquellos sucesos atrevidos y arriesgados,
represivos y punitivos de apuestas, riesgos, presiones y dubitaciones. Ahí mismo, con
idénticos muros como testigos, que si pudieran hablar nos contarían cómo sucedieron los
acontecimientos.
La sabia dirección académica del profesor Óscar Collazos para organizar conferencias y
en el programa de la Universidad Tecnológica de Bolívar y con el apoyo de la Fundación
Carolina este fenómeno anual del Diplomado en el conocimiento vital del Caribe. Ningún
alumno que se acerque a las aulas del Diplomado podrá permanecer indiferente, sea
empequeñecidos, como si el escenario robara protagonismo a los actores. Un Diplomado
en Cartagena siempre será un éxito porque cuenta con uno de los mejores platós del
mundo. Si a eso se añaden otros rasgos de la ciudad, los tintes de suspense de los piratas o
los negocios del contrabando, es todo lo que se necesita para completar la imagen.
PRÓLOGO
PROLOGO
La historia no es más que la reconstrucción del pasado, al mismo tiempo sencillo y
complejo. Sencillo, si se quiere, porque el ser humano tiene un número de registros
limitado, que son semejantes en cualquier época. Salvo excepciones heroicas al hombre le
mueven el poder, la riqueza y el prestigio. Cómo funcionen en cada momento o circunstancia es lo que añade la complejidad. El proceso fue el mismo en todo el territorio del
virreinato ¿pero, por ejemplo, se desarrolló del mismo modo en Bogotá y en Cartagena?
Evidentemente no.
En el proceso de independencia del Nuevo Reino de Granada, Cartagena tuvo un protagonismo especial porque declaró antes que nadie su independencia absoluta y la mantuvo en
solitario. El momento de adoptar un camino autónomo se presentó a raíz de los sucesos de
1808 en España, primero en Aranjuez y tras la invasión de los franceses y el apresamiento
de Carlos IV y Fernando VII en Madrid, con el levantamiento del 2 de mayo, pues marcaron la obligada toma de decisiones en todos los territorios americanos, también en Bogotá
lo mismo que en Cartagena.
Si no existía el monarca–salvo uno impostor- ¿quién tenía la soberanía? Como esta
situación se prolongaba y ni siquiera había seguridad de que el rey español fuera a volver
¿no era ese el momento de recuperar el pueblo la soberanía cedida? Los municipios se
VII y, más tarde, en vista de que la exclusión de los Borbones se presentaba irreversible, al
margen de la obediencia a la monarquía española.
Fue uno de los momentos más decisivos de la historia de Cartagena, porque se abrió un
camino desconocido y no transitado hasta entonces. ¿Qué otros momentos pudo haber en
el pasado de Cartagena comparables a ese, en que hubo que decidir entre el triunfo o el
fracaso? ¿Quizás los asaltos a la ciudad en los siglos XVI, XVII o XVIII? En aquellas
ocasiones no se habían presentado muchas dudas sobre la necesidad de resistir.
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8
En 1811, por su parte, había que adoptar una postura, había que posicionarse sobre si se
rompía la fidelidad a España o no, o si se buscaba una vía independiente con los
consiguientes riesgos.
Cartagena es un marco ideal hasta para escenificar los hechos del pasado, porque se
conservan los mismos lugares, como en el caso del Santo Pedro Claver, cuya casa religiosa
ahí está, el patio donde buscaría un poco de refresco en las rigurosas horas del calor
también, su habitación y la iglesia donde celebró tantas Misas, impartió la doctrina y los
sacramentos y donde permanece incorrupto. Ojalá pudiéramos decir lo mismo con
respecto a otros personajes que representaron algo importante en la ciudad. Pero ahí está la
catedral en el mismo lugar, el palacio de los gobernadores sin haber variado de
emplazamiento o el Palacio de la Inquisición. Los grandes acontecimientos, los que podía
conocer una ciudad de su tamaño y peso político sucedieron dentro de aquellos muros, los
mismos muros actuales y en las mismas calles y plazas de hoy. Habrá que hacer un esfuerzo
de imaginación para llenar esos espacios de las gentes de otras épocas, pero el escenario lo
proporciona la ciudad como en pocos lugares del planeta.
PRÓLOGO
PROLOGO
Estoy seguro de que cada alumno del Diplomado ha sabido extraer sus conocimientos del
tema tratado y, mucho más, una experiencia vital de la convivencia única y excepcional con
compañeros, con profesores y con responsables de la dirección. No habrá dos que hayan
tenido la misma vivencia, iguales sensaciones, las mismas sugerencias e inspiraciones al
escuchar las conferencias y ponerlas en su máquina del tiempo comparándolas con sus
previos conocimientos y experiencias. Por consiguiente, los trabajos son resultado de esa
diversidad y de la reflexión muy personal que cada uno ha realizado. Cada uno tiene un
aporte valioso, aun no pareciéndose entre sí. Dado que tampoco se trata de competir,
demos la bienvenida a todos, porque lo más valioso es esa esencia destilada en el alambique
de la reflexión. El proceso de independencia de Cartagena puede haber sido visto a la luz de
una experiencia personal o comparado con el proceso vivido en su país de origen. Lo que
nadie olvidará es la convivencia dentro del recinto de una ciudad única, que lo es por
méritos propios, en un emplazamiento tropical verde-esmeralda, una ciudad amurallada de
muros centenarios, con el “apóstol de los esclavos” de rango universal, las múltiples iglesias,
las casas-palacio de frescos patios y floridos balcones, las estrechas calles sombreadas, las
solemnes puertas y portales, las plazas para las tertulias al caer la tarde y el mar tranquilo o
rugiente, según los vientos y los muros y baluartes ceñidores para castigo y seguridad.
Cuentan de un gobernador, Francisco de Murga, que en el primer tercio del siglo XVII
exigía un permiso a los vecinos para abandonar la ciudad, aunque fuera para visitar sus
campos, por la única salida hacia tierra adentro, que era la puerta de la Medialuna. Así
como ese sistema defensivo se convertía en una servidumbre, también se volvía una
garantía de poder parar los primeros asaltos, cuando se presentaba una amenaza exterior.
Que sirvan, pues, estos trabajos como ejercicio escolar, pero también como altavoz de unas
instituciones que difunden los mejores valores del saber y de la convivencia, así como de
una ciudad exclusiva y única, verdadero museo del mundo hispánico, que encierra en su
interior un compendio de humanismo real y también heroico.
Julián Ruiz
9
Julián Ruiz Rivera
· Profesor español Dr. Julian Ruiz Rivera
· Director y Catedrático de Historia de América del Departamento
de Historia de América de la Universidad de Sevilla.
· Licenciado en Humanidades Clásicas por la Universidad Católica
del Ecuador,
· Licenciate in Philosophy by the University of Saint Louis.
· Master of Arts in Modern History by the University of Saint Louis.
· Autor de publicaciones como La Venta de Cargos y el Ejercicio del Poder
en Indias 2007 y Cartagena de Indias y su Provincia: una Mirada a los
Siglos XVII y XVIII 2005.
PRÓLOGO
PROLOGO
10
· Fotografía: · Cesar Augusto Gutiérrez Pérez · Patricio Vera ·
· Fotografía: · Cesar Augusto Gutiérrez Pérez · Nathália Henrich · Patricio Vera · Juan David Murillo ·
Alonso de Sandoval:
Un tratadista en Cartagena de Indias
Andrea Guerrero Mosquera
Estudiante del Doctorado en Historia de América Latina. Universidad Pablo de Olavide, Sevilla-España.
Introducción
Este trabajo versará alrededor de dos conferencias del Diplomado “Cartagena
de Indias: Conocimiento vital del Caribe”: la del doctor Enrique Muñoz,
titulada “Cartagena de Indias en la formación de músicas y danzas del Caribe
colombiano. Siglos XIX y XX”; y la del doctor Jorge Sandoval, titulada “Las
del padre Alonso de Sandoval, quien vivió en Cartagena de Indias en el siglo
XVII; y la segunda conferencia enmarcó a Cartagena en la construcción de las
presente ensayo es evidenciar la obra de Alonso de Sandoval.
¿Quién fue Alonso de Sandoval?
De la obra y vida de Sandoval se han realizado numerosos estudios.1 Durante su
estancia en Cartagena evangelizó a los esclavos que arribaban desde los puertos
africanos.
Sus biógrafos señalan unas posibles fechas de nacimiento: según lo expresado
por el jesuita al ingresar a la Compañía de Jesús en la ciudad de Lima el 30 de
junio de 1593, su edad era de 17 años y entonces habría nacido en 1576. Del
mismo modo, no es preciso el lugar donde ocurrió; sobre el particular hay
datos contradictorios pues en el acta de su admisión en la Compañía dijo que
era natural de Sevilla, pero en sus libros dice ser natural de Toledo.
1
Por citar algunos de los estudios: Navarrete, María Cristina, “Las Cartas Annuas jesuitas y la
representación de los etíopes en el siglo XVII”, en Chaves Maldonado, María Eugenia, Ed.,
Genealogías de la diferencia. Tecnologías de la salvación y representación de los africanos
Ocampo López, Javier, “Ideario del Padre Alonso de Sandoval S.J. sobre la Esclavitud en el Nuevo
Reino de Granada. Siglo XVII”, en Colombia en sus ideas, Tomo I, Bogotá, Ediciones Fundación
Universidad Central, 1998, 133-149; Almeida de Souza, Juliana Beatriz, “Guerra justa y gobierno de
los esclavos: la defensa de la esclavitud negra en Bartolomé de las Casas y Alonso de Sandoval”, en
Chaves Maldonado, María Eugenia, Ed., Genealogías de la diferencia, 58-86; Gutiérrez Azopardo,
Idelfonso, “La iglesia y los negros”, en Borges, Pedro, Ed., Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y
Filipinas: (siglos XV-XIX), Volumen I, Aspectos Generales, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos,
1992, 321-337; Olsen, Margareth M. , Slavery and salvation in colonial Cartagena de Indias, Florida,
University Press of Florida, 2004; Sanín Fonnegra S.J., Javier, Aproximación a la lectura de Alonso
de Sandoval, Colombia, Tatiana Grosch Obregón , Ed., 2011; Picón Salas, Mariano, “Sandoval el
olvidado”, en Américas, Washington. Vol. 3, No. 1, Ene. 1951, 13-15; Franklin, Vincent P., “Alonso
No. 3, Jul. 1973, Association for the Study of African American Life and History, 349-360,
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14
Posiblemente este último dato proviene del lugar de procedencia de su familia,
lo cual no indica necesariamente que él haya nacido en dicha ciudad.
Alonso de Sandoval nace en el seno de una familia española, que se trasladó a
la ciudad de Lima. Su padre Don Tristán Sánchez de Toledo, fue nombrado
como Contador de las Cajas Reales de Lima, razón por la cual tuvo de viajar
junto con su familia: Doña María de Figueroa y Aguilera y sus hijos. Sandoval
eligió la vida religiosa, al igual que su cinco de sus once hermanos, que lo
habían hecho también.
Llegó a Cartagena en 1605; en 1617 viaja a Lima para arreglar algunos asuntos.
En 1619 regresó a Cartagena y es nombrado Procurador General de la
Provincia del Nuevo Reino. En 1623 solicitó del General de la Compañía de
Jesús su traslado al Perú, pero fue asignado como Rector del Colegio de
Cartagena en 1624. En 1651 se desató en la ciudad de Cartagena una violenta
epidemia y Sandoval fue uno de los afectados por la enfermedad; murió el día
de Navidad de 1652.
La Cartagena de Indias en época de Sandoval
La Cartagena de Indias del siglo XVII era una pequeña ciudad que apenas
estaba floreciendo con su economía sustentada en el comercio de esclavos,
metales y piedras preciosas.
No tenía grandes construcciones; éstas eran de tablas, algunas hechas en piedra
coralina. Había más de 1500 españoles; unos 3000 o 4000 esclavos negros que
trabajaban en la servidumbre, y pocos indígenas. Con el tiempo la situación
cambió para la ciudad, se inició el auge de la trata negrera, lo cual empezó a
reflejarse en el aspecto de las construcciones, “civiles y religiosas se levantaron
en piedra y cal y canto, con techos de teja y ladrillos.”2 Al mismo tiempo se
iniciaron las fortificaciones que “se empezarían a levantar en 1614, siendo
gobernador don Diego de Acuña.”3
1
http://www.jstororg/stable/27l6784 (Consultado el 17/04/2011); Aristizábal, Tulio, Los Jesuitas en
Cartagena de Indias, Cartagena, Espitia Impresores, 2ª Edición, 2009; Marzal, Manuel M. “La
evangelización de los Negros americanos según el De Instauranda Aethiopum salute”, en Negro Tui,
Sandra y Marzal, Manuel María, Esclavitud, economía y evangelización: las haciendas jesuitas en la
América, Fondo Editorial Lima, PUCP, 2005, 19-42;Restrepo, Eduardo, “De Instauranda Aethiopum
Salute: Sobre las ediciones y características de la obra de Sandoval”, en Tabula Rasa, No. 3,
Enero-diciembre. Bogotá, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, 2005, 13-27; Buitrago
Escobar, Flor Ángela, “De Instauranda Aetiopum Salute de Alonso de Sandoval: Discurso que justifica
el ministerio religioso”, en Ortiz, Lucía, Ed., “Chambacú, La historia la escribes tú”. Ensayos sobre
cultura afrocolombiana, Madrid, Frankfurt, Iberoamericana, 2007, 319-348; Granada, Germán de,
“Un temprano testimonio sobre las hablas criollas en África y América (P. Alonso de Sandoval, De
Instauranda Aethiopum Salute, Sevilla, 1627), en Thesavrvs Boletín del Instituto Caro y Cuervo,
Tomo XXV, No. 1, Enero-Abril, 1970, 1-11; Fernández, José, Apostólica y penitente vida del V. P.
Pedro Claver, de la Compañía de Iesus . Sacada principalmente de informaciones jurídicas hechas
ante el Ordinario de la Ciudad de Cartagena de Indias, Zaragoça, Diego Dormer Imp. 1666; Eljach,
Matilde. “Un territorio blanco para María Mandinga”, en Convergencia, Vol. 12, No. 37, México,
Universidad Autónoma del Estado de México, 2005, 115-133; Rey Fajardo, José del, Los jesuitas en
Cartagena de Indias 1604-1767, Bogotá, Ceja, 2004, 286-287; Tardieu, Jean-Pierre, L'église et les noirs
au Pérou (XVI et XVII siècles), Bordeaux, 1987; Rivas Gamboa, Ángela, “Fantasías del cuerpo,
apetitos del alma . Alonso de Sandoval: Una etnografía histórica de África en Cartagena de Indias
Siglo XVII”, en Maya Restrepo, Luz Adriana, Ed., Geografía humana de Colombia. Los
Afrocolombianos, Tomo VI, Bogotá, Editora Guadalupe, 1998, 55-76.
15
Como se mencionó, en 1624 Alonso de Sandoval es nombrado rector del
Colegio de Cartagena, que contaba con unos 100 estudiantes para la época.
Mientras ejerció este cargo tuvo problemas, ya que era muy exigente con la
disciplina religiosa, y por ello recibe un llamado de atención del Superior, para
que “no sea áspero, desabrido y riguroso con sus súbditos.”4 También recibió
reprimenda por algunas acciones: 1° En un acto público del colegio se
representó la vida de San Ignacio y permitió que dos muchachos utilizaran
trajes de mujer; y 2° enviar al hermano Jerónimo Valerio a comerciar a Cabo
Verde: vendía camisas y jabones, bálsamos, vino y otros objetos. Este último
acto provocó que fuese retirado de su cargo de rector del Colegio de Cartagena
en 1627.
El Colegio de la Compañía de Jesús y la muralla de la ciudad
Para finales del siglo XVI no había un colegio jesuita en Cartagena, por lo que
sus habitantes deciden solicitar que se les concedieran el privilegio de tener esta
orden en la ciudad para la educación de sus hijos. Y el “25 de octubre de 1603
el rey Felipe III resuelve acoger las peticiones de los cartageneros.”5 Al llegar los
jesuitas a tierras cartageneras fueron recibidos con los brazos abiertos, pero
duró muy poco la amabilidad de las personas, porque se propagaron rumores
de que San Ignacio de Loyola había muerto excomulgado; estos rumores
causaron que los habitantes de Cartagena no colaboraran con los jesuitas; el
único que los ayudó fue el portugués Manuel Artiño, quien había sido su
alumno en el colegio de Évora.
Para Sandoval fue causa de asombro llegar a Cartagena y no encontrar
precisamente un colegio; lo que encontró fue una casa en donde faltaba todo
para que funcionase bien la institución. Dentro de las carencias se puede
nombrar que no había dónde cocinar para el personal de la casa y además
vivían de las limosnas.
Al final en la casa del portugués se fundó el primer colegio que abrió sus
puertas con unos 60 estudiantes; la situación de los sacerdotes mejoró
notablemente, ya que los habitantes de Cartagena se empezaron a interesar en
dicho colegio; tanto mejoró la situación que con el tiempo le propusieron al
portugués comprar la casa. Después el espacio les quedó pequeño y por ello
buscaron un lugar más amplio cerca al mar; entonces los jesuitas “venden la
casa de la plaza mayor y compran a doña Luisa de Saavedra otra por 8.000
pesos, cercana al nuevo terreno, y una más a doña María de Esquivel por 2.200
reales de a ocho castellanos”.6Ahí construyeron el nuevo colegio, la iglesia y el
Claustro, edificaciones que existen en la actualidad. En la construcción
intervino el Hermano Andrés Alonso,7 arquitecto que llegó en 1607 a
Cartagena, a quien Mucio Vitelleschi en 1616 felicita “por haber acabado la
iglesia de ese Colegio y que haya salido tan bien.”8
·Foto: Augusto Gutiérrez Pérez·
2
Sanín Fonnegra S.J., Javier, Aproximación a la lectura de Alonso de Sandoval. Editado por Tatiana
Grosch Obregón. Colombia. 2011, p.45.
3
Ibid, p. 42.
4
Aristizábal, Tulio, Los Jesuitas en Cartagena de Indias. Cartagena: Espitia Impresores. 2a Edición.
2009, p. 79.
5
Ibid, p. 41.
16
Para el siglo XVII, con el auge de los asientos, Cartagena tuvo un cambio social
y económico, pasando de ser una región agrícola y ganadera a ser centro del
comercio de la trata negrera; al mismo tiempo que creció se convirtió en un
punto atractivo para piratas y corsarios, por lo cual la construcción de las
murallas se hizo muy importante.
A pesar de haber diseñado bien el trazo de la construcción de la muralla, se
levantó el baluarte de San Ignacio sobre los predios del terreno que los jesuitas
habían destinado para el colegio, lo que dio origen al pleito entre la Corona y la
orden religiosa. Esta invasión del terreno provocó que los padres de la
Compañía acudieran en 1627 al Consejo de Indias, ya que la muralla no les
permitía continuar con la construcción. El gobierno de la época no deseaba
derribar la muralla por lo cual “Don Francisco de Murga, Caballero de la
Orden de Santiago, Maestre de Campo, experto ingeniero, gran amigo de la
Compañía, y entonces suprema autoridad de la Ciudad, permitió a éstos
edificar parte de su Colegio sobre la muralla.”9 Con este permiso se continuó
con la construcción del colegio y se mudaron a este espacio con la edificación
aun sin terminar.
Cuando ya había finalizado la construcción del establecimiento comenzaron
los problemas para la orden religiosa en Cartagena. Durante el gobierno de
Don Melchor de Aguilera se vuelve a agitar el tema del colegio y la muralla, en
1638, porque a él no le parecía prudente que una construcción estuviera sobre
las defensas de la ciudad, y lo que complicó más las cosas es que se habían
hecho dos perforaciones para puertas de entrada y salida por el sector de la
muralla que cruzaba por el colegio. Por parte de Don Melchor fue una lucha
constante con la intención de tumbar el colegio y desalojar a los jesuitas;
entonces “en 1656, otro ingeniero, Juan de Somovilla Tejada propone una
solución que satisface a ambas partes y pone fin al conflicto: el Colegio
permanecerá en su sitio, y la comunidad que lo dirige, a su costa, construirá,
setenta pies más afuera, una segunda muralla o cortina que comunique los
baluartes de San Ignacio y de San Francisco Javier.”10
Sandoval y la evangelización de esclavos en Cartagena de Indias
Sandoval inició sus labores con los negros en 1606 y se percata del problema de
los bautizos que les daban a los negros en los puertos africanos, cuestión que
trató de resolver ante el Tribunal de la Inquisición instaurado en Cartagena en
1610, por aquello de los dobles bautizos y no cometer pecado por ello, tanto
que el “el 19 de julio de 1610 Sandoval presentó a tres testigos ante el alcalde de
Cartagena, quienes hablaron de cómo hacían los bautizos en los puertos antes
de embarcarse”,11 con los cuales quedaba claro que la obra del jesuita con los
esclavos estaba bien fundada y las dudas con respecto a la misma fueron
satisfechas.
6
Ibid, p. 61.
En SantaFé inició el templo, en Tunja modificó la residencia, en Panamá colaboró en la construcción
del colegio.
8
Aristizábal, Tulio. Op. cit, pp. 61-62.
9
Ibid, pp. 134-135.
10
Ibid, pp. 135-136.
11
Buitrago Escobar, Flor Ángela, op.cit., p. 322.
7
17
Al llegar los navíos al puerto, Sandoval y sus ayudantes acudían a recibir a los
esclavos; lo primero que hacían era “averiguar cuántos eran, de qué naciones y
puertos de embarque procedían, qué enfermedades traían, cuál su gravedad y
cuáles no estaban legítimamente bautizados. Remediaban primero sus males
físicos sobre todo su sed y después se interesaban por el alivio espiritual.”12 Para
no perderles el rastro, anotaban por escrito los lugares adonde los llevaban a
curar, en qué sitios se encontraba el resto de la armazón y cuántos habían
quedado en los navíos por enfermedad, todo esto quedaba consignado en un
libro13 y a cada uno de los bautizados se les regalaba una medalla de estaño
para, de esta forma, reconocer a los ya bautizados.
Su labor con los esclavos era exaltada por los demás sacerdotes y autoridades de
la ciudad, sus superiores, lo cual se refleja en las páginas iniciales del texto y en
las diferentes aprobaciones, en donde le felicitan por su obra y la intención de
ésta de dar a conocer un poco la nación de los etíopes y la salvación de sus
almas. Al padre Sandoval le llegaban cartas de todas partes felicitándole por su
labor;14 e incluso al viajar a Lima el Provincial se disgustó ya que dejó esta labor
en manos del Padre Claver y del Padre Juan de Cabrera, quienes lo hacían de
buena fe y con empeño, tal y como se señala en el siguiente fragmento de una
carta del 17 de febrero de 1618 que el Padre General Vitellechi le escribe al
Provincial Manuel de Arceo: “No quisiera que el P. Alonso Sandoval hubiese
ido al Perú por ese negocio, dejando el misionero de los negros en que con
tanto ejemplo y con tanto servicio de Dios y bien de las almas estaba tan bien
empleado; y a la verdad, pudierase haber echado mano de otro que no hiciese
tanta falta; y por más que haga el P. Juan de Cabrera, cierto es que no podrá
llegar con mucho a lo que con esos pobres hacia el P. Sandoval.”15 Al mismo
tiempo que su labor era del agrado y estima de sus superiores, se solicitó en dos
ocasiones a la Provincia del Nuevo Reino de Granada realizarle una distinción
en la ciudad de Cartagena: la primera dirigida a Vitellleschi y la segunda a
Carafa,16 ocasiones en las que la respuesta fue negativa por que, según los
superiores en Roma, esta práctica iba en contra de la costumbre de la
Compañía de Jesús,17 a pesar de esto Sandoval continuó con su labor con los
negros hasta el día de su muerte.
12
Eljach, Matilde, op.cit., p. 123.
Se debe tener en cuenta que dicho libro se acogió como sugerencia que realizó el Arzobispo de
Sevilla Don Pedro de Castro y Quiñones, en su catecismo que el mismo Sandoval recoge en su
14
Tratado.
“La fama deste ministerio, q dava tanto aumentos, y prometia mayores a la Iglesia, hizo gran ruido
en todas partes; y llenó al P. Sandoval de cartas; en q los hombres mas graves, y mas perfectos de la
Religion le agradecían averlo empeçado, le animavan a proseguirlo, y rogaban les participàce el fruto
del trabajo. Los Generales fueron los primeros en este reconcocimiento tan debido; y el P. Mucio
Viteleschi, con zelo de que no faltàse el ministerio, saltando el P. Sandoval, ordenò, que se pudièsen
otros de su escuela para que aprendiendo de èl a exercitarle, pudièsen sustituyrle”. Fernández, José,
Apostolica y penitente vida de el V. P. Pedro Claver, de la compañía de Iesus. Sacada principalmente
de informaciones juridicas hechas ante el Ordinario de la Ciudad de Cartagena de Indias, 125.
15
Aristizábal, Tulio, op.cit., p. 71.
16
Marzal, Manuel, op.cit., p. 22.
17
Aristizábal, Tulio, op.cit., p. 80.
13
18
Las dificultades de la evangelización: los chalones
A pesar de la disposición de la Compañía de Jesús por evangelizar a los esclavos
que arribaban en los navíos, había un problema que sufrían los sacerdotes que
era innegable: el lenguaje, ya que estos procedían de lugares diferentes de
África y hablaban diferentes lenguas y no conocían el español, razón por la cual
se hicieron necesarios los chalones.18
En un inicio Sandoval se valía de los esclavos que vivían en Cartagena y que ya
habían aprendido la lengua española; después los jesuitas debieron comprar
esclavos que les sirvieran de intérpretes, se buscaron esclavos de las naciones
que comúnmente llegaban a Cartagena, llegando a tener alrededor de 21
esclavos a su servicio, de los cuales algunos sabían varias lenguas al tiempo,
entre los que se puede destacar al que llamaban “El Calepino.”19 Además del
‘Calepino’ hubo otros esclavos que se mencionan en el Proceso de beatificación y
canonización de san Pedro Claver.
Antes de que estos esclavos iniciaran sus labores de intérpretes, además de
saber bien el español para que la información que se trasmitía de una persona
a otra fuera precisa, debían ser bautizados y recordarles la importancia del
secreto de confesión y lo que ello implicaba, para así no tener problemas
posteriores con los esclavos y los bautizos como tal, ya que era muy importante
que los bozales supieran lo que los jesuitas estaban haciendo.
“Naturaleza, policía sagrada i profana, costumbres i ritos, disciplina i
catecismo evangélico de todos los etíopes”
Sandoval se preocupó, en su obra, por darle al lector una idea de cómo eran las
culturas africanas, pero por otro lado también se dedica al planteamiento de un
catecismo para la evangelización de los negros, agregando una panorámica de
las acciones de la Compañía de Jesús en esta labor.
·Foto: Augusto Gutiérrez Pérez·
Con anterioridad a que el padre Sandoval publicase su texto ya había editado,
en 1619, la traducción del portugués de la biografía de San Francisco Javier,
escrita por el padre Juan de Lucena. Estando en Cartagena de Indias, como ya
se ha mencionado antes, empieza a trabajar con los negros, se preocupa por sus
bautismos y escribe algunas cartas y memoriales, textos con los cuales queda
demostrada su preocupación por el ministerio de los negros que llevaba a cabo.
Estos fueron un preámbulo de su Naturaleza, policía sagrada i profana,
costumbres i ritos, disciplina i catecismo evangélico de todos los etíopes, que
fue publicado en 1627 en la ciudad de Sevilla, por el impresor Francisco de
Lira, cuando él ya había trabajado con los esclavos por más de veinte años y
tenía aproximadamente 50 años de edad, es decir que ya tenía la madurez
conceptual suficiente como para escribir este tipo de texto; pero pudo
mejorar su obra veinte años después con otra publicación, que como él
mismo menciona en su texto, está más ampliada y mejorada que la anterior edición,
18
Término usado por Sandoval para designar a los intérpretes.
Llamado así por Agustino Ambrosio Calepino, escritor del siglo XVI que publicó Dictionarium en
once lenguas. Entonces, como el esclavo manejaba once lenguas africanas, se le asignó este nombre
característico. Probablemente ya había fallecido en el momento del proceso de beatificación, ya que
no aparece entre los declarantes.
19
19
con el complemento de la información que había cosechado durante ese
tiempo de investigación; la reedición se titula TOMO PRIMERO de
Instauranda Æthiopum Salute Historia de Æthiopia, Naturaleza, Policia
Sagrada y profana, Costumbres, ritos y Cathecismo Evangelico, de todos los
Æthiopes cō que se restaura la salud de sus almas. Dividida en dos tomos
illustrados de nuevo en esta segunda impresion con cosas curiosas y provechosas
e índice muy copioso, impreso en 1647, en Madrid. Lastimosamente solo se
cuenta con este primer tomo de la obra, lo cual la hace en cierto modo
incompleta. Sobre las ediciones, los estudiosos de Sandoval hacen
anotaciones al respecto de las dos, 1627 y 1647, siendo la segunda edición, tal
y como lo señala el mismo autor, más rica que la anterior.20
Sandoval se esmeró en que el primer tomo de la segunda edición fuese más
completo en su contenido; de hecho hace más notas al margen y dentro del
texto que en el anterior, que le permite complementar la información.
El libro de Sandoval puede ser considerado como uno de los textos más
completos sobre la etnografía de África del siglo XVII. En él Sandoval diseñó
una difícil arquitectura de asistencia espiritual y material para el esclavo que
llegaba a Cartagena y cuya experiencia logró traspasar a su libro.21 Con el
pasar del tiempo y de hablar con los esclavos, traficantes y navegantes
Sandoval era un gran conocedor de la cultura africana: sabía de las diferentes
etnias, lenguas, antigüedad, dignidades y realezas de los africanos.
Muchos de los estudiosos de la obra de Sandoval afirman que la primera
edición del Tratado fue redactada durante un viaje que realizó a Lima entre
1617 y 1619, años en los que el jesuita se ausentó de Cartagena —dejando a
Claver y Juan de Cabrera como encargados del ministerio de los negros—,
para atender “asuntos de la religión”22 o “asuntos económicos”.23
20
“Sale Segunda ves à luz el tomo De Instauranda Æthiopum salute, tanto le he acrecentado, que
siendo el mismo, viene à ser distinto por su grandaza; y yà con alientos de grande, quiere reconocer
por su Autor à V.P. muy Reuerenda, alegando ser tan vnos los que son hermanos, que no puede auer
cosa entre ellos, que no sea indiuisa, y tan propia de ambos, como lo es, la sangre q los enlaza”.
Sandoval, Alonso de, TOMO PRIMERO de Instauranda Æthiopum Salute Historia de Æthiopia,
Naturaleza, Policia Sagrada y profana, Costumbres, ritos y Cathecismo Evangelico, de todos los
Æthiopes có que se restaura la salud de sus almas. Dividida en dos tomos illustrados de nuevo en esta
segunda impresion con cosas curiosas y provechosas y indice muy copioso, Madrid: Alonso de
Paredes (Impresor). 1647. (s.p.).
21
Rey Fajardo, José del, La Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Javeriana, 1706-1767, Inédito.
22
Splendiani, Ana María y Aristizábal, Tulio. Proceso de beatificación y canonización de san Pedro
Claver. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana. 2002, 84. Con “asuntos de la Religión” se refiere a un
asunto relacionado con el colegio de Cartagena.
23
Buitrago Escobar, Flor Ángela, op. cit., p. 324. Con “asuntos económicos” se refiere con esto a unos
donativos que recibió el colegio de Cartagena, por lo cual el Padre General se molestó y le escribe al
Provincial de Nueva Granada, el 17 de febrero de 1618: “No quisiera que el P. Alonso Sandoval hubiese
ido al Perú por ese negocio, dejando el misionero de los negros en que con tanto ejemplo y con tanto
servicio de Dios y bien de las almas estaba tan bien empleado; y a la verdad, pudiérase haber echado
mano de otro que no hiciese tanta falta; y por más que haga el P. Juan de Cabrera, cierto es que no
podrá llegar con mucho a lo que con esos pobres hacia el P. Sandoval” ”. Aristizábal, Tulio, op.cit., p.71.
20
Pero el mismo autor en su Tratado muestra cómo él estando en la ciudad de
Cartagena en 1619 aún estaba escribiendo el texto haya sido redactado en su
totalidad en la ciudad de Lima es improbable, si se tiene en cuenta que le llevó
casi veinte años escribir el tomo primero de la segunda edición; pero sí se
puede decir que gran parte del trabajo de investigación lo realizó en dicha
ciudad. Muchos de los textos que en el tratado se mencionan, como por
ejemplo el del padre Acosta, los pudo haber leído durante su estancia en
Lima. Pero el mismo autor en su Tratado muestra como él estando en la
ciudad de Cartagena en 1619 aún estaba escribiendo el texto: en la página 18
menciona un suceso de una Carta Anua de México con fecha de 1622 y más
adelante en su relato nombra también un suceso en la ciudad de Quito en
1620 y otro en 1621, lo que permite ver que el escrito no estaba terminado
antes de 1622. El argumento de los estudiosos de esta obra, que desde luego
es válido, nace del supuesto de que para la época el colegio de los jesuitas de
la ciudad de Cartagena, por estar en sus comienzos, no tenía una biblioteca
suficiente como para que el Padre pudiese consultar y escribir su texto,
debido a las fuentes que él mismo cita, pero este argumento se puede repensar
por dos situaciones:
1.El padre estuvo en Lima por asuntos del colegio, los cuales le tenían
bastante ocupado y por otro lado, José Fernández proporciona un aspecto
más: “En Lima no estuvo ocioso; porque hizo en sus contornos diez y seys
Misiones, en que reparò nulidades sin numero de Consesiones, y Bautismos.
Mientras èl hacìa la causa de Dios, dispuso su Magestad felìzmente la de sus
negocios; y concluidos se restituyò a Cartagena, repitiendo en la buelta los
exercicios que llevò en la ida”24. Obras de evangelización que evidentemente
le quitaban el tiempo para dedicarse exclusivamente a la investigación y
redacción de su texto.
2. El padre no solo podía hacer sus consultas en Lima, de hecho las pudo
haber realizado en la misma ciudad de Cartagena a pesar de la carencia de
libros en el colegio. Hay que recordar que el médico Juan Méndez Nieto25
vivió en Cartagena de Indias y arribó a la ciudad antes que llegara Sandoval,
en 1569, y escribió el texto titulado: Discursos medicinales, texto para el cual
empleó una amplia bibliografía: en un inicio filósofos latinos, que Sandoval
también cita en su texto, los cuales podían estar en la biblioteca personal de
Méndez Nieto o de alguna otra en la ciudad -con las cuales Sandoval tenía
contacto por aquello de la evangelización de los esclavos-, que pudiese usar
para la edición de 1627 y que posteriormente complementaría en la edición de 1647.
24
Fernández, José, op.cit., p. 127.
Solano Alonso, Jairo, “Juan Méndez Nieto y Pedro López de León: el arte de curar en la Cartagena
de Indias del siglo XVII”, en Meisel Roca, Adolfo y Calvo Stevenson, Haroldo, Eds. Cartagena de
Indias en el siglo XVII, Cartagena, Banco de la República. 2007, pp. 385-436; Bataillon, Marcel,
“Riesgo y ventura del ‘Licenciado’ Juan Méndez Nieto”, en Hispanic Review, Vol. 37, No. 1,
Pennsylvania, University of Pennsylvania Press, 1969, 23-60, http://www.jstor.org/stable/471428
(Consultado el 17/04/2011).
25
21
Además de lo anterior, el mismo Sandoval dice que tenía contacto con los
capitanes de los navíos, a quienes Sandoval podía haberles encargado algunos
libros que necesitara sobre la historia de África. Del mismo modo que algún
padre o hermano de la Compañía de Jesús que estuviese en las misiones
africanas le pudo haber mandado información o textos que el padre
solicitara. Lo que sí es curioso es que haya tenido acceso —estando en
Cartagena— a diferentes Cartas Annuas: una de México de 1622 y dos del
padre Hernando Guerrero, una de 1608 y otra de 1618, y que por el contrario
el acceso de libros solo lo haya tenido en la ciudad de Lima. Sumándose a esto
se debe retomar el hecho de que el primer tomo de la segunda edición le
demandó 20 años escribirlo, y durante este tiempo no fue hasta la ciudad de
Lima, Santafé o Quito para recolectar información, simplemente usó lo que
tenía en Cartagena, que al parecer era suficientemente abundante para
acrecentar en gran medida los conocimientos que plasmó en este texto y que
él mismo se sorprende exponiendo en el prólogo lo siguiente: “Sale Segunda
ves à luz el tomo De Instauranda Æthiopum salute, tanto le he acrecentado,
que siendo el mismo, viene à ser distinto por su grandeza.”26 Lo que deja ver
que había hecho una labor de investigación, tal vez, más ardua que en la
edición de 1627 y que se puede constatar al comparar las dos ediciones.
Por los argumentos anteriores es preciso decir que el texto no fue redactado
en Lima y mucho menos que Sandoval “llevara un carpacho” del manuscrito
debajo el brazo al llegar a Cartagena. Más bien es necesario anotar que gran
parte del texto lo escribió en Cartagena. Se puede pensar es que esa
información estaba en la ciudad en el momento que se escribió el libro;
asimismo se puede colegir que los libros e informaciones que no estaban en
Cartagena el padre los encargó a algunos de los tratantes de esclavos con los
cuales evidentemente él tenía contacto muy a menudo por el trabajo de
evangelización que se llevaba a cabo con los bozales y también por medio de
cartas a sus colegas de la orden religiosa, como es el caso de las Cartas Annuas
que él cita en varias ocasiones. Toda esta información debió ser
complementada con lo consultado en Lima en su estancia de dos años, la cual
posteriormente agrandaría para una segunda edición del Tratado.
Hasta aquí la obra de Sandoval y su vida en la Cartagena de Indias del siglo
XVII, donde realizó un excepcional trabajo con los esclavos. Fue Cartagena el
lugar adecuado para que Alonso de Sandoval escribiera su texto ya que a este
puerto arribaban gran cantidad de negros traídos desde diferentes puertos de
África.
26
Sandoval, Alonso de, op.cit.
22
De la sangre derramada y otros fuegos encendidos
Resistencias en la música del Caribe colombiano.
Augusto Gutiérrez Pérez
Bogotá, 1988. Estudiante de pregrado, último semestre de Sicología,
Universidad Nacional de Colombia.
penosa reencarnación. Vuelta al todo, anulación de la dolorosa individualidad,
llegar a ser dios quiere decir: haber ensanchado tanto el alma,
que pueda volver a comprender nuevamente el todo”.
Hermann Hesse
Colombia, al igual que este trozo continental de tierra que llamamos América
Latina, es parte de una innegable realidad violenta, cuyas raíces están
esparcidas en el viento de la historia, desde aquel momento no remoto en que
nos fue azotada y carcomida la piel por la espada y la cruz.
Empezamos a contar en el paginar de la historia universal como un pueblo
sometido, expropiado, humillado y esclavizado. Un pueblo que al encuentro
con la otredad le fue inyectada la furia reprimida de esa España saqueada e
invadida durante siglos. Una España que –recordando a Carlos Fuentes en El
espejo enterrado- guardaba en su seno el ansia de poder y represión, la
tenacidad y la sed de invertir los papeles y ser el verdugo –conquistador- en
vez del conquistado.
Sin embargo, la certeza o verdad última de este encuentro desgarrador aun
está en entredicho. Si bien es innegable el rastro de la violencia en las cadenas
y látigos, la sangre derramada y los huesos pulverizados en el aire putrefacto
de la impunidad, también resultan innegables aquellos signos consumados,
huellas indelebles, mensajes cifrados y actos de resistencia que hablan de una
capacidad de simbolización y subversión del orden imperial en expansión,
trasfondo histórico de la conquista y la colonización.
La resistencia de nuestros y nuestras ancestros indígenas, acompañada además de
la fuerza vital de la cultura africana, fue un proceso inherente a la expansión
del imperialismo monárquico español. Los espacios simbólicos de las nuevas
y enmascarar las cosmogonías, simbologías y creencias propias de los pueblos
sometidos, abrazándolas con los nuevos símbolos “heredados” de la religión
y la cultura hispánica.
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23
Sin duda alguna, esta innegable capacidad de simbolización (resignificación
o creación de nuevas significaciones en medio del proceso de esclavización),
es la que origina múltiples explosiones de resistencia condensadas en la
música, el arte, las festividades y literatura de nuestros pueblos.
Y es justamente allí, en la resistencia y las luchas simbólicas, donde podemos
también vernos al espejo como gestores de la historia, luchando aún contra la
mordaza invisible del olvido que impide o acalla el apetito voraz de libertad…
¿una auténtica libertad?
Si bien de punta a punta del continente, y especialmente en Colombia, la
violencia fue uno de los motores históricos (desde la Conquista y la Colonia,1
adentrándose en la independencia y la formación de los incipientes estados
nacionales2), es imprescindible reconocer que las diversas resistencias fueron
también motores históricos; es más, ambas polaridades han otorgado a nuestra
realidad ese flujo dialéctico, ese vaivén entre lo utópico y lo real, el querer ser y
el ser. De ahí la importancia de la metáfora del espejo enterrado construida por
Carlos Fuentes (2001), cuyo significado remite a esa doble faz, esa dualidad
–negada, reprimida o aceptada- que esculpe nuestro rostro latinoamericano:
ser español e indígena o esclavo a la vez; blancos en pigmento, pero con sangre
negra; hijos de una Europa moderna, supuestos sujetos modernos civilizados
–forjados bajo el ideal de la abstracción-, y simultáneamente esos que en la vida
cotidiana despliegan sus creencias originarias y hacen su lectura del mundo a
partir de las mismas.
1
No es que el ejercicio de la violencia no estuviera presente en los pueblos originarios, de hecho
Octavio Paz en Conquista y Colonia habla de una pirámide vertical, opresiva y rígida para hacer
referencia la estructura y funcionamiento imperial mantenida por los aztecas antes de que Cortés
pusiera sus pies en la tierra mexicana. Paz retrata cómo el Imperio absorbía pequeñas sociedades
poniéndolas al servicio de sí; incluso esclavizaba y traficaba esclavos, obtenidos como botín de guerra
tras numerosas contiendas, sin embargo, nada de esto es comparable con la vastedad y la fuerza brutal
del imperio español.
2
En el caso colombiano, Fernán González analiza en su texto Poblamiento y conflicto social en la
historia colombiana (1994) la coincidencia existente entre determinadas partes del territorio nacional
compuesto por “poblaciones sueltas”, y la constante violencia en los siguientes periodos: (a) el periodo
colonial (siglo XVII - XVIII) cuyos “espacios vacíos” –localizados fuera de las márgenes de las
ciudades coloniales y por ende, de la jurisprudencia del poder colonial y la autoridad eclesial-, eran
fundados por migraciones espontáneas de blancos pobres, mulatos y mestizos expulsados por el
modelo colonial, excluyente y jerárquico en cuanto a la organización del territorio y la producción. En
éste periodo destaca la tensión entre las colonizaciones espontáneas de baldíos fuera de la ciudad
colonial y el interés por someterla al poderío y soberanía de la misma, tensión que deviene en fuente
inminente de conflicto; (b) El periodo de la colonización regional y la Guerra de los Mil Días (siglo
XIX), caracterizado por las olas migratorias al interior de las regiones y zonas montañosas (en
Antioquia, Cundinamarca, Magdalena y Santander, básicamente), es decir, por nuevas colonizaciones
espontáneas del territorio, que arrastraban a su vez sus propias jerarquías sociales, estructuras
familiares y formas de cohesión social. Estas olas migratorias, luego de asentarse en lugares
relativamente aislados, dan lugar a nuevas tensiones por la expansión de latifundios y haciendas sobre
los minifundios y baldíos, lo que origina guerras por la defensa del territorio conquistado o por la
contención de dicha expansión latifundista característica de los primeros momentos de la república,
y (c) el periodo de La Violencia, en los años 40 y 50, caracterizado por la configuración de identidades
políticas ligadas al par antinómico liberal-conservador, que a su vez, encubrían conflictos socio
raciales de antaño, pero que permitían además generar procesos de diferenciación local y/o regional
ligados a: el tipo de estructura familiar o social, la identidad territorial (latifundista, minifundista), los
procesos históricos de apropiación del territorio (marginación u olas migratorias) entre otros. En
síntesis, los aportes de Fernán González nos permiten entrever cómo el conflicto colombiano es una
trama histórica en la que intervienen relaciones de poder ligadas al dominio del territorio, conflictos
socioraciales, identidades políticas, odios heredados y, grosso modo, ausencia de un poder estatal
unificador, dada la desvertebrada geografía del territorio.
·Foto: Augusto Gutiérrez Pérez·
24
Curiosamente esta dualidad propia de América Latina es la que impide hablar
a la ligera de una historia lineal que paulatinamente se va desarrollando,
superando los estadios anteriores, al estar encaminada al progreso. Dicha
versión, hegemónica occidental, expresión del mito de occidente (véase Mairet,
1980), estalla en la realidad vivida y cotidiana de América Latina, donde
claramente las ideas y conceptos, por ejemplo, de la religión católica, impuesta
como la verdad (dando continuidad al mito de occidente), se vitalizan,
entrecruzan o reestructuran diariamente arrastrando rezagos de formas
ancestrales de pensamiento3.
Los espejos aún apuntan al lejano mar que trajo los navíos de los
conquistadores, y con ellos a sus modelos, costumbres, paradigmas, pero su luz
también puede enceguecer nuestra mirada, dejándonos la curiosidad de vernos
a nosotros mismos –curiosidad primera que debieron experimentar nuestros
ancestros al hacer el canje oro-espejos-. Cómo verse en la dualidad, es la
pregunta; cómo retomar actualmente las múltiples huellas y marcas de
resistencia dejadas en las trayectorias de nuestros pueblos para restituir
moralmente sus voces y participación en la colcha de retazos de la historia.
El presente escrito busca aproximarse a una de las formas culturales, de
socialización y resistencia propias de la región del Caribe colombiano, la
música. Entendiéndola como aquella forma de expresión que permite:
(i) Fecundar el espacio vacío del silencio con las penas y dolores, condensados
en los desgarramientos de una voz que habla por un pueblo. Los instrumentos,
la voz, las palmas y las plantas de los pies resonando solidariamente, han
permitido objetivar el dolor, transformándolo en un producto cultural –un
ritual, lugar de socialización-. Éste es entonces vivido de otra forma. Ahora
envuelto narrativa y expresivamente con otros significados, las heridas y
desventuras de los pueblos esclavizados y sometidos, logran insertarse en una
memoria colectiva que perdura gracias a la música. María Mulata canta, y
arrastra en su dolor una historia que bien puede ser leída en clave del continuo
desarraigo del pueblo africano (además del pueblo amerindio):
¿A dónde van las semillas que no has sembrado?
¿los frutos que el sol no maduró?
¿a dónde va la cosecha que se perdió?
Gritos que en mi mente ya no quieren resonar,
y mis ojos ya no quieren ver la imagen callada de muerte y de soledad;
la mirada perdida del ayer.
¿A dónde van los sueños...?4
3
Los ritos, cultos y creencias del pueblo afrodescendiente presentes en la santería son uno de tantos
ejemplos concretos de tal resistencia al cambio y perduración de las cosmogonías autóctonas de
aquellos pobladores traídos como esclavos.
4
Canción ¿A dónde van?, compuesta por Leonardo Gómez y Diana Hernández, grupo María Mulata.
25
Acostumbrados a mirar las grandes resistencias –batallas y contiendas
libertarias en su mayoría-, quienes estudiamos la historia de América Latina
nos hemos olvidado de aquellas muestras cotidianas de sobrevivencia en
medio de la esclavitud, la expropiación y el mestizaje. La música, por fortuna,
está allí flotando en los oídos, irrigando la sangre e impulsando el cuerpo de
aquellos despojados de protagonismo histórico que cotidianamente han
invadido de sentidos ese amargo flagelo que es la opresión (física y simbólica de
un pueblo acallado y desterrado por el uso de la fuerza) ¿Qué otra cosa puede
entonces ser la resistencia, sino el proceso de creación y transformación de
significados en medio del desierto diario de la dominación?
Los mismos Gaiteros de San Jacinto alzan su voz, y en ella enredan la queja y el
desprecio que produce el saqueo -robo desmedido de aquellos productos
identitarios o recursos del territorio-con la alegría de la vida –aquello que no se
hurta o despoja-. Sin embrago, se celebra una nueva vida, aquella que emerge
como producto de la mezcla con el indígena:
“Se encienden noches oscuras (bis)
Con un jolgorio que canta
Los repiques de tambores
La raza negra levanta
Y el indio pasivamente
Con su melódica gaita,
Irrumpe en el silencio
Cuando una fogata baila
Y yo siento por mis venas
Un fuego que no se apaga
(…)
Mi tierra guaca explorada (bis)
Sin tribus y sin cacique
La raza negra ha quedado
Que con alegría nos viste
Porque con fuerza y valor
Ganaron el paso libre
Hay mezclas de su cultura
Con la del indio aborigen
Hacen vibrar el lamento
Que hoy nuestra tierra vive”5
·Foto: Augusto Gutiérrez Pérez·
De esta forma se celebra la mixtura de la gaita y el tambor (indígena y negro6),
en tanto herramientas culturales al servicio de la expresión. Porque cuando
alguien canta o toca un instrumento encuentra un lugar de expansión de su ser
en el mundo.
5
Canción Un fuego de sangre pura, del compositor Rafael Castro Fernández. Agrupación Los Gaiteros
de San Jacinto.
6
De acuerdo con Wade (2002) para hablar de afrocolombianidad es necesario partir del supuesto de
que el pueblo afro en el territorio nacional se ha valido de diferentes recursos culturales, provenientes
de las culturas europeas e indígenas, para elaborar nuevas formas de expresión e identidad. La gaita,
instrumento característico de la cumbia, por ejemplo, estaba presente en las comunidades Zenúes
(asentadas principalmente en los departamentos de Córdoba y Bolívar) que tocaban flautas con
cabeza de cera, llamadas chanuas (Convers y Ochoa, 2007).
26
De nuevo la resistencia emerge, pues abrirse un lugar de expansión de la
subjetividad diferente al impuesto por el régimen colonial o el nuevo estado
nación que definía el telos de la vida del negro o el indígena en la servidumbre
y la mano de obra, sobrepasa el estatu quo, desafiando la capacidad del poder
efectivo en el sujeto7. Así, la música en tanto práctica cultural, les permitió
seguramente a los afrodescendientes, indígenas, cimarrones o zambos, entre
otros, restablecer un tejido social abruptamente alterado, retomar los pasos
perdidos en las espirales turbulentas de la historia y verse de nuevo frente al
espejo enterrado. La memoria fue entonces ese “fuego que no se apaga”, la llama
vital que arde en la sangre y que debe ser narrada, transmitida, a otro evitando
su extinción. De ahí la importancia histórica de la música en la mayoría de las
comunidades actuales de la región Caribe colombiana,8 pues es una muestra de
la capacidad de resistencia y solidaridad en medio de la sujeción.
(ii) La música permite también contagiar el silencio de esa auténtica felicidad
que se experimenta cuando el espacio de socialización gira en torno a la gaita y
la tambora, materia prima que permite transformar la tristeza y la añoranza en
pura vida, en movimiento o cadencia, reviviendo el cuerpo –lugar de la
dominación física ejercida por el látigo y la cadena- y resinificándolo como
lugar de libre fluir, de baile. De esta forma, el cuerpo no es más silenciado, pasa
por encima de los mecanismos del poder que intentan contenerlo, oprimirlo, y
se reencuentra con los rituales ancestrales.
En vez de asfixia, la voz; en vez de ataduras, tránsito; en vez de individuación,
comunión. La música vuelve a ser el germen artístico de creación (poiesis),
coexistiendo con la fuerza de la naturaleza que mueve al universo.
Pero además de la expansión del ser en el ritual de la música, encaminada al
encuentro con el todo (llámese espíritu universal, fuerza cerradora, historia o
memoria colectiva), hay otro elemento que permite que se haga música, que se
celebre y se cante, a saber, la confrontación con ese otro que daña, saquea,
explota, roba o humilla. Totó La Momposina, Calle 13, Susana Baca y María
Rita, le responden a quienes nos saquearon (la Europa moderna que a sangre y
fuego nos “civilizó”) y a quienes nos saquean actualmente (multinacionales
norteamericanas y europeas, organismos de crédito internacionales, FMI, BM,
entre otros):
7
Foucault (Ball, 1994) es quien nos recuerda claramente los efectos positivos del poder, con la idea de
que los mecanismos de poder (supervisión, prescripción, el castigo, entre otros) crean un tipo de
subjetividad políticamente dócil y económicamente útil, absorbiendo la escancia creadora del sujeto,
su impulso creador o performativo para encauzarlo en la producción y a su vez garantizar la
continuidad del orden.
