Biografía Padre Rubinos

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Biografía Padre Rubinos
P. Antonio Rubinos Ramos, S.J. (21-VII-99 - 21-I-83)
Después de brevísima enfermedad, el 21 de enero, hacia las
2:30 de la tarde, moría el P. Antonio Rubinos.
Coruñés de nacimiento y corazón, contaba 83 años de edad,
68 de vida religiosa y 53 de sacerdocio.
Nacido en el seno de una familia profundamente cristiana y
numerosa (fueron 11 hermanos, dos de ellos jesuitas, José y
Antonio), el P. Rubinos entró muy pronto en contacto con la
Compañía de Jesús por medio del famoso Hermano Echebeste, que
formó aquella especie de Escolanía o grupo de niños selectos, que
ayudaban en las funciones de la iglesia, germen de la Congregación
Mariana de Kostkas y que el mismo hermano bautizó con el nombre de “Los Intachables”. A aquel
grupo pertenecieron y de él salieron, entre otros, el P. Antonio Rubinos, su hermano José, los PP.
Pablo Pardo, David Fernández Nogueras, Jesús Muñoz, Carlos Usallán… y D. Joaquín García de
Dios.
A los 15 años, recién cumplidos, entra en el Noviciado de la Compañía de Jesús en Carrión
de los Condes (Palencia), donde hará también su Juniorado y su Magisterio, y a donde, después de
dos años de destierro en Bélgica y ya sacerdote, volverá de Prefecto, cursó Filosofía y Teología en
Oña y Comillas respectivamente. Más tarde fue destinado a Cuba y a Santo Domingo para fundar
allí la Apostólica. Con la misma finalidad (se trataba de la Pre Apostólica de la Guardia), regresó
después a España y el año 1946 llega a La Coruña, donde vive los últimos 36 años.
La huella profunda de su labor apostólica en la ciudad natal será muy duradera y
precisamente por eso será difícil de llenar el vacío que deja. Desde su llegada a La Coruña se hizo
cargo de la Congregación de Caballeros de San Ignacio que alentó y cultivó, y a través de ella
promovió diversas actividades. Muchas fueron las tandas de Ejercicios, sobre todo, a obreros,
empleados y oficinistas, que dirigió en Lugo, Pontedeume y La Coruña (Bastiagueiro). Admirable
fue siempre su asiduidad al confesionario, al que acudían a diario en busca de absolución,
dirección y consuelo, sacerdotes, religiosos y toda clase de fieles.
Entregado activamente al servicio del prójimo y a sus tareas de jesuita, dedicó una atención
particular a dos vocaciones muy firmes en él toda su vida. Fue el gran difusor y divulgador del
contenido religioso humano y social de La Biblia, cuyas páginas se esforzaban en poner al alcance
de todos con un estilo sencillo y personal muy suyo. Era lo que pretendía con “La Hora de la
Biblia”, reunión de una hora de duración, organizada por él y en la que todos los domingos por la
mañana, desde hace años, iba explicando y comentando las Sagradas Escrituras. Con ese fin
publicó “El Génesis”, “El Éxodo”, “Los Hechos de los Apóstoles”, tres libritos de bolsillo;
“Leyendo a San Pablo”, comentario de sus cartas; “Cristo y la Biblia”. A estas publicaciones
añadió otras cuatro: “Cultura Religiosa”, “Catecismo Histórico-Litúrgico de la Misa”, “Para
comprender y meditar la Misa” y “Concepción Arenal: Una auténtica Reformadora Social”
Pero la Obra que, fundada y sostenida gran parte por él, más le ha caracterizado, la que él
acariciaba con más ilusión y a la que dedicó la atención e interés de sus mejores ratos, fue, sin
duda alguna el Complejo Residencial que forman el REFUGIO del Patronato coruñés de la
Caridad, la GUARDERÍA INFANTIL y la RESIDENCIA para personas mayores que, con toda
justicia, lleva su nombre. Cuando el padre se hizo cargo del antiguo Refugio, encontró un edificio
ruinoso e inhóspito. Trasladado pro permuta y construido el nuevo en un solar contiguo, fueron
acogidos centenares de mendigos y vagabundos, y ayudadas y atendidas numerosas familias
económicamente débiles, a las que proporcionó comida, vestidos, habitación y hasta trabajo. Junto
al refugio construyó en 1971 la “Residencia Padre Rubinos” para personas mayores, hombres y
mujeres. Completando el complejo social está la Guardería Infantil. Solía decir el Padre que esta
Gran Obra era obra de la caridad de los coruñeses, y así es, pero el alma de todo, el que supo
rodearse de sacrificados y óptimos colaboradores como han sido un equipo de Hermanas de la
Caridad, Religiosas de San Vicente de Paul, los Caballeros desinteresados que forman el
Patronato, de una señora, fiel y constante, que ha sido su brazo derecho en la labor desarrollada en
la Guardería, y del Doctor, que gratuitamente vino prestando su valiosa asistencia médica, el que
se encargaba de hacer la propaganda preocupándose de las subvenciones, suscripciones y
limosnas, fue siempre el P. Rubinos. Allí pasaba las tardes conviviendo con mayores y niños,
gentes de todas las clases sociales, sin distinción de trato, marcó con su ejemplo un estilo de
convivencia, sin diferencias de años, creencias, medios, inteligencia o idearios. Le formulaban
consultas, le pedían consejo, solicitaban asesoramiento y el P. Rubinos tenía siempre soluciones,
palabras de aliento, frases cariñosas. Sin ser expresivo, acogía a todos con bondad. Tenía suma
paciencia; bien lo sabían los pobres que una y otra vez recurrían a él. En medio de su sencillez, era
ameno en la conversación que salpicaba con su anecdotario bien conocido por todos los que
convivieron con él, y un sentido del humor que hacía grata su convivencia. Nunca se enfadaba y
sabía encajar las bromas con un aguante y una calma imperturbable.
Este fue, a grandes rasgos, el P. Rubinos. Defensor de todo lo nuestro, que hubiera querido
conservar como él lo conoció. Operario al estilo antiguo de los hombres entregados a los
ministerios propios de nuestras Residencias; trabajador incansable y tenaz; escritor de múltiples
artículos y pequeños libros; creador y promotor de una Obra social con garantías de futuro; apóstol
de necesitados y marginados. Por todo esto y mucho más el Sr. Arzobispo lo llama y propone
como “Jesuita ejemplar”. Con el Apóstol San Pablo, a quién estudió con cariño para después
explicarlo y escribir tan bien de él, habrá podido decir ya el P. Rubinos: “He competido en noble
lucha, he corrido hasta la meta, me he mantenido fiel. Ahora ya me aguarda la merecida corona
con la que el Señor, justo Juez, me premiará en el último día; y no sólo a mí, sino también a todos
los que anhelan su venida” (2 Tim. 4, 7 y 8).

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