Untitled - Portal de la Cultura en Guantánamo

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Untitled - Portal de la Cultura en Guantánamo
Sumario
Obra: Lira nueva
Instalación sonora,
de Raúl Estrada
El turismo cultural y el legado africano
en Cuba: retos y potencialidades /3
Jesús Guanche
Racismo y racialidad
en la historiografía cubana /12
Mildred de la Torre
Israel Rojas: Cuba no es para mí
solo un archipiélago en el Caribe,
Cuba es un sueño posible /16
Ida Garberi
La Avellaneda como metrificadora /25
Regino Eladio Boti
En tanto, la poesía /19
Soe Iglesias
Ni rebeldes ni nostálgicos.
¿Rastreadores de su propia voz? /32
Cuento /20
El tamaño del azar
Edel Morales
Rissell Parra
Celebración del derrumbe /37
Oscar Cruz
Sumario
PALABRAVIVA/22
Gertrudis Gómez de Avellaneda
A nnia A lejo
Internos /40
Un gigante de la memoria histórica
José Sánchez
Va por casa /42
José María Heredia Girard: un parnasianista
nacido en Cuba
Margarita Canseco
Yaimara Diéguez
Poesía/44
Textos de José R amón Sánchez
Director: Yanay Pérez García. Consejo Editorial: Jorge Núñez, Marité Jalice, Virginia Jalice, Migdalia Tamayo, Margarita Canseco, Rafael
González, Mireya Piñeiro, Yaimara Diéguez, Cecilia Elías y Eldys Baratute. Editora: Carelsy Falcón. Diseño: V. Enrique Sánchez S. Impresión
y Encuadernación: Marcial López. Realización: Marisol Ojeda y Sonia Quintana. Relaciones Públicas: Eldys Baratute. Impresión: Editorial
El Mar y la Montaña. Calixto García # 902 entre Crombet y Emilio Giró. Teléfono: (0121) 32 8417 e-mail: [email protected] DESCARGA EN FORMATO PDF: http://www.gtmo.cult.cu/instituciones/cpll/
Cada autor es responsable de sus opiniones
Edición financiada por el Fondo para el Desarrollo de la Educación y la Cultura
Nota de la editora
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ste año inicia con las asambleas de las filiales de la UNEAC que concluirán en
el próximo congreso que esta asociación celebrará en el venidero abril; varios
temas convergen en cada una de las intervenciones y en los dictámenes de
las comisiones que vienen trabajando desde el pasado año. Los textos con los que
encabezan la primera parte de nuestra revista son la muestra de algunos de ellos;
tan álgidos como lo son el trabajo cultural en las comunidades, el impacto del turismo, la negritud y las confrontaciones raciales. Destacar con estas intenciones los
ensayos de los doctores Jesús Guanche y Mildred de la Torre; el primero aportando
una visión significativa de cuánto de beneficioso resultarían nuevos enfoques como
el turismo cultural sostenible, “no solo como propósitos deseables para el mejoramiento humano, sino también para aumentar la capacidad de gestión de las propias
comunidades en su sostenibilidad y en el aumento constante de la calidad y nivel
de vida.” Mientras, la doctora de la Torre, a través de un breve panorama sobre el
tratamiento que los historiadores le han dado a la discriminación racial y la racialidad en Cuba, alerta a ese comunidad de investigadores sobre sus escasos pronunciamientos al respecto, sobre un tema que considera insoslayable en la defensa de
la identidad nacional.
Recomendamos en este número la entrevista realizada a Israel Rojas, integrante del dúo Buena Fe, por parte de la periodista italiana Ida Garberi, quien se califica
así misma como comunista porque cree en la propiedad colectiva y soñadora, por
aquello de: “seamos realistas sueñen lo imposible”.
En la segunda parte de nuestra publicación un acercamiento a otro tema,
también polémico, la literatura escrita por los jóvenes, el trabajo del poeta e investigador Edel Morales —tomando como pretexto, el libro Papyrus, de Osdany Morales, Premio Alejo Carpentier, 2012— toca zonas importantes de un asunto que
capitalizó y capitaliza variados espacios de discusión.
No queríamos pasar por alto en este número los 200 años de la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda y el homenaje, por partida doble, nos llegaría con el trabajo de nuestro poeta mayor Regino E. Boti, quien en ocasión del centenario de Tula,
escribiría un ensayo aún insuperado, donde acuciosamente revela su vertiente innovadora en la métrica española.
Sirvan las palabras del propio Israel Rojas como reflejo de las aspiraciones que
para este nuevo año tiene nuestra revista: “Lo que no debe suceder jamás es que no
existan los espacios para el intercambio que contribuyan en el menor tiempo posible a que se imponga lo que entendemos como verdad, pero como siempre es relativa, si nos equivocamos, que sea un error por convicción.”
2 El Mar y la Montaña
El turismo cultural
y el legado africano en Cuba:
retos y potencialidades
Jesús Guanche
Doctor en Ciencias Históricas. Muchos de sus libros han recibido premios, entre los que se encuentran Premios Anuales de Investigación Cultural en 1997 y 2001 del Ministerio de Cultura de Cuba, Premio de la Crítica Científico Técnica que otorga el Instituto Cubano del Libro y el de Investigaciones Americanistas, entre otros. En el 2013 el Instituto
Cubano de Investigación Cultural (ICIC) Juan Marinello le otorgó Premio Nacional de Investigación Cultural.
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El Mar y la Montaña
11
Racismo y racialidad
en la historiografía cubana
Mildred de la Torre
Doctora en Ciencias Históricas. Entre sus publicaciones se encuentran: El autonomismo en Cuba, Editorial Ciencias
Sociales, La Habana, 2000 (Premio “Ramiro Guerra”, 2000) y La política cultural de la Revolución cubana. 1971-1988
(Ed. Historia, Instituto de Historia de Cuba, La Habana 2008). Ha recibido premios y distinciones por su obra científica, entre ellas Distinción Por la Cultura Nacional. Comparte su quehacer investigativo con la docencia universitaria
en las asignaturas de Historia del pensamiento cubano e historiografía internacional.
R
significativo el escaso
pronunciamiento de la comunidad de historiadores sobre el
debate actual relativo a la discriminación racial y la racialidad en Cuba.
Como se sabe, los restantes científicos sociales, fundamentalmente
los sociólogos y cultivadores de la
etnología, han emitido sus criterios
—sustanciosos y controversiales—
en diferentes ámbitos y colectivos,
promoviendo diversos análisis alrededor de tan trascendente problemática, cuya concreción y desarrollo
es parte sustancial de la nacionalidad cubana.
Ciertamente, la historia se escribe en el presente y todo lo que en
él acontece influye y, a veces decide, en la creación historiográfica. Sin
embargo, las parcelaciones y reducesulta
12 El Mar y la Montaña
cionismos y la poca conciencia, no
solo entre los historiadores, sino
también en los restantes cultivadores de las ciencias, el arte y la literatura, de los valores y beneficios de la
multidisciplinariedad imposibilitan
la explotación de semejante universo; cuya mayor contribución sería la
muestra fehaciente de la sociedad
ancestral con sus encantos, tragedias
y legítimas realidades, para suerte
del conocimiento actual. Cuestión en
extremo importante, en tanto resulta insostenible cualquier apreciación sobre los fenómenos actuales
—mucho más los relativos a la espiritualidad— si se excluye el conocimiento histórico. Se puede aludir a
las costumbres, hábitos, sistema de
vida y mentalidades sin profundi-
zaciones en la historicidad que los
sustentan, pero nunca ignorarlos
como parte sustancial de las razones
de sus existencias o, diríamos mejor,
de sus continuidades en el presente.
Entre los flagelos, lamentablemente sobrevivientes en la contemporaneidad, no solo en Cuba sino
también en el mundo, se encuentra el racismo y los derivados de una
racialidad mal estudiada y escasamente comprendida, pese al legado
de muchos científicos sociales.
Paradójicamente —porque como
expresé al principio, solo algunos
historiadores se han pronunciado
sobre el tema—, existe un caudal de
estudios, en su mayoría publicados,
imprescindible para cualquier análisis contemporáneo.
Obviamente, la colonia esclavista ha ocupado y ocupa la atención
de la mayoría de los historiadores.
No obstante, debo referirme a sus
aportes más relevantes si pretendo
llamar la atención sobre los derroteros actuales.
El padre de la sociología cubana, José Antonio Saco, inició el debate cuando construyó, para suerte de
la cultura, la historia de la esclavitud, obra insuperada hasta el presente. Entendió, como debe ser, que
sin semejante conocimiento resulta
imposible comprender los orígenes y
contenidos específicos de la sociedad
insular. Su parcialidad etno-racial,
característica de su tiempo, le impidió incluir a los negros y sus valores
culturales en la conformación de la
nacionalidad. De ahí, que sus primeras apreciaciones fuesen profundamente racistas, aunque sus aportes
epistemológicos constituyen eternos referentes para cualquier empresa investigativa.
El gran Fernando Ortiz fue su
más sabio continuador. Aunque sus
estudios no profundizaron en la
historia esclavista, no es menos cierto que resultan insoslayables para la
comprensión de sus múltiples manifestaciones socioculturales. Y si
bien el gran Saco se mantuvo incólume en su racismo secular, Don
Fernando evolucionó hacia el liberalismo desprejuiciado y radical, para
suerte de las historias de las ideas
y de la ciencia en su conjunto. Así
lo demuestra su tránsito desde Los
negros brujos hasta El engaño de las
razas, por cierto, muy poca citada
esta última cuando se condenan los
prejuicios raciales.
Hay que reconocer —tampoco
tiene suficiente divulgación en los
debates sobre el racismo y la racialidad— los quehaceres de José Luciano
Franco, favorables al entendimiento
de los movimientos políticos emancipatorios de los esclavos y los negros
y mulatos libres, de figuras relevantes en la historia de las ideas como
José Antonio Aponte, Antonio Maceo
y Juan Gualberto Gómez, entre
otros y, sobre todo, sus profundas
y puntuales incursiones en África,
Jamaica, Haití y el resto de las Antillas y el Caribe, donde las diásporas
iniciales socioeconómicas y culturales devinieron en procesos indetenibles hasta el presente. Para el sabio
Franco, lo político y lo cultural estaban indisolublemente vinculados.
Cuando Juan J. Pastrana examinaba minuciosamente la fecunda
presencia china y asiática en general
en los procesos revolucionarios, Juan
Pérez de la Riva apuntaba hacia sus
contribuciones
socioeconómicas.
Ambos enfrentaron a la historiografía indiferente y racista durante
los complejos años de la república
burguesa para decirnos, ahora, que
también esa masa poblacional fue
discriminada y que históricamente necesita de nuevas valoraciones
reivindicativas.
La historiografía conservadora y tradicionalista, bien asentada
en los predios de la Academia de la
Historia, la Universidad de La Habana y los círculos oficialistas, apenas
prestó atención a los valores culturales de los negros y mulatos. Condenaron la esclavitud, pero silenciaron
sus voces espirituales y parcamente
hablaron de sus condiciones de vida
y rebeldías.
Tampoco fueron exhaustivos los
historiadores de la tendencia nacionalista, aunque enfatizaron en el
patriotismo independentista. En
realidad, no excluyeron el liderazgo
de quienes por su color no obtuvieron el lugar merecido en la historia
política de Cuba. Pero la realidad
triste y dolorosa del racismo colonial y republicano, careció de merecidas valoraciones. Ciertamente, la
república burguesa no constituyó un
escenario propicio para semejante
reivindicación.
Se aprecia la presencia del influyente mundo de la contemporaneidad en la labor científica. La
república recoge el legado racista de
la colonia. Los excelentes oradores
—díganse ideólogos del reformismo
conservador y radical y del independentismo conservador, fundadores
de pensamientos críticos y renovadores— desconocieron la intensidad
y penetración de la cultura política
El Mar y la Montaña
13
de los negros y mulatos. Masas activas, soldados aguerridos y pujantes, como si no tuvieran algo que
perder por sus condiciones raciales y
ausencia de inteligencia y sabiduría,
fueron veladamente mostrados ante
la posteridad. Para muchos de ellos
no fueron cubanos y sí extranjeros
venidos de las tierras de la barbarie
y el salvajismo.
Semejante patrimonio no solo se
recoge en los discursos bajo la férula del supuesto paternalismo, cuya
fraseología hería a todos los marginados del poder político y económico, sino también en las disposiciones
legales y en las conductas asumidas
por quienes decidían en los destinos
socioeconómicos del país.
Aunque algunos quieran olvidarlo
o se hacen los desentendidos, el racismo burgués y el de todas las capas y
sectores sociales mantuvo su liderazgo en las costumbres y formas de vida
durante la república burguesa. Las
prohibiciones contra las manifestaciones públicas de la religiosidad popular
de origen africano, la segmentación
en los lugares públicos, las exclusiones en las escuelas privadas, liceos,
balnearios, sociedades y asociacionismo en general, entre otros muchos,
no solo fue potestativo de los blancos
sino también de los negros y mulatos,
sobre todo en lo referente a la sociabilidad y en algunas sectas religiosas.
Si de discriminación se trata, no
pueden omitirse las relativas a los
puestos de trabajo, la vivienda y
14 El Mar y la Montaña
profesiones, cuestiones extensivas a
las mujeres con independencia de su
origen racial. Como tampoco deben
olvidarse la pobreza y la marginalidad, condición social que igualaba a
todos los sectores sin distingos por
el color de la piel.
La sociedad mostrada por la
historiografía conservadora, anterior
a 1959, careció de semejantes valoraciones. La esclavitud africana fue
profundamente condenada, pero no
sus secuelas morales, como tampoco reconoció sus aportes a la cultura nacional.
La tragedia de los negros y mulatos fue apreciada, además de por
los mencionados Franco y Pérez de
la Riva, por Ramiro Guerra y Raúl
Cepero Bonilla, bajo ópticas y argumentos disímiles. En Guerra hubo
develaciones en torno a la naturaleza de la plantación y sus mutaciones
internas, acordes al desarrollo de los
procesos económicos en su conjunto.
Cepero Bonilla se centró en el racismo ideológico para descalificar a los
reformismos y Franco emblematizó
a los olvidados por quienes estructuraron, desde la cúspide elitista, la
represión y la exclusión social. Pérez
de la Riva asentó su discurso en la
fuerza de trabajo y en los fenómenos
migratorios, su monto y peso económico con independencia de su racialidad. Sin embargo, insisto, la pobreza
blanca, objeto de discriminación, ha
sido prácticamente soslayada.
El clasicismo histórico debe
ocupar la atención de los científicos sociales en tanto la segregación
es también un fenómeno devenido en realidad histórica concreta de
profunda raigambre clasista. Vale
preguntarse si las nuevas corrientes de pensamiento pueden opacar
la sabiduría legada no solo por el
marxismo, sino también por la sociología burguesa de cuya fuente bebieron los fundadores de la nueva
concepción científica del mundo, así
como sus seguidores y detractores.
Ciertamente, el triunfo revolucionario cubano amplificó las posibilidades del desarrollo de la historiografía
nacional y motivó a no pocos especialistas foráneos al estudio de la
historia nacional bajo premisas diferentes. Hasta los años ‘90 del siglo
pasado, el patriotismo político militar e insurreccional ocupó la atención de quienes deseaban responder
a los silencios de la neocolonia
mediante la exaltación de los valores
morales defendidos por el liderazgo
mambí u opositor a la gobernabilidad republicana.
Independientemente de influencias sovietizadas, lo real es que
los movimientos populares, prácticamente desconocidos hasta ese
momento, ocuparon un lugar de relevancia en los quehaceres investigativos. En igual condición fue ubicada
la historia de las ideas revoluciona-
rias, sobre todo las nacionalistas
mambisas, antimperialistas, socialistas y comunistas y, principalmente, las martianas. Las luchas políticas
opacaron a cualquier otro intento
epistemológico. La sociedad estaba dividida, para quienes tuvieron
la misión de reconstruirla históricamente, en revolucionarios radicales
y en conservadores reaccionarios. El
universo espiritual quedó en manos
de los investigadores artísticos y literarios con sus múltiples tendencias y
no menos parcelaciones.
El siglo xxi albergó nuevas expectativas científicas, gracias a la maduración del movimiento intelectual
cubano y al arribo a sus predios de
las tendencias internacionales en
boga. La apertura al mundo, en todos
los órdenes sociales y económicos,
también se hizo sentir en la creación
historiográfica, cuestión exhaustivamente analizada por los críticos.
Antes de la ocurrencia de este
último suceso, merece mencionarse
los esfuerzos de Pedro Deschamps y
el citado Juan Pérez de la Riva a favor
de la llamada “gente sin historia”.
Bien puede considerarse un texto
revolucionario en tanto metodológicamente aportó la visión sobre los
que hicieron posible la existencia de
una nación y un país sin protagonismos teóricos reconocidos y mucho
menos alcanzaron el liderazgo de los
movimientos políticos. Fueron los
clamores de los “de abajo” y de las
víctimas de las injusticias sociales.
Son los irreconocidos por la historia aunque sean, también, sus hacedores. A lo anterior deben sumarse
los descubrimientos de Deschamps
sobre los batallones de pardos y
morenos y su interesante llamado de
atención sobre el hecho de que los
no blancos también podían defender
al régimen español.
