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Lluvia de recuerdos
AUTOBIOGRAFÍA SONORENSE
LLUVIA DE RECUERDOS
AUTOBIOGRAFÍA SONORENSE
Primera edición. 500 Ejemplares
Julio 2008
Diseño de portada: Magdalena Durán Castillo
Diseño de Interiores: Emmanuel Avalos Ríos
Impreso en México
Printed in Mexico
(c) Taller de Literatura Autobiográfica
de Casa Club de Jubilados y Pensionados
de ISSSTESON
(c) Derechos Reservados
INDICE
PRÓLOGO pag. 8
BERTHA CASTILLO CARRILLO 13
El Mensajero 14
Fin de semana en la sierra 16
Mi paraíso 19
El teatro, juego de niños 21
Marte y las burbujas 23
MA. CARMEN ESCALANTE CELAYA 27
Maestra Ignacia E. de Amante 28
Los Gemelos 30
El Alhajero Verde 33
Encuentro con la Música de Arte 35
Papá Chiquito 36
JESÚS JOSÉ GARCÍA ROBLES 41
Confieso que he comido 42
Teatro dentro del teatro 45
Vesícula ya… próstata no 48
Mis alumnos de la escuela nocturna 51
Agosto en Zacatecas 54
ARMANDO GASTÉLUM ALCARAZ 59
Encuentro con Verónica Castro 60
La vez que canté en un palenque 62
Encuentro con “Las Torcacitas del Norte” 64
El día que arriesgué mi vida por la bandera 66
La noche que dormí con un payaso 69
MA. TRINIDAD GERMÁN JARA 73
Santiago de Ures visita Roma 74
Perdida en la Capilla Sixtina 77
Navegando por el Río Nilo 79
Las Tortillas de harina “Sobaqueras” 82
La Receta gracias a la cual estoy con vida 84
JOSÉ FRANCISCO GUTIÉRREZ QUIROZ 89
El Largo 90
Mi maestro de primaria 93
Sociedades de Padres de Familia 96
Cambio de potenciales 100
SILVIA MARTÍNEZ DE BOLADO 105
Mis indisciplinas laborales 106
Alicia Alonso y el Ballet Cubano, mi recepción 110
Paraje “El Gorguz” 114
Mi vida, mosaico gastronómico 117
La Esgrimista
ALBA IRENE MARTÍNEZ MARTÍNEZ
(COORDINADORA DEL TALLER DE LITERATURA DE CASA CLUB)121
La casa de Mamanina 122
Mi escuela primaria 126
Las vacaciones de mi niñez 131
La niña, papá y el ferrocarril 135
Sueños de concertista 141
MONSERRAT OLIVEROS TERRAZAS 145
Un regalo inesperado 146
Generación del 67 149
Devociones 153
La Dieta 155
JOSÉ RAMOS RODRÍGUEZ 159
A falta de peces… pericos 160
Una experiencia en Mazatlán 161
Un día en el rancho 163
Mi arribo a Hermosillo 166
OLGA ROBLES DE PONCE 169
Recorrido de mil sorpresas 170
Nuestra compañía de teatro 173
Aromas y Recuerdos 175
Sucedió en un carnaval 177
Mis hermanos 179
FRANCISCA SAGASTA DE IBARRA 183
Cruzando el Río San Miguel 184
Aprendiendo a aprender 187
Recuerdos 190
El vicio de fumar 192
Crónica de un viaje anunciado 195
ARTEMIZA SOQUI REYES 199
Mi viaje a Nacozari 200
Gratos recuerdos 203
Una hazaña del “Loco” Arnulfo 210
El héroe de la familia 213
La Mantilla 217
PRÓLOGO
En el mundo del libro cabemos todos
Si los libros no nos sirven para ver al mundo de otra
manera, para ofrecer nuevas soluciones a los teoremas de
la realidad, de nada nos sirven entonces. Porque la dicha
de estar vivos tiene mucho que ver con los libros, que se
abren como abanicos para refrescarnos el alma: ya sabemos que las personas, como los jardines, se cultivan, no
se domestican.
Debemos tener en claro que en algo habremos fallado si no tenemos la capacidad de hacer ver que lo importante en la vida no es brincar para alcanzar las estrellas,
sino aprender a saltar por el gozo de hacerlo; que no se
trata de ser sabios, sino aprender a discernir entre las múltiples opciones que la realidad ofrece, que la intuición es
un rasgo de la inteligencia y que la vocación literaria es
también una manera sutil de pintarle una raya a la realidad con la tiza maravillosa de los recuerdos.
Y es que la literatura, por fortuna, seguirá siendo deliciosa, amorosa y libertariamente subjetiva: como la mirada de una mujer de gran corazón, los aromas de la piel o
un mezquite frondoso. Y nos dará la razón continuamente.
Estará de nuestro lado. Nos mostrará que no siempre los
imperios tienen razón, que la guerra y los intransigentes
pueden irse al carajo junto con todos los fanáticos de las
armas y de la muerte.
Porque escribir en estos tiempos, después de un siglo
Lluvia de recuerdos
que ha condensado prácticamente todas las infamias de
la historia humana, supone un compromiso con nosotros
mismos, como individuos y como sociedad, además de
establecer una comunión especial con un lenguaje muy
particular: el escrito.
Ya sabemos que en el mundo del libro cabemos todos: gigantes y enanos, feos y guapos, gordos y flacos,
solteros y casados, jóvenes y ancianos... porque a todos,
azules y colorados, nos marca la imaginación con su carga de seres mitológicos, personajes bíblicos o fantasmas
trasnochados.
La imaginación es la piedra fundamental de todas
nuestras fantasías. Y en ella habita ese otro yo que todo
lo puede, como un Dios menor que nunca descansa porque está construyendo siempre mundos alternos con la
música, la pintura, la escultura, la danza, el teatro, la literatura.
Todos llevamos a ese Dios menor con nosotros: lo
alimentamos a veces sin saberlo y aparece cuando el amor
nos toca con su fragancia primaveral, aún en la mitad más
congelante y salvaje del invierno.
Todos estamos habitados por el Dios de las maravillas, el que nos convierte en individuos sensibles y sociables, susceptibles al dolor y a la felicidad. Y es que somos
por vocación seres perfectibles que se echan a andar por
la cuerda floja de los días sin más red de protección que
esa sensibilidad silvestre a flor de piel.
Y aquí es donde libros como éste adquieren una
relevante presencia, pues nos ayudan a recoger el agua
Lluvia de recuerdos
sensible de los recuerdos, el agua de lluvia que cae de
la memoria tempestuosa de un cabalístico grupo de 13
personas que sin más ambición que compartir su pasado
para revivirlo una y otra vez en los lectores, enfrentaron
el reto de escribir una mínima parte de su vida como para
decirnos que la felicidad es la arcilla con la que se han
moldeado los días desde siempre, y que es tan relativa
como la propia existencia de cada cual.
Aquí está este libro que nació de la memoria de Alba
Irene, Armando, Artemiza, Bertha, Francisca, Jesús José,
José, José Francisco, María del Carmen, María Trinidad,
Monserrat, Olga y Silvia; un libro escrito con cariño y
que, en rigor, nos induce a ser mejores ciudadanos del
mundo porque nos permite ver hacia el pasado con cierta nostalgia para valorar la esencia del presente con todas sus amarguras inclusive. Y, de paso, busca alimentar
nuestra vocación humana con esas pinceladas de memoria, esos fragmentos de lo que el tiempo ha guardado en
las páginas sepias de un álbum que ahora va por la vida
con arrullas, con el cansancio reflejado en el rostro y con
la mirada atenta a las sombras escurridizas del día, pero
igualmente con un corazón inacabable hecho de voluntad, talento, intelecto y ese carácter que resulta necesario
para seguir andando la vida.
Pero las vocaciones no se cultivan por decreto: es
necesario que haya un mínimo interés por aprender, escuchar y aplicar los consejos. De otra manera, las semillas
que libros como éste siembran generosamente tendrán
como fin preguntas simples pero igualmente totalizadoras: ¿Para qué hacer literatura en un mundo amenazado
por la guerra en una época en la que el desencanto por la
vida echa raíces en los noticieros de televisión?
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Lluvia de recuerdos
Porque a fin de cuentas, se trata de llegar un poquito
más allá cada vez, de brincar la raya de la desesperanza y
asumirnos como seres vivos, con una propuesta personal,
acaso solitaria, pero única e irrepetible. Decir lo que pensamos y escribir lo que sentimos es como dejar impresa la
huella digital del alma en todo lo que hacemos y haremos
hasta el último minuto de la última hora del último día de
nuestra existencia, en un camino remojado buenamente
por la lluvia, una generosa lluvia de recuerdos.
El libro está aquí, y lo bienvenimos: sólo faltan Ustedes para completar la ecuación de la magia literaria. Pasen, adelante.
Armando Zamora Aguirre
Hermosillo, Sonora, diciembre de 2006
Lluvia de recuerdos
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INTRODUCCIÓN
En esta “LLUVIA DE RECUERDOS” están plasmadas
las vivencias de quienes formamos el Taller de Literatura Autobiográfica de la Casa Club del Jubilado y Pensionado del
ISSSTESON, personas a las que el único afán que nos mueve
es que nuestros hijos, nietos y amistades conozcan episodios
de nuestra vida que muchas veces no comentamos personalmente por que no nos hemos permitido el tiempo para hacerlo
verbalmente, o quizá por que con las ocupaciones diarias no
lo consideramos importante pero que hoy, que hemos llegado
a la edad donde los recuerdos se agolpan en nuestra mente,
podemos escribirlos, aunque no es tarea fácil trasladar los pensamientos al papel.
Ninguno de los que aquí mostramos nuestras vivencias
somos escritores, cuando mucho seremos “aprendices de”,
pero eso no obsta para que lo hagamos con la mayor seriedad
y pensando que lo estamos haciendo “muy bien”. En realidad
para nosotros, el grupo, el asistir cada viernes a la Casa Club
con algún trabajo, más que una obligación es un deleite, pues
la convivencia que allí tenemos vale la pena, lo tomamos como
una terapia; todos nos nutrimos del pasado, pero no para refugiarnos en él, sino para reconocer, con orgullo, nuestro presente y el de nuestras familias.
Cada una de las letras que conforman este tomo están
esculpidas con la punta de un lápiz que ha hurgado en lo más
profundo de nuestra memoria y, como toda práctica, entre más
escribimos más detalles encontramos, y así, entre todos tejemos la historia de la vida de cada quién.
Es verdad, somos autodidactas, pero echamos mano de
cuantos libros de redacción encontramos por lo que esperamos
contar con la benevolencia de quienes lean este libro elaborado
con el más grande de los cariños.
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Lluvia de recuerdos
BERTHA CASTILLO CARRILLO
Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Hermosillense desde los dos meses de edad, cursó sus
estudios en el Jardín de Niños “Juan Amós Comenio”. Sus estudios primarios los hizo en la escuela primaria “Profr. Heriberto Aja” y Profr. Ángel Arreola”, continuó en la secundaria
de la Universidad de Sonora. Cursó la carrera de SecretarioContador en la Escuela Federal de “Enseñanzas Especiales
No. 26”, mejor conocida como “Prevocacional”.
Se desempeñó en empresas particulares de la localidad
y por último, en el Sector Salud, propiamente en el Hospital
General del Estado.
Actualmente es pensionada del Gobierno del Estado desde 1999.
En 1998 inició cursos en el Taller de Literatura Autobiográfica en la Universidad de Sonora, bajo la dirección y
asesoría del Dr. Francisco Gonzáles Gaxiola (creador de este
método de escritura). Participó junto con todos los talleristas
para la edición del libro “Las Grietas del Olvido”.
Asiste al Taller de Literatura Autobiográfica de la Casa
Club del Jubilado y Pensionado del ISSSTESON, donde ha
compartido trabajos en la presentación de dos libros, “La sonrisa del tiempo” y “Las huellas del camino”. Además de una
revista bimestral que lleva el nombre de “Tosalicoba”.
También colabora en el taller que dirige la profesora Luz
Consuelo Córdova Casas con personal jubilado del IMSS.
En este libro ella es autora de los siguientes textos:
• El Mensajero
• Fin de semana en la sierra
• Mi paraíso
• El teatro, juego de niños
• Marte y las burbujas
Lluvia de recuerdos
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EL MENSAJERO
Hay frente a mi casa un arbolito de sombra que sembré con mucho cariño y para que no se sienta solitario,
pongo a su rededor varias plantitas que florecen y son un
aliciente par mí en las tardes calurosas.
Hoy por la mañana un petirrojo lanzaba con insistencia sus trinos mientras brincaba de rama en rama como
contento de su libertad. Este hecho trajo a mi memoria un
recuerdo que no he podido olvidar.
Corría el mes de agosto de 1973. Mis hijas mayores
se encontraban en Guadalajara, Jalisco, en casa de sus
abuelos -mis padres-. A mi lado tenía a mi hijo pequeño
de dos años y contaba con un embarazo de seis meses.
Todas las tardes, después del quehacer cotidiano, descansaba tomando una taza de café que en ocasiones compartía charlando con la tía Carmela. Una de esas tardes,
llegó un petirrojo y se puso a cantar en las ramas de un
limonero que, estando en el patio vecino, compartía generosamente sus ramas hacia el nuestro. Yo lo contemplé
y sentí en mi interior una fuerte zozobra, mi pensamiento
voló hacia mis padres y mis hijas, sentí una gran urgencia
de ir por mis pequeñas y auxiliar a mis padres. A partir
de esa tarde el petirrojo llegó a visitarme todos los días
a la misma hora, sus cantos simples pero desesperados
hacían latir mi corazón con angustia, pues aún hoy no
puedo explicarme el porqué de su trino me hacía sentir
tanta tristeza.
Debido a mi embarazo y a que padecía de alta presión, mi esposo prefería que viajara a Guadalajara en ferrocarril en el “carro Pullman” para mayor comodidad,
porque yo quería llevar a mi hijo conmigo. En ese tiempo
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Lluvia de recuerdos
se dificultaba la salida de aquí de Hermosillo pues en esas
fechas esos carros eran ocupados mayormente por extranjeros ya que desde Nogales se llenaba el tren, aquí apenas
si se detenía. Así que después de una semana de intentos
para viajar, mi esposo se fue a Nogales una noche para
poder asegurar mi salida.
La tarde anterior, el petirrojo cantó mucho más tiempo que de costumbre, y caía la tarde cuando se fue. Entonces yo comenté a mi tía:
- No sé qué me quiso decir este pajarito, pero ya no
va a volver, siento que se está despidiendo y que sus trinos tenían un mensaje importante, ¡cómo quisiera saber
qué es lo que sucede!
- No te preocupes -contestó mi tía-, ahora que llegues a Guadalajara lo sabrás.
Al llegar con mis padres, supe que papá se encontraba hospitalizado en el ISSSTE de esa ciudad, gravemente enfermo y por consiguiente mi madre estaba llena
de pesar y con la responsabilidad de sus nietas, de inmediato me comuniqué con la familia y de acuerdo con
mis hermanos nos llevamos de regreso a nuestra ciudad
primero a la gente menuda y después, Luís, mi hermano,
se hizo cargo del traslado de nuestro padre a su querido
Hermosillo, donde el 9 de septiembre de 1973, partió para
siempre.
Tal vez se me juzgue excéntrica visionaria, imaginativa o cursi ilusoria, pero no importa porque jamás podré
explicar porqué sentí que aquel pajarillo era un mensajero
de Dios.
Lluvia de recuerdos
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FIN DE SEMANA EN LA SIERRA
La noche del jueves 23 de septiembre de 1999, mi
hermana y yo nos reunimos con un grupo de personas
dispuestas a pasar un fin de semana recorriendo poblados
de la sierra, en la frontera de Sonora y Chihuahua. Mi corazón rebozaba de alegría, pues mi esposo y yo tratamos
varias veces de realizar ese viaje, sin haberlo logrado.
La salida, que había sido programada para las veintitrés horas, se prolongó dos más para disgusto del grupo,
que dado el alboroto no queríamos perder más tiempo.
Ensimismada en mis pensamientos trataba de guardar en
mi memoria todos los acontecimientos y se inició el viaje
con rezos y cánticos, el trayecto fue tranquilo, dormité a
ratos y cuando empezaba a clarear di gracias a Dios por
un nuevo día.
La aventura comenzaba: los verdes campos presentaban su reverencia al sol quien hacía sentir apenas su
resplandor; la flora silvestre mostraba su multicolor encanto y hasta imaginaba escuchar una agradable melodía
susurrada por el suave viento. Llegamos a una parada y
bajamos a tomar café. Entretenida en la contemplación y
sintiéndome como un punto infinitesimal en el gran concierto de la naturaleza se me olvidó preguntar dónde estábamos.
Recogimos flores de diferentes formas, tamaños y
colores, formamos un ramillete que esparcía su aroma
de exquisita y natural fragancia, admiramos también el
cuidado del jardín de aquel mesón donde había una gran
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Lluvia de recuerdos
cantidad de rosales en flor, sus cercas estaban cubiertas
de floreados laureles y en grandes macetas había plantas
de gardenias que bañadas aún de rocío dejaban escapar su
inconfundible perfume.
Minutos después proseguimos el camino rumbo a
Yécora y llegamos cuando los primeros rayos de sol se
dejaban ver en un cielo limpio y claro. Nos detuvimos en
el pueblo y aprovechamos para hacer un pequeño recorrido por sus calles; fuimos a la iglesia y nos tocó la primera
misa. Paseamos por la plaza respirando aquel aire fresco
que llevaba a nuestros sentidos mensajes de paz, así también nuestra vista se recreaba con aquel paisaje campestre.
Cruzamos el arroyo que llevaba bastante agua, pues en
días anteriores había llovido por esos rumbos, llegamos a
las cabañas y nos instalamos de inmediato. Las horas pasaron sin sentir, vagamos entre pinos recibiendo su fuerte
olor y registramos en nuestra mente emociones varias.
A medio día otro olor, el de carne asada con su respectivo complemento, nos hizo salir de nuestro encanto
para recordarnos que el cuerpo también exige que cubramos sus necesidades. Se rompió el hielo entre el grupo
y convivimos algunos instantes en armonía general (éramos alrededor de 45 o 50 personas). Fueron momentos
muy agradables.
Cuando cayó la noche, una hermosa luna llena de
color naranja apareció entre los pinos iluminando aquel
cielo despejado, y como en una estampa de cuento, me
parecía ver a todos los hermanos de la naturaleza, miembros de la floresta: Duendes, Gnomos, Ninfas y Hadas,
bailando a la luz del divino astro, y para completar aquel
momento mitad materia mitad espíritu, una estrella fuLluvia de recuerdos
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gaz dejó su estela de luz en un espacio sin medida en el
limpio cielo, arrancando un suspiro de alabanza al Gran
Señor del Universo.
A la mañana siguiente, poco antes del alba, partimos rumbo a la cascada de Basasiáchic tomando por el
camino de Talayote. En el camión meditaba: “Qué bonito estado, ¡tierra de contrastes!, comparaba el tramo de
Magdalena-Ímuris-Nogales: lugar de preciosas arboledas
formadas de álamos donde el viento hace mover sus hojas
de diversas tonalidades en una danza ritual que embelesa.
Comparaba también las regiones desérticas con grandiosos sahuaros que imponen su presencia. A diferencia de
otros lugares, la sierra nos ofrece generosamente su esplendor en abundancia. Pasamos por Maycoba, y ya en
Chihuahua, la cascada robó nuestra atención por algunas
horas, ahí descansamos disfrutando del bello panorama
haciendo el recorrido kilómetro por kilómetro cubiertos
de pinos. Las araucarias parecían las damiselas elegantes
de una sociedad privilegiada.
Continuamos nuestro viaje recorriendo Temochic,
Valle de los Monjes, San Juanito, Baycocha y otros, hasta
llegar a Creel, ahí donde se rinde culto a nuestra raza rescatando la cultura Tarahumara. Pudimos apreciar sus artesanías, las tiendas cargadas de “souvenires” que llaman
la atención de los turistas que en grupos recorren su plaza
al caer la tarde. Yo por mi parte, sentía un gran regocijo de conocer estos pueblos, por haber experimentado la
sensación de tocar el cielo al contemplar la neblina espesa
que cubría las hondonadas como un gran manto de hielo
que me hizo como estar sobre las nubes, por haber admirado las montañas rocosas de gigantescas proporciones
figurando monjes, reyes y personajes inolvidables, como
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Lluvia de recuerdos
inolvidable será haber conocido otra pequeña parte de mi
querido Sonora y su estado vecino.
Al caer la noche emprendimos el regreso rumbo a
las cabañas de Yécora y una vez más llegamos al amanecer donde fuimos recibidos con un rico menudo que fortaleció nuestro cansado organismo. Otra vez la camaradería
y simpatía de las organizadoras se manifestó en forma de
juegos y charlas, sin dejar de recorrer las veredas circundantes tratando de guardar en nuestro subconsciente el
bello recuerdo de un paseo más.
Ese mismo día, después de la comida, nos regresamos a Hermosillo.
MI PARAÍSO
Hay un lugar donde los seres humanos pueden llegar y todo cuanto desean está allí, exactamente como lo
imaginan. Es el mundo que todos queremos, es una frase
escrita convertida en imagen y esa imagen es tan real que
la palpamos.
¿Qué estoy loca?, quizá, pero yo he visitado ese
mundo tantas veces como quiero y me permite retomar
mi camino con más fortaleza, con la mente más abierta
al hoy, a la gente que me rodea y a la vida porque en este
mundo te ves tal cual eres.
Cuando era niña lo visitaba con más frecuencia, era
mi mundo un paraíso, flotaba en el aire y me transportaba
de un lugar a otro, los colores del Arco Iris me envolvían
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acariciándome y las voces de mis seres queridos eran melodías armoniosas en mi entorno. Un “¡Bertha!” dicho en
voz muy fuerte me sacaba de mi ensueño y me volvía a
la tierra. Y no es que yo fuese una niña autista o mucho
menos, sólo que me gustaba ir a ese mundo que, como la
nube en el cielo, se transforma en mil maneras.
Después, cuando fui creciendo, mi paraíso cambió:
los colores y las voces, porque buscaba un objetivo, éste
tenía forma y sentido, me confundía en conceptos, y las
dudas me hacían aterrizar de golpe en mi tercera dimensión, más confusa y hasta cierto punto frustrada porque
no podía disfrutar a mis anchas mi paraíso, sentía que se
me escapaba (porque en ese mi mundo de imaginación
todo es hermoso, no hay guerras, no hay fronteras, no hay
poder, todos somos hermanos. Los arroyos cantan y en
sus aguas cristalinas los peces brincan y gozan su libertad, las flores exhalan sus perfumes y los cantos de las
aves elevan una bella melodía que endulza los sentidos
produciendo bienestar. El aire mece al transportarse, el
sol y la luna iluminan mi camino y los hombres... ¡Ah, los
hombres!, brindan la mejor de sus sonrisas contagiando
su alegría que habla de paz en los corazones, y sus ojos
brillan con la sinceridad y la pureza del amor genuino, estrechando la mano, haciéndome sentir hermano. Porque
ahí no hay temor ni engaño, no existe la codicia, todos
somos uno en armonía universal).
Traté de organizarme, pensé que no había porqué
temer, mi mundo siempre estaría ahí para cuando yo quisiera o pudiera ir a él.
Ahora, cuando el recorrer los espacios del tiempo ha
dejado en mi haber tantas cosas como tropiezos, desca20
Lluvia de recuerdos
labros, ausencia, conocimiento, amor, momentos felices
y amargos, pero sobre todo la dicha y el valor de vivir,
vuelvo como niña a visitar mi mundo; cuento con un amigo, el más fiel, que me condena, me corrige y es severo
cuando me juzga; con él platico de mis cosas más íntimas
y profundas. Él es mi conciencia, mi Yo interno, y en mi
mundo de maravillosa imaginación, juntos gozamos de
nuestro paraíso.
Cuando llegue el momento en que yo tenga que devolver a la tierra el traje que se me prestó al nacer, quiero
pedirle a Dios me permita visitar mi mundo en completa
integración con mi Yo, para después continuar mi camino
hacia sus designios.
EL TEATRO, JUEGO DE NIÑOS
Y, pues lo paga el vulgo, es lo justo
cantarle en necio para darle gusto.
(Félix Lope de Vega y Carpio)
No me cabe la menor duda, la vida es un eterno teatro donde cada uno de nosotros representa un papel, y en
mi niñez fue un juego preferido y mucho muy divertido.
Por allá en los años cuarenta vivíamos en la calle Rayón, entre San Luís Potosí y Fronteras. Los chiquillos de
aquel entonces jugábamos al aire libre, juegos que poco
a poco han ido quedando en el olvido. Yo, por ser niña,
no podía seguir a mi hermano, pero en casa nos divertíamos jugando al teatro. Nuestros vecinos, varones todos,
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me aceptaban en sus juegos por que cuando el papel correspondía a un personaje femenino, ahí estaba yo para
representarlo.
Las historias eran sacadas del “Tesoro de la Juventud”, colección de libros que leíamos con avidez, o bien,
de las novelas de Yolanda Vargas Dulché: “Lágrimas, Risas y Amor”, eran revistas que salían semanalmente y que
todo mundo leía pues su costo estaba al alcance de todos
los bolsillos.
Un sábado, mi hermano y sus amigos se fueron a
cortar el pelo con “La Mimí”, joven mujer con un hijo a
quien llamaba Josesito. Su domicilio estaba muy cerca
del nuestro, en el lugar donde hoy se encuentra La Casa
Hogar La Providencia, tenía un patio muy grande, con
muchos árboles, y mientras ella atendía a uno, los demás
jugaban al Teatro. En esa ocasión yo no estaba con ellos,
pero me enviaron a llamar a mi hermano y como no le había tocado turno todavía decidí esperarlo y, estando allí,
me tocó ver el desarrollo de una escena que aún recuerdo
así:
Una pareja de enamorados se encontraban en el lugar convenido, detrás de un guayabo, sale uno de los chiquillos diciendo:
- ¡Oyuki, mi hermosa Oyuki!
Y el otro, acercándose, le contesta:
- ¡Irving de mi alma!
Tras esto, se escuchó sonoro beso que el supuesto
Oyuki esquivó rápidamente y con enojo dijo:
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- ¡No soy mujer, no me vuelvas a besar!
A lo que Josesito, entre inocente y pícaro, contesta:
- ¡Ah!, ¿qué no eres Oyuki tú?
- Sí -dijo el afectado- pero estamos jugando ¡Baboso!
Entonces Mimí, muy oportuna, llamó al que seguía
y palmeando, decía a los demás:
- Anden, vuelvan a empezar, y tú Josesito no lo hagas tan real.
Todos volvieron a sus lugares y otra vez anunciaron
la obra:
Y ahora, la pequeña Susuki, en el papel de Sumiko
para “El Pecado de Oyuki”.
La representación en tres actos dejó satisfechos a todos los participantes, y a Mimí, que con cariño le daba un
coscorrón a su hijo por malora.
MARTE Y LAS BURBUJAS
Cuando uno puede darse el lujo de reservarse grandes espacios porque los años vividos nos proporcionan
remansos de paz, las reflexiones nos permiten ver las cosas de diferente manera.
Así, en días pasados me sorprendí analizando un
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acontecimiento que no volverá a repetirse en mi vida:
cuando el planeta Marte se acercó a la Tierra, suceso que
no les tocó a quienes se fueron de este mundo antes del
día señalado: 27 de agosto de 2003. Entonces pensé: “He
vivido cosas interesantes de diferente índole, como el crecimiento de mi ciudad, antes llena de confianza y tranquilidad, casas con las puertas abiertas, pocos automóviles y
muchas carretas por doquier”.
En los veranos, durante el día los buquis bichis y por
las noches, los catres y poltronas hasta en las banquetas.
Ahora, las casas enrejadas, las puertas cerradas, los vecinos que apenas se saludan y un sin fin de carros chuecos
y derechos que no permiten al peatón cruzar las calles a
paso normal porque por todos lados pasan rozándolo a
uno.
Pero ha sido interesante ver la transformación, ejemplo de muchas otras, buenas o malas, según la forma como
las veamos.
Me tocó vivir los momentos de psicosis social cuando la aparición del cometa Haley, e igualmente el fin del
Siglo XX. Fue interesante escuchar cómo a muchas personas el temor les hacía perder su fe en la vida. También
viví catástrofes como el terremoto de 1985, recordé las
horas y días de angustia por no tener noticias de mi hija y
de mi hermano, que vivían en la ciudad de México.
Uno registra en la mente sucesos bellos, otros tristes
y va creciendo. Testigo he sido de los intentos del hombre
por conquistar el espacio después del allanamiento a la
Luna, y me he asombrado una y otra vez con los avances
tecnológicos y científicos. Yo aprendí a mecanografiar
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Lluvia de recuerdos
en una máquina manual Underwood, lo que yo presumía
porque en una igual se escribió la Constitución de nuestro
país; después usé una Rémington, también manual, luego
una Olivetti eléctrica y ahora presumo de experimentar
con la computadora.
Me percaté de la desaparición del tren de vapor para
después viajar en uno de diesel y con ello se fueron mis
lindos viajes por tierra hacia el sur de nuestra república,
dejando sólo recuerdos. Supe de las consecuencias de la
Segunda Guerra Mundial y la transformación del modo
de vivir en el mundo entero, de la muralla que separó a
Alemania por algunos años, y de tantas guerras que han
cambiado nuestro hábitat... (Y una vez más me dije: has
vivido, Bertha).
Interesante también ha sido el surgimiento de los ¡hippies!, fenómenos sociales que aparecen y desaparecen
dejando sus huellas. Y para no extenderme demasiado,
mencionaré la reciente desaparición de las Torres Gemelas de Nueva York, motivo de una guerra más.
En fin, todo eso meditaba antes de ir a ver el planeta Marte. De pronto recordé la ocasión en que estuvo de
visita Saúl, mi nieto de dos años; yo jugaba con él al aire
libre como queriendo compensarlo de la libertad que carece en el Distrito Federal y que aquí en provincia aún podemos gozar. Una mañana se me ocurrió hacer pompas de
jabón y el niño, divertido, las seguía y extendía sus brazos hasta que las burbujas explotaban; en eso surgió una
pompa de gran tamaño, el niño dejó de reír observándola
detenidamente y antes de que ésta explotara, volteó hacia
mí y poniendo sus manitas con las palmas hacia arriba,
dijo: ¡¡Plaff!! Sorprendida por su manifestación, sentí tal
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ternura que lo estreché entre mis brazos preguntándome
¿qué significó para el niño aquella observación?, tal vez
nada, tal vez mucho ¿quién puede saber lo que piensan
los niños a esa edad?
Lo cierto es que cuando miraba yo hacia el firmamento queriendo ver al planeta Marte, creí verme como
Saúl tras la burbuja y ahí comenzó un pensamiento a taladrar mi cerebro. Me preguntaba cómo nos verán los seres evolucionados cuando nos contemplan buscando una
respuesta a nuestras incógnitas. Sentí ser observada con
ternura ante la limitada comprensión de la grandeza de la
creación y reflexioné diciendo: Gracias Señor, porque me
has permitido vivir hasta hoy y aunque yo no comprenda
más allá de mis límites, sé que voy buscando siempre mi
Gran Pompa de jabón.
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Lluvia de recuerdos
MA. DEL CARMEN ESCALANTE CELAYA
Nació el 8 de de Julio de 1941, en Hermosillo Sonora.
Estudió la primaria en la Escuela Prof. Alberto
Gutiérrez, la secundaria y comercio en el Colegio Ignacia E. de Amante.
Trabajó en varias empresas durante 20 años, los últimos 10, fue secretaria de la Tesorería de la Arquidiócesis de hermosillo.
Pasatiempos: Literatura, música.
Pertenece al grupo del Taller de Literatura Autobiográfica del Club de Jubilados y Pensionados del ISSSTESON.
Su colaboración en este volumen, es la siguiente:
• Maestra Ignacia E. de Amante
• Los gemelos
• El alhajero verde
• Encuentro con la música de arte
• Papá chiquito
Lluvia de recuerdos
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MAESTRA IGNACIA E. DE AMANTE
En 1954, a finales de agosto, fue mi mamá a matricularme al Colegio Ignacia E. de Amante, en Sufragio
Efectivo y Garmendia; acababa de terminar la primaria
y ella decía que no había mejor escuela que ésta, dada la
trayectoria de doña Nachita en el magisterio.
Empezamos a ir a clases el primero de septiembre.
Las iniciamos bajo la dirección del profesor Adolfo Huerta, subdirector, ya que la señora regresaría de México
hasta el mes de octubre. Llegada la fecha, había mucha
expectación por conocerla porque la mayoría de los chamacos no la habíamos visto nunca.
Al fin, una tarde del mencionado mes, se presentó:
una señora mayor, bajita, blanca, regordeta, con su pelo
recogido en un chongo detrás de la cabeza, vestida sencillamente; traía bajo el brazo un grueso abrigo negro y
fue lo que más me llamó la atención porque todavía hacía
calor.
Inmediatamente empezó a trabajar, principalmente
en la disciplina; durante las clases no debía oírse ningún
ruido, ni atravesarse por los corredores ningún alumno.
Salir a la calle ¡ni pensarlo!, la pesada puerta de la fachada quedaba cerrada después de las 8:00 a.m. para abrirse
a las 12:00 de medio día. Una disciplina militar, pues.
En primer año ella nos impartía las clases de Español, Geografía y Civismo; además aumentaba las clases
con diferentes temas didácticos, formativos (ética, mo28
Lluvia de recuerdos
ral), materias interesantes que captaban nuestra atención.
La maestra tenía en su escuela algunos muchachos
yaquis y seris; ella se hacía cargo de los chicos, vivían en
la escuela y asistían a clases conviviendo con todos los
demás. Una labor callada de la maestra, nunca dada a la
publicidad.
Los lunes nos hacía cantar el Himno Nacional con
todas las estrofas; a veces le gustaba oír “Sonora Querida” y “La Cárcel de Cananea”.
No le agradaban los estadounidenses, nunca iba al
vecino país y cuando Nena su hija iba de compras al otro
lado, se molestaba mucho. La única materia que no daba
en su escuela era inglés.
Era muy dura, muy exigente y claridosa, en clase
y fuera de ella. Andábamos derechitos para que no nos
lanzara el grito. Sólo después, ya siendo yo mayor, me di
cuenta de la importancia que tiene una formación de esta
naturaleza. La señora era muy humilde en su forma de
vestir y de vivir, aún con toda su fama de maestra distinguida, reconocida por toda la comunidad.
Cuando se enojaba en clase, nos decía que cuando se
muriera no osáramos presentarnos ante su féretro porque
se iba a levantar a corrernos; así, lindezas como ésta tenía.
Pero nosotros, como todos los chamacos de esa edad, la
pasábamos muy bien, principalmente cuando el hermano
de la maestra, don Alfredo Echeverría, nos alegraba las
largas horas de clase tocando una gran variedad de piezas
en el piano; lo hacía con mucho ritmo y sentimiento y las
notas se desparramaban por toda la escuela aligerándonos
el día.
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Un jardín de niños (El Mundito), lleva su nombre,
una calle de la ciudad también, y su único hijo varón, el
Dr. Ramón Ángel Amante Echeverría, además de reconocido médico de la localidad, fue Presidente Municipal de
Hermosillo.
Dona Ignacia Echeverría de Amante, conspicua
maestra, formadora de generaciones de niños y jóvenes,
orgullo del magisterio sonorense, fue mi maestra en mi
adolescencia y le guardo cariño y agradecimiento por todas las enseñanzas que dejó en mí.
LOS GEMELOS
Mis hermanos más chicos son gemelos: Ricardo Alberto y Consuelo Silvia, son diez minutos mayor uno del
otro. Nacieron en el Seguro Social cuando estaba enseguida de la Gasolinera Araque, a la salida norte de Hermosillo, el 19 de junio de 1956.
Mi abuela, mamá Chuy, decía que los cuates nacían
muy pequeños y que raramente sobrevivían, pero mis
hermanos nacieron grandes y fuertes; Ricardo Alberto
siempre fue más grande que Consuelo. Crecieron normalmente, pero a la edad de siete y ocho años empezaron con
sus travesuras.
Un primo de mi mamá tenía un taller mecánico en
el patio de la casa, cuando salía a “probar” un carro o a
hacer algún mandado, se llevaba al niño, pero cuando iba
lejos no le gustaba llevárselo. En una ocasión le dijo el
niño:
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Lluvia de recuerdos
- Quiero ir contigo, Lalo.
- No, Cuate, voy muy lejos y tu mamá va a estar con
pendiente, otro día será.
Lalo se subió al carro, quiso prenderlo pero no funcionó; lo revisó todo, le movió todo y el carro “amachado”, volteó dubitativamente a ver al niño y lo convidó:
- Dile a tu mamá que vas a ir conmigo.
El chamaco voló a pedir permiso y en un momento se encaramó en el carro, éste arrancó inmediatamente,
“como sedita”, dijo Lalo, contándolo como chiste después. En casa no creían en hechizos pero muy seguido se
quedaban los carros encaprichados en no prender cuando
Lalo no quería llevarlo con él.
Ricardo Alberto era muy travieso y muy seguido le
llovían nalgadas y cintarazos. Algo hizo un día para que
mi mamá le diera una buena zurra: a los días mi madre
le comentó a mi abuelita que no aguantaba una “reuma”
en el brazo derecho que no la dejaba hacer tortillas ni
lavar. Acordándose de lo que Lalo había platicado, llamó
al niño y le pidió que le sobara el brazo porque tenía un
dolor muy fuerte, el pequeño lo hizo de muy buena gana y
el día siguiente ya pudo hacer tortillas y lavar la ropa.
Ya adulto, casado, estaba en la post boda de una de
sus cuñadas y a media tarde llegaron con una vaporera de
barbacoa para la comida. Su niño de dos años andaba de
metiche en la cocina y no supieron cómo, al pasar por un
lado de la vaporera que habían puesto en el piso mientras
la subían a la estufa, se dio un sentón sobre ella, sin haber
Lluvia de recuerdos
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caído hasta el fondo y gracias al pañal y “pants” grueso
que traía, no se quemó; mi hermano se molestó mucho
por el descuido de mi cuñada, casi le da el soponcio. Pero
la “gracia” fue que cuando sirvieron la barbacoa, estaba
espumosa, no la pudieron componer con nada y toda la
comida se perdió.
Su compañera gemela, Consuelo, no hace malos
quesos, siempre ha sido muy golosa, disfruta grandemente de la comida, aun la más sencilla; se le hace agua la
boca con todo, mete la mano a cualquier plato, al tuyo, si
te descuidas, aunque está consciente de que es una mala
costumbre pero su deseo de “manosear” es superior a las
buenas maneras. Mi cuñada dice que seguido le dan retortijones, cuando llega Consuelo y está comiendo alguna
cosa, aunque le ofrezca y no acepte, ella sabe que ya se le
antojó a mi hermana, y claro, se le suelta el estómago.
Cuando estaba haciendo este relato le pregunté a mi
hermana Consuelo si últimamente no había hecho travesuras y rápidamente se devolvió y empezó a contarme
algo que le acaba de suceder y que no había considerado
como tal: me platicó que en la parroquia en donde ella
trabaja, el padre René compró 36 plantas de nochebuenas
para Navidad, servirían para adornar los patios del templo, seis maceteros de cantera, cuatro para colocarlos fuera de los salones de catecismo y dos para el atrio. Cuando
Consuelo vio las plantas se le fueron los ojos, le dijo al
padre que le vendiera una, éste accedió regalándosela,
pero con el trabajo diario a ella se le olvidó recogerla. Al
otro día en la mañana fueron los del vivero a trasplantarlas en los maceteros dejando instrucciones al sacristán de
cómo atenderlas. En la tarde llegó Consuelo a la oficina,
vio todas las plantas ya en los maceteros, entre ellas la
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Lluvia de recuerdos
que le había regalado el padre. A los días llegó el sacristán
muy compungido a decirle que las nochebuenas se estaban “achorando”, en una palabra, marchitándose todas.