8
Edgar Benítez (2000) en su texto “Huellas de africanía en el bullerengue: La música como resistencia”
resalta la importancia que tiene comprender los diversos géneros musicales del Caribe colombiano a
la luz de una continuidad de la memoria sociocultural del pueblo afro, en contraposición de una
ruptura definitiva de la misma entre América y África. La continuidad, presente en el uso de
tamboras, coros y bailes, está además garantizada por la mujer cantadora, que despliega la genealogía
de sus pueblos mientras realiza sus oficios (lavando en el arroyo, pilando el arroz) o en funerales
(donde se reencuentran con familiares y se recuerda al que muere ceremonialmente). Su papel central
en el bullerengue (y otros ritmos) es asociado a su función en la socialización de las nuevas
generaciones, dada la cantidad de conocimientos que ellas portan (son parteras, saben de plantas
medicinales, rezos, secretos de la historia, entre otros).
27
“Tú no puedes comprar al viento,
Tú no puedes comprar al sol
Tú no puedes comprar la lluvia,
Tú no puedes comprar al calor.
Tú no puedes comprar las nubes,
Tú no puedes comprar mi alegría,
Tú no puedes comprar mis dolores”9
Acaso ¿hablamos de dos mundos incompatibles, con dos universos simbólicos
radicalmente diferentes entre el mundo occidental y el nuevo mundo? Esta
pareciera ser la sensación que deja la anterior canción, y es que justamente las
cosmogonías propias de los pueblos amerindios, junto con los sistemas
cosmogónicos africanos se entrelazan, e incluso, mimetizan, en el nuevo
mundo rescatando la espiritualidad del universo. El viento, el sol, la lluvia,
vuelven a ser evocados como potencia de las diversas fuerzas creadoras que
sostienen la vida. El español y su poderío imperial, el norteamericano y su
imperialismo abrasivo, las transnacionales y los bloques económicos actuales,
no pueden penetrar allí, justamente en el terreno de la espiritualidad del
cosmos.
En contraste, para las comunidades latinoamericanas en las que aún perviven
las viejas creencias ancestrales, el colonizador llega hasta donde su mirada
occidental (en la que todo tiene un valor cuantificable y es susceptible de ser
pago y comercializado) se lo permite, peroen la trastienda se resiste. Acorazado
bajo el manto de lo “invisible” está el lugar de resistencia, el espíritu, ese que
palpita o arde verdaderamente en las nubes, la memoria, el sol o las plantas de
los pies.
La voz y la corporalidad son entonces expresiones materiales de la auténtica
capacidad de simbolización, adaptación y resistencia de los pueblos
afrodescendientes y amerindios en el contexto de la colonización y sus
subsecuentes transmutaciones.
De la sangre derramada en la historia se encendieron los fuegos de la memoria.
De la rigidez y el sometimiento de los cuerpos surgieron las cadencias y
vaivenes en los nuevos rituales.
De la asfixia se tomó fuerza para fertilizar con la voz el aire que la arrebate,
llevándola lejos, tan lejos como puedan viajar las memorias enredadas en el
aire.
Tal como dice Eduardo Galeano (1989):
“Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz no hay
quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por
los poros, o por donde sea.Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los
demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada”.
9
Canción Latinoamérica, interpretada por Calle 13, Totó La Momposina, Susana Baca y Maria Rita.
28
Bibliografía
Ball, S. (1994), Foucault y la educación. Disciplinas y saber. Segunda edición,
Ediciones Morata, Madrid.
Benítez, E. (2000), “Huellas de africanía en el bullerengue: La música como
resistencia”.
En http://www.uc.cl/historia/iaspm/pdf/Benitez.pdf. Consultado el día 15 de
agosto de 2011.
Convers, L. & Ochoa, J. (2007), Gaiteros y Tambores. Material para abordar el
estudio de la música de gaitas de San Jacinto, Bolívar (Colombia). Primera
parte. Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.
Fuentes, Carlos (2001), El espejo enterrado, Fondo de Cultura Económica,
México D. F.
Galeano, E. (1989), El libro de los abrazos. Tercer Mundo Editores. Bogotá.
González, Fernán E. (1994), “Poblamiento y conflicto social en la historia
colombiana”, en Territorios, regiones, sociedades, Universidad del Valle y
CEREC, Bogotá.
Mairet, G. (1981), “Mito Orgánico”. En Chatelet, Francois, Historia de las
Ideologías, Tomo 2, Premia Editora, México,
1980. pp. 11 a 23.
Paz, Octavio (2009), Conquista y Colonia. Editorial Facultad Ciencias
Humanas, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.
Wade, P. (2002), “Construcciones de lo negro y del África en Colombia:
política y cultura de la música costeña y el rap”.
En Afrodescendientes en las Américas. Trayectorias sociales e identidades. 150
años de la abolición de la esclavitud en Colombia, Universidad Nacional de
Colombia, Bogotá.
29
Cartagena de Indias y Montevideo.
durante las guerras de independencia.
Carina Barusso
Profesora de Historia, egresada del Instituto de Profesores “Artigas” de Montevideo;
ex becaria Fundación Carolina del programa “Master en Historia del Mundo Hispánico.
Las Independencias en el mundo iberoamericano”, de la Universidad Jaume I de Castellón,
España, 2008.
Percepciones iniciales
Cartagena se presentó ante mis ojos como una ciudad de cara al mar al igual
carácter portuario y dinámica comercial.
La comparación con Montevideo era una idea recurrente, ¿así habrían sido
nuestras murallas? El tipo de ciudad era similar, así como las puertas de ingreso
al recinto amurallado; la dinámica colonial de las dos ciudades portuarias
seguramente habría tenido semejanzas. Cartagena de Indias -con un número
de habitantes muy superior al de la pequeña ciudad de Montevideo-, había sido
asiento de esclavos, como lo sería con posterioridad la ciudad platense.
La veterana Cartagena de Indias, fundada tempranamente en el siglo XVI (1533)
casi dos siglos de existencia a la joven San Felipe y Santiago de Montevideo cuando
se inicia su proceso fundacional (1724–1730).
Las dos ciudades, ubicadas en puntos estratégicos, debían defender en ese
entonces al territorio español de los ataques enemigos, o de las incursiones de vecinos
imperiales como los portugueses, en el caso de Montevideo.
Ambos territorios eran fronterizos y marginales, muy acostumbrados al
contrabando como medio de vida de amplios sectores de la población, que el
lejano monarca no podía reprimir con efectividad, y al que las autoridades
locales muchas veces veían como un mal necesario, si no formaban parte de él.
colombiano seguía siendo, en su mayor parte territorio de frontera, negado a la
explotación de las sociedades criollas y a los avances “civilizadores” de
España.”1
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30
La frontera es un lugar de intercambio, pero fundamentalmente de roce y de
conflicto, en el caso de estos dos territorios, el Caribe colombiano y la Banda
Oriental, podemos señalar las disputas con otras naciones e imperios, las
luchas en la frontera indígena, y los conflictos étnico – sociales enraizados en la
sociedad de castas.
En ambos territorios existirán proyectos radicales democráticos al inicio de las
guerras de independencia, con bases sociales populares que intentaremos
comparar brevemente en este trabajo.
Algunas anotaciones sobre San Felipe y Santiago de Montevideo
Su fundación fue encomendada en reiteradas ocasiones a Bruno Mauricio de
Zabala, gobernador de Buenos Aires, por el rey. Éste finalmente da un
ultimátum al gobernador bonaerense para que cumpla sus órdenes. Como
mencionamos antes, el contrabando era un negocio muy lucrativo como para
querer detenerlo rápidamente.
El proceso fundacional abarca seis años (1724-1730), en el correr de los cuales
llegan pobladores desde Buenos Aires y de las Islas Canarias. Un contingente
importante de guaraníes misioneros había sido movilizado para los trabajos de
fortificación. De esos mil hombres seguramente algunos se hayan asentado en
el lugar; con posterioridad llegaría el componente africano que fue numeroso
en el período colonial.
Montevideo defendería a Buenos Aires, parte del territorio de la Banda
Oriental del río Uruguay y la entrada al Río de la Plata, que posibilitaba el
ingreso a las provincias del interior remontando los ríos Uruguay y Paraná.
“Fortificar Montevideo, contener a los portugueses en sus límites, impedir que
las naciones europeas se apoderen de una parte tan útil y necesaria para el bien
de estas provincias, poblar con familias y de este modo asegurar la campaña de
la otra banda donde Buenos Aires se provee de ganado, tales son las repetidas
expresiones de las Reales Órdenes de entonces.”2
La península donde se encontraba la ciudad sería amurallada desde la bahía
hasta el Río de la Plata. La muralla de nueve metros de altura y seis de espesor
brindaba protección a los habitantes de la ciudad. Una descripción del Diario
de la expedición del Brigadier Crauford en 1807 apunta lo siguiente:
“La ciudad está defendida hacia el mar por fuertes baterías, provistas de hornos
y las necesarias máquinas para lanzar bombas, y por el pequeño fuerte de San
Felipe. La bahía está también protegida por el islote de Ratones, o isla de Ratas,
la cual tiene montados pesados cañones. La ciudadela mira hacia el continente,
está regularmente fortificada, tiene bastiones en sus flancos, apoyados por un
rebellín, y separada por una zanja profunda. Está protegida del lado de la
ciudad por un puente levadizo a prueba de bomba.”3
Posteriormente en el Cerro de Montevideo se erigiría una fortaleza para
defender la bahía.
31
En un comienzo su puerto no sería utilizado para el comercio directo con
España, sino que el mismo se realizaba exclusivamente desde Buenos Aires.
Esta situación se verá modificada hacia fines del siglo XVIII con la habilitación
para el libre comercio.
El Apostadero de Marina de la flota española, desde 1769 convertía a la ciudad
en el centro de la autoridad naval en el Atlántico Sur.
“La ensenada de Montevideo era visitada por gran cantidad de naves que le
daban una actividad inusitada; los bajeles españoles alternaban con los
portugueses y otros extranjeros. Los cueros que en gran cantidad llegaban de la
campaña eran depositados en los huecos y baldíos de la ciudad, donde se
apilaban para su embarque; también se exportaban cueros de lobo y de “tigre”
(puma o jaguar), lana de vicuña proveniente del norte, pieles de chinchilla,
planchas de cobre, zurrones de cacao, lana ordinaria, marquetas de sebo, cera,
doblones de plata y oro. (...) en 1781 salió un convoy con destino a Cádiz
formado de 25 buques con 450 000 cueros (…).” 4
Según cálculos realizados por el enviado de la corona Félix de Azara a fines del
siglo XVIII, “(…) la población del territorio oriental ascendía a 30.665
habitantes. De esta cifra integrada por españoles, criollos y esclavos africanos, a
los que se debe agregar una proporción muy pequeña de indígenas y otra
bastante mayor de mestizos, la mitad estaba compuesta por pobladores de
Montevideo y su ejido.”5
De los datos del padrón de población revelado por el Cabildo de Montevideo
en 1803 para un total de 4676 habitantes se desprende la siguiente información:
·Foto: Augusto Gutiérrez Pérez·
Esclavos
Mulatos y libertos
Indios
Blancos
899
141
603
3033
19,22%
3%
12,89 %
64,89%
(Datos extraídos de Pi Hugarte, Vidart, D., op. cit. p.22)
Destacan los autores Pi Hugarte y Vidart el hecho de que un 35 % de la
población montevideana fuera de esclavos, libertos, pardos o indios; la asemeja
a la de los Pueblos Nuevos y no a la de los Trasplantados que posteriormente la
caracterizaría.
Cuando se inicia el período revolucionario, el territorio de la Banda Oriental
estaba dividido y administrado por tres autoridades, la Gobernación de
Montevideo, Buenos Aires y Yapeyú. Montevideo, a diferencia de Cartagena se
mantendrá fiel a la Corona española hasta que finalmente es derrotada y
tomada por las fuerzas revolucionarias de Buenos Aires primeramente en
1814, y por las artiguistas en segunda instancia en 1815.
32
Cartagena de Indias: algunos apuntes
Cartagena de Indias era uno de los puertos habilitados al comercio con España
en el que se concentraban las riquezas de Nueva Granada, el Virreinato del
Perú y otras colonias españolas.
El oro y la plata que llegaba a Cartagena, producto del comercio, atrajo los
ataques de los piratas que la asediaron y tomaron en reiteradas ocasiones. La
ciudad amurallada era un baluarte fundamental en el Caribe y su ubicación
defendía la entrada al continente.
“A fines del decenio de 1770, Cartagena era sin duda la ciudad más importante
del Caribe colombiano. En 1777 (…) tenía 13.396 habitantes. Una década
después habría aumentado a 15. 887 y llegó posiblemente a 17.600 habitantes
en 1809. Los afrodescendientes constituían más de las dos terceras partes de la
población: 49.3% de ellos eran libres de color, y 18.9 % esclavos. Los blancos
representaban el 31.2 % de los habitantes (…) los indios no eran más que el
0.6% de la población cartagenera.”6
Disputas regionales
La disputa entre las elites cartagenera y santafereña hundía sus raíces en el
período colonial y continúa en el republicano. Las disputas regionales son
características de las guerras de independencia y de ellas surgen los distintos
proyectos políticos que se ensayan. A estos conflictos se les suman los étnico
sociales que también afloran en las luchas políticas.
En 1810 “como consecuencia de la oposición de Cartagena a la conformación
de un gobierno interino en Santa Fe, y de la posterior negativa de esta última a
considerar la posibilidad de instalarlo en una ciudad diferente, cada provincia
empezó a manejar sus asuntos autónomamente.”7
Por otra parte la radicalización del conflicto étnico social culmina con la
Declaración de Independencia de Cartagena el 11 de noviembre de 1811.
La participación del pueblo en los asuntos políticos había radicalizado las
posiciones que defendía. La negativa por parte de las Cortes de Cádiz a
reconocer el derecho a la ciudadanía a negros, mulatos y zambos llevaría a que
la única opción posible para obtener la igualdad política entre hombres libres
fuera la independencia absoluta de España.
“La declaración de independencia absoluta de Cartagena no fue, como se
complace en describir la historiografía tradicional, el producto de las rencillas
entre las élites toledistas y piñeristas. El grado de tensión social que produjo el
11 de noviembre tenía componentes más complejos y, sin lugar a dudas, el más
importante de ellos era el enfrentamiento entre la elite criolla y los negros y
mulatos artesanos que aspiraban a la igualdad.”8
33
En un comienzo su puerto no sería utilizado para el comercio directo con
España, sino que el mismo se realizaba exclusivamente desde Buenos Aires.
Esta situación se verá modificada hacia fines del siglo XVIII con la habilitación
para el libre comercio.
El Apostadero de Marina de la flota española, desde 1769 convertía a la ciudad
en el centro de la autoridad naval en el Atlántico Sur.
“La ensenada de Montevideo era visitada por gran cantidad de naves que le
daban una actividad inusitada; los bajeles españoles alternaban con los
portugueses y otros extranjeros. Los cueros que en gran cantidad llegaban de la
campaña eran depositados en los huecos y baldíos de la ciudad, donde se
apilaban para su embarque; también se exportaban cueros de lobo y de “tigre”
(puma o jaguar), lana de vicuña proveniente del norte, pieles de chinchilla,
planchas de cobre, zurrones de cacao, lana ordinaria, marquetas de sebo, cera,
doblones de plata y oro. (...) en 1781 salió un convoy con destino a Cádiz
formado de 25 buques con 450 000 cueros (…).” 4
Según cálculos realizados por el enviado de la corona Félix de Azara a fines del
siglo XVIII, “(…) la población del territorio oriental ascendía a 30.665
habitantes. De esta cifra integrada por españoles, criollos y esclavos africanos, a
los que se debe agregar una proporción muy pequeña de indígenas y otra
bastante mayor de mestizos, la mitad estaba compuesta por pobladores de
Montevideo y su ejido.”5
De los datos del padrón de población revelado por el Cabildo de Montevideo
en 1803 para un total de 4676 habitantes se desprende la siguiente información:
·Foto: Augusto Gutiérrez Pérez·
Esclavos
Mulatos y libertos
Indios
Blancos
899
141
603
3033
19,22%
3%
12,89 %
64,89%
(Datos extraídos de Pi Hugarte, Vidart, D., op. cit. p.22)
Destacan los autores Pi Hugarte y Vidart el hecho de que un 35 % de la
población montevideana fuera de esclavos, libertos, pardos o indios; la asemeja
a la de los Pueblos Nuevos y no a la de los Trasplantados que posteriormente la
caracterizaría.
Cuando se inicia el período revolucionario, el territorio de la Banda Oriental
estaba dividido y administrado por tres autoridades, la Gobernación de
Montevideo, Buenos Aires y Yapeyú. Montevideo, a diferencia de Cartagena se
mantendrá fiel a la Corona española hasta que finalmente es derrotada y
tomada por las fuerzas revolucionarias de Buenos Aires primeramente en
1814, y por las artiguistas en segunda instancia en 1815.
32
Algunos apuntes sobre la revolución en el Río de la Plata
En el Río de la Plata, los intereses que defienden las distintas regiones que
conformaban el Virreinato, ocasionan una gran fragmentación territorial.
La “retroversión de la soberanía” es interpretada por Buenos Aires, antigua
capital virreinal, como al pueblo cabecera del Virreinato. Desde las provincias,
se hablará de la “retroversión a los pueblos”, lo que las pondría en pie de
igualdad con Buenos Aires. Esta atomización, a su vez se reproduce dentro de
las propias provincias, con relación a los pueblos subordinados a la capital
provincial.
Algunos territorios como el Paraguay, se separan tempranamente de Buenos
Aires, creando en 1811 una Junta de Gobierno propia, y posteriormente se
constituirán en República en 1813, a pesar de la oposición de la antigua capital
virreinal.
Entre las disputas que se desarrollan en este conflicto se encuentran las luchas
interprovinciales y con el centralismo bonaerense, que procura mantener los
privilegios que le había otorgado su posición de capital virreinal, relacionados
con los beneficios que le brindaban las rentas de aduana. Para mantener este
beneficio era necesario que todas las provincias exportaran sus productos a
través del puerto de Buenos Aires.
Por otra parte las provincias del interior y en particular las del litoral,
promoverán el autonomismo, y en consecuencia se desarrollará la idea de
llevar adelante la creación de un estado confederado, que revestiría a todas las
provincias de iguales derechos, repartiendo equitativamente los recursos de la
aduana (ya que los mayores recursos exportables provenían del interior).
Paralelamente se desarrollaba un conflicto entre las oligarquías locales y las
aspiraciones de la gente común del pueblo de mejorar su situación. Este
conflicto aparece claramente en las disputas por la posesión de la tierra, a la que
aspiran los criollos pobres y monopolizan los grandes hacendados. Por otra
parte, la sociedad de castas permanece vigente, lo que ocasionará que para
ciertos grupos étnicos, la revolución represente la posibilidad de alcanzar una
mejora en su situación social.
La Provincia Oriental y el proyecto artiguista
La Provincia Oriental, caracterizada por su “pradera, frontera y puerto”, tenía a
la ganadería por actividad principal, y el comercio ilícito con Portugal como
una constante en su historia. Los puertos, tanto el principal en Montevideo,
como los de Maldonado y Colonia, le permitían desarrollar el comercio
transatlántico. Fundada para detener el avance portugués, había sido durante la
Colonia el apostadero naval de las fuerzas españolas en el Atlántico sur, y único
puerto de entrada de esclavos africanos al Virreinato desde 1791.
34
Montevideo, bastión españolista hasta 1814, capitulará primero ante las fuerzas
porteñas, y luego ante las orientales (1815), para ser nuevamente ocupada en
1817 por los portugueses,Montevideo, bastión españolista hasta 1814,
capitulará primero ante las fuerzas porteñas, y luego ante las orientales (1815),
para ser nuevamente ocupada en 1817 por los portugueses, quienes ansiaban
alcanzar el Río de la Plata, al que consideraban su “límite natural”. Los puertos
que posee la provincia le permitirán disputar a Buenos Aires su preeminencia
en el comercio transatlántico.“La Provincia Oriental era la única geográfica y
económicamente independiente de Buenos Aires. Era la única con puerto de
salida al Océano, a Europa, que no dependía, que ya no podía ser vigilada por
la ex capital virreinal.”9 quienes ansiaban alcanzar el Río de la Plata, al que
consideraban su “límite natural”. Los puertos que posee la provincia le
permitirán disputar a Buenos Aires su preeminencia en el comercio
transatlántico.“La Provincia Oriental era la única geográfica y
económicamente independiente de Buenos Aires. Era la única con puerto de
salida al Océano, a Europa, que no dependía, que ya no podía ser vigilada por
la ex capital virreinal.”10
Los puertos de la Provincia Oriental son clave en el proyecto confederal
artiguista, las provincias del interior podrían tener otra vía de salida para su
producción, sin los impuestos que les cobraba la aduana bonaerense. Dentro
del proyecto artiguista, las rentas de aduana se repartirían equitativamente
entre las provincias confederadas. “Artigas les ofreció a las provincias tantas
ventajas cuantos inconvenientes encontraban en Buenos Aires: salida al mar,
libertad comercial, igualdad provincial, reparto de las rentas aduaneras.”11 El
proyecto artiguista sostenía como principio fundamental la “soberanía
particular de los pueblos”, en contraposición con la interpretación centralista
bonaerense.
·Foto: Augusto Gutiérrez Pérez·
En las Instrucciones del año 1813, entregadas a los diputados orientales a la
Asamblea Nacional Constituyente que se reuniría en Buenos Aires, se resumen
los principios que sostiene la revolución artiguista. Primeramente establecen la
“independencia absoluta” de la Provincias Unidas con respecto a la monarquía
española: “No admitirá otro sistema que el de la confederación para el pacto
recíproco con las provincias que formen nuestro estado” (art. 2º). Establecía la
forma de gobierno republicana siendo “el objeto y fin del gobierno (...)
conservar la igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y de los pueblos
(...)” (art.4º). La independencia absoluta no era un tema laudado aún en las
Provincias Unidas en 1813; menos todavía la forma de gobierno, existiendo
posiciones encontradas al respecto (hombres como Alvear, Belgrano y
Rivadavia sostendrían el régimen de monarquía parlamentaria).
A la confederación se oponía Buenos Aires, ex capital virreinal que pretendía
seguir manteniendo sus antiguos privilegios, para lo cual intentaba someter a
las demás provincias. Otras de las definiciones del artiguismo las encontramos
en los Reglamentos de Comercio y de Tierras de 1815.
35
El Reglamento de Comercio (Reglamento Provisional para la recaudación de
los derechos en los puertos de las Provincias Confederadas) establecía los
aranceles que se le cobrarían a los productos a ser exportados o introducidos en
la confederación. El régimen era proteccionista para la industria de las
provincias. Por otra parte, exoneraba de impuestos a aquellos artículos
importados de que carecían las mismas, como máquinas, instrumentos de
ciencia y arte, imprentas, etc. Todas las provincias pagarían iguales derechos de
exportación e importación.
El Reglamento de Tierras de 1815 (Reglamento Provisorio de la Provincia
Oriental para el fomento de la campaña y seguridad de sus hacendados)
establecía entre otras medidas el reparto de las tierras de los “malos europeos y
peores americanos (...) con prevención de que los más infelices serán los más
privilegiados. En consecuencia, los negros libres, los zambos de esta clase, los
indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia
si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad, y a la de la
provincia.” Se establecía de esta manera un verdadero derecho revolucionario,
convirtiendo a quienes defendieran los principios artiguistas en propietarios,
situación a la que no hubieran podido acceder de otra forma. Por otra parte el
principio radical de justicia queda de manifiesto en la voluntad de favorecer a
“los más infelices”.
Reflexiones finales
·Las líneas anteriores son apuntes sobre algunas de las características de los
procesos revolucionarios en Cartagena de Indias y en la Provincia Oriental.
·La independencia de Cartagena se origina en un movimiento popular urbano
con base en los mulatos artesanos de Getsemaní.
·La lucha del artiguismo en la Provincia Oriental se caracteriza por ser un
conflicto que se desarrolla fundamentalmente en el medio rural.
·Algunas consideraciones los acercan como el deseo de la independencia
absoluta de España y la proclama de igualdad entre los habitantes libres de las
provincias.
·Por otra parte, la participación popular en las decisiones de las asambleas
soberanas estaba contemplada por el derecho de los ciudadanos a elegir sus
representantes en el caso artiguista.
·En el caso de Cartagena, una de las primeras resoluciones evidencia el carácter
popular de su movimiento. En la Constitución de Cartagena de 1812, se
reconocía el derecho a la ciudadanía de todos los hombres libres no
importando su color o educación.
Ambos movimientos se enmarcan dentro de las guerras de independencia pero
se concretan en momentos diferentes: el artiguismo comienza a poner en
práctica su proyecto en 1815, cuando en Cartagena se cierra con la expedición
de Morillo el primer intento independentista.
36
La radicalización que va tomando el artiguismo, producto de la integración
popular y multiétnica de su movimiento, lleva a que las elites criollas lo
abandonen paulatinamente. Una de las medidas más radicales era la que
modificaba la tenencia de la tierra, riqueza fundamental y base de la economía
de las provincias. El derecho revolucionario permitía el acceso a la tierra a
quienes jamás hubieran podido comprarla, con la finalidad de fomentar la
producción. Esta decisión trastocaba la jerarquización social y privaba de las
mejores tierras de los emigrados a la elite criolla.
Si bien estos son solamente algunos apuntes sobre los procesos revolucionarios
mencionados, se destaca en ambos la participación popular empujando la
revolución hacia una definición social de la misma, y no solamente política
como convenía a la elite criolla. La revolución, en la que se abrieron gran
cantidad de caminos y posibilidades, desdibujó las jerarquías sociales en
procura de la igualdad y despertó ansias de justicia social.
Notas
1
Múnera, A., El fracaso de la nación. Región, clase y raza en el Caribe colombiano (1717-1821), Ed.
Planeta, Bogotá, 2008, p.74.
2
Capillas de Castellanos, A., Montevideo en el siglo XVIII, Ed. Nuestra Tierra, Montevideo, 1971, p.5.
3
Barrios Pintos, A., Montevideo visto por los viajeros, Ed. Nuestra Tierra, Montevideo, 1971, p.7.
4
Ibid., p.50.
5
Pi Hugarte, R., Vidart, D., El legado de los inmigrantes, vol.1, Ed. Nuestra Tierra, Montevideo, 1969, p.14
6
Helg, A., “Sociedad y raza en Cartagena a fines del siglo XVIII”, en Calvo Stevenson, H., Meisel Roca,
A., Cartagena de Indias en el siglo XVIII, Ed. Banco de la República de Colombia, Cartagena, 2005, p.
319.
7
Múnera, A., op.cit. p. 178.
8
Múnera, A., op.cit., p. 204
9
Los portugueses la habían invadido en 1811 y devuelto a España poco después.
10
Barrán, J.P., Nahum, B., Bases económicas de la revolución artiguista, Ed. Banda Oriental,
Montevideo, 1964, p.53.
11
Ibid., p.55.
Bibliografía
· Barrán, J.P., Nahum, B. (1964), Bases económicas de la revolución artiguista,
Ed. Banda Oriental, Montevideo.
· Barrios Pintos, A. (1971), Montevideo visto por los viajeros, Ed. Nuestra
Tierra, Montevideo.
· Capillas de Castellanos, A. (1971), Montevideo en el siglo XVIII, Ed. Nuestra
Tierra, Montevideo.
· Helg, A. (2005), “Sociedad y raza en Cartagena a fines del siglo XVIII”, en
Calvo
· Stevenson, H., Meisel Roca, A., Cartagena de Indias en el siglo XVIII, Ed.
Banco de la
· República de Colombia, Cartagena.
· Múnera, A. (2008), El fracaso de la nación. Región, clase y raza en el Caribe
colombiano. (1717-1821), Ed. Planeta, Bogotá.
· Pi Hugarte, R., Vidart, D. (1969), El legado de los inmigrantes, vol.1, Ed.
Nuestra Tierra, Montevideo.
37
Rememoraciones femeninas del Bicentenario:
Policarpa Salavarrieta una mujer única.
Catalina Vallejo
Socióloga de la Universidad Nacional de Colombia.
Magister en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes.
Actualmente trabaja como profesora e investigadora de la
Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario.
“Todavía viven Bolívar, Santander, Nonato, Pérez, Gálea y otros fuertes
caudillos de la libertad; a ellos está reservada la gloria de rescatar la patria
y de despedazar a sus opresores.
(José Hilario López)1
Durante las sesiones de preguntas que siguieron a cada una de las
conferencias de la Escuela de Verano auspiciada por la Fundación Carolina y
la Universidad Tecnológica de Bolívar, hubo un reclamo permanente de los y
las estudiantes por la posibilidad de pensar la historia desde una perspectiva
femenina. Esta demanda se fundaba en que la mayoría de conferencistas
que las fuentes de consulta de procesos históricos, sociales y culturales
contenían la voz de los hombres, quienes eran los letrados y dueños de la vida
pública. A pesar de que se señalaron unos pocos nombres de mujeres, el
malestar sobre la posibilidad de incluir una perspectiva de género en la
disciplina histórica permaneció. En ese sentido, como lo señala Aída
Martínez (2005: 123), la historia de las mujeres se caracteriza porque:
“raramente podemos conocer su testimonio directo, por muy dicharacheras,
parlanchinas, gritonas, escandalosas, bochincheras, mal o bien habladas que
hubieran podido ser, a ellas no las escucharemos en los documentos porque
fueron iletradas”. Esta queja plantea un debate mucho más complejo que la
inclusión o no de las mujeres en los relatos que del Bicentenario se
construyen hoy. En el fondo hay dos problemas: el de la representación del
pasado y el del método histórico. Este ensayo se concentra en el primer
precisamente por su relevancia y amplitud que me abstengo de desarrollarlo
en estas líneas.
El asunto de la representación tiene que ver con cómo se simboliza la
participación femenina en los espacios de rememoración del Bicentenario. Es
decir, cómo se narra en la memoria colectiva el rol de las mujeres en el
proceso de Independencia de Colombia.
1
De acuerdo al relato de José Hilario López, quien presenció la ejecución de Policarpa Salavarrieta,
éstas fueron las palabras que pronunció antes de ser fusilada. Se encuentran en el libro de Rafael
Álvarez Policarpa ¿una heroína genio...? publicado en 1996 en conmemoración del bicentenario del
natalicio de Policarpa Salavarrieta.
· Volver al Indice ·
38
Si tenemos en cuenta que hay un consenso entre los estudiosos de la memoria
de que ésta es una lucha por el poder de representar el pasado entre distintos
grupos sociales, lo cual la hace selectiva, parcial y olvidadiza (Eyerman,
Alexander, 2004; Assman, 1988; Aguilar, 2004; Jelin, 2002), lo que se
conmemora en los espacios de rememoración no son recuerdos perfectos y
exactos de los hechos tal cual sucedieron, sino una interpretación que en su
afán de darle sentido a una realidad del presente omite y resalta algunos
eventos sobre otros. En este sentido hay una variedad de sitios de performance
de la memoria colectiva que, para el caso de Colombia, van desde los museos
hasta los conciertos llevados a cabo por el Ministerio de Cultura el 20 de julio
de 2010 en distintas ciudades de la geografía nacional. En particular me voy a
enfocar en la representación femenina en el Museo Nacional de Colombia;
específicamente en una mujer que sí tiene un espacio en la historia de la
Independencia: Policarpa Salavarrieta. El ensayo lo voy a dividir en tres partes.
Primero, presento la exposición enfocada en La Pola haciendo énfasis en su
importancia dentro de la narración del Museo. Segundo, analizo el sentido de
la representación y los valores que busca movilizar. Por último, desarrollo los
problemas que subyacen a la representación de Policarpa en procesos de
empoderamiento de las mujeres.
I
Para el 2009, un año antes de que se celebrara oficialmente el Bicentenario, eran
pocas las mujeres que aparecían con nombre propio en las salas del Museo
Nacional. Entre esas mujeres que asomaban en las salas estaban: Manuelita
Sáenz, compañera de Simón Bolívar; Carmen Rodríguez de Gaitán, quien
participó en la revolución del 20 de Julio de 1810; Belinda León, esposa de
Quintín Lame, y Policarpa Salavarrieta. También estaban las variadas vírgenes
que se pueden encontrar en las salas del segundo y tercer piso de la institución.
En mi opinión, entre todas ellas se destaca la figura de Policarpa porque su
presencia no está determinada por algún hombre de su familia, sino que es
representada como una mujer fuera de lo común, no sólo por su fusilamiento
sino también porque no se habla de ella como esposa y madre, pues ni se casó
ni tuvo hijos. Todas las demás mujeres eran hijas de, hermanas de, madres de
y/o esposas de, en todos los casos hombres ilustres. Su importancia en el Museo
está determinada por el rol de los hombres de su entorno que eran aquellos que
hacían parte de la vida pública, a ellas se les había asignado el mundo privado
del hogar, eran los ángeles de la casa.2 Además Policarpa, al igual que otros
personajes que resaltan en las exposiciones del Museo sobre la Independencia
como Santander, Bolívar y Nariño, hace parte del panteón de próceres de la
patria, del recuerdo de un pasado glorioso y sacrificado de la nación. Un
pasado que el Museo hace visible a través del relato de unos pocos hombres y
una sola mujer.
2
La connotación que aquí se le da a ese concepto no quiere ser despectiva, sino que por el contrario
busca visualizar la condición de la mujer en la época, pues no tendría sentido entrar a criticar los roles
que le eran asignados a las mujeres del siglo XIX con las expectativas y posibilidades de las mujeres
hoy en día.
39
La figura de La Pola permite hacer una aproximación al cómo se construye el
pasado de las mujeres en el Museo. Entre las múltiples obras artísticas que se
han hecho de su figura (cuadros, esculturas, novelas), todas ellas especulativas
pues nunca se le hizo un retrato en vida, me gustaría concentrarme en las obras
Policarpa Salavarrieta marcha al suplicio y un cuadro anónimo que la presenta
con la bandera de Colombia. Entre los dos es el primero el que hace alusión
directa a las razones por las cuales ha sido considerada heroína nacional. En él
se la ve acompañada de un sacerdote y un militar, en el momento en que era
conducida al cadalso. En el lado derecho del cuadro se puede leer la siguiente
inscripción: Policarpa Salavarrieta sacrificada p´ los españoles en esta plaza el 14
de Nov de 1817 su memoria eternice entre nosotros y q´su fama resuene de polo
á polo!!! Estos dos cuadros son significativos porque el primero representa su
sacrificio, mientras que el segundo muestra una Policarpa Salavarrieta cuya
figura pareciera representar a la nación misma, pues aparece sobre una piedra
a la manera de una estatua, sosteniendo la bandera de Colombia, dando la
apariencia de una figura heroica (Ficha guía del retrato reg. 3811, Sala II,
Museo Nacional de Colombia). Puede decirse que el relato en el que están
inscritas las representaciones de La Pola está determinado por una idea de que
el pasado de Colombia como nación está en el proceso de Independencia y que
sin la visión y la gesta de unos pocos hombres, erigidos como héroes y
pertenecientes a las élites del momento, no habría sido posible.
Anónimo, Policarpa Salavarrieta
marcha al suplicio, 1825, óleo sobre tela
Museo Nacional
Anónimo, Policarpa Salavarrieta
óleo sobre tela. Museo Nacional
II
La figura de Policarpa sólo es representada por medio de pinturas. No se
conservan objetos que le hayan pertenecido, sino que el rincón que se le ha
dedicado está conformado por una serie de ilustraciones de ella, cada una
diferente a la otra tanto en el modo de representarla como en las técnicas
usadas.
40
No hay un consenso en la forma de personificarla, pues ninguno de los retratos
se le hizo en vida, sino que todas son aproximaciones literarias y artísticas a lo
que se cree fue su fisionomía y su vida. Es pertinente pensar de qué modo el
relato de la sala enlaza ese grupo de representaciones disímiles bajo un único
imaginario de lo que se supone fue Policarpa Salavarrieta.
No obstante, si se analiza más a fondo la vida de Policarpa Salavarrieta se podrá
ver cómo ella no cumple con los requisitos de la clase ilustrada y criolla a la que
pertenecieron los otros héroes de la Independencia, empezando, por supuesto,
por su condición de mujer. Nacida en la Villa de Guaduas, no pertenecía a la
elite de esa zona, sino que sus motivaciones “patrióticas”, venían de la rebelión
de los Comuneros y de la muerte de José Antonio Galán, proceso que como
señala Mario Aguilera no fue retomado por los criollos independentistas. Su
familia no sólo no tenia influencia política, sino tampoco económica, por lo
que fue modista por una época de su vida (Álvarez, 1996)3 . Incluso si se
investiga a fondo cuál era el papel que cumplía entre las tropas
independentistas (después de la reconquista), ella no era ni una ideóloga
importante, como lo llegaron a ser Nariño o Santander; ni fue una líder militar,
como Bolívar; sino que su aporte a tal proceso estaba íntimamente ligado con
su condición de mujer y las implicaciones que eso tenía en la época. Las labores
que cumplió fueron las de espía, principalmente del Batallón Real en Santa Fe,
informándoles a los antirrealistas, entre los que figuraba su novio, cuántos
soldados había y qué tipo de armas y dotación tenían. De hecho, un rol muy
similar al que cumpliera Carmen Rodríguez de Gaitán, también resaltada por
el Museo como heroína de la independencia por haber guardado unos
documentos importantes durante la reconquista y por haber sido parte del plan
para asesinar a Bolívar.
Las dos mujeres participaron del proceso de Independencia, desde los límites
que les permitía la sociedad a la que pertenecieron. Policarpa hacía de espía en
el batallón de Santa Fe y recibía gente en su casa, pero nunca fue una líder a la
que se le siguiera, sino que lo que le ha reconocido la historia es su patriotismo
y de algún modo su capacidad de asumir un papel esperado en los hombres.
Hay una profunda diferencia entre el personaje histórico construido y lo que
realmente fue Policarpa Salavarrieta. En la inscripción de la estatua en su honor
ubicada en la Avenida Jiménez con carrera tercera en Bogotá, se resalta el
hecho de ser mujer como una condición limitadora de la acción política, que
La Pola logró “romper”: Aunque mujer y joven me sobra valor para sufrir la
muerte y mil muertes más. Así como en unas de las fichas alusivas a su imagen
en el Museo, se cita a José Hilario López que recoge en sus memorias las
palabras que se supone pronunció antes de su ejecución, las cuales fueron:
Déjenme ustedes desahogar mi furia contra estos tigres, ya que estoy en la
impotencia de hacerlo de otro modo… pero ya llegará el día de la venganza, día
grande en el cual se levantará del polvo este pueblo esclavizado, y arrancara las
entrañas de sus crueles señores.
41
Los dos textos anteriores, junto con la inscripción de las obras que me ocupan,
resaltan el valor principal de la figura de Policarpa que la diferencian de la
imagen de los otros próceres y heroínas de la Independencia; esta idea es la de
La Pola como mártir de la patria, como aquella que por la libertad de una gran
masa estaba dispuesta a morir. Su sacrificio y su martirio la han identificado en
la historia como una heroína, que ha llegado a representar a la nación como se
hace visible en la segunda imagen. En la obra Policarpa Salavarrieta marcha al
suplicio, lo que se está representando es su capacidad de morir por otros, por el
‘bien nacional’. Ella acepta martirizarse, como se muestra en la cita
introductoria de este texto, porque está confiada en que hay un grupo de
hombres que acabarán con el sistema colonial. El cuadro Policarpa marcha al
suplicio ha sido objetivado en la memoria histórica como muestra del sacrificio
de ésta. Es sobre todo su capacidad de aceptar la muerte lo que la ha convertido
en heroína nacional. Entonces, las dos obras contribuyen a sostener una
narración del pasado que se sostiene en una figura históricamente fabricada
como heroína y mártir, lo que explica que los objetos que hacen alusión a ella
se ubiquen en una sala dedicada a conmemorar los procesos y los hombres que
permitieron la emancipación y el nacimiento de la República.
Si bien ya se ha mencionado que ella hace parte de ese selecto grupo de mujeres
que la institución resalta y que su papel en tanto mujer en la historia
independentista es diferente al de los hombres también presentes en la sala, no
se ha analizado cuál era ese rol diferente que se le asignó y hasta qué punto lo
que se representa de ella se relaciona con las expectativas de las mujeres de su
época. Es decir, hasta ahora se ha explicado cómo la figura de Policarpa
Salavarrieta, desde su condición de heroína nacional, moviliza sentimientos de
unidad, pero se ha olvidado que no solo moviliza objetivos cívicos sino
también de género, pues es la única mujer que hace parte de ese panteón de
grandes hombres fundadores de la patria. Si se observan de nuevo las
condiciones en las que participó del proceso independentista, es posible notar
cómo su mito tiene dos caras: una masculina y otra femenina.
Foto: César Santos Tejada
Masculina, en tanto La Pola hizo parte de la vida pública reservada en su época
a los hombres, no sólo por su activismo político, pues fue un miembro activo de lo que
se podría llamar el movimiento independentista de la reconquista, sino también
porque trabajó como modista (cf. Álvarez, 1996)4. Su nombre, en principio, no está
referido al de algún hombre ya que no fue madre ni esposa; puede decirse que,
a diferencia de otras mujeres, ella no sólo es objeto de la representación sino
también sujeto, es parte activa del mito nacionalista. La labor que Policarpa
desempeñó implicaba una trasgresión de su rol, a pesar de que lo hacía desde
actividades tradicionalmente femeninas de acompañamiento y sacrificio.
3
Lo que aquí se presenta es una aproximación muy breve de los hechos más importantes de su vida;
no se pretende que lo subrayado sea interpretado como una biografía, ni mucho menos.
4
Lo que aquí se presenta es una aproximación muy breve de los hechos más importantes de su vida;
no se pretende que sea interpretado como una biografía.
42
La inscripción de la estatua de la Avenida Jiménez es muy diciente en este
sentido, Aunque mujer y joven me sobra valor para sufrir la muerte y mil
muertes más, porque muestra cómo aquellos llamados a la ¨labor
independentista¨ eran los hombres, por lo que ella dice que a pesar de ser
mujer puede asumir un comportamiento de caudillo. La figura que Policarpa
representa es la de una mujer única y sobre todo extraordinaria, a la que se le
han imputado tanto roles masculinos como femeninos; sin embargo, no
representa a la gran mayoría de mujeres que seguían siendo para la época
“presencia muda pero numerosa” (Martínez, 2005: 123).
El lado femenino de la representación es una limitante de aquella libertad
masculinizada que pareciera representar La Pola, esa idea de que es una mujer
única se ve truncada cuando al revisar su rol en los frentes independentistas, se
encuentra que su aporte estaba íntimamente ligado con su condición de mujer;
las labores que cumplió fueron la de espía del Batallón Real en Santa Fe y la de
correo humano.5 Lo que le ha reconocido la historia es su patriotismo
(abnegación) y de algún modo su capacidad de asumir un rol esperado en los
hombres. Su sacrificio, que es la característica dominante de la representación
que de ella se ha hecho, es algo único de la representación socialmente aceptada
de la mujer como madre. Las madres deben entregarle su vida a su familia, si
una mujer no se sacrifica por sus hijos y se interesa más por sí misma, es una
mala madre. Policarpa no tuvo hijos, pero con su sacrificio dio a luz a la patria,
el resto de mujeres de las generaciones que la sucedieron no se pueden inmolar
por la nación, pero sí pueden seguir el ejemplo de La Pola siendo madres,
madres patriotas; deben enseñarle a sus hijos los mitos fundacionales de la
nación para garantizar la cohesión social (cf. Smith, 1999: 68). Ellas son las
encargadas de reproducir la patria tanto en términos biológicos como
históricos, “el cuerpo social [de la mujer] entra en escena a través de los usos
alegóricos de la maternidad, como recurso político en la construcción de
nación en Colombia […] la madre es la nación” (Sánchez, 2006: 3). Sin la
madre patriota no sólo no hay más individuos, sino que los que hay dejan de
ser parte del proyecto nacionalista.
El hecho de que la Sujeta que determina el modo en cómo las mujeres viven su
condición de mujer sea aquella sacrificada por los hombres,6 lleva implícita
una forma de dominación, donde la maternidad y el sacrificio femenino son
naturalizados como dos características de lo que debe ser la mujer colombiana.
Ahora bien, si se piensa en los héroes de la Independencia como Bolívar,
Nariño o Santander, éstos también se sacrificaron por la patria; entonces ¿qué
diferencia hay entre ser héroe o ser heroína nacional?
5
http://www.lablaa.org/blaavirtual/biografias/salapoli.htm
En un texto de José Hilario López, quien se supone presenció la muerte de La Pola, se puede leer la
siguiente frase que hace alusión al sacrificio de ella por los hombres: Todavía viven Bolívar, Santander,
Nonato, Pérez, Gálea y otros fuertes caudillos de la libertad; a ellos está reservada la gloria de rescatar la
patria y de despedazar a sus opresores. (Álvarez, 1996), citado.
6
43
El panteón de antepasados ilustres de la Independencia está formado por
muchos hombres y una mujer, la inclusión de ésta pareciera estar en armonía
con los otros personajes, ya que todos se sacrificaron por las generaciones
futuras. Este grupo de representantes de la memoria nacional tiene la
capacidad de inspirar a la población, trascender el mundo cotidiano y hacer
sentir a las personas parte importante de la nación (cf. Smith, 1999: 75). Esto no
implica que sea algo natural a los colombianos sentirse hijos y deudores de los
próceres, o que todos se identifiquen del mismo modo con ellos, lo que indica
es que existe una historia de orígenes de culto a los muertos de “ceremonias y
liturgias […] concebidos todos ellos para fomentar la reverencia y la
veneración, y dar a la comunidad un sentido de su antigüedad y dignidad en su
propia tierra” (Smith, 1999: 67).
III
La frase “aunque mujer y joven” (inscripción en el monumento a La Pola), le da
una fuerza a las mujeres que antes no tenían, las inspira para actuar, para ser
parte de la historia; pero, al acompañarla del enunciado a “ellos está reservada
la gloria de rescatar la patria y de despedazar a sus opresores” (Álvarez, 1996),7
se le está asignando un papel específico a las mujeres, su participación está
siendo limitada frente a las posibilidades que tienen los hombres. Ellas deben
sacrificarse para que los verdaderamente capaces de actuar lo hagan.
A pesar de la visión armoniosa que proyecta la presencia de Policarpa
Salavarrieta en medio de los llamados próceres en el Museo Nacional, no es lo
mismo ser la heroína nacional que ser un héroe y esto tiene consecuencias
reales en la manera como la sociedad construye un deber ser de la mujer y del
hombre (subjetividades). Lo que construye Policarpa Salavarrieta en las
mujeres, implica no sólo un deber ser de la sujeta, sino también cómo se va a
relacionar con los hombres. La heroína Policarpa es la personificación de la
nación, de la madre patria sacrificada por sus hijos, nosotros colombianos del
siglo XXI; entonces, la sujeta construida a partir de ella como la representación
de La Mujer es “quien transmite la raza y educa a los hijos y por ende estaría
encargada de transmitir la cultura” (Sánchez, 2006: 4). A través de ella se
construye una subjetividad femenina del sacrificio. La Pola, en tanto
representación activa de la memoria histórica, es La Mujer colombiana por
excelencia, el ejemplo a seguir.
El imaginario que se derivó de Policarpa Salavarrieta corresponde a una
“tradición inventada, con funciones sociales y políticas significativas”
(Hobsbawm, 1999: 82), por lo tanto podría llegar a ser conflictivo pensar que
representa el pasado de las mujeres en Colombia, pues muchas de las
características que se le imputan corresponden a una elaboración histórica
posterior a su muerte. Lo que Policarpa Salavarrieta ha llegado a significar en el
Museo no depende de sí misma, sino del rol que ha entrado a representar en la
institución.
7
Ver la cita completa en nota de pie anterior.
44
La Pola no encarna un cambio estructural de la situación femenina en el siglo
XIX (por ejemplo un movimiento de mujeres), pues ella es única. La historia de
las mujeres que representa el Museo Nacional, está más allá del esfuerzo que
hace por visualizar a La Pola, está en los márgenes en un apartado de lo ‘no
oficial’.
El único rol femenino destacado por la memoria histórica es el de la mujer
como madre encargada de la reproducción biológica y moral de la nación. Las
mujeres hacen parte de la historia no oficial de la nación por lo que cualquier
esfuerzo por cambiar las representaciones de la feminidad tienen que partir de
una restructuración y de una propuesta innovadora de los métodos de
investigación históricos.
Bibliografía
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caso español en perspectiva comparada. Madrid, Alianza Editorial.
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collective identity. Berkeley, University of California Press.
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historia de la Villa de Guaduas.
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http://www.history.ucsb.edu/faculty/marcuse/classes/201/articles/95Assmann
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Hobsbawn, Eric (1999), “Mass-producing traditions: Europe 1870-1914”. En
Boswell David, Evans Jessica (Eds.) Representing the Nation: a reader. Londres,
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Jelin, Elizabeth (2002), Los trabajos de la memoria. Madrid, Siglo XXI Editores.
Martínez, Aída (2005), “Sin letra y sin voz: mujeres de los sectores marginales”.
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Sánchez, Derly (2006), Llegar a ser madre: Cuerpo, nación y modernidad en
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http://www.gesstcm.unal.edu.co/CMS/Docentes/adjuntos/105360449
Smith, Anthony (1998), Conmemorando a los muertos, inspirando a los vivos.
Mapas, recuerdos y moralejas en la recreación de las identidades nacionales.
Revista Mexicana de Sociología, Vol. 60, No. 1 (En.-Mar., 1998), pp. 61-80.
Recuperado de: http://www.jstor.org/stable/3541256. Recuperado: 28/04/2009.
45
La Masonería en Colombia.
César Alarcón Díaz
Peruano. Abogado, licenciado en Educación. Magister en docencia universitaria; máster en Estudios Sociales
de la ciencia y tecnología. Doctor en Estudios Sociales de la Ciencia y Tecnología (Universidad de Salamanca, España).
¿Qué es la masonería?
La masonería es un movimiento del espíritu en el cual tienen cabida todas las
tendencias y convicciones favorables al mejoramiento moral y material del
progresiva, que procura inculcar en sus miembros el amor a la verdad, el1
ejercicio respetable de la libertad, la práctica constante de la virtud, el sano
ejercicio de la tolerancia, el estudio de las ciencias y las artes y la pasión por el
trabajo, haciendo de los hombres unos seres verdaderamente unidos por los
lazos indisolubles de la fraternidad y la solidaridad.
sinónimo de francmasón, palabra equivalente a obrero libre. Los símbolos de la
masonería se inspiran en cosas e instrumentos relacionados con la
arquitectura, como el compás y la escuadra, y sus ritos son heredados de
tradiciones místicas de la Antigüedad y del Medioevo.
De sus principios y creencias
La masonería no quiere fanáticos, ni sectarios de ninguna clase, sino espíritus
libres y comprensivos que no olviden nunca la tolerancia y el amor fraternal
que se deben todos los hombres; además admite en su seno, sin distinción de
nacionalidad, raza, creencia religiosa, etc., a todos los hombres libres y de
buenas costumbres que se sientan atraídos por este ideal y estén dispuestos a
servirle con rectitud de propósitos, claridad, serenidad de juicio y pureza de
ideales.
propósito de estudiar, al margen y por encima de aquellos, los problemas
referentes a la vida humana, para asegurar la paz, la justicia y la fraternidad
entre los hombres y los pueblos.
Proclama la existencia de un principio creador al cual llama ‘Gran Arquitecto
del Universo’, pero deja a sus miembros en absoluta libertad para dar a esta
primera causa el nombre y para asignarle los atributos que correspondan a la
creencia religiosa que cada uno de ellos profese. Su doctrina entera, en todo
caso, se encierra en esta inscripción: "Ama a tu prójimo". Por lo tanto, no
prohíbe a sus miembros ningún dogma religioso y rechaza todo fanatismo.
