diario de un silvestrista

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diario de un silvestrista
DIARIO
DE UN
SILVESTRISTA
MARLYN BECERRA BERDUGO
Certificado de Registro de Obra Literaria Inédita
10-495-65
Radicación: 1-2015-13992
De la Dirección Nacional de Derecho de Autor
Del Ministerio del Interior de la República de Colombia.
Reservados todos los derechos.-
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“Mientras yo sigo soñando, a Ustedes les pasa lo mismo y eso nos
mantiene vivos” Silvestre Dangond.-
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CON CARIÑO PARA:
LA HEROICA SILVESTRISTA
MARIMAR ARIZA
KATHERIN PORTO
CLUB SILVESTRISTA DEL SINÚ
CLUB SILVESTRISTA DE
SINCELEJO
GANADORES DEL CONCURSO MI
SEGUIDORA Y YO.-
B.B. MAY.-
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ANA
MARLYN BECERRA BERDUGO
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Dedicatoria Especial
Dedico el Diario de Un silvestrista a la memoria de mi padre
Luís Humberto Becerra, su recuerdo vive en mi corazón y es él
la mayor fuente de inspiración que tengo y tendré en mi
vida.-
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“No hay nada que el Silvestrismo no pueda curar”
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LA HISTORIA DE ANA
Después de tres copas de vino, pagué la cuenta y le pedí al
mesero un taxi, cuando subí a aquel automóvil, no sospechaba
los cambios que llegarían a mi vida, ni hasta donde me llevaría
abordarlo.
-
¿Dirección a la que va señorita? Preguntó el joven taxista.
-
¡Por favor! Dije ¿Puede dar algunas vueltas por la ciudad?
Necesito aire fresco.
Sin más, el taxista aceleró el automóvil y nos adentramos en las
calles de la ciudad. Durante un largo rato permanecimos en
silencio, bajé la ventanilla y respiré acompasadamente el aire
gélido de la noche, dejando que el viento se llevara uno a uno,
mis temores. Pensé en Rafael; sus celos perturbaban mi vida, él
insistía en que la solución era casarnos.
-
¿Desea ir a algún lugar señorita? Preguntó el taxista.
-
Sí, quisiera divertirme un poco, hoy es mi cumpleaños
¿Conoce un lugar bonito, donde la gente sea feliz?
-
¡Feliz cumpleaños! Exclamó. Luego de pensar un poco
contestó mi pregunta. Hay un bar muy alegre, se llama “Mi
Gente”, queda en un barrio sencillo y no sé si Usted desee
ir allí.
-
Lléveme, me gusta el nombre, lo único que le pido es que
vuelva por mí en dos horas, me sentiré más segura si
Usted regresa.
-
Sí, no hay problema señorita.
Agradecí la recomendación, pagué la carrera y me despedí de mi
guía nocturno. El lugar como bien había dicho el chofer del taxi,
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era sencillo, la música me llegaba cada vez que abrían y cerraban
la puerta. Debí esperar unos veinte minutos, ya que examinaban
a cada cliente por medidas de seguridad; pensé que Rafael
moriría de un infarto, si me hubiese visto, con mi vestido rosa y
tacones de aguja, en un Bar como este.
Cuando llegó mi momento de entrar, un joven agradable me
recibió dándome un folleto del lugar, me brindó una hermosa
sonrisa y me dejó pasar. Pensé que por una sonrisa como aquella,
valía la pena haber escapado por dos horas, de los formalismos
que rodeaban mi vida.
Al entrar en el local, una señorita de cabello rubio platinado, me
ofreció una bebida blanca, servida en una pequeña copita, la
acepté entusiasmada. Me habían dado la bienvenida más calurosa
del mundo, el liquidó quemó mi garganta, era alcohol puro.
<<Así se celebra un cumpleaños>> Pensé.
Quería sentarme en la barra. Dudé por un instante. Rafael decía
que era de mal gusto, que los hombres piensan que si una chica
se sienta en la barra, anda buscando fiesta. Yo no buscaba nada
malo, pero si quería fiesta, así que tomé un segundo trago de la
rubia y con determinación, busqué un sitio en la barra.
Como bien lo decía el nombre del local, era un lugar de gente,
estaba abarrotado esa noche, así que, en la primera silla
disponible me senté, con la más mínima intención de pararme de
allí, hasta que me rescatara mi taxista, así que pedí al barman, la
bebida de la casa. Me fue imposible creer que el chico de la barra
era exactamente idéntico al de la puerta; cuando él me vio con la
boca abierta, sonrío de la forma más bella que puede hacerlo un
hombre, más hermoso que el chico de la recepción del Bar.
-
¡Gemelos! Logre leer de sus labios. Sonreí y le pedí a toda
voz, la bebida de la casa. La música en aquel lugar era
realmente alegre.
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En instantes me sirvió una enorme copa con un líquido rojo, al
cual el joven de la barra prendió fuego y me pidió con señas que
apagara las llamas.
Soplé tan fuerte, como si se tratara de mi pastel de cumpleaños y
aplaudí, como si nadie me estuviera viendo, me acerqué a la copa
y di un pequeño sorbo a mi bebida. Fue increíble, no era dulce,
tan poco amarga, me hizo cosquillas en la garganta; y debo
confesar que me sentí feliz. El joven sonrió y me guiñó un ojo.
Con señas, cual si fuéramos mudos y sordos, le pregunté que
cómo se llamaba el trago, y en vez de gritar o dibujar palabras en
el aire, tomo un bolígrafo y en una servilleta escribió:
“Silvestrista”.
No entendí por qué recibía aquel nombre, pero igual pedí uno tras
otro, y creo que tomé muchos silvestristas. Mientras tomaba mis
bebidas calientes y alegres, se me acercaron varios jóvenes, pero
con mucha educación les insistí que esperaba a alguien. A la hora
de mi ingreso en aquel alegre lugar, el muchacho de la barra,
desapareció y lo sustituyó un chico moreno, debo decir que
aquello me incomodó un poco. Me encantaba esa sonrisa, estuve
a punto de pagar la cuenta e irme, pero recordé que mi taxi de
confianza aún demoraba.
- ¿Te puedo acompañar? Dijo una voz en mi oído. El chico de los
tragos rojos, estaba a mi lado.
- ¡Claro!- Respondí. Me sentía totalmente fascinada, en sus ojos
brillaba un fuego, jamás en toda mi vida, había visto una mirada
tan resplandeciente.
- Creo bonita que te han gustado “los silvestristas”. Llevas unos
cuantos y no aparentas estar ebria.
- ¿Tienen mucho alcohol? Le miré hipnotizada.
- La mezcla es fuerte, no te digo los ingredientes porque me
robas la receta bonita. La punta de sus dedos tocó mi nariz. Aquel
gesto me hirvió la sangre, debí verme más roja que mi bebida,
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pues me sentí muy sonrojada. Traté de comportarme como
siempre lo había hecho en mi vida, de forma fría y respetuosa, así
que le pregunté lo primero que se me vino a la cabeza.
-
¿Por qué mi bebida se llama Silvestrista? No tiene mucho
sentido, algo silvestre debería ser verde, no rojo.
El joven soltó una carcajada y todo su rostro se iluminó, pude
detallar sus hermosos ojos, su cabello era claro, no como la chica
del trago de alcohol, era un rubio mucho más oscuro.
-
Se llama así por mi cantante favorito. ¿Nunca has
escuchado a Silvestre?
-
¡No! Conteste. En realidad ese nombre solo me hizo pensar
en los pajaritos de la selva.
Mi hermoso acompañante le hizo señas al otro barman, quién se
retiró a buscar algo, de pronto, la música del bar cambió por lo
que reconocí como vallenato, algo muy rápido, y en la enorme
pantalla del Bar, vi por primera vez a Silvestre, el cantante
aunque tenía sobrepeso, tenía movimientos muy rápidos y
diferentes a cualquier baile que hubiera visto en videos; la gente
del bar, lo conocía bien, todos aplaudían y bailaban como locos.
Mi acompañante de mirada radiante, me tomó de la mano y me
llevó a la pista de baile, no tuve tiempo de negarme, además los
tragos rojos “silvestristas” comenzaban a hacerme efecto; y mi
alegría se unió al gentilicio del local. Sin saber cómo bailar, no
hice más que moverme un poco y aplaudir, sentí lo que era ser
libre, me sentí feliz de estar allí con el hombre más lindo del
universo.
La melodía cambió y el vallenato del cantante se volvió
romántico, todos comenzaron a bailar tiernamente con sus
parejas, por lo que me dirigí a mi respectivo asiento, el joven a
mi lado, era hermoso, pero también era un desconocido. Recordé
que pronto me casaría; y que no debía mirar de esa forma a otro
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hombre, lo que estaba haciendo era impropio y debía irme de
inmediato.
-
¿Te has molestado bonita? Preguntó el muchacho.
-
¡No! Solo estoy cansada. Dije enfadada conmigo misma.
-
¿Quieres otro trago? Lo invita la casa. Dijo sonriendo.
-
¡No! Eres muy amable, pero ya vienen a buscarme y estoy
algo mareada. Tomé mí cartera, lo miré por última vez y
me fui de aquel alegre lugar a mi mundo real.
Cuando llegue a casa, cerré la puerta suavemente y me senté a
llorar, sin saber por qué, me dolía el pecho, me quité los tacones
y los arrojé al pasillo. Recordé todas las enseñanzas de Rafael,
cosas que siempre me parecieron entupidas, como: <<Una mujer
decente no sale sola>> <<Debes usar tacones, son zapatos de
mujer, no los que usas>> <<Jamás debes aceptar un trago de
otro hombre, eso hablará muy mal de ti>>.
¡ESTOY CANSADA DE QUE GOBIERNES MI VIDA! Grité al pasillo
oscuro de mi casa. Las lágrimas me golpearon de una forma
extraña, me levanté, estaba mareada. Conseguí la puerta que
buscaba, encendí la luz. El espejo me devolvió el espectro de una
mujer que no quería reconocer, los trastornos alimenticios que
padecía, por no querer engordar, se me notaban cada vez más,
estaba pálida y famélica. Dos gruesas gotas negras me marcaban
las mejillas ¡DETESTO EL MAQUILLAJE! Me grité a mí misma, y
frente al espejo me quité el vestido rosado, abrí la llave de la
regadera y me acosté en la bañera.
Pensé en ese instante que había bebido demasiado, mientras el
agua fría me calmaba el mareo. Unas cuantas lágrimas más
persistieron, hasta que recordé el rostro de los gemelos, eran
como ver al hombre de tu vida, dos veces. Su dulce rostro, su
mirada brillante y alegre, su retrato estaba impreso en mi
memoria.
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¡NO! No, son los “silvestristas” es mi vida la que me tiene mal.
Dije, caminando desnuda hacia mi habitación. Me gustaba sentir
la piel húmeda, que las gotas se deslizaran y el frío me calmara
las tristezas.
Sin saber cómo, una insistente canción de vallenato, sonaba una
y otra vez, dentro de mi cabeza, para poder librarme de ella, me
fui a dormir.
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SILVESTRE
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RAFAEL
A la mañana siguiente, me desperté con un terrible dolor de
cabeza, los “silvestristas”, me habían estallado tan pronto toqué
la cama. Me tomé dos pastillas con un vaso de agua y unas gotas
de limón, y al encender mi celular pensé que el mundo se me
venía encima.
<<Rafael>>
Tenía nueve mensajes de voz y varios de texto, no escuché ni leí
ninguno, sabía perfectamente que Rafael estaba furioso, por no
haberme controlado la noche anterior. Como por arte de magia,
el teléfono dio un pitido y contesté.
-
¿AL MENOS ESTAS VIVA? Más que una pregunta, fue un
grito que retumbó en mi cerebro.
-
¿Es necesario que grites? Murmuré.
Increíblemente Rafael colgó la llamada, lamenté haberme portado
grosera, pero el dolor de cabeza no me permitió contestar nada
más. Dormí durante horas, era domingo y no trabajaría hasta el
día siguiente. A eso de las tres de la tarde y luego de una sopa de
cebollas, recuperé mi ser, y lo primero que se me vino a la mente
fue la melodía de la noche anterior, no recordaba la letra, pero
era agradable la alegría que emanaba de mis recuerdos, su
sonido estaba impregnado en mi memoria.
-
No sé su nombre, no le pregunté su nombre. Susurré.
Busqué mi cartera y encontré la servilleta “Silvestrista”,
nada más, ni un número telefónico, ni nada que me
indicara quién era. En el folleto del bar, solo había los
diferentes nombres de bebidas alcohólicas y sus precios,
ninguna información más.
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Fue una semana insoportable, Rafael gritó, casi todos los días, me
regañó como a una niña, y no sentí las menores ganas de
disculparme, yo no había cometido ningún crimen, solo celebré
dos horas mi cumpleaños, era mi derecho, pero tampoco quise
agrandar el asunto y me mantuve al margen de la discusión.
Siempre que Rafael gritaba, yo me sumía en un silencio sepulcral.
-
Ahora la señorita después de perderse toda una noche, no
me habla, ¿Qué hubieras dicho, si quien se va de fiesta soy
yo? El peor hombre del mundo… ¡Ana mírame cuando te
hablo! Sabrá Dios con quién estabas, o qué hiciste, te has
comportado como una cualquiera.
-
Estas gritando Rafael; y así, de verdad que no puedo.
Durante días profesé las enormes ganas de regresar aquel
sencillo Bar, anhelaba saber el nombre del muchacho de bonita
sonrisa. Pero no me atrevía a ir sola de nuevo, sentía que
cometería un grave pecado. Por más que les pedí a mis decentes
amigas que me acompañaran, ninguna quiso ni por asomo ir a
aquel barrio, supuestamente peligroso. Insistían en que no era un
lugar para una mujer comprometida.
Dos semanas después de mi cumpleaños, decidí arreglar las cosas
con Rafael, así que fui a su casa. Para mí sorpresa había una
fiesta esa noche, y al llegar noté incomodidad en todos sus
amigos. Por lo visto no esperaban que asistiera. Los saludé como
si supiera que allí había una reunión, busqué a mi prometido con
la mirada y no lo vi, hasta que la cara que puso mi suegra me
mostró, que algo pasaba. Instintivamente fui a la habitación de
Rafael, no estaba solo, con él se encontraba una joven muy
bonita y muy alta, yo no entendía que ocurría.
Miré a Rafael y su rostro estaba blanco como la hoja de un papel,
la joven me miró y Dijo: ¡Soy su prometida! ¡Vamos a casarnos!
Creo que sentí en ese instante lo que en derecho se llama intenso
dolor, una cinta negra se desprendió de mis ojos, era como si
hubiera estado vendada hasta entonces, apreté mis puños y lo
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miré, fue sorprendente ver como el hombre que dominaba mi
vida, era alguien que no dominaba la suya. Él bajo la mirada, lo
cual me bastó para marcharme.
Mi taxi esperaba afuera, alguien gritó algo, otra mano trató de
detenerme, escuche a alguien decir que no quería un escándalo,
creo que golpee a Rafael, a la muchacha o a ambos, no puedo
saberlo a ciencia cierta, solo sé que iba a la casa de mi madre por
un revolver. El intenso dolor produce un efecto mortal en la
persona que ha sido engañada y si aún viven es por obra del
destino.
Pensé en matarlos, pensé incluso en matarme. Durante años
había sido sumisa, buena chica, tranquila, una joven de buena
familia, y todo era una sucia mentira. Ahora entendía por qué me
trataba tan mal. Ahora entendía sus celos, y por qué me
manipulaba para ser la niña más ejemplar. Sentía a cada segundo
que mi corazón se quebraría y que en cualquier momento
explotaría. Pero una melodía en mis recuerdos me llevó a otro
lugar, le pedí al taxista que cambiara el destino, que me llevara a
“Mi Gente”, el taxista diligentemente me dejó allí; y en la gran
pantalla estaba Silvestre, cantando y bailando. En la barra vi al
otro barman, el chico moreno, le pedí un “silvestrista” y me lo
negó con la cabeza.
Observé el lugar, sin entender; y los labios del barman se
movieron para decir “Se ha ido”, le pedí un tequila. Decidí no
llorar, calmarme, si no me adueñaba de mis emociones cometería
una locura, sabía las consecuencias de matar a alguien, tanto
penales
como
espirituales,
necesitaba
controlarme
y
precisamente eso hizo la música de Silvestre.
Por cosas de la vida, le di toda mi atención a Silvestre, y de
pronto en el escenario del video, en lo que parecía un concierto,
una niña especial lo saludaba, ella me enterneció el alma, y logré
dominarme por fin. Silvestre la sentó en sus piernas, le cantó,
bailaron juntos y el cantante dijo: “Dios te bendiga Melisa”, la
niña que él llamó Melisa, gritó emocionada por el micrófono y yo
allí delante de todo el mundo, me puse a llorar.
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Esperé a que cerraran el bar, necesitaba saber sobre el chico
rubio o su hermano, y el barman de esa noche, me contó que los
gemelos se habían ido a probar suerte en otra parte.
Tomé un taxi a mi casa a las 4:00 de la mañana, ni siquiera
pregunte el nombre del silvestrista, porque no tenía sentido
saberlo. Una depresión absoluta se apoderó de mi alma, me
declaré enferma y durante días perdí la noción del tiempo. Tomé
pastillas para dormir y al despertar volvía a tomarlas, duraba más
de 24 horas, completamente dormida; y al despertar lloraba
como si mi madre hubiera muerto. Dejé de comer, dejé de vivir
durante mucho tiempo, pensé en suicidarme una y otra vez, lo
único que lo evitó fue dormir, y dormir durante días. Poco a poco
volví a comer, y por obra y gracia del destino, aprendí a respirar
nuevamente y decidí levantarme de la cama y vivir.
Me fui de la ciudad y comencé de cero en otra, me entregué a mi
nuevo trabajo, y me recuperé poco a poco de mis complejos, lloré
noches enteras, tomé antidepresivos y pastillas para poder dormir
por las noches. Rafael había logrado hacerme un hoyo enorme en
el corazón; lo único bonito que recuerdo, durante ese tiempo de
vivir como un autómata, es la música del Silvestre, cuando más
triste o sola me sentía, él con sus melodías llenaba mi vida.
Colmó poco a poco mi corazón de su alegría y sin saber cómo o
por qué, me convertí en fanática o como se le dice a sus
seguidores, me bauticé “Silvestrista”.
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“… y sin saber cómo o por qué, me convertí en fanática o como se le dice a sus
seguidores, me bauticé Silvestrista.”
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TERESA
Una noche mientras trabajaba largas horas en el computador,
sentí un vacío tan grande, que decidí en ese instante que
necesitaba una ilusión, era el momento de aceptarlo, tomaría mis
vacaciones para irme por primera vez a un concierto de Silvestre
en Colombia.
Tomar la decisión y hacer las maletas fue cuestión de horas, dejé
la oficina en orden; y tras la puerta del despacho mi envestidura
de abogada, dije adiós a mis seres queridos y tomé un vuelo a
Valledupar, tenía suficiente dinero y dos meses completos para
llenar mi vida de alegría. Sin embargo, en la vida las cosas no son
color de rosa, y las enseñanzas cuando crees que han llegado,
apenas comienzan, el camino que había emprendido en el taxi la
noche de mi cumpleaños, apenas iniciaba.
Me hospedé en un hotel hermoso cercano al lugar donde se
realizaría el concierto, pero apenas bajé a comer algo, mi vida
cambio para siempre, el barman del restaurante, era el joven por
el cual, había conocido sobre Silvestre Dangond.
-
¡Hola bonita! El silvestrista estaba ante mí.
-
¡Eres tú! Dije sin poder creer lo que veían mis ojos. Él
sonrío y llenó mi vida con su existencia, olvidé por un
instante quién era yo misma y en donde estaba. Sus ojos
pardos eran penetrantes, que brillaban con tal intensidad,
que me sentí desarmada ante su existencia.
-
¿Qué haces tan lejos de casa? Preguntó, pero no pude
contestar, lo miré como si fuera irreal.
-
¡Soy Ana! Fue lo único que pude decirle.
-
¡Mathias!, no me dirás que has venido siguiéndome. Y su
carcajada me lleno el alma.
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-
¡No! Dije. Vine a realizar un sueño, quiero que Silvestre me
conozca.
-
¿Ahora eres silvestrista? no esperaba menos.- Dijo.
-
Sí, ahora soy muy alegre y te agradezco por haberme
presentado a mi Ídolo.
-
Te traeré tu bebida, y tomaré mi descanso. Me guiñó un
ojo y regresó con una enorme copa roja.
Hablamos durante horas, me desahogué con Mathias, me disculpé
por salir tan groseramente del Bar aquella noche, pero le confesé
que me había sentido mal por divertirme y durante mucho
tiempo, me arrepentí de haberlo hecho, le conté que fui a
buscarlo al Bar días después, y algunas cosas de las que pasaron
con Rafael.
Él solo me preguntó si tenía novio actualmente, y nos reímos
durante horas. Sentí que había encontrado la felicidad, pero que
debía tener cuidado, no quería lastimar a nadie, y menos, que
volvieran a romperme el corazón.
Paseamos de día por Valledupar, y de noche, yo lo observaba
trabajar hasta tarde, así pasaron algunos días. Para el concierto
aún faltaba algún tiempo.
-
Hoy te llevaré a conocer a alguien muy especial. Dijo
Mathias una tarde.
-
¿A dónde vamos? Quise saber.
-
Hoy te presentaré a mi amiga Teresa, ella es una de las
Silvestristas más bellas que conozco, es alguien muy
especial y nadie en esta vida se parece a ella.
Es innegable que sentí celos de esas palabras, y hasta pensé que
Teresa sería su novia. Para mi sorpresa, era una chica de mi
edad, muy hermosa, pero estaba en sillas de ruedas.
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-
¡Hola hermosa! - Dijo Mathias, y la chica se aferró a él
como si estuvieran despidiéndose. ¡Ella es Ana! Dijo
refiriéndose a mí. Y por primera vez conocí en la mirada de
alguien, las verdaderas ganas de vivir. Me acurruqué a su
lado y ella me dio un beso en la mejilla. Si el corazón de un
ser humano se puede encoger, el mío se volvió diminuto.
Verla con su pañoleta roja, cubriendo la calva donde alguna
vez existió un hermoso cabello, me lastimó el alma.
-
¡Hola Ana! Dijo abriendo sus ojos como platos. Mathias me
ha dicho que has venido a ver a Silvestre desde muy lejos.
Me parece increíble y muy divertido hacer algo así. Yo
quiero ir al concierto, pero mis padres no me dejan ir,
porque no pueden acompañarme, y aunque pudieran no
me llevarían, me tratan como si fuera un bebé.
-
¿Y si vamos los tres? Pregunté sin medir la responsabilidad
del compromiso que asumía ante aquella familia. Pero ya
no podía ir sin Teresa, era evidente que tenía una
enfermedad grave, y mi sueño de que Silvestre me
conociera, podía esperar. El rostro de Teresa se iluminó con
la idea y Mathias me dedicó su mejor sonrisa. Fue un
instante que jamás olvidaré, cada uno de nosotros se llenó
de felicidad infinita, cada cual por sus propios motivos.
Mathias me explicó que Teresa sufría de Cáncer en el estomago, y
que los médicos hacía mucho, la habían desahuciado, la
quimioterapia había dado sus frutos pero el mal había ganado la
batalla. Durante días su historia me hizo sentir culpable, yo me
lamentaba por el engaño de un hombre, cuando existían personas
con verdaderos dolores y con más ganas de vivir que yo. Me
sentía avergonzada de haberme mantenido dormida durante
tanto tiempo, en lugar de luchar, perdí mucho tiempo de mi vida
en algo que simplemente no valía la pena.
Una tarde paseando con Teresa por una plaza de Valledupar, la
chica me agradeció que la apoyara a ir al concierto. Conduje su
silla de ruedas hasta una banca de la plaza y me senté a
contemplar a los niños correr detrás de las palomas.
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-
¡Ana! Dijo Teresa. Tal vez no ahora, tal vez no después,
quizás dentro de unos años, estoy convencida que Silvestre
va a conocerte, y por eso quiero pedirte que le digas lo feliz
que me hizo; y que, sus ojos amarillos son como dos
solecitos que me iluminarán siempre, vaya a donde vaya.
Al decir esto dos enormes lágrimas brotaron de sus ojos.
-
No digas tonterías Teresa. Dije secando su rostro. Se lo
dirás tu misma. Te prometo que haremos todo lo necesario
para acercarnos a él y que te de un besito en la mejilla.
-
No creo Ana, acercarse es muy difícil, él es muy famoso, y
entiendo que no nos puede conocer a todos y cada uno de
los silvestristas, pero tengo fe en ti Ana, tú le hablaras
algún día de la loquita de Teresa, y del amor tan grande
que le tuve.
-
Te prometo que Silvestre sabrá que Teresa la más bella
silvestrista que ha existido… lo ama. Dije lanzándome a
llorar entre sus brazos. La amaba y aceptar que moriría me
causaba el dolor más grande del mundo. Lloramos juntas y
la Plaza Alfonso López fue testigo de mi promesa.
Aquella noche supliqué a Dios que curara a Teresa, que le diera
salud. Ella era demasiado joven y hermosa para morir, no era
justo que alguien tan puro sufriera así, habiendo tanta vida en
sus ojos cafés. Lloré hasta quedarme sin lágrimas.
Mi oración se quedó en el aire, pocos días antes del concierto,
Teresa había muerto; se había ido a ser feliz con Dios a otro
lugar. El día de su entierro me quedé al lado de su lápida, con
una rosa roja entre las manos, hasta que volví a formular mi
promesa, dejé la rosa arriba de todas las demás flores y nos
dijimos adiós.
El día del concierto de Silvestre, lloré y lloré, en la habitación del
hotel en los brazos de Mathias.
-
¡No puedo ir al concierto! Sollocé.
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-
Tienes que ir, es lo que Teresa quería.
-
Por favor entiéndelo, ya no puedo ir, ella… ella.
-
Si lo sé, ella se ha ido, pero no podías hacer nada, era
como mi hermanita y no pude hacer nada tampoco, pero
ella te dejó un encargo y debes cumplirle, vamos vístete de
rojo, Silvestrista… nos vamos.
Aquel primer concierto, aunque me rodeaban miles y miles de
personas, me sentí inmensamente sola, estaba tan triste, era
como si la muerte de Teresa me golpeara contra una pared, pero
a su vez, como si Rafael me volviera a engañar, como si toda la
depresión del mundo se alojara en mi corazón.
Logramos llegar hasta la baranda principal y me aferré allí
durante horas, era permanecer allí de pie o echarme a llorar sin
consuelo. La gente aclamaba, gritaba, el lugar estaba a más no
poder, miles y miles de historias en cada silvestrista, y Teresa,
allí debía estar Teresa, me aferré a esa idea, y las luces me
cegaron por un instante, mi cantante salía al escenario. Grité,
grité, grité durante todo el concierto, lloré y me abracé al pecho
de Mathias. Me sentí cansada y aunque estuve muy cerca,
Silvestre, él no pudo verme.
-
¡No le cumplimos a Teresa! Susurre al oído de Mathias,
cuando el concierto terminó. Él me abrazó y sin decirme
nada y sin darme casi cuenta, me besó. Allí en ese
instante, fui profundamente feliz.
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CLUB DE TRES
Mi estadía en aquel hermoso lugar llegó a su fin, debía irme
dejando los sueños atrás, dejé a Mathias, escondí todos mis
sentimientos bajo llave, dejé rosas rojas en la lápida de Teresa, y
me marché, lo único que llevaba conmigo a flor de piel para que
la tristeza no me consumiera, era el recuerdo del concierto, las
canciones más alegres de Silvestre.
Mathias tenía su vida, y yo un lugar en el mundo, con realidades
y luchas que debían continuar, ni por un instante consideré la
idea de quedarme o rogarle al amor que me siguiera, porque
aprendí, que el amor llega y se queda contigo cuando debe llegar;
y cuando es todo para ti, sin obligar ni presionar, él simplemente
llega.
Pasó un año inmensamente largo antes de las vacaciones de
agosto, durante todo ese tiempo no abandoné mi pasión por el
silvestrismo, era lo que estaba conmigo y a mi lado en los
momentos de debilidad, pero la soledad era absoluta, así que
decidí inventar un Club de fans, digo inventar, ya que era la única
fan de mi ciudad o por lo menos así lo creí, las redes sociales
hicieron su labor y como quién recluta personal, increíblemente
encontré en mi vida a dos almas gemelas, la primera de ellas una
hermosa niña de cabellos rubios llamada Amparo, la otra de ellas,
una morena silvestrista llamada Raquel, ambas eran mucho más
altas que yo.
En ese tiempo se daría un concierto de Silvestre en la ciudad, lo
cual me produjo ansiedad, no por su llegada, si no porque sabía
que las personas no lo conocían tanto como en Valledupar, así
que llenando vacíos, le entregué el corazón a un club de tres, y
con la ayuda de algunas amigas cómplices, ya que no fue fácil
que algunas aceptaran colocarse una camisa roja y me
acompañaran a promocionar el concierto, sin siquiera saber de
quién se trataba, otras personas a quienes les rogué su apoyo
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prácticamente me cerraron las puertas de su amistad, e incluso
perdí falsas amistades de sociedad, que solo me consideraban su
amiga por tener una profesión exitosa o por haber sido novia de
un gran hombre, que en realidad sabemos que no era tal.
Esa tarde en que siendo abogado, con todas las ocupaciones que
ello me origina, me fui a la calle con volantes, pendones y fui
simplemente Ana, me acompañaron las increíbles nuevas amigas
Amparo y Raquel, conocerlas fue algo maravillo, ya que siendo
tan distintas, no fue necesario tomar café o contar intimidades
para llegar a ser las mejores amigas del mundo, y la locura en
cada una se distribuía perfectamente.
Luchamos durante días para vender entradas al concierto, cada
cierto tiempo le escribía a Mathias contándole los pormenores del
Club de Tres, durante ese año mantuvimos un trato algo distante
para no herirnos, pero evidentemente cada vez que recordaba el
único beso que nos dimos, el alma se me fragmentaba en
pedazos, que remendaba con mis ocupaciones del silvestrismo.
Llegado el día del concierto, ya no éramos un club ficticio,
teníamos miembros fundadores, verdaderos portadores del color
Rojo. Por decisión unánime, esperamos al querido Silvestre en el
Aeropuerto, desde la mañana, pero por cosas del destino, el cielo
se nos vino encima, el diluvio ocurrió y no dejó de llover,
estábamos eufóricos, entre la histeria y la tristeza, el torrencial
aguacero mantenía al artista preso en el aeropuerto de otra
ciudad y la distancia no fueron las horas, sino la duda de su
llegada.
Cantamos, lloramos, reímos. A ratos pensaba en que si Mathias
estuviera conmigo, la felicidad sería completa, tenía fe de que
dejaría de llover y por primera vez vería a Silvestre frente a
frente. Curiosamente me sentía cansada, como cuando tienes
fiebre y pensé que era la emoción del instante.
Eran las 10 de la noche cuando escuché gritos de las personas
que me acompañaban, caí en una especie de estado depresivo
incomprensible, no podía escuchar o entender, solo miré a
26
Amparo, con esa sonrisa radiante en ella y la felicidad que
emanaba de Raquel para entender que él había llegado.
Comencé a llorar, lloré por Rafael, lloré por Teresa, lloré por
Mathias y nuestro amor inconcluso, cuando entre todos los que
estaban presentes, lo vi, no pude moverme y solo lloré, pensando
que él se iría inmediatamente al concierto. Nada más lejano de lo
que viví en ese instante. Es muy alto. Pensé.
-
¿Qué tal la espera? Preguntó Silvestre colocando su brazo
derecho en mi hombro.
No contesté, no pude, me aferre a él, lo abrace como nunca había
abrazado a un ser humano.
Las lágrimas aún las conservo en mi alma, al igual que la imagen
de sus ojos amarillos, increíblemente dorados, los solecitos de
Teresa, camino a la eternidad.
27
ROMEO Y JULIETA
Ante las emociones que vivimos ese día en el aeropuerto, le
fallé nuevamente a Teresa, lo único que pude hacer fue
entregarle un obsequio, en una versión de bolsillo, le regalé
“Romeo y Julieta”, el libro más hermoso que podía darle, pero los
sentimientos de mi amiga, su existencia y muerte, fueron
imposibles de expresar. Nuevamente derrotada por el tiempo,
esperé a que la vida me diera un instante más tranquilo, el cual
no llegó, por lo menos, no en ese momento.
Al día siguiente del concierto que no se realizó por el diluvio
intenso de la noche, entraba en un lugar frío y distante de la
alegría anterior, era hospitalizada, a tan solo calles de Silvestre.
Las calenturas del día anterior en realidad eran fiebre. Ingresaba
con Bronquitis a la clínica, derrotada, llorando en silencio, sin
fuerzas y delirante en fiebre.
En la noche pude ver entre pesadillas y altas fiebres, a una niña
hermosa al lado de mi cama, estaba sentada en una especie de
silla de ruedas de colores y susurraba palabras incomprensibles,
los ojitos que me observaban eran los de Teresa, no me
acusaban, ni perdonaban, simplemente me miraban.
Al despertar me sentí agotada, más que enferma, me sentía
incompleta.
28
SIRENA DORADA
Transcurrieron algunos meses, y en mi pecho se abrigaban los
vacíos más terribles que el amor pudiera ocasionar. Cuando
decides ser feliz para siempre y tu decisión ha llegado tarde,
puede ocurrirte, lo que me sucedió. Regresé por fin a Valledupar,
y para mi sorpresa, Mathias ya no trabajaba en el Hotel, no
conseguí dirección alguna a la que se hubiera mudado, nadie
supo darme razones del hombre que amaba. Cuando dejé de
recibir sus correos y llamadas telefónicas, sabía que algo andaba
muy mal, pero nunca creí que él desaparecería de mi vida.
Esa tarde en la que me rendí y acepté que se había marchado
para siempre, necesité el consuelo del único lugar que el valle
podía entregarme por completo; y como quien llora la muerte de
un ser amado, derramé mil lágrimas a orillas del Río Guatapuri,
allí sentada entre las rocas, observada únicamente por la enorme
escultura de una sirena dorada. Era irreal que Mathias ya no
estuviera en Valledupar. Sentí tanta soledad que pensé que en
cualquier momento me lanzaría a las aguas de aquel hermoso río,
y dejaría que se llevara el amor que me quemaba en el alma.
Miré mis pies y me dije: << Zapatos rojos>> me los quité y
hundí las piernas en aquellas aguas cristalinas, solo hasta
entonces pude calmar las tristezas de decisiones tardías.
En el Guatapurí vi el atardecer más hermoso, que jamás haya
visto, La Sirena brillaba como un sol, porque él se reflejaba en
ella, era como una Diosa de oro, que aplacaba con su hermosura
mi corazón fragmentado; en ese mismo instante hundí mis manos
en las aguas diciendo:
<<Te entrego mi amor y mi odio, que tus aguas se lleven lo que
me consume, me perdono y me amo, te perdono y te olvido
Rafael, nunca más volveré a sentir siquiera odio por tu nombre,
yo declaro que te vas río abajo, en la corriente del Guatapurí>>
29
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, pude dormir en
paz, sin tristezas, entendiendo que tanta desolación no se debía a
Mathias, o a mis sueños inconclusos, ni siquiera tenía que ver con
mis promesas a Teresa, todo el malestar que arrastraba dentro
de mí, se debía a mi incapacidad de perdonar a Rafael. Estoy
convencida, que la vida, el destino o como quiera que se llame
esa Ley universal, Mathias debía alejarse de mí, para que yo
pudiera cicatrizar mis heridas. Regresé a mi ciudad con toda la
paz que un alma puede tener; y sobre todo, dispuesta a seguir el
Silvestrismo como una forma de vida, conocer las historias de
quienes persiguen una voz, no por su potencia o mensaje, si no
por la armonía que ella produce, ese cantor de ojos amarillos y
alma transparente. Desde entonces decidí escribir este diario para
ti, paciente lector Silvestrista.
30
EL ZAPATO ROJO
En este episodio del diario rojo, quiero dejar constancia, de lo
mucho que se puede llegar a sufrir, por ser fan, no por obra del
artista al cual sigues, quién ni tiene idea de lo que podemos pasar
por estar buscando tal vez, lo que no se nos ha perdido.
Aquella noche Silvestre tendría una presentación, en una ciudad
cercana a la mía, que sería, realmente concurrida, y a la cual no
tenía planificado asistir por la inseguridad que ofrecen eventos
enormes, pero como en el corazón de un fan no manda la razón,
me presenté, aún a pesar del augurio en mis sueños, la noche
anterior. Cometí el error de acercarme más y más al barandaje
cercano a la tarima del evento, la multitud me sofocaba, pero la
meta, estaba allí ante mí, en donde sólo se interponían unas
cuantas miles de personas, en lugar de quedarme atrás, como
cualquier mujer sola y sensata debería haber hecho, paso a paso
fui conquistando terreno.
El problema no fue avanzar, ni el calor, ni siquiera la sensación de
claustrofobia que sentí en ese momento, sino la euforia de
quienes al igual que yo, empujaban buscando un lugar cercano a
la tarima. Faltaba muy poco para que se presentara Silvestre, y
eso me empujó a agacharme entre la multitud. Hoy recuerdo lo
que hice, y no se si reírme o llorar mis ideas sin sentido.
Comencé a avanzar entre los silvestristas, gateando poco a poco
y me gané algunos insultos, otros se reían y otros ni se dieron
cuenta de lo que hacía, en tres oportunidades me pisaron las
manos; no tengo idea qué me pasó en esa oportunidad, olvidé mi
edad, mi profesión, olvidé que era una dama, y me comporté
simplemente como una niña traviesa.
Al levantarme, observé que aún me faltaba bastante para llegar a
mi meta, pero en ese mismo instante, los músicos de la
agrupación hicieron acto de presencia, y la locura se desbordó en
todos los corazones allí presentes, en no se qué espacio, la
31
multitud se desplazó, corrimos hacia delante; y caí, sentí como
me detenía el áspero asfalto, y por unos instantes fui arrastrada
entre la marea, raspándome las manos, las rodillas e
increíblemente perdí uno de mis zapatos rojos favoritos. Alguien
me ayudó a ponerme de pie, y el dolor fue terrible, Silvestre salió
al escenario y todos brincamos de alegría. Sentí como un hilillo de
sangre brotaba de mi rodilla derecha, pero la emoción contuvo el
dolor, tampoco eché de menos mi zapato, y después de todo,
seguí avanzando, poco a poco, la multitud fue cediendo y por fin
llegue a la baranda en frente de la tarima, levanté la vista y sus
ojos amarillos, se clavaron en mi, él me estaba esperando.
“… levanté la vista y sus ojos amarillos, se clavaron en mi, él me estaba
esperando”.
32
CAPÍTULO ESPECIAL
Para mi gran sorpresa, me miró directamente a los ojos y sentí,
que de alguna forma, entre la multitud, él me reconocía. No
puedo decir, qué cantaba, o cuál era la melodía, solo podía verlo
a él en la tarima y vivir ese instante de mirarnos, de sonreírnos
como un par de cómplices.
Cuando Silvestre terminó de cantar, las personas comenzaron a
mostrar sus pancartas, alguien a mi lado le dio un regalo, era
algo así, como un arreglo de frutas, e incluso vi una mano
extendiendo una gruesa cadena de oro, que él no aceptó. La
magia de un concierto te hace ver a tu artista como un ídolo,
alguien inalcanzable o más allá de tus sueños.
Recordé en ese instante que llevaba en mi bolso un pequeño
obsequio para él; y sin saber, ni en qué momento lo saqué, lo
tendí hacia arriba con ambas manos, tal cual, como ofreciendo mi
sacrificio a ese ídolo, y él sin dejar de mirar a su fan, lo recibió.
-
-
¿Cómo te llamas? Preguntó Silvestre.
¡ANA! Grité ¡SOY ANA! Como si la vida se me fuera a
gritos.
Ana, te doy las gracias, que bonito detalle de tu parte. Su
voz era sincera, serena, y como si estuviéramos solos, se
quedó mirándome.
¡YO TE REGALÉ ROMEO Y JULIETA! Volví a gritar entre la
gente que me asfixiaba. Silvestre sonrió y me lanzó, tal
vez, el beso más hermoso que un ídolo haya lanzado a un
fan, en toda la existencia de la humanidad.
¡Lo recuerdo! Dijo Silvestre y volvió a sonreír.
¡TE AMO! Grité fuera de mí. ¡TE AMO! ¡TE AMO! Me había
convertido en toda una fan.
El concierto continuó y solo recuerdo haberme puesto a llorar.
Nuevamente lloraba por él, por mí, por Teresa, por mis seres
33
queridos, y me sentí agradecida de poder ser correspondida en un
instante, Silvestre sabía que me llamaba Ana, yo era Ana.
Tal vez, todo haya sido circunstancial, es posible que esa noche,
hubiera podido saludar a cualquiera de las chicas que gritaban su
nombre, pero juro por lo más grande que tengo, que es mi alma,
que él sabía que yo existía, que algo más que el destino, hizo que
me mirara a los ojos. Sentí que había pagado con sangre ese
instante en mi vida, la herida de la rodilla era insoportable, pero
vivir es precisamente eso, aprender a sentir.
Cuando se acabó el concierto, las luces se apagaron y la magia
llegó a su fin, debí caminar mucho para poder alejarme de allí y
conseguir cómo irme a casa, pero no hubo transporte, y estando
completamente sola, caminé y caminé durante horas. Comenzó a
llover y lo que había sido maravilloso, se convirtió en una
pesadilla, yo llevaba puesta mi chaqueta roja, me apreté a ella y
el frío me caló en los huesos, al ver mis pies recordé que había
perdido un zapato, y los guijarros de la carretera me lastimaron
terriblemente la planta del pie.
Cuando más sola y cansada me sentí, una camioneta se estacionó
a la orilla de la carretera por donde iba, una puerta se abrió para
mí.
Dudé en acercarme, y una voz preciosa, me animó a subirme al
carro.
-
¡Ana apúrate!, te estás mojando.
Al subir, sentí un frío increíble, totalmente empapada de pies a
cabeza; y el ardor de la rodilla me hizo gemir.
-
¿Te pasa algo Ana? Dijo él.
¿Usted me conoce? Pregunté sin ver al chofer, me
comenzaba a sentir, realmente mal. Tenía mucha fiebre. Y
sin poder más, me desmayé.
34
Cuando desperté, estaba en una hermosa habitación, una mesita
de noche alumbraba el lugar, no sabía dónde estaba, ni qué me
había pasado, la fiebre había bajado y alguien me había puesto
un pijama. Me toqué la pierna y tenía un vendaje.
-
-
-
¿Hola? Murmuré. ¿Hay alguien aquí? ¿Hola?
Por fin despertaste, ya me tenías asustado Ana. Unos ojos
amarillos me miraban fijamente, mientras el dueño de ellos
sonreía, pensé en ese instante que estaba soñando, que
había perdido la razón. Silvestre estaba conmigo dentro de
aquella habitación. Las lágrimas brotaron sin sentido, sin
control. Recuerdo haber temblado, me senté en la cama y
seguí llorando.
Creo que estabas perdida, te encontramos caminando
cerca del aeropuerto cuando íbamos hacia él, te reconocí,
eres la silvestrista del regalo. Te pedí que subieras, tenías
mucha fiebre y mandé a los músicos en el vuelo y me
regresé a cuidarte, no sabía a dónde llevarte, así que te
traje a mi habitación en el hotel y pedí a una mucama que
te atendiera, mientras fui a buscarte un médico. El doctor
atendió la herida que tienes en la rodilla y te vendó
también el pie, te inyectó para la fiebre. ¿No lo recuerdas?
¡No! Murmuré ¿Tú eres tú? Pregunté quedamente.
Silvestre se sentó al borde de la cama, y volvió a sonreír. ¿Qué
hace una muchachita, sola en un concierto tan grande? Preguntó
¿Cómo se te ocurre andar caminando por la carretera de
madrugada?
-
Quería verte.- respondí sin dejar de llorar.
¿Y tu zapato? Solo traías uno, te pareces a Cenicienta. Su
sonrisa fue realmente hermosa.
Lo perdí en el concierto, me caí, me pegué en la rodilla y
perdí mi zapato rojo. Contesté, calmándome un poco, pero
sintiéndome avergonzada.
Él me miraba intensamente, como queriendo entender mi estado
de nervios, trataba de ayudarme, pero en realidad no sabía qué
35
hacer. Hubo un silencio hasta que lo rompió con una simple
pregunta.
-
Ana, ¿Quién es Teresa?
¿Cómo sabes su nombre? Pregunté, mi corazón se aceleró.
Su mano tocó mi rostro y secó mis lágrimas. Era él, no era
un sueño.
Ya es de noche, pasaste todo el tiempo delirando y
diciendo ese nombre y el mío.
Hace unos años cuando comencé a ser tu fan, y a llenar mi
vida del silvestrismo, conocí en Valledupar a una dulce
muchachita, que te amaba, mucho más que yo, ella estaba
enferma y en sillas de rueda, el cáncer se llevaba sus
sueños. Teresa, decía que tus ojos eran sus soles, mi
amiga se aferró a tu música, a vivir por ti, yo le prometí
que en ese concierto al que iríamos ella y yo… tú la
conocerías. Teresa murió unos días antes, y le prometí en
su tumba que tú sabrías su historia, y que te diría que tú
eres su sol en la eternidad.
Lo abracé como si estuviera a punto de perderlo para siempre,
me aferré a su cuello y dejé que todo el dolor saliera de mi alma.
Él me abrazó y susurró palabras que no recuerdo. Nunca pensé
que mi ídolo fuera tan humano, cuando vi sus ojos nuevamente,
en ellos había lágrimas por Teresa, yo no podía pedirle nada mas
a la vida, había cumplido mi promesa.
-
-
Ana debo irme, estoy retrasado para un concierto, pagué
los gastos del hotel, el médico dijo que descansaras,
duerme un poco, recupérate y ten cuidado con la pierna, la
herida tenía un vidrio muy grande, así que, debes limpiarla
hasta que cicatrice, tu ropa está lavada, la coloqué en el
armario ¿Quieres que llame a alguien? ¿Necesitas dinero?
No, estaré bien, vivo cerca de esta Ciudad, no te
preocupes, gracias por haberme cuidado.
Prométeme que no volverás a ser tan imprudente.
36
-
Lo prometo, palabra de silvestrista.
Mis palabras lo
hicieron reír, se acercó a la cama, colocó su frente junto a
la mía.
Cuídate mucho mi muchachita – Dijo dándome un beso en
la frente. Me gusta mucho que me miren esos ojos negros
que tienes, así que te me cuidas.
Y se fue, dejando la habitación vacía, él llenó mi vida por
completo, y esos instantes a su lado fueron como un sueño. Un
lugar a donde mi alma ha aprendido a ser plenamente feliz, en los
sueños, puedo verlo seguido, recordar sus palabras, sus miradas,
su música. En mis sueños no hay tristezas, no hay depresiones, y
de vez en cuando Teresa me visita para saber que estoy bien.
37
A la mañana siguiente, busqué mi ropa en el armario y junto a
ella había una hermosa caja roja con una tarjeta, mi corazón
comenzó a latir aceleradamente
<< Con amor para mi
Cenicienta Silvestrista.
Silvestre Dangond>>
<<Zapatos rojos>> sonreí.-
38
PALABRA DE SILVESTRISTA
En ese instante miré a mi gran hermana silvestrista, como si por
primera vez en la vida, entendiera que cuando te dicen no, la
respuesta es sí.
-
¡Ana te has vuelto loca! Dijo Amparo ¿Tú empleo? ¿Tú
familia?
-
Lo siento Amparito, renuncio, me voy a Colombia. Respondí
mientras empacaba mi maleta. Necesito buscar a Mathias,
tengo que encontrarlo.
-
Tú te vas es detrás de Silvestre, a mi no me engañas
¿Conocerlo no fue suficiente? Tienes que parar ya Ana.
Tomé su mano entre las mías, y sonreí lo mejor que pude.
-
¡Ven conmigo!
-
¿Qué?
-
Vamos Amparo, vente conmigo a Ciénaga.
-
¿Qué vamos hacer allí? ¿Mi programa de radio? ¿De qué
vamos a vivir?
-
El programa es muy importante, tienes razón, sin ti y sin
Raquel no hay silvestrismo en la ciudad, necesitamos
seguir luchando día a día por Silvestre en Venezuela.
Quiero que confíes en mí, he ahorrado algo y me cuidaré
mucho, hay silvestristas que quiero conocer, además es
posible que alguno de ellos sepa dónde está Mathias.
-
Ana Ciénaga, es un pantano y queda muy lejos. Dijo
Amparo y sus ojos verdes me reprendieron.
-
Confía en mí, estaré bien.
39
-
¿Y tu familia?
-
Creen que voy a hacer unos estudios de derecho a
Colombia, por favor Amparo, nada de hablar con mi madre
¡Júralo!
-
¡Palabra de Silvestrista! Te mataré con mis propias manos,
si tengo que ir a buscarte, la herida de tu rodilla aún no
cicatriza y ahí vas en busca de acción y emoción.
-
Tendré cuidado, no volverá a pasar, se lo prometí …
-
Sí, sí, ya no me saques en cara el beso en la frente o me
olvido de nuestra amistad. Dijo Amparo, caminando de un
lado al otro en la habitación.
Tomé mi maleta y un bolso pequeño <<mis sueños caben en un
bolsito>> pensé. Me coloqué mis zapatos rojos, y dejé guardado
en un cofre, mi anillo de graduación. En mi habitación se quedaba
Ana la abogada, y quien llevaba la maleta, era Ana la Silvestrista.
Estaba feliz de irme por un buen tiempo, había renunciado al
bufete y retirado todos mis ahorros, incluso vendí, ropa, carteras,
tacones, y muchas cosas más, necesitaría todo el dinero que
pudiera llevar, porque, en el fondo de mi corazón, no deseaba
regresar. Tenía una carrera que me agobiaba, en la que debía ser
fría, calculadora y donde jamás los sentimientos deben
involucrarse, luego de 10 años de ejercer, necesitas “aire”.
Me despedí de Amparito y sin más, me llevé mis sueños a otra
parte.
En esta oportunidad no viaje en avión, para poder economizar,
me trasladé en autobús, no tenía idea de lo lejos que quedaba la
frontera, pasé 24 horas de viaje, al bajarme en Maracaibo, casi
grito, lo único bueno del viaje, fue lo mucho que pude pensar,
organicé mi mente, mis acciones, anoté algunos planes, taché
otros cuantos, pero el primer destino en la lista sería Valledupar y
la meta sería llegar hasta Ciénaga, en Magdalena – Colombia.
40
¡SILVESTRE! ¡SILVESTRE! Coreaban el mar de gentes, unos empujaban, otros
lloraban, todos gritaban.
41
NO ME COMPARES CON NADIE
Maracaibo,
era el mejor lugar para empezar mis planes
silvestristas, en esa ciudad encontraría a alguien que más que
una aliada, sería mi amiga, y me ayudaría a estructurar lo que
sería mi próximo año de vida.
Una noche, de las tantas que viví en Valledupar, Mathias me
había dicho, que para conocer el silvestrismo tenía que ir a
Ciénaga en el Magdalena – Colombia; que para poder entender
cómo se sentían las canciones de Silvestre en Venezuela, debía
encontrar a Lorayne López en Maracaibo, que no bailaría igual en
mi vida si llegaba a conocer a Sergio Tarazona de Bucaramanga,
y que, la punta de lanza de ser un verdadero fan estaba en
Ciénaga; y así, como el que busca encuentra, me fui detrás de la
pista, y estando en Maracaibo con la ayuda de las redes sociales,
conseguí a Lorayne.
En esos días se aproximaba el lanzamiento del nuevo CD de
nuestro artista, “No me compares con Nadie,” así que estando en
Maracaibo, me enteré que ya todos los silvestristas estaban en
Valledupar, Lorayne me esperaría en el valle para conocernos.
Crucé el puente de Maracaibo por primera vez en mi vida, y sentí
nostalgia, su larga distancia y lo bello de sus aguas se quedaron
grabadas en mi memoria, me imaginé a Silvestre cruzando ese
mismo puente, 10 años antes, cuando viajaba para ganarse la
vida en pequeños conciertos; al igual que yo, cruzaría ese puente
en busca de mis sueños, solo que en sentido contrario.
Una cosa es llegar a Valledupar en avión, y otra muy diferente es
llegar por carretera, en viajes anteriores, me había perdido la
belleza y sencillez de Maicao, así como del camino de La Guajira,
subir a un taxi pirata, fue igual de emocionante que un concierto,
el conductor no dejó de colocar vallenatos.
42
A orillas de la carretera observé en varias oportunidades mujeres
de piel tostada, con largos trajes de colores que ondeaban al
viento. A las dos horas de camino, nos detuvimos por agua y
café, era aún de mañana pero el calor ya era insoportable. En
aquel lugar lejano, me llamó la atención una pequeña niña
Guajira, llevaba puesta una sencilla manta roja, ella cubrió su
cabello con una tela igual a la del vestido, pensé en una niña
árabe del desierto. <<En la Guajira hay Beduinos>> susurré.
Pocas horas después, me bajaba nuevamente del sofocante
vehículo, pero el lugar más amado del planeta, mis pies me
habían llevado al valle del Cacique Upar, la ciudad era un bullicio
de gente, vallas, pancartas, vehículos con sonido a todo volumen,
era el día del lanzamiento y llegaban a la región silvestristas de
todas partes.
Luego de dejar mi equipaje en el hotelcito económico en el que ya
había planeado quedarme. Pinté mi vida de rojo y me fui a la
caminata que daría Silvestre esa tarde, en donde me esperaban
dos grandes sorpresas.
Cuando le escribí por correo a Lorayne, y le pregunté dónde nos
encontraríamos o cómo nos reconoceríamos, ella simplemente me
respondió, “te encontraré” respuesta que me dejó algo escéptica,
pero el silvestrismo te enseña que debes aprender a confiar, y
eso hice. Al llegar a la calle de la caravana roja, creí estar en un
concierto, la cantidad de gente desbordada por la calle y vestida
de rojo, me resultó impresionante, estaba convencida que no
lograría verme con Lorayne.
-
¡ANA! ¡ANA! Alguien gritó muy fuerte mi nombre. Cuál
sería mi sorpresa al voltearme, una muchacha de finos
rasgos guajiros, muy atractiva, me sonreía, vestida de
tricolor, se dirigió hacia mí con los brazos abiertos de par
en par. La reconocí inmediatamente era Lorayne López.
-
¡Te encontré Ana! Llevaba en las manos una enorme
bandera de Venezuela. Conocerla fue emocionante, no
estaba acostumbrada a sentir que conocía perfectamente a
43
una persona, aún cuando jamás la había visto en mi vida.
<<Esto es el silvestrismo>> pensé.
Me tomó de la mano, cuando aún no salía de mi asombro de
haberla encontrado, cuando gritó ¡ANA MIRA, ANA ES SERGIO!
Un joven corría hacia nosotras, la tomó en sus brazos y la alzó
como quien encuentra a una niña perdida, yo estaba
conmocionada, era como encontrar a los amigos del alma, Sergio
me vio, me abrazó fuertemente y me llamó por mi nombre, le
correspondí el abrazo. Su olor me es inolvidable, llevaba una
fragancia masculina y lo blanco de su piel me recordó a Silvestre.
Las redes sociales en nuestras vidas como silvestristas, son la
herramienta más poderosas que tenemos, incluso más que las
cartas o misivas en las guerras mundiales pasadas, nos
conocemos, vivimos pendientes los unos de los otros, reímos y
lloramos con nuestras historias, y si tu estás leyendo este diario,
estés donde estés, me conoces y se también, que algún día nos
conoceremos.
Esa tarde en la calle roja del silvestrismo, vi bailar a Sergio,
pensé que se le caería la cabeza, y como bien me había contado
Mathias, ya nada sería igual. La gente comenzó a gritar y
aglomerarse alrededor de un vehículo blanco, era una camioneta,
yo no entendía que pasaba, pero Sergio agarró a Lorayne y ella
me tomó de la mano y nos arrastró al centro del bullicio.
¡SILVESTRE! ¡SILVESTRE! Coreaban el mar de gentes, unos
empujaban, otros lloraban, todos gritaban. Unos ojos amarillos
me observaron, él me sonreía y saludaba, cómo si fuera la
primera vez.
44
LA GRINGA
Intentamos
acercarnos a Silvestre, pero la multitud nos fue
alejando más y más, todos gritaban, y él nos saludaba lanzando
besos y sonriendo, en varias oportunidades bailó en la camioneta
al son de la música del nuevo CD, la gente estaba como
hipnotizada por el ídolo.
-
¡Hora de irnos! Dijo Lorayne.
-
¡No! Vamos a seguir la caravana. Dijo bailando Sergio.
Lorayne me sacó del bullicio, y dejamos a Sergio brincando como
una cabra desenfrenada en la multitud.
-
¿A dónde vamos? Quise saber.
-
Ana, tenemos que irnos ya, de lo contrario entraremos de
últimas al concierto, en cambio si nos calmamos y nos
vamos ahora mismo, entraremos de primeras y lograremos
estar adelante en el concierto, confía en mí.
Sus ojos brillaron con tal intensidad, que tomé su mano y salimos
corriendo en sentido opuesto a la caravana roja. Al llegar a una
avenida, Lorayne paró un taxi y lo abordamos.
-
Rápido señor, al Parque de la Leyenda Vallenata. Dijo
Lorayne entregándole varios billetes.
El taxista como un rayó nos llevó a nuestro destino. De todas
partes llegaba gente, pero fuimos las primeras en llegar a las
puertas del parque. La nostalgia me golpeó de pronto. Recordé a
Mathias a mi lado, después de la muerte de Teresa, y sentí que
no podría entrar sin él. Lorayne notó que algo pasaba y me
abrazó.
-
Tranquila Ana, estaremos bien, sonríe Silvestre nos vio en
la caravana, estoy segura.
45
-
Yo creo que me miró, pero entre tanta gente, no estoy
segura. Dije tratando de que Lorayne pensara que eso, era
lo que me tenía triste, no deseaba hablar de Mathias.
-
Nos lanzó un beso, pero te quedaste petrificada, tienes que
animarte, esto apenas comienza.
Desde las tres de la tarde nos plantamos a las puertas del parque
de la Leyenda Vallenata, donde se realizaría el lanzamiento de
“NO ME COMPARES CON NADIE”, a cada segundo llegaban más y
más silvestristas, todos vestían de rojo, cantaban, gritaban,
estaban por todas partes, portando sonrisas en sus rostros, todo
a mí alrededor era un jolgorio.
A las seis de la tarde, éramos una larga masa roja que estaba a
punto de ingresar al parque, al abrirse las puertas, entramos y
luego de ser revisadas por la seguridad, teníamos el camino libre
para incorporarnos con calma hasta donde sería el concierto.
-
¡ANA CORRE! Gritó Lorayne.
Las muchachas que venían a mi espalda también corrían, y no
tuve más remedio que hacer lo mismo, entendí en ese instante,
que todos deseaban pegarse a la baranda como nosotras, esa era
realmente la meta. Corrí, corrí como si se tratara de mi vida.
Al llegar a las enormes puertas de entrada, nos detuvimos
jadeando y riendo. De forma estremecedora sonaba “LA
GRINGA”, y esa canción disipó mis tristezas, estaba donde quería
estar, y viviría lo que anhelaba vivir.
Al ingresar a las instalaciones del parque, me sorprendió su
inmensidad, estaba completamente vacío y pude detallarlo, su
belleza me deslumbró, ya que, la vez anterior lo había visto de
noche y la tristeza de la muerte de Teresa me consumía.
Por un instante imaginé a Alejandro Duran, en la tarima, tocando
“Un pedazo de acordeón”, el primer Rey vallenato me recibía en
mi imaginación, las lagrimas brotaron de la emoción y me lancé a
correr nuevamente.
46
Estaba en un lugar sagrado, donde año a año se realiza el festival
de la Leyenda Vallenata, me abracé a una baranda de hierro al
lado de Lorayne, las dos brincábamos de alegría, en instantes
estábamos rodeadas de la marea roja.
Durante horas el parque se fue llenando, las canciones de
Silvestre nos emocionaban a cada instante, el sonido era increíble
y la alegría de todos los silvestristas se unía en una sola voz, y
todos cantábamos a coro.
A las 10 de la noche, estaba totalmente exhausta, permanecimos
de pie pegadas al tubo, mientras entraba hasta el último
silvestrista, y las gradas parecían venirse encima con tantas
aclamaciones del ídolo.
Sentía un dolor inenarrable en los pies, y me creía incapaz de
continuar. Lorayne llena de una vitalidad asombrosa estaba como
si nada, y se veía radiante, su forma de vestir con la bandera
venezolana la hacía resaltar entre los que estábamos de rojo.
Sonreí entendiendo por qué Mathias me había dicho que debía
conocerla, su forma de vivir el silvestrismo era autentico, estaba
al lado de una silvestrista que dejaba en claro, que Venezuela
estaba con Silvestre, manifestando su sentido de pertenencia.
-
¡ANA, ANA! Gritó Lorayne.
Las luces se encendieron en la tarima y el clamor del pueblo fue
un coro infinito, un enjambre de dulces voces.
-
¡SILVESTRE!
-
¡SILVESTRE!
-
¡SILVESTRE!
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“¡SI SE VA A CAER EL PARQUE, QUE SE CAIGA! Gritó Silvestre”.
48
Explicar lo emocionada que estaba me es casi imposible, me
perdí, ya no era Ana, sino una Silvestrista unida a una masa de
gentes que saltaba, y casi sin darme cuenta, cuando Silvestre
salió a escena cantando, bailé y bailé como lo hacía Sergio, mi
cuerpo se convirtió en un trompo, me sentí feliz, eufórica, viva,
absolutamente convencida de que estaba viva. Lloré a rabiar,
grité hasta quedarme sin voz, bailé como jamás lo había hecho en
mi vida y el dolor que me producían los pies me sacaron múltiples
lágrimas.
Entre 33 mil personas, fue imposible que él me viera. Así que
simplemente bailé, bailé hasta más no poder.
-
¡SI SE VA A CAER EL PARQUE, QUE SE CAIGA! Gritó
Silvestre.
Cuando Juancho su acordeonero de entonces, comenzó a
interpretar “LA GRINGA”, sentí que el parque se caería. Al gritar y
bailar, mi mayor felicidad fue, que estaba convencida que esa
canción abriría las puertas de América al Silvestrismo.
Juancho de la Espriella tocó con tanto sentimiento el acordeón,
que cada sonido de aquella caja europea, manejaba nuestro
cuerpo como si fuéramos marionetas entre sus dedos. Estaba tan
emocionada que le di la espalda a Silvestre y por primera vez me
maravillé de la masa roja, que me acompañaba, más de 33 mil
almas felices, cada una con historias sorprendentes y tan
distintas, allí habían silvestristas de todas partes, adinerados y
humildes, hombres, mujeres y niños. Los amé a todos en ese
instante por llenar mi vida con su alegría.
-
¡CUÁNTAS VECES APAREZCAS ESAS MISMAS VECES TE
OLVIDO! Gritó Silvestre al interpretar otra canción.
Volví a mirarlo y mi ídolo repitió ¡CUÁNTAS VECES APAREZCAS
ESAS MISMAS VECES TE OLVIDO! Y grité muy fuerte, era la frase
más espectacular que le había escuchado. Pensé en Rafael y yo la
grité ¡CUÁNTAS VECES APAREZCAS ESAS MISMAS VECES TE
OLVIDO!
49
Casi finalizando el concierto, pasó algo realmente hermoso,
Silvestre llamó al escenario al compositor de la canción “LA
GRINGA”, el joven era Isacc Calvo, un hombre sencillo que
ovacionamos los silvestristas. Según nos contó el propio Silvestre,
el muchacho era un vendedor de Butifarra, una especie de chorizo
que se vende de forma muy sencilla por las calles de Valledupar,
pues bien, este hombre humilde y trabajador, ahora tendría una
oportunidad maravillosa de vivir mejor; ya que, con el dinero de
las regalías de otras canciones, había estudiado y se había
logrado graduar de abogado, pero que ahora obtendría mucho
más por su nueva composición, algo que me emocionó mucho.
Verlo cantar su canción y bailarla, me conmovió, porque su vida
había cambiado, como la mía, de forma contraria, pero ser feliz,
era lo más importante para ambos.
Al terminar el concierto caí en cuenta del dolor real de mis pies, el
cansancio me embargó por completo, salimos satisfechos del
concierto, sin saber que afuera había un motín, muchísimas
personas se quedaron por fuera del concierto, la policía arrojó
bombas lacrimógenas en la calle para dispersar el tumulto, todos
corrimos y sin darme cuenta Lorayne y yo nos habíamos
separado, entre los árboles del parque fui en dirección contraria al
lugar del conflicto, cuando un caballo se me vino encima y caí a
tierra, no entendía qué pasaba, el susto fue peor, el rostro de
Mathias estaba ante mí salido de la nada.
50
MARTIN
No era Mathias, quién casi me atropella con su caballo, al hablar
lo reconocí, su voz era distinta, era Martín, el hermano gemelo de
Mathias.
-
Lo siento señorita, no la vi ¿Qué hace de este lado del
parque? Preguntó apeándose del Caballo.
-
Me asusté, buscaba una salida Martín.
-
¿Me conoce?
-
Soy Ana, amiga de tu hermano Mathias.
-
¿Ana, eres tú? Me abrazó muy fuerte.
-
Sí ¿Me conoces?
-
¡Sí! Eres el amor de mi hermano, claro que te conozco, ven
sube al caballo, salgamos de aquí.
Fue alentador sentarme, el caballo era enorme y me hacía sentir
como una princesa rescatada, pero por el hermano gemelo del
príncipe.
-
¿Qué ha pasado? Quise saber.
-
Nada, todo bajo control, puedes estar tranquila, son solo
medidas para que la gente que no pudo entrar al concierto
y que se puso inquieta se dispersé, tú sabes, evitar
mayores problemas.
-
Pero caballos ¿Por qué caballos? Me has dado un buen
susto.
-
Dentro del parque nos es más fácil, la seguridad de los
silvestristas en general es nuestro trabajo en cada
lanzamiento. Hoy gracias al cielo, todo ha salido bien.
51
-
¡Menos mal! Dije.
-
Buscaremos un taxi y podrás irte a casa.
-
Martín, dónde está Mathias. Por qué te has hecho policía,
no entiendo nada.
-
No soy policía, es un empleo nada más. Mi hermano está
en la Sierra Nevada, o eso creo, hace ya unos meses que
no se comunica.
Saber noticias de Mathias me llenaba el alma, ver a su hermano
como si fuera su retrato, me resultaba terrible, quise besarlo. Él
sonreía de una forma tan encantadora que ir pegada a su pecho
para no caerme del caballo, era la peor de las torturas. Al llegar a
la calle, Martín desmontó del caballo y me ayudó a bajarme, el
dolor en los pies fue insoportable, estaba realmente adolorida.
-
¡Gracias Martín! Dile a Mathias que estoy en Colombia
cuando hables con él.
-
¿Dónde puede encontrarte?
-
No puede. Mañana me voy del Valle, voy a buscarlo a la
Sierra Nevada.
El gemelo sonrió y su rostro iluminó mi vida, como si fuera el
propio Mathias, nos despedimos como los mejores amigos del
mundo, abordé un sencillo taxi y di gracias a Dios cuando me
lancé a mi pequeña cama de Hotel.
<<El destino no es cruel, es mi cómplice>> Pensé.
52
EL SUEÑO
Antes de quedarme dormida, llamé a Lorayne dejándole en la
contestadora un mensaje con lo ocurrido, para que no se
preocupara, le pedía que nos viéramos por la mañana en la plaza
Alfonso López.
Mi último pensamiento antes de dormir fue confuso, primero en
mi mente vi a Mathias, pero luego se transformó en Silvestre,
tomé su mano y la oscuridad nos envolvió.
Soñé que caminábamos por un río, las aguas eran oscuras y el
torrente era impetuoso, sentir su mano cálida junto a la mía
parecía tan real, el sonido del agua era tan preciso. A nuestro
alrededor volaban cientos de mariposas.
-
¿Sabes que te amo? Preguntó él. Y sus ojos me
contemplaron tan intensamente, que me sentí desarmada,
lo deseaba.
-
No, no lo sé, ¿Me amas? Contesté en mi sueño. Acariciando
su nariz lentamente y mis dedos tocaron sus labios.
-
Amo tus ojos negros Ana. Dijo suavemente.
De pronto todo se oscureció, estaba sola de pie ante un espejo,
mi rostro había envejecido, mi cabello era canoso, me contemplé
tocándome las arrugadas mejillas; y dos gruesas lágrimas
brotaron de mis ojos marchitos.
Desperté de pronto y toqué mis mejillas, estaba llorando, pero mi
piel era la misma.
-
¡Fue una pesadilla! Dije en voz alta.
Y al levantarme de la cama, todo el cuerpo me dolió, en especial
el cuello. Mi nueva forma de bailar la música vallenata me pasó
una fuerte factura, me sentía como si tuviera un latigazo cervical.
53
El dolor me hizo gemir; no había envejecido en lo absoluto, como
en el sueño, pero la columna ese día, fue el de una anciana de
100 años, como la mujer del espejo.
Al bañarme el agua cristalina y fría de Valledupar me devolvió el
alma al cuerpo, recordé que en el sueño, le tocaba los labios a mi
ídolo y mis mejillas se enrojecieron.
-
M A T H I A S ¿Recuerdas Ana? Me dije. Cómo podía
desear tanto besar a Silvestre, cuando buscaba
desesperadamente al hombre que amaba, mis sueños
estaban traicionando mi corazón.
Cuando encontré a Lorayne en la plaza, nos abrazamos como
hermanas, le expliqué cómo me había perdido y quién me había
rescatado.
-
Necesito tu ayuda. Dije.
-
¿Qué estas planeando? Preguntó Lorayne con los ojos como
platos.
-
Voy en busca del hombre que amo.
-
Silvestre se ha ido esta mañana de Valledupar Ana.
-
Bueno, bueno, no me explique. Sonreí. Busco a alguien
muy especial en mi vida.
-
¡Por eso Silvestre! Y su respuesta nos hizo reír a las dos.
-
Se llama Mathias, su hermano gemelo fue quien me ayudó
anoche y me dijo dónde encontrarlo, pensaba irme a
Cienaga hoy, pero queda pospuesto, voy a buscarlo.
-
¿Dónde está? Preguntó Lorayne colocando las manos sobre
sus mejillas, como si le estuviera contando un cuento de
hadas.
-
En la Sierra Nevada de Santa Marta.
54
-
¡Carajo! Exclamó, ¿Pero dónde? ¿Nabusimake?
-
No, a la Sierra Nevada
-
Por eso Ana, la Sierra Nevada es inmensa, y la población
que se puede visitar normalmente es Nabusimake.
-
Entiendo, bueno si allí debo ir entonces.
-
Tengo lo que necesitas, conozco alguien que te puede
llevar y estarás a salvo con él. Debemos ir a buscarlo, es
un gran amigo mío y estoy convencida que nos dirá que sí.
Pero debes pensar que vas hacer, si tu Mathias no está allí,
así que te recomiendo que si no lo encuentras sigas tu
camino a Cienaga, cualquier cosa, me llamas o me escribes
al correo, pero no te detengas, tu viaje es silvestrista, no
te apartes de tu camino, si has decidido ir a Cienaga allí es
a donde debes ir ¿Entendido?
-
Palabra de silvestrista. Juré levantando mi mano derecha y
la abracé como si fuera una verdadera hermana.
<< Te encuentro o me encuentro a mi misma>> pensé.
55
NABUSIMAKE
José Luís, el hombre más alto que había visto en mi vida, era el
amigo de Lorayne, que aceptó llevarme a Nabusimake, sin
cobrarme absolutamente nada, subimos a su jeep, me despedí de
mi gran amiga, y confié en que lo que hacía era correcto, o eso
me decidí a creer.
Para mi sorpresa, José era venezolano, y llevaba mucho tiempo
viviendo en Valledupar, era muy robusto, pero de mirada dulce; y
que aunque era un completo y gigante desconocido, me sentía
segura a su lado.
-
Llegaremos de noche chinita. Dijo él.
-
No importa. Murmuré.
-
Si importa bella, tendremos que quedarnos en un pueblito
y saldremos de nuevo al amanecer, el Jeep llega hasta
cierta parte, de allí subimos en mula o a caballo, depende
de quién nos los alquile.
-
Ahora sí que no tengo idea a donde voy, no vamos es a
una población.
-
Así es chinita, una población indígena. Y su carcajada ante
mi ignorancia me dio tranquilidad.
Viajamos en silencio, contemplé la carretera y dejé que mi mente
jugara viendo cosas por la ventana. Me imaginaba corriendo
agarrada de la mano con Silvestre. Entre los árboles veía como
nos mirábamos a los ojos, yo tocando sus mejillas y él mis
cabellos negros, yo sosteniendo fijamente mi mirada y él
reflejándose en mis ojos.
Estaba tan cambiada, antes solo importaban las decisiones
proferidas por los más altos Tribunales de Venezuela, el
levantamiento del velo corporativo, la carga de la prueba y la
56
perfección del calculo de la antigüedad de los trabajadores; en
cambio ahora, mi mente era un lugar de mariposas azules
bailando al sonido de un acordeón, en búsqueda de un amor y
anhelando los besos de un ídolo, siendo una mujer de veintiocho
que se ilusiona y apasiona como una de dieciocho.
Al anochecer descansamos en un pueblito a los pies de la Sierra
Nevada, el cansancio me venció enseguida, todavía me dolía
enormemente el cuello y mi columna seguía envejecida.
Mil mariposas azules alzaban el vuelo, yo estaba vestida con una
manta Wayuu, blanca como el algodón, descalza pisaba la tierra
de un lugar donde antes no había estado jamás, y de pronto unos
ojos amarillos me observaban, no se trataba de Silvestre, era
alguien más, algo que me hizo temblar de miedo.
Un hombre joven, de cabello dorado como el sol, me arrastró por
los aires, me sentí caer al vacío, como si volara en el sueño, la
brisa gélida, congelaba mis mejillas. Intenté gritar, pero no pude,
lloraba de miedo, un demonio con fuego en los ojos, me había
llevado con él.
-
¡NO! Grité despertando del sueño, estaba congelada de
miedo, algo o alguien estaba en la habitación, al encender
la luz, no había nada.
En la mañana salí de la habitación que había alquilado José Luís al
pasillo y un olor inconfundible me arrastró hasta donde él estaba.
Lo encontré en la cocina de la casita, tomando una enorme taza
humeante de café.
Una hermosa anciana me sirvió un poco de café y sentí que el
miedo desparecía.
-
Chinita te vez espantosa, no dormiste bien, se te nota.
-
¡Pesadillas! Fue todo lo que contesté.
-
Debe comer algo. Usted está muy flacucha. Dijo José Luís
en tono severo.
57
-
No tengo hambre. Murmuré frunciendo el seño.
-
Si se desmaya, juro que, la dejo botada en la sierra, ni
crea que la voy a estar cargando. Dijo dedicándome una
hermosa sonrisa.
Aunque ya acostumbraba a comer más, y habiendo aumentado
de peso, de todos modos, los estragos de alimentación de años
pasados por no engordar, me hacían ver algo hambrienta.
Desayunamos en silencio. Tomé dos tazas de café más, pagamos
a los ancianos que nos habían atendido, y continuamos nuestro
viaje.
Había un poco de neblina pero el sol ya comenzaba a despejarla.
-
¡Ana mira! Ahí la tienes, la hermosa Sierra de Santa Marta.
Ante mí observé un cuadro pintado por la mano de Dios, era
imponente, entre más nos acercábamos a ella en el jeep, más
lejos parecía estar. José Luís consiguió en dónde dejar el Jeep y
alquiló un caballo para él y una mula para mí. Debí verme
graciosa arriba del pobre animal, porque José no paraba de reír.
Subimos la montaña en compañía de otros lugareños que también
iban a Nabusimake.
-
La columna se me va a romper José, no había otro
animalito mejor ¿Verdad?
Las carcajadas de los hombres me enfurecieron y me concentré
en montar lo mejor posible. José no hacía más que reírse cada
vez que me quejaba, y la mula era tan fuerte que temía que me
arrojara en cualquier momento.
Después de que pasaran lo que fue para mí un siglo, nos
apeamos para comer algo y dar de beber a los animales, el clima
era encantador, pero en mucho tiempo me sería imposible volver
a sentarme como un ser normal, los dolores de espalda eran
insoportables, así que no me permití contemplar tranquilamente
el camino, solo intentaba aguantar los dolores.
58
<<Juro que si Mathias no está allí arriba, el día que lo vea lo
patearé>> Pensé.
Cuando por fin llegamos a nuestro destino, pensé que estaba en
otro mundo, el aire puro y el verdor de aquel lugar, era mágico,
me enamoré perdidamente de Nabusimake, el sol brillaba de una
forma muy diferente en esas alturas.
Era un lugar distinto a cualquier otro que haya visto antes. Había
muchas casitas circulares construidas con piedras enormes; y por
todas partes estaban sus habitantes, los indígenas Arhuacos, con
sus poporos y vestimentas blancas. Una mujer tenía una manta
blanca como el algodón, la misma manta de mi sueño, pero no
era Wayuú sino Arhuaca, verla me hizo sentir miedo.
-
Conseguí dónde quedarnos esta noche, aquí vive un
compadre, un Arhuaco que toca el acordeón, sé que te vas
divertir mucho esta noche con nosotros, así no encuentres
a tu media costilla aquí.
-
José ¿Cómo sabes que busco a un hombre?
-
Y por qué más una señorita tan refinada se subiría a una
mula, no creo que hayamos venido por una mochila
Arhuaca.
Sonreí y fui a buscar a Mathias, caminé un buen rato, saludando e
intentando entender que haría un muchacho como él en un
asentamiento indígena. Está de más decir que no lo encontré,
pregunté a varios Arhuacos que hablaban muy bien el español,
pero nadie supo decirme nada útil, al parecer era normal que
mucha gente los visitara.
Al regresar con José Luís, él me esperaba con una mochila
Arhuaca blanca con negro.
-
¡Esto es para ti!
-
¡No puedo! Respondí.
59
-
Sí puedes aceptarla, es un regalo, no seas malcriada, que
la compré con cariño, las tejen durante días, así que no son
económicas.
-
¡Gracias José! Dije colocándome de puntillas para darle un
beso en la mejilla, pero como no lo alcance, me alzó como
a una niña, y pude darle un beso. Sus mejillas se
enrojecieron como un tomate.
-
¿Conseguiste al hombre?
-
Nada.
-
En la noche le preguntamos a mi compadre. Ven comamos
algo, muero de hambre, sería capaz de comerme una vaca
entera.
-
Si, ya lo creo. Dije, y los dos nos reímos a carcajadas.
60
EL DUENDE
Al atardecer, me alejé un poco de la población, deseaba estar
sola, comenzaba a hacer frío, y mi corazón como todas las
noches, intentaba llenarse de sentimientos de tristeza, el
compadre de José Luís, no había regresado de Pueblo Bello, el
pueblito donde nos atendieron, antes de subir la Sierra.
Caminé alejándome del sendero y subí a una cima, desde allí vi
cómo el sol se escondía lentamente, llenando el cielo de un
dorado entristecido. El dolor me rondaba el alma, intenté no
pensar en Mathias, y en su lugar busqué en mis recuerdos,
alguien que lograba espantarme la tristeza; pensé en Silvestre,
traté de alejar el dolor de no encontrar a Mathias, con la sonrisa
de ese amor secreto, que llevaba escondido dentro del alma.
-
¡TE AMO! Grité. ¡TE AMO! ¡TE AMO!
Una ventolera me arropó los pensamientos, y mis largos cabellos
flotaron como una bandera negra, las ramas de los árboles
crujieron soltando hojitas al viento. Creí que en ese instante, la
montaña conspiraba, llevando mi grito hasta Silvestre. Arrojé un
beso al aire y con toda mi fe, rogué para que llegara a sus
mejillas.
De pronto, me sentí observada y entendí que estaba
oscureciendo, que debía regresar con los demás. Mi piel se erizó
con una especie de escalofrío que me heló la sangre.
Estaba aterrada. Intenté correr, pero el camino era empedrado y
resbaloso, por más que me apresuraba no encontraba el sendero
de regreso.
-
¡Cálmate! Murmuré.
Frente a mí y salido de la nada, estaba el muchacho de mi
pesadilla, vestido de forma extraña, con una camisa blanca
61
manga larga y un pantalón mugriento de color amarillo. Al verlo a
los ojos, sentí pánico, su mirada era maligna.
-
¿QUIÉN ES USTED? Grité sin poder moverme lo más
mínimo, tenía increíblemente el miedo jamás sentido
dentro del alma. ¡QUITESE O NO RESPONDO! Volví a gritar
y la voz se me quebró. ¡QUITESE! ¡QUITESE!
Cuando dio un paso hacia mí, salí corriendo en sentido contrario y
resbalé, caí al suelo, y unas manos me sujetaron.
-
¡SUELTEME! Grité aterrada.
-
¡CÁLMATE ANA! cálmate, no pasa nada, soy yo José Jorge.
Con la poca claridad que quedaba, vi el rostro de otra persona, un
muchacho, un Arhuaco.
-
Sácame de aquí, ayúdame, sácame de aquí ¡Ya! Dije
tocándole el rostro con desesperación.
El muchacho que me había ayudado, era el compadre de José
Luís, al enterarse que estaba vagando por el bosque, salió a
buscarme de inmediato.
Para calmarme me dieron varias bebidas calientes y me acostaron
en una hamaca dentro de una de las casitas, y José Jorge le pidió
a todos los presentes que nos dejaran solos. Todos obedecieron al
instante, menos José Luís.
-
Te incluye José Luís, sal un momento, debo hablar con ella.
-
Chinita solo fue un susto, no paso nada reina. Dijo José
Luís a modo de que recobrara la compostura.
-
¡Salga compadre! Insistió el joven.
-
¡Aja! Ya me voy.
-
¡Ana! ¿Qué o a quién viste? Me preguntó el muchacho
cuando nos quedamos a solas.
62
-
Era un muchacho muy bonito, pero me dio mucho miedo,
soñé con él anoche, antes de venir a Nabusimake.
-
¿Era humano? Preguntó mirándome fijamente.
-
¡Claro que era humano! ¿Qué quieres decir?
-
Y entonces por qué estabas espantada cuando llegué.
-
Me causó un susto de muerte, tú lo viste estaba justo
enfrente de mí, había fuego en su mirada.
-
No Ana, no lo vi…. Mañana mismo te vas de la Sierra, eso
que viste es un duende.
-
¿Un qué? Pregunté confundida.
-
Eres muy bonita Ana, ha sido una locura de mi compadre
traerte a esta tierra, y menos dejarte sola en el bosque,
eso ha sido lo peor, en la Sierra han desaparecido niñas y
jóvenes, el duende se las lleva y jamás las regresa.
-
De qué carajo me estás hablando José Jorge ¡POR DIOS!
-
El hombre que buscas no está aquí.
-
¿Cómo sabes?
-
Lo sé porque se fue hace 3 días, Mathias habitó un tiempo
entre nosotros, luego siguió su camino, tú debes hacer lo
mismo mañana mismo. Nuestra montaña está llena de
misterios, Nabusimake, ese nombre por el que tú lo
conoces, significa “Donde nace el sol”, pero al atardecer, la
oscuridad se adueña de la montaña y no hay nada que se
pueda hacer hasta que salga el sol nuevamente. Créeme
Ana un duende se quiere llevar tu alma.
Durante toda la noche me fue difícil dormir, los ojos de lo que
fuera ese ser, se me habían clavado en la memoria. Desde la
hamaca en la que intenté dormir, podía escuchar los murmullos
de los Arhuacos hablando en su lengua alrededor del fuego que
63
habían encendido, mientras el sonido del acordeón de José Jorge,
se me antojaba tan triste y hermoso a la vez.
Pienso que tocaba aquellas melodías para calmar mi alma, y el
recuerdo de otros ojos amarillos, muy distintos a los del duende y
llenos de vida, me calmaron. No entendía cómo en momentos así,
con el miedo que tenía, recordar su mirada, o el olor de su piel
cuando lo abracé, o su voz, podían traerme tanta paz. Fui
quedándome dormida poco a poco.
Desperté de un salto cuando alguien dijo mi nombre ¡ANA! Fue un
espantoso susurro en mi mente, me levanté y sin saber lo que
estaba haciendo, salí de la casita circular. El aire era gélido y
pude sentir mis pies descalzos tocar el suelo. Tenía puesta una
manta Arhuaca, como en el sueño que tanto me había asustado.
De pronto como si alguien me cargara, mi cuerpo se deslizó
montaña arriba, corriendo entre los árboles a una velocidad
increíble.
¡SUELTAME! Grité aterrada. ¡SUELTAME!
Una voz dentro de mi cabeza me susurró ¡Te necesito Ana!
No permití que la tristeza me consumiera, empecé a cantar,
tarareaba torpemente algo, recordé como bailaba al son de la
música del acordeón de Juancho, cómo con los silvestristas
aplaudíamos y coreábamos ¡SILVESTRE! ¡SILVESTRE! Mi corazón
se inundó de alegría hasta más no poder.
Desperté en la hamaca, con lágrimas en los ojos, todo el cuerpo
me hormigueaba, había tenido una espantosa pesadilla. Por las
rendijas de la casita se filtraba la luz del sol.
“Está naciendo el sol” pensé. Y levantándome deprisa salí y lo
busqué. Cerré mis ojos y sus rayos penetraron mis parpados. Mi
alma renacía con ese amanecer. Al abrir los ojos, sentí un escozor
en los brazos y piernas, tenía como diminutos arañazos, y en el
cabello ramitas y hojas. Ahogué un grito ¡No fue un sueño! Dije.
64
ESPIRITU ERRANTE
Volví a entrar en la casita Arhuaca, busqué mi mochila y me
coloqué pantalones y camisa manga larga, no deseaba explicar
los rasguños que tenía, porque aunque quisiera, no podía
explicarlos. Desayuné ausente, no presté atención a la
conversación de José Luís y José Jorge, aquel lugar tan
encantador de día, era tan diferente de noche, que estaba absorta
en mis pensamientos, intentando comprender qué me había
pasado. La Sierra Nevada era un lugar hermoso, pero estaba tan
asustada, que lo único que podía hacer, era marcharme
inmediatamente.
-
Bueno tú decides Ana. Dijo José Luís, moviendo sus manos
sobre una hoja que tenían en la mesa.
-
Decido ¿Qué?
-
¿Chinita es que no prestaste atención?
-
No, lo siento, estaba distraída.
-
Mi compadre va unos días hasta Bosconia, puedes ir con él
hasta allí y seguir sola hasta Ciénaga, o puedes quedarte
conmigo en Pueblo Bello durante unos días, esperamos allí
un encargo de mi trabajo y luego te llevó hasta Aracataca.
-
Quiero irme ya para Ciénaga José, no deseo estar por estos
lugares… sigo mi camino.
-
Si deseas puedes quedarte conmigo en Bosconia el tiempo
que necesites. Dijo José Jorge.
-
Gracias pero prefiero continuar, si te parece bien.
-
Lo importante es que bajemos ya de la Sierra, lo del
duende me preocupa. La última vez que alguien lo vio,
despareció una niña. Si estas preparada, podemos irnos.
65
-
Cuentos de camino compadre, esa muchachita que se
perdió, no estaba tan niña, seguro se enamoró y se fue con
el novio. Afirmó José Luís.
-
No lo creo, y prefiero no averiguarlo. Concluyó José Jorge.
Me fui de Nabusimake sin mirar atrás, sentía que si volteaba vería
al duende, fue una experiencia aterradora e inexplicable, pero me
aferré a mi entendimiento.
<< No puedo sentir más miedo, no voy a sentir miedo>> me
repetí una y otra vez, mientras mi mula pasito a pasito me
devolvía los dolores de la espalda.
Durante todo el descenso no pronuncié palabra, ni presté
atención a mis nuevos amigos. Incluso no quise saber ya dónde
estaría Mathias, preferí encerrarme en mi mente y no tocar más
el tema.
Me sentía segura al lado de José Jorge, él era quien había
espantado al duende, su presencia le trasmitía paz a mi alma. Al
llegar a Pueblo Bello, me despedí de José Luís, y aunque me puse
de puntillas fue imposible alcanzar su mejilla, él me lanzó una
carcajada y como si fuera una bebé me cargó, me aferré a su
cuello y le di un tierno beso en la mejilla.
-
Nos vemos en el Valle Chinita, y si no consigues al costillo,
te aceptaré como noviecita sin que me ruegues mucho. Y
su hermoso rostro rollizo iluminó mi vida.
-
Que considerado eres, es bueno saber que hay opciones.
-
Compadre cuídame la muchacha, que si le pasa algo
Lorayne me mata.
-
Estará sana y
despidiéndose.
salva,
compadre.
Dijo
José
Jorge
Subimos a un autobús que nos llevaría hasta Valencia de Jesús, y
de allí conseguimos un carrito hasta Bosconia. Me era imposible
66
dejar de pensar en la pesadilla de la noche anterior, me mantuve
callada hasta que José Jorge me sacó de mi mutismo.
-
¿Ana, qué pasó anoche?
-
Nada. Contesté fríamente.
-
No confías en mi ¿Acaso no te gusta como me visto? ¿Mi
traje no te da confianza? o crees que porque llevo el pelo
largo, ¿No soy de fiar?
-
No digas eso, vistes como visten los Arhuacos, yo confío en
ti.
-
No lo creo.
-
Es que, creo que soñé algo extraño, es todo.
-
El duende intentó llevarte, es eso ¿Verdad? No me mires
así Ana, Nabusimake es mi hogar, mi Sierra el centro de mi
mundo, pero eso no me aleja de la gente, he leído mucho,
y puedo hablarte de mi pueblo, cómo puedo hablarte del
tuyo.
-
Si, anoche soñé que algo me llevaba por la Sierra, pero
pensé en alguien muy especial para mí, su recuerdo me
llenó de fuerza, y el sueño se detuvo.
-
¿En realidad crees que fue un sueño?
-
No se qué creer. Dije mostrando los arañazos diminutos en
mis brazos.
Él examinó mis leves heridas, y guardó silencio por un momento,
bajando la voz, para que el chofer y los otros pasajeros no nos
escucharan.
-
¡Sí! como pensé, no fue un sueño, no sé qué hayas podido
pensar o en quién, la cuestión, es que te hizo dejar de
sentir miedo. Verás Ana cuando te enfrentas a cosas como
estas, llámalas como quieras llamarlas, para mí son
67
simplemente espíritus errantes, que a lo largo de los siglos
logran ser muy fuertes, y sobre todo, si les tienen miedo,
es vital controlar las emociones, para qué, eso que se te
acerca, se aleje y no sufras daño alguno. Ahora entiendes
por qué tenías que salir de allí hoy mismo.
-
Si lo entiendo. Yo solo buscaba a alguien y me encontré
con cosas en las que no creía que pudieran existir.
-
¡Mathias! Buen muchacho, me agrada su forma tranquila y
pausa con la que toma las cosas. Me habló de una dulce
mujer a la que amaba, de enormes ojos oscuros y cabello
negro, cuando te vi, entendí que eras la chica de Mathias.
-
José, él te dijo a dónde se iría. Dije con el rostro
enrojecido.
-
No, solo conversamos de la Sierra, de los Arhuacos, de
nuestras costumbres, pero a donde iría, lo desconozco, me
imagino que regresó a Valledupar, allí tiene familia.
-
¿Crees que deba regresarme al valle?
-
¿Y perderte ir a Macondo? Sería una lastima.
-
¿Macondo? No te entiendo ¿El de la novela?
-
Sí, luego de Bosconia y antes de llegar a Ciénaga pasarás
por Aracataca.
-
¿QUÉ? grité de pronto. ¿ARACATACA? Dije emocionada,
mientras el chofer me miraba por el retrovisor a manera de
reproche. Bajé la voz, no podía creer lo que me decía.
¿Aracataca tan cerca?
-
Sí, José Luís te dijo que si lo esperabas te llevaría hasta
allí.
-
No lo escuché. Dije bajando la mirada.
68
Él me miró con sus hermosos ojos negros, como entendiendo lo
emocionada que me sentía, al saberme tan cerca de la Aracataca
de Gabriel García Márquez.
Tengo cosas que hacer por mi pueblo en Bosconia, pero allí vive
una prima muy querida, se llama Katherine Castaño, hablaremos
con ella para que te acompañe y puedas pasear tranquilamente
por Macondo, y aunque es muy joven y alegre, tiene un defecto…
es una silvestrista extremista.
Sonreí, el destino conspiraba en mi nombre.-
69
EL PARAISO SILVESTRISTA
Bosconia,
el lugar más caliente del planeta, una hermosa
población con una temperatura de 45° grados según me comentó
José Jorge, y así lo sentí tan pronto me bajé del vehículo.
-
Ya te acostumbrarás.
-
No lo creó, ahora entiendo cuando alguien dice que “es un
hervidero”.
-
¡Vamos Ana! deja el lloriqueo, creo que has pasado por
cosas peores.
Mis mejillas estaban enrojecidas, no sé decir, si fue porque me
sonrojé o por el intenso sol con el que me recibía aquel lejano
lugar. Llegamos a una pequeña casa donde nos aguardaban
familiares de José Jorge. Me pareció un lugar encantador, sobre
todo porque tenía la necesidad de ahorrar hasta último peso, así
que estaba dichosa de poder llegar a un lugar donde descansar.
Me prestaron un baño, y creo que duré una hora bajo la regadera,
el agua me reconfortó el espíritu, aunque los rasguños eran
pequeños me dolieron cuando pasé el jabón por los brazos y
piernas. Decidí acostarme un buen rato, así que la tía de José
Jorge me condujo a la habitación donde dormiría aquella noche.
-
Espero que puedas descansar un poco muchacha, lo bueno
de la habitación de Katherine es que el aire acondicionado
es el que más enfría en la casa. Lo malo son sus
obsesiones, pero es muy joven, cuando llegue, le diré que
no te moleste.
Al entrar en la habitación, agradecí su amabilidad. Al cerrar la
puerta ésta crujió bajo el pomo.
-
¡Dios santo! Exclamé. Deberían de echarle aceite, que
sonido tan espantoso. Al ver la habitación ahogué un grito.
70
Una enorme imagen de Silvestre me recibió, todas las paredes de
la habitación estaban forradas de fotos, afiches, recortes de
prensa, era el paraíso del silvestrismo. La cama tenía sabanas
rojas, en el tocador más fotos, y múltiples accesorios rojos.
“Esto es increíble” Pensé.
Me fascinó la habitación, encendí el aire acondicionado y sin
querer comencé a detallar todo cuanto me rodeaba.
La puerta crujió y entró una joven de enormes ojos y cabello
negro, llevaba al hombro una preciosa mochila roja.
-
Soy Katherine dijo estrechándome la mano enérgicamente.
-
Hola, soy Ana. Dije sonriendo.
-
José Jorge me dijo que eres silvestrista ¿Es eso cierto?
-
Si, lo soy.
-
¿Canción favorita?
-
¿Cómo? Pregunté sin entender.
-
¿Cuál es tu canción favorita de Silvestre Dangond?
Preguntó con gestos pausados como si le hablara a alguien
que no entiende el español.
-
¡Muchachita Bonita! Respondí inmediatamente.
-
¡Aja! Has ido a un concierto de Silvestre, ¿Cuál?
-
El lanzamiento de “Cantinero” y “No me compares con
nadie”, además fui a uno en Venezuela en el cual me
enfermé muchísimo, si no hubiera…
La muchacha no me dejó terminar de hablar, cuando se me arrojó
encima y me dio un fuerte abrazo.
71
-
Sí, si eres silvestrista, que emoción, y desde Venezuela, es
increíble, tienes que conocer a los muchachos, te van a
adorar, ya los llamo, esta noche hay que salir a silvestriar.
La chica hablaba muy rápido, casi sin respirar. Comenzó a marcar
números en su celular y a caminar de un lugar a otro.
-
¿Muchis? Dijo Katherine. Amiga, noche roja… Sí, si, todo
según lo planeado, los espero en la esquina a las 12, va
otra Silvestrista, es de Venezuela, todos listos a las 12 en
punto. Vamos vestidos de forma discreta. Besos Muchis. SI
DE VENEZUELA.
Me brindó una sonrisa inmensa. Su alegría me recordó a Lorayne,
los silvestristas comenzaban a ser realmente especiales para mí.
Cuando desperté, era ya entrada la noche, no había tenido
pesadillas ni nada por el estilo, fue hermoso encender la lámpara
de la mesita de noche y estar rodeada del rostro de Silvestre, en
fotos que me llenaban de alegría, era una especie de santuario
fascinante.
Alguien tocó la puerta. Pensar en que escucharía el chirrido me
incomodó.
-
¡Pase!
-
Pensé que aún dormías. Dijo José Jorge.
-
No, ya puedo salir un rato, así me llevas a conocer.
-
Ana son las 10 de la noche, dormiste varias horas,
acuéstate, mañana salimos temprano, vine para saber si
querías comer algo.
-
No sabía que fuera tan tarde, gracias José pero no tengo
hambre.
-
Descansa, mañana conversamos.
72
Me quedé recostada viendo el techo, unos enormes ojos amarillos
me observaban. Era increíble estar en el cuarto de una
Silvestrista extrema.
Nuevamente la puerta crujió al abrirse.
-
Por Dios Katherine, échale aceite a esa puerta. Dije
incorporándome de la cama.
-
Está todo listo Ana, tenemos una misión secreta, escucha,
no me mires así, presta atención esta noche vamos a
iniciarte en el verdadero Silvestrismo, ya teníamos
planeado el delito, pero…
-
¿Cuál delito, de qué carajo estás hablando?
-
Queremos robarnos un afiche de Silvestre, es una especie
de anuncio antiguo, nos hemos cansado de pedirlo, y no
nos lo dan, así que la Muchis, los muchachos tú y yo, nos lo
vamos a robar.
-
Pero ¿Qué dices? Imprime uno, o no se, mándalo a hacer,
no hay necesidad de hurtar nada.
-
Decir robo es más emocionante.
-
Es un hurto Kate, no hay violencia, además ni siquiera llega
a hurto, es una travesura.
-
No me critiques el plan, vístete que después de eso te
llevaremos a Silvestriar, quiero ese anuncio de Silvestre y
vas a ayudarme a conseguirlo.
Su mirada brillante, llena de picardía me pareció única, así que
no pude negarme. Durante toda mi adolescencia, nunca hice
nada igual, ni siquiera por “Menudo”, y eso es decir mucho.
-
A las doce está preparada. Dijo en un susurro. Vendrán por
nosotros en moto.
73
-
¿Qué? Dije al borde de un colapso nervioso. “Jamás me he
subido en una moto” pensé, sintiendo por primera vez en
mi vida lo que era la adrenalina en su más alta proporción.
74
EL DELITO DE UN FAN
Salimos de puntillas de la casa de Katherine, José Jorge y su tía
debían estar profundamente dormidos, porque por más que
intentamos que no sonara la puerta del cuartel silvestrista, fue
imposible evitar que su chirrido se expandiera en un eco por el
oscuro pasillo.
Ya en la calle, sentí el vapor nocturno, y me resultó insufrible.
-
No hay moros en la costa. Dijo casi en un susurro
Katherine. Moviendo la mano como fiscal de tránsito.
La seguí en silencio, como si aún José Jorge pudiera escucharnos.
El corazón lo tenía en la boca, por la adrenalina que me producía
la travesura silvestrista.
Recordé el traje verde manzana, del primer día del ejercicio de mi
profesión de abogado, llevaba tacones de aguja negros a juego
con el maletín, estaba perfectamente maquillada, apenas tenía 21
años e intentaba parecer de 30, me presenté en los Tribunales,
aparentando una seguridad en mi misma única, la envestidura de
alguien que lucharía por la justicia, aunque no supiera defenderse
del maltrato psicológico que no quería aceptar. En ese entonces
Rafael me indicaba cómo debía vestir, caminar, hablar, saludar.
Recordé la marioneta de mujer que era, escondiendo mi
espontaneidad y sencillez, detrás de la estampa de profesional
perfecta, en la que él me había convertido.
Ahora, seguía por una calle oscura a una muchachita y estábamos
a punto de cometer una leve infracción, a la cual ella llamaba “El
delito de un fan”. No pude más que sonreír. Ahora vestía de
forma sencilla y llevaba cruzada mi mochila arhuaca y mis
zapatos rojos de trenzas blancas.
Al llegar a la esquina, nos esperaban en moto, tres muchachos y
una chica, vestidos de colores oscuros, con excepción del que se
75
veía el más joven de todos, estaba completamente vestido de
rojo.
-
¿Tú eres bruto o qué? ¿Qué haces vestido de rojo?
Preguntó muy molesta Katherine.
-
Pero bueno ¿Tú no le dijiste a La Muchis que era noche
roja? Se defendió el muchacho.
-
Que bruto eres, es roja de silvestristas, pero habíamos
quedado en ser discretos, por si alguien nos veía ¡FABIAN
QUE ANIMAL ERES! Gritó Katherine perdiendo la
compostura.
-
Eso despierten a todo el vecindario. Dijo la chica de la
moto.
-
En fin, así no se puede. Chicos ella es Ana, es una
silvestrista de Venezuela, y va para Ciénaga, así que
salúdenla como se merece.
Y uno a uno fue abrazándome sin despegarse, hasta que hicieron
una montonera que casi me asfixia. En mi vida me habían dado
un abrazo semejante, y mientras me abrazaban cada uno decía
una frase diferente, como un grito de guerra, lo cual me causo
mucha risa.
- Ana este galán que vez aquí es Gunter, viene de la Guajira. Dijo
presentándome al más morenito de todos.
Me estrechó la mano, y volvió a abrazarme, el calor que sentía
me tenía incomoda, pero traté de presentarle mi mejor sonrisa.
La Muchis y Oscar son Silvestristas extremos, y el de rojo, es
Fabián, no es inteligente pero toca como nadie la guitarra.
Todos nos reímos de semejante presentación. Hasta que de
pronto se escuchó un ruido en la calle, al parecer venía alguien.
-
Vamos, vamos, apremió Gunter. ¡Ven Ana súbete!
76
Y sin pensarlo dos veces me subí a la moto del muchacho Guajiro.
Estaba eufórica, volvía a tener 21 años. Cuando arrancó la moto,
casi me caigo.
-
Pequeña tendrás que abrazarme. Dijo acelerando de una
forma tan brusca, que me abracé a él, como si fuera el
hombre de mi vida. ¡Que Silvestre me cuide! Pensé.
Mantuve los ojos cerrados, apretada a su cuerpo, la brisa era
agradable, pero el terror me dominaba.“Toda mi vida cuidándome
y venir a morir contra el asfalto, me he vuelto loca”.
-
¡POR FAVOR NO CORRAS! Grité para hacerme oír por
encima del sonido de la moto. Por lo que Gunter
desaceleró, cosa que le agradezco aún hoy en día. Pensé
que moriría esa noche, del susto o en un accidente.
“Le prometí cuidarme, le prometí cuidarme” me repetía una y otra
vez, mientras me abrazaba al silvestrista.
Llegamos en lo que me pareció una eternidad a una avenida, y al
bajarme de la moto buscando oxigeno. Ante mí, el afiche mas
hermoso que hayan visto mis ojos.
Silvestre sonreía de oreja a oreja y se veía tan natural y alegre,
que quise inmediatamente robarme el anuncio.
-
Oscar y Gunter apúrense, no hagan bulla, que nos pillan.
Dijo Katherine. ¡Rápido! ¡Rápido! Susurró.
-
Muévanse, me matan los nervios. Dijo La Muchis.
Una luz se encendió en el local, los chicos bajaron el afiche y
salieron corriendo, me quedé absorta mirando la ventana y
observé que alguien se asomaba.
-
¡CORRE ANA! ¡CORRE! Dijeron al unísono.
Estaban a punto de vernos, cuando salí corriendo en dirección a
Gunter y me subí a la moto, arrancamos a toda velocidad y los
77
muchachos gritaban frases, muertos de risas. Entendí entonces
que se trataba de frases silvestristas.
-
¡CUANTAS VECES APAREZCAS, ESAS MISMAS VECES TE
OLVIDO! Grité emocionada.
Nos alejamos del lugar y fuimos a parar a una plaza, en donde
varios jóvenes escuchaban música y bailaban en plena calle. El
afiche Katherine lo había enrollado, si alguien lo veía se daría
cuenta y podría delatarnos, al parecer todos en Bosconia querían
el anuncio silvestrista, pero nadie se había atrevido a llevárselo,
el dueño despojado era un silvestrista a quien le tenían respeto
en todo el Municipio.
-
Gunter sacó una pequeña botellita que reconocí como
Aguardiente, y un vasito de plástico. Se sirvió un trago,
levantó la mano como si se tratara de un ritual, y dijo:
“Comprar el tiquete no es lo mismo que entra al avión”. Y
los chicos respondieron ¡Salud! A la vez que se tomaba su
trago de aguardiente.
-
Katherine hizo lo mismo y dijo “Que viva Colombia, que
vivan Ustedes y que viva yo” ¡Salud! Dijimos todos.
-
Fabián brindó “Es que no es la plata, es el corazón” ¡Salud!
Repetimos riendo.
-
La Muchis “Como todo en la vida no es fácil, se sufre, se
trabaja y se gana con sudor” ¡Salud!
-
Oscar, brindó tomando de la propia botella “Es que unos
beben para olvidar y yo vivo, pa recordarla” ¡Salud!
-
¡Cuantas veces aparezcas, esas misma veces te olvido!
Brindé. Todos gritaron ¡SALUD ANA!, ¡SALUD!
78
LA MUCHIS
Fabián
sacó de un viejo forro una gastada guitarra, nos
sentamos en la plaza a su alrededor, y para mí, en ese instante
no hubo una persona más maravillosa en todo el universo,
vestido completamente de rojo, con una voz preciosa y cantando
al compás de las cuerdas, “La Indiferencia” una de las primeras
canciones que me aprendí de Silvestre.
Su voz y las sonrisas de los muchachos después del delito, me
hicieron sentir ganas de tomar, todo hubiera sido perfecto si
Mathias y sus tragos rojos, estuvieran allí conmigo.
Cantamos varias melodías, y la gente se acercó a cantar también,
y de repente éramos cualquier cantidad de voces coreando “Esa
mujer” “Que no se enteren” y “Cantinero”, si un extranjero ajeno
al silvestrismo nos hubiera visto, pensaría que hacíamos una
vigilia.
Oscar muy animado, consiguió algo que no había probado, un
roncito sumamente suave, hielo y limón. Un trago tras otro; unos
por felicidad, otros de despecho, otros a la salud de Silvestre,
otros a la salud de mis hermanos silvestristas.
Comprendí que el silvestrismo no era solamente seguir al ídolo, o
ir a sus conciertos, siquiera bailar en casa o en las fiestas, es un
sentimiento que nos une, como los mejores amigos del mundo,
sentir que no estás solo en tus penas o en tus alegrías, que vistes
de rojo porque te gusta decir que eres silvestrista, que bailas
como trompo, no para ti, sino para expresar tu felicidad por ser
único entre los demás, porque eres alguien que entiende
“Silvestriando ando.”
La Muchis tenía una sonrisa increíble, y contemplaba a Fabián
como yo lo hacía cada vez que miraba Mathias, pero también lo
miraba, cómo yo miraba a Silvestre. Cómo puedes ver solamente,
a ese amor imposible, infinito, pero que jamás será tuyo, y que
79
de todas formas, des gracias a la vida de que él exista, y te
conformas con que él sea feliz.
-
¡Katherin! ¡kate! Dije haciéndole señas para que se sentara
a mi lado. Kate, ¿La Muchis es novia de Fabián?
-
¡No niña! El Fabián es casado.
-
Tan joven, ¿En serio? Pregunté con los ojos muy abiertos.
-
Sí, y como bien te fijaste, La Muchis lo ama, es una triste
historia, lo peor es que él también la ama, pero por esas
tonterías que cometen los hombres, embarazó a otra chica.
Y él será bruto, pero irresponsable nunca.
-
¡Qué triste! Dije aceptando otro vasito de ron.
-
Lo bueno es que eso no dañó su amistad, y creo que se
aman en silencio, sin que nadie tenga nada que decir. Ana,
mi amiga Andrea es…
-
¿Andrea?
-
Si claro, Andrea Martínez, ni modo que “La Muchis”, sean
su nombre verdadero, así le decimos de cariño. Como te
decía mi amiga, es tremenda niña, fiel a Silvestre, aunque
se nos venga el mundo, a veces no tenemos dinero
suficiente para CDS, o videos, incluso para ir a los
conciertos, pero La Muchis se las arregla y nos ayuda, algo
se inventa y terminamos teniendo noches rojas, como
estas.
-
¿Tu mamá no te regaña? O la mama de La Muchis, mi
madre a tu edad me tenía encerrada estudiando.
-
Mamá es un sol, ella sabe que me salgo de noche, pero
también sabe, quiénes son los muchachos, y sobre todo
adora a La Muchis.
-
Y por qué no pedir simplemente permiso.
80
-
¿Qué? Y perderme la emoción de volarme de casa, eso
jamás.
Reímos mientras, bebíamos felices el roncito, yo aplaudí cada una
de las canciones que interpretó Fabián, a quien le hicimos un
pésimo coro, pero cuando la felicidad te embarga, el ridículo no
existe.
Seguimos tomando, y cuando observe mi reloj silvestrista, me
sombró ver la hora.
-
¡ES TARDE! ¡ES TARDE! Son… son…
Me había emborrachado, me acordé de Rafael, y las lágrimas
comenzaron a brotar.
-
Ana, vamos estás ebria, con café se te quita. Dijo alguien.
-
No, no quiero, llaman a Mathias y le dicen que es un tonto.
Dije sintiéndome muy mareada. Creo… creo…
Y todo cuanto había comido y bebido, lo vomité a un lado de la
calle, los chicos se reían, ninguno parecía estar como yo, y el
dolor en las entrañas se me mezclaba con el dolor de los amores
imposibles, inconclusos.
La Muchis y Kate, me ayudaron, me lavaron la cara y me
recogieron el cabello. Vi en los ojos de La Muchis, el mismo dolor,
los mismos obstáculos de amar que yo tenía.
Me senté al borde de la calle, me abracé las piernas y lloré, lloré
como nunca había llorado en mi vida, lloré por Silvestre y por
Mathias, lloré por mí, por el mal amor que fue Rafael, incluso
recuerdo que lloré porque Teresa no estaba conmigo, lloré porque
no tenía un cuarto como el de Kate, lloré porque necesitaba
llorar.
81
TENER DIECISEIS
Debí tomar tres enormes tazas de café, darme dos baños, 2
aspirinas, e incluso el zumo de tres limones, todo facilitado por
Katherine. A las ocho de la mañana, con unas gafas oscuras, y
ropa ligera, caminaba por las calles de la calurosa Bosconia, José
Jorge, Katherine y yo salimos al paseo acordado. Me mantuve
callada durante el recorrido, ya que el dolor de cabeza me estaba
matando, el paseo me resultó una agonía, pero ser silvestrista es
apoyar a tus amigos de parranda; y Katherine no merecía ser
delatada, menos por mí inexperiencia en licores. Aprendí que el
aguardiente y el ron “NO SE MEZCLAN”, y que si vas a silvestriar,
necesitas algo menos fuerte, porque la alegría también embriaga.
-
Bueno chicas las dejo, debo hacer unas negociaciones aquí
cerca pero me tomará tiempo, aprovecha Ana y paseas un
poco más, ya que mañana podrás irte a Aracataca, mi tía
no tiene problemas en que Katherine te acompañe, aunque
apenas cumplió 18 años, y no se porta bien, le di mi
palabra a la tía, de que sería juiciosa ¿Verdad prima?
-
Claro José Jorge, además solo iremos a casa de mi amiga
Rossana, hasta que vayas por mí. Ana es medio aburrida y
seguramente no querrá… inventar.
-
Tranquilo José, nos vemos más tarde. Dije sintiendo el
alivio que se fuera.
-
¡Dios! Pensé que jamás nos dejaría solas. Dijo Katherine,
mirando nerviosamente hacia todos lados, como si alguien
nos persiguiera.
-
Me está matando el dolor de cabeza, Kate has algo.
-
Cuenta con eso. Vamos… nada como una buena cerveza
bien fría para el ratón, o mejor dicho, la rata que cargas
encima.
82
-
Quieres ir más despacio, el calor ya me tiene sofocada
como para andar rápido.
-
Apúrate Ana, mira allí, en la esquina está tu salvación. Dijo
señalando una especie de comercio, de esos donde te
venden desde un botón, hasta una pizza.
Cuando sentí la bebida helada y espumante por mi garganta, mi
espíritu volvió al cuerpo. Los excesos no son buenos, pero que, el
alcohol sea el causante de tus males y al día siguiente la cura de
ellos, resulta demasiado irónico para entender cuál es el exceso
verdadero.
-
Esta noche, tendremos noche de chicas en mi casa, en el
cuartel silvestrista, como tú le llamas.
-
Te volviste loca Katherine, estoy destruida.
terminando en tres tragos la poción mágica.
-
Me entendiste mal Ana, el hecho de que La Muchis y
Danielita vayan a casa, no quiere decir que haya parranda.
-
¿Quién es Danielita? Pregunté más animada.
-
Mi mejor amiga. Dijo Katherine mirando a todos lados.
-
Quieres quedarte quieta un instante, me alteras la resaca.
Si es tu mejor amiga, por qué no nos acompañó anoche
entonces.
-
Tiene dieciséis Ana, entiende es menor de edad y su mamá
no la deja salir de noche, apenas de vez en cuando la dejan
ir a dormir a mi casa, tiene barrotes en su ventana y un
perro muy bravo cuida la entrada.
-
¡Simpática la señora! Dije queriendo reír, pero aún estaba
indispuesta para volver del todo a la normalidad.
-
Imagínate que Danielita tiene hasta prohibido el Internet.
-
Dije
¿QUÉ?
83
-
No puede ir a parrandas, y es una de las silvestristas mas
enamorada de Silvestre que conozco.
-
Pobre niña, mis dieciséis fueron un paraíso comparados a
semejantes prohibiciones. Tenemos que hacer algo por
ella. Dije.
-
Ya lo hicimos. Dijo Katherine con una sonrisa triunfal. El
afiche que robamos anoche es para Danielita.
Cuando regresábamos a la casa para almorzar, caminamos en
silencio, aunque advertí que Katherine siempre volteaba a mirar
atrás. El sol me lastimaba la piel, y aunque ya me sentía mejor,
deseaba refugiarme en el cuartel silvestrista lo más pronto
posible. Descansamos toda la tarde y al llegar las seis, Katherine
salió a recibir a Danielita. Cuando entraron en la habitación, el
sonido de la puerta no me pareció tan terrible.
-
Ella es Ana, la Silvestrista que va para Ciénaga a buscar a
otro silvestrista.
Cuando vi la mirada de Daniela, no tuve ni la menor duda, el
mismo brillo en sus ojos claritos como la miel, el mismo rostro
sonriente; y el abrazo de oso que, sólo te puede dar un
silvestrista.
-
¡Hora de ponernos los pijamas Ana! Dijo Danielita tomando
su morral.
-
Yo no tengo. Dije alegremente.
-
¡Yo te presto una! Dijo Katherine. Falta que llegue La
Muchis pero, si, ya podemos ir cambiándonos.
El pijama de algodón que me correspondió, era de pantalones y
manga larga, de color blanco con puntitos negros, me hizo sentir
como si fuera una niña de dieciséis años nuevamente. Al verme
en el espejo del baño, creí ser la muchachita feliz que había sido,
con una familia completa y unida. A lo largo de los años, todo
84
había cambiado, y ya ni tenía tiempo ni para ver a mis hermanos,
cuando no estaba en un Tribunal estaba en la oficina.
A veces perdemos nuestra esencia, buscando la grandeza de una
profesión, cuando en las simples cosas, está la vida. “Vuelvo a
tener dieciséis” pensé abotonándome la camisa.
Al regresar a la habitación estaba La Muchis, quien al verme me
abrazó. Llevaba puesta un pijama azul cielo. Katherine también
se había vestido, pero de color rosado, y para mi sorpresa, el
pijama de Daniela era rojo.
Prácticamente la entrega del afiche fue un ritual, Katherine había
dado un pequeño discurso respecto a los peligros vividos por
conseguirlo, y se me concedieron los honores de hacerle la
entrega formal a la menor de edad.
Cuando Daniela extendió el gran afiche sobre la cama, le dio un
tierno beso en la mejilla a la imagen de Silvestre, y se echó a
llorar sobre la imagen. Guardamos silencio, y al verla
desahogarse, entendí que ser Silvestrista tan joven le colocaba en
las narices el peor de los obstáculos, depender del permiso
paterno – materno, para poder amar a Silvestre.
Nos abrazamos y Daniela con sus ojitos llenos de lágrimas nos
agradeció el gesto.
-
Ya cumplirás dieciocho y el mundo será tuyo Daniela.
Comenté dejando correr lágrimas muy gruesas de mis ojos.
La pequeña me abrazó.
-
¡Así es! O tu mamá será extraditada del país. Dijo
Katherine. Y todas comenzamos a reír a carcajadas.
La Muchis, colocó un CD sorpresa que traía para compartir con
nosotras, muy ceremonial nos exigió acostarnos en el suelo y que
levantáramos los pies, colocándolos en la cama. Algo que se me
antojó hermoso, porque aún siendo mayor, me colocaba a la edad
de Daniela para hacerla feliz.
85
-
¿Listas?
-
¡Sí! Dijimos al unísono.
Una melodía realmente hermosa comenzó a sonar en el grabador.
-
Cierren los ojos, ya… esta canción es dedicada a Silvestre
desde ésta noche y para siempre.
Cerré mis ojos, dejándome llevar, por la increíble voz de una
muchacha, la guitarra me resultó perfecta y la letra de la canción
me hizo llorar. Parecía escrita por nuestro corazón.
Detalladamente la canción expresaba mi amor por Silvestre,
agradecí a Dios sentir algo tan profundo y bonito por alguien
como él, porque la pureza de mi amor, llenaba mi alma, sin
importar que él nunca pudiera saberlo o entenderlo… Yo era una
fan.
Todos ven nuestra novela
Y tú eres el escritor
Pero como las monedas
Esta historia tiene caras
Para ser precisa dos.
Y callaré todo amor
Si eso te calma
Nunca contaré el error
Que tanto callas
Si así me aseguro que
Un día de estos
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Regreses por mí
La mala del cuento seré
Si eso quieres lo hago por ti.
(Mariana Vega – La mala del cuento)
87
SUS FANS
88
EL AMULETO
Durante
horas, las cuatro silvestristas revelamos una a una
nuestras historias, sueños, tristezas. Nos convertimos en
confidentes. Hacía mucho que no sentía lo que era tener personas
tan cercanas a mi corazón. Entendí entonces que amiga, no es
aquella que esta sólo para las fiestas o para decirte lo bonito que
están tus zapatos, las verdaderas amigas son como las
mariposas, revolotean a tu alrededor, animándote a creer en ti.
Gritan muy fuerte cuando estas por equivocarte, y te siguen
ayudando desde el cielo, aún después de partir. Amiga es aquella
que llora contigo, que limpia tus lágrimas en silencio, sin quejarse
de tus manías. Amiga es aquella que te dice “Luego recogemos
los vidrios”.
Pensé en Raquel y Amparo, las extrañaba
inmensamente.
Hubiera querido tener más noches como esa, donde una niña de
dieciséis años, es igual a una de veintiocho, no se explicar si es,
porque somos niñas, o somos mujeres; sin importar la virginidad,
la inocencia, los complejos o los errores, sentimos exactamente
igual.
Algunas encontramos como enmascarar las frustraciones, otras
nos resignamos a que vivimos la vida que nos tocó vivir, otras
tenemos la esperanza de que todo cambiará y que podemos dejar
atrás las viejas obsesiones. Amar sin tener permiso para hacerlo
como Daniela; sentir el amor correspondido y que sea imposible
vivirlo como La Muchis, hacer travesuras para llenar tu vida con
algo, porque no encuentras cómo amar tranquilamente, como en
el caso de Katherine, o tener el corazón con tantas cicatrices, que
puedes llegar a creer que alguien pueda borrarlas algún día, como
me siento yo.
Katherine y La Muchis, fueron las primeras en quedarse dormidas
en sus colchonetas; Daniela y yo conversábamos susurrando,
para no despertarlas.
89
-
¿Qué harás si no encuentras a Mathias en Ciénaga?
Preguntó Daniela observándome con sus enormes ojos
color miel.
-
En realidad Danielita, ya no se trata de él, se trata de mí,
de llenar mi vida con el silvestrismo, conocer a esas
personas de carne y hueso, que por cosas de la vida puedo
conocer, como tú, las distancias ya no existen con esto del
Internet, el facebook o el propio twitter, aunque sé que a ti
aún no te lo permiten. Dije apretando su mano. Al llegar a
Ciénaga regresaré al valle para recoger mis recuerdos y
marcharme a casa, pero todos seguirán formando parte de
mi vida, sean menores de edad o no. Dije brindándole la
mejor de mis sonrisas.