Ni el padre ni él se explicaban qué era lo que pasaba ya
que se habían seguido al pie de la letra las instrucciones
de cómo cuidarlas.
Hoy mis hermanos gemelos tienen 48 años y nos siguen mortificando con sus “travesuras inconscientes”.
EL ALHAJERO VERDE
Tenía ocho o nueve años cuando iba con mi abuela a
visitar a una familia en el Barrio del Cerro de la Campana, subiendo por la calle Garmendia. El señor de la casa
era carpintero y tenía su taller en el patio, pequeñísimo
por cierto; curiosamente el fondo del mismo lo formaban
las piedras del cerro, lo que era una novedad para mí.
Ahí vivía mi tía Lupita, quien había sido novia de
mi tío Beto, hermano de mi mamá, muerto muy joven en
1937. Yo no lo conocí, pero mi familia siguió frecuentando a la que había sido su novia y a quien nos acostumbramos a llamar “tía”.
Mientras los mayores platicaban, me iba a la sala a
curiosear adornos, fotos, cuadros y la cerámica que tenía
mi tía pulcramente acomodados. Me llamaba especialmente la atención un alhajero de cristal opaco color verde
que tenía en la tapadera una pareja antigua con una niña,
del mismo material. Me pasaba largo tiempo mirando la
pieza.
Lluvia de recuerdos
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Pasaron los años... muertos sus padres, mi tía quedó
sola, ya mayor, vivía con una u otra hermana ayudándoles en la casa con el aseo, haciendo los mandados, etc.
Ella seguía visitando a mis papás, ya que habían sido muy
amigos de jóvenes.
En una ocasión, estando de visita en casa y siendo yo
una jovencita de 20 años, le pregunté:
-¿Tía, tiene aún aquel alhajero verde tan bonito?
- Aún lo conservo -contestó- porque es un regalo que
me hizo tu tío Beto, el amor de mi vida, cuando éramos
novios. Jamás lo he olvidado, ese alhajero tiene más de
40 años conmigo -dijo con las lágrimas corriendo por sus
mejillas- y cuando escucho “Amor Indio”, el llanto acude
a mis ojos porque era nuestra canción.
- Cuando vuelva a visitarlos -siguió diciendo- te
traeré el alhajero para que tu lo conserves; yo estoy sola
y vieja ¿qué tardaré en morirme?, mis hermanas tirarán
todas mis cosas, yo sé que tú lo conservarás.
Han pasado muchos años desde entonces, el alhajero aún se encuentra adornando mi tocador. Mi tía Lupita
murió casi de noventa años, fue quedando ciega, pero su
cara recobraba la alegría de su juventud al recordar a “su
Indio”, a quien tanto quiso y jamás olvidó.
Quizá el alhajero no sea una pieza valiosa, pero el
tiempo que tiene es la prueba de un amor intenso y profundo, verdadero y fiel... eterno. Es un regalo que recibí y
aprecio muchísimo por todo lo que representa.
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Lluvia de recuerdos
ENCUENTRO CON LA MÚSICA DE ARTE
La Casa Fátima dependía del templo de Fátima y ahí,
atendidas por un grupo de señoritas auxiliares parroquiales, pasábamos gran parte de nuestra vida de chamacas,
ya que el padre Jaime Salcido nos tenía una gran variedad
de juegos de salón para que nos entretuviéramos: damas,
damas chinas, lotería, turista, además de mesas de pingpong, etcétera.
Mientras jugábamos, se escuchaba la música que
acostumbraba oír el padre Salcido: música clásica a todo
volumen. En la sala había grandes bocinas que desparramaban las notas por la casa entera todo el día, la cual salía
hacia la calle hasta casi llenar la cuadra, aunque al padre
solamente lo veíamos cuando llegaba a comer, y a media
tarde, a tomar café.
Con el tiempo, sin proponérnoslo, nos fuimos acostumbrando a esas composiciones musicales y por curiosidad preguntábamos cómo se llamaba tal obra, quién era el
autor, qué nacionalidad tenía y el padre Salcido nos explicaba extensamente acerca de los autores, instrumentos y
orquestas, ya que era un gran conocedor del tema, que le
fascinaba. Así empezamos a conocer a Tchaikovsky, sus
conciertos y ballets; a Bethoven, con sus hermosas composiciones para piano y sus sonatas; Chopín, Brahms, Vivaldi, Bizet, Verdi, y su Trovador, Aída, etcétera; Bach,
las alegres oberturas de Rossini: La Urraca Ladrona, La
Escala de Seda, Semiramis y demás; toda la gama de múLluvia de recuerdos
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sica clásica que se escuchó durante muchos años en esa
cuadra del templo, ante los oídos y ojos asombrados de
generaciones de niñas y estudiantes de la Academia de
Fátima, que sin darnos cuenta fuimos tomándole sabor a
esas melodías, y muchas de nosotras nos fuimos aficionando a ella.
Después nos dábamos el lujo de escoger lo que queríamos escuchar y recuerdo que muy a menudo se dejaba
oír la Serenata para Orquesta de Cuerdas de Tschaikovsky, que me encantaba, a diario pedía que la pusieran en
la trona mesa. Desde entonces me incliné a esta clase de
música, que no es necesario entenderla, sino sentirla, no
obstante, me gusta también la instrumental, la coral, folclórica, bailable, etcétera.
Dios nos ha dado, entre otras cosas, la capacidad de
disfrutar de su inmensa grandeza, principalmente de la
naturaleza y las Bellas Artes que nos hacen más sensibles
para apreciar lo bello que hay en este mundo y estar en
armonía con todo lo hecho por el Creador.
Agradezco al padre Jaime Salcido (1926-1995) esa
oportunidad de abrirnos el mundo maravilloso de la música de arte, para nuestro disfrute.
PAPÁ CHIQUITO
Mi papá Chiquito era el hermano más chico de mi
mamá. Él y mi mamá Chu (mi abuela), vivieron siempre
con nosotros, o mejor dicho, nosotros con ellos.
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Lluvia de recuerdos
Fue un hombre fuera de serie: adusto… serio… solitario, imponía con su carácter fuerte, imperativo; con su
voz de trueno nos llamaba y empezábamos a temblar y
es que nos asustaban con él: “ahora verán cuando venga
tu papá Chiquito”, era la frase consabida cuando hacíamos alguna travesura, y así se convirtió en inquisidor, en
quien recaía el deber de castigar al culpable, pero yo, a
través de mi vida, comprendí todos los detalles que lo
pintaban como hombre bueno y generoso, porque con mi
papá compartió los deberes y obligaciones de la casa y de
nosotros; por eso no sufrimos de chicos, tuvimos pobremente todo lo necesario.
Se enojaba mucho si mi mamá Chu le cocinaba algún antojito:
– “Para todos o para nadie” –decía, o regañaba a mi
mamá porque nos daba de cenar papas fritas.
- “Son indigestas para las criaturas” –aconsejaba.
A la hora de las comidas no se cansaba de llamarnos la atención: “Siéntate derecha”, “come despacio”; si
estaba alguna visita y entrábamos sin saludar, regañada
segura: “Sean educadas, atentas, saluden, despídanse”; él
fue quien nos corrigió siempre, el que nos dio nalgadas a
nosotras y cintarazos a mis hermanos.
Cuando crecimos, él se alejó más, no hubo ya regañadas ni reprimendas, permanecía solo en su cuarto;
vinieron los achaques con la edad, ya no trabajaba como
antes, pero también llegaron los sobrinos nietos, los niños
de Martha, ¡cómo los quiso!, les “alcahueteaba” todo.
Lluvia de recuerdos
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A Temo mi hermano le prestaba el “Forito” para que
se fuera a “bulevarear” cuando era estudiante de la UniSon; casi se infartó cuando Temo le dijo, armándose de
valor, que le había quebrado un vidrio y gracias a eso no
le quitó el carro. Presumía mucho con sus amigos de su
sobrino, porque era universitario, pero jamás le dijo un
cumplido o algún estímulo, aunque sabía que trabajaba y
estudiaba.
Así fue pasando el tiempo, murió mi mamá Chu y
él siguió solitario a pesar de tener tantos amigos; cuando
estaba en grupo, siempre llevaba la voz cantante, él era el
centro de atención y tenía una carcajada fuerte y contagiosa, pero si nos encontraba en la calle, pasaba como un
extraño y ni siquiera nos saludaba.
Después vino la enfermedad que a la larga lo vencería, aunque luchó como un gigante contra ella: “la insuficiencia renal”, esa enfermedad traicionera. ¡Cuánta
diálisis! ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto desvelo! ¡Cuántas complicaciones! Los médicos decían que no pasaba la noche,
sin embargo seguía aferrado a la vida; durante cuatro meses fue el hospital nuestra segunda casa hasta darlo de
alta en diciembre de 1979. Lo recibimos en casa llenos
de alegría, esperanzados en que hubiera un cambio en
su carácter, pero siguió igual. Lo que no cambió fue lo
“mandón”; para mis hermanos y para mí sus deseos eran
órdenes, y enfermo, con más razón.
Dos años más le regaló Nuestro Señor, pero la enfermedad avanzaba y le atrofiaba su cerebro, a veces éramos
sus enemigos y se ponía agresivo conmigo y mi mamá;
tenía que hacer acopio de todas mis fuerzas para evitar
que se saliera a la calle. ¡Qué impotencia!... ¡qué frustra38
Lluvia de recuerdos
ción!, no podíamos hacer nada… un infarto cegó su vida
una noche de febrero de 1982, a los 62 años.
Ahora ya descansa de sus dolores, de sus fatigas y
angustias que llevó con resignación. Allá “donde la vida
se transforma, no se acaba”, está tranquilo y en paz. Estoy
segura que SIEMPRE supo cuánto lo amamos y a pesar
de su carácter, él nos quiso también. Vayan unos pequeños versos para él:
AGONIA
Señor, qué sendero tan largo y escabroso,
qué niebla tan espesa lo recubre,
qué negros nubarrones lo envuelven;
estoy perdido, Señor, en el camino:
¡Desorientado… solo… temeroso!
Señor, haz tú de faro, sé mi guía
en este caminar tan fatigoso,
alúmbrame, te pido, no veo nada,
en la noche no hay luna ni hay estrellas.
Todo se me confunde, es como un sueño
Lluvia de recuerdos
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plagado de fantasmas, de figuras difusas,
de formas tan lejanas y confusas
que a ratos me persiguen y amedrentan.
Estoy cansado, Señor, cansado y débil,
No me sostengo ya, todo se nubla,
mi mente divaga y desvaría,
de ideas raras mi razón se puebla.
No me dejes, Señor, ve tú delante
no obstante mi fatiga, he de seguirte
hasta llegar al fin de la jornada,
a descansar contigo para siempre.
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Lluvia de recuerdos
Desgraciadamente el Profr. Jesús José García Robles
abandonó su vestidura corporal este Mayo de 2008
para seguir esceibiendo al lado de nuestro Señor.
JOSÉ JESÚS GARCÍA ROBLES
Escribe y dibuja con el pseudónimo de Gustavo Kaffner; maestro, hijo de maestros, tiene casi seis décadas
escribiendo y, en esta ocasión por tercera vez, participa
en esta colectiva obra literaria autobiográfica con los temas:
• Confieso que he comido
• Teatro dentro del teatro
• Vesícula ya... Próstata no
• Mis alumnos de la escuela nocturna
• Agosto en Zacatecas
Comenzó a laborar para el Estado de Sonora el 22
de septiembre de 1952 en el Ejido de Providencia, Río
Yaqui y se jubiló el 11 de septiembre de 2002 como supervisor, en la Zona Escolar 06 de Nacozari de García.
Ha recibido medallas de 20, 30 y 40 años por servicios docentes al Estado. Se tituló con la Licenciatura en
Pedagogía (UPN) y en la Escuela Normal Superior de
Sonora con la especialidad de Español, antes Filosofía
y Letras.
Dirigió el Taller de Literatura Autobiográfica en la
Casa Club del Jubilado y Pensionado dependiente del ISSSTESON, en esta ciudad. Sus pasatiempos predilectos
son: el dibujo, la pintura, la escultura y la música.
Lluvia de recuerdos
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CONFIESO QUE HE COMIDO
Un antecedente que yo he llamado nefasto, marcó el
resto de mis días por su significación. Se trata del “concurso del niño sano” cuya convocatoria, firmada por doña
Margarita de Macías Valenzuela, primera dama del Estado, circulaba por los principales centros de población a
nivel Sonora.
Mi hermana y yo ganamos diplomas y premios pero
no supe en qué lugar quedamos. Lo que sí es fácil intuir
es que era yo uno de los niños más altos y pesados, que mi
pelo era abundante, brilloso, y mis mejillas chapeteadas,
como quien dice, era el becerro mejor desarrollado de la
EXPO-GAN de ese año.
Casi siete décadas después del anterior suceso -y
por las mismas características- una doctora de la Clínica Chávez del ISSSTESON me ha llamado: ANCIANO
OBESO. ¡Cómo cambian las ideologías y se ha perdido
la ética profesional!
La verdad es que fue hasta 1973, que el Instituto
Nacional de la Nutrición elaboró una tabla de pesos y
medidas basándose, como debió haber sido desde hace
un siglo, en los antecedentes genéticos, nutricionales y
climatológicos que caracterizan a los niños y regiones
de Latinoamérica. Antes de aparecer este documento nos
pesaban y medían tomando como parámetro las escalas
que traían adjuntas las cajas de Emulsión de Scott con el
pescador cargando su botín, sólo que, esos datos estaban
tomados de niños de raza nórdica.
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Lluvia de recuerdos
Muchos años más tarde, trabajando en una dependencia del Seguro Social (IMSS) que llamaron “Casa de
la Asegurada”, primero, y “Centros de Seguridad Social”
después, escuché en una plática que daba un nutriólogo
a las socias-alumnas de Higiene y Nutrición, hubo una
pregunta que me impactó:
- El desayuno de mis hijos -dijo una señora- consta
de avena o crema, plátanos, leche, pan o pastel. Les preparo las hojuelas de maíz con crema y mermelada... ¿estoy cometiendo -por ignorancia- algún error nutricional?
- El error consiste en que usted no está nutriendo
adecuadamente a sus hijos -contestó el profesionista- sino
que los está engordando como cochinitos, porque los almidones, azúcares y grasas que les proporciona no los
está balanceando, se los da simplemente en cantidades y
a las horas que ellos los solicitan.
La señora se quedó pensativa pero yo, que sólo estaba de mirón, me preocupé muchísimo porque a los 34
años de edad que tenía en ese tiempo, y con apariencia
saludable, pesaba 142 kilogramos, con una circulación
sanguínea deficiente. En el baño no alcanzaba a enjabonarme los dedos de los pies.
A partir de ese día comencé a mortificarme y, los resultados de mi primer análisis me confirmaron todas mis
sospechas: hipertenso y diabético, palabras decisivas para
el resto de mis días. Tuve problemas severos de salud entonces -y los sigo teniendo ahora- los daños que me ha
causado el sobrepeso son irreversibles.
Tomo pastillas con los tres alimentos, si hago ejerLluvia de recuerdos
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cicio se me dificulta la respiración, llevo una dieta bastante insípida, les aseguro que es una cruz muy pesada la
diabetes II a la que, los médicos y las enfermeras, llaman
Diabetes Mellitus.
Tratando de llevar los padecimientos, en estos diez
últimos años me han operado de la vesícula, de la próstata
y del ojo izquierdo. He perdido la dentadura total y más
de la mitad del cabello, ya va a ser un año que padecí una
embolia cerebral de carácter nervioso que aún me tiene
convaleciente de una parálisis parcial del lado derecho.
Hace poco tuve que reaprender a escribir.
Actualmente peso 88.500 kilogramos y -no puedo
precisar desde cuándo- mido 1.87 metros del 1.92 que
medía al terminar la escuela normal básica. Comprendo
que he iniciado el “crecimiento regresivo” tan temido por
todos y mi propósito, por el que aún lucho desesperadamente, es perder seis kilos más (por prescripción médica).
Cuando estoy sentado a la mesa de comedor, procuro relajarme y olvidar los problemas porque me contaron
que al comer estresado se produce la superasimilación
de los alimentos. También tengo muy presentes, a cada
bocado que ingiero, aquellas sabias palabras que con frecuencia nos repetía el abuelo:
- “Desayunen como reyes, coman como príncipes,
pero cenen como mendigos”.
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Lluvia de recuerdos
TEATRO DENTRO DEL TEATRO
El 22 de septiembre de 1952 -antes de cumplir los
16 años de edad- fui nombrado maestro de primaria en la
escuela de un ejido. Me tocó laborar en una época en que
los maestros éramos muy queridos y respetados como
seres extraordinarios; lo mismo bautizábamos a un niño
moribundo, que levantábamos un acta de defunción en
un accidente o prestábamos auxilio a una parturienta en
apuros.
En ese ambiente de trabajo y con la emoción del
primer año en que hacerle al “mil usos” era lo máximo
-estaba puestísimo para cualquier comisión escolar- hice
mi debut teatral en una obra que se llamó: “Se alquila
un cuarto”, creo que es del dramaturgo Héctor Azar. No
tenía ni la más remota idea de lo que era la actuación y
para colmo, actuábamos al aire libre, sin micrófonos, sin
iluminación adecuada y con una escenografía que daba
lástima (el apuntador electrónico aún no llegaba a México); pese a todas estas limitaciones, el público -poco exigente- nos aplaudía con entusiasmo y había ocasiones en
que nos pedían que cantáramos, ¡que masoquistas!
Hubo una obra que se llamó “Al fin mujer” en la
que me acompañó, haciendo su debut, una guapa dama
joven que por motivos que nunca averigüé, tropezó en
el escenario con un sillón y, en un abrir y cerrar de ojos
cayó de rodillas a cinco centímetros de la primera fila del
público. El libreto decía que yo la iba a detener tomándola del brazo, en el centro del foro, pero con el tropezón,
tuve que salir corriendo, levantarla del suelo y cambiar el
Lluvia de recuerdos
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parlamento original diciendo:
- ¡Por Dios, no es para tanto! ¿Acaso quieres matarte?
Para mi sorpresa ella también improvisó y, haciendo
que sollozaba, me gritó:
- ¡Sí, quiero matarme! ¿Para qué quiero seguir viviendo si no estoy a tu lado?
Me quedé con la boca abierta porque en ninguno de
los ensayos habíamos pronunciado esas palabras. Sólo se
me ocurrió contestarle:
- ¡Bah!, que sea menos.
La subí del brazo al escenario y entonces comenzamos la obra memorizada como si nada hubiera pasado. El
director teatral nos felicitó pero el público creyó que así
era el inicio de la obra.
En los veranos de 1959 a 1962, becado por el IMSS,
asistí a los cursos que impartía el INBA de la Cd. de México, en donde recibí -y practiqué- técnicas de actuación
teatral. Ahí tuve la fortuna de ser alumno de los grandes:
Salvador Novo, Conchita Sada, Graciela Doring, Isabela
Corona y algunos más que escapan a mi memoria.
Ya en Ciudad Obregón, ingresé al Taller de Teatro
del IMSS, debutando, esta vez, en mejores condiciones
con “El suplicante”. No recuerdo el autor pero lo que no
puedo olvidar es que por ser una obra de “teatro dentro
del teatro”, tuvimos problemas de estreno pues ¿qué sabía
nuestro público de teatro vanguardista?
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Lluvia de recuerdos
Los enredos comenzaron con la obra misma, ya que,
para sorpresa de todos, no se corría el telón: un supuesto
el maestro de ceremonias era quien daba la cara diciendo:
- Respetable público: Todos los que formamos esta
compañía teatral pedimos a ustedes, con gran pena, mil
perdones porque la función preparada para esta noche,
“El Suplicante”, no será posible presentarla. En su lugar
los deleitaremos con unos entremeses de Sor Juana Inés
de la Cruz, “Los Empeños de una casa”... que disfruten del
espectáculo y pasen una feliz velada, ¡Buenas noches!
El maestro de ceremonias hizo “mutis” pero, el “público” disgustado, comenzó a protestar: -“¡Más respeto,
eso no se le hace al público! -era parte de mi parlamento¿por qué anuncian una obra y presentan otra? No queremos a Sor Juana, queremos El Suplicante... el suplicante
¡Ya, ya, ya!
Cuando me puse de pie sentí bonito que el auditorio
gritara junto conmigo, pero de pronto me di cuenta que
la gente no había comprendido y se lo tomaron muy en
serio. Un policía que cuidaba la única puerta del local, se
contagió de la efusividad de los asistentes y exclamó:
-“¡Aquel buey fue el que comenzó todo este desbarajuste...!”
Se refería al primer actor que, como todos, estaba
asustado en un rincón. Dirigiéndose a él, el policía le advirtió:
-“Por aquí ni te vayas a acercar... ¡Porque soy capaz
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de sacarte a la calle a punta de fregadazos!”
Alguien explicó al maestro Reyes y Quilantán lo que
pasaba y éste -muy cordial y sonriendo-tomó el micrófono para dirigirse al público:
-“Señoras y señores: Les pido disculpas por no haberles dado a conocer -con toda oportunidad -lo que es
una obra de “teatro dentro del teatro”. Ahora ya lo han
descubierto: algunos de nuestros actores participan desde
las butacas, confundidos con el público y, por lo tanto,
esto ha ocasionado equivocaciones y malos entendidos.
No hay por qué preocuparse ya que la función tiene que
seguir. Gracias por su comprensión y por el apoyo que
han sabido dispensar a los actores”
“¡Tercera llamada... tercera llamada... tercera”.
VESÍCULA YA… PRÓSTATA NO
Por vez primera iba a festejarme como abuelo, era
el 28 de agosto del año 2000, pero no contaba con mi
vesícula que, precisamente ese día -a las cinco de la mañana-, comenzó a emitir avisos de que algo no marchaba
bien. Me internaron de emergencia y doce horas más tarde, ya estaba en recuperación con una súper cortada cuya
cicatriz no me permitirá volver a lucir -con elegancia- mi
colección de bikinis.
Para el 12 de marzo del 2001 ya estaba programado
para extirparme la próstata que, por problemas técnicos
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Lluvia de recuerdos
de la clínica, no se pudo realizar hasta el 19 de abril del
mismo año. Dos intervenciones en menos del año y... ¿así
tienen el descaro de nombrarme ADULTO EN PLENITUD?
-El crecimiento de la próstata es peligroso -opinó el
“viejólogo”, perdón, el geriatra- operársela es la mejor
opción.
El urólogo opinó lo mismo. Para consuelo de los
afectados de prostatitis les comento que no es doloroso,
molesto sí, ¡muuucho!
Lo que me lastimó -hasta las lágrimas- fueron dos
momentos diferentes pero relacionados entre sí: el primero, que en la auscultación te desnudan de la cintura para
abajo y te ponen en “posición de parto”, te introducen un
súper tubo que toma, como el ultrasonido, diapositivas
de los órganos afectados. El segundo, cuando ya estás en
recuperación, te colocan una sonda a la vejiga con dos
ductos: por uno entra el suero limpio y, por el otro, sale
con las impurezas y desechos que dejó la extracción.
Tienes que padecer, además, las vergüenzas de las
curaciones, las bañadas (con toalla) y las cambiadas de
sonda. Cuando miras aquellas muchachitas, tan jovencitas, tan recatadas, tan bonitas, te pones a pensar ¿cómo
es posible que a tan temprana edad anden batallando con
viejos climatéricos y apestosos?
Después de todo me considero afortunado porque
hasta la fecha no he tenido complicaciones, pese a la diabetes y a la hipertensión. Lo único que sí me gustaría dejar bien claro es que, sin próstata... ¡ya nada es igual!
Lluvia de recuerdos
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Al mes de haberme dado de alta visité el departamento de oncología para saber los resultados (análisis del
órgano extirpado para la detección de cáncer). Los papeles venían equivocados a nombre de un JESÚS JOSÉ
GARCÍA RUIZÁBAL. La secretaria había anotado sólo
la inicial del segundo apellido y JESÚS JOSÉ GARCÍA
ROBLES soy yo. Pasé tres días como loco enjaulado, sin
comer y sin dormir, sintiéndome ya en las últimas como
canceroso. Ya iba decidido a la “quimio”, a las radiaciones o a lo que fuera, cuando me encontré al Dr. Baltasares
que me operó y, al contarle mi problema, muy extrañado
me tranquilizó diciendo:
- El día que lo atendí en el quirófano sólo se le practicó la extracción a usted... por otra parte ¿no se ha dado
cuenta que esta boleta no le pertenece? Este paciente tiene 44 años, ¡mire, por favor!, vaya al archivo y que chequen fechas, nombres completos, credenciales, factores
sanguíneos y no se mortifique antes de tiempo, su cara no
es de canceroso... ¡es de miedoso!
Jamás había caminado tantos pasos en 30 segundos.
La jefa del archivo hizo las comparaciones y descubrió
que los números de las credenciales estaban cambiados
y que mi tocayo no era jubilado ni pensionado, pero por
desgracia, su diagnóstico era positivo.
Algunos compañeros me aconsejaron que pusiera
una demanda pero recordé a mis abuelos que me repetían:
- “Los pleitos ni ganados son buenos...”.
Por otra parte, y pensándolo con más prudencia: ¿no
estaba feliz con los resultados del error?
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Lluvia de recuerdos
Salí de la Clínica Chávez con todas las lágrimas que
había aguantado en las últimas 72 horas y caminé sin
rumbo -no llevaba automóvil- pero cuando me tranquilicé tomando conciencia de mi entorno, estaba arrodillado
frente al altar mayor del Templo Guadalupano.
Nunca supe cómo dieron conmigo pues ni yo mismo sabía el camino que seguirían mis pasos... al bajar los
escalones de la entrada a la iglesia, miré mi auto estacionado y ¡lleno de nietos! que, con sus “molachas” sonrisas
me gritaban:
- ¡Hola, tata guapo! ¿No nos quieres llevar a las
hamburguesas?
Y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no soltarme llorando delante de toda la “palomilla”.
MIS ALUMNOS DE LA ESCUELA NOCTURNA
No puedo precisar si ha sido para bien o para mal
que desde mis primeros años de trabajo como maestro,
al terminar mis labores del día, atendía al grupo de adultos por la noche. Algunos eran completamente iletrados,
otros se habían quedado rezagados en segundo grado de
primaria y deseaban terminarla para obtener su certificado de sexto.
La Tesorería General del Estado nos pagaba, en
aquellos tiempos, la cantidad de veinte pesos por alumno alfabetizado. Para comprobarlo y autorizar el pago, el
director de la escuela citaba a las autoridades (educativas
Lluvia de recuerdos
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y gubernamentales) para que, en la primera semana de junio, asistieran como sinodales a un examen -oral y escrito- después del cual se levantaba un acta con los nombres
de los alfabetizados. A estos exámenes asistían el supervisor escolar, el presidente municipal, el director de la
escuela, el personal docente y, en los lugares como en el
que yo trabajaba, se acostumbraba a invitar a la directiva
de la Sociedad de Padres de Familia, al médico del lugar,
al juez y al sacerdote… además de los “colados” que se
enteraban de que iban a repartir sodas y galletas.
El número de alfabetizados, que se consignaba en el
acta, era el más importante pues de éste dependía el pago.
Yo tuve la suerte de que la presidencia municipal me doblara el pago que me hacía la Tesorería Estatal y, por otra
parte, me fue muy satisfactorio trabajar con un presidente
municipal que se preocupara por erradicar el analfabetismo. Hasta dos policías me puso, exclusivamente para
sacar a los alumnos de cantinas y billares llevándolos al
salón de clases a “macanazo” limpio.
Una de esas “noches de gala”, estaba yo listo a demostrar lo trabajado con mis 32 alumnos. A los que no
leían bien les dije que el año escolar ya se había terminado y por lo tanto, nos veríamos hasta el próximo septiembre pero uno de ellos -el señor Machijiza- se enteró de
la visita de las autoridades y aunque no había aprendido
a leer ni a escribir, hizo acto de presencia y llegó con el
sombrero hasta las orejas, saludando a todos de mano.
La señorita directora -que no nos había visitado durante el ciclo escolar lectivo- esa noche se presentó vestida con sus mejores galas, se “faroleaba” entre las filas
como “la flor más bella del ejido”. Mi alumno reprobado
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Lluvia de recuerdos
traía algunos tragos en la barriga y al ver a la directora, le hizo una caravana medieval y ésta, ignorante del
“Caso Machijiza”, lo presentó a los visitantes como un
ejemplo de los deseos de superación, alumno ejemplar
y padre modelo. De pronto se emocionó y, tomando una
CARTILLA de mi escritorio, quiso hacer leer al “borrachales”, faltista, burro, que no había aprendido ni a escribir su nombre:
-Vamos a ver señor Machijiza -le dijo con dulce e hipócrita voz- repita conmigo: PE-PE PIN-TA LA PE-LOTA y ahora, júntelas… ¡es muy fácil!
-¡Mmm, muy fácil ha de ser! -pujó el borrachito¡Pos si, pa’juntalas… ay’stá el pedo!
Las carcajadas y el desorden que siguieron fueron
de tal magnitud que los esperados exámenes de fin de año
tuvieron que posponerse para la noche siguiente.
Un poco después, en 1962, trabajé con grupos de
iniciación cultural en los centros del Seguro Social. Aquí
no sólo asistían iletrados sino trabajadores que a veces
sólo por flojera o ignorancia no poseían su certificado de
primaria y querían seguir estudiando. Con el tiempo tuvimos grupos de secundaria y preparatoria en la modalidad
de “abiertas”.
En uno de tantos grupos, se me presentó un caso difícil -muy raro- el muchacho listo para las matemáticas,
con una lectura clara, no sabía escribir una sola letra. Para
colmo, ¡era empleado de mantenimiento en el propio Instituto!
Lluvia de recuerdos
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Cuando el ciclo estaba por terminar yo me encontraba muy orgulloso de mi trabajo como docente, pero una
ocasión me encontré al muchacho solo en el aula buscando algo, al darse cuenta de mi presencia se disculpó:
-Había extraviado mi carpeta nueva -me dijo- pero
ya la encontré, mire: la marqué con una “R” y una “H”,
que clarito dicen Juan Sánchez, ¡o sea, yo!
AGOSTO EN ZACATECAS
Zacatecas, Zacatecas, a 19 de agosto de 1987.
Estimado compadre:
Uno de mis últimos años de trabajo bajo la protección del “águila verde” del Instituto Mexicano del Seguro
Social (IMSS) y, tal vez a manera de premio, me mandaron becado a un curso de tres semanas que se desarrolló
en Zacatecas, capital del estado del mismo nombre.
Comenzaré relatándole el camino, aunque de Ciudad
Obregón a Guadalajara en avión no trajo mucho chiste
pero, desde “La Perla Tapatía” hasta Zacatecas por tortuosos caminos serranos y persistente lluvia, ya es otro
cantar. Hubo un tramo de muy mal camino, en lo más alto
de la serranía, donde pudimos observar -allá muy abajouna tormenta con rayos y demás efectos de un meteoro de
esa naturaleza. Después de nueve horas de camino, llegamos bien cansados pero muy satisfechos del recorrido:
Juchipila, Jerez, Ruinas de Chimostoc, Jalapa, Tayahua
(la hacienda de Tony Aguilar) y otros bellos lugares que
con frecuencia olvido su nombre.
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Lluvia de recuerdos
A estas alturas de mi relato estará pensando: ¿para
qué me escribió el compadre?, ¿qué motivó ese viaje?,
¿cuál será el provecho que se obtuvo de semejante gasto?
Y yo le pido, como un favor especial, que me deje continuar y no se me desespere. El viaje no fue de placer, sino
de estudios. Se trataba de incentivar -en todos los niveles de la educación- al alumno apático, al somnoliento,
al distraído. Que hablara bien el tartamudo, que cantara
el desentonado, que bailara el arrítmico y, a todas estas
propuestas de participación, se le dio el nombre de “DESAPRENDIZAJES”. De eso le platicaré después porque
tocaría temas de didáctica y en esta carta sólo quiero narrarle lo referente a las bellezas que encontré en el lugar
visitado y que ignoramos algunos mexicanos.
Lo que más me impresionó, compadre -dedicando a
Zacatecas y a los zacatecanos mi admiración y respeto- es
ese abrazo con el que amalgaman ruinas, tesoros y tradiciones, desde hace siglos, con la tecnología de vanguardia como lo es el teleférico que, construido en 1979, une
al “Cerro del Grillo” en la mina “El Edén”, con el “Cerro
de la Bufa” en un tramo de 1650 m., pasando sobre las coloniales calles y casas adoquinadas en cantera rosa a una
altura de 115 m. y a una velocidad de 1.5 m/seg. Es algo
maravilloso observar esa panorámica desde arriba.
Eso que le acabo de contar lo supe hasta otro día de
mi llegada porque la primera noche la pasé en la clínica hospitalaria del IMSS con la presión disparada por la
altura del lugar (2496 m. sobre el nivel del mar). Al día
siguiente, muy “alivianado” ya con las medicinas, madrugué de la consulta médica al hotel pues dentro de una
hora y media sería la inauguración del “encuentro”. Tomé
Lluvia de recuerdos
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un mini-taxi tratando de ganarle a la lluvia cuya cortina se
miraba avanzar de la serranía a la ciudad.
De los 192 participantes de todo México, yo fui el
primero en enfermarme causando -a mi llegada- mucho
escándalo: fotos, preguntas de los periodistas, mi opinión
sobre los talleres y otros temas que desconocía por completo. Sobre lo que sí opiné y pareció no agradarle a los
sureños, fue sobre la pobreza que se observaba por todas
partes. Recuerdo que les dije:
- Vengo del Valle del Yaqui, “Granero de México”
-así le llamaban entonces, no sé ahora- y observé por el
camino que aquí siembran en la montaña y con yunta de
bueyes… ¿cómo es posible que los periódicos hayan publicado que Zacatecas es el primer productor de maíz de
México?
Las preguntas ya no siguieron y el comité de recepción que me había detenido me indicó el camino para desayunar. El “buffet” era magnifico pero antes, me acordé
del taxista que aún me estaba esperando. Como la dejada
costaba $1,500.00, le pagué al chofer con un billete de
$2000.00, ¿se acuerda de ellos? y, al fin sonorense, le dije
que se quedara con el vuelto… ¡no lo podía creer el zacatecano! Se persignó tres veces con el billete pero lo que
no me esperaba fueron sus palabras:
- “Lo importante, señor, es que su salud esté bien y
conserve un bonito recuerdo de mi tierra que, desde este
momento, le da la bienvenida… Muchas gracias y que
Dios lo proteja”.
Después de desayunar me dirigí a mi cuarto, subía
los escalones de dos en dos pues me tocó hasta el quinto
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Lluvia de recuerdos
piso (fue hasta el tercer día que descubrí que había elevador). Las palabras del taxista, los medicamentos y las
carreras del curso, hicieron más leves mis achaques y,
cuando mi organismo comenzaba a asimilar la altura, los
talleres llegaron a su fin y vino la clausura.
Recuerdo con nostalgia “El Portal de los Rosales”,
“El Mesón de Tacuba”, el museo dedicado al Maestro
Goitia, la Basílica, que data del Siglo XVII y duró más
de 152 años su construcción. Es de estilo salomónico y su
fachada principal (en hoja de oro) la hace única en toda
América.
Las “callejoneadas” son algo típico de la ciudad y
consisten, como su nombre lo indica, en un paseo -a piepor las calles tan angostas que parecen callejones. Por ahí
no caben los automóviles.
La noche de la despedida fue en el “pent-house” y
aunque nos reunimos todos los que participamos en el
curso-taller, los asistentes ya entrados en copas, tuvieron
la gentileza de dedicarme la “Cumbia Yoreme” y “Mi Yaquecita” cantadas en el dialecto yaqui… ¿para qué quería
más gloria?
El regreso fue un poco accidentado pues había llovido mucho en Nayarit y Sinaloa, por lo que tuvimos que
rodear por Durango y Chihuahua, entrando por Yécora.
Cuando divisé las características montañas de nuestra serranía, respiré con tranquilidad porque ya me encontraba
con los míos.
Compadre: espero haberlo distraído con este relato
deseando que, al leerlo, goce tanto como yo al escribirlo.
Lluvia de recuerdos
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Lluvia de recuerdos
ARMANDO GASTÉLUM ALCARAZ
Su nombre completo es Armando Luis Gastélum Alcaraz, originario de Pitiquito (“El Pitic” pequeño), Sonora.
Estudió la normal básica en Hermosillo en cursos
de verano y, durante el ciclo lectivo estudiaba derecho en
la UNI-SON, trabajando -al mismo tiempo- como maestro en las escuelas del Estado. Así batalló hasta llegar a
titularse.
Ha publicado algunas trilogías: en nuestro primer
libro “La sonrisa del tiempo” fueron de escritores famosos como Renato Leduc; en el segundo libro titulado “Las
huellas del camino”, las dedicó a sacerdotes ilustres del
Estado, como el Padre Cornides, y en esta edición, “Lluvia de recuerdos”, se inspira en las cantantes que han
asistido a la EXPO-GAN desde que este evento se celebra
en Sonora.
Tiene trabajos publicados en la Revista “Encuentro” y en el rotativo “El Imparcial” de esta ciudad. De su
autoría tiene un poemario. Está jubilado por ISSSTESON
desde 1994.
Sus pasatiempos favoritos son el canto, la literatura
(muy especialmente los epigramas) y las peleas de gallos.
Su contribución en este libro es con los siguientes
títulos:
• Encuentro con Verónica Castro
• La vez que canté en un palenque
• Encuentro con las Torcacitas
del Norte
• El día que arriesgué mi vida
por la Bandera
• La noche que dormí con un
payaso
Lluvia de recuerdos
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ENCUENTRO CON VERÓNICA CASTRO
Un beso de la “Vero” en el Palenque de la EXPOGAN de Hermosillo, Sonora, en la década de los 80’s.
De todos es conocido el celebrado éxito y la algarabía que, con “bombo y platillo”, se difunde por todo
el estado al desarrollarse, en Hermosillo, la tradicional
fiesta de los ganaderos en el mes de mayo de cada año con
el atractivo espectacular -entre otros- de la presentación
de los más famosos artistas en el ámbito nacional: Vicente Fernández, su hijo Alejandro, Verónica Castro, Thalía,
Joan Sebastián, entre muchos; con variedades de primera
línea durante la semana que dura el tradicional festejo al
que asistimos decenas de miles de personas de diferentes
“status” socio-económicos y culturales.
El caso es que, un día de tantos -mayo de 1980- y
una vez dentro del “embudo” llamado palenque, después
de las consabidas peleas de compromiso, se presentó la
variedad prevista para esa noche de gala: gala en el vestir
de las damas y caballeros, gala en la ingestión de bebidas
espirituosas, el caso fue que ya imbuido en el ambiente
“bohemio”, lo menos que puedes hacer es pedir un líquido ambarino que se distribuye por atractivas edecanes
vestidas para el momento que se vive, o que se “bebe”,
porque no hay de otra.
Llegando el momento esperado, es decir, la presentación de la famosa VERO, ésta cantó -si no todo su repertorio, sí gran parte de él- yo sentí la necesidad de salir
al baño pero también presentí que la actuación de Veró60
Lluvia de recuerdos
nica estaba por terminar. Me encaminé hacia arriba, a los
baños y, cuando yo bajaba, miré a la estrella subiendo
las escaleras seguida por sus elementos de seguridad y
detrás, como en una persecución, numerosas “fans” en
busca del habitual autógrafo. El caso es que al pasar junto
a mí, tropezó y sin querer -creo yo- se apoyó en mi brazo
para no caer y ahí es donde me aproveché para estamparle
un soberbio beso en la mejilla. Tartamudeando de emoción, le dije:
- “¡Vuelve pronto, Vero, esta es tu casa…!”
