Descarga Gratuita - Colegio Médico del Perú

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Descarga Gratuita - Colegio Médico del Perú
UN SHAMÁN AMAZÓNICO EN EL
PRINCIPADO DE MÓNACO
Arquímedes Vílchez Cáceda
Página 3
© 2011 Bubok Publishing S.L.
1ª edición
ISBN: 978-84-9009-844-8
DL: M-43830-2011
Impreso en España / Printed in Spain
Impreso por Bubok
Dedicatoria
A mi amigo César E. Fan Fiestas, en cuyos devaneos anestesiológicos
desde la floresta amazónica a las sierras extremeñas españolas, me
inspiré.
Página 5
ÍNDICE
Página
I. De cómo me involucré con el ayahuasca .......................................................................... 09
II. Conociendo a César y sus dilemas .................................................................................... 12
III. Visita al principado de Mónaco ........................................................................................ 18
IV. Los veinticinco relatos amazónicos................................................................................... 24
V. De Europa a la Amazonía ................................................................................................. 78
VI. Viaje a la triple frontera amazónica .................................................................................. 86
VII. Navegando por el amo de los ríos, el Amazonas ............................................................. 92
VIII. San Pablo, el leprosorio .................................................................................................. 104
IX. De patitas en el triángulo amazónico .............................................................................. 117
X. La Nueva Jerusalén ......................................................................................................... 121
XI. Gerusa ............................................................................................................................. 125
XII. Por el río Ucayali ............................................................................................................ 132
XIII. ¡Vaya encarguito!........................................................................................................... 135
XIV. Emos v.s Sicarios .......................................................................................................... 138
XV. Al fin encontré el tesoro .................................................................................................. 140
XVI. La tía Toti........................................................................................................................ 149
XVII. Ingo Inch ......................................................................................................................... 156
XVIII. Liberación femenina amazónica ..................................................................................... 161
XIX. El retorno ........................................................................................................................ 167
Página 7
I
-Pedro, confío en tu olfato de investigador, desenvuelve esta
trama que me está volviendo loco– expresó lacónicamente,
Zaldívar.
Recuerdo vivamente aquel día en que mi rutina existencial se vio
perturbada por un informe de auditoría médica que daba cuenta
de una desquiciante situación: cuatro pacientes oncológicos
curados como por arte de magia. El temor de denuncias por mala
praxis, aunado al descrédito mediático y la consiguiente ruina
económica, no dejaba dormir a mi jefe, quien inmerso en un
sesudo devaneo se interrogaba como pagaría la hipoteca de su
piso y su último BMW.
A regañadientes acepté indagar sobre el milagroso caso que tenía
un común denominador, el cuarteto había viajado meses previos
a la Amazonía. Ignorante aún de los portentos indescifrables que
descubriría, no podía imaginarlos transformados de la noche a la
mañana en vitales Indianas Jones.
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El primer día de mi investigación en el servicio del Dolor y
Cuidados paliativos de mi hospital comarcal vi a César, un
colega anestesiólogo. El experto en tanatología sometía a medio
centenar de pacientes a unas extrañísimas sesiones de relajación.
Me pareció gracioso que los dolientes acudieran en pleno
invierno europeo, untados de repelentes de zancudos, portando
gafas de sol y vestidos con pantalones cortos y camisas
panameñas.
Dentro de un auditorio estrafalariamente pintado de verde menta
fosforescente, el conferencista remojó un puñado de lianas
resecas en agua contenida en una bandeja de aluminio, a
continuación ofreció beber de la extraña pócima. La mayoría lo
hacía con delectación. Vaciado el cuenco de bauxita, César dio
lectura a veinticincos manuscritos tan deteriorados como los
pergaminos bíblicos encontrados hace más de medio siglo en el
Mar Muerto. Bajo el susurro de sus palabras sus pacientes
aparcaron sus carcasas osteoporóticas en el auditorio y sacaron a
pasear sus espíritus por ignotos universos. Se hizo un silencio
insondable que sonaba a emoción litúrgica, roto a intervalos por
los sollozos lastimeros y las carcajadas de quienes retornaban de
sus extraños viajes espirituales. Angustiado me pregunté qué
iniciación era aquella, qué antiquísimo y salvaje ritual estaba
presenciando en pleno corazón de la modernidad europea.
Intrigado decidí experimentar aquellas sensaciones, y en la
siguiente sesión me sumergí de lleno en aquellos relatos
amazónicos. Puedo afirmar que ingresé a un mundo que jamás
creí que existiría.
Algunas enfermeras al verme beber de rara poción que César
preparaba, no disimularon en lo más mínimo sus gestos de
reproche. Próximo a presentar mi informe final a Zaldívar, más
de una insinuó que se debería levantar cargos contra César, por el
uso de sustancias prohibidas.
El bebedizo aquel era Ayahuasca, una milenaria bebida
enteógena amazónica, un portal a dimensiones desconocidas. Mi
informe desaprobó la administración de tales hierbas místicas y
se cancelaron los tours pentadimensionales por Sudamérica. Un
aliviado Zaldívar siguió tomando sus enésimos y adictivos
préstamos bancarios.
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II
Finalmente tres del cuarteto de pacientes oncológicos murieron,
si bien se produjo una mejoría inicial en sus calidades de vida,
sólo uno logró una cura total y fue debido a un inicial y erróneo
diagnóstico anatomopatológico. De aquella investigación surgiría
una amistad que cambiaría radicalmente mi percepción del
mundo.
Conocí a César. Durante los meses siguientes me deleité
escuchando sus anécdotas de médico rural por ignotos ríos
amazónicos. Sorbí con fruición historias acontecidas en sus
andanzas por olvidadas comunidades ribereñas amazónicas
fondeadas en vorágines de tiempo y espacio. A fuerza de tanto
escucharlos me grabé los raros nombres: Inahuaya, Isolaya,
Pacashanaya, Roaboya, Cashiboya, etc. Mi amigo jamás narró
que fornicó con una fabulosa sirena, ni que fue tragado por una
gigantesca anaconda a la que destripó con una navaja suiza
logrando abrirse paso heroicamente a través de sus tripas,
tampoco que degolló a tenebrosos sicarios de la mafia del
narcotráfico. Lo que me contó, apenas fueron cosas simples,
apenas lo que vio y sintió.
César hablaba con desbordante y contagiosa pasión sobre la gran
selva sudamericana, en un interminable y fogoso cotorreo que
paulatinamente despertaría en mí el anhelo de conocerla.
-En el río la vida no vale nada, aquella es una tierra salvaje, no es
un día de campo al Parque del Retiro- me decía.
- Observarás cosas que herirán tu susceptibilidad y no deseo
visitarte al psiquiátrico- bromeaba, cuando le manifestaba mi
deseo de conocer la voluptuosa floresta.
- Tan solo bebe una infusión de ayahuasca, lee mis apuntes e
imagina que estas allá, no seas cabeciduro, la selva no es para
cualquiera- me insistía.
Inicialmente me incomodaba que César me creyese incapaz de
sobrevivir en la Amazonía. Ante sus reiteradas bromas, yo
replicaba que en mis ventrículos fluía sangre del maestre de
navío Santiago Charco, un fiero guerrero que acompañó a
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Francisco de Orellana en su viaje de descubrimiento del río
Amazonas en el siglo XV. Le recordaba que desde hacía más de
quinientos años mi familia fabricaba seres con cojones de tres
quilos la unidad y sagacidad a borbotones.
Debo admitir que César era un tipo rematadamente complicado,
que tenía una visión dramática de la vida y que su espíritu de
mortificación e innata habilidad para la infelicidad carecía de
límites. Me acostumbré a sus extravagancias al comprender que
muchas de sus malsanas actitudes eran reflejo de sus profundas
preocupaciones existenciales. El desgarramiento de su desarraigo
se manifestaba en su expresión de ausencia, cargaba a cuestas
una inenarrable nostalgia. Observarlo resultaba tan triste como
ver a un camello en la Antártida, buscando sus marejadas de
ardientes dunas entre los refulgentes témpanos eternos.
César era mi amigo, pero la verdad es que no me gustaba tenerlo
en mi piso por lo aguafiestas que era. Desde que llegaba se ponía
a realizar un sinnúmero de irónicas comparaciones; así, si me
veía bebiendo una copa de Johnny Walker etiqueta negra
comentaba en un tono burlón, que denotaba un regocijo
malicioso: allí va un saco de yucas que alimentaría una familia
amazónica por quince días; un sorbo de Dom Perignon equivalía
a la soldada mensual de un profesor amazónico. Y así continuaba
sus interminables secuencias de cáusticos parangones. Sus
irónicos y mordaces cometarios transformaban mi escocés en las
rocas en un cáustico cóctel de lejía helada.
Autoexiliado e inmigrante, César sufría sobremanera al toparse
con sus paisanos sudacas barriendo las calzadas, arropados con
fosforescentes chalecos verdes y naranjas, estigmatizados como
los presos de conciencia que vacacionaron en los crematorios
experimentales que diseñó Adolfito. Algunas veces su dolor era
tan intenso, que literalmente se le paralizaba el corazón.
-¿El poder de don Dinero que ha hecho de ti, hermanito?,
¿porque estás tan lejos de casa?- les decía a los barredores.
Cuando se ponía sentimentalón, César rememoraba sus vivencias
de inmigrante, sus primeros meses de estadía en Madrid. Me
contó que durante los meses que duró el proceso de
homologación, tuvo que ingeniárselas para poder sobrevivir, que
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apremiado debió tocar las puertas de una iglesia evangélica
Asamblea de Dios de Madrid donde se hizo pasar por un pastor
visitante de la Asamblea de Dios del Perú. Haciéndose pasar por
quien no era y gracias a su prodigiosa memoria predicó los
evangelios y citó capítulos y versículos bíblicos con gran alarde
de erudición. Tan embelesados quedaron los buenos hermanos
madrileños con su erudición teológica, que le permitieron
pernoctar en la iglesia, le llevaron alimentos y vestidos, y hasta
le dieron algo de dinero. Para poder comer César estudió la biblia
meticulosamente y mucho, como en sus mejores tiempos de
estudiante de medicina en donde devoraba de memoria dos
enormes tratados de anatomía de Testud Latarget.
César reconocía que la abundancia tiene sus absurdos. Sufría al
apreciar a guapos adolescentes españoles empecinados en
transformarse en estercoleros vivientes a través de las drogas,
culpaba a la sociedad de consumo de aquellas pesadillas y
despotricaba a su gusto de la avidez de protagonismo y la
obsesión por las marcas comerciales, a las que llamaba tristes
galones militares de la nefasta guerra del invidualismo in
extremis. Ofuscado se preguntaba ¿por qué tenía que presenciar
extremos?, en la selva amazónica debió denunciar a profesores
abusivos que desgarran las orejas de sus alumnos al zarandearlos
cruelmente, y en Madrid remitió una docena de cartas dirigidas
al excelentísimo ministro de educación sugiriendo la posibilidad
de contratar guardaespaldas israelíes para evitar que algunos
alumnos hagan papilla a sus maestros.
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III
El máximo placer de mi amigo era recorrer las ciudades
ultramodernas de la costa del mediterráneo, de donde regresaba
aturdido y con el corazón descompuesto tras observar tanto lujo
y boato, lo que él denominaba: la obscena opulencia.
El peor día de su vida en Europa fue un fin de semana en el
principado de Mónaco. César quedó deslumbrado de aquel
espejismo ultramoderno donde nadie muere por desnutrición, ni
partos mal avenidos, ni tétanos neonatal; sino por suicidios,
anorexias-bulimias y volantes incrustados. En la pequeña isla vio
niños y niñas premunidos de tecnología de punta e inteligencia
artificial tratando de pescar ocio en el mar de Google con sus
aparejos de manzanitas mordidas. Viéndolos bronceaditos a lo
Ken y con toques de fucsia a cultura Barbie, César los notó tan
distintos y distantes de sus pícaros pacientitos amazónicos del río
Ucayali, que hasta llegó a pensar que estos últimos eran
embriones desechados de algún experimento extraterrestre mal
avenido.
César palpó el glamour del Gran Casino de Montecarlo donde
hizo paros cardiacos al ver el sórdido espectáculo de miles de
euros siendo tragados por las ruletas rusas como toneladas de
krill ingresando en las enormes fauces de una enorme ballena
Azul. Pudo captar con su camarita digital a algunos paparazis
oliendo pedos de celebridades para averiguar lo que tragaron y
dar la primicia en sus papeles higiénicos satinados. Admiró a
espigadas bellezas gélidas que parecían maniquíes, acompañadas
de altaneros y despreocupados jovencitos herederos de ingentes
fortunas. Se topó con señoras de manicura perfectas ataviadas de
graciosos sombreros que impresionaban llevar Óperas de Sídney
sobre las testas. Irreconoció a abuelas de rostros desdibujados
por tantas cirugías plásticas que dejaron sus cutis más estirados
que cueros de tambores de guerra Zulú. Bramó como un poseso
al ser ladrado por perros ataviados con saco y corbata michi, y
por coquetas perras vestidas con lencería fina.
Indignado del gasto absurdo y derroche delirante de una
población rendida a los ardores del consumismo, César dio
rienda suelta a sus clásicas comparaciones. Un solo yate costaba
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más que todas las canoas que flotan sobre los 7 millones de
kilómetros cuadrados de superficie de la Amazonía, el precio de
un alazán árabe representaba leche y huevos que alimentarían a
cien familias amazónicas de por vida, la venta de un solo
automóvil Lamborghini calzaría de zapatos y zapatillas a todos
los colegiales de la floresta. Al divisar un reluciente Rolls Roys
gritaba: ¡allí van una docena de escuelas para 5000 niños
amazónicos!, una estilizada Harley Davinson que más parecía
una mantis religiosa representaba 500 botiquines comunales. Y
así, continuó durante horas con su alienante manía de catalogar y
comparar cada ornamento de lujo que veía.
Visitó el Palacio del Príncipe. Cuando debió hacer uso de los
servicios higiénicos, ingresó a un amplísimo cuarto de baño
donde vivirían holgadamente dos familias marginales de Puerto
Príncipe. Impresionado, César casi se hace un nudo en el pene
para no ensuciar de urea y amoníaco un lindísimo y reluciente
WC más aséptico que una mesa quirúrgica en una sala de
operaciones en Ruanda. Se le paró el corazón varias veces más al
enterase que algunos vecinos iban a París a comprar pan en
helicóptero y que bebían agua embotellada en Alaska.
Hastiado del boato, César caminó por el principado llorando de
impotencia mientras se golpeaba la frente sonoramente con las
palmas de ambas manos, en un vano intento de borrar de su
memoria todo cuanto vio. Aquella realidad era demasiado para
él. Desesperadamente acudió a buscar algo de alivio espiritual en
la catedral de San Luis, más antes refugiarse en ella debió pasar
por el frontis de las muchas iglesias de la religión oficial
monaguense donde acaudalados prosélitos rinden pleitesía al
dios Dinero, alaban su poder y buscan la quintaescencia de su
presencia con avara idolatría dentro de hermosos templos
bancarios de áureos acrónimos. Ya de rodillas ante la Santa
Devota, César oró a favor de una lluvia de uranio, suplicó a la
madre de Cristo que intercediera ante el Divino a favor del único
cataclismo que podría cambiar la indolencia actual.
-¡Dios mío, haz posible una conflagración mundial, que
desaparezca este mundo como hiciste con los dinosaurios hace
65 millones de años!- pedía entre sollozos.
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-¡Dios mío, perdónalos porque no saben en lo que gastan!continuaba.
De regreso al continente, compungido de ver tantos egos
hipertróficos de vidas disolutas y anestesiadas ante el sufrimiento
ajeno y lejano, Cesar se inspiró y presentó un fabuloso proyecto
a la FAO, la organización de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación. Su original idea consistía en
aprovechar los desechos del desagüe de Mónaco, estos deberían
ser sedimentados, compactados y envasados para su envío al
continente más excluido donde cachorros de humanos mueren
desgarradoramente por falta de alimentos. Basado en un estudio
nutricional, César concluyó que un buen mojón de magnate
monaguense contenía aún restos de proteínas viables de caviar
Beluga, camarones, quesos suizos y demás delicias que podrían
suplir los requerimientos calóricos proteicos de miles de niñitos
marasmo-kwashiorkor que agonizan en cuartos inmundos del
quinto infierno del tercer mundo. Un único impase, el oloroso,
debía ser resuelto fácilmente al embalarlas en cajas recicladas de
perfumes Coco Channel. El alimento debía ser empaquetado con
el rótulo de “Residuos Grimaldi, donación de la comunidad
mediterránea monaguense”, sería una réplica exacta de la Lata
Campbell de Andy Warhol con un fino detalle incorporado, en
medio del envase rojiblanco iría un bull constituido por el
blanquísimo trasero del heredero de Rainiero III.
La ONU denegó su proyecto y César se enojó muchísimo por la
hipocresía imperante en este organismo mundial, decepcionado
replicó argumentando con bibliografía médica que un buen
porcentaje de la población mundial come mierda a través de la
práctica del anilinguis. Apenado debió abandonar el proyecto
cuando recibió una notificación desde Zurich amenazándolo con
llevarlo a los tribunales bajo cargos de descrédito institucional.
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IV
César padecía una enfermedad congénita, el síndrome de Marfan.
Desde su concepción en el vientre materno un elemento del
grupo terrorista genético Adeene activó una peligrosa bomba de
tiempo dentro de su tórax, un aneurisma aórtico del tamaño de
una salchicha susceptible de estallar en cualquier instante.
Bastaba un súbito aumento de presión sanguínea, que rasgase la
adventicia de su aorta, el principal vaso sanguíneo del cuerpo
humano que tiene el grosor de un pene erecto, para que muriera
desangrado en segundos. Consciente de su condición médica,
César gustaba mencionar el parangón entre su abombada aorta y
el errático río Amazonas que algunos años sufre caprichosas y
furibundas crecidas que desbordan su curso y aniega poblados y
sembríos, cosechando muerte y destruyendo el esfuerzo de tantos
años y de tanta gente.
-Igualito, igualitito que mi jodido aneurisma aórtico- bromeba,
golpeándose el pecho como King Kong.
Infinitas fueron las veces que intenté convencerlo de someterse a
una cirugía reparadora en el excelente servicio cardiovascular del
Hospital Madrileño Gregorio Marañón, más César siempre
argumentó que intuía que no lograría superar la valla de
supervivencia.
Antes de conocerlo, jamás sentí curiosidad por visitar
Sudamérica. Creía carecer de la compulsión viajera de mi
ancestro, arrastrado a América tras el oro, la plata y las especias
en una época en que nuestros eruditos pensaban que la tierra era
plana y estaba sostenida por las pezuñas de cuatro paquidermos.