La nueva historia social de Cuba,
protagonizada por numerosos especialistas de renombre, sumamente
conocidos, está centrada en la esclavitud debido a su permanencia dolorosa durante cuatro siglos con sus
secuelas hasta los días presentes.
Junto a las voces abiertas de los
despojados de sus derechos de vida
también estuvieron los que ascendieron dentro de las exclusiones,
probando que los fenómenos resultan mucho más complejos que el diferendo racial. Hacia las condicionantes
del sistema de vida y sus expresiones
concretas socio-regionales hay que
ir si se quiere ofrecer una visión realmente objetiva y justa.
La tragedia actual de la discriminación racial y la ausencia de suficientes estudios sobre la racialidad,
motiva la exploración del pasado.
El flagelo dejó de existir solo en el
discurso oficial y en las aperturas
sociales. En este último sentido, debe
reconocerse que solo con la revo-
lución, las puertas de la educación
y la cultura, en general, se abrieron
para todos. Pero la discriminación y
el prejuicio son tan reales como la
existencia misma de los presentes en
este espacio de discusión. Los silencios sobre este generalizado fenómeno han contribuido a su incremento.
Pero, sobre todo, las desigualdades
e injusticias sociales, típicas de las
mutaciones internas de la sociedad
cubana actual.
Si bien la historiografía antes
de los ‘90 soslayó o no profundizó en el racismo, presente en todas
las corrientes políticas, salvo en los
pronunciamientos de los grandes
líderes revolucionarios, no es menos
cierto que resulta necesario históricamente detenerse en sus causas
y manifestaciones. Tampoco debe
olvidarse que el mal también se ha
extendido a los diferentes colores,
clases y sectores sociales del cubano
y no a uno solo en particular.
Bien merece el país y la defensa
de su nacionalidad el aporte de los
historiadores a tan urgente y sensible problemática social.
El Mar y la Montaña
15
Israel Rojas:
Cuba no es para mí
solo un archipiélago
en el Caribe,
Cuba es
*
un sueño posible
Ida Garberi
Periodista italiana residente permanente en Cuba desde el
año 2002, editora de las páginas en italiano de Prensa Latina y Cubadebate.
Hay quien tiene enemigos que derrotar,
Puentes que levantar,
Cuerpos que curar,
Pues yo tengo, yo tengo el papel en blanco.
Donde me invento, me borro, me vuelvo tachar
Me compongo, desarmo y me vuelvo a armar
Mi amuleto, mi credo, mi reto, mi asecho...
Papel en blanco
Israel Rojas
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directamente a Israel Rojas,
vocalista líder del Dúo Buena Fe, uno de los grupos musicales que más público moviliza en Cuba, pero valió la pena.
Me encanta su música y más las letras de las canciones por la
fuerza, la belleza, la sencillez y la profundidad que tienen adentro, me atrevo a considerarlos “los Silvio Rodríguez del siglo
xxi”. No quiero aburrir más con mis palabras, los dejos con las
preguntas y las respuestas...
speré meses para lograr contactar
16 El Mar y la Montaña
En el último disco Dial el tema
que más me gusta es La culpa: admiro mucho el coraje de enfrentar este
tema, tabú en Cuba. “Huérfana culpa
vuela sin dueños, donde se pose
nunca crecerán los sueños”. ¿Qué
sueños tiene Israel Rojas sobre los
cambios en el país? ¿Qué Cuba revolucionaria quieres dejar a tus hijos?
¿Cómo revolucionario y vanguardia que eres, crees que la cárcel sea
el destino de los corruptos… los
culpables?
Mis sueños sobre Cuba son
muchos. Desde la inmensa tarea de
preservar lo logrado en materia de
solidaridad humana, la titánica labor
de evitar la continua erosión de
sectores como la educación, la salud
y la seguridad pública, hasta descifrar las claves cubanas para llegar a
una economía capaz de sostener lo
que te expuse antes y ampliar nuevas
conquistas. Sueño una Cuba actualizada tecnológicamente y cada día
menos desigual. Sin bloqueo económico, no por haberse rendido a la
irracionalidad impositiva, sino por
haber demostrado mayor capacidad
e inteligencia que los verdugos. Pero
sobre todas las cosas, sueño con una
Cuba debidamente institucionalizada, donde el imperio de la ley tenga
mucho más peso para garantizar los
deberes, derecho y obligaciones de
las personas jurídicas y naturales,
que el voluntarismo circunstancial
o la opinión de algún apoderado de
turno. Tengo mucha fe en los cambios
que se están produciendo y en los que
vendrán. Pero tengo más fe en nosotros, los buenos cubanos, porque
ningún cambio en sí traerá lo que
se espera, si no andamos atentos en
la evolución de sus resultados para
perfeccionarlos constantemente.
Quiero dejar a mis hijos una Cuba
mejor, pero sobre todo quiero dejarle a Cuba unos hijos mejores que yo.
Más cívicos, más útiles, más humanos. Cuba no es para mí solo un
archipiélago en el Caribe, Cuba es un
sueño posible.
Sobre la cárcel, creo que obviamente debe ser el destino de los
criminales. Pero la corrupción que
más me preocupa es la moralmente
aceptada por amplios sectores de la
población, pues precondiciona esa
otra grande, escandalosa, punible.
Me explico: la corrupción es como
un cáncer social de pulmón, pero
no perdamos de vista que casi todos
somos fumadores activos o pasivos.
Para padecerla solo hace falta una
pizca de infortunio o simple cuestión de tiempo.
Palabras como integridad, dignidad, honra, decencia andan por
el imaginario popular sin todo el
glamour que merecen y a veces hasta
de capa caída en contraposición con
altanería, hedonismo y espíritu de
“lucha” (en sus acepciones populistas: robar, mentir, simular).
En el video de la canción La culpa,
se ve una muchacha perseguida por
la policía de Batista. ¿Tú no crees
que hoy en día también se persigue
a la vanguardia de la Revolución,
principalmente con la censura, sin
dar espacio en la prensa estatal a
una crítica constructiva y con total
ausencia de un verdadero periodismo investigativo?
Represores habrá siempre en
cualquier sociedad. La diferencia es
que por aquellos años, antes de 1959,
a los represores no les temblaba la
mano para torturar y matar. La vida
humana no valía ni medio. La sinrazón bárbara, la criminalidad vestida
de policía y el gansterismo, cuidaban los intereses de los económicamente poderosos que eran —con sus
contadas acepciones— lo bastante
irresponsables con la nación y USAdependientes, como demostró la
historia a la larga.
Los represores de hoy intentan
representar a la mayoría, en una
sociedad que establece la integridad física y la vida humana como
sagradas; por ende, jamás llegarían
a esa atrocidad para lograr sus fines.
Pero no es un paseo por “Los jardines del Edén” esto de hacer revolución. Es un proceso de choques
y desencuentros, de negociaciones
y rupturas, de avances y decepciones, de saber renunciar y volverse a
enamorar muchas veces. Es como la
vida misma.
Entonces, cada cual corre su
propio riesgo. El que se abalanza
sobre el horizonte debe estar consciente que le afectaran las lógicas y
hasta las ilógicas fuerzas de la física y hasta de lo aún no conocido.
Quien tiene el deber de preservar,
ha de saber que tendrá inclemencias, bacterias provechosas y depredadoras. Lo que no debe suceder
jamás es que no existan los espacios
para el intercambio, que contribuya
en el menor tiempo posible a que se
imponga lo que entendemos como
verdad, pero como siempre es relativa, si nos equivocamos, que sea un
error por convicción.
Ya he visto de todo. Funcionarios
cobardes tomando decisiones para
cuidar el carro y el cargo; otros que
no temen arriesgar el pellejo, fieles a
sus ideas y son los mismos con o sin
guayabera. Pero también he visto a
intelectuales buscando victimizarse para tener aval de “reprimido”,
lo cual da cierto “plus” de legitimidad seudoartística y a otros tender
la mano al crítico que le ayudó a
crecer o tender puentes de intercambio, respeto y comunicación con el
supuesto censor más enconado. Creo
en la solidez de las obras humanas,
porque detrás está la cara del artista,
pero el alma de muchos facilitadores
u obstaculizadores necesarios.
El periodismo tiene mucho que
hacer aún. Creo que una ley de
medios es muy necesaria. Cubanos
para hacer periodismo del bueno,
hay unos cuantos.
En febrero del pasado año estuve
en el curso del Instituto Internacional de Periodismo “Género y Comunicación” y analizamos entre los y las
estudiantes el video de Ian Padrón
El Mar y la Montaña
17
Ser de sol, donde cantan Buena Fe y
Descemer Bueno: ¿qué quiere comunicar al público que las dos muchachas se besan y después una de ellas
se va con su pareja masculina? ¿Es
solo un enganche publicitario? Yo
defendí el hecho de que representa la libertad de relaciones entre
hombres y mujeres, que entre cuatro
paredes en el sexo todo está permitido si todo el mundo está de acuerdo.
Algunas feministas, al revés, opinaron que el mensaje quiso ridiculizar
a la pareja lesbiana. Yo no conozco
a Buena Fe como un grupo machista, siempre respeta a las mujeres en
los espectáculos y en las letras de las
canciones. ¿Qué opinas tú, Israel?
verá homofóbico, pues nadie pensará que es por la traición si no por
estar con una muchacha. Mejor se
ríen y que salga el sol por donde
salga. Es preferible la aceptación
que el rechazo, aunque lo primero
parezca otra cosa.
Y donde manda director no
manda cantante.
A mí el video me gustó mucho.
Me parece un buen trabajo.
¿Qué significa para Israel tener el
papel en blanco? Yo personalmente
creo que los verdaderos revolucionarios nunca tienen todas las respuestas y las buscan desde abajo, a la
izquierda (le temo mucho a la gente
que se las sabe todas, que no escucha a los demás, porque es demasiado totalitaria y peligrosa). ¿Tú qué
opinas? ¿Para ti es correcto tener
que repensar hasta estructuras políticas revolucionarias si ya no responden al pueblo, verdadero y único
dueño del Estado? ¿Estás de acuerdo
con Fidel cuando afirma que “Revolución es cambiar todo lo que tiene
que ser cambiado”?
salieron buenos”, o eran “cuadros
probetas” como se dice ahora, es un
desastre de insospechadas magnitudes. Y es un fracaso, pues hiere ahí,
donde es esencial. Si algún patrimonio debe tener una organización
política, religiosa o filantrópica es
CREDIBILIDAD. Hoy, más de la mitad
de los jóvenes en Cuba no saben quiénes son sus líderes políticos juveniles
y lo que es peor, no les importa.
No debe temerse a cerrar ciclos,
pues siempre habrá la opción de
abrir otros, aprovechando las lecciones de las experiencias buenas y
malas del pasado.
Que nadie crea que soy un irresponsable que pretendo desarmar a
la revolución. Sencillamente afirmo
(desde mi simple condición de ciudadano) que en épocas de fusiles, no es
sabio aferrase valientemente a escudos de madera.
Cuento
Opino que todos tienen un poquito de razón. Un video clip no es más
que el comercial de una canción. Su
fin último es que mayor cantidad de
consumidores potenciales hagan de
su canción la banda sonora de sus
días. Nadie construiría un piano para
que vuele. Sería ilógico. Por eso todos
los videos clips que hablan de salir a
pasear en un yate, los que abordan
la protección del medio ambiente o
los que nos invitan a ser amigos de
los extraterrestres, TODOS buscan
un enganche publicitario, porque es
su esencia.
En Ser de Sol, que no es más que
una canción de desamor, pues aborda la naturaleza interior de un amante traicionado, Ian Padrón quiso
romper con lo convencional y utilizó una temática relacionada con algo
a lo que la sociedad cubana presta
tanta atención como lo es la igualdad de género.
En un video de tres minutos,
contar una historia en detalles es
imposible. El mensaje es más sugerido que explícito. Y que cada cual
saque sus propias conclusiones.
Yo mismo quería ponerme “bravo”
cuando veía a mi novia “engañándome” con una muchacha, no por
ser muchacha, sino por la traición.
Ian dijo: ¿cómo explicas eso audiovisualmente? Si te pones bravo se
18 El Mar y la Montaña
Papel en blanco es para mí algo
más que una canción. Es una declaración de fe, una especie de autorretrato. Desnudar el alma sin
pretensiones, complejos ni prejuicios. Me declaro un aprendiz eterno.
Curioso y atento. Pero enamorado
de la vida por los riesgos que implica, no por amar la inocuidad de las
apacibles aguas, ni por la asepsia de
las “zonas de confort”.
Creo que hay que repensar a
Cuba. Y creo que hay estructuras y
organizaciones políticas necrosadas.
Por ejemplo: una organización, que
por sucesivas épocas importantes de
la historia reciente de Cuba (Angola, derrumbe del campo socialista,
Periodo Especial, inicio de la Batalla
de Ideas), deba esconder los discursos y fotografías de sus máximos
exponentes (todos ellos queridos,
seguidos, admirados, ponderados en
su momento)… porque al final… “no
*
Esta entrevista, publicada en el blog idagarberi.blogia.com, fue cedida gentilmente a
nuestra revista por su autora.
En tanto, la poesía
Soe Iglesias
Poeta. Publicó los libros El sol como talud (2007) y Piel adentro (2011), ambos
por la Editorial El Mar la Montaña. Obtuvo el premio municipal en el Encuentro
Debate de Talleres Literarios 2001, 2002 y 2004, y premio en el provincial de
2005; premio en los Juegos Florales 2002, Premio de la Ciudad 2004 y mención
en el Nosside Caribe 2005.
U
na madurez desprovista de muchos
de los encantos de la edad
acosa, cercena todo lo que de
utopía pudo realizarse.
Una realidad se instala, endemoniadamente perniciosa, destructora, para conjurarse con un período
de escasez material que ayudaba a
ensombrecer más el paisaje. Pero
quien cree en sí mismo, no deja de
soñar; busca, vuelve sobre su laberinto, hurga hasta encontrar algo que le
edifique la existencia. Puede sea difícil, pero a un espíritu persistente no
le importa la magnitud de los retos.
Había que buscar y encontrar
el medio para no ser solo respirante, el motivo para continuar a
pesar de frustraciones, de poca
salud y otras carencias.
En realidad, se me hace necesario escribir mi experiencia. En
otro momento lo habría puesto
en duda, hubiera dejado que otros
dijeran, aunque ese momento no
llegara nunca.
Quizá por azar o porque estaba
escrito que así fuera, llega la literatura. Bálsamo iniciador de una etapa,
nueva y rica. Mi casa se convierte por
decisión propia y sin afán de lucro en
la receptora de muchos aficionados
amantes de estos giros. Me envuelvo en esa vorágine, seductora por
demás. Me entrego. Fue mi momen-
to para abrirme al mundo sin reservas, sin mercenarismo; entera, total.
Regresé a la vida con la certeza
de que siempre amanece, aún siendo un día gris.
Dueña de mi circunstancia dejé
que la poesía se instalara, se apoderara de mi y yo (modestamente) de ella.
Evidentemente, la vida tenía y
tiene colores !Claro que había colores!
Y comenzaron a surgir con matices
diversos. Las personas se me hicieron más visibles, más necesarias, más
presentes. De pronto, el mundo se me
antojó interesante, desconocido y el
deseo de visitarlo se volvió necesidad. Nuevamente, volví a creer en el
hombre y su naturaleza, y no exagero cuando escribo que, con el primer
poema logrado, supe que ya, nunca
más, podría desprenderme de esa
estrofa, que ella, la poesía, ya formaba parte de mi como única piel.
Todos los miedos, las dudas, las
frustraciones comenzaron a fluir
tomando forma. Entonces, pude
abrirme al mundo con un nuevo sentido, con una nueva capacidad y otra
dimensión en un discurso que cada
vez se hacía más necesario. Logrado
el exordio, expulsados todos (o casi
todos) los fantasmas y demonios, ya
no existe sábana que tape mi cabeza,
oscureciéndola. La mirada se volvió
mas diáfana sin oclusiones.
Con y por la poesía se reafirmaron
los valores que siempre me acompañaron (lo digo sin falsa modestia). Ella
me facilitó las herramientas para tratar
de conocer y discernir las prioridades
del individuo, aceptarlo, valorarlo en
toda su capacidad y dimensión.
Soy mejor, sí, soy mejor persona, y
no es frase manida ni cliché de moda,
ni una definición para ser aceptada por los lectores. Yo me acepté
primero, aunque parezca inmodesta, pero más vale ser sincera conmigo para serlo con los demás. Eso
también lo reafirmé con la poesía. A
ella, tan culpable, tan necesaria, le
doy las gracias, por haberme permitido incluso continuar con los niños
una labor pedagógica (por herencia
laboral y satisfacción personal), que
tanto significa para mi.
Ahora los pequeños de cualquier
edad, desde que comienzan a tener
un vocabulario coherente y hasta la
adolescencia, forman parte de un
programa de barrio donde cada uno
de ellos, defienden y actúan su obra;
siempre con la tutela de un miembro de su familia; en eventos patrióticos y culturales del barrio y un
poco más allá.