Cuando pasó “marabunta”, mi única reacción fue seguir a los fanáticos y, ya en la parte superior, las escoltas
abrían las puertas de un lujoso “New-Yorker” blanco, del
año -tipo “limousine”- y la VERO trepaba a él cual veloz
paloma blanca.
La multitud se lanzaba sobre el automóvil, tocaban
los cristales, acariciaban las ventanillas o tiraban besos
al aire y yo, satisfecho de mi hazaña por haberle dado
un beso -físicamente real- a Verónica, celebraba la dicha
que las circunstancias me habían brindado porque, si yo
hubiera querido hacerlo en forma premeditada, jamás lo
habría logrado.
Así fue como le di un beso a la VERO sin proponérmelo, ni buscarlo.
MORALEJA: -“Las suerte debe de ser hallada, no
buscada…”
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LA VEZ QUE CANTÉ EN UN PALENQUE
Continuando con la cronología de mis encuentros
con cantantes de palenques paso a relatar mi segundo
encuentro, esta vez, con SILVIA FELIX (sobrina de “La
Doña”, dicen) y sin querer queriendo, encaminé mi periplo rumbo a la famosa “Expo”.
Me dispuse -antes que nada- a visitar a mi amigo “El
Mexicano” Morales que vende a diestra y siniestra dentro
de la “Expo-Gan” los famosos “cantaritos locos”, porque
han de saber que mi amigo recorre todo el país con sus
remolques acondicionados para la venta de toda clase de
bebidas espirituosas -tropicales y regionales-, siendo la
especialidad los ya citados cantaritos que contienen: “medias de seda”, “piña colada”, “clamatos” y cuanta cosa
rara se le ocurra a usted pedirle, teniendo entre su clientela preferida la formada por el sector femenino que acude
a sus establecimientos.
Después de pasar por la taquilla me encaminé al área
de las sillas del redondel donde pelean los gallos, pero ya
había comenzado la variedad que ese día de mayo estaba
a cargo de la cantante SILVIA FÉLIX. El caso fue que en
cuanto tomé asiento, la cantante se enfrentó a mí colocándome el micrófono junto a la boca para que cantara y,
como yo soy risueño cuando me hacen cosquillas, no me
aguanté las ganas de reír… ¡menos las de cantar! Y ahí
me tienen cantando “Mi viejo San Juan”, rola que hiciera
famosa Javier Solís.
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Lluvia de recuerdos
Quiero dejar asentado que se me hizo tan bonita y
fuerte mi voz cuando la escuché reforzada por 20 bocinas… pero la artista siguió su camino por el redondel y, a
la segunda vuelta, que se le ocurre hacer lo mismo, pero
ya venía cantando “De qué manera te olvido”… nuevamente me acercó el micrófono y canté, esta vez con mayor aplomo y seguridad pues lo hacía por segunda ocasión. Y… pasó lo mismo: la artista continuó su rutina y de
regreso llegó frente a mí. Esta vez cantaba “Si nos dejan”
y yo, que ya estaba picado porque la gente me aplaudía,
le dije:
-“Si nos dejan yo canto contigo…” -Y sin esperar
respuesta, me paré, abrí la portezuela que daba acceso al
redondel, y terminé en medio de la pista cantando “de
cachetito” con Silvia Félix, para terminar así la variedad
de la noche.
De esta manera fue como canté -por primera vezcon pista para profesionales del canto; cosa que recuerdo
obviamente con mucha satisfacción.
Todo esto sucedió por hechos circunstanciales porque, en caso de que Silvia Félix no hubiera querido que
yo entrara al redondel, no entro ni en brazos del gobernador porque a estas artistas siempre las rodean de varios elementos de seguridad para protegerlas de cualquier
atrevido que, en lugar de convivir, haya “conbebido” demasiado… o para resguardarlas de los periodistas, ya ven
lo que pasó con Lucero.
Así terminó para mí una noche más de palenque con
las vivencias y desenlace que ya les he platicado.
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ENCUENTRO CON LAS “TORCACITAS DEL NORTE”
Saliendo, como salía casi invariablemente los fines
de semana a hacer mi acostumbrada ronda por las calles
de Hermosillo, coincidentemente me encontré con la celebración de la rumbosa fiesta ganadera “Expo-Gan Sonora 1995”, (obviamente por la noche). No podía escapar
a la bohemia moderada de un cerveza bien helada en el
mes de mayo; mi hija Maribel me había pedido permiso -con anterioridad- para ir al palenque con su entonces
novio, hoy su esposo Alejandro. El caso es que después
de dar unas vueltas por la ciudad, enfilé rumbo al famoso
palenque de la Expo con ganas de presenciar, más que
las peleas de gallos, la variedad, esta vez sin precisar con
quién: ¿Thalía, Alejandro, Paquita? No sé cuántos artistas
más. Ya dentro me enteré que se presentaba un dueto femenino: “Las Torcacitas del Norte”. Lo primero que traté
de localizar fue a la familiar pareja: mi hija y su novio.
Una vez que los localicé traté de ubicarme cerca de una
puerta de salida para evitar los tumultos; llevaba un cigarro encendido entre los dedos (mentolado, por cierto). Al
llegar a la puerta me encontré con una niña de unos 20 ó
22 años; iba vestida con un traje negro de diminutos tirantes y con una minifalda que dejaba ver sus encantos superiores e inferiores. Mirándome coquetamente me dijo que
quería fumar… yo saqué la cajetilla y le ofrecí uno de mis
mentolados a lo que protestó:
- “No- me dijo con suave tono de voz -yo quiero
fumar de ése, del que tienes en la mano…”
Me sorprendió su actitud y pensé “ésta quiere PLEI64
Lluvia de recuerdos
TO”, cruzamos algunas palabras y me preguntó si ya me
retiraba y que si iba a pasar por el centro de la ciudad.
Le respondí afirmativamente y me pidió que la trajera,
acepté pero entonces me informó que iría con nosotros
una amiga, su compañera TORCACITA y -desde luegotambién estuve de acuerdo.
Así salí del palenque, con el dueto de “Las Torcacitas del Norte” colgadas de mis brazos. El temor era que
mi hija me encontrara y… ¡la que se me armaría al llegar
a casa! Lo curioso fue que, en lugar de que mi hija se cuidara de mí, yo me andaba cuidando de ella. A la salida, la
muchachada me gritaba:
- “¡Pase una suegro… ¿para qué quiere dos?”
Por fortuna no me encontré con mi hija ni ella me
divisó.
Subimos al auto, llegamos a Hermosillo (Centro)…
quisieron quedarse en un “table -dance” que queda por
Periférico Norte y ahí terminó mi odisea, nadie me vio en
esos trances que las circunstancias, y la casualidad, me
ofrecieron sin yo buscarlas.
Así fue mi encuentro con las “Torcacitas del Norte”
al salir de un palenque, de la Expo-Gan, en Hermosillo,
Sonora.
Lluvia de recuerdos
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EL DÍA QUE ARRIESGUÉ MI VIDA POR LA BANDERA
Transitaba la primera parte del sexenio del Ing. Rodolfo Félix Valdez cuando fui llamado a la Secretaría de
Educación y Cultura (SEC) para hacerme cargo de labores
administrativas y, mi primera comisión fue la de supervisar el funcionamiento de todas la cooperativas escolares
a nivel Estado, cosa que parece fácil pero resulta difícil y
más para mí que, habiendo estudiado leyes -para no llevar
matemáticas- caía con esa comisión en un inmenso mar
de números que era para agobiar a cualquiera. No podía
decir que no porque era una comisión política oficial y
no quería echarme para atrás, así que tuve que afrontar
aquella tremenda situación y, para que ustedes se den una
idea de mi alergia por los números, yo digo -a manera de
broma- que si le marco a una sumadora 2+2, me salen 5 y
como no es correcto, vuelvo a marcar… ¡y me salen 3!
Sufrí enormidades con esa comisión pero tuve que
apechugar la situación. De vez en cuando se me comisionaba para llevar la representación del Secretario de
Educación, Prof. Ernesto López Riesgo, a algunos actos
públicos en los que yo me desempeñaba mucho mejor
porque estaba en mi ambiente de las relaciones públicas.
Poco a poco me fui despojando de los números y asumí
la comisión de Coordinador de Eventos Especiales, que
se acomodaba mucho mejor a mi manera de ser y de actuar; ahí, en esa comisión como en todas, nunca falta un
“prietito en el arroz” y, al llegar el mes de septiembre,
venían los grandes problemas porque el comisionado, y
en mi carácter de coordinador en jefe, tenía que organizar
y conducir los eventos de la ceremonia del izamiento y
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Lluvia de recuerdos
arrío de nuestra Enseña Patria -a mañana y tarde- los 30
días (incluyendo los sábados y domingos, ¡ah! y prohibido enfermarse).
Para dar una idea de lo ardua y cansada que era esta
comisión, tenía que organizar y coordinar a todas las secretarías de gobierno, desde un día antes, con un programa
riguroso de honores en la Plaza de la Bandera, auxiliados
por una escuela secundaria diferente. Para el caso, contaba con el apoyo de los soldados del Ejército Nacional que
traían y llevaban nuestro Lábaro Patrio; el programa era
más o menos así (mañana y tarde):
HONORES A LA BANDERA:
1) Juramento.
2) Discurso o palabras alusivas,
3) Toque de Bandera por los soldados.
Izamiento o arrío,
4) Intervención de los alumnos (poesía),
5) Entonar el Himno Nacional Mexicano,
6) Eventualmente otra intervención no programada.
Este era, puntos más puntos menos, el programa diario todo el mes de septiembre pero eso no era todo, porque
cuando la ceremonia sale bien, ¡qué bueno!, pero cuando
falla alguno de los puntos del programa ¿qué hacer si no
llegan a la hora los soldados con la bandera?, ¿qué hacer
si no vino el niño (a) del juramento?; o ¿si no estuvo a
tiempo el aparato de sonido, o se les olvidó el “cassette”
Lluvia de recuerdos
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del Himno Nacional, o falló el aparato de sonido o no
hubo corriente eléctrica?
Este último fue el caso por el cual una tarde de un
domingo cualquiera del mes de septiembre de los 80’s, me
encontré con que el edificio del ISSSTESON contiguo a
la Plaza de la Bandera de donde tomaríamos la corriente
eléctrica, se encontraba cerrado y no había conserje a la
vista, ningún velador; estaba en mi primera encrucijada y
con la responsabilidad de llevar adelante el acto. ¿Cómo
hacer funcionar los aparatos de sonido?
Los soldados, la bandera, toda una escuela esperando: los alumnos, maestros y el director. Los señores y las
damas de las secretarías… expectantes. ¿Qué hacer en
esas circunstancias?, ¡trágame tierra!, o como dicen los
cubanos: -“¡la muelte, chico!”-. Por fin apareció en escena un conserje del ISSSTESON que había quedado de
guardia: ¡Gracias a Dios!
Pude respirar tranquilo -pero sólo por un momentoporque se vino un problema más grande y peligroso para
mí: tomé el cable de la corriente para pasárselo al conserje por la celosía para que lo conectara pero, después de
algunos minutos, regresó para decirme que no lo podía
hacer porque, en el lugar de la conexión, estaban los aparatos de refrigeración y habían tirado mucha agua, la cual
le daba hasta los tobillos.
¿Qué hacer con estos imprevistos? ¿Suspender el
acto? ¿Dejar a la gente plantada?, o meterme yo al agua
y conectar el cable con el riesgo (no de López Riesgo) de
morir electrocutado.
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Lluvia de recuerdos
Y tomé la decisión más estúpida de mi vida… ¡conecté el cable! El agua empapaba mis zapatos pero… la
ceremonia de nuestro Lábaro Patrio se llevó a cabo con
felicidad, por lo menos sin desgracias personales.
Esto nadie lo supo, sólo ustedes y yo. A Dios gracias, lo estoy contando.
LA NOCHE QUE DORMÍ CON UN PAYASO
Transitaba el segundo tercio del sexenio del Gobernador de Sonora Ing. Rodolfo Félix Valdez y me encontraba yo como coordinador de eventos especiales de la
SEC (Secretaría de Educación y Cultura), con varios programas culturales que, para bien de Sonora, habían instrumentado en Gobernación. Estos programas eran multisectoriales, es decir, involucraban a la SEC, al Sector
Salud, a la Secretaría de Agricultura y Ganadería, al DIF,
etcétera.
En esta ocasión se trataba de apoyar un programa
contra el narcotráfico y tuvimos que trasladarnos a diversas ciudades del Estado de Sonora para dar conferencias a
la población… aquí entraba la Secretaría de Salud representada por el Dr. Filiberto Pérez Duarte, con especialistas en este ramo de los estupefacientes. La SEC -que yo
representaba- llevaba un mensaje a las escuelas auxiliado
por los maestros de los diversos niveles educativos. Al
DIF le tocó llevar la diversión a los niños: pláticas de interés para los padres impartidas por especialistas; psicólogos, trabajadoras sociales, educadoras y no podía faltar
un payaso para divertir a la población infantil.
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En esta ocasión llevamos nuestro programa: “Combate al narcotráfico” a la población serrana de Sahuaripa,
armándose todo este circo, aquí en Hermosillo. Algunos
compañeros partieron un día antes; otros madrugaron y
yo, por motivos de fuerza mayor, no pude partir con el
convoy… el caso fue que llegué a Sahuaripa en un camión ya bien entrada la noche, estaba lloviendo a cántaros. Llegué al hotel y me presenté con el encargado
diciéndole que necesitaba un cuarto dónde descansar y
pasar la noche, a lo que me respondió:
- “El hotel se encuentra totalmente lleno…” -(No
vacancy, dirían los gringos).
¿Qué hacer en esas circunstancias, si aún estaba lloviendo? Estaba yo muy cansado y ni a quién comunicarle mi desdicha, por eso supliqué al encargado que, como
un favor muy especial, me hiciera un campito… Como
recordando, me dijo que en un cuarto había un solo huésped y que esa era la única solución que podía ofrecerme:
acepté y me abrió la puerta; yo no quise encender la luz
para no molestar a mi desconocido compañero, el cual
-por razones obvias- se hallaba profundamente dormido.
Me acomodé como pude en una camita individual en la
que pasé la noche sin hacer el menor ruido, pero… ¡qué
sorpresa me llevé por la mañana, cuando desperté!
Contiguo a mi cama se encontraba otra y, en ella, una
persona vestida y pintada como payaso. Era “PAQUITO
CHAPOY” que iba en la comitiva hermosillense. Cuando despertó me explicó que no acostumbraba a dormir
así pero había actuado la noche anterior y se recostó sólo
para descansar un rato, quedándose como yo lo encontré.
Así fue como en esta aventura programada a Sahuaripa,
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Lluvia de recuerdos
pasé la noche -sin darme cuenta- con un señor payaso.
NOTA ACLARATORIA: Si yo hubiera tocado al
payaso, o él me toca a mi… hubiera amanecido totalmente pintarrajeado y… ¡NO FUE ASÍ!
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Lluvia de recuerdos
MARÍA TRINIDAD GERMÁN JARA
Nació un día muy especial para los latinoamericanos, llegó el 12 de octubre del año de 1940, muy tempranito, a las cinco de la mañana. Ocupó el lugar décimo
tercero de una familia de 19 hijos y cuentan que el 13 es
número de buena suerte.
Primaria y secundaria las hizo en Ures, Sonora,
pues su casa paterna estaba en Santiago, un pueblito alegre y sencillo a seis kilómetros de “La Olvidada Atenas”.
Le parecía divertido y romántico cruzar el Río Sonora a
pie o en “carreola”. También le gustaba montar a caballo y jugar carreras.
Es maestra normalista egresada en la Generación
58-61, fue enviada a Rayón, Sonora, en donde trabajó,
sin interrupciones, sus primeros ocho años de magisterio. De este lugar se cambió a Nacozari, Guaymas, San
José de Bácum y aquí, en Hermosillo, en donde se jubiló
prestando sus servicios en la Escuela “Club de Leones
No. 1”, en el año de 1988.
Por vez primera se animó a escribir AUTOBIOGRAFÍA y lo hace con:
• Santiago de Ures visita Roma
• Perdida en la Capilla Sixtina
• Navegando por el Río Nilo
• Las tortillas de harina «sobaqueras»
• La receta gracias a la cual estoy con vida
Sus pasatiempos predilectos son: armar rompecabezas (cuya colección llega a 200 cajas), platicar con “todo
mundo”, escuchar música, conocer lugares pintorescos
con historia, además de coleccionar “fotos” de la familia… ¡y como no tiene!
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SANTIAGO DE URES VISITA ROMA
Tuve la fortuna de nacer en un pueblito tranquilo,
muy cerca, quizá a sólo cuatro kilómetros de la que fuera
Capital del Estado de Sonora, Ures, “La olvidada Atenas”.
Desde niña soñé con conocer otros mundos y cuando me llevaban a pasear en una “carreola” -especie de
carreta tirada por dos caballos- imaginaba que las bestias
no trotaban, ni corrían, sino que volaban llevándome lejos, muy lejos.
Los años pasaron, y cuando comencé a trabajar, mi
nombramiento decía “profesora de grupo en escuela primaria”, y se me asignaba a otro pueblo un poco más grande que el mío: Rayón.
Las cosas no cambiaron mucho pues cada fin de semana hacía una visita a mis padres y hermanos. En el
pueblo todo permanecía igual pero yo, aunque se rieran
de mí, seguía soñando en conocer otros mundos… así se
fueron pasando los años y, ¡primero me jubilé que conocer Europa! Había salido a la Ciudad de México algunas
veces, a Tepic, a Puebla; conozco algunos lugares de Estados Unidos del Norte, muy especialmente Los Ángeles,
Tucsón, Pasadena… pero cuando estaba más tranquila y
menos lo esperaba, sonó el teléfono y:
- “Me dieron su nombre como posible candidata a
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Lluvia de recuerdos
viajar por 21 días visitando lugares del Viejo Continente.
El costo del boleto -viaje redondo- es de 3000 dólares y
comprende: pasaje en avión de primera clase con desayuno continental y cena, hospedaje en hoteles de cinco
estrellas, con transporte terrestre y marítimo a los lugares
que se vayan a visitar. La comida principal, las salidas a
paseos nocturnos, los antojitos y los “souvenirs” o recuerdos correrán por su cuenta. Debe pagar el 50% al inscribirse y el resto, tres días antes de partir… ”
Y la informante siguió dándome detalles pero yo ya
no escuchaba. Acariciaba el momento de hacer realidad el
sueño esperado toda una vida. Por nuestros medios cada
quien se dirigió a Tucsón y de ahí a Los Ángeles. En este
punto realmente dio inicio la aventura, pues aquí abordamos un “jumbo-jet” que nos llevó a Chicago, donde trasbordamos a otro, aún más grande, en el que atravesamos
el Océano Atlántico.
Después de 18 horas sin tocar tierra -se siente horrible, se los juro- llegamos a Roma, “La Ciudad Eterna”,
y nos recibieron en un elegante hotel con una cena consistente en sopa de pasta (“al dente”), decorada con unos
cuantos granos de frijol cocidos acompañados con un vaso
de agua. Salimos a estirar las piernas y a ver qué podíamos comprar de comida. Comenzamos a añorar los tacos,
las gorditas, los “burritos” de machaca y el champurrado.
Los “hot-dogs”” en Roma los hacen en arepas, que son
una especie de panes planos y duros: no llevan mostaza,
ni mayonesa, mucho menos jitomate, champiñones o salsa, sólo el pan y el “Winnis”. Me comí la pura salchicha
porque el pan estaba durísimo, como para apedrear a un
peregrino que va -por primera vez- a Tierra Santa.
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Roma es bellísima y muy extensa. La encontramos
algo deteriorada en sus calles y edificios porque los preparativos para recibir al tercer milenio traían a todos muy
ocupados… ¡hasta el Coliseo Romano estaba en proceso de embellecimiento! Pero nosotros traíamos a Asís y
Jerusalén en nuestra mira, pues eran nuestros objetivos
máximos como peregrinos.
Si me piden ustedes que les diga en qué lugar de
todo el recorrido que hice me sentí más impresionada,
o más sorprendida, les diré: en El Vaticano, en el Santo
Sepulcro, en el Huerto de Getsemaní, en el Mar Muerto,
en el Vía Crucis de la Vía Dolorosa, en Samaria y Judea,
en el Río Jordán, en Jericó, y en el Muro de los Lamentos.
Pero si hablamos de arte, sin duda, la Capilla Sixtina.
Debo confesarles que al regreso, rendida de tanta
caminata, me quedé dormida en el cómodo “jet” lo que
me costó la cena a bordo, pues nadie me despertó de mi
trasatlántico sueño.
Llegamos directo a Los Ángeles y de ahí a Tucsón,
donde ya nos esperaban las añoradas caras de nuestros seres queridos. Cada quien por sus propios medios regresó
a casa y… ¡qué sabrosa la contaminada agua de Hermosillo! ¡Qué delicioso calorcito sentimos en pleno octubre!
Allá se sentía un poco de frío y yo, que de “chiripa” me
había llevado un grueso saco, anduve, en ciertas ocasiones, como gallina con pollos cobijando a mis compañeras
y nuevas amistades que había hecho en el viaje.
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Lluvia de recuerdos
PERDIDA EN LA CAPILLA SIXTINA
De las cerca de 240 salas de arte que reúnen El Vaticano y La Capilla Sixtina, sólo pudimos visitar seis, y algunos compañeros, a regañadientes. Entre todos los lugares visitados fue aquí donde sentí mi enorme ignorancia
respecto a las obras de arte que se exponen. Ya sabemos
que Miguel Ángel fue un genio, pero no sólo de él hay
obras en las exhibiciones de la Sixtina.
Aproveché para preguntar en dónde me encontraba
con relación a mi tierra y qué tan lejos estaba de mi soñada Venecia. También supe que de ahí partiríamos para
hacer una visita a Tel-Aviv, que es el centro financiero del
Israel actual y que su nombre, en árabe, significa “monte
de la primavera”.
Si te animas a viajar en próximas temporadas no estaría por demás que leyeras acerca de algunos hábitos,
alimentos, bebidas, saludos que se acostumbran por allá,
porque vas a extrañar los baños; no son muy aficionados
a la ducha de regadera pues, entre ellos, el aseo con toalla
se acostumbra como un afrodisíaco ritual; allá te sorprenderá el tráfico. Es raro ver gente gorda, fuman mucho,
muchísimo -igual los hombres que las mujeres- y, pese
a los perfumes, no huelen nada bien. La comida es muy
condimentada con hierbas de olor y utilizan, para la mayor parte de sus aderezos, el aceite de oliva. Conviene
viajar en pantalones o llevar algunos. Vestido largo sólo
para la cena de bienvenida y para la bendición del Papa.
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¡Ah!, pero les voy a platicar que me perdí en los extensos corredores de la Capilla Sixtina. Pues sí , de pronto
me di cuenta que me encontraba sola en aquella inmensidad de pasillos y puertas, cuando desperté de mis ensoñaciones, lamentando demasiado tarde, no haber visitado
los castillos medievales de Inglaterra… frente a mí tenia
un ventanal que me indicaba -muy a lo lejos- la escalera
por donde encontraría la salida. No miré a un solo compañero de viaje y el único recurso que me quedaba fue
correr y alcanzar a un policía (“carabinieri”) guardián
del edificio y pedirle el favor:
- “Signorino, belo bambino: ritorno presto a la mía
casa…”.
No sabía lo que decía pero, el policía, riéndose de
mi italiano de “Bataconcica”, me llevó del brazo muy
amablemente hasta donde había quedado estacionado mi
autobús… ¡si hubiera sabido! Las burlas no se hicieron
esperar diciéndome que me había rezagado intencionalmente para que el guapo vigilante me condujera hasta la
salida. Lo peor vino cuando, de despedida, le dije:
- Molto graci… ¡arriverderci!
- “¿A qué hora volviste, muchacha? No pude dormir
pensando que te habías ido de “picos pardos” con gente
desconocida y de costumbres distintas a las nuestras…”
-me dijo el cura que nos acompañaba.
El regreso a casa fue accidentado pues nuestras maletas -más listas que sus dueñas- se fueron hasta Berlín
por equivocación y llegaron con diez días de retraso, pero
llegaron: robadas (incluso las que llevaban candados),
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Lluvia de recuerdos
maltratadas y remojadas pues no supimos en qué puerto
aéreo pasaron en banda a la intemperie y estaba lloviendo
copiosamente. Por fin las recuperamos quedando convidadas, por el momento, a no volver a viajar.
Bueno, esas fueron mis impresiones personales. El
próximo viaje parece que va a llegar hasta Egipto. Luego
les platico cómo me fue por allá.
NAVEGANDO POR EL RÌO NILO
“Hay cosas que suceden una sola vez en la vida”
por lo menos, así pensaba cuando caminaba por las calles de Jerusalén en mi primer viaje a Tierra Santa -como
peregrino- “y no obstante ando aquí, navegando sobre las
apacibles aguas del Nilo en mi segundo viaje”.
Esta aventura fue mejor planeada aunque, siguiendo
la ruta ya conocida, dejamos tierra continental partiendo
en un “súper-jumbo” de Nueva York, entrando por Ámsterdam (Holanda). Nadie me quiere creer que pude identificar Londres desde las alturas, pero yo no pienso estar
equivocada.
Nos encontramos todo nuevo, recién reparado y pintado, pues ya estábamos en el Tercer Milenio. Las ciudades lucían como recién bañadas y, en cuanto pusimos pie
en tierra, comenzamos a buscar rutas nuevas para nosotros. En el recorrido anterior -“Los Caminos de Jesús y
El Vaticano”- ya lo he descrito en la narración de mi primer viaje, ahora lo más significativo, aunque para mí fue
decepcionante, era la llegada a Egipto. Dormimos en un
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magnífico hotel en el corazón de El Cairo, conocimos El
Faro de Alejandría (una de las siete maravillas del Mundo
Antiguo), Las Catacumbas, en donde se hallan los restos del los faraones; navegamos -en velero- sobre el Río
Nilo; pudimos tocar las milenarias Pirámides de Keops,
Kefrén y Micerino, y contemplar el funcionamiento del
Canal de Suez, escuchando las interesantes explicaciones
de alta ingeniería naval… en fin, un agasajo de historia
rodeado de descuidos, desaseo y supersticiosas costumbres religiosas. Sin embargo, no todo fueron decepciones:
estuvimos y nos retratamos junto a Nefertiti y La Esfinge,
trajimos nuestros nombres y signos zodiacales dibujados
en hoja de papiro… un poco después admiramos los más
bellos ejemplares equinos de carreras.
En El Cairo pasamos un gran susto pues nos despertaron a las 4:30 de la madrugada unos fuertes y dolorosos lamentos que -después supimos- eran la oración de
“gracias por haber amanecido a la vida”. Estas acciones
religiosas se repiten al bendecir los alimentos (medio día)
y al encomendarse a Alá, para pasar bien la noche. Es
sobrecogedor el fuerte murmullo que se escucha a esas
horas en las que los visitantes teníamos que permanecer
en actitud de absoluto respeto.
Para salir de Israel rumbo a El Cairo no ocupamos
transporte aéreo ya que, escoltados por cuatro motocicletas, atravesamos un camino árido y solitario aunque no
me atreví a preguntar de qué desierto se trataba. Hubo
tramos en el que tuve la corazonada de que éramos vigilados o perseguidos, aunque, entre rezos y más rezos, no
dejaba de preguntarme:
- “¿Qué problema puede ser para “los talibanes”
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Lluvia de recuerdos
deshacerse de los cuatro escoltas que llevamos”?
Después de éste y otros sustos, y cuando por fin llegamos a Tierra Egipcia, estábamos muy cerca del lugar
en el que la princesa, hija del faraón, encontró la canastilla de mimbre con el pequeño Moisés. Me daban ganas
de llorar y de reír a un mismo tiempo pues de estas tierras
partieron los hebreos en su famoso EXODO a través del
milagro ocurrido en el Mar Rojo, según Las Escrituras.
A pesar de tantos siglos de historia, de tantos monumentos y de tanta religiosidad, al llegar a las horas de la
tarde -le echaba de menos al “café colado en talega”- me
entraba la nostalgia y comencé a cantar y a bailar al estilo
de “Lawrence de Arabia”, en esas estaba una noche en el
“lobby” del hotel, cuando vi llegar a una novia y toda su
comitiva. Me puse a “mitotear” pues las bodas allá son
distintas a las nuestras: comenzaron con su musiquita de
cuento de Alí Babá, me puse de pie e imité los movimientos de la Danza del Ombligo que, entre los egipcios son
cosa de todos los días y a todas horas, ¡nunca lo hubiera
hecho!, del cortejo salió un señor mayor, de canitas pero
muy guapo y… me invitó a través de un intérprete, a celebrar las nupcias de su hija en el décimo piso del hotel.
Yo andaba en pantalones y con tenis, le respondí que me
diera una hora para vestirme adecuadamente y… ¡nunca
volví! Lo más curioso fue que el sacerdote que nos acompañaba desde México, me dijo otro día por la mañana:
- “¡Trinidad!, ¿fuiste a la boda?
- “¡Nooo, padre!, ¿cómo cree?
Estos son algunos “tips” para un viaje por El Medio
Oriente:
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El saludo mujer-hombre, deberá ser breve y desviando la mirada la mujer. Por ningún motivo deberá retenerse la mano del varón entre las nuestras. Ella no debe mirar
directamente a los ojos de un hombre, a menos que quiera
que se malinterpreten los saludos.
No debe subirse el tono de voz, mucho menos gritar.
A menos que sea por una imperiosa necesidad.
Tener cuidado al pasear en camello pues, al igual
que en los burros, hay algunos muy viejos y mañosos.
Independientemente del dólar que cuesta la subida, hay
que pagar otro para la foto en el animalejo.
Por último les aconsejaré: al hombre europeo no se
le puede “vacilar” en broma… luego luego se la cree y te
sigue. Son tercos, carismáticos, hipócritas; pero guapísimos y muy malolientes…
Después vino el bombardeo a Jerusalén, el asunto de
“Las Torres Gemelas” y las amenazas del Osama… muchos problemas en el Medio Oriente para andar despreocupadamente de peregrino. Donde sí me hubiera gustado
estar presente -todavía lo tengo “en la mira”- es en las
Islas del Mar Pireo, (Grecia), que ahora, con las Olimpiadas 2004, me estuvieron incitando a visitarlas. Dios nos
lo permita dándonos vida y salud.
LAS TORTILLAS DE HARINA “SOBAQUERAS”
He preguntado a la gente más vieja que yo si saben el
origen de las tortillas de harina extendidas, que les llaman
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Lluvia de recuerdos
también tortillas de agua o vulgarmente “sobaqueras”,
pero nadie me ha podido responder satisfactoriamente. El
dato más importante que he recogido es que, contra lo que
se piensa, esta clase de tortillas -grandotas y delgaditaslas comenzaron a tortear los hombres en los herraderos ya
que se iban al monte por tres, cuatro o más días y como
la mujer se quedaba en casa con los niños y cuidando los
animales domésticos, los hombres tenían que prepararse
la comida cuando se les acababa el “lonche” y tal vez
hasta asearse algo de ropa.
Yo comencé a hacerlas como jugando pues tenía siete
años de edad y no alcanzaba a echarlas al comal. Un poco
más grandecita, sin que mi mamá se diera cuenta, iba a
la casa de unos vecinos que tenían a su madre en cama y,
subida en una silla, les hacía tortillas de harina, luego me
regresaba a casa sin decir una sola palabra. Cuando me
descubrieron, no premiaron mi buena obra ni me dedicaron algún elogio sólo me dijeron que ahora, por obligación, tenía que “tortear” por lo menos una vez al día. No
vayan ustedes a pensar que eran dos o tres kilogramos de
harina los que amasaban -éramos una familia numerosaya que fuimos diecinueve hermanos. Obviamente nunca
estuvimos sentados a la mesa al mismo tiempo, pero sí
llegamos a reunirnos doce hermanos comensales, más los
papás, dos o tres tíos, algunos primos y las visitas que
nunca faltaban… mi madre nunca preguntaba, simplemente servía lo que hubiera. Así pues, que ahora me pongo a calcular que consumíamos dos quintales de 44 kilos.
Cada uno a la semana y, no creo exagerar.
Los años han pasado, mis padres han partido y algunos de mis hermanos también, pero cuando amaso por
antojo de tortillas para la carne asada o por encargo -pues
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han de saber que mis tortillas han viajado a Europa y a los
Estados Unidos- me da risa “tortear” tan poquita harina,
se me figura que estoy jugando a las comiditas. De las
tortillas que les llamamos “guachas” porque son pequeñas, salen 24 de un kilo de harina; de la tortilla extendida,
como las hago yo, salen seis.
Mi comal es grueso -plano y de fierro- mide 1.03 m.
de diámetro y de circunferencia 3.234 m. No tengo flojera
amasar ni extender las tortillas, lo que pasa es que aquí,
en la ciudad, los espacios son cerrados: estiras el brazo
y chocas con el vecino, hablamos fuerte o cantamos, y
se despierta el otro. No hallas la leña adecuada, la harina
no siempre es de calidad, atizas en el patio y si la vecina
tiene ropa blanca tendida, arde Troya.
Total, que las tortillas de harina grandotas y calientitas sólo pueden saborearse en un día de campo o en la
playa. Ahora sólo pueden hacerse en el rancho y traerse
a la ciudad. No son económicas, quitan mucho tiempo…
¡pero qué sabrosas son con una carnita tierna, bien asada,
y con hambre!
LA RECETA GRACIAS A LA CUAL ESTOY CON VIDA
A raíz de haber perdido a mis dos últimas criaturas
-eran gemelitos, hombre y mujer- me vinieron una serie
de trastornos ginecológicos. Tenia muchos problemas,
algunos de difícil solución, como la edad, por ejemplo,
y la circunstancia de que mi hijo (el único), ya tenia 20
años. También influyó que me encontraba trabajando y
la escuela me quedaba muy lejos de casa, por otra parte,
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Lluvia de recuerdos
ya me habían advertido que se trataba de un embarazo de
alto riesgo.
Siempre he tenido la costumbre de cambiar las camas por lo menos, cada tercer día. Colchas, cameras, sábanas y fundas de almohadas, razón por la cual mis tendederos siempre están ocupados, muy especialmente, con
ropa interior y de cama. Ese día -andaba en mi cuarto mes
de embarazo- tenía dos colchas “king zize” remojadas
por que no cupieron en la lavadora y tenía que tenderlas
a secar al sol… si enjabonarlas, restregarlas y exprimirlas
era ya un gran esfuerzo, ¿se imaginan para tenderlas?
Del lavadero a los tendederos había que saltar una
pequeña barda cargando las colchas húmedas… ¡y lo
hice!, pero no pude llegar. Sentí un dolor intensamente
agudo en el vientre y me olvidé de todo para irme a recostar. Creí que así podía salvar lo que ya latía con vida
dentro de mí, pero… ¡todo fue inútil!
Después tuve otros trastornos y ya nada fue igual,
creo que a partir de esta fecha comencé a cambiar de vida
como mujer: no tenia ganas de salir, ni de conversar, me
chocaban las visitas que vinieran a mi casa sólo por el
morbo de averiguar: “¿Ya no vas a encargar?”, “¿te llegó
la menopausia?”, “¿ya tienes más de cuarenta?”, “¡la profesora Alicia encargó a los 44!”, y así sucesivamente…
puro mitote.
Achaqué lo que sentía -y lo padecía- a los cambios
de mi edad y a trastornos hormonales pero abrigaba, cada
vez más, dudas que crecían y se acumulaban hasta que
¡no soporté más! y me sometí a un reconocimiento médico minucioso y muy molesto. Los análisis, los laboraLluvia de recuerdos
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torios, los especialistas que de una a otra cita dejan pasar
tres meses; todo era desesperante para el estado de ánimo en el que me encontraba. En esas circunstancias, a mi
hermana mayor le dieron el nombre y la dirección de un
ex sacerdote que tenía fama de haber hecho curaciones
muy atinadas, en Tepic, Nayarit. Este ministro de Dios ya
no ejercía porque en la iglesia donde oficiaba, le habían
puesto una disyuntiva:
- “O atiendes a los rebaños del Señor o te dedicas a
las curaciones con hierbas y “chochos” -y él prefirió lo
segundo.
Bueno pues, ya tenía el nombre del sacerdote, su dirección y teléfono, además de relacionarme con una conocida de mi hermana a cuya casa iba a llegar. Salí en
autobús rumbo a Tepic y localicé al padre, muy humilde
y gentil, como toda persona que en verdad vale, sabe y
tiene la virtud de transmitir sus conocimientos. Comenzó
el interrogatorio:
Edad, lugar de origen, síntomas, maternidades, alimentación, ejercicio o deportes que se practican, hábitos,
costumbres, vicios, etc.; la pócima que me recetó contenía
algunas de las hierbas que tuve que traer de allá -aquí no
se obtienen con la misma facilidad- y algunos de los ingredientes como los cangrejos, que hay que asarlos vivos,
obviamente los tenía que conseguir aquí, en los esteros.
Debo confesarles que el líquido que se bebe -con la
frecuencia que el “sacerdote” indique- tiene un sabor a
hiel con azufre mezclada con agua de fango. Beberlo es
un verdadero sacrificio pero también debo decir, en honor
a la verdad, que el cambio en los síntomas del organismo
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Lluvia de recuerdos
comienzan a sentirse desde la primera semana.
Pensando en tantas mujeres que como yo se han sentido acabadas y sin fuerzas para luchar -sin fe en Dios,
diría yo- les copio la receta que me salvó la vida y que,
para bien o para mal, me tiene aquí hasta que el divino
Hacedor disponga otra cosa.
RECETA:
Nº 1. Hierba de víbora (fresca, con raíz, si tiene espigas, inclúyalas) 28 gramos, un manojito de perejil, una
cucharada de toronjil, 2 cucharadas de hierba de pollo,
todo el cristal de una penca (de regular tamaño) de sábila
sin cáscara y un trozo de músaro de 5 picos, del tamaño y
grosor de tres dedos.
Se cuece todo junto en dos litros de agua hasta que
quede un litro y medio. Tomar una taza antes de comer,
descanse una semana y otro mes la toma; descanse una
semana y un mes más la toma. Al agua que sobre exprímale un limón, cuélela muy bien en un lienzo y con esta
agua, fresca, se aplica un lavado vaginal al acostarse, cada
tres días. Menos en los que no tome la bebida porque le
toque descanso.
Nº 2. Cardón de Sonora y cangrejos de mar. Un pedacito de cada cosa, todo junto, en una taza y media de
agua que hierva por 10 minutos. Tomar una taza caliente
a diario -en ayunas-poniéndole una cucharadita de polvo
de carbón de ocote. Se toma sin endulzar por 21 días; 10
días no, 21 días, sí; 10, no; 21 sí y 10 no. Los cangrejos
hay que dorarlos vivos (en un comal sin aceite, ni nada),
una vez dorados déjelos enfriar y, hechos polvo, los guarda en el refrigerador.
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Haga una pomada -ni muy espesa, ni muy aguadacon un poco de manteca de puerco y polvo de carbón de
ocote. Diario al acostarse úntese esta mezcla (estando
desnuda), desde lo pechos hasta el vello púbico; sobre la
pomada que ya se aplicó, coloque unas hojas de repollo
(crudas), machacándole las nervaduras que tienen y, sobre
ellas, envuélvase con una tela bien limpia. Esta operación
es diaria, menos los días que toque descanso.