Viajar a Las Indias Orientales era entonces un fabuloso negocio,
se arribaba a un paraíso donde las mercancías no requerían del
indispensable pago comercial estilado con la India, Cipango o
Catay. Cruzando el peligroso Mar de los Atlántes la cuestión era
simple, tomar propiedades ajenas con total desparpajo e
impunidad.
En mis células se replican genes de los primeros bravíos que se
hicieron a la mar tras la conquista del Nuevo Mundo. Y porque
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me enorgullezco de ellos, debo admitir que nuestros ancestros
tuvieron problemas con el control de la bragueta. Créanme, a
medio millar de años de distancia envidio las delicias que
debieron gozar desvirgando kilómetros de hímenes de chúcaras y
bellas infieles. Qué pena que hoy en día, azorados nos
percatemos que debemos responder ¿qué fue de los miles de
metros cúbicos de semen abandonados en aquellos fértiles
vientres?; frente a la pregunta ¿qué hacemos con los miles de
transgénicos sudacas asentados en la península, hordas invasoras
que crecen como un infiltrante cáncer de pene?
He aquí un buen caso para el juez Garzón, tal vez este logre una
victoria histórica de juicio por paternidad y exija una penectomía
masiva exhumatoria a lo largo y ancho de las playas del Caribe
por el Atlántico, y desde el golfo de México hasta la Patagonia
por el Pacífico.
Aún en vida y tal vez guiado tal vez por un presentimiento, César
me hizo heredero de sus veinticinco relatos de rigurosas 200
palabras cada uno, que hacen un total de 5000, una palabra por
cada kilómetro del río Amazonas que recorrió.
En homenaje a la amistad que nos unió, adjunto aquí sus escritos.
Los originales que obran en mi poder son de un bello tinte
alimonado, pliegos impregnados de fragante olor a humedad,
donde están plasmadas sus historias, luminiscentes momentos
vividos en sus afiebrados recorridos por las cercanías de la
tórrida línea ecuatorial.
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( 01 ) LOTES 8 Y 1AB DE LA PLUSPETROL
Sabido es que el petróleo contamina de sustancias tóxicas las
cuencas
de
los
ríos
amazónicos,
que
diabólicos
lotes
exploratorios de la Pluspetrol están convirtiendo en cloacas los
serpenteantes Corrientes, Pastaza y Tigre asentados en la selva
ecuatoriana-peruana.
Un escabroso informe de la CNN sobre el lugar da la vuelta al
mundo: guerreros de la milenaria etnia achuar mueren de manera
inexplicable, se hunden en las aguas como anclas de barco.
Gerentes de hidrocarburos de sombrías conciencias intentando
minimizar el daño ecológico, ordenan sembrar miles de hectáreas
de totorales y helechos en las selvas deforestadas y envenenadas.
Un esfuerzo ridículo como animar a viejitos prostáticos que
intenten apagar un voraz incendio con sus penes cuentagotas.
Los achuar sucumbían fondeados en las turbias aguas.
- ¡Brujería! –clamaban, furibundos nativos.
Chamanes de toda la Amazonía se reúnen e invocan a los
milenarios espíritus de la madre naturaleza, soplaron toneladas
de tabaco y realizaron insólitas purgas y conjuros. ¡Y nada!
Finalmente
llegan
los
resultados
de
los
exámenes
histopatológicos forenses remitidos al Center Diseases Control,
de Atlanta: los achuar se hunden en las aguas amazónicas porque
su sangre y demás tejidos contienen kilogramos de plomo,
cadmio y mercurio.
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( 02 ) SUVENIR
Los Smith decidieron vacacionar siguiendo la ruta tomada por
Francisco de Orellana en 1542. Volaron de Nueva York a Quito,
en la capital ecuatoriana subieron a una lancha y alborotados y
extasiados descendieron por el río Napo hasta desembocar en el
Amazonas.
El tour incluía 3 días de convivencia en una aldea ribereña
perteneciente a la etnia de los guerreros achuar. Quedaron
maravillados con la belleza de la jungla y la calidez de su gente.
Al partir se despidieron acongojados, previamente decidieron
intercambiar regalos y John, el unigénito hijo adolescente cedió
su reproductor mp3 a cambio de una bolsita de tocuyo que
contenía un extraño suvenir en su interior.
A la semana de retornar a casa se esfumó la paz traída del bosque
tropical.
Un escuadrón de comandos SWAT rodeó y allanó la casa de los
Smith mientras un helicóptero Uh-60 Black Hawk sobrevolaba el
vecindario.
Tras pagar una cuantiosa fianza y negar bajo juramento ser
miembros de un clan zombi o integrantes de alguna secta
satánica, los padres se enteraron que un compañero de estudios
de John encontró el exótico suvenir achuar en el ático y
emocionado lo paseó por todo el vecindario. Era una cabeza
reducida.
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(03) DERRAMES DE PETRÓLEO
El gerente de la Transnacional de hidrocarburos Pluspetrol
entendió que no fue buena idea traer a su hija adolescente al
campamento petrolero. Se esforzaba en convencerla con
mentiras, que aquellas inversiones eran necesarias para que el
país salga del subdesarrollo, que damos trabajo a mucha gente,
que de aquello vivimos.
Con tantas ausencias ignoraba el sentir de la joven alarmada por
el daño ocasionado a la biodiversidad, ella lo responsabilizaba
del derrame de petróleo vertido a las aguas amazónicas, de
envenenar la vida acuática con desechos tóxicos, de transformar
lagunas y cochas en aguas salobres más radiactivas que plantas
nucleares; donde el oxígeno disminuye tanto que pronto los
peces requerirán bombonas de oxígeno y ventiladores mecánicos
para respirar en espera del millón de años que requiere el
intercambio evolutivo de branquias a motores diesel de
combustión. La joven le exigía renunciar de inmediato.
El hombre, nervioso, apenas atinaba a atusarse el denso bigote.
- ¡Papito no pude ser que los delfines parezcan focas y que los
guacamayos semejen gallinazos, por favor abandona este trabajo
inmundo y vámonos a casa. Vine para que me muestres la
belleza y el esplendor de la selva amazónica y no una horrenda
fotocopia! -
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(04) PEPO
La familia de un gerente de la Pluspetrol viajaba exultante a
través del río Tigre, disfrutaban de un bello tours amazónico. Los
dos hijos adolescentes pasaban el viaje molestando a un anciano
achuar que se ganaba el sustento limpiando el barco, jamás lo
llamaban por su nombre y se dirigían a él despectivamente
estrenando jocosos y humillantes apelativos.
Paradójicamente eran extremadamente cariñosos con Pepo, una
hermosa mascota rottweiler que saludaba con su portentosa voz a
cualquier animal que asomara en las orillas. Caía la tarde cuando
Pepo observó a una pareja de guepardos que dormitaba
perezosamente, intentando impresionarlos corrió a la borda
ladrando poderosamente. Sorprendidos, los guepardos replicaron
con tal potencia que Pepo se asustó, perdió ímpetu y equilibrio, y
cayó al río.
Ambos jóvenes intentaron arrojarse a las turbias aguas para
rescatarlo, más una huesuda tenaza se los impidió con firmeza.
Asidos por las muñecas zarandearon groseramente al vejete, al
tiempo que recitaban altisonantes epítetos a la región perianal de
su fallecida madre achuar. Vencida la añosa resistencia y a punto
de lanzarse al rescate se percataron que en medio de la ebullición
grosella del agua flotaba una osamenta nacarada.
Pepo había caído en un banco de pirañas.
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(05) LOCO ORGASMO
El viejo acudía todas las tardes al medio del río Ucayali
siguiendo una rutina de medio siglo. De rodillas en su frágil
canoa, realizaba aspavientos de mimo simulando limpiar
ventanas. Era un orate inofensivo, vivir desnudo constituía su
único delito. Algunos de sus reiterativos soliloquios están
grabados en mi memoria.
-¿Por qué me abandonaste, amor de mis amores?, ¿qué maldad te
hice?, ¡perra miserable!, !puta deleznable!
Algunas veces yo observaba desde la loma de mi centro de salud
como grupos de adolescentes malcriados arrojaban pepas de
mango sobre su canosa cabeza, mientras reían a carcajadas
viendo como el loco huía asustado cubriéndose el rostro con los
codos hasta desaparecer en el follaje.
Absolutamente nada quedaba ya del apuesto novio que una
lejana noche disfrutaba su luna de miel a bordo de una lancha
que surcando el río Ucayali, pasaba frente a Contamana rumbo a
Iquitos. Sobre cubierta él embestía a su bella esposa, quien
gozaba en pose de jaguar al acecho, apoyada en un frágil
barandal de estribor. ¡Ahmmm!
Al retornar del orgasmo se percató que la desvirgada vagina se
había transformado en un enorme forado de fierros retorcidos por
donde se ahogó su amada y su cordura.
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(06) SORPRESA
Pedro había pasado los seis últimos años de su vida en una
prisión de Medellín donde sufrió lo indecible. Remontando el
Amazonas retornaba a Iquitos-Perú, paradójicamente en el
mismo barco que le jugó una mala pasada. Descansando boca
arriba en una hamaca, recordaba el lejano y aciago día cuando
después de cuatro días de viaje desde Iquitos, a pocas horas de
arribar a Leticia-Colombia, su vecina de viaje, una monjita de
cara dulcificada por gruesos lentes de culo de botella, le pidió un
pequeño favor.
-Señor, voy al baño un instante, por favor cuide un ratito mi
cajita-.
- ¡Déjela junto a mi mochila! - respondió Pedro desde su hamaca,
sin inmutarse.
De improviso y tal furibundos corsarios ingleses abordando un
jugosos galeón español repleto de oro, miembros de la DEA
tomaron la embarcación, encañonaron a los pasajeros y
procedieron a revisar pertenecías. Veinte kilos de clorhidrato de
cocaína de la más alta pureza fueron hallados en la cajita dejada
en custodia, a un costado yacían tirados lentes y sotana.
Maniatado y esposado, Pedro fue subido a bordo de una patrulla
policial desde donde sus ojos locos intentaban reconocer a la
falsa monjita entre una alborotada y cuchicheante multitud
arrellanada en la proa.
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(07) EL ENSUEñO
Lenin viajaba exultante por el río Ucayali, aquella sería la última
vez que sería cena de zancudos. La lancha pronto atracaría en
Contamana donde tenía pensado abrir una ferretería, nunca más
volvería a abandonar su terruño.
Había pasado los tres últimos años de su vida trabajando en
faenas de exploración petrolera, ahorró cada dólar que Pluspetrol
pagó por su esfuerzo. En el fondo de sus viejas botas Caterpillar,
cientos de billetes de 100 yacían apretujados, muchísimos
Benjamín Franklin dopados por sus efluvios digitales.
En las últimas semanas se concentró en buscar el nombre del
negocio que le permitiría vivir sin tragar más hidrocarburos.
No hablaba con nadie y apenas salía del camarote por temor a ser
asaltado. En una de las pocas veces que salió a tomar aire vio a
una bella muchacha apoyada sensualmente en el barandal de
estribor, un querubín amazónico entallado en blusa y bluyín
provocativos; armado de las agallas que infunde don Dinero,
Lenin le propuso compartir camarote.
En Contamana el capitán debió sacudirlo para despertarlo del
profundo sopor. Sus pies desnudos tropezaron con blísteres de
diazepam y latas de cerveza. En aquel instante acudió a su mente
el nombre del letrero que nunca escribiría: “El Ensueño”.
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(08) BRASIL
Viajaba sobre el río Madeira acompañado de mi novia, muchos
de los pasajeros de la lancha iban al carnaval de Río de Janeiro.
Baco y Eros capitaneaban la lancha, decenas de parejas
demasiado efusivas fornicaban en movedizas hamacas o sobre el
rígido y oxidado y húmedo piso metálico de cubierta. Bajo una
noche iluminada de luna llena superaban con creces lo que
Pamela Anderson y Tommy Lee mostraron en internet. !Y como
gemían!, no eran gatitos caseros fornicando en las terrazas, sino
que gruñían como guepardos destrozándose en la orillada y
oscura floresta. De la nada una bella pareja swinger se pegó a
nosotros, en portuñol nos insinuaron realizar un intercambio de
parejas, mis ojos gritaron que ¡siiiiii! al posarse sobre las
fabulosas ancas de la hembra pura sangre, pero mi novia dijo
tajante que ¡noooo!
He olvidado los detalles de aquel viaje pero jamás olvidaré las
curvas asesinas e infartantes de aquella bella mulata.
Me casé con mi novia y también me divorcié. Aún ahora, a
décadas de allí, siento las frescas aguas terrosas del río Madeira
bañando mis noches de insomnio donde me imagino haciendo el
amor con aquella exuberante vedette que iba a bailar a Río.
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(09) VENUS DE WILLENDORT
Quedé prendado de Wendy desde el instante en que la vi subir
pesadamente las escaleras que llevaban a la cubierta de
pasajeros. Me dejé seducir por el vaivén asincrónico de sus
exuberantes depósitos energéticos glúteos y torácicos.
Mi musa pasaba horas sentada en posición de loto y manos a la
papada, pensativa devoraba el verdor de su campo de visión.
Parecía una estatua de Botero. Era rubia y de carita de muñeca
barbie, ojos verde esmeralda y gastaba un voluptuoso talle
compatible con sus 160 kilogramos. Vestía un polo I Love
Stanford que caía hasta sus rodillas, donde cabrían cómodamente
una pareja de mamuts.
Me enamoré de su belleza cromañón, un biotipo perfecto hace
20000 años, entonces prototipo de vientre fecundo y sensualidad
ilimitada, lejos de la actual anorexia de portadas.
Me acerqué a ella chapurreando un pésimo inglés. Poco importó
la dificultad idiomática, logramos comunicamos a través del
esperanto del amor. La noche del viaje la llevé a mi hamaca y me
enrosqué entre sus blancas piernas de mármol; semiahogado en
sus efluvios vaginales, no pude dejar de sonreír al escuchar el
comentario de una pareja de avispados pendientes de nosotros.
-¡Parece que lo estuviera pariendo!-
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(10) SHALOM
Shalom y Elizabeth se habían reconciliado, luego de un año
superaron un pequeño mal entendido que los había distanciado.
Viajaban de Yurimaguas a Iquitos a través del río Huallaga, iban
muy cómodos en un amplio camarote, abastecidos de agua y
conservas apenas salían a cubierta. Permanecían más en posición
horizontal que vertical, copulando sin cesar.
A medio trayecto la tripulación se percató que la lancha se
bamboleaba peligrosamente, angustiados achacaron el incidente
a la lluvia torrencial y fuertes vientos que esta traía consigo; sin
embargo, tras amainar el temporal el barco seguía a punto de irse
a pique. La tripulación se apeó al canto del río para revisar
motores y estabilizar la carga, lo que sucedía seguía
constituyendo un misterio. Asustados, los pasajeros imploraban
ayuda al divino. Un avispado se percato del origen de tanto
balanceo y se lo comunicó al capitán.
A puno de zozobrar, la autoridad acudió a golpear la puerta del
camarote de los amantes quienes abrieron asustados, sudorosos y
apenas cubiertos con tollas.
-¿Qué pasa señor, que sucede porque tanto alboroto?- preguntó
angustiado Shalom, acomodándose con disimulo el arma al
ristre.
-¡Se los suplico!, ¡dejen de hacer el amor que nos hundimos! –
rogó el capitán.
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(11) URGENCIA EN EL RÍO
Tres reales, 3000 pesos o 5 soles es el precio del pasaje. Docenas
de pequeños botes de madera entrecruzan diariamente el río
Amazonas de Perú a Colombia y viceversa desde el amanecer
hasta el ocaso. A nadie extraña encontrar seres humanos flotando
panza arriba en el trayecto, aquella es una autopista fluvial de
muchísimo cuidado.
En cierta ocasión que viajaba de Santa Rosa a Leticia, debí
esperar unos minutos para conseguir el cupo mínimo de
pasajeros. A medio trayecto noté que un pasajero se doblaba
desesperado, estaba pálido y diaforético. En ese instante imaginé
lo peor, una estadística entre los cientos de camellos que mueren
en aeropuertos y fronteras de todo el planeta al estallar la maldita
droga camuflada en sus entrañas, sobredosis fatales, cientos de
gramos de clorhidrato de cocaína directo al torrente sanguíneo
que producen horripilantes muertes.
Una samaritana, asustada al ver es mal estado general del
hombre se levantó de su asiento y vociferó al motorista:
- ¡Señor, este hombre se nos muere, por favor llévenos rápido al
hospital de Leticia!
El desfalleciente amagó una sonrisa y replicó:
-mejor apéate un ratito compadre, por que la única urgencia aquí,
¡es que ya me cago!-
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(12) TEMORES INFUNDADOS
Había pasado 8 horas en el Golfinho III, un veloz y amplio
deslizador que volaba sobre las aguas del río Amazonas
siguiendo la ruta Iquitos-Leticia-Tabatinga. Un lugar donde se
puede jugar al twister, un pie en Perú, el otro en Colombia y una
mano en Brasil. A pocos minutos de arribar al destino final el
deslizador se apeó a un caserío donde subió un pasajero que
desde el inicio me observó con un incómodo detenimiento.
Su bigote a lo Pablo Escobar Gaviria hacia flotar mi
imaginación, me veía flotando panza arriba sobre el agua con
medio kilo de plomo en las entrañas. El tipo en cuestión podía
ser o narcotraficante o militante de las FARC o informante de la
DEA o agente de la CIA o tratante de blancas o ecologista;
descarté esta última idea pues tenía más pinta de Pedro Navaja
que de Al Gore. De pronto dirigió su mirada a mi entrecejo y
sentí morir, sabía de más que una pequeña confusión podría
mandarme a la otra vida.
-¡Joven, lleva usted puesta la prenda al revés!- expresó, con
amigable y cantarín dejo caribeño mientras su índice derecho
gatillaba sobre las costuras sobresalidas de mi humedecida
camisa.
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(13) BUTTERFIELD
Silvio llegó a Manaos, el París de la Amazonía. Tras un viaje de
10 días en hamaca desde Iquitos a favor de la corriente, casi se
olvida de caminar. La belleza de la urbe lo enmudeció, un
lujurioso valle de silicio en medio de la espesura tropical.
Pasó la primera noche en un hotel barato donde una voluptuosa
morena que se alojaba en un cuarto contiguo se ofreció a hacerle
compañía. La pasaron bien, toda la noche su acompañante estuvo
llamándolo peru (sin tilde significa pavo en portugués). A la
mañana siguiente, Silvio encontró varias docenas de cervezas en
lata sobre la mesita de noche, algunos condones usados
adornaban el piso delatando tórridas escenas de amor, Silvio se
alegró de haberse protegido. Cerca del medio día, tocó la puerta
de la amiga para invitarla a almorzar pero se sorprendió cuando
le abrió un moreno con pinta de Pelé. ¡Ups!.