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46
Establece que el trabajo es uno de los deberes y de los derechos del hombre y lo
exige a sus adeptos como contribución indispensable al mejoramiento de la
colectividad. Propugna y defiende los postulados de libertad, igualdad y
fraternidad y, por consecuencia, combate la explotación del hombre por el
hombre, los privilegios y la intolerancia.
No cree posible el progreso si no es a base del respeto a la personalidad, la
justicia social y la más estrecha solidaridad entre los hombres.
Consecuentemente, sin inscribirse en ningún sector político, ostenta el lema de
‘Libertad, Igualdad y Fraternidad’.
Orígenes de la masonería
De acuerdo con la tradición masónica, el origen de la masonería antigua se
remonta a la edificación del templo de Jerusalén (Templo de Salomón),
aproximadamente 1012 años antes de Cristo. Al parecer, en esta época los
arquitectos judíos y de Asia Menor ya tenían una forma muy particular de
organizarse y conformaban la Fraternidad de Hermanos Dionisianos,
asociación que tenía el privilegio exclusivo de erigir edificios públicos y que se
basaba en el honor, el mutuo apoyo, los ritos simbólicos y la iniciación en los
secretos de las ciencias y del arte de la construcción. La edificación del templo
fue realizada por judíos y tirios, y encargada por Salomón a Hiram, arquitecto
fenicio a quien –según la creencia– Dios le reveló los grandes secretos para
construirlo de acuerdo con las leyes armónicas del universo.
De su organización
La organización moderna de la masonería en Grandes Logias data de 1717,
cuando en Inglaterra se estableció un nuevo concepto sobre la conformación
de las logias admitiendo que éstas fueran integradas por obreros simbólicos, no
necesariamente constructores, y su principal objetivo se transformó en la
construcción de templos espirituales. Esta decisión fomentó el ingreso de los
nobles a la masonería, con lo cual se fortaleció el poder de dicha asociación, a
tal punto que la expulsión de los jesuitas de las colonias americanas en 1767 fue
en gran medida instigada por varios aristócratas adeptos a la masonería.
En cada país su organización depende de una confederación denominada Gran
Logia, la cual dirige las logias existentes en su territorio, cuyos miembros
generalmente sólo admiten hombres –aunque en Europa existen algunas logias
de mujeres– que se estratifican en un orden jerárquico: Aprendiz, Compañero
y Maestro, según grados de práctica y conocimiento que van generalmente del
grado 1 al 33; por ejemplo, en los tres primeros grados se aprende el
simbolismo esencial de la masonería.
La masonería en Colombia · Antecedentes
La masonería nunca ha sido partidaria de la monarquía; por el contrario ha
emprendido campañas de desacreditación hacia la segunda, criticando sus
métodos y avaricia por el poder. Este hecho ha generado la condena absoluta de
la monarquía sobre la masonería, esta última perseguida y satanizada por los
47
poderosos, pues es fuente de ideas de libertad, igualdad y fraternidad
contrarias a los pilares que sostienen la filosofía monárquica.
En este sentido, y teniendo como precedentes el contexto perverso y
monárquico en el cual se desenvolvían los pueblos americanos en tiempos de la
Colonia y la importancia que tomó la masonería como un significativo
mecanismo de poder político, reflejado en su influencia en el triunfo de la
Revolución Francesa, la imposición de un sistema de gobierno republicano y
democrático, y la abolición de la esclavitud, llevó a que la masonería se
convirtiera en la fuente de inspiración para las colonias hispanoamericanas
oprimidas por el yugo europeo y sedientas de libertad.
Las ideas masónicas sedujeron básicamente a los americanos de dos formas: la
primera fueron los viajes realizados por éstos a Europa, donde fueron testigos
del inmenso desarrollo del conocimiento humano y el apogeo del
enciclopedismo que de alguna manera es fruto del trabajo de las Logias y de los
Masones. La segunda fue la llegada de muchos masones procedentes de Europa
que llegaron a América trayendo consigo ideas progresista y liberales que
entrarían a engrosar la idea de independencia en el nuevo mundo. Testimonio
de esto es el hecho de que grandes figuras de la independencia de América
fueran masones. Mario Arango Jaramillo en su libro Masonería y Partido
Liberal, menciona los nombres de Simón Bolívar, Benjamín Franklin,
Francisco de Miranda, José de San Martín, Bernardo O`Higgins, Jorge
Washington, entre otros, como grandes masones.
Desarrollo a través de la historia
Según el mismo autor, la masonería es promovida en el Virreinato de la Nueva
Granada por el francés Luis de Rieux, iniciado en la Logia francesa, el cual
entabló amistad con Antonio Nariño y otros distinguidos criollos
neogranadinos, a los cuales enseñó el mundo de la masonería y el papel jugado
por las Logias en la Revolución Francesa. Para el historiador Américo
Carnicelli fueron estos personajes quienes en 1793 fundaron en Santafé la
primera sociedad secreta “El Arcano sublime de la filantropía” con el fin de
difundir en el Nuevo Reino de Granada las ideas de libertad y justicia social
que proclamaba la confraternidad masónica universal. Las reuniones se
realizaban en casa de Nariño, encubiertas como tertulias literarias. Entre sus
grandes logros se encuentra la traducción de la declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano, proclamados por la Asamblea Nacional de Francia
en agosto de 1789.
Foto: César Alarcón Díaz
De igual forma en 1808 se establece en Cartagena de Indias la Logia de “Las tres
virtudes teologales”, la cual contaba con la Carta Patente expedida por la Gran
Logia Provincial de Jamaica con sede en Kingston, y además fue el seno de la
conspiración revolucionaria de los comerciantes cartageneros para
independizarse de la monarquía española; también fue el lugar donde se
expusieron las ideas que llevaron al grito de independencia de Cartagena, el 11
de noviembre de 1811.
48
Como se dijo, la participación de la masonería en la independencia de la Nueva
Granada es innegable. Figuras tales como Simón Bolívar, Antonio Nariño,
Francisco de Miranda, entre otros impulsadores de la independencia, fueron
destacados masones que alcanzaron altos grados dentro de sus logias.
Según Mario Arango Jaramillo en su libro citado, “Bajo el periodo de la
Primera República (1810-1816) los personajes centrales en el campo de las
armas y en la política serían dos masones: Bolívar y Antonio Nariño. Bolívar, a
partir de su desembarco en Cartagena en noviembre de 1812, proveniente de
Venezuela, adelantaría exitosas campañas militares en la Nueva Granada y en
Venezuela, hasta su partida para Jamaica en 1815. Antonio Nariño sería la
figura política más destacada, con epicentro en Bogotá.”
El periodo de la reconquista y la fase de las segundas guerras de independencia
estuvo marcado por el apoyo masónico extranjero a la causa de la República de
Nueva Granada; Mario Arango Jaramillo destaca el apoyo de las legiones
Británica e Irlandesa que hicieron presencia en la Nueva Granada y Venezuela
entre 1817 y 1820, cuyos integrantes en su mayoría eran masones que luego, en
1818, crearon en Achaguas (Venezuela) una Logia llamada Colombiana. Otro
hecho memorable fue la rebelión del coronel español y destacado masón Rafael
del Riego, quien desobedeció la orden del Rey Fernando VII de recuperar las
colonias en el nuevo mundo; el crecimiento de la masonería en el ejército
español favoreció esta desobediencia y además sirvió de plataforma para el
reconocimiento de las nacientes repúblicas.
Después de 1820 la actividad masónica se intensificó notablemente; se
establecieron numerosas logias en todo el territorio de la República de Nueva
Granada.
El General Francisco de Paula Santander es considerado sin duda la figura más
sobresaliente de la masonería colombiana en la primera mitad del siglo XIX;
fue honrado por diferentes Consejos con el Grado 33 y nombrado Gran
Protector de la Masonería Colombiana. Santander era consciente de la
importancia que tenía la masonería para el afianzamiento de la naciente
república; por ello impulsó la creación de gran cantidad de logias en todo el
país, entre ellas la primera de la era republicana llamada “Libertad de
Colombia”, que luego se llamaría “Fraternidad Bogotana”, así como de la
primera Logia antioqueña llamada “La Concordia” en 1821.
Sin embargo la fraternidad masónica no duró mucho en la Nueva Granada. En
los primeros años después de la Independencia se presentaron choques entre
miembros de la hermandad: Bolívar y Santander; las diferencias políticas de
estos padres de la patria llevaron al fraccionamiento del país. La contienda se
desató porque Bolívar, tentado por las ideas monárquicas y los deseos de poder
absoluto, quería un gobierno centralista y fuerte, mientras Santander abogaba
por una República federal.
49
De esta forma, en agosto de 1828 -fecha posterior a la Convención de Ocañael presidente Simón Bolívar declara inexistente la Constitución de 1821 y
asume poderes dictatoriales; automáticamente los opositores al régimen
autocrático de Bolívar tomaron el camino de la conspiración. Según Arango, la
respuesta de Bolívar no se hizo esperar: las logias y masones fueron
sentenciados y perseguidos; mediante un decreto del 8 de noviembre de 1828
se prohibió en la Gran Colombia el funcionamiento de las asociaciones o
confraternidades secretas, quedando así proscrita la masonería.
Tras el obligado receso que ocasionó el mencionado decreto, y gracias al
concurso de algunos masones ingleses y jamaiquinos, se constituyó en
Cartagena de Indias el Supremo Consejo Neogranadino, el cual propició el
levantamiento de columnas en diferentes rincones de Colombia. La masonería
bogotana habría de reiniciar sus actividades solo en el año de 1849, al fundarse
en Bogotá la Respetable Logia Estrella del Tequendama, a instancias de algunos
visionarios masones españoles que habían llegado a Colombia, como
miembros de la Compañía de Teatro de Belaval, González y Fournier.
Muy pronto los ibéricos despertaron el entusiasmo de muchos masones
criollos, que a pesar de las dificultades pululaban en el medio desde los albores
mismos de la Independencia. Importante papel habrían de jugar esos obreros
del pensamiento durante la segunda mitad del siglo XIX, a quienes
correspondió eliminar los reductos del régimen colonial y la esclavitud, crear
las bases del desarrollo económico y librar una muy dura batalla para ampliar
el abanico de libertades y garantías ciudadanas.
No obstante lo anterior, la masonería en Colombia cayó nuevamente en el
letargo en 1886, perseguida y combatida con fiereza por el movimiento
acaudillado por el presidente Rafael Núñez y diversos miembros de los grupos
de intolerantes derechistas que accedieron desde entonces al poder.
Para el año de 1912 la masonería reinició sus labores con renovados bríos y en
el año de 1922 se fundó la Gran Logia de Colombia con sede en Bogotá, por
donde han desfilado muchos y muy prestantes miembros de la sociedad
colombiana, algunos de los cuales han llegado a desempeñarse en las más altas
magistraturas del Estado, en el foro, en la industria, el comercio, en la cátedra,
irradiando con su conducta los principios de la augusta y benemérita
institución.
El 23 de febrero de 1935 se crea la Gran Logia Occidental de Colombia,
desprendiéndose de la Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia.
Grandes logros
Uno de los grandes logros de la masonería en Colombia ocurrió en el periodo
1819 -1854, época durante la cual los presidentes fueron masones:
50
Simón Bolívar, Antonio Nariño. José María del Castillo y Rada, Francisco de
Paula Santander, Domingo Caicedo, Joaquín Mosquera, José Ignacio de
Márquez, Rafael Urdaneta, Juan de Dios Aranzazu, Pedro Alcántara Herrán,
Tomás Cipriano de Mosquera, Rufino Cuervo, José Hilario López, José María
Obando y José María Melo; todos ellos en su momento contribuyeron a la
causa masónica.
La segunda mitad del siglo está marcada por las alianzas con fines comerciales
entre masones antioqueños y santafereños, que trajeron grandes beneficios
para ellos y que en cierto modo favorecieron al país. Entre los hechos más
relevantes encontramos:
- En 1819, gracias a los actos diplomáticos emprendidos por reconocidos
miembros de la Logia Fraternidad Bogotana, la naciente República obtuvo
prestamos del extranjero para suplir los déficit fiscales que dejo el segundo
grito de independencia. Por otra parte comerciantes antioqueños masones
también sirvieron de prestamistas al gobierno, para subsanar sus penurias
financieras en los años venideros.
- En 1835, gracias al masón antioqueño Miguel Uribe Restrepo, se libera la tasa
de interés que permanecía congelada en 5% desde la época de la Colonia.
- En 1847 los comerciantes antioqueños Francisco Montoya Zapata y
Raimundo Santamaría financiaron junto con el gobierno la construcción de
una empresa naviera que aprovecho la navegación a vapor por el río
Magdalena.
- En 1848, con la liberación del cultivo de tabaco, el gobierno entregó su
comercialización a varias firmas privadas, entre ellas la de Francisco Montoya
Zapata, quien aprovechando su conocimiento y contactos en el medio
consolidó rápidamente un imperio tabaquero en el país.
- Las alianzas entre comerciantes antioqueños y la elite bogotana promovida
por la masonería, favoreció la inversión antioqueña en la capital y por ende el
desarrollo de la misma.
La masonería en la creación del Partido Liberal
Foto: César Alarcón Díaz
Según Mario Arango Jaramillo en su libro , las raíces de la colectividad liberal
se remontan a 1820 con Santander y sus partidarios más cercanos. Sin
embargo, es en la década de 1840 cuando las ideas liberales de política y
economía toman gran fuerza en Colombia, lo cual desembocaría en la creación
del Partido Liberal en cabeza de Tomás Cipriano de Mosquera, Ezequiel Rojas
y Florentino González. Gracias a ellos fue posible la primera República Liberal,
entre 1849 y 1854. El primer gobierno de Mosquera se caracterizó por la
inversión en educación y cultura, lo que le dio un tinte progresista y de libertad.
51
El presente de la masonería en Colombia
Actualmente en Colombia existen ocho Grandes Logias; en ellas operan un
total de 103 Logias:
·La Gran Logia Nacional de Colombia con sede en Barranquilla
·La Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia, con sede en Cartagena
·La Gran Logia de Colombia, con sede en Bogotá
·La Gran Logia Occidental de Colombia, con sede en Cali
·La Gran Logia de los Andes, con sede en Bucaramanga
·La Gran Logia Oriental de Colombia, con sede en Cúcuta
·La Gran Logia del Oriente de Córdoba, con sede en Montería
·La Gran Logia Benjamín Herrera con sede en Santa Marta
En la actualidad los masones en Colombia son unos 1800 aproximadamente,
distribuidos en las Grandes Logias antes mencionadas. Hablamos de los
masones activos, porque son muchos más los que se encuentran en receso y
numerosos los que se han retirado por su edad, por desilusión o porque creen
que se han cambiado los objetivos y propósitos que se persiguen dentro de la
filosofía que a ellos los inspiró en el momento de su ingreso. Sin contar aquellos
que han sido sancionados de alguna manera y que no se logra definir si están
adentro o afuera. En un esfuerzo de imaginación que no corresponde a registro
estadístico cierto de ninguna naturaleza, bien se puede decir que la población
masónica colombiana, entre activos y aquellos que no lo son pero que de
alguna u otra manera han estado vinculados en cualquier momento de su vida
a la Orden, no supera la cifra de 50000 hombres. Frente a una población de más
o menos 40 millones de habitantes, de los cuales bien pueden ser la mitad
hombres, no es un número muy alentador ni significativo, en lo meramente
cuantitativo.
Bibliografía
· http://www.geocities.com/Athens/Thebes/9255/01.htm
·http://www.astroescuela.com/logiarmonia39/contenido/documentos/politano
/pasado_presente.htm
· http://www.lablaa.org/blaavirtual/historia/histcolom/masones.htm
· http://granlogiadecolombia.org/modules/news/article.php?storyid=2
· http://www.simon-bolivar.org/bolivar/bolivar_mason.html
· Arango Jaramillo, Mario (junio 2006), Masonería y Partido Liberal, Otra
cara en la historia de Colombia. Medellín. Editorial Corselva.
· Primera edición.
52
Cartagena de Indias: Al calor de la cumbia
Cesar Santos Tejada
Riobamba, Ecuador. Beca Fundación Carolina en Musicología, 2004.
Integrante de la Corporación Musicológica Ecuatoriana- Conmúsica; docente en la Universidad de las Américas, Quito.
Revisando los hechos concernientes al proceso independentista americano con
respecto al imperio español, ocurrido en las primeras décadas del siglo XIX,
encontramos algunas situaciones cuyo conocimiento nos permite comprender
de mejor manera nuestra sociedad contemporánea.
Una de esas constataciones es la casi absoluta exclusión que hace la historia
escrita sobre la participación de los sectores populares en las luchas por la
Independencia, las mismas que se presentan aparentemente como
enfrentamientos entre las elites que tenían acceso al poder, conformadas por
españoles y criollos, casi en forma exclusiva. Afortunadamente, nuevos
enfoques en el tratamiento de la historia americana están considerando y
buscando remediar estas inconsistencias, al mismo tiempo que proponen otras
alternativas en la búsqueda de información, entre ellas una incorporación
importante cual es el reconocimiento de la tradición oral como fuente que
aporta datos válidos, complementando así al documento que había sido hasta
hace poco, la única referencia autorizada.
La oralidad se constituyó, dentro de los últimos 200 años de vida republicana y
con mayor fuerza aún en el período anterior, en la herramienta fundamental de
comunicación de los sectores populares -incluimos en esta categoría a las
comunidades indígenas y negras-, las cuales fueron hasta hace poco tiempo la
población mayoritaria en el campo y también en la ciudad. A través de las
a Latinoamérica- han expresado su versión de los acontecimientos
sobresalientes del devenir social, las relaciones de producción, religiosidad,
Los medios de comunicación, tan desarrollados en las últimas décadas del siglo
XX, han permitido reproducir a gran escala y difundir prácticamente a todo el
mundo las manifestaciones populares de esta gran región, que así han logrado
visibilizar, luego de cinco siglos de encubrimiento, a esos amplios sectores
poblacionales tradicionalmente ignorados, no solo por la historia, como ya
dijimos, sino también por la administración pública, la política, la economía, la
educación, la ciencia, etc., es decir, por toda la acción del estrato social
dominante.
· Volver al Indice ·
53
La música, y más específicamente las canciones populares, ocupan un lugar
preponderante en este proceso de comunicación que es la oralidad. Debido a
las características propias de su lenguaje, la música logra transmitir y fijar en la
memoria colectiva -no solo de la comunidad donde se la concibe sino también
de otras que logran apreciarla-, con relativa facilidad, la percepción particular
del autor/compositor/intérprete, habitante común a fin de cuentas de cada
lugar, respecto de su vida y su entorno, empleando para ello las categorías,
conceptos e imágenes propios de su tiempo y de su cultura, e incluso de su
estrato socio económico o clase social. La música popular ha representado
entonces al ciudadano común ante los otros sectores sociales y ante otras
colectividades y por tanto, ha sido la punta de lanza en el reconocimiento y
presencia que están logrando las clases marginadas dentro de la vida
contemporánea de las sociedades latinoamericanas. Esto dentro de la vida
pacífica cotidiana, porque otras son las manifestaciones que se destacan
cuando se trata de la lucha por la supervivencia y la liberación política y
económica.
No obstante, la oralidad también ofrece sus limitaciones; una de ellas es la
temporalidad en la vigencia de sus contenidos e incluso de su lenguaje. La
dinámica social, cada vez más acelerada, impone día a día nuevos
acontecimientos y relaciones que deben ser compartidos y no solamente eso,
sino que vertiginosamente se modifican y renuevan los lenguajes y códigos de
comunicación, exigiendo una permanente producción de objetos
comunicacionales (obras) actualizados, muchos de los cuales tendrán una
vigencia demasiado fugaz. Entonces comprobamos que la comunicación oral
funciona dentro de un período de tiempo cada vez más reducido, luego del cual
los mensajes anteriores deben ser reemplazados por otros que recojan las
nuevas situaciones, presentándose con frecuencia modificados hasta en la
forma, además del contenido.
Pero esta característica no causa ningún tipo de conflicto cuando el contacto
entre emisor y receptor es permanente y por lo tanto se comparte este proceso
de construcción y modificación de lenguajes. En ese sentido, la interacción
entre las diferentes regiones es una constante entre los pueblos
latinoamericanos, quienes desde tiempos inmemoriales se procuraron
productos de lugares muy distantes. Es así como se han encontrado conchas
marinas en la Cordillera de los Andes, a casi tres mil metros sobre el nivel del
mar, llevados quién sabe cómo a través de 500 km desde la costa, atravesando
espesas selvas, quebradas profundas y páramos intensos, en un tiempo donde
no existía la red vial que tenemos ahora. Así mismo, la arqueología también da
cuenta del hallazgo de objetos fabricados con piedras y metales que no son
oriundos de los lugares excavados, tal como sucede con la obsidiana, piedra de
origen volcánico que fue utilizada en armas, objetos decorativos y utensilios
por comunidades asentadas en terrenos planos, esto es, sin elevaciones
montañosas.
En los tiempos de la irrupción española, el imperio incaico alcanzó su mayor
expansión, y a través de la institución de los chasquis, cubrió la comunicación
entre lugares tan distantes como el actual sur de Colombia hasta el
contemporáneo norte de Chile. Eso mismo debe haber ocurrido con los otros
grandes imperios precolombinos como los Aztecas, Mayas, Chibchas, etc.,
54
quienes lograron un permanente contacto no solamente dentro de sus
dominios, sino incluso con sus vecinos.
Cuando se consolida la dominación ibérica se incrementan las relaciones entre
los territorios conquistados, ampliándose el ámbito a todo lo que comprendía
Hispanoamérica, desde Argentina hasta California. El idioma, la religión, el
sistema de ordenamiento administrativo, educativo, productivo, legal, etc.,
traídos de ultramar e impuestos como dominantes –si no únicos- en todo el
subcontinente, produjeron irremediablemente un vínculo asiduo entre pueblos
que antes no se habían encontrado.
Empero, el intercambio no fue solo de productos sino también de personas y
con ellas la cultura de cada quien se relacionó con la de la población adonde se
movilizaba. Recordemos que en tiempos coloniales fue práctica común el que
los obispos, por ejemplo, cuando eran destinados a otra localidad a ejercer su
misión con frecuencia llevaban consigo a sus principales colaboradores,
quienes de esta manera abandonaban su lugar natal, a veces en forma
definitiva. En muchas ocasiones también trasladaron obras y documentos que
servían como parte de sus actividades, tales como el mobiliario y la música
escrita.
Así mismo, los viajes de negocios obligaban a los comerciantes a permanecer
buen tiempo en su lugar de destino, hasta concretar las operaciones
mercantiles y recuperarse del largo trajín de sus travesías. Estas empresas, si
bien estaban lideradas por personas pertenecientes a la elite
económica-política-racial, necesariamente incorporaban un mayor
contingente de subalternos, quienes provenían de las clases populares
–incluyendo aquí siempre a los esclavos- y realizaban el trabajo físico.
·Foto: Nathália Henrich·
Más adelante, las luchas por la independencia acentuaron notablemente las
migraciones, pues los ejércitos libertadores se nutrieron repetidamente de
tropas reclutadas en las distintas poblaciones por donde avanzaba la
emancipación, produciéndose también en muchas ocasiones la fraternización
entre esta milicia de tan diversa procedencia con las comunidades donde
instalaban sus campamentos, creándose una cadena incontenible de relaciones
culturales de mutua influencia.
Este fue, al parecer, el principal mecanismo de difusión del vals criollo, entre
otros géneros musicales, que fue tomando una variante local en cada país
acogido -gracias en gran parte a la tradición oral- una de ellas el pasillo,
derivación también del vals europeo según algunos autores, que se extendió
por una amplia zona desde Centroamérica hasta el Perú, llegando a
convertirse, a mediados del siglo XX, en una de las expresiones nacionales de
Colombia y Ecuador.
Siguiendo este antecedente, en las nuevas repúblicas la sucesión de géneros
musicales latinoamericanos que se instalan en varios países, con sus propias
versiones particulares, se hace cada vez más frecuente, llegándose en varias
ocasiones a convertirse en sucesos de incidencia mundial.
55
Son ampliamente reconocidos los alcances que tuvo la habanera (nombre que
define su procedencia, de La Habana, Cuba) un género que incidió con fuerza
también en la música académica europea de finales del siglo XIX, como ya lo
hicieron anteriormente otros productos musicales americanos como la
zarabanda, la chacona, etc., llegando hasta la paradoja de que actualmente la
obra más interpretada de este género en el mundo es la compuesta por el
francés Georges Bizet para su ópera Carmen. También es curioso que se
mantenga hasta ahora un concurso internacional de habaneras, de gran
renombre, en la ciudad española de Torrevieja, cuando no se conoce uno
similar en su lugar de origen.
Algo parecido pasaría luego con el tango, un género urbano tan difundido en
nuestro continente que encontramos composiciones de este ritmo en casi
todos los países de Latinoamérica, realizadas por músicos locales y
manteniendo todas la estructura característica, pero aportando cada quien sus
propios elementos musicales identitarios de la región donde se lo concibe.
Ya para entonces, el empleo de la partitura como transcripción de la música
será un recurso cada vez más frecuente, sobre todo entre los músicos con
formación académica y los residentes en Europa y Estados Unidos, donde la
tradición escrita es abrumadoramente preponderante. Sin embargo, nunca se
abandona la tradición oral que sigue siendo el mecanismo preferido por las
clases populares, desde siempre con menor acceso a la tecnificación.
Ya adentrado el siglo XX, y contando con los avances tecnológicos de la radio,
el disco, el cine y posteriormente la televisión, la expansión de la música
latinoamericana será un suceso que periódicamente llamará la atención del
público mundial conectado a través de las empresas del disco y del espectáculo.
Ritmos como el bolero, mambo, son, cha cha chá, samba, bossa nova, ranchera,
etc., se suceden a través del tiempo, imponiendo su estética a todos los lugares
a donde llega su producción.
Esta oleada continuará sin interrupciones, compartiendo espacios con el jazz y
el rock, que también serán influenciados en alguna medida, hasta las últimas
décadas del siglo XX y principios del XXI, cuando seguimos asistiendo a la
difusión a gran escala de la salsa, merengue, candombe, bachata, hasta los
actuales reggaeton y perreo. A estas alturas, la tecnología ha creado otras fuentes
de generación y transmisión musical, recayendo la mayoría de la producción
en los medios informáticos.
Y a propósito del disco, es muy interesante la forma como se hicieron las
primeras grabaciones de música latinoamericana: las empresas productoras
estuvieron radicadas en los países europeos y en Estados Unidos, donde tenían
sus fábricas y estudios de grabación; a inicios del siglo XX, las distancias eran
muy considerables en relación con los medios de transporte de la época, como
para que los intérpretes latinos pudieran trasladarse permanentemente de un
sitio a otro a realizar grabaciones.
56
Entonces estas compañías se procuraron partituras de música regional -sin que
faltasen los himnos nacionales de cada país- y las grabaron, interpretadas por
agrupaciones instrumentales del lugar, típicamente bandas militares e
institucionales. Posteriormente, desplazaron equipos y personal a un país más
cercano desde el cual se hacían las producciones de toda una región, utilizando
así mismo intérpretes locales, lo cual explica que la música popular del
Ecuador, por ejemplo, fuera grabada inicialmente por artistas argentinos,
mexicanos o colombianos. Esto también contribuyó al intercambio y
vinculación entre las músicas de los diferentes países de América Latina.
Pero el acontecimiento más interesante es el relacionado con la cumbia, género
musical originado en el norte colombiano, en la región del Caribe,
precisamente por donde ingresaron los contingentes de esclavos negros que se
repartirían a Sudamérica para reemplazar la mano de obra indígena que había
sido diezmada en la explotación minera que enriquecía a la Corona española.
Esta particularidad es importante anotarla pues la cultura afrodescendiente
tendrá una participación decisiva en la conformación de este ritmo tropical, así
como la tuvo anteriormente en la aparición de todos los demás géneros
musicales que se asocian con lo latino y que hemos mencionado en los párrafos
previos.
Desconocemos el tiempo en que surgió este ritmo, pero la expansión
desaforada se dio desde mediados del siglo XX aproximadamente, para llegar a
finales de esta misma centuria a tener una importancia continental.
Continuando el sendero trazado por la habanera, el tango y el bolero, pero
ahora contando con una más eficiente maquinaria de difusión, y por tanto
inmersa también en la avalancha comercial de las empresas transnacionales, la
cumbia se instaló en prácticamente todos los países hispanoamericanos,
combinándose con los géneros locales y modificando la organología original
(conformación instrumental), para producir las variantes nacionales que han
ganado gran popularidad en las últimas décadas. Así tenemos por ejemplo en
Argentina la cumbia santafesina y la cumbia villera, fusión que involucra a
varios ritmos tradicionales de la zona como el chamamé. En el Perú se creó un
nuevo género conocido como chicha, mezcla de cumbia con géneros musicales
mestizos e indígenas. En el Ecuador también sucedió algo parecido cuando se
acompañó con la base rítmica de la cumbia a los géneros tradicionales mestizos
como el sanjuanito y el albazo, llamándose al producto cumbia andina que
derivó en la actual tecnocumbia, teniendo ésta una característica un tanto
diferente de la surgida con el mismo nombre en otros países de la región. En
Venezuela, Panamá, Chile, Costa Rica, etc. se suscitaron fenómenos similares
hasta llegar a México, donde la cumbia adopta nuevas sonoridades, basada en
la incorporación de los instrumentos de metal: trompetas y trombones, más la
percusión afrocubana, principalmente las timbaletas, dando lugar al
aparecimiento de la cumbia mexicana y a otras derivaciones importantes como
la música grupera, que han incidido notoriamente en la cultura popular de
muchas poblaciones de habla hispana, expandiéndose inclusive al interior de
los Estados Unidos.
57
Estas modificaciones en el género original son para algunos estudiosos,
consecuencia de la necesidad de las empresas comercializadoras por captar el
público de países donde se acostumbran otras sonoridades y, por lo tanto, los
géneros externos que se promueven deben ser creados con base en un estándar
que siga estos patrones de mercado, de suerte que garanticen una aceptación
masiva sin resistencias. Sin desconocer la potencialidad de este planteamiento,
creo que no debemos subvalorar la fuerza de identificación natural que esta
música ejerce con respecto al goce estético de los sectores populares de una
región (América Latina) que comparte muchos elementos culturales, como ya
lo anotamos, y que incluso sin la intervención del mercado ha propiciado este
tipo de influencias musicales.
Los textos de la cumbia son precisamente los que nos permiten corroborar
inequívocamente su esencia popular, pues cuentan en un lenguaje sencillo
aspectos de la vida cotidiana del pueblo llano. Así por ejemplo, las canciones
que llegaron desde el Caribe hasta los Andes en la época de mi remembranza,
nos enseñan los sueños y preocupaciones del pescador de Barú, el cual se
refugió en Cartagena para evitar los embates del mar picado (El pescador de
Barú); nos describen también que “de mañanita la Zenaida sale temprano del
tugurio, arremolina su tabaco y se va a vender fruto maduro” (La Zenaida);
cuentan sobre la conciencia de libertad del pescador que consigue su pescado y
sabe que “con él se acaba la empresa, con él se acaba el patrón, yo mando con
mi atarraya, yo mando con mi cocón”, y nos ilustran sobre algunos
acontecimientos de la comunidad como la celebración a la Virgen de la
Candelaria el 2 de febrero (La subienda). Otros ritmos nos recuerdan también
que el 20 de enero es la fiesta de Sincelejo y que se celebra con un festín taurino
(Fiesta en corraleja); nos previenen que “Santa Marta tiene tren pero no tiene
tranvía” (Santa Marta); nos dicen sobre los activos del trabajador: “el pescador
habla con la luna, el pescador habla con la playa, el pescador no tiene fortuna,
solo su atarraya” (El alegre pescador); etc.
· Foto: Cesar Santos Tejada ·
Como es de esperarse, son protagonistas de estas historias y alusiones, los
hombres y mujeres anónimos de la comunidad, en quienes se refleja toda la
población, generalizándolos al nombrarse al pescador (por lo general honrado,
trabajador y pobre) y a su negra como compañera y/o su amor sublimado. El
escenario es con frecuencia la geografía local y las circunstancias son las que
ocurren normalmente dentro de la comunidad, obteniéndose con ello una
especie de relato descriptivo de los sucesos populares.
No podemos predecir el tiempo de vigencia que tendrá todavía la cumbia
como exponente cultural de la América indo-negro-hispana antes de
transformarse en nuevos géneros que recojan los lenguajes actualizados y
asimilen los adelantos de la tecnología, o dar paso a otros que inicien desde
cualquier lugar del continente, otra manifestación musical que mantenga
presente ante el mundo la pujanza y creatividad del pueblo latinoamericano.
Quito, agosto 2011
58
Bibliografía
· Acosta, Leonardo (2006), Música y descolonización. Colección Armando
Reverón, Serie Laberinto. Fundación Editorial el perro y la rana. Gobierno
Bolivariano de Venezuela. Ministerio de la Cultura. Caracas.
· D’Amico, Leonardo (2002), La cumbia colombiana: análisis de un fenómeno
musical y socio-cultural. En: Actas del IV Congreso Latinoamericano de la
Asociación Internacional para el Estudio de la Música Popular. México.
http://www.hist.puc.cl/iaspm/mexico/articulos/Damico.pdf
· García Canclini, Néstor. “Las políticas culturales en América Latina”. En: A
contratiempo Nº 2, octubre 1988. Bogotá, Colombia.
· Guerrero, Pablo (2006), Enciclopedia de la música ecuatoriana.
· Corporación Musicológica Ecuatoriana Conmúsica. Primera edición. Quito.
· Lambuley Alférez, Néstor. “La cumbia. Un gran sistema caribe-colombiano”.
En: A contratiempo, Nº 3 y Nº 4, mayo y septiembre 1988. Bogotá, Colombia.
· Santos, César. “Apuntes sobre la música en Santa Elena”. En: Revista digital El
Diablo Ocioso, Nº 9. Agosto 2011. Corporación Musicológica Ecuatoriana
Conmúsica, Quito.
http://ecuadorconmusica.com/muscontenido.php?menu=2&cod=598
· Wong, Ketty. “La ‘translocalidad’ de la música popular ecuatoriana:
construyendo una identidad nacional alternativa?” En: Anais do V Congresso
Latinoamericano da Associação Internacional para o Estudo da Música
Popular. Río de Janeiro, Brasil. Junio 2004.
http://www.hist.puc.cl/iaspm/rio/Anais2004%20(PDF)/KettyWongCruz.pdf
Otros sitios en Internet:
- http://cancionesdeoro.mforos.com/1650900/7827928-cumbia-colombiana/
- http://es.wikipedia.org/
- http://pachuco.jimdo.com/que-es-la-cumbia-colombiana
-http://solar.physics.montana.edu/munoz/AboutMe/ColombianMusic/Natura
lRegions/Caribe/Espanol_Cumbia.html
- http://www.caribenet.info/vivere_moncada_cumbia.asp?l=
- www.ecuadorconmusica.com
- www.latinoamerica-musica.net
59
Cartagena de Indias y las redes
de la cultura neogranadina.
(Siglos XVIII y XIX)
Juan David Murillo Sandoval
Historiador de la Universidad del Valle. Ex becario de la Fundación Carolina en el Máster
en Historia del Mundo Hispánico: las independencias en el mundo iberoamericano,
Universidad Jaume I, Castellón-España. Investigador del Centro de Estudios
Centros y pasarelas del comercio transatlántico durante el dominio
hispánico, los puertos principales de cada reino, capitanía o territorio insular,
se articularon y consolidaron como sedes privilegiadas del intercambio
cultural entre América y Europa. Bien fuera por el comercio lícito o por el
contrabando, o bien por el embarco o desembarco de viajeros, los puertos se
cartillas, estampas, ornamentos, manufacturas, objetos religiosos, cuadros,
impresos varios, e incluso armas, plantas o semillas, los cuales fueron
acompañantes de los metales preciosos extraídos por los esclavos o
arrebatados a los indígenas.
con las provincias y ciudades internas, lugares de poder político y económico,
sedes en varios casos de audiencias o virreinatos, como lo fue Santa Fe para el
Nuevo Reino, hizo de los puertos el corazón del tránsito de noticias, ideas,
conocimientos y órdenes provenientes de la península; y a la inversa también,
el foco desde el cual se remitieron las solicitudes, necesidades o quejas de una
sociedad colonial muy móvil, hacia una metrópoli preocupada por controlar,
restringir y equilibrar potestades e intereses.
No obstante, el contacto de los puertos americanos nunca fue exclusivo con la
metrópoli española –como sí lo fue el comercio lícito-; hubo contactos con
otros imperios atlánticos, rivales o amigos de la monarquía española según el
caso, como Inglaterra y Francia, por ejemplo. Hubo también conexiones con
una naciente y vigorosa nación comerciante, Estados Unidos; y también,
entre los mismos territorios, reinos y capitanías que integraron la extensa
América hispánica y que pudieron, por diversas vías, articularse entre sí.
Como corazones del comercio y el intercambio cultural dentro del
continente, los puertos irrigaban a través de múltiples arterias, terrestres y
marítimas, un largo repertorio de bienes materiales y simbólicos necesarios
para el correcto funcionamiento tanto del buen gobierno como del modus
vivendi americano.
· Volver al Indice ·
60
Conectados directamente a través del Atlántico con Sevilla y Cádiz, y después
de 1765, gracias a los nuevos decretos de comercio libre, con otros puertos
como Málaga, Barcelona, La Coruña o Santander, ciudades como Cartagena o
La Habana pudieron interactuar más fluidamente con la metrópoli, sin cerrarse
al potente despliegue comercial inglés, legal o ilícito, ni a las siempre presentes
flotillas de barcos y agentes comerciales holandeses, portugueses,
estadounidenses -después de 1776- y demás actores del enorme espacio
comercial indiano. Ahora bien, la conexión nunca fue solamente ibérica, ni
siquiera exclusiva con los imperios del Atlánticos; las redes del intercambio
material se cruzaban con los intereses de la emergente burguesía alemana, con
la nunca ausente producción cultural de Roma, que se esparcía por doquier;
conectaba igualmente con la costa occidental africana, territorio de la
economía esclava, pudiendo llegar, incluso, hasta la más lejana posesión de la
monarquía: Manila en el Asia meridional, que se unía al tránsito atlántico a
través del Pacífico novohispano.
Las conexiones portuarias constituyeron, como vemos, una interacción de
alcance global, de idas y vueltas de repertorios culturales que se transformaban
durante su tránsito y que eran desigualmente recibidos (y/o aprehendidos) por
los múltiples actores y contextos a los que llegaban. Cartagena de Indias, como
principal puerto del Nuevo Reino de Granada, no fue ajena al impacto de los
intercambios. Su condición de puerta de entrada y salida de bienes no la redujo
a un centro urbano de paso, de ejercicios transitorios o poco móviles. Muy al
contrario, y ante todo a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, Cartagena
de Indias se convirtió en un eje dinamizante del comercio y la interacción con
múltiples puntos del mundo atlántico, transformándose en un notable
irrigador de influjos materiales e ideológicos, que pesarían sobremanera
durante el complejo proceso que derivó, tanto en su propia independencia
como provincia, como en la del Nuevo Reino.
En el presente ensayo analizaremos, de forma muy aproximada, algunos
puntos que evidencian el potencial cultural de Cartagena en el periodo previo
a la Independencia, como ciudad que al estar enlazada comercial y
culturalmente con el amplio espacio transatlántico, pudo superar los límites de
la jurisdicción neogranadina e incluso imperial, edificando a través de sus
élites, un imaginario social permeado por el pensamiento ilustrado, muy
propicio para propender por una separación con la Corona española. Aspectos
como las ventajas económicas del Consulado, los intercambios culturales, el
cosmopolitismo, o las redes familiares, serán algunos de los elementos que
trataremos de entrelazar en las siguientes líneas.
Una ciudad conectada y cosmopolita
El carácter portuario de Cartagena, así como su proyección comercial durante
el siglo XVII, alentada por su lugar en las ferias, el camino del oro y la trata de
esclavos, hizo de la ciudad el lugar de paso y residencia de variedad de
comerciantes españoles interesados en aprovechar el lugar estratégico del
puerto.
61
Entrado el siglo XVIII, era evidente que Cartagena brindaba la oportunidad
de un enriquecimiento rápido y sostenido, ante todo para aquellos
comerciantes concentrados en los negocios al por mayor, representantes de
casas o agencias familiares ibéricas que se articularon con otros espacios
1
portuarios del Caribe.1 En un segundo plano
estaban los comerciantes
neogranadinos, cuyas actividades se restringieron en principio al comercio
menudo e interino, que si bien garantizaba una cierta prosperidad, debido al
alza en los precios una vez las mercancías salían de la provincia, ciertamente
era un trabajo mucho más dificultoso y apremiante que el de los prósperos
comerciantes no neogranadinos asentados cómodamente en la ciudad.
La entrada en vigor de los acuerdos de libre comercio, promulgados en la
década de 1870, abrió el panorama económico de las ciudades portuarias del
Caribe y la Península, permitiendo la participación de nuevos y más actores
en el comercio trasatlántico. Además de permitir la entrada de catalanes,
malagueños y vizcaínos a la dinámica comercial del puerto de Cartagena, los
acuerdos también le permitieron a la élite comercial criolla proyectarse más
allá de su habitual espacio, replicando las tácticas de las casas mercantiles
españolas, las cuales, con el fin de garantizar el éxito de sus transacciones y
envíos, situaban familiares en distintos puertos o puntos estratégicos de los
intercambios, aspectos que evidentemente les permitieron ser más
organizados y, en consecuencia, mucho más eficaces en sus negocios. Los
comerciantes cartageneros, como veremos, pudieron replicar este tipo de
estrategias.
La creación del ‘Consulado’ en 1795, a solicitud de las élites comerciantes y
teniendo por marco las reformas económicas implementadas bajo la lógica
del reglamento de libre comercio, fortaleció aún más la economía del puerto,
como había sucedido ya en La Habana y Buenos Aires, pero ante todo,
entregó al circuito de criollos cartageneros un mayor poder sobre el sistema
comercial, el cual se tradujo no pocas veces en poder político. En este
contexto, hombres como Esteban Baltasar de Amador –más concretamente,
su descendencia criolla- y José Ignacio de Pombo, empezarían a tomar un
papel cada vez más destacado en la evolución comercial de la ciudad.
Ahora bien, es cierto que tanto los decretos de libre comercio, como el
establecimiento posterior del Consulado impulsaron nuevas dinámicas
económicas en la ciudad; sin embargo, no implicaron per se la aparición de
nuevas estrategias o rasgos en la composición o el comportamiento comercial
de sus elites. Antes que nada, los nuevos decretos legitimaron prácticas ya
establecidas, conexiones ya hechas y tácticas comerciales habituales en el
ámbito Caribe. El arribo de nuevos agentes catalanes o vizcaínos, por ejemplo,
no era una novedad en los ambientes portuarios españoles; ya la Compañía
Guipuzcoana de Caracas, por ejemplo, con fuerte presencia en Suramérica
desde principios del siglo XVIII, era un contacto frecuente entre los
mercaderes de La Guaira y las ferias de Portobello y Cartagena, su participación
·Foto:Juan David Murillo Sandoval·
1
Véase por ejemplo: McFarlane, Anthony, “Comerciantes y monopolio en la Nueva Granada. El
Consulado de Cartagena de Indias”, en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, Vol.
11, Universidad Nacional de Colombia, 1983. pp. 43-69.
62
en la defensa de la ciudad durante el sitio de Vernon en 1740 le había otorgado
incluso gran popularidad.2 Por otro lado, uno de los rasgos más notables de
Cartagena, y que se consolidó desde temprano, en el siglo XVII, fue su
condición cosmopolita, dada por la instalación de agentes extranjeros:
portugueses, holandeses, italianos, etc., debido tanto al crecimiento de la
economía esclava como a la posición de la ciudad en tal empeño.
El arribo de nuevos agentes catalanes o vizcaínos, por ejemplo, no era una
novedad en los ambientes portuarios españoles; ya la Compañía Guipuzcoana
de Caracas, por ejemplo, con fuerte presencia en Suramérica desde principios
del siglo XVIII, era un contacto frecuente entre los mercaderes de La Guaira y
las ferias de Portobello y Cartagena, su participación en la defensa de la ciudad
durante el sitio de Vernon en 1740 le había otorgado incluso gran popularidad.
Por otro lado, uno de los rasgos más notables de Cartagena, y que se consolidó
desde temprano, en el siglo XVII, fue su condición cosmopolita, dada por la
instalación de agentes extranjeros: portugueses, holandeses, italianos, etc.,
debido tanto al crecimiento de la economía esclava como a la posición de la
ciudad en tal empeño.3
De igual manera, la masiva presencia de pequeñas colonias extranjeras a sus
alrededores, y el siempre conflictivo contexto dieciochesco, que impidió
muchas veces y por prolongados periodos el correcto abastecimiento de la
ciudad y el territorio neogranadino por la vía de Cádiz, hizo que desde mucho
antes de la puesta en vigencia de los nuevos reglamentos borbónicos,
Cartagena tuviera que recurrir al comercio –y al contrabando- de productos
con Jamaica, las Antillas holandesas e incluso con algunas ciudades
norteamericanas, como Filadelfia. Esta conectividad, lograda por la necesidad
económica, le permitió también a la ciudad integrarse al flujo informativo que
recorría el Atlántico, y que no en pocas ocasiones favoreció el conocimiento en
las élites cartageneras de los debates en torno a la economía política y las
ventajas del libre cambio.
Sin duda ese carácter cosmopolita de la ciudad le facilitó no depender
exclusivamente del dinamismo de la metrópoli, aunque gran parte de su talante
económico estuviera en manos de los marcos legislativos y el emprendimiento
de iniciativas provenientes del consulado gaditano. Las formas con las cuales
las élites comerciales de Cartagena se acomodan a las nuevas perspectivas y
logran aprovechar las lógicas ya existentes, nos la ilustra el caso del comerciante
gaditano Esteban Baltasar de Amador, quien instalado de manera definitiva en
la ciudad en la década de 1760, logró articularse con la “aristocracia” criolla,
extendiendo una red de contactos que lo capacitaban para el éxito económico.
Casado con la joven Josefa Rodríguez, Amador tuvo diez hijos, siete de ellos
varones, que alcanzaron notoriedad como comerciantes o hacendados, algunos
participando incluso en la contienda independentista, mientras que por medio
de sus hijas, Amador pudo establecer uniones con personalidades destacadas
de la urbe, como José Arrázola Ugarte y el ilustrado comerciante de origen
payanés José Ignacio de Pombo.
2
Amézaga Aresti, Vicente de, Los hombres de la Compañía Guipuzcoana, Vol. II. Bilbao, Editorial La
Gran Biblioteca Vasca, 1979.
3
Véase el capítulo destinado a Cartagena en la obra de Ricardo Escobar Quevedo, Inquisición y
judaizantes en América española (siglos XVI-XVII). Bogotá, Universidad del Rosario, 2008.
63
Amador llegó a tener participación directa en el Consulado cartagenero,
siendo alcalde de la ciudad en 1789, y una vez que sus hijos tuvieron la
suficiente formación, viajaron para establecerse o formar lazos en distintas
plazas, todas importantes y necesarias para el correcto funcionamiento de una
red comercial. De esta manera, algunos de sus hijos lograron expandir la
impronta del apellido y extender la conectividad comercial de Cartagena. Juan
de Dios Amador, por ejemplo, logró articularse con comerciantes de
Barcelona, Baltimore y la misma Cádiz; su hermano Martín José, vivió en
Cádiz para luego asentarse en La Guaira,4 donde se vio involucrado en los
levantamientos de Gual y España de 1797. Otro de los hermanos, Antonio
Carlos, estableció estrechas relaciones con comerciantes de Santa Fe, Mompox
y Panamá; mientras que Esteban Amador, uno de los hermanos menores,
lograría asentarse como comerciante en Guayaquil.5
Como vemos, Esteban Baltasar Amador, sin importar su origen gaditano, logró
incorporarse a una dinámica comercial cuyo eje, más que Cádiz, fue siempre
Cartagena. Su matrimonio con una criolla, e inclusive la unión de sus hijas con
otros miembros de la elite propia al reino, le convirtieron en una personalidad
reconocida y con incidencia en la ciudad. La expansión de sus lazos familiares
da cuenta también de la importancia que para el comercio cartagenero tuvo la
presencia de delegados y agentes en otros centros comerciales, que siguiendo la
misma lógica de las casas de comercio ibérica, hizo más eficaz y organizado el
tráfico comercial neogranadino.6
Los intercambios culturales con el interior
El cosmopolitismo y la conectividad fueron sin duda rasgos que alentaron la
prosperidad económica de los comerciantes de Cartagena, pero, al tiempo que
las conexiones caribeñas y atlánticas posibilitaron el intercambio de bienes,
también propiciaron los intercambios culturales e ideológicos. La llegada de
libros y gacetas, como de noticias o cédulas al interior del Nuevo Reino,
también tuvo por asiento a Cartagena, ciudad a través de la cual los textos
ilustrados ingresaron y se esparcieron entre la minúscula comunidad letrada
neogranadina.
El conocimiento de los avances científicos europeos y americanos, más
propiamente de los adelantos en la historia natural, botánica y astronomía, fue
llevado de un sitio a otro en las mismas naves, bergantines, paquebotes y
fragatas que cruzaban el Atlántico desde Cádiz y desembarcaban en Veracruz,
La Habana, Buenos Aires, o Cartagena.
4
Según señala Adolfo Meisel, Martín José Amador sería procesado por el levantamiento de Gual y
España en La Guaira de 1797. En: Meisel Roca, Adolfo, “Entre Cádiz y Cartagena de Indias: La red
familiar de los Amador, del comercio a la lucha por la independencia americana”, Cuadernos de
Historia Económica y Empresarial, No. 12, julio de 2004, p. 15.
5
Ibíd. pp. 11-25.
6
Sobre la dimensión intelectual y política adquirida por los Consulados Ultramarinos véase: Paquette,
Gabriel, “State-Civil society cooperation and conflict in the Spanish Empire: The intelectual and
political activities of the Ultramarine Consulados an Económic Societies, c. 1780-1810”, en Journal of
Latin American Studies, No. 39, 2007, pp. 263-298.
64
Un bergantín llamado San Francisco Javier, por ejemplo, despachado a
Cartagena en 1790, llevó gran cantidad de géneros y frutos españoles originarios
de ciudades como Madrid, Vizcaya, Galicia, Murcia, Catalunya, Valencia y
Córdoba, entre los que figuraban 10 cajones con libros.7 Envíos como este
fueron regulares a toda la América Hispánica, aunque podían reducirse durante
las guerras, o circunstancias como el sitio francés a Cádiz entre 1810 y 1812.8
No obstante, valga afirmar que los influjos modernos no provinieron
generalmente de los agentes comerciales españoles, afectados por la dinámica
censora del Santo Oficio, sobre todo a partir de la Revolución Francesa, o
limitados por el proteccionismo de la industria editorial española.9 El
contrabando y los contactos extranjeros también ayudaron al abastecimiento
de textos ilustrados por parte de la intelectualidad localizada en Santa Fe,
especialmente de José Celestino Mutis. Las investigaciones de Renán Silva han
mostrado cómo el inicio de una relación epistolar entre Mutis y el cónsul sueco
en el Nuevo Reino, Gustav Gahn,10 hermano de naturalistas, conocedor de
libros y enlazado con la Real Academia de las Ciencias de Suecia, reforzó la
capacidad de adquisición de textos y lecturas periódicas por parte de Mutis,
ayudando, por consiguiente, a la formación científica de los ilustrados criollos
que seguían las enseñanzas del botánico gaditano y que eran usuarios
frecuentes de su biblioteca. Gahn recomendó incluso a Mutis la adquisición y
lectura de journals literarios, como el Journal Encyclopédie, el Mercure de
France, o algún otro producido en Inglaterra, impresos que lo mantendrían
actualizado de los nuevos descubrimientos o adelantos, así como de los nuevos
títulos publicados11.
Otro importante conector del Nuevo Reino con las producciones científicas
transatlánticas fue el mismo ilustrado José Ignacio de Pombo (1761-1815),
nacido en Popayán y radicado en Cartagena durante la década de 1780. Pombo
pudo establecer conexiones que le posibilitaron intermediar en la compra y
embalaje de libros, tanto para su uso privado como para la reventa al interior
del Nuevo Reino, donde, además de Santa Fe, otras ciudades con pequeños
circuitos ilustrados, como Mompox o Popayán, se convirtieron en focos de
recepción y lectura de impresos ilustrados.