El trabajo con ellos (los niños)
es intenso pero productivo, nadie
puede sustraerse a la gracia y la
seriedad de los actores. No tienen
que disculparse si se equivocan;
su preocupación sincera y natural
es suficiente para brotar sonrisas;
ellos me han compulsado a buscar
en la memoria y proponerles un
trabajo con hechos y personajes
conocidos en mi niñez y contextualizarlos, dotándolos de un lenguaje
sencillo, pero que pueda llevar a una
reflexión menos ingenua, aunque
divertida, de la realidad que propone. De todos modos, el propósito no
es solo entretener sino despertar la
curiosidad: la pregunta y la respuesta oportuna, el conocimiento y la
práctica del propio conocimiento.
¿Ambicioso verdad? Si lo lograra sería otra deuda contraída con
la poesía.
El Mar y la Montaña
19
Cuento
Cuento
El tamaño del azar
R issell Parr a
Narrador y crítico. Tiene publicados, entre otros, los libros de ensayo Mandamientos de los impíos (2009) y Las armas del hidalgo (2013), ambos por la editorial El Mar y la Montaña. Es miembro de la UNEAC.
A
a la
altura de los ojos y ver en el
plano de fondo a Juan, a Regino le vino a la memoria lo que ese
negro, ahora compañero de mesa, le
l levantar la ficha de dominó
había dicho algunos años atrás con
los ojos como clara de huevo: “Cuando a uno se le muere un hijo joven,
queremos cambiar la vida que hemos
tenido.” Y el recuerdo de aquel niño
de doce años, muerto en un accidente de tránsito, cuando venía de
regreso de la playa, se le coló, como
imágenes cambiante en el lento reco-
rrido de la pieza rectangular sostenida en la mano. Eran al estilo de las
de un video clip: las coronas ahorcadas alrededor del féretro, el llanto
de la familia, el humo de los cigarros
semejante a un extenso mosquitero,
la abejera de las conversaciones en
la funeraria, las condolencias dichas
en letanía, la despedida de duelo
y el rostro de Juan en close up, sin
pronunciar ni una palabra, sentado
en un balance que nunca paraba. Y
ese recuerdo se confundía
ahora, justo en el que
empinaba un trago
de ron, con el de un
año después, cuando bebían luego del
regreso del cementerio
donde habían ido a llevarle flores a Juanito.
Desde ese domingo, sin
acuerdo previo, se encontraban en la casa de Juan para beber
y jugar dominó. “Uno quisiera
cambiar la vida, Regino”, le dijo en
aquella ocasión, casi en estado de
beatitud. La imagen de la necrópolis
era la misma en esos instantes para
los dos tiempos, la del día de Juanito
y la vez que enterraron a su hija con
apenas veintitrés años.
Regino descubrió que la garganta se le había estrechado: “Uno
quisiera volver a la infancia y tomar
otro rumbo.” Y contempló a Juan
por encima de la ficha que ya iba
en caída hacia la mesa, mientras
respiraba profundo y una certidumbre se iba apoderando de su mente:
una lista misteriosa de las desgracias había decidido un orden, por
que ni por asomo él podía imaginar que dos años después, el negro
tendría que acompañarlo, pero con
los papeles cambiados, y entonces
podría entender aquellas palabras
dichas como un estribillo para una
canción: “Uno quisiera vivir otra
vida.”
Apretó la pieza con el dedo índice sobre la superficie de la mesa
como si la estuviera sembrando: era
el seis-tres, y ese diminuto rectángulo de madera le trajo a los ojos
lo primero que había hecho por la
mañana. Se despertó muy temprano y los tallos de las azucenas, las
flores que más duraban, fueron
cercenados justo para que cupieran en la jardinerita que simulaba
mármol. Llenó el recipiente plástico de agua por si no había como en
otras ocasiones, y ya para las siete
estaba junto a la tumba.
Aquella estancia lo deprimía
mucho, sobre todo cuando en voz
muy queda le susurraba cosas que
sólo él y ella conocieron. Luego se
despedía y era como si algo muy
pesado se quedara allí. Eso lo hacía
cada día 24, mes tras mes. El cementerio le recordaba una ciudad de
casitas a dos aguas; un puñado de
mármol por allí; otro de granito
más lejos conformaban ese relieve
que se levantaba en miniatura; las
cruces, bóvedas o túmulos le daban
la impresión a Regino de estar echados boca abajo, obedeciendo alguna orden de reposo y quietud. Lucas,
el jugador contrario que estaba a su
derecha, colocó atravesado, como
formando una cruz latina, el dobletres. Desde que eran muchachos y
crecieron juntos en el barrio dijo que
iba a ser médico y lo había conseguido sin mucho ruido, con esa calma
y silencio que lo caracterizaba, y así
también había construido una familia sencilla. En el funeral de su hija,
Lucas nunca se acercó a palmearle el
hombro, pero lo había sorprendido
muchas veces llorando.
Tal vez, la vida tenía que vivirse
así, sin mucho aspaviento para que
los dioses no se enojaran. Juan tomó
una ficha y la puso matando el tres.
Había que pasar por una situación
como la de él para saber qué era el
desconsuelo, que podía conducir a
cualquier hombre sólo por dos caminos: la locura o el suicidio.
Marcial, el contrario de la izquierda, se recostó al asiento como
tomando distancia. La pérdida del
ojo derecho y el achatamiento de
esa zona de la cara provocaba un
efecto terrible para quien lo mirara por primera vez. Pero detrás de
ese rostro maltrecho, ganado en la
guerra de Angola, vivía una criatura de una bondad sin límites. Regino
lo sabía desde que eran pequeños.
Vio la ficha en la mano de Marcial:
era el cuatro, y se repitió el número varias veces hasta que lo asoció
con la fecha en que allá, en Santiago de Cuba, cuando estudiaba Filología en la Universidad, conoció a la
madre de su hija, de quien llevaba
ahora muchos años separados. Él no
iba a ir a esa fiesta en que conoció a
Norma con ese cuerpo para afiche y
su putería a flor de piel. Ella ocultó
el crecimiento de la barriga alegando
que era normal que le faltara la regla
durante meses. A Regino nunca le
pasó por la cabeza casarse con ella,
incluso, el embarazo le trajo muchas
dudas durante un buen tiempo, a
pesar de que Norma juraba y se escurría en lágrimas diciendo que el hijo
que iba a tener era de él.
Con los años dejó de pensar en
eso, y la misma inclinación de la niña
hacia su persona le fue borrando esas
desconfianzas. Sólo en los momentos finales de la vida de Normita,
cuando las pruebas hematológicas
para buscar compatibilidades, ella
misma le hizo una pregunta inesperada: “Y si descubres que no soy tu
hija.” Entonces, Regino le respondió:
“Eso a estas alturas es imposible,
aunque fuera cierto.” ¿Qué hubiera
ocurrido si en el justo instante que
decidió ir a aquella fiesta se hubiese cancelado? Regino tenía previsto irse para Guantánamo a la casa
de sus padres y se imagino tomando
el carro para el viaje. Toda su existencia hubiera cambiado totalmente. Los hijos, porque podrían haber
sido muchos, tendrían otro color
en los cabellos o los ojos, hasta un
varón hubiera tenido en esa diferente posibilidad de vida; los nombres
y los apellidos serían otros. O todo
lo contrario, el azar le hubiese puesto una excelente compañera incapaz
de concebir, entonces en un acato de
justo compañerismo, hubiera arrastrado un destino triste: desconocer
el amor hacia esas criaturas retoños
del propio cuerpo. “Dale ajedrecista”
“Pon la ficha que hace falta”, era Juan
algo molesto. Tomó el doble-cuatro
mecánicamente y lo puso con cierto
temor. ¿Estaría jugando pasivamente
con ese doblaje?
Levantó la vista para contemplar
a su amigo y volvió a percibirlo como
en una imagen superpuesta a otra,
la de un mes después de la muerte
de Normita, cuando le echó la mano
sobre la espalda y le susurró con un
retintín de amargura: “Este jelengue
es como una gran vuelta ciclística,
tiene sus etapas.” Y los ojos le brillaban. “Ahora los recuerdos te llegan
con una inmensa estela de tristeza y
duele casi físicamente.” Dejó caer su
brazo. “Yo estoy en la época de las
nostalgias remansadas, duele de otra
manera.” Y era cierto. Durante los
primeros meses, cuando se despertaba por las mañanas, la certeza de
la muerte de su hija le llegaba como
si le abrieran la boca y le depositaran
una granada. Pero había otra certidumbre, el dolor tenía un amplio
don de almacenaje, y el más intenso
momento de felicidad jamás servía ni
Continúa en la pág. 24
20 El Mar y la Montaña
El Mar y la Montaña
21
Yo como vos para admirar nacida, / yo
como vos para el amor creada, / por admirar y amar diera mi vida, / para admirar y
amar no encuentro nada.
GGA
Gertrudis Gómez de Avellaneda. (Puerto Príncipe, Cuba, 1814-Madrid, 1873). Escribió
poesía, novela y teatro. Algunas de sus obras: Leoncia (1840); Poesías (1841); Sab
(1841); Dos mujeres (1842-1843); Espatolino (1844); Guatimozín, último emperador
de Méjico (1846); Saúl (1849); Flavio Recaredo (1851); La montaña maldita (1851); La
verdad vence apariencias (1852); Errores del corazón (1852); El donativo del diablo
(1852); La hija de las flores (1852); La Aventurera (1853); La sonámbula (1854); Simpatía
y antipatía (1855); La hija del rey René (1855); Oráculos de Talía (1855); Los tres amores
(1858); Baltasar (1858); El artista barquero (1861).
de Avellaneda es cabeza de una estirpe de mujeres que levantaron su obra por
encima de las demandas que el mundo hacía a su género y condición. De “ánimo
potente y varonil”, al decir de Martí, la Avellaneda trasformaba el dolor en la piedra
de sus versos, de manera que ha sido cuestionada la reciedumbre de su versificación.
Pero, ¡qué respuesta de quien estuvo cercada por el desarraigo y la muerte! Varios
momentos marcaron a la mujer Gertrudis: la temprana ausencia del padre; el desprendimiento de la Cuba natal; la traición o alejamiento repetido del afecto humano; la
muerte por enfermedad de su pequeña hija y la certeza de que la perfección puede
encontrarla en Dios, con el consecuente desdén y recogimiento religioso. Si no al
estilo de lo patriótico explícito, la cubanía en la Avellaneda se mueve a través de la
añoranza del cubano que se aclimata a suelo español. Casi vedada a la seguridad de
un hogar, pierde prematuramente a sus esposos. La crítica de su época la elogia, sin
más remedio, por la calidad de sus dramas y poemas, aunque le niega una silla en la
Academia. Fundadora y promotora de revistas; experimentadora en la métrica. No
podía ser, entonces, su lenguaje dócil o quejoso. Romántica, sí, rebelde; la claridad
de su inteligencia sobrepasa al sentimiento desbordado. Hay en ella una alta dosis de
razón, de orden ante el caos, que la diferencia de sus contemporáneas y la aproxima
a nuestro tiempo: espacio donde, aún, hombre y mujer pugnan por encontrar motivos para la admiración y el amor.
bicada al cierre de la primera generación de románticos cubanos, Gertrudis Gómez
U
Gertrudis Gómez de Avellaneda
Cintio Vitier
Cuesta a veces trabajo, en la muralla compacta de su verso, hallar
la brecha por donde se exhale el suspiro que esperamos en una
poetisa romántica. Pero si el suspiro no llega, en su lugar sentimos la vasta respiración de una noble alma poética que evolucionó, apasionadamente, del amor mundano al amor divino, con más
dominante señorío que líricos matices.
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Comentario y selección de textos: Annia Alejo
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Viene de la pág. 21
como consuelo ni para asordinar la
angustia de Regino.
Lucas era muy rápido, ya tenía el
cuatro-uno y lo ajustó al borde del
doble. Un destello de lucidez lo invadió. ¿Y si él no hubiese puesto esa
ficha? Era obvio que la partida entonces tendría otras combinaciones y
el final sería diferente. Algo parecido ocurría en la existencia de las
personas, había que escoger bien la
jugada. Juan había puesto los codos
sobre los bordes de la mesa y las
palmas de las manos semejaban viseras; entonces, Regino intuyó que en
esos instantes su amigo no se acordaba del hijo muerto, y era lógico, así
funcionaba la vida cotidiana. Los más
fuertes, y él se incluía entre ellos, se
pasaban el día esquivando los cien
golpes del recuerdo malo, pero ni
el más diestro lo era para escaparse de todos, y uno que arribara llevaba la suma del dolor del resto. Nadie
podía explicarse de qué sitio venía
tanto desplome, qué espacio entre
la carne y los huesos podía albergar
esa estampida. El compañero hizo
algunos ruidos con la lengua, estaba apurando un largo trago, luego le
pasó el recipiente a Lucas. Juan parecía una criatura feliz y él lo comprendía, la memoria estaba armada de
fundas especiales donde el filo de la
nostalgia no hería a nadie, y le recordó aquel momento en que tomaban en su casa y el negro, mirándolo
de frente le dijo: “¿Sabes para qué
se tiene hijos?” En aquel instante,
Regino se encogió de hombros, no
entendía aquella pregunta hecha sin
previo aviso: “Para tener otro espacio donde la vida pueda golpearte.”
No cabía la menor duda, la existencia
diaria era muy complicada, capaz de
grandes egoísmos y extensa desvergüenza. La mayor prueba estaba en
ese deseo que experimentó por su
esposa Zaida a las pocas semanas
cuando la vio bañándose. Fue una
reacción incontrolable, y después de
hacerlo con un infinito placer, se fue
al cuarto a llorar escondido. Pero al
24 El Mar y la Montaña
paso de los meses fue descubriendo que el dolor seguía agazapado
en algún lugar impreciso, y entraba
y salía igual a esos vecinos inoportunos en casa ajena, como si al pasar
la felicidad sólo le bastaban abrirles
la puerta, e intuyó que esos instantes podían interpretarse como avisos
de la vida que reclamaba, al modo de
señales extrañas, que los hombres
debían incorporarse a ella.
En otras ocasiones, cuando había
contemplado en cualquier calle alguna muchacha que le trajera a Normita a la memoria, Regino experimentó
un raro sentimiento de odio y envidia, sencillamente porque ellas estaban vivas. “Quién nos iba a decir esto,
Regino”, le dijo Juan bajando el rostro
aquella ocasión en que enterraban a
su hijo. Juan tomó la ficha y la proyectó ruidosamente sobre el tablero
mientras exclamaba: “El cinco, coño”
Regino se quedó aturdido, no podía
seguir la lógica del juego y eso no lo
comprendía su amigo. La bebida y los
recuerdos le bloqueaban todo razonamiento. Buscó en sus fichas y pudo
ver el cinco-cuatro, la suma daba
nueve, y a su lado el doble blanco.
Era una imagen que le hacía pensar
en el noventa. ¿Desde cuándo su hija
había adquirido esa enfermedad? Los
médicos nunca tuvieron una prueba
palpable de la causa. Barajaban medicamentos, sustancias tóxicas, tal vez
por las repetidas decoloraciones en
el cabello, pero nada en concreto se
supo. La médula no disparó nunca
más. La primera huella de la enfermedad fueron las manchas purpurinas que invadieron su cuerpo. “El
diez por ciento se muere”, fue lo más
importante que Regino escuchó del
médico cuando indagaba sobre las
posibilidades de cura de su hija. Las
cifras seguían gobernando la vida de
los hombres, se dijo en silencio. El
estruendo del golpe sobre la mesa lo
sorprendió, luego pudo descifrar lo
que estaba gritando Marcial: “Cerrado el juego”. Miró a Juan buscando una buena señal, el tenía pocos
tantos, pero tuvo la seguridad de que
eso no bastaba. Su compañero se fue
irguiendo poco a poco y destapó el
juego. Lo tenía frente a él, con esa
tristeza húmeda de aquella vez cuando le dijo: “A uno le entran ganas de
cambiar la vida.”
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en muy diversos
aspectos nuestra poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, ya en
ligeras impresiones o artículos, ya en
ensayos que aspiran a ser completos;
y, al examinar el valor de su obra literaria, unos han apreciado en ella la ternura y el ímpetu, señalando la dualidad
de su temperamento, imbele como de
mujer y fuerte como de hombre; otros,
han visto en la hija del Camagüey la
superioridad de la poesía que infundió vida a la lírica castellana; aquellos,
han apreciado la transparencia de su
teatro al imprimirle nuevo derrotero
a la tragedia española; éstos, la supre-
H
a sido estudiada
macía de la novelista o el encanto de la
narradora.
Nadie, con la importancia que el
caso requiere, estudia en la Avellaneda al artista que dio nuevas cadencias
a la métrica. El señor Mariano Aramburu y Machado1 dedica 285 páginas
a la crítica de la personalidad literaria de la Avellaneda, y en ellas habla
sin unidad de criterio, y ocasionalmente, de la versificadora.