Tal vez había metido las cuatro y palideció cuando el tipo, tal
vez el marido, se quedó mirándolo insistentemente. Silvio se
disculpó, dio medio vuelta confundido y se dirigió a su
habitación. El sujeto lo tomó suavemente del brazo mientras
susurraba al oído una voz familiar:
-¡nao tenha medo peru!
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(14) SICARIO
Me desplazaba del puerto de Tabatinga al de Leticia en un bote
colectivo, un corto trayecto fluvial de un par de kilómetros. A mi
lado se sentó un sujeto que esquivaba el choque de pupilas y
miraba a todos y a nadie a la vez. Apenas se arrellanó, destiló un
penetrante vaho a muerte, tan agudo que ni el medio litro de
perfume barato que tenía encima lo atenuaba. Un tatuaje en uno
de sus antebrazos simulaba un código de barras, una raya un
muerto.
Mientras avanzábamos sobre la turbiedad del río Amazonas, de
soslayo lo observaba realizar mímicas de percuteo sobre algunas
garzas. A medio trayecto extrajo una minúscula biblia del
pantalón, la colocó en su regazo y se puso a rezar con la
convicción de sacerdote católico pedófilo. A mis oídos llegaron
sus confusos bisbiseos, agradecía a la Virgen del Rosario la
gracia concedida.
Finalizado el trayecto abrió el librito azul de los Gedeones
Internacionales que en su interior guardaba una fotografía y un
escapulario, sonrió con maledicencia y arrojó al agua “Este libro
no será vendido”. De pronto, una súbita ráfaga de viento llevó la
foto a mis pies, un adolescente que nunca más sonreiría, sonreía.
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(15) LETICIA
Frente al Banco de Bogotá en la ciudad amazónica de LeticiaColombia me topé con una mujer hermosa hasta el tuétano,
Shakira multiplicada por dos. Me acerqué e invité a tomar un
refresco apelando a mi solitaria condición de foráneo.
-Bueno, si usted insiste-, me respondió con un delicioso y dulce
tonito cantarín.
Mientras le narraba anécdotas, me concentraba en sus labios que
imaginaba rodeando sensualmente mi firme masculinidad. Ella
reía a mandíbula batiente.
Del refresco pasamos a cervezas. Ya estaba a punto de pedirle
que me acompañase a mi hotel, cuando en el frontis del local se
apeó un camioneta de lunas polarizadas de donde bajaron 6
sujetos vestidos de negro portando enormes pistolas en ambas
sobaqueras y pequeñas ametralladoras colgando del cuello.
-¡Tranquilo, es mi marido, nada te va a pasar!- susurró.
Me presentó como su peluquero así que me quedó más que
actuar como afeminado, me jugué la vida aparentando ser un tipo
inofensivo ante aquellos sicarios. El hombre hizo un desdeñoso
gesto de que me largara, ya salía del lugar cuando sentí la mitad
de mi culo en la mano de un fornido guardaespaldas. Desde la
calle escuché las risotadas de shakira burlándose de mi desgracia.
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(16) POLICÍA FEDERAL
Me encontraba en el puerto fluvial de Tabatinga-Brasil. Media
docena de policías federales subieron al barco a realizar
controles de rutina. Una policía me tomó ojeriza de inmediato,
ignoro que le molestó, tal vez que le mirase el enorme culo o
inconscientemente le recordé a alguien desagradable. Bella y
altiva se jactaba del poder que le confería su autoridad. Me
miraba como una sabandija y mientras rebuscaba en mis
pertenencias arrojó sobre cubierta mis pantalones y calzoncillos,
rodaron medicinas y aditamentos de profesión que acostumbro
llevar conmigo.
-¿Vocé e médico?-preguntó.
Al responderle afirmativamente, solicitó mis credenciales.
Comprobado el hecho, sus dedos índices vociferaron enojados:
-¡Adverto que nao pode ejercer no Brasil!
A unos metros unos niños traviesos golpearon un panal de
abejas. En minutos una sombra ensordecedora cubría toda la
cubierta. Medio enjambre clavó sus aguijones en el enorme culo
de la policía, tal vez creyendo que defendían su redondo e
inmenso panal. La mujer se moría, no podía hablar ni respirar;
una severa reacción anafiláctica causó edema glótico y
broncoespasmo mortal. De lejos, aprecié su lánguida mirada
solicitando ayuda, disimuladamente arrojé al río mi cajita de
medicamentos de emergencia.
Ella fue explícita, yo no podía ejercer en Brasil.
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(17) AYAHUASCA
Charles era apenas un adolescente cuando atravesó las arenas
milenarias de Mesopotamia formando parte de una avanzada
militar, cuando debería estar en casa viendo la serie infantil
Powers Ranges. Dado de baja del ejército del país que no conoce
la derrota, deambuló sin ton ni son por las arenas
estadounidenses de las costa este y oeste. Tal puta barata, se
acostó el diván de cada psiquiatra de veteranos de guerra que
encontró, loqueros que le hicieron tragar más pastillas que las
bombas arrojadas por los superbombarderos B52 sobre Bagdad
dirigidas a la lengua de Sadam Hussein.
Buscando paz viajó a la India, meditando en el templo de Sri
Ranganathaswamy soñó que deambulaba en la exuberante
Amazonía.
Arribó a Iquitos. Internándose en la espesura y guiado por un
chamán bebió extractos de lianas sicodélicas, bajo sus efectos
regresionó a Bagdad, junio 1993, logrando recordar a un
asustado jovenzuelo iraquí encañonándolo a un metro de
distancia.
-¡Papá!- gritó Charles al ver a la muerte calata.
-¡Papá!- repitió su atacante mientras huía despavorido.
Perdido en el culo del mundo recordó lo que el psicoanálisis le
había negado tras esquilmarlo con miles de verdes, el rostro
desencajado del soldado árabe era el suyo.
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(18) BAYWATCH
Luis arriesgó su vida saltando por la borda al observar que un
hombre arrojaba a una mujer sobre el barandal del barco fluvial
en que navegaba. No dudó un segundo, impulsado por un
automatismo se lanzó a las turbias y peligrosas aguas del río
Ucayali, tras la víctima; no reparó en los cardúmenes de pirañas
ni en las legiones de caimanes.
Los gritos de desesperación de la gente obligó al capitán a
detener la nave.
Pasados angustiantes minutos, Luis retornó nadando solo y
agotado. La tripulación le tiró una cuerda, logrando subir a duras
penas. Jadeante y ofuscado por un valeroso e inútil esfuerzo que
casi le cuesta la vida, o un testículo o una pierna; se plantó
frente a un extranjero, un tipo rubio con más tatuajes que jefe de
pandilla de una sección salvadoreña de la mara salvatrucha MS13.
-¡Pervertido de mierda!- le soltó, muy enojado.
-¡Casi muero por tu culpa!El foráneo no atino a replicar, sus orejas encendidas dijeron todo.
Sucedió que el gringo había consiguió una enamora a bordo y
antes de invitarla a compartir camarote decidió arrojar al agua su
muñeca inflable, irónicamente para evitar que ella pensara que
era un pervertido.
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(19) PESADILLA
Año 2023. Al igual que a fines del siglo XX, una coalición
internacional invade no Mesopotamia, sino la cuenca amazónica.
Esta vez el objetivo no son pozos petroleros, es un commodity
más codiciado aún que el obsoleto batido de huesos de
dinosaurios: agua. Las filigranas de la gargantilla de la doña
Sudaca viran del turbio sensual al rojizo macabro de un
crepúsculo sangriento.
Los ricos, convencidos de no poder llevar a sus familias a la
luna, despertaron de sus sueños juliovernianos; incapaces de
adquirir la Amazonía en subastas de Sothebys, ordenaron
tomarla. En medio de la locura de aquella sangrienta guerra
surge un clamor inmundo:
-¡ni para ti, ni para mí!- vociferan los sudacas mientras
envenenaban la cantimplora del mundo.
Plantas, animales y 8 mil millones de homo imbecilis sucumben.
El miasma a muerte cubre la totalidad del otrora voluptuoso
bosque.
Luis de 13 años se despierta asustado, ha dormido mal, siente un
bulto bajo su espalda y sacude la cama. Una botella de agua
envasada cae al suelo, recoge el recipiente y de un tirón bebe el
contenido sintiendo un inusitado deleite pues nada le asegura que
aquella pesadilla algún día no se convertirá en una vívida
realidad.
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(20) BAILARINAS CONGÉNITAS
Jamás olvidaré aquella noche de sábado en la triple frontera,
solitario ingresé a una discoteca en Santa Rosa, audazmente
ubicada frente al puesto de la Policía Nacional del Perú. Ya
adentro quedé absorto del erótico baile forró de las brasileras que
movían sus afamados cuartos traseros como aspas de molino, a
un costado las colombianas las miraban con desdén esperando la
próxima pieza musical para lucirse con sus pasitos de salsa.
Noté que un alegre grupo de jovencitas locales cómodamente
sentadas en unas mesas reían y bebían. Disimuladamente me
percaté que la mayoría llevaban colgando entre sus pechos una
suerte de extrañas carteras; extravagantes bolsas de cuero, me
dije. En vano trataba de determinar que eran esas cosas que
pendían de sus cuellos. La penumbra, la humareda de cigarrillos
y las luces multicolores no me permitían dilucidar aquella
intriga; además, como foráneo no podía mirarlas demasiado. Al
pasar lo suficientemente cerca a ellas sentí un horror
indescriptible.
Salí de allí de inmediato, indignado por lo que había apreciado.
Irónicamente debí sonreír ante el enorme letrero colocado a la
entrada del lugar: Prohibido el ingreso a menores de edad.
Aquellas no eran exóticas carteras de mano, eran bebés de
pecho.
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(21) A MORTE
Yo viajaba desde Santa Rosa frontera peruana a Manaos-Brasil,
el París del Amazonas.
En Fonte Boa se embarcó un personaje que colgó su hamaca
cerca a la mía. Era un predicador evangélico que se había tragado
una olla de sopa de bandada de loros y hablaba a mil palabras
por minuto. El hablaba y yo escuchaba, la verdad es que no tenía
muchas ganas de platicar con el tipo aquel.
Narraba que su iglesia inició con tres pelagatos y ahora contaba
con quinientos, que pensaba tener una feligresía cercana al
millón, que anhelaba pastorear una iglesia con más aforo que la
torcida brasilera saturando el Maracaná en un partido de fútbol
de eliminatorias mundialistas contra su mítico y archirrival
Uruguay, que tuvo una bella hija que adolescente enfermó y
murió de una extraña enfermedad, que sufrió lo indecible hasta
el día que tuvo una revelación divina: soñó que si su hija siguiera
viva sería una ramera.
-¡Se fue, mejor así, hubiera sido una puta pecadora!- vociferó.
Sin inmutarme le respondí sinceramente:
-¡yo la hubiera preferido mil veces puta, pero viva y a mi lado!-.
El hombrecillo no volvió a dirigir palabra alguna en lo que restó
del viaje.
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(22) HERMES
Vi con mis propios ojos la versión veintiunesca y maldita de la
mítica leyenda de “El Dorado”.
En la cuenca del río Madre de Dios enclavado en la frontera
Perú-Brasil se extrae oro fluvial a precio de vida. Cientos de
dragas informales convierten un paraíso terrenal en satánicos
muladares. Infernales relaves mineros arrasan selvas vírgenes
convirtiéndolas en indigestos jardines, esfumando todo vestigio
de vida de sus entrañas, dejando regueros de olores inmundos en
las orillas de ríos inermes donde apenas sobreviven gallinazos
enfermos que picotean penosamente entre las raíces de árboles
resecos convertidos en estatuas de sal.
El lugar ostenta el récord Guinnes de poseer el historial más
turbio por metro cuadrado del planeta, el maldito y tóxico
mercurio se bioacumula en las entrañas de los seres vivos
transformando sus oquedades en tubos de azogue, calidoscopios
contemporáneos que refleja la mierda existente en esta hipócrita
esfera globalizada.
Allí atendí a niños afectados con severa toxicidad neurológica y
dermatológica, grotescos estigmas cubrían sus frágiles pieles de
pies a cabezas. Llegaban a mí tiritando con 38 grados
centígrados, a la ectoscopía más parecían cebras parquinsonianas
que embriones humanos. Aquellos niños están tan contaminados
con mercurio, que juro los vi defecar termómetros.
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(23) EL ESTRECHO
Pueblo fronterizo enclavada en la cuenca del río Putumayo, una
correntada de 1600 kilómetros de crueldad que separa Perú de
Colombia, sus serpenteos que esconden tomos de historia no
escrita sobre abusos de aventureros, caucheros, misioneros,
guerrilleros y narcotraficantes. Conocido como “el paraíso del
diablo”, es un lugar donde la vida no vale nada y el divertimento
es permanente, donde existe amnesia estatal bilateral y se
comercia en dólares, donde chocitas semiderruidas se entrelazan
con edificios arrebozados con antenas parabólicas, donde nadie
recibe al forastero con los brazos abiertos sino con miradas de
desconfianza, donde la gente se rige por el código tácito de
prohibido preguntar, donde los cultivos de coca se expanden por
la maleza tropical como acné severo por el terso cutis de
Mozasana, donde machos avasalladores golpean a sus mujeres
peor que domadores de fieras enfurecidos y las matan con mas
impunidad que en Ciudad Juárez, donde el dicho de Francisco de
Quevedo parafraseado hace más de 400 años cobra máximo
vigor: poderoso caballero es don Dinero, donde dragas que
buscan oro de aluvión encuentra más osamentas que metal,
donde después de escribir estas líneas no vuelvo allí ni tras
realizarme un trasplante de cara.
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(24) DNI
Marcos regresaba a casa después de dos años de servir en el
ejército peruano. Orgulloso del grado de sargento primero
obtenido, a cada instante palpaba su constancia guardada en el
bolsillo trasero de sus vaqueros, anhelaba mostrársela a su abuelo
Pancho. La lancha lo dejó en el pueblo de Nauta, donde el
Ucayali y el Marañón paren al amazonas. Su terruño aún
quedaba a tres horas de distancia aguas abajo en canoa.
Hacia unas horas había peleado con un trío de rufianes que
intentaron asaltarlo y se sentía raro. Siguió a los maleantes a un
rústico restaurante, desde un canto del local oía sus acaloradas
discusiones sobre fechorías, recordaban asesinatos. Marcos sintió
una angustiante corazonada cuando narraron la desaparición de
varios hombres en una zona de extracción ilegal de madera, pues
el abuelo trabajaba eventualmente en la tala de caoba. Marcos se
extrañaba que su presencia no les inmutase, ellos actuaban como
si él fuese invisible.
-¡Debemos deshacernos de los documentos!- expresaron.
Al salir del lugar uno de ellos arrojó una bolsa plástica, Marcos
la abrió y encontró un DNI que felizmente no era del abuelo; era
el suyo, a un costado su arrugada constancia de sargento, le
miraba.
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(25) EL HENRY III
La pesada barcaza se desplazaba de Pucallpa rumbo a Iquitos a
través del río Ucayali. La larga y monótona travesía aburría a
Lorena, quien sufría con sus idas y venidas a los urinarios, sin
contar la cola que debía hacer para obtener un poco de arroz
mazacotudo y un hueso de pollo guisado. A bordo ofertaba su
cuerpo para pagar la manutención de su hijito que sufría de
hidrocefalia, necesitaba el dinero y no dudaba en usar el arte del
oficio más antiguo del mundo.
A medio trayecto, en Requena subió un solitario francés que
desde el primer instante quedó impactado por sus enormes y
torneadas ancas de potranca envueltas en la brillantez de una piel
caoba. La invitó a compartir camarote. Allí Lorena le dio de
beber subrepticiamente tabletas de diazepam en un vaso con
cerveza, para luego esquilmarlo sin miramientos.
En unos días en una campaña internacional de salud operaron
gratuitamente al niño. Lorena contenta acudió al Hospital
Regional de Iquitos para agradecer al cirujano.
-¡Gracias doctorcito por salvar la vida de mi hijo!- le dijo
besándole las manos.
Al despegarse de la historia clínica, un par de inconfundibles
ojos azules la miraron con nostálgica somnolencia.
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V
El día que el aneurisma aórtico de mi amigo se rompió como un
globo de carnaval dentro de su pecho, vi en su muerte una
oportunidad de romper la cotidianidad de mi vida. Apenado, leí
mil veces sus manojos de arrugados manuscritos y sentí que
había en ellos verdades poliédricas que necesitaba y debía
vivenciar.
Desoyendo los consejos de un pelotón del fusilamiento
compuesto por mis padres, amigos y novia; al igual que mi
tatarata…abuelo el hidalgo conquistador Santi Charco, realicé
una trepidante travesía a Sudamérica en busca de un tesoro que
superaba en valía a “El Dorado” que él y Orellana jamás
descubrieron.
Tras recorrer la Amazonía retorné a casa donde sufrí una severa
crisis de desadaptación. Por mucho tiempo recorrí abúlica y
tristemente las aceras insulsas de la Gran Vía, observando
impertérrito sus papagayos tricolores en las esquinas, estúpidos
animales de metal que ni gritan ni baten alas. Gracias al Dios de
Jacob, curé de esa pesadilla Kafkiana tras recibir cientos de
enemas de nostalgia, supositorios mentales de melancolía,
sangrías de ausencia y muchísimos emplastos de cariño.
A un lustro de las incidencias de aquel andar, atenuada ya la
furia de mis vivencias y tras haber tragado suficientes sedantes y
ansiolíticos como para dopar a todo el ejército chino, dejé de
lado estúpidos sentimientos de culpa y renuncié al paro y a ser
catalogado como un caso siquiátrico con código F32.2. He
intentado convertir mi experiencia en un recuerdo sereno y me
siento feliz de poder contarte esta historia, adelanto para algunos
ansiosos que el tesoro que encontré en la selva que por más de
tres siglos perteneció al reino de España, yace a buen recaudo y
crece floreciente día a día en un banco de Madrid que de ninguna
manera es el BBVA.