7
AGI, Fondo Indiferente, Salidas y presupuestos de las embarcaciones para América, año 1790. Legajo
No. 229.
8
Para un análisis más puntual sobre el comercio de libros en el Caribe durante el siglo XVIII, véase:
Márquez Macías, Rosario, “La actividad cultural en los puertos del Caribe en el siglo XVIII. El caso
del comercio de libros”, en Elías Caro, Jorge y Vidal Ortega, Antonino (Eds.), Ciudades portuarias en
9
La Gran cuencaa del Caribe: visión histórica, Barranquilla, Ediciones Uninorte, 2010. pp. 37-73.
Véase: Lopez, François, "La Legislación: control y fomento". En J. F. Botrel, V. Infantes, & F. López
(Comp.), Historia de la edición y de la lectura en España 1472-1914.Madrid, Fundación Germán
Sánchez Ruipérez, 2003.
10
Gahn se refiere específicamente a Mutis como “[…] el primer filósofo que hay tal vez en las Indias
españolas […]”. En Silva, Renán, Los ilustrados de la Nueva Granada 1760-1808. Genealogía de una
comunidad de interpretación. Bogotá, Banco de la República, EAFIT, 2002, p. 256.
11
Ibíd.
·Foto:Juan David Murillo Sandoval·
65
Pombo fue quizá el primer lector de la obra de Adam Smith en el Nuevo Reino,
y su suficiencia ilustrada sería incluso admirada por Humboldt. Pombo
también sería un favorecedor de las investigaciones de Caldas, su coterráneo
ilustrado payanés, a quien provee, además de dinero, varios libros e
instrumentos científicos, objetos que gracias a su posición como comerciante y
contactos externos no le debieron ser difíciles de adquirir12.
El rápido ascenso social de Pombo en Cartagena le convirtió a inicios del siglo
XIX en el comerciante más importante de la ciudad. Miembro activo y muy
incidente del Consulado, Pombo tuvo en su haber una gran influencia política
y económica, que le permitió desenvolverse bastante bien en las cambiantes
circunstancias del comercio español en el Caribe. Si bien Pombo provenía de
una notable estirpe payanesa de comerciantes, su consolidación en esta ciudad
fue propiciada por su matrimonio en 1784 con María Josefa Amador, hija del
ya nombrado Esteban B. de Amador, lazo que le permitió agregar a sus ya
establecidas conexiones otra extensa red de agentes o corresponsales en
múltiples destinos manejados por los Amador, como Baltimore, Cádiz,
Barcelona, Guayaquil o La Guaira.
Ciertamente, las posibilidades que brindaba el conocimiento de los circuitos
comerciales caribeños para el abastecimiento de productos eran una fortaleza
de la élite comercial cartagenera. Por otro lado, la conectividad caribe les
permitió, más que en cualquier otra ciudad -y esta es otra característica del
potencial cultural portuario- estar al tanto de las novedades bibliográficas o
noticiosas de diversos orígenes, que recorrían las ciudades de todo el Caribe,
intercambiando novedades, rumores y conocimientos. Por todo lo anterior,
durante el periodo de crisis monárquica y posterior despegue del ánimo
independentista criollo, Cartagena sería uno de los epicentros de libros y
lecturas favorables a la autonomía, el autogobierno y, seguidamente, de la
independencia.13
El lugar de Cartagena en la Ilustración neogranadina
En su clásico trabajo sobre la Inquisición en Cartagena, José Toribio Medina
sugiere que aparte de la capital virreinal, en ninguna otra ciudad del Nuevo
Reino se pudieron cultivar las luces; según él, en Cartagena no hubo gentes
ilustradas.14 Tal afirmación, basada en una lectura frágil y errónea de la
localización de los espacios educativos, que evidentemente se limitaron a
Santa Fe, ciudad del Observatorio, los periódicos ilustrados, la Expedición, los
colegios mayores y las universidades, puede dar lugar a claros contrastes. Sin
embargo, trayectorias como la de José I. Pombo, o la dinámica misma que
adquirió Cartagena luego de la crisis monárquica (la vacatio regis), la eclosión
12
Sobre los aportes de Pombo a Caldas, véase: Chenu, Jeanne, Francisco José de Caldas, un peregrino
de las ciencias. Madrid, Historia 16, 1992.
13
Resulta apropiado aquí remitir a la obra de François-Xavier Guerra, especialmente a su artículo
sobre las redes de comunicación en la América Hispánica, véase: “Voces del pueblo». Redes de
comunicación y orígenes de la opinión en el Mundo Hispánico (1808-1804)”, en Revista de Indias,
Vol. LXII, No. 225, 2002, pp. 357-384.
14
Medina, José Toribio, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Cartagena de
Indias. Santiago de Chile, Imprenta Elzeveriana, 1899, p. 380.
66
juntera15 y la posterior insurgencia, dan cuenta de lo capacitada que estaba la
élite de la ciudad, e incluso sus capas no privilegiadas,16 para absorber las
noticias, controversias e influjos que atravesaron los ámbitos públicos y
privados durante aquel álgido periodo. Permeado de forma evidente por el
pensamiento utilitario, Pombo señala con suficiencia en un informe durante
1807:
[…] tenemos mejores noti¬cias y descripciones de la China que del país que
habitamos, pues ignoramos la dirección y altura de sus montañas, la exten¬sión
de sus valles, el curso de sus ríos, los que son o pueden hacerse navegables, la
situación de los pueblos, y últimamente carecemos de una carta general del
Reino y de las particula¬res de las Provincias.17
Rasgos comunes a este extracto encontramos en los trabajos de científicos
criollos impresos en el Semanario del Nuevo Reyno de Granada, periódico del
que Pombo sería colaborador. No obstante, ciertas particularidades distancian
la obra del comerciante de la del resto de ilustrados neogranadinos. Como se ha
tratado de mostrar, la ciudad de Cartagena ofrecía ventajas que otras urbes
como Santa Fe, Popayán o Tunja desconocieron. La conectividad, el
cosmopolitismo y la pertenencia a un espacio geopolítico que traspasaba el
territorio virreinal, permitió a los interesados abastecerse con mayor rapidez de
diversos bienes culturales, como libros, gacetas o magazines, que sin duda
afectaron su comprensión del mundo, y les ayudaron a construir nuevos
imaginarios y referentes, ante todo en el ámbito económico, principal área de
interés de una élite casi puramente comercial. Si en Santa Fe se leyó más a los
naturalistas, a los polemistas del clima como Buffon, o a botánicos como
Jacquier o Linneo, en Cartagena se leyó más a Smith, Jefferson, Ward, Campillo
o Jovellanos. En otras palabras, los influjos ilustrados económicos fueron
privilegiados en Cartagena, por encima de un interés naturalista o botánico,
más común a las élites ilustradas asentadas en la capital.18
15
La expresión Eclosión es retomada de los trabajos de Manuel Chust, y remite a la aparición y
reproducción sucesiva de Juntas de gobierno en las distintas ciudades y provincias de América
durante el bienio de 1809 a 1809, tras la abdicación real frente a Napoleón. Véase: Chust, Manuel,
1808. La eclosión juntera en el mundo hispano. México, Fondo de Cultura Económica & Colegio de
México, 2007.
16
Sobre la incidencia de clases populares en el proceso de independencia cartagenero véase: Lasso,
Marix, "El día de la independencia: una revisión necesaria", en Nuevo Mundo, Mundos Nuevos.
Debates, 2008. Puesto en línea el 9 de junio de 2008. Recuperado el 10 de junio de 2011. Enlace:
http://nuevomundo.revues.org/32872.
17
Sergio Elías Ortiz, Escritos de dos economistas coloniales: don Antonio de Narváez y La Torre y
don José Ignacio de Pombo. Bogotá, Banco de la República, Fundación de Investigaciones
Arqueológicas Nacionales, 1965.
18
Esto no quiere decir que las élites ilustradas de ambas ciudades sólo se acercaran a los
conocimientos que les convenían. Tanto en Cartagena como en Santa Fe, y también en Popayán,
Tunja, Girón o Mompox, se leían los clásicos griegos y romanos, se seguían muchas tesis de Buffon
y se pudo leer, al menos de manera fragmentada, a Rousseau y Voltaire, y otros escritores
perseguidos.
67
Los intereses económicos de Pombo y sus colaboradores en el Consulado no se
limitaron sin embargo al ámbito de la economía, hoy sabemos de sus proyectos
por crear un observatorio y una escuela de ciencias agrícolas, como también de
su enorme empeño por hacer uso de la imprenta, máquina que por decisión
virreinal tardó años en ser instalada, y sólo al calor de los eventos de 1810, que
dieron paso al establecimiento de la Junta de gobierno criolla, pudo emitir sus
primeros impresos, entre ellos el llamado Argos Americano, papel periódico
económico y literario de Cartagena de Indias.
A modo de conclusión
Ya para concluir, y como han mostrado entre otros Alfonso Múnera y Renán
Silva, Cartagena de Indias tuvo un papel vital en el fortalecimiento del bagaje
cultural de las élites ilustradas neogranadinas, papel que no puede reducirse a
un simple lugar de paso en el tránsito de libros, lecturas o instrumentos hacia el
interior. Pombo fue un asiduo lector de la producción intelectual inglesa, así
como un hombre preocupado por las innovaciones y la expansión del
conocimiento, sus contribuciones a Caldas así lo demuestran. Por otro lado,
Pombo pudo compartir sus opiniones en espacios diseñados para la
disertación y la sociabilidad, como el Consulado mismo o las tertulias, donde
temáticas como el utilitarismo, el aprovechamiento de los recursos naturales, el
comercio libre o las vicisitudes políticas pudieron discutirse. Ahora bien, el
lugar de la cultura ilustrada en Cartagena no puede reducirse tampoco a la
figura de Pombo; ya durante los años cruciales de la independencia, sobre todo
a partir de 1812, una vez promulgada la Constitución, impresos
revolucionarios como el Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes del
venezolano Juan Germán Roscio, o el Catecismo o Instrucción Popular del
párroco Juan Fernández de Sotomayor, se imprimen y hacen circular por la
ciudad y provincia de Cartagena, mostrando la adopción y uso de vocabularios
nuevos, basados en influjos y referentes culturales de todo tipo, que además de
dinamizar la opinión, en torno a palabras como libertad o independencia,
dieron buena cuenta de una situación de acumulación cultural y, por
consiguiente, de la configuración de una comunidad hábil de lectores y
agitadores de la opinión, que se nutrieron por la efervescencia informativa e
ideológica que atravesó el espacio caribeño tras el inicio de la crisis monárquica
española.
68
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embarcaciones para América, año 1790. Fuentes secundarias
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· Silva, Renán (2002), Los ilustrados de la Nueva Granada 1760-1808.
Genealogía de una comunidad de interpretación. Bogotá, Banco de la
República, EAFIT.
69
A la historia nacional:
Una necesidad revisionista
Juan Pablo Duque Cañas
Arquitecto, Universidad Nacional de Colombia. Magíster en Filosofía, Universidad de Caldas.Doctor en Historia,
Universidad Nacional de Colombia.Coordinador del Grupo de Trabajo Académico de Patrimonio Urbanístico
y Arquitectónico de la Universidad Nacional de Colombia.
Introducción
Las discusiones sobre la historia colombiana se caracterizan por no ser muy
profusas. Parece ser que su estudio no resulta interesante o que se da por hecho
1
que solo una decena de acontecimientos son merecedores de acercamiento.
Además, sobre estos pocos acontecimientos la sociedad optó por memorizar
algunas fechas y personajes sin detenerse a cuestionar si hay algo más. La
Universidad Tecnológica de Bolívar y la Fundación Carolina han venido
haciendo un denodado esfuerzo por ofrecer un espacio de encuentro y
discusión sobre la historia nacional. He sido yo uno de los afortunados
participantes de este ámbito en el marco del Diplomado “Cartagena de Indias,
conocimiento vital del Caribe. El Caribe Epicentro de la América Bicentenaria
III”, y no encuentro mejor manifestación de agradecimiento por esta
experiencia que presentar a ustedes el siguiente ensayo. A los organizadores del
evento, mi eterna gratitud y mi amistad.
La historia colombiana es, por un lado, demasiado corta, y por otro, poco y
acríticamente escudriñada. El que sea breve es lo de menos, porque una
historia, por breve que sea, no deja de tener elementos trascendentes. No
obstante, también es discutible que esta historia sea tan corta como aparece en
los libros a través de los cuales nos la han enseñado. Si consideramos que, a
diferencia de lo que aparece en forma redundante en la historiografía nacional,
nuestra historia va (o viene) más allá de las fechas que señalan los procesos
entonces un campo mucho más amplio e interesante de estudio. Es más, ni
siquiera cuando se considera abarcar la época colonial, ampliando esta historia
unos pocos siglos más, se alcanza a establecer la totalidad del espectro histórico
del que somos consecuencia, pues lo que pasó acá antes de la llegada de los
españoles también hace parte de nuestra historia.
Lamentable es que ni siquiera aquellos acontecimientos que han ido
constituyéndose como hitos esenciales de esta historia hacen parte de nuestra
cotidianidad cívica.
· Volver al Indice ·
70
Acabamos de pasar por fechas cargadas de un fuerte simbolismo
conmemorativo que fueron casi desapercibidas, pero no solo por el desinterés
de la sociedad al respecto, sino también por la desidia de su tratamiento por
parte de las autoridades estatales. Muy poco y además cuestionable alcance
tuvieron las actividades realizadas en el año 2010 para recordar el bicentenario
de los gritos de independencia, aunque vale la pena ponderar los pocos
esfuerzos académicos para enfatizar su importancia.
Conmemoración y mito
Las conmemoraciones son fuente esencial de los aspectos cohesionadores de
una sociedad. ¿Pero por qué son éstas importantes? Conviene nutrirnos de
otras fuentes disciplinares para acercarnos a una respuesta. Mircea Eliade,
reconocido filósofo e historiador de las religiones, sostiene que los mitos son
historias que han sucedido en el comienzo de los tiempos y se van
configurando como modelos de comportamientos humanos. Así, un acto
heroico ocurrido en el pasado a medida que es conmemorado, recordado,
recreado, va convirtiéndose en un mito. Sin embargo, si nos atenemos a la
esencia de lo histórico que es la búsqueda de la verdad de los hechos, existe un peligro
cuando estos mitos históricos son recordados sin ningún tipo de
cuestionamiento crítico, pues la verdad o no de lo que en ellos descansa queda,
digamos, guarecida de cualquier intento inquisitorio. Si se convierte el mito en
una verdad incuestionable, la historia queda a la deriva y la verdad
comprometida. Nuestra historia, infortunadamente, está repleta de relatos
mitificados que no han hecho más que ocultar esa verdad. Eric Hobsbawm, el
gran historiador del siglo veinte, advierte con angustia acerca de los peligros a
los que se enfrenta la sociedad cuando los hechos históricos son manipulables
y manipulados para construir historias acomodadas, construidas según las
necesidades del mejor postor. El historiador tiene aquí la obligación no solo de
evitar la manipulación de los hechos, sino que también está obligado a erigirse
como el crítico de todo abuso que se haga de ellos. La historia debe ser
desmitificada para poderla cuestionar. El historiador, para hacerlo, debe
mantenerse alejado del mito, pues solo esta distancia, como advierte Carlo
Ginzburg, nos es útil para su análisis. Ya Platón nos previene al respecto
cuando afirma que en los mitos se mezclan muchas mentiras con alguna
verdad, exponiendo a la sociedad al peligro de aceptar, por tradición,
imposiciones erróneas y abusivas que con frecuencia son la base de las
legitimaciones del poder político dominante.
Las narraciones históricas están sometidas al tamiz de quienes analizan cada
historia, y quienes dominan el poder político se valen de la posibilidad de ver
los hechos de acuerdo con la conveniencia o no de los mismos. Es allí donde
quien domina incide en la versión de la historia que más le resulta conveniente
para su propia perpetuación, configurando historias oficiales que dejan de lado
todo lo que la afecte o contradiga. Para el filósofo Karl Popper la manipulación
de esta verdad ha sido la clave para que aparezcan los regímenes totalitarios que
lo primero que hacen es controlar, restringir y manipular la verdad, tal como
tan angustiosamente se presenta en el 1984 de Orwell.
71
Pero entonces tendríamos que preguntarnos si es posible alcanzar la verdad de
los hechos históricos. El interrogante no es nuevo y, por el contrario, es el
fundamento de las más fuertes discusiones sobre la historia hoy en día.
¿Es posible hablar de un hecho histórico que ya pasó y del que no fuimos ni
partícipes ni espectadores? ¿Si no fuimos testigos del hecho, podríamos
recrearlo para ver qué tanta verdad hay en lo que se dice de éste? No podemos
ni viajar en el tiempo para presenciar la verdad del hecho, ni tampoco podemos
recrearlo como si se tratase de un experimento con variables que se pueden
repetir para que el resultado sea el mismo del primer acontecimiento. ¿Qué nos
queda? Solo la posibilidad de buscar puentes que nos permitan estructurar,
para su comprensión, lo ya pasado. Estos puentes son las fuentes orales y
escritas, pero también la arquitectura, la numismática, la fotografía, etc. Con
estos podemos construir una “versión” de lo que pasó, y ahí es donde recae
exactamente el debate: solo “versiones” del pasado. Como no podemos repetir
el hecho, debemos aceptar que lo que escribimos como historia no puede ser
más que la interpretación planteada, según fuentes veraces, de un o una serie
de acontecimientos. Cada historiador lanza su interpretación y debe hacerse
responsable de la misma, criticándola él mismo de manera permanente, hasta
cuando aparezcan interpretaciones más cercanas a la verdad. En este sentido, la
historia jamás debe quedar cerrada, debe permanecer abierta para su revisión
si lo que queremos es evitar que las primeras versiones, por repetición
memorística o tradicional, se conviertan en mitos, como nuestra historia.
Conviene enfatizar en este aspecto. Si bien vale la pena insistir en que
re-memorar actos pasados que se erigen como los basamentos de una historia
constituye un factor primario del hombre histórico, es urgente poner en
cuestión la veracidad de lo que se ha dicho. La repetición sin juicio de una
narración histórica es el primer paso para que esta historia se convierta en
mito, y el mito tiene la particularidad sugestiva, pero peligrosa, de convertirse
en una afirmación incuestionable que puede terminar alejándonos de la verdad
inicial, la del acontecimiento mismo.
La narración histórica
¿Qué se puede hacer para escudriñar las verdades ocultas? Toda acción
revisionista de los hechos es válida y necesaria. En Francia, pasados dos siglos
de su revolución, los historiadores no dudaron en cuestionar todo lo escrito
sobre la misma, para ver qué tan verdadero era lo que se presentaba como
verdad. De allí salieron nuevos planteamientos, como los analizados por Peter
Burke a través de su libro “La revolución historiográfica francesa”, que debieron
llegar hasta nosotros para enfrentar responsablemente la conmemoración de
los bicentenarios que se inician.
Preguntemos ahora: ¿a quién le cabe la responsabilidad de escribir la historia y
cómo debe ser ésta escrita para entregarnos aproximaciones de verdad
coherentes y justas con los acontecimientos que analiza? Estas polémicas
preguntas, centro de gran parte del debate de buena parte de la historiografía
reciente, han sido puntos centrales de los planteamientos expuestos por Veyne,
cuando intenta dilucidar, en parte al menos, la incógnita acerca de sobre quién
recae la responsabilidad de construir las explicaciones de la historia, sobre todo
72
si consideramos que siempre existe el dilema de identificar un suceso como
histórico, o no. Cuando ya se acepta que la historia concierne no sólo a los
hechos políticos sino a todo suceso verdadero, o verosímil, entonces cada
acción humana se presenta como fuente importante y pertinente de la historia.
No resulta suficiente, sin embargo, pensar que una simple escogencia aleatoria
de hechos pueda configurar, porque sí, una estructura sólida que permita
comprender la historia. Como se trata de una cuestión bastante compleja, el
propio Veyne advierte sobre la necesidad de encontrar una lógica que
estructure la escogencia seriada que realiza el historiador.
En este sentido, el diario personal de José María Caballero, el sastre patriota, se
exhibe sin otra pretensión inmediata que la de relatar, para sí, acontecimientos
que considera dignos de mención. Del autor sólo sabemos lo que él mismo nos
dice. No obstante, puede entreverse una cierta esperanza en que lo escrito
llegue alguna vez a otros ojos como prueba de que él mismo estuvo como
testigo de muchos de los sucesos que describe. La escogencia de los hechos está
configurada de tal forma que, en la parte inicial del diario, se lanza a enumerar
una serie de acontecimientos relacionados entre sí por una línea temática
explícita: la sucesión de arzobispos, virreyes y alcaldes afincados en la Santa Fe
colonial. Pero resulta llamativo que el autor del diario, antes de todo esto,
dedique las primeras páginas a enumerar eventos sísmicos y sus consecuencias,
sin prever que, tiempo después, el valor de los datos que recoge contribuirán,
inclusive, a establecer una historia de las ciencias en Colombia. Expuestos en
forma no estrictamente cronológica, su descripción pasa por granizadas,
temblores, terremotos y “ruidos” inexplicables, desde 1785 hasta 1814.
Teniendo en cuenta que los hechos relatados posteriormente con más
detenimiento van desde el año de 1810 hasta el año de 1819, podríamos
concluir que la lista fue complementada con posterioridad. Es posible intuir,
también, que las fuentes utilizadas por Caballero sean, además de algunos
posibles documentos a los cuales haya podido tener acceso para afirmar con
alguna seguridad las fechas correspondientes, la propia memoria colectiva que
marca, a la manera de un hito cultural, una temporalidad implícita y
reconocida por una sociedad. Esto le sirve para referirse a un tiempo
precedente que lleve, a un posible lector, a acercarse a los sucesos que se
propone describir, para concentrarse luego en los años de la revolución. El
autor es consciente de la trascendencia de estos hechos, y mezcla aspectos
políticos con datos personales. Pero es esta profusión indiscriminada de
sucesos la que le otorga al diario la importancia que, historiográficamente, ha
adquirido. Podríamos afirmar que, tras esta especie de introducción, con datos
y noticias precedentes al año de 1810, Caballero se concentra, en una segunda
parte, en la escritura contemporánea de todo lo que va sucediéndose. Es un año
clave porque en él se desencadenan más profundamente los complejos sucesos
protoindependentistas que se habían iniciado años atrás, y cuyas
particularidades principales son citadas por quien escribe el diario. Cita, por
ejemplo, el prendimiento del comunero Galán en 1781 y su posterior ejecución
en el año siguiente, explicando sumariamente los hechos que rodearon este
suceso.
·Foto: Juan David Murillo Sandoval·
73
También describe la entrada del último virrey, Antonio Amar y Borbón,
narración en la cual encontramos una primera pero trascendental alusión a la
participación de Caballero en el evento: él mismo atestiguó, como ayudante de
mesa, lo que allí sucedió. Y lo enfatiza de tal forma que ya parece intuir que lo
que escribe en su diario lo hace partícipe de la historia que pretende relatar.
Muchos hechos aparecen allí. La coronación y aprisionamiento de Fernando
VII se suceden sin pudor con la mención de la primera noche pasada por
Caballero en casa de su esposa, o la siembra de dos naranjos en sus predios, o
el relato de un pequeño suceso cuyo protagonista es una carne curada en miel.
Se mezclan muertes y asesinatos de todo tipo de personajes, tanto de alta
alcurnia como de dudosa reputación, famosos honorables o anónimos
integrantes del populacho santafereño y regional.
Caballero nos lleva y nos trae, de un renglón a otro, desde las tierras españolas
o francesas hasta los vericuetos cotidianos de la vida pueblerina de estos
territorios neogranadinos. También, aquí y allá, perfectamente situados en la
lista de acontecimientos, aparecen los lamentos más íntimos de quien, más que
un escritor espontáneo, es el padre, hermano o hijo que se lamenta de la
ausencia de los seres cercanos que van muriendo al compás de lo descrito. Uno
de los aspectos más interesantes del diario es la transformación de las ideas
experimentadas por la sociedad del momento, encerrada o favorecida para
desatar el hito histórico que ha representado el rompimiento con España. Los
comentarios que entre líneas ofrece Caballero, en un tono muy personal, nos
permiten acercarnos al pensamiento del pueblo mismo, al cambio ideológico
que se fue configurando en la masa con las posibilidades de independencia. El
lenguaje que utiliza evidencia, de alguna forma, esta transformación. De tratar,
en sus listas iniciales, a los arzobispos españoles de “ilustrísimos”, y a los
virreyes de “excelentísimos”, en el relato de los hechos correspondientes a 1810
empieza a establecer una diferencia entre “criollos” y “chapetones”, incluyendo
así un juicio de valor sesgado por sus propias convicciones. Ya no es más un
simple servidor de las élites aristocráticas o comerciantes que se precia del
contacto del que goza con ellos. Ahora actúa como protagonista integrante de
las fuerzas rebeldes y se autoerige relator de lo que allí se desenvuelve. Sabe que
lo que está dándose marcará el paso a una nueva época y se entrega a
consignarlo en las páginas que escribe de acuerdo con el desarrollo de los
acontecimientos. Describe con especial admiración a Antonio Nariño y no
tiene tapujos en hablar de un Bolívar en términos más o menos indiferentes, o
hasta indolentes.
No deja pasar la oportunidad de afirmar su desacuerdo con el pacto entre Santa
Fe y Cartagena, por considerarlo injusto con su ciudad. Habla de la
composición del Colegio Electoral y de las luchas intestinas desencadenadas
por las élites para hacerse con el poder en el nuevo sistema.
¿Cómo es posible que ésta, la oportunidad esperada, haya sido atropellada por
los intereses personales de los dirigentes que, aprovechando la situación,
aparecieron inicialmente como adalides de la revolución, mientras que los
verdaderos próceres eran abandonados o entregados a las tropas españolas de
reconquista?
74
El mocho Vargas, protagonista de algunos de los lances de Caballero, le juega a
todo, aprovechándose del vaivén de las situaciones. No poco le complace al
autor su destino final, pero sí se lamenta de los compañeros de suerte de éste
-Antonio Villavicencio, José María Carbonell, Baraya, García Rovira, Caldas,
La Pola-, ellos sí, en sus respectivas medidas, verdaderos patriotas. El diario se
transforma lentamente en el depósito de las desesperanzas de la pretendida
independencia. Han llegado Morillo y Sámano, y de su paso sólo queda el
temor a lo inevitable. Los falsos indultos y las continuas delaciones llevan a
Caballero a dejar de escribir temporalmente, consciente de que el diario es
ahora, más que su propia conciencia, la del pueblo. Sólo lo retoma cuando ya
no está en Santa Fe, pero no están en él los sucesos concluyentes de la
independencia.
La veracidad de los acontecimientos narrados por Caballero toma fuerza con el
paso del tiempo. Cuando llega a aludir sucesos tan íntimos, se termina
confiando en la veracidad de lo que en el diario consigna. Muchas cosas han
desaparecido. Si con su primera publicación alguien decidió escoger qué
retomar y qué desechar, lo que nos queda es un ejemplo del dilema de la
historia misma. Volvamos al principio. ¿A quién le cabe la responsabilidad de
escribir la historia? ¿Es la historia lo que escriben los historiadores?
Atendiendo a ellas, cabe aquí la pregunta: ¿Es José María Caballero un
historiador de la independencia por haber recopilado, de acuerdo con su
personal elección, los hechos que llenan su diario? Sin precipitarnos en una
respuesta, también cabe otro delicado problema. Sin importar quién haya sido
el responsable de lo sucedido tras el descubrimiento de los papeles perdidos y
su primera publicación, ¿son las amputaciones hechas al diario también una
escogencia histórica? Quién lo hizo ¿ha actuado de acuerdo con las
responsabilidades que debe cargar el historiador? ¿Cuál de los dos ha
desempeñado la función del historiador, considerando que ambos han
establecido criterios personales para estructurar lo que han decidido entregar?
El Diario de la Patria Boba, título impuesto, se muestra como un buen ejemplo
de lo que expone Veyne como los peligros de la construcción de las narraciones
históricas y la posibilidad de que con ellas podamos acercarnos, o no, a la
verdad de la historia. Pero así está escrita la nuestra.
La revisión de la historia
¿Hemos nosotros seguido el ejemplo de quienes insisten en la necesidad de
revisar nuestras historias para poner en práctica nuestra responsabilidad
revisionista? Me temo que poco. Quiero referirme a uno de estos pocos
intentos. Las investigaciones históricas de Alfonso Múnera presentan una
evidente relación con la historiografía de la subalternidad.
No por otra razón él mismo lo advierte, cuando especifica que al referirse al
término subordinado lo hace indicando una connotación social que se expresa
en términos de clase, casta, edad o género ligada a quienes no pertenecen a las
élites. Su directa disposición a plantear serias críticas a todo tipo de paradigmas
históricos se hace pública desde el comienzo de su libro El fracaso de la nación.
Región, clase y raza en el Caribe colombiano (1717-1810), cuando expresa su
desacuerdo con lo que considera mitos de la historiografía colombiana,
repetidos y aceptados sin pudor por muchos historiadores para explicar los
orígenes de nuestra supuesta nacionalidad.
75
Enrostra el inicio de algunas de estas verdades a medias a un personaje, José
Manuel Restrepo, quien, de acuerdo con Múnera, abusa de su papel
directamente protagónico en los acontecimientos independentistas para
reforzar su óptica como la única, condenando al olvido buena parte de la visión
de los otros.
Son tres los mitos que el autor señala y que está dispuesto a controvertir: Que
existía una unidad política en el virreinato de la Nueva Granada en el momento
de las revueltas independentistas de inicios del siglo XIX, efectivamente
centralizada desde Santa Fe como su capital. Que fueron los ideales
nacionalistas de la élite criolla santafereña los verdaderos impulsadores de la
independencia, pero que infortunadamente fue saboteada en sus inicios por las
intenciones federalistas de ciudades como Cartagena y sus egoístas intereses.
Que sólo una etnia, la conformada por blancos descendientes de españoles
pero nacidos en América, asumió la responsabilidad de independizarse de
España, en contra de los indios, los negros y las castas que, o se aliaron con el
imperio o simplemente jamás desempeñaron un papel importante en el
proceso.
·Foto: Juan David Murillo Sandoval·
Considerando erróneos estos planteamientos, Múnera afirma que el peligro de
ellos es la repetición permanente y acrítica de estos en la historiografía oficial
colombiana. Es aquí, precisamente, donde puede parecernos más importante la
cercanía del autor con los enfoques de la subalternidad. Ranahit Guha, el
historiador bengalí representante de los estudios subalternos, plantea un
enfrentamiento con la historia oficial, contra esa autoridad que decide la
pertinencia de un hecho como histórico, según sus conveniencias, para
construir la ideología estatal. A pesar de que Guha se refiere a las falencias de
una historia poscolonial india que ignora el protagonismo del pueblo y lo
concentra en las élites, los estudios críticos de Múnera coinciden en la
necesidad de revisar esas historias, incluida la colombiana, para rescatar del
olvido la importancia de las masas insurgentes. Por eso es que, entre los
objetivos que se propone está -además de argumentar que la construcción de la
Nación fracasó porque la unidad referida no existió nunca-, demostrar que al
momento del estallido definitivo de la independencia no hubo una elite que
tuviera un proyecto nacional concebido de antemano y que las clases
subordinadas sí fueron protagonistas decisivas, con intereses definidos y
propios, como fue el caso de los mulatos inmersos en el desarrollo de la
eventual República Independiente de Cartagena.
Luego de reconocer la existencia de investigaciones recientes que van en este
mismo sentido, Múnera se lanza en su propósito revisionista para
“desenmascarar” las ideas de Restrepo y demostrar que éstas no son más que
mitos incuestionados. Para hacerlo se concentra en el análisis del conflicto que
enfrentó a las dos ciudades más importantes de la Nueva Granada en el
momento de la independencia, Santa Fe y Cartagena, las cuales a su vez
representaban dos planteamientos políticos y económicos distantes entre sí,
pero incorporando la dinámica racial como aspecto fundamental ignorado, sin
el cual no es posible comprender la complejidad del proceso de independencia.
76
Claramente definida la estructura del libro desde el comienzo, éste se desarrolla
en seis partes fundamentales que vale la pena escudriñar. En la primera, analiza
la imposibilidad de que Santa Fe, como ciudad capital del virreinato, ejerciera
un verdadero y efectivo control sobre todo el territorio debido a las difíciles
características geográficas y a las grandes distancias que se debían recorrer sin
un eficiente sistema de caminos, acentuando las diferencias de intereses
primordiales expresados por las dos ciudades y el conflicto de autoridad
consecuente. En la segunda parte reconstruye las características del Caribe
colombiano y las dificultades que ciudades como Cartagena enfrentaron al
momento de ejercer un control regional siendo, como eran, ciudades definidas
como de frontera, con especificidades tan distintas a las de las ciudades
andinas. La tercera parte se concentra en el análisis del renacimiento comercial
y social que la en ese momento decadente Cartagena experimentó en el
período final del siglo XVIII y el comienzo del XIX, enfatizando la
trascendencia cada vez mayor de una nueva clase social, conformada por
negros libres y mulatos artesanos, en las ya cercanas acciones independentistas.
Personajes como Antonio de Narváez y José Ignacio de Pombo se funden en
este relato con los líderes mulatos y negros para reincorporarlos a la historia
que, según Múnera, debe ser revisada. Las causas fundamentales y verdaderas
del conflicto entre Cartagena y Santa Fe en este mismo período son el centro
del análisis en la cuarta parte del libro. El instrumento político que constituyó
la creación del Consulado de Comercio de Cartagena en 1795 fue instituido
como la punta de lanza del desacato cartagenero a la autoridad santafereña y al
fracaso de la estructura colonial prevaleciente.
Cita Múnera, además, la harina de Vélez, más cara y de menor calidad, y las
propuestas de nuevos caminos que hicieran menos tortuoso y más breve el
recorrido hasta las ciudades del interior, como los elementos que acentuaron
las discordias irreconciliables entre las dos regiones. La quinta parte es
planteada para comprobar que la insistencia de Cartagena por independizarse
políticamente de Santa Fe fue producto de sus diferencias con las élites criollas
de la capital. Como consecuencia, las tesis centrales no eran acogidas por
muchas de las otras regiones, resultando imposible, por tanto, que se
creara un estado-nación unificado. Con esta concepción, el autor busca
desvirtuar la interpretación oficial de una “patria boba” en la cual prevalecieron
los intereses mezquinos de Cartagena, cuando causas mucho más serias y
profundas fueron las que agudizaron un conflicto ya antiguo. La
insubordinación cartagenera al virrey y sus preferencias hacia el dominio
santafereño buscaban no una independencia del reino sino la consecución de
una autonomía política y económica. Por tanto, la decisión de la ciudad-puerto
de no acogerse a la voluntad central no tuvo que ver con la construcción de un
Estado-nación. La última parte es una detallada relación política de los
acontecimientos sucedidos para la creación de la República Independiente de
Cartagena, entre 1810 y 1815, donde Múnera demuestra que sí existió una
fuerza social distinta a las élites historiográficamente citadas como único
motor del proceso.
77
Conclusión
Para concluir, además de lo ya expuesto, Múnera plantea que, en medio de esta
división, la relativa configuración de un estado-nación colombiano fue posible
en 1831 por una simple razón: apenas en este momento pudo Santa Fe
dominar, por la fuerza de los ejércitos, las otras regiones. El tan mencionado
mito nacionalista de la conformación unificada de ideales personificados por
las élites ilustradas de los criollos santafereños es apenas un mito que debe ser
cuestionado, no sólo porque ese ideal único y compartido nunca existió, sino
porque los subordinados ejercieron un protagonismo que no ha sido
reconocido hasta ahora. Con el propósito de reivindicar el aporte de los
subordinados, este fundamental trabajo se une a los de otros nuevos
historiadores que, con aclaraciones como las que intenta Múnera en este libro,
demuestran la necesidad de contribuir a las revisiones de la historia estatal para
romper con la peligrosa univocidad prevaleciente.
Es hora de iniciar el debate. La discusión queda abierta.
Manizales, 2011.
78
Cartagena
Memoria y espacio en tiempos del Bicentenario.
Julián Augusto Vivas García
Economista y magister en historia de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá.
Docente de las Universidades Nacional, Javeriana y Antonio Nariño en las áreas de
historia económica e historia agraria.
Resulta sorprendente que una pesquisa rápida de las palabras Cartagena de
Indias en el buscador de Google dé como resultado cerca de 48 millones de
salidas, de las cuales cerca de un 60% corresponde a la oferta de algún
paquete turístico que busca atraer a nacionales y extranjeros a esta ciudad del
Caribe colombiano. Es evidente que desde 1991, cuando Cartagena fue
declarada como distrito turístico y cultural, las actividades económicas de
esta índole se han consolidado para darle a la ciudad la impronta del destino
turístico por excelencia, la imagen de un paraíso tropical.
De otro lado, al tiempo que se promueve a través del turismo una imagen
limitada, y en buena medida estereotipada sobre Cartagena, este tipo de
de una memoria social que tiende a marginar a grandes sectores de la
población. En este breve texto quisiera plantear como, en la medida en que la
memoria tiene también un sentido espacial y político, la actual
conmemoración del bicentenario puede ser un momento clave para
replantear el papel fundamental que han desempeñado todas las regiones en
la construcción de la nación colombiana, cuyo sentido ha sido invisibilizado
una coyuntura que permite recrear las memorias sociales colectivas, y por
tanto es una oportunidad para generar nuevos proyectos sobre el presente y
el futuro de una sociedad profundamente inequitativa. Los elementos de esta
Indias: Conocimiento Vital de Caribe 2011. El Caribe Epicentro de la
América Bicentenaria III" de la Fundación Carolina Colombia y la
Universidad Tecnológica de Bolívar, que se desarrolló entre el 28 de junio y el
8 de julio de 2011.
El estereotipo y las memorias
La imagen de una playa desierta o semi desierta en la que abunda la
vegetación y especialmente las palmeras cargadas de cocos, es el estandarte
escogido por la mayor parte de las páginas web encontradas para promocionar a
Cartagena como destino turístico nacional e internacional.
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79
Esta imagen es también sustituida o acompañada la mayor parte de las veces
por las murallas que bordean una parte de la ciudad a la que se le reconoce
como histórica, o por un paisaje conformado por techos de teja española y
cúpulas de iglesias iluminadas por un sol radiante. Imágenes muy parecidas
se repiten en la iconografía con la que se distingue el sentido de lo caribeño.
Como en muchos otros lugares, esta iconografía caribeña esconde las
complejidades de los espacios y sus territorios, de sus gentes y de las
relaciones que se tejen entre ambos.
Tras la imagen de postal hay por lo menos dos Cartagenas. Una Cartagena
conectada con los circuitos económicos globales, próspera económicamente,
que recibe año tras año a miles de viajeros de todas las nacionalidades. Los
que desembarcan en cruceros hallan en la ciudad amurallada las mismas
marcas que pueden verse en las vitrinas de otras ciudades-puerto; se
encuentran también con una gran cantidad de políticas, desde las que buscan
una garantía sobre la calidad de los servicios turísticos, hasta el
establecimiento de fuertes medidas de seguridad sobre los lugares donde
concurren los visitantes, políticas que hacen de Cartagena un destino turístico de
clase mundial.1 En esta Cartagena globalizada los flujos internacionales de
capital han aumentado significativamente en los últimos años: entre 2007 y
2009 la inversión neta de capital pasó de 100 mil millones de pesos a 164 mil
con destino principal hacia el sector inmobiliario, el turismo, la construcción
y la industria manufacturera.2
La otra Cartagena, menos visible, se conecta directamente con la primera.
Los trabajadores formales e informales que mueven el turismo en Cartagena
reciben en promedio un ingreso de 20 a 25% más bajo que el de otras
ciudades principales del país; y al mismo tiempo, el alto costo de vida y el
creciente valor de la tierra producido por la primera Cartagena generan una
marginalización espacial de los más pobres en las partes periféricas de la
ciudad, excluyéndolos de la posibilidad de hacer parte de la vida urbana
formal. La focalización espacial de la pobreza en sectores específicos como las
laderas del Cerro de la Popa y los barrios aledaños a la Ciénaga de la Virgen,
concentra una Cartagena sin pleno desarrollo de los derechos sociales y
económicos, sin acceso a servicios públicos o educación, lo que la rezaga aún
más de los logros económicos de la Cartagena próspera, y la colocan dentro
de las ciudades con mayores niveles de pobreza del país.3
Esta imagen es también sustituida o acompañada la mayor parte de La
pregunta es entonces ¿cómo construir imágenes más complejas y diversas (y
por tanto más democráticas) de una sociedad heterogénea y conflictiva? La
respuesta pasa por el reconocimiento de la centralidad de un elemento cardinal
de la disciplina histórica y de la estructuración de todas las sociedades: la
memoria.
1
Plan de Desarrollo 2008-2011 Por una sola Cartagena. [Documento en línea]. Disponible desde
Internet en: www.elsonrezende.hpg.ig.com.br/artigos/educaomc.htm [con acceso el 29-8-2011].
2
Cámara de Comercio de Cartagena. Inversión empresarial en Cartagena y los municipios del norte
de Bolívar, 2009 [Publicación en línea]. Disponible desde Internet en:
http://es.scribd.com/doc/39421843/Indicadores-Cartagena-2009 [con acceso el 29-8-2011].
80
Esto es así porque las memorias, y por consiguiente los olvidos, en tanto
producto de la interacción social y de las relaciones de poder de los diferentes
grupos sociales, expresan un conjunto diverso de representaciones sobre el
pasado que forman parte integrante de la construcción del presente y de los
proyectos sobre el futuro. Además de este carácter político, la memoria se
produce también espacialmente, se inscribe en las especificidades de un lugar
en el que se desarrollan las relaciones sociales y la vida cotidiana, un lugar
construido culturalmente que desencadena los recuerdos colectivos.4
La primera de estas características de la memoria se activa o acentúa cuando
por razones del presente se hace necesario recordar. Esto resulta aún más
evidente con la actual conmemoración del Bicentenario de la Independencia.
Entre el año 2005 y el 2020 la mayor parte de los países latinoamericanos y del
Caribe participan en la efemérides de haber disuelto los yugos coloniales y
haberse enrutado en la senda de la construcción de las modernas repúblicas.
Frente a esta interpretación tradicional de lo que muchos consideran el mito
fundacional de las naciones latinoamericanas, basta apenas una mirada de
conjunto sobre nuestro conflictivo entorno para cuestionar: ¿Qué
conmemoraremos realmente cuando en la mayor parte de países
latinoamericanos y del Caribe se cumplan doscientos años del conjunto de hechos
que son tomados como base para lo que convenimos en llamar la
independencia nacional? Las respuestas son variadas y pueden ir desde una
celebración patriótica por el inicio de las instituciones republicanas, hasta un
escepticismo total frente al avance de los ideales de igualdad, autonomía o
soberanía que en su momento se ligaron al de la Independencia.
Es precisamente la búsqueda de significados lo que puede hacer del
Bicentenario un momento fundamental para nuestras sociedades
latinoamericanas y caribeñas. Las conmemoraciones nos sirven para guardar
colectiva y públicamente el recuerdo de ciertos sucesos, ayudan a hacernos
conscientes de un pasado histórico, es decir que son, en general, fuentes para la
producción y reproducción de las que son al mismo tiempo las raíces de
nuestra identidad: las memorias.
·Foto:Juan David Murillo Sandoval·
La conmemoración del Bicentenario es entonces una coyuntura que posibilita
recrear lo que somos, para pensar estos cortos doscientos años de inserción en
el desarrollo capitalista, de democracia, de Estado moderno y liberal, de
instituciones republicanas, de arquitectura y de educación, etc. en general para
los exámenes y los cuestionamientos complejos de tipo político, económico y
social sobre esta sociedad que tenemos hoy, 200 años después.
En este sentido, una gran diversidad de preguntas que se proyectan sobre el
presente y el futuro de la mayor parte de los países latinoamericanos surgirán
cuando Cartagena conmemore este año el Bicentenario de su independencia:
¿Cómo se articula hoy, doscientos años después, esta nación de regiones?
3
Según el Banco de la República, seccional Cartagena, el porcentaje de población considerada pobre
es del 32,8%, la media nacional es de 26.48%, lo que coloca a Cartagena como la cuarta ciudad con
mayor número de pobres del país después de Cúcuta, Montería y Barranquilla. Pérez, Gerson Javier.
“La pobreza en Cartagena: Un análisis por barrios”. En: Documentos de trabajo sobre economía
regional No. 94. Cartagena, agosto de 2007.
4
Joël Candau. Antropología de la memoria. Editorial Nueva Visión. pp. 40-45.
81
¿La independencia proyectó la cultura de Cartagena hacia el centro andino de
poder o hacia la región Caribe colombiana? ¿Cuál es la permanencia de
enclaves coloniales en el Caribe? ¿Cuál es el papel de los africanos esclavizados
en las luchas por la Independencia y por tanto en la configuración de
identidades? ¿Cuál es la respuesta en práctica de modelos económicos que
llevaron a crecimientos desiguales en países latinoamericanos y del Caribe
después de la independencia? ¿Cuál es el papel de los pueblos precolombinos
en los procesos de independencia y en el futuro de las nuevas repúblicas?
Una deuda de la conmemoración del Bicentenario
La respuesta a estos y a muchos otros interrogantes nos darán pistas de esa
sociedad compleja y democrática que buscamos. Sin embargo, considero
particularmente que la ausencia de un reconocimiento más profundo sobre el
rostro indígena del Caribe es una de las raíces históricas de esa Cartagena
inequitativa y al mismo tiempo es una de las deudas de esta conmemoración de
la independencia de Cartagena.
En un ya clásico libro, Mary Helms demuestra la gran complejidad económica
y política de las culturas precolombinas del Caribe y Circuncaribe a finales del
siglo XV. Organizaciones sociales que construyeron extensas redes de mercado
a lo largo de las costas y las vertientes del Caribe, las cuales se relacionaban no
solamente con el intercambio de valores económicos, sino sobre todo con los
alcances de una autoridad que se tejía al mismo tiempo con contextos sagrados
y sobrenaturales. Una gran diversidad de núcleos poblacionales que guardaban
el conocimiento de la agricultura, articulados no solo por estas redes
comerciales sino por formas de parentesco que aun constituyen un reto para la
antropología.5
Esta complejidad, sin embargo, se ve parcialmente desestructurada con la
llegada de España a América. Parte de esa segregación espacial (y también de la
memoria social) que mencionábamos antes quizá pueda apreciarse
incipientemente con la denominación de ladinos que le daban los españoles a
aquellos indígenas que al ser sometidos al trabajo dentro de Cartagena eran
también obligados a asimilar algunas de sus costumbres, pero sin ser incluidos
en las dinámicas sociales de la urbe colonial. Menos de un siglo después del
periodo estudiado por Helms, hacia la década de los años sesenta del siglo XVI,
los indios ladinos eran considerados miserables, incapaces y débiles. Se ordena
por esta razón su empadronamiento y la obligación de que cada indio tuviese
un amo con el fin de instruirlos en la fe católica y evitar el vagabundeo.
A partir de la década siguiente la población africana empieza a superar a la
indígena y la referencia a estos dentro de los informes de los gobernantes queda
reducida a su trabajo en la encomienda y a algunos sectores del mundo rural
cartagenero. Ocurre entonces un proceso de invisibilización: a los ojos de los
funcionarios reales y de sus informes los indígenas desaparecen de la historia
urbana cartagenera bajo la denominación genérica de mestizos.6
5
Mary W. Helms. “Los indios del Caribe y Circuncaribe a finales del siglo XV”. En: Leslie Bethell (ed.).
Historia de América Latina. Tomo 1. Ed. Crítica, Barcelona, 1990. p. 35.
82
Al igual que en estos informes de los funcionarios reales, otras fuentes de la
historia escrita ligadas a la educación se han encargado de reforzar ese proceso
de negación que tiene como reflejo la marginación espacial. Puede citarse un
pequeño ejemplo. Hace exactamente un siglo, con motivo de la
conmemoración de los primeros cien años de la Independencia, el entonces
gobierno conservador de Rafael Reyes contrató a los historiadores Jesús María
Henao y Gerardo Arrubla para escribir una síntesis de la historia de Colombia.
En esta obra, que sirvió para la enseñanza de más de seis generaciones de
estudiantes de colegios públicos del país, la población indígena era descrita
como una horda de salvajes, carentes de gusto y temor de Dios, mientras que
los héroes eran los personajes iluminados encargados de guiar a las masas
anónimas; la Conquista y la Colonia, con todas sus barbaries y sumisiones,
eran vistas como una experiencia civilizadora con la que se forjarían los
elementos fundamentales de una república en teoría “democrática e
incluyente”.7
Entonces, con esta obra, junto con otros mecanismos de reproducción de la
memoria, no solo se pretendía enseñar historia a los incautos estudiantes de
secundaria, sino sobre todo (de)formar “buenos ciudadanos” que aceptaran
pasivamente una nacionalidad, someter a los educandos a la autoridad
gubernamental y presentar de forma mítica la integración nacional de
Colombia.
Entra en escena la segunda característica de la memoria que anotamos. En
cuanto la memoria se halla anclada en el espacio, se plantea la problemática de
las centralidades creadas por las relaciones de poder: la nación, los héroes y el
Estado central como referentes espaciales de un proyecto de creación de la
memoria.
En efecto, a pesar que desde el periodo de dominación española la ciudad de
Cartagena adquirió una clara centralidad como plaza fuerte de la Región
Caribe, y al mismo tiempo se convirtió en intermediaria de las zonas más
pobladas del interior del país y el mundo exterior, la memoria “nacional” no
solo reconoce las efemérides del 20 de julio o el 7 de agosto, sino que reproduce
un imagen muy limitada del papel de Cartagena en el proceso de construcción
de la nación.
Este propósito de crear una memoria nacional basada en un pasado unívoco
que impone silencios, que induce amnesias colectivas y que excluye de la
historia a los marginados, convirtiendo así a los verdaderos protagonistas en
espectadores pasivos y a los villanos en héroes, ha sido una constante en la
lucha desigual que se libra en este territorio para otorgar sentido a lo que somos
y a lo que debemos ser.
6
Antonino Vidal Ortega. Cartagena de Indias y la región histórica del Caribe. 1580-1640. Universidad
de Sevilla 2002. pp.. 260-262.
7
J.M. Henao, G. Arrubla. Historia de Colombia. Voluntad, Bogotá. 1952.
83
Apuntes finales a modo de conclusión
Cartagena representa un territorio tangencial tanto a los procesos de
internacionalización económica y cultural, como a las dinámicas sociales y
políticas nacionales, que en tiempos del Bicentenario de la Independencia se
perfilan hacia la evaluación y renovación de nuestros proyectos nacionales.
Cartagena es a la vez la articulación de una serie de lugares para la
reconstrucción de una memoria que se replica en otros países
latinoamericanos y del Caribe, y un reflejo de las problemáticas económicas y
sociales que actualmente enfrentan la mayor parte de países latinoamericanos
En tiempos de globalización y bicentenario, la relación siempre insoslayable
entre actualidad y pasado histórico remite a las herencias comunes recibidas
por las naciones latinoamericanas y del Caribe de ese pasado colonial que
parece ya remoto. Pero también a las potencialidades de los proyecto sobre el
futuro que se construyen siempre sobre las memorias colectivas.
84
El Caribe como región:
Aproximaciones a un debate sobre la
construcción de una identidad regional.
Katia Padilla Díaz
Antropóloga de la Universidad Nacional de Colombia, Magister en Estudios del Caribe de la
Universidad Nacional, sede Caribe, grupo de investigación Estado y Sociedad de la Universidad Nacional.
Con experiencia en estudios afrocolombianos, trabaja como docente universitaria en Cartagena.
“Mucha gente dice que ama el Caribe, con lo cual quieren decir que tiene la
intención de volver a visitarlo, pero que jamás podrían volver a vivir en él”.
Derek Walcott,1992.
autora,1 y que han sido reorganizadas a lo largo del Diplomado “Cartagena de
Indias: conocimiento vital del Caribe 2011”, gracias a la beca otorgada por la
Fundación Carolina Colombia, entidad que propició el encuentro de un grupo
de personas interesadas en los asuntos del Caribe. Se analiza el Caribe como
región, siendo la ciudad de Cartagena parte de ella; se espera que el texto aporte
elementos al debate sobre la construcción de una identidad regional.