-
¡Ana siempre seremos amigas! Dijo y una lagrimita bajó
por sus mejillas. Y sé que volveremos a vernos, cuando
cumpla los dieciocho iremos a buscarte a Venezuela, ya lo
veras.
De pronto colocó algo en mis manos, era como un perrito o un
coyote de tela, de color rojo y puntitos blancos, tenía dos botones
morados que hacían de ojitos, un botón verde que era la nariz y
un botoncito amarillo en el pecho.
-
Ana, este es mi amuleto de la buena suerte, te lo regalo.
-
Es hermoso, pero no me puedo llevar tu buena suerte.
Contesté.
-
Lo hice yo misma, es un amuleto silvestrista, llévalo
contigo siempre; y a tu vida, llegarán las personas más
maravillosas del mundo. Gracias a él te conocí a ti, créeme
Ana, este amuleto es mágico.
Tomé el amuleto y abracé a mi pequeña silvestrista, no entendía
cómo un gesto tan sencillo, podía darme todo el amor que yo
necesitaba, y que, con tanta insistencia buscaba siendo fan de
Silvestre.
90
-
Ana antes de dormir pídele un deseo, tarde o temprano
será realidad.
Danielita durmió en la cama y yo en una colchoneta al lado de la
única ventana del cuartel silvestrista, apagué la lamparita de
noche y me acosté. Había luna llena y los rayitos de luz se
colaban por la ventana. Apreté muy fuerte el amuleto silvestrista
y con toda mi alma, pedí un deseo.
“Deseo un beso… un beso de Silvestre”.-
91
MARIPOSAS AMARILLAS
Esa mañana me despedí de todos los amigos que había hecho en
Bosconia, prometiendo que algún día nos volveríamos a ver,
agradecí tanto cariño y protección, sobre todo a José Jorge, por
quien sentía un gran respeto, por su cultura Arhuaca, pero sobre
todo porque mientras él estuvo cerca de mí, me sentí a salvo.
-
Bueno Katherine, ya sabes, nada de inventos, el domingo
por la tarde te iré a buscar a Aracataca, le prometí a tú
mamá que solo seria por el fin de semana, así que me
esperas en casa de tu amiga Rossana, luego de que envíes
a Ana para Ciénaga.
-
Tranquilo primo, seremos unos angelitos. Palabra de
Silvestrista. Dijo solemne mi amiga.
-
Eso es lo que precisamente me
revolviéndole el cabello a Katherine.
preocupa.
Dijo
Al despedirme, le di un beso en la mejilla a José Jorge, y la mayor
sonrisa que el calor de Bosconia me permitió dar.
-
Buen viaje muchachas, súbanse a ese bus o las van a
dejar. Dijo sonriendo.
Subimos al autobús con nuestros morrales. Llevaba puesto mis
zapatos rojos de trenzas blancas, los que me había obsequiado
Silvestre, en la mano derecha empuñaba el amuleto de la buena
suerte y mi mochila Arhuaca cruzada a la espalda.
Cuál sería mi sorpresa, cuando observé que en los últimos
asientos del autobús, Gunter, Oscar, La Muchis, Fabián estaban a
bordo, incluso Danielita.
-
¿Qué es esto? Muchachos ya nos despedimos temprano.
Dije sonriendo.
92
-
Mi hermosa es que nos vamos contigo. Dijo Gunter. Y el
jolgorio dentro del bus fue tal, que el chofer nos regañó y
casi nos baja de la unidad.
-
Danielita por Dios, bájate, tú mama va a matarte. Dije muy
preocupada.
-
¡Me dieron permiso Ana!
-
¿Cómo así? Insistí sin entender.
-
José Jorge es un santo, él tiene toda la confianza de mis
padres, y dijo que estaríamos en casa de familiares; y
mamá se fregó, porque papá dijo que sí, que podía ir a
conocer el pueblo de Gabo.
Todos sonreían cómo si se tratara de una travesura, me senté
con Danielita, mientras los chicos no paraban de hablar. La
felicidad que me embargaba era tal, que no sabía si reír o
llorar. Ir por el mundo no es lo mismo, si vas con amigos y no
se compara a nada si son Silvestristas.
Durante el viaje no dejé de mirar la carretera, los
pensamientos y las emociones se mezclaron en un torbellino
dentro de mí alma, jamás pensé que ir a la Aracataca de
Gabriel García Márquez fuera tan emocionante. Pero mi
imaginación me hizo una mala jugada, recordé los ojos
amarillos y malignos, del ser que había tenido que soportar en
Nabusimake, un escalofrió me recorrió todo el cuerpo.“No voy
a sentir miedo, no puedo sentir miedo” Pensé.
- ¿Ana tú has leído Cien años de Soledad? Pregunto Danielita,
sacándome de mi mutismo.
- Sí, la he leído cuatro veces, la primera vez que leí a Gabo
tenía catorce años.
- ¡Caramba! Es un libro muy grueso, mi papá lo tiene, pero no
sé de qué trata.
93
- Debes leerlo, es el más maravilloso de todos los libros que
he leído en mi vida, conserva para la eternidad, un pueblo
llamado Macondo, con personajes tan reales y a su vez, tan
fantásticos, que cada vez que lees nuevamente la historia,
entiendes de una forma diferente el libro. Es complejo, pero
no imposible de leer. Lo que más me gusta del libro es que es
mágico, como el amuleto silvestrista. Ir a Macondo, como
suele llamarle la gente a Aracataca, es un honor, algo que
jamás pensé que pudiera hacer, no por los momentos y menos
en compañía de mis hermanos silvestristas.
- Papá me dijo que estuviera atenta a las mariposas Amarillas.
Dijo sonriendo la pequeña.
Traté de descansar un poco, soñé con cosas que hoy en día, no
recuerdo. Cuando desperté, todos conversaban animadamente.
-
¡ANA MIRA! Dijeron los chicos señalando un letrero.
Mi corazón se desbordó cuando leí “Bienvenidos al mundo mágico
de Macondo.” “ARACATACA-MACONDO”, el gran anuncio tenía
una foto del Gabo al lado Izquierdo y la foto de otro señor, al lado
derecho. Me coloqué de rodillas en mi asiento y les pregunté a los
muchachos, quién era. Solo La Muchis contestó.
-
Parranda de sinvergüenzas, ve que no saber quién es Leo
Matiz. Ana es el otro Colombiano, por el cual, Aracataca es
famosa, un fotógrafo y caricaturista maravilloso, muy
reconocido en el mundo entero, cuando lleguemos te
mostraré su trabajo.
Estaba feliz. El bus entró lentamente al pueblo, había personas
por todas partes, yendo y viniendo en su día a día, y sin querer,
sin siquiera entender cómo, mi imaginación vio, miles de
mariposas amarillas, dispersas por las ardientes calles del lugar
más maravilloso del mundo.
“Macondo existe” Pensé abriendo la boca de par en par “Gabo
tenía razón”. Pude distinguir los empolvados almendros de los
94
que tanto hablaba Gabo en sus obras, y el calor intenso que me
abrazó, me hizo recordar la palabra exacta de aquel clima, Gabo
lo llamaba “Hervidero”.
Esa tarde al bajar del autobús entre risas y emociones, conocí a
Rossana la amiga de Katherine, todos nos quedaríamos el fin de
semana en su casa. Era una chica delgada y alta, de rostro
alegre, una Silvestrista curtida con los años, hablaba de Silvestre
con pasión pero sin angustia, ni con lágrimas en los ojos,
dominaba mejor que todos nosotros sus sentimientos.
-
Mamá está feliz por la visita, a veces este pueblo se vuelve
tan tranquilo, que el único alboroto lo da mi hermano
Alexis, cuando coloca música en la casa, así que ya les
tiene la cena preparada y sus camas listas. Los muchachos
dormirán juntos en la habitación de mi hermano y nosotras
tendremos privacidad en mi habitación, no es como la de
Katherine, pero estarán a gusto.
Estábamos emocionados, reíamos por todo. La casa de Rossana
estaba cerca del lugar donde nos dejó el autobús, así que fuimos
caminando bajo el sol inclemente. Éramos una hermandad,
porque el sentimiento rojo nos unía. Advertí que nuevamente
Katherine miraba a cada instante a su espalda, cómo vigilando
que alguien se acercara, desde la noche anterior la veía ausente.
No podíamos imaginar lo que viviríamos en la tierra de los
Buendía. El duende había llegado con nosotros a Aracataca.
95
SILVESTRISTAS A COMER
Son
tantas las cosas que ocurrieron en Aracataca, que dejar
constancia de ellas, me resulta dulce y amargo, conocer
silvestristas como Rossana y Alexis, era tan especial para mí,
pero los hechos que acontecieron ensombrecieron mi vida, hasta
tal punto que si no hubiera sido por el Silvestrismo, me hubiera
perdido para siempre, en sentimientos que pretendían acabar con
mi paz y mi existencia.
Esa noche mientras la mamá de Rossana servía la cena y los
chicos se acomodaban en las habitaciones; a la entrada de la
casa, me senté con Katherine. Me preocupaba su actitud,
nerviosa e insegura.
-
-
¿Cuándo vas a decirme qué te pasa Katherine? ¿Qué te
tiene tan intranquila? ¿Crees que no me doy cuenta?
Pregunté.
No sé como… decírtelo Ana. Dijo con la mirada perdida.
-
¡Por Dios Katherine! Somos silvestristas, cómplices y
amigas, cómo no vas a saber decirme algo, cuando yo te lo
he contado todo. Confía en mí, amamos al mismo hombre
y no peleamos por él. Dije sonriendo. ¡Amamos a Silvestre!
-
Estoy viendo fantasmas. Soltó de pronto.
-
¿Qué? ¿Cómo que fantasmas? Explícate hija.
-
Es un hombre joven, rubio y de ojos espantosamente
amarillos, su mirada quema como si fuera fuego. No habla,
solo se coloca a tu lado y te mira Ana, de una forma que
me esta volviendo loca. Se que pensaras que…
-
¡Dios mío! Dije ahogando un grito. <<No puedo sentir
miedo>> Pensé. Aunque el escalofrío que me produjo
aquella confesión, me recorrió el espinazo.
96
-
¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
-
Cuando bajamos del autobús. Contestó.
-
¿Por qué no me lo dijiste Katherine? Yo lo he visto, sé
quién es.
Katherine se aferró a mí en un abrazo fraternal, su rostro tomó
color, y murmuró palabras que no pude entender, su miedo era
tal, que le temblaba todo el cuerpo. Calmarla no fue fácil, aunque
aparentaba ser la más inventadora y fuerte de todos nosotros, en
realidad era una muchacha que ante lo sobrenatural, era lógico
que se asustara tanto.
-
Tú primo José Jorge también sabe sobre él, es un duende
de La Sierra Nevada de Santa Marta. En Nabusimake
intentó llevarse mi alma y mi cuerpo, pero me salvé.
-
¿Cómo? Preguntó angustiada.
-
Decidí no tener miedo, y tararee una frase de Silvestre.
-
¡Dios mío! ¿Cuál? ¿Dime cuál?
-
Ahora lo recuerdo, es esa que entonamos el otro día en la
plaza de Bosconia, esa tonada sentimental, en la que
levantamos la manos al cielo “ay amor, amor, amor, amor,
amor de mi alma” la que es como una oración.
-
¡Ana por Dios! Que increíble.
-
Sí Katherine, me dio tanta fuerza y serenidad, que creo que
eso hizo que El Duende no pudiera llevarme. En el bus esta
tarde, creí verlo en mi imaginación. ¡Qué pesadilla!
Tenemos que llamar a José Jorge de inmediato, es el único
que sabe qué podemos hacer con ese espíritu.
-
No podrás Ana, José Jorge está en un asentamiento
campesino cerca de Bosconia, y como sabes, no usa
97
celular. Tendremos que esperar que venga a Aracataca.
¿Crees que debemos decirle a los muchachos?
-
No, es muy difícil que nos crean sin haberlo visto.
¡Necesito! Dije agarrando a Katherine por los hombros.
Que seas fuerte, que no tengas miedo, ese sentimiento lo
llena, lo alimenta. Y entiende algo, es muy peligroso;
muchas niñas han desaparecido en La Sierra Nevada, él se
las ha llevado, si tienes miedo, te expones a que El Duende
te lleve también.
-
¡Inmundo mamarracho! Dijo Katherine con fuerza
renovada. No podrá con nosotras Ana, pensaba que me
estaba volviendo loca. Dime ¿Qué hay que hacer?
-
No podemos tener miedo. Dije mirándola a los ojos.
<< A COMER SILVESTRISTAS, TODOS A LA MESA>>
El grito retumbó en toda la casa, lo cual en principio nos hizo dar
un sobresalto.
<< A COMER SILVESTRISTAS, TODOS A LA MESA>>
En el umbral de la puerta Rossana nos observaba con sus
enormes ojos marrones.
-
Chicas mamá nos está llamando a comer, vamos Ana,
Alexis muere por conocerte.
Sus palabras me hicieron sonrojar.
<< A COMER SILVESTRISTAS>>
Acudimos a la mesa, todos buscaban sillas, bancos de madera y
se acomodaban muy juntos los unos de los otros, se respiraba el
ambiente más cálido del mundo allí adentro, no por el calor
nocturno de Aracataca, sino porque allí éramos una hermosa
fraternidad de comensales.
98
Aunque las arepas y el caldo de huevo Santandereano, que nos
preparó la mama de Rossana estaba exquisito, mi estomago
estaba revuelto con la sola idea de saber que en cualquier parte
estaba ese ser, contemplándome, deseando mi alma.
-
¡Ana! Dijo Danielita dándome un codazo.
-
¿Qué pasa? Susurré mirando a todas partes en el comedor.
-
Alexis te ve con mucha insistencia, creo que le gustas. Dijo
mi amiga al oído.
Disimulé, y apenas lo miré. Tenía en su mirada un brillo especial,
era un joven alegre, simpático. Bajé la mirada a mi plato de caldo
con papas e intenté comer, sintiendo ganas de reírme.
Últimamente si estaba nerviosa, me daban ganas de reír, y mi
cara se enrojecía como un tomate.
-
Alguien toca en la puerta muchachos. ¿Quién será? Coman
tranquilos voy a ver. Dijo la mama de Rossana.
Todos conversaban alegres, haciendo planes para el día siguiente,
al parecer iríamos al río Aracataca.
-
¡ANA TE BUSCAN! Gritó la señora desde la puerta.
De pronto todos me observaron, como si yo supiera quién me
había podido buscar en aquel lugar tan remoto de la tierra. Encogí
mis hombros, dando a entender que no sabía de quién se trataba.
Un hombre alto, de piel blanca y ojos cafés, se presentó en el
comedor con la mamá de Rossana.
Sentí ganas de vomitar mientras le sostenía la mirada. Rafael
estaba ante mí.
<<No puedo tener miedo>> Pensé clavándome las uñas al cerrar
mis puños.
99
Y el recuerdo de Silvestre abrazándome el día en que le conté
todo sobre Teresa, bastó para ponerme en pie y dirigirme hacia la
puerta. Enfrentaría al peor de mis demonios.
100
NO PUEDO TENER MIEDO
En
la calle del pueblo de Aracataca, las personas caminaban
alegremente, observé varios letreros esa noche, sobre Gabriel
García Márquez, era como caminar dentro de Cien años de
Soledad, sin necesidad de ser un personaje, era como leer e
imaginar, en ese instante no sabes si lo que ves, es imaginación o
realmente está ante ti. La noche se me antojó triste.
Caminamos en silencio, Rafael seguía mis pasos, algo que jamás
había hecho en su vida. Al llegar a una plaza pequeña, donde se
alzaba el monumento de un libro gigante, me senté en la acera y
ese hombre al que en algún tiempo amé con todas mis fuerzas,
se sentó a mi lado.
-
Mi madre te dijo dónde estaba ¿Verdad?
-
¡Ana estás preciosa!
Vi sus ojos, tenían un brillo, que no podía reconocer, estaba dócil,
vestido de forma deportiva, y su sonrisa, era hermosa.
-
Mi madre, no entiende nada, solo le interesa que forme un
hogar, sin importar si en ese contrato, estoy firmando una
condena de muerte, mi padre era el único que podía
comprenderme y controlarla.
-
Ha sido culpa mía Ana, insistí en que todo lo arreglaríamos,
tu madre confía en mí, prometí llevarte a casa, todos
esperan tu regreso, este viaje tuyo ha sido una locura.
Dentro de mis venas ya no corría sangre, sino el veneno
escondido desde el día que lo encontré con su gran y oculto amor.
-
¿A qué has venido Rafael? Pregunté.
101
-
Ana, te amo, no tienes idea de lo arrepentido que estoy, te
extraño, extraño el olor de tu piel, tu sonrisa, tus besos,
yo…
-
¡Basta! Le espeté. Sentí ganas de tener un cuchillo y
clavárselo en el corazón. No tengo ningún interés en ti.
Dije. Ya no te amo, creo que nunca te amé. No te odio,
pero soy lo más sincera que puedo, hoy por ti no siento
nada.
-
Pero puedo hacer que todo vuelva a ser igual que antes.
-
¿Sí? Y qué volverás a hacer, ¿Humillarme? ¿Golpearme?
Los recuerdos se amontonaron en mi mente, recordé el día
que me pegó en la cara porque no podía dejar de llorar, me
vi arrojada en el suelo, observando mis manos llenas de
tierra. Lo vi gritar y empujarme una noche en que los celos
me hicieron perder la compostura. El ser dulce que estaba
ante mí, me recordó a un hombre, egoísta y sin escrúpulos,
a quién me había entregado en cuerpo y alma, y esa
misma noche en que me convertí en mujer, me lastimó
para siempre. “No puedo tener miedo” pensé. “Díselo, no
tengas miedo”
-
¿Rafael, recuerdas que la noche en que me entregue a ti?
-
Sí Ana, la noche más hermosa del mundo.
-
Es la noche en que arruinaste mi vida. Dije con amargura.
-
Pero ¿De qué hablas Ana? Preguntó frunciendo el ceño.
La noche en que perdí la llamada inocencia, Rafael se había
molestado, por cosas de la vida, mi cuerpo no manchó las
sabanas de una larga y estúpida tradición, donde la mujer debe
sangrar, para demostrar su pureza, desde entonces, el amor que
él sentía por mí se había disuelto en el agua. La verdad no
importó, la biología no importó, supuestamente fui condenada por
falta de pruebas.
102
-
Fue la peor experiencia que haya tenido, fuiste malo… yo
era inocente.
-
Lo sé Ana, todo será mejor… dame una oportunidad.
-
No puedo, estoy enamorada.
-
No te creo. ¡Dime su nombre!
“Silvestre” pensé, “Mathias” pensé. Mi corazón aún seguía
confundido entre el ídolo y el hombre, entre la alegría y la paz.
-
Voy a pedirte que me dejes tranquila, tú tienes a quien
querer, siempre lo tuviste. No te juzgo, tú no me querías y
lo acepto. No te mientas más, tú no me extrañas, extrañas
tener un juguete.
-
¡Ana perdóname! Dijo tocándome la mano con sus dedos.
Lo aparté de mí inmediatamente, sentía ganas de vomitar por la
mujer sumisa que había sido, por los sentimientos que había
entregado, por las lágrimas que me había extraído del alma.
-
Si algo he hecho, es perdonarte. No me debes nada. Me
levanté con intención de marcharme.
-
Ana, te amo. Murmuró. Como si de verdad algo le doliera.
-
Ya se te pasará, créeme.
Caminé ligera por la calle del pueblo, sintiendo la libertad de
cerrar esa caja que llevaba en mis hombros, con el letrero de
“Errores”, respiré profundamente dejando que el aire en mis
pulmones llegara hasta el alma, después de esa noche jamás
volví a verlo, lo mejor que pude haber vivido en mi vida, fue
entender, que por más que, ames a un hombre, y por más que
llores su partida, puedes sobrevivir y comenzar de nuevo.
En la casa, ya todos estaban en sus habitaciones, las muchachas
me esperaban con sus pijamas, al verme en el umbral de la
103
puerta, todas corrieron a abrazarme, no fue necesario decir nada,
sus corazones estaban conmigo y el mío estaba con ellas.
Esa noche tuve sueños intranquilos, estaba emocionada por estar
en la tierra de Remedios la Bella, del enorme José Arcadio, de la
ausente Rebeca, del inolvidable Coronel Aureliano Buendía,
pensé en el libro enorme de la plaza, el cual tenía mariposas
amarillas, al ver a Rafael, la sangre me hirvió, y no asocié la
escultura al libro de Gabo.
Soñé que me encontraba en un río de agua turbia, Silvestre
estaba al otro lado del río, y yo deseaba cruzar y no podía, él me
llamaba por mi nombre y sonreía como nunca.
-
¡SILVESTRE! Grité desesperada. ¡SILVESTRE!
-
¡NO TENGAS MIEDO! Gritó él.
Me desperté cansada y con la desesperación de verlo. Busqué mi
amuleto rojo “Silvestre” “Silvestre” murmuré pidiendo el deseo de
besar su boca.
¡SILVESTRISTAS A DESAYUNAR! el gritó se me antojó chistoso, y
reí tan fuerte que desperté a las silvestristas.
104
DANIELA
En el desayuno, Alexis no dejaba de mirarme, lo cual me tenía
un poco incomoda, era un muchacho alegre, de cabello largo y
ensortijado, su sonrisa me reveló una personalidad rebelde. Por
su sangre corría el ritmo, tocaba el timbal y la tambora; y era
silvestrista de los llamados “antiguos” o “vieja guardia”, es decir,
desde antes de las producciones musicales “La fama” y “El
original”. Según Rossana, Alexis tenía mala suerte en el amor, lo
cual no entendía por qué, según ella prefería los amores
imposibles, para retorcerse en sus sentimientos y componer
canciones de amor.
-
Bueno muchachos el plan es el siguiente. Dijo muy
animada Rossana. Vamos al Río Aracataca, mamá tiene
todo preparado para un sancocho y Alexis, tiene listas las
bebidas rojas.
-
¿Bebidas rojas? Pregunté.
-
Si Ana, es una especie de cóctel, se llama “Silvestristas” les
van a encantar.
-
¿Sabes hacer
acelerado.
-
¡Claro Ana! Respondió Alexis.
-
¿Quién te enseñó a prepararlas?
-
Hace algunos años en Valledupar, un muchacho llamado
Mathias me enseñó. Me costó sacarle la receta, bajo
juramento de no decir jamás sus ingredientes. Ya hace
tiempo que no se nada de él.
silvestristas?
Pregunté
con
el
corazón
Katherine, Danielita y La Muchis se quedaron observando mi
reacción, sentí hormigas por todo el cuerpo, como en un estado
de alegría y nostalgia.
105
-
Mathias es el muchacho que he estado buscando en este
viaje. Dije.
Todos me observaron con cariño, el sentimiento que nos unía
hacía que todo fuera sumamente fácil. Nos fuimos al río de
Aracataca, era una mañana hermosa, y todos estábamos
eufóricos, conversábamos de todo y todos a la vez.
-
¿Ana por qué vas a Ciénaga? Me preguntó Rossana. ¿Por
Mathias?
-
No, tal vez en un principio era así, ahora es diferente, he
conocido personas maravillosas que me han hecho
comprender el Silvestrismo, con Ustedes comparto algo
que no puedo compartir con nadie que no ame a Silvestre
Dangond. Donde vivo tengo muchísimos amigos y amigas,
pero no logran entenderme, y no siempre estoy con mis
amigas del Club de Fans, Amparo y Raquel, por lo que
continuamente me siento incomprendida; voy a Ciénaga –
Magdalena, porque una vez Mathias me dijo, que sólo allí
podría entender el Silvestrismo, no sé bien a que se refería,
pero voy a ir a averiguarlo.
-
Sabes Ana, pienso que quién te conoce a ti, logra a su vez
entender El Silvestrismo. Y su mirada brilló intensamente.
Renuncias a tu trabajo, a la vida estable que tenías en
Venezuela, y te lanzas a la aventura de querer vivir, de
conocer y de amar, no solo vas dejando en tu camino
amigos, sino que vas uniéndolos. Jamás pensé ver en mi
casa a Danielita, tampoco creí posible volver a ver a La
Muchis y a Fabián juntos. Además voy a confesarte que
siempre he estado enamorada de José Jorge, y gracias a
que estas aquí, él vendrá y poder verlo, así sea por un
instante.
Me quedé en silencio, brindando mi mejor sonrisa, tal cual había
aprendido de mis amigas Silvestristas, entendiendo el sentimiento
en las palabras de un hermano rojo. Rossana era una muchacha
amable y organizada, idolatraba a su hermano Alexis y cuidaba
106
de todos, al igual que La Muchis, solo le importaban los demás.
Me pregunté que sentirían Fabián y La Muchis, de estar tan cerca
el uno del otro, o qué podría sentir José Jorge por Rossana,
porque Katherine ya era mayor de edad y podía regresar
perfectamente a Bosconia con Daniela sin que fuera necesario
que él viniera por ellas. Eso me hizo sospechar, que en el
ambiente había más de un romance en marcha.
- ¡LLEGAMOS! ¡LLEGAMOS! Gritó Daniela. Y todos los silvestristas
salieron corriendo a ver quién llegaba primero a las aguas del
Aracataca. Quise retrasarme para poder verlos jugar con el agua
como niños. Llenos de vida y felices, cada uno por un motivo
diferente.
- ¡ANA! ¡ANA! ¡APURATE ANA! Gritó Gunter. Lanzándose de
chapuzón con todo y zapatos.
Ver el río Aracataca me dio un mal augurio, era el mismo lugar
que había contemplado en mi sueño, donde Silvestre me pedía
que cruzara y que no tuviera miedo. Sin hacerle caso a esa
sensación, me quité los zapatos rojos de “Cenicienta silvestrista”;
y la camisa y el pantalón, quedándome en un traje de baño negro
que me había prestado Rossana. Todos al verme se quedaron
asombrados.
-
¡Ana por Dios! ¿Qué te pasó? Preguntó Fabián.
Sin saber a qué se refería me observé los brazos y las piernas, las
pequeñas heridas que me había hecho en Nabusimake, estaban
como recién hechas.
-
No lo entiendo. Dije a todos, ya se habían cicatrizado. Me
caí en Nabusimake. Fue todo lo que pude decirles.
-
Son pequeñas, pero te ves bastante marcada Ana ¿Quieres
que volvamos a casa? ¿Te duelen mucho? Preguntó La
Muchis.
107
-
No amiga, estoy bien, debe ser que tengo alto algún valor
en la sangre, que las hace ver así, porque a mí no me
duelen.
Katherine que sabía que eran las heridas que me había hecho El
Duende en la Sierra Nevada, me observaba sin decir nada.
-
Estoy bien, en serio. A ver ¿Dónde están esos silvestristas
Alexis?
Cuando metí mis pies al agua helada del Aracataca, me sentí
renovada, fui entrando poco a poco en sus aguas hasta
sumergirme, me preguntaba qué cosas maravillosas habría
pasado Gabo en ese mismo lugar, que le inspiraron Cien Años de
Soledad. ¿Remedios La Bella había sido real? ¿Gabo era como
Aureliano o como José Arcadio? Y ¿Melquíades, quien habrá sido
de verdad ese gitano? Mientras nadaba en el río, recordaba mi
promesa en el Guatapurí, y al igual que ese día, dejé que el agua
se llevara todo aquello que no deseaba sentir, bueno o malo,
necesitaba sacar de mi alma cualquier astilla que se me hubiera
incrustado la noche anterior al ver a Rafael.
-
¡ANA VEN! Gritó Alexis.
En la orilla del río, me esperaban los chicos para el brindis con
sus bebidas rojas encendidas. Volver a tomar un silvestrista me
resultaba divertido, apagamos las bebidas y brindamos a nuestro
estilo, cada uno diciendo su frase silvestrista favorita, y todos a la
vez. A Danielita le permitimos tomar solamente un silvestrista,
por su corta edad. Era una bebida intensamente roja, caliente y
embriagadora, exactamente igual a los que preparaba Mathias.
Me acosté en una piedra enorme, para que el sol me cargara de
su energía exquisita, mientras los chicos jugaban animados en el
agua. Observé en la orilla a Fabián y a La Muchis, conversaban
como si llevaran años sin hacerlo, y el rostro de ambos se veía
iluminado por la dicha.
“No entiendo porque el amor tiene que ser tan difícil” Pensé.
108
A eso de las once de la mañana llegó al río la mamá de Rossana y
las chicas ayudamos a hacer el sancocho, mientras los muchachos
encendían el fogón, a mí me correspondió pelar, lavar y picar las
cebollas, tengo que decir que fue una experiencia maravillosa, en
mi vida jamás había hecho algo igual, siempre en mi casa las
comidas las preparaba la muchacha de servicio, yo me dedicaba a
mis estudios en la facultad de derecho, y no conocía tales
menesteres, las cebollas cruelmente acidas me hicieron llorar y
las chicas reían hasta más no poder, al ver que no sabía pelar
cebollas.
- Vamos Ana, aguanta, tu puedes. Dijo Katherine, muerta de risa.
Fue un día maravilloso, no solo por las nuevas experiencias como
pelar cebollas o por disfrutar del sol sin sentir el calor que
últimamente me había agobiado, sino porque estaba decidida a
aceptar lo que la vida, a bien tuviera darme, la ilusión no era un
hombre, o un ídolo, la ilusión era estar convencida que todo lo
que había vivido era necesario, tanto lo bueno como lo malo,
aprendí que las lágrimas eran necesarias, tanto o más que las
risas.
-
¿Ana, has visto a Daniela? Me preguntó Rossana. Hace rato
que no la veo.
-
Sí, estaba hace un momento allí. Contesté señalando la
gran roca donde tomara el sol en la mañana. Pero la
pequeña no estaba.
109
EL SECUESTRO
Comenzamos a preguntar si sabían dónde estaba. Nadie supo
dar razón. Aquello hizo que sintiera escalofríos, así que me vestí
de inmediato y me coloqué los zapatos rojos. Nos dividimos para
buscarla, Katherine y La Muchis me acompañaron río abajo. Otros
subieron a la entrada del balneario y otros, río arriba.
-
¡DANIELA!
-
¡DANIELA!
-
¡DANIELA!
No hubo respuesta alguna, eran ya las cuatro de la tarde, y
regresamos al punto de partida para ver si la habían encontrado.
-
¿Danielita? Pregunté a Gunter.
-
Nada Ana, ni rastro. Contestó. Se la tragó la tierra.
-
Bueno aún no hemos buscado del otro lado del río. Dijo
Fabián.
El comentario de Fabián dio en el clavo, en mi sueño Silvestre me
pedía que cruzara el río. “No tengas miedo Ana”. Pensé aterrada.
-
Tienes razón, vamos del otro lado.
-
Pero Danielita ¿Qué iba hacer de ese lado? Tiene la hierba
alta, no creo que se haya metido allí. Dijo la mamá de
Rossana.
-
Señora, ha pasado una hora y no aparece, por favor, Usted
y Rossana vayan y avisen a las autoridades o a cualquiera
que pueda ayudarnos a buscarla.
Así volvimos a separarnos, esta vez me acompañaba Oscar y
Katherine, río arriba del otro lado de la orilla, río abajo fueron a
110
buscarla Fabián y La Muchis, y por los alrededores cercanos
Gunter y Alexis.
-
¿Qué crees que pudo pasar Ana? ¿La secuestraron?
Peguntó preocupado Oscar.
-
Creo que es algo peor. Dije sintiéndome desesperada.
Caminamos durante dos horas y no encontramos nada, el sol se
estaba ocultando.
-
Ana qué le diremos a sus papás, mi madre va a matarme.
Katherine estaba al borde de la histeria.
-
Regresemos Ana, tal vez ya la encontraron. Dijo Oscar.
-
Sí, es posible, regresemos. Concluí.
Cuando nos encaminamos de regreso a donde estarían los demás
silvestristas, mis sospechas se hicieron realidad.
¡Yo la tengo! Dijo una voz que sólo yo escuche. Miré a mí
alrededor, me rezagué, dejé que los muchachos se alejaran. Me
aparté del sendero, sin saber bien, qué es lo que estaba
haciendo. Traté de calmarme, ver con detenimiento. En el
espesor de los árboles, noté unas huellas pequeñas.
-
Tienen que ser de Danielita. Las huellas me guiaron a una
parte mucho más espesa del bosque, y ya sin la luz del sol,
me encontré completamente sola.
Fue entonces cuando vi a Daniela corriendo, a una velocidad
espantosa, traté de seguirla, sin saber qué hacer.
“El duende la tiene, él la tiene” pensaba una y otra vez. “Qué
hago qué hago.”
Perdí de vista a Daniela, ya estaba oscuro, sin pensar, comencé a
rezar, recé cuanto sabía, le pedí a Dios que me la devolviera,
nunca en mi vida había rezado con tanto fervor, necesitaba creer
en esa fuerza superior en la que creía cuando era niña. Tropecé
111
con lo que me pareció las gruesas raíces de un árbol, me arrodillé
y clamé a todos los santos, a la virgen Maria y al divino niño
Jesús, sin control comencé a llorar. Recuerdo haber clavado las
manos en tierra y haberlas empuñado, recé, gemí y me entregué
a mis recuerdos. Recordé a mi padre lanzándose desde una
enorme roca, yo tenía cinco años y me estaba ahogando,
mientras tragaba agua, vi como se sumergió en las aguas, y sus
brazos enormes me agarraron, me levantó salvándome de la
muerte, recordé haberme desmayado exhausta. Papá me había
salvado en esa oportunidad, pero papá ya no estaba.
Al abrir los ojos, frente a mí estaba El Duende, mirándome, no
tuve miedo. Resplandecía con luz propia, su rostro era el del
joven más bonito que haya visto en mi vida, pero su mirada era
fuego puro.
-
Ella es mía, Daniela es mía. No te la vas a llevar. NO TE
TENGO MIEDO. Le grité. ¡DANIELA ES MIA!
-
Sin emitir sonido alguno. La luz se apagó y el duende
desapareció.
Comencé a correr en la dirección en que había visto por ultima
vez a Daniela. Tropecé y caí nuevamente.
-
¡AYUDA! ¡AUXILIO! Gritó la pequeña.
-
DANIELA, ES ANA, QUÉDATE DONDE ESTAS. Le grité.
-
¡ANA AYUDAME!
muchacha.
¡ANA!
¡ANA!
Gritaba
con
terror
la
Encontré a Daniela, junto a un árbol. La pequeña se aferró a mí
de una forma tal, que temí que perdiera la cordura.
-
Ya chiquita, estas a salvo. Dije abrazándola con todas mis
fuerzas.
-
No sé cómo llegué aquí Ana ¿Qué hacemos aquí? Me
preguntó hecha un amasijo de nervios.
112
-
Después te explico. ¿Puedes ponerte en pie? Debemos
irnos.
-
Me duelen mucho las rodillas, no puedo. Daniela lloraba
inconsolable.
-
Necesito ir por ayuda, no tengas miedo.
-
NO, NO, NO te vayas. Dijo clavándome las uñas. Entendí
que no podía dejarla sola, el miedo que sentía no era
bueno, el duende podía llevársela de nuevo.
-
Todos están buscándonos. Tienes que calmarte. Ayúdame a
gritar.
-
¡AUXILIO! ¡SOCORRO! ¡AYUDA! ¡AYUDA! ¡ESTAMOS AQUÍ!
Gritamos durante lo que nos pareció una eternidad.
De pronto vi luces a lo lejos, entre los árboles, alguien venía. Me
sentí a salvo cuando se acercaron unos hombres rollizos con
trajes de policía. El más alto de los cuatro hombres cargó a
Danielita. Mientras el más anciano me preguntaba qué había
pasado.
-
Creo que se perdió y al caerse se lastimó las rodillas. La
encontré en el suelo, intenté cargarla pero fue muy pesada
para mí. No nos quedó más que gritar.
-
Eso siempre ocurre por estas tierras, los más jóvenes se
pierden, gracias a la Virgen que encontraste esta niña.
-
Sí, así es… es gracias a la Virgen. Contesté recordando la
promesa que le había hecho, con tal de que me regresara a
Daniela.
113
AMANTES ETERNOS
Pasamos la noche sin dormir, cuidando a Danielita, sus heridas
no eran graves pero presentó algo de fiebre motivado
seguramente a los nervios. Katherine no se separó de ella ni por
un instante, y todos permanecimos en vigilia, por si se necesitaba
algo. A eso de las seis de la mañana Alexis me dio una enorme
taza de café, y se sentó a mi lado.
-
¿Te sientes bien Ana? Preguntó el muchacho.
-
Estoy bien, todo esto no ha sido más que un susto enorme.
-
Deberías ir a dormir. Su mirada fue cálida. Me sentí
agradecida con él por preocuparse.
-
Sí, tienes razón, pero no creo que con semejante taza de
café, pegue un ojo en siglos. Ambos sonreímos, y
guardamos silencio.
Sorbí poco a poco la bebida caliente, disfrutando la tranquilidad
de tener a Danielita en casa, y con la seguridad de que al llegar
José Jorge, sabríamos qué hacer.
-
Tenemos un problema muy serio
Rossana, sentándose a tomar café.
muchachos.
Dijo
-
Y ahora qué pasa, Rossana. Peguntó Alexis.
-
La Muchis y Fabián.
-
¿Qué les pasó? Pregunté alarmada.
-
Los vi besándose en el patio.
-
¿Qué? Preguntó Katherine desde el umbral de la puerta.
Todos permanecimos en silencio, sabíamos que se amaban, pero
Fabián era casado, y tenía un pequeñín de 2 años.
114
-
¡Se han vuelto locos! Sentenció Katherine soltando las
manos al aire.
-
Son Amantes eternos Katherine. Dijo inspirado Alexis.
-
¡Patrañas! Andrea sabe muy bien, que Fabián es un
hombre comprometido.
-
Pero están enamorados Katherine. Dije por lo bajo.
-
¿Enamorados Ana? ¿Enamorados? Fabián que asuma sus
errores y deje a La Muchis en paz de una buena vez por
todas.
-
Es algo en lo que no podemos meternos. Insistí.
-
¿Ana, y el bebé de Fabián qué? Preguntó Rossana.
-
Sigue siendo su hijo, esto no tiene que ver con sus
obligaciones ¿Qué vida puede darle al lado de una mujer
que no ama?
-
Yo creo que Ana tiene razón. No podemos meternos entre
ellos. Intervino Alexis.
-
Yo iría más allá que eso Alexis. Si ellos han decidido
amarse, nada ni nadie lo podrá evitar.
Los ojos de Rossana brillaron y me brindó una sonrisa por lo que
acababa de decir, ella pasaba por una situación similar.
-
En esta casa todo el mundo se levanta temprano. Dijo José
Jorge. Quien nos observaba desde el umbral.
Sentí un gran alivio al verlo, mientras todos lo saludaban, él me
observaba fijamente. Entendí que mi amigo sabía que algo había
pasado.
-
Ana es necesario que hablemos ¿Muchachos nos dejan
solos?
115
Sin protestar se llevaron sus tazas de café a otra parte, advertí
que a Rossana no le había gustado su pedimento, pero al igual
que los demás, nos permitió conversar a solas.
-
¿Qué ha pasado?
-
¿Cómo sabes que ha pasado algo?
-
Es muy temprano para que Katherine esté despierta. Es
simple lógica ¿Qué pasó Ana?
-
El duende no se quedó en Nabusimake, no sé cómo o
porqué, me ha seguido hasta aquí, pero solo se había
dejado ver en Bosconia por Katherine, y ya en Aracataca,
cuando fuimos al río, se llevó a Daniela.
-
¿Cómo la recuperaste?
-
¿Cómo deduces que la recuperé? Pregunté asombrada de
su lógica.
-
No lo deduzco. Yo te salvé Ana, vi cuando El Duende te
sacó de la casa en Nabusimake, los seguí y logré
alcanzarte, te llevé de regreso, pero tú no recuerdas nada,
cantabas una canción, estando dormida.
-
Eres una caja de sorpresas querido amigo, ahora entiendo
lo de Nabusimake. Yo no la alcancé pero hice una promesa
a la virgen, ella me devolvió a la niña. No sé cómo se me
pudo ocurrir algo así, pero creo que es lo que dio resultado.
¿Qué debemos hacer ahora?
-
Me llevo inmediatamente a Danielita y Katherine, yo
hablaré con ella, bajo el estado de nervios en el cual debe
estar, es frágil ante ese ser.
A las doce del medio día, les había dicho hasta pronto a mis
hermosas amigas Katherine, Danielita y al hermano Arhuaco.
116
Rossana se acostó muy temprano ese día, creo saber cómo se
podía sentir. Apenas si pudo estar al lado de la persona que
amaba. Para mi sorpresa, La Muchis, Fabián, Oscar y Gunter ya
habían decidido acompañarme a Ciénaga. Así que a las seis de la
tarde la casa estaba en sombras, todos nos fuimos a dormir, la
desvelada de Danielita había sido grande. Pospuse mi viaje para
el lunes, teníamos el alma cansada para avanzar.
En sueños vi claramente a Mathias, él no podía verme, aunque yo
gritaba su nombre. En el sueño una muchacha de cabello negro y
muy largo, le tocó el rostro, y él la besó intensamente. Las
lágrimas brotaron de mis ojos al ver aquella imagen. Todo
oscureció y escuché mi propia voz. <<No hay nada que el
silvestrismo no pueda curar>>.
Me desperté sintiendo el pecho apretado, me dolía respirar, y
tenía los ojos empapados de lágrimas.
-
No hay nada que el Silvestrismo no pueda curar. Repetí en
voz alta.
Rossana me asustó, estaba despierta a mi lado, observándome
con sus enormes ojos marrones.
-
¡Ana! Me voy contigo.
Rossana al igual que yo, huía de sus sentimientos.
“La Cienaga nos espera, pase lo que pase, vamos a nuestro
destino”. Pensé
Abracé a mi hermana silvestrista, entendiendo el amor que la
quemaba por dentro.
117
CIÉNAGA
La Muchis, Fabián, Oscar, Gunter, Rossana y yo, nos sentamos
donde hacen parada los buses en Ciénaga, el calor era
insoportable y el humo de los vehículos me asfixiaba, estacamos
allí sin saber a dónde ir.
-
Esto es turismo de aventura muchachos. Comentó Gunter
muy animado.
Todos nos mirábamos las caras sin querer opinar, era muy
diferente nuestra situación a la de Aracataca, en donde teníamos
adonde llegar, en cambio en ese pueblo, no hubo recibimiento de
ningún tipo. El dinero que me quedaba debía distribuirlo de forma
tal, que me alcanzara para el largo retorno a Venezuela; y los
demás silvestristas, apenas si tenían para el pasaje.
-
¿Y si canto en una plaza por monedas? Preguntó Fabián.
-
Nos alcanzará para tomar café, mejor piensa un poco
hermano. Dijo Oscar frotando su frente como si en
cualquier momento la solución saldría volando de su
mente.
Rossana y La Muchis por el contrario estaban muy animadas, y se
reían de todo, trataban de mantener la calma y verle el lado
bueno a lo que, podemos llamar que fue, una locura silvestrista.
-
Muchachos aún tenemos comida, mamá nos envolvió
algunas empanadas, jugo y tenemos carne oreada y arepa.
-
Rossana Dios quiera que Gunter se aleje de esa mochila,
sino estamos perdidos. Dijo Oscar. Tengo una idea pero no
sé si funcione.
-
¿Qué se te ocurre? Pregunté.
118
-
Ana, podemos ir a Internet y publicar que estamos varados
en Ciénaga sin tener donde quedarnos, y hacemos una
especie de S.O.S Silvestrista.
-
Mathias dijo que para entender el Silvestrismo tenías que
venir a Cienaga, aquí el movimiento debe ser solidario.
Afirmó La Muchis.
-
Ya no sé a que se refería Mathias con tener que venir a
Ciénaga. Confesé derrotada.
Gunter que era el más hábil con las redes sociales, en compañía
de Rossana, se ofrecieron para hacer el llamado de auxilio. Los
demás permanecimos en el mismo lugar, delegados de la acera y
el equipaje, el vapor que emanaba de la tierra comenzaba a
alterarme los nervios.
Cienaga, un lugar caluroso distante, en donde jamás pensé llegar
a poner un pie, me resultó difícil creer que allí pudiera encontrar
respuestas y menos a Mathias. Lamentaba dejar atrás a Macondo.
Antes de abandonarlo, pedí a los muchachos pasar por el
monumento en el cual había hablado con Rafael. Era un enorme
libro blanco con grandiosas mariposas amarillas, y una escultura
esplendorosa de Remedios La Bella, toqué un pie de la efigie y a
mi memoria como olas en el mar, llegaron precisos los recuerdos
de un libro marrón de hojas amarillas, que cuando mis ojos
contaban con 14 años, sin comer y sin dormir, leí incansable,
durante tres días. Sonreí al verme asombrada del mundo creado
por el gran Gabo. Me despedí de Macondo, de mis recuerdos al
leer Cien Años de Soledad. De pronto escuché un fuerte silbato
penetrante, el tren se acercaba, y su traqueteo me emocionó,
corrí hacía los carriles del tren y lo vi pasar, el largo tren pasó y
yo con una mano al aire le dije adiós. De camino a la parada de
los buses a Ciénaga, pasamos por una calle forrada de almendros
y Rossana me dijo que era la casa de Gabo cuando era niño. Era
aún temprano y no logré entrar, pero desde la calle pude oler las
begonias, ver la casa blanca de los Buendía, fue una de las
mayores experiencias de mi vida, un lugar al cual deseo volver
antes de morir.
119
Ya a bordo de nuestro autobús a la salida de Aracataca, miré
hacia atrás, un hombre joven de bigote y cabello negro, rodeado
de mariposas amarillas, levantó levemente su mano y me dijo
adiós, juraría que era Gabo.
Durante el viaje a Ciénaga, Rossana y La muchis, me regalaron
unas fotografías hermosas; una en especial llamó mi atención,
era un pescador lanzando una enorme red al agua, la imagen era
en blanco y negro, y mostraba un instante del hombre y su forma
de vivir, que como pescador, quedaba inmortalizado en el arte de
Leo Matiz. Ver las fotografías, me llevó a ver la esencia del
hombre de la costa Colombiana, trabajador y entregado a la tierra
y al mar, jamás he vuelto a contemplar una fotografía igual a las
del artista de Aracataca. Entendí entonces que en Macondo,
nacen inmortales.
-
¿Ana crees que Danielita esté bien? Preguntó La Muchis.
-
No lo sé, espero que sí, José Jorge sabe cuidar a las
personas nerviosas, el susto de Danielita, no fue normal.
-
¿Cómo se habrá perdido de esa forma? No le encuentro
explicación.
-
Ni la conseguirás Andrea, es Macondo, ¿Recuerdas? Allí
todo es posible. Dije brindándole mi mejor sonrisa.
A la hora de espera, Gunter y Rossana llegaron corriendo, en sus
caras se notaba que el S.O.S, había sido un éxito rotundo.
-
¿Qué ha pasado? Suéltenlo de una vez. Insistió Oscar.
-
El llamado… espérate no puedo respirar. Dijo Gunter,
quien jadeaba con las manos en la rodilla.
-
¡HA FUNCIONADO! ¡HA FUNCIONADO! Gritó Rossana.
Yuli, una Silvestrista de Cienaga se había ofrecido en recogernos
y conseguirnos hospedaje. Todos nos abrazábamos, emocionados
de contar con Silvestristas solidarios.
120
Quince minutos más tarde frenaba en seco una camioneta roja
destartalada, de la cual bajaba una chica delgada y morenita. La
abrazamos en montonera y ella emocionada por lo que ocurría,
movía rápidamente las manos cerca de sus ojos para contener las
lágrimas de la emoción.
-
Gracias al cielo que han venido, no tenía ni idea cómo
podría ver a Silvestre, mis amigos están en Cartagena, y
sola, me es muy difícil.
-
¿QUÉ? preguntamos al unísono.
-
Silvestre está en Ciénaga muchachos.
-
¿Cómo es posible Yuli? No hay anuncios, ni publicidad de
que haya un concierto hoy. Refutó Gunter.
-
Eso es porque es una fiesta privada, de gente de buen
dinero, solo entran los invitados.
Todos nos miramos emocionados de saber a Silvestre, a nuestro
ídolo en el mismo lugar y el mismo día. Oscar se frotaba
nuevamente la frente, Rossana reía nerviosa, La Muchis no hacía
más que brincar; Fabián caminaba de un lado para el otro, y a mí
me sudaban las manos. El único en mantener la calma fue
Gunter.
-
Vamos a colarnos en esa fiesta. Afirmó el Guajiro, cuando
sus ojos se clavaron en mí.
-
¡Ahora si que vamos presos! Exclamó Oscar.
-
Espera déjalo que hable. Dije sosteniendo su mirada.
-
¿Yuli cómo pensabas entrar a esa fiesta? Peguntó Gunter.
-
Vestida elegantemente, disimulando no ser silvestrista,
pero los nervios me cargan loca, por eso cuando vi su
“S.O.S SILVESTRISTA”, no dudé en venir por ustedes.
121
-
Muchachas ¿Tienen tacones y vestidos? Preguntó Gunter
con la mirada más maliciosa que jamás le haya visto a un
ser humano.
122
LA FIESTA
La
Silvestrista cienaguera, conducía a toda velocidad por las
calles del pueblo, todos hablábamos a la vez, discutiendo el plan,
todos a favor y todos en contra, meterse así en una fiesta
privada, era algo extremo, podíamos incluso terminar detenidos
por abusadores.
-
Ana es abogado, ella nos defenderá. Afirmó La Muchis.
-
Soy abogado en Venezuela Andrea, deja los inventos, aquí
solo soy Ana. ¿A dónde vamos primero Yuli?
-
A casa de una gran amiga, ella alquila vestidos y trajes a
buen precio.
-
No tenemos dinero Yuli, detente. Dijo Rossana al borde de
una crisis.
-
Sigue Yuli, yo tengo algo de dinero. Ordené sin aceptar
más discusiones, necesitábamos la ropa para poder entrar.
Ya en Valledupar vería cómo conseguir dinero para irme a
Venezuela. Estábamos ante una emergencia silvestrista.
Tomé entre mis manos el amuleto rojo de Daniela, insistí
en mi deseo.
-
¡Patos a tierra! Dije cuando Yuli estacionó la camioneta.
Todos rieron con la orden de desembarque. El calor me
agobiaba pero la emoción era mayor a cualquier cosa.
Entramos animados a una gran casa blanca, en la sala de recibo
había espejos por todas partes, y algunos sillones antiguos.
Esperamos a que la amiga de Yuli pudiera atendernos. Para mi
sorpresa, observé en el espejo a una Ana, bronceada, de buen
aspecto, ya comía de todo cuanto me era posible. Me veía sana y
el peso que había aumentado estaba bien distribuido, estaba
mucho más bonita que cuando vomitaba para mantenerme
123
delgada. Levanté las mangas de mi camisa y los pequeños
rasguños casi ni se notaban.
En la vida a nadie le falta Dios, y tan es así, que por gracia divina
la hija de la dueña de los trajes de alquiler era silvestrista, nos
atendieron con especial cariño, así que entramos en diferentes
habitaciones de la casa, había por doquier hermosos y brillantes
atavíos, los chicos buscaron sus trajes y nosotras arremetimos
contra los estantes con vestidos. Después de probarme varios,
de diferentes colores que me pasaba una y otra vez Stefany
nuestra nueva amiga silvestrista. sentí escalofrío cuando me
coloqué un hermoso vestido rojo, de piedritas sintéticas, era
descubierto sin mangas, de corte largo hasta los tobillos y una
enorme abertura en la pierna derecha, me quedaba a la medida y
me hacía sentir realmente sexy, mi cabello negro al recogerlo
entre mis manos, se veía objetivamente extraordinario, con el
corte descotado de la espalda. Cuando salí a mostrar el vestido,
me emocionó ver a Gunter y Oscar, boquiabiertos.
-
¿Ana quieres ser mi novia? Preguntó Oscar a forma de
broma.
-
No, ya tengo novio. Contesté ruborizada.
-
Con ese vestido y tus encantos, sé que podemos entrar
Ana, estoy convencido. Dijo Gunter intentando colocarse
una corbata, los muchachos estaban transformados con sus
hermosos trajes negros.
Una a una fueron saliendo de las habitaciones las muchachas, Yuli
había elegido un vestido negro muy elegante, Rossana había
optado por un Azul rey que resaltaba sus enormes ojos, La
Muchis estaba radiante con un vestido blanco de diminutos
cristales. Stefany se había anotado a la aventura y elegido un
vestido negro con detalles dorados, muy ajustado, que la hacía
ver mayor de edad.
-
Espera Ana, necesitamos unos hermosos tacones para ese
vestido. Pruébate estos. Dijo Stefany entregándome una
124
hermosa caja aterciopelada. Son mis favoritos y la casa
invita.
Dentro de la caja encontré los zapatos rojos más altos y
hermosos que haya visto jamás. No puedo negar que al verlos,
me sentí Cenicienta. “Espero no perder un zapato al finalizar la
noche” Pensé. Sonreí a Stefany agradecida de toda su ayuda.
Ya con todo a mano, apenas si tuvimos que pagar algo por los
vestidos, nuevamente Yuli atravesó la ciudad corriendo a todo lo
que podía la camioneta, eran ya las dos de la tarde, y el tiempo
apremiaba, los chicos se quedaron en la casa de Yuli para
almorzar, pero nosotras cruzamos la calle, rumbo a la peluquería.
La emoción de intentar ver a Silvestre esa misma noche, había
disipado mis preocupaciones e incluso la pesadilla de Mathias con
otra mujer, nada en ese momento me importaba más que
ingresar a esa fiesta, bajo cualquier costo. Estaba apunto de
convertirme en una Silvestrista extrema.
Puedo decir que vestidas, maquilladas, peinadas y en tacones, las
mujeres podemos ser igual de hermosas que al natural, lo que
cambia es la personalidad, de chicas tímidas podemos ser
seductoras, todo en su conjunto es como un disfraz, muestras
alguien que no eres o revelas quien eres en realidad.
-
¿Yuli, no podemos cambiar la calabaza? Preguntó La
Muchis.
-
Claro podemos tomar dos taxis, la fiesta es cerca de aquí.
Creo que llegar en la camioneta con el rugido del motor y
con esta pinta, de una, no nos dejaran entrar. Contestó
Yuli polvoreando su nariz.
-
¡Bien Silvestristas! Estamos listas. Dije. Me sentía como si
fuera otra Ana, la princesa de los cuentos de hadas que
tanto me gustaban de niña.
125
-
Que hermosa te vez Ana. Dijo La Muchis colocando una
diminuta pulsera en mi muñeca derecha. Este es el punto
de luz que te hace falta, es de mi madre, te la prestaré.
Abracé a mi amiga, delicadamente para no arrugarle el vestido, y
salimos al encuentro de los galanes silvestristas de esa noche.
Fabián fue el primero en acercarse y ofreció su brazo a La Muchis,
ambos sonreían enamorados. Gunter totalmente transformado
tendió su brazo a Yuli, y Oscar nos tendió ambos brazos a
Rossana y a mí. Al bajarnos de cada taxi, nos encontramos con
Stefany, quien estaba despampanante a la entrada de la gran
casa donde se realizaría la fiesta.
-
¿Ahora qué hacemos? Preguntó asustada Rossana.
-
Sonrían moderadamente, hay cuatro vigilantes a la
entrada, esto no será fácil. Síganme. Dije segura de mi
misma.
Recordé mi rostro en las veladas elegantes a las que Rafael me
obligaba a acompañarlo, lo normal era dar las buenas noches,
sonreír un poco, y no detenerse. Fue exactamente lo que hice
tomada de la mano de Oscar.
-
Espere señorita. Dijo uno de los guardias. “Dios se han
dado cuenta, estamos perdidos.” Pensé aterrada.
-
Dígame. Respondí amablemente y exhibiendo una sonrisa
cordial. “Nos pillaron.”
-
Permítame abrirle la puerta, es Usted realmente bella. Dijo
el hombre coqueteando un poco. Le correspondí con una
sonrisa tímida. Y todos logramos ingresar a la fiesta. Sin
invitación y sin problema alguno.
Ninguno de nosotros dejaba de sonreír, habíamos planeado
saludar a la gente como si la conociéramos, y actuar lo más
normal posible, un camarero nos ofreció una mesa enorme
cercana a la tarima del sonido, en lo que era un salón enorme de
fiestas.
126
-
Ante todo debemos mantener la calma, si se llegan a dar
cuenta que somos silvestristas infiltrados, nos ponen de
patitas en la calle, así que colaboren muchachas,
contrólense cuando salga Silvestre al escenario. Exigió
Gunter.
Crucé la pierna al sentarme y la abertura dejó al descubierto
mis piernas, recordé mis heridas, y al observarlas, comprobé
que ya no estaban, era algo que me resultó extraño, ya que
hacía dos días que se notaban intensamente en mi piel. Alejé
esos pensamientos y me concentré en que esa noche vería a
Silvestre. Comimos algo, tomamos poco, fingíamos estar
aburridos como las demás personas. Soportamos largos
discursos sobre la ética profesional, y el cierre de lo que me
pareció una convención de odontólogos a nivel internacional,
aplaudimos efusivamente cuando terminó la parte protocolar
del evento. De pronto todo fue luces y sonido, los músicos
salieron a escena, la tarima era apenas de unos palmos, por lo
que debíamos controlarnos, los unos a los otros, para no salir
corriendo a abrazar al ídolo. Mi corazón latía a rabiar, sentí
ganas de quitarme los tacones y ponerme a bailar, pero eso
hubiera echado todo a perder.
Observé a las muchachas y la que más me preocupaba era
Rossana, estaba algo alterada y Oscar la tenía sujetada por un
brazo.
Silvestre salió a la escena y todos aplaudieron colocándose de
pie, los imitamos, la gran mayoría sostenía en alto sus
teléfonos para grabar o tomar fotos, pero nadie estaba fuera
de control como en un verdadero concierto. Nuestro ídolo
interpretó varias canciones seguidas y cuando se detuvo a
saludar y encendieron un poco las luces, su mirada se cruzó
con la mía, frunció el seño como recordando mi rostro y me
sonrió. “Me ha reconocido”. Pensé.
Controlar la emoción, tratar de no gritar y solo aplaudir fue un
esfuerzo sobre humano, sentí ganas de lanzarme, de abrazarlo
y hasta de robarle un beso. Mientras él cantaba, en mi mesa
127
todo se había vuelto un lío, ya Oscar y Gunter no podían
controlar a Yuli, Stefany y menos a Rossana. Cuando sonó “La
Gringa”, las chicas fueron incontenibles y se arrojaron a la
tarima, abrazaron y besaron a Silvestre, e inmediatamente,
intervino la seguridad del evento.
Y en pleno concierto, debimos acompañar afuera a los
guardias, nos habían descubierto.
-
Credenciales señoritas. Exigió un hombre sumamente alto.
-
Se nos han quedado. Respondió Gunter.
Rossana, Stefany y Yuli, no salían de su estado de felicidad, por
haber abrazado y besado a Silvestre, no comprendían en qué
problema nos habíamos metido. Pensé que decir la verdad era lo
mejor. Un médico organizador del evento nos llamó “Coleados” y
estaba furioso. La tristeza se apoderó de mi alma, a Cenicienta se
le había acabado la magia, esa noche.
-
Señor déjeme explicarle, no se moleste. Dije tratando de
calmar los ánimos. En esas el hombre más alto de todos los
de seguridad, me tomó por un brazo con una fuerza, que
pensé que me lo partiría.
-
¡SUELTALA! ¡SUELTALA! Gritaron los muchachos.
-
Me hace daño señor, suélteme. Exigí.
-
Te soltaré en la comisaría. Rugió el hombre.
Estábamos metidos en un problema, Stefany llamaba por teléfono
a alguien, Yuli comenzó a llorar, Gunter estaba hecho una furia;
Oscar y Fabián lo sujetaban. La Muchis y Rossana se veían
aterradas.
-
¡Suéltala! Ordenó alguien.
Todos volteamos al reconocer esa voz.
128
-
Por favor suéltala, ella viene conmigo. ¿Ana estas bien?
Preguntó Silvestre, con su enorme sonrisa.
Mi corazón se detuvo, y creí que en ese instante moriría. Nos
miramos fijamente, ya no era el ídolo, sino el amigo, quien me
observaba, quien me rescataba.
-
Estoy bien. Contesté. Solo queríamos verte. Lo siento
mucho.
El silencio reinó, los muchachos no podían creer lo que estaban
viendo, Silvestre salvándonos a todos de pasar la noche en la
cárcel, y tratándonos como sus invitados.
-
Doctor, disculpe estos jóvenes son mis invitados. Dijo
Silvestre. He debido avisarles, pero no sabía que mis
amigas se emocionarían tanto como para subirse a la
tarima.
-
Si es así, no hay problemas, sus invitados también son
nuestros invitados, que pena con Usted. Dijo el médico
alejándose con sus guardias.
-
¡Gracias! Fue todo lo que pude decir.
-
Vamos, adentro hay un concierto que terminar muchachos.
Silvestre me ofreció su brazo y me aferré a él.
-
¿Crees que puedes al terminar el concierto, permitirle a los
muchachos tomarse una foto contigo? Pregunté apenada y
diciéndolo casi como una súplica.
-
¡Ana que hermosa estas! Me dijo al oído. Muchachos al
terminar la presentación, quédense tranquilos, que yo los
mando a llamar para que nos tomemos fotos.
Las muchachas estaban felices, los muchachos emocionados, nos
abrazábamos los unos a los otros.
-
Esto es mejor que un kit mi gente. Dijo bailando Gunter.
129
-
¿A qué se refiere le pregunté a Oscar?
-
Ana, hay algunos conciertos, donde compras con la entrada
la oportunidad de tomarte una foto con Silvestre, él en la
medida de sus posibilidades permite que los fans se le
acerquen, pero como somos tantos, no es posible que
todos se saquen una foto.
La presentación siguió su curso, bailamos tratando de
controlarnos y lo que los tacones nos permitían, yo no dejaba de
mirar a Silvestre, y de sonreír, la felicidad que él me daba era
inenarrable. Pensé en mi deseo y el amuleto de Danielita y me
estremecí de solo pensar que los sueños y los deseos pudieran
realizarse.
Al terminar el concierto, pasamos a una habitación guiados por un
joven amable que portaba una camisa roja, posiblemente algún
asistente de Silvestre. Me rezagué dejando a las chicas el camino
libre para apoderarse de mi ídolo; lo abrazaron, lo besaron, se
tomaron su tan anhelada foto, fue muy amable con ellas, y muy
receptivo con los muchachos, la forma en que trató a mis
hermanos silvestristas me enterneció el alma.
-
¿Ana y tú no deseas una foto?
manteniendo su mágica sonrisa.
Preguntó
Silvestre
Me quedé muda, verlo tan cerca, que me llamara por mi nombre,
que tratara a mis hermanos de una forma tan especial. No tenía
ni las palabras, ni el valor suficiente, para decirle lo que quería de
él.
-
No, yo no quiero una foto. Fue mi respuesta. Todos los
silvestristas se quedaron viéndome como si estuviera loca
de remate. Prefiero recordarte en mi memoria, en ella
serás eterno. Y sonreí completamente enamorada de él.
Silvestre me miró, quedándose sin palabras, tomó mi mano
derecha y me dio un tierno beso, como el príncipe que era, en mi
vida.
130
“Silvestre me miró, quedándose sin palabras, tomó mi mano derecha y me dio
un tierno beso, como el príncipe que era, en mi vida”.
131
KIKE
La
casa de Yuli, fue durante horas un lugar de risas, gritos,
euforia, los silvestristas estaban insoportables, repetían paso a
paso lo ocurrido, me interrogaron una y otra vez, para entender
cómo Silvestre sabía mi nombre, así que en resumen les conté
sobre la noche en que perdí mi zapato rojo y caminé por la
carretera prendida en fiebre.
Cuando el agotamiento me venció, fui a la habitación que
compartiría con Rossana y La Muchis, aún vestida con el increíble
vestido rojo, me dejé caer en la cama mullida, y al mirar al techo
dos lágrimas brotaron de mis ojos. “Cómo puedo vivir con todo
esto en el alma” Pensé.
Recordaba una y otra vez a Silvestre tomando mi mano,
besándola como si fuera una princesa. Me ahogaba en lo que
sentía, me quemaban las tristezas, los miedos, la soledad.
Aunque estaba por fin en Ciénaga y acababa de ver a mi ídolo,
recordé mi promesa a la Virgen y traté de que el pecho no se
desprendiera al llorar. Mezclaba de forma muy confusa mis
sentimientos, quería encontrar a Mathias, aunque sabía que había
renunciado a él. La promesa que me devolvió a Daniela fue, que
si El Duende la soltaba, yo renunciaría a Mathias.
Me refugie en mis recuerdos de Silvestre, en la sonrisa de mis
hermanos silvestristas, pensé en Katherine y Daniela, llorando
por no haber podido estar con nosotras. “Tan pronto se enteren
que hemos visto a Silvestre, van a sufrir mucho”. Y comencé a
pensar la forma de alegrarlas o compensarlas y sus rostros me
alejaron de mis dolores.
Dejé caer los tacones, me quité el vestido y duré dos horas bajo
la regadera. “No hay nada que el silvestrismo no pueda curar.”
Me dije a mi misma.
132
A la mañana siguiente, Yuli y Stefany me despertaron, mientras
los demás seguían amodorrados en sus camas. Ya se estaba
haciendo una costumbre que me asustaran al despertarme.
- ¿Qué pasa ahora? Pregunté aún dormida.
- ¡Vamos Ana! Viniste a conocer el Silvestrismo, es hora de que
conozcas a Kike. Dijo Yuli quitándome la cobija.
- Vamos alístate, tu desayuno está en la mesa. Me animó
Stefany.
- Una vez con mis pantalones, una de mis camisetas blancas
favoritas, mis zapatos rojos deportivos y la mochila arhuaca
cruzada. Tomé un desayuno ligero y abordé en compañía de mis
nuevas hermanas silvestristas, la destartalada camioneta.
- ¿A dónde vamos? Quise saber.
- Al pantano. Dijo Yuli arrancando el estrepitoso sonido del motor.
- ¿A qué hora se acostaron todos? Pregunté corroborando que
llevaba dinero, una botellita de agua, mi gorra roja para el sol y
mis documentos de viaje en la mochila.
- Ana, acaban de irse a dormir. Stefany y yo nos acostamos a eso
de las dos de la mañana y al despertarnos esta mañana, los
chicos seguían celebrando.
- Que lastima, se perdieron el paseo. Comenté distraída.
Observando las calles del pueblo, tenía estructuras coloniales y
antiguas que atrajeron mi total atención, estaba en un lugar muy
lejos de mi hogar, que daba el aspecto de estar además en otra
época, muy diferente a la mía. Pasamos por una hermosa plaza,
que tenía construida en el centro una hermosa estructura blanca,
que me recordó a los antiguos griegos y romanos. El templete.
- ¿Quién es Kike?
- Un soñador. Contestó Yuli.
133
- ¿Silvestrista?
- Por supuesto.
- No lo dejaron acompañarnos anoche porque era menor de edad
y no tenía permiso. Concluí en una frase lógica.
- Peor que eso Ana, es gente muy sencilla de escasos recursos y
es… es un niño.
No sé hasta dónde estaba preparada para conocer los sueños de
un chiquillo, cuando los adolescentes y adultos, somos un caos al
respecto.
Siempre he creído que en la niñez algo nos marcó para siempre.
Podemos recordar cómo si fuera ayer, cuando los abuelos nos
consintieron, o cuando fuimos reprendidos de forma injusta,
cuando amamos a nuestros juguetes, creyendo que eran seres
de carne y hueso. No quería ni imaginar un niño queriendo
conocer a Silvestre y con una familia que económicamente no lo
pudiera apoyarlo.
Al apagar el motor, mis ojos se maravillaron con unas casitas a
orilla de lo que conocí como La Ciénaga, que aunque era un mar
de aguas estancadas por decirlo de alguna forma, me resultó
hermoso, sus aguas eran azules verdosas o azules grisáceas no
estaba clara en el color, pero en definitiva era como contemplar
un mar en calma.
Nos recibió una encantadora muchacha de mirada penetrante, sus
ojos eran tan claros que me parecían color caramelo, de lindas y
gruesas pestañas, estaba ataviada con lo que quedaba de un
delantal. De la mano llevaba a una niña pequeña y menuda.
Stefany y Yuli, me habían comentado que era madre soltera.
-
¡Hola Niurka! Dijo Yuli abrazándola.
-
Hola mi niña, que bueno que has venido a visitarnos, Kike
se muere por tener noticias de Silvestre.
134
-
Ella es Ana, viene de Venezuela y lleva un largo viaje
conociendo Silvestristas, pensé en Kike y aquí estamos.
Me pareció una mujer joven, algo cansada y dedicada a sus hijos,
no debe ser fácil llevar las riendas de un hogar y menos en un
lugar tan remoto como ese en el Departamento del Magdalena.
Las brisas del lugar me animaron a ver más allá de la sencillez del
estilo de vida de estos silvestristas y me animé a llevarles la
felicidad que nos transmite el ser silvestristas de corazón grande,
así como lleva por nombre la hermosa fundación que tiene
Silvestre, para llevar a los niños más necesitados una sonrisa y
una mano amiga.
- ¡Hola! Dije dándole un ligero beso en la mejilla y cargando en
mis brazos a María, una hermosa y frágil niña de cabello castaño.
¿Dónde está Kike? Pregunté.
-
Debe estar con su pedacito de acordeón jugando a las
orillas del mar, allí enfrente. Dijo señalando con un dedo.
Cruzando la carretera.
-
¡Anda Ana! Aquí te esperamos. Querías conocer
Silvestrismo… pues te está esperando. Me animó Yuli.
el
Al cruzar la calle de asfalto, caminé entre lo que me pareció
arena, o una especie de tierra blanquecina. Al llegar a donde me
habían señalado Niurka y las chicas, vi sentado en la arena a un
niño de aproximadamente seis años, me acerqué a él y me senté
a su lado. Tenía en las manos algo menos que un acordeón, era
muy antiguo y en muy mal estado.
-
Hola ¿Tú tocas el acordeón? Pregunté.
-
A veces suena, a veces no. Contestó y sus ojos claritos
como caramelo me miraron fijamente. ¿Cómo te llamas?
-
¡Soy Ana! Dije quitándome los zapatos para sentir la arena.
-
Yo soy Enrique, y soy silvestrista.
135
-
¿Te gusta la música de Silvestre?
-
La amo, me sé todas sus canciones, y mi favorita es “Esa
Mujer”. Ana ¿Tú puedes decirle a Juancho que me enseñe a
tocar el acordeón? O a Rolando Ochoa, ahora que es el
acordeonero de Silvestre, tal vez quiera enseñarme.
No voy a negar, que estuve a punto de echarme a llorar encima
del niño, su ingenuidad y sus sueños, me partieron el corazón, él
hablaba de Silvestre de una forma tan natural, como si se tratara
de un gran amigo.
-
Todo es posible mi querido Kike.
-
Sí, lo se, pero mamá no ha podido comprarme un acordeón
de verdad, de esos que suenan siempre. Es difícil aprender
a tocar si el acordeón no suena todo el tiempo.
-
Si llegas a conocer a Silvestre ¿Qué harás Kike?
-
Si llego a conocerlo, me muero.
Conocer a Enrique, fue realmente hermoso en mi vida, aunque
solo eran tres personas viviendo en esa pequeña casita, el amor
que nos brindaron durante ese día, fue suficiente para
comprender que el sacrificio que yo estaba haciendo viajando por
Colombia, era diminuto, al lado del verdadero silvestrismo. Yuli y
Stefany, habían llevado merienda a los niños, yo acepté un poco
de café, y conversamos durante horas. “Kike necesita un
acordeón de verdad” pensaba una y otra vez, mientras la brisa
fresca llenaba mi corazón de paz.
136
KATHERIN PORTO
Continuar el diario no es posible hasta tanto no te haya contado
detenidamente lo que encontré en Ciénaga, no solamente conocí
a un niño tan especial como Kike y sus sueños de tocar el
acordeón para Silvestre. En esta tierra lejana y antigua, gracias al
apoyo de Yuli y Stefany, conocí ese mismo día a alguien que
cambió mi vida para siempre.
Recuerdo haber estado ausente de las conversaciones de las
chicas mientras nos alejábamos de la casita de Kike, tenía por
costumbre aislarme en mi mente y permitir que los pensamientos
me llevaran hasta adonde ellos quisieran. Me sentía segura
alejada de la realidad, todo era una sucesión de imágenes, Teresa
tocando mi rostro, Silvestre mirándome con sus hermosos ojos
amarillos, la niña Guajira de vestido rojo en el desierto,
Nabusimake y la eterna Sierra Nevada, La Sirena Dorada y mis
pies sumergidos en las aguas cristalinas del Guatapurí, las calles
de Macondo y Gabo diciéndome adiós, incluso el rostro de El
Duende permanecía intacto en mis recuerdos; Silvestre tomando
mi mano como si yo fuera una princesa y ahora un niño de
mirada infinita contemplando el mar. A mis oídos llegaban las
notas de la canción de La Muchis, mientras como niñas subíamos
los pies a la cama, cerrando nuestros ojos, viviendo ser fan de un
sentimiento como el silvestrismo.
El rugido del motor de la camioneta se apagó, y su silencio me
devolvió a la realidad.
-
¡Llegamos Ana! Aquí conocerás a La Pechy. Dijo Stefany.
No puedes irte sin conocerla.
-
Así es, todo lo que significa el silvestrismo, lo encontrarás
aquí. Dijo Yuli.
Las observé extrañada, pensaba que Kike y su inocencia lo
resumía todo, ni idea tenía de todo lo que pasaría, mi viaje
137
llegaba a su fin. Un final que aún hoy agradezco haber vivido, de
lo contrario jamás hubiera entendido, por qué mi alma buscaba
tan desesperadamente el refugio del Silvestrismo.
Entramos en una casa amplia, de color pastel muy bonito, nos
esperaba una señora que fue muy amable, nos ordenó pasar y
esperar un poco, ya que Katherin estaba arreglándose.
-
¿Katherin? Pregunté.
-
Sí, de cariño la llamamos La Pechy, así se refiere a ella
Silvestre.
-
¿Silvestre la conoce?
-
Sí Ana, él es muy especial con ella, pero espera que ella
misma te cuente todo.
Tenía la mirada clavada al suelo, lo de kike me había dejado el
corazón diminuto, y con la gran necesidad, de hacer algo por él.
Cuando pensé que la imaginación me jugaba una mala pasada,
ante mí vi una silla de ruedas, creí que vería a Teresa en ese
mismo instante, pero una joven de largos cabellos negros y ojos
negros me brindaba una hermosa sonrisa.
-
¡Hola Pechy! La saludaron al unísono mis amigas.
-
Ella es Ana, viene desde Venezuela y es una gran hermana
Silvestrista.
Nos miramos por un instante que me pareció eterno, era una
mujer de mirada brillante y sonrisa franca. Me agaché junto a su
silla, como lo hiciera tantas veces con Teresa, solo pude brindarle
mi mejor sonrisa. Katherin estaba vestida completamente de rojo
y tenía una cinta roja muy bonita que adornaba su cabello.
-
Ana, que bueno que hayas venido. Dijo Katherin
pausadamente. Hablaba con una tranquilidad tan distinta a
lo alborotado de mis amigas. ¿Quieres ver mi habitación?
138
-
Sí Katherin, me encantará verla.
Yuli empujó la silla de ruedas y fue comentando frenéticamente la
noche que habíamos pasado, en cómo casi vamos presos y cómo
Silvestre nos ayudó a salir del atolladero. Entramos en la
habitación, sus paredes eran rojas y tenía afiches por todas
partes, pude ver que las imágenes eran diferentes a las que
tenían las paredes del cuartel del Bosconia, era impresionante
cómo en cada foto estaba Silvestre al lado de Katherin, entendí
que en realidad él formaba parte de su vida y de una manera
muy especial.
-
Ana él es mi Ángel. Dijo La Pechy. Antes de ser Silvestrista,
vivía muy enferma, con asma continua y me la pasaba en
una clínica. Desde que Silvestre entró a mi vida, ya no me
enfermo, le dedico las 24 horas al silvestrismo y las redes
sociales, y siempre, que se puede, Silvestre me escribe o
me recibe en Valledupar, incluso una vez mis amigos me
lograron subir a la tarima con él y Juancho. Tengo
recuerdos muy felices a su lado, lo amo como si fuera mi
padre.
Dos lagrimitas brotaron de sus hermosos ojos. Nos abrazamos a
Katherin, Yuli lloraba, Stefany lloraba, y yo no pude más; y las
lágrimas salieron de mis ojos incontrolables, no me era fácil
entender que aunque no pudiera caminar, eso no era obstáculo
para ser feliz, una felicidad que yo apenas podía conocer, porque
lo que sentía Katherin Porto por Silvestre no tenía ni tiene
explicación, ni comparación alguna.
Nos sentamos en su cama mientras la mamá de Katherin nos
ofreció jugo de mora, Stefany insistía en los pormenores de “Los
coleados” en la fiesta, mientras yo observaba una a una las fotos
del Ídolo con Katherin. En la mesita de noche me llamó la
atención, un porta retrato, en la fotografía un hombre rubio
abrazaba a Katherin, mis manos temblaron incontrolables, sentí
como algo se rasgaba dentro de mi alma.
El muchacho de sonrisa hermosa al lado de Katherin, era Mathias.
139
CIENAGA GRANDE
Regresé el porta retrato a su lugar, no me atrevía a preguntar
por Mathias, tenía miedo de saber de él, yo había renunciado a su
amor. Salimos de aquella casa, en lo que me pareció un
eternidad, entendía que la vida de Mathias era Katherin, y que yo
debía alejarme de inmediato de aquel lugar.
-
Te sientes bien Ana, te ves pálida ¿Pasa algo? Preguntó
Yuli.
-
Solo estoy cansada. Contesté.
-
¿Quieres que vayamos a casa? Los muchachos llamaron al
teléfono de Yuli y te están esperando para la continuación
de la parranda, según informó Rossana.
-
No por favor Stefany, deseo ir a un lugar silencioso y
tranquilo.
-
Conozco un lugar perfecto, y estamos a tiempo.
Yuli detuvo la camioneta cerca de un playón, nos quitamos los
zapatos y caminamos un poco. “Necesito estar sola, necesito
pensar”. El pueblo de la Ciénaga tiene un privilegio y es que
colinda con El Mar Caribe no solo por la carretera hacía
Barranquilla, sino que hay un malecón cercano a la plaza del
pueblo. El sonido de las olas me tranquilizó los nervios, la
inmensidad de sus aguas grises, era precisamente lo que
necesitaba.
-
¿Ana, cuánto tiempo piensan quedarse?
-
Los muchachos tienen planeado regresarse a sus casas
mañana, yo deseaba conocer un poco más pero, creo que
regreso a Venezuela de inmediato.
140
-
Que lastima, me hubiera gustado mucho que conocieras a
alguien más. Dijo Yuli agachando la mirada.
No negaré que tenía el corazón roto, para mí la foto del retrato en
la habitación de Katherin, me daba las respuestas necesarias para
renunciar realmente a la ilusión que tenía en mi corazón, pero
estaba allí por “El Silvestrismo”, no por mi amor inconcluso.
“Necesito estar sola”.
-
¿A quién te refieres?
-
A una ancianita que vive en la propia Ciénaga Grande.
-
Sí, ella es muy sabia, deberías conocerla Ana. Me animó
Stefany.
-
Para ir tendríamos que salir mañana muy temprano, sería
genial que conocieras las comunidades en palafitos. Insistió
Yuli.
-
¿Palafitos? ¿Casas en el agua de la Cienaga? Pregunté.
-
Sí, así es. Yuli me miraba con ese brillo especial que solo
había conocido en los ojos de mis nuevos amigos. Si
hubiéramos continuado por la carretera que va hacia
Barranquilla, las habrías visto.
Nos quedamos calladas durante un buen rato, cada una
entregada a sus pensamientos. Ya el atardecer teñía de rojo las
nubes, y el vaivén de las olas del mar susurraban palabras al
viento. Escuché en el aire mi nombre, y renovada por la voz de
Dios en las olas, me levanté me quité la camisa y el pantalón y
corrí hacía el mar, sus aguas calidas me recibieron, mientras Yuli
y Stefany aullaban al viento y también se despojaban de la ropa,
para meterse al mar. “No hay nada que el Silvestrismo no pueda
curar.” Pensé. La decisión estaba tomada, me iría a la Ciénaga
Grande, seguiría adelante.
Al llegar a casa, abracé a Rossana y a La Muchis, nos sentamos
en la mesa de la cocina, a cenar arepa y caldo de huevo y papa,
141
al cual estaba muy acostumbrada, las muchachas estaban
dichosas aún de los besos en las mejillas de Silvestre. Oscar,
Fabián y Gunter se habían ido de parranda por el pueblo, ya que
las muchachas no se animaron a acompañarlos.
-
Mañana Gunter y Oscar se regresan a Bosconia ¿Quieres
que regresemos con ellos Ana? Dijo Rossana y la tristeza
fue evidente en su mirada.
-
¿Solo ellos? Pregunté extrañada.
-
¡Sí! Solo Gunter y Oscar, porque Fabián y yo nos
quedamos a vivir en La Cienaga. Dijo altiva Andrea.
-
¿Muchis y tú mamá? ¿Tú vida en Bosconia, el niño de
Fabián y su esposa qué? estaba sorprendida de la decisión
de mi amiga.
-
¡Lo amo Ana! Dijo La Muchis, con lágrimas en los ojos. La
abracé y guardamos silencio, aunque consideraba que era
algo injusto con la familia que Fabián ya había formado, no
era quién, para juzgar los sentimientos, yo menos que
nadie, me atrevía a contradecir un amor como el que
sentían el uno por el otro.
Rossana nos veía a punto soltar el llanto.
-
Rossana. Dije. Si quieres puedes regresar con los
muchachos a Aracataca, yo continúo mi camino, Yuli va a
llevarme a la Ciénaga Grande.
Los ojos enormes de la silvestrista dejaron correr las lágrimas que
habían contenido, esto me hizo recapacitar el plan.
-
Pero si así lo deseas, puedes venir conmigo y regresamos
para el fin de semana con tu mamá y tu hermano Alexis,
solo avísales a donde vamos.
142
El abrazo de oso que me dio Rossana fue aplastante, por alguna
razón se negaba a estar en Aracataca, y tampoco me sentí con
fuerzas de interrogar el por qué.
Yuli estaba eufórica con la noticia de que permaneceríamos varios
días en Ciénaga, así que les ofreció apoyo y recomendaciones a
La Muchis y a Fabián, para que pronto consiguieran trabajo,
además permitió que se quedaran en su casa, por todo el tiempo
que fuera necesario.
Cuando me fui a dormir, sentí un dolor intenso en el pecho, y sin
hacer ruido, lloré en silencio por Mathias, me dolía la
incertidumbre, me quemaba la renuncia.
143
LA ANCIANA DE OJOS GRISES
Esa
mañana muy temprano despedimos a Oscar y Gunter,
quienes debían regresar a sus vidas en Bosconia, nos abrazamos
y prometimos volver a vernos algún día. La Muchis y Fabián,
felices salieron por las calles del pueblo, en busca de trabajo con
Stefany.
Rossana, Yuli y yo, nos embarcamos rumbo a La Ciénaga Grande.
Dos piraguas con motor, o lo que se conoce como canoas en
Venezuela, con dos muchachos jóvenes a bordo, nos llevaron por
toda La Cienaga. Fue maravilloso sentir como el viento fresco de
la mañana llenaba mis pulmones de aire, renovando mis fuerzas,
el sonido del viento me espantaba las tristezas como si se
tratarán de simples retazos de tela envejecida que salían volando
de mí ser para caer delicadamente sobre las aguas estancadas de
la ciénaga.
Yuli nos contó que una niña llamada Tomacita había sido
devorada por un enorme Caimán en esas aguas hace muchos
años, y que por eso en la Ciudad había un monumento de ella y el
animal; y que, por ese incidente las ferias del pueblo eran en
enero y se conocía como “El festival del Caimán”. Mientras nos
adentrábamos en las aguas de La Ciénaga, nos comentó que la
estructura que tanto me gustaba del pueblo se llamaba “El
templete”; y que la influencia europea siempre había reinado en
sus calles, no era de extrañarme entonces que la plaza del
Bicentenario fuera tan distinta a plazas de otras ciudades.
- Esperen que La Nana les cuente sobre “La Masacre de las
Bananeras”, nadie como mi Nana para contarla. Dijo
entusiasmada la Cienaguera. Me sorprendió ver la primera casita
desvencijada sobre el agua, sostenida por palos o troncos que
salían del agua, a dichas construcciones les llaman Palafitos. Se
me antojó abandonada y roída por el tiempo.
144
En el horizonte volaron enormes aves de plumaje blanco y negro.
Creí por un instante estar en un paraíso lejano, donde el
modernismo y las grandes ciudades, parecen quiméricas.
-
¡ANA MIRA! Gritó Yuli. Ante nosotros aparecieron casas de
madera, de donde se asomaron muchos niños de piel
tostada, con ropas rasgadas o sin ella. Saludaron
animadamente cuando pasamos de largo. Ver a seres tan
pequeños en condiciones tan precarias y madres que
parecían muy jóvenes, me hizo comprender que aquel
lugar remoto de Dios, era pobre y muy necesitado.
Por un instante sentí que el corazón se me salía por la boca,
había olvidado que Yuli era Cienaguera, y que estaba
acostumbrada a andar en Piragua, cuando la vi en la punta de la
embarcación de píe, la muchacha mantuvo un equilibrio
impresionante. El barquero disminuyó la velocidad, mi amiga
llevaba puesta su gorra roja, y verla así saludando con alegría a
la gente en los palafitos me hizo sentir que el viaje silvestrista
apenas comenzaba.
-
¡NANA LLEGUE! Gritó Yuli. ¡NANA! ¡NANA!
La piragua se detuvo a las puertas de una gran estructura de
madera, y de ella salió a recibirnos una anciana delgada de
cabello blanco, muy largo. Llevaba puesta una bata con diminutas
flores de colores estampadas. De un salto Yuli subió a la casa
abrazando a la anciana, y ella le brindó una enorme sonrisa, al
subir resbalé, pero logré sostenerme a una baranda de madera; y
me puse en pie. Sus increíbles ojos grises me miraron
registrándome hasta el alma, aunque era una mujer entrada en la
tercera edad, se veía radiante.
-
¡Hola Ana! Te he estado esperando. Dijo la anciana.
145
LA MASACRE DE LAS
BANANERAS
Me asustó un poco que la anciana me llamara por mi nombre, y
al estrechar su mano, varias imágenes se agolparon en mi mente
y fueron tan violentas que sentí un leve mareo.
-
La Nana puede soñar cosas. Dijo Yuli. Por eso sabe que
veníamos ¿Verdad Nana?
-
Luego conversamos con calma, pasen para que tomen
agua panela, está recién hecha.
Todos agarráramos un vaso de la bebida que en Venezuela se
conoce como papelón, pero sin limón, incluso José y Josué, los
barqueros. Yuli les pagó el viaje y ofreció el doble del precio si
regresaban al día siguiente a buscarnos.
Tomé mi papelón al clima, observando la pequeña casa, tenía una
mesa, dos taburetes y una silla mecedora muy gastada, el
ambiente del lugar se me antojaba a salitre. En una esquina de la
diminuta sala, había una hamaca, comprendí que era el
dormitorio de la anciana, el olor de la madera húmeda no me
gustó en lo absoluto. Guarde silencio mientras Yuli y La Nana
conversaban y mi amiga le entregaba las provisiones que había
traído en la segunda embarcación. Rossana y Yuli sacaron tres
hamacas pequeñas, o como se les dice en donde vivo, eran unos
hermosos chinchorros de colores.
-
¿Quieres ver la cocina Ana? Dijo la anciana sacándome de
mi mutismo.
-
Si, claro. Permítame la ayudo con las bolsas, en ellas había
enlatados, cereales y verduras.
-
Llámame Nana, así me dicen todos. Dijo brindándome una
hermosa sonrisa con los pocos dientes que le quedaban.
146
La cocina era un lugar lleno de cenizas, la anciana tenía un fogón
improvisado, que interpreté como una cocina. En una mesa tenía
algunos platos, vasos, cubiertos y cacerolas. La casa de La Nana,
era sencilla, con muchas carencias, pero la paz y felicidad en el
rostro de la mujer, me mostraron serenidad. Era yo quien tenía
que entender que ella vivía allí a gusto.
Luego de acomodar la comida, y una vez ajustadas las hamacas,
nos sentamos a conversar tranquilamente en la salita de la casa.
La nana se acomodó en su silla mecedora, que crujió al ella
sentarse. Yuli tomó asiento a la entrada de la casa, dejando
colgar sus pies ante La Cienaga, llevaba puesta su gorra y parecía
un joven pescador. Rossana tomó un taburete y yo el otro,
escuchamos animadas a la Anciana.
-
Anoche en mis sueños, vi a mi pequeña Yuli navegando por
La Ciénaga, ese sueño lo tengo siempre que ella decide
venir a verme, así que me levanto muy temprano a barrer,
hago agua panela y espero a que llegue. Lo curioso del
sueño de anoche, es que venían dos mujeres más, y un
joven rubio de hermosos ojos amarillos.
Cuando la anciana dijo eso, sentí un dolor repentino en el
espinazo. Revisé instintivamente las heridas de los brazos que me
había hecho en Nabusimake, pero casi ni se veían.
-
El Joven estaba muy triste. Dijo la anciana. Se llama
Kennel Mathison, conversé con él, me dijo que buscaba a
Julia, su esposa, que después de la huelga bananera, no la
había encontrado. En el sueño, Kennel te tenía agarrada de
la mano; y pregunté como te llamabas y me respondiste
“Ana”. Cuando llegaron en las piraguas, y solo las vi a
Ustedes tres y a los barqueros, comprendí que el joven del
sueño era un muerto. Ana ¿Quién es ese muchacho que te
acompaña?
Mis ojos estaban a punto de salirse de sus orbitas, y los de mis
amigas también. El Duende me había seguido a La Cienaga.
147
-
Es un Duende o espíritu errante como lo llaman en La
Sierra Nevada, en Nabusimake, pude verlo e intentó
llevarme con él, cuando un amigo arhuaco me alcanzó, al
día siguiente me sacó de la Sierra y me explicó qué era
exactamente lo que había visto. Estando en Aracataca se
llevó una pequeña de 16 años, muy amiga mía, salí a su
búsqueda, pidiéndole de rodillas a la virgen que me
regresara a la muchacha, que sí lo hacía, yo le prometía
renunciar al hombre que amo. Así es muchachas. Dije
mirando a Yuli y Rossana. A Daniela se la había llevado un
duende, no se extravió simplemente, por eso estaba tan
afectada con lo sucedido.
Yuli y Rossana estaban asombradas y asustadas, permanecían
calladas sin interrumpir, pero las dos estaban a punto de gritar.
-
La noche en que me llevó por La Sierra, al pasar entre el
monte y los árboles, me hice varios rasguños en los brazos
y en las piernas, sólo cuando él esta cerca vuelven a
aparecer, de resto casi ni se ven, dije mostrando mis
brazos, por eso en el río Ustedes pudieron verme las
marcas, porque el duende estaba con nosotros.
Rossana se mordía los dedos, Yuli miraba en todas direcciones
intentando ver al Duende, pero La Nana se mecía
tranquilamente como si lo que le comentaba fuera tan normal
como un incidente cualquiera.
-
No pequeña, eso no es un duende, por lo que vi en mi
sueño es un alma en pena.
-
Pero Nana ¿Por qué trató de llevarme? ¿Por qué me
persigue?
-
Porque necesita tú ayuda Ana. Las almas en pena cuando
se aferran a alguien, es pidiendo ayuda.
-
Pero se ha dedicado a asustarme.
148
-
No Ana, eres tú la que se asusta, eres tú la que no ha
querido escuchar.
-
Para poder entender quién es esa alma errante a la que tú
le llamas duende, tienes que escuchar atentamente lo que
te voy a contar. Kennel me dijo que buscaba a su esposa, a
la cual no veía después de la huelga de las bananeras, lo
que quiere decir que se está refiriendo a “La Masacre de las
Bananeras”, en el año de 1928, en Ciénaga, hubo una
terrible masacre, donde murieron incontables trabajadores,
aún no se sabe a ciencia cierta, cuántos. Hay quienes
dijeron que fueron 9, otros que 300, luego el gobierno dijo
que murieron 800 bananeros, pero según los rumores del
pueblo, murieron 3000 personas entre trabajadores,
negros y blancos, incluso extranjeros alemanes y
holandeses. Los cadáveres fueron arrojados al mar y a La
Ciénaga Grande, durante décadas hay quienes afirman
haber visto las almas de los pobres bananeros penando por
estos lados. Es posible que un alma deambule durante
siglos en el lugar que murió, esperando encontrar paz, o
que se aferre a seres vivos en su búsqueda. Si lo que
pienso es cierto, no le fue difícil llegar en su larga procesión
hasta La Sierra Nevada, y que en ti haya encontrado la
forma de retornar al lugar de su muerte. A veces, el
purgatorio lo encuentran las almas donde han sido infelices
en vida.
Ahora éramos las tres silvestristas las
atentamente la voz pausada de La Nana.
-
que escuchábamos
Puede ser que tú estés muy enamorada de alguien tan
especial como lo era Julia, su esposa o hasta te parezcas a
ella.
Sentí el calor en mis mejillas, me había ruborizado. La anciana
tenía los ojos grises azulados y la intensidad de su mirada me
mostraba al ser más sabio del mundo, era como poder ver a los
ojos de un ser inmortal.
149
-
¿Amas inmensamente a alguien Ana? Preguntó la anciana.
-
Así es. En realidad a dos hombres. Dije casi en un susurro.
-
Entiendo. Dijo La Nana sonriendo.
La casita de madera era acogedora, el sol comenzaba a caldear
las aguas, pero la fuerte ventolera me tranquilizó los
pensamientos.
-
Ambos amores son imposibles ¿Me equivoco? Y sus ojos
azules me escrutaron.
-
Mathias creo que tiene novia, una mujer muy especial está
en su vida, además yo le prometí a la virgen que si me
regresaba a Danielita y no permitía que se la llevara El
Duende, yo renunciaba a mi amor por él.
-
No mi pequeña, ese tipo de promesas jamás sería recibido
por nuestra Virgencita, el sufrimiento de un corazón no
puede ser una promesa, estoy segura que esa pobre alma
sintió tu pena y dejó a la niña en paz. Esperando encontrar
otra forma de llamar tú atención y obtener tú ayuda.
Cuéntame Ana ¿Quién es tu segundo amor?
No sabía si podría ser sincera delante de mis amigas.
-
Es un sentimiento más grande que yo. Dije mirando mis
zapatos rojos. Me aferro a ese sentimiento, cuando más
triste estoy. Él es un hombre maravilloso, apenas nos
hemos visto un par de veces, y ni siquiera tiene idea de lo
que siento.
-
¿Es un hombre casado de ojos amarillos? Preguntó la
anciana.
Un ligero escalofrío me recorrió el cuerpo, era cómo si la anciana
pudiera leer mi mente.
150
-
Si Nana, es casado y tiene los ojos como dos soles, a veces
no sé qué hacer cuando lo veo, y mi corazón sufre mucho
por él, es un amor inalcanzable… ¿Cómo has adivinado?
-
No lo he adivinado pequeña, Kennel me lo ha dicho en
sueños. Por lo que entendí tú sientes un amor, igual de
inmenso como el que en vida sintiera Kennel por Julia, su
esposa.
Me levanté y miré el horizonte, sintiendo una profunda tristeza
por esa alma en pena, sabía perfectamente cuanto Kennel amaba
a Julia, y dos lágrimas rodaron por mis mejillas, el viento se hizo
más intenso; y en la inmensidad del cielo azul, imaginé el rostro
de mi verdadero amor, que aunque fuera inalcanzable, vivía y era
feliz, no a mi lado pero lo era y lo demás no tenía importancia.
-
Quiero ayudarlo Nana ¿Cómo puedo hacerlo?
-
¿Ana qué dices? Eso suena muy peligroso. Dijo aterrada
Rossana.
-
Amiguita, tú sabes lo que es amar a alguien inalcanzable.
Dime si no estarías dispuesta a todo por él.
-
¡Sí! Dijo Rossana levantándose del taburete y vi como
apretaba sus puños al pensar en José Jorge.
-
Entonces, si tu amor por él es idéntico al mío ¿No me
ayudarías, si yo te lo pidiera?
-
¡Por supuesto Ana! Contestó tomando mi mano.
-
Pues, debo ayudar a Kennel, aunque no sepa como.
-
Creo mis niñas que es algo lógico. Anunció La Nana. Debes
intentar averiguar qué le pasó a Kennel y a Julia, y si
existe alguna información sobre ellos en Cienaga, hay que
unir a esas almas para que descansen en paz.
151
-
¡Imposible!. Dijo Yuli. Nana eso es imposible, están
muertos y esos son asuntos de Dios.
-
Hay rituales de La Ciénaga, que usamos para que cada vez
que aparece un alma perdida, nuestras oraciones les
indiquen el camino al más allá. Este lugar no es solo casa
de indígenas, pescadores y desplazados, Yuli Vanesa.
Somos devotos de nuestra Ciénaga y puedo asegurarte que
sí podemos ayudar a almas como las de Kennel Mathinson.
Son muchas las muertes inesperadas que ocurren por estos
lados; guerrilleros y criminales, navegan nuestras aguas,
aquí no hay sacerdotes ni santeros que puedan ayudarlos,
en La Ciénaga, somos nuestros propios médicos,
constructores y autoridades. Los asuntos de nuestros
muertos, también son únicamente de nosotros.
Una piragua pasó por un lado de la casa, un niño de piel
aceitunada, con un pequeño remo, navegó sin siquiera saludar, el
resplandor del sol en las aguas, me hizo sentirme en un lugar
irreal, alejado de todo cuanto fuera posible. No sé quién eres, y
no sé como ayudarte, pero si está a mi alcance, te devolveré a
Julia. Pensé.
152
LA BANDERA ROJA
Después
de almorzar bocadillos de atún con agua panela,
salimos a navegar cerca de La casita de La Nana. Yuli empujaba
la piragua con dos remos enganchados a la embarcación de
madera, en el medio iba Rossana, y yo de rodillas a la punta de
pequeño bote. Dejé que mis pensamientos deambularan por las
aguas de La Ciénaga Grande, oxigenando mi alma.
-
¡YULI ALLÍ! Dijo Rossana señalando una hermosa casita de
palafitos, cercana a una orilla de tierra fangosa, donde se
posaban cientos de aves.
-
¡NO, SIGAMOS MAS ADELANTE! Gritó la capitana de la
embarcación.
Yuli nos conducía a la casa de un muchacho silvestrista, si
contábamos con suerte, estaría en su palafito o sus alrededores.
Un hermoso sonido llegó hasta mis pensamientos, la dulzura de
una flauta, de notas musicales infinitas que me hizo recordar
Nabusimake. Nos acercamos a una casita de madera, que
ondeaba al viento una bandera que alegró mi corazón, roja con
una estrella blanca. Un muchacho de piel aceitunada era quién
hacía sonar en entre sus manos, la flauta de madera.
-
¡ALEJO! ¡ALEJO! Gritó Yuli soltando los remos y moviendo
ambos brazos saludando a su amigo.
La embarcación se tambaleó, Rossana se puso de pie asustada y
perdimos el equilibrio, las tres caímos repentinamente al agua,
sentí como el agua tibia me inundaba y un golpe muy fuerte
sobrevino a mi cabeza. Perdí el conocimiento.
Al abrir los ojos una fuerte luz me hizo cerrarlos de nuevo, intenté
nuevamente abrirlos, colocando mis manos a forma de visera,
estaba acostada en la piragua, sin remos y a mi alrededor solo
153
había la inmensidad del agua ¿Dónde estoy? Quise hablar y no
pude.
-
¡Ana! Una voz en la piragua dijo mi nombre y me
sobresalté, tocándome el pecho.
Silvestre estaba en la canoa y me miraba. Su hermosa sonrisa,
llenó mi vida - ¡Eres un sueño!- Quise decir, pero no pude.
-
Es posible. Dijo él contestando la pregunta que no formulé.
Me acerqué a su extremo de la piragua, arrojándome en sus
brazos, caímos juntos al agua, y me abracé al él, con todas mis
fuerzas.
¡TE AMO! Quise gritar y no tenía voz. Sentí que el agua nos
hundía, que caíamos sin remedió al fondo de un abismo. Vi sus
ojos claros penetrantes, los dos nos ahogábamos, pero no
importaba, él sostuvo su sonrisa, y me dio un tierno beso en los
labios.
¡RESPIRA! Pensé al sentir sus labios.
¡RESPIRA! ¡RESPIRA! Gritó una voz.
¡RESPIRA ANA! Gritaban Rossana y Yuli, cuando volví en mí, el
joven de la flauta estaba besándome.
Me ahogaba, tenía que respirar, y un montón de agua me hizo
vomitar, hasta que el aire puro entró de golpe en mis pulmones,
causándome un dolor insoportable. La sensación de no poder
respirar fue terrible, el muchacho no me besaba, estaba tratando
de ayudarme con respiración boca a boca.
Al vomitar toda el agua, me vi sangre en las manos.
-
¡Me duele! Dije tocándome la cabeza y encontré más
sangre.
-
Estas herida Ana, caímos al agua por accidente y te
golpeaste con la piragua en la cabeza, tragaste mucho
154
agua, pensamos que estabas muerta Ana. Yuli hablaba más
rápido que de costumbre. Alejandro te sacó del agua.
-
Lo siento Ana, ha sido mi culpa. Dijo Rossana apenada.
-
No es nada muchacha. Dijo el flautista. Las heridas de la
cabeza son muy escandalosas, es todo. Ayúdenme a
acostarla y podré curarle esa rayita.
No había sido un sueño con Silvestre, me estaba ahogando y mis
últimos pensamientos eran para él, y para el único de mis sueños,
“poder besarlo”. Quise tocar mi amuleto, pero no lo llevaba,
recordé haber dejado la mochila arhuaca en casa de La Nana,
entonces fue cuando vi la intensa y brillante mirada en los ojos de
Alejandro, el Silvestrista de la Bandera Roja.
Al acomodarme en un chinchorro, me recosté agotada y
empapada, algo mareada por el golpe, el muchacho acercó un
pañuelo húmedo a la herida, y el ardor que me causó, me hizo
gritar.
-
Por Dios, duele mucho. Dije tratando de quitarme la
compresa.
-
Quédate quieta, es solo alcohol, para que no se te infecte.
Sentenció Alejandro.
Mientras me secaban y quitaban la sangre de la cara, en una de
las paredes de la pequeña casa, observé un afiche carcomido por
el tiempo, la sonrisa del muchacho del afiche era
inequívocamente de Silvestre, era muy antigua, ya que se veía al
ídolo cuando era rollizo.
-
Me gusta tu afiche Alejandro.
-
Llámame Alejo. Ese afiche lo tengo hace mucho tiempo, el
silvestrismo es mi vida. Nunca he estado en un concierto,
nunca lo he visto, pero cada vez que podemos, sus
canciones inundan Cienaga Grande. Dijo Alejandro
mostrando una hermosa y sincera sonrisa.
155
Su comentario dio pie, para que Yuli nuevamente narrará todo lo
que vivimos en la fiesta a la que entramos sin estar invitados, el
asombro de Alejandro, fue precedido por palmadas y abrazos.
Fuera a donde fuera, el silvestrismo era idéntico, e incluso con
mayor intensidad. Tal vez en La Ciénaga Grande no hubiera
habitaciones forradas con su imagen, ni siquiera el afiche de
Silvestre fuera reciente, pero el sentimiento, ondeaba al viento
como las alas de una hermosa gaviota. No hacían falta
acordeones ni guitarras, Alejandro tenía su hermosa flauta
cienaguera para invocar los sonidos vallenatos del Cesar.
156
LAS ALMAS DE LA CIÉNAGA
Me
sequé la ropa al sol, mientras charlábamos animados del
movimiento silvestrista, Alejandro se había entristecido mucho
cuando Rossana le informó acerca de la separación de Silvestre y
Juancho, ciertamente todos, estábamos acostumbrados a las
notas preciosas del acordeón de Juan, pero tratamos de animarlo,
explicándole que los cambios eran necesarios, que era un
intercambio interesante, ya que ahora Silvestre tenía como
acordeonero a Rolando Ochoa, y por su parte El Gran Martín Elías,
contaría con Juancho. Insistí, que nosotros debíamos quererlos a
todos por igual, que en eso consistía ser fan, y que podíamos
esperar con gran optimismo las canciones por venir. Alejandro
más animado, comenzó a contarnos sobre lo rápido que tocaba
Rolando el acordeón, y que seguramente, lo que venía para el
silvestrismo era excelente, así como para Juan y Martín Elías.
Al atardecer debíamos retornar a casa de La Nana, ya que no se
podía navegar de noche, por precaución.
-
Cuídate esa pequeña herida Ana, lávala con buen alcohol y
sanará pronto. ¡Me encantó darte un beso! Dijo Alejandro a
forma de broma.
-
No fue un beso. Dije muerta de risa.
-
Pensemos que sí y siempre te acordaras de mí. Dijo
ayudándome a abordar la piragua.
-
Entonces, digamos que no estuvo mal. Dije sonriendo.
Al alejarnos poco a poco, sentí esa puntadita en el estomago,
cada vez que me despedía de un silvestrista, sobre todo, cuando
no tenía idea si volvería a verlo alguna vez.
-
¡ANA! ¡ANA! Gritó Alejandro.
157
Al voltearnos a verlo, el sostenía la bandera en sus manos y la
agitó de un lado a otro, diciéndonos adiós, la emoción que nos
embargó no tiene explicación. Lanzamos besos al viento a nuestro
hermano silvestrista. Al ver a los ojos a mis amigas, ambas
tenían lagrimitas al igual que yo ¡Decir adiós ya no es tan fácil!
Pensé.
El atardecer comenzó a caer en el horizonte, la inmensidad de la
Cienaga fue mágica, ciento de aves volaban buscando sus nidos.
A lo lejos el sol moría nuevamente, llevándose con él las
aventuras de un día tan normal como cualquier otro, en el cual,
pude haber muerto. Mientras nos acercábamos al poblado de
palafitos donde pasaríamos la noche con La Nana, pensé en las
almas de la Ciénaga, en quienes al igual que El Duende, aún no
habían encontrado el camino a casa, y mi mente voló en
pensamientos extraños, pude ver flotando en las aguas los
cuerpos de los bananeros, y de pronto uno de esos cuerpos, era
el mió.
¡LLEGAMOS! ¡LLEGAMOS! Los gritos de Yuli, me sacaron de
semejante visión, y pude ver a la anciana, llevaba puesta una
manta guajira blanca y el viento la hizo parecer un alma errante
de la ciénaga.
La anciana al mirar mi herida, y la ropa manchada de sangre,
sonrió y me recibió con palmaditas en la espalda.
-
Niña sales a conocer la ciénaga, y ya has derramado
algunas gotitas de sangre en sus aguas. Muy bien.
No se asombró cuando le comentamos cómo me había lastimado,
y lanzó una enorme carcajada cuando supo que Alejandro tuvo
que darme respiración boca a boca, a lo que él llamó besar.
-
En realidad es un beso de vida, en estos lados estamos
acostumbrados a revivir a la gente Ana, la herida es
pequeña en comparación a las cosas que hemos tenido que
ver y curar en la inhóspita Cienaga. A veces la gente
arregla sus problemas matándose a machetazos, como lo
158
hacían antes nuestros abuelos, por una deshonra. Tu
herida comparada a eso, es un rasguño.
El sol se ocultó, y una orquesta de bichos inundó la casa de La
Nana y sus alrededores, es increíble que un grillo no me deje
dormir en paz en Venezuela, cuando por el contrario en aquel
lugar tan lejano, sus cantos y patitas chirreando hacían una
sinfonía maravillosa.
Esa noche utilicé una manta Guajira de color azul que me prestó
La Nana, me senté en el umbral de la casita a contemplar La
Cienaga Grande al oscurecer, y La Nana se sentó a mi lado.
-
No hay un lugar más tranquilo que esta aguas. Dijo la
anciana. Pero hay que tener cuidado con las almas de los
muertos. Al dormir reza por ellas y su descanso eterno
Ana, sobre todo por el de Kennel Mathison.
-
¡Sí Nana! Murmuré.
-
Las muchachas han servido, pan, queso y chocolate, vamos
a comer, la noche es muy larga en La Ciénaga Grande.
Después de cenar nos metimos en nuestros chinchorros, yo me
mecía levemente, sintiendo aún el escozor en la herida, a medida
que las muchachas y La Nana conversaban, sentía pesada la
mirada y entre sus voces y los ruidos la noche, me quedé
dormida.
Un hombre joven, encantador, de cabello rubio y mirada triste,
me observaba con sus hermosos ojos. Yo llevaba puesto un
hermoso vestido antiguo de encajes, él tomó mi mano y me dio
un tierno beso en la mano, no pude evitar sentir ternura por él.
Incluso sentía que lo amaba.
-
Julia te prometo que no va a pasarme nada. Dijo el joven.
Al decir ese nombre, yo ya no era la muchacha, sino que podía
verlos a ambos, la mujer llamada Julia lloraba sin consuelo.
159
-
Si me amas de verdad, no vayas, los obreros están
dispuestos a todo, la bananera también, tengo miedo. Por
Dios, no vayas.
El Joven secaba sus lágrimas con leves caricias sobre su rostro,
ninguno de los dos, me observaba, era como si no pudieran
verme. Él tomó sus mejillas entre las manos y la besó
dulcemente.
-
Te prometo que no pasará nada, todo se va a resolver.
Susurró el muchacho al oído de Julia.
Las imágenes cambiaron, nos rodeaban muchos militares o lo que
parecían policías, temí lo peor, me encontraba al lado del joven y
entre nosotros, cientos y cientos de obreros armados con piedras,
palos, machetes, picos y palas. Alguien gritó ¡FUEGO! Y a mí
alrededor cayeron uno a uno los bananeros. ¡FUEGO! Gritaron
nuevamente. Todo era sangre, humo y cenizas. ¡FUEGO! Por
tercera vez, y a mi lado cayó el joven, lo toqué y sus ojos ya no
tenían vida. Entonces lo reconocí. “El Duende”. Pensé.
Intenté gritar, pedir auxilio, pero solo había miles y miles de
cadáveres, de pronto, todos flotaban en aguas llenas de sangre.
Un mar rojo lo rodeaba todo, escuché en susurros a los que aún
agonizaban, pedían ver a sus hijos antes de morir.
Desperté asustada y con lágrimas en los ojos.
160
LA HISTORIA DE JULIA
Era media noche, en la casita de palafitos, las silvestristas y La
Nana, dormían profundamente. Por las ventanas desvencijadas
entraban rayos de luz que provenían de la enorme y plateada
luna. De puntitas salí a la puerta de entrada, tratando de no
despertar a nadie. Me apoyé a una pared de madera,
asomándome ligeramente por la ventana, el pantano que nos
rodeaba estaba en silencio, ya ni los grillos ni ranas cantaban. Un
increíble mutismo dominaba las aguas y la luna brillaba como una
perla, enorme en un cielo colmado de estrellas. Una ráfaga de
viento me espantó el sueño y respiré conteniendo el aire en los
pulmones, lo dejé salir poco a poco, intentando calmar mis
pensamientos. Recordé la hermosa sonrisa de Mathias, sintiendo
la necesidad de abrazarlo, de verlo. Nuevamente mi pecho se
comprimió, intentando romperse por el sentimiento de soledad
enclavado en mi vida. “Si pudiera besarlo por una vez más… solo
una vez más”. Pensé entristecida.
Algo en el agua se movió lentamente formando ondas leves ¿Un
pez? Me pregunté. Nuevamente algo movió las aguas muy
despacio.
Todo un universo se encontraba en las aguas de La Ciénaga
Grande. Mientras las personas dormitaban, contemplé el cielo
más hermoso que jamás haya visto, los intensos puntitos de luz,
a millones años luz de mi corazón humano, me resultaba difícil
comprender que las estrellas, son soles a distancias que mi mente
es incapaz de llegar a calcular, pensar en el cosmos me recordó a
papá y sus teorías sobre el universo infinito. Me maravillé al
respirar el aire, se me antojó frió y salado. Aunque ríos de agua
dulce desembocaban en La Ciénaga, sus aguas son saladas, por
su cercanía al mar.
Cuando vomité el agua, gracias al beso de vida de Alejandro,
comprobé su sabor, el cual no me gustó en lo absoluto, no solo
por ser salado, sino porque la sensación de no poder respirar, me
161
resultó espantosa. Me toqué la pequeña herida en la cabeza, aún
me dolía un poco. Desde que había decidido ser Silvestrista, podía
contar algunas cicatrices más, como la de la rodilla o hasta los
intensos rasguños que me brotaron en Nabusimake. “Las heridas,
puedo verlas en mis brazos. El duende. Kennel está aquí”. Pensé
observando mis brazos. Miré en todas direcciones, sin encontrar
nada extraño.
-
¡Ven! Una voz muy dulce sonó en mi mente. Sin saber bien
por qué, y sin hacer ruido alguno, abrí la puerta del
palafito, abordé la piragua de La Nana, que se encontraba
atada a la casa, solté su nudo y me alejé utilizando una
pequeña vara, apoyándola en el fango de la Cienaga para
tomar impulso, sin alejarme demasiado del palafito, me
mantuve atenta.
-
Quiero ayudarte, dime cómo. Murmuré al viento.
No sé si lo imaginé, no sé si lo vi en realidad, pero un hombre
caminaba sobre las aguas, no sentí miedo esta vez; la luz que
emanaba de él, era la misma de Aracataca. Mi corazón sereno
hizo que todo cambiara. Contemplé, lo hermoso de su rostro.
Caminó hacia la piragua y se sentó a mi lado.
-
¡Ana! Y su mirada vacía reflejó una inexplicable tristeza. Su
voz solo podía escucharla en mi mente. ¿Te llamas Kennel?
Pregunté con la voz de mi conciencia, esa misma que
escucho cuando leo mis libros.
-
Soy Kennel y kennel soy yo ¿Ya no tienes miedo?
-
¡No!
-
Eres mía Ana, te necesito. Su voz era como las tonadas de
la flauta de Alejandro, dulce e infinita. Busco a Julia.
Dos enormes lágrimas me recorrieron por las mejillas en caída
libre a la piragua. Estaba llorando, no de miedo sino de tristeza.
“No se qué hacer, dime cómo puedo ayudarte”.
162
-
Busca a Julia, busca a Julia.
Cerré mis ojos, y limpié mis lágrimas, una ráfaga de aire gélido
me golpeó en el rostro y movió las aguas, que balancearon
bruscamente la piragua.
- ¡Se ha ido!
De pequeña acostumbraba a imaginar cosas por la ventana del
carro, mientras papá conducía de noche rumbo a casa hablando
sobre las estrellas y los planetas. Muchas veces me vi a mi
misma, hecha mujer, vestida con una manta blanca, corriendo
entre los árboles a la velocidad del vehículo. Desde que recuerdo,
soñaba despierta, deseando que al día siguiente el hombre al que
amaba en silencio, me besara. Podía ver la escena impecable en
mi mente, e incluso sintiendo la emoción de un primer beso. A
estas alturas de mi vida, me había acostumbrado a imaginar
cosas para salir de los problemas, escapando de la realidad. Pero
en un viaje como éste, había descubierto un mundo mucho más
intenso, más allá de la imaginación, donde podía no solo
refugiarme de mi realidad, sino encontrar los olores y colores que
rodearon la mente de poetas y escritores colombianos, y estaba
decidida a vivirlo.
-
Necesito Saber la historia de Julia. Murmuré a la gigantesca
luna llena, cómplice de mi viaje.
163
LA NANA
Al
amanecer, la ciénaga se llenó de voces, pasaron varias
piraguas, ofreciendo papelón, harina, arroz, frijoles, aceite,
querosén. Todo un comercio pululaba entre aquellas aguas de
pantano.
-
Pronto pasará el bus piragua, no vayas a perder la
oportunidad de verlo. Dijo Yuli.
-
¿Bus piragua? No me digas que hay un bus en la ciénaga.
-
Espera Ana, ya lo veras. Rossana apúrate, o te perderás el
bus piragua.
-
¡QUEDA UN PUESTO! ¡SOLO UNO! Gritó un hombre.
Nos asomamos por las ventanas de la casita. Reí al verla pasar,
era una canoa amplia, dos veces más ancha que una piragua
normal, tenía tablas atravesadas. Varias personas iban
incómodamente sentadas una al lado de la otra.
-
En realidad es un bus. Comenté con los ojos como platos.
-
Yo no me subo a eso ni loca. Dijo Rossana, muerta de la
risa.
Unos hermosos ojos grises nos observaban como niñas pequeñas,
que ven por primera vez “El Avión”. Toda la destartalada casita
estaba impregnada del olor más divino del mundo.
-
¿Quién quiere café? Preguntó La Nana sosteniendo una
bandeja con cuatro tazones.
Inmediatamente tomé uno, y sintiendo su aroma a vida lo sorbí
poco a poco.
-
Gracias Nana. Dije dándole un beso en la mejilla. ¡Buenos
días!
164
-
¿Nana por qué tienes los ojos grises? Pregunté de pronto.
-
Larga historia pequeña. Dijo suspirando la anciana.
-
Tenemos tiempo Nana, cuéntanos por favor. Dijo Rossana.
La anciana se mantuvo de pie, llevándose la taza a los arrugados
labios para tomar un sorbo de café.
Hace muchos, muchos años, antes incluso de “La Masacre de las
Bananeras”, mi madre era una mujer sencilla, de piel tostada y
hermosa, que vivía con mis abuelos en una hacienda donde los
tres trabajaban de sol a sol para los hacendados. Una mañana
cuando se bañaba en el río, el hijo de los patrones la vio nadando
desnuda en las aguas dulces, y se enamoró de ella. Como se
imaginaran, tuvieron amores a escondidas de ambas familias y de
ese amor, nací yo. Mi padre era hijo de alemanes y tenía los ojos
más hermosos que puedan imaginarse. Cómo me gusta
recordarlo, eran azules como el mar. El día en que nací fue un
escándalo, ya que, mis abuelos pensaban que mamá se había
embarazado de un empleado del cual nunca había querido decir el
nombre. Al ver mi piel blanca y mis ojos claros, inmediatamente
supieron que se trataba de alguno de los dueños de la casa
grande. A mi pobre madre no pudieron reclamarle nada, ya que
había muerto al traerme a este mundo.
Mi padre asumió toda la responsabilidad y viví durante años en la
casa grande, como su hija, aunque mis abuelos paternos nunca
me hubieran querido. Aprendí a leer y a escribir y recibí una
educación esmerada hasta casi cumplir 15 años.
Tuve la dicha de vivir entre la casona y el potrero, ya que por las
tardes me escabullía para irme a tomar agua panela con los
abuelos que sí me adoraban. Al morir papá en “La Masacre de las
Bananeras”, sus padres nos echaron de la hacienda a mis abuelos
y a mí. Y desde entonces vivimos en La Ciénaga Grande. Tengo la
piel y los ojos así por la mezcla entre mis padres, pero mi alma es
cienaguera. No me casé, no tuve hijos, pero pude enseñar a
165
muchos a leer y a escribir, y mis niños de las aguas, llenaron y
llenan mi vida como lo hace Yuli.
-
¿Yuli vivía aquí? Preguntó Rossana.
-
Sí, así es, La Nana era mi maestra, y ahora es mi amiga y
mi cómplice. Si no hubiera sido por La Nana, jamás mis
padres me hubieran dejado ir al pueblo a estudiar y
trabajar. Muchos niños y niñas logramos salir del pantano,
porque La Nana nos enseñó todo lo que sabía y nos regaló
hasta el último de sus libros.
Ahora podía entender su forma de ser, La Nana vivía en la
ciénaga para enseñar a los niños a leer, no porque se hubiera
confinado a morir en aquellas aguas. Sentí un profundo amor por
la anciana.
-
Nana anoche vi el alma en pena de Kennel. Dije de pronto.
Rossana y Yuli se asombraron ante mi afirmación.
-
Lo sé Ana. Te vi a la media noche, cuando saliste de la
casa. Te observé y vi una luz. El mismo brillo que veo en
mis sueños cuando hablo con muertos. ¿Te ha dicho qué
debes hacer?
-
Sí, bueno más o menos. Me dijo que buscara a Julia.
-
¿Pero cómo? Si debe estar muerta. Dijo Rossana a punto
de llorar.
-
Hasta donde sé es posible que esté viva. Dijo La Nana.
-
¿En serio? Pregunté.
-
Si Ana, claro debe ser una ancianita, tal vez entre noventa
o noventa y cinco años. Eso explicaría porqué no se han
encontrado. Porque ella sigue viva. La Nana me lanzó una
mirada intensa como examinando mi alma.
-
¿A qué horas regresan los barqueros? Pregunté a Yuli.
166
-
A las 10 de la mañana, ya deben estar por llegar.