Refiriéndose en el fondo a la duplicidad del temperamento de Tula, antes
que al manejo del verso, escribe:
Pero aquellos suaves acentos y
aquellas dulces melodías con
que supo dar artísticos matices
a las expansiones de una afección serena, no fueron las últimas de su arpa divina, como la
poetisa con evidente error anunciaba; todavía quedaban en el
sonoro instrumento secretos de
armonía y vibraciones de amor,
todavía sus cuerdas guardaban
suspiros que serían exhalados
al soplo de la brisa, y su caja de
resonancia encerraba conciertos
que difundirían por el espacio
sus ecos fragorosos, al choque
de bramadores huracanes.
Más adelante, contrayéndose
a cómo la poetisa cubana sintió y
comprendió la Naturaleza, expone:
y canta en lindas y primorosas descripciones, esmaltadas
con frases de oriental galanura
y dulce melancolía, y bordadas
con la destreza y facilidad de una
versificación suelta, tersa y clara,
justamente elevada al rango de
inmejorable modelo.
Fijo en la multiplicidad de asuntos que movió su lira, dice:
Es la novedad y armonía del metro, que lanza
majestuoso y brillante sus
rítmicos acentos en aquella
magistral “invocación a los espíritus de la noche”, fragmento de
un poema que la autora condenó
El Mar y la Montaña
25
a la destrucción, salvado merced
a la solicitud de amigos cariñosos, admiradores de su belleza.
Y al resumir las cualidades que
adornan a la Avellaneda como poeta
lírico, manifiesta que su “lírica se
vistió con todas las galanas formas
de una métrica siempre sonora”.
En síntesis: que juega con los
vocablos armonía y melodía; que
tiene por fluida y sonora la métrica
de la Avellaneda, y que estima como
una novedad rítmica los acentos de
la “Invocación a los espíritus de la
noche”, elemental combinación de
endecasílabos esdrújulos y agudos.
Juan Nicasio Gallego se contenta con afirmar que la Avellaneda
poseía una “versificación siempre
igual, armoniosa y robusta”, que es
no decir nada. Nicomedes Pastor
es el único que señala (señala nada
más) algo importante con respecto
al motivo de estas páginas. Escribe,
en la noticia biográfica que redactó
acerca de la hija del Tínima, que “para
ellos (sus admiradores) cada oda será
un acontecimiento, cada página una
aventura, cada drama una sorprendente peripecia, cada nuevo pensamiento, cada combinación métrica
inventada, una aparición brillante y
con estrepitosos aplausos acogida”.
Con efecto, la Avellaneda inventaba combinaciones métricas, sacando de la vieja cantera nuevos metales
sonoros, nuevas pedrerías musicales.
Si la dulzura de sus sentimientos, de
la que dio pruebas con la lira y con
la vida, le arrancó acciones nobles y
versos llenos de añoranzas, el arrebato la impulsó a empresas vigorosas, empleando el numen en elevadas
justas del pensamiento y la reserva
de su energía mental para el acometimiento de reformas e innovaciones
del arte métrica, celebradas por los
que se movían en el mismo plano que
ella, tal vez motejadas por los roedores impenitentes de la literatura.
Mas es el caso que este aspecto de la Avellaneda, para mí tan
importante como cualquier otro de
26 El Mar y la Montaña
los muchos que ostentó, no ha sido
analizado por los que con más detenimiento, han puesto mano a especulaciones acerca de nuestra Safo. Y
en verdad que la Avellaneda fue una
metrificadora consciente; que preparó con clarividencia propia de elegida la base de sustentación sobre la
que había de echar otros pórticos
y pilares en el edificio de nuestra
versificación.
Se inicia en el manejo de las unidades métricas, para luego abordar la
composición de versos complejos o
múltiples; reduce a diversas formas
pretéritas; inventa versos que antes
de ella jamás sonaron en nuestros
oídos; y fabrica —panal constante— nuevas estrofas. Esa vena de
fonética versal, de instrumentación
lírica, no ha sido expuesta ni desentrañada. Aventurarme en semejante
empresa es el motivo de este trabajo.
Me asiento, para hacerlo, en el tomo
primero de las obras completas de la
Avellaneda, único que he estudiado,
y que contiene casi toda la labor lírica de nuestra poetisa.
Del verso
Tomemos primeramente el verso
en sí, según el proceso que siguió
la Avellaneda en busca de distintas armonías. Puesto que de él hizo
mucho uso como múltiplo, comenzaré por citar el pie trisílabo:
Brindándole
al mundo
profundo
solaz,
derraman
los sueños
beleños
de paz.
(“La noche de insomnio”)
La estructura trisilábica le sirve
para formar el hexasílabo, abundante en su lírica, y del que sacó mejor
partido que todos los poetas que le
antecedieron:
Ingrata señora
de esta alma rendida,
no cabe mi vida
tu fiero desdén.
El llanto que vierto
mi vista obscurece.
mi tez palidece,
marchita mi sien.
(“La serenata del poeta”)
El mismo hexasílabo, con distintos acentos rítmicos mezclados,
bien que la autora procede así por
excepción:
Palacios y chozas,
campos y ciudad,
brutos, aves, hombres,
todo duerme ya;
que cubren las sombras
del cielo la faz,
y guardan silencio
los vientos y el mar.
(“Los duendes”)
El triplo de ese mismo pie es la
base de su endecasílabo:
Ni un eco se escucha, ni un ave
respira, turbando la calma;
silencio tan hondo, tan grave,
suspende el aliento del alma.
(“La noche de insomnio”)
No se satisface con esto la Avellaneda y compone el dodecasílabo,
tomando siempre como fundamento
el verso trisílabo:
Cual virgen que el beso de amor
lisonjero
recibe agitada con dulce rubor,
del rey de los astros al rayo
primero
natura palpita bañada de albor.
(“La noche de insomnio”)
Hasta aquí, si se quiere, no hay
novedad alguna, a no ser la de atribuirle a nuestra poetisa claro conocimiento en los asuntos de métrica,
puesto que los versos citados, con
mejor o peor fortuna, han sido mane-
jados por algunos poetas castellanos
anteriores a ella. Pero ahora estamos en presencia de un verso nuevo,
inventado por Tula, verso hecho
con el mismo elemento de tres sílabas y formado de un hexasílabo,
como lo causa el ictus; regalándonos su pluma, por vez primera, con la
cadencia inaudita del verso de quince sílabas:
la noche –callada sus sombras de o tres solía dar no más.
duelo,
Son todos los de la fábula citaO de cuatro y tres:
da, de catorce. De trece no hubo un
Guarde, guarde
castellano hasta que la Avellaneda,
–la noche-callada-sus sombras-de casando el cuatrisílabo con el eneaduelo,
sílabo, lo compuso; porque hay que
desconectar los que aparecen, entre
He aquí lo que con un elemento otros de catorce, en composiciones
simple puede hacer un poeta inteli- de algunos clásicos, como en las del
gente, no un improvisado declamador Arcipestre de Hita, que son pruebas
Qué horrible me fuera, brillando tu de amorcillos insubstanciales. Más evidentes de impericia y de ignoranfuego fecundo,/
volvamos a la Avellaneda. En “Paseo cia. En cambio, ¡cuán hermosos los
cerrar estos ojos, que nunca se por el Betis”, ensaya el cuatrisílabo: de la cubana!:
cansan de verte;/
en tanto que ardiente brotase la vida Ya del Betis
En incendio la esfera zafírea que
en el mundo,/
surcas,/ ya, convierte tu lumbre
por la orilla
cuajada sintiendo la sangre por hielo mi barquilla
radiante y fecunda,/ y aun la pena
de muerte!
que el alma destroza profunda,/ se
libre va,
(“La noche de insomnio”)
suspende mirando tu marcha triunfal.
y las auras
(“La noche de insomnio”)
dulcemente
No se detiene aquí; y en vez de coor- por mi frente
¿Y qué hizo, digo yo (aunque
dinar dos octosílabos para hacer el soplan ya.
interrogo por un caso de ecolalia),
verso compuesto de diez y seis, inventa su alejandrino con un elemento de
Utiliza los elementos de cuatro y Rubén Darío al escribir su “Marcha
triunfal”? Después de expuestos los
diez (cuatro y seis) y otro de seis:
seis para formar un decasílabo:
modos a que sometió la Avellaneda
el hexasílabo, se advierte que Darío
¡Guarde, guarde la noche callada
Es el alba! Se alejan las sombras,
planeó sobre la tierra roturada
–sus sombras de duelo,/
y con nubes de azul y arrebol
por otro. Le dio soltura, vaguedad
hasta el triste momento del
se matizan etéreas alfombras
y destreza al hexasílabo, ya
sueño que nunca termina;/
donde el trono se ausente del sol.
multiplicándolo, ya subdividiéndolo:
y aunque hiera mis ojos,
(“La noche de insomnio”)
cansados por largo desvelo,/
Al que ama la insignia del suelo
dale ¡oh sol! A mi frente, ya
En
más
de
una
perspectiva
de
materno,/ al que ha desafiado, ceñimustia, tu llama divina!
texto, aparecen (como para probar do el acero y el arma en la mano,/ los
No obstante, la autonomía de la la ineficacia de esta obra) citados soles del rojo verano,/ las nieves y
cláusula trisilábica es tan perfecta como versos de trece sílabas unos vientos del gélido invierno,/ la noche,
dentro de la unidad del verso, que pareados de Tomás de Iriarte, de la la escarcha/ y el odio y la muerte,
de este alejandrino pueden aceptar- fábula “La campana y el esquilón” por ser por la patria inmortal,/ saluse distintas censuras en virtud de la tal vez porque el autor puso entre dan con voces de bronce las tromvida propia que tienen sus elemen- el número ordinal de la composición pas de guerra que tocan/ la marcha
tos constitutivos y de la diversa y el título un paréntesis que dice: triunfal!...
distribución de acentos rítmicos que “pareados de trece y doce sílabas, a
la francesa”. Y se necesita tener un La Avellaneda maneja el pentasílabo
admite.
Así con elementos de cuatro y oído de tapia para no percibir los en “A mi jilguero”:
dos martillazos de las catorce síladoce:
bas del alejandrino:
Mas no me escucha,
Guarde, guarde
que tristemente
–la noche callada sus sombras de
En
cierta
catedral
una
campana
gira doliente
duelo,
había,/ que sólo se tocaba algún por su prisión.
solemne día./ Con el más recio son, Troncha las hojas,
O de seis y nueve:
con pausado compás/ cuatro golpes pica la reja,
Guarde, guarde
El Mar y la Montaña
27
luego se aleja
con aflicción.
doblada la cerviz,/ vencida, encadenada, te ofreces al destino,/ bella y
triste Polonia, por víctima infeliz
Multiplica por dos este verso y
(“Polonia”)
tiene un metro de diez:
Diestra en el manejo de los versos
Por eso adornan la inmensa bóve- de siete y cinco, escribe en seguidida/ nuestros destellos con franjas de llas “Las almas hermanas”. Desconoro,/ y estremecidas vertemos pródi- tenta con esto, se aventura a algo
gas/ de la luz cambiante, el aljófar más, y tomando esos mismos elemenlloro.
tos hace un nuevo dodecasílabo. En
(“Serenata de Cuba”)
él escribe “A una joven madre”, “En
el álbum de la condesa de San AntoEscribe versos de siete sílabas, en los nio”; y, en 1860, “A las cubanas”. Esta
que rompe a veces la monotonía del composición comienza así:
acento isócronamente distribuido,
por lo que convierte algunos, con el Respiro entre vosotras, ¡oh hermanas
cambio de cadencia, en el hemistiquio mías!/ Pasados de la ausencia los
del alejandrino neoclásico, llamado largos días,/ y al blando aliento/ de
también alejandrino francés:
vuestro amor el alma revivir siento.
El sol vierte su lumbre
en nubes de oro y grata;
la tierra se engalana,
vestida de verdor;
con traje caprichoso,
de su perro seguido,
sale al campo florido
gallardo cazador.
(“El cazador”)
Sírvase, la Avellaneda del alejandrino
de catorce sílabas; mas celosa de la
melodía, y fiel al patrón zorrillesco,
en alguna composición, como en “El
mar”, aleja por completo del primitivo
de Berceo, no quebranta nunca el
ritmo, por el acento invariable de la
segunda sílaba de cada hemistiquio:
Suspende, Mar, suspende tu eterno movimiento,/ por un instante
acalla el horrido bramar,/ y pueda
sin espanto medirte el pensamiento,/ o en tu húmeda llanura tranquilo descansar.
(“El Mar”)
A veces, rompe la cadencia clásica en
algún hemistiquio:
Pronta a ver al esposo trocarse
en asesino,/ pálida, y hasta el suelo
28 El Mar y la Montaña
Tu cuarteto es cuadriga de águilas
bravas/ que aman las tempestades,
los Océanos;/ las pesadas tizonas, las
férreas clavas,/ son las armas forjadas para tus manos.
(Rubén Darío, “Salvador Díaz Mirón”)
Usufructuó la unidad rítmica de ocho;
y adueñada en absoluto de la de
seis, pronto entró la Avellaneda en
ellas el origen de un distinto verso
e inventó un Alejandrino de catorce
con elementos de ocho y seis:
Sale la aurora risueña,
–de flores vestida,/
dándole al cielo y al
campo variado color;/
todo se anima sintiendo brotar nueva vida,/
cantan las aves, y el aura
No hay que devanarse los sesos para suspira de amor.
reducir esta estrofa a una seguidilla: (“Soledad del alma”)
Subtitulada “Melopea” esta poesía,
la autora la dedicó a la señorita
Rosario de Lora y Castro, quien la
arregló a música y la recitó al piano.
Y tanto los versos de quince como
los de catorce, de esta pieza, tienen
tal sugestión instrumental que por sí
solos son una cadenciosa melopea.
Carlos Fernández Shaw, en España, año Principalmente los de catorce,
de 1886, manejó este dodecasílabo: wagnerizados por una armonía tan
natural que encierran palpitaciones
También sintió la falta –de tus acústicas de címbalos y timbales.
amores,/ y, como yo, suspira tan soliCombinaciones de versos
tario./ ¡Ay! A pesar de todo vuelven
Mostró
la Avellaneda su inventiva no
las flores,/ y cantan las alondras, los
sólo en la ideación de nuevos versos,
ruiseñores...
sino también en el derroche de
(“Tardes de abril y mayo”)
combinaciones felicísimas que hizo.
Mas, ¿quién había descompuesto En “La fantasía de la noche de insomantes que la Avellaneda la seguidilla nio” no hay combinaciones; pero es
bajo la forma de tres dodecasílabos y una mina de ritmos. Los romántiun heptasílabo? Suya es la gloria de cos fueron dados a estas lides del
la invención de este nuevo metro, ingenio, en las que ponían a tribuutilizado copiosamente por los poetas to la gradación del metro haciéndoinnovadores de América, a partir lo ascender y descender, o ascender
de Rubén Darío, que inserta en su solamente, para dejarnos testimonio
libro Azul (año de 1888) dos sonetos de cuanto llegaron a alcanzar. Alguescritos en este verso, conocido por nas de semejantes tentativas no son
dodecasílabo o metro de seguidilla, para asombrar a nadie y acusan faculpor su procedencia:
Respiro entre vosotras
¡oh hermanas mías!
pasados de la ausencia
los largos días,
y al blando aliento
de vuestro amor al alma
revivir siento.
tades bien modestas.
Andrés Bello tradujo de Víctor
Hugo “Los duendes” y tomó del
poeta francés la gradación del metro.
Zorrilla y Espronceda tienen ensayos de esta laya. El Duque de Rivas
y Eulogio Florentino Sanz, también.
De Cuba, recuerdo a Diego Vicente
Tejera y a Luaces. La Avellaneda se
lleva la palma entre los que conozco.
Valida de divisores, unidades rítmicas o múltiplos, tiene, en la precitada
“Fantasía”, desde los de tres hasta los
de diez y seis sílabas, en numeración
consecutiva; mostrando con ellos la
más rica concurrencia de versos. Hay
variedad, aunque no tanta, en “Serenata de Cuba”, que tiene versos de 5,
6, 7, 8, 9 y 12 sílabas. Y en “La serenata del poeta” los tiene de 4, 6, 8 y 12.
Son éstas las tres piezas en que se
muestra nuestra poetisa más partidaria de la metrificación heteróclita.
En cuanto a combinaciones, pasaré por sobre los sáficos adónicos “A
la luna” y “A la virgen”, canto matutino.De la misma manera, prescindo de los endecasílabos agudos y
esdrújulos —trémolo y grave— del
fragmento conocido de “La Venganza” (“Innovación a los espíritus de
la noche”), porque no tienen ningún
atrevimiento métrico, aunque no lo
crea así el señor Mariano Aramburu.
A lo menos notable pertenece esta
combinación de versos de siete y de
once; no obstante, descubrir el oído,
en la estrofa formada con esos versos,
el alma de un alejandrino de diez y
ocho, compuesto con los elementos
invertidos alternativamente.
Mortíferos vapores
ya respirando a vista del infierno;
mi vida fatigada con dolores
por torcedor interno;
(“Cántico”)
¡corred y oíd!/
En vano la dulce cadena/
será esquivar:/
natura imperiosa lo ordena;/
ley es amar!
(“Ley es amar”)
propicio al amor.