El Caribe como región geohistórica fue conformada a partir de diásporas
africanas, sefardíes, europeas y asiáticas, y sirvió como el laboratorio de la
colonización europea durante los siglos XVI y XVII. En esta área se entretejen
redes comerciales, culturales y políticas. En un primer momento su integración
estuvo marcada por una economía extractiva orientada a proveer a las
metrópolis europeas de materias primas, sobre todo de azúcar. La región ha
conformado su identidad y su integración a partir del colonialismo y de las
diásporas. En la actualidad, a pesar de las independencias de la mayoría de sus
territorios, si es que se puede considerar como en verdad independientes, y del
cambio en el modelo económico, aún continúan siendo lugares de explotación
a través del turismo y otras nuevas formas de comercio. En esas nuevas
actividades económicas se expresan, aunque de otra manera, continuidades de
ese modelo colonial en las que la región sigue siendo una periferia con graves
problemas de desigualdad social. Los habitantes deben lidiar con esos modelos
económicos globales que no dan razón de las problemáticas locales del medio
ambiente, las relaciones de género o sociales.
1
Padilla, K. (2010). Entre lo local y lo global: el caso del movimiento de veeduría cívica de Providencia
y Santa Catalina islas. Tesis con mención de honor Meritoria para optar al título de Magister en
Estudios del Caribe. Universidad Nacional de Colombia, sede Caribe.
2
Ver Vidal, A. (2003). “La región geohistórica del Caribe”. En Revista Mexicana del Caribe, Vol\año
VIII, No 15, México. pp. 7-37; Ratter, B. (2001). Redes Caribe, San Andrés y Providencia y las islas
Cayman. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia sede San Andrés; Glissant, E. (1996).
Introducción a una poética de lo diverso. Barcelona, Editorial del Bronce 2002.
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85
Sin embargo, existen diferentes Caribes configurados por sus especificidades
como lo es el sistema de plantación para el Caribe insular, tal como lo ha
planteado Antonio Gaztambide en diferentes ensayos,4 concluyendo con la
existencia de cuatro tendencias sobre lo que es la Región Caribe:
1. Un Caribe insular o etnohistórico, con un énfasis en la experiencia común
azucarera esclavista.
2. Un Caribe geopolítico, que agrupa a las regiones donde se produjo la mayor
parte de las intervenciones estadounidenses.
3. El Gran Caribe o Cuenca Caribe, que tiende a incluir una América Central
entre las del Norte y las del Sur.
4. El Caribe Cultural o Afroamérica central, que no es geográfica y que se
puede considerar como parte de la Afroamérica que queda al sur de los
Estados Unidos y al norte del Brasil, así como las comunidades migrantes
caribeñas de Estados Unidos y Europa.
Por otra parte, para Sandner5 la región Caribe es un espacio geopolítico que ha
sido lugar de disputa por parte de las potencias económicas mundiales con una
serie de coyunturas y conflictos comunes a toda la región. Sin embargo, Emilio
Pantojas propone un debate sobre la construcción del “proyecto de caribeñidad
como integración Caribe”, en su artículo “De la plantación al resort”, cuestiona
los términos en los cuales se ha venido planteando esta construcción de lo que
es el Caribe dentro de la globalización, así como las organizaciones regionales
que se han venido conformando con el afán de lograr una integración caribeña
(ICC, AEC, CARICOM, CARIFORUM, entre otras). Para el autor dicha
integración pasa por el ámbito económico y político desde el siglo XIX.6
“La nostalgia de un faro en el Caribe”.
Fotografía: Katia Padilla, julio de 2011. Santa Marta.
3
Pantojas, E. (2006). “De la plantación al resort: El Caribe en la era de la Globalización”. En Revista de
Ciencias Sociales No. 15, 2006.
4
Gaztambide, A. (2005). La invención del Caribe a partir de 1898. Tan lejos de Dios, Ed. Callejón. San
Juan. pp 29-58.
5
Sandner, Gerhard. 2003 [1984]. Centroamérica y el Caribe Occidental. San Andrés, Universidad
Nacional de Colombia.
6
Pantojas, E. (2001). La integración económica e identidades caribeñas: convergencias y divergencias.
Ponencia presentada ante el V Seminario Internacional de Estudios del Caribe. Universidad de
Cartagena.
86
El Caribe como región ha sido escenario de múltiples intentos de integración,
dicha unidad cultural incluye un pasado común en el cual se destacan
características descritas por Sidney Mintz,7 tales como las condiciones
ambientales y geográficas que permitieron la implementación de ingenios y
un sistema de plantación a gran escala realizada por mano de obra esclavizada
encargada de proveer de recursos a Europa, entre otras características.
Respecto a lo planteado por el autor, es de destacar que el sistema social era
bipolar, no permitiendo mecanismos de movilidad social mediante la consolidación
de un sector medio entre esclavizados y hacendados. Las diferencias tan
marcadas se podrían interpretar como el origen de la naturalización y del
racismo hacia la población descendiente de africanos (as), en donde los rasgos
físicos eran marcas de clase.
Al respecto, Pantojas se plantea un nuevo matiz de lo considerado “común” del
Caribe: “Mientras hasta mediados del siglo veinte los trabajadores caribeños
producían azúcar y frutas para endulzar las comidas y bebidas del mundo
desarrollado, hoy trabajan para endulzarles la vida alimentando fantasías recreativas
en paraísos tropicales que no existieron, ni existen. En tanto que el rol del Caribe
en la economía global ha pasado de la plantación al resort existe una apariencia
de progreso y prosperidad”.8
Sobre identidad
La identidad cultural caribeña se construye a partir de una negociación entre lo
pasado y lo presente, pero pensando el futuro. No es una y puede pasar por
diferentes categorías, entendiendo las identidades como una constante
construcción y deconstrucción. Para Norman Girvan9 existe una ambigüedad
en el concepto de identidad Caribe dado que las identidades nacionales
caribeñas son una construcción intelectual o política, desde este ámbito se
podría realizar el interrogante sobre la participación de los habitantes de las
regiones en dicha construcción. Este interrogante seria resuelto por Stuart Hall
quien asume que la identidad no es una, y dentro de esta polifonía tendrían
cabida diferentes manifestaciones siendo todas válidas.
“Turismo y medio ambiente”.
Fotografías: Katia Padilla, julio de 2011, Santa Marta
7
Pantojas, E. (2006). “De la plantación al resort: El Caribe en la era de la Globalización”. En Revista de
Pantojas, E. (2006). “De la plantación al resort: El Caribe en la era de la Globalización”. En Revista de
9
Pantojas, E. (2006). “De la plantación al resort: El Caribe en la era de la Globalización”. En Revista de
Ciencias Sociales No. 15, 2006.
8
87
Las múltiples identidades de la región Caribe están asociadas a las diásporas
africanas, asiáticas y europeas, tal como ha sido descrito, sumada a la población
nativa americana con el indiscutible elemento de la esclavización para la
población descendiente de África; sobre el asunto, Glissant10 realiza un
importante aporte, al poner en consideración que la diáspora africana, a
diferencia de las otras, tuvo como característica la llegada de migrantes
desnudos producto de la esclavización en la que solo podían preservar rasgos
de su memoria presentes en el cuerpo, tatuajes y peinados, y desprovistos de
objetos materiales después de la travesía trasatlántica. Volviendo a Sidney
Mintz,11 considera que el Caribe entre otras características, pasa por unas
condiciones ambientales y geográficas que permitieron la implementación de
ingenios, con un sistema de plantación a gran escala realizada por mano de
obra esclavizada, encargada de proveer a Europa. Respecto a lo planteado por
el autor, es de destacar que el sistema social era de una forma bipolar entre
esclavizados y hacendados, no permitiendo mecanismos de movilidad social
mediante la consolidación de un sector medio. Las diferencias tan marcadas se
podrían interpretar como el origen del racismo hacia la población
descendiente de africanos, en donde los rasgos físicos eran marcas de clase.
No corrió la misma suerte la situación de los nativos americanos, hoy en día
identificados como grupos indígenas, quienes fueron organizados en
instituciones coloniales como la Encomienda; aún así, fueron víctimas de la
explotación y malos tratos por parte de los colonizadores. Es de aclarar que el
Caribe planteado por Mintz era el insular- antillano, dejando por fuera los
otros Caribes en donde las dinámicas socio-económicas fueron diferentes a las
del sistema de plantación. Por otra parte, el autor no tiene en cuenta procesos
como el de Haití, país que tuvo una revolución de independencia temprana y
que ha sido invisibilizada.
Con relación a los autores clásicos, el investigador caribeño Alberto Abello
tiene una postura más contemporánea desde lo propuesto por Mintz y Wolf;
analiza cómo ha sido la configuración económica e histórica en el Caribe
insular y el Caribe continental colombiano, este último sin sistema de
plantación azucarera pero sí con actividades extractivas como la minería y la
agricultura, siendo determinante para la no existencia de haciendas azucareras
la política imperial española. El autor considera que “la ausencia de plantación
en el Caribe colombiano no debe, sin embargo, invitar a pensar que esta región
no debe ser considerada parte del Caribe.”12
Es un argumento muy importante, que sumado a las definiciones teorizadas
por Gaztambide, invitan a pensar a la región Caribe colombiana como parte
de, incluso, un proyecto regional promovido por intelectuales y nuevos
investigadores que se abren paso desde los estudios sobre problemáticas con
relación al asunto del desarrollo, con una base social importante que ha
construido un proceso de regionalización.
10
Glissant, E. (1996). Introducción a una poética de lo diverso. Barcelona: Editorial del Bronce, 2002.
Ver Mintz, Sidney.(1966). Op.cit.
12
Abello, A., López, C. (2008). El Caribe colombiano: realidad regional al final del siglo XX.
Informe de Investigación Versión PDF. Observatorio del Caribe. [Recuperado en
http://www.ocaribe.org/publicacionesinfo.php?la=es&id_publicacion=41 Marzo 2011]. p 36.
11
88
Por otra parte, Pantojas (2007), considera que la posibilidad de una identidad
Caribe asociada con la parte insular a la inclusión de varios países en la
búsqueda de una integración caribeña desde lo económico, no es real. El autor
desarrolla la idea sobre la cual la única verdadera integración caribeña que
existe es la del turismo de resort con su tráfico sexual, llamado por él “las
industrias del pecado”, cargado de una imagen llena de prejuicios. En dicha
realidad el nativo queda desprovisto de herramientas para defenderse en un
sistema económico depredador de sus recursos naturales (entre otros) tal como
advertía en su discurso en la ceremonia de entrega del premio Nobel el escritor
Derek Walcott en 1992, en donde hace un análisis sobre la representación que
se tiene del Caribe, a partir de su imagen turística y la manera como estos
extranjeros deterioran el medio, proceso en el cual los nativos pierden su
territorio sin una clara postura de los gobernantes para evitarlo.
Este análisis en torno al turismo en la región Caribe es importante en tanto que
es una de las actividades económicas más importantes de la región. Los
turismos ecológico y étnico han sido promovidos por las entidades centrales
del país, pero la realidad y los verdaderos esfuerzos nacionales lo demuestran.
El asunto real es que “el turismo, a pesar de su exuberante belleza natural y de
la riqueza de la cultura de nuestra parte del Caribe y del inmenso potencial
para hacer de él, por su diversidad, una de las zonas más visitadas del mundo,
no ha vuelto a ocupar renglones de importancia desde la década de los años
70s.”13 Cabe anotar que los autores perciben el turismo como un motor de
desarrollo, pero sostenible; por lo cual no tendría distancia de lo propuesto por
Pantojas.
Buscar alternativas de desarrollo, pero que den razón de las particularidades
culturales y un enfoque diferencial es necesario en la región, en vista de que “el
índice de desarrollo humano (IDH), de la región está por debajo del de países
como Túnez y República Dominicana. Cinco millones y medio de costeños no
tienen seguridad social; cinco de cada 10 niños mueren antes de cumplir el
primer año y el 15% de ellos presenta desnutrición crónica”.14
Retomando lo planteado por Gaztambide, en la categoría de Caribe Cultural en
la que tiene cabida el “Caribe sin plantación” colombiano, aparecen los trabajos
realizados por Benítez Rojo y Ángel Quintero, este último a partir del
desarrollo de la salsa analiza las identidades Caribe como diaspóricas.
En el Seminario Internacional de Estudios del Caribe del año 2007, realizó una
ponencia que recoge trabajos anteriores,15 en la cual caracteriza el ritmo que es
popularizado por “el sonero mayor” Ismael Romero, quien luego se convertirá
en el emblema de la música tropical, ‘la salsa’, donde se tiene un swing que
identifica el “sentir Caribe”. El autor a lo largo del texto muestra el origen del
ritmo y desarrolla la importante idea del carácter transatlántico y diaspórico
Caribe. De igual manera, Antonio Benítez Rojo en su libro titulado La isla que
se repite,16 muestra lo que él llama “del ritmo al poliritmo”; el autor comenta que
“el ritmo caribeño no es solo en la percusión, puede usar cualquier sistema de
signos como la música, arte, texto, danza…digamos que uno empieza a
caminar bien, es decir, no solo con los pies.”
13
Ibid, p. 8.
Ibid, p.9.
14
89
Para estos autores el asunto de la identidad cultural caribeña, que daría una
identificación a todos los habitantes de una región de acuerdo a las tendencias
antes expuestas, estaría directamente asociada al ritmo, la corporalidad entre
otros aspectos, que a decir de Benítez Rojo se repiten en diferentes espacios de
la región, al igual que las problemáticas sociales. De ser así, entonces ¿cómo
estaría construido lo que llamaríamos Caribe?; para Gaztambide y Norman
Girvan, es necesaria una definición sobre qué es el Caribe pero estas se
encuentran constantemente en reinterpretación.17
Para Stuart Hall las identidades no son una línea recta y deben ser marcadas en
dos ejes que operan al mismo tiempo: el de similitud y continuidad, y el de
diferencia y ruptura.
La identidad Caribe está dada por similitudes y diferencias, en las cuales las
características se repiten; dichas diferencias llevarían a hablar de múltiples
identidades de lo que es el Caribe que no se excluyen entre sí y que no son
máscaras que se pueden quitar o poner. La construcción del Caribe como
región está dada por la búsqueda, escenificación y construcción de una
identidad propia, que va desde lo ritual, cultural, artístico, histórico,
económico, académico y político, constituyendo una polifonía. Cada uno de
los espacios es apropiado y tiene de manera inherente una historia diaspórica
pero que no puede entenderse como una fotografía del pasado, sino como un
conglomerado de relaciones que se han construido dentro de un espacio
geográfico de experimento de la Conquista y de encuentro de cinco
continentes, en una región de fronteras, tal como lo muestra en sus textos
Gaztambide como parte de la descripción de lo que es Caribe.
Desde estas múltiples identidades asociadas con lo que es el Caribe, la cultura
es uno de los elementos más visibles; por ejemplo, el cine cubano con
representantes como Tomás Gutierrez18 Alea; la literatura, con sus premios
Nobel, Gabriel García Márquez, Naipaul, Derek Walcott. Se podría hablar de
una identidad Caribe desde las artes: en el caso de la literatura predomina una
evocación a la libertad; en el caso del cine cubano y venezolano las
escenificaciones están cargadas de costumbrismos.
El Caribe es un espacio geográfico alrededor del mar Caribe que se ha
configurado de diferentes maneras, desde distintos momentos históricos;
puede tener influencia en otras regiones construyendo una macro región desde
lo cultural; sin embargo, aún está por definir.
Lo cierto es que dentro de lo que ahora es considerado Caribe se ha
conformado una identidad polifónica múltiple, que pasa por diferentes
espacios, variadas regiones y relaciones identitarias, así como una problemática
general asociada al turismo.
15
Quintero, A. (2007). “El Swing del soneo del sonero mayor. La improvisación salsera y la memoria del
ritmo en el Caribe y su diáspora”. En Revista Memorias, noviembre, Vol 4, No 8. Uninorte, Barranquilla. pp 1-35.
16
Benítez Rojo, Antonio. (1998). La isla que se repite. Premio Casa de las Américas. La Habana, Editorial Casiopea.
17
Hall, S. (2003). “Introducción: Quién necesita identidad”. En Hall S., E. Gay (Comps). Cuestiones de
identidad cultural (pp. 13-39). Buenos Aires, Amorrortu.
18
Director de la película Memorias del Subdesarrollo; ganador del premio Goya en 1993 por su película
Fresa y Chocolate.
90
La identidad del Caribe como cualquier otra identidad está en construcción, es
múltiple y en ella aparecen características que se repiten de un lugar a otro y
que llevan a intuir que existe un “algo” que genera unas diferencias de “los
otros”. Ese algo es el que lleva a la autoidentificación como caribeños, o
reconocer en el otro la cercanía; aún siendo habitante de una pequeña isla
francófona o anglófona existe una hermandad y una diferenciación con otras
regiones del mundo, haciendo parte de este “sentir regional” el Caribe
continental e insular colombiano. Ese “algo” es el que lleva a los caribeños
colombianos a asumir una identificación, una hermandad con los habitantes
de otros espacios de la región Caribe.
Bibliografía
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del siglo XX. Informe de Investigación Versión PDF. Observatorio del Caribe.
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91
¿Construyendo, retomando o inventando identidades?
Permanencias y cambios en el surgimiento de los Estados
Iberoamericanos
María Graciela León Matamoros
Estudiante del Doctorado en Historia en El Colegio de México. Maestra en Historia por el Instituto de Ciencias
Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de Puebla. Magister del Mundo Hispánico,
Las independencias iberoamericanas por la Universidad Jaume I, España.
“El país se ha vuelto conservador, los historiadores también se han vuelto
conservadores”, estas fueron las palabras que Alfonso Múnera pronunció
durante su intervención en la conferencia Bicentenario, independencia,
república y sectores populares enmarcada en el Diplomado “Cartagena de
Indias: conocimiento vital del Caribe 2011”. Su crítica hacía alusión al tímido
presente ensayo. El agudo comentario de Múnera no es exclusivo de Colombia;
lamentablemente es una tendencia hispanoamericana que, con algunas
excepciones, ha conservado muchos de los vicios que surgieron desde la
movimientos de emancipación, y por otro se soslaya el hecho de que las
independencias no se tradujeron en grandes cambios para las mayorías
sociales de las distintas regiones iberoamericanas.
independencia en Iberoamérica o sobre la crisis de la monarquía española o
portuguesa, tratando de imaginar lo que hubiera sido el despertar una mañana
de principios del siglo XIX en algún sitio de lo que actualmente llamamos
América Latina, he conjeturado una y otra vez sobre las distintas posiciones
que habría adoptado un párroco en una iglesia de Guadalajara, o una mujer
inca en el virreinato del Perú, un miembro de la milicia civil del Río de la Plata,
un dueño de una imprenta en Pernambuco o un artesano mulato de Cartagena.
Y es pensando justamente en la época -con estas construcciones mentales un
tanto ociosas- cuando los cambios se hacen presentes, porque evidentemente
no es lo mismo tratar de recrear las realidades de estos personajes en 1808 que
en 1812 o 1820. Y, sin embargo, el peso de los cambios estructurales en aquella
época convulsa, no impidió que muchos esquemas permanecieran o se
transformaran de forma lenta y gradual.
Actualmente, al mencionar el año de 1808 y la historia de España e
Hispanoamérica se piensa en la particularidad de la ausencia del rey y el dilema
que eso representó para una sociedad que, pretendidamente, no estaba
preparada para afrontar un suceso de tales dimensiones.
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92
Ante eso, una pléyade de instituciones se aprestó a reclamar para sí la
legitimidad perdida sobre un territorio que entendían merecer por derecho. Lo
mismo Ayuntamientos que alcaldes, Juntas centrales, Regencia y Cortes
asumen como suya la legitimidad que les asiste sobre un territorio al que
consideran propio. Los argumentos esgrimidos por cada cual descansan lo
mismo en la coincidencia que en la discrepancia e incluso en el antagonismo.
El año de 1812 marcó la creación de un reglamento de corte hispano que trajo
a la palestra la “posibilidad de crear un Estado-nación que reuniera a todos los
territorios de la Monarquía Española.” Sin embargo, en los hechos, las cosas
fueron muy distintas, la igualdad que tanto prometía la Constitución fue una
“igualdad sesgada” que ni siquiera alcanzaba a las elites y que,
consecuentemente, relegaba aún más a los sectores medios y bajos de la
población. En 1820 el panorama se advierte distinto otra vez, pues las puertas
a la independencia se han traspasado ya en algunas regiones y en otras están a
punto de romperse. Así, las fechas parecen remitir a grandes cambios.
Pero además de estas coyunturas que se generaron de forma vertiginosa y que
sólo pueden explicarse y analizarse cruzando los oleajes atlánticos una y otra
vez, pienso también en las permanencias, o más bien, en la dificultad de las
transiciones que se manejaron como “radicales” en los discursos post
independentistas, pero que en los hechos desembocan en complejidades
profundas para la cimentación de los nuevos estados. La historiografía en
general ha privilegiado la búsqueda de las grandes transformaciones que
originaron estas revoluciones; desde las miradas “nacionales” se han erigido,
además de héroes, binomios: colonizadores vs conquistados; peninsulares vs
americanos; realistas vs insurgentes; liberales vs conservadores, delimitando el
fenómeno de las independencias, sus protagonistas y la construcción de los
nuevos estados a un espectro acotado y sencillo de leer. No obstante, si
prestamos atención a estas dicotomías lo que menos podemos encontrar es
simplicidad.
José Carlos Chiaramonte lanzó un interrogante más que pertinente en relación
a las naciones latinoamericanas que se fabricarían a lo largo del siglo XIX; este
autor se cuestiona qué de esas naciones ya se hallaba presente hacia finales de
la época colonial, duda que permite deslizarse a otros ámbitos y que complejiza
la forma de ver los procesos revolucionarios en Iberoamérica, puesto que las
continuidades y rupturas se entremezclaron haciéndolas -dependiendo de las
circunstancias y de los intereses de los actores- más o menos evidentes. Es
decir, habría que preguntarse ¿de qué naciones estamos hablando?, ¿cómo
crear un referente mental que identificara y legitimara las nuevas formas de
gobierno que heredaron las independencias iberoamericanas?, ¿se retomaron
desde la época colonial, de la independencia, o fueron novedosas?
Para Mónica Quijada, la configuración de una nación se desarrolla “al ritmo de
dinámicas desiguales, puesto que la idea, o más bien las ideas, sobre la nación
no son unívocas e inmutables”, lo que resume la complejidad del tema. Hablar
de nación durante la primera mitad del siglo XIX constituye un error en tanto
no se reconozca que la construcción de ésta es un proceso largo que involucra
93
diversas vertientes. Es importante destacar que, de acuerdo con Annick
Lempérière, tras la ruptura con el imperio español a raíz de las guerras de
independencia, las “naciones” hispanoamericanas se insertan intempestivamente
en la era liberal sin habérselo propuesto y permanecían en estos países los
rasgos estructurales sociales heredados de la Colonia y sobre todo una cultura
político-religiosa mucho más profunda que la de los países occidentales de
finales del siglo XVIII. Por su parte, Francisco Colom resalta que existían
numerosas afinidades culturales entre la España peninsular y sus ex colonias en
América, además de cierta correspondencia histórica y política.
Así, podemos encontrar formas identitarias que no implican necesariamente la
existencia de una nación en el imaginario colectivo anterior a la
Independencia; empero, se erigieron en significantes de identificación
parcialmente colectiva que de alguna manera repercutieron entre las élites en
los procesos de configuración del imaginarionacional a partir de la
Independencia. Pero, ¿qué tanto estas formas previas de identificación
facilitaron la creación de colectividades particulares si eran comunes a toda la
América hispánica? Francois-Xavier Guerra lo plantea como un “enigma
histórico” debido a que la complejidad radica precisamente en la construcción
de identidades diversas partiendo de una misma raíz ibérica; nuevamente
debemos pensar en el conjunto de la Monarquía y la “homogeneidad” que
había sembrado en distintos ámbitos a lo largo de trescientos años. Ejemplo de
esto fue la reivindicación de los diputados americanos en las cortes de Cádiz
por una nación española: “nacían las cortes…nacía el estado liberal, nacía
monárquico, pero también nacía hispano”, sólo hispano.
·Foto:María Graciela León Matamoros·
El ideal liberal había llegado a la península y cobraría cuerpo con la
Constitución de Cádiz de 1812. Si analizamos los sucesos de entonces,
podríamos inferir que el liberalismo se asentaba sobre una sociedad todavía
monárquica, o más bien, que entre la gente de a pie un cambio tan drástico no
significó una modificación contundente en cuestión de usos y costumbres. Las
celebraciones por las juras y publicaciones de la Constitución no se alejaron
demasiado de aquellas de la Colonia en las que prevalecían los simbolismos
ceremoniales; poco habían variado. El único hecho concreto era que el
liberalismo carecía de la legitimidad que sí poseía la monarquía; por
consiguiente, la simbología del absolutismo, lealtad al Rey y religión, tratarían
de ser adaptados y reinterpretados por el liberalismo para consolidarse.
Empero, eso no quiere decir que todo transcurre inmutable. Si bien el grupo
liberal en las cortes fue moderado al momento de manifestar que su intención
era reformar y no cambiar totalmente las antiguas leyes, la Constitución de
1812 derribó algunos postulados del orden jurídico anterior. No obstante, los
fundamentos de identidad del antiguo régimen permanecían intactos: lealtad
al Rey, religión católica y sociedad de castas. Rasgos fundacionales de un
nacionalismo revolucionario frustrado, en la España, y en sus colonias
americanas, de principios del XIX, de ahí que intentar la revolución sobre bases
republicanas y laicas parecía un terreno vedado. El problema que enfrenta el
liberalismo es el de legitimar un estado laico ¿Es eso posible? ¿Es deseable
tomando en consideración que los reformistas eran eclesiásticos en buen
número? ¿Es asequible cuando la sede de las cortes es una iglesia? Pero
94
más importante aún ¿eran incompatibles? Para los liberales era preciso
consumar la revolución, y podía sentarse sobre las bases del catolicismo porque
era una realidad de la época, no tenían por qué ser incompatibles.
La invasión napoleónica a España en 1808 condensa la paradoja: el pueblo se
levanta exigiendo la vuelta del Rey y el restablecimiento de la religión católica,
la lucha deviene en guerra santa contra los infieles. Los pueblos amotinados y
la guerra de guerrillas en nombre de la patria, del Rey y la religión. La fusión
entre religión y monarquía adquiere sentido en las Juntas, la “expresión de las
<<Españas>> unidas por un vínculo que trasgredía lo meramente político y
transitaba a una amalgama difícilmente superable como era la legitimidad
divina.”
La invasión francesa a la metrópoli y la consecuente abdicación del Rey
trajeron consigo el establecimiento de Juntas de gobierno en todo el territorio
español. Más temprano que tarde el ejemplo cundió por la América española
en donde, con la finalidad de enfrentar la crisis política y preservar las
posesiones del Rey, se propuso integrar Juntas en su nombre. De acuerdo con
Virginia Guedea, la particularidad de las juntas americanas es que éstas fueron
postuladas mayoritariamente por aquellos sectores que desde años atrás
albergaban sentimientos autonomistas.
Con base en lo anterior podemos señalar que no había elementos que nos
indiquen la existencia de un “nacionalismo” o un “patriotismo criollo” propio
causante de las independencias. Sin embargo podemos decir que a principios
del siglo XIX hay sustratos identitarios importantes en esos procesos, pero que
no son nacionales. Un ejemplo claro de ello es la Nueva Granada que no existió
nunca como un conjunto político unificado, sino más bien como la suma de
regiones autónomas en permanente conflicto. Además de la religión, está la
separación de los peninsulares de ambos hemisferios que comienzan a
diversificar las identidades y aun la división entre criollos como en Nueva
Granada, en donde no existía una sino varias élites criollas con proyectos e
identidades regionales. Francois-Xavier Guerra sostiene que la distinción entre
españoles americanos y españoles europeos se gesta a partir de 1810 e implica
la sustitución de aquéllos -que de alguna manera estaban identificados con la
Monarquía- por quienes se asumían a sí mismos como representantes de un
modelo alterno, y que esgrimían como único estandarte el hecho de haber
nacido en América. Esta disputa fue hábilmente presentada como una
confrontación entre dos naciones distintas.
En las Cortes de Cádiz podemos advertir cómo algunos diputados americanos
elaboran un discurso diferenciador; para esto podemos recordar el caso de José
Miguel Guridi y Alcocer -cuando se discutían los primeros artículos en 1811quien dijo que le incomodaba la palabra española para definir la nación y que
estaba presente en el artículo primero: “la nación española es la reunión de
todos los españoles de ambos hemisferios”, manifestando críticas a un
“nacionalismo excluyente español”. Empero, lo verdaderamente excluyente no
se limitaba al hecho de nacer en un continente o en otro, sino que el concepto
de nación dejaba fuera a amplios sectores sociales. Según Justo Cuño “si la
soberanía residía en la nación, no podía residir en el pueblo” debido a que éste
95
carecía de visibilidad en el espacio político de decisión. Tomando como
referencia el caso de Cartagena, resultaba que ni los esclavos, ni analfabetos, ni
los sirvientes o las mujeres, es decir los pobres en general, podían participar en
las decisiones políticas; la “nación” representaba a sólo el 5% de la población.
Para Alfonso Múnera el punto de la negación de la ciudadanía a negros,
zambos y mulatos de América por las Cortes de Cádiz es fundamental, porque
de alguna manera resultó un impulso a las ideas de independencia. Para los
mulatos letrados quedaba claro que incluso el liberalismo español les regateaba
el derecho de ciudadanía al ser aprobado el artículo 22 de la Constitución
española el 10 de septiembre de 1811; irónicamente el mencionado artículo fue
promovido por los delegados americanos a las Cortes, la justificación a esto
recaía en el hecho de que en las sociedades esclavistas y las abundantemente
pobladas por negros y mulatos libres se temía a las consecuencias sociales y
políticas que traería consigo el reconocerles la ciudadanía. Una de las regiones
más afectadas por esta disposición fue Cartagena de Indias, sociedad ante todo,
esclavista.
Una vez alcanzada la independencia, la relación de oposición entre americanos
y europeos cobrará importancia en el proceso de construcción de la nación.
Según Tomás Pérez Vejo “todo proceso de construcción de identidad colectiva
lleva implícito un proceso de invención del otro”. Esta invención puede emanar
de distintas vertientes: étnicas, de clase e ideológicas, entre las más evidentes;
en los países colonizados el conquistador reúne los elementos idóneos para
erigirse en el otro por antonomasia, elemento que será sustancial para forjar un
sentimiento nacionalista. En el intento de codificar una identidad común es
imprescindible elaborar un relato basado en imágenes adecuadas que permitan
definirse siempre de manera ventajosa con relación al otro. Sin embargo, y hay
que insistir en que no puede decirse que los grupos en cuestión estuvieran
abiertamente delimitados, puesto que entre los españoles americanos había
una fuerte presencia de sectores afines a los españoles europeos.
Sin embargo estas formas identitarias siguen siendo dicotomías que poco
expresan las complejidades del proceso. Sin la figura unificadora del monarca,
la tarea de imaginar un nuevo sistema político y nacional estaba en una
encrucijada que tuvo que ir generando a la vez una fragmentación de
identidades colectivas.
El influjo de los referentes mentales previos y las distintas proyecciones de la
idea de patria no bastaban para la consolidación de un imaginario nacional
desvinculado de un proceso de “invención de la nación”, construido a partir de
la Independencia. La patria empezaba a configurarse en el imaginario de las
élites, quienes proyectaban su idea de nación más allá de los límites
territoriales. El principal problema era insertar en ese imaginario a una
población por demás heterogénea, ya fuera por su raza, o por la posición
ocupada en el entramado social, en la que persistían mutuas desconfianzas que
parecían obstáculos infranqueables para la construcción nacional. La principal
era el dominio de una etnia (tal vez podría decirse clase), sobre las otras.
96
Es importante entonces tener en cuenta que el asentamiento de identidades, la
conformación del Estado y la edificación de las naciones se traslapan y se
mueven al mismo tiempo en Iberoamérica. Es eso lo que hace que se
desdibujen aparentes binomios, que las tradiciones que se tienen que
“inventar” retomen viejos postulados y se resignifiquen. La construcción de los
nuevos estados necesitaba romper con aquello que identificaba con las viejas
monarquías, tanto española como portuguesa; sin embargo, ni el discurso
anticolonial, ni la destrucción de símbolos imperiales sobreponiendo los
republicanos (representados en monedas, escudos, banderas, etc.), pudieron
romper de tajo con una estructura tan fuerte. No obstante, eso no significa que
no hubiera cambios, puesto que hubo muchos y se sucedieron de forma
acelerada, y que los personajes a los que suelo imaginar tuvieran que vivir un
gran desconcierto, y precisamente por eso sus tomas de postura también se
traslapan y se mueven de forma velada. Habrá entonces que tratar de
dimensionar con todas sus complejidades las oscilaciones de los procesos que
heredaron las crisis monárquicas y las posteriores revoluciones de
independencia en la difícil construcción de los nuevos estados.
·Foto:María Graciela León Matamoros·
Los trastornos sociales y políticos acaecidos en España a finales del siglo XVIII
tuvieron grandes repercusiones en América. De alguna manera, fue durante
esa coyuntura cuando se gestaron los movimientos emancipatorios que
cundirían en el subcontinente una vez traspasada la primera década del XIX.
Lo cierto es que una vez independizados, los nuevos países enfrentaron un
nuevo dilema, el de la construcción de un estado-nación, mismo que se erigiría
sobre las bases culturales del antiguo régimen, aunque tendría que presentarse
como lo suficientemente distante para legitimarse. En este ensayo la intención
ha sido dar cuenta de los cambios que se sucedieron en una etapa
profundamente compleja, pero en el afán de búsqueda de los cambios, suelen
aparecer una y otra vez las permanencias. Fijando la atención en la nada
sencilla materia de las identidades encontramos un instrumento eficaz para
intentar alcanzar la legitimación de nuevas formas de gobiernos -proyectadas o
establecidas- y cómo estas son reutilizadas a conveniencia de acuerdo a los
intereses y momentos históricos. Buscar elementos identitarios comunes y
también contrastantes en otras regiones de Iberoamérica, analizando sus
transformaciones y sus permanencias antes y después de la revoluciones de
independencia, podrían ayudarnos a comprender mejor las reacciones de sus
protagonistas, así como los mismos procesos emancipatorios y el camino que
tomaron para construir los nuevos estados.
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p. 218.
99
Notas para el estudio de los Bicentenarios
en América Latina
María Inés Valdivia Acuña
Peruana. Historiadora con Máster en Historia.
Ex becaria de la Funcación Carolina Colombia.
Docente en el área de investigación de la Universidad de San Martín de Porres, y en el área de Administración
Pública de la Escuela Nacional de Archiveros. Se desempeña como Directora académica de la Asociación
El primer centenario de las independencias
El nacimiento de los Estados-nación latinoamericanos ha sido desde sus
inicios una de las grandes preocupaciones de los historiadores del siglo XIX y
de los contemporáneos. Por ello, en este artículo deseo señalar las distintas
posiciones que se han ido articulando en torno a la temática del bicentenario y
cómo este momento es una oportunidad para evaluar los esfuerzos
república. En esta ocasión debo agradecer a la Fundación Carolina y la
Universidad Simón Bolívar de Cartagena, Colombia, quienes organizaron el
Diplomado “Cartagena de Indias: Conocimiento vital del Caribe – 2011”, el
cual tuvo como eje temático el estudio de Cartagena de Indias y sus relaciones
con la región Caribe colombiana y con el Gran Caribe. A lo largo del desarrollo
colombiano, y especialmente cartagenero, ofreciéndonos la oportunidad de
obtener una mirada diferente –menos andina y más atlántica- de este proceso
histórico, permitiéndonos orientar nuestros conocimientos hacia espacios
independencia desde “arriba” y desde las capitales.
Hace un siglo la totalidad de naciones hispanoamericanas celebraban con
júbilo el centenario de sus independencias,1 como ocurrió en los casos de Perú,
México, Colombia y Argentina. En aquellos momentos el proceso histórico fue
visto y sentido como una oportunidad de ruptura con todo lo que implicara el
sistema colonial, asumiendo que las naciones que llegaron al siglo XX, habían
emprendido exitosamente la senda del progreso y la vida republicana. Sin
embargo, estaban ausentes de la participación política activa los jóvenes
menores de 21 años, las mujeres, los analfabetos (sensiblemente indígenas y
descendientes de africanos) quienes seguían sin poder elegir y ser elegidos,
imperando así las repúblicas excluyentes con base en el patrimonio, el acceso a
la cultura letrada y el género.
El primer centenario continuó la tradición decimonónica positivista
criollos, los cuales al tomar revancha de la explotación colonial deciden
· Volver al Indice ·
100
El discurso legitimador de las naciones en el siglo XX tuvo claras
connotaciones políticas, especialmente porque la mayoría de los países
hispanoamericanos se hallaba bajo regímenes dictatoriales, crisis económicas y
enormes disensos sociales que por esos años dieron lugar a la Revolución
Mexicana (1910) y al movimiento estudiantil de Córdoba (1918), que tuvieron
un impacto continental, advirtiendo que las naciones “civilizadas y modernas”
tenían serias fracturas en su interior.
Casi medio siglo después, en 1989, la Revolución Francesa se constituyó en una
extraordinaria oportunidad para la revisión teórica e historiográfica;2 este
importante acontecimiento nos permitió comprender que aún los momentos más
sacros en nuestras historias nacionales deben ser revisados, cuestionados y
replanteados con preguntas e hipótesis que nos permitan dar cuenta del pasado
y de los discursos narrativos utilizados y explicar las razones por las cuales sólo
aparecen algunos actores y se soslayan otros. Otro aspecto relevante -asociado
a la corriente revisionista de la Revolución Francesa-, fue el que se dio en torno
a dos categorías que planteaban en conjunto las rupturas y continuidades
políticas y culturales
del Antiguo Régimen y la Modernidad, especialmente
2
porque se llegó a demostrar que la sociedad estamental, la organización de
cuerpos y gremios, y especialmente la relación entre el monarca y los súbditos,
estaba afianzada en la cultura popular europea. De igual manera, las reformas
borbónicas que plantearon todo el proceso de modernización administrativa y
cultural en la metrópoli y las colonias, tuvieron efectos que no fueron los
esperados por sus propios creadores y difusores. Asimismo las formas de
sociabilidad que el Antiguo Régimen propició de manera aún poco conocida,
permitieron la construcción y/o uso de antiguos espacios de diálogo y
discusión, como se infiere del uso de un vocabulario político en constante
cambio de significados expresado en las sociedades de conocimiento, como la
de los Amantes del País, las tertulias y las sociedades de tipo masónico o logias
masónicas, convertidas desde ese momento en espacios de sociabilidad
privilegiados para la argumentación, el debate, la crítica y la publicación de
ideas.
Esta es una invitación a revisar lo que antes situábamos como procesos
revolucionarios concluyentes que servían para explicar el surgimiento de las
naciones modernas, con identidades únicas, rupturistas, cuyo uso historicista
dio sustento al argumento político marxista referente al comportamiento de la
burguesía y su respectiva traición a los ideales revolucionarios de 1789, o la
afirmación conservadora que sustentó el punto de vista según el cual las
revoluciones no tuvieron más consecuencias que la exaltación del populacho,
nefasta para el Estado, y que incluso para el caso latinoamericano, pone de
ícono como revolución blanca al tránsito político del Brasil colonial al Brasil
imperial.
1
En el Perú, el Centenario coincidió con el Oncenio de Augusto B. Leguía, en el momento en que este
ya había establecido la naturaleza de un gobierno dictatorial, al cual denominó la Patria Nueva. De
este modo, la Independencia tuvo un marcado sesgo de manipulación política, siendo el objeto de la
celebración asociar la república de 1821 con su gobierno, estableciéndose que la Patria Nueva
propuesta por Leguía era la continuidad de la Patria Republicana de los primeros caudillos; en el caso
mexicano, el Centenario tuvo características de paradoja como bien señala Lempérière, coincidiendo
con el régimendictatorial de Porfirio Díaz; en el caso argentino, la fecha tuvo un marcado carácter de
fiesta, en donde la ciudad y puerto de Buenos Aires tuvo un rol protagónico.
2
Plan de Desarrollo 2008-2011 Por una sola Cartagena. [Documento en línea]. Disponible desde
Tarecena, Arturo. El debate historiográfico en torno a la Revolución Francesa.
http://reflexiones.fcs.ucr.ac.cr/documentos/24/el_debate.pdf
101
Todo lo anterior ha dado paso a una necesaria revisión bibliográfica de las
viejas hipótesis, las cuales deben buscar nuevos elementos teóricos que nos
otorguen una mayor y profunda explicación sobre el proceso americano, en el
marco de procesos más amplios.
Breve análisis de la historiografía en torno a las independencias cuando
revisamos las historiografías sobre las independencias americanas, resultan
indispensables los trabajos de John Lynch, Jaime Rodríguez y François-Xavier
Guerra; estas investigaciones constituyeron un esfuerzo extraordinario por
plantear las independencias desde una perspectiva más amplia que los
procesos nacionales aislados. En el caso de Lynch sus investigaciones en torno
a las figuras íconos de la Independencia, como fueron José de San Martín y
Simón Bolívar, han hecho uso del género biográfico de manera convincente y
acertada, en la medida que permite narrar los procesos que explican el
comportamiento de sujeto, el caso de Bolívar por ejemplo. De este modo
desmitifica al personaje, y le da el peso que le corresponde, explica las
circunstancias que le tocó vivir al prócer; muy ajeno al proyecto bolivariano
contemporáneo que resalta la figura de un Bolívar cuasi demagogo, Lynch
propone comprender las influencias, las dudas que enfrentó Bolívar sobre su
propio rol como el líder de la revolución, y los cambios que fue dando su
pensamiento y el de otros líderes independentistas como San Martín y
O’Higgins, que de republicanos, pasaron a posturas más conservadoras,
especialmente por el temor al desorden social de las castas, al conocimiento
que tuvieron del fraccionamiento de las elites locales y la comprensión política
de las relaciones internacionales que amenazaron continuamente la
independencia del continente, en el marco de un proceso neo colonial o
imperialista.
En el caso de François-Xavier Guerra, historiador que venía de interesarse por
las revoluciones del siglo XX, especialmente la Revolución Rusa, sobre la cual
manifestó no poder hacer mayores investigaciones por no tener disponible la
documentación, y la Revolución Mexicana, tema que le permitió plantear la
categoría revolución desde un marco de mayor amplitud teórica.3
·Foto:María Graciela León Matamoros·
En Guerra se infieren las influencias recibidas de Benedict Anderson y Jürgen
Habermas. En el primer caso, se destaca el peso de las élites en la conformación
de los estados nación; sus primeras experiencias militares, políticas y
administrativas fueron dando lugar a la identificación de las limitaciones del
espacio político colonial.
Por otro lado la conformación de un espacio público permitió la difusión de
nuevas ideas, la pertenencia a una misma comunidad cultural ilustrada y
letrada, y la difusión de nuevos espacios de sociabilidad, los mismos que fueron
enunciados por Guerra, que difundieron la modernidad y la posibilidad de la
conformación de nuevas comunidades políticas. Guerra fue de los primeros
que apreció la estrecha relación entre la metrópoli e Hispanoamérica,
otorgando una visión de conjunto a los hechos políticos, desplazando la visión
tradicional del acontecimiento separado por naciones.
3
Esfuerzos semejantes se han realizado desde la Sociología; cabe mencionar el debate planteado por
Theda Skocpol en torno a la necesidad de realizar estudios sobre las revoluciones comparativamente,
y su análisis sobre las razones que explicarían las revoluciones, en tanto una clase monopolice el poder
y margine a otra al punto de afectarla bajo formas coercitivas y violentas.
102
Los trabajos de Guerra han tenido notable influencia en los historiadores, en la
medida que han dado pié a investigaciones que nos remiten a los estudios de la
tradición liberal y especialmente de las Cortes de Cádiz, aunque la influencia
de otro historiador de carácter más conservador como Jaime Rodríguez se
encuentre estrechamente relacionada con el desarrollo del proceso gaditano,
especialmente por el ascendiente que tuvo en el estudio de una versión más
reforzada conceptualmente en torno al tema, aspecto que se puede apreciar en
las investigaciones sobre las Cortes y sus ecos en Hispanoamérica, en los
procesos electorales y la participación de comunidades políticas y sociales
reales, y no como antaño en donde la doctrina política liberal o conservadora
negó cualquier influencia española. Así, el corte historiográfico tradicional
obvió el proceso gaditano, colaborando con estas apreciaciones el tipo de
historiografía económica y social que incidía en los procesos colectivos, de
ruptura, y con un marcado tinte ideológico-partidario de izquierda.
Como se afirma en el párrafo anterior, Jaime Rodríguez ha tenido una notable
influencia, especialmente en los trabajos de Manuel Chust Calero, Ivana
Frasquet, Martha Irurozqui y Víctor Peralta, quienes representan los más
notables esfuerzos historiográficos para comprender mejor las reformas
gaditanas y sus efectos específicos en el espacio español y americano.
Desde otra perspectiva, es preciso señalar la influencia de Ranajit Guha y
Partha Chaterjee, quienes han dado en llamar a su propuesta de corte
gramsciano como Estudios Subalternos. Dicha corriente se halla (re)
elaborando continuamente sus argumentos con base en la discusión teórica
seguida por dos tendencias muy marcadas en su interior: de un lado la
influencia de Gramsci en el terreno del análisis y la propuesta política y la
discusión en torno a las categorías de cultura hegemónica, y el aporte de los
subalternos (campesinos, obreros, mujeres, esclavos) en la transformación del
poder.
A partir de la década siguiente la población africana empieza a superar Guha
trató de explicar por qué no se desarrolló en la India una revolución burguesa;
entonces resulta difícil deslindar la propuesta política de la investigación
realizada por los autores. En los estudios sobre los subalternos se ha destacado
el análisis sobre la construcción y el ejercicio del poder, desarrollado por
Michel Foucault.
Otra tendencia estará referida a la utilización para el análisis discursivo de los
argumentos de Jacques Derrida, que ha permitido dar un vuelco al análisis
textual de las fuentes y su (de) construcción. En ese sentido Florencia Mallon
considera que ante la ausencia de nuevas utopías o metadiscursos políticos que
expliquen en su totalidad los cambios políticos y sociales y las posibilidades
que brinda la historia política para sustentar discursos de cambio político en el
futuro, no es negativo que existan inquietudes de este tipo que discutan en
torno a la naturaleza del discurso subalterno, la forma en que se construyen las
hegemonías y las críticas, enfoque al cual se le han señalado serias limitaciones
conceptuales, por ejemplo desde la historia de género, fundamentándose la
crítica en la forma en que se ha planteado el patriarcado en la historia de la
India, pues este estuvo implícito tanto en el sistema colonial como en la
sociedad de castas hindú, limitando el accionar de las mujeres (subalternas) en
ambos casos.
103
Reflexiones finales
A lo largo de mi exposición he citado algunas de las principales influencias que
nos dan cuenta del amplio desarrollo historiográfico que ha tomado el tema de
los bicentenarios. En ellas es conveniente resaltar lo siguiente:
•
La discusión en torno a qué tanto fueron revolucionarias las
independencias no ha perdido vigencia, pero exige una mayor amplitud teórica
en las apreciaciones de los investigadores, dejando de lado el hecho aislado,
planteando la necesidad de estudios comparativos con cortes temporales más
amplios y en varios niveles. Estos estudios reclaman que el sujeto no debe
desaparecer y debe retornar con un rostro menos marcado por el culto al ídolo
político. También existen reclamos por ver a los sujetos de a pie en su exacta
dimensión y marcados por el vaivén del proceso.
•
La crisis de las ideologías, especialmente del marxismo, ha dado
lugar a posturas menos encorsetadas en la necesidad de encajar la teoría con la
realidad. Si bien los estudios subalternos tienen una influencia marcadamente
marxista, el giro gramsciano y el énfasis en la cultura dan interés al debate
político e intelectual.
•
Las políticas estatales no han estado ausentes del tema; como en todo
acto que se precie de tal, el Estado ofreció visiones generales en donde la
mayoría de los ciudadanos deberían haberse sentido incluidos. Sin embargo, el
marco en el que se dieron estas celebraciones durante el primer centenario fue
de naturaleza excluyente.
No obstante, a diferencia de las celebraciones del primer centenario, el
Bicentenario constituye una extraordinaria oportunidad para evaluar de
manera cuantitativa y cualitativa qué tan cerca estamos de los ideales
republicanos, como ha sucedido en el Perú con el CEPLAN, el Plan Nacional
de Desarrollo para el Buen Vivir en Ecuador, la creación de la Alta Consejería
Presidencial para el Bicentenario de Colombia, entre otros.
Ello es posible porque el Estado del siglo XXI se encuentra más desarrollado e
institucionalizado; por primera vez en nuestras historias existe la necesidad de
alinear los objetivos nacionales con los indicadores de gestión en el marco de
las políticas públicas de cada sector. Varios factores han incidido en esta
situación: Latinoamérica ha pasado a tener en su mayoría naciones de renta
media, cuyos ingresos per cápita se han incrementado, aunque manteniendo
serias desigualdades en su distribución; un segundo elemento es que pese a las
vertientes autoritarias de Ecuador y Bolivia, ninguno de los países del
hemisferio Sur, salvo Venezuela y Cuba, han planteado romper con la
economía de libre mercado y volver a los modelos estatistas de la década de los
ochenta. En conjunto América Latina ha logrado la tan ansiada estabilidad
política y en menor grado económica, pese a problemas globales como la
migración transnacional y el narcotráfico.
·Foto:María Graciela León Matamoros·
104
•
Los problemas sociales que afronta Latinoamérica son cada vez más
complejos. El Bicentenario puede propiciar reflexiones en torno a los
elementos que darían sustento a una identidad latinoamericana, basada en
principios reales de inclusión, poniendo un mayor énfasis en el desarrollo de
políticas culturales que expliquen la participación de los sectores populares en
la independencia, las transformaciones políticas dadas a lo largo del desarrollo
de la república, los vínculos históricos que nos unen con España y que explican
nuestras transformaciones en un marco más global, y la necesidad de seguir
hurgando en nuestra historia nuevas respuestas a lo ocurrido desde el último
tercio del siglo XVIII hasta el presente. Latinoamérica se ha convertido en un
laboratorio político sumamente complejo, cuyas independencias se vienen
labrando aún en el presente, como bien se señaló en una de las disertaciones,
para el caso de las islas de Martinica y Guadalupe -consideradas como
departamentos de ultramar por parte de Francia-, dando un vivo ejemplo de
que el debate no ha perdido vigencia.
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(1810-1814). Valencia: Centro Francisco Tomás y Valiente: Fundación Instituto Historia
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· Guerra, François-Xavier (2000), Modernidad e independencias: ensayos sobre las
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· Rodríguez, Jaime E. (1996), La Independencia de la América Española. México, D.F. El
Colegio de México, FCE.
· Skocpol, Theda (1984), Los estados y las revoluciones sociales: un análisis comparativo
de Francia, Rusia y China. México, FCE.
105
En poder del miedo.
El temor como elemento de análisis en el contexto
de los procesos de independencia
Maribel Avellaneda Nieves
Historiadora y Magister en Historia de la Universidad Industrial de Santander.
Máster en Historia del Mundo Hispánico por la Universidad Jaume I de Castellón de la Plana, España.
“No hace falta conocer el peligro para tener miedo;
de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.