D I E T A:
No carne de puerco, ni res, ni sus caldos. No chile,
ningún irritante, ningún refresco, nada enlatado, no conservas, mermeladas, pescados o mariscos. No manteca de
puerco, bebidas embriagantes. Nada que contenga vinagre, no café -ni con leche-, no exceso de sal, no jitomates
crudos, no pepinos.
Bañarse con agua tibia, no exponerse al viento recién bañada, ni caminar bajo los rayos del sol.
No radiaciones, no quimio, ni rayos X. No legrados
ni operaciones quirúrgicas.
No medicamentos, ni tratamientos que posiblemente
puedan curar.
Use trastos nuevos, de barro, y no tome ni use estas medicinas preparadas un día antes. Suspenda el tratamiento en sus días de regla y, después de la primera toma,
CERO relaciones sexuales.
En caso de embarazo esta receta, en vez de curarla,
la perjudicaría.
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Lluvia de recuerdos
JOSÉ FRANCISCO GUTIÉRREZ QUIROZ
Nació en Esperanza, Río Yaqui, Sonora, un domingo
1 de diciembre de 1935. Hizo sus estudios de primaria y
secundaria en Ciudad Obregón, después salió a continuar su preparación a la Universidad de Sinaloa en la
capital del estado, Culiacán.
Obtuvo su título de Contador Público y Auditor en el
Instituto Tecnológico Autónomo de México, en el Distrito
Federal.
Laboró en la iniciativa privada en la Ciudad de
México durante veinte años y después con el gobierno
del Estado de Sonora, veintiún años.
Se pensionó en el año de 1995 y desde entonces se
dedica a actividades no lucrativas.
Acude al CERESO de Hermosillo en calidad de voluntario, desde hace 16 años, con un equipo Pastoral Penitenciario Católico.
Perteneció al Patronato de Reincorporación Social
durante cinco años.
Sus pasatiempos favoritos son la lectura y escribir
para el Taller de Literatura Autobiográfica de la Casa
Club del Jubilado y Pensionado del ISSSTESON, donde
además, para superar problemas auditivos, formó parte
del coro; allí estudió también Computación.
La convivencia familiar es su mayor alegría pues
tiene cuatro nietos que lo hacen vivir intensa y felizmente.
Colabora en esta obra
con los temas:
• El largo
• Mi maestro de primaria
• Sociedades de Padres de Familia
• Cambio de potenciales
Lluvia de recuerdos
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EL LARGO
“El Largo” era de Buenavista, Sonora, hijo de Carmen Armenta y de Jesús Gutiérrez, “El Caneno”, su padre murió en un acto de heroísmo en la Batalla de Santa
Rosa, él iba con las fuerzas del general Álvaro Obregón
y tenía el grado de Mayor, fue jefe distinguido por su valor y muy querido por todos, su muerte enardeció más lo
ánimos de sus compañeros que lucharon hasta arrancar
las posiciones que los federales ocupaban reduciéndolos
a las casas de Santa Rosa.
Carmen Armenta, su mamá, tuvo ocho hijos, cuando
enviudó, “El Largo” tenía sólo ocho años, por lo que él
y sus hermanos fueron educados por aquella señora con
valores universales que se fueron dando a conocer a través de sus vidas. Cuando “El Largo” tenía catorce ya era
operador de draga en el canal Porfirio Díaz y su mamá le
pidió que dejara la draga y le ayudara a su hermano en el
negocio de abasto (carnicería) que tenía en el mercado de
Esperanza, ahí estuvieron los dos hermanos hasta que se
fueron a Ciudad Obregón, trabajando el mismo negocio.
Fue en Esperanza donde conoció a una muchachita
que venía de un mineral que se llamaba “Lluvia de Oro”
en Chihuahua, lo cautivó con sus encantos a pesar de ser
muy curiosita pues mientras que “El Largo” medía 1.93
metros, ella medía 1.60, se casaron, tuvieron once hijos,
de los cuales sobreviven ocho, todos profesionistas; vivió
lo suficiente para llegar a ver a sus primeros nietos.
“El Largo” no heredó riquezas, su padre le dejó el
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Lluvia de recuerdos
valor de la justicia y el amor a sus metas u objetivos, fue
amante de tres señoras doñas: doña Tencha, doña Seve y
doña Prude. “El Largo” dejó un testimonio de vida pues
su entrega a doña Tencha lo manifestó con la constancia
en su trabajo, nunca, así lloviera o relampagueara, dejó de
trabajar un solo día de su vida, fue tenaz, obstinado y para
lograr darle educación a sus hijos, no lo rindió el trabajo;
yo lo vi trabajando desde las cuatro de la mañana a las tres
de la tarde, llegar a su hogar a comer, descansar un rato
y, como ahí tenía un abarrotes con molino de nixtamal, le
quitaba las piedras, las “picaba” (marcar con un cincel la
huella en la piedra para que volviera a funcionar); hacía
“pinole” (maíz especial que se ponía a dorar para después
triturarlo), volvía a picar la piedra para que estuviera en
condiciones de moler masa para las tortillerías y venderla
a la clientela compuesta por los vecinos.
“El Largo” tenía un ideal y por eso era un amante de
la perseverancia (doña Seve), pues cuando se ama como
él supo hacerlo, se tiene capacidad para lograr lo que se
quiere, se mantiene firme el entusiasmo y se va dando el
resultado o consecuencia de esa actitud.
La otra “doña” era la Prudencia (doña Prude): “El
Largo” era muy parco al hablar, su gran discurso era su
actitud ante la vida, recuerdo que cuando alguno de sus
hijos se ganaba un castigo, éste no consistía en regaños
pues los sermones se los dejaba al sacerdote, él se sacaba
el cinto, se lo enrollaba en la mano y así, sólo daba tres
cintarazos, no más, nunca más, pero no hacía falta, con
eso era suficiente, si el castigado lloraba, le decía: “cállese ca...” y se le entendía perfectamente, no hacía falta
decir nada y no se repetían los errores.
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“El Largo” logró su sueño, sus hijos son profesionistas y sus nietos han hecho maestrías y doctorados en
Harvard, la Sorbona o Japón.
Como consecuencia de la diabetes le fue amputada
una pierna, pero no se amedrentó, practicaba unos ejercicios para usar las muletas mientras le arreglaban una
prótesis: los inició con dos lagartijas, pero al poco tiempo estaba haciendo veinticinco y fue muy grato ver que
las arrugas del cuello habían desaparecido y estaba con
un semblante mucho mejor, pero recuerdo un día en que
platicando con uno de sus hijos añoró la presencia de su
esposa pues se le adelantó en el viaje quince años antes
y preguntó que si cuando él muriera ella lo iba a ver con
muletas, su hijo se dio cuenta del conflicto que tenía “El
Largo” porque no quería que su esposa lo viera “limitado” y le dijo que en la otra vida la cosa era distinta, que
Dios le devolvía la vida a uno en la mejor época de su
existencia terrena, en plenitud, y así, todos éramos felices
ante la presencia de Él. “El Largo” suspiró conforme porque ella no lo vería con las muletas, el hombre, enamorado, se quedó feliz.
Se me olvidó decir que “El Largo” se llamó José
Gutiérrez Armenta y en este Día del Padre, como siempre, me acordé mucho de él, pues fue mi padre.
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Lluvia de recuerdos
MI MAESTRO DE PRIMARIA
En el año de 1943 asistí por primera vez a la escuela.
Estaba ubicada en la esquina de las calles Colima y Galeana, en Cd. Obregón, se llamaba “Profra. Manuela Rojas y Taboada”. El Director era el profesor Basilio Ruiz,
un maestro irrepetible, todos los sábados nos juntaba en
el patio y nos contaba cuentos muy bonitos, de los que
se deducía una enseñanza moral; al narrarlos ponía alma,
corazón y vida, a todos los niños nos gustaban. Recuerdo
sus pasos largos, sus brazos extendidos, su voz, en verdad
no he escuchado a nadie como a él, era admirado por esa
manera especial de ser autoridad escolar y su entrega con
la muchachada, mantenía el orden dentro de la escuela dividiendo el patio por un canalito que había para regar las
moras a fin de que en un lado estuvieran las niñas y en el
otro los niños, nunca nos dejó solos en el recreo, siempre
se paseaba entre nosotros y nos gustaba estar cerca de él.
Mi primera maestra fue una profesora muy buena,
nos ponía atención, así fuéramos aplicados o traviesos,
luego se ganó el respeto de todos, a mí en lo personal me
hizo sentir que era lo más importante para ella, y como en
mi casa teníamos molino de nixtamal, en él se molía también pinole. Yo hacía un cartuchito que llenaba del sabroso producto y se lo llevaba a la maestra porque vi que le
gustaba. Un día eché a la bolsa del pantalón el cartuchito
pero por andar jugando antes de entrar a clase se rompió,
cuando entré al aula me dio tristeza mi irresponsabilidad
porque ya no lo iba a poder entregar, pero la maestra se
dio cuenta y puso su mano cerca de la bolsa para que le
vaciara el pinole desparramado, nunca he olvidado ese
Lluvia de recuerdos
93
detalle por lo que siempre la recuerdo con cariño.
Cuando pasé a segundo año, me tocó el profesor
José María Ruiz. Maestro muy joven, hijo del director. Él
despertó en nosotros el gusto por los números, Español e
Historia.
La escuela “Profa. Manuela Rojas y Taboada” cumplió su misión cuando yo cursaba el tercer año y los alumnos fuimos trasladados e incorporados a la escuela Prof.
Fernando F. Dworak, que se inauguró con nosotros; en
ese entonces era la más grande en el estado. Nombraron
a un nuevo director cuyo nombre era Enrique Peña, que
había sido director en la Escuela Cajeme, por lo que tuvimos nuevos tiempos, nuevos aires, más espacio, mejores
juegos. De nuevo entramos en contacto con el maestro
José María Ruiz en cuarto y sexto años. Él, con sus inolvidables clases de Historia, su actitud y valores como la
pulcritud, el orden, la puntualidad, disciplina, prudencia,
tenacidad y profesionalismo, fue muy importante en mi
formación, por lo que siento que es al que más le debo.
Recuerdo, como si no hubieran pasado tantos años,
aquellos juegos de béisbol; cuando estábamos en cuarto
año, el profesor Ruiz, nos hizo jugar, y jugar duro, pues
nos exigía condición física a todos, fuéramos buenos o
malos para el deporte. ¡Cómo olvidar aquellas jugadas!
de Vacaricia, o de Rafael Valdez, a quien el profesor apodó “El Gancho”, por una bola que pasaba por el plato del
“jom” después de una doble curva y el bateador “abanicaba” de lo lindo; tuvieron que pasar casi cincuenta años
para que de Echohuaquila surgiera el “Gordo de Oro”,
Fernando Valenzuela, con su “tirabuzón” o “escrubol”,
como dicen en Los Ángeles.
94
Lluvia de recuerdos
Claro que el nuestro fue el arranque de una época de
gloria deportiva para la Escuela Dworak, pues desde el
cuarto al sexto año fue la escuela con mejor equipo, gracias al entusiasmo y exigencia del profesor Ruiz.
Este maestro venía de Tepic, Nayarit, allá aprendió
a jugar fútbol “sóquer”, aquí en Sonora no lo conocíamos, tuvo la paciencia de entrenarnos en él y después lo
practicamos, pero sólo mientras tuvimos la oportunidad
de estar bajo su tutela, después, en la secundaria, ya no
nos llamó la atención.
Cuando uno llega a la secundaria no quiere voltear
para atrás, sin embargo, nosotros seguimos yendo a visitar la primara, nada más el primer año, luego ya nos
envolvió la adolescencia y suspendimos esas visitas, teníamos otras cosas qué hacer.
Terminamos nuestra preparación y muchos salimos
de nuestra ciudad a continuar estudios superiores, sin embargo en mi recuerdo siempre está presente el Prof. José
María Ruiz, quien dejó páginas llenas en el libro de nuestras vidas, pues como antes digo, nos enseño con su ejemplo cualidades que perduran a través de los años, mismas
que hemos tratado, en lo posible, de trasmitir a los niños
que han estado cerca de nosotros. Creo que esta práctica
es el mejor elogio y reconocimiento que podemos darles
a nuestros maestros.
Agradezco la oportunidad que tenemos en el Taller
de Literatura de escribir estas remembranzas, sé que a través de ellas, muchos viejos compañeros de estudios volverán a sentir la alegría de aquellos tiempos de nuestras
mocedades.
Lluvia de recuerdos
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SOCIEDADES DE PADRES DE FAMILIA
EN PRIMARIAS
En el año escolar de 1981-1982, en la Escuela Prof.
Alberto Gutiérrez, se me nombró coordinador de las mejoras de las instalaciones eléctricas, hidráulicas y sanitarias en la Sociedad de Padres de Familia, por lo que
de inmediato procedimos a hacer un diagnóstico de la situación en que se encontraba la escuela: las instalaciones
tenían cerca de cuarenta años y daba servicio a los niños
en el turno matutino, y por la tarde, a jóvenes que estudiaban la secundaria nocturna, pero con muchas dificultades, porque los focos parecían copechis por la escasa
luz que daban.
Los baños estaban destrozados y había fugas de drenaje por lo que hacía falta una visita de la Secretaría de
Salubridad para la protección del alumnado, así que lo
primero que hicimos fue tomar fotos de los lugares en
que el apoyo era más apremiante y las llevamos a palacio
de Gobierno para que nos ayudaran a resolver el problema; vimos al Lic. Eduardo Estrella, que era Secretario
de Gobierno, y nos atendió muy bien, se llevó a cabo el
presupuesto y se cumplió con las obras con toda oportunidad por lo que, como ya teníamos arreglado todo lo de
plomería, drenaje, instalaciones eléctricas, baños nuevos
con azulejos y bebedores, entregamos buenas cuentas al
finalizar el año.
Al iniciar el curso de 1982-1983 recayó en mí el cargo de presidente de la Sociedad de Padres de Familia y
con mucho gusto lo acepté pues como secretario estaba
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Lluvia de recuerdos
el Prof. Rafael León Paco y como tesorero el señor José
Guadalupe Griego, quienes eran personas conocidas e
identificadas con la escuela y sus necesidades. Hicimos
un equipo muy bueno y presentamos un proyecto con el
que lograríamos los recursos suficientes para la compra
e instalación de 17 coolers para la escuela; por si algún
padre de familia tenía duda de la necesidad de esos aparatos, los invitamos a permanecer en las aulas media hora
después del recreo de los niños cuando ellos regresaban a
clase después de corretear en el recreo, la invitación fue
suficiente pues no quisieron la prueba, entonces fue cuando estudiamos la estrategia a seguir para dar comodidad
a nuestros hijos.
Nos repartimos blocs de bonos a cada padre de familia para que entregaran el importe de los mismos del
16 de septiembre al 15 de diciembre, así que del 24 de diciembre al 25 de marzo se llevaron acabo 25 sorteos con
premios para el primero y segundo lugar con un estímulo
de $1000.00 y $500.00 a quienes vendieron los bonos premiados con el primero y segundo lugar respectivamente.
Se cuidó muy bien de tener informados a los padres de familia del resultado de cada sorteo y por supuesto de cuál
fue el desenlace final del evento; creo que vale la pena
señalar que la Sociedad de Padres obtuvo, en premios y
estímulos, el 51.74% del total de lo entregado en virtud
de que a la fecha límite de venta, los bonos no vendidos
los tomó la directiva como vendidos y así fue que entre
primeros y segundos lugares acumuló 24 premios.
Cada mes se les comunicaban los resultados de cada
sorteo y al final se presentó un cuadro informativo del
evento completo, quiero dejar constancia de la labor y entrega con todo su entusiasmo del Prof. Rafael León Paco
Lluvia de recuerdos
97
y el caballeroso amigo José Guadalupe Griego, quien se
nos adelantó en el camino y es seguro que también él se
acuerde de nosotros.
En el siguiente año de 1983-1984, aquellos niños
egresados de la primaria llegaron a la secundaria, mi hijo
se inscribió en la escuela Prof. Carlos Espinoza Muñoz,
“La Prevo”. Ahí también se dieron de alta muchos de
los alumnos de nuestra escuela primaria “Prof. Alberto
Gutiérrez”; grande fue mi sorpresa cuando al nombrar la
nueva mesa directiva, la maestra Victoria Félix de Félix
hizo la propuesta de mi persona para la presidencia en la
que resulté electo.
En este nuevo compromiso supimos que nuestra escuela obtuvo, el año anterior, el primer lugar en un concurso de mecanografía a nivel nacional; era de admirarse
ver las máquinas en que escribían nuestros muchachos,
las teclas ya no tenían más que el fierro y al escribir se
lastimaban los dedos... si así fue como ellos ganaron su
primer lugar, era necesario estimular a los que habían tomado la estafeta por lo que nos comprometimos a comprar cincuenta máquinas nuevas y nos pusimos a trabajar
todos para conseguirlo. Pensamos en realizar la rifa de
un carro y la Secretaría de Gobernación nos pidió el aval
del gobierno del estado para que la pudiéramos llevar a
cabo. Fuimos y buscamos al secretario de gobierno, Lic.
Manlio Fabio Beltrones Rivera, y con sus buenos oficios
ante el gobernador, el Ing. Rodolfo Félix Valdez, obtuvimos su aval. Llevamos a cabo el sorteo y adquirimos las
cincuenta máquinas de escribir de la marca Olimpia. No
he sabido que se haya utilizado otro aval como ese para
algún sorteo posterior pero considero que es posible buscar la manera de resolver necesidades con propuestas.
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Lluvia de recuerdos
Cada vez que tengo oportunidad me veo en la necesidad de platicar que en ese año los alumnos que tenían
problema estudiantil en el primer semestre, llevaron a su
casa una invitación para que sus padres se presentaran
de 8:00 a 9:00 de la mañana para recibir unas pláticas
con el fin de poderlos apoyar en sus estudios. Fueron 50
niños a cuyos padres se les envió cita, de los cuales sólo
se presentaron 25 el lunes; el martes acudieron nada más
15 y esos quince permanecieron constantes hasta el viernes en que se terminó el curso; había que ver las caras
apergaminadas de los padres de familia cuando llegaron
aquel lunes y compararlas con las que tenían el viernes:
ahora platicaban, se comunicaban y hacían amistad entre
ellos; el curso lo impartió una licenciada en sicología que
supo cómo llegarles, la Lic. Psic. Rosa María Ortiz Encinas, que ahora está en el Centro de Integración Juvenil.
Gracias a ella los muchachos salieron bien en sus cursos
y seguramente en sus estudios superiores también hayan
tenido éxito.
Al manifestar esto, por una parte me gustaría dejar
establecido que sí se pueden lograr beneficios y que la
participación de los padres de familia es muy importante; por otra, me interesa mucho comentar esta experiencia porque en la escuela primaria se viven conflictos que
no se solucionan por decreto. En las escuelas públicas,
principalmente, un alto porcentaje de alumnos tienen
problemas familiares: falta de escolaridad de los padres,
comunicación difícil, y los niños y jóvenes quieren libertad sin compromisos, normas o reglas que les limiten su
“crecimiento”, por lo que debería buscarse la manera de
subsanar esta situación y pienso que es en la escuela primaria, tanto en quinto como en sexto grado, donde debe
definirse quiénes son los estudiantes con dificultades, y
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hacer lo que se hizo en “La Prevo”, para que esos pequeños se vean beneficiados con la preparación de sus
padres, así no habría tanta inquietud en la adolescencia y
tendríamos jóvenes con más amor a la camiseta.
Mi deseo es que estos comentarios suban hasta llegar a mentalidades capaces de lograr cambios y que éstos
sean realidades.
CAMBIO DE POTENCIALES
Recibí carta de Juan Manuel, a quien conocí aquí en
el CERESO de Hermosillo pero fue trasladado a Colima,
donde radica su familia. Me cuenta que allí logró su libertad y desde entonces trabaja en una línea de transportes,
viaja de Colima a Mazatlán. Para mí es muy grato recibir
sus cartas pues siempre escribe como si estuviera platicando en persona.
Al leer su correspondencia, me hizo recordar cuando
lo conocí en el trayecto del bulevar que en el CERESO
lleva a las aulas, lugar donde nos reuníamos semanalmente con el fin de hacer los “Cinco minutos de reflexión”
sobre las Lecturas del domingo, lo invité y me dijo que
después iría, insistí algunos domingos, no era fácil de
convencer pero un día me acompañó y después de unas
semanas ya llegaba solo, callado, serio, pero no huraño
como lo había observado en el bulevar; un domingo, al
despedirme de él le di la mano y un abrazo, en el abrazo
me di cuenta de que traía una “punta” -varilla con punta
en un extremo- en la parte de atrás de la cintura y le pedí
que me acompañara a la salida porque tenía algo para él,
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Lluvia de recuerdos
así lo hizo y entonces le previne:
- Por la “punta” que traes fajada te pueden mandar al
calabozo de castigo.
- Del calabozo salgo pero del pozo no –me contestó.
Dos meses después, al llegar me lo encontré y bajo
el brazo traía su Biblia, como vio mi mirada me dijo:
- Con ésta me respetan.
Y así fue, se ganó la admiración de sus compañeros
gracias a que él estaba cambiando su manera de ser y de
comportarse, se daba cuenta de ello y le gustaba esta nueva forma de pensar. Era tan manifiesta esta actitud que
fue nombrado Delegado del Pabellón Psiquiátrico y ahí
dejó escuela de cómo se debía tratar y cuidar a los internos en ese lugar; lo quiso tanto que en ellos vio el rostro
de Jesucristo, los cuidó al grado de que cuando los más
enfermos, por su mismo mal perdían el control de sus
necesidades más primitivas, él los bañaba y les cambiaba
la ropa; pedía a sus superiores todo lo que les hacía falta
a sus “muchachos”, lo solicitaba de tal manera que no
podían negársele.
Un Jueves Santo fue escogido para “apóstol” y ahí,
en el auditorio, el señor Obispo le lavó los pies, a él y a
otros “apóstoles”. Nadie hubiera pensado, quien los viera, que ellos fueran presos, sus caras y actitudes proyectaban unas vidas totalmente diferentes, ellos eran otros,
definitivamente otros hombres llenos de la paz que sólo
Dios da a sus elegidos.
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101
En una ocasión, estando en el auditorio en la celebración de una Eucaristía, se me nubló la vista, no vi nada,
sentí frío y empecé a sudar, me llevaron a descansar a una
cama en los vestidores y cuando volví en mí, ahí estaba el
amigo fiel, cerca, con los ojos muy abiertos y pendiente
de mí, me gratificó mucho que estuviera conmigo, le dije
que no lo había visto y me aclaró que llegó tarde pero
que cuando se dio cuenta que me llevaban a los vestidores se dejó ir para estar conmigo. Siempre recuerdo este
momento y siento la fuerza de su presencia llena de paz y
armonía en todo su ser.
Todo estos recuerdos se me vinieron a la cabeza al
leer su carta, y me doy cuenta de que así como él, ha
habido otros internos que se han entregado al servicio de
los más débiles y en los últimos años hemos tenido delegados y subdelegados en el Pabellón Psiquiátrico, aunque
también hay delegados en otros pabellones en donde la
labor es importante y muy meritoria por la responsabilidad de mantener el orden y atender las necesidades de
los internos, aunque éstas son mayores en el Psiquiátrico
porque es donde hay quienes no pueden atender sus más
indispensables necesidades.
La Pastoral Penitenciaria Católica está en la búsqueda de la reincorporación social de los internos en el
CERESO y para ello tiene los siete días de la semana ocupados con distintos grupos de formación tanto en el área
de varones como en la femenil, no es mucha la gente que
acude a prestar sus servicios pero afortunadamente la que
acude lo hace con convicción y compromiso.
Existen grupos de otras religiones que acuden también con la finalidad de ayudar a los internos, y todos par102
Lluvia de recuerdos
ticipan en armonía dando testimonio de la vida cristiana
pues es el amor al prójimo lo que todos los participantes
llevan como meta.
Se tienen definidos los objetivos de cada grupo de
la Pastoral Penitenciaria Católica, su estructura descansa
en acciones proféticas, litúrgicas y sociales que buscan
la superación de los internos y su integración familiar y
social, de tal modo que lleguen a formar un proyecto de
vida que les merezca el respeto de la sociedad a la que
pertenecen.
Cuando se habla de educación no se puede hacer a
un lado el rezago que tenemos en nuestro México y si
esto lo analizamos dentro de los CERESOS, nos damos
cuenta que la situación es más crítica, pero ahí es donde
tenemos la oportunidad de atacar el problema de fondo.
En el CERESO se tiene reunido al potencial negativo de la sociedad, vamos cambiándolo a potencial positivo y tendremos otro mundo.
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Lluvia de recuerdos
SILVIA MARTÍNEZ DE BOLADO
Originaria de Puebla de los Angeles, Puebla, vivió en
esta ciudad los primeros diez años de su vida, realizando estudios de educación primaria en una escuela de religiosas, el
Colegio Esparza. Al cambiar su residencia a Hermosillo termina la Primaria en la escuela Alberto Gutiérrez y la Secundaria y Preparatoria en la Universidad de Sonora.
Vuelve a su ciudad natal para realizar estudios profesionales de Licenciatura en Químico Farmaco Biologo en la Universidad Autónoma de Puebla y simultáneamente una carrera
artística. En 1960 recibe título profesional tanto de Química
como de Maestra de Danza.
Finca su residencia en Hermosillo donde contrae matrimonio con el Médico Cardiólogo Enrique Bolado Retana formando una familia integrada por tres hijos, Enrique, Ernesto
y Silvia Irene.
Su profesión científica la ejerció en el Laboratorio Clínico del Hospital General del Estado donde estuvo a cargo del
área de Microbiología por 30 años y en la Jefatura del Departamento por más de 25 años, jubilándose en el año 2000.
En 1961 funda la Academia de Danza Ballet Clásico de
Hermosillo en la cual se mantiene activa hasta la fecha como
directora y maestra.
Laboró en la Casa de la Cultura de Sonora en la especialidad de Danza Clásica desde su fundación hasta 1985.
Recibió reconocimiento como Mujer del Año en 1984,
otorgado por el Club de Mujeres Profesionistas y de Negocios
de Hermosillo.
Pertenece al Taller de Literatura de la Casa Club del
Jubilado y Pensionado del ISSSTESON desde abril de 2002.
En esta obra colectiva presenta
sus trabajos:
• Mis indisciplinas laborales
• Alicia Alonso y el Ballet de Cuba,
mi recepción
• Paraje «El Gorguz»
• Mi vida, mosaico gastronómico
• La esgrimista
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MIS INDISCIPLINAS LABORALES
La microbiología es una de las ramas de la medicina
que siempre me ha fascinado, y en el Laboratorio Clínico
del Hospital General del Estado estuve al frente del departamento dedicado a esta especialidad por más de 30
años, por voluntad propia. De los 36 que laboré en dicho
hospital, los últimos 25 estuve como Jefe del Laboratorio, lo cual implicaba tanto la responsabilidad del trabajo
que ahí se realizaba como el manejo del personal, lo que
incluía la disciplina.
Un Laboratorio de Análisis Clínicos es un departamento donde se trabaja con diferentes muestras biológicas y eso conlleva el riesgo de contaminar al personal o
que ellas sean contaminadas por el mismo. Debido a esto,
hay que observar algunas reglas básicas, una de las cuales
es NO ingerir alimentos en las áreas de trabajo.
En esos años tuve contacto con todo tipo de gérmenes, bacterias y hongos, desde los más inofensivos (contaminantes) hasta los más patógenos, y pienso que gracias
a eso adquirí inmunidad pues jamás padecí de ninguna infección, hasta que me jubilé: mis primeros 10 días como
jubilada los pasé con una neumonía que aunque me tumbó en cama una semana, se controló y no provocó mayor
problema.
Siempre he opinado que la higiene es fundamental
en nuestra vida, pero sin exageraciones; cuando me di
cuenta que mis niños chupaban los barandales de la cuna
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Lluvia de recuerdos
y todo lo que se les ponía enfrente, dejé de hervir biberones.
Recuerdo una anécdota de mi hijo Enrique: tenía
como cinco años y comía una manzana, se le cayó al piso
y cuando la secretaria de su papá se la quiso lavar, la recogió rápidamente y salió corriendo diciéndole: “Mi mamá
dice que no es tan malo si a veces comemos “microbitos”.
(Gracias a Dios mis hijos también han sido muy sanos).
Pienso que más que pelearnos con las bacterias debemos aprender a convivir con ellas, no permitir que se
nos adelanten, pero dejar que la naturaleza actúe en la
formación de defensas y, claro, ayudar un poco a dicha
naturaleza; está demostrado que es más efectivo un buen
lavado de manos que una dosis inadecuada de antibiótico;
además de tratarlas con mucho respeto, la verdad es que
nosotros nos vamos a ir y ellas se van a quedar aquí tan
campantes.
Algo que me impresionó muchísimo hace algunos
años fue leer sobre la vida de Alejandro Magno. Según
varias versiones la causa de su muerte fue una neumonía,
o sea que unos bichos tan pequeños que no se pueden ver
a simple vista, sólo al microscopio, lograron lo que no
pudieron conseguir miles de soldados durante más de 10
años.
Bueno, después de este “pequeño prólogo”, vamos a
dos anécdotas que quiero contar:
Muchas veces, en el Laboratorio Clínico del Hospital, no me quedaba más remedio que hacerme de la vista gorda con respecto a alguna regla disciplinaria que se
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violentaba, pues pensaba: “estos pobres salen de su casa
antes de las 6:30 de la mañana y regresan casi a las 3:00
de la tarde... y los sueldos no son como para comer fuera
con frecuencia.
Sucedió que una mañana, estando trabajando en el
laboratorio de microbiología, se presentó un doctor que
venía como inspector a verificar el trabajo de dicha área.
Muy amablemente se presentó y en el mismo tono procedí a explicarle lo que requería.
Al llegar al tema de esterilización le mostré un autoclave bastante antiguo pero muy efectivo (lo llamábamos
Sptunik), se utilizaba para la destrucción, por medio de
altas temperaturas y vapor de agua, de todo el material
biológico infeccioso, muestras clínicas y cultivos; y otro
autoclave, un poco más moderno, destinado exclusivamente a la esterilización de material limpio. Me encontraba yo parada a un lado de este aparato y con una mano
abrí la puerta para mostrar al doctor la capacidad interior
cuando me sorprendí por la palidez en la cara de Lichita,
mi ayudante, y sus ojos que se abrían como platos, al mismo tiempo oigo el comentario del inspector:
- Ah, ¿también hornean pan?
Me asomé al interior del autoclave y veo en una hoja
de papel de empaque, un cerro de “cochitos”, listos para
acompañar el café. Lo único que se me ocurrió decir fue:
- No lo horneamos, nada más lo calentamos.
El gesto divertido del doctor me hizo pensar que ahí
iba a quedar la anécdota, y supongo que así fue pues no
recibí ninguna llamada de atención.
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Lluvia de recuerdos
El otro relato es el de una ocasión en la que, por
algún motivo especial que no recuerdo, los compañeros
me pidieron autorización, la víspera, para llevar comida.
Indebidamente lo autoricé, pero indicándoles que debían
utilizar un área donde se realizaban exámenes especiales
sólo una vez a la semana y se encontraba aislada e independiente del resto del laboratorio.
Al día siguiente inspeccioné el sitio autorizado y con
sorpresa vi, sobre la mesa de trabajo, de más de dos metros de largo, un sin fin de botanas variadas, vasos, platos, servilletas, sodas, etc., amén de una enorme olla con
barbacoa y otra igual con frijoles; yo no me imaginaba de
esa magnitud el festejo, pero ya ni modo de dar marcha
atrás.
Con el alboroto del convivio todo mundo se dedicó
a sacar su trabajo rápido para desocuparse temprano, y en
esas estábamos, concentradísimos en nuestra labor, cuando llega un grupo de cuatro o cinco supervisores, creo que
de México, ya ni sé.
Empezaron a recorrer el Departamento y me acerqué
yo a una de las Químicas con la boca chueca para que las
palabras salieran de lado y no llegaran a los visitantes,
nada más alcancé a decirle: “la comida”.
Me solté dando explicaciones de más para hacer
tiempo, pero llegó el momento en que había que entrar
al “área prohibida”. Con las piernas temblorosas abrí la
puerta. El sitio estaba impecable, a un lado el equipo analizador de sangre con su cubierta de plástico, y enfrente
la mesa de trabajo, vacía, limpia y reluciente; al centro
un solitario florero con una tierna rosa, en el ambiente un
aromatizante artificial.
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Instintivamente dirigí mi vista a la puerta del fondo
y lo mismo hizo el Jefe de Inspectores.
- ¿Y esa puerta? -preguntó.
- Es un baño pequeño, pero está ocupado. Voy a llamar a ver si le falta mucho.
- No, no, no lo moleste, está bien. Aquí terminó la
inspección.
Cuando estuvimos seguros que el peligro había pasado, reuní a todo el personal y les advertí que era la última vez que permitía esa situación. Les dije:
- Me estaba muriendo de pensar que abrieran la
puerta del baño, capaz que sobre el excusado estaba la
olla de frijoles.
A lo que uno de los Químicos contestó:
-¿Y dónde cree usted que estaba?
Sólo espero que esto no lo lea alguno de mis ex jefes.
ALICIA ALONSO Y EL BALLET CUBANO
MI RECEPCIÓN
Por dos períodos diferentes, durante los veranos de
1984 y 1986 tuve la oportunidad de asistir, en La Habana,
Cuba, a los cursos de CUBALLET organizados por la Escuela Cubana de Ballet; fueron de tres a cuatro semanas
en cada ocasión, en las cuales, además del conocimiento,
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Lluvia de recuerdos
actualización y práctica en los aspectos didáctico y artístico, conviví con el pueblo cubano, tanto en la escuela
como fuera de ella; visité sus casas, conocí su modo de
vida, sus carencias y sus ventajas, vi pobreza y racionamiento, pero no miseria ni hambre; pude caminar por sus
calles a cualquier hora del día y de la noche sin temor ni
inseguridad, y pude comprobar su alto nivel de educación
y cultura.
Los cursos consistían en Técnica Clásica, Adagio,
Danzas de Carácter, Folclor Cubano, Kinesiología, Actuación y Maquillaje, además de conferencias y funciones del Ballet Nacional de Cuba.
La clausura de dichos cursos consistían en la presentación de un Ballet a cargo de los participantes en ellos; en
1984 fue “LA FILLE MAL GARDEE”, y en 1986 “COPPELIA”. La participación era voluntaria y cuando supe
que “COPPELIA” sería puesta en escena, decidí integrarme al elenco pues pensé que no era fácil que volviera a
tener otra oportunidad de bailar en el GRAN TEATRO
GARCÍA LORCA, afortunadamente las alumnas que me
acompañaban y yo, quedamos en el mismo grupo.
La experiencia fue maravillosa pues además pude
“vivir” desde el interior la organización de un ballet que
tiene una duración de dos horas, con personal altamente
calificado; todo mundo sabe exactamente qué hacer y en
el momento adecuado. El vestuario, propiedad de la Escuela, se adapta a cada persona de acuerdo al papel que
representa; un ejército de costureras realiza esa labor en
menos de un día, y queda perfecto. Yo pensaba “si esto es
en una función, digamos de escuela, ¿cómo serán las profesionales?”. La verdad no podía evitar comparar con la
Lluvia de recuerdos
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situación que se vive aquí, donde se es al mismo tiempo:
directora, maestra, bailarina (actualmente ya no), coreógrafa, ensayista, costurera, publicista, productora, tramoyista, mecenas, tameme y única receptora de opiniones
diversas.
Pero el tema es el Ballet Cubano y Alicia Alonso,
no se pueden separar. Había leído y oído mucho acerca
de ella, me moría por conocerla, pero todo lo que yo esperaba quedó corto ante la personalidad de esta mujer a
quien a los 19 años de edad (actualmente rebasa los 80),
la ciencia médica le prohibió bailar o realizar cualquier
ejercicio por un problema en la retina. Después de un año
de obediencia y reposo absoluto, decidió volver a bailar y
prácticamente su carrera como bailarina la hizo con una
visibilidad mínima, acomodándose a los diferentes escenarios, memorizándolos, apoyada por luces especiales y
confiando plenamente en su pareja de baile.
Generosa por naturaleza, durante varios años -algunos de los más críticos por los que ha atravesado su
país- ayudó a sostener la escuela que llevaba su nombre
en la Habana con los ingresos que obtenía como bailarina
profesional en compañías extranjeras. Esta es la actual
ESCUELA CUBANA DE BALLET y el granero donde
se nutre el BALLET NACIONAL DE CUBA. Ahí ha
trasmitido sus experiencias, buenas y malas, a muchas
generaciones de bailarines.
Es increíble lo que se puede aprender de ella en tan
sólo unos minutos. Los ballets El Lago de los Cisnes,
Las Sílfides y Giselle II Acto (basado en la leyenda de
las Willis, las prometidas muertas antes de su matrimonio
que por las noches salen de sus tumbas ataviadas con su
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Lluvia de recuerdos
vestido de novia), se representan con el clásico tutú blanco y los tres son del género romántico. Alicia, sin el apoyo de la música, vestuario ni escenografía, es más, sin un
solo paso de baile, nos mostró con un leve movimiento de
brazos, cuello, y la expresión de su rostro, la enorme diferencia que hay entre un cisne, una Sílfide y una Willis.
La última vez que la vi bailar fue hace 16 años, no sé
cuándo dejó de hacerlo, pero a los 75 años de edad todavía practicaba sus clases. Ya no lo hace por un problema
de la cadera pero sigue trabajando incansablemente en la
Compañía, que precisamente el día de hoy, 18 de junio
de 2003, se presenta en la Ciudad de México para de ahí
seguir a España y otros países.
Un mito que han destruido en Cuba es que el ballet
es elitista, al que sólo asisten personas conocedoras o de
cierto nivel cultural o social. Para ellos es un arte al alcance de todos, a cuyas funciones asisten en la actualidad estudiantes, obreros militares, campesinos, profesionistas,
etc., y todos lo conocen y disfrutan.
Considero necesario mencionar el papel tan importante que tiene el elemento masculino en el ballet cubano,
ellos han roto los prejuicios tradicionales y los bailarines,
además de poseer una figura y condición física extraordinaria, proyectan un baile varonil y de gran plasticidad.
Para cualquier padre de familia en Cuba es un gran honor
y satisfacción que sus hijos, niñas o varones, ingresen a la
escuela y al Ballet Nacional.
Cuba es el principal país exportador de bailarines;
para finales de este año se inaugurará una nueva escuela
de Ballet que será la más grande del mundo, con sus 20
Lluvia de recuerdos
113
salones perfectamente acondicionados, muchos con piano de cola inclusive, en los que se recibirán becarios de
todos los países.
Por último quiero comentar que gracias a los contactos que hice las dos veces que asistí a cursos, pude darme
el “lujo” de traer durante tres años seguidos a una Maestra a impartir clases aquí, en mi Academia, y además a
una pareja de bailarines en dos ocasiones para participar
en nuestras funciones anuales.
PARAJE “EL GORGUZ”
La familia de mi mamá, de apellidos YBARRA
URUCHURTU, estuvo formada por seis hermanos: Eloísa, José María, Guadalupe, Fortunato y los cuates Carlos
y Everardo. Los varones fallecieron hace algún tiempo
y las dos mujeres les sobrevivieron bastante, este año
(2003), se nos fueron las dos, mi mamá el 25 de enero a
los 92 años, y mi tía el siete de junio a los 98.