El viaje a Perú fue un pandemónium. Partí apenas premunido de
un par de croquis. En menos de 24 horas recorrí tres mundos,
abandoné el reluciente aeropuerto de Barajas a bordo de un
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confortable y espacioso Airbus, y mil y un ronquidos después me
encontraba de patitas en el bullicioso Jorge Chávez de la “tres
veces coronada villa”, donde la cercanía al mar se siente en el
aroma a algas marinas. Allí tomé una conexión, y minutos
después trepaba a un pequeño y claustrofóbico Boeing rumbo a
la gran selva amazónica. El avión se curvó pronunciadamente
sobre el gris cielo limeño y abandonó las aguas azuladas del
océano pacífico ensuciadas por cientos de puntitos blancos que
volaban al ras de las olas convertidos en gaviotas. A 10000 pies
el pájaro de acero partió al Perú como un deslumbrante mago
desmembrando en dos a una bella muchacha en su espectáculo
circense. Mi piel blanca y mi largo pelo castaño contrastaban con
la variopinta mixtura de razas que me rodeaba, noté que el
mestizo sudamericano es un tremendo batido de sémenes
procedentes de los cinco continentes, una terrible combinación
genética que alocaría a Watson y a Crick. Sonreí al imaginar que
así debía de verse un zoológico de terrícolas en alguna ciudad
experimental
marciana
conseguidos gracias a
extraterrestre.
con
tanto
tantos
OVNI
conejillos
y tanta
de
indias
abducción
Todo mudaba minuto a minuto, nada quedaba del envidiable
confort de primera clase, los lujosos asientos de cuero dieron
paso a asientos de bus metropolitano, el caviar y el vino servido
a libre demanda en bandejas de plata y copas aflautadas se
transformaron en ridículos vasitos plásticos con Coca-Cola y
sobres de galletas resecas, los rizos rubios de las azafatas del
atlántico mudaron al liso azabache de las del pacífico quienes
hablan un castellano cantarín con un tonito nasal que me causa
gracia. A los pocos minutos de viaje apareció el plomizo de los
andes coronados de hielos eternos y media hora después
vislumbré un panorama irreal, una locura paisajística: el menú
gourmet vegetariano de un dios dietético se servía a varios
kilómetros bajo mis pies, la selva tropical parecía una infinita
ensalada de millones y millones de brócolis sazonados con
escurridizos jugos alimonados. Pese a viajar apiñado sentí
ráfagas de euforia al apreciar aquella maravillosa vista.
Superadas algunas turbulencias arribé a un lugar que poco había
mudado en el último millar de años.
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Al descender del avión fui arrollado por una avalancha de
colores y calores. Ante mí se abría un escenario subyugante de
seductoras imágenes, una isla acariciada tangencialmente por las
aguas del río más largo y caudaloso del planeta. Un tórrido calor
tropical lo envolvía todo, el reflejo de la brillantez solar era tan
intenso que por un momento sentí que los miles de espejos de la
central solar voltaica de Arnedo en La Rioja se concentraban
directamente en mis retinas, hecho que me obligaba a entornar
los ojos como un ratón recién nacido y a hacer visera con ambas
manos. El verdor omnipresente de la floresta amazónica
combinaba sutilmente con el lapislázuli del cielo manchado de
gordos copos blancos. Tibias brisas a esencias de troncos,
bejucos, lodo y limo podrido aromatizaban el lugar. Yo rebosaba
de excitación y estaba envuelto en una sensación de irrealidad,
algo de ello probablemente se debió al jet lag.
A continuación tomé uno de los miles de mototaxis que pululan
por el lugar causando estridencias con sus motores de un
cilindro. El taxi amazónico me dejó a las afueras de la ciudad, en
un descampado que colinda con el río Nanay, un pequeño
afluente del Amazonas de meandros sinuosos que rodea la
ciudad de Iquitos. A la entrada del lugar un enorme letrero mal
pintado señalaba que me encontraba en el Grupo Aéreo 42 de la
fuerza aérea peruana, una base militar que por toda flota tenía un
único y destartalado hidroavión Twin Otter. El anfibio metálico
se bamboleaba tenuemente amarrado a una estaca plantada en la
fangosa orilla. Dudé que aquel armatoste, desecho de la payasada
de Vietnam pudiera dejarme íntegro en mi destino: la triple
frontera amazónica, un excitante punto de encuentro entre Perú,
Brasil y Colombia. Anhelaba deambular por las ciudades
hermanas de Santa Rosa, Tabatinga y Leticia; un lugar irreal
digno de conocer donde según César “la vida no valía nada”.
Nada quedaba de la comodidad de las Europas. De descansar en
relucientes salones con asientos ergonómicos, pasé a apoyar el
espinazo en una crujiente y deslucida banca de madera astillada y
semienterrada en la arena. Mi culo era amenazado por clavos
oxidados que emergían de mi incómodo asiento. Un puñado de
cocoteros que salpicaban el terreno a duras penas me brindaban
algo de sombra, su ralo follaje escondía balas verdes que cada
cierto tiempo pasaban rasantes y ruidosas sobre mi cabeza
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bombardeándome con tibios proyectiles de flora intestinal. Al
vaho infernal se agregó el diabólico hostigamiento de agresivos
mosquitos que dejaron sobre mi piel ronchas tamaño de chapas
de gaseosas, los muy hijos de puta se revolcaban con delectación
sobre mi epidermis e incluso llegaron a copular con impudicia
sobre la gruesa capa de repelente que me cubría. Bueno, ya
estaba allí y me dediqué a contemplarlo todo con la delectación
de un niño, mi único consuelo era saber
que en un par de
semanas terminaría la búsqueda de un tesoro que bien valía
soportar todos aquellos inconvenientes.
Tras dos horas de espera un joven oficial de la fuerza aérea
peruana se acercó al puñado de pasajeros que aguardábamos y
balbuceó una breve explicación, por culpa del mal tiempo
reinante en la frontera se cancelaba el único vuelo semanal que
cubría la ruta. Del grupo apenas surgió un murmullo de protesta.
-¡Por algo será joven!- respondieron los pasajeros con
resignación.
Un par de comerciantes modelos de Botero, de hablar franco y
candoroso que se habían granjeado mi simpatía, me invitaron a
acompañarlos a viajar a la frontera, vía fluvial. El problema con
mis nuevos amigos era que su dejo me obligaba a concentrarme,
algunas veces me llevaba mejor con el idioma alemán que con
sus envolventes dialectos de castellano amazónico. Los
gordinflones me aconsejaban mucho, que tuviese cuidado con los
timadores, que jamás recibiese en custodia paquetes ajenos pues
podrían contener droga, y que nunca aceptase pócimas de bellas
mujeres pues podrían contener somníferos, etc.
-bueno, unos días con estos gordos alegres como cachorros y de
humor efervescente, no sería tan malo- me dije.
El próximo vuelo a la frontera salía el siguiente sábado, si es que
salía. Rebobiné mis pensamientos y me cuestioné haberme
circunscrito al desplazamiento aéreo a fuerza de la costumbre.
¿Qué de malo me podría pasar en tres días sobre el río Amazonas
a bordo de unos lentos y pesados barcos fluviales?
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VI
Embarcadero “El Huequito”, situado a orillas del río Itaya. Un
terraplén de lodo y greda rebosante de luminosidad y pestilencia
formado por cientos de rugosas tablas adosadas entre sí que
impiden resbalar y fungen de pasarelas a gallinazos ávidos de
carroña que nadie se molesta en espantar. En medio del río flotan
estructuras afianzadas a enormes troncos de diámetros de llantas
de camiones, transformadas en hotelitos resuelve urgencias
hormonales, bares bulliciosos y peligrosas y mortales gasolineras
informales. Las casitas flotantes se ubican desordenadamente
entorno a toneladas de fierros oxidados llamadas lanchas, en
cuyas altas torretas se lee el nombre de algún hijo o amante del
dueño, a un costado unos enormes letreros pintados con letras
fosforescentes señalan el destino final: HOY a Yurimaguas,
MAÑANA a Pucallpa, etc.
Cada cierto tiempo el sonido
estridente y lacerante de las sirenas indicaba el zarpe de las
mismas. Nadie revisa documentos y no existe lista de pasajeros.
El lugar es un hervidero de gente que se obsequia ramilletes de
groserías mientras cargan o descargan mercancías al son de
estridentes e inquietantes músicas emitidas por manojos de
parlantes ubicados en la cubierta de cada embarcación. En el aire
se entremezclan baladas brasileras, vallenatos venezolanos,
cumbias tropicales peruanas, salsas colombianas, pasillos
ecuatorianos y algo de rock. Como un desquiciado me carcajeaba
de algunas de sus graciosas y estúpidas letras: “ojalá que te
mueras…”, “así son los hombres, son una basura…”, “ya se ha
muerto mi abuelo, ya,ya,ya…”
Irónicamente aquel caótico desorden enmarcado en podredumbre
destilaba vida a borbotones. Por el lugar deambulaban fenotipos
anfibios de anchísimas espaldas y gruesos pies de ornitorrincos
darvinianamente adaptados al agua; son los descendientes de las
milenarias etnias amazónicas, hijos del sol y de la luna, de ríos y
bosques, los verdaderos dueños y señores de aquellas aguas y
verdores. Me impactó ver a un grupo de atípicos estibadores
vestidos con pantalones cortos de mezclilla y botas de jebe de
caña alta, eran abuelos cargando enormes racimos de plátanos
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sobre sus osteoporóticas curvaturas dorsales; seres sin tiempo
que precisan de tecnología de datación de fósiles para identificar
sus edades, últimas cohortes de grandes guerreros iquitos,
achuar, quechuas, boras, shipibos, cocamas; que otrora
dominaron la selva virgen, que aunque aparentaban miserables y
paupérrimos, caminaban más arrogantes que soldados de la SS
ingresando a Polonia en setiembre de 1939. Tras las cortinas
blanquecinas de sus opacificados cristalinos aprecié una verdad
absurda y triste, trabajaban para poder comer. Se me atoró un ojo
en la tráquea al palpar una suerte equivalente a enviar a los
viejecillos de asilo de las Hermanitas de los Pobres de Madrid a
laborar jornadas completas en las construcciones del boom
inmobiliario de las costas de Murcia.
Dolorosamente percibí un sutil sistema de castas en aquel
frenético batido de razas, costumbres y sincretismos mágicos
religiosos. Noté que el nativo ribereño representa la escala social
más baja pese a ser el heredero natural del lugar, ¡vaya tonta e
inesperada paradoja!
Entre la muchedumbre paseaban varios predicadores evangélicos
ofreciendo entradas para la tierra prometida, gente aferrada a las
escabrosas indulgencias del Medioevo. Yo los rehuía y me
preguntaba, que más apocalípsis que aquella realidad se podría
esperar. Evangélicos, católicos y mormones bullían por docenas
esperando pescar almas en aquel hervidero de pobreza; todos
ofertando esperanza, un suculento anzuelo que les ofrece la
posibilidad de una nueva vida donde ya no habría más
sufrimientos, ni más penurias económicas, ni más angustias. Al
acercarse a mí, para predicarme sus respectivos credos, los
predicadores y sus acompañantes casi me incrustan entre los ojos
una compacta y enorme biblia Nácar Colunga de 3 kilos y un
pequeño libro del mormón por el culo.
-¡Si no aceptan la palabra de dios se sancocharán eternamente
como inguiris!- vociferaban, señalando a las sudorosas
vivanderas removiendo unas renegridas y humeantes ollas
conteniendo enormes plátanos verdes en ebullición.
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Quienes me intrigaron con su comportamiento y sus vestimentas
fueron unos tipos de pobladas cabelleras y largas barbas que
predicaban acompañados de sus mujeres que a su vez portaban
túnicas y velos. Me enteré que eran los Israelitas del Nuevo
Pacto Universal, gente andina que encaminan sus vidas según los
lineamientos de Penatateuco, una secta de quechuahablantes
genuinos herederos de los fabulosos incas del Tahuantinsuyo que
alucinan ser más sefarditas que aquellos que pueblan la franja de
Gaza y que venden diamantes en Amberes.
Uno de ellos, un joven de piel cobriza que retorcía la fría piel de
una pequeña anaconda sobre su cuello, culpaba al animalito de
los males existentes en el mundo y le reprochaba el haber tentado
a Adán, amén de haber marcado a la humanidad con el estigma
del pecado y obligar al hombre a ganarse el pan con el sudor de
la frente. Al verme sonreír al escuchar sus disparates, se acercó a
mí y me invitó a palpar a su pecadora mascota. Conversamos un
rato, al enterarse que yo era extranjero y que iría a la triple
frontera, Christopher Huamán, el tipo que cargaba a la cómplice
de Eva se emocionó en demasía y me invitó a visitar su pueblo al
retorno de mi viaje. La Nueva Jerusalén está enclavada a unos 50
kilómetros antes de llegar a la triple frontera amazónica.
-Deseo que en España conozcan la existencia del éxodo de mi
pueblo, deseo que la religión que mi gente profesa sea conocida
en todo el mundo, y tu testimonio es importante – expresó, al
tiempo que confianzudamente palmeaba fuertemente mis
omoplatos.
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VII
Subí a la motonave” Isabel II”, una desvencijada barcaza de
carga y pasajeros de 60 metros de eslora y diez de manga
distribuida en tres niveles; inferior de carga, intermedia de
pasajeros y la superior que era tienda, bar y comedor. Su
capacidad era de 150 personas pero calculé que estaban
embarcadas unas 300. A mi alrededor docenas de caóticas
hormigas humanas cargaban la atestada lancha avanzando al
ritmo
de
gritos,
chillidos
y conchas
de
sus
madres.
Disimuladamente contabilicé unos cien chalecos salvavidas
anudados groseramente a los barrotes del techo. Yo temía que la
barcaza se hundiese al ir sobrecargada al punto del naufragio,
pues estaba atiborrada de personas, animales, y toda gama de
artículos de primera necesidad; imagínate que subieron hasta
fierros de construcción y bolsas de cemento. Quedaba claro la
prioridad de la carga sobre los pasajeros. El miedo intensificaba
mi impresión que la embarcación escoraba peligrosamente. En
determinado momento cuestioné a uno de los tripulantes la
insensata idea de amarrar los chalecos salvavidas; amablemente
le sugerí que tan solo deberían dejarlos colgando, argumentando
que en la eventualidad de necesitarlos no perderíamos unos
valiosísimos segundos. El astuto hombrecillo de mediana edad
me miró con sus ojillos de rata y replicó inteligentemente:
-Señor, disculpe, si los amarramos bien, ¡es para que no se los
roben!
En pleno cenit bajé a visitar la bodega de carga donde encontré
un infernal aniego de bostas que despedía un nauseabundo olor a
metálica humedad. Sobre una enorme plancha de hierro que
formaba la estructura del suelo, yacían tirados una piara de
cerdos manchados de óxido con las cuatro patas amarradas en
brutales nudos corredizos; varias docenas de patos y gallinas con
las alas entrecruzadas como brutales llaves de yodo, les hacían
compañía. Aquella era una escena que llevaría directo al
manicomio a más de un activista de sociedades protectoras de
animales. A la entrada del recinto un cartel enmohecido prohibía
animales a bordo, ironías de las leyes peruanas con tanto valor
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como rollos de papel higiénico. Al fondo se divisaba el cuarto de
máquinas, para llegar a los potentes motores Caterpillar debí
saltar sobre cajas, jaulas, bicicletas, racimos de plátanos y demás
bultos. Llamó poderosamente mi atención unas grandes cajas de
madera conteniendo bloques de hielo envueltos en aserrín y
sacas de sal; tecnologías de la necesidad que mantienen el
pescado fresco hasta por quince días o en salazón hasta por un
año. No toqué absolutamente nada de lo que allí había porque era
vox populi que entre esa parafernalia de carga, viajaban de
contrabando insumos para fabricar cocaína e incluso a veces iba
a bordo a modo de polizonte, la mismísima diosa colombiana:
doña Blanca Pasión viuda de Alegre, acompañada de su séquito
de dólores.
Ubicado en el área de pasajeros armé mi hamaca y esperé
pacientemente el zarpe programado para las dos de la tarde. Caía
la tarde y nada. Bamboleándome ociosamente en mi estrecha
habitación colgante, sentí mucha hambre de la carne tibia de las
pasajeras de miradas seductoras que lucían sus bellas anatomías
enfundadas en pequeñas faldas o vaqueros a punto de estallar. Al
rato comprendí la razón de mi repentina pasión, la cubierta
estallaba en feromonas; tenues olores almizclados responsables
de perpetuar la especie que me obligaban a aspirar levantando el
cuello como un gallo bebiendo agua. Imaginé sorber sus vaginas
fangosas con sabor a greda fresca y acariciar sus relucientes y
canelísimas espaldas de féminas dignas de empreñar. Evitando
pecar, casi les pido a los tripulantes de la lancha que me amarren
a una columna de fierro como hicieron sus colegas de otrora con
el valeroso Ulises en su paso por la Isla de las Sirenas.
Mis dos amigos, ya a estas alturas con nombres propios, Juanito
y Juaneco resultaron ser un par de donjuanes de pacotilla.
Posaban descaradamente sus miradas libidinosas sobre las
redondas protuberancias de las muchachas y les lanzaban piropos
chuscos y trillados, los noté faltos de originalidad y dada la
grosería de sus modales no les auguraba ningún futuro en sus
intentos de conquista. Ignorando el medio siglo a cuestas y la
asimetría que les conferían sus vientres cerveceros que además
soltaban apestosas carcajadas anales, el orondo par de sibaritas
aireaban y ventilaban con lujo de detalles y con total desparpajo
sus múltiples hazañas amorosas. Bromeando le toqué el
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protruyente tinajón a uno de ellos y le recordé sus escasas
chances de flirteo ante las docenas de guapos y musculosos
jóvenes amazónicos con vientres de plomada que rondaban y
flirteaban a las bellezas litúrgicas.
-No hay problema Pedro, dijo Juanito, “billetera mata a galán”.
Juaneco se compró el pleito y extrajo un grueso fajo de billetes
con el que se cacheteó de ida y vuelta mientras expresaba:
-¡cuánto tienes, cuánto vales, nada tienes, nada vales!A los minutos los vi melosos. Usando sus labias rimbombantes
trataban de entablar amistad con tres hermosas jovencitas que
increíblemente los encontraron comiquísimos y se reían a
mandíbula batiente de sus jocosos comentarios. En ese instante
recordé lo que bien decía mi abuela, que hay un roto para cada
descosido. El trío de amigas eran comerciantes de sandalias
brasileras azaleia, ellas viajaban a la frontera tres veces al año
para comprar lindas y cómodas sandalias en Brasil; realizaban un
jugoso negocio, pues el calzado triplicaba su precio ya de retorno
en la ciudad de Iquitos. De la nada el par de panzascontentas
enviaron a la más joven y hermosa del trío a donde yo me
encontraba.
Una esbelta y desinhibida muchacha de piel canela y cabello
negro se me acercó, me tuteó del saque y me invitó
coquetamente a unirme al grupo.
-¡Acércate joven que no muerdo!- me dijo.
Sonreí forzadamente y no me quedó otra que completar la media
docena.
Me enamoré a primera vista de aquel encanto de mujer que
inspiraba en mí una exótica mezcla de ternura de querubín y
furor de sádica dominatriz. Del instante en que la conocí, di de
baja al par de galanes y anduve con ella de arriba para abajo;
bueno, más arriba que abajo. ¡Gerusa, oh diosa amazónica que
brebaje le diste a mi alma que cada segundo de mi vida te
recuerdo, ¿cómo olvidar el azabache de tus cabellos impregnados
de olor a fruta fresca, cómo no recordar tus caderas de
configuración deliciosa y tus aterciopeladas nalgas que
contrastaban con tus manos dignas y ásperas de tanto quehacer?