Aunque sentía escalofríos de regresar al pueblo y encontrarme en
sus calles a Mathias con su novia, pero no podría quedarme como
había planeado hacerlo, debíamos partir inmediatamente a tierra
firme. Tenía que encontrar a Julia.
167
MATHIAS
Me abracé a La Nana, con esa sensación de tristeza que se clava
en el corazón, esa certidumbre de que no volveríamos a vernos
en esta vida. La anciana me correspondió el abrazo y me dio un
dulce beso en la mejilla.
-
Ana, la vida es mucho más simple de lo que crees, sin
buscar, encontrarás. Espero que tus temores se espanten,
y puedas amar y ser feliz, solo dale tiempo al tiempo. Aún
te quedan hojas por llenar en el libro enorme, al cual
llamamos vida.
Abordamos las piraguas y con lágrimas en nuestros ojos, le
dijimos adiós a la anciana más hermosa de La Ciénaga Grande.
Viajamos en silencio, el calor comenzaba a ser insoportable, y me
sentía adormecida, luego de haber visto al Duende a la media
noche, había regresado a la casa de palafito y estaba desvelada.
Durante toda la madrugada no había logrado pegar un ojo. No
solo me preocupaba Julia y El Duende, sino también, Mathias y su
novia. Me preocupaba Kike y sus sueños de acordeonero. Me
inquietaba el poco dinero que me quedaba, incluso los gritos de
mi madre por no llamar en varios días. Pero sobre todas las
cosas, me desveló imaginar cómo sería un beso de Silvestre, era
algo que me aceleraba el corazón, un pensamiento que llenaba de
felicidad mi mundo ensombrecido.
- “No pienso irme a Venezuela hasta tanto consiga ese beso”.
Pensaba, mientras los barqueros nos llevaban a puerto seguro. Ya
había abandonado la carrera de abogado por un buen tiempo,
cambiado tacones de aguja por zapatos deportivos, las carteras a
juego, por una mochila arhuaca, y en lugar de un sombrero a la
moda para el sol, solía usar una hermosa gorra roja; cambié las
faldas y vestidos, por cómodos pantalones blue jeans. Ahora
comía tres veces al día sin vomitar y me sentía la mujer más libre
del mundo. “Soy libre, libre de verdad”.
168
-
¡Hogar dulce hogar! Declaró Yuli, cuando entramos en su
casa.
-
Arréglense muchachas nos vamos a buscar a Julia. Declaré.
-
Pero Ana, acabamos de llegar.
Protestó Rossana.
Esperemos a ver si nos vemos con La Muchis, Fabián y
Stefany.
-
Si prefieres, espéralos, yo me voy a buscar a Julia. Dije
entrando al baño para ducharme.
-
¿Qué? No yo voy contigo. Dijo Rossana.
-
Muévete pues. Canturreó Yuli. Muévete que nos vamos de
detectives.
-
Ustedes dos, Ustedes dos son increíbles. Dijo Rossana
derrotada.
-
¡HAY POLLO FRITO CON PAPAS! Gritó Yuli desde la cocina.
-
¡CALIENTALO! Gritó Rossana desde el cuarto.
Al abrir la regadera, sentí que mi vida se llenaba de energía, aún
me dolía la herida de la cabeza, pero comenzaba a brotar una
espesa costra, así que me lave con cuidado. Mientras el agua me
curaba el alma, mi mente me atormentaba pensando una y otra
vez en Mathias. Recordé mi sueño, ese en el que él besaba en la
boca a Katherin. La simple imagen me golpeó sin compasión.
“Basta, es suficiente, piensa en el pollo frito, en Julia, o no
pienses, pero deja de pensar en él”. Dijo la voz de mi conciencia.
Comimos deprisa, por lo menos Yuli y yo, a Rossana le tocó salir
corriendo con una pierna de pollo frito en las manos. Verla correr
y comiendo se me antojo tan gracioso que reí al verla con el
hueso en la boca; y a su vez intentando abrocharse la correa del
pantalón.
-
Ingratas, casi me dejan. Gruñó Rossana.
169
-
¡Tipo comando muchachas! Dijo Yuli y arrancó a correr por
las calles del pueblo.
-
Ya extrañaba el sonido de la camioneta. Comenté muerta
de risa.
A veces entre más te escondes, viene el destino y al igual que
cupido, lanza sus fletas, y se divierte lastimando nuestros
corazones. Al detenernos en un semáforo, Yuli decía algo sobre
visitar a familias obreras de las bananeras para saber si alguien
conocía a Julia Mathison, cuando en la acera, vi al hombre más
hermoso del mundo, su cabello dorado ondeaba al viento. Ahora
lo llevaba un poco largo, nos vimos, nos reconocimos. Me miró
como quien ve un fantasma.
- Amarillo, amarillo… Rojo. Dijo Yuli y arrancó a correr.
Guarde silencio, no pude decir nada. Era Mathias.
170
TRES ALMAS
Durante
días, buscamos información, visitamos a cuanto
hombre y mujer de tercera edad había en el pueblo. Durante todo
el día buscaba incansable a Julia, y por las noches lloraba mi
amor por Mathias. Sentía el delirio de salir a buscarlo, y besarlo
sin importarme que tuviera novia. Para huir de mi realidad,
aprendí a tomar bebidas fuertes con Fabián, cantábamos hasta
amanecer las canciones de Silvestre, y cada letra alegraba poco a
poco mi corazón.
Al dormir soñaba con El Duende, afortunadamente no se me
aparecía y estaba tranquila al solo verlo en sueños, me sentía
comprometida a saber qué había pasado con su esposa. Durante
varios días visité a Kike y le prometía que pronto encontraríamos
la forma de que asistiera a un concierto de Silvestre.
Llamé para navidad a Venezuela, y mi madre no hacía más que
insistir en que regresara a casa. Por más que le explicaba que
estaba en un viaje de aprendizaje, terminaba enojada conmigo
así que cada vez la llamé menos. Pude hablar en año nuevo con
Amparo y duramos buen rato al teléfono, prometí regresar, tan
pronto consiguiera ayudar a un amigo, y ella comprendió que aún
no estaba preparada para volver. Cada día hablar con los
silvestristas, era mucho más fácil que con mi propia familia, sin
duda alguna en toda mi vida solo una persona pudo entenderme,
solo papá sabia quién era yo.
Durante meses, trabajé con la mamá de Stefany en la tienda de
trajes de fiesta. Me era sencillo ayudar a la clientela en la elección
de un vestido adecuado, ya que en mi vida como abogado, me
era indispensable el buen gusto. Reuní suficiente dinero para
regresar a Venezuela. Comencé a dedicar menos tiempo a la
búsqueda de Julia, dándome por vencida en esa tarea.
Hasta que a finales de marzo de aquel año, mientras visitaba un
playón con los silvestristas y tomábamos el sol del mar Caribe,
171
decidí caminar sola por la playa para organizar mis ideas.
Llegando hasta una casita solitaria de madera, en ella, había una
anciana de ojos claros y piel blanca.
-
¡Buenos tardes! Saludé. Y la anciana apenas si me vio
pasar. Por cosas de la vida sentí la necesidad de
acercarme, y me senté en el umbral de la casa al igual que
la viejita.
-
Hola soy Ana ¿Vive solita en esta playa?
-
Hace muchos años, me he sentado en este mismo lugar, a
esperar que él llegue.
La observé detenidamente, en su juventud debió ser una mujer
muy bonita, sus arrugas eran profundas y su cabello era blanco y
escaso. Me preguntaba cómo una persona podía vivir
completamente sola durante tantos años. Y recordé que desde
que me había graduado de abogada, yo vivía sola. Sentí
compasión por ella y por mí.
-
¿Te llamas Ana? Preguntó casi en un susurro. Si mi bebé
no hubiera muerto se llamaría Ana. Es el nombre que le
puse cuando nació. Pero Dios se la llevó y ya no la llamé
Ana.
-
¡Lo lamento mucho! Dije sin apenas saber que más decir.
Tenía los ojos nublados de lágrimas. La anciana me habló
de su hijita de cuatro años que había muerto por unas
fiebres que se la llevaron. Que se había mudado a ese
alejado lugar para intentar ver en cada atardecer a sus
seres queridos que habían muerto. Por lo que entendí
habían personas que la visitaban y le llevaban comida y
ropa, pero que ni la policía, ni las monjas la pudieron sacar
de allí a un asilo. Vivía de lo que gente del pueblo le llevaba
de vez en cuando.
172
Tomé su manos entre las mías, y traté de brindarle mi mejor
sonrisa, el atardecer se nos venía encima, pero ya les explicaría a
los muchachos el motivo de mi demora.
-
¡Ahora tienes una amiga que se llama Ana! Y tú ¿Cómo te
llamas?
-
¡Julia! Dijo y se quedó dormida en mis brazos.
No podía salir de mi asombro, la había encontrado, sabía que era
ella, sostuve su envejecido cuerpo, sintiendo la soledad de su
alma. Lloré al lado de la anciana, el atardecer llegó y se me
antojó, el sol más triste que jamás haya visto. Mis heridas se
enrojecieron y entendí que Kennel Mathison estaba con nosotras,
aunque no podía verlo.
¡Gracias Ana! susurró una dulce voz en mi mente, y la anciana ya
no despertó.
Una brisa gélida me acarició el rostro y como en un sueño, vi
como una mujer hermosa caminaba agarrada de la mano de una
pequeña y se encontraba con su alma gemela. Los tres caminaron
sin mirar atrás y se alejaron hasta que los perdí de vista.
Cuando La Muchis y Fabián me encontraron, lloraba inconsolable
sobre el cuerpo de la anciana Julia Mathison.
<< La vida es un instante misterioso, en cambio la muerte es
eterna y sencilla, al final del camino te espera otra especie de
amanecer>>. Pensé, dándole un beso en la frente a mi amiga
Julia. Desde esa noche los rasguños que me había hecho en
Nabusimake, desparecieron.
Nos hicimos cargo del sepelio de la ancianita, entre todos
pagamos los gastos de la funeraria, y alcanzamos a colocar una
hermosa lápida con el siguiente epitafio:
173
“En
este lugar santo yacen los restos de nuestra amada Julia
Mathison, y descansan en la paz de Dios… tres almas”
Cienaga- Magdalena
+ 29-03-2013
No he vuelto a soñar con Kennel o Julia, duermo profundamente
sin que nada haya vuelto ha perturbarme más.
174
EL RETORNO AL VALLE
-
¡ANA HAY NUEVO LANZAMIENTO! El grito retumbó en toda
la casa.
-
¿Cómo? Pregunté sin saber de qué se trataba.
Durante los siguientes días a la muerte de Julia, hice maletas y
me preparé para poder asistir al Festival de la Leyenda Vallenata,
en Valledupar.
Rossana gritó como loca.
-
¿Hija de Dios, qué pasa? Preguntó Yuli.
Cuando salimos a ver de donde provenían los gritos. Rossana
estaba en la sala de la casa, y la acompañaba José Jorge. Lo cual
explicaba la emoción de Rossana.
-
Hola Ana, he venido por Ustedes. Al ver a mi gran amigo
arhuaco, corrí y lo abracé con todas mis fuerzas.
-
Ana, José Jorge dice que acaban de anunciarlo, que hay
lanzamiento de Silvestre en Valledupar en el mes de Junio.
-
¿Cómo se llama el lanzamiento? Pregunté emocionada de
verla así y de ver a José Jorge.
-
La Novena Batalla.
-
¿Cómo así, qué nombre es ese? Preguntó Yuli brincando
como una cabra.
-
Lo dijeron en la radio del autobús en el que venía. Dijo José
Jorge, al parecer se llama así porque es el noveno de los
trabajos discográficos de tu amado ídolo.
Gritamos, brincamos llenas de vida y de alegría, un lanzamiento
es la mejor noticia que puede recibir un silvestrista original.
175
Durante ese día conversamos de todo lo que ocurrió con El
Duende; y de la forma, en que entendimos que era un espíritu
errante o alma en pena, que habíamos logrado encontrar a su
esposa Julia, y que ahora descansaba en paz. José Jorge
escuchaba atentamente todo cuanto pude contarle, y asentía ante
cada conclusión nuestra.
-
Lo único que voy a rogarte Ana, es que nunca vuelvas a ir
a La Sierra Nevada, Nabusimake no es un lugar para ti, y
será lo mejor para todos. Dijo con una enorme sonrisa.
Despidan a sus amigos, mañana a primera hora partimos,
Rossana te quedas en Aracataca antes que tú mama me
mate, yo sigo para mi tierra y Ana regresas a Valledupar.
Las despedidas siempre son tristes, pero esta en especial fue muy
alegre, nos despedimos con la promesa de vernos en junio para el
lanzamiento en Valledupar, y a Kike le prometí enviarle el dinero
para que fuera al concierto con su mamá y su hermanita. Stefany
prometió colaborarme y llevarlos con ella. Y La Muchis y Fabián
aseguraron hacer todo lo posible en asistir, ya vivían en una
casita alquilada, y ambos trabajaban mucho en la construcción de
un hogar para los dos. Me dolió dejar atrás a mi amiga silvestrista
cienaguera, Yuli Vanesa me había enseñado el verdadero
silvestrismo, el más humilde y el más alegre, si no hubiera sido
por ella y su espíritu incansable, jamás hubiera conocido La
Ciénaga Grande.
Nos dijimos “Hasta pronto”.
“Adiós Mathias que seas muy feliz. Te amo”.- Pensé tan pronto
arrancó el autobús.
Y deshice mis pasos, el retorno fue emocionante, en primer lugar
porque abrigaba en mi corazón cada recuerdo, cada rostro y la
sonrisa de cada uno de ellos estaba impresa en mi mente; y en
segundo lugar, porque en ese retorno, José Jorge se sentó con
Rossana en el autobús; y por fin esas dos almas, se dijeron lo que
se tenían que decir. Traté de no espiarlos, pero los vi muy juntos,
y mi amiga brillaba de felicidad.
176
Al bajarse Rossana en Aracataca, me abrazó fuertemente y
prometimos vernos en junio. Cuando se despidió de José Jorge
para mi sorpresa, él le dio un hermoso beso en los labios. El amor
definitivamente se encontraba en aquellas tierras.
En nuestro regreso pasamos por Bosconia y me dolió
profundamente no quedarme, deseaba de corazón ver a los
muchachos y sobre todo a Katherine y Danielita.
-
Ana te aseguro que están bien. Dijo José Jorge. Aunque un
poco tristes por no haber asistido a la dichosa fiesta donde
casi todos van presos. Cuando nos enteramos, reímos
hasta más no poder, Gunter tiene una forma peculiar de
contar las cosas, y no les quedó más remedio que aceptar
que tienen vidas reales con las cuales deben cumplir. Me
imagino que ya Katherine sabrá lo del fulano lanzamiento y
Daniela debe estar insufrible. Ustedes las mujeres tienen
una bonita forma de complicar la vida, más allá de todo
pronóstico y de toda solución.
-
De otro modo, sería muy aburrida la vida. Dije sonriendo.
Estoy convencida que una silvestrista extrema como
Katherine buscará la forma de ir al valle en Junio, pero
Danielita la tiene muy difícil.
-
Ana ¿Y Mathias? Preguntó mi amigo ¿Lo encontraste?
-
Sí, está hermoso, lo vi un día en un semáforo, casi me
muero al verlo. Esta muy bien.
-
¿Y? Me preguntó frunciendo el seño.
-
¡Nada! Él esta bien y lo demás no tiene importancia. Dije
zanjando ese asunto. Viajamos en silencio, cada quien en
el mar de sus ilusiones y pensamientos.
- ¡Vamos por esa Novena Batalla! Pensé y apreté fuertemente
el amuleto de Daniela.
- Este camino llega a su fin, ese concierto es mi última batalla.
177
VALLEDUPAR
Por la ventana del autobús vi a José Jorge con su traje típico de
arhuaco, blanco como una nube, con su hermoso cabello largo al
viento. Se había bajado en la parada de Pueblo Bello. Levantando
ligeramente nuestras manos nos dijimos adiós.
En el horizonte se podía ver La Sierra Nevada de Santa Marta,
una hermosa cadena de montañas que abrigaban los secretos
más antiguos de la tierra. Según los arhuacos, en esas montañas
se encuentra el equilibrio del planeta, su principio y fin. Imaginé
el pueblito de Nabusimake en mi mente y sin saber por qué,
envié un beso en el viento, recordé a Kennel y recé por su
descanso eterno.
Cuarenta minutos después volvía a ver los frondosos árboles del
valle, pero ahora el sol había descendido a sus hojas. Valledupar
estaba en lo que podemos denominar plena primavera, los
cañahuates estaban florecidos, y sus hojas eras amarillas, tan
hermosas como los rayos del sol. Era una época en la cual estaba
agradecida con la vida, por encontrarme aún en aquellas tierras.
Ir al Valle del Cacique Upar en abril, era estar bendecida por el
destino. Esa misteriosa fuerza que me mantenía con los ojos
abiertos de par en par, al mundo que había comenzado con un
trago rojo, llamado “Silvestrista”.
-
¡Chinita! ¡Chinita! Un hombre gigantesco me esperaba en
el Terminal de Valledupar, no podía ser otro que el
compadre de José Jorge, me lance a sus enormes brazos, y
le di un efusivo beso en la mejilla. José Luís, en muy poco
tiempo se convirtió en el mejor, alcahuete, que un
silvestrista pueda tener. Te conseguí donde quedarte, así
no pagas hotel chinita, mi amiga se llama María Clara, y
vive muy cerca del río Guatapurí, es un lugar sencillo, pero
sé que te va a gustar.
178
-
¡Gracias José Luís! Dije brindándole la más bonita de mis
sonrisas.
-
El compadre más o menos me contó cómo te fue por
Bosconia y Ciénaga, así que me imagino que ahora eres
pobre.
Reímos camino al nuevo hogar que compartiría. Me alegró saber
que había elegido a Maria Clara por ser silvestrista, con quien
podría pasar el Festival de la Leyenda Vallenata e incluso
quedarme para el lanzamiento de La Novena Batalla. La casita
quedaba muy cerca del Guatapurí, el rumor de sus aguas se podía
escuchar claramente. Estar cerca del agua se había convertido
para mí, en una fuente inagotable de energía.
Cuando entramos en la casa, el volumen de un enorme
reproductor hacía vibrar las ventanas. Indudablemente sonaba
una canción de Silvestre, una que me gusta en demasía,
“Muchachita Bonita”, era como llegar al mejor lugar del mundo,
donde te recibe, no solo la voz, sino la propia composición de tu
ídolo. Al escucharla comencé a cantarla colocando mi maleta y
mochila en una silla, allí mismo me puse a danzar alrededor de
José Luís. Mi amigo me observaba muerto de risa.
-
Ustedes los silvestristas son un caso serio de locura
musical. Dijo bajando el volumen. ¡MARIA CLARA CARAJO!
en esta casa entra hasta el gato y nadie se da cuenta.
¡MARIA CLARA!
-
Por qué le bajas el volumen. Súbele. Súbele. “Hay tenemos
que adorarnos así, tenemos que adorarnos más, tu tienes
que ser para mí, ay no lo dudes más”. Cantó Maria Clara.
Al verme me abrazó. Ya estaba acostumbrada al cariño
efusivo del silvestrismo.
-
Ana, niña que te he estado esperando, José Luís me dijo
que llegabas en estos días, pero ya quería que estuvieras
aquí, alquilé habitaciones de la casa por el festival, pero te
179
guardé una muy especial, tiene una ventana que da a la
calle y por las noches vas a escuchar la voz del Guatapurí.
Era un lugar colorido, sencillo, pero impecable. María Clara era
una joven de alegres expresiones, piel canela y cabellos
ondulados, en su mirada, el brillo silvestrista me daba la
tranquilidad de que seríamos excelentes amigas. Esa tarde me
acosté temprano, estaba cansada por el viaje. En la pequeña
habitación tenía todo lo necesario, incluso tenía incorporado un
baño pequeño que no se compartía con los demás huéspedes, por
lo que, tuve por fin, un poco de privacidad.
Adormecida, escuché el rumor intenso de las aguas del Guatapurí,
me sentí acunada por ese sonido y caí en un sueño profundo,
hasta que con los primeros cantos de los gallos, me levanté
totalmente renovada.
Maria Clara estaba en la cocina preparando café, así que luego de
alistarme, la acompañé y entre las dos hicimos el desayuno a
base de arepa y huevos revueltos.
-
Esta es la tortilla más grande que he hecho en toda mi
vida. Dije al batir 15 huevos, en un enorme tazón.
-
Y falta otra Ana, solo ofrezco el desayuno a los huéspedes,
ellos se las arreglan el resto del día.
-
¿Y cuántas personas hay en la casa?
-
Con nosotras dos, somos quince almas.
-
¡Caramba! Es bastante gente. Dije al ver cómo se extendía
la enorme tortilla sobre el sartén.
-
Así se pone el valle por el festival.
En una enorme mesa de madera en el patio de la casa, fuimos
sirviendo el desayuno, café negro y café con leche, y de
diferentes habitaciones tan pequeñas como la mía, comenzaron a
salir visitantes que apremiaron sus desayunos para irse a recorrer
180
Valledupar. Conversé con algunos de ellos, varios de los cuales
visitaban por primera vez la ciudad. Desayunamos a la luz del sol
cálido y la brisa fresca que baja de la montaña. Recordé las
mañanas que había vivido, cuando Mathias estaba en mi vida. Y
sentí como una especie de golpecitos en el corazón.
Poco a poco el comedor fue quedando vacío, así que el montón de
platos no fue normal. Mientras lavamos todo, Maria Clara, alegró
la mañana con la música de Silvestre a todo volumen.
-
Es sábado, los sábados son buenos. Comentó Clara.
-
¿Sí, para qué lo son? Pregunté animada.
-
Para bañarse en el río.
-
¿En el Guatapurí?
-
¡Claro Ana! Aunque dicen que si te bañas en sus aguas, te
quedas en Valledupar. Dijo con los ojos como plato.
-
¡Excelente! Entonces busco una toalla y nos vamos al río.
Escuchar el rumor del agua, y ver la luz del sol entre las rocas, no
tiene comparación con meter tu cuerpo en aquel río, aunque muy
frío, se compensa con ver la hermosa Sirena Dorada rodeada de
cañahuates florecidos, es una imagen que te deja sin aliento.
Permanecimos horas en el agua, al igual que muchas personas,
algunos niños jugaban alegres en sus orillas, otros preparan su
almuerzo, era increíble estar en medio de la ciudad como si
estuviéramos retirados de todo, y sin embargo al cruzar la
avenida te encuentras con el universo moderno.
-
Ana te quedas para el Lanzamiento ¿Verdad?
-
Sí, eso deseo hacer Clara.
-
¡Excelente! Hay que planear muchas cosas, las vallas, las
camisas, incluso si nos ponemos de acuerdo con amigos,
181
podemos hacer una especie de vigilia, la noche antes del
concierto.
Definitivamente José Luís no pudo conseguirme una cómplice
mejor. Extrañaba a mis hermanas silvestristas más que a mi
madre, pero en este viaje a cada esquina encontraba una nueva
hermana.
- Esta noche vamos al parque de La Leyenda Vallenata, para que
puedas presenciar el festival. Hoy te enamoras del valle.
Durante varios días atendimos a los huéspedes, y por las noches
asistíamos a las competencias de los acordeoneros, que de todas
partes venían buscando la corona del rey vallenato. Asistir al
festival me enseñó un universo desconocido. Melodías tristes, me
llegaron al alma, así como las alegres, que bailé y aplaudí hasta
más no poder. En algunas oportunidades y cuando el trabajo se lo
permitía, José Luís nos acompañaba, y caminábamos por la Plaza
Alfonso López en noches de estrellas. Es imposible no entender
cómo esta tierra trae al mundo a poetas tan maravillosos, que sin
duda siempre serán inmortales como el maestro Leandro, alguien
a quien llevó en mi corazón aunque jamás lo haya conocido, pero
que no es necesario, ya que el río Guatapurí y los árboles de
Valledupar, me susurraron, cómo era su alma.
Un lugar en donde descansan los restos de otro inmortal, que con
sus composiciones da a conocer en cada rincón del universo, que
existe una tierra tan hermosa como lo es Valledupar, el maestro
Rafael Escalona, que como nunca quiso irse del valle, construyó
su casa en el aire. Una hermosa casita en la cual habitará hasta el
fin de los tiempos, y a donde solo pueden, subir poetas y
cantores de Valledupar.
182
(9ª BATALLA)
Abril
voló y de la noche a la mañana, el mes de mayo
desapareció, conocí cada rincón del Valle. Me enamoré de su
historia y sus poetas; de sus árboles, y sus Marías Mulatas, aves
de plumas negras y ojos amarillos, a los cuales llamo “cuervos”
por su semejanza a ellos.
Con junio llegó al valle una ola gigante de personas, quienes
venían de cada rincón de Colombia, Venezuela e incluso de otros
países, miles y miles de hombres, mujeres y niños, que visten de
rojo y bailan al son de la voz de un ídolo. A Valledupar llegaron
“Los Silvestristas.”
Solo faltaba un día para el concierto, en todas las emisoras
radiales sonaban las nuevas canciones de Silvestre, una más
emocionante que otra, con notas de acordeón increíbles. El nuevo
CD estaba desde el día anterior a la venta, durante un buen rato
hicimos fila para poder comprar el nuestro. Clarita se negaba a
salir de casa, escuchando La Novena Batalla. En todas partes
sonaban canciones como “La Difunta”, “Lo ajeno se respeta” y “La
Ciquitrilla”. Era una locura, en los autobuses, en las tiendas, en
taxis, en la calle, en las motos.
No puedo explicar lo feliz que fui, al caminar por Valledupar en
aquellos días, todo era alegría, todo era Silvestre Dangond.
Escuché mil veces “Loco Paranoico”, una canción que le regresaba
a mi alma todo lo que sentía por Mathias, estaba ansiosa por
gritar esa canción en el Parque de la Leyenda Vallenata:
“Pasamos la vida peleando y amando, tirando y rescatando
nuestro amor al fin, fui a darte un besito y me gritaste no, pero
fue inevitable el silencio llegó, y en un beso profundo nuestro
amor voló, y voló y voló y el mundo estalló…”
Enamorada de cada canción, las memoricé una a una, y al
cantarlas sujetaba con fuerza mi amuleto rojo, pidiendo al destino
183
mi único deseo. Un beso. Me aferraba a esa idea huyendo de la
tristeza que me causaba no estar con Mathias.
Esa tarde, esperaba con ansias locas un autobús en particular,
uno que venía desde Ciénaga. Una a una me comí las uñas, José
Jorge me había llamado diciéndome, que sí vendrían al concierto,
pero no quiso decirme ni cuántos, ni quiénes, así que, no sabía a
quién esperaba en realidad. De un autobús verde comenzaron a
descender muchos silvestristas, todos vestidos de rojos y con las
sonrisas más espectaculares del mundo, pero ninguno me era
conocido, hasta que de pronto. Escuché a mis espaldas, que
alguien gritaba mi nombre.
-
¡ANA,
ANA
LLEGAMOS
ANA!
Katherine
vestida
completamente de rojo, movía los brazos para que la viera.
Corrí con Maria Clara a su encuentro. Abracé a mi hermana
silvestrista y las lágrimas empezaron a fluir.
-
Katherine, eres tú, que dicha. Dije.
Sin siquiera poder respirar, uno tras otro me abrazaron y pronto
fuimos una masa enorme y roja de personas que nos
abrazábamos formando una montonera. La Muchis, Fabián,
Oscar, Gunter, Yuli Vanesa, Rossana, José Jorge, Stefany, Alexis,
y hasta Alejandro con su bandera roja, todos habían venido.
Cuando quise preguntar por la más chiquita de las silvestristas,
ella ya se abrazaba fuertemente a mí. Danielita, había logrado un
permiso especial de sus padres, bajo el cuidado de José Jorge, así
que durante un buen rato nos abrazamos, lloramos, reímos. Pero
permanecimos en el Terminal, alguien faltaba. Yo entre tantas
alegrías no sabía a ciencia cierta quién más llegaría.
Hasta que vi sus ojos hermosos, Kike llegaba en otro autobús con
Niurka, y María.
-
Ahora si estamos completos. Dijo Katherine abrazándome.
El niño vería a Silvestre, todos habíamos colaborado con algo de
dinero para que lograran asistir al lanzamiento. Y por su parte
184
Maria Clara, se negó a recibir huéspedes en su casita, para poder
acoger esa noche a los silvestristas. La dicha llenó la casa, risas,
cantos, gritos, bailes, todo era un jolgorio. A eso de las ocho de la
noche nos fuimos como una tropa a orillas del río Guatapurí,
liderados por la guitarra de Fabián, con vasos plásticos y velas,
las encendimos y como en una vigilia comenzamos a entonar
todas las canciones de Silvestre, pronto se fueron uniendo
silvestristas de todas partes, cantamos, bailamos, brindamos.
Como una hermandad nos preparábamos para el día siguiente,
para el Lanzamiento en el Parque de la Leyenda Vallenata de LA
NOVENA BATALLA.
Cuando vi a Katherin Porto en el Guatapurí con familiares y
miembros del Club, sentí ganas de salir corriendo, en cualquier
momento vería a Mathias, algo que no soportaría. Verlos a los dos
como en la foto de la habitación de mi hermana silvestrista.
-
¡Hola Ana! Me saludó muy animada. Intenté mantener la
calma, mientras la saludaba, y todos los muchachos le
dieron la bienvenida. Me sentía mareada y apunto de
vomitar, los nervios que me causó pensar, en que, Mathias
estaba allí, eran insoportables. ¿Ana te sientes bien?
Preguntó brindándome una hermosa sonrisa. Hay alguien
que desea verte Ana. Mathias está el puente, ve a verlo.
-
No, no puedo. Dije apunto de desmayarme. Él es tu novio,
yo respeto eso Katherin.
-
¿Qué dices Ana? Mathias es como mi hermano. Ahora
entiendo por qué no me visitaste más. Creíste que éramos
novios.
-
¿Mathias no es tu novio?
-
No Ana, es uno de mis mejores amigos. Cuando le dije que
estuviste en la casa, salió como loco a buscarte pero nunca
encontró a nadie en la casa de Yuli Vanesa, te buscó
durante días pero no pudo dar contigo. Esperamos que
fueras a visitarme algún día, pero tampoco ocurrió, hasta
185
que Yuli me contó que estarías aquí para el lanzamiento. Él
ha venido a verte. Corre ve a buscarlo, está en el puente
tratando de encontrarte.
Todos los sentimientos se me atragantaron en el pecho, la
abracé, la besé en las mejillas, y salí corriendo en dirección al
puente, esa noche miles de silvestristas estaban desbordados por
las calles, fue difícil llegar hasta el puente. Sin aguantar lo que
sentía en el corazón grité, grité muchas veces su nombre.
-
¡MATHIAS! ¡MATHIAS! ¡MATHIAS!
Entre la multitud lo escuché claramente gritando mi nombre,
hasta que pude verlo. Era Mathias, corrí a sus brazos llorando de
la felicidad, no era novio de mi hermana silvestrista, durante
meses estuve sufriendo sin ninguna razón. Nos abrazamos como
los hermanos que no éramos, nos extrañábamos el uno al otro,
nos necesitábamos, y sin decir nada, nos besamos
completamente enamorados, en un mar rojo de gente. Un mar
Silvestrista.
La felicidad llega a nuestra vida cuando menos la buscamos, tal
cual como me había dicho La Nana en La Ciénaga Grande “la vida
es mucho más simple de lo que crees, sin buscar, encontrarás.”
Y sin esperar nada del destino, él me devolvió al hombre que
amaba, mis hermanos silvestristas estaban dichosos de conocer
por fin al Mathias de Ana, lo recibieron con el abrazo de
costumbre como si fuéramos jugadores de fútbol americano, unos
encima de otros.
Esa noche Martín, el hermano gemelo de Mathias se nos unió a la
celebración y no solo yo encontré el amor, Katherine mi
silvestrista delictiva, jamás volvió a alejarse del lado de Martín,
ambos se enamoraron. Creo que fue amor a primera vista. Jamás
pensé que Katherine y yo nos pareciéramos tanto, no solo éramos
ahora silvestristas extremas, sino que, el rostro de nuestro amor
era el mismo, tanto en el amor real, como el amor imaginario.
186
- Ana, no sabes cuanto te he buscado. Dijo Mathias cuando nos
quedamos por fin solos al amanecer. Todos en la casa dormían, y
solo nosotros aún nos resistíamos a descansar.
- Yo creí que te buscaba también, pero me perdí en mi búsqueda
y cuando vi tu foto en el cuarto de Katherin Porto, pensé que
había llegado muy tarde.
- Ahora entiendo tu mirada vacía, el día que nos vimos en las
calles de Ciénaga. A Katherin la amo con toda mi alma, pero
como a una hermana.
- Lo sé, pero entiéndeme, ella es hermosa, pensé, pensé. Y él
silenció mis palabras, con un beso.
Vamos Ana ya amanece, debes dormir mañana es tu novena
batalla.
187
SI SE VA A CAER EL PARQUE…
A
las nueve de la mañana del día del concierto La Novena
Batalla, los silvestristas, corrían de un lado para el otro en la casa
de María Clara, unos desayunaban, otros intentaban vestirse, los
más rezagados apenas se estaban bañando. Los observaba
atentamente desde la mesita de la cocina, sorbiendo una enorme
taza de café negro.
- ¡CAMISAS ROJAS! Gritó Katherine desde la cocina.
- ¡LISTAS! respondió Rossana desde la sala. Hacían una
interminable lista de todo lo que llevaríamos en las mochilas.
- ¡GORRAS ROJAS!
- ¡LISTAS!
- ¡BLOQUEADOR SOLAR!
- ¡LISTO!
- ¡AGUA MINERAL!
- ¡LISTA!
- PANCARTA DEL CLUB
- NO ESTÁ, ¿QUIÉN LA TIENE? Preguntó a gritos Rossana y pasó
por la cocina en dirección al patio.
Al parecer la pancarta se había extraviado la noche anterior
durante la vigilia, Rossana y Katherine la buscaban como locas.
-
¡TENEMOS LA BANDERA DE ALEJANDRO! Gritó Katherine.
-
Esa sirve. Murmuré tomando el vital líquido.
188
-
¡Buenos días, bonita! Y sus ojos iluminaron mi vida.
Mathias me dio un dulce beso en los labios. Y se sentó en
un taburete para desayunar. Era mágico poder verlo por fin
como si jamás nos hubiéramos separado.
-
¿Estás lista? Preguntó.
-
Totalmente lista. Aseguré sirviéndole una taza de café. ¿Y
tú?
-
Pues tengo las entradas a mano y ya me vestí de rojo, así
que solo espero por ustedes. ¿Vamos a la caravana?
-
¡NO! NI SE LES OCURRA. Gritó Gunter desde su habitación.
-
Podrían dejar de gritar. Dijo Alejandro entrando a la cocina.
Gunter tiene razón, debemos irnos directo a las puertas del
parque. Tengo entendido, que así, es más fácil entrar de
primeros y estar en las barandas cerca de la tarima.
-
Sí, es lo mejor, cuando todos estén listo nos vamos al
Parque de una vez. Dijo Mathias.
-
¿Alguien me puede decir por qué hay tantos gritos?
Preguntó desde el umbral de la puerta José Jorge.
-
Rossana y Katherine están
silvestrista. Respondió Mathias.
buscando
su
pancarta
La felicidad que se respiraba era increíble, estábamos
emocionados por el lanzamiento del nuevo CD, enamorados,
dichosos. “No conozco una locura mas hermosa, que la de
ser un silvestrista”. Pensé.
-
¡EL QUE SE QUEDÓ, SE QUEDÓ! Gritaba Maria Clara.
A la una de la tarde, comenzamos a reunirnos fuera de la casa,
para ir caminando hasta el parque de la Leyenda Vallenata.
- ¡EL QUE SE QUEDÓ SE QUEDÓ!
189
Cuando comprobamos que estábamos todos afuera, Maria Clara
cerró la casa, y como toda una tropa, nos dirigimos al parque.
Efectivamente fuimos los primeros en llegar, y en una hermosa
fila india, mis amados silvestristas y yo, nos preparamos a
esperar. Poco a poco se fueron acercando silvestristas que al igual
que nosotros habían decidido por hacer fila, en lugar de asistir a
la acostumbrada caravana que Silvestre realiza cada lanzamiento,
y a la cual, asiste el pueblo entero.
-
En una batalla las estrategias son indispensables. Nos
explicaba Gunter. De irnos a la caravana corremos el riesgo
hasta de quedar fuera del concierto.
-
¡SEÑOR, SI SEÑOR! Gritamos todos.
-
El que se mueva, queda excluido de la tropa, aguanten sol
que a eso vinimos.
-
¡SEÑOR, SI SEÑOR! Gritamos hasta destornillarnos de la
risa.
Aunque el medio día en Valledupar es inclemente, los silvestristas
desarrollamos algo en nuestro interior que nos permite resistir,
hasta las condiciones climáticas más extremas. Ni idea teníamos
de lo que nos esperaba al atardecer. Cantamos, reímos,
merendamos en plena calle, unas veces de pie, otras,
desparramados por el suelo. Cuando estás al lado de tus
hermanos silvestristas, el tiempo parece anularse.
Al atardecer llegaron dos cosas, una era la marea roja que había
acompañado a Silvestre en la caravana, y con ella comenzó a
llover.
Increíblemente, llovió como si el cielo fuera a desplomarse.
-
¡NADIE SE MUEVE! Gritaban unos a otros.
Cuando las puertas del parque de La Leyenda Vallenata se
abrieron, entramos ordenadamente en nuestra fila. Al pasar las
pesquisas comenzó la competencia.
190
-
¡A CORRER! Grité emocionada. Mathias tomó mi mano y
corrimos juntos bajo la lluvia como los niños que jamás
dejamos de ser.
Katherine, Rossana y Yuli fueron las más rápidas, así que llegaron
primero a las barandas, todos los demás llegamos seguidamente
y también alcanzamos a estar de primeros. A mí alrededor
encontré caras conocidas, abracé a Lorayne y brincamos llenas de
alegría por estar juntas de nuevo, saludé a Sergio quien bailaba
más feliz que nunca. Le lancé un beso a Hernán Gil, un gran
silvestrista de Medellín al cual conocía por redes sociales. Kike
llegó corriendo con su mama y su hermanita y se aferró a una
baranda. Alejandro y su bandera de la Cienaga Grande, ondeaba
al feroz viento. La Muchis enamorada de Fabián y los dos
completamente felices. Danielita lloraba de la emoción. Martín y
Katherine bailaban al son de las canciones de Silvestre que
retumbaban, una y otra vez en todo el parque. Vi a Rossana
abrazada a José Jorge. Gunter, Oscar, Stefany, Maria Clara,
Alexis y Alejandro comenzaron a beber el aguardiente
correspondiente al lanzamiento, y con el debido brindis.
Innumerables frases y dichos de silvestre eran invocados por mis
hermanos silvestristas, esa noche no tomamos Silvestristas, el
trago rojo había quedado destinado para después del concierto,
ya que Mathias y Alexis, se habían negado en revelar lo que se
necesitaba para prepararlo, y necesitaban privacidad para
realizarlo, además que como es lógico, no nos hubieran dejado
prenderle fuego a las bebidas dentro del parque.
-
¡ANA! ¡ANA! Una muchacha rubia gritaba al otro lado de
donde nos encontrábamos. Al acercarse cuál sería mi
sorpresa al reconocerla.
-
¡AMPARO! ¡AMPARO! Eres tú, no puedo creerlo. Mi amiga
de Venezuela, una de las muchachas del club de tres se
hacía presente en el lanzamiento. La abracé no sé cuanto
tiempo.
La lluvia no cesaba, al contrario fue en aumento, y la gente iba
llenando el parque, que en pocas horas estaba a no más poder y
191
completamente de rojo silvestrista. Estábamos algo preocupados
cuando empezaron los truenos y relámpagos, ya que si seguía
empeorando la tormenta, lógicamente el concierto no se daría.
Con el frío que estaba haciendo, metí mis manos a los bolsillos
del pantalón, y encontré algo que había olvidado al ver a Mathias
en el puente de la Sirena Dorada. “El amuleto, mi deseo”.
Un fuerte dilema se me presentó en el alma, a mi lado estaba el
hombre que amaba, Mathias bailaba soportando la lluvia, contra
viento y marea. Pero al ver el amuleto rojo, y sus ojitos de
botones, recordé mi sueño. El que me mantuvo firme y me dio las
fuerzas de seguir adelante. “El beso”.
Cómo explicarle a tu novio, lo que sientes por Silvestre, cómo
hacerle entender que en tu alma existe un lugar inaccesible, en el
cual está tu artista, tu ídolo. Cómo hacer entender que si deseas
un beso, con toda tu alma, es como fan, y que ese deseo, no
puede ser visto como una traición. No, no es fácil explicarlo, por
eso callamos y preferimos no decirlo.
Deseo un beso… deseo un beso… Pensé una y otra vez.
Ya entrada la noche, dejó de llover y el cielo por fin se despejó.
En la tarima
presentación.
comenzó
nuevamente
la
preparación
de
la
¡SILVESTRE! ¡SILVESTRE!
¡SILVESTRE! ¡SILVESTRE! Gritábamos todos.
Y bailando secamos nuestras ropas. La euforia silvestrista en el
parque de La Leyenda Vallenata, es casi indescriptible e
inexplicable. Esa noche de junio mi corazón se detuvo cuando
salió mi ídolo desde debajo de la tarima, entre el humo de la
explosión de fuegos artificiales.
SI SE VA A CAER EL PARQUE…QUE SE CAIGA. Vino a mi mente su
voz, por recuerdos clavados en mi alma silvestrista.
192
EL IDOLO SILVESTRE DANGOND
Gritos,
lágrimas, risas. Éramos una masa gigante de seres
humanos, completamente felices, sin importar la lluvia, ni el
cansancio, todos estábamos allí para Silvestre, y él entregando
todo de sí mismo, bailaba como nunca.
Después de varios años de muchos esfuerzos y sacrificios, el ídolo
había adelgazado y vestía de una forma muy distinta a la de diez
años atrás, pero su alma estaba intacta, solamente que ahora
podía brincar más alto.
Estábamos tan cerca de él, que los gritos de mis amigas casi me
dejan sorda, no podía culparlas por desbocarse de aquella
manera, eran incontables los sacrificios que habían tenido que
hacer para poder asistir al concierto. Cuando Silvestre interpretó
La Ciquitrilla, en realidad pensé que el parque de La Leyenda
Vallenata, se nos caería encima, y bailé tan desenfrenadamente
que Mathias estaba asombrado de ver cuánto había cambiado.
Kike lloraba al ver a su ídolo, Niurka lloraba por ver a su hijo feliz,
cumpliendo un sueño. José Jorge enamorado de Rossana, era feliz
de ver que ella lo era. Katherine, Stefany y La Muchis no hacían
más que llorar. Alejandro bailaba y movía la bandera roja como si
estuviera en la ciénaga y le hiciera señas a Silvestre como si se
acercara en una piragua. Todos estábamos dichosos, los
muchachos brindaban, las muchachas gritaban. Y allí de pié
recibiendo miles y miles de aclamaciones, nuestro ídolo Silvestre
Dangond, se acercó al barandaje, lanzó besos, extendió las
manos saludando a sus silvestristas del alma. Y por un instante
nuestras miradas de cruzaron, sus increíbles ojos amarillos
brillaron intensamente, y me lanzó un hermoso beso, pude ver
cómo sus labios murmuraron mi nombre ¡Ana!
Estos eran nuestros lugares, él en la tarima haciendo feliz a los
silvestristas, y yo entre la multitud como fan, dándole mi apoyo y
193
mi cariño, incondicionalmente, sin esperar nada a cambio, siendo
feliz, tan solo por el hecho de verlo triunfar como artista.
Cuando Rolando Ochoa estremeció a la multitud con su acordeón,
“Lo ajeno se respeta” fue la canción que más emoción causó a los
silvestristas, y es que, no solo se trató de Silvestre, para sorpresa
nuestra, cuando sonó el denominado pase del Monaco, salió a
escenario un niño pequeño, de cabellos rubios quién bailó a su
propio estilo y todos coreamos “Monaco, Monaco, el pase del
Monaco”. El niño abrazó a su papá. Así es, uno de los tres hijos
de nuestro artista, había bailado para todos, y cuando Silvestre se
arrodilló para abrazarlo, no pudo detener el llanto. Todos
gritábamos emocionados. El pequeño tomó el micrófono y se
dirigió
a
todos
los
presentes.
“DÓNDE
ESTAN
LOS
SILVESTRISTAS” Gritó, y como una horda enardecida gritamos
llenos de emoción. Silvestre y su pequeño bailaron para nosotros
de una forma muy especial. Cuando vi los ojos de Kike, y la
emoción de ver al Monaco en tarima, entendí que ahora no era el
silvestrismo únicamente lo que existiría en su vida, sino que
surgía un nuevo movimiento “El monaquismo.” Solo Dios sabrá la
dinastía que nos depara el futuro, pero sea cual sea, seremos
felices porque el sentimiento que nos une, augura un mañana.
En el concierto un joven delgado de sonrisa brillante se acercó y
me mostró una foto hermosísima del momento en que el Monaco
abrazó a su papá. Nunca alguien había sido tan amable en los
conciertos de Silvestre, luego de varias canciones, entendía que
aquel joven era el fotógrafo de Silvestre, un ser maravilloso, que
no solo nos tomó fotos, sino que estaba pendiente de todos
nosotros y nos mostraba su cámara para que viéramos de cerca a
nuestro Ídolo. Había leído sobre él, en redes sociales siempre
coloca “Peres Carranza”, que son sus apellidos. Cuando volvió a
acercarse, lo abracé y le di un beso gigantesco en la mejilla, mi
abrazo fue correspondido, y no me sorprendió ver en sus ojos la
chispa silvestrista, esa que llevamos por dentro y que nos define,
un brillo intenso que llevamos como bandera, y que no tenemos
ni idea cuando fue encendido, pero que está allí. Sentí en cada
uno de sus gestos, la fraternidad y el cariño de alguien muy
194
especial en mi vida, aunque sólo nos hayamos visto por pocas
horas.
Cuando ya estaba terminando el concierto, mi corazón se aceleró
de forma inexplicable.
-
Mathias necesito hacer algo, o por lo menos intentarlo.
Dije.
-
¿Ana, qué pasa?
-
Quiero ver a Silvestre, voy a intentar colarme entre las
estructuras que dan a los camerinos.
Sus ojos me vieron con el profundo amor de siempre, él sabía
que era imposible detenerme.
-
Te esperaré a la salida del concierto, ten cuidado, si te
agarran, trata de soltarte y solo corre.
Lo abracé fuertemente, mientras mis amigas seguían bailando, y
me mezclé entre la multitud. Recordé cómo había logrado
avanzar en el concierto en Venezuela, y sin más me agaché y
comencé a gatear. Al llegar a un extremo del parque solo se
interponían algunas vallas y personas, entre Silvestre y yo. Debía
darme prisa, el concierto del ídolo Silvestre Dangond, había
finalizado.
195
(CAPITULO ESPECIAL II)
Salté
vallas, empujé personas, corrí huyendo de escoltas, y
personal de seguridad, quienes evitaban que las muchachas
silvestristas del concierto, hicieran lo que yo, estaba a apunto de
hacer. Vivir intensamente ser fan de un ídolo.
Mientras corría por un largo y oscuro pasillo, pensé en mis
amigos, recordando sus sonrisas, sentía que ellos estaban
conmigo en esta locura. Apreté fuertemente el amuleto de
Danielita que llevaba en la mano derecha y seguí corriendo,
rogando a Dios que Silvestre aún estuviera en las instalaciones
del parque.
Asustada, comencé a llorar sin control, cuando llegó a mis
recuerdos la canción de La Muchis, la canción de Mariana Vega,
que una noche de confidencias dedicamos a nuestro ídolo.
Recordé la primera vez que vi la sonrisa de Mathias, la misma
noche que vi por primera vez la imagen de Silvestre en un video.
¡ALTO!
¡ALTO!
¡ALTO!
Gritó alguien, ordenándome que me detuviera. Unas enormes y
fuertes manos me sujetaron y casi caemos al suelo. Usando todas
mis fuerzas me solté de mi captor.
De pronto unas luces al final del pasillo, me dieron esperanzas.
- Me siguen, me están siguiendo. No Dios, por favor no,
favor no.
por
196
Choqué con alguien que se atravesó en mi camino. Caímos
irremediablemente al suelo de forma estrepitosa, rodando hasta
quedar encima de aquel hombre.
-
Discúlpeme señor, lo siento, perdóneme, perdóneme.
Chillé con los ojos cerrados. Es inútil me han atrapado.
Pensé completamente rendida.
-
¿Ana? Por Dios me has asustado.
Al oír su voz, mi corazón se detuvo. Abrí mis ojos lentamente, él
me miraba sorprendido de haberlo derribado.
Sus ojos amarillos, los había alcanzado.
Unos enormes brazos me alzaron al aire, quitándome de encima
de Silvestre.
-
No, no, no, no por favor, suélteme, tengo que hablar con
él, suélteme, suélteme. Dije llorando.
-
Déjala en paz, yo la conozco. Yo me hago cargo. Todo está
bien. Dijo Silvestre levantándose y limpiándose la ropa
llena de polvo.
Inmediatamente el hombre que me cargaba, me concedió la
libertad.
-
¿Por qué lloras bonita? Preguntó Silvestre.
-
Necesito… yo necesito, yo, yo.
No podía hablar, me hacía falta oxigeno. Y las lágrimas no me
dejaban ver. Intenté secarlas y seguía llorando, era como si fuera
una niña a la que le rompió su única muñeca.
-
Déjennos solos muchachos. Dijo y los hombres gigantes se
alejaron.
-
¿Qué pasa Ana? Prometiste ser más cuidadosa y esto no es
precisamente lo que tenía en mente. Dijo.
197
No pude hablar, no hallé palabras para decir que lo amaba.
-
¿Qué pasa Ana? No llores por favor, no me gusta verte
llorar, así no se ven tus bonitos ojos negros. ¿Qué puedo
hacer por ti? Preguntó cambiando el semblante.
Dejé que mis ojos hablaran por mí, tratando de controlarme y
respirando como si fuera la primera vez que lograra hacerlo en la
vida.
Y me miró, como jamás nadie podrá hacerlo. Sentí que él
entendía lo que me pasaba, aceptando calladamente mis
problemas, sueños e ilusiones de fan.
Su sonrisa se llenó de luz, iluminando nuestras almas y sin
necesidad de decir nada, se me acercó muy despacio. Con mis
manos toqué su pecho y sentí su aliento. El tiempo se detuvo, el
planeta ya no giró, no hubo sonido. Solo éramos él y yo.
Cerré mis ojos, de donde brotaron dos lagrimas enormes.
Y él me besó.
Totalmente enamorada del ser humano que era Silvestre, lo
abrace y sin tiempo ni espacio, nos besamos. No era un sueño, no
estaba muriendo. Lo estaba besando.
198
SILVESTRISMO DEL ALMA
Mi cuerpo temblaba entre sus brazos, no puedo decir cuánto
duró el mágico beso, solo sé que fue el instante más grande de
mi vida. Todo tuvo sentido y razón. Comprendí la fuerza de la
determinación, esa energía que te declara la guerra y dice que,
no hay nada que no puedas hacer realidad, si te juegas el corazón
en el intento.
Luego de sentir sus dulces labios, me quedé observando su
rostro, esos hermosos ojos amarillos, cansados de años de
trabajo y sacrificio, mi ídolo era humano, muy humano. Ya no
hubo nervios, solo el instante del placer de un beso. Ambos
sonreímos por lo que habíamos hecho, como cómplices de una
travesura sagrada.
¡ALTO!
¡ALTO!
¡ALTO!
De pronto, todo fue confusión, los escoltas trataban de contener a
cientos de silvestristas que habían pasado por encima de la
seguridad del evento. Un dolor me oprimió el pecho, era el
momento de decir adiós. Pero no pude despedirme, alguien de su
personal, se lo llevó inmediatamente. Silvestre apenas si miró
atrás, todavía confundido por los gritos de los fans.
Cuando la horda de hermanos silvestristas pasó por mi lado, no
pude más sostenerme en pie, así que muy pegada a la pared fría
del parque La Leyenda Vallenata, me acurruqué, sentándome en
el suelo y abrazando mis piernas.
Nos habíamos besado, no había sido un sueño. Con los dedos me
toqué la boca, sintiendo aún el calido beso de quien no era mío,
pero a quien pertenecía en la totalidad de mí ser. Sentí ganas de
199
salir corriendo, quise gritar, quise reír. Pero vi en mis manos el
amuleto y en realidad, me puse a llorar.
-
¡ANA! VAMOS PÁRATE. Katherine me había encontrado
entre la multitud. Me sonreía con esa mirada que sólo un
verdadero silvestrista podía brindar.
-
VAMOS ANA, MUÉVETE. Se lo llevan al aeropuerto, aún
podemos despedirnos de él.
No tuve valor para contarle a mi gran amiga mi acto de traición,
no quise lastimar sus ilusiones, ni alardear del beso más
maravilloso de mi vida. Decidí callar hasta hoy, y si alguna vez mi
gran amiga llega a leer estas páginas, espero que no me juzgue
por haber guardado silencio.
Me levanté, tomé su mano y salimos corriendo, a la entrada del
parque nos esperaba la camioneta de Yuli. Casi no logro entrar;
en ella, estaban además Rossana, José Jorge, La Muchis, Oscar,
Gunter, Stefany, Danielita, Amparo, Fabián, y Mathias, unos
sobre las piernas de otros, todos nos dirigimos al aeropuerto.
Vi a Mathias, no tenía la fuerza de decirle nada, y nada dije.
-
APÚRATE YULI. Gritó Katherine. Está confirmado Silvestre
sale en el próximo vuelo a Bogotá, y de allí se va a Miami.
¡Corre! ¡Corre!
-
Cállate, cállate, que me haces temblar y así no puedo.
Para relajarse mi querida Yuli colocó “EL HIT”, a todo volumen y
rápidos y furiosos fue incomparable con la camioneta silvestrista.
En pocos minutos estábamos en el aeropuerto. Salimos corriendo
y para colmo de males, todo el mundo se había enterado que
Silvestre se iba de Valledupar en el siguiente vuelo, nos
mezclamos entre la multitud.
-
Déjenme pasar, por favor, permiso. Disculpe ¡Quítese! Dije
una y otra vez. Y no sé cuantas cosas más decían los
200
muchachos tratando de pasar al frente de la multitud.
Gritaban, todos gritaban.
Silvestre se despedía de sus fan, desde un salón del aeropuerto a
través de un enorme cristal, cuando logré llegar hasta la pared de
vidrio, pegué mis manos y lo miré con todo el amor que me
quemaba por él. Silvestre me vio y se acercó. Todas las chicas
gritaban su nombre. Me miró a los ojos y vi tristeza en su mirada,
fue como entender que ésta era la vida real, él era el artista
asediado por el público que lo amaba, por su “SILVESTRISMO
DEL ALMA” y yo estaba del otro lado del cristal, como la fan que
era. Muy despacio, se llevó los dedos a su boca, tocó sus labios
como recordando nuestro beso. Sonrió sin dejar de verme a los
ojos. Tocó el cristal y yo hice lo mismo. En ese micro momento
nos dijimos adiós.
201
ANA
Que
difícil es escribir esta página. Mi nombre es Ana y soy
Silvestrista, durante años huí de las tristezas y me refugié en un
movimiento musical. He sido una fan totalmente entregada a un
sueño. He llenado mi vida de alegría, música y amor.
Antes de cerrar este diario en el cual he descrito el sentimiento
más puro de un fan por su artista, no puedo dejar de decir, que
“El Silvestrismo” me curó heridas que jamás pensé que sanarían.
Encontré en mi camino a muchas personas como yo, que con su
particular alegría, llenaron mi vida de instantes que serán
eternos. Más que amigos, hice hermanas y hermanos, que aún
hoy cuidan de mí y yo de ellos.
Regresé a Venezuela, llevo una vida si se quiere, un poco más
tranquila, dejé de buscar respuestas, porque ellas llegan con los
años, mientras termino esta página, unos ojos pardos me miran
con el amor que solo puede darte, tu alma gemela, Mathias está a
mi lado viéndome escribir.
Dijimos adiós a nuestros grandes hermanos silvestristas, y con
cierta regularidad, conversamos por teléfono o por las
maravillosas redes sociales. Desde Venezuela Mathias y yo
enviamos un hermoso acordeón rojo a Ciénaga, el cual Yuli
Vanesa entregó al niño de ojos de caramelo, y por lo que me han
contado, no hay un pequeño que toque el acordeón con tanto
sentimiento como él, a las orillas del Mar Caribe.
Me han contado que Rossana encontró el camino a Nabusimake,
entregó su amor a José Jorge y habita en esa tierra mágica,
donde es la más feliz de todas las mujeres. Martín permanece al
lado de Katherine y cuida de ella con un fervor único, mi gran
amiga ha pasado por la perdida de su padre, y el silvestrismo aún
cura ese enorme agujero en su corazón. Sé que Silvestre la
ayudará con sus canciones a encontrarle sentido a la muerte de
202
los seres queridos, porque eso precisamente hizo conmigo y mí
amada Teresa, y eso aún lo hace con la muerte de mi padre.
Alguna vez me contaron que La Nana ahora forma parte de las
almas de La Ciénaga Grande, yo la recuerdo en su casita de
palafitos contemplando el atardecer, y sus profundos ojos grises,
ella habitará en mi memoria hasta el día en que deba ir a su
encuentro.
Nuestro amado negrito de Cienaga, Alejandro, aún sigue tocando
la flauta a orillas del pantano, y me imagino que jamás esa
bandera roja dejará de ondear al compás del viento.
Danielita estudia mucho, porque desea ser una mujer hecha y
derecha no solo para su familia, sino para sus amigos. Ha
prometido visitarme algún día. Stefany se enamoró de Gunter y
ahora, mi amigo incorregible vive en La Cienaga, cerca de La
Muchis y Fabián, quienes tienen una hermosa niña llamada Ana
Fabiana.
Recordar sus rostros, su cariño, me hace un nudo en la garganta,
jamás nadie ha podido estar más en deuda con la vida, que yo.
De Oscar dicen que está trabajando en Bogotá, así que es de
quien menos sé, pero estoy convencida, que allí está luchando
por sus sueños, frotando su frente cuando esta preocupado,
tratando de encontrar las ideas que lo lleven a ser un hombre
mejor.
Aún cuando vivimos en la misma ciudad, veo muy poco a Raquel
o a Amparo, tienen vidas reales, pero sé que no dejan de luchar
por el silvestrismo, día tras día. Las llevo en mi corazón y sé que
en un futuro no muy lejano, alguna aventura espera por nosotras.
José Luís por fin le declaró su amor a Maria Clara, y por las
noches en Valledupar, no hay una casa con más escándalo que
esa, donde la alegría se desborda, los vecinos no se quejan
porque siempre suena “Vallenato”.
203
Y Silvestre, de él siempre tengo noticias gracias al Twitter o el
Facebook, dos maravillas de nuestra era en las redes sociales.
Lucha todos los días de su vida por expandir el Silvestrismo, ha
comenzado a conquistar varias ciudades de Europa y países de
Latinoamérica.
Lo imagino meciéndose en una hamaca, soñando, siempre
soñando, con sus brillantes ojos amarillos y su voz de mago, con
su guitarra en la mano y escribiendo canciones de amor, siempre
de amor… porque Nació en Urumita, un pueblito en Colombia,
tierras en donde estoy convencida que nacen los poetas y los
inmortales.
204
Que el final de mi diario, sea apenas el inicio del tuyo,
que el silvestrismo encuentre en ti, al más grande de
todos los fans de Silvestre Dangond.
Con amor Ana.
13-03-2014.-
205
EPÍLOGO
Querido Silvestre, estoy en frente de tu casa, las manos me
tiemblan y no sé si recibas lo que dejaré debajo de tu puerta. En
este diario están contenidos los sentimientos de algunos de tus
silvestristas, he tratado de ayudarme con la imaginación y solo tú
puedes descubrir, qué es cierto y qué es fantasía. No tengo
palabras para agradecerte todo lo que has hecho por mí; por
todos nosotros, tu alegría llena de luz, hasta los momentos más
oscuros.
He querido que el tiempo no borre los sentimientos, sueños
ilusiones, ni sensaciones que hemos pasado a tu lado, desde el
otro extremo del escenario como fan, quiero con mi alma entera,
darte las gracias por cada uno de tus esfuerzos. Espero que
algún día, cuando tus hijos sean ya hombres grandes, puedan
leer en estas páginas, lo maravilloso que fue su padre para
millones y millones de personas, que con su voz y cada uno de
sus bailes, hizo un mundo mejor para “Los Silvestristas”.
Tus ojos iluminarán mi vida eternamente.
Con todo el amor de mi alma
Ana.
206
FIRMAS DEL DIARIO
207
“Amarte se volvió en más que una obsesión, un cariño, un sentimiento
verdadero. Eres la ilusión de mi vida, eres el hombre más maravilloso del
mundo, alguien a quien tal vez, nunca tenga, a quien tal vez nunca
bese, pero en mis sueños te tengo, en mis sueños te beso, en mis sueños
eres mío. En tus canciones estoy yo por todas partes, aunque no lo
quieras, aunque no sea tu intención. Tú existes en mi vida, porque yo
existo en la tuya”.Tu fan Silvestrista.-
208
209
POSTALES ROJAS
MARLYN BECERRA BERDUGO
210
“Si algún día me pierdo, te enviaré una libélula roja, ella te enseñará el camino
hasta mi alma.”
Julia.-
211
Dedico estas páginas a todos los que llevan la bandera roja del silvestrismo en
su corazón.Marlyn Becerra Berdugo.-
212
POSTAL ROJA
I
A quién logre llegar
Este mensaje no tiene destinatario, ni dirección; incluso no estoy
seguro de que alguna vez pueda enviarlo. Me es urgente
escribirlo, porque la soledad y el encierro son dos amigos a las
cuales les escondo mis verdaderas intenciones.
No daré detalles del lugar donde me encuentro, no daré motivos
para que quieras venir a buscarme. Es urgente que te exprese en
secreto lo que nadie más puede entender. La historia jamás
refrendará mi nombre, pero te aseguro, que nunca seré olvidado.
Recuerdo que era el mes de abril, cuando recibí mi primera
postal, una mujer muy joven, con dos pequeños que alimentar,
me decía en su misiva, que hizo todo lo que estuvo a su alcance
por un sueño, y que; sin embargo, los escasos recursos y el
trabajo de domestica la habían confinado a solo poder ver en la
pantalla de un televisor, su gran sueño. ¿Qué será un televisor?
No puedo recordarlo.
Su historia me resultó interesante, por eso leí la carta adjunta a
la postal. La letra de la joven era casi al aire, por lo que entendí
que, había escrito apresuradamente las palabras. Lo curioso de la
postal y la carta en si, es que la tinta con la que fueron escritas,
era roja. Regularmente las personas me escriben en tinta azul o
negra, pero jamás en rojo. No entendía cuál era su inconveniente,
y hasta me pareció absurdo, que hubiera pedido dinero prestado
en su trabajo por lo que llamaba “el concierto de su vida”. No
obstante, me dejó un sabor amargo en la boca, cuando me
confesó que no pudo asistir a donde anhelaba ir, porque su
hermano menor enfermó y el dinero se necesitó para el pequeño.
213
De cada tres frases, dos eran lamentaciones, por lo que
comprendí, que realmente estaba afectada por su sueño
irrealizable.
La madre soltera, repetía constantemente un nombre, una
persona sobre la cual jamás había leído. Creo recordar que
diecisiete veces escribió “Silvestre”, apenas en dos pequeñas
páginas. En mi encierro agradecía tener noticias del mundo,
aunque se tratara de un nombre desconocido, los sentimientos de
la muchacha me hicieron compañía durante muchas horas.
Releí sus lamentaciones, y descubrí al final de su carta un acento
de esperanza. Firmó su postal con el nombre de María
Contreras Vergara. Sucre - Colombia.
Estando incomunicado, y solo queriendo recibir las postales que a
bien quisieran enviar, en ese entonces, quise analizar por qué
María estaba tan triste al no ir a un concierto. Los artistas
ciertamente pueden enardecer a una multitud, existen las más
incontables historias de fanáticos que han dejado su huella en la
historia universal. Hay personas que gastan fortunas como
coleccionistas de un pintor, o un escritor, lo cual me parece
normal, yo hice lo imposible por conseguir una gema de Lalique
alguna vez, pero el hecho de que una mujer, que tiene la
responsabilidad día a día de luchar por un mundo mejor para sus
hijos, cómo puede entonces verse relacionada con un cantante.
Creo que tal vez la joven, encuentra en la música de esa persona,
algo que no encontró ni encuentra, en alguna otra parte, de lo
contrario no tendría sentido su nostalgia, porque en definitiva, al
concierto no logró asistir, pero insiste en que tarde o temprano
podrá ver frente a frente a quien llama “Silvestre”.
Por cosas de la vida, en este aislamiento total al cual he sido
sometido, desde ese día siguen llegando postales rojas, y es
así, como iré uniendo el rompecabezas que empezó con la simple
carta de una muchacha en una tierra remota y distante.
214
POSTAL ROJA
II
SILVESTRISMO
Hoy tengo entre las manos una postal roja interesante, puedo
decirles que es muy diferente a las que llenan mi mesa de
trabajo, incluso diría que la joven que la envía, derramó unas
cuantas lágrimas al escribir sus sentimientos, pues hay palabras
casi borradas por ellas. Kaleth era un ser especial según comenta,
y habla en tiempo pasado, porque el joven murió hace algunos
años, dejando un vacío existencial en ella. Nuevamente recibo la
carta de una mujer joven que dice amar el recuerdo de su artista,
como diría ella “el de brillante sonrisa”. Por casualidad, el joven
cantante era amigo entrañable del artista mencionado tantas
veces, por la escritora de la postal anterior, es decir, el llamado
Silvestre, y confiesa que solo cuando Kaleth falleció, comenzó a
ser “Silvestrista”. Y he aquí donde me inundaron las
interrogantes, es que acaso este joven cantante tiene una magia
especial que desconozco, y que incluso está en el corazón mismo
de quienes en un inicio quisieron al joven Kaleth, o es que la
esencia de un amigo puede quedarse y no partir jamás.
Increíblemente y como dice la muchacha de letra sencilla, Kaleth
cantaba que vivía en el limbo, porque pronto pasaría por ese
lugar rumbo a la eternidad. Cuanto quisiera preguntarle a esa
mujer qué es lo que hace que insistentemente se abrace al ideal
que ella denomina Silvestrismo.
Encerrado como me encuentro no puedo más que lanzar mis
palabras al viento esperando que ella logre encontrar lo que tanto
busca y que en un futuro pueda, decirme lo que ha hallado más
allá de toda tristeza. La muchacha firmó su postal roja como
GISEK VENEGAS – Colombia.
215
POSTAL ROJA
III
1ERA CARTA DE VIOLETA
Esta mañana el frío ha entrado por los barrotes de la habitación
en la cual me encuentro, he estado febril por escribir sobre ella,
alguien que a partir de hoy formará parte de mi existencia; y es
que ha llegado entre tantas postales y cartas, la de alguien que
ha tocado mi alma, si es que aún la conservo.
Su letra es angelical, sus palabras y dominio del idioma es
magnifico, tiene la característica de escribir como si se tratase de
una novela. Su nombre, cual flor de primavera, trae hasta mi
soledad el aroma de un lugar distante, donde el sol penetra con
sus rayos dorados y el aire puede incluso hacerte feliz. Ella es
Violeta. Dice que aunque la vida no es lo que ella deseara, es
suya y la vive tal cual su corazón lo ha dictado, pero que debe
confesarme tantas cosas, que ignora, si mi corazón puede
resistirlas. Escribe dulces palabras sobre alguien de quien incluso
he sentido celos, nuevamente Silvestre aparece en las letras,
como persiguiendo mi existencia, como puñales de hielo que
atormentan mi memoria. Firma la postal VIOLETA. Valledupar –
Colombia.
216
POSTAL ROJA
IV
TATUAJE
Han
pasado los días como quien deshoja las margaritas,
esperando que la respuesta sea un “sí”, pero Violeta no ha vuelto
a escribir como prometió que lo haría, y mi corazón se oprime en
sus latidos, las cartas siguen llenando la mesa, pero tan pronto
rompo el sello de alguna, el nombre del joven cantante
nuevamente sobresale por encima de cualquier palabra ¿Es que a
caso mi condena es ésta? Saber cuánto lo aman o qué sienten por
él. Me niego a seguir leyéndolas, necesito saber de la dulce
Violeta o mi encierro terminará desquiciándome, si es que ya no
lo estoy.
Observo la mesa y de pronto cae al suelo, lento y con el vaivén
de un pensamiento, una foto, me devuelve la mirada una
hermosísima jovencita que firma LUISITA DANGOND –
Colombia. Su sonrisa me convence, y busco entre las postales un
remitente con ese nombre. No logro encontrarla, temo haber
perdido su carta, y decido sentarme y ordenar los mensajes como
quien ordena sus pensamientos, con dedicación y cordura.
Encuentro la postal que busco y observo que está abierta y en
ella no hay carta alguna, solo fotografías recientes de la joven, en
una de ellas, expone su espalda porque se ha marcado la piel.
- ¡Por los dioses! Esta joven se ha marcado el nombre de
“Silvestre” en la piel. Dije, aunque nadie pudiera oírme.
Cada día entiendo menos las postales de estas jóvenes, que
alguien me diga qué pasa en el mundo, porque no entiendo, cómo
una niña lleva en la piel, el nombre de un artista. Mi mente entra
en una especie de locura, comienzo a abrir descontroladamente
las cartas, y caen como moscas, fotos de mujeres sobre mi pobre
217
mesa, en cientos de ellas, las mujeres e incluso hombres han
marcado su piel con el Silvestrismo. La curiosidad me corroe.
- Tendré que leer todas las postales. Dije. Aunque Violeta jamás
vuelva a escribir en esta vida.
218
POSTAL ROJA
V
OJOS DORADOS
Hoy he logrado comprender que las jóvenes que escriben a las
puertas de mi soledad, están enamoradas de la vida misma, y en
sus cartas, postales y fotos, expresan el amor único del fan por
su artista, ven en él, el príncipe de los sueños que no alcanzan.
Hay quienes tatúan su piel, algunas tiñen sus cabellos de rojo en
tributo al ídolo, simplemente siguen siendo lo que eran sus
antepasados, seres humanos llenos de fuerza y esperanzas.
Una joven de enormes ojos, envía como postal su fotografía, y en
la carta declara el amor más grande de todos los tiempos, lo
increíble es que todas las cartas expresan exactamente el mismo
amor por Silvestre. Me pregunto qué sentirá este muchacho, de
ojos dorados y cabello oscuro, de sonrisa afable y lleno de vida;
“ya sé como es Silvestre”, Erika Sarmiento – Bogotá Colombia. Adicionalmente a sus letras adjunta una imagen del
cantante. El de la foto sonríe como si viera en un mismo instante
a todas las muchachas que me escriben ¿Sentirá amor por ellas?
¿Pensará en ellas? Es imposible leer en su mirada todo lo que
existe dentro de un ser humano, solo podemos arribar a
conclusiones refrendadas por niñas y jóvenes que gritan su
nombre en conciertos o susurran una oración a la hora de dormir.
Me he acostumbrado a sus palabras, suspiros y lamentos, quisiera
poder consolar sus corazones ilusionados, pero lamentablemente
solo puedo leerlas y dejar constancia para las generaciones
venideras, que cientos de corazones laten acelerados por un
muchacho sencillo y de buen espíritu. Estoy convencido de que
alguien con ese rostro, solo puede ser un hombre de paz.
219
Observo en la carta de Erika, letras de dolor y emoción, me
escribe como si yo pudiera desde estas cuatro paredes, hacer
llegar el mensaje a su amor inmortal. Su letra se asemeja a
hormiguitas sobre el papel, como si lo que siente es un secreto de
Estado, y solo yo puedo descifrar, hasta el más mínimo de sus
deseos. Y pienso si Violeta siente lo mismo que Erika por
Silvestre, cómo podré entonces decirle a ella que soy suyo, como
todas estas jóvenes logran gritar al muchacho: “Te
pertenecemos”.
220
POSTAL ROJA
VI
2DA CARTA DE VIOLETA
La vida es perfecta, Violeta ha escrito y siento que el corazón se
me acelera, reconocí en mi mesa de trabajo su hermosa letra a
primera vista, el aroma que de sus letras emana, enamora mis
sentidos. Mi amada Violeta dice estar bajo una fuerte depresión,
sin dar más explicaciones, comenta que hay días en que su vida
es oscura, que desea irse a un lugar donde se le permita ser feliz,
porque actualmente las cadenas pesan sobre su alma, aunque
ella confiesa tener la llave para librarse de ellas, pero el miedo
consume su razón.
Mi pobre Violeta, si supieras que todo cuanto desees cumpliría
para ti, pero mi atormentada razón sabe, que no puedo hacer
nada que no sea leer tu alma. Ella menciona insistentemente una
canción de su ídolo, solo Dios sabe, cuánto deseo conocer las
canciones del muchacho de ojos dorados, para entender a mi
querida Violeta.
Ruego a todos los dioses que pronto envíe en las postales una
fotografía, quisiera ver su rostro, aunque yo no pueda mostrarle
el mío, este cruel destino que me permite vivir a través de las
palabras, sin que los sonidos me sean permitidos, por lo menos
no hasta los momentos. Amada Violeta, rompe tus cadenas, y
vive, por ti, por Silvestre o por el mismísimo sol, pero no me
dejes sin ti. Pensé, entregándome a un momento de locura. Las
cartas de Violeta son tan cortas, que siento que la idealizo, así
como ella lo hace con Silvestre, es que acaso ¿Ella se convertirá
en un ídolo para mí? Solo puedo agradecer las palabras que
llegan, noche a noche, no importa si todas van dirigidas a otro
ser.
221
POSTAL ROJA
VII
Recostado en mí lecho, veo todo cuanto me rodea, cientos de
libros en completo desorden, mi existencia fuera cruel si ellos no
me rodearan. Observo cómo el centinela de mi encierro, deposita
por debajo de la puerta de hierro las postales enviadas, todos los
días a la media noche, llegan con sus hermosas palabras. Me
levanto, recojo una a una y las deposito en mi enorme mesa de
trabajo, me siento y el mundo se reduce a letras, frases y
oraciones, y frente a este rincón del universo, una ventana con
los barrotes que prohíben mi libertad.
-
Si tan solo pudiera ver su rostro. Suspiro pensando en
Violeta y reprendo mis sentimientos de novela.
Intento concentrarme en las postales rojas que no cesan de
llegar, y llama mi atención, una letra cursiva y agitada, JESSICA
PRADA MERCADO- Colombia, suscribe la misiva. Dos enormes
lágrimas brotan de mis ojos, la jovencita me cuenta lo difícil que
ha sido su vida, y no puedo evitar llorar por ella, desde muy
pequeña ha tenido problemas en la piel, que incluso, el simple
roce del agua, le hace un daño tremendo, ha aprendido a seguir
adelante con innumerables ungüentos y ha mejorado a paso lento
y tortuoso. Comenta en sus palabras que cuando tenía seis años,
no paraba de llorar al bañarse, hasta que su querida madre, un
día colocó en el baño, un diminuto instrumento musical, una
especie de mini radio, en el cual sonaba la voz más dulce del
mundo, una canción de cuna muy especial “… a Sara Maria, Sara
Maria, Sara Maria y un acordeón…” el dolor de su piel cedió como
por arte de magia, y es así como Jessica se convertía en la Sara
María a la que le cantaba Silvestre Dangond. Entiendo porqué es
tan especial para Jessica. Ahora sé el nombre completo del
hombre tan amado por las escritoras de las postales rojas.
222
POSTAL ROJA
VIII
3ERA CARTA DE VIOLETA
Hoy llega a mis manos la carta más dolorosa que un hombre
pueda recibir, pero no los privaré de ella, en un tonto intento de
amor propio. No es algo que pueda merecer la mujer que amo,
Violeta ha escrito tal vez la carta más maravillosa de todas las
que he recibido, pero no tengo fuerza para explicarla o
comentarla, por eso me limito a ser el transcriptor más fiel que
Ustedes puedan tener.-
A quien pueda interesar.Postal Silvestrista/ carta roja. Presente.-
En frente de la casa de múltiples rejas, me encontré de pie, sin
saber en realidad si valdría la pena, pero estaba completamente
desesperada. Al día siguiente me iría de Valledupar, para no
regresar jamás. Por tanto, me planté firme como un árbol, atenta
a cualquier movimiento dentro de ese hogar. La tarde calurosa
transcurrió silente, y permanecí allí siempre con la mirada puesta
en la ventana. Cada cierto tiempo rezaba en susurros, la palabra
“Por favor”.
A las seis de la tarde, una mano blanquecina movió la cortina de
la ventada que vigilaba, por lo que mi corazón quiso explotar de
alegría por un presentimiento maravilloso. Inmediatamente la
puerta de la casa fue abierta. Sin pensar crucé corriendo la calle,
él me observaba apiadándose de mi existencia. Para mi asombro
se acercó al igual que yo a las rejas que se interpusieron y no
223
pude abrazarlo. Estaba vestido con ropa de dormir, y su rostro
delataba el cansancio de noches enteras; sin embargo, se me
antojó el hombre más hermoso del mundo. Me aferré con ambas
manos a las rejas.
El sonrió y vi sus ojos amarillos con tonos verdosos, me sentí,
como quien ve por primera vez la luz del sol.
-
Es hora de ir a casa, debes irte a casa. Dijo él.
-
¡Por favor! Fue todo lo que puede articular.
Colocó su hermosa mano sobre la mía en las rejas, su piel fue
suave como la brisa y sentí morir. Observó mi mano, buscó mi
muñeca derecha y besó dulcemente. Un temblor de éxtasis me
embargó el alma, y quise gritar o correr no estoy segura de ello.
-
Debes ir a casa. Insistió él
-
¡Yo soy Violeta! Susurré a punto de llorar.
-
¡Y yo soy Silvestre! Dijo quedamente sin soltar mi mano.
Sentí rodar en ese instante dos gruesas lágrimas por mis mejillas,
estaba desesperada, no sabía cómo despedirme de él para
siempre.
-
Violeta debes irte. Dijo en un tono de voz triste.
Nos miramos como si nos conociéramos de otra vida. Quise
gritarle que lo amaba tanto, pero el llanto me traicionó y me
bloqueó la voz y los pensamientos. Entendí de pronto que debía
irme y que ya había logrado verlo, así que podía decir adiós.
El aferró mi mano y me detuvo, besó nuevamente mi muñeca
como si le perteneciera. Se acercó más y más a las rejas de su
cautiverio, yo entendiendo lo que sucedería, igualmente me
acerqué sin cerrar los ojos, hasta que sentí el frió del hierro en
mis mejillas. Cuando cerré mis ojos, sentí su aliento… sus labios.
Allí de pie, sin testigos, me beso, lo bese… nos besamos.
224
Llena de amor, abrí mis ojos a un mundo distinto, real y doloroso,
solté la reja, respiré como si jamás lo hubiera hecho en mi vida, y
salí corriendo por la calle por la cual había llegado hasta allí.
Llorando desconsolada le dije adiós para siempre.
Violeta – Valledupar –Colombia.-
225
POSTAL ROJA
IX
La libélula roja
Los días transcurren sin que pueda darme cuenta, igual nace el
sol más allá de los barrotes de mi ventana, como los rayos
lunares, sin que pueda detenerlos, sin que pueda disfrutarlos.
Despierto, vivo un instante y vuelvo a dormir, es como si el
tiempo no existiera y solo importara leer cada carta, cada postal.
Anoche mi centinela arrojó bajo la puerta, una única carta.
Me acerqué con cautela presintiendo que no era nada bueno,
recibir una única postal. Curiosamente el sobre delataba tres
letras, un único nombre “ANA”, y un único símbolo
, una
especie de insecto refrendado en tinta roja. Me recosté en el
lecho, sin atreverme a abrirlo, nunca en mi existencia había
recibido algo parecido y me dio mal agüero.
La contemplé durante horas hasta que lentamente entré en un
letargo, una parte inicial del sueño. Por primera vez me vi
caminando fuera de mi habitación. El sol comenzaba a nacer en
aquel lugar, sentí la mirada caliente, como si mis ojos echarán
fuego. Contemplé desde lo alto de una enorme montaña el
universo que me rodeaba, los colores de un mundo que
curiosamente extrañaba, algo en mi interior me causó un
profundo dolor, un nombre jamás pronunciado vino a mi mente
como un relámpago “Julia” y me sentí caer en el abismo infinito
de la oscuridad.
Al despertar del sueño, aún sostenía en mis manos la carta de
Ana, tenía lágrimas en los ojos, y me sentía tan confundido, que
lancé la carta al suelo, sin atreverme a mirarla ni por un instante
más.
226
-
¿Fue un sueño? Pregunté al silencio. ¿Es un recuerdo? Dije
alzando la voz, pero no hubo respuesta.
Pensé en Violeta y traté de que su nombre embargara mi
existencia y alejara el dolor que me producía el sueño de la
montaña, esto es lo que hacían las silvestristas, y era lo que yo
intentaba hacer con mi dolor “Refugiarme”.
Durante horas intenté leer cartas rojas, y no pude, mi
pensamiento estaba en la postal que precisamente estaba en el
suelo, decidido a saber de qué se trataba, la busqué, rompí el
sello con brusquedad y leí: ¡TE AMO! ¡TE AMO! ¡TE AMO! No había
firma, ni nada más.
Durante todo el día, sin poder concentrarme en nada que no fuera
esta postal absurda de Ana, decidí dormir, poco después de que
el sol se ocultara, un cansancio infinito se había apoderado de mi
alma.
Nuevamente en mis sueños regresé a la montaña, y escuché la
voz de una mujer, me acerqué lentamente, los ojos me ardían
intensamente como si hubiera fuego en ellos, y entonces la vi.
Una joven de largos cabellos negros y piel delicada, lanzaba un
beso al viento gritando: ¡TE AMO! ¡TE AMO! ¡TE AMO! Comprendí
que se trataba de la mujer que había escrito la postal, era
indudablemente Ana.
Observé una hermosa libélula roja que se posó en su hombro y
me acerqué sin poder pronunciar palabra alguna. Ana comenzó a
caminar como si huyera de mi presencia, y decidí seguirla. A su
lado revoloteaba la libélula.
-
¡Cálmate! Murmuró la muchacha.
Quise tocarla, pero no pude, ella al verme me miró aterrada,
como si estuviera viendo un monstruo. Intenté calmarla, solo
quería hablar con ella, pero la muchacha rodó sobre la tierra,
toqué su brazo para la levantarla y gritó: ¿QUIÉN ES USTED?
¡QUITESE O NO RESPONDO! Volvió a gritar ¡QUITESE! ¡QUITESE!
227
Desperté sudando en la penumbra, me encontraba en mi
habitación agitado, no lograba entender semejante sueño.
Permanecí inmóvil en mi lecho y vino a mi mente el insecto rojo
que no se separó ni un instante de Ana.
-
Lo he visto en otro lugar, pero ¿Dónde? Murmuré a la
noche, sin encontrar respuesta alguna.
228
POSTAL ROJA
X
En plena madrugada sin poder dormir, busqué una postal de las
miles que estaban sobre la mesa, y encontré entre ellas, la carta
de una joven que dijo llamarse LUZ ACOSTA, no decía de qué
lugar era. Sus palabras eran muy tristes, se encontraba
desesperada, según me decía, estaba encerrada bajo llave, sus
malévolas tías habían descubierto que estaba enamorada, y no
dudaron en prohibirle ser feliz. Luz insistía en que si no fuera por
Silvestre, ella no podría soportar el encierro. Todas las noches
antes de dormir colocaba el único disco que poseía del cantante y
memorizaba cada canción para espantar el dolor de los días
insoportables.
Podía entender a la joven, estar en contra de tu voluntad lejos de
la persona que amas, como yo me encuentro sin mi amada
Violeta, sin saber cómo está, o si es feliz, es algo que ningún ser
humano debería vivir. Sentí compasión de ese amor de Luz, y
desee con todas mis fuerzas que las brujas amargadas que decían
pregonar ser tías, envejecieran de la noche a la mañana, por
tener corazones tan necios que no admiten el amor de juventud.
La muchacha insiste amar desesperadamente al Joven de ojos
amarillos, con un amor tan fuerte y tan diferente que al de su
amado novio, del cual ha sido separada. Termina su carta
diciendo: “Yo te esperaré”.
No puedo dejar de pensar en mi Violeta, y repito tan
extraordinaria frase “Yo te esperaré”. Sé que debe volver a
escribir, debe decirme cómo se encuentra su corazón, y a dónde
se ha ido al abandonar Valledupar.
-
¿Dónde estarás Violeta sin mi protección? ¿Somos acaso
como Romeo y Julieta? ¿Somos como Luz Acosta y su
229
amante? Pobres condenados a estar ¿El uno sin el otro? Me
pregunté, sin saber qué contestarme a mi mismo.
La letra de esta muchacha era realmente triste, se ve que está
afectada por ser separada de su amor, pero cómo es posible que
nuevamente Silvestre sea el salvador de la soledad humana de
otra joven, me veo obligado a querer escuchar su música, quiero
descubrir qué lo hace tan especial para mis amadas escritoras.
Al anochecer entre muchísimas cartas, por fin encontré una de
Violeta, y a su lado una de Ana, no sabía cuál deseaba, si la de mi
amada Violeta o la postal de la muchacha de la libélula.
Decidí abrir primero la de Violeta, pero para mi desgracia, su nota
en letras rojas solo decía: “SILVESTRE”. Desconsolado abrí la
carta de Ana, y no sé cual fue peor de las dos cartas, porque solo
decía “ANA”.
Decepcionado intenté encontrar paz y me fui a dormir.
230
POSTAL ROJA
XI
En sueños vi dormir a Ana, a su alrededor revoloteaba la libélula
roja, me alejé de la casa donde la tenían en la montaña, y repetí
su nombre como tratando de no olvidarlo.
-
¡ANA! Y creí escucharme pronunciando su nombre.
De pronto Ana, caminaba hacía mi como hechizada, estaba
vestida con una bonita tela blanca, brillaba realmente hermosa
entre la oscuridad, y su libélula la acompañaba a mi encuentro.
Toqué su rostro, me recordaba a alguien, pero no estaba seguro a
quién, allí en plena oscuridad, sería imposible conversar, por eso
la tomé de la mano y subimos la montaña, ella no hablaba solo se
dejaba llevar. Necesitaba regresar a mi habitación, enseñarle las
cartas que llegaban, tal vez ella podía decirme quién era yo.
Ana se detuvo como despertando de un sueño y comenzó a gritar
¡SUELTAME! ¡SUELTAME! Dijo ella.
-
¡Te necesito Ana! Dije desesperado, los ojos me ardían y
me sentía infinitamente solo. Arranqué a correr sin soltar
su mano, quería llevarla a mi habitación con las postales
rojas, pasamos entre múltiples matorrales que lastimaron
su piel. Me encontraba fuera de mi mismo y no podía
parar, tenía que irse conmigo.
De pronto ella empezó a tararear una canción que me detuvo, era
hermosa, era sencillamente hermosa, entendí que era sin duda,
una melodía de “Silvestre”, y solté su mano.
Desperté llorando en mi desolada habitación, esa melodía extraña
me hizo recordar que el dolor que sentía era por amor, solo podía
231
pensar en un nombre “Julia” pero nadie con ese nombre había
escrito carta alguna.
Maldije mi existencia, maldije no poder recordar, maldije el amor
que me quemaba por dentro.
232
POSTAL ROJA
XII
“Deseo un beso… un beso de Silvestre”. Nuevamente Ana
atormentaba mis días, con sus cartas tan simples, siempre que
recibía una carta de la libélula roja, la mente se me llenaba de
dudas.
No entendía por qué me enviaban cartas o postales tan íntimas, y
siempre relacionadas con un hombre al cual no conocía, pero por
el cual, mis escritoras morían de amor.
Esa noche soñé que mi alma volaba, transportada de una forma
tan real, que podía ver a mis pies una interminable carretera, en
mi sueño perseguía a alguien pero no podía saber de quién se
trataba. Al poco tiempo se hizo de noche y me encontré
caminando por las calles de un pueblo extraño, el cual no
reconocía. Sentí el peso de los años en mi espíritu, y como los
sueños anteriores no soportaba el escozor del fuego en mis ojos.
De repente escuché el sonido de lo que me pareció una guitarra,
y murmullos de personas cantando al unísono, una melodía
preciosa. En mi hombro se posó una libélula roja con sus alas
trasparentes, alzó su vuelo y se colocó sobre la rodilla de una
linda muchacha que cantaba con el resto de las voces. Reconocí a
mi escritora, era Ana, tarareando las canciones de su ídolo
“Silvestre”, me sentí enamorado de la melodía y me dediqué a
mirarla, y ella no reparó en mi existencia.
Algo me erizó la piel, me sentía observado por alguien. Observé a
cada uno de los presentes, hasta que vi a la joven que podía
advertir mi presencia. La muchacha creyendo ver una alucinación,
se mordía el labio como si contuviera gritar, que yo estaba allí, no
soporté su mirada de terror, yo la conocía. Cerré mis ojos.
Desperté en mi habitación, convencido de algo. ¡Estos sueños
tienen que ser reales!
233
-
¡Katherine Castaño! Dije. Ella solo envía fotos en sus
postales.
Busqué desesperadamente sus cartas revolviendo todo cuanto me
rodeaba, pero katherine no aparecía por ningún lago. ¡Pueden
verme! Esto es real.
234
POSTAL ROJA
XIII
Violeta, te necesito. Voy a volverme loco si no escribes. Escribí
mi carta sin saber cómo enviarla, ni cómo hacerme oír.
Necesitaba ayuda, la desesperación me consumía, seguían
llegando centenares de postales rojas, pero ninguna era de
Violeta.
¿Has muerto Violeta? ¿Estas sufriendo? ¿Dónde estás?
¿Quién te aleja de mi mundo? ¿Por qué te has escondido?
No permitas que nadie te aleje de mi, de la vida misma, sal
de ese abismo en el que te encuentras… se fuerte… Vive
para mí. Escríbeme.Estaba convencido de que lo que estaba haciendo era absurdo, no
tenía cómo hacer llegar la carta, el encierro comenzaba a hacer
su trabajo, enfermando mi mente y doblegando mi espíritu.
-
Es posible, es posible. Murmuré febril.
Me levanté de mi escritorio; y acercándome lentamente arrojé mi
carta a Violeta, por la ventana de mi prisión, la postal roja voló
por los aires, gracias a una ráfaga efímera, para luego
precipitarse al abismo de aquel lugar.
-
¡He perdido el juicio! Dije sollozando, con el rostro entre las
manos. Y las melodías de una guitarra, sonaron en mi
mente.
Agradecí a Dios ese recuerdo; y comprendí de corazón, por qué
Silvestre con sus melodías, calmaba almas como la mía.
235
POSTAL ROJA
XIV
Me
encontraba leyendo exasperadamente cada una de las
cartas que llegaban a mis manos, la gran mayoría solo portaban
frases, lamentos o el nombre del ídolo de mis escritoras, Violeta
manifestaba un silencio abrumador, no recibir noticias de ella me
enfermaba.
De pronto me sentí acompañado por primera vez en la habitación,
y sentí miedo.
Levanté la mirada esperando lo peor, y me llevé un gran susto,
cuando, al lado de la ventana una joven de pie, me observaba
con sus enormes ojos.
Me levanté de un salto y retrocedí unos pasos.
-
No temas, no puedo hacerte daño. Dijo la muchacha.
-
¿Cómo entraste? ¿Quién eres? ¿Qué deseas de mí?
Pregunté, y mi voz sonó quebrada, a punto de gritar.
-
Mi nombre es Teresa. Y su rostro se iluminó con una
hermosa sonrisa.
-
Son muy hermosas las cartas que recibes, yo también he
querido escribirte, pero solo los vivos pueden hacerlo.
Hablaba en tono confidencial, y su mirada develó una profunda
tristeza. Se acercó lentamente y se sentó en mi cama.
-
¿A qué te refieres Teresa? Pregunté.
-
Que estoy muerta, al igual que tú. ¿No lo sabías?
236
-
¡YO NO ESTOY MUERTO! Grité ¿Cómo se te ocurre
atormentarme de esta forma?
-
¿Cómo es posible no comer, ni beber? Preguntó ella
¿Recuerdas cuál es tu nombre? ¿Por qué estas aquí? ¿Por
qué recibes cartas? ¿Por qué estamos solos en estas
paredes? ¿Crees que eres el único?
Me arrodillé ante la joven, y destellos incontables vinieron a mi
memoria. Julia me abrazaba, decía mi nombre y besaba mis
labios. Yo acariciaba sus largos cabellos rojizos, y el aroma de su
piel me calaba el alma. Escuché gritos, sentí dolor. Vi sangre
entre mis manos, me quemaban las entrañas. Me dispararon, me
alejaron de Julia.
-
¡Estoy muerto! Dije sollozando.
-
Sí, lo que ya te dije, estamos muertos. Dijo Teresa.
-
¿Qué es este lugar? Pregunté desorientado.
-
Es un castillo. Dijo tiernamente la muchacha. Por lo que
entiendo estaremos aquí hasta que los sentimientos dejen
de atarnos a la vida que teníamos. Ana la escritora de las
postales de libélulas rojas, me hizo una promesa y ha
cumplido con ella, así que puedo irme en paz, aunque me
duele dejar de recibir sus pensamientos y oraciones.
-
¿Oraciones? ¿Pensamientos? ¿Es lo que recibimos en las
postales?
-
Sí, así es, por eso tienden a ser muy intimas o confusas,
cada escritor es alguien que reza, piensa, murmura, y
tienen que ver con algo de lo que nos mantiene en el
castillo, por eso son tantas.
-
¿Cómo lo sabes? Pregunté mirando a Teresa, como la
mujer más sabia del mundo.
237
-
Lo deduces con el tiempo, entramos en los sueños de esas
personas que sentimentalmente aferran nuestras almas a
las suyas, pero en nuestros sueños, podemos estar ante
ellos si así lo deseamos, lo triste de todo esto, es que nos
ven como espectros o fantasmas.
-
Yo he visto a Ana y ella me ha visto, me tiene miedo.
Confesé.
-
Es normal, al estar ante las personas que queremos o que
van a ayudarnos a salir del castillo, ellos nos ven con fuego
en los ojos, cualquiera puede asustarse, así como tu lo
hiciste cuando me viste.
-
Siento que los ojos me arden cuando estoy soñando. Dije
lleno de melancolía. ¿Por qué busco a Ana? ¿Por qué mis
cartas son de Silvestristas?
-
Creo que por eso estoy aquí, antes de irme para siempre
del castillo he querido hablarte. Dijo Teresa. Yo soy
silvestrista, y Ana ama intensamente al igual que yo a
Silvestre, aunque es solamente un cantante, muchísimas
personas nos aferramos a él para salir de tristezas o
depresiones, pero Ana está enamorada de Silvestre, de la
misma manera que tú amaste en vida. Por razones que
desconozco, tus sueños te han llevado a ella, yo te vi en la
montaña, vi como pretendías en vano traerla al castillo,
eso es imposible, por eso te observé de lejos y te seguí
hasta aquí. Creo que algo te une a Ana y todo lo que tenga
que ver con ella, a su vez te une al silvestrismo, por eso
recibes sus pensamientos. Y todo en el silvestrismo
humano, tiene que ver con Silvestre. ¿Entiendes?
-
Me llamo Kennel Mathinson. Dije despertando de un
letargo, como si de mis ojos se desprendiera una venda
negra.
-
Bueno Kennel, a quién amas tanto, que no te has ido del
Castillo.
238
-
Julia se llama Julia.
-
¿Quién es Violeta? Preguntó Teresa, y sus ojos brillaron
iluminándole el rostro. La nombras siempre que duermes,
te he visto dormir y soñar.
-
Es una silvestrista, no he recibido más sus cartas, y me
resulta doloroso, no saber de ella. ¿Ha muerto?
-
Es posible, o tal vez hay algo que no le permite pensar en
Silvestre, lo cual me es difícil de creer. Contestó Teresa.
Creo entonces, que no solo Julia te impide que salgas de
aquí, es posible que tu alma esté empeñada en Violeta, ten
cuidado Kennel, podrías quedarte aquí para siempre.
La joven se levantó, caminó hacía mi mesa de trabajo y tocó con
un dedo mis cartas, la melancolía en su mirada me rompía el
corazón.
-
Me duele irme, estoy convencida que a donde voy, no hay
silvestrismo, no sabré nada de ellos. Solamente me
esperan dos soles. Murmuró como hablando para si.
-
¡Teresa! Susurré acercándome a ella.
-
No te preocupes por mí, estaré bien Kennel.
Teresa, me dio un dulce beso en la mejilla, cerré mis ojos,
tranquilo al entender qué era la muerte. Pensé en mi amada Julia
y mi alma se llenó del amor que sentía por ella. Al abrir mis ojos,
Teresa se había ido.
239
POSTAL ROJA
XV
Dormí durante días, intentando soñar con Ana, hasta que una
noche pude verla, en mi sueño yo estaba a su lado. Decidí que
ella no debía verme, y mi intención de no asustarla, dio resultado.
No obstante me sentí observado. Allí entre Ana y yo, estaba la
joven de las postales fotográficas, Katherine. Me observaba muy
asustada, guardando silencio por mi presencia, solamente
observándome.
Cuando Ana caminó, la seguí en mi sueño. Lo que vi a
continuación me llenó de tanto miedo que desperté en mi
habitación del castillo, temblando sin poder controlarme.
Ana se encontraba en un lugar espantoso, que no lograba
comprender, el cielo estaba forrado de mariposas amarillas, y
cientos de seres como yo, con los ojos amarillos llenos de fuego,
habitaban aquel lugar. Verlos pulular por todo el pueblo, me
oprimió el corazón, jamás pensé que tantas almas pudiéramos no
encontrar la paz.
Observé la rendija de la puerta, la carta tan esperada había
llegado.
-
“Violeta” pensé.-
La letra era diferente, como si le hubiera costado un esfuerzo
realmente gigantesco poder escribir aquella frase: “Necesito
ayuda, no se como salir de aquí”.
Sus palabras me golpearon el alma, tal cual como yo creía,
Violeta estaba en peligro. ¿Cómo poder ayudarla? Me sentí
desconsolado. Intenté dormir tratando de solo pensar en Violeta,
y esperando que mis sueños me llevaran a ella.
240
POSTAL ROJA
XVI
Soñé durante lo que me pareció toda una eternidad, estaba a la
orilla de un río hermoso, donde sobrevolaban incesantes cientos y
cientos de mariposas amarillas, y sentí calma en mi corazón.
Cuando observé un claro entre los árboles, encontré a Ana con
otras personas a su alrededor. Decidí no acercarme demasiado, y
su libélula roja revoloteó hasta llegar a mi rodilla. Se posó en
silencio y contemplé sus maravillosas alas transparentes, su
intenso color rojo me recordó la tinta de las postales que recibía
por las noches. Los ojos me ardían intensamente y sentí ganas de
llorar. Me recosté entre los árboles y esperé poder despertarme
en mi habitación, pero la espera se hizo insoportable, y alguien
llamó mi atención, era una jovencita que jugaba en la orilla
opuesta a la de Ana. La pequeña avanzaba en el espeso bosque
como encantada de alejarse de quienes la rodeaban, decidí
seguirla y averiguar que pretendía hacer.
-
¡DANIELA!
-
¡DANIELA!
-
¡DANIELA!
Escuché voces al atardecer, que llamaban insistentemente.
Comprendí que buscaban a la joven que caminaba sin detenerse
entre los árboles de aquel lugar. Daniela se sentó sobre una
enorme piedra, distraída observaba todo a su alrededor, hasta
que sus ojos repararon en mi, se asustó de tal forma que lanzó a
correr “como alma que lleva el diablo” pensé. Fui tras ella, no
había sido mi intención asustarla. Necesitaba la ayuda de Ana,
temí que la muchacha se hiciera daño o se perdiera para siempre
en ese bosque.
241
-
¡Yo la tengo! Dije una y otra vez, esperanzado de que Ana
pudiera oírme.
Seguí a Daniela como si mi alma pudiera desplazarse a la
velocidad de la luz, y la pequeña tropezó con las raíces de un
árbol enorme, estaba muy malherida, y no sabía cómo ayudarla.
Me quedé a su lado intentando hacerme oír, pero era imposible.
De pronto a mi espalda, estaba Ana, arrodillada con los ojos
cerrados, rogando a su Dios, se veía realmente asustada, quise
tocar sus mejillas y secar sus lágrimas.
Ana al abrir sus hermosos ojos negros gritó llena de rabia: Ella es
mía, Daniela es mía. No te la vas a llevar. NO TE TENGO MIEDO.
Gritó. ¡DANIELA ES MIA!
No pude soportar su mirada de odio, desperté en la oscuridad de
la habitación del castillo.
242
POSTAL ROJA
XVII
SILVESTRE
Ana era una mujer de extraordinaria hermosura, la dulzura y
brillo que emanaba de su alma, no se compaginaba con el odio
que sentía por mi existencia, no entendía cómo alguien que no
me quería lo más mínimo, pudiera ayudarme a salir de mi
encierro. No pude levantarme de la cama, me sentía derrotado,
sin un ápice de interés por leer las postales. Me encerré en mi
mente sin querer saber ni de Julia ni de Violeta, mi mente en un
completo abandono se llenó de oscuridad y dormí profundamente.
Me tomó por sorpresa encontrarme en una lujosa habitación. La
luz del sol penetraba por un enorme cristal, un hombre se
encontraba de pie, contemplado el cielo azul intenso que reinaba
en el exterior de aquel lugar. Quise saber de quién se trataba, por
lo que me concentré en no dejarme ver del muchacho. La mirada
me ardía, pero en cada sueño me acostumbraba al escozor.
-
Esto no es fácil. Murmuró mi acompañante. Me siento
agotado de tanta soledad, quisiera caminar por la calle
como lo hacía antes. Comentó en voz alta.
El muchacho de la ventana observó el sitio de la habitación donde
me encontraba y sentí miedo de que pudiera verme, no obstante,
no advirtió mi presencia. Nostálgico se sentó en el suelo,
recostando su cabeza en la cama, tomó en sus manos una
guitarra algo usada, la hizo sonar esplendida, sus notas musicales
eran bucólicas. Reconocí la canción, era la melodía que tarareaba
insistentemente Ana. El joven sostuvo su mirada, como quien
pretende ver el infinito, y fue entonces cuando lo reconocí.
243
Mis sueños o apariciones en el mundo de los vivos, me habían
llevado a Silvestre, podía escuchar su voz, podía sentir la
melancolía que impregnaba a su canto, estaba ante el hombre
que mantenía vivas a mis escritoras, el dueño de las postales
rojas. Sus ojos amarillos brillaban intensamente y solo vi en él,
un ser de paz, tan normal como cualquier otro, con dolores
propios, con sentimientos arraigados en el alma. Me senté sin que
pudiera verme y me entregué absorto a la melodía de su voz.
Pensé en Violeta y su tristeza aunque no entendiera qué le
pasaba. Recordé a Teresa. Vi a Ana en mi mente lanzando besos
al viento para este hombre. Pensé en todas y cada una de las
muchachas que vivían de sus canciones, y sin querer, murmuré
para mí ¿Las amas? ¿Amas a tus fanáticas?
-
Sí las amo. Respondió como si me hubiera escuchado, lo
cual me puso alerta.
-
Sí las silvestristas supieran lo mucho que las amo, si
pudiera contarles la forma en que llenan mi vida, cada vez
que veo el brillo en sus ojos, me ponen nervioso. Entendí
entonces que hablaba solo, no estaba respondiendo a mi
pregunta porque me hubiera escuchado, solamente
pensaba en ellas.
-
Uno de estos días encontraré la canción que se los
explique. Deseo con el alma que nunca me olviden, que
nunca piensen si quiera dejarme. El tiempo no me alcanza
para atenderlas a todas, pero la vida me dará el instante
necesario para que entiendan, que yo las amo.
Silvestre se llevó las manos a los ojos, pensar en sus silvestristas
hizo brotar del ámbar de sus pupilas, algunas lágrimas.
Cuando desperté en mi habitación me levanté inmediatamente y
continué mi labor, leer a las silvestristas, en sus cartas estaba la
respuesta a mi libertad.
244
Deseo con el alma que nunca me olviden…
245
POSTAL ROJA
XVIII
Esa
mañana mi vida, mi muerte o sea por lo que estuviera
pasando en mi alma, cambió para siempre, cuando leí una carta
que cayó a mis manos, casi como por arte de magia, las lágrimas
apenas si me dejaron leer, temblaba incontrolable por cada letra
escrita. Ahora tenía la certeza de que ella estaba viva.
“Si algún día me pierdo, te enviaré una libélula roja, ella te
enseñará el camino hasta mi alma.”
Con amor Julia.-
Recordé, como poseído por un aroma contenido en la postal, a
una muchacha frágil que le gustaba sentarse a la orilla de la
Cienaga en búsqueda de libélulas, Julia contemplaba las mansas
aguas, esperando que los aleteos sonaran, anunciando la llegada
de las ninfas transformadas. Siempre que la hallaba lejos de casa,
me quedaba observándola en silencio, entendiendo la naturaleza
de la mujer que amaba. El sol destellaba en sus largos cabellos
rojizos, y la blancura de su piel, me inspiraba a pensar en una
estatua de mármol. Su quietud era el centro de mi universo, la
fuerza que alimentaba mi espíritu. Sus delicadas manos, como las
de Ana.
-
¡Julia! Dije acercándome a la orilla de la ciénaga. Cada día
encontrarte es más y más difícil, si te llegas a perder,
moriré de por tu causa.
-
Si algún día me pierdo. Dijo ella sin apartar la vista del
pantano. Te enviaré una libélula roja, ella te enseñará el
camino hasta mi alma.
246
-
¿Por qué roja? Pregunte sentándome a su lado.
-
Si fuera azul. Contestó ella. Sería muy común, y no
entenderías que me he perdido, por toda la ciénaga hay
libélulas azules, marrones, incluso verdes. Una vez una
libélula violeta se posó en mi rodilla derecha y pude
contemplarla durante horas, nunca me sentí más cerca de
Dios que en esa oportunidad, pero la libélula roja, siempre
aparece en los días en que más triste me siento, revolotea
a mí alrededor y me deja contemplarla. Las libélulas rojas
son las libélulas de la felicidad eterna Kennel.
Julia tenía una forma especial de decir las cosas, y de hacerlas,
solo sabía bordar libélulas a mis pañuelos de lino.
Por complacerla hice traer de Francia, la joya más costosa que
podía pagar, recuerdo que la mañana en que llegó el barco de
vapor, yo esperaba ansioso al Capitán Anzola, un gran amigo que
me había prometido recoger el obsequio personalmente en su
viaje a Europa.
-
¿Y bien? Pregunté al verlo en el puerto.
-
Mi estimado muchacho. Dijo el capitán. El viento ha sido
favorable, la libélula de su esposa ha sido una bendición
abordo, como bien dicen, trae buena suerte.
Y con estas palabras entregó en mis manos una caja diminuta. Al
abrirla contemplé la maravillosa obra de uno de los joyeros más
queridos en toda Francia, René Lalique, había creado un estilo
maravilloso en joyería y vidriería, por lo que sostuve en mis
manos una hermosa libélula, con formas hibridas, mitad mujer,
mitad libélula, en una cadenita de oro, que aunque no era
precisamente roja, tenía la certeza que deslumbraría a mi querida
Julia.
247
El día que coloqué aquella joya al cuello de Julia, recibí el beso
más dulce del universo, no dijo absolutamente nada, solo la
observaba sobre su delicada mano, como si entendiera al autor
de semejante alhaja. Sostuve la postal de Julia entre las manos, y
mis recuerdos sobre el pecho, medité sobre las cartas y todo lo
que había sucedido en la habitación en la que me encontraba,
comprendí que Julia había logrado enviar la libélula roja, ella
había sellado con palabras un pacto verdadero de amor.
-
¡Te encontraré! Murmuré a la postal, sellando mi promesa.
248
POSTAL ROJA
XIX
VIOLETA
Durante horas, mi único pensamiento fue Julia, intenté recordar
mi vida pasada, pero se me escurría como agua entre los dedos.
Quise leer alguno de los libros que rodeaban mi vida bajo el
encierro, y cuál sería mi sorpresa que al abrirlo, su titulo me
resultó familiar, “La vida de Violeta”. Las páginas amarillentas
contenían una historia escrita en tinta negra y la letra era
fascinante, reconocí en lo delicado de la escritura a mi amaba
escritora, Violeta.
¿Será posible? Me pregunté. Dejé el ejemplar sobre la mesa, y
me acerqué a otro libro más pequeño, “La vida de Andrés” y así
fui examinando otras obras, “La vida de Inés”, “La vida de
Luisana”, “La vida de Rosario”. Me percaté en ese instante, que
no recordaba la última vez que había leído alguno de los libros de
la habitación.
Me acerqué a mi mesa de trabajo, sostuve entre mis manos “La
vida de Violeta” y comencé a leer. La obra narraba la vida
completa de mi escritora, era una mujer maravillosa, sensible,
que en algún punto del camino perdió su norte, se resignó a una
vida triste. Me dolía el pecho al leer lo que allí estaba plasmado,
no lograba entender cómo alguien podía cargar con tanto amor y
tanto dolor simultáneamente. A mitad del diario estaba la historia
del beso con su artista, y cada uno de los detalles que abrigó su
corazón.
De pronto cerré el libro, teniendo un presentimiento terrible,
como si en esas páginas se encontraba el motivo del silencio de
mi amada Violeta.
249
Fue abrasador para mí leer lo que siguió a continuación. Violeta
se había ido de Valledupar, se había casado por necesidad
económica y la persona con la que compartía su vida,
frecuentemente la maltrataba, física o psicológicamente. Ella se
refugiaba en el único recuerdo que le pertenecía por completo “el
beso entre rejas”. No tenía la voluntad de detener a aquel
hombre, y eso la llevó a un terrible final.
Mis manos temblaban al sostener su historia entre mis manos, sin
duda alguna había un motivo poderoso por el cual ya no recibía
sus postales, me alenté a leer la última página del libro.
“Volví a creer, él juró que jamás volvería a pegarme y
yo le creo, entiendo que todo lo que hace, es por hacer
de mí, la mejor esposa del mundo. Tengo miedo, no lo
puedo ocultar, cada día veo en sus ojos la dureza de su
corazón, pero lo amo, y prefiero morir antes que
dejarlo, nada ni nadie me alejaran del hombre que
amo.”
Allí terminó la ultima página del misterioso libro, a la vuelta del
folio, estaba impreso la siguiente posdata:
“Violeta murió a la madrugada del solsticio de verano,
por la mano del hombre que amaba.”
El sonido del libro al caer al suelo, fue como un eco dentro de mi
alma, ella había muerto, mi amada escritora Violeta, pertenecía a
un mundo donde ya no podrían hacerle daño, pero el dolor que
me causó no poder ayudarla, me rompió el corazón.
-
Debí sospechar que algo andaba mal. Me dije a mi mismo.
Debí enviar miles de cartas y no lo hice, debí advertirle
que si tenía la forma de romper sus cadenas, debía hacerlo
inmediatamente, debí convencerla, pero estaba distraído,
no supe leer sus cartas, mi apoyo fue efímero porque
Violeta ha muerto, sin que yo pudiera hacer nada.
Perdóname Violeta, perdóname.
250
Lloré la muerte de mi querida escritora durante noche enteras, lo
único que me llenó de tranquilidad, fue el consuelo de sus
postales, porque se llevó a la eternidad, el beso de un buen
hombre, el recuerdo del ligero beso de su ídolo.
-
La vida a veces no nos permite decir las cosas, y menos la
muerte. Murmuré enloquecido de dolor. Si pudiera
remediar las cosas, te aseguro Violeta que en el libro de tu
vida, solo existirían capítulos de dicha y felicidad, pero no
pude hacerlo, porque la que tenía la tinta, eras tú mi
pequeña flor.
Pensé en Silvestre, y agradecí a la vida su existencia y
presencia en la vida de mis escritoras de postales rojas.
251
POSTAL ROJA
XX
En mis sueños vi una anciana de profundos ojos grises, ella me
observaba detenidamente desde la puerta de su casita en el
agua, mientras me acercaba con Ana y otras dos jóvenes en una
canoa. El sueño me resultaba doloroso, esas aguas sin duda
pertenecían a la Cienaga que tanto gustaba a mi amada Julia.
-
¿Quién es Usted? Preguntó la anciana.
-
Kennel Mathison. Contesté.
-
¿Qué necesita? Preguntó fríamente la anciana.
-
Busco a mi esposa Julia dije en mi sueño. Estaba en la
huelga de trabajadores bananeros, y no la encuentro.
A mi lado estaba Ana, ella me había tomado de la mano, como si
entendiera mi desesperación por Julia.
- ¿Cómo te llamas muchacha? Preguntó la anciana clavando sus
ojos como el mar, en Ana.
- ¡Ana! Respondió mi acompañante.
- ¿Por qué has venido con Ana? Preguntó la mujer.
- Ella está enamorada de un hombre de ojos dorados. Contesté a
la anciana. Ana lo ama de la misma forma que yo amo a Julia,
ella puede ayudarme a encontrarla.
Desperté en mi habitación al murmullo de la voz de Ana: “No sé
quién eres, y no sé cómo ayudarte, pero si está a mi alcance, te
devolveré a Julia”.
252
Cada vez los sueños se me antojaban más reales, conocía el
corazón de Ana como el mío propio. Su intenso amor por Silvestre
nos hace iguales. Pensé.
- Entiendo tu libélula roja Julia. Murmuré sintiéndome agotado,
como si los años me pesaran, como si ya no pudiera seguir
sufriendo ni por un instante más. Ya no podía hacer nada por
Violeta, y mis esperanzas por encontrar a Julia y salir del castillo
eran escasas, no entendía por qué se me había condenado a
aquella habitación de libros de muertos y postales de vivos.
Las postales rojas se acumularon de tal forma que era imposible
ver, lo que fue algún día mi mesa de trabajo, era una montaña de
papel que gritaba un nombre que no me pertenecía y que ahora
conocía muy bien “Silvestre”.
-
La historia jamás refrendará mi nombre, pero nunca seré
olvidado, Ana sabe que existo y mientras ella crea en mí,
seguiré existiendo. Dije, aforrándome a los barrotes de la
ventana. Este encierro no podrá conmigo, volverás a mis
brazos Julia, tú y tus besos volverán a mi alma, he
encontrado la libélula roja, la de una Silvestrista.
Un ruido seco me hizo soltar los barrotes, la puerta de la
habitación por donde entraban las postales, se había abierto de
golpe. Me acerqué lo más despacio que pude, sintiendo un temor
indescriptible, no sabía a ciencia cierta, el tiempo que esa puerta
me había estado vedada, ni qué me aguardaba al cruzarla.
-
¿Hay alguien allí? Pregunté, sin obtener respuesta alguna.
¿Quién ha abierto la puerta? Murmuré, cruzando el umbral
desconocido hasta ese entonces, y solo encontré oscuridad.
Después de algunos pasos, mis ojos se acostumbraron a la
penumbra y divisé una salida, algo brillaba a final, y sin saber qué
hacer, ni pensar las consecuencias de mis actos, caminé
lentamente hacia ella.
253
El olor a salitre me golpeó de pronto y allí estaba ante mi la
enorme Ciénaga, en ningún lugar en los que estuve en vida o
estaba en muerte, había contemplado un cielo igual, una bóveda
distante e infinita, donde la estrellas parecen diminutas bolas de
fuego, brillando alrededor de la luna.
-
No es un sueño. Dije. Y mi voz sonó clara y franca. No es
un sueño. repetí, subiendo a una canoa que aguardaba
afuera, como si llevara toda una vida a la espera de un
barquero.
A lo lejos observé en las aguas millones y millones de figuras de
luz, en sus ojos brillaba el fuego, que al igual que los míos ardían
dolorosamente. Ningún alma se molestó en saludarme, incluso
dudo que percibieran mi presencia. La canoa se movió como si
alguien halara con una cuerda invisible y guarde silencio.
<<Estar muerto, es como estar vivo, solo que entiendes
menos>>. Pensé.
Mi capitán invisible o canoero tímido, me llevó hasta una casita, la
misma de mis sueños, donde habitaba una anciana de ojos grises.
-
¡Ven! Dije tratando de llamar a Ana, sabía que en esa
casita debía estar ella. Escuché un aleteo intenso, la
libélula roja revoloteaba a mí alrededor confirmando mis
sospechas.
-
¡Quiero ayudarte! Dime cómo. Dijo el viento.
Sin entender lo que hacía caminé hacia Ana sobre las aguas,
como veía que podían hacerlo otras almas, y para mi sorpresa,
la ciénaga era fría y sólida, por lo que di algunos pasos lentos
hacia la silvestrista. Ella tenía puesto una enorme manta de
color azul y los cabellos al viento, la libélula zumbaba con sus
alas rápidas y sin detenerse ni por un instante.
Abordé la canoa de Ana y me senté a su lado, los ojos me
ardían, y me sentía abrumado por la tristeza, pero necesitaba
hablarle.
254
-
¡Ana! Mi voz sonó quebrada.
-
¿Te llamas Kennel? Preguntó ella con sus enormes ojos
negros como platos.
-
Soy Kennel y kennel soy yo. Dije aludiendo la respuesta en
algún libro antiguo ¿Ya no tienes miedo?
-
No. Respondió con su voz de caramelo.
-
Eres mía Ana, te necesito. Dije afligido. Busco a Julia.
Dos enormes lágrimas le recorrieron por las mejillas pálidas. Ana
estaba llorando.
- No sé qué hacer, dime cómo puedo ayudarte. Suplicó la
muchacha.
-
Busca a Julia, busca a Julia. Dije y una ráfaga de viento me
alejó de Ana.
Que frágil me he vuelto, pensé al encontrarme en el umbral del
castillo, caminé un poco y encontré mi habitación. Al entrar, la
puerta se cerró de golpe. Ni siquiera intenté abrirla, me
encontraba agotado, como si el viaje de esa noche hubiera sido
extremadamente largo.
Dormí durante tiempos incontables, las cartas atestaban la
habitación, y me negaba a saber nada más de los silvestristas,
solo quería leer sobre Ana, ella consumía mi existencia, pero
entre tantas postales era imposible conseguir las de ella.
Después de la muerte de Violeta me negué a leer los libros de la
habitación y al ignorar las cartas, los recuerdos de mi vida fueron
llegando noche a noche.
Era muy joven cuando conocí a Julia, la primera vez que la vi, ella
estaba aferrada a las barandas del barco, contemplando a
primera hora de la mañana el nacimiento del sol. Su cabello rojizo
al viento me llenó el alma de sentimientos profundos, sus ojos
255
claros se clavaron en mí para siempre. Algún tiempo después
cuando Julia era mi esposa, aún dudaba del color de sus ojos, por
las mañanas eran verdes clarísimos, por las tardes casi eran
grises y por las noches juraría que los ojos de la mujer que
amaba eran azules como el mar. Vivíamos felices en una gran
casa cercana a la ciénaga. Julia acostumbraba a dar largos paseos
en busca de libélulas. Hasta que una mañana ella insistió en que
no fuera a trabajar, había una fuerte discusión por los derechos
de los trabajadores de las bananeras, pero no pude complacerla,
debía asistir y tratar de negociar con los dirigentes de la huelga.
Al llegar a la compañía, los ánimos estaban caldeados, y pronto
me vi rodeado de trabajadores que gritaban todo tipo de
reclamos, moviendo más las manos que la boca, un estilo muy
propio de los bananeros.
De pronto estábamos rodeados por cientos de funcionarios
armados hasta los dientes, y dispuestos a matar al que diera un
paso adelante, grité que se detuvieran, grité con mi alma que
bajaran las armas. Pero el eco terrible de una palabra acabó con
todos nosotros.
-
¡FUEGO! Y mi sangre intensamente roja fue lo último que
vi, mi último pensamiento fue <<Julia>>.
En mis sueños vi una pequeñita de cabellos dorados, pero no
comprendía quién podría ser, tenía unos brillantes y hermosos
ojos amarillos. La niña corría detrás de mariposas, libélulas, ranas
y cuanto bicho encontraba en la ciénaga. Su piel era blanquecina
y hasta sus pestañas espesas eran doradas.
256
POSTAL ROJA
XXII
EL CASTILLO DE LAS LIBÉLULAS
La
mañana en que todo cambió para siempre, observé en la
habitación atestada de postales silvestristas, una postal que
marcaba como remitente a SANDY GALEANO, JESSICA PRADA
MERCADO, CAROLAY PEÑATE y EILEN CUBIDES WELLMAN,
era un carta muy confusa, en donde todas hablaban
atropelladamente, casi sin signos de puntuación, como si la
emoción no les permitiera pensar lo que decían. Su alboroto
radicaba en que verían por primera vez a su artista Silvestre
Dangond en un concierto. Por lo que me comentaban, llevaban
mucho tiempo esperando una oportunidad como aquella, y
aunque los recursos que tenían eran escasos, hicieron
absolutamente de todo, con tal de poder asistir. La letra era
cursiva, con tachones y enmendaduras, las grafías plasmadas
eran un completo desastre, lo cual explanaba de forma clara y
evidente que estaban locas por una noche de concierto.
