5(1929)

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5(1929)
Orgaoo be su Veoerable
Orko Cercera y (ofraöías
Lt
15
crab
DE MAYO DE 1929
Dirección y Administración:
PP. MERCEDÄRIOS
Silva, 39.—Madrid (12)
<c>.
NÚM.
5
El Infante D. Jaime, archicofrade de la Merced
S. A. R. el Infante D. Jaime de Borbón, hijo segundo de los Reyes de
España, recibió solemnemente el escapulario de la Merced en la Iglesia de
Don Juan de Alarcón, el 26 de abril.
Su Alteza lleva el nombre del gran
Rey fundador de la Merced, por haber
nacido en el año en que se celebraba
el centenario del Conquistador, y haciendo honor a su nombre y a su gloriosa ascendencia, quiso dar esta
prueba de singular amor a la Santísima Virgen de la Merced y de afecto a
la Orden y a su ilustre y primitiva Archicofradía, establecida en la Iglesia
de nuestras monjas.
Sabido es que los Reyes de España
son hermanos mayores y protectores
de la Archicofradía, y la Reina Doña
Isabel!! concedió a los archicofrades
el uso del manto blanco con las armas de la Orden.
MADRID.—El Infante Don Jaime después de vestir el escapulario de la Merced en la
Iglesia de Alarcón.
— 162 —
Su Alteza llegó a la Iglesia a las
once y media acompañado de su Profesor Sr. Antelo, y en el cancel le esperaban el Sr. Obispo de Madrid,
Dr. Eijo y Garay; el Vicehermano
mayor, Sr. Rodríguez Sirvent; el Secretario, D. Enrique Vargas; Mayordomo, D. Emilio Acero; el Arcediano
de la Catedral, Sr. Rodríguez del Valle; el Provincial de la Merced, Padre
Manuel Cereijo, con otros varios Padres y muchos archicofrades; las niñas del Colegio y muchas señoras.
Hizo la imposición del Escapulario
el Sr. Obispo de Madrid, y terminada
la ceremonia, Su Alteza visitó el sepulcro de la Beata Mariana de Jesús,
abandonando luego el templo a los
acordes de la Marcha de Infantes.
Los asistentes quedaron prendados
de la devoción y simpatía de Su Alteza, que estrechó la mano a todos los
caballeros después de besar la del
Sr. Obispo.
El Maná y la Eucaristía Hace unos meses leímos en los
periódicos que una comisión científica se dirigía al Sinaí para recoger
muestras del maná y estudiar su naturaleza.
Algunos se habrán reído tal vez
del intento, y los incrédulos quizá
hayan visto en él un argumento en
favor de sus negaciones. No hay
motivo para lo uno ni para lo otro.
El maná, en efecto, era conocido
antes que los israelitas salieran de
Egipto, donde se vendía como otras
mercancías llevadas por los asiáticos. El Sinaí, como la Palestina,
había estado largo tiempo sometido
a los faraones.
El maná es una especie de goma
o resina producida por un árbol llamado tamaris, de cinco a seis metros de alto, abundante en aquellos
parajes. Los egipcios antiguos llamaban a ese producto mennu y los
árabes actuales man.
La picadura de un insecto llamado coccus manniparus hace que la
resina corra por el suelo, perdiéndose entre las hojas secas; pero
practicando incisiones en la corteza
y recogiendo la exudación, se obtiene un producto semejante por su
aspecto, gusto y aroma a la miel,
que los árabes extienden sobre el
pan, a guisa de manteca.
Los monjes del Monasterio de
Santa Catalina, en el Sinaí, suelen
regalarlo a los peregrinos.
Hay otras explicaciones del maná,
como la de un liquen o musgo de
que los kurdos se aprovechan y que
suele ser arrastrado por el viento,
pero la primera es la más probable
y mejor razonada (1).
Los israelitas que habían visto
muchas veces el maná en Egipto,
cuando observaron la escarcha
blancuzca, formada alrededor de su
campamento, se dijeron: Man-hu,
o sea: ¿Maná esto? (es esto maná?),
pues en el sabor y otras condiciones se le parecía.
(1) Véase a Vigouroux, Dictionnaire de la Bible, palabra Manne.
—
163 —
Pero es claro que su aparición en cuando por la noche bajaba el rocío
el suelo todas las mañanas, excepto sobre los campamentos caía tamlos sábados, fué milagrosa, como lo bién el maná (Num. XI, 5).
fué la multiplicación del pan en las
En el salmo 77 se describe así el
manos de Jesús. Para sostener unos alimento milagroso:
dos millones de personas que forY mandó (Dios) a las nubes desde
maban la inmensa caravana, era
[arriba
insuficiente el producto de todos los
y
abrió
las
puertas
del
cielo
árboles del desierto, que sólo dan la
resina en algunos meses. Cada is- y llovió sobre ellos maná para que co[miesen,
raelita podía recoger cada día un y les dió trigo del cielo;
gomor, equivalente a 3,88 litros.
pan de ángeles comió el hombre,
Este fue el principal alimento de alimento les proveyó en abundancia.
los emigrantes durante cuarenta
años, hasta que, pasado el Jordán, Este milagro fue uno de los que
tomaron posesión de la tierra pro- más se grabaron en la imaginación
metida. Aunque menos nutritivo de los hebreos, y son innumerables
que las ollas de carne de Egipto, las alusiones que a él hacen los liera agradable y suficiente para la bros santos.
poca actividad y proporcionado Los judíos del tiempo de Jesús tedesgaste de los hebreos. Los encar- nían por cierto que el Mesías había
celados no suelen quejarse de ham- de darles pan del cielo, como su pribre, aunque su alimento sea pobre. mer legislador Moisés, y cuando al
No faltaron, sin embargo, protes- comenzar el tercer ario de su preditas, y alguna 'muy violenta contra cación, nuestro Redentor alimentó
aquella comida ligerísima, cuyo uso a cinco mil hombres con cinco pacontinuado llegaba a causar repug- nes en el desierto de Betsaida, se
nancia: ¿Quién nos dará carnes renovó la esperanza del milagro
Para comer? Nos recordamos de los anunciado por los rabinos.
Peces que comíamos en Egipto por Al volver Jesús a Cafarnaum le
nada; nos vienen a la memoria los rodearon los judíos y le dijeron:
c ohombres, los melones, los puerros ¿Qué señal haces Tú para que la
y los ajos. Nuestra alma está seca veamos y creamos? ¿Cuál es tu obra?
y nada ven nuestros ojos más que Nuestros padres comieron el maná
el maná. Y era el maná como la se- • en el desierto, según está escrito:
milla del coriandro, del color del Didles a comer el pan del cielo.
bdelio. Y el pueblo andaba alrede- (Joan. VI, 30).
dor del campamento y juntando los Jesús les contestó con la promesa
granos, molíanlos con muela, tritu- de la Eucaristía, que es verdadero
rábanlos en un mortero, cociéndolos pan del cielo, infinitamente superior
en la olla, haciendo tortas de sabor al maná. , Continúa el evangelista
se mejante al del pan con aceite. Y San Juan: Respondidles Jesús; No
iésä
— 164 —
fué Moisés quien os dió pan del cielo, sino que mi Padre os da pan del
cielo verdadero. Pues pan de Dios
es el que descendió del cielo y da
vida al mundo (Joan. VI, 32).
Murmuraban, pues, los judíos de
él porque había dicho: Yo soy el pan
vivo que descendió del cielo, y decían: ¿Acaso éste no es Jesús hijo de
José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste, que
bajé del cielo? (Ibid. 41).
Respondió Jesús: No murmureis
entre vosotros... Yo soy el pan de
vida. Vuestros padres comieron el
maná en el desierto y murieron.
Pero éste es el pan que bajó del cielo,
para que si alguno come de él no
muera.
Yo soy el pan vivo que bajé del
cielo! Si alguno comiere de esle pan
vivirá eternamente, y el pan que
yo he de dar es mi carne por la vida
del mundo. (41-51).
¡Admirable enseñanza e imponderable generosidad de nuestro Sal
vador! Al lado de ese pan admira
ble, ¿qué es el maná, aun revestido
de las más extraordinarias condiciones por la fecunda imaginación
de los rabinos?
El maná dado por Moisés era pan
del cielo, sólo en cuanto bajado de
las nubes, como el rocío, quizá por
ministerio de los ángeles (que por
eso se llama también pan de ángeles).
Pero el manjar con que Jesús había de sustentar a los que creen en
El era verdaderamente del cielo, el
mismo Hijo del Padre, esplendor de
su gloria y figura de su sustancia,
el que sostiene todas las cosas con
el poder de su palabra. (Hebr. I, 3).
Los que comieron el maná llevaron una vida de trabajos y enfermedades y acabaron por morir, pero
los que coman este verdadero pan
de vida, vivirán felices y contentos
y no morirán eternamente.
Todos sabemos la gran contienda
que se armó entre los judíos sobre
la forma en que Jesús podía dar su
carne en manjar. Hasta algunos de
sus discípulos se apartaron de El,
capitaneados por Judas, el primer hereje sacramentado, diciendo:
Dura es esta palabra, y ¿quién puede escucharla?
Nosotros repetiremos con San
Pedro y sus sucesores en el Papado:
Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes
palabras de vida eterna y nosotros
creemos y conocemos que Tú eres el
Cristo, Hijo de Dios. (Joan. VI,
69 70).
Y no sólo creemos, sino que esta
fe es todo nuestro gozo y alegría, y
comiendo su carne bajo los velos
eucarísticos, encontramos dicha
cumplida y el comienzo de nuestra
felicidad eterna.
FR.
G. V. NUÑEZ
ei problema de la delincuencia infantil (i)
En ninguna época de la vida se
encuentran mayor número de causas y facilidades para el delito que
en la niñez, lo que obligó a decir a
Lanessan: «que la criminalidad juvenil es la más natural de todas las
criminalidades». Y la razón es porque operan en el niño ese conjunto
de factores externos a los que se
unen las influencias internas que
marean y perturban, desarrollando
las fuertes pasiones que lo arrastran al delito prematuro.
La personalidad del niño—dice
Etienne—está constituida por factores de decisiva influencia en la
delincuencia infantil: la herencia,
la constitución y temperamento, la
educación y el medio social en que
el menor se desarrolló. Son factores éstos que no se deben de perder
de vista, cuando se estudian estos
problemas, porque determinan, en
muchos casos, las causas de los hechos criminosos perpetrados por
menores.
No vamos a estudiar aquí la psicología del menor delincuente en
orden al Derecho penal y cuáles son
las infracciones que caen bajo la
acción del mismo; tampoco vamos
a examinar los diversos grupos en
que los antropólogos y los psicólogos clasifican a los menores anormales. Tan sólo afirmamos, que el
menor delincuente no es un ser
anormal por naturaleza, no pertenece a esa subraza, que quieren al(1) Véase el número de febrero.
gunos psicólogos positivistas; tam-
poco es ese ser aparte, esa variedad
antropológica, de que nos habla falsamente Maudsley.
«El término predisposición no implica la constitución de un tipo aparte—escribe Paul Garnier—, el joven
criminal no está caracterizado por
signos verdaderamente distintivos
que le hagan aisräble clínicamente
antes de haberse revelado por actos
significativos de naturaleza antisocial>. Y más claramente lo dice,
basado en la larga experiencia
de una fecunda labor, como médico de la infancia y juez del Tribu
nal de niños, Borobio Díaz. «No hay
nada en él, en el menor delincuente, que revele o descubra a priori
la condición de delincuente; es un
niño como otros, ni más guapo, ni
más feo, ni más alto ni más bajo, ni
más listo, ni más tonto. Se sabe que
es delincuente a posteriori, porque
ha delinquido; para nosotros, el tipo único de niño predestinado fatalmente a delinquir, lo que pudiéramos llamar el niño delincuente
nato, no existe. Ni en lo físico, ni en
lo psíquico, hay una estructura, o
construcción, un modo de ser, o
agruparse los elementos materiales
y espirituales que caractericen al
niño delincuente. O lo que es lo mismo: el delito no coincide siempre
con la anormalidad física o mental».
Lo que sí se dan casos de anormalidad, que más bien pueden clasi-
— i66 —
ficarse de inconsciencia, fatalismo,
abúlicos, idiotismo, deficiencias del
desenvolvimiento, debilidad moral,
que inclinan hacia el delito y arras t' an a la vagancia, a la mendicidad,
al vicio, etc.
Herencia.—E1 heredero de la carga triste del delito—escribe Ferriani—tiene el 92 por 100 de probabilidades de delinquir. Por eso no puede excluirse el influjo que ejerce en
la etiología del delito del menor. La
herencia no sólo arrastra al delito
de los ascendientes, sino que también a su alcoholismo, sífilis, anemia y a toda esa gama de enfermedades físicas y morales.
— 167 —
añadir las que H. Thulié trae en su
obra Le Dressage des jeunes de'generés ou Orthophrénopédie, las enfermedades contagiosas, la fatiga
intelectual o bien física, las emociones morales, las anulaciones, el
aburrimiento, los traumatismos, factores todos que ejercen eficaz influjo en el hecho criminoso del menor.