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Finalmente partimos a media noche. Nadie parecía destilar
aburrimiento, quedé sorprendido de la tranquilidad del resto de
pasajeros inmersos en tarareares despreocupados, despiojos
mutuos y pesados duermevelas. Fui el único en reclamar por la
demora al patrón de la lancha. El sujeto me miró desconcertado y
sonrió con indulgencia, telepáticamente vociferó que me vaya al
carajo. Sumisamente debí aceptar el hecho que en el río el
tiempo renguea e inclusive existe placer en las demoras.
De las vigas herrumbrosas del bajo techo revienta-cráneos del
compartimiento de pasajeros, colgaban tres pequeñas bombillas
de cincuenta voltios que irradiaban una luminosidad amarillenta;
un tenue fulgor que atraía a miles de insectos cuyos batidos y
zumbidos formaban auras circulares de casi un metro de
diámetro. Las batientes y multicolores hamacas impresionaban
una colonia de murciélagos prehistóricos en hibernación, para
llegar a la mía debía avanzar en cuclillas bajo las telas combadas,
golpeando con la mitra toda suerte de culos y esquivando bolsos
y mochilas dispersas por doquier. En esos instantes, al
percatarme de mis penosas circunstancias, no me quedó más
alternativa que sonreír o sonreír.
Gerusa descolgó su hamaca del lugar que ocupaba junto a sus
amigas, avanzó a gatas y anudó su camarote portátil junto al mío;
previamente discutió con un par de pasajeros inconformes con su
intromisión. Apenas unos centímetros nos separaba, estábamos
tan cerca que podía sentir el calorcillo disipado por la raja de su
bello culo. Gerusa estaba contenta conmigo y no lo disimulaba
un ápice, conversamos mucho. A punto de conciliar el sueño
sentí la tibieza de sus pequeños seños sobre mi cuerpo, la
muchacha se había deslizado sinuosamente dentro de mi hamaca.
No aguanté las ganas y he de decir que el sexo en hamaca exige
dominar extraordinarios movimientos de contorsión y poseer la
flexibilidad de un acróbata chino. Sus jadeos y gemidos
rompieron el silencio de la noche, pudorosamente traté de evitar
la propagación de su impúdico léxico de placer para no llamar la
atención del mar humano que nos rodeaba. Temerariamente
incrusté mi mano en su boca como un golpe de karate, más no
conté con el sobrepeso añadido y mi escasa habilidad para
anudar hamacas, y ¡pum! Al rato me vi dando tumbos por el
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suelo como un pesado costal de patatas, despertando a medio
mundo y con el borde de la mano izquierda sangrando.
Aquella primera noche en la lancha apenas dormí. En plena
madrugada, me dediqué a contemplar absorto una sobrecogedora
y silenciosa negritud nocturna apenas ensuciada por las tenues
destilaciones intermitentes del canibalismo cósmico. Quedé
hipnotizado por el vuelo centellante de las luciérnagas y el fulgor
de unos puntillos rojizos apareados en el agua que después me
enteraría eran ojos de caimanes. Aferrado con una mano al borde
del barandal y otra al culo de Gerusa que me acompañaba en
respetuoso silencio, apreciaba las mismas estrellas que me
enseñó a leer mi padre, especialmente la bendita y nostálgica
constelación de Orión cubierta por el dedo índice paterno.
Gerusa se aburrió al rato y me abandonó, se fue a dormir en mi
hamaca sorprendida de mi expresión atribulada, no entendía que
tanto observaba yo en una insulsa oscuridad que ella conocía
desde siempre.
Cada cierto trecho un puñado de lucecitas aparecían entre la
bruma, eran mecheritos de querosenes refulgiendo dentro de las
incontables casitas camufladas entre la maleza y dispersas a lo
largo de toda la riada. Tenues luces crepusculares se reflejaban
como papel aluminio sobre el agua de un hermoso color de
chocolate navideño sobre la que destellaban sensuales olas
plateadas que daba ganas de sorberlas. Quedé anestesiado por el
éter de la vida y me adentré en los óleos de aquellos paisajes
poéticos capaces de soliviantar ambiciones y despeñarlas por el
precipicio de la magia del vivir.
Abruptamente un silencio que hiela el alma dio lugar a una
sublime sinfonía, una oda a la vida, millones de seres celebrando
un día más de supervivencia; trinos, graznidos, susurros,
gruñidos, chillidos, zumbidos etc. La lenta embarcación
avanzaba sobre un caudal de millones de metros cúbicos, a mi
alrededor millones de palmeras y árboles de ventrudos troncos
instigados por Eolo presentaban ramas y realizaban reverentes
venias a mi paso. El influjo de luz que reverberaba en ambas
orillas distantes varios kilómetros entre sí, creaba una enajenante
ilusión de estar en el mar. Mis ojos ávidos contemplaban
alborozados la exótica belleza del jardín botánico y zoológico
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más grande del planeta. Entiendo que nombrar todo el
espectáculo de color y sonido sería cansino, así que apenas
mencionaré lo que más me gustó; guacamayos de espléndidos
plumajes y osos perezosos colgados de árboles desplazándose
lentamente como adolescentes deprimidos por un amor no
correspondido. ¡Ah!, debo mencionar que en la taza de chocolate
brincaban juguetones delfines rosados, ¡sí!, ¡rosados! Orgulloso
puedo decir que forniqué con la seductora señora Natura y
alcancé multiorgasmos de matices visuales. Intentar describir
mas detalles de lo que pasó entre ella y yo es una osadía, una
avezada aproximación a la soberbia.
A medio día subí al bar a beber algo acompañado del quinteto,
invité unas cervezas y al recibir la cuenta entendí por qué había
escasa clientela, los precios eran compatibles con bares de
terraza de cruceros Royal Caribbean. Haciéndose el gracioso un
tipo con cara de palo y sonrisa sardónica se acercó a mi e intentó
venderme una fabulosa idea, deseaba ser mi socio en un
millonario negocio, una sociedad en la que el ponía nada más
que la idea y yo todo el dinero. Inmediatamente los juanes se
percataron de su molesta presencia y lo amenazaron con arrojarlo
al río si seguía importunándome. El sujeto sugería que yo
aportase tres mil dólares para alquilar una draga que llevaríamos
a trabajar en una zona donde se encontraban pepitas de oro con
tan solo miccionar en la arena, melosamente juraba y rejuraba
que pronto nos haríamos millonarios. A los pocos minutos el
estafador se aburrió con mis argumentos de desinterés, ante mis
cerradas negativas supo que yo no pescaría su anzuelo y
comenzó a mirarme con desprecio para luego desaparecer tan
abruptamente como llegó.
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VIII
El río es todo, camino y despensa. Las lanchas proveen
alimentos y noticias, y fungen de conexiones entre los múltiples
pueblitos ribereños y el siglo XXI. No existen horarios de arribo
y los pobladores pasan horas a la intemperie esperando,
conscientes que la fecha y hora de llegada varía por múltiples
imprevistos; demoras en carga y descarga, el humor del piloto y
el capricho del río quien es finalmente el que verdaderamente
manda y que a su vez está condicionado por el clima y si se
discurre a favor o en contra de la correntada. Vía radiofonía se
monitorea el paso de los fierros flotantes por los distintos
poblados, viajar en lancha conlleva una surrealista impuntualidad
e informalidad, que infartaría a cualquier súbdito inglés que se
precie de serlo.
A lo largo del trayecto observé orillas carcomidas, oquedales
producto de la roza y quema. Selva convertida en chacras
atiborradas de yucas y plátanos, alimentos básicos de los
agricultores amazónicos de orgullo telúrico. Entre los cultivos
aparecía gente extrovertida y de raza amiguera acicalando la
hierba húmeda con sus callosos dedos, caminando con las
barbillas lejos de sus tóraxs al sentirse amos de la selva. Los
nativos amazónicos abandonaban un momento sus machetes y
azadas para apreciar el espectáculo de la barcaza rompiendo la
monotonía del aislamiento frente a sus narices, terminada la
pequeña tregua volvían a tomar sus armas para seguir batallando
en la lucha diaria por la supervivencia. Al caer la tarde estos
campesinos se transmutan en pescadores y suben a sus frágiles
canoas para penetrar por ríos secundarios y terciarios en busca de
los sustanciosos peces que en la noche y bajo la luz de la lumbre
irían a nadar en los acuarios estomacales de sus hijos.
Cada cierto trecho aparecen comunidades sumidas en el olvido
gubernamental, irónicamente sobre los techos de palma de
aquellas humildes y escuálidas casitas ondeaban deslucidas
banderas rojiblancas, gritos silenciosos y desgarradores de
auxilio ante tamaño abandono.
-¡Aquí estamos!-flameaban.
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Las lanchas caletean en la mayoría de aquellas comunidades
ribereñas excluidos de la interconectada aldea global de
McLuhan, pueblitos compuestas por gentes simples que comen
yuca y pescado y sueñan con pescado y yuca. Al apearse en sus
orillas se produce el mismo ajetreo, hordas de vendedores suben
a bordo para ofrecer frutas y manjares regionales; pirañas
ahumadas, caparazones asados de tortugas recién degolladas,
paté de hígado de mono, brochetas de gusanos y de colas de
lagartos. En cada parada se acondicionan prácticos muelles
portátiles revienta-nucas, un par de resbalosas tablas de madera
de cinco metros de largo y veinte centímetros de ancho que
comunican la proa de la embarcación con la fangosa orilla.
Graciosamente, jaurías de perros chuscos y enclenques que
apenas pueden sostener sus cuerpos, asumiendo ínfulas de bravos
mastines perseguían con sus opacos ladridos a la lancha que
pesadamente abandonaba el lugar.
La embarcación atracaba en cada poblado una hora en promedio,
tiempo suficiente para poder recorrerlos. Todos tienen una plaza
principal donde se sitúan un local comunal y una pequeña iglesia
de madera de simples estilos y ornamentos góticos de irrisoria
similitud a las de la Sagrada Familia de Gaudí. En el interior de
sus humildes templos reposan toscas cruces de maderas
apolilladas, rezagos de un ferviente catolicismo heredado de
padres agustinos y franciscanos que trataron a toda costa de
imponerles al Cristo crucificado, ignorando que los nativos
tenían ya sus benévolos dioses del río y del bosque, exentos del
diabólico estigma de la Santa Inquisición.
Soy consciente de los excesos cometidos a nombre del celo
cristiano por muchos de aquellos sacerdotes, basta decir que
tratando de modificar los infieles estilos de vida del nativo hasta
se metieron en su intimidad; les aconsejaban que fornicasen
únicamente en la sosa en la pose del Misionero, les suplicaban
por el amor a Dios que dejasen de imitar la cópula de los
jaguares. Que gran error de apreciación, ¡tan delicioso que es
fornicar como felinos! Yo personalmente no les hubiera hecho
caso aunque me cocinasen los testículos en el mismísimo
infierno y en la propia sartén de Belcebú.
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El segundo día a bordo de la Isabel II atracamos en San Pablo, un
antiguo leprosorio. Aprovechando que la lancha demoraría un
par de horas para cargar un bloque de madera, fui a su pequeño
cementerio a depositar un ramo de helechos sobre la tumba de
unos legendarios misioneros españoles que otrora batallaron
contra la Hanseniasis. Ante sus osamentas imaginé la gran fuerza
moral
que
los
arrastró
hacia
allí,
debí
preguntarme
nostálgicamente, ¿dónde quedaron sus ideales?, ¿en qué
momento se cagó la iglesia católica? ¡Qué talla de seres
humanos, la de aquellos sacerdotes!, gente cuya responsabilidad
abrumadora los llevó a dedicar décadas de sus vidas a los
ribereños amazónicos. Españoles que arriesgaron sus vidas por
una palabrita actualmente en desuso y que al término del siglo
XXI, si no hacemos nada se convertirá en un arcaísmo:
Misericordia.
- Hace mucho que en España ya nadie los recuerda viejos- les
dije, acongojado.
- Pero a mí no me han de engañar pendejos, sé que la pasaron
muy bien degustando los culazos de tantas monjitas- bromeé.
Si bien no deseo pecar de irreverente, tampoco hago mal en
imaginarlos clavando sus vergas enhiestas en las sabrosas carnes
de tanta misionera que con amor a borbotones curaban leprosos y
a enseñaban a leer a los leprositos. Si bien doy fe que ellos y
ellas cumplieron sus votos de pobreza y humildad a pie juntillas,
ni loco podría garantizar el de castidad, amén que lo vivido y lo
gozado nadie se los quitará.
Mientras rezaba una oración en honor a tan cándidas almas, se
me acercó un vejete que encontró mi fenotipo muy parecido al
del padre Asencio Villarejo, uno de los tantos cultísimos y
aventureros sacerdotes españoles que haciendo gala de un
formidable espíritu de sacrificio vegetaron por esas selvas
llevando amor y esperanza; ello, a años luz de los tergiversados
apostolados de tantos pedófilos malnacidos de la actualidad.
Siguiendo una buena vibra, bromeé que Villarejo era mi tío
abuelo.
La inocencia corrió como reguero de pólvora, en minutos el
pueblo entero se conmocionó con la nueva. Viejos y viejas con
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secuelas de lepra acudieron a verme, me tocaban reverentemente
con sus muñones curados hace medio siglo por mi supuesto tío y
comentaban: igualito que el padrecito, blanquito como el
finadito, mira su sonrisa, sus ojos de cielo, hasta camina igualito.
Al escucharlos supe que no me quedaba otra alternativa que
seguir adelante con lo del rollo familiar, tanto agradecimiento
inmerecido me conmovió en extremo que debí intelectualizar la
mentira; siendo ambos españoles existía una alta probabilidad
que nuestros huesos compartan más de una secuencia de genes y
por tanto parentesco. Palidecí cuando uno de ellos me alcanzó
uno de los diarios de Villarejo y pidió que se los leyera, balbuceé
un instante al darme cuenta que estaban escritos en latín.
Astutamente salí del apuro contando una historia más parecida a
un rollo de culebrón mexicano que a las cuitas del fenecido
curita. Siendo hora retornar a la lancha; la turba, compungida con
lo que supuestamente estaba escrito en la lengua oficial del
vaticano, simplemente no me dejó partir.
-¡Por favor, quédate hasta que pase otra lancha!-expresaron a
coro.
La Isabel II debió partir, adiós juanes, adiós Gerusa. Permanecí
un día entero en San Pablo donde aproveché para recorrer un
mercadillo de sobrecarga sensorial repleto de frutas remaduras,
colas de caimán, pirañas secadas en sal, huevos frescos de
tortugas acuáticas, olorosos caparazones asados de enormes
tortugas terrestres que más parecen cerdos, tripas rellenas con
sangre y arroz, cecinas ahumadas, pescados a la plancha o al
vapor envueltos en hojas. Allí también se puede comprar pieles
de anacondas y de jaguares. Ingresé a sus tienditas humildes de
anaqueles vacíos donde apenas se encuentra aditamentos básicos;
sal, azúcar, velas, fósforos, gasolina, aceite de cocina y aceite de
motor, carbón, plátanos, pilas. Sin poder evitarlo me imbuí de
humor negro, sádicamente pensé que sería un buen chiste bizarro
solicitar a una de las humildes tenderas un whisky etiqueta azul y
huevos de centurión, e intentar pagar a plazos con mi VISA
platinum.
Algunas doncellas de los bosques de ojos difuminados me
miraban de soslayo. Chicas curiosas llenas de ímpetu y de brillo,
de rostros limpios como frutas recién lavadas y brillosos ojos
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negros como brasas de carbón; sonreían traviesas, contoneando
con donaire sus voluptuosos cuerpos al tiempo que me hacían
adiositos con las manos soñando tal vez que las llevaría conmigo
a recorrer lugares distantes y distintos. Que grato era apreciar a
aquellos bellos querubines de sexos incandescentes y bravíos
caracteres labrados en caoba; tanto así, que si a alguna de ellas se
le incrustaba una espina en sus pies descalzos, la extraía sin
ademanes ni gestos de dolor con la naturalidad de quien se retira
con un mondadientes una hilacha de carne de entre los incisivos.
La palabra resignación se lee en los serenos ojos de las jóvenes
madres amazónicas prematuramente envejecidas por la paridad
masiva, mujeres de fortaleza inquebrantable cuya prodigiosa
fertilidad de úteros las hacen pasar la mitad de sus vidas
cargando
minúsculos seres en sus entrañas tal koalas
australianos, exponiéndose en cada parto a una altísima tasa de
mortalidad materna. Pese a soportar estoicamente vidas difíciles
y repletas de privaciones, sus auras desbordan cariño y ternura a
borbotones. Las vi acariciando las caritas sucias de sus pícaros
bribonzuelos con las mismas manos fuertes que labraron la
comida que estos se llevan a la boca, y que a falta de manicuras
semejan lijas de albañilería. Aquellos niños de bulliciosas
algarabías cubiertos con politos deslucidos estampados con
orejitas de Mickey Mouse, ignoran que para ellos visitar al
ratoncito en su habitáculo de La Florida, es un evento tan
inverosímil como concertar un picnic familiar en la Casa Blanca
entre George W. Bush y Bin Laden.
Al verlos jugando fútbol en pequeños descampados, rogaba al
divino que pudiese surgir entre ellos un Leo Messi, cuyo sueldo
de 800000 euros mensuales equivale al pago adelantado de la
producción agropecuaria de todo San Pablo por un milenio.
Aquellos niños amazónicos me recordaron también que por el
compromiso con ellos fue que el gran poeta Javier Heraud se
dejó matar, ¡qué compromiso de guerrillero mi Dios!, ¡qué
entrega y generosidad de aquel adolescente un millón de veces
más grande que el mismísimo Ernesto Guevara de La Serna, el
Ché!
En aquel leprosorio me pregunté, ¿por qué tanta diferencia entre
la gente del Amazonas y del Ebro?, ¿dónde estaban las mieles de
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la democracia y la igualdad de oportunidades entre los seres
humanos? Me invadió una oleada de ansiedad, sentí que se me
despellejaba el alma al percatarme que les tenía lástima tan sólo
por el mero hecho que vivían en situaciones de extrema pobreza
material. Me dolía haberles adjudicado aquel axioma lastimero,
más comprendí que mi apreciación se debió al hipócrita discurso
de una sociedad etnocéntrica dominante que considera la
carencia de bienes el mayor pecado capital, que compara el
bienestar de un pueblo basado en conceptos de mercado que nada
tiene que ver con calidad de vida. En San Pablo no todo son
opacos porvenires, también hay un buen vivir pues se consume
alimentos naturales y se disfruta de gratos ambientes de
camaradería y solidaridad, abundan las risas y juegos y el buen
sexo, se está rodeado de mucho esparcimiento y siesta y pereza y
paz. Horrorizado ante la posibilidad que el pobre fuera yo, un
insignificante súbdito de la corona española cuyo concepto de
felicidad hasta hacia poco se basaba en la tenencia de bienes,
vomité.