La playa desierta parece;
las olas serenas
salpican apenas
su dique de arenas,
con blando rumor.
(“La pesca en el mar”)
Leandro Fernández de Moratín usó,
con endecasílabos y heptasílabos, Con una pequeña variante (la rima
una combinación parecida:
trimónica en las dos partes de la
estrofa), la misma combinación:
¿Por qué con falsa risa,
me preguntáis, amigos,
Escucha! Con místicas voces
el número de lustros que cumplí?
de extraña dulzura
¿Y, en la duda indecisa,
te pide natura
citáis para testigos
porque mi hermosura
los que huyeron aprisa
se ostente mayor,
crespos cabellos que
y visten de espléndida gala
en mi frente vi?
la tierra y el cielo,
(“Oda a los colegiales
trocando su anhelo,
de San Clemente”)
del aire en el vuelo,
suspiro de amor.
Combinación de diez y cinco:
(“Serenata de Cuba”)
Genio fecundo!/
Sentí yo entonces lo que
hoy columbras, /
lo que ni ahora comprende el mundo.../
Si, ya sabía/ que –sin la gloria
con que deslumbras-/
de tu alma hermana nació la mía!
(“Las almas hermanas”)
De nueve y seis simple disposición distinta de versos formados con
el pie trisílabo, que han usado otros,
entre ellos Bécquer:
De todos los genios hermosos
yo soy el más bello,
y en todas las almas sublimes
se ostenta mi sello.
(“El genio de la melancolía”)
Con los mismos elementos de nueve y
seis, añadiendo una rima aguda y otra
trimónica, le saca nueva modulación
Combinaciones de versos de nueve y al pie trisílabo:
de cinco (cuatro agudos):
Mirad! Ya la tarde fenece...
La noche en el cielo
Vosotras que huís de Cupido/
despliega su velo
la blanda lid,/
corred de mi lira al sonido/
No agota todavía el matiz:
Por eso en las cañas triscando,
cual susurro blando
lo haremos oír;
y las palmas, sus pencas moviendo,
lo están repitiendo
con lento gemir.
(“La voz de los silfos”)
Combinación de diez y cuatro:
Tú, que huellas
las estrellas
y tu sombra muestras en el sol,
cuando brilla
sin mancilla
entre nácar y otro y arrebol!
(“A Dios”)
Otra combinación con los mismos
elementos:
Yo a un marino le debo la vida,
y por patria le debo al azar
una perla –en el golfo nacida–
al bramar
sin cesar
de la mar.
El Mar y la Montaña
29
(“La pesca en el mar”)
Más de veinte estrofas, entre dos
composiciones, hace la Avellaneda
con la combinación de dos versos de
ocho y dos de doce. La belleza rítmica de la misma, belleza rítmica que
me aventuro a llamar contrapunto
melódico, se percibe con verdadero
deleite auditivo por lo inaudito de
los sones que encierra:
De la noche el negro manto
envuelve la tierra ya:
natura en su seno tranquila reposa,
y el sueño entre sombras
se siente vagar.
(“A la tórtola”)
También de ocho y doce:
Cuando parte de tus ojos
un rayo de amor divino,
que el sol se corre, imagino,
de no poderlo imitar:
¡Así será siempre tu fausto destino,
a cuanto más brille vencer y eclipsar!
(“El último acento de mi arpa”)
Combinación de doce y diez:
Yo soy quien abriendo las puertas de
ocaso/ al sol le prepara su lecho en
cristales;/ yo soy quien recoge sus
luces postreras,/ que acarician las
tibias esferas.
(“El genio de la melancolía”)
¿Verdad que es amplio y robusto el
caudal sinfónico de La Peregrina?
¡Como la montaña, es templo de
templos; como en el mar, es fuente
de fuentes!
De las estrofas
Me referiré en esta parte a aquella
que tiene alguna particularidad en la
combinación de la rima, en la yuxtaposición o desmembración de otras
conocidas para formar nuevas, vaciadas todas en metros clásicos.
Por de pronto, hay que restarle a Gaspar Núñez de Arce, del
30 El Mar y la Montaña
exiguo acervo de sus invenciones, la Voz entre mil escogida,
sextina:
de luceros coronada,
vos, de escollos preservada,
¡Oh recuerdos, y encantos, y alegrías/ en los mares de la vida:
de los pasados días!/ ¡Oh gratos vos, radiante de hermosura,
sueños de color de rosa!/ ¡Oh dorada ¡virgen pura!
ilusión de alas abiertas,/ que a la vida de toda virtud modelo;
despiertas/ en nuestra breve prima- flor trasplantada del suelo
vera hermosa!
para brillar en la altura.
(“Idilio”)
(“A la Virgen”)
Es una variante de la que empleó
la Avellaneda, consistente en introdu- Resarce la décima de la pérdida de
cir una consonancia más, con lo que un verso, introduce una pequeña
adquiere riqueza de rima la estrofa; variación en la rima y termina la
pero la invención es de la cubana, estrofa con un pentasílabo, por lo
mientras no se demuestre otra cosa: que la hace constar de once versos:
¿Has visto la blanca aurora
su faz mostrar en oriente,
sacudiendo de la frente
perlas, que el campo atesora,
mientras que la luz colora
el cielo, y la tierra ufana
como novia se engalana,
sintiendo bajo su huella
La misma sextina, con tres rimas, pero brotar doquier nueva vida?
Pues mira, Julia querida,
pareados los endecasílabos:
tú eres más bella.
Un tiempo hollaba por alfombra (“A Julia”)
rosas,/ y nobles vates, de mentidas
diosas/ prodigábanme nombre;/ más He aquí otra nueva estrofa:
yo, altanera, con orgullo vano,/ cual
águila real al vil gusano/ contempla- Al impulso del numen que me inspira,/ rebosar siento en la encendida
ba a los hombres.
mente,/ cual férvido torrente/ el estro
(“Amor y orgullo”)
abrazador. ¡Dadme la lira!/ ¡DádmeModificada, a la manera de la octava la; que no aspira/ con mezquina
ambición mi libre musa/ a enaltecer
real:
ilusa/ las glorias de la guerra;/ cuyas
¡Oh tú, del alto cielo
plumas rehúsa,/ teñida en sangre, la
precioso don, al hombre concedido! asolada tierra!
¡Tú, de mis penas íntimo consuelo,
(“La gloria de los reyes”)
de mis placeres manantial querido!
¡Alma del orbe, ardiente Poesía,
Finalmente, y para no seguir citando,
dicta el acento de la lira mía!
en “Las almas hermanas” tiene otra
(“A la poesía”)
nueva estrofa compuesta de los
serventesios decasílabos, ligados entre
Buscando doquier la novedad, sí de un modo parecido a las coplas de
rebelada contra lo trillado del canon, arte mayor, y de una seguidilla:
a la espinela le suprimió el quinto
verso y creó esta nueva estrofa, con Muy joven eras, de mí distante/ del
mundo acaso desconocido/ cuanel sexto quebrado:
do de pronto voló vibrante/ de tu
Tus cuerdas de oro en vibración
sonora/ vuelvo a agitar, oh lira!/ que
en este ambiente, que aromado gira/
su inercia sacudiendo abrumadora/
la mente creadora/ de nuevo al fuego
de entusiasmo aspira.
(“Al árbol de Guernica”)
arpa un eco, que hirió mi oído/ ¿Por
qué ¡responde! De aquel instante/ la
impresión grata jamás olvido?/ ¿Por
qué en la tierra vagando errante,/
doquier de tu arpa seguí el sonido?/
Es que un alma fraterna/ reconocía/
mi alma, y con voz interna/ le respondía;/ así sin verte/ ya entre los dos
mediaba/ vínculo fuerte.
Observaciones generales y resumen
La Avellaneda fue un carácter
inquieto y analítico. Fruto de él es
la hermosa resultancia a que llevó
sus trabajos de métrica, descubriendo, precisamente por haber
descompuesto el verso, nuevas
síntesis rítmicas.
Por lo impetuoso de su estro,
incapaz de soportar la tiranía constante de un mismo metro, rara es su
composición algo extensa en que no
alternen dos o más versos. Su inquietud la impulsó a crear combinaciones, a valerse de algunas apuntadas
o en desuso, y a modificar otras.
Escribió mucho en silva, dando
longura o rapidez a las estrofas de
ésta conforme con los incidentes
psíquicos. Al temperamento de la
Avellaneda se avenía perfectamente
la silva, por la libertad a que se presta en la rima y en el manejo simultáneo de dos versos distintos.
En los alejandrinos de catorce,
con precisión matemática, conserva los acentos, dividiendo como con
un golpe de batuta los dos hemistiquios. Se descubre el empeño de la
metrificadora en no quebrantar la
cadencia. Sin embargo, cuando usa
del heptasílabo, la quebranta. Los
casos de “Polonia”, ya citados por mí,
son excepcionales.
Empleó versos breves y largos,
mostrando maestría en todos. Los
breves los utilizó como pies de
nuevas combinaciones.
Compuso octavas en verso de
ocho, diez y doce. Cultivó el soneto y el romance. Escribió redondillas,
cuartetos, quintillas y octavas italianas; no así el romance de arte mayor.
Descompuso la décima para quitarle
rigidez preceptiva. Inventó la sextina. Rara vez se contentó con un tono
cuando el verso admite más, usándolo en distintas variedades. Combinó
metros hasta entonces tenidos por
discordes, creando nuevas orquestaciones, como, por ejemplo, en los
consorcios de ocho y doce.
De los pies poco estimados por
los clásicos, el que más le subyugó
fue el trisílabo. De ahí el uso frecuente que hace de él, puro o como base
de versos largos, a tal punto que es el
asiento más firme de la revolución de
la métrica avellanediana.
Inventó la Avellaneda los siguientes
versos:
nados sin uniformidad ni reglas en la
combinación, escritos a todo lo largo
o cortados por una exigencia de
rima, de ritmo, o por una elegancia
puramente topográfica, es el desiderátum de la métrica contemporánea,
el metrolibrismo de que tanto nos
enorgullecemos. ¿Estuvo Gertrudis
Gómez de Avellaneda muy distante
de nuestra bella conquista? Firmemente se puede responder que no.
Saludemos en Tula no sólo al
poeta lírico, al dramaturgo, al cuentista, al novelador, estudiado por
otros, sino también a la versificadora sapiente que enriqueció nuestra
métrica con conquistas inmarcesibles, no puestas hasta ahora a la
luz, y que reclaman una pluma más
El dodecasílabo de seguidilla, competente que la mía, osada, que
con elementos de siete y cinco termina aquí un trabajo superior a
sílabas.
sus fuerzas, aunque emprendido
con el noble propósito de rendir
El de trece, con un elemento de un tributo de admiración a nuestra
cuatro y un eneasílabo.
poetisa inmortal.
El de catorce, con un elemento
de ocho y otro de seis.
El de quince, con elementos de
seis y nueve.
Y el de diez y seis, con un decasílabo y un hexasílabo.
En la Avellaneda, con mayor abundamiento que en nadie, en castellano,
asoma el anticipo del metrolibrismo. Los románticos apenas se libertaban del precepto, creando metros
o combinaciones, caían en la esclavitud de otra regla. Así, no pudieron abordar el metro libre en toda
su propiedad. Al consorcio de
versos antagónicos hasta la sazón,
subseguía la nueva pauta de nuevas
estrofas, que vale decir nuevas
estructuras fijas, vaciadas a veces en
versos nuevos.
El verso libre y uniforme combinado, y la creación de nuevos versos
y ritmos, es la obra métrica de la
Avellaneda. Versos libremente combi-
1
Aramburo y Machado, Mariano: “Personalidad literaria de doña Gertrudis Gómez de
Avellaneda”. Conferencias pronunciadas
en el Ateneo científico, literario y artístico de Madrid en el año de 1897. Imprenta
Teresiana, 1898, 285 p.
El Mar y la Montaña
31
Ni rebeldes ni nostálgicos.
¿Rastreadores de su propia voz?
Edel Mor ales
Poeta, narrador y ensayista. Fue director fundador del Centro Cultural Dulce María Loynaz y de la
revista de literatura y libros La Letra del Escriba. Ha publicado, entre otros los poemarios: Lejos de
la corriente (Ediciones Globo, Tenerife, España, 2002; Ediciones UNIÓN, 2004; Latin Heritage Foundation Edition, Washington, 2012) y El juego de la memoria (o Bajo el árbol del mango) (Benchomo,
Tenerife, España, 2009; Ediciones Unión, 2010); y el relato testimonial Los pies en la tierra (Ediciones
Luminaria, Sancti Spíritus, 2005). Le fue conferida la Distinción por la Cultura Nacional.
“E
generación sea un crédito al que
todo autor se resiste como
a una marca impuesta con hierro
candente, pero no es menos cierto que existen disposiciones históricas que, si no dejan huellas idénticas,
promueven reacciones desiguales de
similar origen, como en una colonia
de animales de laboratorio. Prefiero retener en ese cerco al conjunto
de obras escritas por cubanos nacidos en la segunda mitad de los años
70 y durante los 80, quienes vivieron la crisis del Período Especial en
Cuba, desde un estado de relativa
inconsciencia. Fueron testigos de las
desgracias y carencias, pero asumidas como algo natural: una suerte de
entrenamiento por el que se conducían a la par de su desarrollo. No se
cuestionaban si escribir era un buen
futuro, ni vivieron la orfandad editorial, ni sufrieron la falta de papel,
porque no escribían. Desconocieron
algunos paraísos, y si los visitaron
asumieron su final sin dramatismo.
En la medida en que las grandes
celebraciones iban languideciendo,
respondían voluntariamente a tal
olvido pues las consideraban pertenecientes a una etapa de la vida que
querían dejar atrás y ser mayores.
No pertenecen —no pertenecemos
[dice este autor]— a una generación
s posible que el término
32 El Mar y la Montaña
desencantada. Y no pueden ser rebeldes ni nostálgicos”.1
Si otorgamos crédito a esta línea
de pensamiento, según la cual una
suerte de imperativo histórico o espíritu de época impide a estos autores
ser, en tanto escritores, rebeldes o
nostálgicos (“no pueden ser rebeldes ni nostálgicos”, nos dice el autor,
y subrayo la categórica locución
empleada no pueden ser, la amplitud
de matices identificables dentro del
campo de las actitudes que se niegan
—ni rebeldes ni nostálgicos—, y el
peso de tales posicionamientos en la
cultura literaria occidental moderna
desde el Romanticismo, más allá de
sus manifestaciones recurrentes en
toda la historia humana de la creación artística), estaremos entrando
a una zona de enunciaciones que,
en mucho, consigue desbrozar algunos tramos en la maleza de un sendero que conduciría, quizá, en alguna
bifurcación, a una lectura cómplice, desprejuiciada y posible, de la
actitud o mirada ante la escritura
y la vida literaria que ya, adentrados en la segunda década del siglo
xxi, revuelve la mano, el cuerpo y
la mente de ese segmento siempre
cambiante en el tiempo que ahora
llamamos aquí nuevos autores cubanos y que, en tanto corpus literario,
acotaremos —como hace en su texto
el autor al que venimos siguiendo—
en el “conjunto de obras escritas por
cubanos nacidos en la segunda mitad
de los años 70 y durante los 80” del
siglo xx, autores que, contradictoriamente, como tendencia, no suelen
imaginarse a sí mismos formando
parte de algún colectivo que limite o defina su posición como individuos y su obra personal en tanto
escritores, que cuando se reúnen
lo hacen menos para hablar de literatura que para desbarrar de algo o
disfrutar algún asunto de la vida, y a
los cuales no parece que les interese
demasiado explicarse en manifiestos
o textos críticos.
Durante ya más de una década, he
escuchado afirmar lo que acabo de
escribir a muchos de estos jóvenes
poetas, narradores y dramaturgos,
en formas y escenarios diversos.
Varios colegas y amigos de mi
propia promoción y de promociones
anteriores también me han expresado o han revelado en espacios públicos su interés, extrañeza o decepción
ante semejante planteo, y frente a lo
que leen y escuchan en los textos y
las voces de estos nuevos autores.
Creo que va siendo hora entonces
de que intentemos avanzar en aproximaciones mejor fundamentadas a lo
que nos proponen con su literatura y
a sus modos de participar de la vida
literaria, para tratar de comprenderlos desde sus propias obras y acciones que, necesariamente, expresan
una experiencia y un tipo de mirada
diferentes a las de autores de generaciones anteriores —también diversas
entre sí, no lo olvidemos—; experiencias y miradas que los aglutinan y acercan de una cierta manera como grupo,
aunque a ellos no les apetezca reconocerse en ningún conglomerado. Quiero abundar en un elemento
que se me antoja significativo para
formular algunas preguntas con ese
propósito. Lo haré insistiendo en el
fragmento citado del capítulo “El
libro de los contemporáneos. El Club
de la Pelea”, del libro Papyrus, de
Osdany Morales (OM). Considero útil
para el análisis, recalcar el hecho de
que se trata de un texto de ficción, el
único campo de acción genuino que
por el momento parece interesar a la
mayoría de estos autores si de legitimar su literatura se trata. Y, en consecuencia, el texto a que me refiero
emplea con envidiable funcionalidad
las armas filosas de la propia ficción,
acarrea cualquier otra que pueda asir
en su perímetro, las empuña con la
ambición literaria que este Autor ha
mostrado poseer desde las primeras páginas de su libro de ¿cuentos?, y se permite diseccionar las
actitudes ante la escritura y la vida
literaria pero también ante la lectura, el consumo cultural y el contexto social cambiante —en ocasiones
ultralocalizado y en ocasiones desterritorializado, pues el siglo xxi es
otra época— que distingue a esos
autores afines a quienes considera
la extrema vanguardia o los adelantados del grupo en cuestión en
el campo narrativo, “El Club de la
Pelea”, y a los cuales examina como
se haría con “una colonia de animales de laboratorio”, jugando con sus
obras y sus vidas reales, o levemente
mistificadas, asunto sobre el cual tal
vez volveré más adelante.