Alejandro Dumas
Normalmente a los historiadores nos gusta tratar con respuestas lógicas los
asuntos económicos, políticos y aún sociales, sintiéndonos menos cómodos
con lo que podríamos llamar irracionalidad, una característica a menudo
atribuida a las emociones. Pasamos horas en un archivo manoseando toda
clase de documentos entre periódicos, instrumentos públicos, testamentos,
cartas y diarios escritos por hombres y mujeres, y aún así nos abstenemos
muchas veces de irrumpir en el tema de las emociones, tan propias del ser
humano.
arquitectura de la mente –toma de decisiones, memoria, atención, percepción,
cambios, y que sirven para establecer nuestra posición con respecto al entorno,
impulsándonos hacia ciertas personas, objetos, acciones, ideas, y alejándonos
de otras. Pero siempre de manera distinta, y muchas veces, impredecible,
porque cada individuo experimenta una emoción de forma particular
dependiendo entre otras cosas de experiencias anteriores, aprendizaje, carácter
y de la situación en concreto a la que se enfrenta. Enfado, alegría, sorpresa,
odio, tristeza, miedo. Miedo, esa sensación que la psicología moderna se
empeña en enseñarnos a vencer, pero sin la cual la supervivencia como especie
no hubiera sido posible, generando entre otras cosas muertes innecesarias bajo
las patas de un mamut hace miles de años. El miedo, uno de los elementos que
acompaña al ser humano en su recorrido histórico, y con el cual entabla un
diálogo permanente. El miedo, esa emoción siempre presente que podría, es lo
que intentaré mostrar en el desarrollo de este ensayo, enriquecer el análisis de
los diferentes procesos humanos que historiamos.
Sin llegar a considerarlo como el motor o único gobernante de la historia, me
parece importante darle al miedo un lugar en el análisis histórico; como
emoción humana movilizadora de acciones, creo que vale la pena considerarse
desde sus múltiples causas, y con la amplia gama de grados de intensidad que
puede llegar a tener en la conducta tanto individual como grupal o de los
grandes complejos societales en el devenir de los acontecimientos del pasado.
· Volver al Indice ·
106
Ahora bien, cabe preguntarse qué tan confiables pueden ser las
interpretaciones cuando se está tratando con una emoción tan compleja, más
aún una emoción que culturalmente tanta gente niega tener. Por otro lado, es
difícil estar seguros de que la denominación de “miedo” de una persona en un
período histórico es la misma que la de su predecesor. Y por supuesto es
necesario considerar variables como la extensión del miedo (el contexto
espacial en que se desarrolla, sea la ciudad o el campo, una región, el país, etc.),
la duración (miedos heredados o expresiones momentáneas que desaparecen
rápidamente y se ligan a la coyuntura), la penetración (hasta dónde
compromete el miedo sectores de la sociedad, o la sociedad en su conjunto), y
la confrontación (asimilación, rechazo, resistencia, enfrentamiento,
indiferencia frente a los elementos generadores del miedo).
Pero aún así, reconociendo estas, y seguramente otras muchas salvedades en las
que habrá que pensar con atención, me parece que antes que descartarlas, sería
interesante darle espacio a este tipo de explicaciones, más aún cuando es
inevitable encontrar en diferentes momentos y lugares en la historia, los que
podrían ser seductores ejemplos de procesos históricos que involucran al
miedo como elemento vertebrador; o que, siendo un factor aparentemente
periférico, puede adquirir su real dimensión tras una revisión profunda y
renovada.
En el análisis de los acontecimientos históricos que enmarcan el proceso que
culminó con la independencia de los pueblos americanos, resulta interesante
preguntarse hasta dónde las reacciones y decisiones tomadas por autoridades
coloniales tanto peninsulares como americanas estuvieron más motivadas por
una serie de temores producidos por las novedades que se estaban presentando
en la Península (invasiones, cambios de dinastías) y/o por los acontecimientos
que se generaban en distintos espacios americanos con dinámicas propias
(revueltas sociales, reclamaciones autonomistas, pérdida de privilegios y
beneficios); que por claras pretensiones independentistas. Y por otro lado,
entender los diferentes juegos de intereses que se fueron dando en función de
una serie de acontecimientos de naturaleza siempre cambiante, en donde cada
grupo, inclusive cada élite, se comportará de manera distinta. Para abordar el
problema y orientar el diálogo con las fuentes, pueden resultar útiles entre
otros cuestionamientos: ¿qué pensaban los habitantes de la Nueva Granada, o
de Cartagena de Indias, o de Mompox, o de la provincia de Pasto frente a los
sucesos que se estaban presentando?, ¿cómo reaccionaban a las noticias
recibidas?, ¿se pronunciaron al respecto?, ¿cómo lo hicieron?, ¿actuaron como
un grupo homogéneo?, ¿tomaron partido?, ¿pudo el miedo motivar acaso
algún tipo de posición o decisión?, ¿permanecieron en ellas, o las fueron
reestructurando en la medida en que los acontecimientos o la lectura que de
ellos hacían, avanzaba?
Temas como la sugestión, la persuasión, el rumor, pueden ser entresacados de
proclamas y correspondencia tanto de declarados patriotas y/o realistas para
ofrecer explicaciones al ámbito de tensión que se vivió durante la coyuntura.
Más aún, valdría la pena mantener los cuestionamientos incluso hasta el
momento de toma del poder político por parte de las elites que se dispusieron
107
a fundar un Estado nacional en el que residiera la soberanía, pero que una vez
conquistado el poder, serían objeto de importantes tensiones y amenazas
provenientes de sus propios miembros, evidenciando la inexistencia de algún
tipo de solidaridad, por no decir proyecto común, entre los diversos grupos de
poder a nivel regional. Y otra vez convendría preguntarse hasta dónde estas
reacciones tuvieron su origen en miedos, odios, desconfianzas y rencores, más
que en la necesidad o el deseo de construcción de proyectos políticos distintos.
Y entonces emerge allí, otra vez, un temor reiterativo: si el nuevo gobierno tenía
claro que la soberanía residía en la nación, pero resultaba que ni los
analfabetos, ni los sirvientes, ni las mujeres, ni los pobres en general podían
participar en las decisiones políticas, la nación quedaba constreñida a un 5% de
la población. ¿Miedo al pueblo acaso?
·Foto: Nathália Henrich·
Este tipo de propuesta analítica, intenta contribuir a la nueva interpretación
histórica de la independencia americana que se enfrenta a la historiografía
tradicional que la consideró por mucho tiempo, como resultado de la lucha
entre criollos y españoles, ideada y agenciada heroicamente por dirigentes
políticos y militares, únicos responsables de los logros y desaciertos del
proceso. Desde este punto de vista las tradicionales causas y protagonistas del
proceso de independencia no emergen tan claramente, lo que nos obliga a
construir, si no nuevas, por lo menos no tan planas, interpretaciones.
Interpretaciones que den lugar a multiplicidad de actores, acciones y
reacciones relacionados en espacios si bien políticos y sociales, también y sobre
todo, económicos. Así las cosas, ni los individuos ni los grupos aparecen tan
perfecta ni permanentemente alineados por su filiación racial, familiar,
nacional, política, o de cualquier otro orden que permita por ejemplo llegar a
prever de manera alguna una posición. Tal vez sean motores más de tipo
emocional los que expliquen los movimientos acaecidos. Quizás el deseo de las
élites locales de apropiarse de aquellos medios de producción que controlaban
de modo directo y que les daban el prestigio que ostentaban en su entorno
social más inmediato, o el miedo a perderlos, puedan explicar las tonalidades
que en diferentes escenarios toma el fenómeno. Y en este orden de ideas, las
interpretaciones en “blanco y negro” de la independencia, con buenos y malos,
es decir, patriotas y realistas, vencedores y vencidos terminan cediendo espacio
a una amplísima escala de grises que rescata a unos y otros como objetos
válidos de estudio, sin subvaloraciones preconcebidas de posturas y
motivaciones descalificantes, con actuaciones no solamente conscientes, sino
también “justificables” a la luz de los acontecimientos.
En alguna medida esta es también una invitación a alimentar la historia
regional evidentemente descuidada, minimizada, y aún satanizada (¿hasta
cuándo llevará Pasto el lastre de provincia traidora, pérfida, infiel e insensata?),
en una práctica historiográfica de larga data que ha privilegiado la historia
capitalina
divinizándola,
homogeneizándola,
centralizándola
y
nacionalizándola.
Estoy convencida de que para entender el proceso de independencia que se
desarrolló en América es necesario considerar asimismo los procesos que se
gestaron a la otra orilla del Atlántico, que van hasta 1776 inclusive, y que
contienen sucesos de gran relevancia como las revoluciones liberales y burguesas
108
tanto europeas como americanas. Cómo desconocer por ejemplo los ecos de la
Revolución Francesa en el mundo hispánico; el impacto que generó en el
sistema de alianzas, alterado profundamente a raíz de los sucesos de 1789, el
repudio que generaron sus efectos nocivos y radicales haciendo descalificar a
cualquiera que resultara tildado de afrancesado. Porque si bien los reformistas
ilustrados estaban al tanto del enciclopedismo francés, la radicalización de la
Revolución Francesa no era compatible con el mantenimiento del Despotismo
Ilustrado, en definitiva de la monarquía absoluta. Y entonces, el temor a que la
llama revolucionaria prendiera en un país cargado de problemas e hiciera mella
en la sociedad estamental a la que la monarquía absoluta servía de eje, movió a
establecer medidas de contención a fin de aislar a España de la influencia
revolucionaria. Acción nada fácil, si tenemos en cuenta la proximidad
geográfica, los vínculos comerciales muy intensos que unían a los dos países, la
existencia de una constante emigración francesa hacia España y la presencia de
importantes colonias francesas en las principales ciudades españolas, lo que
terminaba favoreciendo la rápida difusión de las noticias y de la propaganda.
En ese mismo orden de ideas, el ascenso al trono de Napoleón Bonaparte
merece especial atención. En su estrategia político militar, el emperador de los
franceses anhelaba conquistar la monarquía española, que cabe mencionar, no
era un territorio exclusivamente europeo y contemplaba en cambio las
onerosas rentas de sus territorios americanos. A partir de entonces la historia
de España, léase también la de América, estaría ligada a los movimientos del
estratega francés que generaron cualquier cantidad de reacciones motivadas en
buena medida por el miedo.
El miedo a Gran Bretaña, tras la derrota naval de la armada española en
Trafalgar (1805) con lo cual quedaban indefensas las rutas comerciales con las
Indias y las propias colonias, así como la invasión a Buenos Aires (1806), que
aunque no prosperó, sí dejó en evidencia -si es que hacía falta- el interés de los
ingleses por las posesiones españolas en América,1 puede ayudar a entender la
firma del tratado de Fontainebleau. Otra alianza desesperada de la Corona
española con Napoleón en su tan bien planeado sistema de alianzas (Prusia
(1805), Rusia (1807) y Austria (1809). Alianza desesperada, pero también
costosa, que supeditó en la práctica la política y recursos españoles a los
intereses del emperador francés. Hay que recordar que España venía
colaborando con Francia y en contra de Gran Bretaña desde el Tratado de San
Ildefonso en 1796, alianza que fue confirmada al suscribir el segundo Tratado
de San Ildefonso en 1800, y que dicho sea de paso, no puso fin a los temores del
gobierno español por una expansión de la Francia revolucionaria; sólo significó
que España consideraba la amenaza de la Gran Bretaña como algo
infinitamente más grave.
El miedo a la “invasión” de las tropas francesas al territorio peninsular español,
hizo que la familia real preparara todo para irse a América, tal y como lo había
hecho la portuguesa un año antes. Lo que explica que se encontrara en
Aranjuez el 15 de marzo de 1808 cuando ocurrió el famoso “motín”. La ruta
estaba trazada: Aranjuez, Sevilla, Cádiz… Veracruz en Nueva España.
109
Igualmente el miedo a Napoleón, el ateo corso, la encarnación del demonio,
hizo que en ausencia del Rey -que para entonces había abdicado en Bayona a
favor del tan mentado francés, abriendo de este modo la crisis de la Monarquía
hispánica-, el pueblo tomara las armas. Una reacción que no tenía precedentes,
porque si bien no era la primera vez que el cambio de dinastía en una
monarquía del antiguo régimen provocaba una reacción, seguramente el
mismo Napoleón no esperaba más que algunos disturbios sin importancia. Y
además, estaba el origen popular del levantamiento, dado que buena parte de
las elites gobernantes españolas, resignadas o cómplices, parecía aceptar ya al
nuevo monarca.
Asimismo, el miedo a que el rey José I Bonaparte reclamara su patrimonio
americano, una vez hecha la sustitución de la familia borbónica por la
bonapartista, fue un elemento decisivo para constituir Juntas de Gobierno a lo
largo y ancho de la América española, que se mostraron fieles defendiendo los
derechos de Fernando VII, el rey “deseado”.2 Los movimientos junteros
responderán así al temor a pertenecer al nuevo Estado afrancesado,
hegemónico en ese momento en la Península. Un temor real, que no un
pretexto como se ha dicho a veces, porque cómo podían saber los
contemporáneos que Napoleón caería al fin en 1814, si en 1808 se hallaba en la
cúspide de su poderío dominando a Europa como pocas veces lo hizo nadie
antes o después de él. Incluso muy pocos eran los que pensaban entonces que
España pudiera oponerse a sus planes.3
De igual manera, el miedo de españoles y criollos a que en este estado de cosas
tan poco usual, la falta de legitimidad sostenida en el evidente vacío de poder
terminara por dar a las capas populares con todas las particularidades étnicas y
raciales para la América de entonces - indios, mestizos, pardos, negros,
esclavos-, la oportunidad para rebelarse. Miedo alimentado por la tan cercana
experiencia de Haití (1804), y las no tan temporalmente presentes, pero no por
ello menos importantes revueltas indias de los años ochenta en el Perú. Miedo
clasista, étnico y racial que hizo que las elites americanas recurrieran al poder
metropolitano buscando protección, y se cuidaran de proponer reformas
dentro del orden establecido4. Miedo por parte de determinadas autoridades a
que se desestructuraran los espacios coloniales que la monarquía había
garantizado y organizado durante siglos. Miedo a perder el poder, a perder
privilegios y beneficios, a modificar un estatus político, económico, regional,
social, religioso, jurídico y aún racial consolidado por años. Miedo
experimentado por las autoridades, pero al mismo tiempo oportunidades para
las pretensiones de algunos criollos y peninsulares de reclamar diversas
peticiones autonomistas: paridad en los cargos entre americanos y españoles,
desestancos, reducción de alcabalas, igualdad de derechos, acuñación de
monedas, libertad de comercio, etc. ¿Podría acaso aquel miedo y las medidas
tomadas por las autoridades y/o las elites contribuir a explicar de alguna
manera la posición de regiones leales como Nueva España, América Central y
Perú?
Pero entrados ya en gastos, una vez dedicados a la organización del
Estado-nación durante los períodos parlamentarios, los diputados americanos
y peninsulares se hallaron con nuevos retos que generaron encontrados sentimientos.
110
Ante la pregunta de ¿cómo se iba a organizar administrativamente este Estado,
desde parámetros centralistas o por el contrario, federales?, surgieron
profundos debates. La respuesta, de hecho, no era tan fácil. Aunque las
propuestas americanas contenían una gran carga de autonomismo y
provincialismo, hablar de federalismo era especialmente delicado en el
momento. El concepto “federalismo” o “federal” generaba temor en medio de
la monarquía constitucional, forma de gobierno por la que entonces se
apostaba, en tanto que remitía a los referentes tanto ideológicos y teóricos
como de praxis política de los Estados Unidos de América. Así, el referente
federal no era otro que una antigua colonia convertida ahora en un Estado
independiente y republicano. Se produjo de esta forma una asimilación entre
federalismo y república, con lo que los miedos no se hicieron esperar. Miedo al
advenimiento de una revolución como la estadounidense; miedo a la
República; miedo al autonomismo; miedo a la insurgencia; miedo a la
independencia.
Y si era independencia, ¿de qué tipo de independencia estamos hablando? ¿O
con respecto a qué referente? ¿Independencia de qué o de quién? ¿De la Junta
Central? ¿Del Consejo de Regencia? ¿De España acaso? ¿Del Rey? ¿De la “Junta
Suprema del Nuevo Reino” erigida el día de Santa Librada (20 de julio) en el
año de 1810 en Santafé de Bogotá? ¿De Cartagena? ¿De Antioquia? ¿De las
cabeceras de corregimiento o gobernación?
·Foto:María Graciela León Matamoros·
Y desde la comodidad que produce mirar los hechos con doscientos años de
distancia y buscar interpretarlos con las posibilidades y restricciones que el
compás temporal otorga, pudiéramos preguntarnos ahora entonces por el
miedo a la reconquista: El retorno del rey. Aludiendo no necesariamente a la
popular trilogía cinematográfica, sino y sobre todo, al libro del profesor Justo
Cuño, obra que analiza uno de los procesos que se concitaron para la
formación de Colombia a partir de la primera desintegración.5 Porque ya
sabemos lo que ocurrió después de ese primer intento de estructuración, si no
nacional, por lo menos estatal, que inició de manera tan agitada como terminó:
Bogotá, 20 de julio de 1810 – Cartagena, 4 de diciembre de 1815. La provincia
de Cartagena fue la primera que dio noticia sobre la restauración monárquica
acaecida en la Península y sobre la invasión de tropas españolas que se
avecinaba. Situación obvia y a la vez paradójica, si consideramos lo bien
comunicada que podía estar Cartagena gracias a su posición portuaria, pero
también que fue quizás la región que recibió con más fuerza la nada “pacífica”
visita de don Pablo Morillo (“el Pacificador”). En agosto de 1815 inició el sitio
de Cartagena de Indias. Sus habitantes resistieron durante 106 días, al cabo de
los cuales se rindieron a causa de los estragos que causó el hambre y la miseria
que provocó el sitio. Las cifras más dramáticas hablan de 6000 personas
muertas en menos de cuatro meses. Según uno de los sobrevivientes, el general
O'Leary, para aplacar el hambre, llegaron a comer ratas, gatos, y hasta cuero de
vaca remojado en agua salada de mar. En el mes de febrero de 1816 Morillo
hizo fusilar en Cartagena a los nueve primeros líderes patriotas, inaugurando
así el llamado "Régimen del terror". Manera nada tácita de referirse a la
estrategia de los españoles para contener el ya iniciado proceso de
Independencia. El derrumbe del primer experimento republicano de la Nueva
Granada y la desaparición de buena parte de los dirigentes que se habían
111
consolidado entre 1810 y 1815, dejaron abierto el nada seguro, de hecho el muy
incierto y miedoso, camino de las armas. El turno fue entonces para el Ejército
Libertador, que en su accionar modificó sustancialmente las condiciones de la
futura acción política.
Fueron todos estos eventos los que definieron una época delimitada por
circunstancias novedosas y variables que provocaron inseguridades,
desconfianzas, temores, miedos, a hombres y mujeres que iban reaccionando
en la medida en que sus sentimientos y los mismos acontecimientos iban
también evolucionando. Fue una época neurálgica, en la que se hizo necesario
tomar decisiones que solo el paso del tiempo terminó revelando lo acertadas o
equivocadas que fueron. Así, podemos pensar que quienes habitaban
territorios como Cartagena de Indias, no permanecieron, de ninguna manera,
al margen de las circunstancias. Pese a la distancia geográfica con la metrópoli
y la capital del virreinato, y la distancia político-administrativa con las
provincias cercanas, los habitantes cartageneros tenían información de lo que
estaba aconteciendo en el mundo hispánico. Tergiversada, cruda, equivocada,
manipulada, contradictoria, pero al fin y al cabo información que los mantenía
al día en un ágil -y por eso mismo sorprendente para la época-, ejercicio de
transmisión de buenas y malas nuevas a distancia, y continuamente
cambiantes.6 Así, ellos y ellas se dieron a la tarea de “traducir” los mensajes que
iban recibiendo y establecer posiciones, y tomar decisiones de acuerdo a sus
expectativas, necesidades, temores y condiciones. La vida de los habitantes de
Cartagena de Indias, y de la misma provincia, experimentó una importante
transformación con la entrada del siglo XIX y el acaecimiento de una serie de
procesos enmarcados en crisis y coyunturas que terminaron por conectar de
manera casi natural estos territorios con la otra orilla del océano.
Renuncio de esta manera, a concepciones que dejan al ser humano como sujeto
pasivo de la historia. Que si bien participa de ella, no la construye, no la
determina, antes bien, pareciera padecerla. Visiones que dan todos los créditos
a esa Historia, con mayúsculas, que se desarrolla de acuerdo a sus propias
reglas, y movida por razones completamente ajenas a la voluntad humana (los
ciclos naturales, los propósitos divinos, el desenvolvimiento del Espíritu
Absoluto, etc.). De igual manera a aquellas que idealizan a seres tan humanos
como cualquiera de nosotros, líderes sobrenaturales difícilmente igualables,
tan anhelados aún en la contemporaneidad, y que siempre supieron qué hacer
y qué decir en el momento justo. Me uno en cambio, muy consciente del
contexto de celebraciones del bicentenario en el que nos movemos, a la
percepción de Santiago Ramón y Cajal7 cuando afirmaba que “Mala manera de
preparar a la juventud para el engrandecimiento de su patria es pintar ésta
como una nación de héroes, de sabios y de artistas insuperables”. Porque
sospecho que sólo hasta que entendamos que no hay buenos ni malos en la
“película” de la historia; que el hecho de no declararse como amigo de alguien
no lo hace automáticamente su enemigo; que se podía ser patriota o realista
independientemente del lugar de nacimiento, la profesión o la ubicación
geográfica; que existían vías alternas, es más, que era posible cambiar de
posición dependiendo de las distintas lecturas que se hicieran de los también
distintos acontecimientos; solo hasta entonces podremos tener una visión si no
más aproximada, por lo menos más global.
112
Y no digo sólo de la historia, también del ser humano entendido como una
combinación de ideas, imágenes, pasiones y juicios de valor que enfrenta
diariamente a la que cree es su realidad en tiempos y espacios determinados.
Bibliografía
· Acta de Independencia de la Provincia de Cartagena de la Nueva Granada.
Papel Periódico Ilustrado Número 31; Año II; Imprenta de Silvestre y
Compañía, 16 de diciembre de 1882.
· Chust, Manuel (coord.) (2008), 1808: La eclosión juntera en el Mundo
Hispánico. Fondo de Cultura Económica, México.
· Cuño Bonito, Justo (2008), El retorno del Rey: El establecimiento del Régimen
Colonial en Cartagena de Indias. Universitat Jaume I, Castellón, 2008. 481 pp.
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· Frasquet, Ivana (coord.) (2006), Bastillas, cetros y blasones: la independencia
en Iberoamérica. Instituto de Cultura. Fundación Mapfre, Madrid, 390 pp.
· Martínez Garnica, Armando (1997), La defensa de los fueros provinciales
durante el tiempo de la Patria Boba (1810-1815). Universidad Industrial de
Santander, Bucaramanga.116 pp.
· Mínguez, Víctor (coord.) (2004), El imperio sublevado: Monarquía y naciones
en España e Hispanoamérica. Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
CSIC. España, ISBN 84-00-08247-8
Footnotes
1 La ocupación de La Habana en 1762 y la amenaza de toma de Montevideo
pueden ser consideradas como otras muestras de la apetencia americana por
parte de Gran Bretaña.
2 Juras de absoluta fidelidad a Fernando VII y la más enérgica condena y
reconocimiento de los actos de Napoleón, se sucedieron por toda la
monarquía española.
3 Si bien la eclosión juntera fue solo el cumplimiento de una orden enviada por
la Junta Central, y no necesariamente resultado de una expresión de
autonomía, no deja de ser llamativa la habilidad con la que se hace el análisis
en diferentes espacios americanos en torno al hecho de que habiendo dejado
de existir la casa real española, y partiendo de la irreversibilidad de la acción
napoleónica en Europa (vacío de poder), el movimiento inmediato era la
asunción de la soberanía absoluta por cada una de las provincias.
4 Son de especial interés los debates que se desarrollan en torno a la declaración
del sufragio universal, disposición que creará pánico en muchas regiones
americanas; el caso de México suficientemente documentado se me hace un
atractivo ejemplo. Ver los trabajos de Jaime Rodríguez: “Una cultura política
compartida: Los orígenes del constitucionalismo y liberalismo en México”. En:
El imperio sublevado: Monarquías y Naciones en España e Hispanoamérica.
Víctor Mínguez y Manuel Chust (eds.). pp. 195-224, e Ivana Frasquet (Coord.)
“Táctica y estrategia del discurso político mexicano: La cuestión de la
soberanía, 1821-1822”. En: Bastillas, cetros y blasones. La independencia en
Iberoamérica. pp. 123-149.
5 Cuño Bonito, Justo. El retorno del Rey: El establecimiento del Régimen Colonial
en Cartagena de Indias. Universitat Jaume I: Castellón, 2008. 481 pp. ISBN
978-84-8021-614-2.
6 El contenido del Acta de Independencia absoluta de Cartagena en su
exposición de motivos, deja ver lo informado que estuvo el “buen pueblo de la
provincia de Cartagena de Indias” y la postura tomada frente a los
acontecimientos más significativos acaecidos en la Península desde la
irrupción de los franceses, pasando por la abdicación de Fernando VII, la
conformación de la Junta de Sevilla, la Junta Central, la Regencia y la
instalación de las Cortes Generales. Acta de Independencia de la Provincia de
Cartagena de la Nueva Granada. Papel Periódico Ilustrado Número 31; Año II;
Imprenta de Silvestre y Compañía, 16 de diciembre de 1882.
7 Médico español, premio Nobel de Medicina (1906), que advertía acerca de la
necesidad de re-escribir la historia de su país para “limpiarla de todas estas
exageraciones con que se agiganta a los ojos del niño el valor y la virtud de su
raza”.
113
El Bicentenario:
Soy negra, soy casta, soy libertad, yo soy caribe
Merly Esther Beltrán Vargas
Administradora de Empresas Turísticas, Universidad Los Libertadores.
Especialización en Desarrollo social, Universidad del Norte. Máster en Dirección y Organización de Empresas
Turísticas, actual, UTB. Docente, asesora de turismo cultural sostenible. Directora Fundación Tucultura.
[email protected] direcció[email protected]
“Es posible concebir el desarrollo como un proceso destinado a adelantar la
libertad de cada cual en el logro de sus aspiraciones esenciales.”
Amartya Sen
El Diplomado “Cartagena de Indias: conocimiento vital del Caribe”, ha sido un
viaje hacia mi pasado para interiorizar las razones esenciales de los procesos de
independencia. En este sentido, busco homenajear la historia, atando cabos
que se sustraen de los relatos, leyendas, mitos y cuentos que muchos expresan
a su manera.
Yo le contaré el cuento a mi manera: soy cartagenera de pura cepa, desde niña
siempre me interesé por conocer mis raíces; la materia que siempre me gustó
fue historia, además de que mi padre es historiador; de allí mis venas por este
gusto. Mientras más leo, busco, exploro, me voy uniendo a algo que me hace
reconocer y tener una identidad cultural.
Desde que decidí estudiar Turismo y enfocar mi proyecto de vida a descubrir
culturas pero sobre todo unir culturas, me he interesado por investigar y
aprender todo sobre mis ancestros, mis tradiciones, mi verdadera esencia, mi
raíz.
Es así como me interesé en participar en este Diplomado que la Universidad
Tecnológica de Bolívar organiza por medio de la Escuela de Verano y que la
medio de este escrito hará su aportación sobre esta experiencia que ha sido
trascendental en mi vida emocional, personal y espiritual, pero sobre todo
profesional. Agradezco que me hayan permitido tener este inigualable
momento.
Fueron once días compartiendo charlas, ponencias, conversatorios interesantes
con un grupo diverso de varios países chile, Paraguay, Venezuela, Brasil,
México, Panamá, y una gran cuota de colombianos, visitando las perlas del
Caribe Santa Martha y Barranquilla para desde cerca escuchar a nuestros
vecinos hablar del bicentenario.
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114
Y, ajá, como decimos en Cartagena de Indias, es hora de que te sumerjas en mi
historia pero será algo corto, claro, preciso y muy conciso:
Afrocaribe calada en la historia
Las culturas nacionales de América y el Caribe deben una parte significativa de
su formación histórica al poblamiento de africanos esclavizados durante los
siglos XVI al XIX. La presencia africana ha sido múltiple y constante desde los
albores de la época colonial hasta la acelerada intensificación del tráfico
clandestino durante el ocaso de la dominación hispánica.
Sin embargo, aun no queda claro, en relación con las influencias culturales, la
amplia diversidad de denominaciones con las que fueron conocidos
(comprados, vendidos, alquilados, perseguidos) más de un millón de personas
trasladadas a esta parte del Caribe, a las que se les impuso una identidad, u otra,
disociada casi siempre de su sentido de pertenencia grupal y en muchos casos
dependientes del lugar de captura, del depósito de esclavos, del sitio de
embarque y hasta de las lenguas de los traficantes africanos y europeos.
El africano y sus descendientes negros y mulatos, echaron raíces profundas
como para intervenir muy temprano y activamente en la integración de formas
culturales cada vez más definidas como americanas y caribeñas. Música, rezos,
fórmulas mágicas, mitos, leyendas, remedios, alimentación, fueron en muchos
casos instrumentos de defensa que facilitaban el refugio del negro, desde la
ciudad al campo, desde el cuartucho en las afueras de las ciudades hasta los
palenques.
En las distintas etapas de la historia los movimientos de población (en el caso
de la africana, forzada), han sido a la par del desarrollo de contactos y flujos
entre diferentes sociedades y culturas. Ese proceso de transculturación,
representado por cientos de miles de personas con costumbres, idiomas y
culturas diferentes, influyó en la conformación de las nacionalidades caribe.
En la actualidad el legado africano y su cultura de resistencia afloran en
ciudades y campos del Caribe, y aunque existen similitudes culturales entre
regiones en cuanto a la formación de la cultura de origen africano, se van a
diferenciar por su historia, presentes políticos y sociales en que se desarrollan.
Y es desde estas raíces que emana la fuerza para gritar libertad en una sociedad
que fue impuesta, manipulada, acusada, conducida, manejada, pero sobre todo
controlada desde la más alta realeza.
Albores de los extramuros: siglo XVI
Imaginar a Calamari, como era llamado el asentamiento de aborígenes caribes
en Cartagena de Indias antes de la colonización es todo un homenaje, ya que
pienso y repienso cómo hubiese sido si éstos todavía existieran.
En este siglo se dio la más grande historia de nuestras naciones: un don Pedro
Heredia llegó con voz de mando a organizarnos, diciendo que esta cultura
aborigen estaba fuera de contexto y había que traer desarrollo. Un desarrollo
que le costó la vida a muchos indígenas logrando extinguirlos por completo.
115
Inclusión a la Cartagena colonial: siglo XVII
Y pasar de un siglo a otro con tan pocas palabras es excepcional, pero esta es
tan solo una catarsis para lograr comprender mi historia.
Al gobernador de la época, García Girón (1619), el rey de España le
encomienda hacer un inventario de las casas construidas en el sector para
decidir si se desalojaba el lugar o por el contrario se acordonaba con murallas.
Las casas construidas para entonces estaban elaboradas en bahareque y tabla.
“Al fin prevaleció la idea de fortificarlo y fue el maestre de campo Francisco de
Murga (1629-1634) quien dio comienzo a las murallas que habían de encerrar a
un recinto semejante al que rodeaba el núcleo urbano de la ciudad.”1
El siglo XVII fue el de las grandes expansiones urbanísticas y el de las más
importantes edificaciones civiles y religiosas, pero este siglo, en cambio se
caracterizó por las majestuosas construcciones en el orden militar; “En esta
centuria Cartagena queda perfectamente murada y defendida por imponentes
fortalezas ello se debe en gran parte al permanente estado de guerra que en
aquellos años vivió España con respecto a Inglaterra.”2
Historias de piratas, corsarios, y de batallas son las más escritas en esta época,
defendiendo lo que para ellos era su más grande tesoro. Los ataques
aumentaron y se encuentra que el almirante inglés Sir Edward Vernon llega a
Cartagena el 13 de marzo de 1741 con muchas ínfulas, queriendo entrar por
Getsemaní para conquistar la ciudad, pero quienes la defendían a fuerza y
espada eran más de 3000 hombres entre tropa regular, milicianos, indios,
flecheros, amerindios y tropas de desembarco. Además se encuentra un grupo
de hombres valientes, capaces y decididos a defender la ciudad; a su cabeza se
hallaba el recién nombrado Virrey de la Nueva Granada don Sebastián de
Eslava, teniente general de los reales ejércitos con larga experiencia; también
estaba el célebre don Blas de Lezo, general de la armada y viejo lobo marino;
éstos y otros más daban su vida por Cartagena.
Fortalecimiento del progreso urbanístico: siglo XVIII
En el siglo XVIII Getsemaní, un barrio llamado El Arrabal, se formó
paralelamente al del centro histórico con extranjeros, negros, españoles
logrando sobrevivir y seguir creciendo, así mismo se localizaban en el barrio
un grupo de decididos hombres que pretendían a toda costa que nadie los
deshonrara y siempre estaban pendientes de todo lo que sucedía; es por esto
que aparecen movimientos internos que van lentamente tomando cuerpo en la
ciudad y dando a Getsemaní su perfil de barrio revoltoso.
Para 1746 un grupo de oficiales y batallones que custodiaban la ciudad y vivían
en Getsemaní se amotinaron pidiendo que se les pagara su salario completo sin
descontarles el uniforme que usaban. Estos rebeldes se toman al barrio y se
apostan en el Reducto, Chambacú y la Media Luna apuntando al cerro de San
Lázaro o Castillo de San Felipe y a la ciudad simultáneamente, lo que obliga al
gobernador Juan de Eslava a acceder a sus peticiones”.3
1
2
Enrique Marco Dorta, Cartagena de Indias puerto y plaza fuerte. Alonso Amado Editores, 1996. p.167.
Eduardo Lemaitre, Breve Historia de Cartagena 1501-1901, p. 95.
116
En construcciones religiosas se edifica la Iglesia de la Orden Tercera. En el
orden civil se elimina la puerta del puente que unía a Getsemaní con el centro
y se construye la gran puerta con tres puertas interiores que hoy conocemos
como Torre del Reloj.
Para esta época Getsemaní se encontraba muy poblado, había diferentes clases
de viviendas; nacen aquí las accesorias, tipos de residencias que tienen un patio
central y que está rodeado por varias casas, y se perfila el barrio como punto
comercial por su distribución minorista.
En este periodo se puede observar la forma en que se mantuvo el barrio a pesar
de todos los inconvenientes que se presentaron, con una imagen de barrio
luchador, dando lugar a futuros acontecimientos.
3
Sublevación, lucha, independencia: siglo XIX
Es el siglo de la participación viva del barrio Getsemaní y su gente en la vida de
la ciudad, convirtiéndose en importante referente histórico para las
generaciones futuras.
A principios del siglo de la Independencia, las nuevas ideas revolucionarias y
vanguardistas de la época lograron penetrar en la ciudad, a pesar de los
múltiples controles que la inquisición tenía para las colonias. Esas ideas venían
de Francia con la Declaración de los Derechos del Hombre, y de los Estados
Unidos con su reciente separación de Inglaterra. Esos pensamientos se fueron
afincando en las mentes de los criollos, hijos de españoles nacidos en América,
quienes se encontraban cansados del régimen español y deseaban controlar en
sus manos su estado.
De esta manera los criollos, con el doctor José María García de Toledo a la
cabeza, quien era “un criollo rico e ilustrado, nieto del primer Conde de
Pestagua, don Andrés de Madariaga y Morales”4 y además cuñado de don
Joaquín Mosquera y Figueroa, Regente de España, organizaban reuniones
nocturnas a escondidas de las autoridades españolas para gestar el movimiento
independentista.
Por estos tiempos la madre patria pasaba momentos muy graves en su
organización política como país, pues el Rey Carlos IV y su hijo don Fernando
se encontraban encarcelados en la prisión de Bayona, ya que la península
estaba invadida por José Bonaparte, hermano de Napoleón, y el país esperaba
la posterior invasión de los franceses, quienes no daban tregua.
·Foto:Juan David Murillo Sandoval·
No obstante esas dificultades, las autoridades ibéricas -la Regencia-,
preocupados por la lealtad criolla al rey español, envían a las diferentes
ciudades del nuevo imperio a un Comisionado Regio; a Cartagena de Indias,
llegó don Antonio Villavicencio, “Un criollo aristócrata nacido en Quito, y
descendiente de cartageneros (porque su abuelo era el primer Marqués de
Premio Real, Don Domingo Miranda y Llanos)”,5 quien al arribar forma una gran
revolución entre los cartageneros.
Rosa Díaz de Paniagua y Raúl Paniagua, Getsemaní, historia, patrimonio y bienestar social de Cartagena.
Coreducar, 1993, Cartagena. p.46.
3
117
En su cometido Villavicencio logra que el cabildo y los habitantes de la ciudad
juren fidelidad al rey y el día 22 de mayo de 1810, los ciudadanos deciden que
el cabildo debe sesionar y es entonces cuando se constituye la Junta de
Gobierno, conformada por el gobernador don Francisco de Montes y dos
cabildantes, uno era el “criollo Don Antonio de Narváez y de la Torre antiguo
mariscal de campo de los ejércitos reales y el otro era español o chapetón Don
Tomás de Andrés Torres, comerciante local, antiguo Prior del Consulado de
Comercio.”6 Este día y este hecho se convirtieron en puntos importantes y de
referencia, ya que a partir de ese momento las ideas de liberarse de España se
agudizaban.
Don Francisco de Montes, como es normal, no se encontraba contento al tener
que compartir la regencia de la provincia de Cartagena con otras personas a
quienes él consideraba intrusos, negándose a firmar los documentos con los
dos cabildantes, pues de acuerdo con el gobernador, sólo debían llevar su firma.
Esto no agradó a los crecientes revolucionarios cartageneros, por lo que el día
14 de junio de 1810 destituyen al gobernador Montes, lo arrestan, envían a
Bocachica y luego lo deportan a La Habana, Cuba.
Después de este hecho, el Corralito de Piedra queda en manos del Teniente del
Rey, don Blas de Soria. Pero más tarde, el 14 de agosto de 1810 se elige la Junta
Suprema de la ciudad y provincia de Cartagena, quedando como Presidente el
doctor José María García de Toledo, de quien se ha hablado anteriormente y
será un personaje muy importante en la independencia total de la ciudad
amurallada.
Pasan tres meses y llega un nuevo gobernador designado para la provincia, don
José Dávila. Este no es aceptado ni por la población, ni por la Junta Suprema,
regresando a España al ser detenido en Bocachica.
De esta forma, Cartagena de Indias queda gobernada por patriotas criollos y
chapetones regentistas, agrupados en el partido seguidor de José María García
de Toledo, es decir, “los toledistas”, quienes querían la independencia de
España, pero manteniendo buenas relaciones políticas con ella.
Al poco tiempo surge otro partido político “los piñeristas” al mando de don
Antonio de Narváez de la Torre, el cual era manejado en realidad por los
belicosos y revolucionarios hermanos de Mompox, Germán y Gabriel
Gutiérrez de Piñeres, que deseaban de igual forma la independencia absoluta
del régimen español.
En un principio, los piñeristas estaban muy descontentos con el mando
toledista e hicieron que su provincia, Mompox, se independizara de Cartagena
y se uniera con Santa Fé. Esta situación causó un gran malestar a García de
Toledo, acrecentando su repulsión al clan contrario.
Ya para el siguiente año, 1811, Cartagena corre el riesgo de ser retomada por el
gobierno ibérico, cuando las tropas de Regimiento Fijo organizan el 4 de
febrero un golpe contra la Junta de Gobierno, que a la fecha era presidida por
don José María del Real Hidalgo, pero para fortuna de los criollos fueron
avisados con tiempo de la situación que se avecinaba y lograron controlarla.
118
Sin embargo, en este año se hicieron elecciones para la Junta de Gobierno, una
lucha entre toledistas y piñeristas, quedando al mando los primeros. Ya para
estos tiempos la idea de la independencia absoluta era un hecho para los
cartageneros, pues no aguantaban más las postergaciones para llevar el proceso
legalmente.
Tomando ventaja de la situación, los hermanos Piñeres incitan a la población
para revolucionar los ánimos. Ellos eran apoyados por el doctor Ignacio “el
tuerto” Muñoz, pariente suyo quien al mismo tiempo se encuentra en el
movimiento emancipador con su suegro, el fundidor cubano Pedro Romero,
importante personaje del barrio Getsemaní y quien al final de toda esta
revuelta sería la persona que provocara de verdad al pueblo para luchar por la
causa.
Pedro Romero y la gente de Getsemaní organizan un grupo de bravos
luchadores, es decir, una milicia popular llamada “Lanceros de Getsemaní”, que
estaban dispuestos a levantarse en armas en cuanto los proveyeran de ellas para
enfrentarse contra el Regimiento Fijo o para lograr la proclamación de la
libertad. En la propia casa de Romero, en la calle Larga, se organizaba todo el
movimiento de la sublevación, esperando el momento justo para comenzar la
revuelta.
En todo esto los getsemanicenses, que eran paradójicamente liderados por un
“matancero”, muestran su cultura y su aire de grandes y poderosos
cartageneros, dispuestos a enfrentarse para reclamar lo que por derecho propio
les pertenece.
En esta situación, el día 11 de noviembre de 1811, la Junta de Gobierno debe
sesionar para definir de una buena vez la cuestión de la independencia y otros
asuntos pendientes, pero en el curso de la reunión, que fue bastante
complicada, se pretende suspenderla; al llegar la noticia a los revolucionarios
en potencia que estaban en Getsemaní, de inmediato toman la decisión de
interponerse entre el Cuartel del Fijo y el Palacio de Gobierno, y de apoderarse
de los baluartes, doblando los cañones hacia adentro de la ciudad.
Pedro Romero y los Lanceros de Getsemaní forman un gran estruendo en la
Plaza de Trinidad vociferando gritos de libertad, de allí pasan a la calle Larga,
luego a la iglesia de San Francisco, donde escuchan al Presbítero Nicolás
Mauricio de Omaña y por último, entran al centro amurallado, donde
consiguen armas para llegar al Cabildo y protestar en frente de donde estaba la
Junta.
En dicha situación, los representantes que sesionaban se encontraban en un
momento crítico y decisivo; la muchedumbre manda en su nombre a Ignacio
Muñoz y al Presbítero Omaña para reclamar un pliego de peticiones, pero
principalmente para acelerar las firmas del Acta de Independencia, la cual ya
estaba redactada.
Eduardo Lemaitre, op.cit., p.6
Ibid., p.7.
6
Ibid., p.7.
4
5
119
Poco tiempo después es el vulgo en pleno quien irrumpe en la sala y movidos
por los efectos del alcohol, comienzan a insultar a los de la Junta, quienes
querían hasta último momento una salida pacífica, pero el mismo García de
Toledo y los demás terminan cediendo a las exigencias y amenazas,
proclamando entonces la independencia absoluta de España, la cual significaba
mucho más en su intención que en su procedencia.
Para celebrar este acto de libertad y festejar que ya no son colonias se decreta
un bando; todos los cartageneros salen a la calle y los propios hermanos
Piñeres y Pedro Romero hacen grandes fiestas, en donde la ley del desorden y
la diversión es la que gobierna. En este tiempo unos se vuelven héroes y otros
villanos, pero al final todos disfrutan la ocasión, posicionándose también el
barrio Getsemaní como aguerrido e importante para la ciudad.
En el país hay escritores como María Guerrero de Burgos, una poetisa de
Manatí, Atlántico, quien con mucho lirismo recuerda la ocasión de una forma
muy hermosa y ha dedicado el siguiente poema a Cartagena de Indias en su día
de independencia:
Es el undécimo mes
Año undécimo del siglo
Y undécimo es el día
En que se juega el destino
De un imperio poderoso
Y de un pueblo sometido.
Este día de la independencia ha quedado marcado en la mente y en los
recuerdos de los cartageneros, año tras año con gran fiesta y entusiasmo se
realiza un bando para conmemorar la ocasión, pero es principalmente en el
barrio Getsemaní donde se vive esta festividad con mayor alegría para recordar
a sus héroes de Gimaní.
·Foto:Katia Padilla Díaz·
Realmente nuestra independencia es un proceso que se inició en junio de 1810,
días antes del insigne 20 de julio, pero por medio de este trabajo quiero hacer
un homenaje al que realmente le puso un punto seguido a este proceso y es José
Prudencio Padilla.
Homenaje a José Prudencio Padilla (1784 – 1828)
Este hombre, considerado como el libertador definitivo de Cartagena de
Indias, es digno de homenajear en este Bicentenario. Yerno del cubano Pedro
Romero, llevaba la energía para seguir el proceso; un negro guajiro de honor y
lealtad, de personalidad descollante, generosa y sociable.
El 24 de julio de 1823 la escuadra colombiana al mando del general José
Prudencio Padilla venció a los españoles en la batalla naval del Lago de
Maracaibo (hoy Venezuela, en ese entonces Gran Colombia); ocurrió frente al
puerto de ese nombre después de haberse forzado la barra a la entrada al Lago.
Esta fue la gran batalla naval por la independencia de la Gran Colombia con
repercusión en todo el continente español, pues destruyó la flota real y selló el
acceso a las costas septentrionales de América del Sur.
120
En manos de los patriotas el interior del país después de las batallas de Boyacá
(7 de agosto de 1919) y Carabobo (24 de junio de 1821) y tomados los grandes
puertos de Cartagena y Maracaibo, le quedaba prácticamente imposible a
España una segunda reconquista.
Una segunda reconquista en el siglo XXI
Y quiero finalizar este recorrido por la historia contándoles que gracias a la
Organización de Estados Iberoamericanos –OEI, gané una beca de movilidad
para viajar a cualquier país de Iberoamérica. Hubiese escogido España e ir
donde está la historia contada por los españoles, pero preferí ir a Cuba y desde
mi proceso de investigación armar mi historia. Los negros antes de llegar a
Cartagena llegaban a La Habana y es allí donde me he encontrado con mi
existencia; sueño con visitar África, que es donde están las verdaderas raíces,
pero de igual forma siento en mi corazón la alegría de encontrarme y revivir
mis ancestros.
Pensar en una reconquista y que nunca hemos estado en libertad es caer en
verborrea. Somos lo que somos. Se hizo una historia que hubiese sido construida
de otra forma, pero hoy celebramos un bicentenario con corazón valiente,
orgullosos de ser negros, castos, mestizos. Yo soy Caribe.
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· Zapatero, Juan Manuel (1979), Historia de las fortificaciones de Cartagena de
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Cooperación. 284 p.
121
Hace 200 años:
¿Fue realmente un grito de libertad o fue el inicio de
una nueva esclavitud?
Nancy Smith Pinilla M.
Tratar de escribir un ensayo sobre un tema tan amplio y apasionante como es el
Caribe Epicentro de la América Bicentaneria, es pedirle a la mente que se
mueva en un vasto mundo de información, impartido por expertos, que no
escatimaron en brindar sus conocimientos sobre el tema, a aquellos a quienes
tuvimos la oportunidad y el honor de poder compartir, no sólo sus
conferencias, sino dos semanas inolvidables, en donde la camaradería vivida
entre los participantes de diferentes nacionalidades, se mezcló, con los grandes
aportes hechos por cada uno de los asistentes.
Por esta razón y más aún cuando la pauta no aclara si debemos seguir la línea
dos tipos, para tratar de plasmar ese “mar” de conocimientos, adquiridos
durante nuestra estadía en la Ciudad Heroica, en donde en medio de aquellos
fuertes de guerra como El Pastelillo, San Fernando de Bocachica, Batería del
Ángel y el Castillo de San Felipe de Barajas, tuvimos la ocasión de rememorar
la historia de la independencia, que trajo la libertad a los países americanos.
grupo que participó en el Diplomado Cartagena de Indias Conocimiento Vital
del Caribe 2010, en donde se formaron dos bandos: “Los Carolinos” y “Los
Docentes”, que lucharon por una misma causa: “conocer más y enriquecerse
con las raíces, causas y protagonistas, que permitieron dar el grito de
independencia.
Nada mejor que empezar, nuestra estadía en el fuerte del Pastelillo, antiguo
fuerte del Boquerón, primera fortaleza construida para proteger la ciudad, que
en esta oportunidad, no nos hacia resistencia, pues nos abría las puertas del
‘Corralito de Piedra’, que nos esperaba, para darnos a conocer todo su pasado,
escondido entre los muros de sus fuertes, casonas del tradicional barrio de
Getsemaní, Calle Larga, Centro Amurallado y El Arsenal, lugares de
españoles, africanos, franceses y árabes, dejaron un legado para la humanidad.
Analizar en pleno siglo XXI hasta dónde alcanzaron la libertad los pueblos
latinoamericanos, es detenernos en la situación actual de cada país que formó
parte de esa independencia, que fue llegando poco a poco a los pueblos
americanos, llamando la atención como algunos de ellos pasaron de ser
emporios
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122
económicos pujantes a naciones en donde la pobreza es su distinción, o en
donde la esclavitud aparece ahora disfrazada de violencia originada en el
narcotráfico, paramilitarismo y la narcoguerrilla. ¿Hasta dónde podrían
preguntarse lo insurrectos sirvió el grito de independencia?
¿Grito de libertad, libertinaje o pobreza?
Cuál es la razón para que un país, en donde sus primeros habitantes, los indios
Taínos, fueron extinguidos por los españoles como consecuencia de los malos
tratos y los trabajos en las minas, y que se ufana por haber sido el primero en
dar el grito de independencia en América Latina, hoy se halle en el siglo XXI
sumido en la pobreza absoluta; esta fue la primera pregunta que me hice, luego
de la disertación de nuestro conferencista Frank Moya, quien con su
presentación magistral sobre Haití, abrió la puerta a los innumerables
interrogantes que aparecerían durante mi estadía en la hermosa Cartagena de
Indias.
Haití, parece ser un territorio ‘castigado’ por haberse atrevido a romper las
cadenas que lo oprimían, en donde su actual población de 10 millones de
personas, no sólo ha caído por la falta de comida, sino por la inclemencia de la
naturaleza, que parece haberse ensañado con este territorio, en donde hace 206
años, se tuvo el valor de gritar ‘libertad’ por un puñado de esclavos que se
cansaron de la tiranía francesa que los oprimía.
En pleno siglo XXI y a pesar según los expertos de “recibir anualmente una
ayuda externa de $8.400 millones, Haití es más pobre que hace 30 años. En este
país el 80 por ciento de sus pobladores viven con tan sólo dos dólares diarios”1
Es así, como de aquellas riquezas que identificaban a dicha región como una de
las colonias francesas más pujantes económicamente, en el siglo VXIII, en
donde en 1780 y gracias al trabajo de medio millón de esclavos, se exportaba el
60 por ciento del café y el 40 por ciento de azúcar que se consumía en Europa,
hoy es un territorio en donde el 80 por ciento de sus pobladores vive bajo el
umbral de la pobreza.
El desarrollo de la historia ha mostrado que ese grito de independencia dado
por los haitianos, marcó más una fuerte repercusión social que política; tal
como se pudo observar en la tenencia de tierras, al ser despojados los franceses
blancos de sus plantaciones, las cuales pasaron hacer propiedad de los esclavos,
quienes eran la base de la estructura económica, y que por primera vez vieron
la oportunidad de hacer con ellas lo que quisieran, originándose un nuevo rol
que los convirtió de oprimidos en patronos, que no contaban con una
preparación cultural ni económica que les permitiera aprovechar lo mejor
posible su libertad.
La presencia de blancos, mulatos y esclavos y el deseo de poder por parte de
españoles, franceses y británicos, se convirtió en el peor enemigo de la
independencia del pueblo haitiano, que no tuvo más remedio que soportar la
1
Ian Vásquez Diario El Univeral. 24 enero de 2010. Venezuela
123
interminable lucha que en un momento parecía tomar un rumbo a favor,
cuando el líder negro Toussaint Louverture, asumió las banderas de libertad,
logrando la única rebelión exitosa de esclavos en la historia, convirtiendo a
Haití en la primera república negra independiente y la segunda en el
hemisferio occidental.
La decadencia del País, parecer haberse centrado en la falta de claridad de lo
que significa libertad. Si se tiene en cuenta lo que ésta significa para muchos
pensadores este estado del ser humano, el mismo puede llevarnos a
convertirnos nuevamente en esclavos de nuestros propio actuar. Ser libres, es
algo más que no tener que depender de algo de alguien, es un concepto que
afecta muchos aspectos de la vida, en donde el mal uso de ésta puede llevar a
seguir el camino incorrecto.
Si miramos el significado de la palabra libertad desde el punto de vista del
filosofo Immanuel Kant “la libertad es aquella facultad que aumenta la utilidad
de las demás facultades”; mientras que para otros pensadores como René
Descartes “la libertad consiste solamente en que, para afirmar o negar,
perseguir o evitar, las cosas que el entendimiento nos propone, obramos de
manera tal que no sentimos que ninguna fuerza fuerce”. No podíamos dejar
pasar por alto el concepto manejado sobre el tema por Aristóteles, quien afirmó
que “la libertad está ligada a la capacidad de decidir por sí mismo en el ser
humano, y estaba ligada a la moral”
¿Hasta dónde estos conceptos se pueden aplicar a la revolución haitiana?