Al día siguiente subí al Eduardo III, una lancha que carecía de
sonar y cartas de navegación. Cada cierto trecho el timonel
introducía una larga caña de bambú para medir la profundidad
del cauce, era época de estío y encallar en un banco de arena
podría mandar a pique a la barcaza obligándola a realizar una
grosera voltereta de travesti brasilero ofertando su cucú en pleno
carnaval de Río de Janeiro. El avance de la lancha lo dictaba
aquel hombre confiado ciegamente en su perfección visual de
veinte sobre veinte dioptrías, capaces de captar hasta el sutil
burbujeo del pedo de un delfín bajo el agua. Tétricamente tomé
certeza que de volcarse la lancha se suscitaría tal caos y desorden
que ni el propio Haudini saldría vivo de aquel pandemónium.
“En el río la vida no vale nada”.
A media mañana la cubierta del Eduardo III parecía una sesión
de sauna finlandesa. En las primeras horas del día el frescor del
viento sobre cubierta se siente en el rostro como al abrir una
nevera, con las horas se transformará en el furor de una secadora
de cabello apuntando al entrecejo. El calor me hacía beber como
un dromedario preparándose para atravesar el Sahara. A cada
instante debía visitar los urinarios, hedores de amoniacos.
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Inequívocamente me vi sentado en un reducido espacio formado
por delgadas planchas de metal picoteadas por el óxido, cuya
pintura estaba plagada con dibujos pornográficos realizados por
otros cagones que a guisa de pincel usaron objetos punzantes o
romos como llaves o monedas. Desconocidos vates populares,
inspirados en sus placeres colónicos plasmaron espontáneamente
su arte, corazones deformes atravesados con punzantes flechas
de Cupido, vaginas y anos atravesados por vergas enhiestas; sus
dedicatorias eran palabrotas aderezadas con horrorosas faltas
ortográficas, graciosas huellas para la posteridad que sin licencia
reproduzco: “que triste es amar sin ser amado, pero más triste es
cagar sin haber comido”, “todo el arte del cocinero viene a parar
en este agujero”, “caga el rey, caga el papa y también la mujer
más guapa”, “prohibido cagar más de un kilo”, “aquí hasta el
más macho se baja el pantalón”, etc.
Debo decir que salía renovado espiritualmente de aquellos
santuarios excretores bellamente adornados con grabados del
inconsciente colectivo del viajero local.
IX
Después de dos largos días desembarqué en el triángulo
amazónico, allí tracé una bisectriz y después de calcular senos,
cosenos e hipotenusas encontré a mi bomba latina. Durante las
mañanas acompañaba a Gerusa a realizar sus compras de
sandalias y desayunábamos en Brasil, al medio día paseábamos
por tiendas de ropas en Colombia y caída la noche dormíamos en
el pobre pero honrado hotel Las Hamacas, en Perú.
La triple frontera es un lugar paradisiaco y caótico donde ha
desaparecido más gente que en el triángulo de Las Bermudas. Es
una esmeralda a la que un día le cayó mierda, allí existe una
plaga aun no codificada en el New England Journal of Medicine
denominada Ajuste de Cuentas que consiste en la súbita
aparición de plomo en los tejidos y que amenaza con extenderse
por la región como la peste bubónica por las Europas del
Medioevo. Todo es lindo, menos la parca que ronda y ronda. En
la frontera los malos no son tipos de filudas miradas
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intimidatorias y caras subrayadas y heladas sonrisas, si no
alegres y educados sicarios que canturrean con indiferencia y te
saludan amablemente antes de descerrarte una bala entre las
cejas; son simples asalariados que retornan sonrientes a casa tras
cometer sus escalofriantes crímenes justo a tiempo para acudir a
misa, incluso algunos son tan bienintencionados y solidarios que
dejan parte de su comisión a los deudos para ayudar a cubrir los
gastos del sepelio. Trabajo es trabajo y el trabajo dignifica, así
que nada de semblantes demudados.
Esta es una región misteriosa donde algunos muertos no tienen la
decencia cristiana de un traje de celulosa, donde existen
sicópatas de cataduras peligrosas y espíritus sarnosos que
embalsaman cristianos rellenando de piedras sus abdómenes para
asegurar su permanencia eterna en el fondo limoso del río. Se
puede apreciar balsas, botes y canoas vagando al garete en la
inmensidad del río Amazonas y nadie hace comentario alguno,
nadie sabe nada, pues todos conocen que prudencia y discreción
son pasaporte y salvoconducto. Los “sapos” mueren. Mira y
calla. Una nefasta y calamitosa realidad consecuencia del
contubernio clandestino con la cocaína.
Pasear por la triple frontera era una locura. En mis bolsillos;
euros, dólares, soles, pesos y reales se confundían entre sí. El
paso de uno a otro lugar se hace en pequeños botes que llevan 3
banderitas, una más amplia que las otras resalta la nacionalidad
del motorista. De Santa Rosa a Leticia el castellano peruano
toma un dejo caribeño, de Leticia a Tabatinga la cuestión
lingüística es idéntica a la de los vecinos del Duero. Tres lugares
donde todo varía, diversos amperajes eléctricos de 110 a 220,
otros husos horarios, otros rostros, otras músicas, otras comidas y
otros efluvios de mujer. Degusté visualmente enjambres de
bellezas colombianas de fabulosos cuerpos y pieles blancas que
contrastan maravillosamente con cabellos azabaches, brasileras
de pieles canelas y brillosas embutidas en minúsculas faldas y
pantalones cortos que muestran muslos y pantorillas de fabulosos
cuádriceps y gemelos que estremecen. Anhelé beber y sorber y
clavarme dentro de tan bellas cataratas de placer, pero bien
advertido decidí vengarme con Gerusa. Imaginar el frío de una
veloz bala dentro de mi cabeza, deshacía todas mis pretensiones
de don Juan.
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Acepté la invitación de Cristian Huamán y de retorno recalé en la
Nueva Jerusalén, Gerusa siguió de largo hasta Iquitos con unos
buenos fardos de sandalias azaleia.
X
Me impactó la locura de tanta gente intentando vivir como los
judíos de antes del advenimiento de Jesucristo. Seres incapaces
de ubicar la Palestina en el mapamundi, pero que creen poseer
genes hebreos en sus alienados vasos sanguíneos; andinos que
desestiman sus orígenes de genuinos herederos de una fabulosa
raza que formó el gran Tahuantinsuyo cuyos territorios abarcaron
desde Quito hasta La Patagonia. Una insania colectiva los induce
a anhelar estar arrodillados ante el lejano Muro de las
Lamentaciones de Israel, teniendo ellos los fabulosos muros del
Machu Picchu, las paredes del templo del Cori Cancha y de la
fortaleza de Sacsahuamán.
La Nueva Jerusalén era un bastión de los Israelitas del Nuevo
Pacto Universal. Allí encontré un Arca de Noé que permitiría a
los escogidos sobrevivir a un nuevo diluvio universal, un
mentirosillo y ridículo armatoste construido por Exequiel
Ataucusi, su primer líder y fundador. Me adentré en un humilde
Página 121
templo construido de lustrosa madera, un remedo oligofrénico
del templo de Salomón, donde todas las noches un centenar de
pobladores bisbiseaban desgarradoras jeremiadas. A un costado
del púlpito, dormía una Arca de la Alianza hecha de latones que
contenía dos trozos de madera balsa donde se leían los diez
mandamientos dictados a Moisés. Todas las casitas del pueblo
estaban adornadas con estrellas de David y tenían las puertas
manchadas con sangre de cordero, siguiendo la recomendación
dada por Moisés para evitar la muerte de los primogénitos
ordenada hace 3000 años por el faraón Ahmosis. Las
comunidades aledañas a la Nueva Jerusalén responden a los
nombres de Nuevo Tel Aviv, Nueva Haifa, Nueva Beerseba,
Nueva Ramat Gan, etc.
Ataucusi y sus seguidores fueron testigos del terror perpetrado
por el grupo criminal Sendero luminoso que asoló al Perú y lo
sumió en tiempos de paranoia en las últimas décadas del siglo
pasado. Él fundó la secta de los Israelitas del Nuevo Pacto
Universal, gente desarraigada en su propia patria, inmigrantes
entre los inmigrantes que respondieron con un absurdo ante lo
absurdo. Y aunque hoy la paz haya retornado a las alturas de las
cordilleras de los andes de donde partieron, nada hará que ellos
vuelvan a sus olvidados terruños a cultivar sus papas y pastear
sus llamas y sus vicuñas allende en las alturas. ¡Nada!
Mi tolerancia religiosa es amplia más se agotó al ver a un gordo
y sabroso becerro tendido sobre una enorme pira, siendo rociado
de aceite de oliva extra virgen. No pude controlarme ante esa
lacerante realidad y sincerándome le dije a Cristian que esos
doscientos kilos de proteína próximas a ser incineradas y
desperdiciadas, servirían mejor trozadas en los hambrientos
estómagos de los tantos niños semidesnutridos que pululaban por
el lugar. Tras escucharme, el muchacho se indignó y casi me
golpea por expresar semejante blasfemia, comentó en quechua y
muy enojado lo que yo había dicho con un sucio matarife que
fungía de sacerdote de la casa de Leví. Entre los dos me
atravesaron con sus láseres pupilares. Asustado, y aconsejado por
el sentido común, debí retractarme antes que alguien ordenase mi
inmediata lapidación.
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Al palpar la desgraciada intolerancia del fanatismo religioso
decidí salir corriendo del lugar, apenado por sus niños carentes
de horizontes que no saben ni pío de aritmética pero dominan La
Torá como el mejor de los rabinos y que superan en tecnología
alimentaria a la gente de la NASA pues para nutrirse ni siquiera
deben comen carne deshidratada y pulverizada, a ellos les basta
olerla calcinada.
Para dejarme partir Cristian Huamán me exigió un óbolo, una
contribución al pasaje de su pueblo a la lejana tierra bendita y
divina de Palestina donde nació Jesús. Le di 100 euros, más por
miedo que por devoción alguna a su causa.
-¡Se acabó la diáspora!, ¡después de dieciocho siglos
regresaremos a la tierra prometida!- expresó, muy ufano.
-¡Vamos a tomar posesión de los altos del Golán!-
XI
De regreso a Iquitos golpeado por la locura religiosa, me olvidé
del objetivo primordial de mi viaje y me dediqué a fornicar tres
veces al día con Gerusa.
-¡Llévame a España, Pedrito!- me suplicaba Gerusa.
-¡Mi marido, mi bebito, mi rey, mi príncipe!- me decía,
embelesada y embobada mientras jugaba alborozada atrapando
mi cabello rubio entre sus manos color canela.
¡Qué cariñosa mujer!, a cada instante me besaba y apachurraba, a
decir verdad en determinados momentos la encontré demasiado
melosa.
-¡Pedrito, pareces Jesusito!- bromeaba.
Gerusa me mimó con languidez gatuna y hasta la extenuación.
Gocé a mares con sus poderosas contracciones vulvovaginales
que parecían un centenar de suaves manos galesas ordeñando mi
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verga. No por poco hombre, más si en honor a la verdad debo
decir que ella me hizo sentir un agresivo macho alfa y que yo era
poseedor del único pene del planeta. Me cautivó su sumisión,
increíblemente luego de hacer el amor Gerusa me besaba los
pies; sí señor, los pies, como la Magdalena a Jesús. Nunca nadie
me había besado los pies.
En las mañanas la acompañaba a su puesto de ventas de
sandalias y me dedicaba a apoyarla en sus ventas.
-¡Lleve casera!-, vociferaba yo, a los transeúntes.
- ¡Barato nomás!
No estaba preparado para recibir halagos directos de las chicas,
modestamente diría que quedaban impactadas por mi porte
europeo y mis verdes ojos, y no es porque yo sea muy guapo sino
porque mi biotipo escasea en esos lares.
-¡Hola bombón!-, me decían algunas chicas, otras tomaban una
sandalia y mirándome a los ojos decían:
-¿Cuánto cuestas?
Hasta llegaron a darme algunas palmaditas en el pompis.
¡Hay Gerusa!, si no fuera por tus celos enfermizos y tu
sentimiento de posesión estarías aquí en mi piso donde escribo
estas líneas, impidiéndome concentrarme tan solo con el aliento
de tu cuerpo. Recuerdo que juntos embriagamos a la luna y
aullamos como jauría de lobos bajo el centello de los astros. Ecos
de tristeza retumban en mis oídos cuando rememoro tu cálida y
dulce voz. ¡Qué piernas y que trasero Gerusa! Tu vagina sabía a
zumo de piña de la que bebí mucho y ávidamente. Ni que decir
de tus maneras sexuales que jamás he vuelto a encontrar, de tus
contorsiones de acróbata del Cirque du Soleil. ¡Oh máquina de
amor, oh afrodita amazónica!, desde aquí y donde sea que estés,
¡qué Dios te bendiga eternamente!
Gerusa varias veces se trenzó a golpes con más de alguna chica
que osó coquetearme.
-¡Es mi marido!, ¡que miras puta de mierda!- les decía a las
supuestas contrincantes, quienes asustadas se alejaban.
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Gerusa no les daba tregua y seguía insultándolas, cortándoles la
retirada.
-¡Quitamaridos!- vociferaba.
No faltó algunas azaleias lanzadas a las espaldas en fuga, poco le
importaba perder clientela y asustar a las posibles compradoras.
Me tenía al borde de la paranoia al acosarme a cada instante con
ráfagas de preguntas sobre mis supuestas infidelidades.
-¿Que tiene la Fresia que no tenga yo?- expresaba socarrona,
¡cuidadito con estar encamándote con esa sucia!- continuaba,
refiriéndose a una señora octogenaria vecina de ventas que
profesaba por mí un bello cariño abuela-nieto.
-¡Nadie me va a quitar a mi marido!, ¿qué se habrá creído esa
puta descarada?-bramaba.
Algunas veces Gerusa trataba de justificar su actitud antes sus
dos amigas viajeras, vecinas de ventas; tras oír sus infundados
argumentos, ambas tratando de evitando conflictos se limitaban a
bajar la cabeza y continuar con sus quehaceres.
-¡Te pasas ya, Gerusa!-se limitaban a decirle.
Me asustaba su sentimiento de posesión, la amaba pero no
deseaba ingresar dentro de la vorágine de locura de una insegura
enferma de celos. Sin fuerzas para refutar sus estupideces, yo
apenas atinaba a sonreír con un punto de malhumor.
Recuerdo muy bien la última noche que pasé con ella. Habíamos
tenido un encuentro sexual gratificante, yo había quedado
exhausto pero ella deseaba más sexo e intentaba vanamente que
mi pene se parase para una enésima función. Tan agotado me
hallaba que mi compañero no iba a volver a presentar armas el
resto de la noche aunque me lo pidiese una orden judicial emitida
por Garzón. A mis fabulosos treinta muchos no conseguiría una
erección más, pese a embutirme de viagras como si fueran
vitaminas. Voy a aprovechar la oportunidad para mencionar que
siempre respondí sexualmente hablando, pues el Divino me
bendijo con una banana ecuatoriana de exportación que Gerusa
dejaba más exprimida que limón de emolientero.
-¡Así quiero dejarte, para que no pienses en ninguna otra mujer!decía ella, sonriente.
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Tuve sed y salí a la calle a comprar agua pero había olvidado el
dinero, al poco rato regresé y encontré a Gerusa recostada en la
cama en posición ginecológica vaciando en su vagina el condón
que minutos antes yo había tirado al tacho de basura.
-¿Qué haces?- le pregunté asustado y sorprendido.
-¡No me dejes!- repuso.
-¡Quiero tener un hijo tuyo!No dije nada más, la besé con furia y mientras las besaba supe
que aquel sería nuestro último encuentro. Lo que pasaba en el
laberinto intrincado de su mente es un enigma y el hecho de
querer retenerme con un hijo, una total idiotez.
Al día siguiente simulé estar enfermo y no acudía al puesto de
sandalias, tomé mis pertenencias y abandoné el hotel como un
fugitivo.
Perdón Gerusa por olvidar la elemental cortesía de un adiós,
¡perdón mi amor!
Decidí completar mi itinerario y regresar a casa donde
irónicamente pensaba reunirme con mi novia que abortó
legalmente un hijo mío sin comentármelo siquiera, hecho que me
enteré al fisgonear cierto día en su diario olvidado y abierto en
posición ginecológica.
Página 131
XII
Nuevamente en “El Huequito”. Me embarqué en el Henry III,
otra enorme lancha que viajaba esta vez por el río Ucayali. El
paso cansino del Henry III me permitía aprecian nuevamente a
los nativos cultivando yuca y frijol a la vera del río, a sus
mujeres sentadas en sus palafitos trozando pescados y lavando
ropitas y a sus inocentes niños de alegrías virulentas entregados
al divertimento, jugando a las canicas o al futbol, lejos de los
enajenantes y epileptógenos juegos de consolas.
En este nuevo viaje en lancha por el Ucayali, vi consternado el
paso de sucias barcazas petroleras que convierten arroyos
transparentes en aguas más tóxicas que beber de las cañerías que
aún quedan en Chernóbil, aprecié buques repletos de enormes y
centenarios troncos aserrados que a los lejos simulaban palillos
de fósforos superpuestos. Leyendo un mapa de Sudamérica
calculé que se requeriría de un mínimo de tres vidas para recorrer
el río Amazonas y sus mil afluentes que serpentean en una
cuenca de siete millones de kilómetros cuadrados. Irónicamente
entendí que a ese ritmo de contaminación y deforestación al
depredador homo sapiens le bastaría apenas tres décadas para
convertirla en un nuevo Sahara.
Vi barcos lujosísimos provistos del confort de hoteles 5 estrellas
ancladas frente a chocitas paupérrimas. Hordas de jubilados
americanos y europeos de vidas desahogadas arribaban a la
Amazonía atraídos por imágenes en HD y 3D emitidas por la
Natural Geografic, Discovery Channel y Animal Planet; seres
inmersos en la onda de Green Pace que buscaban el Santo Grial
perdido en la naturaleza primigenia. Noté sus rostros de cera
apreciando
la
biodiversidad
tras
claraboyas
de
vidrio
antiimpacto, aferrados a la modernidad dentro de cabinas
climatizadas acondicionadas con frigobar, fax, televisión,
telefonía satelital e internet. Algunos otros se arremolinaban
consternados en torno a niños amazónicos que no tienen
oportunidades de competir en el mundo www.com y que se
encuentran en una desventaja indecente; tratando de tranquilizar
sus conciencias, les ofrecían regalitos y repetían conceptos
esgrimidos por Obama: power of change, hope, you can.
Página 133
Particularmente pienso que enviar a un jovencito amazónico a
competir con su par europeo o americano por una vacante
corporativa sería tan atroz como enviarte a pelear a muerte con el
campeón mundial de tae kow do, tú con los pies desnudos y él
con las zapatillas de toperoles de Leo Messi.