En un libro de ensayos bastante difundido entre nosotros, Los
nuevos paradigmas, 2 Jorge Fornet
ha fijado “el desencanto” como el
tipo de mirada característica de una
promoción de narradores cubanos y
latinoamericanos que vivieron (vivimos) conscientemente —distinto a
quienes entonces eran adolescentes o niños— los cambios locales y
globales de finales del siglo xx referidos por nuestro Autor en la cita
del inicio. Según la lectura que creo
hace en su texto Osdany Morales de
la idea de Fornet (y de otros ensayistas, críticos y académicos cubanos y
extranjeros que previa, simultánea
o posteriormente han abundado en
dicha tesis) para los autores de esa
“generación desencantada”, la rebeldía y/o la nostalgia fueron reacciones sociales, culturales y literarias
típicas en nuestros territorios inmediatos, que se fueron agotando a
sí mismas con la radicalidad de los
cambios, y que poco o nada tienen
que ver con las experiencias de vida y
los imaginarios de quienes ahora son
los nuevos autores —si esquematizamos para explicarnos, claro.
Reacciones “desiguales de similar origen”, se produjeron en distintos ámbitos de la lengua común ante
esos cambios y aún otros de peso
menor, similar o superior que matizaban su propio entorno. Un escritor
chileno de esas generaciones anteriores, por ejemplo, narra el tipo de
reacción de unos contertulios ante
el cambio del siguiente modo: “Decidieron continuar la fiesta y demorar
el aviso a Carabineros. Falsearían el
horario de encuentro del cadáver […].
No hicieron interpretaciones sobre el
crimen. Dejaron todo para más tarde.
Esta decisión, aparentemente deshumanizada, respondía a un registro
moral muy en boga a principios del
siglo xxi, consistente en desdramatizar la muerte y la criminalidad, como
reacción [es esto lo que interesa] a la
histeria compulsiva de la estética de
DD. HH. de finales del siglo xx.”3
Reitero, en cualquier caso lo
que importa precisar aquí y ahora
es la aparición, en todas partes y
a nuestro alrededor, de un nuevo
tipo de mirada(s) y, en consecuencia, de una(s) posible(s) nueva(s)
estética(s) conectada(s) íntimamente
a las maneras de manifestarse de una
época nueva y, también a veces —
pero solo a veces, tengamos conciencia de ello, pues que miramos desde
la óptica de las generaciones formadas en la evaluación consciente de
los procesos históricos y culturales— peligrosamente privadas de las
sustancias nutricias provenientes de
otras épocas y contextos.
“¿Dónde están los libros de tus
contemporáneos, todo lo que se
está escribiendo ahora mismo fuera
de aquí?”, es la singular pregunta
que se hace Jorge Enrique Lage. Esa
angustia por la distancia a la que se
le sitúan las otras literaturas, tan
bien expresada en el cuento “15 000
latas de atún y no tenemos como
abrirlas”, es uno de los trances de
mayor preocupación que a su arribo
al campo cultural cubano han encontrado estos nuevos autores.
La dificultad para hacerse en las
librerías con libros útiles para su
formación como escritores —sean
clásicos ancestrales o contemporáneos actuales, sean cubanos raigales o foráneos globales—, late con
insistencia en muchas de estas
posturas. No es materia de este
espacio adentrarnos en profundidad
en las causas de tal situación, pero
todo el empeño cultural y financiero de las políticas dirigidas durante una década a rellenar de libros
los estantes semivacíos de la isla no
han conseguido eliminar el problema que estalló, como una bomba de
racimo repotenciada en el tiempo,
con la crisis cubana de los noventa y la entrada en nuestro ambiente
editorial de los acuerdos internacionales de protección material del
derecho de autor.
Lo que importa señalar para
el diálogo que se propone, es que
ese trance, difícil también, está en
El Mar y la Montaña
33
el origen de una de las principales
carencias que a veces se le señalan,
con razón o sin ella, a los jóvenes
autores: “No han leído suficientes
libros, no conocen a fondo lo que
les antecede, de ahí el movimiento
en superficie, los peligrosos vacíos
en que caen, esos ‘descubrimientos’
de caminos ya recorridos”, he escuchado decir más de una vez a algunos autores de otras generaciones
que conversan sobre el tema.
Naturalmente, es posible que no
les falte algo de razón a esos otros
autores al revelar su inquietud acerca del nivel de lecturas útiles de
algunos de los nuevos autores y la
manera en que esas carencias se
expresan en su proyección pública y
en su discurso literario.
Pero no siempre es así, y ocurre
también que en varios casos que
conocemos sus lecturas útiles superan las que a su edad podíamos
mostrar otros de los que ya no somos
tan jóvenes. Aunque es muy probable
que no tengan razón del todo, pues
de alguna manera muchos de estos
nuevos autores se han ido formando
un sustrato cultural propio y suficiente para alimentar el tipo de literatura que se proponen escribir. Antes de
trasvasar al territorio de los versos
mi acercamiento a este tema, retornaré, como había prometido, puesto que viene a cuento, a Papyrus, “El
Club de la Pelea” y los “animales de
laboratorio”.
Después de la cita que coloqué al
comienzo de mi exposición, OM nos
dice: “Me gustaría disponer de una triada de relatos de este club de nuevos
autores […] para develar cierta intencionalidad o un catálogo de inconformidades traspapeladas en literatura.”
Inmediatamente, nos presenta a
Enrique Leich, o sea, al amigo Jorge
Enrique Lage, y antes de enfocar el
microscopio sobre “El color de la
sangre diluida”, relata en una nota
al pie cómo se conocieron, cómo lo
percibe y cómo se relacionan. Acerca del controvertido punto de los
34 El Mar y la Montaña
niveles de lectura nos ilustra con la
siguiente afirmación, y cito: “Como
lo hace no sé, pero su opinión parece ser el resultado del consenso de
mucha gente ilustrada. No hay un
libro que ya no haya leído o del que
no tenga sus razones de por qué
no le interesa […] detrás de su risa
hay una visión muy arriesgada de la
literatura. Creo que la mejor manera de enrumbar la literatura cubana
es escribir para complacer a Enrique
Leich. Si no le gusta a él, estamos
perdidos.”
Una percepción posible: la literatura cubana necesita ser enrumbada,
y la misión corresponde a los nuevos
autores, que se perciben como los
únicos con agallas y posibilidades de
hacerlo, y si no lo consiguen, todos
“estamos perdidos”.
Suena pretencioso, irritante, retador y sabroso, según se mire. ¿Pero
alguna vez no fue así? Preguntemos
quién no se cuestionó en profundidad el agotamiento de la norma, la
abulia de lo mismo, la unicidad del
discurso de sus mayores.
Con razón o sin ella, mal haríamos
en arrellanarnos en las proverbiales
butacas de la suficiencia probada y
negar la legitimidad de esa arriesgada actitud de búsqueda, renovación y cambio entre los más nuevos
autores. Someternos al dominio del
miedo y la costumbre sería, cuando
menos, un triste modo de negarnos
a nosotros mismos y de negar en el
fondo las contradicciones y acumulaciones propias de una tradición literaria que se ha hecho viable en la
renovación de sus discursos.
Leerlos, dialogar, confrontarlos,
ripostar con la actualidad de la obra
propia; criticar inevitables desvaríos,
aprender de ellos si es el caso, respetarlos en primer lugar y escucharlos,
intentando advertir sus cercanías
y distancias aunque no siempre las
compartamos, es lo que creo corresponde realizar si nos importa sostener la coherencia de nuestras propias
políticas personales, de grupo o
institucionales en lo mejor que en su
momento ellas tuvieron.
Pues el hecho es que estos nuevos
autores tienen una mirada propia
y con ella llegarán a alguna parte
si caminan lo suficiente, y es muy
probable que esas lecturas suyas o
las que hagan en las próximas décadas sean las lecturas del “canon” de
la literatura cubana que prevalezcan
en el futuro mediato, como comienzan a prevalecer poco a poco pero en
forma sostenida sus obras literarias
en los premios, concursos y eventos
donde ahora mismo se “legitima” la
literatura en proceso de creación en
la Cuba del siglo xxi.
Es mi criterio que hay por lo bajo
una decena de nuevos prosistas jóvenes en el campo de la ficción literaria de la isla, nacidos a partir de
1975 —el año de la institucionalización, dato tal vez no casual pero
también arbitrario si de literatura se
trata, que Osdany Morales nos sitúa
como punto de partida en el estudio
que propone de sus coetáneos, esos
“animales de laboratorio”— a los que
uno debe leer con cierta atención si
no quiere desconectarse.
Acuden enseguida a la memoria
los nombres de autores cuyos textos
en algún momento hemos compartido en forma de libros, en publicaciones periódicas, en espacios públicos
o en soportes digitales, como Jorge
Enrique Lage y Osdany Morales, ya
mencionados, Raúl Flores —también
escrutado por OM en su prospección
de El Club de la Pelea—, Abel Fernández-Larrea, Yunier Riquenes, Evelio
Traba, Abel González Melo, Yerandy
Fleites, Juniot García, Dazra Novak,
Polina Martínez, Adriana Zamora,
Anisley Negrín, Agnieska Hernández,
Grethel Delgado, Elaine Vilar, Susana
Haug y Legna Rodríguez, por ejemplo, más otros que de seguro olvido
o no conozco.
De ningún modo, significa que
sean autores de obras maestras,
probablemente ninguno haya escrito una verdadera obra de culto, aún,
pero aunque no se debería posponer el análisis y valoración del aporte
de sus libros en tanto literatura, no
es, en mi opinión, a la (im)perfección
de su obra publicada a lo que más
debemos atender ahora, sino al (los)
lugar(es) hacia el que sus textos señalan con insistencia, el (los) sitio(s)
hacia donde se encaminan, los
senderos cuya exploración emprenden, desbrozando la maleza cada
uno a su manera, con las herramientas que tienen a mano, sin perder
de vista del todo el movimiento de
quienes avanzan en espacios colindantes, buscando el sonido peculiar
de su voz en el concierto, pues, hasta
donde lo entiendo, es más o menos
así —siguiendo la dirección que nos
indica y no sopesándolo fatalmente
como una cosa con un valor determinado— como el mundo cambiante
del arte se puede revelar en plenitud,
más allá de cualquier otro ejercicio
crítico, pues que en última instancia
es la creación artística la que define
el sentido del movimiento.
En una visión necesariamente
panorámica, como la que aquí estamos obligados a presentar, y ajustándonos de nuevo como punto de
partida a ese año 1975 que Osdany
Morales nos propone y hemos adoptado aquí como una convención
aceptable, en el campo de la poesía,
siempre rico en aportaciones en esta
isla infinita y disgregada, puede ser
más dilatada la lista inmediata de
voces atendibles entre los nuevos
autores, desde las ya nombradas
Legna Rodríguez, Elaine Vilar y Susana Haug, también tres reconocibles
escritoras para niños, hasta otros
nombres de progresiva resonancia
en los últimos años como los de Isaily Pérez, Liudmila Quincoses, Jamila
Medina, Yanelys Encinosa, Marienne Lufriú, Frank Castell, Lionel
Valdivia, Leymen Pérez, Luis Yuseff,
Sergio Zamora, Yansert Fraga, Yansy
Sánchez y Oscar Cruz, entre otros.
Pero por ahora me detendré solo
en esos. ¿Por qué? Quiero recuperar a
través de una experiencia personal el
tópico de la mirada como generación,
que tanto va dando que hablar y la
posición de estos nuevos autores ante
su circunstancia, los grupos literarios
y las relaciones de amistad, y hacerlo
de la mano de tres poetas —tampoco ajenos a la prosa— comprendidos
en el ciclo temporal que nos propone OM en “El libro de los contemporáneos…”; poetas a los cuales considero
con una obra de calidad resistente en
el tiempo y representativos de esa
mirada nueva, cambiante, que poco a
poco va fundando un espacio distinto en la literatura cubana. Me refiero, por orden cronológico, a Javier
Marimón, Aymara Aymerich (AA) y
Marcelo Morales. Los dos primeros
viven ahora fuera de la isla y al tercero pocas veces se le encuentra en los
espacios literarios de este archipiélago tropical que nos sofoca y exalta los
ánimos, pero hasta donde lo he constatado los tres siguen siendo referencia necesaria en la zona poética mejor
informada de estos nuevos autores y
una piedra angular en la lectura del
inicio del cambio.
Apenas cumplían 20 años, y en
La Habana precaria de las bicicletas,
y los alumbrones no los conocía casi
nadie cuando a finales de los años
noventa los reuní para que hicieran
juntos una lectura en cierta galería
lateral del Palacio del Segundo Cabo
que hace tiempo no existe como
espacio literario. Pero tenían en la
mano unos textos que ya apuntaban
a ese modo distinto de mirar y hacer
la poesía que con el paso del tiempo
cristalizaría en libros como Formas de
llamar desde Los Pinos, El Cabaret de
La Existencia y El Mundo como Objeto. Siempre fueron amigos y se prestaban entre ellos los libros que tenían
a mano y consideraban de interés
para los otros, pero cada uno mantuvo siempre su propia forma de ser y
escribir, jamás se sintieron parte de
un grupo poético y, que yo recuerde,
si se encontraban hablaban menos de
su literatura que de otros asuntos.
Cuando en el muy llevado y traído año 2000 la Editorial Letras Cubanas presentó un exitoso muestrario
de jóvenes poetas de todo el país
llamado Cuerpo sobre cuerpo sobre
cuerpo,4 que abría el guantanamero
José Ramón Sánchez (1972) y cerraba el habanero Abel González Melo
(1984), la mayoría por entonces inéditos, cada uno siguió manteniendo su
propias maneras de sobrevivir, estremecerse y desbrozar los senderos
por los que andarían, sin adscribirse colectivamente a grupo literario
o estética alguna. Ni les afectaba
entonces, ni parece que les afecte
ahora saberse un tanto descentrados
y nunca les interesó demasiado construir una tendencia hegemónica.
A mi modo de ver, fue, y es, su
forma personal de respetar y apreciar la diferencia, primero entre ellos
mismos, luego hacia los demás, pero
si se quiere también puede leerse esa
actitud como una especie de táctica
disuasoria para proteger su individualidad en tanto escritores.
Tampoco cambió ese posicionamiento con las posibilidades editoriales que se abrieron masivamente
a partir del 2001, una amplitud de
opciones de publicación que no
disfrutó antes ninguna promoción
de escritores cubanos en ningún
momento de nuestra historia literaria. En el 2006, AA lo resumiría así:
“[…] solo rastreamos la voz propia y
por asirla seríamos capaces de ignorar cualquier conglomerado.”5
En ese mismo texto suyo, “Digo
lo que digo” —tan sustancioso para
entender ciertos puntos de vista de
los nuevos autores y redactado en su
peculiar estilo, identificable también
en su narrativa y en su poesía—, AA
lanzó una polémica afirmación que
conecta con la postura de diferenciación y cambio que nos está revelando
OM en su abierta mirada generacional hacia el comportamiento del Club
de la Pelea: “Jamás nos deslumbró
ingresar en los gimnasios literarios
precedentes”, dice allí, categórica,
El Mar y la Montaña
35
tomando distancia, tal vez irreverente, pero no ignorando lo realizado o
en proceso de realización por autores de las generaciones anteriores llamo la atención acerca del hecho
de que es la misma autora dispuesta
y capaz de escribir un apéndice sobre
Los muertos, de James Joyce, para la
exigente Colección Ala de Colibrí que
por aquellos años preparaba Jorge
Ángel Pérez con la asesoría de Antón
Arrufat y Ambrosio Fornet en la editorial Arte y Literatura. Corresponde
entonces, ser un poco más cautelosos y preguntarse si no erraríamos
al leer estas exploraciones y afirmaciones de OM y AA —o de cualquier
otro de estos nuevos autores— como
desplantes de recién llegados que no
saben qué es y qué no es literatura,
pues carecen de suficientes lecturas
útiles o como malcriadeces de chiquillos que no son capaces de convivir
civilizadamente con los demás.