¿Dicha revolución va más allá del deseo de libertad o ni siquiera alcanzó a
comprender el pueblo lo que había logrado?
·Foto: Patricio Édgar Vera Peñaranda·
¿Qué pasó realmente en ese País, cuna y modelo de una libertad diferente, en
donde se buscaba humanizar al esclavo a consta de su propia vida con base en
el respeto del otro, buscando ante todo acabar con el famoso Código Negro de
1685, promulgado por Louis XIV?
¿De dónde surge esa pobreza en aquel País cuya constitución de 1805, reconoce
que cualquier persona perseguida que llegue allí, se convierte inmediatamente
en ciudadano haitiano, tal como sucedió con los aproximadamente 10 mil
negros americanos que llegaron a esta tierra en busca de humanidad y de
aquella nación catalogada por Bolívar como el “asilo de los hombres libres”
Todo parece indicar que la pobreza se originó desde el mismo momento de la
libertad, cuando los esclavos que se convirtieron en soldados vencedores y
exigieron como pago una parte de aquella plantaciones en las que habían
trabajado y sufrido, pero que sólo les fueron entregadas en forma de parcelas,
haciendo de Haití una pequeña nación de propietarios, que al darse cuenta que
no podían sustituir a los grandes feudales, se fueron tras el poder político, en
donde los poderosos, a través del tributo, seguían explotando y oprimiendo a
quienes sembraban las pequeñas propiedades.
124
El hecho de que los pequeños granjeros hayan decidido cultivar sus tierras para
su propia subsistencia, y otros se dedicaran a comercializar café, pero no en
suficiente cantidad para exportar, dejando aún lado la producción de caña,
producto en la cual se basaba la economía del País, obligó al cierre de muchos
trapiches, lo que a su vez originó el no contar con ingresos para exportación,
que a su vez permitieran importaciones. Este fenómeno es otro golpe dado a la
otrora pujante economía haitiana.
Pero también esta caótica situación, se desprende del temor que tenían los
opresores de que este ejemplo tan claro de libertad fuera seguido rápidamente
por otros países, lo que llevó a los franceses a amenazar con una nueva
invasión, si no se le pagaba un tributo económico por la pérdida de su territorio
y propiedades (esclavos) por un monto de 150 millones de francos, lo que
obligó al gobierno local a aumentar los impuestos y a marcar los primeros
peldaños de la pobreza, que poco a poco iría creciendo.
La hostilidad de los países opresores hacia aquellos que habían gritado libertad,
no se dejó esperar y muy pronto Haití recibió bloqueo económico, que unido al
debilitado concepto hombre/tierra (pues los muertos en la guerra fueron casi
300 mil), las limitaciones tecnológicas, la falta de transporte, la desforestación
originada por la quema de las plantaciones y la presencia del intermediario,
contribuyeron aún más a sumir a la Nación en la pobreza.
La inestabilidad política que a través del tiempo se ha presentado en este
territorio, se convirtió, además, en otro factor que acabó con el ingreso que por
turismo tenía Haití, unido al temor en los visitantes, que asociaban la
comunidad negra con el flagelo del SIDA.
Todas estas razones parecen haberse unidos para arrasar con la próspera
economía de un País que hace 200 años era considerado como uno de los
emporios productivos más importantes de América y que en la actualidad
según su gobierno y luego del terremoto del presente años, la inflación superará
el 10 por ciento y la economía se puede contraer en un 8 por ciento. En el
informe presentado durante la asamblea anual del BID, se señala que “la fuerte
disminución de los ingresos fiscales ocasionarán una disminución de la
financiación estimada actualmente en alrededor de 350 millones de dólares y
la balanza comercial deberá deteriorarse por la caída en la producción y las
importaciones, necesarias para la subsistencia de la población y para la
reconstrucción"2.
¿Una libertad que amenaza orígenes étnicos?
Pero si el grito de independencia en Haití se convirtió en uno de los peores
enemigos para su economía, la misma libertad se convirtió en la mayor
amenaza para las costumbres y raíces de los esclavos traídos a América por los
españoles, y en especial para aquellos cimarrones que se atrevieron a huir y a
buscar refugio en los famosos sitios denominados palenques, particularmente
en aquel ubicado en las faldas de los montes de María, que hoy es el único
pueblo en Colombia en dónde aún quedan algunas raíces y riqueza de los
ancestros africanos los “ma-kuagro” .
125
San Basilio de Palenque, fue considerado desde el siglo VX, como el primer
pueblo esclavo libre de América Latina del sur, que alcanzó la misma, gracias a
su líder cimarrón Benkoz Bioho, traído a Cartagena de Indias en 1596 y quien
se atrevió a rebelarse a sus amos y a invitar y liderar a otros para que lo hicieran.
Este primer intento de libertad (vivir en sus refugios-palenques) fue la primera
señal de la pérdida de sus raíces ancestrales, pues era inminente que la
comunicación, tal como ha ocurrido a través de la historia en cualquier tipo de
sociedad, es una de las bases esenciales para sobrevivir, no quedándole más
remedio a éstos hombres, perseguidos, que crear su propia lengua en donde se
mezclaron el kikongo, con una gramática original.
Quizá este fue el primer golpe a la ruptura con sus raíces, que muy pronto se
vieron mezcladas con el nuevo lenguaje: el bantú, en donde se emparentaron
400 lenguas para dar origen a la que hoy aún se conserva en San Basilio de
Palenque.
Los intentos de los palenqueros por entrar a la sociedad del ‘blanco’ empezaron
cuando en 1906, se instaló un ingenio de azúcar en la región, lo que permitió a
los adultos enrolarse en ellas, pero cuando los mismos fueron ampliado su
campo laborar en las bananeras y en la ciudad, sintieron vergüenza de su
lengua, al punto que los mayores dejaron de transmitirla a sus hijos, pues en ese
mundo de libertad que tanto anhelaron, eran estigmatizados por
considerárseles que no sabían hablar un buen español.
·Foto: Patricio Édgar Vera Peñaranda·
Pese a su libertad, durante mucho tiempo sus habitantes se mantuvieron
‘aislados’ social y culturalmente del resto del País, conservando sus tradiciones
y costumbres y sólo en 1974, los ojos de los colombianos y el mundo se
volvieron hacia el poblado, cuando subió a las tablas del cuadrilátero, uno de
sus hijos: Kid Pambelé, primer Campeón Mundial de Boxeo de Colombia.
Fue quizá esta la oportunidad para ‘abrirse’ al mundo del hombre ‘blanco’, que
aún lo miraba con recelo y desconfianza, pues consideraban a esos pobladores
descendientes de los cimarrones, como hombres belicosos de los cuales se
conocía muy poco, pese a que estaban ubicados a tan sólo 50 kilómetros de
Cartagena de Indias.
Ser palenquero en esa época, era llevar un estigma de ‘esclavo’, de costumbres
que eran rechazadas por los puritanos quienes consideraban sus bailes
obscenos, repudiaban la brujería y se burlaban de su lengua, lo que llevó a que
muchos de sus tradiciones se fueran dejando aún lado por los jóvenes que no
querían ser reconocidos como tales, pues estaban ansiosos de asimilar y ser
admitidos en el mundo de los ‘blancos’.
Pero la cultura musical también sufrió los embates de la ansiada libertad. Tal
como lo afirman expertos como Manuel Antonio Rodríguez, ya no es aquella
en dónde se oían lamentos arrancados de sus tambores, en donde se plasmaba
la situación de represión en que vivían y en donde el mestizaje musical
(africano, español y americano) empezó a dejar escapar notas y versos sobre la
rebelión y la libertad.
2
www.larepublica.pe/Economía de Haití caerá 8% en 2010 e inflación superará 10%
126
“Otras músicas que pueden dar testimonio de sus rebeliones, se pueden haber
perdido, por el contrario lo que se escucha ahora de los negros, es música
relacionada con la religión católica, con sus costumbres sociales, con el
contacto con la naturaleza, canto a las aves, a los ríos, a los animales, pero nada
que suene a himnos revolucionarios. Este es un fenómeno interesante que
podría indicar que después de haber logrado la plena libertad, el negro se ha
sentido feliz y ha olvidado tan tenebroso pasado, hasta el punto de haber
borrado toda reminiscencia musical o poética en contra de sus terribles amos”3
Y por qué no decirlo… una de las causas que freno gran parte de la
conservación de esa música ancestral, fue la calificación dada por las familias
prestantes de la ciudad, quienes consideraban la misma como inculta, de
muchos desorden y sólo adecuada para negros, al ir contra los parámetros
establecidos dentro de la cultura moderna. Ritmos como la Champeta
(contiene todos los elementos africanos) no estaban bien visto dentro de esa
sociedad, obligándose al desplazamiento de ésta hacia los barrios populares, en
donde fue masificada.
Si nos detenemos un poco en el ritmo tradicional de San Basilio de Palenque,
el Mapalé, es muy fácil hallar características musicales típicamente africanas,
que en sus orígenes fue una danza de labor que era ejecutada en las noches y
estaba amenizada por tambores yamaro y quitambre, las palmas de la mano y
el canto, y en la cual se dejaba salir el frenesí de la situación de opresión que
vivían los esclavos a través de la fuerza del movimiento de su cuerpo. Hoy el
Mapalé tiene otra temática que lo convirtió en una de las danzas más sensuales
y alegres del folclor colombiano.
Cabe aclarar que esa composición intelectual que es la ciudad – y sus habitantes
- en la historia, parte tanto de supuestos como de hechos cAunque, desde 1991
la lengua de Palenque, es materia obligatoria en le escuela primaria y el colegio,
los niños y adolescentes, sólo tienen de ella un conocimiento pasivo y se
limitan a emplear frases que les sirven de emblema identitario, más que de
comunicación, pues la consideran que no sirve para nada, y tal como afirman
algunos de ellos en el ‘exterior’ no les entienden.
Si no hubiese sido por el reconocimiento hecho por la UNESCO, en el 2005, a
San Basilio de Palenque, como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad,
la cultura palenquera, que representa el 01% de la población afrodescenciente
en Colombia, y en dónde aún quedan vestigios africanos a través de la lengua,
el ritual del Lumbalú, la medicina tradicional, el folclor, la gastronomía, los
peinados, la tradición oral y su organización social en Kuagro, parecía tener
como único futuro su desaparición.
Hoy se trabaja a través de organizaciones como el Centro de Memoria
Colectiva Simankongo, por mantener y hacer perdurar entre las nuevas
generaciones el fortalecimiento de las distintas manifestaciones culturales
tradicional, que permitan mantener la identidad y autonomía. (técnicas y
procedimientos médicos naturales, prácticas curativas, lengua ancestral y
tradición oral)
3
www.musicalafrolatino.Manuel Antonio Rodríguez
127
Muchos especialistas en el tema de las raíces ancestrales en América latina,
como es el caso de Claudia Ranaboldo, consideran que es de gran importancia,
hacerle entender al pueblo palenquero, que algunas de sus tradiciones como es
el famoso Lumbalú, que representa el dolor al perder a un ser querido, no son
transables ni comerciales. “No podemos pedirle a la comunidad que simule un
canto funerario, si ese canto tiene que ver con el momento de la muerte. Hay
que saber marcar esa línea entre lo que significa y el resto de valores ante lo
comercial. No todo puede transarse”, afirmó esta experta durante su
participación en el taller internacional sobre Territorios con Identidad
Cultural, realizado Cartagena de Indias.
¿Qué más pudo haber desaparecido con la llegada de la libertad a estas
comunidades oprimidas? Esta es una pregunta que podría llevar a pensar hasta
dónde llegó la libertad de nuestros ancestros. ¿Fue acaso algo más que una
liberación de la opresión física, o fue quizá el inicio de una nueva esclavitud
originada por el orden social de las nuevas generaciones, los cambios
económicos y los sistemas, valores y la influencia de las prácticas de la sociedad
contemporánea?
¿En igualdad de condiciones con los pueblos libres?
En pleno siglo XXI, San Basilio de Palenque se levanta en medio de una
riqueza cultural y una pobreza material, habiéndose convertido la primera
de ellas en un verdadero orgullo y la segunda en un freno, originado por el
desconocimiento territorial, que no le permite ser algo más que un legado
étnico- cultural de los ancestros africanos que parece estar siendo aprovechado
por otros, con un sentido comercial fácil de explotar, sin importar el respecto
por las costumbres y tradiciones étnicas que durante más de tres siglos protegió
este pueblo afrodescenciente.
El nivel de calidad de vida de los palenqueros parece coincidir con el de otros
pueblos afrodesencientes, en donde las condiciones básicas son insatisfechas y
un importante porcentaje de la población vive en condiciones de extrema
pobreza material.
San Basilio de Palenque no tiene ningún reconocimiento de entidad territorial
dentro de la división política de Colombia, si se tiene en cuenta lo establecido
en el artículo 286 de la Constitución Política de Colombia 1991.4
¿Está el Estado colombiano protegiendo la diversidad étnica y cultural del País?
O sencillamente sólo esa defensa se halla plasmada en la Constitución Nacional
de 1991, en dónde se reconoce la misma y la protección de ésta, o en la Ley 115
de 1994 y en los Decretos 804 de 1995 y el 272 de 1998, así como en el convenio
169 de la OIT?
200 años después de la independencia de los pueblos americanos, acaso se
podría afirmar que aquel poblado que por 1713, se convirtió en el primer
pueblo de negros libre en América, realmente alcanzó la misma, pues además
de haber sido azotado por la represión española, también ha sufrido el embate
de la violencia desarrollada en los Montes de María, siendo afectado por el
128
desplazamiento de más de 200 personas del corregimiento La Bonga, situación
que unida al abandono gubernamental, lo ha convertido en un poblado del
cual se deben sentir avergonzados los líderes políticos, pues han hecho de
nuevamente de él un ‘esclavo’ de la desidia e inoperancia de las clases
dirigentes.
Para finalizar no queda más que hacer una reflexión: ¿Se alcanzó hace 200 años
una verdadera libertad, o fue el inicio de una nueva ‘esclavitud’, en donde los
opresores cambiaron, para dar a los pueblos que tanto anhelaba su
independencia una nuevas ‘cadenas’ que hoy los atan en medio de la pobreza,
el abandono y la indiferencia?
¿Por qué Haití y Palenque, líderes de la independencia en América, hoy son
oprimidos por la pobreza, el abandono y la indiferencia?
¿En dónde está el espíritu aguerrido que les permitió enarbolar las banderas de
libertad?
¿A caso ser libres es no ser explotados físicamente?
Bibliografía
·Conferencia Frannk Moya "Haití, la Primera Independencia y las
Servidumbres de su Historia".. Escuela de Verano Cartagena de Indias. El ·
Caribe: Epicentro De La América Bicentenaria
· Conferencia Armin Schwegler: “Palenques” Escuela de Verano Cartagena
de Indias. El Caribe: Epicentro De La América Bicentenaria.
· La Música Palenquera. Enrique Marquez San Martín.Eduín Valdez
Hernández.
·Conferencia. Weildler Guerra Los pueblos indígenas en América Central y la
Gran Cuenca del Caribe dos siglos después de la Independencia”.
·Palenque Cultura Presente, Territorio ausente. Estudio Universidad
Externado de Colombia. Facultad de Finanzs, Gobierno y Relaciones
Internacionales.
·www.scielo.org.ar/ Estudios de Filosofía Práctica e Historia de las Ideas.
Versión On-line ISSN 1851-9490
·www.herramienta.com.ar"El Significado de Haití": Tragedia, Historia,
Cultura, Filosofía. Gogol, Eugene·
·www.cronicon.net/paginas/edicanter/ediciones.Palenque:
Una comunidad Afrocolombiana
Única y Universal. Yves Moñino.
4
“son entidades territoriales los departamentos, los distritos, los municipios y los territorios indígenas.,
San Basilio de Palenque es un corregimiento, es decir, una división del área rural de un municipio, el
cual incluye un núcleo de población y según el Artículo 117 de la Ley 136 de 1994 se crea con el
objetivo de mejorar la prestación de los servicios y asegurar la participación de la ciudadanía en los
asuntos públicos de carácter local”
129
La Cartagena imaginada encuentra
la Cartagena real
Nathália Henrich
Licenciada en Relaciones Internacionales y en Ciencias Sociales.
Ex becaria de la Fundación Calorina Colombia
Cartagena de Indias para mí siempre estuvo envuelta en una magia, un encanto
casi sobrenatural. Siempre que escuchaba una referencia a la ciudad, la
imaginaba amurallada, calurosa, con la luz amarilla del atardecer, con balcones
coloniales amplios de una madera oscura, las calles a veces no tan bien
cuidadas, pero que exhalaban un olor propio, que yo no sabía cuál era, pero
sabía que existía. Probablemente sería una mezcla de olor de mar con sus olas
piedad y un indescifrable pero permanente olor de historia. Y, claro, el olor de
las almendras amargas y de los amores contrariados. La gente sería sonriente y
usaría ropas blancas. Serían de estas personas que caminan como bailando, y
que cuando hablan es como si estuvieran cantando. Una gente feliz,
Caribe no es para aquellos no iniciados en su complejidad y ritmo particulares.
Pero aunque no entendiera, quedaría igual de hipnotizada, si no por el
“culpable” de todo el encantamiento generado por esta ciudad se llama Gabriel
García Márquez. Como muchas personas alrededor del mundo, tuve a Gabo –
ya me permito la intimidad tras años de “convivencia”– como mi guía para
conocer y entender este mundo tan lejano, tan diferente del mío y a la vez tan
fascinante. Siempre tuve la impresión de que cuando en su novela El amor en
los tiempos del cólera, describía el sentimiento del doctor Juvenal Urbino por
Cartagena como un “amor casi maniático por la ciudad”, en verdad hablaba de
él mismo; a lo que yo me sumaba. Así, mi imagen mental de Cartagena era
una Cartagena bella en cualquier tiempo, aunque sean los tiempos del cólera y
capaz de inspirar amores que sobreviven al tiempo, a las molestias, a los
desencuentros, a la propia muerte.
Era necesario que dijera todo eso para que sea posible comprender qué
sentimiento me invadió cuando me enteré de la realización del Diplomado
“Cartagena de Indias: Conocimiento vital del Caribe” y de las becas ofrecidas
por la Fundación Carolina. Fui agraciada otra vez por una beca de esta
institución y partí rumbo a la Cartagena de la vida real a ver qué tanto se
parecía a “la mía”.
1
Carolina en el Máster en Ciencia Política de la Universidad de Salamanca (2008-2009). Maestra en
Sociología Política y candidata a doctora en Sociología Política en la Universidad Federal de Santa
Catarina-UFSC, Brasil (becaria CNPq).
Todas las citas presentes en el texto fueron tomadas de García Márquez, Gabriel. El amor en los
tiempos del cólera. Bogotá, Grupo Editorial Norma S.A, 2011.
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130
Este relato es el producto de esta experiencia y está claro que es algo de carácter
muy personal, muy subjetivo y sentimental –lo que bajo mi punto de vista lo
hace más humano y no menos objetivo o importante-. Es muy personal porque
expreso aquí mis opiniones e impresiones más particulares, frutos de mi
formación personal y profesional y de las experiencias acumuladas a lo largo de
la vida. Es por lo tanto, lo más subjetivo que se puede ser. Y sí, es sentimental,
porque no hay otra forma de aprender sino buscar saber lo que te apasiona, te
mueve, te inspira.
“Me bastó dar un paso dentro de la muralla,
para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis
de la tarde y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto
a nacer”.
·Foto: Nathália Henrich·
Estas palabras retumbaban en mi mente desde el instante en que se confirmó el
viaje a Cartagena. La mera perspectiva de conocer el espectáculo de la luz
malva reflectada en las murallas era suficiente para convertirse en el reto de mi
existencia terrenal. Con este espíritu, pasaron volando los días que me
separaban de la experiencia única de poder contrastar la Cartagena imaginada
con aquella existente en el mundo real. El primer paso afuera del avión ya
demostró que las descripciones de Gabo eran muy fieles a la realidad. De
hecho, hacía un “calor de caldera de barco” aun más patente para quien como
yo venía de un invierno gélido y con un atuendo nada propicio para la ocasión.
Más tarde, ya libre de cualquier resquicio o memoria del invierno que estaba
viviendo hacía tan poco, una corta caminata me hizo entender por qué “las
mujeres se guardaban del sol como de un contagio indigno.” El que no conoce
la inclemencia del sol Caribe no puede decir que comprende en toda su
extensión qué significa el concepto de calor. La relación de uno con el sol hasta
puede cambiar. Se convierte en una relación casi enfermiza de amor y odio.
Es lo primero que te despierta en la mañana y con él llega la perspectiva de un
día fascinante más por vivir. Pero después del mediodía, ya se siente el
cansancio de haber vivido tanto. Lo único que se espera es por una tregua. Sin
embargo, el afán de conocer y sentir la ciudad casi siempre es más fuerte.
Prácticamente sólo los turistas, en su deseo sin medidas por sorber cada
minuto, se arriesgan a enfrentar la furia del sol cartagenero.
131
Disfrutando de un raro silencio por las calles siempre alborotadas, llegaban
precisas las palabras de Gabo: “la única señal viva a las dos de la tarde eran los
lánguidos ejercicios de piano en la penumbra de la siesta”. Y un día, en uno de
estos paseos, en estas escenas que apenas en las películas pasan, iba pensando
en esta cita cuando lo único que se escuchó fue el ensayo de una orquesta de la
ciudad que llegaba desde un balcón con la puerta abierta. Parece que también
los músicos comparten “la superstición Caribe de abrir puertas y ventanas para
convocar una fresca que no existía en realidad”. Fue la primera señal de que el
realismo mágico en Cartagena era la regla y no la excepción.
Otra de estas coincidencias casi mágicas ocurrió cuando supe que las clases del
Diplomado serian impartidas en la sede del barrio Manga de la Universidad
Tecnológica de Bolívar. En ese instante pensé, ¿será el mismo barrio residencial
de La Manga? Sabía que “la independencia del dominio español, y luego la
abolición de la esclavitud, precipitaron el estado de decadencia honorable en
que nació y creció el doctor Juvenal Urbino” y que a inicios del siglo XX había
florecido este barrio, fomentado por la gente de dinero nuevo y apellidos no tan
largos. El vecindario se convirtió en un refugio de belleza y opulencia mientras
“las grandes familias de antaño se hundían en silencio dentro de sus alcázares
desguarnecidos”. ¿Sería entonces realmente aquel barrio de ricos recientes para
donde se mudó Juvenal Urbino con su esposa Fermina Daza? Mientras el taxi
se acercaba al edificio de la Universidad mi sospecha se confirmaba. A través de
la ventana pasaban las imágenes que esperaba: eran exactamente las casas
grandes y frescas, de una sola planta, con sus salas amplias y “cielos muy altos”.
La magnífica casa amarilla de la Universidad era como una visión de ensueño
y llegué a la conclusión de que no existiría mejor lugar para aprender sobre
aquella ciudad que me cautivaba a cada instante de manera profunda y
definitiva.
El clima cartagenero representa un capítulo especial. Es más que solamente una
característica física o geográfica, es un rasgo de su personalidad y de su gente.
Una gente que es capaz de bailar “sin clemencia” y que con su calidez típica
hace que el visitante crea que está en su casa. “En verano, un polvo invisible,
áspero como de tiza al rojo vivo, se metía por los resquicios más protegidos de
la imaginación, alborotado por unos vientos locos que desentechaban casas y
se llevaban a los niños por los aires.”
No es posible ser más preciso que eso. Si me encontrara al doctor Urbino por la
calle, utilizaría sus mismas palabras y declararía que tantos años después la
ciudad sigue “siendo igual al margen del tiempo: la misma ciudad ardiente y
árida”. Eso no significa que no llueva en Cartagena. Sí, llueve, pero como todo
allá, la lluvia también parece mágica. Así de prisa y sin aviso, como viene,
desaparece, y la ciudad retoma su ritmo como si nada hubiera pasado. Sus
huellas son las calles mojadas y el vapor que emerge del suelo, marcando el
encuentro del calor de la tierra con la frescura del agua. Es un espectáculo
efímero y maravilloso que hace recordar la capacidad de recuperación de la
ciudad, que pude comprobar con todo que aprendí en las clases.
132
“Unos aguaceros instantáneos y arrasadores”
·Foto: Nathália Henrich·
Conferencia tras conferencia, fuimos invitados a meternos por las sendas del
pasado de Cartagena. Pero la preocupación tampoco era con el conocimiento
del pasado por sí mismo sino con la mirada hacia el presente y a las
posibilidades del futuro. Me di cuenta de que finalmente iba a entrar por la
puerta de la historia, que apenas vislumbraba entreabierta a través de la
literatura. Aprendí entonces que la misma ciudad que era la más importante del
Caribe español -de ahí sus murallas y el tener la plaza fortificada más grande
del Caribe, que estaba entre las ciudades más importantes de la América
Española, que había sido residencia de los Virreyes, poseía un comercio
pujante y próspero, abrigaba uno de los puertos más importantes de las
Américas y que tuvo el “privilegio ingrato” de ser el mercado de esclavos
africanos más grande de la región-, en determinado momento asistió a un
periodo largo de decadencia. La perla del Caribe colombiano pasó por tiempos
de gloria y de tinieblas, de éxito y fracaso, de independencia y sometimiento.
Cartagena fue pionera en su declaración de independencia: el 11 de noviembre
de 1811 se convierte en el segundo territorio a separarse de España. En este
proceso estuvieron involucradas obviamente las elites tradicionales y las
investigaciones más recientes vienen demostrando que también las capas
populares tuvieron su papel. Esta audacia le costó un precio alto. Luego, en
1815, la ciudad enfrentó la campaña de reconquista liderada por Pablo Morillo,
cuyos resultados fueron terribles en términos humanos, políticos y
económicos. Como consecuencia de la resistencia a los ataques de Morillo y
también del hambre y de las epidemias, Cartagena fue reconocida con el título
de “Ciudad Heroica”. La toma de Cartagena dio paso a Morillo para atravesar el
resto del Virreinato de la Nueva Granada y permitió la restauración del
gobierno virreinal, que duró hasta 1821. No fue solamente el proyecto de la
independencia que se malogró sino también el protagonismo de la ciudad en el
escenario político, que enfrenta disputas sin fin por el poder con las vecinas
Santa Marta y Barranquilla, y con Santa Fe de Bogotá.
El impacto de la decadencia se hizo sentir en la sociedad, en la economía, en la
demografía, y marcó todo el siglo XIX. A partir de la segunda mitad del siglo
XX, Cartagena empieza a despertar nuevamente y trata de rescatar su pasado y
transformarlo en un agente de desarrollo. Tras haber sido declarada
monumento nacional en 1959 y patrimonio histórico y cultural de la
humanidad por la UNESCO en 1984, Cartagena adentra el siglo XXI con las
esperanzas renovadas en la importancia que tiene su historia como motor que
la empujará hacia un futuro en donde podrá volver a encontrar el esplendor
que conoció un día.
Llegué a este Diplomado a aprender sobre Cartagena, sobre el Caribe, sobre
Colombia, sobre América Latina. Salí de allá con mucho más que eso, porque
conocí cartageneros, caribeños, colombianos, latinoamericanos. Así, a la historia le puse
rostros y eso representó una diferencia fundamental en el aprendizaje. Uno de los
puntos fuertes del Diplomado fue reunir personas de países, culturas, edades,
profesiones, formaciones y opiniones diversas.
133
Esta diversidad significó mucha más riqueza de lo que estaba siendo
producido en el ámbito de los cursos impartidos. Lo mismo pasó con la
selección de los profesores, cada cual experto en su área, pero muy distintos
entre ellos y capaces de generar debates e indagaciones también muy variados.
En resumen, por sus características, el Diplomado logró convertirse en una exitosa
experiencia tanto académica como de crecimiento personal.
Después de la experiencia en Cartagena y en el Diplomado, me permito por lo
menos una vez, quizás la única, estar en desacuerdo con Gabo. Él escribió que
“la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada”, refiriéndose a aquel
aprendizaje común a los matrimonios y a la convivencia diaria entre personas.
Algunos lo pueden tomar como constatación que puede ser generalizada a
todos los aspectos de la vida, pero no lo creo. Si hay algo que el Diplomado
“Cartagena de Indias: Conocimiento Vital del Caribe” demostró, es que el
conocimiento siempre llega a tiempo de llenar lo que antes eran espacios vacíos
y transformarlos en espacios que sirven como herramienta para la
comprensión y la transformación, tanto de las ideas como de la realidad.
134
Faltó educación
Una interpretación de la propuesta educativa de
Simón Rodríguez a las nuevas repúblicas americanas.
Patricio Édgar Vera Peñaranda
Profesor de pregrado y posgrado, Universidad Católica Boliviana San Pablo,
Universidad Autónoma Gabriel René Moreno. Master en Historia del Mundo Hispano 2006 (CSISC).
Postulante al doctorado en Historia Universidad San Pablo CEU (Madrid).
“Podremos, tal vez, construir una utopía hacia el pasado que encuentre
legitimidad en la experiencia de vivir entretiempos”.
Adriana Puiggrós
El presente ensayo intenta hacer un análisis de la propuesta de Educación
Social de Simón Rodríguez como principal estrategia para completar el proceso
de emancipación de la América Hispana en el siglo XIX. Rodríguez estaba
convencido de que el proceso emancipatorio estaba inconcluso y necesitaba de
la educación para conquistar una verdadera libertad en todo el sentido de la
palabra; escribió a Simón Bolívar a las pocas semanas de su llegada a Cartagena
de Indias en 1823: “He oído decir que usted se retira una vez concluido, no sé
qué proyecto, si es el de las independencias, me tranquilizo pues falta mucho
por hacer todavía.”1 En una de sus cartas pondría claro el propósito de su
retorno a América: “Mis últimos años que han de ser pocos los quiero servir a
la causa de la libertad, para eso tengo escrito ya mucho”.2 Esos escritos –pocos
son los que se conocen-, eran propuestas originales que intentaban demostrar
la importancia de una Educación Social.
Rodríguez abogaba por la originalidad en América; constantemente repetía: o
inventamos o erramos, y planteaba que las nuevas repúblicas no deberían tratar
de europeizarse –que fue lo que sucedió-, sino construir las nuevas soberanías
con base en las características propias de estas tierras:
“la INSTRUCCIÓN PUBLICA en el siglo 19 pide MUCHA FILOSOFÍA
que el INTERES JENERAL está clamando por una REFORMA y que
la AMÉRICA está llamada por las circunstancias, á emprenderla
atrevida paradoja parecerá....
.... no importa ....
los acontecimientos irán probando,
que es una verdad muy obvia
la América no debe IMITAR servilmente
sinó ser ORIGINAL”3
1
Rodríguez, Simón, Obras Completas, Caracas, Universidad Simón Rodríguez, (tomo1).
2
Idem.
3
Rodríguez, Simón, Obras escogidas de Simón Rodríguez, Caracas, Ed. Bloque de Armas, 1985, p.115.
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135
En su libro Luces y virtudes Sociales también advertía:
“Cuidado
No sea que... por la manía de IMITAR SERVILMENTE, a las Naciones cultas
venga la América hacer el PAPEL de VIEJA, en su infancia”4
Sin embargo las nuevas repúblicas, bajo el nombre de la modernidad pusieron
todos sus esfuerzos en copiar modelos económicos, políticos, educativos,
culturales, etc., de Europa inicialmente y luego de Estados Unidos, siendo un
problema -hasta el día de hoy- la construcción de una identidad
latinoamericana.
Cuando Rodríguez pedía MUCHA FILOSOFÍA para la instrucción pública del
siglo XIX, se refería a la necesidad de entender de otra manera la educación:
“INSTRUIR no es EDUCAR
Ni la Instrucción puede ser equivalente de la Educación
Aunque Instruyendo se Eduque”5
La Educación que pedía Rodríguez era principalmente una Educación Social y
esta tenía como características:
• Bien común
• Educación para todos
• Educación técnica productiva, que enseñe el amor al trabajo
Bien común
Rodríguez estaba consciente de que el peor legado de la época colonial era el
afán de riqueza individual y la explotación de indígenas, negros, mulatos, etc.,
por parte de la burguesía criolla y mestiza, y una marcada desigualdad social.
Pero el Bien común debía enseñarse, no se podía implantar por decreto y este
debía ser el primer contenido en las escuelas:
“Durante los conocimientos que el hombre puede adquirir,
hay uno que le es de estricta obligación... el saber vivir con sus SEMEJANTES:
por consiguiente, que la SOCIEDAD debe
ocupar el primer lugar, en orden de sus atenciones, y por cierto tiempo ser el
único sujeto de su estudio.”6
Primará el bienestar de unos pocos (burguesía criolla) en desmedro de las
mayorías, visto principalmente en la clase política gobernante (liberales y
conservadores), y la desigualdad se mantendrá como común denominador en
esta región del mundo. Hoy en día América Latina es el continente de la
desigualdad.
4
Idem.
5
Simón Rodríguez, op.cit., p.99.
6
Idem.
136
Educación para todos
La idea del bien común implicaba crear sociedades igualitarias (eterna utopía) y
educación para todos los grupos sociales:
“Si la instrucción se proporcionará a TODOS ¿¡cuántos de los que
despreciamos, por ignorantes, no serían nuestros consejeros, nuestros
bienhechores o nuestros AMIGOS!?”7
Rodríguez se refería principalmente a la educación de los que habían estado
excluidos de recibirla en la época colonial, los indígenas, negros, mulatos, etc.
Como era de esperar esta idea fue la que más rechazo recibió, ya que en otras
palabras, Rodríguez estaba pidiendo el reconocimiento ciudadano de los que
estaban destinados a servir por esos años.
“... i que sea un INDIO el maestro, instruyéndolo en la escuela principal, esto
parecerá, IMPOSIBLE a los que creen que los INDIOS no son hombres”.8
Esta idea tan original para esa época le causó problemas en Bogotá cuando
abrió su Casa de Industria Pública en 1824,9 y sobre todo fue uno de los
principales factores para su fracaso como Director de Instrucción Pública en
Bolivia en 182610. Rodríguez con sus escritos planteaba que no se podían formar
nuevas repúblicas bajo el mismo orden social de la Colonia, ya que él entendía
como República un sistema de gobierno representativo de la sociedad y la
sociedad en ese tiempo estaba constituida en su mayoría por mestizos, indígenas,
negros y mulatos; era contradictorio para Rodríguez pensar en hacer repúblicas
excluyendo a las mayorías, pero el orden social colonial se mantendría por varias
décadas más, lo que será causa de guerras civiles y el surgimiento de gobiernos
populistas en la mayoría de los países latinoamericanos durante el siglo XIX y
principios del XX.11
·Foto: Patricio Édgar Vera Peñaranda·
La educación del indígena que proponía Rodríguez era diferente a la propuesta
de los primeros gobiernos liberales y conservadores que vieron en la educación
pública la ayuda para construir estados nacionales a semejanza de Europa o
Estados Unidos, desmereciendo lo originario, lo indígena, lo afro, lo diverso,
como se había hecho en la Colonia. Rodríguez proponía valorar y entender lo
originario, y un paso importante en este propósito era aprender lenguas nativas:
7
Ibíd, p.120.
8
Ibíd, p.201.
Se sabe muy poco todavía de esta escuela; Rodríguez manifestaría:
” …fue la gente de mostrador y ruana de Bogotá, las que impidieron que este proyecto siguiera
adelante” Ibíd, p.45.
10
En enero de 1826 Bolívar nombra a Rodríguez Director de Instrucción Pública, cargo que ocuparía
hasta el 15 de julio de ese mismo año. Vera, Patricio, Las ideas de Educación Popular de Simón
11
Rodríguez en Bolivia, La Paz, IEB, 2009.
Santa Anna y Porfirio Díaz en México, Belzu en Bolivia, Manuel de Rosas en la Argentina, y otros.
137
“¿¡Es posible!? Que vivamos con indios, sin entenderlos? !”
ellos hablan bien su lengua, i nosotros, ni la de ellos ni la nuestra.12
“CASTELLANO I QUICHUA
el primero es de OBLIGACIÓN, i el segundo... de CONVENIENCIA
el latín no se usa sino en la Iglesia -Apréndalo el que quiera ordenarse-”.13
También abogó por la educación de las mujeres, que estaba reducida a la
preparación para ser buenas esposas:
“... que las más de las mujeres, que excluimos de nuestras reuniones, por su
“mala conducta”, las honrarían con su asistencia; en fin, entre los que vemos
con desdén, hai muchísimos que serían mejores que nosotros, si hubieran
tenido escuela”.14
La educación de la mujer será una conquista paulatina en nuestra región,
siendo todavía una tarea pendiente para la mujer indígena que presenta una
tasa de escolaridad muy baja15 pero en contraposición son las mujeres las que
más se matriculan y egresan de las universidades en América Latina en el
presente.16
Educación productiva, que enseñe el amor al trabajo
En repúblicas que mantenían las tradiciones coloniales, la idea de una
educación técnica productiva que promueva el amor al trabajo resultó ser
demasiado original y fue rechazada por las elites, Rodríguez experimentó su
rechazo en Bogotá y Chuquisaca; lo que más incomodaba de esta idea era que
los niños debían aprender oficios técnicos y manuales como albañilería,
carpintería y herrería, y las niñas oficios propios de su sexo, oficios destinados
a las clases “subalternas”.
“por la ignorancia a la que se condena los artesanos se hacen despreciables y
hacen despreciar las artes que profesan”17
“¿Con qué se hará la América, con doctores, con abogados?”18
La idea de educación técnica productiva tenía su justificativo pedagógico ya
que Rodríguez sabía (por sus varios años como maestro en América y Europa),
que el aprendizaje es significativo en la práctica.
“... y el estudio sin práctica es vana erudición”19
“Industria, quiere decir DILIGENCIA - TRABAJO ASIDUO”20
Ibíd, p.134.
Idem.
Ibíd, p.137.
15
Alrededor del 39% es el porcentaje de mujeres indígenas que terminan la primaria, en países con mayoría
indígena como Bolivia y Guatemala. Rama,Claudio, La Tercera Reforma de la Educación Superior en
América Latina, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2006, p. 200.
16
Ibíd, p.356.
17
Rodríguez, Simón, op.cit., p.244.
18
Ibíd, p.246
19
Ibíd, p.259
20
Ibíd, p.260
12
13
14
138
La propuesta de educación social se plasmaría a través de la creación de
Escuelas Sociales que tendrían como máximas los tres puntos ya analizados
(bien común, educación para todos y educación técnico- productiva). Estas
escuelas tendrían que haber sido parte del motor del desarrollo para las nuevas
repúblicas, ya que si bien requerirían mucha inversión en un inicio, luego
generarían recursos propios posibilitando su auto sostenibilidad, formarían
técnicos cualificados e ingresos para el Estado a través de la comercialización
de sus productos y servicios. Rodríguez intentó hacer realidad estas Escuelas
Sociales cuando fue Director de Instrucción Pública en Bolivia (1826) con su
proyecto de Educación Popular, pero chocó con la mentalidad colonial de las
élites de Chuquisaca,21 la falta de apoyo del Mariscal Sucre (en ese entonces
presidente de Bolivia) y la falta de recursos económicos, que intentó resolver
con sus ahorros y la venta de sus libros.
Joachim Schroeder diría en su libro Modelos Pedagógicos Latinoamericanos,
que el problema de la educación pública en Latinoamérica es su
improductividad y sostenibilidad, y la falta de un verdadero compromiso y
apuesta por la educación por parte de los gobiernos de turno.
22
Rodríguez creía que solo con la educación se lograría dejar de lado lo malo de
la época colonial y formar verdaderas repúblicas.
“El hombre que gobierna pueblos... en el día,
debe decirse con frecuencia
solo LA EDUCACIÓN impone OBLIGACIONES
a la VOLUNTAD
estas OBLIGACIONES son las que llamamos HÁBITOS”23
También era consciente de que la educación por sí sola no cambia la sociedad,
pero que no existe cambio social sin la educación. Muchas de las reformas de
los nuevos gobiernos eran más de forma que de fondo; faltó apoyarse en la
educación para crear una nueva cultura con nuevos ciudadanos; según
Rodríguez la América emancipada estaba en condiciones para este objetivo.
La mayoría de los historiadores coinciden en señalar que el proceso de las
independencias en la América Hispana no fue una pugna de ideologías
(monárquica vs. republicana), sino una revolución política desarrollada
principalmente en los centros urbanos de la Colonia por criollos y mestizos
que aprovecharon el vacío de poder en la península por la invasión francesa en
1808, exigiendo mayor autonomía política y administrativa de las riquezas
generadas en América; y si bien muchos de los nuevos estados redactaron
constituciones que tenían un espíritu liberal republicano e invirtieron como
nunca antes en la educación pública (Instrucción Pública), en la práctica la
cultura, o mejor dicho el orden colonial, se mantuvo por muchos años más,
sobre todo en las posiciones estamentales dentro de la sociedad.24
El Proyecto de Educación Popular de Rodríguez estaba basado en una Educación Técnica Productiva,
Colonización y Educación Popular, entendida no como asistencialismo o educación de las masas, con el
propósito de controlarlas, sino como una educación “liberadora”. Es por esto que a él se le reconoce como
el primer referente del Movimiento de Educación Popular en Latinoamérica.
22
Schroeder, Joachim, Modelos Pedagógicos Latinoamericanos, La Paz, CEBIAE, 1994.
23
Rodríguez, Simón, op.cit., p. 217.
21
139
“...muchos, por no singularizarse tanto, son de parecer que las cosas deben
dejarse como están, (no hay consejo con más docilidad y todos van a quien
menos hace)”25
Después del fracaso en su intento de construir Escuelas Sociales con un cargo
público, Rodríguez deseaba regresar a Europa pero carecía de recursos; todo lo
había invertido en sus ideas. Se dedicó entonces a ejercer el magisterio
enseñando idiomas y a leer y escribir en Bolivia, Chile, Perú, Ecuador y
Colombia, tratando siempre de innovar y de vincular la educación con el
trabajo,26 no dejando de escribir sobre la necesidad de una verdadera reforma
social, que tenga como estrategia a la educación.
“Hace 24 años que estoy hablando, y escribiendo pública y privadamente,
sobre el sistema republicano, y, por todo fruto de mis buenos oficios, e
conseguido que me traten de loco”.27
“Los niños y los locos dicen las verdades”28
En sus últimos años escribiría como reproche:
“Los americanos estarían, viendo el suelo que pisan no mirando las estrellas
esperando lo que está en el orden, no que el olmo de peras, buscando
su vida en el trabajo, no rezando el padre nuestro, para poder con que
almorzar, contentos con lo que tienen, no con lo que les promete,
el que no tiene que dar”.29
Rodríguez moriría pobre en Amopate (Ecuador) el 28 de febrero de 1854, a la
edad de 83 años, pero se lo enterraría en el puerto de Paita, dejando como única
herencia material dos cajones de libros que llevaba a todas partes.30
El análisis
·Foto: Patricio Édgar Vera Peñaranda·
Se ha escrito mucho sobre la independencia inconclusa de América, debido a
que el orden colonial se mantuvo por muchos años; esto porque el proceso
independentista no tuvo objetivos unificados desde un principio.
Se trató más de una oportunidad para que criollos y mestizos ricos ejercieran o
legitimaran su poder político. María Luisa Soux señala que es difícil encontrar
objetivos de formación de nuevos estados desde el inicio de las revueltas e
insurrecciones contra el Imperio Español, sino que estos objetivos se fueron
construyendo con el desarrollo mismo de las luchas independentistas.
Soux, María Luisa, El complejo proceso hacia la independencia de Charcas (1808-1826), La Paz, Plural,
2010.
25
Rodríguez, Simón, op.cit., p. 300.
26
En Valparaíso (1835) abre una escuela y una fábrica de velas de sebo.
27
Idem.
28
Idem.
29
Rodríguez, Simón, op.cit.,p. 219.
30
Estos dos cajones serían destruidos en 1896 en un incendio en Guayaquil, donde estuvieron guardados
por más de 40 años, y en trámites de publicación.
24
140
Por esta razón –quizás-, una vez conquistada la independencia los nuevos
estados, las nuevas Repúblicas, cambiaban de nombre a sus antiguas
instituciones coloniales pero mantenían su mismo funcionamiento.
Simón Rodríguez sabía que a este proceso de independencia le faltaba apostar
por la educación como principal estrategia para lograr cambios significativos.
La independencia política debía estar acompañada de la educación para que
esta enseñe a formar repúblicas y ciudadanos; ahora, lo interesante y
controversial de la propuesta de Rodríguez fue plantear una educación social
con principios de igualdad, bienestar y productividad que chocaron con los
intereses de las élites oligarcas, pues se trataba de principios sociales de
bienestar para todos.
En los años posteriores las nuevas repúblicas implementarán varias reformas
educativas tratando de copiar lo que se estaba haciendo en Europa. La consigna
era “La educación como locomotora del desarrollo,”31 sobre todo a inicios del
siglo XX; sin embargo, más allá de la excelente frase, estos modelos
–importados- que intentaban homogeneizar, uniformizar y modernizar el
Estado, demostraron ser descontextualizados para la América Latina debido
principalmente a su diversidad de gentes y culturas, y a las necesidades básicas
de sus educandos, sin olvidar el siempre latente problema de sostenibilidad
económica. Educadores como Paulo Freire critican estas reformas que tratan
de reducir el “problema” educativo en América Latina a lo pedagógico,
ignorando –no sé si a propósito- la dimensión política de la educación. Para
Freire al igual que para Rodríguez, la educación debe ser política, en el sentido
de formar sujetos históricos, protagonistas de su tiempo.32
La confianza que tenía Rodríguez en la educación estaba bien fundamentada y
hoy se sabe que todo proceso de cambio político, social y cultural debe estar
acompañado necesariamente de la educación, y que en el caso de América
Latina, la educación se presenta como su principal camino para salir del
subdesarrollo.33
·Foto: Patricio Édgar Vera Peñaranda·
Durante el siglo XX gran parte de la naciones latinoamericanas realizaron
grandes reformas educativas con amplio presupuesto, financiadas a finales de
este siglo por organismos internacionales como Banco Mundial, FMI, BID,
etc., y los resultados no han sido muy satisfactorios hasta el momento. ¿Dónde
se encuentra entonces el problema? Schroeder señala que no hay que inventar
un modelo de educación latinoamericano, sino redescubrirlo en prácticas y
teorías como la de Rodríguez; se trata también de mirar hacia adentro y
aprender de prácticas educativas exitosas,34 ‘originales’ que tienen en común la
auto sostenibilidad, el respeto y rescate de lo diverso y originario,
planteamientos siempre presentes en los escritos de Rodríguez.
Lo que le faltó a la propuesta del maestro del Libertador en este tema fue
explorar la necesidad de una educación intercultural que es el reconocimiento,
el diálogo y negociación de saberes; pero, para descargo de Rodríguez, se puede
decir que el contexto en el que desarrolló su propuesta lo originario carecía de
valor.
Schroeder,op.cit. p.203
Puiggrós, Adriana, De Simón Rodríguez a Paulo Freire ,Bogotá, CAB, 2005.
La Comisión Económica para América Latina (CEPAL), ha manifestado en la década de los 90 que la
estrategia para salir de la pobreza es invertir en educación.
31
32
33
141
El rechazo y posterior fracaso de su Proyecto de Educación Popular en Bolivia
fue por intentar que niños “blancos” e indígenas estudiaran en la misma aula;
tratar de encontrar la idea de la interculturalidad en sus escritos hubiera sido
anacrónico. Pero Rodríguez se adelanta con la idea del bilingüismo (paso
importante para una educación intercultural), condicionante de las últimas
reformas educativas en nuestra región, para garantizar una buena
comunicación entre los niños, sus maestros y la propia institución educativa.
Para Luis Enrique López “…solo aprovechando nuestra especificidad y
reinscribiendo nuestra heredad como válida estaremos los latinoamericanos
también en condiciones de inscribirnos en el proceso de globalización con
rostro propio”,35 esto a través de una educación intercultural.
La educación en Latinoamérica todavía tiene mucho por hacer. Si bien ya se la
reconoce como palanca del desarrollo, le falta todavía la originalidad y
funcionalidad que pedía Rodríguez. Está demostrado que la inversión
económica no basta,36 se requiere un nuevo espíritu,37 nuevas estrategias como
la Educación Técnica Productiva en todos los ciclos de escolaridad; “...enseñen
el amor al trabajo” reclamaba siempre. Estas Escuelas Sociales, eran
autosostenibles y también generaban riqueza a la nación; la principal de ellas:
recursos humanos calificados, prestos a servir a la sociedad y no a servirse de
ella.
Para Simón Rodríguez la riqueza de América no está en sus suelos, sino en sus
habitantes; la mayor riqueza de estas tierras son sus recursos humanos; así lo
entienden países del primer mundo que invierten y garantizan la educación de
sus habitantes. Por eso la educación para América Latina es tan valiosa: solo
con ella podemos formar y aprovechar nuestra verdadera riqueza y ser
verdaderamente libres.
“el Siglo 19 pugnando contra el DESPOTISMO
empeña a sus hijos en la lucha y el 18 les corta la retirada
ya no es permitido optar
entre la ignorancia y las LUCES entre la SERVIDUMBRE y la LIBERTAD
ande [han de] entender BIEN lo que es civilización
y hacer uso de su libertad para perfeccionar sus instituciones
ande [ han de ] conocer la sociedad para saber vivir en ella
en breves términos
ande [han de] SABER y ande [han de] ser LIBRES”38
Como la Escuela en el Campo, en Cuba, que enseña a trabajar y a tecnificarse, y también genera sus propios
recursos, o la de Warista en Bolivia que logró realizar una verdadera educación indigenista aprovechando
contenidos de la cultura occidental.
35
López, Luis Enrique, La cuestión de la interculturalidad y la Educación Latinoamericana, Promedlac,
UNESCO, 2001, p.20.
36
A lo largo de este 2011, surgieron grandes protestas en Chile pidiendo que se mejore la calidad de la
educación y se garantice su carácter gratuito, en ese país que tiene una de las tasa más altas de inversión
educativa de Latinoamérica.
37 Adriana Puiggrós manifiesta que la educación en Latinoamérica carece de una reflexión filosófica; hemos
olvidado preguntarnos, ¿Qué es educación? y ¿Hacia dónde vamos?
34
142
El Diplomado
El Diplomado “Cartagena de Indias, Conocimiento Vital del Caribe 2011: El
Caribe como epicentro de la América Bicentenaria”, fue una experiencia
enriquecedora, gratificante y muy valiosa para mi vida profesional y personal.
Me permitió nuevamente socializarme con excelentes profesionales
latinoamericanos, aprender mucho de ellos en corto tiempo y de las excelentes
exposiciones. También me permito reflexionar sobre el proceso de
independencia en nuestra región; comparar lo sucedido en Cartagena de
Indias en 1811 con lo que vivió Bolivia por esos años, que si bien fueron
procesos diferentes, me sorprendió encontrar elementos comunes, como la
pugna de poderes de las élites criollas, la segregación de las clases populares
después de la Independencia, y la búsqueda permanente de autonomía;
reconocer lastimosamente que nuestras independencias están todavía en un
proceso inconcluso que hoy en día tiene otros matices (independencia
económica, cultural, etc.). Saber de la existencia de un mundo Caribe, que
enriquece a la idea de Latinoamérica; un mundo de contradicciones pero que
evoca pasiones y sueños. Caminar por las calles de Cartagena fue un privilegio,
sabiendo que es una ciudad que tiene tanto qué contar, de tantas historias y de
gente muy amigable. Compartir con el grupo de maestros fue otro regalo, y
recibir su amistad y confianza. Por último, felicito y agradezco nuevamente a la
Fundación Carolina Colombia y a la Universidad Tecnológica de Bolívar por la
buena organización, la creatividad y por darnos la oportunidad de reflexionar
y producir.
Bibliografía
· Halperín Donghi, Tulio (1979), Historia Contemporánea de América Latina, España,
Alianza Editorial.
· López, Luis Enrique (2001), La cuestión de la interculturalidad y la Educación
Latinoamericana, Promedlac, UNESCO.
· Morales Adela, Laura Valdivieso, Diana Guevara y otros (coords.) (2010), Cuaderno de
Bitácora, Fundación Carolina Colombia.
· Pavigliatini, Norma (1983), Política y Educación: notas sobre la construcción de su campo
de estudio, OPFYL-UBA, Buenos Aires.