<<Debes venir, debes conocer el silvestrismo>>
<< No hay nada que el silvestrismo no pueda curar>>
<<Somos un sentimiento>>
<<El silvestrista sonríe eternamente>>
<<Que se caiga mi casa, que mis padres me corran de ella,
que el novio me deje, que hoy nada me importe, solo
Silvestre Dangond.>>
Con estas frases por todas partes en la postal roja, no hice más
que reír a carcajadas, y sentí unas ganas gigantescas de ser
silvestrista.
257
Un estruendo inesperado, me hizo dejar de reír, y me incorporé
violentamente en posición de batalla, mis puños estaban
preparados para defenderme si era necesario, el estallido había
sido en la puerta de la habitación, la entrada estaba libre, y un
resplandor me dio la certeza de que era libre, el momento de
partir había llegado, estaba paralizado sin saber qué hacer. Miré a
mí alrededor, sentía que todo cuanto me rodeaba era mío, pero
no podía llevarme todas las postales que no había leído, tenía que
irme, pero me negaba a abandonarlo todo, así que miré por
ultima vez las cartas desparramadas por el piso, sobre la cama,
en la mesa de trabajo que ahora era una montaña inerte de
postales, los estantes con libros de quienes ya han muerto, hasta
que en un rincón apartado de la habitación pude ver lo que
buscaba.
Me acerqué, tomé la carta y la metí entre mis ropas, incluí
además en mis bolsillos mi diminuto diario de Postales Rojas, y
salí corriendo de la habitación, corrí y corrí por un pasillo sin fin,
todo estaba iluminado a mi derecha y a mi izquierda, arriba y
abajo, todo era luz, la luz de la libertad.
Cuando sentí que ya no podía más, dos enormes puertas
ovaladas crujieron al abrirse con el chirrido más estrepitoso del
mundo, como si necesitaran litros de aceite para dejar de sonar.
La luz del exterior me cegó, cubrí mis ojos con las manos y
avancé a ciegas. A mi espalda sonó nuevamente el crujido de las
puertas que esta vez se cerraban.
El canto insistente de un ave me sacó de mi asombro, percibí el
maravilloso sonido de más aves silbando divertidas y alegres. Al
abrir mis ojos, di media vuelta para contemplar por única vez el
lugar, donde había permanecido por años sin fin.
Un castillo de muros grises y rústicos, estaba ante mí, las puertas
eran de madera y en ellas se encontraban talladas a cada lado,
enormes libélulas blancas, como Ángeles custodios del más
grande tesoro de la humanidad. Di un paso atrás y al levantar la
vista, sentí vértigo, el Castillo poseía miles y millones de ventanas
258
con barrotes como la que había en mi habitación. Mi corazón latía
tan apresuradamente, que me parecía imposible no estar vivo.
Estaba hipnotizado, los ojos de las libélulas que se erguían en las
puertas del castillo, tenían ojos de diamantes, enormes y
brillantes. Levanté una mano intentando inútilmente tocarlos, y el
castillo de las libélulas, a donde llegan todos nuestros
pensamientos en forma de postales y cartas, desapareció de mi
vista, para toda la eternidad.
259
EL SILVESTRISMO
Caminé durante lo que me pareció todo un día, hasta que llegué
a un pueblito pintoresco al anochecer, las luces y un ruido
estridente, guiaron mis pasos hasta un lugar donde no cabía un
alma, muchachas muy jóvenes, hombres en edad adulta, e
incluso niños y ancianos, todos conglomerados en un solo lugar.
La multitud vestía ropas del color de las postales, no podía creer
que había llegado hasta un lugar repleto de silvestristas.
Todos reían entregados a la felicidad, me oculté por si alguna de
las muchachas allí presentes podía verme, el ardor en la mirada
se había mitigado, pero aún los sentía latir acalorados. Absorto
ante aquel bullicio, observé a unas jóvenes que hablaban
consumidas por la dicha, sus conversaciones eran tan rápidas,
que incluso gritaban de emoción, entendí que eran las escritoras
de la última postal que leí en el castillo de las libélulas.
En un instante la claridad del lugar se llenó de penumbras, y las
personas, gritaron al unísono, un nombre tres veces.
¡SILVESTRE!
¡SILVESTRE!
¡SILVESTRE!
260
“…En un instante la claridad del lugar se llenó de penumbras, y las personas,
gritaron al unísono, un nombre tres veces. ¡SILVESTRE! ¡SILVESTRE!
¡SILVESTRE!”
261
El sonido explotó en mis oídos, y la luz me lastimó la vista, me
acurruqué asustado sin saber qué era lo que sucedía.
De pronto apareció ante todos, el joven de ojos dorados. Jamás
llegué a pensar, que un ser humano pudiera moverse de tal forma
y menos que una multitud entera pudiera moverse del mismo
modo.
Poco a poco me acostumbré a los sonidos, y pude apreciar la voz
del cantante. Las muchachas lloraban, gritaban y brillaban con luz
propia. En ese lugar solo existía la llamada “felicidad silvestrista”,
de la que tanto hablaban las escritoras de postales rojas.
La melodía se transformó en un hermoso canto, la armonía que
emanaba del acordeón, algo más pequeño a los instrumentos
holandeses que yo conocía, desprendía sonidos profundos.
-
“Te amaré, te cuidaré y estaré contigo hasta que Dios me
lo permita”. Dijo Silvestre, y agradecí sus palabras, pensé
en Julia y quise hacer esa promesa: “te amaré, te cuidaré y
estaré contigo hasta que Dios me lo permita”. Murmuré.
Sentía algo dentro de mi camisa y al recordarlo, busqué la postal
con la cual me había quedado. Vi resplandecer en el sobre la
libélula roja, al abrirla, había un gran escrito que me conmovió el
alma, la doblé y prometí hacerla llegar a las manos que sabrían
apreciar aquellas palabras, que no podían morir en una hoja de
papel. La multitud coreó todas y cada una de las canciones del
joven Silvestre, y una resonó en mi mente como el eco de una
revelación, “Ayúdame a escribir un nuevo libro, que ese libro
se llame Aquí murió un amor”. A diferencia de la melodía
anterior, esta canción me entristeció el alma porque pensé en mi
amada y perdida Violeta. Comprendí porqué los silvestristas
estaban tan arraigados a Silvestre, sus canciones estaban
íntimamente relacionadas a sus sentimientos y vivencias. Fue
maravilloso, verlos bailar, y gritar frases a su artista, era una
especie de entrega de postal roja directa.
Diario de Kennel Mathinson
262
EL ENCUENTRO
Decidí que debía continuar mi viaje, así que dejé a Silvestre con
la gente que tanto lo amaba y tomé nuevamente camino a no sé
qué lugar del mundo, a donde me llevaban mis propios pasos, ya
conocía el silvestrismo, ahora debía conocer mi destino en las
manos de Ana, una silvestrista.
Caminé durante días, sintiéndome solo y perdido en el mundo,
hasta que por cosas del destino, me encontré en una ciudad que
me resultó familiar, en ella vi al joven cantante, rodeado de
admiradores, firmando hojas en blanco y dando besos a cada
muchacha a su alrededor. Aguardé hasta que abandonaron el
lugar y lo seguí hasta una enorme casa en la cual entré sin mayor
dificultad, él conversaba alegremente con otro joven, y sin
263
prestar atención a su conversación, me acerqué y dejé en uno de
los bolsillos de su ropa, la postal de la libélula roja. Abandoné
inmediatamente el lugar y continué mi camino, sentía que había
cumplido mi promesa de hacer llegar la última postal roja y mi
diario personal, entregándome al destino.
Mis pasos me llevaron al lugar más maravilloso del universo, ante
mi estaba la inmensidad del Mar Caribe, sus aguas me habían
fascinado toda mi vida. El romper de las olas era mi sonido
favorito, volver a ver el mar aunque fuera por última vez,
ensanchó dentro de mí ser, una especie de felicidad.
El atardecer se vino encima y llegué hasta una casita solitaria de
madera, en ella, había una anciana y Ana la silvestrista, estaba
con ella. A su alrededor volaba inquieta la espléndida libélula
Roja.
-
¡Hola soy Ana! Dijo la muchacha amablemente ¿Vive solita
en esta playa? Preguntó.
-
Hace muchos años, me he sentado en este mismo lugar, a
esperar que él llegue. Dijo la viejecita con un hilillo de voz.
¿Te llamas Ana? Preguntó la anciana. Si mi bebé no
hubiera muerto se llamaría Ana. Contestó la mujer. Es el
nombre que le puse cuando nació. Pero Dios se la llevó y
ya no la llamé Ana.
Se me antojó triste la historia de la anciana, pero curiosamente
Ana no notaba mi presencia, los ojos me ardían produciéndome
un intenso dolor, pero permanecí allí de pie ante ellas.
-
¡Lo lamento mucho! Dijo Ana.
-
Mi bebé tuvo mucha fiebre, apenas si tenía 4 añitos cuando
murió. Vivo aquí desde hace mucho tiempo. Por las tardes
intento ver a mis seres queridos que ya han muerto, pero
nunca acuden a mi llamado. Algún día vendrán, y aquí
estaré esperando siempre. Ni policías ni monjas han
logrado que me vaya de mi casa.
264
Ana tomó sus manos y le brindó una hermosa sonrisa, como
tratando de explicar que la entendía perfectamente.
-
¡Ahora tienes una amiga que se llama Ana! Y tú ¿Cómo te
llamas? Preguntó la joven.
-
¡Julia! Dijo la Anciana y cerró sus ojos. La libélula
abandonó el hombro de Ana y se poso en mis manos.
¡Julia! Su nombre me llenó el alma, y de pronto como si se
tratara de un sueño, la viejita cambió sus cabellos blancos
por preciosos cabellos rojizos, ante mí, la mujer que tanto
amaba.
La libélula revoloteó y se posó en el hombro de julia, ambas
brillaban con luz propia, y mis ojos dejaron de arder.
-
Me has encontrado Kennel. Ella sonrió llenando mi vida de
plena felicidad.
-
La libélula me ha guiado. Contesté como si la vida y la
muerte tuvieran pleno sentido.
La niña de cabellos dorados con la que había comenzado a soñar
por las noches apareció de pronto. Los rayos del sol penetraron
en cada uno de sus cabellos, y sentí ganas de llorar.
-
¿Mamá? ¿Papá? Preguntó como despertando de un sueño.
Recordé a Julia con el vientre hinchado. Acudió a mi memoria la
vida que había perdido, mi Julia, mi pequeña Ana, las bananeras,
el calor de la Ciénaga, las libélulas de Julia, la cuna de la niña,
completamente dormida, el día que me despedí de su madre, el
mismo día en que morí en las bananeras.
¡Gracias Ana! Dijo Julia y un camino brillante se abrió paso.
- Vamos a casa, dijo la niña. Con la voz más hermosa que jamás
pude escuchar.
265
Tomé entre mis manos a mi hija y a mi esposa, y dejé las
postales rojas, el castillo de las libélulas y a Ana la Silvestrista, y
entregué mi alma a la felicidad que me aguardaba por toda la
eternidad.
Instantáneamente vino a mi mente una melodía, “ay
amor, amor, amor, amor, amor de mi alma”. Sonreí
entendiendo el silvestrismo y a mi amadas escritoras.
.
266
267
SILVESTRE
DANGOND
MARLYN BECERRA BERDUGO
268
“Yo el silvestrista fiel al Batallón, juro por mi
bandera roja, defender el silvestrismo de la
oposición, de los incrédulos e incluso de mis
padres. No existirá el descanso hasta tanto no
haya asistido a un lanzamiento. Honraré mi
bandera roja día a día, y a ella deberé mi
fidelidad. Prometo ante Ustedes ser el mejor fan
que pueda tener Silvestre Dangond, y no habrá
novio o novia que me aleje del Batallón”.
Juramento Silvestrista
269
“Prometo ante Ustedes ser el mejor fan que pueda tener Silvestre Dangond.”
270
SILVESTRE DANGOND
En una habitación a media luz, un muchacho de mirada cansada
tendía su cuerpo adolorido a la suavidad de la cama, las sábanas
blancas, le daban la sensación de alivio que necesitaba después
de cada concierto.
-
Hay noches en que la soledad me parece más pesada que
de costumbre. Murmuró el joven.
Se movió algunos milímetros, intentando conciliar el sueño, que
aún no decidía acudir, a pesar del cansancio infinito que sentía.
-
El insomnio regresa, siempre que necesito descansar.
Comentó incorporándose de inmediato. En la cama estaba
su chaqueta azul de viajes, un sobre asomaba en un
bolsillo.
-
¿Es una carta? Se preguntó, tomando la chaqueta en sus
manos.
El joven observó detenidamente el sobre blanco, con una
impresionante libélula roja dibujada a modo de sello, lo abrió
intentando no romper su contenido, y una hoja roja cayó sobre su
regazo.
-
Sí, es una carta. Susurró el muchacho. Se apoyó sobre las
blancas almohadas, acercándose a la única lámpara
encendida para poder leer su contenido.
A quien pueda interesar.Postal Silvestrista/ Carta roja. Presente.-
271
Entregar el corazón a un diario, a una carta o a una postal, esperando
que el viento la lleve a su destinatario, es como permitir que los
pensamientos nos golpeen por las noches, creyendo que imaginando
un beso tuyo, se hará realidad, si lo medito todas las noches de mi
vida.
¿Te sientes solo?
Espero que no, porque tu sonrisa me acompaña en medio de la
oscuridad, y tu voz guía mis tristezas, tan lejos como le es posible.
Noche a noche entrego mi deseo a un amuleto pequeñito, una especie
de muñeco de trapo con ojos de botón, que me obsequió una dulce
niña que me dijo que te amaba.
Comparto mis días al lado de cientos de silvestristas que envían sus
pensamientos a través de las redes que nos unen en estos tiempos
modernos, de la misma forma en que antiguamente las personas se
escribían cartas o postales, para enamorarse, para sentirse cerca o
simplemente para anunciar que estaban bien a sus seres queridos.
Bajo ningún concepto, deseo dejar de vivir en ese mundo real, y por
eso creo que mis cartas para ti, son la esencia misma de mi amor. Eres
el amor idealizado, sencillo e irreal que vive cada fan, pero ¿De qué
sirve decir te amo, si no te he escrito una postal?
Tal vez nunca las leas, tal vez nunca nadie pueda saber lo que siento
por ti. Te has convertido en la fuente de mis alegrías, y eso
prácticamente no tiene importancia, y es porque al poder compartir
con los silvestristas, ese amor que arrojo al viento, me es
correspondido en las alegrías y lágrimas de quienes al igual que yo, te
aman.
Es posible que algún día no muy lejano, escriba un diario, donde
pueda contar, el maravilloso ser que habita tras los ojos amarillos que
un día pude tener tan cerca.
Que mi alma siempre encuentre la forma de hacerte llegar mi
existencia, que la vida me permita encontrar la libélula roja que nos
272
señale el camino de la felicidad, como alguien alguna vez susurró a
mi oído.
“Ana sigue la libélula roja que tienes en el corazón”.
Simplemente tuya, Ana.-
El joven leyó pausadamente cada frase, sentía la necesidad de
que
la
carta
no
concluyera,
que
esas
palabras
de
una
desconocida, llenaran un poco más la noche.
-
Sí Ana, me siento solo. Murmuró a forma de respuesta a la
pregunta en la misiva. Dentro de la chaqueta y sin saber
cómo un pequeño cuaderno permanecía inmóvil. ¿Será de
Ana? Preguntó el joven. El sueño no llegaba a tiempo como
de costumbre y decidió leer un poco más, para su sorpresa,
el libro lo mencionaba.
A quien logre llegar
Este mensaje no tiene destinatario, ni dirección; incluso no estoy
seguro de que alguna vez pueda enviarlo. Me es urgente escribirlo,
porque la soledad y el encierro son dos amigos a las cuales les escondo
mis verdaderas intenciones.
No daré detalles del lugar donde me encuentro, no daré motivos para
que quieras venir a buscarme. Es urgente que te exprese en secreto lo
que nadie más puede entender. La historia jamás refrendará mi nombre,
pero te aseguro, que nunca seré olvidado.
Recuerdo que era el mes de abril, cuando recibí mi primera postal, una
mujer muy joven, con dos pequeños que alimentar, me decía en su
misiva, que hizo todo lo que estuvo a su alcance por un sueño, y que; sin
273
embargo, los escasos recursos y el trabajo de domestica la habían
confinado a solo poder ver en la pantalla de un televisor, su gran sueño.
¿Qué será un televisor? No puedo recordarlo.
Su historia me resultó interesante, por eso leí la carta adjunta a la
postal. La letra de la joven era casi al aire, por lo que entendí que, había
escrito apresuradamente las palabras. Lo curioso de la postal y la carta
en si, es que la tinta con la que fueron escritas, era roja. Regularmente
las personas me escriben en tinta azul o negra, pero jamás en rojo. No
entendía cuál era su inconveniente, y hasta me pareció absurdo, que
hubiera pedido dinero prestado en su trabajo por lo que llamaba “el
concierto de su vida”. No obstante, me dejó un sabor amargo en la boca,
cuando me confesó que no pudo asistir a donde anhelaba ir, porque su
hermano menor enfermó y el dinero se necesitó para el pequeño.
De cada tres frases, dos eran lamentaciones, por lo que comprendí, que
realmente estaba afectada por su sueño irrealizable.
La madre soltera, repetía constantemente un nombre, una persona
sobre la cual jamás había leído. Creo recordar que diecisiete veces
escribió “Silvestre”, apenas en dos pequeñas páginas. En mi encierro
agradecía tener noticias del mundo, aunque se tratara de un nombre
desconocido, los sentimientos de la muchacha me hicieron compañía
durante muchas horas.
Releí sus lamentaciones, y descubrí al final de su carta un acento de
esperanza. Firmó su postal con el nombre de María Contreras Vergara.
Sucre - Colombia.
Estando incomunicado, y solo queriendo recibir las postales que a bien
quisieran enviar, en ese entonces, quise analizar por qué María estaba
tan triste al no ir a un concierto. Los artistas ciertamente pueden
enardecer a una multitud, existen las más incontables historias de
fanáticos que han dejado su huella en la historia universal. Hay personas
que gastan fortunas como coleccionistas de un pintor, o un escritor, lo
cual me parece normal, yo hice lo imposible por conseguir una gema de
Lalique alguna vez, pero el hecho de que una mujer, que tiene la
responsabilidad día a día de luchar por un mundo mejor para sus hijos,
cómo puede entonces verse relacionada con un cantante. Creo que tal
vez la joven, encuentra en la música de esa persona, algo que no
encontró ni encuentra, en alguna otra parte, de lo contrario no tendría
274
sentido su nostalgia, porque en definitiva, al concierto no logró asistir,
pero insiste en que tarde o temprano podrá ver frente a frente a quien
llama “Silvestre”.
Por cosas de la vida, en este aislamiento total al cual he sido sometido,
desde ese día siguen llegando postales rojas, y es así, como iré uniendo
el rompecabezas que empezó con la simple carta de una muchacha en
una tierra remota y distante.
Silvestre leyó hasta el amanecer las páginas de aquel extraño
cuaderno o diario personal. Se sintió muy confundido.
Continuó leyendo, las páginas enigmáticas de tantas historias.
-
-
Pensé en Violeta y su tristeza aunque no entendiera que le pasaba.
Recordé a Teresa. Vi a Ana en mi mente lanzando besos al viento para
este hombre. Pensé en todas y cada una de las muchachas que vivían
de sus canciones, y sin querer, murmuré para mí ¿Las amas? ¿Amas a
tus fanáticas?
Sí las amo. Respondió como si me hubiera escuchado, lo cual me puso
alerta.
Sí las silvestristas supieran lo mucho que las amo, si pudiera contarles
la forma en que llenan mi vida, cada vez que veo el brillo en sus ojos, me
ponen nervioso. Entendí entonces que hablaba solo, no estaba
respondiendo a mi pregunta no porque me hubiera escuchado,
solamente pensaba en ellas.
Uno de estos días encontraré la canción que se los explique. Deseo
con el alma que nunca me olviden, que nunca piensen si quiera
dejarme. El tiempo no me alcanza para atenderlas a todas, pero la vida
me dará el instante necesario para que entiendan, que yo las amo.
Silvestre se llevó las manos a los ojos, pensar en sus silvestristas hizo
brotar del ámbar de sus pupilas, algunas lágrimas.
El joven recordó haber dicho exactamente cada palabra de las
escritas en el diario, lo arrojó al suelo, como espantando sus
temores.
275
-
¿Qué clase de broma es esta? No voy a seguir leyendo,
esto es una locura.
Intentó dormir, pero las palabras del libro zumbaban en su mente
y se quedó dormido, pensando en un nombre “Ana”.
Pasaron algunos meses después de aquella noche, Silvestre no se
atrevió a deshacerse del diario, pero tampoco quiso leerlo, ni
comentarle a nadie sobre su existencia, estaba dedicado al
lanzamiento de su próxima producción discográfica, ultimando
detalles. Sus días transcurrían como por arte de magia, absorto
en todo lo que deseaba para La Novena Batalla.
Una noche cuando todo estuvo en su punto y el joven pudo
respirar el olor dulce del Valle, sin que lo atormentaran con
detalles, recordó el libro.
-¿Es posible? ¿Será la misma Ana? ¿La de zapatos rojos? ¿La del
vestido rojo? Esa joven que vive metiéndose en problemas, que
tiene unos enormes y bonitos ojos negros ¿Será la misma? Las
preguntas se acumularon unas encima de otras dentro de su
cabeza. Recordó las mejillas sonrosadas de la joven fan y sintió
curiosidad.
- Es simplemente un libro, y así voy a leerlo. Cuando buscó entre
sus cosas, no logró encontrarlo. ¿Dónde lo pusiste? Piensa,
recuerda viejo Silve.
Asistió a varios compromisos con la disquera los siguientes días,
previo al magno concierto, pero no dejaba de pensar en la
historia del diario, quería descubrir si se trataba de la misma Ana,
la muchacha Venezolana.
La noche anterior al lanzamiento, los sueños hicieron lo que se les
vino en gana en la mente de Silvestre. Una joven gritaba su
nombre insistentemente, sus cabellos negros como la noche, se
movían como si estuviera dentro del mar, era la Ana que él
conocía, una admiradora de su trabajo como cantante, que poseía
276
un brillo especial en la mirada. Quiso tocarla y no pudo, trató de
acercarse a la joven y una especie de cristal lo impidió.
-
Ana soy yo, Silvestre ¿Puedes verme? Intentó decir, pero
su garganta no emitió sonido alguno.
Cuando despertó, intentó recordar el lugar en el que había
guardado el libro, pero su mente estaba llena de información, su
trabajo le consumía cada rincón del cuerpo y su alma permanecía
silenciosa.
El stress que vivió ese día fue agotador, la lluvia incesante no le
permitía salir a escena, se llenó de ansiedad, y se entregó al
destino. De vez en cuando observaba a la multitud, desde una
ventana de la cual, no podían verlo.
-
Es increíble, el mundo se viene encima y ellos permanecen
allí, esperándome. Pensó Silvestre.
-
Silvestre, ya está escampando, le dijo por fin uno de sus
grandes amigos, y la sonrisa en ese rostro tan familiar, lo
llenó de fuerzas.
Desbordó todo su ser al público, cantó lleno de alegría por
tenerlos. Para él no había un instante que lo llenará más en su
vida profesional, que escuchar a miles y miles de personas,
cantando sus canciones al unísono.
-
Mil rostros, mil historias. Pensó mirando el lleno total del
Parque de la Leyenda Vallenata. El joven que cantaba con
todo su ser, era feliz.
De pronto le pareció ver un rostro familiar entre la multitud, creyó
ver a Ana y le lanzó un beso. ¡Ana! murmuró. Pero no había
tiempo para ella y su historia, la función debía continuar.
Cuando el concierto estaba por terminar, la buscó nuevamente
con la mirada entre la multitud y ya no pudo verla. Al finalizar su
presentación y al recibir la ovación del público, dos lágrimas
rodaron por sus mejillas, no podía pedir nada más, que el cariño
277
de la gente. Al bajar de la tarima, lo esperaban familiares y
amigos. Todos lo felicitaban por su éxito, él estaba absorto en sus
pensamientos, pero agradecía el apoyo inigualable de cuantos lo
rodeaban.
- Debemos irnos Silvestre. Dijo uno de sus guardaespaldas. Así
que lo condujeron por un largo pasillo, entró en su camerino,
apenas tenía tiempo de cambiarse la ropa sudada y tomar agua,
ya descansaría en el avión, debía dirigirse inmediatamente al
aeropuerto. Tomó su bolso de viaje y salió al pasillo, cuando de
pronto alguien lo derribó de un fuerte golpe. Rodaron por el piso,
Silvestre vio encima de su cuerpo, un alma que le era conocida.
- Discúlpeme señor. Dijo la muchacha. Lo siento, perdóneme,
perdóneme. Sollozaba con los ojos fuertemente apretados.
-
¿Ana? Por Dios me has asustado. Dijo Silvestre, que no
salía de su asombro.
-
No, no, no, no por favor, suélteme, tengo que hablar con
él, suélteme, suélteme. Dijo llorando Ana.
-
Déjala en paz. Dijo Silvestre levantándose del suelo. Yo la
conozco. Yo me hago cargo. Todo está bien. Insistió a su
personal.
-
¿Por qué lloras bonita? Preguntó Silvestre.
-
Necesito… yo necesito, yo, yo.
No podía hablar, no dejaba de llorar.
-
Déjennos
alejaron.
solos
muchachos.
Dijo
y
sus
hombres
se
-
¿Qué pasa Ana? Prometiste ser más cuidadosa y esto no es
precisamente lo que tenía en mente. No llores por favor, no
me gusta verte llorar, así no se ven tus bonitos ojos
negros. ¿Qué puedo hacer por ti? Preguntó.
278
Sus ojos negros, como en el sueño. Pensó Silvestre. “¿Será
posible que seas la Ana del libro? ¿Eres tú mi Ana?” Silvestre
pensó en la carta de la libélula roja y sonrió, queriendo creer que
se trataba de la misma persona. Sin pensar en lo que hacia,
Silvestre se acercó lentamente. Ella tocó su pecho. “Esta
temblando”. Pensó él.
Y la besó.
Después de sentir sus labios se sonrieron mutuamente. Silvestre
vio a Ana por un momento nada más, el personal que lo
custodiaba lo sacó de allí al instante. De pronto, todo fue
confusión, los escoltas trataban de contener a cientos de
silvestristas que habían pasado por encima de la seguridad del
evento.
Trató de concentrarse en el viaje, pero no pudo, la fan a la que
había besado, insistía en permanecer en su mente.
-
Si te hago una canción, tal vez me dejes en paz. Dijo
sonriendo a la vez que se tocaba los labios.
-
¿Qué dices? Preguntó alguien dentro del vehiculo.
-
Nada, no me hagan caso.
-
Lo que faltaba Silvestre, esto está lleno. Los silvestritas
deben tener radares, ya sabían que veníamos al
aeropuerto.
Los encargados de proteger al artista echaron mano de los anillos
de seguridad propios para cada evento, de manera que Silvestre
no fuera molestado y pudiera abordar el avión. Los silvestritas
lograron verlo a través de unos ventanales que daban a la calle, y
él decidió acercarse para despedirse, antes de tomar su vuelo
privado.
Gritaban todos gritaban.
279
Unas manos blanquecinas se pegaron al enorme cristal, una
pared de vidrio, los separaba como en su sueño, él se acercó y
contempló esos enormes ojos negros. Todas las chicas gritaban
su nombre. Miró a Ana con tristeza, Silvestre sabía que no era un
sueño, que en la vida real, él era el artista asediado por el público
que lo amaba, por su “SILVESTRISMO DEL ALMA” y ella estaba
del otro lado del cristal, como la fan que era. Lentamente se llevó
los dedos a la boca, tocó sus labios recordando el beso.
Sonrió sin dejar de verla a los ojos, y ella hizo lo mismo.
-
¡Adiós cenicienta! Pensó él.
280
PICHICHO
-
Un hombre tiene que hacer, lo que se necesita que haga, ni
más ni menos. Dijo el muchacho apretando los puños, en el
mismo instante que cruzaba la frontera de Venezuela y Colombia.
De sus ojos enrojecidos brotaron las últimas lágrimas, al recordar
a la princesa de sus sueños.
Se encaminó decididamente por el puente fronterizo que conecta
a ambos países, un mar de rostros pasaron a su lado, nadie
notaba su corazón roto, no tenían tiempo para el dolor ajeno,
porque cargaban con sus propios dolores humanos. Ajustó su
gorra tricolor, secó sus lágrimas y con los puños, golpeó dos
veces seguidas su pecho entristecido, invocando los mejores
recuerdos de un silvestrismo que cuidaría de su corazón en los
tiempos difíciles.
No hay nada que el silvestrismo no pueda arreglar. Murmuró, cuando
abordó la buseta del Terminal, sin mirar atrás. Su decisión estaba
tomada, Colombia era el nuevo sueño americano.
-
Bueno Pichicho, aquí vamos. Se dijo así mismo. Apenas
contaba con 35.000 pesos para llegar a Bucaramanga, era
todo cuanto tenía, así que al pagar el pasaje, en su cartera
solo quedaban algunas monedas, su Cédula Venezolana y
los ojitos de una hermosa niña lo observaron desde una
fotografía.
-
Mi chiquita, papá regresará pronto. Dijo Pichicho, sintiendo
el vacío más grande que un hombre pueda albergar dentro
de un corazón. “Papá va a trabajar”. Pensó.
Una melodía lo inundó todo, incluso su corazón vacío, nadie podía
lograr semejante efecto, solo una persona.
-
Silvestre siempre aparece, cuando uno no sabe para dónde
agarrar. Dijo el Joven y se entregó a la acompasada
281
melodía que hacía sentir la necesidad de dar gracias por
todo cuanto se poseía en la vida.
A través del cristal, el muchacho pudo contemplar por primera
vez las montañas de una tierra con la que había soñado
despierto, se aventuraba no solo a buscar más ingresos para su
hogar, iba detrás de mil sueños, uno de ellos, era respirar el olor
del valle del Cacique Upar.
- Dicen que los árboles susurran canciones al amanecer en
Valledupar, ¿Será verdad? Se preguntó. Y una sonrisa tímida le
iluminó el rostro pálido.
282
PEREZ CARRANZA
Un joven delgado y de rostro encantador, llevaba una mochila a
cuestas, tal cual como la noche en que su vida cambió, la única
diferencia para él era que sus zapatos eran de colores y nuevos,
los roídos zapatos grises, eran cosa del pasado, no obstante él
seguía siendo el mismo.
-
Empacar y desempacar, estar a tiempo, tomar el vuelo,
tomar el bus, llegar a tiempo, apurarse ¿Será que no
existen otras palabras en la gente? Prefiero pensar en
imágenes, cada una invoca la luz necesaria para contar una
vida… mil vidas. El joven acostumbraba a hablar solo,
sintiendo la compañía necesaria en cada viaje, él y sus
pensamientos, con la cámara a mano, el resto venía por
añadidura.
-
¡Carranza apúrate! Que vamos tarde. Le dijo alguien en el
autobús.
¡Dios! Utilicen otras palabras. Pensó sonriente, preparado para
vivir. Como de costumbre un montón de chicas los esperaban, al
ingresar al hotel esa mañana, el alboroto reinaba a su alrededor,
todas querían fotos con sus compañeros de trabajos, algunas
cuantas le robaron besos de las mejillas.
-
Rostros… rostros… murmuró, sonriendo para las cámaras.
Una joven se acercó tímidamente y sin decir más, lo
abrazó, para luego desaparecer en la multitud. El olor de la
piel de la joven inundó sus pensamientos. Esa niña huele a
chocolate, estoy seguro. Dijo, buscándola entre la multitud.
Ella ya no estaba. ¿Es posible amar en un instante? Se
preguntó, sin encontrar la respuesta. Los gritos por
Silvestre, lo inundó todo, era momento de buscar refugio
dentro del hotel, una cama blanda de sabanas blancas
aguardaba para que pudiera editar las fotos de la noche
anterior.
283
ANA
Mis días transcurren sin sentido, albergo una espina en lo más
escondido de mi corazón, volver a verlo me resulta urgente y
tengo miedo de que Mathias no entienda que en esta oportunidad
soy yo la que necesita alejarse. Hoy he decidido abandonarlo, ya
no puedo con la rutina de una vida perfecta, donde finjo ser feliz
sin serlo. Pienso arriesgar todo por volver a verlo a él, solo un
instante más, son demasiadas las noches que han transcurrido
desde la noche en el aeropuerto.
-
¡Ana! ¿Por qué estas tan callada?
-
Mathias, no me pasa nada, estoy bien. Contesté queriendo
esconder mis pensamientos, como si pudiera leerlos.
-
Entiendo que nos guardemos secretos bonita, pero durante
días te siento ausente, es que hay algo que tal vez deseas
decirme.
-
Yo no guardo secretos mi sol. Dije apunto de echarme a
llorar. Cómo podía explicarle al hombre que amaba que me
sentía incompleta, sin saber a ciencia cierta qué me estaba
pasando.
-
Ana, las palabras sobran, cuando en tus ojos encuentro las
respuestas. Dijo Mathias con la mirada más triste que haya
podido ver en un ser humano. “Él lo sabe”. Pensé. “Sabe
que todo ha terminado entre los dos”.
Esa noche fingí dormir al lado de Mathias, mientras brotaban
de mis ojos espesas lágrimas, me sentía atrapada en una vida
normal de trabajo y pareja, cuando lo que realmente deseaba
era subir montañas y lanzarme a volar.
- “Necesito mi libertad, necesito verte Silvestre, lo necesito”.
Mis pensamientos me inundaron la mente. Cuando los
primeros rayos del sol me sorprendieron, el hombre que había
284
amado, yacía a mi lado sin sospechar que la decisión estaba
tomada.
“Me voy a buscar a Silvestre Dangond”. Murmuré,
levantándome suavemente de nuestra cama, tomé mi bolso
negro de viaje y lo llené más de recuerdos que de ropa. A las
seis de la mañana de ese amanecer al lado de Mathias, cerré
la puerta de lo que había sido nuestro hogar, dejando una
nota sobre la mesa.
“No sé hacerte feliz”. Ana.-
285
MATHIAS
Por las noches, Mathias escuchaba llorar a Ana. Había decidido
darle todo el espacio que fuera necesario, pero con el transcurrir
de los días, Ana se había vuelto una mujer terriblemente
depresiva, y era algo con lo que no sabía tratar. Mathias entendía
que Ana era una mujer marcada por el hombre con el cual iba a
casarse, y que ella estaba rota, cuando él la conoció.
-
¿Cómo puedo ayudarte bonita? Se preguntaba Mathias
cada vez que veía la tristeza en los ojos de Ana, algo que al
transcurrir del tiempo llegaba por las noches y desaparecía
en las mañanas.
Durante algunos meses, Mathias le obsequió libros, música,
películas y chocolates, solían salir a caminar bajo el sol o la lluvia,
habían sido felices, pero lo que ocurría con Ana al llevar una vida
tranquila, era sorprendente y preocupante.
En esa oportunidad, Ana lloró toda la noche, y Mathias tenía la
certeza de que ella lo abandonaría. Él fingió dormir, intentando
meditar sobre si debía decir algo, o simplemente dejarla marchar.
-
“Ana va a abandonarme, y no puedo hacer nada”. Pensó el
muchacho, acomodándose en la mullida cama, la oscuridad
había llegado al amor más hermoso jamás sentido. ¿Cómo
viviré sin mi Ana? ¿Cómo retener a alguien que no es feliz
a mi lado?
Mathias quiso abrazarla, estaba tan cerca de su delicado cuerpo,
pero el vacío que los separaba era irremediable.
Una lágrima confusa bajó por las mejillas de Mathias. “Dicen que
los hombres no lloran, pero cuando el amor de tu vida se acaba,
no hay más remedio que llorarlo. Aun recuerdo la primera vez
que la vi con su vestido rosa, estaba realmente hermosa, no tenía
idea que algún día su cuerpo estaría entre mis brazos, no me
286
esperaba que después de estarlo, huiría de nuestro amor, cómo
va hacerlo”.
Mathias intentó descansar, pero durante toda la noche los
silenciados sollozos de Ana lo desvelaron, cuando la luz del sol
entró por la ventana de la habitación, sintió cómo Ana, salía sin
hacer el menor ruido.
Quiso ir tras ella, quiso arrodillarse y pedirle que no lo
abandonara, pensó en decirle cuanto la amaba, pero una fuerza
mayor que él, lo detuvo.
-
Si no eres feliz mi Ana, debes irte, es lo mejor para todos.
Murmuró viendo el lado de la cama sin ella.
Una hora más tarde cuando Ana sacó su auto del garaje de la
casa, Mathias fue hacia la habitación donde Ana tenía sus libros y
ropa.
-
Su bolso de viaje no está, no puedo creer lo poco que se
llevó, casi toda su ropa está en el closet. Dijo a la
habitación como si ésta pudiera oírlo. Sus pasos se hicieron
pesados. Cuando vio una nota sobre la mesa, quiso salir
corriendo de la casa, pero decidido aceptar su destino,
tomó la nota de la mesa y la leyó muy despacio.
“No sé hacerte feliz”. Ana.-
-
Me ha abandonado. Dijo el muchacho, y una lágrima corrió
por su mejilla derecha. “El amor se acaba… el amor muere,
el amor se va”. Pensó.
287
SILVESTRE DANGOND
Esa noche durmió incomodo, el hotel era igual que todos, nada
había cambiado en su vida rutinaria, tenía una agenda tan
apretada que el tiempo destinado para compartir con sus
familiares y amigos era insuficiente, pero él había decidido ser un
viajero, un errante solitario que llevaba melodías de pueblo en
pueblo, de ciudad en ciudad. Observó el techo de la habitación, y
contempló largamente la tenue luz de una lujosa lámpara de
techo.
-
Esa lámpara, debe valer una fortuna. Murmuró Silvestre.
En nada se parece a los bombillos de hoteles baratos en los
que dormí cuando mis sueños eran tan distantes.
Tanteó la mesita de noche, y tomó entre sus manos el móvil
blanco que lo comunicaba con una caterva de vidas. Sus
pensamientos se deslizaban de un lado para otro dentro de su
ser, leía con detenimiento, cada frase, observaba con especial
cariño las fotos que le enviaban sus admiradores, sus
silvestristas.
De pronto en el mar de gentes del ciberespacio, un joven lleno de
odio comentaba cosas tan fuera de tono, que no pudo seguir
leyendo nada más.
-
No es que me importe lo que pienses. Murmuró. Pero
siempre me queman las mentiras. “No puedes ganar
tantos corazones sin perder pedazos del tuyo”. Pensó.
Recordó los rostros de silvestristas muy especiales, los ojos de
Katherin, la sonrisa de Melisa, la voz de niños cantando sus
canciones, los silvestristas bajo el torrencial aguacero en el
parque de la Leyenda Vallenata el día anterior, y su corazón se
llenó de amor, y las palabras del joven amargado, se diluyeron
como por arte de magia.
288
Se levantó y encendió la luz del baño, contempló en el espejo un
rostro cansado, sus ojos amarillos oscurecidos por la noche, una
minúscula barba comenzaba a brotar.
-
¿Cuándo pasó todo? Preguntó a la imagen en el espejo.
¿En qué momento cumplí tantos sueños? ¿Qué tiempo me
ha costado que me quieran? ¿Desde cuándo me escuchan
con tanto cariño? La imagen le devolvió una sonrisa. Se
lavó las manos y la cara, tomando una toalla blanquecina
para secarse.
-
¡Necesito aire! Dijo, abriendo de par en par un ventanal
que había en la lujosa habitación. Un gélido aire entró en
su ser, y los músculos se tensaron, una sensación que le
espantaba el sueño. Y entonces lo recordó.
Buscó un bolso que siempre llevaba para viajes, en el cual había
guardado un libro, una especie de diario extraño. En un bolsillo
muy bien escondido encontró el “diario de un silvestrista”, como
solía llamar al librito misterioso. Eligió una página al azar y leyó
atentamente.
Los días transcurren sin que pueda darme cuenta, igual nace el sol más allá
de los barrotes de mi ventana, como los rayos lunares, sin que pueda
detenerlos, sin que pueda disfrutarlos.
Despierto, vivo un instante y vuelvo a dormir, es como si el tiempo no existiera
y solo importara leer cada carta, cada postal. Anoche mi centinela arrojó bajo
la puerta, una única carta.
Me acerqué con cautela presintiendo que no era nada bueno, recibir una
única postal. Curiosamente el sobre delataba tres letras, un único nombre
“ANA”, y un único símbolo
, una especie de insecto refrendado en tinta
roja. Me recosté en el lecho, sin atreverme a abrirlo, nunca en mi existencia
había recibido algo parecido y me dio mal agüero.
289
- La carta. Murmuró. La carta que menciona el diario es la que leí
el día que encontré el libro en mi chaqueta, la carta de Ana, esa
fan que tal vez sea mi querida Ana, la niña del beso.
Recordar aquel beso, lo hizo sonreír. Ana lo había derrumbado
huyendo de los escoltas de seguridad y se le había abalanzado,
aún cuando tenía toda la ropa y el cabello mojados por la lluvia,
sus hermosos ojos negros y su boca rosada, no hicieron más que
tentarlo a besarla, a darle el beso más dulce que le haya podido
dar a una fan.
- Ella estaba temblando ¿Seria de frío? Se preguntó. ¿Será la
misma Ana? ¿Cómo encontrarla? Necesito respuestas sobre este
libro, ¿Qué silvestrista ha escrito este diario? Porque tiene que ser
un silvestrista que me ha espiado, para poder saber hasta lo que
he dicho en una habitación.
Ese pensamiento lo llevó a observar el cuarto del hotel en el que
estaba, todo en orden, todo igual, completamente solo. No hay
peligro.
Buscó una hoja más en el diario.
“Deseo un beso… un beso de Silvestre”. Nuevamente Ana atormentaba mis
días, con sus cartas tan simples, siempre que recibía una carta de la libélula
roja, la mente se me llenaba de dudas.
No entendía por qué me enviaban cartas o postales tan intimas, y siempre
relacionadas con un hombre al cual no conocía, pero por el cual, mis
escritoras morían de amor.
- Tengo que encontrar a Ana. Dijo. Y como el que emprende una
misión secreta, empacó sus cosas, se bañó y vistió
inmediatamente. Eran las seis de la mañana, cuando alguien tocó
a su puerta. Silvestre estaba listo para continuar su camino. Pero
las cosas habían cambiado, él buscaría a su fan.
290
ANA
Manejar
nunca ha sido mi fuerte, por eso preferí dejar el
automóvil en casa de mi madre, y sin dar tantas explicaciones,
referí que me iría de viaje unos días. Abordé el primer avión
disponible, mi destino final, era incierto. Permanecí algunos días
en Caracas, y como en una especie de trance, apagué el teléfono
celular, desaparecí para Mathias, para mí familia y amigos,
necesitaba estar en paz conmigo misma, y plantearme qué haría.
-
A estas alturas Mathias debe estar decepcionado de mí, he
sido cobarde, simplemente me fui sin explicar por qué. Era
imposible decirle que estaba aburrida de hacer las mismas
cosas ¿Cómo decir las verdades a la cara sin lastimarlo? Me
sentía ahogada, es tan previsible, es tan tranquilo, tan
alegre, es un hombre perfecto, y su perfección me
enferma, yo soy una masa de conflictos. ¡Por Dios soy
mujer! ¿Es tan difícil que puedan entenderlo?
Intenté recostarme en la esponjosa cama del hotel, y dejar que
las ansias se calmaran, pero el rostro de Mathias me perseguía
por todos los rincones de mi pensamiento.
- ¡Te amo! Dije. Necesitando sentir que todo era real, pero la
imagen en mi mente no fue la de mi pareja, fue la del joven de
ojos amarillos, sus recuerdos acudían a mí en los momentos de
mayor tristeza. No debo buscarlo, a él tampoco, no por ahora, no
estoy preparada para verlo, me quebraría si lo veo, necesito
aplacar mi alma, ordenar mis sentimientos y razonar, no quiero
una vida monótona, esta bien, lo entiendo, pero no puedo vivir
una vida llena de excitación y algarabía, debe haber un equilibrio,
un punto perfecto donde yo aprenda a ser feliz, y no pueda
lastimar a nadie. “No hay nada que el silvestrismo no pueda
curar” esto es algo que jamás debo olvidar. Pensé.
291
MATHIAS
Durante algunos días Mathias esperó su regreso, pero ella se
había marchado sin decir nada más que una sentencia en una
nota sobre la mesa, intentó no llamarla, pero cuando la tristeza le
oprimió el corazón, fue en vano, el teléfono estaba apagado o
fuera de cobertura. Para evitar ver las cosas de Ana por toda la
casa, dedicó su único día libre para encerrar en la habitación de
ella, todo cuanto se la recordara.
-
¿Y tus recuerdos donde los encierro Ana? Preguntó a la
casa sin ella.
Durante esa semana trabajó incansable en el Bar, entregado a la
elaboración de bebidas para los clientes, la única diferencia fue
que se negó a servir “Silvestristas” una bebida roja que pedían
con regularidad por su sabor dulce y picante. Mathias sentía que
los recuerdos se lo tragaban vivo, cuando alguien pronunciaba
esa palabra.
-
Mi alma dormita en los recuerdo, porque tú ya no estas. Se
dijo, entre tanto, servia una piña colada. “Hasta aquí
Mathias”. Pensó. “Me voy al único lugar en el mundo donde
puedo estar en paz. Me voy a Nabusimake”.
El sábado por la mañana, Mathias cerraba la puerta del lugar
donde había amado a una mujer, con un bolso por equipaje, el
joven de ojos entristecidos, pasó doble llave al dolor de la
ausencia y el abandono, y se fue, su destino era una pequeña
ciudad perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta, donde los
Arhuacos dicen que nace el sol.
292
PICHICHO
El muchacho observó los rostros de las personas que pasaban
por la plaza, él desde la banca donde tuvo que pasar la noche, los
sentía distantes y fríos. Revisó en sus bolsillos, y contó las
monedas.
-
Tres mil pesos. Dijo suspirando. ¿Qué puedo hacer con tres
mil pesos? Tengo tanta hambre que me comería 20
empanadas de carne con arroz y diez jugos de mora, pero
no me alcanza ni para una empanada ni un jugo.
Mientras observaba sus monedas, un anciano se sentó a su lado
con un carrito con termos café.
-
¿Café? Dijo el hombre.
-
¿Cuánto cuesta? Preguntó Pichicho.
-
Setecientos pesos muchacho.
-
Déme uno. Ordenó, y como quien se desprende de un
tesoro le entregó siete monedas de a cien pesos.
-
¿Corto de dinero? Preguntó el anciano.
-
Muy corto mi señor.
-
Qué no daría yo por tu juventud, debes ser muy joven,
¿Qué edad tienes?
-
Veintidós años señor.
El hombre guardó silencio, recordando sus maravillosos veintidós
años, su vigor y lo feliz que era siendo tan ingenuo y con una vida
por delante.
-
A mí muchacho, no me deben quedar veintidós años de
vida, qué afortunado eres, así solo te queden dos mil
293
trescientos pesos en tus manos. Te voy a dar un consejo
niño, esa moneda de mil pesos tan bonita y dorada, no la
gastes nunca, consérvala, pase lo que pase, no la pierdas,
desde hoy cuenta con solo mil trescientos pesos, y
mantenla siempre contigo, es tu moneda de la suerte,
hazme caso.
-
Gracias señor. Dijo Pichicho sonriendo. Usted tiene razón,
tengo todo lo que necesito para ser feliz. Diciendo esto
recordó los brillantes ojos de su princesa.
-
Toma otro café, este va por cuenta de la casa, yo también
tuve hambre muchacho, y para el hambre se necesita
mucho café.
Pichicho estuvo a punto de echarse a llorar, pero se mantuvo
firme, al amanecer creía haber cometido una locura en irse a otro
país sin dinero y sin familia, pero las profundas arrugas de aquel
anciano, le hicieron sentir la certeza de que la vida tenía que ser
amarga para poder ganarse una a una las arrugas de una vida
plena. El anciano se marchó, y fue cuando Pichicho leyó el
nombre del carrito metálico del anciano “UN PASO A LA VEZ”.
-
Sentado no voy a encontrar trabajo, ni comida. Dijo más
animado. Apuró su café, guardó el vasito desechable en su
bolso de viaje, y se dio dos fuertes golpes en el pecho con
los puños para invocar a su Silvestrismo del alma.
294
NINI
Nini
estaba enamorada del muchacho más adorable del
universo, apenas si lo veía en dos o tres clases, pero le era
suficiente verlo a distancia, para llenar su corazón de amor.
-
Algún día voy a besarlo. Murmuraba cuando sus ojos se
encontraban por casualidad, y sus mejillas se llenaban del
rubor de la juventud.
Sus estudios estaban encaminados y la vida le auguraba una
carrera brillante, poseía un temple de acero, y nada ni nadie
podía perturbar su existencia. Lo único que podía alborotarle el
alma era Silvestre Dangond.
Por las tardes solía escuchar sus canciones a todo volumen
encerrada en su habitación, los trabajos universitarios fluían con
ímpetu al escuchar cada canción de “Silve”, como ella le llama por
cariño. Al terminar con sus responsabilidades, salía a caminar por
Bayunca, un pueblito de la costa colombiana, que por las tardes
suele ser un hermoso lugar para vivir, en comparación al horno
que suele ser al medio día, asfixiante y torturador. Nini con sus
impresionantes ojos pardos, consumía cada imagen, cada color,
todo le era increíblemente hermoso, esto era lógico, estaba
enamora.
-
Que raro. Murmuró. Cada día son más fuertes mis dolores
de cabeza, siempre llegan a las seis de la tarde, para
desaparecer por las noches, pero esto ya es insoportable.
Algunas semanas antes, Nini había comenzado a padecer de
jaquecas, pero estas no lograban hacer que su estado emocional
mermara, el amor de su vida estaba a unos cuantos pupitres dos
o tres veces a la semana, y eso ningún dolor de cabeza se lo
arrebataría.
295
Una mañana en el cafetín de la Universidad, el joven con el que
soñaba despierta, se acercó a pedir un tinto en el mismo instante
que ella tomaba uno, estaba tan cerca, que Nini no pudo evitar
respirar profundo, para poder oler el aroma de la piel del hombre
que amaba.
-
¡Hola! Dijo él mientras esperaba su tinto. Y una sonrisa
brillante le golpeó de pronto a Nini. La luz de esa mañana
hizo que sintiera dolor en los ojos.
-
¿Te sientes bien? Preguntó él al ver la cara de dolor de
Nini.
-
Sí Guillermo, solo me duelen los ojos. Contestó temblando.
-
¿Sabes mi nombre? Preguntó.
-
Sí, me sé tu nombre. Contestó ella en un susurro.
-
Yo no me sé el tuyo princesa.
Y en toda su vida, no había escuchado una palabra más dulce, ni
más perfecta que “Princesa”. Nini sonrió para Guillermo, y él se
alejó con su tinto, y se llevó el corazón de ella.
“Estoy enamorada, lo amo, lo amo con todo mí ser”. Pensó. Y un
enorme dolor de cabeza se posó en su nuca, después de haber
estado tan cerca del amor de su vida, su cerebro le cobraba con
creces ese instante.
A la mañana siguiente el maravilloso acercamiento a su Príncipe,
la vida de Nini cambió para siempre.
296
EMMA
Santa Marta es si se quiere una fuente silvestrista, allí puedes
encontrar tantos seguidores de Silvestre Dangond como olas en el
mar, cada día los jóvenes se ven atraídos por la revolución
musical del ídolo. Puedes caminar por la Bahía y encontrar
jóvenes con zapatos rojos, otros con tatuajes sobre el artista, e
incluso cortes de cabello similares al de Silvestre, es una ciudad
silvestrista por excelencia.
Un samario, como se les dice a su gentilicio, es un ser humano
amable y respetuoso, que al juntarse con silvestristas puede
formar una parranda incluso dentro de una buseta.
Tan es así, que Emma, una adolescente de 14 años, comparte su
vida al lado de un Batallón Silvestrista, catorce solamente y
podría dirigir una infantería completa si lo deseara.
297
-
Muchachos aquí están las instrucciones. Dijo la Joven a los
cuarenta miembros del Club de Fans. Debemos tener la
bandera roja más grande del Continente para el próximo
lanzamiento de Silvestre en Valledupar.
-
Pero Emma. Dijo un militante. Falta un año para otro
lanzamiento.
-
Sí Miguel, pero soldado prevenido no muere en guerra, y la
táctica a emplear hay que marcarla desde ahora.
-
Pero este año no pudimos pasar por ser todos menores de
edad, y adivina qué, el próximo lanzamiento seguiremos
siendo menores de edad.
-
Y lo volveremos a intentar Miguel. Dijo Emma muy
decidida. Y todos los presentes murmuraron palabras de
ánimo. Y lo seguiremos intentando, y cada año la bandera
será más grande, no pienso rendirme ni por un instante.
¿Quién conmigo? ¿Quién contra mí?
Emma siempre los motivaba con aquellas palabras, y todos como
una masa roja, la abrazaban como símbolo de sellar el pacto
silvestrista.
-
Todos unidos, y que nadie crea que nos rendiremos, el que
desee rendirse que lo haga, los demás ganaremos la
batalla así sea a punta de derrotas.
-
Esta niña me preocupa. Dijo Andrés. El día que tenga novio
y al pobre se le ocurra engañarla, lo pasará por las armas y
morirá de desamor. Todos rieron de la opinión del
muchacho, incluso Emma brindó su mejor sonrisa.
Durante dos largas horas discutieron desde el logo en sus
camisas, hasta los metros de tela de la próxima bandera, estaban
decididos a no permitir que su juventud se opusiera a los
designios de su corazón, estaban dispuestos a no merendar por
298
ahorrar dinero, a vender rifas para conseguir recursos, incluso
estaban dispuestos a perder clases con tal de ser un club tan
sólido como los llamados “De la Vieja Guardia”.
Repitan conmigo nuestro juramento, el cual como todas las
reuniones prestamos antes de regresar a nuestras vidas fuera del
Batallón:
“Yo, el silvestrista fiel al batallón, juro por mi bandera
roja, defender el silvestrismo de la oposición, de los
incrédulos e incluso de mis padres. No existirá el
descanso hasta tanto no haya asistido a un
lanzamiento. Honraré mi bandera roja día a día, y a ella
deberé mi fidelidad. Prometo ante Ustedes ser el mejor
fan que pueda tener Silvestre Dangond, y no habrá
novio o novia que me aleje del Batallón”.
Esta especie de juramento solemne, lo recita cada silvestrista con
la mano en el lado izquierdo del pecho, y los ojos de los más
jóvenes, brillan como estrellas recién nacidas en el firmamento.
-
¿Quién conmigo? ¿Quién contra mí? Preguntó Emma; y
todos los presentes abrazaron a sus compañeros de
batallón.
299
ANA
Ana caminaba entre arenas blanquecinas que le quemaban los
pies, la sensación cálida era reconfortante, a su alrededor no
había más que arenas. Sentía la necesidad de ver el mar. Caminó
durante horas y no encontró ni un pequeño arroyuelo.
-
Por Dios, dónde está el agua, esto es arena de playa, no un
desierto. Dijo Ana en un tono de voz muy fuerte. Siguió
caminando agotada por no encontrar el mar que tanto
ansiaba. Cuando a lo lejos divisó la figura de un hombre,
corrió hacia él.
Cuál sería su sorpresa, un Joven alto de cabello negro y ojos
amarillos la abrazó. Ella se entregó a su abrazo y sintió que toda
pena y dolor desaparecía.
-
¿Qué buscas Ana? Preguntó Silvestre.
-
A ti. Mintió ella.
-
¿Y entonces por qué estás aquí en medio de la nada?
-
No lo sé.
-
No me mientas Ana, tú buscas el mar, no a mí. Dijo el
muchacho.
-
Perdóname Silvestre, es que no se donde está el mar. Y tú
sabes que te amo, tú y el mar son uno solo.
-
No Ana, tú eres mi mar, pero así no te quiero, estas
perdida, ausente, ésta no eres tú.
-
Regresa Ana… regresa. Dijo él acariciando su mejilla,
respirando tan cerca de ella, que Ana no se atrevió a
respirar. Silvestre besó su mejilla derecha, luego la
300
izquierda, buscó sus labios y los encontró. Ella sintió que el
besó le quemaba las entrañas, el alma y los pensamientos.
Cuando despertó, Ana se sintió mareada, el sueño había sido tan
real que sentía el calor del beso en todo su cuerpo.
-
Estoy sudando la fiebre. Se dijo arropándose. Ana había
pasado toda la noche delirando y luchando con altas
temperaturas. Signo evidente de que su mente y ella
estaban en franca batalla. Si salgo de ésta, juro que me iré
al mar y no saldré de allí hasta entender porqué insisto en
no ser feliz. Dijo quedándose nuevamente dormida.
En la habitación de aquel hotel, alguien en absoluto silencio la
observaba en la penumbra.
301
WALTER QUINTERO
Entre
la ciudad bonita de Colombia (Bucaramanga) y Cúcuta,
existe una enorme formación montañosa, con curvas tan
pronunciadas que si tienes la ocurrencia de desayunar antes de
emprender el viaje de seis horas, ten por seguro que a la décima
curva, las nauseas serán inevitables, y tendrás suerte si no te
vomitas. Por ello antes de cruzar el Picacho, bajo ningún concepto
deberás comer, o el precio será alto. Existen personas osadas que
cruzan el páramo en moto, con la voluntad de un soldado que va
a la guerra y pretende regresar a casa sano y salvo.
Esa noche dos jóvenes vestidos completamente de rojo hasta en
los cascos de protección, se adentraban en las entrañas de la
montaña, con dirección al pueblo más hermoso que pueda existir.
Silvestre Dangond daría un concierto en la fría Pamplona, y estos
muchachos pretendían a toda costa, asistir al concierto.
-
Siento que la moto no anda bien. Dijo Víctor a su
acompañante, quien se aferraba a su cintura, congelado
por las temperaturas que bajaban en la medida que
ascendían la montaña entre curva y curva.
-
¿Qué? Gritó Walter.
-
¡QUE ESTA VAINA SE DAÑÓ! Y diciendo esto decidió
detenerse al borde del camino. Los autobuses pasaban a
toda velocidad con sus pitidos enormes previniendo su
paso, y solo contaban con las luces que, de cuando en
cuando los iluminaban.
-
La moto no frena Walter. Dijo Víctor.
Un camión de proporciones espeluznantes hizo gemir las llantas al
tomar una curva que se acercaba a un enorme precipicio, como
en la mayoría del camino.
-
Compadre tengo frío, sigamos hasta el peaje y allí vemos.
302
Una espesa neblina comenzó a llenarlo todo, y la moto se les hizo
cada vez más pesada al empujarla colina arriba, el aire gélido les
congelaba los pulmones y la respiración se convirtió en un acto
dolorosamente necesario.
“Lo que falta es que se nos aparezca un muerto”. Pensó Walter.
“Juro por mi madre que si se aparece alguien, voy a gritar”.
-
No se ve nada Walter. Y diciendo esto un grito de terror se
oyó en toda la montaña.
-
¿Qué pasa Walter? ¿Walter?
-
Ayúdame, ayúdame Víctor. Gritó aterrado el silvestrista.
Varios automóviles pasaron dando un poco de luz. Walter estaba
aferrado a unas plantas al borde de un precipicio.
-
¡Por Dios! Dijo Víctor soltando la moto, y corrió a sacar a
Walter de semejante atolladero.
-
¡REGRESEMOS! Gritó Víctor al ayudar a Walter.
-
Me da miedo compadre, yo no me muevo de aquí hasta
que amanezca.
-
¡Carajo te has vuelto loco! Al amanecer
muertos. Levántate que nos regresamos.
-
Yo no me muevo. Dijo temblando Walter, de frío y de
miedo.
estaremos
La niebla se hizo tan espesa como el algodón y prefirieron
sentarse a la orilla del camino y pensar.
-
Bueno me tocó abrazarlo compadre. Dijo Walter temblando
de frío.
-
Déjate de pendejadas Walter Quintero. ¿Dónde está el
silvestrista de esta tarde? “Vamos a silvestriar cueste lo
303
que cueste”, dijiste, tú nos metiste en este apuro, así que
te aguantas.
Un camión que pasó lentamente rumbo al Picacho se detuvo.
Dejando encendido el motor ronroneante.
-
¿Qué hubo muchachos? ¿Están varados? Preguntó un
hombre gigante dentro del camión, con las luces internas
encendidas.
-
¡Sí! Respondió de inmediato Víctor, mientras Walter lo
abrazaba muerto de Frío.
-
Suban la moto atrás, yo los llevo. Dijo el hombre.
Corriendo subieron la moto al camión, y se metieron en la cabina
lo más rápido que pudieron, al cerrar la puerta el frió disminuyó y
Walter sintió ganas de llorar. El hombre comenzó a darles un
discurso sobre lo peligroso de la montaña durante la noche, tanto
peligros de vida como de muerte, ya que puede suceder de todo,
por esos caminos de Dios, “incluso algún alma en pena te puede
hacer pasar un mal rato”. Concluyó.
Víctor observó su reloj. Eran las diez de la noche y el concierto
sería de un momento a otro, su corazón se oprimió, estaban
retrazados.
-
Muchachos ¿Para
alegremente.
dónde
van?
Preguntó
el
chofer
-
Al concierto de Silvestre Dangond, que es esta noche en
Pamplona hermano. Contestó Walter.
-
Eso lo explica todo. Dijo el hombre brindando una radiante
sonrisa. Y colocó en su destartalado reproductor un CD a
todo volumen. Yo soy silvestrista. Eso bajaremos el Picacho
de una, aún hay tiempo. El sonido de la voz de Silvestre
cantando “Mi propia Historia” embargó de calor el corazón
de los aventureros.
304
-
¿Y qué tiene la moto?
-
No tiene frenos. Dijo Víctor mucho más tranquilo y
sonriente.
A las doce y media de la noche, el camionero los dejaba en plena
puerta del concierto, deseándoles que la pasaran bien por él, ya
que debía estar al amanecer en la frontera con Venezuela. Al
entrar al recinto donde ya había empezado el concierto, un joven
lleno de vida y alegría los recibía al son de un acordeón, Silvestre
Dangond con cada una de sus canciones, les hizo olvidar el mal
rato en las alturas del Picacho.
Bailaron, y gritaron a más no poder, sobre todo Walter Quintero.
Al terminar el concierto. Walter se llenó de valor e hizo la
pregunta más importante de la noche.
-
¿Compadre Víctor, y la moto?
Los ojos de Víctor se abrieron como platos, al recordar que al
bajarse del camión corrieron al concierto, y el buen chofer se la
había llevado.
305
MATHIAS
Las montañas tenían un encanto especial para Mathias. “Mi alma
está en tierras muy altas” Solía decir siempre que algo
atormentaba su vida. Y aunque la montaña que añoraba, no era,
en la que se encontraba, Pamplona era un pueblito que deseaba
visitar hace tiempo. Le fue necesario pasar algunos días
caminando por las calles de piedra. Una joven de mejillas rojizas
pasó tomada de la mano de su novio, y esta imagen de amor en
las montañas le golpeó el alma, recordó la hermosa sonrisa de
Ana, y sus enormes ojos negros. “Daría mi vida por ella”
murmuró sintiendo el peso de su amor. Ana formaba parte de su
alma, aunque ella no pudiera entenderlo.
El amor según Mathias es un engranaje perfecto, donde todo
funciona como las agujas de un reloj, por eso cuando el relojito
de Ana se detuvo, él la dejó partir, porque algo ya no funcionaba
bien. Decidido a pensar en otra cosa que no fuera Ana, observó a
la gente de la plaza esa mañana y dos muchachos vestidos de
rojo llamaron su atención. “Silvestristas” pensó, y la cara de
angustia de ambos, lo motivaron a acercase.
-
¿Qué fue muchachos, y esas caras? Preguntó Mathias.
-
Nada compadre, que nos robaron la moto en el concierto
de Silvestre. Contestó Walter.
-
¿Sí? Que mal, si hay algo en que pueda ayudarlos, yo soy
Mathias.
-
Mi nombre es Walter Quintero, y este es mi hermano,
compadre y amigo Víctor Pinzón.
-
Sabía que había concierto anoche, pero digamos que no
ando de humor para silvestriar. Confesó Mathias.
-
Estuvo buenísimo. Lastima lo de la moto. Dijo Walter.
Ahora no tenemos ni cómo irnos.
306
-
No se preocupen muchachos yo les presto. ¿A dónde van?
-
Gracias Mathias, vamos a Bucaramanga.
totalmente deprimido por su moto.
Dijo
Víctor
Los ojos de Mathias brillaron, Bucaramanga era una ciudad
preciosa llena de parques, y ya que estaba de vacaciones
obligatorias, podía permitirse un desvío más.
-
Quisiera pasar unos días en Bucaramanga. Murmuró
Mathias.
-
Pues compadre, mi casa es su casa, y puede quedarse todo
lo que quiera. Dijo Walter.
-
Decidido, vamos por mi equipaje y nos vamos a la Ciudad
Bonita.
Cuando entraron en la habitación del hotelcito de Pamplona, los
muchachos se bañaron con agua caliente y desayunaron caldo de
huevo con arepa, ya renovados por la ayuda de Mathias, los tres
silvestristas, abordaron un bus directo a Bucaramanga, y
mientras Víctor y Walter dormían durante el trayecto, Mathias
contempló cada rincón de la impresionante montaña. Cuando
pasaron por una planicie, Mathias se quedó asombrado de ver a
los niños jugando con un riachuelo de agua helada, todos los
habitantes tenían puestos ponchos para el frío, y botas negras
hasta las rodillas, arando, o cosechando, las mejillas
idénticamente coloradas, se le antojaron un sueño. “Nada como
las montañas para entender lo sencillo que es vivir”. Pensó.
Luego de tres horas en absoluto silencio se dijo:
-
Si tengo que desenamorarme de ti Ana, voy a hacerlo, la
vida es muy corta para no vivirla.
Vio por primera vez, el valle en el cual mágicamente se encuentra
Bucaramanga.
307
PICHICHO
Lavar platos no era el plan inicial de los sueños de Pichicho, pero
le aseguraba comida y algo de dinero. Con su gorra tricolor puso
todo el empeño para hacer su labor lo mejor posible, llegaba muy
temprano, y se iba de último. El joven estaba decidido a hacer lo
que fuera por salir adelante, ganando diez mil pesos diarios,
debía pagar el cuchitril que había conseguido para dormir, en el
cual apenas si podía dormir, porque lavar ropa no era una opción,
así que consiguió a una anciana en el vecindario que lavara su
ropa, lo poco que ganaba no alcanzaba para todos los gastos, y
menos para enviar dinero a su princesa, pero tenía fe, de un
nuevo amanecer.
Ese día por redes sociales en una tienda de minutos e Internet, se
enteró que Silvestre se presentaría esa noche en una fiesta
privada en Bucaramanga. Su corazón se agitó tan violentamente
que se sintió mareado, era una gran oportunidad de ver a su
cantante favorito. Ese era su día libre, y estaba dispuesto a asistir
así lo echaran de la fiesta. “Si no lo intentas no sabes si ocurrirá”
Dijo. Y como un rayó salió corriendo al único lugar donde sentía
que alguien podía ayudarlo, la anciana que lavaba su ropa.
-
Doña Paula. Dijo al verla. La anciana estaba enhebrando
una aguja con mucha dificultad asomada a la luz de la
ventana que daba a la calle.
-
Rodolfo hijo mío, esos ojos tuyos brillan hoy como nunca
¿Qué te pasa?
-
Me urge saber si tendrá un pantalón, una camisa y un saco
que me preste, necesito ir a una fiesta y no puedo ir con mi
ropa, Usted sabe que no tengo nada que no sea camisas de
algodón y pantalones de jeans.
308
-
Bueno muchacho pareces de la contextura de mi marido,
que Dios lo tenga en su santa gloria, pasa a ver qué
conseguimos.
La alegría causaba estragos en el alma de Pichicho, era un
manojo de nervios, la simple idea de poder entrar a la fiesta, le
causaba toda la ansiedad que pueda soportar un ser humano. La
señora Paula sacó de un armario gigantesco más de veinte trajes
en perfectas condiciones, uno mejor que el otro, pero Pichicho se
decidió por el traje negro de tres botones, una camisa blanca y
una corbata roja. Al mirarse al espejo, un hombre joven, elegante
y altivo le devolvía una radiante sonrisa.
-
Si hubiera tenido un hijo, sería como tú. Dijo la anciana,
entre tanto, le tomada el ruedo al pantalón.
-
Y si yo tengo abuela, esa es Usted Doña Pau. No sabe
cuanto le agradezco este favor.
Esa noche el joven que salía del cuartito de alquiler, podía
hacerse pasar por un joven adinerado, estaba impecablemente
vestido para la ocasión, con el adicional de una sonrisa radiante.
309
WALTER QUINTERO
El calvo de Walter Quintero no dejaba de verse en el espejo de su
habitación.
-
Bueno galanes, no será fácil pero creo que no es imposible.
Dijo Walter, intentando hacerse un nudo en la corbata sin
mucho éxito.
-
Me parece una locura. Dijo Víctor. Deberás acostumbrarte
Mathias, a este muchacho no se le ocurre nada bueno, esta
misma noche estaremos presos, acuérdense de mí.
-
Ven te ayudo Walter. Dijo un Mathias de traje gris, y de
cabello rubio perfectamente peinado. No vayas a romper
esa corbata, y tengan cuidado que estos trajes alquilados
hay que devolverlos.
-
La vida de un silvestrista tiene que ser emocionante
compadre Víctor. No sea aguafiestas que el Mathias anda
muy animado.
-
No lo niego, tengo ganas de silvestriar un rato muchachos.
Los tres jóvenes brillantes y con peinados muy a la moda, con
suficiente gelatina para el cabello, habían planeado hacerse pasar
por músicos de la banda de Silvestre Dangond para poder
ingresar a la lujosísima fiesta de esa noche. Mathias mucho más
animado y con la esperanza de divertirse por un rato, había
aceptado las locuras de los muchachos.
A las nueve de la noche un enorme ascensor abría sus puertas
para llevar a los silvestristas a las mismísimas puertas del evento
privado.
-
Buenas noches, su invitación por favor. Dijo un hombre
vestido de negro, como un cuervo con corbata.
-
Somos de la agrupación muchacho. Dijo Walter.
310
-
Disculpen no los reconocí, pasen adelante por favor.
Los tres silvestristas, mantuvieron una compostura acorde a tres
músicos que ingresan a un evento, con la particularidad que los
forros de los supuestos instrumentos no eran más que sacos
vacíos. Víctor estaba sudando y Mathias no paraba de sonreír.
-
Si ven que no fue difícil; y ya por Dios Víctor, quita la cara
de enfermo, o nos van a echar. Dijo Walter.
La fiesta era un espectáculo digno de ver, el dinero gastado, era
absurdo, la gente iba elegantemente vestida, y el derroche de
bebidas alcohólicas y la mesa de bocadillos, era para mil
personas, y no para las trescientas que asistirían esa noche.
Un grupo de chichas no paraban de susurrarse al oído y sonreían
como tontas a Mathias. Estaban fascinadas con el joven de
cabello rubio.
-
Mi compadre Mathias corona esta noche. Dijo alegremente
Walter, cuando el mesero les ofreció tres copas de
champaña. Salud, por la vida que nos merecemos. Brindó
el silvestrista.
-
¡Salud! Dijo Mathias alegremente. Observó las niñas que le
sonreían, pero ninguna de ellas era Ana. “Qué tonto soy al
pensar que ella pudiera estar aquí”.
-
Walter qué haremos cuando llegue la agrupación. ¿Dónde
nos meteremos para que los guardaespaldas de la fiesta no
nos saquen? Preguntó Víctor.
-
Hombre de poca fe, eso es sencillo, nos tocó escuchar el
concierto en la parte de atrás de la tarima, lo más
tranquilos posibles.
-
¿Qué? Preguntó Mathias.
311
-
Bueno Mathias, tú crees que vamos a disfrutar como
cualquiera, no hermano eso es peligroso, si entra el
vigilante que nos recibió y nos ve bailando, estamos fritos.
-
Fritos están Ustedes, así que nos vemos más tarde. Y
diciendo esto los abandonó. Mathias se acercó seductor y
muy confiado a la más linda de las chicas que le sonreían y
se mezcló entre los invitados.
-
¡Carajo! La suerte de ser bonito. Vamos compadre nos sale
parados como unos pendejos detrás de la tarima. Dijo
Víctor, animado por la cara de su compadre Walter. Y cierra
la boca, que tú eres calvo, y hoy no coronas ni a un bagre.
312
PICHICHO
El ascensor subió y bajo tres veces antes de que los nervios
dejaran a Pichicho intentar colarse en la fiesta privada, para
llenarse de valor fingió estar hablando muy seriamente por
teléfono, estaba tan elegantemente vestido que nadie lo detuvo,
los vigilantes de la entrada lo confundieron con un hombre
importante de negocios, y no se atrevieron a molestarlo
preguntando tonterías.
-
“Cálmate Pichicho o vas a morir de un infarto”. Se repetía
una y otra vez. Sí como le dije, quiero su renuncia en mi
oficina a primera hora, no me importa cómo le vas a hacer
González o renuncia él o te boto yo, tú decides. Decía al
celular cuando la voz de la operadora le daba opciones de
paquetes promociónales. Al ingresar y ver la tarima en la
que se presentaría Silvestre, Pichicho estuvo a punto de
gritar. “Lo logré” “lo logre” murmura emocionado.
-
Buenas noches cómo esta Usted, le preguntó a joven que
se encontraba muy cerca de la tarima. Una niña le
coqueteaba tontamente.
-
Bien, gracias y Usted. Contestó el Joven.
-
¡Algo aburrido! Dijo Pichicho.
-
Eso se soluciona, dijo el muchacho llamando a un mesero.
Tráigame una botella de Whisky 18 años por favor, sin
soda y mucho hielo.
-
¡Caramba! Usted si sabe. Dijo Pichicho.
-
Mi nombre es Mathias, siéntase en su casa por favor. Le
presento a Samanta, ella es amiga de la cumpleañera.
-
Encantado señorita, Rodolfo a sus órdenes.
313
-
¡Hola! Dijo fríamente la muchacha que no hacía más que
tocarle el cabello a Mathias.
-
¿Es Usted Silvestrista Rodolfo?
-
Sí Mathias, puede decirse que si, y ¿Usted?
-
Yo sí me declaro felizmente silvestrista.
-
No sabía que fueras silvestrista Mathias. Dijo Samanta, que
lastima algún defecto tenías que tener.
Mathias respiró profundamente, debía controlarse y fingir ser un
invitado más que asistía al cumpleaños, no al concierto de
Silvestre. Pichicho estaba a punto de ahorcar a Samanta por
semejante comentario.
-
Eres muy joven Samanta no entenderías de Vallenato,
sabes acaso mi princesa, dónde está Valledupar. Preguntó
Mathias serenamente.
-
No, ni necesito saberlo. Luego regreso querido, voy con mis
amigas.
-
¡Esa arpía! Dijo Pichicho. Disculpe compadre, no quise decir
eso.
-
Pues deberías, que mujer tan fría. Y de bonita ya no tiene
nada. El mesero ha regresado, salud Rodolfo, por la vida
que nos merecemos.
Durante dos horas Pichicho y Mathias se tomaron la botella y al
momento de salir Silvestre a escena, uno estaba más borracho
que el otro. Mientras bailaban entre los invitados y la algarabía
contagió a todos los presentes. Casi agazapados y escondidos se
encontraban Walter y Víctor, que aunque felices, envidiaban a
Mathias y al muchacho que estaba con él, estaban tomando de lo
lindo. Incluso Silvestre les dio la mano, se tomaron fotos con él y
le brindaron un trago de Whisky.
314
Cuando terminó el concierto y la fiesta continuó, Walter y Víctor
se acercaron a Mathias, quien completamente borracho le decía al
otro muchacho, que las mujeres eran una desgracia para el
hombre.
-
Mathias nos vamos. Dijo Walter lo más serio posible.
-
Yo no me voy, yo estoy esperando a Ana.
-
¿Quién es Ana? Preguntó Víctor.
-
El amor de su vida. Contestó Pichicho. Encantando
muchachos Rodolfo, alias Pichicho y soy Silvestrista.
-
Otro coleado compadre, salgamos ya de aquí. Dijo Víctor al
oído de Walter.
-
Mathias no nos haga esto, ya debemos irnos.
-
¡No me voy Carajo! ANA, ANA ANA. Gritó Mathias.
Samanta se acercó con un vigilante. Son ellos, creo que no son
invitados a esta fiesta. Señaló con su dedo delgado de bruja.
-
Señores les agradezco que me acompañen afuera. Dijo el
hombre de negro.
-
¡NO ME DA LA GANA! ¡BRUJA, ERES UNA BRUJA ANA! Le
espetó Mathias a Samanta.
-
¡Estás borracho! Sentenció la chica.
-
Nadie le dice borracho a mi compadre en mi cara. Pichicho
alzó tanto la voz, que varios vigilantes tuvieron que
intervenir, y se llevaron a los cuatro por la fuerza. Walter y
Víctor defendían a Pichicho y a Mathias, y se enfrentaron a
los guardias, hasta que eran ocho contra cuatro y tuvieron
que rendirse.
315
A las cuatro de la mañana, en una celda fría de la comisaría de
Bucaramanga, nacía la amistad más grande mundo, la vida de
Walter, Pichicho, Víctor y Mathias, jamás volvería a ser igual,
compartieron ir presos por alterar el orden público, pero también
compartieron una locura silvestrista que los uniría por el resto de
sus vidas.
Walter como de costumbre hizo la pregunta de la noche.
-
Compadre Víctor ¿Quién carajo será Ana?
316
SILVESTRE DANGOND
Después del concierto de esa noche, Silvestre en la habitación
del hotel, comenzó su búsqueda secreta. Leyó cuanto mensaje le
enviaban las chicas que se llamaban Ana, y observó durante
varias horas, fotos y más fotos. “Busco una aguja en un pajar”. El
muchacho pensó que sería más sencillo encontrarla, pero ninguna
de las silvestristas, coincidía con Ana.
-
No tengo otro remedio que leer algo más del Diario a ver si
me da pistas sobre Ana.
En sueños vi dormir a Ana, a su alrededor revoloteaba la libélula
roja, me alejé de la casa donde la tenían en la montaña, y repetí
su nombre como tratando de no olvidarlo.
¡ANA! Y creí escucharme pronunciando su nombre.
De pronto Ana, caminaba hacía mi como hechizada, estaba
vestida con una bonita tela blanca, brillaba realmente hermosa
entre la oscuridad, y su libélula la acompañaba a mi encuentro.
Toqué su rostro, increíblemente me recordaba a alguien, pero no
estaba seguro a quién, allí en plena oscuridad, sería imposible
conversar, por eso la tomé de la mano y subimos la montaña, ella
no hablaba solo se dejaba llevar. Necesitaba regresar a mi
habitación, enseñarle las cartas que llegaban, tal vez ella podía
decirme quién era yo.
Ana se detuvo como despertando de un sueño y comenzó a gritar
¡SUELTAME! ¡SUELTAME! Dijo ella.
¡Te necesito Ana! Dije desesperado, los ojos me ardían y me sentía
infinitamente solo. Arranqué a correr sin soltar su mano, quería
llevarla a mi habitación con las postales rojas, pasamos entre
múltiples matorrales que lastimaron su piel. Me encontraba fuera
de mi mismo y no podía parar, tenía que irse conmigo.
317
De pronto ella empezó a tararear una canción que me detuvo, era
hermosa, era sencillamente hermosa, entendí que era sin duda,
una melodía de “Silvestre”, y solté su mano.
Silvestre intentó entender de qué se trataba todo esto, cómo una
persona podía saber sobre él, y sobre Ana de aquella forma. Qué
significaba la libélula roja, porqué Ana se asustó al verlo, y por
qué necesitaba a Ana. Las preguntas se conglomeraron dentro de
su mente y su corazón, no tenía idea de cómo buscar a Ana,
hacía ya mucho que no la veía en conciertos.
-
¿Será que dejó de quererme? Se preguntó atormentado.
¿Dejaste de ser silvestrista Ana? ¿Dónde puedo encontrarte
bonita? y con estas preguntas se quedó profundamente
dormido.
En sus sueños se veía cantándole al pueblo, veía sus sonrisas, y
la alegría que emanaba de la multitud. Pero desde que leía el
Diario de un Silvestrista, sus sueños habían cambiado, podía ver
cosas que no comprendía, como si el mundo hubiera cambiado.
Esa noche vio en sueños una especie de grillo en el agua que se
aferraba a un árbol, y de pronto el animal comenzó a cambiar de
verde a un rojo intenso. Observó cómo el grillo se transformaba
en una radiante libélula, quien en su metamorfosis salió de su
traje como mudando la piel y dejó una cáscara vacía. Al desplegar
las brillantes alas, revoloteó hasta posarse serena y cristalina en
el hombro de una mujer. Unos enormes ojos negros le
devolvieron la mirada.
Trató de decir su nombre, pero de su boca no salió sonido alguno,
ella se acercó lentamente y colocó la libélula en sus manos. Y
como por arte de magia, la libélula desapareció, y Ana también.
Por la mañana se despertó tremendamente agotado, pero no
había tiempo para descansar, otra ciudad aguardaba por él.
318
ANA
El avión aterrizó en Santa Marta a las 4 de la tarde, su corazón
estaba ansioso por pisar de nuevo la tierra maravillosa de Gabo,
aunque en esta oportunidad no avisó a sus amigos en Ciénaga, ni
a los de ningún pueblito de su visita, Katherine, Andrea, Yuli,
Rossana y los muchachos, no podrían recriminarle que deseara un
poquito de soledad.
-
¿A dónde señorita? Preguntó el taxista.
-
A la Ballena Azul en Taganga por favor. Dijo Ana.
Había encontrado en un folleto sobre un pueblito a orillas del mar,
donde ofrecían la estadía más tranquila del mundo. Cuando se
aproximaron en unas curvas y pudo ver el mar, el corazón de Ana
se sintió agradecido de contemplar la inmensidad de aquel lugar.
Al llegar a una especie de redoma, a tres pasos de donde la dejó
el taxi, se encontraba un sencillo hotel con una ballena azul
dibujada, y enfrente de él, el mar tan azul como el mar de los
griegos. En instantes confirmaron su reservación y recibieron su
equipaje, lo primero que hizo al tener estadía fue quitarse los
zapatos y fue a sentarse en la playa. Estaba atardeciendo, y el sol
teñía el horizonte de un color dorado, que le recordó los cabellos
de Mathias, intentó bloquear el pensamiento y se concentró en el
sonido de las olas, en el olor a sal de aquel lugar, permaneciendo
sentada en el mismo lugar hasta que al caer la noche se levantó y
caminó por la orilla del mar, permitiendo que las olas le lamieran
los pies. Era el lugar perfecto para pensar y entender el motivo de
sus tristezas.
319
PEREZ CARRANZA
Juraría que esa muchacha huele a chocolate. Pensó Jorge. No
pude ver el color de sus ojos, solo sé que estoy enamorado de
ella. ¿Será posible?
Con una enorme taza de café humeando en la mesa del hotel, el
muchacho realizaba sus labores de fotógrafo como de costumbre,
pero esta vez era diferente, todo había cambiado, a medida que
trabajaba, sonreía al pensar en la muchacha que vio entre la
multitud del día anterior al llegar al hotel de aquella ciudad.
-
Tenía la esperanza de verla en el concierto de anoche, pero
entre tanta gente fue imposible encontrarla, como cada
noche, mil rostros eufóricos, felices.
Pasaba cada foto, con el alma ausente, en dos oportunidades
llegó a suspirar tan profundamente que a su mente vino un
personaje, que él conocía muy bien.
-
Hoy entiendo a Romeo, él idealizó a Julieta y eso fue la
causa de su destino. Ese William si que sabía del amor.
En la pantalla del computador, apareció una foto de la multitud, y
entre el público la encontró.
-
Es ella, la muchacha que huele a chocolate ¡Por Dios es
ella! Dijo con los ojos como plato. Su corazón se aceleró
maravillado de tener una foto suya. Era una joven de piel
pálida y cabello claro, de enormes ojos. Estoy loco por ella.
Pensó.
-
Que hermosa eres mi Julieta. Dijo sintiendo su presencia
en la habitación. Voy a encontrarte tarde o temprano y
nada ni nadie me alejará de ti, no sé tu nombre, así que
serás Julieta por el resto de mi existencia.
Intentó trabajar, pero le fue imposible, su pensamiento estaba
con la mujer de sus sueños.
320
-
Me quedaré dos días en Barranquilla, dos días para
encontrarte amada mía.
Y diciendo esto como una sentencia definitiva, tomó su cámara,
ajustó las trenzas de sus zapatos de color naranja, tomó algo de
dinero y se lanzó a la calle en busca de su amor perdido.
- Todo cuanto tengo lo he luchado palmo a palmo, no espero
menos de nuestro amor. Dijo sonriente al sol cálido de la costa.
321
JAVI
Un muchacho delgado y de cabello negro caminaba de un lado
al otro en el Metropolitano, parecía angustiado. Cada cinco
segundos observaba el reloj de pulsera, y murmuraba palabras
que soltaba sin pensar.
-
¿Por qué siempre soy el que los espera? Dijo enfadado ¿Es
que soy el único que cumple horarios en esta vaina?
-
Viejo Javi, qué más, cómo esta todo. ¿Dónde están los
demás? Preguntó una muchacha de ondulada y larga
cabellera.
-
¡Daniela por Dios! Por fin alguien llega, tengo más de
quince minutos esperando al Batallón.
-
Javi cálmate son solo 15 minutos de retraso, esperemos
que el Batallón llega, tarde o temprano, pero llega.
Javier respiró profundo, para no contestar de mala manera,
observó el reloj, miró de un lado a otro y el Batallón no aparecía.
El Batallón 115 del silvestrismo, es un grupo gigantesco que
funciona en Barranquilla, se encuentra conformado por jóvenes y
no tan jóvenes que fieles a Silvestre Dangond, se reúnen cada
quince días en las instalaciones del CAI del estadio Metropolitano
de Barranquilla, tienen la particularidad de ser el único grupo
silvestrista con un grito de guerra, forman un círculo cerrado
juntan sus manos y gritan su consigna.
-
Soldado DJ, presente para la sesión de hoy, reunión
número 300.
-
¡No me jodas! Llegas tarde. Dijo mal humorado Javier.
-
Soldados MB, AD, TU y JC presentes para la sesión de hoy,
reunión número 300. Dijo una pequeña joven, que brindó
322
una gigante sonrisa a los presentes. Poco a poco fueron
llegando los soldados del Batallón Silvestrista de
Barranquilla, cada uno fue dando las iniciales de su nombre
y reportándose ante el equipo rojo. Javier un poco más
calmado, fue recibiendo uno a uno, con algo parecido a un
intento de sonrisa.
-
Bueno soldados el motivo de la reunión de hoy... Empezó
Daniela en un tono alegre pero institucional.
-
Hoy no tenemos tema pautado. Dijo sonriente Javier.
-
Se equivoca soldado, debemos verificar los acontecimientos
del día de ayer, guarde silencio, ya tendrá derecho de
palabra.
Todos al unísono soltaron la carcajada por la situación y Javier se
sentó huraño en un banco del parque.
-
¿Fotos? Preguntó Daniela.
-
Muchas fotos, pero sin Silvestre. Dijo una de las chicas que
parecía tener las respuestas a mano.
-
¿Entrega de regalos y cartas?
-
CUMPLIDO. Dijeron al unísono.
-
¿Bajas en el Batallón?
-
Ninguna. Respondió la joven del informe.
-
¿Propuesta en pie?
-
Insistir en obtener fotos con Silvestre. Concluyó la joven
Silvestrista.
Y como si se tratará de una obra de teatro todos se reunieron en
un circulo perfecto “BATALLON 115, BATALLON 115,
BARRANQUILLA, BARRANQUILLA PRESENTE” Gritaron felices
323
de fijar su meta, obtener una foto con Silvestre Dangond, con el
acostumbrado grito de guerra.
- Bueno solicito la palabra señores. Dijo Javier.
- Que alguien me diga por qué el Javi está tan molesto. Dijo DJ.
- Primero, llegan veintidós minutos tardes de la hora pautada.
Dijo agarrándose el dedo índice de la mano derecha. Y segundo,
ayer me dejaron botado en el concierto. Dijo apunto de
arrancarse el dedo pulgar.
La risa común entre el Batallón 115, fue estridente, todos en
avanzada abrazaron a Javi, por lo que le habían hecho. Durante
toda la reunión rieron entre cada historia de la noche anterior, su
objetivo de una foto con Silvestre no se había alcanzado, pero
como el Javi siempre les decía “Un silvestrista jamás se
rinde”.
De pronto llegó a la reunión el soldado BB quien no había avisado
que llegaría tarde al Batallón.
-
¿Qué horas son estas soldado? Usted no llega tarde, Usted
ya está para asistir a la reunión 301, sancionado hasta
entonces. Dijo Daniela con el seño fruncido.
-
Con la novedad mi teniente, de una misión urgente me ha
sido encomendada por el mismísimo Jorge Pérez Carranza.
Dijo casi sin aire en los pulmones.
El Batallón 115 de Barranquilla quedó atónito ante la confesión
del soldado BB.
-
Reporte inmediatamente la novedad soldado. ¿Qué ha
dicho el lente del silvestrismo?
Y en lugar de hablar, les enseñó la foto de una joven en el
concierto de la noche anterior.
324
- Me encontré por casualidad con Pérez Carranza cuando venía a
la reunión, dice estar buscando a esta silvestrista, que el caso es
de vida o muerte, más no me explicó por qué, solicita la ayuda
del Batallón, y yo quedé en avisarle la decisión.
Todos estaban sorprendidos de aquella petición, se trataba de
alguien a quien admiraban en demasía, el fotógrafo de Silvestre
solicitaba ayuda.
-
Batallón 115, silvestrista de Barranquilla, un hermano de
trinchera necesita de nuestro apoyo ¿Cuál es su respuesta?
Preguntó Daniela.
“BATALLON
115,
BATALLON
BARRANQUILLA PRESENTE.”
115,
BARRANQUILLA,
El grito de guerra del silvestrismo había señalado la nueva meta,
contaban con dos días para encontrar a Julieta.
A Javier le brillaron los ojos al contemplar a la chica de la foto.
325
NINI
-
¿Mamá? ¿Mamá? Llamó Nini desde su pequeña habitación.
-
Dime hija ¿Qué pasa?
-
No puedo ver. Susurró la Joven.
-
¿Qué te pasa Nini? No entiendo. Dijo la madre.
-
No puedo ver mamá. Dijo a punto de llorar.
Al despertar ese día, Nini entre las sábanas se sentía tan dichosa
de haber estado tan cerca del amor de su vida, pero al abrir los
ojos, la oscuridad fue total, se incorporó sentándose en la cama,
se tocó el rostro, confundida, el dolor de cabeza no dejaba de
martillar su vida. Comprendió que estaba ciega.
Durante días fue hospitalizada, los médicos no lograban explicarle
qué provocaba, su ceguera repentina. Fue objeto de mil
exámenes. Nini no perdió el control de sus emociones ni por un
instante. “Si la tristeza se apodera de mi, estoy perdida”
murmuraba cuando no escuchaba voces a su alrededor.
-
Nini esta noche deberás quedarte sola. Dijo la madre de la
muchacha.
-
Esta bien mamá. Contestó Nini.
-
¿Necesitas algo?
-
Sí mamá, en mi mesita de noche está mi reproductor rojo,
tráemelo, y todos los CDS de Silvestre que están allí.
-
Mañana sin falta traeré todo, descansa y no dejes de rezar.
Dijo.
La mamá de Nini se despidió de ella dándole un beso en la frente,
el silencio fue tan agradable, que Nini se entregó a su mente poco
a poco, hasta quedarse completamente dormida. En sus sueños
326
podía ver un poco de luz al final del camino, al llegar a la luz
blanca y penetrante, Nini se colocó una mano a forma de visera
para lograr ver que revelaba aquella luz. Se sintió feliz al ver que
era el mar, las olas danzaban al compás de un mundo perfecto, el
sonido era alentador, casi podía sentir el sabor de la sal en sus
labios. Cerca de la orilla estaba un hombre que dejaba que el mar
le tocara los pies.
-
¿Puedo sentarme? Preguntó ella.
-
Puedes. Contestó él.
Nini contuvo la respiración, cuando vio el rostro del joven, un
sonriente Silvestre iluminó todo cuanto los rodeaba. Ella sin creer
lo que veía le tocó el rostro, y él amablemente la dejó que lo
tocara.
-
¿Eres tú? ¿Silvestre?
-
Soy yo, y tú puedes verme.
-
Pero yo estoy ciega. Dijo la muchacha.
-
Lo sé Nini, pero volver a ver depende de ti, busca en tu
mente, allí están tus respuestas.
Nini no pronunció ni una silaba más, simplemente posó su cabeza
en el hombro de él, y se quedó allí escuchando las olas del mar.
El sol brillaba con tal intensidad, que se le antojó el más hermoso
que haya visto jamás.
Nini se despertó en medio de la oscuridad y susurró “Antes de
ver, te veré” y el sueño la arropó llevándola a un lugar donde
todo es posible, “su mente”.
327
LA MONTAÑA DEL SOL
Al
despertar en la cama vacía sin Mathias, la tristeza era lo
primero que se asomaba en mi mente, así que por las mañanas
me acostumbré a murmurar su nombre. Él era mi primer
pensamiento y el último al acostarme, no dudaba del amor que
sentía por él, pero cuando estaba a su lado y la rutina llegó a
nuestra puerta, dejé de soñar, dejé de ir a conciertos, dejé de ser
la mujer que había logrado ser, y solo tenía ojos para el hombre
que amaba. Estaba adormecida en un círculo vicioso, porque
volvía a ser la Ana de Rafael, y aunque sé que no existe punto de
comparación entre ambos, necesitaba estar sola, mirar al
horizonte y comprender qué causaba tanto desequilibrio en mí.
Cómo era posible que la vida cotidiana me perturbara, o era
acaso que necesitaba del duende y sus misterios.
Creía haber ayudado a Kennel a reunirse con su amada Julia y su
hijita, y que su alma descansaría en paz, entonces si ello era así,
por qué no podía tener paz en mi alma.
-
¿Qué me está pasando? ¿Qué ocurre conmigo? Dije a las
olas del atardecer, mientras caminaba con mis zapatos
rojos en la mano. “Los zapatos de Silvestre”.
De pronto encontré un camino y decidí seguirlo, a medida que
avanzaba por el camino angosto y rocoso, entendí que subía una
de las montañas de Taganga, un hombre de ojos azules pasó a mi
lado, saludando alegremente. Continué subiendo y sentí miedo,
era una montaña desértica con algunos árboles consumidos por el
fuego. De pronto se alzó ante mi un montículo gigantesco que
decidí subir para poder mirar el mar. Eran aproximadamente las
5:30 de la tarde, cuando alcancé la cima, un sol dorado me
recibía en la inmensidad de la distancia, pude contemplar ese
punto en el cual convergen el mar y el cielo, esa línea azulada
donde habitan los sueños de todo ser humano, un horizonte en el
cual se perdió mi pensamiento. Me senté en una roca de frente al
atardecer, se me antojó triste y alegre al mismo tiempo, pensé en
328
Mathias y su sonrisa radiante, sentí en mis labios el calor de sus
besos, en mi piel, cada una de sus caricias. El sol en su despedida
me hizo recordar el día que Mathias besó mi cicatriz.
Cuando era niña, mi padre llevó a casa un enorme paquete de
salchichas, estaba tan contenta de comer salchichas, que cuando
me encomendaron traer el refresco a la tienda de enfrente, corrí a
toda prisa, y con la botella de vidrio fui a hacer mi mandado, al
regresar a la casa, recuerdo haber brincado en un pié, luego en
otro; y de pronto, caí enredada en mis propios pies, no recuerdo
haber sentido nada que no fuera tristeza, sabía que había
estrellado la botella de vidrio, había arruinado el desayuno. Mi
padre al verme me tomó en brazos. Yo lloraba amargamente por
haber quebrado la botella. Recuerdo algunos deditos sangrantes.
Por la noche cuando regresé del hospital, papá le contaba a
mamá que estuve a punto de sacarme el corazón, que los
enormes vidrios de la botella habían arrancado un profundo tajo
de carne, y que para toda mi vida tendría una enorme cicatriz. Lo
escuché entre dormida y despierta.
La noche en que me entregué a Mathias, cuando él vio la cicatriz
cercana a mi corazón, para mi sorpresa, le dio un dulce beso,
aquel gesto de su parte, me revelaba que él me aceptaba tal y
como yo era, con todos y cada uno de mis defectos, virtudes,
aciertos y desaciertos. Esa noche fui tan feliz como puede serlo,
un ser humano que encuentra en el mundo a su alma gemela.
Me toqué el pecho, allí estaba mi cicatriz, recordándome a mi
padre, recordándome a Mathias, dos de los tres seres más
importantes de mi universo, a los dos los había perdido de forma
diferente, pero ya no estaban de forma definitiva.
-
No me gusta recordar a papá. Murmuré.
El alma me pesaba como si le hubieran atado piedras, y yo ante
el mar, solo queriendo arrojarme, nunca he logrado superar la
muerte de papá.
329
Observé mis manos doradas por la luz del atardecer. Cuál sería
mi fatal sorpresa, cientos de heridas en mis brazos se
enrojecieron, no estaba sola. Algo o alguien, estaba a mi lado,
aunque no pudiera verlo, los rasguños en mis brazos y piernas
habían regresado, algo sobrenatural estaba cerca. Sabía
perfectamente que debía abandonar la montaña, no podía ayudar
a nadie en ese instante, así que rápidamente bajé por la
montaña, tomé el camino hacía la playa, huí de ese ser que
estaba a mi lado, llámese duende o alma pena, corrí tan deprisa
que tropecé y fui a parar sin poder evitarlo, al final del acantilado.
“Me maté” pensé en el mismísimo instante en que piedras palos y
tierra me laceraban la carne. Golpe tras golpe rodé tan
bruscamente, que en un instante llegué al fondo. Cuando todo
terminó, no pude moverme, era posible que muriera ese mismo
atardecer. Había huido de todo lo que me hacía feliz, y ahora
encontraba mi destino, morir a la falda de “La Montaña del Sol”,
para ser devorada por los animales. Sentí lo tibia de mi sangre,
que manaba de mi rostro. Que distante estaba Mathias y su amor
por mi, que lejanos los días en que estuve entre sus brazos.
Pensé en Silvestre y el beso que nos dimos en Valledupar, y dos
dolorosas lágrimas brotaron de mis ojos. La vida se me iba de las
manos, y pensé lo tonta que había sido durante años.
-
Una libélula roja revoloteó en el cielo, y sin fuerzas, me
entregué a mi destino.
<< La vida es un instante misterioso, en cambio la muerte es
eterna y sencilla, al final del camino te espera otra especie de
amanecer>>. Pensé.
Antes de perder el conocimiento unos penetrantes ojos grises
como el mar, me miraron. La Nana había venido a mi encuentro
para llevarme a la eternidad.
330
YALIANA
Una joven de piel tostada por el sol observaba con detenimiento
el atardecer a la orilla de la playa, en un lugar apartado del
mundo a la falda de una montaña, solía acudir en las mañanas a
ver el amanecer y contra viento y marea por más ocupada que
estuviera, cesaba en sus quehaceres para poder contemplar el sol
zambullirse en el mar. Yaliana vivía en una pequeña casita de
madera construida sobre rocas, cercana a la montaña, lo cual la
ocultaba de turistas y de los moradores de Taganga, apenas tenía
23 años, para ser alguien tan solitario y ermitaño.
Yaliana escuchó claramente el grito de terror de una mujer, y
cómo alguien había caído montaña abajo. Cuando llegó al lugar
donde había aterrizado la mujer, sintió compasión, las heridas
provocadas por la caída indicaban que estaba muerta. Se acercó
lentamente y colocó su oído en la nariz de la joven
ensangrentada.
-
Aún respira. Dijo Yaliana. Con todas sus fuerzas la levantó
y llevó a la casita para intentar curarla. Esa herida en la
pierna es realmente fea. Dijo al desnudarla para lavarle las
heridas. La joven ermitaña había aprendido a curarse así
misma, por lo que contaba con todo lo necesario para
brindarle los primeros auxilios a la muchacha que estaba
desmayada. “Aparentemente no hay huesos rotos” pensó
limpiando el cuerpo de la joven con estropajo y agua
caliente. Toda la sangre provenía de una herida en la
cabeza, y tenía múltiples rasguños en todo el cuerpo, tan
rojos y en carne viva, que Yaliana no podía comprender
cómo se los había hecho al caer.
Cuando la luna se alzó solitaria en la bóveda oscura, Yaliana se
sintió profundamente cansada, intentó bajar la fiebre de la
muchacha sin resultado.
331
-
Vamos niña, eres muy joven para morir. Le decía una y
otra vez, mientras cambiaba las compresas de agua fría.
Los rasguños de brazos y piernas, estaban enrojecidas pero
de ellas no brotaba sangre.
-
La pierna esta muy mal, necesitaré ayuda, voy a dejarte
sola niña. Dijo como si la enferma pudiera comprender.
Regresaré pronto, lo prometo.
Un anciano que vivía en Playa Grande era curandero, y Yaliana
fue a buscarlo temiendo que tuvieran que cortarle la pierna a la
muchacha. El hombre por muy tarde que fuera, siempre acudía
ante emergencias, y siendo una turista que cayó de la gran
montaña y que quedó viva, era una enorme emergencia.
-
Curaré la pierna Yaliana, pero esas heridas de los brazos y
piernas, no las sana ni Dios, a esta muchacha la tocó el
Diablo. Dijo en anciano persignándose tres veces con la
mano izquierda.
-
Haga lo que pueda que del resto me encargo yo. Contestó
Yaliana. “Viejo pendejo” Pensó. “Que ridícula creencia.”
Al amanecer Yaliana estaba extenuada, no había dormido,
colocando las compresas de agua fresca que había recetado el
curandero, y la pierna estaba vendada por cuanto ungüento
milagroso tenía el anciano en su mochila, ese día Yaliana se
perdió el amanecer. A los primeros rayos de luz, la joven se
quedó dormida cuando la enferma sudó la fiebre. Pasaron dos
días sin que la muchacha se despertara, Yaliana le humedecía los
labios con aguas aromáticas, y pasaba de vez en cuando un poco
de amoniaco por la nariz, tratando de que su paciente despertara.
Dos días y tres noches en que la joven de largos cabellos negros
y cicatrices se negó a abrir los ojos.
- Estas heridas no me gustan nada, cómo es posible que sigan
tan enrojecidas. Ya me está dando miedo. Vamos niña levántate,
la vida te espera.
332
LA NANA
Ana vio el agua grisácea de la Ciénaga a sus pies, una suave
brisa le acariciaba el rostro, y una especie de oleaje chocaba
contra la casa. Era un lugar abandonado donde el tiempo había
causado estragos, la decadencia del lugar le causaba tristeza a su
Corazón.
-
Ana pequeña has venido. Dijo una Anciana de profundas
arrugas y ojos tan grises como el mismísimo mar.
-
Nana aquí vienen las almas al morir. Dijo meditabunda la
muchacha.
-
Tú no has muerto mi niña. Y dando unas palmaditas en la
espalda de la muchacha, la animó a entrar en la casa
desvencijada. Uno no muere de amor Ana, eso es una
de las cosas más ciertas que existen en todos los
mundos posibles.
-
Y por qué siento que ya no puedo seguir viviendo. Dijo Ana
mirando sus pies descalzos.
-
Porque así se siente el dolor, cada quien decide hasta
donde puede sufrir y luego decide qué hacer con su dolor,
pero por muy fuerte que sea, no puede matarte.
-
Nana te he extrañado, las cosas en mi vida están fuera de
lugar.
-
Pues colócalas en su sitio Ana. La vida es simple, y no
puedes dejar de ser feliz, vamos pequeña, la vida te
espera.
-
Silvestre, lo amo tanto que alejarme de él me duele.
-
No te alejes entonces niña. Dijo la Anciana brindándole una
radiante sonrisa.
333
-
Mathias lo amo con todas mis fuerzas.
-
Pues no te quedes sin él. Son tus amores, uno tan distinto
del otro, y los dos esperan por ti Ana, solo tienes que vivir.
Solo tienes que aprender a vivir.
Ana vio como sus heridas estaban enrojecidas, y todo su cuerpo
estaba envejecido y adolorido, en la habitación de tablas de
madera no estaba La Nana, un ser lleno de luz, una niña la
miraba con sus enormes ojos llenos de fuego, no era Kennel el
duende. Teresa estaba muy cerca de la cama.
Entonces despertó.
334
PICHICHO
Mathias
se sentía avergonzado de haber echado a perder la
noche de concierto, por beber más de lo debido, hizo que los
descubrieran en la fiesta privada y que se los llevaran presos por
atentar contra el orden público. Pichicho perdió su empleo, a
Walter lo regañaron en su casa, Víctor insistía que él sabía que
irían presos, y que nadie quiso escucharlo, así que ya que los
cuatros disponían de unos cuantos días, Walter Quintero planteó
que debían visitar “El Novalito”, una hacienda de unos amigos
suyos, para relajar la tensión de los últimos días. Incluso para
intentar que Víctor se olvidara de su amada moto desaparecida.
Todos decididos a compartir un poco más con los otros y
queriendo olvidar cada quien a su manera sus propias penas,
aceptaron la invitación del inventor de problemas, y encantados
se fueron un fin de semana detrás de Walter.
-
Hay que bajar aquí muchachos. Dijo Walter y el taxista se
detuvo en un puente oscuro.
-
Ya empezaste con tus malas ideas. Dijo Mathias un poco
nervioso. Este puente está tenebroso.
-
Tranquilo compadre que lo que hay es que bajar esas
escaleras.
Los muchachos observaron las escaleras más lúgubres de sus
vidas, pero sin detenerse a pensar, uno a uno, fueron bajando.
-
Debemos pasar por debajo del puente y cruzar la
autopista, del otro lado pasa el bus que nos lleva al
Novalito. Dijo muy alegre Walter Quintero.
-
Me faltaba morir de esta manera, que locura. Dijo Pichicho
y antes de cruzar corriendo la avenida, dio dos golpes
fuertes en el pecho, invocando a su silvestrismo del alma.
335
Afortunadamente no murió ninguno, aunque a Víctor casi lo
atropella un camión, fuera de eso, solo esperaron en silencio por
el autobús que los llevaría a su destino.
-
Antes de llegar
muchachos.
a
la
finca,
debo
confesarles
algo
-
Deja la pendejada, allí viene el bus. Dijo Víctor.
-
Pasen al final muchachos. Dijo el conductor. Así que
Mathias, Pichicho, Walter y Víctor se acomodaron al fondo
de la unidad de transporte.
-
Deben saber algo del Novalito, amigos míos. Insistió
Walter. Pero la música y el ambiente festivo del autobús,
no permitió que los muchachos le prestaran atención.
Pichicho tarareaba la melodía, Mathias entonaba la canción de la
Reina de Diomedes Díaz a todo pulmón, y Víctor lo acompañaba
en los coros. Cuando la canción terminó y sonó en los parlantes
las noticias de la noche, dictadas por un locutor que las daba,
como si de un chiste se tratara. Walter decidido a ser escuchado,
respiró profundo y echó a perder la noche.
-
En el Novalito se aparece un muerto. Dijo tan serio e
institucional como pudo. Y la mirada atónita de cada uno
de sus compañeros le estampilló, que tenía toda su
atención.
336
MATHIAS
En compañía de sus nuevos amigos silvestristas, el muchacho de
cabellos rubios y ojos pardos, se dirigía a la hacienda del
Novalito, la cual según el relato sorpresivo de Walter Quintero,
por las noches podían escucharse ruidos extraños, que eran
atribuidos a un alma en pena o fantasma. Mathias había prestado
mucha atención al asunto, debido a que Ana había experimentado
personalmente, la manifestación de lo que en la jerga popular le
denominan duende. El joven tratando de llenar el vacío que había
dejado su novia, trató de interesarse por el misterio del Novalito,
y tan pronto llegaron a aquel lugar, caminó por toda la casa,
detallando el amplio lugar. Walter, Víctor y Pichicho por el
contrario olvidaron el asunto del muerto y fueron a parar a una
pequeña piscina, que en medio de la noche y con algunos
aguardientes encima, se relajaron.
Walter había explicado que cuando se apagaban las luces del
corredor de la casa y todo el mundo se acostaba, solían
escucharse pasos, voces e incluso risas, y se les prohibía a todos
los visitantes de la hacienda a que salieran de la casa por las
noches. Escucharan lo que escucharan no debían intentar salir de
noche.
-
Usted está buscando al muerto. Dijo un anciano de aspecto
descuidado. El cuidador de la hacienda, vivía solo desde
hacía muchos años, decía que el muerto y él ya eran
buenos amigos.
-
¿Por qué dice eso mi señor? Preguntó Mathias que no
apartaba la vista de los enormes árboles que rodeaban el
lugar.
-
Se le nota en la mirada muchacho, no busque lo que no se
le ha perdido. Porque se puede llevar un buen susto.
337
-
¿Usted lo ha visto? Preguntó Mathias. ¿Es cierta la
aparición?
-
Yo lo he visto y no se lo deseo a nadie, ya estoy
acostumbrado a las lamentaciones del muerto, pero a un
muchacho como Usted estoy seguro que le dejaría un mal
sabor de boca. Deje en paz a los muertos y haga como sus
amigos, finja que la muerte nunca les va a llegar. El
hombre entró en la casa y no volvió a salir en toda la
noche.
Cuando ya los muchachos dormían en una habitación, que había
sido acondicionada para que los cuatro amigos compartieran
dormitorio, Mathias se sintió cansado de huir al sentimiento que
albergaba en el pecho. Un recuerdo doloroso vino a mortificar su
mente, Ana escribía un diario personal, y a medida que lo
escribía, sus mejillas se sonrojaban haciéndola ver más hermosa
que de costumbre. Esa noche Mathias la tomó de las manos, y
dulcemente la apartó del libro, dio dos tiernos besos en sus
manos, y le besó el rostro, el momento de entregarse el uno al
otro había llegado.
Ana lo miraba con sus enormes ojos negros, y él sintió que nadie
en la vida podría igualarse a ella, tan frágil, tan suave, tan dulce.
Recordó el momento más intimo de ambos, cuando teniéndola en
sus brazos vio en el pecho de Ana una gran cicatriz cercana al
corazón, sin pensarlo ni por un instante, le besó allí donde algo le
había causado daño.
-
Te Amo Ana. Fue lo único que pudo decir, y la entrega se
convirtió en amor, y el silencio se volvió oscuridad, y la
oscuridad de ambos fue luz, cuando pudo sentir cada
milímetro de su piel.
En la oscuridad, los ronquidos de Walter lo sacaron del recuerdo
maravilloso, trayéndolo a la fría realidad de su vida sin la mujer
que amaba. Ella había huido sin decir ni a donde, ni por qué. De
pronto escuchó unos murmullos y estuvo alerta dentro de su
338
cama, casi fue un alivio entender que era Pichicho que hablaba
dormido.
-
A mi alrededor no hay fantasmas,
silvestristas ebrios y felices.
lo
que
hay
es
Al amanecer los muchachos aún dormían cuando Mathias se
levantó a hacer café, el anciano ya estaba muy pegado a la
hornilla de la cocina, cocinando pescado frito para el desayuno.
-
¿Qué tal noche? Preguntó el Anciano.
-
Excelente. Respondió un Mathias muy animado.
-
Entonces ¿Qué le pasó en el cuello muchacho? Dijo
señalando con un dedo.
-
Nada ¿Qué tengo? Preguntó Mathias.
-
Vaya y mírese en el baño.
Mathias extrañado fue al fondo de la casa donde había un baño
de blancas paredes, frente al espejo contempló con asombro una
enorme mancha morada en el cuello. Una especie de chupón.
-
¡Dios Santo! Dijo espantado.
339
TURBAYORK
Turbaco
es el pueblito de la costa colombiana, donde sus
visitantes no exageran al decir que es el lugar más caliente de
todo el planeta. Desde muy temprano la gente se lanza a las
pequeñas calles para dirigirse a sus trabajos, los más jóvenes se
apresuran por llegar a tiempo a sus colegios, y los más ancianos
suelen sentarse en sus mecedoras a ver pasar la vida con mucha
más calma.
-
Un día de estos, saldré desnuda a la calle lo juró, apenas
son las 10:00 de la mañana y siento que el infierno me
queda aquí al lado. Dijo una joven que iba apresurada en
un cochecito que parecía de juguete.
En estos pueblos de la costa se utiliza un transporte muy peculiar,
donde una especie de moto, cuenta con un compartimiento con
techo, que le permite llevar dos o tres personas a bordo “Moto
taxis”. Si nunca te has abordado a uno, te has perdido la mejor
experiencia de la vida. Para los turistas es tan novedoso que
incluso saludan a todos como si fueran la primera autoridad civil
del pueblo.
El pequeño vehículo gris se detuvo en una casa roja de rejas
negras, donde fue recibida con gran algarabía, en esa casa todos
hablaban a la vez, todos reían, y un estruendo en toda la casa
sonaba al compás de la melodía que causaba semejante estado
de ánimo. Turbaco tenía reunión de emergencia.
-
¡Orden Turbayork! Dijo la muchacha recién llegada. Bajen
el volumen y todos asistan al comedor, tengo noticias que
no pueden esperar. ¡MUEVANSE CARAJO! Gloris alzó la voz
para hacerse entender entre los más alborotados.
-
Qué ocurre muchacha, que no puedes dejar silvestriar a la
gente en paz. Dijo una Silvestrista de piel morena y
enormes ojos, que protestaba por bajar el volumen.
340
-
Llegó un mensaje ultra secreto al correo de LA MATRACA
SILVESTRISTA, no puedo revelar la fuente, pero se nos
informa bajo la más estricta confidencialidad que a más
tardar en noviembre hay nuevo lanzamiento.
La algarabía llegó al techo, todos se abrazaban emocionados,
nada podía emocionarlos más que el lanzamiento de un nuevo
trabajo discográfico, la vida se les iba en apoyar a Silvestre
Dangond Corrales, bajo cualquier costo.
-
Bueno muchachos los dejo, debo ausentarme de esta
temprana alegría.
-
Pero no te vayas, hay que celebrar. Rogaron todos.
-
Un silvestrista tiene que hacer, lo que un silvestrista tiene
que hacer. Y sin discusión alguna, salió de la casa
silvestrista, cruzó la calle y abordó una moto taxi.
-
Rápido señor a la parada de los buses que van para
Cartagena. Dijo Gloris. Y en un dos por tres, estaba en la
parada del pueblo. Un enorme bus de color rojo y muy
antiguo se detuvo. Pagó 1700 pesos la silvestrista, para
llegar a su destino. Quince minutos más tarde, Gloris
tomaba otro autobús directo al centro de la Heroica
Cartagena. Entró en un negocio de compra y venta de oro,
y entregó al codicioso mercader una diminuta pulsera de
oro. “Esto es por los muchachos”. Pensó. Cuando el
hombre que atendía el establecimiento le entregó 200.000
pesos. “Me alcanza para la rifa.” Gloris había vendido la
única pulsera de oro que le regalara su abuela cuando era
niña, necesitaba el dinero para comprar el premio que
rifarían en el club de Turbaco, para poder reunir dinero
para todos los gastos que se les venían encima, desde
camisas bordadas, el disco, las gorras, hasta las entradas
al lanzamiento y los pasajes a Valledupar. “La abuela
entenderá que lo hago por amor.” Dos pequeñas lágrimas
se asomaron a sus ojos, cuando el hombre destrozó la
341
pulsera para sacarle dos piedras de fantasía que estaban
incrustadas en la pulsera.
-
La Matraca Silvestrista y Turbayork son mi vida, por ellos
todo y sin ellos, nada. Dijo la silvestrista regresando al
comando de La Matraca.
342
343
SILVESTRE DANGOND
Los
meses pasaron volando entre presentaciones, entrevistas,
sesiones fotográficas y ruido, mucho ruido. Para Silvestre, solo
había paz cuando lograba estar con su familia, sus hijos y su
esposa, conformaban un universo distinto, donde él podía ser sólo
papá y donde la estrella del vallenato se veía distante, comparado
al esposo que cambiaba un bombillo quemado en el apartamento.
Cada vez el tiempo se le escapaba de las manos, sus hijos crecían
velozmente, sin que pudiera darse cuenta plena de todo lo que
ocurría a su alrededor. Pasaba horas pendiente de La Fundación
que tenía y de todos y cada uno de los casos que se atendían en
ella. “Silvestre es generoso” decían algunos. “Silvestre es
humilde” vociferaban otros. Él sentía que tanta felicidad como
artista tenía una labor, y era que no solo él debía ser feliz, quería
ser alguien que pudiera aliviar las cargas de otros, y su alma se
atormentaba, si no lo cumplía.
Últimamente familiares cercanos se quejaban de que los tenía en
el olvido. No lograban entender que él pudiera dedicarle tiempo a
niños o jóvenes en sillas de rueda, paralíticos, enfermos o ciegos,
porque, si solo crees que Silvestre es un cantante que baila como
un trompo y viaja divirtiéndose a lo lindo con toda la fama que ha
ganado, estas observando una superficie, y no en su conjunto, los
sacrificios y la piel que entrega como ser humano.
Debo contarte que las parrandas, conciertos y bailes son solo un
ápice de lo que es el silvestrismo, son años entregados, pedazos
de su corazón al rojo vivo, al ser atacado por sus opositores.
Nadie que entregue tanto a tantas personas puede ser señalado,
solo porque dice lo que piensa, y se da contra el mundo por sus
sueños.
Esa mañana fue una de las entrevistas más duras que tuvo que
afrontar. Una hermosa joven le colocaba un micrófono portátil, de
esos que se sujetan en la correa del pantalón, e introducen por
344
dentro de la camisa para que solo un pequeño cabezal asome y
transmita a la cámara de video, la voz del entrevistado. Con el
tiempo Silvestre se había acostumbrado a los diferentes
micrófonos, pero en esta oportunidad se sintió incómodo, el tema
del que se trataba la entrevista, era dolorosa para él. Observó la
cámara y esperó las preguntas del periodista, que prácticamente
eran dardos a su corazón.
Poco a poco, fue explicando que poseía muy poco tiempo para
todo lo que él quisiera brindar a su familia, comentó que entendía
que su mamá tuviera algún tipo de protesta porque “Mamá era
mamá.” Pero que las quejas publicas realizadas por su hermano,
lo lastimaban, que no entendía ni creía que esto le estuviera
pasando. Silvestre sin poder evitarlo a mitad de la entrevista no
pudo más y se echó a llorar, su voz por primera vez en muchos
años se quebró a tal punto, que su corazón le suplicaba que
parara, que guardara silencio.
345
Cuando terminó aquel suplicio, Silvestre limpió cada una de sus
lágrimas y pensó en quienes llenaban su vacío, su esposa, sus
hijos y su silvestrismo. Los mismos vacíos que él llenaba en sus
silvestristas. Que difícil debe ser que te ataquen sin pruebas, sin
motivos ni razón, dolería menos si quien lo hace no lleva tu
sangre, pero qué sería de la vida sin las peleas con los hermanos.
Los rumores que han girado alrededor del ídolo son tantos y tan
diversos, que cuando encuentras a niñas en tu camino como
Katherin Porto o Nini Soto, no entiendes que estas cosas pasen.
El Silvestre Francisco Dangond Corrales que decimos idolatrar es
un ser humano y como tal deberíamos respetar en la medida de
cómo queremos ser respetados. Un ídolo musical no tiene la culpa
de convertirse en famoso y menos si ha luchado tanto por serlo,
porque él no ha decidido ser un ídolo, son sus fan con su apoyo y
cariño, los que le dan tal connotación.
Un rey no tiene reinado si no es reconocido como tal, y después
de tantos años, de tantos conciertos, fotos, entrevistas,
canciones, críticas, deudas, viajes, hoteles, lágrimas, felicidad y
tristeza, sus seguidores le llaman EL REY. No tiene castillo
propio, ni súbditos, no nació en cuna de oro, ni su sangre es azul,
no posee una fortuna heredada, y cada moneda se la ha ganado
como todo un proletariado. Entonces me pregunto, qué significa
que sea un rey, por qué su silvestrismo lo llama así. Es posible
que cuando alguien te gana el corazón, y sientas que solo saber
de él o verlo, te alegre la vida, sea posible que a ese ser humano,
lo corones como rey de tu corazón. Pero la respuesta está en tus
manos, eres tú, que como fan puedes decir quien es él, porque lo
conoces y en definitiva puedes llegar a sentirlo como un gran
amigo, de esos que van por mundo cumpliendo sus sueños y
sueles alegrarte porque son felices.