Entre ambos decesos, platicando con unas primas,
comentamos que sólo nos veíamos en los funerales y que
era conveniente que lo hiciéramos aún sin un motivo especial. Después de la partida de mi tía volvimos a tocar el
tema conscientes de que terminaba una generación y seguíamos nosotros, que ya no nos cocemos al primer hervor, así que formalizamos el asunto y nos organizamos
para reunirnos periódicamente aportando cada quien una
parte del menú y rotando por las casas de cada una.
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Lluvia de recuerdos
El equipo, al que podríamos llamar “CLUB DE LA
PEQUEÑA LULÚ” pues los varones no están incluidos,
lo conformamos Lupita, Lorena y Ma. del Carmen Ybarra Mendoza; Martha, Eloísa y Rosa Ma. García Ybarra;
Martha Margarita Ybarra Encinas, Vicky Ybarra López,
Yolanda, esposa de Gustavo Ybarra Hilton, Margarita,
Lupita y Silvia Martínez Ybarra y Flora de Lucero, por
adopción. La verdad la pasamos muy bien aunque siempre hay ausencias por viajes o por compromisos familiares.
En una de esas reuniones, platicando mis experiencias en el Taller de Literatura, hablamos acerca del árbol
genealógico de la familia y salió a colación “El Gorguz”,
un rancho muy grande y que actualmente está dividido
en muchas partes pues entre los descendientes de la dueña original, doña Josefa Gastélum de Dávila (hasta ahora
lo supe), estamos las familias Dávila, Puebla, Contreras,
Uruchurtu y un etcétera muy largo. La plática se animó y
recordamos que una pequeña parte de ese rancho correspondía a nuestros padres. Decidimos investigarlo.
No voy a entrar en detalles acerca de la búsqueda,
pero metimos las narices en archivos, Catastro, Registro
Público de la Propiedad, Reforma Agraria, etc., hasta encontrar una escritura maravillosa, copia de la original de
1900 (manuscrito seguramente) y que me recordó a LOS
HERMANOS KARAMAZOV (novela que nunca he terminado de leer, por cierto) pues doña Josefa, en cierto
momento, cambia de nombre a Dominga, para más adelante volver a ser Josefa.
En dicho documento se especifica que “para dar validez a la escritura se apersonaron las autoridades en la
Lluvia de recuerdos
115
casa parroquial donde el cura atestiguó conocer a quienes
se indicaban”. Aseguraba que eran personas de buena recomendación y estaban en los libros de registro del bautizo de sus hijos. Todo en orden. ¡Menos mal!, si no fuera
por esos testimonios no habría constancia de mi origen,
yo provendría de la nada. Al final aclara que se había revisado el documento minuciosamente sin encontrar ningún error. (Yo de una ojeada ya había detectado cuatro,
como que doña Josefa había fallecido a los 142 años, se
equivocaron sólo con 100). Como colofón, todo quedaba
perfectamente validado por: FIRMA ILEGIBLE.
Logramos ubicar un pequeño predio, que está en
regla y ya iniciamos los trámites para la “desmancomunización” (no sé si será correcto el término), pues está a
nombre de los seis hermanos Ybarra Uruchurtu. Es muy
importante regularizarlo no sea que dentro de 100 años el
”PARAJE EL GORGUZ” traiga en jaque a autoridades y
ciudadanos como está pasando actualmente en el Distrito
Federal.
Al hacer las investigaciones apareció otra fracción
mancomunada entre la familia Ybarra Uruchurtu y una
tía abuela, Teresa Uruchurtu de Almada, que falleció sin
dejar descendencia, aquí el asunto se complica pues no
está formalizada ninguna escritura y además aparece un
adeudo de predial de 25 años; coincidimos en que era
conveniente tratar de regularizarla más adelante.
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El día de hoy, 30 de octubre de 2003, al prender la
radio oí que estaban dando facilidades y descuentos en el
pago de prediales atrasados. Sin pensarlo más, me cambié
de ropa y salí a hacer el trámite, para no perder tiempo
decidí dejar el baño para más tarde, pero como iba terminando de barrer los patios, pensé “si me encuentro algún
Lluvia de recuerdos
conocido y me saluda de beso le va a dar el tufo”; regresé
y me di una rociada con mi loción “Aires del Tiempo”.
Arreglé satisfactoriamente el pago, descontaron los
recargos de los 25 años y no me topé con ningún conocido, pero al llegar a pagar, la cajera amablemente me
dijo: “Qué bonito huele”. Agradecí el cumplido aunque
me quedó la duda de si era por “Aires del Tiempo” o lo
dijo con doble intención.
Este es el primer capítulo de la novela “PARAJE EL
GORGUZ”, mantendremos informados sobre los avances
a esta misma hora y por esta misma emisión.
MI VIDA, MOSAICO GASTRONÓMICO
Mi familia por el lado materno es originaria de Sonora, la línea paterna proviene de Oaxaca. Al casarse mis
padres se fueron a vivir a Puebla, ahí nací y viví mis primeros años, luego nos vinimos a Hermosillo. Esta pluralidad naturalmente influyó en mis hábitos alimenticios
que han sido variados y muy ricos a lo largo de mi vida.
Según confesaba mi mamá, ella no sabía cocinar al
momento de casarse, con excepción de calabacitas con
queso, su recetario estaba en blanco y aprendió a guisar
con el apoyo de Carmelita y doña Luchita, unas señoras
originarias de Oaxaca que trabajaban con la familia de mi
papá y que naturalmente dominaban los secretos tanto de
la comida oaxaqueña como de la poblana.
Más que enumerar las delicias gastronómicas de
estos lugares, ampliamente conocidas, prefiero recordar
Lluvia de recuerdos
117
algunos detalles relacionados con nuestra alimentación,
como el acompañar a mi mamá y mis tías al mercado; esa
gran variedad de aromas a medida que lo recorríamos de
punta a punta, desde el área de los chiles secos, pasando por las verduras, frutas, carnes, quesos, sobre todo las
hierbas de olor: cilantro, perejil, pápalo, orégano, laurel,
etc., y qué decir de los puestos de comida: molotes, tacos,
tortas, quesadillas, elotes cocidos, semitas de queso de
cabra y aguacate, mole poblano, en fin, ¡ah!, sin faltar el
maravilloso aroma de las flores que ocupaban un espacio
muy importante del mercado. A medida que voy escribiendo mi olfato vuelve a recrearse como si lo viviera
nuevamente.
Hace más de 50 años Puebla era ya una ciudad grande y la casa donde vivíamos -ahorita puede considerarse
en el mero centro- entonces estaba a dos cuadras de un
establo. Sí, digo bien, un establo lleno de vacas donde
íbamos a diario a comprar leche, no teníamos refrigerador, el clima permitía prescindir de ese lujo, y en una ocasión mi mamá nos mandó a que devolviéramos la leche
porque olía mal; el comentario del ordeñador fue: “¡Ah,
sí!, es que la vaca se enojó y metió la pata en la cubeta”.
Jamás nos enfermamos por esos detalles, eso si, mi mamá
la hervía muy bien y en la noche cenábamos unas conchas
con nata deliciosas.
También teníamos cerca, a sólo una cuadra, una panadería; aunque conocíamos la hora en que salía el pan, el
olor llegaba hasta la casa avisándonos que teníamos que
ir corriendo para alcanzar de las primeras tandas. Siempre
nos quedábamos un rato disfrutando del espectáculo de
aquellos hombres con el torso semidesnudo y empapados
en sudor (yo supe lo que era sudar hasta que me vine a
118
Lluvia de recuerdos
Hermosillo), manejando esas enormes bolas de masa, y
luego con unas paletas de madera -que a mí me parecían
gigantescas- metían y sacaban el pan a los hornos. Todo
al alcance de nuestra mirada. El pan era riquísimo y la
verdad nunca nos importó que parte del sudor cayera sobre la masa.
Igualmente las tortillas de maíz las comprábamos en
un lugar que distaba una calle de la casa; en el patio de
una vecindad un grupo de inditas, hincadas frente a su
bracero, torteaban sin parar. Había que hacer cola pero
con frecuencia nos regalaban una tortilla caliente con sal
para que no se nos hiciera tan larga la espera.
Al venirnos a Hermosillo, el panorama cambió; llegamos en julio, en plenas vacaciones y nos fuimos directo
al rancho de uno de mis tíos. Ahora las tortillas eran de
harina, grandes, y por las tardes todos los “buquis” nos
instalábamos alrededor de un gran bracero instalado por
fuera de la casa. Cómo admiraba la paciencia de Isidora y
Balbina, nunca se desesperaban de que, tortilla que salía,
tortilla que se devoraba y en la cocina mi tía haciendo
quesadillas con la leche que había quedado de la ordeña
de la mañana al mismo tiempo que vigilaba el sartén de
frijoles ante la amenaza infantil que los merodeaba. Los
días que madrugábamos, alcanzábamos a tomar un vaso
de leche casi directo de la vaca, calientita, pero había que
llegar al establo bien temprano.
Otra rutina del rancho era comer sandía fría a media
tarde, pero tenía que ser hasta que mi tío se levantara de la
siesta, así que nos la pasábamos rondando la mesa hasta
oírlo toser, señal de que había despertado, y todos corríamos a tomar asiento.
Lluvia de recuerdos
119
Nuestro menú diario aquí en Hermosillo resultó
una alternancia entre Puebla, Oaxaca y Sonora, y no me
atrevería a hacer ninguna comparación, cada una tiene lo
suyo. ¿Qué voy a decir del mole poblano, los chiles en
nogada, camotes y fruta cristalizada?, ¿los moles oaxaqueños de todos colores, tasajo y cecina?; por otro lado la
machaca, tamales de elote, menudo, pozole y la reina de
todos: ¡la carne asada!
Actualmente no puedo evitar el mortificarme al ver a
mis nietos indefensos ante la avalancha de comida chatarra, bombardeados por la publicidad que pretende imponer lo extranjero sobre lo nacional, que es incomparablemente superior.
Yo siempre he sido muy saludable y así como en
Puebla me encanta ir a comer chalupas en San Francisco,
en Oaxaca me fui al mercado a desayunar tamales en hoja
de plátano con chocolate caliente, y aquí, hace apenas
unas semanas, al atravesar el Mercado Municipal a las
7:00 de la mañana no pude evitar la tentación de disfrutar
un gran plato de menudo con una taza de café colado.
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Lluvia de recuerdos
ALBA IRENE MARTÍNEZ MARTÍNEZ
Por azahares del destino vio la luz primera en Empalme,
Sonora; cuarenta días después fue llevada a Carbó, Sonora,
donde transcurrió su niñez hasta el término de sus estudios de
secundaria después de los cuales se trasladó a la ciudad de
Hermosillo para continuar su preparación en la Universidad
de Sonora donde obtuvo su título de Farmacéutica en la Escuela de Farmacia al mismo tiempo que cursaba su enseñanza
preparatoria para poder ingresar a la Facultad de Ciencias
químicas, por sólo tres años pues contrajo nupcias con Alfredo
Pérez Navarro y cambiaron su residencia a la Ciudad de México, primero, y posteriormente a la ciudad de Colima, Colima.
Procrearon dos hijos, Alba Patricia y Leonardo Alfredo.
Habiendo perdido a su esposo en un accidente, regresó a
Hermosillo y volvió a trabajar al Hospital General del Estado
donde anteriormente ya había prestado cuatro años de servicio en la Farmacia. Permaneció en este departamento por diez
años, luego fue designada Encargada de la Biblioteca de la
misma Institución, puesto que desempeñó por 28 años más.
Colaboró con el Dr. Ignacio Cadena Herrera en la elaboración de sus memorias, es allí donde le nace su inquietud
por la redacción. Ha escrito autodidácticamente dos libros
sin fines de lucro y de ediciones limitadas: Breve Historia del
Hospital General y Bajo la Sombra de mi Vida, éste, autobiográfico.
La Biblioteca del Hospital General lleva su nombre.
Posee una gran colección de ranas y su “hobby” es resolver crucigramas (sobre todo una variedad que se llama
“autodefinidos”), escuchar música y leer.
Se jubiló el año 2000, después de 38 años de servicio.
Actualmente juega boliche, pertenece al Taller de Literatura
Autobiográfica de la Casa Club del Jubilado y Pensionado del
ISSSTESON desde el año 2003, colabora en la revista TOSALICOBA y sigue visitando “su” Hospital General del Estado.
En este volumen participa con los siguientes temas:
• La casa de Mamanina
• Mi escuela primaria
• Las vacaciones de mi niñez
• La niña, papá y el ferrocarril
• Sueños de concertista
Lluvia de recuerdos
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LA CASA DE MAMANINA
La casa de mi abuelita materna, a quien llamábamos Mamanina, era de adobe, muy bien construida. Allí
vivían ella, mi Yaya y mi tía Emma. Al frente tenía un
jardín lleno de flores; se entraba por un pasillo donde había dos poltronas de madera y macetas hechas de latas de
lámina donde se envasaba la manteca, estaban pintadas
de color café. A la derecha de este pasillo estaba la sala a
la que nunca nos dejaban entrar, siempre permanecía con
las puertas (de dos hojas) cerradas, yo creo que para que
no nos subiéramos a los sillones que tenían asientos de
terciopelo guinda y respaldos de bejuco, había una mesa
en la esquina y sobre ella un florero largo de cristal. Las
paredes estaban adornadas con fotos enmarcadas, en una
de ellas estaba Gloria mi prima, como de tres años -hija
de mi nino Pascual y mi tía Conchita- luciendo un vestido
rosa y sentada sobre una mesa; conformaban el decorado
otros dos cuadros (todos parecían pinturas), uno de ellos
con la imagen de Mamanina y el otro con la de su esposo,
Papanino Pascual, ambos muy jóvenes. Había un cuadro
más con una foto de mi Lupe, hermana de mi abuelita.
He de confesar que de vez en cuando, sin que nos vieran,
nos metíamos a la famosa sala sólo por darnos el gusto de
desobedecer.
Frente a la sala, teniendo de por medio el pasillo, había una recámara con ventana hacia la calle, allí se encontraba una cama grande con cabecera tubular, una cómoda
de madera en una esquina, en la otra, una mesita llena
de santos con su lamparita de petróleo permanentemente
prendida y flores, que no podían faltar; también había un
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Lluvia de recuerdos
gran tocador con un espejo cuya luna estaba un poco opaca. Esta recámara, se comunicaba con otra -muy oscurapor una puerta cubierta por unas cortinas de tela floreada,
tenía una ventana hacia la “ramada” y otra puerta hacia el
comedor por donde también se llegaba a través del pasillo
de entrada.
Luego seguía la cocina, que era el lugar más acogedor de la casa. Allí estaba la tradicional estufa de leña
que tenía horno, placas sobre las que se cocinaba y en la
parte superior dos pequeños cubículos; su chimenea de
lámina, color negro, era un tubo que emergía de ella y
salía hacia el exterior por un agujero en la pared. Había,
además, un trastero de madera muy alto, en la parte de
arriba tenía una vitrina donde se guardaban platos, tazas,
vasos de cristal, copas, azucareras también de cristal y
unos floreros largos y delgados, de color rosa. Recuerdo
que no alcanzábamos a divisar, desde nuestra altura, qué
otras cosas contenía el dichoso trastero porque por más
que nos empináramos para escudriñar, no se nos ocurría
subirnos a una silla para salir de dudas pues estaba prohibido y nosotros, en esa época, nos ceñíamos a la disciplina y respeto que se nos imponía. La parte inferior de
este trastero era usado como alacena; enseguida de éste se
encontraba el lava trastos, que consistía en una mesa en la
que se empotraba una palangana grande, había que estar
intercambiando el agua jabonosa y la limpia para enjuagarlos. Una mesa pegada a la pared, con mantel de hule
y sobre la que siempre estaba una azucarera de aluminio
y un salero. Allí generalmente desayunábamos y cenábamos en invierno, la comida se hacía en el comedor donde
había una mesa redonda, la máquina de coser y una tinaja
colocada en una estructura de lámina pintada de negro en
la que se encontraba colgando de un gancho un cucharón
Lluvia de recuerdos
123
redondo o una jícara para sacar el agua con sabor a barro,
la que bebíamos deliciosamente, ya que estaba muy fresca... La dichosa tinaja siempre estaba resudando, sobre
todo en tiempo de calor. En verano la primera y última
comida se hacía bajo la enredadera, en el patio.
Éste era más o menos grande, había un corredor formado por una gran enredadera de vid cuyas uvas paladeábamos gustosamente a escondidas, pues mi Yaya las
cubría con bolsas de papel para que los pájaros no se las
comieran, pero había otros “pájaros” que nos atiborrábamos con ellas. También estaba la “ramada”, que era una
especie de cuarto sin una pared, allí estaba el lavadero
y el “estrado”, que era donde se colocaba el comal para
las tortillas grandotas de harina, muchas veces mi Yaya
nos las entregaba calientes para untarlas con manteca de
puerco que se derretía sobre ellas, nosotros saboreábamos ese suculento bocado. En esa hornilla también tostaba café, cuando esto sucedía el exquisito aroma invadía
toda la casa. Allí también estaba una columna de madera
que tenía atornillado un molino para moler el café y un
metate donde machacaban los granos de elote para hacer
tamales, lo mismo que el nixtamal para la masa de tamales de carne o, muy de vez en cuando, para tortillas; con
masa también nos hacían las “migas” que era un atole
endulzado con piloncillo.
Mi Yaya además, cuidaba de los pájaros a los que
amaba profundamente y cuyas jaulas pendían de los
alambres colocados en la enredadera de la vid, tenía zenzontles, canarios y cardenales (ellas les llamaban “cadernales”), pero por sobre todas las cosas, era la responsable
del precioso patio donde había dos limoneros, un árbol de
toronja, un granado, un guayabo y una higuera además de
124
Lluvia de recuerdos
una pequeña parcela de donde se surtían de verdura. Esto,
que podríamos llamar el huerto, estaba separado del verdadero jardín por un pasillo de tierra; aquí había rosales,
laureles, lirios del valle, y flores de temporada, cubriendo la ventana de la cocina estaba un “esprin” planchado,
muy socorrido para adornar los ramos de novia. Pero mi
Yaya también sembraba amapolas de varios colores. Un
día llegó muy preocupado el juez, don Pancho Navarro
y le dijo: “Tulita, tienes que cortar las amapolas porque
me avisaron que va a venir la Acordada (la Judicial de
los años 40-50) y que es malo tenerlas sembradas en las
casas, dicen que es un delito, yo no sé por qué, pero mejor
deshazte de ellas”, y mi Yaya, con los ojos anegados en
llanto, las cortó y las arrojó a la letrina.De ese jardín nos
abastecíamos el mes de mayo para ir a ofrecerle flores a la
Virgen, inclusive -inocentemente- llevábamos las bellas
flores de amapola.
El patio no tenía barda de material sino que era resguardado por una gran alambrada como la que se usaba
para los gallineros. Sobre una de ellas, había una enredadera llamada “San Miguelito”, en una gran tina vieja de
aluminio estaba sembrada una planta de “confituría”, que
daba unas florecitas amarillas. Había una puerta, también
de alambre, por la que se salía a otra calle y tenía hacia
la derecha un gran pimiento (pirul), y a la izquierda un
arbusto de mirto, como centinelas de la casa.
En una esquina del fondo se encontraba el excusado,
era un cuartito de madera con una letrina, el piso era de
tablas y no sé por qué no olía mal, siempre estaba limpiecito. Luego estaba el gallinero, de donde la familia se
proveía de huevos, y una que otra vez de alguna gallina
para elaborar un sabroso caldo. En la esquina que daba
Lluvia de recuerdos
125
hacia la calle, estaba el “cuarto chino”, llamado así porque allí guardaban toda clase de trebejos que no cupieran
en la casa, pero además, era el lugar donde tomábamos el
baño, que se hacía a jicarazo, para lo cual había un tambo
que contenía agua, y estratégicamente colocada, una tina,
misma que naturalmente después había que vaciar para
que fuera usada por otra persona. En invierno, metían la
tina y dos baldes a la cocina, uno con agua fría y otro con
caliente para templarla según el gusto de quien se bañaba
y no dejaban de meterle leña a la estufa para que el ambiente permaneciera tibio.
Alicia, mi hermana, vivió toda su niñez en casa de
Mamanina, pero a Ana y a mí nos encantaba pasar los
días allí pues tanto la abuelita como las tías nos cobijaban
con su amor y ternura, además de que nos permitían hacer
una que otra travesura.
MI ESCUELA PRIMARIA
Carbó es el lugar donde crecí y del cual me considero originaria, a pesar de haber nacido en Empalme pues
nunca viví allí. Una vez terminada la escuela secundaria, emigramos a Hermosillo en busca de mejorar nuestra
educación.
Siempre recuerdo con nostalgia, como suelen ser
ahora mis recuerdos, a la Escuela Primaria “Francisco I.
Madero”. Era preciosa, mi escuela: las aulas formaban un
cuadrado con uno de sus lados semiabierto ya que la otra
mitad albergaba a primer año, donde quien las mandaba
cantar era la señora Rita Grijalva, inolvidable maestra,
126
Lluvia de recuerdos
muy exigente, pero a quien todos los de mi generación
recordamos con cariño. En otro lado estaban las aulas de
segundo y tercero, con ventanas hacia la calle Escobedo;
cuarto y sexto estaban divididos por la dirección, donde
había un escritorio grande, tras el cual se encontraba una
vitrina llena de libros mal acomodados y en una esquina
estaba, en un nicho, la Bandera Nacional. ¡Cómo nos inspiraba respeto entrar allí!, el piso de cemento se veía muy
negro y brillante de tanto que se trapeaba con petróleo y
cera, todavía hoy me parece percibir el olor que emanaba
de él. El cuarto lado lo constituían quinto y una habitación que servía como desayunador escolar, aquí había un
gran corredor.
El patio estaba dividido en dos: uno, era el regular
espacio que quedaba en medio de las aulas y que se comunicaba a otro de gran tamaño por la abertura del cuadrado no cerrado donde generalmente jugaban los niños
varones. En una de sus esquinas se encontraban los baños
de hombres y mujeres, nunca entré al de hombres, pero
los nuestros eran tres letrinas, con asientos de madera y
piso de cemento. En el primer patio jugábamos a “las
encantadas”: corríamos por todos lados para que no nos
tocaran pues si lo hacían quedábamos “encantadas”, es
decir, estáticas; al “avioncito”, que consistía en que niñas
y niños en dos filas, una frente a otra, entrelazaban sus
brazos sobre los cuales se tiraba algún niño para que, a
medida que los compañeritos subían y bajaban los brazos, se moviera de un extremo a otro el que iba arriba,
de vez en cuando había algún canijo que soltaba los brazos y era cuando uno caía dándose un buen costalazo;
también jugábamos al “carro” una distorsión del béisbol
pues uno lanzaba la pelota mientras otro, con los manos
la golpeaba tan fuerte como se pudiera, los demás jugadoLluvia de recuerdos
127
res tenían que tomarla en el aire o pepenarla en el suelo,
quien la había golpeado podía correr las cuatro bases o
tantas como alcanzara antes de que le hicieran “out”. En
algún rincón, donde no hubiera mucha bulla jugábamos
a la “bebeleche”: se dibujaba en el suelo algo parecido
a una escalera con alas y con un semicírculo en un extremo y, por turnos, se tiraba una “prenda” que tenía que
caer dentro de los cuadros, pero debía hacerse brincando
en un solo pie, excepto en las alas donde se posaban los
dos, se evitaba pisar las rayas pues esto era penalizado
sacándose del juego a quien lo hacía, y se seguía así hasta
llegar al semicírculo. Irma Valdez, una de mis compañeritas, era muy buena para esto, siempre nos ganaba. El
patio, además, tenía un templete en el que se hacían los
honores a la bandera todos los lunes, invariablemente me
tocaba recitar.
Los días festivos, como el 5 de Mayo, 15 de Septiembre y otros, la fiesta escolar se llevaba a cabo en un
alto entarimado que levantaban en la plaza y allí todo el
pueblo asistía, sobre todo los orgullosos padres de los niños que actuarían en el espectáculo que la escuela brindaba. Mis hermanas y yo siempre éramos de las escogidas,
yo creo que por la buena disposición de mi mamá para
ayudarnos a ensayar las declamaciones o porque le gustaba hacernos los vestidos de los bailables que nos ponían, lo cierto es que en todas las fiestas allí estábamos
Ana, Alicia y yo. Una vez bailé la “Zandunga” con una
falda anchísima, en otra ocasión bailé las “Jícaras de Michoacán” ¡Qué apuradas nos vimos buscando las famosas
jícaras, que eran unos platos de madera grandotes que tenían pintadas unas flores!
128
Lluvia de recuerdos
Otro suceso importante fue un lamentable accidente:
la profesora Amalia Camou era la maestra de segundo
año; en aquel entonces tenía dos hijos: Oscarito, que era
mi compañerito, y Panchito. Ella y el profesor Quihuis,
de tercero, organizaron un paseo como a un kilómetro de
la estación del ferrocarril, a un arroyo, al que llamábamos
el “arroyón”. Mi mamá me dio permiso de ir -mis hermanas no fueron, pues Ana estaba enferma y Alicia era
muy pequeña- con el compromiso de regresar temprano
pues mi papá no estaba en el pueblo así que tendría que
venirme con mi tío Jesús María Martínez, que tenía una
milpa cerca de allí,.
Llegamos al arroyón y unos nos pusimos a jugar en
la arena, otros se subieron a los árboles. Ya teníamos rato
allí, cuando nos dio mucho calor y nos fuimos, mi prima
Chiqui y yo, a jugar en las paredes que formaban el cauce, eran lo suficientemente altas como para hacer covachas en las que apenas cabíamos. Había varias de ellas y
por supuesto en cada una, niños que escarbaban con sus
manos la pared para hacerlas más grandes. Desde donde
estábamos yo alcanzaba a ver a Fernando López y a Oscarito. Chiqui y yo nos reíamos al golpear la pared y ver
que caía arenita. Empezamos a cantar aquello de: “Una
mosca parada en la pared, en la pared, en la pared...” a lo
que se unieron los demás formando un coro medio desentonado. Chiqui y yo nos aburrimos y nos bajamos, jugamos unas “carreritas” haber quién llegaba primero al otro
lado pero... apenas íbamos a la mitad cuando escuchamos
un fuerte ruido y horribles gritos, alcanzamos a ver que
el paredón donde instantes antes estábamos jugando, se
estaba desgajando. De pronto todos corrían, algunos niños salían de entre la arena, los maestros nos ordenaron
que formáramos una fila, todos estábamos menos OscariLluvia de recuerdos
129
to. La profesora Amalia empezó a gritar y nosotros junto
con ella, lo hacíamos tan fuerte que mi tía María, mamá
de Chiqui, que se encontraba con mi tío Jesús María en
la milpa, escuchó el escándalo y bajaron a saber qué pasaba, todos estábamos asustados, todos queríamos ayudar
a escarbar con nuestras manos para encontrar a Oscarito,
de pronto alguien gritó, la profesora Amalia corrió hacia
donde estaban sacando el cuerpecito sin vida de su hijo.
Aquello se volvió un caos y nosotros regresamos a nuestras casas consternados y asustados.
Cuando estaba en quinto año, la profesora Socorro
Vindiola me puso una declamación llamada “Marciano”,
era la primera recitación larga que tendría que memorizar. Para representarla, a mi lado colocaron a otro niño
con unas cadenas que retorcía en las manos como si
verdaderamente fuera un prisionero, me emocioné tanto
al describir al cristiano a quien Nerón echó a los leones
por defender su religión católica, que terminé llorando de
verdad. El niño se llamaba Ramón Gutiérrez, era fornido
y más alto que yo. A partir de esa larga declamación, fui la
preferida de la profesora Vindiola para esos menesteres.
En otra ocasión declamé “México, creo en ti”, yo pienso
que desde entonces empecé a amar a mi país con todo el
corazón pues recuerdo que al pronunciar algunas frases
de la poesía se me llenaba de emoción el alma.
En estas fiestas también actuaban Olga Valle, Ana
Aurora (Ani) y Magda Zúñiga, Ma. Elena Martínez, en
fin... Ani, María Elena y yo una vez cantamos en una fiesta que hubo en el Casino, a la hora que nos tocó salir a
cantar, ninguna de las tres queríamos empezar, ya frente
al auditorio, paradas, sin saber qué hacer, nos decíamos:
“empieza tú”, “no, tú”, “no, tú”, hasta que la maestra nos
130
Lluvia de recuerdos
regañó y empezamos la canción -Piel Canela- que fue
muy aplaudida. En esa fiesta mi hermanita Ana salió de
una caja de cartón vestida de muñequita en un acto que no
recuerdo bien el nombre de la canción.
Seis años de dicha, seis años de inocencia pueblerina, seis años que no se olvidan.
LAS VACACIONES DE MI NIÑEZ
En mi niñez, Carbó era un pueblito pequeño y alegre
donde vivía parte de la familia de mi mamá: su mamá
y sus hermanas, Gertrudis y Emma, pues sus otros hermanos, Félix, Eva y Pascual vivían con sus respectivas
familias en Empalme.
En vacaciones largas mis papás nos llevaban a mis
hermanas Ana Esther, Alicia Aurora y a mí, a ese lugar
pues así convivíamos con nuestros primos y mi papá nos
tenía cerca por un buen tiempo. El era ferrocarrilero y
casi siempre en esa época le tocaba trabajar para el sur
del estado, así que a nos caía muy bien este hecho ya
que podíamos disfrutar nuestras vacaciones en ese pueblo
rielero que a mí tanto me gustaba.
Empalme era un centro ferroviario muy importante,
allí se encontraban los talleres en donde se reparaban todos los furgones, carros y máquinas, era principio y término de muchas “corridas”, estaban las oficinas regionales
del ferrocarril y era semillero de gente dedicada al tren.
Llegábamos a casa de mi tía Eva, quien estaba caLluvia de recuerdos
131
sada con mi tío Jorge y tenía siete hijos, a saber: Jorge
Alberto, Guadalupe Armida, Sergio Alonso, Eva Alicia,
Francisco Javier, Araceli y Fidelina. Como era costumbre,
cada uno tenía su propio apodo y así los llamábamos por
orden de aparición: “Coqui”, “Pipí”, “Checo”, “Pituka”,
“Pachuco”, “Chely” y “Fide”. También estaban los hijos
de mi tío Félix y mi tía Cuca: Berta, Félix, Cuquita, Ana
Elsa, Rosalva (Chavi), Oscar y Rigoberto. Asimismo allí
vivía mi tío Pascual -quien junto con Mamanina me levó
a bautizar- y mi tía Conchita con su familia, ellos eran:
Gloria Angélica, Raúl Edgardo (“Pelón”), Víctor Manuel
“(Pachi), Carlos Enrique y Cecilia; la que menos hijos
tenía era mi mamá pues sólo éramos tres hermanas.
Me encantaba ir porque había luz eléctrica, así que
los primeros días nos pasábamos aplastando los interruptores para que se prendiera y se apagaran la luz y los abanicos de techo, hay que recordar que en esa época Carbó
estaba muy lejos de contar con esa modernidad del fluido
eléctrico. Además allí había “agua de llave” por lo que
nos bañábamos con regadera, lo cual era un festín pues
en nuestro pueblo sólo teníamos agua si la sacábamos del
pozo y nos bañábamos a jicarazo.
El pueblo en sí me gustaba mucho porque estaba
lleno de árboles; en todas las casas había mínimo uno,
ya sea de frutales o los frondosos yucatecos; la pequeña
ciudad estaba conformada por calles que eran una angosta seguida de otra ancha; las casas y los cercados de los
jardines muy floridos, eran de madera.
Cerca de la casa de mi tía Eva, por la misma calle
vivía mi tío Félix, así que la convivencia con esos primos
era mayor, todo el día era correr de una a otra casa. Mi
132
Lluvia de recuerdos
prima Chavi y yo éramos muy parecidas cuando niñas,
teníamos la misma estatura y complexión, así que nuestra
mayor diversión era cambiarnos la ropa y caminar juntas de tal manera que cuando veíamos a nuestras mamás
nos poníamos de espalda para que no supieran quién era
quién cuando nos llamaban.
Yendo para la casa de mi nino Pascual se pasaba por
“El Tinaco”, una gran plaza en cuyo centro había precisamente un gran un tinaco... nunca supe para qué o qué tenía adentro; estaba llena de árboles, a toda la muchachada
le gustaba ir a jugar allí a pasear, los días 20 de agosto
hacían una gran fiesta.
La casa de mi nino y mi tía Conchita era de lo más
bonita, muy grande -también de madera- pero recuerdo
que en el jardín había un gran yucateco bajo cuyas sombras nos poníamos a jugar, nos encantaba pisar las bolitas
que caían de él.
Pero lo más divertido era que nos llevaran al “Cochorit”, la playa en la que mi nino Pascual tenía una casita. Allá nos llevaban el fin de semana y por las noches,
mientras todos los chiquillos nos quedábamos en casa, los
“grandes” se iban a bailar a las “ramadas” que hacían las
veces de casino de baile, hasta allá escuchábamos la música de la “Rocola” emitiendo los compases del “mambo” y otros ritmos, algunas veces con miedo a que nos
regañaran, nos dábamos nuestras escapadas para verlos
bailar. En una ocasión sí nos pescaron y por supuesto que
nos dieron una buena reprimenda, pero aún hoy creo que
valió la pena.
En Semana Santa era otra historia. Nos quedábamos
en Carbó y nos gustaba ira a la iglesia a rezar el Via CruLluvia de recuerdos
133
cis porque nos permitían quedarnos a jugar un rato en
la “cancha” con algunos de nuestros primos de Empalme y otros amiguitos de familias que venían de visita al
pueblo. Tomábamos raspados con don Chema o con Don
Pilar, que eran las dos refresquerías que había en la placita y nos entreteníamos viendo a los muchachos pasear a
caballo por la calle principal.
Durante todo el año mis papás cebaban un puerco
para que estuviera muy bien alimentado para matarlo el
Sábado de Gloria. ¿Por qué ese día, precisamente?, bueno
pues porque además de que ya terminaban las festividades
religiosas, venía mi prima Gloria Angélica de Empalme
y así le celebrábamos su santo. Tanto ella como nosotros
esperábamos ansiosas ese día pues la casa adquiría un
carácter de fiesta. Muy temprano por la mañana llegaba
Jesús María, el señor que le daría “matarili” al puerco,
lo ataba de patas y manos para lograr su objetivo, pero
recuerdo que una vez el tal cerdito se soltó de sus amarres
y hubo que corretearlo por todo el corral con el consabido
llanto de él y las risas del chamaquero. Una vez llevado a
cabo el sacrificio, nos entreteníamos viendo cómo lo rasuraba con un cuchillo muy filoso, luego sacaba las tiras
de cuero y grasa y después iba cortando las piezas de la
carne.
En otro lugar ya estaba dispuesta la lumbre sobre la
que colocaban un gran cazo y allí el mismo matador se
encargaba de hacer los chicharrones; mientras, mi mamá
molía carne para el chorizo, otra elaboraba la moronga o
“morcilla” y una más hacía tortillas y por supuesto que
nosotras haciendo la algarabía, pues tortilla que salía tortilla que nos comíamos con chicharrones bien calientes.
134
Lluvia de recuerdos
Luego venía la distribución de la carne pues mi papá
empezaba a regalarla entre los demás parientes, así que
era un desfile de gente todo el día.
El alboroto se terminaba cuando los primos se regresaban a su lugar de origen y nosotras nos quedábamos
esperando las siguientes vacaciones…
LA NIÑA, PAPÁ Y EL FERROCARRIL
Había una niña y sus hermanitas que vivían en un
pueblito llamado Carbó en honor de un general que nada
tuvo que ver con la región. Era alegre y próspero porque
el ferrocarril hacía su parada reglamentaria en la estación
del lugar. En esa época era el principal medio de transporte el ferrocarril, pues no era común que las familias
contasen con automóvil propio ya que en esos tiempos no
existían las carreteras como tal, sino que todos los caminos eran de brecha, por lo tanto, la mayoría de los habitantes del pueblo vivían, de una forma u otra, del ferrocarril. Su padre era ferrocarrilero y los tíos y primos, en fin,
toda la familia era tradicionalmente rielera.
La Estación, que era una casona de madera a la que
llegaban todos los ferrocarrileros a registrar su llegada o
salida en el tren, tenía una Sala de Espera con bancas de
madera pintadas de amarillo, el piso también era del mismo material. En un cuartito anexo, estaban la oficina y
el telégrafo. Siempre estaba llena de gente, ya que allí se
daban cita todos quienes querían tener noticias frescas, o
los treneros que por un día o dos les tocaba descansar en
sus hogares o en los tres hoteles del pueblo,
Lluvia de recuerdos
135
Había dos clases de trenes: los de pasajeros y los
de carga. Cada uno estaba bajo la responsabilidad de una
tripulación compuesta por un CONDUCTOR y un MAQUINISTA, ambos considerados como jefes de los mismos, con iguales jerarquías de mando y eran garantes de
la seguridad y operación en sus movimientos. Además,
bajo sus órdenes existía un FOGONERO encargado de
proveer de carbón para alimentar el caldero y tener, de
esa forma, suficiente vapor para la operación de la locomotora. También llevaba tres GARROTEROS, considerados como auxiliares del Conductor. Éste recorría todos
los coches comprobando que los pasajeros trajeran su boleto, estaba pendiente de alguna irregularidad y resolvía
los problemas que se presentaran en su área, era el responsable de llevar a buen término el viaje.
Había dos trenes pasajeros: iniciaban su viaje en
Guadalajara (rumbo al norte) y en Nogales (rumbo al
sur). Según sus categorías uno era de “SEGUNDA” y
otro de “PRIMERA” en ambas direcciones. Cada tren
tenía una parada en el pueblito que nos ocupa con estadía
aproximada de treinta minutos, tiempo que se aprovechaba para llenar de agua el tanque de la locomotora y surtir
con este mismo líquido los coches y especialmente para
revisar concienzudamente todos los aditamentos de seguridad de los trenes que hacían el recorrido. En el tren
de SEGUNDA viajaban las personas de escasos recursos
económicos en atención a sus bajas tarifas. Los coches
estaban equipados con asientos de madera, limpios, pero
no muy cómodos.
Las niñas, como hijas de ferrocarrilero, podían viajar en PRIMERA. Estos coches estaban equipados con
asientos reclinables, muy confortables, dotados de aire
136
Lluvia de recuerdos
acondicionado para las inclemencias del clima. Éstos y
los de segunda contaban cada uno con su propio WC y
bebederos para que los pasajeros no padecieran sed.
Cuando el viaje era muy largo, viajaban en el “PULMAN”, que eran un complemento de los trenes de primera: eran dos vagones dormitorio para quienes podían
pagarse un recorrido más placentero. Aquí los asientos
eran sillones muy cómodos, el piso estaba tapizado con
alfombra donde a ellas les encantaba jugar. Por las noches
los asientos eran convertidos en literas a las cuales vestían con unas impecables sábanas blancas y unas cobijas
mullidas que invariablemente eran de color café, se podía
dormir tranquilamente. Ellas querían hacerlo siempre en
la cama de arriba.