Probablemente, sería esa una
manera de prejuzgarlos y alejarnos
de la necesaria claridad en la descripción e interpretación de los hechos
y posicionamientos de nuestra vida
literaria reciente que, al fin y al cabo,
no hacen sino revelar ciertos puntos
de vista —a mi modo de ver previamente meditados aunque pocas
veces se argumenten fuera del terreno de la ficción—, que sustentan sus
propias políticas desde unas prácticas de lectura y de escritura algo
diferentes a las nuestras y que subyacen y se manifiestan en la literatura
que escriben y proponen a los lectores de hoy estos nuevos autores.
Se trata de unas actitudes y unas
miradas otras hacia lo que se siente y se piensa que es y/o debería ser
la literatura en el siglo xxi, tal vez
también zonas más amplias de la
cultura y en cierto sentido la sociedad toda, inmersas en un mundo
global sobrevenido que se aligera, se
interconecta y cambia a una velocidad de vértigo; actitudes y miradas
con las cuales podemos y quizá debamos discrepar con elocuencia y rigor,
36 El Mar y la Montaña
pero respetándolas en lo que valen
y esforzándonos en comprender sus
esencias y dinámicas, incluso aunque
no lleguemos a compartirlas nunca.
En mi lectura personal resultan miradas literarias suficientemente legítimas y pertinentes por
lo ya logrado en obras concretas y
por lo que anuncian como posibilidad, y pueden resultar disfrutables y
aportadoras no solo para sus emisores y destinatarios inmediatos, sino
también para todo el que se sitúe en
su punto de enunciación: unas experiencias de vida, unos referentes
culturales y unos imaginarios básicamente distintos a aquellos en los
cuales crecimos y nos formamos los
autores de las generaciones previas,
que hoy confluimos con ellos en la
literatura y en la vida literaria cubana de la segunda década del siglo
xxi; un tiempo, reitero, en transformación precipitada, incierta y caótica, donde la escritura, su recepción y
hasta la misma vida humana pueden
muy bien ser otra cosa, o simplemente no ser ya más.
Algo que resulta obvio, pero creo
no deberíamos olvidar, es que estos
nuevos autores parecen haber desterrado definitivamente la noción de
la literatura cubana como la constituida por obras que se escriben y
publican en la capital de todos los
cubanos, propósito que quizá nuestra anterior generación intentó sin
conseguirlo de un modo convincente. Y no sería ocioso que nos preguntemos también, en algún momento
no demasiado lejano, por lo que
existe al otro lado del mar. El modo
en que escriben los nuevos autores
cubanos radicados fuera de la patria,
cómo influye en la literatura que se
hace en Cuba el creciente y particular
intercambio de los jóvenes escritores
con sus colegas latinoamericanos, las
maneras en que las nuevas literaturas
se cuecen en algún lugar de Norteamérica o Europa, en ciertas zonas de
Asia o de África, y qué deberíamos
tomar más en cuenta de todo eso si
puede vivificar el tronco de una literatura abierta al comercio con otras
literaturas y que ya le llega, más para
bien que para mal, a los nuevos autores través de las redes de Internet,
una zona pendiente para muchos
pero donde otros se mueven con la
misma naturalidad que entre las pasarelas del Pabellón Cuba.
Finalmente, para cerrar por ahora
mi propio cuestionario de preguntas
en proceso, me gustaría que examinemos con los ojos puestos sobre
la página escrita, cuánta ambición,
cuánto pensamiento, cuánta emoción
pueden trasmitir en sus obras estos
nuevos autores —que comenzarán
a cumplir cuarenta años demasiado
pronto— que leamos las historias
que nos cuentan, el vocabulario que
mueven, los tonos que emplean, sus
juegos de lenguaje, interrogándonos
acerca del lugar hacia dónde apuntan
esas nuevas escrituras, y tratemos
de averiguar qué le están diciendo a
su Lector cómplice, ese con el cual
deben dialogar eficazmente para
constituirse en Literatura.
Morales, Osdany: Papyrus, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2012. Colección Premio
Alejo Carpentier. El fragmento que cito
—igual que otros entrecomillados que
se refieren a este texto— corresponde
a la apertura del “Libro V: El libro de los
contemporáneos. El Club de la pelea”, en
las páginas 131-132, y a mi entender ilustra bien la posición frente al contexto de
época de los nuevos autores a que alude
esta propuesta de diálogo.
2
Fornet, Jorge: Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo al siglo xxi, Letras Cubanas,
La Habana, 2005. Colección Premio Alejo
Carpentier.
3
Mellado, Marcelo: Informe Tapia. Políticas de
la sobrevivencia cultural. Novela. Ediciones Calabaza del Diablo, Chile, 2004. [Las
cursivas son mías].
4
Aymerich, Aymara; Morales, Edel: Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo. Muestrario de nuevos poetas cubanos,
Letras Cubanas, La Habana, 2000.
5
Aymerich, Aymara: “Digo lo que digo”.
En: Revista Archipiélago, no. 55, México
DF, 2006.
1
Celebración
del derrumbe
Oscar Cruz
(Santiago de Cuba, 1979). Poeta y editor. Graduado de Licenciatura en Historia por la Universidad de Oriente, actualmente labora
como editor de Ediciones Santiago. Tiene publicado, entre otros,
los poemarios: Los malos inquilinos, Premio David 2006, (Ediciones Unión, 2007) y Las posesiones (Ed. Letras Cubanas, 2009). Del
que seleccionamos los textos que a continuación presentamos.
P
or estos días,
en que mucho se habla de la valía o no
de la poesía escrita por la nueva camada de poetas
cubanos y se organizan paneles, grupos electrógenos, asambleas de rendición poética, donde los más
sabios en la materia, hablan del noviciado cochino y antipoético que pulula, sobre todo, en el Oriente, celebramos la aparición en las librerías cubanas de El derrumbe,
del poeta guantanamero José Ramón Sánchez. Setenta
y cuatro páginas de poesía, parceladas de la siguiente
manera: veintiocho iniciales que exponen y representan los efectos de “El derrumbe” (derrumbe de qué)
y cuarenta que cumplen la función de “Réplicas” (no
menos angustiantes). Este volumen ofrece una mecánica textual que conduce hacia la idea de un libro futuro,
de una expansión mayor; no es si no el avant-goût de
una entrega por venir, que tiene sus raíces bien aferradas al suelo de uno de los territorios más áridos y precarios de “Cubita la Bella”: les hablo de Guantánamo.
Si el odio es la vía de acceso a la poesía verdadera,
ese odio no demorará en utilizar la violencia para destrozar a la “bella poesía”, que no es verdadera. La imagen
del desastre convertida en boca sucia de la verdad; en
negación de esos narcóticos que son el deseo, el amor
y la poesía; narcóticos que a su vez operan en el autor
como fuerza motriz de su escritura.
En El derrumbe no se encontrará un lenguaje de
moda; sí una manera de decir concisa, capaz de perturbar a las cabezas más conservadoras y a las mentes más
leídas, no solo por la significación de su discurso, sino
por el uso de lo real, por sus ritmos, sus tonos y la elección misma de las palabras (duras, manchadas, obscenas). El derrumbe certifica que una escritura destrozada
por su odio, es menos poética pero más verdadera.
Desde la arrancada, José Ramón Sánchez asume la
estructura del patchwork (butoriano) para ubicarnos en
un territorio de verdadero desconcierto y perturbación:
Si te cuento lo que hice tú no duermes esta noche.
Hay que utilizar la maquinaria. ¿Qué tú quieres
matar el atraso conmigo? Hazme un hijo. ¿Quién es?
No es mi estudiante. ¿Quién te mandó a tocar?
Ven a ver la pelota a mi casa. La clavé hasta el cuello.
Dios me lo prohíbe. No le puedo hacer esto a mi novio.
Me voy a casar. Yo soy la niña de mi esposo.
¿Malo fuera con mujeres, no? Pero tenía dinero.
Nos introduce en la senda de una visión cruda y
brutal, cuya brusquedad no disimula su odio hacia el
ropaje de lo habitual —que deprime— ni hacia lo
convencional que suprime.
Esa mirada obscena, que desde el inicio del texto
toma las riendas del poema, nos sumerge en un profundo laboreo de campo, en una excavación antropológica
que pasa la cuchilla a ras de la podredumbre cívica, política y moral que moviliza la materia del poema.
Guantánamo escrito, fragmentado, hecho pedazos,
rearmado y puesto a funcionar. Guantánamo-país. Guantánamo-redil. ¿Azote? El poema se torna asfixiante, en
tanto fluye sustentado por una fragmentación que destila violencia en todos los órdenes. La galería de personajes
variopintos, casi todos corruptos, corrompidos, personajes-mierda, le impregnan al discurso una dosis importante
de cinismo y humor, tan necesarios a la poesía cubana de
hoy, que peca de ser demasiado “Poesía”, es decir: demasiado aburrida. Veamos:
La Diva • el Profesor Cheetah
(académica voz de emitir vaciedades)
Cuenterito Canoso • Feto Irresponsable
Momia Pornográfia • Boquita de Rana
y el tres veces horrible
Monstruo de Gila
El Mar y la Montaña
37
acompañado de sus dos marionetas mestizas.
El funcionario que manda escritores
a cuidar vacas a un municipio cercano.
La funcionaria que grita: ¡No te voy
a dar un sueldo por escribir
en tu casa! El funcionario lascivo
que habla hasta de su madre.
El funcionario que dice: Bastante he dado.
La Yegua Pecosa. El gigante
de ojos turbios y traje Power Rangers.
La Madre Superiora
con una mano en el cinto
y la otra acariciando a Peluche.
La homosexual borracha
diciendo que un hombre
la pondrá en su centro.
que abre cauces al planteamiento, cada vez más explícito, de una ética de escritura y de vida enfrentada a la
ética imperante (ética oficial-oficiante) que tampoco da
ni pide tregua, sino que campea libre por su respeto.
Llegado este punto, el poema revela una cuestión para
mí decisiva y es que deja sobre el tapete su propuesta de no comunidad. Sé que estoy expresando una idea
difícil de seguir pero a qué continuar con la hipocresía reinante sin necesidad de ello. A qué tanto carrusel poético si sabemos que no comulgamos con esto ni
con lo otro. Qué significa, en efecto, un grupo sino el
enfrentamiento de unos hombres al conjunto de otros.
Qué significa, por ejemplo, una iglesia como la cristiana
sino la negación de lo que ella no es. Qué significa “la
bella poesía cubana” sino la negación de lo que no es ni
“bello” ni “poesía” ni “cubano” para ellos. Leemos:
Nadie sale ileso de allí. No hay piedad en el poema
(único espacio de absoluta soberanía). Estamos en
presencia de una escritura viva, enfrentada a la realidad
y alimentada por ella. Mientras se avanza en la lectura,
recibimos los desprendimientos, la caída de los modelos-andamios, la reafirmación de la podre, y, no es que
en realidad se derrumbe nada, es que ocurre todo lo
contrario, las cosas permanecen en su continuo deterioro, dando señales de orgullo fúnebre, de una seguridad
a prueba de baba, las cosas permanecen “lindas”. Eso,
“lindas”. No más. Gozando de “lo lindo”.
Como todo poema extenso, “El derrumbe” se sostiene en la reiteración de determinadas estructuras que
mantienen la promesa rítmica del texto, a la vez que
sirven de meandro a diferentes temas que se van introduciendo bajo la fuerza de una violencia que va in crescendo, y que no deja naufragar al discurso en su propia
intención. Veamos:
Muéranse egoístas infames.
Codiciosos enfermos de mierda.
Que quieren seguir modelándolo todo
a su imagen y a su semejanza.
Muéranse y también lo que yo
tenga de ustedes.
[...]
Si es suya la cultura
que se acabe la cultura. ¿O vamos a ser
las víctimas perennes de su orgullo?
No hay marcha atrás. Quiero vivir
como los animales. Aunque los animales
siempre son derrotados: su gloria.
Este derrumbe no se va a detener.
Va a seguir más allá de la página y la escritura.
La página y la escritura son nada
si este derrumbe se detiene en ellas. (p.15)
Este derrumbe no avanza
con lindas figuras retóricas.
Lo impulsa la inercia de la cloaca.
Mentira. Pretende salvarse.
Hundirse y de paso enseñar
la ridícula historia.
Continuemos. (p.16)
Esta flor no se detendrá.
Va a seguir el derrumbe.
¿Hasta cuándo? (p.21)
Estas repeticiones funcionan como una plataforma
38 El Mar y la Montaña
No quiero decir con esto que los poetas no estén convocados a reunirse como siempre lo han hecho, pero más
allá de esta necesidad inmediata, la ausencia de comunidad que propone El derrumbe, deber ser el fundamento de toda comunidad posible y esta debe llevarse hasta
el punto de la ausencia de poesía. Todos sabemos que el
nacimiento y la muerte de un poema son la misma cosa
y que la muerte es el cumplimiento de toda intención
poética. La comunicación poética es posible en la medida en que la poesía es llevada a la ausencia de poesía. Un
estado de vigilia llevado hasta el extremo de la lucidez y
cuyo término es necesariamente el silencio.
El conjunto de textos que conforman la segunda parte
del libro bajo el rótulo de “Réplicas”, cumple la función
de reafirmar las tesis desplegadas en “El derrumbe”, con
un tono más reflexivo y calmo, permeado quizás, por los
restos de una tradición lírica todavía pesante en el entorno insular. El fantasma de Boti asoma por el diente perro
del conjunto y se pasea por la costa sur (solo por allí) y
anima las partículas que brindan una fluencia muy peculiar a estos poemas en su mayoría breves.
Si algo me roba la atención en estas sacudidas, es
la forma en que se indaga en “lo cotidiano” que sitia,
enreda y amordaza. “Lo cotidiano” abierto a las diversas figuras de los verdadero, a las grandes transformaciones históricas y sociales. Hay una crítica que ya no se
limita a querer cambiar la vida ordinaria abriéndola a la
historia y a la vida política sino que propone una transformación más radical. Y es que el hombre contemporáneo de hoy, el de nuestras sociedades pornocultas,
pornodandy, pornogalaxy, está hundido en lo cotidiano
y a la vez privado de lo cotidiano. Veamos:
Los perros de combate viven solos
y buscan en el fango sus peleas:
los dichos del amor hipersexual
la herencia microscópica del tarro
un poco de piel negra serruchada
unas gotas sacadas a la fuerza
un feto destronado entre alaridos.
[...]
Los he llamado perros y son ratas
que viven alejadas del negocio
de la comunidad. Lo que ocurre
es que se creen feroces y muy puros
cuando asoma el llanto por sus ojos.
Debemos comprenderlos. Dar caricia
a sus lomos arqueados de temor.
Es un lugar común encontrarse en contextos como
los descritos en el libro con peleas de perros, apuestas,
reyertas de los hombres-perros, que aplacan su vacío
con estas prácticas que se han convertido de alguna
manera, en un empleo, en formas de economía y que se
extienden cada vez más en los sectores más expuestos
a la intemperie social.
Cuando hablé de lo porno y quizá, en un tono casi
absoluto, no exageré, no puse más de lo que en la
concreta hay. Todo se vincula, se entrelaza en hilados
subrepticios que encuentran en ese carácter solapado
su lado manifiesto, su desborde. El autor no le pierde
rastro a esta perspectiva y la expone de manera excelente en unos de los poemas clave de este conjunto:
La prosa en el poema se ha extendido
como una serie de manchas seminales
regadas en sábanas papeles y condones
y ocasionalmente en la tierra y algún cuerpo.
Tu leche es más líquida que la de otros hombres
(me había dicho) y me gusta su sabor a veneno.
Los papeles y condones se acumulaban
y yo los recogía en bolsas de nylon para el basurero.
El cuerpo (de ella) seguiría el mismo destino.
La prosa en el poema sigue extendiéndose
pero ahora se la debo a otras mujeres.
En contraposición a esta mirada vertical sobre lo
real, hay una tríada de poemas que proponen una indagación oblicua no menos interesante y que expresan el
espíritu general que sustenta el volumen; ellos son: “Tu
amor es una mantis religiosa”, “Salamandras” y “Era un
agua muy fría”.
El último de esta tríada nos ofrece la condición de
sospechoso, que asiste a todo el que decide escribirse desde su condición de reo de lo cotidiano. El sospechoso es aquel que tiende no solo a molestar sino que
prepara al responsable de su odio para convertirse en
culpable, puesto que este tendrá que reconocer en
algún punto de su vida, que fue un hijodeputa, es decir,
culpable. El sospechoso es el hombre cualquiera, culpable de no ser culpable. José Ramón Sánchez, muestra
diversas direcciones en las cuales podría orientarse una
escritura que penetre de modo eficaz en la realidad del
cubano, interesándose en lo histórico, lo político, lo
literario, y en la vida residual con que se rellenan nuestros días, llenos de desechos y detritus tanto espirituales como materiales.
En lo trivial “del diario a que a diario”, es donde radica también lo más importante, en tanto que nos remite a la existencia humana, en su plena espontaneidad.
Lo trivial-cotidiano es aquello que está ligado de manera rotunda a todo tipo de derrumbes, pues es lo que no
vemos ni sentimos nunca por primera vez, sino que solo
podemos volver a verlo, una y otra vez, y así hasta el
cansancio, de las formas posibles de ver y entender.