Es posible que el tesoro escondido de este rey sea tener amigos.
346
Por las noches Silvestre revisaba sus redes sociales esperando ver
a Ana entre miles de seguidores, pero ella guardaba silencio,
Cenicienta no aparece, no se presentaba a traer su pie descalzo
para la zapatilla roja.
-
¿Ana dónde estas? Se preguntó el muchacho Urumitero de
ojos claritos, que solo quería saber quién había escrito
Postales Rojas, quién era el propietario del Diario de un
Silvestrista.
347
TAVO
En una ciudad hermosa, un muchacho observaba el atardecer en
el parque de la heladería más grande de Barrancabermeja, sus
amigos acudirían a comer helado mientras se ponían al tanto de
los últimos acontecimientos dentro del club silvestrista de la
ciudad. Gustavo o Tavo como era llamado cariñosamente, vivía
soñando despierto con todas las aventuras que deseaba vivir,
siempre estaba hablando de viajar por el mundo, de aprender
otros idiomas y de tener un amor en cada puerto, en sí era un
soñador.
Un hombre de aspecto impecable se sentó a su lado, observando
a ambos lados del parque de La Sesenta.
-
Si pides helado que sea de chocolate. Dijo el hombre.
Tavo siguiéndole la corriente, dijo en el mismo tono serio. “Si
paga los helados, el mió que sea de Mango”.
El hombre no emitió palabra alguna, se levantó y dejó a los pies
de Tavo un maletín negro. El muchacho en su ingenuidad, pensó
que el hombre iría por helados para ambos y le había dejado
cuidando el maletín. Aquello le causó mucha gracia, ya que todos
en la ciudad sabían que la heladería no vendía helado de mango.
Mientras se reía de sus ocurrencias, llegaron sus amigos con la
algarabía acostumbrada. Carlos, Isa, y Pedro fueron los primeros
en tomar la palabra y cuento tras cuento, entraron en calor para
la reunión de los viernes.
-
¿Y ese maletín Tavo? Preguntó Isa.
-
Es de un señor que fue a comprar helado.
-
¿Dónde? Preguntó Carlos.
-
Hermano en la heladería venden helados.
348
-
No me jodas Tavo, lo que quiero decir es qué en la
heladería no hay nadie, a ti te dejan una bomba en los pies
y ni te das cuenta.
Tavo fue a buscar al sujeto del maletín, y no estaba, en la
heladería, ni en el baño, ni en el parque.
-
Que raro, se le quedó el maletín, hay que esperar que
venga por él.
-
Vamos Tavo, hoy vamos a tomar algo, por el cumpleaños
de Carlos.
-
Yo no puedo. Debo esperar al tipo del maletín.
Los muchachos cansados de esperar a Tavo, decidieron irse de
parranda sin él, ya se reincorporaría al grupo, cuando entregara
el dichoso maletín; y lo dejaron absorto en sus pensamientos de
aventura.
A las doce de la noche, Tavo entendió que el hombre no
regresaría, varias veces había pasado un carro negro por el
parque, pero nadie se decidía a bajar del auto, lo cual le pareció
normal, así que se llevó el maletín a su casa. Lo estudió con
detenimiento, el maletín tenía una especie de candado plateado
con letras, al parecer para abrirlo debía introducir una clave
secreta.
- La única que se me ocurre es M A N G O, palabra de cinco
letras, con la buena o pésima suerte, el candado se abrió y pudo
abrir el misterioso maletín.
Cuál seria la sorpresa del silvestrista cuando, al abrirlo, tuvo
entre sus manos cientos de billetes de cincuenta mil pesos.
-
¡Mierda! Fue todo lo que dijo Tavo, quedándose helado al
ver lo que había en el maletín.
349
MATHIAS
Mathias no paraba de verse el moretón en el cuello, era lo más
raro que le había sucedido en la vida.
-
No se rían que esto es serio, no tengo idea de cómo me
hice esto en el cuello. Dijo Mathias preocupado.
-
Disculpa compadre, de algo estamos seguros, a ti te
chuparon anoche.
Las carcajadas de los tres amigos eran estridentes, se sentían
felices y se reían por todo.
-
Cuenta Mathias quién fue esa muchacha que te puso el
cuello así. Dijo Pichicho.
-
Ríete todo lo que quieras Pichicho, deberías estar buscando
empleo. Dijo seriamente Mathias.
Pichicho guardó silencio, y todas sus preocupaciones se le
posaron en el rostro. Había olvidado que estaba despedido.
-
A Usted lo chupó una bruja anoche. Dijo el anciano en un
tono lúgubre.
-
¡Deja la pendejada Reinaldo! Dijo Walter santiguándose
unas ocho veces seguidas. “Si se me aparece el muerto
juro que gritaré”. Pensó.
-
¿Es posible? Preguntó Mathias.
-
No Mathias son pendejadas de la gente del Novalito, si
escuchas a media noche los cascos de un caballo, es el
diablo, si una gallina se posa en el techo es una bruja y hay
que ofrecerle sal al otro día para que se vaya, si alguien se
pierde se lo llevó un duende, si te bañas un viernes santo
después de las tres de la tarde te conviertes en pescado, y
pare Usted de cuanto cuento ridículo de la gente de por
350
acá, a veces sale un muerto entre los árboles, no hay más
que eso. Dijo tajante Walter Quintero. “Dios mió
protégeme”. Pensó.
-
Hoy viene una mujer a la casa. Pónganle cuidado, Dijo el
anciano y se fue a limpiar la piscina.
Los silvestristas no tuvieron más remedio que reírse, incluso
Mathias se sintió mucho más tranquilo ante tanto mal agüero.
-
La gente del Novalito es peor que mi tía. Dijo Walter. Todo
da cáncer, todo es pecado y todos nos vamos a ir al
infierno por pecadores.
Durante el día cocinaron una buena sopa para pasar el resto del
día en la piscina, cuando cayó el atardecer, Mathias, se
sobresaltó, al ver que una mujer salía de entre los árboles y se
acercaba a ellos.
-
“Necesito sal”. Pensó.
351
ANA
Desperté adolorida en una habitación que olía a sal. Observé
una ventana que permitía que la luz del sol iluminara las cuatro
paredes de madera, era un lugar muy sencillo. Pude escuchar las
olas del mar como si estuvieran dentro de la casa. Intenté
levantarme y sentí como un dolor general se apoderaba de cada
una de mis articulaciones.
-
¡No te levantes! Dijo una muchacha de rostro amable. Soy
Yaliana, esta es mi casa, te cargué hasta aquí cuando vi
que caíste de la montaña, no pude llamar a nadie porque
no portabas identificación. Gracias a Dios solo tienes
muchos moretones y rasguños, pero no hay huesos rotos.
-
Mi, mi pierna. Dije notando un dolor lacerante.
-
Tienes una herida muy fea en la pierna derecha, pero
tranquila ya ha comenzado a curarse. ¿Cómo te llamas
niña?
-
Ana, mi nombre es Ana. Dije y dos lágrimas rodaron por
mis mejillas, nunca había sentido tanto dolor.
-
¿Te duele mucho? Preguntó Yaliana.
-
Sí, todo me duele.
-
Tengo pastillas para el dolor, dos te harán bien. Dijo
acercándomelas con un vaso de agua.
-
¿Tienes hambre Ana? llevas tres días sin comer.
-
Sí, tengo hambre. Dije con algo parecido a una pequeña
sonrisa.
La muchacha se levantó enseguida y de la cocina que quedaba
dentro de la misma habitación, colocó algunas cacerolas. Cuando
352
probé la sopa de pescado que había preparado sentí un hambre
voraz. Yaliana se veía aliviada y me atendía con especial cariño.
Me recordó a mis amigas silvestristas.
-
Ana debemos bañarte, yo te he limpiado muy bien las
heridas pero hay que lavarte todo el cuerpo.
-
Por favor más tarde, ahora no me siento bien, estoy
mareada.
-
Tranquila, descansa y mañana te ayudo a bañarte.
Mientras comía un poco de pan, me di cuenta que tenía raspones
en los brazos. También observé que no tenía ropa puesta, estaba
desnuda.
-
Yaliana ¿Dónde está mi ropa?
-
Está toda rota, al caerte, las ramas de los árboles te la
rasgaron, no quise ponerte ropa para no herirte, y poder
limpiar mejor tus raspones.
-
Gracias por ayudarme, pensé que me había matado.
-
En realidad fue una casualidad que cayeras y que pudiera
darme cuenta, estaba sentada viendo el atardecer en la
playa y escuché cuando gritaste. ¿Cómo te caíste Ana?
-
Estaba corriendo.
-
¡Qué locura! Correr por ese camino empedrado de allá
arriba, casi te matas muchacha, casi lo logras. Vamos
debes levantarte seguro deseas ir al baño.
Durante lo que me pareció una eternidad, Yaliana me ayudó a
levantarme. Me ardía cada herida, jamás había sentido algo igual.
Pude cepillarme los dientes y limpiarme un poco, no sin mucho
dolor en cada movimiento. Estaba descalza, completamente
desnuda, pero el dolor no me permitió sentir vergüenza ante mi
nueva amiga.
353
-
¡Vamos Ana intenta dormir un poco! Dijo ella dándome una
hermosa sonrisa.
El atardecer llegó poco a poco y observando la ventana de la
casita y con el sonido de las olas del mar, mis ojos se cerraron en
un sueño profundo y tranquilo.
En mis sueños cuando más lo necesitaba, podía ver a Silvestre,
tocando con sus dulces manos mi rostro entristecido, sus cálidos
dedos blancos y sedosos que tanto amaba. Cuando logré verlo a
los ojos, todo el dolor de mi corazón, desapareció de un plumazo.
-
¡Mi amado! Murmuré al verlo frente a mí.
Él sin decir nada, juntó su frente a la mía y sonrió como solo él
sabe hacerlo.
-
¿Sabes cuánto te quiero? Pregunté sintiendo un calorcito
en mis mejillas.
No hubo respuesta.
Una libélula roja se posó en su hombro. Brillaba con la intensidad
del sol dentro de sí misma. ¡Roja! Exclamé sorprendida de su
hermoso color. ¡Roja como el silvestrismo!
Desperté en medio de la noche, la brisa fresca del mar entraba
por la ventana llevando ese olor a sal que tanto amaba. Yaliana
dormía a mi lado en una especie de cama improvisada en el
suelo, y una pequeña lámpara de gasolina iluminaba la pequeña
casa desde un rincón apartado. Pensé en Mathias, pero el
recuerdo fue doloroso, y preferí pensar en Silvestre. En el besó
que alguna vez le di, un recuerdo tan distante y borroso, que
llegué a pensar que lo había imaginado.
“Lo tenía todo y todo lo he perdido”. Pensé quedándome
nuevamente dormida.
“No Ana, no se trata de tener todo, se trata de vivir todo”. Dijo en
mi cabeza una dulce voz.
354
JAVI
Durante
horas, los soldados silvestristas del Batallón 115
buscaron incansables a la muchacha de la fotografía sin obtener
un resultado satisfactorio.
A las siete de la noche todos miraron sus teléfonos. “Reunión a las
20:00 horas en el lugar de costumbre, objetivo localizado”. Fue el mensaje
que recibieron todos los integrantes del Batallón.
Daniela pasó asistencia con la mirada, el Batallón en pleno había
acudido a la reunión extraordinaria de silvestristas.
- El soldado Javi ha encontrado el paradero de la joven solicitada
por Pérez Cararranza. Dijo Daniela. Tiene la palabra hermano de
tropa.
- Bueno no la tengo con precisión. Contestó nervioso.
- ¡Explíquese soldado! Le apremió Daniela. Tiene o no tiene el
objetivo. Todos los presentes guardaron silencio, temiendo que
fuera falsa alarma, cada vez que había una falsa alarma el caos
reinaba entre ellos, y en los peores casos, había bajas
lamentables.
- Esta muchacha se llama Isa, y vive en un pueblo pequeño
llamado Arjona.
- Nos queda solo un día para buscarla, dijo DJ, no está lejos, una
comisión puede ir por ella en la mañana. Dijo el alegre muchacho.
- El problema es que no sé en qué casa vive.
- Soldado Javi, deje la mamadera de gallo. Comentó Miguel. Tiene
el objetivo o no lo tiene.
- Cuando vi su foto, me pareció conocida, consulté en mis fotos
de los diferentes clubes de silvestristas, y aparece en una foto de
355
Arjona, estoy casi seguro que vive allí, el objetivo es Isa. Dijo
enseñando una foto donde la joven lanzaba una hermosa sonrisa
a la cámara.
- ¡Confirmado! Dijo Daniela. Es ella. Soldado BB, comuníquele al
lente del silvestrismo que tenemos localizada a la muchacha, que
mañana a primera hora todo el batallón…
- Pero, pero. Dijeron algunos soldados.
- Repito, todos los soldados de este Batallón 115 salen a recorrer
Arjona, en busca de Isa.
- Sí, Señor. Dijo BB.
- Fondos disponibles DJ CARLOS. Inquirió Daniela.
- Ni un peso, estamos quebrados. Contestó el muchacho
mostrando los bolsillos de sus pantalones.
- Mañana en la mañana cada quien con su pasaje en mano, no se
si tienen que rogar esta noche a sus padres o novios e incluso
novias, pidan prestado, pero todos debemos ir, tocaremos puerta
por puerta hasta encontrarla. Concluyó la comandante.
“BATALLON
115,
BATALLON
115,
BARRANQUILLA,
BARRANQUILLA PRESENTE” Gritaron felices de fijar su meta.
Javi contó esa noche las monedas de sus bolsillos, billeteras,
cajas de zapatos, incluso un marrano de plástico que tenía como
alcancía y que decía con marcador “PARA EL LANZAMIENTO”.
Todo cuanto tenía no llegaba a cinco mil pesos.
-
¡Rayos! No me alcanza. Dijo registrando toda la casa, aún
no era quincena, y de paso para poder ir a Arjona, debía
faltar al trabajo. De pronto recordó el escondite de dinero
en caso de emergencia que dejaba su mamá debajo de una
imagen del niño Jesús en el comedor de la casa.
356
Para su sorpresa, cincuenta mil pesos estaban bien doblados
dentro de un sobre que decía: “EMERGENCIA”.
-
Mamá esto es una emergencia. Dijo a la imagen de yeso.
Te lo pago el último. “Esto es ser silvestrista, das hasta lo
que no tienes”. Pensó Javi.
357
SILVESTRE Y ANA
En sus sueños encontraba a Ana en una especie de isla desierta,
rodeada por aguas traslúcidas, ella acudía a su encuentro con su
radiante sonrisa, como si en realidad se conocieran de toda la
vida. Estos sueños hicieron que planeara una serie de visitas a
ciertas playas de las costa Colombiana, eligiendo siempre las
menos concurridas. “Esto es buscar una aguja en un pajar”. Se
decía el muchacho, sin la menor idea de saber dónde buscarla.
Por las noches repasaba detenidamente el librito de las postales
rojas, y su curiosidad crecía. “Si los sueños nos conducen a algún
lugar como en el Diario de un Silvestrista, yo te encontraré a la
orilla del mar como en mis sueños”. Pensó Silvestre. Era una
labor titánica pasar desapercibido, su rostro le era familiar a los
colombianos, y muchas veces, alguna que otra fan lo descubría, y
debía abandonar el lugar de inmediato.
Una noche en un hotel de Santa Marta vio una fotografía que lo
dejó sin aliento, una serie de playas de aguas cristalinas brillaban
en un retrato de letras rojas que decía “TAGANGA”, el parecido de
aquellas aguas a las que concurrían en sus sueños, hizo que
solicitara al hotel ser llevado a aquel lugar.
-
La Ballena Azul es un hotel sencillo señor, allí estará muy
cómodo, le hemos hecho la reservación, así que esperan su
llegada.
-
La playa que aparece en esa foto. Dijo señalando la
fotografía en la pared ¿Está en Taganga?
-
Sí señor, puede llegar caminando o solicitar el servicio de
lancha y le llevaran, es un playón antes de Playa Grande,
sus aguas son extraordinarias, excelente elección.
Silvestre no podía creer que había logrado encontrar la playa con
la que soñaba, pero esto no significaba que Ana estuviera allí; sin
embargo, debía intentarlo, necesitaba saber quién o qué era ese
358
ser que recibía postales y cartas de silvestristas, y algo en su
interior le insistía que solo Ana, tendría las respuestas.
-
Tiene que ser la misma Ana. Murmuraba, mientras
observaba por la ventanilla del Vehículo las luces de la
Ciudad.
A la media noche abría de par en par el ventanal de su habitación
en La Ballena Azul, un lugar acogedor y lleno de extranjeros, un
sitio perfecto para no ser molestado. Respiró el aire salado de la
noche, el susurro de las olas lo hicieron sentir como un hombre
tranquilo y normal. “Hace mucho que no disfrutaba de la
soledad”. Pensó.
Por la mañana solicitó las indicaciones para ir a la playa de aguas
transparentes. Prefirió caminar un poco, así que con su mochila
roja al hombro, con algo de ropa y el Diario; y se encaminó en la
búsqueda que lo había arrastrado hasta aquel lugar. Por la senda
de piedras blanquecinas encontró un letrero “Serranía de las
Serpientes” de donde nacía una especie de (Y) que dividía el
camino en dos, un sendero que subía y otro sendero que bajaba.
En el hotel le habían indicado que para llegar al playón
abandonado, debía tomar el camino de la izquierda, el que
marcaba el descenso de la montaña. Caminó por más de media
hora, debido a lo empedrado de la senda. Cuando sus pies
tocaron las arenas del playón, se sintió confundido, esa era la
playa de sus sueños, las aguas cristalinas sonaban en un vaivén
de olas, pero allí no estaba Ana. Decidió recorrer un poco el lugar
y entonces vio una pequeña casita de madera incrustada en
piedras, como protegida por la montaña, el humo que salía de la
casita indicaba que estaba habitada.
Silvestre en su búsqueda a ciegas, tocó a la puerta de la casita.
Una hermosa mujer de piel tostada salió a su encuentro, que para
dicha de él, no lo reconoció como Silvestre Dangond, el artista.
-
Buenos días, disculpe la molestia, busco a alguien, tal vez
Usted la haya visto.
359
-
Hola ¿A quién necesitas muchacho? Contestó Yaliana.
-
Busco a una joven de piel muy pálida, de cabellos negros y
ojos enormes, se llama Ana.
-
¿Es Usted familiar de Ana? Preguntó Yaliana con los ojos
como platos.
Silvestre sintió una puntada en el estomago, su sueño lo había
conducido al lugar correcto.
-
No, soy… soy su novio. Dijo, para no tener que explicar que
era un ídolo y Ana una fan.
-
¿Cómo se enteró que ella estaba aquí? ¿Es Usted Mathias?
La pregunta le causó una especie de incomodidad, Ana tenía
novio, lo cual era lógico, así como él era casado, pero de todas
formas algo le incomodó mucho.
-
Sí, soy Mathias. Mintió con licencia, la información sobre
Ana era de vital importancia.
-
¡Caramba! Si que eres su alma gemela, la has encontrado
por tu propia cuenta. Ana está al final del playón, donde
rompen las olas en una cueva que queda aquí cerca, está
tomando un poco de sol, curando sus heridas.
-
¿Heridas? ¿Ana está herida? Preguntó alarmado Silvestre.
-
Hace tres semanas, Ana llegó hasta aquí al caerse de la
montaña, yo la auxilié, la traje a casa y desde entonces,
aquí he cuidado de sus heridas. Sabes, ella te quiere
mucho, mientras deliraba decía tu nombre una y otra vez.
Bueno también nombraba a un tal Silvestre, pero no quise
atormentarla con preguntas, me imagino que es algún
familiar cercano.
360
El muchacho le brindó una de sus mejores sonrisas, agradeció a
Yaliana su amabilidad. “Ella dijo mi nombre bajo delirios” pensó;
y sin poder esperar más, se fue a buscar a Ana.
Silvestre la encontró sentada como una niña, con las piernas
cruzadas y jugando con arena, sus largos cabellos negros al
viento, su delicada piel expuesta al sol, llevaba puesta ropa muy
sencilla, se le antojó una hermosa pescadora.
-
Ana. Dijo encontrando su mirada. Los enormes ojos negros
de ella se abrieron como platos.
-
¿Silve? Dijo ella, como quien ve una alucinación.
-
Ana. Repitió él, sentándose a su lado. Tomó sus manos, vio
los rasponazos en su piel, y le dio un tierno beso en la
mejilla.
Las punzadas en su estomago le insinuaron que estaba nervioso,
todo era tal cual, como la había visto en sus sueños.
-
¡Por Dios eres tú! Dijo ella.
Ana era un manojo de nervios, lo abrazó tan fuerte como pudo, y
él le correspondió tratando de no lastimar sus heridas.
-
¿Por qué te arrojaste por la montaña?
-
No me arrojé Silvestre, me caí. ¿Pero qué haces tú aquí?
-
Te estaba buscado hace ya algún tiempo.
-
¿Tú buscándome? ¿Es posible? ¿Cómo me encontraste?
-
Por un sueño. Dijo sintiéndose ridículo.
Ella lo miraba detenidamente. Los ojos de Ana brillaban como
nunca. Estaban solos.
361
-
Quisiera saber Ana, si conoces este libro, en él te
mencionan mucho. Dijo el joven entregándole el pequeño
librito.
-
Nunca lo había visto. ¿De qué trata?
-
Es muy extraño, es de alguien que pudo recibir cartas de
los silvestristas, incluso tú misma le escribiste, él estaba en
una especie de lugar neutral, pero tu nombre está por
todas partes. Es un libro muy extraño.
-
Permíteme. Dijo ella tomándolo en sus manos.
Ana examinó el libro, leyó varias páginas, frunció el seño. Se
sorprendió así misma cuando tuvo la claridad de qué se trataba.
-
¡OH! Por Dios, sé quién lo escribió. Ahora muchas cosas
tienen sentido. Dijo Ana como despertando de un sueño.
-
Pues yo no entiendo nada, un día estaba en mi chaqueta
con una carta tuya, algo me decía que la Ana de la carta
eras tú, la chica del beso.
Al decir esto, las mejillas de Ana se sonrojaron. Ella agachando la
mirada sonrío, estaba feliz de que él recordara ese instante.
-
Debo explicarte Silve, que tal cual como dice en el libro, yo
me encontré en Nabusimake a un ser, que en ese momento
no sabía que era humano, ya que las personas de ese
asentamiento indígena lo conocen con el nombre de
duende o alma en pena, me llevé varios sustos, antes de
entender la naturaleza de este ser, cuando comprendí, lo
ayudé para que se reencontrara con su esposa Julia y su
hijita. Ahora que he leído este diario entiendo muchas
cosas.
-
¿Es decir que un muerto puede escribir? ¿Qué cuento de
fantasía es este?
362
-
No Silvestre, no es ningún cuento, estamos en la tierra de
lo posible, esta es la Tierra de Gabo, todo es real y mágico.
Estamos en Colombia.
Silvestre y Ana vieron el atardecer, ella calmó sus ansias
contándole cuanto sabía del escritor del diario, de las cosas por
las que pasó; y que incluso, a la puerta de su casa, hace tiempo
le había dejado un diario personal que escribió para él. Silvestre
insistió en que nunca llegó a sus manos, y Ana se sintió aliviada
de que él, no hubiera leído todo lo que ella había escrito en un
momento febril.
-
Ahora entiendo, por qué puedo sentir su presencia, pero no
puedo verla, no es a mí a quien quiere aparecérsele, es a
ti.
-
¿A qué te refieres? No entiendo. Dijo Silvestre.
-
Cuando me caí por la montaña, yo huía de un espíritu, un
alma en pena que presentí y que por miedo, no quise ver,
así que bajé la montaña corriendo, hasta que resbalé, caí y
casi me mato. La he visto en sueños, pero solo eso. Ella
esta aquí es por ti, no por mí, es ella quien te ha hecho
soñar y te ha convencido de venir aquí.
-
¿A quién te refieres Ana? Preguntó Silvestre.
-
A Teresa, mi amiga de la que te hablé hace algún tiempo,
cuando me regalaste mis zapatos rojos.
Ana llevaba puestos los zapatos rojos de trenzas blancas que
Silvestre le había regalado años atrás. Todo parecía un cuento de
hadas, donde el principie encontraba a la dueña de las zapatillas,
y ella encontraba la paz que tanto necesitaba en su sonrisa.
-
Esta noche vendrás solo a la playa Silvestre y no me mires
así, que estoy segura que podrás verla. No puedes tenerle
miedo, es alguien que desea decirte adiós, y hasta que no
lo logré, no podrá salir del fulano castillo de las libélulas o
eso dice este diario. Todo esto sobre las apariciones del
363
duende, solo lo he conversado con detenimiento con muy
pocas personas, es algo difícil de ser asimilado para
muchos, incluyéndome.
El muchacho se quedó sin palabras, solo podía ver la luz del sol
en los enormes ojos de Ana, sus mejillas sonrosadas y sus labios
carnosos. Todo lo que ella le había contado era tan irreal pero con
tanto sentido que solo le quedó tratar de creer la historia del
duende, como hacía cuando su papá le contaba siendo muy niño,
historias misteriosas de juglares perdidos en el gran desierto de
la Guajira.
Silvestre sintió la enorme necesidad de hacerle una última
pregunta.
-
¿Ana me das un beso?
364
ANA
Los últimos años de mi existencia, he pensado que todo ha sido
un sueño. Me han sucedido cosas inexplicables, que una a una
han llenado vacíos en mi ser. Diferentes personas han pasado a
formar parte de un mundo en el cual, todo lo que me he
propuesto ha sido posible, siendo el personaje central de esa
serie de sueños, alguien que se ha convertido en el sol de ese
universo, una estrella de ojos claritos y voz de terciopelo.
Podía imaginarlo, cuando me miraba en los espejos, creía verlo
siempre sonriendo a mis espaldas, ilusiones tan intensas que con
regularidad perdía la noción entre sueños y pensamientos
imaginarios. Ver un espejo era verlo en el reflejo, haciéndome
sonreír. Tener una relación normal y una vida con toda una serie
de responsabilidades me había alejado incluso de mis fantasías.
Esa mañana en que lo vi llegar hasta mí, con su sencilla forma de
ser, lo tomé por un espejismo producto del sol que tostaba mi
piel. Las arenas en mis manos me hacían querer ser dueña de mi
existencia y quedarme allí para siempre, pero al ver sus ojos, al
escuchar su voz, todo cambió, esta era la razón por la que había
abandonado a Mathias, no soportaba mi vida sin Silvestre,
aunque solo pudiera ser su fan.
Casi me mato al caerme por una montaña alejándome de las
cosas que no podía explicar, pero también corría de la mujer que
no deseaba ser. Ahora el hombre que amaba se veía perturbado
por las páginas de un libro, de puño y letra del duende. Kennel
había permanecido en un lugar misterioso, donde podía recibir los
pensamientos, ruegos y lágrimas de las silvestristas. Según el
diario del duende, mis pensamientos, y una libélula roja lo
hicieron encontrarme. “Las libélulas de Julia”.
En mi último sueño hubo una libélula roja entre Silvestre y yo, y
ahora él me había encontrado, sin saber que yo me sentía
365
perdida sin él. Pero no venía por mí, en realidad Teresa lo trajo
hasta aquí para que escuchara lo que tenía que decirle.
“No se trata de tenerlo todo, se trata de vivirlo todo” había
murmurado mi conciencia estando junto a este mar. Y frente a mí
en este instante, el hombre que amo en el universo de lo posible.
Me ha pedido un beso.
Como era de esperarse guardé silencio, esperando que mis ojos
pudieran responderle por mí. Tomó mi rostro maltratado en sus
cálidas manos, solo pude cerrar mis ojos, y vivirlo todo. Su beso
fue tan suave, que temí abrir los ojos y ver al viento tocarme los
labios. Apenas si pude escuchar su respiración, las olas del mar
querían silenciarnos. Respondí dulcemente a su boca, pero la
tempestad que reinaba en mi cuerpo me hizo ser tan atrevida,
que debo confesar que este beso inocente, por un momento
eterno, dejó de serlo y por primera vez, fui libre y lo besé con mi
alma. Mi corazón no se detuvo, por el contrario se aceleró a tal
punto que creí que sufriría un ataque. Al abrir mis ojos, allí
estaban los soles de Teresa, su serenidad calmó mi ímpetu, y
juntos volvimos a nuestra realidad. “No nos pertenecemos, no
es posible, es nuestro pacto de olvido”. Pensé tomando su
mano. Caminamos en silencio hasta la casita de Yaliana, dos
enormes pescados fritos con tostones, nos esperaban servidos en
la sencilla mesita de madera de mi nueva protectora.
366
ANA
En la casita de madera a orilla de la playa, la brisa del mar nos
animó a caminar por el playón después del almuerzo. Las olas
diáfanas bailaban a nuestro rededor, me sentí en el paraíso
cuando Silvestre se quitó la camisa y se arrojó al mar, Yaliana le
siguió los pasos. Yo los observé desde la orilla, mi amiga no tenía
ni idea sobre la vida de Silvestre, él le había mentido, haciéndose
pasar por mi novio, solo para sacarle información de mi paradero,
y no quise ser yo quien cambiara esa versión, él se veía tan
tranquilo sin ser asediado. “Espero que Yaliana jamás sea
silvestrista, me matará por ocultarle la verdad.” Me senté en las
blancas arenas, aún tenía heridas sensibles, me obligué a esperar
por ellos.
Pensé en Teresa, en la forma en que murió, y mi corazón se llenó
de tristeza. Me había estremecido al leer sobre ella en el Diario de
Kennel, todo me revolvió el alma. Lamenté profundamente haber
huido de ella en la montaña del sol, fue una tontería correr de esa
forma. Los muchachos jugaron a ahogarse el uno al otro, como
los mejores amigos del mundo. No pude entender la soledad
absoluta de Yaliana, ciertamente el playón, era un lugar de paz y
tranquilidad, pero siempre necesitamos reír con la familia o los
amigos, y eso un ermitaño no puede lograrlo por arte de magia,
siempre se necesita del calor humano. ¿Cómo criticar a quien
necesita soledad? Me pregunté.
Silvestre salió del agua y se recostó en la arena, el sol hizo brillar
las gotitas del mar que rodaban por su cuerpo, algo en mi ser se
alborotó, fue una sensación de deseo. Me sonrojé al ver en mi
mente una imagen impropia de nuestra amistad, él estaba allí por
el Diario por Teresa, no por mí. Fue un destello solamente, me
imaginé entregándome a él.
Silvestre comentaba algo sobre una canción, pero estaba tan
aturdida que no le presté atención. Yo lo deseaba.
367
-
Mañana debo irme a trabajar. Dijo de pronto, sacándome
de mis ensoñaciones.
-
¡Entiendo! Fue todo lo que pude contestar.
-
Ana regresa a tu vida, regresa al silvestrismo, te he visto
muy triste, esta no eres tú, no sé qué perturba tu vida,
pero sea lo que sea, debes echar para delante. Dijo
brindándome una enorme sonrisa.
-
Lo haré, te lo prometo, solo quiero pensar las cosas un
poco, no hay nada que el silvestrismo no pueda curar, eso
es una ley de vida.
-
Bonita frase, me gusta. Dijo él.
¡A mí me gustas tú!
trivialidades.
Pensé. Incapaz de
perturbarlo
con
Permanecimos en el playón, hasta el atardecer, y Silvestre cantó
una hermosa canción, era algo nuevo, ya que jamás la había
escuchado, una letra llena de añoranzas.
-
Cantas bonito. Dijo Yaliana, deberías ser cantante, quien
quite y te vaya bien.
No pudimos más que reír por las palabras de nuestra inocente
amiga. Al anochecer ayudé a Yaliana a preparar la cena.
-
Ana, ¿Tu novio se va a quedar a Dormir? Porque no hay
más camas, deberán dormir en la mía, es muy chiquita
pero creo que caben apretados.
-
Gracias. Sí va a quedarse, mañana temprano se va.
-
¿Te iras con él? Peguntó Yaliana y su mirada se llenó de
tristeza.
-
No, aún. ¿Puedo quedarme un poco más?
368
-
Claro amiga, quédate todo el tiempo que quieras. Dijo y
sus ojos brillaron sinceros.
La soledad es dura, y aunque nos gusta, tarde o temprano
sedemos ante la compañía de una buena amistad. Pensé.
Cuando le dije a Silvestre que debíamos dormir en la misma
cama, por primera vez en mi vida, lo vi sonrojarse. Intenté hablar
con naturalidad aunque las manos me sudaban. “A la media
noche, al salir de la casa, ve a caminar, y llévate la lámpara de
gasoil, estoy convencida que podrás encontrar a Teresa, si
Yaliana pregunta, diré que no podías dormir y que saliste a ver el
mar”.
No voy a negarlo, mi corazón estuvo a punto de salirse por mi
boca, a la hora de dormir, intentamos acomodarnos en la cama
de Yaliana sin tocarnos. Él tenía una vida que debíamos respetar,
pero mi alma quiso tocarlo, besarlo, amarlo. “Esto es un
tormento”. Pensé viendo su sonrisa. Conversamos casi en
susurros, ya que Yaliana dormía.
-
Ana, dónde está Mathias, tu novio.
-
En Venezuela, lo abandoné.
-
¿Por qué hiciste eso? ¿Ya no lo amas?
-
¿Por qué me preguntas eso? ¿Yo no te pregunto esas
cosas?
-
¿Somos amigos no? Cuéntame.
-
No, tú eres mi ídolo y yo tu fan.
-
Déjate de pendejadas, cuéntame. Dijo.
La luz de la lamparita de gasoil me permitió ver el brillo de sus
hermosos ojos.
-
Lo amo, pero no se hacerlo feliz. Murmuré. No quiero
hablar de esto, menos contigo. No insistas.
369
-
Y por mí ¿Qué sientes Ana?
Sentí un calor absurdo en el rostro, quise besarlo, quise vivirlo
todo, quise gritarle que lo amaba. Pero era absurdo, yo había
dejado de ser una fanática obsesiva, ahora le tenía un cariño real,
y debía proteger su corazón y el mío.
-
No te lo voy a decir, lee el libro que dejé en tu casa. Y ya
duérmete. Dije. Dándole la espalda. Búscalo alguien debió
recogerlo, allí lo dejé.
Por más ofuscado que tenía mi ser al estar tan cerca del hombre
que amaba, estaba cansada y mi cuerpo le ganó a mi alma y me
quedé dormida prácticamente en sus brazos.
370
SILVESTRE
El muchacho de ojos claros, estaba tan nervioso y angustiado
por todo lo que estaba viviendo en esa casita de madera, que no
pudo pegar el ojo. Observó su reloj de pulsera, marcaba las once
de la noche. Ana dormía a su lado, y Yaliana estaba tan cerca que
temía despertarlas a ambas, si se movía en la cama.
Contempló la espalda de ella, quiso tocarla, pero no se atrevió.
“Es de otro, no tengo derecho” Pensó. Su cabello largo y negro
brillaba a la luz de la lámpara. “Eres hermosa” Murmuró. “No
puedo más que hacerte una canción”.
El olor de la casita era agradable, la sencillez del lugar le recordó
años lejanos, cuando de puntitas y sin hacer ruido, salía de casa
para ir a ver a cantar a Rafael Orozco en el Valle, lo recordó como
si el niño que fue, dormitara en su pecho. Los castigos valían la
pena, cuando lograba lo que quería, escuchar a los grandes
cantar Vallenato.
“Yo cantaré” se decía así mismo cada noche al acostarse.
Cuando fueron a dar las doce, se acercó al cabello de Ana, aspiró
su olor, y se llenó de valor, se levantó sin hacer el menor ruido,
como si escapara de sus padres siendo un niño nuevamente,
tomó la lámpara y salió al gélido aire de la noche.
La brisa le espantó el sueño, y el dulce sonido de las olas lo
tranquilizó. Se sentó muy cerca del agua, colocando la lamparita
con su chispa de vida en la arena, y esperó. No lograba escuchar
más que los susurros del mar, hasta que de forma repentina
escuchó una voz dentro de su cabeza. “Silvestre”, sintió miedo,
no era la voz de su conciencia, era la voz de una mujer. “No me
temas por favor” un segundo susurro.
Cuando observó a su alrededor una pequeña luz emergió de las
aguas, su corazón se aceleró, la luz se fue aproximando, era la
371
imagen de una mujer. ¿Puedo acercarme? Preguntó la voz en su
mente. Él estaba sorprendido de lo que veía, pero logró
murmurar, “Ven por favor”. La mujer que emanaba luz, se acercó
y se sentó a su lado en la arena. “Silvestre” dijo la voz en su
mente, la mirada de la muchacha era fuego vivo. Dos lagrimitas
cristalizadas rodaron por las mejillas del espectro. “No llores por
favor” dijo Silvestre. “No podía irme, sin decirte adiós, te amo
demasiado para no verte por ultima vez.” Él pudo sentir la
profunda tristeza del alma de Teresa. “Debes ir a donde tengas
que ir Teresa”. Dijo Silvestre. “Lo sé” Dijo la muchacha. “Cuida de
Ana, conviértete en su amigo, ella te ama, cuida de todos los
silvestristas, todos te aman” Dijo llena de tristeza. “Si dejas de
cantar, la oscuridad los consumirá, debes seguir adelante, lleva tu
alegría a cada rincón del mundo”, Silvestre entendía a qué se
refería Ana con no tener miedo. “Lo haré Teresa”. Una fuerte
brisa golpeó a Silvestre.
Cuando abrió los ojos, ella no estaba. “Tus ojos son como dos
solecitos que me iluminarán siempre, vaya a donde vaya”.
Escuchó en el aire.
-
Se ha ido. Dijo el muchacho.
Al ponerse de pié sintió humedad en el rostro. Estaba llorando.
372
ANA Y SILVESTRE
Las despedidas suelen ser muy duras, pero existen almas que
nunca se despiden, que permanecen unidas, vayan a donde
vayan, por más que caminen en el mundo e intenten olvidar, algo
se ancla en su ser, y esa alma gemela nunca estará realmente
lejos.
Ana lo abrazó con cariño, le dio las gracias y no quiso saber nada
de lo sucedió la noche anterior, según ella, era algo que solo le
pertenecía a él y a Teresa, lo besó en la mejilla y se dijeron adiós.
El muchacho tomó su bolso rojo y comenzó el ascenso por el
camino de la montaña que lo llevaría de regreso a Taganga,
cuando estuvo arriba, se dio media vuelta para ver si Ana aún
estaba observándolo.
Ella estaba de pie, incólume dejándolo partir. Algo dentro de su
ser se estremeció al verla entre la arena y con el mar a sus
espaldas. El viento hacía volar los cabellos negros de Ana, como
en un sueño.
-
¡TE AMO! Gritó él, desde lo más profundo de su corazón. Y
como si la vida se le fuera a escapar, salió corriendo de
regreso hacia Ana, su mochila quedó a mitad del camino.
Ana al escucharlo gritar, corrió igualmente hacía él.
Los dos se abrazaron con tal fuerza que pudieron escuchar sus
corazones latir desbocados, Ana besó a Silvestre, Silvestre besó a
Ana. Fuerte, intenso, infinito, como debe ser el último beso de tu
alma gemela.
- “No nos pertenecemos, no es posible, es nuestro pacto de
olvido”. Murmuró ella, y se fue corriendo en dirección a la casita
de madera.
Él la dejó partir, y regresó a su vida real.
373
MATHIAS
Una
hermosa mujer de cabellos claros, se acercó a Mathias,
sonriendo.
-
Hola muñeca. Dijo Walter, que al ver semejante
monumento de mujer, se había salido corriendo de la
piscina.
Mathias la observó descaradamente, y ella a él, no era común ver
en su vida a alguien de ojos azules como el mar, ni mejillas
sonrosadas y pópulos perfectos, algo no le cuadraba en esa
mujer.
-
¿Eres una de las vecinas de la finca La Leona? Preguntó
Walter.
-
Sí, me llamo Fabiana, y ¿Ustedes tienen nombres?
-
Yo soy Walter preciosura, este es mi amigo Mathias, y los
de la piscina son dos gafos que ya no recuerdo ni quienes
son. ¿Te quieres divertir un rato princesa?
-
Deja de ser tan baboso Walter, pareces un gusano de lo
pegajoso que te pones a veces. Dijo Víctor. Perdónalo niña,
el Walter es virgen.
Walter molesto por lo que acaba de decir su amigo, se lanzó de
chapuzón a la piscina a pelear con Víctor, quien no paraba de
reírse, mientras Pichicho estaba mudo y completamente
enamorado de Fabiana.
-
Mathias, cualquiera creería que vas a desvestirme con la
mirada. Dijo Fabiana.
-
Disculpe, no la miraba a Usted, recordaba una historia
curiosa que me contó un amigo. Dijo apenado por su
comportamiento.
374
-
Espero que alguna vez quieras verme desnuda Mathias,
sería un placer para mí.
-
No es mala idea Fabiana. Dijo Mathias contemplando la
belleza de su rostro, su boca roja como una fresa, su olor
dulce, su piel suave, sus labios húmedos, su lengua
perfecta. Mathias no supo ni en qué momento la estaba
besando. Pichicho salió de la piscina y los apartó dándole
un fuerte golpe en el pecho a Mathias.
-
Ella es mía, no la vuelvas a tocar. Dijo Pichicho fuera de
control. Víctor y Walter los separaron.
-
Se comportan como gallos de pelea ¿Qué les pasa?
Preguntó Víctor.
-
¿Qué ocurre? Preguntó el anciano, que en ese instante se
acercaba con un palo, asustado por los gritos de los
muchachos.
-
No me siento bien. Dijo Pichicho.
Mathias sentía un fuego abrasador en los labios, y probó el sabor
de su sangre, en la pelea Pichicho le había partido el labio
superior. Walter le dio golpecitos en el rostro a Pichicho que se
había desmayado, pero al ver que no reaccionaba comenzó a
darle verdaderas cachetadas. Víctor separó a Walter de Pichicho,
que se había recobrado a punta de tanto golpe.
-
Por qué me golpea compadre. Preguntó Pichicho a punto de
llorar, con las mejillas coloradas por los golpes.
-
Por qué me golpeaste tú a mi, preguntó Mathias a punto de
echársele encima.
-
No sé que me pasó, yo no le pegué Mathias.
Todo fue confuso, pero la clarividencia de Walter, los años le
habían enseñado a responder a las situaciones con una pregunta,
375
que con regularidad dejaba perplejo a todos, por su resumen
asombroso.
-
¿Compadre Víctor, dónde está Fabiana?
Todos los presentes miraron en su rededor y no había nadie.
-
Aquí no había ninguna mujer. Dijo el anciano Reinaldo. Lo
que Ustedes vieron fue una bruja.
376
LOS GUSANOS
Pichicho jugaba entre sus manos con la moneda de mil pesos
que conservaba desde el día que llegó por primera vez a
Bucaramanga. “Esa moneda de mil pesos tan bonita y dorada, no
la gastes nunca, consérvala, pase lo que pase, no la pierdas,
desde hoy cuenta con solo mil trescientos pesos, y mantenla
siempre contigo, es tu moneda de la suerte, hazme caso”. Le
había dicho el anciano que le vendió un vaso de café por
setecientos pesos. Cada vez que se sentía nervioso, la tocaba
dentro del bolsillo del pantalón o la sacaba para lanzarla y elegir
cara o sello.
Ya habían pasado varios días desde que vieran a una bruja en el
Novalito, una hermosa mujer a la que todos le habían caído,
como gusanos a un cadáver. Desde entonces, Mathias tenía
pesadillas, Walter se había vuelto serio, Víctor apenas si hablaba,
y él era un manojo de nervios. Afortunadamente había
conseguido un nuevo empleo, y podía enviar recursos a su hogar
en Venezuela. Solían reunirse por las noches en el trabajo de
Pichicho, donde su amigo les preparaba las mejores tortillas del
mundo, y conversaban de lo aburrida que se había vuelto la
ciudad.
-
Nosotros lo que necesitamos es sol. Dijo Walter en un tono
formal y muy serio. Y la moneda de Pichicho estuvo a
punto de caérsele de las manos.
-
Qué les parece si nos vamos a la Sierra Nevada. Opinó
Mathias, recordando el lugar a donde debía haberse ido
hace tiempo.
-
Yo necesito este trabajo, no cuenten conmigo. Dijo Pichicho
regresando a su cocina, la moneda había caído en sello y
eso significaba que no podía ir.
377
-
Yo creo que necesitamos acción y emoción. Insistió Walter
Quintero. Propongo que nos vayamos a la costa, tengo
unos amigos silvestristas en Taganga que son gente
amable, atenta y nos recibirán con beneplácito.
-
A ti que bicho te picaría. Dijo Mathias. Cada día hablas más
raro.
-
Al menos hablo. El Víctor creo que ya no sabe decir ni la
palabra “Moto”.
Ante semejante recuerdo por la moto robada o perdida, los tres
amigos comenzaron a reír como hace tiempo no lo hacían, y
aprovechando el buen humor, decidieron olvidar el susto del
Novalito, sus fantasmas y brujas y marcaron su próximo destino.
- ¡Gusanos Taganga nos espera!
378
TURBAYOR
El calor de Turbaco es semejante al que debe reinar en cualquier
desierto, y la gente de la costa suele hablar con las manos en
busca de alguna brisa, por pequeña que sea.
-
Yorle me puedes explicar ¿Qué es esto? Preguntó Gloris a
punto de gritar. Y sus manos hablaron también con
múltiples gestos.
-
Son tres hermosos cochinitos. Contestó la Joven.
-
Pero te di doscientos mil pesos para que compraras el
premio de la rifa.
-
Bueno, estos tres tesoritos son el premio.
-
¿Te volviste loca? Gloris estaba a punto de perder los
estribos.
-
Cálmate Gloris, ya veras que vendemos toda la rifa.
Todos los silvestristas de “La Matraca de Turbaco” estaban tan
encantados con los tres cerditos, que decidieron colocarles
nombres, el mas delgado era Palito, el más rojizo era Tomate; y
el tercero y mas gordo fue llamado el Goyo, o Goyito, como le
decían de cariño. A pesar del mal genio de Gloris, con el pasar de
los días, las personas en el pueblo se entusiasmaron por ganarse
a los tres animales, unos por lo rosados que eran, otros con
planes de hacerlos lechón, y otros por lo gracioso que era el
premio.
El dinero recaudado en la rifa sería a beneficio del club
silvestrista, para el próximo lanzamiento de Silvestre en
Valledupar, y la rifa estaba pautada para meses después, aún así,
379
la gente deseaba tanto ganarse a Palito, Tomate y Goyito, que se
hicieron mil números a 10 mil pesos cada numero de la rifa, y
esta se vendía de forma vertiginosa. Mientras los cochinitos
engordaban y crecían como por arte de magia.
Gloris se sintió afortunada de tener una amiga tan loca como
Yorle, solo a ella se le ocurriría la mejor idea del mundo.
La rifa de los tres cochinitos. “Solo una silvestrista puede ser tan
loca, y salirse con la suya” Pensó.
380
SILVESTRE
Silvestre
regresó a su vida de conciertos, viajes, entrevistas,
grabaciones. Todo señalaba que Ana, el diario del silvestrista,
Teresa y Taganga habían quedado en un mundo tan distante que
a veces se preguntaba si había sido realidad.
Comenzó a soñar muy seguido con Ana y una insistente libélula
roja que revoloteaba siempre al alrededor de la muchacha. A
veces despertaba por las noches con la frente perlada en sudor, y
con ganas de gritar el nombre de ella.
Una noche en que el insomnio regresó a su vida, en la habitación
de un hotel de Dios sabrá cuál ciudad, porque solía olvidar dónde
estaba de tanto que viajaba, quiso leer el librito, cuando recordó
que Ana se había quedado con él.
Absorto en sus pensamientos, quiso recordar la sonrisa de su fan,
y la comparó con mil sonrisas de miles de fanáticos, pensó en el
brillo de su mirada, y se sintió sorprendido de que los silvestristas
tuvieran ese mismo brillo. “Recordar a Ana es recordar a todos
mis silvestristas” Pensó. Y entre el recuerdo de las olas, del
tiempo que transcurría inexorable, la ausencia de sus hijos y de
su esposa, la distancia entre él y su familia, los compromisos, y
sus propios deseos, tomó de pronto la guitarra, y en el silencio de
la noche cantó una canción dedicada al tiempo.
381
382
KIKE BELTRAN
Kike
llegó al aeropuerto a las 6:00 de la mañana, fuentes
fidedignas informaban que en el avión de las 7:00 de la mañana,
llegaría Silvestre Dangond a Barrancabermeja. Impaciente
recorrió todo el aeropuerto, tomó tres tazas de café bien cargado,
hasta quedarse plantado como un clavel a la salida de los
pasajeros. Eran las 11:00 de la mañana cuando las esperanzas lo
abandonaron. El muchacho pensó que era inútil, que todo había
sido una falsa alarma. La luz de su teléfono prendía y apagaba
persistentemente, tenía diecinueve llamadas perdidas, sus padres
exigían su presencia y la de la camioneta en el hogar. Caminó de
un lugar a otro, intentando decidir si quedarse o irse, cuando
escuchó el sonido inconfundible del aterrizaje de un avión, la
pantalla indicaba que el vuelo provenía de Bogotá. Con los ojos
como platos, sintió que se le erizaba la piel, cuando entre los
pasajeros reconoció a Silvestre, vestido con ropa deportiva azul
oscuro y lentes de sol. “Soy el único silvestrista que lo está
esperando” Pensó. Y una gota fría bajo de su semblante y le
recorrió el rostro. “Compórtate no te exaltes, no lo asedies”
murmuró. El teléfono en el bolsillo del pantalón no hacía más que
vibrar a punto de reventarse.
-
¡Hola Silvestre, hermano! Dijo Kike lo más tranquilo que
pudo.
-
Hola, cómo está todo. Contestó el artista estrechándole la
mano.
-
Bien, que casualidad conseguirlo.
-
Que raro no hay nadie esperándome, ni los empresarios.
Murmuró Silvestre desorientado.
-
Si quiere yo lo llevo. Soltó Kike fingiendo serenidad.
-
¿Tienes carro?
383
-
Sí, está parqueado allá fuera, yo soy silvestrista, estoy
para lo que necesite hermano.
-
¿Cómo te llamas? Preguntó Silvestre.
-
KiKe Beltrán.
-
Bueno vamos Kike. Lo animó Silvestre.
El joven estuvo a punto de vomitar de los nervios, el teléfono no
dejaba de vibrar, pero él estaba con su ídolo, y por un instante
fue el chofer del hombre que más admiraba. “Cálmate o vas a
tener un accidente, Kike contrólate” Pensó al encender el
vehículo. Conversaron de todo y de nada a la vez, con un poco de
tráfico, se sintió feliz de poder conocer en persona a su cantante
favorito.
-
Viejo Silve, tengo un amigo que te admira mucho, crees
que podamos llamarlo para que lo saludes.
-
¡Claro! Márcale.
Kike un poco nervioso, marcó a uno de sus contactos.
-
¿Compadre? Si compadre es Kike, le voy a Pasar a
Silvestre Dangond.
-
Hola hermano ¿Cómo estas? Silvestre sonrió al ver que el
muchacho al otro lado de la línea no creía que en realidad
fuera él. Sí bueno gusto en saludarlo, un abrazo y cuídense
mucho. Chao.
-
Gracias Silvestre. Dijo Kike emocionado.
-
No creo que se creyera que fui yo.
-
Pues permítame una foto y ya la subimos a las redes
sociales para que la vea.
Kike se demoró en llegar al hotel de Silvestre aproximadamente
treinta minutos, conversaron animadamente, y al despedirse Kike
384
dejó de fingir, le dio un fuerte abrazo y le dio su mejor sonrisa. Lo
había conocido, habían hablado como amigos, tenía una foto y
hasta se lo había pasado a su mejor amigo. El teléfono volvió a
vibrar.
-
¡Mierda mi mamá! Soy hombre muerto. Dijo y contestó. Al
otro lado de la línea alguien hablaba entre gritos, el
muchacho solo entendió “Páseme buscando ya”. La
felicidad que abrigaba en su corazón no se echaría a perder
por unos cuantos llamados de atención. “Silvestrista que se
respete aguanta callado”. Pensó.
385
WALTER QUINTERO
Walter
colgó la llamada y se quedó observando a Mathias y
Víctor, los tres estaban por abordar un autobús en el Terminal,
para irse a la costa como habían planeado.
-
¿Quién era? Preguntó Víctor
-
Kike Beltrán.
-
¿Qué Quería?
-
Me paso a un hombre, que dijo ser Silvestre. Dijo con los
ojos bien abiertos.
-
Tranquilo calvo, es otra de las bromas de Kike. Aseguró
Víctor.
-
Ese muchacho debería dejar la mamadera de gallo, el
silvestrismo es algo serio hermano.
Mathias se limitaba a reírse del par de amigos, estar a su lado
solo le causaban risas en todo momento.
Abordaron el autobús, Walter y Víctor se sentaron juntos y
Mathias prefirió una ventana del lado derecho para ir meditando
por el camino.
Walter juraría que era la voz de Silvestre, pero eso no era
posible, ese Kike un día de estos le iba a pagar una a una sus
bromas. “Si yo hablara con Silvestre Dangond por teléfono grito”
Pensó.
-
Compadre creo que te vas a morir. Dijo Víctor.
-
No me jodas y por qué. Preguntó Walter.
-
Mira mi Facebook, aquí está Kike con Silvestre.
386
Los ojos de Walter Quintero se le salieron de las orbitas, un Kike
muy sonriente levantaba el pulgar derecho en una foto dentro de
un vehículo, a su lado el ídolo Silvestre Dangond sonreía también.
- ¡Mierda! Exclamó Walter Quintero. Pegándose con la mano en
la frente calva. El autobús emprendió el camino hasta Santa
Marta.
387
MILTON JUMBO
Los silvestristas que aún no han asistido a un lanzamiento de los
que se viven en Valledupar, no pueden comprender lo que es la
felicidad. Si ellos entendieran que no hay obstáculo que les
impida realizar sus sueños, por pequeños o por grandes que sean.
Un sueño se realiza, de la misma forma en que un mago saca un
conejo de su sombrero, primero aprende el arte, luego lo intenta
una y mil veces, hasta que una noche, el conejo aparece como
por arte de magia. Todo consiste en visualizarlo en tu mente,
trabajar en eso que tanto anhelas y concentrar tus energías en el
camino que te llevará a realizar el sueño dorado. Si dices “No
puedo” ten por seguro que no podrás. Si insistes en que es
imposible, así será. Si tienes un sueño, no seas tú mismo quien
diga que no se puede. Jamás permitas que te digan que no se
puede, o estarás perdido en una vida rodeada de palabras que
serán como cadenas de hierro, atadas a los pies de tu conciencia.
Un muchacho llamado Milton que vive en Ecuador, pasa los días
como quien se haya en un lugar al cual no pertenece. Por las
noches suele caminar por las calles de ese país sin poder
escuchar vallenatos, sin tener con quien compartir un poco de la
música que adora.
La soledad incluso llega hasta la mitad del mundo, y se pasea a
su lado de vez en cuando, pero en las denominadas redes
sociales, es como si el mundo cambiara, ve rostros muy alegres,
que en su mayoría visten de rojo, suben al ciberespacio
innumerables fotos del día a día de su ídolo. “El silvestrismo que
añoro”. Piensa cada vez que ve fotos de personas como Walter
Quintero, Víctor, Pichicho, Yorle, Gloris, Katherin, entre tantos
otros.
-
¿Cuándo me atreveré a vivir? Murmura por las noches.
388
Una mañana Milton Jumbo, como lo conocen los silvestristas, se
despertó muy temprano convencido de una sola cosa, como
nunca antes.
Tomó papel y lápiz, y con la convicción de un hombre que
conseguirá la libertad, escribió:
“Silvestre va a conocerme.”
389
NINI
Por las mañanas Nini se acostumbró a escuchar a todo volumen
las canciones de Silvestre Dangond, una a una las tarareaba
hasta la hora del medio día, ella sentía que en la oscuridad, todas
las melodías de Silvestre producían cualquier cantidad de luz,
suficiente para vivir lo que le estaba ocurriendo.
Una mañana, una de esas canciones la llenó tanto de ilusiones y
energías positivas, que le rogó a su mamá que la llevara a un
parque a tomar sol.
-
Quiero estar sola mamá. Déjame aquí sentada, estaré bien.
-
Bueno Nini, estaré cerca, cualquier cosa me llamas hija.
-
Sí mamá.
Prestó atención detenidamente, y pudo entender los cantos de las
aves en los árboles, incluso las risas de los niños que jugaban a lo
lejos, los vehículos que impacientes sonaban sus cornetas. Una
jungla de sonidos llamada vida, reinaba a su alrededor.
-
¡Hola Princesa! Dijo una dulce voz.
-
¿Guillermo? ¿Eres tú? Preguntó ella con los pelos de punta.
-
Sí princesa, me enteré en la Universidad que no puedes
ver.
-
Veo sombras, a veces un poco más de luz. Dijo respirando
el olor de la piel del hombre que amaba. Hueles muy bien
Guillermo.
-
Y tú te ves más bonita. Dijo tocándole con un dedo la
punta de la nariz.
Nini sintió que el dolor se le venía encima, la tristeza la arropó
arrojándola a un vacío enorme.
390
-
Me duele no poder verte. Dijo Nini y su voz se quebró.
Guillermo tomó sus manos entre las suyas. Consolando sin
saberlo, uno de los corazones más golpeado por los designios de
la vida, apenas la vida comenzaba y no podía ver.
-
Nini, no necesitamos vernos para tenernos el uno al otro.
Siempre te he visto en la Universidad, siempre he querido
acercarme a ti, pero tenía miedo que no me aceptaras en
tu vida. Al día siguiente del que hablamos en la cafetería,
me quedé esperando que llegaras, tenía una rosa para ti.
Tiempo después, alguien comentó lo que te había pasado
contigo y te busqué hasta dar con tu dirección. Hoy fui a tu
casa y me dijeron que estabas aquí.
Guillermo besó su mano, y Nini sintió que la vida le volvía al
cuerpo, él comenzó a contarle mil historias que había leído en los
libros. Y ella se sintió su princesa. Desde ese día la oscuridad fue
muy diferente en la vida de Nini.
391
JAVI
El Batallón 115 Silvestrista de Barranquilla bajó de la unidad de
transporte en Arjona, tenían asignada la misión de encontrar a
una joven para Pérez Carranza, y la información obtenida los llevó
a aquel pueblito.
-
Batallón, contamos con 24 horas para encontrar a Isamar.
Dijo Daniela a los silvestristas presentes.
-
Te corrijo comandante de tropa. Dijo Javi. Contamos con
doce horas, si no llegamos para el atardecer a nuestros
hogares, seremos un Batallón fusilado por padres y
representantes.
-
Tiene razón soldado. Aprobó Daniela. Así que a moverse,
aquí tienen las copias de la fotografía con la que contamos,
es necesario tocar puerta por puerta ¿Entendido?
“BATALLON
115,
BATALLON
115,
BARRANQUILLA,
BARRANQUILLA PRESENTE” Gritaron felices de fijar su meta.
Así fue como treinta silvestristas se desplegaron por toda Arjona,
intentado encontrar a una silvestrista que había robado el corazón
de Pérez Carranza, tocaron puerta por puerta, acudieron al
parque, la iglesia, la plaza de mercado, y nadie reconocía a la
muchacha en la foto.
-
Buenas tardes. Dijo Javi de mal humor, cansado de no
encontrar noticias de la silvestrista. Disculpe se que soy
inoportuno y me da pena molestar señora, pero puede
decirme si conoce a esta muchacha. Sí, esta de la
fotografía.
-
Sí, es mi hija. ¿Quién la necesita?
392
Ante tal noticia, Javi sonrió como hace tanto no lo hacía.
-
Señora somos silvestristas. Fue toda su explicación, la cual
bastó a la madre.
-
¡ISA, TE BUSCAN! Gritó a voz en cuello.
La madre de la silvestrista hizo pasar al joven a la casita humilde
y arrimó un taburete algo destartalado. El aceptó dudoso de
sentarse, pero por educación finalmente lo hizo. Una hermosa
muchacha lo observaba desde el umbral, tenía unos ojos enormes
con espesas cejas y largas pestañas.
-
Hola ¿Quién eres?
-
Soy Javi, soldado del Batallón Silvestrista de Barranquilla
Nº 115, de nuestro amado Silvestre Dangond, constituidos
formalmente después del lanzamiento de la Novena
Batalla, pero la gran mayoría era ya silvestrista desde los
tiempos de la canción “La Colegiala”.
La muchacha sonrió y le brindó un fuerte abrazo, en el instante
que la mamá se acercaba con un vaso de jugo.
-
Mamá es silvestrista.
-
Sí Isamar, por eso lo dejé pasar. Tómese el jugo de mora
que está frío. Voy a lavar ropa, si necesitan algo estaré en
el patio.
La señora era de esas mamás que todo lo saben y que todo lo
entienden, desde la unión de los silvestristas hasta las más
audaces de las travesuras, para este tipo de madres, la visita de
un silvestrista es motivo de alegría y credencial suficiente para
brindar la amabilidad y cariño que solo una mama silvestrista,
puede entregar.
-
Isamar debes venir conmigo todos te estamos buscando
por toda Arjona, debes venir a Barranquilla, el fotógrafo de
393
Silvestre te anda buscando y si no nos apresuramos no
podrás verlo, creo que su vuelo es hoy.
-
¿Y por qué quiere verme? Dijo Isamar, brindándole una
sonrisa brillante.
-
No tengo la menor idea, pero esa es la misión.
A las 4 de la tarde de ese día todo el Batallón recibió el siguiente
mensaje de texto en sus celulares: “Reunión a las 17:00 horas en la
parada del bus a Barranquilla, objetivo localizado”.
Eran las cinco de la tarde cuando todo el Batallón abrazaba a
Javier por su exitoso hallazgo, todos se abrazaban felices y
agradecían a Isamar que los acompañara. Apenas tuvo tiempo Isa
de colocar dos o tres mudas de ropa en su mochila, para poder
acompañarlos, su mamá no tuvo objeción en el permiso
correspondiente, porque se trataba del silvestrismo, pero no
contaba con los recursos de darle dinero, a lo que Javi aseguró
que no le haría falta nada. De regreso a Barranquilla el soldado
BB llamó a Pérez Carranza, pero el joven no contestó, lo cual
llenó de preocupación a la tropa, no tenían la menor idea de
dónde buscarlo, por lo que, por decisión unánime se lanzaron
directamente al aeropuerto a buscar al lente del silvestrismo.
Cuál sería la mala fortuna que al llegar al lugar de embarque
constataron que era demasiado tarde, el vuelo rumbo a Bogotá ya
había abordado, incluso escucharon el rugido del despegue del
avión.
-
Fallamos. Dijo Javi.
-
Rendirnos nunca. Dijo DJ Carlos. Te subes en el próximo
vuelo con Isamar y vas y se la llevas a Carranza.
-
Pero no tenemos plata. Dijo Javi derrotado.
-
No hay nada que el silvestrismo no pueda lograr. Dijo
Daniela. Batallón presenten sus carteras y monederos, esto
es una emergencia.
394
“BATALLON
115,
BATALLON
115,
BARRANQUILLA PRESENTE” Gritaron.
BARRANQUILLA,
A las seis de la mañana del día siguiente, un nervioso Javi
aguardaba el vuelo que los conduciría a él y a Isamar a Bogotá.
395
PEREZ CARRANZA
El avión se alzó en vuelo, alejándolo de la muchacha de olor a
chocolate, por más que la buscó, por más que todo un Batallón lo
apoyó, no logró contactarla. Se sentía abatido, y algo cansado. Su
teléfono se había dañado y tampoco pudo despedirse de los
silvestristas que tan amablemente habían hecho de todo por
encontrar a la mujer de sus sueños. Él observó por la ventana del
avión, cómo las nubes se enrojecían en el atardecer, cómo moría
el sol en la distancia, recordándole tiempos dolorosos. Se vio así
mismo caminando por carreteras, sin un peso en los bolsillos,
sacando la mano a los vehículos, esperando que alguien pudiera
ayudarlo a llegar a su destino. Una noche tiempo atrás, se sentía
emocionado de ir a un concierto de Silvestre Dangond, Jorge
recordó cómo acostumbraba a seguir al artista de pueblo en
pueblo, de ciudad en ciudad para simplemente tomarle fotos.
Hasta que un día cuando llevaba su bolso a hombro, alguien le
dijo que llevaba abierto el morral, angustiado lo examinó y
constató que lo habían robado. La tristeza de perder su cámara
era comparada a ese atardecer, en que no había encontrado a la
muchacha olor chocolate, se sentía abandonado por la suerte.
Pronto se iría al extranjero con Silvestre y los tiempos de seguirlo
de pueblo en pueblo y el olor de la muchacha de enormes ojos,
quedaban en el pasado.
- Estoy enamorado de una quimera. Pensó. Julieta te he perdido
para siempre.
396
ANA
Yaliana
y Ana contemplaron en silencio aquel atardecer,
Taganga es un lugar mágico donde las penas duelen menos,
donde las almas se alzan y sobrevuelan el mar. Las nubes vuelan
alegres al lado de las almas, y el mundo se siente distinto, entre
la soledad y la presencia del creador del universo.
-
Ana, debo confesarte que yo sabía que era Silvestre
Dangond. Dijo Yaliana.
-
¿Sabias que era él? Dijo Ana con los ojos como platos.
-
Toda Colombia reconoce ese rostro.
-
¿Y por qué fingiste no conocerlo?
-
Porque él fingió no ser él, porque por un instante quiso ser
Mathias y no me sentí quién para llevarle la contraria. Algo
que aprendes en la soledad es a respetar lo que quieren los
demás. Ustedes por un instante jugaron a ser otras
personas y fueron felices, yo a veces juego a ser sola en la
vida y eso me hace feliz.
-
No puedo creer que no le hayas pedido una foto, o su
autógrafo o que no hayas gritado al verlo.
-
Ana, a veces la admiración se demuestra con un buen
pescado frito, o nadando en el mar y jugar a ahogarse con
esa persona que idolatras. Yo no necesito fotos de Silvestre
para quererlo, no necesito que sepa que lo admiro o que lo
amo con toda mi alma para que ese sentimiento sea real.
He aprendido que el amor de un fan va más allá de fotos,
saludos o gritos. Cuando vivía en el pueblo, todas las
mañanas colocaba en casa su música y mi vida era plena
en ese entonces.
397
-
¿Yaliana qué ocurrió? ¿Por qué te alejaste tanto de la
gente? ¿Por qué vives sola?
-
Porque me enamoré. Dijo lanzando una piedrita a las olas
cristalinas.
-
No entiendo, puedes contarme no se lo diré a nadie.
-
Hace algunos años me enamoré locamente de un hombre
maravilloso, él intentó enamorarse de mí, de quererme y
amarme como yo lo amaba, fui muy feliz durante un
tiempo. Un día sentado en el comedor de mi casa me
confesó que me amaba, pero que amaba más a otra mujer
que a mí, que no la había olvidado, que no podía olvidarla y
que lo nuestro no podía ser. Ese día sentí que el corazón se
me partió en dos pedazos. Durante una semana lloré como
si alguien en la casa hubiera muerto, y me dolía ver a mis
padres y hermanos preocupados de mis depresiones
amorosas, decidimos que yo necesitaba tiempo y espacio
para asumir mis tristezas y los convencí de ayudarme a
reconstruir este escondite para poder superar mis pesares.
Tiempo después dejé de ir a casa y mi familia dejó de
venir, poco a poco me fui sintiendo mejor en la soledad del
mar, y la alegría regresó. Vendó pulseritas tejidas a los
turistas en distintas playas y me gano la vida de una forma
más sencilla, a veces voy a casa y somos felices aunque
nos veamos muy poco.
-
Yaliana y el muchacho del que te enamoraste, lo has
olvidado supongo.
-
No Ana, pero aprendí a vivir con el amor que siento por él,
es un hombre maravilloso, fue sincero al confesarme su
más profundo pesar. Yo no te niego que quisiera correr y
buscarlo en el pueblo, pero el amor tiene que encontrarte,
no puedes perseguirlo e ir detrás de él, mendigando lo que
no te puede entregar. Mi abuela decía que el amor era el
sentimiento más rebelde de todos, como un caballo brioso,
que cuando le sueltan la rienda corre desbocado hasta el
398
confín del universo, y que solo el verdadero dueño del
caballo podrá serenarlo. Solo el verdadero amor podrá
contener tus sentimientos, aceptarlos tal y como son, y
solo él podrá tocarle el alma.
Ana fijó su mirada en el horizonte y un nombre vino a su mente,
resplandeciente y único, ella conocía el dueño de su amor.
399
TAVO
En
la reunión del domingo en el Club Silvestrista de
Barrancabermeja, Tavo sudaba frío, no tenía la menor idea de lo
que debía hacer con el maletín lleno de dinero. Intentó decírselo a
Isa Monsalve antes de la reunión, pero no tuvo el coraje, ella
siempre estaba llamándole la atención, evitando que se metiera
en problemas, pero en esta ocasión el mal estaba hecho.
-
Y ahora Tavo es el hombre del maletín. Dijo Carlos muerto
de la risa.
-
Déjelo que eso le da estilo. Dijo Pedro apunto de llorar por
las carcajadas.
-
¡Cállense carajo! Dijo Isa. Es que no podemos tener un día
de reunión en paz. Tavo saca ese horrible maletín de aquí.
-
No puedo Isa.
-
Es una orden. Insistió la muchacha.
-
No puedo, miren lo que contiene. Dijo decidido a mostrar el
dinero.
-
¡Por Dios! Robaste un banco. Gritó Carlos.
-
No, yo no he robado nada. Recuerdan que un hombre me
lo dejó la otra noche, en la heladería de la 60, nunca
regresó por él, así que me lo llevé a casa, y ahora no tengo
idea de que hacer con esto.
-
Dios sabrá en qué problema estas metido Tavo, cómo se te
ocurre, aceptar algo de un extraño.
-
Yo no acepté nada Isa, él lo dejó allí. Insistió irritado Tavo.
-
Bueno, en virtud de que esta reunión solemne es por el
Lanzamiento de Sigo Invicto de Silvestre, yo someto a
400
votación que nos vayamos al valle a darnos una buena vida
con esa plata. Concluyó Carlos.
-
Te volviste loco. Gritó Pedro al borde del colapso. Nos
pueden matar, esto es un mal entendido, el dinero era para
alguien que no llegó a recogerlo, y Tavo con tan mala
suerte, de que creyeron que él era el hombre que
buscaban. Esto puede ser cosa de la mafia.
Todos murmuraban, todos caminaban de un lado a otro,
angustiados por tanto dinero. Unos decían que deberían irse a
concierto y olvidar el asunto, otros opinaban que había que
publicar por la prensa lo de un maletín perdido a ver si aparecía el
dueño. Después de horas de discusión, alguien tocó a la puerta y
los nervios aumentaron, no acostumbraban a que les tocaran la
puerta en días de reunión silvestrista. Un hombre alto vestido de
negro como si estuviera de luto tocaba el timbre de la casa, una
gruesa reja no le permitía entrar.
Al tercer llamado, Isa salió a ver de quién se trataba.
-
Niña busco el maletín, se que está aquí, y se quién lo tiene,
abre o no respondo. Necesito el maletín.
-
Señor no se de qué me habla. Dijo Isa.
-
Abre o se mueren todos. Necesito
perfectamente quiénes son y qué hacen.
-
Que le abra su madre, a mi no me amenazan en mi casa. Y
diciendo esto corrió a la casa, donde aguardaban sus
amigos. Tavo, debes salir por la puerta de atrás, este tipo
tiene pinta de ser un matón, debes huir mientras podemos
avisar a la policía, llévate ese maletín y huye. Nosotros
daremos parte a la policía. No nos llames, ni nos escribas,
escóndete mientras nuestros padres resuelven esto.
-
¿Y qué hago con el dinero? Preguntó Tavo.
el
maletín,
se
El timbre volvió a sonar varias veces.
401
-
Gasta solo lo que necesites, ni un centavo más, ese dinero
hay que entregarlo a la policía. Vete de una vez, y por lo
que más quieras, cuídate.
Tavo sin más que el maletín en las manos, se fue a la Terminal,
su destino Valledupar, asustado y a la expectativa del problema
en el que estaba metido.
402
EL CLUB DE LOS TIBURONES
Durante
el viaje a Santa Marta, las lamentaciones de Walter
Quintero, estuvieron a la orden del día, melancólico evocaba una
y otra vez las palabras entre él y Silvestre, estuvo inconsolable, ni
las ocurrencias de Víctor, pudieron sacarlo del guayabo moral que
había decidido sufrir por no reconocer la voz de su ídolo Silvestre
Dangond. Al anochecer estaban entre los samarios, la gente iba y
venía en la bahía de la ciudad. Los tres amigos esperaban a los
silvestristas de Taganga quienes los apoyarían en su estancia en
la costa colombiana.
Mathias al ver las aguas del mar, pensó en ella, pero sin decir su
nombre, había decidido que si deseaba olvidarla, no debía repetir
una y otra vez el nombre de la mujer que amaba. Desde entonces
en su mente solo la palabra “ella” era un tormento con el cual se
había acostumbrado a lidiar como quien intenta tocar su piel y
borrar una cicatriz profunda.
A las ocho de la noche se vieron rodeados por una multitud de
personas, todos hablaban tan rápido que solo podían sonreír y
corresponder el cariño con el que fueron recibidos. No solo se
hicieron presentes los silvestristas de Taganga, estaba además el
club silvestrista de Santa Marta y el Batallón Samario,
aproximadamente fueron más de 50 abrazos. Luego de hacerlos
pronunciar el juramento silvestrista, fueron fotografiados como
celebridades, y muchas de las silvestristas se veían atraídas por
Mathias, solícitas, amables y cariñosas.
Walter ante tantas mujeres olvidó el incidente con Silvestre, y se
entregó a la dicha de ser famoso. Víctor un poco más serio
intentaba atender a todos los presentes y asegurarse de que se
les brindara estadía por algunos días. La alegría de un encuentro
ocasional, donde tres silvestristas visitaron una ciudad, se
convirtió en un hecho tan importante que todos portaron sus
estandartes, con el orgullo propio de un fan, y con el cariño
sincero de un hermano.
403
-
Me gusta su Bandera. Dijo Mathias. Al contemplara dos
enormes tiburones en una tela roja.
-
Es el logo del Club de Taganga. Contestó un muchacho. EL
CLUB DE LOS TIBURONES, así nos conocen. Mi nombre
es Ángel, pero en el silvestrismo me conocen como
Angelito.
-
Yo soy Mathias, y por nada del mundo te diré Angelito. Los
muchachos rieron y conversaron, mientras los demás
silvestristas continuaban en una incesante sesión
fotográfica con Walter y Víctor.
-
Ustedes son los silvestristas amigos de Walter. Dijo
Mathias.
-
Sí, los muchachos se quedaran en el cuartel general del
club en Taganga y tú te instalarás en mi casa. Vivimos al
borde de la playa, mi madre tiene el mejor lugar de
comidas en toda Taganga y está encantada de recibirte en
la casa. Tenemos planeado llevarlos a la Montaña del Sol,
Playa Grande y de ser posible a Playa Cristal. Las
muchachas del club están muy contentas por su visita.
-
Ideas de Walter. Dijo sonriendo. Una de las mejores que ha
tenido últimamente.
A las doce de la noche Mathias se sentaba en la playa de
Taganga, por fin había logrado estar un momento a solas, y
cuando las olas del mar rozaron sus pies descalzos, “ella”, lo
desarmó de nuevo.
404
ANA
“Los seres humanos, nacidos definitivamente de las estrellas”
Pensó Ana, sentada en la arena de la playa. Yaliana dormía
serena en la casita de madera, entre tanto Ana con la lamparita
de gasoil contemplaba las estrellas en el firmamento. “Cosmos”
Así decía Carl Sagan, cuando yo era niña. Murmuró. Quisiera
tener la certeza que el polvo de la estrella de la cual está hecho
Mathias, es una estrella azul. Papá decía que las estrellas azules
eran cálidas y jóvenes. Quisiera creer que Silvestre proviene de
una estrella azul y que al igual que Mathias tienen mucho por
brillar en esta vida. Papá decía que existían estrellas amarillas,
rojas, blancas e incluso negras en el universo, pero que las
negras estaban al borde de la muerte. Quisiera sentirme una
estrella azul papá. Dijo Ana, y una lágrima rodó por su rostro.
Nunca me dijo de qué polvo provenía su alma, pero al ver las
estrellas es como si estuviera en todas.
-
¡Te extraño tanto! Exclamó al viento. Y vino a su mente
una mañana en la que jugaba con arena al borde de un
mar de aguas marrones, su padre la observaba jugar,
atento de que no fuera a meterse al mar, ya que las olas
eran enormes ese día. Ella lo miraba como si fuera un
gigante que la protegía de cualquier peligro. No se dijeron
palabra alguna, ella sabía leerle los pensamientos con solo
ver su mirada. Su rostro siempre franco y sencillo,
expresaba la aprobación de sus actos. Cuando su padre le
hablaba, le comentaba solo sobre las estrellas, los planetas
y el cosmos. Mi padre siempre estaba pendiente del cielo,
ahora no esta y pienso que es allí a donde se ha ido.
Susurró al viento.
Ana sintió una sensación extraña en la piel, no eran las heridas,
era el presentimiento de que algo estaba por pasar. Ella ya había
decidido regresar a Venezuela, hacer frente a su situación con
Mathias y terminar la relación en los mejores términos posibles.
Si tenía que pedir perdón por ser tan inmadura, estaba dispuesta
405
a pedirlo, pero la decisión era irrevocable, Mathias era su alma
gemela, pero ella no sabía ser feliz con él, y no tenía otra opción
que seguir adelante. “Los finales nunca son felices” Pensó la
muchacha tomando arena en sus manos. “Nuestro final no es feliz
Mathias”. Ana quería un mundo donde la felicidad no dependiera
de una pareja, y para lograrlo tenía que aprender a vivir sin
compañía, encontrar en la soledad las herramientas para
controlar sus sentimientos, estaba cansada de que el corazón la
arrastrara por la vida, cuando era la razón la que debía guiar cada
uno de sus pasos.
-
Quiero creer que somos estrellas azules, cálidas y jóvenes
y que nuestras vidas tienen sentido. Que la felicidad se
consigue por instantes, pero que esos momentos son
suficientes para vivir cien años. Que una canción en la voz
de Silvestre, pueda hacerme vivir lo que siento por él, lo
que siento por mí. Estoy decidida a quedarme con los
recuerdos que tengo de haber amado a Mathias, de haber
amado a Silvestre, me quedo con mis dos sentimientos,
nadie podrá tocarlos jamás. Me quedo con la luz de mis dos
estrellas azules.
406
LA LIBÉLULA ROJA
Esa
mañana a primera hora, Mathias salió a caminar por
Taganga, los tiburones silvestristas habían parrandeado con los
gusanos Víctor y Walter hasta entrada la madrugada. Él se había
retirado a dormir temprano, para encontrar un poco de paz en el
sueño. Todos los silvestristas dormían a aquella hora en el cuartel
general, donde se había decidido celebrar la llegada de los tres
gusanos silvestristas, y Mathias en lugar de irse a casa de
Angelito, encontró una habitación oscura donde descansar el
alma.
En su andar por los alrededores de Taganga, encontró en su
camino una pequeña montaña, y decidió subirla para contemplar
el mar. Al llegar a cierta altura vio una división con el cartel
“Serranía de las serpientes” optando por tomar la senda que llevaba
a la playa, pero en ese instante, una brillante libélula roja llamó
su atención, ésta sobrevoló el letrero posándose en una esquina
de madera. Mathias quiso atraparla, pero se le soltó de los dedos,
la siguió por la senda que subía la montaña y se olvidó del
playón. Cuando los rayos de luz tocaron sus alas, el brillo que
emitió la libélula, fue tan intensa que tuvo que cerrar los ojos.
Continuó siguiendo a aquella ninfa transformada del color rojo
como el silvestrismo, y esta lo llevó hasta la cima de la montaña.
La libélula descansó en el hombro de una joven que en ese
instante contemplaba el amanecer.
-
¡Es ella! Pensó Mathias. ¡Por Dios es ella!
Unos ojos negros, enormes y amables se posaron en él.
Mathias pensó en reclamarle todo lo que había sufrido por su
abandono, no quería perdonarla por dejarlo sin una explicación,
ella le había fallado. Pero al ver las heridas, y moretones de la
joven que vestida como si fuera una pescadora, su corazón lo
empujó a abrazarla como nunca lo había hecho.
407
-
¿Ana estas bien? ¿Qué te ocurrió? Por Dios me tenías
preocupado, qué tienes en la pierna, debiste haberme
llamado. Dijo el muchacho sin respirar.
-
Mathias. Dijo Ana. ¿Cómo me has encontrado?
-
Una libélula roja, la seguí hasta aquí, no se por qué
-
No la he visto.
-
Estaba en tu hombro. Dijo Mathias tocando su delicada
piel.
-
No la vi. Dijo Ana pensando en Julia y Kennel. Estas
heridas son por una caída que tuve, pero ya estoy bien.
Ella quiso decirle todo lo que había decidido, Ana sintió que en su
alma algo se retorcía, su mente y su corazón estaban en guerra.
Al igual que como ocurría con su padre, Ana podía leer el alma en
los ojos de Mathias, en los cuales solo había amor, no tenía
resentimiento alguno, y entendía que ella hubiera huido. Las
palabras no hicieron falta. Ninguno de los dos dijo nada, y como
empujados por una fuerza invisible, se besaron, siendo testigo de
su encuentro, el amanecer.
“No hay nada que el silvestrismo no pueda curar” Pensó Ana,
sintiendo que la depresión ya no existía.
408
WALTER QUINTERO
Walter despertó esa mañana con un terrible dolor de cabeza, el
exceso de alcohol de la noche anterior, entre la euforia de estar
en la costa y el encuentro con tantos silvestristas le hizo una
mala jugada, sentía que su cerebro explotaría de un momento a
otro. La casa amaneció patas arriba, en cada rincón de la casa
alguien dormitaba en un sofá o en una colchoneta, por más café
que tomó, por más que duró bañándose durante todo el tiempo
que quiso, en su cabeza se mantenía un malestar de espanto.
-
¡No tomo más! Lo juro por mi honor que no tomo más. Dijo
al ver a Víctor fresco como una lechuga.
-
Deja la pendejada compadre que ahora es que vas a
tomar. Acaban de escribir de Valledupar, está confirmado
tenemos lanzamiento en noviembre.
-
¿Cómo? ¿Qué? ¿Cuándo? Dios me va explotar el cráneo.
-
28 de noviembre Lanzamiento de Sigo Invicto, mi
compadre tómese una pastilla y ayúdeme a despertar a
todo el mundo en esta casa, hay mucho por planificar.
-
Dios mío y nosotros sin plata. Dijo Walter. ¿Dónde está
Mathias? No lo he visto en ninguna cama.
-
Creo que salió temprano, debe andar por la playa. PARESE
TODO EL MUNDO TENEMOS LANZAMIENTO DE SILVESTRE.
Gritó Víctor.
-
¡Por Dios no grites! Suplicó Walter sujetando los dos
extremos del cráneo ¡Ay mi cabeza!
Los silvestristas se despertaron al sonido de la palabra
Lanzamiento, unos aplaudieron, otros brincaron, pero la gran
mayoría gritó, y el pobre Walter sollozó del dolor. “Por mi madre
que no tomo más.”
409
YALIANA
Yaliana ayudó a Ana a cambiarse la venda de la pierna, mientras
Mathias esperaba afuera de la casa de madera. Ella sabía que
tarde o temprano Ana debía regresar a la vida normal que tenía
antes de caer por la montaña, pero se había encariñado tanto,
que el corazón se le antojaba diminuto en ese instante. Quiso
pedirle que se quedara un poco más, pero no se atrevió, además
tenía días sin salir a vender pulseritas y el dinero escaseaba. La
herida de la pierna había cicatrizado bien y los moretones tenían
mejor aspecto, Ana había mejorado mucho desde la llegada de
Silvestre a Taganga.
-
Ven conmigo Yaliana. Dijo Ana, Mirando con ternura a su
amiga.
-
No puedo Ana, debo trabajar.
-
Por favor, yo me encargaré de tus gastos, como tú te has
encargado de mí este tiempo.
Yaliana quería acompañarla, pero la privacidad que había
conquistado no podía arriesgarla, necesitaba del amanecer y de
cada atardecer en el playón, precisaba del susurro de las olas por
las noches.
-
No puedo, no insistas.
-
Está bien, pero no creas que te desharás de mí tan
fácilmente, volveré a visitarte.
-
Más te vale Ana, más te vale. Y diciendo esto Yaliana
abrazó a la amiga silvestrista que adoraba y las lágrimas
fueron inevitables.
-
Vete ya, Mathias te espera, y por favor no vuelvas a
abandonarlo que es tan hermoso que cualquiera podría
quitártelo. Se feliz Ana.
410
Cuando Ana y Mathias se marcharon tomados de la mano, Yaliana
los vio subir por la pendiente hacia la serranía de las serpientes, y
sintió una profunda tristeza. El viento azotó los largos cabellos de
Ana, y en ese instante, ella se detuvo, volvió la vista hacia atrás y
gritó.
¡NO HAY NADA QUE EL SILVESTRISMO NO PUEDA CURAR! Agitando
sus manos diciendo adiós.
Estas palabras se clavaron en el corazón solitario de Yaliana, y
durante días los ojos y la sonrisa de Silvestre, fueron la compañía
más grande que haya sentido dentro de la casita de madera.
411
LA BALLENA AZUL
Cuando Ana entró en el hotel por sus cosas, con la intención de
cancelar la deuda que había generado al no regresar desde su
caída de la montaña del sol, se encontró con la sorpresa de que
se había alertado a las autoridades de su desaparición, así que
tuvo que asistir con el gerente del hotel a la comisaría a rendir
declaraciones sobre su ausencia.
-
Usted no debe nada señorita, nosotros recogimos sus cosas
a la semana de no haber regresado y la dimos por muerta.
-
Lamento mucho no haber enviado noticias de mi paradero,
pero como entenderá la caída fue muy fuerte y lo único que
deseaba
era
descansar.
Quisiera
una
habitación
matrimonial para quedarme unos días con mi novio en su
hotel.
-
Después de aclarar este asunto en la comisaría,
arreglaremos su hospedaje señorita, no se preocupe, en
verdad me alegro que haya Usted regresado sana y salva,
es la primera vez que se nos desaparece un cliente.
Durante algo más de una hora le tomaron la declaración a Ana y
se retiró la denuncia de su desaparición, dejándose constancia del
accidente y las condiciones que le habían impedido avisar al
hotel, solo que Ana mintió sobre el lugar donde había estado, dijo
haber sido atendida por los lugareños de playa grande, para no
tener que delatar el hogar apartado del mundo, en el que vivía
Yaliana.
Mathias permaneció en silencio durante el trayecto de regreso al
hotel, como si estuviera tomando una decisión fundamental en su
vida. Algo estaba por cambiar, Ana podía presentirlo, pero no se
atrevió a articular pregunta alguna.
412
MATHIAS
Al llegar al hotel, Mathias rechazó la idea de hospedarse en La
Ballena Azul, se sentía sereno al saber que ella estaba bien, pero
deseaba pensar las cosas, y analizar qué ocurriría con sus vidas,
todo lo sucedido debía cambiar las condiciones de vida que habían
llevado hasta el momento. “Debo hacerlo” se decía a cada
instante. Ana comprendió que algo pasaba y lo observaba con sus
ojos enormes esperando que él anunciara la decisión que
correspondía al caso, pero Mathias quería volver con sus amigos y
estar sin ella. La ayudó a desempacar la ropa, después que Ana
se bañara y cambiara de ropa, la acostó y arropó en la amplia
cama de sábanas blancas. “Descansa” fue todo lo que le dijo,
dándole un beso en la frente. Y esperó que ella se quedara
dormida. La contempló, sintiéndose enamorado de sus mejillas
pálidas, de sus gruesas cejas negras, de sus largas pestañas. Los
rasguños que aún no desaparecían de su rostro, no mermaban la
belleza de la mujer que amaba. “Debo hacerlo” murmuró.
El olor de la piel de Ana, sus cabellos negros azabache, sus labios
carnosos, lo mantenían aturdido. Quiso besarla, quiso atraparla
como a la libélula roja que lo llevó hasta ella. “Me siento solo si
no estas conmigo.” Pensó viéndola dormir. Mathias estaba
agradecido con las locuras de Walter, Víctor y Pichicho, ellos
habían hecho que la ausencia de Ana fuera menos dolorosa, y
podía por fin comprender la insistencia de Ana por estar cerca de
los silvestristas, ellos llenaban lugares del corazón que solo
pueden llenar los amigos más sinceros del universo, esos que sin
martirizarte haciendo preguntas, te llevan a una finca donde
crees ver brujas y fantasmas, te acompañan en un calabozo
cuando alteras el orden público. Solo los silvestristas pueden
animarte para sigas adelante porque la vida es seguir sonriendo
para los demás. “Debo hacerlo” Dijo levantándose de la silla al
lado de la cama de su bella durmiente, y se alejó a pasos silentes
de la mujer que amaba.
413
EL POTE
En
la mesa de los Tiburones de Taganga, Víctor trazaba las
coordenadas de sus ideas. “Los planes han cambiado” decía.
Debían contratar un autobús que los llevara a todos de inmediato
a Valledupar, estaban a menos de un mes del concierto de Sigo
Invicto parte I, la noticia había llegado de forma repentina y
todos revisaban sus alcancías, otros llamaban a otros
silvestristas, habían estado tan absortos en sus cosas que no se
habían enterado de la gran noticia. Necesitaban reunir todo el
dinero posible. Mathias había llegado al umbral de la casa y todos
lo recibieron con la buena noticia, él al igual que todos estaba en
banca rota y planteó que debían trabajar durante todo el mes
para poder conseguir los recursos necesarios, con la aprobación
de Víctor se cancelaron los viajes a las playas, se prohibió
comprar una gota de alcohol a lo cual ni Walter Quintero puso
objeción. Angelito aseguró que podía conseguirles empleo a los
que no lo tuvieran, y que con las propinas de los gringos, pronto
reunirían lo necesario para ir. Mathias no hizo comentario alguno
sobre Ana, quería concentrarse en el lanzamiento y colaborarle a
los silvestristas con sus habilidades de Barman, así que él fue el
primero en conseguir un buen empleo en un Bar de Taganga
donde la fama de los tragos silvestristas se vio renacer de nuevo.
Por las noches Ana se acercaba al Bar como en los tiempos en
que se conocieron; y conversaban en los ratos libres de Mathias.
Víctor y Walter ayudaban en el restauran de la mamá de Angelito,
y los tiburones del club de Taganga se redistribuyeron diferentes
actividades. Por las noches, lo que cada silvestrista ganaba, lo
dejaba en “el pote”, una enorme botella de vidrio que mantenían
las muchachas del club bajo resguardo en el cuartel. Ana visitaba
frecuentemente a Yaliana y ambas solían caminar hasta playa
grande, siempre le insistía que deberían ir al lanzamiento, que
entre todos los silvestristas se estaba haciendo un pote o ahorro,
que sería utilizado para todos según le había contado Mathias,
pero Yaliana no accedía a ir a un concierto de mas de 33.000
almas, eso era pedir demasiado a su alma.
414
PALITO, TOMATE Y GOYITO
El día de la rifa llegó, y el club de “La Matraca Silvestrista de
Turbaco” estaba bajo la sombra de la tristeza, todos habían
tomado un inmenso cariño a Palito, Tomate y Goyito, eran como
parte de la familia, pero todos los números habían sido vendidos,
debían cumplirle a la gente del pueblo. Gloris anunció el número
ganador esa tarde, “618” y una dulce viejecita había levantado su
boleta de victoria, era el único número que había comprado y
estaba dichosa de llevarse a los marranitos a su casa. Todos en el
pueblo querían ganar, pero cuando vieron que Doña María se los
había ganado, nadie refutó el resultado, era una ancianita muy
solitaria a quien todos tenían mucho cariño. Para sorpresa del
club, la anciana deseaba conservarlos con vida, para que le
hicieran compañía, no era su intención hacerlos chicharrón, lo
cual fue un alivio para todos. Con el dinero de la rifa a mano, más
todos los aportes individuales de cada miembro del club, estaban
listos para ir al lanzamiento de Silvestre.
-
Nos iremos una semana antes. Anunció Gloris a los
sonrientes silvestristas, necesitamos comprar las camisas
originales de Silve para cada uno, con sus respectivas
gorras, las entradas VIP, y organizar los pormenores de la
caravana, pancartas del club, e incluso el abastecimiento
de comida e hidratación.
Todos los silvestristas no hacían más que gritar consignas de
alegría, sonreían bailaban, todo en la casa silvestrista era un
jolgorio por el momento que estaban por vivir.
¡LA MATRACA SE VA A SENTIR EN VALLEDUPAR! Gritaron todos.
415
ASPRILLA
Eran
las once y treinta de la noche cuando unos disparos lo
despertaron, las detonaciones fueron tan seguidas que pensó lo
peor. En el autobús en el que se encontraba, ninguno de sus
compañeros manifestó preocupación por aquellos disparos.
-
¡Eso que suena son tiros! Dijo en voz alta.
-
Déjate de pendejadas negro, eso son cohetes. Contestó
alguien dentro del vehículo.
-
Te digo que son disparos, allá afuera pasa algo.
Y diciendo esto el hombre se bajó del autobús con precaución y
se acercó a dos personas que aparentaban ser los muchachos de
seguridad del evento.
-
Ve hombre ¿Qué esta pasando? ¿Están disparando?
-
Son perdigones señor. Contestó asustado el más bajito de
los dos guardianes de seguridad.
-
¿Quién los dispara, no entiendo, eso es dentro del
estadio?
-
No señor eso es afuera, es que la gente en Maturín es
algo difícil, y están intentando meterse, la Guardia está
disparando al aire.
Y en ese mismo instante el hombre miró hacia arriba y se cubrió
la cabeza con las manos, como si en cualquier momento pudiera
caerle un perdigón.
-
Una bala perdida jode, en serio lo jode a uno.
Los dos hombres de seguridad, observaron a su alrededor y
temieron que una bala perdida los alcanzara también a ellos.
416
-
HOY NO TOCAMOS, ESTAN DISPARANDO ALLA ADENTRO.
Dijo todo alarmado el hombre de piel tostada y voz
profunda.
-
¿Qué pasa Asprilla? Preguntó Martín.
-
Que una bala perdida lo jode a uno.
-
¿De qué hablas negro? Insistió Martín.
-
La guardia esta disparando al aire perdigones, la gente se
metió al estadio. Yo sin chaleco antibalas no salgo.
Las carcajadas dentro del bus fueron estruendosas, todos se reían
de la forma en que Asprilla decía las cosas, moviendo
insistentemente las manos y con los ojos bien abiertos.
-
Negro ya no se escuchan disparos y el pueblo espera por
nosotros, hoy tocamos porque tocamos. Dijo Martín.
-
Virgen del Carmen una bala perdida jode a uno. Dijo
Asprilla caminando de un lado para el otro dentro del bus.
Cuando llegó el momento en que todos debían bajar, la
agrupación alegremente se dirigió a la tarima del evento, y al
entrar en la Monumental de Maturín, la aclamación del publico no
se hizo esperar, era un hervidero de gente, todos estaban allí
para ellos, para escucharlos tocar de la forma en que lo hacían,
con la entrega total que solo los mejores músicos pueden
entregar. Asprilla insistía en observar el aire, por si alguna bala
perdida insistía en encontrarlo.
- Voy a pedir chaleco antibalas, una bala jode a uno, no es que
me asuste un tiro, pero el hombre precavido llega a los 100 años.
Pensó Asprilla. Y al sentir que solo había sido un susto, se echó a
reír solo, como siempre solía hacer, al darse cuenta de que
estaba exagerando.
417
VENEZUELA
A
lo largo de los años, los sueños se acumulan en un rincón del
alma, y a veces prefieres no removerlos por miedo de que te
causen la misma sensación de desasosiego que en noches
anteriores. Hay quienes escriben en un papelito un determinado
sueño, con la intención de no volverlo a ver, pero que siempre
aparece por los rincones de la casa y te recuerdan que tenías un
sueño. Silvestre esa mañana encontró una pequeña nota entre
sus cosas de viaje, “Conquistarlos a todos.” Al leerlo su rostro se
iluminó con una gran sonrisa, la noche anterior había sido todo un
excito en Puerto La Cruz, antes de enfrentarse al lanzamiento de
SIGO INVICTO, tenía una gira por toda Venezuela, en ciudades en
que tiempo atrás, sentía que tenía que conquistar. Al recoger sus
cosas en el hotel, sintió la necesidad de vestir de rojo, así que se
colocó una sudadera o pantalón y chaqueta deportiva roja. “Soy
el que soy” Pensó, doblando nuevamente su sueño. Sería
trasladado de Puerto La Cruz a Maturín, dos ciudades cercanas,
pero muy distintas. Su mente trajo en el viaje los recuerdos más
distantes de su vida de cantante, pensó en los rostros de sus fan,
siempre pensaba en ellos. Pensó en Ana y sus ojos negros, en sus
amigos, su familia, su pueblo, los recuerdos se amontonaron y se
sintió pleno. “Conquistar corazones no es sencillo” pensó. “Mis
sueños jamás han sido pequeños.” De camino a la ciudad a la que
se presentaría esa noche, sus amigos y compañeros charlaban
alegres comentando el triunfo del concierto anterior, él solo
pensaba en las sonrisas de quienes bailaban eufóricos sus
canciones. Descansó hasta las 11:00 de la noche en su habitación
presidencial, para prepararse para la función, nuevamente se
sentía ansioso de ver los rostros de los venezolanos que asistirían
a su encuentro. A la 1:00 de la mañana, entró custodiado a la
monumental de Maturín, allí los silvestristas gritaban su nombre,
y él les entregó el alma. “Conquistarlos a todos” Pensó; y las
luces y el acordeón enardecieron a la multitud. Silvestre al cantar
la segunda canción de su repertorio, observó cerca de la tarima a
418
varios silvestristas venezolanos vestidos de rojo, entre ellos, una
muchacha que sostenía una bandera roja, aquel simple acto le
llegó al corazón. “Ustedes me conquistaron a mí” Pensó. Y le pidió
en ese instante la bandera roja a la fan, que gritaba enloquecida
porque él la había visto. Pero algo ocurrió, en su pecho se
amontonaron los sentimientos, la alegría de los venezolanos, sus
sueños realizados, su silvestrismo del alma, y no pudo decir lo
que quería decir, simplemente no pudo. Los silvestristas gritaban
su nombre, le decían: “Te queremos” “Te amamos”, miró a la
silvestrista de la bandera y solo pudo decirle “Gracias” y con el
corazón le envió en el aire dos enormes besos.
419
El ídolo y la fan, entre ellos no hacía falta palabras, sentían lo
mismo.
Venezuela ha sido conquistada por el silvestrismo de Silvestre
Dangond; y Maturín bailó al son de las canciones de un muchacho
que desde siempre soñó con poder cantarles de aquella forma,
hasta más no poder. Les dejó el corazón en cada canción y el
pueblo le entregó el suyo. “Para el pobre, la única forma de ser
feliz, es vivir borracho” Dijo Silvestre, y la Monumental de Maturín
se vino abajo en aplausos. Porque en los momentos difíciles a
veces se necesitan palabras como aquellas. “¡Venezuela te amo! y
te amaré por siempre”. Pensó.
¡ESE ES MI SILVESTRISMO DEL ALMA! Gritó con dos lágrimas en
los ojos al despedirse de aquel cálido pueblo, su pueblo
venezolano.
420
EL CANTANTE DEL PUEBLO
Silvestre se asomó por la ventana del hotel, y observó cómo la
gente ya estaba haciendo fila desde temprano, para entrar al
último concierto de la Novena Batalla en Venezuela, los
silvestristas de aquella ciudad eran numerosos, pero sería un
concierto mucho más concurrido debido a que existían pueblitos
cercanos, y la gente de pueblo, eran fieles a su música.
Intentó comer algo, se sentía agotado por la intensa gira en
Venezuela, ni siquiera el baño de agua caliente en la lujosa
regadera logró espantarle el cansancio. Intentó dormir por
algunas horas y sus sueños fueron peor que estar despierto. Al
despertar no recordó lo que había soñado, pero estaba casi
seguro de haber hablado dormido e incluso de haberse reído.
-
Este cansancio me carga loco. Murmuró al verse al
espejo. Se me nota, pero es inigualable a la ansiedad que
siento.
Silvestre estaba a pocos días del Lanzamiento del la nueva
producción musical de SIGO INVICTO, y siempre le angustiaban
los detalles de sus presentaciones, sentía que no podía descansar
hasta que todo estuviera en orden.
-
“Ella estará allí”. Pensó él. “Si Ana, sé que vas a estar
conmigo”. Pensar en la fan de cabellos negros, era algo
que le ocurría continuamente, era una forma de librar su
cansancio e incluso buscar versos nuevos para sus
canciones. “Ella tiene que estar allí”. Recordó la libélula
roja que lo llevó hasta ella, el brillo de ese insecto al
atardecer era algo más que un recuerdo, era un símbolo
de unión, entre su alma y su fan.
421
A la una de la madrugada el personal de seguridad aguardaba por
el ídolo, el bullicio del pueblo era inconfundible, y todos
aguardaban su presencia.
- ¡PUNTO FIJO! Exclamó Silvestre, y los silvestristas venezolanos
gritaron, felices de vivir la novena batalla.
Observando el público entre canción y canción, llamó su atención
una joven con una gorra tricolor, ella se le parecía a Ana, y no
pudo evitar sonreírle, “Te pareces a mi Ana” pensó. Y la fan no
dejaba de gritar y bailar. El concierto fue muy emotivo, todos
clamaban su atención y él entregó la piel y el corazón, porque él
ya no se pertenecía así mismo, le pertenecía al pueblo.
Comenzó a cantar la canción “El Dilema” mirando fijamente a los
ojos de la muchacha entre el público y se golpeó el pecho con el
micrófono y dijo: “solo con pensarla vuela mi conciencia hasta un
mundo donde es mía, tan mía, solo mía”, le era inevitable ver en
cada silvestrista a la Ana de la libélula “Pa mí, solo, pa mí”. Fue
un concierto dedicado a una muchacha que no conocía, pero que
al solo vestir de rojo y al corear cada una de sus canciones, era
suficiente para conocerle el alma entera.
Cuando cantó “La Gringa” una mujer subió como pudo su hijito a
la tarima, Silvestre tomó el niño, y cuál sería la sorpresa para
todos, que siendo apenas un bebé, bailaba moviendo las manitos
como si tocara un acordeón, el público se estremeció cuando en
medio de la emoción, Silvestre le preguntó “Eres Silvestrista” su
respuesta fue un “Si” inocente y sincero, Silvestre lo cargó y bailó
dando vueltas al bebe en el escenario, su corazón se sintió pleno
al ver que la música que tanto amaba y defendía le llegaba en el
corazón hasta a los más pequeñitos de la casa. “Soy el cantante
del pueblo”, pensó al decirle adiós a Punto Fijo. Y el pueblo lo
despidió como solo puede hacerlo, con la ovación más grande que
pudo dar.
422
“¡Venezuela te amo! y te amaré por siempre”. Pensó.
423
LOS CÓMPLICES
Existen
travesías en nuestras vidas que necesitan de un
cómplice, esa persona que no solo te cubre las espaldas, sino que
además te alienta a no rendirte jamás. El silvestrismo individual
es mucho más complicado y solitario de vivir, que el silvestrismo
mancomunado, he allí la razón de ser de los Clubes silvestristas,
todos necesitamos una mano amiga que nos ampare en los
momentos de más necesidad, bien en el auxilio económico, bien
en una palabra de aliento, que te haga perseguir cada uno de tus
sueños. Para ir a un lanzamiento de Silvestre Dangond en
Valledupar es vital ese cómplice y amigo que hace acto de
presencia, te toma de la mano y corre a tu lado, cuando ya no
tienes aliento para continuar. En el parque de la Leyenda
Vallenata, no solo van silvestristas de todas partes del mundo,
sino que el alma de nuestro mejor amigo, allí está siempre
presente.
No existe un dolor que te haga dormir tan temprano, que el que
te produce la certeza de que no estarás en Valledupar para el
lanzamiento; y de pronto, tu cómplice te escribe, te llama, te
envía una nota de voz o incluso se presenta en tu casa y dice
“Vamos que sí se puede.”
Armando Paz Céspedes, es un silvestrista que vive en Maicao,
zona fronteriza entre Venezuela y Colombia, donde se prepara el
mejor chivo asado que puedas probar en tu vida. Armando no
pudo ir al lanzamiento y su aflicción se podía escuchar por las
noches, pero esto no fue un impedimento para ayudar a los
silvestristas que iban desde Venezuela, a Colombia. Servicial,
atento e incólume, como si tuviera la misión sacrosanta de
auxiliar al silvestrista desamparado en frontera. Todo silvestrista
debería tener un cómplice de locuras, toda locura debería estar
apadrinada por alguien más loco que tú. ¿Has sido partícipe de
una locura silvestrista? ¿Has vivido la intensidad de la verdadera
424
amistad? ¿Alguna vez lloraste porque tu mejor amigo ha cumplido
sus sueños? Es posible que el silvestrismo necesite más
cómplices, que a partir de este momento, de este mismo
instante, seas tú el que realice los sueños de otros, como suele
hacerlo Jorge Pérez Carranza, quien siempre se mantiene en el
silencio, pero que todo lo observa, todo lo ve, y es el mayor
cómplice de todos.
425
“…Jorge Pérez Carranza, quien siempre se mantiene en el silencio, pero que todo
lo observa, todo lo ve, y es el mayor cómplice de todos”.
426
LOS GRADUADOS
Mauricio es un silvestrista de Bogotá, capital de Colombia mejor
conocida como “La nevera”, por el frío que se vive en los huesos
tan pronto pones un pie, en la ciudad que vio al joven Gabo
taciturno, caminando por sus calles con las manos en los bolsillos,
porque debes saber que Gabriel García Márquez, añoraba la
costa, el sol y el olor de la tierra que lo vio nacer, cuando
precisamente estaba en tierra fría; las mismas calles que ahora
caminaba intranquilo Mauricio. “Mañana es el lanzamiento”
susurró mientras cruzaba la calle rumbo a su casa, “Mañana es mi
graduación”. Para un adolescente el acto de grado es una
bandera de libertad, es saberse a la puerta de una universidad,
cerrando el ciclo de los mejores años de su vida. Jamás se
vuelven a tener amigos como los del colegio; y Mauricio se sentía
indeciso entre el silvestrismo y el acto de grado. Todo estaba
preparado para recibir el título de Bachiller, pero el hecho de no
estar en el valle el 28 de noviembre, le era impensable.
Sopesó detenidamente sus sentimientos, recordando los mejores
momentos de su vida al lado de sus amigos, padeciendo siempre
en los exámenes de matemáticas. Pensó en la primera vez que
vio a su hermosa profesora de castellano, todo le resultaba tan
exquisito, que era imposible no asistir y recibir un beso de los
labios de la hermosa mujer que le había enseñado la grandeza del
realismo mágico. Mauricio quería ser escritor, y era previsible que
el acto de grado le fuera anhelado. “Mis silvestritas” pensó,
recordando con especial cariño, la forma en que se debe correr
desde las puertas del parque de la Leyenda Vallenata, hasta la
entrada a la zona de arena pegada a la tarima del evento.
Evocó las sonrisas de silvestristas de todas partes de Colombia y
su corazón no pudo más. Al llegar a casa escribió una nota a sus
padres: “Si quiero ser escritor necesito vivir, perdóname mamá,
427
me fui por mis sueños. Los ama Mauricio. Posdata: me fui al
único lugar donde debe estar un silvestrista mañana.”
Cuando Mauricio abordó el autobús, se sintió feliz de creer en sus
decisiones, convencido de que la vida era ahora y de que su alma
se graduaría por él, ya que su espíritu permanecería en los
salones de clases, donde conoció a Gabo.
“No hay nada que un silvestrista no pueda elegir, siempre habrán
dos respuestas: si/no” pensó.
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CARA O SELLO
Una moneda de mil pesos voló por los aires, la luz del sol la hizo
brillar por un instante, antes de volver a las manos de su dueño,
la respuesta fue “CARA”, Pichicho se había acostumbrado a tomar
decisiones con aquella moneda, la que el anciano del café
nombrara como “de buena suerte”. CARA significaba sí y SELLO,
su opuesto no. Durante noches sopesó dejar su empleo de
cocinero, enviar todo el dinero reunido a casa e irse sin más que
el pasaje a Valledupar, al lanzamiento de Sigo Invicto de su ídolo,
la respuesta de la suerte fue “CARA.” Esa tarde renunció a su
empleo, envió dinero a casa y se fue a empacar, con un poco de
suerte encontraría empleo en la tierra que más deseaba conocer y
mientras realizaba su sueño, sería un buen hombre de familia,
ahorrando hasta el último peso.
Todas sus cosas entraron en una pequeña maleta y su bolso de
viaje, solo tenía un par de zapatos, poco menos de sesenta mil
pesos, su moneda de la suerte, la gorra tricolor venezolana, y el
corazón ilusionado por llegar al valle del cacique Upar. Para el
lanzamiento apenas si faltaba una semana, así que con dos
fuertes golpes en el pecho, invocando a su silvestrismo del alma,
cerró la puerta del diminuto dormitorio, entregó las llaves a su
rentero, le dio un beso en la frente a Doña Pau al pasar por su
casita; y se arrojó a la calles de Bucaramanga rumbo a la Sirena
Dorada, la cual según dicen, se baña en el Guatapurí en las
tardes del jueves santo.
429
NINI
Nini y Guillermo pasaron días llenos de felicidad, la oscuridad
que había atrapado a la joven no impedía que pudieran amarse.
Luego de algunas negativas y objeciones por parte de los
familiares de Nini, el muchacho logró llevársela a Valledupar para
el lanzamiento. Ella secretamente albergaba en su corazón la
esperanza del sueño que tuvo con Silvestre “Antes de ver, te
veré” así que cuando Guillermo dijo que la llevaría al lanzamiento,
ella estuvo convencida de que su sueño sería realidad.
Llegaron al valle unos días antes del magno evento, el muchacho
gastó todo cuanto tenía para comprar camisas, gorras y las
entradas respectivas para el concierto. Por las tardes salían a
caminar por las calles a la sombra de los múltiples árboles, y Nini
solía decir “Aquí los pájaros saben cantar de verdad”. Gracias a
una tía de Guillermo, que los recibió como si fueran sus hijos, no
les hizo falta nada, y aunque le fueron asignadas habitaciones
separadas, Nini siempre encontraba el camino a la habitación de
Guillermo para que él le leyera sus libros por la noche. “Cuando
vuelva a ver, leeré tanto como tú”, le decía, quien en la
sinceridad de su amor, había encontrado la forma hacer un
mundo para los dos, donde ella podía permanecer a oscuras por
su enfermedad, y a la vez vivir la luz que su amor irradiaba.
“La fe de Nini, esta puesta en Silvestre, lo se”. Pensó Guillermo al
verla dormir placidamente, su rostro se iluminaba cuando él le
obsequiaba, así fuera una pulsera de tela roja, de esas que usan
los silvestristas en el mundo entero. Guillermo no era uno de
ellos, pero se sentía agradecido con la música de este joven a
quien seguían multitudes, porque era conciente de lo que la voz
de Silvestre podía hacer en un ser humano, como Nini. “Sabe
devolverles la felicidad” Pensó.
430
LAS CINCO PANCARTAS
Milena había llorado durante horas, el veredicto paterno había
sido contundente. “Usted al lanzamiento no va”, dijo su papá, “En
esta casa mientras yo viva, aquí se hace lo que diga yo, y Usted
no tiene edad para irse de viaje y menos sin la compañía de su
mamá”, la silvestrista se sintió derrotada, ella entendía que era
menor de edad y que sus padres deseaban protegerla, pero no
lograba dejar de llorar.
A las 5 de la tarde del 25 de noviembre un mensaje llegó a su
teléfono “Revisa ya las redes sociales Milena”, con lágrimas en los
ojos, vio las publicaciones de todos los silvestristas, por todas
partes habían enlaces de descarga, de emisoras radiales, el
ciberespacio estaba como loco.
-
¡OH por Dios! Están sonando el CD de Sigo Invicto. ¡OH
Dios! Milena de un salto echó tranca a la puerta de su
habitación, conectó las cornetas y a todo volumen colocó la
canción “El confite”. Bailaba sola en su habitación,
brincando como un conejito que se recuperaba de algunas
heridas. Su papá al escuchar el estruendo en la habitación,
golpeó la puerta muy fuerte. “BAJALE CARAJO”. En cambio
Milena le subió más el volumen. “No iré al valle papá, pero
el valle llegó a la casa.” Pensó la muchacha.
La mamá de Milena tomó a su esposo del brazo, y lo alejó de la
puerta, mientras los instrumentos de la agrupación sonaban por
toda la casa. “Entiéndela es silvestrista.” Dijo la señora,
brindándole al papá de Milena su más cálida sonrisa, y el hombre
cedió ante los ojos claros de la mujer que amaba.
Durante toda la tarde y parte de la noche en la casa de Milena la
voz de Silvestre Dangond inundó Barrancabermeja, la joven no se
separó ni por un instante del computador, como poseída por sus
emociones, diseñó una pancarta que imprimiría para enviarla
431
como diera lugar al Lanzamiento de Sigo Invicto. “Yo no me
rindo”. Planificó todo de tal forma que dos días después, la
pancarta estaba en manos de los clubes de Silvestre Dangond en
Valledupar, Milena había logrado estar presente en el parque de
la Leyenda Vallenata contra viento y marea, en una imagen
creada en un momento de euforia silvestrista, sin saber ni cómo
ni porqué, una enorme libélula roja era el símbolo de su amada
pancarta silvestrista.
Cristian Alemán, en Bogotá no dejaba de sonar SIGO INVICTO en
su casa, los vecinos estaban acostumbrados a que toda la calle se
inundara de Silvestre, pero en ese instante los vecinos
entendieron que ya había salido la nueva producción discográfica
del Urumitero. Siempre Cristian daba la primicia en su calle.
Llevaba toda la noche dibujando una pancarta roja, para llevarla
a Valledupar, sus manos temblaban del cansancio, pero no se
432
detuvo ni por un instante, necesitaba expresar sus sentimientos a
los amigos más queridos, y sobre todo a sus hermanos
silvestristas. “No hay nada que el silvestrismo no pueda curar”
escribió en letras blancas y sin saber por qué, dibujó una libélula
sobre aquella frase.
“Mientras yo sigo soñando, a Ustedes les pasa lo mismo y
eso nos mantiene vivos” (Silvestre Dangond). Erika Sarmiento,
en la misma calle de Cristian Alemán, escribía una pancarta con
esta frase que colocara Silvestre en redes sociales unos días
antes de que saliera el CD de Sigo Invicto. Esta silvestrista con
muy pocos recursos económicos, necesitaba expresarse y al
terminar su pancarta, publicó por todas las redes sociales y
aplicaciones telefónicas las fotografías que había tomado a su
pancarta. “Esta es la única forma que tengo de decirte que te
quiero” Murmuró la muchacha pensando en el joven de ojos
amarillos que formaba parte de su mundo, de su vida. Él era su
vida.
“Líneas que describen el sentimiento de una gran pasión”. En la
mitad del mundo una joven en Ecuador, July Loor, escribía su
pancarta roja para los silvestristas, la distancia y la situación
económica no le permitía estar presente en el lanzamiento de
Sigo invicto, pero ella estaba convencida que su alma estaba en
el valle, y escuchando la nueva canción “LA LOCA” de Silvestre
Dangond, dibujó y dibujó. Por la tarde aún incompleta la
pancarta, recibió una llamada terrible, salió de la casa y fue
directamente al hospital, allí le explicaron que su mamá había
tenido un infarto pero que estaba estable. Durante un tiempo en
la sala de espera del hospital se sentó agradeciendo a Dios que
todo no fuera más que un susto, y mientras esperaba, en su
cabeza se arremolinaban las canciones de Silvestre. “Uno no sabe
lo que es el silvestrismo, hasta que hace con sus propias manos
una pancarta.” Luego de asegurarse que su querida madre estaba
descansando y fuera de peligro, fue a casa y terminó su bandera.
433
“No podré ir al lanzamiento, pero mañana llevaré mi bandera al
mar y la alzaré al viento, y mis pensamientos llegarán hasta ti.”
Una quinta pancarta se alzaba en las manos de una pequeña
silvestrista, Andrea dibujada con acuarela roja y blanca, su
hermoso corazón inocente ya le pertenecía al cantante, al artista
del pueblo, aunque era muy pequeña, ya sabía bailar como
cualquier silvestrista, y si los menores de edad no pueden asistir
regularmente al lanzamiento, menos pueden hacerlo los niños,
pero eso tampoco imposibilita a que amen con su corazón a
Silvestre Dangond y desde casa lo apoyen, tan firmes como el
primer día en que movieron los pies para bailar su primera
canción silvestrista. Aun siendo bebé, la voz de Silvestre la hacía
sonreír, y ahora que era toda una niña bailaba una y otra vez, las
canciones que en un pasado fueron sus canciones de cuna.
Cinco pancartas, cinco corazones con motivos diferentes, pero un
único sentimiento, el sentimiento silvestrista.
434
VALLEDUPAR
Eran
las tres de la tarde cuando llegó un autobús rojo a
Valledupar, de la unidad bajaron los amigos más entrañables, que
pudiera conocer el silvestrismo, Víctor, Walter y Mathias, estos
muchachos luego de un mes de mucho esfuerzo por cada
centavo, habían logrado llevar un autobús lleno de silvestristas al
valle para el lanzamiento de Silvestre. Descendieron los Tiburones
de Taganga en pleno, así como el Batallón Silvestrista de Santa
Marta, jóvenes menores de edad dispuestos a todo pero con el
debido permiso de padres y representantes, todos vestidos de
rojo, con un brillo especial en los ojos, con juramentos y
consignas por el padre del Silvestrismo. Emma los dirigía de tal
forma que entre ellos le decían Teniente Coronel y se paraban
firme para hacerla sonreír. Llegó en ese mismo bus, un hombre
gigante a quien llamaban El General, por respeto a sus locuras
silvestristas de antaño, lo habían conocido una noche en Taganga
y se había sumado al plan de Víctor, Walter y Mathias.
Este enorme silvestrista, no solo vestía de rojo, sino que llevaba
puestas unas botas militares negras a juego con su gorra y una
pajilla en la boca que le daba el aspecto de ser el jefe a cargo del
Batallón. Hablaba poco, a no ser de dar una orden, en dos
oportunidades dentro del autobús discutieron si asistir o no a la
caravana, la cual se realiza a pocas horas del concierto de
Silvestre por las calles de Valledupar, todos querían asistir, pero
el General insistía en que era una estrategia con cierto riesgo,
porque los mejores puestos eran para los primeros en hacer la
cola a las afueras del Parque de la Leyenda Vallenata. Luego de
horas de protestas y objeciones, el General, mejor conocido por
sus amigos como Cheito, dio la orden definitiva. “Mañana los más
jóvenes asistirán a la Caravana, los demás vendrán conmigo a
tomar posición en la vanguardia”. El General había hablado, todos
rieron al sentirse comandados por un silvestrista de la vieja
guardia. Ni siquiera los gusanos se atrevieron a manifestar un
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pero o un contra. Emma consintió por primera vez la orden de un
Silvestrista tan antiguo.
La última en bajar de la unidad fue Ana, con sus zapatos rojos de
cenicienta, con su bolso en la espalda, cargada de recuerdos y
sentimientos por la tierra del maestro Escalona. Al sentir la brisa
cálida del valle, pensó en el beso de Silvestre, y al ver los
frondosos árboles en la aceras, el recuerdo de Teresa se hizo
presente, como si el tiempo no hubiera pasado. Durante días Ana
y Mathias habían tratado de ser buenos amigos, para evitar
preguntas o interrogatorios por parte de los gusanos o los
tiburones, de lo que sucedía entre los dos. Ana se había vuelto
callada, así que nadie reparó que se había demorado en seguirlos.
Cuando estuvieron todos juntos se dividieron en grupos de tres y
cuatro para dirigirse a las diferentes casas de silvestristas que los
hospedarían. El General dio las indicaciones necesarias y
concertaron encontrarse en dos grandes grupos, el de los jóvenes
por un lado a la caravana y el de los veteranos a las puertas del
parque a eso de las tres de la tarde.
Ana, Walter, Víctor y Mathias se quedaron en la casa de dos
viejos amigos de Ana, Maria Clara y José Luís, estaban felices de
volver a ver a verla, así que se dirigieron rumbo al Guatapurí. La
casa amplia ya estaba abarrotada por silvestristas, el estruendo
de los silvestristas que aguardaban el lanzamiento se escuchaba a
metros. Ana se mantuvo distante de Mathias, pero no pudo evitar
reírse de las locuras de Walter Quintero. Clara, José Luís y Ana,
se abrazaron después de tanto tiempo de no verse.