Todas estas causas del delito son
en orden al individuo. Veamos ahora algunas externas.
La familia.
La familia, la escuela y la sociedad
constituyen los tres círculos que
Exaltación de las pasiones.—No
integran
la vida educativa del mepuede negarse que la exaltación de
nor,
escribid
el insigne Pestalozzi.
las pasiones influye poderosamente
Estudiemos
cada uno de estos tres
en la perpetración del delito, la ira,
factores.
el egoísmo, la libertad, el erotismo,
¡La familia! ¡Ah, qué consoladolos hábitos sensuales, etc., son facres recuerdos, qué dulces añoran •
tores de la delincuencia infantil.
Frecuentes debilitaciones.—Estas zas evoca en nosotros, en medio de
anulaciones vienen a constituir ver- las borrascas de la existencia, este
daderas anormalidades que se re- santo y bendito nombre!
Mucho se ha escrito sobre lo que
flejan en las partes más nobles, coes
y lo que debería ser la familia, a
mo la inteligencia y la voluntad,
fin
de que su intensa función religioque, muchas veces, determinan una
so-social
sea fecunda al individuo y
demencia precoz, que Esquirol llama idiotismo, y que Kahlbamn , a la sociedad. Principium urbis, et
Cristian, Haecker han estudiado quasi seminarium reipublicae, es el
profundamente, como Ribot ha al- principio de la sociedad, la semilla
canzado fama mundial con el estu- de la república, como la llamó el
dio de las enfermedades de la vo- orador romano. Es la célula del orluntad. El histerismo—afirma Cam- ganismo social.
La crisis de la familia moderna
bay—vuelve al niño mentiroso, capreocupa
hondamente a la Religión,
prichoso, astuto, sagaz y agria fueral
Estado
y a la sociedad, porque el
temente su carácter.
A estas causas de anormalidad mal de la familia—escribe I. Gornácon miras hacia el delito, hay que es el mal de la sociedad; la muerte
de la familia es la muerte de la sociedad: como el mal y la muerte de
las células vivas del cuerpo humano
es la enfermedad y la muerte del
mismo cuerpo.
La familia es el sagrado yunque
donde se forja— que diría Moitaine—el espíritu de la raza y se templa el alma de los pueblos; el cofre
de oro donde se guardan las venerandas tradiciones; el maravilloso
troquel en que se acuñan, como en
fecunda resurrección, el cuerpo y el
alma de los hijos, que determinan
una civilización y una raza; inagotable fuente de positiva prosperidad
y progreso de la ciudad y de la patria.
Por eso a los «sin familia» los calificamos también los «sin patria»; y
son, por consiguiente, elementos
de desorden y de destrucción, que
los pueblos expulsan de sí como indeseables, como, perjudiciales a la
Vida social. Es el baluarte más inexp ugnable de la religión y de la patria.
La familia sería lo que debe ser y
c umpliría su intensa función relig ioso-social si observase lo que tan
be llamente escribió Federico Le
Play en su importante obra L'Ecole
de la Paix Social e, en uno de sus
Más estupendos capítulos que titula:
Las familias viven en paz cuando
e stán sometidas a los mandamientos
del decálogo.
De sorganización de la familia.
Las conquistas de la democracia
Moderna han sido un importante
factor de la desorganización de la
vida de familia. Las relaciones entre padres e hijos son cada día más
íntimas, más de igual a igual, la autoridad y la regla aparecen menos
en las relaciones familiares a medida que las costumbres y las leyes se
hacen más democráticas. Una fría
y glacial indiferencia hacia la obra
educativa es lo que se observa,
cuando precisamente no debiera
perderse un momento, por sencillo
y accesorio que parezca, en esta labor educacional.
Los miembros que la integran no
llegan a comprenderse, lo que es
un gran obstáculo para el aprovechamiento común de las facultades
y fuerzas coordinadas al desarrollo
del noble fin educativo. Y este fenómeno que se nota en la clase
obrera y media, se observa también
en la elevada y aristocrática.
Las vacaciones que debieran servir para estrechar más y más los
lazos de familia, para la más intensa comprensión de la función social
y para intensificar la labor educacional, no sirven más que para disgregarla, como acertadamente escribe Sidney: «Veo yo a los niños
hacer construcciones de arena y
lanzar al viento sus cometas, a los
jóvenes jugar al tennis o al golf, a
los padres leer y bordar; jamás he
cesado de deplorar esa categorización, esa separación de edades, en
circunstancias precisamente en que
se sacaría tanto provecho y causaría tanto encanto verlos confundidos compartir sus ocios y sus impresiones». Pero no es esto solo;
— 168 —
la fábrica y en el taller, lo que ha
disgregado la familia con todas sus
dolorosas y desmoralizadoras consecuencias para el individuo y la
sociedad.
Las necesidades económicas de la
vida moderna obligan a la madre
a pasar del hogar al taller, quedando solo, abandonado el hogar, sin
esos dulces atractivos, sin esa embriagadora poesía, sin esa luz que
alumbra y fortifica, porque falta
allí la que solamente puede comunicarlo, la madre; el padre ve transcurrir las horas del día y parte de
la noche entre la fábrica, la cantina, el club, cuando no la taberna,
la casa de juego..., y, mientras tanto, el niño, el pobre niño, a quien se
le debe un sumo respeto, en frase de
juvenal, después de las horas dedicadas a la escuela, eso si va a ella
o consigue ser admitido, pasa las
restantes en la calle, en el arroyo
con los correspondientes peligros y
las consabidas corrupciones.
La falta de vigilancia.
Allí están mezclados niños y niLas tristes circunstancias de la ñas... ¡Qué de escenas se ven y que
familia moderna de lanzar a la calle debo de callar aquí! Arrastrados
a padres e hijos, al extremo que por el ejemplo de los mayores, emconvierten el hogar en un hotel o piezan a cometer las primeras falcasa de huéspedes, adonde sólo se tas, aventuras y travesuras de la
va a comer y a dormir, ¡cuando se infancia; impulsados por el amor
va!, hace olvidar aquello, a lo que propio tratan de sobrepujar a sus
más preferente atención debieran compañeros de hazañas, y vienen
prestar: la vigilancia tan necesaria las faltas a la escuela, los pequeños
para la obra educativa.
hurtos, las pedreas con sus corresPero viene a agravar el ya difícil pondientes lesiones, y después el
problema de la vida de familia el delito, el crimen...
¡Pobres niños! Criados en el arrorégimen amplio de trabajo, que hizo
desaparecer el viejo taller a domi- yo y en la calle, en la indigencia y
cilio, dando entrada a la mujer en en la miseria, en la ignorancia y en
hay otras muchas costumbres y modas que lamentar.
Desnaturalizada así su función
religioso-social, su influjo, y la comprensión de sus deberes; observando el niño los malos ejemplos de
irreligión y de inmoralidad, cuando
no la excitación a la mendicidad y
al delito, es natural que se desarrolle la criminalidad infantil, pues tales ejemplos constituyen una verdadera «criminicultura familiar», que
diría Paul Garnier.
Si a esto agregamos las familias
que viven en el vicio y del vicio, la
indigencia, la miseria, las uniones
ilegítimas, sustituidas muchas veces rápidamente unas por otras, las
doctrinas disolventes, entonces el
cuadro que presentan esas familias
es verdaderamente triste, demoledor, desgarrante, que arrancó sus
más emocionantes páginas a los sociólogos y economistas.
— 169 —
el abandono, venís a ser los «microbios del mundo criminal», como os
llamó Ferri; venís a ser los « huérfanos de padres que aún viven», como
gráficamente dijo Jules Simón.
La miseria.
Las exigencias de la vida moderna a la vez que agravan y multiplican las necesidades y dificultades de
ésta, complica enormemente la acción y la obra educativa familiar.
«Hay pobres, y son los más—dice
la ilustre pensadora gallega—que
no descuidan la educación de sus
hijos deliberadamente, sino por- ignorancia, por desidia y porque sus
circunstancias hacen muy difícil
que los atiendan más que en la parte material, y aun esto con trabajo.
Donde se puede ver a qué extremos conduce a los menores delincuentes es en las grandeš urbes mo
dernas, porque es donde también
se ven las más grandes miserias.
Los que dan mayor número de menores delincuentes a los Tribunales
de Justicia de París—ha observado
Lanessan—son las familias numerosas y míseras. En Inglaterra— es
cribe Julián Juderías—el 60 por 100
de los padres que tienen hijos en los
Reformatorios, no pueden satisfacer la cuota señalada por los reglamentos; en Francia, el 79 por 100
de los niños recluidos en correccionales, son hijos de obreros; en Italia, el 87 por 100 de estos jóvenes
Proceden de familias pobres. Y así,
más o menos, en los otros países.
Mackenzie ha tomado como base
de experimentación los niños de las
escuelas de Glasgow y estudió la
influencia que en el desarrollo físico ejerce la vivienda higiénica, y
las diferencias son bien marcadas
en el peso y talla de los niños. Pero
no para aquí el mal. El problema
del influjo moral es más hondo. La
promiscuidad en los dormitorios,
trae como consecuencia la iniciación prematura del menor al vicio.
«Figúrese el lector—escribe Hirchen las estrechas habitaciones en que
se aglomera una familia, cuán difícil es una separación de sexos», lo
que hace que los menores, desde los
primeros arios, pierdan todo sentimiento de pudor.
FR. R.
DELGADO CAPEÄNS
En el aniversario de
mi venida al convento
Hictstenos, Señor, para tí—
Temí del fiero lobo
los dientes carniceros,
temí los hechiceros
lazos del loco amor.
No quise adormecerme
con sueños de alegría,
temiendo la falsía
que rasga el corazón.
He visto sus traiciones,
he visto sus bajezas,
conozco las torpezas
del mundo engañador.
Cuando más me ilusione
¿qué puede valer todo,
si es inmundicia y lodo
cuanto el mundo me da?
170 —
No quiero confiarme
de carcomido leño,
no quiero tener dueño
que se me pueda morir.
A Tí amaré solo,
Jesús, dulzura mia;
Tú llenas de alegría
mi pobre corazón.
Pensando que me amas,
sabiendo que me quieres,
disfrutare placeres,
que el mundo no soñó.
Tú solo no envejeces,
Tú solo no me engañas,
Tú llenas mis entrañas
de dulzura y amor.
Tú enjugas de mi frente
los molestos sudores;
Tú calmas los ardores
de abrasadora sed.
Como busca las aguas
sediento cervatillo
— 171 —
cual huye el pajarillo
del fiero gavilán.
Yo quise de la piedra
meterme en las rendijas,
yo vine de tus hijas
al dulce palomar.
Han pasado los años
veloces como el viento;
reboso de contento
al lado de tu altar.
No ya el ciento por uno
a todos prometido;
yo más he recibido
que podía esperar.
Disteme hijas mil,
dísteme hermanas buenas,
me diste a manos llenas
consuelos y favor.
Yo haré, mi dulce Dueño,
a fuer de agradecida,
que te amen sin medida,
las hijas de tu amor.
Sor. J.
Mercedaria.
EN MI ELEMENTO
Cuentan las crónicas brasileras
que equivocándose de puerta un ratón, en vez de entrar en su casa se
metió en un salón.
El fidalgo que lo vio:S cerró la puerta, tiró lejos de sí la chaqueta, agarró un fierro y la emprendió contra
el roedor.
A la gresca acudió la sirvienta de
la casa, y cuando vió al pobre animalito boqueando sobre la alfombra ; preguntó;
quién ha muerto a este
ratón?
El fidalgo casi se la comió.
Tras la sirvienta llegó la fidalga,
y comprendiendo lo que sucedía,
preguntó corno aterrorizada:
quién ha muerto esta fiera?
Satisfecho el fidalgo contestó so lemnemente, dándose un golpe en
el pecho:
—Yo; con este fierro.
Desde que estoy en Río, varios
amigos me han escrito preguntan
do cómo estoy. A todos les he con
testado lo mismo: En mi elemento
Porque en cuanto uno llega a la ca
pital de Brasil, lo primero que se
presenta a su vista es un anuncio
tan gráfico como significativo: Un
tigre entre la espesura acechando
al que pasa por el camino, y un
mosquito de grandes proporciones
y aspecto terrible con una leyenda
al pie, que más o menos dice: (Más
terrible que el tigre en el bosque,
espera esta fiera junto a su cabecera
que usted se duerma, para inocularle la fiebre amarilla y mandarlo
en tres días a la eternidad.» ¡La cosa
no es broma! En cuanto yo leí esto,
tomé mi red de pillar insectos y me
dediqué a cazar fieras por el cuarto.
Ya cayó una; ya van dos; media
docena; ya hay dentro de la red un
enjambre... ¡Decididamente que yo
erré la vocación!; ¡me debí dedicar
a cazar fieras!
Y en esas condiciones se ve llegar
la noche con cierto temor. Se prepara convenientemente la mosquitera, se da una escrutadora mirada
por los contornos, se encomienda
uno a Dios y a dormir. En cuanto se
apaga la luz, comienzan a surgir las
fieras a dos palmos de distancia.