El interior de cada coche dormitorio contenía: un
GABINETE, que era un cuarto privado en el que había
un excusado, un lavabo y dos camas bajas y una alta, además, dos COMPARTIMIENTOS, con un sillón doble,
que también se transformaba en una cama, de la parte lateral del coche se bajaba otra, ambas igualmente ataviadas como las de los vagones anteriores; estos compartimientos se comunicaban entre sí, de tal manera que si una
familia numerosa no quería viajar en el vagón general y
deseaban gozar juntos el viaje, podían pasar de un cubículo a otro como si fueran los cuartos de una casa. Cada
uno de estos dormitorios se cerraba con puertas cuya parte interior era un espejo del tamaño de las mismas, tenían
seguro por dentro,
Este convoy contaba con un carro “restaurante” que
estaba constituido en dos partes: una era la cocina, la otra,
lo que propiamente era el comedor: tenía mesas dispuesLluvia de recuerdos
137
tas a lo largo y a ambos lados del vagón dejando la parte
media para que se desplazaran las personas. Allí se podían
hacer las tres comidas del día, ya que por la lentitud con
que se movía el tren se hacían casi 48 horas de México a
Nogales y viceversa. Las niñas de nuestro cuento disfrutaban de los desayunos pues los “hot cakes” eran deliciosos. También había ocasionalmente otro vagón denominado “Lunch Bar”, que era un lugar donde se expendían
refrescos y bebidas, contaba con una barra, pero además
había pequeñas mesas y sillones colocados en tal forma
que se convertía en un sitio agradable para descansar, fumar, jugar baraja, en fin, para relajarse. Estos últimos
servicios eran administrados y atendidos por personal bilingüe, calificado y preparado en Estados Unidos, por lo
que su cortesía era sin igual: muchos de los viajeros que
ocupaban este servicio eran turistas del vecino país.
La llegada de este tren al pueblo armaba todo un jolgorio. Había familias enteras que se sostenían de elaborar
comida y venderla a los pasajeros; algunos la ofrecían a
gritos para interesar a los hambrientos a comprar un taco,
un sándwich o un café. Sus voces se oían cadenciosamente: “¡tacos, tacos!”, “¡changüich, changüich!”,”tamalis”,
“tamalis”, “¡cafí, cafí!”, unos con voz alta, otros con voz
más apagada, pero sobre todo la “i” del “cafí” era la que
más se notaba, pues era muy aguda. Había otros que acomodaban mesitas con sillas para aquellos arriesgados que,
sabiendo que iban a permanecer media hora esperando, se
bajaban del tren para comer sus alimentos tranquilamente.
En esos lugares el menú era diferente, pues allí se comía
sabroso menudo, tostadas, gorditas y el infaltable café.
Como no había otra cosa que hacer por las noches en
el pequeño pueblo, las muchachas casaderas acostumbra138
Lluvia de recuerdos
ban ir muy guapas, muy bien presentadas, “a dar la vuelta” a la llegada del tren, lo cual era muy justificable si se
toma en cuenta que la mayoría de los jóvenes trabajaban
en el ferrocarril. También iban las señoras cuyos esposos
venían en la tripulación que iban de paso hasta el término
del recorrido pues sólo así sabrían de ellos ya que de otra
forma tendrían que esperar dos o tres días a que les tocara
descanso y pudieran permanecer en casa.
Cada vez que la niña de nuestra historia iba a la estación en compañía de su madre y sus hermanitas a ver pasar a su padre que venía en el tren de pasajeros, escuchaba
a lo lejos la máquina pitando, con su columna de humo
negro elevada al cielo y le asombraba ver cómo iba aumentando su tamaño en la medida que se aproximaba a la
Estación. No sabía realmente qué sensación le daba al oír
el “chaca”, “chaca” cada vez más fuerte que producía el
roce de la ruedas de hierro con los rieles, todo el conjunto
de ruidos hacía que le entrara cierta angustia, o alegría,
no sabía identificar lo que sentía, aún más cuando el convoy poco a poco iba parando y el vapor salía expulsado
horizontal y fuertemente por entre las ruedas y el cuerpo
de la máquina produciendo un ruido para ella espantoso,
le daba tal horror que cubría sus ojos aferrándose a la
falda de su madre. Pero luego, al divisar a lo lejos al padre
que venía con los brazos extendidos para abrazarlas a sus
hermanas y a ella, desaparecía todo el horror y la angustia
y se transformaba en alegría pues él ya estaba con ellas.
Los trenes de carga eran diferentes, en ellos los garroteros tenían la responsabilidad del cuidado de ella, ya
que la llevaban los vagones de “su” tren, y junto con el
conductor -que era la autoridad inmediata superior- deLluvia de recuerdos
139
bían tener una vigilancia estrecha de los mismos, para lo
cual revisaban, en cada estación, cómo venían enganchados unos con otros o si la señales que había en los rieles
cada determinado trecho les indicaban si debían hacer
algún movimiento extra del convoy, etc., al final de cada
tren de carga iba el vagón llamado “cabús”, servía de
“oficina” o de carro de descanso pues en él había bancas
de madera y una mesa, arriba de la estructura de dicho
vagón iba una pequeña terraza con ventanas. La niña no
se explicaba por qué pero generalmente este último vagón era de color amarillo.
En el pueblo existían, a cierta distancia de la Estación, corrales en los que se depositaba al ganado que de
allí se transportaba hacia varias partes no sólo del Estado
sino de la República. Pero también transportaban mineral, petróleo, grafito, etc. Cuando su padre trabajaba en
el tren de carga, su madre les informaba qué día iba a
llegar a casa. Así, cuando escuchaban a lo lejos el silbato
de la máquina, las tres hermanitas salían corriendo fuera
de la casa pues sabían que él vendría parado en la cima
de algún vagón para saludarlas, lo que era como avisarles que dentro de poquito tiempo estaría en casa. Si “iba
de paso”, esto es, si tenía que seguir de largo hacia el
sur o hacia el norte, le llevaban “lonche” o sea comida
de casa para que la tomara ya fuera durante el viaje o
mientras el tren hacía su parada reglamentaria en el lugar. Cuando le tocaba descansar en casa, invariablemente
llegaba cargando su maleta y algún bulto extra que para
ellas representaba una sorpresa. Era feliz observando el
rostro de sus hijas cuando abrían aquellos bultos. Era un
padre muy proveedor pues si venía del sur, les traía fruta,
cajeta de Celaya, pescado o mariscos. Si venía del norte,
¡Uff! ¡Cuánta cosa traía! Unas veces juguetes, otras ropa,
140
Lluvia de recuerdos
o latas de comida, lápices de colores, libros para colorear,
etc., pero, sobre todo, traía “La Opinión” de los Ángeles,
California, que en esa época era el único periódico que se
editaba en español en Estados Unidos, él lo compraba en
Nogales, Arizona y a la niña le gustaba leer, en compañía
de su padre, los acontecimientos mundiales.
Hoy, la niña ya es abuela, ya no existen papá ni
mamá, pero en su mente y en su corazón están vivos los
recuerdos del ferrocarril ligado estrechamente a su padre.
Este cuento-biografía está dedicado al padre de la
niña principalmente, pero también a todos los ferrocarrileros de la época en que Carbó era habitado por familias
netamente rieleras.
(Al terminar de transcribir este cuento recibo la
mala noticia del fallecimiento de don Roberto Marián,
quien me hizo el favor de corregir las palabras técnicas usadas en el mismo. Una oración para él.)
SUEÑOS DE CONCERTISA
Quetita Romo era una señora que vivía frente a
nuestra casa, en Carbó. Tenía cuatro hijos: Socorro, Atenógenes (el Jito), Agustín y Evangelina. Quetita tocaba el
piano y el órgano, era quien acompañaba a las cantoras en
las pocas misas que, por falta de sacerdote, se celebraban
en el lugar, pero lo que sí había a diario era el rosario, sólo
que en los meses de mayo y junio era cantado, pues todos
las niñas y niños íbamos a ofrecer flores a la Virgen María
Lluvia de recuerdos
141
y al Sagrado Corazón de Jesús, respectivamente. Su hijo
Agustín tocaba la trompeta y era miembro de la Orquesta
Magallanes, que era la que amenizaba todas las fiestas y
acompañaba a los alumnos de la única escuela, la Primaria Francisco I. Madero, en los desfiles.
A mi me gustaba mucho ir cuando Quetita estaba
al piano ejercitándose en las canciones de la iglesia o en
las que estaban de moda; calladita, me sentaba en el piso
cerca del piano, allí me podía pasar las horas escuchándola tocar. Evangelina, de la misma edad que yo, era mi
compañera de juegos; su mamá quería enseñarle a tocar
el piano pero ella se negaba, entonces a Quetita se le ocurrió invitarme de vez en cuando a que me sentara al piano
con su hija. Poco a poco me fue gustando el sonido que
salía de las teclas al yo seguir las instrucciones que me
daba, tanto así que le pedí que me diera clases, aceptó
gustosa pues veía que Evangelina se colocaba a mi lado
y al mismo tiempo tomábamos las lecciones. Ella quería
que hubiera una inocente competencia para que su hija ¡al
fin! quisiera seguir sus pasos... y así fue como el piano se
convirtió para mí en un sueño que no se realizó.
Cuando Evangelina vio que mis clases eran en serio,
ya no quiso acompañarme a tocar, perdió el interés de tal
forma que al llegar yo a practicar mi lección ella tomaba
su lugar en el mismo banco pero se ponía a platicar, lo
hizo por muy poco tiempo pues su mamá se dio cuenta
que no hacía sus ejercicios y le prohibió que me quitara el
tiempo. Yo sí seguí aprendiendo pero...
Aproximadamente a los dos años de iniciado mi
aprendizaje, Evangelina enfermó, nunca supe de qué
pero su padecimiento fue minándole fuerzas hasta que
142
Lluvia de recuerdos
sólo permanecía acostada; en verano la colocaban en un
catre en el pasillo para que le diera el aire y allí la acompañaba yo después de mi clase, no me despegaba de ella,
inclusive cuando salía de la escuela lo primero que hacía
era ir a verla, pero al pasar los días ya no me dejaban
que la visitara tanto pues la pobre niña hacía un gran esfuerzo para respirar y había momentos en que yo quería
hacerlo igual al ver cómo le subía y bajaba el pecho pero
me ponía pálida y rápidamente me retiraban de allí. Mi
amiguita duró poco tiempo pues falleció dejando un gran
dolor para su familia y para mí. Su mamá ya no quiso
continuar con las clases y realmente tampoco yo quería
ir a esa casa.
Mis papás, viendo que estaba muy triste, le pidieron
a Olga, la “Chata” Navarro, hija de don Pancho Navarro,
el Juez de Paz, que ella me siguiera instruyendo, así que
allá fui; su casa quedaba atravesando las vías del ferrocarril por lo que mi mamá se preocupaba cuando iba a la
clase, aunque ésta era en horario en el que no pasaba el
tren.
No recuerdo por qué razón no seguí mi educación
musical con Olga, el caso es que pasaron otros dos años
cuando de México llegó una pariente de mi mamá que
además de cantar muy bonito -pues era de familia cuya
madre y tías tenían bella voz- y además tocaba el piano,
así que le pedimos a Alicia Garza Martínez me diera clases. Con ella duré casi los tres años de secundaria -interrumpidos en muchas ocasiones- hasta que nuevamente
se fue a México y yo concluí mis aspiraciones de concertista... por el momento.
Una vez terminada mi educación secundaria emiLluvia de recuerdos
143
gré a Hermosillo a estudiar Farmacia a la Universidad
de Sonora. Aproximadamente a los seis meses de haber
llegado conocí al profesor Mauricio Sáenz, él tenía una
escuela de música en su casa, por la calle Niños Héroes,
pero además allí se asistían estudiantes de ambos sexos
de diferentes lugares del estado. Virginia Osuna, de Huatabampo, mi compañera y amiga, se hospedaba allí y fue
así como hice contacto con el profesor.
Cuando estaba para terminar el segundo año de Farmacia entré a trabajar al Hospital General del Estado por
lo que ya no pude seguir con mis clases.
Casi diez años después, ya casada y viviendo en
Colima, llevé a mis dos niños (de tres y medio y dos y
medio años) de “visita” al jardín de niños de un colegio
de monjitas -el Colegio Cuauhtemoc- donde vi un letrero
que decía: “SE DAN CLASES DE PIANO”, me brincó
el corazón, lo consulté con mi esposo que le pareció muy
buena idea pues en aquel tiempo había muy poco en qué
entretenerse en esa ciudad, por lo tanto... allá fui, nuevamente en la búsqueda de realizar mi sueño.
A mi esposo le tocó escucharme en una ocasión y se
puso feliz de que REALMENTE tocara el piano pues no
había creído mucho en mis aspiraciones de “concertista”
y quiso que interpretara nuevamente la melodía e inclusive que hiciera algunos de los ejercicios más complicados
que ya me salían bien.
Desgraciadamente meses después él pereció en un
accidente que truncó no sólo mis deseos de pianista consumada sino muchos sueños más.
144
Lluvia de recuerdos
MA. MONSERRAT OLIVEROS TERRAZAS
Nació en el corazón del Valle del Yaqui en el mes
más caluroso del verano, cuando empieza la canícula.
Fue recibida por su abuela y su bisabuela.
Creció atrapando ranas y correteando lagartijas,
entre los canales de riego, juntando guamúchiles y yendo
a la escuela hasta los 17 años en su pueblo y a los 20 en
la capital del estado, en la Escuela Normal.
Hoy es profesora jubilada y miembro del Taller de
Literatura Autobiográfica de la Casa-Club del Jubilado
y Pensionado del ISSSTESON.
Son de su autoría los siguientes escritos:
• Un regalo inesperado
• Generación del 67
• Devociones
• La dieta
Lluvia de recuerdos
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UN REGALO INESPERADO
La Escuela Presidente Alemán está en un sector de
Ciudad Obregón, Sonora, llamado “Plano Oriente”, tal
vez por estar situado en ese punto cardinal, aunque la colonia se llama Benito Juárez. Fue el primer asentamiento
del Valle del Yaqui cuando la compañía Richardson llegó
para colonizar esas tierras, es por eso que esta escuela es
una de las más antiguas, la primera fue la primaria Enrique C. Rébsamen, que se encuentra a un lado y a la que
asistían, en esos tiempos que narro este suceso, solamente
niñas.
En enero de 1970 llegué a la Alemán, como le decíamos, me llamaban la atención sus grandes aulas altas con
enormes ventanales que daban hacia la calle y los pasillos
a los patios de juego; tenía ventanas cuadradas casi pegadas al techo en la parte superior de la pared. Como me
asignaron el segundo grado, mi salón estaba en la planta
baja con una vista panorámica del jardín, mis alumnos,
que eran sólo varones y cuyas edades fluctuaban entre 8
y 11 años, centraban sus intereses más en jugar que en
aprender, yo aprovechaba esta situación y les explicaba
algún tema que acaparara su atención, como me pasó una
mañana cuando inesperadamente se hizo presente una lagartija que pronto fue descubierta por uno de los niños
que empezó a dar enormes gritos como si hubiera visto
un dinosaurio, me apuntaba hacia el borde de la ventana
diciéndome:
- Mire la cachora, profesora, no se le acerque porque
puede saltarle encima.
146
Lluvia de recuerdos
Yo no me reí para no quitarle a ese momento la magia de la ingenuidad, y pensé: “Si supiera que me crié
entre estos animales y más aún, que los perseguía con un
tirador hasta que un día soñé que me perseguían montones de ellos”. Al mismo tiempo que el pequeño me hacía
la advertencia, tomaba el borrador para asestarle un golpe
y borrarla de la naturaleza sin importarle que estaba en
desventaja con él pues aquel animalucho no medía ni 10
centímetros de la cabeza a la cola, no se movía, entonces
tomé la escoba, hice algunos movimientos “barredores” y
se fue por donde vino, ahí empecé mi clase:
- Ese inofensivo saurio no nos hace ningún mal, al
contrario, se come los insectos que hay en las plantas y
evita que algunos de ellos nos hagan daño, si los matáramos tendríamos abundantes alimañas, a ver, vamos a
dibujarlo y colorearlo, luego escriban debajo de su ilustración una oración que nos diga de qué se trata lo que
quisieron representar.
Pero no faltó un atrevido que dijera un tanto burlesco:
- ¿Así que le gustan?
Luego le siguió otro:
- Es decir que no les tiene miedo.
Y otro:
- ¿Usted las ha tocado?
- Claro, si son inofensivos y simpáticos -les contesté-, aunque la realidad era otra, me causaba urticaria su
áspero aspecto.
Lluvia de recuerdos
147
Ese día era viernes, anotaron algunas frases acerca
de las lagartijas y de tarea les pedí que les preguntaran a
sus papás o hermanos qué sabían de ellas.
El lunes, después de los honores a la bandera, pasamos al salón para empezar con el trabajo escolar correspondiente a ese día: primeramente revisar la tarea, se me
acercó uno de los niños y me dijo:
- Profesora, abra el primer cajón del escritorio, le
trajimos un regalo.
Al abrirlo casi me desmayo, sobre un cartón estaba
uno de esos animales que parecían de piedra, y me miraba
en forma acusadora como diciéndome “mira, por tu culpa
dónde estoy”. Luego se me acercó otro de los niños y
me entregó un frasco con un animal adentro, después uno
más con una caja de zapatos y otro con una bolsa de papel
en cuyo interior había algo que se movía, pero la que más
me presumían era la que estaba en mi cajón, pues estaba
pegada sobre el cartón...
- Esa nos dio mucho trabajo atraparla, si viera cómo
hay en el panteón.
Éste se encontraba cerca de donde ellos vivían.
Haciendo un gran esfuerzo tomé mis regalos y uno a
uno los arrojé al jardín, el problema fue con la que estaba
pegada, no me atrevía a tocarla así que tomé unas tijeras y
le corté alrededor de las patas y ¡ahí va una cachora enzapatada! caminando en forma chistosa mientras los niños
festejaban sus raros movimientos, no sé si sobreviviría,
pero si lo hizo, seguramente tuvo hijos ya con zapatos.
Este suceso confirma que los niños son capaces de traernos hasta un león de la cola.
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Lluvia de recuerdos
GENERACIÓN DEL 67
Una tarde calurosa del mes de agosto de 1963 llegó
mi papá a la casa con una noticia que me dejó muda, sin
saber qué decir:
- El domingo se van tu madre y tú a Hermosillo porque el lunes es el examen de admisión para que estudies
en la Escuela Normal del Estado.
- ¡Gulp! ¿Es internado? –acerté a decirle después
que me pasó el susto.
- No, es donde estudian los que quieren ser profesores –me contestó.
- ¿Acaso yo le había dicho que quería estudiar para
eso?, ¿no habíamos quedado en que iba a ser licenciada?
Sin respuesta, me entregó un papel donde estaba
escrita una dirección y una recomendación para que nos
recibiera la dueña del domicilio al que estaba dirigido,
dicha recomendación estaba suscrita por el director de la
escuela secundaria del pueblo. Iba a salir de ese lugar que
constituía mi mundo (ni siquiera en su totalidad, pues las
escuelas a las que asistí por nueve años me quedaban a
unos cuantos pasos de donde vivía), así que irme a vivir a
una ciudad desconocida totalmente -y por si fuera pocola capital del estado, a más de 300 Km. de distancia de mi
terruño, me parecía que era como ir a la luna.
Abordamos el autobús mi mamá y yo el domingo
siguiente, ella dejaba en orfandad temporal a ocho hijos,
yo dejaba el lugar que me vio crecer y al que ahora sólo
Lluvia de recuerdos
149
regresaría por temporadas y después ocasionalmente, con
razón mi melancolía de ese día. Llegamos a la capital al
medio día, ella ya la conocía pues aquí vivió por corto
tiempo cuando mi padre estaba al servicio del Ejército en
el cuartel de caballería y yo era pequeña.
- Mira -me dijo cuando el taxi pasó por el citado
lugar- ahí diste tus primeros pasos.
- Vaya, cuando menos hay algo mío aquí -le dije bromeando.
Al llegar al domicilio que llevábamos anotado nos
recibió una persona ya mayor y puso su casa a nuestra
disposición sin más garantía que nuestro agradecimiento. (En el transcurso de mi vida he encontrado personas
como ella y el director de la escuela, mi agradecimiento
está siempre al recordarles).
Otro día no tuvimos que tomar camión para ir a la
escuela pues se encontraba cerca de la colonia Modelo
donde nos hospedábamos, junto al Seguro Social, caminamos cruzando la calle Juárez, luego atravesamos el Blvd.
Morelos y ya estábamos frente al edificio grande y espacioso, mis latidos se aceleraron, si antes no tenía pensado
estudiar para profesora, ese día me dio la corazonada de
que lo iba a lograr, sin saber todavía qué iba a ser.
Al traspasar el umbral me encontré a cientos de jóvenes que, como yo, esperaban el tiempo para realizar el
examen de admisión, sólo se admitirían 100, yo quedé entre ellos y fui becada, además, como sorpresa mayor, pasé
a formar parte de la mesa directiva de ese ciclo escolar.
Ahí, en la Escuela Normal del Estado, conocí a mis
150
Lluvia de recuerdos
compañeros de generación originarios de distintas partes
de la entidad con los que me unió la experiencia inolvidable de haber vivido esos años que decidieron mi quehacer
como profesora.
Eran los famosos años 60, en pleno auge del rock
and roll, el wash and wear, los hipies, la moda sicodélica, la píldora anticonceptiva, la talidomida, etcétera, pero
para mí era la posibilidad de hacer camino, incorporarme
a la civilización y así, en una mezcla de las corrientes filosóficas, pedagógicas y psicológicas que me envolvían en
el magister dixi de excelentes mentores; mi propia manera de ver ese nuevo mundo me involucró en sucesos que
tuvieron su origen en la manipulación y control que sobre
los jóvenes se tenían en la época.
Me gusta solazarme y asomarme a ese pasado donde contemplo los rostros jóvenes de mis compañeros, sus
risas, sus voces, sus gritos, sus cantos, y me detengo a
la hora de clases con el maestro Aragón, quien con su
solemnidad y seriedad me impedía hablar, mas no así con
Bustamante, “el Chapis”, o Crispín, con ellos el nervio
se relajaba un poco pero con López Miranda la psicosis
cundía; la voz sosegada y calmada del director Cevallos
invitándonos a la reflexión nos devolvía la cordura; siempre regañada por Carmelita, la secretaria, pero que me
consolaba en el coro, tomaba cada nota con tal intensidad
que se me olvidaba todo al ver las manos de la maestra
sobre el piano y ella, derechita sobre el banquillo mientras el metrónomo iba y venía marcando el tiempo de la
música.
Fue en esa época cuando nos llevaron a formar la fila
de entrada de la escuela y por ser la de menos estatura estaba casi al frente. En una ocasión que vino el presidente
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Adolfo López Mateos y me tocó saludarlo, precisamente
por mi posición en la fila; era apuesto, alto, con una sonrisa franca que le devolví al tomarle la mano. Después me
enteré de su “Plan de 11 años”, cuando empecé a trabajar
con su lema: “Mejores escuelas harán de nuestros hijos
mejores mexicanos”, los desayunos escolares y el Instituto de Protección a la Niñez, que formaron parte de su
gobierno.
La obediencia a los deseos impositivos de mi padre
-así me parecieron cuando determinó por mí que viniera
a la Normal- me permitió pertenecer a esa generación de
profesores que demostró que el eros pedagógico “no es
privilegio, sino que se lleva en cada corazón comprometido con su conciencia”.
Para mí la decisión de aquel día de verano fue el
“fiat” (hágase) que constituyó la brújula de mi existir
hasta que me jubilé en el año de 1996; después de esa
fecha me convertí en ama de casa de tiempo completo
con todas las prerrogativas, consideraciones y responsabilidades de una mujer de casi 50 años que vislumbra un
tiempo que se acorta con las posibilidades de una vida
plena, coartada por las consecuencias de la edad.
Hoy sólo espero conservar mi lucidez mental para
seguir escribiendo en este oficio sin beneficio que escogí
cuando empecé a asistir a la Casa Club de Pensionados y
Jubilados del ISSSTESON, mientras tanto seguiré recordando, pues dicen que “recordar es vivir”.
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Lluvia de recuerdos
DEVOCIONES
La fe viene del ver y oír esas experiencias que nos
convierten en devotos de algún santo o creencia religiosa
que mantiene viva la devoción por que hay testimonios
que avalan su manifestación más allá de toda explicación
lógica o científica.
En 1954, el 4 de octubre -para ser exacta- apenas
contaba yo con siete años, me encontraba asustada, en la
cama, junto a mis dos hermanas menores, mientras caía
una lluvia que más que lluvia parecía que el agua que caía
la vaciaban de un enorme recipiente sobre Pueblo Yaqui,
Sonora. En unos cuantos minutos ya había inundado totalmente las calles, el cielo había oscurecido y estaba
“cerrado” -así decían en el pueblo- sólo se veía iluminado por momentos por los relámpagos zigzagueantes que
amenazaban con caer sobre mi casa.
Preocupada, sentada en una silla de madera, estaba
mi mamá amamantando a mi hermana más pequeña, y
no era para menos su preocupación pues unos días antes
había dicho, mientras confeccionaba un hábito que le habrían de poner a la hermana que me seguía en edad, que
estuviera como estuviera el día de San Francisco la llevaría a la iglesia y le pondría la prenda que la distinguiría
como devota del santo.
Mi “Mana”, como le decía yo, había sido muy enfermiza desde que nació y le aconsejaron que se la endonara a ese santo, ya tenía cinco años cumplidos y no
había recaído pero hacía como unas dos semanas que la
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notábamos muy desmejorada.
- Se lo dije, comadre -le decía la abuela- ese santito
es muy cobrador, ahora tiene que cumplirle si no quiere
que se agrave la niña.
Todo esto recordaba mi madre, por eso su gran pesar.
- Y ahora ¿cómo le voy a hacer? -se decía.
Como si la hubieran llamado, llegó mi “Grande”, se
dio cuenta de la situación y se ofreció llevar a su nieta a la
iglesia que se encontraba a más de dos kilómetros de donde vivíamos, así que tomó a la niña en sus enormes brazos -así me lo parecían- y envolviéndose en una lona se
lanzó a la calle oscura, aunque era de día. A mi corta edad
pensé que podría ayudarla así que me fui con ella. Recorrimos la enorme distancia enfrentándonos a las corrientes de agua lodosa, sintiendo sobre las espaldas la fuerza
del líquido que se desprendía en grandes chorros de las
enormes nubes negras, pero íbamos resueltas a cumplir
la promesa ajena de ella, y yo, solidaria, queriendo saber
qué era una “manda”.
Llegamos a la iglesia y ahí, en una enorme urna
de vidrio, yacía Él, como si durmiera, del tamaño de un
hombre común, vestido igual al traje confeccionado para
la manda. Mi Grande despojó a mi hermanita de la ropita medio húmeda y le enjaretó el hábito café de tusor,
el cual ciñó a su cinturita con un cordón blanco; tal vez
rezó, yo estaba asombrada, veía todo mientras la niña se
observaba su vestido nuevo, el que llevaría hasta que se
le acabara desgastado y descolorido.
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Ahí, en el quicio de la iglesia esperamos a que amainara el aguacero y volvimos a hacer el recorrido atravesando el pueblo de oriente a poniente, ahora siguiendo la
corriente del improvisado río que se había formado por la
calle principal.
Cada año no dejo de acordarme de esto, especialmente cuando veo a tanta gente caminar por la orilla de la
carretera de Nogales a Magdalena que van a cumplirle a
San Francisco, el día de su santo las mandas y penitencias
que le hicieron, siento que tienen razón de hacerlo y yo no
estoy exenta de ello.
LA DIETA
Era media noche, cuando las madrugadas aún son
muy frías y las noches se van acortando después del equinoccio de la primavera; me despertaron unos quejidos, rápidamente me bajé de la cama buscando al autor o autora
de ellos; la oscuridad me impedía ver por lo que usé mi
tacto: con mis manos fui tocando a cada una de mis hermanas, eran tres, dormían tranquilamente; fui a la cama
de mi mamá, al tocarla sentí en su estómago brincar algo
y luego seguía aquel sonido lastimero, como de un animal
herido. Cuando ella se dio cuenta de que estaba ahí parada, descalza, enfriándome y asustada, me dijo:
- Ve con tu mamá Grande y dile que venga.
“Qué ocurrencia”, pensé a mi edad de nueve años,
con el miedo que me daba pasar por los pinos que rodeaban la escuela primaria que se encontraba a una cuadra de
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mi casa y a dos de la de mi abuela, sus sombras fantasmales dieron origen a decenas de historias de desaparecidos;
al momento que mi madre me hizo la petición, se me engarrotó el estómago, pero había que ir, salí corriendo sin
importarme si me espinaba o tropezaba con los terrones
que tenía la calle o caer en un hoyo de los que quedaban
después de la lluvia... largo se me hizo el camino. Cuando
llegué, los perros me desconocieron:
- ¡Cállense! ¡úzale!, soy yo.
Pero ellos seguían ladrando; siempre hubo en esa
casa buenos canes y hasta nombre de personajes importantes les ponían, como “Káiser”, “Nerón”, etc., los reté y
les lancé un grito que despertó a toda la familia:
- ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? -me dijo una voz que conocí al instante.
- Es mi mamá que dice que vaya -contesté muy agitada.
La esperé un rato y nos fuimos seguidas por sus
eficientes guardianes, iba envuelta en su rebozo preguntándome si ya había llegado el doctor, al acercarnos a
la puerta oímos unos pequeños gritos, como maullidos,
afuera estaba mi papá con una de mis hermanas en sus
brazos que le decía asustada:
- ¡Ese gato que se calle!
- ¿Qué fue, compadre? -le preguntó mi acompañante.
- Una niña -le contestó.
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Con razón estaba tan serio, con ese pequeño ser
que recién había llegado, ya éramos cinco mujeres. Yo
sabía lo que seguía después del nacimiento de un niño
en mi familia: en esos tiempos, en el gallinero había tres
camadas de pollos que engordaban para tal evento: “la
dieta”, además tenía que haber carne seca y una lata de
nixtamal. Diariamente se sacrificaba un animalito, ahí me
hice experta en matar a estas indefensas aves a las que
les apretaba el pescuezo, les daba vuelta y vuelta y luego
los tiraba al suelo; hubo veces en que lo hice tan mal que
resucitaban y corrían despavoridos. Cuando el pollo estaba bien muerto le echaba agua caliente para desprenderle
las plumas (éstas se colocaban en un cartón pues se hacía
almohadas con ellas); después de desplumarlo lo lavaba
con agua y jabón y lo flameaba sobre las llamas para que
no quedara ninguna plumita, luego lo volvía a lavar, ahora con sal, lo abría en canal para sacarle las vísceras y
después lo asaba sobre la hornilla.
Asar la carne era lo más fácil así como preparar el
atole y la salsa de tomate, las tortillas no las hacía yo pero
sí las tostaba, así que la dieta consistía en pollo asado con
tortillas tostadas, carne asada con atole de maíz, mismo
que se hacía después de moler el nixtamal y sobre agua
hirviendo se echaba la masa disuelta en agua fría; la salsa
se hacía con tomates asados.
Cuando terminaba la dieta, la madre y la infanta rebozaban de salud, rubicundas, con cachetes sonrosados
y ya empezaba la madre a prepararse para la próxima
procreación, que por cierto fue un varón al que siguieron
cuatro más.
Esta dieta sólo quedó para la historia familiar, en
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1970 nació mi primer hijo y no hubo pollos en el corral
para sacrificarlos, ni carne seca ni mucho menos nixtamal para el atole, a más de 20 años, la situación de la
nueva parturienta fue diferente, los pollos estaban en el
refrigerador listos para hacer el caldo o los bajaban de un
aparato donde, a fuerza de tantas vueltas, se asaban por
radiación de calor, o por electricidad, sin humos o grasas
y la carne se oreaba sobre la estufa en un comal; la leche
envasada en frascos de vidrio y el pan de barra, al que
sólo se le untaba mantequilla, saltaba del tostador. Estos
elementos fueron los que completaban mi dieta.
Hoy, a treinta años de lo anterior, se vuelve a repetir
el mismo evento y los componentes de la dieta son los
mismos sólo que ahora son cocinados en el horno de microondas o en el horno tostador.
(Pueblo Yaqui, Cajeme, Sonora, 27 de marzo de
1956).
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JOSÉ RAMOS RODRIGUEZ (EL CORA)
El apodo de “El Cora”, se le adjudicó por su origen, ya que nació en el estado de Nayarit.
Llegó muy jovencito a nuestra ciudad, desempeñándose en diversas labores.
La composición poética es el género con el que se
siente más a gusto escribiendo pues se le da con facilidad
la rima, sin embargo, no lo hace mal contando sus experiencias en cuatro escritos llenos de sensibilidad.
En este nuestro tercer libro, contribuye con:
• A falta de peces... pericos
• Una experiencia en Mazatlán
• Un día en el rancho
• Mi arribo a Hermosillo
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A FALTA DE PECES... PERICOS
Nací en el estado de Nayarit. Mi padre, como ejidatario, tenía unas tierras de cultivo divididas en dos partes:
unas cercanas al ejido, las otras colindaban junto al río,
nosotros llamábamos a esta últimas, “El rillito”.
Cuando mi padre sembraba la tierra, ya sea con frijol
o maíz, a los cinco días de haberlos sembrado empezaba a
reventar el grano o a germinar la semilla, entonces era el
tiempo de “pajarear” (es decir, espantar a los pájaros pues
se comían el retoño tierno de las plantas), esto había que
hacerlo antes de salir u ocultarse el sol pues era el tiempo
en que más comían las aves: al amanecer o al oscurecer.
También cuando el maíz estaba en elote había que
cuidarlo de los pericos, que llegaban en parvadas, éstos
eran más latosos pues no tenían hora para comer, lo hacían en la mañana, a medio día o en la tarde, si se descuidaba uno le dejaban los puros olotes.
Para espantar a los pájaros usábamos una honda, que
era de puro ixtle, cuando la accionábamos, hacía un ruido
como un latigazo, que los espantaba; en la actualidad se
usan cohetes para hacer el mismo efecto.
Debo haber tenido doce años cuando esto sucedía,
muchas veces me mandaban a “pajarear”, me ponían de
lonche puras tortillas con sal, si a esto se le podía llamar
alimento, pero llevaba una cuerda con un anzuelo, lo lanzaba al río y como siempre había peces, sacaba uno o dos,
no necesitaba más para comer, hacía una fogata, los po160
Lluvia de recuerdos
nía a asar y me daba una hartada con ellos, los aderezaba
con limón, pues debo aclarar que en Nayarit esta fruta
crece en el monte, así como mangos, plátanos, guayabas,
ciruelas, chirimoyas, y en tiempo de verano también hay
nanches.
Una vez, me entró el hambre, lancé el anzuelo al río
hasta que se me cansó el brazo y no pesqué nada, entonces me dije:
- Pues ni modo, “Chepe” -“Chepe” era mi apodo-, a
comer puras tortillas con sal.
Entonces vi que venía una bandada de pericos, agarré mi honda, le puse una piedra y la lancé al aire matando
dos y pensé: “a falta de peces... pericos”, raudo y veloz
hice una fogata y ¡a comer loritos asados!, a lo mejor por
eso soy tan hablantín.
UNA EXPERIENCIA EN MAZATLÁN
En una ocasión en que nos fue mal en la cosecha
porque las lluvias escasearon, mi papá me mandó a Mazatlán a vivir con mi abuelita. Ella tenía su casa al pie de
un cerro, no había agua potable, tenía que acarrearla en
palanca (un trozo de madera de la que cuelga una cubeta
en cada extremo) desde una toma pública que distaba a
cuatro cuadras.
Una que vez fui a traer agua y me salió un grupo
de muchachos que no me dejaban pasar, uno de ellos me
dijo:
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- De todos los que estamos aquí ¿con quién te gustaría darte unos catos?
Me quedé mirando al grupo, obviamente escogí al
más chaparro y flaco, pero me salió un león rasurado, me
puso como santo Cristo; después de que me pegó, me levantaron y me invitaron los refrescos, me aceptaron en el
grupo dizque porque no corrí.
En la casa de mi abuela carecíamos de casi todo. Tenía un tío peluquero que apenas ganaba para comer; un
día, una señora que vendía tortas me dijo que si le ayudaba a vender, le pidió permiso a mi abuela y ella aceptó,
pues la penuria que había justificaba el que yo también
colaborara con los ingresos, así que tomé mi canasta y me
fui al muelle; para llegar allá tenía que abordar un camión
urbano, me costaba 20 centavos. Mi sueldo era de $10.00
pesos a la semana, con un peso compraba un refresco, dos
panes de dulce, un birote con queso, un chile jalapeño y
todavía me sobraban 20 centavos (todo esto pasaba en el
año de 1957).
Una vez que andaba en los muelles con mi canasta
y mis tortas, llegó un submarino americano, lo empecé a
recorrer con la mirada y la boca abierta, medía casi una
cuadra de largo, se juntó la muchachada pues era una novedad, se decía que era el primer submarino que visitaba
el puerto.
Se bajaron los gringos y a todos los plebes nos invitaron a ver unas caricaturas del Ratón Miguelito, entré
con recelo apretando mi canasta pues en el ejido nada
más había visto burros, caballos y uno que otro tractor.
Apagaron las luces para empezar la proyección que duró
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Lluvia de recuerdos
veinte minutos. Cuando las volvieron a encender, me
dije: ¡Trágame tierra!, me habían robado todas las tortas
mientras me reía con el ratoncito.
Ya no volví a casa, agarré un “raite” y ¡fui a parar
hasta Nayarit!, la pobre de mi abuela pagó las tortas, con
lo amolada que estaba, dicen que las pagó en abonos.
Cuando me doy cuenta de lo que me puse a recordar, confirmo lo dicho... comparada con mi infancia ¡qué
fácil y en ocasiones aburrida es la vida de mis hijos en la
ciudad!
UN DIA EN EL RANCHO
No sé por qué de pronto mis pensamientos me llevan
a mi rancho:
Me levantaba a las cinco de la mañana, ensillaba mi
caballo, iba por los animales al potrero, los metía al corral y les arrojaba manojos de milpa; mientras comían,
sacaba agua del pozo para que bebieran. Entre tanto, mi
hermano más chico molía el nixtamal en un viejo molino
que rechinaba como si se estuviera quejando; mi mamá,
después de haber amasado, prendía la lumbre para echar
las tortillas al comal y gritaba:
- Atízale al fuego y ve a ver a quién le ladran los
perros, es la cochi de la vecina que se metió al corral, ¡ya
les dije que tapen el hoyo y no hacen caso!
Luego llegaban los trabajadores, les poníamos los
arreos a los animales, les pegábamos el arado y nos íbaLluvia de recuerdos
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mos a la labor, en total eran cuatro yuntas. Se nos iba
media mañana arando, y pensaba: “a ver cómo nos va con
la cosecha este año, ya que casi todo el tiempo nomás sacamos para malcomer, pues cuando falta la lluvia se nos
seca la milpa y cuando llueve de más, se nos ahoga”.
Una vez, a la hora de medio día me mandaron a hacer una fogata, cuando se hicieron las brasas, nos arrimamos para calentar los tacos que cada quien traía, uno
de los trabajadores hizo un comentario refiriéndose a la
comida de un compañero:
- Sus tacos son unos cobardes porque lloran mucho,
miren los míos, ninguna lágrima les sale.
Y es que sus tacos eran de frijoles y no tenían nada
de manteca, los molieron sin guisar.
Regresábamos casi al ocultarse el sol, les quitábamos los arreos a los animales y los metíamos al corral
para darles comida y de beber, luego, mientras sacaba
agua del pozo, me quedé mirando a las gallinas: subían a
dormir a un árbol, me reí de un guajolote gordote que no
se podía subir, como al tercer intento lo consiguió; ya que
terminaron de comer las bestias las llevé nuevamente al
potrero, ahí es donde dormirían.
A un lado del corral había sembrados pepinos y calabazas, más o menos como media hectárea. Un vecino
tenía una vaca mañosa que se brincaba casi siempre el
cerco de púas para comerse la verdura, un sábado por la
noche, estábamos todos dormidos, cuando de pronto no
sé qué me despertó si los ladridos de los perros o los gritos de mi madre:
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Lluvia de recuerdos
- ¡Ya se metió la vaca!