A las diez de la noche pudo irse a descansar, pero fue inevitable
para Ana no soñar con Silvestre, a tan solo horas de ver sus ojos
amarillos de nuevo.
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EL MALETIN
Tavo en su idea mejor concebida, tuvo la ocurrencia de irse a
Valledupar, sin tomar en cuenta que cualquiera que supiera que
él era silvestrista, sabría perfectamente que en noviembre estaría
en esa ciudad. Así que para el día del lanzamiento ocurrió lo que
jamás silvestrista alguno pudo pensar, verse envuelto en un lío
sin precedentes, justamente antes del lanzamiento.
De camino al Parque de la Leyenda Vallenata, Tavo se encontró
con Víctor, Walter, Mathias y Ana, quienes notaron que se
encontraba en un estado de angustia tal, que estaba a punto del
desmayo.
-
¿Qué te ocurre hermano? Preguntó Ana.
-
Me están siguiendo. Dijo Tavo con los ojos como platos.
-
¿Cómo así? Preguntó Mathias.
-
Unos mafiosos. Dijo el pálido Tavo.
-
Cuenta con nosotros Silvestrista. Dijo Walter.
-
Es por culpa de este maletín de mierda. Dijo enfadado.
-
¡AH! pues bótelo hijo. Dijo Walter en con una lucidez que
asombró al grupo de amigos.
-
No puedo, tiene mucho dinero, millones y millones de
pesos, pero todo fue por accidente, yo no me agarré el
maletín, me lo entregaron por error. ¡Dios mío allí vienen!
Es
ese
carro.
Dijo
señalando
un
vehículo
escalofriantemente negro de vidrios ahumados.
-
¡Corran! gritó Víctor. Corran hacia el río.
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Todos corrieron por sus vidas rumbo al río Guatapurí, pero el
vehículo negro los alcanzó inmediatamente, un hombre de muy
mal aspecto se bajó con arma en mano cuando el carro frenó en
seco haciendo crujir las llantas, pero los muchachos ni se
enteraron, solo corrían sin mirar atrás, intentaron cruzar la calle
cuando una camioneta roja se detuvo de golpe y casi los
atropella.
-
¡SUBANSE CARAJO QUE LOS MATAN! Gritó la mujer que
conducía el vehículo. Walter, Tavo, Víctor, Mathias y Ana
subieron a la camioneta tipo comando, y el vehículo
arrancó a toda velocidad, cuando escucharon un disparo,
que impactó en el vidrio posterior de la camioneta, los
vidrios volaron por todas partes.
-
¡NO JODA ANA ME DEBES EL VIDRIO! Gritó la muchacha
que conducía como loca. Y subió a todo volumen la canción
rápida que sonaba en el reproductor sobre una muchacha
que acababa con el ron del valle.
Ana la reconoció, esa conducta solo la podía tener una
silvestrista, Yuli Caicedo los había rescatado de una muerte
segura.
-
No joda bájale al volumen que nos vienen persiguiendo.
Dijo Víctor.
-
¡Sin música no corro! Dijo Yuli.
-
SUBELE, SUBELE, gritó Walter aterrado de miedo.
Los hombres que venían a bordo del vehiculo negro no se les
despegaba, y pasaron por las calles del valle a toda velocidad.
-
¡TIRA EL MALETIN! Gritó Walter a Tavo. Y diciendo esto le
quitó el maletín a Tavo. CRUZA, CRUZA, RAPIDO,
ACELERÁ. ¡COÑO ACELERA!
Walter sostuvo el maletín decidido a botarlo, pero aguardó a que
la muchacha de la camioneta acelerara, pasados unos instantes
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más, con la música a todo el volumen dentro del vehículo, les
daba un aspecto de fiesteros y no de unos silvestristas al borde
de la muerte. Cuando pasaron por un lote baldío, Walter sacó la
mitad del cuerpo y lazó con toda la fuerza el maletín, cuando por
desgracia se abrió el maletín y los billetes de cincuenta mil pesos
volaron por todas partes. Yuli aceleró a todo lo que daba la
camioneta y por fin perdieron a los hombres del maletín.
-
SI SERÁS ANIMAL. Gritó Yuli Caicedo muerta de risa. El
reproductor cantaba “a tu novia la vi en la fuente, espeluca
pata pela.”
Ana que estaba en la parte de atrás de la camioneta, abrazó por
la espalda a su amiga y repitió la canción en el reproductor. ¡AL
LANZAMIENTO MI YULI! Gritó.
Tavo luego de noches sin dormir, se sintió feliz y se echó a reír al
ver que fácil era salirse del atolladero en el cual había estado
sumergido. No había nada que el silvestrismo no pudiera
solucionar. Víctor besó la calva de Walter una y otra vez, por la
brillante idea de lanzarles a los mafiosos el maletín.
-
Deja la pendejada Víctor me despeinas. Dijo muy serio
Walter.
Cuando llegaron al Parque de la Leyenda Vallenata, el iluminado
de Walter Quintero hizo la pregunta del día ¿Compadre Víctor y
las entradas?
Los ojos de Víctor estuvieron a punto de salirse de sus orbitas,
cuando se lanzaron a correr huyendo del hombre del maletín, se
le cayeron.
-
¡Compadre las boté!
-
Ahora qué hacemos, plata no tenemos. Dijo Mathias.
-
Bueno, bueno, clama pueblo, que plata si tenemos. Dijo
Walter con su sonrisa de gusano. Y les enseñó los billetes
de cincuenta mil pesos que tenía en los bolsillos. Antes de
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lanzar el maletín saqué todo esto, por eso lo lancé abierto,
para que si les hace falta, crean que fue que se cayeron; y
no, que los agarramos.
El abrazo colectivo y en montonera fue inevitable, tenían dinero
de sobra para el lanzamiento de Sigo Invicto.
440
EL PARQUE DE LA LEYENDA
VALLENATA
El solemne portón de ingreso al Parque de la Leyenda Vallenata,
se alzaba ante la presencia chispeante de cientos de silvestristas
que habían comenzado a hacer la cola respectiva. Cuando los
gusanos buscaron al General, sonrieron al verlo de primero,
siempre en la delantera como solo lo hace la vieja guardia.
Ana no paraba de abrazar a Yuli, encontrar a una de sus más
grandes amigas le había brindado la felicidad que solo el
silvestrismo sabe entregar. Poco a poco fueron llegando LOS
TIBURONES DE TAGANGA; y los silvestristas de la comitiva
encargada de tomar posiciones adelantadas, en este juego
maravilloso que les había enseñado la Novena Batalla, una
bandera de tamaño gigante dejaba ver dos hermosos tiburones
listos para bailar “El Confite”.
Un sonido ensordecedor alteró los nervios de Tavo, LA MATRACA
no solo había sonado, sino que los silvestristas de Turbaco,
habían llegado con su algarabía y enormes sonrisas. Tras ellos se
presentaron LA REVOLUCIÓN SILVESTRISTA DE BUCARAMANGA,
donde innumerables muchachas sonreían a los gusanos Víctor y
Walter, y el jolgorio a las puertas del parque era indescriptible.
Según Yuli, Fabian y La Muchis no asistirían al lanzamiento por no
tener con quién dejar a su hijita pequeña, Katherine y Martín, no
estaban en el país, así que tan poco asistirían. Rossana y José
Jorge estaban absortos en Nabusimake, entregados el uno al
otro, y tampoco debían esperarlos, Stefany Y Gunter, tampoco
pudieron asistir, por eso Yuli se había venido sola desde Ciénaga
y tenía la esperanza de encontrarla como en efecto lo hizo.
-
Yuli, lamento mucho lo de la Nana. Dijo Ana.
441
-
Por las noches puedo soñar con ella. Dijo Yuli. Así que
puedes estar tranquila, la Nana sigue en nuestros
corazones.
-
Sí, lo se. Dijo Ana sonriendo.
A las cinco de la tarde la multitud que circundaba el parque,
develaba que la caravana ya se había realizado, y poco a poco
todos fueron llegando, hasta los más jóvenes entonaban un
juramento
reiteradamente.
Había
llegado
el BATALLÓN
SILVESTRISTA DE SANTA MARTA. Ana sonrió al ver una bandera
gigante en sus manos, pero cuando vio la bandera del BATALLÓN
115 SILVESTRISTA DE BARRANQUILLA, el tamaño de la bandera
y su grito de guerra, no pudo evitar que una lágrima de emoción
le corriera por la mejilla derecha.
“BATALLON
115,
BATALLON
115,
BARRANQUILLA,
BARRANQUILLA PRESENTE” Gritaron los muchachos, y todos
los presentes aplaudieron su locura.
Tavo corrió a abrazar a Isa Monsalve, Carlos, Pedro y todos los
chicos y chicas del CLUB SILVESTRISTA DE BARRANCABERMEJA,
la fiesta había comenzado con su llegada. Estaban felices de verlo
con vida, y él en resumen les dijo lo increíblemente valiente que
tuvo que ser horas antes, para no morir por el maletín, todos
rieron de lo lindo, porque lo conocían muy bien, y se imaginaron
lo asustado que tuvo que estar el pobre Tavo.
LA HEROICA SILVESTRISTA, llegó a tiempo para hacer su
respectiva cola, varias niñas radiantes de alegría habían llegado
en representación de Cartagena, seguidas del TROPEL
SILVESTRISTA también de Cartagena. El CLUB DE LA SABANA
desde Sincelejo, incluso estaban Banderas de EL RETEN, PLATO y
MALAMBO, OCAÑA, y CÚCUTA, el silvestrismo en pleno estaba
presente.
De pronto alguien gritó: “ANA, ANA, ANA”. Un muchacho de piel
aceitunada y con una bandera roja con una estrella blanca, corrió
a abrazarla.
442
-
¡Alejandro por Dios! Alejandro. Dijo Ana. Yuli se abrazó a
ellos, los recuerdos los atropellaron, hablaban a voz en
cuello entre la multitud, todos a la espera para llegar de
primeros y tomar las mejores posiciones para el concierto
de Silvestre Dangond.
-
No vengo solo. Dijo Alejandro. Hice una nueva amiga en el
autobús de camino al valle y ella te conoce Ana. Yaliana
abrazó a su gran amiga, había decidido que el lanzamiento
no era solo un concierto, era el lugar de encuentro para los
amigos, era un momento de la vida, que ni el ser más
solitario del planeta podía perderse.
-
¡SOMOS MUCHOS! Gritó Yaliana. ¡YA NO CABEMOS EN EL
PARQUE DE LA LEYENDA VALLENATA! Ana se sintió feliz de
ver como el silvestrismo le llenaba hasta el último rincón
del alma. Ana ¿Crees que Silvestre te dedique una canción?
Le preguntó al oído.
Ana movió negativamente la cabeza, sonriendo y volvió a
abrazarla más fuerte, Yaliana era de esas amigas que saben
curarte los males del alma.
443
COMPARTIR
A las puertas del Parque de la Leyenda Vallenata en Valledupar,
los silvestristas formaron filas para poder ingresar al recinto del
silvestrismo por excelencia, cuando una voz tronó una prohibición
“No pueden ingresar correas, ni dulces ni bebidas”, el
murmullo fue general, todos poseían entre sus pertenencias,
golosinas de todo tipo, agua y bebidas refrescantes, así que
tenían la opción de dejarlo todo allí, o simplemente comenzar a
comer.
- ¿Alguien quiere galletas de chocolate? Preguntó una joven de
cabellos dorados, que se negaba a dejar sus dulces en manos del
personal de seguridad del evento.
- Tengo papitas ¿Quién quiere? Preguntó un joven alto y de piel
tostada.
- Aquí hay bloqueador solar en spray ¿Quién necesita? Preguntó
una joven, y de pronto en las filas de ingreso al lanzamiento de
Sigo Invicto de Silvestre Dangond, bolsas y bolsas de confite,
pasaron de mano en mano, de fila en fila, todos reían al compartir
cuanto llevaban en sus carteras o bolsillos, el silvestrismo cada
día aprendía a compartir, y lo que parecía una prohibición difícil
de cumplir, se convirtió en el gesto más hermoso que pueden
vivir las personas, y eso es dar sin esperar nada a cambio.
Una Joven de largos cabellos negros y ojos enormes, sacó un
frasquito de colonia, y aunque esto si lo podía ingresar al
concierto, no quiso ser la única en no compartir algo, en instantes
todas las silvestristas llevaban impregnado en su piel, el olor de
Ana, “la Ana de Silvestre”.
444
LAS PUERTAS DEL
SILVESTRISMO
¿Alguna vez has estado en el Parque de la Leyenda Vallenata?
¿No? Es un lugar mágico, donde los acordeones suenan sin que
nadie los toque. Cuando ingresas en sus jardines, tú corazón se
encuentra en una especie de paraíso, por el cual corres lleno de
adrenalina, y sin importar cuanto puedan requisarte, tú solo
sonríes porque has llegado por fin al lanzamiento de Silvestre. Por
todos lados suena su música y desaparecen las preocupaciones,
“el silvestrismo que todo lo rodea”. Esa tarde en que se abrieron
las puertas, la marea roja penetró el recinto con banderas,
juramentos, consignas, todos poseídos por un estado de ánimo
que solo es comprensible si asistes personalmente. De nada me
vale describirte como laten nuestros corazones, debes llevar tu
corazón allí y escucharlo latir al son del silvestrismo.
A las diez de la noche cuando los pies piden clemencia, cuando la
sed comienza a exigir agua, cuando te encuentras rodeado de
una multitud a la cual amas aunque no la conozcas. Cuando
claman al unísono la presencia del ídolo, solo escuchas a tú
alrededor:
¡SILVESTRE!
¡SILVESTRE!
¡SILVESTRE!
El momento ha llegado y seguimos invictos.
445
EL CASTILLO
Ana entró corriendo al Parque de la Leyenda Vallenata y como
hiciera en otra oportunidad se abrazó a los tubos de separación
frente a la tarima del evento, cuando tomó aire, observó que la
tarima había desaparecido, en su lugar se alzaba la increíble y
enorme fachada de un castillo.
“El castillo de las libélulas” Pensó Ana, recordando el diario de
Kennel, y una lágrima recorrió su mejilla, Silvestre había diseñado
para el lanzamiento de Sigo Invicto un increíble castillo mágico
que evocaba la casa de un Rey, pero para Ana fue estar a las
puertas del castillo de las libélulas, ese lugar mágico donde llegan
sin cesar las cartas de los silvestristas. Por un instante su mente
le jugó una pasada extraña, vio ante si millones y millones de
cartas, postales rojas volando hasta el enorme castillo silvestrista.
Los recuerdos le apretaron el pecho, se sintió sola en el mundo
aunque la rodearan miles de silvestristas, el mundo le era vacío si
no tenía cerca de su corazón los ojos amarillos del hombre que
amaba como artista, como ídolo, como hombre.
Se imaginó caminar dentro del castillo, y encontrar sentado en el
trono del Rey, a un hombre humilde que le sonreía con la
sinceridad de un amigo, alguien que estaba allí solo para hacerla
sonreír, para hacerla soñar. “Silvestre” murmuró absorta en sus
pensamientos, y de pronto cómo si ya no pudiera más sintió la
sensación espantosa de un calambre en el estomago, las nauseas
que sintió fueron inexplicables. Ésta no era la primera vez que
vería a Silvestre, pero su corazón estaba tan exaltado que se
sentía enferma de amor.
Sus amigos bailaban, danzando canciones antiguas de Silvestre, y
poco a poco fue calmando tanta ansiedad, “Cálmate por Dios Ana,
cálmate.” Pensó, brindando su mejor sonrisa a los muchachos.
446
“…Las luces, el acordeón, los músicos y los gritos anunciaron la presencia de
SILVESTRE DANGOND en el Parque de la Leyenda Vallenata”.
447
TU REY SOY YO
El Rey descendió a la tarima desde un andamio especial que fue
preparado para él, allí sentado en un trono ante el clamor del
silvestrismo enardecido de la emoción. Silvestre colocó sus manos
sobre la frente, a forma de visera, tratando de enfocar la vista en
la marea roja que lo acompañaba a decir “SIGO INVICTO”, para
sorpresa de él, Ana estaba en primera fila, con sus cabellos
negros y enormes ojos, la sonrisa más linda que haya podido dar,
se dibujó en su rostro, y la felicidad tuvo nombre: “Silvestrismo.”
El acordeón tronó en manos de Lucas Dangond y la melodía fue
hermosa y sentimental, el ídolo era recibido por el pueblo, y él les
cantó: “Ay no se equivoquen conmigo, que soy el mismo de
siempre, yo vivo feliz con mi gente y mi gente feliz con migo.”
Mil historias de silvestristas lo rodeaban y lo llenaban todo, no
existía un lugar más alegre en todo el planeta, que el Parque de
la Leyenda Vallenata, cuando los silvestristas cantaron al unísono:
“Yo vivo feliz con mi gente y mi gente feliz con migo”.
Silvestre cantó con el alma a su público, pero cada vez que podía
le cantaba muy de cerca de su amada Ana, verla allí recuperada
del todo de sus heridas, allí de pie y brillando para él, solo para
él, vino a su mente el día que la encontró en la playa, Ana con
sus mejillas sonrosadas sonriendo para él, y pensó que entre la
multitud vestida de rojo que lo aclamaba, existían mil mujeres
como ella, que lo amaban como solo un fan podía amarlo. A todas
les lanzó besos, a todas las amó por corear sus canciones, desde
la niña que estaba adelante con una gorra tricolor, hasta la más
lejana en las gradas del parque de la Leyenda Vallenata. Silvestre
las amaba.
Por un momento Silvestre miró fijamente a los ojos a Ana, entre
todas sus silvestristas, y ella lo miró a él como al dueño de su
corazón, cuando de pronto Mathias en un arrebato de celos, besó
448
a Ana en los labios, ella lo rechazó con un leve empujón, Silvestre
vio cómo Mathias, con aquel besó le decía que Ana le pertenecía.
En plena tarima, Silvestre en un arrebato al igual que Mathias dijo
“Esta Canción se la quiero dedicar a una mujer que se
encuentra aquí, TU REY SOY YO, para ti Ana.” Dijo
golpeándose el pecho. Ella sintió que su rostro se sofocaba al
calor del rubor producido, no solo por el beso inesperado de
Mathias, sino porque sintió el atisbo de celos en las palabras de
Silvestre.
“Ay yo sabia que era un puente final que tenía que
cruzar y que me iba a doler.
Yo sabia que era un camino gris estar lejos de ti
extrañando tu voz.
Preparé el corazón pa olvidar, lo que ya no era más, lo
que el mundo acabó.
Era un pacto de olvido de dos no tenía libertad y no
quería ofender.
No pensé que te ibas a buscar ese payaso cruel pa
olvidarte de mi.
Porque besa tus labios ya cree que es tan dueño
de ti pobre iluso también”.
Mathias al escuchar la letra de la canción, no pudo soportar
permanecer un instante más en el concierto, hasta allí le llegó la
tolerancia, hasta esa noche se interpondría entre los sueños de
Ana; y sin pensarlo dos veces, se dirigió entre la multitud a la
puerta de salida, por más que Walter trató de impedir que se
fuera, no pudo. Él estaba decidido a no escuchar esa canción.
“Tengo que hacerlo, me voy.” Pensó.
449
“Esta historia no quiere acabar, si fuera por los dos no
tendría que acabar,
Pero está un compromiso ante Dios que me impide
soñar, que me impide volar.
Se que un día prometí liberar mi pobre corazón pa
entregártelo a ti, pero no supe que me pasó, me dio
miedo y dolor; y eso te hizo sufrir.
Perdón mi amor, mi error, pero tu rey soy yo”.
Ana no salía de su asombro, Silvestre por primera vez se dirigía a
ella en una canción, los silvestristas a su alrededor gritaban
emocionados, y ella dejó rodar de sus enormes ojos negros, dos
lágrimas, en esas palabras escuchó la proclama de un amor
prohibido, pero correspondido. La fan enamorada para siempre de
su artista, de su ídolo, ya no tenía sentido ocultar sus
sentimientos a sí misma.
“Ven dejemos que el mismo universo nos regale
tiempo para estar junticos, ven luchemos que ningún
guerrero perdiendo batallas se siente vencido.
Pero dile a ese señor que yo lo siento, que eres mi
sangre y sentimiento y serás mía por dos mil siglos,
pero dile a ese señor que yo lo siento, que eres mi
sangre y sentimiento y serás mía por dos mil
siglos”.
El sentimiento con el que Silvestre cantó “Tu rey soy yo”, dejó sin
aliento a los silvestristas, se encontraba en una especie de trance,
y reclamaba a Ana que en su vida existiera alguien más, todo
ocurrió como una película, de esas donde las canciones lo dicen
todo y solo nos queda tararearlas hasta la eternidad. Mathias se
había marchado para siempre y Ana lo sabía, era su derecho, el
amor entre ellos había muerto.
450
“Y yo sabia que me iba a sacudir lo más hondo de mi al
decirnos adiós, yo sabia que tenía que escoger si el
amor o el deber se peleaban en mi.
Me da rabia llegar a entender que alguien pueda llegar
cerca de tu corazón y tratar de arrancarme de ti y
sabrás que jamás lo podrán conseguir.
Me atormento con la confusión de vivir como estoy
o morirme sin ti, o buscarte y perdernos por fin hacia
el mundo feliz de nuestra ensoñación.
Se que al hombre que quieres mostrar frente a la
sociedad, todos le hablan de mi, me da lástima ver su
papel él no tenia que hacer, para luchar por ti.
Y no se puede tapar el sol, no se qué pasará, no se qué
voy hacer, no esperaba adorarte mujer todo se me
enredó y hasta mi alma también.
Si eres pa mi, la vida me pondrá a tus pies.
Ven dejemos que el mismo universo nos regale tiempo
para estar junticos, ven luchemos que ningún
guerrero perdiendo batallas se siente vencido.
Pero dile a ese señor que yo lo siento, que eres mi
sangre y sentimiento y serás mía por dos mil siglos,
pero dile a ese señor que yo lo siento (ay que lo siento
y yo no puedo tenerte mi amor), Pero dile a ese
señor que yo lo siento, que eres mi sangre y
sentimiento y serás mía por dos mil siglos”.
El Parque se llenó de aplausos eufóricos, Ana no paraba de llorar,
emocionada por una canción que describía lo que ocurría entre los
dos, que aunque jamás pudieran estar juntos, ella sería de él por
dos mil siglos.
451
El concierto continuó su curso, Ana ni por un instante se movió de
donde estaba. “Siempre se puede comenzar de nuevo, y eso
haré” Pensó.
452
¿Cómo lo Hizo?
En el parque de la Leyenda Vallenata, un lugar sagrado para el
pueblo, donde los acordeones suenan sin cesar, donde la
inmortalidad se plasma en las canciones de los juglares, donde
los sentimientos encuentran la libertad absoluta, un lugar que ha
sido testigo de las más grandes historias de amor, de dolor, de
amores inconclusos, de sueños infinitos de quienes en un canto
encuentran un desahogo del alma, allí entre mil historias, Ana la
silvestrista, la muchacha sencilla de ojos negros y larga cabellera
azabache, dejó que las lágrimas brotaran libres. Todo lo que
sentía debía entregarlo en ese instante de su vida, aceptando
quién era, una fan enamorada de su artista, de su silvestrismo.
Mathias se había marchado en el pleno derecho de una vida
mejor para él, pero ella sentía que se había fallado así misma, por
no ver a tiempo, que lo que tanto había amado de Mathias era el
silvestrismo, él había sido la causa de que ella encontrara a
Silvestre, las cadenas de su amargura se rompieron gracias al
silvestrismo y eso solo fue posible por Mathias, pero ya la suerte
estaba echada, con errores y desaciertos, no había vuelta atrás.
De pronto Silvestre Dangond entonó una melodía dolorosa, era
una canción nueva de “Sigo Invicto”, y la forma en que Lucas
Dangond hizo sonar el hermoso acordeón azul, se clavó en cada
rincón de su ser. Desde la primera nota musical Ana se sintió
acosada por todos sus recuerdos, todos sus sentimientos se le
vinieron encima.
“Hoy me sorprendí y me golpee de frente con la realidad, al
enterarme que lo que hubo entre ella y yo, jamás fue la
verdad, yo que me llevé, de ella el más lindo recuerdo de su
amor, pasaba el tiempo y siempre a Dios le pregunté, por
qué se terminó, y ahora lo entiendo, era que había una
persona al mismo tiempo en su vida, era su vida, al
final yo nunca fui el protagonista en su historia”.
453
Un joven de ojos pardos y mirada cansada, escuchaba esta
melodía a la entrada de aquel lugar sacrosanto, oculto de sus
amigos y con el corazón en las manos. Mathias ya había
escuchado esa canción la noche anterior, la canción de su vida.
Antes de abandonar Valledupar se preguntó ¿Cómo lo hizo?
“Ella escribía mil libretos a su antojo escribía y
escribía, Dios cómo pudo enredar en su mundo a dos
personas. Ay cómo lo hizo si siempre estaba conmigo, cómo
lo hizo si era mía a cada instante, cómo lo hizo sin
sospecha sin testigos, en qué momento ella me convirtió
en su amante. Cómo lo hizo me preguntan los amigos,
cómo lo hizo, y nada puedo contestarles, cómo lo hizo sin
sospecha sin testigos, en qué momento ella me convirtió en
su amante… y yo no se”.
-
“Así conseguí tu cariño, con una canción de Silvestre, y así
te pierdo”. Pensó Mathias. Respiró profundamente,
observando entre la multitud a Ana, llorar por Silvestre, y
le dijo adiós para siempre.
Ana sollozaba sin poder contenerse, la melodía le dolía de forma
inexplicable, pensó en Rafael, y la forma en qué él intentó
destruirla, sintió en su piel las marcas de ese amor. Pensó en su
padre, él ya no estaba para comprenderla, él había muerto hace
casi ocho años atrás. Vino a su mente el doloroso recuerdo de
una niña hermosa que se había marchado, Teresa y su amor por
Silvestre. Pensó en la sonrisa radiante de Mathias que la había
iluminado en momentos de oscuridad. Recordó los besos de su
ídolo y se sintió libre de poder llorar por todo lo que le dolía.
Yaliana que no la dejó sola ni por un instante, la abrazó
comprendiendo sus pesares; y como solo lo pueden hacer los
silvestristas, lloraron juntas sus penas. Esto era el verdadero
silvestrismo, sentir que no estas solo ni por un segundo.
454
EL LOCO Y LA LOCA
Cuando
más eufóricos estaban los silvestristas en pleno
concierto del lanzamiento de SIGO INVICTO, un joven disfrazado
de boxeador con el rostro cubierto con una mascara, se subió a la
tarima y todos gritaron su presencia, el joven en la esquina
opuesta a donde se encontraba Silvestre cantando “EL CONFITE”,
lanzaba puños al aire como si enfrentara a la batalla de su vida,
todos reían incluso Ana, ella no podía dejar de ser feliz por lo que
hacía este silvestrista.
El ídolo mostró su nueva forma de bailar y el loco silvestrista, lo
imitó a sus espaldas. De pronto la música se detuvo y Silvestre
explicó a todo el público quién era este Joven, según refirió, el
muchacho había recibido tres impactos de bala en la cabeza, pero
que por obra de Dios allí estaba con vida y seguía invicto en sus
luchas personales. “Te debo el bautizo de tu hijo, que lleva el
nombre de uno de mis hijos” y al decir esto Silvestre, el joven
enmascarado mostró su rostro a la marea roja del silvestrismo,
todos gritaron, todos aplaudieron su coraje.
No todo acabó allí, subió al escenario “El Cole del Silvestrismo”
con su traje rojo y alas alegres, y para maravilla de todos esa
noche, El loco silvestrista y El cole del silvestrismo bailaron a dúo
al son de la voz de un hombre que había nacido no solo para
triunfar, sino para contagiar su alegría a todo un pueblo, el
pueblo silvestrista. Todos brincaron a un mismo compás, dichosos
de escuchar a toda la agrupación en la canción más jocosa del CD
SIGO INVICTO, las muchachas gritaban y bailaban como trompos.
Los muchachos inventaban formas de bailar autónomas y el
jolgorio de los clubes del silvestrismo y todos los allí presentes,
presenciaron el espectáculo de los fuegos artificiales, y se
sintieron vivos a son del acordeón de Lucas Dangond.
455
EL CONFITE, es la canción de conquista de aquellos corazones
que van a descubrir su alma Silvestrista, Silvestre Dangond bailó
como nunca contagiando a la gente con el baile del payaso.
Varios silvestristas dieron un dolor de cabeza a los muchachos de
la seguridad del evento, estaban incontrolables, incorregibles;
subían con pancartas, o corrían a abrazar a Silvestre, la alegría se
desbordaba por cada milímetro de aquel lugar, y todos gritaban.
Cuando Silvestre interpretó su canción EL TIEMPO, al lado del
gran Alvarito López, quien fuera el acordeonero del Inmortal
Diomedes Díaz, las lágrimas brotaron de los ojos claritos de
cantante, era una canción que dejaba expuesto su corazón, y el
sonido del acordeón lo llenó todo, no hubo un rincón en
Valledupar a donde no llegará la melodía de quienes dedican su
vida al pueblo y entregan su existencia y su tiempo a hacer
felices a los demás.
Al terminar la canción, una joven fue subida al escenario por los
propios silvestristas, tomó el micrófono de Silvestre, el
silvestrismo había conseguido su loca: “Por todos los silvestristas
que estamos presentes, por los que no están y por los que están
en el cielo, por todos los silvestristas. Silvestre eres parte de
nuestra historia, formas parte de nuestra vida, y te amamos
viejito, te amamos” las lagrimas le quebraron la voz y todos los
silvestristas en el concierto y todos los silvestristas desde sus
casas que veían el concierto, por cualquier medio de
comunicación, repitieron con lágrimas en los ojos “Te amamos
viejito, te amamos.”
456
“Te amamos viejito, te amamos.”
457
Silvestre abrazó a esa fan fuertemente, pero en realidad abrazaba
a todos y cada uno de sus locos, de sus hijos, de sus silvestristas
del alma.
Continuó el concierto y entre lágrimas, risas, aplausos y gritos,
todos los presentes vivieron en carne propia la consolidación del
movimiento llamado “SILVESTRISMO.”
458
ISAMAR
Jorge,
mejor conocido como el lente del silvestrista, aquella
noche sintió un dolor intenso en el alma, ella no estaba en el
concierto, los muchachos del Batallón de Barranquilla le
aseguraron que ella llegaría con un silvestrista que la traería, ya
que, habían intentado su encuentro en Bogotá sin éxito, pero el
Lanzamiento llegaba a su fin, y su Julieta nunca llegó.
Cuando todo terminó, los silvestristas partieron a sus respectivas
casas, o se fueron directamente a la Terminal para viajar de
regreso a sus hogares, pero él decidió caminar un poco, no
entendía cómo entre tanta gente pudiera sentirse tan solo.
-
¡CARRANZA! Gritaron al unísono los muchachos del
Batallón de Barranquilla. ¡Carranza espera! Dijo un Joven
de ojos vivarachos. Soy Javier, yo se dónde esta Isamar,
debes venir con nosotros si deseas verla con vida. Dijo
Javi.
-
¿No entiendo muchacho, de qué hablas?
-
Jefe este es el soldado encargado de traer a Isa ante ti,
pero la misión ha sido estropeada por la oposición, o eso
sospechamos. Dijo DJ Carlos, con las manos en las rodillas
tratando de recuperar el aliento. Vinimos corriendo a
buscarte Carranza, Isamar esta muriendo, según el último
informe del soldado Javi.
-
¡OH! Por amor de Dios ¿Qué noticia es esta? Dijo Carranza
tomando por los hombros a Javi ¿Qué le hicieron?
-
Estoy convencido que ha sido envenenada por la oposición.
Dijo Javi a punto de llorar, ella estaba bien cuando aterrizó
el avión en Valledupar y solo la dejé un momento, cuando
estaba comprando las entradas para el lanzamiento, al
459
regresar donde la había dejado en el centro comercial, ella
apenas si podía moverse, estaba prendida en fiebre, la
cargué en mis brazos, y me la llevé al hospital. Estoy
seguro, ha sido envenenada.
La tropa entera sollozaba por Isamar, mientras el corazón de
Pérez Carranza se despedazaba de dolor.
-
Por favor llévenme a su lado. Murmuró el muchacho. Debo
verla.
Al llegar al hospital, afuera aguardaban los clubes silvestristas,
quienes se habían enterado que una fan estaba al borde de la
muerte.
-
¡Los rumores son como el fuego! Se propaga de inmediato
y hace mucho daño. Dijo Daniela. Aún no tenemos un
pronunciamiento médico y ya el silvestrismo en pleno hace
vigilia, incluso lloran por ella. Soldados calmen a todos,
Carranza, Javi y yo entraremos a hablar con los médicos.
DJ y BB, cálmense por amor de Dios dejen de llorar,
tenemos que ser fuertes, es una orden.
Los Tiburones de Taganga, los del Batallón de Santa Marta, La
Revolución Silvestrista de Bucaramanga, los silvestristas de los
clubes de Barrancabermeja, Turbaco, Cienaga, Cartagena, Ocaña,
Bogotá, Medellín, incluso los clubes Venezolanos de Mérida y
Maracaibo, todos esperaban noticias a las afueras del hospital,
algunos caminaban de un lado al otro esperando lo peor, otros
estaban sentados en las aceras, pero la gran mayoría se recostó
en la grama cercana a la entrada del hospital, estaban exhaustos
por el lanzamiento de Sigo Invicto, pero se negaban a dejar sola
a la silvestrista caída.
Ana contempló el cielo estrellado de Valledupar al lado de sus
grandes amigas, Yuli, Clara y Yaliana, quienes guardaban silencio,
según les habían comentado la joven silvestrista había sido
envenenada por los opositores al silvestrismo, pero Ana estaba
convencida que aquello era imposible, ella conocía muy bien a
460
aquellos que se oponían al movimiento musical rojo, y tal
conducta no era propia de ser humano alguno, así que prefirió
aguardar al dictamen médico, algunos ya la daban por muerta,
otros rezaban plegarias, Ana eligió refugiarse en su mente. “Está
radiante, él brilla con luz propia, me duele verlo sin poder
abrazarlo ¿Sabrás de verdad lo que siento?” Pensó. Dos lágrimas
brotaron de sus ojos, y por un instante sintió que Silvestre estaba
viendo esas mismas estrellas, esa luna casi llena, y que él al igual
que ella, la tenía en sus pensamientos.
Recordó la mirada de dolor de Mathias cuando ella lo empujó,
cuando no le correspondió su beso. “Nuestro último beso. Así
terminó lo que no pudo ser, no te supe amar, no sé cómo amar.”
Pensó Ana. Mientras escuchaba a su alrededor los susurros de
todos los silvestristas que impacientes esperaban noticias de
Isamar, ella recordaba cada instante del concierto, sintió celos de
la joven que lo abrazó en pleno concierto; y a su vez, agradeció
que lo quisieran tanto. “Los celos de fan son tan puros” me siento
de la misma forma que cuando celaba a mi hermana de papá, ella
era su luz, mientras yo en las sombras era feliz de verlos amarse
con el amor más grande que pueda existir. Él ahora no está, y ver
a mi hermana es ver a papá vivo en ella, duele pensar en papá,
pero más me duele saber que no está para celarlo. La vida tiene
matices tan intensos, que el corazón si llega a vivir cien años, es
como si viviera mil, sufre tantas guerras, tantos momentos
tristes, tantas alegrías, el amor de un corazón silvestrista está
expuesto a muchas más alegrías y a muchas más tristezas. ¡Que
Dios nos ampare por sentir!
-
Ana ¿Te sientes bien? Preguntó Yaliana.
-
¡Estoy bien! Exclamó ella.
-
Mentirosa, crees que no te conozco ¿Qué pasó
exactamente en el concierto? ¿Por qué empujaste a
Mathias? ¿Por qué Silvestre los vio? ¿Por eso Mathias se
fue?
461
-
Yaliana, no sé que le pasó a Mathias, él no es así, me temo
que quiso una prueba de mi amor, besarlo delante de
Silvestre, y no pude.
-
Cómo ibas a poder, Silvestre es tu vida. Cuando estabas
prendida en fiebre no hacías más que llamarlo.
-
Soy una mujer egoísta, eso
hablemos más de mi, ahora
somos silvestristas y debemos
el sufrimiento de un hermano,
de Silvestre ni de Mathias.
-
Esta bien, pero me debes muchas explicaciones. Dijo
sonriendo Yaliana.
es lo que soy, Yaliana no
quien importa es Isamar,
olvidar nuestras penas ante
por favor no hablemos más
A las tres de la madrugada, Walter Quintero no podía más con la
angustia. “Tenemos que encontrar al culpable, me lo voy a tragar
entero”. Dijo Walter a Víctor que al igual que todos los
silvestristas esperaba a las puertas del hospital. “Esto es una
infamia, un insulto, cómo se atreven a tocar a una silvestrista,
cobardes.” Walter estaba muy molesto por el atentado a Isamar.
“De aquí no se mueve nadie, sin Isamar no nos vamos, no la
dejaremos sola ni por un instante.” Víctor, Pichicho, Emma, Yahir,
DJ Carlos, Gloris, Yorle y todos los silvestristas guardaron
silencio, tenían el mismo sentimiento, pero no tenían la fuerza de
Walter para expresarse en ese instante, la gran mayoría estaba
agotada de tanto bailar.
Jorge contempló las blancas baldosas del suelo del hospital, los
médicos aún no les daban un dictamen sobre la salud de Isamar,
se sentía cansado, abatido por no haberla encontrado antes, se
sentía culpable de cuanto pudiera pasarle a su amada Julieta. “Ni
siquiera un beso le he dado” pensó entristecido.
Las enfermeras lo dejaron pasar a la habitación de cuidados
intensivos donde estaba la silvestrista. Javi y Daniela entendían
que no podían pasar todos y aguardaron en la salita de espera.
Jorge entró a la habitación sin hacer ruido. Una joven pálida
462
estaba cubierta de sábanas blancas, sus ojos estaban cerrados y
la rodeaban un sin fin de cables, un olor a chocolate reinaba en la
habitación y por primera vez en muchos años, enormes lágrimas
corrieron por el rostro de Jorge. “Es ella, es ella, mi amada
Julieta, mi Isamar.” Acercó una silla metálica al lado de la
cabecera de la muchacha dormida, tocó ligeramente su mano
derecha y se sintió loco de amor por ella. “Apenas si te he visto
en mi vida pequeña, y ya estas tan adentro que no puedo vivir sin
ti, despierta” susurró Carranza. La vio dormir tan placidamente
que dudó que estuviera envenenada como le había dicho el
silvestrista, se veía enferma, pero tan bella como el día en que la
conoció.
Ella al sentir el calor de su mano despertó, y por primera vez se
vieron a los ojos.
-
¡Me duele! Dijo ella.
-
Por Dios has despertado Isamar, vas a estar bien, lo
prometo.
-
Jorge Sálvate tú. Te amo, sálvate tú.
-
Qué dices mi amada, sin ti no hay salvación. Y dos
lágrimas brotaron de sus ojos.
-
No llores, no puedo verte llorar. Isa hablaba en un tono
muy bajo, y Jorge se acercó a sus labios para escucharla
mejor, pero fue inevitable, la vida apremiaba, y él lleno de
un amor inexplicable, la besó.
463
PEREZ CARRANZA
A las cuatro de la mañana un muchacho delgado con las manos
en los bolsillos, se paró a las puertas del hospital, y todos los
silvestristas corrieron a su encuentro, ya había un dictamen
médico, y Pérez Carranza lo tenía.
- ¡Habla por Dios! Dijo Walter.
- ¿Qué ha pasado Carranza? Preguntó Pichicho.
- ¿Qué dicen los médicos? Insistió Emma.
Y todos los silvestristas comenzaron hacer preguntas a la vez.
Esto tiene que saberlo Silvestre, que alguien lo busque. Dijo un
joven entre la multitud.
- Calma muchachos, calma, ya los médicos han dado con lo que
tiene Isamar. Pueden estar tranquilos, todo esto no ha sido más
que un susto. Quiero agradecerles a todos por su apoyo, pueden
irse a descansar tranquilos, Isamar está fuera de peligro.
Concluyó el muchacho con su mejor sonrisa.
Los silvestristas gritaron emocionados, muchos aplaudieron y de
pronto, todos abrazaron en montonera al lente del silvestrismo.
-
Javi se hizo escuchar entre los presentes. Pero Jorge ¿Qué
tiene Isamar? ¿No fue envenenada?
-
No querido hermano, Isamar no fue envenenada.
-
Estas viendo Javi que eres un exagerado. Le reprendió
Daniela.
-
Isamar lo que tiene es Chicungunya. Declaró Jorge Pérez
Carranza.
464
Y ante la carcajada de todos los silvestristas presentes, Walter
Quintero, un hombre que había pensado en hacer hasta una
cacería a los opositores del silvestrismo, se llenó de las fuerzas
que le quedaban para hacer a la multitud la pregunta de la
madrugada.
- Ve muchachos ¿Qué es el Chicungunya?
Los silvestristas muertos de risa, lo abrazaron, todo no había
sido más que un gran susto, y una ola de rumores que no tenían
ni pie ni cabeza. Javi se sintió dichoso de haberse equivocado.
-
Walter ahí tienes a tu enemigo. Dijo Víctor. El responsable
es un mosquito.
Todos los presentes se abrazaron los unos a los otros, la hermana
silvestrista estaba fuera de todo peligro.
465
AGUAS DEL GUATAPURI
Ana al amanecer del veintinueve de noviembre, cuando todos
descansaban en sus habitaciones, abrió sin hacer ruido la puerta
de madera de la casa de Maria Clara, para cruzar la calle en
dirección a la Sirena Dorada del Guatapurí. Salió descalza y
llevaba puesta una hermosa manta Wayuú de color blanco. La
brisa de la mañana le alborotó los negros y largos cabellos, eran
las seis de la mañana y el valle del cacique Upar, aún dormía. Ya
el sol iluminaba con sus rayos la hermosa Sirena de Hurtado. Y al
verla, Ana recordó su juramento de ser feliz, de olvidar todo
aquello que le hacía daño, y se sintió a salvo cerca de aquellas
aguas heladas.
Caminó entre las piedras hasta llegar a una enorme roca frente la
bella Rosario Arciniegas, la niña hecha mujer que custodiaba las
aguas mágicas que bajaban de la nevada. Allí de pie, la encontró
Silvestre.
-
¡Ana! Dijo él.
Cuando ella lo vio sin pensarlo dos veces se lanzó a sus brazos,
creyéndose en uno de sus sueños, lo besó, sin importar que fuera
realidad o no. Lo besó aunque sus vidas fueran distintas, aunque
no podía pertenecerle por completo. Dos lágrimas brotaron de sus
enormes ojos negros.
Hay besos que son inevitables, porque el destino ha establecido
que deben ocurrir y nada ni nadie lo puede cambiar.
Ana lo miró a los ojos, sus hermosos ojos amarillos brillaron para
ella; y él sonrió al tenerla entre sus brazos. Ella siempre sería su
fan, y nada en la vida lo podría modificar, el destino estaba
escrito.
466
-
Al final yo gané, porque te conocí. Dijo Silvestre con la voz
más dulce que ella haya podido escuchar. Ana eres mía
estés donde estés, hoy mañana y siempre serás mía, solo
mía, porque me seguís gustando.
-
¡Te amo! Susurró ella.
Y Silvestre, la besó.
Una libélula roja , posada en la Sirena Dorada del Guatapurí
revoloteó por el cielo y los rayos del sol penetraron sus alas
transparentes, dejándose llevar por las brisas que bajaban esa
mañana desde la Sierra Nevada de Santa Marta, se posó sobre
los hombros de Ana.
467
SEGUIMOS INVICTOS
Pichicho consiguió por fin un buen empleo, y aunque ha sufrido
mucho por estar lejos de su familia y de su hogar, sigue invicto,
luchando por sus sueños. Tiene la gran fortuna de contar con
amigos como Walter Quintero y Víctor Pinzón, ellos cuidan del
fantasma del Novalito y del Club Silvestrista La Revolución de
Bucaramanga. A veces suele tomar las mejores decisiones gracias
a su moneda de la suerte.
La moto apareció y Víctor nunca más volvió a dejarla en el
camión de nadie, el silvestrista que se la había llevado, lo buscó
hasta encontrarlo, así que sigue asistiendo a los conciertos en su
moto roja, y cruza Colombia con el copiloto más loco del mundo,
el gran Walter Quintero.
Emma y Yahir, lograron no solo ir al Lanzamiento de Sigo Invicto
en Valledupar, sino que el club del Batallón Samario, desde ahora
y para siempre, ha quedado grabado, en el corazón de su artista,
convirtiéndose en el 2014, en el Club Silvestrista del Año.
Yaliana dejó de ser una ermitaña, decidida a apoyar al Club
Silvestrista de Taganga, y hoy por hoy cuida de sus silvestristas
con el mismo amor y cariño con el que cuido a Ana.
Pérez Carranza camina por las noches tomado de la mano de la
mujer que ama, y ellos escriben su propia historia de amor,
porque el silvestrismo es el mayor contador de historias.
En Turbaco el silvestrismo es tan fuerte que crece día a día; y
siempre tienen tiempo de visitar a la anciana de la rifa y a los
queridos Palito, Tomate y Goyito.
Nini actualmente está sometida a terapias para recuperar su
visión, y existen gastos que son cubiertos por Silvestre a través
de la Fundación de Silvestristas de Corazón grande, que apoya a
innumerables silvestristas y niños con diferentes dificultades
468
económicas y médicas, ella poco a poco recupera el porcentaje de
su visión y estoy segura que pronto volverá a caminar por las
playas de Cartagena de la mano del amor de su vida.
Katherine Porto, mejor conocida como La Pechy, lucha día a día
por ser feliz, y con su ejemplo nos llena a todos de felicidad y
fuerza. Una vez le dije que nuestra fuerza estaba en ella, y que si
ella seguía adelante, nosotros también lo haríamos. Me tranquiliza
que no solo cuente con el mejor Club Silvestrista del mundo,
como es el de Cienaga – Magdalena, sino que tiene el mayor
ángel que puede tener alguien, me refiero a su mamá,
quien es el ejemplo de mujer más grande que he visto en mi
vida, el amor que entrega a su hija y a todos los silvestristas es
único. Si alguna vez te encuentras en Ciénaga- Magdalena, no
dejes de visitar el cuartel silvestrista más hermoso que existe, allí
no solo encontrarás a “La Pechy” cantando las canciones de
Silvestre, sino una madre que cuidará de ti como tu propia
madre.
Todos los silvestristas sin excepción siguen invictos, desde
Bucaramanga hasta Cartagena, de Sur a norte, desde el Huila
hasta Bogotá, de Villavicencio al Magdalena, todos luchan día a
día por su silvestrismo del alma, por sus sueños, sus grandes
sueños.
Colombia, Venezuela, Ecuador, Chile, Argentina, Perú, México,
Estados Unidos, España y por toda Europa, millones de historias
que me son imposibles de contar, pero que puedo resumir en la
frase de nuestra querida Ana: “No hay nada que el silvestrismo no pueda
curar.”
469
EPÍLOGO
Tiempo después del lanzamiento de SIGO INVICTO, Ana abría la
puerta del lugar donde había vivido con Mathias, no fue una
sorpresa ver que las cosas de él ya no estaban. Encendió el
computador y colocó las canciones de Silvestre para espantar sus
tristezas. En lugar de desempacar su bolso, llenó dos maletas con
la ropa más ligera que tenía, y algunos pares de zapatos. Sacó
sábanas blancas de las gavetas y las fue colocando en los
muebles, en los estantes, en la biblioteca, en el comedor.
-
Yo solo puedo vivir en Valledupar, este lugar ya no me
pertenece. Dijo ella.
Ana había decidido irse a vivir a Colombia, en el único lugar
donde se sentía en casa, “El Valle del Cacique Upar”. Dejó los
fantasmas al cerrar la puerta con llave, y ni siquiera volvió la
mirada atrás. Con la ayuda de Maria Clara, consiguió alquilar una
pequeña casita, en frente a la librería del Valle, y a la entrada su
nuevo hogar un hermoso Cañahuate le brindaba su sombra, Ana
no podía pedir más, lo único que su corazón lamentaba era haber
dejado los libros de su padre en Venezuela. Con el único que
había cargado en el largo viaje, fue con el libro de Gabo.
Una mañana cruzó la calle y se detuvo a ver los libros de
exhibición de la librería, cuando un joven de mirada cansada y
hermosos ojos amarillos le brindó una sonrisa.
-
Siempre he pensado que los libros en la vitrina de
exhibición no son excelentes. Los mejores los encuentras
cuando entras a la librería. Dijo el Joven.
Sí, claro, lo mejor es buscar y encontrar. Dijo Ana.
¿Por qué no pasas? Preguntó él.
Ana no podía dejar de ver los ojos del joven. “Sus ojos, los ojos
de Silvestre.” Pensó. Al entrar en aquel lugar un señor mayor
470
estaba organizando los libros. El joven lo saludó informalmente y
Ana comprendió que eran padre e hijo.
-
¿Trabajas aquí? Preguntó Ana.
Sí, así que podemos decir que somos vecinos.
Ana sonrió ante su amabilidad, y se distrajo entre los estantes
repletos de libros.
- No me has dicho tu nombre. Dijo el joven tras ella.
- No me has dicho el tuyo. Contestó Ana.
- Me llamo Andru.
- Yo soy Ana.
Cuando ella estrechó su mano, sintió una especie de electricidad
al tocarlo, sus manos eras suaves y blanquecinas. Los ojos de
Andru se clavaron en Ana.
-
Me recuerdas a alguien que quise mucho. Dijo Andru. Y una
sombra cubrió su mirada dorada.
Tú también me recuerdas a alguien a quien amo. Dijo Ana
brindándole una radiante sonrisa.
Un año después del día en que Ana conoció a Andru, en la Plaza
Alfonso López de Valledupar, un joven doblaba su rodilla derecha
y abría una pequeña cajita aterciopelada de color rojo. Cuando
ella abrió la cajita, contempló una hermosa sortija de
compromiso, que a diferencia de otras, la gema no era
transparente, sino roja, un deslumbrante rubí para una silvestrista.
-
Ana, mi amada Ana ¿Aceptas casarte conmigo? Preguntó
Andru.
Durante el tiempo que se conocieron ambos se habían hecho
cómplices, amigos y amantes, Andru aunque no era silvestrista,
la acompañaba en todas y cada una de las locuras que Ana se
inventaba para acercarse a Silvestre, por su amor al silvestrismo
Ana recorrió innumerables pueblos y por su manera de ser, Andru
estaba convencido que solo una gema roja podría darle un sí.
471
Una libélula intensamente roja se posó sobre Andru
, Ana se
sorprendió de verla allí como símbolo inequívoco de un amor
eterno. Ana contempló al hombre del que se había enamorado,
miró sus hermosos ojos amarillos, y la respuesta fue una y única.
-
¡Acepto! Contestó Ana.
Andru enamorado de ella la abrazó, y ella enamorada de él, lo
besó, no había que renunciar al silvestrismo, ni tenía que
esconder lo que sentía por Silvestre. Andru no tenía que esconder
ante ella sus sentimientos pasados ni ocultar los fantasmas que le
pesaban, ella podía ser Ana la Silvestrista, y el podía ser Andru el
librero de una tierra mágica donde los duendes, las sirenas,
Francisco el Hombre y las Marías Mulatas conviven entre el mito y
la leyenda, los dos se sentían a salvo en la tierra de acordeones,
los dos eran uno solo.
472
LAS SIRENAS DE
HURTADO
Marlyn Becerra Berdugo
473
A todos los escritores, compositores y poetas
De una tierra con la que soñé despierta.
Marlyn Becerra Berdugo.-
474
ANDRU ESTEBAN VIRVIESCAS
Los árboles entonaron un canto de vida que disipó las sombras
de la noche, soltando al viento el dulzor del rocío en las hojas.
Pájaros de colores trinaban aferrados a las ramas, algunos
susurrando a sus crías en los nidos, otras silbando canciones de
amor, buscando un compañero. Todos habían perdido la
esperanza de reencontrar el árbol de cañahuate donde habían
nacido, ese de finas ramas y tronco blanquecino, que se viste
para la primavera del color del sol, un árbol digno de los dioses
paganos, poderosos en el mediterráneo, que desde el olimpo,
atentos y silentes, observan el valle de las hadas y las sirenas.
Entre los cantos de la mañana, un muchacho de cabellos oscuros
y ojos profundos, idólatra de esos dioses, observaba a un anciano
de mirada triste y alma cansada, su semejanza a un rapsoda se le
antojaba extraordinaria, un Homero cansado por los años de
trabajo, el hombre más que inmortal, se aferraba a la vida al
sujetar entre sus manos, una taza de café humeante.
Allí sentado en la banca de la plaza del pueblo, el joven
escuchaba atento los susurros del viento, voces que llenaron su
mente de recuerdos. Vio en ellos a su abuela Isabela, la imaginó
aún con vida, con su libro de hojas amarillentas, encerrada en el
luto de los años, apretando incansable el abanico que espantaba
sus recuerdos y sentimientos más oscuros. La abuela solía mirarlo
como si deseara explicarle la vida en segundos.
El canto de una mulata de negras plumas y pico astuto, lo atrajo
a la realidad, un ave vestida como los cuervos, aunque mucho
más pequeña. La tenía tan cerca, que pudo agarrarla, pero
475
prefirió sentir su presencia y ver como brincaba de una patita en
otra, buscando ramitas para su nido de amor.
El joven se sintió observado por la Maria Mulata.
– ¡Mi cuervo favorito! Murmuró sosteniéndole la mirada.
En sueños le sacaban los ojos, al igual que los cuervos a los
cadáveres abandonados a su suerte. El ave aleteó en pos de un
amante y la ramita del nido cayó en el despegue. El muchacho
navegó en el mar de su conciencia. “La muerte se encamina
hasta un sencillo valle donde ya las aves están enlutadas”.
Pensó.
Esa mañana la tienda Compae Chipuco estaba cerrada, al igual
que la pequeña librería de Andrés, aún era temprano, hasta para
el incansable de su padre. Nuevamente la brisa de la nevada
acarició los árboles haciéndolos sonar con sus susurros. El
muchacho comparó en un instante, al sonido de los árboles con
murmullos de almas errantes, al olor del valle con el olor de una
nube jugosa, al anciano del café con el Quijote sin Sancho.
Disfrutaba de las mañanas tranquilas sin parranderos ni
silvestristas que perturbaran sus pensamientos, amaba la música
vallenata propia de aquella tierra, pero su amor era más intenso
por los sonidos propios del pueblo donde nació. Los fanáticos de
Silvestre Dangond revolucionaban la ciudad de tal forma, que el
joven se sentía a salvo en el silencio del viento de esa mañana.
-
¿Puedo sentarme? Preguntó una joven. ¿Puedo sentarme?
Insistió ella turbando sus pensamientos.
476
-
-
-
¡Perdón! Murmuró el muchacho. Un olor dulce le llegó
preciso e intenso, no era la piel de la joven, pálida y
delicada de quien emanaba aquella dulzura, sino de una
caja de chocolates que llevaba en las manos.
¿Quieres chocolate? Sonrió la joven. Por dentro tienen jugo
de uva. Son muy buenos para empezar el día.
Sí, gracias. Contestó él.
¿Por qué será que cuando se come algo tan rico, no hay
nada que decir? Preguntó ella ante el silencio entre los dos
¿Sabes qué es mejor que el chocolate?
¡No! Murmuró el joven, contemplando el cabello ondulado y
rojizo de ella, como si la luz del sol se posara en cada
hebra. Observó los ojos verdes y penetrantes de ella,
sintiéndose desarmado por completo.
Mis amigas silvestristas, me han dicho que el chocolate es
el sustituto del sexo. Una enorme sonrisa afloró de sus
labios rojizos y carnosos. ¡Disculpa tengo que irme! –Dijo
ella. Se me ha hecho tarde, gracias por el rato de
compañía.
Se levantó ligera como una liebre. Él no le había dicho su nombre
y tampoco sabía el de ella.
Inmutable se quedó viendo como se alejaba, con la gracia y
elegancia de los gatos, llevando su larga cabellera naranja lejos
de él. Cuando asimiló que ella se había marchado, se quedo allí
sentado, con el sabor en su boca del chocolate, soñando
despierto, identificando a cuál personaje de los libros se parecía
más, intentando darle un nombre, pero solo vinieron a su mente,
las Náyades de los griegos y sus suspiros se unieron al susurro de
los árboles.
El anciano ya no estaba.
A la mañana siguiente, el olor del valle era el aroma a árboles
vivos. Respiró al dulce río Guatapurí, e imaginó el sonido de las
477
cristalinas aguas, bajando por el caudal de la nevada a
Valledupar. Todo le llegaba perfecto. El silencio era absoluto, las
aves lo habían abandonado, ignorando que algo andaba mal en su
ser, no quiso oír su voz interior. “Me falta el oxigeno como en
el Nautilus”. Pensó, recordando sensaciones al leer a J. Verne.
Se sentía casi sin oxigeno, esperando a la muchacha de los
chocolates del día anterior, sentado en la misma banca de la
plaza, miraba su reloj cada dos segundos. Solo quería un nombre,
ver el sol en sus cabellos cobrizos, inhalar el olor de su piel
pálida.
Observó
trabajos
cumplía
mañana
agüero.
a las personas que iban y venían para dirigirse a sus
y los más jóvenes a sus colegios. El anciano del café
con su ritual necesario de seguir esperando. Fue una
sin cuervos y su ausencia lo incomodó. Era de mal
De pronto ella estaba ante el muchacho que con tanto afán la
esperaba. La joven llevaba el cabello rojizo recogido en una gran
cola de caballo. Su vestido de corte amplio en los hombros,
delicado y de color blanco, dejaba ver las pecas rojizas de los
hombros que le adornaban la piel.
-
-
¡Mi nombre es Fabiola! Dijo sonriendo. Disculpa mi apuro
de ayer. Debía cumplir con alguien y lo había olvidado,
siempre ando pensando en lo que no debo y me disperso,
tengo dos hijos inquietos que debía recoger del veterinario.
Me llamo Andru Esteban Virviescas, ¿Tienes hijos
enfermos?, te ves muy joven para ser madre.
¡OH! No, son mis gatos, son como mis bebes, además a los
niños no los llevamos al veterinario – Dijo sonriente - Te
llamas ¿Andru?, tienes nombre inglés o es poco común.
Dijo tocándole la nariz con un ligero golpecito con el dedo
índice.
478
-
-
¡Tienes razón! Solo escuché la palabra hijos; y sí es poco
común, más no creo que sea inglés, siempre he pensado
que fue un intento de mi madre por hacer de mí alguien
disímil.
Podrías hablar claro, no tengo ni idea que sea disímil.
Sonrió Fabiola, enroscando en un dedo blanquecino un
mechón de sus cabellos.
¡Distinto! Mi madre, hizo de mi nombre algo diferente.
Tu mamá debe ser muy linda, porque tú eres hermoso
Andru.
Andru sintió en el rostro el calor de una hoguera, aunque fuera
muy temprano para tanto calor, sintió ganas de ir al río y de
ahogarse en él.
-
¡Me gustan los libros! Soltó, arrepintiéndose de haberlo
dicho. “El idiota que solo tiene libros” Pensó.
Y a mi me encanta el vino tinto. Dijo Fabiola ¡Excelente si
es un vino Argentino! Podríamos dar un paseo Andru, si
quieres, pero no me hables de libros, eso me aburre,
prefiero la música, sobre todo si es un vallenato de
Silvestre Dangond.
Caminaron sin prisa, y para Andru fue una completa agonía. Cada
centímetro de la piel de la joven lo enloquecía, a medida que
caminaban se sentía torpe, y de pensamientos impropios. Pensó
en besar aquel pálido cuello, rozar las pecas rojizas, oler los
cabellos de la mujer teutona que lo arrastraba por la calle del
pueblo.
Desde ese día se volvieron el uno para el otro. Durante un año
aquella mujer fue suya, aunque para él solo tuviera un defecto.
“Silvestrista.” Pensaba Andru Esteban, cada vez que ella
coqueteaba descaradamente con el cantante más popular del
479
momento en los conciertos a los que tenía la obligación de
acompañarla por ser su novio. “No voy a sentir celos, es
silvestrista y nada más.”
“Ocho años me ha llevado escribir sobre el personaje de Andru, siempre pensaba que algo
me faltaba por vivir, hasta el día en que conocí a Daniel Esteban Virviescas”.
Marlyn Becerra B.
480
ANA
Tiempo después una joven de cabellos negros y enormes ojos,
se detuvo a ver los libros de exhibición de la librería que quedaba
en frente de su casa, observaba detenidamente cada título, como
si buscara los libros abandonados por ella en su anterior hogar.
-
Siempre he pensado que los libros en la vitrina de
exhibición no son excelentes. Dijo Andru a sus espaldas.
Los mejores los encuentras cuando entras a la librería.
Sí, claro, lo mejor es buscar y encontrar. Dijo Ana.
¿Por qué no pasas? Preguntó él.
La muchacha se sorprendió al ver los ojos amarillos del joven.
“Sus ojos, los ojos de Silvestre.” Pensó ella. Al entrar en aquel
lugar un señor mayor estaba organizando los libros. El joven lo
saludó informalmente y Ana comprendió que eran padre e hijo.
-
¿Trabajas aquí? Preguntó ella.
Sí, así que podemos decir que somos vecinos, tú eres la
chica de enfrente, te vi llegar hace pocos días.
Ella sonrió ante su amabilidad, y se distrajo entre los estantes
repletos de libros.
-
No me has dicho tu nombre. Dijo el joven tras ella.
No me has dicho el tuyo. Contestó la muchacha.
Me llamo Andru Esteban Virviescas.
Yo soy Ana.
481
Cuando ella estrechó su mano, sintió una especie de electricidad
al tocarlo, sus manos eras suaves y blanquecinas. Los ojos de
Andru se clavaron en Ana.
-
-
Me recuerdas a alguien que quise mucho. Dijo Andru. Y una
sombra cubrió su mirada dorada.
Tú también me recuerdas a alguien a quien amo. Dijo Ana
brindándole una radiante sonrisa.
Es bueno saber eso, creo que entonces las condiciones
están dadas para ser los mejores amigos del mundo. ¿Te
gusta leer? Preguntó Andru Esteban.
¡Me encanta! Contestó Ana. Mi autor favorito es Gabriel
García Márquez.
¡El maestro! Exclamó él.
¿Pendón?
Gabo es el maestro de los maestros, mi abuela Isabela
solía tener Cien Años de Soledad entre sus manos, como si
se tratara de la Biblia misma, lees al más grande de los
escritores de Latinoamérica, y eso me agrada. Andru no
podía parar de sonreír, cada dos frases o comentarios, una
carcajada emanaba de su ser. Ana se le antojaba idéntica a
la mujer que más había amado.
¿A quién te recuerdo Andru? Peguntó Ana.
A mi madre. Contestó él. Tienes los cabellos como ella,
negros y muy largos, solo que mamá tenía los ojos azules,
casi grises.
¿Tenía?
Mi madre ya no está.
Lo lamento. Murmuró Ana agachando la cabeza.
Larga historia, pero no te aflijas, te ves más bonita cuando
sonríes niña.
“Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, lo leí cuando apenas tenía 14 años, ver
el mundo de Macondo a esa edad, fue hacer de mi mente un lugar donde todo sería
posible” Marlyn Becerra B.
482
MARIA CLARA
Por las tardes Ana visitaba a su amiga María Clara en la enorme
casa del Guatapurí, donde siempre entraban y salía huéspedes.
Solían tomar café y conversar hasta entrada la noche cuando José
Luís, llegaba con enormes paquetes de comida para la clientela.
-
-
Chinita te estas poniendo muy flaca, deberías alimentarte
mejor, van a decir que viniste a morir de hambre al Valle.
No digas bobadas José Luís, estoy bien. Contestó Ana. Pero
no me enojo si haces la cena y me dejas hablar con tu
mujer.
¡Mujeres! Solo están pendientes de chismear. Ni modo, hoy
les cocino yo. Dijo José Luís mostrando todos sus dientes
en una sonrisa fingida.
No te enojes con él Ana. José Luís vive pendiente de ti, y
no miente, estas muy delgada ¿Pasa algo? ¿Es Silvestre?
Estoy bien, por qué siempre crees que es por Silvestre.
Porque te conozco, no eres la misma cuando no andas
silvestriando Ana, y eso, no está bien, debes enamorarte y
tener tu familia, ya es tiempo.
Maria Clara, creo que con lo que pasó con Mathias es
suficiente, por ahora quiero estar sola, además me quiero
ocupar de cosas como la revalida de mi título, conseguir un
empleo y rehacer mi vida en Valledupar.
Eso es cierto. ¿Ana hay algo que no me has contado?
Maria Clara era una muchacha extraordinariamente observadora,
y sin pelos en la lengua, decía lo que pensaba desde que se
casara con José Luís, los dos habían construido un hogar sólido,
un hogar vallenato, porque en el valle no existía una casa más
escandalosa que aquella. Por las noches María Clara sonaba a
Silvestre Dangond a todo volumen.
483
Conocí a alguien, creo que vamos a ser buenos amigos. Confesó
Ana.
- ¿Es silvestrista?
- No. Dijo Ana levantando levemente sus hombros.
- Nadie es perfecto. Dijo Maria Clara, soltando una estrepitosa
carcajada.
- No digas tonterías, solo somos amigos.
- Mi queridísima Ana, uno no se enamora de los enemigos.
“Maria Clara es una Silvestrista que me escribió hace algún tiempo atrás, su forma de
expresar su cariño por Silvestre, me llevó a incluirla como personaje en esta historia, ella
al igual que José Luís Torres, son mis amigos incondicionales, José Luís es hombre más
alto que conozco en mi vida.” Marlyn Becerra B.
484
SIMPLEMENTE AMIGOS
Esa tarde Andru contempló el cañahuate que daba sombra a la
entrada de la casa de Ana. “Aún no florece” pensó. Hizo algunos
golpes a la puerta, hasta que ella contestó con un grito que daba
a entender que ya abría. Ella sostenía un libro de derecho y lo
saludó con una enorme sonrisa.
-
¿Estudiando?
Revalida de título, tú sabes.
¿Paseamos? El sol ya bajó y prometiste acompañarme al
Guatapurí un día de estos. Adivina Ana ese día es hoy.
Ana y Andru, pasearon por las calles del valle, ella tenía días
queriendo hacer una pregunta que se le antojaba estúpida, pero
necesaria. Sin embargo no se atrevía a formularla, se habían
hecho buenos amigos, aunque él no fuera silvestrista, y le
gustaba ver sus ojos por la tarde, ellos le recordaban que algún
lugar del mundo, existía un joven con aquellos mismos ojos,
luchando por cada uno de sus sueños, no podía evitar pensar en
Silvestre.
-
Andru disculpa por meterme en tu vida personal, pero
¿Tienes novia?
Sí Ana, tengo novia, ¿No te he hablado de ella?
¡No!, no lo has hecho. Contestó Ana, sintiendo calor en sus
mejillas, la pregunta estaba hecha y había sido respondida.
“No me gusta esta respuesta” Pensó Ana.
Andru Esteban, tomó el tema como quien habla de un tesoro,
expresando con claridad lo mucho que amaba a la mujer de sus
sueños, y lo perfecta que era, aunque los sábados, su amada
novia se ausentara todo el día, por estar en interminables
485
tratamientos de belleza, que él consideraba como algo normal,
para una mujer tan excepcional como ella, describía a Fabiola
como una diosa mitológica.
“Me imagino a una arpía” pensaba Ana al escuchar aquella
descripción que rallaba en la idolatría. Era evidente que Andru
estaba enamorado más allá de sus fuerzas, de aquella increíble
mujer.
-
¿Tú tienes novio Ana?
No.
Alguien de quien quieras hablarme.
No.
Permanecieron en silencio por un tiempo, pero al llegar al puente
del río Guatapurí Ana salió corriendo rumbo a la Sirena Dorada, y
Andru la siguió como si fueran dos niños jugando a las carreras.
Ana trepó a una enorme roca, recordando la última vez que viera
a Silvestre, y se sintió feliz de vivir en aquella tierra. Andru la
sacó de sus pensamientos intentando arrojarla al agua,
resbalaron y ambos cayeron a las aguas del Guatapurí. Las aguas
heladas los recibieron de tal forma que Ana gritaba pataleando:
“Juro que voy a matarte.” Andru nadó tranquilamente viendo
como su amiga chorreaba en la orilla. “No seas llorona” contestó
a sus gritos. Pasaron la tarde intentando secarse. Ana no hacía
más que mirar lo mojados que estaban sus zapatos rojos. “Los
zapatos de la Cenicienta silvestrista” Pensó ella, aunque solo
se sintiera como un perro mojado. Andru no paraba de reír.
Cuando Ana se quedó viendo su forma de brillar, sintió ganas de
tocarlo pero no se atrevió a hacerlo. “Parece un dios mitológico”
Pensó Ana, y no pudo sostenerle más la mirada. “No Ana no es un
dios, y simplemente somos amigos.” Se reprendió así misma.
486
LA SIRENA DE HURTADO
Al atardecer Ana le pidió a Andru que le hablara de su mamá, no
quería irse de aquel hermoso lugar e intentó sacarle
conversación, no importaba que tuviera novia, esa tarde solo se
trataba de ellos dos, y la tal “Fabiola” estaba ausente.
Ana para ser sincero todo lo que pasó con mamá es muy
complicado y extraño, todo comenzó cuando mi padre me dijo un
día que ella estaba enferma, el médico dijo que era depresiva y
que todos sus problemas de aislamiento eran por su estado
mental. “Ella ha dejado de leer y de hablarme. Que no me hable
lo puedo soportar, pero el hecho que no lea me alarma, era lo
que más le gustaba y ahora solo mira por la ventana”. Dijo mi
padre una tarde en que ya no sabía que hacer por ella. Ese
mismo día entré en la habitación de mamá, y me senté en su
cama. Ella se mecía en su silla al pie de la ventana y no apartaba
la vista de los árboles de la calle. Estaba vestida con una bata a
rayas azules, siempre tenía el cabello suelto, era negro azabache
al igual que el de mi abuela Isabela y tan largos como tus
cabellos Ana.
-
El día en que naciste. Dijo mi madre. Lloré toda la noche,
eras tan flaquito e indefenso, que no sabía si yo podría
cuidarte. Hoy vienes a cuidar de mí, pero hijo, pierdes tu
tiempo, al igual que tu padre. Mi mente está enferma y no
hay vuelta atrás, ella nunca me ha hecho caso alguno en
realidad, lo que tengo no se remedia con pastillitas de
colores. Tenías tres días de nacido cuando me imaginé que
te dejaba caer y veía como sangrabas y morías ante mí, yo
te había arrojado según las imágenes que pasaban por mi
mente. Después de esa noche no volví a cargarte jamás.
487
No entiendo cómo siendo tu madre, pude ver cosas tan
espantosas.
Yo sentía que había perdido a mamá para siempre, estaba
atormentada y no tenía idea de cómo ayudarla. Ana a veces
amamos tanto a nuestros familiares que somos incapaces de
entender qué es lo que realmente necesitan en sus vidas.
-
Nunca te hice daño. Dijo mi madre. Ni nunca te lo haré,
primero me mataría antes que tocarte, pero mi mente me
hace ver cosas horrendas. Por eso dejé de leer ya no
quiero imaginar nada más. Esto nunca se lo había dicho a
nadie y no quiero que lo sepa tu padre, él no merece saber
que tiene una loca por esposa.
Permanecí callado Ana, yo amaba a mi madre y quería
entenderla, estar allí no para juzgarla, simplemente la miré con
amor, era lo único que podía hacer.
-
¡Andru!, Dijo mamá ¿Alguna vez te conté sobre la Sirena
de Hurtado?
No mamá. Contesté. Pero me sé el mito.
No hijo. Dijo ella. No es un mito, es la más pura realidad,
deja que te cuente a mi modo la historia y lo entenderás.
Dijo mi madre echando su cabeza hacia atrás. Desde niña
me bañé en las aguas del río Guatapurí, tu nona siempre
me llevaba los domingos a medio día después de misa, ella
era muy buena madre, trabajó toda su vida para que yo
estudiara y para que no me faltara nada y fuera como mi
papá, un amante de los libros, característica que en
realidad has desarrollado tú. Ella siempre me sacaba del
agua diciendo: “Luisana ya está bueno por hoy, está que
cae el sereno y si no haces caso, viene La Sirena de
Hurtado y te lleva”. Siempre me salía del agua enojada con
mamá, porque me interrumpía en pleno juego.
488
Un día en el que no me quería salir, mi madre me contó la
verdadera historia. Rosario Arciniega, era una linda niña de
cabellos rojizos y ojos claros, le gustaba mucho bañarse en
ese río. Como acostumbramos los católicos, los jueves y
viernes Santos, son sagrados y hemos prohibido a lo largo de
las generaciones, bañarse en el río esos días, pero Rosario no
hizo caso y un jueves santo, sin que su familia lo advirtiera, se
fue a orillas del Guatapuri, al pozo de Hurtado y desde una
roca, se lanzó a nadar, luego cuando se dieron las dos de la
tarde, no pudo salir del agua, sus piernas no respondieron solo
flotaban, pensó que estaba atrapada, debajo del agua algo
brillaba, eran escamas, por lo que sumergió la cabeza para
ver mejor, cuando de pronto vio una cola de pescado que se
movía dando coletazos, la tocó y se dio cuenta horrorizada, de
que era parte de su cuerpo.
En el Pozo de Hurtado, Rosario Arciniega se había convertido
en una sirena. Los padres al ver que la niña no aparecía
fueron a buscarla por el río pero no la encontraron. El viernes
santo ya la daban por muerta pero, seguían buscándola, su
cuerpo debía salir a flote si se había ahogado. Al salir el sol, en
la roca donde se había lanzado, la vieron con su cola de pez, y
a la vista de todos, se zambulló en el río por última vez. Hay
muchos pobladores que dicen haberla visto.
¡Luisana! Salte o te vas con ella, dijo tu nona. Yo me había
quedado helada Andru, desde siempre había visto a esa niña
de ojos claritos, era realmente hermosa y mi mejor amiga, no
me había dado cuenta que solo la encontraba en el río y nunca
en el pueblo ni en la escuela. Esa noche lloré amargamente,
mi gran amiga era una sirena. Días después, fui a las orillas
del Guatapurí y me fijé que la sirena dorada que hay en el
Pozo de Hurtado en realidad era igual a ella, aunque mas
grande y ya hecha mujer. La llamé, le grite y no apareció,
489
nunca más volví a bañarme en el río, sin embargo, durante el
resto de mi vida la he oído llamándome “Luisana ven a jugar”.
Ana, mi madre dejó de soñar porque decidió tener una vida a la
que la sociedad llama normal, su sueño era viajar a los lugares
que leía en los libros, caminar por las ramblas de Barcelona, ir al
desierto del Sahara, ver un oasis, las pirámides, quería errar por
el mundo; sin embargo, cuando conoció a mi padre, todo cambió.
Con el tiempo, por las noches, yo le dejaba un libro cerca de la
cama, el cual no tocaba. Hasta que un día, haciendo un inventario
en la librería encontré “Las Mil Hadas de la Luna”, y no sé por
qué, pero decidí llevárselo esa noche a casa, al día siguiente, mi
madre volvía a leer.
Me preguntaba en ese entonces si la abuela Isabela había
conocido de la enfermedad mental de mamá; porque cuando
creces rodeado de libros y de seres queridos como mi madre y mi
abuela, la vida es tan irreal. Puedo decirte que estoy seguro que
en mí vida lo único real fue el colegio.
Con los días, se terminaron las obras de la autora, mi madre
recayó en sus depresiones. Una mañana en que fui a verla, la
encontré con las piernas sobre la cama, se abrazaba las rodillas,
un gato pequeño de color negro la acompañaba, lo que me
pareció extraño, en la casa no había animales.
-
¿Mamá y ese gato?
Es mía y no es gato, es una gata. Dijo.
¿De dónde salió? Insistí.
490
-
Llegó anoche por la ventana, se llama Pili. Fue lo único que
contestó.
Era como contemplar un cuadro, ella sin hacer otra cosa que fijar
sus grandes ojos azules, en la calle del frente. Su cabello había
crecido mucho, ya no se lo dejaba cortar. Su juventud no
mermaba, era como si el tiempo no transcurriera. Yo me sentí en
realidad abatido, era verla morir en un mundo de sombras, de
espantos, se veía bella pero estaba muriendo en vida.
Una tarde mi papá dijo: ¡Tu mamá! Tu mamá, no está. Yo fui a
llevarle una merienda y no está, ni en el patio, ni en los cuartos,
la he buscado y no está.
Era la primera vez que desaparecía, me alarmé muchísimo,
Luisana no tenía amigos, así que no sabíamos a donde buscarla.
Le pregunté a todo el mundo, pero nadie me daba razón de ella,
pasé horas buscándola por las calles y avenidas de Valledupar. De
repente sentí escalofríos al pensar en el río, vino a mi mente,
como cuando recuerdas un sueño, y tuve la certeza de que ella,
se la había llevado… Rosario… La Sirena de Hurtado. Esa sirena
que nos observa desde su pedestal en este mismo momento.
Todo fue irreal.
Corrí como nunca en mi vida, ya era de noche y estaba
temblando. Al llegar al puente del pozo, grité, la llamé, pero nadie
respondió. Aunque era de noche, recuerdo que estaba claro, la
luna llena se alzada ante el valle.
Bajé a toda velocidad por la calle que da a la plaza, al llegar a la
orilla del río, me resbale por las piedras y me golpee, justo antes
491
de caer al agua helada, sentí raspones por todas partes, pero no
tenía tiempo que perder, ella se la estaba llevando, mi madre
estaba allí o eso creía yo. De pronto, vi unos ojos amarillos que
me miraban desde la otra orilla, sentí miedo pero me puse a
nadar hasta los pequeños ojos, el agua me pellizcaba la piel como
pequeños palillos clavados por todas partes. Al acercarme vi la
gata negra de mi madre, era Pili, estaba seguro. Seguí nadando,
y al llegar a la orilla, ya no estaba el animal. Me dejé caer en la
tierra, temblaba de pies a cabeza, pero ya no era miedo, sentía
espasmos dentro de mí. Allí devastado, no pude aguantar más y
lloré, lloré como nunca, mi mamá estaba muerta. Tan intensa era
esa sensación de soledad, que solo podía llorar y darla por
muerta.
“El río Guatapurí, donde se encuentra La Sirena Dorada, es un lugar con el que
soñé despierta. Siempre he pensado que al morir, mi alma se quedará en esas aguas y por
fin podré ver a Rosario Arciniegas”. Marlyn Becerra B.
492
UN AMOR PROHIBIDO
Ana escuchaba atenta cada palabra de su narrador, pero le era
inevitable ver sus ojos amarillos, como si estos la hipnotizaran,
observaba sus labios como si se tratara de un fruto prohibido,
intentando concentrarse para no llorar por la tristeza que la
embargaba. Andru le producía una especie de ternura, de deseo
desmesurado, su alma se debatía entre llorar o besarlo.
-
En realidad mi madre nunca apareció. Dijo Andru. No hay
tumba alguna que yo pueda visitar y llevarle flores; papá la
buscó por los pueblos cercanos hasta la alta Guajira, pero
yo sentí esa noche y hoy en día lo sigo sintiendo, mi madre
está muerta, se la llevó Rosario Arciniegas, La Sirena de
Hurtado.
Varias lágrimas rodaron por las mejillas de Ana. Andru quiso
besarla, pero no lo hizo. Solo le dio un pañuelo, el que siempre
llevaba en el bolsillo posterior del pantalón.
Esa noche cuando logré regresar a casa. Dijo Andru. Entré en la
habitación de Luisana, el vació era insostenible, pero me armé de
coraje y permanecí allí, de pie. Todo estaba en su lugar, sentí la
necesidad de recordar que ella había sido real. Su olor allí puedo
percibirlo, todavía permanece en ese cuarto.
Ana lamentó mucho haber hecho que él hablara de Luisana, podía
entender y creer lo que le contaba, ya que en su vida había
tenido a Kennel, un alma errante que buscaba a su esposa e hija
y que había elegido a Ana para que lo ayudara. Sabía
perfectamente que en la vida existen cosas inexplicables, a las
493
cuales la gente suele darles nombres que ni pueden comprender,
ella e incluso Silvestre, habían sentido la presencia de Teresa, y
no era ilógico que una sirena de río pudiera llevarse a una mujer,
pensar eso, era menos doloroso que pensar en un suicidio.
“Si tuviera las fuerzas necesarias para besarte Andru” Pensó Ana
al verlo taciturno. “Eres prohibido, eres un amor prohibido”.
Y recordó una hermosa canción de Silvestre que hablaba
perfectamente de este tipo de amor. “Silvestre sabe todo sobre
el amor.” Pensó.
De pronto Andru Esteban, clavó sus cálidos ojos amarillos en Ana,
y sujetó entre sus manos gélidas el rostro de ella, el único sonido
que existía era el susurro del río Guatapurí. Ambos se sintieron
atraídos de forma inexplicable.
Andru contempló los labios de Ana, ella temblaba de frío por no
decir que de miedo, que era lo más probable, ambos olvidaron a
Fabiola, como si su sombra no pesará sobre lo que estaban
sintiendo. Ana quiso detenerlo, pero no pudo, no quiso evitar que
él rozara su boca. Ana sintió ganas de desmayarse, jamás había
sentido su propia alma de aquella forma. Al sentir los labios más
dulces que jamás la hayan tocado, ni siquiera pensó en el hombre
a quién tanto adoraba, se anularon los recuerdos, las culpas, las
obligaciones.
Se besaron como si se pertenecieran desde siempre y para
siempre.
Ana sintió en su nuca la mano firme de Andru Esteban, y en su
mente confesó “Me gustas tanto” tomó entre sus manos los
cabellos de él intentando acariciarle el alma “Me gustas tanto”
pensó Ana una y otra vez.
494
Él envuelto en una especie de trance la besó como nunca había
besado a una mujer, no quiso detenerse, no pudo hacerlo y la
deseó como al aire mismo. “Ana, mi amada Ana”, pensó él.
Sintiendo la calidez de aquella boca delicada, escuchando
únicamente el descontrolado ritmo de su corazón, confundido
entre el amor y el deseo.
Allí delante de La Sirena de Hurtado al atardecer, nació un amor
imposible, porque no se pertenecían, porque una parte del alma
de Andru era de Fabiola y porque una parte de Ana era de
Silvestre.
“El día que conocí a Daniel Virviescas, fue conocer inexplicablemente a alguien
que había imaginado por años, el color de sus ojos, “amarillos”, tal cual como
me había imaginado siempre los ojos de Andru, no pude evitar sentirme dentro
de esta historia”. Marlyn Becerra B.
495
FABIOLA
Ana se alejó de Andru desde la tarde del beso en el Guatapurí,
lo sucedido no tenía explicación, ella lo sabía. Comprendía la
existencia de besos inevitables, aunque sean de los que te
condenan al infierno, pero también comprendía que un beso no
significaba que Andru no amara a Fabiola. “Te estas complicando
la vida” insistía María Clara, “acepta tu destino y que pase lo que
tenga que pasar Ana”, su amiga insistía. “Somos seres humanos,
con debilidades y errores, pero que dentro de todo eso que
somos, sentimos con la fuerza del alma y nada que te llene el
alma puede ser malo”. Ana intentaba no escuchar a Maria Clara,
durante años había sido sumisa, obediente, jamás engañó a
Rafael, y siempre se comportó a la altura de su profesión, pero
aquello no le sirvió de nada cuando entendió que su novio amaba
perdidamente a otra mujer, o por lo menos se divertía con ella.
Ana quería creer que Andru no jugaba a ser un seductor, y que
simplemente un beso, un beso no se le negaba a nadie.
“Engáñate a ti misma a ver hasta donde llegas” le decía
Maria Clara.
Una mañana cuando Ana se decidió por fin en presentarse en la
librería de Andru, él no estaba y ella quiso comprar “Del amor y
otros Demonios” de Gabriel García Márquez, el libro favorito de
Andru, cuando de pronto entró una joven radiante, tan pronto
Ana la vio supo que ella era Fabiola, tal cual Andru la había
descrito, alta, muy blanca, de cabellos cobrizos y ojos verdes,
Ana sintió un golpe bajo en el estomago, jamás podría competir
con la belleza de aquella mujer. “Don Andrés por favor dígale a
Andru que pase por la casa por favor” Dijo Fabiola con una
enorme sonrisa, pero cuando observó a Ana, la miró con
desprecio. Dio media vuelta y caminó con tanta elegancia que
Ana creyó que era la mujer más vanidosa del mundo. “Me miró
496
por encima del hombre, quién se cree para verme así”. Pensó
Ana.
Pagó el libro y se fue a casa, al entrar en aquel lugar se sintió a
salvo de cualquier sentimiento, aunque su casa era pequeña,
tenía lo que tanto necesitaba, una hamaca roja donde pasaba
horas enteras leyendo o estudiando para la revalida del título de
abogado, un comedor con dos sillas, una biblioteca que poco a
poco iba cobrando la vida de la que dejara en Venezuela, un
cuadro enorme de Nabusimake adornando la pared blanca en
frente de su lugar de lectura. Entró en la cocina se sirvió un vaso
de leche y alguien tocó a su puerta.
-
¿Quién es? Preguntó ella.
Andru, abre por favor. Contestó la voz al otro lado de la
puerta.
- ¡Por favor vete!
- No Ana, no me voy a ir, papá dijo que fuiste a la librería,
hablemos.
- Vete, también tu novia te busco hoy, ve con ella.
- Ana por favor, te debo una explicación.
Al escuchar esas palabras Ana abrió la puerta, lo miró como se
puede mirar al hombre que amas, pero con ganas de matarlo.
-
¿Explicación? Me vas a explicar un beso, o vas a decirme
que fue un error, porque si es así no necesitas explicarme
nada.
Ana te amo, lo que nos pasó en el río solo tiene esa
explicación, estoy enamorado de ti.
497
Ana escuchó entonces las palabras más dulces del mundo, quiso
abrazarlo, besarlo, entregarle su corazón a la sombra del
cañahuate, pero no lo hizo, no podía hacerlo.
-
Ahora vas a decir que amas a dos mujeres, que estas
confundido y que te de tiempo, no Andru vete, tú no me
amas.
Amo a Fabiola pero… Un golpe repentino calló la voz del
muchacho, Ana azotó la puerta con tanta fuerza que Andru
se quedó sin aliento. “No debí decir eso, soy un idiota”
pensó el muchacho.
Pasaron muchos días antes que volvieran a verse, Ana trataba de
salir a la calle solo para lo necesario, estaba aislada entre sus
libros como en los tiempos de Rafael. Andru por su parte quería
hablar con Fabiola y explicarle lo que le sucedía, pero no se
atrevía.
-
Andru mi vida ¿Me llevas al concierto de esta noche?
Preguntó Fabiola esa tarde.
No acepto un no por
respuesta.
De quién se trata. Respondió malhumorado.
Del hombre de mi vida, Silvestre Dangond.
No tengo ganas Fabiola, no me siento bien.
Me aburre que te pongas así, pero da la casualidad que
esta vez no voy a rogarte mi bello, iré contigo o sin ti.
Andru la observaba detenidamente, era tan bonita, jamás
ninguna mujer sería tan bella como ella; y aún, así Ana tenía algo
que le consumía el alma, decidido a no ceder, por primera vez
desde que la conoció, no hizo lo que se le antojaba a Fabiola, y se
sintió libre.
498
Esa noche Fabiola duró horas ante el espejo, como de costumbre
no se vistió de rojo, sino de blanco y estaba tan arreglada que no
tenía el aspecto sencillo y cálido de un silvestrista. “Esta noche te
robo un beso”. Pensó ella. Al comprobar la perfección de su
maquillaje por cuarta vez, salió a las calles de Valledupar. “No
necesito de Andru para ver a Silvestre, esta noche es nuestra”.
499
LOS CELOS DE UN
SILVESTRISTA
Aquella tarde Ana salió de su encierro de días para ir a casa de
Maria Clara, la voz de Silvestre retumbaba en la casa de múltiples
habitaciones. La canción que hacía vibrar las paredes hablaba de
“La Loca”, una melodía muy rápida y jocosa, que la joven al
escucharla quiso ponerse a bailarla, tal cual como lo estaba
haciendo Maria Clara al barrer.
-
Un día de estos vas a quedarte sorda María.
ESPERA LE BAJO EL VOLUMEN PORQUE NO TE ESCUCHO
NADA. ADEMÁS TE TENGO UNA SORPRESA. Dijo gritando.
¿Sorpresa? ¿Qué ocurre?
Tengo dos entradas exclusivas para un concierto privado
para esta noche, estaba terminando los oficios para ir a
avisarte.
¿Concierto de quién?
Ana, de quién más va a ser.
¿Silvestre viene al Valle? Preguntó Ana con los ojos como
platos.
Sí, y José Luís consiguió con sus amigos estas dos entradas
y ya sabrás que una es tuya.
Ana se apoyó en la pared de la sala, y el mundo se le vino
encima, para ella ver a Silvestre era algo realmente especial, no
esperaba verlo tan pronto, y menos que con su presencia pudiera
espantar los temores de amar a Andru. “Voy a verte” pensó Ana.
“Voy a verte”.
500
Esa noche cerró la puerta de su casa con doble llave, tomó su
vieja mochila arhuaca, amarró bien las trenzas de sus zapatos
rojos, y se fue a buscar a Maria Clara. Ana como todo silvestrista,
vestía de camisa roja y jeans azul, pero al ver a su amiga casi le
da un infarto.
-
María Clara por qué estás tan arreglada.
Ana es un concierto privado, muy exclusivo, pensé que me
habías entendido.
No, no entendí, no puedo ir así, estoy muy sencilla.
Estas preciosa Silvestrista. Vamos que ya es tarde.
Ana se sintió fea al lado de la elegante María Clara, pero ya no
había tiempo de cambiarse, así que al ingresar a las instalaciones
del local donde se llevaría el concierto, se sintió peor, todos los
asistentes vestían de blanco o negro, nadie estaba vestido de
rojo. Ana ingresó sin problemas, todo el conflicto se desarrollaba
en su interior. “Me veo fea”.
Cuál sería su sorpresa al ver en primera fila, a una mujer de
cabellos naranjados, de tacones y vestido blanco, Ana se escondió
detrás de María Clara.
-
¿Qué pasa Ana? ¿Por qué te escondes?
Allí está ella.
¿Quién?
La novia de Andru.
¡OH! Es la muchacha de vestido blanco, ¿Verdad?
Sí. Contestó Ana.
Vaya que si es bonita, con razón la odias tanto.
Yo no odio a esa mujer, solo me cae mal.
501
Las luces se apagaron, la gente gritó recibiendo al ídolo, y
Silvestre en todo el esplendor de su existencia, brilló para su
público. Ana olvidó la presencia de Fabiola, y entonó la hermosa
canción que Silvestre cantaba “El mismo de siempre”, él no
demoró en sentir su presencia y la buscó entre la multitud.
Cuando vio a Ana, le arrojó un beso enorme desde la tarima.
“Nada ha cambiado” Pensó Ana.
De pronto Silvestre comenzó a bailarle a otra chica, le lanzaba
besos y ésta gritaba que lo amaba, para sorpresa de Ana, Fabiola
había llamado la atención de su artista, y él era tan atento con
ella en su interpretación, que Ana sintió que el estomago le ardía.
Ver a Silvestre coquetear con Fabiola era algo que no podía
resistir. Una cosa era que ella fuera la novia de Andru, pero esta
situación estaba más allá de los límites de un fan.
Ana sintió por primera vez unos celos terribles. “Son solo celos de
fan, cálmate Ana.” Se dijo así misma. Ana intentó cantar pero no
pudo. Quiso bailar pero estaba tan molesta con Silvestre que no
pudo continuar en el concierto, él estaba hechizado por Fabiola, y
los celos de Ana le amargaron el rato. Le hizo señas a Maria Clara
que se iba, pero la silvestrista estaba hipnotizada por el artista y
no le prestó atención.
502
“Esa mujer es una cualquiera, cómo se atreve, cómo se atreve,
que va a ser silvestrista, silvestrista mi abuela.” Pensó Ana al salir
al aire gélido de la noche. Decidida a alejarse de allí, caminó por
entre las calles de Valledupar con la mirada clavada en sus
zapatos rojos. Era la primera vez que algo le había echado a
perder un concierto.
- ¡Es normal! Se dijo Ana. Fabiola es hermosa, era lógico que él la
viera, pero estoy convencida, esa mujer no es silvestrista. Ana
caminó por una larga avenida, observando los árboles sin tener
claro hacia dónde se dirigía cuando escuchó el torrencial
inconfundible del Guatapurí. Sus pasos la habían guiado hasta el
puente de La Sirena de Hurtado. Ana se detuvo y contempló la
iluminada sirena por dos bombillas gigantescas. El río fluía
poderoso, como lo hacía desde el inicio de todos los tiempos, y
Ana sintió ganas de llorar. Se apoderaron de su mente los
recuerdos; Rafael el día en que en Aracataca le suplicara que
volviera con él. Mathias y el beso inesperado delante de Silvestre
y el desprecio que sintió por ese beso. Silvestre nadando a las
orillas del mar en Taganga y las gotas del mar iluminando su
existencia. La imagen de su padre sonriendo por sus travesuras y
dándole nombre a las estrellas del firmamento. La Nana
explicándole los misterios del amor y de la muerte. Pensó en
Kennel y el día que se reencontró con Julia, todos los recuerdos
parecían intemporales, irreales. El único recuerdo que le era real,
fue el primer día que vio los ojos de Andru Esteban, amarillos y
profundos. “Andru, mi Andru”. Al escuchar la voz de su conciencia
observó en el agua un resplandor plateado que se movió a una
velocidad sorprendente. ¿Qué es eso? ¿Es un pez? Se preguntó.
“Es muy grande”. Pensó entrecerrando los ojos para poder ver
con mayor precisión.
El resplandor dentro del agua se metió debajo del puente y ya
Ana no pudo ver de qué se trataba. Asustada por el tamaño de
aquello que nadaba en las aguas del Guatapurí decidió irse a
503
casa. Esa noche durmió intranquila, no por los celos que sentía
como fan de Silvestre Dangond, sino por el destello de luz
plateada que vio en las aguas del Guatapurí, había sentido miedo
ante un pez tan grande en el río.
Ana soñó esa noche, estaba lavando sus zapatos en la orilla de un
río, no sabía dónde, ni le importaba, solo intentaba quitar una
mancha a sus zapatos, cuando de pronto se sintió observada, al
otro lado de la orilla una hermosa mujer de cabellos negros y ojos
azules, se bañaba desnuda en la orilla, Ana sintió miedo de ella,
pero la joven no reparó en su presencia. Ana buscó su otro
zapato rojo para irse, pero ya no estaba. Lo buscó como loca, sin
encontrarlo, solo tenía uno en las manos. De pronto la mujer de
cabellos negros se zambulló entre las aguas, una enorme cola de
pez de color plateado brilló frente a Ana.
La silvestrista despertó aterrada ante aquel sueño. Había visto
una sirena.
504
AMIGAS INCONDICIONALES
A
la mañana siguiente del concierto frustrado de Ana, Maria
Clara se presentó en su casa acompañada de varias muchachas
jóvenes.
- Anoche me dejaste sola Ana.
- Discúlpame Maria, no me sentí bien.
- Yo creía que te habías ido por celos.
- No sé de qué hablas. Quiénes son estas señoritas que te
acompañan, pasen por favor.
Las chicas saludaron al unísono “Hola Ana”. Como si estuvieran
sincronizadas para saludar.
-
-
Te presento a YINA ISABEL CARABALLO, EILEEN
CUBIDES, MARIA ALEJANDRA BARRIOS, GREYS
ALTAMAR y su hermana MAYRA ALTAMAR, WENDY
SILVA, LUISA RODRIGUEZ, MILENA FLORES y
DANIELA BENDECK. Las jóvenes al ver que no había más
de dos sillas en aquel lugar, se sentaron en el suelo por
todas partes.
A qué debo el honor de su visita.
Ellas son mis amigas silvestristas y querían conocerte, han
llegado de distintas partes del país. Contestó María Clara, y
el brillo en los ojos de cada chica, le revelaron que
efectivamente eran silvestristas. Un brillo que no poseía la
mirada de Fabiola.
505
-
-
-
-
Es muy agradable para mí recibirlas muchachas pero yo no
tengo dónde hospedarlas.
No Ana, no te preocupes. Dijo la muchacha de cabellos
dorados que se llamada Luisa. Maria Clara nos recibirá en
su casa, hoy hemos querido venir y conocerte porque
Silvestre publicó en redes sociales tu nombre hace algún
tiempo, hemos investigado mucho y por fin te hemos
encontrado.
No tengo conocimiento de lo que me estas hablando
muchacha.
Si, Ana. Dijo Maria Clara. Hace algunos meses Silvestre
escribió varias veces que te buscaba y muchos silvestristas
intentaron dar contigo pero fue inútil, yo misma no sabía
que se refería a ti. Eso pasó cuando estuviste en Taganga
con tu amiga Yaliana.
Entiendo. Pero Silvestre me encontró, así que no entiendo
qué hacen Ustedes aquí. Insistió Ana.
Yo te explico. Dijo la niña más joven. Como nos presentó
Clarita, yo soy Eileen, soy silvestrista al igual que mis
amigas, viajamos por toda Colombia, asistiendo a los
conciertos de Silvestre y te traemos una propuesta.
Sabemos que eres alguien especial en su vida, que son
buenos amigos y que tú lo adoras, las fuentes son
fidedignas y no mienten. Bueno hemos decidido hacer un
Club de Fans que se llame “Las Chicas Silvestristas” y
queremos que te unas a nosotras, tenemos algunos
patrocinios gracias a Luisa y viajamos con muy poco
dinero. El día en que nos constituimos decidimos que tú
debías ser de las nuestras y acompañarnos en esta travesía
silvestrista.
Eileen, te agradezco, les agradezco a todas, pero
actualmente estudio para hacer validar mi título de
abogada en Colombia y poder trabajar aquí.
Ana, no has entendido, nosotras podemos esperarte,
apoyarte en todo lo que necesites, pero de Valledupar no
nos vamos sin ti. Ese es el plan y a él nos ajustamos. Sin
decir nada más Eileen se levantó del suelo y abrazó a Ana
y así lo fueron haciendo todas. Desde hoy Ana somos tus
506
amigas incondicionales. Conseguiremos empleos en el valle
y esperaremos a que estés lista para el silvestrismo.
Milena no paraba de llorar, Greys Y Mayra aplaudían
emocionadas, y las demás chicas no paraban de reír y susurrar
palabras de aliento a Ana.
“Definitivamente el silvestrismo aparece cuando más lo necesito”
Pensó Ana.
-
Alguien toca a la puerta Ana, déjame ver quién es. Dijo
Maria Clara. Ana es Andru. ¡Hola Andru! Soy Maria Clara.
Dijo la joven brindándole una radiante sonrisa.
Hola encantado de conocerte. Contestó él con su sonrisa de
costumbre.
De pronto todas las chicas se conglomeraron a la entrada de la
puerta, lo observaron hipnotizadas. Ana se sintió un poco
incómoda ante aquella aptitud, pero no era culpa de ellas, los
ojos de Andru eran idénticos a los de Silvestre, era lógico que
quedaran hechizadas a primera vista. Cada una de las chicas
silvestristas se fue presentando.
-
Bueno muchachas. Dijo Maria Clara. Estos dos tienen
mucho de que hablar así que nos vamos. Ana te esperamos
esta noche en mi casa.
Todas se despidieron al unísono y Ana dejó pasar a Andru.
507
-
Ana voy a terminar con Fabiola, no puedo perderte, yo
deseo estar a tu lado, he sido un tonto al estar confundido,
pero ya no quiero vivir sin tenerte a mi lado.
Ana escuchó las palabras que tanto quería escuchar, las palabras
que eran necesarias para una mujer como ella.
-
Yo también quiero estar contigo, no te voy a negar que me
gustas mucho, pero yo no puedo tener una relación contigo
hasta que soluciones tú situación con esa señorita.
Perdóname, es que no he querido lastimar a Fabiola, pero
hoy mismo termino esta relación.
Ana arrastrada por un impulso más allá de sus fuerzas se colgó a
su cuello y lo besó enamorada como jamás lo había estado. Andru
al sentirla entre sus brazos nuevamente, creyó que el corazón se
le explotaría, Ana tenía una luz que lo llenaba todo, y sin ella solo
había oscuridad.
-
Pídeme lo que quieras y lo haré, pídeme el cielo mismo y te
lo entregaré Ana.
Solo te quiero a ti, libre de esa mujer.
Esta misma noche hablaré con ella. No pienso estar sin ti ni
un día más. Dijo Andru y una enorme sonrisa brilló para
Ana.
“Las Chicas Silvestristas, es un grupo de Barranquilla, que en una carta me demostraron el
amor que sienten por Silvestre Dangond, desde entonces decidí que otras silvestristas que
sintieran la misma pasión, serían parte se la historia de ellas, con la fiel convicción que
algún día se conocerán en la vida real”. Marlyn Becerra.
508
EL ENGAÑO
Andru
caminó por las hermosas calles de Valledupar, estaba
convencido de dónde venía y hacia dónde iba. Durante todo un
año había estado enamorado de una mujer hermosa, pero la
vanidad que habitaba en el corazón de ella, había congelado las
cosas. Ana era tan distinta a ella, que Andru no había entendido
hasta qué punto le gustaba Ana, sin maquillaje ni ropas finas, sin
zapatos altos ni fiestas sociales, incluso el hecho de que fuera
silvestrista era divertido, no como Fabiola, que no se medía, al
momento de hablar de su ídolo. “Es sábado” Pensó Andru.
“Debería volver mañana” el joven se detuvo en frente de la casa
de Fabiola al recordar que era sábado, un día que su novia no le
permitía verla por estar arreglándose. “Lo siento, yo salgo de esto
hoy”. Se dijo así mismo al cruzar la calle. Un carro pasó a toda
velocidad y por poco lo atropella. “Borracho, casi me lleva”. Dijo.
Andru quiso tocar la puerta de la calle pero al primer contacto la
puerta estaba abierta, el pasillo estaba a oscuras pero la luz que
provenía de la calle fue suficiente para continuar. Sintió en su
pierna el roce de algo con vida, y se llevó un susto de muerte.
“Malditos gatos” los dos felinos que vivían con Fabiola se habían
acercado silentes a las piernas del muchacho. Andru escuchó
risas, alguien estaba en casa con Fabiola. Se acercó a la
habitación de ella, donde siempre habían estado juntos. El
corazón de Andru se detuvo cuando escuchó gemir de placer a
Fabiola. Sin creer lo que ocurría abrió la puerta de par en par.
Fabiola estaba en su cama con un hombre robusto que brillaba
del sudor. Ella gritó, él gritó el nombre de ella. El hombre se
arrojó sobre Andru y se fueron a los golpes.
- ¡ERES UNA CUALQUIERA! Gritó Andru fuera de si mismo. Y el
hombre robusto le atinó un golpe que lo dejó inconciente.
“El día que le dije a Daniel Virviescas que su personaje de Andru sería engañado, solo me
contestó con la letra de la canción de la Difunta de Silvestre Dangond, esto me dio mil
ideas sobre este personaje”. Marlyn Becerra B.
509
ANDRÉS
Eran las dos de la madrugada cuando tocaron a la puerta de
Ana, Andrés el papá de Andru le suplicaba que abriera. Ana buscó
su bata de dormir y se envolvió en ella.
-
Señorita me han llamado del hospital, no soy capaz de
conducir, ayúdeme por favor.
Señor Andrés ¿Qué ha pasado? Preguntó Ana.
Es mi hijo, está muy mal herido, debo ir al hospital pero no
logro calmarme, vecina ayúdeme.
Ana sin pensarlo dos veces, buscó las llaves de la casa y salió tal
cual como estaba vestida, encendió el carro antiguo del pobre
hombre y arrancó a toda velocidad. “Él no por favor, él no” pensó
Ana.
-
Roberto, Marcos. Dijo Andrés al llegar al hospital. ¿Dónde
está mi hijo?
Señor Andrés, lo tienen en cuidados intensivos.
¿Qué ocurrió? Preguntó Ana a punto de llorar.
Le dieron una golpiza y lo dejaron medio muerto en las
afueras del hospital. Dijo el más joven de los dos
muchachos.
¡OH! Dios mío, mi hijo. Sollozó Don Andrés.
Durante toda la noche Ana no hizo más que rezar, Don Andrés
estaba inconsolable, y los amigos de Andru, Marcos y Roberto
fumaban cigarrillos sin descanso, uno tras otro.
510
Al amanecer dejaron entrar a Don Andrés, y éste al salir de la
habitación se echó a llorar en los brazos de Marcos. Ana preguntó
al médico si podía verlo, suplicando de una forma tan humilde
que el médico consintió que lo viera.
Ana al entrar en aquella habitación tuvo miedo, el mismo olor, los
mismos sonidos de la última vez que vio a su padre con vida. “Él
no por favor, él no”. En una sencilla cama de hospital el
muchacho de ojos amarillos y piel pálida estaba irreconocible, su
rostro estaba lleno de moretones, hinchado de tal forma que Ana
pensó lo peor. Aun tenía sangre en la comisura de la boca.
-
¿Qué te han hecho mi amor? Susurró Ana sentándose en
una silla al lado de su cama. Andru estaba dormido, pero
ella siguió susurrando. Apretó su mano entre las suyas. Vas
a estar bien mi Andru, todo va estar bien. “Él no por favor,
él no”. Las lágrimas fueron inevitables, Ana lo amaba como
así misma. “Teresa si puedes oírme, si puedes hacer algo
por él desde donde tu estés, te lo suplico, que Dios no me
lo quite, a él no.” Rezó la muchacha hasta que las
enfermeras la sacaron.
Andru duró una semana inconciente, tiempo durante el cual, ni
sus amigos, Don Andrés, Ana ni Las Chicas Silvestristas, se
movieron del hospital. María Clara a duras penas logró que Ana
comiera algo.
-
Te vas a enfermar si no comes. La regañaba.
No tengo hambre. Era lo único que decía Ana.
Una noche el médico que atendía a Andru se acercó a Ana, y ella
esperó lo peor, ya lo había vivido con su propio padre.
511
-
Deberías ir a casa muchacha.
No puedo.
Aquí no puedes hacer nada por él.
Sí puedo. Él necesita mi presencia, es todo lo que necesita.
Hija, hay que esperar que reaccione, los golpes en la
cabeza fueron muy fuertes, puede pasar meses así, incluso
Años.
Ana no pudo contener dos gruesas lágrimas, “los médicos en su
deber suelen decir precisamente lo que uno no desea escuchar”.
Pensó.
-
Por lo menos vete a dormir hoy, Don Andrés y los
muchachos me hicieron caso, ve a casa, reza, recupera
fuerzas. Solo esta noche.
Rezar se había convertido en una sarta de plegarias “No te lo
lleves”, “no me lo quites”, “sálvalo”.
Ana accedió y se fue. Caminó rumbo a su casa y de pronto
recordó la historia de La Sirena Dorada que Andru le había
contado, ella había visto el reflejo de un pez enorme en el agua,
en el mismo lugar donde Andru le había dicho que su madre
había muerto, ella había soñado con Luisana, ahora estaba
segura.
Comenzó a correr hasta llegar sin aliento a las aguas del
Guatapurí, hasta entonces, Ana no había notado la ausencia de
Fabiola en el hospital, hasta entonces no había recordado que la
noche en que atacaron a Andru, él había ido a su casa a terminar
con ella. Mil preguntas se le vinieron a la mente, pero algo la
llevó justo a la orilla donde soñó con la sirena de cabellos negros.
512
Observó su reloj, ya era media noche y la luna llena se reflejaba
en las aguas del río.
Ana se quitó los zapatos como en su sueño, sosteniendo un único
zapato rojo, metió los pies en el agua diciendo:
“Sé que existes, sé quién eres, si puedes salvarlo, hazlo,
Andru Esteban es tú hijo, tú no quisiste vivir, pero él es muy
joven, ayúdalo, Luisana ayúdalo.”
Ana apenas si sentía el dolor que le producía en agua helada que
bajaba de La Sierra Nevada, durante horas permaneció allí de pie,
rogando, susurrando.
Al amanecer cuando el valle dormía profundamente, el resplandor
plateado se divisó entre las aguas y emergió ante Ana, una
hermosa mujer pálida de cabellos negros y ojos azules, con el
torso desnudo. Ana sintió miedo ante aquella espeluznante visión.
-
¡Vete mujer! O correrás con mi suerte.
Por favor. Murmuró gimió Ana.
¡VETE! Gritó la Sirena. Vete o ella vendrá y te llevará a sus
cuevas. ¡VETE!
Ana no soportó más los gritos de aquel ser sobrenatural y salió
corriendo descalza sin detenerse ni por un instante. Llegó
sollozando a su casa muerta de frío.
“Mi zapato, dejé mi zapato rojo” Pensó Ana cuando se dio cuenta
que solo tenía un zapato en las manos.
513
ANDRU ESTEBAN VIRVIESCAS
Ana se presentó en el hospital a las 10 de mañana y su gran
sorpresa fue ver a Andrés sonriendo, conversaba alegremente con
Marcos y Roberto, y las silvestristas al verla la abrazaron.
- ¡Andru despertó! Dijo Luisana.
- Ha preguntado por ti, te está esperando. Dijo Eileen.
Ana tembló de pies a cabeza al pensar en la Sirena, caminó a
toda prisa, hasta cuidados intensivos, pero una enfermera la guió
a otra habitación.
-
El peligro ha pasado muchacha, tu novio esta sano y salvo.
Ana se acercó a la cama sin creerlo, Andru sonreía para ella y el
mundo se detuvo. “Gracias, gracias Dios”. Sin decirle nada al
muchacho lo besó suavemente y de sus ojos claritos como la
miel, brotaron dos gruesas lágrimas.
-
¿Andru quién te hizo esto? Peguntó Ana.
No lo sé contestó él, esquivando su mirada.
¿Qué pasó con Fabiola? Insistió ella.
Terminamos es lo único que recuerdo.
Ahora entiendo por qué no ha venido a verte.
Ana me das un beso, por favor. Rogó Andru.
Se besaron lentamente como quien tiene la eternidad para
amarse, ella colocó un dedo sobre sus labios rotos.
- Te amo Andru Esteban Virviescas ¡Te amo!
514
SILVESTRE
Yina
Isabel, Eileen, Maria Alejandra, Greys, Mayra, Wendy,
Luisa, Milena y Daniela, ni por un instante dejaron sola a Ana, se
turnaban para cuidar de ella, mientras algunas trabajaban, otras
estaban atentas a cualquier acontecimiento silvestrista, se sabía
que Silvestre estaba de gira con su nueva producción “Sigo
Invicto”, pero se daban abasto para seguir trabajando por el
silvestrismo y ayudar a Ana mientras Andru se recuperaba, la
parte favorita de las chicas era cuidar de Andru y poder ver sus
ojos amarillos, ellas estaban fascinadas con la amabilidad del
joven.
-
Él es un príncipe. Dijo Milena. Tenemos que convertirlo en
un gran silvestrista, y será nuestro príncipe.
Todas reían a carcajadas con las ocurrencias románticas de
Milena.
La mañana en que le dieron de alta a Andru, habían preparado
una fiesta de bienvenida en su propia casa, al lado de la librería,
un lugar al que Ana no había entrado jamás, la casa era desolada
con pocos muebles, allí se sentía un vacío enorme, el cual fue
llenado por las silvestristas. Andru consintió que sonara Silvestre
Dangond a todo volumen, en honor de sus enfermeras. Aquel día
la felicidad de Ana era tan grande, que al solo escuchar la primera
canción de Silvestre, se puso a bailar con sus amigas, y Andru no
pudo parar de reír al verla dar vueltas como un trompo. Cada vez
que ella lo miraba a los ojos, él le murmuraba “Te amo”.
Por la tarde dejaron descansar al muchacho recién salido del
hospital, y Las Chicas Silvestristas se llevaron a Ana con ellas.
-
Hoy el día es de buenas noticias. Dijo sonriente Luisa.
¿Qué ocurre? Preguntó Ana. ¿Por qué vamos por esta calle?
515
-
¡Te tenemos una sorpresa! Dijo Milena. Cuando Ana se
percató estaban a las puertas de la casa de Silvestre.
El artista se encontraba en su casa y ya la calle estaba imposible,
cientos de silvestristas esperaban afuera a que él se asomara a
saludarlos.
-
Vamos Ana te hará bien ver a Silvestre un ratito. Dijo la
más morenita de las chicas silvestristas, Maria Alejandra.
No creo que podamos verlo, hay mucha gente. Dijo Ana.
No digas bobadas, Silvestre siempre se deja ver, ánimo
chicas, hoy es el día. Insistió María Alejandra.
A los pocos instantes de haber llegado a las rejas de las casa de
Silvestre, se escucharon gritos ensordecedores, el ídolo se
asomaba por la puerta principal a saludar a sus silvestristas.
Todos gritaban su nombre, todos tomaban fotos, menos Ana, ella
solo lo observaba.
En un instante, Silvestre reconoció a Ana entre todos los
Silvestristas y le hizo señas para que se acercara, con algo de
dificultad lograron llegar hasta la reja principal y los vigilantes
dejaron entrar a la casa a Las Chicas Silvestristas y a Ana. Él las
saludó con tanto cariño, que los silvestristas en la calle gritaban
de la emoción, las muchachas viendo su sueño hecho realidad,
una a una, se fueron tomando fotos con su artista, quien sonreía
encantado para las cámaras y les daba besitos en las mejillas a
cada una. Luisa tuvo que tratar de calmar a Milena que no paraba
de llorar. Ana, sin embargo, se mantenía a distancia.
-
Tú como que estas brava conmigo Ana. Dijo Silvestre.
¡Hola! No, no estoy brava.
Y ya te creí. Dijo Silvestre. Se puede saber por qué te
fuiste del concierto la otra noche, o es que ya no me
quieres.
516
Sus palabras le hicieron un hueco en el corazón. Ella lo miró con
ternura. Se acercó a Silvestre y lo abrazó con todas sus fuerzas, y
él le correspondió el abrazo.
-
Yo no te quiero, tú sabes que te amo. Susurró Ana a su
oído.
Y entonces por qué estas tan distante. Peguntó Silvestre.
Yo qué te hice.
Nada, digamos que estabas ocupado con la mujer de
cabellos naranjados del concierto y no quise ver cómo te
coqueteaba.
La risa de Silvestre fue estrepitosa, y los silvestristas tras las
rejas gritaron por él con mayor furor.
-
Tú lo que estas es celosa de una silvestrista.
¿Celosa yo? No Silvestre, esa mujer no es Silvestrista, eso
es lo que me molesta. Es una coqueta, tú eres casado y
eso no está bien.
Al escucharse decir eso, Ana se sonrojó, y soltó una risa de
complicidad, ella no era quién para recordarle a Silvestre que era
un hombre casado. Sintió que todo había vuelto a la normalidad,
ahora que Andru estaba a salvo.
-
Bueno sí, me dieron celos. Dijo Ana.
Silvestre tenemos que irnos ya. Dijo un hombre a sus
espaldas.
Bueno mis muchachas me voy, las amo se me cuidan. Y los
gritos de los fans fueron terribles al ver que su ídolo se iba.
Las Chichas Silvestristas no hacían más que tomarle fotos.
Y antes de irse sin que Ana se lo pidiera, posó con ella para
una hermosa foto. Ahí te dejó ese recuerdo Ana, no me
olvides, y no estés celosa, nadie será para mí tan especial
517
como tú “Cenicienta”. Dijo dándole un fuerte beso en la
mejilla.
Los vigilantes las ayudaron a salir y por otro lado sacaban a
Silvestre de su propia casa, todos reían mostrándose las fotos
que habían tomado.
- Mira tu foto con Silvestre. Dijo Eileen mostrándole su cámara
fotográfica. Ana al ver su única foto con el hombre que tanto
amaba, no pudo hacer más que abrazar a su cómplice, su amiga,
su silvestrista.
“Muchas historias que llegan a mis manos sobre silvestristas suelen parecerse las unas a
las otras, es difícil narrarlas todas sin ver que son idénticas, por eso me valgo de
momentos imaginarios para resumir las verdaderas vivencia de cada silvestrista”.
Marlyn Becerra.
518
LOS POETAS
Valledupar es la tierra de los poetas, una tierra donde los sones
nacen del sonido del río, del brillo del sol al amanecer, de las
caderas de las mujeres más bellas, donde la poesía se escribe a la
luz de la luna llena, cuando el poeta ve pasar a su musa de largos
cabellos y pies descalzos. Desde tiempos inmemorables, los niños
nacen con los ojos abiertos a un mundo que los recibe con los
brazos sinceros, siendo sus canciones de cuna, los vallenatos que
hablan de La Sirena de Hurtado, de la imponente Sierra Nevada o
de los arhuacos en la serranía. Los poetas nacen en esta tierra
como si hubiera sido regada por Dios, con los sentimientos más
profundos de la humanidad. Los vallenatos como se le dice al
gentilicio del valle, suelen ser hombres enamorados que solo
saben expresar lo que sienten ante las notas de un acordeón.
Aquella noche Andru decidido a declarar su amor a la luz de su
vida, y ya recuperado del todo del incidente que casi le cuesta la
vida, conversó largas horas con sus mejores amigos, Roberto y
Marcos, sobre las canciones que debían cantar esa noche a la
ventana de la casa de Ana, para entregarle al son de los poetas
del valle la música exacta para que ella entendiera la plenitud de
su amor. Roberto insistía en que lo mejor, era llevarle todo un
repertorio del inmortal Kaleth Morales. Por su parte Marcos
opinaba que lo mejor era elegir canciones de la nueva ola, pero
luego de un análisis detallado, Andru se decidió por las
composiciones de Rafael Escalona, Leandro Díaz, y Alejandro
Duran, tres de los más grandes inmortales del valle de las Hadas
y las Sirenas.
-
A ver, necesitamos que el compadre Lucho toque La Casa
en el Aire, de primero. Dijo Andru. Es mi canción favorita
y con ella quiero despertar a Ana.
519
-
Me parece oportuna la canción compadre. Dijo Marcos.
Pero que Matilde Lina sea la segunda, que es mi favorita.
Anunció Roberto.
Deberíamos tomarnos algo para que cantemos entonados.
Opinó Marcos.
Es verdad, Andru ya no está bajo medicamentos, así que
hoy vuelves a la vida amigo mío. Dijo Roberto más
animado.
Bueno, pero nada de borracheras que se arruina la
serenata. Dijo Andru.
Oye, pero Lucho si se sabrá Diosa Divina, del inmortal
poeta Leandro Díaz. Quiso saber Marcos.
Eso se sabe de una, vamos a su casa. Dijo Roberto.
Caminaron emocionados por las calles de Valledupar, como si la
serenata les perteneciera a los tres. Hablaban tan rápido, que se
atropellaban eligiendo tal o cual canción.
-
-
Y una canción de Silvestre, ¿No se la vas a llevar a la
muchacha? Preguntó Roberto.
¡No! Contestó Andru. Yo no soy silvestrista, yo le llevo Mi
Pedazo de Acordeón.
Mi hermano si que sabe enamorar. Dijo Marcos brindándole
su mejor sonrisa. Le lleva vallenato a su novia silvestrista,
pero se niega a enamorarla en su terreno. Tú eres terco
como una mula compadre. A Fabiola…
No me hables de ella. Dijo Andru enfadado.
El silencio se apoderó de sus amigos, el rostro de Andru se
transfiguraba al escuchar el nombre de esa mujer, tanto ellos
como Ana se sentían intrigados por conocer la historia tras aquel
cambio repentino de Andru, pero lo amaban tanto que solo les
quedaba esperar a que él decidiera hablar.
520
Al llegar a casa de Lucho, entraron sin tocar, aquel era un lugar
de puertas abiertas, donde la gente del valle entraba como perro
por su casa y si tenían suerte salían de allí al amanecer. Lucho
era un muchacho de unos veinte años, pero que por nada del
mundo se despegaba de su acordeón, por lo que sus amigos se
emparrandaban en su casa mientras él le entregaba su alma a
cada tonada.
-
-
La única forma de sacar a Lucho de su chinchorrito, es para
darle serenatas a una mujer bonita. Comentó Roberto.
Esperemos que diga que sí. Dijo temeroso Andru.
¡Compadre Lucho! Hermano mío del Alma. Saludó Roberto.
Lucho se levantó de su hamaca, colocó su acordeón rojo en
un taburete y abrazó con todas sus fuerzas a su querido
amigo.
Ay ve, a qué debo esta visita compadre. Preguntó Lucho.
Una emergencia de amor compadre. Contestó Roberto.
No se diga más. ¿Dónde es la serenata hoy? ¿Es suya la
novia?
No compadre es para la mujer que le robó el alma a mi
compadre Andru Esteban.