· Puelles Benítez, M. de, “Estado y educación en las sociedades europeas”. En, Revista
Iberoamericana de Educación, Nº 1, OEI, Madrid, enero-abril, 1993.
· Puiggrós, Adriana (2005), De Simón Rodríguez a Paulo Freire, Bogotá, CAB.
· Rama,Claudio (2006), La Tercera Reforma de la Educación Superior en América Latina,
México D.F., Fondo de Cultura Económica.
· Rodríguez, Simón (s.f.), Obras Completas, Caracas, Universidad Simón Rodríguez,
tomos uno y dos.
· (1985), Obras escogidas de Simón Rodríguez, Caracas, Ed. Bloque de Armas.
Schroeder, Joachim (1994), Modelos Pedagógicos Latinoamericanos, La Paz, CEBIAE.
Vera, Patricio (2009), Las Ideas de Educación Popular de Simón Rodríguez en Bolivia, La
Paz, IEB.
Weinberg, Gregorio (1985), Modelos educativos en la historia de América Latina, Buenos
Aires, A-Z Editora.
38
Rodríguez, Simón, op.cit.,p.347.
143
Cartagena de Indias y sus murallas sociales
Rafael Andrés Sánchez Aguirre
Doctorando de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
Magister en Historia, Universidad Javeriana. Lic. en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia.
Integrante del Grupo de Estudios sobre Cuerpos y Emociones, Instituto de Investigaciones Gino Germani,
y Técnicas (CONICET), Argentina.
I
Las ciudades del Caribe colombiano fueron fundadas y pobladas en el marco
de ejercicios de violencia en los que predominó la imposición física de un
grupo sobre otro; de los colonizadores europeos sobre afros e indígenas; de los
colonizadores sobre mestizos y todos aquellos que tuviesen alguna mezcla con
la sangre de los marginados. Tal imposición consistió básicamente en el
sometimiento del esclavo africano o indígena, del mulato, pardo, zambo o
mestizo, en el control de sus cuerpos con miras a la consecución de riquezas o
provisiones que eran requeridas para el mantenimiento del proyecto
existencia de un fuerte ejercicio de dominación ejercida por los españoles.
Se sabe que existieron prácticas de resistencia. Prueba de ello se encuentra en
los palenques o quilombos mencionados en diferentes crónicas o archivos, en
las alusiones que se hacían acerca del carácter ‘belicoso’ y ‘feroz’ de las
y encaminarla en el sentido de las iniciativas españolas. No quiere decir esto
que los grupos humanos inmiscuidos estuviesen absolutamente segmentados
(como si solamente se tratase de victimarios y victimas) y que no existiesen
casos en los que personajes ‘marginales’ pudiesen acceder a espacios del
establecimiento, o de otra parte, que absolutamente todos los indígenas y
esclavos hayan sido incontrolables y rebeldes. Existieron muchos matices y
nuevas sociedades en medio del juego de fuerzas entre los establecidos y los
marginados, promoviéndose continuamente cierto equilibrio de poder en el que
predominaba la ventaja de los europeos.
· Volver al Indice ·
144
En el cruce cultural de las diferentes sociedades involucradas, en el cruce de sus
perspectivas de vida se fueron jugando y forjando las imágenes que entre sí se
creaban acerca de lo que ‘ellos eran’. Esto quiere decir, de los referentes desde los
cuales se hacía percibir cada sector social, las apuestas que se hacían para ser
re-conocidos por los demás, dejando para la posteridad indicios acerca de la
manera en que se organizaba y se intentaba perpetuar un orden de relaciones.
Si tenemos presentes estas ideas, no cabe duda de que la imposición física, por
la fuerza, fue un factor primordial en la organización de la sociedad de la
Conquista y de la Colonia, siendo este factor un rasgo clave de la identidad de
los establecidos, medio a través del cual, desde su mejor disposición
tecnológica y militar, pudieron ejercer la coacción de los demás grupos
humanos con los que se vincularon.
Puede sostenerse entonces que la identidad colectiva tiene uno de sus pilares
principales en la capacidad de coacción poseída y ejercida por un grupo sobre
otro, en la potencia que tiene para dirigir el curso de los sucesos y promover
cierto sentido de las relaciones interpersonales. En el caso de la relación que se
dio entre colonizadores y colonizados puede decirse que hubo una influencia
mutua, compleja, variada y a diferentes escalas que afectó la imágenes que
tenían entre sí cada uno de los grupos que vivieron este proceso. Los “más
fuertes” intentaron definir el lugar que le correspondía a los “dominados” -sus
rasgos, condiciones y los límites de sus aspiraciones- como parte de la
definición de una imagen propia, de superioridad y de especial valía personal.
A su vez, los sectores marginales fueron tejiendo un sentido del ‘nosotros’ que,
a pesar de su difícil reconocimiento en las versiones usualmente promovidas de
la historia, seguramente iba más allá del verse como simples actores pasivos,
víctimas de un sistema de dominación inalterable. Si observamos el caso de la
fundación de Cartagena, encontramos que se menciona tempranamente la
dificultad para relacionarse con los indígenas, no precisamente por el amable
trato de los europeos, no necesariamente porque las comunidades nativas
viviesen y promoviesen una vida armónica, pacífica y paradisiaca. Es
importante resaltar nuevamente lo mencionado líneas atrás como parte del
predominio social, el choque cuerpo a cuerpo, la fuerza física y la capacidad
militar; es así como podemos encontrar que:
El 23 de junio de 1523, firmaba una capitulación Gonzalo Fernández de Oviedo,
para levantar una Factoría Comercial en Cartagena, con intenciones de poblar
en un futuro, la idea era poner una base para los rescates con un área de acción
de quince leguas de radio, y a tal efecto se le autorizaba a disponer de dos barcos
con igual fin, así como para el comercio y la comunicación con otros puertos. Justo
cuando estaba dispuesto a iniciar el viaje, recibió noticia de la destructiva
expedición que había permitido Rodrigo de Bastidas desde Santa Marta, por lo
que Oviedo desistió de la empresa pensando en la bravura en que iba a encontrar
a los castigados turbacos… La fundación definitiva de la factoría vino de la mano
de un madrileño llamado Pedro de Heredia; sucedió en el mes de enero de 1533
tras su victoria sobre los indios turbacos y la sojuzgación de los pueblos de la
bahía (Vidal, 2002: 48-50).
145
Vemos entonces que buena parte del principio de relación de tales colectivos
humanos fue la violencia física, que se acompasaba al ritmo de las dinámicas
económicas del momento; recordemos que los primeros intentos de
poblamiento estaban conectados con la idea de asentamientos-factorías. La
posibilidad de llevar a cabo proyectos económicos a través del comercio
esclavista, del comercio con nuevas mercancías y el uso de mano de obra
esclava resultaba muy atractivo en medio de un territorio que se empezaba a
descubrir, además del gran aliciente que significaba el hallazgo de oro en
manos de los indígenas americanos. Este sentido del inicio de Cartagena como
factoría y su posterior mantenimiento como puerto clave del gobierno español
en la región, muestra que la organización social se dio como ejercicio militar
que estaba ligado a la puesta a punto de prácticas económicas desde las cuales
se intentaba establecer una regulación social a gran escala.
Si miramos ahora el momento en el que se declara la independencia de
Cartagena, encontramos que la regulación ejercida por los españoles a partir de
la fundación de poblaciones permitió dar pasos hacia la construcción de las
murallas, la construcción de barrios y hacia el establecimiento de mecanismos
de tributación, entre otras cosas. Lo que nos da una idea del sostenimiento de
unas prácticas que se mantuvieron estructuralmente y que funcionaron como
aspectos estructurantes de tal sociedad y de su futuro; encontramos entonces
un continuo ejercicio militar evidenciado en unas fortificaciones que servían
de control y una economía apoyada fuertemente en el comercio marítimo de
mercancías, de esclavos y eventualmente en la producción de materias primas.
A su vez, desde la fundación de la ciudad en 1533 hasta el año de 1811, se
fueron configurando nuevos equilibrios de poder y los sectores marginados se
encontraban en otra situación frente a los establecidos, sus interrelaciones eran
más complejas dejando abierta la posibilidad de una mayor presencia de ambos
en la toma de decisiones. Se sabe por la revisión histórica que se ha llevado a
cabo que, “el 11 de noviembre de 1811, una multitud de negros y mulatos
patriotas, armados con lanzas, cuchillos y pistolas asaltaron el palacio de
gobierno de Cartagena. Luego de insultar y golpear a los miembros criollos que
conducían la junta revolucionaria, la multitud les forzó a firmar una
declaración de independencia contra su voluntad” (Lasso, 2008). Vale la pena
resaltar que, a pesar de la participación popular vivida en el proceso de
independencia, por lo general se ofrecieron imágenes acerca de una elite criolla
organizada y reacia frente a la Corona, una elite que orientaba y lideraba al
pueblo en aras de la soberanía local.
·Foto:Ramón Moreno Carlos·
Tales imágenes estaban encaminadas a justificar el lugar de cada sector social y
su papel en la sociedad; tales imágenes también fueron constituyendo parte de
los mitos de la fundación de una nación: igualitaria, ordenada, justa y
anti-imperial.
146
Es evidente entonces, que se dio una disputa por la definición de la verdad, por
la aclaración acerca de aquello que debía recordarse y resaltarse, y se
promovieron y potenciaron versiones del pasado que engrandecían y
justificaban las acciones del establecimiento, marcando un orden y una
geometría del representar, del actuar y de las relaciones.
II
Las imágenes que se promovían como parte de ese ‘nosotros’ patriótico fueron
huellas de los pasos que se dieron en la transformación de una regulación
física-corporal, de la organización de las energías corporales y la interiorización
de las coacciones que habían sido apropiadas por los sectores establecidos y que
fueron promovidas entre los marginados (Scribano, 2009). Ello significaba que
se empezaban a constituir “incidentalmente” los referentes desde los cuales se
iba perfilando un sentido del “ser patriótico”, una caracterización de la
comunidad imaginada en general y de sus diferentes sectores. La disputa que se
daba cuerpo a cuerpo iba trasladándose lentamente hacia un escenario en el
que se gestaba una “lucha simbólica” por las representaciones de los grupos
humanos inmiscuidos, configurándose nuevos espacios de las interrelaciones
personales, de la regulación de sus comportamientos y del ejercicio de la
violencia.
Vemos entonces que, por ejemplo, las disputa de las elites andinas y las elites
costeñas por dirigir las acciones independentistas y de administración del
nuevo proyecto patriótico, siguen la idea del desacreditamiento mutuo con
miras a postularse cada una como mejor alternativa para ocupar la posición de
liderazgo. Los criollos asentados en estas dos regiones formaban una elite
compuesta básicamente por comerciantes, representantes de la corona y
militares, y venían de una tradición que exaltaba lo hispánico frente al mundo
subordinado constituido por diferentes clases de gente, que eran resultado de
las mezclas étnicas. A la par que se había desacreditado al marginado, se fue
dando tal situación entre las propias elites de forma más fuerte, promoviéndose
imágenes de valía social, de carisma y superioridad humana; por ejemplo,
como lo sugiere Múnera:
Los ensayos de Francisco José de Caldas y Pedro Fermín de Vargas, dos de los más
importantes intelectuales de la elite andina de los años finales de la Colonia,
describen la costa Caribe como un lugar distante, no solo física sino culturalmente
también. En los trabajos de Caldas… las provincias de la costa, con sus llanuras
ardientes y sus “salvajes” e “indisciplinados” negros y mulatos, representan la
imagen más exacta no sólo de la ausencia de progreso, sino de la imposibilidad de
obtenerlo. Los Andes, por el contrario, han sido idealmente creados para producir
un individuo moral e intelectualmente superior (1996).
147
A estas ideas se sumaron, entre otras, generalizaciones acerca de la relación que
se daba entre el clima, el territorio y el carácter de sus habitantes, asociando lo
cálido con lo desordenado, perezoso y rústico, en oposición a lo frío, activo y
regulado, sosteniendo así un peso de lo ‘natural’ como parte definitiva de la
estructuración de lo social.
Así, llama la atención que en ese ejercicio de independencia de Cartagena,
lleno de variados matices sociales, se repitan dos factores que parecen
estructurales en las configuraciones de las relaciones entre grupos humanos.
Por un lado, el uso de la fuerza física como elemento clave de coacción y
direccionamiento para el logro de fines, a la par de un ejercicio en el que se iba
urdiendo un tejido de identidades apoyado en la desacreditación y
estigmatización del opositor.
Bien se sabe que García Toledo, máximo líder de la junta criolla, llamó al 11 de
noviembre de 1811 como el “día más funesto que podrá ver la patria… día de
llanto y escándalo no sólo para esta plaza y su provincia sino para todo el reino”
(Múnera, 1996). Tal desagrado estaba en total sintonía con la inversión de
papeles que se había suscitado y que ponía en entredicho la autoridad del
grupo dirigente, al igual que su poder y su valía social. Como sea, poco se supo
y se reconoció acerca del papel de los sectores marginales en los procesos de
independencia, se mantuvo más bien el eco de esos modos de relación social
desde los cuales se consolidó paulatinamente la nación hoy llamada Colombia.
Murallas musicalizadas
III
Al recordar el himno de Cartagena encontramos un ejemplo más sutil de lo
que se ha intentado sostener en este documento sobre las interrelaciones de los
grupos humanos. Tal himno fue estrenado a mediados del siglo XX y escrito
por Daniel Lemaitre Tono, cartagenero y descendiente de inmigrantes
franceses, miembro de la elite empresarial de la ciudad en la primera mitad del
siglo mencionado. La música fue compuesta por el sucreño Adolfo Mejía,
quien vivió su niñez y adolescencia en el barrio San Diego de Cartagena; estos
dos personajes, que fueron amigos, pueden ser ubicados dentro del grupo de
establecidos de la sociedad costeña de ese momento.
Al compositor de la letra se lo reconoce en diferentes lugares como una persona
pujante, con iniciativa, gran empresario, poeta, artista y de alta alcurnia; al
compositor musical se lo menciona como creativo, talentoso, de mente
organizada, ingenioso y aventurero. Resulta llamativo que en una de esas
descripciones que se ofrecen de Mejía se diga que “tuvo que vivir en una
Cartagena en la cual la influencia negra ya había sido admitida, hasta tal punto,
que lo folclórico se había vuelto popular, bellamente popular, pero
peligrosamente cercano a lo populachero. Es como ciertos zarcillos en ciertas
mujeres que están en el límite entre lo atractivo bello o lo decadente vulgar”
(Escobar, 1985). Tal descripción, ofrecida en un texto publicado hace casi tres
décadas atrás, muestra esas fronteras, esas murallas que aún se sostienen entre
los diferentes sectores sociales y que van marcando las pautas de lo “correcto”,
de lo “bueno”, de lo “armónico” y de lo “bello”.
148
Esas caracterizaciones de los personajes funcionan a su vez como ciertas
cartografías de las relaciones humanas y de la forma en que se define el lugar
que cada uno tiene, resaltando unas cualidades de supremacía y distinción
frente a lo que resulta ordinario, vulgar o desagradable. El himno entonces
pudo haber sido creado y marcado desde cierta sintonización social, desde
cierto orden de las posiciones que buscaba mantenerse y promoverse en aras
del ideal-nosotros del grupo al que alude. No es casual que el símbolo
sonoro-poético de la ciudad se origine en medio de un grupo de personas con
formación académica y acceso a un variado mundo cultural y artístico, es el
producto de destacados y virtuosos miembros de tal comunidad, mostrando
en alguna medida, a través de la letra musicalizada, una idea de lo que esa
sociedad ‘fue’, ‘es’ o intenta ‘ser’. Una mirada a lo que dice el himno permitirá
una mejor idea del pasado que se intenta recrear y perpetuar; veamos lo que
nos ofrece:
Suenen trompas en honor
de la noble e ínclita ciudad
que por patria se inmoló
en sus gestas gloriosas
de libertad.
Libertad, libertad,
la fe con ardor gritó
y en un once de noviembre
fue la heroica Cartagena
quien del yugo las cadenas
cual leona fiera destrozó.1
De entrada nos encontramos con una ciudad ilustrada a la que deben hacérsele
honores, una ciudad que se encuentra integrada con las demás elites nacionales
alrededor de una idea de libertad, reconociendo sus sacrificios por ese proyecto
que es la patria. Se desconocen las tensiones con el interior del país y se
presenta como una ciudad despersonalizada, o más bien, como una
comunidad homogénea que se yergue desde la libertad que resulta de su fuerza
para romper las cadenas, ¿fuerza de quién?, ¿grito del 11 de noviembre de
quiénes?, ¿cuáles cadenas fueron rotas?, ¿cómo se re-crearon las cadenas?
·Foto:Ramón Moreno Carlos·
A su vez, vale la pena resaltar la idea de la ‘fe que grita’, una comunidad
catolizada con la espada, una comunidad con fe clamando por la libertad, ideas
que parecen caracterizar más claramente a un sector establecido que a unos
sectores marginales que fueron silenciados en diferentes escalas.
1
Esta versión del Himno de Cartagena fue encontrada en: www.cartagenadeindias.com ; existen diferentes
versiones de audio con variados arreglos y adaptaciones musicales que pueden escucharse a través de
internet.
149
Si presionamos un poco sobre el ejercicio de interpretación encontramos que
las cualidades que son exaltadas en el himno hacen referencia a una persona:
honorable, noble, ilustre, patriótica, sacrificada, heroica, gloriosa, libre, de
‘buena fe’, fervorosa, memorable y fuerte. Todas estas cualidades raramente
fueron asignadas a los sectores marginados y se sintonizan mejor con las
propias características que los sectores establecidos han sostenido y
proclamado de sí mismos; se trata de descripciones que definen tácitamente el
liderazgo, el carisma y supremacía de algunas personas y justifican su ubicación
en las interrelaciones sociales. Aunque no se hace referencia explícita a
personas o grupos específicos, las letras musicalizadas configuran núcleos de
cualidades personales, que como una moneda, en su reverso, conllevan
implícitamente aquellas cualidades no deseables.
A través del himno, en la revisión de la sociogénesis de su producción, se
promueven modelos de personalidad que, a pesar de no resultar explícitos,
dejan ver cómo se juegan en diferentes contextos las formas en que se organiza
una sociedad. En este caso, por medio de un símbolo ciudadano que es
entonado por “todos” sus habitantes y que se enorgullecen al hacerlo, se
afirman unas nociones que armonizan con cierto orden de relaciones y lo
reproducen. Cada vez que suena esta canción se crea un ambiente de
sonoridades-sensibilidades que permiten que la gente evoque sentimientos
comunes y que les facilite reconocerse como grupo, a la par que en las múltiples
repeticiones de lo mismo, aunque el mensaje de la letra parezca desvirtuado, se
afianza un modo de sentir en relación con las ubicaciones que cada uno debe
tener en el grupo. No será lo mismo el himno cantado por una persona
estigmatizada, que no sabe qué significan algunas palabras de su himno, que
aquel que se siente reconocido con el ritmo de marcha marcial y lo que la letra
enuncia.
No quiere esto decir que las personas no tengan o puedan tener diversas formas
de entendimiento del himno, o que lo apropien o no de una única forma, sino
que en los cambiantes ‘equilibrios de relación y de poder’ las lecturas que se
hacen sobre esos referentes de identidad colectiva también son re-ubicadas las
miradas y las percepciones. Habría que poner un acento especial sobre los ejes
y mitos desde los cuales se constituyen ideas e imágenes de los diferentes
grupos humanos, revisando esos factores estructurales y estructurantes de
nuestras relaciones y que condicionan en diferentes grados las posibilidades de
encuentros favorables para todos. Aunque la violencia física se administra
actualmente de forma diferente a la manera en que sucedía en la Colonia, y que
la construcción de una imagen de sí mismos ha ido en sintonía con la
exaltación y estigmatización entre grupos humanos, como una especie de
disputa que se desplaza hacia un contexto simbólico, sigue siendo la fuerza
corporal concreta una garante del orden de las posiciones.
150
Reconocer tales aspectos será clave para que, en medio de las celebraciones del
aniversario por el Bicentenario de la Independencia, podamos inquietarnos
acerca de la forma en que se construyen y son promovidas diferentes
perspectivas de vida. El descubrir que en alguna medida estamos repitiendo
formas coloniales de relación, formas que se recrearon en el mismo momento
de la fundación de la ‘patria’, puede permitir problematizar esos modos de
vinculación entre los diferentes colectivos y entre las personas. Este escrito
intenta ofrecer algunas ideas entendidas como un ejercicio de descripción y de
reflexión teórica acerca de la dificultad que tenemos al re-elaborar nuestro
pasado como parte del tejido de nuestra propia imagen colectiva, mirar el
espejo que es nuestra historia es una oportunidad para descubrirnos en medio
de las contradicciones y para intentar otras prácticas.
Aunque estigmatización y violencia se han presentando aquí como ejes clave
de la conformación de la nación, han sido a su vez y a través de los tiempos
dinámicas humanas de un proceso inacabado e inacabable que puede alterarse.
Tal proceso, en el que se tejen interdependencias, se halla lleno de
potencialidades para que los principios de relación entre los humanos puedan
ser orientados en otro sentido, más allá de esa pretensión del establecimiento
de unos sectores sobre otros. A pesar de que volver la vista sobre el pasado no
significa necesariamente evitar su repetición, la problematización del mismo,
de las imágenes que construimos y sostenemos acerca de la historia -como
reflejo de las imágenes de nuestra actualidad-, posibilita en alguna medida
nuevas líneas y caminos que cruzan esas murallas y fronteras que parecen
anclarse como anteojeras de nuestras relaciones, de nuestras miradas y
nuestras acciones.
Bibliografía
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Marginados”, en: La civilización de los padres y otros ensayos. Vera Weiler
(comp.) Editorial UNAL-Norma, Bogotá.
·(1994), El Proceso de la Civilización. Fondo de Cultura Económica, México.
·Escobar, Luis Antonio (1985), La música en Cartagena de Indias. Publicación
digital en la página web de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la
República.
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/musica/muscar/adolfo.htm.
Consultado el 12 de agosto de 2011.
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Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Debates, [En línea].
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Bibliográfico, Vol. 33, No. 41. Bogotá, pp. 29-49. Publicación digital en la
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Desafíos de una Latinoamérica interrogada”, en: Sociedad, Cultura y Cambio
en América Latina. Universidad Ricardo Palma, Lima, pp. 89-110.
·Vidal Ortega, Antonio (2002), Cartagena de Indias y la región histórica del
Caribe. Universidad de Sevilla, Sevilla.
151
La ciudad decimonónica:
Ramón Moreno Carlos
Arquitecto con Master en Restauración y Rehabilitación del Patrimonio por la Universidad de Alcalá,
España; maestro en Historia por El Colegio de San Luis A.C.; candidato a doctor en Historia de América por la
México de ‘Restauradores sin Fronteras’; ex becario de la Fundación Carolina (España y Colombia);
ex becario de la Unesco-Cencrem (Cuba), ex becario del CONACYT, México;
ex becario Mecesup (Chile), profesor universitario de la Universidad del
Centro de México y de la Universidad del Valle de México.
La ciudad fue el elemento central, el elemento básico,
la célula central de la sociedad moderna durante la primera época.
Alain Touraine
La ciudad ha sido ocupación y preocupación de los más importantes
pensadores, lo mismo del pasado remoto que del pretérito cercano;
igualmente, ha formado parte del campo de batalla de las ideas, los anhelos
sociales y los proyectos políticos que han caracterizado a diversas épocas de
nuestra historia latinoamericana. Pero, con humildad, debo reconocer que
nuestro interés y enfoque no distan mucho de lo que se ha podido discutir en
otros ámbitos y tiempos.
Sin embargo, el haber tenido la oportunidad de visitar y conocer uno de los
más complejos y transformadores del urbanismo en general y de las ciudades
latinoamericanas en particular: el siglo XIX. Vaya, pues, este ejercicio de
pensamiento en recuerdo de mi estancia en Cartagena de Indias, Colombia.
Para comenzar, cabe recordar que para Aristóteles política y arquitectura
concretan una unidad y en ella toma forma la cotidianidad del ciudadano a
través de una armónica convivencia y al mismo tiempo es una traducción de su
paideia o cultura1. Esta visión sobre la estrecha relación entre política, cultura
y ciudad, ha resultado quizá en un proceso de los denominados como de “larga
sentido paralelo, hay quienes como Gastón Bachelard, ven en la ciudad una
extensión de la casa y, por ende, cuando se piensa que las ciudades son entes
vivos, se parte de la idea de que las ciudades nacen y se transforman con
1
Guadet, Julien. Eléments et theorie de architecture. Paris, S. I., 1901, pp. 90-107.
Bachelard, Gastón. La poética del espacio. México, FCE, 1965.
· Volver al Indice ·
152
relación directa hacia el accionar de sus habitantes, de sus constructores e
incluso de sus destructores, y desde luego, con la participación de quienes
desde los textos las descubren y reescriben día con día2.
En principio, debemos reconocer que cada ciudad va construyendo su propia
fisonomía a partir de sus características, sus cualidades y sus carencias, y que la
misma tiene en la casa, la calle, la plaza o el paisaje, los escenarios que la
representan y le generan una identidad propia; por ello, podemos decir que las
ciudades guardan una relación directa con la memoria de cada uno de sus
individuos y al mismo tiempo, con la memoria colectiva de la sociedad.
En ese sentido surge para algunos, como por ejemplo Martin Heidegger, un
concepto que ha acompañado en su largo devenir a la ciudad: la tradición.
Empero, cabe aclarar que este concepto que Heidegger vincula directamente
con la ciudad, nada tiene que ver con el conservadurismo; tampoco se asocia al
rechazo del cambio, ni mucho menos con la resistencia en contra de la
transformación, sino que se explica a partir de la necesidad de vincularse con el
conocimiento de las experiencias vividas por sus habitantes, como ciudadanos
y ocupantes de una ciudad, de cualquier ciudad.3 Para él, el hecho de habitar,
construir y pensar en la ciudad, conforman una relación activa y productiva, la
cual ha conducido al desarrollo del espacio urbano desde el siglo XVIII y hasta
nuestros días. Heidegger ha asegurado que habitar es igual a construir, y que
producir es igual a conducir, descubriendo en ambos binomios la función
utilitaria y simbólica de la arquitectura y el urbanismo.4
Ahora bien, en sentido totalmente opuesto a las expresiones de Heidegger, han
aparecido planteamientos que desvirtúan a la ciudad como la entidad que de
forma fidedigna materializa –o traduce-, la relación, la convivencia, la utilidad,
la cultura y el quehacer político del hombre en sociedad. Entre ellos, Jacques
Derrida ocupa un lugar destacado como un opositor de quienes consideran a
la ciudad como el producto mejor logrado de la cultura; para ello, su
argumento toma como base la crítica al propio concepto de cultura5.
Para Derrida, la cultura por sí misma no existe sino que es una postura, y el
supuesto de su representatividad no es sino un ensayo de interpretación; y si
bien en “esa cultura” puede haber un libre juego de signos y significados –que
sin duda también cambian con el tiempo -, lo cierto, es que resulta necesario
que algunos elementos (como el lenguaje), permanezcan como entes de
dominio para que sobreviva esa cultura. En ese sentido, el quehacer
constructivo representa ante todo un ejercicio directivo de la actividad pública,
reinterpretando quizá el postulado aristotélico de la indisoluble relación entre
política y ciudad6.
Heidegger, Martín. Construir, habitar. Santiago de Chile, Pontificia Universidad de Chile - Facultad
de Arquitectura y Urbanismo, 1988.
4
Ibídem.
5
Derrida, Jacques. “The Ends of Man”, en Margins of Philosophy. Traducción de Alan Bass. USA,
University of Chicago Press, 1982.
6
Ibídem.
3
153
Sin participar de esta discusión filosófica, podemos decir que la ciudad como
producto o no de la cultura, es el espacio en donde por más que arquitectos,
urbanistas, políticos y ciudadanos se empeñen en proyectarla y ordenarla a su
modo, la ciudad de forma diacrónica va creando sus propias aplicaciones,
extensiones y ramificaciones. Es decir, la configuración histórica de una ciudad
depende de muchas variables, entre otras la geografía, la economía, la política,
las personas y sus intereses; y cada uno de esos aspectos ha impuesto con el
paso de los años, una perspectiva, un sentido, un ritmo y una realidad que
puede ser semejante en diversos lugares pero difícilmente idéntica en todos los
sitios.
Entre lo urbano y lo rural
En el siglo XIX, y quizá con mayor evidencia en su último cuarto, se presentó
un período de interesantes confluencias y divergencias. Cabe recordar que la
centuria decimonónica representa una época a la que muchos han
denominado como el siglo de la revoluciones… y de hecho lo fue. Por lo
mismo, la atención y el estudio sobre ese tiempo abrió como quizá para ningún
otro período anterior, la posibilidad de una diversidad de investigaciones y
especialistas que buscaron abundar en el conocimiento y la interpretación del
fenómeno urbano del siglo XIX. Así, el trabajo sobre temas como el espacio
atrajo cada vez más a los historiadores, sumándose al abundante bagaje de los
sociólogos; por ende, los caminos para estudiar la temática urbana se
diferenciaron abiertamente, destacando en volumen los que asumían una
militancia ideológica, bien al lado de la perspectiva marxista o en contra de ella.
·Foto:Ramón Moreno Carlos·
Sin ocuparnos de esa confrontación, sí debemos reconocer que en ese
momento toma forma, quizá, el primer análisis en profundidad de la
complejidad urbana “moderna”, el cual manifestó quizá la crítica más feroz de
su tiempo hacia la ciudad industrial y burguesa que se desarrolló sobre todo en
Europa y en la segunda mitad del siglo XIX. Esta argumentación estuvo a cargo
de Federico Engels, en su informe sobre La situación de la clase trabajadora en
Inglaterra, y muy especialmente, en lo que al urbanismo se refiere, a través de
su ensayo: Contribución al problema de la vivienda. En esos textos la lucha de
clases toma como escenario no sólo a los novedosos espacios industriales, sino
también a las ciudades que como París, Barcelona y Viena –entre otras-, habían
derrumbado sus murallas para abrir grandes avenidas y construir glorietas,
además de rediseñar sus trazos con base en ejes y diagonales que
transformaron los apretados y abigarrados espacios medievales.
La teoría sociológica se constituyó pues, durante gran parte del siglo XIX,
como el principal instrumento de análisis sobre la ciudad. Para el caso, las
dicotomías entre solidaridad mecánica y solidaridad orgánica de Durkheim,
entre comunidad y sociedad de Tönnies, son algunas de las más claras
expresiones analíticas del conflicto entre la sociedad tradicional y rural con la
sociedad industrial y urbana7.
Incluso podemos decir que llegaron a superar no sólo a la mera oposición entre
campo y ciudad que habían enunciado Marx y Engels -bajo un paradigma
economicista-, sino las del antiurbanismo naturalista y del pensamiento social
154
dominante en los Estados Unidos durante el siglo XIX, enarbolado por Thomas
Jefferson. Lugar aparte ocupa, en este devenir de las ideas y el debate sobre la
ciudad, la obra de Georg Simmel sobre Las grandes ciudades y la vida del
espíritu, ya que tendrá una profunda influencia en las décadas siguientes, sobre
todo porque definió a la ciudad como un “hecho social”; su planteamiento
partía de asegurar la superposición de lo social sobre lo físico, afirmaba que lo
importante para la sociedad no es el espacio, sino el eslabonamiento y conexión
de las partes del espacio, producidos por factores espirituales8.
Y si con Marx y Engels ya se había dado la crítica sobre la subordinación de lo
rural bajo lo urbano, lo cierto es que solo hasta con Simmel, es cuando
podemos hablar de la aparición del concepto de “lo rural y lo urbano”, como
una expresión dicotómica fundamental que constituye la espina dorsal de los
estudios sobre el urbanismo moderno. Una trascendente visión sociológica
sobre la ciudad es la de Max Weber, quien aplica su metodología de los tipos
ideales al estudio del hecho urbano. Para Weber la ciudad -como un “tipo
ideal”-, debería implicar al mercado, la plaza fuerte, una jurisdicción propia,
leyes al menos parcialmente autónomas, un asociacionismo específico y una
administración relativamente independiente puesta en manos de unas
autoridades elegidas por los habitantes. Por lo anterior, resulta Max Weber, y tal
vez más que Marx, quien profundiza en ese aserto que se cuenta estaba inscrito
en el frontispicio de la puerta principal de una ciudad alemana, ya en la Edad
Media: “el aire de la ciudad nos hace libres9”.
Y si bien la sociología y la historia ocupan los papeles principales dentro del
trabajo de investigación y reflexión urbanas en el siglo XIX, surgen trabajos que
partiendo de otras disciplinas también conforman aportaciones importantes al
estudio de las ciudades, pero éstas sí con un mayor énfasis en el desarrollo de la
ciencia urbana, tal es el caso de la obra del español Ángel Ganivet10. En su
Granada la Bella, escrita en 1896, Ganivet identificó la temprana respuesta en
castellano a la tecnocratización del urbanismo, en términos mucho más sutiles
y profundos que la mera oposición romántica y reaccionaria a los ensanches,
tan habituales en la época. En su perspectiva, la dicotomía urbano - rural radica
en la diferencia entre pueblo y ciudad, ya que es precisamente la ciudad la que
tiene espíritu, un espíritu que todo lo baña, lo modela y lo dignifica. En el
mismo sentido, Ganivet descubre a la evolución orgánica de las ciudades como
“una acción oculta de la sociedad”; incluso se puede advertir - en sus
reflexiones sobre los hitos artísticos -, el origen quizá de lo que seis décadas más
tarde Kevin Lynch desarrollaría en su texto La imagen de la ciudad 11.
Tönnies, F. Comunidad y asociación, Barcelona, Ediciones Península, 1979.
Simmel,G. Sociología. Madrid, Alianza Editorial, 1986.
9
Weber, Max. The City, translate and edit by Don Martindale and Gertrud Neuwirth. New York,
Collier Books, 1962.
10
Ganivet, Ángel. Granada la Bella. Madrid, Edición del Círculo de Amigos de la Historia,1978.
Lynch, Kevin. The image of the city. Cambridge, Harvard University Press, 1960.
7
8
155
Sin embargo, a pesar de la novedosa aportación de Ganivet y de otras similares,
la casi omnipresencia del pensamiento estructuralista (especialmente con
tendencia marxista), mantuvo por algún tiempo a los sociólogos abocados a los
problemas sectoriales y las discusiones sin una perspectiva global. En
consecuencia, podemos incluso suponer que se construyó una sociología
urbana de pocos alcances, que cuando no fue puramente geografía, es decir,
empirista y agotada en la propia descripción, pareció incapaz de incorporar
11
seriamente “lo espacial” a los fenómenos sociales12.
El resultado de esta aparente derrota de la Sociología fue que se alzaron
teóricos e investigadores sociales como Paul Goodman y Henri Lefebvre, con
sus propuestas holistas, en el primer caso, o de cooperación interdisciplinaria
en el segundo. Y lo más importante, con la aparición de esos nuevos enfoques
se comienza a reconocer la idea del carácter político en la planificación del
espacio13. No mucho tiempo después, los historiadores y los sociólogos
encontrarían lo mismo senderos comunes que rutas distintas para explicar y
explicarse el fenómeno urbano, y sin menosprecio de la aportación sociológica
podemos afirmar que fueron los historiadores quienes con mayor amplitud - y
sin posiciones dicotómicas -, han aportado una mayor cantidad y calidad de
análisis sobre el espacio, los ciudadanos, su relación y sobre todo, su papel en la
transformación de pueblos y ciudades.
Uno de los ejemplos de esta ocupación histórica lo es el trabajo del francés
Henri Lefebvre, quien afirmó que el urbanismo representa como organización
del espacio, un nivel de análisis complejo, en donde las relaciones sociales se
dan de forma más amplia y general; y las cuales, se concretizan en un nivel
micro-sociológico ya en los espacios arquitectónicos14.
·Foto:Ramón Moreno Carlos·
En sentido paralelo, pero ocupándose de un análisis casi estratigráfico de los
procesos constructivos asociados al fenómeno social, particularmente en el
ámbito del comportamiento de las masas y los individuos a partir de su
relación con los órganos del poder, se encuentra Michel Foucault, quien afirma
que tanto el urbanismo como la arquitectura del siglo XIX, son
manifestaciones del dominio que los grupos o individuos ejercen sobre el
espacio urbano, por un lado, el lugar donde se reproducen las relaciones de
poder y, por otro, el lugar donde se da la transformación cotidiana del hombre
citadino, del hombre civilizado y bajo la concepción occidental del proceso15.
Por lo dicho hasta aquí, podemos asegurar que en el siglo XIX, como en otros
momentos del devenir urbanístico moderno, la transformación de una ciudad
ha obedecido ante todo - y salvo los desastres naturales -, a la variación o el
cambio del pensamiento y las acciones de los hombres y mujeres que las
habitan.
Lynch, Kevin. The image of the city. Cambridge, Harvard University Press, 1960.
Flanagan,W.G. Contemporany Urban Sociology. Cambridge, Edition CUP, 1993.
13
Ibídem.
14
Lefebvre, Henri. De lo rural a lo urbano, México, FCE, 1987.
11
12
156
En ese sentido, la mentalidad de los ciudadanos y el ejercicio del poder tienen
un peso específico mayor que otras variables; por ejemplo, en voz de Oswald
Spengler, al sucederse un gran acontecimiento político, el rostro de la ciudad
tomará nuevas arrugas16. Asimismo - y continuando con la metáfora-, Robert
Musil escribió en su libro El hombre sin atributos, que “a las ciudades se las
conoce, como a las personas, en el andar”.17
La ciudad también es un entramado, un tejido de infinidad de cosas y, por lo
mismo, un profuso código compuesto por varios sistemas. En la ciudad todo
confluye, nada está suelto. Ese tejido citadino está constituido por todos y cada
uno de los elementos que le han dado sentido, la constituyen y le han otorgado
identidad al cabo de su historia. Algo semejante a lo que escribe Italo Calvino
en su poema El palomar, y que se lee así:
“La forma verdadera de la ciudad está en ese subir y bajar de los techos, tejas
viejas y nuevas, acanaladas y chatas [...] nada de esto puede ser visto por quien
mueve sus pies o sus ruedas sobre el pavimento de la ciudad”.18
Sin embargo, a estas alturas no debemos dejar de comentar que la ciudad que
estudiamos no es sólo aquella en la cual vivimos, y aún cuando así sea, siempre
será un más o un menos, pero nunca la realidad absoluta. La ciudad narrada
históricamente es una composición intelectual, y habrá tantas historias de una
ciudad como individuos hayan investigado sobre ella, incluso para cuando el
historiador haya definido el tema, los acontecimientos de la ciudad habrán
pasado ya por una suerte de filtro, el primero, el de la propia fantasía de sus
habitantes. Por ende, esta relación discursiva del hombre con la ciudad llevada
hasta el límite, ha culminado con el transcurso de los años en la creación de
ciudades imaginarias: La República, La Ciudad de Dios, La Arcadia, La Ciudad
del Sol, La Ciudad Ideal, La Nueva Atlántida, La Utopía, entre otras.
Cabe aclarar que esa composición intelectual que es la ciudad – y sus habitantes
- en la historia, parte tanto de supuestos como de hechos concretos pero, sobre
todo, de la indiscutible relación de los testimonios materiales del hombre en un
espacio y un tiempo determinados. Al respecto, debemos recordar que en la
actualidad todavía consideramos al “tiempo” como una sucesión de hechos y
espacios que va de menos a más, y sobre todo de lo más simple a lo más
complejo. Esta forma de pensar decimonónica europea influenció no sólo la
vida cotidiana de prácticamente todas las sociedades del mundo, sino también
las relaciones entre grupos humanos, incluyendo las relaciones entre pueblos y
naciones. También fue a partir del siglo XIX que el cuerpo humano comenzó a
servir de metáfora central para la conceptualización del tiempo histórico. De
esta forma el desarrollo individual fue proyectado al cambio social y el tiempo
pasó definitivamente a ser pensado en términos de “crecimiento”, “superación”
y “desarrollo”. Con esta escala temporal, tanto las naciones como los distintos
grupos dentro de ellas fueron clasificados como más o menos avanzados, o
desarrollados.
Spengler, Oswald. La decadencia de Occidente: Bosquejo de una morfología de la historia universal,
traducido por Manuel G. Morentes. Madrid, Espasa Calpe, 1982.
Musil, Robert. El hombre sin atributos, traducción del alemán por José M. Sáenz, Feliu Formosa y
Pedro Madrigal. Barcelona, Edición Seix Barral, 1985.
18
Calvino, Italo. Las ciudades invisibles, traducción de Aurora Bernárdez. Madrid, Ediciones Siruela,
2001.
16
17
157
Para el caso del fenómeno urbano asociado a los procesos históricos que
manifestaron ese cambio social, Paul Rabinow en su French Modern se ocupó
de darnos un bosquejo histórico de lo que el movimiento arquitectónico
moderno significó para Francia, definiendo sus características centrales. Esta
autor analizó la forma en la que las teorías y concepciones externas a la
arquitectura misma, influyeron en las maneras de pensar la urbanización
francesa entre los años de 1830 y 1930. De acuerdo con Rabinow, la
arquitectura es una disciplina que siempre está marcada por las ideas
prevalecientes en la sociedad en la que viven los urbanistas, los arquitectos y los
constructores.19
El investigador francés advierte que la manera como el gobierno francés
manejó los asuntos epidémicos marcó la primera ocasión en la que la ciudad
misma fue el objeto de la acción centralizada de las autoridades, tomando en
cuenta a la ciudad como unidad de estudio y experimentación; Rabinow
descubre en esta intervención, la primera manifestación de la forma moderna
de concebir a la ciudad como una entidad funcional que requiere planeación
centralizada. Para el caso, también Rabinow nos asegura que tiempo después
“Napoleón y su Prefecto Haussman entendieron a París como un objeto
político, económico y técnico, pero todavía no como un objeto social.”20
·Foto:Ramón Moreno Carlos·
Una referencia obligada para discutir sobre el urbanismo decimonónico,
incluso por lo provocador de sus argumentos, es la de Lewis Mumford, quien
a través de su trabajo planteó hacia 1961, preguntas que aún en los años
recientes diversos estudiosos de los fenómenos urbanos han tratado de
responder sin buen éxito. Este autor partió de una afirmación relativa a los
orígenes “oscuros” de la ciudad y en su obra monumental La ciudad en la
historia, muestra y demuestra que el pasado de esa entidad está aparentemente
sepultado o irremediablemente alterado y que sus perspectivas de renovación
son difíciles de prever21.
En ese texto, Mumford consagra sus esfuerzos a recorrer cinco mil años de vida
citadina. Habrá una ciudad - nos dice al término de su trabajo -, donde haya
participación consciente de las personas en la vida común, en el proceso de
organización de la convivencia, de modo que cada fase del drama puesto en
escena contenga, tanto como sea posible, la luz de la inteligencia, la marca de la
finalidad y el color del amor. De lo contrario, los estériles dioses del poder, sin
límites orgánicos ni metas humanas, reconstruirán al hombre a su imagen y
semejanza y pondrán punto final a su historia.22
Ya bajo un punto de vista no provocador sino más concreto, Leonardo
Benévolo nos asegura que las condiciones de la ciudad primitiva, sólo
cambiaron radicalmente hasta la llegada de la llamada Revolución Industrial
en el Siglo XIX. Su afirmación tiene origen en la consideración de que el
abrupto incremento demográfico europeo, facilitado por los avances en la
productividad agrícola y en la higiene, hizo crecer las ciudades, además de que
las fábricas ofrecían los medios de subsistencia que ya no se encontraban en el
campo.
Rabinow, Paul. French Modern. Norms and Forms of the Social Environment. Cambrige, The MIT
Press, 1989.
20
Ibídem.
19
158
Asimismo, nos afirma que simultáneamente con estos cambios de las
características de la población se desarrollaron los medios técnicos para la
transformación del medio ambiente, y al mismo tiempo, el Estado se retiró
cada vez más del ejercicio del poder sobre estos acontecimientos; esto en razón
de la propagación y vigencia del pensamiento liberal de Adam Smith, el cual
proclama la tesis de la “mano invisible”, misma que privilegia “los egoísmos
individuales” como agente de conducción social, para en su momento y con el
ascenso del bienestar común, el Estado sólo asumiría la tarea de la defensa ante
el peligro; aunque esto cambiará de enfoque hacia la segunda mitad del propio
siglo XIX.23
Según Benévolo, con la Revolución Industrial cambia el rol de la ciudad junto
con el del “lugar central” que era sustentado por un entorno agrícola; a partir
de este hecho, emerge la ciudad como centro industrial y conjuntamente se
transforman los tamaños de las ciudades y su población crece en forma mucho
más acelerada que antes. Sin embargo, a la par de esta transformación drástica,
la realidad de esta renovada ciudad - sobre todo hacia la primera la mitad del
siglo XIX -, presentaba un déficit habitacional, lugares de miseria, alta
densidad, falta de áreas libres, y sobre todo condiciones higiénicas primitivas.
La caracterización de Charles Dickens sobre la Coketown y sobre todo los
informes de Engels sobre las clases trabajadoras en Inglaterra, nos aclaran y
muestran la situación.24
El desarrollo urbano entregado al libre mercado o a los mecanismos del libre
mercado no siguió, en general, ningún principio de orden básico. Pero
obviamente se dieron algunos casos ejemplares con proyectos de gran alcance
e impacto, tales como la Ringstrasse de Viena o la Renovación Urbana de la
Cité de París por Haussmann, incluso la reconstrucción de Hamburgo tras el
incendio del año 1882. No obstante, para Benévolo esos ejemplos fueron sólo
expresiones superficiales que no tuvieron gran resonancia ni repercusión
inmediatas.25
La ciudad civilizada y moderna
La ciudad decimonónica ha sido profusamente estudiada, pero quizá el campo
más amplio de cultivo para el conocimiento de sus permanencias y
transformaciones no ha sido la historia, sino las particularidades del desarrollo
teórico y práctico del quehacer constructivo y a través de una diversidad de
análisis estilísticos, artísticos o estéticos. Por lo mismo, los estudios se han
concentrado en cantidad y profundidad, en la investigación sobre las
principales capitales de los recién independizados países de América Latina,
tomando como base, sobre todo, los indicadores demográficos y la antigüedad
de los asentamientos.
Mumford, Lewis. The city in history : its origins, its transformations, and its prospects. New York,
Brace & World Editors, 1961.
Ibídem.
23
Benévolo, Leonardo. Orígenes del urbanismo moderno. Madrid, Ediciones Celeste, 1994.
21
22
159
Para el caso, y si bien los asuntos más atendidos por la historiografía han sido
el fenómeno artístico y los valores estético y cultural tanto de la arquitectura
como del urbanismo, lo cierto es que en los años recientes se han llevado a cabo
investigaciones que asocian la transformación del espacio no sólo al mero
proceso constructivo, sino a su relación con los paradigmas y las acciones
políticas y económicas de los diferentes grupos que componen a una sociedad,
y poniendo el énfasis en el rol de quienes han detentado históricamente los
poderes económico y político.
En general, los estudios que abordan el proceso de transformación urbana en
las ciudades latinoamericanas de origen virreinal, la referencia del fenómeno
urbano europeo –con sus protagonistas, modelos, obras y proyectos -, aparece
como un elemento común para el análisis. Esto, a partir de que la influencia del
desarrollo urbano y arquitectónico de Europa resulta por demás evidente en
cualquier ciudad de mediano tamaño, lo mismo en la Ciudad de México que en
Buenos Aires, Santiago o La Habana; y sobre todo, para aquellas que tuvieron
un proceso intenso de renovación urbana y edilicia para la segunda mitad del
siglo XIX.
Como ya lo hemos anticipado pero tomando como base esos estudios,
podemos suponer que la transición del siglo XVIII al XIX encontró a Europa
envuelta en diversos procesos económicos, y próxima a una revolución técnica
e industrial. Y esta revolución se había echado a andar abarcando no sólo a la
tecnología sino también a la economía, a la política, y en general, a casi todo
fenómeno y actividad social; se dio, pues, el inicio de la transformación de las
sociedades precapitalistas en razón de una progresiva e irreversible
industrialización.26
·Foto:Ramón Moreno Carlos·
Al retomar el análisis de Bookchin, el afirma que en las sociedades
precapitalistas se había diferenciado individualmente a los espacios del
hombre, es decir, las actividades primarias como la agricultura, la ganadería y
el comercio, que marcaron la estructura social y territorial de los asentamientos
urbanos y rurales. Por ende, las ciudades estaban delimitadas por el campo y su
crecimiento o estancamiento obedecía a la intensidad que hubiera entre las
relaciones sociales y las de producción. 27
En el mismo sentido, para Erick Hobsbawm, la transformación de las
relaciones de producción funcionó, quizá, como un proceso de gestación para
las sociedades capitalistas, las cuales tuvieron entre sus propósitos la
diferenciación colectiva del espacio humano; con ello, el crecimiento de la
ciudad se dio mediante la incorporación a la vida social, de las relaciones
secundarias o indirectas. Y este tipo de enlaces tuvo, en la especialización
económica y el desarrollo tecnológico, dos de los factores que más
contribuyeron a fundamentar la estrategia para satisfacer sus requerimientos
materiales.28
24
25
Ibídem.
Benévolo, L. op.cit.
160
Los cambios en la definición urbana decimonónica manifestaron, en ese
momento, la preponderancia de los conceptos de capitalismo y modernidad,
sobre todo en el discurso y las acciones de los representantes del poder y del
capital. A partir de entonces, en Europa la planeación urbana estuvo dominada
por la técnica constructiva, la eficiencia estructural y desde luego la función y
la economía, asociadas a conceptos como los de la modernidad, el progreso y
la civilización.29
En este momento resulta importante hacer una acotación, desde la cual
podemos apuntar que los estudios históricos sobre el espacio urbano –a través
de sus transformaciones y permanencias -, deben partir de una suma de
conocimientos y experiencias, incluso desde diversas perspectivas
metodológicas.
Como ya lo hemos anticipado pero tomando como base esos estudios, Por ello,
y sumándonos al interés de historiadores como Carlos Aguirre Rojas, textos
como los de Norbert Elias aportan luces al conocimiento de los procesos
económicos, sociales, políticos e incluso, religioso–simbólicos, asociados a la
transformación urbana, sobre todo en la transición del siglo XIX al XX. Para
Elias, el concepto de civilización fue asumido en la planeación y el desarrollo
del espacio urbano europeo como un elemento inherente del progreso social,
el cual se aplicó una vez que habían sido fortalecidos los órganos del poder
político; cabe mencionar que otros autores vislumbran en esa época a una
individualización del territorio y desde la propiedad hasta su manifestación
estética.30Además, podemos decir que en ese tiempo la expresión de los
espacios urbanos y arquitectónicos asumió formalmente el significado de los
conceptos de modernidad y progreso, como parte de un todo completo y
sensible del hombre civilizado.31
El ejemplo de la transformación urbana francesa fue, en general, ordenado,
pacífico y determinado por la economía y los progresos de la civilización, y sin
lugar a dudas influyó de modo evidente en los diversos procesos de
ordenamiento y planeación de las principales ciudades latinoamericanas en el
siglo XIX y hasta las primeras décadas del siglo XX.32 A ese tiempo ya podría
caracterizársele “como urbano, tanto por la destrucción de sus murallas, como
por la construcción de las nuevas estaciones del ferrocarril”, afirman
historiadores franceses como Maurice Agulhon33.
Para la segunda mitad del siglo XIX, los europeos vieron transformarse a sus
entornos urbanos bajo el clamor de sus deseos, nos dice Alain Corbin.34
Incluso, los discursos colectivos tomaban forma, o mejor dicho se
materializaban, en la reconstrucción de sus paisajes urbanos y rurales.
Para entonces, los poderes de la política y el capital rinden tributo a la
purificación y la renovación de sus entornos, desde los más íntimos hasta los
esencialmente públicos, y después de todos los deseos y los sueños, un
renovado tejido urbano y arquitectónico identificarían al ciudadano europeo y
latinoamericano con los procesos industriales, económicos y sociales que
predominaban ya, en las postrimerías del siglo XIX35.
161
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28
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29
Bookchin, M. op.cit.
30
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31
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32
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33
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34
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35
Ibídem.
26
27
162
La Fundación Carolina Colombia es una entidad de derecho privado sin
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