Enojado, ensillé el caballo y me fui tras ella: saqué la
chivanda (una soga tejida de cuero crudo) y la lacé, como
traía una cobija vieja de suadero (lo que lleva debajo la
silla de montar), le arranqué unos pedazos y le retaqué los
orificios de la nariz, la solté para que empezara a respirar
por la boca de tal manera que la abriría y arrojaría espuma
por ella.
A la mañana siguiente la vaca corría como loca con
el hocico lleno de babas y espuma, al verla, el vecino gritaba:
- ¡Vieja, tráeme la escopeta, le pegó la rabia a este
animal!
Y sin decir ¡aguas!, le disparó y la mató.
Naturalmente que no dije nada... estaba en una hamaca debajo de unos árboles de mango... cuando pasó el
vecino arrastrando la vaca con dos caballos, le pregunté:
- ¡¿A dónde vas?!
- A tirarla, ¿creerás que le pegó la rabia? -me contestó.
No aguanté la culpa, así que le dije lo que le hice al
animal... no me dijo nada, se dio la vuelta, llegó a su casa
y se puso a destazarla.
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MI ARRIBO A HERMOSILLO
Llegué a Hermosillo en una tarde-noche del siete de
septiembre de 1963, estaba recién formada la colonia de
“El Choyal”, todas las casas eran de lámina negra de cartón, ahí vivía mi hermano, quien me dijo:
- Llegas a tiempo, mañana sale una cuadrilla de albañiles para Bahía de Kino, don José, mi suegro, que es
el mayordomo, te dará trabajo.
Fue un cambio drástico para mí que de las labores
del campo ahora me dedicaría a ser ayudante de albañil.
En aquel entonces estaban construyendo una residencia,
creo que era del licenciado Luís Encinas Johnson, gobernador de Sonora. Ese año echamos un colado de concreto
desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche.
Quizá por la falta de costumbre, duré tres días con calentura, tenia apenas diecisiete años de edad, era muy delgado y no aguanté, a la semana me regresé a Hermosillo.
Volví nuevamente al Choyal con el poco dinero que
me pagaron, esa noche me fui al cine -había una carpa de
húngaros por ahí cerca- el problema surgió cuando salí de
ver la función, como no había energía eléctrica, la colonia estaba sumida en la oscuridad, añadiendo que estaba
nublado, así que aquello parecía boca de lobo; me puse
a buscar la casa de mi hermano pues como todas, era de
cartón, en la noche se veían iguales, cansado de caminar
me recargué en una casa cualquiera y ahí amanecí sentado.
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Lluvia de recuerdos
Me puse a buscar trabajo, claro que no encontraba,
me preguntaban si sabía hacer cosas que ni soñaba que
existían; en el ejido eran diferentes para eso del dinero
que por cierto ya se me había terminado.
En una ocasión me fui a pie desde El Choyal hasta
el Cerro de la Campana a pedirle trabajo a los albañiles
que estaban construyendo el camino o caracol, me dijeron que regresara la próxima semana y estando arriba del
cerro mire hacia El Choyal y nomás distinguí los puros
tinacos de la zona de tolerancia que estaba a un lado de
la colonia. Me regresé a pie otra vez, atravesé los campos
de la universidad y ahí me senté a descansar observando a unos jardineros que estaban trabajando; para eso, ya
pasaba de medio día, me rezongó el estómago y yo sin
dinero, como estaba sentado bajo la sombra de un naranjo, volteé para arriba, “¡mama mía!”, estaba el lonche de
un jardinero colgando como diciéndome: “invítame a ir
contigo” y claro que lo invité, eran tres burritos de frijol y
un pedacito de pastel que me supieron a gloria.
Así comenzó mi peregrinar: trabajé de tortillero, bolero, jardinero y hasta paletero, nomás que apostábamos
a los volados por las paletas, a veces me iba muy bien;
cuando vendía tortillas, éramos una flotilla de tortilleros
en triciclos, jugábamos a las carreras por tres o cuatro
paquetes, había unos baldíos grandes en “La Huapalaina”
y los agarrábamos como pista de carreras.
Una vez andaba buscando trabajo en la colonia Pitic,
me dijo una señora:
- Muchacho, ¿sabes jardinería?
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- Claro que sí –le contesté, lo que quería era trabajar.
Sacó un machete grande y me dijo:
- ¿Lo sabes usar?
En el ejido lo usaba mucho así que con prontitud
respondí que sí.
-Me cortas ese árbol -me dijo- y se metió a la casa;
salió un poco más tarde de la residencia; no había dado
ni seis machetazos cuando por una ventana se asomó una
señora mayor, que me gritó:
- ¡Déjame dormir!
- Es que me ordenaron cortar este árbol -le dije.
- Cuando despierte lo tiras -me ordenó enojada.
Me senté recargado en el árbol y me quedé dormido,
así me encontró la señora de la casa, ese fue mi debut y
despedida, no me dieron la oportunidad de demostrar mi
habilidad con el machete.
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OLGA ROBLES DE PONCE
Nació en Esperanza, Sonora, un venturoso 24 de diciembre, rodeada de muchos hermanitos muy contentos
por el “regalito” de Santa Claus.
Estudió su educación primaria en la escuela Leona
Vicario, la secundaria en la inolvidable “Prevo”, de gratos recuerdos para muchos.
Empezó a trabajar como educadora en el Jardín de
Niños “Juan Amós Comenio”. Por varios años recibió
cursos de verano para perfeccionar y completar su educación profesional.
En 1982 formó, con la ayuda y participación de
sus hijos Carlos y Olga, la Compañía de Teatro Guiñol
Educativo de la que fue directora, se presentaban con el
nombre de “Fantasiñol” -hoy Títeres del Desierto (en receso).
Actualmente goza de la jubilación otorgada por el
gobierno del Estado de Sonora y forma parte del Taller
de Literatura Autobiográfica en la Casa-Club del Jubilado y Pensionado del ISSSTESON, donde trata de plasmar sus recuerdos lo mejor que puede tanto en la revista
TOSALICOBA como en este libro en el que colabora con
los temas:
• Recorrido de mil sorpresas
• Nuestra compañía de teatro
• Aromas y recuerdos
• Sucedió en un carnaval
• Mis hermanos
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RECORRIDO DE MIL SORPRESAS
En el verano de 1968 tuve la oportunidad de hacer un
muy grato viaje en compañía de mis hermanos Manuel,
Tencha y Margarita mi cuñada, por los hermosos estados
del sur de nuestro país: Sinaloa, Nayarit, Michoacán, Jalisco, Zacatecas, Durango y Chihuahua. Salimos de aquí
como a las seis horas de una mañana fresca, sumamente
agradable. Pasamos por Guaymas, Obregón, Navojoa,
etcétera, llegando al anochecer al Puerto de Mazatlán.
Como era temporada de vacaciones no hallábamos hotel donde hospedarnos hasta que encontramos uno muy
bonito y grande. A mi hermana y a mí nos tocó un cuarto muy cómodo, mientras nos instalábamos nos llamó la
atención un gran espejo de cuerpo entero, y en una de las
esquinas, cerca de la salida, había una especie de repisa
movible como para poner botellas, el baño también estaba equipado con varios aditamentos que no supimos usar;
ninguna de las dos nos comentamos nada.
Al día siguiente, cuando ambas describimos la habitación a nuestros hermanos, soltaron la carcajada en
complicidad con mi cuñada y nos aclararon que habíamos dormido en un “hotel de paso” (aunque de lujo, eh?);
a partir de entonces procuramos llegar temprano a cada
lugar en el que íbamos a pernoctar.
Sinaloa es el estado donde he visto las más grandes,
deliciosas y variadas clases de mangos, tan baratos que
casi eran regalados, ¡qué enormes y hermosas huertas!
Seguimos nuestro camino y llegamos a Nayarit, tierra de
exuberante vegetación, lluviosa, y con gente amable. En
la noche pasamos por un bellísimo parque donde me lla170
Lluvia de recuerdos
mó la atención una gran barda con preciosas figuras de
diferentes animales regionales hechas de pequeños mosaicos multicolores.
El siguiente punto fue Michoacán, también de una
vegetación increíble, hermosos parques donde se puede
pasar el día entero sin aburrirse, como el “Parque Enrique Ruiz”, en Uruapan, que invita a soñar, pienso que así
debe ser el Paraíso, ¡de veras!
En Zacatecas, “Rostro de Cantera, Corazón de Plata”, viví unos momentos muy emocionantes al bajar hasta
el último nivel de la impresionante mina “El Edén”, allí
pudimos observar hasta los últimos rincones donde trabajaban los mineros para extraer las diferentes riquezas
famosas en todo el mundo. La vista desde el teleférico por
donde se llega al Cerro de la “Bufa”, es impactante.
A San Luis Potosí y Durango llegamos casi de “volada”, se puede decir que sólo para descansar y comer,
por supuesto que pasamos cerca de la famosa “Zona del
Silencio”, en la que de verdad se siente algo extraño, quizá influya lo que uno ha leído sobre este sitio tan singular
que atrae a muchos visitantes nacionales y extranjeros.
Al otro día llegamos a Chihuahua, donde dormimos
y descansamos en un acogedor hotel colonial para proseguir después hasta la población de Estación Creel. Allí
alquilamos una cabaña en la que el calor de la chimenea hizo que olvidáramos el frío vientecito que soplaba a
nuestro alrededor. A la mañana siguiente, muy temprano
fuimos a desayunar a un pequeño restaurante, muy limpio, que estaba cerca, salimos muy satisfechos y listos
para caminar entre el verde y hermoso bosque de altísimos y fragantes pinos hasta llegar a los impresionantes
paisajes de la “Barranca del Cobre”. Sus enormes relieves
Lluvia de recuerdos
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y laderas cubiertas de vegetación nos invitaron a correr el
riesgo de bajar hasta sus plateados y fríos arroyos que se
van perdiendo entre las arenas sin fin.
Al regreso, ya en Sonora, nos agasajamos con el camino que nos llevaría a otro lugar privilegiado de nuestro
estado: Yécora, hermosísimo pueblo de la sierra donde el
cielo se confunde con sus grandes y aromáticos pinares y
diversos árboles frutales. Tiene limpias y cómodas cabañas donde se puede pernoctar para después encaminarse
a disfrutar del paisaje que hay en la famosa “Cascada de
Basasíachic”, lugar digno de que los sonorenses conociéramos aunque sea de pasada.
Más tarde llegamos a un pueblito que me encantó por
lo tranquilo: Tecoripa, con muchas flores, gente amable y
alegre, allí saciamos nuestras ganas de tortillas de harina
calientitas (teníamos más de diez días de no saborearlas),
con quesadillas recién hechas y un buen café acompañado de unas ricas empanadas de calabaza que nos llenaron
de energía para seguir el final de nuestro viaje.
Con todo este bagaje de experiencias, retornamos a
nuestro lindo “Hermosollo” (como dicen algunos “defeños”), caluroso pero muy nuestro y querido. Así concluyó
el único viaje que realizamos con mi hermano Manuel, su
esposa Margarita y mi hermana Tencha. Hasta la fecha
sólo de recordarlo lo disfruto.
Ojalá que cada vez hubiera más y más personas que
se aventuraran a conocer primero nuestro estado y país,
ya que tiene lugares y personas maravillosas, aún con las
cosas negativas que pueda tener, como en todo el mundo
¿o no?
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Lluvia de recuerdos
NUESTRA COMPAÑÍA DE TEATRO
Desde muy niña me ha gustado el teatro, recuerdo
que mis hermanas me decían “Chabela Corona” (por la
famosa actriz Isabela Corona), porque me posesionaba de
mi papel cuando quería obtener algo pues dramatizaba
demasiado las cosas, dependiendo del motivo o el objetivo deseado. También me decían “alumna de Seki Sano”,
creo que era un director de teatro de origen nipón.
Me fascinaba ver a las bailarinas de ballet en Bellas
Artes, sobre todo en “El Lago de los Cisnes”, con el cual
yo me sentía protagonista de la historia, sueños guajiros,
siempre fui y soy muy soñadora.
Después, cuando me casé y mis dos hijos Olga y
Carlos eran jovencitos, maduré un plan que siempre tuve
desde mi trabajo como educadora de jardín de niños: los
títeres, que ejercían sobre mí una fascinación extraordinaria, esto me hizo concluir la idea de formar una compañía
familiar independiente de títeres con programas educativos y recreativos a través de los cuales podríamos mandar
mensajes a los niños y a los no tanto.
Un día del año de 1982 llegó a casa un amigo de mi
hijo y platicamos sobre estos planes ya que a él también
le gustaba el teatro, pues era actor. Pusimos manos a la
obra y con gran apoyo de mi esposo, mis hijos, sobrinos
y uno que otro amigo, logramos formar un bonito grupo
al que dimos por nombre “Fantasiñol”, que nos unió más
como familia. Nos llenaba de alegría, diversión y conoLluvia de recuerdos
173
cimientos el grabar los programas en los que todos participábamos elaborando desde los títeres, escenografía,
utilería, en fin, todo lo que se necesita en el teatro. Convertimos en un gran escenario el espacio desde la cocina
hasta la sala, después, en la terraza armábamos el teatrino y ensayábamos los programas donde nos turnábamos
para ser público y actores, siempre entre risas y bromas
pero poniendo gran responsabilidad en lo que estábamos
haciendo.
Hubo ocasiones en que a las dos o tres de la mañana
estábamos grabando voces, efectos especiales, música,
etcétera, en la enorme sala que tenía nuestra casa, puesto
que al otro día tendríamos presentación en el Mall de Mazón, en La Farandula o en el Teatro Zubledía, etcétera.
Fueron años de grandes satisfacciones profesionales, familiares y personales, ya que nos aplaudían por
igual niños, adolescentes y adultos, creo que ha sido una
de las mejores formas en que el teatro influyó en mi vida
con sus muchas anécdotas que quedaron grabadas para
siempre en mi mente y corazón.
Un domingo que nos presentamos en La Farandula
tocó salir a escena a un número que estaba integrado por
varios “negritos”, cuya escenografía constaba de palmeras, pericos y todo lo concerniente al trópico, se llamaba
el “Son de la Loma”, cuando más entusiasmado estaba el
público llevando el compás del la música con las palmas,
de repente, por lo giros y brincos que daba, a uno de los
títeres (negrito) ¡se le cayó la cabeza!, botó hasta el público más cercano, como le quedó un poco largo el “cogote”
donde iba incrustada, se veía muy chistoso el descabezado haciendo movimientos sólo con el cuerpo como vol174
Lluvia de recuerdos
teando para un lado y para otro buscando la cabeza, las
carcajadas no se hicieron esperar y nosotros adentro todos
“hechos bola” tratando de enmendar errores, pero gracias
a Dios mis hijos eran muy buenos para improvisar y pudimos salir del apuro con muchos aplausos y alegría.
Esta es una de las muchas y variadas anécdotas que
tuvimos en este fascinante mundo de los títeres, en el que
de una manera u otra seguimos en él, sólo cambió el nombre a “Títeres del Desierto” y por el momento estamos en
receso.
AROMAS Y RECUERDOS
No sé si a ustedes les pasa pero a mí, cada aroma
de comida, dulces, panes y ciertos alimentos, traen a mi
mente las voces, gestos, reacciones, etc., de alguna persona muy querida que ya no está conmigo, y aún de las que
permanecen aquí.
Recuerdo a mi esposo Carlos, cómo le gustaba el
“Puch” de gallina (caldo que se cocina en Yucatán y que
es el equivalente al “cocido” de nosotros), con todas las
verduras, sólo que éste, además de las papas, zanahorias,
repollo, elotes y ejotes, lleva chayote, yo le ponía camotes y a veces, hasta membrillo (en octubre-noviembre,
cuando era temporada). Le gustaba que le sirviera un plato sólo con la carne y caldo, y en un platón aparte, todas
las verduras; el caldo lo aderezaba con un salpicón hecho
de rabanitos picados finamente mezclados con cilantro,
naranja agria y sal, a un lado de todo esto le ponía dos chiles habaneros tatemados y cortados (este chile es el más
Lluvia de recuerdos
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picoso del mundo); decía que el sólo hecho de pasarlos
por encima del caldo era sabrosísimo, pero se daba unas
enchiladas que lo hacían sudar, yo nunca lo probé así, lo
cierto es que él lo disfrutaba muchísimo y yo, de verlo,
también.
A mi suegra la visualizo en SU cocina (no le gustaba
que nadie, excepto yo, entrara a ella cuando cocinaba),
amasando el pan de levadura con una maestría increíble,
le añadía agua de azahar, lo que le daba un sabor exquisito, después formaba unas riquísimas hogazas, enormes
trenzas o pan de muerto al que adornaba con sus huesitos,
azúcar y canela, además del rico santo olor a panadería
se extendía por toda la casa; luego los disfrutábamos con
exquisito chocolate de tableta, espumoso, el que hacía en
batidor de madera, me encantaba cómo se oía el “tras,
tras”, del molinillo en el recipiente también de madera;
además de que yo aprendí a hacer no sólo pan sino muchas comidas de su tierra, lo que agradezco infinitamente,
y mi hija Olga también.
A mi mamá la recuerdo siempre, sobre todo cuando me da el aroma de las tortillas de harina “gorditas”,
las amasaba con leche cuajada, manteca de res amarillita,
granulosa, muy olorosa y manteca vegetal; las medio cocía en la placa de una “elegante” estufa de leña (pintada
de amarillo y franjas verde claro) y luego las ponía sobre
los carbones encendidos de un pequeño brasero que estaba encima de un tambo grande de fierro. ¡Qué aroma tan
delicioso al cocerse y qué doraditas quedaban! Nunca he
vuelto a comer unas tortillas como esas.
También la recuerdo cuando voy a “Comercial Zazueta” y compro los “globitos” de anís transparentes.
176
Lluvia de recuerdos
Las “enchiladas” traen a mi memoria a mi querida
hermana Oralia, parece que la veo sacándolas del sartén con sus manos tan bonitas que tenía y colocándolas
en un platón para luego adornarlas con lechuga, rábanos y queso, esparciéndoles una salsita de chile restante
sobre todo esto; cómo sonreía al estar comiéndolas decía: “¡Hummm, hummm... qué buenas me quedaron!”,
al tiempo que servía un vaso con limonada o cualquier
refresco que hubiera hecho; ella siempre tenía algo que
ofrecer a las visitas.
Por eso hoy, cuando voy a comer a casa de mi hija
Olga y me da el aroma de sus guisos, al comentárselo,
ella me dice: “Mamá, es que quiero que mis hijos -al
igual que yo y mi hermano lo hicimos contigo- disfruten
al llegar de la escuela con hambre y, huelan ese aroma tan
atractivo para el padre, los hijos y demás “agregados” de
un hogar donde hay comida sabrosa y nutritiva (incluyendo panes y postres), y no me olviden como yo no olvido
el olor de tu comida.
SUCEDIÓ EN UN CARNAVAL
En los carnavales de mi juventud uno se divertía
sanamente viendo los paseos de carros alegóricos donde
la imaginación y colorido competían reñidamente, luego
nos íbamos por la calle Serdán “a dar la vuelta” caminando hasta el Edificio de Correos y llegábamos a la Plaza
Zaragoza en la que nos reuníamos amigos y amigas para
celebrar las tradicionales fiestas de carnestolendas donde,
entre cascaronazos, confeti, serpentinas y piropos, disfruLluvia de recuerdos
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tábamos ingenuamente nuestra adolescencia hasta que las
campanadas del reloj de Palacio nos recordaban, como a
la Cenicienta, que se nos terminaba el permiso y teníamos
que regresar a casa.
En los años 46-47, en la plaza había un señor que
vendía paletas heladas de frutas naturales, ese año, en
carnaval -en pleno febrero-, mis amigas degustaban plácidamente estas golosinas y ¿por qué no habría de hacerlo
yo? Excuso decir cómo me empecé a sentir a la tercera
vuelta que dimos a la plaza, me dolía el pecho, me atacó
la “tosedera” y el frío. Por fortuna el papá de una de mis
amigas, que había ido por ella, traía un carrito sedán 38 y
me llevaron a casa, no sin que todas se hayan asustado al
ver cómo me había puesto en un momento. Mi mamá, al
verme, me dijo:
- ¿Qué te pasa, muchacha?
- No sé –le dije –me siento muy mal.
Apenas alcancé a darle las gracias al señor y a mis
amigas, me metí apresurada a recostarme en mi cama. Mi
mamá me tocó la frente y me dijo:
- Hija, estás ardiendo en calentura.
Seguidamente puso a calentar agua en una palangana, le echó polvos de mostaza y me hizo que metiera
los pies en ella para que me bajara la temperatura. Mientras, una de mis hermanas fue a hablarle al Dr. Espinoza,
quien después de auscultarme pronosticó pulmonía casi
fulminante. Yo sentía como que iba cayendo en un pozo
profundo y parecía que me cubrían miles de “burbujitas”,
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Lluvia de recuerdos
parecía que flotaba, lo que me llenaba de una sensación
relajante y alivianadora... y allá, como en una bruma, veía
a mi mamá que cogía unos trapitos suaves a los que les
untaba una pasta rosa y fina, de olor penetrante (después
supe que era Antiphlogestina), la cual calentaba sobre el
foco de una pantalla, lo colocaba en mi espalda cuidando
de no quemarme y esto me producía un enorme alivio
junto con los antibióticos e inyecciones recetados por el
médico.
Duré como dos o tres día aletargada, pero después
empecé a recuperarme y a comer, hasta llegar al restablecimiento total. Nunca olvidé el nombre de la medicina:
Antiphlogestina; tampoco he olvidado las manos suaves
de mi mamá dando masajes a mis pulmones. Desde entonces pienso que les tengo fobia a las paletas heladas ya
que ni siquiera en los “agradables” veranos de nuestro
estado me animo a probarlas y menos se me antoja comerlas.
MIS HERMANOS
Los recuerdos de mis hermanos me llegan desde
cuando vivíamos en Esperanza y Hermosillo, Sonora en
los años de 1938-1939 y hablar de ellos es hablar de una
“tribu” muy grande, como decía mi papá, Prof. Manuel
Robles Tovar, ya que en este tiempo se “acostumbraban”
las familias numerosas, complejo y cuestionable fenómeno de esos tiempos. Hoy se planifican los hijos más responsablemente y creo que viven mejor.
Mis hermanos, de mayor a menor, son: Gonzalo,
Lluvia de recuerdos
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Ofelia, Leopoldo, Lilia, Oralia, Edmundo, Hortensia,
Manuel y Guadalupe, la “socoyota”.
Son tantos y variados los recuerdos cuando niños,
adolescentes y adultos, que es difícil hablar de cada uno
de ellos, sólo mencionaré a mis hermanas, con las que
siempre conviví de forma especial.
Ofelia, la mayor, era mi abogada defensora y consejera por aquello de las preferencias e “injusticias” familiares, ya que me regañaban más a mí, pues reconozco mi
rebeldía y que era muy amiguera.
Hortensia (Tencha) y yo, cuando tendríamos unos 10
u 11, años siempre andábamos juntas para todos lados,
ella era la más bonita, dócil y tranquila (rango que yo
nunca alcancé), muy sonriente siempre y solidaria conmigo; compartíamos juegos, secretos y hasta algún “galán”;
más tarde aparecieron los novios formales a los 17-18
años, los que afortunadamente eran grandes amigos y así
la pasábamos muy bien. Después nos casamos y ella se
fue a vivir a Mexicali, donde reside actualmente con sus
hijas y nietas.
Mi hermana Lilia era morena, de pelo abundante,
muy rizado, gordita, un poco introvertida; siempre estaba a dieta -al menos eso decía-, el problema radicaba en
que era muy buena para la cocina. Con ella y su esposo
Manuel tuve una época muy feliz y de muchas anécdotas
de cuando éramos vecinas en la calle José María Mata, en
la colonia Constitución (por allá en los años 65-66). Nos
gustaba mucho ir al monte, de “cacería” a traer liebres
para los dos enormes perros pastores que ellos tenían.
Recuerdo cómo me encantaba ver salir el sol a las 4:30
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Lluvia de recuerdos
–5:00 de la mañana mientras preparaba el “bastimento”
para ese emocionante día, y qué decir del café calientito
acompañado de ricas “pedradas” que ella nos hacía: panes de levadura dulzones y recién hechos. Por lo general
el lugar para nuestra excursión era atrás del “Cerro de las
víboras”.
El subir al carro todo lo que se acostumbra para un
día de campo era parte del disfrute y más lo era subirnos
en mi charanguita Ford 38 que me regaló Carlos, mi esposo, le pusimos por nombre “La abuela pata”, aún visualizo con nostalgia y alegría la admiración que causaba a
quienes nos veían pasar en esa “cafetera” antigua y que
manejarla fue para mí uno de los muchos retos que he
enfrentado en mi vida.
Mi esposo me regaló un bonito y corto rifle, de nylon,
con el que aprendí a tirarles a las liebres y los conejitos
que andaban entre los sibiris, chollas, viznagas y gobernadoras. Ahora me cuestiono cómo pude tener entonces
“valor” para colgar a los pobres animalitos de un “palo
fierro”, “mezquite” o “palo verde”, abrirlos, pelarlos y
sacarles las entrañas, aún recuerdo el crujido que hacía
la piel al despegarse de la carne para después colocarlos en una hielera para llevarlos a casa y alimentar a los
canes (secretos de la mente, la vida y las circunstancias,
creo); y hoy, pasados tantos años, cuando veo, oigo o leo
que llegan los cazadores de otros países a matar a nuestros borregos, venados, etcétera, con rifles de alto poder
y miras telescópicas pagando enormes cantidades de dinero, “trato”, sólo “trato” de expiar un poco mi culpa de
esos lejanos e irreflexivos días, sin dejar de remorderme
la conciencia, eh?
Lluvia de recuerdos
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A todos mi hermanos los quiero y respeto por igual.
En esta ocasión mis hermanas fueron objeto de inspiración, pero Mundo y Manuel, con quienes viví también
aventuras y anécdotas sumamente interesantes e increíbles, merecen capítulo aparte y muy especial.
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Lluvia de recuerdos
FRANCISCA SAGASTA DE IBARRA
La niña Francisca Sagasta Ruiz vio la luz primera
en Suaqui de Batuc un día quince de febrero.
Hizo los primeros estudios en su lugar natal, después en La Misa, municipio de Guaymas, y en Hermosillo, la capital del Estado.
La juventud dorada la vivió trabajando como maestra rural (auxiliar) en diverso lugares, pero en Punta de
Agua, municipio de Guaymas, Sonora, fue donde encontró a su media naranja y -desde entonces- se convirtió
en la señora Francisca Sagasta R. de Ibarra. Madre de
cinco hijos: dos mujeres y tres hombres.
Los pasatiempos favoritos de doña Panchita (como
la llamamos cariñosamente en la Casa-Club) son: la
cocina, comentar programas culturales de la televisión,
cuidar las plantas de su jardín y las numerosas jaulas de
pajaritos.
En esta obra colectiva participa con:
• Cruzando el río San Miguel
• Aprendiendo a aprender
• Recuerdos
• El vicio de fumar
• Crónica de un viaje anunciado
Lluvia de recuerdos
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“CRUZANDO EL RÍO SAN MIGUEL”
Entre tantas y tantas sorpresas que nos ha dado la
vida, hay algunas emociones muy fuertes que parece que
no la vamos a hacer. Dios nos ha dado voluntad y fortaleza y… ¡brincamos el charco! Mi impresión fue muy dura
cuando le atacó la “polio” a mi primer hijo, fue un trance
que, afortunadamente, según los médicos Humberto Estrada y Federico Sotelo que lo atendieron, fue muy leve.
En esa época, mi niño tenía un año cuatro meses.
El tiempo fue pasando y me llevó a otra emoción
fuerte: siempre he sentido pavor del agua que corre por
los ríos, arroyos y canales. De niña, y viviendo aquí en
Hermosillo, temía pasar sobre las acequias que corrían
por entre las casas o las huertas. Por ese entonces vivían
mis parientes por la Avenida Yáñez, entre Yucatán (hoy
Avenida Luis Donaldo Colosio) y Oaxaca; yo tenía trece
años y caí al resbalarme. Aparte del susto, me era muy
difícil salir, caía, me levantaba y volvía a caer, pues había
mucha lama. Cuando he ido al mar, por ejemplo, me baño
en la orillita, porque si viene una ola muy fuerte, siento
que me jala, ¡de verdad que no exagero!
Otra situación que experimenté fue en 1977, cuando
una de mis hijas se fue a estudiar psicología a la Ciudad
de México y cortó el “cordón umbilical” de su ámbito
paterno. Estaban por allá dos de mis hijos mayores que
se habían ido en 1973; cuando la muchacha se fue, se me
vino el mundo encima sin tres de mis hijos. Ahora sólo
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Lluvia de recuerdos
me quedaban dos, los más chicos, la chamaca de 14 y el
niño de 11. Lloraba yo a diario por ella, pues la recordaba
tan tímida y callada. Cayeron sobre mí muchos achaques:
la presión alta, las reumas, el colesterol y una gripe horrible -con tos en pleno agosto-. Mi esposo se quedó aquí
en Hermosillo, pues no sembró maíz en el Valle del Yaqui
porque había dejado las tierras descansando para el trigo.
Un primo, que tiene unas tierras para el lado de Pesqueira, lo había invitado a sembrar maíz y él aceptó. La milpa
se puso muy bonita en ese año y no recuerdo de dónde
surgió la idea de “sembrar nubes” para que llegara agua a
la presa. Se comentó que salió muy caro el “puentecito”.
El día de mi relato me fui con mi marido a la labor:
preparamos trastos con agua, hice lonche para tres -ya
que mi hijo menor también se alborotó- y estando ya en
la milpa observamos dos aviones pequeños que iban y
venían tirando una especie de humo blanco que era el que
formaba las nubes y, efectivamente, antes de que comenzara a soplar el aire, se retiraron los aviones. Como a las
tres de la tarde ya habíamos comido y mi marido oyó de
pronto que venía el arroyo crecido, y nos dijo:
- Vamos a bajar a la milpa, está al otro lado del Río
San Miguel.
En ese lugar se ensanchaba más y era plano; teníamos que pasarlo a pie, porque el carro no podía cruzar la
arena del arroyo y éste tenía una anchura como de 500
metros, aproximadamente. No lo había visto, pero el arroyo venía rebozando de agua café… había arrasado con
algunas milpas a su paso; traía elotes, calabacitas, ejotes
prendidos a la planta de frijol, en fin… Entonces mi esposo, siempre precavido, enterró un largo palo a la orilla
Lluvia de recuerdos
185
para observar el nivel del agua y calcular cuánto bajaba
para poder pasar pues nos habíamos quedado al otro lado
del río. En ese momento comencé a ponerme nerviosa;
el sol casi se ocultaba y, por suerte, parecía que el agua
iba bajando. Lo que más me angustiaba era que mi hija
se había quedado sola en casa. En ese momento me dice
mi esposo:
- Voy a pasar, a ver si no hay mucha arena, luego
pasas tú.
Me quise morir del susto al verlo atravesar la corriente llevándose al perro “Baby”, que se había venido
con el chamaco. Vi que el agua le llegaba hasta los hombros, dio la media vuelta y que nos grita:
- ¡Vámonos, agárrate de mí!
Del otro brazo se prendió mi hijo y él -sin soltar el
famoso palo que enterraba para tantear el terreno y sostenerse- nos repetía:
- ¡Vamos, vamos, ya casi alcanzamos la orilla!
Por fin llegamos, pero sentimos momentos de terrible angustia, a veces el agua me llegaba hasta la cintura
y en otras, hasta los hombros. ¡Y que voy viendo que el
perro se vino a encontrarnos!
Al regresar a casa, mi hija ya nos tenía la cena preparada; nos bañamos y yo tomé el “botiquín” de mis pastillas para ver cuál me tomaba primero, si las de la tos, las
de la presión o las de dormir, y mirándome muy serio, me
dice mi esposo:
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Lluvia de recuerdos
- No tomes ninguna. Con esto que pasó, se espantaron tus achaques y hasta te vas a aliviar.
Efectivamente: un baño caliente, mi cena y a dormir
tranquila. Del susto que pasé, puedo decir que me alivié;
fue una experiencia angustiosa al tener que cruzar el Río
San Miguel… Dios es grande y nos ayudó. Gracias a Él.
APRENDIENDO A APRENDER
El primer trabajo que tuve lo desempeñé por atrevida, así de sencillo lo puedo describir. Mi inquietud
era saber, aprender, entender, pues sólo estudié hasta el
cuarto grado de primaria en la escuela elemental de La
Misa, municipio de Guaymas, Sonora. Fue muy positivo
mi atrevimiento; ahora, a estas alturas de mi edad, lo reconozco.
Sería como el año de 1945cuando a mi hermana mayor la solicitaron para que ocupara la vacante de maestra
en un rancho cercano al pueblo de La Misa, que se llamaba “Punta de Agua”, hoy convertido en ejido.
El rancho “Punta de Agua” tenía su pista de aterrizaje, había “taste”, un llano grande para jugar béisbol,
llegaban equipos de los minerales “La Misa”, “San Francisco”, “El Cochi”, “San José de Moradilla”… se ponía
alegre el ambiente de vez en cuando. Ahí tuve mi primera
serenata un cuatro de octubre con la orquesta de Pancho
Othón.
Ahora vayamos a lo de mi trabajo. Mi hermana tenía
Lluvia de recuerdos
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estudios de la escuela normal y fue fácil para los rancheros sacarle el permiso para ejercer el magisterio. Comenzamos en una escuelita muy humilde, pero con una gran
riqueza en libros, papelería, documentación y material didáctico; se notaba que habían sido señores educadores los
que nos antecedieron: el profesor García Flores y María
Luisa Zazueta, muy buenos maestros, pero no aguantaron, había muchas carencias y dificultades de transporte.
Nos dejaron la base para cultivar lo que ellos ya habían
sembrado. Los alumnos eran dóciles y bien educados,
había jovencitos de mi edad. Algunos sobreviven y nos
encontramos de vez en cuando.
Las clases se daban en una parte de lo que había sido
el cuartel; hubo un destacamento de soldados en un tiempo, pues por este lugar pasaba el camino real que acortaba
el trayecto por la sierra de “El Bacatete”, teniendo que enfrentar a los yaquis. También pasaban las mulas cargadas
con barras de plata y oro rumbo a Álamos, Sonora, que
era donde acuñaban las monedas… ¿en qué año?, nunca
lo supe, ni se me ocurrió preguntar. El que debe saber es
Don Gilberto Escobosa.
Volviendo al trabajo: todo marchaba muy bien, los
alumnos aprendiendo y yo aprovechando que me encontré con una biblioteca. Ahí descubrí lo que había deseado
siempre: me gustaba mucho la lectura. Encontré libros de
doña Enriqueta de Parodi: “Reloj de Piedra”, “El Guayacán”… Esos nombres se me han grabado, pues ya han
pasado 56 años.
Ahora les aclaro por qué digo que fue mi primer trabajo: un día mi hermana tuvo que venir a cobrar a Hermosillo, era cuestión de una semana -ida y vuelta-. Yo
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Lluvia de recuerdos
encantada de quedarme a cargo de los niños, y así fue
como les agarré cariño. Mi hermana se “apoltronó”, les
daba clases a los adultos y enviaba la estadística -cada
mes- a la SEP.
En la clase con los adultos, mi hermana, revisando
las tareas de los alumnos, pregunta al Sr. Mungarro:
- Señor, ¿quién le ayudó con la tarea?
- Nadie, señora.
La tarea era una plana de “El gato bebe leche en
el plato” y el trabajo del señor decía: “Mungarro teguas
peludas”. El señor alumno no hallaba qué decir, pues él
hacía sus propias teguas y el cuero estaba mal curtido; en
los pueblos todos los habitantes son autosuficientes, por
lo menos lo éramos en la época que a yo viví. Fue una
época que recuerdo con mucho cariño.
A mi hermana le tocó la puerta Cupido y se casó con
un señor de Ciudad Obregón y a mí me ofrecieron que
me quedara en la escuelita para que no fuera a “Punta
de Agua”, una comunidad sin maestros. Yo he sido muy
dependiente de esa hermana y, en esa época, tuvo un hijo
que yo crié y lo adoraba. Todo cambia y, en el año de
1953, hallé a mi media naranja casándome en Pueblo Yaqui y… ¡hasta la fecha!
Lluvia de recuerdos
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RECUERDOS
Mi primer viaje a México me trae gratas vivencias
y alegría. Fue en el año de 1974 en el tren Sud-Pacífico,
o “Sud-Paciente”, como le decíamos, pues para llegar a
México se hacían tres días y medio. Aprovechamos esta
salida cada año en julio, precisamente en la “Peregrinación Guadalupana”, hacia la capital.
Primeramente decidí apuntarme en la lista de los
interesados al viaje en Catedral, de ahí posteriormente
avisaban para la compra de los boletos en la oficina de
Ferrocarriles. La travesía la iniciamos medios incómodos; llevaba conmigo a mi hijo Fernando, “El Chipilón”,
muy inquieto y mal acostumbrado. Hacía ocho meses que
mis hijos Pablo y José Alfredo cursaban, en la Ciudad de
México, las carreras de mecánico aeronáutico y geólogo,
respectivamente. Aquí, en la Unison, no había esas carreras y tuvieron que entrar a la UNAM. El caso es que,
aprovechando la peregrinación, fui a verlos para saber
dónde residían, cómo vivían, con quién estaban… hasta
entonces tendría un sueño tranquilo y reparador.
Pues bien, salimos el día 27 de julio de 1973, después de la misa de “bendición a los peregrinos”, por el señor arzobispo Carlos Quintero Arce y, por la noche, a las
ocho, llegó el tren que venía de Nogales con cuatro vagones llenos de peregrinos. Lo abordamos rápidamente y en
Empalme se unieron más vagones y otra máquina, porque
el trayecto era de subida. Llegamos a Ciudad Obregón y,
al igual que en Navojoa, subieron más. Esa noche no pu190
Lluvia de recuerdos
dimos dormir por el “estrés” y el temor a lo desconocido,
a la vez que por la emoción de que me iba a encontrar
allá con mis dos hijos. Hasta que amaneció apreciamos
el paisaje, muy bonito, sobre todo el estado de Nayarit;
recuerdo los pueblitos, mas no sus nombres.
Hasta estos momentos saludamos a familiares y conocidos pues a la hora de embarcarnos era de noche y
no podíamos identificarnos con los demás compañeros
de viaje. A cada tantas horas se aparecía el Padre Torres
(QEPD), encargado de este viaje. También me encontré
con gente de Pueblo Yaqui y con el sacerdote Domingo
Arteaga. Llegamos a Guadalajara y escuchamos misa en
Zapopan; después tomamos otro camión para Tlaquepaque a comer birria, oír mariachis y conocer lugares diferentes de los ya vistos… ¡Qué emoción! Y a continuar el
viaje.
En la madrugada pasamos por Pénjamo, Guanajuato, y nos “asaltaron” los vendedores: café, tacos, pan,
dulces… ya amaneciendo llegamos a México, que nos
recibió con cielo cerrado, mucha brisa y cayendo una fina
llovizna de esa que le llaman “moja a tontos”. Todo fue
hermoso para mí: hijos, amigos, mariachis que nos esperaban con nuestro himno “Sonora Querida”. Después
supe que los mariachis los había llevado el Lic. Luis Encinas Johnson, ex-gobernador del estado de Sonora.
Otro día, por la Calzada de los Misterios, llegamos
directamente a la Basílica de Guadalupe. ¡Qué sentimiento tan indescriptible para mí! Créame, soy católica, no fanática, pero aquí me ganó el sentimiento y la emoción me
hizo -por unos momentos- quedar completamente muda.