Será dentro de la mosquitera?;
será fuera? Con hacerse el dormido,
se sale de dudas. Si está dentro, en
cuanto uno cierra los ojos la fiera se
para en la cara. Es entonces cuando
uno salta de la cama más pronto que
la vista, toma la jeringa de Flit y dispara en todas direcciones hasta agotar la munición. Las fieras dejan de
rugir. Sudando la gota gorda a
causa del combate y del calor, se
arregla de nuevo la mosquitera; se
acuesta uno de nuevo; en el transcurso del sueño cree a veces oir nuevos rugidos, que también pueden ser
las bocinas de los autos que pasan
por la calle, y al día siguiente amanece con la cara hinchada a causa
de las picaduras.
La prensa anuncia que algunos
enfermos han muerto en el hospital
de fiebre amarilla; señala algunos
puntos de la ciudad donde hay enfermos sospechosos; en la parroquia
vecina también los hay; cada mañana que leo eso, me quedo suspenso; no sé si tomarlo a broma o
prepararme para morir, pidiendo
inclusive la extremaunción.
Hace pocas mañanas tuve una
sorpresa original. De día claro,
desde la cama y a través de la mosquitera, ví en el techo del cuarto
una sabandija. Me quedé observándola sin respirar. Sería víbora?;
¿sería culebra? A poco comenzó a
moverse; tenía gafas, y por consiguiente se trataba de una lagartija.
¡Infeliz! —dije entre mí—; cómo
has ido a dar ahí? ¡No va a ser menudo el porrazo que te vas a dar!
Como a medio metro de distancia,
había un punto negro que debía ser
una mosca; la lagartija se fué deslizando hacia ella con toda cautela, y
cuando llegó a unos cuatro dedos de
distancia se encogió, dió un salto, la
pilló, y sin más trámites se la comió.
Me quedé como viendo visiones.
Más adelante se divisaba otro puntito negro; debía ser un cínife, un
— 172 —
mosquito zancudo; es decir, una
fiera; ví deslizarse a la lagartija con
toda precaución, y cuando llegó
cerca dió el salto, lo pilló, se lo comió y dirigió su visual hacia otra
parte. No había lugar a dudas: ¡Era
una fiera que cazaba y se comía
vi--ns a las otras fieras!
Lo que yo no comprendía era
cómo andaba, corría saltaba por
el techo estucado del iarto con la
misma seguridad y rapidez que si
anduviera por el pavimento. Seguí
observando.
En uno de tantos saltos perdió el
equilibrio o tomó mal las medidas y
se vino abajo con la mosca en la
boca.
Levanté la cabeza y miré hacia
el suelo; la vi caer de pies y comerse la mosca; pero notando mi
presencia, corrió hacia un rincón y
se metió entre la ropa de una maleta que ahí tenía yo abierta. Ahí
tendrá el nido, dije dándome media
vuelta y dando gracias a Dios, que
así cría unas fieras para que se coman a las otras en el mundo.
En cuanto me levanté, me acerqué con cautela a la maleta, comencé a dar unos silbiditos a modo de
reclamo, y luego se asomó la lagartija por la bocamanga de una camisa. Cacé una mosca, le arranqué una
ala y la tiré cerca de la lagartija.
En cuanto la vió en el suelo, se
abalanzó sobre ella, se la tragó sin
tomarse la molestia de masticarla,
—
y me hizo después dos o tres inclinaciones de cabeza, como dándome
las gracias. Desde ese día fuimos
amigos, y todas las marianas se desayunaba la lagartija con las moscas que yo le tenía preparadas sobre mi mesa de trabajo. Repito: creo
que erré la vocación; me debí dedicar a domesticar fieras.
Narrando esto al hermano lego
del convento Salvatoriano, donde
me alojo, como que hace veinte
arios que el vive en el Brasil, no le
llamó la atención.
—Oh, sí—me dijo—y esas lagartijas son muy buenas; aquí se las
comen.
—¿Qué es lo que dices, hermano?
—Sí, padre, sil; se las comen con
patatas...
—¡Pero, hermano!
Con acento de suizo-francés me
siguió diciendo:
—Aquí la gente come de todo; en
las casas no verá gatos; tenemos
aquí una escuela y todas las tardes
los niños para su merienda traen
piezas de gato, yacaré, culebra, lagartijas, etc.
Y cuanto más vivo, más me convenzo de que en este mundo la peor
de las fieras es el hombre: Mata a
las demás y aun se las come. Por
eso dije al principio que estoy en
mi elemento.
FR. POLICARPO GAZULLA
Mercedario.
'175 —
PAGINA MISIONAL PIAUHY
Nuevo administrador
apostólico.
y Japón envía la Reverenda Madre Comendadora, Sor Margarita
María Maturana.
Como su Diario ha sido ya reproducido y leído muchas veces, copiamos del número de Abril la siguiente impresión:
El Padre Ramón Bolados Cárter,
que después de largos arios de misiones en diferentes países se halla
descansando en Chile, su patria, Auras del País del Sol
nos da la importante noticia de que
Naciente.
el Señor Nuncio en Rio de Janeiro
ha nombrado Administrädor AposFrescas soplaban el día 2 de ditólico interino de la Prelatura del ciembre, cuando a las nueve de la
Buen Jesús, al Reverendo Padre mañana atravesábamos uno de los
Pedro Sánchez, peruano, que lleva puentes de Tokyo con el objeto de
ya en Piauhy varios arios.
tomar el tranvía que había de conUltimamente estaba en el pueblo ducirnos hasta Edogawa, y de allí,
de Corrente, donde a instancias del por un camino retirado y cuesta
Diputado Federal y de otras signi- arriba, dirigirnos a la Catedral para
ficadas personas, abrió el « Patrona- asistir a la Misa mayor, como acosto Agrícola das Merces», con cua- tumbramos todos los domingos.
renta alumnos.
Llamónos la atención la multi«En diversos pueblos (añade el tud de policías que ocupaban el
Padre Bolados), me pedían que tra- puente y sus inmediaciones, como
bajara yo para que se lo mandaran también las limpiezas extraordinade párroco. Le querían muchísimo, rias en que se ocupaban los barrenprincipalmente por su modo suave deros; por todo lo cual dedujimos
de tratar a la gente y por su buen que algún acontecimiento extratino para dirigir colegios.»
ordinario se esperaba.
Nuestra enhorabuena más sinceLa Catedral de Tokyo es pequera al Padre Sánchez, y que el Señor ña, y pobre para el nombre que
bendiga sus esfuerzos en favor de la lleva; sin embargo, su aspecto es
grey que le ha sido encomendada. agradable, y el interior de estilo
gótico. Su titular es la Inmaculada
Extremo Oriente.
Concepción, cuya imagen, bajo el
« Angeles de las Misiones», la sim- aspecto con que se manifestó en
pática revista de nuestras Madres Lourdes a la sencilla Bernardeta,
de Bérriz, viene estos meses rebo- aparece en la vidriera que cae sosante de alegría y optimismo con bre el altar mayor. El suelo de la
las buenas noticias que desde China nave central está formado de tata-
— 174 —
mis o esterillas, sobre las cuales se
arrodillan o se sientan japonesas,
con sus largos y honestísimos kimonos de variados colores, y su
velo blanco de tul bordeado de encaje. jamás entran los japoneses en
habitación tapizada de tatamis, con
el calzado de la calle, el cual dejan
a la puerta, sustituyéndolo por otro.
Es cosa curiosa ver el número de
zapatillas, zapatos, etc., que hay
a la entrada de las iglesias durante
la Misa. En las naves laterales hay
bancos al estilo europeo. Una bellísima reproducción de la gruta de
Masabielle, en los jardines que rodean la Catedral, nos hace creer
por un momento cerca de nuestra
querida patria. ¿Por qué esta palabra, Patria, llena de lágrimas nuestros ojos, y el corazón se regocija
al pensar que sólo por Dios la dejamos, y por enseriar a muchos hermanos nuestros el camino que conduce a nuestra común patria, el
Cielo?
Es nutrido el concurso de fieles
que acude todos los domingos a la
Misa mayor, y muchos los que en
ella comulgan, a pesar de que empezando ésta a las nueve y media,
tengan que permanecer en ayunas
hasta cerca de las once.
Aunque la Misa sea rezada, canta
el pueblo después del Evangelio, el
Credo, que llena de emoción nuestras almas al pensar que muchos
de los que lo entonan son acaso
hijos de aquellos valientes confesores de nuestra santa fe, los que con
el rosario al cuello y coronados de
flores se dirigían gozosos a padecer
- .175 —
los más crueles tormentos por Cristo. Después del alzar canta también
el pueblo algún motete en latín, con
mucha afinación y marcada pronunciación francesa.
Los Padres de las Misiones Extranjeras de París, a cuyo cargo
está confiada la mayor parte de la
obra misionera de Tokyo, realizan
una labor inmensa atendiendo no
sólo a la cura de almas, sino también a los seminarios mayor, menor
y a otras obras diversas. Bien necesitaban que su número se multiplicase; bien es verdad que el Señor
duplica las energías de los que con
fuerzas físicas, no demasiadas, llevan a cabo empresas gigantes.
nos miraba con extrañeza, pero con
seriales de respeto; nadie nos dijo
una palabra, aunque luego supimos
que habían detenido a otros.
En una plazoleta inmediata, un
grupo como de doscientas personas,
hombres, mujeres y niños, sentados
sobre esterillas extendidas en el sue-
¿A qué aquel bajar de ventanas y`
cortinas en todas las casas? Luego
lo supimos: aquella multitud esperaba el paso de su Emperador para
una revista militar; y nadie podía
mirarlodesde sitio elevado por creer
un desacato al monarca el mirarlo
de arriba abajo.
***
Cuando acabada la Misa regresamos a nuestra provisional morada,
nos fue" preciso descender del tranvía antes de lo acostumbrado y hacer una buena caminata a pie. Algo
dijo el interventor al hacer salir a la
gente del vehículo, pero nosotras no
entendimos una palabra.
Avanzando vimos que el movimiento policíaco de la mañana continuaba; una gran muchedumbre,
formando apiñado conjunto, aguardaba algo que para nosotras era un
enigma, por no saber preguntarlo a
nadie. Dos largas filas de policías,
espada al cinto, ocupaban, distanciados uno de otro no más 'de dos
metros, el puente que debíamos pasar. Eramos en aquel momento las
únicas que lo atravesábamos, haciéndonos no poca gracia el tener
que pasarlo entre la doble fila que
TOKYO.—La nueva fundación de Mercedarias.
Sentados de izquierda a derecha: MM. Mercedarias, Ministro de España, Ilmo. Sr. Arzobispo, Mme. Guescuec (de la embajada francesa),
Almirante Yamamoto , Consejero de la Delegación de España . —
De pie: Hermanas, Adoratrices españolas, PP. de las misiones extranjeras de París, Damas de Saint Maur, PP. Jesuítas, Señoritas
Japonesas. Director de los Marianistas, Coronel Herrera, Secretario
del Delegado Apostólico.
lo, guardaban religioso silencio.
Dos policías custodiaban la puerta
del magnífico colegio de las Damas
de San Mauro; les hicimos la acostumbrada reverencia, y pasamos
adelante. El enigma continuaba: las
ventanas todas, cerradas, y bajadas
todas las cortinas.
¿Qué ocurría? ¿Qué esperaba aquella multitud silenciosa y recogida
como en una ceremonia sagrada?
No es extraño que los japoneses
tan reverentes para con su soberano temporal, cuando llegan a conocer al que es Rey y Señor de todos los pueblos, llamen la atención
por su recogimiento en el templo.
¡Cuán edificante es el verlos en las
iglesias, especialmente después de
recibir el Santísimo Sacramento!
Parecen ángeles adoradores.
Quiera el Señor multiplicar el
— 176 —
número de los que en el País del
Sol Naciente son iluminados por la
esplendorosa luz del Sol divino. Pocos son, según la última estadística,
los católicos de la diócesis de Tokyo, cuya población es de 15.611.200.
¡Cuántas ovejas fuera del redil!
¡Pastor divino, atraedlas a Vos!
SOR M. BEGOÑA DOCHAO
O. de M.
Tokyo, 12-1-1929.
SANTORAL MERCEDARIO
El Hermano
Converso Fray José
Molineros -I-
1794
Fray José Molineros, hijo legítimo
de los consortes Sr. Juan Molineros
y Sra. Mariana Sandoval, nació en
la ciudad de Ambato (Ecuador). Sus
padres, fervorosos cristianos y estimadores del subido precio de la
virtud, le educaron desde niño en el
santo temor de Dios, que es el principio de la sabiduría.
Nacido para el bien, educado en
la escuela de la virtud y aleccionado con santos ejemplos, no es de admirar que el niño José abandonara
el mundo y sus halagos en los mejores días de su existencia.