Cuando se habla deliberadamente de crisis, de
pobreza, de falta de actuantes verdaderos en la poesía
que escriben los autores emergentes en la Cuba de hoy,
no puedo hacer otra cosa que reírme, como se ríe ante
los precios del “Agro”, de una manera definitiva. Autores como José Ramón Sánchez destrozan y destrozarán
en lo adelante esos comentarios-naderías. No tuvimos
desde Orígenes un momento mejor, lleno de actuantes
con una fuerza que no se puede desdeñar.
Querría insistir en la profunda viabilidad de esta
convulsión que todavía persiste en pos de la poesía en
Cuba. Más allá de ciertas actitudes individuales que tienden a aislar y a joder, hay por todas partes una voluntad que consagra al hombre contemporáneo, al retorno
de una vida mucho más libre, más noble, una vida que
podría calificarse de salvaje.
El Mar y la Montaña
39
Un gigante
de la memoria histórica
José Sánchez
Investigador. Licenciado en Historia y Ciencias Sociales, Máster en Estudios Cubanos y del Caribe. Entre sus
libros publicados se encuentra El eco de las voces. La
prensa en Guantánamo. 1871 a 1902 (2007) y El eco
de las voces. La prensa en Guantánamo. 1902 a 1962
(2008), por la Editorial El Mar y la Montaña, en coautoría. Actualmente es el Historiador de la Ciudad.
A
del pasado siglo xx me encontraba junto a Eneida Leyva
en una tribuna ubicada en la calle Pedro A. Pérez,
área por donde desfilaban los diferentes paseos,
carrozas y comparsas del carnaval, cuando observé a
un hombre grueso y de estatura apreciable, vestido
con una guayabera blanca; quien de manera admirable presentaba a través de los medios de amplificación las diferentes agrupaciones que se disputaban los
premios de las fiestas populares más destacadas de la
ciudad. Era Héctor Renán Borges Vicente, Tati, reconocido como uno de los promotores más destacados de
la cultura cubana en la ciudad del Guaso.
Nacido en Guantánamo, el 26 de octubre de 1928,
heredó el patriotismo de su abuelo, José Carmelo
Borges, teniente mambí que influyó en su formación
y le trasmitió el amor que los cubanos debíamos tener
de la historia. Estudió en el Instituto de Segunda Enseñanza, participando en movilizaciones estudiantiles
que demandaban la construcción de un nuevo edificio.
Laboró un largo periodo en el enclave militar estadounidense de la bahía de Guantánamo, donde aprendió el
idioma inglés y se incorporó a las luchas reivindicativas
de demandas sociales y políticas. Su nombre aparece
como uno de los dirigentes del Sindicato de Trabajadores y Empleados de la Base de Operaciones, bajo la
dirección de Federico Figueras Larrazábal.
Consciente de la situación política y económica que
atravesaba el país, en 1957 se incorporó al Movimiento Revolucionario 26 de Julio, organización encubierta,
40 El Mar y la Montaña
principios de la década de los años ochenta
donde cumplimentó diversas misiones: extraer recursos
bélicos de la base imperialista y ser locutor de la emisora clandestina que salió al aire en la ciudad en mayo de
ese año. Cuenta el Dr. Luis Morlote, que a principios de
abril de 1958, después que Raúl Castro fundó el frente
guerrillero, se presentó Tati en su consulta de estomatología, lleno de euforia y le dijo: “Luisito, sabrás que
abrimos el Segundo Frente”, ya estamos aquí; yo no voy
porque soy fácil blanco (se refería a que era muy obeso),
pero aquí en la ciudad me la seguiré jugando”. Preguntándole Morlote de manera jaranera: “¿Y vienes a que
suba yo por ti?”, a lo que Tati Borges respondió: “No, a ti
te necesitamos aquí; tú tienes que hacer el himno revolucionario para cuando entre nuestra gente, que será
pronto.” Así era Borges, con iniciativas, ocurrente, decidido, un hombre que soñaba constantemente. Poseía el
don del estudio y la observación, pero sobre todo una
voluntad de acero que le permitió enfrentar los avatares
de la sociedad cubana que antecedió a 1959.
Después del triunfo de la Revolución, continuó
trabajando en la Base Naval yanqui, donde prestó valiosos servicios a la Patria, e ingresó a la compañía de la
Milicia Nacional Revolucionaria que se creó con los
trabajadores del enclave. Fue expulsado después, por
la digna posición que mantuvo en defensa de la política
del nuevo estado revolucionario.
Graduado de Historia y Geografía, se desempeñó
con éxito como profesor en la Facultad Obrera y Campesina, y participó como delegado, en abril de 1971, en el
Primer Congreso de Educación y Cultura, evento donde,
además de Tati, asistieron Eugenio Friol, Arístides Díaz
y Luis Figueras.
Acogió profesionalmente la locución radial, convirtiéndose en uno de los locutores más destacados del
terruño; de manera especial la población escuchaba su
programa nocturno “Postales de la Ciudad“, espacio en
el que con su locuacidad iba hilvanando, como solo él
sabía hacer, los hechos y sucesos históricos de la ciudad
novia del Guaso.
Amante y defensor de la historia y del patrimonio
tangible e intangible, estuvo presente el 23 de mayo
de 1986, en el teatro del Comité Provincial del Partido,
cuando junto a Arturo Valdés Curbeira constituimos
la UNHIC. Fue delegado al V Congreso Orgánico de
esta organización, desarrollado en el antiguo Palacio
Presidencial en La Habana en 1997 y al XVII Congreso Nacional de Historia, efectuado en Sancti Spíritus
en 1999, ambas delegaciones encabezadas por Manuel
García, Inti. Su voz se hizo sentir con emoción en
ambos eventos.
En los años noventa, sus valoraciones se escucharon
con respeto en toda Cuba, cuando representando a la
provincia estuvo presente como testigo en el Tribunal
Internacional, organizado en La Habana, que condenó
los asesinatos y otros actos terroristas dirigidos desde
Miami, algunos de los cuales tuvieron como escenario
la Base Naval, convirtiéndose en una de las voces más
esclarecidas que se pronunciaron en el cónclave.
Por su inteligencia y dedicación, Héctor se convirtió
en una fuente obligada de consulta sobre diversos tópicos de la historia guantanamera. Durante varias décadas
atendió desinteresadamente a un buen número de profesores y estudiantes, y por más de tres décadas se convirtió en uno de los conferencistas más solicitados por los
organismos e instituciones del territorio. También laboró
con éxito durante 20 años como Historiador del Consejo
Popular Centro de la ciudad de Guantánamo.
Como reconocimiento a estas y otras responsabilidades que asumió con firmeza, y en nombre de la Oficina
del Historiador de la Ciudad, fue propuesto a la Asamblea Municipal para que recibiera La Fama, símbolo de
la Ciudad de Guantánamo. El 19 de julio del 2010, en la
actividad nacional por el Día del Historiador Cubano,
recibió de mano del Dr. Raúl Izquierdo, Presidente de la
UNHIC, el Diploma Emilio Roig Leuchering, que otorga
la UNHIC a las personas que se destacan en la promoción y divulgación del ideario antimperialista.
Es inevitable que los historiadores guantanameros
recordemos con nostalgia cada año su fecunda presencia en el evento 11 de Abril, en Playita de Cajobabo, junto
a Rolando Quintero Mena, Maday Castillo Frómeta, Cristina González Riffá y Luis Felipe Guerra, todos símbolos
guantanameros de la noble y vital tarea de proteger la
memoria histórica del Alto Oriente cubano.
A finales de agosto del 2012, aproximadamente una
semana antes de su deceso, lo visité. Se encontraba
allí en su casa de la calle San Gregorio, entre sus viejos
papeles, el hombre de la más rica memoria de Guantánamo. Dijo sentirse angustiado por las penas de la
vejez. Conversamos largamente sobre diversos temas
de la historia, y observé en sus ojos cansados el brillo
infinito que solo trasmiten las personas que amamos la
memoria histórica de la nación. Le trasmití el mensaje
que le enviaba el Dr. René González Barrio, actual Presidente del Instituto de Historia de Cuba, por el apoyo
que le había brindado para culminar su libro sobre la
Base Naval yanqui. Al despedirme, me acompañó penosamente hasta la puerta, no obstante sus 84 años, y
expresó sentirse dispuesto a cumplir nuevas tareas
que le encargara la UNHIC. Unos días después, el 4 de
septiembre, recibíamos la noticia de su fallecimiento.
Desaparecía físicamente el hombre del entusiasmo infinito, revolucionario de primera fila, la memoria personal más fecunda de la ciudad.
El Mar y la Montaña
41
José María
Heredia Girard:
un parnasianista
nacido en Cuba
M argarita C anseco
Investigadora. Licenciada en Historia y Ciencias Sociales. Es autora de La Estirpe de Orfeo: artistas guantanameros (Ed. El Mar y la
Montaña, 2011), además de poseer otros textos en coautoría. Actualmente se desempeña como especialista de la sala de Fondos Raros y
Valiosos de la Biblioteca Provincial “Policarpo Pineda”.
Yaimar a Diéguez
Investigadora. Licenciada en Español-Literatura. Tiene publicados en
coautoría los libros Francisco Domínguez Pérez. El poeta humilde.
Selección, prólogo y notas (2011) y En un lugar de la memoria. Efemérides guantanameras (2012), ambos por la Editorial El Mar y la Montaña. Actualmente se desempeña como editora y especialista principal
de la Editorial El Mar y la Montaña
V
en nuestro país,
sin dudas, fue el santiaguero José María Heredia y
Heredia el más reconocido de todos, pero… algunos investigadores consideran que también los guantanameros tuvimos un poeta de igual nombre: José María
Heredia Girard.
Este poeta cubano-francés nació el 22 de noviembre
de 1842, en La Fortuna, cerca de Santiago de Cuba. Su
abuelo paterno, Don Manuel Heredia y Pimentel, nació
en Santo Domingo y fue capitán de Ejército y Regidor
del Ayuntamiento de la ciudad. Al ocupar Francia la
parte oriental de aquella isla, emigró a Santiago de Cuba
con su familia. Entre sus hijos se encontraban José Francisco Heredia y Mieses, padre de José María Heredia, y
Domingo Heredia y Mieses, de cuyo segundo matrimonio con María Luisa Francisca Girard —nacida en Santiago de Cuba pero hija de emigrados franceses del oeste
de la isla de Santo Domingo— nació José María Heredia
Girard; por tanto, ambos poetas eran primos hermanos,
aunque no se conocieron, pues tres años después de
morir “El cantor del Niágara” nació su primo.
arios fueron los poetas románticos
42 El Mar y la Montaña
En 1851, apenas con nueve años, José María Heredia
Girard se embarcó para Francia para continuar sus estudios en el colegio Saint Vincent de Senlis, donde permaneció hasta completar su bachillerato. Fue un alumno
brillante y muy apreciado.
Luego de su regreso a Cuba, en junio de 1859, pasó
un año en La Habana, profundizando sus conocimientos
de la lengua española y su literatura, con la intención de
estudiar Derecho, pero no logró su propósito, pues no
se le reconoció la equivalencia del bachillerato cursado,
por lo que en 1861, a los 18 años, regresó a Francia, esta
vez en compañía de su madre.
Al morir su padre, la madre se ocupó, por más de 30
años de administrar todas las propiedades que valían
mucho y eran muy productivas, con la ayuda de uno de
sus yernos. Hasta que en 1872, como parte de las estrategias mambisas de la Guerra de los Diez Años, fueron
quemadas por la tea incendiaria. Fue entonces que su
madre, viuda, y con sus tres hijas mayores casadas, decidió hacer el viaje para cuidar ella misma de la educación
de su hijo.
Girard se inscribió en la Facultad de Derecho de
París, y al mismo tiempo siguió, a título de extranjero, los cursos en la acreditada École des chartes entre
1862 y 1865, donde fue un discípulo brillante. Fue en
esta etapa que conoció a Leconte de Lisle, cuya obra le
había causado una profunda impresión, y que comienza
a escribir sus primeros poemas en francés e influenciados por la escuela parnasiana. Fue reconocido rápidamente como un poeta talentoso, a pesar de la escasez
de sus publicaciones, las cuales comenzaron a aparecer
en diversas revistas, entre ellas Parnasse contemporain, de Leconte de Lisle, la Revue des Deux Mondes, el
Temps y el Journal des Débats.
En 1867 se casó con la también cubano-francesa Louise-Cécile Despaigne, con la cual tuvo tres hijas: Hélène
(1871-1953), Marie-Louise (1875-1963) y Louise (18781930). La segunda, Marie Louise, siguió los caminos de su
padre, pues también fue poeta y novelista, conocida en la
literatura bajo el pseudónimo de Gérard d’Houville.
En 1893 Heredia Girard publicó su primer y único
libro: Los Trofeos, el cual es una recopilación de sus
sonetos publicados a partir de 1866 en diversas revistas francesas. Integrado por 118 sonetos, las cuatro
primeras partes del poemario están relacionadas con la
historia mundial, desde los tiempos helénicos hasta el
Renacimiento, y la última, con la naturaleza y los sueños
del poeta. Fiel a la doctrina parnasiana, Heredia Girard
elaboró con refinamiento sus sonetos —se dice que
demoró más de treinta años en pulirlos—, en los que
revela acontecimientos dramáticos con exactitud; escapando de acotaciones personales y de toda implicación
filosófica, con un poder sugestivo muy intenso.
En prosa escribió una traducción al francés de la
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de
Bernal Díaz del Castillo en 3 volúmenes, a la que le dedicó diez años de trabajo, y también la Historia de la Monja
Alférez: memorias de Catalina de Erauso, en 1894. Oficial
de la Legión de Honor, ese mismo año fue elegido a la
Academia Francesa para el sillón cuatro, en reemplazo de
Charles de Mazade. Fue también miembro de la Comisión
del Diccionario, conservador de la biblioteca del Arsenal
y secretario de embajada.
Con respecto a si José María Heredia Girard era guantanamero o santiaguero existen dos versiones. El historiador guantanamero Isidoro Castellanos Bonilla, en el
periódico La Voz del Pueblo, publicó varios trabajos que
aseguran que nació en el cafetal nombrado El Potosí, en
el Partido de Monte Toro, actual Monte Rus, que pertenecía a la jurisdicción de Guantánamo. Bonilla plantea,
además, que los padres de ambos poetas adquirieron en
1841 gran parte de los terrenos de Monte Toro y fomentaron varios cafetales, entre ellos San Luis de Potosí.
Por su parte, la Doctora Olga Portuondo plantea que
Heredia Girard nació en una finca llamada La Fortuna,
que aunque estaba dentro de las propiedades de sus
padres, pertenecía a Santiago de Cuba, por tanto, ella
considera que era santiaguero.
En lo personal, no hemos tenido acceso a las fuentes
primarias originales ni la oportunidad de entrevistarnos
con personas que conocieron realmente su historia, pero
apoyándonos en lo que declara la doctora y en lo que nos
aportó la narración que hizo Jean Baptiste Rosemond de
Beauvallon, autor del libro La isla de Cuba, quien sí conoció a la familia Heredia Girard y detalla minuciosamente
dónde vivían, por lo que no nos deja lugar a las dudas.
Consideramos que la confusión tiene que ver con
que en el cafetal San Luis de Potosí, que fue propiedad
de la familia Heredia Girard y estaba ubicado en territorio guantanamero, estuvo hasta hace poco un caserón, en el cual había también una magnífica biblioteca.
Todo parece indicar que los guantanameros creyeron
que, justamente en ese caserón, debieron haber vivido
y nacido la mayoría de los miembros de la familia, entre
ellos José María Heredia Girard.
A ello debe agregársele que, al morir su padre, cuando ya el poeta tenía 17 años, la madre compró un cafetal
en la zona de Tiguabos al que nombró “Nueva Fortuna”. Esto, por supuesto, también creó confusión, por la
similitud de los nombres, pero… ciertamente, La Fortuna, donde nació Girard, estaba ubicado en Santiago
de Cuba, en la zona de El Caney. Por tanto, y lamentablemente para los guantanameros, José María Heredia
Girard era santiaguero.
El poeta falleció en Francia, el 3 de octubre de 1905,
a los 62 años, en el Castillo de Bourdonné, cerca de
Houdan, en Yvelines, y fue enterrado en el cementerio de
Bonsecours, donde ya reposaba su madre desde 1897. En
su lápida aparece una inscripción en francés: Mon âme
vagabonde à travers le feuillage, Frémira... (Mi mente
vagabundea entre el follaje, Estremicimiento…)
Esta es una de las escuelas de una amplia variedad de disciplinas
asociada con la universidad, en la cual los estudiantes también
reciben títulos universitarios.
2
Los parnasianos fueron un grupo de poetas del siglo xix liderados
por Leconte de Lisle, a quien Girard admiró mucho. Tomaron su
nombre del periódico Le Parnasse Contemporain (1866-1876). En
respuesta al romanticismo, los parnasianos defendían el arte por
el arte, la poesía basada en temas exóticos y elaborada con minuciosidad, a la vez que invitaban a la experimentación con el verso
y las formas métricas. El movimiento influyó en toda Europa y dio
paso, posteriormente, al simbolismo.
1
El Mar y la Montaña
43
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José Ramón SánAislada noche (Letras Cuba-
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