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Fue un feliz viaje que nunca olvidaré, a pesar de las
incomodidades. Ya después, doña Francisca, esta servidora, viajó en avión, pues mis dos hijos, al terminar sus
carreras, se colocaron bien en Gobernación y pagaron mis
boletos aéreos desde 1973 a 1985, año en el que el terremoto corrió a mi psicóloga y a mis dos geólogos (orgullosamente sono-guachos). ¡Bendito sea Dios que salieron
bien librados de ese horrendo movimiento telúrico!
“EL VICIO DE FUMAR”
Fue en 1942, tendría entre doce y trece años de edad,
cuando fui enviada del mineral San Francisco al poblado
de La Misa, ambos pertenecientes al municipio de Guaymas, Sonora. En este lugar viviría bajo la tutela de mi tía
Aurelia, que era una señora muy fumadora: encendía un
nuevo cigarro con la “bacha” del anterior.
Era originaria de Tecoripa, donde había dejado familiares que se dedicaban al cultivo del tabaco. Ellos la
surtían con bultos que contenían macitos de hojas para
20 cigarros cada uno, venían atados en hojas de maíz; de
éstos, mi tía elaboraba sus cigarros y los torcía con tanta
pericia que no descansé hasta aprender a torcerlos con la
misma facilidad.
Hacía un pan riquísimo que vendía al menudeo entre
los vecinos y también surtía a los changarros del pueblo.
Viéndola amasar, me acomedía a prenderle el cigarro que
tenía que llevar, por fuerza, en la boca para que no se
apagara. En el trayecto, para mantenerlo encendido, le
daba una o dos “jaladas”, iniciándome así en el vicio al
192
Lluvia de recuerdos
gustarme la sensación porque, de verdad, se trataba de un
tabaco muy fino y oloroso.
Cómo dejé de fumar
Entrando 1990, mi hermana mayor que vivía en
Mexicali, se puso grave y no hallaban cómo avisarme
porque yo ya traía problemas con la alta presión. Entre
ambas había una relación muy estrecha, fue muy duro
para mí saber que luchaba entre la vida y la muerte: cáncer crónico y sin dolor en el hígado y páncreas, que se le
complicó con una neumonía y enfisema pulmonar, producto de tantos años de fumar.
La noté muy callada y triste; diariamente, junto a sus
hijos y nietos, la acompañábamos en su oración acostumbrada:
- Prométeme que vas a dejar de fumar.
Invariablemente, le respondía:
- Te lo prometo, hermana…
Pero ya afuera, en la antesala, me ponía a llorar y
a fumar para calmar mis nervios. Horas tremendas que
pasamos a la espera de lo inevitable. Mi hermana se fue
el 17 de enero de 1990.
Había corrido la noticia de su enfermedad y cuando
falleció, de muchos lugares aledaños a Mexicali llegaron
personas a retribuirle el amor que siempre prodigó, pues
era “sobadora” y atendía a la gente con mucho gusto y sin
cobrar jamás un cinco.
Lluvia de recuerdos
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Cuando se cumplió el primer año, mi hijo menor me
acompañó a visitar su tumba en Mexicali, los dos solos
nos fuimos al panteón en taxi. Ahí, ya más tranquila, me
senté en el césped a “platicar” con ella; salía del alma mi
“plática”:
- Mi “cochita güera” –le dije- por más que lo intento,
no puedo dejar el vicio del cigarro. Yo estoy segura de
que Dios te tiene cerca de Él porque fuiste muy buena;
pídele que me conceda cumplir la promesa que te hice a
ti de dejar de fumar...
Ese día, le sobrevino a mi hijo una fuerte gripe con
fiebre muy alta. No me arriesgué a regresarnos, pues estaba haciendo frío y temí que se le fuera a complicar con
una pulmonía. Nos hospedamos en un hotel a descansar,
esperando que el medicamento hiciera su efecto. Instalados ya, bajé, sola, a cenar y a fumarme un cigarrillo. Traía
mi cigarrera con el respectivo encendedor, total que prendí el cigarro y no lo pude fumar. Después de la cena, el
consabido cigarro de sobremesa... tampoco pude fumármelo. No presté atención al hecho porque había ocasiones
en que el organismo lo rechazaba, así que dormí tranquila
viendo a mi hijo que descansaba, ya con la fiebre cediendo.
Nos levantamos temprano a desayunar, mi hijo pudo
deglutir sin problemas y con apetito. Tomamos un taxi
que nos llevó a la central camionera y de ahí a casa. Llegamos a Hermosillo y mi nuera nos esperaba ya, comimos
y prendí el cigarro de costumbre; nuevamente mi boca
rechazó el tabaco y así... ¡hasta la fecha! Gracias a Dios
¡¡Bendita seas, hermana!! Mis hijos y yo nos encomendamos a tu alma y creemos que velas por nosotros.
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Lluvia de recuerdos
“CRÓNICA DE UN VIAJE ANUNCIADO”
Desde hace tiempo tenía la invitación de mi hijo menor y señora para llevarme a Phoenix, Arizona. Se habían
encontrado, en uno de sus viajes a dicha ciudad, a una
comadre y amiga mía que había enviudado recientemente, prometiéndole que pronto me llevarían a verla. Se presentó la oportunidad y programamos el viaje para el 16 de
julio del 2001.
Con un mes de anticipación empezamos con los
preparativos en virtud de que era el período vacacional
y -además- habían concedido a su hija, de once años de
edad, la oportunidad de viajar en el Grupo 10 de “Scouts
de Hermosillo” para participar en una reunión nacional
de tropas en la ciudad de Puebla, Puebla.
Los dirigentes del grupo habían conseguido un paquete económico de transporte aéreo vía Hermosillo,
Sonora – Tucson, Arizona – Dallas, Texas – Ciudad de
México, D. F. La encomienda que le dieron a mi hijo fue
la de ir a recibirlos, hospedarlos y trasbordarlos en Tucson, economizando al máximo en traslados y comisiones.
Una vez embarcados, nos trasladamos a Phoenix en plan
de “shopping”- “fayuca”, y de visita.
En la preparación del viaje tuve que poner mi granito
de arena en eso de los sacrificios, resultando esta “crónica
de unas vacaciones anunciadas” que, con mucho placer,
voy a relatarles: me di cuenta que el visado americano
Lluvia de recuerdos
195
lo tenía vencido y, para colmo de males, estábamos en
vísperas del período vacacional (junio). La entrega ya no
se hacía el mismo día, sino en un término de quince y
por mensajería. Mi hijo me acompañó al consulado americano y -como hacía un calor de 40 grados- repetía con
frecuencia:
- ¡Madre mía! ¡A qué hora se te ocurrió renovar la
visa!
. Después, siguió mi peregrinar con la consiguiente
aportación de canas en el compás de espera de la ansiada
“visa”. En fin, se llegó el día de la partida y no llegó el documento esperado... ¡Cómo soñé ese infeliz papel para, a
fin de cuentas, no necesitarlo! Me fui a la brava, sólo con
el pasaporte mexicano vigente y la ficha de la visa en trámite... No obstante, nuestros primos del norte, los “hijos
del Tío Sam”, se portaron a la altura de las circunstancias
ni vieron mi pasaporte: muy sonrientes y respetuosos, los
“gringos” en la aduana me dijeron:
- ¡Oh, mami! ¿Paseo? ¿Las Vegas? OK!
¡Qué Las Vegas ni qué ocho cuartos! Con llegar a
Phoenix me conformaba.
Por fin llegamos al aeropuerto de Tucson y recibimos a mis nietos. Venían contentos, pero asustados, pues
era su primer vuelo sin llevar a sus padres al lado... ¡Qué
orgullosa me sentí de mis retoños portando con distinción sus uniformes de “scout”! Llevaban sus mochilas y
un equipaje en el que sobresalían sus “sleepings”, carpas,
utensilios de cocina, etc.
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Lluvia de recuerdos
Todo me pareció muy bello y lo disfruté enormemente; valió la pena lo sufrido y los sacrificios de esta abuela
que -dando gracias a Dios y a la vida por permitirme participar en los quehaceres de los nietos- se sentía orgullosa
de ver a aquellos chamacos tan maduros y formalitos.
Cuando los vi partir al día siguiente, los nervios me
traicionaron y, aunque traté de controlarme, solté el llanto. Después de esto continuamos nuestro viaje a Phoenix,
conforme a lo planeado.
Lluvia de recuerdos
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Lluvia de recuerdos
ARTEMIZA SOQUI REYES
El municipio de Cumpas, Sonora, distrito de Oposura, vio nacer a Artemiza, quien una vez que su familia se
trasladó a Hermosillo, realizó sus estudios primarios en
varias escuelas debido a los diferentes domicilios en los
que residió.
Su preparación secundaria la cursó en la famosa
“Prevo”, de donde pasó a la Universidad de Sonora a cristalizar su deseo de ser enfermera, lo que no concluyó por
causas ajenas a su voluntad. Solicitó trabajo en el magisterio, el cual obtuvo y fue enviada a una escuela del Ejido
Monumentos, en el municipio de San Luis Río Colorado,
Sonora.
Durante el gobierno del Lic. Luis Encinas Johnson
se les dio la oportunidad a todos los maestros que no hubieran concluido sus estudios secundarios y de Normal,
para que lo hicieran en el Instituto de Capacitación del
Magisterio, donde Artemiza completó su preparación.
Desarrolló su profesión durante 33 años. Actualmente es jubilada por el gobierno del estado y pertenece al
Taller de Literatura de la Casa-Club del Jubilado y Pensionado del ISSTESON desde su fundación.
En esta obra participa con:
• Mi viaje a Nacozari
• Gratos recuerdos
• Una hazaña del «Loco» Arnulfo
• El héroe de la familia
• La mantilla
Lluvia de recuerdos
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MI VIAJE A NACOZARI
Mi viaje a Nacozari es un recuerdo que guardo con
gran felicidad. Era el día 27 de agosto del 2002, a eso
de las siete de la mañana cuando abordé el camión con
destino al mineral más importante de Sonora y, por qué
no decirlo, el más bello lugar de la región, conocido por
todos como Nacozari.
Desde niña yo deseaba conocer mis raíces por parte
de mi señor padre, así que a estas alturas de mi vida, me
propuse viajar al lugar donde ellos se casaron, y nacieron mis hermanos Carmen y Manuel: “Nacozari Viejo”.
¡Tuve la fortuna de obtener todos los datos que deseaba!
Salimos por la mañana y en Ures desayunamos exquisitos
tamales que vendían en el restaurante de la Terminal de
autobuses de Víctor Martínez.
Continuamos nuestro viaje llegando al poco tiempo a Mazocahui, pueblito que desde hace dos décadas es
punto de partida de tres distritos: Ures, Arizpe y Moctezuma (Oposura); el camino de este último fue el que
tomamos para después llegar a la Central de Camiones de
la Sierra (“Transportes de la Montaña”). Allí desayunaron
los choferes, la especialidad de la fonda eran los “burritos de machaca” en tortillas de harina, después de lo cual
tomamos la salida rumbo a Cumpas, pueblo de donde era
originario mi abuelito Francisco.
Pasamos por hermosos lugares como “El ojo de
200
Lluvia de recuerdos
Agua” y “Los Hoyos”, para después decirle adiós a la
Comisaría de “Bella Esperanza”. En ese lugar fue mi nacimiento y fui registrada en “El ojo de Agua”, Municipio
de Cumpas.
Entramos ya de lleno al municipio de Nacozari. Yo
recreaba la mirada en aquel hermoso camino lleno de bellas flores adornando el campo y aspiraba el aire fresco del
lugar. Allí estaba el río que se transformó en un arroyo sin
agua, muy seco, pero a la orilla del mismo corren aguas
negras, motivo por el cual aquellos ejidatarios de Nacozari “Viejo” ya no siembran maíz, producto indispensable
para alimentar a la región, nada siembran ya... ¿por qué?
pues porque las autoridades municipales y estatales han
descuidado ese lugar, en pocas palabras: No se preocupan. Es una lástima que se desaprovechen tierras fértiles,
tan escasas en este parte desértica de nuestro México.
Sentí un fuerte nudo en la garganta porque vinieron
a mi mente tantas historias que mis padres me contaron.
¡Todo es verdad!, ¡cómo me hubiera gustado haber vivido
en ese tiempo y, por supuesto, con ellos! Sé que eso no
pudo ser.
Al llegar al caserío noté que el chofer iba bajando la
velocidad porque a cierta distancia una mujer estaba pidiendo la parada. Tomó asiento en el lugar vacío junto al
mío, dijo llamarse María Concepción Hoyos. Entablamos
conversación y ella contestó amablemente cuanta pregunta le hice, también iba a Nacozari. Cuando llegamos a
nuestro destino, mi nueva amiga me acompañó al Palacio
Municipal a sacar las actas que tanto necesitaba para conocer mi origen, es decir, MIS RAÍCES.
Lluvia de recuerdos
201
Al despedirse, mi joven y recién conocida amiga me
dijo:
- Voy al Seguro Social, ya tarde regresaré a casa, si
gusta puede pasar la noche con nosotros en casa de mi
suegra, cuando usted se desocupe tome el camión de las
cuatro de la tarde, se baja en el lugar que yo subí, procure
a mi suegra Celia, la va a recibir con mucho gusto y también sus hermanos. Lo más probable es que ellos le den la
razón completa de lo que usted desea saber...
Le tomé la palabra, Celia y sus hermanos me recibieron con mucho gusto, me saludaron con respeto y afecto a
pesar de que nunca nos habíamos visto, con decirles que
hasta muy altas horas de la noche nos dormimos. Por cierto que empezó a caer una lluvia con muchos relámpagos
pero me sentía segura en esa casa, rodeada de personas
tan cordiales, tanto así que me olvidé de todo, especialmente del miedo que le tengo a las tormentas, además de
que verdaderamente esa familia me proporcionó datos
importantes.
El miércoles 28 de agosto tomé el camión de nueva
cuenta al Mineral; fui recibida amablemente por el joven
Lic. Oficial Mayor, Francisco Javier Moreno Figueroa, a
quien ya había conocido el día anterior por haberme dado
informes. Conocí también a otro joven ¡y muy guapo,
por cierto!: al director del DIF Municipal, Pedro Morgan,
quien cortésmente se puso a mis órdenes.
Salí de ese lugar complacida por tantas atenciones,
principalmente las del Oficial Mayor, quien puso a mi
disposición una enorme cantidad de libros que contenían
las actas de nacimiento y defunciones desde 1900 hasta la
202
Lluvia de recuerdos
fecha. Ante tales muestras de confianza, le dije:
-¡Cómo me gustaría trabajar con usted en esta oficina
sacando las actas, aunque no me pagaran sueldo!, nomás
para leer la forma tan elegante de redactar las actas, con
esa letra tan bonita que tenían en ese tiempo las personas
que desempeñaban los puestos de jueces civiles (como se
les llamaba antes)...
Regresé el mismo día 28 (“Día del Abuelo”), a mi
bella ciudad de Hermosillo, muy contenta y con muchos
deseos de volver a visitarlos alguna ocasión posterior.
Otro día de mi llegada, mi hijo Francisco ya me esperaba
y le platiqué todas las bellas experiencias que había tenido y el encuentro con aquellas gratas personas que me
recibieron con tanto cariño en su casa, y saber, a través
de sus padres, las virtudes y cualidades de los míos, que
siempre fueron muy humanos y muy apreciados.
Un olvido imperdonable: no he dicho que mi madre
trabajó como maestra y directora en la Escuela “Benito
Juárez” de Nacozari, por los años de 1916. En mi poder
consta el nombramiento firmado por el entonces gobernador del Estado de Sonora, Gral. Adolfo de la Huerta.
Es un tesoro que guardo por siempre de mi señora
madre.
GRATOS RECUERDOS
A muy temprana edad mi madre me enseñó a leer y
escribir, por ende, todas las mañanas asistía, en compaLluvia de recuerdos
203
ñía de mi hermano Manuel, a la escuelita del lugar. Cierro mis ojos y me veo sentada en mi mesa banco dentro
del salón de clases al lado de mi prima María de Jesús, a
quien cariñosamente llamábamos “Machú”.
Una mañana, mi prima y yo nos presentamos ante
nuestra maestra para comunicarle que mi mamá nos había
enseñado el número siete. Ella nos tomó a ambas de la
mano y nos llevó castigadas al patio de la escuela, a una
distancia bastante considerable de donde se encontraban
las aulas. Como no sabíamos cuál había sido nuestro pecado, lloramos mucho, lo más curioso es que ni mi prima
ni yo le teníamos miedo a la profesora Nachita. Ella era
originaria del Valle del Yaqui, era una yaquecita muy celosa de su profesión, yo creo que nos castigó porque mi
madre no era la indicada para enseñarnos los programas
de la escuela, supongo que esa era la razón de su coraje...
Se hubieran asomado a este siglo en el que son los padres
y los abuelos quienes hacen las tareas.
Desde las ocho de la mañana que nos sacó al patio,
ella se metió al salón de clases y ya no la volvimos a ver.
Un niño que nos vio castigadas llamó a mi hermano y
a mi primo quienes inmediatamente fueron a avisarles a
nuestras madres que nos habían sacado del salón, no sabían a dónde. Ellas preguntaban a quienes se encontraban
si no nos habían visto pero nadie les daba razón, así que,
llorando a grito partido, se vinieron a la escuela porque
creían que nos habíamos caído a un represo que existía
cerca y quizá nos habríamos ahogado... ¡Así se hacen los
chismes!
Todo esto sucedió cuando vivíamos en el Llano Colorado, un pueblito habitado en su mayoría por gambu204
Lluvia de recuerdos
sinos, ya que se caracterizaba por la existencia de oro en
abundancia, lo cual hacía que familias enteras vivieran de
esa actividad.
Mucha gente de diferentes partes del estado y de
otras entidades acudía allí, haciendo que el pueblo creciera rápidamente en todos sentidos, como es el caso de
las tiendas de abarrotes, ropa y calzado que algunos llamaban “tanichis”, de los cuales existían como seis o siete.
Se vendía de todo y mi familia no estaba exenta de esta
ocupación ya que mi madre comerciaba con muchas de
estas cosas.
Recuerdo que una de esas tiendas quedaba cerca de
mi casa, ahí me mandaba mi madre a comprar lo que hacía falta. No me gustaba ir ya que su propietario, cada
vez que llegaba, me tomaba de los brazos y me subía al
mostrador diciendo:
- Cuando mi hijo Adancito sea un jovencito, lo casaré contigo.
Más tardaba en subirme al mostrador que yo en bajarme y salir de la tienda corriendo hasta llegar a mi casa
muy enojada, llorando, le decía a mi madre:
- Mamá, no me mande a comprar al changarro del
“Compa”, no me gusta que el dueño me diga que me va a
casar con Adancito...
Mi padre se reía y le decía a mi madre:
- No la mandes al changarro del “Compa”, no hay
necesidad de que nuestra hija se enoje.
Lluvia de recuerdos
205
Con ese simple comentario de mi padre me quedaba
tranquila y conforme. Los dueños de la tienda eran doña
Margarita y don Jesús, a quienes hoy recuerdo por el cariño que me tenían...
En mi mente repaso aquel día en que llovió mucho
en el pueblo y todas las familias tenían mucho miedo. En
mi casa había una preocupación muy grande porque antes de que cayera la tromba mi papá había mandado a mi
hermano a que llevara al campo a pastar a los animales.
Ya empezaba a llover y él no regresaba porque una cabra,
a la que llamábamos “Torina”, se le antojó parir en plena
tormenta. Le nacieron un par de chivitos a los que llamamos “Torinitos”, los quisimos mucho, pues al llamarlos
por su nombre nos obedecían.
Mi padre tenía por costumbre ordeñar primero a la
chiva para que yo tomara la leche en una jícara y me quedara el bigote marcado de blanca espuma, lo que le causaba mucha risa.
Me acuerdo cuando mi padre nos llevaba a lomo de
bestia (caballos) a mi hermano Manuel y a mí a la milpa,
donde tenía una siembra de hortalizas que él cosechaba
cada temporada, además, había vacas, becerros, cabras,
asnos y muy bonitos caballos; al llegar, lo primero que
hacía era lavarse las manos para amasar y hacernos unas
ricas tortillas “arrieras”, también café “colado de talega”
(¡muy rico, por cierto!) y nos asaba costillitas de cabrito...
Debo dejar constancia de que la pasábamos muy a gusto.
Éramos felices con nuestro padre. ¡Cómo voy a olvidar
tan gratos y bonitos recuerdos!, como cuando nos decía:
- Hijos, voy a campear, los voy a subir al árbol...
206
Lluvia de recuerdos
Era un “palo blanco” que tenía hermosas flores y que
mi padre le dio forma de canasta. Nos subía agua, costillitas asadas, nos abastecía de comida suficiente para no
dar lugar a que bajásemos. Yo me entretenía viendo cómo
iba enredando el tronco del árbol con crines de caballo, de
esa manera no se subirían a nuestro refugio ninguna clase
de bichos venenosos, especialmente víboras.
Mi padre se encontraba por los campos a muchos
rancheros amigos suyos, y a cada uno le decía:
- Cuando pases por mi casa llega y pregúntales a mis
hijos qué se les ofrece y ayúdalos, te lo voy a agradecer
mucho.
Legaban los señores junto a nosotros y le preguntaban a mi hermano:
- ¿Necesitas algo?
-Sí -contestaba- dígale a mi papá que venga porque
la niña está dormida y tengo miedo que se me vaya a
caer...
Al rato llegaba mi padre gracias a que aquellas buenas personas le avisaban.
Aquel lugar era un vergel, pues la mano de Dios había colocado sobre el campo un jardín de flores bellísimas
y de variados colores, entre ellas destacaba la “amapola”,
que por aquellos años no causaba daño alguno. No sabíamos que era el “opio”.
Mi padre me trenzaba el cabello con correas de gamuza, y me adornaba la cabeza con esas flores tan hermoLluvia de recuerdos
207
sas y me decía:
- Dime el poema de la “Amapola” y te voy a hacer
jamoncillos.
El sabía que me gustaban... –y ¡me siguen gustando
mucho!–. Para esta actuación él me subía a una mesa y
comenzaba diciendo:
- ¡Silencio los aquí presentes!
Mi padre y mi hermano me aplaudían pues eran el
único auditorio. Una vez que terminaba de recitar, se hacía presente con un plato de jamoncillos, hechos de leche
bronca y azúcar.
- Repítela, por favor -me pedía mi padre-, me gusta
mucho.
Y allí estaba yo:
“Amampolita del campo,
de los llanos de Tepic,
si no estás enamorada,
¡enamórate de mí!”
Era una de recitar todas las noches... yo creo que me
aburría bastante al repetirla tanto porque en ocasiones le
decía:
- Ya no quiero jamoncillos, papá, ahora le voy a cantar otra.
208
Lluvia de recuerdos
- Sí, mi hijita -me respondía- cántame “El tiempo”.
Y tomando de nuevo aire, comenzaba:
“Al tiempo le pido tiempo
y el tiempo, tiempo me da,
y al mismo tiempo me dice
que él me desengañará”...
Desde luego que había más aplausos y más dulces.
Además a mi padre le gustaba que le cantara el “Pajarillo
barranqueño”, “Amor chiquito” y el “Capullito de alelí”.
El me cantaba una canción que se llamaba “Mi Artemiza”. Raras veces me llamaba por mi nombre, siempre me
decía “Artemicilla”. Me dormía en sus muslos sobre una
mecedora muy bonita que había en casa... ¡Qué días tan
felices pasé con mi padre! Mientras tenga un hálito de
vida, siempre lo recordaré. “¡RECORDAR ES VOLVER
A VIVIR!...”
Cuando dejamos mi bonito pueblo de “El Llano Colorado” para venirnos a la capital de Sonora, Hermosillo,
recuerdo que llegamos a la casa de una familia Acosta,
allá por la calle Segunda y Tamaulipas. Al poco tiempo
mi padre compró un solar en la Colonia “5 de Mayo”
donde construyó nuestra casa, en la cual, gracias a Dios,
sigo viviendo.
Aquí mismo formó un ranchito de cabras que trajo
del pueblo... Vienen a mi mente escenas como ésta:
Mi hermano Manuel y yo, al punto del medio día,
Lluvia de recuerdos
209
nos íbamos al campito donde nos entreteníamos, él con
su resortera matando lagartijas y yo de bruces tirada en el
suelo buscando unos hoyos muy pequeñitos, con la boca
les soplaba aire o a veces con un cartón para que salieran
de ahí unos animalitos que se llamaban “camaleones”...
cuando aparecían, me asustaba porque no era uno, sino
muchos los que emergían de los agujeritos, así que pegaba de gritos y con el escándalo que yo armaba, mi madre
nos gritaba para asustarnos y hacernos regresar a casa:
- ¡Vénganse ya, les va a salir la “Malora”!
Claro que no nos íbamos a casa inmediatamente,
sino a un arroyo que llevaba mucha agua y ahí nos bañábamos. Siempre andábamos “bronceados” de la piel.
Mi hermano y yo fuimos inmensamente felices jugando juntos y divirtiéndonos en miles de formas. La separación de él fue muy triste para mí, aunque sólo se me
adelantó en el camino. Ruego a Dios por que en Gloria
esté.
UNA HAZAÑA DEL “LOCO ARNULFO”
Voy a relatar el suceso de un personaje que fue pintoresco en la Colonia 5 de Mayo y que en vida llevó el
nombre de Arnulfo Tapia, a quien apodaban el “Loco Arnulfo”, pero de loco no tenía nada. No recuerdo fechas
exactas de este hecho que sacudió a los habitantes del
Hermosillo de ayer y que en lo personal me impresionó
sobremanera, porque se trató de un crimen, triste y doloroso, cuya victima fue un jovencito, sobrino del Loco
Arnulfo.
210
Lluvia de recuerdos
Este muchacho se dedicaba al cuidado de un rebaño de ovejas cuyos dueños eran Jesús y Juana. Querían
mucho al jovencito porque desde muy pequeño vivía con
ellos y cuidaba sus animales.
Una mañana de agosto el muchacho salió, como de
costumbre, al campo llevando a pastar a los animales. El
cielo estaba despejado, pero por la tarde se dejó venir una
tormenta eléctrica que sorprendió al pastor y al rebaño en
pleno monte. Ya oscureciendo pasó por mi casa, tan asustado, que mi padre lo notó raro y le preguntó:
- ¿Por qué vas llegando tan tarde?
El muchacho respondió:
- Es que se me perdió una chiva y no la encontré...
me da mucha pena con mis patrones.
- No te mortifiques -le dijo mi padre- te aseguro que
no se van a enojar.
Llegó con los animales a casa y lo recibió Juana muy
inquieta:
- ¿Qué te pasó, mi muchacho?
- Entre la tormenta se me perdió una chiva y no la
pude hallar.
En ese momento Jesús entraba a la casa y preguntó:
- ¿Y por eso vienes preocupado? ¡Una chiva no es
nada!, no has tomado alimento en todo el día, ¡anda, vente a cenar!
Lluvia de recuerdos
211
- Nos tenías con pendiente -agregó Juana- sobre todo
cuando se soltó la tormenta, pero ya pasó y lo que cuenta
es que estamos todos bien y que estás con nosotros...
Agazapado en una bodega, un trabajador de la pareja
estaba escuchando todo, le tenía odio al chamaco porque
los patrones lo trataban con cariño y, sin poder contener
sus bajos instintos, ni medir las consecuencias, tomó un
rifle y disparó al muchacho quitándole la vida.
Estaba ya purgando su condena cuando supimos que
este individuo venía huyendo del estado de Michoacán,
donde tenía cuentas pendientes con la justicia y que se
había refugiado en Sonora.
El difuntito, sobrino del Loco Arnulfo, fue sepultado
pero éste, cada vez que recordaba la manera tan vil en que
había sido asesinado, procuraba cometer algún pequeño
delito para que lo encerraran en la cárcel y cuando lo pescaba la “julia” (la única patrulla que existía en la ciudad
en esa época), gozaba porque su plan era encontrarse con
el asesino en su celda, y una vez allí, lo golpeaba hasta
dejarlo casi muerto... Nunca se supo a ciencia cierta pero
cuentan que el criminal falleció a causa de una de esas
golpizas.
El Loco Arnulfo siempre se sintió perseguido por
la policía; una mañana que estaba conmigo en casa una
amiga muy querida, llegó el Loco y casi al mismo tiempo
vimos que se acercaba una patrulla, lo escondimos acostándolo dentro de una pila sin agua, le gritamos:
- ¡Corre y acuéstate, que no te vean los policías porque no tienes a qué ir a la cárcel!
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Lluvia de recuerdos
Muy obediente hizo lo que le pedimos y no salió
hasta que pasó el peligro. Pero lo más curioso fue que los
“polis”, crédulos e inocentes, aceptaron de buena gana
que nosotras ni siquiera conocíamos al “Loco Arnulfo”...
se fueron; mi amiga y yo, nos apresuramos a sacar a Arnulfo de su escondite llevándolo a un lugar llamado “La
Nopalera”. En el camino le aconsejamos:
- Arnulfo, no regreses a tu casa porque no te vas a
escapar de la “julia”, ni vamos a estar nosotras presentes
para esconderte dentro de la pila... ni vamos a poder sacarte de la cárcel- y no vuelvas, por favor.
Arnulfo siguió con su vida igual y murió muchos
años después en la “Nopalera”.
EL HEROE DE LA FAMILIA
Muchas veces, encontrándome sola, entran por mi
ventana los recuerdos, entre todos, escucho la dulce voz
de mi madre que allá en mi pueblo me decía:
- Ya pronto tu abuelita Matilde me avisará qué día
habrá confirmaciones en el Pueblo de Tónochi..., te llevaré para que te confirme la señorita Luz Torres.
Mi madre prosigue alimentando mis recuerdos infantiles:
- En Tónichi -me comentaba- tendré el gusto de saludar a Su Señoría don Juan Navarrete y Guerrero, así
como también platicaré con el padre Porfirio Cornidez...
Lluvia de recuerdos
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En ese bello pueblo de aquellos años, cuando se celebraban las fiestas de la santa patrona, la Virgen de la
Purísima Concepción, se aprovechaba la visita del señor
obispo para que se llevaran a cabo las confirmaciones, y
sí, efectivamente, la señorita Luz Torres fue mi madrina;
además mis padres se valieron de la ocasión para visitar
a los familiares y amistades, disfrutando al máximo esos
días.
No preciso mi edad porque no me acuerdo cuántos
años tenía, pero sí recuerdo con claridad que mi madre
le dijo a mi abuelita que me llevara con ella a Punta de
Fierro, a casa de mi tío Loreto. ¡Claro que me llevó!, pero
no de la mano, sino que se valió de otro medio.
Para llegar a la casa se atravesaba el río, se trataba
del Río Yaqui, caudaloso por naturaleza. Sucedió que la
panga que se usaba para el trasporte de un lado a otro ya
estaba completamente llena, así que a mi abuelita se le
hizo muy fácil llevarnos a nado ya que ella sabía hacerlo
muy bien, me dijo:
- Súbete a mi espalda, te voy a pasar al otro lado del
río...
Antes observé que pasó a mis primas Consuelo y
Socorro, yo fui la última, pero cuando ya me tocó el turno, me entró mucho miedo y comencé a sollozar, para
consolarme, la abuela me aconsejó:
- No mires el agua porque te vas a marear, fija tu
vista en la orilla.
Yo lloraba con más ganas y pedía que mis padres
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Lluvia de recuerdos
vinieran a rescatarme y me llevaran con ellos... Yo estaba
tan confundida que lo que quería era que mi madre llegara a casa del tío para que me descongojara, pero no fue
así, sufrí mucho ese día, nunca lo olvidaré. Llevarme a
casa del tío Loreto era como un premio, pues en ese lugar
se encontraban muchos familiares y amistades. Entre tantísima gente, se destacaba un hombre de dos metros de estatura que, muy preocupado por mi incesante llanto dijo,
agachándose para no chocar con el marco de la puerta:
- Voy a llamar a los padres de esta niña para que
vean las condiciones en las que se encuentra...
Y así lo hizo: fue por ellos. Aquel caballero tan alto,
de potente y varonil voz, siempre dispuesto a ayudar al
prójimo, era mi tío PEDRO SOQUI URÍAS, “El Héroe
de Navojoa”, ferrocarrilero que salvó a ese poblado de
una segunda explosión el 15 de agosto de 1933.
Sucedió que en esa fecha azotó al pueblo de Navojoa
una tormenta en la que además de viento y lluvia caían
sobre la ciudad y sus alrededores centenares de rayos que
preocupaban a los vecinos. Y así estaban las cosas cuando una descarga eléctrica se abatió sobre la Estación del
Ferrocarril, que inmediatamente empezó a incendiarse e
hizo cundir el pánico entre los trabajadores y otras personas que por algún motivo estaban presentes.
Justo en ese momento se estaba estacionando por la
vía No. 2, al frente de la estación, un tren carguero con
siete carros-tanque con gasolina y un vagón cargado con
dinamita. El edificio era de madera, junto al cual había
una bodega que contenía materiales inflamables, lo que
llenó de terror a quienes de lejos observaban el estrago
Lluvia de recuerdos
215
que estaba ocasionando el fuego.
Cuando el incendio se encontraba en su apogeo, el
señor PEDRO SOQUI URIAS escuchó las señales de
alarma, y no obstante que disfrutaba de su día de descanso semanal, se presentó voluntariamente en la Casa
Redonda (lugar donde se encuentran máquinas que no
están trabajando), de allí salió con la locomotora 602 y
sin tomar en cuenta el peligro que corría su propia vida y
la de sus compañeros, también trabajadores trenistas, señores Jesús E. Tapia y Bonifacio Martínez, enganchó los
carros-tanque y el vagón de la dinamita, los llevó a la vía
de la toma de agua, colocó el furgón debajo de la válvula,
la abrió y logró apagarlo.
Después de que la Estación del Ferrocarril desapareció debido al fuego producido por el rayo y que todo estuvo en calma, se comentó que si no hubiera intervenido
el señor Soqui Urías con la máquina 602, gran parte de
Navojoa hubiese desaparecido por la explosión.
Con relación a este acto heroico, el 10 de noviembre
de 1983 el señor licenciado Eduardo Estrella Acedo, presidente municipal de Cajeme, dirigió un oficio al gobernador del estado, señor doctor Samuel Ocaña García, con
el siguiente texto:
“El 7 de noviembre, entre los festejos que organizó
el Ayuntamiento, hubo uno que me hizo sentir orgulloso,
rendimos un homenaje este día a DON PEDRO SOQUI
URÍAS, un viejo trenero que radica actualmente en Estación Corral y quien salvó a Navojoa el 15 de agosto de
1933 en condiciones muy similares a las del Héroe de
Nacozari.”
216
Lluvia de recuerdos
“Me permito adjuntarle una copia de la constancia
del Ferrocarril del Pacífico en las que se resalta lo anterior...” (*)
El señor Pedro Soqui Urías nació en 1898 y fue jubilado por la empresa del Ferrocarril Sud Pacífico cuando
contaba con 30 años y 9 meses de servicio. En nuestra familia el sólo hecho de mencionar el nombre del tío Pedro
nos llena de orgullo pues recordamos el acto heroico que
protagonizó salvando a Navojoa de una gran catástrofe.
* Tomado de la Revista “Historia de Sonora”.
LA MANTILLA
Recuerdo, como si estuviera viviendo esos momentos tan felices, cuando la maestra Lolita nos decía a mi
hermano Manuel y a mí:
- Los espero en casa, tenemos doctrina, no se les olvide.
Esa invitación era diariamente y lo hacía cuando
íbamos saliendo de la escuela. Como siempre, fieles a la
recomendación y por supuesto muy obedientes, asistíamos a la clase de catecismo.
Cómo olvidar aquellos días cuando entraba a la sala
de la casa de mi maestra y, directamente me iba al banco
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de carpintería que tenía su señor padre don Aurelio, quien
cuidaba con mucho esmero su taller; lo mantenía siempre
muy limpio para que no fuéramos a sufrir un accidente,
recogía todos los clavos y tachuelas que veía en el suelo.
Así fue como aprendí a rezar, corriendo de un extremo a otro, repitiendo el Padre Nuestro, los Mandamientos
de la Ley de Dios y otras oraciones que ella nos enseñaba.
El pobre de don Aurelio corría detrás de mí para que no
me fuera a caer, además de que yo creo que avergonzaba
a mi hermano porque siempre le decía:
- Tengo pena, señorita Lolita, porque mi hermanita
no la obedece, su papá siempre se preocupa por ella y no
se sienta en una silla para estudiar
Y volteándose hacia mí, me amenazaba:
- ¡Le diré a mi mamá que no te deje venir mañana
y los demás días porque eres muy inquieta y no me obedeces!
Mi hermanito sufría mucho, jamás comprendí que
yo hacía algo malo al subirme al banco y, trepada allí,
rezar o cantar las alabanzas tan bonitas que ella nos enseñaba y nosotros repetíamos a voz en cuello.
La señorita Lolita tenía una hermana que se llamaba
Crecencia y nosotros de cariño la llamábamos “Chencha”,
también de parte de ella recibíamos muestras de afecto.
No solamente aprendimos a rezar sino que a pesar de
que nuestro pueblo estaba muy lejos de Hermosillo, por
medio de sus enseñanzas pudimos conocer el inglés.
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A la maestra Lolita le gustaba mucho bordar, lo hacía magistralmente en géneros muy delicados: sábanas,
fundas y manteles, pero sobre todo, su labor más hermosa eran unas mantillas bordadas en cantón; dibujaba unas
rosas que al rellenarlas con hilaza fina de colores fuertes
y variados, quedaban como las más bellas mantillas españolas, era lo que yo más admiraba, por lo que me atreví
a decirle:
- Maestra, quiero que me enseñe a bordar, le prometo que algún día lo haré como usted, pero además voy a
aprender bailes españoles para lucir una mantilla como
las que usted borda.
Y aprendí a hacerlo. A mis padres les gustaba verme
muy aplicada con mi aguja e hilos, me estimulaban, pues
decían que lo hacía muy bien.
No cabe duda que el mundo da muchas vueltas pues
quién iba a creer que aquella persona que tanto me quiso
en mi niñez nunca olvidaría lo que dije cuando niña, ya
que dio la casualidad que, muchísimos años después, fui
al a bella Magdalena de Kino, lugar donde ella residía, a
invitarla para que me acompañara a recibir la medalla que
por 30 años de servicio al magisterio me iba a otorgar el
Gobierno del Estado de Sonora el 15 de mayo de 1986.
Ella aceptó de mil amores y me dijo que la esperara,
que ella iba a estar presente.
Desgraciadamente no fue así porque el autobús en el
que venía se retrasó, de tal forma que mientras yo estaba
recibiendo mi reconocimiento ella llegaba a casa donde
mi mamá le dio la bienvenida.
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Cuando llegué orgullosa a enseñarle la medalla a mi
madre, me encontré con la sorpresa de que allí estaba mi
querida maestra, quien, rodeándome por los hombros, me
colocó una hermosa mantilla igual a las que yo veía que
ella bordaba cuando yo era niña. Recordó lo que yo le dije
tantos años atrás: “Un día bordaré con hilazas de variados
colores una mantilla como las que usted hace”.
Esa mantilla la conservo con mucho cariño y cuando
la porto, lo hago con dignidad, pues no olvido que la bordaron unas manos maravillosas.
Siempre llevaré en mi recuerdo a mi maestra Lolita
con respeto, admiración y agradecimiento.
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AUTOBIOGRAFÍA SONORENSE
IMPRESO EN LOS TALLERES GRÁFICOS
DE LA SECCIÓN 54 DEL S.N.T.E.
“Profr. Francisco Félix Bernal”
TEL. 259 99 50
correo electrónico:
[email protected]
Obregón 64 Col. Centro
Hermosillo, Sonora, Mex.
Se terminó de imprimir el 15 de Julio del 2008
PRIMER EDICIÓN DE 500 EJEMPLARES
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