Esta valiosísima joya (así podemos llamarle sin hipérbole ninguna
al joven José), estaba reservada por
Dios para enriquecer y hermosear
con el esplendor de sus virtudes y
buen ejemplo el claustro de la Merced en la Recolección de San José,
llamada vulgarmente El Tejar, en
Quito.
Desempeñaba entonces (ario 1784)
el cargo de Superior de dicha Recolección el V. Siervo de Dios, Re ve rendo Padre Fray Francisco de Jesús y Bolarios, natural de Pasto. A
este Siervo de Dios se presenta,
pues, el joven Molineros, y llorando, hincado de rodillas, le pide ser
admitido en el número de los hijos
de la Merced para llevar su cándida
librea en calidad de religioso converso.
El R. P. Fr. Francisco de Jesús y
Bolarios, mira al postulante con esa
apacible y escrutadora mirada que
Dios concede a los santos: penetra
en el interior de su corazón; conoce
las buenas disposiciones de que está
animado el joven; y acogiéndole cariñosamente, le admite en el número de los escogidos por Dios para
que le sirvan en el claustro.
Cumplidos los requisitos mandados por nuestras Constituciones y el
Derecho Canónico se le admitió
también por unánime consentimiento de la Comunidad a nuestro santo
hábito como religioso converso.
Vestido ya del cándido sayal de la
Merced, fue entregado a la dirección espiritual del R. P. Fr. Mariano Ontaneda, de quien el mismo
P. Bolahos había hecho un religioso
observante y perfecto.
Bajo tan sabia y prudente dirección, de esperar era que el joven novicio diese pasos agigantados en el
camino de la perfección religiosa y
— 177 —
de la santidad, pudiendo decirse de
él las palabras del santo Rey David
en el salmo XVIII: «Salta como gigante para correr su carrera». Y así
sucedió, en efecto, ayudado por la
gracia divina.
II
El Año de Noviciado es, como si
dijéramos, el gimnasio de las virtudes cristianas donde los jóvenes
aprenden a renunciarse a sí mismos
para cargar la cruz del sacrificio y
seguir a Cristo; concluido, pues,
este año de prueba, hizo el hermano Molineros la profesión de los vo
tos religiosos, el día 31 de agosto de
1785; el R. P. Fr. Ramón de Santa
Teresa, recibió en nombre del cielo
los santos y perpetuos juramentos
del novicio, sirviéndole de padrino
en tan solemne acto el V. Siervo de
Dios Fr. Francisco de Jesús y Bolaños.
Ligado ya a Dios Nuestro Señor
con los sagrados votos de la vida
religiosa, no pensó en otra cosa sino
que en cumplirlos fielmente.
El hermano José practicaba todas
las virtudes, pero escogió para sobresalir en ella la santa y hermosa
virtud de la Obediencia, haciendo
de ésta la norma estricta de su conducta religiosa y dando tan saludables ejemplos de obediencia que fué
la edificación de sus hermanos de
hábito. Dios Nuestro Señor preparaba, sin duda, de este modo a su
siervo para la grande obra a que le
tenía destinado en sus inescrutables
designios.
Conociendo los Prelados el buen
espíritu de que estaba animado, resolvieron asociarle a la obra de las
misiones, que es una obra de sacrificio. Por entonces estaban a cargo
de los Mercedarios las misiones de
Putumayo y fué enviado a éstas
para que ayudara a los misioneros
en la instrucción de los indios.
Entonces manifestó el hermano
José cuán grande era su celo por la
gloria de Dios y cómo estaba animado de un espíritu verdaderamente
apostólico por la salvación de los
hombres, pues emprendió la misión
que le confiaba la Obediencia con el
entusiasmo santo y la abnegación
evangélica de quien conoce el precio infinito de las almas redimidas
con la sangre divina d Nuestro Señor Jesucristo. Por esto no encuentra el hermano José dificultad ninguna en su camino que no la allane
con su fervor y celo.
El camino de los misioneros como
el de los apóstoles, está sembrado
de espinas y abrojos, pero el amor
a Jesucristo cambia estas espinas y
abrojos en hermosas flores, que los
ángeles recogen sin duda para la
corona de gloria y de inmortalidad
que Dios Nuestro Señor promete a
sus imitadores.
Encendido en estos afectos de caridad y de celo el corazón de nuestro humilde misionero, no le detienen en su camino ni lo insalubre del
clima, ni las enfermedanes, ni la carestía de alimentos; no le intimidan
los peligros de que está amenazada
su vida entre los salvajes, ni le arredra la muerte misma repitiendo con
— 178 —
el Apóstol de las gentes: ni la muerte ni la vida.., podrá separarnos del
amor de Dios. Fortalecido por el es-
píritu de Dios, iluminado por su luz
celestial, ve en todo la mano de la
Providencia divina que le ha elevado a tan alto ministerio; toda dificultad, toda privación, todo pesar,
acepta de buen grado como un medio para dar gloria a Dios y conquistarle almas para el cielo; se reconocía como siervo inútil, y refiriéndolo todo a Dios, decía con San
Pablo: Todo lo puedo en el que me
conforta».
Así que nuestro hermano José se
consagró al cumplimiento de sus
deberes y al desempeño de su misión con celo infatigable; su caridad
crecía con el ejercicio constante de
ella; y, en cierta manera, se multiplicaba Fr. fosé para atender a sus
infelices indios, cuya catequización
le había sido confiada. Conforme al
consejo del Apóstol, hacerse todo
para todos, a fin de ganarles para
Cristo.
Cada día buscaba nuevos y mayores estímulos para su celo y caridad; y los hallé en los apostólicos
ejemplos que le dejaron, en las mismas misiones del Putumayo, sus
hermanos de hábito, el abnegado y
santo sacerdote P. Fr. Manuel Arias
y el no menos virtuoso y ejemplar
hermano Fr. Jacinto Márquez. Y
como la luz y el fuego se avivan y
crecen al recibir nuevas corrientes
de su misma naturaleza, así la caridad y el celo del hermano José se
avivan y aumentan al calor del recuerdo de la santa vida y ejemplar
muerte de dichos religiosos; v siente abrasársele el alma en el vivo
deseo de imitarles, muriendo también, como buen soldado de Cristo,
por la gloria de Dios y la salvación
de las almas.
Apóstol del Señor, va siempre
adelante en su obra evangélica: su
ardiente e inagotable caridad le suministra constantemente cuantos
medios son más apropósitos para
arrancar de las manos de Satanás
las almas de sus infelices indios,
sujetas a él con las cadenas de hierro de los más degradantes vicios.
El hermano José está en todas partes: aquí, instruye a unos en la doctrina cristiana; allá, socorre a otros
en sus necesidades; y derrama por
doquiera el alivio y el consuelo que,
para los que lloran y padecen, tiene
siempre la religión cristiana, en sus
promesas celestiales y eternas.
Pero llegaba ya el momento en
que el apóstol debía convertirse en
mártir de su celo y caridad; llegaba
ya el momento en que debía concluir su carrera, para recibir la recompensa de su abnegación y sacrificios.
Viéndose el demonio abandonado
de aquellos a quienes tenía por suyos para siempre, se irrita contra
el humilde religioso; juzgando completamente perdida su causa, si continuaba el misionero en su obra redentora, resuelve conspirar contra
su vida eficazmente, sabiendo que
el celo mismo del hermano José le
dará motivo para llevar a cabo su
siniestro intento.
En efecto; conforme al consejo
17
del Apóstol, reprendía en cierta
tremo, asesinando también al sol-
ocasión a los indios del pueblo de
San Ramón, afeándoles los pecados
de lascivia en que aún vivían encenagados muchos de ellos; algunos
oyeron humildemente las severas
reprensiones del celoso misionero;
pero los más, encendidos en furor
satánico, rebeláronse contra él, sirviendo de instrumentos para consumar la obra de Satanás contra el
Apóstol del Señor.
Y no se dieron por satisfechas con
esto la furia y la venganza de los
indios, sino que las llevaron al ex-
dado que le asistía y a la familia de
éste, y al golpe formidable de la
macana (especie de dardo salvaje)
destruyeron, por fin, el pueblo de
San Ramón.
Era el ario de 1794 cuando este
santo religioso volaba al cielo, donde sin duda interpondría sus ruegos
y valimientos ante Dios para alcanzar el perdón de sus verdugos, no
menos que la vuelta de éstos al camino del bien y de la salvación
eterna.
FR. JOäL LE.
.deitIlleir
La Mer . 43i2. Quito.
—0
o
IDEA SALVADORA
;Y perdóneseme la inmodestia!
Hace tiempo que se me habla ocurrido, pero ciertos acontecimientos
me la representaron ahora con viveza.
'
Ante el hambre de sueldos oficiales, de subvenciones y ayudas del
Presupuesto, ¿qué remedio podríamos adoptar? ¿Cómo apartar a los
niños de la empleomanía, carcoma y
peste de las naciones modernas?
Al hablar de ciertas cosas yo he
podido decir con orgullo: Peino canas y no he recibido todavía un solo
céntimo del presupuesto. Mis trabajillos, buenos o malos, se han hecho
con mis pobres recursos, a costa de
muchas privaciones y sacrificios, pero sin ayuda del Estado, de la Provincia ni del Municipio, como ahora
se dice con precisión curialesca. ¡Al
contrario! He contribuido con muchos
el'
miles de pesetas a I rfas de eso»
respetables entidades. ' '033k134
Reflexionando sobre es advertido que el caso no es raro, por
dicha nuestra y del Estado, de la
Provincia y del Municipio. Somos legión los que nada les hemos pedido,
bien convencidos de su pobreza.
Sepamos estimamos y hagamos
ostentación de nuestra conducta, que
es un verdadero timbre de honor.
Digámoslo muy alto y pongámoslo
como titulo honroso donde haya ocasión para ello. Harto más honroso
que muchos de los setenta que escribe en la portada de su libro de texto
un catedrático chiflado.
Yo aconsejaría que en las esquelas
de defunción y en las notas de sociedad no se olvidara tampoco ese dato:
No cobró un céntimo del presupuesto.
De ese modo iremos formando la
— 180 —
Conciencia de los niños e inspirándoPero ya que eso no pueda hacerse,
les desprecio de los sueldos oficiales he de procurar que mis conciudadaque hoy constituyen para ellos una nos estimen esa gloria y sepan disobsesión.
tinguir de colores. El vivir del Presu¿Que con esto corremos peligro de puesto es en muchos casos una nota
levantar ampollas a algunos ciudada- bochornosa, un verdadero timo, y
nos presupuesilvoros? Cuando se siempre es menos decoroso que el
trata de la salud de todo el cuerpo vivir y trabajar con sus propios menadie repara en ampolla de más o de dios.
menos. Son muchos los vecinos que
Cuando el público se convenza de
ante el amago de un simple catarro esta verdad habremos dado un gran
se desuellan con tintura de yodo.
paso en el saneamiento de la HaHay ciudadanos que hacen cosas cienda.
estimables, que publican libros y reY a los que viviendo del Presuvistas que nos honran. A veces nos puesto se me presentan con aires de
sentimos avergonzados ante ellos; gran señor, les recordaré su humilde
quisiéramos hacer también cosas condición de servidores del contribuatildadas y llamativas.
yente, al cual muchas veces explotan
Pero cuando nos enteremos que y no sirven.
esos lujos se hicieron a costa del EsEl traje y los humos no hacen que
tado, nuestra confusión se trueca en .el criado deje de ser criado, ni que el
orgullo, y preferimos nuestra ropa amo, aunque mal servido, deje de ser
modesta a los trajes rozagantes que amo.
Por haber perdido la conciencia de
no se pagarán nunca.
Yo conozco algunos vecinos que esta verdad elemental, suceden mutodos los años estudian cuidadosa- chos desaguisados en todas partes.
mente el Presupuesto, buscando algo
Cierto día estaba yo formando cola
de qué asir, alguna subvención, algu- ante una ventanilla del viejo caserón
na comisión... Y alguna vez han ve- de Correos (ya derribado felizmente).
nido a mi indicándome la convenienA una ventanilla próxima se acercia de pedir, de no perder la ocasión. caron dos jóvenes, con la soltura que
Procuré siempre excusarme, sin es general en las madrileñas. No era
saber a punto fijo por qué esas cosas la hora señalada para el servicio que
no me atraían, sino que instintiva- pedían y el empleado se lo advirtió
mente me repugnaban. Ahora ya sé con malos modos. ¿No saben ustedes
por qué era y doy mil gracias a Dios leer?—añadió señalando la tablilla
por haberme dado ese instinto.
que había encima.
Y estoy tan orgulloso de ello, que
—Y usted, ¿no sabe un poco de
si no temiera ir contra la sencillez tan educación? -le contestaron las chide moda, escribiría en mis tarjetas de cas. Ya que le pagamos a usted, ¿no
visita: Juan Pérez. No debe nada al tenemos derecho a un poco más de
Presupuesto.
cortesía?
Callóse el empleado, comprendiendo que era lo mejor que podía hacer,
y supongo que no olvidaría la lección
recibida.
GUILLAUME
Grandes invenciones
Estúpidas de puro estupendas.