Hombre Andru que dicha que se decidió llevarle serenata a
esa niña tan bella.
No Lucho, la serenata no es para Fabiola.
Hombre de Valledupar tenías que ser, ya estas enamorado
de otra.
Sí. Dijo sonriente Andru.
Bueno mis muchachos, déjenme llamo a mi cajero y
guacharaquero y estamos listos. Ya saben qué canciones
quieren para la muchacha.
Composiciones de Rafael Escalona, Leandro Díaz, y
Alejandro Duran. Contestó Marcos.
Ustedes si saben por dónde es la cosa muchachos.
¡Excelente! Eso merece un brindis, ya les traigo un
aguardiente para entrar en calor.
521
Durante seis horas, Andru y sus amigos entonaron las canciones
que le llevarían a Ana, y hasta el tiempo alcanzó para que
Roberto echara sus cuentos favoritos, que a todos hacían reír.
-
-
Entonces dije, este concierto lo termino yo. Dijo Roberto. Y
de inmediato le dije al tonto que me había hecho enojar
“Venga y vamos a reventarnos”. Esa noche el concierto
terminó en un gran alboroto, ya que estábamos bien
tomados y nos dimos todos contra todos.
Compadre, Usted y sus peleas, así como en el colegio, se
daban hasta en la madre por un sacapuntas. Dijo Lucho,
destornillado de la risa.
A la una de la madrugada cuando estaban completamente ebrios,
los muchachos se dirigieron a la casa de Ana. “Está floreciendo,
como nuestro amor” Pensó Andru Esteban al ver el árbol de
cañahuate. En plena calle se escucharon las notas de un
acordeón, seguidas de las voces de los presentes que hablaban
de una casa en el aire, un lugar donde solo pueden subir quienes
vuelan. Después de beber tres botellas de aguardiente, sus voces
eran nítidas, aunque les costara mantenerse en pie.
“Porque el que no vuela no sube, a ver a Hada Luz
en las nubes…”
-
¡Para la mujer más bonita del Valle! Dijo en voz muy alta,
un Andru desinhibido y enamorado. La ventana de la casa
del cañahuate, permanecía cerrada.
“El día de la entrevista a Daniel Virviescas, él me decía que existía una canción que era su
favorita, seguimos conversando el nombre de la canción no lograba recordarla, por cosas
de la vida, le comenté que yo había conocido a Marlon Escalona, el hijo de Rafael
Escalona, a la Maye y a Hada Luz, y le mostré la tarjeta de presentación de Escalona,
cuando vio la tarjeta, la cual tiene una casita en las nubes, dijo: “La casa en el aire” esa es
mi canción”. Marlyn Becerra B.
522
ANA
Ana
en sus sueños se encontraba frente a un enorme
monumento oxidado, lo contemplaba como quien ve una reliquia
sacrosanta. La muchacha estaba vestida con su manta blanca,
que le regalara José Jorge tiempo atrás y el viento soplaba tan
fuerte que amenazaba con arrastrarla por el valle. Ella lograba
escuchar notas hermosas de aquel pedazo de acordeón,
intentando mantenerse de pie, el viento la tambaleaba en su
intento por llevársela, pero ella, se sujetó al acordeón sintiendo
un corrientazo tan intenso que despertó en medio de la noche.
Aun podía oír el sonido del acordeón, pero ahora unas voces
llegaban hasta su cama.
-
-
Eso es Escalona. Eso es en la calle. ¿Qué ocurre? Murmuró
Ana, incorporándose, intentando levantarse, pero aún se
encontraba dormida, por lo que le costó encontrar las
sandalias, así que caminó descalza y en pijama hasta la
puerta de la calle. Observó por las rendijas de la puerta y
para su gran sorpresa, Andru estaba afuera con otros
muchachos.
¡Dios mío! Es una serenata. Y en lugar de abrir la puerta o
la ventana, se sentó al pie de la puerta para poder oír
mejor. Su corazón latía emocionado ante las notas del
acordeón. ¡Saldré si me cantan una de Silvestre! Murmuró
ella.
“Señores voy a contarles hay nuevo encanto en La Sabana,
Señores voy a contarles hay nuevo encanto en La Sabana,
en adelanto van estos lugares, ella tiene su diosa coronada.
En adelanto van estos lugares, ella tiene su diosa coronada.
La vida tiene buen adelanto, y tiene diosa de los encantos, y
tiene su corona de reina, lo bello aquí está el Magdalena…”
Ana se sentía como si estuviera viviendo un sueño, el hombre al
cual amaba había dado en el clavo, al llevarle una serenata de
523
aquella forma, pero ella esperó mucho más de él. “Tiene que
entender que soy silvestrista de verdad.” “Aguanta Ana sin una
de Silvestre no sales”.
Durante lo que pareció una eternidad, los muchachos inspirados
por la luna del valle, cantaron todo un repertorio de canciones
eternas de los poetas más grandes de por aquellas tierras, pero
Ana no salía, ni con canciones de Leandro Díaz, que tenía
entendido Andru eran sus favoritas.
De pronto por las rendijas de la puerta de madera se coló la luz
de una bombilla, anunciando inequívocamente que ella escuchaba
atenta la serenata. El corazón de Andru se sentía confundido, por
más que le interpretaba las canciones más bellas del Cesar, ella
no salía.
-
Compadre la mujer no sale. ¿Qué pasa? Preguntó Roberto.
No lo sé compadre. No entiendo. Murmuró Andru. Lucho,
tóquele Amor sensible a mi mujer. Dijo Andru exasperado.
“Tanto te quiero que pienso, sin saber lo que he pensado,
Tanto te quiero que pienso, sin saber lo que he pensado, nos
acariciamo y luego, solo se que yo te amo, nos acariciamo y
luego, solo se que yo te amo. Es un amor que nació
profundo, limpio como se ve la nevada, de misterio esta
lleno el mundo, no se que sentirá tu alma…”
Cada canción interpretada por Lucho expresaba el amor más
grande del mundo, cualquier mujer habría salido corriendo a los
brazos de su amante con aquellas melodías. Pero Ana no salía.
Lucho intentó con una canción que no estaba en el repertorio,
pero que a su manera de ver, era infalible, porque se trataba del
inmortal Diomedes Díaz.
“Ay la vida, tan bonita que es vivirla, con amor y compartirla
como lo manda el creador; y tu me la estas quitando
corazón, y tu me la estas quitando sin razón, y tu me la
524
estas quitando corazón, y tu me la estas quitando sin
razón…”
-
Andru ¿Esta muchacha es Silvestrista? Preguntó Lucho al
ver que ni con esa canción salió.
Sí compadre Lucho.
Pues eso es lo que pasa, hay que tocarle una de Silvestre
Dangond.
Pero yo no soy Silvestrista, no me sé ninguna.
¡No jodas compadre! Yo me las sé todas.
Elija y ayúdeme entonces.
A Lucho le brillaron los ojos, sabía perfectamente qué canción
podía gustarle a Andru, que haría que Ana se asomara a la
ventana.
-
Muchachos ya saben la que me gusta del viejo Silve. Dijo
Lucho a sus músicos.
“Cuanto te pienso amor prohibido, que no declino
porque pienso yo, que tan solo te has ocultado como se
oculta y vuelve y sale el sol, yo nunca, nunca te olvidé
y vivo solo para estar el día que quieras volver, las
cosas que dejaste aquí me dicen que no de acabar tan
grande adoración así, ay cuanto te pienso corazón,
prohibido corazón, después de tanto tiempo amor, y me
domina la ilusión toda esta ilusión por quererte tanto…”
De pronto la puerta de la casa se abrió de par en par, y Ana se
lanzó a los brazos de Andru, y sin que Lucho dejara de cantar, se
besaron como si la vida se les fuera en eso. Ana olvidó por
completo que estaban los amigos de Andru, estaba entregada al
amor que sentía, y él aliviado por su presencia sintió que la
felicidad existía. Estaban enamorados y solo las notas de un
acordeón podían explicar cuanto se amaban en esta vida.
525
La silvestrista estaba descalza en medio de la calle y su sonrisa
iluminó la vida de Andru Esteban, quien por primera vez escuchó
con atención una canción de Silvestre Dangond. “Gracias a
Silvestre” Pensó Andru al besar los labios de la mujer que amaba.
Allí y con la luna de testigo bailaron abrazados entregados el uno
al otro, la canción que Ana recordaría para siempre, al haber
conocido a aquel joven de ojos amarillos que había traído a su
vida la luz que tanto necesita.
“Ven dejemos que el mismo universo nos regale tiempo
para estar junticos, ven luchemos que ningún guerrero
perdiendo batallas se siente vencido.
Pero dile a ese señor que yo lo siento, que eres mi
sangre y sentimiento y serás mía por dos mil siglos,
pero dile a ese señor que yo lo siento, que eres mi
sangre y sentimiento y serás mía por dos mil siglos”.
Ana se aferró al cuerpo de Andru, y la melodía le recordó a
Silvestre, su sentimiento por él estaba intacto, el amor por Andru
era real e infinito, pero le era inevitable recordar a quién le
dedicara esta misma canción, diciéndole “Tu Rey soy yo”.
“Cuando Daniel Virviescas leyó sobre la serenata en el Diario de un Silvestrista, me cantó
“Tres canciones” de Diomedes Díaz, revelándome que esta canción era muy importante en
su vida”. Marlyn Becerra B.
526
ANDRU EL SILVESTRISTA
Andru
estaba tomado, así que al terminar la serenata, Ana
despachó a los amigos del alma de su novio, cerró la puerta de
madera y acostó al joven en su cama, era la primera vez que él
se acostaba allí. Ana con toda la ternura del mundo le quitó los
zapatos, y el joven exhausto se quedó dormido de inmediato. Ella
lo vio dormir a la luz de la lamparita de la mesa noche.
De Andru Esteban emanaba una especie de luz propia. “Su aura
es blanca, muy blanca” pensó al verlo dormir. Lo cobijó como
quien arropa a un niño pequeño, y se quedó profundamente
dormida a su lado.
Al amanecer Andru se despertó y al ver a Ana a su lado la abrazó
intentando no despertarla pero fue inútil. “Gracias por la
serenata” susurró ella a su oído y le dio un tierno beso.
Él sonrió para ella y su corazón latió rápidamente, tener a la
mujer que amaba de aquella forma era más de lo que podía
pedirle a la vida. Quiso poseer su alma. Pero ella insistió en
hablar.
-
-
Anoche no salí hasta que me cantaran una canción de
Silvestre, porque debes entender que soy silvestrista, y es
de verdad, en mi corazón existe un lugar muy especial e
intacto que es de Silvestre, y si de verdad quieres
amararme, debes comprenderlo.
Ana, tú amor por ese cantante no está a mi alcance, es
algo muy tuyo, de lo cual solo puedo ser un observador, lo
único que necesito saber es que me quieres más a mí, que
a él.
Ana contuvo el aliento, pensó por un instante, cómo explicar sus
sentimientos por Silvestre.
527
-
No es a quién ame más Andru, son amores muy distintos.
Soltó ella temerosa. ¡Yo soy su fan!
Creo que la única forma que tengo en esta vida de
entender a qué carajo te refieres, es hacerme silvestrista.
¿Me enseñas? Ana quiero ser silvestrista.
Ana tocó con sus pálidos dedos los labios sonrosados de Andru, él
acababa de decir palabras mágicas a sus oídos. Ella observó sus
ojos amarillos, como si fuera irremediable perderse en ellos. “Me
gustas tanto Andru Esteban, que quiero ser tu amante.” Dijo ella.
El joven sonrió tiernamente. “No puedes ser mi amante Ana, no
estoy casado y no tengo otra novia.” Ella insistió “Soy tu amante,
la amante de tu alma y de tus ojos, porque los amo.” Ana se
entregó en cuerpo y alma a los brazos de aquel ser humano, ella
sabía que muchas cosas y recuerdos lastimaban su vida y le
causaban hondas heridas, pero ella con su amor y sus caricias
quiso sanarlas.
El deseo jamás tendría tanto sentido, como en aquel amanecer,
ella se entregó a Andru, sin temores, ni limites, ella lo había
estado esperando toda su vida.
Rafael y Mathias solo eran dos fantasmas de los cuales solo
quedaban sus nombres en algún lugar recóndito de su corazón.
528
LAS CHICAS SILVESTRISTAS
Las
chicas silvestristas Yina Isabel Caraballo, Eileen Cubides,
Maria Alejandra Barrios, Greys Altamar, Mayra Altamar, Wendy
Silva, Luisa Rodríguez, Milena Flores Y Daniela Bendeck, habían
planeado llevarse a Ana por varios pueblos y ciudades, por lo que
después de la recuperación de Andru, la propuesta fue presentada
nuevamente en casa de Maria Clara con un mapa de Colombia en
mano y un marcador rojo.
-
-
Nos tomará solo un mes hacer este primer recorrido Ana.
Dijo Daniela señalando una línea roja sobre el mapa. Esto
no interfiere con tu reválida y contamos con los recursos y
el apoyo de los silvestristas para todo, así que solo falta tu
respuesta definitiva.
Las Chicas Silvestristas sin ti estamos incompletas. Dijo
Greys.
Pero ¿En todas esas ciudades estará Silvestre este mes?
Preguntó Ana.
No, no estará, tiene planteado muy pocos conciertos por
esta parte del país. Dijo Milena.
Entonces no entiendo muchachas, qué sentido tiene ir por
Colombia si no es persiguiendo a Silve.
¡Ana! Dijo Eileen tomándola de la mano. Queremos visitar
silvestristas, saber cómo están, conocerlos, hacer que
nuestros caminos se crucen, que podamos compartir con
aquellos que sienten esta misma locura, apoyar a los
clubes que se inician al igual que el nuestro. Queremos
plantearnos una ruta Silvestrista cada cierto tiempo.
Ana observó el brillo intenso en la mirada de cada silvestrista,
todas esperaban que aceptara la invitación, un imán emanaba de
aquellas almas, y ya la decisión solo pudo ser una.
-
¡Acepto! Dijo Ana.
529
Los gritos de alegría no se hicieron esperar, Las chicas
silvestristas habían ganado. Maria Clara puso orden en la mesa y
delimitó ciudades, fechas e insumos necesarios para la travesía.
Las chicas se tomaron la ruta silvestrista como una verdadera
exploración del movimiento musical más grande de Colombia.
-
El objetivo es claro. Mi casa será la base y como soy la
casada en esta vaina, las monitoreo desde aquí. Dijo Maria
Clara. Un marido solo es más peligroso que veinte putas
gratis a su alrededor. Sentenció la silvestrista.
Las chicas rieron a carcajadas con la máxima de experiencia de
María Clara, según toda la información presentada, solo había un
detalle.
-
Ana ¿Crees que Andru esté de acuerdo en que te vayas por
un mes? Preguntó Luisa.
Eso se sabrá esta noche. Contestó Ana sin mirarla a los
ojos. Mi decisión está tomada. Nos vamos con o sin
aprobación.
Ana regresó a casa caminando, era algo que le permitía ordenar
sus pensamientos, ver los árboles del valle al atardecer, escuchar
las aves murmurar entre las ramas, respirar el olor puro que
contenía aquel lugar mágico. “Me cuesta pensar que exista un
lugar más hermoso para vivir que este. No todos los días puedes
ver sirenas”. Pensó Ana. “Sé que la vi, sé que ella es real.”
530
ANDRU ESTEBAN VIRVIESCAS
Esa noche el joven de cabello oscuro y ojos amarillos que se
iniciaba como silvestrista por amor a su novia, caminaba de un
lado para el otro en la pequeña sala de la casa de Ana, en varias
oportunidades se tocó la frente en búsqueda de la respuesta
menos abrupta debido al caso en específico. Ana le había
informado que se iría de viaje durante un mes con las niñas
silvestristas que eran sus amigas, algo que no cabía en la mente
del muchacho.
-
-
-
Nuestra relación apenas está empezando y me dices que
me dejas por Silvestre, de verdad explícate Ana, esto se
me escapa del entendimiento. Dijo Andru sin dejar de
caminar de un lado para el otro.
Ya he viajado antes y he conocido muy bien el silvestrismo,
pero existen ciudades y clubes, los cuales no conozco y
deseo hacerlo, las chicas me necesitan.
Tú te vas detrás de Silvestre Ana.
No Andru, tal vez lo veamos tal vez no, es por el
silvestrismo. Contestó ella.
¿Y yo? ¿Y nuestra relación?
Es solo un mes, además yo confío en ti, ni siquiera te he
insistido para que me digas que pasó con Fabiola, no creas
que soy tonta, algo pasó y muy grave, porque ella no está
en Valledupar.
No estamos hablando de ella. Dijo Andru. Quiero saber por
qué te vas, y quiero la verdad.
Así soy yo, el silvestrismo es mi vida. Insistió Ana.
Ana, mi vida, no puedes irte, yo te necesito. Quiero llevarte
a lugares que no conoces, quiero que conozcas todo el
Cesar, que ames esta tierra tanto o más que yo.
Andru regresaré en un mes.
Si te vas, lo haces sin mi consentimiento Ana.
Si necesito el consentimiento del hombre que amo para
vivir mi vida, es entonces posible que nos hayamos
531
equivocado Andru, lo mejor será dejar las cosas como
están.
Andru Esteban al escuchar aquella insinuación de terminar su
relación, la abrazó, ella le correspondió el abrazo. Ana sintió que
había dicho la estupidez más grande del universo, pero no pensó
retractarse ni por un instante.
-
Eres necia, y más terca que una mula. Dijo Andru con una
gran sonrisa.
Lo soy, de verdad lo lamento, pero no voy a fingir algo que
no soy.
No se hable más del tema, haz lo que tengas que hacer y
veremos qué pasa. Dijo él. Pero tu silvestrismo va a
sacarme canas verdes.
Esa noche Andru durmió intranquilo, soñó que estaba en una
habitación iluminada por el sol y en él estaba Ana con otro
hombre, aquello lo llenó de rabia, intentó tocarla pero no pudo,
era como si en el sueño, él no existiera. Ana besaba a un hombre
alto de cabellos oscuros. Se despertó sudando a mares en su
cama. Lo que había sucedido con Fabiola le amargaba los días y
las noches. “No voy a poder vivir en paz si no te olvido Fabiola”.
Pensó Andru.
532
EL REINADO
A
las seis de la mañana del día que partían Las Chicas
Silvestristas, esperaban en la Terminal a que llamarán con rumbo
a Bogotá, Ana observaba a la gente ir y venir, se sintió
angustiada al comprobar que Andru no llegaba. “No va a venir,
me está castigando.” Pensó. Cuál sería la sorpresa de Ana al verlo
llegar con un bolso a las espaldas y un boleto de autobús en las
manos. Llevaba puesta una hermosa camisa azul rey de vestir,
arremangada en los codos y pantalón negro, su piel blanquecina
brillaba ante aquellos colores. Ana pensó que estaba soñando
despierta.
-
Si no hay otro remedio, pues nos vamos para la nevera, ni
creas que te marchas sin mí. Dijo Andru, y Las Chicas
Silvestristas corrieron a abrazarlo, todas hablaban a la vez
y lo acapararon. Ana por su parte simplemente sonrió y
agachó la mirada, el calor de sus mejillas le indicaba que
estaba roja como un tomate. “Gracias Dios” pensó ella.
Durante el viaje que duró aproximadamente 17 horas, Las Chicas
Silvestristas intercambiaron puestos en varias oportunidades para
conversar, compartir galletas o escuchar música. Andru durmió
casi todo el camino, y Ana no hizo más que mirar por la ventana,
no podía sacar de su mente a la Sirena de cabellos negros y ojos
azules del Guatapurí. “Ella me hizo un advertencia, ella quería
que me fuera o algo pasaría, quiere decir eso que Luisana, si es
Luisana, no se suicidó, quiere decir que allí en ese río pasan cosas
extrañas.” Ana quiso callar su mente pero fue inútil, a La Sirena
de Hurtado la tenía entre ceja y ceja.
Al llegar a la Terminal de Bogotá un grupo de chicas vestidas de
rojo los esperaban, Ana estaba absorta en sus pensamientos y no
prestó atención a las salutaciones que le hicieron. Les tenían la
increíble noticia que esa misma noche Silvestre tendría una
presentación en un reinado de belleza y la entrada era
533
económica. El frío de la hermosa capital los hacía temblar a todas
las silvestristas, y Andru ya estaba de mal humor de tanto
castañear los dientes. Fueron llevados a un cuartel sin
precedentes, toda la casa en su integridad estaba adornada por
afiches de Silvestre Dangond y habían sido colgadas más de 10
hamacas para los silvestristas recién llegados. Apenas si lograron
comer algo, bañarse con agua caliente y cambiarse de ropa,
según Angélica, la dueña de la casa roja, debían ir temprano al
evento para no quedar tan atrás, pero esto fue inútil, esa noche
toda Bogotá estaba en la calle con deseos de ver a Silvestre
Dangond.
-
¿Y ahora qué hacemos Ana? Preguntó Luisa. Quedamos
lejísimos.
Intentaremos acercarnos lo más que podamos. Dijo Ana.
No Ana. Dijo Andru. Mi vida, entiende algo, aquí debe estar
la ciudad entera, no podemos avanzar entre tanta gente.
Sí podemos, síganme.
Andru con el frío que tenía y lo cansado que estaba, no podía
creer la voluntad gigantesca de aquellas niñas. Fueron
adentrándose en la masa de personas. “Esto es una locura”.
Pensó el muchacho, a la vez que pedía disculpas entre empujones
y murmullos de gente molesta. Ana avanzó decidida entre la
multitud, y al ver que Andru se rezagaba, lo tomó de la mano y le
brindó su mejor sonrisa. “Confía en mí” murmuró ella.
Al llegar hasta una barricada a una distancia considerable de la
tarima del evento, Ana observó que aquella parte estaba
reservada a gente importante, entre ellos el Alcalde de la Ciudad
y otras personalidades, según había señalado Angélica.
-
Chicas cierren bien sus abrigos que no se vea que somos
silvestristas. Dijo Ana y todas obedecieron.
Disculpe señor, somos la delegación de Venezuela, de
diferentes emisoras del país, y quisiéramos poder
acercarnos solo un poco para hacer algunas entrevistas.
534
-
Dijo Ana a un muchacho escuálido y muerto de frío que
vigilaba la puerta de acceso.
¡Siga! Dijo el joven.
Ana sin pensarlo dos veces y con mucha seriedad avanzó
haciendo señales para que Las Chicas Silvestristas la siguieran.
Andru se mantuvo callado, estaba sorprendido de lo que Ana era
capaz por estar cerca de su artista.
-
Sin estupideces, tomen asiento y hagan lo que yo les diga.
Dijo Ana a las chicas.
Ana luego de que se acomodaran en sillas de invitados, se mezcló
entre la gente, saludó a políticos y personalidades, e incluso
solicitó algunas fotografías para Venezuela. Tanto las chicas como
Andru, estaban impresionados. El evento se llevó a cabo, durante
algo más de dos horas vieron tranquilamente el desfile, fingieron
aplaudir emocionados a cada una de las participantes del
certamen. Cuando dieron la ganadora, Ana les pidió a todos que
la siguieran, que sacaran sus cámaras y se acercaran a los pies
de la tarima a tomar fotos a la reina. Nadie objetó aquel
acercamiento, el público de pie aplaudía a la soberana.
Inmediatamente después de la coronación, se anunciaba la
presentación de Silvestre Dangond. Todo el mundo se
conglomeró, las autoridades subieron al lado izquierdo de la
tarima y sin creerlo aún, los silvestristas estaban en primera fila a
la espera del ídolo. Ana comenzó a reír y abrazar a las chicas.
Andru la abrazo y le dio un tierno beso. “Tú eres terrible” le dijo
al oído.
El Alcalde se acercó y los invitó a subir a Tarima, ya que eran de
los medios de comunicación de Venezuela, no debían estar entre
la multitud. Aquello tomó por sorpresa a Ana, quien no encontró
ni forma ni manera para salir del atolladero. Fueron guiados por
escoltas a la enorme tarima y se colocaron al lado izquierdo,
cerca de los vocalistas de la agrupación. Las chicas estaban
felices de haber subido, pero Ana se sintió angustiada.
535
-
¿Qué pasa Ana? Preguntó Andru. ¿Esto no es lo que
querías?
No Andru, esto no es lo que quería.
No te entiendo pero ni cinco.
Aquí no podemos bailar. Muchachas por favor compostura,
no bailen, no griten o nos bajan, finjan por el amor de
Dios, “somos corresponsales”.
Una tristeza colectiva se apoderó de todas, Ana tenía razón,
debían fingir que no eran silvestristas y aquello para un fans
supone un gran suplicio.
Ana cerró sus ojos cuando se apagaron las luces y pudo escuchar
con claridad un clamor hermoso, el pueblo al unísono llamaba al
artista. Por primera vez Ana se puso en los zapatos de su artista
y sintió vértigo. Las luces se encendieron y la multitud se
estremeció ante la presentencia de Silvestre Dangond. Las Chicas
Silvestristas y las del club de Bogotá permanecieron inmutables.
El corazón de Ana se detuvo cuando Silvestre la vio a los ojos.
Sus ojos amarillos brillaron para ella y una enorme sonrisa de
complicidad se dibujo en su rostro. Andru permanecía a sus
espaldas. Ana sintió miedo. “Lo que pasó antes no puede volver a
suceder”. Pensó ella.
-
Esto es otra cosa Ana. Dijo Andru Esteban a su oído. Esto
me gusta. Andru estaba embelezado con los instrumentos
musicales, en especial con el acordeón. Desde muy joven
adoraba la música y estar en medio de aquel espectáculo lo
hizo sentirse cómodo, aunque no se supiera las canciones.
Silvestre se desplazó por todo el escenario, a veces le daba la
espalda al público para dirigir a los músicos o realizar sus piruetas
de baile o sus denominados “Pases”. Existen tonadas
536
determinadas del acordeón que reciben nombres como “El pase
del Monaco” que va precedido de un paso de baile en particular
del artista, Silvestre se había ganado al pueblo con su
extraordinaria forma de bailar y sus pases sin igual.
Ana sintió ganas de correr a abrazarlo, pero estaba inmóvil, sabía
perfectamente que debía mantener su posición de corresponsal
radial venezolana.
“No puedo perder a Andru, a él no”. Pensó Ana temerosa de que
Andru se diera cuenta del estado emocional en que ella se
encontraba cada vez que veía a Silvestre. La gente gritaba
eufórica, Silvestre se había apoderado de ellos de una forma
inexplicable, él sonreía a todos, contagiando su alegría a aquel
pueblo que lo apoyaba. Al terminar de cantar se despidió del
público, subió unas escaleras en el escenario, giró y se despidió
del Alcalde, pero para sorpresa de Las Chicas Silvestristas, les
lanzó un beso al aire y se despidió de ellas, miró fijamente a Ana
a los ojos y le dijo “Chao Ana”.
- ¡Carajo Ana! Ese hombre te conoce. Dijo Andru asombrado.
- Larga historia mi vida. Larga historia.
Al bajarse de tarima y cuando ya nadie las vio, Las Chicas
Silvestristas, gritaron, se abrazaron y brincaron, por la alegría de
haber tenido tan cerca de su artista.
“El silvestrismo tiene lo suyo” Pensó Andru al verlas reír de
aquella forma.
“Los hechos aquí narrados son reales, el reinado fue en Venezuela en las fiestas patronales
de Cantaura, pero los que estaban a mi lado en realidad fueron el Silvestrista Gunter
Zerpa y Jennifer Rivera.” Marlyn Becerra.
537
LA VERDAD
Esa noche el frío le caló en los huesos, Ana permaneció de pie
en la ventana de la casa silvestrista. La intensa brisa nocturna
trajo consigo recuerdos intensos y distantes. Sopló sus manos
mientras las unía intentando entrar en calor. Dos gruesas
lágrimas corrieron por sus mejillas como dos trocitos de hielo. “Mi
corazón está vuelto nada”. Pensó la muchacha. “Solo soy feliz si
lo veo a él.”
-
Ana, vas a resfriarte. Dijo Andru a su espalda. Vamos ya es
tarde y mañana continua este viaje loco.
Ana contuvo la respiración, intentando evitar que Andru viera sus
lágrimas, pero fue inútil.
-
-
Estas llorando ¿Por qué lloras Ana? ¿Qué pasa? Dijo el
joven tomándola en sus brazos.
No pasa nada Andru. Murmuró ella.
Cómo que no pasa, si estas llorando. No entiendo mi niña,
acabas de ver a tu ídolo, él te saludó; y estas haciendo
todo lo que deseas hacer, por qué estas en este estado, no
entiendo amor ¿Qué pasa?
No quiero hablar Andru entiéndeme, dijo agachando la
mirada.
Pues vas a tener que hablar Ana, cómo es posible que
estés en medio de este frío espantoso, en esta oscuridad
mientras todos duermen y de paso llorando. Déjame cerrar
la ventana o vamos a morir congelados los dos.
Ana tenía puesto un abrigo rojo de lana y sus mejillas estaban
congeladas, al hablar exhalaba humo por la boca. Andru encendió
una lamparita cerca del sofá y se sentaron uno muy cerca del
otro.
538
-
-
-
-
Tienes las mejillas coloradas. ¿Cuánto tiempo tienes allí de
pie?
No lo sé. Dijo ella.
¿Es por Silvestre?
¡Dios santo! ¿Por qué crees eso?
Porque venimos de un concierto y veo que él te afecta,
quiero saber qué pasa, eres mi novia y tengo derecho a…
¿Derecho? Si tú eres el primero en ocultar cosas, no sabes
quién te golpeó, o eso dices. No quieres decirme qué pasó
la noche en que terminaste con Fabiola, esa mujer era tú
vida, la adorabas y así sin más desapareció. Dijo Ana
enfadada. A caso yo insisto en saber ¿Donde está ella?
Andru yo he sufrido mucho y …
Y a caso ¿Eres la única que ha sufrido en esta vida Ana? no
bella, no tienes idea de lo que es el sufrimiento. Dijo Andru
señalándose el pecho.
¡No me conoces! Dijo Ana en un tono cortante.
No, no te conozco y no dejas que te conozca, vienes detrás
de un hombre porque es tu ídolo, pero cuando lo ves te
deprimes, o crees que estoy ciego y no veo lo que pasa
contigo.
¡Andru!
Andru nada Ana, yo estoy enamorado de ti, estoy
locamente enamorado de ti, tú eres la mujer de mis
sueños, quiero una vida contigo, hijos, hasta un gato.
Escuchar vallenato en nuestras fiestas y aniversarios hasta
el amanecer. Me he hecho ilusiones, ni te imaginas todo lo
que quiero para nuestra vida, nuestro futuro.
¡Pero tú no te puedes enamorar de mí! Soltó de pronto la
muchacha, queriendo recoger sus palabras lanzadas al
viento.
Y quién manda en mi corazón, tú o yo. Creo que es tarde.
Eres mis manos, mis ojos, mi voz, soy feliz si tú eres feliz,
y sufro si tú sufres.
¡Fabiola! Murmuró Ana sin mirarlo.
Esa mujer, esa mujer, está muerta para mí.
Por qué, dime por qué Andru.
539
El muchacho se levantó abruptamente lleno de rabia, apretó sus
puños para contener el recuerdo de Fabiola con otro hombre, la
imaginó en su mente gimiendo de placer, riéndose de él.
-
Fabiola tiene un amante. La noche en que fui a hablar con
ella, la encontré haciendo el amor con un hombre, que era
más fuerte que yo.
Ana colocó las manos en su boca, y dos grandes lágrimas
corrieron. Recordó el día en que Rafael dejó de ser un espejismo.
Ella sabía perfectamente cómo una traición, quemaba el alma.
-
-
Su amante y yo nos caímos a golpes y como ya sabes,
estuvo a punto de matarme, casi muero por una mujer que
no valía la pena, pero eso no quiere decir que no me duela
profundamente haber estado tan ciego. No me arrepiento
de nada de lo que he hecho en mi vida, solo me arrepiento
de las cosas que no he hecho y asumo las consecuencias.
Te abrí mi corazón, te lo entregué desde el primer día que
nos besamos en La Sirena de Hurtado, te hablé de mi
madre, de mis recuerdos, y ahora te atreves a decirme que
no puedo enamorarme de ti. ¿Qué crees que soy un
muñeco?
Yo no quise decir eso, discúlpame. Dijo Ana en casi un
susurro.
Si no entregas el alma en lo que haces, no vale la pena
Ana, y si no puedes abrirme tu alma y decirme qué te
ocurre, soy yo el que deja las cosas como están. Mañana
me iré y no volverás a saber nada más de mí.
Andru se retiró a su habitación sin mirarla si quiera. Ella subió sus
rodillas al mueble, se abrazó a ellas y dejó que las lágrimas
brotaran. “Daría mi alma por tocarte, por entregarte la mujer que
soy, pero no puedo, no se cómo ser feliz”.
“Las depresiones de Ana están basadas en hechos de la vida real, inspiradas en las cartas
que recibo a diario de los silvestristas, que han encontrado en el silvestrismo la cura a sus
tristezas” Marlyn Becerra.
540
ANA
Cuando los rayos de luz le dieron en el rostro, Ana se despertó
entumecida, a su lado encontró una rosa roja, y el caos de la
noche anterior se le vino encima.
-
¡Andru! Dijo en voz alta. Andru Esteban. Lo llamó.
Corrió hasta su habitación. Cuál sería su sorpresa al ver la cama
vacía, las cosas de él ya no estaban. “Se ha ido.” Lo buscó por
toda la casa, los silvestristas aún dormían. “Se ha ido.” Salió a las
afueras de la casa y no lo encontró. “Se ha ido.” Ana fuera de si
misma, se sentó al pie del árbol que estaba a la entrada de
aquella casa y se dejó caer, arrepentida de lo que había hecho.
“Qué hiciste Ana, qué hiciste.”
Allí la encontró Luisa, la chica silvestrista, “vamos Ana, él se fue,
no podemos hacer nada”. Dijo su amiga.
-
“Se ha ido Luisa” murmuró Ana.
Lo vi marcharse antes del amanecer, y discúlpame pero
escuché su pelea de anoche, de verdad lo lamento Ana.
Vamos a la cama, aún es temprano, debes descansar y
quitarte esta ropa, estás helada.
Ana cayó en un sueño profundo al tocar la mullida cama en que
durmiera Andru. Su olor allí podía percibirlo. Y en sueños se
abrazó a sus recuerdos.
Soñó que él la abrazaba, que le daba besitos por todo el rostro y
sonreía para ella. De pronto el sueño cambió y se encontró en
medio de la nada, lo llamó mil veces pero fue inútil. Él no estaba.
En su sueño La Nana, una anciana de ojos azules como el mar, la
abrazó sin decir ni media palabra, aquel abrazo la llenó de
fuerzas. Era cálido y fuerte, hacía que el dolor se fuera. Al
levantar la mirada ya no era la Nana, sino Silvestre quien la
541
abrazaba. “Vamos sonríe, no todo está perdido Ana, vamos tú
puedes.” Dijo él.
Ana despertó a eso de las tres de la tarde, y las chicas invadieron
la habitación. Alegres le mostraron todas las fotos de la noche
anterior, nadie mencionó a Andru y la hicieron sonreír de nuevo.
Angélica la silvestrista de la casa donde se quedaban en Bogotá,
le explicó que se unirían ellas para la travesía. Ana decidida a
seguir adelante, ordenó que, se alistaran para viajar al día
siguiente. Tomó un baño con agua caliente y logró comer algo y
descansar un poco.
A las siete de la mañana del día siguiente, abordaban un autobús
rumbo a Villavicencio. “Si no entregas el alma en lo que haces,
entonces no vale la pena.” Pensó Ana al recordar las palabras de
Andru Esteban Virviescas.
Un joven de ojos amarillos y cabello oscuro, aguardaba en la
Terminal el próximo autobús con rumbo a Villavicencio.
542
SILVESTRE
Intranquilo dio varias vueltas en la cama, intentando quedarse
dormido, los huesos le dolían, los ojos le ardían, estaba tan
cansado que le era imposible conseguir el sueño. De pronto vino a
su mente un recuerdo distante, casi irreal, una muchacha de
largos cabellos negros dormía a su lado. El olor de su piel le llegó
preciso, como si ella se encontrara con él; y sin ya desearlo, sus
ojos se cerraron derrotados por una vida excitante, llena de
múltiples sacrificios.
En sus sueños, vio los ojos negros y enormes de una muchacha
de mirada triste, ella no lo veía, pero él la tenía muy cerca.
Estaba sentada en una piedra enorme, con los pies en el agua
cristalina de un río de caudal embravecido. La corriente
arrastraba todo a su paso, y él tuvo miedo de que la arrastrara.
Intentó hablarle pero no pudo. Se sentó a su lado y quiso
consolarla. La muchacha lloraba, esto le causaba un profundo
dolor. De pronto la oscuridad se vino sobre ellos y Silvestre vio
cómo emergía de las aguas una enorme mujer con cola de pez.
No sintió miedo de ella hasta que entendió lo que quería. Sin
poder hacer nada, la sirena agarró a Ana por los tobillos y la
arrastró a las profundidades del río. Silvestre despertó en medio
de la noche con el corazón acelerado, y sudando. Había tenido
una pesadilla con una de sus silvestristas, algo que hacía mucho
no le pasaba. Se sintió extraño dentro de su cuerpo, como si el
corazón le diera un mal presentimiento.
Desde niño detestaba las pesadillas, pero el sueño con la sirena,
le había causado tal impresión, de que tuvo la certeza de que algo
malo pasaba con su amiga Ana. “Lo peor de todo es que no tengo
cómo llamarla para saber que está bien, ser famoso me impide
cosas tan sencillas, como hablar por teléfono.” Pensó Silvestre.
543
ANA
Ana viajó en silencio, a tan solo dos horas estarían en una tierra
con la que jamás soñó ver, se dirigían a los llanos colombianos
guiados por Luisa Rodríguez, no era una ciudad donde fuera a
estar Silvestre, pero había un club en formación y aquello era tan
importante como asistir a un concierto del ídolo. “Luisana, no
puedo sacarla de mi mente. Quiero saber cómo murió. Algo me
dice que soñar con ella significa que debo regresar al valle. Debí
decirle a Andru lo que vi aquella noche”. Y pensar en el muchacho
de ojos amarillos le inundó el alma de dolor. “Piensa en los
silvestristas, no pienses en él. Tú no podías decirle todo lo que
sientes por Silvestre, hubiera sido el mismo resultado, él se
habría ido de todas formas. Olvídalo ya Ana” se dijo así misma,
tocándose el lado izquierdo del pecho, donde equivocadamente
creemos que está el corazón.
-
-
-
Los muchachos van a estar contentos de recibir a Las
Chicas Silvestristas y a los silvestristas de Bogotá, si
seguimos adicionando gente, podremos llenar un bus
completo, no crees Ana. ¿Ana? insistió Luisa.
Discúlpame no te escuché.
Ana, vamos anímate, Andru estará bien y ya hablaran y
todo se solucionará, es una ley de vida, todo lo que es
posible que pasé, pasará. Dijo Luisa con una hermosa
sonrisa. Lo que no entiendo es por qué llorabas la otra
noche, soy tu amiga y quiero ayudarte.
Luisa estoy enamorada de Silvestre. Confesó Ana.
Pequeña, todas estamos enamoradas de Silvestre, es
normal o ¿No?
No Luisa, al principio siempre creí que solo era como fan
pero ahora cada vez que lo veo me siento morir de amor
por él.
Pero discúlpame Ana yo te vi llorar por Andru. Tus ojos se
iluminan cuando él está cerca, lo miras como si fuera la luz
de tu vida y desde que discutieron, te vez apagada y gris.
544
Yo creo que tienes miedo de aceptar que te has enamorado
de Andru Esteban y te refugias en la idea de un amor
imposible.
- Luisa de corazón no sé qué me está pasando. Dijo Ana
tomándola de la mano. Pero si es como tú dices, por qué lo
dejé ir, por qué no detuve a Andru.
- Porque eres testaruda, como toda mujer. Vamos relájate,
tómate tu tiempo, y reorganiza tus emociones, si algo he
aprendido es que todo eso que sentimos o decimos sentir
son estados mentales Ana, y nuestra alma puede
manejarlos si nos lo proponemos. ¿Amas a Silvestre?
Ámalo, pero que su amor sea motivo de alegría y vida.
¿Amas a Andru? Ámalo pero vive su amor y déjalo que te
ame. Estén a tu lado o no, tu eres la única que puede
decidir cómo y en qué medida quererlos.
Ana abrazó a Luisa, sus palabras fluían como aguas cristalinas
dentro de su alma. La gratitud de Ana con esa silvestrista fue
infinita.
- “No hay nada que el silvestrismo no pueda explicar”. Dijo Luisa
a carcajadas y Ana al escuchar aquella frase no pudo más que
reír también.
“Siempre creí que mi corazón quedaba del lado izquierdo, allí suelo colocar mi mano para
decir que me duele cuando me tratan mal o una noticia me hace llorar, una vez estando
hospitalizada, el doctor me corrigió y me dijo que el corazón quedaba más hacia el centro
del pecho, que el corazón que suelo tocar es el de mi alma”. Marlyn Becerra.
545
VILLAVICENCIO
Ana conversó con Luisa sobre lo sucedido con Andru Esteban, y
al poder desahogarse, al conseguir decir aquellas palabras, la
carga fue menos pesada. “A veces, solo queremos escucharnos
decir la verdad”. Pensó Ana.
-
-
-
Luisa, quiénes se vinieron de Bogotá para Villavicencio,
discúlpame pero he estado totalmente distraída.
Sí, lo sé muy bien. Contestó ella. Bueno como ya te había
comentado solo lograron venir con nosotros Angélica
Oliveros, que es la joven donde nos quedamos hospedados,
sabes la morena de cabellos largos, Carolina que es la chica
de cabello negro corto que usa aparatos de esos que te
corrigen la sonrisa por no llamarle alambres, Julian
Salcedo, que está sentado con ella, tienes que ver sus ojos
son muy bonitos Ana. También lograron venir las
silvestristas Dayana Barrios, Daniela Bendeck Y Maria Silva,
que son las que no paran de hablar como loritas con
Bernardo Otalvarez, todos en definitiva son muy amables,
pero no tienen idea de lo que les espera.
¿Cómo así? ¿Qué nos espera Luisa?
El llano, el indómito llano, no nos quedaremos en
Villavicencio, la invitación a esta región del país, es en casa
de un excéntrico silvestrista muy amigo mío, que vive en
una finca llano adentro. Venimos a pasarla súper genial,
pero solo los verdaderos silvestristas podrán soportar lo
que nos espera.
Me estás asustando Luisa.
Pues haces bien en asustarte. Dijo sonriente la muchacha.
Mi amigo no usa electricidad, no hay Internet, ni televisión.
Solo atardeceres, caballos y vacas por todas partes.
Ana se sintió incómoda, todo aquello le trajo recuerdos
prácticamente olvidados, noches en que el amor le hizo matar
más zancudos que estrellas en el firmamento.
546
-
-
Luisa esto no me gusta. Dijo Ana.
Te gustará es una finca Silvestrista, nada será normal. Mi
amigo es Eulises Oliveros, hijo del inmortal Alirio Oliveros,
no tienes idea Ana de todos los secretos que ocultan esas
tierras, hay quienes dicen que están malditas.
No entiendo porqué vinimos entonces. Dijo Ana frunciendo
el seño.
Porque como ya les había comentado hay un nuevo club
silvestrista y es vital que los veamos.
Pero para qué vamos esa finca entonces Luisa.
Porque Eulises es el presidente del Club Silvestrista de los
Llanos.
¡Dios mío! Que el silvestrismo nos ampare. Dijo Ana.
Ambas amigas rieron con sus exageraciones, propias de las almas
silvestristas que siempre andan en busca de aventuras, y si es
posible de problemas, mejor aún.
Al llegar a Villavicencio, Ana experimentó el cambio del clima, y le
fue confortante la calidez de aquella tierra, a los escalofríos de
Bogotá. A diferencia de los chicos de Bogotá, en sus rostros se
notaba que se estaban ahogando por el calor. En la parada del
bus un joven de radiante sonrisa y cuerpo atlético los esperaba.
-
Tú debes ser Ana. Dijo el joven. Tomándole la mano.
Ana, él es nuestro anfitrión, mi amigo, compadre y
hermano, Eulises Oliveros.
Encantada dijo Ana un poco incomoda, ya que el joven no
le soltaba la mano. Me la regresas por favor.
Disculpa no estoy acostumbrado a ver mujeres tan bellas
como tú. Dijo Eulises.
Las mejillas de Ana se ruborizaron, y
roja que debía verse. Las Chicas
muchacho al igual que los del Club
atención a las incomodidades de
camionetas propiedad del silvestrista
ella no quiso ni imaginar lo
Silvestristas abrazaron al
de Bogotá y nadie prestó
Ana. Viajaron en varias
llanero, y para disgusto de
547
Ana, a ella le tocó viajar con Luisa y Eulises en un rustico aparte
del grupo.
-
Ana, mi amiga Luisa me ha hablado mucho de ti, dice que
conoces a Silvestre y que eres una silvestrista extrema.
Lo conozco, como cualquier fan pueda hacerlo. Contestó
ella. Y me pueden decir ¿Cuanto falta para llegar?
De Villavicencio al Delirio es una hora aproximadamente.
Dijo Luisa.
¿Delirio?
Es el nombre que papá le diera a la finca antes de morir.
Lamento mucho lo de tu papá. Dijo Ana. Yo también perdí
al mío y sé el hueco que dejan cuando se van.
Gracias mi bella, pero lo de papá es muy difícil, a mi papá
lo mataron a traición, y desconocemos quién lo hizo. Es
algo que te deja las heridas abiertas para toda la vida.
Guardaron silencio por el resto del viaje, Ana se sintió incomoda,
la llanura colombiana, el olor propio de tierra caliente y la
inmensidad de aquel cielo no solo le recordaba el llano
Venezolano, no solo le hizo pensar en su padre. Algo peor
merodeaba apunto de sacarle lágrimas. “Rafael era coleador, Dios
cómo me vine a meter al llano, ver a Eulises con sus botas y
camisas de cuadros, es verlo a él.” Ese pensamiento hizo que Ana
se clavara las uñas en las manos. “No quiero ver caballos, no
quiero ver vacas, no quiero escuchar música llanera, no quiero
estar aquí”. Pensó Ana. “Andru dónde estas, te necesito”.
“Conozco a Silvestre de la forma en que lo conocen la gran mayoría de sus seguidores, en
conciertos, aeropuertos u hoteles, he pasado horas y horas de espera para poder
saludarlo, o tomarme una foto con él. No somos cercanos como muchos creen, es
necesario que sepan que yo solo soy su fan, al igual que todos, y que me he valido de la
imaginación para desarrollar el Diario de un Silvestrista.” Marlyn Becerra.
548
LA SORPRESA
Dayana, Daniela Bendeck y Maria Silva, corrieron al vehículo de
donde se bajaba Ana, la tomaron por las manos y la arrastraron
hasta un lado de la casa.
-
Ven Ana, ven, ven, ven rápido. Dijo María sonriendo.
¿Qué pasa chicas? ¿Dónde están todos? Preguntó Ana,
mientras Eulises y Luisa los alcanzaban.
Ana se encontró con una sorpresa inimaginable.
Un joven de cabello oscuro se encontraba rodeado por todos los
silvestristas, Ana vio rostros que no conocía, entendiendo que
eran los silvestristas llaneros. Cuando sus ojos amarillos la
observaron, Ana sintió que su corazón le fallaba.
-
¡Hola Ana! Dijo el joven brindándole una enorme sonrisa.
Ana se quedó allí de pie. Estaban en una especie de corredor
amplio donde el color rojo dominaba por todas partes, manteles,
globos, vasos, platos, el rojo lo inundaba todo, pero no solo se
trataba de una reunión silvestrista, aquello era una emboscada.
-
¿Qué haces tú aquí? Preguntó Ana, intentando creer que lo
que veía no era cierto.
En ese instante Luisa se echó a llorar en los brazos del joven.
Quien la consoló dándole palmaditas en la espalda a la silvestrista
de dorados cabellos.
-
Eulises es mi amigo, y me ha invitado. ¿Tú sigues brava
conmigo por lo de la pelirroja?
No. Murmuró Ana intentando controlar las emociones que
se le venían encima.
Los silvestristas estaban llenos de dicha, tomaban fotos, pedían
autógrafos, Las Chicas Silvestristas no podían parar de reír.
549
Angélica y Julián daban pequeños brincos, como si no aguantaran
la alegría.
-
Le he pedido a Silvestre que nos acompañara en este día
tan especial, cuando le dije que tú vendrías aceptó
inmediatamente ¿No te alegras de verlo Ana?
Ana al escuchar la explicación de Eulises, corrió a los brazos de
Silvestre y lo abrazó como si él estuviera a punto de irse.
Silvestre la sostuvo en sus brazos. Él siempre aparecía cuando
ella más lo necesitaba.
-
No sabía que podría verte tan pronto Silve.
Así es la vida pequeña, siempre nos sorprende con sus
coincidencias y designios. Dijo Silvestre.
Al atardecer de aquel día, Ana sentada a las afueras de la casa,
sostenía la mano del joven de ojos amarillos, como quien toma la
mano de su alma gemela, no para rozarla, sino para unirse a ella.
-
-
¡Silvestre, estoy enamorada! Dijo ella sin poder
contenerse.
Lo sé Ana, yo te conozco. Dijo él. Tuve un sueño extraño
contigo, y ahora entiendo qué pasa.
Y no es de ti. Murmuró ella.
Eso también lo sé. Dijo él tocando la punta de su nariz. Mis
sueños no me mienten, algo no está bien contigo.
Espera, a ti también te amo, pero de una forma
inexplicable.
Eso esta mejor bonita. Dijo el joven y sus ojos amarillos
cambiaron de pronto al color verde.
¡Silvestre! Exclamó ella. Tus ojos, están verdes.
Está cayendo la tarde mi pequeña Ana, cuando eso pasa
mis ojos son verdes, pero sígueme contando ¿Dónde está
el hombre que amas? Porque no es Mathias, de eso estoy
más que convencido.
No, no es Mathias en eso tienes razón, y no sé donde
pueda estar. Dijo Ana agachando la mirada.
550
-
Ya le hiciste cantaleta, Ustedes las mujeres son una cosa
muy seria.
¡No te rías! Sí peleamos, no supe explicarle lo que siento
por ti.
No tienes por qué explicarlo, hay cosas que es mejor no
decirlas, porque es probable que no nos entiendan, eso lo
sé muy bien. Viste Ana, el cielo esta enrojecido. Dijo
señalando las nubes.
El ocaso se les echó encima, y Ana sintió que era el atardecer
más hermoso que había visto en su vida.
-
-
Quédate Silvestre, veamos salir la luna, aunque sea la
única vez.
¡No Ana! contestó él.
¿Por qué?
Porque no sería la única vez. Cada vez que sale la luna en
la inmensidad de la noche, tu recuerdo me acompaña. Yo
tampoco puedo explicar ciertas cosas de mi vida, por eso
prefiero componer canciones, y allá el que entienda o no,
eso no me importa. Ana, quiero pedirte algo. No quiero que
vayas más al río Guatapurí, por favor, aléjate de ese río.
No se cómo explicártelo, pero no te quiero más allí.
Esta bien Silve, no iré más, palabra de silvestrista. Dijo ella
sonriente. Tienes razón, entremos a la casa, no podemos
permanecer aquí.
Por qué, quiso saber él.
Porque me están comiendo las plagas. ¡Corre! ¡Corre!
Corre Silvestre. ¡Ven vamos a vivir! Gritó Ana mientras
corría hasta el umbral de la casa de ladrillos donde los
esperaban los silvestristas.
Él la alcanzó sujetándola por la cintura y le robó un beso.
551
EL CONFITE
En la parte posterior de la casa, los silvestristas encendían una
enorme fogata y algunas antorchas, como bien había dicho Luisa,
el Silvestrista llanero dueño de “El Delirio” no usaba electricidad,
así que la velada para todos era especial, no solo por estar en
medio de la nada, sin comunicación de ningún tipo, sino que en
aquel mismo lugar aguardaban por Silvestre, quien compartiría
esa noche con ellos.
-
¿Aún siguen hablando? Preguntó Milena.
Sí, dejemos que hablen tranquilamente. Dijo Luisa.
¿Podemos colocar algo de música? Preguntó Julian. Tanto
silencio me aturde.
¿Silencio? Es que Julián no escuchas los grillos y sapos,
tienen armada una parranda en este lugar. Dijo Milena.
¿Y qué colocamos? ¿Dónde? Preguntó Angélica.
Podemos colocarla en mi camioneta, creo que les gustará
como suena. Dijo Eulises encendiendo el vehículo.
Un estruendoso acordeón sonó dentro del vehiculo, y todos sin
excepción se levantaron de sus lugares y comenzaron a bailar.
Las muchachas giraban, los chicos intentaban imitar los pasos de
su artista, “El Confite” estalló para los silvestristas que llevaban
horas tomando aguardiente llanero y cervezas.
Ana al escuchar la música, arrastró a Silvestre al medio de la
pista de baile y lo entregó a sus amados seguidores. Todas las
miradas brillaron cuando el ídolo ejecutó su famoso baile del
“Payaso”, todos lo imitaron maravillados de poder bailar a su
alrededor. La joven de ojos negros prefirió contemplarlos, y
Eulises se sentó a su lado brindándole una cerveza helada.
-
Bueno al menos usas hielo. Dijo Ana al comprobar lo fría
que estaba la bebida. Es curioso que no uses electricidad.
552
-
-
-
-
Me gusta a la luz de las velas, por decirlo de alguna forma.
¿Y no bailas? Preguntó Eulises.
Hoy no, hoy observo. Nunca había visto bailar a Silvestre
rodeado de Silvestristas. Ahora no sé qué me gusta más
que baile o que cante.
¿Ana te gustan los caballos? Preguntó de pronto el
silvestrista llanero.
Sí, y creo que tienes varios. Temprano me percaté del
tamaño de tu caballeriza.
Amo a los caballos, mañana temprano daremos un paseo,
hay suficientes caballos para todos, debo llevar a Silvestre
mañana por la tarde a Bogotá, así que lo haremos a
primera hora.
Será divertido. Dijo Ana. ¿Eulises por qué no quieres vivir
con la comodidad del modernismo?
A Papá no le gustaba, él me enseñó a atender el ganado,
domar mi propio caballo, bañarme por las tardes en el río;
y por las noches me solía contar historias alrededor de una
fogata.
¿Cómo murió tu papá? ¿Quieres contarme?
Papá regresaba aquella tarde de arar los campos, cerca de
aquí está un árbol enorme por el cual pasó con su tractor,
ya estaba oscureciendo. Alguien lo sorprendió por la
espalda y le disparó a traición. Cuando escuchamos el
disparo, salimos corriendo. Vi a mi padre en el suelo boca
abajo y ni rastros de quién lo había atacado. El disparo fue
certero, mi padre murió de inmediato.
A la luz de las antorchas, Ana observó lágrimas contenidas
en los ojos del silvestrista.
La música que los rodeaba era alegría pura, y Silvestre se las
arreglaba para bailar con todas las muchachas.
-
Desde entonces, siempre en la casa se han hecho las
cosas, como las hacía Alirio Oliveros, y el día que mamá lo
entendió, prefirió irse, a tener que soportar mis decisiones
de una vida tranquila.
553
-
-
-
Creo que a veces nos perdemos de cosas tan hermosas
como la luz de la luna entre tanta modernidad, comprendo
tu forma de vivir. Eulises quisiera pasar unos días aquí, si
es posible.
Quédense todo lo que quieran, podemos ordeñar a las
vacas por las mañanas o ir de pesca al lago. Me gustaría
que conocieras mejor a los muchachos del club llanero, no
tienes idea de lo especiales que son.
¡Háblame de ellos! Sugirió Ana.
Eulises los vio bailar, aplaudir, cantar, Silvestre era uno más del
montón, parecían amigos revueltos en un círculo, y no el ídolo y
sus fans. La música se tornó lenta y cadenciosa, y los muchachos
se turnaban a las chicas para bailarlas al son del vallenato, donde
al unísono cantaron “Cómo lo hizo”.
-
La joven delgada de cabello negro se llama Sara Ramírez.
Dijo Eulises. Es silvestrista desde muy niña, y es mi amiga
desde antes de la muerte de mi padre, y sé que hoy es un
día inolvidable para ella, no puede hablar de Silve sin que
se le quiebre la voz, y digamos que me tenía preocupado
de cómo reaccionaria al verlo a él, pero como puedes ver,
todo ha salido a la perfección. La muchachita pequeña de
largos cabellos negros como tú, se llama Laura Tovar,
debes tener cuidado con ella, todo lo grava en su teléfono,
vive atenta de todos y es la más dulce de las llaneras.
Bernardo Talo, es mi compadre, más que un amigo, es mi
compadre, un silvestrista sin igual, todo lo emociona, así
que es extraño que hoy no haya muerto infartado, nadie
sabía de la llegada de Silvestre a la hacienda. Camila, es la
pequeñita de cabellos rubios, mañana vendrán dos
familiares de ella que son tan silvestristas como tú y como
yo, no han logrado llegar hoy y es posible que se lamenten
por no haberlo hecho, son de Antioquia, es una familia sin
igual y sé que van a agradarte mucho, su acento es muy
peculiar. La mamá de Camila es como una madre para mí,
Paula Escobar, mañana por la noche te la presento.
Fideanyeli, es la joven que está bailando con Silvestre, ella
554
-
-
es incansable, vive en Villavicencio y es una llanera de pura
cepa, monta a caballo como cualquier hombre y
acostumbramos a beber ron juntos, aunque es muy joven,
es una niña muy madura. Dallys Cárdenas, es la muchacha
de la pañoleta roja en la cabeza, es muy especial con los
animales, y su cariño por Silvestre es sincero, ella ya lo
había visto en otras oportunidades, pero esta es la primera
vez que baila con él.
Hablas de ellos con mucho cariño. Eso es muy bonito
Eulises.
¿Qué es más grande, que la familia y los amigos?
¡Nada! Dijo Ana al recordar a Katherine, La Muchis,
Danielita, Maria Clara, Yaliana, Raquel y a Yuli Caicedo.
Nada como la sonrisa de una amiga. ¿Eulises dónde
dormiremos todos?
Colgaremos hamacas, tengo muchas porque siempre
vienen silvestristas a la finca, no te preocupes, si deseas
puedes dormir en mi cama y yo en una hamaca.
No, quisiera que me cuelgues una, pero cerca de la gran
ventana de la sala, quiero ver las estrellas.
¡Hecho! Para ti lo que pidas. Dijo el joven dándole una
hermosa sonrisa.
Se mantuvieron atentos a los bailes de los silvestristas, riendo de
las locuras de algunos. Silvestre brillaba entre ellos como el loco
más alegre de todos los tiempos. Los muchachos colocaron
vallenatos antiguos de varios cantantes vallenatos.
-
¿Ana quieres bailar? Preguntó Silvestre al cabo de un rato.
Sí. Dijo Ana ruborizada.
Una melodía sencilla sonaba desde la camioneta, Ana no la había
escuchado antes, era un vallenato lento y sentimental. Ella se
mantuvo incólume ante los brazos de Silvestre, prefiriendo
levantar la mirada y ver sus ojos, en ellos brillaban las llamitas de
las antorchas, y aquel fuego en la mirada de él le recordó a
Kennel, el duende que la persiguiera por tanto tiempo. “Los
555
momentos más bellos de la vida, siempre se parecen a otros que
ya hemos vivido. Todo se mueve en círculo”. Pensó Ana.
Cuando dieron las doce de la noche, Ana se retiró a dormir, se
despidió uno a uno de los silvestristas y les deseó las buenas
noches.
-
¡Sueña conmigo! Dijo Silvestre.
¡Siempre lo hago! Contestó ella.
Al acostarse en una hamaca amplia que le colgara Eulises cerca
del gran ventanal. Ana se sintió agradecida de la vida, en ese
mismo lugar estaba el ser que más admiraba, y él era feliz. Al ver
el cielo repleto de estrellas se sintió diminuta y los puntos
brillantes en el firmamento le hicieron pensar en Andru Esteban.
“Si supiera dónde estas, iría corriendo a insistir en nuestro amor,
pero la vida es simple, sin buscar, te encontraré”. Pensó
quedándose dormida.
556
BUCÉFALO Y LA CATIRA
Al amanecer, los silvestristas dormían profundamente, Ana se
levantó sin hacer ruido y tomó un baño de agua muy fría,
sintiéndose renacer al ver los primeros rayos del sol colarse por la
ventana. Se secó el cuerpo y se colocó ropa interior deportiva,
unos jeans gastados y una franela blanca con rayas azules de
algodón, trenzó sus botas amarillas para montar a caballo, las
cuales, consiguió en una oferta en Valledupar y que había elegido
al saber que visitaría el llano. Se demoró en peinarse la larga
cabellera frente al espejo del baño, quería verse lo más arreglada
posible, aunque fuera simplemente a montar a caballo. “No todos
los días cabalgas al lado de tu ídolo.” Pensó ella.
Al estar preparada se fue a la cocina, guiada por el olor a café
recién colado, encontró en una mesa a su amiga Luisa, quien
tomaba sorbo a sorbo aquella fascinante bebida.
-
-
¡Buenos días! Dijo Ana.
¡Buen día! Le contestó Luisa sirviendo una taza de café
para ella.
Te levantaste temprano Luisa.
Sí, Eulises y Silvestre están ordeñando en el potrero y me
levanté a hacerles café. Por lo que veo ya estas lista para ir
a montar a caballo. Debemos despertar a los demás, es
mejor salir temprano para que el sol no nos tome por
sorpresa. Bebe tu café con calma, yo me encargo de todos.
Ana no entiendo algo ¿Cómo pudiste dormir teniendo a
Silvestre tan cerca?
Cansancio creo. ¿A qué hora se acostaron?
Al rato que tú, pero mientras dormías, vi cómo él se acercó
a tu hamaca y se quedó allí en la oscuridad viéndote
dormir. Lo siento, no puedo evitar meterme donde no me
llaman, fue muy romántico que te velara el sueño, creo que
te quiere más de lo que tú te imaginas.
557
Ana sintió un leve estremecimiento, y clavó sus ojos negros en la
taza de café caliente.
-
Ve a llamar a los silvestristas. Luego que Silvestre se vaya
hablaremos con calma. Dijo Ana brindándole una leve
sonrisa.
A las ocho de la mañana la cocina era un jolgorio. Milena, Sara y
Angélica preparaban un desayuno con huevos criollos y arepas,
Laura y Julián se encargaron de hacer café para todos, y Las
Chicas Silvestristas ayudaron a servir y lavar platos con los
Silvestristas Llaneros. Todos hablaban a la vez y la alegría en
medio de ellos se expandía por todo el lugar.
Eulises apareció en el umbral de la cocina apurándolos para ir a la
caballeriza a elegir a sus caballos, los obreros y el capataz de la
finca ya tenían ensillados a varios animales y los silvestristas los
rodearon por todos ángulos, emocionados ante aquella nueva
aventura. Ana no dejaba de buscar con la mirada a Silvestre
entre los presentes, hasta que entendió que él no estaba allí.
-
Silvestre ya salió a montar Ana. Dijo Eulises. El caballo que
le gusta cuando viene a mi finca es muy brioso y debe
cansarlo primero, si es a él a quien buscas, claro. Ven
quiero mostrarte la yegua que ensillamos para ti.
Ana se quedó sin aliento al ver a aquel animal, era una hermosa
yegua del color del sol.
-
¿Es amarilla? Dijo Ana acercándose cautelosamente.
Sí, se llama Catira, no es mansa, es una yegua con
personalidad, pero creo que podrás con ella. A menos que
te de miedo y te buscamos un caballo más tranquilo.
No, por favor, ella es perfecta, nunca había visto un animal
tan hermoso.
Deja que veas a Bucéfalo.
¿Bucéfalo? ¿Como el de Alejandro Magno?
558
-
-
Sí, al igual que ese caballo, es completamente negro, es el
favorito de Silvestre, ha insistido en que se lo venda mil
veces, pero si no lo hago es porque es mi favorito también.
En cambio Ana, Catira es tuya, te la regalo.
No puedo aceptarla Eulises, es una Cuarto de Milla, debe
ser costosa. Además dónde meto yo una yegua.
Sabes sobre caballos, qué interesante.
Ni tanto, un antiguo novio me enseñó ciertas cosas, que ya
creía olvidadas. Pero igual no puedo aceptar.
En “El Delirio” podemos cuidarla bien, me gustaría que me
la aceptaras, así te verás obligada a visitarnos, insisto.
Bueno, la acepto, pero que sea un obsequio para Las
Chicas Silvestristas, no solamente para mí.
Hecho. ¿Te ayudo a subir?
No yo puedo sola.
Ana colocó el pie izquierdo en el estribo tomó en sus manos la
rienda de la yegua manteniéndola cercana de la silla de montar y
con todas sus fuerzas subió el cuerpo pasando con energía la
pierna derecha, el animal se movió un poco cuando Ana logró
colocar el pie derecho en el otro estribo. Inmediatamente sintió
bajo sus piernas la fuerza de aquella yegua.
-
¡So Catira! Dijo Ana.
Lo haces muy bien Ana, es una gran Yegua, sácala a
caminar un poco.
Ana con el corazón acelerado, dio un ligero golpecito con los
talones a Catira, soltando levemente la rienda y la Yegua avanzó
a paso sereno. A la mente de Ana vinieron momentos de libertad,
cuando visitaba a los caballos de Rafael y galopaba en tierras
venezolanas. “Había olvidado lo que se sentía.” Murmuró.
559
Cuando los muchachos la vieron, la saludaron emocionados,
algunos no lograban subir a sus caballos, y varias de las chicas
reían a carcajadas por los nervios.
Ana avanzó alejándose un poco de los demás silvestristas, y dio
con los talones en el vientre a la Yegua, ésta respondió de
inmediato y aceleró el paso, Ana la frenó y el animal de detuvo de
inmediato. Aquello le dio tranquilidad y la dejó caminar un poco
más. De pronto Ana escuchó un gran alboroto, los silvestristas
gritaban emocionados. La muchacha se mantuvo alerta, hasta
que entendió aquella festividad de los muchachos, Silvestre
Dangond venía a todo galope en un semental negro. “Bucéfalo es
hermoso” Pensó Ana quedándose sin aliento. En realidad no
entendía que su corazón se acelerara de aquella forma, el caballo
era extraordinario pero ver llegar a Silvestre en su montura,
frenándolo con energía, se le antojo simplemente el hombre más
masculino del mundo. El muchacho saludó a los silvestristas y
acercó con Bucéfalo al ver donde estaba Ana con La Catira.
-
-
¡Buenos Días Ana! Dijo Silvestre con una sonrisa
encantadora.
¡Buen día! Hermoso caballo. Dijo casi sin aliento al ver el
brillo de sus ojos azulados grisáceos. “Por la mañanitas se
le tornan azules” Pensó Ana. Y recordó la mañana en que
despertó a su lado en la casita de Yaliana al borde de la
playa. “Sus ojos como el mar”
La Catira es una yegua preciosa también. Y tú te ves
hermosa en ella. Dijo él.
Silvestre llevaba puesto jeans azules con algunos agujeros y
camisa de algodón blanca, con botas negras gruesas. Ana nunca
lo había visto tan hermoso como esa mañana, él y Bucéfalo se
quedarían para siempre en su mente. El caballo hizo algunos
movimientos bruscos y Silvestre lo calmó.
560
-
Quiere correr. Vamos muchachos, mi compadre Eulises
dónde está.
- Estamos listos Silvestre. Dijo Eulises arriba de una yegua
blanca con manchas marrones de gruesas piernas.
- ¿Quiere que vaya con Ustedes? Preguntó Camilo, el
capataz de la hacienda.
- No es necesario, solo vamos de paseo, regresamos como
en dos horas, los llevaré al lago y nos regresamos.
- Esperen creo que hay un error. Dijo Julian. A mi me dieron
un burro.
Todos los silvestristas e incluso Silvestre, soltaron la carcajada. El
caballo de Julian era pequeño, porque no era de raza.
-
No es un burro, solo es un caballo de arrear ganado, pero
ya no hay tiempo de cambiártelo, así que vamos. Dijo
Eulises.
¡Arre burro! Dijo Julian. Insisto esto no es un caballo.
Olviden los celulares que se les pueden caer chicas. Dijo
Eulises. Disfruten el paseo. Ya tomaran fotos.
Los silvestristas, Silvestre y Ana siguieron a su anfitrión. Los
rayos del sol le dieron una sensación de calidez y tranquilidad al
paseo. Ana cerraba continuamente los ojos para sentir la brisa
fresca de la mañana, mientras La Catira se movía
cadenciosamente hacia el horizonte. En varias oportunidades
cruzó su mirada con Silvestre, y mientras todos reían, hablaban
o gritaban, ellos dos simplemente se veían y sonreían. El paseo
hasta la laguna duró unos treinta minutos. Todos desmontaron y
amarraron sus animales a los árboles que rodeaban la laguna.
Ana se acercó a Bucéfalo para escucharlo respirar, su pelaje
negro estaba empapado en sudor.
- Ten cuidado Ana, Bucéfalo es brioso. Dijo Silvestre.
- Lo sé. Pero quiero tocarlo.
Ana se acercó lentamente y el caballo permaneció tranquilo. Ana
acarició su larga crin negra. “Que hermosa te vez” pensó
Silvestre. Se mantuvieron en silencio cerca de Bucéfalo. Ana
561
mantuvo sus manos sobre el estomago del animal sintiendo como
subía y bajaba en la medida que respiraba.
-
¿Puedo tocarlo? Preguntó tímidamente Sara.
Claro acércate. Dijo Silvestre.
Poco a poco todos los silvestristas se acercaron a contemplar a
Bucéfalo, y Silvestre les daba algunas indicaciones. Las chicas se
estremecían cuando su ídolo se acercaba a ellas para decirles
cómo tocar al caballo. Camila estuvo apunto de gritar cuando
Silvestre le tomó la mano para que ella sintiera el corazón de
aquel hermoso animal. Los silvestristas rodearon a Bucéfalo y Ana
subió a su Yegua y se alejó corriendo.
-
El último que llegue es un burro. Dijo Eulises imitando lo
que hacía Ana.
¡Carrera de Caballos tocayo! Gritó Bernardo Talo a
Bernardo Otalvarez.
Todos corrieron a sus monturas para intentar seguirlos, pero fue
inútil, solo Silvestre alcanzó a correr a toda prisa detrás de Ana y
Eulises.
-
¡NO ANA NO CORRAS! Gritó Silvestre. ¡ANA!
Pero Ana no se detuvo, dio rienda suelta a la yegua, la cual veloz
como un rayo, le dio la sensación de libertad que tanto disfrutara
Ana en tiempos lejanos.
-
¡Vamos Catira seamos libres! Dijo Ana a la Yegua.
El animal parecía dorado, ya que, los rayos del sol se posaron en
su pelaje. Ana con sus cabellos negros al viento, se sintió como
toda una amazona. Había tomado mucha ventaja al arrancar a
correr de primera.
-
¡EULISES HAY QUE DETENERLA! Gritó Silvestre.
¡QUÉ PASA!
562
-
ESA YEGUA SE VA A DESBOCAR, LA CATIRA SE ME
DESVOCÓ LA OTRA VEZ Y CASI NO PUDE CON ELLA.
La catira era un yegua que solo montaba Silvestre, ya que
Eulises, le tenía esos dos caballos para sus visitas a Villavicencio,
y no estaba al tanto que se desbocara. Eulises entendiendo el
gran peligro que ello representaba, corrió con su yegua a todo
galope seguido por Silvestre y Bucéfalo. Pero en la carrera solo
Bucéfalo se igualaba a la Catira.
Cuando Ana alcanzó a ver la casa, intentó frenar la yegua, pero
no pudo, el animal no le obedeció, por más que dejó de talonearla
y haló de las riendas el animal hizo caso omiso.
-
-
¡OH POR DIOS! ESTÁ DESBOCADA. Gritó Ana al entender
que nada de lo que ella hiciera detendría la yegua dorada.
Apretó las piernas al vientre del animal y se sujetó
fuertemente a la brida, intentando en balde que parara.
Pasó a toda velocidad por la casa como alma que lleva el
diablo y temió lo peor.
¡SE VA A MATAR! Gritó el capataz al verla pasar y corrió en
búsqueda de un caballo.
Silvestre con el corazón en la boca llegó hasta la cola de la Yegua.
Apretó el paso y alcanzó a correr al lado de Ana.
-
¡NO PUEDO DETENARLA! Gritó Ana.
LO SÉ, SUJETATE FUERTE. Gritó él.
Silvestre en el galope se acercó y tomó la rienda de La Catira e
hizo que Bucéfalo fuera frenando, lo que hizo que la Yegua dejara
de correr. Poco a poco el gran semental logró que Catira se
detuviera. Silvestre desmontó y agarró a Ana en sus brazos.
-
¿Estás bien? Dijo al sentirla temblar.
Pensé que me mataría. Dijo Ana sollozando. No entiendo
qué le pasó.
563
-
Ella es así, cuando vas llegando a casa no se le puede dejar
correr, porque después no hay quién la pare, debía
advertírtelo. ¡Dios Santo! Me has dado un buen susto.
Se abrazaron desesperados el uno al otro. “No puedo perderte
Ana” pensó Silvestre. Pero no le dijo nada. Cuando Eulises y el
Capataz los alcanzaron, ya La Catira estaba calmada sudando a
mares. De regreso a la finca. Silvestre prefirió que Ana regresara
con él, así que la subió a Bucéfalo y él se sentó en los cuartos
traseros del animal. Ana permaneció pegada al pecho de Silvestre
sin decir palabra alguna. “Me salvaste, me salvaste” era lo único
que se repetía la muchacha una y otra vez, mientras podía
escuchar el acelerado corazón del hombre que amaba de una
forma inexplicable. Hermético tal vez a los ojos de los hombres,
porque ante los ojos de Dios, aquel cariño solo tenía un nombre
“Amor”.
564
ESA MUJER
El muchacho de cabellos oscuros y ojos amarillos, había elegido
una silla desvencijada en medio de la barra de un bar de mala
muerte, donde un cantinero de barba rojiza, fumaba un cigarrillo,
mientras le servía una cerveza. Andru lo observó sin interés,
como si volviera a ausentarse en sus pensamientos, recordando a
“Prometeo” el encadenado de los dioses griegos, así se sentía, un
ser que lo entrega todo, y es castigado por dar en exceso.
Un hombre que apenas podía sostenerse en pie, intentó meter
una moneda de quinientos pesos en un aparato antiguo de
música, una enorme caja metálica de la cual salió un lamento.
“José Alfredo Jiménez” Pensó Andru, y de inmediato reconoció la
canción que deseaba el borracho, “Ella”.
Bebió un sorbo de la cerveza, calmando el estupor de la tarde,
Villavicencio al igual que Valledupar era tierra caliente, pero en
aquella cantina el calor se concentraba en el cuerpo de Andru. Se
sentía desorientado, llevaba dos días en la ciudad sin poder
encontrar a Ana, ni a ningún silvestrista que pudiera darle razón
de ella. Era como si el silvestrismo se escondiera de él. El
hombre de la música insertó nuevamente una moneda de
quinientos pesos, y colocó una canción lastimera, donde el
cantante declaraba haberse caído de una nube. “Cornelio Reina”
Pensó Andru.
-
Otra cerveza. Dijo al cantinero.
El hombre de las rancheras, se sentó y apoyó la cabeza sobre la
mesa y allí se quedó dormido.
Cuando Andru llevaba algo más de ocho cervezas, se levantó de
la silla y fue al aparato antiguo, para su sorpresa la maquina
señalaba canciones de Silvestre, y sin escoger mucho, introdujo
una moneda de quinientos pesos. Al azar sonó una canción
sencilla, y volvió a su puesto en la barra. “Fabiola” Pensó. Por
565
muy doloroso que fuera su recuerdo, esa canción le recordó a
Fabiola.
“Y Esa mujer, persigue el momento en que mejor
me va, he tratado de huir y aunque lejos estoy,
alguien me recuerda lo linda que está.”
Nuevamente se puso en pie, fue hasta la maquina e introdujo
varias monedas de quinientos pesos, la canción se repitió varias
veces. Andru Esteban empezó a tararearla.
A su lado un hombre alto y de cabello claro giraba una moneda
dorada sobre la barra, inmutable, sumergido en sus propios
pensamientos. De vez en cuando llevaba a sus labios un vaso que
contenía un líquido amarillento. Andru quiso compararlo con algún
personaje de las historias que tanto leía en el valle, pero fue
imposible concentrarse, el alcohol contenido en las cervezas, le
dispersaba las ideas, solo el rostro de una mujer hermosa se
mantenía en su pensamiento.
-
-
¿Usted podría decirme dónde encuentro en este pueblo
decadente a los silvestristas? Preguntó Andru Esteban,
cuando ya había perdido la cuenta de las cervezas.
Podría. Respondió el hombre.
Dígame entonces. Dijo Andru.
No la busques. En la vida todo es un círculo, ella regresará.
La respuesta del hombre le hizo un nudo en la garganta.
“Ella” pensó Andru, sintiendo temor de que “ella”
regresara.
¿Cuál? Peguntó Andru.
La que elijas. Contestó el hombre.
¿Cómo lo sabe? Murmuró el joven.
La canción que has colocado como diez veces, habla de dos
mujeres, es obvio que esperas el regreso de cualquiera de
ellas, la que te ha lastimado y la que está por dejarte.
El hombre hablaba como si se tratara del tiempo o de alguna
noticia trivial y sin importancia, pero convencido de que tenía la
566
razón en cada una de sus palabras. Dejó de girar la moneda
dorada y la metió en un bolsillo de su camisa blanca.
-
¿Usted cómo se llama señor? Preguntó Andru un poco
mareado por las cervezas.
- Durante muchas vidas me han llamado “El Mago”, tanto
así, que ya no me importa mi nombre.
- Yo soy Andru Esteban Virviescas. Pero tal vez tampoco
tiene importancia.
- Son solo nombres. Muchacho dime algo sobre ellas, de qué
color son sus cabellos. Preguntó El Mago.
- Una lo tiene cobrizo; y la otra, lo tiene negro como el
azabache. Contestó Andru pidiendo una cerveza más.
- El mal y el bien, siempre es igual. Murmuró El Mago. Las
dos son hermosas, porque el hombre se siente atraído por
la belleza, una te mordió la mano y la otra no sabe amar.
- Usted sabe mucho de mujeres por lo que veo.
- Muchacho entiende algo si quieres entenderlo, la mujer por
la cual el hombre se desvive, es por la que más mal le ha
tratado, y la que desea amar no sabe corresponderle, de lo
contrario la primera ni existiría en recuerdos.
- Hablas como en mis libros. Murmuró Andru.
- Ellos lo contienen todo ¿Por qué te extrañas?
Cuando Andru quiso responderle, El Mago ya no estaba. El
borracho había despertado y el cantinero le pasó la cuenta.
-
Está amaneciendo muchacho, voy a cerrar. Dijo el hombre
del bar.
Andru Esteban salió a la calle desierta algo desorientado, caminó
sin prisa, y en su camino al hotel no encontró más que a un perro
negro de ojos amarillos que lo observaba desde una esquina.
Cuando se lanzó sobre la cama de la habitación, algo dentro de sí
le golpeó el pecho, no pudo contener por más tiempo todo lo que
emergía de su alma. Y lloró de rabia por esa mujer. ¿Cómo
pudiste? ¿Desde cuando me engañabas?
567
En sueños, Andru tenía en la mesa dos cajas, una blanca y una
roja, se sentía emocionado por los regalos que había recibido, y
tenía curiosidad por saber quién los había enviado. Pero las cajas
no tenían remitente. Decidió destapar la caja blanca y encontró
solamente una rosa roja, cuando la tocó sus espinas se le
clavaron en las manos, y varias gotas de sangre brotaron. Se
llevó los dos dedos a la boca y sintió el escozor que produjeron
las heridas. Cuando destapó la segunda caja, se sintió
desconcertado, en ella había un títere, un payasito de sombrero
azul y mirada alegre lo observaba. Aquel juguete le alegró el
alma, pero no sabía quién había enviado los regalos.
-
Elije. Dijo una voz. Andru observó aquellos ojos azules
grisáceos, los ojos de Luisana, su mamá estaba delante de
él, pidiéndole que eligiera una de las dos cajas.
Mamá. Murmuró Andru.
Elije una caja.
Andru sin entender para qué quería que eligiera, tomó la caja
roja, tomó en sus manos al muñequito de madera entre sus
dedos, cuando todo se volvió Oscuridad. “Jamás regreses al
Guatapurí o estarás muerto.” Dijo un susurro al oído. Andru
despertó al escuchar esta voz, su corazón latía a punto de salirse
del pecho. De pronto una punzada insoportable no lo dejó
recordar qué había soñado.
- No volveré a tomar en mi vida. Dijo Andru Esteban sujetando su
cabeza. Ni una gota más. La luz rojiza del sol de Villavicencio se
coló por su ventana. “Está atardeciendo, así nunca voy a
encontrar a Ana, perdí todo el día durmiendo”. Pensó.
“No la busques. En la vida todo es un círculo, ella regresará”.
Murmuró Andru recordando las palabras de “El Mago”.
568
CHIMUELO
Mientras la carne de ternero se doraba en la hoguera, Dallys
observaba a Silvestre conversando alegremente con los
silvestristas, todos insistían en que les relatara cómo había
logrado frenar la yegua, que estuvo a punto de derribar a Ana.
Todos se habían asustado mucho y no paraban de preguntar
acerca del incidente. Dallys no podía quitarle la mirada de
encima. “En la tarde estará muy lejos de mí, sabrá Dios cuándo
vuelva a verlo” Pensó.
De pronto vio en los árboles una bola de pelo negro, se asustó al
verlo, pero entendió que no era más que un gato pequeño en un
matorral. Se acercó, el gato maullaba insistente llamando a su
madre. La muchacha lo cargó en sus brazos tratando de calmarlo,
pero el animalito se erizó y mostró los dientes.
-
-
No tengas miedo pequeño. Dijo Dallys.
Debe tener hambre, dale un poco de carne. Dijo Silvestre
que se encontraba a sus espaldas. Dallys sintió cómo una
punzada se le clavó en el corazón, al darse la vuelta, el
muchacho de ojos amarillos la miraba fijamente.
Debes de darle de comer, está muy flaco. Dijo Silvestre.
¿Cómo se llamará? Preguntó, y una enorme sonrisa brotó
sincera.
No lo sé. Contestó Dallys.
¡Chimuelo! Te llamarás Chimuelo. Dijo Silvestre tomándolo
por el pelaje. Le dio a comer un trocito de carne, que
Chimuelo engulló inmediatamente.
Sí, tiene hambre. Dijo Dallys sonriendo.
Silvestre alimentó a Chimuelo y lo sostuvo sobre su regazo,
mientras conversaba con todos a la vez y acariciaba a Chimuelo.
Dallys, deseó por un instante ser aquel gato, para poder sentir en
sus cabellos, aquellas caricias. “Soy tonta, él jamás va a tocarme
el cabello”. Pensó.
569
-
Dallys. Dijo Silvestre.
Dime Silve. Contestó ella sonriente.
¿Cuidaras a Chimuelo? Me gustan sus ojos azules ¿Te
quedarás con él?
Sí, claro, me encantan los animales. El corazón de la
muchacha se aceleró.
Silvestre se acercó a Dallys, le entregó a Chimuelo, le dio un beso
en la frente y le acaricio el cabello. “Cuídalo bien, es un buen
gato, te traerá buena suerte” Dijo Silvestre. Dallys se abrazó a su
pecho, él la había tocado con ternura, él entendía su cariño de
fan.
Alzó a Chimuelo, el cual maulló para ella con algo de pereza. Por
muy extraño que parezca, Dallys se erizó al oler a Chimuelo, era
como si el aroma de Silvestre se hubiera impregnado en el gato.
Acercó a Chimuelo a su nariz, y comprobó que el animal no olía a
gato como era de esperarse. “Me estoy volviendo loca, o
Chimuelo en realidad huele a Silvestre” Pensó la muchacha, y por
miedo de que no lograran entenderla prefirió no decir nada.
-
Será un secreto entre tú y yo Chimuelo. Eres un regalo, el
regalo más hermoso del mundo, desde ahora serás un gato
silvestrista. Y diciendo esto, se quitó la pañoleta roja de la
cabeza y envolvió en ella a su querido Chimuelo.
570
571
HASTA PRONTO
Despedir a Silvestre
no fue fácil para los silvestristas, Milena
estaba inconsolable, Angélica no dejaba de morderse las uñas,
Camila no quería soltar al ídolo, Bernardo Talo tomó fotos como
loco, Las Chicas Silvestristas, Los Silvestristas de Bogotá y Los
Llaneros no paraban de abrazarlo y agradecerle la oportunidad de
conocerlo. Silvestre sonreía a todos y con toda la paciencia del
mundo se despidió uno a uno, dándoles las gracias por el cariño,
por ser silvestristas y por apoyarlo de aquella forma tan especial.
Ana se mantenía a distancia en total silencio. Cuando Eulises
comenzó a pitar en la camioneta los chicos entendieron que
debían decir ¡Hasta pronto! Y lo dejaron marchar. Ana lo
aguardaba del lado de la puerta del copiloto para despedirlo, tenía
lágrimas en los ojos.
-
-
¿Por qué me vas a despedir con lágrimas Ana? Preguntó
Silvestre.
Porque cada día me es más difícil decirte adiós.
Pues, no me digas esa palabra, dime hasta pronto y no
llores más, no me gusta verte llorar, lo sabes. Vamos dame
una sonrisa. Dijo Silvestre tocando su rostro para secarle
las lágrimas. Nos veremos pronto, ya verás, siempre eres
tú la que aparece por arte de magia.
¡Te amo! Dijo ella.
¡Te amo! Dijo él.
El cariño sincero que se tenían, solo lo entendían ellos dos. Él se
sentía querido, amado por cada uno de sus seguidores, para ellos
era incansable, dispuesto a una sonrisa radiante cansado o no, les
entregaba en cada momento lo mejor de sí. Ella había aprendido
que su sentimiento era idéntico al de cualquier silvestrista, y ese
cariño era el que hacía que los sintiera como hermanos. Ana
572
estaba decidida a conocer puerta por puerta a cada silvestrista,
quería dedicarse a ese cariño por entero.
-
-
Quiero conocer los silvestristas de cada ciudad, de cada
pueblo. Dijo Ana.
Pues hazlo. Dijo Silvestre. Si es posible en tu camino,
entrégales un poquito de mi, diles que los amo, que me
hacen sentir vivo, y que trabajo para darles mi corazón. Sé
que tarde o temprano volveré a verte, porque mientras tú
seas mi fans, la vida te traerá de vuelta a mi lado, todas
las veces que sean necesarias, y yo te esperaré como
siempre, con una canción para ti. Silvestre tomó la mano
de Ana y le dio una pequeña cajita.
¿Qué es? Preguntó ella.
Ábrelo al atardecer. Dijo él.
¡Hasta pronto Silvestre! Dijo Ana sonriendo.
¡Hasta siempre Ana! Dijo Silvestre.
Ana se quedó allí de pie, viendo como Silvestre y Eulises, se
alejaban en la camioneta, ella se acarició los labios, sintiendo aún
el calor de un hermoso beso de despedida.
573
LA CADENITA
Los
silvestristas pasaron la tarde quejándose de no tener
Internet, de estar en un lugar donde no había forma ni manera de
subir a las redes sociales, cuanta foto habían obtenido, la finca “El
Delirio” estaba tan apartada de todo, que los muchachos
perdieron horas intentando pescar señal. Bernardo Talo se subió a
un árbol intentando encontrar señal para su teléfono, y todo fue
inútil. Ana quiso en varias oportunidades abrir la cajita roja que
Silvestre le había dado antes de irse, pero no tuvo fuerzas para
hacerlo, su corazón de fan estaba dolido ante su ausencia.
-
-
Ana, puedo sentarme contigo. Pregunto Sara.
Claro Sarita siéntate.
Ha sido maravilloso verlo ¿No crees? Preguntó la joven.
Ha sido increíble.
Me pregunto si volveremos a verlo pronto. Murmuró Sara.
No te pongas triste, siempre volveremos a verlo, cerca o
lejos, en televisión o por el periódico, por redes sociales o
videos, Silvestre siempre encuentra la manera de darnos
su cariño.
¿Tú lo amas Ana?
Sí, lo amo.
Yo también lo amo. Dijo Sara.
Eso dice Luisa, que todas lo amamos, que es normal.
¿Y tienes novio?
Estamos algo molestos por ahora. Dijo Ana sintiendo un
golpe en el pecho al recordar a Andru Esteban.
¿Y cómo es él?
¿Andru? Pues tiene los ojos amarillos como Silvestre,
aunque no le cambian de color, pero son igual de
hermosos. Es complaciente y tolerante, divertido. No he
conocido un hombre que me haga reír tanto como él, pero
lo que más me gusta, es la forma en que ama a su familia
y a sus amigos, sus ojos brillan cuando habla de ellos. ¡Ay
Sara! Si vieras lo bonito que se ve cuando está al lado de
574
-
un acordeón, el vallenato es parte de él, no es silvestrista,
no como nosotros, pero el amor que siente por la música
vallenata en general, hace que lo adore.
Ojala algún día me enamore como estas enamorada de ese
muchacho. Dijo Sara abrazándola. Se te ilumina el rostro
como cuando estas cerca de Silvestre.
Luisa y Las Chicas Silvestristas prepararon al atardecer la cena,
por lo que el escándalo de la cocina no fue normal. Aún se
esperaba que llegaran dos silvestristas muy importantes, así que
todos estaban atentos mientras charlaban. Ana fue a sentarse
sola en un lugar apartado, donde no la interrumpieran, el sol ya
se ocultaba, el cielo estaba enrojecido, y Ana sintió que ese era el
momento que Silvestre le había pedido para que abriera el regalo.
Ana lentamente destapó la cajita roja, sus manos temblaron de la
emoción, Silvestre le había dado un símbolo. La muchacha
estrechó contra su pecho una hermosa cadenita de acero, de ella
pendía un dije que ella conocía bien, el símbolo del amor eterno.
Dos lágrimas brotaron de sus ojos negros, Ana al atardecer de
aquel día, sintió que jamás sentiría nada igual por otra persona.
-
¡Una libélula! Susurró Ana. Una libélula al atardecer. Dijo,
recordando la historia de amor entre Kennel y Julia. Desde
ahora será mi amuleto. Dijo la muchacha al colocársela. Ya
que al parecer el amuleto de Danielita, no piensa volver a
aparecer.
Ana tenía un amuleto al cual le pedía deseos, pero una noche el
amuleto desapareció como por arte de magia, por más que lo
había buscado, el muñequito rojo no aparecía. Ahora tenía en su
cuello una libélula. “Jamás me la quitaré.” Pensó al tocarla.
575
CABALLO VIEJO
Silvestre
contemplaba por la ventana de la camioneta los
árboles del camino. Eulises manejaba y colocaba canciones
llaneras que subía o bajaba de volumen para hacer algún
comentario sobre los silvestristas.
“Cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da
de cuenta, el carutal reverdece y Guamachito florece y
la soga se revienta. Cuando el amor llega así de esta
manera uno no se da de cuenta, el carutal reverdece y
Guamachito florece y la soga se revienta. Caballo le
dan sabana porque está viejo y cansao pero no se dan
de cuenta que un corazón amarrao, cuando le sueltan
la rienda es caballo desbocao…”
La canción se le antojó la más hermosa, de todas, y fue esta vez
él quien subió el volumen. Recordaba perfectamente al cantante
que la interpretaba y que era el compositor de la misma. Un
venezolano muy querido en todo el mundo, Simón Díaz. Silvestre
ya había perdido la cuenta de las distintas versiones que había
escuchado de Caballo Viejo, una melodía que era herencia de un
pueblo guerrero, que desde los inicios del tiempo luchaba y lucha
incansable por sus sueños.
“Cuando el amor llega así de esta manera, uno no tiene
la culpa, quererse no tiene horario ni fecha en el
calendario cuando las ganas se juntan”.
Ana era venezolana, y el muchacho de los ojos amarillos no pudo
menos que colocar la canción tres veces y recordarla como la
primera vez que la vio, ella estaba entre varias jóvenes
venezolanas que lo habían esperado durante horas en un
aeropuerto de ese país. Varias imágenes pasaron por su mente,
no solo de Ana sino de muchas fans, entendiendo la canción del
poeta, que explicaba el amor y los sentimientos, como cuando un
caballo se desboca, así como La Catira.
576
Ahora viajaba a seguir con su vida de artista, no había tiempo
para nada más que no fuera llevar alegría a sus silvestristas, se
sintió como el caballo viejo, una sensación que hace algún tiempo
había sentido y que le inspirara varias canciones. “… uno no tiene
la culpa...” pensó.
577
LAS SIRENAS DE SOL Y LUNA
Esa noche, Ana dejó temprano la cocina donde los silvestristas
compartían los acontecimientos recientes con Silvestre a la luz de
las velas, al no existir señal telefónica, ni nada que los distrajera,
podían conversar, reír y soñar aunque ya sus teléfonos no
tuvieran batería, podían ser tan normales y amigables como fuera
la humanidad en otro tiempo. La mamá de Camila y su abuela no
llegaron como había dicho Eulises, así que decidieron cenar
temprano, lo que suponía un fuerte bullicio de camaradería. Ana
se subió a su hamaca y dejó que el vaivén de la misma invocara
el sueño temprano, no quiso pensar, trató de tener su mente en
blanco y simplemente dormir.
Ana se vio ante un sol enorme de tamaño jamás visto, era
intenso y apenas si podía abrir los ojos, un río fluía a sus pies y el
viento le alborotaba la cabellera negra, pensó que estaba
soñando pero no quiso despertar, el olor era inconfundible, estaba
en el valle, aquél río era el Guatapurí aunque el sol hubiera
aumentado de tamaño. “Ven Ana, ven” una dulce voz la llamó
invitándola a adentrarse en el río, las aguas estaban cristalinas, y
danzaban al son del viento. Utilizó las manos a forma de visera,
pero no pudo ver quién la llamaba. De pronto escuchó una
melodía, un canto de mujer y se sintió profundamente atraída por
las aguas. “No lo hagas, no en jueves santo” Dijo otra voz, igual
de dulce a la primera.
De pronto emergió una Sirena de piel dorada, cabellos rojizos y
ojos claros, la luz del sol enorme se posó en cada hebra de sus
cabellos, y la Sirena brilló como si el sol y ella fueran uno solo.
“Ven, ven, ven” cantó aquel ser de otro mundo.
Ana sintió miedo, los ojos de la sirena se encendieron en fuego.
La muchacha dando un paso atrás cayó en tierra y todo se
oscureció. Una luz plateada, brillante en lo alto y de un tamaño
descomunal, iluminó con rayos plateados las aguas del Guatapurí.
A su lado una sirena de cabellos oscuros y ojos azules, de mirada
578
serena se peinaba la larga cabellera con ternura. “Ana por lo que
más quieras no regreses, si regresas morirás. Si mueres, mi hijo
va a seguirte, aléjense del Valle, La Sirena Dorada quiere una
compañera, te quiere a ti.” Dijo Luisana. Y los ojos azules de la
sirena de la luna le quemaron el alma a Ana.
La muchacha despertó en la oscuridad de la noche, se tocó el
rostro y secó las lágrimas. “Andru, tengo que encontrarlo, todo
sucede de nuevo, estos sueños son como los del duende. Jamás
regresaré al Guatapurí, pase lo que pase, jamás regresaremos
allí.” Pensó Ana.
579
LA LAGUNA
Al amanecer Las Chicas Silvestristas se arreglaron para salir a
montar a caballo, esa mañana tenían planeado ir a pescar a la
laguna, el capataz de la finca, Camilo, en ausencia de Eulises,
hizo todos los preparativos. Ana aún permanecía en su hamaca
con los ojos como platos, por más que insistieron que le
arreglara, no movió ni un dedo. Luisa y Milena se subieron a la
hamaca, animándola a que se alistara para ir de paseo. Yina
Isabel y Eileen se sumaron a animar a su amiga, pero cuando
Maria Alejandra, Greys, Mayra y Wendy intentaron subirse
también, el lazo del cual estaba amarrado uno de los extremos de
la hamaca se rompió, lanzándolas a todas al suelo. El golpe fue
sordo, pero los gritos y las risas no se hicieron esperar. No podían
levantarse de tanto reír.
-
Esta bien, me convencieron, vamos a pescar. Dijo Ana
levantándose con la mano en la columna. Ustedes son muy
convincentes.
Todos montaron los mismos caballos que el día anterior, a Julian
le tocó su caballo pequeño, al cual le llamaba burro. Bucéfalo y La
Catira permanecieron en la caballeriza y a Ana le asignaron una
yegua blanca pequeña, no tan bonita como La Catira, pero de
caminar tranquilo, la muchacha se sintió cómoda, y así todos
partieron rumbo a la laguna. Los Silvestristas llaneros
acostumbrados a montar a caballo, trotaron un poco a sus
caballos, mientras que los de Bogota y Las Chicas Silvestristas no
tomaron riesgo alguno.
-
¿Ana, te sientes bien? Preguntó Dallys acercando su caballo
a la yegua blanca.
Estoy bien. Dallys. ¿Qué tal Chimuelo?
Chimuelo está muy bien, lo dejé en una cajita dentro de la
habitación de Eulises hasta que regresemos. Pero te vez
pálida Ana ¿Qué te pasa?
580
-
Pesadillas, solo eso, dormí algo incomoda.
¿Qué soñaste? Preguntó la muchacha.
¿Sabes sobre sueños? Preguntó Ana.
No, no se nada, pero tal vez ayude si lo cuentas.
Casi no recuerdo lo que soñé. Mintió Ana.
Bueno, debes estar tranquila, son solo sueños. Una enorme
sonrisa brotó de los labios de Dallys, portaba en sus ojos el
brillo inconfundible de un silvestrista.
Los silvestristas Sara Ramírez, Bernardo Talo, Fideangeli, Jeison
Montoya, Laura Tovar y Jessica Gelviz, fueron los primeros en
llegar a la laguna al lado del capataz. Cuando desmostaron de sus
caballos Angélica, Carolina, Julian, Dayana Barrios, Daniela
Bendeck, Maria Silva, y Bernardo J Otalvarez, solo faltaban Ana y
Dallys que se rezagaron hablando por el camino. Todos recibieron
carretes y nailon con anzuelos y carnadas para los peces. Las
chicas Silvestristas no sabían ni lanzar el anzuelo al agua, así que
al llegar Ana en su yegua blanca, los encontró enredados y
sonrientes.
-
Ustedes son un desastre. Dijo Ana. Que pena con los
llaneros.
Los silvestristas se ayudaban mutuamente los que sabían pescar
intentaban enseñar a los que no tenían idea como lanzar el
nailon. Para sorpresa de todos, Ana tomó un carrete, anzuelo y
carnada, se apartó de los muchachos y lanzó su anzuelo dejando
correr el nailon. En silencio y templando un poco el nailon como
esperando que el pez picara.
-
¡Si ven! Dijo Julian, que bella se ve una mujer pescando,
aprendan carajo, así se hace.
Las muchachas intentaron imitar a Ana, y todos aguardaron
silentes a que los peces murieran por la boca al morder el
anzuelo. El Nailon de Ana se templó “Rafael” pensó. “Hay cosas
que nunca podré olvidar”. Haló fuertemente su nailon y con
581
rapidez comenzó a arrastrar lo que traía el anzuelo, los
silvestristas gritaron de alegría al ver que venía un pez. Cuando
Ana lo sacó del agua, le dio dos golpes contra una piedra y era
pez muerto. Los gritos se dispararon por todas partes, algunos
peces había mordido sus anzuelos, y las chicas silvestristas
necesitaron ayuda para intentar sacar los peces, que aunque eran
pequeños, no sabían cómo sacarlos. Milena fue perseguida con un
cuchillo por Julian, ya que la chica al sacar el pez, sintió miedo y
salió corriendo y gritando sin soltar el nailon, y el pobre Julian
intentaba matar el pez. Fue una mañana divertida donde todos
quedaron oliendo a pescado y empapados hasta los huesos. El
capataz y Ana fueron los únicos en no mojarse, pero todos los
demás fuera por ayudar o por error terminaron metidos en la
laguna.
Al medio día ya estaban de vuelta, muertos de hambre y para
sorpresa de todos, alguien estaba en la cocina, porque de la
chimenea salía humo.
-
Mi mamá y mi abuela llegaron. Dijo Camina apurando el
paso.
Cuando llegaron los silvestristas, Camila ni respiraba para hablar,
contando a sus familiares lo increíble que había sido ver a
Silvestre montando a caballo.
-
Ana ella es mi mamá, y esta es mi abuelita Luz Elena,
aunque te parezca increíble, las dos son silvestristas como
tú y como yo.
Soy Paula. Dijo la mamá de Camila, dándole un fuerte
abrazo.
Llámame Abu. Dijo la abuela de Camila guiñando un ojo.
¿En realidad son silvestristas? Preguntó Milena sorprendida
de que hija, mamá y abuela fueran fans de Silvestre.
¡Lo somos! Dijeron al unísono.
Vengan a comer todos, ya el almuerzo está listo. Dijo la
Abu. Los pescados los dejamos para la cena. El acento
582
marcado de la abuela, le agradó a Ana “Antioqueñas, curios
acento”. Pensó.
Ana vio en Paula a alguien muy especial, era una señora alta de
cabellos dorados y hermosa sonrisa. “Siento que seremos grandes
amigas.” Pensó Ana. Y el olor de la comida le levantó el ánimo,
haciéndola olvidar sus pesadillas por el momento.
583
LA VIDA ES UN CIRCULO
Al regreso de Eulises, los silvestristas rogaron ir a Villavicencio
para comunicarse con sus familiares, todos solicitaron con
clemencia ser llevados a la civilización. El silvestrista no había
llegado solo, cuando iba rumbo a la finca “El Delirio”, había visto
a una muchacha vestida de rojo, inmediatamente supo que era
Silvestrista. Cuando ella le dijo que era Daya Barraza, una de Las
Chicas Silvestristas, que había viajado desde Barranquilla, no
dudó en llevarla hasta la hacienda, donde sus amigas la
recibieron con gritos de alegría al ver que había logrado llegar
sana y salva. La joven sencilla y de mirada franca, lamentó
profundamente no haber llegado antes, se había perdido ver a
Silvestre. “Llegará mi momento” Pensó la joven, al ver la alegría
que reinaba en el alma de cada silvestrista.
-
-
¡Todos a bordo! Dijo Eulises, y tres camionetas rusticas se
llenaron para llevarlos a la llamada civilización. Al llegar a
Villavicencio se dispersaron buscando lugares para cargar
sus celulares, otros, locales con Internet, y solo Ana y
Eulises prefirieron tomarse una cerveza para el calor.
Silvestre te manda una carta. Dijo Eulises, tomando un
sorbo de su cerveza, entregó en sus manos un sobre
blanco sin destinatario ni remitente.
Ana sintió que su corazón se golpeaba contra las paredes de su
pecho. Intentó no sonrojarse, pero fue inútil, era la primera vez
que su ídolo le correspondía con una carta. Aquello fue un golpe
duro para los recuerdos que día a día iba acumulando en su
mente. “Mi seguidora y yo” Pensó Ana, recordando una canción
antigua que interpretaba Silvestre.
-
Gracias amigo.
¡Él te quiere Ana! Dijo Eulises.
Si, claro, como quiere a todos sus fans.
¡Te dije ya! Dijo Eulises brindándole una hermosa sonrisa.
584
-
Iré a caminar un rato por la ciudad. Dijo Ana. Prometo no
alejarme.
Entiendo que quieras estar sola amiga mía. Aquí estaré
esperando a que todos vuelvan.
Ana caminó por las calles de Villavicencio con el sobre en las
manos, quería abrirlo, pero sintió temor de las palabras escritas
por Silvestre, siempre pensaba que en cualquier momento la
regañaría por algo. Era un temor por costumbre. Cuando era niña
siempre la regañaban por todo, siempre algo estaba mal y solo su
papá la defendía, escondiéndola de su mamá para que no le
pegara por romper algo. Siempre era hallada y el castigo llegaba
tarde o temprano, por eso Ana siempre esperaba que la
reprendieran, pero sin importar que eso sucediera, seguía
adelante con todo lo que hacía, creyendo en las órdenes que
emanaban de su pensamiento.
Lentamente rompió el sobre sellado.
Ana por lo que más quieras, no regreses al río
Guatapurí, soñé cosas extrañas y te soy sincero,
después de lo Teresa, me espero de la vida cualquier
cosa.
El Diario de un Silvestrista, el del duende, me da
vueltas en la cabeza. Creo que morirás si regresas a
la Sirena Dorada. Tengo un mal presentimiento. Sé
que en tu vida yo soy tu artista; y que tú eres la fan
que todo cantante desearía tener, constante,
desinteresada, alegre y soñadora, entenderás que por
nada del mundo quiero que te pase nada malo, ¿Me
585
entendiste? cuídate mucho. Recorre el mundo si lo
deseas, pero mantente a salvo.
Siempre tuyo
Silvestre.Ana leyó dos veces más la carta, recordando el sueño con las
Sirenas de Sol y Luna, y al igual que Silvestre, creyó firmemente
en sus sueños. Premoniciones o augurios, los sueños solían
advertirle las cosas, y ya no deseaba huir a su interpretación.
“Algo esta mal en esas aguas” pensó Ana.
Continuó caminando hasta que encontró lo que buscaba, un lugar
donde poder oír a Silvestre. La música emanaba de una gran
rokola, un aparato antiguo, donde por una moneda puedes
escuchar canciones. Prefirió sentarse en la barra, un hombre de
barba roja la atendió, explicándole que por 500 pesos aquella
máquina le daría la canción que quisiera. Ana pidió una cerveza
helada y se acercó a la gran caja plateada. El lugar se le antojó
más triste que decadente, pero al introducir la moneda y al
oprimir el botón 57, la voz que deseaba oír sonó.
“Ella es la misma, la que averigua siempre donde son mis
parrandas para llegar a verme, sin importarle nada. Y se sabe
cada una de mis canciones, y es inevitable que no se
emocione. Fue en una serenata, ay que nos conocimos y
después de ahí no la volví a ver, hasta que nos unió el
destino… ”
La sensación de tranquilidad le inundó el alma y se sentó en una
mesa destartalada al lado del artilugio musical. A esa hora el
calor era insoportable, así que la cerveza le espantó el calor. De
pronto Ana se sintió observada, no había notado a un hombre alto
en la barra del Bar. “Curioso, no lo vi llegar” Pensó Ana. “Por qué
me mirará.” Continuó escuchando “Mi seguidora y yo”, y guardó
en un bolsillo del pantalón la carta de Silvestre. Tomó otro sorbo
de cerveza y tarareó la canción. Ana colocó varias canciones de
586
Silvestre, pero cuando sonó “Esa Mujer” el hombre de la barra se
levantó y fue hacia donde ella estaba. Era un hombre pálido, de
mirada afable y cabellos claros.
-
Yo lo conozco. Dijo Ana. O nos hemos visto antes.
Tal vez en otra vida, pero no en esta. Contestó el hombre.
Soy Ana.
Soy El Mago.
Buen nombre entonces. Dijo ella brindándole una radiante
sonrisa. Usted me agrada.
- ¡Polaridades! Dijo El Mago.
- Vibraciones tal vez. Contestó Ana.
El Mago la observó detenidamente, como si quisiera explorar más
allá de sus ojos. Y sonrió levemente.
- Ahora entiendo. Murmuró El Mago.
- Soy una gran lectora, es todo amigo mío.
- Lectora y silvestrista.
- Sí, pero eso es obvio.
Ana se levantó, y por quinientos pesos más, la voz de Silvestre
reinó en aquel bar donde el tiempo no se veía pasar.
-
Hay un joven que te ha estado buscando. Dijo El Mago.
¿Cómo sabe que es a mí a quien busca?
Porque la vida es un círculo. Es simple. Andru se llama a
quien tú igualmente buscas.
Ana se quedó de pie, con los ojos como plato, aquel misterioso
hombre sabía sobre Andru.
-
¿Por favor Mago, dónde lo ha visto Usted? Preguntó
sorprendida.
En este mismo bar, escuchando las mismas canciones y
buscando a los Silvestristas.
¿Cuándo ha sido eso?
Hace dos noches. Dijo El Mago, tomando un sorbo del vaso
que sostenía en las manos.
¿Dónde puedo buscarlo?
No es necesario, en la vida no hace falta que busques Ana.
Lo sé, la vida es un círculo.
587
- Así es. Él vendrá a ti, y tú iras a él. Es simple.
Ana sintió el abrasador rubor de sus mejillas. “Andru esta en
Villavicencio, él está aquí.”
-
No me he acercado a ti para hablar de Andru. Quisiera
saber dónde te hiciste esas heridas de los brazos.
Ana se asustó creyendo que las heridas del duende volvían a
aparecer y se examinó los brazos, sin poder verlas.
-
¿Cuáles heridas? Preguntó ella con cautela.
Las mismas que has buscado y que no puedes ver. ¿Qué te
las ha causado?
Larga Historia. Dijo Ana tomando nuevamente asiento.
Quiero oírla. Dijo El Mago.
Ana sabía que estaba ante un filósofo, solo un hombre instruido
podría conocer los principios herméticos. Pero en su miraba
brillaba una luz diferente a la de cualquier ser humano. Estaba en
presencia de un ser sobrenatural. Un sabio, tal vez un alquimista.
¿Cómo puede ver mis heridas, si ya no están? Se preguntó Ana.
-
-
Hace algún tiempo. Dijo ella mientras pedía una cerveza
más al cantinero. Visité un lugar sagrado en la Sierra
Nevada de Santa Marta, en Nabusimake se presentó ante
mí un ser que ya no era de este mundo, un alma errante o
duende como comúnmente se les conoce, él intentó
llevarme, en dicha ocasión y según mis sueños, me
arrastró por el bosque y las ramas de los árboles me
causaron estas heridas que yo creía sanadas. Investigué
sobre su vida hasta hallar lo que quería de mi, lo ayudé a
encontrar a su esposa, un ancianita que solo aguardaba la
muerte. Cada vez que siento la presencia de alguien, puedo
verlas. No entiendo cómo puedes llegar a ver mis heridas.
Puedo verlas porque tu piel está marcada, al igual que tu
alma Ana, sobre ti pesan cosas que ni podrías imaginarte,
no es solo el amor el que te está buscando, si no la muerte
misma.
588
-
Todos debemos morir Mago, lo sabes, para eso nacemos.
Dijo Ana clavándose las uñas en las manos al apretar los
puños debajo de la mesa.
¡No tan Joven! Dijo tomando su mano. Ana existe alguien
que te desea, y no es un hombre.
¡Es una Sirena! Dijo Ana sin apenas creer lo que estaba
diciendo. Rosario Arciniegas, La Sirena de Hurtado.
Conozco el mito. Y también conozco los principios que rigen
el universo, si es posible que pase, pasará.
Era la segunda vez que alguien le refería esa ley de vida, primero
Luisa, ahora el nigromante. Ana cerró sus ojos queriendo
entender por qué aquellas cosas le sucedían, la música dejó de
sonar. Al abrir los ojos El Mago ya no estaba. Observó la calle y
sin sentir cómo, la noche había llegado. Pagó al cantinero, y fue
en búsqueda de sus silvestristas. ¿Cómo será en realidad el canto
de una sirena? Se preguntó Ana tocando su amuleto, la libélula
plateada que llevaba al cuello.
-
Qué hombre más enigmático. Primero mi sueño, luego la
carta de Silve y ahora este hombre que dice llamarse El
Mago.
Cuando Ana encontró la tienda donde había dejado a Eulises el
local estaba cerrado y ni rastro de sus amigos.
¿Será posible que no estén? Se preguntó la joven.
- ¡Ana! Dijo una voz.
La muchacha se volteó al reconocer la voz de él.
- ¡Andru Esteban, por Dios! Ana se arrojó a sus brazos.
El muchacho la abrazó, y sin que ella lo viera, dos gruesas
lágrimas brotaron de sus ojos amarillos.
589
YO SOY SILVESTRISTA
Andru se sintió a salvo al ver sus ojos, los días sin Ana solo
empeoraban sus obsesiones por la otra mujer. Percibió el
perfume de su piel de una forma sobrenatural.
-
No vuelvas a irte. Dijo Ana y su voz se quebró.
¡Nunca más! Dijo el muchacho rozando dulcemente sus
labios. ¡Ana, mí amada Ana!
Debemos hablar Andru, hay cosas que debo confesarte,
existen cosas que debes saber.
Por la otra calle permanece un café abierto.
¿Qué hora es? Preguntó Ana al ver la calle vacía.
Son las doce de la noche. Contestó Andru.
Ana no lograba comprender cómo las horas habían volado de
aquella forma, se sintió culpable de la angustia que debían de
estar pasando los silvestristas en ese momento. Se sentaron en
una mesa a las afueras del cafetín y la mesera les tomó el pedido,
al instante regresó con dos tazas enormes de café negro, bien
cargado.
-
Ana. Quiero disculparme. Dijo Andru tomando sus manos
entre las suyas.
No, Andru Esteban, escúchame todo lo que tengo que
decirte. Dijo Ana soltándose. No sé cómo explicártelo, o
cómo empezar, pero tienes que creerme. Cuando pensé
que morirías por la golpiza que te dieron, fui a media noche
al Guayapuri, al río donde está La Sirena Dorada, yo había
visto con anterioridad, un reflejo plateado en esas aguas,
incluso, soñé con una sirena de cabellos negros muy
parecida a la mujer que me describiste como tu mamá. Al
ir allí recé con todas mis fuerzas que te ayudara, no sé por
qué o cómo lo hice, solo fui a esas aguas a pedir por tu
vida. Tal vez creas que estoy loca, pero ella se me apareció
a la luz de la luna. Estoy convencida que esta sirena de
590
cabellos negros es tu mamá, me hizo una advertencia y me
exigió que me fuera de allí y que no regresara. Tu mamá
no se ahogó en el Guatapurí, ella no se suicidó cómo yo
pensaba que lo había hecho, ha sido La Sirena de Hurtado
que quiso una compañera y se la llevó. Ahora desea otra y
te juro que en sueños, puedo oírla llamándome.
Andru Esteban contemplaba el rostro angustiado de Ana. Él la
tocó tiernamente, y decidió decirle toda la verdad.
-
-
Ana, te creo. Dijo Andru.
¿Me crees?
Sí, te creo. Yo he visto a mi madre muchas veces, en mis
sueños, a esto me refería, cuando te dije que se la había
llevado La Sirena de Hurtado. La noche en que mi madre
desapareció, cuando nadé en las aguas del río buscándola,
vi un cuerpo mitad mujer, mitad pez, por eso te decía que
estaba convencido que esa noche mi madre había muerto.
¿Por qué no me lo habías dicho?
Por el mismo motivo que tú no me habías dicho nada, por
miedo a que pensaras que estoy loco.
No podemos volver a ese río Andru, jamás, bajo ningún
concepto.
Lo sé mi madre me lo ha dicho en sueños. Dijo Andru. Y si
existe algo que me han enseñado los libros, es que los
sueños te advierten las cosas, aunque no las entiendas.
Ana tomó un sorbo de café sintiendo que su alma se había
quitado la mitad de un peso invisible que la oprimía. Pero estaba
consiente que lo peor estaba por decirse.
-
No volveremos a ese lugar y nada malo pasará. Pero no es
solo esto lo que debo hablar contigo, es vital que entiendas
algo, Andru Esteban “Yo soy silvestrista.”
Eso ya lo tengo claro Ana. Dijo brindándole una hermosa
sonrisa.
591
-
No, no lo tienes. Es necesario que entiendas quién es
Silvestre Dangond.
- Es tu ídolo, tu artista.
- ¡NO! Por favor escúchame. Andru, él en mi vida es mucho
más que un artista, que un ídolo del vallenato, más que
alguien de quien yo sea fan. Silvestre es mi amigo, es
alguien especial en mi vida. Al inicio, solo me refugiaba en
su música, en su alegría, luego llené mi vida con el
silvestrismo, pero ahora es parte de mi misma, no voy a
detenerme, ser silvestrista me hace feliz, no es solo ir a los
conciertos, no es solo viajar y conocer a quienes sienten lo
mismo que yo, el silvestrismo es querer darles lo mejor de
mi. Nos hemos besado, pero han sido besos que no puedo
explicar, y no sé si puedas entender, la magnitud del cariño
que le tengo, el amor que él se ha ganado. Es un
sentimiento diferente al que siento por ti, y entenderé si no
puedes comprender mi alma, por eso lloraba aquella noche,
porque a ti te amo y a él, a él también lo amo, aunque de
forma muy distinta.
Andru guardó silencio, entendiendo que así como un pedazo de su
alma era de Fabiola, una parte de Ana siempre sería de Silvestre.
Y se sintió libre de culpas, libre de remordimientos.
-
Ana,
puedo
entenderte,
porque
en
mi
caso,
lamentablemente ese lugar de tu alma que ocupa Silvestre,
en mí, lo ocupa Fabiola, no la he olvidado, y aunque lo
nuestro está terminado, ella con todo lo mala que ha sido
conmigo, yo no he podido olvidarla.
Ana guardó silencio, aquella confesión espontánea de algo que ya
sospechaba le produjo una sensación de derrota “Nunca la
olvidará”. Pensó, buscando las palabras para asumir sus
verdades.
-
No tienes por qué obligarte a olvidarla. Querer a un amor
imposible o dañino no es nuestra culpa. Dijo Ana. No quiero
perderte por nada en el mundo, y así como yo acepto que
en tu corazón persiste el recuerdo de esa mujer, quiero que
aceptes que soy lo que soy. “Yo soy silvestrista.”
592
LA INVITACIÓN DE PAULA
Durante
horas habían buscado a Ana por todo Villavicencio,
nadie la había visto, era como si hubiera desaparecido, Eulises se
sintió culpable de dejarla andar sola por la ciudad, ya eran la una
de la mañana cuando sentados en las bancas de un parque se
reunieron todos los silvestristas, decididos a ir a la policía a
denunciar su desaparición.
-
Creo que llamaré primero a Silvestre, él debe saber que
Ana ha desaparecido.
- No lo hagas. Dijo Luisa, no lo preocupemos todavía, es
posible que se haya perdido solamente y nos esté
buscando en este instante. Regresemos a donde la viste
por ultima vez, y aguardemos unas horas allí, si no aparece
yo misma iré a la policía a interponer la denuncia.
Cuando se dirigían en las camionetas al lugar acordado, Eulises
vio a Ana en el café nocturno cercano a donde iban, frenó
repentinamente sintiendo que se quitaba un gran peso de encima.
Ana estaba con un muchacho tomada de las manos con él.
-
Ana por el amor de Dios, dónde estabas. Preguntó Eulises
en voz al alta al bajar de la camioneta.
Eulises, lo siento me distraje. Contestó agachando la
cabeza. La patrulla de silvestristas o el pelotón rojo,
descendió del vehículo y todos corrieron a interrogar a la
silvestrista perdida. Ana les explicó lo sucedido, aunque no
tenía sentido, y les presentó a Andru a los que aún no lo
conocían.
Es tarde debemos irnos a dormir. Dijo Luisa.
Luego de recoger el equipaje de Andru, se dirigieron rumbo a la
finca “El Delirio” fue una noche sin luna ni estrellas, la oscuridad
reinó a sus alrededores, Ana y Andru se quedaron dormidos en la
gran hamaca cercana al ventanal de cristal. Ella lo abrazó
593
sintiéndose tranquila, y él le correspondió estrechándola en sus
brazos, como defendiéndola de los peligros de la noche.
Eran las 7 de la mañana cuando Ana y Andru se acercaron a la
cocina, todos los silvestristas estaban alrededor de la enorme
mesa de madera con tazas de café en las manos.
-
¿Qué sucede? Preguntó Ana al ver el silencio que reinaba
en la cocina.
Ana, estamos estudiando de nuevo la ruta. Dijo Milena.
¿Pero por qué? No se supone que de aquí partiremos a
Montería. Dijo Ana sirviendo café para Andru y para ella.
Hemos sido invitados a Santa Elena en Medellín. Dijo Luisa
sin dejar de observar el gran mapa de Colombia en la
mesa.
Les aseguro que no se arrepentirán. Dijo Paula. Así
conocerán la ciudad de la eterna primavera.
Aquellas palabras sonaron mágicas en los oídos de Ana, si algo
adoraba en la vida la silvestrista era el mes de abril, y si ese mes
era eterno en Medellín, la invitación se le antojó oportuna. Paula
les explicó que existía un lugar mágico en Medellín, y que si se
apresuraban a ir, alcanzarían “El concierto de Luna” que se
celebra una vez al mes en Santa Elena. Todos a favor y todos en
contra como de costumbre, el dinero solía ser un tema de gran
pesar para los silvestristas.
-
Ana no te preocupes, yo me encargaré de sus gastos,
vayan y conozcan, luego podrán seguir la ruta. Dijo Eulises.
Yo le avisé a Maria Clara que estábamos bien. Dijo Luisa.