XIII
César, sabedor que la anoréxica lo podía reclutar en cualquier
instante, además de asegurar sus relatos con el único amigo que
tuvo en su éxodo por varios hospitales de las comunidades
autónomas, solicitó en su testamento que yo regase sus cenizas
en su natal Inahuaya y que debería buscar un valioso tesoro.
Menudo encargo, me jodió con el último pedido, sus cenizas bien
los podía enviar por DHL, al fin y al cabo no me reclamaría hasta
el juicio final, pero ¿y el tesoro?
A los pocos días de su cremación me llegó un potecito de
aluminio junto a una escueta nota, dentro dormitaba un cheque a
mi nombre con 100 000 euros y estas palabras:
“Pedro, cuando recibas esta misiva yo ya estaré muy lejos.
Siempre supe que se me rompería la maldita aorta, te agradezco
por haber sido mi amigo en un lugar donde yo era diferente y que
para mí también todo era diferente, tanto que a veces hasta el sol
parecía otro sol. Ve a mi natal Inahuaya y busca un tesoro que
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me pertenece, consérvalo y cuídalo. Una abrazo. Posdata. Si no
cumples mi encargo juro que te jalaré de las patas todos los días
hasta nuestro próximo reencuentro”.
Relajado y bamboleándome en una hamaca en el Henry III,
recordaba muchas de las pláticas que tuve con César, me
apenaba recordar las veces que lo molestaba con mis
indiscreciones.
-¿César, dime porque viniste a España, si vivías en un paraíso?-¡Por amor!- me respondía.
“Pedro, diez años trabajé como un burro en mi tierra,
lastimosamente el dinero a duras apenas me alcanzaba para los
menesteres básicos. Tengo una hija Marfan como yo y no quiero
que sufra y muera prematuramente, mi mayor anhelo es que le
desactiven la bomba que mi carga genética le implantó. Cuando
supe por la ecografía 3D que me nacería una niña Marfan, le
planteé a su madre la posibilidad de un aborto terapéutico; más al
día siguiente mi mujercita amazónica desapareció para nunca
más volverla a ver, se esfumó en las selvas con mi embrión en su
vientre. Durante estos últimos siete años las busqué por todos los
ríos y nada, se esconden y las niegan. Ahora estoy aquí en tu país
ahorrando el dinero suficiente para salvar a mi nena, estoy
convencido que ella si pasará la valla de supervivencia. La
pobreza no es mala Pedro, siempre que ella no te mate a los
hijos”.
Me apenaba rememorar el hecho que constantemente lo reñía al
encontrarlo desayunando sanguches de atún en el interior de su
automóvil fiat de segunda mano. Con una hogaza de pan y 5
conservas de atún adquiridas en oferta de supermercado, César
desayunaba toda una semana apenas por un puñado de euros; en
las tardes almorzaba comida de hospital que yo particularmente
no se la daría ni a mi perro, y en la noche ayunaba.
–¡Lo hago por amor, Pedrito!- me adelantaba, cuando lo pillaba
comiendo esas porquerías. Astutamente me ganaba por puesta de
mano, antes que lo volviera a reñir por tacaño.
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XIV
En el trayecto a Inahuaya me topé con una variopinta
mezcolanza de gente. Trotamundos y mochileros de sobaquinas
infernales, hippies desaliñados y desfasados vestidos con
atuendos heredados de sus rebeldes abuelos de los 60, neo
hippies tatuados y atiborrados de más collares y zarcillos que
brujos
africanos,
artistas
pobres
buscando
inspiración,
ecologistas de la moda verde en peregrinación por el pulmón del
mundo, chicas solitarias y enigmáticas que imagino que bajo sus
jeans
deben
llevar
calzones
de
castidad
ultradelgados
confeccionados con fibra de titanio. Imaginé que entre tanto vago
profesional habría algún excéntrico heredero de ingentes fortunas
luchando con sus ascos, intentando lavar generacionales
sentimientos de culpa.
De tanto viajero me sorprendió encontrar en el Henry III a un
puñado
de
jóvenes emos
vestidos de
negro
con
sus
inconfundibles looks de personajes de anime japonés. Durante
todo el trayecto los amigos de Gokú se la pasaron mirando sus
zapatillas Converse y el sublime verdor en mística actitud de
vacío. Sus apatías crearon en mi mente un paralelo entre ellos y
los jóvenes de los barrios del sicariato situados en la triple
frontera. Unos coqueteando con el suicidio y los otros con el
asesinato. ¡Mierda!, me percaté que ambos grupos expresaban
una violencia sin sentido, unos hacia sí mismos y otros hacia los
otros. Entendí que eran abortos de una globalización neoliberal
que no les brinda la oportunidad de una gestación completa como
seres humanos y que apenas los considera capitales de consumo
dentro de un sistema económico que los valora tanto como una
tuerca de metal. Todos eran embriones teratogénicos del homo
sapiens, que ante la ausencia de perspectivas laborales y
horizontes de vida se agobian de desesperanza y gatillan sus
módems de destrucción y autodestrucción, únicas alternativas
que consideran valederas frente a esta perra vida de subsistencia
y conformismo que tienen como opción en este atroz mundo
contemperráneo.
Página 139
XV
Dejándome llevar por el tejemaneje del azar, luego de
innumerables dificultades arribé a Inahuaya. Un onírico lugar
enclavado a orillas del río Ucayali, asentado sobre sinuosas
colinas tapizadas de verdor, rezagos de los andes sudamericanos
que agonizan en la llanura fluvial. Cientos de amodorradas
casitas de madera de techos de palma tejida y pisos de tierra
yacen ordenadas en largas hileras que engañosamente aparentan
vacías pues en sus interiores hay niños a granel. Miles de
cocoteros crecen en el lugar como mala hierba, cada cierto trecho
unos silos sépticos emergen de la arena como periscopios de
Satán. Aprovecho para darte un consejo, jamás mires dentro de
aquellos fosos pues están repletos de desagradables sorpresas que
asemejan continentes a la deriva en la era mesozoica y donde
bullen millones de burbujeantes gusanitos color crema cuya
recordación no me dejó comer bien un par de semanas. ¡Y eso
que como médico estoy acostumbrado a ver todo tipo de
inmundicias!
En las primeras décadas del siglo XIX, Inahuaya fue un próspero
y neurálgico punto del boom cauchero que cobijó a un amasijo
de nacionalidades llegadas tras la savia elástica. Al lugar
arribaron cientos de aventureros y con ellos la barbarie
contemporánea. Años después los caucheros huyeron en una
trepidante huida tan abrupta como su llegada, su salida fue un
alivio para el nativo amazónico pues el caucho trajo tan solo
destrucción y muerte. Tribus enteras fueron diezmadas por los
tasajeadores de árboles afiebrados de avaricia que lo único bueno
que dejaron fueron sus exóticos biotipos, en Inahuaya aún
perduran las narices sefarditas marroquíes de los Cohen, los ojos
achinados de los Wong, el porte altivo de los Barbagelata y la
arrechura de los Jacques. En el río Ucayali se dieron Masadas sin
judíos, epopeyas que la historia universal se ha olvidado de
registrar, donde fieros guerreros amazónicos y angustiadas
madres nativas mataron a sus hijos y luego se suicidaron para
evitar la esclavitud.
Página 141
Pasear por “el camino del tigre”, traducción de la palabra shipibo
Inahuaya al castellano; implica toparse con libélulas cuyas alas
semejan aspas de ventiladores de techo, con arañas en cuya
sedosa filigrana dormitan resecos pájaros secuestrados, con
saltamontes de trancos tan largos como canguros y con ratas de
50 kilos denominados ronsocos que son unos hámsterdinosaurios. Al mes de recorrer el lugar y descartar una docena
de pistas falsas, me invadió el desasosiego. Tiré la toalla tras
buscar al tesoro casa por casa, más empecinado que el maldito de
Herodes Lafita buscando al hijo del hombre entre los hogares de
Belén. Me había dado por vencido, estaba casi convencido que
ninguna niña menor de diez años en Inahuaya era la hija de mi
amigo. Y, ya era hora de partir.
El último día de mi estancia resolví aventurarme y salí a caminar
por las afueras del pueblo. Sin proponérmelo me topé con una
niña larguirucha y delgada de inconfundible fenotipo de portador
de síndrome de Marfan, que sentada en un tronco derribado
frente al patio delantero de su humilde vivienda degustaba una
jugosa sandía junto a media docena de amiguitos. Al verme se
incorporó y me ofreció una tajada de fruta que sacó de un
baldecito de plástico que tenía entre los pies. Me habló en idioma
shipibo y a pesar de no entender nada de lo que dijo, su familiar
timbre de voz dislocó mi corazón. Me fijé con detenimiento en
sus ojos negros y achinados que derrochaban ternura y supe con
certeza que ya los había visto antes. Al fin había encontrado a la
hija perdida de César.
Al rato de conocer a Flor de Selva le regalé una caja de
bombones, esperé que se fueran los niños que jugaban con ella
para que así pudiera comerlos todos. Sin embargo, tras tomar el
obsequio y darse cuenta que eran dulces, la niña llamó a gritos a
sus amiguitos y les invitó un dulce cada uno. Viéndola compartir,
alejada
del
salvaje
individualismo
maquillado
de
una
“competividad” que desgarra y desmiembra, de inmediato la
adopté en mi corazón.
La niña vivía con sus abuelos maternos y con la tía Toti que tenía
un espeluznante marido, su madre había muerto en un segundo
embarazo de otro compromiso. Acepté la posada que me ofreció
el abuelo que lucía una boina celeste en la cabeza que no se la
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sacaba para nada, un viejecillo que andaba todo el día
quejándose de la vida y de sus achaques, en una actitud que me
recordaba al pitufo Gruñón. La abuela, una artrítica viejecita
amargada me saludó con un mohín de fastidio, me señaló con sus
deformes dedos de nudillos resecos que terminaban en largas
uñas curvadas como guadañas de la parca y soltó un poco
diplomático saludo.
- ¡Una boca más, y una yuca menos!Me acomodaron en su casita de madera apolillada y crujiente que
tenía una amplia sala y tres dormitorios que por puertas poseían
rústicas cortinas fabricadas con enormes escamas de paiche que
semejan vieiras del Camino de Santiago. El patio trasero
rebosaba de fosforescentes heliconias y melenudos helechos.
Esa misma noche lloré al palpar las paredes de aquella casita de
madera mohosa tapizada de líquenes que semejaban arrecifes de
coral. Noté que los esquineros de techo parecían réplicas de la
ciudadela de Spiderman. Me asignaron el cuarto de la niña donde
un pequeño mechero de keroseno iluminaba las siluetas de un
dinosaurio Barney de peluche asentado en una repisa que
temblaba torpemente al golpeteo del viento sobre el techo. Sobre
la tarima en que me recosté hallé una muñeca cosida a mano
cuya irregularidad de trazos denotaban que eran hechura de Luz
de Selva, abracé con fuera a aquella rotosa Frankenstein. Su olor
a pobreza impregnó mi aturdida alma.
La casita era tan pequeña que dejaba escuchar las turbinas de
Boeing que el viejo tenía por culo, después que lanzaba sus
ventosidades se podía escuchar su risita solapada. Bajo la pálida
luz de un candil observé las vigas del techo ennegrecidas de
hollín, semicarcomidas por voraces polillas que dejaban en sus
superficies criptogramas similares a los códigos secretos con los
que fantasea Dan Brown. Para llegar al baño ubicado en el patio
trasero debía pasar frente al cuarto de los ancianos donde Luz de
Selva yacía ovillada sobre el suelo de madera balsa tan
confortable como el mejor colchón ortopédico que muchos
hoteles de Dubái envidiarían. La niña dormía cobijada con una
roída mantita protectora que en interminables noches amazónicas
suplió a las largas y cálidas manos del padre que nunca conoció
pero que la amó hasta el tuétano. De ello yo daba fe
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personalmente. Dentro de un claustrofóbico mosquitero que me
protegía también de murciélagos tamaños de ardillas voladoras,
debí sufrir el desquiciado asedio de millares de zancudos atraídos
por mi calor corporal, estos batían infernalmente las alas
esperando pacientemente que una parte de mí se pegase a la tela
para proceder a acribillarme a su gusto. Bien advertido me quedé
dormido adoptando la posición militar de un guardia real
cuidando el palacio de Buckingham.
De boca de los abuelos de Luz de Selva pude conocer de primera
mano la historia de César. Mi amigo fue hijo único de un chamán
shipibo. Tras graduarse de médico trabajó unos años en Inahuaya
sacrificándose por su gente y dándolo todo. Fue el primer médico
que en diez mil años de existencia parió Inahuaya y que
atildadamente fundió la medicina occidental y la medicina
natural heredada de su padre. El mismo médico que fue
maldecido y aborrecido por la misma gente que curó, cuidó y
amó; al decidir emigrar a otras tierras, a un remoto y extraño
lugar llamado España.
-¡Allí no te necesitan hijo, aquí te necesitamos mucho!- le
suplicaba su madrecita.
-¡Hijo ingrato!- fue la última palabra que oyó de la boca de su
padre.
Ambos viejecillos shipibos murieron cuando él estaba en España.
Cuando la gente del poblado se enteró que yo había sido amigo
de César en España, se armó un alboroto sin igual. Las
autoridades me obligaron a salir del pueblo y volver a ingresar
para recibirme como se debía. Una comitiva presidida por el
alcalde acompañado por la banda de música del único colegio y
una jauría de perros famélicos dueños de potentes ladridos de
otros cuerpos me dieron la bienvenida. Al son de bombos y
platillos debí caminar con sumo cuidado como un desactivador
de explosivos para evitar embarrarme en un campo minado
repleto de cagarrutas caninas. El alcalde en persona me
acompañó a la casita de madera y techo de palma de Luz de
Selava, una construcción sostenida por altos palafitos a la que se
accedía a través de una escalinata carcomida por comejenes que
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expelía un vaho de pobreza material. Aquella noche hubo una
fiesta en mi honor donde la gente se emborrachó con bidones de
aguardiente. Terminada la algarabía, y ya con los rayos solares
encima, muchos niños buscaban a sus padres volteando con
dificultad a los descerebrados que dormían la mona tirados sobre
la arena. Una escena que recordaba a soldados aliados intentando
reconocer a sus amigos entre los caídos en el desembarco de
Normandía, aquel lejano día D.
XVI
La tía Toti fue un especial quebradero de cabeza. Tenía de
marido a un atorrante maderero que cargaba de hebilla de cinto
la cabeza disecada de la shushupe, la rastrea más venenosa de
lugar. Aconteció que la cincuentona no era consciente de las
lozanías pérdidas de su juventud, que hacía mucho que la belleza
le había dicho good bye. Embutida en apretados pantalones de
licra, movía su negro y largo cabello azabache como una yegua
azotando el anca con su crin espantamoscas. Me tenía loco con
sus insinuaciones, al pelar un plátano me guiñaba, a cada instante
se mordía el labio inferior y batía sus parpados como aleteos de
colibrí. La mujercita aprovechaba toda oportunidad que tenía
para agacharse, descaradamente fingía acomodar racimos de
plátanos al tiempo que quebraba la cintura y me mostraba la
sonrisa partida de su inmenso culo gelatinoso.
-¡Cuando quieras es tuyo!- me decía al pasar a mi lado con un
susurro melifluo y sugerente vocecilla forzadamente infantil.
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El pueblo carecía de servicios médicos. La abuela de Luz de
Selva era experta en el arte del sobado e imposición de manos
como curaba Jesús de Nazaret hace más de 2000 años. Muchas
eran las personas que acudían a solicitarle remedios para todo
tipo de males, emplastos para evitar el vigésimo hijo, resinas
para las parasitosis, macerados para la impotencia, infusiones de
malva para calmar toses tísicas y carraspeos bronquíticos, etc. La
vieja se autodenominaba curandera buena y no bruja malera, era
enemiga de invocar a fantasmas y aparecidos, pero por si las
moscas colocó una cruz en la puerta de la entrada de la casa y
colgó sendas raíces de sábilas sobre los brazos sangrantes del
crucificado.
Ante un pedido explícito de la abuela para enseñarle medicina
humana me asusté. Me preguntaba cómo podría condensar 7
años de instrucción universitaria intensiva en el cerebro
semiatrofiado de aquella anciana analfabeta. Astutamente opté
por recitarle una docena de protocolos simples para el
tratamiento de algunas enfermedades comunes, recomendaciones
que ella debía aplicar como seguir las instrucciones para armar
un arbolito de navidad. Al brindarle aquellos pequeños consejos
de medicina, me convertí en su fiel confidente.
Amén de curandera y comadrona del pueblo, la madre de Toti
era la Sherezada del lugar, más en cuestión de malsana
curiosidad la Persa no era rival para ella. La doña me contó
historias intemporales, era una maestra del sarcasmo y nada
escapaba a su amplio repertorio, sádica y morbosamente
disfrutaba ventilando la intimidad de su hija, de quien narró
relatos bizarros y picarescos. Concentrado y excitado yo seguía
al detalle su picante e hiriente imaginería, la vieja afirmaba que
su hija se había acostado con medio pueblo y que su vagina
estaba tan usada y estirada que si le hacía el amor mi pene
entraría en ella como pata de mula en barro; cariacontecida
responsabilizaba totalmente a la línea genética del marido de la
erotomanía de Toti.
-Si colocas todos los penes que tragó su vagina en fila india,
fácilmente podrías confeccionarías un salchicha que iría hasta tu
tierra- ironizaba.
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Su atroz yerno tampoco se salvó del veneno de su lengua bífida.
-El Foncho tampoco es muy santo que digamos, es un mujeriego
y su mote es “cachachanchas”, por precaución cuando se vino a
vivir con mi Toti vendí el par de cerdos que criaba en el patio
trasero- me decía.
Al caer la tarde toda la familia se arremolinaba en el frontis de la
casa. En torno a un fogón se asaban pescaditos envueltos en
hojas de Bijao o se cocía deliciosos aderezos de roedores
gigantes como el añuje, majaz y ronsoco. La pequeña tribu
incluía al loro Pepe, al guacamayo Roco y a Pancho un
minúsculo monito capuchino que cabía en la mano de Luz y
vivía pegado a ella. La sobremesa era rota por el restallido de
secos leños resinosos cuya humareda desdibujaba el rostro del
maderero y su mirada huidiza. El sujeto apenas me dirigía
palabra, para mí era un aliento pues con su voz llegaba su
apestoso aliento de dragón de Comodo. Desde que me instalé en
la casa, el marido de Toti intentó hacerme sentir un advenedizo y
las pocas veces que se dirigió a mí lo hizo con tono burlón, mal
disimulaba su rencor hacia mi persona. De reojo yo notaba que
intentaba pescarme mirando el grasoso culo de su amada. El
hombre de la madera psiquiátricamente era un sádico, soltaba
carcajadas amargas al notar que los perros le rehuían pues temían
sus patadas destripadoras. Fui testigo de su maldad, una vez vi
volarle el cuello a un gallo loco que lanzaba vigorosos cacareos
en pleno medio día, lo hizo con sus propias manos y como quien
destapa una burbujeante botella de champaña.