Los famosos descubrimientos de
Glozel han traído de cabeza a muchos sabios durante e . tos años.
La pequeña aldea del Boutbon
nais (departamento del Allier) venía a resultar con los monumentos
en ella descubiertos el centro de
una civilización antiquísima y muy
avanzada, que desde allí había
irradiado por todo el mundo.
La civilización no hubiera venido
del Oriente como la luz, sino que
hubiera avanzado del Occidente.
¡Con decir que los caracteres hebreos resultarían usados en Francia
mucho antes que en Palestina, está
apuntado lo menos gracioso de tales descubrimientos!
Pero a todo hay quien gane y los
falsarios franceses no merecen descalzar a sus rivales germanos, que
han descubierto lo que verá el curioso lector.
Dejando a un lado a los grandes
doctores pangermanistas anteriores a la gran guerra, y por tanto,
muy atrasados de noticias, uno de
los más célebres de nuestros días es
el profesor Franz von Wendrin.
A consecuencia de graves investig-aciones hechas por él en Suecia,
asegura haber descubierto y desci-
frado en Bohuslau inscripciones rupestres, donde se dice que Alemania fue el teatro verdadero de la
historia bíblica y en general de toda
la historia antigua.
Leyendo tales inscripciones herr
Wendrin « quedó poseído de un religioso respeto al ver la s p ntidad y
grandeza de nuestra raza . (son sus
palabras).
El dió con la prueba de que Hornero no vivió nunca en Grecia; que
Roma no fue tampoco fundada por
Rómulo y que el rapto de las sabinas no se verificó en Roma, sino en
un pueblecillo de Mecklemburgo.
Lo que Schliemann descubrió en
el Asia Menor no eran las ruinas de
Troya. Los restos de la verdadera
Troya están en Alemania, aunque
el autor se reserva el lugar por ahora. Todo lo que la Historia enserió
hasta ahora sobre estas cuestiones
es falso.
« Todas las leyendas griegas, dice,
las ciencias que nos vienen de la
India y en general del Oriente, no
son más que falsificaciones criminales, cometidas en daño del germanismo. El trabajo de los falsarios
ha sido favorecido por el tiempo;
los sucesos referidos por ellos se
realizaron mucho antes de las fechas admitidas por nosotros. Así,
por ejemplo, el sitio de Troya es
diez veces más antiguo de lo que se
cree».
Con profunda estupefacción suya
el autor no pudo menos de reconocer « que la Biblia no es otra cosa
que la historia antiquísima de Germania».
18
La expulsión de Adán y Eva del
Paraíso no es más que una simple
figura; el hecho real, que cuenta ya
sesenta mil arios, según lo demuestran los cálculos astronómicos, es
que unas bandas de salteadores,
pertenecientes a razas inferiores,
fueron vencidas por los germanos
en una batalla cerca del Paradies
(en la región de Posen) y ahogadas
en las marismas del Obra, afluyente del Vartha por la izquierda.
¡El dueño del Paradies o Paraíso
no era otro que Jesús el Dios, Rey
de los germanos, que tenía por segundo a San Miguel!
Hace exactamente 165.000 arios
que los germanos penetraron en el
Océano Pacífico, en China, Japón,
en Oceanía, y por Alaska y California en América. A ellos se debe
el origen de todas las civilizaciones,
aunque éstas perecieron más tarde
— 183 —
porque la noble raza se bastardeó Y
envenenó con los cruzamientos.
Ahora, el primero, el más noble,
el único pueblo culto del planeta
debe recobrar progresivamente su
poder y cultura primitiva.
Tal es el extracto que de las ideas
de von Wendrin ofrece la Docuraen/colon Calholique en su número
de 9 de febrero último.
Y después de esto se me ocurre
preguntar: ¿Quedan todavía melancólicos en el mundo? ¿Hay quien ose
afirmar que la vida es triste? El
que no se divierte es porque no
quiere.
Guardémonos, sin embargo, de
confundir a todos los alemanes con
los pangermanistas. Estos mismos
distinguen con sus odios y sus insultos a los católicos alemanes y a
cuantos conservan el sentido común.
—¡Oh, señor don José! Está muy
malito...; y no es eso lo peor, sino
que, como dice el doctor que teme
sea un mal contagioso, los criados
no quieren estar a su lado, se han
marchado todos..., y está solo, solito... Una asistenta viene de día;
pero por la noche tampoco quiere
quedarse, y yo... ya ve usted..., mi
marido tiene miedo a que el mal se
así, como a un perro? Eso no puede
ser. Yo quiero verle.
si le arroja a usted?
—No importa; además, que no
me arrojará. ¿Hay alguien en la
casa?
—Nadie; tengo yo la llave, porque la asistenta no ha venido aún.
--Pues si no quiere subir conmigo, démela.
FR:fogg R.-ORJALES
FERROL.—Niños del Colegio de PP. Mercedarios que hicieron la primera comunión en el mes de Abril.
LA ABSOLUCIÓN
Todas las marianas, cuando apenas clareaba el día, se encontraban
aquellos dos hombres en la escalera
de su casa; el joven sacerdote se
dirigía a celebrar el Santo Sacrificio de la Misa en un convento de
religiosas pobres, tan pobres, que
ni aun casa podían ofrecer a su capellán; el viejo vividor volvía de sus
torpes placeres.
Este último habitaba con sus
criados en el piso principal, un elegante cuarto de soltero; el primero,
una modesta habitación que en el
tercero le cedía una buena señora
viuda, en compañía de otra media
docena de huéspedes.
Pero llegó un día en que el sacerdote no encontró a su trasnochador
vecino; y como esto se repitiese en
días consecutivos, uno de ellos preguntó a la portera:
—¿Está enfermo el señor del principal?
me pegue, y además tiene una que
estar a su obligación...
se queda solo de noche? ¿No
podían avisar a una Hermana de la
Caridad o a un Padre Camilo?
La portera movió la cabeza.
—Mire usted, señor cura—dijo
con un tono confidencial—. Don
Pepito es tan poco amigo de Padres ni Hermanas, que no me atrevería yo a traer ninguno; y lo
peor es que el doctor dice que se
muere.
—¿Y le van ustedes a dejar morir
Y sin hacer caso de las observaciones de la portera, el sacerdote se
dirigió a casa del enfermo.
II
En una gran alcoba, que servía
a la vez de gabinete, acostado en un
lujoso lecho, cuyas ropas estaban
en el mayor desorden, un hombre
yacía presa de ardiente fiebre.
El joven sacerdote se acercó a él
y le examinó con profunda compasión.
— 184 —
Era un lastimoso espectáculo el
que presentaba aquel hombre, con
los ojos hundidos, las mejillas cárdenas; la barba, crecida de algunos
días, contrastaba por su blancura
con el bigote y cabellos, teñidos de
un negro demasiado brillante.
El aspecto de la habitación produjo en el espíritu de don José el
mismo efecto penoso que le produjera la vista del enfermo; los muebles eran lujoso ;, pero exóticos; las
pinturas, extremadamente libres; ni
una imagen piadosa, ni un libro
serio; sobre la mesa se veían revistas y novelas poco edifi .antes, postales y retratos de bellezas célebre;
el tocador, lleno de pomos y frascos, parecía el de una mujer coqueta.
El sacerdote, conteniendo aquel
sentimiento de repulsión instintiva,
por un poderoso esfuerzo de caridad, se acercó mis al lecho, e in.clinánclose sobre aquel desventurado,
le preguntó dulcemente:
—¿Cómo se encuentra usted?
El enfermo abrió pesadamente los
ojos, y al ver al ministro de Dios
tuvo un estremecimiento.
—¿Es que voy a morir ya?—preguntó con voz ronca en que se traslucía un vivo terror.
—¿Qué le hace pensar en eso? ¿Mi
presencia?—dijo el sacerdote tomando su mano, que ardía—. ¿Es que
sólo en el último extremo cree usted
que un ministro de Dios puede acudir a su lado? Estaba usted solo y
he acudido, cumpliendo un deber de
caridad; eso es todo.
—¡Solo, sí, muy solo! —gimió el
enfermo, volviendo a cerrar los
ojos —. Pero abriéndolos de nuevo,
y tratando de incorporarse, gritó
con repentina cólera:
¡Yo no le he llamado a usted, yo
no le conozco!
Y rechinando los dientes:
—1Creen que soy rico; por eso
acuden..., como las aves de rapiña
al olor de la carne muerta!
Una profunda conmiseración se
pintó en el rostro de don fosé.
— ¡Infeliz!—murmuró—. Deje usted esos pensamientos. ¿Qué me imp3rtan a mí sus riquezas, si el mayor tesoro que usted tiene está a
punto de perderlo tal vez para
siempre?
El enfermo le miró estúpidamente.
—Yo no tengo tesoro ninguno—
exclamó agotado por aquel esfuerzo
y dejando caer la cabeza sobre la
almohada.
El sacerdote se sentó a su cabecera, y enjugando con un pañuelo
el sudor helado que cubría la frente
de aquel infeliz:
—Tiene usted un alma—dijo casi
a su oído—, una sola alma... ¿Comprende usted? Y una sola eternidad
ante sus ojos.
—Entonces, ¡voy a morir? —repitió el enfermo con creciente
terror.
—Sólo Dios puede responder a
esto. El tiene en su mano omnipotente la vida de usted. El le ha de
juzgar; póngase a bien con su juez,
tenga usted piedad de sí mismo.
Don Pepito gimió; era evidente
que sostenía una sorda y terrible lu-
— —
cha consigo mismo. El sudor corría
en gruesas gotas por su frente; una
r espiración angustiosa alzaba su pecho, y sus manos crispadas arañaban el embozo de la sábana, que
suadcaritativo
aritativo visitante había ordeLa llegada del médico interrumpió aquella escena. Reconoció al enfermo, y viendo al sacerdote, le llamó aparte, preguntando:
—¿Es usted de la familia?
—No; soy vecino.
—Es preciso averiguar si este señor tiene familia, y si usted puede
conseguirlo, que prepare su alma.
—¿Tan mal está?
—No llegará a mañana; es un organismo completamente destruido... Ya que ha venido usted, señor
cura, no le abandone.
Y estrechando la mano del sacerdote, el médico salió.
III
Han pasado algunas horas; el
sacerdote, instalado a la cabecera
del moribundo, espiaba sus menores
movimientos, esperando que despertara.
Una completa transformación se
había operado en aquella estancia;
las pinturas obscenas, los malos libros y retratos habían desaparecido; sobre la mesilla de noche, una
pequeña imagen del Sagrado Corazón, propiedad de don José, abría
sus brazos misericordiosos, esperando el arrepentimiento del pecador.
Al fin, el enfermo abrió los ojos,
mirando a su alrededor de un modo
vago, y murmuró:
Iba tal vez a decir « Señor cura»;
pero se detuvo con repugnancia visible.
— Aquíestoy; ¿desea usted algo?—
dijo éste dulcemente.
El enfermo tendió su mano, que
él cogió.
—¿Le ha dicho a usted el médico
que voy a morir?—preguntó con
voz ahogada.
El sacerdote dudó; pero comprendiendo que a todo trance era preciso salvar aquel alma:
--"Y si fuera así?—dijo con creciente dulzura.
Un terror horrible, desesperado,
se pintó en aquel rostro.
—Y... ¿usted cree.., que hay otra
vida? - tartamudeó.
—Sin duda - dijo firmemente el
ministro de Dios ; por eso le repito: aún es tiempo, prepárese usted.
El enfermo volvió a dejarse caer
sobre la almohada, lanzando un
gemido.
El sacerdote se arrodilló ante él,
e inclinando su frente hasta casi
tocar aquel rostro, que se veía ya
cubierto c in el velo de la muerte:
—Hermano mío—dijo con tono
suplicante--, Dios le espera ansioso
de perdonarle... Confiese sus faltas,
por grandes que sean; si se arrepiente, Dios le perdona; mire su
Sagi ado Corazón, fuente inagotable de misericordia y perdón... ¡Por
amor suyo, hermano mío, tenga
piedad de su alma!
Y siguió hablándole en voz baja,
- 186 suplicante, en que la caridad del
mismo Cristo que invocaba palpitaba llena de santa elocuencia; y
ésta fué tal, que poco a poco, penetrando aquel pecho endurecido, llegó hasta esa fibra dormida que existe en todo corazón, que recibiera
en su niñez una educación cristiana.
Y por fin, callando el sacerdote, empezó a hablar el penitente, y el murmullo contenido de aquel diálogo
resonó de un modo solemne en la
habitación, bajo la mirada amorosa
del Salvador, que abría sus brazos,
esperando aquel alma redimida con
su sangre.
a medida que el moribundo
avanzaba en su confesión el rostro
del sacerdote palidecía, hasta asemejarse al de aquel; y varias veces
tuvo que sacar el pañuelo para enjugarse el copioso sudor que corría
por su frente.
Al fin terminó la confesión. El
enfermo, libre del brazo que sostenía su cabeza, cayó sin fuerzas
sobre la almohada; el sacerdote
ocultó su frente entre las manos y
un sollozo desgarrador se escapó
de su pecho, hiriendo los oídos del
moribundo.