Pero deberemos informarle el cambio de planes, saben que
detesta que no le digamos las cosas. Cuando le relaté
nuestro encuentro con Silvestre, tuve que colgar varias
veces, pues no dejaba de gritar.
“El concierto de luna” fue todo lo que Ana había escuchado, los
pormenores del viaje la tenían sin cuidado. Paula explicó que una
noche al mes, la gente se reúne alrededor de una fogata en
594
medio del bosque, allí van músicos de todas partes y los sonidos
de la noche se mezclan con los instrumentos de los artistas.
Los Silvestristas se reunieron por aparte con sus grupos
originales, Las Chicas Silvestristas, deliberaban seriamente el
siguiente paso. Los llaneros deseaban ir con ellas, pero con
almanaque en mano veían sus posibilidades. Los Silvestristas de
Bogotá sin la menor duda expresaron que seguirían adelante. Al
final de cuentas, todos a favor.
-
Próximo destino Santa
aplaudieron la decisión.
Elena.
Dijo
Luisa.
Y
todos
Ana sonrió llevándose la mano al cuello, la libélula de acero, fría y
silente le dio fuerzas para seguir adelante. Andru la sujetó por la
cintura. “A donde vayas voy” susurró al oído, y ella se sintió feliz
de que él nuevamente estuviera a su lado. El llano solo le había
abierto viejas heridas, le había dado recuerdos oscuros que creía
olvidados. Mientras todos empacaban ella caminó en solitario
entre los puestos de la caballeriza. La Catira la observó y se
acercó hasta la reja que la mantenía en su puesto, el animal
respiró profundamente y se dejó tocar por Ana.
- Eres rebelde Catira, no te culpo por desbocarte, mi corazón
hace igual que tú, cuando tiene a Silvestre cerca. No creo que
tengamos la culpa. Bucéfalo relinchó en su puesto y Ana se
acercó a acariciarlo. El pelaje negro de aquel caballo brillaba, era
un semental magnifico, perfecto. Bucéfalo el favorito de él.
“También eres mi favorito” Pensó ella al recordar a Silvestre a
todo galope sobre el animal. “Sustituyo los recuerdos de Rafael
por los de Silvestre y el mundo se me hace más sencillo.”
595
MUERTE A TRAICIÓN
Un autobús aguardaba por los silvestristas para emprender la
ruta hasta Santa Elena en Medellín. La última en abordarlo fue
Ana, quien con un fuerte abrazo se despidió de Eulises. Pocas
palabras hicieron falta para decirse con la mirada, el cariño que
sentían el uno por el otro. El muchacho era el único que no
continuaría la Ruta Silvestrista, pero que los apoyaría
económicamente en tan largo recorrido. Ana le dio un tierno beso
en la mejilla, y él sonrió para ella. “Bucéfalo, Catira y yo siempre
estaremos esperando tu regreso.” Dijo Eulises. Y los dos amigos
siguieron sus destinos. Ana subió lentamente al autobús, y
cuando el chofer cerró la puerta y emprendió el camino, Ana vio
en la calle la mirada misteriosa del hombre del bar. El Mago se
mantuvo incólume, solo Ana levantó ligeramente la mano y le dijo
“Adiós”. Pensando en todo lo que habían hablando.
Ana recorrió el pasillo del autobús, y observó a cada uno de sus
acompañantes, a todos les brillaba la mirada, y en sus rostros se
evidenciaba que la felicidad existía. Vio a Dallys con Chimuelo en
el regazo. A Milena muerta de risa con Julian. Andru conversando
alegremente con Bernardo Otalvarez y Bernardo Talo. Fideangely,
Laura y Sara intentaban dormir un poco, y así cada silvestrista se
acomodaba lo mejor posible para un agotador viaje. Ana fue
hasta el final del pasillo y se sentó en los puestos de atrás, al lado
de una ventana. Se sintió cansada y se dejó caer en un profundo
sueño. Cuando Andru se acercó a ella, la vio dormir como una
niña. Se le antojó más hermosa que el día en que la conoció, y
quiso abrazarla, pero prefirió dejarla dormir.
En sus sueños Ana vio un campo de flores, un paraíso perdido del
cual posiblemente fuera arrojada Eva, por culpa de Adán. “La
culpa siempre ha sido de los hombre” Dijo Ana tocando los
delicados pétalos de flores de todos los colores, sintió frío y sopló
su aliento sobre las manos. Vio a unos cuantos pasos a un
hombre, él la miraba con ternura, y ella sabía quién era. Se
596
acercó lentamente y el muchacho no dijo nada. Ella tomó su
mano y caminaron por el campo de flores, encontrando a su paso,
orquídeas, rosas y girasoles. El sol le dio en los ojos, por lo que
se colocó una mano a forma de visera. El sueño fue agradable,
aunque no hablara con el muchacho alto de ojos amarillos y
cabello oscuro. “A veces no es necesaria ni una palabra” pensó
ella. Silvestre la abrazó, y alzándola en sus brazos como quien
carga una niña, le dio un dulce beso en la boca.
Ana despertó lamentando que todo aquello solo fuera un sueño.
Observó a sus amigos silvestristas en el autobús, ya era de noche
y la gran mayoría dormía. Andru estaba dormido igualmente en
un puesto delante de ella. Una joven de cabellos dorados se
acercó al verla despierta.
-
-
Has dormido todo el viaje. Dijo Luisa.
Me sentía cansada amiga.
¿Todo se ha arreglado con Andru?
Creo que sí Luisa, creo que sí.
¿Y Silvestre? Preguntó Luisa bajando la voz.
Sigue su vida, como yo sigo la mía.
¿Y Ustedes?
No hay Ustedes Luisa, lo sabes, él es el artista y yo su fan,
no hay nada más. No se puede.
¿Estás bien Ana?
No, pero ya se me pasará, no temas, nadie puede sufrir
tanto después del primer golpe, nada será tan doloroso
como el primer desamor.
Eulises dice que Silvestre te quiere mucho. Dijo Luisa casi
en un susurro.
Nos quiere a todas, a todas sus fans. Luisa explícame algo,
tu dijiste antes de llegar a “El Delirio” que esa tierra estaba
maldita, ¿Por qué dijiste eso?
Porque es la verdad Ana, ya le he rogado a Eulises que
venda esa finca y se busque otra, hay rumores que el alma
de Alirio Oliveros está en pena, que no descansará hasta
que la persona que lo traicionó pague su crimen.
Yo no vi, ni escuché nada extraño.
597
-
-
-
-
Yo sí, siempre escucho ruidos por la casa. Recuerdo haber
estado en el velorio, y vi como la esposa de Oliveros, la
mamá de Eulises, lloraba aterrada en un rincón, jamás se
acercó al ataúd y pasaba lo más lejos posible del difunto.
Tengo entendido que estuvo bajo averiguaciones, e incluso
la detuvieron unos meses, ella era la principal sospechosa.
¡Por Dios! ¿Cómo así? ¿Eulises que piensa? Preguntó Ana.
Él dice que eso es lo que dice la gente, que lo mandó a
matar por dinero, pero que él no sabe, lo curioso de todo
esto es que tampoco la defiende directamente. Durante
mucho tiempo la llamamos la viuda negra, hasta que
cansada de que la gente la señalara, se fue de
Villavicencio.
Pero no fue condenada, lo que quiere decir que es
inocente.
No Ana, quiere decir que tuvo dinero suficiente para darle
la vuelta al asunto. En fin, solo se sabe que el culpable
nunca apareció, lo asesinaron de un disparo de escopeta
por la espalda, y nadie supo ni cómo ni quién. Si no fuera
por la música de Silvestre, Eulises no sería el hombre
tranquilo que es hoy.
Vi una foto de Alirio Oliveros en la Sala de la casa. Dijo
Ana. “Era un hombre realmente hermoso, qué difícil debe
ser todo esto para Eulises”. Pensó.
Ana intentó dormir un poco más, pero le fue imposible, observaba
en la oscuridad el camino por el cual pasaban, y la mirada de “El
Mago”, perturbó sus pensamientos. “Debí ser más frontal,
preguntarle quién era en realidad” Pensó Ana. Al amanecer el bus
hizo una parada y todos los silvestristas entre dormidos y
despiertos intentaron comer algo, estirar las piernas y beber café.
Andru se acercó a Ana la abrazó y le dio un tierno beso en la
frente. Ana al sentir el calor que emanaba de su cuerpo se aferró
a él, no solo para espantar el frió, sino los recuerdos que la
agobiaban. “No volveremos al Guatapurí, lo juro.” Angélica les
entregó dos vasos con café caliente, y Ana sintió que la vida
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comenzaba de nuevo. Todos abordaron la unidad de transporte y
el viaje para Ana fue más placentero entre los brazos de Andru
Esteban Virviescas. “Yo jamás podría hacerte daño” Pensó la
muchacha, imaginando a la viuda negra aterrada contra la pared
sin poder ver el cadáver de su propio esposo. “El pecado
acobarda o hay algo que ella sabe, que no lo sabe nadie más.”
Pensó.
599
LAS HORTENSIAS DE DIANA
Los silvestristas viajaron durante horas, hasta que llegaron a la
tierra de Paula, todos se encontraban emocionados de ir a aquel
lugar, especial y prometido por la silvestrista como el de la eterna
primavera. Aunque llegaron al atardecer del segundo día de viaje,
Ana alcanzó a ver cómo el sol bañaba de dorado las nubes.
Mientras los silvestristas y Andru entraron a las cabañas
alquiladas por Eulises y se organizaban en las habitaciones, ella
se rezagó para observar a su alrededor. El viento soplaba gélido
por avecinarse la noche, así que ajustó su desgastado abrigo rojo
y caminó un poco entre los árboles que majestuosos adornaban
aquel lugar. Ana respiró con calma, atenta de los sonidos
extraños de aquella tierra, grillos, abejas, insectos de todo tipo
deambulaban por Santa Elena. Escuchó el canto de aves que
jamás había percibido, y se sintió en un lugar mágico. “Santa
Elena es como un cuento de hadas” Dijo Ana en la soledad del
bosque. Ya sin saber a dónde se dirigía, encontró un sendero el
cual decidió seguir, y por el sonido del agua, entendió que estaba
cerca de un manantial o arroyo. Cuando vio las aguas cristalinas
que danzaban en medio del bosque a la luz de los rayos dorados
del atardecer, recordó su promesa en el Guatapurí, la promesa de
olvidar y seguir adelante. Se apartó del sendero y continuó
caminando, cuando para su sorpresa encontró un campo de flores
de pálidos colores que nunca había visto antes, aquel lugar se le
antojó al de sus sueños. Se agachó y tocó tiernamente los pétalos
de las flores púrpuras.
- ¡Son Hortensias! Dijo una dulce voz.
Ana se sobresaltó y dio media vuelta, ante si una joven de
hermosos cabellos ondulados y castaños le sonreía.
-
¿Disculpe la asuste? Preguntó la muchacha.
Solo un poco, creí que estaba sola. Contestó Ana.
Son Hortensias, las cultivo desde que era pequeña.
Son hermosas. Dijo Ana. ¿Cómo te llamas?
600
-
Yo soy Diana Acuña, y estás en mis campos de hortensias.
Soy Ana, y soy Silvestrista.
De pronto el rostro de Diana se puso rojo, y sus grandes ojos café
brillaron con tal intensidad, que Ana no tuvo que preguntar qué le
ocurría.
-
Yo amo a Silvestre. Dijo Diana. A veces sueño que él
vendrá y podré regalarle las Hortensias más bonitas de
toda Santa Elena, para decirle con ellas, cuanto lo amo.
Ana vio con ternura a aquella joven, su belleza era tan natural
como las flores que adornaban sus campos. Diana se acercó a
Ana y le dio un fuerte abrazo. Ana acostumbrada a este tipo de
saludos entre extraños, correspondió su cariño.
-
¿Ana, por qué estas sola en el bosque? Pronto va a
anochecer y podrías perderte.
Me distraje Diana, jamás había estado en un lugar tan
bonito.
Niña tienes las mejillas coloradas, debes tener frío, vamos
a mi casa y te serviré agua panela bien caliente.
Ana se sorprendió al entrar en aquel lugar, era una casita de
madera, como en los cuentos de hadas, tenía una chimenea
encendida y la luz amarillenta se le antojó hermosa, encima de la
chimenea, la foto de un hombre de ojos brillantes y amarillos la
observó. “A donde quiera que vaya, estas tú”. Pensó ella.
-
Es tarde Diana, creo que debo regresar, se van a preocupar
por mi culpa.
¿Quienes?
Los silvestristas.
¿Son varios? Preguntó la joven sirviendo dos tazas de agua
panela.
Somos muchos.
601
-
Quiero conocerlos. Me encantaría, vivo tan encerrada en
este lugar que solo somos Silvestre y yo, él en el
reproductor y yo con mis hortensias.
Si quieres mañana los traigo para que los conozcas.
-
Los estaré esperando Ana.
Las nuevas amigas se despidieron, y Ana sintió un leve dolor en
el alma, al recordar a Yaliana, Diana al igual que ella vivía
completamente sola. Ana antes de irse le colocó una cinta roja en
la muñeca, como recuerdo de ese día. Y Diana se imaginó que el
mismísimo Silvestre se la había enviado. Tomó el sendero de
regreso, pero por motivos que Ana no comprendió, no encontró el
arroyuelo que había pasado antes del campo de Hortensias.
-
No puede ser, este no es el camino. Dijo Ana temblando de
frío.
Caminó durante lo que le pareció una eternidad. Sintió hambre, y
comenzó a preocuparse cuando entrada la noche apenas si podía
ver por donde caminaba. ¡Soy una tonta! Cómo me pude perder.
Preguntó a los árboles.
Intentó pensar en cosas agradables, en no tener miedo. Se
encontraba a kilómetros de distancia de La Sirena de Hurtado, y
ya había visto tanta cosas, que el único temor que sintió fue por
los vivos. Encontró una especie de manantial y tomó de las aguas
cristalinas intentando calmar el hambre. Los rayos de la luna
iluminaron poco a poco la espesura del bosque, e intentó
controlar la desesperación de estar perdida. Ana decidió no
caminar más y encontró un montón de hojas secas. Se cercioró a
ciegas que no hubiera un animal entre las hojas y las acomodó
como si se tratara de una almohada. Se acostó boca arriba e
intentó descansar un poco.
-
Pronto van a encontrarme, Andru debe estar buscándome,
qué tonta he sido en explorar yo sola.
602
Recordó la canción de Silvestre que solía espantarle los sueños y
comenzó a tararearla, su alma se calmó. Recordó la sonrisa cálida
del afiche en la chimenea de Diana, y por más frío que tenía, en
su mente, ella estaba sentada en aquella casita cálida de una
hermosa silvestrista, que al igual que ella amaba a Silvestre
Dangond. Sus parpados se volvieron pesados y el sueño la llevó a
un mundo donde el hambre y el frío ya no existían.
603
SANTA ELENA
Los
silvestristas se organizaron en grupos con guías de las
cabañas, pero todos regresaron con las manos vacías, Ana había
desaparecido, nadie la había visto después de bajar del autobús.
Paula se sentía responsable de haberlos llevado a ese bosque, y
todos trataban de consolarla. A las doce de la noche, Luisa se
sintió más preocupada aún, según Eileen, Andru Estaban también
había desaparecido.
-
Seguramente fue tras Ana. Dijo Angélica.
Pero los guías han dicho que de noche es como buscar una
aguja en un pajar. Contestó Luisa.
Mañana a primera hora la encontraremos. Dijo Julian más
optimista que los demás. Ya verán que mañana la
encontramos.
Luisa, Yina Isabel, Eileen, Maria Alejandra, Greys, Mayra, Wendy,
Milena y Daya Barraza eran las más preocupadas, ya que por su
causa, Ana había dejado su vida en Valledupar por seguirlas, y
ahora en este mismo instante, algo malo le podía estar pasando.
Paula no pegó el ojo en toda la noche, Camila se abrazaba a su
mamá y a su abuela, temiendo lo peor. Jualian intentó dormir con
poco éxito. Y los Bernardos estaban asomados por las ventanas
de las cabañas, esperando que tanto Andru como Ana aparecieran
en el umbral.
Durmieron muy poco, o casi nada, Santa Elena era un lugar
mágico, pero esa noche los silvestristas sintieron temor de la
oscuridad que envolvía a Ana en aquellos momentos.
604
LOS SUEÑOS
Ana había aprendido a vivir de sus sueños, un lugar en el cual
todo era posible, donde era un ser libre que podía amar a sus
anchas sin ser señalada por nadie más que ella misma. Aprendió
a descubrir por las noches, hasta los anhelemos más íntimos de
su corazón, pocas veces despertaba sin recordar sus sueños. En
muchas ocasiones soñó que podía volar y observar desde lo alto
el techo de su casa, e incluso las calles y avenidas de su
vecindario, disfrutando de la sensación del viento en su rostro,
sueños que la asustaban un poco cuando se sentía caer y
despertaba de repente con la sensación de meterse en su cuerpo
después de un largo viaje.
Esa noche mientras dormía rodeada del bosque mágico de Santa
Elena, soñó que caminaba por un sendero, iluminado por la luz de
la luna, sintiendo bajo los pies el frío de la tierra. Un ave nocturna
ululó en un árbol cercano, y Ana levantó la mirada hasta la silueta
de un árbol enorme, donde se encendieron puntos de luz blanca
que iluminaron el bosque. No sintió miedo, pero tampoco se
acercó demasiado. Creyó escuchar el susurro de voces, pero no
logró entender qué decían los puntos de luz. El frío se apoderó de
todo su ser y sus manos se adormecieron produciéndole un
hormigueo espantoso.
-
¡Despierta Ana! Dijo una voz en el árbol. Despierta.
La mirada serena de Silvestre se posó en ella, Ana se abrazó a su
cuello, percibiendo su olor inconfundible, besó sus mejillas y
sintió que el corazón se le explotaría en cualquier instante.
-
Despierta o morirás de frío. Dijo Silvestre.
¿Estoy soñando? Preguntó ella.
Siempre lo estas. Contestó él con ternura.
No te vayas, no te vayas. Suplicó ella.
Despierta, despierta. La voz de Silvestre fue un eco
repetido dentro de su cabeza.
605
Los primeros rayos del sol iluminaron el bosque, y Ana despertó
en los brazos de Andru, él insistía en que despertara, y ella sintió
el entumecimiento de todo su cuerpo.
-
Tengo frío. Dijo Ana.
Andru Esteban no estaba solo, una joven de largos cabellos
ondulados y de vestido color de las flores, le guiaba en el camino.
Llegaron a la pequeña casita de madera de Diana, donde el calor
de una chimenea le fue placentero a Ana. Cuando la joven sintió
la suavidad de la cama, la calidez de aquel lugar la hizo dormir un
sueño profundo, oscuro y silente.
Dos día después, despertó Ana, viendo a su alrededor, rostros
preocupados y conocidos, los silvestristas habían invadido aquel
lugar, a la espera de que ella respondiera a sus preguntas. Pero
al despertar nadie dijo nada, Milena soltó un sollozo, y Eileen la
consoló. Ana se sintió adolorida, y cuál sería su sorpresa, estaba
llena de rasguños, heridas diminutas y múltiples de cubrían los
brazos.
-
¿Ana que te pasó en los brazos? Preguntó Diana.
No lo recuerdo. Fue todo lo que pudo decir en ese instante.
Le sirvieron sopa caliente, y todos conversaban por lo bajo, el
aspecto de Ana les había asustado, era como si algún animal la
hubiera atacado, pero no podían comprender cómo la había
aruñado en brazos y piernas. Andru permaneció al lado de la
camita donde Ana descansaba, se veía perplejo y cansado. Diana
sirvió café y chocolate para todos y la luz del silvestrismo lo llenó
todo, la sonrisa de los silvestristas al compartir en aquel diminuto
y sencillo lugar, fue suficiente para reponerse.
-
Me perdí, lo siento mucho, no fue mi intención. Murmuró
Ana.
No te preocupes Ana. Dijo Diana. Mucha gente se pierde
dando paseos, incluso de día. Gracias a Dios, Andru dio con
mi casa y salimos a buscarte y te encontramos cerca de
aquí.
606
-
Pero caminé por horas, pensé que me había alejado. Dijo
Ana.
Es posible que caminaras en círculos. Dijo Diana.
Todo esto es mi culpa. Dijo sollozando Paula. No debí
traerlos aquí.
No Paula. Dijo Ana. Es el lugar más hermoso que he visto
jamás. No ha pasado nada. ¿Cuándo es el concierto de
luna?
Es esta noche Ana. Dijo Camila.
Andru quiero ir. Suplicó Ana.
Pero estás muy débil. Dijo él.
Por favor. Insistió ella. Y en el rostro de Andru Esteban se
dibujó su sonrisa de siempre. Ana era terca, y eso indicaba
que ya estaba mejor.
Esa noche, llegaron al bosque silvestristas de todas partes, Paula
había invitado con anterioridad a muchos seguidores de Silvestre,
para poder compartir con los Silvestristas de Bogotá, los
Silvestristas de los Llanos y Las Chicas Silvestristas. Ana intentó
descansar todo el día, pero sintió algo en el ambiente de aquel
lugar, presintiendo que estaba siendo observada por algo o
alguien, las heridas se le encendían rojizas como si fueran
recientes, cuando algo sobrenatural estaba cerca. Pero en esta
ocasión no sentía que fuera un alma errante, esta vez era algo
muy diferente, algo inexplicable. “He estado cerca de algo muy
extraño, en el bosque hay algo que me está esperando, lo sé.”
Pensó.
De pronto la risa nerviosa de alguien, la sacó de sus
pensamientos, Bernardo Talo, conversaba con Diana, como si el
sol se posara en ella. Los ojos de Talo brillaron como si estuviera
en presencia de su alma gemela. Ana sintió escalofrío, ella
conocía perfectamente esa mirada.
607
CONCIERTO DE LUNA LLENA
Al anochecer en un claro del bosque, cerca de las cabañas en
que se hospedaban los silvestristas, se encendió una hermosa
fogata, y alrededor de aquella luz, los silvestristas fueron
ocupando sus puestos. Cuando Ana y Andru llegaron a formar
parte de aquella reunión, una joven de ojos tristes se sentó al
lado de Ana, la muchacha tenía en su regazo a una niña de cinco
años que con la mirada observaba el crepitar de las llamas,
danzando por causa del viento.
-
¿Cómo te llamas? Preguntó Ana con su mejor sonrisa.
Soy Sandra. Dijo la muchacha en apenas un susurro.
Mientras todos los presentes conversaban alegremente.
Soy Ana, y tu hijita ¿Cómo se llama?
Ella es Sofi.
¿Por qué estas tan triste Sandra? No pareces Silvestrista.
Sí, si soy silvestrista, pero esta noche ser silvestrista me
duele mucho.
¿Por qué duele? Preguntó Ana.
La muchacha titubeó un poco, miró con ternura a la niña en sus
brazos y se decidió a relatar su historia: Yo me hice silvestrista
por un muchacho que conocí hace unos años, recuerdo que
estaba sentada en una fiesta aburrida, y él entró con su sonrisa
irresistible, yo me sentí desarmada al verlo, creo que le llaman
amor a primera vista. “A mi que me pongan Silvestre” dijo él a
toda voz, y la música que sonó a continuación fue “La Colegiala”,
para mi gran sorpresa me tendió la mano, ¿Bailamos Cachaca?
Preguntó él, y lo que recuerdo es estar en sus brazos, como
jamás había estado en los brazos de un hombre. Él me dedicó esa
canción de Silvestre y es la canción que más he cantado en toda
mi vida. Los años pasaron, nos enamoramos, él era de la costa, y
sus costumbres tan diferentes a las mías me volvieron loca por él,
nos casamos y vivimos prácticamente en una burbuja de amor.
608
Salí embarazada de él, y el bebé en mi vientre era muy
intranquilo, mi esposo solía colocarle música de Silvestre para
que se tranquilizara y por más sorprendente que te parezca, se
calmaba. El amor de mi vida nos entregaba lo más grande que él
tenía, su cariño incondicional por Silvestre Dangond. Cuando Sofi
nació, él la cargó con tanto amor y felicidad, que pensé que
jamás sería tan feliz como ese día, y para mí el tiempo se
congeló. Poco tiempo después, por cosas que aún no comprendo,
a Armando lo mataron, a mi amor, al padre de mi bebé, a la luz
de mis ojos. El destino, la casualidad. No lo sé Ana, no lo sé.
La voz de Sandra se quebró, y se abrazó fuertemente a la
pequeña en sus brazos, la niña al ver que de los ojos de su madre
brotaron lágrimas, las secó con ternura. “Mamá no llores, papito
está en el cielo”. Dijo Sofi.
-
Ana, el amor de mi vida. Continuó diciendo la silvestrista
sin soltar a su pequeña hija. Me lo arrebataron, y solo me
quedaron dos cosas de él, mi hija Sofi y Silvestre.
Ana intentó no llorar, pero fue inevitable, las abrazó sintiendo por
ellas el amor más grande del mundo, sintió el dolor de Sandra
como suyo, las lagrimas corrieron por su rostro porque era la
historia de amor silvestrista más triste que hubiera escuchado en
muchos años, “Cosas injustas le pasan a los más inocentes.”
-
-
No llores. Susurró Ana al oído de la muchacha. Armando
está contigo, es como un ángel que te cuida y te espera.
Sonríe, porque él quiso que fueras silvestrista,
precisamente para que la tristeza no pudiera contigo. Te
aseguro que algún día podrás contarle tu historia a
Silvestre y él sonreirá para ti.
Ay Ana, no sabes cuanto sueño que Sofi pueda conocerlo,
que él la cargue en sus brazos, como ya no puede hacerlo
Armando, mi niña es silvestrista y las dos vivimos de las
canciones de nuestro amado Silvestre.
609
-
Te prometo Sandra, que Silvestre va a cargarla, le va a dar
un beso gigante y podrán decirle cuanto lo quieren, y lo
especial que es él en sus vidas, no llores más.
Viste mamita. Dijo la niña. Yo te dije que íbamos a ver muy
pronto a Silvestre.
Sandra contuvo su llanto, cuando un joven en la fogata tomó una
guitarra y entonó “Esa Mujer”, un coro de voces lo llenó todo, el
concierto a la luz de la luna llena había comenzado. Ana secó sus
lágrimas al escuchar la melodía, y se sorprendió al ver a Andru
Esteban tarareando la canción, y su corazón su oprimió de
inmediato. Ana sabía quién era “esa mujer”. Una ninfa dorada de
cabellos rojizos como el cobre y ojos verdes que estaba clavada
en el alma del hombre que ella amaba.
610
ANDRU ESTEBAN VIRVIESCAS
Esa noche, los silvestristas se encontraban bajo una especie de
unión especial, todos cantaban, reían y conversaban alrededor de
una enorme fogata en medio del bosque, donde se acostumbraba
a realizar el concierto de luna mes a mes. Andru se sintió cómodo
entre aquellos jóvenes, su felicidad era contagiosa, y de tanto oír
las canciones de Silvestre, le era imposible no tararearlas todas.
Su favorita era “Esa mujer”, porque en esos tiempos, él podía
perfectamente entender qué era estar en el medio de todo, entre
la mujer que intentaba olvidar y la que intentaba amar. Andru
miró fijamente el crepitar de las llamas, y en ellas se quedó
meditabundo, el color rojizo del fuego trajo a su mente el
recuerdo de una mujer hermosa, la recordó tal cual, él día que la
conoció, la vio sonreír. Recordó los besos, uno a uno, las caricias
furtivas. Andru no podía evitar pensar en ella.
Ana aunque estaba a su lado en el circulo silvestrista, ella
conversaba con otra joven, y él aprovechó para perderse en el
mar de sus recuerdos. Recordó a su abuela leyendo el libro
amarillo, mientras su abuelo Manuel, se mecía sentado a su lado.
Andru de pequeño solía ver a su difunto abuelo, el de los ojos
azules y cabellos blancos, no solía sentir miedo, a menos que el
abuelo lo mirara fijamente. Por un instante vio a Luisana, ella
sonreía para Andrés, alegre y cariñosa. Sus padres habían sido
muy felices hasta que su mamá enfermó, después de eso los días
fueron grises y Andru aprendió a leer; por las noches y hasta muy
tarde leía incansable, como el que busca la solución para sus
males en páginas gastadas de libros sin leer. Ir al colegio había
sido un verdadero suplicio, nunca logró adaptarse a sus
compañeros de clases, así que recordó al joven solitario que fue
durante el bachillerato. “Aprendí tanto siendo tan pequeño, pero
cuando la conocí a ella, nada me sirvió” Pensó. El joven de la
guitarra animó la noche con tonadas que bailaban al son de las
llamas de la fogata, y entonces vio en sus recuerdos a Ana,
tendida en el suelo en medio del bosque, “Llegué a pensar que
611
estaba muerta, y mi corazón se detuvo por un instante.” Allí
tendida como si se tratara de Blanca Nieves o El Hada del Bosque,
la muchacha estaba pálida, cuando le tocó el rostro, la piel de ella
era una barra de hielo. Andru pensó que ya no podría vivir si ella
moría. “Que bonita se ve de rojo” Dijo cuando le contempló el
abrigo. En ese instante y regresando a la realidad, ella estaba a
su lado y se calentaba las manos cerca del fuego.
-
Estas muy callado. Dijo Ana.
Y tú estas hermosa. Contestó él.
Ya te sabes canciones de Silvestre.
Ana es imposible no aprendérselas, estando rodeado del
enemigo. Y una hermosa sonrisa brilló en el rostro del
joven.
¿Soy tu enemiga? Preguntó Ana.
Sí, eres mi enemiga mortal, tú vas a matarme de amor.
Ana se acercó a Andru Esteban, y le dio un tierno beso en los
labios. Él no dejó de sonreír y la estrechó con ternura entre sus
brazos, así permanecieron por largo rato, sentados y rodeados
por silvestristas, soñando despiertos con un futuro juntos.
612
DIANA
Cuando se vive solo, apartado del mundo, rodeado de recuerdos
y cuatro paredes, sueles agradecer la presencia de las plantas, de
los animales, e incluso puedes llegar a darles nombres a los
caracoles que se arrastran por el jardín. Diana era feliz con su
soledad, sus caracoles y sus hortensias, pero al llegar Ana a su
vida, de la mano de muchas personas que al igual que ella,
amaban a un hombre en común, la hizo sentirme menos sola, y
más amada. De vez en cuando dejaba que sus miradas se
cruzaran con la de Bernardo Talo, él la desarmaba en cada
mirada, y sentía temor de enamorarse de él. “Pronto se irá y me
habrá olvidado” Pensó.
-
-
¿Diana? Preguntó Milena para constatar que así se llamara.
Sí, dime. Contesto.
¿Desde cuándo no ves a Silvestre? Preguntó Milena a la vez
que tomaba asiento a su lado.
Nunca lo he visto en realidad. Confesó la muchacha.
¿Nunca? ¡Caramba!
No, pero siento como si lo conociera desde hace mucho,
solo tienes que escuchar su voz en sus canciones, para
entender cómo es Silvestre, es una persona sencilla,
alegre, incansable en el arreglo de cada canción, muy
creativo, pero sobre todo entregado, él se entrega en cada
canción, como si un pedacito de su alma se queda con
ellas. Por las mañanas cuando riego las hortensias, su voz
lo inunda todo en la casa desde el reproductor, por las
tardes o cuando más sola me siento, basta con colocar
alguna de sus melodías para que el espíritu se me alegre. A
veces bailo, a veces me río, incluso he llegado a llorar por
las noches escuchando sus canciones más románticas.
Nunca lo he visto, pero mi alma lo conoce.
Que bonito hablas Diana. En cambio a mi me va un poco
difícil el ser su fan, mi madre dice que estoy volviéndome
loca.
613
-
Pues, nos volveremos locas, pero de amor mi niña. Dijo
Diana con una enorme sonrisa.
Bernardo Talo se acercó a las dos amigas, y con todo el valor del
que pudo llenarse, se sentó al lado de la hermosa Diana,
dispuesto a perder la vida si era necesario, por besarla.
Las horas pasaron, y poco a poco se fueron retirando a sus
hogares, hoteles o posadas. Había sido una velada encantadora,
en donde más de un silvestrista se enamoró, en donde más de
uno se escondió de sus penas y encontró en el silvestrismo una
zona neutral, donde se dejaban afuera las luchas internas. Ana
caminó por el sendero a la luz de la luna tomada de la mano del
hombre que amaba. Se quitó los zapatos para sentir el frío de la
tierra y Andru Esteban hizo lo mismo. Más adelante Bernardo
Talo, llevaba una antorcha que iluminaba el camino, llevando en
la otra mano a su amada Diana.
-
¡Ana te amo! Susurró Andru.
Bien sé que me amas, y bien sabes cuanto te amo. Dijo
Ana.
¿Dormirás en mis brazos esta noche Ana? Preguntó él.
Desde que te conozco, al dormir me siento entre tus brazos
Andru.
Aunque no quiero dormir.
¿Y que quieres entonces? Preguntó Ana, con las mejillas
encendidas.
Ver el amanecer a tu lado. Dijo Andru Esteban Virviescas.
Cuando los rayos del sol bañaron las tierras de Santa Elena, Ana
y Andru en el umbral de la puerta de la cabaña se hicieron una
promesa de amor.
-
Prometo amarte tal cual eres Andru. Dijo Ana rompiendo el
silencio.
Prometo amarte incluso después de la muerte. Dijo Andru.
Y una sombra se posó sobre sus ojos, y Ana tuvo un mal
presentimiento. “Algo va a pasar, lo sé” Pensó ella.
614
DALLYS Y CHIMUELO
Cuando todos desayunaban en el comedor, Dallys entró llorando
hablando tan rápidamente que todos se asustaron al ver en ese
estado a la silvestrista.
-
Dallys por Dios ¿Qué pasa? Preguntó Luisa.
Es, es Chimuelo, ha desparecido. Dijo llorando.
Cálmate muchacha que es solo un gato. Dijo Julian.
NO ES SOLO UN GATO, ES MI CHIMUELO. Gritó la
silvestrista.
Por favor Julian, no seas tan frío, recuerda que ese gato se
lo encargó Silvestre a Dallys. Lo reprendió Milena.
Vamos a buscarlo entre todos, dividámonos en grupos y
será fácil encontrarlo. Dijo Angélica. Las Chicas
Silvestristas
conmigo,
nosotras
revisaremos
las
habitaciones y alrededores, Los Silvestristas Llaneros
pueden buscar por el bosque pero sin alejarse demasiado.
Los Silvestristas del Club de Bogotá, Ana y Mathias también
busquen afuera, hasta la casa de Diana, si alguien consigue
algo regrese inmediatamente, si no nos vemos en una hora
y buscaremos en el bosque propiamente.
Los silvestristas salieron a buscar a Chimuelo por todas partes,
algunos con pan del desayuno aún en las manos, otros con la
taza de café. Era una mañana helada, y algunos lamentaron no
haberse abrigado lo suficiente.
-
Gato, gato, gato. Minino, minino, minino. Andru llamaba al
animal de una forma muy graciosa, y Ana no pudo evitar
reherirse.
Chimuelo, michu, michu, gatito, gatito. Lo llamó Julian.
¿Ustedes creen que buscamos un perro? Dijo María Silva.
Bajen la voz y abran esos ojos, Chimuelo puede estar
escondido en cualquier parte, y por amor a Dios no se
615
separen. No vaya a ser que a parte del gato, haya que
buscar desaparecido en este bosque de locos.
Ana vio algo negro entre los árboles y salió corriendo, los
silvestristas y Andru la siguieron.
-
¿Qué pasa Ana? preguntó Andru.
Es Chimuelo, se fue por allá.
Cuando el frío les congeló los pulmones tuvieron que detenerse a
respirar con calma. Por más que habían corrido detrás del gato
negro, no lo lograron agarrar.
-
Dallys se va a morir de la tristeza, Chimuelo se fue bosque
adentro. Dijo María.
Regresaron a las cabañas donde los aguardaban los demás, y
portaron la difícil noticia de que Chimuelo había huido. Ana
abrazó a Dallys que estaba inconsolable, ella sabía perfectamente
lo que el animal significaba para la silvestrista. Y aunque ya era
hora de irse y seguir la ruta hacía montería, Luisa y Angélica
insistieron en que aguardaran dos noches más a ver si Chimuelo
regresaba, durante esos dos días, los silvestristas pasearon por
todos los campos de Santa Elena, y por las noches se reunían en
casa de Diana para escuchar las canciones de Silvestre y tomar
café o chocolate caliente. Bernardo y Diana se habían enamorado,
y el joven aseguró que no regresaría jamás a casa, que su lugar
era con Diana en el campo de hortensias. Incluso Bernardo
Otalvarez, se lamentó de dejar en el camino a su tocayo.
La última noche en Santa Elena, los silvestristas se fueron a
dormir temprano, ya que el autobús los recogería a primera hora
en la mañana. Ana despertó después de un sueño intranquilo.
- Apenas es media noche. Dijo al ver su reloj de pulsera. Se
levantó de la tibia cama y se asomó por la ventana de su
habitación. Andru estaba profundamente dormido. De pronto Ana
vio cientos de luces blancas posadas sobre un árbol. ¿Qué será?
¿Estaré soñando de nuevo? Pero en esta oportunidad entendió de
qué se trataba. ¡OH por Dios! Susurró.
616
ANA
La joven guiada más por la curiosidad que por otra cosa, salió de
la cabaña donde dormía Andru Esteban. Tuvo cuidado de no hacer
ruido, y ya en las afueras bajo el frío de la noche, corrió en
dirección del árbol iluminado por puntos de luz. Ana sujetó entre
sus manos la libélula plateada que llevaba al cuello, en una
especie de ritual de buena suerte. La luna brillaba intensa en el
cielo y pudo ver por donde caminaba, las luces estaban ya cercas,
cuando Ana se acercó finalmente a tres pasos de ellas. “Son
realmente hermosas, jamás pensé ver algo así.” Pensó ella. Al ver
los puntos de luz posados sobre las ramas del enorme árbol,
quiso tocar alguna pero no pudo, se movían rápidas de una rama
a otra.
-
Déjenme tocarlas. No fue un sueño, yo las vi la noche en
que me perdí, Ustedes estaban allí conmigo.
No hubo respuesta alguna, los puntos de luz guardaron silencio,
solo se dejaron contemplar por Ana y se apagaron,
desapareciendo de su presencia. Ana dio un paso atrás y salió
corriendo en dirección a la cabaña.
-
¡OH DIOS! Dijo Ana corriendo entre los árboles. ¡OH DIOS!
Las vi, yo las vi… las hadas existen. ¿Cuántas eran? ¿Tal
vez mil? ¿Mil Hadas?
Cuando despertó vio a su lado a Andru, que dormía abrazado a
ella, por un instante pensó que lo de las hadas había sido un
sueño, pero cuando se bajó de la cama vio huellas de tierra en el
piso y vio sus pies llenos de tierra y barro. Ana se llevó la mano a
la boca para ahogar un grito. “Fue real” se vio los brazos y sus
heridas estaban rojizas de nuevo.
617
FUNSICOG
El
silencio dentro del autobús fue continuo, los silvestristas
descansaban a lo largo del viaje, no sonaban canciones, nadie
conversaba, todos coincidían en querer cerrar los ojos,
dormitaban despertando en algún bache en la carretera y volvían
a soñar donde se habían quedado. Bernardo Talo no estaba entre
los silvestristas, había decidido entregarle su corazón a una
silvestrista, y junto a Diana se quedó en Santa Elena a cuidar de
las hortensias y de la mujer que amaba. En su lugar una niña
dormía en los brazos de su mamá, soñando con la sonrisa de su
papá Armando, Sofi y Sandra se unieron a este viaje emprendido
por quienes deseaban conocer el silvestrismo, y en compañía de
Ana, Andru Esteban, Las Chicas Silvestristas, Los Silvestristas
Llaneros y los Silvestristas de Bogotá se encaminaron a conocer a
dos Silvestristas, la cita era en Montería y según María Clara que
dirigía desde el centro de mando en Valledupar, conocerían
SILVESTRISTAS DE CORAZÓN GRANDE. Camila había conseguido
el permiso de su mamá Paula, quién debía quedarse a trabajar en
Medellín, no sin ayuda de su amada abuela, “Nada es más
hermoso que verte feliz Camila” y con estas palabras, la madre
silvestrista abrazó a su hija y la entregó a aquel grupo de jóvenes
de mirada brillante en los que confiaba plenamente.
Ana despertó después de una extraña pesadilla, la cual no
recordaba, pero que le había sacado sendas lágrimas. A su lado
Andru Esteban observaba meditabundo por la ventanilla del bus.
Se observaron con ternura, Ana no pudo evitar ver los ojos
amarillos de Andru, y no pensar inmediatamente en Silvestre.
Tenía la sensación que esa reacción inmediata de su mente
terminaría en volverla un poco más loca de lo que ya estaba
acostumbrada a ser. Andru sin poder leerle el pensamiento, le
brindó una sonrisa y volvió la mirada a la ventana. “A veces es
como si estuviera ausente, a miles y miles de kilómetros, aunque
esté sentado a mi lado.” Pensó Ana. “Es diferente a Silvestre, por
618
más lejos que él este de mi lado, es cuando más cerca está de
mí”.
Llegaron de noche a Montería, el conductor tenía órdenes de
Eulises de llevarlos hasta un hotel del centro, donde los
aguardaban dos jóvenes silvestristas. Los viajeros los
reconocieron inmediatamente, se saludaron como si fueran
amigos de toda la vida, el silencio había desaparecido y en pleno
lobby del hotel la alegría de los silvestristas se manifestó.
-
Hola Ana ¿Cómo estas? Dijo uno de los jóvenes.
Hola, bien y ¿Tú? Dijo extrañada con la familiaridad del
muchacho.
- Soy Nane, Nane Guardiola.
- ¿Nos conocemos? Preguntó ella con cariño.
- Tú no me conoces, pero yo sí. Silvestre me ha hablado de
ti.
Ana sintió el calor sofocante que le producía sonrojarse, lo abrazó
y le brindó su mejor sonrisa. A ellos se acercó el otro silvestrista
que recibía a toda la delegación.
-
Déjame te ayudo con tu bolso. Mi nombre es Josnar, Maria
Clara nos dijo que eran varios silvestristas, pero no tantos.
Dijo riendo a carcajadas.
Gracias muchachos. Él es Andru Virviescas, mi novio. Dijo
Ana con el rostro enrojecido.
Los muchachos se saludaron con afecto, pero Ana no puedo dejar
de ver una interrogante en Nane Guardiola.
Los silvestristas después de registrarse en el hotel subieron a
asearse para cenar. A las nueve de la noche se apoderaron del
restaurante, la noche fue un ir y venir de platos y vasos. Varios
mesoneros se encargaron de atender a los hambrientos
comensales. Ana apenas si tomó café, y se sentó apartada del
bullicio con Nane Guardiola y Josnar. Conversaron sin ser
interrumpidos por el festín, Maria Clara había concertado aquella
entrevista, para que Ana conociera FUNSICOG.
619
-
-
-
Entiendo que Ustedes me conocen, lamento no decir que
los conozca, sé algunas cosas sobre la Fundación de
Silvestristas de Corazón Grande, pero creo que me quedo
corta, si digo que hacen una labor conmovedora.
¿Conoces algunos de los casos que hemos atendido en la
fundación de Silvestre?
Creo que tal vez uno o dos. Dijo Ana con la mirada clavada
en su café.
No te aflijas Ana. Dijo Nane. Es normal que no nos
conozcas bien, existen muchos casos, acciones o ayudas
que incluso pasan desapercibidas, no se trata de ayudar a
alguien y hacer publicad con ello, es más bien trabajar,
ayudar, cumplir sueños y ser felices por lo que se logra día
a día.
Te conocemos por referencias de Silvestre. Dijo Josnar.
Espero que sean más las buenas referencias que las malas,
soy su fans, es todo.
Silvestre nos comentó que escribiste un libro, una especie
de diario, nos dijo que te contáramos sobre FUNSICONG,
que quizás algún día te animarías a dejar por escrito de
qué se trata ser silvestrista.
Ana se quedó petrificada, la insinuación de que escribiera un libro
como el diario de hace algún tiempo, la tomó por sorpresa. “Tiene
sentido, Silvestre tiene razón, siempre la tiene.” Pensó ella
mirando la dulce mirada de Nane Guardiola.
-
Si pedimos un termo de café y Ustedes no están cansados,
podemos ponernos manos a la obra. Dijo Ana sonriente. Me
encantará en entrevistarlos para ese futuro Diario de
Silvestristas.
A medida que Ana iba tomando algunas notas en algunas hojas
que le prestaran en recepción, sobre el nacimiento de la
fundación, sus ideas iniciales, y las intenciones del artista en
colaborar a través de su arte o de ayudas económicas, de la
620
forma en cómo se conocieron, y hasta dónde había llegado su
compromiso como silvestristas con la fundación, Nane y Josnar
narraron con alegría vivencias, trágicas, difíciles y de un
contenido emocional muy fuerte. Ana intentó mantenerse
incólume y no llorar, pero no le fue posible contenerse cuando le
mostraron fotos de silvestristas que tenían una vida muy difícil,
pero que el brillo de sus ojos era el mismo de cualquiera de sus
amigos. Pasaron horas tomando café y conversando, hasta que
los muchachos la dejaron para que subiera a su habitación a
dormir. Pero Ana amaneció en el Lobby del hotel, escribía, todo
cuanto le habían comentado, cada caso, los asociaba a las fotos
que le mostraron y sin tener sentido del tiempo escribió:
“Ser fanático regularmente no pasa del deseo de un
autógrafo, hay quienes pueden soñar con una foto del
artista, o cruzar ciertos límites existenciales y hacerse un
doloroso tatuaje eterno. Pero esta noche en una ciudad que
no conozco, he descubierto que no somos fanáticos, sino
silvestristas, y que estamos llamados a cosas realmente
grandes, tan grandes como la persona que admiramos. No
se trata de bailar, de cantar, ni de la foto o el saludo, no se
trata de solo vernos como hermanos y querernos en la
distancia. Sabía que la alegría era un gen común en cada
silvestrista, que somos alegres o buscamos esa alegría para
ser felices. Pero qué lejos he estado todo el tiempo. Ser
silvestrista es llenar tu corazón no solo de alegría, sino
entregar esa misma felicidad que has recibido. Esta noche
Nane me habló de una adolescente que era silvestrista antes
de perder la vista, Nini, esta joven actualmente está en
recuperación, pero no solo conoció a Silvestre, sino que él a
través de FUNSICONG la ayuda económicamente con las
terapias. Me hablaron de Mauricio, un silvestrista que tiene
problemas graves en el movimiento de su cuerpo,
condenado a una silla de ruedas, con problemas serios del
habla y sin embargo, Silvestre un día, fue hasta su casa para
conocerlo, abrazarlo y darle un pedacito de su alma, un
momento memorable para la vida de todos. Conversamos
sobre Yorgelis, una niña que vive en Venezuela y que luego
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de esperarlo durante horas, él pudo verla, ella
lamentablemente no pudo ver sus ojos amarillos, la niña
silvestrista lo abrazó, pudo conocer el olor de su piel, pero
no lo pudo ver sonreír, y ella dentro de su inocencia le dijo
“Silvestre yo te puedo ver con los ojos del alma”, ¿Cómo es
posible no entender de qué se trata todo esto? Josnar me
habló de un niño, Brayan sobrevivió a una terrible tragedia,
donde muchos niños perdieron la vida al incendiarse el
autobús donde se dirigían al colegio, algo que
definitivamente marcará la vida del niño, y Silvestre siempre
Silvestre, él niño quiso conocerlo y todos lo vimos, él con su
gorra y su acordeón de juguete, y Silvestre con su guitarra y
sus sueños, ¿Cómo no pude ver de qué se trataba? Y
Katherine la hermosa silvestrista de ojos negros y profundos
que vive en Ciénaga y que creí novia de Mathias, ella que
con todos los problemas de salud, tiene el coraje de ir a los
lanzamientos, FUNSICOG, Nane y Josnar, todos son
cómplices, todo se trata de cumplir los sueños, incluso los
sueños de los menos afortunados, de los que sufren, de los
que realmente necesitan un poquito de ese amor que un
Silvestrista puede darles. Durante años he sido silvestrista
pero sin entender porqué Melisa me llenó el alma, sin
adivinar por qué quise tanto Mathias y a mi inolvidable
Teresa. Yo no sigo al artista, no sigo al cantante, yo sigo la
alegría que emana de él como persona, y quiero tener cerca
muy cerca el calor del silvestrismo. Había conocido el brillo
en los ojos, la sonrisa diáfana, el abrazo sincero, pero esta
noche descubrí, la bondad.”
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SILVESTRISTA DE CORAZON
GRANDE
A las ocho de la mañana, los silvestristas abordaron nuevamente
el autobús, esta vez acompañados por Nane Guardiola y Josnar,
los jóvenes insistieron en tener una gran sorpresa para los
viajeros, la alegría que irradiaban juntos solo era comparable a
un día de excursión con tus mejores amigos. La única persona
que se mantuvo en silencio esa mañana fue Ana, algo había
cambiado en ella, durante la hora que duró el viaje la muchacha
se mantuvo ausente de todos, incluso de su novio Andru.
Ana recordó el día que eligió la carrera de abogado, tenía en sus
manos dos planillas de inscripción, y todos los sentimientos
revueltos dentro del pecho. Deseaba estudiar educación integral
para enseñar a niños con discapacidades o problemas de
aprendizaje, pero su madre había insistido tanto en que lo más
loable que podía hacer era elegir una verdadera carrera, como la
de médico o abogado. Ana lo meditó durante un buen tiempo y la
ilusión de luchar por los derechos de las personas inclinó la
balanza por estudiar en la facultad de derecho. Después conoció a
Rafael, y todo en su mundo cambió, las fiestas, la sociedad, el
dinero y la fama que precedieron sus estudios de derecho
sepultaron a la Ana que deseaba hacer de su vida algo especial.
El frío que se concentra en los pasillos universitarios, el corazón
de Ana se había congelado, se había logrado graduar con honores
y trabajar para uno de los más importantes bufetes de la ciudad,
teniendo a su lado al hombre más adinerado del estado, Ana dejó
de ser quien era. No fue hasta la noche anterior, en que recordó
sus sueños iniciales, y lo tibia que era su alma antes de ser
abogado. “Perdí el norte, trabajé por dinero y reconocimientos y
no hice nada por nadie.” Pensó. “Hace años cuando vi bailar a
Melisa, me enamoré de Silvestre Dangond por lo especial que fue
con ella, pero en realidad era mi corazón que intentaba
descongelarse.” Ana observó por la ventana intentando contener
624
su corazón, se sentía como si la presión de su sangre se elevara,
se estrujaba las manos intentando calmar su alma, alarmada ante
los descubrimientos recientes. Respiraba con dificultad y solo
deseaba estar sola y escribir hasta el fin de sus días.
-
Hemos llegado, en esta escuela entregaremos kits
escolares cada niño. Dijo Josnar. Muchachos les
agradecemos que pase lo que pase en estas instalaciones
mantengan la calma, en esta escuela hay niños con
grandes discapacidades o especiales, y es necesario que se
sientan a gusto con nuestra visita, confío en que se
portarán como solo puede hacerlo un Silvestrista de
Corazón Grande.
Los silvestristas bajaron del autobús, y fueron guiados por Nane
Guardiola al maletero para hacer entrega de los kits escolares,
unos más emocionados que otros, recibieron amables cada bolsa
que contenía todo cuanto obsequiaba FUNSICOG a los niños de
escasos recursos. Pero cuando un tropel de pequeñines, salieron
a su encuentro, todos se conmovieron de las sonrisas en las
caritas inocentes de cada niño. Milena y Julian inmediatamente se
inventaron un juego con los que podían moverse libremente, las
maestras ayudaban a algunos niños en sillas de ruedas y los
silvestristas llaneros de dos en dos se adjudicaron a cada uno de
estos niños. Ana vio a una pequeñita especial apartada del grupo
y fue directamente a hacerle compañía. Todos querían llorar, pero
se contuvieron. Andru Esteban se colocó una de las narices rojas
que llevó Nane Guardiola e interpretó perfectamente a un
payasito para los más pequeños. Ana sentía que su corazón
estallaría en cualquier momento, muchos de los alumnos de aquel
colegio tenían los zapatos rotos y los uniformes desgastados. Cuál
sería la sorpresa, un joven alto, de cabellos oscuros y vestido de
forma sencilla se bajaba de una camioneta blanca con un bolso
lleno de dulces y caramelos. Los silvestristas permanecieron en
sus posiciones incólumes, la sorpresa había llegado. Los niños lo
reconocieron y corrieron a saludarlo, con sus manitas lo tocaban y
otros se abrazaban a él. Silvestre había llegado a la escuelita para
ser parte de la visita de FUNSICOG. No hubo fotos, ni gritos, ni
625
siquiera Milena o Camila hicieron el menor movimiento, era un
momento especial para los niños, y los silvestristas se
comportaron como Silvestristas de Corazón Grande y no como
fanáticos. Los juegos siguieron y poco a poco Silvestre fue
entregando dulces y caramelos a todos, saludó uno por uno a
cada silvestrista, incluso a Andru, hasta llegar a donde estaba
Ana con la pequeña María.
-
Hola Ana. Dijo él.
Hola Silvestre. Dijo ella.
Yo soy María. Dijo la niña alargándole los brazos, y
Silvestre la cargó.
- ¿Te gusta el chocolate María?
- Sí, mucho. Contestó la pequeña con una hermosa sonrisa
al recibir una enorme barra de chocolate de manos del
artista.
Los niños clamaron por que se unieran a jugar, Milena
encabezaba una hilera donde fingían ser una enorme serpiente y
Julian comandaba al otro equipo, así que Ana se unió al grupo de
Milena y Silvestre y María al grupo de Julian, jugaron hasta que la
serpiente más grande derrotó a la más pequeña, todos rieron sin
parar hasta que se llegó la hora del medio día y los niños tuvieron
que regresar a sus casas. Silvestre conversó con las maestras y
ellas le pasaron una lista de necesidades, que en conjunto con
Nane y Josnar se canalizarían por FUNSICOG. Andru intentó
mantenerse a raya para no sentir celos de Silvestre y abordó el
autobús de primero. Los silvestristas se despidieron de su ídolo
como quien le dice adiós a un amigo, no sin antes agradecer la
experiencia. Cuando Ana fue a despedirse de él, Silvestre la tomó
de la mano pidiéndole que se quedara, que él, la llevaría de
vuelta al hotel. Cuando el autobús arrancó los silvestristas
aplaudieron, gritaron llenos de emoción y se abrazaron unos a
otros. Esto es a lo que yo llamo comportarse como Silvestristas
de Corazón Grande. Dijo Josnar.
Andru al final del pasillo del autobús, se sentó solo, enojado con
Ana. “Se quedó con él” pensó, sin poder evitar sentir una oleada
enorme de celos golpearse contra el pecho.
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EL DIARIO DE UN SILVESTRISTA
Por una angosta carretera que conducía a Montería, el autobús
silvestrista era seguido por la camioneta blanca, dentro del
vehículo solo iban dos personas, el conductor y su copiloto.
-
Me resulta increíble verte manejar. Dijo la muchacha.
Normal, hoy soy un hombre normal, sin guardaespaldas e
incluso sin chofer. Contestó él.
Debes extrañar hacer cosas tan simples como conducir.
Dijo ella.
Las extraño, pero cuando soy normal, extraño a mi público.
¿Una eterna batalla entre el hombre y el ídolo?
Es posible. Ana quisiera decirte el por qué te pedí que
vinieras conmigo y no con los muchachos.
Es bueno que lo hagas, a mi novio no le debe gustar nada
que estemos solos. Sonrió ella.
¿El muchacho que se parece a mí? Inmediatamente me di
cuenta que no es silvestrista.
No se parece a ti Silvestre.
Claro que sí se parece, tiene el cabello oscuro y los ojos
claros como los míos, lo que pasa es que es mucho más
blanco que yo y más bajito.
No se parece a ti.
Ana tú no amas a ese muchacho. Dijo Silvestre.
Y yo te he dicho amigo mío que no pienso hablar de ese
tema contigo. Dijo ella esquivando su mirada.
Eres terca como una mula.
Eso dicen. Contestó ella sonriendo.
Se quedaron en silencio. Él conducía despacio a una distancia
moderada del autobús, ella solo observaba por la ventana
estrujándose las manos.
627
-
-
Ana, qué te parece la labor que hacen Nane Guardiola y
Josnar. Dijo al cabo de un rato.
Es loable lo que hacen, más silvestristas deberíamos
involucrarnos en la Fundación, y por lo que vi, existen
muchísimas historias que deberían ser contadas algún día.
Estamos de acuerdo, por eso quise aprovechando la visita a
Montería, viniéramos a hacer una actividad de FUNSICOG,
quiero que escribas un libro, si es posible parecido al diario
personal que hiciste, resulta ser que me gustó mucho.
¿Cómo que te gustó? ¿No estaba perdido? Nunca lo
recibiste.
Ana, las cosas aparecen, lo tenía un vigilante, investigué en
mi casa, y resulta que uno de los guardias lo recogió para
entregármelo cuando regresara, pero se olvidó de él,
estaba en el depósito. Lo leí hace pocos días.
Ana recordó las lágrimas que derramó al escribirlo, se vio así
misma riendo al escribir el delito de un fan, recordar las palabras
de amor, la descripción de su primer beso; y saber que Silvestre
leyó cada pensamiento de lo sucedido, le puso la cara como un
tomate.
-
Te pusiste colorada Ana.
No es para menos, jamás pensé que en realidad llegara a
tus manos, me siento apenada.
Es un libro muy movido, con sueños e incidentes, eres
buena en lo que haces, no te detengas, continúa. Si hay
algo que me ha puesto el corazón contento es esta idea del
Diario de un Silvestrista. Aprovecha tus viajes para que te
firmen el libro hasta el último de los silvestristas si quieres.
El que ya escribiste me gusta mucho, porque no fue
empujado, lo hiciste de corazón, entonces ahora no te
detengas, es una novela silvestrista y en tu camino como
bien sabes, habrán muchas historias más, incluso cuentas
con el librito de las Postales Rojas de Kennel.
628
Ana guardó silencio, recordando el momento en que Silvestre
cargó a Sofí creyendo que era una de las niñas de la escuela, y
cómo los ojos de Sandra brillaron llenos de lágrimas por la
emoción, su historia y la de su hija, la muerte de Armando y el
legado que él les dejó a ambas, era un claro ejemplo para Ana
que debía escribir un libro silvestrista.
-
-
Pero deseo contar cosas que sean irreales, sueños,
inventos que acompañen las historias reales. No quiero
escribir solamente sobre la vida real de los silvestristas. Si
hay algo que he aprendido al ser abogada, es que la vida
sin ilusiones es demasiado fría, además me han pasado
cosas, las más extrañas que puedas imaginarte, incluso
más que la presencia del duende. Creo que todo se trata de
soñar y cumplir los sueños como fans y de eso debería
tratar el libro.
Me gusta. Dijo Silvestre. Mientras yo siga soñando, a
Ustedes les pasa lo mismo y eso nos mantendrá vivos.
Cuando llegaron al hotel, Ana se despidió de Silvestre con un
beso en la mejilla, él sonrió para ella, al cerrar la puerta de la
camioneta él arrancó al tiempo que sonó el pito del vehiculo a
forma de despedida de todos los silvestristas. Ana solo deseaba
estar sola para poder escribir.
Estando en la habitación del hotel, alguien tocó a su puerta.
-
Andru, pasa por favor.
Vengo a despedirme Ana.
Por favor hablemos, déjame explicarte. Dijo ella.
Ana hay algo que debe hacer sin más demora en
Valledupar, creo que si no lo hago inmediatamente, ya no
lo haré.
Pero Andru, no tienes por qué ponerte así, Silvestre y yo…
Ana tú eres su fan y yo te he apoyado en seguirlo, no
tienes nada que explicarme.
¿No estás celoso?
629
-
-
Claro que no, por qué tendría que estarlo. Él es un hombre
casado y tu solo eres una fans. Dijo sin mirarla a los ojos.
Necesito ir a Valledupar, además llamé a mi padre y debo ir
a encargarme de algunos asuntos de la librería. Te amo
Ana, solo intenta regresar pronto a mi lado.
Lo haré Andru, pronto volveremos a vernos, yo también te
amo. Dijo dándole un tierno beso en los labios.
Cuando él se marchó, Ana recordó las palabras de Silvestre
“Ana tú no amas a ese muchacho”. Hasta donde será cierto lo
que dijiste Silve. Murmuró la muchacha.
Durante varios días visitaron ciudades y pueblos cercanos a
Montería, Ana se dedicó a escribir entrevistas, recopiló
información y se dedicó a redactar historias de todos los
silvestristas que entrevistaba personalmente. Poco a poco los
silvestristas fueron regresando a sus hogares, y como era de
esperarse cada quien fue regresando a su vida normal en cada
una de sus ciudades, incluso Luisa, que era la más apegada a
Ana debió retornar a Villavicencio.
La última en irse a casa resultó ser Ana, que se tomó quince
días más de lo previsto, días en que vivió absorta en sus
pensamientos, por las mañanas solía hacer entrevistas,
redactaba por las tardes y se corregía por las noches, había
creado un universo literario donde se sentía segura. Cada vez
que encontraba una salida para su historia el corazón se le
aceleraba, y las imágenes venían a su mente como por obra
de magia, no tenía noción del tiempo, solo escribía.
La mañana en que llegó a Valledupar, inmediatamente llamó a
Andru Esteban y quedaron de verse en la Plaza Alfonso López.
Ana se sintió en casa al ver las palomas caminar en busca de
alimento. Los árboles susurraban al viento, ella se sentía en
calma consigo misma, el Diario de un Silvestrista se había
convertido en la fuente de la tranquilidad que tanto deseaba.
630
ANDRU Y ANA
Andru se acercó sin que ella notara su presencia, él sin decir ni
media palabra, dobló su rodilla derecha y abrió una pequeña
cajita aterciopelada de color rojo. Cuando ella abrió la cajita,
contempló una hermosa sortija de compromiso, que a diferencia
de otras, la gema era roja, “un deslumbrante rubí para una
silvestrista”. Pensó Ana.
-
Ana, mi amada Ana ¿Aceptas casarte conmigo? Preguntó
Andru.
Una libélula intensamente roja se posó sobre Andru
, Ana se
sorprendió de verla allí como símbolo inequívoco de un amor
eterno. Ella contempló al hombre del que se había enamorado,
miró sus hermosos ojos amarillos, y la respuesta fue una y única:
- ¡Acepto! Contestó Ana.
Andru enamorado de ella la abrazó, y ella enamorada de él, lo
besó, no había que renunciar al silvestrismo, ni tenía que
esconder lo que sentía por Silvestre. Andru no tenía que esconder
ante ella sus sentimientos pasados ni ocultar los fantasmas que le
pesaban, ella podía ser Ana la Silvestrista, y el podía ser Andru el
librero de una tierra mágica donde los duendes, las sirenas y las
Marías Mulatas conviven entre el mito y la leyenda, los dos se
sentían a salvo en la tierra de acordeones, los dos eran uno solo.
Ana dividió su tiempo entre la revalida de su título de abogado, la
organización de la boda con Andru y el Diario de un Silvestrista,
ocupaciones que la hicieron olvidarse por completo de los sueños
premonitorios con La Sirena de Hurtado y de Luisana, olvidó que
en la vida de Andru aún permanecía el recuerdo de otra mujer,
olvidó por completo que el destino es inexorable y que suele
complicar toda nuestra existencia.
631
El VESTIDO DE NOVIA
Ana observó detenidamente lo torcida que le había quedado la
costura del pantalón, con una tijera diminuta deshizo las
puntadas de la aguja, y lo intentó nuevamente, estaba
concentrada por primera vez en mucho tiempo en tener una vida
real, donde la ropa debía remendarse, la comida debía prepararse
y las telarañas de la casa debían limpiarse. Desde que llegó de su
viaje silvestrista, Ana reordenó cada libro y cada objeto de su
casa, no se encontraba cómoda entre sus cosas, como si el acto
simple de limpiar, le ordenara las ideas de la mente. Alguien tocó
a su puerta y se pinchó un dedo. Atendió a la puerta con el dedo
en la boca. “No te chupes el dedo niña” fueron las palabras de
Maria Clara, era una visita inesperada pero que llegaría tarde o
temprano, porque sus amigas silvestristas sabían cuándo y dónde
se les necesitaba. “No sabes coser dame para acá y te enseño.”
Su dulce Maria Clara llenaba el vacío de la hermana en
Venezuela, de la madre e incluso el de la hija que jamás tuvo.
-
Maria Clara serás la madrina de mi boda. Dijo Ana. Y su
amiga la abrazó echándose a llorar en sus brazos. Hablaré
con Andru y creo que él entenderá que José Luís será el
padrino más grande de todos.
- Debemos elegir el vestido más hermoso, uno se casa solo
una vez por la iglesia.
- No tenemos mucho dinero María, así que no te emociones
tanto.
Precisamente a eso he venido, conversé con Aledys Gimenez,
ella es una gran Silvestrista diseñadora de vestidos muy
famosa en el Valle, y aceptó encantada de hacer tu vestido, es
un obsequio que te daremos Las Chicas Silvestristas, así que
no tendrás más que elegir cómo lo quieres.
- No puedo aceptarlo.
- Aceptarás y punto. Dijo Maria Clara. Solo queremos saber
si lo quieres blanco o rojo, o combinado.
632
Ana sonrió al imaginarse vestida de rojo el día que se infiltraron
en la fiesta privada y Silvestre le besara la mano como a una
princesa.
-
Debe ser blanco. Murmuró Ana.
Pero Ana eres Silvestrista. Insistió María Clara.
Con un bouquet de rosas rojas. Murmuró Ana. Voy a
casarme con Andru Esteban, no con Silvestre. Y la mirada
de la joven se clavó en el suelo de la casa.
- Hay muchos modelos, te he traído revistas y pronto llegará
Aledys para tomarte las medidas.
Durante un buen rato, María Clara le enseñó a Ana cuanta revista
de novia tenía a la mano, Ana se sintió agobiada, no podía
sacarse de la mente a Silvestre, y el vestido que ella usaría si la
vida hubiera permitido que él estuviera en el altar en lugar de
Andru.
-
Imposible elegir el vestido hoy, estas ausente Ana. ¿Qué
pasa?
Nada María, no pasa nada.
Sí, como si yo no te conociera.
Tocaron a la puerta y al abrir, Ana se encontró con el brillo
autentico de una silvestrista, se abrazaron al reconocerse.
- Ana debo medirte. Dijo Aledys. Ven súbete a esta silla.
Durante un rato, Laura escribió algunas observaciones en su
cuaderno de notas.
-
-
Pronto podrás medírtelo. ¿Ya tienes algo en mente?
Ni la más mínima idea. Murmuró Ana.
No te preocupes, te haré el vestido más bonito que una
novia haya tenido jamás. Será de corte largo, y los pliegos
serán como olas que chocas en el mar, hace días soñé con
él, ya veras que te va a gustar mucho.
Deberías invitar a Silvestre. Dijo María Clara. Y los ojos de
Aledys brillaron intensamente.
633
-
Olvídalo María, si Silvestre estuviera en la Iglesia, juro que
no me caso.
Que lastima Ana. Dijo María Clara. Se ha corrido la voz de
tu boda y muchos silvestristas vendrán al valle nada más
para verte en el altar.
No puede ser María, nosotros no tenemos dinero, no habrá
fiesta, no tenemos nada que brindarles a los silvestristas.
No es necesario Ana, a un silvestrista no le falta que le
organicen fiestas, él se las arregla solito. Anímate.
Mi madre, mi hermana y ningún familiar vendrá, aún no me
perdonan lo de Rafael.
Normal Ana, ya se les pasará algún día. Katherine ha
escrito y dice que estará aquí para la boda con Martín.
Será difícil verlo, es como la fotocopia de Mathias. Suspiró
Ana.
Listo, terminamos, tengo todas las medidas necesarias
para tu vestido novia silvestrista.
Aledys el vestido es blanco. Dijo Maria Clara.
Si lo sé. Contestó la modista. Yo soñé con el vestido.
Esa noche Ana decidió acostarse temprano, intentó poner su
mente en blanco, se sentía presionada con todo lo de la boda con
Andru, y solo deseaba sentirse menos aturdida, logró convencer a
su mente y se quedó profundamente dormida. Estaba en frente
de un enorme espejo y llevaba puesto un vestido de novia, tan
blanco como las nubes, su cabello estaba ornamentado con flores
blancas diminutas y se lo habían ondulado, contempló el sencillo
maquillaje que la hacía verse más joven de lo que en realidad
era, la luz blanca que entraba por la ventana se posaba en cada
uno de los diminutos diamantes del vestido, Ana resplandecía con
luz propia. Estaba sola, llamó a Maria Clara pero no respondió.
Vio sobre una mesita un ramo de rosas rojas y lo tomó entre sus
delicadas manos.
-
Te ves hermosa Ana. Dijo una dulce voz que Ana reconoció
de inmediato. Teresa estaba a su lado.
634
-
Teresa, mi niña. Dijo Abrazándola. Que lindo está tu
cabello Teresa, te ha crecido mucho. Teresa tenía una
tristeza muy grande dibujada en el rostro.
¿Pasa algo Teresa?
Solo estoy triste, te vas a casar sin amor Ana, tú amas a
otro hombre.
Ana sintió que las lágrimas brotaron de inmediato, trató de
contenerse por el maquillaje, pero no pudo. “Teresa lo sabe”
Pensó Ana.
De pronto Teresa ya no estaba, y Ana salió del lugar donde
estaba el espejo y la mesita, estaba descalza con el vestido de
novia puesto y el bouquet de rosas en las manos. Escuchó el
sonido inconfundible de las olas, y al salir de la casa entendió por
qué la luz era tan resplandeciente, estaba en medio de una playa
desierta. Ana caminó para sentir la arena bajo sus pies. Cuando
el mar rozó sus tobillos, vio como las olas del vestido
contrastaban con las olas del mar y se sintió en paz.
-
-
¡Estás hermosa! Dijo una voz a sus espaldas. Ana sin
moverse, se quedó contemplando el horizonte, cuando de
pronto la luz de la mañana se confundió con un hermoso
atardecer. El hombre que le había hablado, se acercó y le
pasó los brazos por la cintura. ¿Te he dicho que te amo?
Susurró el hombre en su oído.
Sí, me lo has dicho. Dijo Ana cuando dos gruesas lágrimas
corrieron por su rostro maquillado. Sin poder soportarlo se
voltio para verlo a los ojos sin zafarse de sus brazos. “Sus
ojos amarillos, él lo sabe”. Pensó Ana.
Despertó a la luz de un nuevo amanecer, se levantó, caminó
descalza por la casa, se desnudó al frío de la mañana y sin más
se metió bajo la regadera para que el agua fría le espantara la
tristeza.
635
ROSAS ROJAS
Era
domingo y como todos los domingos, las personas que
tienen familiares o amigos en el cementerio, deambulan entre las
lápidas, leyendo los nombres de quienes han partido, buscan el
nombre de algún artista famoso de Valledupar, o completamente
perdidos buscan la tumba de quien en vida los amara. Este fue el
caso de Ana, esa mañana decidió comprar rosas rojas para
llevárselas a Teresa, pero no lograba dar con el lugar del
cementerio donde reposaban los restos de su amada silvestrista.
De pronto se dio cuenta que una bandera ondeaba al viento con
una estrella blanca, se acercó a esa lápida al ver la bandera del
silvestrismo y leyó en la misma “Elkin Alfonso”. Ana sintió un
profundo dolor al entender que era la bandera silvestrista de un
fan de Silvestre Dangond, se sentó a un lado de la tumba y rezó
una plegaria por su alma. “Tenemos ángeles que nos cuidan y
que desde el cielo cantan las canciones de Silvestre para que
podamos oírlas, allí aguardan nuestra llegada para bailar
eternamente entre las nubes.”
Ana no pudo evitar llorar por Elkin Alfonso, por Armando el papá
de Sofi, por Teresa, incluso lloró al recordar la sonrisa de su
padre, algo que vio pocas veces en vida, pero que estaba dentro
de su mente como si acabara de suceder. Se levantó y siguió
caminando entre las diferentes lápidas, hasta dar con la de
Teresa. Para su sorpresa un joven estaba allí y al igual que ella,
llevaba en las manos rosas rojas. Ana se quedó allí de pie sin
poder moverse.
-
¡Hola Ana! No esperaba encontrarte en este lugar. Dijo
Mathias al verla.
Mathias, yo tampoco creí volver a verte.
El muchacho de cabellos rubios y piel pálida, se levantó y le dio
un dulce abrazo y besó su mejilla.
636
-
Estás muy bonita, sé que vas a casarte y te deseo que por
fin encuentres lo que buscas.
¡Mathias! Ana no pudo decir nada más.
Estoy bien Ana, si en algo te puede ayudar, quiero que
sepas que soy feliz, en mi vida hay un nuevo amor.
Ana no dijo nada más, no podía decirle nada de lo que le estaba
pasando, simplemente sonrió y se despidieron. Ella lo vio irse y
cuando desapareció tras los árboles del cementerio, se arrodilló a
los pies de la tumba de Teresa, dejó las rosas al lado de las de
Mathias. Y le contó a su amiga hasta el más íntimo de sus
secretos.
Cuando Ana regresó a su casa, el alma le pesaba menos, tener la
certeza que Mathias era feliz con otra mujer le dio tranquilidad,
pero la paz le duró muy poco. Fabiola la mujer que causó que
Andru estuviera al borde de la muerte, estaba esperándola afuera
al lado del cañahuate.
637
A la memoria de Elkin Alfonso.638
FABIOLA MENDOZA
Los ojos verdes y penetrantes de la mujer, se clavaron en Ana.
Los rojizos y ondulados cabellos de la muchacha danzaron con
elegancia cuando el viento los acarició, llevaba puesto un
hermoso vestido blanco, y Ana sintió una punzada de rencor en el
estómago.
-
¿Qué desea señorita? Preguntó Ana.
Hablar con Usted, mi nombre es Fabiola Mendoza, soy la
novia de Andru Virviescas y creo que le interesará hablar
conmigo.
Yo soy Ana Andrade Mantilla. Dijo Ana. Soy la novia de
Andru Esteban, así que creo que a Usted también le
interesa hablar conmigo.
Ana abrió la puerta de la casita y dejó entrar a Fabiola, le señaló
con mucha educación el sofá donde podía sentarse, y aunque
sentía ganas de sacarle los ojos, respiró tranquilamente y le
sostuvo la mirada.
-
La escucho señorita Fabiola. Dijo Ana sentándose y
cruzando las piernas, como si se tratara de una entrevista
de trabajo.
Por su decoración veo que también es silvestrista.
Ana sintió como le ardía el rostro, recordar a Silvestre
coqueteando con aquella muchacha de rojos cabellos, la hizo
sentir aún más incómoda.
-
Mis preferencias musicales, no vienen al tema, quiero saber
qué hace Usted en mi casa, que yo sepa fue novia de
Andru, y por cierto casi lo mata a golpes su otro novio.
Mariano no es mi novio, fue mi amante. Dijo Fabiola con
una ligera sonrisa en el rostro.
639
-
Sus romances no son de mi incumbencia, sea clara, tengo
cosas que hacer.
Ana quería ahorcarla con sus propias manos, pero intentó
contener la mujer que estaba apunto de explotar dentro de sí
misma.
-
-
-
Como sé bien, Usted es una mujer inteligente, y entenderá
que Andru sigue enamorado de mi, verá, nuestra relación
ha sido especial para él, y entiendo que intente casarse con
Usted, pero es solo por despecho, yo sigo siendo su novia y
lo mejor para Usted señorita Andrade, es que deje las
cosas como están, sería tan triste verla vestida y
alborotada en el altar.
Su tono burlón está demás Fabiola, lo que Usted haya
tenido o tenga actualmente con mi prometido, es solo
asunto suyo, y lo que haga yo o deje de hacer no es de su
incumbencia, soy una mujer de paz, de derecho y justicia,
pero si no se va inmediatamente de mi casa, le aseguro
que va a salir desfigurada a la calle. Evitemos caer en una
situación estúpida por un hombre, hable con Andru y
resuelvan sus asuntos Ustedes.
Le advierto Ana, aléjese de Andru o se va a lamentar por el
resto de su vida, ya antes he espantado putas más
hermosas de la cama de mi novio. Dijo Fabiola al
levantarse. Ana la vio cruzar la calle y entrar a la librería
del señor Andrés.
Ana abrió los puños y contempló cómo las uñas se le habían
clavado en la piel, en un intento por no caerse a golpes con
Fabiola. Temblando, marcó el número de Andru. Ana sintió que
revivía la sensación de engaño que había tenido que afrontar
años antes con Rafael.
En el teléfono celular de Andru sonó la contestadora. Ana cerró la
puerta de la calle, buscó un vaso y le echó dos cucharadas de
azúcar. “Si Andru me ha estado engañando con esa mujer, juro
640
por todos los dioses que voy a golpearlo hasta que me ardan las
manos” Pensó.
-
Cálmate Ana. Dijo intentando respirar. Esto es lo que
precisamente quiere esa mujer, que cometas una tontería.
¡Cálmate! Y la única forma que encontró para calmarse fue
colocando un CD de Silvestre Dangond en el reproductor de
la sala.
641
FABIOLA Y ANDRU ESTEBAN
Pasadas
unas horas desde la visita inesperada, Ana logró
contenerse de la ira que sentía, cruzó la calle y fue en dirección
de la librería. Don Andrés le dijo que Andru Esteban había salido a
hacer una diligencia por el Guatapurí, el hombre no vio cuando
Ana tomó una nota del mostrador, se despidió con cariño y salió a
la calle intentando no gritar de rabia. “Te espero en la Sirena Dorada,
eternamente tuya Fabiola.” Ana rompió la nota y sin pensarlo, se
dirigió directamente al pozo de Hurtado donde permanecía
incólume La Sirena Dorada del Guatapurí.
Ana recordó el día que vio a Rafael con otra mujer, su semblante
pálido y descompuesto, incapaz de poder dar una excusa a la
presencia de la otra en su habitación, lo último que ella se había
enterado era que Rafael se había terminado casando con la joven
con la que la había engañado y que tenían ya varios hijos. Ana se
sintió llena de un odio profundo, como si el tiempo no hubiera
transcurrido, como si en lugar de haber ido al Bar “Mi Gente”, se
dirigiera a su casa a buscar un arma. “Ustedes no van a burlarse
de mi, otra vez no” Se dijo a sí misma. Sin darse cuenta ni cómo
ni cuándo, llegó casi sin oxigeno al puente del Guatapurí.
-
-
No puede ser, esto no puede ser. Murmuró Ana al ver a
Fabiola con Andru en la orilla del río, en frente a La Sirena
Dorada. Andru sostenía la mano de Fabiola y ella sonreía
para él. Ana corrió por la calle hasta llegar a donde ellos
estaban y si mediar palabras se arrojó con todo el odio de
su corazón sobre ambos. La mirada de sorpresa de Andru
se cruzó con la mirada encendida en fuego de Ana.
¡Ana déjame explicarte! Dijo Andru Esteban. Pero fue
demasiado tarde, los tres cayeron irremediablemente al
Guatapurí. Ana intentaba sujetar a Fabiola que reía a más
no poder.
642
-
Te voy a matar con mis propias manos, desgraciada. Dijo
Ana sintiendo que explotaba de la rabia por las risas
Fabiola. Andru intentaba nadar para alcanzarlas pero la
corriente del río las arrastró con violencia.
De pronto Ana comenzó a tragar agua, Fabiola intentaba
hundirla; y en un disparate de su mente, pensó en Silvestre.
“Ana, quiero pedirte algo. No quiero que vayas más al río
Guatapurí, por favor, aléjate de ese río. No sé cómo explicártelo,
pero no te quiero más allí”. Ana sintió que su odio se trasformaba
en miedo, recordó sus sueños y las advertencias que le prohibían
ir al Guatapurí. “Voy a morir ahogada, Fabiola va a ahogarme”
Pensó.
Ana intentó zafarse de Fabiola, pero la muchacha la tenía
agarrada por la larga cabellera, y la corriente las arrastraba
rápidamente, Andru nadaba desesperado detrás de ellas.
-
ANDRU SALTE DEL RÍO, VETE DE AQUÍ. Gritó Ana al
entender que los dos podían morir en ese instante.
ANA, ANA RECISTE, SUELTALA FABIOLA QUÉ HACES,
SUELTALA. Gritó el muchacho.
Ana sintió como dos manos la tomaron por los pies, y la
arrastraban a la profundidad del río. “Dios La Sirena de Hurtado”
“Perdóname Silvestre, perdóname”. Pensó Ana perdiendo el
conocimiento. Se estaba ahogando.
643
LA MUERTE DE ELLA
Al anochecer pobladores del pozo de Hurtado, Maria Clara, José
Luís y Andru Esteban, buscaban con lámparas en las manos a Ana
y a Fabiola, se habían hundido mientras peleaban. Ante los gritos
de Andru, varios muchachos se lanzaron al agua para intentar
ayudarlos, pero solamente Andru Esteban había sobrevivido.
Durante horas buscaron los cuerpos de las dos mujeres. María
Clara entre lágrimas llamaba a grito en cuello a su mejor amiga.
“No puede estar muerta, Dios no te la lleves” rezaba la joven.
“Ana, qué le voy a decir a Silvestre.” La voz se había corrido por
todo Valledupar, a las doce de la noche las autoridades daban por
muertas a las dos jóvenes que habían caído peleando en el río
Guatapurí. Entre los voluntarios para buscar a las desaparecidas,
se encontraba un anciano de fuerte contextura, que llamaban los
moradores como “El Pez”, este hombre conocía todos los recodos
del río y si él no las encontraba, no las encontraría nadie. Andru
estaba desbastado. “Jamás debí venir, esto es mi culpa, primero
mi madre, ahora la mujer que amo.” Sintió que ya no había
esperanza de encontrar a Ana o a Fabiola con vida.
-
-
José Luís, hay que avisarle a Silvestre, a la familia de Ana,
a los silvestristas.
Amor mío no llores que me rompes el corazón, cálmate que
Ana debe estar río abajo, ella es fuerte. La chinita no va a
morir así. Dijo apunto de llorar el hombre tan grande como
un árbol. Podemos avisar a los silvestristas, pero cómo
carajo le aviso yo a Silvestre que Ana desapareció.
Ve a la casa, encontrarás mi libreta telefónica, allí está el
número de Eulises Oliveros, cuéntale todo lo que ha pasado
y él se encargará del resto. Avísale a Luisa que ella sabrá
qué hacer con los silvestristas. El corazón de María Clara no
podía con la tristeza que se le echaba encima.
644
Linternas, fogatas, lámparas de gasoil, antorchas, por todas
partes habían luces en la mano de cada voluntario. Andru se
sentó en una piedra enorme y dejando caer su antorcha al río, no
pudo más y se puso a llorar a la luz de la luna llena que los
acompañaba en la búsqueda.
645
LAS MIL HADAS DE LA LUNA
La muchacha vio un árbol gigante a través de la ventana con
barrotes, una centena de luces amarrillas lo adornaban
resplandeciente, las luces tenían formas diminutas de mujer, “Las
mil hadas de la luna” Pensó. Ella estaba sentada en una cama
mullida de sábanas blancas. Y un gato negro de ojos amarillos le
hacía compañía.
-
¿Donde estoy? Preguntó la joven al gato.
El gato alzó una pata y con su áspera
esmeradamente sin responder la pregunta.
-
lengua
lamió
Pili jamás maúlla, no esperes que responda a tus
preguntas. Dijo Luisana.
¿Estoy muerta?
No lo sé. Dijo Luisana.
¿Son hadas? Preguntó la joven señalando el árbol de la
calle.
Sí, son las Hadas de la Luna, siempre aparecen cuando
algo malo va a pasar. Y de pronto todas las hadas se
convirtieron en libélulas doradas que abandonaron el árbol,
el cual quedó a oscuras. Yo las vi durante meses antes de
ahogarme en el Guatapurí.
Al decir ese nombre, la muchacha recordó que alguien la había
arrastrado hasta la profundidad del río. Sintiendo un frío
insoportable, los dientes le castañearon y vomitó enormes
cantidades de agua sobre tierra, estaba ahora a la orilla de un río
iluminado únicamente por la luz de la luna.
La muchacha desfalleció sobre la tierra, tenía algo entre las
manos a lo que se aferraba como si de ello dependiera su vida,
antes de perder nuevamente el conocimiento, vio cómo la cola
enorme de un pez brillaba en la superficie del agua.
646
A UNA SIRENA
Camino a Valledupar conducía un joven de mirada cansada, se
sentía realmente triste, como si su corazón no pudiera recuperar
el ritmo acompasado que solía tener, durante días había tenido
malos presentimientos con respecto a Ana, pero jamás creyó
tener que salir en medio de la noche ante la llamada de su
silvestrismo.
-
Ana se ha ahogado en el Guatapurí. Fue todo lo que pudo
entender de la llamada de su amigo Eulises.
Al parecer la joven había hecho caso omiso de sus advertencias, e
inevitablemente algo muy malo había pasado, varios silvestristas
refirieron en redes sociales la desaparición de la muchacha en el
Guatapurí, algunos la daban por desaparecida, otros habían
concluido que ya lo que deseaban era que aparecieran sus restos
para poder despedirla como la gran silvestrista que había sido. Se
sentía al borde de las lágrimas, pero se contuvo, intentando
pensar que solo estaba desaparecida.
-
No voy a llorar porque tú no has muerto Ana. Dijo.
Intentó recordarla con su camisa roja y sus zapatos deportivos
del mismo color y de trenzas blancas, que él le regalara la noche
en que la recogió en plena carretera y bajo un diluvio de agua,
caminando prendida en fiebre. La vio sonreír en sus recuerdos de
los diferentes conciertos a los que ella asistiera, cómo entre en
mil rostros su luz se hacía sentir, y bailaba como poseída por el
acordeón. “Mi Ana” Pensó, y sonrió al recordarla sentada en la
arena de la playa y su larga cabellera negra al viento. Su fan
incansable que descubría siempre la manera de encontrarlo y
aparecía en cualquier lugar como por arte de magia. La vio en sus
recuerdos a todo galope y apunto de caerse de “La Catira”, y se
vio así mismo corriendo como el viento sobre Bucéfalo, por
647
salvarla, él no comprendía cómo podía querer tanto a su fan, y
cuando su mente le recordó cada uno de los besos que se habían
dado, Silvestre se orilló al lado de la carretera, y sin poder más
lloró, no solo por Ana, sino por cada uno de sus silvestristas, por
los que ya no estaban, por Kaleth su gran amigo que apenas
empezaba a vivir cuando había tenido que marcharse. El corazón
de Silvestre tenía heridas muy grandes que en noches como esa,
regresaban para mostrarle cuánto había vivido.
-
Si te has ido Ana. Dijo Silvestre. Si el Guatapurí te ha
alejado de mí, serás mi sirena de Hurtado, y jamás voy a
olvidarte, tu alma siempre estará en esas aguas, siempre
estarás en el valle.
Cuando secó sus lágrimas, continuó su camino con fe y esperanza
de que al llegar, la noticia fuera que Ana, no era una sirena, sino
que había aparecido. Eran las tres de la madrugada cuando
Silvestre llegó al Guatapurí a encontrarse con el destino.
648
TALITO
Diana,
Bernardo Talo y Chimuelo habían llegado al Valle la
noche de la desaparición de Ana, querían estar presente para la
boda y que al reunirse todos vieran que Chimuelo había
regresado a casa sano y salvo y entregarlo así a Dallys, pero en
esta oportunidad, el gato negro no permanecía en las manos de
Diana, sino en las manos de un silvestrista más pequeño, el
hermano menor de Bernardo Talo, al cual todos llamaban Talito,
que aún teniendo diez años, era uno de los grandes silvestristas
de su tierra. El niño sostenía a Chimuelo, mientras su hermano y
Diana ayudaban en la búsqueda de las muchachas desaparecidas.
El niño vio un joven alto y gorra negra, que se bajaba de una
gran camioneta e intentaba pasar inadvertido entre la multitud, lo
siguió con la mirada y vio cómo el joven con una linterna se
dirigía río abajo. De pronto Chimuelo se soltó de sus brazos y
corrió en dirección del desconocido. Talito por miedo de perder a
Chimuelo corrió detrás del gato sin avisarle a nadie.
El niño y el gato, pasaron corriendo al lado del joven de gorra,
quien decidió seguirlos con la linterna en mano.
-
¿Niño a dónde vas? Preguntó el hombre.
Es Chimuelo, mi gato, está escapando. Dijo el niño
corriendo detrás del animal.
- ¿Chimuelo? ¿Será posible?
Silvestre recordó el gato negro de ojos enormes que encontrarán
en Villavicencio y que quedara al cuidado de una silvestrista.
Corrió detrás del niño, con el corazón acelerado, era una
coincidencia muy grande que el gato del niño se llamara Chimuelo
y que en ese preciso instante corriera río abajo.
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LA MUCHACHA
Chimuelo dejó se correr y se acercó lentamente a un cuerpo en
la orilla del río, Talito tomó entre sus brazos al gato y se
sorprendió al ver que alguien estaba allí.
- Señor venga rápido, Chimuelo encontró a alguien.
Silvestre se acercó con la linterna y al alumbrar a la persona que
estaba en acostada sobre la orilla vio una mano pálida que
sujetaba un zapato rojo de trenzas blancas, Silvestre sintió que el
corazón se le aceleraba de forma vertiginosa.
-
Niño ve por ayuda, corre trae a todos, diles que
encontramos a alguien.
- Talito reconoció a Silvestre inmediatamente, y se quedó
petrificado.
- ¿Cómo te llamas niño?
- Talito. Contestó el niño. Y soy Silvestrista.
- Pues Talito, esto es urgente, corre ve por ayuda.
Sin más el niño reaccionó y salió corriendo con Chimuelo en los
brazos. Silvestre alumbró el rostro de la mujer que había
encontrado, la tomó entre sus brazos, intentando saber si aún
estaba con vida.
-
Respira, ella respira. Dijo Silvestre. Le tocó el rostro como
si aún no pudiera creer que era ella. La muchacha estaba
empapada de pies a cabeza, él la abrazó sintiendo su
cuerpo helado. Intentó darle calor pero fue inútil, ella
estaba tiritando de frío. No puedo esperar más, dijo el
muchacho, entonces, la alzó entre sus brazos y salió a la
calle, cuando una ambulancia llegó en ese instante a
auxiliar a la muchacha que había aparecido con vida.
Silvestre subió con el paramédico a la unidad y se sintió
vivir cuando, escuchó decir: “Va a estar bien señor, la
muchacha va a estar bien.”
650
OJOS AMARILLOS
La muchacha despertó sintiendo un dolor espantoso por todo su
cuerpo, se sintió mareada y de inmediato vino a su mente los
ojos verdes de Fabiola. Vio que se encontraba en la habitación de
una clínica y un joven la observaba angustiado, pero sus ojos no
eran verdes, sino amarillos, dorados y hermosos. Ella sonrió al
verlos, no le importó el dolor de los huesos, pero recordó de
pronto todo lo que había ocurrido, y sintió ganas de llorar.
-
¿Qué ha pasado? ¿Dónde están ellos?
Ana, por favor con calma, llevas días inconciente, ya me
tenías preocupado.
Silvestre por favor qué ha pasado.
Tú, Andru y Fabiola cayeron al agua, Andru está bien, fue
el primero en ser auxiliado, pero tú y la otra muchacha
desaparecieron, a ti te encontramos río abajo. Pero a
Fabiola aún la están buscando. Creo que ella sí se ahogo.
Tengo entendido que esa mujer intentó ahogarte o eso
dicen los testigos, pero lamentablemente la que se ahogó
fue ella.
Silvestre vio lo afectada que estaba Ana y solo la sostuvo entre
sus brazos, mientras ella lloraba por lo que había ocurrido.
-
-
Ha sido mi culpa, jamás debí acercarme al Guatapurí. Debí
dejar que Ellos se quedaran juntos. Andru debe estar
odiándome. Y gruesas lágrimas brotaron de los ojos negros
de Ana.
No Ana. Dijo Andru desde el umbral de la puerta. Debí ser
sincero contigo, todo esto es mi culpa.
Ana mejor espero afuera. Dijo Silvestre.
No por favor, no te vayas. Dijo la muchacha aferrándose a
su mano. ¿Andru por qué no me dijiste que tú y Fabiola
651
-
-
habían vuelto? ¿Para qué me pediste casarnos si aún la
amabas?
Ana, yo no había vuelto con Fabiola, solo conversábamos
en el Guatapurí, pero no voy a mentirte, la amo locamente,
y puse en riesgo tu vida, porque ella intentó ahogarte, lo
siento mucho Ana, de verdad quería que empezáramos una
nueva vida.
Yo creo que lo mejor es que espere afuera. Insistió
Silvestre, incómodo por la situación.
No Silvestre. Dijo Andru. El que debe irse soy yo, no pierdo
la esperanza de encontrar a Fabiola con vida. Ana siempre
ha querido a una sola persona a su lado y ese eres tú, sé
que lo de Ustedes no es posible, eso lo sabemos todos,
pero en este momento Ana te necesita y eso es todo lo que
debe importar. Lo siento Ana, no sé como explicarlo pero
cuando digo que te amo, es cierto, las amo a las dos.
El joven de ojos claros clavó la mirada en el suelo, y con las
manos en los bolsillos se alejó de la habitación. La pena que
emanaba de él por otra mujer, era tan grande, que Ana sintió
dolor al verlo así. Se sintió agotada por todo lo sucedido, ver a
Silvestre a su lado, tal cual como ocurría cada vez que colocaba
sus canciones, él tenía el don de espantar hasta las más terribles
tristezas. Él se sentó en una silla sin soltar su mano, y ella se
quedó completamente dormida, como si Silvestre estuviera
cantando para ella en ese instante.
652
ANA ANDRADE MANTILLA
Al despertar se vio rodeada de varios rostros conocidos, sonrió
para sus amigas, pero buscó los ojos amarillos de Silvestre dentro
de la habitación, y constató que él ya no estaba.
-
Silvestre se ha ido Ana. Dijo Luisa.
Ha tenido que irse, estaba retrasado para un concierto, tú
sabes cómo es nuestro artista de responsable. Dijo Milena
con una enorme sonrisa.
¿Cómo te siente Ana? Preguntó Maria Clara. El doctor te ha
dado de alta, así que podemos irnos a casa.
Dejen a mi chinita tranquila que aún está aturdida de tanta
agua que tragó. Dijo José Luís brindándole una enorme
sonrisa.
Las Chicas Silvestristas, Maria Clara y José Luís se encargaron de
llevar a Ana a su casa. Cuando entraron a aquel lugar, Ana se
sorprendió al ver ramos de rosas rojas por todas partes, el olor de
su hogar jamás había sido tan placentero. Ana miró a sus amigas,
quienes se despidieron con abrazos y sonrisas sin decir nada, y
Maria Clara le entregó en sus manos un sobre sin remitente, que
decía únicamente “ANA”.
Lamento irme sin despedirme, pero duermes tan
plácidamente que me fue imposible despertarte. No
sabes el susto tan grande que me has hecho pasar,
espero que de ahora en adelante te alejes del peligro y
te dediques al diario de un silvestrista. Sobre tu
cama dejé el zapato rojo que creo que te hacía falta, lo
tenías en la mano cuando te encontré en la orilla del
río, también dejé allí tu cadenita con la libélula, las
enfermeras me la entregaron cuando te
653
hospitalizamos. Mientras sigas siendo mi Fan y yo
tu artista sé que nos veremos siempre, eres muy
importante en mi vida y lo sabes, no dejes de escribir
y mantente a salvo, nos volveremos a ver, cura tus
heridas, no hay nada que no se pueda superar, hoy
seguramente estás triste por todo lo ocurrido, pero
Ana lo peor ya pasó.
Siempre tuyo Silvestre
Post data: Rosas Rojas para mi cenicienta
silvestrista.
Ana tomó una rosa y se sentó al borde de la cama, vio el zapato
rojo perdido, se colocó nuevamente su cadenita de la libélula y
fue cuando se percató que no llevaba puesto el anillo de
compromiso. “Seguramente lo perdí”. Buscó entre sus cosas,
encontró el otro zapato y se los colocó, respiró el aroma de la
rosa y se acostó con la intensión de dormir todo lo que su alma le
permitiera. “Soy Ana Andrade Mantilla, soy silvestrista, yo puedo
con esto y con mucho más” Pensó quedándose dormida.
654
LA BODA SILVESTRISTA
Las Chicas Silvestristas cuidaron de Ana durante algunos días, le
llevaban comida o le hacían compañía por las tardes. Muchos
silvestristas que habían llegado a Valledupar por la Boda
Silvestrista, visitaron a Ana y la emoción de ver a grandes
amigos, la ayudaron a salir de su aturdimiento, Katherine y
Martín, Gunter y Stefany, Yuli Caicedo, Alejandro y Yaliana,
incluso su gran amigo José Jorge y Rossana la visitaron. Danielita
que ya era toda una mujer hecha y derecha, Pichicho, Walter
Quintero y Víctor Pinzón, los amigos de Mathias, le llevaron
diferentes detalles de otros silvestristas. Ana se sintió agradecida
con el cariño que todos le profesaban por el solo hecho de ser
silvestrista, algunos habían asistido para la boda que no se dio y
otros más pesimistas habían llegado para su velorio, que tampoco
se dio, lo importante es que fuera lo que fuera, estaban allí para
ella. Ana recibió tres vistas que incluiría en el Diario de un
Silvestrista, la primera de ellas fue la de una pareja de
silvestristas que llevaron a su hijo, el bebé de apenas cuatro
añitos cantaba todas las canciones de Silvestre y sabía bailar
como él, Joaquín era un niño venezolano que se robó la ternura
de la gente la noche en que Silvestre lo subió a tarima, el
pequeño Joaquín le robó el alma a Ana y su visita fue una de las
que más le brindó la alegría que necesitaba.
La segunda se trató de una Silvestrista que había viajado a
conocer Valledupar desde México, Bellaneida le contó a Ana las
cosas terribles por las que había pasado en su vida, que incluía
malas amistades y alcohol, lo increíble de los malos entendidos en
su vida y de la oscuridad que reinó durante tanto tiempo, es que
solamente pudo salir a flote y con vida de ese mundo a través de
la música de Silvestre, se abrazaron sintiéndose hermanas y
prometieron volver a verse pronto, Ana se sintió tranquila al ver
la intensidad de su mirada. “Bellaneida estará a salvo” Pensó.
655
La tercera visita fue muy difícil para Ana, Eileen una de Las
Chicas Silvestristas, llevó a una joven que deseaba conocerla, ella
era Jhoanna Avellaneda, cuando Ana le vio el brillo intenso en la
mirada sintió ganas de llorar, se parecía mucho a Teresa, ya que
no tenía cabello, Ana pensó que tenía cáncer, pero la muchacha le
explicó que tenía problemas de calcio en los huesos, pero que no
era cáncer.
-
¿Y tú cabello? Preguntó Ana.
Nunca he tenido cabello, tengo cerrados los poros de mi
cabeza Ana. Dijo la joven con una enorme sonrisa.
¿Jamás? Insistió Ana.
Jamás, pero no me molesta. Murmuró la joven.
Ana apreciaba tanto su larga cabellera negra, que se sintió triste,
y aunque para la joven no tener cabello era algo normal, Ana
entendió que el silvestrismo sustituida en esa joven cualquier
carencia. “No hay nada que el Silvestrismo no pueda curar.”
Pensó Ana. La visita de la joven de hermosa sonrisa, le dio
fuerzas a Ana para salir del encierro al que se había confinado
durante días. Salió a caminar por el valle, meditando sobre las
cosas que le habían contado los silvestristas, sobre las hermosas
palabras de la niña que veía en Silvestre a un padre, lo
enamorados que estaban Diana y Bernardo Talo, lo animados que
se veían todos los silvestristas aunque no hubiera boda. Y sin
pensarlo más regresó a casa, preparó su equipaje y aceptó la
invitación de Yaliana a regresar a Taganga por un tiempo.
Cuando abordó el autobús con rumbo a la costa de Colombia, y
dijo adiós a los amigos, tuvo la sensación de que se alejaba del
lugar más mágico del planeta, vio los cañahuates florecidos y
sintió la tristeza de dejarlo aunque fuese por un tiempo; se
despidió del valle de las hadas, un lugar donde Las Sirenas de
Hurtado, custodian los secretos de la tierra de la que brotan los
inmortales.
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MI SEGUIDORA Y YO
Mientras las silvestristas viajaban rumbo a Taganga, el chofer
del autobús colocó una emisora de radio, y el locutor anunció,
una canción que hacía algún tiempo Ana no había escuchado. “Y
con Ustedes Silvestre Dangond y Me gusta, Me Gusta.” Dijo la voz
en el radiotransmisor. La silvestrista no pudo dejar de
emocionarse, esa canción le trajo el recuerdo más alegre que
conservaba en su corazón, era la canción que había intentado
bailar con Mathias, la primera vez que estuvo en el Bar “Mi
Gente” años atrás cuando emprendiera su vida de silvestrista, se
vio así misma contemplando por primera vez el rostro del hombre
que se convertiría en el centro de su universo. Al son de la alegría
de la voz de Silvestre, Ana había aprendido a bailar vallenato y a
festejar el hecho de estar viva. Escuchó atenta la canción y sintió
cómo la alegría se le metía en el cuerpo nuevamente. Yaliana
sonrió al ver a la Ana de siempre. “La magia de la música” Pensó
Ana.
A continuación sonaron en la radio una melodía del cantante lenta
y sentimental “Que no se enteren” y Ana observó por la ventana
cómo se alejaban de la tierra de cañahuates y la melodía la hizo
sentirse completamente enamorada y llena de vida. “Es la
melodía que invoqué cuando sentí miedo ante Kennel.” “Ay amor,
amor, amor de mi alma” “Será imposible hacer un diario de
silvestristas sin las canciones de Silvestre”. Y como por arte de
magia sonó la canción de Armando y Sandra, “La Colegiala”, Ana
se emocionó mucho al escucharla, los imaginó bailando por
primera vez, sin importar que luego la muerte, los separara por
un tiempo. Ellos fueron felices y se entregaron el uno al otro sin
medidas, y de ese cariño nació una gran silvestrista, nuestra Sofi.
-
Está buena la música Ana. Dijo Yaliana.
Si lo está. Dijo Ana tatareando la canción.
657
El locutor anunció una de sus canciones favoritas del artista y
como cómplice de Ana colocó “La Indiferencia” ella se vio con
todos los muchachos en la plaza de Bosconia tiempo atrás,
cantando a coro una de las canciones que más le gustaba en ese
entonces, se sintió feliz de saber que sus silvestristas eran felices,
cada uno a su forma y manera. Ya el programa de radio
silvestrista estaba por terminar y por cosas de la vida colocaron
“Tu Rey Soy Yo”, Ana recordó cuando Silvestre le dedicara esta
canción, y todo entre ella y Mathias se terminara. Había vivido
durante años de las canciones de su artista, no tenía idea de lo
profundo que la música vallenata había calado en su ser,
Venezuela y la frivolidad de la vida que llevaba en ese país era
cosa del pasado, ahora una nueva tierra le abría los brazos para
que fuera feliz para siempre.
Durante varias semanas Ana permaneció en la casita de madera
de Yaliana, alejada de todos sus amigos, por las tardes daba
largos paseos, meditando sobre los sentimientos de las personas
que había conocido, intentando entender “El Silvestrismo” y por
las noches lograba escribir hasta muy tarde a la luz de lámparas
de gasoil. Había decidido hacer un único libro a mano, por eso
transcribió las postales rojas de Kennel, para que todo formara
parte de un único libro, contó historias de muchos silvestristas,
resumió algunas otras, y sin ella quererlo Silvestre aparecía
siempre como el personaje que los unía a todos, que entregaba
tanto de sí mismo que no había más remedio que dejar que el
libro se escribiera prácticamente por su cuenta.
En noches estrelladas Ana solía encender una fogata a la orilla de
la playa y revivir sus recuerdos, las heridas por fin se habían
desvanecido desde que se le volvieran rojizas, cuando casi se
ahoga en el Guatapurí. A veces se sentía intranquila con los
sueños con Fabiola, la veía transformada en una hermosa sirena,
con sus cabellos rojizos al sol; y sus ojos verdes penetrantes
solían asustarla cuando ellos se fijaban en su alma. También
soñaba con Andru Esteban, y cuando eso ocurría la tristeza
rondaba su alma durante días, se habían amado en realidad, pero
Ana había comprendido que el hecho de que encontrara a su alma
658
gemela, no significaba que ella pudiera quedarse en esa
oportunidad. Por eso prefería soñar por las noches con Silvestre,
verlo cantar o sonreír, eran la misma cosa, saberlo feliz con su
familia era lo más importante, porque precisamente el hogar que
tenía su artista era lo que le daban a él la base para hacer felices
a los silvestristas. El cariño del fan tenía un lugar seguro dentro
del corazón de Silvestre y eso pocas veces se hace posible, su
amor por él, así como el de miles y miles de silvestristas, estaba
a salvo, “su silvestrismo del alma”.
Una tarde en que Yaliana se encontraba haciendo compras en
Taganga, Ana estaba en la playa, llevaba puesto un vestido
sencillo de color blanco y sus zapatos silvestristas, sentada en la
playón, se examinaba la rodilla derecha donde a veces sentía
puntadas, la herida del concierto donde perdiera un zapato. Tenía
a mano el bolso rojo donde llevaba el diario y varios bolígrafos,
ya el libro estaba terminado, pero aún no se atrevía a colocar la
palabra “FIN”. Cuál sería su sorpresa cuando vio llegar a un joven
con una guitarra a la espalda, se lanzó sobre él, feliz de verlo.
-
¿Cómo te sientes Ana? preguntó él
¡Feliz! Exclamó ella. Soy feliz, pero ¿Cómo supiste dónde
estaba?
¡María Clara! Dijo guiñándole un ojo.
¿Y esa Guitarra? Quiso saber ella.
Le he venido a traer serenata a mi seguidora. Dijo
sonriente.
Se sentaron en la arena frente al mar y bajo la luz del atardecer,
Silvestre escribió “SILVESTRISTA” en la arena y Ana se quedó
mirando su tatuaje “Urumitero…” “Su silvestrismo lo es todo para
él” Pensó ella. Silvestre comenzó a cantar una canción que ella
conocía muy bien “Mi Seguidora y Yo,” Ana se emocionó
muchísimo al verlo interpretarla para ella, y la cantaron juntos.
En un arrebato le rozó la boca. Él Sonrió ruborizado. Por primera
vez Ana le había robado un beso a Silvestre como fan. Él siguió
cantando para ellla.
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“Y no sé como hacer cuando la tengo de frente, siempre la
tengo presente aunque a veces no este a mi lado…”
Ana y Silvestre vieron revolotear una libélula roja a su alrededor,
y rieron juntos. “La libélula de Julia y Kennel” Pensó Ana. `
“Y esta vez lucharé pa tenerla para siempre…”
“Y se sabe cada una de mis canciones, y es inevitable que
no se emocione…”
Ana aplaudió emocionada y Silvestre soltó una carcajada al ver la
alegría de su fan.
-
Ana ¿El diario? Preguntó Silvestre ¿Lo escribiste?
Sí, aquí está. Contestó ella sacándolo del bolso. Pero no he
logrado tener las fuerzas para colocar la palabra FIN. Dijo
dándole un bolígrafo rojo. - No sin ti.
Silvestre se acercó a Ana y le dio un tierno beso en la frente, con
una ternura única, ella había entrado en su vida de una forma
que solo los fans pueden entender. Se miraron como cómplices
de una gran aventura, él no se sentía más grande que sus fans,
sino que los miraba como sus iguales, aunque sus seguidores lo
vieran como si fuera inalcanzable. Los ojos de él brillaron intensos
para Ana, y en los ojos negros de Ana brilló el mismísimo sol, su
alma había encontrado paz, se había curado de las tristezas del
pasado, gracias al silvestrismo.
-
“En otra vida, en otro tiempo, en otro mundo, nuestra
historia será posible”. Pensó Ana al verlo fijamente a los
ojos amarillos que tanto amaba. “En esta vida seré tu fan,
pero en otra vida, estaré más cerca de ti, más cerca de lo
que estoy ahora.”
Silvestre
tomó
el
bolígrafo,
abrió
el
Diario de un
Silvestrista en su última página y sujetando con delicadeza la
mano de Ana, escribieron:
660
FIN.-
661
SILVESTRE
EL ÍDOLO
662
SILVESTRE
EL CANTANTE
663
SILVESTRE
EL ARTISTA
664
SILVESTRE
EL INVICTO
665
SILVESTRE
EL MÚSICO
666
SILVESTRE
EL PAPÁ
667
SILVESTRE
EL ESPOSO
668
SILVESTRE
EL AMIGO
669
EL PRINCE Y SU PAPÁ
670
ORTA PAZ/BLOOM
671
DANGOND / DANGOND
672
SUS MUCHACHOS
673
PAPÁ E HIJO
674
VENEZUELA/COLOMBIA/ECUADOR
675
SUS FANS
676
SUS FANS
677
SILVESTRISMO/MONAQUISMO
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SU CORAZÓN
679
SUS FANS
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SUS FANS
681
SUS FANS
682
SUS FANS
683
SUS FANS
684
SUS FANS
685
SUS FANS
686
SUS FANS
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SUS FANS
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SUS FANS
689
DIARIO DE UN SILVESTRISTA
SUS FANS
690
SUS FANS
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EL GRAN KIKE
692
CARLOS MENDEZ “EL PADRINO
DEL DIARIO”
693
EL DIARIO DE UN SILVESTRISTA
694
CLUBES
695
LOS TIBURONES DE TAGANGA
696
EL ÍDOLO Y LA FAN
697
EL DECÁLOGO DEL SILVESTRISTA
1º Honraré día a día la bandera roja del silvestrismo,
a ella deberé mi lealtad, alegría y sueños.
2º No existe tristeza, amargura, dolor, despecho,
aburrimiento, miedo, depresión, o desamor que no
encuentre cura en el silvestrismo. No hay nada que el
silvestrismo no pueda curar.
3 Dedicaré “constancia, paciencia y corazón” a mis
ilusiones; y no habrá nada que no pueda lograr. Es mi
deber, perseguir mis sueños, jamás deberé darme
por vencido.
4º Es mi deber ser alegre, soñador, solidario,
paciente y tolerante.
5º Amo a mis hermanos silvestristas, quienes en
todo momento están a mi lado, con su mejor sonrisa; y
bajo ningún concepto me han de dejar solo. No hay
nada que el silvestrismo no pueda solucionar.
6º Entregaré lo mejor de mí al club o batallón
silvestrista al que pertenezco. Cuando se sueña en
grupo, no hay nada que pueda detenerte.
7º Seré tolerante con aquellas personas que no
entienden el silvestrismo. No me desgastaré, eso es lo
que precisamente desea hacer la oposición. Que nada
perturbe mi alegría.
8º Que no exista el descanso, hasta tanto no haya
asistido a un lanzamiento de Silvestre Dangond.
698
9º Pase lo que pase, permaneceré firme a Silvestre
Dangond, porque yo soy silvestrista y mi corazón late
al mismo ritmo que el del silvestrismo.
10º Que el silvestrismo encuentre en mí, al más grande
de todos los fan de Silvestre Dangond.
Amaré por siempre al silvestrismo del alma
699
10 COSAS QUE NO DEBE HACER UN SILVESTRISTA
1º Si tienes un concierto de Silvestre Dangond al día siguiente, no
ingieras bebidas alcohólicas o trasnoches, o no podrás aguantar lo
que viene; esto le pasa a silvestristas como Gunter Zerpa y
siempre anda insoportable el día del concierto.
2º Jamás persigas el carro en donde trasladen a Silvestre; y
menos si aún no sabes manejar bien; Carolina Méndez hizo esto
en Venezuela, y casi mata de un infarto a los pobres silvestristas
que iban con ella.
3º Si has descubierto por donde pasará Silvestre Dangond, sea
un aeropuerto, hotel o calle, no te muevas de tu lugar, o
lamentarás haberte ido a comprar comida, sino pregúntenle a
José Solis, lo que se siente.
4º Un buen silvestrista controla sus nervios de fan, recibe con
una hermosa sonrisa a Silvestre, y ayuda a que los demás
presentes se calmen, de lo contrario el caos hace que nuestro
artista deba ser resguardado inmediatamente. Esto se aprende
con Jennifer Rivera, ella aunque está loca por Silvestre, siempre
nos ayuda a controlarnos y por ella tenemos las mejores fotos
silvestristas.
5º Nunca te confíes que alguien te tome una foto con Silvestre,
asegúrate de tener a mano tu cámara fotográfica, los nervios son
700
traicioneros y todo se olvida en ese momento, Isamar Velásquez
tiene varias historias al respecto.
6º Asiste siempre a los conciertos de Silvestre Dangond en
zapatos deportivos o pagarás la novatada. Marlyn Becerra
después del lanzamiento de “No me compares con Nadie” no
podía caminar.
7º Nunca asistas a un concierto de Silvestre Dangond, sin tu
camisa roja y la Bandera de tu Club o Batallón. Silvestristas como
Isa Monsalve aunque les toque lejos de la tarima, hacen llegar su
cariño a Silvestre y él les corresponde siempre.
8º Un silvestrista jamás arroja cosas al escenario, que no sea su
bandera, camisa o gorra del Club. El mejor momento es cuando
Silvestre te señala que se la pases o que la arrojes mientras habla
saludando al público. Un silvestrista jamás interrumpe las
canciones. Leira Daza nunca ha dejado de hacerlo, y tiene varias
camisas sin lavar en casa.
9º Si tu mejor amigo te dice: “Aquí te paso a Silvestre” créele, no
hagas como Walter Quintero, que habló con Silvestre Dangond
pensando que era una broma y hasta el sol de hoy se lamenta por
no haber dicho todo lo que le hubiera gustado decir a su artista.
701
10º En el silvestrismo por la emoción que nos ocasiona ver a
Silvestre, siempre cometerá una novatada, pero al menos no
cometas las nuestras y crece como fan.
DIARIO DE UN SILVESTRISTA
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NUESTROS EMBLEMAS
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AGRADECIMIENTO
ESPECIAL A LOS CLUBES
SILVESTRISTAS:
CON NOMENCLATURA DE CONTROL DEL DIARIO PARA LA FIRMA
DEL LIBRO
EN COLOMBIA
001.- REVOLUCIÓN SILVESTRISTA DE BUCARAMANGA (RUTA
I/II)
002.- CLUB SILVESTRISTA DE BARRANCABERMEJA (RUTA I/II)
003.- CLUB SILVESTRISTA DE AGUACHICA (RUTA II)
004.- BATALLON SILVESTRISTA DE SANTA MARTA (RUTA I/II)
005.- BATALLON SILVESTRISTA DE BARRANQUILLA (RUTA I/II)
006.- CLUB SILVESTRISTA DE TAGANGA (RUTA I/II)
007.- CLUB LA MATRACA SILVESTRISTA (TURBACO) (RUTA I/II)
008.- CLUB FANS SILVESTRISTA DE BARRANQUILLA (RUTA II)
009.- CLUB SILVESTRISTA DE VILLAVICENCIO (RUTA II)
010.- CLUB FAMILIA SILVESTRISTA DE BARRANQUILLA (RUTA II)
011.- CLUB LA HEROICA SILVESTRISTA (RUTA I/II)
012.- BATALLON CIENAGUERO (RUTA I/II)
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013.- EL TROPEL SILVESTRISTA (RUTA I/II)
014.- CLUB SILVESTRISTA DE SANTA MARTA (RUTA I/II)
015.- CLUB SILVESTRISTA DE LA SABANA (RUTA II)
016.- CLUB SILVESTRISTA DEL SINÚ (RUTA II)
017.- CLUB SILVESTRISTA DE SINCELEJO (RUTA II)
018.- CLUB IMPERIO SILVESTRISTA DE SOACHA (RUTA II)
019.- CLUB SILVESTRISTA DE MEDELLIN (RUTA II)
020.- GRUPO SILVESTRISTA DE CALI (RUTA II)
021.- CLUB SILVESTRISTA DE UBATE (RUTA II)
022.- CLUB SILVESTRISTA DE ACASIAS- META (RUTA II)
023.- CLUB SILVESTRISTA DE SOLEDAD (RUTA II)
024.- CLUB SILVESTRISTA DE OCAÑA
025.- CLUB SILVESTRISTA SIN FRONTERAS
026.- CLUB SILVESTRISTA FAMILIA DANGOND - BOGOTÁ (RUTA
II)
027.- CLUB SILVESTRISTA DE DUITAMA (RUTA II)
028.- CLUB SILVESTRISTA DE IBAGUE (RUTA II)
029.- CHICAS SILVESTRISTAS DE BARRANQUILLA (RUTA II)
030.- CLUB SILVESTRISTA DE PLATO (RUTA II)
031.- CLUB SILVESTRISTA DE MALAMBO (RUTA II)
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032.- CLUB SILVESTRISTA DE CÚCUTA (RUTA II)
EN VENEZUELA
V-01 BATALLON MARACUCHO
V- 02 CLUB SILVESTRISTA DE MERIDA
V- 03 BATALLON SILVESTRISTA DE SAN CRISTOBAL
V- 04 CLUB SILVESTRISTA DE PUNTO FIJO
V -05 CLUB SILVESTRISTA DE BARQUISIMETO
V- 06 CLUB SILVESTRISTA BARINAS
V – 07 CLUB SILVESTRISTA DE PUERTO LA CRUZ
V-08 CLUB SILVESTRISTA DEL TIGRE
V- 09 CLUB SILVESTRISTA DE MATURIN
V -10 CLUB SILVESTRISTA DE PUERTO ORDAZ
EN EL MUNDO
E- 01 CLUB SILVESTRISTA DE ECUADOR
CH – 01 CLUB SILVESTRISTA DE CHILE
EU – 01 CLUB SILVESTRISTA DE EUROPA
M- 01 SILVESTRISTAS EN MEXICO
P-01 SILVESTRISTAS EN PANAMÁ
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722
AGRADECIMIENTOS ESPECIALES
A Dios por darme el don de contar historias, sin su presencia en
mi vida nada sería posible.
A mi familia por comprender la naturaleza de mis locuras, por
apoyarme con la paciencia, optimismo y cariño infinito. Muy
especialmente quiero darle las Gracias a mi Madre, a mi hermana
Karito y a mi sobrino José Humberto “El Tiki”.
A Silvestre Francisco Dangond Corrales, por llenar de alegría
mi vida, por dedicarle al silvestrismo su existencia misma. Sin él
este libro no existiría, sin él nuestros ojos no brillarían como lo
hacen. Dios te bendiga eternamente “Mi Silve”.
A nuestros queridos Basilio Orta Paz y Carlos Bloom, Ustedes
hacen posible la existencia misma del silvestrismo, se han
convertido no solo en nuestros guías, sino que incansables,
trabajan porque nuestros sueños se hagan realidad y hacen que
la felicidad del silvestrismo llegue a cada rinconcito de nuestros
países.
Al silvestrismo, a cada uno de los silvestristas que me han
apoyado y entregado el cariño y comprensión a lo largo de todos
estos años. A todos los que gritaron “Súbela” “Que suba” en el
Lanzamiento de Sigo Invicto, estoy en deuda con Ustedes.
Al padrino Carlos Méndez, quien no solo bautizó el diario, sino
que se ha encargado que llegue a las manos de cada silvestrista
en las redes sociales. “Sin ti padrino, mis sueños no serían
realidad”.
A Jorge Pérez Carranza, el cómplice más grande que un
silvestrista puede tener, a mi hermoso ángel de la guarda por
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haber cuidado de mis sueños durante todo este año. Eres mi vida,
mi más amado silvestrista, un hermano y mi corazón te
pertenece.
A la Dra. Mercedes Sánchez, por su guía, corrección e
incondicional apoyo, sin ella, yo no hubiera tenido la oportunidad
de concluir este hermoso sueño.
Al Charles Medina, por su apoyo incondicional de tantos años,
por tantas historias de nuestro hermoso valle, aún en la distancia
te siento viviendo en la casa del lado querido amigo.
Quiero agradecer muy especialmente a Gunter Zerpa, Jennifer
Rivera, Leira Daza y José Solis, quienes desde el inicio del
Club de Puerto Ordaz, han llorado y reído a mi lado. A Katherine
Castaño, Andrea Martínez, Isamar Velásquez, Namapi,
Carolina Méndez, Niurca y Kike Barrios, Lorayne López,
Germaxis, Walter Quintero, Víctor Pinzón, Pichicho, La
Pechy, Yaliana, Gloris, Yorle, DJ Carlos, Javi, Tavo, Daniela,
Isa Monsalve, Yuli Caicedo, Maximilliam Valdez, Nini Soto,
José Luís Torres, José Jorge Oñate, Emma y Yahir, Daniel
Esteban Virviescas y Armando Paz, sin ustedes no existirían
los capítulos del diario que tanto nos hacen reír y soñar.
Finalmente y tal vez el agradecimiento más importante de mi
vida, a ti querido lector, gracias por llorar y reír al lado de
nuestros personajes, er