Los viejecillos vivían peleando todo el día, a cada hora se
amenazaban mutuamente de irse y abandonar al otro. Pese a vivir
juntos 50 años nunca se casaron, yacían juntos gracias a
candentes complicidades y mucho sufrimiento compartido.
Durante la cena se daban una tregua, tranquilos conversaban
sobre asuntos cotidianos, temas sobre pesca, caza y clima eran
masticados suave y románticamente. Me deleitaba escuchando
sus onomatopeyas sentimentales, mientras sus bellos recuerdos
de antaño impregnaban mi ser, Toti usando una pequeña toalla a
modo de espantamoscas espantaba decenas de moscas ávidas de
posarse sobre viandas y potajes; con total desparpajo atravesaba
mi nariz con su estropajo si alguna osaba revolotear cerca de mi
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rostro. Migas y restos de comida iban directo a los buches de las
gallinas y las panzas de algunos perros que aguardaban
pacientemente, olisqueando aquí y allá, estos últimos siempre
estaban pendientes de los movimientos del maderero.
Luz de Selva mostraba gran desenfado en la conversación. El
viejo cascarrabias gustaba recordar anécdotas de su antiguo
trabajo de regatón a bordo de su inseparable bote que yacía
arrumado sobre la arena a unos metros de la casa. Era una
embarcación de 8 metros de largo y 2 de ancho a la que el viejo
diariamente pulía y calafateaba. La reliquia estaba pintada
externamente de rojo y blanco con los colores de la bandera
peruana, unas negras letras góticas mostraban su rimbombante
nombre “Codito, el macho de los ríos”; el apelativo de “codito”
hacía referencia a la famosa longitud del falo del abuelo, que
según las malas lenguas en sus buenos tiempos iba desde la
articulación del codo hasta la punta de los dedos. El ex tendero
fluvial pasó la vida recorriendo los ríos amazónicos viviendo del
trueque, nostálgicamente usaba su inseparable remo a modo de
bastón de apoyo y espantaperros. Gracias a él conocí relatos
preñados de misterios, mitos tribales y temores ancestrales; el
precio, acompañarlo a libar un whisky amazónico hecho de
raíces y cortezas maceradas en aguardiente.
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XVII
En Inahuaya conocí a Ingo Inch, un noruego de nacionalidad
americana que buscaba en la Amazonía un lugar donde crear un
Centro para el Bienestar, un albergue idéntico al que posee
Deepak Chopra en la Jolla, California. Nunca dejaba su pesada
mochila que contenía interesantes best-sellers del médico indú,
mezclas de ayurveda, física cuántica y sentido común. Subido a
un árbol de mango y casi tocando los perfiles de nubes plagadas
con escenas cubistas, Ingo apreciaba en lontananza el verdor
infinito mientras se embutía de mangos y tragaba párrafos
enteros del Sincrodestino, Curación Cuántica y Siete Leyes
Espirituales del Éxito. Algunos días dejaba los mangos y se
dedicaba al ayuno, pasaba el día en posición de yoga controlando
el ritmo del pulso y la respiración, abrazaba a los árboles y les
hablaba como si fueran unos viejos conocidos, los besaba y les
narraba sus temores y vicisitudes; relajado se quedaba dormido
acurrucado entre sus raíces.
Al conversar con él me apenaban mis preocupaciones fútiles
como preguntarme si estaría a buen resguardo mi automóvil o si
mi conserje había cerrado la llave del gas. Ingo irrumpía en mis
triviales y me invitaba a compartir su preocupación por los niños
amazónicos que se encuentran en tremenda desventaja en este
mundo globalizado. Él argumentaba a favor de un socialismo
espiritual, tenía muchos proyectos, cada cual más raro e
interesante. Ingo deseaba crear fábricas de agua embotellada y
gaseosas de alta calidad denominada Amazonía Company que
pudiesen desplazar a las archiconocidas bebidas de la Coke
Compañy, argumentaba que las ganancias serían destinadas a los
más necesitados y que así el poder económico pasaría de la
aberrancia de unos pocos a la gran masa llamada humanidad. Su
sistema económico solo funcionaría teniendo a favor la
complicidad del humano común y silvestre, Ingo pensaba que esa
era la única solución a la lepra espiritual que asola al mundo y
cuyas llagas vemos día a día, una sociedad supurando pestilencia
y desesperanza, repleta de emos adolescentes y niños sicarios. Su
idea revolucionaría la economía de mercado, donde el ciudadano
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compraría pensando que del dólar que paga por una botella de
agua, 90 centavos irían a calmar el hambre y la sed de su
antípoda africano o asiático o caribeño; también se dejaría de
engordar las cuentas bancarias de quienes compran agua de
Alaska a 10 dólares la botella. Una gran duda existencial lo
atormentaba, Ingo ignoraba si el humano del blackberri y del
ipad aceptaría comprar un producto sin posicionamiento de
marca, dudaba si estaríamos preparados para tal revolución o si
se debería aguardar hasta el año 2050 para que desaparezcan dos
generaciones más de zombis tecnócratas que permita vislumbrar
el cambio que el mundo reclama. ¡Ay Ingo, que será de tu vida y
de tus locuras!
Ingo tenía loco al alcalde con sus propuestas en pro de mejorar la
educación y la salud de los niños inahuayinos. Necesitando
dinero para financiar sus proyectos, ideó una estrategia; subido al
árbol de mango tomaba nota del tráfico fluvial en una bitácora,
pretendía imponer un impuesto solidario a cada embarcación que
surcara el río Ucayali, una especie de peaje que contribuiría a
financiar la Amazonia Company, marca registrada. Contabilizaba
todo, desde canoas personales capaces de atravesar el intrincado
laberinto de ríos y cochas, simples troncos horadados a hachazos
y cuchillazos que a lo lejos parecían cascaritas secas de plátano;
balsas formadas por troncos superpuestos, viviendas flotantes
con gallinas en los techados y grandes recipientes de metal
conteniendo tierra donde prender fogones; rápidos deslizadores
con potentes motores fuera de borda; lentos botes peque-peque;
pesados y herrumbrosos barcos de carga y pasajeros arrojando
humo azul y espeso; barcazas cargando el contaminante petróleo;
lanchones terroríficos arrastrando árboles muertos que a la
distancia se confunden con inocentes cerillos.
Su primer intento por cobrar el impuesto también fue el último.
Decidió empezar con el ejemplo y bitácora en mano se plantó
ante el deslizador del ayuntamiento de Inahuaya que estaba a
punto de partir. Estiró la mano y le solicitó al burgomaestre un
óbolo voluntario a favor de la economía solidaria espiritual. La
autoridad hizo la mímica de sacar algo del pantalón y
violentamente escupió un esputo verde y mucinoso en la
oquedad de sus dedos estirados.
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-¡insensible de mierda!-gritó Fulgencio.
La expresión fue opacada por la risotada brutal de la tripulación.
XVIII
Convivir unas semanas con el hombre de la madera fue lo peor
que me pasó. El marido de Toti era un esmirriado hombrecillo de
melena grasienta y malhumorado que llegaba a casa al caer la
tarde casi siempre bebido. Jamás había visto hombre tan
mugriento, se llevaba una mano al sobaco como Napoleón y
acariciaba su entrepierna como hacía Armstrong al salvarse del
cáncer testicular, antes de ganar siete veces el Tour de Francia.
Que antipático de ser humano, describirlo implica decir que un
centenar de meteoritos impactaron en su cara y que tenía un
máximo de 50 palabrotas por todo léxico, apenas maldiciones y
groserías salían de su boca. Solapadamente percibía su sonrisa
sardónica y la tensión helada de su mirada asesina.
Toti temía las rabietas del maderero y hacia lo indecible por no
desatar su ira, se preocupaba por tener la comida fresca y
abundante, la cama y casita limpia y reluciente. Más para el
infeliz nada era suficiente, cualquier nimiedad era un buen
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pretexto para humillarla y tratarla peor que a un animal. El
cavernario la estropeaba desde que llegaba, la acusaba de
acostarse con todos los hombres del lugar incluso conmigo, de
puta y perra la trataba. A media noche se escuchaban los
quejidos de Toti quien sufría descargas orgásmicas como
pararrayos en plena tormenta tropical, unos minutos después a
mis narinas llegaban los efluvios del semen escurriendo por sus
orificios. El sexo entre ella y el maderero eran las pastillas
analgésicas en sus dolorosos ping pong de separaciones y
reconciliaciones. Me encantaría narrar algunos detalles sórdidos
pero lastimosamente esta no es una página pornográfica.
Toti llegó contarme que cierta vez el degenerado le bajó unos
embriones gemelares a punto de patadas. Enfréntalo, le
recomendé, al ver su rostro petrificado de espanto; más nunca
pensé que lo tomaría literalmente, yo tan sólo me refería a
plantear cara al problema y separarse civilizadamente.
Toti, harta de las palizas del malsano machista que tan solo
después de castigarla se le apaciguaba la furia de oligofrénico
que necesita dominar a alguien para sentirse algo en la perra
vida. A pesar de temerle hasta el tuétano lo enfrentó
abiertamente en una pelea a puño y patada limpia. ¡Qué
valiente!, ¡que hidalguía de mujer!, digna descendiente de las
amazonas que Fray Gaspar de Carbajal alabó.
Aquella pelea fue un espectáculo macabro, pese al férreo empuje
inicial, Toti fue cayendo ante el poder del macho dominante. El
maderero la tomó de la cabellera con sus manazas inmundas y la
obligó a comer arena, muy ufano el desgraciado se acomodaba el
cinto con ambas manos en grosera señal de pertenencia.
Lastimosamente las patadas y mordiscos de Toti no hacían mella
alguna en el desgraciado, era como ver al valiente y combativo
púgil filipino Manny Paquiau enfrentando al campeón mundial
de peso pesado el ucraniano Vitali Klitschko en una pelea de 15
asaltos. La pelea se tornó horripilante, nadie intentaba separarlos
y cuando yo pedí clemencia para Toti, un grupo de espectadores
gritó que no me metiera en cosas de marido y mujer. Al ver llorar
a su hija, la abuela de Luz de Selva me regaló una irónica sonrisa
y recitó fríamente:
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-Pedrito, lágrima de mujer y cojera de perro no has de creer-.
Creo que a mí me dolió más que a Toti cada golpe que el bruto le
propinó, sartas de puñetazos en los seños y cachetadas a granel.
Una rabia asesina se apoderó de mí y sentí que todo el voltaje de
la Central térmica de As Pontes en La Coruña se descargaba
directamente en mi corazón. Impotente debí beber una taza de
lágrimas amargas.
Aquella misma noche fui a buscar a Toti y le ofrecí mi ayuda
profesional, le ofrecí que en la revancha ella lucharía en igualdad
de condiciones, peso a peso, una lucha justa. Como anestesiólogo
que soy conozco demasiado bien el efecto de los órganos
fosforados y a la mañana siguiente compré un insecticida. Le
pedí a Toti que rociase un chorro del veneno en las sandalias del
animal. En pocas horas el infeliz presentó nauseas y vómitos,
diarreas y relajación de esfínteres. Continuamos intoxicándolo
por todo un mes, durante todo ese tiempo el concha de su madre
estuvo postrado en cama y apenas probaba agua, nada de comida.
Bajó 35 kilos de peso y estaba débil y deshidratado. Eran al fin,
justas cotejas.
Al día 31 del envenenamiento, Toti sacó al convaleciente de su
tarima y lo arrastró a la calle, al mismo lugar donde ella aguantó
la consabida paliza. Allí se cuadró como un púgil rabioso y le dio
la tunda de su vida, sus bíceps y cuádriceps latigaron una furia
retenida. El esperpento no podía creer lo que veía, su cara
desencajada y mirada desorbitada reflejaba su desconcierto. Toti
lo masacró literalmente, incrustó su rostro agujereado en las
múltiples cagarrutas caninas diseminadas por doquier, al tiempo
que le soltaba una lluvia de invectivas. Sudorosa y con el cabello
revuelto como furiosa medusa le gritaba exultante, ¡cabrón de
mierda! y ¡comemierda! Cinco tardes consecutivas lo vapuleó,
una por cada año de convivencia. Una multitud de mujeres del
pueblo sintiéndose reivindicadas la aplaudían a rabian y hasta la
ayudaron con unos buenos rodillazos y patadas. Se acabó el
miedo para Toti, no más sobresaltos ni humillaciones. Muy a mi
pesar debí detenerla, ya estaba bueno el estropicio, si seguía con
su actitud justiciera iba a matar al hombre.
¡Comemierda!, le gritaban las mujeres al maderero cada vez que
le veían, un horrible apelativo con que el pueblo lo bautizó.
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Ningún hombre le hablaba ni se dignaba a mirarlo pues había
dejado un pésimo precedente. A los pocos días el maderero se
largó del pueblo con su orgullo destripado. Toti formó una
organización femenina, Las Tigresas del Oriente, unos 200 años
después que lo hiciera Flora Tristán en las Europas. Nunca es
tarde para comenzar a luchar, el club tenía por logo una lata de
insecticida.
XIX
Luz de Selva me comenzó a llamar espontáneamente de tío, a
cada instante me obsequiaba frescas y deliciosas tajadas de
sandía. La veía jugar con sus amiguitos y amiguitas adornados
con costras y ralladuras. El grupo se revolcaba aparatosamente
en el fango de las orillas como hipopótamos en el Kalahari, se
lanzaban al agua desde precarios trampolines formados por
resbalosos troncos unidos con lianas a modo de gigantescos
códigos de barra. Varias veces los vi caer de bruces e hincar los
dientes como castores.
Al verlos bañarse como vinieron al mundo. Tras dejar sus ropitas
convertidas en harapos de tanto uso y abuso, dobladitas con el
cuidado de camisas Armani en una boutique de París, yo sonreía.
Noté apenado que algunos de sus cuerpecitos tenían cicatrices de
quemaduras, accidentes ocasionados por las bombas molotov con
que se alumbran en las noches. Pícaros niños y adolescentes se
burlaban graciosamente de mi persona, acentuando las zetas al
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hablar y repitiendo como locos algunas de las palabras que yo
usaba con más frecuencia: joder, tío, vale, gilipollas, cabrón.
Aquellos memorables días me adentré en la selva, avancé en la
espesura y reposé en el pasto suave y perfumado. Navegué en
pantanos eternos repletos de guamas y piripiris y victorias regias.
Disfruté de las lloviznas y de las locuras del clima. Una ligera
garua podía convertirse al rato en una fabulosa tormenta tropical
cargada de rayos formidables y escandalosos truenos; cuando al
fin escampaba, el firmamento paría arcoíris superpuestos que
impresionaba un desfile de banderas gay.
Algunas veces me subí al árbol de mango donde Ingo elucubraba
sus ideas para salvar al mundo. En respetuoso silencio lo
acompañaba a contemplar la policromía del verde. A veces yo
tenía la impresión de estar dentro de una película de Jurassic
Park. Sobre los enormes árboles jaurías de monitos organizaban
tremendas orgías que me recordaron una bella frase de Ernesto
Cardenal “todo el cosmos copula”. Para poder ingresar de
paciente a un manicomio, apenas faltó que apareciera entre la
vegetación el temible hocico de un velociraptor o la motosa
barba de Steven Spielberg.
Asistí a una febril sesión de Ayahuasca donde paseé por
territorios desconocidos e insondables, bajo el susurro de
palabras misteriosas y melodiosos cantos ancestrales me
comuniqué con los espíritus de los bosques. Recibí en el rostro el
espeso humo de tabaco expelido por el hocico de un chamán.
Entenderme con él fue una hazaña lingüística, ultrajamos al
idioma castellano sin compasión alguna. Tragué una pócima
amarguísima y viajé al inconsciente, el ayahuasca es una vía
milenaria y postmoderna de viajar por el universo a lo Star War,
un fabuloso portal a dimensiones desconocidas. Todo a mi
alrededor era energía extendiéndose sin fin, me vi en medio de
sicodélicas serpientes alimonadas copulando entre sí que
impresionaban caduceos de mercurio, el logo de las órdenes
medicas de todo el orbe. Tuve ensoñaciones semiinconcientes,
así las tortugas parecían Volkswagens, el zumbido de las mocas
semejaba un escuadrón de f-16 en vuelo rasante. Lo más lindo
fue el mensaje que la naturaleza me encargó para hacer llegar al
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mundo, en plena sesión la palabra AMAZONAS apareció en el
aire y recompuso sus letras una y mil veces hasta formar un
holograma, una nueva palabra que a su vez era un pedido:
MOZASANA. La naturaleza desea ser por siempre una moza
sana. Tirado entre carrizos y tallos tiernos de bambú, fui testigo
del poder infinito de la naturaleza y de la innata capacidad del ser
humano de gatillar su propia mejoría física y espiritual. La
historia del cuarteto oncológico se remontaba a aquel ritual.
Los primeros indicios de regresar a Europa aparecieron cuando
noté musgo y líquenes en los bordes de mis tarjetas de crédito.
Antes de partir me concentré en retener aquellas sensaciones de
paz natural y fijar los detalles del lugar en mis neuronas para
retenerlos para siempre, pensando tal vez que algún día escribiría
esto que hoy escribo.
Conversé con los abuelos de Luz de Selva sobre el pedido de
César de operar en la niña en España. Les informé que todos los
gastos de la niña estaban asegurados gracias al esfuerzo y el
tenaz trabajo de su ahorrativo padre. En ese punto volví a ver a
César comiendo sanguches de 0,25 centavos de euro mientras yo
me embutía salamis de 10 euros, muy apenado entendí que pese
a su ausencia física fue un amantísimo padre. Contra todo
pronóstico los viejecillos aceptaron mi propuesta y se quedaron
llorando como unos niños, yo había sido explícito al informarles
el riesgo quirúrgico que Luz de Selva corría.
De regreso a Madrid procedí a iniciar los trámites para recabar
Visas para la pequeña y para la tía Toti, una gestión más
angustiante que el tumultuoso viaje que te he contado.
Bueno, termino diciéndote que operaron a la niña exitosamente
en el Hospital Gregorio Marañón. Luz de Selva logró salvar la
valla de supervivencia, superó sin apremios la cirugía reparadora
de aneurisma de cayado aórtico a tórax abierto a la que su
progenitor siempre se negó a someterse. Hoy vive feliz en
Madrid con la tía Toti que a su vez se casó con un ex torero
español. Poseen un pequeño negocio, y por cierto, cada vez que
voy a visitarlas, el tesoro me pasea por su banco de frutas donde
termino con la boca embutida de fresca y deliciosa sandía.
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