—¿. Ve usted, señor cura—gimió-----,
cómo no hay perdón para mí? ¿Ve
usted cómo no me absuelve?
El ministro de Dios se enderezó,
y pronunciando las palabras sacramentales, trazó la señal de la cruz
sobre aquella frente pecadora.
Después se dejó caer de nuevo
sobre la silla, apoyando la frente
sobre su mano.
—Yo creería en el perdón de Dios
si aquellos a quienes hice tanto mai
pudieran perdonarme — murmuró el
enfermo en el tono del que delira.
Esta voz pareció volver en sí al
confesor.
—Si no necesita usted más que
eso para morir tranquilo—dijo con
voz grave, que adquirió de pronto
irresistible majestad—. Tranquilícese; su esposa murió perdonándole,
y como enserió a su hijo a pedir
siempre por su padre, éste le perdonó en la cuna.
El moribundo lanzó un grito indescriptible.
—¿Usted los ha conocido? —exclamó —. ¡Ella.., ha muerto! ¡Pero...
mi hijo!...
El sacerdote se deslizó de la silla
al suelo, en que cayó de rodillas, y
tomando la mano del desgraciado la
colocó sobre su cabeza.
—Su hijo está aquí...; le perdona
y le bendice—sollozó —. ¡Padre mío!
Dé usted gracias a Dios y prepárese a recibirle, pues en breve vendrá lleno de amor y misericordia a
demostrarle cómo sabe perdonar.
El moribundo se inclinó con un
esfuerzo supremo, estrechó aquella
cabeza consagrada, y poniendo sus
labios abrasadores en su frente:
—¡Hijo mío!—exclamó con un grito salido del alma—. Ahora sí que
estoy seguro del perdón de Dios.
IV
Pocos días después era conducido
a su última morada el cadáver de
aquel hombre, al que la heterogénea
sociedad que frecuentara conocía
con el nombre de «Don Pepito».
1A2
Un sacerdote de rostro dulce y
severo, como los santos de Zurbarán, presidía el duelo, con gran
asombro de los pocos amigos que
acudieron a acompañarle por última
vez en su fúnebre camino.
Pero su asombro creció de punto
cuando, al despedirse de él, uno,
más fino que los demás, le entregó
su tarjeta, recibiendo en cambio la
del sacerdote, en la cual leyó: «José
María Bueno, Presbítero».
Sin esta última palabra hubiera
podido creer que era una tarjeta del
difunto la que recibía en justa reciprocidad de la suya.
JULIA GARCÍA HERREROS
ANeCDOTAS
Cuando Pío VII fué a París a consagrar a Napoleón, mandó el Emperador
que fueran a saludarle todas las corporaciones. Entre ellas fué el Consistorio
protestante, cuyo presidente Mr. Marrón, después de las frases de rúbrica,
dijo que esperaba que un Papa tan cariñoso no le condenaría al infierno.
--Pero tampoco sacaré las castañas
del fuego—replicó el Papa un tanto
serio. (Marrón significa castaña).
Unos mozalbetes se burlaban de un
pobre cojo, y llevando la risa hasta el
escarnio le preguntaron si sabía en
qué se parecía al fabulista Esopo (que
era cojo también).
—En que Esopo hacía hablar a las
bestias y yo las hago reir—contestó satisfecho el cojo.
LA CUESTIÓN DEL DIA
puñado de verdades Un
Los prestigios universitarios han
sido la causa, o el pretexto, de algaradas estudiantiles, a las que no
son ajenos todos los profesores.
Se dice que el Gobierno, autorizando a ciertos Colegios para conferir grados académicos, ha inferido grave injuria a la Alma Maler.
Si así es, de todo corazón lo lamento.
Amo a la Universidad como hijo
agradecido, y a su honra he consagrado bastante más esfuerzo que
muchos de sus flamantes defenso
res. He estudiado su historia y los
detractores de la Universidad me
encontraron siem pre en frente.
A ella debo gran parte de la consideración que disfruto en la vida y
otra cosa todavía más preciosa: el
optimismo. En ella comprobé el valor de mi modesta formación conventual y el contraste no me desanimó.
Como este es precisamente el eje
de la cor troversia, sobre esa comparación habré de decir algunas
cosas que se me grabaron profundamente en la memoria, no para rebajar a la Universidad, sino para
serle útil apoyando sus justísimas
aspiraciones.
Yo tenía de la Universidad y de
sus hombres una idea elevadísima.
La experiencia me confirmó en ella,
en parte solamente.
iŠŠ
La Universidad posee, en efecto,
grandes hombres, más que las Ordenes religiosas. Y no es de extrañar, pues las grandes inteligencias
son un don que Dios concede raras
veces y sería demasiada fortuna que
esos mirlos blancos aparecieran
siempre entre los frailes, que somos
apenas la milésima parte de la población masculina.
Que las Ordenes religiosas fueron
muchas veces distinguidas con,ese
don preciadísimo lo demuestra la
historia de España y de otras naciones. Con todo, nos declaramos
inferiores a la Universidad en ese
punto y reconocemos por maestros
a Menéndez Pelayo, a Bonilla Sanmartín, a Menéndez Pidal, a Asín,
a Alemany... y nos gloriamos de ser
discípulos suyos.
Pero desgraciadamente no todos
los hombres de la Universidad son
de esa talla y su organización es
con frecuencia lamentable.
Cuando yo llegué a la Universidad de Madrid hace unos veinte
arios, me propuse aprobar dos cursos en uno solo; pero, temiendo el
rigor de los exámenes, asistía puntualmente a todas las clases, tomando parte en sus trabajos.
La impresión que entonces recibí
fué sencillamente desastrosa. En el
primer ario había sólo un catedrático servible. Los otros dos eran una
completa ruina.
Y conste que el decir esto me
cuesta un sacrificio, pues aquellos
ancianos me trataron con mucha
consideración y me dieron excelentes notas. Pero es preciso que el pú-
— 189 —
blico sepa que el orden actual no eš
intangible, y -que si la Universidad
ha de corresponder a las necesidades de nuestra cultura, hay que poner mano fuerte en su gobierno.
El segundo curso era todavía más
lamentable. Ninguno de los tres profesores podía desempeñar razonablemente su cátedra y el aburrimiento de los alumnos llegaba a extremos inverosímiles.
Por lo que a mí personalmente se
refiere, repito lo dicho respecto del
primer ario. Me duele tener que hablar de ellos (aunque uno de los profesores era el Gran Maestre de la
Masonería), y no lo hiciera si la necesidad no me obligara.
Un alumno muy despierto, que,
cual si presintiera su próximo fin,
derrochaba su ingenio en toda clase de juegos, hizo de los consabidos
doctores las semblanzas que verá el
pío lector:
El pollo de don Antonio
es aquel que viene allí;
trae la bragueta abierta
y el chaleco tan monín...
Y el ojo como un puchero,
y la baba forma un mar,
y en medio de todo esto
¡eh! ¡eh!, le oigo exclamar.
El pollo de Miguelito
es un sabio de chipén,
y de todo teorías
nuevas tiene don Miguel.
Venus (dice), hija de Ciro,
Viriato de Abderrahman,
iy dirá que Alfonso XIII
lo es de Assurbanipal!
Los hay frescos, no lo dudo,
pero ¡como don Andrés...!
Después de mil y un discursos
todo le sale al revés.
Siempre llega a la hora en punto
y a la misma hora se va,
pero siempre llega tarde,
¡no me lo puedo explicar!
Tal es la muestra,
en puridad,
de la pollera
de la Facultad.
El lector se preguntará cómo era
posible en la Universidad de Madrid
tal cúmulo de desastres. Sencillamente, por la estúpida inamoviliclad
e intangibilidad de los profesores.
Todo el mundo sabe que algunos
señores no sirven , sino de hacer perder el tiempo y la paciencia a los
estudiantes, con peligro de que les
llegue la boca a las orejas, a puros
bostezos. Y, sin embargo, nadie se
atreve a poner mano en ello.
Y lo que es más absurdo todavía,
se clama porque nadie lo toque.
Una parte del mal se ha remediado con la jubilación forzosa a edad
determinada.
Antes, para jubilar a un catedrático, era necesario un expediente de
inutilidad. Como era de temer, los
compañeros declaraban siempre que
el catedrático estaba útil, aunque
Juera ya una momia.
Pero el daño no está sólo en la
edad. Hay catedráticos jóvenes que
no saben ni quieren enseriar. Y los
alumnos han de aguantar sus impertinencias y sandeces cuarenta o
cincuenta arios, hasta que la muerte
piadosa ponga término a sus dolores.
El contraste de los Colegios religiosos o particulares con la Universidad no puede ser más flagrante.
En ellos, cuando un profesor resulta inepto o majadero, se le manda a
freir espárragos sin más expediente.
Y cada uno atiende a su clase con
el mayor interés, buscando la manera de interesar a los estudiantes
y de que obtenga sobresaliente.
He dicho esto, no porque yo tenga piedra alguna en el rollo del Escorial ni en Deusto. Ni porque me
interese mayormente que se mantenga el favor otorgado a esos Centros, uno de los cuales ha renunciado ya a el.
Lo que sí deseo ardientemente es
que la Universidad se organice
fuertemente y que no padezcan
otros lo que yo he padecido.
FR. GUILLERMO VAEQUEZ
DR. EN
F. Y L.
— 190 —
TIRSO DE MOLINA
líneas, ya fué inútil para el misterio,
porque la realidad se impuso con
FANTASIA
una voz vencedora de las tinieblas;
misión
eterna del Verbo.
¡Ah, siglo tan desmedrado!
—Hemos caído de pie, pero no con
Jara qué nos resucitas?
fortuna. Creo que hemos equivoca¿Momias, no tiene infinitas?
do el planeta. Esto no es la Tierra.
¿Qué harán las nuestras en él?
—Yo os demostraré, Quevedo,
QUEVEDO
con Aristóteles en la mano, que en
Nevaba sobre las blancas heladas
la Tierra, y en tierra de España,
cumbres. Nieve en la nieve, silencio estamos.
en el silencio. Moría el sol invisible,
---¿Ahí tenéis al Peripato, y no lo
como padre que muere ausente. La decíais? Y en la mano; dádmelo a
belleza, el consuelo de aquellas so- mí para calentarme los pies, meledades, de los vericuetos pirenái- tiéndolos en su cabeza, olla de silocos, se desvanecía, y quedaba el gismos.
horror sublime de la noche sin luz,
--No os burléis del filósofo maescallada, yerta, terrible imitación de tro de maestros.
la nada primitiva.
--¡Ah, Sr. Cano, como estos veriEn la ceniza de los espesos nuba- cuetos; ah, Sr. Nieves, y qué atrarrones que se agrupaban en redor de sadilla me parece su teología, ahora
los picachos, cual si fueran a buscar que he viajado tanto por otros munnido, albergue, se hizo de repente dos altos!
más densa la sombra ; y si ojos de ser
—No habléis de eso, y busquemos
racional hubieran asistido a la tris- dónde cenar.
teza de aquel fin de crepúsculo en
—Ah, Tirso!... Cenad ex nihil°,
lo alto del puerto, hubieran vislum- porque otra cosa no hay por aquí, a
brado en la cerrazón formas huma- lo que no veo,
nas, que parecían caprichos de la
—Señores, sin ser yo tan ilustre
niebla al desgarrarse de las aristas lógico como esta gloria de Trento;
de las peñas, recortadas algunas ni, menos teólogo, como no sea en
como alas de murciélago, como el verso, creo que antes de la cena,
ferreruelo negro de Mefistófeles.
que no es idea simple, que no es
En vez de ir deformándose, des- categoría, debemos pensar en el sivaneciéndose aquellos contornos de tio, en el lugar, que sí es categoría.
figura humana, se fueron conden
Porque yo, por ahora, dudo que essando, haciendo reales por el dibu- temos en parte alguna. Y donde no
jo; y si primero parecían prerrafaé- hay espacio, no hay cena.
licos, llegaron a ser después dignos
—Pero hay frío, Sr. Calderón.
de Velázquez. Cuando la obscuri—Bien dice Lope. Procuremos
dad, que aumentaba como ávida orientarnos. Es decir, Oriente ahora
fermentación, volvió a borrar las no se puede buscar; pero según lo
— 191 —
que yo pude colegir cuando caímos,
ya cerca de este globo, a la luz del
Sol y antes de penetrar en las nubes
de nieve, dentro de España estamos, y sobre altísimas montañas, y
del mar no muy lejos; de modo que
estos deben de ser los Pirineos, y,
acaso los de mi tierra, porque yo,
señores míos, siento un no sé qué
de bienestar, de que no me hablan
vuestras mercedes.
—Natural me parece, insigne Jovellanos, que seáis vos, de tiempos
de mejor brújula que los nuestros,
quien nos deje barruntar en dónde
estamos. Pero yo daría mi Buscón
por una buscona que me hiciese topar ahora, no con la madre Venus,
sino con su digno esposo Vulcano,
para que me fabricase una cama
donde dormir, menos fría que este
suelo.
—Señores, yo vuelvo a mi Aristó
teles, y digo...
—Teólogo, tenéis razón; seamos
peripatéticos; discurramos con los
pies, y a ver si a fuerza de discurrir
probamos algo... algo caliente.
Una voz nueva resonó entonces
en aquellas soledades como suave
música, y era la de Fray Luis de
León, también expedicionario, que
decía:
—Amigos queridos, esta noche
más ha de penitencia, de ayuno, que
de hartazgo; porque, si he de hablar
con franqueza, nuestra vuelta al
mundo terrenal más me parece castigo, que otra cosa. Pecamos, pecamos; pequé yo a lo menos—y si en
buena teología esto no se puede llamar pecado, llámelo D. Melchor
como quisiere o convenga—, pequé,
digo, deseando lo que en soledades
de mi dicha, de allá arriba, nunca
creí que se podría desear. ¡Ay, sí!
El engaño como siempre. El desengaño igual. En esta tierra obscura,
sepultada en noche y en olvido, .qué
me había quedado a mí? Si vivía en
la alma región luciente, qué querer, como quise, saber algo de la
mísera Tierra? Fué vanidad sin duda. Movióme el apetito de saber si
aquella larva que yo por acá había
dejado, y que el mundo llamó mi
gloria, se había desvanecido, cual
mis despojos, o algo había quedado
de ella, aunque no fuera más que un
soplo, que fuese callado por la mon
—¡Ah, Sr. Fray Luis de León!—
interrumpió Lope—a todos, creo yo
que nos escuece el mismo remordimiento. Yo, que al morir dije que
daría todas mis comedias, que eran
humo, por un poco de gracia al entregar el alma a Dios, ahora me veo
aquí desterrado, por la pícara vanidad de oler si algo se dice todavía
por el mundo, del montón infinito
de mis coplas.
Todos fueron confesando su pecado. A todos aquellos ilustres varones les había picado la vanagloria
cuando gozaban la gloria no vana,
y habían deseado saber algo de su
renombre en la Tierra. acordarían de ellos aquí abajo? Y el castigo había sido dejarlos caer juntos,
en montón, de las alturas sobre
aquella nieve, en aquellos picachos,
rodeados de la noche, padeciendo
hambre y trío.
— 192 —
Como pudieron, de mala manera,
empezaron a caminar sobre la nieve, procurando descender, por si
encontraban más abajo rastro de
senda que los guiara a vivienda humana, o por lo menos, a lugar menos desapacible donde aguardar el
día y aguantar el hambre. Porque
es de advertir que aquellos desterrados, en cuanto pisaron tierra,
volvieron a sentir todas las necesidades propias de los que andamos
vivos por este valle de lágrimas.
Jovellanos, por varios signos topográficos, y más por revelaciones
del corazón, insistía en su idea de
que estaban sobre alguna montaña
de Asturias. Los otros llegaron a
creerle, y como práctico le tomaron,
y detrás de él marchaban, dejándole
guiar la milagrosa caravana por las
palpables tinieblas adelante.
—Para mí, señores, estamos en
alguno de los puertos que separan a
León de mi tierra.
—Pues entonces, a fe de Quevedo,
que ya sé quién nos va a dar posada. El oso de Favila.
—Ese no; pero otros no deben de
andar lejos.
Notó Lope que el terreno que habían llegado a pisar apenas tenía
ligera capa de nieve, y era llano.
—IN° tan llano, por Cristo!—gr i
tó Quevedo, que dió un tropezón, y
tuvo que tocar la blanca alfombra
con las manos. Sintió al tacto cosa
dura, y que ofrecía una superficie
convexa y pulida. —Señores—exclamó—aquí hay trampa; con los
pies tropecé en una barra, y entre
los dedos tengo otra.
Agachbse jovellanos y tras él los
demás, y notaron que bajo la nieve
se alargaban dos barras duras como
el hierro, paralelas...
—Esto ha de ser un camino—dijo
D. Gaspar—; tal vez los modernos
atraviesan estas montañas de modo
que a nosotros nos parecería milagroso, si lo viéramos. Yo tengo escrito un viaje que llamo de Madrid
a Gijón, y en él expreso el deseo de
que algún día...
—Jesús nos valga!—interrumpió
Calderón—; entramos en un antro,
en una cárcel.., aquí toco una pared
fría que chorrea... y aquí otra pared...
—Entramos, por lo visto, en la
cueva de un oso. Ya tenemos posada. Dios nos libre del huésped...
Interrumpió a Quevedo y pasmó
a todos un quejido terrible, intenso,
que sonó lejos; un silbido ensordecedor y desconocido de monstruo
desconocido... Y de repente vieron
a gran distancia un punto rojo de
luz que se acercaba; y oyeron estrépito de cadenas y mil infernales
choques de hierro contra hierro;
bramidos horrísonos. Un monstruo
inmenso, negro, que se les echaba
encima para devorarlos, les hizo
con el terror caer en tierra. Todos
se pegaron, cuan largos eran, a la
fría pared, que sudaba una asquerosa humedad. Los más cerraron los
ojos, pero algunos, como Fray Luis
de León y Jovella nos, tuvieron ánimo para contemplar el peligro, y
vieron pasar como un relámpago,
inmenso dragón negro, vomitando
ascuas, rodeado de humo...
teä
—No hemos caído en la Tierra,
sino en el infierno—dijo Quevedo
cuando todos estuvieron en pie, algo
menos asustados, si no tranquilos.
—Salgamos de esta cueva maldita, si podemos—propuso Tirso.
—Volvamos sobre nuestros pasos...
—Sí, una honrosa retirada...
Salieron como pudieron de la cue-
—Bien, pero cosa del diablo.¿Cómo creéis que estemos en la Tierra?
Cría la Tierra monstruos como ese
de fuego, que por poco nos aplasta?
---Quién sabe—dijo Fray Luis—
si los pecados de los hombres han
convertido el mundo en mansión de
terribles fieras traídas del Averno?
—¡Y aquí venimos a buscar gloria
mundana! ¡Y pensábamos que en la
PIAU1-1Y.—Piel de serpiente Sucuriú cogida cerca del Buen Jesús. Mide
sin la cabeza 6 metros y medio de largo. En el centro el P. Francisco
Freiría.
va, antro o lo que fuese; y no teniendo en las tinieblas modo de
orientarse mejor, procuraron seguir
la dirección que señalaban aquellas
barras de hierro, que de vez en
cuando sentían bajo los pies.
—Esto es un camino, señores; no
me cabe duda—dijo el autor del
Informe sobre la Ley Agraria.
—Un camino infernal,
—No, D. Francisco, un camino...
de hierro, pues hierro es esto que
pisamos.
Tierra quedaría memoria de nosotros; y la tierra es vivienda de sierpes y vestigios! ¡Oh! . Quién nos sacará de aquí?
— Sigamos, sigamos—dijo Tirso.
—Señores, atención—exclamó Lope, que iba delante con Jovellanos.
O el miedo me hace ver las estrellas, o una brilla enfrente de nosotros.
--Estrella terrestre? Llámese
candil.
—Sí—dijo Tirso—; allí una luz
— 194 —
ven usteverde... y más abajo,
des otra rojiza?...
—Sí, y esta parece que se mueve.
—¡ Ya . lo creo!, hacia nosotros
viene... .Qué hacemos?
—Señores, a fe de Quevedo, que
me canso de ser cobarde; yo de
aquí no me muevo, venga lo que viniere; más puede en mi el ansia de
saber qué mundo es este y qué
monstruos nos asustan, que el amor
al pellejo...
Nadie quiso ser menos valiente,
y todos, a pie quieto, esperaron el
terrible peligro desconocido que se
acercaba.
La luz, cerca del suelo, avanzaba, avanzaba... De repente un silbido estridente hizo temblar el aire;
cien ecos de los montes repitieron
como un coro de quejidos prolongados el melancólico estrépito...
Aunque la obscuridad era tanta,
pudieron nuestros héroes distinguir
entre la nieve una masa negra, que,
con marcha lenta y uniforme, a ellos
se acercaba.
Nadie se echó a tierra, nadie tembló, nadie cerró los ojos. Como inmenso gusano de luz, el monstruo
tenía bajo la panza bastante claridad para que por ella se pudiera distinguir la extraña figura. Era un
terrible unicornio, que por el cuerno negro arrojaba chispas y una
columna de humo. Montado sobre
el lomo de hierro llevaba un diablo,
cuya cara negra pudieron vislumbrar a la luz de un farolillo con que
el tal demonio parecía estar mirándole las pulgas a su cabalgadura
infernal...
Pasó la visión espantosa, rozando casi con los asombrados inmortales que para no ser atropellados,
tuvieron que retroceder un paso...
Quevedo, decidido a ser quien
era, y Jovellanos con ansia infinita
de saber algo nuevo e inaudito, miraron con atención firme, cara a cara
el andriago que se les echaba encima, y los dos a un tiempo, en voz
alta, sin darse cuenta de lo que hacían, exclamaron:
« ¡Tirso de Molina!»
—Presente—dijo el fraile.
—No es eso—exclamó el autor del
Buscón—. Es que en el lomo de ese
monstruo de hierro que acaba de
pasar, a la luz del farolilo de aquel
diablo, he leído en letras de oro...
eso: Tirso de Molina.
nombre?
—Sí—dijo D. Gaspar—Tirso de
Molina; en letras doradas, grandes.
Yo lo leí también.
qué debemos pensar?—preguntó Cano.
—Nada bueno—dijo Lope.
—Nada malo—dijo Quevedo.
En aquel momento, el monstruo
que se llamaba como el Maestro Téllez, retrocedía deteniéndose pacífico, humilde, sin ruido, cerca de los
pasmados huéspedes celestiales..
« Tirso de Molina», leyeron todos en
el costado del supuesto vestigio. Un
hombre cubierto con un capote pardo, alumbrándose con una linterna,
pasó cerca, y se detuvo a inspeccionar el raro artefacto, que por tal lo
empezó a tener Jovellanos, adivinando algo de lo que era.
"i()5 —
—Señores—dijo el desconocido,
en buen castellano, al notar que varios caballeros, entre ellos clérigos
y frailes algunos por lo visto, ro
deaban la máquina—señores, ¡al
tren!, que aquí se para muy poco.
tren? ¿Y qué es eso? —preguntó Quevedo.
—Pero,¿dónde estamos?--dijo don
Gaspar.
—Pues, ¿no lo han oído? En Pajares.
Mediaron explicaciones. El mozo
de estación creyó que se las había
con locos, y los dejó en la obscuridad; pero jovellanos fué atando cabos, y sobre poco más o menos,
aquellos ilustres varones supieron
de qué se trataba.
Estaban en la Tierra; los hombres atravesaban las montañas en
máquinas rapidísimas, movidas por
e] fuego; ¡y esas máquinas se llamaban... como ellos! Aquella: Tirso
de Molina; otras, de fijo se llama
rían jovellanos, Quevedo, Cervantes... como los demás hijos ilustres
de España.
—Señores—dijo D. Gaspar—ya lo
veis; el mundo no está perdido, ni
nosotros olvidados. Ilustre Poeta
Mercedario, .qué dice Vuestra Merced de esto? ¿Sábele tan mal que a
este portento de la ciencia y de la
i ndustria le hayan puesto los hombres de este siglo el pseudónimo
g lorioso de Tirso de Molina?
Sonrió Tirso, y con toda sinceridad se declaró satisfecho de encontrarse con tal tocayo.
— Verdad es que no lo siento. Pero, a mal mundo hemos venido, si
queríamos para siempre curarnos
de vanidades.
—10h, quién sabe, quién sabe!
Acaso no lo sean—advirtió D. Gaspar—. La gloria que dé el mundo
no es gloria; pero agradecer el recuerdo, el cariño de los míseros
mortales, Dios lo permite en los
bienaventurados.
CLA RIN
(Don Leopoldo Alas.)
La dirección espiritual
Su necesidad.
¡Señor! (decían los criados al Padre de Familias) ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde,
pues, tiene cizaña?—Esto es obra
del hombre enemigo.
La parábola evangélica es de aplicación perenne. Apenas la Iglesia
siembra una buena doctrina, que
debe renovar el fervor de los fieles
y encaminarlos rápidamente a la
perfección, el demonio y las malas
pasiones de los hombres y... de las
mujeres, mezclan al buen grano la
cizaña de sus errores y desatinos.
En los últimos arios hemos visto
la renovación de las doctrinas místicas malamente olvidadas en la
época anterior por gran parte de los
fieles y aun del Clero. Un mejor
conocimiento de la vida espiritual,
de sus encantos y hermosura, debía
arrastrar a los fieles hacia Dios, ha-
n(.
- 14$ —
eiéndoles despreciar todos los encantos y hermosuras terrenas...
pero en seguida apareció el enemigo
sembrando la cizaña en medio del
trigo.
Las doctrinas de la infancia espiritual, de la confianza ilimitada en
Dios, pregonada por Santa Teresita, encantó a muchas personas y
con sobrada razón, pero algunos
creyeron que con esa confianza infantil sobraba la dirección espiritual
y que cada uno debía dejarse dirigir por la luz interior, que no era en
muchos casos más que la propia cabeza dura, origen de funestísimas
ilusiones.
El que esto escribe tuvo que intervenir en una discusión, donde a
pesar de las graves amonestaciones
de Santa Teresa, de las razones de
San Juan de la Cruz y de la doctrina de todos los maestros de vida espiritual, se negaba la importancia
de la dirección y de un buen director.
—Para mí todos son iguales—exclamaba la sostenedora, si no autora
de la nueva vía espiritual—y con
todos me he encontrado muy bien.
—No lo extraño—contesté yo—
pues no hacía caso de ninguno, y
los oía a todos como quien oye llover, según la frase vulgar.
Así llegó a formarse un conjunto
de máximas y doctrinas que estaban completamente fuera de las enseñanzas de los santos y aun (inconscientemente) fuera de la doctrina católica.
San Juan de la Cruz, en esto como
en todo lo referente a la vida espi-
ritual, es uno de los que más a fondo estudiaron las relaciones de la
gracia interior y del magisterio exterior, conciliando perfectamente la
acción de la una con el otro y explicando su aparente antinomia.
El enserió en la Subida al Monte
Carmelo que debían los espirituales
prescindir para dirigirse de las revelaciones, visiones y demás luces
interiores, guiándose en todo por su
director. Sobre esto insiste largamente en muchos capítulos del libro EI, como quien estaba escarmentado por las duras lecciones de
aquellos tiempos.
El ejemplo de los iluminados de
Llerena y de otras partes y de tantas beatas ilusas o embaidoras que
la Inquisición descubrió, hizo al
Santo prudentísimo en esta materia,
sin llegar al extremo de los que
aborrecieron la Mística, encerrán
dose únicamente en la Ascética.
Es claro que alguna Orden religiosa de grande influencia viró completamente en redondo después de
aquellos sucesos, y de allí arranca
su aversión por la Mística, de la que
antes había hecho arma preferente
para la conversión del mundo.
San Juan de la Cruz supo conservarse en el justo medio, a pesar de
ver las llamas del incendio y las corazas del Santo Oficio. Realmente el
podía estar seguro de la eficacia de
la enseñanza mística, pues trataba
con almas donde la acción de la
gracia se manifestaba clara y terminantemente, sin dejar lugar a dudas.
— 197 —
II
La dirección y las revelaciones.
« Si es verdad que da Dios al alma
las visiones sobrenaturales (pregunta el Santo Doctor) no para que
ella las quiera tomar ni arrimarse a
ellas, ni hacer caso de ellas,¿para
qué las da? Pues en ellas puede caer
el alma en muchos yerros y peligros... Responderemos a esta duda...
y es de harta doctrina y bien necesaria a mi ver, así para los espirituales como para los que enseñan...
Que piensan que por el mismo caso
que conocen ser verdaderas y de
Dios, es bueno arrimarse y pegarse
a ellas...»
«Y así les parece que es bueno
admitir las unas y reprobar las
otras, metiéndose a sí mismos y a
las almas en gran peligro y trabajo,
acerca de discernir entre la verdad
y falsedad de ellas. Que ni Dios les
manda poner en este trabajo, ni que
a las almas sencillas y simples las
metan en ese peligro y contienda,
pues tienen doctrina sana y segura,
que es la fe, en que han de caminar
adelante.» (Lib. II, cap. XVI).
« Cuando son visiones imaginarias
u otras aprehensiones sobrenaturales que pueden caer en sentido sin
el albedrío del hombre, digo que en
cualquier tiempo y sazón, ahora sea
en estado de perfecto, ahora de menos perfecto, aunque sean de parte
de Dios, no las ha el alma de pretender ni detenerse mucho en ellas,
por dos cosas: la una porque como
habemos dicho, pasivamente hacen
en el alma su efecto, sin que ella sea
parte para impedirlo.., y por consiguiente, aquel segundo efecto que
había de causar en el alma, mucho
más se le comunica en sustancia,
aunque no sea de aquella manera,
porque en renunciar estas cosas con
humildad y recelo, ninguna imperfección ni propiedad hay, antes desinterés y vacío, que es mejor disposición para la unión con Dios.»
«La segunda es por librarse del
peligro que hay y del trabajo en
discernir las malas de las buenas y
conocer si es ángel de luz o de tinieblas; en que no hay provecho ninguno, sino gastar tiempo y embarazar el alma con aquello » . (Libro II,
capítulo XVII).
Sobre esta doctrina, como tan fundamental, iniste el Doctor Místico
muchas veces y con todo género de
razones, condenando a los directores que hacen caso y dan importancia a tales visiones y luces, pues con
eso crían en sus dirigidos vana estima de sí mismos y apartan su atención de las verdaderas y sólidas virtudes y de la perfecta abnegación,
que era lo único importante.
Inútil decir que con esta doctrina
tan nueva para los ignorantes y
para las almas vulgares, están conformes todos los grandes maestros
de espíritu. Recuerdo, entre otros,
al mercedario P. Juan Faleoni, famoso director de almas en Madrid
durante la primera mitad del siglo XVII y promotor acérrimo de la
comunión frecuente y diaria en su
libro El Pa n Nuestro de Cada
Día.
— 198 —
En otros libros, que produjeron
también grande efecto, empuja con
no menos bríos hacia la oración y
contemplación, pero sostiene abiertamente que las personas espirituales no deben guiarse por las visio
nes y luces interiores, sino por la de
la fe y de un prudente director. eNo
es eso una irreverencia e ingratitud
a las divinas inspiraciones? ¡De ningún modo! Antes ese es el camino
elegido por Dios, como se demuestra con toda clase de pruebas teológicas.
Serán, pues, inútiles esas gracias extraordinarias? Menos todavía, pues cuando Dios quiere que lo
por El indicado se cumpla, hace
también que el director lo acepte y
se rinda, a pesar de todas sus resistencias.
San Juan de la Cruz tenía, sin
duda a la vista, además de su experiencia propia, la de Santa Teresa,
que mil veces asegura haberlo probado.
De ese modo tan divino se conserva la unidad de la Iglesia y la subordinación a las autoridades legítimas, sin quitar nada a las mociones internas del Espíritu Santo en
cada alma.
Los que temían ver en la vida
mística algo del espíritu privado de
los protestantes, pueden serenarse
com pletamente.
FR. G. V.
(Continuará).
—
Suscripción para una beca.
Pesetas.
Francisca Sánchez Antonio Fernández Cuesta Srta. Mercedes Casanova 3
5
25
199 —
Para Ferrol, donde se pondrá al
frente de la importante iglesia y Orden
Tercera de los Dolores, confiada a
nuestra Orden, salió el Padre Agapito
Fernández Alonso, que hasta ahora
dirigía el Colegio de Herencia.
En este cargo le sustituye el Padre
Gumersindo Placer, recién ordenado
Favores de Nuestra Madre.
Damos infinitas gracias a la Santísima Virgen y a la Beata Mariana porque nuestra hermana en el reconocimiento no tuvo lesión. Que nos la siga
protegiendo y que la veamos pronto
bien del todo.
Dos Terciarias de tu Orden.
NOTICIAS
MADRID
Estudiando la documentación y los
libros del Padre Falconi, sobre el que
prepara una importante obra, estuvo
en nuestra casa de la Buena Dicha el
profesor de la Universidad de Liverpool Mr. Allison Peers.
Nombrado Provincial de Valencia,
salió para su destino el R. P. Martín
Ortúzar, cuyos artículos tanto gustan
en nuestra revista. Que el Señor bend i ga sus desvelos y que él no olvide su
colaboración en LA MERCED.
En cambio esperamos aquí al provincial saliente Padre R. Delgado, que
tantas simpatías goza dentro y fuera de
la Orden.
en Poyo.
Hemos tenido el gusto de saludar
aquí al M. Rvdo. P. Avelino Ferreira,
Secretario general de la Orden, lamentando que su visita fuera tan rápida por
la urgencia de regresar a Roma. Esperamos que otra vez nos visite más despacio.
En Don Juan de Alarcón.—Solemnisima de verdad resultó la primera comunión de las niñas del Colegio de
nuestras Madres, celebrada el día 9 del
corriente. Asistieron muchísimas antiguas alumnas y las familias llenaban
completamente la espaciosa iglesia. El
Padre Miguélez dirigió una afinadísirna
orquesta acompañando el canto de las
alumnas, que resultó maravilloso.
BARCELONA
Han sido elegidos para regir los destinos de nuestra Provincia de Aragón:
Provincial, el Rvdo. P. Tomás Tajadura; Diputado al capítulo general, el
Padre Florencia Nualart. Definidores,
los RR. PP. Ramón Martín, Mariano
Alcalá y Pablo Planas. Nuestra más
cordial enhorabuena y que el Señor
corone sus esfuerzos para bien de la
Provincia.
TARANCON (Cuenca).
Con gran concurrencia de fieles, que
luego cumplieron el precepto pascual,
predicó un triduo en Tarancón el Reverendísimo P. Inocencio López, dando
también ejercicios a las Hermanas Mercedarias.
SARRIA (Lugo).
El 22 de Abril hizo solemnemente su
profesión de los primeros votos en el
Convento de Mercedarias Sor María
de Jesús Alvarez García. Fueron padrinos su señora madre D. Jesusa García, viuda del distinguido médico y arqueólogo D. Eduardo y D. José Alvarez, Presbítero, hermano de la profesa,
el cual ofició en la misa cantada por la
Schola de los PP. Mercedarios. Recibió
los votos el P. Comendador Fr. Severino Vega, que hizo una hermosa plática.
A todos nuestra sincera enhorabuena.
ILLESCAS (Toledo).
En el Colegio de las HH. Mercedarias de la Caridad ha dado a las señoras
Ejercicios espirituales el P. Delgado
Careáns, del 23 al 28 del próximo pasado. La amplia capilla era incapaz para
contener el numeroso público que asis
tía a todas las distribuciones ávida de
escuchar las sublimes verdades de nuestra santa Fe. En la Misa de Comunión
se acercaron a recibir el Pan de los
Angeles numerosas señoras y todas
las alumnas del Colegio.
HERENCIA (Ciudad Real).
Triduo en honor de la Beata Mariana de Jesús.—Comenzó el día 15 de
- 200 —
Abril, terminando el 17. El último día
hubo sermón, que predicó el P. Comendador. Numerosos fieles se acercaron
a besar la reliquia de la Beata Mariana.
Triduo misional en Villana y Arenas de San Juan, organizados y costeados por las Marias de los Sagrarios
de Herencia. El P. Fernando Díez, Comendador de los PP. Mercedarios, predicó sendos triduos en dichas villas.
Todos los días, a las once de la mañana, explicaba el Padre la doctrina a los
niños y los preparaba para la comunión, y por la noche, a las nueve, se
rezaba el santo Rosario, seguía el sermón moral, exposición del Santísimo,
bendición y reserva.
La asistencia a estos actos fué numerosa, y a la comunión del domingo se
acercaron muchos fieles, algunos por
vez primera. Al fruto de esta labor mi-
S II M
EL INFANTE
D.
sional contribuyeron muy eficazmente
varias Marías activas de Herencia, que
se impusieron el sacrificio de asistir
todos los días, para enseriar la doctrina
a los niños y solemnizar los cultos con
hermosos cánticos. ¡Que el divino Prisionero del Sagrario se lo premie como
merecen!
Indulgencias del mes de junio.
Día 7.—Fiesta del Sagrado Corazón.
Absolución general.
Día 22.—Cuarto sábado. Indulgencia
plenaria, asistiendo a la misa de nuestra Madre santísima.
Día 24.—Fiesta de San Juan Bautista. Absolución general.
Día 29.—San Pedro y San Pablo. Absolución general y otra indulgencia
plenaria, visitando la iglesia.
é R.
JAIME, ARCHICOFRADE DE LA MERCED.- EL MANÁ Y LA EUCARISTÍA,
por Fr. G. Ntkizz.—EL PROBLEMA DE LA DELINCUENCIA INFANTIL, por Fr. R. Delgado.—
EN EL ANIVERSARIO DE MI VENIDA AL CONVENTO,
por Sor J., Mercedaria.—EN
MI ELEMENTO,
por Fr. P. Gazulla.—PÁGINA MISIONAL-EL H. CONVERSO, Fr. José Molineros Orjales.
LA ABSOLUCIÓN,
por Julia G. -
UN PUÑADO DE VERDADES,
ller,to Vázquez.--TIRSO DE MOLINA, por Clarín.
G.
por Fr. Gui-
-LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL,
por Fray
V.—SUSCRIPCIÓN PARA UNA BECA.-FAVORES.-NOTICIAS.-INDULGENCIAS DEL MES.
CON LAS DEBIDAS LICENCIAS
Editorial Católica Toledana, Juan Labrador, 6, teléfono 211.

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